APÉNDICE
Reading edition
DEL
LIBRO SEGUNDO.

Número 2-1.
Proclama de Carlos IV.
«Amados vasallos míos: vuestra noble agitación en estas circunstancias es un nuevo testimonio que me asegura de los sentimientos de vuestro corazón; y Yo que cual padre tierno os amo, me apresuro a consolaros en la actual angustia que os oprime. Respirad tranquilos: sabed que el ejército de mi caro aliado el emperador de los franceses atraviesa mi reino con ideas de paz y de amistad. Su objeto es trasladarse a los puntos que amenaza el riesgo de algún desembarco del enemigo, y que la reunión de los cuerpos de mi guardia ni tiene el objeto de defender mi persona, ni acompañarme en un viaje que la malicia os ha hecho suponer como preciso. Rodeado de la acendrada lealtad de mis vasallos amados, de la cual tengo tan irrefragables pruebas, ¿qué puedo Yo temer? Y cuando la necesidad urgente lo exigiese, ¿podría dudar de las fuerzas que sus pechos generosos me ofrecerían? No: esta urgencia no la verán mis pueblos. Españoles, tranquilizad vuestro espíritu: conducíos como hasta aquí con las tropas del aliado de vuestro rey, y veréis en breves días restablecida la paz de vuestros corazones, y a mí gozando la que el cielo me dispensa en el seno de mi familia y vuestro amor. Dado en mi palacio real de Aranjuez a 16 de marzo de 1808. — Yo el rey — A Don Pedro Cevallos.»
Número 2-2.
Decreto de S. M. el rey Carlos IV exonerando a Don Manuel Godoy de sus empleos de generalísimo y almirante.
«Queriendo mandar por mi persona el ejército y la marina, he venido en exonerar a Don Manuel Godoy, príncipe de la Paz, de sus empleos de generalísimo y almirante, concediéndole su retiro donde más le acomode. Tendreislo entendido, y lo comunicaréis a quien corresponda. Aranjuez 18 de marzo de 1808. — A Don Antonio Olaguer Feliú.»
Número 2-3.
Carta del rey Carlos IV al emperador Napoleón en Aranjuez a 18 de marzo de 1808.
«Señor mi hermano: hacía bastante tiempo que el príncipe de la Paz me había hecho reiteradas instancias para que le admitiese la dimisión de los encargos de generalísimo y almirante, y he accedido a sus ruegos; pero como no debo poner en olvido los servicios que me ha hecho, y particularmente los de haber cooperado a mis deseos constantes e invariables de mantener la alianza y la amistad íntima que me une a V. M. I. y R., yo le conservaré mi gracia.
Persuadido yo de que será muy agradable a mis vasallos, y muy conveniente para realizar los importantes designios de nuestra alianza, encargarme yo mismo del mando de mis ejércitos de tierra y mar, he resuelto hacerlo así y me apresuro a comunicarlo a V. M. I. y R., queriendo dar en esto nuevas pruebas de afecto a la persona de V. M. de mis deseos de conservar las íntimas relaciones que nos unen, y de la fidelidad que forma mi carácter del que V. M. I. y R. tiene repetidos y grandes testimonios.
La continuación de los dolores reumáticos que de un tiempo a esta parte me impiden usar de la mano derecha, me privan del placer de escribir por mí mismo a V. M. I. y R.
Soy con los sentimientos de la mayor estimación y del más sincero afecto de V. M. I. y R. su buen hermano. — Carlos.»
Número 2-4.
ποῦ νῦν ἡ λαμπρά τῆς ὑπατείας περιβολή; ποῦ δὲ αἱ φαιδραὶ λαμπάδες; ποῦ δὲ οἱ κρότοι, καὶ οἱ χοροί, καὶ αἱ θαλίαι, καὶ αἱ πανηγύρεις; ... πάντα ἐκεῖνα οἴχεται· καὶ ἄνεμος πνεύσας ἀθρόον τὰ μὲν φύλλα κατέβαλε, γυμνὸν δὲ ἡμῖν τὸ δένδρον ἔδειξε, καὶ ἀπὸ τῆς ῥίζης αὐτῆς σαλευόµενον λοιπόν· ... τίς γαρ τούτου γέγονεν ὑψηλότερος; οὐ πᾶσαν τὴν οἰκουμένην παρῆλθε τῷ πλούτῳ; οὐ πρὸς αὐτὰς τῶν ἀξιωµάτων ἀνέβη τὰς κορυφάς; οὐχὶ πάντες αὐτὸν ἔτρεμον καὶ ἐδεδοίκεισαν; ἀλλ’ ἰδοὺ γέγονε καὶ δεσμωτῶν ἀθλιώτερος, καὶ οἰκετῶν ἐλεεινότερος, καὶ τῶν λιμῷ τηκοµένων πτωχῶν ἐνδεέστερος, καθ’ ἑκάστην ἡμέραν ξίφη βλέπων ἠκονημένα, καὶ βάραθρον, καὶ δηµίους, καὶ τὴν ἐπὶ θάνατον ἀπαγωγήν· ...
(ΟΜΙΛΙΑ ΕΙΣ ΕΥΤΡΟΠΙΟΝ.)
Número 2-5.
Véase la Gaceta de Madrid del 25 de marzo de 1808.
Número 2-6.
Cesión de Carlos V. (Véase Famiani Strada: De bello belgico. Liber I. y F. Prudencio de Sandoval: Historia de la vida y hechos de Carlos V.)
Número 2-7.
Véase Marina: Teoría de las cortes, tom. 2.º, cap. 10, refiriéndose al documento que existe en la academia de la Historia. — Z. 52, fol. 301.
Número 2-8.
Comentarios del marqués de San Felipe, tom. 2.º, año 1724.
Número 2-9.
Des documents historiques publiés par Louis Bonaparte. Vol. 2.º, pág. 290. París 1820.
Número 2-10.
Nota escrita por la reina de España para el gran duque de Berg y remitida por la reina de Etruria sin fecha.
«El rey mi esposo (que me hace escribir por no poderlo hacer a causa de los dolores e hinchazón de su mano) desea saber si el gran duque de Berg llevaría a bien encargarse de tratar eficazmente con el emperador para asegurar la vida del príncipe de la Paz, y que fuese asistido de algunos criados suyos o de capellanes.
Si el gran duque pudiera ir a librarle o por lo menos darle algún consuelo, él tiene todas sus esperanzas en el gran duque, por ser su grande amigo. Él espera todo de S. A. y del emperador a quien siempre ha sido afecto.
Asimismo que el gran duque consiga del emperador que al rey mi esposo, a mí y al príncipe de la Paz se dé lo necesario para poder vivir todos tres juntos donde convenga para nuestra salud sin mando ni intrigas, pues nosotros no las tendremos.
El emperador es generoso, es un héroe, y ha sostenido siempre a sus fieles aliados y aun a los que son perseguidos. Nadie lo es tanto como nosotros. ¿Y por qué? porque hemos sido siempre fieles a la alianza.
De mi hijo no podemos esperar jamás sino miserias y persecuciones. Han comenzado a forjar y se continuará fingiendo todo lo que pueda contribuir a que el príncipe de la Paz (amigo inocente y afecto al emperador, al gran duque y a todos los franceses) parezca criminal a los ojos del público y del emperador. Es necesario que no se crea nada. Los enemigos tienen la fuerza y todos los medios de justificar como verdadero lo que en sí es falso.
El rey desea igualmente que yo ver y hablar al gran duque y darle por sí mismo la protesta que tiene en su poder. Los dos estamos agradecidos al envío que ha hecho de tropas suyas y a todas las pruebas que nos da de su amistad. Debe estar S. A. I. bien persuadido de la que nosotros le hemos tenido siempre y conservamos ahora. Nos ponemos en sus manos y las del emperador y confiamos que nos concederá lo que pedimos.
Estos son todos nuestros deseos cuando estamos puestos en las manos de tan grande y generoso monarca y héroe.»
Carta de la reina de Etruria al gran duque de Berg en Aranjuez a 22 de marzo de 1808, con una posdata del rey Carlos IV.
«Señor mi hermano: acabo de ver al edecán comandante, quien me ha entregado vuestra carta por la cual veo con mucha pena que mi padre y mi madre no han podido tener el gusto de veros, aunque lo deseaban eficazmente, porque toda su confianza tienen puesta en vos, de quien esperan que podréis contribuir a su tranquilidad.
El pobre príncipe de la Paz cubierto de heridas y contusiones está decaído en la prisión, y no cesa de invocar el terrible momento de su muerte. No hace recuerdo de otras personas que de su amigo el gran duque de Berg, y dice que este es el único en quien confía que le ha de conseguir su salud.
Mi padre, mi madre y yo hemos hablado con vuestro edecán comandante. Él os dirá todo. Yo fío en vuestra amistad y que por ella nos salvaréis a los tres y al pobre preso.
No tengo tiempo de deciros más: confio en vos. Mi padre añadirá dos líneas a esta carta: yo soy de corazón vuestra afectísima hermana y amiga. — María Luisa.»
Posdata de Carlos IV.
«Señor y muy querido hermano: habiendo hablado a vuestro edecán comandante e informádole de todo lo que ha sucedido, yo os ruego el favor de hacer saber al emperador que le suplico disponga la libertad del pobre príncipe de la Paz, quien solo padece por haber sido amigo de la Francia, y asimismo que se nos deje ir al país que más nos convenga llevándonos en nuestra compañía al mismo príncipe. Por ahora vamos a Badajoz: confio recibir antes vuestra respuesta caso de que absolutamente carezcáis de medios de vernos, pues mi confianza solo está en vos y en el emperador. Mientras tanto yo soy vuestro muy afecto hermano y amigo de todo corazón. — Carlos.»
Carta de la reina de España al gran duque de Berg en Aranjuez a 22 de marzo de 1808 junta con la anterior de su hija.
«Señor mi querido hermano: yo no tengo más amigos que V. A. I. El rey mi amado esposo os escribe implorando vuestra amistad. En ella está únicamente nuestra esperanza. Ambos os pedimos una prueba de que sois nuestro amigo, y es la de hacer conocer al emperador lo sincero de nuestra amistad y del afecto que siempre hemos profesado a su persona, a la vuestra y a la de todos los franceses.
El pobre príncipe de la Paz que se halla encarcelado y herido por ser amigo nuestro, apasionado nuestro y afecto a toda la Francia, sufre todo por causa de haber deseado el arribo de vuestras tropas y haber sido el único amigo nuestro permanente. Él hubiera ido a ver a V. A. si hubiera tenido libertad, y ahora mismo no cesa de nombrar a V. A. y de manifestar deseos de ver al emperador.
Consíganos V. A. que podamos acabar nuestros días tranquilamente en un país conveniente a la salud del rey (la cual está delicada como también la mía) y que sea esto en compañía de nuestro único amigo que también lo es de V. A.
Mi hija será mi intérprete si yo no logro la satisfacción de poder conocer personalmente y hablar a V. A. ¿Podríais hacer esfuerzos para vernos aunque fuera un solo instante de noche o como quisierais? El comandante edecán de V. A. contará todo lo que hemos dicho.
Espero que V. A. conseguirá para nosotros lo que deseamos, y que perdonará las faltas y olvidos que haya cometido yo en el tratamiento, pues no sé donde estoy, y debéis creer que no habrán sido por faltar a V. A. ni dejar de darle seguridad de toda mi amistad.
Ruego a Dios guarde a V. A. I. muchos años. Vuestra más afecta. — Luisa.»
Carta del general Monthion al gran duque de Berg en Aranjuez a 23 de marzo de 1808.
«Conforme a las órdenes de V. A. I. vine a Aranjuez con la carta de V. A. para la reina de Etruria. Llegué a las ocho de la mañana: la reina estaba todavía en cama: se levantó inmediatamente: me hizo entrar: le entregué vuestra carta: me rogó esperar un momento mientras iba a leerla con el rey y la reina sus padres: media hora después entraron todos tres a la sala en que yo me hallaba.
El rey me dijo que daba gracias a V. A. de la parte que tomabais en sus desgracias, tanto más grandes cuanto era el autor de ellas un hijo suyo. El rey me dijo: «que esta revolución había sido muy premeditada; que para ello se había distribuido mucho dinero, y que los principales personajes habían sido su hijo y Mr. Caballero ministro de la justicia: que S. M. había sido violentado para abdicar la corona por salvar la vida de la reina y la suya, pues sabía que sin esta diligencia los dos hubieran sido asesinados aquella noche; que la conducta del príncipe de Asturias era tanto más horrible cuanto más prevenido estaba de que conociendo el rey los deseos que su hijo tenía de reinar, y estando S. M. próximo a cumplir sesenta años, había convenido en ceder a su hijo la corona cuando este se casara con una princesa de la familia imperial de Francia como S. M. deseaba ardientemente.»
El rey ha añadido que el príncipe de Asturias quería que su padre se retirase con la reina su mujer a Badajoz, frontera de Portugal: que el rey le había hecho la observación de que el clima de aquel país no le convenía, y le había pedido permiso de escoger otro, por lo cual el mismo rey Carlos deseaba obtener del emperador licencia de adquirir un bien en Francia y de asegurar allí su existencia. La reina me ha dicho: «que había suplicado a su hijo la dilación del viaje a Badajoz; pero que no había conseguido nada, por lo que debería verificarse en el próximo lunes.»
Al tiempo de despedirme yo de SS. MM. me dijo el rey: «yo he escrito al emperador poniendo mi suerte en sus manos: quise enviar mi carta por un correo; pero no es posible medio más seguro que el de confiarla a vuestro cuidado.»
El rey pasó entonces a su gabinete y luego salió trayendo en su mano la carta adjunta. Me la entregó y dijo estas palabras: «mi situación es de las más tristes; acaban de llevarse al príncipe de la Paz y quieren conducirlo a la muerte: no tiene otro delito que haber sido muy afecto a mi persona toda su vida.»
Añadió: «que no había modo de ruegos que no hubiese puesto en práctica para salvar la vida de su infeliz amigo; pero había encontrado sordo a todo el mundo y dominado del espíritu de venganza. Que la muerte del príncipe de la Paz produciría la suya, pues no podría S. M. sobrevivir a ella.» — B. de Monthion.»
Carta del rey Carlos IV al emperador Napoleón en Aranjuez a 23 de marzo de 1808.
«Señor mi hermano: V. M. sabrá sin duda con pena los sucesos de Aranjuez y sus resultas; y no verá con indiferencia a un rey que forzado a renunciar la corona acude a ponerse en los brazos de un grande monarca aliado suyo, subordinándose totalmente a la disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda su familia y las de sus fieles vasallos.
Yo no he renunciado en favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte, pues esta última se hubiera seguido después de la de la reina.
Yo fui forzado a renunciar; pero asegurado ahora con plena confianza en la magnanimidad y el genio del grande hombre que siempre ha mostrado ser amigo mío, yo he tomado la resolución de conformarme con todo lo que este mismo grande hombre quiera disponer de nosotros y de mi suerte, la de la reina y la del príncipe de la Paz.
Dirijo a V. M. I. y R. una protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me entrego y enteramente confio en el corazón y amistad de V. M., con lo cual ruego a Dios que os conserve en su santa y digna guarda.
De V. M. I. y R. su muy afecto hermano y amigo. — Carlos.»
Carta de la reina de Etruria incluyendo otra de su madre la reina de España para el gran duque de Berg en Madrid a 26 de marzo de 1808.
«Señor mi hermano: mi madre me envía la adjunta carta para que os la remita y la conservéis. Hacednos la gracia, querido mío, de no abandonarnos: todas nuestras esperanzas están en vos. Concededme el consuelo de ir a ver a mis padres. Respondedme alguna cosa que nos alivie y no os olvidéis de una amiga que os ama de corazón. — María Luisa.»
P. D. — «Yo estoy enferma en la cama con algo de calentura por lo cual no me veréis fuera de mi habitación.»
Carta inclusa en la antecedente.
«Querida hija mía: decid al gran duque de Berg la situación del rey mi esposo, la mía y la del pobre príncipe de la Paz.
Mi hijo Fernando era el jefe de la conjuración: las tropas estaban ganadas por él; él hizo poner una de las luces de su cuarto en una ventana para señal de que comenzase la explosión. En el instante mismo los guardias y las personas que estaban a la cabeza de la revolución hicieron tirar dos fusilazos. Se ha querido persuadir que fueron tirados por la guardia del príncipe de la Paz, pero no es verdad. Al momento los guardias de Corps, los de infantería española y los de la valona se pusieron sobre las armas y sin recibir órdenes de sus primeros jefes convocaron a todas las gentes del pueblo y las condujeron adonde les acomodaba.
El rey y yo llamamos a mi hijo para decirle que su padre sufría grandes dolores, por lo que no podía asomarse a la ventana, y que lo hiciese por sí mismo a nombre del rey para tranquilizar al pueblo: me respondió con mucha firmeza que no lo haría porque lo mismo sería asomarse a la ventana que comenzar el fuego, y así no lo quiso hacer.
Después a la mañana siguiente le preguntamos si podría hacer cesar el tumulto y tranquilizar los amotinados, y respondió que lo haría, pues enviaría a buscar a los segundos jefes de los cuerpos de la casa real, enviando también algunos de sus criados con encargo de decir en su nombre al pueblo y a las tropas que se tranquilizasen: que también haría se volviesen a Madrid muchas personas que habían concurrido de allí para aumentar la revolución, y encargaría que no viniesen más.
Cuando mi hijo había dado estas órdenes fue descubierto el príncipe de la Paz. El rey envió a buscar a su hijo y le mandó salir adonde estaba el desgraciado príncipe, que ha sido víctima por ser amigo nuestro y de los franceses, y principalmente del gran duque. Mi hijo fue y mandó que no se tocase más al príncipe de la Paz y se le condujese al cuartel de guardias de Corps. Lo mandó en nombre propio, aunque lo hacía por encargo de su padre, y como si él mismo fuese ya rey dijo al príncipe de la Paz «Yo te perdono la vida.»
El príncipe a pesar de sus grandes heridas le dio gracias preguntándole si era ya rey. Esto aludía a lo que ya se pensaba en ello, pues el rey, el príncipe de la Paz y yo teníamos la intención de hacer la abdicación en favor de Fernando cuando hubiéramos visto al emperador y compuesto todos los asuntos, entre los cuales el principal era el matrimonio. Mi hijo respondió al príncipe: «No: hasta ahora no soy rey; pero lo seré bien pronto.» Lo cierto es que mi hijo mandaba todo como si fuese rey sin serlo y sin saber si lo sería. Las órdenes que el rey mi esposo daba no eran obedecidas.
Después debía haber en el día 19 en que se verificó la abdicación otro tumulto más fuerte que el primero contra la vida del rey mi esposo y la mía, lo que obligó a tomar la resolución de abdicar.
Desde el momento de la renuncia mi hijo trató a su padre con todo el desprecio que puede tratarlo un rey, sin consideración alguna para con sus padres. Al instante hizo llamar a todas las personas complicadas en su causa que habían sido desleales a su padre, y hecho todo lo que pudiera ocasionarle pesadumbres. El nos da priesa para que salgamos de aquí señalándonos la ciudad de Badajoz para residencia. Entretanto nos deja sin consideración alguna manifestando gran contento de ser ya rey, y de que nosotros nos alejemos de aquí.
En cuanto al príncipe de la Paz no quisiera que nadie se acordara de él. Los guardias que le custodian tienen orden de no responder a nada que les pregunte, y lo han tratado con la mayor inhumanidad.
Mi hijo ha hecho esta conspiración para destronar al rey su padre. Nuestras vidas hubieran estado en grande riesgo, y la del pobre príncipe de la Paz lo está todavía.
El rey mi esposo y yo esperamos del gran duque que hará cuanto pueda en nuestro favor, porque nosotros siempre hemos sido aliados fieles del emperador, grandes amigos del gran duque, y lo mismo sucede al pobre príncipe de la Paz. Si él pudiese hablar daría pruebas, y aun en el estado en que se halla no hace otra cosa que exclamar por su grande amigo el gran duque.
Nosotros pedimos al gran duque que salve al príncipe de la Paz, y que salvándonos a nosotros nos le dejen siempre a nuestro lado para que podamos acabar juntos tranquilamente el resto de nuestros días en un clima más dulce y retirados sin intrigas y sin mandos, pero con honor. Esto es lo que deseamos el rey y yo igualmente que el príncipe de la Paz, el cual estaría siempre pronto a servir a mi hijo en todo. Pero mi hijo (que no tiene carácter alguno, y mucho menos el de la sinceridad) jamás ha querido servirse de él y siempre le ha declarado guerra como al rey su padre y a mí.
Su ambición es grande y mira a sus padres como si no lo fuesen. ¿Qué hará para los demás? Si el gran duque pudiera vernos tendríamos grande placer y lo mismo su amigo el príncipe de la Paz que sufre porque lo ha sido siempre de los franceses y del emperador. Esperamos todo del gran duque, recomendándole también a nuestra pobre hija María Luisa que no es amada de su hermano. Con esta esperanza estamos próximos a verificar nuestro viaje. — Luisa.»
Nota de la reina de España para el gran duque de Berg en 27 de marzo de 1808.
«Mi hijo no sabe nada de lo que tratamos y conviene que ignore todos nuestros pasos. Su carácter es falso: nada le afecta: es insensible y no inclinado a la clemencia. Está dirigido por hombres malos y hará todo por la ambición que le domina; promete, pero no siempre cumple sus promesas.
Creo que el gran duque debe tomar medidas para impedir que al pobre príncipe de la Paz se le quite la vida, pues los guardias de Corps han dicho que primero lo matarán que entregarle vivo, aunque lo manden el emperador y el gran duque. Están llenos de rabia contra él, e inflaman a todos los pueblos, a todo el mundo y aun a mi hijo que defiere a ellos en todo. Lo mismo sucede relativamente al rey mi esposo y a mí. Nosotros estamos puestos en manos del gran duque y del emperador: le rogamos que tenga la complacencia de venir a vernos; de hacer que el pobre príncipe de la Paz sea puesto en salvo lo más pronto posible, y de concedernos todo lo demás que tenemos suplicado.
El embajador es todo de mi hijo; lo cual me hace temblar, porque mi hijo no quiere al gran duque ni al emperador sino solo el despotismo. El gran duque debe estar persuadido que no digo esto por venganza ni resentimiento de los malos tratos que nos hace sufrir, pues nosotros no deseamos sino la tranquilidad del gran duque y del emperador. Estamos totalmente puestos en manos del gran duque deseando verle para que conozca todo el valor que damos a su augusta persona y a sus tropas, como a todo lo que le sea relativo.»
Carta de la reina de Etruria para el gran duque de Berg en Madrid a 29 de marzo de 1808 con una nota de la reina de España su madre.
«Mi señor y querido hermano: mi madre os escribe algunas líneas. Yo os incluyo la adjunta mía para el emperador rogándoos dispongáis que llegue prontamente a su destino. Recomendadme a S. M. y prometedme como os suplico ir después de mañana a Aranjuez. Tomad en mis asuntos el interés que yo tomo en lo relativo a vuestra persona, y creed que soy de todo mi corazón vuestra afecta hermana y amiga. — María Luisa.»
Nota de puño y letra de la reina de España.
«No quisiéramos ser importunos al gran duque. El rey me hace tomar la pluma para decir que considera útil que el gran duque escribiese al emperador insinuando que convendría que S. M. I. diese órdenes sostenidas con la fuerza para que mi hijo o el gobierno nos dejen tranquilos al rey, a mí y al príncipe de la Paz hasta tanto que S. M. llegue. En fin el gran duque y el emperador sabrán tomar las medidas necesarias para que se esperen su arribo u órdenes sin que antes seamos víctimas. — Luisa.»
Carta de la reina de Etruria al gran duque de Berg en Madrid a 30 de marzo de 1808, con otra de su madre y un artículo escrito de mano propia de Carlos IV.
«Señor y hermano: os remito una carta que mi madre me ha enviado, y os suplico que me digáis si vuestra guardia o vuestras tropas han pasado a guardar al príncipe de la Paz. Deseo también saber cuál es el estado de la salud del príncipe, y qué opina vuestro médico en el asunto. Respondedme al instante porque pienso visitar a mi madre uno de estos días sin detenerme allí más que lo preciso para hablar y volver aquí. Id pronto pues solo vos podéis ser mi defensor, y vuelvo a rogaros que me respondáis sin detención: entre tanto soy de corazón vuestra afectísima hermana y amiga. — María Luisa.»
Carta de la reina de España citada en la anterior.
«Si el gran duque no toma a su cargo que el emperador exija prontamente órdenes de impedir los progresos de las intrigas que hay contra el rey mi esposo, contra el príncipe de la Paz su amigo, contra mí y aun contra mi hija Luisa, ninguno de nosotros está seguro. Todos los malévolos se reúnen en Madrid alrededor de mi hijo: este los cree como a oráculos, y por sí mismo no es muy inclinado a la magnanimidad ni a la clemencia. Debe temerse de ellos toda mala resulta. Yo tiemblo y lo mismo mi marido si mi hijo ve al emperador antes que este haya dado sus órdenes, pues él y los que le acompañan contarán a S. M. I. tantas mentiras que lo pongan por lo menos en estado de dudar de la verdad. Por este motivo rogamos al gran duque consiga del emperador que proceda sobre el supuesto de que nosotros estamos absolutamente puestos en sus manos, esperando que nos dé la tranquilidad para el rey mi esposo, para mí y para el príncipe de la Paz, de quien deseamos que nos lo deje a nuestro lado para acabar nuestros días tranquilamente en un país conveniente a nuestra salud, sin que ninguno de nosotros tres les hagamos la menor sombra. Rogamos con la mayor instancia al gran duque que se sirva mandar darnos diariamente noticias de nuestro amigo común el príncipe de la Paz, pues nosotros ignoramos todo absolutamente.»
El siguiente artículo está escrito de letra de Carlos IV.
«Yo he hecho a la reina escribir todo lo que precede, porque no puedo escribir mucho a causa de mis dolores. — Carlos.»
Sigue escribiendo la reina.
«El rey mi marido ha escrito esta línea y media y la ha firmado para que os aseguréis de ser él quien escribe.»
Nota de la reina de España para el gran duque de Berg remitida por medio de la reina de Etruria sin fecha en 1808.
«El rey mi esposo y yo no quisiéramos ser importunos ni enfadosos al gran duque que tiene tantas ocupaciones, pero no tenemos otro amigo ni apoyo que él y el emperador, en quien están fundadas todas las esperanzas del rey, las del príncipe de la Paz amigo del gran duque e íntimo nuestro, las de mi hija Luisa y las mías. Mi hija me escribió ayer por la tarde lo que el gran duque le había dicho, y nos ha penetrado el corazón dejándonos llenos de reconocimiento y de consuelo, esperando todo bien de las dos sagradas e incomparables personas del emperador y del gran duque. Pero no queremos que ignoren lo que nosotros sabemos, a pesar de que nadie nos dice nada ni aun responden a lo que preguntamos, por más necesidad que tengamos de respuesta. Sin embargo miramos esto con indiferencia y solo nos interesa la buena suerte de nuestro único e inocente amigo el príncipe de la Paz, que también lo es del gran duque como él mismo exclamaba en su prisión en medio de los horribles tratos que se le hacían, pues perseveraba llamando siempre amigo suyo al gran duque lo mismo que lo había hecho antes de la conspiración, y solía decir «si yo tuviera la fortuna de que el gran duque estuviese cerca y llegase aquí, no tendría nada que temer.» Él deseaba su arribo a la corte y se lisonjeaba con la satisfacción de que el gran duque quisiese aceptar su casa para alojamiento. Tenía preparados algunos regalos para hacerle; y en fin no pensaba sino en que llegara el momento y después presentarse ante el emperador y el gran duque con todo el afecto imaginable; pero ahora nosotros estamos siempre temiendo que se le quite la vida, o se le aprisione más si sus enemigos llegan a entender que se trata de salvarle. ¿No sería posible tomar por precaución algunas medidas antes de la resolución definitiva? El gran duque pudiera enviar tropas sin decir a qué; llegar a la prisión del príncipe de la Paz y separar la guardia que le custodia, sin darle tiempo de disparar una pistola ni hacer nada contra el príncipe; pues es de temer que su guardia lo hiciese porque todos sus deseos son de que muera, y tendrán gloria en matarle. Así la guardia sería mandada absolutamente por las órdenes del gran duque: y si no, puede estar seguro el gran duque de que el príncipe de la Paz morirá si prosigue bajo el poder de los traidores indignos y a las órdenes de mi hijo. Por lo mismo volvemos a hacer al gran duque la misma súplica de que haga sacarle del poder de las manos sanguinarias, esto es de los guardias de Corps, de mi hijo y de sus malos lados, porque si no, debemos estar siempre temblando por su vida aunque el gran duque y el emperador la quieran salvar mediante que no lo podrán conseguir. De gracia volvemos a pedir al gran duque que tome todas las medidas convenientes para el objeto, porque como se pierda tiempo ya no está segura la vida, pues es cosa cierta que sería más fácil de conservar si el príncipe estuviese entre las manos de leones y de tigres carnívoros.
Mi hijo estuvo ayer después de comer con Infantado, con Escóiquiz, que es un clérigo maligno, y con San Carlos que es peor que todos ellos; y esto nos hace temblar porque duró la conferencia secreta desde la una y media hasta las tres y media. El gentil-hombre que va con mi hijo Carlos es primo de San Carlos; tiene talento y bastante instrucción, pero es un americano maligno y muy enemigo nuestro como su primo San Carlos, sin embargo de que todo lo que son lo han recibido del rey mi marido a instancias del pobre príncipe de la Paz, de quien ellos decían ser parientes. Todos los que van con mi hijo Carlos son incluidos en la misma intriga y muy propios para hacer todo el mal posible, y que sea reputado por verdad lo que es una grande mentira.
Yo ruego al gran duque que perdone mis borrones y defectos que cometo cuando escribo francés, mediante hacer ya 42 años que hablo español desde que vine a casar en España a la edad de trece años y medio, motivo por el cual aunque hablo francés no sé hablarlo bien. El gran duque conocerá la razón que me asiste y disimulará los defectos del idioma en que yo incurra. — Luisa.»
Nota de la reina de España para el gran duque de Berg por medio de la reina de Etruria su hija sin fecha en 1808.
Ayer recibí un papel de un mahonés que quería tener una audiencia secreta conmigo después que el rey mi marido estaba ya en cama, diciéndome que me daría grandes luces sobre todo lo que sucede actualmente.
Él quería que yo le diese por mí misma seis u ocho millones, diciendo que yo los podría pedir a la compañía de Filipinas, y que él haría una contrarrevolución que librase al príncipe de la Paz y fuese también contra los franceses.
El rey y yo lo hicimos prender sin permitirle comunicación, y permanecerá preso hasta que se averigüe la verdad de todo lo que hay en este asunto; pues creemos que sea un emisario de los ingleses para perdernos, supuesto que el rey y el príncipe de la Paz siempre han sido únicamente amigos de los franceses, del emperador y en particular del gran duque sin haberlo sido jamás de los ingleses nuestros enemigos naturales.
Creemos también por muy necesario que el gran duque haga asegurar al pobre príncipe de la Paz que siempre ha sido y es amigo del gran duque, de quien así (como del emperador) esperaba su asilo en la forma que lo tenía escrito por medio de Izquierdo al mismo gran duque, y aun al emperador mismo, bien que no sé si estas cartas habrán llegado a sus manos.
Convendría sacar de las manos de los guardias de Corps y de las tropas de mi hijo al pobre príncipe de la Paz su amigo, pues es de recelar que se le quite la vida o se le envenene y se diga que ha muerto de sus heridas, y por cuanto no tendrá seguridad de vivir; mientras estén a su lado algunos de estos malignos, será forzoso que el gran duque después de asegurar la persona del príncipe de la Paz en su poder, tome medidas bien fuertes para conservarle, pues las intrigas cada día crecen contra ese pobre amigo del gran duque y aun contra el rey mi marido, cuya vida tampoco está bastante segura.
Mi hijo hizo llamar al hijo de Biergol, que es oficial de la secretaría de relaciones exteriores. Estuvieron presentes a la sesión Infantado y todos los ministros. Mi hijo le preguntó qué había de nuevo en el sitio, y qué hacía el rey mi marido: Biergol respondió lo que había de verdad diciendo: «no hay nada de nuevo: el rey sale muy poco: la reina no ha salido: se ocupan en preparar una habitación para el caso de que el gran duque y el emperador vayan allí.» Mi hijo le dio orden de volver aquí y de estar al servicio de su padre hasta que este emprenda su viaje, porque es uno que interviene en nuestras cuentas como tesorero. A todos los que nos siguen aplican el título de desertores. Yo recelo que traman alguna grande intriga contra nosotros y que estamos en grande riesgo, porque Infantado y los otros son tan malos y peores que los demás. Me persuado que el rey, y yo y el pobre príncipe de la Paz estamos muy expuestos, porque no manifiestan sino mala voluntad contra nosotros, y nuestra vida no está segura si no lo remedian el gran duque y el emperador. Es necesario que tomen algunas medidas para contener las abominables intenciones de estos malignos, y para que mi hijo se canse de dedicarse a pensar todo lo que sea contra su padre y contra el príncipe de la Paz. Nosotros hemos tenido esta noticia después que salió de aquí el edecán. El clérigo Escóiquiz es también de los más malos. — Luisa.»
Carta del rey Carlos IV al gran duque de Berg con otra de la reina su esposa en Aranjuez a 1.º de abril de 1808.
«Mi señor y muy querido hermano: V. A. verá por el escrito adjunto que nosotros nos interesamos en la vida del príncipe de la Paz más que en la nuestra.
Todo lo que se dice en la gaceta extraordinaria sobre el proceso del Escorial ha sido compuesto a gusto de los que lo publican, sin decir nada de la declaración que mi hijo hizo espontáneamente, la cual habrán mudado sin duda: ella está escrita por un gentil-hombre, y firmada solamente por mi hijo. Si V. A. no hace esfuerzos para que el proceso se suspenda hasta la venida del emperador, temo mucho que quiten antes la vida al príncipe de la Paz. Nosotros contamos con el afecto de V. A. para nosotros tres, fundados en la alianza y amistad con el emperador. Espero que V. A. me dará una respuesta consolatoria que me tranquilice, y comunicará al emperador esta carta mía con expresión de que yo descanso en su amistad y generosidad. Excusadme lo mal escrita que va esta carta, pues los dolores que padezco son la causa. En este supuesto, mi señor y muy querido hermano, de V. A. I. y R. soy su muy afecto. — Carlos.»
Carta de la reina.
«Señor mi hermano: yo junto mis sentimientos a los del rey mi marido, rogando a V. A. la bondad de hacer lo que le pedimos ahora; y esperamos que su amistad y humanidad tomará a su cargo la buena causa de su íntimo y desgraciado amigo el pobre príncipe de la Paz, así como nuestra propia causa que está unida a la suya, para que así cese y se suspenda todo hasta que la generosidad y grandeza de alma sin igual del emperador nos salve a todos tres y haga que acabemos nuestros días tranquilamente y en reposo. No espero menos del emperador y de V. A. que nos concederá esta gracia, pues es la única que deseamos. En este supuesto, ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Señor mi hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Nota de la reina de España para el gran duque de Berg, remitida por medio de la reina de Etruria en 1.º de abril de 1808.
«Habiendo visto la gaceta extraordinaria que habla solamente de haberse encontrado la causa del Escorial entre los papeles del pobre príncipe de la Paz, veo que está llena de mentiras. El rey era quien guardaba la causa en la papelera de su mesa, y la confió al pobre príncipe de la Paz para que la diera al gran duque, con el fin de que la presentase al emperador de parte del rey mi marido. Como esta causa se halla escrita por el ministro de la guerra y de justicia, y firmada por mi hijo, este y aquel mudarán lo que quieran como si fuese original y verdadero; y lo mismo sucederá en lo que quieran mudar relativo a los demás comprendidos en la causa, pues todos están ahora alrededor de mi hijo, y harán lo que este mande y lo que quieran ellos mismos.
Si el gran duque no tiene la bondad y humanidad de hacer que el emperador mande prontamente hacer suspender el curso de la causa del pobre príncipe de la Paz, amigo del mismo gran duque, y del emperador, y de los franceses, y del rey, y mío, van sus enemigos a hacerle cortar la cabeza en público, y después a mí, pues lo desean también. Yo temo mucho que no den tiempo para que pueda llegar la respuesta y resolución del emperador; pues precipitarán la ejecución para que cuando llegue aquella no pueda surtir efecto favorable por estar ya decapitado el príncipe. El rey mi marido y yo no podemos ver con indiferencia un atentado tan horrible contra quien ha sido íntimamente amigo nuestro y del gran duque. Esta amistad y la que ha tenido en favor del emperador y de los franceses, es la causa de todo lo que sufre; sobre lo cual no se debe dudar.
Las declaraciones que mi hijo hizo en su causa no se manifiestan ahora; y caso de que se publiquen algunas, no serán las que de veras hizo entonces. Acusan al pobre príncipe de la Paz de haber atentado contra la vida y trono de mi hijo; pero esto es falso y solo es verdad todo lo contrario. No tratan sino de acriminar a este inocente príncipe de la Paz, nuestro único amigo común, para inflamar más al público y hacerle creer contra él todas las infamias posibles.
Después harán lo mismo contra mí, pues tienen la voluntad preparada para ello. Así convendrá que el gran duque haga decir a mi hijo que se suspenda toda causa y asunto de papeles hasta que el emperador venga, o dé disposiciones; y tomar el gran duque bajo sus órdenes la persona del pobre príncipe de la Paz su amigo, separando los guardias y poniendo tropas suyas para impedir que lo maten, pues esto es lo que quieren, además de infamarle, lo que también proyectan contra el rey mi marido y contra mí, diciendo que es necesario formarnos causa y hacer que después demos cuenta de todas nuestras operaciones.
Mi hijo tiene muy mal corazón: su carácter es cruel: jamás ha tenido amor a su padre ni a mí: sus consejeros son sanguinarios: no se complacen sino en hacer desdichados, sin exceptuar al padre ni a la madre. Quieren hacernos todo el mal posible, pero el rey y yo tenemos mayor interés en salvar la vida y el honor de nuestro inocente amigo que nuestra misma vida.
Mi hijo es enemigo de los franceses, aunque diga lo contrario. No extrañaré que cometa un atentado contra ellos. El pueblo está ganado con dinero y lo inflamará contra el príncipe de la Paz, contra el rey, mi marido, y contra mí, porque somos aliados de los franceses, y dicen que nosotros les hemos hecho venir.
A la cabeza de todos los enemigos de los franceses está mi hijo, aunque aparente ahora lo contrario, y quiera ganar al emperador, al gran duque y a los franceses para dar mejor y seguro su golpe.
Ayer tarde dijimos nosotros al general comandante de las tropas del gran duque, que nosotros siempre permanecemos aliados de los franceses, y que nuestras tropas estarán siempre unidas con las suyas. Esto se entiende de las nuestras que tenemos aquí, pues de las otras no podemos disponer; y aun en cuanto a estas ignoramos las órdenes que mi hijo habrá dado; pero nosotros nos pondríamos a su cabeza para hacerlas obedecer lo que queremos, que es que sean amigas de los franceses. — Luisa.»
Nota de la reina de España para el gran duque de Berg, por medio de la reina de Etruria su hija, en abril de 1808.
«Nosotros remitimos al gran duque la respuesta de mi hijo a la carta que el rey mi marido le escribió antes de ayer, cuya copia fue remitida ayer al gran duque. No estamos contentos con el modo de explicarse mi hijo, ni aun con la sustancia de lo que se responde; pero el gran duque por su amistad con nosotros tendrá la bondad de componerlo todo y de hacer que el emperador nos salve a todos tres; es decir al rey mi marido, al pobre príncipe de la Paz su amigo, y a mí. El gran duque debe estar persuadido, y persuadir al emperador, que habiendo puesto nuestra suerte en sus manos, solo pendemos de la generosidad, grandeza de alma y amistad que tenga para nosotros tres, que siempre hemos sido sus buenos y fieles aliados, amigos y afectos, y que si no, nuestra suerte será muy infeliz.
Se nos ha dicho que nuestro hijo Carlos va a partir mañana o antes para recibir al emperador, y que si no lo encuentra, avanzará hasta París. A nosotros se nos oculta esta resolución porque no quieren que la sepamos el rey ni yo, lo cual nos hace recelar un mal designio; pues mi hijo Fernando no se separa un momento de sus hermanos, y los hace malos con promesas y con los atractivos que agradan a los jóvenes que no conocen al mundo por experiencias &c.
Por esto conviene que el gran duque procure que el emperador no se deje engañar por medio de mentiras que lleven las apariencias de la verdad, respecto de que mi hijo no es afecto a los franceses, sino que ahora manifiesta serlo porque cree tener necesidad de aparentarlo. Yo recelo de todo si el gran duque, en quien habemos puesto nuestras esperanzas, no hace todos sus esfuerzos para que el emperador tome nuestra causa como suya propia. Tampoco dudamos que la amistad del gran duque sostendrá y salvará a su amigo, y nos lo dejará a nuestro lado para que todos tres juntos acabemos nuestros días tranquilamente retirados. Asimismo creemos que el gran duque tomará todos los medios para que el pobre príncipe de la Paz, amigo suyo y nuestro, sea trasladado a un pueblo cercano a Francia, de manera que su vida no peligre y sea fácil de transportarlo a Francia, y librarlo de las manos de sus sanguinarios enemigos.
Deseamos igualmente que el gran duque envíe a el emperador alguna persona que le informe de todo a fondo para evitar que S. M. I. pueda ser preocupado por las mentiras que se fraguan aquí de día y de noche contra nosotros y contra el pobre príncipe de la Paz, cuya suerte preferimos a la misma nuestra, porque estamos temblando de las dos pistolas que hay cargadas para quitarle la vida en caso necesario, y sin duda son efecto de alguna orden de mi hijo que hace conocer así cuál sea su corazón; y deseo que no se verifique jamás un atentado semejante con ninguno, aun cuando fuese el mayor malvado, y vos debéis creer que el príncipe no lo es.
En fin el gran duque y el emperador son los únicos que pueden salvar al príncipe de la Paz, así como a nosotros, pues si no resulta salvo, y si no se nos concede su compañía moriremos el rey mi marido y yo. Ambos creemos que si mi hijo perdona la vida al príncipe de la Paz, será cerrándolo en una prisión cruel donde tenga una muerte civil; por lo cual rogamos al gran duque y al emperador que lo salve enteramente, de manera que acabe sus días en nuestra compañía donde se disponga.
Conviene saber que se conoce que mi hijo teme mucho al pueblo; y los guardias de Corps son siempre sus consejeros y sus tiranos. — Luisa.»
Carta del rey Carlos IV al gran duque de Berg con otra de la reina su esposa en Aranjuez a 3 de abril de 1808.
«Mi señor y mi querido hermano: teniendo que pasar a Madrid Don Joaquín de Manuel de Villena, gentil-hombre de cámara y muy fiel servidor mío, para negocios particulares suyos, le he encargado presentarse a V. A., y asegurarle todo mi reconocimiento al interés que V. A. toma en mi suerte y en la del príncipe de la Paz, que está inocente. Podéis fiaros de hablar con Don Joaquín de Villena, porque yo aseguro su fidelidad. No hablaré ya de mis dolores, y mi esposa os dará en posdata razón detallada de los asuntos. Pudiera suceder que Villena no se atreva a entrar en casa de V. A. por no hacerse sospechoso. En tal caso mi hija dispondrá que recibáis esta carta. Perdonadme tantas importunidades, y ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Mi señor y muy querido hermano. De V. A. I. y R. afecto hermano y amigo. — Carlos.»
Carta de la reina.
«Mi señor y hermano: la partida tan pronta de mi hijo Carlos, que será mañana, nos hace temblar. Las personas que le acompañan son malignas. El secreto inviolable que se les hace observar para con nosotros, nos causa grande inquietud, temiendo que sea conductor de papeles falsos contrahechos e inventados.
El príncipe de la Paz no hacía ni escribía nada sin que lo supiéramos y viésemos el rey mi marido y yo; y podemos asegurar que no ha cometido crimen alguno contra mi hijo ni contra nadie, pero mucho menos contra el gran duque, contra el emperador, ni contra los franceses. Él escribió de propio puño al gran duque y al emperador pidiendo a este un asilo y hablando de matrimonio; pero yo creo que el pícaro de Izquierdo no la entregó y la ha devuelto. El príncipe de la Paz estaba ya desengañado de la mala fe de Izquierdo, y por lo menos dudaba de su sinceridad. Los enemigos del pobre príncipe de la Paz, amigo de V. A., pintarán con los colores más vivos y apariencias de verdad cualesquiera mentiras. Son muy diestros para esto, y cuantos ocupan ahora los empleos son enemigos comunes suyos. ¿No podría V. A. enviar alguno que llegase antes que mi hijo Carlos a ver al emperador y prevenirle de todo, contándole la verdad y las imposturas de nuestros enemigos?
Mi hijo tiene veinte años, sin experiencia ni conocimientos del mundo. Los que le acompañan y todos los demás le habrán dado instrucciones a su gusto. ¡Ojalá que V. A. tome todas las medidas necesarias para anticipar noticias al emperador! Mi hijo hace todo lo posible para que no veamos al emperador; pero nosotros queremos verle, así como a V. A. en quien hemos depositado nuestra confianza, y la seguridad de todos tres que esperamos conceda el emperador.
En este supuesto ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Mi señor y hermano. De V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Carta de la reina de España al gran duque de Berg en Aranjuez a 8 de abril de 1808.
«Mi señor y hermano: el rey no puede escribir por estar muy incomodado con la hinchazón de su mano. Cuando ha leído la carta de V. A. en que le deja elección de partir mañana u otro día, ha tenido presente que todo estaba preparado, que una parte de sus criados parte hoy, y que la dilación podía dar que pensar a tantos intérpretes como hay, malignos e impostores; por lo que se ha decidido a salir mañana a la una como tenía ya dicho, esperando que así le sería más fácil también ir a ver al emperador. Tendremos mucho gusto de saber el arribo del emperador a Bayona. Nosotros lo esperamos con impaciencia, y que V. A. nos dirá cuándo debemos ir. El rey mi marido y yo deseamos con vehemencia ver a V. A. Apetecemos con ansia este momento, y nos ha servido de gran placer el recado de V. A. de que vendría a vernos después de dos días. Repetimos nuestras súplicas, confiando enteramente en vuestra amistad, y pido a Dios tenga a V. A. en su santa y digna guarda.
Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Carta del rey Fernando a su padre en Madrid a 8 de abril de 1808.
«Padre mío: el general Savary acaba de separarse de mi compañía. Estoy muy satisfecho de él, como también de la buena inteligencia que hay entre el emperador y mi persona, por la buena fe que me ha manifestado.
Por este motivo me parece justo que V. M. me dé una carta para el emperador, felicitándole de su arribo, y asegurándole que tengo para con él los mismos sentimientos que V. M. le ha demostrado.
Si V. M. considera conveniente, me enviará en respuesta dicha carta, porque yo saldré después de mañana, y he dado orden de que vengan después los tiros que debían servir a VV. MM.
Vuestro más sumiso hijo. — Fernando.»
Segunda carta de la reina de España al gran duque de Berg en 8 de abril de 1808.
«Mi señor y hermano: No quisiéramos ocupar a V. A., pero no teniendo otro apoyo es necesario que V. A. sepa todo lo relativo a nuestras personas. Remitimos a V. A. la carta que el rey ha recibido de su hijo Fernando en respuesta de la que su padre le escribió, diciéndole que partíamos el lunes.
Las pretensiones de mi hijo me parecen fuera de propósito; y siguiendo las mismas ideas le ha escrito el rey hace un instante, que nosotros llevamos menos familia y personas de servidumbre que plazas había, quedándose aquí algunas: que pasaríamos la semana santa en el Escorial, sin poder decir cuántos días duraría aquella residencia; y que en cuanto a guardias de Corps no importaba nada que no fuesen. Quisiéramos no verlos, y sí fuera de su poder a nuestro pobre príncipe de la Paz. Ayer tarde se me advirtió que viviésemos con cuidado, porque se intentaba hacer alguna cosa secreta, y que aunque fuese tranquila la noche de ayer no lo sería la siguiente. Yo dudo de todo, y no vemos a los guardias de Corps; pero es necesario vivir con cautela, por lo que lo hemos advertido al general Wattier. Los guardias son los autores de todo, y hacen a mi hijo hacer lo que quieren; lo mismo que los malignos ministros, que son muy crueles, sobre todo el clérigo Escóiquiz.
Por gracia V. A. líbrenos a todos tres, e igualmente a mi pobre hija Luisa, que padece por la propia razón que nuestro pobre amigo común el príncipe de la Paz y nosotros; y todo porque somos amigos de V. A., de los franceses y del emperador. Mi hijo Fernando habló aquí de las tropas francesas que había en Madrid con bastante desprecio, lo cual es prueba de que no las mira con afecto. Nos han asegurado que los carabineros son como los demás; y que los otros residentes en el sitio, como el capitán de guardias de Corps, no hacen sino averiguar todo lo que pueden para hacerlo saber a mi hijo.
Si el emperador dijera dónde quiere que le veamos, tendríamos en ello mucho gusto; y rogamos a V. A. procure que el emperador nos saque de España cuanto antes al rey mi marido y a nuestro amigo el príncipe de la Paz, a mí y a mi pobre hija, y sobre todo a los tres, lo más pronto posible, porque de otro modo no estamos seguros. No dude V. A. que nos hallamos en el mayor peligro, y con especialidad nuestro amigo, cuya seguridad deseamos antes que la nuestra; la que confiamos lograr de V. A. y del emperador, en cuyo supuesto pido a Dios tenga a V. A. en su santa y digna guarda.
Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Carta de la reina de España al gran duque de Berg en Aranjuez a 9 de abril de 1808.
«Mi señor y hermano: el reconocimiento a los favores de V. A. será eterno, y le damos un millón de gracias por la seguridad que nos anuncia de que su amigo y nuestro, el pobre príncipe de la Paz, estará libre dentro de tres días. El rey y yo ocultaremos con un secreto inviolable tan necesario la alegría que V. A. nos ha producido con una noticia tan deseada. Ella nos reanima, y nunca hemos dudado de la amistad de V. A., quien tampoco deberá dudar de la nuestra jamás, pues se la hemos profesado siempre, como también el pobre amigo de V. A., cuyo crimen es el ser afecto al emperador y a los franceses. No así mi hijo, pues no lo es aunque lo aparente. Su ambición sin límites le ha hecho seguir los consejos de todos los infames consejeros que ha puesto ahora en los empleos más principales y elevados.
Tenga V. A. la bondad de decirnos cuándo debemos ir a ver al emperador, y en dónde, pues lo deseamos mucho igualmente que V. A. no se olvide de mi pobre hija Luisa.
Damos gracias a V. A. de habernos enviado al general Wattier, pues se ha conducido perfectamente aquí. Mi marido quería escribir a V. A., pero es absolutamente imposible, pues padece muchos dolores en la mano derecha, los cuales le han quitado el sueño esta noche pasada.
Nosotros saldremos a la una para el Escorial, adonde llegaremos a las ocho de la tarde. Rogamos a V. A. que disponga que sus tropas y V. A. libren a su amigo de los peligros de todos los pueblos y tropas que están contra él y contra nosotros, no sea que lo maten si no lo salva V. A., pues como no esté asegurado por la guardia de V. A. hay mucho peligro de que le quiten la vida.
Deseamos mucho ver a V. A., pues somos totalmente suyos; en cuyo supuesto pido a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda.
Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Segunda carta de la reina de España al gran duque de Berg en el Escorial a 9 de abril de 1808.
«Mi señor y hermano: son las diez, y hemos recibido una carta de mi hijo Fernando que el rey mi marido envía a V. A. para que la vea, y me diga lo que debemos hacer. El rey y yo no quisiéramos hacer lo que nos pide mi hijo, cuya pretensión nos ha sorprendido infinito, y creemos que no nos conviene de ningún modo condescender: el rey ha encargado decir que estaba ya en cama, por lo que no podía responder a la carta. Esto ha sido pretexto por si V. A. quiere decirnos lo que se le haya de responder, en inteligencia de que mientras tanto suspendemos hacerlo; bien que será forzoso no dilatarlo más que hasta mañana por la tarde.
Nos hallamos con la satisfacción de no tener guardias de Corps, ni las de infantería en el Escorial, sino solo los carabineros. Con vuestras tropas estamos seguros y no con las otras.
El rey y yo no escribimos la carta que mi hijo pide, sino en el caso de que se nos haga escribir por fuerza, como sucedió con la abdicación, contra la cual hizo por eso la protesta que envió a V. A. Lo que dice mi hijo es falso, y solo es verdadero que mi marido y yo tememos que se procure hacer creer al emperador un millón de mentiras, pintándolas con los más vivos colores en agravio nuestro y del pobre príncipe de la Paz amigo de V. A., admirador y afectísimo del emperador, bien que nosotros estamos totalmente puestos en manos de S. M. I. y V. A., lo cual nos tranquiliza de modo, que con tales amigos y protectores no tememos a nadie. Ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Tercera carta de la reina de España al gran duque de Berg en el Escorial a 9 de abril de 1808.
«Mi señor y hermano: Estamos muy agradecidos al obsequio de V. A. en habernos enviado sus tropas que nos han acompañado con la mayor atención y cuidado. También le damos gracias por las que nos ha destinado para este sitio. Hemos dicho al general Budet que cuide de hacer patrullas con sus tropas día y noche, pues hemos encontrado aquí una compañía de guardias españolas y valonas, lo que nos ha sorprendido.
V. A. nos ha dado pruebas completas de su amistad. Nosotros no habíamos dudado jamás, y tanto el rey como yo creemos firmemente que V. A. nos librará de todo riesgo, igualmente que a su amigo el príncipe de la Paz, y estamos satisfechos de que el emperador nos protegerá, y hará felices a todos tres como aliados, afectos y amigos suyos. Esperamos con grande impaciencia la satisfacción de ver a V. A. y al emperador. Aquí estamos en mayor proporción de salir al encuentro de S. M. I.
Nuestro viaje ha sido muy feliz, y no podía dejar de serlo con tan buena compañía. Los pueblos por donde hemos pasado nos han aclamado más que antes.
Esperamos con ansia la respuesta de V. A. a la carta que le escribimos esta mañana, y no queremos incomodarle más, ni quitarle el tiempo precioso que necesita para tantas ocupaciones. Ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Carta de la reina de España al gran duque de Berg en 10 de abril de 1808.
«Señor mi hermano: la carta que V. A. nos ha escrito, y hemos recibido hoy muy temprano, me ha tranquilizado. Nosotros estamos puestos en las manos del emperador y de V. A. No debemos temer nada el rey mi marido, nuestro amigo común y yo. Lo esperamos todo del emperador que decidirá pronto nuestra suerte.
Tenemos el mayor placer y consuelo en esperar mañana el momento de ver y poder hablar a V. A. Será para nosotros un instante bien feliz, así como el de ver al emperador. Mientras tanto que esto se verifica, rogamos de nuevo a V. A. que proceda de modo que saque al príncipe de la Paz su amigo del poder de las horribles manos que lo tienen, y lo ponga en seguridad de que no se le mate, ni se le haga mal alguno; pues los malignos y falsos ministros actuales harán todo lo posible para anticiparse cuando llegue el emperador.
Mi hijo habrá partido ya, y procurará en su viaje persuadir al emperador todo lo contrario de lo que ha pasado en verdad. Él y los que lo rodean habrán preparado tales datos y mentiras, aparentándolas como verdades que el emperador, cuando menos, entraría en dudas, si no hubiera sido informado ya de la verdad por V. A.
Mi hijo ha dejado todas sus facultades al infante Don Antonio su tío, el cual tiene muy poco talento y luces; pero es cruel, e inclinado a todo cuanto pueda ser pesadumbre del rey mi marido y mía, y del príncipe de la Paz y de mi hija Luisa. Aunque debe proceder de acuerdo de un consejo que se le ha nombrado, este se compone de toda la facción tan detestable que ha ocasionado toda la revolución actual, y que no está en favor de los franceses más que mi hijo Fernando, a pesar de todo lo que se ha dicho en la Gaceta de ayer, pues solo el miedo al emperador hace hablar así.
Me atrevo también a decir a V. A. que el embajador está totalmente por el partido de mi hijo de acuerdo con el maligno hipócrita clérigo Escóiquiz, y harán lo que no es imaginable para ganar a V. A., y sobre todo al emperador. Prevenid todo esto a S. M. antes que lo vea mi hijo; pues como este sale hoy, y el rey mi marido tiene la mano tan hinchada, no ha escrito la carta que mi hijo le pedía, por lo cual este no llevará ninguna; y el rey no puede escribir de su mano a V. A., lo que le es muy sensible, pues nosotros no tenemos otro amigo, ni confianza sino en V. A. y en el emperador, de quien esperamos todo.
Vivid bien persuadido del grande afecto que tenemos a V. A., así como confianza y seguridad: en cuyo supuesto ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Señor mi hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Nota. Toda esta correspondencia se halla inserta en el Monitor del 5 de febrero de 1810, excepto el informe del general Monthion que se insertó en el de 3 de mayo de 1808. En el Monitor algunas de las cartas de la reina de Etruria y de Carlos IV están en italiano. Hemos tomado la traducción de todas ellas de las memorias de Nellerto, tom. 2.º, después de haberla confrontado con las cartas originales insertas en los Monitores citados. Nos hemos cerciorado de la exactitud, objeto principal en la inserción de estos documentos, sin habernos detenido en reparos acerca del estilo; pero no creemos inoportuno advertir que debe leerse con desconfianza la calificación que se hace en algunas de estas cartas del carácter y conducta de los personajes nombrados en ellas, por ser hija del resentimiento de una señora sobrecogida a la sazón de todo género de recelos, y cuya vehemente imaginación alterada por el cúmulo de sucesos extraordinarios y adversos ocurridos en aquellos memorables días, le presentaba las cosas y las personas con los más negros colores.
Número 2-11.
Protesta publicada en el Diario de Madrid de 12 de mayo de 1808.
Número 2-12.
Don Bartolomé Muñoz de Torres del consejo de S. M., su secretario escribano de cámara más antiguo y de gobierno del consejo.
Certifico que por el Excmo. Señor Don Pedro Cevallos primer secretario de estado y del despacho, se ha comunicado al Ilustrísimo Señor decano gobernador interino del consejo la real orden siguiente:
«Ilustrísimo Señor: Uno de los primeros cuidados del rey N. S. después de su advenimiento al trono ha sido el participar al emperador de los franceses y rey de Italia tan feliz acontecimiento, asegurando al mismo tiempo a S. M. I. y R. que animado de los mismos sentimientos que su augusto padre, lejos de variar en lo más mínimo el sistema político con respecto a la Francia, procurará por todos los medios posibles estrechar más y más los vínculos de amistad y estrecha alianza que felizmente subsisten entre la España y el imperio francés. S. M. me manda participarlo a V. I. para que publicándolo en el consejo proceda el tribunal a consecuencia en todas las medidas que tome para restablecer la tranquilidad pública en Madrid, y para recibir y suministrar a las tropas francesas que están dispuestas a entrar en esa villa todos los auxilios que necesiten; procurando persuadir al pueblo que vienen como amigos, y con objetos útiles al rey y a la nación. S. M. se promete de la sabiduría del consejo que enterado de los vivos deseos que le animan de consolidar cada día más los estrechos vínculos que unen a S. M. con el emperador de los franceses, procurará el consejo por todos los medios que estén a su alcance inspirar estos mismos sentimientos en todos los vecinos de Madrid. Dios guarde a V. I. muchos años. Aranjuez 20 de marzo de 1808. — Pedro Cevallos. — Señor gobernador interino del consejo.»
Publicada en el consejo pleno de este día la antecedente real orden, se ha mandado guardar y cumplir; y para que llegue a noticia de todos se imprima y fije en los sitios públicos y acostumbrados de esta corte. Y para el efecto lo firmo en Madrid a 21 de marzo de 1808. — Don Bartolomé Muñoz. — (Véase el Diario de Madrid del 22 de marzo de 1808.)
Número 2-13.
BANDO.
Con fecha 23 del presente mes se ha comunicado al Ilustrísimo Señor decano del consejo una real orden que entre otras cosas contiene lo siguiente:
«Teniendo noticia el rey N. S. que dentro de dos y medio a tres días llegará a esta corte S. M. el emperador de los franceses, me manda S. M. decir a V. I. que quiere sea recibido y tratado con todas las demostraciones de festejo y alegría que corresponden a su alta dignidad e íntima amistad y alianza con el rey N. S., de la que espera la felicidad de la nación; mandando asimismo S. M. que la villa de Madrid proporcione objetos agradables a S. M. I., y que contribuyan al mismo fin todas las clases del estado.
Y habiéndose publicado en el consejo, ha resuelto se entere de ello al público por medio de este edicto. Madrid 24 de marzo de 1808. — Don Bartolomé Muñoz &c.
Número 2-14.
Mémorial de Sainte Hélène, vol. IV, pág. 246, ed. de 1823.
Número 2-15.
Carta de S. M. el emperador de los franceses rey de Italia, y protector de la confederación del Rin.
«Hermano mío: he recibido la carta de V. A. R.: ya se habrá convencido V. A. por los papeles que ha visto del rey su padre del interés que siempre le he manifestado: V. A. me permitirá que en las circunstancias actuales le hable con franqueza y lealtad. Yo esperaba, en llegando a Madrid, inclinar a mi augusto amigo a que hiciese en sus dominios algunas reformas necesarias, y que diese alguna satisfacción a la opinión pública. La separación del príncipe de la Paz me parecía una cosa precisa para su felicidad y la de sus vasallos. Los sucesos del norte han retardado mi viaje: las ocurrencias de Aranjuez han sobrevenido. No me constituyo juez de lo que ha sucedido, ni de la conducta del príncipe de la Paz; pero lo que sé muy bien es que es muy peligroso para los reyes acostumbrar sus pueblos a derramar la sangre haciéndose justicia por sí mismos. Ruego a Dios que V. A. no lo experimente un día. No sería conforme al interés de la España que se persiguiese a un príncipe que se ha casado con una princesa de la familia real, y que tanto tiempo ha gobernado el reino. Ya no tiene más amigos: V. A. no los tendrá tampoco si algún día llega a ser desgraciado. Los pueblos se vengan gustosos de los respetos que nos tributan. Además, ¿cómo se podría formar causa al príncipe de la Paz sin hacerla también al rey y a la reina vuestros padres? Esta causa fomentaría el odio y las pasiones sediciosas; el resultado sería funesto para vuestra corona. V. A. R. no tiene a ella otros derechos sino los que su madre le ha transmitido: si la causa mancha su honor, V. A. destruye sus derechos. No preste V. A. oídos a consejos débiles y pérfidos. No tiene V. A. derecho para juzgar al príncipe de la Paz; sus delitos, si se le imputan, desaparecen en los derechos del trono. Muchas veces he manifestado mi deseo de que se separase de los negocios al príncipe de la Paz: si no he hecho más instancias ha sido por un efecto de mi amistad por el rey Carlos, apartando la vista de las flaquezas de su afección. ¡Oh miserable humanidad! Debilidad y error, tal es nuestra divisa. Mas todo esto se puede conciliar; que el príncipe de la Paz sea desterrado de España, y yo le ofrezco un asilo en Francia.
En cuanto a la abdicación de Carlos IV, ella ha tenido efecto en el momento en que mis ejércitos ocupaban la España, y a los ojos de la Europa y de la posteridad podría parecer que yo he enviado todas esas tropas con el solo objeto de derribar del trono a mi aliado y mi amigo. Como soberano vecino debo enterarme de lo ocurrido antes de reconocer esta abdicación. Lo digo a V. A. R., a los españoles, al universo entero; si la abdicación del rey Carlos es espontánea, y no ha sido forzado a ella por la insurrección y motín sucedido en Aranjuez, yo no tengo dificultad en admitirla, y en reconocer a V. A. R. como rey de España. Deseo pues conferenciar con V. A. R. sobre este particular.
La circunspección que de un mes a esta parte he guardado en este asunto debe convencer a V. A. del apoyo que hallará en mí, si jamás sucediese que facciones de cualquiera especie viniesen a inquietarle en su trono. Cuando el rey Carlos me participó los sucesos del mes de octubre próximo pasado, me causaron el mayor sentimiento, y me lisonjeo de haber contribuido por mis instancias al buen éxito del asunto del Escorial. V. A. no está exento de faltas: basta para prueba la carta que me escribió, y que siempre he querido olvidar. Siendo rey sabrá cuán sagrados son los derechos del trono: cualquier paso de un príncipe hereditario cerca de un soberano extranjero es criminal. El matrimonio de una princesa francesa con V. A. R. le juzgo conforme a los intereses de mis pueblos, y sobre todo como una circunstancia que me uniría con nuevos vínculos a una casa, a quien no tengo sino motivos de alabar desde que subí al trono. V. A. R. debe recelarse de las consecuencias de las emociones populares: se podrá cometer algún asesinato sobre mis soldados esparcidos; pero no conducirán sino a la ruina de la España. He visto con sentimiento que se han hecho circular en Madrid unas cartas del capitán general de Cataluña, y que se ha procurado exasperar los ánimos. V. A. R. conoce todo lo interior de mi corazón: observará que me hallo combatido por varias ideas que necesitan fijarse; pero puede estar seguro de que en todo caso me conduciré con su persona del mismo modo que lo he hecho con el rey su padre. Esté V. A. persuadido de mi deseo de conciliarlo todo, y de encontrar ocasiones de darle pruebas de mi afecto y perfecta estimación. Con lo que ruego a Dios os tenga, hermano mío, en su santa y digna guarda. En Bayona a 16 de abril de 1808. — Napoleón. — (Véase el manifiesto de Don Pedro Cevallos.)
Número 2-16.
El rey N. S. haciendo el más alto aprecio de los deseos que el emperador de los franceses ha manifestado de disponer de la suerte del preso Don Manuel de Godoy, escribió desde luego a S. M. I. mostrando su pronta y gustosa voluntad de complacerle, asegurado S. M. de que el preso pasaría inmediatamente la frontera de España, y que jamás volvería a entrar en ninguno de sus dominios.
El emperador de los franceses ha admitido este ofrecimiento de S. M., y mandado al gran duque de Berg que reciba el preso, y lo haga conducir a Francia con escolta segura.
La junta de gobierno instruida de estos antecedentes, y de la reiterada expresión de la voluntad de S. M., mandó ayer al general, a cuyo cargo estaba la custodia del citado preso, que lo entregase al oficial que destinase para su conducción el gran duque; disposición que ya queda cumplida en todas sus partes. Madrid 21 de abril de 1808.
Número 2-17.
Oficio del general Belliard a la junta de gobierno. (Véase la memoria de Ofárril y Azanza.)
«Habiendo S. M. el emperador y rey manifestado a S. A. el gran duque de Berg que el príncipe de Asturias acababa de escribirle diciendo «que le hacía dueño de la suerte del príncipe de la Paz», S. A. me encarga en consecuencia que entere a la junta de las intenciones del emperador, que le reitera la orden de pedir la persona de este príncipe y de enviarle a Francia.
Puede ser que esta determinación de S. A. R. el príncipe de Asturias no haya llegado todavía a la junta. En este caso se deja conocer que S. A. R. habrá esperado la respuesta del emperador; pero la junta comprenderá que el responder al príncipe de Asturias sería decidir una cuestión muy diferente; y ya es sabido que S. M. I. no puede reconocer sino a Carlos IV.
Ruego pues a la junta se sirva tomar esta nota en consideración, y tener la bondad de instruirme sobre este asunto, para dar cuenta a S. A. I. el gran duque de la determinación que tomase.
El gobierno y la nación española solo hallarán en esta resolución de S. M. I. nuevas pruebas del interés que toma por la España; porque alejando al príncipe de la Paz, quiere quitar a la malevolencia los medios de creer posible que Carlos IV volviese el poder y su confianza al que debe haberla perdido para siempre; y por otra parte la junta de gobierno hace ciertamente justicia a la nobleza de los sentimientos de S. M. el emperador, que no quiere abandonar a su fiel aliado.
Tengo el honor de ofrecer a la junta las seguridades de mi alta consideración. — El general y jefe del estado mayor general, Augusto Belliard. — Madrid 20 de abril de 1808.»
Número 2-18.
Carta remitiendo la protesta al emperador y rey.
«Hermano y señor: V. M. sabrá ya con sentimiento el suceso de Aranjuez y sus resultas, y no dejará de ver sin algún tanto de interés a un rey que forzado a abdicar la corona, se echa en los brazos de un gran monarca su aliado, poniéndose en todo y por todo a su disposición, pues que él es el único que puede hacer su dicha, la de toda su familia, y la de sus fieles y amados vasallos... Heme visto obligado a abdicar; pero seguro en el día y lleno de confianza en la magnanimidad y genio del grande hombre que siempre se ha manifestado mi amigo, he tomado la resolución de dejar a su arbitrio lo que se sirviese hacer de nosotros, mi suerte, la de la reina... Dirijo a V. M. I. una protesta contra el acontecimiento de Aranjuez, y contra mi abdicación. Me pongo y confio enteramente en el corazón y amistad de V. M. I. Con esto ruego a Dios que os mantenga en su santa y digna guarda. — Hermano y Señor: de V. M. I. su afectísimo hermano y amigo. — Carlos.»
Idem.
Reiteración de la protesta, dirigida al Señor infante Don Antonio.
«Muy amado hermano: el 19 del mes pasado he confiado a mi hijo un decreto de abdicación... En el mismo día extendí una protesta solemne contra el decreto dado en medio del tumulto, y forzado por las críticas circunstancias... Hoy, que la quietud está restablecida, que mi protesta ha llegado a las manos de mi augusto amigo y fiel aliado el emperador de los franceses y rey de Italia, que es notorio que mi hijo no ha podido lograr le reconozca bajo este título... declaro solemnemente que el acto de abdicación que firmé el día 19 del pasado mes de marzo es nulo en todas sus partes; y por eso quiero que hagáis conocer a todos mis pueblos que su buen rey, amante de sus vasallos, quiere consagrar lo que le queda de vida en trabajar para hacerlos dichosos. Confirmo provisionalmente en sus empleos de la junta actual de gobierno los individuos que la componen, y todos los empleos civiles y militares que han sido nombrados desde el 19 del mes de marzo último. Pienso en salir luego al encuentro de mi augusto aliado, después de lo cual transmitiré mis últimas órdenes a la junta. San Lorenzo a 17 de abril de 1808. — Yo el rey. — A la junta superior de gobierno.»
Número 2-19.
«Ilustrísimo Señor: Al folio 33 del manifiesto del consejo se dice que se presentó un oidor del de Navarra disfrazado, que había logrado introducirse en la habitación del Señor Don Fernando VII, y traía instrucciones verbales de S. M., reducidas a estrechos encargos y deseos de que se siguiese el sistema de amistad y armonía con los franceses. Las consideraciones que debo a ese supremo tribunal por haber suprimido mi nombre, y lo más esencial de la comisión solo con el objeto de evitar que padeciese mi persona, sujeta al tiempo de la publicación a la dominación francesa, exigen mi gratitud y reconocimiento, y así pido a V. S. I. que se lo haga presente; pero ahora que aunque a costa de dificultades y contingencias me veo en este pueblo libre de todo temor, juzgo preciso que sepa el público mi misión en toda su extensión.
Hallábame yo en Bayona con otros ministros de los tribunales de Navarra cuando llegó el rey a aquella ciudad: no tardó muchas horas el emperador de los franceses en correr el velo que ocultaba su misteriosa conducta; hizo saber a cara descubierta a S. M. el escandaloso e inesperado proyecto de arrancarle violentamente de sus sienes la corona de España; y persuadido sin duda de que a su más pronto logro convenía estrechar al rey por todos medios, uno de los que primero puso en ejecución fue la interceptación de correos. Diariamente se expedían extraordinarios; pero la garantía del derecho de las gentes no era un sagrado que los asegurase contra las tropelías de un gobierno acostumbrado a no escrupulizar en la elección de los medios para realizar sus depravados fines: en estas circunstancias creyó S. M. preciso añadir nuevos y desconocidos conductos de comunicación con la junta suprema presidida por el infante Don Antonio, y me honró con la confianza de que fuese yo el que pasando a esta capital, la informase verbalmente de los sucesos ocurridos en aquellos tres primeros aciagos días. Salí a su virtud de Bayona sobre las seis de la tarde del 23, y llegué a esta villa por caminos y sendas extraviadas, no sin graves peligros y trabajos, al anochecer del 29 de abril: inmediatamente me dirigí a la junta y anunciándola la real orden, dije: «que el emperador de los franceses quería exigir imperiosamente del rey Don Fernando VII que renunciase por sí, y en nombre de la familia toda de los Borbones, el trono de España y todos sus dominios en favor del mismo emperador y de su dinastía, prometiéndole en recompensa el reino de Etruria, y que la comitiva que había acompañado a S. M. hiciese igual renuncia en representación del pueblo español: que desentendiéndose S. M. I. y R. de la evidencia con que se demostró que ni el rey ni la comitiva podían ni debían en justicia acceder a tal renuncia, y despreciando las amargas quejas que se le dieron por haber sido conducido S. M. a Bayona con el engaño y perfidia que carecen de ejemplo, tanto más execrables, cuanto que iban encubiertos con el sagrado título de amistad y utilidad recíproca, afianzadas en palabras las más decisivas y terminantes, insistía en ella sin otras razones que dos pretextos indignos de pronunciarse por un soberano que no haya perdido todo respeto a la moral de los gabinetes, y aquella buena fe que forma el vínculo de las naciones; reducidos el primero a que su política no le permitía otra cosa, pues que su persona no estaba segura mientras que alguno de los Borbones enemigos de su casa reinase en una nación poderosa; y el segundo a que no era tan estúpido que despreciase la ocasión tan favorable que se le presentaba de tener un ejército formidable dentro de España, ocupadas sus plazas y puntos principales, nada que temer por la parte del norte, y en su poder las personas del rey y del señor infante Don Carlos: ventajas todas bien difíciles para que se las ofreciesen los tiempos venideros. Que con la idea de procurar dilaciones, y sacar de ellas el mejor partido posible, se había pasado una nota dirigida a que se autorizase un sujeto que explicase sus intenciones por escrito; pero que cuando el emperador se obstinase en no retroceder, estaba S. M. resuelto a perder primero la vida que acceder a tan inicua renuncia: que con esta seguridad y firme inteligencia procediese la junta en sus deliberaciones. Y concluí añadiendo, que habiendo preguntado yo voluntariamente al señor Don Pedro Cevallos al despedirme de S. E. si prevendría algo a la junta sobre la conducta que debiera observar con los franceses, me respondió que aunque la comisión no comprendía este punto, podía decir que estaba acordado por regla general, que por entonces no se hiciese novedad, porque era de temer de lo contrario que resultasen funestas consecuencias contra el rey, el señor infante y cuantos españoles se hallaban acompañando a S. M., y el reino se arriesgaba, descubriendo ideas hostiles antes que estuviese preparado para sacudir el yugo de la opresión.» V. S. I. sabe que con esas mismas o semejantes expresiones lo expuse todo, no solo en la noche del 29, sí también en la inmediata del 30 de abril, en que quiso S. A. el señor infante Don Antonio que asistiese yo a la sesión que se celebró en ella, compuesta a más de los señores individuos de la junta suprema, de todos los presidentes de los tribunales, y de dos ministros de cada uno, con el doble objeto de que todos se informasen de mi comisión, y yo de las novedades de aquel día y demás de que se tratase, a fin de que diese cuenta de todo a S. M. en Bayona, adonde regresé la tarde del 6 de mayo con continuos riesgos y sobresaltos que se aumentaron a mi salida; y pues es a mi parecer muy debido que no se ignore este rasgo heroico del carácter firme de nuestro amado soberano, y yo tampoco debo prescindir de que conste del modo más auténtico el exacto cumplimiento y desempeño de mi comisión en todas sus partes, ruego a V. I. y al consejo, que no hallando inconveniente mande insertar este papel en la gaceta y diario de esta corte. Dios guarde a V. S. I. muchos años. Madrid 27 de setiembre de 1808. — Justo María Ibarnavarro. — Ilustrísimo señor Don Antonio Arias Mon y Velarde.
Número 2-20.
Orden del día.
Soldados: la población de Madrid se ha sublevado, y ha llegado hasta el asesinato. Sé que los buenos españoles han gemido de estos desórdenes: estoy muy lejos de mezclarlos con aquellos miserables que no desean más que el crimen y el pillaje. Pero la sangre francesa ha sido derramada; clama por la venganza: en su consecuencia mando lo siguiente:
Artículo 1.º
El general Grouchy convocará esta noche la comisión militar.
Art. 2.º
Todos los que han sido presos en el alboroto y con las armas en la mano serán arcabuceados.
Art. 3.º
La junta de estado va a hacer desarmar los vecinos de Madrid. Todos los habitantes y estantes quienes después de la ejecución de esta orden se hallaren armados o conservasen armas sin una permisión especial, serán arcabuceados.
Art. 4.º
Todo lugar en donde sea asesinado un francés será quemado.
Art. 5.º
Toda reunión de más de ocho personas será considerada como una junta sediciosa, y deshecha por la fusilería.
Art. 6.º
Los amos quedarán responsables de sus criados; los jefes de talleres, obradores y demás de sus oficiales; los padres y madres de sus hijos, y los ministros de los conventos de sus religiosos.
Art. 7.º
Los autores, vendedores y distribuidores de libelos impresos o manuscritos provocando a la sedición, serán considerados como unos agentes de la Inglaterra, y arcabuceados.
Dado en nuestro cuartel general de Madrid a 2 de mayo de 1808. — Joachim. — Por mandado de S. A. I. y R. — El jefe del estado mayor general. — Belliard.
Número 2-21.
Véase la memoria de Ofárril y Azanza en su nota núm. 12.
Número 2-22.
Carta de Fernando VII a su padre Carlos IV.
«Venerado padre y señor: V. M. ha convenido en que yo no tuve la menor influencia en los movimientos de Aranjuez, dirigidos como es notorio, y a V. M. consta, no a disgustarle del gobierno y del trono, sino a que se mantuviese en él, y no abandonase la multitud de los que en su existencia dependían absolutamente del trono mismo. V. M. me dijo igualmente que su abdicación había sido espontánea, y que aun cuando alguno me asegurase lo contrario, no lo creyese, pues jamás había firmado cosa alguna con más gusto. Ahora me dice V. M. que aunque es cierto que hizo la abdicación con toda libertad, todavía se reservó en su ánimo volver a tomar las riendas del gobierno cuando lo creyese conveniente. He preguntado en consecuencia a V. M. si quiere volver a reinar; y V. M. me ha respondido que ni quería reinar, ni menos volver a España. No obstante me manda V. M. que renuncie en su favor la corona que me han dado las leyes fundamentales del reino, mediante su espontánea abdicación. A un hijo que siempre se ha distinguido por el amor, respeto y obediencia a sus padres, ninguna prueba que pueda calificar estas cualidades, es violenta a su piedad filial, principalmente cuando el cumplimiento de mis deberes con V. M. como hijo suyo, no están en contradicción con las relaciones que como rey me ligan con mis amados vasallos. Para que ni estos, que tienen el primer derecho a mis atenciones queden ofendidos, ni V. M. descontento de mi obediencia, estoy pronto, atendidas las circunstancias en que me hallo, a hacer la renuncia de mi corona en favor de V. M. bajo las siguientes limitaciones.
1.ª Que V. M. vuelva a Madrid, hasta donde le acompañaré, y serviré yo como su hijo más respetuoso. 2.ª Que en Madrid se reunirán las cortes; y pues que V. M. resiste una congregación tan numerosa, se convocarán al efecto todos los tribunales y diputados de los reinos. 3.ª Que a la vista de esta asamblea se formalizará mi renuncia, exponiendo los motivos que me conducen a ella: estos son el amor que tengo a mis vasallos, y el deseo de corresponder al que me profesan, procurándoles la tranquilidad, y redimiéndoles de los horrores de una guerra civil por medio de una renuncia dirigida a que V. M. vuelva a empuñar el cetro, y a regir unos vasallos dignos de su amor y protección. 4.ª Que V. M. no llevará consigo personas que justamente se han concitado el odio de la nación. 5.ª Que si V. M., como me ha dicho, ni quiere reinar ni volver a España, en tal caso yo gobernaré en su real nombre como lugarteniente suyo. Ningún otro puede ser preferido a mí: tengo el llamamiento de las leyes, el voto de los pueblos, el amor de mis vasallos, y nadie puede interesarse en su prosperidad con tanto celo ni con tanta obligación como yo. Contraída mi renuncia a estas limitaciones, comparecerá a los ojos de los españoles como una prueba de que prefiero el interés de su conservación a la gloria de mandarlos, y la Europa me juzgará digno de mandar a unos pueblos, a cuya tranquilidad he sabido sacrificar cuanto hay de más lisonjero y seductor entre los hombres. Dios guarde la importante vida de V. M. muchos y felices años que le pide postrado a L. R. P. de V. M. su más amante y rendido hijo. — Fernando. — Pedro Cevallos. — Bayona 1.º de mayo de 1808.» — (Véase la exposición o manifiesto de Don Pedro Cevallos núm. 7.)
Número 2-23.
Carta de Carlos IV a su hijo Fernando VII.
«Hijo mío: Los consejos pérfidos de los hombres que os rodean han conducido la España a una situación crítica: solo el emperador puede salvarla.
Desde la paz de Basilea he conocido que el primer interés de mis pueblos era inseparable de la conservación de buena inteligencia con la Francia. Ningún sacrificio he omitido para obtener esta importante mira: aun cuando la Francia se hallaba dirigida por gobiernos efímeros, abogué mis inclinaciones particulares para no escuchar sino la política, y el bien de mis vasallos.
Cuando el emperador hubo restablecido el orden en Francia se disiparon grandes sobresaltos, y tuve nuevos motivos para mantenerme fiel a mi sistema de alianza. Cuando la Inglaterra declaró la guerra a la Francia, logré felizmente ser neutro, y conservar a mis pueblos los beneficios de la paz. Se apoderó después de cuatro fragatas mías, y me hizo la guerra aun antes de habérsela declarado; y entonces me vi precisado a oponer la fuerza a la fuerza, y las calamidades de la guerra asaltaron a mis vasallos.
La España rodeada de costas, y que debe una gran parte de su prosperidad a sus posesiones ultramarinas, sufrió con la guerra más que cualquiera otro estado: la interrupción del comercio, y todos los estragos que acarrea, afligieron a mis vasallos, y cierto número de ellos tuvo la injusticia de atribuirlos a mis ministros.
Tuve al menos la felicidad de verme tranquilo por tierra, y libre de la inquietud en cuanto a la integridad de mis provincias, siendo el único de los reyes de Europa que se sostenía en medio de las borrascas de estos últimos tiempos. Aún gozaría de esta tranquilidad sin los consejos que os han desviado del camino recto. Os habéis dejado seducir con demasiada facilidad por el odio que vuestra primera mujer tenía a la Francia, y habéis participado irreflexiblemente de sus injustos resentimientos contra mis ministros, contra vuestra madre, y contra mi mismo.
Me creí obligado a recordar mis derechos de padre y de rey: os hice arrestar, y hallé en vuestros papeles la prueba de vuestro delito; pero al acabar mi carrera, reducido al dolor de ver perecer a mi hijo en un cadalso, me dejé llevar de mi sensibilidad al ver las lágrimas de vuestra madre. No obstante mis vasallos estaban agitados por las prevenciones engañosas de la facción de que os habéis declarado caudillo. Desde este instante perdí la tranquilidad de mi vida, y me vi precisado a unir las penas que me causaban los males de mis vasallos a los pesares que debí a las disensiones de mi misma familia.
Se calumniaban mis ministros cerca del emperador de los franceses, el cual creyendo que los españoles se separaban de su alianza, y viendo los espíritus agitados (aun en el seno de mi familia) cubrió bajo varios pretextos mis estados con sus tropas. En cuanto estas ocuparon la ribera derecha del Ebro, y que mostraban tener por objeto mantener la comunicación con Portugal, tuve la esperanza de que no abandonaría los sentimientos de aprecio y de amistad que siempre me había dispensado; pero al ver que sus tropas se encaminaban hacia mi capital, conocí la urgencia de reunir mi ejército cerca de mi persona, para presentarme a mi augusto aliado como conviene al rey de las Españas. Hubiera yo aclarado sus dudas, y arreglado mis intereses: di orden a mis tropas de salir de Portugal y de Madrid, y las reuní sobre varios puntos de mi monarquía, no para abandonar a mis vasallos, sino para sostener dignamente la gloria del trono. Además mi larga experiencia me daba a conocer que el emperador de los franceses podía muy bien tener algún deseo conforme a sus intereses y a la política del vasto sistema del continente, pero que estuviese en contradicción con los intereses de mi casa. ¿Cuál ha sido en estas circunstancias vuestra conducta? El haber introducido el desorden en mi palacio, y amotinado el cuerpo de guardias de Corps contra mi persona. Vuestro padre ha sido vuestro prisionero: mi primer ministro que había yo criado y adoptado en mi familia, cubierto de sangre fue conducido de un calabozo a otro. Habéis desdorado mis canas, y las habéis despojado de una corona poseída con gloria por mis padres, y que había conservado sin mancha. Os habéis sentado sobre mi trono, y os pusísteis a la disposición del pueblo de Madrid y de tropas extranjeras que en aquel momento entraban.
Ya la conspiración del Escorial había obtenido sus miras: los actos de mi administración eran el objeto del desprecio público. Anciano y agobiado de enfermedades, no he podido sobrellevar esta nueva desgracia. He recurrido al emperador de los franceses, no como un rey al frente de sus tropas y en medio de la pompa del trono, sino como un rey infeliz y abandonado. He hallado protección y refugio en sus reales: le debo la vida, la de la reina, y la de mi primer ministro. He venido en fin basta Bayona, y habéis conducido este negocio de manera que todo depende de la mediación de este gran príncipe.