TERCERA PARTE (continued 4)
Reading edition
¡Oh, qué capaz me pareció!, decía Critilo.
Sí, el más hueco, porque es un agregado de todos los otros. Haced cuenta que estuvisteis á las mismas puertas de la plausible Lisboa.
Sí, sí, exclamaron: el desván de los fidalgos portugueses. Cierto que serían famosos, si no fuesen fumosos; pero responden ellos que no puede dejar de haber mucho humo donde hay mucho fuego. Llámanles sebosos vulgarmente; pero ellos échanlo á crueles en sus memorables batallas. Tomaron mucho de su fundador Ulises, con que no se topa jamás portugués ni bobo ni cobarde.
Pésame que no entrásedes allá, dijo el Holgón, porque hubiéradeis visto estremados pasajes de fantasía. Que, como en otras partes se fijó el non plus ultra del valor, aquí el de la presunción. Allí hubiéradeis topado hidalguías de á par de Deus, solares de antes de Adán, enamorados perenales, poetas atronados, aunque ninguno aturdido, músicos de quita allá, ángeles, ingenios prodigiosos sin rastro de juicio. Y en una palabra, cuando las demás naciones de España, aun los mismos castellanos, alaban sus cosas con algún recelo, por excelentes que sean, yendo con tiento en celebrarlas: ¿esto vale algo?, es así así, parece bueno, los portugueses alaban sus cosas á todo hipérbole, á superlativa satisfación: ¡cosa famosa, cosa grande, la primera del mundo, no se hallará otra como ella en todo el orbe, que eso de Castela es poca cosa!
Aguarda, dijo Critilo, entre éstas y éstas ¿dónde nos llevas? Que me parece vamos dando gran baja, pasando de estremo á estremo.
No os dé cuidado, les respondió su flemático Guión, que os prometo que sin cansaros os habéis de hallar en el más holgado país del mundo, en el de los acomodados y que saben vivir. Asegúroos que son sombra suya los decantados Elisios y que los asombra. Aquí toparéis los hombres de buen gusto, los que viven y gozan.
Mas, apenas dejaron el empinado monte, cuando entraron á glorias en un ameno y alegre prado, centro de delicias, estancia del buen tiempo, ya sea la primavera, coronada de flores, ya el otoño de frutas. Ostentábanse aquellos suelos cubiertos de alfombras del Abril, matizadas de Flora, recamadas de líquidos aljófares por las bellas niñas de la más alegre Aurora, si bien no se lograba fruto alguno. Comenzaban á registrar todas aquellas floridas campiñas, alternadas de huertas, parques, florestas y jardines y de trecho á trecho se levantaban vistosos edificios, que parecían casas todas de recreación. Porque allí campeaba la Tapada de Portugal, Buena Vista de Toledo, la Troya de Valencia, Comares de Granada, Fontanable de Francia, el Aranjuez de España, el Pusicio de Nápoles, Belveder de Roma. Fuéronse empeñando por un paseador espacioso y delicioso y no tan común, que no encontrasen gente de buen porte y de deporte, más lucios, que lucidos. Y entre muchos personajes muy particulares, ninguno conocido. Tomaban todos el viaje muy de espacio.
Pian piano, decían los italianos.
No vivir aprisa, repetían los españoles.
Porque mirad, glosaba el bel poltroni, todos al cabo de la jornada de la vida llegamos á un mismo paradero, los sagaces tarde y los necios temprano. Unos llegan molidos, otros holgados, los sabios mueren, mas los tontos revientan. Estos hechos pedazos y aquellos muy enteros. Y de verdad que, pudiendo llegar algunos años después, que es gran necedad veinte años antes ni una hora.
Saber un poco menos y vivir un poco más, iba diciendo uno.
Y no os envidiéis los buenos ratos, les encargaba otro.
No os queráis sisar los buenos días: placheri placheri y mas placheri, decía un italiano.
Holgueta, holgueta, un español.
Encontraban á cada paso estancias de mucho recreo, donde no trataban sino de darse un buen verde y dos azules y los que podían gozar de dos primaveras no se contentaban con una. Allí vieron los bailetes franceses, haciéndose piezas los mismos monsieures, bailando y silbando, los toros y cañas españolas, los banquetes flamencos, las comedias italianas, las músicas portuguesas, los gallos ingleses y las borracheras septentrionales.
¡Qué lindo país, decía Andrenio, y lo que me va contentando! Esto sí que es vivir y no matarse.
Pero notad, dijo el Fantástico, toda esta bulla, el poco ruido que hace en el mundo.
¡Y que con tanto juglar, no sean estos hombres sonados!
No es gente ruidosa, respondió el Dejado, no gustan de meter ruido en el mundo.
Tampoco veo hombre conocido y, con pasar tantas carrozas llenas de príncipes y señores, no veo que sean nombrados.
Es que lo disimulan y no poco.
Toparon una gran muela de gentes y no personas. Tenían rodeado un monstruo de gordura, que no se le veían los ojos; pero sí una gran panza, colgada al cuello de un banda.
¿Qué pesado hombre será éste?, dijo Andrenio.
Pues te aseguro que lo es harto más un flaco, un podrido, un consumido ú consumidor, un estrecho, un estrujado. Que antes los muy gruesos de ordinario son más llevaderos, digo tolerables.
Estaba dando reglas de accomodabuntur, hecho un oráculo de la propia comodité.
¿Qué cosa es ésta?, preguntó Critilo.
Ésta es, le respondieron, la escuela donde se enseña á vivir. Llegaos por vuestra conveniencia y aprenderéis á alargar los años y á estirar la vida.
Llegaban unos y otros á consultarle aforismos de conservarse y él los daba y los platicaba. Estaba actualmente diciendo:
E yo volo videre quanto tempo potrá acampare un bel poltroni.
Y repantigóse en una silla poltrona.
Sin duda que esta es la escuela de Epicuro, dijo Andrenio.
No será, respondió Critilo: que aquel filósofo no hablaba italiano.
¡Qué importa, si lo obraba y lo vivía! Sea lo que fuere, éste puede ser maestro de aquel otro.
Llegó uno, que platicaba en pachorra y díjole:
Messere, ¿qué remedio para tener buenos días y mejores años?
Aquí él, abriendo un geme de boca de los del gigante Goliat, habiendo hecho la salva á carcajadas, le respondió:
Bono, bono, sentaos, que mientras pudiereis estar sentado, nunca habéis de estar en pie. Yo os quiero dar mejor regla de todas, la nata del vivir; pero habéismela de pagar en trentines catalanes.
No será posible, respondió.
¿Por qué no?
Porque no han dejado uno tan solo los monsieures.
Buen remedio, sean de los del duque de Alburquerque, que con un par me contento. Ora va de regola, attentione. No pillar fastidio de nienti.
¿De nada, Messere?
De nienti.
¿Aunque se muera una hija, una hermana?
De nienti.
¿Ni la mujer?
Menos.
¿Una tía de quien heredé?
Oh, que cosa aquesta. Aunque se os muera todo un linaje entero de madrastras, cuñadas y suegras, haced los insensibles y decid que es magnanimidad.
Messere, preguntó otro, y para tener buenas comidas y mejores cenas, ¿cómo haría yo?
Gastad en buenas ollas, lo que ahorréis de malas nuevas.
¿Pues cómo haría yo para no oirlas?
No escucharlas. Haced lo que aquel otro avisado, que al criado, que se descuidaba en decir algo, que de mil leguas le pudiese desazonar ó darle pena, al punto lo mandaba despedir de su servicio.
Patrono mio caro, entró otro platicante de acomodado, todo eso es niñería con lo que yo pretendo. Decidme, ¿cómo haría yo, aunque me costase perder media hora de sueño, el no dormir una siesta para llegar á vivir unos, unos...?
¿Qué? ¿Cien años?
Más.
¿Ciento y veinte?
Poco es eso.
¿Pues cuánto queréis vivir?
Lo que ya hay ejemplar, lo que se vivía antiguamente.
¿Qué? ¿Novecientos años?
Sí, Sí.
No tenéis mal gusto.
¿Cómo haría yo para llegar siquiera á unos ochocientos?
¿Para llegar decís? Mas, en llegando, ¿qué más tiene que hayan sido mil, que ciento?
Aunque no fuesen sino unos quinientos.
No puede ser eso, respondió.
¿Por qué no?
Porque no se usa.
Pues así como vuelven todos los demás usos, ¿por qué no podría volver éste al cabo de los años mil y aun de los cuatro mil?
¿No veis vos que los buenos usos nunca más vuelven ni lo bueno á tener vez?
Pues, Messere, ¿cómo hacían aquellos primeros hombres del tiempo antiguo para vivir tanto?
¿Qué? Ser buenos hombres, como quien no dice nada. No se pudrían de cosa, porque no había entonces mentiras ni aun en los casamientos ni escusas para no pagar ni largas para cumplir. No había preguntadores que matan, habladores que muelen, porfiados que atormentan, necios cansados que aporrean. No había quien estorbase ni mujeres tijeretas, criados rezongones. No mentían los oficiales ni aun los sastres. No había abogados ni alguaciles. Y lo que es más que todo eso, no había médicos. Y con que inventaron mil cosas, Júbal la música, Tubal Caín el hierro, no hubo hombre, que se aplicase á ser boticario. Así que nada había de todo esto: mirá si habían de vivir á ochocientos y á novecientos años los hombres, siendo tan personas. Quitadme vos todos estos topes, que yo os daré luego que vivan á mil y aun á dos mil años. Porque cada cosa déstas basta á quitar cien años de vida y hacer que se pudra y se consuma y se mate un hombre en cuatro días. Y digo que aun es milagro que vivan tanto; sino que á puro de ser buenos hombres viven algunos, que para éstos es el mundo. Otra cosa os sé decir, que según van de cada día empeorándose las materias, agotándose los bienes y aumentándose los males, adelantándose los malos usos, temo que se ha de ir acortando la vida de modo que no lleguen á ceñirse espada los hombres ni aun á atacarse las calzas.
Messere, le replicó, será imposible eso y más en los tiempos, que alcanzamos, quitar que no haya pleitos, injusticias, falsedades, tiranías, latrocinios, ateísmos acá y herejías acullá. Pues tampoco faltarán guerras que destruyan, hambres que consuman, pestes que acaben y rayos que asuelen.
Íbase ya muy desconsolado éste, cuando le llamó el bel poltroni y le dijo:
Ora, mire V. señoría, que no querría que se fuese triste de mi jovial presencia. Yo le daré una recetilla de conservar el individuo, que es hoy la más válida en Italia y la más corriente en todo el mundo y es ésta: Cena poco, usa el foco, in testa capelo e poqui pensieri en el cerbelo. ¡Oh, la bella cosa!
¿De modo que me dice V. señoría que pocos cuidados?
Poquissimi.
Según eso ¿no me conviene á mí el ser hombre de negocios ni asistir al despacho?
Por ningún caso.
¿Ni ministro?
Menos.
¿Ni tratar de avíos, llevar cuentas, ser asentista, mayordomo?
De ningún modo.
¿Ni estudiar mucho ni pleitear ni pretender?
Nata, nata de todo eso, nunca trabajar de cabeza y, en una palabra, non curare de niente.
Desta suerte acudían unos y otros á consultarle de tuenda valetudine y á todos respondía muy al caso: á éste, folgueta; á aquél, vita bona, y á todos andiamo alegremente. Y á un cierto personaje bien grave le encargó mucho aquello de las sesenta ollas al mes.
Paréceme, dijo Critilo, que toda esta ciencia del saber vivir y gozar para en pensar en nada y hacer nada y valer nada. Y como yo trato de ser algo y valer mucho, no se me asienta esta poltronería.
Y con esto dió prisa en pasar adelante, siguiéndole Andrenio con harto dolor de su corazón, que le ahumaban mucho aquellas liciones y iba repasando su aforismo: Non curare de niente; sino del vientre.
Pasaron adelante y entre varias tropelías del gusto, casas de gula y juego, toparon una gran casa, que repetía para palacio, con sus empinadas torres, soberbios homenajes y en medio de su majestuosa portada, en el mismo arquitrabe, se leía este letrero:
Aquí yace el príncipe de tal.
¿Cómo que yace? se escandalizó Andrenio. Yo le he visto pocas horas ha y sé que es vivo y que no piensa en morir tan presto.
Eso creeré yo, le respondió el Honroso. También es verdad que aquí vivieron muchos héroes, antepasados suyos; pero el que aquí yace, que no vive, muerto es y huele tan mal, que todos se tapan las narices, cuando sienten la hediondez de sus viciosas costumbres. Ni es él solo el que yace; sino otros muchos sepultados en vida, amortajados entre algodones y embalsamados entre delicias.
¿Cómo sabes tú que están muertos?, dijo el Ocioso.
¿Y cómo sabes tú que están vivos?, replicó el Vano.
Porque los veo comer.
¿Pues qué, el comer es vivir?
¿No les oyes roncar?
Eso es decir que están muertos desde que nacieron y pasan plaza de finados, pues ya llegaron al fin del ser personas. Que, si la definición de la vida es el moverse, éstos no tienen acción propia ni obran cosa que valga. ¿Qué más muertos los quieres?
Lastimábase Critilo de ver tal crueldad, que enterrasen los hombres vivos, y rióse el Vano de su llanto, diciéndole:
Advierte que ellos mismos, por no matarse, se sepultan en vida y se vienen por su pie á enterrar en los sepulcros del ocio, en las urnas de la flojedad, quedando cubiertos del polvo del eterno olvido.
¿Quién será aquel señor, que yace en aquel sepulcro de la hedionda lascivia?
Quien no será más de lo que hasta hoy ha sido. Y de aquel otro antes se supo que fué muerto, que vivo, ó fué su nacer el morir. Mirad aquel príncipe: no hizo más ruido que el de su primero llanto, cuando entró en el mundo.
He reparado, dijo Critilo, que no se topa un caballero francés sepultado en vida, habiendo tantos de otras naciones.
Ésa, dijo el Honroso, es una singular prerrogativa de la nación francesa, que lo bueno se debe aplaudir. Sabed que en aquel belicoso reino ninguna damisela admitirá para esposo al que no hubiere asistido en algunas campañas. Que no los sacan para el tálamo del túmulo del ocio. Desprecian los Adonis de la corte, por los Martes de la campaña.
¡Oh, qué buen gusto de madamas! Esa misma reputación introdujo la Católica reina doña Isabel en su palacio, entre sus damas; aunque duró poco, habiendo sido la primera, que se sirvió de las hijas de grandes señores.
Estaban llenos aquellos holgazanes sepulcros, no de muertos vivos, sino de vivos muertos; y no sólo de los mayorazgos de las ilustres casas, sino de segundones, sucesores de retén, de terceros y de cuartos, sin que saliesen á medrar y valer ni en las campañas ni en las Universidades. Todos yacían en las mesas del juego, en el cieno de la torpeza, en el regazo de la ociosidad, única consorte del vicio. Y lo que es más, á vista de sus padrazos y madroñas, penándose de que les duela una uña y no haciendo caso de que les duela la honra y la conciencia con tan traidora piedad.
Llegaron, después de haber paseado toda aquella dilatada compañía de la ociosidad, los prados del deporte y campo franco de los vicios, á dar vista á una tenebrosa gruta, boquerón funesto de una horrible cueva, que yacía al pie de aquella soberbia montaña, en lo más humilde de su falda, antípoda del empinado alcázar de la estimación honrosa, opuesta á él de todas maneras. Porque, si aquél se encumbraba á coronarse de estrellas, ésta se abatía á sepultarse en los abismos del olvido.
Allí todo era empinarse al cielo; aquí, rodar por el suelo. Que para todo se hallan gustos: más de malos, que de buenos. Había la distancia de uno á otra, que va de un estremo de altivez á otro de abatimiento y vileza. Campeaba más la entrada, cuanto más oscura y tenebrosa. Que su mismo deslucimiento la hacía más notable. Era muy espaciosa, nada suntuosa, sin género alguno de simetría, basta y bruta. Y con ser tan fea y tan horrible, embocaba por ella un mundo de cosas. Los coches de á tres tiros, muy holgados, carrozas tiradas de seis pías y las más veces remendadas, sillas de mano, literas y trineos. Pero ningún carro triunfal.
Estábaselo mirando Andrenio poco menos que aturdido; mas Critilo, solicitado de su mucha, aunque no ordinaria, curiosidad, comenzó á inquirir qué cueva fuese aquélla. Aquí el Honroso, sacando un gran suspiro del profundo de su sentimiento, dijo:
¡Oh cuidados de los hombres! ¡Oh cuán mucha es la nada! Sabrás, oh Critilo, que ésta es aquella tan conocida cuan poco celebrada cueva, sepultura de tantos vivos, éste es el paradero de las tres partes del mundo, ésta es, y no te escandalices, la cueva de la nada.
¿Cómo de la nada, replicó Andrenio, cuando yo veo desaguar en ella la gran corriente del siglo, el torrente del mundo, ciudades populosas, cortes grandes, reinos enteros?
Pues advierte que, después de haber entrado allá todo eso que tú dices, se queda vacía.
He, mira cuántos van entrando allá.
Pues no hallarás persona dentro.
¿Qué se hacen?
Lo que hicieron.
¿En qué paran?
En lo que obraron. Fueron nada, obraron nada y así vinieron á parar en nada.
Llegó en esto á querer entrar un cierto sujeto y, hablando con ellos, les dijo:
Señores míos, yo lo he probado todo y no he hallado oficio ni empleo como no hacer nada.
Y colóse dentro. Venía encaminado á ella un otro gran personaje con numerosa comitiva de lacayos y gentiles hombres, á toda prisa de su antojo, sin poderle detener ni los ruegos de sus más fieles criados ni los consejos de sus amigos. Salióle al paso el Honroso y díjole:
Señor excelentísimo, serenísimo, sea lo que fuere, ¿cómo hace esto V. excelencia, pudiendo ser un príncipe famoso, el héroe de su casa, el aplauso de su siglo, obrando cosas memorables y hazañosas, llenando su familia de blasones? ¿Por qué se quiere sepultar en vida?
Quitaos de ahí, le respondió, que no quiero nada ni se me da nada de todo; mas quiero hacer mi gusto y gozar de mi regalo. ¿Yo cansarme? ¿Yo molerme? ¡Bueno por mi vida! Nada, nada de eso.
Y diciendo y no haciendo, metióse dentro á nunca más ser nombrado. Tras éste venía un mozo galancete, más estirado de calzas que de hombros y con tanta resolución como disolución, se fué á meter allá. Gritóle el Honroso, diciendo:
Señor don Fulano, una palabra de una obra: ¿pues cómo un hijo de un tan gran padre, que llenó el mundo de sus heroicos aplausos, que floreció tanto en su siglo, así se quiere marchitar y sepultarse en el ocio y en el vicio?
Mas él, atropellando con todo:
No me enfadéis, le dijo, no me deis consejos: obraron tanto mis antepasados, que no me dejaron qué hacer. No se me da nada de no ser algo.
Y lanzóse allá á no ser nunca visto ni oído.
Desta suerte y tan sin dicha entraban unos y otros, estos y aquéllos, que se despoblaba el mundo y nunca se llenaba la infeliz sima de las honras y de las haciendas. Entraban caballeros, títulos, señores y aun príncipes. Y admirados de ver uno muy poderoso le dijeron:
¿Y vos, señor, también venís á para acá?
No vengo, respondió él; sino que me traen.
Á fe que no es buena escusa.
Entraban hombres de valor á valer nada, floridos ingenios á marchitarse, hombres de prendas á nunca desempeñarse. Pasaban del holgarse y del entretenerse á no ser estimados y del prado á la cueva de la nada, condenados á olvido sempiterno. Tenía ya el un pie en el umbral de la cueva un cierto personaje, que parecía de importancia, cuando llegó un otro de barbas tan agrias como su condición, que parecía persona de gobierno. Y tirándole de la capa, le dió un recado de parte de su gran dueño, ofreciéndole una embajada de las de primera clase y que otros muchos la pretendían; mas él, haciendo burla, no la quiso aceptar, diciendo:
Yo renuncio todos los cargos con las cargas.
Volvióle á hacer instancia tomase un bastón de general y él:
Quita allá, que no quiero nada, sino á mí mismo y todo entero.
¡Siquiera un virreinato!
Nada, nada; déjenme estar en mis gustos y mis gastos.
Y quedóse muy casado con su nada.
Válgate por cueva de la nada, decía Critilo, y lo que te sorbes y te tragas.
Estaban dos ruincillos, que no les dieran del pie, arrojando á puntillazos allá dentro á muchos hombres grandes, gente sin cuento por no ser de cuenta, sin darse manos de echar por no tenerlas.
Allá van, decían, noblezas, hermosuras, gallardías, floridos años, bizarrías, galas, banquetes, paseos, saraos, entretenimientos, al covachón de la nada.
¡Hay tal monstruosidad!, se lastimaba Critilo. ¿Y quién es esta vil canalla?
Aquel es el Ocio y este otro es el Vicio, camaradas inseparables.
Oyeron que estaba un ayo ponderándole á un hijo segundo de una de las mayores casas del reino:
Mirad, señor, que podéis ser mucho.
¿Cómo?
Queriendo.
He, que nací tarde.
Adelantaos con la industria y con el mérito, recompensando con el valor el poco favor de la fortuna, que ése fué el atajo del Gran Capitán y algunos otros, que se aventajaron á sus venturosos mayorazgos. Pudiendo ser un león en la campaña, ¿queréis ser un lechón en el cenagal de la torpeza? Oid cómo os llaman los bélicos clarines á emplear las trompas de la fama. Cerrad los oídos á las cómicas Sirenas, que os quieren echar á pique de valer nada.
Mas él, haciendo chanzas de las hazañas, respondía:
¿Yo balas, yo asaltos, yo campañas, pudiéndome andar del paseo al juego, de la comedia al sarao? De eso me guardaré yo muy bien.
Mirad que valdréis nada.
Que no se me da nada.
Y así fué, que tampoco se le dió nada y alcanzó nada.
Á quien se le logró la diligencia fué al Honroso, que, viendo que un padre verdadero y muy prudente enviaba un hijo suyo, mozo de buenas esperanzas, á la Universidad de Salamanca para que por el atajo de las letras, que de verdad lo es así como rodeo el de las armas, llegase á conseguir un gran puesto, él en vez de ir á cursar, echó por el divertimiento y se encaminaba al paradero ordinario de valer nada. Compasivo el Honroso de ver perderse tan voluntariamente un tan buen ingenio, llegóse á él y díjole:
Señor legista, qué malparecer habéis tomado, pudiendo estudiar y velando lucir y pretendiendo un colegio mayor, pasar á una chancillería y á un consejo real, que no hay más seguro pasadizo, que una beca. Olvidando todo esto, queréis malograr el precioso tiempo, hundir la hacienda y frustrar las esperanzas de vuestros padres. Cierto, que habéis tomado mal consejo.
Valióle este aviso y aun desengaño, que importa mucho el tener buen entendimiento para abrazar la verdad. Y aseguran que velando y valiendo de grada en grada llegó á una presidencia, honrando su casa y su patria. Pero fué éste la Fénix entre muchos patos. Que lo común es trocar el libro por la baraja, el teatro literario por el cómico corral y el vade por la guitarra, con que el derecho anda tuerto y aun á ciegas, el digesto maldigerido, yendo á parar en la cueva de la nada, no siendo ni valiendo nada.
Señores, ponderaba Critilo, que un hombre común, un plebeyo, trate de entrarse en esta cueva vulgar, pase, no me admiro: que de verdad les cuesta mucho el llegar á valer algo, estáles muy cara la reputación, cuéstales mucho la fama; pero los hombres de mucha naturaleza, los de buena sangre, los de ilustres casas, que por poco, que se ayuden, han de venir á valer mucho y dándoles todos la mano han de venir á tener mano en todo, que ésos se quieran enviciar y anonadar y sepultarse vivos en el covachón de la nada, cierto que es lastimosa infelicidad. Si los otros pelean con balas de plomo, el noble con balas de oro. Las letras, que en los demás son plata, en los nobles son oro y en los señores, piedras preciosas. ¡Oh, cuántos, por no cansarse media docena de cursos, anduvieron corridos toda la vida, por no lograr breve tiempo de trabajo, perdieron siglos de fama!
Pero entre muchos de aquellos viles ministros, sepultureros del vicio, vieron que andaba muy atareada una bellísima hembra, convirtiendo en azar con manos de jazmín cuanto tocaba. Teníalas de nieve, pues todo lo elevan, tanto, que, en tocando el mayor hombre, el más prudente, el más sabio, le convertía en estatua de pórfido ó de mármol frío y no paraba un punto ni un momento de arrojar gente en aquella funesta sima del desprecio. Ni era menester traerlos con sogas ni con maromas; que sólo un cabello bastaba. Pero, ¿qué mucho, si los llevaba cuesta abajo? Hacía mayor estrago cuanto mayor prodigio era de belleza.
¿Quién es ésta, preguntó Andrenio, que lleva traza de despoblar el mundo?
¿Es posible, que no la conoces?, respondió su gran contrario el Honroso. ¿Ahora estamos en eso? Ésta es mi mayor antagonista, la misma deidad de Chipre, sino en persona, en sirena, en cuerpo, que no en espíritu. Huid de ella, que no hay otro remedio. Que, si eso hubiera hecho aquel príncipe, que tiene asido con mano de nieve y garra de neblí, no hubiera tan presto descaecido de héroe, que ya andaba en ese predicamento y muy adelante.
¡Oh, qué lástima, se lamentaba Critilo, que al más empinado cedro, al más copado árbol, al que sobre todos se descollaba, se le fuese apegando esta inútil yedra, más infructífera cuanto más lozana! Cuando parece que le enlaza, entonces le aprisiona; cuando le adorna, le marchita; cuando le presta la pompa de sus hojas, le despoja de sus frutos, hasta que de todo punto le desnuda, le seca, le chupa la sustancia, le priva de la vida y le aniquila. ¿Qué más? ¿Y á cuántos volviste vanos? ¿Cuántos linces cegaste, cuántas águilas abatiste, á cuántos ufanos pavones hiciste abatir la rueda de su más bizarra ostentación? ¡Oh á cuántos, que comenzaban con bravos aceros, ablandaste los pechos! Tú eres, al fin, la aniquiladora común de sabios, santos y valerosos.
Á otro lado de la cueva vieron un raro monstruo con visos de persona, haciendo á todo muy mala cara. Tenía estrañas fuerzas, pues asiendo con solos dos dedos, como haciendo asco, algunos suntuosos edificios, los arrojaba al centro de la nada.
Allá va, decía, ese dorado palacio de Nerón, esas termas de Domiciano, esos jardines de Eliogábalo. Porque todos valieron nada y sirvieron de nada. No así los castillos fuertes, las incontrastables ciudadelas, que erigieron los valerosos príncipes, para llaves de sus reinos y freno de los contrarios. No los famosos templos, que eternizaron los piadosos monarcas; las dos mil iglesias, que dedicó á la madre de Dios el rey don Jaime.
Allá van, decía, esos serrallos de Amurates, ese alcázar de Sardanápalo.
Pero lo que mayor novedad les hizo fué verle asir las obras del ingenio y con notable desprecio vérselas arrojar allá. Hízole duelo á Critilo verle asir de un libro muy dorado y que amagaba sepultarle en el eterno olvido y rogóle no lo hiciese; más él, haciendo burla, le dijo:
He, vaya allá, pues entre mucha adulación no tiene rastro de verdad ni de sustancia.
Basta, replicó Critilo, que el dueño de que habla y á quien lo dedica le hará inmortal. No podrá, respondió él, que no hay cosa que más presto caiga que la mentirosa lisonja, que no tiene fundamento, antes solicita enfado.
Echóle allá y tras él otros muchos libros, voceando:
Allá van esas novelas frías, sueños de ingenios enfermos, esas comedias silbadas, llenas de impropiedades y faltas de verisimilitud.
Apartó unas y dijo:
Éstas no; resérvense para inmortales por su mucha propiedad y donoso gracejo.
Miró el título Critilo, creyendo fuesen las de Terencio y leyó:
Parte primera de Moreto.
Éste es, le dijo, el Terencio de España. Allá van, decía, esos autores italianos.
Reparó Critilo y díjole:
¿Qué haces? Que se escandalizará el mundo, pues están hoy en tanta reputación las plumas italianas, como las espadas españolas.
He, dijo, que muchos de estos italianos debajo de rumbosos títulos no meten realidad ni sustancia; los más pecan de flojos, no tienen pimienta en lo que escriben ni han hecho otros muchos dellos que echar á perder buenos títulos, como el autor de la Plaza universal. Prometen mucho y dejan burlado al lector y más si es español.
Alargó la mano hacia otro estante y comenzó con harto desdén á arrojar libros. Leyó los títulos Critilo y advirtió eran españoles, de que se maravilló no poco y más cuando conoció eran historiadores y sin poder contenerse le dijo:
¿Por qué desprecias esos escritos, llenos de inmortales hazañas?
Y aun ésa es la desdicha, le respondió, que no corresponde lo que éstos escriben á lo que aquéllos obran. Asegúrote que no ha habido más hechos ni más heroicos, que los que han obrado los españoles; pero ningunos más malescritos, por los mismos españoles. Las más de estas historias son como tocino gordo, que á dos bocados empalagan. No escriben con la profundidad y garbo político, que los historiadores italianos, un Guiciardino, Bentivollo, Catarino de Ávila, el Siri y el Virago en sus Mercurios, secuaces todos de Tácito. Creedme que no han tenido genio en la historia, así como ni los franceses en la poesía.
Con todo, de algunos reservaba algunas hojas; mas á otros todos enteros y aun sin desatarlos los tiraba de revés hacia la nada y decía:
Nada valen, nada.
Pero notó Critilo que por maravilla desechaba obra alguna de autor portugués.
Éstos, decía, han sido grandes ingenios, todos son cuerpos con alma.
Alteróse mucho Critilo al verle alargar la mano hacia algunos teólogos, así escolásticos, como morales y expositivos y respondióle á su reparo:
Mira: los más déstos ya no hacen otro que trasladar y volver á repetir lo que ya estaba dicho. Tienen bravo cacoetes de estampar y es muy poco lo que añaden de nuevo, poco ó nada inventan.
De solos comentarios sobre la primera parte de santo Tomás le vió echar media docena y decía:
Andad allá.
¿Qué decís?
Lo dicho. Y haréis lo hecho. Allá van esos expositivos secos como esparto, que tejen lo que ha mil años que se estampó.
De los legistas arrojaba librerías enteras y añadió que, si le dejaran, los quemara todos, fuera de unos cuantos. De los médicos echaba sin distinción, porque aseguraba que ni tienen modo ni concierto en el escribir.
Mirad, decía, qué tanto, que aún no saben disponer un índice y esto habiendo tenido un tan prodigioso maestro como Galeno.
Entretanto que esto le pasaba á Critilo, fuése acercando Andrenio al boquerón de la cueva y puso el pie en el deslizadero de su umbral; mas al punto arremetió á él el Honroso, diciéndole:
¿Dónde vas? ¿Es posible que tú también te tientas de ser nada?
Déjame, le respondió, que no quiero entrar; sino ver desde aquí lo que por allá pasa.
Riólo mucho el Honroso y díjole:
¿Qué has de ver, si todo en entrando allá es nada?
Oiré.
Siquiera menos. Porque las cosas, que una vez entran, nunca más son vistas ni oídas.
Llamaré alguno.
¿De qué suerte, que ninguno tiene nombre? Y si no, díme ¿del infinito número de gentes, que en tantos siglos han pasado, qué ha quedado de ellos? Ni aun la memoria de que fueron ni que hubo tales hombres. Solos son nombrados los que fueron eminentes en armas ó en letras, gobierno y santidad. Y porque lo consideremos más de cerca, díme: en este nuestro siglo entre tantos millares, como hoy embarazan la redondez de la tierra, en tantas provincias y reinos ¿quiénes son nombrados? Media docena de hombres valerosos, aun no otros tantos sabios, no se habla sino de dos ó tres reyes, un par de reinas, de un santo padre, que resucita los Leones y Gregorios; todo lo demás es número, es broma, no sirven sino de consumir los víveres y aumentar la cuantidad, que no la calidad. Pero ¿qué estás mirando con mayor ahinco, cuando ves nada?
Miro, dijo, que aún hay menos que nada en el mundo. Díme por tu vida ¿quién son aquellos, que están arrinconados aún en la misma nada?
¡Oh, le respondió: mucho hay que decir desa nada! Ésos son...
Pero dejémoslos, si te parece, para la siguiente Crisi.
CRISI IX
Felisinda descubierta.
Cuentan que un cierto curioso, mas yo le definiera necio, dió en un raro capricho de ir rodeando el mundo y aun rodando con él en busca, cuando menos, del contento. Llegaba á una provincia y comenzaba á preguntar por él á los ricos los primeros, creyendo que ellos le tendrían, cuando la riqueza todo lo alcanza y el dinero todo lo consigue; pero engañóse, pues los halló cuidadosos siempre y desvelados. Lo mismo le pasó con los poderosos, viviendo penados y desabridos. Fuese á los sabios y topólos muy melancólicos, quejándose de su corta ventura, á los mozos con inquietud, á los viejos sin salud, con que todos de conformidad le respondieron que ni le tenían ni aun le habían visto; pero, sí oído á sus antepasados que habitaba en el otro país de más adelante. Pasaba luego allá, tomaba lengua de los más noticiosos y respondíanle lo mismo, que allí no; pero, que se decía estar en el que se seguía. Fué pasando desta suerte de provincia en provincia, diciéndole en todas:
Aquí no, allá, acullá, más adelante.
Subió á la Islandia, de allí á la Groelandia, hasta llegar al Tile, que sirve al mundo de tilde, donde oyendo la misma canción, que en las otras, abrió los ojos para ver que andaba ciego y conocer su vulgar engaño y aun el de todos los mortales, que desde que nacen van en busca del contento sin topar jamás con él, pasando de edad en edad, de empleo en empleo, anhelando siempre á conseguirle. Conocen los de el un estado que allí no está, piénsanse que en el otro y llámanles felices y aquéllos á los otros, viviendo todos en un tan común engaño, que aún dura y durará mientras hubiere necios.
Así les sucedió á nuestros dos peregrinos del mundo, pasajeros de la vida, que ni en la vana presunción ni en el vil ocio pudieron hallar descanso y así no hicieron su mansión ni el uno en el palacio de la vanidad ni el otro en la cueva de la nada. En medio el umbral de ella persistía Andrenio, solicitando saber quién fuesen aquellos, que estaban metidos de medio á medio en la nada.
Ésos, le respondió el Fantástico, son unos ciertos sujetos, que aun son menos que nada.
¿Cómo puede ser eso? ¿Qué menos pueden ser que nada?
Muy bien.
¿Pues qué serán?
¿Qué? Nonadillas, que aun de la nada no se hartan, y así les llaman cosidas y figurillas y ruincillos y nonadillas. Mira, mira aquél, cómo anda echando piernas sin tener pies ni cabeza, hombreando el otro sin ser hombre. ¡Qué cosilla tan ruincilla aquella de allá, acullá! Pues á fe que tiene harto malas entrañuelas. Verás hombres de carne momia y momios los que debrían ser los primeros. Mira qué de sombras sin cuerpo y qué de figurillas de sombra y sobra: hallarás títulos sin realidad y muchas cosas de sólo título. Mira qué de impersonales personas y qué de estatuas sin estatua. Verás magnates servidos con vajillas de oro, entre costumbres de lodo y aun estiércol. Muchos nacidos, que aún no viven y muertos, que no vivieron. Aquellos de acullá eran leones, que en teniendo cama fueron liebres. Y estos otros nacidos como hongos, sin saberse de dónde ni de qué. Mira hacer los estoicos á muchos epicúreos y la follonería pasar por filosofía. Mira lejos de aquí la fama y muy cerca la fame. Verás malvistos los que están en alto y muchos hijos de algo, que pararon en nada. Verás muchas hermosuras perderse de vista y las más lindas por bellas. Verás que no son de gloriosa fama los que de golosa voluntad y venir á morir de hambre los más hartos. Verás pedir y tomar á los que no se les da nada y á muchos tenidos por ricos, que aun el nombre no es suyo. No hallarás sí sin no ni cosa sin un sino. Verás que por no hacer caso se pierden las casas y aun los palacios y por no curarse de lo mucho todo fué nada. Mira muchos cabos, que acaban con todo, sino con el enemigo, y por eso nunca se acaban las guerras, porque hay cabos. Verás que todo buen verde fué sin fruto y que las verduras no granan. Toparás muchas arrugas en agraz seco y pocas en sazonadas pasas. Sentirás lo más biendicho sin dicha y toda gracia en desgracia, grandes ingenios sin genio y sin dotor muchas librerías. Oirás locos á gritos y las menos cuerdas más tocadas. Los que debrían ser Césares son nada y las más grandes casas sin un cuarto. Verás encogidos los más estirados y á muchos hacer vanidad de lo que es nada. Buscarás hombres y toparás con trasgos y el que creíste ser de terciopelo es de bayeta. Verás sin ceros los más sinceros y al que no tiene cuentos no ser de cuenta. Ya las dádivas y dones son aire, pues donaire. Verás finalmente cuán mucha es la nada y que la nada querría serlo todo.
Mucho más dijera, que tenía mucho que decir de la nada, á no interrumpirle el Ocioso que, acercándose á Andrenio, intentó á empellones de dejamiento arrojarle dentro de la infeliz cueva y sepultarle en medio del fondón de la nada. Viendo esto el Fantástico, asió de Critilo y comenzó á tirar de él hacia el palacio de la vanidad, llenándole los cascos de viento, fatales ambos escollos de la vejez, tan por estremo opuestos, que en el uno suele peligrar de ociosa y en el otro de vana. Pero fué único remedio darse ambos las manos, con que pudieron templarse y hacer un buen medio entre tan peligrosos estremos. Asieron de la ocasión que, aunque cana, no calva, y á pura fuerza de razón y de cordura salieron del evidente riesgo de su pérdida.
Trataron ya vitoriosos de encaminarse á triunfar á la siempre augusta Roma, teatro heroico de inmortales hazañas, corona del mundo, reina de las ciudades, esfera de los grandes ingenios, que en todos siglos, aun los mayores, las águilas caudales tuvieron necesidad de volar á ella y darse unos filos de Roma. Hasta los mismos españoles, Lucano, Quintiliano, ambos Sénecas cordobeses, Luciano y Marcial bilbilitanos. Trono del lucimiento, que lo que en ella luce por todo el mundo campea. Fénix de las edades, que cuando otras ciudades perecen, ella renace y se eterniza. Emporio de todo lo bueno, corte de todo el mundo, que todo él cabe en ella. Pues el que ve á Madrid, ve á solo Madrid, el que á París, no ve sino á París, y el que ve á Lisboa, ve á Lisboa; pero el que ve á Roma, las ve todas juntas y goza de todo el mundo de una vez, término de la tierra y entrada católica del cielo.
Y si ya la veneraron de lejos, agora la admiraron de cerca, sellaron sus labios en sus sagrados umbrales, antes de estampar sus plantas. Introdujéronse con reverencia en aquel non plus ultra de la tierra y un tanto monta del cielo. Discurrían mirando y admirando sus novedades, que parecen antiguas; y sus antigüedades, que siempre se hacen nuevas.
Reparó en su reparar un mucho hombre, que cortesanamente se les fué acercando ó ellos á él para informarse. Á pocos lances, que hizo con destreza, conoció que eran peregrinos y ellos que él era raro y tanto, que pudiera dar liciones de mirar al mismo Argos, de penetrar á un zahorí, de prevenir á un Jano y de entender al mismo Descifrador. Pero ¿qué mucho, si era un cortesano viejo de muchos cursos de Roma, español inserto en italiano, que es decir, un prodigio? Era gran hombre de notas y de noticias, con los dos realces de buen ingenio y buen gusto, el cortesano de más buenos ratos, que pudieran desear.
Vosotros, les dijo, según veo, habéis rodeado mucho y avanzado poco. Que, si de primera instancia hubiérades venido á este epílogo del político mundo, todo lo bueno hubiérades logrado y visto de la primera vez, llegando por el atajo del vivir al colmo del valer. Porque advertid que, si otras ciudades son celebradas por oficinas de maravillas mecánicas, en Milán se templan los impenetrables arneses, en Venecia se clarifican los cristales, en Nápoles se tejen las ricas telas, en Florencia se labran las piedras preciosas, en Génova se ahuchan los doblones; Roma es oficina de los grandes hombres. Aquí se forjan las grandes testas, aquí se sutilizan los ingenios y aquí se hacen los hombres muy personas.
Y si son dichosos los que habitan las ciudades grandes, añadió otro, porque se halla en ellas todo lo bueno y lo mejor, en Roma se vive dos veces y se goza muchas, paradero de prodigios y centro de maravillas. Aquí hallaréis cuanto pudiéredes desear. Sola una cosa no toparéis en ella.
Y será sin duda, replicaron ellos, la que nosotros venimos á buscar, que ése suele ser el ordinario chasco de la fortuna.
¿Qué es lo que buscáis?, les dijo.
Y Critilo:
Yo una esposa.
Y Andrenio:
Yo una madre.
¿Y cómo se nombra?
Felisinda.
Dudo que la halléis, por lo que dice de felicidad. ¿Pero dónde tenéis nueva que se alberga?
En el palacio del embajador del rey Católico.
Oh sí y aun el rey de los embajadores. Llegáis á ocasión que ya es parte de dicha. Allá me encaminaba yo esta tarde, donde concurren los ingenios á gozar del buen rato de una discreta academia. Es el embajador príncipe de bizarro genio, originado de su grandeza. Que, así como otros príncipes ponen su gusto en tener buenos caballos, que al fin son bestias, otros en lebreles, dados á perros, en tablas y en lienzos muchos, que son cosas pintadas, en estatuas mudas, en piedras preciosas, que si un día amaneciese el mundo con juicio, se hallarían muchos sin hacienda, este señor gusta de tener cerca de sí hombres entendidos y discretos, de tratar con personas, que cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene.
Llegaron ya al genial albergue, entraron en un salón bien aliñado y capaz, teatro de Apolo, estancia de sus galantes Gracias y coro de sus elegantes Musas. Allí apreciaron mucho el ver y conocer los mayores ingenios de nuestros tiempos, hombres tan eminentes, que con cada uno se pudiera honrar un siglo y desvanecerse una nación. Íbaselos nombrando el cortesano y dándoseles á conocer.
Aquel que habla el francés en latín es el Barclayo, venturoso en aplausos, por no haber escrito en lengua vulgar.
Aquel otro de la bieninventada invectiva es el que supo más bien decir mal, el Bocalini. Conoced el Malvezi, filosofando en la historia, estadista de sí mismo. Aquel Tácito á las claras es Henrico Caterino. Mas aquel otro, que está embutiendo de borra, de memoriales, de cartas y de relaciones de la tela de oro de su Mercurio, es el Siri. Vale á los alcances su antagonista el Virago, más flojo y más verídico. Ved el Góngora de Italia, como si él se fuese el Aquilino. Aquel elocuentísimo polianteísta es Agustín Mascardo. Y así otros singulares ingenios de valiente rumbo y mucho garbo.
Fueron ocupando sus puestos y llenándolos también y, después de conciliada, no sólo la atención, pero la expectación, arengó el Marino, cumpliendo con el oficio de secretario y dando principio con el más célebre de sus epigramas morales, que comienza:
Abre el hombre infeliz, luego que nace, antes que al sol, los ojos á la pena, etcétera.
Aunque no pudo librarse de la censura de que no concluye al propósito, pues, habiendo referido la prolijidad de miserias por toda la vida del hombre, da fin, diciendo:
De la cuna á la urna hay sólo un paso.
Acabado de relatar el soneto, prosiguió así:
Todos los mortales andan en busca de la felicidad, señal de que ninguno la tiene. Ninguno vive contento con su suerte ni la que le dió el cielo ni la que él se buscó. El soldado siempre pobre alaba las ganancias del mercader y éste recíprocamente la fortuna del soldado, el jurisconsulto envidia el retrato sencillo y verdadero del rústico y éste la comodidad del cortesano, el casado codicia la libertad del soltero y éste la amable compañía del casado. Éstos llaman dichosos á aquéllos y aquéllos al contrario á éstos, sin hallarse uno que viva contento con su fortuna. Cuando mozo piensa el hombre hallar la felicidad en los deleites y así se entrega ciegamente á ellos con muy costosa experiencia y tardo desengaño. Cuando varón la imagina en las ganancias y riquezas. Y cuando viejo en las honras y dignidades. Rodando siempre de un empleo en otro, sin hallar en ninguno la verdadera felicidad. Donosa ponderación del sentencioso lírico, si bien, aunque levantó la caza, no la dió mate, ni halló salida al reparo. Ésta hoy se libra á vuestro bizarro discurrir, siendo el asunto señalado para esta tarde, disputarse ha en qué consista la felicidad humana.
Dicho esto, volvió el rostro hacia el primero, que era el Barclayo, más por acaso, que por afectación. Éste, después de haber pedido la venia al príncipe y haber cabeceado á un lado y á otro, discurrió así:
De gustos siempre oí decir que no se ha de disputar, cuando vemos que la una mitad del mundo se está riendo de la otra. Tiene su gusto y su gesto cada uno y así yo hago burla de aquellos sabios á lo antiguo, que defendían consistir la felicidad, uno que en las honras, otro que en las riquezas, éste que en los deleites, aquél que en el mundo, tal que en el saber, y cual que en la salud. Digo que me río de todos estos filósofos, cuando veo tan encontrados los gustos, que, si el vano anhela por las honras, el sensual hace burla dél y dellas; si el avaro codicia los tesoros, el sabio los desprecia. Así que diría yo que la felicidad de cada uno no consiste en esto ni en aquello, sino en conseguir y gozar cada uno de lo que gusta.
Fué muy celebrado este decir y mantúvose buen rato en este aplauso, hasta que el Virago:
Reparad, señores, les dijo, en que los más de los mortales emplean mal su gusto, pues á veces en las cosas más viles y indignas de la naturaleza racional. Porque, si se halla uno, que guste de los libros, habrá ciento que de las cartas; si éste de las buenas musas, aquél de las malas sirenas. Y así entended que las más veces no es, no, felicidad conseguir uno su gusto, cuando le tiene tan malo. Demás que, por bueno y relevante que sea, de nada se satisface, no para en ningún empleo; antes, alcanzado uno, luego le enfada y busca otro, siendo la inconstancia evidencia de la no conseguida felicidad. Muchas habrían de ser las felicidades de los señores y príncipes, de quienes decía uno y no mal que todas son ganicas. Hoy asquean lo que aplaudieron ayer y mañana acriminarán lo que buscaron hoy. Cada día empleo flamante y cada instante obra nueva.
Borró con esto el concepto, que habían hecho de la pasada opinión y mereció la expectación de todos para la suya, que propuso así:
Principio es muy asentado entre los sabios que el bien ha de constar de todas sus causas, lleno de todas partes, sin que le falte la menor circunstancia. De modo que para el bien todas que sobren y para mal una que falte y, si esto se requiere para cualquier dicha, ¿qué será para una felicidad entera y consumada? Supuesta esta máxima, saquemos ahora las consecuencias. ¿Qué le importa á un poderoso tener todas las comodidades, si le falta la salud para gozarlas? ¿Qué tendrá el avaro con las riquezas, si no tiene ánimo para lograrlas? ¿De qué le sirve al sabio su mucho saber, si no tiene amigos capaces con quien comunicarlo? Digo, pues, que no me contento con poco; todo lo pretendo y juzgo que lo ha de tener todo el que se hubiere de llamar feliz, para que nada desee. De suerte que la felicidad humana consiste en un agregado de todos los que se llaman bienes, honras, placeres, riquezas, poder, mando, salud, sabiduría, hermosura, gentileza, dicha y amigos con quien gozarlo.
Esto sí que es decir, exclamaron. No deja que discurrir á los demás.
Pero tomó la mano el Siri, intimando la atención para echar el bollo á la controversia.
Grandemente, dijo, os ha contentado este montón quimérico de gustos, este agregado fantástico de bienes; pero advertid que es tan fácil de imaginar, cuan imposible de conseguir. ¿Porque cuál de los mortales pudo jamás llegar á esta felicidad soñada? Rico fué Creso, pero no sabio; sabio fué Diógenes, pero no rico. ¿Quién lo obtuvo todo? Mas doy que lo consiga. El día, que no tenga que desear, ha de ser ya infeliz. Y que también hay desdichados de dichosos: suspiran y asquean algunos de hartos y les va mal, porque les va bien. Después de haberse señoreado Alejandro de este mundo, suspiraba por los imaginarios, que oyó quimerear á un filósofo. Con más facilidad querría yo la felicidad y así me calzo la opinión del revés y afirmo todo lo contrario. Estoy tan lejos de decir que consista la felicidad en tenerlo todo, que antes digo que en tener nada, desear nada y despreciarlo todo. Y ésta es la única felicidad, con facilidad, la de los discretos y sabios. El que más cosas tiene, de más depende y es más infeliz el que de más cosas necesita: así como el enfermo más cosas ha menester, que el sano. No consiste el remedio del hidrópico en añadir de agua, sino en quitar de sed. Lo mismo digo del ambicioso y del avaro. El que se contenta consigo solo es cuerdo y es dichoso. ¿Para qué la taza, donde hay mano con que beber? El que encarcelare su apetito entre un pedazo de pan y un poco de agua, trate de competir de dichoso con el mismo Jove, dice Séneca. Y sello mi voto, diciendo que la verdadera felicidad no consiste en tenerlo todo, sino en desear nada.
No queda más que oir, exclamó el común aplauso. Pero fué también descaeciendo este sentir y callaron todos, para que el Malveci filosofase desta suerte:
Digo, señores, que este modo de opinar procede más de una melancólica paradoja, que de un acierto político, y que es un querer reducir la noble humana naturaleza á la nada. Pues desear nada, conseguir nada y gozar de nada ¿qué otra cosa es, que aniquilar el gusto, anonadar la vida y reducirlo todo á la nada? No es otra cosa el vivir que un gozar de los bienes y saberlos lograr, tanto los de la naturaleza, como del arte, con modo, forma y templanza. No hallo yo que pueda ser perficionar al hombre el privarle de todo lo bueno; sino destruirle de todo punto. ¿Para qué son las perfecciones? ¿Para qué los empleos? ¿Para qué crió el sumo Hacedor tanta variedad de cosas con tanta hermosura y perfección? ¿De qué servirá lo honesto, lo útil y deleitable? Si éste nos vedara lo indecente y nos concediera lo lícito, pudiera pasar; pero bueno y malo, llevarlo todo por un rasero, á fe que es bravo capricho. Por lo tanto diría yo: ya veo que es una académica bizarría; pero en las grandes dificultades, arte es el saberse arrojar. Digo, pues, que aquel se puede llamar dichoso y feliz, que se lo piensa ser; y al contrario, aquel será infeliz, que por tal se tiene, por más felicidades y venturas, que le rodeen, quiero decir, que el vivir con gusto es vivir y que solos los gustosos viven. ¿Qué le aprovecha á uno tener muchas y grandes felicidades, si no las conoce, antes las juzga desdichas? Y al contrario, aunque al otro todas le falten, si él vive contento, eso le basta. El gusto es vida y la gustosa vida es la verdadera felicidad.
Arquearon todos las cejas, diciendo:
Esto ha sido dar en el blanco y apurar del todo la dificultad. De modo que cada sentencia les parecía la última y que no quedaba ya qué discurrir. Y es cierto se abrazara este dictamen, si no se le opusiera aquel águila, cisne digo, el culto Aquilini, diciendo:
Aguardad, reparad, señores, en que es de solos necios el vivir contentos de sus cosas, siendo la bienaventuranza de los simples la propia y plena satisfacción. Beato tú, le dijo el célebre Bonarota, al que le contentaban sus malos borrones, cuando á mí nada de cuanto pinto me satisface. Así que yo siempre me contenté mucho de aquella bella prontitud del Dante. Al fin, Alígero, por su alado ingenio. Tuvo mucho vivo aquella sazonada respuesta, cuando habiéndose disfrazado en uno de los días carnavales y mandándole buscar el Médicis su gran patrón y Mecenas, para poderle conocer entre tanta multitud de personados, ordenó que los que le buscasen fuesen preguntando á unos y á otros: ¿Quién sabe del bien? Y desatinando todos, cuando llegaron á él y le preguntaron: ¿Chi sa del bene? prontamente respondió: Chi sa del male. Con que al punto dijeron:
Tú eres el Dante.
¡Oh, gran decir: aquel sabe del bien, que sabe del mal! No gusta de los manjares, sino el hambriento y el sediento de la bebida. Dulce le es el sueño á un desvelado, así como el descanso al molido. Aquellos estiman la abundancia de la paz, que pasaron por las miserias de la guerra; el que fué pobre sabe ser rico; el que estuvo encarcelado goza de la libertad; el náufrago, del puerto; el desterrado, de su patria, y el que fué infeliz, de la dicha. Veréis á muchos malhallados con los bienes, porque no probaron de los males. Así que aquel diría yo es feliz, que fué primero desdichado.
Contentó mucho este discurso; mas entró á impugnarle el Mascardo, probando no poder ser dicha la que suponía la desdicha ni contento verdadero el que sucedía á la pena. Ya el mal va delante y el pesar gana de mano al placer. No sería esa felicidad entera; sino á medias, respecto de la desdicha. Y de esa suerte, ¿quién quisiera ser feliz? Viniendo, pues, á mi sentir, como yo tenga por máxima con otros muchos, que no hay dicha ni desdicha, felicidad ó infelicidad, sino prudencia ó imprudencia, digo que toda la felicidad humana consiste en tener prudencia y la desventura en no tenerla. El varón sabio no teme la fortuna; antes es señor de ella y vive sobre los astros, superior á toda dependencia. Nada le puede empecer, cuando él mismo no se daña. Y concluyo con que en todo lo que llena la cordura no cabe infelicidad.
Inclinó todo político la cabeza, haciéndole la salva como á vino de una oreja y todo crítico dijo:
Bueno.
Pero al mismo tiempo se vió sacudirlas ambas al caprichoso Capriata, diciendo:
¿Quién vió jamás contento á un sabio, cuando fué siempre la melancolía manjar de discretos? Y así veréis, que los españoles, que están en opinión de los más detenidos y cuerdos, son llamados de las otras naciones los tétricos y graves, como al contrario los franceses son alegres y que van siempre brincándose y bailando.
Los que más alcanzan, conocen mejor los males y lo mucho que les falta para ser felices. Los sabios sienten más las adversidades y, como á tan capaces, les hacen mayor impresión los topes. Una gota de azar basta á aguarles el mayor contento y, demás de ser poco afortunados, ellos mismos ayudan á su descontento con su mucho entender. Así que no busquéis la alegría en el rostro del sabio; la risa sí que la hallaréis en el del loco.
Al pronunciar esta palabra saltó uno muy célebre, que gustaba de llevar consigo el cuerdo embajador, para ganso de noticias y aun de verdades. Éste, pues, sin ton y sin son, hablando alto y riendo mucho, dijo:
De verdad, señor, que estos vuestros sabios son unos grandes necios, pues andan buscando por la tierra la que está en el cielo.
Y dicho esto, que no fué poco, dió las puertas afuera.
Basta, confesaron todos, que un loco había de topar con la verdad.
Y en confirmación, el Mascardo peroró así:
En el cielo, señores, todo es felicidad; en el infierno, todo es desdicha; en el mundo, como medio entre estos dos estremos, se participa de entrambos: andan barajados los pesares con los contentos, altérnanse los males con los bienes, mete el pesar el pie donde le levanta el placer, llegan tras las buenas nuevas las malas, ya en creciente la luna, ya en menguante, gran presidenta de las cosas sublunares. Sucede á una ventura una desdicha y así la temía Filipo el macedón, después de las tres felices nuevas. Tiempo señaló el sabio para reir y tiempo para llorar. Amanece un día nublado, otro sereno, ya mar en leche y ya en hiel. Viene tras una mala guerra una buena paz, con que no hay contentos puros, sino muy aguados y así los beben todos. No tenéis que cansaros en buscar la felicidad en esta vida; milicia sobre el haz de la tierra. No está en ella y convino así. Porque, si aun deste modo, estando todo lleno de pesares, sitiada nuestra vida de miserias, con todo eso no hay poder arrancar los hombres de los pechos desta villana nodriza, despreciando los brazos de la celestial madre, que es la reina: ¿qué hicieran, si todo fuera contento, gusto, placer, solaz y felicidad?
Con esto se dieron por entendidos nuestros dos peregrinos, Critilo y Andrenio y con ellos todos los mortales, añadiendo el cortesano:
En vano, oh peregrinos del mundo, pasajeros de la vida, os cansáis en buscar desde la cuna á la tumba esta vuestra imaginada Felisinda, que el uno llama esposa, el otro madre. Ya murió para el mundo y vive para el cielo. Hallarla heis allá, si la supiéredes merecer en la tierra.
Disolvióse la magistral junta, quedando desengañados todos al uso del mundo, tarde. Convidóles el cortesano á ver algo de lo mucho, que se logra en Roma.
Pero lo más que hay que ver, decían ellos y la mejor vista es ver tantas personas, que, habiendo nosotros peregrinado todo el mundo, podemos asegurar no haber visto otras tantas.
¿Cómo decís que habéis andado todo el mundo, no habiendo estado sino en cuatro provincias de la Europa?
¡Oh, bien!, respondió Critilo. Yo te lo diré. Porque, así como en una casa no se llaman parte de ella los corrales, donde están los brutos, no entran en cuenta los reductos de las bestias, así lo más del mundo no son sino corrales de hombres incultos, de naciones bárbaras y fieras, sin policía, sin cultura, sin artes y sin noticias, provincias habitadas de monstruos de la heregía, de gentes, que no se pueden llamar personas, sino fieras.
Aguarda, dijo, agora, que tocamos ese punto, vosotros, que habéis registrado las más políticas provincias del mundo, ¿qué os ha parecido de la culta Italia?
Vos lo habéis dicho en esa palabra culta, que es lo mismo que aliñada, cortesana, política y discreta, la perfecta de todas maneras. Porque es de notar que España se está hoy del mismo modo que Dios la crió, sin haberla mejorado en cosa sus moradores, fuera de lo poco, que labraron en ella los romanos. Los montes se están hoy tan soberbios y zahareños como al principio; los ríos innavegables, corriendo por el mismo camino que les abrió la naturaleza; las campañas se están páramos, sin haber sacado para su riego las acequias; las tierras incultas; de suerte que no ha obrado nada la industria. Al contrario la Italia está tan otra y tan mejorada, que no la conocerían sus primeros pobladores, que viniesen. Porque los montes están allanados, convertidos en jardines, los ríos navegables, los lagos son vivares de peces, los mares poblados de famosas ciudades, coronados de muelles y de puertos; las ciudades todas por un parejo, hermoseadas de vistosos edificios, templos, palacios y castillos, sus plazas adornadas de brolladores y fuentes; las campañas son elisios, llenas de jardines; de suerte, que hay más que ver y que gozar en sola una ciudad de Italia, que en toda una provincia de las otras. Ella es la política, madre de las buenas artes, que todas están en su mayor punto y estimación, la política, la poesía, la historia, la filosofía, la retórica, la erudición, la elocuencia, la música, la pintura, la arquitectura, la escultura. Y en cada una destas artes se hallan prodigiosos hombres. Por esto, sin duda, dijeron que, cuando las diosas se repartieron las provincias del mundo, Juno escogió la España, Belona la Francia, Proserpina á Inglaterra, Ceres á Sicilia, Venus á Chipre y Minerva á Italia. Allí florecen las buenas letras, ayudadas de la más suave, copiosa y elocuente lengua. Que aun por eso en aquella plausible comedia, que se representó en Roma, de la caída de nuestros primeros padres, se introducían donosamente los personajes, hablando el padre eterno en alemán, Adán en italiano: Lo mio signore, Eva en francés, qui Monsiur, y el diablo en español, echando votos y retos. Exceden los italianos á los españoles en los accidentes y á los franceses en la sustancia. Ni son tan viles como éstos ni tan altivos como aquéllos. Igualan á los españoles en ingenio y sobrepujan á los franceses en juicio, haciendo un gran medio entre estas dos naciones. Pero, si en manos de los italianos hubieran dado las Indias, ¡cómo que las hubieran logrado! Está Italia en medio de las provincias de la Europa, coronada de todas como reina, y trátase como tal. Porque Génova la sirve de tesorera, Sicilia de despensera, la Lombardía de copera, Nápoles de maestresala, Florencia de camarera, el Lacio de mayordomo, Venecia de aya, Módena, Mantua, Luca y Parma, de meninas y Roma de dueña.
Sola una cosa la hallo yo mala, dijo Andrenio.
¿Sola una?, replicó el cortesano. ¿Y cuál es?
Reparaba en decirla y quisiera que él la adivinara. Con esta atención le iba deteniendo y el otro instando.
Sería acaso el ser tan viciosa, porque eso le viene de ser tan deliciosa.
No es eso.
¿Aquello de oler aún á gentil, hasta en los nombres de Cipiones y Pompeyos, Césares y Alejandros, Julios y Lucrecias y en la vana estimación de las antiguas estatuas que parecen idolatrar en ellas, el ser tan supersticiosos y agoreros, porque todo eso les viene de gentil herencia?
Ni eso.
¿Pues qué? ¿El estar tan dividida y como hecha jigote en poder de tantos señores y señorcitos, saliéndole estéril toda su política y sirviéndola de nada toda su razón de estado?
Tampoco es eso.
¡Válgate Dios! ¿Pues qué será? ¿Es por ventura aquello de ser campo abierto á las naciones estranjeras, palenque de españoles y franceses?
He, que no es eso.
¿Si sería el ser maestra de invenciones y quimeras, porque eso pasó de la Grecia al Lacio juntamente con el imperio?
Ni eso ni estotro.
¿Pues qué puede ser? Que ya me doy por vencido.
¿Qué? El haber tantos italianos. Que si eso no tuviera, hubiera sido sin oposición el mejor país del mundo. Y vese claro, pues Roma con el concurso de las naciones se viene á templar mucho. Por eso dicen que Roma no es Italia ni España ni Francia; sino un agregado de todas. Gran ciudad para vivir; aunque no para morir. Dicen que está llena de santos muertos y de demonios vivos. Paradero de peregrinos y de todas las cosas raras, centro de maravillas, milagros y prodigios. De suerte, que más se vive en ella en un día, que en otras ciudades en un año, porque se goza de todo lo mejor.
Un secreto ha días deseo saber de la Italia, dijo Critilo.
¿Qué cosa?, le preguntó el cortesano.
Yo te lo diré. ¿Cuál sea la causa que, siendo los franceses tan fatales para ella, los que la inquietan, la azotan, la pisan, la saquean, cada año la revuelven y son su total ruina, y al contrario, siendo los españoles los que la enriquecen, la honran, la mantienen en paz y quietud, los que la estiman, siendo Atlantes de la iglesia católica romana, con todo eso se pierden por los franceses, se les va el corazón tras ellos, los alaban sus escritores, los celebran sus poetas con declarada pasión y á los españoles los aborrecen, los execran y siempre están diciendo mal de ellos?
¡Oh, dijo el cortesano, has tocado un gran punto! No sé cómo te lo dé á entender. ¿No has visto muchas veces aborrecer una mujer el fiel consorte, que la honra y que la estima, que la sustenta, la viste y la engalana, y perderse por un rufián, que la da de bofetadas cada día y la acocea, la azota y la roba, la desnuda y la maltrata?
Sí.
Pues aplica tú la semejanza.
Faltóles antes la luz del día para ver, que grandezas y portentos para ser vistos, con que hubieron de dar treguas á su bienlograda curiosidad hasta el siguiente día.
Mañana, les dijo el cortesano, os convido á ver, no sola Roma, sino todo el mundo de una vez, desde cierto puesto, de donde se señorea. Veréis, no sólo este siglo, esta nuestra era; sino las venideras.
¿Qué dices, cortesano mío?, replicó Andrenio. ¿Para otro mundo y otro siglo nos emplazas?
Sí, que habéis de ver cuanto pasa y ha de pasar.
Gran cosa será y gran día.
Quien quisiere lograrlo, madrugue en la siguiente Crisi.
CRISI X
La rueda del tiempo.
Creyeron vanamente algunos de los filósofos antiguos que los siete errantes astros se habían repartido las siete edades del hombre, para asistirle desde el quicio de la vida hasta el umbral de la muerte. Señalábanle á cada edad su planeta por su orden y su puesto, avisando á todo mortal se diese por entendido, ya del planeta, que le presidía, ya del traste de la vida en que andaba. Cúpole, decían, á la niñez la luna con nombre de Lucina, comunicándole con sus influencias sus imperfecciones, esto es, con la humedad la ternura y con ella la facilidad y variedad, aquel mudarse á cada instante, ya llorando, ya riendo, sin saber de qué se enoja, sin saber con qué se aplaca, de cera á las impresiones, de masa á las aprehensiones, pasando de las tinieblas de la ignorancia á los crepúsculos de la advertencia. Desde los diez años hasta los veinte decían presidirle el planeta Mercurio, influyendo docilidades, con que se va adelantando ya muchacho, al paso que en la edad, en la perfección. Comienza á estudiar y á deprender, cursa las escuelas, oye las facultades y va enriqueciendo el ánimo de noticias y de ciencias. Pero descárase Venus á los veinte y reina con grande tiranía, hasta los treinta, haciendo cruda guerra á la juventud á sangre que yerve y á fuego en que se abrasa y todo esto con bizarra galantería. Amanece á los treinta años el sol, esparciendo rayos de lucimiento con que anhela ya el hombre á lucir y valer. Emprende con calor los honrosos empleos, las lucidas empresas y, cual sol de su casa y de su patria, todo lo ilustra, lo fecunda y lo sazona. Embístele Marte á los cuarenta, infundiéndole valor con calor. Revístese de aceros, muestra bríos, riñe, venga y pleitea. Entra á los cincuenta mandando Júpiter, influyendo soberanías. Ya el hombre es señor de sus acciones, habla con autoridad, obra con señoría, no lleva bien el ser gobernado de otros; antes lo querría mandar todo, toma por sí las resoluciones, ejecuta sus dictámenes, sábese gobernar y á esta edad, como á tan señora, la coronaron por reina de las otras, llamándola el mejor tercio de la vida. Á los sesenta anochece, que no amanece, el melancólico saturnino con humor y horror de viejo. Comunícale su triste condición y, como se va acabando, querría acabar con todos, vive enfadado y enfadando, gruñendo y riñendo y, á lo de perro viejo, royendo lo presente y lamiendo lo pasado, remiso en sus acciones, tímido en sus ejecuciones, lánguido en el hablar, tardo en el ejecutar, ineficaz en sus empresas, escaso en su trato, asqueroso en su porte, descuidado en su traje, destituído de sentidos, falto de potencias y á todas horas y de todas las cosas quejumbroso. Hasta los setenta es el vivir y en los poderosos hasta los ochenta, que de ahí adelante todo es trabajo y dolor, no vivir, sino morir. Acabados los diez años de Saturno, vuelve á presidir la luna y vuelve á niñear y á monear el hombre decrépito y caduco, con que acaba el tiempo en círculo, mordiéndose la cola la serpiente: ingenioso jeroglífico de la rueda de la humana vida.
Con esto entró el cortesano, no tanto á despertarles, cuanto á darles el buen día y aun el mejor de su vida, muy entretenido con la máscara del mundo, el baile y mudanzas del tiempo, el entremés de la fortuna y la farsa de toda la vida.
¡Alto! les dijo, que tenemos mucho que hablar, pues, deste mundo y del otro.
Sacóles de casa, para más meterlos en ella, y fuélos conduciendo al más realzado de los siete collados de Roma, tan superior, que no sólo pudieron señorear aquella universal corte; pero todo el mundo con todos los siglos.
Desde esta eminencia, les decía, solemos con mucho deporte algunos amigos tan geniales cuan joviales registrar todo el mundo y cuanto en él pasa, que todo corre la posta. Desde aquí atalayamos las ciudades y los reinos, las monarquías y repúblicas, ponderamos los hechos y los dichos de todos los mortales, y lo que es de más curiosidad, que no sólo vemos lo de hoy y lo de ayer, sino lo de mañana, discurriendo de todo y por todo.
¡Oh, lo que diera yo, decía Andrenio, por ver lo que será del mundo de aquí á unos cuantos años! En qué habrán parado los reinos, qué habrá hecho Dios de fulano y de citano, qué habrá sido de tal y de tal personaje. Lo venidero, lo venidero querría yo ver; que eso de lo presente y lo pasado cualquiera se lo sabe. Hartos estamos de oirlo, cuando una victoria, un buen suceso lo repiten y lo vuelven á cacarear los franceses en sus gacetas, los españoles en sus relaciones, que matan y enfadan. Como lo de la victoria naval contra Selim, que aseguran fué más el gasto que se hizo en salvas y en luminarias, que lo que se ganó en ella. Y modernamente decía un discreto:
Tan enfadado me tienen estos franceses con su socorro de Arrás y con tanto repetirlo, que no puedo ver las tapicerías aun en medio del invierno.
Pues yo te ofrezco, dijo el cortesano, mostrarte todo lo venidero, como si lo tuvieses aquí delante.
¡Brava arte mágica sería ésa!
Antes no ni es menester, cuando no hay cosa más fácil, que saber lo venidero.
¿Cómo puede ser eso, si está tan oculto y tan reservado á sola la perspicacia divina?
Vuelvo á decir que no hay cosa más fácil ni más segura. Porque has de saber que lo mismo, que fué, eso es y eso será, sin discrepar ni un átomo. Lo que sucedió docientos años ha, eso mismo estamos viendo agora. Y si no, aguarda.
Y echóse mano á una de las faltriqueras de la faldilla delantera y sacó una caja de cristales, celebrándolos por cosa extraordinaria.
¿Qué más tendrán esos, que los demás antojos?, decía Andrenio.
¡Oh, sí, que alcanzan mucho!
¿Qué tanto? ¿Más, que el antojo del Galileo?
Mucho más, pues lo que está por venir, lo que sucederá de aquí á cien años. Éstos los forjaba Arquímedes para los amigos entendidos. Tomad y calzáoslos en los ojos del alma, en los interiores.
Y hiciéronlo así, sobre la faición de la prudencia.
Mirad ahora hacia España. ¿Qué veis?
Veo, dijo Andrenio, que las mismas guerras intestinas de agora docientos años pasan del mismo modo, las rebeliones, las desdichas del un cabo al otro.
¿Qué ves hacia Inglaterra?
Que lo que obró un Enrico contra la Iglesia ejecuta después otro peor. Que si ya degollaron una reina Estuarda, hoy su nieto Carlos Estuardo. Veo en Francia que matan un Enrico y otro Enrico y que vuelven á brotar las cabezas de la herética hidra. Veo en Suecia que lo que le sucedió á Gustavo Adolfo en Alemania, le va sucediendo por los mismos filos á su sobrino en la católica Polonia.
¿Y aquí en Roma?
Que ha vuelto aquel siglo de oro y aquella felicidad pasada, de que gozó en tiempo de los Gregorios y los Píos.
Ahí veréis que las cosas, las mismas son, que fueron; sola la memoria es la que falta. No acontece cosa, que no haya sido ni que se pueda decir nueva bajo del sol.
¿Quién es aquel vejezuelo, dijo Critilo, que nunca para, que todos le siguen y él á nadie espera ni á reyes ni á monarcas, hace su hecho y calla? ¿No lo ves tú, Andrenio?
Sí, por señas que lleva unas alforjas al cuello, como caminante.
¡Oh!, dijo el cortesano, ése es un viejo, que sabe mucho, porque ha visto mucho y al cabo todo lo dice sin faltar á la verdad.
¿Cabe mucho en aquellas alforjas?
No lo creeréis. Cabe una ciudad y muchas y reinos enteros. Unos lleva delante, otros atrás y, cuando se cansa, vuelve las alforjas, la de atrás adelante, y revuelve todo el mundo, sin saber cómo ni por qué, sino por variar. ¿Qué pensáis que es el pasarse el mando, el mudarse el señorío desta provincia en aquélla, de una nación en la otra? Es que se muda las alforjas el tiempo: hoy está aquí el imperio y mañana acullá; hoy van delante los que ayer iban detrás: mudóse la vanguardia en retaguardia. Así veréis que la África, que en otro tiempo era madre de prodigiosos ingenios, de un Augustino, Tertuliano y Apuleyo ¿quién tal creyera? hoy está hecha un barbarismo, engendradora de alarbes. Y lo que es de mayor sentimiento, la Grecia, progenitora de los mayores ingenios, la inventora de las ciencias y las artes, la que daba leyes de discreción á todo el mundo, madre del bien decir, hoy está hecha un solecismo en poder de los bárbaros traces. Y á ese modo está trocado todo el mundo. La Italia, que mandaba á todas las demás naciones y triunfaba de todas las provincias, hoy sirve á todas: mudóse las alforjas el tiempo.
Pero la que fué gran vista y espectáculo de mucho gusto fué una gran rueda, que bajaba por toda la redondez de la tierra, desde el oriente al ocaso de la ocasión. Veíanse en ella todas cuantas cosas hay, ha habido y habrá en el mundo, con tal disposición, que la una mitad se veía clara y esentamente sobre el horizonte y la otra estaba hundida acullá abajo, que nada de ella se veía; pero iba rodando sin cesar, dando vueltas, al modo de una grúa, en que se metió el tiempo y, saltando de la grada de un día en la del otro, la hacía rodar y con ella todas las cosas. Salían unas de nuevo y escondíanse otras de viejo y volvían á salir al cabo de tiempo. De modo que siempre eran las mismas; sólo que unas pasaban, otras habían pasado y volvían á tener vez. Hasta las aguas al cabo de los años mil volvían á correr por donde solían; aunque no serían por los ojos, que ésas más presto vuelven: que hay mucho que llorar.
Aquí hay mucho que ver, dijo Critilo.
Y que notar, el cortesano. Bien lo podéis tomar de propósito. Atended cómo va pasando todo en la rueda de la vicisitud, unas cosas van, otras vienen. Vuelven las monarquías y revuélvense también: que no hay cosa que tenga estado, todo es subida y declinación.
Veíanse acullá al un cabo de la rueda y que ya habían pasado unos hombres y unos príncipes parcos, que no pobres, pródigos de su sangre y guardadores de la hacienda. Vestían de lana y la sabían cardar. Crujían mangas de seda los días de fiesta por gran gala y todo el año la malla.
¿Quiénes son aquellos, preguntó Critilo, que cuanto más llanos, mejor parecen?
Aquéllos fueron, respondió el cortesano, los que conquistaron los reinos. Nota bien que allí hallarás un don Jaime de Aragón, un don Fernando el Santo de Castilla y un don Alfonso Enríquez de Portugal. Mira qué pobres de gala y qué ricos de fama. Hicieron muy bien su papel, pues llenaron las historias de sus hazañas y metiéronse en el vestuario común de las mortajas; pero no en olvido.
Al mismo tiempo, por la contraria banda de la rueda, salían otros y muy otros, ricos, bizarros y suntuosos, rozando sedas, arrastrando telas y gozando de lo que sus antepasados les ganaron; pero iban éstos pasando también su carrera y hundíanse al cabo, después de hundido todo y volvían á salir aquellos primeros, volviendo á juego las materias. Y con esta alternación procedían las cosas humanas, al fin temporales.
¡Hay tal variedad!, ponderaba Andrenio. ¿Y siempre ha sido desta suerte?
Siempre, decía el cortesano, y esto en cada provincia, en cada reino. Vuelve la cabeza atrás y mira qué moderados entraron en España los primeros godos, un Ataulfo, Sisenando, hasta el rey Bamba. Sucede al cabo el delicioso Rodrigo y da al traste con las más florida monarquía. Va pasando la rueda y vuelve otra vez el valor con la parsimonia, en el famoso Pelayo. Restáurase poco á poco lo que se perdió tan aprisa. Descaece otra vez; pero resucita en el rey don Fernando el Católico y así se van alternando las ganancias y las pérdidas, las dichas y las desdichas.
¡Oh, lo que son de ver, decía Critilo, aquellos primeros vestidos de paño, ya los segundos de brocado, aquéllos crujiendo acero y éstos seda, arreados aquéllos en el alma y desnudos en el cuerpo, adornados éstos de galas y desnudos de hazañas, faltos de noticias y sobrados de delicias!
Escondíanse unas mujeres y señoras y aun princesas, con las ruecas en la cinta, refilando el uso, y salían otras con abanicos costosos de varillas de diamantes, fuelles de su vanidad. Aquéllas con sus manguitos de paño, estas otras de martas, nada piadosas y muy suyas. Aquéllas exprimidas de talle, estas otras más huecas, que campanas. Y no obstante esto, aquéllas sonaban mejor.
Por eso digo yo, ponderaba Critilo, que siempre lo pasado fué mejor.
Alargaba el cuello Andrenio, mirando hacia el oriente de la rueda y preguntóle el cortesano:
¿Qué buscas? ¿Qué echas menos?
Y él miraba si volvía á salir aquel plausible rey don Pedro de Aragón, llamado bastón de franceses, que con ellos solos fué cruel. ¡Oh, cómo que despicaría á España! ¡Qué coscorrones pegaría! ¡Cómo que les abajaría las crestas á los galos! Pero mudóse las alforjas el tiempo. Iba dando sin parar la vuelta la rueda y volteando con ella cuanto hay. Salía una ciudad con sus casas de tierra y los palacios á piedralodo. Paseaban sus calles en carros los caballeros, el mismo Nuño Rasura. Que las damas, como tan recatadas, ni eran vistas ni oídas. Cuando mucho, salían á alguna romería: que no se nombraban las ramerías. Más colorada se volvía entonces una mujer de ver un hombre, que agora de ver un ejército. Y es de advertir que entonces no había otro color, que el de la vergüenza y el blanco de la inocencia. Parecían de otra especie, porque eran muy calladas, no andariegas, honestas, hacendosas. Al fin mujeres para todo y no como agora, para nada. Pero daba la vuelta la rueda, hundíase aquella ciudad y al cabo de tiempo volvía á salir otra, digo, la misma; pero tan otra, que no la conocían.
¿Qué ciudad es ésta?, preguntó Andrenio.
La misma, respondió el cortesano.
¿Cómo puede ser eso, si estas casas de agora son de mármoles y de jaspes, con tanto dorado balcón, en vez de los de palo? ¿Qué tienen que ver estas tiendas con aquellas otras de docientos años atrás? Allí, señor cortesano, no había guantes de ámbar, sino de lana; no tahalíes bordados de oro, sino una correa; no sombreros de castor ni por sueño, cuando mucho bonetillos ó monteras. Manguitos de á ciento de á ocho, ¿quién tal dijo? Fuera heregía. No, sino de paño y abanicos de paja y ésos llevaba la señora y la condesa; que aún no había duquesas, y la misma reina doña Constanza y por mucha gala, que costaba cuatro maravedís; y no como agora de garapiña y de rapiña francesa. Con un real compraba entonces un hombre sombrero, zapatos, medias, guantes y aún le sobraban algunos maravedises. Las que aquí son telas de oro y brocados, allí eran bureles y por cosa muy preciosa se hallaba algún contray para mantos á las ricas fembras en el día de su boda, que por eso se llamaron de velarse. Las que allí eran carretillas, aquí son coches y carrozas; las que angarillas, son sillas de mano tachonadas. Aquí no se ve ruar el carretón de la Inés tirado de sola una bestia, que no había entonces tantas. Las calles hierven de mujeres tan descocadas cuan escotadas, cuando allí, si se les veía una muñeca, era ya perderse todo y ser ellas unas perdidas. Muchos de estrados y cojines y no se ve una almohadilla, sin hacer hacienda, antes deshaciéndolas y acabando con las casas.
Pues te aseguro, dijo el cortesano, que es la misma ciudad; aunque tan otra de lo que fué, tan mudada, que no la conocerían sus primeros habitadores. Mira lo que hace y deshace el tiempo.
¡Válgame el Cielo!, dijo Critilo. ¿Y qué dijeran, si volvieran hoy á Roma los Camilos y Dentatos, si el buen Sancho Minaya á Toledo, si Gracián Ramírez á Madrid, Laín Calvo á Burgos, el Conde Alperche á Zaragoza y Garci Pérez á Sevilla, si pasearan por estas calles y las hallaran ocupadas de coches y de carrozas, si vieran estas tiendas y esta perdición?
Volteaba la rueda y escondíase el buen tiempo y todo lo bueno con él. Aquellos hombres buenos y llanos sin artificio ni embeleco, tan sencillos en el vestido como en el ánimo, sin pliegues en las capas y sin dobleces en el alma, con el pecho desabrochado, mostrando el corazón, la conciencia á ojo, con el alma en la palma y por eso vitoriosa: hombres al fin del tiempo antiguo y con todo eso muy ricos y sobrados, desaliñados y nunca más bienpuestos. Que, cuando los hombres eran más sencillos, aseguran que había más doblones. Escondíanse aquéllos y salían otros antípodas suyos en todo, embusteros, mentirosos, falsos y faltos, que se corrían de que les llamasen buenos hombres, más pequeños de cuerpo y también de alma. Y con ser todos palabras, no tenían palabra. Mucho de cumplimiento y nada de verdad. Mucho de circunstancia y nada de sustancia. Gente de poca ciencia y de menos conciencia.
Éstos, decía Critilo, yo juraría que no son hombres.
¿Pues qué?
Sombras de aquellos que van delante, medio hombres, pues no tienen entereza. ¡Oh, cuándo volverán aquellos primeros agigantados, hijos de la fama!
Dejad, decía el cortesano, que aún volverán á tener vez.
Sí; pero ¡qué tarde!, si se ha de acabar primero la mala semilla déstos.
De lo que gustaba mucho Andrenio y tanto, que no pudo contener la risa, era de ver rodar los trajes y dar vueltas los usos y más mirando hacia España, donde no hay cosa estable en esto del vestir. Á cada tumbo de la rueda se mudaban y siempre de malo en peor, con mucho gasto y figurería. Un día salían con unos sombreros anchos y bajos, que parecían gorras; al otro día otros amorrionados, que parecían capacetes; luego otros pequeños y puntiagudos, que parecían alhajas de títeres y hacían bravas figuras. Pasaban éstos y sucedían otros chatos y anchos, con dos dedos de falda, que parecían bacinillas y aun olían mal; mas al otro día los dejaban y salían con otros tan altos, que parecían orinales. Quebrábanse éstos también y sacaban los gaviones con una vara de copa y otra de falda, ya pequeños, ya tan grandes, que se pudieran hacer dos de cada uno de los primeros. Y es lo bueno que los que hacían más ridículas figuras se burlaban de los pasados, diciendo que parecían figurillas; mas luego los que se seguían les llamaban á ellos figurones. Fué de modo que en poco rato, que lo estuvieron mirando, contaron más de una docena de formas diferentes de solos sombreros. ¿Qué sería de todo el demás traje? Las capas ya eran tan largas y prolijas, que parecían ir fajados en ellas, ya tan cortas y tan biencriadas, que, cuando sus amos estaban sentados, ellas se quedaban en pie. Dejo las calzas, ya afolladas, ya botargas, los zapatos ya romos, ya puntiagudos.
Qué cosa tan graciosa, decía Andrenio. Señores, ¿quién inventa estos trajes? ¿Quién saca estos usos?
Ahí me digas tú que hay bien que reir. Porque has de saber que llega un gotoso que tiene necesidad de llevar el pie holgado y cálzase un zapato romo y ancho, por su comodidad, diciendo:
¿Qué importa que el mundo sea ancho, si mi zapato es estrecho?
Los otros, que lo ven, luego lo apetecen y dan todos en llevar zapatos romos y parecer gotosos y patituertos. Si una mujer pequeña hubo menester ayudarse de chapines, añadiendo de corcho lo que le faltaba de persona, luego todas las otras dan en llevarlos, aunque sean más crecidas que la giralda de Sevilla ó la torre nueva de Zaragoza. Llega en esto una muy estirada en todo, que no necesita dellos, antes la hacen embarazo. Dales del pie y gusta de irse en zapato. Luego todas las otras la quieren imitar, aunque sean unas enanas, valiéndose de la ocasión para más soltura y para parecer niñas. La otra flamenca dió en ir escotada, vendiendo el alabastro y quiérenla seguir las de Guinea, feriando el azabache, que en unas y en otras es una gran frialdad y un traje muy desarrapado. Y es de advertir que el peor y el más deshonesto es el que dura más. Pero para que riáis de buen gusto mirad aquella ristra de mujeres, que van una tras otra en la rueda del tiempo. La primera lleva aquel desproporcionado tocado, que llamaron almirante y lo inventó una calva. La otra, que se sigue, lo trocó por la arandela, que hizo brava visión. Sucede la otra con el bobo, que fué su más propio traje. Trocólo ya la que viene detrás, por el trenzado, no mendigando un pelo ajeno á su belleza. La quinta en orden lo dejó para las mozas de cántaro y echó el cabello atrás en una crecida cola. La sexta inventó el moño, desmintiendo lo pelado. La séptima se echó un gobelete al tozuelo, echando allá cuanto la pudiesen decir. La octava va con una trenza á la jineta, á tuerto y á derecho. La nona con asa de cántaro y pudiera de cantarilla. Desta suerte van variando y desvariando, hasta que vuelvan á su primera impertinencia. Pero lo que fué, no ya de reir, sino de sentir, que siempre se va todo empeorando. Pues es cosa cierta que con lo que gasta hoy una mujer se vestía antes todo un pueblo. Más plata echa hoy en relumbrones una cortesana, que había en toda España antes que se descubrieran las Indias. No conocían las perlas aquellas primeras señoras; pero éranlo ellas en la fineza. Los hombres eran de oro y se vestían de paño; agora son asco y rozan damasco y después, que hay tantos diamantes, ni hay fineza ni firmeza.
Hasta en el hablar hay su novedad cada día, pues el lenguaje de hoy ha docientos años parece algarabía. Y si no, leed esos fueros de Aragón, esas partidas de Castilla, que ya no hay quien las entienda. Escuchad un rato aquellos, que van pasando uno tras de otro, en la rueda del tiempo.
Atendieron y oyeron que el primero decía fillo, el segundo fijo, el tercero hijo y el cuarto ya decía gixo á lo andaluz y el quinto de otro modo, sino que no lo percibieron.
¿Qué es esto?, decía Andrenio. ¿Señores, en qué ha de parar tanto variar? ¿Pues no era muy buena aquella primera palabra fillo y más suave, más conforme á su original, que es el latín?
Sí.
¿Pues por qué la dejaron?
No más de por mudar, sucediendo lo mismo en las palabras, que en los sombreros. Éstos de agora tienen por bárbaros á los de aquel lenguaje, como si los venideros no hubiesen de vengarlos á aquéllos y reirse déstos.
Púsose de puntillas Critilo, desojándose hacia el oriente de la rueda.
¿Qué atiendes con tanto ahinco?, le preguntó el cortesano.
Estoy mirando si vuelven á salir aquellos Quintos tan famosos y plausibles en el mundo, un don Fernando el Quinto, un Carlos Quinto y un Pío Quinto.
¡Ojalá que eso fuese y que saliese un don Felipe, el Quinto en España! Y cómo que vendrá nacido. ¡Qué gran rey había de ser, copiando en sí todo el valor y el saber de sus pasados! Pero lo que noto es que antes vuelven á salir los males, que los bienes. Tardan éstos lo que se avanzan aquéllos.
Oh, sí, dijo el cortesano: detiénense y mucho en volver los siglos de oro y adelántanse los de plomo y de hierro. Son las calamidades más ciertas en repetir, que las prosperidades. Así como el mal humor de una terciana y de una cuartana tienen su día fijo, su hora sabida, sin discrepar un punto y el buen humor la alegría, el contento, no le tienen ni repiten, á la hora las guerras, las rebeliones no discrepan un lustro, las pestes ni un año, las secas no pierden vez, vuelven las hambres, las mortandades, las desdichas por sus pasos contados.
Pues si eso es así, dijo Andrenio, ¿no se les podía tomar el pulso á las mudanzas y el tino á la vicisitud de la rueda, para prevenir los remedios á los venideros males y saberlos desviar?
Ya se podría, respondió el cortesano; pero como fenecieron aquellos, que entonces vivían, y suceden otros de nuevo sin recuerdo de los daños, sin experiencia de los inconvenientes, no queda lugar al escarmiento. Vinieron unos noveleros, amigos de mudanzas peligrosas, que no probaron de las calamidades de la guerra, atropellaron con la rica y abundante paz y después murieron suspirando por ella. Con todo ya hay algunos de bueno y sano juicio, prudentes consejeros, que huelen de lejos las tempestades, las pronostican, las dicen y aun las vocean; pero no son escuchados. Que el principio de los males es quitarnos el cielo el inestimable don del consejo. Sacan los cuerdos por discurso cierto las desdichas, que amenazan: en viendo en una república la desolación de costumbres, pronostican la disolución de provincias; en reconociendo caída la virtud, atinan la caída de las monarquías; grítanlo á quien tiene atapados los oídos, y así veréis que de tiempo á tiempo se pierde todo para volverse otra vez á ganar todo.
Pero buen ánimo, que todas las cosas vuelven á tener día, lo bueno y lo malo, las dichas y las desventuras, las ganancias y las pérdidas, los cautiverios y los triunfos, los buenos y los malos años.
Sí, dijo Andrenio; ¿pero qué me importa á mí que hayan de suceder después las felicidades, si á mí me cogen de medio á medio todas las calamidades? Eso es decir que para mí se hicieron las penas y para otros los contentos.
Buen remedio ser prudente, abrir el ojo y dar ya en la cuenta. Ea, alégrate, que aún volverá la virtud á ser estimada, la sabiduría á estar muy valida, la verdad amada y todo lo bueno en su triunfo.
Y cuando será eso, suspiró Critilo, ya estaremos nosotros acabados y aun consumidos. ¡Oh, quién viera aquellos hombres con sus sayos y aquellas mujeres con sus cofias y sus ruecas, que desde que se arrimaron los husos, no se usa cosa buena! ¿Cuándo volverá la reina doña Isabel la Católica á enviar recados: decidle á doña Fulana que se venga esta tarde á pasarla conmigo y que se traiga su rueca, y á la condesa que venga con su almohadilla? ¿Cuándo oiremos al otro rey escusarse en las cortes que no había comido gallina y decía la verdad y que una que comió un jueves había sido presentada? Y al otro que si las mangas del jubón eran de seda, pero el cuerpo de tela. ¡Oh, cuánto me holgaría ver salir aquellos siglos de oro y no de lodo y basura, aquellos varones de diamantes y no de claveques, aquellas hembras de margaritas y sin perlas, las Hermesindas y Jimenas, con que no faltan Urracas, aquellos hombres de bien, que ya no sólo no corren, pero ni dan un paso, de Tasso lenguaje, pero de buena lengua, de pocas razones y de mucha razón, de mucha sustancia y poca circunstancia, gente de apoyo y no de tramoya y de sola apariencia, que no hay cosa más contraria á la verdad, que la verisimilitud! ¿Qué soldados eran aquellos de acullá, vestidos de pieles y calzados de cuero, que repetían de fieras?
Ésos eran los Almugábares, la milicia del rey don Jaime y de su valeroso hijo; no como los capitanes de agora, vestidos de tafetán, dando cuchilladas de seda.
Aguarda, ¿qué varas eran aquéllas tan macizas y tan firmes?
Las de la justicia del buen tiempo, gruesas; pero no groseras, que no se torcían á cualquier viento ni se doblaban, aunque las cargasen del metal pesado, aunque colgasen de ellas un bolsón de doblones.
Qué diferentes, decía Andrenio, destas otras tan delgadas, al fin juncos, que ceden al soplo del favor y se inclinan por poco que les cuelguen á un par de capones, á cualquier pluma. ¿Quién es aquel que habla ronco?
Pues á fe que no es ronca, sino bien clara su fama. Aquél es el plausible alcalde Ronquillo, blasón de la justicia.
¿Y aquel otro, que todo lo averigua?
Ése es el del proverbio, por quien decía el rey Católico, á cualquiera escándalo que sucedía:
Vaya y averígüelo Vargas.
Todo lo aclaraba y nada confundía, con que también ha tenido en estos tiempos la justicia sus Quiñones.
Cansábanse ya ellos de ver; pero no la rueda de dar vueltas y á cada tumbo se trastornaba el mundo, caían las casas más ilustres y levantábanse otras muy oscuras, con que los descendientes de los reyes andaban tras los bueyes, trocándose el cetro en aguijada y tal vez en un cepillo. Al contrario, los lacayos subían á Belengabores y Taicosamas. Vieron un nieto de un herrador muy puesto á la jineta y otro muy á caballo rodeado de pajes, aquél cuyo abuelo iba tal vez lleno de pajas. Decantábase la rueda y comenzaban á bambalear las torres y los homenajes, caían los alcázares y empinábanse los aduares y al cabo de años los nobles eran villanos.
¿Quién es aquel, decía Andrenio, que vive en la casa solar de los condes de tal?
Un hornero, que haciendo mala harina hizo muchos ducados, de modo que valen más sus salvados, que la harina de muchos nobles.
¿Y en aquella otra de los duques de cual?
Un otro, que vendió mal y las compró bien.