TERCERA PARTE (continued 3)
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Señor Zahorí, decía Critilo, ¿cómo es esto, que los presentes antes estaban helados y ahora vienen llovidos?
He, le respondía, ¿no veis que las cargas siguen á los cargos? Y es de notar que todo venía por el aire y en el aire.
Raro palacio es éste, censuraba Andrenio, que sin cansarse los hombres, coman y beban, vistan y luzgan á pie quedo y á manos holgadas. ¡Valiente encanto! Y porfiaban algunos que no hay palacios encantados y se burlan y ríen, cuando los oyen pintar. De ellos me río yo, aquí los quisiera ver.
Lo que á mí más me admira, decía Critilo, es ver cómo se hacen las personas invisibles, no sólo los pequeños y los flacos, que eso no sería mucho, pero los muy grandes y que lo son mucho para escondidos; no sólo los flacos y exprimidos, pero los gordos y los godos, que no se dejan ver ni hablar ni parecen. En habiendo menester alguno que os importe, no le toparéis ni hay darle alcance: nunca están en casa. Y así decía uno:
¿No come ni duerme este hombre, que á ninguna hora le topo?
¿Pues qué, si ha de pagar ó prestar? No le hallaréis en todo el año. Hombre había, que se le sentía hablar y se negaba y él mismo decía:
Decidle que no estoy en casa.
Las mujeres entre mantos de humo envolvían mucha confusión y se hacían tan invisibles, que sus mismos maridos las desconocían y los propios hermanos, cuando las encontraban callejeando. Corrían voces, dejando á muchos muy corridos, y no se sabía quién las echaba ni de dónde salían; antes decían todos:
Esto se dice; no me deis á mí por autor.
Publicábanse libros y libelos, pasando de mano en mano, sin saberse el original. Y había autor, que, después de muchos años enterrado, componía libros y con harto ingenio, cuando no había ya ni memoria dél. Entremetiéronse en los más íntimos retretes, alcobas y camarines, donde toparon varias sombras de trasgos y de duendes, nocturnas visiones, que, aunque se decía no hacían daño, no era pequeño el robar la fama y descalabrar la honra. Andaban á escuras buscando los soles, los trasgos tras los ángeles. Aunque decía bien uno que las hermosas son diablos con caras de mujeres y las feas son mujeres con caras de diablos. Mas en esto de duendes los había estremados, que arrojaban piedras crueles, tirando al aire y aun al desaire, que abrían una honra de medio á medio. Y era de notar que las más locas acciones se obraban bajo cuerda, sin poder atinar con el intento ni el brazo: que fueron siempre muy otros los títulos, que se dan á las cosas, de los verdaderos motivos por que se hacían. Caían muchas habas negras, que mascaraban mucho á muchos, sin atinar quién las echaba. Y tal vez salían de la mano del más confidente. Y así aconsejaba bien el sabio á no comerlas, por ser de perversa digestión y mal alimento.
Agora verás, le dijo el Zahorí, á vista de tal confusión de invisibilidades, si tuvo razón aquel otro filósofo, aunque se burlaron dél y hicieron fisga los más bachilleres.
¿Y qué decía el tal estoico?
Que no había verdaderos colores en los objetos. Que el verde no es verde ni el colorado, colorado; sino que todo consiste en las diferentes disposiciones de las superficies y en la luz que las baña.
¡Rara paradoja!, dijo Critilo.
Y el Veedor:
Pues advierte que es la misma verdad y así verás cada día que de una misma cosa uno dice blanco y otro negro. Según concibe cada uno ó según percibe, así le da el color que quiere, conforme al afecto y no al efecto. No son las cosas mas de como se toman. Que de lo que hizo admiración Roma hizo donaire Grecia. Los más en el mundo son tintoreros y dan el color que les está bien al negocio, á la hazaña, á la empresa y al suceso. Informa cada uno á su modo: que según es la afición, así es la afectación. Habla cada uno de la feria, según le fué en ella. Pintar como querer. Que tanto es menester atender á la cosa alabada ó vituperada, como al que alaba ó vitupera. Ésta es la causa que de una hora para otra están las cosas de diferente data y muy de otro color. ¿Pues qué es menester ya para hacer verbo de lo que se habla y de lo que se dice y de lo que corre? Aquí es el mayor encanto. No hay poder averiguar cosa de cierto. Así que es menester valerse del arte de discurrir y aun adivinar y no porque se hable en otra lengua que la del mismo país; pero con el artificio del hacer correr la voz y pasar la palabra, parece todo algarabía.
Había al revés otros, que se hacían invisibles á ratos, el día que más eran menester en el trabajo, en la enfermedad, en la prisión, en la hora de hacer la fianza. Olían los males de cien leguas y huían de ellos otras tantas; pero pasada la borrasca, se aparecían como santelmos. Á la hora del comer se hacían muy visibles y más, si olían el capón de leche ó de Caspe, en la huelga, en el merendón, al dar barato, que no había librarse dellos; al punto se los hallaba un hombre al lado y en todas partes.
Sin duda, decía Critilo, que éstos son demonios meridianos, pues todo el día andan asombrados y á la hora del comer se nos comen por pies. Cuando más son menester, se ocultan y, cuando menos, se aparecen.
Sentían gorjear á Andrenio; mas sin verle. Que, en entrando allí, se había hecho invisible, muy hallado con el encanto, cuando más perdido en el común embeleco. Sentía Critilo en no atinar con él ni percibir de qué color estaba ni en qué pasos andaba, porque todos afectaban el negarse al conocimiento ajeno, que es tahurería el no jugar á juego descubierto. Hasta el hijo se celaba al padre y la mujer se recelaba del marido, el amigo no se concedía todo al mayor amigo. Ninguno había, que en todo procediese liso ni aun con el más confidente. Era muy aborrecida la luz, de unos por lo hipócrita, de otros por lo político, por lo vicioso y maligno. Maleábase Critilo de no poder dar alcance á su buscado Andrenio, descubriendo su nuevo modo de vivir de tramoya.
¿De qué sirve, le decía á su camarada perspicaz, el ser zahorí toda la vida, si en la ocasión no nos vale? ¿Qué haces, si aquí no penetras?
Pero consolóle, ofreciéndole descubrirle bien presto y aun á dar en tierra con todo aquel encanto embustero. Pero quien quisiere ver el cómo y aprender á desencantar casas y sujetos, que lo habrá tal vez menester y le valdrá mucho, estienda la paciencia, si no el gusto, hasta la otra Crisi.
CRISI VI
El saber reinando.
No hay maestro que no pueda ser discípulo, no hay belleza que no pueda ser vencida. El mismo sol reconoce á un escarabajo la ventaja del vivir. Excédenle, pues, al hombre en la perspicacia el lince, en el oído el ciervo, en la agilidad el gamo, en el olfato el perro, en el gusto el jimio y en lo vivaz la fénix. Pero entre todas estas ventajas, la que él más codició fué aquella del rumiar, que en algunos de los brutos se admira y no se imita.
¡Qué gran cosa, decía, aquello de volver á repasar segunda vez lo que la primera á medio mascar se tragó, aquel desmenuzar despacio lo que se devoró apriesa!
Juzgaba ésta por una singular conveniencia y no se engañaba, ya para el gusto, ya para el provecho. Contentóle de modo, que aseguran llegó á dar súplica al soberano Hacedor, representándole que, pues le había hecho uno como epílogo de todas las criadas perfecciones, no le quisiese privar de ésta, que él la estimaría, al paso que la deseaba. Vióse la petición humana en el consistorio divino y fuéle respondido que aquel don por que suplicaba ya se le había concedido anticipadamente desde que naciera. Quedó confuso con semejante respuesta y replicó cómo podía ser, pues nunca tal cosa había experimentado en sí ni platicado. Volviósele á responder advirtiese que con mayores realces la lograba, no en rumiar el pasto material, de que se sustenta el cuerpo, sino el espiritual, de que se alimenta el ánimo. Que realzase más los pensamientos y entendiese que el saber era su comer y las nobles noticias su alimento. Que fuese sacando de los senos de la memoria las cosas y pasándolas al entendimiento. Que rumiase bien lo que sin averiguar ni discurrir había tragado. Que repasase muy despacio lo que de ligero concibió. Piense, medite, cave, ahonde y pondere, vuelva una y otra vez á repasar y repensar las cosas. Consulte lo que ha de decir y mucho más lo que ha de obrar. Así que su rumiar ha de ser el repensar, viviendo del reconsejo muy á lo racional y discursivo.
Esto le ponderaba el Zahorí á Critilo, cuando más desesperado andaba de poder dar alcance á su disimulado Andrenio.
He, no te apures, le decía, que así como pensando hallamos la entrada en este encanto, así repensando hemos de topar la salida.
Discurrió luego en abrir algún resquicio, por donde pudiese entrar un rayo de luz, una vislumbre de verdad. Y al mismo instante ¡oh cosa rara!, que comenzó á rayar la claridad, dió en tierra toda aquella máquina de confusiones. Que toda artimaña, en pareciendo, desaparece. Deshízose el encanto, cayeron aquellas encubridoras paredes, quedando todo patente y desenmarañado. Viéronse las caras unos á otros y las manos tan escondidas á los tiros. Constó del modo de proceder de cada uno. Así que, en amaneciendo la luz del desengaño, anocheció todo artificio. Mas para que se vea cuán hallados están los más con el embuste, especialmente cuando viven dél, al mismo punto, que se vieron desencastillados de aquel su Babel común y que habían dado en tierra con aquel su engañoso modo de pasar, que ya no llegaban á mesa puesta, como solían, con sus manos lavadas y la honra no limpia, luego, que comenzaron á echar menos la gala y la gula, el vestido guisado de buen gusto, sin costarles mas que una gorra, enfurecidos contra el que había ocasionado tanta infelicidad, arremetieron contra el Zahorí, descubridor de su artificio, llamándole enemigo común. Mas él, viéndose en tal aprieto, apretó los pies, digo las alas, y huyóse al sagrado de mirar y callar, voceándoles á los dos camaradas, que ya se habían abrazado y reconocido, tratasen de hacer lo mismo, prosiguiendo el viaje de su vida hacia la Corte del saber coronado, tan encomendada dél y de todos los sabios aplaudida.
¡Qué entrada de Italia ésta!, ponderaba Critilo. ¡Qué de laberintos á esta traza, se nos aguardan en ella! Conviene prevenirnos de cautela, así como hacen los atentos en las entradas de las provincias donde llegan, en España contra las malicias, en Francia contra las vilezas, en Inglaterra las perfidias, en Alemania las groserías y en Italia los embustes.
No les salió vana su presunción, pues á pocos pasos dieron en raro bivio, dudosa encrucijada, donde se partía el camino en otros dos, con ocasionado riesgo de perderse muy al uso del mundo. Comenzaron luego á dificultar cuál de las dos sendas tomarían, que parecían estremos. Estaban altercando al principio con encuentro de pareceres y después de afectos, cuando descubrieron una banda de cándidas palomas por el aire y otra de serpientes por la tierra. Parecieron aquéllas con su manso y sosegado vuelo venir á pacificarlos y mostrarles el verdadero camino con tan fausto agüero, quedando ambos en curiosa expectación de ver por cuál de las dos sendas echarían. Aquí ellas, dejada la de mano derecha, volaron por la siniestra.
Esto está decidido, dijo Andrenio: no nos queda que dudar.
Oh sí, respondió Critilo: veamos por dónde se deshilan las serpientes. Porque advierte que la paloma no tanto guía á la prudencia cuanto á la simplicidad.
Eso no, replicó Andrenio; antes suelo yo decir que no hay ave ni más sagaz ni más política, que la paloma.
¿En qué lo fundas?
En que ella es la que mejor sabe vivir, pues en fe de que no tiene hiel dondequiera halla cabida. Todos la miran con afecto y la acogen con regalo. No sólo no es temida como las de rapiña ni odiada como la serpiente, sino acariciada de todos, alzándose con el agrado de las gentes. Otra atención suya, que nunca vuela, sino á las casas blancas y nuevas y á las torres más lucidas. Pero ¿qué mayor política, que aquella de la hembra? Pues con cuatro caricias, que le hace al palomo, le obliga á partirse el trabajo de empollar y sacar los hijuelos, aviniéndose muy bien con el esposo y enseñando á las mujeres bravas y fuertes á templarse y saberse avenir con sus maridos. Mas donde ella juega de arte mayor es en lo de sus polluelos, que, aunque se los hurten y delante de los ojos se los maten, no por eso se mata ella ni se mete en guerra por defenderlos, no pasa pena alguna; sino que come y vive de ellos. ¿Pues qué diré de aquella espaciosa ostentación, que suele hacer de sus plumas, cambiando visos y brillando argentería? Así que no hay otra razón de estado como la sinceridad y la mansedumbre de la paloma y que ella es la mayor estadista.
Vieron en esto que la otra tropa de serpientes se fué deshilando por la senda contraria de la mano derecha, con que se aumentó su perplejidad.
Éstas sí, decía Critilo, que son maestras de toda sagacidad. Ellas nos muestran el camino de la prudencia. Sigámoslas, que sin duda nos llevarán al Saber reinando.
No haré yo tal, decía Andrenio, porque yo no sé que pare en otro todo el saber de las culebras, que en ir rastrando toda la vida entre los pies de todos.
Resolviéronse al fin en seguir cada uno su vereda: éste de astucia de la serpiente y aquél de la sinceridad de la paloma, con cargo de que el primero, que descubriese la Corte del saber triunfante, avisase al otro y le comunicase el bien hallado. Á poco rato, que se perdieron de vista, no de afecto, encontró cada uno con su paraje bien diferente, habitado de gentes totalmente opuestas y que vivían muy al revés unos de otros.
Hallóse Critilo entre aquellos, que llaman los reagudos, gente toda de alerta, hombres de ensenadas, de reflejas y de segundas intenciones, de trato nada liso, sino doblado. Fuésele apegando luego un grande narigudo, digo, nariagudo, no tanto para conducirle, cuanto para explorarle. Y comenzó á tentarle el vado y querer sondarle el fondo con rara destreza. Hombre al fin de atención y de intención. Hízosele amigo de los que llaman hechizos ó echadizos, afectando agasajos y mostrándosele muy oficioso, con que ambos se miraron con cautela y procedían con resguardo. Lo primero en que reparó Critilo fué que, encontrando muchos, que parecían muy personas, ellos no reparaban en él ni le hacían cortesía. Calificóla ó por grosería ó por insolencia.
Ni uno ni otro, le respondió el nuevo camarada.
¿Pues qué?
Yo te lo diré. Que todos éstos son gente de su negocio y no atienden á otro. No hacen caso sino de quien pueden hacer fortuna, no se cuidan sino de quien dependen, y toda la cortesía, que hurtan á los demás, la gastan con éstos. Aquellos del otro lado son hijos deste siglo, y aun por eso tan metidos en él, todos puestos en acomodarse, como si se hubiesen de perpetuar acá.
Toparon luego un raro sujeto, que, no contentándose con una ojeada, les echó media docena. Y aunque aquí todos andaban muy despiertos, éste les pareció desvelado.
¿Quién es éste?, preguntó Critilo.
No sé si te le podré dar á conocer así como quiera, que yo ha años que le trato y aún no le acabo de sondar ni acertaré á definirle. Baste por ahora saber que éste es el Marrajo.
¡Oh sí, dijo Critilo, ya estoy al cabo!
¿Cómo al cabo? Ni aun al principio. Que, si con otros para conocerlos es menester comer un almud de sal, con éste doblada: porque él lo es mucho.
Oyeron á otro, que venía diciendo:
La mitad del año con arte y engaño y la otra parte con engaño y arte.
No tiene razón, glosó Critilo, porque este aforismo ya yo le he oído condenar y más entre astutos, donde más se engaña con la misma verdad, cuando ninguno cree que algún otro la diga. Éste, sin más ver que su figurilla y su modillo, es Tracillas; el mismo y viene hablando muy de lo secreto y profundo con aquel otro su mellizo.
¿Y quién es?
Á ése le llaman el bobico y estarán trazando cómo armar alguna zancadilla; pero de verdad que se las entienden. Que basta conocerlos y tenerlos en esa opinión.
Y aun por eso viene diciendo aquel otro sí, sí, entre bobos anda el juego. Con esto no les dejan hacer baza.
Asomó otro de la misma data.
¿Qué papel hace éste?
Es el tan nombrado Dropo y tan temido.
¿Y aquél?
El Zaino, otro que tal.
¿Creerás que no veo alguno déstos, que no me asuste? Heles cobrado especial recelo.
No me admiro. Porque á ninguno llegan á hablar, que no le suceda lo mismo. Todos los temen y se previenen.
Por eso cuentan de la raposa, dijo el Nariagudo, que, volviendo un día muy asustados sus hijuelos á su cueva, diciendo habían visto una espantosa fiera con unos disformes colmillos de marfil:
Quitá de ahí, no hay que temer, les dijo, que ese es elefante y una gran bestia: no os dé cuidado.
Volvieron al otro día huyendo de otra, decían, con dos agudas puntas en la frente.
He, que también es nada, les respondió, que sois unos simples.
Agora sí, que hemos topado otra con las uñas como navajas, ondeando horribles melenas.
Ése es el león; pero no hay que hacer caso, que no es tan bravo como le pintáis.
Finalmente vinieron un día muy contentos por haber visto, decían, un otro, no animal ni fiera, sino muy diverso de todos los otros, pues desarmado, apacible, manso y risueño.
Ahora sí, les dijo, que hay que temer. Guardaos dél, hijos míos, huid cien leguas.
¿Por qué, si no tiene uñas ni puntas ni colmillos?
Basta que tiene maña. Ése es el hombre. Guardaos, digo otra vez, de su malicia.
Y tú de aquel que pasa por allá, á quien todos le señalan con el dedo á lo cigüeño. Es un raro sujeto, de quien dicen es un diablo y aun peor. Aquél, que va á su lado, te venderá siete veces al día. ¿Pues qué otro aquél, que va guiñando, llamado por eso el raposo, que lo es en el nombre y en los hechos? Tiene bravas correrías, que toda ésta es gente de artimaña.
Ora díme, ¿qué será la causa, preguntó Critilo, que cada uno anda de por sí, nunca van juntos ni hacen camarada?, así como en cierta plaza, donde ví yo pasearse muchos ciudadanos y cada uno solo, sin osarse llegar, temiéndose unos á otros.
¡Oh!, respondió el Nariagudo, por éstos y ésos se dijo: cada lobo por su senda.
Fué muy de notar el encuentro del codicioso con el tramposo, porque urdía éste mil trapazas en un punto y el otro se las pasaba todas, aunque las conocía, en atención de su codicia. Y es lo bueno que cada uno decía del otro: ¡qué simple éste! ¡cómo que le engaño! ¿No reparas en aquel tan ruincillo, digo chicuelo? Pues todo es malicias. Nada de cuanto dices y piensas se le pasa por alto. Ni aquel otro de su tamaño hay echarle dado falso.
Pues díme, ¿quién metió acá á aquél, que retira á tonto, y ya sabes que en pareciéndolo lo son y aun la mitad de los que no lo parecen?
Advierte que no lo es, sino que sabe hacerlo. Así como aquel otro, que hace los zonzos, que no hay peor desentendido que el que no quiere entender.
Dudó Critilo y aun lo preguntó si acaso estaban en la lonja de Venecia ó en el ayuntamiento de Córdoba ó en la plaza de Calatayud, que es más que todo. Donde dijo un forastero, hablando con un natural y confesándose vendido ó vencido:
Señor mío, por eso dicen que sabe más el mayor necio de Calatayud, que el más cuerdo de mi patria. ¿No digo bien?
No por cierto, le respondió.
¿Pues por qué no?
Porque no hay ningún necio en Calatayud ni cuerdo en vuestra ciudad.
Pero nada has visto, le dijo el camarada, si no das una vista por la satrapía.
Y guióle á ella. Díjole al entrar:
Aquí abrir el ojo y aun ciento y retirarlos bien.
Toparon un vejazo y otro más. Aquí admiró las bravas tretas, las grandes sutilezas, jugando todos de arte mayor, que todos eran peliagudos y nariagudos, mañosos, sagaces y políticos.
Pero, mientras anda aquí Critilo, ya comprado, ya vendido, bien será que demos una vuelta en seguimiento de Andrenio, que va perdido por el contrario paraje. Que casi todos los mortales andan por estremos y el saber vivir consiste en topar el medio. Hallábase en el país de los buenos hombres y ¡qué diferentes de aquellos otros! Parecían de otra especie. Gente toda pacífica, por quienes nunca se revolvió el mundo ni se alborotó la feria. Encontró de los primeros con Juan de Buen Alma, á medio saludar, que se le olvidaban las palabras; con todo eso contrajeron estrecha amistad. Allegóseles un otro, que también dijo llamarse Juan, que aquí los más lo eran y buenos, si allá Pedros revueltos.
¿Quién es aquel que pasa riéndose?
Aquel es de quien dicen que de puro bueno se pierde y es un perdido. Aquel otro, el bueno bueno; y el que de puro bueno vale para nada, gente toda amigable.
¡Qué poca ceremonia gastan!, ponderó Andrenio, ¡aun cortesía no hacen!
Es que no saben engañar.
Con todo eso se llegó y les saludó: bon compaño. Que venía con tal sea mi vida y mi alma con la suya. No se oía un sí ni un no entre ellos. En nada se contradecían, aunque dijeran la mayor paradoja, ni porfiaban. Y era tal su paz y sosiego, que dudó Andrenio si eran hombres de carne y sangre.
Bien dudas, le respondió el hombre de su palabra, á quien se holgó mucho de ver, como cosa rara, y no era francés, que los más dellos son de pasta y buenas pastas. Y en confirmación dello repara en aquél, todo bocadeado, Don Fulano de Mazapán, que cada uno le da un pellizco. Aquel otro es el canónigo Blandura, que todo lo hace bueno.
Vieron uno todo comido de moscas.
Aquél es la buena miel.
¡Qué buena gente toda ésta para superiores! Que ya así los buscan, cabezas de cera que las puedan volver y revolver donde quisieren y retorcerles las narices á un lado y á otro.
Aquí toparon con Buenas Entrañas, que no pensaba mal de nadie ni tal creía.
Aquél se pasa de bueno y está harto pasado. Mira á todos como él; pero, ¡qué bueno estuviera el mundo, si así fueran todos!
Venía con el dejado y bien dejado de todos.
¡Qué hombre de tan linda corpulencia aquél!
Es el celebrado Pachorra, que nada le quita el sueño ni por acontecimiento alguno le pierde, aunque sea el más trágico. Tanto que, despertándole una noche para darle aviso de un estraño suceso, que espantó el mundo:
Quitaos de ahí, dijo á los criados, ¿y no estaba ahí mañana para decírmelo? ¿Pensabais que no había de llegar?
Sobre todo no se hartaba Andrenio de ver su traje, nada á lo plático, sin pliegues, sin aforros y sin alforzas.
Vió á Don Fulano de todos y para nadie y para nada acompañado de una gran camarada.
Aquel de la mano derecha es el primero que llega y el de la izquierda, el último se le lleva. Al de más allá el que le pierde le gana y al otro, tanto le querría mío como ajeno. Allí viene el que no sabe negar cosa, el que no tiene cosa suya ni la acción ni la palabra. Aquel otro todo lo otorga, Don Fulano del sí, antípoda de monseñor noli po fare, gente toda bienquista y de vivir muchos años. De tal suerte que preguntó Andrenio si era aquella la región de los inmortales.
¿Por qué lo dices?, le preguntó uno.
Porque ninguno veo, que se mate ni se consuma. Yo no sé de qué mueren éstos.
No mueren, que ya lo están.
Antes yo digo que eso es saber vivir, tener buena complixión, hombres sanos, gente de buenos hígados, de buen estómago y que, si otros hacen de las tripas corazón, éstos al revés hacen del corazón tripas y crían buena panza.
Así era su trato llano sin revoltijas. Ninguno tenía caracol en la garganta. Hablaban sin artificio, llevaban el alma en la palma y aun en palmas. No había aquí engañadores ni cortesanos ni cordobeses. Y con pasar en Italia, no había ningún italiano; cuando mucho, alguno de Bérgamo. De los españoles algún castellano viejo. De los franceses algún albernio. Y muchos polacos. Fiábanse de todos sin distinción y así todos los engañaban. Que ya no se ha de decir engañabobos, sino buenos, que ésos son los más fáciles de engañar.
¡Qué lindo temple de tierra éste!, decía Andrenio, y mejor cielo.
En otro tiempo habíais de haber venido, le dijo un viejo, hecho al buen tiempo, cuando todos se trataban de vos y todos decían vos como el Cid: entonces sí que estaba este país muy poblado. No, no se había descubierto aún el de la malicia ni se sabía hubiese tan mala tierra: siempre se creyó era inhabitable más que la tórrida zona. Dios se lo perdone á quien la halló. ¡Mirad qué India! No se topaba entonces un hombre doblado por maravilla y todo el mundo le conocía y le señalaban de una legua. Todos huían dél como de un tigre. Ahora todo está maleado, todo mudado, hasta los climas y, según van las cosas, dentro de pocos años será Alemania otra Italia y Valladolid otra Córdoba.
Pero, aunque estaba allí Andrenio, no vendido, sino hallado en aquella mansión de la bondad y verdad, de la candidez y llaneza, con todo trató de dejarla, pareciéndole era sobrada simplicidad. Y fué cosa notable que ambos á la par, aunque tan distantes, parece que se orejearon, pues convinieron en dejar cada uno el estremo por donde había echado, el uno de la astucia, el otro de la sencillez. Y poniendo la mira en el medio, descubrieron la Corte del saber prudente y se encaminaron allá. Llegaron á encontrarse en un puesto, donde se volvían á unir ambas sendas y á emparejarse los estremos. Aquí pareció estarles esperando un raro personaje, de los portentosos, que se encuentran en la jornada de la vida. Porque, así como algunos suelen hacerse lenguas y otros ojos, éste se hacía sesos y todo él se veía hecho de sesos, de modo que tenía cien corduras, cien esperas, cien advertencias y otros tantos entendimientos. En suma, él era castellano en lo sustancial, aragonés en lo cuerdo, portugués en lo juicioso y todo español en ser hombre de mucha sustancia. Púsoselo á contemplar Andrenio, después de haberse confabulado con Critilo, y decía así:
Señores, que tenga uno sesos en la cabeza está bien, que es allí el solio del alma; pero lengua de sesos ¿á qué propósito? Si, aun siendo de carne y muy sólida, desliza con riesgo de toda la persona, que sería menos inconveniente tropezar diez veces con los pies, antes que una con la lengua, que, si allí se maltrata el cuerpo con la caída, aquí se descompone toda el alma, ¿qué será de una masa tan fluida y deleznable? ¿Quién la podrá gobernar?
¡Oh, cómo te engañas!, le respondió el Sesudo, que así se llamaba; antes ahí conviene tener más seso, para andar con más tiento. Que no hay palabra más bienarticulada, que la que está en el buche.
Narices de seso ¿quién tal inventó y para qué?, proseguía en su reparo Andrenio. Los ojos ya podrían, para no mirar á tontas y á locas; pero en las narices ¿de qué puede servir el seso?
¡Oh sí y mucho!
¿Pues para qué?
Para impedir que no se les suba el humo á las narices y lo tizne todo y abrase un mundo. Hasta en los pies ha de haber seso y mucho y más en los malos pasos. Que por eso decía un atento:
Aquí todo el seso ha de ir en el carcañal. Y si los que andan á caballo le llevasen en los pies, no perderían tan fácilmente los estribos; habría siquiera algún cuerdo entronizado. Así que todo el hombre para bien ir habría de ser de sesos. Seso en los oídos para no oir tantas mentiras ni escuchar tantas lisonjas, que vuelven locos á los tontos. Seso en las manos para no errar el manejo y atinar aquello en que se ponen. Hasta el corazón ha de ser de sesos para no dejarse tirar y aun arrastrar de sus afectos. Seso y más seso y mucho seso para ser hombre chapapado, sesudo y sustancial.
¡Qué pocos he topado yo de ese modo!, decía Critilo.
Antes oí decir á uno, ponderó Andrenio, que no había sino una onza de seso en todo el mundo y que de ésa, la mitad tenía un cierto personaje, que no le nombro por no incurrir en odio, y la otra estaba repartida por los demás: ¡mirad qué le cabría á cada uno! Engañóse quien tal dijo. Nunca más seso ha habido en el mundo, pues no ha dado ya al traste con tanta priesa como le han dado.
Ora, díme, instó Andrenio, ¿de dónde has sacado tú tanto seso, así te dure? ¿Dónde le hallaste?
¿Dónde? En las oficinas en que se forja y en las boticas donde se vende.
¿Qué dices? ¿Boticas hay de cordura? Nunca tal he topado con tanto como he discurrido.
¿Pues no te corres tú de saber dónde se vende el vestir y el comer y no dónde se compra el ser personas? Tiendas hay donde se feria el entendimiento y el juicio. Verdad sea que es menester tenerle para hallarle.
¿Y á qué precio se vende?
Á aprecio.
¿De qué modo?
Teniéndole.
¿Á buen ojo?
No, sino á peso y medida. Pero vamos, que hoy os he de conducir á las mismas oficinas donde se forjan y se labran los buenos juicios, los valientes entendimientos, á las escuelas de ser personas.
Y dínos, ¿en esas oficinas, que tú dices, refinan mucho seso cada día?
No va sino por años y para sola una onza hay que hacer toda una vida.
Fuélos introduciendo en una tan espaciosa cuan especiosa plaza, coronada de alternados edificios, unos muy majestuosos, que parecían alcázares reales; otros muy pobres, como casas de filósofos; hasta pabellones militares entre patios de escuelas. Quedaron admirados nuestros peregrinos de ver tal variedad de edificios y, después de bien registrados los de una y otra acera, le preguntaron dónde estaban las oficinas del juicio, las tiendas del entendimiento.
Esas, que veis, son. Mirad á un lado y á otro.
¿Cómo es posible, si aquéllos son palacios, donde más presto suele perderse el juicio, que cobrarse, y aquellas otras militares tiendas más lo suelen ser de la temeridad, que de la cordura? Pues aquellos patios llenos de estudiantes, menos lo serán, que entre gente moza no se hallará la prudencia y en cascos verdes no cabe la madurez.
Pues sabed que ésas son las oficinas donde se funden los buenos caudales. Ahí se forjan los grandes hombres. En esos talleres se desbastan de troncos y de estatuas y se labran los mayores sujetos. Mirad bien aquel primer palacio tan suntuoso y augusto. En él se fundieron los mayores hombres de aquel siglo, los prudentes senadores, los sabios consejeros, los famosos escritores. Y así como otros inculcan estatuas mudas entre columnas pesadas para adorno de las vistosas fachadas, aquí veréis gigantes vivos, varones eminentes.
Así es, dijo Critilo, que aquel de la mano derecha parece el sentencioso Horacio y el de la izquierda es el más fecundo que facundo Ovidio, coronándole el superior Virgilio.
Según eso, dijo Andrenio, ¿aquél es el palacio del más augusto de los Césares?
No has de decir; se vió la oficina heroica de los mayores sujetos de su tiempo. Ese gran emperador les dió entendimiento con sus estimaciones y ellos á él inmortalidad con sus escritos. Volved la mira á aquel otro, no fabricado de mármoles sin alma, sino de vivas columnas, que sostienen reinos, escuela cortesana de los mayores entendimientos, y fueron muchos en aquella era.
¿Sería grande su dueño?
Y aun magnánimo, pues el inmortal rey Don Alonso, por quien se dijo que Aragón era la turquesa de los reyes.
Vieron otro de animadas piedras, hablando con lenguas de inscripciones. No se veían tablas rasas de mármol, como en otros alcázares; sino grabadas de sentencias y heroicos dichos.
¡Oh, gracias al cielo, dijo Critilo, que veo un palacio, que huele á personas!
Fuélo mucho su gran dueño, digo el rey Don Juan el Segundo de Portugal, volviendo por el crédito de los Juanes. Pero no es menos de admirar aquél, que allá se ve alternado de espadas y de plumas del rey Francisco el primero de la Francia, estendiendo á la par ambas reales manos á los sabios y á los valerosos, que no á los farsantes y farfantes. Mas ¿no reparáis en aquel coronado de palmas y de laureles, que ocupa el supremo ápice del orbe y de los siglos? Aquél es el inmortal trono del gran pontífice León décimo, en cuyo seno anidaron las águilas ingeniosas, más seguramente que en el del fabuloso Júpiter; aunque fué ingeniosa invención para declarar cuán favorecidos deben ser de los príncipes los varones sabios, águilas en la vista y en el vuelo. Aquel otro es del prudentazo rey de las Españas Felipe el Segundo y escuela primera de la prudente política, donde se forjaron los grandes ministros, los insignes gobernadores, generales y virreyes.
¿Qué tienda militar es aquélla, que se hace lugar entre los palacios magníficos? ¿Á qué propósito se baraja lo militar con lo cortesano?
¡Oh, sí!, respondió el varón de sesos, porque has de saber que también los militares pabellones son oficinas de los hombres grandes, no menos valerosos que entendidos. Apréndese mucho en ellos. Dígalo el marqués de Grana y Carreto. Porque ahí se sabe, no tanto de capricho, cuanto de experiencia. Aquélla es la del Gran Capitán, á quien dió lugar entre los reyes el de Francia, diciendo:
Bien puede comer con reyes el que vence reyes.
Fué tan cortesano como valiente, de tan gran brazo como ingenio, plausible en dichos y en hechos. Aquella otra es del duque de Alba, escuela de la prudencia y experiencia, así como su casa en la paz era el paradero de los grandes hombres y por eso tan recomendada de Juan de Vega á su hijo, cuando le enviaba á la Corte.
¿Qué otro modelo de edificios sabios son aquéllos, no suntuosos, pero honorosos?
Ésos, dijo, no son alojamientos de Marte, albergues sí de Minerva. Ésos son los colegios mayores de las más célebres universidades de la Europa. Aquellos cuatro son los de Salamanca, aquel otro el de Alcalá y el de más allá San Bernardino de Toledo, Santiago el de Huesca, Santa Bárbara en París, los Albornoces de Bolonia y Santa Cruz de Valladolid. Oficinas todas donde se labran los mayores hombres de cada siglo, las columnas que sustentan después los reinos, de quienes se pueblan los consejos reales y los parlamentos supremos.
¿Qué ruinas son aquellas tan lastimosas, cuyas descompuestas piedras parecen estar llorando su caída?
Esas, que ahora lloran, en algún tiempo y siempre de oro, sudaban bálsamo oloroso y, lo que es más, distilaban sudor y tinta. Ésos fueron los palacios de los plausibles duques de Urbino y de Ferrara, asilos de Minerva, teatro de las buenas letras, centro de los superiores ingenios.
¿Qué es la causa, preguntó Critilo, que no se ven anidar ya como solían las águilas en tantos reales asilos?
No es porque no las haya, sino que no hay un Augusto para cada Virgilio, un Mecenas para cada Horacio, un Nerva para cada Marcial y un Trajano para cada Plinio. Creedme que todo gran hombre gusta de los grandes hombres.
Mayor reparo es el mío, dijo Andrenio, y es cuál sea la causa que los príncipes se pagan más y les pagan también á un excelente pintor, á un escultor insigne, y los honran y premian mucho más, que á un historiador eminente, que al más divino poeta, que al más excelente escritor. Pues vemos que los pinceles sólo retratan el exterior; pero las plumas el interior. Y va la ventaja de uno á otro, que del cuerpo al alma. Exprimen aquéllos, cuando mucho, el talle, el garbo, la gentileza y tal vez la fiereza; pero éstas, el entendimiento, el valor, la virtud, la capacidad y las inmortales hazañas. Aquéllos les pueden dar vida por algún tiempo, mientras duraren las tablas ó los lienzos, ya sean bronces; mas estas otras por todos los venideros siglos, que es inmortalizarlos. Aquéllos los dan á conocer, digo á ver á los pocos que llegan á mirar sus retratos; mas éstas á los muchos que leen sus escritos, yendo de provincia en provincia, de lengua en lengua y aun de siglo en siglo.
¡Oh Andrenio, Andrenio!, le respondió el Prudente, ¿no ves tú que las pinturas y las estatuas se ven con los ojos, se tocan con las manos, son obras materiales? No sé si me has entendido bastantemente.
Vieron ya en las oficinas del tiempo y del ejemplo formar un grande hombre, copiándole más felizmente de siete héroes, que el retrato de Apeles de las siete mayores bellezas.
¿Quién es éste?, preguntó Andrenio.
Y el Sesudo:
Éste es un héroe moderno, éste es...
Tate, le interrumpió Critilo, no le nombres.
¿Por qué no?, replicó Andrenio.
Porque no importa.
¿Cómo no, habiendo nombrado hasta agora tanto insigne varón, tantos plausibles sujetos?
De eso estoy arrepentido.
¿Pues por qué?
Porque piensan ellos que el celebrarlos es deuda y así no hacen mérito del obsequio. Creen que procede de justicia, cuando no es sino muy de gracia. Por lo tanto anduvo discretamente donoso aquel autor, que en la segunda impresión de sus obras puso entre las erratas la dedicatoria primera.
Al contrario en otra oficina atendieron cómo estaban forjando cien hombres de uno, cien reyes de un Don Fernando el Católico y aún le quedaba sustancia para otros tantos. Aquí era donde se fundían los grandes caudales y se formaban las grandes testas, los varones de chapa, los hombres sustanciales. Y notó Andrenio que lo más dificultoso de ajustar eran las narices.
Hartas veces lo he reparado yo, decía Critilo, que suele acertar la naturaleza las demás facciones. Sacaba unos buenos ojos con ser de tanto artificio, una frente espaciosa y serena, una boca bien ajustada; pero en llegando á la nariz se pierde y de ordinario la yerra.
Es la facción de la prudencia ésa, ponderó el Cuerdo, tablilla del mesón del alma, señuelo de la sagacidad y providencia.
Resonó en esto un vulgar estruendo de trompetas y atabales.
¿Qué es esto?, corrían de unas y otras partes preguntando.
Pregón, pregón, respondían otros.
¿Qué cosa?
Un bando, que manda echar el coronado Saber por todo su imperio de aciertos.
¿Y á quién destierran? ¿Acaso al Arrepentimiento, que no tiene cabida donde hay cordura, ó á tu grande enemiga la propria Satisfación? ¿Publícase la guerra contra la envidiosa Fortuna?
Nada de eso es, les respondieron, sino una crítica reforma de los comunes refranes.
¿Cómo puede ser eso, replicó Andrenio, si están hoy tan recibidos, que los llaman Evangelios pequeños?
Recibidos ó no, llegaos y oid lo que el pregonero vocea.
Atendieron curiosos y, después de haber prohibido algunos, oyeron que proseguía así:
Item más mandamos que ningún cuerdo en adelante diga que quien tiene enemigos no duerma; antes lo contrario, que se recoja temprano á su casa, se acueste luego y duerma, que se levante tarde y no salga de su casa hasta el sol salido.
Item que nunca más se diga, que quien no sabe de abuelo no sabe de bueno; antes bien que no sabe de malo, pues no sabe que fué un mecánico sombrerero, un carnicero, un tundidor y otras cosas peores.
Que ninguno sea osado decir que los casamientos y las riñas de prisa, por cuanto no hay cosa que se haya de tomar más de espacio que el irse á matar y casar y se tiene por constante que los más de los casados, si hoy hubieran de volver, lo pensaran mucho. Y como decía aquél: Dejádmelo pensar cien años.
También se prohibe el decir que más sabe el necio en su casa, que el sabio en la ajena, pues el sabio dondequiera sabe y el necio dondequiera ignora.
Sobre todo que ninguno de hoy más se atreva á decir no me den consejos, sino dineros, que el buen consejo es dineros y vale un tesoro y al que no tiene buen consejo no le bastará una India ni aun dos.
Entiendan todos que aquel otro refrán, que dice aquello se hace presto, que se hace bien, proprio de los españoles, es más en favor de mozos perezosos, que de amos bien servidos, y así se ordena á petición de los franceses y aun de italianos que se vuelva del revés y diga en favor de los amos puntuales: aquello se hace bien, que se hace presto.
Que por ningún acontecimiento se diga, que la voz del pueblo es la de Dios; sino de la ignorancia y de ordinario por la boca del vulgo suelen hablar todos los diablos.
Item se suspende en esta era aquel otro honra y provecho no caben en un saco, viendo que hoy el que no tiene no es tenido.
Como una gran blasfemia se veda el decir ventura te dé Dios, hijo, que el saber poco te basta, por cuanto de sabiduría nunca hay bastante ¿y qué mayor ventura que el saber y ser persona?
Así como unos se prohiben del todo, otros se enmiendan en parte. Por lo cual no se diga que al buen callar llaman Sancho, sino Santo y en las mujeres milagroso, si ya no es que por Sancho se entienda lo callado del conejo.
¿Quién tal pudo decir asno de muchos, lobos se lo comen?; antes él se los come á ellos y come como un lobo y come el pan de todos, diciendo: Yo me albardaré y el pan de todos me comeré; que ya el ser muy hombre embaraza y el saber bobear es ciencia de ciencias.
Fué muy mal dicho el mozo y el gallo un año, porque, si es malo, ni un día, y si bueno, toda la vida.
Item se condenan á descaramiento algunos otros, como decir preso por mil, preso por mil y quinientas; al mayor amigo, el mayor tiro. Y aquello de ándeme yo caliente y ríase la gente es una muy desvergonzada frialdad; sólo se les permita á las mujeres, que andan escotadas el decir ándeme yo fría y mas que todo el mundo se ría.
Otros se mandan moderar, como aquel bien haya quien á los suyos parece, que no se ha de estender á los hijos y nietos de alguaciles, escribanos, alcabaleros, farsantes, venteros y otra simili canalla.
Otros se interpretan como aquel dondequiera que vayas, de los tuyos hayas; antes se ha de huir de los suyos el que quisiere vivir con quietud, paz y contento, y de sus paisanos el que pretendiere honra y estimación.
Item se destierra por ocioso el cobra buena fama y échate á dormir, pues ya, aun antes de cobrarla, se echan á dormir todos.
Modérese aquel que dice en los nidos de antaño no hay pájaros ogaño. Pluguiera á Dios que el amancebado y el adúltero no se estuvieran en el lecho como el chinche ni los tahures en el garito quemados, que estuvieran los nidos encubridores y las redes de las arañas de las escribanías, atentas á coger la mosca del malaconsejado pleiteante.
Aquello de Dios me dé contienda con quien me entienda sin duda que fué dicho de algún sencillo; los políticos no dicen así, sino con quien no me entienda ni atine con mis intentos ni descubra de una legua mis trazas.
El dormir sobre ello es una necedad muy perezosa; no diga sino velar.
Item se prohibe como pestilente dicho mal de muchos, consuelo de todos; no decía en el original, sino de tontos y ellos le han adulterado.
Á instancia de Séneca y otros filósofos morales sea tenido por un solemne disparate decir haz bien y no mires á quién; antes se ha de mirar mucho á quien, no sea el ingrato, al que se te alce con la baraja, al que te saque después los ojos con el mismo beneficio, al ruin que se ensanche, al villano que te tome la mano, á la hormiga que cobre alas, al pequeño que se suba á mayores, á la serpiente que reciba calor en tu seno y después te emponzoñe.
No se diga que lo que arrastra, honra; sino al contrario, que lo que honra arrastra y trae á muchos más arrastrados que sillas.
Item, á petición de los hortelanos, no se dirá mal de tu perro; pero sí de tu asno, que se come las berzas y las deja comer.
Enmiéndese aquel otro con tu mayor no partas peras; no diga sino piedras, que lo demás es decir que se alce con todo.
Tampoco sirve decir quien todo lo quiere, todo lo pierde, por cuanto es preciso tirar á todo y aun á más, para salir con algo. Dirá, pues, como quien yo sé: señor, si todo lo puedo, todo lo quiero.
También es falso aquel de bien canta Marta después de harta; antes ni bien ni mal, que, en viéndose hartos, ni canta Marta ni pelea Marte, sino que se echan á poltrones.
Cada loco con su tema es poco; diga con dos y de aquí á un año con ciento.
Lo que se usa, no se escusa: necedad. Eso es lo que se debe escusar, que ya no se usa lo bueno ni la virtud ni la verdad ni la vergüenza ni cosa, que comience deste modo.
Díselo tú una vez, que el diablo se lo dirá diez: dicho de otro tal. Si malo, ¿para qué se lo ha de decir? Si bueno, nunca se lo dirá el diablo.
Engañóse quien dijo que el paciente es el postrero; antes quieren ya ser los primeros en todo y ir delante.
Por necedad se prohibe el decir más valen amigos en plaza que dineros en arca: lo uno porque ¿dónde se hallaran verdaderos y fieles?; lo otro porque á quien tiene dineros en arca nunca le faltan amigotes en todas partes.
Aquel otro ni para buenos ganar ni para malos dejar sin duda salió de algún gran perdigón, pues antes á los buenos se les ha de dejar y á los malos ganar, para que sean buenos.
No hay mal que no venga por bien: una por una el mal va delante y abrir puerta á un mal es abrirla á ciento, porque el mal va donde más hay.
Item se enmiende aquel donde fueres, harás como vieres; no diga sino como debes.
Extínguese de todo punto aquel que dice mal le va á la casa, donde no hay corona rasa; antes muy bien y muy mal donde la hay, porque la hacienda de la Iglesia pierde toda la otra y arrasa la mejor casa.
Por mucho madrugar no amanece más presto es dicho de dormilones; entiendan que el trabajar es hacer día y el que madruga goza de día y medio; pero el que tarde se levanta todo el día trota.
Si uno no quiere, dos no barajan: éste no tiene lugar en Valencia, porque allí, aunque uno no quiera empeñarse, le obligan y ha de porfiar, aunque reviente de cuerdo.
No se diga ya que el dar va con el tomar, porque no se sigue bien. Podríase proponer por enigma y preguntar: ¿cuál fué el primero el dar ó el tomar?
Quien no sabe pedir, no sabe vivir: ¡qué engaño!; antes el pedir es morir para los hombres de bien: no diga sino quien no sabe sufrir.
Peor es aquel quien tiene argén, tiene todo bien; no sino todo mal, como decir voluntad es vida; no es sino muerte.
Item se prohibe por cosa ridícula el decir riña de por San Juan, paz para todo el año: ¿qué más tiene la de por San Juan, que la de por San Antón? ¿Y quien tiene mal San Juan, qué buena pascua espera?
Duro es Pedro para cabrero; peor fuera blando.
Quien se muda, Dios le ayuda: entiéndese, cuando iba de mal en peor; que el mudar de cartas es treta de buenos jugadores, cuando dice mal el juego.
El sufrido es bien servido; no, sino muy mal y cuanto más, peor.
¿Quieres ser papa? póntelo en la testa: muchos se lo ponen, que no salen de sacristanes; más valdría en las manos, con obras y méritos.
Quien tiene lengua, á Roma va: entiéndese por penitencia de los pecados del hablar.
Por ningún caso se diga darse un buen verde; no, sino muy malo y muy negro, que al cabo deja en blanco y el rostro avergonzado y la tez amarilla y los labios cárdenos, vengándose dél todos los demás colores.
Tampoco es verdadero decir quien malas mañas ha, tarde ó nunca las pierde; no, sino muy presto: porque ellas acaban con él y con la vida y con la hacienda y con la honra, cuando él no con ellas.
Engañóse también el que dijo casarás y amansarás; antes al contrario es menester que ellas amansen, para poderse casar, y se tiene observado que ellos se vuelven más bravos, pues preguntando, ¿por qué no riñe su amo?, responde: porque no es casado.
Mándale leer al trocado aquel que dice que los locos dicen las verdades, esto es que los que las dicen son tenidos por locos y aun de ese achaque se han deslumbrado varias veces algunas verdades bien importantes, que pudieran desengañar á muchos.
Al que dijo en Toledo no te cases, compañero, pudiérasele preguntar ¿pues dónde, que no suceda lo mismo? Léase en Toledo sincopado, con que dirá en todo el mundo.
El mozo vergonzoso, el diablo le metió en palacio: ya no se ve el tal, sino su contrario, embusteros y aduladores.
Al médico y al letrado no le quieras engañado; antes sí, que de ordinario discurren al revés y de ese modo acertarán.
No se toman truchas á bragas enjutas; digo que sí, que los buenos pescadores las toman presentadas.
No hay peor sordo, que el que no quiere oir: otro hay peor, aquel que por una oreja le entra y por la otra se le va.
Allá van leyes, donde quieren los reyes; no digo sino los malos ministros.
Á mal paso, pasar postrero; por ningún caso, ni primero ni postrero, sino rodear.
Cuando la barba de tu vecino veas pelar, echa la tuya en remojo: ¿de qué servirá, sino de que se la pelen más fácilmente y aun se la repelen?
Más da el duro, que el desnudo: una por una ya dió éste hasta la capa, el otro aún se está por ver; y él repite para tener dineros, tenerlos.
Item se ordena que no se diga que los criados son enemigos no escusados; sino muy escusados y que para cada falta tienen cien escusas. Los hijos, sí, se llamen de esa suerte ó enemigos dulces, que cuando chiquitos hacen reir y cuando grandes llorar.
Grande pie y grande oreja, señal de grande bestia: mas no, sino un piedecito de un chisgarabís sin asiento ni fundamento; y una grande oreja es alhaja de un príncipe, para oirlo todo.
Item, ninguno se persuada que son buenas mangas después de pascua y cuanto más anchas, peores, si es por pascua florida.
Tampoco vale decir quien calla otorga; antes es un político atajo del negar y, cuando uno otorga en su favor, no se contenta con un sí, sino que echa media docena.
Aquello de á uso de Aragón, á buen servicio mal galardón, los aragoneses lo entienden por pasiva.
Á falta de buenos, han hecho á mi marido jurado: engáñase, que antes por ser ruin notoriamente, que ya se buscan los peores.
Quien quisiere mula sin tacha, estése sin ella: bobería; más fácil es quitársela.
El que da presto, da dos veces no está bien entendido; no sólo dos, pero tres y cuatro. Porque en dando, luego le vuelven á pedir y él á dar, con que, mientras el duro da una vez, el liberal da cuatro.
Desta suerte fué prosiguiendo el pregonero en prohibir otros muchos, que nuestros peregrinos, cansados de tal prolijidad, remitieron al examen de los entendidos y también porque les dió priesa el Sesudo, para que llegasen á la oficina mayor, donde se refinaba el seso y se afinaba la sindéresis. El cómo y dónde, quedarse ha para la otra Crisi.
CRISI VII
La hija sin padre en los desvanes del mundo.
Opinaron algunos sabios que con ser el hombre la obra más artificiosa y acabada, le faltaban aún muchas cosas para su total perfección. Echóle uno menos la ventanilla en el pecho, otro un ojo en cada mano, éste un candado en la boca y aquél una amarra en la voluntad; mas yo diría faltarle una chiminea en la coronilla de la cabeza y algunos dos, por donde se pudiesen exhalar los muchos humos, que continuamente están evaporando del cerebro. Y esto mucho más en la vejez. Que si bien la considera, no hay edad, que no tenga su tope, y alguna dos y la vejez ciento.
Es la niñez ignorante, la mocedad desatenta, la edad varonil trabajada y la senectud jactanciosa. Siempre está humeando presunciones, evaporando jactancias, cebando estimaciones y solicitando aplausos. Como no hallan por dónde exhalarse estos desapacibles humos, sino por la boca, ocasionan notable enfado á los que les oyen y mucha risa, si son cuerdos.
¿Quién creyera que Andrenio y mucho menos Critilo, recién caldeados en las oficinas de la cordura, frescamente salidos de darse un baño moral de prudencia y atención, habían de errar jamás las sendas de la virtud, las veredas de la entereza? Pero así como dentro de la más fina grana se engendra la polilla, que la come, y en las entrañas del cedro el gusano, que le carcome, así de la misma sabiduría nace la hinchazón, que la desluce, y en lo más profundo de la prudencia la presunción, que la desdora.
Iban, pues, ambos peregrinos en compañía del varón de sesos, encaminándose á Roma y acercándose á su deseada Felisinda. No acababan de celebrar los prodigios de cordura, que habían hallado en ellos palacios del coronado saber, aquellos grandes hombres, forjados todos de sesos y aquellos otros de quienes se pudiera sacar zumo para otros diez y sustancia para otros veinte; los verdaderos gigantes del valor y del saber, los fundadores de las monarquías, no confundidores, los de cien orejas para las noticias y de cien manos para las ejecuciones; aquel estraño modo de cocer los sujetos grandes en cincuenta y sesenta otoños de ciencia y experiencia. Aquí vieron formar un gran rey y cómo le daban los brazos del emperador Carlos Quinto, la testa de Felipe Segundo y el corazón de Felipe Tercero y el celo de la religión católica del rey don Felipe Cuarto. Íbales dando las últimas liciones de cordura.
Advertid, les decía, que por una de cuatro cosas llega un hombre á saber mucho, ó por haber vivido muchos años ó por haber caminado muchas tierras ó por haber leído muchos y buenos libros, que es más fácil, ó por haber conversado con amigos sabios y discretos, que es más gustoso.
Por último primor de la cordura les encargó la española espera y la sagacidad italiana. Sobre todo, que atendiesen mucho á no errar las principales y mayores acciones de la vida, que son como las llaves del ser y del valer.
Porque mirad, les decía, que un hombre pierda un diente ó una uña, y aunque sea un dedo, poco importa, fácilmente se suple ó se disimula; pero aquello de perder un brazo, tener un ojo menos, mancarse de una pierna, ésa sí que es gran tacha. Adviértese mucho, que afea toda la persona. Pues así digo que un hombre yerre una acción pequeña, no hace mucho al caso, fácilmente se disimula; pero aquello de errar las mayores acciones de la vida, las principales ejecuciones, en que va todo el ser, las partes sustanciales, eso sí que monta mucho, que es un cojear la honra, afear la fama y un deformar toda la vida.
Esto iban repasando, cuando vieron que en medio del camino real estaban batallando dos bravos guerreros y, no sólo contendiendo de palabra, sino muy de obra, haciéndose el uno al otro valientes tiros á toda oposición. Aquí el sesudo guión hizo alto y, por evitar el empeño, les pidió licencia de retirarse á sagrado y volverse á su centro, que dijo ser el retrete de la prudencia; mas ellos, asiendo dél fuertemente, le suplicaron no los dejase y menos en aquella ocasión, antes bien que apresurasen todos tres el paso hacia los dos combatientes, para despartirlos y detenerlos.
No hagáis tal, les dijo, que el que desparte suele siempre llevar la peor parte.
Porfiaron ambos, encaminándose á la pendencia y llevándole á él asido en medio. Cuando llegaron cerca y creyeron hallarlos muy malparados y aun heridos de muerte de sus mismos hierros, advirtieron que no les salía gota de sangre ni les faltaba el menor pelo de la cabeza.
Sin duda que estos guerreros, dijo Andrenio, están encantados y que son otros horrilos, que no pueden morir, sino es que les corten un cierto cabello de la cabeza, que suele ser el de la ocasión, ó les atraviesen la planta del pie, como fundamento de la vida, según lo discurre el ingenioso Ariosto, no bien entendido hasta hoy: perdónenme sus italianos ingenios.
Ni es eso ni esotro, respondió el Sesudo; ya yo atino lo que es. Sabed que este primero es uno de aquellos, que llaman insensibles, de los que nada les hace mella, nada les empece, ni los mayores reveses de la fortuna ni los tajos de la propia naturaleza ni los mandobles de la ajena malignidad. Aunque todo el mundo se conjure contra ellos, no los sacará de su paso. No por eso dejan de comer ni pierden el sueño y dicen que es indolencia y aun magnanimidad.
¿Y este otro, preguntó Andrenio, de tan gentil corpulencia, tan grueso y tan hinchado?
Ése es, le respondió, de otro género de hombres, que llaman fantásticos y entumecidos, que tienen el cuerpo aéreo. No es aquella verdadera y sólida gordura; sino una hinchazón fofa. Y se conoce en que, si los hieren, no les sacan sangre, sino viento, haciendo más caso de la reputación que pierden, que de la herida que reciben.
Pero lo más digno de reparo fué que á todo esto, no sólo no cesaron de su necia porfía, cuando llegaron á ellos los tres pasajeros; antes renovaron con mayor empeño la pendencia. Arremetieron á la par ambos peregrinos á detenerlos, dejando libre al Varón de sesos, que como tal, en viendo la suya, dejó la ajena y se metió en salvo, dejándolos á ellos en el empeño. Que siempre falta el seso á lo mejor y la cordura, cuando más fué menester. Con harta dificultad pudieron sosegarlos, preguntándoles la ocasión de su debate, á que respondieron ser por ellos. Causóles mayor reparo y aun cuidado.
¿Cómo por nosotros, si no nos conocéis ni os conocemos?
Ahí veréis lo poco que han menester para empeñarse dos necios. Peleamos por cuál os ha de ganar y conduciros á su región muy opuesta.
Si por eso es, tratad de deponer los aceros y de informarnos de quiénes sois y adónde pretendéis llevarnos, dejándolo á nuestra elección.
Yo, dijo el primero, queriéndolo ser en todo, soy el que guío los mortales pasajeros á ser inmortales, á lo más alto del mundo, á la región de la estimación, á la esfera del lucimiento.
Gran cosa, dijo Critilo: á esa parte me atengo.
Y tú ¿qué intentas?, le preguntó al otro Andrenio.
Yo soy, respondió, el que en este paraje de la vida conduzgo los fatigados viandantes al deseado sosiego, á la quietud y al descanso.
Hízole grande armonía á Andrenio esto del descansar, aquello de tender la pierna y dedicarse á la venerable poltronería y declaróse luego de su banda. Creció con esto la contienda, pasando de los dos guerreros á los dos peregrinos, y trabóse más porfiadamente entre los cuatro.
Yo, decía Andrenio, al dulce ocio me consagro. Ya es tiempo de descansar. Trabajen los mozos, que ahora vienen al mundo, suden como nosotros hemos sudado, anhelen y revienten por conseguir los bienes de la industria y la fortuna; que á un viejo permítasele entregarse ya al dulce ocio y al descanso, atendiendo á su regalo, cuando no hace poco en vivir.
¿Quién tal dice?, replicó Critilo. Cuanto más anciano uno, es más hombre, y cuanto más hombre, debe anhelar más á la honra y á la fama. No se ha de alimentar de la tierra, sino del cielo. No vive ya la vida material y sensual de los mozos ó los brutos, sino la espiritual y más superior de los viejos y los celestes espíritus. Goce de los frutos de la gloria, conseguidos con los afanes de tanta pena, corónese el trabajo de las demás edades con las honras de la senectud.
Todo el precioso día gastaron en su necia altercación, asistiéndoles á cada uno su padrino, á Critilo el Vano, y á Andrenio el Poltrón, sin poderse ajustar; antes estuvieron al canto de dividirse, echando por su opinión cada uno. Mas Andrenio, porque no se dijese que siempre tomaba la contraria y quería salir con la suya, se dobló esta vez, diciendo que se rendía más al gusto de Critilo, que al acierto. Comenzóles á guiar el Fantástico y á seguirles el Ocioso, en fe de que les conduciría después á su paraje, no contentándoles el que emprendían, como lo tenía por cierto. Á pocos pasos descubrieron un empinado monte, con toda propiedad soberbio, y comenzó á celebrarse el Desvanecido, dándose todos los epítetos de grandeza.
Mirad, decía, ¡qué excelencia, qué eminencia, qué alteza!
¿Y dónde te dejas lo serenísimo?, replicó el Ocioso.
Coronaba su frente un extravagante edificio, pues todo él se componía de chimeneas, no ya siete solas, sino setecientas, y por todas no paraba de salir espeso humo, que en altivos penachos se esparcía al aire, y todos se los llevaba el viento.
¡Qué perennes voladores aquéllos!, ponderaba Critilo.
¡Y qué enfadosa estancia!, decía Andrenio. ¿Quién puede vivir en ella? De mí digo, que ni un cuarto de hora.
¡Qué bien lo entiendes!, respondió el Jactancioso; antes aquella es la vivienda propia de los muy personas, de los estimados y aplaudidos.
Había chimeneas de todos modos, unas á la francesa, muy disimuladas y angostas; otras á la española, muy campanudas y huecas, para que aun en esto se muestre la natural antipatía de estas dos naciones, opuestas en todo, en el vestir, en el comer, en el andar y hablar, en los genios é ingenios.
¿Veis allí, les decía el Vano, el alcázar más ilustre del orbe?
¿De qué suerte?, replicó Andrenio.
Y el Ocioso:
Mejor dijeras el más tiznado, el más curado con tanta humareda.
¿Pues hay hoy en el mundo cosa que más valga ni más se busque que el humo?
¿Qué dices? ¿Y para qué puede valer, sino para tiznar el rostro, hacer llorar los ojos y echar á un cuerdo de su casa y aun del mundo?
¿Quién tal discurre? No sólo no huyen dél las personas; sino que se andan tras él. Hombre hay, que por un poco de humo dará todo el oro de Génova, que no ya de Tíbar. Yo le ví dar á uno más de diez mil libras de plata por una onza de humo. Dicen que es hoy el mayor tesoro de algunos príncipes y que les vale una India, pues con él pagan los mayores servicios y con él contentan los más ambiciosos pretendientes.
¿Cómo es eso, que con humo les pagan? ¿Cómo es posible?
Sí, porque ellos se pagan de él. ¿Nunca has oído decir que con el humo de España se luce Roma? ¿Sabes tú qué cosa es tener un caballero humos de título y su mujer de condesa y de marquesa y que les llamen señoría? ¿Humos de mariscal, de par de Francia, de grande de España, de palatino de Alemania, de baiboda de Polonia? ¿Piensas tú que se estiman en poco estas penacheras, tremolando al aire de su vanidad? Con este humo de la honrilla se alienta el soldado, se alimenta el letrado y todos se van tras él. ¿Qué piensas tú que fueron y son todas las insignias, que han inventado, ya el premio, ya la ambición, para distinguirse de los demás, las coronas romanas cívicas ó murales de encina ó grama, las cidaris persianas, los turbantes africanos, los hábitos españoles, las jarreteras inglesas y las bandas blancas? Un poco de humo, ya colorado, ya verde y de todas maneras y en todas partes plausible.
Íbanse encaramando por aquellas alturas y subidas con buen aire y mucho aliento, cuando se sintió un extraordinario ruido dentro en el humoso palacio.
¿Y esto más?, ponderó Andrenio. ¿Sobre humo ruido? Parece cosa de herrería de modo, que ya tenemos dos de aquellas tres cosas, que basta cada una á echar un cuerdo de sus casillas.
También eso, acudió el Vano, es de las cosas más acreditadas y pretendidas en el mundo.
¿El ruido estimado?, replicó Andrenio.
Sí, porque aquí toda es gente ruidosa, todos se pican de hacer ruido en el mundo y que se hable de ellos. Para esto se hacen de sentir y hablan alto, hombres plausibles, hembras famosas, sujetos célebres. Que, si no es de ese modo, no se hace caso de un hombre en el mundo. Que, en no llevando el caballo campanillas ni cascabeles, nadie se vuelve á mirarle, el mismo toro le desprecia. Aunque sea el hombre de más importancia, si no es campanudo, no vale dos chochos. Por docto, por valiente que sea, en no haciendo ruido, no es conocido ni tiene aplauso ni vale nada.
Reforzábase por puntos la vocería, que pareció hundirse el teatro de Babilonia.
¿Qué será esto?, preguntó Critilo. Aquí alguna grande novedad hay.
Es que vitorean algún gran sujeto, dijo el Fantástico.
¿Y quién será el tal? Acaso algún insigne catedrático, algún vitorioso caudillo, decía Andrenio.
No tanto como eso, respondió con mucha risa el Ocioso; en menos se emplean ya los vítores de estos tiempos. No será, sino que habrá dicho alguna chancilla de las que se usan algún farsante ó habrá recitado de buen aire su papel y ésa es la celebridad.
¡Hay tal fruslería!, exclamaron. De modo ¿que éstos son los vítores de agora?
Basta, que se celebra hoy más una chanza, que una hazaña. Todos cuantos vienen de unas partes y otras no traen otro, que referirnos, sino el cuentecillo, el chiste, la chancilla, y con eso pasan y se deslumbran los males. Más sonada es una tramoya, que una estratagema. Solemnizábanse en otro tiempo las graves sentencias, los heroicos dichos de los príncipes y señores; pero ahora la frialdad del truhán y el chiste de la cortesana.
Comenzó á resonar por todas aquellas raridades del aire un bélico clarín, alborozando los espíritus y realzando los ánimos.
¿Qué es esto?, preguntó Andrenio. ¿Á qué toca este noble instrumento, alma del aire, aliento de la fama? ¿Despierta acaso á dar alguna insigne batalla ó á celebrar el triunfo de alguna conseguida vitoria?
Que no será eso, respondió el Ocioso; ya yo adivino lo que es, por la experiencia que tengo. Habrá pedido de beber algún cabo, algún señorazo de los muchos, que aquí yacen.
¿Qué dices, hombre?, se impacientó Critilo. Dí que ha ejecutado alguna inmortal hazaña, dí que ha triunfado gloriosamente, que toca á beber la sangre de los enemigos; y no digas que brinda el otro en el banquete, que es afrenta vil emplear en acciones tan civiles las sublimes trompas del aplauso, reservadas á la heroica fama.
Estaban ya para entrar, cuando se divirtió Andrenio en mirar la ostentosa pompa del arrogante edificio.
¿Qué miras?, dijo el Fantástico.
Miraba, respondió él, y aun reparaba que para ser ésta una casa tan majestuosa y un tanto monta de todas las ilustres casas, con tantas y tan soberbias torres, que dejan muy abajo á las de la imperial Zaragoza y ocupan esas regiones del aire, parece que tiene poco fundamento y ése flaco y falso.
Rióse aquí mucho el Ocioso, que siempre iba picándoles á la retaguardia.
Volvióse Andrenio y en amigable confianza le preguntó si sabía de quién era aquel alcázar y quién le habitaba.
Sí, dijo, y más de lo que quisiera.
Pues dínos, así te vea yo siempre lleno de dejadme estar, ¿quién es el que le embaraza, si no le llena?
Éstos, dijo, son los célebres desvanes de aquella tan nombrada reina, la hija sin padres.
Causóles mayor admiración.
Hija y sin padres ¿cómo puede ser? Contradicción envuelve. Si es hija, padre ha de tener y madre también, que no viene del aire.
Antes sí y dígoos que no tiene ni uno ni otra.
¿Pues de quién es hija?
¿De quién? De la nada y ella lo piensa ser todo y que todo es poco para ella y que todo se le debe.
¡Hay tal hembra en el mundo! ¡Y que no la conozcamos nosotros!
No os admiréis de eso, que os aseguro que ella misma no se conoce y los que más la tratan menos la entienden y viven desconocidos de sí mismos y quieren que todos los conozcan. Y si no, preguntadle de qué se desvanece el otro, no ya el que se levantó del polvo de la tierra, el nacido entre las malvas; sino el más estirado, el que dice se crió en limpios pañales. Á todos cuantos hay, que todos son hijos del barro y nietos de la nada, hermanos de los gusanos, casados con la pudrición. Que, si hoy son flores, mañana estiércol, ayer maravillas y hoy sombras, que aquí parecen y allí desaparecen.
Según eso, dijo Andrenio, ¿esta vana reina es ó quiere ser la hinchadísima Soberbia?
Puntualmente, ella misma. La que, siendo hija de la nada, presume ser algo y mucho y todo. ¿No reparáis qué huecos, qué entumecidos entran todos cuantos vienen, sin tener de qué ni saberse por qué? Antes bien, teniendo muchas causas de confundirse. Que, si ellos oyesen lo que los otros dicen, se hundirían siete estados bajo tierra. Que, como yo suelo ponderar, las más veces entra el viento de la presunción por los resquicios por donde había de salir. Que hacen muchos vanidad de lo que debieran humillación.
Mas id ya reprimiendo la risa, que hallaréis bien donde emplearla.
Entraron y volviendo la mira á todas partes, no hallaban dónde parar. No se veían en toda aquella gran concavidad ni columnas firmes, que la sustentasen, ni salones reales ni cuadras doradas, que la enriqueciesen, como se ven en otros palacios; sino desvanes y más desvanes, huequedades sin sustancia, bóvedas con mucha necedad. Todo estaba vacío de importancia y relleno de impertinencia. Encaminólos el Desvanecido al primer desván tan espacioso y estendido como hueco y al punto los emprendió un cierto personaje, diciéndoles:
Señores míos, cosa sabida es que el señor conde Claros, mi tartarabuelo paterno, casó...
Aguardad, señor, le dijo Critilo: mirad no fuese el conde Oscuros, cuando no hay cosa más escura que los principios de las prosapias. Á Alciato con eso en su Emblema de Proteo, donde pondera cuán oscuros son los cimientos de las casas.
Por línea recta, decía otro, probaré yo descender del señor infante don Pelayo.
Eso creeré yo, dijo Andrenio: que los más linajudos suelen venir de Pelayo en lo pelón, de Laín en lo calvo y de Rasura en lo raído.
Estuvo precioso otro, que hacía vanidad de que en seiscientos años no había faltado varón en su casa, por no decir macho.
Riólo mucho Andrenio y díjole:
Señor mío, eso cualquier pícaro lo tiene. Y si no, veamos los esportilleros ¿descienden acaso de hombres ó de duendes? Desde Adán acá venimos todos de varón en varón, que no de trasgo en trasgo.
Yo, decía una muy desvanecida, en verdad que vengo, y sépalo todo el mundo, de mi señora la infanta doña Toda.
Poco le aprovecha eso, señora doña Calabaza, si vuestra señoría es doña Nada.
Blasonaban muchos su casa de solar y ninguno contradecía. Hombre hubo de tan estraño capricho, que enfilaba su ascendencia de Hércules Pinario; que eso de el Cid y de Bernardo es de ayer. Y le averiguaron, curiosos de enfadados, que no descendía sino de Caco y de su mujer doña Etcétera.
Que no son hidalguillos los míos, decía otra impertinentísima; sino un muy de los gordos.
Y respondiéronla:
Y aun de los hinchados.
¿Qué bravo desván éste?, ponderaba Critilo. ¿No sabríamos cómo le nombran?
Respondiéronle que aquélla era la sala del aire.
Y lo creo, que no corre otro en el mundo.
De la mejor cepa del reino, decía uno.
Según eso, no será de blanco ni tinto; sino moscatel.
Toparon un grande personaje, que estaba sacando un grande árbol de su genealogía, que eso de cepas es niñería. Iba injiriendo ramas de acá y de acullá y, después de haberse enramado mucho, paró todo en hojarascas, sin género de fruto.
Desengáñense, dijo el Jactancioso, que no hay más casa en el mundo que la de Enríquez.
Buena es ésa, respondió el Ocioso; pero aténgome á la de Manrique.
Sí, es más rica.
Lo que solemnizaron mucho fué ver fijar á muchos grandes escudos de armas á las puertas de sus casas, cuando no había un real dentro. Por eso decía aquél que no hay otra sangre que la real y mis armas son reales. En esto de los escudos de armas había donosas quimeras. Porque unos los llenaban de árboles y pudieran de troncos, otros de fieras y pudieran de bestias, de torres de viento muchos y todo era Babilonia. Valía allí un tesoro un cuarto de hierro, porque decían ser vizcaíno, á pesar de el Búho gallego, frío, infausto y de mal pico.
¿No notáis, decía el Poltrón, las colas, que añaden todos á sus apellidos: González de tal, Rodríguez de cual, Pérez de allá y Fernández de acullá? ¿Es posible que ninguno quiere ser de acá?
Procuraban todos injerirse en buenos troncos y de buen tamaño, unos á púa, otros á escudete. Jactábanse algunos descender de las casas de los ricos hombres y era verdad, porque ascendieron primero por los balcones y ventanas.
No se vuelve colorada mi sangre, decía un gentilhombre.
Y respondióle otro:
Pues de verdad que ni de carne de doncella.
No hay cuarto como el real, concluyó Andrenio, y más, si fuere de á ocho.
¡Qué cansado salgo, decía Critilo, del primer desván!
Pues advierte que aún nos quedan muchos y más enfadosos. Dirálo éste.
Era muy ostentoso, porque había en él sitiales, doseles, tronos y troneras.
Aquí habéis de entrar, les dijo el Jactancioso, y ya ceremonioso, haciendo cortesías y zalemas: á tantos pasos una inclinación y á tantos otra, de modo, que á cada paso su ceremonia y á cada razón su lisonja. Como si entrásedes á la audiencia del rey don Pedro el Cuarto de Aragón, llamado el Ceremonioso, por lo puntual y por lo autorizado en el modo del portarse. Aquí veréis las humanidades, afectando divinidades; toparéis adoradas muchas estatuas de insensibilidad. Vieron ya en un estrado una muy desvanecida hembra, que sin título ni realidad, se hacía servir de rodillas y muy mal, porque si aun ministrando el paje con manos y con pies y con toda la acción del cuerpo, se turba y no acierta á hacer cosa, ¿qué será sirviendo á medias, torciendo el cuerpo, doblando la rodilla, en gran daño de los búcaros y vidrios?
Viendo esto, dijo Critilo:
Mucho me temo que estas rodillas de estrado han de venir á parar en rodillas de cocina.
Y realmente fué así, que toda aquella fantasía de adoraciones vino á parar en humillaciones y toda la afectación de grandeza se trocó en confusión de pobreza. Pero lo que les cayó muy en gusto y aun donaire fué ver tres casas llenas de pepitoria de familia, que con un solo título pretendían todos la señoría, unas por tías, otras por cuñadas, los hijos por herederos, las hijas por damas. De modo que entre padres y hijos, tíos y cuñados, llegaban á ser ciento. Y así dijo una harto entendida que aquella señoría parecía ciento en un pie.
Era de reir oirles hablar hueco y entonado y con tal afectación, que aseguran que un cierto gran señor hizo junta de físicos para ver si podrían darle modo cómo hablar por el cogote, para distinguirse del pueblo: que eso de hablar por la boca era una cosa común y vulgar.
Tenían muy medidas las cortesías, ¡ojalá las acciones! contados los pasos, que habían de dar al entrar y al salir, ¡así tuvieran ajustados los que daban en el vicio! Todo su cuidado ponían en los cumplimientos, ¡ojalá en las costumbres! Todo su estudio en estos puntos, metiendo en ello grandes metafísicas, á quién habían de dar asiento y á quién no, dónde y á qué mano: que, si no fuera por esto, no supieran muchos cuál era su mano derecha. Causóle gran risa á Andrenio, haciendo gusto del enfado, ver amo, que estaba en pie todo el día, cansado y aun molido, manteniendo la tela de su impertinencia.
¿Por qué no se sienta este señor, preguntó, siendo tan amigo de su comodidad?
Y respondiéronle:
Por no dar asiento á los otros.
¡Hay tal impertinencia! ¡De modo que, porque no se sienten los demás delante dél, él tampoco se sienta delante de ellos! Y es lo bueno que se conciertan los tacaños en darle chasco, yéndose unos y viniendo otros, con que no están en pie media hora, y á él le tienen así todo el día.
¿Y aquel otro por qué no se cubre, que se está helando el mundo?
Porque no se cubran delante dél.
Ésa sí que es una gran frialdad, pues él, como más delicado, estando todo el día descubierto, recoge un romadizo, con que por hacer del grave vendrá á ser el mocoso.
Si daban silla á alguno, después de bien escrupuleada, y el tal quería acercarse para pregonar lo que pedía secreto, sentía que se la detenía el paje por detrás, como diciendo: non plus ultra. Y de verdad que las más veces será conveniencia, ya para no sentir el mal olor del afeite, cuidadoso della, ya del achaque, descuidado dél. En esto de las cortesías acontecía desayunarse cada mañana con un par de enfados. Porque había algunos de bravo humor, que se iban todo el día de casa en casa, de estrado en estrado, dándoles valientes sustos, escaseándoles la señoría, cercenándoles la excelencia. Que por eso dijo bien una que la pregmática de poderles dar señoría ó excelencia había sido ciencia para hacerles muchos desaires. Al contrario otro, cuando les iba á hablar, por haberles menester, llevaba consigo un gran saco de borra y, preguntándole para qué aquella prevención, respondió:
De borra de cumplimientos, de paja de lisonjas y cortesías, cuanto quisieren, á hartar: que me cuesta poco y me vale mucho. Y más, cuando voy por mi negocio á pedir ó pretender, vacío mi saco de señorías y llénole de mercedes.
Pero donde fué ya poco la risa y llegó á irrisión, donde Critilo exclamó diciendo: ¡Oh, Demócrito! ¿y dónde estás?, fué al ver la afectada femenil divinidad. Porque, si ellos son vanos, ellas desvanecidas, mas siempre andan por estremos.
No hay ira, dijo el Sabio, sobre la de la mujer.
Y podría añadirse ni soberbia. Sola una tiene desvanecimiento por diez hombres. Bien pueden ser ellos camaleones del viento; pero á fe que son ellas piraustas de la humareda. Estaban endiosadas en tronos de borra, sobre cojines de viento, más huecas que campanas, moviendo aprisa los abanicos, como fuelles de su hinchazón, papando aire, que no pueden vivir sin él. Si caminaban, era sobre corcho. Si dormían, en colchones de viento ó pluma. Si comían, azúcar de viento. Si vestían, randas al aire, mantos de humo y todo huequedad y vanidad. Más profanas, cuando más superiores. Adoradas de los serviles criados, que desta desvanecida adoración les debieron llamar gentiles hombres, que no de su gallardía. No se comunicaban con todas, sino con otras como ellas.
Mi prima la duquesa, mi sobrina la marquesa. En no siendo princesa, no hay que hablar. Traedme la taza del duque, el anis del almirante, visíteme el médico de los príncipes y señores, aunque sea el más matante, recéteme el jarabe del rey, venga ó no venga bien, basta ser del rey; llamadme el sastre de la princesa.
Faltóles la paciencia y pasaron al desván de la Ciencia, que de verdad hincha mucho y no hay peor locura que enloquecer de entendido ni mayor necedad que la que se origina del saber. Toparon aquí raras sabandijas del aire, los preciados de discretos, los bachilleres de estómago, los doctos legos, los conceptistas, las cultas resabidas, los miceros, los sabiondos y dotorcetes; pero á todos ellos ganaban en tercio y quinto de desvanecimiento los puros gramáticos, gente de brava satisfacción. Y así decía uno que él bastaba á inmortalizar los hombres con su estilo y hacer emes con su pluma. Decía ser el clarín de la fama, cuando todos le llamaban el cencerro del orbe.
¡Ver éstos, ponderaba Critilo, cuando estampan algún mal librillo, la audacia con que entran, la satisfacción con que hablan! ¡Mal año para Aristóteles con todas sus metafísicas y á Séneca con sus profundidades!
Achaque también de poetillas intrépidos, cuando desconfía Virgilio y manda quemar su inmortal Eneida y el ingenioso Bocalini comienza en su Prólogo recelando. Pues oir un astrólogo, el desvanecimiento, con que habla en un pronostiquillo de seis hojas y seis mil disparates, como si fuese el mejor tomo del Tostado.
Aquí hallaron los Narcisos del aire, que pareció novedad. Porque los de los cristales, los pasados por agua, son ya vistos, aunque no vistosos. ¡Qué bien glosaban ellos mismos á todo lo que decían y las más veces era un disparate!:
¿Digo algo?
Arqueando las cejas.
¿No os parece que dije bien?
Dictaba uno de estos, que se escuchan, un memorial para el rey y díjole al escribiente, que no llegaba á secretario:
Escribí, señor.
Y no bien hubo escrito esta sola palabra, cuando le dijo:
Leed.
Leyó señor y él, cayéndosele la baba, comenzó á exclamar:
Qué bien, señor, bien, mil veces bien.
Había muchos déstos, que como si echaran preciosidades por la boca, peores que los que miran en el lienzo lo que arrojan por las narices, á cada palabra hacían pausa, solicitando el aplauso. Y si el oyente ó enfadado ó frío se les escusaba, ellos mismos le acordaban el descuido:
¿Qué os parece? ¿No estuvo bien dicho?
Pero los rematados eran algunos oradores, que en puesto tan grave y alto decían:
¡Esto sí que es discurrir! Aquí, aquí ingenios míos, de puntillas, de puntillas.
Cuando menos se tenía lo que decían, cuando menos subsistía el conceptillo.
Y así decía uno déstos:
Séneca dijo esto; pero más diré yo.
¡Hay necedad más garrafal!, glosó Andrenio. ¡Qué esto pueda decir un blanco!
Dejadlo, que es andaluz, dijo otro, ya tienen licencia.
Esto dificultan los sabios, proseguía; yo daré la solución, yo lo diré y más y más.
Juro por vida de la cordura, exclamó Critilo, que sueñan todos éstos en opinión de juicio y que dijo bien aquel gran monarca, habiendo oído á uno déstos:
Traedme quien ore con seso.
Y á otro semejante le apodó buñuelo de viento.
Lástima es, ponderaba Critilo, que no haya un avisado avisador, que tuerza la boca, guiñe el ojo, doble el labio y se ageste de licenciado de Salamanca. Pero ya Momo anda á sombra de tejado y campea en su lugar el aplauso, cabeceando á lo necio, con la simplicísima lisonja, aquella hermosa, que basta á desvanecer al mismo bruto de Apuleyo.
Señores, ponderaba Andrenio, que á los grandes hombres no les pese de haber nacido, que los entendidos quieran ser conocidos, súfraseles; pero que el nadilla y el nonadilla quieran parecer algo y mucho, que el niquilote lo quiera ser todo, que el villanón se ensanche, que el ruincillo se estire, que el que debría esconderse quiera campear, que el que tiene por qué callar blasfeme, ¿cómo nos ha de bastar la paciencia?
Pues no hay sino tenerla y prestarla, dijo el Jactancioso. Que aquí no hay hombre sin penacho ni hembra sin garzota. Y muchos con penacheras de tornear de á doce palmos en alto y los avestruces baten las mayores, porque dicen les vienen nacidas. Y es de notar que, cuando parecían irlos dejando caer, los echan hacia atrás, haciendo cola de las que fueron crestas. Atended cuáles andan todos los pequeños de puntillas para poder ser vistos, ayúdanse de ponlevíes, ya para hacer ruido, ya para ser mirados. Hombrean aquéllos y alargan el cuello para ser estimados. Los otros hacen de los graves muy hinchados con fuelles de lisonja y desvanecimiento. Précianse éstos de muy apersonados y de tener gentil fachada, porque los exprimidos dicen no valer nada, gente de poca sustancia.
¡Oh lo que importa la buena corpulencia!, decía uno de ellos, que da autoridad, no sólo para con el vulgo, sino para con un Senado: que los más son superficiales. Suple mucha falta de alma: que un abultado tiene andado mucho para parecer hombre de autoridad. Gran hombre y gran nombre prometen gran persona: que hace mucho ruido lo campanudo y parece gran cosa lo abultado.
¿Qué hiciera el mundo sin mí?, pasaba diciendo un mochillero y no era español.
Mas luego pasó otro, que lo era, y decía:
Nosotros nacimos para mandar.
Paseaba un mal gorrón, paseando la mano por el pecho, y decía:
¡Qué arzobispo de Toledo se cría aquí! ¡Qué patriarca!
Yo seré un gran médico, decía otro, que tengo buen talle y mejor parola.
No faltaba en Italia soldado español, que no fuese luego don Diego y don Alonso. Y decía un italiano:
¿Signori, en España quién guarda la pécora?
Andá, le respondió uno, que en España no hay bestias ni hay vulgo como en las demás naciones.
Llegaron actualmente á darle la enhorabuena á un cierto personaje de harto poca monta, de una merced muy moderada, y respondía:
Pecho hay para todo. Dándose en él dos palmadas. Procedía otro muy á lo fantástico, hinchando los carrillos y soplando.
Á éste, dijo Andrenio, sin duda que no le cabe el viento y humo en los cascos, cuando se le rezuma por la boca.
Pasó en esto otro con un gran tizón en la mano, humeando ambos.
¿Quién es éste?, preguntaron. Y respondiéronles:
Éste es el que pegó fuego al célebre templo de Diana. En efecto, no más de porque se hablase dél en el mundo.
¡Oh mentecato!, dijo Critilo. ¿Pues no advirtió que todos le habían de quemar la estatua y que su fama había de ser funesta?
Que no se le dió á él nada de eso; no pretendió mas de que se hablase dél en el mundo, fuese bien ó mal. ¡Oh cuántos han hecho otro tanto, abrasando las ciudades y los reinos, no más de porque se hablase de ellos, pereciendo su honra, pero no su infamia! ¡Cuántos y cuántos sacrifican sus vidas al ídolo de la vanidad, más bárbaros que los caribes, exponiéndose á los choques y á los asaltos, no más de por andar en las gacetas, embarazando las cartas novas!
¡Qué caro ruido!, ponderaba Critilo: dígole sonada necedad.
Pero no se admiraron ya de haber visto todos estos imaginarios espacios, con caramanchones de la loca fantasía, desde el un cabo del mundo al otro, comenzando por Inglaterra, que es el estremo del desvanecimiento y aun de toda monstruosidad, compitiendo la belleza de sus cuerpos con la fealdad de sus almas. No estrañaron ya el desván de los necios linajudos ni el de los poderosos altivos por verse en alto, el de los hinchados sabios, de las insufribles hembras, con todos los demás. El que les hizo grande novedad fué uno, llamado el desván viejo, lleno de ratones ancianos, muy autorizados de canas y de calvas.
Basta, dijo Andrenio, que yo siempre creí que el encanecer era un rezumarse el mucho seso; y agora conozco que en los más no es sino quedárseles el juicio en blanco.
Escucharon lo que conversaban y hallaron que todo era jactarse y alabarse.
En mi tiempo, decía uno, cuando yo era, cuando yo hacía y acontecía, entonces sí que había hombres; que agora todos son muñecas.
Yo conocí, yo traté, decía otro, ¿no os acordáis de aquel gran maestro, el otro famoso predicador, pues aquel gran soldado? ¡Qué grandes hombres había en todo género de cosas! ¡Qué mujeres! Más valía una de entonces, que un hombre de agora.
Desta suerte están todo el día diciendo mal del siglo presente, que no sé cómo los sufre. Nadie les parece que sabe, sino ellos. Á todos los demás tienen por mozos y por muchachos, aunque lleguen á los cuarenta y, mientras ellos viven, nunca llegan los otros á ser hombres ni á tener autoridad ni mando. Luego les salen con que ayer vinieron al mundo, que aún se están con la leche en los labios y con el pico amarillo.
Antes que vos nacierais, antes que vinierais al mundo, ya yo estaba cansado.
Y no miente, que á fe lo son de todas maneras, jactanciosos, vanagloriosos, ocupando uno de los más encaramados desvanes. Finalmente llegaron á otro tan estremo de fantástico, que dejaba muy atrás todos los pasados. Tenía dos gigantes columnas á la puerta, como non plus ultra del desvanecimiento. Negábanles la entrada y hubiera sido conveniencia, porque, después de haber desperdiciado ruegos éstos y conciliado estimaciones aquéllos, al abrir ya la ostentosa puerta, digo puerto de torbellinos de viento, de tempestades, de vanidad, les embistió una tal avenida de humos y de fantasías, que dudaron si se habría reventado en el Vesubio algún volcán. Y fué tal el tropel de enfados, que, no le pudiendo tolerar, volvieron las espaldas á lo cuerdo. Pero qué desván de desvanes fuese el tal, promete decirlo la siguiente Crisi.
CRISI VIII
La cueva de la nada.
Á todas luces anduvieron desalumbrados los que dijeron que pudiera estar el mundo mejor trazado de lo que hoy lo está, con las mismas cosas de que se compone. Preguntados del modo, respondían que todo al revés de como hoy le vemos. Esto es, que el sol había de estar acá bajo ocupando el centro del universo y la tierra acullá arriba donde agora está el cielo en ajustada distancia. Porque de esa suerte los que hoy se experimentan azares, entonces se lograran conveniencias. Fuera siempre día claro, viéramosnos las caras á todas horas y procediéramos con lisura. Pues á la luz del mediodía con esto no hubiera noches prolijas para desazonados ni largas para enfermos ni capas de maldad para bellacos. No padeciéramos las desigualdades de los tiempos, las inclemencias del cielo ni la destemplanza de los climas. No hubiera invierno triste y encapotado, con nieves, nieblas y escarchas. No se sonaran los romadizos ni tosiéramos con los catarros. No conociéramos sabañones en el invierno ni sarpullido en el verano. No hubiera que emperezar por las mañanas ni que estar todo el día tragando humo á una chimenea, calentándonos por un lado y resfriándonos por el otro. No pasáramos el estío sudando, basqueando, dando vuelcos toda la noche por la cama. Escapáramonos de una tan intolerable plaga de sabandijas, enemigos ruincillos, mosquitos que pican y moscas que enfadan. Fuera siempre una primavera alegre y regocijada. No duraran solos quince días las rosas ni solos dos meses las flores. Cantaran todo el año los ruiseñores y fuera continuo el regalo de las guindas. No conociéramos entonces ni groseros Diciembres, ni Julios apicarados, con tanto desaliño. Todos fueran verdes Abriles y floridos Mayos á uso del paraíso, conduciendo todas estas comodidades á una salud de bronce y á una felicidad de oro.
Otra cosa: que fuera cien veces mayor la tierra, pues todo lo que ahora es cielo, repartida en muchas y mayores provincias, habitadas de cultas y políticas naciones, no informes, sino uniformes, porque no hubiera entonces negros, chichimecos ni pigmeos, salvajes, etcétera.
Otrosí: que no fuera tan seca España, airosa la Francia, húmeda Italia, fría Alemania, aneblada Inglaterra, hórrida Suecia y abrasada la Mauritania. Así que toda la tierra fuera un paraíso y todo el mundo un cielo.
Deste modo discurrían hombres blancos y aun aplaudidos de sabios; pero, bien examinado este modo de echarse á discurrir, no tanto puede pasar por opinión, cuanto por capricho de entendimientos noveleros, amigos de trastornarlo todo y mudar las cosas cuadradas en redondas, dando materia de risa al sentencioso Venusino. Éstos, por huir de un inconveniente, dieron en muchos y mayores, quitando la variedad y con ella la hermosura y el gusto, destruyendo de todo punto el orden y concierto de los tiempos, de los años, los días y las horas, la conservación de las plantas, la sazón de los frutos, el sosiego de las noches, el descanso de los vivientes, procediendo á todo esto sin estrella, pues las habrían de desterrar todas por ociosas, no hallándolas ocupación ni puesto. Pero á todos estos desconciertos ¿qué había de hacer el sol inmoble y apoltronado en el centro del mundo, contra toda su natural inclinación y obligación, que á fuer de vigilante príncipe pide moverse sin parar, dando una y otra vuelta por toda su lucida monarquía?
He, que no es tratable eso; muévase el sol y camine, amanezca en unas partes y escóndase en otras, véalo todo muy de cerca y toque las cosas con sus rayos, influya con eficacia, caliente con actividad y refresque con templanza y retírese con alternación de tiempos y de efectos, aquí levanté vapores, allí conmueva vientos, hoy llueva, mañana nieve, ya cubierto, ya sereno, ande, visite, vivifique, pase y pasee de la una India á la otra, déjese ver ya en Flandes, ya en Lombardía, cumpliendo con las obligaciones de universal monarca del orbe, que, si el ocio dondequiera es culpable vicio, en el príncipe de los astros sería intolerable monstruosidad.
Deste modo iban altercando el Honroso y el Ocioso. Éste que ya los guiaba y aquél que les seguía.
Ora, dejaos, dijo Andrenio, de caprichosas cuestiones y decidnos ¿qué desván fuese aquel último y tan estremado?
Aquel, respondió el Fantástico, es el de los primeros hombres del mundo, de los que ocupan la coronilla de Europa y aun la coronan. Y por eso tan altivos, que realmente tienen valor, pero se lo presumen; saben, pero se escuchan; obran, pero blasonan.