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El criticón (tomo 2 de 2)

NOTA (continued 2)

Reading edition

Ea, Andrenio, anímate, decía Critilo, y advierte que el más mal día deste camino de la virtud es de primavera en cotejo de los caniculares del vicio.

Diéronle la mano, con que pudo vencer la dificultad.

Dos veces fiero les acometió un tigre en condición y en su mal modo; mas el único remedio fué no alborotarse ni inquietarse, sino esperalle mansamente. Victoria de la espera. Á gran cólera, gran sosiego, y á una furia, una espera. Trató Critilo de desenvolver su escudo de cristal, espejo fiel del semblante y, así como la fiera se vió en él tan feamente descompuesta, espantada de sí misma, echó á huir con harto corrimiento de su necio exceso. De las serpientes, que eran muchas, dragones, víboras y basiliscos, fué singular defensivo el retirarse y huir las ocasiones. Á los voraces lobos con látigos de cotidiana diciplina los pudieron rechazar. Contra los tiros y golpes de toda arma ofensiva se valieron del célebre escudo encantado, hecho de una pasta real, cuanto más blanda, más fuerte, forjado con influjo celeste, de todas maneras impenetrable: y era sin duda el de la paciencia.

Llegaron ya á la superioridad de aquella dificultosa montaña, tan eminente, que les pareció estaban en los mismos azaguanes del cielo, convecinos de las estrellas. Dejóse ver bien el deseado palacio de Virtelia, campeando en medio de aquella sublime corona, teatro insigne de prodigiosas felicidades. Mansión de la virtud. Mas, cuando se esperó que nuestros agradecidos peregrinos le saludaran con incesables aplausos y le veneraran con afectos de admiración, fué tan al contrario, que antes bien se vieron enmudecer, llevados de una impensada tristeza, nacida de estraña novedad. Y fué sin duda que, cuando le imaginaron fabricado de preciosos jaspes, embutidos de rubíes y esmeraldas, cambiando visos y centelleando á rayos, sus puertas de zafir con clavazón de estrellas, vieron se componía de unas piedras pardas y cenicientas, nada vistosas, antes muy melancólicas.

¿Qué cosa y qué casa es ésta?, ponderaba Andrenio. ¿Por ella habemos sudado y reventado? ¡Qué triste apariencia tiene! ¿Qué será allá dentro? ¡Cuánto mejor exterior ostentaba la de los monstruos! Engañados venimos.

Aquí Lucindo suspirando:

Sabed, les dijo, que los mortales todo lo peor de la tierra quieren para el cielo, el más trabajado tercio de la vida. Allá, á la achacosa vejez dedican para la virtud, la hija fea para el convento, el hijo contrahecho sea de iglesia, el real malo á la limosna, el redrojo para el diezmo, y después querrían lo mejor de la gloria. De más que juzgáis vosotros el fruto por la corteza. Aquí todo va al revés del mundo: si por fuera está la fealdad, por dentro la belleza; la pobreza en lo exterior, la riqueza en lo interior; lejos la tristeza, la alegría en el centro: que eso es entrar en el gozo del Señor.

Bajo el sayal, hayal.

Estas piedras tan tristes á la vista son preciosas á la experiencia, porque todas ellas son bezares, ahuyentando ponzoñas. Y todo el palacio está compuesto de pítimas y contravenenos, con lo cual no pueden empecerle ni las serpientes ni los dragones, de que está por todas partes sitiado.

Estaban sus puertas patentes noche y día; aunque allí siempre lo es, franqueando la entrada en el cielo á todo el mundo. Pero asistían en ellas dos disformes gigantes, jayanes de la soberbia, enarbolando á los dos hombros sendas clavas muy herradas, sembradas de puntas para hacerla. Estaban amenazando á cuantos intentaban entrar, fulminando en cada golpe una muerte. En viéndolos, dijo Andrenio:

Todas las dificultades pasadas han sido enanas en parangón désta. Basta que hasta ahora habíamos peleado con bestias de brutos apetitos; mas éstos son muy hombres.

Así es, dijo Lucindo: que ésta ya es pelea de personas. Sabed que, cuando todo va de vencida, salen de refresco estos monstruos de la altivez, tan llenos de presunción, que hacen desvanecer todos los triunfos de la vida. Pero no hay que desconfiar de la vitoria: que no han de faltar estratagemas para vencerlos. Advertid que de los mayores gigantes triunfan los enanos y de los mayores los pequeños, los menores y aun los mínimos. El modo de hacer la guerra ha de ser muy al revés de lo que se piensa. Triunfo de la humildad. Aquí no vale el hacer piernas ni querer hombrear. No se trate de hacer del hombre; sino humillarse y encogerse y, cuando ellos estuvieren más arrogantes amenazando al cielo, entonces nosotros transformados en gusanos y cosidos con la tierra hemos de entrar por entre pies, que así han entrado los mayores adalides.

Ejecutáronlo tan felizmente, que sin saber cómo ni por dónde, sin ser vistos ni oídos, se hallaron dentro del encantado palacio, con realidades de un cielo.

Apenas, digo á glorias, estuvieron dentro, cuando sintieron embargar todos sus sentidos de bellísimos empleos en folla de fruición, confortando el corazón y elevando los espíritus. Embistióles lo primero una tan suave marea, exhalando inundaciones de fragancia, que pareció haberse rasgado de par en par los camarines de la primavera, las estancias de Flora, ó que se había abierto brecha en el paraíso. Oyóse una dulcísima armonía, alternada de voces é instrumentos, que pudiera suspender la celestial por media hora. Pero, ¡oh cosa estraña! que no se veía quién gorjeaba ni quién tañía: con ninguno topaban, nadie descubrían.

Bien parece encantado este palacio, dijo Critilo. Sin duda que aquí todos son espíritus, pues no se parecen cuerpos. ¿Dónde estará esta celestial reina?

Siquiera, decía Andrenio, permitiérasenos alguna de sus muchas bellísimas doncellas. Hallazgo de las virtudes. ¿Dónde estás?, ¡oh, justicia! dijo en grito, y respondióle al punto Eco vaticinante desde un escollo de flores:

En la casa ajena.

¿Y la verdad?

Con los niños.

¿La castidad?

Huyendo.

¿La sabiduría?

En la mitad y aun.

¿La providencia?

Antes.

¿El arrepentimiento?

Después.

¿La cortesía?

En la honra.

¿Y la honra?

En quien la da.

¿La fidelidad?

En el pecho de un rey.

¿La amistad?

No entre idos.

¿El consejo?

En los viejos.

¿El valor?

En los varones.

¿La ventura?

En las feas.

¿El callar?

Con callemos.

¿Y el dar?

Con el recibir.

¿La bondad?

En el buen tiempo.

¿El escarmiento?

En cabeza ajena.

¿La pobreza?

Por puertas.

¿La buena fama?

Durmiendo.

¿La osadía?

En la dicha.

¿La salud?

En la templanza.

¿La esperanza?

Siempre.

¿El ayuno?

En quien malcome.

¿La cordura?

Adivinando.

¿El desengaño?

Tarde.

¿La vergüenza?

Si perdida, nunca más hallada.

¿Y toda virtud?

En el medio.

Es decir, declaró Lucindo, que nos encaminemos al centro y no andemos como los impíos rodando.

Fué acertado, porque en medio de aquel palacio de perfecciones, en una majestuosa cuadra, ocupando augusto trono, descubrieron, por gran dicha, una divina reina, muy más linda y agradable de lo que supieron pensar, dejando muy atrás su adelantada imaginación. Que, si dondequiera y siempre pareció bien, ¿qué sería en su sazón y su centro? Hermosura perfecta. Hacía á todos buena cara, aun á sus mayores enemigos. Miraba con buenos ojos y aun divinos. Oía bien y hablaba mejor. Y aunque siempre con boca de risa, jamás mostraba dientes; hablaba por labios de grana palabras de seda. Nunca se le oyó echar mala voz. Tenía lindas manos y aun de reina en lo liberal y en cuanto las ponía salía todo perfecto. Dispuesto talle y muy derecho y todo su aspecto divinamente humano y humanamente divino. Era su gala conforme á su belleza y ella era la gala de todo. Vestía armiños, que es su color la candidez. Enlazaba en sus cabellos otros tantos rayos de la aurora con cinta de estrellas. Al fin, ella era todo un cielo de beldades, retrato al vivo de la hermosura de su celestial Padre, copiándole sus muchas perfecciones.

Pretendientes de virtud.

Estaba actualmente dando audiencia á los muchos, que frecuentaban sus sitiales, después de prohibida. Llegó entre otros un padre á pretenderla para su hijo, siendo él muy vicioso, y respondióle que comenzase por sí mismo, y le fuese ejemplar idea.

Venía otra madre en busca de la honestidad para una hija y contóla lo que la sucedió á la culebra madre con la culebrilla su hija: que viéndola andar torcida la riñó mucho y mandó que caminase derecha.

Madre mía, respondió ella, enseñadme vos á proceder, veamos cómo camináis.

Probóse y, viendo que andaba muy más torcida:

En verdad, madre, la dijo, que si las mías son vueltas, que las vuestras son revueltas.

Pidió un eclesiástico la virtud del valor y á la par un virrey la devoción con muchas ganas de rezar. Repondióles á entrambos que procurase cada uno la virtud competente á su estado.

Préciese el juez de justiciero y el eclesiástico de rezador, el príncipe del gobierno, el labrador del trabajo, el padre de familias del cuidado de su casa, el prelado de la limosna y desvelo. Cada uno se adelante en la virtud que le compete.

Según eso, dijo una casada, á mí bástame la honestidad conyugal; no tengo que cuidar de otras virtudes.

Eso no, dijo Virtelia; no basta ésa sola, que os haréis insufrible de soberbia, y más ahora. Poco importa que el otro sea limosnero, si no es casto; que éste sea sabio, si á todos desprecia; que aquél sea gran letrado, si da lugar á los cohechos; que el otro sea gran soldado, si es un impío. Son muy hermanas las virtudes y es menester que vayan encadenadas.

Llegó una gentil dama galanteando melindres y dijo que ella también quería ir al cielo; pero que había de ser por el camino de las damas. Hízoseles muy de nuevo á los circunstantes y preguntóla Virtelia:

Camino de las Damas.

¿Qué camino es ése, que hasta hoy no he tenido noticia dél?

¿Pues no está claro?, replicó ella. Que una mujer delicada como yo ha de ir por el del regalo, entre martas y entre felpas, no ayunando ni haciendo penitencia.

Bueno, por cierto, exclamó la reina de la entereza: así se os concederá, reina mía, lo que pedís, como á aquel príncipe que allí entra.

Era un poderoso, que muy á lo grave tomando asiento, dijo que él quería las virtudes; pero no las ordinarias de la gente común y plebeya, sino muy á lo señor, una virtud allá exquisita. Hasta los nombres de los santos conocidos no los quería por comunes, como el de Juan y Pedro; sino tan extravagantes, que no se hallen en ningún calendario. ¡Gran cosa, decía, el de Gastón!, ¡qué bien suena el Perafán! Pues un Claquín, Nuño, Sancho y Suero pedía una teología extravagante.

Preguntóle Virtelia si quería ir al cielo de los demás.

Pensólo y respondió que, si no había otro, que sí.

Pues, señor mío, no hay otra escalera para allá, sino la de los diez Mandamientos. Por ésos habéis de subir; que yo no he hallado hasta hoy un camino para los ricos y otro para los pobres, uno para las señoras y otro para las criadas. Una es la ley y un mismo Dios de todos.

Replicó un moderno Epicuro, gran hombre de su comodidad, diciendo:

De diciplina abajo, cualquier cosa; de oración yo no me entiendo, para ayunos no tengo salud. Ved cómo ha de ser, que yo he de entrar en el cielo.

Virtud acomodada.

Paréceme, respondió Virtelia, que vos queréis entrar calzado y vestido y no puede ser.

Porfiaba que sí y que ya se usa una virtud muy acomodada y llevadera y aun le parecía la más ajustada á la ley de Dios.

Preguntóle Virtelia en qué lo fundaba, y él:

Porque desa suerte se cumple á la letra aquello de así en la tierra como en el cielo: porque allá no se ayuna, no hay diciplina ni silicio, no se trata de penitencia, y así yo querría vivir como un bienaventurado.

Enojóse mucho Virtelia oyendo esto y díjole con escandecencia:

Infierno á pares.

¡Oh casi hereje! ¡oh malentendedor! ¿Dos cielos queríais? No es cosa que se usa; mirad por vos, que todos estos, que pretenden dos cielos, suelen tener dos infiernos.

Yo vengo, dijo uno, en busca del silencio bueno.

Riéronlo todos, diciendo:

¿Qué callar hay malo?

¡Oh, sí, respondió Virtelia, y muy perjudicial: calla el juez la justicia, calla el padre y no corrige al hijo travieso, calla el predicador y no reprehende los vicios, calla el confesor y no pondera la gravedad de la culpa, calla el malo y no se confiesa ni se enmienda, calla el deudor y niega el crédito, calla el testigo y no se averigua el delito, callan unos y otros y encúbrense los males: de suerte que, si al buencallar llaman santo, al malcallar llámenle diablo!

Estoy admirado, dijo Critilo, que ninguno viene en busca de la limosna. ¿Qué será de la liberalidad?

Es que todos se escusan de hacerla: el oficial porque no le pagan, el labrador porque no coge, el caballero que está empeñado, el príncipe que no hay mayor pobre que él, el eclesiástico que buenos pobres son los parientes.

¡Oh, engañosa escusa!, ponderaba Virtelia. Dad al pobre, siquiera el desecho, lo que ya no os puede servir.

Tampoco, que la codicia ha dado en arbitrista y el sombrero traído, que se había de dar al pobre, persuade se guarde para brahones, la capa raída para contraaforros, el manto deslucido para la criada: de modo que nada dejan para el pobre.

Llegaron unos rematadamente malos y pidieron un extremo de virtud. Tuviéronles todos por necios, diciendo que comenzasen por lo fácil y fuesen subiendo de virtud en virtud.

Mas ella:

He, dejadlos que asesten ahora muchos puntos más alto, que ellos bajarán harto después y sabed que de mis mayores enemigos suelo yo hacer mis mayores apasionados.

Venía una mujer con más años que cabellos, menos dientes y más arrugas, en busca de la Virtud.

¡Tan tarde, exclamó Andrenio! Éstas yo juraría que vienen más porque las echa el mundo, que por buscar el cielo.

Déjala, dijo Virtelia, y estímesele el no haber abierto escuela de maldad con cátreda de pestilencia. Yo aseguro que, por viejos que sean, que no vengan el tahur ni el ambicioso ni el avaro ni el bebedor: son bestias alquiladas del vicio, que todas caen muertas en el camino de su ruindad.

Deshonestos incurables.

Al contrario le sucedió á uno, que llegó en busca de la Castidad, ahito de la torpeza, gran gentilhombre de Venus, idólatra de su hijuelo. Pidió ser admitido en la cofadría de la continencia; pero no fué escuchado, por más que él abominaba de la lujuria, escupiendo y asqueando su inmundicia. Y aunque muchos de los presentes rogaron por él,

No haré tal, decía la Honestidad: no hay que fiar en éstos, bien se ayuna después de harto. Creedme que estos torpes son como los gatos de algalia, que, en volviéndoseles á llenar el senillo, se revuelcan.

Venían unos, al parecer, muy puestos en el cielo, pues miraban á él.

Éstos sí, dijo Andrenio, que con el cuerpo están en la tierra y con el espíritu en el cielo.

¡Oh, cómo te engañas!, dijo la Sagacidad, gran ministra de Virtelia. Advierte que hay algunos que, cuando más miran al cielo, entonces están más puestos en la tierra. Aquel primero es un mercader, que tiene gran cantidad de trigo para vender y anda conjurando las nubes á los ojos de sus enemigos. Al contrario, aquel otro es un labrador hidrópico de la lluvia, que jamás se vió harto de agua y anda conciliando nublados. Éste de aquí es un blasfemo, que nunca se acuerda del cielo, sino para jurarle. Aquél pide venganza y el otro es un rondante, lechuzo de las tinieblas, que desea la noche más escura, para capa de sus ruindades.

Virtud afectada.

Pidió uno si le querían alquilar algunas virtudes, suspiros, torcimiento de cuello, arquear las cejas y otros modillos de modestia. Enojóse mucho Virtelia, diciendo:

¿Pues qué, es mi palacio casa de negociación?

Escusábase él diciendo que ya muchos y muchas con la virtud ganan la comida y á título de eso la señora las introduce en el estrado, la otra las asienta á su mesa, el enfermo las llama, el pretendiente se les encomienda, el ministro las consulta, ándanse de casa en casa comiendo y bebiendo y regalándose de modo, que ya la virtud es arbitrio del regalo.

Quitaos de ahí, dijo Virtelia, que esas tales tienen tan poca virtud, como los que las llaman mucha simplicidad.

¿Quién es aquel gran personaje, héroe de la virtud, que en toda ocasión de lucimiento le encontramos? Si en casa de la Sabiduría, allí está; si en la del Valor, allí asiste; en todas partes le vemos y admiramos.

¿No conocéis, dijo Lucindo, al santísimo padre de todos? Veneradle y deprecadle siglos de vida tan heroica.

Estaban aguardando los circunstantes que tratase de coronar algunos la gran reina de la Equidad y que premiase sus hazañas; mas fuéles respondido que no hay mayor premio, que ella misma, que sus brazos son la corona de los buenos.

Y así á nuestros dos peregrinos, que estaban encogidos, venerando tan majestuosa belleza, Premio de la Virtud. los animó Lucindo á que se llegasen cerca y se abrazasen con ella, logrando una ocasión de tanta dicha. Y así fué, que coronándolos con sus reales brazos, los transformó de hombres en ángeles, candidatos de la eterna felicidad. Quisieran muchos hacer allí mansión, mas ella les dijo:

Siempre se ha de pasar adelante en la virtud; que el parar es volver atrás.

Suplicáronla, pues, los dos coronados peregrinos les mandase encaminar á su deseada Felisinda. Ella entonces, llamando cuatro de sus mayores ministras y teniéndolas delante, dijo señalando la primera:

Ésta, que es la Justicia, os dirá dónde y cómo la habéis de buscar; esta segunda, que es la Prudencia, os la descubrirá; con la tercera, que es la Fortaleza, la habéis de conseguir; y con la cuarta, que es la Templanza, la habéis de lograr.

Resonaron en esto armoniosos clarines, folla acorde de instrumentos, alborozando los ánimos y realzando sus nobles espíritus. Despertóse un céfiro fragante y bañóse todo aquel vistosísimo teatro de lucimiento. Sintiéronse tirar de las estrellas, con fuertes y suaves influjos. Fué reforzando el viento y levantándolos á lo alto, tirándoles para sí el cielo, á ser coronados de estrellas. Subieron muy altos, tanto que se perdieron de vista. Quien quisiere saber dónde pararon, adelante los ha de buscar.

CRISI XI

El tejado de vidrio y Momo tirando piedras.

Llegó la Vanidad á tal extremo de quien ella es, que pretendió lugar y no el postrero entre las Virtudes. Dió para esto memorial, en que representaba ser ella alma de las acciones, vida de las hazañas, aliento de la virtud y alimento del espíritu.

No vive, decía, la vida material quien no respira, ni la formal quien no aspira. No hay aura más fragante ni que más vivifique, que la Fama, que también alienta el alma, como el cuerpo, y es su purísimo elemento el airecillo de la honrilla. Esfuerzos de la honra. No sale obra perfecta sin algo de vanidad ni se ejecuta acción bien sin esta atención del aplauso. Parto suyo son las mayores hazañas y nobles hijos, los heroicos hechos. De suerte que sin un grano de vanidad, sin un punto de honrilla, nada está en su punto, y sin estos humillos nada luce.

No pareció del todo mal la paradoja, especialmente á algunos de primera impresión y á otros de capricho. Pero la razón, con todo su maduro parlamento, abominando una pretensión tan atrevida:

Ensanches á la naturaleza.

Sabed, dijo, que á todas las pasiones se les ha concedido algún ensanche, un desahogo en favor de la violentada naturaleza: á la Lujuria el matrimonio; á la Ira la corrección; á la Gula el sustento; á la Envidia la emulación; á la Codicia la providencia; á la Pereza la recreación, y así á todas las otras demasías; pero á la Soberbia, mirad qué tal es ella, que jamás se le permitió el más mínimo ensanche. No hay que fiar; toda es execrable. Vaya fuera, fuera, lejos, lejos. Bien es verdad que el cuidado del buen nombre es una atención loable, porque la buena fama es esmalte de la virtud, premio, que no precio. Hase de estimar la honra, pero no afectar. Más precioso es el buen nombre, que todas las riquezas. En no estando la virtud en su buen crédito, está fuera de su centro y quien no está en la gloria de su buena fama forzoso es que esté condenado al infierno de su infamia, al tormento de la desestimación, más insufrible á más conocimiento. Es la honra sombra de la virtud, que la sigue y no se consigue, huye del que la busca y busca á quien la huye, es efecto del bienobrar, pero no afecto, decorosa al fin diadema de la hermosísima Virtud.

Célebre puente, como tan temida, daba paso á la gran ciudad, ilustre corte de la heroica Honoria, aquella plausible reina de la estimación, y por eso tan venerada de todos. La puente de los Peros. Era un paso muy peligroso, por estar todo él sembrado de perinquinosos peros, en que muchos tropezaban y los más caían en el río del reir, quedando muy mojados y aun poniéndose de lodo, con mucha risa de la inumerable vulgaridad, que estaba á la mira de sus desaires.

Era de ponderar la intrepidez con que algunos confiados y otros presumidos se arrojaban y los más se despeñaban, anhelando á pasar de un extremo de bajeza á otro de ensalzamiento y tal vez de la mayor deshonra á la mayor grandeza, de lo negro á lo blanco y aun de lo amarillo á lo rojo, pero todos ellos caían con harta nota suya y risa de los sabidores.

Así le sucedió á uno, que pretendió pasar de villano á noble, otro de manchado á limpio, diciendo que tras el sábado, se sigue el domingo; pero él fué de guardar. No faltó quien del mandil á mandarín, de mozo de ciego á don Gonzalo y una otra muy desvanecida de la verdura al verdugado. Quería una pasar por doncella; más riéronse de su caída. Como otro, que quiso ser tenido por un pozo de ciencia y fué un pozo de cieno. El vulgar Sino. No había hombre, que no tropezase en su pero y para cada uno había un sino.

D. Fray Juan Cebrián.

Gran príncipe tal, pero buen hombre. Ilustre prelado aquél, si fuera tan limosnero como nuestro arzobispo. Gran letrado, si no fuera malintencionado. ¡Qué valiente soldado!; pero gran ladrón. ¡Qué honrado caballero éste; sino que es pobre! ¡Qué docto aquél; si no fuera soberbio! Fulano santo, pero simple. Qué buen sujeto aquel otro y qué prudente; pero es embarazado. Muy bien entiende las materias; mas no tiene resolución. Diligente ministro; pero no es inteligente. Gran entendimiento; pero ¡qué malempleado! ¡Qué gran mujer aquélla; sino que se descuida! ¡Qué hermosa dama; si no fuera necia! Grandes prendas las de tal sujeto; pero ¡qué desdichado! Gran médico; poco afortunado: todos se le mueren. Lindo ingenio; pero sin juicio: no tiene sindéresis.

Así todos tropezaban en su pero. Raro era el que se escapaba y único el que pasaba sin mojarse. Topaba uno con un pero de un antepasado y, aunque tan pasado, nunca maduro, jamás se pudo digerir. El río de la risa. Al contrario, otro daba de hocicos en el de sus presentes y caían todos en el río de la risa común.

Bien lo merece, decía un émulo. ¿Quién le metía al peón en caballerías?

Lástima es, decía otro, que los de tal cepa no sean puros, siendo tan hombres de bien.

Las mujeres tropezaban en una chinita, en un diamante: terribles peros son las perlas para ellas. El airecillo las hacía bambanear y el donaire caer con mucha nota. Y es lo bueno que para levantarse nadie las daba la mano, sí de mano.

De verdad, que un gran personaje tropezó en una Mota, quedando muy desairado y aseguraban fué notable desorden.

Toda la puente estaba sembrada de cabo á cabo destos indigestos peros, en que los más de los viandantes tropezaban. Y si no en uno, daban de ojos en otro, aun en los pasados. Lamentábase un discreto, diciendo:

Señores, que tropiece uno en el propio y personal, merécelo; mas en el ajeno ¿por qué? Que haya de tropezar un marido en un cabello de su mujer, en un pelillo de su hermana, ¿qué ley es ésta?

Llegó uno jurando á fe de caballero, tan bueno, decía, como el rey. No faltó quien le arrojó una erre, con que de rey, se hizo de reir. Peros arrojadizos. Á un cierto Ruy, le echó un malicioso una tilde y bastó para que rodase. Tropezó otro en un cuarto y quedóse en blanco. Rodábales á algunos la cabeza y quedaban hechos equis, por haber deslizado en los brindis.

Comenzó á pasar cierta dama, muy airosa. Hiciéronla unos y otros paso con plausible cortesía; pero al más liviano descuido dió en el lodo con toda su bizarría, que fué barro.

Tropezaban las más en piedras preciosas y eran muy despreciadas. Llegó á pasar un gran príncipe y muy adulado.

Éste sí, dijeron todos, que pasará sin riesgo; no tiene que temer: los mismos peros le temerán á él.

Mas, ¡oh caso trágico! deslizó en una pluma y tumbó al río, quedando muy mojado. En una aguja de coser tropezó alguno y en una lezna otro y era título. En una pluma de gallina un bizarro general.

¿Pues qué, si alguno entraba cojeando y de mal pie? Era cierto el rodar y en duda de tropiezo estaba la malicia por la deshonra. Creyó uno no le valdría aquí su riqueza, que en todos los demás pasos, por peligrosos que sean, suele sacar á su dueño de trabajo; mas al primer paso se desengañó. Que no vale aquí ni la espuela de oro ni la vira de plata.

Cruel paso, decían todos, el de la honra, entre tropiezos de la malicia. ¡Oh qué delicada es la fama, pues una mota es ya nota!

Aquí llegaron nuestros dos peregrinos á serlo, encaminados de Virtelia á Honoria, su gran cara, aunque confinante, tan querida, que la llamaba su gozo y su corona. Deseaban pasar á su gran corte; pero temían con razón el azaroso paso de los peros y era preciso, porque no había otro.

Estaban pasmados viendo rodar á tantos y temblábales la barba, viendo las de sus vecinos tan remojadas. Asomó en esta sazón á querer pasar un ciego. Lección de vivir. Levantaron todos el alarido, viéndole comenzar tentando, y tuvieron por cierto había de tumbar al primer paso; mas fué tan al contrario, que el ciego pasó muy derecho. Valióle el hacerse sordo. Porque, aunque unos y otros le silbaban y aun le señalaban con el dedo, él, como no veía ni oía, no se cuidaba de dichos ajenos, sino de obras propias y pasar adelante con gran quietud de ánimo. Y así sin tropezar ni en un átomo llegó al cabo de lo que quería, con dicha harto envidiada. Al punto dijo Critilo:

Este ciego ha de ser nuestra guía, que solos los ciegos, sordos y mudos pueden ya vivir en el mundo. Tomemos esta lición, seamos ciegos para los desdoros ajenos, mudos para no zaherirlos ni jactarnos, conciliando odio con la murmuración, en la recíproca venganza. Seamos sordos para no hacer caso de lo que dirán.

Con esta lición pudieron pasar. Por lo menos fueron pasaderos con admiración de muchos y imitación de pocos.

Entraron ya por aquel célebre emporio de la honra, poblado de majestuosos edificios, magníficos palacios, soberbias torres, arcos, pirámides y obeliscos, que cuestan mucho de erigir, pero después eternamente duran. Repararon luego que todos los tejados de las casas, hasta de los mismos palacios, eran de vidrio tan delicado como sencillo; muy brillantes, pero muy quebradizos, y así pocos se veían sanos y casi ninguno entero.

Descubrieron presto la causa y era un hombrecillo tan nonada, que aun de ruin jamás se veía harto. Tenía cara de pocos amigos y á todos la torcía, mal gesto y peor parecer, los ojos más asquerosos que los de un médico y sea de la cámara, brazos de acribador, que se queda con la basura, carrillos de catalán y aun más chupados, que no sólo no come á dos, pero á ninguno. De puro flaco consumido, aunque todo lo mordía. Robado de color y quitándola á todo lo bueno. Su hablar era zumbir de moscón, que en las más lindas manos, despreciando el nácar y la nieve, se asienta en el venino. Nariz de sátiro y aun más fisgona. Espalda doble, aliento insufrible, señal de entrañas gastadas. Tomaba de ojo todo lo bueno y hincaba el diente en todo lo malo. Él mismo se jactaba de tener mala vista y decía:

Maldito lo que veo.

Y miraba á todos.

Éste, pues, que por no tener cosa buena en sí todo lo hallaba malo en los otros, había tomado por gusto el dar disgusto. Andábase todo el día, y no santo, tirando peros y piedras y escondiendo la mano, sin perdonar tejado. Persuadíase cada uno que su vecino se las tiraba y arrojábale otras tantas. Éste creía que le hacía el tiro aquél y aquél que el otro, sospechando unos de otros y tirándose piedras y escondiendo todos la mano. Murmuración común. En duda arrojaban muchas por acertar con alguna y todo era confusión y popular pedrisco, de tal modo ó tan sin él, que no se podía vivir ni había quien pudiese parar. Venían por el aire volando piedras y tiros, sin saberse de dónde ni por qué. Así que no quedaba tejado sano ni honra segura ni vida inculpable. Todo era malas voces, hablillas, famas echadizas y los duendes de los chismes no paraban.

Yo no lo creo, decía uno; pero esto dicen de fulano.

Lástima es, decía otro, que de fulana se diga esto.

Y con esta capa de compasión hacía un tiro, que quebraba todo un tejado. Pero no faltaba quien de retorno les rompía á ellos las cabezas. Y á todo esto andaba revolviendo el mundo aquel duendecillo universal.

Había tomado otro más perjudicial de porte y era arrojar á los rostros, en vez de piedras, carbones, que tiznaban feamente, y así andaban casi todos mascarados, haciendo ridículas visiones, uno con un tizne en la frente, otro en la mejilla, y tal, que le cruzaba la cara, Ninguno se conoce. riéndose unos de otros, sin mirarse á sí mismos ni advertir cada uno su fealdad, sino la ajena. Era de ver y aun de reir cómo todos andaban tiznados, haciendo burla unos de otros.

¿No veis, decía uno, qué mancha tan fea tiene fulano en su linaje? ¡Y que ose hablar de los otros!

Pues él, decía otro, ¡que no vea su infamia tan notoria y se meta á hablar de las ajenas! ¡Que no haya ninguno con honra en su lengua!

Mirá quién habla, saltaba otro, teniendo la mujer que tiene. Cuánto mejor fuera cuidara él de su casa y supiera de dónde sale la gala.

Estando diciendo esto, estaba actualmente otro santiguándose:

¡Que éste no advierta que tiene él por qué callar, teniendo una hermana cual sabemos!

Pero déste, añadía otro, harto mejor fuera que se acordara él de su abuelo y quién fué. Siempre lo veréis que hablan más los que debrían menos.

¡Hay tal desvergüenza en el mundo, que ose hablar aquél!

¡Hay tal descoco de mujer, que se adelante ella á decir y quitarla á la otra la palabra de la lengua!

Desta suerte andaba el juego y la risa de todo el mundo, que siempre la mitad dél se está riendo de la otra, burlándose unos de otros y todos mascarados. Éstos se fisgaban de aquéllos y aquéllos déstos y todo era risa, ignorancia, murmuración, desprecio, presunción y necedad y triunfaba el ruincillo.

Espejo práctico.

Reparaban algunos más advertidos, si no más felices, en que se reían dellos y acudían á una fuente, espejo común en medio de una plaza, á examinarse de rostro en sus cristales y, reconociendo sus tiznes, alargaban la mano al agua, que, después de haber avisado del defeto, da el remedio y limpia. Pero, cuanto más porfiaban en lavarse y alabarse, peores se ponían, pues, enfadados los otros de su afectado desvanecimiento, decían:

¿No es éste aquel, que vendía y compraba? ¿Pues qué nos viene aquí vendiendo honras?

Aguarda ¿no es aquél hijo de aquel otro? ¿Pues por cuatro reales, que tiene, anda tan deslavado, no siendo su hidalguía tanto al uso, cuanto al aspa?

Lo peor era que la misma agua clara sacaba á luz muchas manchas, que estaban ya olvidadas. Y así, á uno, que trató de alabarse de ingénuo, le salió una ese, que era decir:

Ése es ése.

Yo lo sé de buena tinta, decía uno, que fulano es un tal.

Y no era sino harto mala, pues echaba tales borrones.

Sentía mucho cierta señora, que blasonaba de la más roja sangre del reino, se le atreviese la murmuración y no advertía que la mancha de un descuido sale más en el brocado, como la roncha en la belleza.

Estaba otra muy corrida de que siendo ya matrona la echaban en la cara no sé qué niñería de allá cuando rapaza.

Estaba el otro para conseguir una dignidad y salíale al rostro un tizne de no sé qué travesura de su mocedad.

Pero el que se sintió mucho fué un príncipe, en cuya esclarecida frente echó un historiador un borrón, sacudiendo la pluma.

Aquello de haber sido no podía uno tolerar. Que el ser ahora salga á la cara, pase; ¡pero por qué allá mi tartarabuelo lo fué!

¿Qué razón hay, que por lo que pasó en tiempo del rey que rabió, ponderaba otro, me hagan á mí rabiar?

Lo más acertado era callar y callemos y no alabarse. Porque de los blasones de las armas hacían los otros baldones. Y aun desde que dieron en lavarse en la fuente de la presunción y desvanecimiento, les salieron más manchas á la cara. Y unos otros se daban en rostro con las fealdades de allá de mil años. Ninguno sin crimen. Y fué de suerte, digo desdicha, que no quedó rostro sin lunar, ojo sin lagaña, lengua sin pelo, frente sin arruga, mano sin berruga, pie sin callo, espalda sin giba, cuello sin papera, pecho sin tos, nariz sin romadizo, uña sin enemigo, niña sin nube, cabeza sin remolino, ni pelo sin repelo. En todos había algo, que señalase con el dedo aquel malsín y de que se recelasen los otros. Y aun todos iban huyendo dél, diciendo á voces:

¡Guarda el ruincillo, guarda el maldiciente!

¡Oh maldita lengua!

Momo descubierto.

Conocieron con esto que era Momo y huyeran también, si no les emprendiera él mismo, preguntándoles: ¿qué buscan? Que parecían extraños en lo perdido.

Respondiéronle venían en busca de la buena reina Honoria. Y él al punto:

¿Mujer y buena y en esta era? Yo lo dudo. En mi boca por lo menos no lo será. Yo las conozco todas y á todos y no hallo cosa buena. El buen tiempo ya pasó y con él todo lo bueno. En boca del viejo todo lo bueno fué y todo lo malo es. Con todo eso, yo os quiero hoy servir de brújula. Vamos discurriendo por la ciudad. Probemos ventura, que no será poca hallarla, siendo una de aquellas cosas de que piensa estar lleno el mundo, cuando más vacío.

Honra mundana.

Oyeron que estaba uno persuadiendo á otro perdonase á su enemigo y se quietase y respondía él:

¿Y la honra?

Decíanle á otro que dejase la manceba y el escándalo de tantos años y él:

No sería honra ahora.

Á un blasfemo, que no jurase ni perjurase, y respondía:

¿En qué estaría la honra?

Á un pródigo, que mirase á mañana, que no tendría hacienda para cuatro días:

No es mi honra.

Á un poderoso, que no hiciese sombra al rufián y al asesino:

No es mi honra.

Pues hombres de Barrabás, dijo Momo, ¿en qué está la honra? ¿No digo yo?

Á otro lado oyeron decir á uno:

Mirá fulano, en qué pone su honra.

Y respondía éste:

Y él ¿en qué la pone? Mirá éste, mirá aquél y miradlos á todos en qué la ponen.

Decía un linajudo, muy preciado de honrado, que á él le venía muy de atrás, allá de sus antepasados, de cuyas hazañas vivía.

Esa honra, señor mío, le dijo Momo, ya no huele bien; rancia está: tratad de buscar otra más plática. Poco importa la honra antigua, si la infamia es moderna. Y si no os vestís de las ropas de vuestros antepasados, porque no son al uso, ni salís un día con la martingala de vuestro abuelo, porque se reirían de tal vejedad, no pretendáis tampoco arrear el ánimo de sus honores; buscad en nuevas hazañas la honra al uso.

No faltó quien les dijo hallarían la honra en la riqueza.

No puede ser, dijo Momo, que honra y provecho no caben en ese saco.

Encamináronse á casa de los hombres famosos y plausibles y hallaron se habían echado á dormir. Encontraron un caballero nuevo corriendo ilustre sangre y al punto dijeron:

Éste sí que sabrá della.

Halláronle, que estaba sudando y reventando, más que si llevara un mundo á cuestas. Gemía y suspiraba sin cesar.

¿Qué tiene este hombre?, dijo Andrenio. ¿De qué trasuda?

¿No ves, dijo Momo, aquel punto indivisible, que carga sobre sus hombros? Pues ése es el que le abruma.

Mirá ahora, replicó Andrenio, qué Atlante parando espaldas á un cielo, qué Hércules apuntalando la monarquía de todo el mundo.

Punto de honra.

Pues ese puntillo, ponderó Momo, les hace á muchos sudar y tal vez reventar: por conservar aquel punto en que se metió ó le metieron anda toda la vida gimiendo, fáltanle las fuerzas, añádense las cargas, crecen los gastos, menguan las haciendas y el punto no ha de faltar.

Si la habéis de hallar, les dijo uno, ha de ser en lo que arrastra.

Honra, que va por tierra, ponerse ha de lodo, dijo Critilo.

Digo que sí, que lo que arrastra honra.

Lo que honra, arrastra.

Eso no, saltó Momo. Yo digo al revés, que lo que honra arrastra y esta negra honrilla trae arrastrados á muchos. ¡Oh, á cuántos traen arrastrados las galas y cadenas de las mujeres, las libreas de los pajes, y andan corridos cuando más honrados!

Dicen que hacen lo que deben.

Yo digo al revés, que deben lo que hacen y dígalo el mercader y el oficial y los criados.

Hallaron otro y otros muchos, que estaban echando los bofes y la misma hiel por la boca.

Peor es esto, dijo Andrenio.

Pues si en algunos se ha de hallar la honra, dijo Momo, ha de ser en éstos.

¿Y por qué?

Porque revientan de honrados.

Caro les cuesta la negra de la honrilla.

Y lo peor es que, cuando más la piensan conseguir, entonces la alcanzan menos, perdiendo tal vez la vida y cuanto hay.

No os canséis, dijo uno, que no la hallaréis en toda la vida, sino en la muerte.

¿Cómo en la muerte?

Sí, que aquel día es el de las alabanzas y tras la muerte le hacen las honras.

¡Oh, qué donosa cosa!, dijo Andrenio. En un saco de tierra poca honra cabrá. Cara es la honra, que cuesta el morir y, si un muerto es tierra y nada, toda su honra será nonada.

Mucho es, ponderaba Critilo, que ni hallemos á Honoria en su corte ni la honra en una tan populosa ciudad.

Honra y en ciudad grande, dijo Momo, muy mal se encuadernan. En otro tiempo aún se hallara la honra en las ciudades; pero ya está desterrada de todas. Asegúroos que todo lo bueno se perdió en ésta, el día que echaron della aquel gran personaje, tan digno de eterna observación y conservación, á quien todos respetaban por su gran caudal y gobierno. El salía por una puerta ¡qué lástima! y todas las ruindades entraban por otra, ¡qué desdicha!

¿Qué varón fué ése, preguntaron, de tanta importancia y autoridad?

Era el gobernador de la ciudad y aun dicen hijo de la misma reina Honoria. No había Licurgo como él ni hubo jamás república de Platón tan concertada como ésta. Todo el tiempo, que él la asistió, no se conocían vicios ni se sonaba un escándalo, no paraba malhechor ni ruin. Don Pedro Pablo Zapata. Porque todos le temían más que al mismo gobernador de Aragón. Más recababa su respeto, que las mismas leyes, y más le temían á él, que á las dos columnas del suplicio. Pero luego que él faltó, se acabó todo lo bueno.

¿No nos dirías quién fué un personaje tan insigne y tan cabal?

Provechos del qué dirán.

De verdad que era bien nombrado y me espanto mucho no deis en la cuenta. Éste era el prudente, el atento, el temido ¿Qué dirán?, sujeto bien conocido, que los mismos príncipes le respetaban y aun le temían, diciendo:

¿Qué dirán de un príncipe como yo, que debiendo ser el espejo, que compone todo el mundo, soy el escándalo, que lo descompone?

¿Qué dirán, decía el título, que no cumplo con mis obligaciones, siendo tantas, que degenero de mis antepasados, famosos héroes, que me dejaron tan empeñado en hazañas y yo me empeño en bajezas?

¿Qué dirán de mí, decía el juez, que atropello la justicia, debiéndola yo amparar y de juez me hago reo? Eso no dirán de mí.

Cuando más acosada la casada, acordábase dél y decía:

¿Qué dirán de mí, que una matrona como yo de Penélope me trueco en Elena, que pago mal el buenproceder de mi marido con mi malparecer? Eso no, líbreme Dios de tan mal gusto.

Hasta la recatada doncellita se conservaba en el jardín de su retiro, diciendo:

¿Yo, que soy una fragante flor, había de dar tan mal fruto? ¿Yo, siendo una rosa, ser risa del mundo? ¿Yo ver ni ser vista? ¿Yo, por hablar, dar qué decir? De eso me guardaré yo muy bien.

¿Qué dirán, decía la viuda, que á muerto marido, amigo venido, que del riego de mi llanto nace el verde de mis gustos, que tan presto trueco el requiem en aleluya?

No dirán tal, decía el soldado, que yo me calce botas de fuina. ¿Qué dirán de un español, que entre galos soy gallina?

¿Qué dirían de un hombre de mis prendas, decía el sabio, que de alumno de Minerva me hago vil esclavo de Venus?

¿Qué dirán los mozos?, decía el viejo, y ¿qué dirán los viejos?, decía el mozo.

¿Qué dirán los vecinos?, decía el hombre de bien.

Y con esto todos se recataban.

¿Qué dirían mis émulos?, decía el cuerdo, ¿qué buen día para ellos y qué mala noche para mí?

¿Qué dirían los súbditos?, decía el superior, y ¿qué diría el superior?, decían los súbditos.

Desta suerte todo el mundo le temía y le respetaba y todo iba, no de concierto, pero muy concertado. Faltó él y faltó todo lo bueno ese mismo día. Todo está ya perdido, todo rematado. ¿Pues qué se hizo un Catón tan severo, un Licurgo tan regular qué se hizo? Que no pudiéndolo sufrir unos y otros, no pararon hasta echarle. Ostracismo vulgar. Bárbaro vulgar ostracismo se conjuró contra él y por ser bueno le desterraron al uso de hoy. Sabed que con el tiempo, que todo lo trastorna, fué creciendo esta ciudad, aumentándose en gente y confusión: que toda gran corte es Babilonia. No se conocían ya unos á otros, achaque de poblaciones grandes. Comenzaron con esto poco á poco á desestimar su gran gobierno, de ahí á no hacer caso dél, luego á atrevérsele. Como todos eran malos, no se espantaban unos de otros, no decían éstos de aquéllos; cada uno se miraba á sí y enmudecía, metía la mano en el seno y sacábala tan sarnosa, que no se picaba de la ajena. No decían ya ¿qué dirán?; sino ¿qué diré yo dél, que no diga él de mí y mucho más? Desta suerte, mancomunados todos, echaron fuera el ¿Qué dirán? y al punto se perdió la vergüenza, faltó la honra, retiróse el recato, huyó el pundonor. Ya no se atendía á obligaciones, con que todo se asoló. Al otro día la matrona dió en matrera, la doncella de vestal en bestial, el mercader á escuras, para dejar á ciegas, el juez se hizo parte con el que parte, los sabios con resabios, el soldado quebrado. Hasta el espejo universal se hizo común. Así que ya no hay honra ni se parece.

He, no nos cansemos en buscar tarde lo que otros no pudieron hallar ni al mediodía.

¿Pues en una ciudad tan famosa?, ponderaba Critilo.

Honra desestimada.

Trocóse en fumosa, dijo Momo, con tanto humo y tanto hollín y todo confusión.

Tú te engañas, replicó en alta voz un otro personaje, que allí se dejó ver, por ser bien visible en lo grueso y bienvisto en lo agradable, muy diferente de Momo y aun su antagonista en su aspecto, trato, genio, traje, hechos y dichos.

¿Qué sujeto es éste?, preguntó Andrenio á uno de los del séquito, que era tan mucho, como popular.

Y respondióle:

Bien dijiste, sujeto á todos y de todos.

¡Qué colorado que está!

Como el que de nada se pudre.

¡Qué aprovechado! Trata de vivir.

Parece hombre de lindos hígados y mejor melsa. ¿Cómo ha engordado tanto en estos tiempos?

Come el pan de todos.

Parece simple.

Es conveniencia. Porque en siendo uno entendido es temido y luego aborrecido.

No muestra saber de la misa la media.

Harto sabe, pues sabe decir amén.

¿Y cómo se llama?

Tiene muchos nombres y todos buenos. Unos le llaman el buen hombre, otros el buen Juan Escolán de Amén, manja con tuti, el buen pan, pasta real; pero su propio nombre en español es sí, sí, y en italiano bono, bono. El contrario de Momo. Y así como á Momo se le dió el nombre de No, no, que corrompida la ene por ignorancia ó malicia quedó en Momo: así á éste de bono bono le quedó el bo bo, porque todo lo abona y todo lo alaba. Pues, aunque sea la más alta necedad, dice:

Bueno, bueno.

Al más solemne disparate:

¡Qué bien!

Á la mayor mentira:

Sí, sí.

Al peor desacierto:

Está bien.

Á la más calificada bobería:

¡Lindamente!

Desta suerte vive y bebe con todos y de todo engorda, que tiene linda renta en la ajena bobería.

Pues si eso es, llamáranle Eco de la necedad. Pero díme: ¿cómo no le tuvieron por dios los antiguos, así como á Momo y con más razón, por ser más plausible y más agradable?

Hay mucho que decir en eso. Sienten unos que, aunque siempre trata de lisonjear, como cada uno piensa que se le debe lo que se le dice, ninguno lo agradece. Sirve á muchos y ninguno le paga y morirá comido de lobos. Otros dicen que realmente no es de provecho en el mundo, antes de mucho daño. Lo cierto es que la malicia humana no ha estimado tanto sus simplicidades, cuanto temido las quemazones de Momo.

Alborotóse mucho éste, luego que le vió. Trabóse entre los dos una reñida pendencia. Acudieron todos los apasionados de ambos, haciéndose á dos bandas. Lisonja perniciosa. Los sátrapas, los críticos, entendidos, bachilleres, podridos, caprichosos, satíricos y maldicientes, se empeñaron por Momo. Al contrario, los panarras, buenos hombres, amenistas, lisonjeros, sencillos y buenas pastas se hicieron á la banda de Bobo. Critilo y Andrenio se estaban á la mira, cuando se llegó á ellos un prodigioso sujeto y les dijo:

No hay mayor necedad que estárselas oyendo. Si venís en busca de la Honra, seguidme, que yo os guiaré adonde está la honra del mundo entero.

Dónde los llevó y dónde realmente la hallaron se queda para otra Crisi.

CRISI XII

El trono del mando.

Competían las Artes y las Ciencias el soberano título de reina, sol del entendimiento y augusta emperatriz de las letras. Después de haber hecho la salva á la sagrada Teología, verdaderamente divina, pues toda se consagra á conocer á Dios y rastrear sus infinitos atributos, Competencia de las Ciencias. habiéndola sublimado sobre sus cabezas y aun sobre las estrellas, que fuera indecencia adocenarla, prosiguióse la competencia entre todas las demás, que se nombran de las tejas abajo luceros de la verdad y nortes seguros del entendimiento.

Viéronse luego hacer de parte de ambas filosofías todos los mayores sujetos, los ingeniosos á la banda de la natural y los juiciosos de la moral, señalándose entre todos Platón, eternizando divinidades, y Séneca sentencias. No fué menos numeroso ni lucido el séquito de la humanidad, gente toda de buen genio. Y entre todos un discreto de capa y espada, habiendo arengado por ella, concluyó diciendo:

¡Oh plausible Enciclopedia, que á ti se reduce todo el plático saber! Tu mismo nombre de humanidad dice cuán digna eres del hombre. Con razón los entendidos te dieron el apellido de las Buenas Letras, que entre todas las Artes tú te nombras en pluralidad la buena.

Pero ya Bártulo y Baldo comenzaron á alegar por la Jurisprudencia, acotando entre los dos docientos textos con memoriosa ostentación. Probaron con evidencia que ella había hallado aquel maravilloso secreto de juntar honra y provecho, levantando los hombres á las mayores dignidades, hasta la suprema.

Riéronse desto Hipócrates y Galeno, diciendo:

Señores míos, aquí no va menos que la vida. ¿Qué vale todo sin salud? Y el complutense Pedro García, que desmintió lo vulgar de su renombre con su fama, ponderaba mucho aquel haber encargado el divino Sabio el honrar los médicos, no los letrados ni los poetas.

Aquí de la Honra y de la Fama, blasonaba un historiador. Esto sí que es dar vida y hacer inmortales las personas.

He, que para el gusto no hay cosa como la Poesía, glosaba un poeta. Bien concederé yo que la Jurisprudencia se ha alzado con la honra, la Medicina con el provecho; pero lo gustoso, lo deleitable quédese para los canoros cisnes.

¿Pues qué y la Astrología, decía un matemático, no ha de tener estrella, cuando se carea con todas y se roza con el mismo sol?

He, que para vivir y para valer, decía un ateísta, digo un estadista, á la Política me atengo. Ésta es la ciencia de los príncipes y así ella es la princesa de las ciencias.

Desta suerte corría la pretensión á todo discurrir, cuando el gran canceller de las letras, digno presidente de la docta academia, oídas las partes y bien ponderadas sus eficacísimas razones, dió muestras de pronunciar sentencia. Calmó en un punto el confuso murmullo y fué tanta la atención, cuanta la expectación. Allí se vió todo pedante sacar cuello de cigüeña, plantar de grulla, atisbar de mochuelo y parar oreja de liebre. En medio de tan antonina suspensión, que ni una mosca se oía, desabrochando el pecho el severo presidente, sacó del seno un libro enano, no tomo, sino átomo, de pocas más que doce hojas, y levantándole en alto á toda ostentación, dijo:

Práctico saber.

Ésta sí que es la corona del saber, ésta la ciencia de ciencias, ésta la brújula de los entendidos.

Estaban todos suspensos admirándose y mirándose unos á otros, deseosos de saber qué arte fuese aquélla, que según parecía no se parecía y dudaban del desempeño. Volvió él segunda vez á exagerar:

Éste sí que es el plático saber, ésta la arte de todo discreto, la que da pies y manos y aun hace espaldas á un hombre. Ésta la que del polvo de la tierra levanta un pigmeo al trono del mando. Cedan las Auténticas del César, retírense los Aforismos del médico, llamados así, ya por lo desaforado, ya porque echan fuera del mundo á todo viviente. ¡Oh qué lición ésta del valer y del medrar! Ni la política ni la filosofía ni todas juntas alcanzan lo que ésta con sola una letra.

Crecía á varas el deseo con tanta exageración y más por extrañarse en la boca de un atento.

Finalmente, dijo, este librito de oro fué parto noble de aquel célebre gramático, prodigioso desvelo de Luis Vives y se intitula: De Conscribendis epistolis; Arte de escribir...

No pudo acabar de pronunciar cartas, porque fué tal la risa de todo aquel erudito teatro, tanta la tempestad de carcajadas, que no pudo en mucho rato tomar la vez ni la voz para desempeñarse. Volvía ya á esconder el librillo en el seno con tal severidad, que bastó á serenarlos, y muy compuesto les dijo:

Mucho he sentido el veros hoy tan vulgarizantes. Sólo puede ser satisfación el reconoceros desengañados. Dictar una Carta. Advertí que no hay otro saber en el mundo todo, como el saber escribir una carta. Y quien quisiere mandar, platique aquel importante aforismo: Qui vult regnare, scribat, quien quiere reinar, escriba.

Este ponderativo suceso les refirió un ni persona ni aun hombre, sino sombra de hombre, rara visión y al cabo nada. Porque ni tenía mano en cosa ni voz ni espaldas ni piernas que hacer ni podía hombrear ni en toda su vida se vió hecha la barba. Tanto, que admirado Andrenio, le preguntó:

¿Eres ó no eres? Y si eres, ¿de qué vives?

Yo, dijo, soy sombra y así siempre ando á sombra de tejado. Y no te espantes, que los más en el mundo no nacieron más que para ser sombras de la pintura, no luces ni realces. Porque un hermano segundo ¿qué otra cosa es sino sombra del mayorazgo? El que nació para servir, el que imita, el que se deja llevar, el que no tiene sí ni no, el que no tiene voto proprio, cualquiera que depende ¿qué son todos, sino sombras de otros? Creedme, que los más son sombras. Que aquéllos las hacen y éstos les siguen. La ventura consiste en arrimarse á buen árbol, para no ser sombra de un espino, de un alcornoque, de un quejigo. Por eso yo voy en busca de algún gran hombre, para ser sombra suya y poder mandar el mundo.

¿Tú, replicó Andrenio, mandar?

Sí, pues muchos, que fueron menos y aun nada, hay llegado á mandarlo todo. Yo sé que me veréis bien presto entronizado. Dejá que lleguemos á la corte: que, si ahora soy sombra, algún día seré asombro. Vamos allá y allí veréis la honra del mundo en el ínclito, justo y valeroso Ferdinando Augusto. Honra y virtud. Él es la honra de nuestro siglo, la otra columna del non plus ultra de la fe, trono de la justicia, basa de la fortaleza y centro de toda virtud. Y creedme que no hay otra honra, sino la que se apoya en la virtud; que en el vicio no puede haber cosa grande.

Alegráronse mucho ambos peregrinos, viendo se acercaban á aquella ciudad, estancia de su buscada prenda y término de su felicidad deseada.

Corte de Cortes.

Vieron ya campear en la superioridad de la más alta eminencia una imperial ciudad, la primera que los solares rayos coronan. Fuéronse acercando y admirando un número sin cuenta de gentes, anhelando todos en su falda por subir á su corona. Para más satisfacerse ambos peregrinos, preguntaron si era aquella la corte.

¿Pues no se da bien á conocer, les respondieron, en la muchedumbre de impertinentes? Ésta es la corte y aun todas las cortes en ella. Éste es el trono del mando, donde todos revientan por subir y así llegan reventados, unos á ser primeros, otros á ser segundos y ninguno á ser postrero.

Vieron que echaban algunos, bien pocos, por el rodeo de los méritos; mas era un acabar de nunca acabar. El más manual, más que el de las letras, del valor y virtud, era el del oro; pero la dificultad consistía en fabricarse escala. Que de ordinario los más beneméritos suelen ser los más imposibilitados. Echáronle á uno por favor, más que por elección, una escala de lo alto y él, en estando arriba, la retiró, porque ningún otro subiese. Al contrario, otro arrojó desde abajo un gancho de oro y enganchóse en las manos de dos ó tres, que estaban arriba, con que pudo trepar ligero. Volatines de la ambición. Y déstos había raros volatines de la ambición, que por maromas de oro volaban ligerísimos. Estaba votando uno y blasfemando.

¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.

Y respondiéronle:

Echa votos, por los que le han faltado.

Lo que más admiraron fué que, siendo la subida muy resbaladiza y llena de deslizaderos, llegó uno y comenzó á untarlos con un unto, que en lo blanco parecía jabón y en lo brillante plata.

¡Hay más calificada necedad!, decía.

Pero él Asombrado:

Aguardá, dijo, y veréis el maravilloso efeto.

Fuélo harto, pues en virtud desta diligencia pudo subir con ligereza y seguridad, sin amagar el menor vaivén.

Untar para no resbalar.

¡Oh gran secreto, exclamó Critilo, untar las manos á otros, para que no se le deslicen á él los pies!

Ostentaban algunos prolijas barbas, torrentes de la autoridad, que, cuando más afectan ciencia, descubren mayor legalidad.

¿Por qué éstos, preguntó Andrenio, no se hacen la barba? ¡Oh, respondió el Asombrado, porque se la hagan!

Reconocieron uno, que parecía necio y realmente lo era, según aquel constante aforismo, que son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen. Y con ser incapaz, había muchos entendidos, que le ayudaban á subir y lo diligenciaban por todas las vías posibles, no cesando de acreditarle de hombre de gran testa, contra todo su dictamen, de gran valor y muy cabal para cualquier empleo.

¿Qué pretenden estos sabios, reparó Critilo, con favorecer á este tonto, procurando con tantas veras entronizarle?

¡Oh!, dijo el Asombro, ya espanto, ¿no veis que, si éste sube una vez al mando, que ellos le han de mandar á él? Es testa de ferro, en quien afianzan ellos el tenerlo todo á su mano. ¡Oh lo que valía aquí una onza de pía afición y un amigo un Perú, sobre todo, un pariente, aunque sea cuñado! Porque decían:

¡De los tuyos hayas!

Mas Critilo, anteviendo tantas y tan inaccesibles dificultades, trataba de retirarse, consolándose á lo zorro de los racimos y diciendo:

He, que el mandar, aunque es empleo de hombres, pero no felicidad. Y cierto, ponderaba, que para gobernar locos es menester gran seso y para regir necios, gran saber. Yo renuncio á los cargos por sus cargas.

Y encogiendo los hombros, volvía las espaldas. Detúvole el Asombro con aquella paradoja sentencia, para unos de vida y de muerte para otros:

Monarca ó loco.

Que un hombre había de nacer ó rey ó loco; no hay medio, ó César ó nada. ¿Qué sabio, decía, puede vivir sujeto á otro y más á un necio? Más le vale ser loco, no tanto para no sentir los desprecios, cuanto para dar luego en rey de imaginación y mandar de fantasía. Yo, con ser sombra, no me tengo por desahuciado de llegar al mando.

¿Pues en qué confías?, dijo Andrenio.

Cuando se oyó una voz, que desde lo más alto decía:

Allá va, allá va.

Estaban todos suspensos en expectación de qué vendría, cuando vieron caer á los pies de la Sombra unas espaldas de hombre y muy hombre, fuertes hombros y trabadas costillas.

Asegundó el grito:

Allá van.

Y cayeron dos manos con sus brazos tan rollizos, que parecía cada uno un brazo de hierro. Desta suerte fueron cayendo todas las prendas de un varón grande. Estaban los circunstantes atónitos de ver el suelo poblado de humanos miembros; mas la Sombra los fué recogiendo todos y revistiéndoselos de uno en uno, con que quedó muy persona, hombre de poder y valer. Y el que antes parecía nada y podía nada y era tenido en nada, se mostró ahora un tan estirado gigante, que todo lo podía. De modo que uno le hizo espaldas, otro la barba. No faltó quien le dió la mano ni quien le fuese pies. Conque pudo hacer piernas y hombrear. Hasta entendimiento tuvo quien le diese. En viéndose hombre, trató de subirse á mayores y pudo y aun prestar favor á sus camaradas, á quienes hizo espaldas para su mayor ascenso.

La fuente del olvido.

Toparon en la primera grada del medrar una fuente rara, donde todos se prevenían para la gran sed de la ambición y causaba contrarios efectos. Uno de los más notables era un olvido tan estraño de todo lo pasado, que no sólo se olvidaban de los amigos y conocidos de antes, causándoles increíble pesadumbre ver testigos de su antigua bajeza; pero de sus mismos hermanos. Y aun hubo hombre tan bárbaramente soberbio, que desconoció el padre, que le engendró, borrando de su memoria todas las obligaciones pasadas, los beneficios recibidos, favoreciendo hechuras nuevas, queriendo antes ser acreedores, que obligados. Más estimaban fiar, que pagar. Pero ¿qué mucho, si llegaron los más á olvidarse de sí mismos y de lo que habían sido, de aquellos principios de charcos, en viéndose en alta mar, y de todo cuanto les pudiera acordar su basura, obligándoles á deshacer la rueda? Infundía una ingratitud increíble, una tesura enfadosísima, una estrañez notable y al fin mudaba un entronizado totalmente, dejándole como elevado, que ni él se conocía ni los otros le acababan de conocer. ¡Tanto mudan las honras las costumbres!

Llegaron á lo alto en ocasión, que todos andaban turbados y la corte alborotada, por haber desaparecido uno de los mayores monarcas de la Europa y, habiéndole buscado por cien partes, no le podían descubrir. Sospechaban algunos se habría perdido en la caza: que no sería el primero. Que en casa de algún villano habría hecho noche, despertando de su gran sueño y cenando desengaños el que tan ayuno vivía de verdades. Príncipe de Estrella. Mas llegó el día y no pareció. Era grande y general el sentimiento, porque era amado de todos por sus grandes prendas, príncipe de estrella, que no es poco. No quedó Yuste, San Dionís, Casa de Campo, bosque ni jardín, donde no le buscasen. Hasta que finalmente le hallaron donde menos pensaban ni pudiera imaginarse, pues en un mercado, entre los ganapanes y esportilleros, vestido como uno dellos, porteando tercios y alquilando sus hombros por un real. Quedaron atónitos de verle tan trocado, comiendo un pedazo de pan con más gusto que en su palacio los faisanes. Estuvieron por un gran rato suspensos, sin acertar á decir palabra, no acabando de creer lo que veían. Quejáronsele con el debido sentimiento de que hubiese dejado su real trono y se hubiese abatido á un empleo tan soez. Mas él les respondió:

En mi palabra, que es menos pesada la mayor carga déstas, aunque sea de muchas arrobas de plomo, que la que he dejado. El tercio más cantioso me parece una paja, respeto de un mundo acuestas y que me lo han agradecido mis hombros. ¿Qué cama de brocado como este suelo, sin cuidados, donde he dormido más estas cuatro noches, que en toda mi vida?

Suplicábanle volviese á su grandeza; mas él:

Rey de sí mismo.

Dejadme estar, respondió, que ahora comienzo á vivir: ya me gozo y soy rey de mí mismo.

Pues, señor, volviéronle á hacer instancia, ¿cómo un príncipe de tan alto genio ha podido humanarse á conversar con tan vil canalla, horrura mayor del vulgo?

He, que no se me ha hecho de nuevo. ¿No andaba yo en el palacio rodeado de truhanes, simples, enanos y lisonjeros, peores sabandijas, á dicho de un rey Magnánimo?

Rogáronle unos y otros volviese al mando y él por última resolución les dijo:

Andad, que, habiendo probado ya esta vida, gran locura sería volver á la pasada.

Trataron de elegir otro, que debía ser en Polonia, y pusieron la mira en uno, nada niño y mucho hombre, Prendas majestuosas. de gran capacidad y valor, de gran inteligencia y ejecución, con otras mil prendas majestuosas, así de hombre como de rey. Presentáronle la corona; mas él, tomándola en sus manos y sospesándola, decía:

Á gran peso, gran pesar. ¿Quién podrá sufrir un dolor de cabeza de por vida? Tú pesando y yo pensando.

Pidió que por lo menos se la sustentase con dos manos un hombre de valor, porque no cargase todo el peso sobre su cabeza. Mas díjole el venerable presidente del parlamento:

Eso, Sire, más sería tener el otro la corona en su mano, que vos en la cabeza.

Llegó á vestirse la rica y vistosa púrpura y, hallándola forrada, no en martas de piedad, sino en erizos de pena, vestíasela algo holgada. Mas diciéndole el maestro de ceremonias se la había de ceñir de modo, que quedase bien ajustada, comenzó á suspirar por un pellico. Pusiéronle el cetro en la mano y fué tal el peso, que preguntó si era remo, temiendo más tempestades, que en el golfo de León. Era cuanto más precioso más pesado y tenía por remate, no las hojas de una flor, sino los ojos en frutos: un ojo muy vigilante, que valía por muchos. Preguntó qué significaba y el gran Canceller le dijo:

Cetros con ojos.

Está haciéndoos del ojo y diciendo: Sire, ojo á Dios y á los hombres, ojo á la adulación y á la entereza, ojo á conservar la paz y acabar la guerra, ojo al premio de los unos y al apremio de los otros, ojo á los que están lejos y más á los que están cerca, ojo al rico y oreja al pobre, ojo á todo y á todas partes. Mirad al cielo y á la tierra, mirad por vos y por vuestros vasallos. Todo esto y mucho más está avisando este ojo tan dispierto. Y advertí que, si tiene ojos el cetro, también tiene alma, como lo experimentaréis, tirando de la parte inferior.

Cetros con alma.

Ejecutólo y desenvainó un acicalado estoque: que es la justicia el alma del reinar. Leyéronle las leyes y pensiones de su cargo, que decían, la primera, no ser suyo, sino de todos; no tener hora propria, todas ajenas; ser esclavo común, no tener amigo personal, no oir verdades, lo que sintió mucho; haber de dar gusto á todos, contentar á Dios y á los hombres, morir en pie y despachando.

Basta, dijo, que yo también me acojo al sagrado de la libertad y desde ahora renuncio una corona, que se llamó así del corazón y sus cuidados, una púrpura felpada de cambrones, un cetro, remo y un trono, potro de dar tormento.

Acercósele un monstruo ó ministro y díjole al oído que tratase de tomar los cargos y no las cargas.

Reine, decía su madre, aunque me cueste la vida.

Tocaron á aplauso los coribantes, embelesándole con ruidosa pompa, en que salió cortejado de la noble bizarría y aclamado de la populosa vulgaridad. En medio della estaba Andrenio, ponderando la majestuosa felicidad del nuevo príncipe, cuando un estremado varón, llegándose á él, le dijo:

¿Crees tú que éste, que ves, es el príncipe que manda?

¿Cuál, pues, si éste no?, respondió Andrenio.

Y él:

¡Oh cómo te engañas de barra á barra!

Y mostrándole un esclavo vil con su argolla al cuello, cadena al pie, arrastrando un grande globo:

Éste es, le dijo, el que manda el mundo.

Túvolo ó por necedad ó por chiste y comenzóle á solemnizar.

Mas él se fué desempeñando á toda seriedad:

Porque mira, le dijo, aquella gran bola de hierros, ¿qué puede ser, sino el mundo, que él le trae al retortero? ¿Ves aquellos eslabones? Pues aquélla es la dependencia, aquel primero es el príncipe; aunque tal vez, sacando bien la cuenta, es el tercero, el quinto y tal vez el décimotercio. El segundo es un favorecido. Á éste le manda su mujer. Ella tiene un hijuelo en quien idolatra. El niño está aficionado á un esclavo, que pide al rapaz lo que se le antoja. Éste llora á su madre, ella importuna á su esposo, él aconseja al príncipe, que decreta de suerte que de eslabón en eslabón viene el mundo á andar rodando entre los pies de un esclavo, errado de sus pasiones.

Pasó el triunfo, que de todo triunfa el tiempo, y guiándoles el Varón de estremos, haciéndolos, llegaron á una gran plaza, donde cuatro ó seis personajes muy ahorrados, sin ahorrarse con ninguno y aforrándose de todos, estaban jugando á la pelota. Éste la arrojaba á aquél y aquél al otro, hasta que volvía al primero, pasando círculo político, que es el más vicioso, rodando siempre entre unos mismos, sin salir jamás de sus manos. Todos los demás estaban mirando, que no hacían otro que ver jugar. Reparó Critilo y dijo:

Ésta parece la pelota del mundo entre cuero y viento ó borra.

Y éste es, respondió el Estremado, el juego del mando, éste el gobierno de todas las comunidades y repúblicas. Unos mismos son los que mandan siempre, sin dejar tocar pelota á los demás. Que no hay política, que no tenga sus faltas y sus azares. Pero si me creéis, dejaos de todo mentido mando y seguidme, que yo os prometo mostrar el señorío real, que es el verdadero.

Aquí hacemos alto, respondió Critilo. El mayor favor sería guiarnos á casa de aquel ínclito marqués, embajador de España, cuya casa es nuestro centro, donde pensamos poner término á nuestra prolija peregrinación, hallando nuestra felicidad deseada.

Lo que les respondió y sucedió aquí, relatará la Crisi siguiente.

CRISI XIII

La jaula de todos.

Crece el cuerpo hasta los veinte y cinco años y el corazón hasta los cincuenta; mas el ánimo siempre. ¡Gran argumento de su inmortalidad! Es la edad varonil el mejor tercio de la vida, como la que está en el medio. Llega ya el hombre á su punto, el espíritu á su sazón, el discurso es sustancial, el valor cumplido y el dictamen de la razón muy ajustado á ella. Al fin todo es madurez y cordura. Desde este punto se había de comenzar á vivir; mas algunos nunca comenzaron y otros cada día comienzan. Ésta es la reina de las edades y, si no perfecta absolutamente, con menos imperfecciones. Las tres libreas del hombre. Pues no ignorante como la niñez ni loca como la mocedad ni pesada ni pasada como la vejez; que el mismo sol campa de luces al mediodía. Tres libreas de tres diferentes colores da en diversas edades la naturaleza á sus criados. Comienza por el rubio y purpurante en la aurora de la niñez; al salir del sol de la juventud, gala de color y de colores; pero viste de negro y de decencia la barba y el cabello en la edad varonil, señal de profundos pensamientos y de cuidados cuerdos; fenece con el blanco, quedándose en él la vida, que es el buen porte de la virtud, librea de la vejez lo cándido.

Había Andrenio llegado á la cumbre de la varonil edad, cuando ya Critilo iba descaeciendo cuesta abajo de la vida y aun rodando de achaque en achaque. Íbales convoyando aquel varón raro, muy de la ocasión. Porque, aunque habían topado otros bien prodigiosos en el discurso de tan varia vida, que quien mucho vive, mucho experimenta; mas éste les causó harta novedad. Porque crecía y menguaba como él quería. Gigante enano. Estirábase, cuando era menester, iba sacando el cuerpo, alzaba cabeza, levantaba la voz y hombreábase de modo, que parecía un gigante tan descomunal, que hiciera cara al mismo capitán Plaza y aun á Pepo. Por otro estremo, cuando á él le parecía, se volvía á encoger y se empequeñecía de modo, que parecía un pigmeo en lo poco y un niño en lo tratable. Estaba atónito Andrenio de ver una virtud tan variable.

No te admires, le dijo él mismo. Que yo con los que tratan de empinarse y levantarse á mayores, con los que quieren llevar las cosas de mal á mal, también sé hacer piernas; pero con los que se humillan y llevan las cosas de bien á bien me allano de modo, que de mi condición harán cera, cuando más sincera. Que tengo por blasón perdonar á los humildes y contrastar los soberbios.

Éste, pues, hombre por estremos, habiéndoles desengañado de que el marqués embajador, que ellos buscaban, no asistía ya en la corte imperial, sino en la romana con negocios de extraordinaria grandeza, y habiendo ellos resuelto, después de mucha desazón y sentimiento, proseguir el viaje de su vida hasta conseguir su alejada felicidad y marchar á la astuta Italia, ofrecióles el voluntario gigante su compaña hasta los Alpes canos, distrito ya de la sonada Vejecia.

Y porque me empeñé, decía, en mostraros el señorío verdadero, sabed que no consiste en mandar á otros, sino á sí mismo. ¿Qué importa sujete uno todo el mundo, si él no se sujeta á la razón? Y por la mayor parte, los que son señores de más, suelen serlo menos de sí mismos. Y tal vez el que más manda más se desmanda. El imperio no es felicidad, sino pensión; pero el ser señor de sus apetitos es una inestimable superioridad. Tiranía de pasiones. Asegúroos que no hay tiranía como la de una pasión y, sea cualquiera, ni hay esclavo sujeto al más bárbaro africano, como el que se cautiva de un apetito. ¡Cuántas veces querría dormir á sueño suelto el necio amante y dícele su pasión:

Quita, perro, que no se hizo para ti ese cielo; sino un infierno de estar suspirando toda la noche á los umbrales de la desvanecida belleza!

Quisiera el mísero engañar, si no satisfacer, su hambre canina y dícele su codicia:

Anda, perro, ni una sed de agua y siempre de dinero.

Suspira el ambicioso por la quietud dichosa y grítale el deseo de valer:

Hola, perro, anda aperreado toda la vida.

¿Hay Berbería tan bárbara cual ésta? He, que no hay en el mundo señorío como la libertad del corazón. Eso sí que es ser señor, príncipe, rey, y monarca de sí mismo. Esta sola ventaja os faltaba para llegar al colmo de una inmortal perfección; todo lo demás habíais conseguido, el honroso saber, el acomodado tener, la dulce mitad, el importante valor, la ventura deseada, la virtud hermosa, la honra autorizada, y desta vez el mando verdadero.

¿Qué os ha parecido, preguntó el agigantado camarada, de los bravos alemanes?

Grandes hombres, iba á decir Critilo, cuando perturbó su definición uno, que parecía venir huyendo en lo desalentado y á gritos maldistintos repetía:

¡Guarda la fiera, guarda la mala bestia!

No dejaron de asustarse y más, cuando oyeron repetir lo mismo á otro y á otros, que todos volvían atrás de espanto.

¿Es posible, dijo Andrenio, que jamás nos hemos de ver libres de monstruos ni de fieras, que toda la vida ha de ser arma?

Trataban de huir y ponerse en cobro, cuando volviéndose hacia su camarada el Gigante, no le vieron, pero le sintieron metido en uno de sus zapatos, tamañito. Creció su espanto, creyendo fuese efeto del miedo; mas él, con voz intrépida les animó, diciendo:

No temáis, no, que ésta no es desdicha, sino suerte.

¿Cómo suerte, gritó uno de los fugitivos, si está ahí una fiera tan cruel, que no perdona al hombre más persona?

¿Cómo nos guías por aquí?, instó Critilo.

Y él:

Porque es el camino de más ventajas, el de los grandes hombres, y esa fiera tan temida no es para mí asombro, sino trofeo.

Dábase á las furias, oyendo esto Andrenio, y preguntóle á uno de los menos asustados:

¿No me diríais, qué fiera es ésta?

¿Vístela tú?

Y aun he experimentado, respondió, por desgraciada dicha su fiereza.

Éste es un monstruo tan ruin como desapiadado, que sólo se sustenta de hombres muy personas. Cada día le han de echar para su pasto el mejor hombre, que se conoce, un héroe; y por el mismo caso que es conocido y nombrado, el sujeto más eminente, ya en armas, ya en letras, ya en gobierno; y si mujer, la más linda, la más bella, y luego la despedaza rosa á rosa, estrella á estrella, y se la traga; que de las feas y fieras como él no hace caso. Todos los famosos hombres peligran. En habiendo un sabio, un entendido, al punto le huele de mil leguas y hace tales estragos, que sus mismos conocidos se le traen y tal vez sus propios hermanos. Que el primer hombre, que despedazó, un hermano suyo le condujo. Es cosa lastimosa ver un gran soldado, cuanto más valiente y hazañoso, cómo perece, hecho víctima de su vilísima rabia.

¿Pues qué, á los valientes se atreve?

¿Cómo, si se atreve? Al mismo Torrecuso, al animoso Cantelmo, al mismo duque de Feria y otros tan excelentes. ¿Fiero monstruo de deshacer todo lo bueno? Pues ved cómo lo malea con dientes, con la lengua, hasta con el gestillo, con el modillo y de todas maneras.

¡Qué buen gusto debe tener!, dijo Critilo.

Antes no, pues todo lo bueno le sabe mal y no lo puede tragar, aunque muerde lo mejor. Y si tal vez se lo traga, porque lo cree, no lo puede digerir, porque no se le cuece. Tiene malísimo gusto y peor olfato, oliendo de cien leguas una eminencia y rabia por deshacerla. Y así yo doy voces:

Afuera, lindas; á huir, sabios; guardaos, valientes; alerta, príncipe: que viene, que llega rabiando la apocada bestia: ¡guarda, guarda!

He, aguarda, dijo el ya Enano gigante.

Por lo menos no puedes negar que es grande quien así se ceba en todas las cosas grandes. Antes es muy poca cosa y, aunque no hinca el diente venenoso, sino en lo que sobresale, es de todas maneras ruin y revienta cada día. No hay cosa más pestilente que su aliento, como salido de tan fatal boca, mala lengua y peores entrañas. Yo la he visto eclipsar el sol y deslucir las mismas estrellas. Los cristales empaña y la plata más brillante desdora. De suerte que, en viendo alguna cosa excelente y rara, la toma de ojo y de tema.

¿No hay un paladín, que degüelle esa horca tan perjudicial?, preguntó Andrenio.

¿Quién la ha de matar? No los pequeños, que no les hace daño; antes los venga y consuela. No los grandes hombres, porque ella acaba con todos. ¿Pues quién le ha de emprender?

¿Es bruto, ó persona?

Algo, aunque poco, tiene de hombre, de mujer mucho y de fiera todo.

Ya en esto venía para ellos un rayo en monstruo, dando crueles dentelladas, espumando veneno:

Aquí el remedio es, gritó el ya Enano, y mucho menos, no sobresalir en cosa, no lucir ni campear, no ostentar prenda alguna.

Así lo platicaron y la que venía rechinando colmillos y relamiéndose en espumajos de veneno, viéndoles que tan poco sobresalían y que el imaginado Gigante era un pigmeo, no dignándose ni aun de mirarles, los despreció, dando la vuelta á su poquedad y vileza.

¿Qué os ha parecido de la monstruosa vieja?, preguntó el ya otra vez Gigante.

Y Critilo:

Yo dudé si era el Ostracismo moderno, que á todos los insignes varones destierra y querría echar del mundo, no más de porque lo son. En oliendo un docto, le hace proceso de excelente hombre y le condena á no ser oído; al esclarecido á deslucido; al valiente le hace cargos, transformándole las proezas en deméritos; al mayor ministro y de mejor gobierno le publica por insufrible; la hermosura mayor, á no ser vista; y al fin, toda eminencia, que vaya fuera y se le quite delante.

¿Y eso ejecutaban hombres de juicio en Atenas?, replicó Andrenio.

Y hoy pasa en hecho de verdad, le respondió.

¿Y dónde van á parar tantos buenos?

¿Dónde? Los valientes á Estremadura y la Mancha, los buenos ingenios á Portugal, los cuerdos á Aragón, los hombres de bien á Castilla, las discretas á Toledo, las hermosas á Granada, los bellos decidores á Sevilla, los varones eminentes á Córdoba, los generosos á Castilla la Nueva, las mujeres honestas y recatadas á Cataluña y todo lo lucido á parar en la corte.

Á mí me pareció, dijo Andrenio, en aquel mirar de mal ojo, en el torcer de boca, en el hacer gestillos, en el modillo de hablar y en el enfadillo que era la Envidia.

La misma, respondió el Gigante; aunque ella lo niega.

Libres ya de envidiados y envidiosos, llegaron á un paso inevitable, donde asistía muy de asiento un varón muy de propósito. Éste era el que tenía en su mano la justa medida de los entendimientos, de cómo han de ser. Y era cosa rara que, llegando cada instante unos y otros á medirse, ninguno se ajustaba de todo punto. Unos se quedaban muy cortos á tres ó á cuatro dedos de necios. Ya por esto, ya por lo otro. Uno, porque, aunque en unas materias discurría, en otras no acertaba. Éste era ingenioso, pero cándido; aquél docto, pero rústico. De modo, que ninguno venía cabal del todo. Al contrario, otros pasaban del coto y eran bachilleres, resabidos, sabihondos y aun casi locos. Hablaban unos bien; pero se escuchaban. Sabían otros; pero se lo presumían. Y todos éstos enfadaban. Así que unos por cortos, otros por largos, unos por carta de más, otros de menos, todos perdían. Á unos les faltaba un pedazo de entendimiento y á otros les sobraba. Cuál y cuál, uno entre mil, venía á ser de la medida y aun quedaba en opiniones. En viendo el juicioso varón que uno no llegaba ó un otro se pasaba, los mandaba meter en la gran jaula de todos, llamada así por los infinitos, de que siempre estaba llena. Que de loco ó simple, raro es el que se escapa, los unos porque no llegan, los otros porque se pasan, condenándose todos, unos por tontos, otros por locos. Comenzó á vocearles uno de los que ya estaban dentro y decía:

Entrad acá, no tenéis que mediros, que todos somos locos, los muchos y los pocos.

Tomáronse la honra, que en la tierra de los necios, el loco es rey, y guiados de su gran hombre, entraron allá. Vieron cómo los más andaban, pero no discurrían. Cada uno con su tema y alguno con dos y tal con cuatro. Había caprichosas setas y cada uno celebraba la suya: el uno de entendido, el otro de decidor, éste de galán, aquél de bravo, tal de linajudo y cuál de afectado, de enamorados muchos, de descontentos de todo algunos. Los graciosos muy desgraciados, los dejados muy fríos, los porfiados insufribles, los singulares señalados, los valientes furiosos, los muy voluntarios fáciles, los encarecedores desacreditados, los tiesos enfadosos, los vulgares desestimados, los juradores aborrecidos, los descorteses abominados, los rencillosos malquistos, los artificiosos temidos. Admirado Andrenio de ver tan trascendente locura, quiso saber la causa y dijéronle.

Advertí que ésta es la semilla, que más cunde hoy en la tierra, pues da á ciento por uno y en partes á mil. Cada loco hace ciento y cada uno déstos otros tantos, y así en cuatro días se llena una ciudad. Yo he visto llegar hoy una loca á un pueblo y mañana haber ciento imitadoras de sus profanos trajes. Y es cosa rara que cien cuerdos no bastan hacer cuerdo un loco y un loco vuelve orates á cien cuerdos. De nada sirven los cuerdos á los locos. Éstos sí hacen gran daño á aquéllos: es en tanto grado, que ha acontecido poner un loco entre muchos y muy cuerdos por ver si se remediaría.

Y como en todo cuanto hablaba y hacía le repugnaban, comenzó á dar gritos, diciendo que le sacasen de entre aquellos locos, si no querían que perdiese el juicio en cuatro días.

Era de ponderar, cuáles procedían, sin parar un punto ni reparar en cosa y todos fuera de sí y metidos en otro de lo que eran y tal vez todo lo contrario. Porque el ignorante se imaginaba sabio, con que no estaba en sí; el nonadilla se creía gran hombre; el vil, gran caballero; la fea se soñaba hermosa; la vieja, niña; el necio, muy discreto. De suerte que ninguno está en sí ni se conoce ninguno en el caso ni en casa. Y era lo bueno que cada uno preguntaba al otro si estaba en su juicio.

¿Hombre del diablo, estáis loco?

¿Estamos en casa?, decía uno.

¿Estáis conmigo?, decía otro.

Y á fe estuviera bien apañado, si con él. Á todos los otros imaginaban sus antípodas y que andaban al revés, persuadiéndose cada uno que él iba derecho y el otro cabeza abajo, dando de colodrillo por esos cielos; él muy tieso y los otros rodando.

¡Qué errado anda fulano!, decía éste.

Y respondía el otro:

¡Qué calzado por agua va él!

Todos se burlan unos de otros. El avaro del deshonesto y éste de aquél, el español del francés y el francés del español.

¡Ay locura de todo el mundo!, filosofaba Critilo. ¡Y con cuánta razón se llamó jaula de todos!

Iban discurriendo y toparon los ingleses metidos en una muy alegre jaula.

¡Qué alegremente se condenan éstos!, dijo Andrenio.

Y respondiéronle estaban allí por vanos: es achaque de la belleza. Vieron los españoles en otra por maliciosos, los italianos por invencioneros, los alemanes por furiosos, los franceses por cien cosas y los polacos á la otra banda. Había sabandijas de todo elemento: locos del aire los soberbios, del fuego los coléricos, de la tierra los avaros y del agua los Narcisos. Y éste era simplicísimo elemento. En el quinto los lisonjeros, diciendo que sin él no se puede vivir en la corte ni en el mundo.

Topaban estremadas locuras, bravos caprichos. Había dado uno en no hacer bien á nadie y podía. Preguntóle Andrenio la causa y respondióle:

Señor mío, por no morirme luego.

Antes no, le replicaron, que, haciendo bien á todos, todos os desearán la vida.

Engañáisos, respondió él, que ya el hacer bien sale mal. Y si no, prestá vuestro dinero y veréis lo que pasa. Los más ingratos son los más beneficiados.

He, que ésos son cuatro ruines y por ellos no han de perder tantos buenos, que lo reconocen y agradecen.

¿Quién son éstos, dijo él, y harémosles un elogio?

Al fin, señor, no os canséis, que yo no me quiero morir tan presto, que ya sabéis que quien bien te hará ó se te irá ó se te morirá.

Á par déste estaba otro gran agorero y era hombre de porte. En encontrando un bizco, se volvía á casa y no salía en quince días; que si tuerto, en todo un año. No había remedio que comiese, melancólico perdido:

¿Qué tenéis?, le preguntó un amigo. ¿Qué os ha sucedido?

Y él:

Un grande azar.

¿Qué?

Que se volcó el salero en la mesa.

Riólo mucho el otro y díjole:

Dios os libre, no se vuelque la olla, que para mí no hay otro peor agüero que salir ella güera.

Hízoles gran novedad ver una jaula llena de hombres tenidos por sabios y muy ingeniosos y decía Critilo:

Señor, que estén aquí los amantes, vaya: que no va sino una letra para amentes; que estén los músicos en su traste, bien; pero ¿hombres de entendimiento?

Oh, sí, respondía Séneca: que no hay entendimiento grande sin vena.

Trabáronse de palabras, que no de razones, un alemán y un francés. Llegaron á términos de perdérselos y el francés trató al alemán de borracho y éste le llamó loco. Dióse por muy agraviado el francés y arremetiendo para él, que siempre procuran ser los agresores y con eso ganan, juraba le había de sacar la sangre pura, que no fuera poco. Y el alemán que le había de hacer saltar los sesos, que no tenía.

Púsose de por medio un español; mas, aunque echó algunos votos, no podía aplacar al francés.

No tenéis razón, le dijo, que si él os ha tratado de loco, vos á él de borracho, con que sois iguales.

No, Monsiur, decía el francés; más cargado quedo yo: peor es loco que borracho.

Malo es lo uno y lo otro, replicó el español; pero la locura es falta y la embriaguez es sobra.

Así es, dijo el francés; pero aquello de ser mentecato de alegría es una gran ventaja, es tacha de gusto.

He, que también un loco, si da en rey ó papa, pasa una linda vida. Así que no sé yo de qué os dais por tan sentido.

Siempre estoy en mis trece, dijo el francés, que yo hallo gran diferencia de loco á borracho. Porque el uno es mentecato de secano y el otro de regadío.

Estaba una mujer loca rematada de su hermosura, que las más déstas no tienen un adarme de juicio.

Ésta sí, dijo Critilo, que volverá locos á ciento.

Y aun á más, dijo Andrenio.

Y fué así, que ella estaba loca y loca su madre con ella y loco el marido de celos y locos cuantos la miraban.

Daba voces un gran personaje y decía:

¿Á mí, á un hombre como yo, de mi calidad, á un magnate intentar meterlo aquí? Eso no. Si es por esto y esto, yo tuve mi razón: no se ha de dar cuenta de las acciones á todos. Si es por aquello, engáñanse. ¿Qué saben ellos de las ejecuciones de los grandes personajes, que no las alcanzan? ¿Por qué se meten á censurarlas? Que hay historiador y aun los más, que no tocan en cielo ni en tierra.

Defendíase todo lo posible; mas los superintendentes de la jaula, tratándole muy mal hasta ajarle le llevaban muy contra su voluntad, diciendo:

Aquí no se juzga de la cordura interna, sino de la locura externa. Vaya á la jaula derecho quien hizo tantos tuertos.

Llegó Critilo y, viendo era un gran personaje bien conocido, díjoles no tenían razón de meterle allí un hombre semejante.

He, sí señor, dijeron ellos, que estos hombres grandes hacen siempre locuras de su tamaño y mayores cuanto mayores.

Por lo menos, replicó Critilo, no le pongáis en el común, sino aparte: haya una jaula retirada para los tales.

Riéronlo mucho ellos y dijeron:

Señor mío, á quien perdió el mundo entero todo él sea su jaula.

Al contrario, otro suplicaba con grande instancia le honrasen con una jaula de loco; mas los del gobierno no quisieron. Antes le llevaron á las de los simples, que estaban de la otra banda, y fué porque pretendía mandar, que á todos los pretendientes de mando los metían á un lado del limbo.

Había locos de memoria, que era cosa nueva y nunca vista; que de voluntad y entendimiento ya es ordinario. Y éstos eran los prósperos, los hartos, no acordándose de los hambrientos, los presentes de los ausentes, los de hoy de los de ayer, los que dos veces tropezaron en un mismo paso, los que se engolfaron segunda vez y los que se casaron dos, los engañados entre los bobos. Y el que dos veces, jaula doble. Y señalaron pienso á los de penseque.

Estaban altercando dos cuál había sido el mayor loco del mundo, que el primero ya se sabe. Nombraron muchos y bien solemnes, antiguos y modernos, en Francia á pares y en España á nones. Concluyeron la disputa, concluyendo el poema del galán Medoro.

Preguntó Andrenio por qué ponían los alegres junto á los tristes, los consolados á par de los podridos, los satisfechos de los confiados. Respondió uno que para igualar el peso y el pesar. Pero otro mejor, para que los unos curen con los otros.

¿Pues qué, sanan algunos?

Sí, alguno y aun ése por fuerza, como se vió en aquel, que, habiéndole sanado un gran médico, no le quería después pagar. Citóle ante el juez, que admirado de tal ingratitud, dudó si había vuelto á estar loco. Respondía que ni con él se había hecho el concierto ni le había hecho buena obra; sino muy mala en haberle vuelto á su juicio, diciendo que no había tenido mejor vida, que cuando estaba loco, pues no sentía los agravios ni advertía los desprecios, de nada se pudría. Un día se imaginaba rey, otro papa, ya rico, ya valiente y vitorioso, ya en el mundo, ya en el paraíso y siempre en gloria; pero ahora sano de lodo se consumía, de todo se pudría, viendo cuál anda todo.

Intimóle que pagase ó volviese á ser loco y él escogió esto último.

Llamóles uno con grande instancia, que estaba en la jaula de los descontentos. Comenzóles á hablar con grande consecuencia, quejándose de que le tenían allí sin causa. Daba tan buenas razones que les hizo dudar si la tendría. Porque decía:

Señores míos, ¿quién puede vivir contento con su suerte? Si es pobre, padece mil miserias; si rico, cuidados; si casado, enfados; si soltero, soledad; si sabio, impaciencias; si ignorante, engaños; si honrado, penas; si vil, injurias; si mozo, pasiones; si viejo, achaques; si solo, desamparos; si emparentado, pesares; si superior, murmuraciones; si vasallo, cargas; si retirado, melancolías; si tratable, menosprecios. ¿Pues qué ha de hacer un hombre y más si es persona? ¿Quién puede vivir contento, sino algún tonto? ¿No os parece que tengo razón? Así tuviese yo ventura, que entendimiento no me falta.

Aquí se la conocieron y grande. Mal de muchos, vivir tan satisfechos de su entendimiento, cuan descontentos de su poca dicha.

¡Oh cuántos, dijo Critilo, echan la culpa de la sobra de su locura á la falta de su ventura!

Muy confiado uno llegó á entretenerse y ver las gavias; mas al punto agarraron dél para revestirle la librea. Defendíase, preguntando que por qué. Pues él ni era músico ni enamorado ni desvanecido ni salía fianza por el mismo Creso ni había confiado en hombres ni fiado de mujeres, mucho menos de franceses, ni se había casado por los ojos á lo antiguo ni por los dedos á lo moderno contando el dinero ni había llevado plumaje ni ramo ni se mataba de lo que otros vivían ni suspiraba de lo que otros daban carcajadas ni por decir un dicho había perdido un amigo ni era de alguna de las cuatro naciones y así que á ningún traste pertenecía. Nada le valió.

Enjáulenle, gritaba el regidor mayor.

Y él:

¿Por qué?

Porque él solo se tiene por cuerdo. Y aunque no sea loco, puede ser tenido por tal, como acontece cada día. Y entiendan todos que, por cuerdos que sean, si dan los otros en decirles ¡al loco, al loco!, ó le han de sacar de tino ú de crédito.

Ponderaba Andrenio que casi todos eran hombres; no había niños ni muchachos.

Es que aún no se han enamorado, le respondió uno.

Mas otro:

¿Cómo han de perder lo que aún no tienen?

Defendía un físico que por ser húmedos de celebro; pero mejor un filósofo, que por vivir sin penas.

Trajeron los esbirros un tudesco y él decía que por yerro de cuenta. Que su mal no procedía de sequedad de celebro; sino de sobrada humedad. Y aseguraba que nunca más en su juicio, que cuando estaba borracho.

Dijéronle que en qué se fundaba. Y él con toda puridad decía que, cuando estaba de aquel modo, todo cuanto miraba le parecía andar al revés, todo al trocado, lo de arriba abajo, y como en realidad de verdad así va el mundo y todas sus cosas al revés, nunca más acertado iba él ni mejor le conocía que, cuando le miraba al revés, pues entonces le veía al derecho y como se había de mirar. Con todo cayó de su casa y le dijeron que, aunque le veía al revés, no era por andar él derecho. Y así le metieron entre los alegres.

Dondequiera que se volvían, topaban ó locos ó mentecatos: todo el mundo lleno de vacío.

Yo creí, dijo Andrenio, que todos los locos cabían en un rincón del mundo y que estaban recogidos allá en su Nuncio; y ahora veo que ocupan toda la redondez de la tierra.

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