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Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5)

LIBRO SEGUNDO. (continued 2)

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Quejas y tentativas de Murat.

En todos aquellos días no había cesado Murat de incomodar y acosar a la junta con sus quejas e infundadas reclamaciones. El 16 había llamado a Ofárril para lamentarse con acrimonia o ya de asesinatos, o ya de acopios de armas que se hacían en Aragón. Eran estos meros pretextos para encaminar su plática a asunto más serio. Al fin le declaró el verdadero objeto de la conferencia. Era pues que el emperador no reconocía en España otro rey sino a Carlos IV, y que habiendo para ello recibido órdenes suyas iba a publicar una proclama que manuscrita le dio a leer. Se suponía extendida por el rey padre, asegurando en ella haber sido forzada su abdicación, como así se lo había comunicado a su aliado el emperador de los franceses, con cuya aprobación y arrimo volvería a sentarse en el solio. Absorto Ofárril con lo que acababa de oír informó de ello a la junta, la cual de nuevo comisionó al mismo en compañía de Azanza para apurar más y más las razones y el fundamento de tan extraña resolución. Murat, acompañado del conde de Laforest, se mantuvo firme en su propósito, y solo consintió en aguardar la última contestación de la junta que verbalmente y por los mismos encargados respondió: «1.º Que Carlos IV y no el gran duque debía comunicarle su determinación. 2.º Que comunicada que le fuese se limitaría a participarla a Fernando VII: y 3.º Pedía que estando Carlos IV próximo a salir para Bayona se guardase el mayor secreto y no ejerciese durante el viaje ningún acto de soberanía.» En seguida pasó Murat al Escorial, y poniéndose de acuerdo con los reyes padres [*] (* Ap. n. 2-18.) Reclama Carlos IV la corona, y anuncia su viaje a Bayona. escribió Carlos IV a su hermano el infante Don Antonio una carta en la que aseguraba haber sido forzada su abdicación del 19 de marzo, y que en aquel mismo día había protestado solemnemente contra dicho acto. Ahora reiteraba su primera declaración confirmando provisionalmente a la junta en su autoridad como igualmente a todos los empleados nombrados desde el 19 de marzo último, y anunciaba su próxima salida para ir a encontrarse con su aliado el emperador de los franceses. Es digno de reparo que en aquella carta expresase Carlos IV haber protestado solemnemente el 19, cuando después dató su protesta del 21, cuya fecha ya antes advertimos envolvía contradicción con cartas posteriores escritas por el mismo monarca. Prueba notable y nueva de la precipitación conque en todo se procedió, y del poco concierto que entre sí tuvieron los que arreglaron aquel negocio; puesto que fuera la protesta extendida en el día de la abdicación o fuéralo después, siendo Carlos IV y sus confidentes los dueños y únicos sabedores de su secreto, hubieran por lo menos debido coordinar unas fechas cuya contradicción había de desautorizar acto de tanta importancia, mayormente cuando la legitimidad o fuerza de la protesta no dimanaba de que se hubiese realizado el 19, el 21 o el 23, sino de la falta de libre voluntad conque aseguraban ellos había sido dada la abdicación. Respecto de lo cual como se había verificado en medio de conmociones y bullicios populares, solo Carlos IV era el único y competente juez, y no habiendo variado su situación en los tres días sucesivos a punto que pudiera atribuirse su silencio a completa conformidad, siempre estaba en el caso de alegar fundadamente que cercado de los mismos riesgos no había osado extender por escrito un acto que descubierto hubiera sobremanera comprometido su persona y la de su esposa. En nada de eso pensaron; creyeron de más al parecer detenerse en cosas que imaginaron leves, bastándoles la protesta para sus premeditados fines. Carlos IV después de haber remitido igual acto a Napoleón, en compañía de la reina y de la hija del príncipe de la Paz se puso en camino para Bayona el día 25 de abril, escoltado por tropas francesas y carabineros reales, los mismos que le habían hecho la guardia en el Escorial. Fácil es figurarse cuán atribulados debieron quedar el infante y la junta con novedades que oscurecían y encapotaban más y más el horizonte político.

Inquietud en Madrid.

La salida de Godoy, las conferencias de Murat con los reyes padres, la arrogancia y modo de explicarse de gran parte de los oficiales franceses y de su tropa, aumentaban la irritación de los ánimos, y a cada paso corría riesgo de alterarse la tranquilidad pública de Madrid y de los pueblos que ocupaban los extranjeros. Un incidente agravó en la capital estado tan crítico. Murat había ofrecido a la junta guardar reservada la protesta de Carlos IV, pero a pesar de su promesa no tardó en faltar a ella, o por indiscreción propia, o por el mal entendido celo de sus subalternos. El día 20 de abril se presentó al consejo el impresor Eusebio Álvarez de la Torre para avisarle que dos agentes franceses habían estado en su casa con el objeto de imprimir una proclama de Carlos IV. Ya había corrido la voz por el pueblo, y en la tarde hubiera habido una grande conmoción, si el consejo de antemano no hubiese enviado al alcalde de casa y corte Don Andrés Romero, quien sorprendió a los dos franceses Funiel y Ribat con las pruebas de la proclama. Quiso el juez arrestarlos, mas ni consintieron ellos en ir voluntariamente, ni en declarar cosa alguna sin orden previa de su jefe el general Grouchy, gobernador francés de Madrid. Impaciente el pueblo se agolpó a la imprenta, y temiendo el alcalde que al sacarlos fuesen dichos franceses víctimas del furor popular, los dejó allí arrestados hasta la determinación del consejo, el cual no osando tomar sobre sí la resolución, acudió a la junta que, no queriendo tampoco comprometerse, dispuso ponerlos en libertad, exigiendo solamente de Murat nueva promesa de que en adelante no se repetirían iguales tentativas. Tan débiles e irresolutas andaban las dos autoridades, en quienes se libraba entonces la suerte y el honor nacional. La libertad de Godoy y el caso sucedido en la imprenta, al parecer poco importante, fueron acontecimientos que muy particularmente indispusieron el espíritu público contra los franceses. En el último claramente aparecía el deseo de reponer en el trono a Carlos IV, y renovar así las crueles y recientes llagas del anterior reinado; y con el primero se arrancaba de manos de la justicia y se daba suelta al objeto odiado de la nación entera.

Alboroto en Toledo.

No se circunscribía a Madrid la pública inquietud. En Toledo el día 21 de abril se turbó también la tranquilidad por la imprudencia del ayudante general Marcial Tomás, que había salido enviado a aquella ciudad con el objeto de disponer alojamientos para la tropa francesa. Explicábase sin rebozo contra el ensalzamiento de Fernando VII, afirmando que Napoleón había decidido restablecer en el trono a Carlos IV. Esparcidos por el vecindario semejantes rumores, se amotinó el pueblo agavillándose en la plaza de Zocodover, y paseando armado por las calles el retrato de Fernando, a quien todos tenían que saludar o acatar, fueran franceses o españoles. La casa del corregidor Don José Joaquín de Santa María, y las de los particulares Don Pedro Segundo y Don Luis del Castillo fueron acometidas y públicamente quemados sus muebles y efectos, achacándose a estos sujetos afecto al valido y a Carlos IV: crimen entonces muy grave en la opinión popular. Duró el tumulto dos días. Le apaciguó el cabildo y la llegada del general Dupont, quien con la suficiente fuerza pasó el 26 de Aranjuez a aquella ciudad. En Burgos. Iguales ruidos y alborotos hubo en Burgos por aquellos días de resultas de haber detenido los franceses a un correo español. El intendente marqués de la Granja estuvo muy cerca de perecer a manos del populacho, y hubo con esta ocasión varios heridos.

Apoyado en aquellos tumultos provocados por la imprudencia u osadía francesa, y seguro por otra parte de que Fernando había atravesado la frontera, Conducta altanera de Murat. levantó Murat su imperioso y altanero tono, encareciendo agravios e importunando con sus peticiones. Guardaba con la junta, autoridad suprema de la nación, tan poco comedimiento que en ocasiones graves procedía sin contar con su anuencia. Así fue que queriendo Bonaparte congregar en Bayona una diputación de españoles, para que en tierra extraña tratase de asuntos interiores del reino, a manera de la que antes había reunido en León respecto de Italia; y habiendo Murat comunicado dicha resolución a la junta gubernativa a fin de que nombrase sujetos y arreglase el modo de convocación; al tiempo que esta en medio de sus angustias entraba en deliberación acerca de la materia, llegó a su noticia que el gran duque Murat había por sí escogido al intento ciertas personas, quienes rehusando pasar a Francia sin orden o pasaporte de su gobierno, le obligaron a dirigirse a la misma junta para obtenerlos. Diolos aquella, creciendo en debilidad a medida que el francés crecía en insolencia.

Conducta de la junta y medidas que propone.

Más adelante volveremos a hablar de la reunión que se indicaba para Bayona. Ahora conviene que paremos nuestra atención en la conducta de la junta suprema, autoridad que quedó al frente de la nación y la gobernó hasta que grandes y gloriosos levantamientos limitaron su flaca dominación a Madrid y puntos ocupados por los franceses. A pesar de no haber sido su mando muy duradero varió en su composición, ya por el número de sujetos que después se le agregaron, ya por la mudanza y alteración sustancial que experimentó al entrar Murat a presidirla. Nos ceñiremos por de pronto al espacio de su gobernación, que comprende hasta los primeros días de mayo, en cuyo tiempo se componía de las personas antes indicadas bajo la presidencia del infante Don Antonio, asistiendo con frecuencia a sus sesiones el príncipe de Castel-Franco, el conde de Montarco y Don Arias Mon, gobernador del consejo. Se agregaron en 1.º de mayo por resolución de la misma junta todos los presidentes y decanos de los consejos, y se nombró por secretario al conde de Casa-Valencia. En su difícil y ardua posición hostigada de un lado por un jefe extranjero impetuoso y altivo, y reprimida de otro con las incertidumbres y contradicciones de los que habían acompañado al rey a Bayona, puede encontrar disculpa la flojedad y desmayo con que generalmente obró durante todos aquellos días. Hubiérase también achacado su indecisión al modo restricto con que Fernando la había autorizado a su partida, si Don Pedro Cevallos no nos hubiera dado a conocer que para acudir al remedio de aquel olvido o falta de previsión, se le había enviado a dicha junta desde Bayona una real orden para «que ejecutase cuanto convenía al servicio del rey y del reino, y que al efecto usase de todas las facultades que S. M. desplegaría si se hallase dentro de sus estados.» Parece ser que el decreto fue recibido por la junta, y en verdad que con él tenía ancho campo para proceder sin trabas ni miramiento. Sin embargo constante en su timidez e irresolución no se atrevió a tomar medida alguna vigorosa sin consultar de nuevo al rey. Fueron despachados con aquel objeto a Bayona Don Evaristo Pérez de Castro y Don José de Zayas: llegó el primero sin tropiezo a su destino; detúvose al segundo en la raya. Susurrose entonces que una persona bien enterada del itinerario del último lo había revelado para entorpecer su misión: no fue así con Pérez de Castro, quien encubrió a todos el camino o extraviada vereda que llevaba. La junta remitía por dichos comisionados cuatro preguntas acerca de las cuales pedía instrucciones. «1.ª Si convenía autorizar a la junta a sustituirse en caso necesario en otras personas, las que S. M. designase, para que se trasladasen a paraje en que pudiesen obrar con libertad, siempre que la junta llegase a carecer de ella. 2.ª Si era la voluntad de S. M. que empezasen las hostilidades, el modo y tiempo de ponerlo en ejecución. 3.ª Si debía ya impedirse la entrada de nuevas tropas francesas en España, cerrando los pasos de la frontera. 4.ª Si S. M. juzgaba conducente que se convocasen las cortes, dirigiendo su real decreto al consejo, y en defecto de este [por ser posible que al llegar la respuesta de S. M. no estuviera ya en libertad de obrar] a cualquiera chancillería o audiencia del reino.»

Creación de una junta que la sustituya.

Preguntas eran estas con que más bien daba indicio la junta de querer cubrir su propia responsabilidad, que de desear su aprobación. Con todo habiendo dentro de su seno individuos sumamente adictos al bien y honor de su patria, no pudieron menos de acordarse con oportunidad algunas resoluciones, que ejecutadas con vigor hubieran sin duda influido favorablemente en el giro de los negocios. Tal fue la de nombrar una junta que sustituyese a la de Madrid, llegado el caso de carecer esta de libertad. Propuso tan acertada providencia el firme y respetable Don Francisco Gil y Lemus, impelido y alentado por una reunión oculta de buenos patriotas que se congregaban en casa de su sobrino Don Felipe Gil Taboada. Fueron los nombrados para la nueva junta el conde de Ezpeleta, capitán general de Cataluña que debía presidirla, Don Gregorio García de la Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja, el teniente general Don Antonio de Escaño, Don Gaspar Melchor de Jovellanos, y en su lugar, y hasta tanto que llegase de Mallorca, Don Juan Pérez Villamil, y Don Felipe Gil Taboada. El punto señalado para su reunión era Zaragoza, y el último de los nombrados salió para dicha ciudad en la mañana misma del aciago 2 de mayo, en compañía de Don Damián de la Santa que debía ser secretario. Luego veremos cómo se malogró la ejecución de tan oportuna medida.

Los individuos que en la junta de Madrid propendían a no exponer a riesgo sus personas abrazando un activo y eficaz partido, se apoyaban en el mismo titubear de los ministros y consejeros de Bayona, quienes ni entre sí andaban acordes, ni sostenían con uniformidad y firmeza lo que una vez habían determinado. Hemos visto antes como Don Pedro Cevallos había expedido un decreto autorizando a la junta para que obrase sin restricción ni traba alguna; de lo que hubiéramos debido inferir cuán resuelto estaba a sobrellevar con fortaleza los males que de aquel decreto pudieran originarse a su persona y a los demás españoles que rodeaban al rey. Pues era tan al contrario, que el mismo Don Pedro envió a decir a la junta en 23 de abril por Don Justo Ibarnavarro oidor de Pamplona, que llegó a Madrid en la noche del 29,[*] Llegada a Madrid de Don Justo Ibarnavarro. (* Ap. n. 2-19.) «que no se hiciese novedad en la conducta tenida con los franceses para evitar funestas consecuencias contra el rey, y cuantos españoles [porque no se olvidaban] acompañaban a S. M.» El mencionado oidor, después de contar lo que pasaba en Bayona, también anunció de parte de S. M. «que estaba resuelto a perder primero la vida que a acceder a una inicua renuncia... y que con esta seguridad procediese la junta»; aserción algún tanto incompatible con el encargo de Don Pedro Cevallos. Siendo tan grande la vacilación de todos, siendo tantas y tan frecuentes sus contradicciones, fue más fácil que después cada uno descargase su propia responsabilidad, echándose recíprocamente la culpa. Por consiguiente si en este primer tiempo procedió la junta de Madrid con duda y perplejidad, las circunstancias eran harto graves para que no sea disimulable su indecisa y a veces débil conducta, examinándola a la luz de la rigurosa imparcialidad.

Posición de los franceses en Madrid.

La fuerte y hostil posición de los franceses era también para desalentar al hombre más brioso y arrojado. Tenían en Madrid y sus alrededores 25.000 hombres, ocupando el Retiro con numerosa artillería. Dentro de la capital estaba la guardia imperial de a pie y de a caballo con una división de infantería mandada por el general Musnier, y una brigada de caballería. Las otras divisiones del cuerpo de observación de las costas del océano a las órdenes del mariscal Moncey, se hallaban acantonadas en Fuencarral, Chamartín, convento de San Bernardino, Pozuelo y la casa de Campo. En Aranjuez, Toledo y el Escorial había divisiones del cuerpo de Dupont, de suerte que Madrid estaba ocupado y circundado por el ejército extranjero, al paso que la guarnición española constaba de poco más de 3000 hombres, habiéndose insensiblemente disminuido desde los acontecimientos de marzo. Mas el vecindario, en lugar de contener y reprimir su disgusto, le manifestaba cada día más a cara descubierta y sin poner ya límites a su descontento. Eran extraordinarias la impaciencia y la agitación, y ora delante de la imprenta real para aguardar la publicación de una gaceta, ora delante de la casa de correos para saber noticias, se veían constantemente grupos de gente de todas clases. Los empleados dejaban sus oficinas, los operarios sus talleres, y hasta el delicado sexo sus caseras ocupaciones para acudir a la Puerta del Sol y sus avenidas, ansiosos de satisfacer su noble curiosidad: interés loable y señalado indicio de que el fuego patrio no se había aún extinguido en los pechos españoles.

Revistas de Murat.

Murat por su parte no omitía ocasión de ostentar su fuerza y sus recursos para infundir pavor en el ánimo de la desasosegada multitud. Todos los domingos pasaba revista de sus tropas en el paseo del Prado, después de haber oído misa en el convento de Carmelitas descalzos, calle de Alcalá. La demostración religiosa acompañada de la estrepitosa reseña, lejos de conciliar los ánimos o de arredrarlos, los llenaba de enfado y enojo. No se creía en la sinceridad de la primera tachándola de impío fingimiento, y se veía en la segunda el deliberado propósito de insultar y de atemorizar con estudiada apariencia a los pacíficos, si bien ofendidos moradores. De una y otra parte fue creciendo la irritación siendo por ambas extremada. El español tenía a vilipendio el orgullo y desprecio con que se presentaba el extranjero, y el soldado francés temeroso de una oculta trama anhelaba por salir de su situación penosa, vengándose de los desaires que con frecuencia recibía. A tal punto había llegado la agitación y la cólera, que al volver Murat el domingo 1.º de mayo de su acostumbrada revista, y a su paso por la Puerta del Sol fue escarnecido y silbado con escándalo de su comitiva por el numeroso pueblo que allí a la sazón se encontraba. Semejante estado de cosas era demasiado violento para que se prolongase, sin haber de ambas partes un abierto y declarado rompimiento. Solo faltaba oportuna ocasión, la cual desgraciadamente se ofreció muy luego.

Pide la salida para Francia del infante Don Francisco y reina de Etruria.

El 30 de abril presentó Murat una carta de Carlos IV para que la reina de Etruria y el infante Don Francisco pasasen a Bayona. Se opuso la junta a la partida del infante, dejando a la reina que obrase según su deseo. Reiteró Murat el 1.º de mayo la demanda acerca del infante, tomando a su cuidado evitar a la junta cualquiera desazón o responsabilidad. Tratose largamente en ella si se había o no de acceder: los pareceres anduvieron muy divididos, y hubo quien propuso resistir con la fuerza. Consultose acerca del punto con Don Gonzalo Ofárril como ministro de la guerra, quien trazó un cuadro en tal manera triste, si bien cierto, de la situación de Madrid apreciada militarmente, que no solo arrastró a su opinión la de la mayoría, sino que también se convino en contener con las fuerzas nacionales cualquiera movimiento del pueblo. Hasta ahora la junta había sido débil e indecisa: en adelante menos atenta a sus sagrados deberes irá poco a poco uniéndose y estrechándose con el orgulloso invasor. Resuelto pues el viaje de la reina de Etruria conforme a su libre voluntad, y el del infante Don Francisco por consentimiento de la junta, se señaló la mañana siguiente para su partida.

2 de mayo.

Amaneció en fin el 2 de mayo, día de amarga recordación, de luto y desconsuelo, cuya dolorosa imagen nunca se borrará de nuestro afligido y contristado pecho. Un présago e inexplicable desasosiego pronosticaba tan aciago acontecimiento, o ya por aquel presentir oscuro que a veces antecede a las grandes tribulaciones de nuestra alma, o ya más bien por la esparcida voz de la próxima partida de los infantes. Esta voz y la suma inquietud excitada por la falta de dos correos de Francia, habían llamado desde muy temprano a la plazuela de palacio numeroso concurso de hombres y mujeres del pueblo. Al dar las nueve subió en un coche con sus hijos la reina de Etruria, mirada más bien como princesa extranjera que como propia, y muy desamada por su continuo y secreto trato con Murat: partió sin oponérsele resistencia. Quedaban todavía dos coches, y al instante corrió por la multitud que estaban destinados al viaje de los dos infantes Don Antonio y Don Francisco. Por instantes crecía el enojo y la ira, cuando al oír de la boca de los criados de palacio que el niño Don Francisco lloraba y no quería partir, se enternecieron todos, y las mujeres prorrumpieron en lamentos y sentidos sollozos. En este estado y alterados más y más los ánimos, llegó a palacio el ayudante de Murat Mr. Augusto Lagrange encargado de ver lo que allí pasaba, y de saber si la inquietud popular ofrecía fundados temores de alguna conmoción grave. Al ver al ayudante, conocido como tal por su particular uniforme, nada grato a los ojos del pueblo, se persuadió este que era venido allí para sacar por fuerza a los infantes. Siguiose un general susurro, y al grito de una mujerzuela: que nos los llevan, fue embestido Mr. Lagrange por todas partes, y hubiera perecido a no haberle escudado con su cuerpo el oficial de valonas Don Miguel Desmaisieres y Flórez; mas subiendo de punto la gritería y ciegos todos de rabia y desesperación, ambos iban a ser atropellados y muertos si afortunadamente no hubiera llegado a tiempo una patrulla francesa que los libró del furor de la embravecida plebe. Murat prontamente informado de lo que pasaba envió sin tardanza un batallón con dos piezas de artillería: la proximidad a palacio de su alojamiento facilitaba la breve ejecución de su orden. La tropa francesa llegada que fue al paraje de la reunión popular, en vez de contener el alboroto en su origen, sin previo aviso ni determinación anterior, hizo una descarga sobre los indefensos corrillos, causando así una general dispersión, y con ella un levantamiento en toda la capital, porque derramándose con celeridad hasta por los más distantes barrios los prófugos de palacio, cundió con ellos el terror y el miedo, y en un instante y como por encanto se sublevó la población entera.

Acudieron todos a buscar armas, y con ansia a falta de buenas se aprovechaban de las más arrinconadas y enmohecidas. Los franceses fueron impetuosamente acometidos por doquiera que se les encontraba. Respetáronse en general los que estaban dentro de las casas o iban desarmados, y con vigor se ensañaron contra los que intentaban juntarse con sus cuerpos o hacían fuego. Los hubo que arrojando las armas e implorando clemencia se salvaron, y fueron custodiados en paraje seguro. ¡Admirable generosidad en medio de tan ciego y justo furor! El gentío era inmenso en la calle Mayor, de Alcalá, de la Montera y de las Carretas. Durante algún tiempo los franceses desaparecieron, y los inexpertos madrileños creyeron haber alcanzado y asegurado su triunfo; pero desgraciadamente fue de corta duración su alegría.

Los extranjeros prevenidos de antemano, y estando siempre en vela, recelosos por la pública agitación de una populosa ciudad, apresuradamente se abalanzaron por las calles de Alcalá y carrera de San Jerónimo barriéndola con su artillería, y arrollando a la multitud la caballería de la guardia imperial a las órdenes del jefe de escuadron Daumesnil. Señaláronse en crueldad los lanceros polacos y los mamelucos, los que conforme a las órdenes de los generales de brigada Guillot y Daubray forzaron las puertas de algunas casas, o ya porque desde dentro hubiesen tirado, o ya porque así lo fingieron para entrarlas a saco y matar a cuantos se les presentaban. Así asaltando entre otras la casa del duque de Híjar en la carrera de San Jerónimo arcabucearon delante de sus puertas al anciano portero. Estuvieron también próximos a experimentar igual suerte el marqués de Villamejor y el conde de Talara, aunque no habían tomado parte en la sublevación. Salváronlos sus alojados. El pueblo combatido por todas partes fue rechazado y disperso, y solo unos cuantos siguieron defendiéndose y aun atacaron con sobresaliente bizarría. Entre ellos los hubo que vendiendo caras sus vidas se arrojaron en medio de las filas francesas hiriendo y matando hasta dar el postrer aliento: hubo otros que parapetándose en las esquinas de las calles iban de una en otra haciendo continuado y mortífero fuego: algunos también en vez de huir aguardaban a pie firme, o asestaban su último y furibundo golpe contra el jefe u oficial conocido por sus insignias. ¡Estériles esfuerzos de valor y personal denuedo!

La tropa española permanecía en sus cuarteles por orden de la junta y del capitán general Don Francisco Javier Negrete, furiosa y encolerizada, mas retenida por la disciplina. Entretanto paisanos sin resguardo ni apoyo se precipitaron al parque de artillería, en el barrio de las Maravillas, para sacar los cañones y resistir con más ventaja. Los artilleros andaban dudosos en tomar o no parte con el pueblo, a la misma sazón que cundió la voz de haber sido atacado por los franceses uno de los otros cuarteles. Decididos entonces y puestos al frente Don Pedro Velarde y D. Luis Daoiz abrieron las puertas del parque, sacaron tres cañones y se dispusieron a rechazar al enemigo, sostenidos por los paisanos y un piquete de infantería a las órdenes del oficial Ruiz. Al principio se cogieron prisioneros algunos franceses, pero poco después una columna de estos de los acantonados en el convento de San Bernardino se avanzó mandada por el general Lefranc, trabándose de ambos lados una porfiada refriega. El parque se defendió valerosamente, menudearon las descargas, y allí quedaron tendidos número crecido de enemigos. De nuestra parte perecieron bastantes soldados y paisanos: el oficial Ruiz fue desde el principio gravemente herido. Don Pedro Velarde feneció atravesado de un balazo: y escaseando ya los medios de defensa con la muerte de muchos, y aproximándose denodadamente los franceses a la bayoneta, comenzaron los nuestros a desalentar y quisieron rendirse. Pero cuando se creía que los enemigos iban a admitir la capitulación se arrojaron sobre las piezas, mataron a algunos, y entre ellos traspasaron desapiadadamente a bayonetazos a Don Luis Daoiz, herido antes en un muslo. Así terminaron su carrera los ilustres y beneméritos oficiales Daoiz y Velarde: honra y gloria de España, dechado de patriotismo, servirán de ejemplo a los amantes de la independencia y libertad nacional. El reencuentro del parque fue el que costó más sangre a los franceses, y en donde hubo resistencia más ordenada.

Entretanto la débil junta azorada y sorprendida pensó en buscar remedio a tamaño mal. Ofárril y Azanza habiendo recorrido inútilmente los alrededores de palacio, y no siendo escuchados de los franceses, montaron a caballo y fueron a encontrarse con Murat, quien desde el principio de la sublevación para estar más desembarazado y más a mano de dar órdenes, ya a las tropas de afuera, ya a las de adentro, se colocó con el mariscal Moncey y principales generales fuera de puertas en lo alto de la cuesta de San Vicente. Llegaron allí los comisionados de la junta, y dijeron al gran duque que si mandaba suspender el fuego y les daba para acompañarlos uno de sus generales se ofrecían a restablecer la tranquilidad. Accedió Murat y nombró al efecto al general Harispe. Juntos los tres pasaron a los consejos, y asistidos de individuos de todos ellos se distribuyeron por calles y plazas, y recorriendo las principales alcanzaron que la multitud se aplacase con oferta de olvido de lo pasado y reconciliación general. En aquel paseo se salvó la vida a varios desgraciados, y señaladamente a algunos traficantes catalanes a ruego de Don Gonzalo Ofárril.

Retirados los españoles, todas las bocacalles y puntos importantes fueron ocupados por los franceses, situando particularmente en las encrucijadas cañones con mecha encendida.

Aunque sumidos todos en dolor profundo, se respiraba algún tanto con la consoladora idea de que por lo menos haría pausa la desolación y la muerte. ¡Engañosa esperanza! A las tres de la tarde una voz lúgubre y espantosa empezó a correr con la celeridad del rayo. Afirmábase que españoles tranquilos habían sido cogidos por los franceses y arcabuceados junto a la fuente de la Puerta del Sol y la iglesia de la Soledad, manchando con su inocente sangre las gradas del templo. Apenas se daba crédito a tamaña atrocidad, y conceptuábanse falsos rumores de ilusos y acalorados patriotas. Bien pronto llegó el desengaño. En efecto, los franceses después de estar todo tranquilo habían comenzado a prender a muchos españoles, que en virtud de las promesas creyeron poder acudir libremente a sus ocupaciones. Prendiéronlos con pretexto de que llevaban armas: muchos no las tenían, a otros solo acompañaba o una navaja o unas tijeras de su uso. Algunos fueron arcabuceados sin dilación, otros quedaron depositados en la casa de correos y en los cuarteles. Las autoridades españolas fiadas en el convenio concluido con los jefes franceses, descansaban en el puntual cumplimiento de lo pactado. Por desgracia fuimos de los primeros a ser testigos de su ciega confianza. Llevados a casa de Don Arias Mon gobernador del consejo con deseo de librar la vida a Don Antonio Oviedo, quien sin motivo había sido preso al cruzar de una calle, nos encontramos con que el venerable anciano, rendido al cansancio de la fatigosa mañana, dormía sosegadamente la siesta. Enlazados con él por relaciones de paisanaje y parentesco, conseguimos que se le despertase, y con dificultad pudimos persuadirle de la verdad de lo que pasaba, respondiendo a todo que una persona como el gran duque de Berg no podía descaradamente faltar a su palabra... ¡tanto repugnaba el falso proceder a su acendrada probidad! Cerciorado al fin, procuró aquel digno magistrado reparar por su parte el grave daño, dándonos también a nosotros en propia mano la orden para que se pusiese en libertad a nuestro amigo. Sus laudables esfuerzos fueron inútiles, y en balde fueron nuestros pasos en favor de Don Antonio Oviedo. A duras penas penetrando por las filas enemigas con bastante peligro, de que nos salvó el hablar la lengua francesa, llegamos a la casa de correos donde mandaba por los españoles el general Sesti. Le presentamos la orden del gobernador, y friamente nos contestó que para evitar las continuadas reclamaciones de los franceses, les había entregado todos sus presos y puéstolos en sus manos: así aquel italiano al servicio de España retribuyó a su adoptiva patria los grados y mercedes con que le había honrado. En dicha casa de correos se había juntado una comisión militar francesa con apariencias de tribunal; mas por lo común sin ver a los supuestos reos, sin oírles descargo alguno ni defensa los enviaba en pelotones unos en pos de otros para que pereciesen en el Retiro o en el Prado. Muchos llegaban al lugar de su horroroso suplicio ignorantes de su suerte; y atados de dos en dos, tirando los soldados franceses sobre el montón, caían o muertos o mal heridos, pasando a enterrarlos cuando todavía algunos palpitaban. Aguardaron a que pasase el día para aumentar el horror de la trágica escena. Al cabo de veinte años nuestros cabellos se erizan todavía al recordar la triste y silenciosa noche, solo interrumpida por los lastimeros ayes de las desgraciadas víctimas y por el ruido de los fusilazos y del cañón que de cuando en cuando y a lo lejos se oía y resonaba. Recogidos los madrileños a sus hogares lloraban la cruel suerte que había cabido o amenazaba al pariente, al deudo o al amigo. Nosotros nos lamentábamos de la suerte del desventurado Oviedo, cuya libertad no habíamos logrado conseguir, a la misma sazón que pálido y despavorido le vimos impensadamente entrar por las puertas de la casa en donde estábamos. Acababa de deber la vida a la generosidad de un oficial francés movido de sus ruegos y de su inocencia, expresados en la lengua extraña con la persuasiva elocuencia que le daba su crítica situación. Atado ya en un patio del Retiro, estando para ser arcabuceado le soltó, y aun no había salido Oviedo del recinto del palacio cuando oyó los tiros que terminaron la larga y horrorosa agonía de sus compañeros de infortunio.[*] (* Ap. n. 2-21.) Me he atrevido a entretejer con la relación general un hecho que si bien particular, da una idea clara y verdadera del modo bárbaro y cruel con que perecieron muchos españoles, entre los cuales había sacerdotes, ancianos y otras personas respetables. No satisfechos los invasores con la sangre derramada por la noche, continuaron todavía en la mañana siguiente pasando por las armas a algunos de los arrestados la víspera, para cuya ejecución destinaron el cercado de la casa del príncipe Pío. Con aquel sangriento suceso se dio correspondiente remate a la empresa comenzada el 2 de mayo, día que cubrirá eternamente de baldón al caudillo del ejército francés, que friamente mandó asesinar, atraillados sin juicio ni defensa a inocentes y pacíficos individuos. Lejos estaba entonces de prever el orgulloso y arrogante Murat que años después cogido, sorprendido y casi atraillado también a la manera de los españoles del 2 de mayo, sería arcabuceado sin detenidas formas y a pesar de sus reclamaciones, ofreciendo en su persona un señalado escarmiento a los que ostentan hollar impunemente los derechos sagrados de la justicia y de la humanidad.

Difícil sería calcular ahora con puntualidad la pérdida que hubo por ambas partes. El consejo interesado en disminuirla la rebajó a unos 200 hombres del pueblo. Murat aumentando la de los españoles redujo la suya acortándola el Monitor a unos 80 entre muertos y heridos. Las dos relaciones debieron ser inexactas por la sazón en que se hicieron y el diverso interés que a todos ellos movía. Según lo que vimos y atendiendo a lo que hemos consultado después y al número de heridos que entraron en los hospitales, creemos que aproximadamente puede computarse la pérdida de unos y otros en 1200 hombres.

Calificaron los españoles el acontecimiento del 2 de mayo de trama urdida por los franceses, y no faltaron algunos de estos que se imaginaron haber sido una conspiración preparada de antemano por aquellos: suposiciones falsas y desnudas ambas de sólido fundamento. Mas, desechando los rumores de entonces, nos inclinamos sí a que Murat celebró la ocasión que se le presentaba y no la desaprovechó, jactándose como después lo hizo de haber humillado con un recio escarmiento la fiereza castellana. Bien pronto vio cuán equivocado era su precipitado juicio. Aquel día fue el origen del levantamiento de España contra los franceses, contribuyendo a ello en gran manera el concurso de forasteros que había en la capital con motivo del advenimiento al trono de Fernando VII. Asustados estos y horrorizados, volvieron a sus casas difundiendo por todas las provincias la infausta nueva y excitando el odio y la abominación contra el cruel y fementido extranjero.

Día 3.

Profunda tristeza y abatimiento señalaron el día 3. Las tiendas y las casas cerradas, las calles solitarias y recorridas solamente por patrullas francesas ofrecían el aspecto de una ciudad desierta y abandonada. Murat mandó fijar en las esquinas una proclama [*] (* Ap. n. 2-20.) digna de Atila, respirando sangre y amenazas, con lo que la indignación, si bien reconcentrada entonces, tomó cada vez mayor incremento y braveza.

Salida de los infantes para Francia el 3 y el 4.

Aterrado así el pueblo de Madrid, se fue adelante en el propósito de trasladar a Francia toda la real familia, y el mismo día 3 salió para Bayona el infante Don Francisco. No se había pasado aquella noche sin que el conde de Laforest y Mr. Freville indicasen en una conferencia secreta al infante Don Antonio la conveniencia y necesidad de que fuese a reunirse con los demás individuos de su familia, para que en presencia de todos se tomasen de acuerdo con el emperador las medidas convenientes al arreglo de los negocios de España. Condescendió el infante consternado con los sucesos precedentes, y señaló para su partida la madrugada del 4, habiéndose tomado un coche de viaje de la duquesa viuda de Osuna, a fin de que caminase más disimuladamente. Dirigió antes de su salida un papel o decreto [no sabemos qué nombre darle] a Don Francisco Gil y Lemus como vocal más antiguo de la junta y persona de su particular confianza. Aunque temamos faltar a la gravedad de la historia, lo curioso del papel así en la sustancia como en la forma exige que le insertemos aquí literalmente. «Al señor Gil. — A la junta para su gobierno la pongo en su noticia como me he marchado a Bayona de orden del rey, y digo a dicha junta que ella sigue en los mismos términos como si yo estuviese en ella. — Dios nos la dé buena. — A Dios, señores, hasta el valle de Josafat. — Antonio Pascual.» Basta esta carta del buen infante Don Antonio Pascual para conjeturar cuán superior era a sus fuerzas la pesada carga que le había encomendado su sobrino. Había sido siempre reputado por hombre de partes poco aventajadas, y en los breves días de su presidencia no ganó ni en concepto ni en estimación. La reina María Luisa le graduaba en sus cartas de hombre de muy poco talento y luces, agregábale además la calidad de cruel. El juicio de la reina en su primera parte era conforme a la opinión general; pero en lo de cruel, a haberse entonces sabido, se hubiera atribuido a injusta calificación de enemistad personal. Por desgracia la saña con que aquel infante se expresó el año de 1814 contra todos los perseguidos y proscritos, confirmó triste y sobradamente la justicia e imparcialidad con que la reina había bosquejado su carácter. Aquí acabó por decirlo así la primera época de la junta de gobierno, hasta cuyo tiempo si bien se echa de menos energía y la conveniente previsión, falta disculpable en tan delicada crisis, no se nota en su conducta connivencia ni reprensibles tratos con el invasor extranjero. En adelante su modo de proceder fue variando y enturbiándose más y más. Pero ya es tiempo de que volvamos los ojos a las escenas no menos lamentables que al mismo tiempo se representaban en Bayona.

Llega Napoleón a Bayona.

Napoleón al día siguiente de su llegada el 16 de abril, dio audiencia en aquella ciudad a una diputación de portugueses enviada para cumplimentarle, y les ofreció conservar su independencia, no desmembrando parte alguna de su territorio ni agregándolos tampoco a España. No pudo verle el infante Don Carlos por hallarse indispuesto; mas Napoleón pasó a visitar en persona a Fernando una hora después de su arribo, el que se verificó como hemos dicho el día 20. El recién llegado bajó a recibirle a la puerta de la calle, en donde habiéndose estrechamente abrazado estuvieron juntos corto rato, y solamente se tocaron en la conversación puntos indiferentes. Fernando fue convidado a comer para aquella misma tarde con el emperador, y a la hora señalada yendo en carruajes imperiales con su comitiva, fue conducido al palacio de Marracq donde Napoleón residía. Saliole este a recibir hasta el estribo del coche, etiqueta solo usada con las testas coronadas. En la mesa evitó tratarle como príncipe o como rey. Acabada la comida permanecieron poco tiempo juntos, y se despidieron quedando los españoles muy contentos del agasajo con que habían sido tratados, y renaciendo en ellos la esperanza de que todo iba a componerse bien y satisfactoriamente. Vuelto Fernando a su posada entró en ella muy luego el general Savary con el inesperado mensaje de que el emperador había resuelto irrevocablemente derribar del trono la estirpe de los Borbones, sustituyendo la suya, Se anuncia a Fernando que renuncie. y que por consiguiente S. M. I. exigía que el rey en su nombre y en el de toda su familia renunciase la corona de España e Indias en favor de la dinastía de Bonaparte. No se sabe si debe sorprender más la resolución en sí misma y el tiempo y ocasión de anunciarla, o la serenidad del mensajero encargado de dar la noticia. No habían transcurrido aun cinco días desde que el general Savary había respondido con su cabeza de que el emperador reconocería al príncipe de Asturias por rey si hiciese la demostración amistosa de pasar a Bayona; y el mismo general encargábase ahora no ya de poner dudas o condiciones a aquel reconocimiento, sino de intimar al príncipe y a su familia el despojo absoluto del trono heredado de sus abuelos. ¡Inaudita audacia! Aguardar también para notificar la terrible decisión de Napoleón el momento en que acababa de darse a los príncipes de España pruebas de un bueno y amistoso hospedaje, fue verdaderamente rasgo de inútil y exquisita inhumanidad, apenas creíble a no habérnoslo trasmitido testigos oculares. Los héroes del político florentino César Borja y Oliveretto di Fermo en sus crueldades y excesos parecidos en gran manera a este de Napoleón, hallaban por lo menos cierta disculpa en su propia debilidad y en ser aquella la senda por donde caminaban los príncipes y estados de su tiempo. Mas el hombre colocado al frente de una nación grande y poderosa, y en un siglo de costumbres más suaves nunca podrá justificar o paliar siquiera ni su aleve resolución, ni el modo odioso e inoportuno de comunicarla.

Conferencias de Escóiquiz y Cevallos.

Después del intempestivo y desconsolador anuncio, tuvieron acerca del asunto Don Pedro Cevallos y Don Juan Escóiquiz importantes conferencias. Comenzó la de Cevallos con el ministro Champagny, y cuando sostenía aquel con tesón y dignidad los derechos de su príncipe, en medio de la discusión presentose el emperador, y mandó a ambos entrar en su despacho, en donde enojado con lo que a Cevallos le había oído, pues detrás de una puerta había estado escuchando, le apellidó traidor, por desempeñar cerca de Fernando el mismo destino de que había disfrutado bajo Carlos IV. Añadidos otros denuestos, se serenó al fin y concluyó con decir que «tenía una política peculiar suya; que debía [Cevallos] adoptar ideas más francas, ser menos delicado sobre el pundonor y no sacrificar la prosperidad de España al interés de la familia de Borbón.»

La primera conferencia de Escóiquiz fue desde luego con Napoleón mismo, quien le trató con más dulzura y benignidad que a Cevallos, merced probablemente a los elogios que el canónigo le prodigó con larga mano. La conversación tenida entre ambos nos ha sido conservada por Escóiquiz, y aunque dueño este de modificarla en ventaja suya, lleva visos de verídica y exacta, así por lo que Bonaparte dice, como también por aparecer en ella el bueno de Escóiquiz en su original y perpetua simplicidad. El emperador francés poco atento a floreos y estudiadas frases, insistió con ahínco en la violencia con que a Carlos IV se le había arrancado su renuncia, siendo el punto que principalmente le interesaba. No por eso dejó Escóiquiz de seguir perorando largamente; pero su cicerónica arenga, como por mofa la intitulaba Napoleón, no conmovió el imperial ánimo de este, que terminó la conferencia con autorizar a Escóiquiz para que en nombre suyo ofreciese a Fernando el reino de Etruria en cambio de la corona de España; en cuya propuesta quería dar al príncipe una prueba de su estimación, prometiendo además casarle con una princesa de su familia. Después de lo cual y de tirarle amistosa si bien fuertemente de las orejas, según el propio relato del canónigo, dio fin a la conversación el emperador francés.

Apresuradamente volvió a la posada del rey Fernando Don Juan Escóiquiz, a quien todos aguardaban con ansia. Comunicó la nueva propuesta de Napoleón, y se juntó el consejo de los que acompañaban al rey para discutirla. En él los más de los asistentes, a pesar de los repetidos desengaños, solo veían en las nuevas proposiciones el deseo de pedir mucho para alcanzar algo, y todos a excepción de Escóiquiz votaron por desechar la propuesta del reino de Etruria. Cierto que si por una parte horroriza la pérfida conducta de Napoleón, por otra causa lástima y despecho el constante desvarío de los consejeros de Fernando y aquel continuado esperar en quien solo había dado muestras de mala voluntad. La opinión de Escóiquiz fue aún menos disculpable; la de los otros consejeros se fundaba en un juicio equivocado, pero la del último no solo le deshonraba como español queriendo que se trocase el vasto y poderoso trono de su patria por otro pequeño y limitado, no solo daba indicio de mísera y personal ambición, sino que también probaba de nuevo imprevisión incurable en imaginarse que Bonaparte respetaría más al nuevo rey de Etruria que lo que había respetado al antiguo y a los que eran legítimamente príncipes de España.

Continuaron las conferencias habiendo sustituido a Cevallos Don Pedro Labrador, y entendiéndose con Escóiquiz Mr. de Pradt, obispo de Poitiers. Labrador rompió desde luego sus negociaciones con Mr. de Champagny: los otros prosiguieron sin resultado alguno su recíproco trato y explicaciones. Daba ocasión a muchas de estas conferencias la vacilación misma de Napoleón, quien deseaba que Fernando renunciase sus derechos, sin tener que acudir a una violencia abierta, y también para dar lugar a que Carlos IV y el otro partido de la corte llegasen a Bayona. Así fue que la víspera del día en que se aguardaba a los reyes viejos, anunció Napoleón a Fernando que ya no trataría sino con su padre.

Llegada de Carlos IV a Bayona.

Ya hemos visto como el 25 de abril habían salido aquellos del Escorial, ansiosos de abrazar a su amigo Godoy, y persuadidos hasta cierto punto de que Napoleón los repondría en el trono. Pruébanlo las conversaciones que tuvieron en el camino, y señaladamente la que en Villa Real trabó la reina con el duque de Mahón; a quien habiéndole preguntado qué noticias corrían, respondió dicho duque «asegúrase que el emperador de los franceses reúne en Bayona todas las personas de la familia real de España para privarlas del trono.» Parose la reina como sorprendida, y después de haber reflexionado un rato, replicó: «Napoleón siempre ha sido enemigo grande de nuestra familia: sin embargo ha hecho a Carlos reiteradas promesas de protegerle, y no creo que obre ahora con perfidia tan escandalosa.» Arribaron pues a Bayona el 30, siendo desde la frontera cumplimentados y tratados como reyes, y con una distinción muy diversa de aquella con que se había recibido a su hijo. Napoleón los vio el mismo día, y no los convidó a comer sino para el siguiente 1.º de mayo; queriéndoles hacer el obsequio de que descansasen. Desembarazados de las personas que habían ido a darles el parabién de su llegada, entre quienes se contaba a Fernando, mirado con desvío y enojo por su augusto padre, corrieron Carlos y María Luisa a los brazos de su querido Godoy, a quien tiernamente estrecharon en su seno una y repetidas veces con gran clamor y llanto.

Come con Napoleón.

Pasaron en la tarde señalada a comer con Napoleón, y habiéndosele olvidado a este invitar al favorito español; al ponerse a la mesa, echándole de menos Carlos fuera de sí exclamó: ¿Y Manuel? ¿Dónde está Manuel? Fuele preciso a Napoleón reparar su olvido, o más bien condescender con los deseos del anciano monarca: tan grande era el poderoso influjo que sobre los hábitos y carácter del último había tomado Godoy, quien no parecía sino que con bebedizos le había encantado.

Comparece Fernando en presencia de su padre.

No tardaron mucho unos y otros en ocuparse en el importante y grave negocio que había provocado la reunión en Bayona de tantos ilustres personajes. Muy luego de la llegada de los reyes padres, de acuerdo estos con Napoleón, y siendo Godoy su principal y casi único consejero, se citó a Fernando e intimole Carlos en presencia del soberano extranjero, que en la mañana del día siguiente le devolviese la corona por medio de una cesión pura y sencilla, amenazándole con que «si no él, sus hermanos y todo su séquito serían desde aquel momento tratados como emigrados.» Napoleón apoyó su discurso, y le sostuvo con fuerza; y al querer responder Fernando se lanzó de la silla su augusto padre, y hablándole con dignidad y fiereza quiso maltratarle, acusándole de haber querido quitarle la vida con la corona. La reina hasta entonces silenciosa se puso enfurecida, ultrajando al hijo con injuriosos denuestos, y a tal punto, según Bonaparte, se dejó arrastrar de su arrebatada cólera, que le pidió al mismo hiciese subir a Fernando al cadalso: expresión, si fue pronunciada, espantosa en boca de una madre.Condiciones de Fernando para su renuncia. (* Ap. n. 2-22.) Su hijo enmudeció y envió una renuncia con fecha 1.º de mayo limitada por las condiciones siguientes: «1.ª Que el rey padre volviese a Madrid, hasta donde le acompañaría Fernando, y le serviría como [*] su hijo más respetuoso. 2.ª Que en Madrid se reuniesen las cortes, y pues que S. M. [el rey padre] resistía una congregación tan numerosa, se convocasen todos los tribunales y diputados del reino. 3.ª Que a la vista de aquella asamblea formalizaría su renuncia Fernando, exponiendo los motivos que le conducían a ella. 4.ª Que el rey Carlos no llevase consigo personas que justamente se habían concitado el odio de la nación. 5.ª Que si S. M. no quería reinar ni volver a España, en tal caso Fernando gobernaría en su real nombre, como lugarteniente suyo; no pudiendo ningún otro ser preferido a él.» Son de notar los trámites y formalidades que querían exigirse para hacer la nueva renuncia, siendo así que todo se había olvidado y aun atropellado en la anterior de Carlos. También es digno de particular atención que Fernando y sus consejeros, quienes por la mayor parte odiaron tanto años adelante hasta el nombre de cortes, hayan sido los primeros que provocaron su convocación, insinuando ser necesaria para legitimar la nueva cesión del hijo en favor del padre la aprobación de los representantes de la nación, o por lo menos la de una reunión numerosa en que estuvieran los diputados de los reinos. Así se truecan y trastornan los pareceres de los hombres al son del propio interés, y en menosprecio de la pública utilidad.

No se conforma el padre.

Carlos IV no se conformó, como era de esperar, con la contestación del hijo, escribiéndole en respuesta el 2 una carta, en cuyo contenido en medio de algunas severas si bien justas reflexiones se descubre la mano de Napoleón, y hasta expresiones suyas. Sonlo por ejemplo [*] (* Ap. n. 2-23.) «todo debe hacerse para el pueblo, y nada por él... No puedo consentir en ninguna reunión en junta... nueva sugestión de los hombres sin experiencia que os acompañan.» Tal fue la invariable aversión con que Bonaparte miró siempre las asambleas populares, siendo así que sin ellas hubiera perpetuamente quedado oscurecido en el humilde rincón en que la suerte le había colocado.[*] (* Ap. n. 2-24.) Fernando insistió el 4 en su primera respuesta «que el excluir para siempre del trono de España a su dinastía, no podía hacerlo sin el expreso consentimiento de todos los individuos que tenían o podían tener derecho a la corona de España, ni tampoco sin el mismo expreso consentimiento de la nación española, reunida en cortes y en lugar seguro.» Y tanto y tanto reconocía entonces Fernando los sagrados derechos de la nación, reclamándolos y deslindándolos cada vez más y con mayor claridad y conato.

Comparece por segunda vez Fernando delante de su padre.

En este estado andaban las pláticas sobre tan grave negocio cuando el 5 de mayo se recibió en Bayona la noticia de lo acaecido en Madrid el día 2: pasó Napoleón inmediatamente a participárselo a los reyes padres, y después de haber tenido con ellos una muy larga conferencia, se llamó a Fernando para que también concurriese a ella. Eran las cinco de la tarde; todos estaban sentados excepto el príncipe. Su padre le reiteró las anteriores acusaciones; le baldonó acerbamente; le achacó el levantamiento del 2 de mayo; las muertes que se habían seguido, y llamándole pérfido y traidor, le intimó por segunda vez que si no renunciaba la corona, sería sin dilación declarado usurpador, y él y toda su casa conspiradores contra la vida de sus soberanos. Fernando atemorizado [*] (* Ap. n. 2-25.) abdicó el 6 pura y sencillamente en favor de su padre, y en los términos que este le había indicado. No había aguardado Carlos a la renuncia del hijo para concluir con Napoleón un tratado por el que le cedía la corona, Renuncia Carlos IV en Napoleón. (* Ap. n. 2-26.) sin otra especial restricción que la de la integridad de la monarquía y la conservación de la religión católica, excluyendo cualquiera otra. El tratado fue firmado en 5 de mayo por el mariscal Duroc y el príncipe de la Paz,[*] plenipotenciarios nombrados al efecto; con cuya vergonzosa negociación dio el valido español cumplido remate a su pública y lamentable carrera. Ingrato y desconocido puso su firma en un tratado en el que no estipuló sola y precisamente privar de la corona a Fernando su enemigo, sino en general y por inducción a todos los infantes, a toda la dinastía, en fin, de los soberanos sus bienhechores, recayendo la cesión de Carlos en un príncipe extranjero. Pequeño y mezquino hasta en los últimos momentos, Don Manuel Godoy única y porfiadamente altercó sobre el artículo de pensiones. Por lo demás el modo con que Carlos se despojó de la corona, al paso que mancillaba al encargado de autorizarla por medio de un tratado, cubría de oprobio a un padre que de golpe y sin distinción privaba indirectamente a todos sus hijos de suceder en el trono. Acordada la renuncia en tierra extraña, faltábale a los ojos del mundo la indispensable cualidad de haber sido ejecutada libre y espontáneamente, sobre todo cuando la cesión recaía en favor de un soberano dentro de cuyo imperio se había concluido aquella importante estipulación. Era asimismo cosa no vista que un monarca, dueño si se quiere de despojarse a sí mismo de sus propios derechos, no contase para la cesión ni con sus hijos, ni con las otras personas de su dinastía, ni con el libre y amplio consentimiento de la nación española, que era traspasada a ajena dominación como si fuera un campo propio o un rebaño. El derecho público de todos los países se ha opuesto constantemente a tamaño abuso, y en España, en tanto que se respetaron sus franquezas y libertades, hubo siempre en las cortes un firme e invencible valladar contra la arbitraria y antojadiza voluntad de los reyes. Cuando Alfonso el batallador tuvo el singular desacuerdo de dejar por herederos de sus reinos a los caballeros del Temple, lejos de convenir en su loco extravío, nombraron los aragoneses en las cortes de Borja por rey de Aragón a Don Ramiro el monje, y por su parte los navarros para suceder en Navarra a Don García Ramírez. Hubo otros casos no menos señalados en que siempre se pusieron a salvo los fueros y costumbres nacionales. Hasta el mismo imbécil de Carlos II, aunque su disposición testamentaria fue hecha dentro del territorio, y en ella no se infringían tan escandalosamente ni los derechos de la familia real ni los de la nación, creyó necesario por lo menos usar de la fórmula de «que fuera válida aquella su última voluntad, como si se hubiese hecho de acuerdo con las cortes.» Ahora por todo se atropelló, y nadie cuidó de conservar siquiera ciertas apariencias de justicia y legitimidad.

Carlos IV y María Luisa.

Así terminó Carlos IV su reinado, del que nadie mejor que él mismo nos dará una puntual y verdadera idea. Comía en Bayona con Napoleón cuando se expresó en estos términos: «todos los días invierno y verano iba a caza hasta las doce, comía y al instante volvía al cazadero hasta la caída de la tarde. Manuel me informaba como iban las cosas, y me iba a acostar para comenzar la misma vida al día siguiente, a menos de impedírmelo alguna ceremonia importante.» De este modo gobernó por espacio de veinte años aquel monarca, quien según la pintura que hace de sí propio, merece justamente ser apellidado con el mismo epiteto que lo fueron varios de los reyes de Francia de la estirpe merovingiana. Sin embargo adornaban a Carlos prendas con que hubiera brillado como rey, llenando sus altas obligaciones, si menos perezoso y débil no se hubiese ciegamente entregado al arbitrio y desordenada fantasía de la reina. Tenía comprensión fácil y memoria vasta; amaba la justicia, y si alguna vez se ocupaba en el despacho de los negocios, era expedito y atinado; mas estas calidades desaparecieron al lado de su dejadez y habitual abandono. Con otra esposa que María Luisa su reinado no hubiera desmerecido del de su augusto antecesor; y bien que la situación de Europa fuese muy otra a causa de la revolución francesa, tranquila España en su interior y bien gobernada, quizá hubiera podido sosegadamente progresar en su industria y civilización sin revueltas ni trastornos.

Renuncia de Fernando como príncipe de Asturias.

Formalizadas las renuncias de Fernando en Carlos IV, y de este en Napoleón, faltaba la del primero como príncipe de Asturias, porque si bien había devuelto en 6 de mayo la corona a su padre, no había por aquel acto renunciado a sus derechos en calidad de inmediato sucesor. Parece ser, según Don Pedro Cevallos, que Fernando resistiéndose a acceder a la última cesión, Napoleón le dijo: «no hay medio, príncipe, entre la cesión y la muerte.» Otros han negado la amenaza, y admira en efecto que hubiera que acudir a requerimiento tan riguroso con persona cuya debilidad se había ya mostrado muy a las claras. El mariscal Duroc habló en el mismo sentido que su amo, y los príncipes entonces se determinaron a renunciar. Nombrose a dicho mariscal con Escóiquiz para arreglar el modo,[*] (* Ap. n. 2-27.) y el 10 firmaron ambos un tratado por el que se arreglaron los términos de la cesión del príncipe de Asturias, y se fijó su pensión como la de los infantes con tal que suscribiesen al tratado; lo cual verificaron Don Antonio y Don Carlos por medio de una proclama que en unión con Fernando dieron en Burdeos el [*] (* Ap. n. 2-28.) 12 del mismo mayo. El infante Don Francisco no firmó ninguno de aquellos actos, ya fuera precipitación, o ya por considerarle en su minoridad.

Bien que Escóiquiz hubiese obedecido a las órdenes de Fernando firmando el tratado del 10, no por eso pone en seguro su buen nombre, harto mancillado ya. Y fue singular que los dos hombres, Godoy y Escóiquiz, cuyo desgobierno y errada conducta habían causado los mayores daños a la monarquía, y cuyo respectivo valimiento con los dos reyes padre e hijo les imponía la estrecha obligación de sacrificarse por la conservación de sus derechos, fuesen los mismos que autorizasen los tratados que acababan en España con la estirpe de los Borbones. La proclama de Burdeos dada el 12, y en la que se dice a los españoles, «que se mantengan tranquilos esperando su felicidad de las sabias disposiciones y del poder de Napoleón», fue producción de Escóiquiz, queriendo este persuadir después que con ella había pensado en provocar a los españoles para que sostuviesen la causa de sus príncipes legítimos. Si realmente tal fue su intento, se ve que no estaba dotado de mayor claridad cuando escribía, que de previsión cuando obraba.

La reina de Etruria.

La reina de Etruria, a pesar de los favores y atentos obsequios que había dispensado a Murat y a los franceses, no fue más dichosa en sus negociaciones que las otras personas de su familia. No se podía cumplir con su hijo el tratado de Fontainebleau, porque el emperador había ofrecido a los diputados portugueses conservar la integridad de Portugal: no podían tampoco concedérsele indemnización en Italia, siendo opuesto a las grandes miras de Napoleón permitir que en parte alguna de aquel país reinase una rama, cualquiera que fuese, de los Borbones; con cuya contestación tuvo la reina que atenerse a la pensión que se le señaló, y seguir la suerte de sus padres.

Planes de evasión.

Durante la estancia en Bayona del príncipe de Asturias y los infantes, hubo varios planes para que se evadiesen. Un vecino de Cervera de Alhama recibió dinero de la junta suprema de Madrid con aquel objeto. Con el mismo también había ofrecido el duque de Mahón una fuerte suma desde San Sebastián: los consejeros de Fernando, a nombre y por orden suya, cobraron el dinero, mas la fuga no tuvo efecto. Se propuso como el medio mejor y más asequible el arrebatar a los dos hermanos Don Fernando y Don Carlos, sosteniendo la operación por vascos diestros y prácticos de la tierra, e internarlos en España por San Juan de Pie de Puerto. Fue tan adelante el proyecto que hubo apostados en la frontera 300 miqueletes para que diesen la mano a los que en Francia andaban de concierto en el secreto. Después se pensó en salvarlos por mar, y hasta hubo quien propuso atacar a Napoleón en el palacio de Marracq. Había en todas estas tentativas más bien muestras de patriotismo y lealtad, que probable y buena salida. Hubiérase necesitado para llevarlas a cabo menos vigilancia en el gobierno francés, y mayor arrojo en los príncipes españoles, naturalmente tímidos y apocados.

Se interna en Francia la familia real de España.

No tardó Napoleón, extendidas y formalizadas que fueron las renuncias por medio de los convenios mencionados, en despachar para lo interior de Francia a las personas de la familia real de España. El 10 de mayo Carlos IV y su esposa María Luisa, la reina de Etruria con sus hijos, el infante Don Francisco y el príncipe de la Paz salieron para Fontainebleau y de allí pasaron a Compiègne. El 11 partieron también de Bayona el rey Fernando VII y su hermano y tío, los infantes Don Carlos y Don Antonio; habiéndoseles señalado para su residencia el palacio de Valençay, propio del príncipe de Talleyrand.

Tal fin tuvieron las célebres vistas de Bayona entre el emperador de los franceses y la mal aventurada familia real de España. Solo con muy negra tinta puede trazarse tan tenebroso cuadro. En él se presenta Napoleón pérfido y artero; los reyes viejos padres desnaturalizados; Fernando y los infantes débiles y ciegos; sus consejeros por la mayor parte ignorantes o desacordados, dando todos juntos principio a un sangriento drama, que ha acabado con muchos de ellos, desgarrado a España, y conmovido hasta en sus cimientos la suerte de la Francia misma.

En verdad tiempos eran estos ásperos y difíciles, mas los encargados del timón del estado ya en Bayona, ya en Madrid, parece que solo tuvieron tino en el desacierto. Los primeros acabamos de ver qué cuenta dieron de sus príncipes: examinaremos ahora qué providencias tomaron los segundos Inacción de la junta suprema. para defender el honor y la verdadera independencia nacional, puesto que por sus discordias y malos consejos se habían perdido el rey Fernando, sus hermanos y toda la real familia. Mencionamos anteriormente la comisión de Don Evaristo Pérez de Castro, quien con felicidad entró en Bayona el 4 de mayo. A su llegada se presentó sin dilación a Don Pedro Cevallos, y este comunicó al rey las proposiciones de la junta suprema de Madrid de que aquel era portador, y cuyo contenido hemos insertado más arriba. De resultas se dictaron dos decretos el 5 de mayo, uno escrito de la real mano estaba dirigido a la junta suprema de gobierno, y otro firmado por Fernando con la acostumbrada fórmula de Yo el rey era expedido al consejo, o en su lugar a cualquiera chancillería o audiencia libre del influjo extranjero. Por el primero el rey decía: «que se hallaba sin libertad, y consiguientemente imposibilitado de tomar por sí medida alguna para salvar su persona y la monarquía; que por tanto autorizaba a la junta en la forma más amplia para que en cuerpo, o sustituyéndose en una o muchas personas que la representasen, se trasladara al paraje que creyese más conveniente, y que en nombre de S. M. representando su misma persona ejerciese todas las funciones de la soberanía. Que las hostilidades deberían empezar desde el momento en que internasen a S. M. en Francia, lo que no sucedería sino por la violencia. Y por último, que en llegando ese caso tratase la junta de impedir del modo que creyese más a propósito la entrada de nuevas tropas en la península.» El decreto al consejo decía: «que en la situación en que S. M. se hallaba, privado de libertad para obrar por sí, era su real voluntad que se convocasen las cortes en el paraje que pareciese más expedito; que por de pronto se ocupasen únicamente en proporcionar los arbitrios y subsidios necesarios para atender a la defensa del reino, y que quedasen permanentes para lo demás que pudiese ocurrir.»

Algunos de los ministros o consejeros de Fernando en Bayona creyeron fundadamente que la junta suprema autorizada, como lo había sido desde aquella ciudad, para obrar con las mismas e ilimitadas facultades que habrían asistido al rey estando presente, hubiera por sí debido adoptar aquellas medidas, evitando las dilaciones de la consulta; mas la junta que se había apartado del modo de pensar de los de Bayona, y que en vez de tomar providencias se contentó con pedir nuevas instrucciones, llegadas que fueron tampoco hizo nada, continuando en su inacción, so color de que las circunstancias habían variado. Cierto que no eran las mismas, y será bien que para pesar sus razones refiramos antes lo que en ese tiempo había pasado en Madrid.

Murat presidente de la junta.

En la mañana misma del 4 de mayo en que partió el infante Don Antonio, el gran duque de Berg manifestó a algunos individuos de la junta que era preciso asociar su persona a las deliberaciones de aquel cuerpo, estando en ello interesado el buen orden y la quietud pública. Se le hicieron reflexiones sobre su propuesta; no insistió en ella por aquel momento, pero en la noche sin anuncio anterior se presentó en la junta para presidirla. Opúsose fuertemente a su atropellado intento Gil y Lemus; parece ser que también resistieron Azanza y Ofárril, quienes aunque al principio protestaron e hicieron dejación de sus destinos, al fin continuaron ejerciéndolos. Temerosa la junta del compromiso en que la ponía Murat, y queriendo evitar mayores males, cedió a sus deseos y resolvió admitir en su seno al príncipe francés. Mucho se censuró esta su determinación, y se pensó que excedía de sus facultades, mayormente cuando se trataba del jefe del ejército de ocupación, y cuando para ello no había recibido órdenes ni instrucciones de Bayona. Hubiera sido más conforme a la opinión general, o que se hubiera negado a deliberar ante el general francés, o haber aguardado a que una violencia clara y sin rebozo hubiese podido disculpar su sometimiento. Pesarosa tal vez la junta de su fácil condescendencia, en medio de su congoja [*] (* Ap. n. 2-29.) le sacó algún tanto de ella y a tiempo un decreto que recibió el 7 de mayo, y que con fecha del 4 había expedido en Bayona Carlos IV, nombrando a Murat lugarteniente del reino, en cuya calidad debía presidir la junta suprema: decreto precursor de la abdicación de la corona que al día siguiente hizo en Napoleón. Acompañaba al nombramiento una proclama del mismo Carlos a la nación, que concluía con la notable cláusula de que: «no habría prosperidad ni salvación para los españoles, sino en la amistad del grande emperador su aliado.» Bien que la resolución del rey padre viniese en apoyo de la prematura determinación de la junta, en realidad no hubiera debido a los ojos de este cuerpo tener aquella fuerza alguna autoridad: la de dicha junta delegada por Fernando VII, solo a las órdenes del último tenía que obedecer. Sin embargo en el día 8 acordó su cumplimiento; y solamente suspendió la publicación, creyendo con ese medio y equívoco proceder salir de su compromiso. (* Ap. n. 2-30.) Finalmente le libró de él y de su angustiada posición la noticia de haber devuelto Fernando la corona a su padre, recibiendo un decreto [*] del mismo para que se sometiese a las órdenes del antiguo monarca.

Equívoca conducta de la junta.

Hasta el día en que Murat se apoderó de la presidencia, hubiera podido atribuirse la debilidad de la junta a circunspección, su imprevisión a prudencia excesiva, y su indolencia a falta de facultades o a temor de comprometer la persona del rey. Mas ahora había mudado el aspecto de las cosas, y así o estaban sus individuos en el caso de poner en ejecución las convenientes medidas para salvar el honor y la independencia nacional, o no lo estaban. Si no, ¿por qué en vez de mancillar su nombre aprobando con su presencia las inicuas decisiones del extranjero, no se retiraron y le dejaron solo? ¿Y si pudieron obrar, por qué no llevaron a efecto los decretos dados por el rey en Bayona a consulta suya? ¿Por qué no permitieron la formación acordada de otra junta, fuera del poder del enemigo? Lejos de seguir esta vereda tomaron la opuesta y fijaron todo su conato en impedir la ejecución de aquellas saludables medidas. Un propio había entregado a Don Miguel José de Azanza en su mano los dos decretos del rey; por uno de los cuales se autorizaba a la junta con poderes ilimitados, y por el otro al consejo para la convocación de cortes. Azanza los comunicó a sus compañeros y todos convinieron en que dados estos decretos el 5 de mayo y el de renuncia de Fernando el 6 del mismo, no debían cumplirse ni obedecerse los primeros; ¡cosa extraña! Decretos arrancados por la violencia, en los que se destruían los legítimos derechos de Fernando y su dinastía, y se hollaban los de la nación, tuvieron a sus ojos más fuerza que los que habiendo sido acordados en secreto y despachados por personas de toda confianza, tenían en sí mismos la doble ventaja de haber sido dictados con entera libertad, y de acomodarse a lo que ordenaba el honor nacional. Pone aún más en descubierto la buena fe y rectitud de intenciones de los que así procedieron, el no haber comunicado al consejo el decreto de convocación de cortes, cuya promulgación y ejecución se encomendaba particularmente a su cuidado, tocando solo a aquel cuerpo examinar las razones de prudencia o conveniencia pública de detenerle o circularle. No contentos con esto los individuos de la junta suprema, y temerosos de que los nombrados para reemplazarla fuera de Madrid en caso necesario ejecutasen lo que se les había mandado, tomaron precauciones para estorbarlo. Al conde de Ezpeleta, a quien se había comunicado por medio de Don José Capeleti la primera determinación de que presidiese la junta cuya instalación debía seguirse a la falta de libertad de la de Madrid, se le dio después expresa contraorden; y apremiado por Gil Taboada para que pasase a Zaragoza en donde aquel aguardaba, le contestó como se le había posteriormente mandado lo contrario.

Por lo tanto la junta suprema de Madrid que con pretexto de carecer de facultades, a pesar de haberlas desde Bayona recibido amplias, anduvo al principio descuidada y poco diligente, ahora que con más claridad y extensión si era posible las recibía, suspendió hacer uso de su poder, alegando ser ya tarde, y recelosa de mayores comprometimientos. Aparece más oscura y dudosa su conducta al considerar que algunos de sus individuos débiles antes, pero resistiendo al extranjero, sumisos después si bien todavía disculpables, acabaron por ser sus firmes apoyos, trabajando con ahínco por ahogar los gloriosos esfuerzos que hizo la nación en defensa de su independencia. Es cierto que en seguida los españoles de Bayona estuvieron igualmente llenos de sobresalto y zozobra con el miedo de que se ejecutasen los dos consabidos decretos. Así lo anunciaba Don Evaristo Pérez de Castro que volvió a Madrid por aquellos días. Todo lo cual prueba que ni entre los españoles que en Bayona influían principalmente en el consejo del rey, ni entre los que en España gobernaban, había ningún hombre asistido de aquella constante decisión e invariable firmeza que piden extraordinarias circunstancias.

Napoleón piensa dar la corona de España a José.

Napoleón por su parte considerándose ya dueño de la corona de España en virtud de las renuncias hechas en favor suyo, había resuelto colocarla en las sienes de su hermano mayor José rey de Nápoles, y continuando siempre por la senda del engaño quiso dar a su cesión visos de generosa condescendencia con los deseos de los españoles. Así fue que en 8 de mayo dirigió al gran duque sus instrucciones para que la junta suprema y el consejo de Castilla le indicasen en cuál de las personas de su familia les sería más grato que recayese el trono de España. En 12 respondió acertadamente el consejo que siendo nulas las cesiones hechas por la familia de Borbón, no le tocaba ni podía contestar a lo que se le preguntaba. Mas convocado al siguiente día a palacio por la tarde y sin ceremonia, y bien recibido y tratado por Murat, y habiendo fácilmente convenido este en la cortapisa que el consejo quería poner a su exposición de que «no por eso se entendiese que se mezclaba en la aprobación o desaprobación de los tratados de renuncia, ni que los derechos del rey Carlos y su hijo y demás sucesores a la corona, según las leyes del reino, quedasen perjudicados por la designación que se le pedía;» cedió entonces y acordó en consulta del 13 dirigida al gran duque, que bajo las propuestas insinuadas «le parecía que en ejecución de lo resuelto por el emperador podía recaer la elección en su hermano mayor el rey de Nápoles.» Llevaba trazas de juego y de mutua inteligencia el modo de preguntar y de responder. A Murat le importaban muy poco aquellas secretas protestas, con tal que tuviese un documento público de las principales autoridades del reino que presentar a los gobiernos europeos, pudiendo con él Napoleón dar a entender que había seguido la voluntad de los españoles más bien que la suya propia. El consejo empezando desde entonces aquel sistema medio y artificioso que le guió después, más propio de un subalterno de la curia que de un cuerpo custodio de las leyes, se avino muy bien con lo que se le propuso, imaginando así poner en cobro hasta cierto punto su comprometida existencia, ya que se afirmase la dominación de Napoleón, ya que fuese destruida. Conducta no atinada en tiempos de grandes tribulaciones y vaivenes, y con la que perdió su crédito e influjo entre nacionales y extranjeros. Escribió también el mismo consejo una carta al emperador, y a ruego de Murat nombró para presentarla en Bayona a los ministros Don José Colón y Don Manuel de Lardizábal. La junta suprema y la villa de Madrid practicaron por su parte iguales diligencias, pidiendo que José Bonaparte fuese escogido para rey de España.

No satisfecho Napoleón con las cesiones de los príncipes, ni con la sumisión y petición de las supremas autoridades, pensó en congregar una diputación de españoles, Diputación de Bayona. que con simulacro de cortes diesen en Bayona una especie de aprobación nacional a todo lo anteriormente actuado. Ya dijimos que a mediados de abril había intentado Murat llevar a efecto aquel pensamiento; mas hasta ahora en mayo no se puso en perfecta y cumplida ejecución. La convocatoria [*] (* Ap. n. 2-31.) se dio a luz en la Gaceta de Madrid de 24 del mismo mes, con la singularidad de no llevar fecha. Estaba extendida a nombre del gran duque de Berg y de la junta suprema de gobierno, y se reducía en sustancia a que siendo el deseo de S. M. I. y R. juntar en Bayona una diputación general de 150 individuos para el 15 de junio siguiente, a fin de tratar en ella de la felicidad de España, indicando todos los males que el antiguo sistema había ocasionado, y proponiendo las reformas y remedios para destruirlos, la junta suprema había nombrado varios sujetos que allí se expresaban, reservando a algunas corporaciones, a las ciudades de voto en cortes y otras sus respectivas elecciones. Según el decreto debían también asistir grandes, títulos, obispos, generales de las órdenes religiosas, individuos del comercio, de las universidades, de la milicia, de la marina, de los consejos y de la Inquisición misma. Se escogieron igualmente seis individuos que representasen la América. Azanza que en 23 de mayo había ido a Bayona para dar cuenta al emperador del estado de la hacienda de España, se quedó por orden suya a presidir la junta o diputación general próxima a reunirse. Más adelante examinaremos la índole y los trabajos de esta junta, y hablaremos del solemne reconocimiento que ella y los españoles allí presentes hicieron del intruso José.

Medidas de precaución de Murat.

Murat luego que estuvo al frente del gobierno de España, recelando en vista del general desasosiego que hubiese sublevaciones más o menos parciales, adoptó varios medios para prevenirlas. Agregó a la división o cuerpo de Dupont dos regimientos suizos españoles, y puso a la disposición del mariscal Moncey cuatro batallones de guardias españolas y valonas y los guardias de Corps. Pasó órdenes para enviar 3000 hombres de Galicia a Buenos Aires, y en 19 de mayo dio el mando de la escuadra de Mahón al general Salcedo con encargo de hacerse a la vela para Toulon; lo cual afortunadamente no pudo cumplirse por los acontecimientos que muy luego sobrevinieron. Se ordenó a la división española acantonada en Extremadura pasase a San Roque, y a Solano que hasta entonces había sido su jefe se le previno que regresase a Cádiz para tomar de nuevo el mando de Andalucía, yendo a explorar sus intenciones el oficial de ingenieros francés Constantin. Con el mismo objeto y con pretexto de examinar la plaza de Gibraltar se envió cerca del general Don Francisco Javier Castaños, que mandaba en el campo de San Roque, al jefe de batallón de ingenieros Rogniat: otros comisionados fueron enviados a Ceuta. El Buen Retiro se empezó a fortificar, encerrando dentro de su recinto abundantes provisiones de boca y guerra, habiéndose los franceses apoderado por todas partes de cuantos almacenes y depósitos de municiones y armas estuvieron a su alcance. Cortas precauciones para reprimir el universal descontento.

Pero ahora que ya tenemos a Napoleón imaginándose poder enajenar a su antojo la corona de España; ahora que ya está internada en Francia la familia real; Murat mandando en Madrid; sometidos la junta suprema y los consejos, y convocada a Bayona una diputación de españoles, será bien que desviando nuestra vista de tantas escenas de perfidia y abatimiento, de imprevisión y flaqueza, nos volvamos a contemplar un sublime y grandioso espectáculo.

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RESUMEN

DEL

LIBRO TERCERO.

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Insurrección general contra los franceses. — Levantamiento de Asturias. — Misión a Inglaterra. — Levantamiento de Galicia. — Levantamiento de Santander. — Levantamiento de León y Castilla la Vieja. — Levantamiento de Sevilla. — Rendición de la escuadra francesa surta en Cádiz. — Levantamiento de Granada. — Levantamiento de Extremadura. — Conmociones en Castilla la Nueva. — Levantamiento de Cartagena y Murcia. — Levantamiento de Valencia. — Levantamiento de Aragón. — Levantamiento de Cataluña. — Levantamiento de las Baleares. — Navarra y Provincias Vascongadas. — Islas Canarias. — Reflexiones generales. — Portugal. — Su situación. — Divisiones francesas que intentan pasar a España. — Los españoles se retiran de Oporto. — Primer levantamiento de Oporto. — Levantamiento de Tras-os-Montes, y segundo de Oporto. — Se desarma a los españoles de Lisboa. — Rechazan los españoles a los franceses en Os Pegões. — Levantamiento de los Algarbes. — Convenciones entre algunas juntas de España y Portugal.

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HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

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