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Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5)

LIBRO CUARTO. (continued 2)

Reading edition

Moncey tratando de variar su ataque, recogió sus soldados a la cruz de Mislata, y acometió, después de un respiro, la batería de Santa Catalina, a la derecha como dijimos de la de Cuarte. Era comandante del punto el coronel Don Firmo Vallés, y de la batería Don Manuel de Velasco y Don José Soler. Dos veces y con gran furia embistieron los franceses. La primera ciaron abrasados por el fuego de cañón y el que por su flanco izquierdo les hacía la fusilería; y la segunda huyeron atropelladamente sin que los contuviesen las exhortaciones de sus jefes. No por eso desistió Moncey, y fingiendo querer atacar el muro por donde mira a la plazuela del Carbón, emprendió nueva acometida contra la batería de Santa Catalina. Vano empeño. Sus soldados repelidos dejaron el suelo empapado en su sangre. Distinguiose allí el oficial Don Santiago O’Lalor, asesinado alevemente en el propio día por mano desconocida.

Los franceses perturbados con defensa tan inesperada y recia, trataron de dar una última embestida a la ciudad. Eran las cinco de la tarde cuando avanzando Moncey con el grueso de su ejército hacia la puerta de Cuarte, hizo marchar una columna por el convento de Jesús para atacar la de San Vicente situada a la izquierda de la primera, y confiada al cuidado del coronel Don Bruno Barrera, bajo cuyas órdenes dirigían la artillería los oficiales Don Francisco Cano y Don Luis Almela. Considerábase aquella parte del muro la más flaca, mayormente su centro en donde está colocada en medio de las otras dos la puerta tapiada de Santa Lucía, antiguamente dicha de la Boatella. Empezose el ataque, y los españoles apuntaron con tal acierto sus cañones que lograron desmontar los de los enemigos, y desalojarlos del punto que ocupaban con notable matanza. Desde aquella hora que era ya la de las ocho de la noche cesó el fuego en ambas líneas. Durante los diversos ataques arrojaron los franceses a la ciudad granadas que no causaron daño.

Hechos notables de algunos españoles.

El padre Rico anduvo constantemente por los parajes de mayor riesgo, y coadyuvó grandemente a la defensa con su energía y brioso porte. Fue imperturbable en su valor Juan Bautista Moreno que sin fusil y con la espada en la mano alentaba a sus compañeros, y tomó a su cargo abrir y cerrar las puertas sin reparar en el peligro que a cada paso le amenazaba. Más sublime ejemplo dio aún con su conducta Miguel García, mesonero de la calle de San Vicente, quien hizo solo a caballo cinco salidas, y sacando en cada una de ellas cuarenta cartuchos los empleaba como diestro tirador atinadamente. Hechos son estos dignos de la recordación histórica, y no deben desdeñarse aunque vengan de humilde lugar. Al contrario conviene repetirlos y grabarlos en la memoria de los buenos ciudadanos, para que sean imitados en aquellos casos en que peligre la independencia de la patria.

La resistencia de Valencia aunque de corta duración tuvo visos de maravillosa. No tenía soldados que la defendiesen, habiendo salido a diversos puntos los que antes la guarnecían, ni otros jefes entendidos sino oficiales subalternos que guiaron el denuedo de los paisanos. Los franceses perdieron más de 2000 hombres, y entre ellos al general de ingenieros Cazals con otros oficiales superiores. Los españoles resguardados detrás de los muros y baterías tuvieron que llorar pocos de sus compatriotas, y ninguno de cuenta.

Retírase Moncey.

Al amanecer del 29 Don Pedro Túpper puesto de vigía en el miguelete o torre de la catedral avisó que los enemigos daban indicio de retirarse. Apenas se creía tan plausible nueva, mas bien pronto todos se cercioraron de ello viendo marchar al enemigo por Torrente para tomar la calzada que va a Almansa. La alegría fue colmada, y esperábase que el conde de Cervellón acabaría en el camino de destruir al mariscal Moncey, o por lo menos le molestaría y picaría por todos lados. Inacción de Cervellón. Muy lejos estaba de obrar conforme al común deseo. El general español había venido a Alcira cuando supo el paso de los franceses por las Cabrillas, y su marcha sobre Valencia. Allí permaneció tranquilo, y no trató de disputar a Moncey el paso del Júcar después de su derrota delante de los muros de la capital. Tachósele de remiso, principalmente porque habiendo consultado a los oficiales superiores sobre el rumbo que en tal oportunidad convendría seguir, opinaron todos que se impidiese a los franceses cruzar el río: no abrazó su dictamen fundándose en lo indisciplinados que todavía estaban sus soldados: prudencia quizá laudable, pero amargamente censurada en aquellos tiempos.

Conducta laudable de Llamas.

Perjudicó también a su fama, aun en el concepto de los juiciosos, la contraposición que con la suya formó la conducta de Don Pedro González de Llamas y la de Don José Caro. A este le hemos visto acudir al socorro de Valencia, y si bien no con feliz éxito por lo menos retardó con su movimiento el progreso del enemigo, lo cual fue de suma utilidad para que se preparasen los vecinos de la ciudad a una notable y afortunada resistencia. El general Llamas que de Murcia se había acercado al puerto de Almansa, noticioso por su parte de que los franceses iban a embestir a Valencia, había avanzado rápidamente y colocádose a la espalda en Chiva, cortándoles así sus comunicaciones con el camino de Cuenca. Y después obedeciendo las órdenes de la junta provincial hostigó al enemigo hasta el Júcar, en donde se paró asombrado de que Cervellón hubiese permanecido inactivo. Prodigáronse pues alabanzas a Llamas, y achacose a Cervellón la culpa de no haber derrotado al ejército de Moncey antes de la salida del territorio valenciano. Como quiera que fuese, costole al fin el mando tal modo de comportarse, graduado por los más de reprensible timidez. Moncey prosiguió su retirada incomodado por el paisanaje, y a punto que no osaba desviarse del camino real. Pasó el 2 de julio el puerto de Almansa, y en Albacete hizo alto y dio descanso a sus fatigadas tropas.

Enfermedad de Murat.

Entretanto no sabía el gobierno de Madrid cuál partido le convenía abrazar. Notaba con desconsuelo burladas sus esperanzas, no habiendo reprimido prontamente la insurrección de las provincias con las expediciones enviadas al intento. Temía también que las tropas desparramadas por diversos y lejanos puntos, y molestadas sin gozar de un instante de sosiego, no acabasen por perder la disciplina. Mucho contribuyó a su desconcierto la enfermedad grave de que fue acometido el gran duque de Berg en los primeros días de junio, con lo cual se hallaron los individuos de la junta faltos de un centro principal que diera unión y fuerza. Hubo entre los suyos quien le creyó envenenado, y entre los españoles no faltó también quien atribuyera su mal a castigo del cielo por las tropelías y asesinatos del 2 de mayo. Los ociosos y lenguaraces buscaban el principio en un origen impuro, dando lugar a sus sueltas palabras los deslices de que no estaba exento el duque. Mas la verdadera enfermedad de este era uno de aquellos cólicos por desgracia harto comunes en la capital del reino, y que por serlo tanto los ha distinguido en una disertación el docto Luzuriaga con el nombre de cólicos de Madrid. Agregáronsele unas tercianas tan pertinaces y recias que descaeciendo su espíritu y su cuerpo, tuvo que conformarse con el dictamen de los facultativos de trasladarse a Francia, y tomar las aguas termales de Barèges. Enfermedades en su ejército. Opinión de Larrey. Provocó también a sospecha de emponzoñamiento el haber amalado muchos de los soldados franceses, y muerto algunos con síntomas de índole dudosa. Para serenar los ánimos el barón Larrey, primer cirujano del ejército invasor, examinó los alimentos, y el boticario mayor del mismo Mr. Laubert analizó detenidamente el vino que se les vendía en varias tabernas y bodegones de dentro y fuera de Madrid. Nada se descubrió de nocivo en el líquido, solamente a veces había con él mezcladas algunas sustancias narcóticas más o menos excitativas, como el agua de laurel y el pimiento que para dar fuerza suelen los vinateros y vendedores añadir al vino de la Mancha, a semejanza del óxido de plomo o sea litargirio que se emplea en algunos de Francia para corregir su acedía. La mixtión no causaba molestia a los españoles por la costumbre, y sobre todo por su mayor sobriedad: dañó extremadamente a los franceses no habituados a aquella bebida, y que abusaban en sumo grado de los vinos fuertes y licorosos de nuestro terruño. El examen y declaración de Larrey y Laubert tranquilizó a los franceses, recelosos de cualquiera asechanza de parte de un pueblo gravemente ofendido; pero el de España con dificultad hubiera recurrido para su venganza a un medio que no le era usual, cuando tantos otros justos y nobles se le presentaban.

Savary sucede a Murat.

En lugar de Murat envió Napoleón a Madrid al general Savary, el que llegó el 15 de junio. No agradó la elección a los franceses, habiendo en su ejército muchos que por su graduación y militar renombre reputábanse como muy superiores. Asimismo en el concepto de algunos menoscababa la estimación de la persona escogida, el haber sido con frecuencia empleada en comisiones más propias de un agente de policía que de quien había servido en la carrera honorífica de las armas. No era tampoco entre los españoles juzgado Savary con más ventaja, porque habiendo sido el celador asiduo del viaje de Fernando, coadyuvó con palabras engañosas a arrastrarle a Bayona. Sin embargo su nombre no era ni tan conocido ni odiado como el de Murat: además llegó en sazón en que muy poco se curaban en las provincias de lo que se hacía o deshacía en Madrid. Asuntos inmediatos y de mayor cuantía embargaban toda la atención.

Singular comisión de Savary.

El encargo confiado a Savary era nuevo y extraño en su forma. Autorizado con iguales facultades que el lugarteniente Murat, no le era lícito poner su firma en resolución alguna. Al general Belliard tocaba con la suya legalizarlas. El uno leía las cartas, oficios e informes dirigidos al lugarteniente; respondía, determinaba: el otro ceñíase a manera de una estampilla viva a firmar lo que le era prescrito. Los decretos se encabezaban a nombre del gran duque como si estuviese presente o hubiese dejado sus poderes a Savary, y este disponiendo en todo soberanamente, incomodaba a varios de los otros jefes que se consideraban desairados.

Su conducta.

Para mostrar que él era la suprema cabeza, a su llegada se alojó en palacio, y tomó sin tardanza providencias acomodadas al caso. Prosiguió las fortificaciones del Retiro, y construyó un reducto alrededor de la fábrica real de porcelana allí establecida, y a que dan el nombre de casa de la China, en donde almacenó las vituallas y municiones de guerra. Pensó después en sostener los ejércitos esparcidos por las provincias. Tal había sido la orden verbal de Napoleón, quien juzgaba, «ser lo más importante ocupar muchos puntos, a fin de derramar por todas partes las novedades que había querido introducir...» Conforme a ella e incierto de la suerte de Dupont, cuya correspondencia estaba cortada, Envía a Vedel para reforzar a Dupont. resolvió Savary reforzarle con las tropas mandadas por el general Vedel que se hallaban en Toledo. Ascendían a 6000 infantes y 700 caballos con doce cañones. El 19 de junio salieron de aquella ciudad, juntándoseles en el camino los generales Roize y Liger-Belair con sus destacamentos, los cuales hemos visto fueron compelidos a recogerse a Madridejos por la insurrección general de la Mancha.

Los franceses por todas partes se encontraban con pueblos solitarios, incomodándoles a menudo los tiros del paisanaje oculto detrás de los crecidos panes, y ¡ay de aquellos que se quedaban rezagados! No obstante asomaron sin notable contratiempo a Despeñaperros en la mañana del 26 de junio. Paso de Sierra Morena. La posición estaba ocupada por el teniente coronel español Don Pedro Valdecañas empleado antes en la persecución de contrabandistas por aquellas sierras, y ahora apostado allí con objeto de que colocándose a la retaguardia de Dupont, le interceptase la correspondencia e impidiese el paso de los socorros que de Madrid le llegasen. Había atajado el camino en lo más estrecho con troncos, ramas y peñascos, desmoronándole del lado del despeñadero, y situando detrás seis cañones. Paisanos los más de su tropa, y él mismo poco práctico en aquella clase de guerra, desaprovechó la superioridad que le daba el terreno. Cedieron luego los nuestros al ataque bien concertado de los franceses, perdieron la artillería, y Vedel prosiguió sin embarazo a la Carolina, en cuya ciudad se le incorporó un trozo de gente que le enviaba Dupont a las órdenes del oficial Baste, el saqueador de Jaén. Llevada pues a feliz término la expedición, creyó Vedel conveniente enviar atrás alguna tropa para reforzar ciertos puntos que eran importantes, y conservar abierta la comunicación. Por lo demás bien que pareciesen cumplidos los deseos del enemigo en la unión de Vedel y Dupont, pudiendo no solo corresponder libremente con Madrid, mas aun hacer rostro a los españoles y desbaratar sus mal formadas huestes: no tardaremos en ver cuán de otra manera de lo que esperaban remataron las cosas.

Refuerzos enviados a Moncey.

Aquejábale igualmente a Savary el cuidado de Moncey, cuya suerte ignoraba. Después de haberse adelantado este mariscal más allá de la provincia de Cuenca, habían sido interrumpidas sus comunicaciones, hechos prisioneros soldados suyos sueltos y descarriados, y aun algunas partidas. Juntándose pues número considerable de paisanos alentados con aquellos que calificaban de triunfos, fue necesario pensar en dispersarlos. Con este objeto se ordenó al general Caulincourt apostado en Tarancón, que marchase con una brigada sobre Cuenca. Caulincourt saquea a Cuenca. Dio vista a la ciudad el 3 de julio, y una gavilla de hombres desgobernada le hizo fuego en las cercanías a bulto y por corto espacio. Bastó semejante demostración para entregar a un horroroso saco aquella desdichada ciudad. Hubo regidores e individuos del cabildo eclesiástico que saliendo con bandera blanca quisieron implorar la merced del enemigo; mas resuelto este al pillaje sin atender a la señal de paz, los forzó a huir recibiéndolos a cañonazos. Espantáronse a su ruido los vecinos y casi todos se fugaron, quedando solamente los ancianos y enfermos y cinco comunidades religiosas. No perdonaron los contrarios casa ni templo que no allanasen y profanasen. No hubo mujer por enferma o decrépita que se libertase de su brutal furor. Al venerable sacerdote Don Antonio Lorenzo Urbán, de edad de ochenta y tres años, ejemplar por sus virtudes, le traspasaron de crueles heridas, después de recibir de sus propias manos el escaso peculio que todavía su ardiente caridad no había repartido a los pobres. Al franciscano P. Gaspar Navarro, también octogenario, atormentáronle crudamente para que confesase dinero que no tenía. Otras y no menos crueles, bárbaras y atroces acciones mancharon el nombre francés en el no merecido saco de Cuenca.

No satisfecho Savary con el refuerzo que se enviaba a Moncey al mando de Caulincourt, despachó otro nuevo a las órdenes del general Frère, Frère. el mismo que antes había ido a apaciguar a Segovia. Llegó este a Requena el 5 de julio, donde noticioso de que Moncey se retiraba del lado de Almansa, y de estar guardadas las Cabrillas por el general español Llamas, revolvió sobre San Clemente, y se unió con el mariscal. Poco después informado Savary de haberse puesto en cobro las reliquias de la expedición de Valencia, y deseoso de engrosar su fuerza en derredor suyo, mandó a Caulincourt y a Frère que se restituyesen a Madrid: con lo que enflaquecido el cuerpo de Moncey y quizá ofendido este de que un oficial inferior en graduación y respetos pudiese disponer de la gente que debía obedecerle, desistió de toda empresa ulterior, y se replegó a las orillas del Tajo.

Los franceses que esparcidos no habían conseguido las esperadas ventajas, comenzaron a pensar en mudar de plan, y reconcentrar más sus fuerzas. Napoleón sin embargo tenaz en sus propósitos insistía en que Dupont permaneciese en Andalucía, al paso que mereció su desaprobación el que le enviasen continuados refuerzos. Segundo refuerzo llevado a Dupont por el general Gobert. Savary inmediato al teatro de los acontecimientos, y fiado en el favor de que gozaba, tomó sobre sí obrar por rumbo opuesto, e indicó a Dupont la conveniencia de desamparar las provincias que ocupaba. Para que con más desembarazo pudiera este jefe efectuar el movimiento retrógrado, dirigió aquel sobre Manzanares al general Gobert con su división, en la que estaba la brigada de coraceros que había en España. Mas Dupont ya fuese temor de su posición, o ya deseos de conservarse en Andalucía, ordenó a Gobert que se le incorporase, y este se sometió a dicho mandato después de dejar un batallón en Manzanares y otro en el Puerto del Rey.

Desatiende a Bessières.

Tan discordes andaban unos y otros, como acontece en tiempos borrascosos, estando solo conformes y empeñados en aumentar fuerzas hacia el mediodía. Y al mismo tiempo el punto que más urgía auxiliar que era el de Bessières, amenazado por las tropas de Galicia, León y Asturias, quedaba sin ser socorrido. Claro era que una ventaja conseguida por los españoles de aquel lado, comprometería la suerte de los franceses en toda la península, interrumpiría sus comunicaciones con la frontera, y los dejaría a ellos mismos en la imposibilidad de retirarse. Pues a pesar de reflexión tan obvia desatendiose a Bessières, y solo tarde y con una brigada de infantería y 300 caballos se acudió de Madrid en su auxilio. Felizmente para el enemigo la fortuna le fue allí más favorable; merced a la impericia de ciertos jefes españoles.

Cuesta.

Después de la batalla de Cabezón se había retirado a Benavente el general Cuesta. Recogió dispersos, prosiguió los alistamientos, y se le juntaron el cuerpo de estudiantes de León y y el de Covadonga de Asturias. Diéronse en aquel punto las primeras lecciones de táctica a los nuevos reclutas, se los dividió en batallones que llamaron tercios, y esmerose en instruirlos don José de Zayas. De esta gente se componía la infantería de Cuesta, limitándose la caballería al regimiento de la Reina y guardias de Corps que estuvieron en Cabezón, y al escuadron de carabineros que antes había pasado a Asturias. Era ejército endeble para salir con él a campaña, si las tropas de la última provincia y las de Galicia no obraban al propio tiempo y mancomunadamente. Por lo cual con instancia pidió el general Cuesta que avanzasen y se le reuniesen. La junta de Asturias propensa a condescender con sus ruegos, fue detenida por las oportunas reflexiones de su presidente el marqués de Santa Cruz de Marcenado, manifestando en ellas que lejos de acceder, se debía exhortar al capitán general de Castilla a abandonar sus llanos y ponerse al abrigo de las montañas; pues no teniendo soldados ni unos ni otros sino hombres, infaliblemente serían deshechos en descampado, y se apagaría el entusiasmo que estaba tan encendido. Convencida la junta de lo fundado de las razones del marqués, acordó no desprenderse de su ejército, y solo por halagar a la multitud consintió en que quedase unido a los castellanos el regimiento de Covadonga, compuesto de más de 1000 hombres, y mandado por Don Pedro Méndez de Vigo, y además que otros tantos bajasen a León del puerto de Leitariegos a las órdenes del mariscal de campo conde de Toreno, padre del autor.

También encontró en Galicia la demanda de Cuesta graves dificultades. Había sido el plan de Filangieri fortificar a Manzanal, y organizar allí y en otros puntos del Bierzo sus soldados, antes de aventurar acción alguna campal. Mas la junta de Galicia atenta a la quebrantada salud de aquel general y al desvío con que por extranjero le miraban algunos, relevándole del mando activo, le había llamado a la Coruña, y nombrado en su lugar al cuartel maestre general Don Joaquín Blake. Púsose este al frente del ejército el 21 de junio, y perseguido Filangieri de adversa estrella pereció como hemos dicho el 24. Persistió Blake en el plan anterior de adiestrar la tropa, esperando que con los cuerpos que había en Galicia, los de Oporto y nuevos alistados, conseguiría armar y disciplinar 40.000 hombres. La inquietud de los tiempos le impidió llevar su laudable propósito a cumplido efecto. Deseoso de examinar y reconocer por sí la sierra y caminos de Foncebadón y Manzanal había salido de Villafranca, Ejército de Galicia después de la muerte de Filangieri. y pareciéndole conveniente tomar posición en aquellas alturas que forman una cordillera avanzada de la del Cebrero y Piedrafita, límite de Galicia, se situó allí extendiendo su derecha hasta el Monte Teleno que mira a Sanabria, y su izquierda hacia el lado de León por la Cepeda. Así no solamente guarecía todas las entradas principales de Galicia, sino también disfrutaba de los auxilios que ofrecía el Bierzo. Empezaba pues a poner en planta su intento de ejercitar y organizar su gente, cuando el 28 de junio se le presentó Don José de Zayas rogándole a nombre del general Cuesta que con todo o parte de su ejército avanzase a Castilla. Negose Blake, y entonces pasó el comisionado a avistarse con la junta de la Coruña de quien aquel dependía. La desgracia ocurrida con Filangieri, el terror que infundió su muerte, las instancias de Cuesta y los deseos del vulgo que casi siempre se gobierna más bien por impulso ciego que por razón, lograron que triunfase el partido más pernicioso; habiéndose prevenido a Blake que se juntase con el ejército de Castilla en las llanuras. Poco antes de haber recibido la orden redujo aquel general a cuatro divisiones las seis en que a principios de junio se había distribuido la fuerza de su mando, ascendiendo su número a unos 27.000 hombres de infantería, con más de 30 piezas de campaña y 150 caballos de distintos cuerpos. Tomó otras disposiciones con acierto y diligencia, y si al saber y práctica militar que le asistía se le hubiera agregado la conveniente fortaleza o mayor influjo para contrarrestar la opinión vulgar, hubiera al fin arreglado debidamente el ejército puesto a sus órdenes. Mas oprimido bajo el peso de aquella, tuvo que ceder a su impetuoso torrente, y pasar en los primeros días de julio a unirse en Benavente con el general Cuesta. Dejó solo en Manzanal la segunda división compuesta de cerca de 6000 hombres a las órdenes del mariscal de campo Don Rafael Martinengo, y en la Puebla de Sanabria un trozo de 1000 hombres a las del marqués de Valladares, el que obró después en Portugal de concierto con el ejército de aquella nación. Llegado que fue a Benavente con las otras tres divisiones, dejó allí la tercera al mando del brigadier Don Francisco Riquelme sirviendo como de reserva, y constando de 5000 hombres. Púsose en movimiento camino de Rioseco con la primera y cuarta división acaudilladas por el jefe de escuadra Don Felipe Jado Cagigal y el mariscal de campo marqués de Portago; llevó además el batallón de voluntarios de Navarra que pertenecía a la tercera. Se había también arreglado para la marcha una vanguardia que guiaba el conde de Maceda, grande de España, y coronel del regimiento de infantería de Zaragoza. Ascendía el número de esta fuerza a 15.000 hombres, la cual formaba con la de Cuesta un total de 22.000 combatientes. Contábanse entre unos y otros muchos paisanos vestidos todavía con su humilde y tosco traje, y no llegaban a 500 los jinetes. Reunidos ambos generales tomó el mando el de Castilla como más antiguo, si bien era muy inferior en número y calidad su tropa. No reinaba entre ellos la conveniente armonía. Repugnábanle a Blake muchas ideas de Cuesta, y ofendíase este de que un general nuevamente promovido y por una autoridad popular pudiese ser obstáculo a sus planes. Pero el primero por desgracia sometiéndose a la superioridad que daban al de Castilla los años, la costumbre del mando y sobre todo ser su dictamen el que con más gusto y entusiasmo abrazaba la muchedumbre, no se opuso según hemos visto a salir de Benavente ni al tenaz propósito de ir al encuentro del enemigo por las llanuras que se extendían por el frente.

Batalla de Rioseco, 14 de julio.

Noticiosos los franceses del intento de los españoles quisieron adelantárseles, y el 9 salió de Burgos el general Bessières. No estaban el 13 a larga distancia ambos ejércitos, y al amanecer del 14 de julio se avistaron sus avanzadas en Palacios, legua y media distante de Rioseco. El de los franceses constaba de 12.000 infantes y más de 1500 caballos: superior en número el de los españoles era inferiorísimo en disciplina, pertrechos y sobre todo en caballería, tan necesaria en aquel terreno, siendo de admirar que con ejército tan novel y desapercibido se atreviese Cuesta a arriesgar una acción campal.

La desunión que había entre los generales españoles, si no del todo manifiesta todavía, y la condición imperiosa y terca del de Castilla, impidieron que de antemano se tomasen mancomunadamente las convenientes disposiciones. Blake, en la tarde del 13, al aviso de que los franceses se acercaban, pasó desde Castromonte, en donde tenía su cuartel general, a Rioseco, en cuya ciudad estaba el de Cuesta, y juntos se contentaron con reconocer el camino que va a Valladolid, persuadido el último que por allí habían de atacar los franceses. A esto se limitaron las medidas previamente combinadas.

Volviendo Don Joaquín Blake a su campo, preparó su gente, reconoció de nuevo el terreno, y a las dos de la madrugada del 14 situó sus divisiones en el paraje que le pareció más ventajoso, no esperando grande ayuda de la cooperación de Cuesta. Empezó sin embargo este a mover su tropa en la misma dirección a las cuatro de la mañana; pero de repente hizo parada, sabedor de que el enemigo avanzaba del lado de Palacios a la izquierda del camino que de Rioseco va a Valladolid. Advertido Blake tuvo también que mudar de rumbo y encaminarse a aquel punto. Ya se deja discurrir de cuánto daño debió de ser para alcanzar la victoria movimiento tan inesperado, teniendo que hacerse por paisanos y tropas bisoñas. Culpa fue grande del general de Castilla no estar mejor informado en un tiempo en que todos andaban solícitos en acechar voluntariamente los pasos del ejército francés. Cuesta temiendo ser atacado pidió auxilio al general Blake, quien le envió su cuarta división al mando del marqués de Portago, y se colocó él mismo con la vanguardia, los voluntarios de Navarra y primera división en la llanura que a manera de mesa forma lo alto de una loma puesta a la derecha del camino que media entre Rioseco y Palacios, y a cuyo descampado llaman los naturales campos de Monclín. Constaba esta fuerza de 9000 hombres. No era respetable la posición escogida, siendo por varios puntos de acceso no difícil. Cuesta se situó detrás a la otra orilla del camino, dejando entre sus cuerpos y los de Blake un claro considerable. Mantúvose así apartado por haber creído, según parece, que eran franceses los soldados del provincial de León que se mostraron a lo lejos por su izquierda, y quizá también llevado de los celos que le animaban contra el otro general su compañero.

Al avanzar dudó un momento el mariscal Bessières si acometería a los españoles, imaginándose que eran muy superiores en número a los suyos. Pero habiendo examinado de más cerca la extraña disposición, por la cual quedaba un claro en tanto grado espacioso que parecían las tropas de su frente más bien ejércitos distintos que separados trozos de uno mismo y solo, recordó lo que había pasado allá en Cabezón, y arremetiendo sin tardanza resolvió interponerse entre Blake y Cuesta. Había juzgado el francés que eran dos líneas diversas, y que la ignorancia e impericia de los jefes había colocado a los soldados tan distantes unos de otros. Difícil era por cierto presumir que el interés de la patria, o por lo menos el honor militar, no hubiese acallado en un día de batalla mezquinas pasiones. Nosotros creemos que hubo de parte de Cuesta el deseo de campear por sí solo y acudir al remedio de la derrota luego que hubiese visto destrozado en parte o por lo menos muy comprometido a su rival. No era dado a su ofendido orgullo descubrir lo arriesgado y aun temerario de tal empresa. De su lado Blake hubiera obrado con mayor prudencia si conociendo la inflexible dureza de Cuesta, hubiese evitado exponerse a dar batalla con una parte reducida de su ejército.

Prosiguiendo Bessières en su propósito ordenó que el general Merle y Sabatier acometiesen el primero la izquierda de la posición de Blake y el segundo su centro. Iba con ellos el general Lassalle acompañado de dos escuadrones de caballería. Resistieron con valor los nuestros, y muchos aunque bisoños aguantaron la embestida, como si estuvieran acostumbrados al fuego de largo tiempo. Sin embargo el general Merle encaramándose del lado del camino por el tajo de la meseta, los nuestros comenzaron a ciar, y a desordenarse la izquierda de Blake. En tanto avanzaba Mouton para acometer a los de Cuesta, e interponerse entre los dos grandes y separados trozos del ejército español. A su vista los carabineros reales y guardias de Corps, sin aguardar aviso se movieron y en una carga bizarrísima arrollaron las tropas ligeras del enemigo, y las arrojaron en una torrentera de las que causan en aquel país las lluvias. Fue al socorro de los suyos la caballería de la guardia imperial, y nuestros jinetes cediendo al número se guarecieron de su infantería. Cayeron muertos en aquel lance los ayudantes mayores de carabineros Escobedo y Chaperón, lidiando este bravamente y cuerpo a cuerpo con varios soldados del ejército contrario. Arreciando la pelea, se adelantó la cuarta división de Galicia, puesta antes a las órdenes inmediatas de Cuesta con consentimiento de Blake. Dicen unos que obró por impulso propio, otros por acertada disposición del primer general. Iban en ella dos batallones de granaderos entresacados de varios regimientos, el provincial de Santiago y el de línea de Toledo, a los que se agregaron algunos bisoños entre otros el de Covadonga. Arremetieron con tal brío que fueron los franceses rechazados y deshechos, cogiendo los nuestros cuatro cañones. Momento apurado para el enemigo y que dio indicio de cuán otro hubiera sido el éxito de la batalla a haber habido mayor acuerdo entre los generales españoles. Mas la adquirida ventaja duró corto tiempo. En el intervalo había crecido el desorden y la derrota en las tropas de Blake. En balde este general había querido contener al enemigo con la columna de granaderos provinciales que tenía como en reserva. Estos no correspondieron a lo que su fama prometía por culpa en gran parte de algunos de los jefes. Fueron como los demás envueltos en el desorden, y caballos enemigos que subieron a la altura acabaron de aumentar la confusión. Entonces Merle más desembarazado revolvió sobre la cuarta división que había alcanzado la ventaja arriba indicada, y flanqueándola por su derecha la contuvo y desconcertó. Los franceses luego acometieron intrépidamente por todos lados, extendiéronse por la meseta o alto de la posición de Blake, y todo lo atropellaron y desbarataron, apoderándose de nuestras no aguerridas tropas la confusión y el espanto. Individualmente hubo soldados, y sobre todo oficiales que vendieron caras sus vidas, contándose entre los más valerosos al ilustre conde de Maceda, quien, pródigo de su grande alma, cual otro Paulo, prefirió arrojarse a la muerte antes que ver con sus ojos la rota de los suyos. Vanos fueron los esfuerzos del general Blake y de los de su estado mayor, particularmente de los distinguidos oficiales Don Juan Moscoso, Don Antonio Burriel y Don José Maldonado para rehacer la gente. Eran sordos a su voz los más de los soldados, manteniéndose por aquel punto solo unido y lidiando el batallón de voluntarios de Navarra mandado por el coronel Don Gabriel de Mendizábal. Cundiendo el desorden no fue tampoco dable a Cuesta impedir la confusión de los suyos, y ambos generales españoles se retiraron a corta distancia uno de otro sin ser muy molestados por el enemigo; pero entre sí con ánimo más opuesto y enconado. Tomaron el camino de Villalpando y Benavente. Pasó de 4000 la pérdida de los nuestros entre muertos, heridos, prisioneros y extraviados, con varias piezas de artillería. De los contrarios perecieron unos 300 y más de 700 fueron los heridos. Lamentable jornada debida a la obstinada ceguedad e ignorancia de Cuesta, al poco concierto entre él y Blake, y a la débil y culpable condescendencia de la junta de Galicia. La tropa bisoña y aun el paisanaje habiendo peleado largo rato con entusiasmo y denuedo, claramente mostraron lo que con mayor disciplina y mejor acuerdo de los jefes hubieran podido llevar a glorioso remate. Mucho perjudicó a la causa de la patria tan triste suceso. Se perdieron hombres, se consumieron en balde armas y otros pertrechos, y sobre todo se menoscabó en gran manera la confianza.

Rioseco pagó duramente la derrota padecida casi a sus puertas. Nunca pudo autorizar el derecho de la guerra el saqueo y destrucción de un pueblo que por sí no había opuesto resistencia. Mas el enemigo con pretexto de que soldados dispersos habían hecho fuego cerca de los arrabales, entró en la ciudad matando por calles y plazas. Los vecinos que quisieron fugarse murieron casi todos a la salida. Allanaron los franceses las casas, los conventos y los templos, destruyeron las fábricas, robándolo todo y arruinándolo. Quitaron la vida a mozos, ancianos y niños, a religiosos y a varias mujeres, violándolas a presencia de sus padres y maridos. Lleváronse otras al campamento, abusando de ellas hasta que hubieron fallecido. Quemaron más de cuarenta casas, y coronaron tan horrorosa jornada con formar de la hermosa iglesia de Santa Cruz un infame lupanar, en donde fueron víctima del desenfreno de la soldadesca muchas monjas, sin que se respetase aun a las muy ancianas. No pocas horas duró el tremendo destrozo.

Avanza Bessières a León.

Bessières después de avanzar hasta Benavente persiguió a Cuesta camino de León, a cuya ciudad llegó este el 17, abandonándola en la noche del 18 para retirarse hacia Salamanca. El general francés que había dudado antes si iría o no a Portugal, sabiendo este movimiento y el que Blake y los asturianos se habían replegado detrás de las montañas, desistió de su intento y se contentó con entrar en León y recorrer la tierra llana. Su correspondencia con Blake. Desde el 22 abrió el mariscal francés correspondencia con Blake haciéndole proposiciones muy ventajosas para que él y su ejército reconociesen a José. Respondiole el general español con firmeza y decoro, concluyendo los tratos con una carta de este demasiadamente vanagloriosa, y una respuesta de su contrario atropellada y en que se pintaba el enfado y despecho.

La batalla de Rioseco, fatal para los españoles, llenó de júbilo a Napoleón, comparándola con la de Villaviciosa que había asegurado la corona en las sienes de Felipe V. Satisfecho con la agradable nueva, o más bien sirviéndole de honroso y simulado motivo, abandonó a Bayona, de donde el 21 de julio por la noche salió para París, visitando antes los departamentos del mediodía. No fue la vez primera ni la única en que alejándose a tiempo, procuraba que sobre otros recayesen las faltas y errores que se cometían en su ausencia.

Viaje de José a Madrid.

José, a quien dejamos a la raya de España y pisando su territorio, el 9 de julio había seguido su camino a cortas jornadas. A doquiera que llegaba acogíanle friamente; las calles de los pueblos estaban en soledad y desamparo, y no había para recibirle sino las autoridades que pronunciaban discursos, forzadas por la ocupación francesa. El 16 supo en Burgos las resultas de la batalla de Rioseco, con lo que más desahogadamente le fue lícito continuar su viaje a Madrid. En el tránsito quiso manifestarse afable, lo cual dio ocasión a los satíricos donaires de los que le oían. Porque poco práctico en la lengua española, alteraba su pureza con vocablos y acento de la italiana, y sus arengas en vez de cautivar los ánimos solo los movían a risa y burla.

Su entrada en la capital.

El 20 en fin llegó a Chamartín a mediodía y se apeó en la quinta del duque del Infantado, disponiéndose a hacer su entrada en Madrid. Verificola pues en aquella propia tarde a las seis y media, yendo por la puerta de Recoletos, calle de Alcalá y Mayor hasta palacio. Habían mandado colgar y adornar las casas. Raro o ninguno fue el vecino que obedeció. Venía escoltado para seguridad y mayor pompa de mucha infantería y caballería, generales y oficiales de estado mayor, y contados españoles de los que estaban más comprometidos. Interrumpíase la silenciosa marcha con los solos vivas de algunos franceses establecidos en Madrid, y con el estruendo de la artillería. Las campanas en lugar de tañer como a fiesta las hubo que doblaron a manera de día de difuntos. Pocos fueron los habitantes que se asomaron o salieron a ver la ostentosa solemnidad. Y aun el grito de uno que prorrumpió en viva Fernando VII, causó cierto desorden por el recelo de alguna oculta trama. Recibimiento que representaba al vivo el estado de los ánimos, y singular en su contraste con el que se había dado a Fernando VII en 24 de marzo. Asemejose muy mucho al de Carlos de Austria en 1710, en el que se mezclaron con los pocos vítores que le aplaudían, varios que osaron aclamar a Felipe V. Pero José no se ofendió ni de extraños clamores ni de la expresiva soledad como el austriaco. Este al llegar a la puerta de Guadalajara torció a la derecha y se salió por la calle de Alcalá diciendo: «que era una corte sin gente.» José se posesionó de Palacio y desde luego admitió a cumplimentarle a las autoridades, consejos y principales personas al efecto citadas.

Retrato de José.

Ahora no parecerá fuera de propósito que nos detengamos a dar una idea, si bien sucinta, del nuevo rey, de su carácter y prendas. Comenzaremos por asentar con desapasionada libertad, que en tiempos serenos y asistido de autoridad, si no más legítima por lo menos de origen menos odioso, no hubiera el intruso deshonrado el solio, mas sí cooperado a la felicidad de España. José había nacido en Córcega, año de 1768. Habiendo estudiado en el colegio de Autun en Borgoña, volvió a su patria en 1785 en donde después fue individuo de la administración departamental, a cuya cabeza estaba el célebre Paoli. Casado en 1794 con una hija de Mr. Clary, hombre de los más acaudalados de Marsella, acompañó al general Bonaparte en su primera campaña de Italia. Hallábase embajador en Roma a la sazón que sublevándose el pueblo acometió su palacio y mató a su lado al general Duphot. Miembro a su regreso del consejo de los Quinientos, defendió con esfuerzo a su hermano que entonces en Egipto era vivamente atacado por el directorio. Después de desempeñar comisiones importantes y de haber firmado el concordato con el Papa, los tratados de Luneville, Amiens y otros, tomó asiento en el senado. Mas cuando Napoleón convirtió la Francia en un vasto campo militar y sus habitantes en soldados, ciñó a su hermano la espada, dándole el mando del cuarto regimiento de línea, uno de los destinados al tan pregonado desembarco de Inglaterra. No descolló empero en las armas, cual conviniera al que fue a domeñar después una nación fiera y altiva como la española. Al subir Napoleón al trono ofreció a José la corona de Lombardía que se negó a admitir, accediendo en 1806 a recibir la de Nápoles, cuyo reino gobernó con algún acierto. Fue en España más desgraciado a pesar de las prendas que le adornaban. Nacido en la clase particular y habiendo pasado por los vaivenes y trastornos de una gran revolución política, poseía a fondo el conocimiento de los negocios públicos y el de los hombres. Suave de condición, instruido y agraciado de rostro, y atento y delicado en sus modales, hubiera cautivado a su partido las voluntades españolas, si antes no se las hubiera tan gravemente lastimado en su pundonoroso orgullo. Además la extrema propensión de José a la molicie y deleites oscureciendo algún tanto sus bellas dotes, dio ocasión a que se inventasen respecto de su persona ridículas consejas y cuentos creídos por una multitud apasionada y enemiga. Así fue que no contentos con tenerle por ebrio y disoluto, deformáronle hasta en su cuerpo fingiendo que era tuerto. Su misma locución fácil y florida perjudicole en gran manera, pues arrastrado de su facundia se arrojaba, como hemos advertido, a pronunciar discursos en lengua que no le era familiar, cuyo inmoderado uso unido a la fama exagerada de sus defectos, provocó a componer farsas populares que, representadas en todos los teatros del reino, contribuyeron no tanto al odio de su persona como a su desprecio, afecto del ánimo más temible para el que anhela afianzar en sus sienes una corona. Por tanto, José, si bien enriquecido de ciertas y laudables calidades, carecía de las virtudes bélicas y austeras que se requerían entonces en España, y sus imperfecciones, débiles lunares en otra coyuntura, ofrecíanse abultadas a los ojos de una nación enojada y ofendida.

Su proclamación.

Los pocos días que el nuevo rey residió en Madrid se pasaron en ceremonias y cumplidos. Señalose el 25 de julio para su proclamación. Prefirieron aquel día por ser el de Santiago, creyendo así agradar a la devoción española que le reconocía como patrón del reino. Hizo las veces de alférez mayor el conde de Campo de Alange, estando ausente y habiendo rehusado asistir el marqués de Astorga a quien de derecho competía.

Su reconocimiento.

Todas las autoridades, después de haber cumplimentado a José, le prestaron, con los principales personajes, juramento de fidelidad. Solo se resistieron el consejo de Castilla Consejo de Castilla. y la sala de alcaldes. Muy de elogiar sería la conducta del primero, si con empeño y honrosa porfía se hubiera antes constantemente opuesto a las resoluciones de la autoridad intrusa. Había sí a veces suprimido la fórmula, al publicar sus decretos, de que estos se guardasen y cumpliesen, pero imprimiéndose y circulándose a su nombre: el pueblo, que no se detenía en otras particularidades, achacaba al consejo y vituperaba en él la autorización de tales documentos, y los hombres entendidos deploraban que se sirviese de un efugio indigno de supremos magistrados. Porque al paso que doblaban la cerviz al usurpador, buscaban con sutilezas e impropios ardides un descargo a la severa responsabilidad que sobre ellos pesaba: proceder que los malquistó con todos los partidos.

Desde la llegada de José a España habíase ordenado al consejo que se dispusiese a prestar el debido juramento. En el 22 de julio expresamente se le reiteró cumpliese con aquel acto, según lo prevenido en la constitución de Bayona, la cual ya de antemano se le había ordenado que circulase. El consejo sabedor de la resistencia general de las provincias, y previendo el compromiso a que se exponía, había procurado dar largas, y no antes del 24 respondió a las mencionadas órdenes. En dicho día remitió dos representaciones que abrazaban ambos puntos el del juramento y el de la constitución. A cerca de la última expuso: «que él no representaba a la nación, y sí únicamente las cortes, las que no habían recibido la constitución. Que sería una manifiesta infracción de todos los derechos más sagrados el que tratándose, no ya del establecimiento de una ley sino de la extinción de todos los códigos legales y de la formación de otros nuevos, se obligase a jurar su observancia antes que la nación los reconociese y aceptase.» Justa y saludable doctrina de que en adelante se desvió con frecuencia el mismo consejo.

Hasta en el presente negocio cedió al fin respecto de la constitución de Bayona, cuya publicación y circulación tuvo efecto con su anuencia en 26 de julio. Animáronle a continuar en la negativa del pedido juramento los avisos confidenciales que ya llegaban del estado apurado de los franceses en Andalucía: por lo cual el 28 insistió en las razones alegadas, añadiendo nuevas de conciencia. A unas y a otras le hubiera la necesidad obligado a encontrar salida y someterse a lo que se le ordenaba, según antes había en todo practicado, si grandes acontecimientos allende la Sierra Morena no hubieran distraído de los escrúpulos del consejo y suscitado nuevos e impensados cuidados al gobierno intruso.

Al llegar aquí de suyo se nombra la batalla de Bailén: memorable suceso que exige lo refiramos circunstanciadamente.

Acontecimientos que precedieron a la batalla de Bailén.

No habrá el lector olvidado como Dupont después de abandonar a Córdoba se había replegado a Andújar, y asentando allí su cuartel general, sucesivamente había recibido los refuerzos que le llevaron los generales Vedel y Gobert. Antes de esta retirada y para impedirla se había formado un plan por los españoles. Don Francisco Javier Castaños se oponía a que este se realizase, pensando quizá fundadamente que ante todo debía organizarse el ejército en un campo atrincherado delante de Cádiz. En tanto Dupont frustró con su movimiento retrógrado el intento que había habido de rodearle. Alentáronse los nuestros, y solo Castaños insistió de nuevo en su anterior dictamen. Inclinábase a adoptarle la junta de Sevilla hasta que arrastrada por la voz pública, y noticiosa de que tropas de refresco avanzaban a unirse al enemigo, determinó que se le atacase en Andújar.

Castaños desde que había tomado el mando del ejército de Andalucía, había tratado de engrosarle, y disciplinar a los innumerables paisanos que se presentaban a alistarse voluntariamente. En Utrera estableció su cuartel general, y en aquel pueblo y Carmona se juntaron unas en pos de otras todas las fuerzas, así las que venían de San Roque, Cádiz y Sevilla, como las que con Echevarri habían peleado en Alcolea. No tardaron mucho las de Granada en aproximarse y darse la mano con las demás. Para mayor seguridad rogó Castaños al general Spencer, quien con 5000 ingleses según se apuntó estaba en Cádiz a bordo de la escuadra de su nación, que desembarcase y tomase posición en Jerez. Por entonces no condescendió este general con su deseo, prefiriendo pasar a Ayamonte y sostener la insurrección de Portugal. No tardó sin embargo el inglés en volver y desembarcar en el Puerto de Santa María, en donde permaneció corto tiempo sin tomar parte en la guerra de Andalucía.

Distribución del ejército español de Andalucía.

Puestos de inteligencia los jefes españoles dispusieron su ejército en tres divisiones con un cuerpo de reserva. Mandaba la primera Don Teodoro Reding con la gente de Granada; la segunda el marqués de Coupigny, y se dejó la tercera a cargo de Don Félix Jones que debía obrar unida a la reserva capitaneada por Don Manuel de la Peña. El total de la fuerza ascendía a 25.000 infantes y 2000 caballos. A las órdenes de Don Juan de la Cruz había una corta división, compuesta de las compañías de cazadores de algunos cuerpos, de paisanos y otras tropas ligeras, con partidas sueltas de caballería, que en todo ascendía a 1000 hombres. También Don Pedro Valdecañas mandaba por otro lado pequeños destacamentos de gente allegadiza.

Los españoles, avanzando, se extendieron desde el 1.º de julio por el Carpio y ribera izquierda del Guadalquivir. Los franceses para buscar víveres y cubrir su flanco habían al propio tiempo enviado a Jaén al general de brigada Cassagne con 1500 hombres. A las once del mismo día, acercándose los franceses a la ciudad, tuvieron varios reencuentros con los nuestros, y hasta el 3 que por la noche la desampararon estuvieron en continuado rebato y pelea, ya con paisanos y ya con el regimiento de suizos de Reding y voluntarios de Granada, que habían acudido a la defensa de los suyos. Dupont, sabedor del movimiento del general Castaños, no queriendo tener alejadas sus fuerzas, había ordenado a Cassagne que retrocediese, y así se libertó Jaén de la ocupación de unos soldados que tanto daño le habían ocasionado en la primera.

Consejo celebrado para atacar a los franceses.

Instando de todos lados para que se acometiese decididamente al enemigo, celebraron en Porcuna el 11 de julio los jefes españoles un consejo de guerra en el que se acordó el plan de ataque. Conforme a lo convenido debía Don Teodoro Reding cruzar el Guadalquivir por Mengíbar y dirigirse sobre Bailén, sosteniéndole el marqués de Coupigny que había de pasar el río por Villanueva. Al mismo tiempo Don Francisco Javier Castaños quedó encargado de avanzar con la tercera división y la reserva y atacar de frente al enemigo, cuyo flanco derecho debía ser molestado por las tropas ligeras y cuerpos francos de Don Juan de la Cruz, quien atravesando por el puente de Marmolejo, que aunque cortado anteriormente estaba ya transitable, se situó al efecto en las alturas de Sementera.

El 13 se empezó a poner en obra el concertado movimiento, y el 15 hubo varias escaramuzas. Dupont inquieto con las tropas que veía delante de sí, pidió a Vedel que le enviase de Bailén el socorro de una brigada; pero este no queriendo separarse de sus soldados fue en persona con su división, dejando solamente a Liger-Belair con 1300 hombres para guardar el paso de Mengíbar. En el mismo 15 los franceses atacaron a Cruz, quien después de haber combatido bizarramente se transfirió a Peñascal de Morales, replegándose los enemigos a sus posiciones. No hubo en el 16 por el frente, o sea del lado de Castaños, sino un recio cañoneo; pero fue grave y glorioso para los españoles el choque en que se vio empeñado en el propio día el general Reding.

Acción de Mengíbar.

Según lo dispuesto trató este general de atacar al enemigo, y al tiempo que le amenazaba en su posición de Mengíbar, a las cuatro de la mañana cruzó el río a media legua por el vado apellidado del Rincón. Le desalojó de todos los puntos, y obligó a Liger-Belair a retirarse hacia Bailén, de donde volando a su socorro el general Gobert, recibió este un balazo en la cabeza, de que murió poco después. Cuerpos nuevos como el de Antequera y otros se estrenaron aquel día con el mayor lucimiento. Contribuyó en gran manera al acierto de los movimientos el experto y entendido mayor general Don Francisco Javier Abadía. Nada embarazaba ya la marcha victoriosa de los españoles; mas Reding como prudente capitán suspendió perseguir al enemigo, y repasando por la tarde el río aguardó a que se le uniese Coupigny. Pareció ser día de buen agüero porque en 1212 en el mismo 16 de julio, según el cómputo de entonces, habíase ganado la célebre batalla de las Navas de Tolosa, pueblo de allí poco distante: siendo de notar que el paraje en donde hubo mayor destrozo de moros, y que aún conserva el nombre de campo de matanza, fue el mismo en que cayó mortalmente herido el general Gobert.

De resultas de este descalabro determinó Dupont que Vedel tornase a Bailén, y arrojase los españoles del otro lado del río. Empezaba el terror a desconcertar a los franceses. Aumentose con la noticia que recibieron de lo ocurrido en Valencia, y por doquiera no veían ni soñaban sino gente enemiga. Así fue que Dufour, sucesor de Gobert, y Liger-Belair escarmentados con la pérdida que el 16 experimentaron en Mengíbar, y temerosos de que los españoles mandados por Don Pedro Valdecañas, que habían acometido y sorprendido en Linares un destacamento francés, se apoderasen de los pasos de la sierra y fuesen después sostenidos por la división victoriosa de Reding, en vez de mantenerse en Bailén caminaron a Guarromán tres leguas distante. Ya se habían puesto en marcha cuando Vedel de vuelta de Andújar llegó al primer pueblo, y sin aguardar noticia ni aviso alguno recelándose que Dufour y su compañero pudiesen ser atacados prosiguió adelante, y uniéndose a ellos avanzaron juntos a la Carolina y Santa Elena.

En el intermedio y al día siguiente de la gloriosa acción que había ganado, movió el general Reding su campo, repasó de nuevo el río en la tarde del 17, e incorporándosele al amanecer el marqués de Coupigny entraron ambos el 18 en Bailén. Sin permitir a su gente largo descanso disponíanse a revolver sobre Andújar, con intento de coger a Dupont entre sus divisiones y las que habían quedado en los Visos, cuando impensadamente se encontraron con las tropas de dicho general, que de priesa y silenciosamente caminaban. Había el francés salido de Andújar al anochecer del 18, después de destruir el puente y las obras que para su defensa había levantado. Escogió la oscuridad deseoso de encubrir su movimiento, y salvar el inmenso bagaje que acompañaba a sus huestes.

Batalla de Bailén, 19 de julio.

Abría Dupont la marcha con 2600 combatientes, mandando Barbou la columna de retaguardia. Ni franceses ni españoles se imaginaban estar tan cercanos; pero desengañolos el tiroteo que de noche empezó a oírse en los puntos avanzados. Los generales españoles que estaban reunidos en una almazara o sea molino de aceite a la izquierda del camino de Andújar, paráronse un rato con la duda de si eran fusilazos de su tropa bisoña o reencuentro con la enemiga. Luego los sacó de ella una granada que casi cayó a sus pies a las doce y minutos de aquella misma noche, y principio ya del día 19. Eran en efecto fuegos de tropas francesas que habiendo las primeras y más temprano salido de Andújar, habían tenido el necesario tiempo para aproximarse a aquellos parajes. Los jefes españoles mandaron hacer alto, y Don Francisco Venegas Saavedra, que en la marcha capitaneaba la vanguardia, mantuvo el conveniente orden, y causó diversión al enemigo en tanto que la demás tropa ya puesta en camino volvía a colocarse en el sitio que antes ocupaba. Los franceses por su parte avanzaron más allá del puente que hay a media legua de Bailén. En unas y otras no empezó a trabarse formalmente la batalla hasta cerca de las cuatro de la mañana del citado 19. Aunque los dos grandes trozos o divisiones, en que se había distribuido la fuerza española allí presente, estaban al mando de los generales Reding y Coupigny, sometido este al primero, ambos jefes acudían indistintamente con la flor de sus tropas a los puntos atacados con mayor empeño. Ayudoles mucho para el acierto el saber y tino del mayor general Abadía.

La primera acometida fue por donde estaba Coupigny. Rechazáronla sus soldados vigorosamente, y los guardias valonas, suizos, regimientos de Bujalance, Ciudad Real, Trujillo, Cuenca, Zapadores y el de caballería de España embistieron las alturas que el enemigo señoreaba y le desalojaron. Roto este enteramente se acogió al puente, y retrocedió largo trecho. Reconcentrando en seguida Dupont sus fuerzas volvió a posesionarse de parte del terreno perdido, y extendió su ataque contra el centro y costado derecho español en donde estaba Don Pedro Grimarest. Flaqueaban los nuestros de aquel lado, pero auxiliados oportunamente por Don Francisco Venegas, fueron los franceses del todo arrollados teniendo que replegarse. Muchas y porfiadas veces repitieron los enemigos sus tentativas por toda la línea, y en todas fueron repelidos con igual éxito. Manejaron con destreza nuestra artillería los soldados y oficiales de aquella arma, mandados por los coroneles Don José Juncar y Don Antonio de la Cruz, consiguiendo desmontar de un modo asombroso la de los contrarios. La sed causada por el intenso calor era tanta que nada disputaron los combatientes con mayor encarnizamiento como el apoderarse, ya unos ya otros, de una noria sita más abajo de la almazara antes mencionada.

A las doce y media de la mañana Dupont lleno de enojo púsose con todos los generales a la cabeza de las columnas, y furiosa y bravamente acometieron juntos al ejército español. Intentaron con particular arrojo romper nuestro centro, en donde estaban los generales Reding y Abadía, llegando casi a tocar con los cañones los marinos de la guardia imperial. Vanos fueron sus esfuerzos, inútil su conato. Tanto ardimiento y maestría estrellose contra la bravura y constancia de nuestros guerreros. Cansados los enemigos, del todo decaídos, menguados sus batallones, y no encontrando refugio ni salida, propusieron una suspensión de armas que aceptó Reding.

Mientras que la victoria coronaba con sus laureles a este general, Don Juan de la Cruz no había permanecido ocioso. Informado del movimiento de Dupont en la misma noche del 18 se adelantó hasta los Baños, y colocándose cerca del Herrumblar a la izquierda del enemigo, le molestó bastantemente. Castaños debió tardar más en saber la retirada de los franceses, puesto que hasta la mañana del 19 no mandó a Don Manuel de la Peña ponerse en marcha. Llevó este consigo la tercera división de su mando reforzada, quedándose con la reserva en Andújar el general en jefe. Peña llegó cuando se estaba ya capitulando: había antes tirado algunos cañonazos para que Reding estuviese advertido de su llegada, y quizá este aviso aceleró el que los franceses se rindiesen.

Vedel en su correría no habiendo descubierto por la sierra tropas españolas, unido con Dufour permaneció el 18 en la Carolina, después de haber dejado para resguardar el paso en Santa Elena y Despeñaperros dos batallones y algunas compañías. Allí estaba cuando al alborear del 19 oyendo el cañoneo del lado de Bailén, emprendió su marcha, aunque lentamente, hacia el punto de donde partía el ruido. Tocaba ya a las avanzadas españolas, y todavía reposaban estas con el seguro de la pactada tregua. Advertido sin embargo Reding envió al francés un parlamento con la nueva de lo acaecido. Dudó Vedel si respetaría o no la suspensión convenida, mas al fin envió un oficial suyo para cerciorarse del hecho.

Ocupaban por aquella parte los españoles las dos orillas del camino. En la ermita de San Cristóbal, que está a la izquierda yendo de Bailén a la Carolina, se había situado un batallón de Irlanda, y el regimiento de Órdenes Militares al mando de su valiente coronel Don Francisco de Paula Soler: enfrente y del otro lado se hallaba otro batallón de dicho regimiento de Irlanda con dos cañones. Pesaroso Vedel de haber suspendido su marcha, u obrando quizá con doblez, media hora después de haber contestado al parlamento de Reding, y de haber enviado un oficial a Dupont, mandó al general Cassagne que atacase el puesto de los españoles últimamente indicado. Descansando nuestros soldados en la buena fe de lo tratado, fuele fácil al francés desbaratar al batallón de Irlanda que allí había, cogerle muchos prisioneros, y aun los dos cañones. Mayor oposición encontró el enemigo en las fuerzas que mandaba Soler, quien aguantó bizarramente la acometida que le dio el jefe de batallón Roche. Interesaba mucho aquel punto de la ermita de San Cristóbal, porque se facilitaba apoderándose de ella la comunicación con Dupont. Viendo la porfiada y ordenada resistencia que los españoles ofrecían, iba Vedel a atacar en persona la ermita, cuando recibió la orden de su general en jefe de no emprender cosa alguna, con lo que cesó en su intento calificado por los españoles de alevoso.

Capitulación del ejército francés.

Negociábase pues el armisticio que antes se había entablado. Fue enviado por Dupont para abrir los tratos el capitán Villoutreys de su estado mayor. Pedía el francés la suspensión de armas y el permiso de retirarse libremente a Madrid. Concedió Reding la primera demanda, advirtiendo que para la segunda era menester abocarse con Don Francisco Javier Castaños que mandaba en jefe. A él se acudió autorizando los franceses al general Chabert para firmar un convenio. Inclinábase Castaños a admitir la proposición de dejar a los enemigos repasar sin estorbo la Sierra Morena. Pero la arrogancia francesa disgustando a todos, excitó al conde de Tilly a oponerse, cuyo dictamen era de gran peso como de individuo de la junta de Sevilla, y de hombre que tanta parte había tomado en la revolución. Vino en su apoyo el haberse interceptado un despacho de Savary de que era portador el oficial Mr. de Fénelon. Preveníasele a Dupont en su contenido que se recogiese al instante a Madrid en ayuda de las tropas que iban a hacer rostro a los generales Cuesta y Blake que avanzaban por la parte de Castilla la Vieja. Tilly a la lectura del oficio insistió con ahínco en su opinión, añadiendo que la victoria alcanzada en los campos de Bailén de nada serviría sino de favorecer los deseos del enemigo, caso que se permitiese a sus soldados ir a juntarse con los que estaban allende la sierra. A sus palabras irritados los negociadores franceses se propasaron en sus expresiones hablando mal de los paisanos españoles y exagerando sus excesos. No quedaron en zaga en su réplica los nuestros, echándoles en cara escándalos, saqueos y perfidias. De ambas partes agriándose sobremanera los ánimos, rompiéronse las entabladas negociaciones.

Mas los franceses no tardaron en renovarlas. La posición de su ejército por momentos iba siendo más crítica y peligrosa. Al ruido de la victoria había acudido de la comarca la población armada, la cual y los soldados vencedores estrechando en derredor al enemigo abatido y cansado, sofocado con el calor y sediento, le sumergían en profunda aflicción y desconsuelo. Los jefes franceses no pudiendo los más sobrellevar la dolorosa vista que ofrecían sus soldados, y algunos, si bien los menos, temerosos de perder el rico botin que los acompañaba, generalmente persistieron en que se concluyese una capitulación. Y como las primeras conferencias no habían tenido feliz resulta, escogiose para ajustarla al general Marescot que por acaso se había incorporado al ejército de Dupont. De antiguo conocía al nuevo plenipotenciario Don Francisco Javier Castaños, y lisonjeáronse los que le eligieron con que su amistad llevaría la negociación a pronto y cumplido remate.

Habíanse ya trabado nuevas pláticas, y todavía hubo oficiales franceses que escuchando más a los ímpetus de su adquirida gloria que a lo que su situación y la fe empeñada exigían, propusieron embestir de repente las líneas españolas, y uniéndose con Vedel salvarse a todo trance. Dupont mismo sobrecogido y desatentado dio órdenes contradictorias, y en una de ellas insinuó a Vedel que se considerase como libre y se pusiese en cobro. Bastole a este general el permiso para empezar a retirarse por la noche burlándose de la tregua. Notando los españoles su fuga, intimaron a Dupont que de no cumplir él y los suyos la palabra dada, no solamente se rompería la negociación, sino que también sus divisiones serían pasadas a cuchillo. Arredrado con la amenaza, envió el francés oficiales de su estado mayor que detuviesen en la marcha a Vedel, el cual aunque cercado de un enjambre de paisanos, y hostigado por el ejército español, vaciló si había o no de obedecer. Mas aterrorizados oficiales y soldados, era tanto su desaliento que de veintitrés jefes que convocó a consejo de guerra, solo cuatro opinaron que debía continuarse la comenzada retirada. Mal de su grado sometiose Vedel al parecer de la mayoría.

Terminose pues la capitulación oscura y contradictoria en alguna de sus partes; lo que en seguida dio margen a disputas y altercados.[*] (* Ap. n. 4-15.) Según los primeros artículos se hacía una distinción bien marcada entre las tropas del general Dupont y las de Vedel. Las unas eran consideradas como prisioneras de guerra, debiendo rendir las armas, y sujetarse a la condición de tales. A las otras si bien forzadas a evacuar la Andalucía, no se las obligaba a entregar las armas sino en calidad de depósito, para devolvérselas a su embarco. Pero esta distinción desaparecía en el artículo 6.º en donde se estipulaba que todas las tropas francesas de Andalucía se harían a la vela desde Sanlúcar y Rota para Rochefort en buques tripulados por españoles. Ignoramos si hubo o no malicia en la inserción del artículo. Si procedió de ardid de los negociadores franceses, enredáronse entonces en su propio lazo, pues no era hacedero aprestar los suficientes barcos con tripulación nacional. Tenemos por más probable que anhelando todos concluir el convenio se precipitaron a cerrarle, dejándole en parte ambiguo y vago.

La capitulación firmose en Andújar el 22 de julio por Don Francisco Javier Castaños y el conde de Tilly a nombre de los españoles, y lo fue al de los franceses por los generales Marescot y Chabert. Al día siguiente desfiló la fuerza que estaba a las órdenes inmediatas del general Dupont por delante de la reserva y tercera división españolas, a cuyo frente se hallaban los generales Castaños y Don Manuel de la Peña. Censurose que se diera la mayor honra y prez de la victoria a las tropas que menos habían contribuido a alcanzarla. Componíase la primera fuerza francesa de 8248 hombres, Rinden las armas los franceses. la cual rindió sus armas a 400 toesas del campo. El 24 trasladose el mismo Castaños a Bailén, en donde las divisiones de Vedel y Dufour que constaban de 9393 hombres abandonaron sus fusiles, colocándolos en pabellones sobre el frente de banderas. Además entregaron unos y otros las águilas como también los caballos y la artillería que contaba 40 piezas. De suerte que entre los que habían perecido en la batalla, los rendidos y los que después sucesivamente se rindieron en la sierra y Mancha, pasaba el total del ejército enemigo de 21.000 hombres. El número de sus muertos ascendía a más de 2000 con gran número de heridos. Entre ellos perecieron el general Dupré y varios oficiales superiores. Dupont quedó también contuso. De los nuestros murieron 243, quedando heridos más de 700.

Reflexiones sobre la batalla.

Día fue aquel de ventura y gloria para los españoles, de eterna fama para sus soldados, de terrible y dolorosa humillación para los contrarios. Antes vencedores estos contra las más aguerridas tropas de Europa, tuvieron que rendir ahora sus armas a un ejército bisoño compuesto en parte de paisanos y allegado tan apresuradamente que muchos sin uniforme todavía conservaban su antiguo y tosco vestido. Batallaron sin embargo los franceses con honra y valentía; cedieron a la necesidad, pero cedieron sin afrenta. Algunos de sus caudillos no pudieron ponerse a salvo de una justa y severa censura. Allá en Roma en parecido trance pasaron sus cónsules bajo el yugo despojados, y medio desnudos al decir de Tito Livio: «aquí hubo jefes que tuvieron más cuenta con la mal adquirida riqueza que con el buen nombre.» No ha faltado entre sus compatriotas quien haya achacado la capitulación al deseo de no perder el cuantioso botin que consigo llevaban. Pudo caber tan ruin pensamiento en ciertos oficiales, mas no en su mayor y más respetable número. Guerreros bravos y veteranos lidiaron con arrojo y maestría; sometiéronse a su mala estrella y a la dicha y señalado brío de los españoles.

La victoria pesada en la balanza de la razón casi tocó en portento. Cierto que las divisiones de Reding y de Coupigny, únicas que en realidad lidiaron, contaban un tercio de fuerza más que las de Dupont, constando estas de 8000 hombres, y aquellas de 14.000. ¡Pero qué inferioridad en su composición! Las francesas superiorísimas en disciplina, bajo generales y oficiales inteligentes y aguerridos, bien pertrechadas y con artillería completa y bien servida, tenían la confianza que dan tamañas ventajas y una serie no interrumpida de victorias. Las españolas mal vestidas y armadas, con oficiales por la mayor parte poco prácticos en el arte de la guerra y con soldados inexpertos, eran más bien una masa de hombres de repente reunidos, que un ejército en cuyas filas hubiese la concordancia y orden propios de un ejército a punto de combatir. Nuestra caballería por su mala organización conceptuábase como nula a pesar del valor de los jinetes, al paso que la francesa brillaba y se aventajaba por su arreglo y destreza. La posición ocupada por los españoles no fue más favorable que la de los enemigos, habiendo al contrario tenido estos la fortuna de acometer los primeros a los nuestros que comenzaban su marcha. Podrá alegarse que hallándose a la retaguardia de Dupont las fuerzas de Castaños y Peña, se le inutilizaba a aquel su superioridad viéndose así perseguido y estrechado; pero en respuesta diremos que también Reding tuvo a sus espaldas las tropas de Vedel, con la diferencia que las de Peña nunca llegaron al ataque, y las otras le realizaron por dos veces. No es extraño que mortificados los vencidos con la impensada rota, la hayan asimismo achacado a la penuria que experimentaban sus soldados, al cansancio y al calor terrible en aquella estación y en aquel clima. Pero si los víveres abundaban en el campo de los españoles, era igual o mayor la fatiga, y no herían con menos violencia los rayos del sol a muchos de los que siendo de provincias más frescas estaban tan desacostumbrados como los franceses a los ardores de las del mediodía, de que varios cayeron sofocados y muertos. Hanse reprendido a Dupont y a sus generales graves faltas, y ¡cuáles no cometieron los españoles! Si Vedel y los suyos corrieron a la Carolina tras un enemigo que no existía, Castaños y la Peña se pararon sobrado tiempo en los Visos de Andújar, figurándose tener delante un enemigo que había desaparecido. El general francés reputado como uno de los primeros de su nación, aventajábase en nombradía al español, habiéndose ilustrado con gloriosos hechos en Italia y en las orillas del Danubio y del Elba. Castaños, después de haber servido con distinción en la campaña de Francia de 1793, gozaba fama de buen oficial y de hombre esforzado, mas no había todavía tenido ocasión de señalarse como general en jefe. Suave de condición amábanle sus subalternos; mañero en su conducta acusábanle otros de saber aprovecharse en beneficio propio de las hazañas ajenas. Así fue que quisieron privarle de todo loor y gloria en los triunfos de Bailén. Juicio apasionado e injusto. Pues si a la verdad no asistió en persona a la acción, y anduvo lento en moverse de Andújar, no por eso dejó de tomar parte en la combinación y arreglo acordado para atacar y destruir al enemigo. Por lo demás la ventaja real que en esta célebre jornada asistió a los españoles, fue el puro y elevado entusiasmo que los animaba y la certeza de la justicia de la causa que defendían, al paso que los franceses decaídos en medio de un pueblo que los aborrecía, abrumados con su bagaje y sus riquezas, conservaban sí el valor de la disciplina y el suyo propio, pero no aquella exaltación sublime con que habían asombrado al mundo en las primeras campañas de la revolución.

Nos hemos detenido algún tanto en el cotejo de los ejércitos combatientes y en el de sus operaciones, no para dar preferencia en las armas a ninguna de las dos naciones, sino para descubrir la verdad y ponerla en su más espléndido y claro punto. Los habitadores de España y Francia como todos los de Europa igualmente bravos y dispuestos a las acciones más dignas y elevadas, han tenido sus tiempos de gloria y abatimiento, de fortuna y desdicha, dependiendo sus victorias o de la previsión y tino de sus gobiernos, o de la maestría de sus caudillos, o de aquellos acasos tan comunes en la guerra, y por los que con razón se ha dicho que las armas tienen sus días.

Camina el ejército rendido a la costa.

Los franceses después de haberse rendido, emprendieron su viaje hacia la costa de noche y a cortas jornadas. Además de las contradicciones e inconvenientes que en sí envolvía la capitulación, casi la imposibilitaban las circunstancias del día. La autoridad, falta de la necesaria fuerza, no podía enfrenar el odio que había contra los franceses, causadores de una guerra que Napoleón mismo calificó alguna vez de sacrílega.[*] (* Ap. n. 4-16.) El modo pérfido con que ella había comenzado, los excesos, robos y saqueos cometidos en Córdoba y su comarca, tanto más pesados, cuanto recaían sobre pueblos no habituados desde siglos a ver enemigos en sus hogares, excitaban un clamor general, y creíase universalmente que ni pacto ni tratado debía guardarse con los que no habían respetado ninguno. En semejante conflicto la junta de Sevilla consultó con los generales Morla y Castaños acerca de asunto tan grave. Disintieron ambos en sus pareceres. Con razón el último sostenía el fiel cumplimiento de lo estipulado, en contraposición del primero que buscaba la aprobación y aplauso popular. Adhirió la junta al dictamen de este, aunque injusto e indebido. Para sincerarse circuló un papel en cuyo contexto intentó probar que los franceses habían infringido la capitulación, y que suya era la culpa si no se cumplía. Efugio indigno de la autoridad soberana cuando había una razón principalísima, y que fundadamente podía producirse, cual era la falta de transportes y marinería.

Desorden en Lebrija causado por la presencia de los prisioneros.

Por pequeña ocasión aumentáronse las dificultades. Acaeció pues en Lebrija que descubriéndose casualmente en las mochilas de algunos soldados más dinero que el que correspondía a su estado y situación, irritose en extremo el pueblo, y ellos para libertarse del enojo que había promovido el hallazgo, trataron de descargarse acusando a los oficiales. Del alboroto y pendencia resultaron muertes y desgracias. Propúsoseles entonces a los prisioneros que para evitar disturbios se sujetasen a un prudente registro, depositando los equipajes en manos de la autoridad. No cedieron al medio indicado, y otro incidente levantó en el Puerto de Santa María gran bullicio. En el Puerto de Santa María. Al embarcarse allí el 14 de agosto para pasar la bahía, cayose de la maleta de un oficial una patena y la copa de un cáliz. Fácil es adivinar la impresión que causaría la vista de semejantes objetos. Porque además de contravenirse a la capitulación en que se había expresamente estipulado la restitución de los vasos sagrados, se escandalizaba sobremanera a un pueblo que en tan gran veneración tenía aquellas alhajas. Encendidos los ánimos, se registraron los más de los equipajes, y apoderándose de ellos se maltrató a muchos prisioneros y se les despojó en general de casi todo lo que poseían.

Correspondencia entre Dupont y Morla.

Promovieron tales incidentes reclamaciones vivas del general Dupont y una correspondencia entre él y Don Tomás de Morla gobernador de Cádiz. Pedía el francés en ella los equipajes de que se había privado a los suyos, e insistiendo en su demanda contestole entre otras cosas Morla: «¿si podía una capitulación que solo hablaba de la seguridad de sus equipajes, darle la propiedad de los tesoros que con asesinatos, profanación de cuanto hay sagrado, crueldades y violencias había acumulado su ejército de Córdoba y otras ciudades? ¿Hay razón [continuaba], derecho ni principio que prescriba que se debe guardar fe ni aun humanidad a un ejército que ha entrado en un reino aliado y amigo so pretextos capciosos y falaces; que se ha apoderado de su inocente y amado rey y toda su familia con igual falacia; que les ha arrancado violentas e imposibles renuncias a favor de su soberano, y que con ellas se ha creído autorizado a saquear sus palacios y pueblos, y que porque no acceden a tan inicuo proceder, profanan sus templos y los saquean, asesinan sus ministros, violan las vírgenes, estupran a su placer bárbaro, y cargan y se apoderan de cuanto pueden transportar, y destruyen lo que no? ¿Es posible que estos tales tengan la audacia, oprimidos, cuando se les priva de estos que para ellos deberían ser horrorosos frutos de su iniquidad, reclamar los principios de honor y probidad?» Verdades eran estas si bien mal expresadas, por desgracia sobradamente obvias y de todos conocidas. Mas las perfidias y escándalos pasados no autorizaban el quebrantamiento de una capitulación contratada libremente por los generales españoles. ¿Qué sería de las naciones, qué de su progreso y civilización, si echándose recíprocamente en cara sus extravíos, sus violencias, olvidasen la fe empeñada y traspasasen y abatiesen los linderos que ha fijado el derecho público y de gentes? En Morla fue más reprensible aquel lenguaje siendo militar antiguo, y hombre que después a las primeras desgracias de su patria la abandonó villanamente y desertó al bando enemigo.

Consternación del gobierno francés en Madrid.

Al paso que con las victorias de Bailén fue en las provincias colmado el júbilo y universal y extremado el entusiasmo, consternose y cayó como postrado el gobierno de Madrid. Empezó a susurrarse tan grave suceso en el día 23. De antemano y varias veces se había anunciado la deseada victoria como si fuera cierta, por lo que los franceses calificaban la voz esparcida de vulgar e infundada. Sacoles del error el aviso de que un oficial suyo se aproximaba con la noticia. Llegó pues este, y supieron los pormenores de la desgracia acaecida. Había cabido ser portador de la infausta nueva al mismo Mr. de Villoutreys, que había entablado en Bailén los primeros tratos, y a cuyo hado adverso tocaba el desempeño de enfadosas comisiones. Según lo convenido en la capitulación, un oficial francés escoltado por tropa española debía en persona comunicarla al duque de Rovigo, general en jefe del ejército enemigo, y ordenar también en su tránsito por la sierra y Mancha a los destacamentos apostados en la ruta, y que formaban parte de las divisiones rendidas, ir a juntarse con sus compañeros ya sometidos para participar de igual suerte. Cumplió fielmente Mr. de Villoutreys con lo que se le previno, y todos obedecieron incluso el destacamento de Manzanares. Fue el de Madridejos el que primero resistió a la orden comunicada.

Retírase José.

Llegó a Madrid el fatal mensajero en 29 de julio. Congregó José sin dilación un consejo compuesto de personas las más calificadas. Variaron los pareceres. Fue el del general Savary retirarse al Ebro. Todos al fin se sometieron a su opinión, así por salir de la boca del más favorecido de Napoleón, como también porque avisos continuados manifestaban cuánto se empeoraba el semblante de las cosas. Por todas partes se conmovían los pueblos cercanos a la capital: no les intimidaba la proximidad de las tropas enemigas; cortábanse las comunicaciones; en la Mancha eran acometidos los destacamentos sueltos, y ya antes en Villarta habían sus vecinos desbaratado e interceptado un convoy considerable. Agolpáronse uno tras otro los reveses y los contratiempos: pocos hubo en Madrid de los enemigos y sus parciales que no se abatiesen y descorazonasen. A muchos faltábales tiempo para alejarse de un suelo que les era tan contrario y ominoso.

Españoles que le siguen.

José resuelto a partir, dejó a la libre voluntad de los españoles que con él se habían comprometido, quedarse o seguirle en la retirada. Contados fueron los que quisieron acompañarle. De los siete ministros, Cabarrús, Ofárril, Mazarredo, Urquijo y Azanza mantuviéronse adictos a su persona y no se apartaron de su lado. Permanecieron en Madrid Peñuela y Cevallos. Imitaron su ejemplo los duques del Infantado y el del Parque, como casi todos los que habían presenciado los acontecimientos de Bayona y asistido a su congreso. No faltó quien los tachase de inconsiguientes y desleales. Juzgaban otros diversamente, y decían que los más habían sido arrastrados a Francia o por fuerza o por engaño, y que si bien se propasaron algunos a pedir empleos o gracias, nunca era tarde para reconciliarse con la patria, arrepentirse de un tropiezo causado por el miedo o la ciega ambición, y contribuir a la justa causa en cuyo favor la nación entera se había pronunciado. Lo cierto es que ni uno quizá de los que siguieron a José hubiera dejado de abrazar el mismo partido, a no haberles arredrado el temor de la enemistad y del odio que las pasiones del momento habían excitado contra sus personas.

Antes de abrir la marcha reconcentraron los enemigos hacia Madrid las fuerzas de Moncey y las desparramadas a orillas del Tajo. Clavaron en el Retiro y casa de la China más de ochenta cañones, llevándose las vajillas y alhajas de los palacios de la capital y sitios reales que no habían sido de antemano robadas. Tomadas estas medidas empezaron a evacuar la capital inmediatamente. Salió José el 30 cerrando la retaguardia en la noche del 31 el mariscal Moncey. Respiraron del todo y desembarazadamente aquellos habitantes en la mañana del 1.º de agosto. El 9 entró el fugitivo rey en Burgos con Bessières, quien según órdenes recibidas se había replegado allí de tierra de León.

Destrozos causados en la retirada.

Acompañaron a los franceses en su retirada lágrimas y destrozos. Soldados desmandados y partidas sueltas esparcieron la desolación y espanto por los pueblos del camino o los poco distantes. Rezagábanse, se perdían para merodear y pillar, saqueaban las casas, talaban los campos sin respetar las personas ni lugares más sagrados. Buitrago, el Molar, Iglesias, Pedrezuela, Gandullas, Broajos y sobre todo la villa de Venturada abrasada y destruida, conservarán largo tiempo triste memoria del horroroso tránsito del extranjero.

Continuó José su marcha y en Miranda de Ebro hizo parada, extendiéndose la vanguardia de su ejército a las órdenes del mariscal Bessières hasta las puertas de Burgos. Terminose así su malogrado y corto viaje de Madrid, del que libres y menos apremiados por los acontecimientos, pasaremos a referir los nuevos y esclarecidos triunfos que alcanzaron las armas españolas en las provincias de Aragón y Cataluña.

Portada de los apéndices
Portada de los apéndices

APÉNDICES

AL TOMO PRIMERO.

Filete ornamental
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