TERCERA PARTE (continued 5)
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¿Pues es posible, ponderaba Critilo, que no se contente ya la desvergonzada vanidad déstos con levantar sus casas de nuevo, sino que quieren hollar las más antiguas y las que eran de mejor solar?
Salían unos ingenios noveleros con unos discursos viejos, opiniones rancias, pero bien alcoholadas, con lindo lenguaje y vendíanlas por invención suya y de verdad que lo era. Engañaban luego luego á cuatro pedantes; mas llegaban los varones sabios y leídos y decían:
¿Ésta no es la dotrina de aquellos antiguos? En un rincón del Tostado se hallará, sazonado y cocido todo lo que éstos blasonan por crudo y valiente pensar. Lo que éstos hacen no es más que sacarlo de aquella letra gótica y estamparlo en la romana más legible, mudando la cuadrada en redonda, echando un papel blanco y nuevo y con esto cátalo aquí concepto nuevo. Á fe que estos ecos que son de aquella lira y que este tomo es de Toma.
Lo mismo que en la cátedra sucedía en el púlpito con notable variedad, que en el breve rato, que se asomaron á ver la rueda, notaron una docena de varios modos de orar. Dejaron la sustancial ponderación del sagrado texto y dieron en alegorías frías, metáforas cansadas, haciendo soles y águilas los santos, inares las virtudes, teniendo toda una hora ocupado el auditorio, pensando en una ave ó una flor. Dejaron esto y dieron en descripciones y pinturillas. Llegó á estar muy valida la humanidad, mezclando lo sagrado con lo profano. Y comenzaba el otro afectado su sermón por un lugar de Séneca, como si no hubiera San Pablo, ya con trazas, ya sin ellas, ya discursos atados, ya desatados, ya uniendo, ya postillando, ya echándolo todo en frasecillas y modillos de decir, rascando la picazón de las orejas de cuatro impertinentillos bachilleres, dejando la sólida y sustancial doctrina y aquel verdadero modo de predicar del Boca de oro y de la ambrosía dulcísima y del néctar provechoso del gran prelado de Milán.
Cortesano mío, decía Andrenio, ¿volverá al mundo otro Alejandro Magno, un Trajano y el gran Teodosio? ¡Gran cosa sería!
No sé qué me diga, le respondió, que de uno déstos hay para cien siglos y mientras sale un Augusto, ruedan cuatro Nerones, cinco Calígulas, ocho Eliogábalos, y mientras un Ciro, diez Sardanápalos. Sale una vez un Gran Capitán y bullen después cien capitanejos, con que se ha de mudar cada año de jefe. He aquí que para conquistar á todo Nápoles bastó el gran Gonzalo Fernández y para Portugal un duque de Alba, para la una India Fernando Cortés y para la otra Alburquerque; y hoy para restaurar un palmo de tierra no han sido bastantes doce cabos. Llevóse de carrera Carlos Octavo á Nápoles y con otra vista, que dió el desposeído Fernando con cuatro naves vacías, lo volvió á cobrar. De un Santiago cogió el rey Católico á Granada y su nieto Carlos Quinto toda la Alemania.
Oh, señor, replicó Critilo, no hay que admirar: que iban los mismos reyes en persona, no en sustituto. Que hay gran diferencia de pelear el amo ó el criado. Asegúroos que no hay batería de cañones reforzados, como una ojeada de un rey.
Tras de una reina doña Blanca, proseguía el cortesano, salen cien negras. Mas hoy en otra española vuelve á florecer aquélla y en una católica Cristina de Suecia renace hoy la emperatriz Elena. Más os digo, que vuelve á salir el mismo Alejandro. Ya le veo y le reverencio, no gentil, sino muy cristiano; no profano, sino santo; no tirano de las provincias, sino padre de todo el mundo, conquistándole para el cielo. Pasad un lienzo, les dijo, por esos cristales y, si fuere el de la mortaja, mejor: quedarán más limpios del polvo apegadizo de la tierra. Y mirad otro rato hacia el cielo.
Realzaron la vista y en virtud de aquella diáfana perspicacidad divisaron cosas, en que jamás habían reparado. Vieron una gran multitud de hilos y muy sutiles, que los iban devanando los celestes tornos y, sacándolos de cada uno de los mortales como de un ovillo.
¡Qué delgado hilan los cielos!, decía Andrenio.
Ésos son, respondió el cortesano, los hilos de nuestras vidas. Notad qué cosa tan delicada y de qué dependemos todos.
Era mucho de ver cuáles andaban los hombres rodando y saltando, como si fueran otros tantos ovillos, sin parar un instante, al paso que las celestiales esferas les iban sacando la sustancia y consumiendo la vida hasta dejarlos de todo punto apurados y deshechos, de tal suerte que no venía á quedar en cada uno sino un pedazo de trapo de una pobre mortaja, que en esto viene á parar todo. De unos tiraban hebras de seda fina; de otros, hilos de oro; y de otros, de cáñamo y estopa.
Sin duda que aquellos de oro y de plata, dijo Andrenio, serán de los ricos.
Engáñaste.
¿De los nobles?
Tampoco.
¿De los príncipes?
No discurres bien.
¿No son los hilos de las vidas?
Sí.
Pues, según fueren ellas, así serán ellos.
Noble hay, que sacan del hilo de estopa y plebeyo, que sacan del hilo de plata y aun de oro.
Allí se acababa uno, acullá otro, faltábale muy poco á éste, cuando comenzaba aquél. Que lo que la naturaleza va hilando de la vida el cielo lo va devanando y quitándonos los días con sus vueltas. Y cuando los mortales andan más diligentes y más solícitos, saltando y brincando, entonces se van más deshaciendo.
¡Pero qué á lo callado, qué á las sordas nos van urdiendo la muerte, ponderaba Critilo, cuando nos van devanando la vida! Engañóse sin duda aquel otro filósofo en decir que al moverse esas celestes esferas de esos once cielos hacen una suavísima música, un muy sonoro ruido. Ojalá que eso fuera, que nos despertaran de nuestro sueño. Fuera un citarnos á cada instante de remate. No fuera música para entretenernos, sino un recuerdo para desengañarnos.
Miráronse ya á sí mismos y vieron lo poco que les faltaba por devanar, que fué materia de harto desengaño para Critilo, si para Andrenio de melancolía.
Esto bastará por ahora, les dijo el cortesano, y bajemos á comer, no diga el otro simple letor:
¿De qué pasan estos hombres, que nunca se introducen comiendo ni cenando, sino filosofando?
Acertaron á pasar por una plaza, la de mayor concurso, que sería sin duda la Navona, donde hallaron un numeroso pueblo, dividido en enjambres de susurro, aguardando alguno de sus espectáculos vulgares, que el cortesano al verle realzó con su moral observación y ellos con especial desengaño. Pero qué espantavulgo fuese éste nos lo afianza declarar la siguiente Crisi.
CRISI XI
La suegra de la vida.
Muere el hombre, cuando había de comenzar á vivir, cuando más persona, cuando ya sabio y prudente, lleno de noticias y experiencias, sazonado y hecho, colmado de perfecciones, cuando era de más utilidad y autoridad á su casa y á su patria. Así que nace bestia y muere muy persona. Pero no se ha de decir que murió agora, sino que acabó de morir, cuando no es otro el vivir que un ir cada día muriendo. ¡Oh, ley por todas partes terrible la de la muerte, única en no tener excepción, en no privilegiar á nadie, y debiera á los grandes hombres, á los eminentes sujetos, á los perfectos príncipes, á los consumados varones, con quienes muere la virtud, la prudencia, la valentía, el saber y tal vez toda una ciudad, un reino entero! Eternos debieran ser los ínclitos héroes, los varones famosos, que les costó tanto el llegar á aquel cenit de su grandeza; pero sucede tan al contrario, que los que importan menos viven más y los que mucho valen viven menos. Son eternos los que no merecían vivir un día y los insignes varones, momentáneos, pasaban como lucidos cometas. Plausible resolución fué la del rey Néstor, de quien se cuenta que, habiendo consultado los oráculos acerca de los plazos de su vida y habiéndole sido respondido que aún había de vivir mil años cabales, dijo él:
Pues no hay que tratar de hacer casa.
Instando sus amigos que no sólo casa, pero un palacio y no sólo uno, sino muchos, para todos tiempos y pasatiempos, respondió:
¿Para sólos mil años de vida queréis que me ponga agora á fabricar casa? ¿Para tan poco tiempo un palacio? He, que bastará una tienda ó una barraca, donde me aloje de paso. Que sería calificada locura tomar el vivir de asiento.
¡Qué bien viene esto con lo que hoy se platica, pues no llegando los hombres á vivir lo más cien años y no teniendo seguro ni un día, emprenden edificios de á mil años, fabrican casas, como si se hubiesen de perpetuar sobre la haz de la tierra! De estos sería uno sin duda aquel que decía que, aunque supiera que no había de vivir sino un año, hiciera casa; si un mes, se casara; si una semana, comprara cama y silla; y si un día sólo, hiciera olla. ¡Oh!, cómo debe reirse destos necios la muerte discreta, siquiera por lo fea, viendo que, cuando ellos están levantando grandes casas, ella les está abriendo corta sepultura, según el proverbio: á casa hecha, sepultura abierta. En acomodándose uno, ella le desacomoda. Acabarse de construir el palacio y acabarse la vida todo es á un tiempo, trocándose las siete columnas del más soberbio edificio en siete pies de tierra ó siete palmos de mármol, vana necedad de muchos. Porque ¿qué más tiene el pudrirse entre pórfidos y mármoles, que entre terrones?
Sobre esta tan llana verdad venía echando el contrapunto de un singular desengaño el cortesano discreto con nuestros dos peregrinos en Roma. Llegaron á una gran plaza, embarazada de infinito vulgo, muy puesto en expectación de alguna de sus necias maravillas, que él suele admirar mucho.
¿Qué querrá ser esto?, preguntó Andrenio.
Y respondiéronle:
Tened paciencia y tendréis ciencia.
Así fué, que á poco rato vieron salir bailando y brincando sobre una maroma un monstruo, que en la lijereza parecía un pájaro y en la temeridad un loco. Estaban los que le miraban tan pasmados, cuanto él intrépido. Ellos temblando de verle y él bailando porque le viesen.
¡Brava temeridad!, exclamó Andrenio. Sin duda que éstos primero pierden el juicio y después el miedo. Á pie llano no llevamos segura la vida y éste la mete en precipicios.
¿De éste te espantas tú?, le dijo el cortesano.
¿Pues de quién, si de éste no?
De ti mismo.
¿De mí? ¿Y por qué?
Porque es niñería esto, respecto de lo que por ti pasa. ¿Sabes tú dónde tienes los pies? ¿Sabes por dónde caminas?
Lo que yo sé es, replicó Andrenio, que no me metiera allí por todo el mundo y éste por un vil interés se expone á tan grande riesgo.
¡Qué bueno está eso!, le dijo el cortesano. ¡Oh, si tú te vieses andar, no sólo de aquel modo, sino con harto mayor peligro, qué sentirías y qué dirías!
¿Yo?
Sí, tú.
¿Por qué?
Díme, ¿no caminas cada hora y cada instante sobre el hilo de tu vida, no tan grueso ni tan firme como una maroma, sino tan delgado como el de una araña y aun más y andas saltando y bailando sobre él? Ahí comes, ahí duermes y ahí descansas sin cuidado ni sobresalto alguno. Créeme que todos los mortales somos volatines arriesgados sobre el delgado hilo de una frágil vida, con esta diferencia, que unos caen hoy, otros mañana. Sobre él fabrican los hombres grandes casas y grandes quimeras, levantan torres de viento y fundan todas sus esperanzas. Admíranse de ver al otro temerario andar sobre una gruesa y asegurada maroma y no se espantan de sí mismos, que restriban sobre una, no cuerda, sino muy loca confianza de una hebra de seda. Menos, sobre un cabello. Aún es mucho, sobre un hilo de araña. Aún es algo, sobre el de la vida, que aún es menos. De esto sí que debrían andar atónitos, aquí sí que se les habían de erizar los cabellos y más reconociendo el abismo de infelicidades, donde los despeña el grave peso de sus muchos yerros.
Salgamos, salgamos de aquí luego luego, al mismo punto, gritó Andrenio.
Poco importa, dijo Critilo, dejar la consideración, si no salimos del riesgo. Bien podremos olvidarle, mas no evitarle.
Volvieron ya á su posada, llamada el mesón de la vida. Aquí les dejó el cortesano citados para otro gran día, si ya no les faltase la noche, que fué atención precisa. Recibióles con lisonjero agasajo su agradable huéspeda, mostrándose muy cuidadosa en su asistencia y regalo. Convidólos á la cena, diciendo:
Aunque no se vive para comer, se come para vivir.
Cerróse la noche y trataron ellos de cerrar los ojos, pasando á ciegas y á escuras la mitad de la vida. Y si dicen que el sueño es un ensayo de la muerte, yo digo que no es sino un olvido de ella. Íbanse ya encaminando al sepulcro del sueño, muy descuidados y seguros, cuando llegó á embargárseles uno de los muchos pasajeros, que allí se alojaban. Éste, acercándose á ellos disimulado, les dió voces á la sorda, diciéndoles:
¡Oh, inconsiderados peregrinos! ¡Cómo se os conoce cuán ajenos vivís de vuestro mal y cuán ignorantes de vuestro riesgo! Decidme, ¿cómo, estando presos, tratáis de dormir á sueño suelto? No es tiempo de cerrar los ojos, sino de abrirlos al mayor peligro, que os amenaza por instantes.
Tú debes ser el que sueñas, le respondió Andrenio. ¿Aquí peligros, en el albergue de la vida, en el mesón del sol y tan claro y tan risueño?
Y aun por eso mismo, respondió el pasajero.
He, que no es creíble que para traiciones en tales agrados, que se escondan fierezas entre tales lindezas.
Pues advertid que aquí donde la veis tan cortesana, esta nuestra huéspeda, que es de nación troglodita, hija del más fiero caribe, aquel que se chupa los dedos tras sus proprios hijos.
Quita de ahí, le replicó Andrenio. ¿Aquí en Roma trogloditas? ¿Cómo es posible?
¿Y es nuevo el concurrir en esta cabeza del orbe de todas sus naciones los erizados etíopes, los greñudos sicambros, los alarbes, los sabeos y los sármatas, aquéllos, que llevan consigo la fuente para socorrer la sed en la picada vena del caballo? Sabed, pues, que esta hermosa y agradable patrona alimenta sus fierezas de nuestras humanidades.
Es cosa de risa eso, replicó Andrenio. Lo que yo experimento es que ella no atiende á otro, que á nuestro agasajo y regalo.
¡Oh, qué engaño el vuestro!, exclamó el pasajero. ¿Nunca habéis visto cebar antes las engañadas aves, para cebarse en ellas después, sacándoles para esto los ojos? Pues así lo platica esta hechicera común, que no hay Alcina, que la iguale. Miradla bien, reconocedla y veréis que no es tan linda como se pinta; antes la hallaréis corta de faiciones y larga de traiciones, breve de tercios y cumplida de enredos. ¿Es posible, que no habéis reparado en estos días, que aquí estáis, cómo han desaparecido casi todos los pasajeros que han entrado? ¿Qué se hizo aquel gallardo mancebo, que tanto celebrastes de lindo, airoso, galán, rico y discreto? Ya no se ve ni se oye. ¿Pues aquella otra peregrina de la belleza, que tan bien pareció á todos? Ya no parece. Pregunto, ¿qué se hace tanto pasajero como aquí va entrando? Unos anochecen y no amanecen y otros al contrario: todos, todos, unos en pos de otros van desapareciendo, tan presto el cordero como el carnero, el amo como el criado, el soldado valiente y el cortesano discreto. Ni al príncipe le vale su soberanía ni al sabio su ciencia. No le aprovechan al valentón sus bríos ni al rico sus tesoros. Ninguno trae salvaguardia.
Ya yo lo había notado, respondió Critilo. Como á la deshilada se nos iban todos desvaneciendo y os aseguro que me ha ocasionado harto desvelo.
Aquí arqueando las cejas y encogiéndose de hombros el pasajero:
Habéis de saber, les dijo, que yo, llevado de mi cuidadoso recelo, traté de escudriñar todos los rincones desta traidora posada y he descubierto una muy afectada traición contra nuestras descuidadas vidas. Amigos, que estamos vendidos, minada tenemos la salud con pólvora sorda, armada nos está una emboscada traidora contra la felicidad más segura. Pero, para que me creáis, seguidme, que lo habéis de ver con vuestros ojos y tocar con esas manos, sin hacer el menor sentimiento, porque seríamos perdidos antes con antes.
Y diciendo y haciendo, levantó una losa, que estaba bajo de su mismo lecho, de modo que la asechanza estaba inmediata á su descanso. Descubrióse un boquerón espantoso y lúgubre, por donde les animó á bajar, yendo él delante, y á la luz de una disimulada linterna los fué conduciendo á unas profundas cuevas, á unos soterráneos tan inferiores, que pudieran ser llamados con mucha razón infiernos. Allí les fué mostrando un expectáculo tan crudo y tan horrendo, que pudiera hacer estremecer los huesos y dar diente con diente el solo imaginarlo. Porque allí vieron y conocieron todos aquellos pasajeros, que habían echado menos; aunque muy desfigurados, tendidos por aquellos suelos. Estuvieron un gran rato sin poder hablar palabra, que aun para alentar les faltó el ánimo, tan muertos ellos como los que yacían.
¡Hay tal carnicería!, dijo Andrenio más suspirando, que pronunciando. ¡Hay tal catástrofe de bárbara impiedad! Aquél es sin duda el príncipe, que vimos cuatro días ha, tan agraciado y lindo, que era las delicias del mundo, tan cortejado y adorado de todos. Mirad qué solo yace, dejado y olvidado. Pereció su memoria con el ruido, que no haciéndole, luego es uno olvidado.
Aquel otro, decía Critilo, es aquel ruidoso campeón, conducidor de huestes valerosas. Mirad agora qué desacompañado yace y solo. El que antes hacía temblar el mundo con su valor agora nos hace temblar á nosotros con horror, y el que triunfa de tanto enemigo ya es trofeo de tanto gusano.
Contemplad, les decía el pasajero, qué fiera y qué fea está aquella tan hermosa. Convirtióse su florido Mayo en un erizado Diciembre. ¿Cuántos por ver esta cara perdieron el ver la de Dios y gozar del cielo?
Amigo, decía Andrenio, dínos por tu vida quién ejecuta semejantes atrocidades. ¿Son acaso ladrones, que por robarles el oro les quitan la preciosa vida? Pero más malicia indica el estar tan desfigurados, medio comidos algunos y aun roídas las entrañas. Aquí alguna cruel Medea se oculta, que así desmiembra sus hermanos; alguna infernal Meguera, que ya poco es troglodita.
¿No os decía yo? ponderaba el pasajero. Celebrad agora el cortés agasajo de vuestra agradable patrona.
Pues aún no acabo yo de creer, dijo Andrenio, que una fiereza tan atroz quepa en tal agrado, tal crueldad en tal beldad, ni es posible que una patrona tan humana nos sea tan traidora.
Señores míos, esto pasa en su misma casa, aquí lo estamos viendo y lamentando. Ved ahora quién lo ejecuta, por lo menos ella lo consiente. Éste es el dejo de su cortejo, éste el paradero de su agasajo y éste el remate de su hospedaje. Mirad qué caro se paga, atended en qué paran las paredes entoldadas de sedas, el servicio de plata, las doradas y mullidas camas, el convite y el regalo.
Esto estaban viendo y no creyéndolo, cuando de repente se hizo bien de sentir un horrible sonido, un espantoso estruendo como de muchas campanas, que doblaban el espanto. Correspondíale otro lastimero ruido de suspiros y lamentos. Quisieron nuestros peregrinos echar á huir y meterse en salvo; mas no pudieron, porque ya comenzaban á entrar de dos en dos funestos enlutados, con sus capuces tendidos, que no se les divisaba el gesto. Traían antorchas amarillas en las manos, no tanto para alumbrar los muertos, cuanto para dar luz de desengaño á los vivos, que la han bien menester. Retiráronse á un rincón los espantados peregrinos, sin osar hablar palabra, con que dieron más lugar á la atención, para ver lo que pasaba y oir lo que decían, aunque muy bajo, dos de aquellos enlutados, que les cayeron más cerca.
¡Qué brava fiereza, decía el uno, la de esta cruel tirana! Al fin hembra, que todos los mayores males lo son, la hambre, la guerra, la peste, las arpías, las sirenas, las furias y las parcas.
Sí, respondía el otro; pero ninguna como ésta, que, si las demás persiguen y atormentan, no es con tal exceso. Si una calamidad os quita la hacienda, déjaos la salud; si la otra la salud, déjaos la vida; si ésta os priva de la dignidad, déjaos los amigos para el consuelo; si aquélla os roba la libertad, déjaos la esperanza. De modo que ninguna de las desdichas apura del todo; todas operan algo para el consuelo. Esta sola, peor de cuantas hay, todo lo barre, con todo acaba de una vez, con la hacienda, con la patria, amigos, deudos, hermanos, padres, contento, salud y vida, enemiga mayor del género humano, asesina de todos.
Bástale, dijo el otro, ser peor que cuñada, peor que madrastra. Pues suegra de la vida, ¿qué otro puede ser la muerte?
Mas al nombrarla ella como tan ruin acudió luego. Comenzaron á entrar los de su séquito, que es grande, unos que la preceden y otros que la siguen. Estaban espantados nuestros peregrinos, callando como unos muertos y, cuando esperaban ver entrar en fúnebre pompa tropas de fantasmas, catervas de visiones, ejércitos de trasgos, multitud de larvas y un escuadrón de funestos monstruos, vieron muy al contrario muchos ministros suyos muy colorados, gruesos y lucidos, no sólo no tristes, pero muy risueños y placenteros, cantando y bailando con brava chanza y bureo. Fuéronse partiendo por todo aquel teatro soterráneo, con que comenzaron ya á respirar nuestros peregrinos y, aun habiendo cobrado ánimo Andrenio, se fué acercando á uno de ellos, que le pareció de mejor humor y de buen gusto:
Señor mío, le dijo, ¿qué buena gente es ésta?
Miróselo él y, viéndole algo encogido, le dijo:
Acaba ya de desenvolverte, que aun en el palacio de la muerte no conviene el ser mozo vergonzoso; más vale tener un punto y aun dos de entremetido. Sabrás que éste es el cortejo de la reina de todo el mundo, mi señora la Muerte, que ahí cerca viene; nosotros somos sus más crueles verdugos.
No lo parecéis, replicó Critilo, desencogiéndose también, pues veniste de fiesta y de placer, cantando y riendo. Yo siempre creí que los asesinos suyos eran tan fieros como crueles, intratables y ásperos, consumidores y consumidos, de tan mala catadura como ella.
Ésos, respondió él, doblando la risa, eran los del tiempo antiguo; ya no se usan, todo está muy trocado, nosotros la asistimos agora.
¿Y quién eres tú?, le preguntó Andrenio.
Yo soy, no lo creeréis, un Hartazgo.
Y aun por eso tan cariharto. ¿Y aquel otro?
Es un convitón, éste de mi otro lado es un almuerzo, el de más allá un merendón, la otra una fiambrera, aquéllas las buenas cenas que han muerto á tantos.
¿Y aquel adamado y galán?
Es un mal francés.
¿Y aquellas otras tan lindas?
Son unas búas. Y así de las que veis, que ya los más de los mortales se mueren por lo que les mata y apetecen lo que les acarrea la muerte. Antes moría un hombre de una pesadumbre, de un despecho, de un cansancio; pero ya han dado muchos en la cuenta. No los matan ya pesares ni acaban penas. ¿Quién creerá que aquella tan blanca, que está allí, es una leche de almendras y que no pocos mueren de ella? Otra cosa te sé decir, que ya los menos son los que matan los asesinos de la muerte y los más los que ellos mismos se matan. Ellos se la toman por sus manos. Veis allí los desórdenes, asesinos de la juventud. Aquel tan agradable es un jarro de agua fría. Aquellos otros tan bellos son los soles de España, los serenísimos de Italia, las lunas de Valencia, los dolores de Francia, toda ella linda gente.
No paraban de entrar achaques y sin saberse por dónde, aunque por todas partes. Y decía Andrenio:
Hartazgo mío ¿por dónde entran éstos?
¿Por dónde? Muerte no venga, que achaque no falta. Pero atended, que entra ya ella misma, si no en persona, en sombra y en huesos.
¿En qué lo conoces?
En que comienzan á entrar ya los médicos, que son los inmediatos á ella, los más ciertos ministros, los que la traen infaliblemente.
No me dejes, Hartazgo mío, que querría dármelo de curiosidad, demás que estoy ya temblando aquel su mal gesto.
Pues advierte que no le tiene ni malo ni bueno para proceder más descarada.
¿Con qué ojos nos mirará?
Con ningunos, que no tiene miramiento.
¡Qué mala cara nos hará!
Antes no la hace, sino que la deshace.
Hablemos bajo, no nos oiga.
No hay que temer, que á nadie escucha ni oye razón ni querella.
Entró finalmente la tan temida reina, ostentando aquel su tan estraño aspecto á media cara. De tal suerte, que era de flores la una mitad y la otra de espinas; la una de carne blanda y la otra de huesos; muy colorada aquélla y fresca, que parecía de cosas entreveradas de jazmines; muy seca y muy marchita ésta, con tal variedad, que al punto que la vieron dijo Andrenio:
¡Qué cosa tan fea!
Y Critilo:
¡Qué cosa tan bella!
¡Qué monstruo!
¡Qué prodigio!
De negro viene vestida.
No, sino de verde.
Ella parece madrastra.
No, sino esposa.
¡Qué desapacible!
¡Qué agradable!
¡Qué pobre!
¡Qué rica!
¡Qué triste!
¡Qué risueña!
Es, dijo el ministro que estaba en medio de ambos, que la miráis por diferentes lados y así hace diferentes visos, causando diferentes efectos y afectos. Cada día sucede lo mismo, que á los ricos les parece intolerable y á los pobres, llevadera; para los buenos viene vestida de verde y para los malos de negro; para los poderosos no hay cosa más triste ni para los desdichados más alegre. ¿No habéis visto tal vez un modo de pinturas, que, si las miráis por un lado, os parece un ángel, y si por el otro, un demonio? Pues así es la muerte. Haceros heis á su mala cara dentro de breve rato, que la más mala no espanta en haciéndose á ella.
Muchos años serán menester, replicó Andrenio.
Sentóse ya en aquel trono de cadáveres, en una silla de costillas mondas, con brazos de canillas secas y descarnadas, sitial de esqueletos, y por cojines calaveras, bajo un deslucido dosel de tres ó cuatro mortajas, con goteras de lágrimas y randas al aire de suspiros, como triunfando de soberanías, de bellezas, de valentías, de riquezas, de discreciones y de todo cuanto vale y se estima.
Luego que estuvo de asiento, trató de tomar residencia á sus ministros, comenzando por el valido. Y cuando la imaginaran terrible: ¡Será horrenda y espantosa, al fin de residencia!, la experimentaron al revés, gustosa, placentera y entretenida y muy de recreo. Cuando aguardaban que arrojase en cada palabra un rayo, oyeron una y otra chanza. Y en vez de una envenenada saeta en cada razón, comenzó con lindo humor á entretenerse desta suerte:
Venid acá, pesares, decía, y no os me alleguéis muy cerca; más allá, más de lejos. ¿Cómo os va de matar necios? Y vosotros, cuidados, ¿cómo os va de asesinar simples? Salid acá, penas, ¿cómo va de degollar inocentes?
Muy mal, señora, la respondieron, que ya todos caen en la cuenta de no caer ni en la cama, cuanto menos en la sepultura. No se usa ya el morir de tontos; todo va á la malicia.
Apartaos, pues, vosotros matabobos, y salid acá vosotros, matalocos.
Saltó al punto la guerra con sus asaltos y choques.
¡Oh, amiga mía!, la dijo: ¿Cómo te va de degollar centenares de millares de franceses en España y de españoles en Francia? Que, si se sacase la cuenta de los que han muerto las gacetas francesas y relaciones españolas, llegaría sin duda á docientos mil españoles cada año y otros tantos franceses, pues no viene relación, que no traiga veinte y treinta mil degollados.
Es engaño, señora, que no mueren peleando al cabo del año ocho mil de ambas partes. Mienten las relaciones y mucho más las gacetas.
¿Cómo no, cuando yo veo que de todos, cuantos van á la campaña, no vuelve ninguno? ¿Qué se hacen?
¿Qué? Mueren de hambre, señora, de enfermedades, de malpasar, de necesidad, de desnudez y de desdichas.
He, que todo es uno para mí, dijo la Muerte. ¿Ellos al cabo no perecen todos? Sea de pelear, sea de no pelear, sea de lo que fuere, ¿sabéis lo que me parece? Que la campaña es como la casa del juego, que todo el dinero se hunde en ella, ya en barajas, ya en baratos, en luces y en refrescos ¡Oh, buen príncipe aquel y grande amigo mío, que acorralaba veinte mil españoles en una plaza y los hacía perecer todos de hambre, sin dejarles echar mano á la espada! Si eso hicieran, no había para comenzar de toda Francia. Que á los españoles no les han faltado sino cabos chocadores, no soldados avanzadores. ¡Pues aquel otro, que hizo perecer más de otros tantos, á vista del enemigo, todos de hambre y de desdicha de jefes! Pero quítateme de delante, anda de ahí, guerra malnacida y peor ejercitada. Pues sin pelear, ¿cuándo el ejército se denominó del ejercicio?
Yo sí, señora, que mato y asuelo y destruyo en estos tiempos todo el mundo.
¿Quién eres tú?
¿Pues no me conoces? ¿Ahora sales con eso, cuando yo creí que estaba en tu valimiento?
No doy en la cuenta.
Yo soy la peste, que todo lo barro y todo lo ando, paseándome por toda la Europa, sin perdonar la saludable España, afligida de guerras y calamidades: que allá va el mal donde más hay. Y todo esto no basta para castigo de su soberbia.
Saltó al punto un tropel de entremetidos, diciendo:
¿Qué dices? ¿Qué blasonas tú? ¿No sabes que toda esta matanza á nosotros se nos debe?
¿Quién sois vosotros?
¿Quiénes? Los contagios.
¿Pues en qué os diferenciáis de las pestes?
¿Cómo en qué? Díganlo los médicos, ó si no, dígalo mi compañero, que es más simple que yo.
Lo que sé es que, mientras los ignorantes médicos andan disputando sobre si es peste ó es contagio, ya ha perecido más de la mitad de una ciudad y al cabo toda su disputa viene á parar en que la que al principio ó por crédito ó por incredulidad se tuvo por contagio, después al echar de las sisas ó gabelas fué peste confirmada y aun pestilencia incurable de las bolsas. Al fin, vosotros pestes ó contagios, sus alcahuetes, quitáosme de delante, que no hacéis cosa á derechas, pues sólo las habéis con los pobres desdichados y desvalidos, no atreviéndoos á los ricos y poderosos, que todos ellos se os escapan con aquellas tres alas de las tres eles, luego, lejos y largo tiempo, esto es, luego en el huir, lejos en el vivir y largo tiempo en volver. De modo que no sois sino matadesdichados, aceptadores de personas y no ministros fieles de la divina justicia.
Yo sí, señora, que soy el verdugo de los ricos, la que no perdono á los poderosos.
¿Quién eres tú, que pareces la Fénix entre los males?
Yo, dijo, soy la gota, que no sólo no perdono á los poderosos; pero me encarnizo en los príncipes y los mayores monarcas.
Gentil partida, dijo la Muerte. Tú no sólo no les quitas la vida; pero dicen que se les alargas veinte ó treinta años más desde que comienzas. Y lo que se ve es que están muy bienhallados contigo, sirviéndoles de arbitrio de su poltronería y de alcahueta de su ocio y su regalo. Sepan que yo tengo de hacer reforma de malos ministros y desterrarlos á todos por inútiles y ociosos donde hay médicos. Y he de comenzar por aquella gran follona la cuartana, por quien jamás dobla campana. Que no sirve sino de hacer regalones los hombres, agotando el vino blanco y encareciendo las perdices. Mirad qué cara de hipócrita. Ella come bien y bebe mejor y sin hacerme servicio alguno pide premio, después de muchas ayudas de costa. Hola, mis valientes, los matantes, ¿dónde andáis? Dolores de costado, tabardillos y detenciones de orina, andad luego y acabad con estos ricos, con estos poderosos, que se burlan de las pestes y se ríen de la gota y hacen fisga de la cuartana y jaqueca.
Rehusaban ellos la ejecución del mandato y no se movían.
¿Qué es esto?, dijo la Muerte. Parece que teméis la empresa. ¿De cuándo acá?
Señora, la respondieron, mándanos matar cien pobres, antes que un rico; docientos desdichados, antes que un próspero, aunque sea Colona. Porque, demás de que son muy dificultosos de asesinar éstos, nos concitamos el odio universal de todos los otros.
¡Oh, qué bueno está eso!, ponderó la Muerte. ¿Y ahora estamos en eso? Si en eso reparamos, nada valdremos. Ora, yo os quiero contar al propósito y al ejemplo y demos este rato de treguas á los mortales, que no hay suspensión de mis flechas, como un rato de olvido, cuando la memoria de la muerte toda la vida desazona. Habéis de saber que, cuando yo vine al mundo, hablo de mucho tiempo, allá en mi noviciado, aunque entré con vara alta y como plenipotenciaria de Dios, confieso que tuve algún horror al matar y que anduve en contemplaciones á los principios, si mataré éste, no sino aquél, si el rico, si el poderoso, si la hermosa, no sino la fea, si el mozo gallardo, si el viejo; pero al fin ya me resolví con harto dolor de mi corazón. Aunque dicen que no le tengo ni entrañas y que soy dura. ¿Qué mucho, si soy toda huesos? Determiné comenzar por un mozo rollizo y bello como un pino de oro, déstos que hacen burla de mis tiros. Parecióme que no haría tanta falta en el mundo ni en su casa, como un hombre de gobierno hecho y derecho. Encaréle mi arco, que aún no usaba de guadaña ni la conocía. Confieso que me temblaba el brazo, que no sé cómo me acerté el tiro; pero al fin él quedó tendido en aquel suelo y al mismo punto se levantó todo el mundo contra mí, clamando y diciendo:
¡Oh cruel, oh bárbara Muerte! Mirad quién ha asesinado á un mancebo el más lindo, que agora comenzaba á vivir, en lo más florido de su edad, qué esperanzas ha cortado, qué belleza ha malogrado la traidora. Aguardara á que se sazonara y no cogiera el fruto en agraz y en una edad tan peligrosa. ¡Oh malograda juventud!
Llorábanle sus padres, lamentábanse sus amigos, suspiraban muchas apasionadas, hizo duelo á toda una ciudad. De verdad que quedé confusa y aun arrepentida de lo hecho. Estuve algunos días sin osar matar ni parecer; pero al fin él pasó por muerto para ciento y un año. Viendo esto, traté de mudar de rumbo, encaré el arco contra un viejo de cien años.
Á éste sí, decía yo, que no le plañirá nadie; antes todos se holgarán, que á todos los tenía cansados con tanto reñir y dar consejos. Á él mismo pienso haberse hecho favor, que vivía muriendo. Que, si la muerte para los mozos es naufragio, para los viejos, tomar puerto. Flechéle un catarro, que le acabó en dos días y, cuando creí que nadie me condenara la acción, antes bien todos me la aplaudieran y aun la agradecieran, sucedió tan al contrario, que todos á una voz comenzaron á malearla y á decir mil males de mí, tratándome, si antes de cruel, agora de necia, la que así mataba un varón tan esencial á la república.
Éstos, decían, con sus canas honran las comunidades y con sus consejos las mantienen. Agora había de comenzar á vivir éste lleno de virtud, hombre de conciencia y de experiencia. Estos agobiados son los puntales del bien común.
Quedé, cuando oí esto, de todo punto acobardada, sin saber á quién llevarme. Mal, si al mozo; peor, si al anciano. Tuve mi reconsejo y determiné encarar el arco contra una dama moza y hermosa.
Esta vez sí, decía, que he acertado el tiro, que nadie me hará cargo, porque ésta era una desvanecida, traía en continuo desvelo á sus padres y con ojeriza á los ajenos, la que volvía locos, digo más de lo que lo estaban, á los mozos, tenía inquieto todo el pueblo. Por ella eran las cuchilladas, el ruido de noche, sin dejar dormir á los vecinos, trayendo sobresaltada la justicia. Y para ella es ya favor, cuando fuera venganza el dejarla llegar á vieja y fea. Al fin yo la encaré unas viruelas, que ayudadas de un fiero garrotillo en cuatro días la ahogaron. Mas aquí fué el alarido común, aquí la conjuración universal contra mis tiros. No quedó persona, que no me murmurase, grandes y pequeños, echándome á centenares las maldiciones.
¡Hay tan mal gusto, decían, como el desta muerte! ¡Hay semejante necedad! ¡Que una sola hermosa, que había en el pueblo, ésa se la haya llevado, habiendo cien feas en que pudiera escoger y nos hubiera hecho lisonja en quitárnoslas de delante!
Concitaban más el odio contra mí sus padres, que llorándola noche y día, decían:
¡La mejor hija, la que más estimábamos, la más bienvista, que ya se estaba casada! Llevárase la tuerta, la coja, la corcovada: aquéllas serán eternas, como vajilla quebrada.
Impacientes los amantes me acuchillaran si pudieran:
¡Hay tal crueldad! ¡Que no la enterneciesen aquellas dos mitades del sol en sus dos ojos y ni la lisonjeasen aquellos dos floridos meses de sus dos mejillas, aquel oriente de perlas de su boca y aquella madre de soles de su frente, coronada de los rayos de sus rizos! Ello ha sido envidia ó tiranía.
Quedé aturdida desta vez. Quise hacer el arco mil astillas; mas no podía dejar de hacer mi oficio: los hombres á vivir y yo á matar. Volví la hoja y maté una fea.
Veamos agora, decía, si callará esta gente, si estaréis contentos.
¡Pero quién tal creyera! Fué peor, porque comenzaron á decir:
¡Hay tal impiedad! ¡Hay tal fiereza! ¿No bastaba que la desfavoreció la naturaleza, sino que la desdicha la persiguiese? No se diga ya ventura de fea.
Clamaban sus padres:
La más querida, decían, el gobierno de la casa; que estas otras lindas no tratan sino de engalanarse, mirarse al espejo y que las miren.
¡Qué entendida!, decían los galanes. ¡Qué discreta!
Asegúroos, que no sabía ya qué hacerme. Maté un pobre, pareciéndome le hacía mercedes, según vivía de laceriado: ni por ésas; antes bien todos contra mí.
Señor, decían, que matara un ricazo, harto de gozar del mundo, pase; pero un pobrecillo, que no había visto un día bueno, ¡gran crueldad!
Calla, dije, que yo me enmendaré, yo mataré antes de muchas horas un poderoso.
Y así lo ejecuté; mas fué lo mismo que amotinar todo el mundo contra mí. Que tenía infinitos parientes, otros tantos amigos, muchos criados y á todos dependientes. Maté un sabio y pensé perderme, porque los otros fulminaron discurso y aun sátiras contra mí. Maté después un gran necio y salióme peor, que tenía muchos camaradas y comenzaron á darme valientes mazadas.
¿Señores, en qué ha de parar esto?, decía yo. ¿Qué he de hacer? ¿Á quién he de matar?
Determiné consultar primero los tiros con aquellos mismos en quienes se habían de ejecutar y que ellos mismos se escogiesen el modo y el cuándo; pero fué echarlo más á perder, porque á ninguno le venía bien ni hallaban el modo ni el día. Para holgarse y entretenerse, eso sí; pero para morir, de ningún modo.
Déjame, decían, concluir con estas cuentas, agora estoy muy ocupado. ¡Oh qué mala sazón! Querría acomodar mis hijos, concertar mis cosas.
De modo que no hallaban la ocasión ni cuando mozos ni cuando viejos ni cuando ricos ni cuando pobres. Tanto, que llegué á un viejo decrépito y le pregunté si era hora y respondióme que no, hasta el año siguiente. Y lo mismo dijo otro. Que no hay hombre, por viejo que esté, que no piense que puede vivir otro año. Viendo que ni esto me salía, di en otro arbitrio y fué de no matar sino á los que me llamasen y me deseasen, para hacer yo crédito y ellos vanidad; pero no hubo hombre que tal hiciese. Uno sólo me envió á llamar tres ó cuatro veces. Híceme de rogar, para ver si la misma privación le causaría apetito y, cuando llegué, me dijo:
No te he llamado para mí, sino para mi mujer.
Mas ella, que tal oyó, enfurecida dijo:
Yo me tengo lengua para llamarla, cuando la hubiere menester. ¿Quién le mete á él en eso? Mirad ¡qué caritativo marido!
Así que ninguno me buscaba para sí, sino para otro, las nueras para las suegras, las mujeres para los maridos, los herederos para los que poseían la hacienda, los pretendientes para los que gozaban de los cargos, pegándome bravas burlas, haciéndome todos ir y venir, que no hay mejor deuda ni más mala paga. Al fin, viéndome puesta en semejante confusión con los mortales y que no podía averiguarme con ellos, mal si mato al viejo, peor si al mozo, si la fea, si la hermosa, si el pobre, si el rico, si el ignorante, si el sabio:
Gente de la maldición, decía, ¿á quién he de matar? Concertaos. Veamos qué ha de ser. Vosotros sois mortales, yo matante: yo he de hacer mi oficio.
Viendo, pues, que no había otro expediente ni modo de ajustarnos, arrojé el arco y así de la guadaña, cerré los ojos y apreté los puños y comencé á segar todo parejo, verde y seco, crudo y maduro, ya en flor, ya en grano, á roso y á belloso, cortando á la par rosas y retamas, dé donde diere.
Veamos agora si estaréis contentos.
Con este modo de proceder me hallé bien. Que el poco mal espanta y el mucho amansa. Con él me he quedado, así prosigo y digan lo que dijeren, murmuren cuanto quisieren, que ellos me lo pagarán. Digan ellos, que yo haré y así habéis de hacer vosotros.
En confirmación de esto, llamó uno de aquellos sus fieros ministros y dióle un apretado orden, aun desorden: que fuese y asesinase un poderoso, que de nada hacía caso. Comenzó á embarazarse el verdugo y aun hacerse de pencas.
¿De qué temes?, le dijo. ¿Á éste hallas dificultad en chocar con él?
No señora, que éstos, el primer día están malos, el segundo mejores, al tercero no es nada y al cuarto mueren.
¿Pues qué?, los muchos remedios, ¿qué se han de hacer?
Menos, que antes éstos nos ayudan, atropellándose unos á otros, sin dejarles obrar los segundos á los primeros, por lo malsufrido del enfermo, hecho á su gusto é imperio.
¿Recelas las muchas plegarias y oraciones, que se han de mandar hacer por él?
Tampoco, que tienen éstos poco obligado al cielo en salud y, aunque se manden enterrar tal vez con un hábito bendito, no por eso los deja de conocer el diablo.
¿Pues en qué reparas?
En el odio, que te has de conciliar, por tener muchos parientes y dependientes.
Eso es lo de menos; antes bien no hay tiro más acreditado y que mejor nos salga, que el que se emplea en uno déstos, porque son los puercos de la casa del mundo, que el día que los matan, ellos gruñen y los demás se ríen, ellos gritan y los demás se alegran. Porque aquel día todos tienen que comer, los parientes heredan, los sacristanes repican, aunque dicen que doblan, los mercaderes venden sus bayetas, los sastres las cosen y hurtan, los lacayos las arrastran, páganse las deudas, danse limosnas á los pobres. De suerte que á todos viene bien, lloran de cumplimiento y ríen de contento.
¿Recelas el descrédito?
De ningún modo, porque antes éstos vuelven por nosotros, diciendo todos que él se ha muerto, él se tiene la culpa, era un desreglado, no sólo en salud, pero aun enfermo: enjaguaráse cien veces, variando tazas el día de la mayor fiebre; tenía en un salón doce camas, pegada la una con la otra y íbase revolcando por todas ellas del un lado al otro y volviendo á deshacer la rueda en el mayor crecimiento; viven aprisa y así acaban presto.
¿Pues en qué reparáis?
Yo te lo diré. Reparo, señora, y dijo esto con notable sentimiento y aun con lágrimas, en que con todo lo que matamos, hacemos más riza que provecho, pues no enmiendan sus vidas los mortales ni corrigen sus vicios; antes se experimenta que hay más pecados después de una gran peste y aun en medio della, que antes.
Luego hallé una ciudad de rameras y, en lugar de una que pereció, acuden cuatro y cinco. Matamos á unos y á otros y ninguno de los que quedan se da por entendido. Si muere el joven, dice el viejo:
Éstos son unos desreglados, fíanse en sus robusteces, atropellan con todo, no hay que espantar. Nosotros sí que vivimos, que nos sabemos conservar, caemos de maduros. De aquí es que mueren más mozos que viejos. Toda la dificultad está en pasar de los treinta, que de ahí adelante es un hombre eterno.
Al contrario discurren los mozos, cuando muere el viejo:
¿Qué se podía esperar déste? Bien logrado va, todos como él, de lo que ha vivido me admiro.
Si muere el rico, se consuela el pobre:
Éstos son voraces, comen bien, cenan mejor, hasta reventar, no hacen ejercicio, no dijieren, no consumen los malos humores, no trabajan, no sudan como nosotros.
Pero si muere el pobre, dice el rico:
Estos desdichados comen poco y mal alimento, andan desarrapados, duermen por los suelos. ¿Qué mucho? Para ellos se hicieron los contagios y faltaron las medicinas.
Si muere el poderoso, luego dicen que de pesares; si el príncipe, de veneno; si el docto, trabajaba de cabeza; si el letrado, tenía muchos negocios; si el estudiante, estudiaba mucho, viviera un poco más y supiera un poco menos; si el soldado, llevaba jugada la vida, como si él la llevase ganada; si el sano, fíase en la salud; si el enfermizo, estábase dicho. Desta suerte todos tratan y piensan vivir ellos, lo que los otros dejan. Ninguno escarmienta ni se da por entendido.
Buen remedio, dijo la Muerte: matar de todo y por un parejo, mozos y viejos, ricos y pobres, sanos y enfermos, para que viendo el rico que no solos mueren los pobres y el mozo que no solos los viejos, escarmienten todos y cada uno tema. Con eso no echarán el perro muerto á la puerta del vecino ni se apelarán al otro reloj, como el que está cenando capones en víspera de ayuno. Por eso yo doy bravos saltos de la choza al alcázar y de la barraca al homenaje.
Señora, yo no sé ya qué hacerme, dijo un malcarado ministro. No sé de qué valerme contra un cierto sujeto, que ha muchos años que ando tras acabarle y él bueno que bueno.
Si eso es, no le acabarás ni bastan con él pesares, desdichas, malas nuevas, pérdidas grandes, muertes de hijos y parientes: siempre vivo que vivo.
¿Es italiano?, preguntó la muerte. Porque eso sólo le basta, que saben vivir.
No señora, que, si eso fuera, no me cansara.
¿Es necio? Porque ésos antes matan que mueren.
No lo creo, que harto sabe quien sabe vivir. Él no trata sino de holgarse. No hay fiesta que no goce, paseo en que no se halle, comedia que no vea, prado que no desfrute ni día bueno que no le logre. ¿Cómo puede ser necio?
Sea lo que fuere, concluyó la Muerte, no hay tal cosa como echarle un médico ó un par, para más asegurarlo. Mirad, decía, ministros míos, no os canséis, no pongáis estudio en matar los muy sanos y robustos, los valientes, que la misma confianza los engaña; en quien habéis de poner todo el cuidado y conato es en matar un achacoso, un enfermizo, un podrido, uno déstos que cenan huevos. Ahí está toda la dificultad, porque éstos cada día acaban y cada día resucitan y así veréis que, mientras acaba de acabar uno déstos, mueren ciento de los muy robustos y llevan traza de acabar con todos.
Despachaba dos esbirros, un Ahito á matar un pobre, y una Inedia á un rico. Replicaron ellos que llevaban encontrados los frenos.
He, que no lo entendéis, les dijo. ¿No habéis oído, cuando enferma el pobre, decir á todos que es de hambre y unos y otros le envían y hacen que comer y le embuten, con que viene á morir de repleción? Al contrario al rico luego dicen que es de ahito, que todo su mal es de tragar, con que le quitan el comer y viene á morir de hambre.
Iban llegando ministros de la cruda reina de varias partes y decíales:
¿De dónde venís? ¿Dónde habéis andado?
Y respondían: las Mutaciones de Roma, los Letargos de España, las Apoplejías de Alemania, las Disenterías de Francia, los Dolores de costado de Inglaterra, los Romadizos de Suecia, los Contagios de Constantinopla y la Sarna de Pamplona.
¿Y en la isla pestilente, quién ha estado?
Ella es tal, que todos la habemos huído, que dicen se llamó así, más por sus moradores, que por sus males.
Pues alto, id allá todos juntos y no me dejéis extranjero á vida.
¿Y también los prelados?
Mejor, que no tienen el vulgar remedio.
Esto estaban viendo y oyendo, no en sueños ni por imaginación fantástica, sino muy en desvelo y muy de veras, olvidados de sí mismos, cuando ceñó la Muerte á una Decrepitud y la dijo:
Llégate ahí y emprende de buen ánimo, que yo acometo cara á cara á los viejos, si á traición á los jóvenes. Y acaba ya con esos dos pasajeros de la vida y su peregrinación tan prolija, que tienen ya enfadado y cansado á todo el mundo. Vinieron á Roma en busca de la Felicidad y habrán encontrado la Desdicha.
Aquí perecemos sin remedio, iba á decir Andrenio.
Pero helósele la voz en la garganta y aun las lágrimas en los párpados, asiéndose fuertemente de su conducidor peregrino.
Buen ánimo, le dijo éste, y mayor en el más apretado trance, que no faltará remedio.
¿De qué suerte, replicó, si dicen que para todo le hay, sino para la muerte?
Engañóse quien tal dijo, que también le hay, yo le sé, y nos ha de valer agora.
¿Cuál sera ése?, instó Critilo. ¿Es acaso el valer poco, el servir de nada en el mundo, el ser suegro necio, el desearnos la muerte los otros por la expectativa, ó el dejarla nosotros por alivio, cargarnos de maldiciones, el ser desdichados?
Nada, nada de todo eso.
¿Pues qué será?
Remedio para no morir.
Ya muero por saberlo y por probarlo.
Tiempo tendremos, que el morir de viejos no suele ser tan de repente.
Este único remedio, tan plausible, cuan deseado, será el asunto de nuestra última Crisi.
CRISI XII
La isla de la inmortalidad.
Error plausible, desacierto acreditado fué aquel tan celebrado llanto de Jerjes, cuando, subido en una eminencia, desde donde pudo dar vista á sus innumerables huestes, que agotando los ríos inundaban las campañas, cuando otro no pudiera contener el gozo, él no pudo reprimir el llanto. Admirados sus cortesanos de tan estraño sentimiento, solicitaron la causa tan escondida, cuan impensada. Aquí el rey, ahogando palabras en suspiros, les respondió:
Yo lloro de ver hoy los que mañana no se verán. Pues del modo que el viento lleva mis suspiros, así se llevará los alientos de sus vidas. Prevéngoles las obsequias á los que dentro de pocos años, todos los que hoy cubren la tierra, ella los ha de cubrir á ellos.
Celebran mucho los apreciadores de lo bien dicho, este dicho y este hecho; mas yo ríome de su llanto, porque, preguntárale yo al gran monarca del Asia:
Sire, estos hombres ó son insignes ó vulgares. Si famosos, nunca mueren; si comunes, mas que mueran. Eternízanse los grandes hombres en la memoria de los venideros; mas los comunes yacen sepultados en el desprecio de los presentes y en el poco reparo de los que vendrán. Así que son eternos los héroes y los varones eminentes inmortales.
Éste es el único y el eficaz remedio contra la muerte, les ponderaba á Critilo y á Andrenio su peregrino, tan prodigioso que nunca envejecía ni le surcaban los años el rostro con arrugas del olvido ni le amortajaron la cabeza con las canas, repitiendo para inmortal:
Seguidme, les decía, que hoy intento trasladaros de la casa de la muerte al palacio de la vida, desta región de horrores del silencio á la de los honores de la fama. Decidme: ¿nunca habéis oído nombrar aquella célebre isla de tan rara y plausible propiedad, que ninguno muere ni puede morir, si una vez entra en ella? Pues de verdad, que es bien nombrada y apetecida.
Ya yo he oído hablar de ella algunas veces, dijo Critilo; pero como de cosa muy allende, acullá en los antípodas, socorro ordinario de lo fabuloso lo lejos, y como dicen las abuelas, de largas vías cercanas mentiras. Por lo cual, yo siempre la he tenido por un espantavulgo, remitiéndola á su simple credulidad.
¿Cómo es eso de bene trobato?, replicó el peregrino. Isla hay de la inmortalidad, bien cierta y bien cerca, que no hay cosa más inmediata á la muerte que la inmortalidad: de la una se declina á la otra. Y así veréis que ningún hombre, por eminente que sea, es estimado en vida. Ni lo fué el Ticiano en la pintura ni el Bonarota en la escultura ni Góngora en la poesía ni Quevedo en la prosa. Ninguno parece, hasta que desaparece. No son aplaudidos, hasta que idos. De modo que, lo que para otros es muerte, para los insignes hombres es vida. Asegúroos que yo la he visto y andado, gozándome hartas veces en ella, y aun tengo por empleo conducir allá los famosos varones.
Aguarda, dijo Andrenio. Déjame hacer fruición de semejante dicha. ¿De veras que hay tal isla en el mundo y tan cerca y que, en entrando en ella, á Dios muerte?
Dígote, que la has de ver.
Aguarda, ¿y que ya no habrá ni el temor de morir, que aun es peor que la misma muerte?
Tampoco.
¿Ni el envejecer, que es lo que más sienten las Narcisas?
Menos: no hay nada de eso.
De modo que ¿no llegan los hombres á estar chochos ni decrépitos ni á monear aquellos tan prudentazos antes, que es brava lástima verlos después niñear, los que eran tan hombres?
Nada, nada de eso se experimenta en ella.
¡Oh, la bella cosa!
En entrando allá, digo, fuera canas, fuera toses y callos, á Dios corcova y me pongo tieso, lucido y colorado y me remozo y me vuelvo de veinte años, aunque mejor será de treinta.
¡Y qué daría por poder hacer otro tanto, quien yo me sé! ¡Oh, cuándo me veré en ella, libre de pantuflos y manguitos y muletillas! Y pregunto, ¿hay relojes por allá?
No por cierto, no son menester. Que allí no pasan días por las personas.
¡Oh qué gran cosa! Por solo eso se puede estar allá, que te aseguro que me muelen y me matan cada cuarto y cada instante. Gran cosa vivir de una tirada y pasar sin oir horas, como el que juega por cédulas sin sentir lo que pierde. ¡Qué mal gusto el de los que los llevan en el pecho, sisándose la vida y intimándose de continuo la muerte! Pero otra cosa, inmortal mío, díme, ¿no se come, no se bebe en esa isla? Porque, si no beben, ¿cómo viven? Si no se alimentan, ¿cómo alientan? ¿Qué vida sería ésa? Porque acá vemos que la sabia naturaleza de los mismos medios para el vivir hizo vida: el comer es vivir y el gustar. De modo que todas las acciones más necesarias para la vida las hizo más gustosas y apetecibles.
En eso del comer, respondió el inmortal, hay mucho que decir.
Y que pensar, añadió Andrenio.
Dícese que los héroes se sustentan de higadillas de la Fénix; los valientes, los Pablos de Parada y los Borros, de medulas de leones; pero los más noticiosos desto aseguran que se pasan como los del monte Amanos, del airecillo del aplauso, que corre con los soplos de la fama, con aquello de oir decir: no hay espada como la del señor don Juan de Austria, no hay bastón como el de Caracena, no hay testa como la de Oñate, no hay pico como el de Santillana. Esto es lo que los sustenta, este aplauso, este decir: ¡qué gran virrey el duque de Monte León! No le ha habido mejor en Aragón. No se ha visto otro embajador en Roma como el conde de Siruela, no hay garnacha como el regente de Aragón don Luis de Ejea, no hay mitra como la de Santos en Sigüenza, no hay tres bonetes como los tres hermanos, el deán de Sigüenza, arcipreste de Valpuesta y el arcediano de Zaragoza. Este aplauso les quita las canas y las arrugas y basta hacerlos inmortales. Vale mucho este decir universal: ¡qué gran ministro el presidente! ¡Pues el inquisidor general! No hay tiara como la de Alejandro el Máximo, el dos veces Santo. No hay cetro como el...
Aguarda, dijo Critilo, no querría que fuese esto de hacer los hombres eternos lo de aquel otro del secreto de hacer sólido el vidrio. De quien cuentan que un emperador le hizo hacer pedazos á él, porque no cayesen de su estimación el oro y la plata. Que, si aun desta suerte les decían los indios á los españoles: ¿teniendo el vidrio allá en el otro mundo, venís á buscar el oro en éste? ¿teniendo cristales, hacéis caso de metales?, ¿qué dijeran, si no fuera quebradizo, si le experimentaran durable? Por tan dificultoso tengo yo alcanzarle solidez á la frágil vida, como al delicado vidrio, que para mí, hombre y vidrio todo es uno, á un tris dan un tras y acábase vidrio y hombre.
He, seguidme, les decía su prodigioso. Que hoy mismo habéis de pasear por la gran plaza, por el anfiteatro de la inmortalidad. Fuélos sacando á luz por una secreta mina, pasadizo derecho de la muerte á la eternidad, del olvido á la fama. Pasaron por el templo del trabajo y díjoles:
Buen ánimo, que cerca estamos del de la fama.
Sacólos finalmente á la orilla de un mar tan estraño, que creyeron estar en el puerto, si no de Hostia, de víctima de la muerte, y más cuando vieron sus aguas tan negras y tan oscuras, que preguntaron si era aquel mar donde desagua el Leteo, el río del olvido.
Es tan al contrario, le respondió, y está tan lejos de ser el golfo del olvido, que antes es el de la memoria y perpetua. Sabed que aquí desaguan las corrientes de Elicona, los sudores hilo á hilo y más los odoríferos de Alejandro y de otros ínclitos varones, el llanto de las Eliades, los aljófares de Diana, linfas todas de sus bellas Ninfas.
¿Pues cómo están tan denegridas?
Es lo mejor que tienen. Porque este color proviene de la preciosa tinta de los famosos escritores, que en ella bañan sus plumas. De aquí se dice tomaron jugo la de Homero para cantar de Aquiles, la de Virgilio de Augusto, Plinio de Trajano, Cornelio Tácito de ambos Nerones, Quinto Curcio de Alejandro, Jenofonte de Ciro, Comines del gran Carlos de Borgoña, Pedro Mateo de Enrico Cuarto, Fuen Mayor de Pío Quinto y Julio César de sí mismo. Autores todos validos de la fama. Y es tal la eficacia deste licor, que una sola gota basta á inmortalizar un hombre, pues un solo borrón, que echaba en uno de sus versos Marcial, pudo hacer inmortales á Partenio y á Liciano (otros leen Liñano), habiendo perecido la fama de otros sus contemporáneos, porque el poeta no se acordó de ellos.
Yace en medio deste inmenso piélago de la fama aquella célebre isla de la inmortalidad, albergue feliz de los héroes, estancia plausible de los varones famosos.
Pues dínos ¿por dónde y cómo se pasa á ella?
Yo os lo diré. Las águilas volando, los cisnes surcando, las Fénix de un vuelo, los demás remando y sudando, ansí como nosotros.
Fletó luego una chalupa, hecha de incorruptible cedro, taraceada de ingeniosas inscripciones, con iluminaciones de oro y bermellón, relevada de emblemas y empresas, tomadas del Sorio, del Saavedra, de Alciato y del Solórzano. Y decía el patrón haberse fabricado de tablas, que sirvieron de cubiertas á muchos libros, ya de nota, ya de estrella. Parecían plumas sus dorados remos y las velas lienzos del antiguo Timantes y del Velázquez moderno. Fuéronse ya engolfando por aquel mar en leche de su elocuencia, de cristal en lo terso del estilo, de ambrosía en lo suave del concepto y de bálsamo en lo odorífero de sus moralidades. Oíanse cantar regaladamente los cisnes, que de verdad cantan los del Parnaso. Anidaban seguros los alciones de la historia y andaban saltando alrededor del batel con mucha humanidad los delfines. Iban perdiendo tierra y ganando estrellas y todas favorables, con viento en popa, por irse reforzando siempre más y más los soplos del aplauso. Y para que fuese el viaje de todas maneras gustoso, iba entreteniéndoles el inmortal con su sazonada erudición: que no hay rato hoy más entretenido ni más aprovechado, que el de un bel parlar entre tres ó cuatro. Recréase el oído con la suave música, los ojos con las cosas hermosas, el olfato con las flores, el gusto en un convite; pero el entendimiento con la erudita y discreta conversación entre tres ó cuatro amigos entendidos y no más, porque en pasando de ahí, es bulla y confusión. De modo que es la dulce conversación banquete del entendimiento, manjar del alma, desahogo del corazón, logro del saber, vida de la amistad y empleo mayor del hombre.
Sabed, les decía, oh mis candidados de la fama, pretendientes de la inmortalidad, que llegó el hombre á tener, no ya emulación, pero envidia declarada á una de las aves y no atinaréis tan presto cuál fuese ésta.
¿Sería, dijeron, el águila, por su perspicacia, señorío y vuelo?
No por cierto, que se abate del sol á una vil sabandija, rozando su grandeza.
¿Sin duda que al pavón, por las atenciones de sus ojos, entre tanta bizarría?
Tampoco, que tiene malos dejos.
¿Y al cisne, por lo cándido y lo canoro?
Menos, que es un muy necio callar el de toda la vida.
¿Á la garza, por su bizarra altanería?
De ningún modo, que, aunque remontada, es desvanecida.
Basta ¿que sería la fénix, por lo única en todo?
Por ningún caso, que, demás de ser dudosa, no pudo ser feliz, pues le faltó consorte: si hembra, no tiene macho, y si macho, no tiene hembra.
Válgate por ave, dijeron, ¿y cuál sería, que no queda ya cosa, que envidiar?
Sí, sí queda.
¿Quién tal creyera?
No sé cómo me lo diga. No fué sino al cuervo.
¿Al cuervo?, dijo Andrenio. ¡Qué mal gusto de hombre!
No sino muy bueno y rebueno.
¿Pues qué tiene que lo valga? ¿Lo negro, lo feo, lo ofensivo de su voz, lo desazonado de sus carnes, lo inútil para todo? ¿Qué tiene de bueno?
Oh, sí, una cierta ventaja, que empareja todo eso.
¿Cuál es, que yo no topo con ella?
¿Parécete que es niñería aquello de vivir trecientos años y aún aún?
Sí, algo es eso.
¿Cómo algo? Y mucho y no como quiera.
Sin duda, dijo Critilo, que le viene eso por ser aciago, que todo lo malo dura mucho, los azares nunca se marchitan y todo lo desdichado es eterno. Sea lo que fuere, él llegó á lo que no el águila ni el cisne.
¿Es posible, decía el hombre, que un pájaro tan civil haya de vivir siglos enteros y que un héroe el más sabio, el más valiente, la mujer más linda, la más discreta, no lleguen á cumplir uno ni á vivir el tercio? ¿Qué haya de ser la vida humana tan corta de días y tan cumplida de miserias?
No pudo contener esta su desazón allá en sus interioridades á lo sagaz y prudente, sino que la manifestó luego á lo vulgar y llegó á dar quejas al Hacedor supremo. Oyóle las malfundadas razones de su descontento, escuchóle la prolija ponderación de su sentimiento y respondióle:
¿Y quién te ha dicho á ti que no te he concedido yo muy más larga vida que al cuervo y que al roble y que á la palma? He, acaba ya de reconocer tu dicha y de estimar tus ventajas. Advierte que está en tu mano el vivir eternamente. Procura tú ser famoso, obrando hazañosamente, trabaja por ser insigne, ya en las armas, ya en las letras, en el gobierno y, lo que es sobre todo, sé eminente en la virtud, sé heroico y serás eterno, vive á la fama y serás inmortal. No hagas caso, no, de esa material vida, en que los brutos te exceden. Estima sí la de la honra y de la fama y entiende esta verdad, que los insignes hombres nunca mueren.
Campeaban ya mucho y de muy lejos dejábanse ver entre brillantes esplendores unos portentosos edificios, que en divisándolos, gritó Andrenio:
Tierra, tierra.
Y el inmortal:
Cielo, cielo.
Aquéllos, sin más ver, dijo Critilo, son los obeliscos corintios, los romanos coliseos, las babilónicas torres y los alcázares persianos.
No son, dijo el inmortal, antes bien calle la bárbara Menfis sus pirámides y no blasone Babilonia sus homenajes, porque éstos los exceden á todos.
Cuando estuvieron ya más cerca, que pudieron distinguirlos, conocieron que eran de materia muy tosca y muy común, sin arte ni simetría, sin molduras ni perfiles. Tanto, que pasando Andrenio de admirado á ofendido, dijo:
¡Qué cosa tan baja y tan vil es ésta! ¡Qué edificios tan indignos de un tan sublime puesto!
Pues advierte, le respondió el inmortal, que éstos son los más celebrados del mundo. ¿Qué importa que lo material sea común, si lo formal de ellos es bien raro? Éstos han sido siempre venerados y plausibles y con mucho fundamento. Cuando los anfiteatros y los coliseos ya cayeron, éstos están en pie; aquéllos acabaron, éstos permanecen y durarán eternamente.
¿Qué muro viejo y caído es aquel, que causa horror el mirarle?
Aquel es más celebrado y más vistoso, que todas las suntuosas fachadas de los palacios más soberbios. Aquéllas son las almenas de Tarifa, por donde arrojó el puñal don Alonso Pérez de Guzmán.
Y es de notar, ponderó Critilo, que ese Guzmán el Bueno fué en tiempo de don Sancho el Cuarto.
Á par dél campea aquel otro, donde la no menos que valerosa matrona, levantando su falda, levantó bandera de gloriosa vitoria, que en una mujer y al verde gollar el hijo fué valor de singular alabanza.
¿Qué cueva es aquella, que allí se divisa, aunque tan oscura?
No es sino muy clara y muy esclarecida. Aquella es la tan nombrada cueva Donga del inmortal infante don Pelayo, más venerada, que los dorados alcázares de muchos de sus antecesores y aun descendientes.
¿Qué arrasada trinchera es aquella, que allí se admira?
Dígalo el conde de Ancurt, que se acordará bien, pues ahí perdió el renombre de invencible y lo ganó el valeroso duque del Infantado, mostrando bien ser nieto del Cid y heredero de su gran valor. Por aquellas otras tres brechas introdujeron el socorro en Valencianes aquellos tres rayos, tres bravos chocadores, el afortunado señor don Juan de Austria, el único francés en la constancia, el plausible príncipe de Condé y el Marte de España, Caracena.
¿Cómo no se descuellan aquí, replicó Critilo, las pirámides gitanas, tan decantadas y repetidas de los gramáticos pedantes?
Y aun por eso. Porque los reyes, que las construyeron, no fueron famosos por sus hechos, sino por su vanidad. Y así veréis que aun sus nombres se ignoran ni se sabe quiénes fueron. Sola queda la memoria de las piedras; pero no de las hazañas de ellos. Tampoco toparéis aquí las doradas casas de Nerón ni los palacios de Eliogábalo, que, cuando más duraban sus soberbios edificios, pavonaban más sus viles hierros.
Señores, decía Andrenio, ¿qué se ha hecho de tanto ostentoso sepulcro con sus necias inscripciones, hablando, no con los caminantes materiales, como creyeron algunos simples, sino con los pasajeros de la vida? ¿Dónde están, que no parecen?
Ésos sí que fueron obras muertas, fundadas en piedras frías. Gastaron muchos grandes tesoros en labrar mármoles y no en famosos hechos. Más les importara ahorrar de jaspes y añadir de hazañas. Y así vemos que no dura la memoria del dueño, sino de su desacierto. Alaban los que los miran los primores de las piedras; mas no las prendas. Y tal vez preguntan los pasajeros:
¿Quién fué el que allí yace?
Y no saben responderles, quedando en disputa del dueño. Eterna necedad, querer ser célebres después de muertos á porfía de losas, no habiendo sido vivos á costa de heroicos hechos.
¿Qué castillos son aquellos tan viejos, antiguallas, que caducan de piedras bastas y humildes, roídas del tiempo, indignos de estar á par de los pórfidos costosos?
Mucho más preciosos son éstos y de más estimación. Aquel que ves allí, míralo bien, que aún está sudando sangre sus cortinas, es el nunca bien celebrado, pero sí bien defendido de los valerosos cruzados caballeros los Medinas, Mirandas, Barraganes, Sanogueras y Guarales.
¿Según eso, ése es el Santelmo de Malta?
El mismo, el que basta á hacer sombra á todos los anfiteatros del orbe. Todos aquellos otros que allí ves los erigió el inmortal Carlos Quinto para defensa de sus dilatados reinos, digno empleo de sus flotas y millones. Que aun el palacio de recreación, que levantó en el Pardo, dispuso fuese en forma de castillo, por no olvidar el valor en el mismo deporte. En medio de arcos triunfales estaba una ni bien casa ni bien choza, ladeándose con ellos.
¡Hay tal desproporción!, exclamó Andrenio. ¡Que permanezca entre tanta grandeza tal bajeza, entre tanto lucimiento una cosa tan deslucida!
¡Qué bien lo entiendes!, dijo el inmortal. Pues advierte que compite estimaciones con los más empinados edificios y aun se honran mucho los majestuosos alcázares de estar á par de ella.
¿Qué dices?
Sí. Parece de madera y lo es, más incorruptible que de cedro, más duradera que los bronces.
¿Y qué cosa es?
Una media cuba.
Riólo mucho Andrenio y serenóse el inmortal, diciéndole:
Trocarás la risa en admiración y en aplauso el desprecio, cuando sepas que es la tan celebrada estancia del filósofo Diógenes, envidiada del mismo Alejandro, que rodeó muchas leguas por verla, cuando el filósofo le dijo:
Apártate, no me quites el sol.
Sin hacerle más fiesta al conquistador del mundo. Mas él mandó fijar al lado de ella su pabellón militar, como allí se ve.
¿Pues por qué no su palacio?, replicó Andrenio.
Porque no se sabe que le tuviese ni que le fabricase. La tienda fué siempre su alcázar, que para su gran corazón no bastaban palacios. Todo el mundo era su casa, que aun para morir se mandó sacar en medio la gran plaza de Babilonia á vista de sus vitoriosos ejércitos.
Muchos edificios echo yo aquí menos, dijo Critilo, que fueron muy celebrados en el mundo.
Así es, respondió el inmortal, por cuanto sus dueños tuvieron más de vanos, que de hazañosos. Y así no hallaréis aquí disparates de jaspe, necedades de bronce, frialdades de mármol. Más presto toparéis la puente de palo del César, que la de piedra de Trajano. No os canséis en buscar los pensiles, que no se aprecian aquí flores, sino frutos.
¿Qué trozos de naves son aquellos, que están pendientes del templo de la fama?
Son de las que llevaban el socorro á la Fénix de la lealtad, Tortosa. Y aquel prodigio del valor, el duque de Alburquerque, las rindió y desbarató en los mares de Cataluña, hazaña tan dificultosa, cuan aplaudida. Y de aquí es que aún le está ceñando Marte á otras gloriosas empresas.
Mas ya había llegado el bien seguro batelejo á besar las argentadas plantas de aquellos inaccesibles peñascos, atlantes de las estrellas, hallando por todas partes muy dificultoso el surgidero. Y deste achaque padecieron naufragio muchos y muy grandes bajeles y aun carracas, á vista del inmortal reino. Chocaban en aquellas duras inexorables rocas, donde se hacían pedazos lastimosamente. Perecían, porque no parecían. Y muchos, que habían navegado con próspero viento de la fama y la fortuna, habiendo comenzado bien, acabaron mal, estrellándose en el vil acroceraunio de algún vicio. Encallaban otros en algún bajío de su eterna infamia. Así le sucedió á un navío inglés y aun se dijo era la real del octavo de sus Enricos, que, habiendo navegado con favorable viento de aplauso y después de haber conseguido el glorioso renombre de Defensor de la Iglesia Católica, chocó con la torpeza y se fué á pique en la heregía, con todo aquel su desdichado reino. Siguiéronle casi todos los demás bajeles de su armada. Pero el más infeliz fué el de Carlos Estuardo, en quien se ostentó la monstruosidad de la heregía en él, muriendo á ciegas en los suyos, degollándole ciegos, de tal suerte, que quedó en duda cuál fuese mayor barbaridad, la de ellos en degollar su rey, sin ejemplar de la más bárbara fiereza; en él, de no confesarse católico. Amó la heregía, que tantas desdichas le ocasionaba, perdió ambas vidas, perdió ambas coronas, la temporal y la eterna, y, pudiendo inmortalizarse fácilmente declarándose católico, murió de todas maneras, de suerte que los hereges le degollaron y los católicos no le aplaudieron. En aquel otro de fiereza se estrelló Nerón, habiendo sido los seis primeros años de su imperio el mejor emperador y los seis últimos el peor. Allí pereció otro príncipe, que comenzó con bríos de un Marte y luego dió en las flaquezas de Venus. Desta suerte dieron al traste muchos famosos escritores, que, habiendo sacado á luz obras dignas de la eternidad, con el cacoetes del estampar y multiplicar libros se fueron vulgarizando; á otros sus apasionados con obras póstumas, maldigeridas ó impuestas, los deslucieron el crédito.
Reconociendo la dificultad de tomar puerto el noticioso inmortal, valiéndose de su experiencia, guió el batel de arte, que pudieron descubrirle, aunque estaba muy desmentido. Abordaron ya con las mismas gradas de su muerte. Mas aquí consistió su mayor imposibilidad de surgir. Porque en la última se levantaba un arco triunfal de maravillosa arquitectura, esmaltado de inscripciones y de empresas, formando una majestuosa entrada; pero muy defendida con puertas de bronce, y éstas con candados de diamantes, para que ninguno pudiese entrar á su albedrío y sin que lo mereciese. Y esto con tal rigor, que daban y tomaban el nombre y aun el renombre, como pudieran en la más recelosa ciudadela. Y aunque algunos se usurpaban grandes renombres ó se los apegaban sus lisonjeros, como del gran Señor, del Emperador del Septentrión, del Príncipe de mar y tierra, y otros semejantes disparates, no por eso tenían segura la entrada en la inmortalidad ni el ser contados entre sus heroicos moradores. Para esto asistía á la puerta un tan exacto, cuan absoluto portero, cerrando y abriendo á quien juzgaba digno de la inmortalidad. Y sin su aprobación no había entrar pretendiente. Y es de advertir que no podía aquí nada el soborno, que es cosa bien rara. No había que meterle en la mano el doblón, porque él no era de dos caras. Nada valía el cohecho, nada alcanzaba el favor, tan poderoso en otras partes. No escuchaba intercesiones ni se obraba con él bajo manga, que no la tenía ancha, antes de una legua conocía á todo hombre. No había echarle dado falso: ¡qué bueno para ministro! Parecía un vicecanciller de Aragón. Todo lo deslindaba y lo apuraba. No se ahorraba con nadie. Jamás hizo cosa con escrúpulo. No condescendía ni con señores ni con príncipes ni con reyes y, lo que es más, ni con validos.
En prueba de esto llegó en aquella misma ocasión un grave personaje, no ya pidiendo, sino mandando que le abriesen las puertas tan de par en par, como al mismo conde de Fuentes. Miróselo el severo alcaide y á la primera ojeada conoció que no lo merecía y respondióle:
No ha lugar.
¿Cómo que no, replicó él, habiendo sido yo el famoso, el mayor, el Máximo?
Preguntóle quién le había dado aquellos renombres. Respondió que sus amigos. Riólo mucho y dijo:
Más valiera que vuestros enemigos. Quita allá, que venís descaminado.
¿Quién os dió á vos, señor, el renombre de gran prelado, docto, limosnero y vigilante?
¿Quién? Mis criados.
Mejor fuera que vuestras ovejas.
¿Quién os apellidó á vos el Roldán de nuestro siglo, el invencible, el chocador?
Mis aliados, mis dependientes.
Yo lo creo así y vosotros todos os lo bebéis; andad y borradme esos renombres, esos supuestos blasones, nacidos de la desvergonzada lisonja. Quitá allá, que sois unos necios. ¡Cómo que se hizo la inmortalidad para tontos y la eterna fama para simples!
¿Qué portero es éste tan inexorable y rígido?, preguntó Andrenio. Á fe que no es á la moda inconquistable á los doblones. No ha asistido él en el Lobero, no toma cequíes, no ha venido él de los serrallos y apostaré que no ha platicado él con quien yo conocí portero en algún día.
Éste es, le dijo, el mismo mérito en persona, hecho y derecho.
¡Oh, gran sujeto! Agora digo que no me espanto, trabajo hemos de tener en la entrada.
Llegaban unos y otros á pretenderla en el reino de la inmortalidad y pedíales las patentes, firmadas del constante trabajo, rubricadas del heroico valor, selladas de la virtud y, en reconociéndolas desta suerte, se las ponía sobre la cabeza y franqueábales la entrada. La desdicha de otros era que las topaba manchadas del infame vicio y daba otra vuelta á la llave.
Esta letra le dijo á uno, parece de mujer.
Sí, sí.
¡Y qué mala, cuanto de más linda mano! Quita allá. ¡Qué asquerosa fama! Esta otra no viene firmada, que aun para ello le dolió el brazo á la poltronería. Á ámbar huele este papel; más valiera á pólvora. Estos escritos no huelen á aceite, no son de lechuza Apolinea. Desengáñese todo el mundo, que, en no viniendo las certificatorias iluminadas del sudor precioso, ninguno me ha de entrar acá.
Lo que más les admiró fué el ver al mismo rey Francisco el Primero de Francia, que decían había días estaba en una de aquellas gradas, pidiendo con repetidas instancias ser admitido á la inmortalidad entre los famosos héroes, y siempre se le negaba. Replicaba él atendiese á que había obtenido el renombre de Grande y que así le llamaban, no sólo sus franceses, pero los italianos escritores.
Sepamos en virtud de qué, decía el Mérito. ¿Acaso, Sire, porque os visteis vencido en Francia, vencido en Italia y prisionero en España, siempre desgraciado? Paréceme que Pompeyo y vos fuisteis llamados Grandes, según aquel enigma:
¿Cuál es la cosa, que, cuanto más la quitan, más grande se hace?
Pero entrad siquiera por haber favorecido siempre á los eminentes hombres en todo. Del rey don Alonso les contaron que le habían puesto en contingencia su renombre de sabio, diciendo que en España no era mucho y más en aquel tiempo, cuando no florecían tanto las letras, y que advirtiese que el ser rey no consiste en ser eminente capitán, jurista ó astrólogo, sino en saber gobernar y mandar á los valientes, á los letrados, á los consejeros y á todos, que así había hecho Felipe Segundo.
Con todo eso, dijo el Mérito, es de tanta estimación el saber en los reyes, que, aunque no sea sino latín, cuanto más astrología, deben ser admitidos en el reino de la fama.
Y al punto le abrió las puertas. Pero donde gastaron toda la admiración y más, si más tuvieran, fué cuando oyeron que al mayor rey del mundo, pues fundó la mayor Monarquía que ha habido ni habrá, al rey Católico don Fernando, nacido en Aragón para Castilla, sus mismos aragoneses, no sólo le desfavorecieron, pero le hicieron el mayor contraste para entrar allá, por haberlos dejado repetidas veces por la ancha Castilla.
Mas que él respondió con plena satisfacción, diciendo que los mismos aragoneses le habían enseñado el camino, cuando, habiendo tantos famosos hombres en Aragón, los dejaron todos y se fueron á buscar su abuelo el infante de Antequera allá á Castilla, para hacerle su rey, apreciando más el corazón grande de un castellano, que los estrechos de los aragoneses, y hoy día todas las mayores casas se trasladan allá, llegando á tal estimación las cosas de Castilla, que dice el refrán que el estiércol de Castilla es ámbar en Aragón.
Mirad que todos mis antepasados están dentro y en gran puesto, decía uno vanamente confiado, y así yo tengo derecho para entrar allá.
Mejor dijérais obligación y obligaciones. Por lo tanto debiéradeis vos haber cumplido con ellas y obrado de modo, que no os quedárades fuera. Entended que acá no se vive de ajenos blasones; sino de hazañas propias y muy singulares.
Pero ya es común plaga de las ilustres familias que á un gran padre suceda de ordinario un pequeño hijo y así veréis que siempre con los gigantes andan envueltos los enanos.
¿Cómo se puede sufrir que quien es señor de tanto mundo se maleara, un gran príncipe de muchos estados y ditados no tenga un rincón en el reino de la fama?
No hay acá rincones, le respondieron, ninguno está arrinconado. He, señor, acaba de entender que aquí no se mira la dignidad ni el puesto, sino la personal eminencia; no á los ditados, sino á las prendas; á lo que uno se merece, que no á lo que hereda.
¿De dónde venís?, gritaba el integérrimo alcaide. ¿Del valor? ¿Del saber? Pues entrad acá. ¿Del ocio y vicio, de las delicias y pasatiempos? No venís bienencaminados. Volved, volved á la cueva de la nada, que aquél es vuestro paradero. No pueden ser inmortales en la muerte los que vivieron como muertos en vida.
Mordíanse, en llegando á esta ocasión, las manos algunos grandes señores al verse excluídos del reino de la fama y que eran admitidos algunos soldados de fortuna, un Julián Romero, un Villamayor y un capitán Calderón, honrado de los mismos enemigos. ¿Y que un duque, un príncipe se haya de quedar fuera, sin nombre, sin fama, sin aplauso? Presentaron algunos escritores modernos, en vez de memoriales, grandes cuerpos; pero sin alma. Y no sólo no eran admitidos, pero gritaba el Mérito:
Hola, venga acá media docena de faquines, que para solos sus brazos son estos embarazos. Quita de aquí estos insufribles fárragos, escritos no con tinta fina, sino aguachirle, y así todo es broma cuanto dicen. Las ocho hojas de Persio duran hoy y se leen, cuando de toda la Amazonida de Marso no ha quedado más rastro que la censura de Horacio en su inmortal arte. Éste sí que será eterno.
Y mostró un libro pequeño.
Miradle y leedle, que es la Corte en aldea del portugués Lobo. Y estas otras las obras de Sá de Miranda y las seis hojas de la instrucción, que dió Juan de Vega á su hijo, comentada ó realzada por el conde de Portalegre. Esta Vida de don Juan el Segundo de Portugal, escrita por don Agustín Manuel, digno de mejor fortuna. Que los más de estos autores portugueses tienen pimienta en el ingenio.
Estas voces las repetía un prodigioso eco, que excedía con mucho á aquel tan célebre, que está junto á nuestra eterna Bílbilis. Pues este su nombre no latino, está diciendo que fué mucho antes que los romanos y hoy dura y durará siempre. Repetía aquel eco, no cinco veces las voces, como éste, sino cien mil, respondiéndose de siglo en siglo y de provincia en provincia, desde la helada Estocolmo hasta la abrasada Ormuz. Y no resonaba frialdades, como suelen otros ecos; sino heroicas hazañas, dichos sabios y prudentes sentencias. Y á todo lo que no era digno de fama, enmudecía.
Volvieron en esto la atención á las desmesuradas voces, acompañadas de los duros golpes, que daba á las puertas inmortales un raro sujeto, que de verdad fué un bravo paso.
¿Quién eres tú, que hundes más que llamas?, le preguntó el severo alcaide. ¿Eres español? ¿Eres portugués? ¿Ó eres diablo?
Más que todo eso, pues soy un soldado de fortuna.
¿Qué papeles traes?
Sola esta hoja de mi espada.
Y presentósela. Reconocióla el Mérito y, no hallándola tinta en sangre, se la volvió, diciendo:
No ha lugar.
Pues le ha de haber, dijo, enfureciéndose. No me debéis conocer.
Y aun por eso, que si fuéradeis conocido, no fuéradeis desechado.
Yo soy un reciente general.
¿Reciente?
Sí, que cada año se mudan de una y de otra parte.
¿Mucho es, le replicó, que siendo tan fresco, no vengáis corriendo sangre?
He, que no se usa ya eso. Allá en tiempo de Alejandro y de los reyes de Aragón, cuyas barras son señales de los cinco dedos ensangrentados, que pasó uno por el campo de su escudo, cuando quiso limpiar la vitoriosa mano, saliendo triunfante de una memorable batalla. Quédese eso para un temerario don Sebastián y un desesperado Gustavo Adolfo. Y digo más, que, si como esos fueron reyes, hubieran sido generales, nunca hubieran perecido, cuando muchos les hubieran muerto los caballos. Que hay mucha diferencia de pelear como amo ó como criado. Yo he conocido en poco tiempo más de veinte generales en una cierta guerrilla, así la llamaba el que la inventó, y no he oído decir que alguno de ellos se sacase una gota de sangre. Pero dejémonos de disputas y hágase lo que se ha de hacer, que entre soldados no se gastan palabras, como entre licenciados. Ea, abrid.
Eso no haré yo, decía el Mérito, que no llegáis con nombre, sino con voces.
Oyendo esto el tal cabo, echó mano y movió tal ruido, que se alborotó todo el reino de los héroes, acudiendo unos y otros á saber lo que era. Llegó de los primeros el bravo Macedón y dijo:
Dejádmele á mí, que yo le meteré en razón y en el puño.
Señor jefe, le dijo, mucho me admiro de que aquí os queráis hacer de sentir, no habiendo hecho ruido en las campañas. Tratad de volver allá y por vuestra fama. Obrad media docena de hazañas; no una sola, que pudo ser ventura. Sitiad un par de plazas reales, veamos cómo saldréis con ellas. Que os puedo asegurar que me cuesta á mí el entrar acá más de cincuenta batallas ganadas, más de docientas provincias conquistadas, las hazañas no tienen número, aunque muy de cuenta.
Sin duda, le respondió, que sois vos el Cid, el de las fábulas. No dijera más el mismo Alejandro.
Pues él mismo es, le dijeron.
Y cuando se creyó había de quedar aturdido, fué tan al revés, que comenzó con bravo desenfado á fisgarse dél y decir:
¡Mirad agora y quién habla entre soldados de Flandes, sino el que las hubo contra lanzas de marfil en la Persia, de paso en la India y contra piedras en la Escitia! ¡Viniérase él ahora á esperar una carga de mosquetes vizcaínos, una embestida de picas italianas, una rociada de bombardas flamencas! Voto á... Juro que no conquistara hoy á solo Ostende en toda su vida.
Oyendo esto el Macedón, hizo lo que nunca, que fué volver las espaldas. Enmudeció también Aníbal, por temer no le sacase lo de Capua, y el mismo Pompeyo, porque no le dijese que no supo usar de la vitoria. Desta suerte se retiraron todos los del tercio viejo y rogó el Mérito saliese alguno de los bravos campiones á la moda. Asomóse uno de harto nombre y díjole:
Señor soldado, si vos tuviérades tan criminal la espada, como civil la lengua, no tuviérades dificultad en la entrada. Andad y pasaos por los dos templos del Valor y de la Fama, que os prometo que me ha costado el entrar acá el tomar más de veinte plazas por sitio y aún aún.
Preguntó el soldado quién era y, en sabiéndolo dijo:
Oh, qué lindo. Ya le conozco. Y no diga que peleó, sino que mercadeó; no que conquistó las plazas, sino que las compró. ¡Á mí que las vendo!
Oyendo esto, bajó sus orejas el tal general y aun dicen que las hizo de mercader.
Yo, yo lo entenderé, dijo otro. Señor crudo, así como trae las certificatorias de Venus y de Baco, procure otras de Marte, que de mí le puedo asegurar, que lo que otros no emprendieron con veinte mil hombres, yo con cuatro mil lo intenté y con pocos más lo ejecuté, saliendo con la más desesperada empresa, y aun me quisieron barajar la entrada.
¿No sois vos Fulano?, dijo. Pues señor héroe, no me espanto, que no tuvisteis contrario ni tuvo gente en esa ocasión el enemigo y así no me admiro de lo que hicistes, sino de lo que dejastes de obrar, que pudiérades haber acabado la guerra, no dejando qué hacer á los venideros.
En oyendo esto, hizo lo que los otros. Llegóse uno, que no debiera, de más favor que furor, y díjole:
He, señor pretendiente, ¿no veis que es cosa sin ejemplar la que intentáis, de querer entrar acá sin méritos? Volved á las campañas, que os juro me salieron á mí los dientes en ellas y se me cayeron también, hallándome en muy importantes jornadas y, si perdí algunas, también gané otras con mucha reputación.
Señor mío, le replicó, grado á los buenos lados, que tuvistes. Que, así como otros mueren de ese mal, vos vivís de ese bien. Mientras ellos vivieron, vencistes y, ellos muertos, se os conoció bien su falta.
Aquí no pudiéndolo sufrir uno de los más alentados, bravo chocador y que le temió más que á todos juntos el enemigo, con muchos actos positivos de su valor, éste, requiriendo la espada, le dijo desistiese de la empresa el que había desistido de tantas, que tratase de retirarse con buen orden el que con tan malo se había siempre retirado, que no pretendiese la reputación inmortal el que á tantos la había hecho perder.
¡Poco á poco!, le respondió. ¿Y no sabe Dios y todo el mundo que todas vuestras facciones fueron temeridades, sin arte y sin consejo, todo arrojos? Y así os temieron más los enemigos como á un temerario, que como á un prudente capitán. Al fin peleasteis de mazada.
Más dijera aquél y más oyera éste, si el Mérito no le retirara, con otros muchos, diciéndoles:
Apartaos vos, señor, no os estrelle aquello de fugerunt, fugerunt, y á vos lo de pillare y pillare y más pillare. Pues á vos luego os echará en la cara aquello de las espaldas en tal y tal ocasión. Quitaos vos, no os vea con esa casaca tan otra de la de ayer, mudando cada día la suya y aun la ajena. Teneos allá, que os glosará á vos aquello de encorralar los españoles y hacerles morir más de hambre que de sangre. Retiraos todos.
Y viendo que no quedaba héroe con héroe y que llegaba á meter escrúpulos en una cosa tan delicada como la fama de tantos y tan insignes varones, vino á partidos con él y pactaron que volviese al mundo, acompañado de un par de famosos escritores, que examinasen de nuevo los autores de su renombre, los pregoneros de su fama, los que le habían celebrado de Cid moderno y Marte novel y que, si se hallasen constantes en lo dicho, al punto sería admitido, que así se había platicado con otros en caso de duda. Admitió el partido, como tan confiado. Llegaron, pues, á un cierto escritor, más celebrador que célebre, y preguntándole si eran de aquel general las alabanzas que en tal libro á tantas hojas había escrito, respondió:
Sí, suyas son, pues él las ha comprado.
Que así dijo el Jovio, después de haber acabado moros y cristianos, que, por cuanto ellos se lo pagaron bien, él había celebrado mejor. Lo mismo respondió un poeta.
Ved, decían, lo que se ha de creer de semejantes elogios y panegíricos. ¡Oh gran cosa la entereza y qué poco usada!
Haciéndole cargo á otro autor, de los de primera clase, de haber celebrado á éste, como á otros muchos, se escusó diciendo que no había hallado otros en su siglo á quienes poder alabar. Defendíase otro con decir:
Esta diferencia hay entre los que alabamos y los maldicientes, que nosotros lisonjeamos á los príncipes con premio y ellos al vulgo con civil aplauso; pero todos adulamos.
Hasta un abridor de planchas se escusó de haber metido su retrato entre los hombres insignes, diciendo que para hacer número y tener más ganancia. Con lo cual quedó el tal jefe confundido, aunque no del todo desengañado.
Observaron con harta admiración que para un togado, que entraba allá y ése con poco ruido, eran ciento los soldados.
Es muy plausible, decía el inmortal, el rumbo de la milicia: andan entre clarines y atambores; y los togados muy á la sorda. Y así veréis que obrará cosas grandes en mucho bien de la república un ministro, un consejero, y no será nombrado ni aun conocido ni se habla de ellos; pero un general hace mucho ruido con el boato de sus bombardas.
Abriéronse las inmortales puertas, para que entrase un cierto héroe, un primer ministro, que en su tiempo, no sólo no fué aplaudido, pero positivamente odiado. Mas fueron tales y tan exorbitantes las temeridades y desaciertos del que le sucedió, que acreditaron mucho su pacífico proceder y aun le hicieron deseado. Al entrar éste, salió una fragrancia tan extraordinaria, un olor tan celestial, que les confortó las cabezas y les dió alientos para desear y diligenciar la entrada en la inmortal estancia. Quedó por mucho rato bañado de tan suave fragrancia el hemisferio y decíales su inmortal:
¿De dónde pensáis que sale este tan precioso y regalado olor? ¿Acaso de los jardines de Chipre tan nombrados? ¿De los pensiles de Babilonia? ¿De los guantes de ámbar de los cortesanos? ¿De las cazoletas de los camarines? ¿De las lamparillas de aceite de jazmín? Que, no por cierto, no sale sino del sudor de los héroes, de la sobaquina de los mosqueteros, del aceite de los desvelados escritores. Y creedme que no fué encarecimiento ni lisonja, sino verdad cierta, que olía bien el sudor de Alejandro Magno.
Pretendieron algunos que bastaba dejar fama de sí en el mundo, aunque nunca fuese buena, contentándose con que se hablase de ellos bien ó mal. Pero declaróse que de ningún modo, porque hay grande diferencia de la inmortal fama á la eterna infamia. Y así gritaba el Mérito:
Desengáñoos, que aquí no entran sino los varones eminentes, cuyos hechos se apoyan en la Virtud, porque en el vicio no cabe cosa grande ni digna de eterno aplauso. Venga todo jayán; fuera todo pigmeo. No hay aquí mediocritas; todo va por estremos.
Reparó Critilo que, entrando allá de todas naciones, si bien de algunas pocos, no vieron de una en esta era entrar héroe alguno.
No es de admirar, dijo el peregrino. Porque la infame heregía los ha reducido á tal estremo de ciegos y de malvistos, que no se ven en ellos sino infames traiciones, abominables fierezas, inauditas monstruosidades, llegando á estar hoy sin Dios, sin ley y sin rey.