TERCERA PARTE
Reading edition
EN EL INVIERNO DE LA VEJEZ
POR
LORENZO GRACIÁN
Y LO DEDICA AL
DOCTOR DON LORENZO FRANCÉS DE URRITIGOITI
DEÁN DE LA SANTA IGLESIA DE SIGÜENZA.
Á don Lorenzo Francés de Urritigoiti, deán de la santa iglesia de Sigüenza.
Esta tercera parte del discurso de la vida humana, que retrata la vejez, ¿á quién mejor la pudiera yo dirigir, que á un señor anciano, tan grave, entendido y prudente? Y está tan lejos de ser inadvertencia esta dirección, que blasona de industrioso obsequio. Mucho ha que comenzó v. m. á lograr madureces. Suelen alterarse los tiempos y entrarse unos en la jurisdición de los otros: el Otoño se muda en Invierno y la Primavera usurpa porción del Estío. Así en algunos la vejez se suele adelantar y tomar gran parte de la varonil y ésta de la mocedad. Describe este último de mis Críticos una sazonada vejez sin decrepitud, copiada de la perfecta de v. m. Ésta es la idea de prendas autorizadas, bien conocidas, no bastantemente estimadas. Mas desconfiando mi pluma de poder sacar el cumplido retrato de las muchas partes, de los heroicos talentos, que en v. m. depositaron con emulación la naturaleza favorable y la industria diligente, he determinado valerme de la traza de aquel ingenioso pintor, que, empeñado en retratar una perfección á todas luces grande y viendo que los mayores esfuerzos del pincel no alcanzaban á poderla copiar toda junta con los cuatro perfiles, pues, si la pintaba del un lado, se perdían las perfecciones de los otros, discurrió modo cómo poder expresarla enteramente. Pintó, pues, el aspecto con la debida valentía y fingió á las espaldas una clara fuente, en cuyos cristalinos reflejos se veía la otra parte contraria con toda su graciosa gentileza. Puso al un lado un grande y lucido espejo, en cuyos fondos se lograba el perfil de la mano derecha, y al otro un brillante coselete, donde se representaba el de la izquierda. Y con tan bella invención pudo ofrecer á la vista todo aquel relevante agregado de bellezas. Que tal vez la grandeza del objeto suele adelantar la valentía del concepto.
Así yo, por no perder perfecciones, por no malograr realces y tantos como en v. m. admiro, unos propios, otros ajenos, aunque ninguno estranjero, después de haber copiado lo virtuoso, lo prudente, lo docto, lo entendido, lo apacible, lo generoso, lo plausible, lo noble, lo ilustre, que en v. m. luce y no se afecta, quiero carearle con una no fingida, sino verdadera fuente de sus esclarecidos padres, el señor Martín Francés, ornamento de su casa, esplendor de esta Imperial Ciudad de Zaragoza, por su virtud, generosidad, cordura y capacidad, que todo en él fué grande; y de una madre, ejemplo de cristianas y nobles matronas, cuya bondad se conoció bien en el fruto que dió de tantos y tan insignes hijos, que pudo con más razón decir lo que la otra romana: Mis galas, mis joyas, mis arreos son mis hijos.
Pondré luego al lado derecho, no un espejo solo, sino cuatro, de cuatro hermanos, dedicados todos á Dios en las más ilustres iglesias catedrales de España. El Ilustrísimo señor don Diego Francés, Obispo de Barbastro, espejo de ilustrísimos Prelados en lo santo de su vida, en lo vigilante de su celo, en lo docto de sus estampados escritos y en lo caritativo de sus muchas limosnas.
Sea el segundo el señor Arcipreste de Valpuesta, en la santa Iglesia de Burgos, espejo también de Prebendados, ya en la cátedra, ya en el púlpito, ya en la silla, asistiendo con ejemplar puntualidad al divino culto, sin perdonar días, no perdonándole sus achaques una hora de alivio.
El tercero, que pudiera ser primero, es el señor Arcediano de Zaragoza, aquel gran bienhechor de todos, de nobles con consejos, de pobres con limosnas y asistencias de Regidor mayor del Hospital General, de eclesiásticos con ejemplos, de sabios con libros que publican las prensas, con las suntuosas iglesias que les ha erigido, con capillas que ha ilustrado y fundado, nacido al fin para bien de todos y de todas maneras venerable.
Sea corona religiosa el Muy Reverendo Padre Fray Tomás Francés, antorcha brillante de la Religión Seráfica, esparciendo rayos, ya de su mucha doctrina en los púlpitos, de que dan testimonio dos Cuaresmas, que predicó en este Hospital Real de Zaragoza, palenque de los mayores talentos, ya de su mucha teología, en tantos años de cátedra, ya de su erudición en sus impresos libros, ya de su prudencia en los cargos y prelacías, que ha obtenido y Secretario, que fué, de dos Generales de su Orden, doblada prueba de sus muchos méritos.
Al otro lado fijaré un coselete de otros tres hermanos seglares, nobles caballeros, don Martín y don Marcial y don Pablo, que tan bien supieron hermanar lo lucido con lo cristiano. Ni son menos de ver los lejos de sobrinos Canónigos y seglares caballeros. Pero lo que yo más suelo celebrar es que todos, por lo cristiano y por lo caballeroso, han sido los más plausibles héroes de su patria y de su siglo.
Con esto queda coronado el retrato de blasones y de prendas, que todas van á parar en v. m. como en su primero centro, á quien el cielo espere y prospere.
De v. m. su más afecto estimador
LORENZO GRACIÁN
AL QUE LEYERE
Á los grandes hombres nada les satisface, sino lo mucho. Por eso no desprecio yo letores grandes, convido sólo al benigno y gustoso y le presento este tratado de la senectud con particular novedad. Nadie censura que las cosas no se hagan; pero sí que no se hagan bien. Pocos dicen por qué no se hizo esto ó aquello; pero sí por qué se ha hecho mal. Confieso que hubiera sido mayor acierto el no emprender esta obra; pero no lo fuera ya el no acabarla. Eche el sello esta tercera parte á las otras.
Muchos borrones toparás, si lo quisieres acertar. Haz de todos uno. Para su enmienda te dejo las márgenes desembarazadas. Que suelo yo decir que se introdujeron para que el sabio letor las vaya llenando de lo que olvidó ó no supo el autor, para que corrija él lo que erró éste. Sola una cosa quisiera que me estimases y sea el haber procurado observar en esta obra aquel magistral precepto de Horacio en su inmortal arte de todo discurrir, que dice: Denique sit quodvis simplex dumtaxat et unum. Cualquier empleo del discurso y de la invención, sea lo que quisieres, ó épica ó cómica ó oratoria, se ha de procurar que sea una, que haga un cuerpo, y no cada cosa de por sí, que vaya unida, haciendo un todo perfecto.
También he atendido en esta tercera parte huir del ordinario tope de los más autores, cuyas primeras partes suelen ser buenas, las segundas ya flaquean y las terceras de todo punto descaecen. Yo he afectado lo contrario, no sé si lo habré conseguido, que la segunda fuese menos mala que la primera y esta tercera, que la segunda. Dijo un grande lector de una obra grande que sola le hallaba una falta y era el no ser ó tan breve, que se pudiera tomar de memoria, ó tan larga, que nunca se acabara de leer. Si no se me permitiere lo último por lo eminente, sea por lo cansado y prolijo. Otras más breves obras te ofrezco y, aunque no puedo lo que franqueaba á sus apasionados el erudito humanista y insigne jurisperito Tiraquelo, sí aquello de un librillo en cada un año, redituará mi agradecimiento. Vale.
PARTE TERCERA
EN EL INVIERNO DE LA VEJEZ
PRIMERA CRISI
Honores y horrores de Vejecia.
No hay error sin autor ni necedad sin padrino y de la mayor, el más apasionado. Cuantas son las cabezas, tantos son los caprichos, que no las llamo ya sentencias. Murmuraban de la atenta naturaleza los reagudos, entremetiéndose á procuradores del género humano:
El haber dado principio á la vida por la niñez, la más inútil, decían y la menos á propósito de sus cuatro edades. Que, aunque se comienza á vivir á lo gustoso y lo fácil; pero muy á lo necio. Y si toda ignorancia es peligrosa, ¿cuánto más en los principios? Gentil modo de meter el pie en un mundo, laberinto común, forjado de malicias y mentiras, donde cien atenciones no bastan. ¡He!, que no estuvo esto bien dispuesto, llamémonos á engaño y procúrese el remedio.
Llegó presto el descontento humano al consistorio supremo: que oyen mucho las orejas de los reyes. Mandólos comparecer ante su soberano acatamiento y dicen oyó benignamente su querella, concediéndoles que ellos mismos eligiesen la edad que mejor les estuviese para comenzar á vivir, con que se hubiese de acabar por la contraria. De modo que, si se daba principio por la alegre primavera de la niñez, el dejo había de ser por el triste invierno de la senectud ó al otoño de la varonil edad habían de salir por el contrario, y si por el sazonado destemplado estío de la juventud. Dióles tiempo para que lo pensasen y confiriesen entre sí y que, en estando ajustados, volviesen con la resolución, que al punto se ejecutaría.
Mas aquí fué la confusión de pareceres, aquí el Babel de opiniones, ofreciéndoseles cien mil inconvenientes por todas partes. Proponían unos se comenzase á vivir por la mocedad, que de dos extremos, más valdría loco, que tonto.
Calificada necedad, replicaban otros: no sería eso entrar á vivir, sino á despeñarse; no comenzar la vida, sino su ruina, cuando no por la puerta de la virtud, sino del vicio, y, apoderados éstos una vez de los homenajes del alma, ¿quién bastará á desencastillarlos después? Advertid que es un niño planta tierna, que, en declinando á la siniestra mano, con facilidad se endereza á la diestra; mas un mozo absoluto y disoluto no admite consejos, no sufre preceptos, todo lo atropella y todo lo yerra. Creed que entre dos extremos más arriesgada corre la locura, que la ignorancia.
Sobre la achacosa vejez no tuvieron mucho que altercar, con que no faltó quien la propusiese, porque no quedase piedra por mover y todo se alterase.
¡He!, dijeron los menos necios, que ésa no es edad, sino tempestad, más á propósito para dejar la vida, que para comenzarla, cuyos multiplicados achaques facilitan la muerte y la hacen tolerable. Yacen dormidas las pasiones, cuando más despierto el desengaño; cáese el fruto de maduro y aun de pasado.
El que llegó á estar más adelantado fué el partido de la edad varonil.
Ése sí, ponderaban los resabidos, que es gran comenzar el mediodía de la razón y á toda luz del juicio. Ventaja única entrar á entero sol en el confuso laberinto de la vida. Ésa es la reina de las edades y lo mejor del vivir. Por ahí comenzó el primero de los hombres, así le introdujo en el mundo el soberano Hacedor, ya perfecto, ya consumado, hecho y derecho. ¡Alto!, pídasele al divino Autor sin más altercación esta excelencia.
Aguarda, les dijo un cuerdo, y ¿quién vió jamás comenzar por lo más dificultoso? Esto ni lo enseña el arte ni lo platica la naturaleza; antes bien ambas á dos proceden en todas sus obras haciendo ascenso de lo fácil á lo dificultoso, de lo poco á lo mucho, hasta llegar á lo muy perfecto. ¿Quién jamás comenzó á subir por el reventón de una cuesta? Apenas comenzaría á vivir el hombre y bien á penas, cuando se hallaría abrumado de cuidados, ahogado de obligaciones, consumido antes que consumado, empeñado en ser persona, que es lo más difícil de la vida. Y, si no son á propósito para comenzar los achaques de viejo, menos lo serán los afanes de hombre. ¿Quién querrá la vida, si sabe lo que es? Y ¿quién meterá el pie en el mundo, si le conoce? ¡He!, dejadle vivir al hombre para sí algún tiempo, que toda es suya la niñez y la mitad de la juventud. Ni tiene menores días en toda la carrera de sus años.
De ese modo ha sido tan ventilada la disputa, que aún dura y durará, sin haberse podido convenir jamás ni vuelto con la respuesta al Hacedor soberano. El cual prosigue en que comience el hombre á vivir por la niñez ignorante y acabe por la vejez sabia.
Estaban ya nuestros dos peregrinos del mundo, los andantes de la vida, al pie de los Alpes canos, comenzando Andrenio á dar en el blanco, cuando Critilo en los dejos de cisne. Era la región tan destemplada y tan triste, que, entrados en ella, á todos se les heló la sangre.
Éstas, decía Andrenio, más parecen puertas de la muerte, que puertos de la vida.
Y era muy de observar que los que antes pasaron los Pirineos sudando, ahora los Alpes tosiendo. Que lo que en la juventud se suda, en la vejez se tose. Veían blanquear algunos de aquellos cabezos, cuando otros muy pelados, cayéndoseles los dientes de los riscos. No discurrían bulliciosas las venas de los arroyuelos, porque la mucha frialdad los había embargado la risa y el bullicio, de modo que todo estaba helado y casi muerto. Aparecían desnudas las plantas de sus primeras locuras y verdores y desabrigadas de su vistoso follaje. Y, si algunas hojas les habían quedado, eran tan nocivas, que mataban no pocos al caer. Aunque decía la amenazada vieja:
Á la de mi naranjo me apelo.
No se veían ya reir las aguas como solían; llorar sí y aun crujir los carámbanos. No cantaba el ruiseñor enamorado; gemía sí, desengañado.
¡Qué región tan malhumorada es ésta!, se lamentaba Andrenio.
¡Y qué malsana!, añadió Critilo. Trocáronse los fervores de la sangre en horrores de la melancolía, las carcajadas en ayes: todo es frialdad y tristeza.
Esto iban melancólicamente discurriendo, cuando entre los pocos, que llegaban á estampar el pie en aquel polvo de nieve, descubrieron uno de tan estraño proceder, que dudaron ambos á la par si iba ó si venía, equivocándose con harto fundamento, porque su aspecto no decía con su paso. Traía el rostro hacia ellos y caminaba al contrario. Porfiaba Andrenio que venía y Critilo que iba. Que aun de lo que dos están viendo á una misma luz hay diversidad de pareceres. Apretó la curiosidad los acicates á su diligencia, con que le dieron alcance muy en breve y hallaron que realmente tenía dos rostros, con tan dudoso proceder, que, cuando parecía venir hacia ellos, se huía dellos y, cuando le imaginaban más cerca, estaba más lejos.
No os espantéis, dijo él mismo advirtiendo su reparo, que en este remate de la vida todos discurrimos á dos luces y andamos á dos haces. Ni se puede vivir de otro modo, que á dos caras. Con la una nos reímos, cuando con la otra regañamos; con la una boca decimos de si y con la otra de no y hacemos nuestro negocio. Y, si alguno nos pide la palabra de que no nos está bien la obra, apelamos del decir al hacer, de la facilidad del prometer á la imposibilidad del cumplir, de la lengua á las manos: que hay dos leguas de distancia y catalanas. Estaremos asegurando una cosa á la española y desmintiéndola á la francesa, á fuer de Enrico, que de un rasgo firmó las dos paces contrarias, sin refrescar la pluma ni tomar tinta de nuevo. Hablamos en dos lenguas á la par y al que dice que nonos entiende, que nosotros nos entendemos. Hay primero y segundo semblante: el uno de cumple y el otro de miento. Con el primero contentamos á todos y con el segundo á ninguno. ¿Cuántas veces lloramos con el que llora y á un mismo tiempo nos estamos riendo de su necedad? Que con el un brazo estaba agasajando aquel gran personaje, que todos conocimos, al que llegaba á hablarle, y con la otra mano se la estaba jurando al paje, que le había dado entrada. Así que no os fiéis de caricas ni os paguéis de gustillos. Pasad adelante á ver la otra cara, la verdadera, la de hablas, la de después, la de sobras. Que, si bien reparáis, hallaréis la una frente muy serena y la otra borrascosa. Blasfema esta boca de lo que aquélla aplaude. Si los ojos de la una son azules y de cielo, los de la otra muy negros y de infierno. Si aquéllos quietos, estos otros, guiñando. Veréis la una faz muy humana, cuando la otra muy grave; tan jovial ésta, cuan saturnina aquélla. Y en una palabra, todos en la vejez somos Janos, si en la mocedad fuimos Juanes. Sea ésta la primera lición y la que más encargada nos tiene la célebre tirana deste distrito y la que ella más platica.
¿Qué tirana es ésa?, preguntó asustado Andrenio.
Y el Jano:
¿Nueva se te hace? Pues de verdad que es bien vieja y bien sonada, conocida de todos y ella desconocida con todos. Témenla los nacidos por su crueldad, huyendo deste su caduco imperio, procurando cejar en la vida y echando borrones de mala tinta sobre el papel blanco de las canas. Y, si alguno llega por acá, es á empellones del tiempo y muy contra su buen gusto. Mirad aquella hembra, qué mala cara hace. Y cuanto más va, peor, viéndole ya prendida de más años, que alfileres. Aquí cautivan los fieros ministros de la fea Vejecia á todo pasajero sin que se les escape ni el rico ni el poderoso ni el galán ni el valiente; cuando mucho, alguno de los que saben vivir. Tráenlos á todos como por los cabellos, dejándolos tal vez más rotos, que una ocasión venturosa. Unos veréis que vienen llorando, otros tosiendo y todos en un continuo ay. Ni hay que admirar que es indecible el maltratamiento que les hace, increíbles las atrocidades que con ellos ejecuta, tratándolos al fin como á cautivos y ella tirana. Y aun quieren decir que tiene de bruja ella y todas las de su séquito lo que les falta de hechiceras. Chúpales la sangre y las mejillas. Hártalos de palos, dándoles más que del pan, y dice que es su sustento. Aseguran ser parienta tan allegada á la muerte, que están en segundo grado, y con todo no son sanguíneas ni cercanas en sangre, sino en huesos, más amigas aún que parientas. Viven pared en medio, teniendo puerta abierta á todas horas y así dicen que el viejo ya come las sopas en la sepultura, que de los mozos mueren muchos y de los viejos no escapa ninguno. No os la pinto, porque la veréis presto y por gran dicha. Y decía una linda:
Primero me caiga muerta.
Esto le estaba ponderando Andrenio, cuando advirtió que con la otra boca se estaba haciendo lenguas en alabanza de Vejecia, informando de todo lo contrario á Critilo. Celebrábala de sabia, apacible y discreta, estimadora de sus vasallos, asegurando que los premiaba con las primeras dignidades del mundo, procurándoles las mayores honras y concediéndoles grandes privilegios. No acababa de exagerar por superlativos el magnífico agasajo y el buen pasaje que les hacía. ¡Oh, con cuánta razón el otro sátiro de Esopo abominaba de semejantes sujetos, que con la misma boca ya calientan, ya resfrían, alaban y vituperan una misma cosa!
Líbreme Dios de semejante gente, dijo Andrenio.
Y el Jano:
Esto es tener dos bocas y advierte que ambas dicen verdad: remítome á la experiencia.
Ya en esto vieron discurrir por todas partes honras y coyunturas: los desapiadados verdugos de Vejecia. Y aunque procedían á traición y á lo de mátalas callando, se hacían después bien de sentir, dondequiera que una vez entraban. Espiones de la muerte, que con unas muletillas dejaban de correr y volaban hacia la sepultura. Iban de camarada de sesenta en setenta. Tropa había de ochenta y éstos eran los peores, que de allí adelante todo era trabajo y dolor. En agarrando alguno, con bien poco asidero le llevaban á la posta de una muletilla á padecer y podrecer. Á los que huían, que eran los más, les perseguían fieramente, tirándoles piedras, tan certeros, que se las clavaban en las ijadas y riñones y á muchos les derribaban los dientes y las muelas. Resonaban por todas aquellas soledades los ecos de un ay tras otro.
Y ponderaba el Jano para buen consuelo:
Aquí tantos son los ayes, como los ajes. Que el viejo cada día amanece con un achaque nuevo.
Estaban actualmente setenta de aquellos verdugos, peores que los mismos diablos, á dicho del Zapata, pues no bastan conjuros para sacarlos, batallando con una abuela, que habían cautivado sin más averiguación, que serlo; aunque pasaba muy de rebozo en un manto de humo, que en humo del diablo vienen á parar de ordinario los dejos del mundo y carne. Venía muy desenvuelta, cuando más envuelta. Porfiaba que aún no había salido del cascarón.
Y ellos con mucha risa decían:
¿Pues cómo entraste tan presto en el mascarón?
Ceceaba con enfadoso melindre y desmentíalo su porfiado toser. Tiráronla del manto, con que la que negaba un achaque manifestó tres ó cuatro. Cayósele la cabellera y quedó monstruo la que fué prodigio y la que había atraído tantos, Sirena, ahora los ahuyentaba, coco.
Pasaba un cierto personaje muy alto á lo estirado, echando piernas, que no tenía. Púsoselo á mirar uno de aquellos legañosos linces y reparó en que no llevaba criado y con linda chanza dijo:
Éste es el de criado.
¿Cómo, si no le lleva?, replicó otro.
Y aun por eso. Habéis de saber que la primer noche, que entró á servirle, llegando á desnudarle, comenzó el tal amo á despojarle de vestidos y de miembros.
Toma allá, le dijo, esa cabellera.
Y quedóse en calavera. Desatóle luego dos ristras de dientes, dejando un páramo la boca. Ni pararon aquí los remiendos de su talle; antes, removiendo con dos dedos uno de los ojos, se lo arrancó y entregósele, para que lo pusiese sobre la mesa, donde estaba ya la mitad del tal amo.
Y el criado fuera de sí, diciendo:
¿Eres amo ó eres fantasma? ¿Qué diablo eres?
Sentóse en esto, para que le descalzase y, habiendo desatado unos correones:
Estira, le dijo, de esa bota.
Y fué de modo, que se salió con bota y pierna, quedando de todo punto perdido, viendo su amo tan acabado.
Mas éste, que debía tener mejor humor, que humores, viéndole así turbado:
De poco te espantas, le dijo. Deja esa pierna y ase de esa cabeza.
Y al mismo punto, como si fuera de tornillo, amagó con ambas manos á retorcer y á tirársela. El mozo, no bastándole ya el ánimo, echó á huir con tal espanto, creyendo que venía rodando la cabeza de su amo tras él, que no paró en toda la casa ni en cuatro calles alrededor. Y con todo esto se agravia de que le tengan por viejo. Que todos desean llegar y, en siéndolo, no lo quieren parecer. Todos lo niegan y con semejantes engaños lo desmienten.
Ya á los ecos del toser, al asqueroso estruendo del gargajear, alargaron la vista y descubrieron un edificio caduco, cuya mitad estaba caída y la otra para caer, amenazando por momentos su total ruina, palpitándoles los corazones á las arrimadas yedras de los nepotes, validos y dependientes. Era de mármol en lo blanco y frío y, aunque muy apuntalado de Cipiones en vez de Atlantes, nada seguro. Y con tener fosos abiertos y cerradas barbacanas, lo que menos tenía era de fortaleza. Pero, ¿qué mucho se estuviese derruyendo, si se veía lleno de hendrijas y goteras?
He allí, dijo el Jano, el antiguo palacio de Vejecia.
Bien se da á conocer, le respondieron, en lo melancólico y desapacible.
¡Qué desterrada estará de aquí la risa!, dijo Andrenio.
Sí, que ha días andan reñidas y tanto, que ni se ven ni se hablan.
Pues de verdad que, si una vejez es triste, que es mal doblado.
No deben faltar la murmuración y la malicia, sus grandes camaradas.
Así es, que allí están y muy de asiento entre aquellos Matusalenes, sin faltarles jamás qué contar y qué morder, ya al sol, ya al fuego. Y es cosa donosa que, no acertando á pronunciar las palabras, clavan con ellas. Los callos se les han bajado de las lenguas á los pies.
Ostentábase lo que había quedado del derruído frontispicio muy autorizado y grave, con dos puertas antiguas, guardada de perros viejos, siempre gruñendo al humor de su dueño. Estaban ambas cercanamente distantes. En la una había un portero para no dejar entrar y en la otra para que entrasen.
En llegando cualquiera, le desarmaban, aunque fuese el mismo Cid. Y esto con tanto rigor, que al duque de Alba, el célebre, le trocaron la dura espada en una banda de seda. Á unos les hacían perder los aceros y á otros los estribos. Que los hubo de suplir tal vez con una banda de tafetán el César. Y al inventor de los mosquetes Antonio de Leiva, le obligaron á desmontar y meterse en una silla de manos, que solían llevar dos negros. Y él con gran cólera, en medio del calor de una batalla, gritaba:
Llevadme, diablos, á tal y tal parte; demonios, acabad de llevarme allá.
Estaban en aquel punto despojando á cierto general del bastón con que había hecho temblar el mundo, dándole en su lugar un báculo, que temblaba, con mucha repugnancia suya, porque decía que aún estaba de provecho.
Para sí, decían los soldados.
Al fin, le persuadieron con buenas palabras tratase de hacer buenas obras, no ya de matar, sino de prevenirse para morir.
Solos les dejaban los cetros y los cayados á los que llegaban con ellos, asegurando eran, cuanto más carcomidos, los más firmes puntales del bien común. Á los otros les iban repartiendo báculos, que ellos decían darles palos, y muchos se vieron llevarlos en el aire sin afirmarse ni tocar en tierra. Y discurrió un malicioso era por no hacer ruido ni llamar á la puerta de la otra vida.
Pero para que se vea cuán diferentes son los modos de concebir en el mundo y la variedad de caprichos, vieron no pocos que ellos mismos venían á dejarse cautivar de Vejecia, sin aguardar á que los trajesen sus achacosos ministros. Buscábanse ellos de buena gana la mala y pedían con instancia les diesen báculos; pero por ningún caso se les permitían. Menos los admitían dentro de la horrible posada, tan deseada dellos, cuan temida de los otros.
Admirados los circunstantes de tan recíproca impertinencia, les decían:
¿Qué pretendréis con eso?
Y ellos:
Dejadnos, que nosotros nos entendemos.
Y rogaban á los guardas les dejasen entrar, diciendo:
Siquiera en lugar nuestro.
¡Mirad ahora qué prebenda!
¡Oh, sí lo es!, respondieron los porteros. Que para esos lo es y acomodada y aun beneficio, ni otro, sino zonzo. No los entendéis vosotros. No buscan el báculo por necesidad, sino por comodidad; no para llamar á las puertas de la muerte, sino de más vida, de la autoridad, de la dignidad, de la estimación y del regalo.
En consecuencia desto, llegó uno bien lucio de tozuelo, pretendiendo ser admitido en el ancianismo y pasar plaza de achacoso y para esto se ayudaba del toser y del quejarse. Á éste le retiraron diez leguas lejos, digo diez años atrás, diciendo:
Éstos por no trabajar se hacen viejos antes con antes: añádense años y achaques.
Y realmente era así, porque se dejó caer uno:
Si quieres vivir mucho y sano, hazte viejo temprano, esto es, vire, á la italiana.
Así que de todo hay en el mundo. Unos que, siendo viejos, quieren parecer mozos, y otros que, siendo mozos, quieren parecer viejos. Así fué que tenía ya uno los ochenta ó no los podía tener. Porfiaba que ni era viejo ni se tenía por tal. Atendiéronle y notaron que ocupaba uno de los más superiores puestos. Y así dijo otro:
Á éstos siempre les parece que han vivido poco y á los que esperan, que mucho.
Acusaron á otro que, cuando mozo, había afectado el parecer viejo y, cuando viejo, mozo. Y averiguóse que antes pretendía conseguir cierta dignidad y después conservarse en ella.
Porfiaba otro decrépito que él probaría con evidencia no ser viejo y decía:
Las pensiones del viejo son ver poco, andar menos, mandar nada; yo al contrario, veo más. Pues, si antes no veía sino una en cada cosa, ahora se me hacen dos: un hombre me parecen cuatro y un mosquito un elefante. Camino doblado, pues he de dar cien pasos para conseguir cualquier cosa; que antes con uno alcanzaba cuanto quería. Pues mando tres y cuatro veces la cosa y no se hace; que en otro tiempo, á la primera palabra me obedecían. Experimento dobladas fuerzas: que, si antes desmontaba de un caballo mi persona sola, agora me traigo la silla tras mí. Hágome más de sentir, arrastrando el mundo con los pies y haciendo ruido con la tos y con el báculo.
Todo eso tenéis más de viejo, le dijeron; pero sírvaos de consuelo.
Fuéronse ya acercando á la palaciega antigualla y descubrieron dos grandes letreros sobre ambas puertas. El de la primera decía:
Ésta es la puerta de los honores.
Y el de la segunda:
Ésta es la de los horrores.
Y de verdad lo mostraban, ésta en lo deslucido y aquélla en lo majestuoso. Examinaban los porteros con grande rigor á cuantos llegaban y, en topando alguno, que venía de los verdes prados de sus gustos, regoldando á obscenidades, al punto le encaminaban á la puerta de los horrores y le introducían en dolores, asegurando que la mocedad liviana entrega cansado el cuerpo á la vejez.
Entren los livianos, decían, por la puerta de la pesadumbre, que no de la gravedad.
Y ellos sin réplica obedecían. Que se tiene observado que todos estos livianos son gente de pocos hígados. Al contrario, á todos, cuantos hallaban venir de las sublimes asperezas de la virtud, del saber y del valor, les abrían de par en par las puertas de los favores. Que una misma vejez para unos es premio y para otros apremio; á unos autoriza, á otros atormenta. En reconociendo á Critilo los vigilantes porteros, le franquearon la entrada de las honras; mas á Andrenio le obligaron á entrar por la de las penas. Tropezó en el mismo umbral y gritáronle:
¡Guarda de caer! que aquí ú de comida ú de caída.
Iban caminando ambos por muy diferentes rumbos, pues, apenas entró Andrenio, cuando vió y oyó lo que él nunca quisiera, representaciones trágicas, visiones espantosas; pero entre todas, la mayor fué una furia ó una fiera, prototipo de monstruos, tan dentro de fantasmas, idea de trasgos y lo que es más que todo una vieja. Ocupaba una silla de costillas pálidas, un tiempo ya marfiles, embarazando un trono de ecúleos, potros y catastas, como presidenta de tormentos, donde todos los días son aciagos martes. Rodeábanla inumerables verdugos, enemigos declarados de la vida y muñidores de la muerte y ninguno desocupado; todos se empleaban en hacer confesar á los envejecidos delincuentes á cuestión de tormentos que eran vasallos de aquella tirana reina y, en declarándolo, les cargaban de villanos pechos, que les hacían toser y tragar saliva. Y aunque el paraje era tan molesto y las camas tan duras, emperezaban en ellas con mucha flema y aun flemas.
Tenían á uno entre sus garras, dándole muy malos ratos en el potro de sus pasadas mocedades y ya muy pesadas, cruel tortura de una prolongada muerte. Y él estaba siempre negativo, meneando á un lado y á otro la cabeza y diciendo á todo de no. Que es de viejos el negar, así como de niños el conceder. En la boca del viejo siempre hallaréis el no y en la del niño el sí.
Preguntábanle de dónde venía. Y él, dos veces sordo, porque lo afectaba y lo era, todo lo entendía al revés y respondía:
¿Que estoy muy viejo? Eso niego.
Y meneaba la cabeza. Daban otro apretón á los cordeles y volvíanle á preguntar:
¿Á dónde irá?
Y decía:
¿Que me muero? No hay tal.
Y sacudía ambas orejas. Á sus mismos hijos, si le interrogaban, respondía:
¿Que os entregue la hacienda? Aún es presto.
Y movía á toda prisa la cabeza:
Yo dejaré el mando con el mundo.
Defendíase otro, diciendo que él se sentía aún mozo, pues tenía estómago de francés, cabeza de español y pies de italiano. Trataron de convencerle de todo lo contrario con hartos testigos. Replicaba él no ser de vista y respondíanle:
Aquí, abuelo, los ausentes son los concluyentes: la vista que os falta, los dientes que se os cayeron, los cabellos que volaron, las fuerzas que descaecieron y el brío que se acabó.
Y dió Vejecia sentencia contra él, casi de muerte. Escusábase un podrido rancio, que no estaba en él la falta, sino en los otros, porque decía:
Señores, han dado ahora los hombres en hablar bajo, como á traición, que ni se oyen ni se dan á entender. En mi tiempo todos hablaban alto, porque decían verdad. Hasta los espejos se han falsificado, pues hacían antes unas caras frescas, alegres y coloradas, que era un contento el mirarse. Los usos se van de cada día empeorando, cálzase apretado y corto, vístese estrecho y tan justo, que no se puede valer un hombre. Las tierras se han deteriorado, que no dan los frutos tan sustanciales y sabrosos como solían ni las viandas tan gustosas. Hasta los climas se han mudado en peor, pues siendo este nuestro antes muy sano, de lindos aires, el cielo claro y despejado, ahora es todo lo contrario, enfermizo y tan achacoso, que no corren otro que catarros, romadizos, distinciones, mal de ojos, dolores de cabeza y otros cien ajes. Y lo que yo más siento es que el servicio está tan maleado, que no hacen cosa bien los criados malmandados, mentirosos, gastarrecados; las criadas perezosas, desaliñadas, bachilleras, que no hacen cosa á derechas, pues la olla desazonada, la cama dura y malpareja, la mesa malcompuesta, la casa malbarrida, todo sucio y todo mal. De modo, que ya un hombre oye mal, come peor, ni viste ni duerme ni puede vivir. Y si se queja, dicen que está viejo, lleno de manía y caduquez.
Causaba entre risa y lástima ver cuáles llegaban á este pasaje los que ya se preciaron de galanes y pulidos, los Narcisos y los Adonis, que no se podían mirar sin grande horror. Las que ya fueron Floras y aun Elenas y la misma Venus, verlas ahora descabelladas y sin dientes. Que, cual suele rústica, grosera mano esgrimir el villano acero contra el más copado y frondoso árbol, pompa vistosa de la campaña, alegría del año, bizarro aliño de la primavera, cortándole sus más lozanas ramas, tronchándole sus verdes pimpollos, malográndole sus frescos renuevos, dando con todo en tierra, hasta dejarle tronco inútil, fantasma de las flores y esqueleto del prado: tal es el tiempo, con propriedad tirano, pues que de todo tira, aja y deshoja la mayor belleza, marchita el rosicler de las mejillas, los claveles de los labios, los jazmines de la frente, sacude el menudo aljófar de los dientes, que lloró risueña aurora de la mocedad, vuela la frondosa hojarasca del cabello, corta el brío, troncha el garbo, descompone la bizarría, derriba la gentileza, da con todo en tierra. De un cierto personaje se dudaba si realmente era anciano. Porque le sobraba tiempo y le faltaba seso. Y todos convinieron en que estaba muy verde. Mas Vejecia:
Éstos, dijo, son de casta de higueras locas, que nunca llega á madurar el fruto: hacen higa á la prudencia.
Apelábase un calvo y otro cano á sus pocos años.
Eso tiene el vivir aprisa, les respondieron, que las tempranas mocedades ocasionan anticipadas vejeces. No hubiérades sido tan mozos y no estuviérades tan viejos.
¡Qué pocas canas llegan de la corte!, reparó Andrenio.
Y respondióle Marcial en dos palabras y un verso:
Miradlos de noche y hallaréislos cisnes, los que todo el día cuervos.
Llegó uno cojeando y juraba que no era ni una gota de mal humor, sino haber tropezado. Y díjole otro riendo:
Guardaos mucho de tales tropiezos, porque cada vez que los dais, si no caéis, avanzáis mucho á la sepultura.
No fué malvisto ni maltratado otro, que realmente tenía años y no canas, averiguado el secreto que era sabérselas quitar con las ocasiones que quitaba. Concediósele gozase de los privilegios de viejo y de las esenciones de mozo, diciendo Vejecia:
Viva quien sabe vivir.
Al contrario, llegó otro con pocos años y muchas canas y, bien miradas, hallaron que eran verdes ó amarillas.
No le han salido ellas, dijo uno, sino que se las han sacado. Vos, sin duda, venís de alguna comunidad, no digo comodidad, donde hijos de muchas madres bastan á sacar canas á un embrión.
Llamaron á una de abuela y ella enfurecida dijo:
Nieta y muy nieta.
Y Marcial, que acertó á estar allí ó su malicia dijo:
Si ella no tiene más años que cabellos, yo juraré que no llegan á cuatro.
Porfiaba otra era suyo el oro de la madeja y la nieve de sus dientes y ninguno lo creía. Volvió por ella el mismo poeta, como tan cortesano, diciendo:
Sí, sí, suyos son, pues le cuestan su dinero.
Correspondían lastimeros gritos á los insufribles tormentos. Los glotones y bebedores no podían agora pasar una gota y hacíanles beber la toca y aun morder la sábana; aunque se notó que raros de los regalones llegaron tan adelante. Era tan general el sentimiento, que los más tenían hechos lágrima del continuo llanto y del maltratamiento de Vejecia andaban contrechos y agobiados, cojos y desdentados y semiciegos, tratándolos como á villanos, cargándolos de nuevos pechos sobre los viejos.
Encontraron ya los crudos criados con el no bien maduro Andrenio. Agarraron dél. Pero, antes de decir lo que con ellos le pasó ó le hicieron pasar, demos una vista á Critilo, que, habiendo entrado por la puerta de los honores, había llegado á la mayor estimación. Introdujéronle la Cordura y la Autoridad en un teatro muy capaz y muy señor, pues lleno de seniores y de varones muy capaces. Presidía en majestuoso trono una venerable matrona con todas las circunstancias de grande. No mostraba semblante fiero, sino muy sereno; no desapacible, sino autorizado, coronada del metal cano, por reina de las edades. Y como tal, estaba haciendo grandes mercedes á sus cortesanos y concediéndoles singulares privilegios. Estaba en aquella sazón honrando á un grande personaje, tan cargado de espaldas como de prudencia, haciéndole todos acatamiento. Y preguntó Critilo á su Jano colateral, que nunca le desamparó, quién era aquel varón de estimaciones.
Éste es, le respondió, un Atlante político.
¿De qué piensas tú que está así tan agobiado?
De sostener un mundo entero.
¿Cómo puede ser, le replicó, si no se puede tener él á sí mismo?
Pues advierte que éstos, cuanto más viejos, son más firmes y, cuantos más años, más fuerzas sustentan; más y mejor que los mozos, que luego dan con el cargo y con su carga en tierra.
Vieron otro, que llegaba y, arrimando su báculo á una montaña de dificultades, la alzaprimaba, no habiendo podido muchos y muy robustos mancebos ni aun moverla.
Nota, le dijo Jano, lo que puede la maña de un sagaz viejo. ¿No reparas en aquel otro, que, estando para caer aquella gran máquina de coronas, llega él y arrima su carcomido báculo y con segura firmeza las sustenta? Las manos le tiemblan al que allí miras y están temblando dél los ejércitos armados. Que eso le dijo el trompeta francés á don Felipe de Silva:
No teme mi señor, el mariscal de la Mota, esos vuestros pies gotosos; sino esa vuestra testa desembarazada.
¡Qué gafos tiene los dedos aquel que llaman el rey viejo!
Pues te aseguro que están colgados dellos dos mundos.
¡Qué palos sacude aquel coronado ciego aragonés!
¿Y cómo que hace pedazos tanta espada y tanta lanza rebelde?
Salían al mismo punto seis varones de canas, que, cuanto más alto un monte, más se cubre de nieve, y le dijo iban despachados de Vejecia el Areópago real y otros cuatro más, á ladear á un gran príncipe, que entraba mozo á reinar y viéndole sin barbas le rodeaban de canas. Allí toparon y conocieron los clarísimos de noche y escurísimos de secreto, gran profundidad con tanta claridad.
Repara, dijo el Jano, en aquel semiciego. Pues más descubre él en una ojeada que echa, que muchos garzones que se precian de tener buena vista. Que al paso que van perdiendo éstos los sentidos, van ganando el entendimiento, tienen el corazón sin pasiones y la cabeza sin ignorancias. Aquél, que está sentado, porque no puede estar de otro modo, camina medio mundo en un instante. Y aún dicen que le trae en pie y con aquel báculo le lleva al retortero: que se hacen mucho de sentir en él, cuando los viejos le mandan. Aquel otro asmático y balbuciente dice más en una palabra, que otros con ciento. No pases por alto aquel lleno de achaques, que no se le ve parte sana en todo su cuerpo: pues de verdad que tiene el seso muy entero y el juicio muy sano. Aquellos de los malos pies pisan muy firme y, cojeando ellos, hacen asentar el pie á muchos. No son flemas las que arrancan aquellos senadores de sus cerrados pechos; no son sino secretos podridos, de callados.
Una cosa admiro yo mucho, dijo Critilo: que no se oye aquí vulgo ni se parece.
¡Oh! ¿no ves tú, le dijo el Jano, que entre viejos no le hay, porque entre ellos no reina la ignorancia? Saben mucho, porque han visto y leído mucho.
¡Qué pausado se mueve aquél!
¡Pero qué apriesa va restaurando viejo lo que desperdició mozo!
¡Qué magistral conversación la de aquellos rancios, que ocupan el banco del Cid! Cada uno parece un oráculo.
Es un gran rato el escucharlos, de gran gusto y enseñanza para la juventud.
¡Qué quietud tan feliz!, ponderaba Critilo.
Es que asisten aquí, decía el Jano, el reposo, el asiento, la madurez, con la prudencia, con la gravedad y la entereza. No se oyen aquí jamás desatenciones, mucho menos arrojos ni empeños; no resuena instrumento músico ni bélico, que están prohibidos por la cordura y el sosiego.
Trató ya de conducir el sagaz Jano á su maduro Critilo ante la venerable Vejecia. Llegó él muy de su grado y así le recibió ella con mucho agrado. Mas fué mucho de ver que al mismo punto, que se postró á sus pies, corrieron de improviso ambas cortinas, que estaban á los dos lados del majestuoso trono, con que á un mismo tiempo se vieron y se conocieron, de la otra parte Andrenio entre horrores y desta otra Critilo entre honores, asistiendo entrambos ante la duplicada presencia de Vejecia, que, como tenía dos caras januales, podía muy bien presidir á entrambos puestos, premiando en uno y apremiando en otro.
Ordenó luego se leyesen en voz alta y clara los nuevos privilegios, que en atenciones de méritos de sus concertadas vidas se les concedían á éstos; y al contrario los agravados pechos, que se les imponían á aquéllos: á unos cargos, á otros cargas, muy dignos de ser sabidos y escuchados. Quien los quisiere lograr, estienda el gusto á la Crisi siguiente.
CRISI II
El estanco de los vicios.
Llamó acertadamente el filósofo divino al compuesto humano, sonoro animado instrumento, que, cuando está bien templado, hace maravillosa armonía; mas, cuando no, todo es confusión y disonancia. Compónese de muchos y muy diferentes trastes, que con dificultad grande se ajustan y con grande facilidad se desconciertan.
La lengua dijeron algunos ser la más dificultosa de templar; otros que la codiciosa mano. Éste dice que los ojos, que nunca se sacian de ver la vanidad; aquél que las orejas, que jamás se ven hartas de oir lisonjas propias y murmuraciones ajenas. Tal dice que la loca fantasía y cual que el apetito insaciable. No falta quien diga que el profundo corazón ni quien sienta que las maleadas entrañas.
Mas yo con licencia de todos éstos diría que el vientre y esto en todas las edades. En la niñez por la golosina, en la mocedad por la lascivia, en la varonil edad por la voracidad y en la vejez por la vinolencia. Es el vientre el bajo y aun el vil desta humana consonancia; y esto no obstante, no hay otro Dios para algunos. Hizo siempre apóstatas los sabios. No dijo cuántos, porque los más y con menos razón hacen mayor guerra á la razón.
Es la embriaguez fuente de todos los males, reclamo de todo vicio, origen de toda monstruosidad, manantial de toda abominación, procediendo tan anómala, que, cuando todos los otros vicios caducan y se despiden en la vejez, ella entonces comienza y, sepultados ya, los aviva. Conque no hay un vicio sólo, sino todos de mancomún. Gran comadre de la herejía: dígalo el Septentrión, llamado así, no tanto por las siete estrellas que le ilustran, cuanto por los siete capitales vicios que le deslucen. Amiga de la discordia: vocéenlo ambas Alemanias, siempre turbulentas. Camarada de la crueldad: llórelo Inglaterra en sus degollados reyes y reinas. Paisana de la ferocidad: publíquelo Suecia, inquietando muy de atrás toda la Europa. Compañera inseparable de la lujuria: confiéselo todo el mundo. Y finalmente tercera de toda maldad, muñidora de todo vicio, escollo fatal de la vejez, donde zozobra el carcomido bajel humano, yéndose á pique cuando había de tomar puerto. El desempeño desta verdad será, después de haber referido las severas leyes, que mandó promulgar Vejecia por todo el ancianismo, que para unos fueron favores, si rigores para otros. Subido en lugar eminente el secretario, intimó desta suerte:
Á nuestros muy amados seniores y hombres buenos, á los beneméritos de la vida y despreciadores de la muerte ordenamos, mandamos y encargamos:
Primeramente, que no sólo puedan, sino que deban decir las verdades, sin escrúpulo de necedades. Que, si la verdad tiene muchos enemigos, también ellos muchos años y poca vida que perder. Al contrario se les prohiben severamente las lisonjas activas y positivas, esto es que ni las digan ni las escuchen: porque desdice mucho de su entereza un tan civil artificio de engañar y una tan vulgar simplicidad de ser engañados.
Item, que den consejos por oficio, como maestros de prudencia y catedráticos de experiencia. Y esto sin aguardar á que se les pidan: que ya no lo platica la necia presunción. Pero, atento á que suelen ser estériles las palabras sin las obras, se les amonesta que procedan de modo, que siempre precedan los ejemplos á los consejos.
Darán su voto en todo, aunque no les sea demandado: que monta más el de un solo viejo chapado, que los de cien mozos caprichosos.
Dirán mal de lo que parece mal, mucho más de lo que es malo: que esto no es murmurar, sino hacer justicia. Y lo que en ellos sería recatado silencio, entre la gente moza pasaría por declarada aprobación.
Alabarán siempre lo pasado, que de verdad lo bueno fué y lo malo es, el bien se acaba y el mal dura.
Podrán ser malcontentadizos, por cuanto conocen lo bueno y se les debe lo mejor.
Permíteseles el dormirse en medio de la conversación y aun roncar, cuando no les contentare, que será las más veces.
Corregirán á los mozos de continuo, no por condición, sino por obligación, teniéndoles siempre tirante la brida, ya para que no se despeñen en el vicio, ya para que no atollen en la ignorancia.
Dáseles licencia para gritar y reñir: porque se ha advertido que luego anda perdida una casa, donde no hay un viejo que riña y una suegra que gruña.
Item más, se les permite el olvidarse de las cosas: que las más del mundo son para olvidadas.
Podrán entrarse libremente por las casas ajenas, acercarse al fuego, pedir de beber, alargar la mano al plato: que á canas honradas nunca ha de haber puertas cerradas.
Permíteseles el encolerizarse tal vez con moderación, no dañando á la salud: por cuanto el nunca enojarse es de bestias.
Item, que puedan hablar mucho, porque bien, aun entre los muchos, porque mejor que todos.
Súfreseles el repetir los dichos y los cuentos, que siete veces agradan y otras tantas enseñan, hiriendo de casera filosofía.
Cuiden de no ser muy liberales, atendiendo á que no les falte la hacienda y les sobre la vida.
Escusarse han del no hacer cortesías, no tanto por conservarse, cuanto porque no ven ya las personas como solían y que desconocen los hombres de agora.
Harán repetir dos y tres veces lo que les dicen, para que todos miren cómo y lo que hablan.
Háganse dificultosos de creer, como escarmentados de tanto engaño y mentira.
No darán cuenta á nadie de lo que hacen ni tendrán que pedir consejo, sino para aprobación.
No sufran que otro alguno mande más que ellos en su casa, que sería querer mandar los pies donde hay cabeza.
No tendrán obligación de vestir al uso, sino á su comodidad, calzando holgado, por cuanto se ha advertido que todos, cuantos calzan muy justo, no pisan muy firme.
Item más, podrán comer y beber muchas veces al día, poco y bueno, y tratar de su regalo, sin nota de gula, para conservar una vida, que vale más que las de cien mozos juntas. Y podrán decir lo que el otro:
Yo soy largo en la Iglesia y en la mesa y no me pesa.
Ocuparán los primeros asientos en todo lugar y puesto, aunque lleguen tarde, pues llegaron al mundo primero. Y podrán tomárselos, cuando los otros se descuidaren en ofrecérselos. Que, si las canas honran las comunidades, justo es que sean honradas de todos.
Mándaseles que en todas sus cosas procedan con espera y así podrán ser flemáticos, que no procederá de cansados, sino de pausados y prudentes.
No tendrán que ceñir acero los que han de caminar con pies de plomo; pero llevarán báculo, no sólo para su descanso, sino para las correcciones prontas, aunque no gusten los mozos de tales besamanos.
Podrán ir tosiendo, arrastrando los pies y hiriendo fuerte con los báculos, como gente que hace ruido en el mundo, atento á que todos en la casa se irán recatando dellos, ocultándoles las cosas.
Podrán por el mismo caso ser amigos de saberlo todo y preguntarlo y, atendiendo también á que, si se descuidan en saber los sucesos, se irían ayunos de muchas cosas á la otra vida, podrán informarse qué hay de nuevo, qué se dice, y qué se hace, demás que es muy de personas el querer saber lo que en el mundo pasa.
Escúsese de su seca condición, en achaque de su seco temperamento, templando con su austeridad el demasiado bullicio y la necia risa de la gente joven.
Que puedan quitarse años, ya por los que les impondrán, ya por los que ellos en su juventud se impusieron.
Tendrán licencia para no sufrir y quejarse con razón, viéndose malasistidos de criados perezosos, enemigos suyos dos veces, por amos y por viejos: que todos vuelven las espaldas al sol que se pone, y la cara hacia el que sale. Sobre todo viéndose odiados de ingratos yernos y de nueras viejas, haránse estimar y escuchar, diciendo:
Oid, mozos, á un viejo, que, cuando era mozo, los viejos le escuchaban.
Finalmente se les encarga que no sean chanceros; sino severos, estando siempre de veras atentos á su madurez y entereza.
Estas leyes en lo público y otras de mayor arte en lo secreto les fueron intimadas, que ellos aceptaron por obligaciones, aunque otros las calificaron privilegios.
Aquí, volviendo la hoja y teniendo el rostro hacia la contraria banda, esforzando la voz, leyó desta suerte:
Intimamos á los viejos por fuerza, á los podridos y no maduros, á los caducos y no ancianos, á los que en muchos años han vivido poco:
Primeramente, que entiendan y se lo persuadan que realmente están viejos, si no en la madurez, en la caduquez; si no en ciencia, en impertinencia; si no en prendas, en achaques.
Item más que, así como á los jóvenes se les prohibe el casar hasta cierta edad, así también á los viejos se les vede de tal edad en adelante y esto en pena de la vida, si con mujer moza; y, si hermosa, en costas de la hacienda y de la honra, que no puedan enamorarse y mucho menos darlo á entender ni asentar plaza de galanes, en pena de risa de todos; podrán, empero, pasear los cimenterios, donde envió á uno cierta gentil dama, como apalabrado con la muerte.
Item, se les prohibe el añadirse años, en llegando á perderles la vergüenza, echando á noventa y á ciento. Porque, demás de engañar á algunos simples, dan ocasión á que muchos ruines se confíen y sientan largo el enmendar su perversa vida.
No vistan de gala los que huelen á mortaja y entiendan que el traje, que para un joven sería decente, para ellos es gaitería. Ni por eso han de andar vestidos de figura con monterillas ó sombrerillos chiquitos y puntiagudos ni con lechuguillas y calzas afolladas, haciendo los matachines.
Que no quieran ser agora enfadosos los que algún tiempo muy desenfadados ni, como el lobo, prediquen ayuno después de hartos.
Sobre todo, no sean avaros y miserables, viviendo pobres para morir ricos, y se persuadan que es una necia crueldad contra sí mismos tratarse ellos mal, para que se regalen después sus ingratos herederos; vestirse de ropas viejas, para guardarles á ellos las nuevas en las arcas.
Mas: los condenamos cada día á nuevos achaques con retención de los que ya tenían. Que sean sus ayes ecos de sus pasados gustos. Que, si aquéllos dieron al quitar, éstos al durar. Y así como los placeres fueron bienes muebles, los pesares serán males fijos.
Que vayan de continuo cabeceando, no tanto para negar los años, cuanto para ceñar á la muerte, temblando siempre, ya de su horrible catadura, ya pagando censo de asquerosidades á sus pasadas liviandades. Y adviertan que viven afianzados, no para gozar del mundo, sino para poblar las sepulturas.
Que anden llorando por fuerza los que vivieron muy de grado y sean Heráclitos en la vejez los que Demócritos en la mocedad.
Item, que hayan de llevar en paciencia el burlarse de ellos y de sus cosas los jóvenes, llamándolas caduqueces, manías y vejeces, por cuanto dellos mismos lo aprendieron y desquitan á los pasados.
No se espanten de ser tratados como niños los que jamás acabaron de ser hombres ni se quejen de que no hagan caso sus propios hijos de los que no supieron hacer casa.
Que los que tienen ya el un pie en la sepultura no tengan el otro en los verdes prados de sus gustos ni sean verdes en la condición los que tan secos de complisión y en todo caso eviten de parecer pisaverdes los amarillos y pisasecos.
Finalmente, que procedan, como parecen, agobiados, inclinándose á la tierra, como á su paradero, cargados de espaldas, mas no de cabeza, pagando pecho en toser á su envejecer.
Impónenseles todas estas obligaciones y otras muchas más, acompañadas de maldiciones de sus familiares y dobladas de sus nueras.
Acabado un tan solemne auto, mandó la arrugada reina se fuesen acercando á su caduco trono Critilo y Andrenio, cada cual por su puesto, bien opuesto. Y así á Critilo le dió la mano; mas á Andrenio se la asentó. Entregó un báculo á Critilo, que pareció cetro, y á Andrenio otro, que fué palo. Á aquél le coronó de canas y á éste le amortajó en ellas. Dióle á aquél el renombre de senior y á éste de viejo y más adelante de decrépito. Con esto los despachó para pasar á la última jornada de la tragicomedia de su vida. Critilo guiando y Andrenio siguiendo, volvióse Vejecia hacia el Tiempo, su más confidente ministro, haciéndole señas de despejar, que con ser intolerables sus calabozos, los tuvieran muchos por paraísos, á trueque de no pasar adelante y llegar al matadero.
Á pocos pasos bien pausados tropezaron con un sabandijón de los de á cada esquina, en el vulgo, ó á un personaje del enfado, que, bien atendido de Andrenio y mejor entendido de Critilo, hallaron ser de aquéllos, que tienen la lengua agujerada con flujo de palabras y estitiquez de razones. Que hay sujetos peores de aquéllos, que lo que por una oreja les entra, por otra les sale. Pues á éstos, lo que por ambas orejas les entra, por la lengua al mismo punto se les va, con tal facilidad de boca, que no les para cosa en el buche, por importante que sea, ni el secreto más recomendado ni la interioridad más reservada, no sabiendo callar ni su mal ni el ajeno. Singularmente, cuando llega á calentárseles la boca con alguna pasión de cólera ó alegría, sin ser necesario darles el remitivo político de la afectada ignorancia ni el único torcedor de la mañosa contradición. Porque éste no tenía retentivo en cosa, confesando él mismo que no podía más con su estómago ni recabarlo con su lengua. Jamás pudo llegar á retener un secreto medio día y por esto era llamado comúnmente don Fulano el de la lengua horadada. Todos, cuantos querían se supiese algo y que se fuese estendiendo á toda prisa, acudían á él como á trompeta sin juicio. ¿Pues qué, si le encomendaban el secreto? Reventaba por irlo al punto á hacer público. Desgraciado del que ó por desatención ó por inadvertencia se le confiaba, que luego le topaba en medio de las plazas á la vergüenza y aun hecho cuartos. Al contrario, los que ya le conocían, se valían dél para hacerle autor de lo que á ellos no les estaba bien serlo y en una palabra él era faraute universal, lengua de ferro, si no testa, no el bello dezitore, sino el feo palabrista.
Éste, pues, ó andaluz por lo locuaz ó valenciano por lo fácil ó chichiliani por lo chacharroni, los comenzó á conducir, sin pararle un punto la tarabilla de necedades. ¿Quién podrá contar las que ensartó por todo el discurso de su vida? Nunca escupía, porque no le tomasen la vez, ni preguntaba por no dar lugar á que otro le respondiese; sí bien, á los tales se cree que se les convierte toda la saliva en palabras, porque todo cuanto hablan es broma.
Seguidme, les decía: que hoy os he de introducir en el palacio mayor del mundo, de muchos oído, de venturosos visto, de todos deseado y de raros hallado.
¿Qué palacio será éste?, le preguntaba él mismo.
Y después de muchos misterios, ponderaciones y hazañerías, les dijo muy en secreto:
Éste es el de la alegría.
Hízoles notable armonía y dijeron:
¿No sea el de la risa? ¿Quién jamás vió tal cosa ni tal casa de la alegría? Hasta hoy no hemos topado quien nos diese noticia de semejante palacio; aunque de otros, encantados los más y llenos de soñados tesoros.
No os espantéis dello, les dijo: porque el que una vez entra allá por maravilla sale. Bobo sería en dejar el contento y volver á los pesares de por acá.
¿Y tú?, le replicaron.
Yo soy excepción: salgo por no reventar á parlarlo y á conducir allá los venturosos pasajeros. Vamos, vamos, que allí habéis de ver la misma alegría en persona, que lo es mucho, con su cara redonda á lo de sol, que aseguran durarles á las carirredondas diez años más la hermosura, que á las aguileñas y carílargas. De allí amanece la Aurora, cuando más arrebolada y risueña. Todos cuantos moran en aquel serrallo, que allí se vive porque se bebe, andan colorados, lucidos y risueños. Gente de indo humor y de buen gusto, gentilhombres de la boca.
Y aun gentiles, añadía Critilo. Pero dínos, ¿para cada día hay su placer y buenas nuevas?
¡Oh, sí!: porque no se cuidan de las malas ni las oyen ni las escuchan; está vedado el darlas. Desdichado del paje, que en esto se descuida, que al mismo punto se despiden. Todos son buenos ratos, comedias nuevas. Para cada día hay su placer y aun dos y todo al cabo viene á parar en placheri y placheri y más placheri.
¿Pues no hace de las suyas la fortuna y de sus mudanzas el tiempo? ¿Siempre está en él llena la luna? ¿No se barajan los contentos con las penas, las copas con los bastos, los oros con las espadas, como por acá?
De ningún modo, porque allí no hay podridos ni porfiados ni temáticos, desabridos, desazonados, malcontentos, desesperados, maliciosos, punchoneros, celosos, impertinentes, y lo que es más que todo eso, vecinos. No hay espíritus de tristeza ni de contradición ni atribulados ni fatiguillas ni agonizados. Nunca veréis malas comidas por ningún caso, aunque se hunda el mundo, ni peores cenas. Nunca ha de faltar el capón, el perdigón, que están muy validos. No se conocen sinsabores ni quemazones. Y en una palabra, todos allí son buenos tragos. Que de verdad no hay otra Jauja ni más cierta cucaña en el mundo, que no pillar fastidio de niente.
Mucho es eso, ponderaba Critilo, que tenga raíces el placer y amarras el contento.
Dígoos que sí, porque es manantial el gusto. Ni se marchita el gozo, que nace en tierra de regadío. Y habéis de saber, como lo veréis y aun lo probaréis, que en medio de aquel gran patio de su placentero alcázar brota una tan dulce, cuan perene fuente, brindándose á todos sin distinción en bellísimos tazones, unos de oro los más altos, otros de plata los del medio y los más bajos, aunque no los menos gustosos, de cristales transparentes, con donosa figurería, por ellos baja despeñándose con agradable ruido (malos años para la mejor música, aunque sean las melodías de Florián) un tan sabroso licor y tan regalado, que aseguran unos viene por secretos condutos de allá de los mismos campos Elisios; otros dicen se distila de aquel divino néctar. Y lo creo, porque á cuantos le beben, los vuelve luego unos bienaventurados á lo humano. Aunque no falta quien diga ser vena de Elicona y con harto fundamento, pues Horacio, Marcial, Ariosto y Quevedo, en bebiéndole, hacían versos superiores. Mas porque todo se diga y no me quede con escrúpulos de estómago, no pocos se persuaden y lo andan mascando entre dientes, que son verídicos y un alegre, eficaz veneno. Sea lo que fuere, lo que yo sé es que causa prodigiosos efectos y todos de consuelo. Porque yo ví un día traer no menos que una gran princesa, si dijera Lansgravia ó Palatina, perdida de melancolía, sin saber ella misma de qué ni por qué, que á no ser eso, no fuera necia. Habíanle aplicado dos mil remedios, como son galas, regalos, saraos, paseos y comedias, hasta llegar á los más eficaces, cuales son fuentes de oro potable, digo de doblones, tabaquillos de joyas, cestillos de perlas. Y ella siempre triste ¡qué necia! enfadada de todo y enfadando á todos, que ni vivía ni dejaba vivir, de modo, que llegó rematada de impertinente. Pues os aseguro que luego que bebió del eficacísimo néctar, depuesta la ceremoniosa autoridad regia, se puso á bailar, á reir y cantar, diciendo que se iba hacia las alturas.
Reniego, dije yo, de todos sus sitiales y doseles y aténgome á un valiente cangilón. Y eso es nada: que yo le ví al más severo Catón, al español más tétrico, dar carcajadas en bebiéndole, que por eso le llamaron los italianos allegracore.
Encontraban muchos peregrinos con sus esclavinas de cuero, que todos se encaminaban allá. Los más eran del tercio viejo, que como el paraje era áspero y seco y ellos venían fatigados y sedientos, encarrilaban en ristra y muertos de sed venían como vivos.
Éste es, decía su farsante guión, el Jordán de los viejos, aquí se remozan y se alegran, refrescan la sangre y cobran los perdidos colores.
Mas ya á los ecos de una gran bulla placentera, licenciaron la vista y descubrieron una casa, no sublime, pero bien empinada, propia estación del gusto y palacio del placer, coronado, en vez de jazmines y laureles, de pámpanos frondosos y todas sus paredes felpadas de yedras. Que, aunque suelen decir que echan á perder las casas donde se arriman, yo digo que hace harto más daño una cepa, pues de todo punto las arruina.
Mirad, les decía, qué alegre vista de colgaduras naturales. ¿Qué tienen que ver con ellas las más ricas y bordadas del célebre duque de Medina de las Torres, las más finas tapicerías de Flandes, aunque sean dibujos del Rubens? Creedme que todo lo artificial es sombra con lo natural y no más de un remedo.
¡Deliciosa amenidad por cierto, decía Andrenio! Ya no me pesa de haber venido. Y díme, ¿siempre dura? ¿nunca se marchita?
Dígoos que es perpetua, porque jamás le falta el riego. Bien puede secarse Chipre y ahorcarse los Pensiles, con que falta aquí su Babilonia.
Íbanse acercando á la gran puerta, siempre de par en par, así como la casa de bote en bote, y notaron que, así como á la del furor suelen estar encadenados tigres, á la del valor leones, á la del saber águilas, á la de la prudencia elefantes, en ésta asistían lobos soñolientos y tahonas entretenidas. Resonaban muchos juglares y todos hacían buen son: debían de ser forasteros. Bullían Ninfas nada adamadas; pero muy coloradas y fresconas á la flamenca. Blandían vistosos cristales en sus malseguras manos, llenas del generoso néctar, brindando á porfía á todo sediento pasajero, por estar esta casa de recreación en medio del pasaje de la vida. Llegaban ellos muy secos, cuando más ahogados de reumas, apurados de la sed, á apurar los cangilones, que ellos les bailaban delante. Bebían sin tasa, como gente sin cuenta. Y era bien de reir cómo fundaban crédito en hacer la razón, cuando más la deshacían. Y si alguno más templado se detenía, comenzaban á hacerle cocos, bautizando su atención por melindre y figurería, haciéndole muchos brindis con su templanza el licor brillante, que de verdad les saltaba á los ojos. Provocábanlos, diciendo:
Ea, que en vuestra edad no la hay, la sequedad de la complexión os escusa. Ésta es la leche de los viejos.
Y mentían, que no era sino el veneno.
Vaya otra vez, que el licor es apetecible, pues ningún sainete le falta. Él tiene buen color para la hermosura, mejor sabor para el gusto y estremado olor para la fragrancia, lisonjeando todos los sentidos. Arrojad el agua, tan necia como desabrida, muy preciada de no tener nada de gusto, ni color ni olor ni sabor. Éste sí que se precia de todo lo contrario. Y lo que más es, que ayuda á la salud y aun es su único remedio, pues aseguraba Mesue no haber hallado confección más eficaz y que más presto acudiese á remediar el corazón ni las bebidas de jacintos y de perlas.
Picábanle el gusto, cambiando licores y colores, ya el rojo encendido, combinándose con la sangre, ya dorado, pasando plaza de oro potable, ya de color del sol, hijo ardiente de sus rayos, ya de finos granates y aun de preciosos rubís, en fe de su preciosa simpatía. Contentábanse los cuerdos con una taza sola, para satisfacer á la necesidad; que lo demás decían ser una gran necedad. Con eso refrescaban la sangre, confortaban el corazón y se alentaban para poder proseguir su camino á las derechas.
Pero los más no acababan de consolarse con una sola taza ni aun con dos; sino que en tropa de brutos se metían muy adentro, no parando hasta encontrar con el mayor estanque y allí se arrojaban de bruces. Déstos fué uno Andrenio, sin que bastase á detenerle ni el consejo ni el ejemplo de Critilo. Tendíanse luego en son de bestias por aquellos suelos: que todo vicio lleva á parar en tierra, así como toda virtud al cielo.
En el entretanto que dormía Andrenio al ser de hombre, privado de la principal de sus tres vidas, quiso Critilo registrar aquel palacio tudesco, donde vió cosas de mucho escarnio, que él encomendó al escarmiento. Halló lo primero que la bacanal estancia no se componía de doradas salas, sino de ahumadas zahurdas; no de cuadras de respeto, sí de ranchos de vileza.
Topó uno, donde todos se metían á bailar, luego que entraban, con tal propensión, que, queriendo una dueña entrar con un palo á sacar su criada, con gran priesa se había puesto á bailar. En el mismo punto, depuesto el enojo, con el palo, se calzó las castañetas y comenzó á repicarlas. Hizo lo mismo el marido, cuando entraba más colérico á llevar el compás con un garrote, y todos cuantos metían el pie en aquel gustoso rancho del mesón del mundo, al mismo punto olvidados de todo, se hacían piezas bailando. Decían algunos ser burlesco hechizo, que había dejado un entretenido pasajero, que allí había hecho noche; mas Critilo túvolo por borrachera y trató de pasar adelante.
Encontró con otro, donde todos cuantos allá entraban, al punto enfurecían con tal fiereza, que echando unos mano á los puñales y arrancando otros de las espadas, comenzaban á herirse como fieras y á matarse como bestias, olvidados de la razón, como gente sin juicio. Aquí vió un gran personaje con una muy buena capa de púrpura y díjole su farsante guía:
No te admires, que por éste se dijo: debajo de una buena capa hay un mal bebedor.
¿Quién es éste?
Quien fué señor del mundo; mas este licor lo fué de él.
Retirémonos, dijo Critilo, que tiene en la mano un sangriento puñal.
Con ese mató á su mayor amigo sobre mesa.
¿Y con todo eso fué aclamado el Magno?
Sí, por lo soldado, que no por lo rey.
De otro más moderno y aun corriendo vino aseguraban que no se había embriagado sino sola una vez en su vida; pero que le duró por toda ella, en quien hicieron gran maridaje el vino y la herejía.
Aquí les mostraron el mismo tazón, que tomó en la mano el octavo de los ingleses Enriques, en el trance de su infeliz muerte, en vez del santo crucifijo, con que suelen morir los buenos católicos, y echándosele á pechos, dijo:
Todo lo perdimos junto, el reino, el cielo y la vida.
¿Y todos ésos fueron reyes?, preguntó Critilo.
Sí, todos. Que aunque en España nunca llegó la borrachera á ser merced, en Francia sí á ser señoría, en Flandes excelencia, en Alemania serenísima, en Suecia alteza; pero en Inglaterra, majestad.
Decíanle á uno que dejase el beber, si no quería despedirse del ver; mas él, incorregible, respondía:
Decidme: ¿Estos ojos no se los han de comer los gusanos?
Sí.
Pues más vale que me los beba yo.
Otro tal respondió:
Lo que hay que ver ya lo tengo visto, lo que he de beber no está bebido: pues bebamos, aunque nunca veamos.
Y catad la diferencia de los licores: éstos, que están tristes y tan adormecidos, cargaron del tinto; estos otros, tan alegres y risueños, del blanco.
Mas ya en esto habían llegado, no al más reservado retrete, que aquí no se conocen interioridades; sino á la estancia mayor de la risa, á la cueva del placer, donde hallaron que presidía sobre un eminente trono de cercillos, una amplísima reina sin género de autoridad, muy grave. Y con estar muy gruesa, decía no tener más que los pellejos, tan pobre y desamparada, cuan en cueros. Parecíase una cuba sobre otra, de fresco y alegre rostro; aunque tenía más de viña, que de jardín. Vestía de otoño, en vez de primavera, coronada de rubíes arracimados. Chispeábanla los ojos vertiendo centellas líquidas, hidrópicos los labios del suavísimo néctar. Blandía, en vez de palma, en la una mano, un verde y frondoso tirso, y brindaba con la otra un bernegal de buen tamaño á todos cuantos llegaban, observando con inviolable puntualidad la alternativa en los brindis. Notaron que mudaba semblantes á cada trago, ya festivo, ya lascivo y ya furioso, verificando el común sentir, que la primera vez es necesidad, la segunda deleite, la tercera vicio y de ahí adelante brutalidad. En viendo á Critilo, licenció la risa en carcajadas y comenzó á propinarse con instancia el enojoso licor. Rehusaba Critilo el empeño.
He, que no se puede pasar por otro, le decía, sí, su farsante camarada, en ley de cortesano.
Vióse obligado á probarlo y, en gustándole, exclamó:
Éste es el veneno de la razón, éste el tóxico del juicio, éste es el vino ¡oh, tiempos! ¡oh, costumbres! El vino antes en aquel siglo de oro, pues de la verdad y aun de perlas, pues de las virtudes, cuentan que se vendía en las boticas, como medicina, á par de las drogas del Oriente, recetábanle los médicos entre los cordiales.
Récipe, decían, una onza de vino y mézclese con una libra de agua.
Y así se hacían maravillosos efectos. Otros refieren que no se permitía vender, sino en los más ocultos rincones de las ciudades, allá lejos en los arrabales, porque no inficionase las gentes. Y se tenía por infamia ver entrar un hombre allá. Mas ya se profanó este buen uso, ya se vende en las muy públicas esquinas y están llenas las ciudades de tabernas. Ya no se pide licencia al médico para beberle, habiéndose convertido en tóxico el que fué singular remedio.
Antes hoy, le replicó un aprisionado, es medicina universal: díganlo tantos aforismos, como corren en su favor.
He, que son de viejas.
No por eso peores. El es el común remedio contra el daño, que hacen todas las frutas. Y así dicen: “Tras las peras, vino bebas”. “El melón maduro, quiere el vino puro”. “Al higo vino y á la agua higa”. “El arroz, el pez y el tocino nacen en el agua y mueren en el vino”. La leche, ya se sabe lo que le dijo al vino: “Bien seáis venido, amigo”. “El vino tras la miel, sabe mal; pero hace bien.” Así que: “Donde no hay vino y sobra el agua la salud falta”. En todos tiempos es medicina, como lo dice el texto: “En el verano por el calor y en el invierno por el frío, es saludable el vino”. Y otro dice: “Pan de ayer y vino de antaño, traen al hombre sano”. No sólo remedia el cuerpo; pero es el mayor consuelo del ánimo, alivio de las penas. “Que lo que no va en vino, va en lágrimas y suspiros.” Es aforro de los pobres, que: “Al desnudo le es abrigo”. Bebida real, cuando: “El agua para los bueyes, y el vino para los reyes”. Leche de los viejos, pues: “Cuando el viejo no puede beber, la sepultura le pueden hacer”. Y en él consiste la media de la vida que: “Media vida es la candela y el vino la otra media”. De modo que es medicina de todos los males, porque: “Sangraos vecina...” y responde: “El buen vino es medicina”. Y con mucha razón, pues son siete los provechosos frutos de ella: “Purga el vientre, limpia el diente, mata la hambre, apaga la sed, cría buenos colores, alegra el corazón y concilia el sueño.”
Á todos éstos, dijo Critilo, responderé yo con éste sólo: “Quien es amigo del vino es enemigo de sí mismo”. Y advertid que otros tantos, como habéis referido en su favor, pudiera yo decir en contra; pero baste éste por ahora con este otro: “El vino con agua es salud de cuerpo y alma”.
¡Oh!, replicó el apasionado, ¿no veis, que el vino, si le echáis agua, le echáis á perder, especialmente si fuere blanco?
También, si no se la echáis, os echa él á perder á vos.
¿Pues qué remedio?
No beberle.
Otras muchas verdades dijo Critilo contra la embriaguez, de que los circunstantes hicieron cuento y él escarmiento. Reparó Critilo en que asistían pocos españoles al cortejo de la dionisia reina, habiendo sin duda para cada uno cien franceses y cuatrocientos tudescos.
¡Oh, dijo el hablador, no sabes tú lo que pasó en los principios desta bella invenchione del vino!
¿Y qué fué?
Que un recuero, atento á su ganancia, cargó de la nueva mercadería y dió con ella en Alemania. Y como fuese el precioso licor en toda su generosidad, gustaron mucho dél los tudescos. Hízoles valiente impresión, rindiéndolos de todo punto. Pasó adelante á la Francia; mas, porque no fuesen comenzados los cueros, acabólos de llenar en la Esquelda, con que no iba ya el vino tan fuerte y así no hizo mas que alegrar los franceses, haciéndoles bailar, silbar y dar algunas cabriolas y rascarse atrás en un corrillo de mesurados españoles, como se vió ya en Barcelona. Quedábale ya muy poco, cuando pasó á España, y llenóle de agua de tal suerte, que no era ya vino, sino enjaguaduras de bota. Con esto no les hizo efecto á los españoles; antes los dejó muy en sí y tan graves como siempre, con que ellos á todos los demás llaman borrachos. Deste modo han proseguido todas estas naciones en beberle: los tudescos puro, imitándoles los suecos y los ingleses; los franceses ya enjuagan la taza; mas los españoles, aguachirle, aunque los demás lo atribuyen á malicia y que lo hacen por no descubrir con la fuerza del vino lo secreto de su corazón.
Ésa ha sido sin duda la causa, ponderaba Critilo, de no haber hecho pie la herejía en España, como en otras provincias, por no haber entrado en ella la borrachera, que son camaradas inseparables: nunca veréis la una sin la otra.
Pero ¡qué cosa, aunque no rara, sí espantosa! Aquella embriagada reina, anegada en abismos de horrores, comenzó á arrojar de aquella ferviente cuba de su vientre tal tempestad de regüeldos, que inundó toda la bacanal estancia de monstruosidades. Porque, bien notado, no eran otros sus bostezos, que reclamos de otros tantos monstruos de abominables vicios. Volvía el feroz aspecto á una y otra parte y, en arrojando un regüeldo, saltaba al punto de aquel turbulento estanque del vino una horrible fiera, un infame acroceraunio, que aterraba á todo varón cuerdo.
Salió de los primeros la Herejía, monstruo primogénito de la Borrachera, confundiendo los reinos y las ciudades, repúblicas y monarquías, causando desobediencias á sus verdaderos señores. ¿Pero, qué mucho, si primero negaron la fe debida á su Dios y Señor, mezclando lo sagrado con lo profano y trastornando de alto á bajo cuanto hay?
Sacaron luego las cabezas á otro regüeldo las Harpías, digo la Murmuración, manchando con su nefando aliento las honras y las famas; la desapiadada Avaricia, chupándoles la sangre á los pobres, desollando los súbditos; la Joel Envidia, vomitando venenos, inficionando las ajenas prendas y disminuyendo las heroicas hazañas.
Allí apareció, llamado de un gran bostezo, el Minotauro embustero, la bachillera Esfinge, presumiendo de entendida y ignorando de necia. No faltaron las tres infernales Furias, convocadas de otro valiente regüeldo, que metió en los infiernos mismos la guerra, la discordia y la crueldad, que bastan á hacer infierno del mismo paraíso. Las engañosas Sirenas, brindando vidas y ejecutando muertes. La Escila y la Caribdis aquellos dos viciosos extremos, donde chocaron los necios, dando en el uno por huir del otro. Allí se vieron los Sátiros y los Faunos, con apariencias de hombres y realidades de bestias.
Así, que en poco rato hizo estanco de vicios de un estanque de monstruos, hijos todos de la violenta vinolencia. Y lo que más es de reparar y aun de sentir, que con ser éstas otras tantas fieras y harto feas, á sus beodos amadores les parecieron otras tantas beldades, llamando á las Sirenas lascivas, unos ángeles; al furioso y ciego de cólera, Cíclope valiente; á las Harpías, discretas; á las Furias, gallardas; al Minotauro, ingenioso; á la Esfinge, entendida; á los Faunos, galanes; á los Sátiros, cortesanos; y á todo monstruo, un prodigio.
Veníasele acercando á Critilo uno de los más perniciosos; pero él, al mismo punto, despavorido, intentó la fuga. Quísole detener el farsante, diciéndole:
Aguarda, no temas, que no te hará mal, sino mucho bien.
¿Quién es éste?, le preguntó.
Y él:
Ésta es aquella tan celebrada, cuán conocida en todo el mundo y más en las cortes, sin quien ya no se puede vivir, por lo menos sin su poquito de ella, por cuanto es empleo de los desocupados y ocupación de los entendidos, aquella gran cortesana.
¿Y cómo la nombran?
Lo que le respondió y qué monstruo fuese éste nos lo dirá la otra Crisi.
CRISI III
La Verdad de parto.
Enfermó el hombre de achaque de sí mismo. Despertósele una fiebre maligna de concupiscencias, adelantándosele cada día los crecimientos de sus desordenadas pasiones. Sobrevínole un agudo dolor de agravios y sentimientos. Tenía postrado el apetito para todo lo bueno y el pulso con intercadencias en la virtud. Abrasábase en lo interior de malos afectos y tenía los estremos fríos para toda obra buena. Rabiaba de sed de sus desreglados apetitos, con grande amargura de murmuración. Secábasele la lengua para la verdad, síntomas todos mortales.
Viéndole en tanto aprieto, dicen que le envió sus médicos el cielo y también el mundo los suyos, á competencia, y así muy diferentes los unos de los otros y muy encontrados en la curación. Porque los del cielo en nada condecendían con el gusto del enfermo y los mundanos en todo le complacían. Con lo cual éstos se hicieron tan plausibles, cuan aborrecibles aquéllos. Ordenábanle los de arriba muchos y muy buenos remedios y los de abajo ninguno, diciendo:
He, que tanto es menester haber estudiado para no recetar, como para recetar.
Citaban los eternos, magistrales textos y los terrenos, ninguno, y decían:
Más vale testa, que texto.
Guarde la boca, decían unos: coma y beba cuanto apeteciere.
Los otros:
Tome un vomitivo de deleites, que le será de mucho provecho.
No haga tal, que le inquietará las entrañas y le postrará el gusto; dénle minorativos de concupiscencia.
Ni lo piense; sino valientes tiradas de gustos, que le vayan refrescando la sangre.
Dieta, dieta, repetían aquéllos.
Regalo y más regalo, replicaban éstos, y asentábasele muy bien al enfermo.
Púrguese, le recetaron los celestiales, porque vamos á la raíz del mal y á derribar el humor vicioso, que predomina.
Eso no, salían los mundanos; tome, sí, cosas suaves con que se entretenga y alegre.
Oyendo tal variedad, decía el enfermo:
Aténgome al aforismo que dice: “Si de cuatro médicos, los tres dijesen que te purgues y uno que no, no te purgues”.
Replicábanle los del cielo:
También dice otro: “Si de cuatro médicos, los tres te dijeren que no te sangres y uno sólo que sí, sángrate”. Luego, te debes sangrar y de la vena del arca, restituyendo lo ajeno.
Eso no, salían los otros; que sería quitarle las fuerzas y aun de todo punto desjarretarle.
Y él, en confirmación, añadía:
¡Qué poco estiman ellos mi sangre! No saben otro, que sangrar la costilla de los zurdos.
No duerma con el mal, encargaban aquéllos.
Repose y descanse en él, decían éstos.
Viendo, pues, los del cielo que no se le aplicaba remedio alguno de cuantos ellos ordenaban y que el enfermo iba por la posta caminando á la sepultura, entraron á él y con toda claridad le dijeron que moría. Ni por esas se dió por entendido; antes llamando un criado, le dijo:
Hola, ¿hanles pagado á estos médicos?
Señor, no.
Y aun por eso me dan ya por desahuciado. Pagadles y despedidles.
Lo segundo cumplieron. Fuéronse con tanto las virtudes, quedáronse los vicios, y él muy en ellos, que presto acabaron con él, aunque no él con ellos. Murió el hombre de todos y fué sepultado más abajo de la tierra.
Íbale ponderando á Critilo este suceso de cada día un varón de ha mil siglos.
¡Oh cómo es verdad, decía Critilo, que los vicios no sanan, sino que matan, y las virtudes remedian! No se cura la codicia con amontonar riquezas ni la gula con los manjares, la sensualidad con los bestiales deleites, la sed con las bebidas, la ambición con los cargos y dignidades; antes se ceban más y cada día se aumentan. De ese achaque le vino á la torpe vinolencia hacer estanco de vicios. ¡Y qué feos! ¡qué abominables! Pero entre todos, aquel que se me venía acercando y pegándoseme, que no hice poco en rebatirle, ¿cuál de ellos era?
Es más cortesano, cuanto más civil; común, cuando más estraño.
¿Cómo se llamaba el tal monstruo?
Bien nombrado es y aun aplaudido, entremetido y bienadmitido. Todo lo anda y todo lo confunde. Entra y sale en los palacios, teniendo en las cortes su guarida.
Menos te entiendo por eso. Aún no doy en la cuenta. Que hay muchos á esa traza y bulle la corte dellos.
Pues has de saber que era el capitán de todos, digo la plausible Quimera. ¡Oh monstruo al uso! ¡oh vicio de todos! ¡oh peste del siglo! ¡necedad á la moda!, exclamó el nuevo camarada.
Por eso yo, añadió Critilo, luego que me la ví tan cerca, la conjuré, diciendo:
¡Oh monstruo Cortesano! ¿Qué me buscas á mí? Anda, vete á tu Babilonia común, donde tantos y tontos pasan de ti y viven contigo: todo embuste, mentira, engaño, enredo, invenciones y quimeras.
Anda, vete á los que se sueñan grandes y son fantasmas, hombres vacíos de sustancia y rebutidos de impertinencia, huecos de sabiduría y atestados de fantasía: todo presunción, locura, fausto, hinchazón y quimera.
Vete á unos aduladores falsos, desvergonzados, lisonjeros, que todo lo alaban y todo lo mienten, y á los simples que se los creen, pagando el humo y el viento: todo mentira, engaño, necedad y quimera.
Vete á unos pretendientes engañados y á unos mandarines engañadores, aquéllos pretendiéndolo todo y éstos cumpliendo nada, dando largas, escusas, esperanzas bobas: todo cumplimiento y quimera.
Vete á unos desdichados arbitristas, inventores de felicidades ajenas, trazando de hacer Cresos á los otros, cuando ellos son unos Iros; discurriendo trazas para que los otros coman, cuando ellos más ayunan: todo embeleco, devaneo de cabeza, necedad y quimera.
Vete á unos caprichosos políticos, amigos de peligrosas novedades, inventores de sutilezas malfundadas, trastornándolo todo, no sólo no adquiriendo de nuevo ni conservando de viejo; pero perdiendo cuanto hay, dando al traste con un mundo y aun con dos: todo perdición y quimera.
Vete al Babel moderno de los cultos y afectados escritos y cuyas obras son de tramoya, frases sin concepto, hojas sin fruto, tomos sin lomo, cuerpos sin alma: todo confusión y quimera.
Vete á los tribunales, donde no se oyen sino mentiras; en las escuelas sofisterías, en las lonjas trampas y en los palacios quimeras.
Vete á los prometedores falsos, noveleros, crédulos, entremetidos, desahogados, linajudos, desvanecidos, casamenteros, mentirosos, pleiteantes, necios, sabios aparentes: todo mentira y quimera.
Vete á los hombres de hogaño, llenos todos de engaño, mujeres de embeleco: los niños mienten, los viejos engañan, los parientes faltan y los amigos falsean.
Vete á todo lo que dejamos atrás de un mundo inmundo, laberinto de enredos, falsedades y quimeras.
Con esto traté de huir de ella, que fué del mundo todo, y eché por este camino de la verdad en tan buen punto, que tuve dicha de encontrarte.
Harto fué, dijo el Acertador, que así oyó le llamaban, que todo tú pudieses salir.
No tan todo, respondió Critilo, que no me dejase la mitad, pues otro yo allá queda, Andrenio, aun más amigo que hijo, nada suyo y todo ajeno, rendido á una brutal vinolencia.
Mas aquí, no pudiendo articular las palabras, prosiguió haciendo estremos.
Hora bien, no te pudras tú, le dijo, de lo que otros engordan. Quiero por consolarte y remediarte que volvamos allá y que experimentes el eficacísimo contraveneno del vino, que conmigo llevo.
Es la embriaguez, iba ponderando, el último asalto, que dan al hombre los vicios; es el mayor esfuerzo, que ellos hacen contra la razón. Y así cuentan que, habiéndose coligado todos estos monstruosos enemigos contra un hombre, luego que naciera, embistiéndole ya uno, ya otro, por su orden para más desordenarle, la voracidad cuando más rapaz, la mancebía cuando mancebo, la avaricia cuando varón y la vanidad cuando viejo, viéndole pasar de edad en edad vitorioso y que ya entraba en la vejez triunfando de todos ellos, no pudiéndolo sufrir que así se les escapase y hiciese burla dellos, acudieron á la embriaguez, afianzando en ella su despique. No se engañaron, pues acometiéndole ésta con capa de necesidad, llamando al vino su leche, su abrigo y su consuelo, poco á poco y trago á trago se fué entrando y apoderándose dél hasta rendirle de todo punto. Hízole cerrar los ojos á la razón, abrir puerta á todo vicio, y de modo, que, con lastimosa infelicidad, aquel que toda la vida se había conservado en su virtud y entereza, se halló de repente á la vejez glotón, lascivo, iracundo, maldiciente, locuaz, vano, avaro, ridículo, imprudente. Y todo esto, porque vinolento.
Mas ya habían llegado, no al estanque, sino al cenagal de los vicios. Entraron ambos y hallaron á Andrenio, que aún estaba por tierra, sepultado en sueño y vino. Comenzaron á llamarle por su nombre; mas él impaciente respondía:
Dejadme, que estoy soñando cosas grandes.
No puede ser, dijo el Acertador, que los hombres grandes sólo tienen sueños grandes.
He, dejadme, que estoy viendo cosas prodigiosas.
¿No sean monstruosas? ¿Qué puedes ver sin vista?
Veo, dijo, que el mundo no es ya redondo, cuando todo va á la larga; que la tierra no es ya firme, cuando todo anda rodando; que el cieno es cielo para los más, pues los menos son personas; que todo es aire en el mundo y así todo se lo lleva el viento; el agua que fué y el vino que vino; el sol no es solo ni la luna es una, los luceros sin estrellas y el norte no guía; la luz da enojos y el alba llora cuando ríe; los flores son delirios y los lirios espinan; los derechos andan tuertos y los tuertos á las claras; las paredes oyen, cuando las orejas se rascan; los postres son antes y muchos fines sin medios; que el oro no es pesado y las plumas mucho; los mayores alcanzan menos y hablan gordo los más flacos y alto los más bajos; no son ladrados los ladrones, con que ninguno tiene cosa suya; los amos son mozos y las mozas las que mandan; más pueden espaldas, que pechos, y quien tiene hierro, no tiene aceros; los servicios se miran de mal ojo y los proveídos son premiados; la vergüenza es corrimiento y los buenos no hacen llorar, sino reir; del mentís se hace caso y del mentir casa; no son sabios los entendidos ni oídos los que hablan claro; el tiempo hecho cuartos y el día enhoramalas; los relojes quitan dando y de los buenos días se hacen los malos años; tras la tercera va la primera y las desgracias son gracias; las diademas en París y los galanes en Francia.
Calla ya, le dijo el Acertador; que sin duda se dijo diablo del que noche y día habla; mas en cantar mal y porfiar.
Digo que todo anda al revés y todo trocado de alto á bajo. Los buenos ya valen poco y los muy buenos para nada y los sin honra son honrados, los bestias hacen del hombre y los hombres hacen la bestia. El que tiene es tenido y el que no tiene es dejado. El de más cabal es sabio, que no el de más caudal. Las niñas lloran y las viejas ríen. Los leones dan balidos y los ciervos cazan. Los gallinas cacarean y no despiertan los gallos. No caben en el mundo los que tienen más lugar y muchos hijos de algo valen nada. Muchos por tener antojos no ven y no se usan los usos. Ya no nacen niños ni los mozos bien criados. Las que valen menos son buenas joyas y los más errados buenas lanzas. Veo unos desdichados antes de nacidos y otros venturosos después de muertos. Hablan á dos luces los que á escuras y todo ahora es á deshora.
Prosiguiera en sus dislates, si el Acertador no tratara de aplicarle el eficaz remedio, que fué echarle en la vasija del vino, no una anguila, como el vulgo ignorante sueña, sino una serpiente sabia, que al punto le hizo volver á ser persona y aborrecer aquel tóxico del juicio y veneno letal de la razón. Sacólos con esto el Acertador de aquel estanco de los vicios y estanque de monstruos, al de prodigios. Era éste uno de los raros personajes, que se encuentran en el vario viaje de la vida, de tan estraña habilidad, que á todos cuantos encontraban les iba adevinando el suceso de su vida y el paradejo della.
Iban atónitos nuestros peregrinos oyéndole adevinar con tanto acierto. Toparon de los primeros uno de muy mal gesto y al punto dijo:
Déste no hay que aguardar buen hecho.
Y no se engañó. De un tuerto pronosticó que no haría cosa á buen ojo y acertó. Á un corcovado le adevinó sus malas inclinaciones; á un cojo, los malos pasos en que andaba y á un zurdo, sus malas mañas; á un calvo, lo pelón y á un ceceoso lo malhablado. Á todo hombre señalado de la naturaleza señalaba él con el dedo, diciéndoles se guardasen. Encontraron ya un grande perdigón, que iba perdiendo á toda prisa lo que muy poco á poco se había ganado y al punto dijo:
¿No hizo él la hacienda?
No; que quien no la gana no la guarda.
Pero esto es nada, cosas más raras y más recónditas adevinaba, como si las viera. Y así, encontrando un coche, que traía tan arrastrado á su dueño, cuan desvanecida á su ama, dijo:
¿Veis aquel coche? Pues antes de muchos años será carreta.
Y realmente fué así. Viendo edificar una cárcel muy suntuosa y fanfarrona, con muchos dorados hierros, que pudiera sustituir un palacio, dijo:
¿Quién creerá que ha de venir á ser hospital?
Y de verdad lo fué, porque vinieron á parar en ella pobres desvalidos y desdichados. De un cierto personaje, que tenía muchos y buenos amigos, dijo que danzaba muy bien y acertó: porque todos le alabaron. Al contrario de otro, que tenía cara de pocos amigos:
Éste no hará cosa bien ni saldrá con lo que emprendiere.
Esto es más, que llegó uno y le preguntó cuánto tiempo viviría. Miróle á la cara y dijo que cien años y que si, le bobeara un poco más, dijera que docientos. Á otro inútil para todo aseguró que sacaría de la puja al mismo Matusalén. Pero lo más es que, en viendo á cualquiera, le atinaba la nación. Y así de un invencionero dijo:
Éste, sin más ver, es italiano.
De un desvanecido, inglés; de un desmazalado, alemán; de un sencillo, vizcaíno; de un altivo, castellano; de un cuitado, gallego; de un bárbaro, catalán; de un poca cosa, valenciano; de un alborotado alborotador, mallorquín; de un desdichado, sardo; de un tozudo, aragonés; de un crédulo, francés; de un encantado, danao. Y así de todos los otros, no sólo la nación; pero el estado y el empleo adevinaba. Vió un personaje muy cortés, siempre con el sombrero en la mano y dijo:
¿Quién dirá que éste es hechicero?
Y realmente fué así, que á todos hechizaba. De un embelesado, que era astrólogo; de un soberbio, cochero; de un descortés, ujier de saleta; de un desarrapado y arrapador, soldado; de un lascivo, viudo; de un peludo, hidalgo. De un hombre de puesto, que prometía mucho y á todos daba buenas palabras, dijo:
Éste contentará á muchos necios.
De otro, que no tenía palabra mala, adevinó que no tendría obra buena. Y al que mucha miel en la boca, mucha hiel en la bolsa. Vió á uno ir y venir á una casa y dijo: