NOTA
Reading edition
“Sabido es que Gracián, en el pináculo de su fama, fué encerrado á pan y agua en su celda por haber publicado El Criticón sin permiso de sus superiores. Lo que escandalizaba á sus colegas era el pecado de desobediencia, no el tono de sus libros.” Así Fitzmaurice-Kelly en su Historia de la Literatura Española, Madrid, 1913. Las tres partes de El Criticón se publicaron, respectivamente, los años de 1651, 1653 y 1657; el año de 1658 murió Gracián. La primera parte salió sin su nombre, con el anagrama de García de Marlones, esto es: Gracián de Morales. En la segunda y tercera parte se lee: Lorenzo Gracián. En la Censura del Padre Don Antonio Liperi, Clérigo Regular, Doctor en Teología y en ambos Derechos. Por comission del Excelentissimo Señor Conde de Lemos y de Castro, Virrey y Capitán General deste Reyno, impresa en la primera parte se lee: “He leído con atención (según la orden de V. E.) el libro intitulado El Criticón y su primera parte, en la Primavera de la niñez y en el Estío de la juventud, compuesto por el Padre Lorenço Gracián, y en él no he hallado cosa opuesta á...” Vincencio Antonio Lastanosa, hijo del famoso arqueólogo D. Vincencio Juan de Lastanosa, amigo y admirador de Gracián, dió á la estampa, contra su voluntad, la mayor parte de sus obras, entre ellas El Criticón, como puede verse en documento que trae la Revista de Bibliotecas y Archivos, 1877, p. 29.
Si fué “contra su voluntad”, el P. Gracián no desobedeció á los superiores de la Compañía de Jesús. De todos modos, estas persecuciones dan razón de haber salido con anagrama la primera parte y mudado el propio nombre de Baltasar por el de Lorenzo en la Censura de la misma y en la portada de las otras dos partes. Dificultosa tarea echará sobre sí el que se empeñe en averiguar lo que al P. Gracián pasó con sus superiores respecto de sus libros y que se sospecha aceleró su muerte, un año después de publicada la tercera parte de El Criticón, asombroso esfuerzo del ingenio humano.
La crítica se ha portado con esta obra tan mal como la Compañía de Jesús con su autor. El lector que haya leído el primer tomo notará al leer el segundo que vale mucho más la segunda parte que la primera, y la tercera muchísimo más que la segunda. Este sol, que iba levantándose por momentos y brillando cada vez con más vivos resplandores, un año después cae en el sepulcro. Todos son misterios en Gracián, su vida, su muerte, su obra.
No lo es menos su bibliografía. En el Prólogo al primer tomo puse lo que trae Latasa acerca de El Criticón. Ni Gallardo ni Salvá ni Brunet dicen nada de particular. Heredia (4.246) pone la primera parte de El Criticón como impresa en Zaragoza, 1651; otra edición en Huesca, 1653; otra en Madrid, 1657. Fitzmaurice-Kelly, en su última edición de la Historia de la Literatura Española, Madrid, 1913, conténtase con poner entre paréntesis estas mismas fechas (1651, 1653, 1657). ¿Tomólas de Heredia ó ha visto ejemplares? En la Biblioteca Nacional de Madrid sólo hay un ejemplar, muy maltratado, de la primera edición de la segunda parte, Huesca, 1653.
De estas dudas, que ya tenía al escribir mi Prólogo, salí después de impreso el primer tomo, por haber logrado en Aragón un magnífico ejemplar de la primera edición de cada una de las tres partes de El Criticón, verdadero tesoro por lo raro; pero, sobre todo, por ser la edición primera de esta obra sin par en todas las literaturas. Comuniqué luego la noticia á mi excelente amigo R. Foulché-Delbosc, el más entendido de los hispanófilos extranjeros, preguntándole qué sabía acerca de estas primeras ediciones, y entre otras cosas me respondió: “El Museo Británico posee ejemplar de las tres primeras ediciones de El Criticón, ó si se quiere, ejemplar de la parte primera, de la parte segunda y de la parte tercera, cada una en su primitivo estado, con las fechas que señala Fitzmaurice-Kelly; de donde deduzco que casi seguramente vió dichas ediciones en el referido Museo Británico... Y ya que estamos hablando de Gracián, sepa usted que en el último número de la Révue Hispanique de 1913 habrá un estudio de cuatrocientas páginas sobre este autor.”
Ya que al preparar el primer tomo de esta edición de El Criticón, que publica “Renacimiento”, no podía disponer de las primeras ediciones, me he aprovechado, al menos, de las que hoy poseo para la publicación del segundo tomo, el cual puedo asegurar que es copia fiel de ellas: la segunda parte de la primera edición de Huesca, 1653; la tercera parte de la primera edición de Madrid, 1657, mudadas tan sólo la ortografía y puntuación.
Véase la portada de la primera edición de cada una de las tres partes:
El Criticón | Primera Parte | en la Primavera | de la niñez, | y en | el Estío de la ivventud. | Autor García de Marlones, | y lo dedica | al valeroso cavallero | Don Pablo de Parada, | de la Orden de Christo, | General de la Artillería y Governa | dor de Tortosa. | Con Licencia. | En Zaragoza, por Ivan Nogves, y á su costa. | Año M. DC. LI.
El Criticón | Segunda Parte. | ivyziosa cortesana | filosofía, | en el Otoño de la | varonil edad. | por | Lorenzo Gracián. | y | lo dedica | al Serenissimo Señor | D. Ivan de Austria. | Con Licencia, | En Huesca: Por Iuan Noguès. Año 1653. | A costa de Francisco Lamberto, Mercader de Libros. | Véndese en la Carrera de San Gerónimo.
El Criticón, | Tercera parte. | en el Invierno de la vejez. | por Lorenzo Gracián. | y lo dedica | al Doctor Don Lorenço Francés de Vrritigoyti, | Deán de la Santa Iglesia de Siguença. | Con Privilegio. | En Madrid. Por Pablo de Val. Año de 1657. | A costa de Francisco Lamberto, véndese en su casa | en la Carrera de San Gerónimo.
Sólo he de añadir que ediciones tan raras como éstas, de las cuales no hay ni en Madrid otro ejemplar que el mío completo de las tres partes y el maltrecho de la segunda parte de la Nacional, que sólo se conoce además el ejemplar del Museo Británico, y que hasta ahora fueron enigma para los bibliógrafos, deberían reproducirse con todos sus pelos y señales para que la república de las letras goce en su entereza una de las más poderosas obras del ingenio español, y la crítica acabe de levantar á Baltasar Gracián al encumbrado puesto que merece en la Historia de la Filosofía y de la Literatura.
Julio Cejador.
CRISI VII
El hiermo de Hipocrinda.
Componían al hombre todas las demás criaturas, tributándole perfecciones; pero de prestado. Iban á porfía amontonando bienes sobre él; mas todos al quitar. El cielo le dió la alma, la tierra el cuerpo, el fuego el calor, el agua los humores, el aire la respiración, las estrellas ojos, el sol cara, la fortuna haberes, la fama honores, el tiempo edades, el mundo casa, los amigos compañía, los padres la naturaleza y los maestros la sabiduría. Mas viendo él que todos eran bienes muebles, no raíces, prestados todos y al quitar, dicen que preguntó:
¿Pues qué será mío? Si todo es de prestado, ¿qué me quedará?
Respondiéronle que la virtud. Ésa es bien propio del hombre, nadie se la puede repetir. Todo es nada sin ella y ella lo es todo. Único bien. demás bienes son de burlas; ella sola es de veras. Es alma del alma, vida de la vida, realce de todas las prendas, corona de las perfecciones y perfección de todo el ser. Centro es de la felicidad, trono de la honra, gozo de la vida, satisfación de la conciencia, respiración del alma, banquete de las potencias, fuente del contento, manantial de la alegría. Es rara porque es dificultosa y, dondequiera que se halla, es hermosa y por eso tan estimada.
Excelencias de la Virtud.
Todos querrían parecer tenerla; pocos de verdad la procuran. Hasta los vicios se cubren con su buena capa y mienten sus apariencias: los más malos querrían ser tenidos por buenos. Todos la querrían en los otros; mas no en sí mismos. Pretende éste que aquél le guarde fidelidad en el trato, que no le murmure ni le mienta ni le engañe, trate siempre verdad, que en nada le ofenda ni agravie; y él obra todo lo contrario.
Con ser tan hermosa, noble y apacible, todo el mundo se ha mancomunado contra ella. Y es de modo, que la verdadera virtud ya no se ve ni parece; sino la que le parece. Cuando pensamos está en alguna parte, topamos con sola su sombra, que es la hipocresía. De suerte, que un bueno, un justo, un virtuoso florece como la Fénix, que por único se lleva la palma.
Esto les iba ponderando á Critilo y Andrenio una agradable doncella, ministra de la Fortuna, de sus más llegadas, que, compadecida de verlos en el común riesgo, estando ya para despeñarse, les asió del copete de la Ocasión y los detuvo De la dicha á la virtud. dando una voz al Acaso, le mandó echar la puente levadiza, con que los traspuso de la otra parte, de un alto á otro, de la Fortuna á la Virtud, con que se libraron del fatal despeño.
De la Virtud á la Honra.
Ya estáis en salvo, les dijo. Dicha de pocos lograda, pues visteis caer mil á vuestro lado y diez mil á vuestra diestra. Seguid ese camino, sin torcer á un lado ni á otro; aunque un ángel os dijese lo contrario, que él os llevará al palacio de la hermosa Virtelia, aquella gran reina de las felicidades. Presto le divisaréis encumbrado en las coronillas de los montes. Porfiad en el ascenso; aunque sea con violencias: que de los valientes es la corona. Fin premiado. Y aunque sea áspera la subida, no desmayéis, poniendo siempre la mira en el fin premiado.
Despidióse con mucho agrado echándoles los brazos. Volvióse á pasar de la otra parte y al mismo punto levantaron la puente.
¡Oh!, dijo Critilo: ¡qué cortos hemos andado en no preguntarla quién era! ¿Es posible que no hayamos conocido una tan gran bienhechora?
Aún estamos á tiempo, dijo Andrenio: que aún no la habemos perdido ni de vista ni de oída.
Diéronla voces y ella volvió un cielo en su cara y dos soles en un cielo, esparciendo favorables influencias.
Perdona, señora, dijo Critilo, nuestra inadvertencia, no grosería, y así te favorezca tu reina más que á todas, que nos digas quién eres.
Aquí ella sonriéndose: No lo queráis saber, dijo, que os pesará.
Pero ellos más deseosos con esto, porfiaron en saberlo y así les dijo:
Yo soy la hija mayor de la Fortuna, yo la pretendida de todos, yo la buscada, la deseada, la requerida, yo soy la Ventura.
Y al momento se traspuso.
Dicha desconocida.
Juráralo yo, dijo suspirando Critilo, que en conociéndote habías de desaparecer. ¡Hase visto más poca suerte en la dicha! Así acontece á muchos cada día. ¡Oh cuántos, teniendo la dicha entre manos, no la supieron conocer y después la desearon! Pierde uno los cincuenta, los cien mil de hacienda y después guarda un real. No estima el otro la consorte casta y prudente, que le dió el cielo, y después la suspira muerta y adorada en la segunda. Pierde éste el puesto, la dignidad, la paz, el contento, el estado, y después anda mendigando mucho menos.
Verdaderamente, que nos ha sucedido, dijo Andrenio, lo que á un galán apasionado, que, no conociendo su dama, la desprecia y después, perdida la ocasión, pierde el juicio. Desta suerte malograron muchos el tiempo, la ocasión, la felicidad, la comodidad, el empleo, el reino, que después lo lamentaron harto. Así sollozaba el rey navarro pasando el Pirineo y Rodrigo en el río de su llanto. ¡Pero desdichado sobre todo quien pierda el cielo!
Hombres de artificio.
Así se iban lamentando, prosiguiendo su viaje, cuando se les hizo encontradizo un hombre venerable por su aspecto, muy autorizado de barba, el rostro ya pasado y todas sus faciones desterradas, hundidos los ojos, la color robada, chupadas las mejillas, la boca despoblada, ahiladas las narices, la alegría entredicha, el cuello de azucena lánguido, la frente encapotada, su vestido por lo pío remendado, colgando de la cinta unas disciplinas, lastimando más los ojos del que las mira, que las espaldas del que las afecta, zapatos doblados á remiendos, de más comodidad que gala. Al fin, él parecía semilla de ermitaños. Saludóles muy á lo del cielo para ganar más tierra y preguntóles para adónde caminaban.
Vamos, respondió Critilo, en busca de aquella flor de reinas, la hermosa Virtelia, que nos dicen mora aquí en lo alto de un monte, en los confines del cielo. Y si tú eres de su casa y de su familia, como lo pareces, suplícote que nos guíes.
Aquí él, después de una gran tronada de suspiros, prorrumpió en una copiosa lluvia de lágrimas.
¡Oh, cómo vais engañados!, les dijo, ¡y qué lástima que os tengo! Porque esa Virtelia, que buscáis, reina es; pero encantada. Vive, aunque más muere, en un monte de dificultades, poblado de fieras, serpientes que emponzoñan, dragones que tragan, y sobre todo hay un león en el camino, que desgarra á cuantos pasan. Á más de que la subida es inaccesible, al fin cuesta arriba, llena de malezas y deslizaderos, donde los más caen haciéndose pedazos. Bien pocos son y bien raros los que llegan á lo alto.
Y cuando toda esa montaña de rigores hayáis sobrepujado, queda lo más dificultoso, Dificultades de la virtud. es su palacio encantado, guardadas sus puertas de horribles gigantes, que con mazas aceradas en las manos defienden la entrada y son tan espantosos, que sólo el imaginarlos arredra. Verdaderamente me hacéis duelo de veros tan necios, que queráis emprender tanto imposible junto.
Un consejo os daría yo y es que echéis por el atajo, por donde hoy todos los entendidos y que saben vivir caminan. Porque habéis de saber que aquí más cerca, en lo fácil, en lo llano, mora otra gran reina, muy parecida en todo á Virtelia en el aspecto, en el buen modo, hasta en el andar, que la ha cogido los aires. Al fin un retrato suyo; sólo que no es ella. Pero más agradable y más plausible, tan poderosa como ella y que también hace milagros. Para el efecto es la misma.
Porque decidme, vosotros ¿qué pretendéis en buscar á Virtelia y tratarla? ¿Que os honre, que os califique, que os abone, para conseguir cuanto hay, la dignidad, el mando, la estimación, la felicidad, el contento? Pues sin tanto cansancio, sin costaros nada, á pierna tendida, lo podéis aquí conseguir. No es menester sudar ni afanar ni reventar como allá. Dígoos que éste es el camino de los que bien saben. Todos los entendidos echan por este atajo y así está hoy tan valido en el mundo, que no se usa otro modo de vida.
Milagros de la apariencia.
¿De suerte, preguntó Andrenio, ya vacilando, que esa otra reina, que tú dices, es tan poderosa como Virtelia?
Y que no la debe nada, respondió el Ermitaño. Lo que es el parecer, tan bueno le tiene y aun mejor y se precia dello y procura mostrarlo.
¿Que puede tanto?
Ya os digo que obra prodigios. Otra ventaja más y no la menos codiciable, que podréis gozar de los contentos, de los gustos desta vida, del regalo, de la comodidad, de la riqueza, juntamente con este modo de virtud, que aquella otra, por ningún caso los consiente. Ésta en nada escrupulea. Tiene buen estómago, con tal que no haya nota ni se sepa. Todo ha de ser en secreto. Aquí veréis juntos aquellos dos imposibles de cielo y tierra juntos, que los sabe lindamente hermanar.
No fué menester más para que se diese por convencido Andrenio. Hízose al punto de su banda. Ya le seguía, ya volaban.
Aguarda, decía Critilo, que te vas á perder.
Mas él respondía:
No quiero montes. Quita allá gigantes. ¿Leones? ¡Guarda!
Iban ya de carrera arrancada. Seguíales Critilo voceando:
Mira que vas engañado.
Y él respondía:
¡Vivir!, ¡vivir!, ¡virtud holgada!, ¡bondad al uso!
Seguidme, seguidme, repetía el falso Ermitaño, que éste es el atajo del vivir; que lo demás es un morir continuado.
Fuélos introduciendo por un camino encubierto y aun solapado entre arboledas y ensenadas, y al cabo de un laberinto con mil vueltas y revueltas dieron en una gran casa, harto artificiosa, que no fué vista hasta que estuvieron en ella. Parecía convento en el silencio y todo el mundo en la multitud. Todo era callar y obrar, hacer y no decir. Que aun campana no se tañía, por no hacer ruido: no se dé campanada. Era tan espaciosa y había tanta anchura, que cabrían en ella más de las tres partes del mundo y bien holgadas.
Casa á obscuras.
Estaba entre unos montes, que la impedían el sol, coronada de árboles tan crecidos y tan espesos, que la quitaban la luz con sus verduras.
¡Qué poca luz tiene este convento!, dijo Andrenio.
Así conviene, respondió el Ermitaño: que donde se profesa tal virtud no convienen lucimientos.
Estaba la puerta patente y el portero muy sentado, por no cansarse en abrir. Tenía calzados unos zuecos de conchas de tartugas, desaliñadamente sucio y remendado.
Éste, dijo Critilo, á ser hembra, fuera la pereza.
¡Oh, no!, dijo el Ermitaño. No es, sino el sosiego. No nace aquello de dejamiento, sino de pobreza; no es suciedad, sino desprecio del mundo.
Saludóles, dando gracias de su linda vida. Intimóles luego, sin moverse, con un gancho, un letrero, que estaba encima de la puerta y decía con unas letras góticas:
Silencio.
Y comentóseles el Ermitaño:
Vivir de tramoya.
Quiere decir que de aquí adentro no se dice lo que se siente, nadie habla claro; todos se entienden por señas, aquí callar y callemos.
Entraron en el claustro; pero muy cerrado: que es lo más cómodo para todos tiempos.
Iban ya encontrando algunos, que en el hábito parecían monjes y era, aunque al uso, bien extraño. Por defuera lo que se veía era de piel de oveja; Capa de virtud. mas por dentro lo que no se parecía era de lobos novicios, que quiere decir rapaces. Notó Critilo que todos llevaban capa y buena.
Es instituto, dijo el Ermitaño: no se puede deponer jamás ni hacer cosa, que no sea con capa de santidad.
Yo lo creo, dijo Critilo, y aun con capa de lastimarse. Está aquél murmurando de todo, con capa de corregir se venga el otro. Con capa de disimular permite éste que todo se relaje. Con capa de necesidad hay quien se regala y está bien gordo. Con capa de justicia es el juez un sanguinario. Con capa de celo todo lo malea el envidioso. Con capa de galantería anda la otra libertada.
Aguarda, dijo Andrenio. ¿Quién es aquella que pasa con capa de agradecimiento?
¿Quién ha de ser, sino la Simonía y aquella otra la Usura paliada?
Con capa de servir á la República y al bien público se encubre la ambición.
¿Quién será aquel, que toma la capa ó el manto para ir al sermón á visitar el santuario? Parece el Festejo.
El mismo.
¡Oh maldito sacrílego!
Con capa de ayuno ahorra la avaricia, con capa de gravedad nos quiere desmentir la grosería. Aquél, que entra allí, parece que lleva capa de amigo y realmente lo es y aun con la de pariente se introduce el adulterio.
Éstos, dijo el Ermitaño, son de los milagros que obra cada día esta superiora, haciendo que los mismos vicios pasen plaza de virtudes y que los malos sean tenidos por buenos y aun por mejores. Los que son unos demonios hace que parezcan unos angelitos y todo con capa de virtud.
Basta, dijo Critilo. Que desde que al mismo Justo le sortearon la capa los malos, ya la tienen por suerte: andan con capa de virtud, queriendo parecer al mismo Dios y á los suyos.
¿No notáis, dijo el falso Ermitaño y verdadero embustero, qué ceñidos andan todos, cuando menos ajustados?
Sí; dijo Critilo; pero con cuerda.
Eso es lo bueno, respondió, para hacer bajo cuerda cuanto quieren y todo va bajo manga. No se les ven las manos, tanto es su recato.
No sea, replicó Critilo, que tiren la piedra y escondan la mano. ¿No veis aquel bendito, qué fuera del mundo anda? ¡Qué metido va, pues no piensa en cosa suya, sino en las ajenas! Que no tiene cosa propia. No se le ve la cara, no es lo mejor lo descarado. Á nadie mira á la cara y á todos quita el sombrero. Anda descalzo por no ser sentido, tan enemigo es de buscar ruido.
¿Quién es el tal?, preguntó Andrenio. ¿Es profeso?
Sí, con que cada día toma el hábito y es muy bien diciplinado. Dicen que es un arrapaaltares, por tener mucho de Dios. Hace una vida extravagante. Toda la noche vela, nunca reposa. No tiene cosa ni casa suya y así es dueño de todas las ajenas. Y sin saber cómo ni por dónde, se entra en todas y se hace luego dueño dellas. Es tan caritativo, que á todos ayuda á llevar la ropa y cuantos topa, las capas, y así le quieren de modo, que, cuando se parte de alguna, todos quedan llorando y nunca se olvidan dél.
Ladrón centimano.
Éste, dijo Andrenio, con tantas prendas ajenas más me huele á ladrón, que á monje.
Ahí verás el milagro de nuestra Hipocrinda, que siendo lo que tú dices, le hace parecer un bendito. Tanto, que está ya consultado en un gran cargo, en competencia de otro de casa de Virtelia, y se tiene por cierto que le ha de hurtar la bendición. Y cuando no, trata de irse á Aragón, donde muera de viejo.
¡Qué lucido está aquel otro!, dijo Critilo.
Es honra de la penitencia, respondió el Ermitaño, y aunque tan bueno, no puede tenerse en pie ni acierta á dar un paso.
Bien lo creo, que no andará muy derecho.
Pues sabed que es un hombre muy mortificado: nadie le ha visto comer jamás.
Eso creeré yo: que á nadie convida, con ninguno parte; todo es predicar ayuno y no miente. Que en habiéndose comido un capón, con verdad dice: ay uno. Yo juraré por él que en muchos años no se ha visto un pecho de perdiz en la boca.
Y yo también.
Y tras toda esta austeridad, que usa consigo, es muy suave.
Así lo entiendo: suave de día y su ave de noche. ¿Mas cómo está tan lucido?
Ahí verás la buena conciencia. Tiene buen buche, no se ahoga con poco ni se ahita con cosillas. Engorda con la merced de Dios y así todos le echan mil bendiciones. Pero entremos en su celda, que es muy devota.
Recibiólos con mucha caridad y franqueóles una alhacena no tan á secas, que no fuese de regadío, dando fruto de dulces, perniles y otros regalos.
¿Así se ayuna?, dijo Critilo.
Y así hay una gentil bota, respondió el Ermitaño. Éstos son los milagros desta casa, que siendo éste antes tenido por un Epicuro, en tomando tan buena capa, se ha trocado de modo, que compite con un Macario. Y es tanta verdad ésta, que antes de mucho le veréis con una dignidad.
¿También hay soldados cofadres de la apariencia?, preguntó Andrenio.
Y son los mejores, respondió el Ermitaño. Tan buenos cristianos, que aun al enemigo no le quieren hacer mala cara, con que no le querrían ver. Soldado hipócrita. ¿No ves aquél? Pues, en dando un Santiago, se mete á peregrino. En su vida se sabe que haya hecho mal á nadie. No tengan miedo que él beba de la sangre de su contrario. Aquellas plumas, que tremola, yo juraría que son más de Santo Domingo de la Calzada, que de Santiago. El día de la muestra es soldado y el de la batalla, Ermitaño. Más hace él con un lanzón, que otros con una pica. Sus armas siempre fueron dobles. Desde que tomó capa de valiente, es un Ruy Díaz atildado. Es de tan sano corazón, que siempre le hallarán en el cuartel de la salud. No es nada vanaglorioso y así suele decir que más quiere escudos, que armas. En dando un espaldar al enemigo, acude al consejo con un peto y así es tenido por un buen soldado, muy aplaudido y en competencia de dos Bernardos está consultado en un generalato. Y dicen que él será el hombre y los otros se lo jugarán. Que aquí más importa el parecer, que el ser.
Sabiduría aparente.
Aquel otro es tenido por un pozo de sabiduría, más honda que profunda. Y él dice que en eso está su gozo. Aquí más valen testos, que testa. Nunca se cansa de estudiar. Su mayor conceto dice ser el que dél se tiene y aun todos los ajenos nos vende por suyos, que para eso compra los libros. De letras, menos de la mitad basta y lo demás de fortuna. Que el aplauso más ruido hace en vacío. Y al fin, más fácil es y menos cuesta el ser tenido por docto, por valiente y por bueno, que el serlo.
¿De qué sirven, preguntó Andrenio, tantas estatuas como aquí tenéis?
¡Oh!, dijo el Ermitaño, son ídolos de la imaginación, fantasmas de la apariencia. Todas están vacías y hacemos creer que están llenas de sustancia y solidez. Métese uno por dentro en la de un sabio y húrtale la voz y las palabras; otro en la de un señor y á todos manda y todos sin réplica le obedecen, pensando que habla el poderoso y no es sino un vergante. Ésta tiene la nariz de cera, que se la tuercen y retuercen como quieren la información y la pasión, ya al derecho, ya al siniestro, y ella pasa por todo. Mirad bien, reparad en aquel ministro de Justicia, ¡qué celoso, qué justiciero se muestra! No hay alcalde Ronquillo rancio ni fresco Quiñones, que le llegue. Con nadie se ahorra y con todos se viste, á todos les va quitando las ocasiones del mal, para quedarse con ellas. Siempre va en busca de ruindades y con ese título entra en todas las casas ruines libremente, desarma los valientes y hace en su casa una armería. Destierra los ladrones, por quedar él solo. Siempre va repitiendo ¡justicia! mas no por su casa. Y todo esto con buen título y aun colorado.
Vieron otros dos, que con nombre de celosos eran dos grandísimos impertinentes. Todo lo querían remediar y todo lo inquietaban, sin dejar vivir á nadie, diciendo se perdía el mundo y ellos eran los más perdidos. Á esta traza iban encontrando raros milagros de la apariencia, estrañas maravillas de la hipocresía, que engañaran á un Ulises.
Oficina de hipócritas.
Cada día acontece, ponderaba el Ermitaño, salir de aquí un sujeto, amoldado en esta oficina, instruído en esta escuela, en competencia de otro de aquella de arriba, de la verdadera y sólida virtud, pretendiendo ambos una dignidad, y parecer éste mil veces mejor, hallar más favor, tener más amigos y quedarse el otro corrido y aun cansado. Porque los más en el mundo no conocen ni examinan lo que cada uno es; sino lo que parece. Y creedme que de lejos tanto brilla un claveque como un diamante. Pocos conocen las finas virtudes ni saben distinguirlas de las falsas. Veis allí un hombre más liviano que un bofe y parece en lo exterior más grave que un presidente.
¿Cómo es eso?, dijo Andrenio. Que querría aprender esta arte de hacer parecer. ¿Cómo se hacen estos plausibles milagros?
Yo os lo diré. Aquí tenemos variedad de formas para amoldar cualquier sujeto, por incapaz que sea, y ajustarle de pies á cabeza. Arte de artimaña. Si pretende alguna dignidad, le hacemos luego cargado de espaldas; si casamiento, que ande más derecho que un huso; y, aunque sea un chisgaravís, le hacemos que muestre autoridad, que ande á espacio, hable pausado, arquee las cejas, pare gesto de ministro y de misterio, y para subir alto, que hable bajo. Ponémosle unos antojos, aunque vea más que un lince, que autorizan grandemente. Y más, cuando los desenvaina y se los calza en una gran nariz y se pone á mirar de á caballo, hace estremecer los mirados.
Á más desto tenemos muchas maneras de tintes, que de la noche á la mañana transfiguran las personas, de un cuervo en un cisne callado y que, si hablare, sea dulcemente, palabras confitadas. Si tenía piel de víbora, le damos un baño de paloma, de modo, que no muestre la hiel, aunque la tenga, ni se enoje jamás, porque se pierde en un instante de cólera cuanto se ha ganado de crédito y de juicio en toda la vida. Mucho menos muestre asomo de liviandad ni en el dicho ni en el hecho.
Vieron uno, que estaba escupiendo y haciendo grandes ascos.
¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.
Acércate y le oirás decir mucho mal de las mujeres y de sus trajes.
Cerraba los ojos por no verlas.
Éste sí, dijo el Ermitaño, que es cauto.
Más valiera casto, replicó Critilo. Que desta suerte abrasan muchos el mundo en fuego de secreta lujuria. Introdúcense en las casas como golondrinas, que entran dos y salen seis.
Mas ahora, que hemos nombrado mujeres, díme, ¿no hay clausura para ellas? Pues de verdad, que pueden profesar de enredo.
Sí le hay, dijo el Ermitaño. Convento hay y bien malignante: Dios nos defienda de su multitud. Aquí están de parte.
Y asomóles á una ventana para que viesen de paso, no de propósito, su proceder. Vieron ya unas muy devotas, aunque no de San Lino ni de San Hilario, que no gustan de devociones al uso, sí de San Alejos y de toda romería.
Aquélla, que allí se aparece, dijo el Ermitaño, es la viuda recatada, que cierra su puerta al Ave María. Mira la doncella, qué puesta en pretina, no sea en cinta. Profesas de enredo. Aquella otra es una bella casada. Tiénela su marido por una santa y ella le hace fiestas, cuando menos de guardar. Á esta otra nunca le faltan joyas, porque ella lo es buena. Á aquélla la adora su marido: será porque lo dora. No gusta de galas, por no gastar la hacienda, y gástale la honra. De aquélla dice su marido que metería las manos en un fuego por ella. Más valiera que las pusiera en ella y apagara el de su lujuria.
Estaba una riñendo unas criadas pequeñas, porque brujuleó no sé qué ceños, y ella con mayor decía:
En esta casa no se consiente ni aun el pensamiento.
Y repetía entre dientes la criada el eco. Desta otra anda siempre predicando su madre lo que ella no se confiesa. Decía otra buena madre de su hija:
Es una bienaventurada.
Y era así, que siempre quisiera estar en gloria.
¿Cómo están tan descoloridas aquéllas?, reparó Andrenio.
Y el Ermitaño:
Pues no es de malas; sino de puro buenas. Son tan mortificadas, que echan tierra en lo que comen, no sea barro. Mira qué celosas se muestran éstas; más valiera celadas.
¿Nunca llegamos, dijo Critilo, á ver esta virtud acomodada, esta prelada suave, esta plática bondad?
No tardaremos mucho, respondió el Ermitaño: que ya entramos en el refitorio, donde estará sin duda haciendo penitencia.
Fueron entrando y descubriendo cuerpo y cuerpo y más cuerpo, al fin una mujer toda carne y nada espíritu. Tenía el gesto estragado; mas no el gusto, desmentidor del regalo.
Engañamundo.
Y cuanto más amarillo, dice que tiene mejor color.
Hasta el rosario era de palo santo y tenía por estremo, que siempre anda por ellos, una muerte para darse mejor vida. Estaba sentada, que no podía tenerse en pie, equivocando regüeldos con suspiros, muy rodeada de novicios del mundo, dándoles liciones de saber vivir.
No me seáis simples, les decía; aunque lo podéis mostrar. Que es gran ciencia saber mostrar no saber. Sobre todo os encomiendo el recato y el no escandalizar.
Ponderábales la eficacia de la apariencia.
Aquí está todo en el bienparecer, que ya en el mundo no se atiende á lo que son las cosas; sino á lo que parecen. Porque, mirad, decía, unas cosas hay que ni son ni lo parecen y ésa es ya necedad. Que, aunque no sea de ley, procure parecerlo. Otras hay que son y lo parecen y eso no es mucho. Otras que son y no parecen y ésa es la suma necedad. Pero el gran primor es no ser y parecerlo. Eso sí que es saber. Cobrad opinión y conservadla, que es fácil. Que los más viven de crédito. No os metáis en estudiar; pero alabaos con arte. Todo médico y letrado han de ser de ostentación. Mucho vale el pico: que hasta un papagayo, porque le tiene, halla cabida en los palacios y ocupa el mejor balcón. Mirá que os digo que, si sabéis vivir, os sabréis acomodar y sin trabajo alguno, sin que os cueste cosa. Sin sudar ni reventar, os he de sacar personas. Por lo menos que lo parezcáis, de modo, que podáis ladearos con los más verdaderos virtuosos, con el más hombre de bien. Y si no, tomad ejemplo en la gente de autoridad y de experiencia y veréis lo que han aprovechado con mis reglas y en cuán grande predicamento están hoy en el mundo ocupando los mayores puestos.
Estaba tan admirado Andrenio, cuan pagado de tan barata felicidad, de una virtud tan de balde, sin violencias, sin escalar montañas de dificultades, sin pelear con fieras, sin correr agua arriba, sin remar ni sudar. Trataba ya de tomar el hábito de una buena capa, para toda libertad y profesar de hipócrita, cuando Critilo, volviéndose al Ermitaño, le preguntó:
Díme, por tu vida larga, si no buena, ¿con esta virtud fingida miremos nosotros conseguir la felicidad verdadera?
¡Oh, pobre de mí!, respondió el Ermitaño: en eso hay mucho que decir. Quédese para otra sitiada.
CRISI VIII
Armería del valor.
Estando ya sin virtud el Valor, sin fuerzas, sin vigor, sin brío á punto de espirar, dícese que acudieron allá todas las naciones, instándole hiciese testamento en su favor y les dejase sus bienes.
No tengo otros, que á mí mismo, les respondió. Testamento del valor. Lo que yo os podré dejar será este mi lastimoso cadáver, este esqueleto de lo que fuí. Id llegando, que yo os lo iré repartiendo.
Fueron los primeros los italianos, porque llegaron primeros pidieron la testa.
Yo os la mando, dijo. Seréis gente de gobierno, mandaréis el mundo á entrambas manos.
Inquietos los franceses, fuéronse entremetiendo y, deseosos de tener mano en todo, pidieron los brazos.
Temo, dijo, que, si os los doy, habéis de inquietar todo el mundo. Seréis activos, gente de brazo. No pararéis un punto. Malos sois para vecinos.
Pero los ginoveses de paso les quitaron las uñas, no dejándoles ni con qué asir ni con qué detener las cosas. Pero á los españoles les han dado tan valientes pellizcos en su plata, que no hiciera más una bruja, chupándoles la sangre, cuando más dormidos.
Item más, dejo el rostro á los ingleses. Seréis lindos, unos ángeles; mas temo que, como las hermosas, habéis de ser fáciles en hacer cara á un Calvino, á un Lutero y al mismo diablo. Sobre todo, guardaos no os vea la vulpeja, que dirá luego aquello de ¡hermosa fachata, mas sin cerebro!
Muy atentos los venecianos, pidieron los carrillos. Riéronse los demás; pero el Valor:
No lo entendéis, les dijo: dejad, que ellos comerán con ambos y con todos.
Mandó la lengua á los sicilianos y, habiendo duda entre ellos y los napolitanos, declaró que á las dos Sicilias. Á los irlandeses el hígado. El talle á los alemanes.
Seréis hombres de gentil cuerpo; pero mirá que no lo estiméis más que el alma.
La melsa á los polacos, el liviano á los moscovitas. Todo el vientre á los flamencos y holandeses.
Con tal que no sea vuestro Dios.
El pecho á los suecos. Las piernas á los turcos, que con todos pretenden hacerlas y, donde una vez meten el pie, nunca más lo levantan.
Las entrañas á los persas, gente de buenas entrañas.
Á los africanos los huesos, que tengan que roer, como quien son.
Las espaldas á los chinos, el corazón á los japoneses, que son los españoles del Asia, y el espinazo á los negros. Manda á los Españoles. Llegaron los últimos los españoles, que habían estado ocupados en sacar huéspedes de su casa, que vinieron de allende á echarlos de ella.
¿Qué nos dejas á nosotros?, le dijeron:
Y él:
Tarde llegáis: ya está todo repartido.
¿Pues á nosotros, replicaron, que somos tus primogénitos qué menos que un mayorazgo nos has de dejar?
No sé ya qué daros. Si tuviera dos corazones, vuestro fuera el primero; pero mirá, lo que podéis hacer es que, pues todas las naciones os han inquietado, revolved contra ellas y lo que Roma hizo antes, haced vosotros después: dad contra todas, repelad cuanto pudiéredes, en fe de mi permisión.
No lo dijo á los sordos. Hanse dado tan buena maña, que apenas hay nación en el mundo, que no la hayan dado su pellizco, y á pocos repelones se hubieran alzado con todo el Valor de pies á cabeza.
Esto les iba exagerando á Critilo y Andrenio á la salida de Francia por la Picardía un hombre, que lo era y mucho. Pues, así como tienen unos cien ojos para ver y otros cien manos para obrar, éste tenía cien corazones para sufrir y todo él era corazón.
¿Saldréis, decía, con cariño de la Francia?
No por cierto, le respondieron, cuando sus mismos naturales la dejan y los estranjeros no la buscan.
Francia definida.
¡Gran provincia!, dijo el de los cien corazones.
Sí, respondió Critilo, si se contentase con sí misma.
¡Qué poblada de gentes!
Pero no de hombres.
¡Qué fértil!
Mas no de cosas sustanciales.
¡Qué llana y qué agradable!
Pero combatida de los vientos, de donde se les origina á sus naturales la ligereza.
¡Qué industriosa!
Pero mecánica.
¡Qué laboriosa!
Pero vulgar.
La provincia más popular, que se conoce. ¡Qué belicosos y gallardos sus naturales!
Pero inquietos: los duendes de la Europa en mar y tierra. Son un rayo en los primeros acometimientos y un desmayo en los segundos.
Son dóciles.
Sí; pero fáciles.
Oficiosos.
Pero despreciables y esclavos de las otras naciones. Emprenden mucho y ejecutan poco y conservan nada. Todo lo emprenden y todo lo pierden.
¡Qué ingeniosos! ¡qué vivos! ¡y qué prontos!
Pero sin fondo.
No se conocen tontos entre ellos.
Ni doctos, que nunca pasan de una medianía.
Es gente de gran cortesía.
Mas de poca fe, que hasta sus mismos Enricos no viven esentos de sus alevosos cuchillos.
Son laboriosos.
Así es, al paso que codiciosos.
No me podéis negar que han tenido grandes reyes.
Pero los más de poquísimo provecho.
Tienen bizarras entradas para hacerse señores del mundo.
¡Pero, qué desairadas salidas! Que, si entran á laudes, salen á vísperas.
Acuden con sus armas á amparar cuantos se socorren de ellas.
Es que son los rufianes de las provincias adúlteras.
¿Son aprovechados?
Sí y tanto, que estiman más una onza de plata, que un quintal de honra. El primer día son esclavos; pero el segundo amos, el tercero tiranos insufribles. Pasan de estremo á estremo sin medio: de humanos á insolentísimos. Tienen grandes virtudes y tan grandes vicios, que no se puede fácilmente averiguar cuál sea el rey, y al fin, ellos son antípodas de los españoles.
Pero decidme, ¿cómo fué aquello del Ermitaño? ¿Qué salida dió á la sagaz pregunta de Critilo?
Confesóme que á la virtud aparente no le corresponde premio sólido ni verdadero. Que bien se les puede echar dado falso á los hombres; pero que Dios no es reído. Oyendo esto, hicímonos del ojo y, en viendo la nuestra, tratamos de colgar el mal hábito de fingidos y saltar las bardas de la vil hipocresía.
¡Oh, qué bien hicistes! Porque el gozo del hipócrita no dura un instante entero, es como un punto. Entended una verdad, que de cien leguas se conoce la que es verdadera virtud ó falsa. Está ya muy despabilada la advertencia. Luego le conocen á uno de qué pie se mueve y de cuál cojea. Al paso que el engaño anda metafísico, también la cautela sutil le va á los alcances, y por más capa que tome de bondad, no se le escapa de vicio. La virtud sólida y perfecta es la que puede salir á vistas del cielo y de la tierra. Ésa la que vale y dura, que es tenida por clara y por eterna. La bellísima Virtelia es la que importa buscar y no parar hasta hallarla; aunque sea pasando por picas y por puñales, que ella os encaminará á vuestra Felisinda, en cuya busca toda la vida vais peregrinando.
Animábales mucho á emprender aquel montón de dificultades, que tan acobardado tenía á Andrenio.
Ea, acaba, le decía: que esa tu cobarde imaginación te pinta aquel leonazo del camino muy más bravo de lo que es. Advierte que muchos tiernos mancebos y delicadas doncellitas le han desquijarado.
¿De qué suerte?, preguntó Andrenio.
Armándose primero muy bien y peleando mejor después: que todo lo vence una resolución gallarda.
¿Qué armas son ésas y dónde las hallaremos?
Venid conmigo, que yo os llevaré donde las podréis escoger, si no al gusto, al provecho.
Íbanle ya siguiendo y razonando.
¿Qué importa, decía, sobren armas, si falta el Valor? Eso, más sería llevarlas para el enemigo.
¿De modo, que ya finó el Valor?, preguntó Critilo.
Sí, ya acabó, respondió él. Ya no hay Hércules en el mundo, que sujeten monstruos, que deshagan entuertos, agravios y tiranías; que las hagan, sí; que las conserven, también, obrando cien mil monstruosidades cada día. Un solo Caco había entonces, un embustero sólo, un ladrón en toda una ciudad; y ahora en cada esquina hay el suyo y cada casa es su cueva. Muchos Anteos, hijos del siglo, nacidos del polvo de la tierra. ¡Pues harpías agarradoras, hidras de siete cabezas y de siete mil caprichos, jabalís de su torpeza, leones de su soberbia! Todo está hirviendo de monstruos adocenados, sin hallarse ya quien tenga valor para pasar las columnas de la fortaleza y fijarlas en los fines de los humanos intentos, poniendo término á sus quimeras.
El valor apurado.
¡Qué poco duró el Valor en el mundo!, dijo Andrenio.
Poco: que el hombre valiente y aquellas sus camaradas nunca duran mucho.
¿Y de qué murió?
De veneno.
¡Qué lástima!
Si fuera en una inmortal, por tan mortal, batalla de Norlinguen, en un sitio de Barcelona, pase: que un buen fin toda la vida corona; ¿pero de veneno? ¡Hay tal fatalidad! ¿Y en qué se le dieron?
En unos polvos más letíferos, que los de Milán; más pestilentes, que los de un royo, de un malsín, de un traidor, de una madrastra, de un cuñado y de una suegra.
¿Diráslo porque estos valientes siempre acaban levantando polvaredas, que paran en lodos de sangre?
No; sino con toda realidad digo que la malicia humana se ha adelantado de modo, que no deja de obrar á los venideros. Ella ha inventado ciertos polvos tan venenosos y tan eficaces, que han sido la peste y la ruina de todos los grandes hombres. Y desde que éstos corren y aun vuelan, no ha quedado hombre de valor en el mundo. Con todos los famosos han acabado. No hay que tratar ya de Cides ni de Roldanes, como en otros tiempos. Fuera ahora Hércules juguete, viviera Sansón de milagro. Dígoos que han desterrado del mundo la valentía y la braveza.
¿Y qué polvos son esos tan traidores?, preguntó Critilo. ¿Son acaso de basiliscos molidos? ¿De entrañas de víboras destiladas? ¿De colas de escorpiones? ¿De ojos envidiosos ó lascivos? ¿De intenciones torcidas? ¿De voluntades malévolas? ¿De lenguas maldicientes? ¿Hase vuelto á quebrar otra redomilla en Delfos, apestando toda la Asia?
Aún son peores y, aunque dicen componerse de aquel alcrebite infernal, del salitre estigio y de carbones alentados á esternudos del demonio; pero yo digo que del corazón humano, que excede á la intratabilidad de las Furias, á la inexorabilidad de las Parcas, á la crueldad de la guerra, á la tiranía de la muerte. Que no puede ser otro una invención tan sacrílega, tan execrable, tan impía y tan fatal, Estragos de la pólvora. como es la pólvora, dicha así, porque convierte en polvo el género humano. Ésta ha acabado con los Héctores de Troya, con los Aquiles de Grecia, con los Bernardos de España. Ya no hay corazón ni valen fuerzas ni aprovecha la destreza. Un niño derriba un gigante, un gallina hace tiro á un león y al más valiente el cobarde, con que ya ninguno puede lucir ni campear.
Antes ahora, dijo Critilo, he oído ponderar que está más adelantado el valor, que antes. Porque ¿cuánto más corazón es menester para meterse un hombre por cien mil bocas de fuego? ¿Cuánto más ánimo para esperar un torbellino de bombardas, hecho terrero de rayos? Ése sí que es valor; que todo lo antiguo fué niñería. Ahora está el valor en su punto, que es en un corazón intrépido; que entonces en un buen brazo, en tener más fuerza que un gañán, en los jarretes de un salvaje.
Engáñase de barra á barra quien tal dice. ¡Qué dictamen tan exótico y errado! Temeridad valerosa. Pues ése, que él celebra, no es valor ni lo conoce; no es sino temeridad y locura, que es muy diferente.
Ahora digo, confirmó Andrenio, que la guerra es para temerarios y aun por eso diría aquel gran hombre, tan celebrado de prudente en España, en la primera batalla y la última en que se halló, oyendo zumbir las balas:
¿Es posible, que desto gustaba mi padre?
Y hanle seguido muchos, confirmándose en su opinión tan segura. Siempre oí decir que desde que riñeron la Valentía y la Cordura, nunca más han hecho paz. Aquélla salió de sus casillas á campaña y ésta se apeló el juicio.
No tienes razón, dijo el Valeroso. ¿Qué hiciera la fortaleza, sin la prudencia? Que por eso en la varonil edad está en su sazón, y del valor tomó el renombre de varonil. Es en ella valor lo que en la mocedad audacia y en la vejez recelo. Aquí está en un medio muy proporcionado.
Armería victoriosa.
Llegaron ya á una gran casa, tan fuerte como capaz. Dieron y tomaron el nombre: que aquí se cobra la fama. Entraron dentro y vieron un espectáculo de muchas maravillas del valor, de instrumentos prodigiosos de la fortaleza. Era una armería general de todas armas antiguas y modernas, calificadas por la experiencia y á prueba de esforzados brazos, de los más valientes hombres, que siguieron los pendones marciales. Fué gran vista lograr juntos todos los trofeos del valor, espectáculo bien gustoso y gran empleo de la admiración.
Acercaos, decía, reconocé y estimá tanto y tan ejecutivo portento de la fama.
Pero salteóle de pronto un intensísimo sentimiento á Critilo, que le apretó el corazón hasta exprimirle por los ojos. Reparando en ello el Valeroso, solicitó la causa de su pena y él:
¿Es posible, dijo, que todos esos fatales instrumentos se forjaron contra una tan frágil vida? Si fuera para conservarla, estuviera bien: merecían toda recomendación; ¿pero para ofendella y destruilla, contra una hoja, que se la lleva el viento, tantas hojas afiladas ostentan su potencia? ¡Oh, infelicidad humana, que haces trofeo de tu misma miseria!
Señor, los filos deste alfanje cortaron el hilo de la vida á un famoso rey don Sebastián, digno de la vida de cien Néstores. Este otro, la del desdichado Ciro, rey de Persia. Esta saeta fué la que atravesó el lado al famoso rey don Sancho de Aragón y esta otra al de Castilla.
¡Malditos sean tales instrumentos y execrable su memoria! No los vea yo de mis ojos. Pasemos adelante.
Esta tan luciente espada, dijo el Valeroso, fué la celebrada de Jorge Castrioto y esta otra del marqués de Pescara.
Déjamelas ver muy á mi gusto.
Y después de bien miradas, dijo:
No me parecen tan raras como yo pensaba. Poco se diferencian de las otras. Muchas he visto yo de mejor temple y no de tanta fama.
Trofeos del valor.
Es que no ves los dos brazos, que las movían, que en ellos consistía la braveza.
Vieron otras dos, todas teñidas en sangre desde la punta al pomo, muy parecidas.
Estas dos están de competencia. ¿Cuál venció más batallas campales y cúyas son?
Ésta es del rey don Jaime el Conquistador y esta otra del Cid castellano.
Yo me atengo á la primera, como más provechosa y quédese el aplauso para la segunda, más fabulosa. ¿Dónde está la de Alejandro Magno, que deseo mucho verla?
No os canséis en buscarla, que no está aquí.
¿Cómo no, habiendo conquistado todo un mundo?
Porque no tuvo valor para vencerse á sí, mundo pequeño: sujetó toda la India; mas no su ira. Tampoco hallaréis la de César.
¿Ésa no, cuando yo creí fuera la primera?
Tampoco, porque gastó más sus aceros contra los amigos y segó las cabezas más dignas de vida.
Algunas hay aquí, que, aunque buenas, parecen quedar cortas.
No dijera eso el conde de Fuentes, á quien ninguna le pareció corta, con avanzarse, decía, un paso más al contrario. Estas tres son de los famosos franceses, Pepino, Carlo Magno y Luis Nono.
¿No hay más francesas?, preguntó Critilo.
No sé yo que haya más.
Pues ¿habiendo habido en Francia tan insignes reyes, tantos Pares sin par y tan valerosos Mariscales? ¿Dónde están las de los dos Virones? ¿La del grande Enrico Cuarto? ¿Cómo no más de tres?
Porque esas tres solas emplearon su valor contra los moros; todas las demás contra cristianos.
Muy metida en su vaina vieron una, cuando todas las otras estaban desnudas, ya brillantes, ya sangrientas. Riéronlo mucho; mas el Valeroso:
De verdad, dijo, que es heroica y llamada por antonomasia la grande.
¿Cómo no está desnuda?
Porque el Gran Capitán, su gran dueño, decía que la mayor valentía de un hombre consistía en no empeñarse ni verse obligado á sacarla.
Tenía otra muy brillante contera de oro fino y dijo:
Ésta fué la que echó á su vitoriosa espada el marqués de Leganés, derrotando al Invencible vencido.
Deseó Andrenio saber cuál había sido la mejor espada del mundo.
No es fácil de averiguar, dijo el Valeroso; pero yo diría, que la del rey Católico don Fernando.
¿Y por qué no la de un Héctor, de un Aquiles, replicó Critilo, más célebres y plausibles, por tan decantadas de los poetas?
La mejor espada.
Yo lo confieso, respondió; pero ésta, no tan ruidosa, fué más provechosa y la que conquistó la mayor monarquía, que reconocieron los siglos. Esta hoja del Rey Católico y aquel arnés del rey Filipo el Tercero pueden salir dondequiera que haya armas: aquélla para adquirir y éste para conservar.
¿Cuál es ese arnés tan heroico de Filipo?
Mostróles uno todo escamado de doblones y reales de á ocho alternados y ajustados unos sobre otros como escamas, haciendo una ricamente hermosa vista.
Éste, dijo el Valeroso, fué el más eficaz, el más defensivo de cuantos hubo en el mundo.
¿En qué guerra lo vistió su gran dueño, que nunca tuvo ocasión de armarse ni se vió jamás obligado á pelear?
Antes fué para no pelear, para no tener ocasión. En fe déste, después de la asistencia del cielo, conservó su grande y dichosa monarquía sin perder una almena. Que es mucho más el conservar, que el conquistar. Y así decía uno de sus mayores ministros:
Quien posee no pleitee y quien está de ganancia no baraje.
Entre tantos y tan lucientes aceros campeaba un bastón muy basto; pero muy fuerte. Hízole novedad á Andrenio y dijo:
¿Quién metió aquí este ñudoso palo?
Su fama, respondió el Valeroso: no fué de algún gañán, como tú piensas, sino de un rey de Aragón, llamado el Grande, aquel que fué bastón de franceses, porque los abrumó á palos.
Estrañaron mucho ver dos espadas negras y cruzadas entre tantas blancas, tan matantes.
¿De qué sirven aquí éstas?, dijo Critilo, donde todo va de veras, y, aunque fuesen del bravo Carranza y del diestro Narváez, no merecen este puesto.
No son, dijo, sino de dos grandes príncipes y muy poderosos, que, después de muchos años de guerra y haberse quebrado las cabezas con harta pérdida de dinero y gente, se quedaron como antes, sin haberse ganado el uno al otro un palmo de tierra: de modo, que al cabo más fué juego de esgrima, que guerra verdadera.
Aquí echo menos, dijo Andrenio, las de muchos capitanes muy celebrados, por haber subido de soldados ordinarios á gran fortuna.
¡Oh, dijo el Valeroso!, aquí se hallan y se estiman algunas de ésas. Aquélla es del conde Pedro Navarro, la otra de García de Paredes. Allí está la del Capitán de las Nueces, que fueron más que el ruido de la fama. Y si faltan algunas, es porque fueron más ganchos, que estoques. Que algunos más han triunfado con los oros, que con las espadas.
¿Qué se hizo la de Marco Antonio, aquel famoso romano competidor de Augusto?
Ésa y otras iguales andan por esos suelos hechas pedazos á manos tan flacas como femeniles. Valor justificado. La de Aníbal la hallaréis en Capua, que, habiendo sido de acero, las delicias la ablandaron como de cera.
¿Qué espada es aquella tan derecha y tan valiente, sin torcer á un lado ni á otro, que parece el fiel á las balanzas de la equidad?
Ésa, dijo, siempre hirió por línea recta. Fué del non plus ultra de los Césares, Carlos V, que siempre la desenvainó por la razón y justicia. Al contrario, aquellos corvos alfanjes del bravo Mahometo, de Solimán y Selim, como siempre pelearon contra la fe, justicia, derecho y verdad, ocupando tiránicamente los ajenos estados, por eso están tan torcidos.
Aguarda, ¿qué espada tan dorada es aquella, que tiene por pomo una esmeralda y toda ella está esmaltada de perlas? ¡Qué cosa tan rica! ¿No sabríamos cúya fué?
Ésta, respondió alzando la voz el Valeroso, fué del tan celebrado después, como emulado antes, pero nunca bastantemente ni estimado ni premiado, don Fernando Cortés, Marqués del Valle.
¿Que ésta es?, dijo Andrenio. ¡Cómo me alegro de verla! ¿Y es de acero?
¿Pues de qué había de ser?
Es que yo había oído decir que era de caña, por haber peleado contra indios, que esgrimían espadas de palo y vibraban lanzas de caña.
He, que la entereza de la fama, siempre venció la emulación. Digan lo que quisieren éstos y aquéllos, que ésta con su oro dió aceros á todas las de España y en virtud de ella han cortado las demás en Flandes y en Lombardía.
Vieron ya una tan nueva como lucida, atravesando tres coronas y amagando á otras.
¡Qué espada tan heroicamente coronada!, ponderó Critilo. ¿Y quién es el valeroso y dichoso dueño de ella?
El Señor D. Juan de Austria.
¿Quién ha de ser, sino el moderno Hércules, hijo del Júpiter de España, que va restaurando la monarquía, á corona por año?
¿Qué tridente es aquel, que en medio de las aguas está fulminando fuego?
Es del valeroso duque de Alburquerque, que quiere igualar por la valentía la fama de su gran padre, conseguida en Cataluña por gobierno.
¿Qué arco sería aquel, que está hecho pedazos en el suelo y todos sus arpones rotos y despuntados? En lo pequeño parece juguete de algún rapaz; mas en lo fuerte de algún gigante.
Ése, respondió, es uno de los más heroicos trofeos del Valor.
¿Pues qué gran cosa, replicó Andrenio, rendir un niño y desarmarle? Ésa no la llames hazaña; sino melindre. Miren ¡qué clava de Hércules rompida, qué rayo de Júpiter desmenuzado, qué espada de Pablo de Parada hecha trozos!
¡Oh, sí!, que es muy orgulloso el rapaz y cuanto más desnudo más armado, más fuerte cuando más flaco, más cruel cuando llorando, más certero cuando ciego. Creedme que es gran triunfo vencer al que á todos vence.
Y dínos ¿quién le rindió?
Triunfo de la Castidad.
¿Quién? De mil uno, aquel Fénis de la castidad, un Alfonso, un Filipo, un Luis de Francia. ¿Qué diréis de aquella copa hecha también pedazos, sembrados todos por tierra?
¡Qué otro blasón ése, dijo Andrenio, y más siendo de vidrio! ¡Qué gran cosa! Ésas más son hazañas de pajes, de que hacen ciento al día.
Pues de verdad, ponderó el Valeroso, que era bien fuerte el que hacía la guerra con ella y que derribó á muchos. Del más bravo no hacía él más caso que de un mosquito.
¿Qué, estaría hechizada?
No, sino que hechizaba y les trastornaba á muchos el juicio. No dió Circe más bebedizos, que brindó con ésta un viejo.
¿Y en qué transformaba las gentes?
Los hombres en jimios y las mujeres en lobas. Él era un raro veneno, que apuntaba al cuerpo y hería el alma, al vientre, y pegaba en la mente. ¡Oh cuántos sabios hizo prevaricar! Y es lo bueno que todos los vencidos quedaban muy alegres.
Pues bien está por tierra la que á tantos derribó y éste sea el blasón de los españoles.
¿Qué otras armas son aquellas, preguntó Critilo, que se conoce bien su valor en su estimación, El mayor valor. pues están conservadas en armarios de oro?
Éstas, respondió el Valeroso, son las mejores, porque son defensivas.
¡Qué escudos tan bizarros!
Y aun los más son escudos.
¿Este primero parece de cristal?
Sí y, al punto que se carea con el enemigo, le deslumbra y le rinde. Es de la razón y verdad, con que el buen emperador Ferdinando Segundo triunfó del orgullo de Gustavo Adolfo y de otros muchos.
Estos otros tan cortos y tan lunados ¿de quién son? Que parecen de algún alunado capricho.
Éstos fueron de mujeres.
¿De mujeres?, replicó Andrenio. ¿Y aquí, entre tanta valentía?
Sí, que las amazonas sin hombres fueron más que hombres y los hombres entre mujeres son menos que mujeres. Éste que aquí veis dicen está encantado, que por más golpes que le den, por más tiros que le hagan, no le hacen mella ni los mismos reveses de la Fortuna y esto á prueba de la paciencia del mismo don Gonzalo de Córdoba. Repara en aquel tan brillante.
Parece moderno.
Y es impenetrable, del sagaz y valeroso marqués de Mortara, que con su mucha espera y valor ha restaurado á Cataluña. Esta rodela acerada, grabada de tantas hazañas y trofeos, fué del primer conde de Ribagorza, cuyo valor prudente pudo hacerse lugar y aun campear al lado de tal padre y de un tal hermano.
D. Alonso de Aragón.
Dióles curiosidad de entender una letra, que en un escudo decía:
Ó con Este ó en Este.
Ésa fué la noble empresa de aquel gran vencedor de reyes, en que quiso decir que ó con el escudo vitorioso ó en él muerto.
Dióles mucho gusto ver en uno pintado un grano de pimienta por empresa.
¿Cómo lo podrá divisar el enemigo?, dijo Andrenio.
¡Oh!, dijo, que el famoso general Francisco González Pimienta se avanza tanto al enemigo, que le hace ver y aun probar su picante braveza.
Vieron ya uno en forma de corazón.
¿Éste debía ser de algún grande amartelado?, dijo Andrenio.
No fué, sino de quien todo es corazón, hasta el mismo escudo, digo aquel gran descendiente del Cid, heredero de su ínclito valor, el duque del Infantado.
Había una rodela hecha de una materia bien extraordinaria, ni usada ni conocida.
Valerosa prudencia.
Es, dijo, de la oreja de un elefante. Con ésta se armaba de igual valor á su mucha prudencia el marqués de Caracena.
¡Qué brillante celada aquélla!, celebró Critilo.
Sí lo es, dijo el Valeroso, y que celaba bien con ella sus intentos el rey don Pedro de Aragón, de tal arte que, si su misma camisa llegara á rastrearlos, al punto la abrasara.
¿Qué casco es aquel tan capaz y tan fuerte?
Éste fué para una gran testa, no menos que del duque de Alba, hombre de superlativo juicio y que no se dejaba vencer, no sólo de los enemigos, pero ni de los suyos, como Pompeyo en dar la batalla al César contra su propio dictamen.
¿Es por dicha aquel relumbrante yelmo el de Mambrino?
Por lo impenetrable ya pudiera; fué de don Felipe de Silva, de cuya gran cabeza dijo el bravo mariscal de la Mota le daba más cuidado, que seguridad sus pies impedidos de la gota. Mira aquel morrión del marqués Espinola, qué defendido está con el guardanaso de su gran sagacidad, que con la misma verdad deslumbró la atención del vivaz Enrico Cuarto. Todas estas armas son para la cabeza y más de hombres sagaces, que de mancebos audaces; tan importantes, que por eso este archivo es llamado con especialidad el retrete del valor.
Aquí vieron muchas cartas hechas pedazos, esparcidas por el suelo y pisados sus caballos y sus reyes.
Ya me parece, dijo Andrenio, que te oigo exagerar una gran batalla, que aquí se dió, y la gran vitoria conseguida.
Por lo menos no me negarás, replicó el Valeroso, que hubo barajas. Que siempre se componen de espadas y oros y luego andan los palos. ¿No te parece que fué gran valor el de aquel, que, cogiendo entre sus dos manos una baraja, toda junta la tronchó de una vez?
Ése, respondió Andrenio, más parece efecto de las grandes fuerzas de don Gerónimo de Ayanzo, que de un heroico valor.
Por lo menos sería el día de su mayor ganancia, y ten por cierto que no hay valor igual, como escusar las barajas ni hay mejor salida de los empeños, que no empeñarse. ¿Quieres ver la mayor valentía del mundo? Llega y mira esas joyas, esas galas, esa bizarría pisada y hollada en ese duro suelo.
Éste, replicó Andrenio, parece aderezo mujeril. Pues ¿qué gran vitoria fué despojar una femenil flaqueza, triunfar de una bellísima ternura? ¿Qué arneses vemos aquí deshechos, qué yelmos abollados?
Belleza triunfante.
Oh, sí, dijo, que esto fué triunfar de un mundo entero y retirarse al cielo la más aplaudida belleza de una Serenísima Señora Infanta, Sor Margarita de la Cruz, seguida después de Sor Dorotea, gloria mayor de Austria, que dejando de ser ángeles, pasaron á ser serafines en la religión de ellos. También son trofeo de un gran valor esas plumas de pavón esparcidas y estos airones de una altanera garza, penachos de su soberbia, ya despojos de una loca vanidad rendida.
Pero lo que más le satisfizo fué ver hecha pedazos una afilada guadaña.
Éste, sí, que es triunfo, exclamaron. ¡Que haya valor en un moro cristiano y en una reina María Estuarda, para despreciar la misma muerte!
Trataron ya de armarse los dos conquistadores del monte de Virtelia. Iban escogiendo armas valientes, espadas de luz y de verdad, que á fuer de eslabones fulminasen rayos; escudos impenetrables de sufrimiento, yelmos de prudencia, arneses de fortaleza invencible. Y sobre todo el cuerdamente Valeroso les revistió muchos y generosos corazones, que no hay mayor compañía en los aprietos. Viéndose Andrenio tan bien armado, dijo:
Ya no hay que temer.
Sólo lo malo, le respondió, y lo injusto.
Daba demostraciones de su gran gozo Critilo.
Con razón, le dijo, te alegras, pues, aunque concurran en un varón todas las demás ventajas de sabiduría, nobleza, gracia de las gentes, riqueza, amistad, inteligencia, si el valor no las acompaña, todas quedan estériles, frustradas. Sin valor nada vale, todo es sin fruto. Poco importa que el consejo dicte, la prudencia prevenga, si el valor no ejecuta. Por eso la sabia naturaleza dispuso que el corazón y el celebro en la formación del hombre comenzasen á la par, para que fuesen juntos el el pensar y el obrar.
Esto les estaba ponderando, cuando de repente interrumpió su discurso una viva arma, que se comenzó á tocar por todas partes. Acudieron prontos á tomar las armas y á ocupar sus puestos. Lo que fué y lo que les sucedió nos dirá la Crisi siguiente.
CRISI IX
Anfiteatro de monstruosidades.
Pasaba un río y río de lo que pasa entre márgenes opuestas, coronada de flores la una y de frutos la otra; prado aquélla de deleites, así como ésta de seguridades. Escondíanse allí entre las rosas las serpientes, entre los claveles los áspides, y bramaban las hambrientas fieras, rodeando á quien tragarse. En medio de tan evidentes riesgos estaba descansando un hombre, si lo es un necio. Pues pudiendo pasar el río y meterse en salvo de la otra parte, se estaba muy descuidado, cogiendo flores, coronándose de rosas y de cuando en cuando volviendo la mira á contemplar el río y ver correr sus cristales.
Dábale voces un cuerdo, acordándole su peligro y convidándole á pasarse de la otra banda, con menos dificultad hoy que mañana. Mas él muy á lo necio respondía que estaba esperando acabase de correr el río, para poderle pasar sin mojarse.
Oh, tú, que haces mofa del fabulosamente necio, advierte que eres el verdadero, tú eres el mismo de quien te ríes: tanta y tan solemne es tu demencia, pues instándote que dejes los riesgos del vicio y te acojas á la banda de la virtud, respondes que aguardas acabe de pasar la corriente de los males.
Escusa vulgar.
Si le preguntáis al otro por qué no acaba de ajustarse con la razón, responde que está aguardando pase el arrebatado torrente de sus pasiones: que no quiere comenzar el camino de la virtud hoy, si ha de volver al del vicio mañana.
Si le acordáis á la otra sus obligaciones, la afrenta que causa á los propios y la murmuración á los extraños, dice que corre con todas, que así se usa, que con más edad tendrá más cordura.
Consuélase aquél de no estudiar y dice que no piensa cansarse, pues no se premian letras ni se estiman méritos.
Escúsase éste de no ser hombre de sustancia, diciendo que no hay quien lo sea. Todo está perdido, que no se usa la virtud; todos engañan, adulan, mienten, roban y viven de artificio. Y déjase arrebatar de la corriente de la maldad.
El juez se lava las manos de que no hace justicia, con que todo está rematado y no sabe por dónde comenzar. Así que todos aguardan á que amaine el ímpetu de los vicios, para pasarse á la banda de la virtud. Mas es tan imposible el cesar los males, el acabarse los escándalos en el mundo, mientras haya hombres, como el parar los ríos; lo acertado es poner el pecho al agua y con denodado valor pasar de la otra banda al puerto de una seguridad dichosa.
Peleando estaban ya los dos valerosos guerreros, que no es otra cosa la vida humana, que una milicia á la malicia, Milicia contra malicia. y á esto les habían tocado arma trecientos monstruos, causa deste rebato, que con los rayos de la razón descubrieron sus ardides; las atalayas en atenciones avisaron á los fuegos de su celo y éste al valor de ambos, que denodadamente los fueron persiguiendo y retirando, tanto, que llevados de su ardor en el alcance, se hallaron á las puertas de un hermosísimo palacio, primer fábrica del mundo, el más artificioso y bienlabrado, que jamás vieron, aunque habían admirado tantos. Ocupaba el centro de un ameno prado, con ambiciones de paraíso, de aquellos que no perdona el gusto. Su materia, aunque tierra, desmentida de los primores del arte, dejaba muy atrás la misma solar esfera. Obra al fin de grande artífice y fabricada para un príncipe grande.
¿Si sería éste, dijo Andrenio, el tan alabado alcázar de Virtelia? Que una cosa tan perfecta no puede ser estancia, sino de su grande perfección. Que tal suele ser el epiciclo, cual la estrella.
Oh, no, dijo Critilo, que éste está á los pies del monte y aquél sobre su cabeza, aquél se empina hasta el cielo y éste se roza con el abismo, aquél entre austeridades y éste entre delicias.
Esto ponderaban, cuando vieron asomar por su majestuosa puerta, al cabo de muchas varas de nariz, un hombrecillo de media, que viéndolos admirados, les dijo:
Yo no sé de qué; pues así como hay hombres de gran corazón y de gran pecho, yo lo soy de grandes narices.
Toda gran trompa, dijo Critilo, siempre fué para mí señal de grande trampa.
Varón sagaz.
¿Y por qué no de sagacidad?, replicó él. Pues advertí que con ésta os he de abrir camino. Seguidme.
Lo primero, que encontraron en el mismo atrio, fué un establo, nada estable, aunque lleno de gente lucida, hombres de mucho porte y de más cuenta, muy hallados todos con los brutos, sin asquear el mal olor de tan inmunda estancia.
¿Qué es esto?, dijo Critilo. ¿Cómo éstos, que parecen personas, están en tan vil lugar?
Por su gusto, respondió el Sátiro.
¿Pues desto gustan?
Sí, que los más de los hombres eligen antes vivir en la hedionda pocilga de sus bestiales apetitos, que arriba en el salón dorado de la razón.
No se sentía otro dentro, que malas voces y bramidos de fieras, ni se oían sino monstruosidades. Era intolerable la hediondez que despedía.
¡Oh, casa engañosa!, exclamó Andrenio: por fuera toda maravillas y por dentro monstruosidades.
Palacio del alma.
Sabed, dijo el Sátiro, que este hermoso palacio se fabricó para la Virtud; mas el Vicio se ha levantado con él, hale tiranizado. Y así de ordinario veréis que hace su morada en la mayor hermosura y gentileza, el cuerpo más lindo y agraciado, criado para estancia hermosa de la Virtud, le toparéis lleno de torpezas, la mayor nobleza de infamias, la riqueza de ruindades.
Comenzaron con esto á rehusar el empeñarse, temiendo el despeño, cuando uno de aquellos monstruos les dijo:
En esto no reparéis, que aquí siempre hay salida para todo y yo soy el que á cuantos se empeñan, la hallo. Á la doncellita la persuado su deshonra, diciéndola que no le faltará una amiga ó una piadosa tía de quien fiarse. Al asesino que mate, que ya habrá quien le haga espaldas. Al ladrón que robe. Al salteador que desuelle, que ya se hallará un simple compasivo, que interceda por él á la justicia. Al tahur que juegue, que no faltará un amigo enemigo, que le preste. De suerte que por grande que sea el despeño, le pinto fácil el salto; por entrincado que sea el laberinto, le hallo el ovillo de oro; y á toda dificultad, la solución. Así que bien podéis entrar. Fiaos de mí, que os desempeñaré.
Fué á meter el pie Critilo y al punto encontró con un monstruo horrible, porque tenía las orejas de abogado, la lengua de procurador, las manos de escribano, los pies de alguacil.
Escápate, gritó el Sátiro, de todo pleito; aunque sea dejándoles la capa.
Cortesía engañosa.
Íbanse retirando con recelo, cuando con mucho agrado se llegó á ellos otro monstruo muy cortés, suplicándoles fuesen servidos de entrar por cortesía, que no serían los primeros, que se habían perdido de puro corteses. Y si no, preguntadle á aquél, que parece hombre circunspecto y de juicio, cómo se jugó la hacienda y tras ella la honra y el descanso de su casa.
Y respondióles:
Señor, rogáronme que hiciese un cuarto, que les faltaba, y deshice todos los de mi casa, porque no me tuviesen por grosero, Púseme á jugar, piquéme y lastiméme á mí mismo. Pensé desquitarme y acabé con todo por cortesía.
Preguntadle á aquel otro, que se pica de entendido, cómo perdió la salud, la honra y la hacienda, con la otra loquilla.
Y respondióles que por no parecer descortés, mantuvo la conversación. De allí pasó á la correspondencia, hasta hallarse perdido por cortesía.
La otra, porque no la tuviesen por necia, respondió al dicho y luego al billete. El marido, por no parecer grosero, disimuló con los muchos yentes y vinientes á su casa. El juez, obligado de la intercesión del poderoso, hizo la injusticia. De suerte que son infinitos los que se han perdido en el mundo por cortesía.
Y con esto y mil zalemas, que les hizo, les obligó á entrar. Érase un tan espacioso atrio, que tomaba todo un mundo, célebre anfiteatro de monstruosidades, tan grandes como muchas, donde tuvieron más que abominar, que admirar y vieron cosas, aunque muchas veces vistas, que no se podían ver.
Vicios encadenados.
Estaba en el primero y último lugar una horrible serpiente, coco de la misma hidra, tan envejecida en el veneno, que la habían nacido alas y se iba convirtiendo en un dragón, inficionando con su aliento al mundo.
¡Terrible cosa, dijo Critilo, que de la cola de la culebra nazca el basilisco y de los dejos de la víbora el dragón! ¿Qué monstruosidad es ésta?
Como déstas se ven en el mundo cada día, respondió el Sátiro. Veréis que acaba la otra con su deshonestidad propia y comienza la ajena. No hace cara ya al vicio, por no tenerla. Da alas á la otra, que comienza á volar, y hace sombra á los soles, que amanecen. Pierde el tahur su grande herencia y pone casa de juego: da naipes, despabila las velas abrasadoras, corta tantos para tontos. El farsante para en charlatán y saltimbanco, el acuchillador en maestro de esgrima; el murmurador, cuando viejo, en testigo falso; el holgazán, en escudero; el malsín, en catedrático del duelo; el infame, en libro verde; y el bebedor en tabernero, aguándoles el vino á los otros.
Iban dando la vuelta y viendo portentosas fealdades. Fuélo harto ver una mujer, que de dos ángeles hacía dos demonios, digo, dos rapazas endiabladas. Y teniéndolas desolladas, las metió á asar á un gran fuego y comenzó á comer dellas sin ningún horror, tragando muy buenos bocados.
¡Qué fiereza es ésta tan inhumana!, ponderó Andrenio. ¿No me dirás quién es ésta, que deja atrás los mismos trogloditas?
Mala madre.
Pues advierte que es su madre.
¿La misma, que las echó á luz?
Y hoy las oscurece. Ésta es la que teniendo dos hijas tan hermosas como viste, las mete en el fuego de su lascivia; dellas come y traga los buenos bocados.
Salióles de través otro monstruo, no menos raro. Era de tan exótica condición, de un humor tan desproporcionado, que, si le pegaban con un garrote de encina y le quebraban las costillas ó un brazo, no hacía sentimiento; pero, si le daban con una caña, aunque levemente, sin hacerle ningún daño, era tal su sentimiento, que alborotaba el mundo. Llegó uno y dióle una penetrante puñalada y la tuvo por mucha honra. Y porque llegó otro y le pegó un ligero espaldarazo con la espada envainada, sin sacarle una gota de sangre, lo sintió de manera, que revolvió toda su parentela para la venganza. Pególe uno á puño cerrado un tan fiero mojicón, que le ensangrentó la boca y le derribó los dientes y no se alteró. Y porque otro le asentó la mano estendida, coloreándole el rostro, fué tal su rabia, que hundía el mundo, haciendo estremos. ¿Pues qué? Si le arrojaban un sombrero, no sentía tanto, que le tirasen un ladrillo y le polvoreasen los sesos. No tenía por afrenta el mentir, el no cumplir su palabra, el engañar, el decir mil falsedades. Y porque uno le dijo; mentís: pensó reventar de cólera y no quiso comer hasta tomar venganza.
¡Qué raro humor de monstruo éste, celebró Critilo, entreverado de necedad y locura!
Así es, dijo el Sagaz, ¿y quién creerá que está hoy muy valido en el mundo?
¿Será entre bárbaros?
No, sino entre cortesanos; entre la gente más ladina.
¿Y no sabríamos quién es?
El duelo.
Éste es el tan sonado Duelo: dígole, el descabezado, tan civil como criminal.
Pasaron á la otra banda, y registraron las monstruosidades de la necedad, que eran otras tantas. Monstruos de la necedad. Vieron que no osaba comer un camaleón por ahorrar, para que tragase después el puerco de su heredero. Un melancólico, pudriéndose del buen humor de los otros; muchos, que porfiaban sin estrella; él de todos, si no de sí mismo. Admiráronse de uno, que pretendía por mujer la que había muerto á su marido y él quería ser el marivenido. Un soldado, muriendo en un barranco, muy consolado de no gastar con médicos ni sacristanes. Un señor, que encomendaba á otros el mandar.
Estaba uno encendiendo fuego de canela para asar un rábano; un rico pretendiendo y un caduco enamorando. Aquí toparon con el de cien pleitos y un prelado huyendo dél, porque no le metiese pleito en la mitra. Vieron uno, que, habiéndole dicho fuese á descansar á su casa, se equivocó y se iba á la sepultura. Aquí estaba también el que hacía almohada del chapín de la Fortuna, y á su lado el que del cogote de la Ocasión pretendía hacerse la barba; el que llevaba descubiertas las perdices y no las vendía.
Íbase uno á la cárcel por otro. Pero el más aborrecido, era un hombre bajo, descortés. Estaba uno parando lazos á los raposos viejos y otro pasando del dar al pedir; el que compraba caro lo que era suyo; y estaba otro papando lisonjas de sus convidados, el juglar de las casas ajenas y en la suya cantimplora; el que decía que no es de príncipes el saber; el que todas las cosas hacía con eminencia, si no su empleo.
Entraba en el lugar del que vivía de necio el que moría de sabio; el que, pudiendo ser sol en su esfera, no era constelación en la ajena; el que fundía en balas sus doblones. Estaban dos, el uno jugando bien y siempre perdiendo, y el otro sin saberse dejar, ganando. Un presumido con cuatro letras garrafales y el que conociendo un temerario, le fiaba todo su ser. Y sobre todo, uno, que viviendo de burlas, se iba al infierno de veras.
Todas estas monstruosidades y otras más estaban admirando, cuando arrebató de nuevo su atención un monstruo, que, huyendo de un ángel, se iba tras un demonio ciego y perdido por él.
Ésta sí que es portentosa necedad, dijeron; nada son las pasadas.
Éste es, dijo el Sagaz, un hombre, que, teniendo una consorte que le dió Dios discreta, noble, rica, hermosa y virtuosa, anda perdido por otra, que le atrazó el diablo, por una moza de cántaro, por una vil y asquerosa ramera, por una fea, por una loca insufrible, con quien gasta lo que no tiene. Para su mujer no saca el honesto vestido y para la amiga la costosa gala. No halla un real para dar limosna y gasta con la ramera á millares. La hija trae desnuda y la amiga rozando lamas. ¡Oh, fiero monstruo, casado con hermosa y amancebado con fea!
Veréis que unos vicios, aunque destruyen la honra, dejan la hacienda. Consumen otros la hacienda y perdonan la salud. Pero este de la torpeza con todo acaba, honra, hacienda, salud y vida.
Torpe monstruosidad.
Lado por lado estaban otros dos monstruos tan confinantes, cuan diferentes, para que campeasen más los estremos. El primero tenía más malos ojos que un bizco, siempre miraba de mal ojo. Si uno callaba, decía que era un necio; si hablaba, que un bachiller; si se humillaba, apocado; si se mesuraba, altivo; si sufrido, cobarde; y si áspero, furioso; si grave, le tenía por soberbio; si afable, por liviano; si liberal, por pródigo; si detenido, por avaro; si ajustado, por hipócrita; si desahogado, por profano; si modesto, por tosco; si cortés, por ligero. ¡Oh, maligno mirar!
Al contrario, el otro se gloriaba de tener buena vista, todo lo miraba con buenos ojos, con tal estremo de afición, que á la desvergüenza llamaba galantería, á la deshonestidad buen gusto, la mentira decía que era ingenio, la temeridad valentía, la venganza pundonor, la lisonja cortejo, la murmuración donaire, la astucia sagacidad y el artificio prudencia.
¡Qué dos monstruosidades, dijo Andrenio, tan necias! Siempre van los mortales por estremos, nunca hallan el medio de la razón: ¡y se llaman racionales!
¿No sabríamos qué dos monstruos son éstos?
Pía, y impía afición.
Sí, dijo el Sagaz: aquella primera es la mala Intención, que toma de ojo todo lo bueno; esta otra al contrario, es la Afición, que siempre va diciendo:
Todo mi amigo es buen hombre.
Éstos son los antojos del mundo. Ya no se mira de otro modo y así tanto se ha de atender á quien alaba ó á quien vitupera, como al alabado ó vituperado.
Ruaba un otro bien monstruoso, muy tapado.
Éste, dijo Andrenio, parece monstruo vergonzante.
Antes, respondió el Sátiro, es de la desvergüenza.
¿Pues una mujer sin ella, cómo va atapada contra su natural inclinación de ser vistas?
Ahí verás que, cuando más descaradas, esconden la cara.
¡He, que será recato!
No es sino correr el velo á sus obligaciones. Ayer iba al contrario, tan escotada, que parece que descubriera más, si más pudiera. Siempre van por estremos.
Venía ya un monstruo muy humano, haciendo reverencias á los mismos lacayos, besando los pies aun á los mozos de cocina. Llamaba señoría á quien no merecía merced, á todo el mundo con la gorra en la mano, previniendo de una legua la cortesía. Á unos se ofrecía por su mayor afecto, á otros por su menor criado.
Ambición cortés.
¡Qué monstruo tan comedido éste!, ponderaba Andrenio, ¡qué humano! No he visto monstruo humilde hasta hoy.
¡Qué bien lo entiendes!, dijo el Sátiro: no hay otro más soberbio. ¿No ves tú, que, cuanto más se abate, quiere subir más alto? Para poder mandar á los amos, se humilla á los criados. Estas reverencias hasta el suelo, son botes y rebotes de pelota, que da en tierra, para subir al aire de su vanidad.
Al fin, si es que las necedades le tienen, apareció ya la más rara figura, un monstruo, por lo viejo decano. Descubría la cabeza toda pelada, sin cabellos de altos pensamientos, ni negros por lo profundo ni blancos por lo cuerdo, sin un pelo de sustancia. Movíasele á un lado y á otro, sin consistencia alguna. Los ojos, en otro tiempo tan claros y perspicaces, ahora tan flacos y lagañosos, que no veían lo que más importaba y de lejos poco ó nada, para prevenir los males. Los oídos, algún día muy oidores, tan sordos y tan atapados, que no percibían la voz flaca del pobre, sino la del ricazo, la del poderoso, que hablan alto. La boca desierta, que no sólo no gritaba con la eficacia que debía; pero ni osaba hablar. Y si algo, entre los dientes, que no tenía. Las manos, antes grandes ministras y obradoras de grandes cosas, se veían gafas, un gancho en cada dedo, con que de todo se asían y nada soltaban. Los humildes y plebeyos pies, tan gotosos y torcidos, que no acertaban á dar un paso. De suerte que en todo él no había cosa buena ni parte sana. Él se dolía y todos se quejaban; pero nadie se lastimaba, ninguno trataba de poner remedio.
Seguíanle otros tres, altercando entre sí la tiranía universal de los mortales. Traía el primero cara de veneno dulce y era escollo de marfil, hermosa muerte, despeño deseado, engaño agradable, mujer fingida y sirena verdadera, loca, necia, atrevida, cruel, altiva y engañosa. Pedía, mandaba, presumía, violentaba, tiranizaba y antojábansele bravos desvaríos.
¿Qué cosa puede haber en el mundo, decía, que para mí no sea? Todo cuanto hay, al cabo se viene á reducir á mi gusto. Si se hurta, es para mí; si se mata, por mí; si se habla, es de mí; si se desea, es á mí; si se vive, conmigo; de suerte, que cuantas monstruosidades hay en el mundo...
La Carne.
Eso no concederé yo, dijo él mismo, tan bizarro como vano rico, pero necio; altivo, pero ruin. Todo cuanto hay y luce, todo es para mí, todo sirve á mi pompa y ostentación. Si el mercader roba, es para vivir en el mundo; si el caballero se empeña, es para cumplir con el mundo; si la mujer se engalana, es para parecer en el mundo. Todos los vicios dan treguas: el glotón se ahita, el deshonesto se enfada, el bebedor duerme, el cruel se cansa; pero la vanidad del mundo, nunca dice basta; siempre locura y más locura y no me enojéis, que lo daré todo al diablo.
El Mundo.
Aquí estoy yo, dijo éste, tomándolo todo, que no hay cosa, que no sea mía, por habérmela dado muchas veces.
En enojándose el marido, dice luego:
¡Mujer de Bercebú!
Y ella responde:
Hombre del diablo.
Llévete Satanás, dice la madre al hijo.
Y el amo:
Válgante mil diablos.
Válganle á él, responde el criado.
Y hombre hay tan monstruo, que dice:
Válgame una legión de demonios.
El Diablo.
De suerte que no se hallará cosa en el mundo, que no se me haya dado ella á mí ó me la hayan dado muchas veces. Y tú mismo, ¡oh mundo! ¿puedes negar que no seas todo mío?
¿Yo? ¿De qué modo?
Maldito seas tú y qué poca vergüenza que tienes.
Y aun por eso, replicó él: que quien no tiene vergüenza, todo el mundo es suyo.
Apelaron de su porfía para el monstruo coronado, príncipe de la Babilonia común. Éste, oída su altercación, les dijo:
Ea, acabá, dejaos de pesares, venid, holguémonos, logremos la vida, gocemos de sus gustos, de los olores y ungüentos preciosos, de los banquetes y comidas, de los lascivos deleites. Mirá que se nos pasa la flor de la edad. Pasemos la edad en flor, comamos y bebamos, que mañana moriremos. Andémonos de prado en prado, dando verdes á nuestros apetitos. Yo os quiero repartir las jurisdiciones y vasallos, para que no estéis pleiteando cada día.
Tú, oh Carne, llevarás tras ti todos los flacos, ociosos, regalones y destemplados; reinarás sobre la hermosura, el ocio y el vino; serás señora de la voluntad.
Y tú, oh Mundo, arrastrarás todos los soberbios, ambiciosos, ricos y potentados; reinarás en la fantasía.
Mas tú, Demonio, serás el rey de los mentirosos, de los que se pican de entendidos; todo el distrito del ingenio será tuyo.
Veamos ahora en qué pecan estos dos peregrinos de la vida, dijo señalando á Critilo y Andrenio, para que rindan vasallaje de monstruosidad, que ni hay bestia sin tacha ni hombre sin crimen. Lo que averiguaron de ellos se quedará para la siguiente Crisi.
CRISI X
Virtelia encantada.
Aquel antípoda del cielo redondo, siempre rodando, jaula de fieras, palacio en el aire, albergue de la iniquidad, casa á toda malicia, niño caducando, llegó ya el mundo á tal estremo de inmundo y sus mundanos á tal remate de desvergonzada locura, que se atrevieron con públicos edictos á prohibir toda virtud. Leyes del mundo. Y esto so graves penas, que ninguno dijese verdades, menos de ser tenido por loco; que ninguno hiciese cortesía, so pena de hombre bajo; que ninguno estudiase ni supiese, porque sería llamado el estoico ó el filósofo; que ninguno fuese recatado, so pena de ser tenido por simple; y así de todas las demás virtudes.
Al contrario, dieron á los vicios campo franco y pasaporte general para toda la vida. Pregonóse un tan bárbaro desafuero por las anchuras de la tierra, siendo tan bien recibido hoy, como ejecutado ayer, dando una gran campanada. Mas, ¡oh, caso raro é increíble! cuando se tuvo por cierto que todas las virtudes habían de dar una extraordinaria demostración de su sentimiento, fué tan al contrario, que recibieron la nueva con extraordinario aplauso, dándose unas á otras la norabuena y ostentando indecible gozo. Al revés, los vicios, andaban cabizbajos y corridos, sin poder disimular su tristeza. Admirado un discreto de tan impensados efectos, comunicó su reparo con la Sabiduría, su señora y ella:
No te admires, le dijo, de nuestro especial contento. Porque este desafuero vulgar está tan lejos de causarnos algún perjuicio, que antes bien le tenemos por conveniencia. No ha sido agravio, sino favor, ni se nos podía haber hecho mayor bien. Los vicios sí quedan destruídos desta vez. Bien pueden esconderse y así con justa causa se entristecen. Éste es el día en que nosotras nos introducimos en todas partes y nos levantamos con el mundo.
¿Pues en qué lo fundas?, replicó el Curioso.
Virtud vedada.
Yo te lo diré. Porque son de tal condición los mortales, tienen tan estraña inclinación á lo vedado, que, en prohibiéndoles alguna cosa, por el mismo caso la apetecen y mueren por conseguirla. No es menester más, para que una cosa sea buscada, sino que sea prohibida. Y es esto tan probado, que la mayor fealdad vedada es más codiciada, que la mayor belleza concedida. Verás que, en vedando el ayuno, se dejarán morir de hambre el mismo Epicuro y Eliogábalo. En prohibiendo el recato, dejará Venus á Chipre y se meterá entre las Vestales. Buen ánimo, que ya no habrá embustes, ruines correspondencias, malos procederes, agarros ni traiciones. Cerrarse han los públicos teatros y garitos. Todo será virtud. Volverá el buen tiempo y los hombres hechos á él. Las mujeres estarán muy casadas con sus maridos y las doncellas lo serán de honor. Obedecerán los vasallos á sus reyes y ellos mandarán. No se mentirá en la corte ni se murmurará en la aldea. Verse ha desagraviado el sexto de todo sexo. Gran felicidad se nos promete. Éste sí que será el siglo dorado.
Cuánta verdad fuese ésta, presto lo experimentaron Critilo y Andrenio, que, habiéndose hurtado á los tres competidores de su libertad, mientras aquéllos estaban entre sí compitiendo, marchaban éstos cuesta arriba al encantado palacio de Virtelia. Hallaron aquel áspero camino, que tan solitario se les habían pintado, lleno de personas, corriendo á porfía en busca della. Acudían de todos estados, sexos, edades, naciones y condiciones, hombres y mujeres. No digo ya los pobres, sino los ricos, hasta magnates, que les causó estraña admiración.
Varón de luces
El primero con quien encontraron á gran dicha, fué un varón prodigioso, pues tenía tal propriedad, que arrojaba luz de sí, siempre que quería y cuanta era menester, especialmente en medio de las mayores tinieblas. De la suerte que aquellos maravillosos peces del mar y gusanos de la tierra, á quienes la varia naturaleza concedió el don de luz, la tienen reconcentrada en sus entrañas, cuando no necesitan della y, llegada la ocasión, la avivan y sacan fuera: así este portentoso personaje tenía cierta luz interior, ¡gran don del cielo! allá en los más íntimos senos del cerebro, que siempre, que necesitaba della, la sacaba por los ojos y por la boca, fuente perene de luz clarificante.
Éste, pues, varón lucido, esparciendo rayos de inteligencia, los comenzó á guiar á toda felicidad por el camino verdadero. Era muy agria la subida. Sobre la dificultad de principio, dió muestras de cansarse Andrenio y comenzó á desmayar y tuvo luego muchos compañeros. Pidió que dejasen aquella empresa para otra ocasión.
Eso no, dijo el varón de luces, por ningún caso: que, si ahora no te atreves en lo mejor de la edad, menos podrás después.
He, replicaba un joven, que nosotros ahora venimos al mundo y comenzamos á gustar dél. Demos á la edad lo que es suyo; tiempo queda para la virtud.
Escusas de la virtud.
Al contrario, ponderaba un viejo. ¡Oh!, si á mí me cogiera esta áspera subida con los bríos de mozo, ¡con qué valor la pasara!, ¡con qué ánimo la subiera! Ya no me puedo mover, fáltanme las fuerzas para todo lo bueno. No hay ya que tratar de ayunar ni hacer penitencia; harto haré de vivir con tanto achaque: no son ya para mí las vigilias.
Decía el noble:
Yo soy delicado, hanme criado con regalo. ¿Yo ayunar? Bien podrían enterrarme al otro día. No puedo sufrir las costuras del cambray, ¿qué sería el saco de cerdas?
El pobre por lo contrario, decía:
Bien ayuna quien malcome; harto haré en buscar la vida para mí y para mi familia. El ricazo sí que las come holgadas; ése que ayune, dé limosna, trate de hacer buenas obras.
De suerte que todos echaban la carga de la virtud á otros, pareciéndoles muy fácil en tercera persona y aun obligación. Pero el guión luciente:
Nadie se me exima, decía: que no hay más de un camino. Ea, que buen día se nos aguarda.
Y echaba un rayo de luz, con que los animaba eficazmente.
Comenzaron á tocarles arma las horribles fieras pobladoras del monte. Sentíanlas bramar rabiando y murmurando y tras cada mata les salteaba una: que tiene muchos enemigos lo bueno. Los mismos padres, los hermanos, los amigos, los parientes, todos son contrarios de la virtud y los domésticos, los mayores.
Enemigos domésticos.
Andá, que estáis loco, decían los amigos, dejaos de tanto rezar, de tanta misa y rosario, vamos al paseo, á la comedia.
Si no vengáis este agravio, decía un pariente, no os hemos de tener por tal. Vos afrentáis á nuestro linaje. He, que no cumplís con vuestras obligaciones.
No ayunes, decía la madre á la hija, que estás de mal color, mira que te caes muerta.
De modo que todos, cuantos hay, son enemigos declarados de la virtud.
Salióles ya al opósito aquel león tan formidable á los cobardes. Arredrábase Andrenio y gritóle Lucindo echase mano á la espada de fuego. Y al mismo punto, que la coronada fiera vió brillar la luz entre los aceros, echó á huir: que tal vez piensa hallar uno un león y topa un panal de miel.
¡Qué presto se retiró!, ponderaba Critilo.
Son éstas un género de fieras, respondió Lucindo, que en siendo descubiertas, se acobardan, en siendo conocidas huyen.
Tentación descubierta.
Esto es ser persona, dice uno. Y no es sino ser un bruto; aquí está el valer y el medrar, y no es sino perderse, que las más veces entra el viento de la vanidad por los resquicios, por donde debiera salir.
Llegaron á un paso de los más dificultosos, donde todos sentían gran repugnancia. Causóle grima á Andrenio y propúsole á Lucindo:
¿No pudiera pasar otro por mí esta dificultad?
No eres tú el primero que ha dicho otro tanto. ¡Oh, cuántos malos llegan á los buenos y les dicen que los encomienden á Dios y ellos se encomiendan al diablo; piden que ayunen por ellos y ellos se hartan y embriagan; que se deciplinen y duerman en una tabla, y estánse ellos revolcando en el cieno de sus deleites! ¡Qué bien le respondió á uno déstos aquel moderno apóstol de la Andalucía!:
Señor mío, si yo rezo por vos y ayuno por vos, también me iré al cielo por vos.
Estando emperezando Andrenio, adelantóse Critilo y, tomando de atrás la corrida, saltó felizmente. Volviósele á mirar y dijo:
Dificultades del vicio.
Ea, resuélvete, que harto mayores dificultades se topan en el camino ancho y cuesta abajo del vicio.
¿Qué duda tiene eso?, respondió Lucindo; y si no decidme si la virtud mandara los intolerables rigores del vicio, ¿qué dijeran los mundanos? ¿Cómo lo exageraran? ¿Qué cosa más dura, que prohibirle al avaro sus mismos bienes, mandándole que no coma ni beba ni se vista ni goce de una hacienda adquirida con tanto sudor? Facilidades de la virtud. ¿Qué dijera el mundano, si esto mandara la ley de Dios? ¿Pues qué, si al deshonesto, que estuviese toda una noche de invierno al yelo y al sereno, rodeado de peligros por oir cuatro necedades, que él llama favores, pudiéndose estar en su cama seguro y descansado? ¿Si al ambicioso, que no pare un punto ni descanse ni sea suya una hora? ¿Si al vengativo, que anduviese siempre cargado de hierro y de miedo? ¿Qué dijeran desto los mundanos? ¡Cómo lo ponderaran! Y ahora, porque se les manda su antojo, sin réplica obedecen.