← Table of contents
El criticón (tomo 2 de 2)

TERCERA PARTE (continued 2)

Reading edition

Éste anda por cobrar.

Á cierto hombre, que dió en decir verdades, le pronosticó muchos pesares; y al de gran lengua, gran dolor de cabeza. Á cada uno le adevinaba su paradero, como si lo viera, sin discrepar un tilde: á los liberales, el hospital; á los interesados, el infierno; á los inquietos, la cárcel y á los revoltosos, el rollo; á los maldicientes, palos y á los descarados redomas, á los capeadores, jubones y á los escaladores, la escalera; á las malas, palo santo; á los famosos, clarín; á los sonados, paseo; á los perdidos, pregones; á los entremetidos, desprecios; á los que les prueba la tierra, el mar; á los buenos pájaros, el aire; á los gavilanes, pigüelas y á los lagartos, culebra; á los cuerdos, felicidades; á los sabios, honras y á los buenos, dichas y premios.

¡Qué rara habilidad ésta!, ponderaba Andrenio. No sé qué me diera por tenerla. ¿No me enseñarías esta tu astrología?

Paréceme á mí, dijo Critilo, que no es menester muchos astrolabios para esto ni consultar muchas estrellas.

Así lo creo, dijo el Adevino; pero pasemos adelante, que yo te ofrezco, oh Andrenio, de sacarte tan adevino como yo con la experiencia y el tiempo.

¿Dónde nos llevas?

Donde todos huyen.

Pues, si huyen, ¿para qué vamos nosotros?

Y aun por eso, para huir de todos ellos. Aunque primero quería introduciros en la famosa Italia, la más célebre provincia de la Europa.

Dicen que es país de personas.

Y personadas también.

Estraño dejo ha sido el de Alemania, decía Andrenio.

Y Critilo:

Sí, cual yo me lo imaginaba.

¿Qué os ha parecido de aquella tan estendida provincia, la mayor sin duda de Europa? Decidlo en puridad.

Á mí, respondió Andrenio, la que más me ha contentado hasta hoy.

Y Critilo:

Á mí, la que menos.

Por eso no se vive en el mundo con un solo voto.

¿Qué te ha agradado á ti más en ella?

Toda de alto á bajo.

Querrás decir Alta y Baja.

Eso mismo.

Sin duda que su nombre fué su definición, llamándose Germania, a germinando, la que todo lo produce y engendra, siendo fecunda madre de vivientes y de víveres y de todo cuanto se puede imaginar para la vida humana.

Sí, replico Critilo, mucho de extensión y nada de intención, mucha cantidad y poca calidad.

He, que no es una provincia sola, proseguía Andrenio; sino muchas, que hacen una. Porque, si bien se nota, cada potentado es casi un casi rey y cada ciudad una corte, cada casa un palacio, cada castillo una ciudadela y toda ella un compuesto de populosas ciudades, ilustres cortes, suntuosos templos, hermosos edificios y inexpugnables fortalezas.

Eso mismo hallo yo, dijo Critilo, que la ocasiona su mayor ruina y su total perdición. Porque cuantos más potentados, más cabezas; cuantas más cabezas, más caprichos; y cuantos más caprichos, más disensiones. Y, como dijo Horacio, lo que los príncipes deliran, los vasallos lo suspiran.

No me puedes negar, dijo Andrenio, su abundancia y su opulencia. Mira qué abastecida de todo, que si dicen España la rica, Italia la noble, también Alemania la harta. ¡Qué abundante de granos, de ganados, pescas, cazas, frutos y frutas! ¡Qué rica de minerales! ¡Qué vestida de arboledas! ¡Qué adornada de bosques, hermoseada de prados! ¡Qué surcada de caudalosos ríos y todos navegables! De tal suerte, que tiene más ríos Alemania que las otras provincias arroyos, más lagos que las otras fuentes, más palacios que las otras casas y más cortes que las otras ciudades.

Así es, dijo Critilo, yo lo confieso; mas en eso mismo hallo yo su destruición y que su misma abundancia la arruina, pues no hace otro que ministrar leña al fuego de sus continuas guerras, en que se abrasa, sustentando contra sí muchos y numerosos ejércitos, lo que no pueden otras provincias, especialmente España, que no sufre ancas.

Pero viniendo ya á sus bellos habitadores, dijo el Acertador, ¿cómo quedais con los alemanes?

Yo muy bien, dijo Andrenio. Hanme parecido muy lindamente, son de mi genio, engáñanse las demás naciones en llamar á los alemanes los animales y me atrevo á decir que son los mas grandes hombres de la Europa.

Sí, dijo Critilo; pero no los mayores.

Tiene dos cuerpos de un español cada alemán.

Si; pero no medio corazón.

¡Qué corpulentos!

Pero sin alma.

¡Qué frescos!

Y aun fríos.

¡Qué bravos!

Y aun feroces.

¡Qué hermosos!

Nada bizarros.

¡Qué altos!

Nada altivos.

¡Qué rubios!

Hasta en la boca.

¡Qué fuerzas las suyas!

Mas sin bríos. Son de cuerpos gigantes y de almas enanas; son moderados en el vestir, no así en el comer; son parcos en el regalo de sus camas y menaje de sus casas, pero destemplados en el beber.

Hé, que ése en ellos no es vicio; sino necesidad. ¿Qué había de hacer un corpacho de un alemán sin vino? Fuera un cuerpo sin alma: él les dá alma y vida. Hablan la lengua más antigua de todas.

Y la más bárbara también.

Son curiosos de ver mundo.

Y si no, no serían dél.

Hay grandes artífices.

Pero no grandes doctos.

Hasta en los dedos tiene la sutileza.

Más valiera en el celebro.

No pueden pasar sin ellos los ejércitos.

Así como ni el cuerpo sin el vientre.

Resplandece su nobleza.

Ojalá su piedad. Pero su infelicidad es que, así como otras provincias de Europa han sido ilustres madres de insignes patriarcas, de fundadores de las Sagradas Ordenes, esta, al contrario, de, etc.

Estorbóles el proseguir un confuso tropel de gentes, que á todo correr venían haciendo por aquellos caminos, harto descaminados, al derecho y al través, atropellándose unos á otros y todos desalentados. Y lo que más admiración les causó fué ver que los mayores hombres eran los primeros en la fuga y que los mas grandes alargaban más el paso y echaban valientes trancos los gigantes y aun los cojos no eran los postreros. Atónitos nuestros flemáticos peregrinos, comenzaron á preguntar la causa de una tan fanática retirada y nadie les respondió: que aun para eso no se daban vagar.

¡Hay tal confusión! ¡vióse semejante locura!, decían, cuando mas admirado uno de su admiración dellos, les dijo:

Ó vosotros sois unos grandes sabios ó unos grandes necios en ir contra la corriente de todos.

Sábios no, le respondieron; pero si que lo deseamos ser.

Pues mirad que no muráis con ese deseo, y atrancó cien pasos.

Á huir, á huir, venía voceando otro, que ya parece que desbucha. Y pasó como un regañón.

¿Quién es esta que anda de parto?, preguntó Andrenio.

Y el Acertador:

Poco más ó menos ya yo adevino lo que es.

¿Qué cosa?

Yo os lo diré. Éstos sin duda vienen huyendo del reino de la verdad, donde nosotros vamos.

No le llames reino, replicó uno de los tránsfugas, sino plaga y con razón, pues así lastima y más hoy, que tiene alborotado el mundo, solicitándose la ojeriza universal.

¿Y qué es la causa?, le preguntaron. ¿Hay alguna novedad?

Y bien grande. ¿Eso ignoráis ahora? ¡Qué tarde llegan á vosotros las cosas! ¿No sabéis que la verdad va de parto estos días?

¿Cómo de parto?

Si, aun con la barriga en la boca, reventando por reventar.

¿Pues qué importa que pára?, replicó Critilo. ¿Por eso se inquieta el mundo? Haced que pára en buen hora y el Cielo, que la alumbre.

¿Cómo que qué importa?, levantó la voz el cortesano. ¡Qué linda flema la vuestra! Mucha Alemania gastáis. Si agora con una verdad solo no hay quien viva ni hay hombre, que la pueda tolerar, ¿qué será si dá en parir otras verdades y esas otras y todas paren?

Llenarse ha el mundo de verdades y después buscarán quien le habite.

Dígoos que se vendrá á despoblar.

¿Por qué?

Porque no habrá quien viva, ni el caballero ni el oficial ni el mercader ni el amo ni el criado. En diciendo verdad, nadie podrá vivir. Dígoos que no vendrán á quedar de cuatro partes la media. Con una verdad, que le digan á un hombre, tiene para toda la vida, ¿qué será con tantas? Bien pueden cerrar los palacios y alquilar los alcázares. No quedarán cortes ni cortijos. Con tantica verdad hay hombre, que se ahita y no es posible dijerirla: ¿qué hará con un hartazgo de verdades? Gran buche será menester. Para cada día su verdad á secas. Bien amargarán.

Hé, que muchos habrá, dijo Critilo, que no temerán las verdades, antes les vendrán nacidas.

¿Y quién será ese? Decidlo, le levantaremos una estatua. ¿Cuál será el confiado, que no le puedan estrellar una verdad entre ceja y ceja y aun darle con muchas por la cara? Y á fe, que escuecen mucho y por muchos días. Líbreos Dios de una valiente zurra de verdades. Pican que abrasan. Y sino, veamos. Díganle á la otra lo que le dijo don Pedro de Toledo:

Mire, que le diré peor, que tal.

Y replicando ella:

¿Qué me dirá?

Peor que vieja.

Plántenle al otro lucifer una verdad en un cedulón y veréis lo que se endiabla. Acuérdenle al más estirado lo que él más olvida, al más pintado sus borroncillos, píquenle con la lezna al desvanecido, díganle al otro rico que lo ganó por su pico su abuelo, que vuelva la mira atrás al que se hace tan adelante, acuérdenle lo de los pasteles al que hoy asquea los faisanes, de su cuartana al león y á la fénix de lo gusano. No os admiréis que huigamos de la verdad, que es traviesa y atraviesa el corazón. Veis allí tendido un gigante de la hinchazón, que le mató un niño y con un alfiler y hay quien dice se la vendió su abuelo. Mas él se tiene la culpa. Que hiciera orejas de mercader. Digo, pues, que no hagáis admiraciones de que todos corran de corridos.

¿De qué huyen aquellos soldados? decía Andrenio.

Porque no les digan que huyeron y que son de los de fugerunt, fugerunt.

Venía uno gritando, ¡verdad, verdad!; pero no por mi boca, menos por mis orejas.

Déstos toparéis muchos. Todos querrían les tratasen verdad y ellos no tomarla en la boca.

Ora señores, ponderaba Andrenio, que los trasgos huyan, vayan con Berzebú, nunca acá vuelvan; ¿pero los soles?

Sí, porque no les den en rostro con sus lunares.

Venía por puntos reforzando la voz:

¡Ya pare! ¡afuera!, ¡qué desbucha!, ¡á huir, príncipes, á correr, poderosos!

Y á este grito había hombre, que tomaba postas, no había ¡monta á caballo! como éste. Potentado hubo, que reventó los seis caballos de la carroza. Pero es de advertir que esto pasaba en Italia, donde se teme más una verdad, que una bala de un basilisco otomano. Que por eso corren tan pocas, le usan raras.

¿De cuándo acá está preñada esta verdad, preguntó Andrenio, que yo la tenía por decrépita y aun caduca y ahora sale con parir?

Días ha que lo está y aun años y dicen que del tiempo.

¿Según eso, mucho tendrá que echar á luz?

Por lo menos cosas bien raras.

¿Y todas serán verdades?

Todas.

Ahora vendrá bien aquello de noche mala y parir hija. ¿Por qué no pare cada año y no hacer tripa de verdades?

¡Oh, sí! ¿No hay más de desbuchar? Antes concibe en un siglo, para parir en otro.

¿Pues serán ya verdades rancias?

No á fe; sino eternas. ¿No sabes tú que las verdades son de casta de azarolas, que las podridas son las maduras y más suaves y las crudas las coloradas? Aquéllas, que hacen saltar los colores al rostro, son intratables, sólo las puede tragar un vizcaíno.

Sin duda, que allá en aquellos dorados siglos debía parir esta verdad cada día.

Menos, porque no había que decir. No concebía; todo se estaba dicho. Mas agora no puede hablar y revienta. Vase deteniendo, como la preñada erizo, que cuanto más tarda, más siente las punzas de los hijuelos y teme más el echarlos á luz. Ora, ¡qué de cosas raras tendrá guardadas en aquellas ensenadas de su notar y advertir! Por eso decía un atento: casar y callar. ¡Qué hermosos partos! ¡Qué de bellezas desbuchará!

Antes sospecho yo, dijo Critilo, que han de ser horribles monstruosidades, desaciertos increíbles, valientes desatinos, cosas al fin sin pies ni cabeza, que, si fueran aciertos, bulleran panegíricos.

Sean lo que fueren, decía el Adevino, ellas han de salir. Ella no conciba. Que, si una vez se empreña, ó reventar ó parir. Que, como dijo el mayor de los sabios ¿quién podrá detener la palabra concebida?

¿Díme, preguntó Andrenio, nunca se ha rezumado, siquiera discurrido lo que parirá esta verdad? ¿Será hijo ó hija? ¿Qué, mienten las comadres? ¿Qué, adulan los físicos? ¿No corre algún disparate claro de un tan sellado secreto?

En esto hay mucho que decir y más que callar. Luego que se tuvo por cierto este preñado, viérades asustados los interesados, cuidadosos los que se quemaban, que fueron casi todos los mortales. Trataron luego de consultar los oráculos sobre el caso. Respondióles el primero que pariría un fiero monstruo, tan aborrecible cuan feo. Considerad ahora el mortal susto de los mortales. Acudieron á otro por consuelo y le hallaron. Porque les respondió todo lo contrario, que pariría un pasmo de belleza, un hijo tan lindo cuan amable. Quedaron con esto más confusos y por sí ó por no intentaron ahogarle. Mas en vano. Que aseguran es inmortal y sépalo todo el mundo. Dicen que la verdad es como el río Guadiana, que aquí se hunde y acullá sale. Hoy no osa chistar, parece que anda sepultada, y mañana resucita, un día por rincones y al otro por corrillos y por plazas. Llegará el día del parto y veremos este secreto, saldremos de esta suspensión.

Y tú, que te picas de adivinarlo todo ¿qué sientes de esto? ¿Qué rastreas? ¿No das en quién será este monstruo y este prodigio?

Sí, dijo él, por lo menos lo que podrían ser el primero para los necios y el segundo para los cuerdos.

Yo diría que el primero es.

Pero asomó en estas un raro ente, que venía, no tanto huyendo, cuanto haciendo huir. Hacíase no sólo calle, pero plaza. Daba desaforados gritos y decía:

¿Á mí el loco, cuando hago tantos cuerdos? ¿Á mí el desatinado, que hago acertar? ¿Á mí, á mí, el sin juicio, que á muchos doy entendimiento?

¿Quién es éste?, preguntó Critilo.

Y respondióle:

Ése es un ablativo absoluto, que ni rige ni es regido. Éste es el loco del príncipe tal.

¿Cómo es posible, replicó, que un señor tan cuerdo, llamado por antonomasia el prudente y no el Séneca de España, como si el otro hubiera sido de Etiopía, cómo es creíble lleve consigo un perenal?

Y aun por eso, porque él es prudente.

¿Pues qué pretende?

Oir la verdad alguna vez, que ninguno otro se la dirá ni oirá de otra boca. No os admiréis, cuando viéredes los reyes rodeados de locos y de inocentes. Que no lo hacen sin misterio. No es por divertirle, sino por advertirle. Que ya la verdad se oye por boca de ganso. Ora caminemos, que no podemos estar ya muy lejos de la corte.

Eso de corte, escusadlo, respondió un gran contrario suyo.

¿Y por qué no?

Porque, si no se oyó jamás verdad en corte ¿cómo habrá corte de la verdad? ¿Cómo puede llamarse corte donde no se miente ni se finge, donde no hay mentidero, donde no corren cada día cien mentiras como el puño?

¿Pues qué, preguntó Andrenio, no se puede mentir en esa corte?

¿Cómo si es de la verdad?

¿Ni una mentirilla ni media ni en su ocasión, que es gran socorro?

No por cierto.

¿Ni sustentada por tres días á la francesa, que vale mucho?

Ni por uno.

¿He, vaya, que por un cuarto ni por un instante ni una equivocación á la hipócrita?

Tampoco.

¿Ni un disimular la verdad, que no es mentira? Pero ¿ni decir todas las verdades?

Ni aun eso.

¡Válgate Dios por verdad y qué puntual que eres! Casi casi voy tratando de huir también. ¿Qué, ni una escusa con el embestidor ni una lisonja con el príncipe ni un cumplimiento con el cortesano?

Nada, nada de todo eso; todo liso, todo claro.

Ahora digo que no entro yo allá. No me atrevo á pasar por una tan estrecha religión. ¿Yo vivir sin el desempeño ordinario? Será imposible. Desde ahora me despido de tal corte y á fe que no seré solo. ¿No hay embustes? Pues digo que no es corte. ¿No hay engañadores ni lisonjas ni lisonjeros ni encarecedores? Pues no habrá cortesanos. ¿No hay caballeros sin palabra ni grandes sin obra? Pues digo que ni es corte. ¿No hay casas á la malicia y calles á la pena? Vuelvo á decir que no puede ser corte. Señores ¿quién vive en este París, en este Stocolmo, quién en esta Cracovia? ¿Quién corteja á esta reina? Sola debe andarse, como la Fénix.

No falta quien la asista y la corteje, respondió el Acertador.

Porque sabrás, oh Andrenio, que, cuando los mundanos echaron la Verdad del mundo y metieron en su trono la Mentira, según refiere un amigo de Luciano, trató el Supremo Parlamento de volverla á introducir en el mundo, á petición de los mismos hombres, á instancias de los mundanos, que no podían vivir sin ella. No podían averiguarse ni con criados ni oficiales ni con las propias mujeres. Todo era mentira, enredo y confusión. Parecía un Babel todo el mundo, sin poderse entender unos á otros. Cuando decían sí, decían no; y cuando blanco, negro. Conque no había cosa cierta ni segura. Todos andaban perdidos y gritando:

¡Vuelva, vuelva la verdad!

Era dificultosa la empresa y temíase mucho el poder salir della. Porque no se hallaba quien quisiese ser el primero á decirla. ¿Quién dirá la primera verdad? Ofreciéronse grandes premios al que quisiese decir la primera y no se hallaba ninguno. No había hombre, que quisiese comenzar. Buscáronse varios medios, discurriéronse muchos arbitrios y no aprovechaban. Pues ella se ha de introducir, ella ha de volver á los humanos pechos y á arraigarse en los corazones. Véase el cómo. Teníanlo por imposible los políticos y decían:

¿Por dónde se ha de comenzar? ¿Por Italia? Es cosa de risa. ¿Por Francia? Es cuento. ¿Por Inglaterra? No hay que tratar. ¿Por España? Aún, aún; pero será dificultoso. Al fin, después de muchas juntas, se resolvió que la desliesen con mucho azúcar, para desmentir su amargura y la echasen mucho ámbar contra la fortaleza, que de sí arrojaba. Y deste modo dorada y azucarada en un tazón de oro, no de vidrio por ningún caso, que se trasluciría, luego la fuesen brindando á todos los mortales, diciendo ser una exquisita confección, una rara bebida, venida de allá de la China y aún más lejos, más preciosa que el chocolate ni que el chá ni que el broete, para que con eso hiciesen vanidad de beberle. Comenzaron, pues, á mandarla á unos y á otros por su orden. Llegaron á los príncipes los primeros, para que con su ejemplo se animasen á pasarla los demás y se compusiese el orbe todo; mas ellos de una legua sintieron su amargura. Que tienen muy despiertos los sentidos: tanto huelen como oyen; y comenzaron á dar arcadas. Alguno hubo, que por una sola gota, que pasó, comenzó luego á escupir, que aún le dura. En probándola, decían todos: ¡Qué cosa tan amarga!

Y respondían los otros:

Es la Verdad.

Pasaron con tanto á los sabios. Éstos sí decían, que toda su vida hacen estudio de averiguarla; mas ellos tan presto como la comieron la arrimaron, diciendo que tenían harto con la teórica, que no querían la práctica; en especulación, no en ejecución. Hora vamos á los varones ancianos y muchachos, que suelen hacer pasto della. Engañáronse, porque, en sintiéndola, cerraron los labios y apretaron los dientes, diciendo:

Por mi boca no; por la del otro, á la de mi vecino. Convidaron á los oficiales. Menos; antes dijeron que morirían de hambre en cuatro días, si en la boca la tomasen, especialmente los sastres. Los mercaderes, ni verla, que por eso tienen las tiendas á escuras y aborrecen sus cajones la luz. Los cortesanos, ni oírla. No se halló mujer, que la quisiese probar, y decía una:

¡Anda allá!, que mujer sin enredo, bolsa sin dinero.

Desta suerte fueron pasando por todos los estados y empleos y no se halló quien quisiese arrostrar á la Verdad. Viendo esto, se resolvieron de probar con los niños, para que tan temprano la mamasen con la leche y se hiciesen á ella. Y fué menester buscarlos muy pequeñuelos. Porque los grandecillos ya la conocían y la aborrecían á imitación de sus padres. Fueron á los locos perenales, á los simples solemnes, que todos la bebieron. Los niños, engañados con aquella primera dulzura. Los simples, porque no dieron en la cuenta, apechugaron con el vaso hasta agotarle. Llenaron el buche de verdades, comenzando al punto á regoldarlas, amargue ó no amargue. Ellos la dicen, pique ó no pique; ellos la estrellan, unos la hablan, otros la vocean. Ellos no la sepan; que, si la saben, no dejarán de decirla. Así que los niños y los locos son hoy los cortesanos desta reina, ellos los que la asisten y la cortejan.

Hallábanse ya á la entrada de una ciudad por todas partes abierta. Veíanse sus calles esentas, anchas y muy derechas, sin vueltas, revueltas ni encrucijadas. Y todas tenían salida. Las casas eran de cristal con puertas abiertas y ventanas patentes. No había celosías traidoras ni tejados encubridores. Hasta el cielo estaba muy claro y muy sereno, sin nieves de emboscadas y todo el hemisferio muy despejado.

¡Qué diferente región ésta, ponderaba Critilo, de todo lo restante del mundo!

Pero, ¡qué corta corte ésta!, decía Andrenio.

Y el Acertador:

Por eso defendía uno que la mayor corte hasta hoy había sido la de Babilonia. Perdone la triunfante Roma con sus seis millones de habitadores y Pequin en la China, en cuyo centro, puesto en alto un hombre, no descubre sino casas, con ser tan llano su hemisferio.

Estaban ya para entrar, cuando repararon en que muchos y gente de autoridad, antes de meter el pie, hacían una acción bien notable y era calafatearse muy bien las orejas con algodones. Y aun no satisfechos con esto, se ponían ambas manos en ellas y muy apretadas.

¿Qué significa esto?, preguntó Critilo. Sin duda que éstos no gustan mucho de la Verdad.

Antes no hallan otra cosa, respondió el Acertador.

¿Pues para qué es esta diligencia?

Hay un misterio en esto, dijo uno dellos mismos, que lo oyó.

Y aun una gran malicia, replicó otro.

Si es cautela, no es cautela.

Conque se trabó entre los dos una gran altercación.

De necios es el porfiar, decía el primero.

Y de discretos el disputar, replicó el segundo.

Digo que la verdad es la cosa más dulce de cuantas hay.

Y yo digo que la más amarga.

Los niños son amigos de lo dulce y la dicen: luego dulce es.

Los príncipes son enemigos de lo que amarga y la escupen: luego amarga es. Loco es el que la dice.

Y sabio el que la oye.

No es política tampoco; es embustera, es muy pesada.

También es preciosa como el oro.

Es desaliñada.

Achaque de linda.

Todos la maltratan.

Ella hace bien á todos.

Desta suerte discurrían por extremos, sin topar el medio, cuando el Acertador se puso en él y les dijo:

Amigos, menos voces y más razones. Distinguid textos y concordaréis derechos. Advertid que la verdad en la boca es muy dulce; pero en el oído es muy amarga. Para dicha no hay cosa más gustosa; pero para oída no hay cosa más desabrida. No está el primor en decir las verdades; sino en el escucharlas. Y así veréis que la verdad murmurada es todo el entretenimiento de los viejos. En esto gastan días y noches, gustan mucho de decirla; pero no que se la digan. Y en conclusión, la verdad, por activa, es muy agradable; pero por pasiva, la quinta esencia de lo aborrecible. Esto es, en murmuración, no en desengaño.

Comenzaron ya á discurrir por aquellas calles, si bien no acertaba Andrenio á dar paso y de todo temía. En viendo un niño, se ponía á temblar, y en descubriendo un orate, desmayaba. Toparon y oyeron cosas nunca dichas ni oídas, hombres nunca vistos ni conocidos. Aquí hallaron el sí, sí, y el no no. Que, aunque tan viejos, nunca los habían topado. Aquí el hombre de su palabra, que casi no le conocían. Viéndolo estaban y no lo creían, como ni al hombre de verdad y de entereza, el de andemos claros, vamos con cuenta y razón, el de la verdad por un moro. Que todos eran personajes prodigiosos.

Y aun por eso no los hemos encontrado en otras partes, decía Critilo, porque están aquí juntos.

Aquí hallaron los hombres sin artificio, las mujeres sin enredo, gente sin tramoya.

¿Qué hombres son éstos, decía Critilo, y de dónde han salido, tan opuestos con los que por allá corren? No me harto de verlos, tratarlos y conocerlos. Esto sí que es vivir, éste cielo es, que no mundo. Ya creo agora todo cuanto me dicen sin escrúpulo alguno ni temor de engaño; que antes no hacía mas que suspender el juicio y tomar un año para creer las cosas. ¿Hay mayor felicidad que vivir entre hombres de bien, de verdad de conciencia y entereza? Dios me libre de volver á los otros, que por allá se usan.

Pero duróle poco el contento. Porque, yéndose encaminando hacia la plaza Mayor, donde se lograba el transparente alcázar de la Verdad triunfante, oyeron antes de llegar allá unas descomunales voces, como salidas de las gargantas de algún gigante, que decían:

¡Guarda el monstruo, huye el coco! ¡Á huir todo el mundo, que ha parido ya la Verdad el hijo feo, el odioso, el abominable! ¡Que viene, que vuela, que llega!

Á esta espantosa voz echaron todos á huir, sin aguardarse unos á otros, á necio el postrero. Hasta el mismo Critilo, ¿quién tal creyera?, llevado del vulgar escándalo, cuando no ejemplo, se metió en fuga; por más que el Acertador le procuró detener con razones y con ruegos.

¿Dónde vas?, le gritaba.

Donde me llevan.

Mira que huyes de un cielo.

Pongamos cielo en medio.

Quien quisiere saber qué monstruo, qué tan espantoso fuese aquel feo hijo de una tan hermosa madre y dónde fueron á parar nuestros asustados peregrinos, trate de seguirlos hasta la otra Crisi.

CRISI IV

El Mundo descifrado.

Es Europa vistosa cara del mundo, grave en España, linda en Inglaterra, gallarda en Francia, discreta en Italia, fresca en Alemania, rizada en Suecia, apacible en Polonia, adamada en Grecia y ceñuda en Moscovia.

Esto les decía á nuestros dos fugitivos peregrinos un otro en lo raro, que le habían ganado, cuando perdido él á su Adevino.

Tenéis buen gusto, les decía, nacido de un buen capricho, en andaros viendo mundo y más en sus cortes, que son escuelas de toda discreta gentileza. Seréis hombres tratando con los que lo son, que eso es propiamente ver mundo. Porque advertid que va grande diferencia del ver al mirar. Que quien no entiende no atiende. Poco importa ver mucho con los ojos, si con el entendimiento nada. Ni vale el ver sin el notar. Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del mundo era el mismo mundo, cerrado cuando más abierto, pieles estendidas. Esto es, pergaminos escritos llamó el mayor de los sabios á estos cielos iluminados de luces, en vez de rasgos y de estrellas por letras. Fáciles son de entender esos brillantes caracteres, por más que algunos los llamen dificultosos enigmas. La dificultad la hallo yo en leer y entender lo que está de las tejas abajo. Porque, como todo ande en cifra y los humanos corazones estén tan sellados, inescrutables, asegúroos que el mejor letor se pierde. Y otra cosa, que, si no lleváis bien estudiada y bien sabida la contracifra de todo, os habréis de hallar perdidos, sin acertar á leer palabra ni conocer letra ni un rasgo ni un tilde.

¿Cómo es eso?, replicó Andrenio. ¿Que el mundo todo esta cifrado?

¿Pues ahora recuerdas con eso? ¿Ahora te desayunas de una tan importante verdad, después de haberle andado todo? ¡Qué buen concepto habrás hecho de las cosas!

¿De modo que todas están en cifra?

Dígote que sí, sin exceptuar un ápice. Y para que lo entiendas, ¿quién piensas tú que era aquel primer hijo de la Verdad, de quien todos huían y vosotros de los primeros?

¿Quién había de ser, respondió Andrenio, sino un monstruo tan fiero, un trasgo tan aborrecible, que aún me dura el espanto de haberle visto?

Pues hágote saber que era el odio, el primogénito de la Verdad. Ella le engendra, cuando los otros le conciben, y ella le pare con dolor ajeno.

Aguarda, dijo Critilo, y aquel otro hijo también de la Verdad tan celebrado de lindo, que no tuvimos suerte de verle, ni tratarle, ¿quién era?

Ése es el postrero, el que llega tarde. Á ése os quiero yo llevar agora para que le conozcáis y gocéis de su buen trato, discreción y respeto.

Pero, ¡que no tuviésemos suerte de ver la Verdad, se lamentaba Andrenio, ni aun esta vez, estando tan cerca, especialmente en su elemento! Que dicen es muy hermosa. No me puedo consolar.

¿Cómo qué? ¿No la viste?, replicó el Descifrador, que así dijo se llamaba. Ése es el engaño de muchos, que nunca conocen la Verdad en sí mismos, sino en los otros, y así verás que alcanzan lo que le está mal al vecino, al amigo, lo que debieran hacer, y lo dicen y lo hablan; y para sí mismos ni saben ni entienden. En llegando á sus cosas, desatinan de modo, que en las cosas ajenas son unos linces y en las suyas unos topos. Saben cómo vive la hija del otro y en qué pasos anda la mujer del vecino, y de la suya propia están muy ajenos. ¿Pero no viste alguna de tantas bellísimas hembras, que por allí discurrían?

Sí, muchas y bien lindas.

Pues todas ésas eran Verdades, cuanto más ancianas, más hermosas. Que el tiempo, que todo lo desluce, á la Verdad la embellece.

Sin duda, añadió Critilo, que aquella coronada de álamo, como reina de los tiempos, con hojas blancas de los días y negras de las noches, ¿era la Verdad?

La misma.

Yo la besé, dijo Andrenio, la una de sus blancas manos y la sentí tan amarga, que aún me dura el sinsabor.

Pues yo, dijo Critilo, la besé la otra al mismo tiempo y la hallé de azúcar. Mas ¡qué linda estaba y muy de día! Todos los treinta y tres treses de hermosura se los conté uno por uno. Ella era blanca en tres cosas, colorada en otras tres, crecida en tres y así de los demás. Pero entre todas estas perfecciones excedía la de la pequeña y dulce boca, brollador de ámbar.

Pues á mí, replicó Andrenio, me pareció toda al contrario y, aunque pocas cosas me suelen desagradar, ésta por estremo.

Paréceme, dijo el Descifrador, que vivís ambos muy opuestos en genio: lo que al uno le agrada, al otro le descontenta.

Á mí, dijo Critilo, pocas cosas me satisfacen del todo.

Pues á mí, dijo Andrenio, pocas dejan de contentarme, porque en todas hallo yo mucho bueno y procuro gozar dellas, tales cuales son, mientras no se topan otras mejores. Y éste es mi vivir, al uso de los acomodados.

Y aun necios, replicó Critilo.

Interpúsose el Descifrador:

Ya os dije que todo cuanto hay en el mundo pasa en cifra: el bueno, el malo, el ignorante y el sabio. El amigo le toparéis en cifra y aun el pariente y el hermano, hasta los padres y hijos; que las mujeres y los maridos es cosa cierta. ¡Cuanto más los suegros y cuñados, el dote fiado y la suegra de contado! Las más de las cosas no son las que se leen. Ya no hay entender pan por pan, sino por tierra; ni vino por vino, sino por agua. Que hasta los elementos están cifrados en los elementos: ¿qué serán los hombres? Donde pensaréis que hay sustancia, todo es circunstancia, y lo que parece más sólido, es más hueco, y toda cosa hueca, vacía. Solas las mujeres parecen lo que son y son lo que parecen.

¿Cómo puede ser eso, replicó Andrenio, si todas ellas de pies á cabeza no son otro que una mentirosa lisonja?

Yo te lo diré. Porque las más parecen malas y realmente que lo son. De modo que es menester ser uno muy buen letor para no leerlo todo al revés, llevando muy manual la contracifra, para ver, si el que os hace mucha cortesía, quiere engañaros; si el que besa la mano, querría morderla; si el que gasta mejor prosa, os hace la copla; si el que promete mucho, cumplirá nada; si el que ofrece ayudar, tira á descuidar para salir él con la pretensión. La lástima es que hay malísimos letores, que entienden C por B y fuera mejor D por C. No están al cabo de las cifras ni las entienden, no han estudiado la materia de intenciones, que es la más dificultosa de cuantas hay. Yo os confieso ingenuamente que anduve muchos años tan á ciegas como vosotros, hasta que tuve suerte de topar con este nuevo arte de descifrar, que llaman de discurrir los entendidos.

Pues díme, preguntó Andrenio, éstos que vamos encontrando ¿no son hombres en todo el mundo y aquellas otras no son bestias?

¡Qué bien lo entiendes!, le respondió en pocas palabras y mucha risa. He, que no lees cosa á derechas. Advierte que los más, que parecen hombres, no lo son, sino diptongos.

¿Qué cosa es diptongo?

Una rara mezcla. Diptongo es un hombre con voz de mujer y una mujer, que habla como hombre. Diptongo es un marido con melindres y la mujer con calzones. Diptongo es un niño de sesenta años y uno sin camisa, crujiendo seda. Diptongo es un francés injerto en español, que es la peor mezcla de cuantas hay. Diptongo hay de amo y mozo.

¿Cómo puede ser eso?

Bien mal. Un señor en servicio de su mismo criado. Hasta de ángel y de demonio le hay, serafín en la cara y duende en el alma. Diptongo hay de sol y de luna en la variedad y belleza. Diptongo toparéis de sí y de no. Y diptongo es un monjil forrado de verde. Los más son diptongos en el mundo. Unos compuestos de fieras y hombres, otros de hombres y bestias, cuál de político y raposo y cuál de lobo y avaro, de hombre y gallina. Muchos bravos de hipogrifos, muchas tías y de lobas, las sobrinas de micos, y de hombres los pequeños, y los agigantados de la gran bestia. Hallaréis los más vacíos de sustancia y rebutidos de impertinencia. Que conversar con un necio no es otro que estar toda una tarde sacando pajas de una albarda. Los indoctos afectados son buñuelos sin miel y los podridos, bizcochos de galera. Aquel tan tieso cuan enfadoso es diptongo de hombre y estatua: y déstos toparéis muchos. Aquel otro, que os parece un Hércules con clava, no es sino con rueca: que son muchos los diptongos afeminados. Los peores son los caricompuestos de virtud y de vicio, que abrasan el mundo. Pues no hay mayor enemigo de la verdad, que la verisimilitud, así como los de hipócrita malicia. Veréis hombres comunes injertos en particulares y mecánicos en nobles. Aunque veáis algunos con vellocino de oro, advertid que son borregos y que los Cornelios son ya Tácitos y los Lucios, Apuleyos. ¿Pero qué mucho, si aun en las mismas frutas hay diptongos, que compraréis peras y comeréis manzanas y compraréis manzanas y os las dirán que son peras?

¿Qué os diré de las paréntesis? Aquellas que ni hacen ni deshacen en la oración, hombres que ni atan ni desatan, no sirven sino de embarazar el mundo. Hacen algunos número de cuarto Conde y quinto Duque en sus ilustres casas, añadiendo cantidad, no calidad. Que hay paréntesis del valor y digresiones de la fama. ¡Oh, cuántos déstos no vinieron á propósito ni á tiempo!

De verdad, dijo Critilo, que me va contentando este arte de descifrar y aun digo que no se puede dar un paso sin él.

¿Cuántas cifras habrá en el mundo?, preguntó Andrenio.

Infinitas y muy dificultosas de conocer; mas yo prometo declararos algunas, digo las corrientes; que todas sería imposible. La más universal entre ellas y que ahorca medio mundo, es el etcétera.

Ya la he oído usar algunas veces, dijo Andrenio; pero nunca había reparado como ahora ni me daba por entendido.

¡Oh, que dice mucho y se explica poco! No habéis visto estar hablando dos y pasar otro:

¿Quién es aquél?

¿Quién? Fulano.

No lo entiendo.

¡Oh, válgame Dios!, dice el otro: aquel que..., etcétera.

¡Oh, sí, sí, ya lo entiendo!

Pues eso es el etcétera.

¿Aquella otra quién es?

¿Qué, no la conocéis?

Aquella es la que..., etcétera.

Sí, sí, ya doy en la cuenta.

Aquel es, cuya hermana..., etcétera.

No digáis más, que ya estoy al cabo.

Pues eso es el etcétera. Enfádase uno con otro y dícele:

Quite allá, que es un..., etcétera. Váyase para una..., etcétera.

Entiéndense mil cosas con ella y todas notables. Reparad en aquel monstruo casado con aquel ángel. ¿Pensaréis que es su marido?

¿Pues qué había de ser?

¡Oh qué lindo! Sabed que no lo es.

¿Pues qué?

No se puede decir: es un..., etcétera.

¡Válgate por la cifra y quién había de dar con ella!

Aquella otra, que se nombra tía, no lo es.

¿Pues qué?

Etcétera.

La otra por doncella, el primo de la prima, el amigo del marido.

Hé, que no lo son, por ningún caso; no son sino..., etcétera.

El sobrino del tío.

Que no lo es, sino..., etcétera. Digo sobrino de su hermano.

Hay cien cosas á esta traza, que no se pueden explicar de otra manera y así echamos un etcétera, cuando queremos que nos entiendan sin acabarnos de declarar. Y os aseguro que siempre dice mucho más de lo que se pudiera expresar. Hombre hay que habla siempre por etcétera y que llena una carta dellas; pero, si no van preñadas, son sencillas y otras tantas necedades. Por eso conocí yo uno, que le llamaron el licenciado de etcétera, así como á otro el licenciado del chiste. Reparad bien que os prometo que casi todo el mundo es un etcétera.

Gran cifra es ésta, decía Andrenio, abreviatura de todo lo malo y lo peor. Dios nos libre de ella y de que caiga sobre nosotros. ¡Qué preñada y qué llena de alusiones! ¡Qué de historias que toca y todas raras! Yo la repasaré muy bien.

Pues pasemos adelante, dijo el Descifrador.

Otra os quiero enseñar, que es más dificultosa y, por no ser tan universal, no es tan común; pero muy importante.

¿Y cómo la llaman?

Cutildeque. Es menester gran sutileza para entenderla, porque incluye muchas y muy enfadosas impertinencias y se descifra por ella la necia afectación. ¿No oís aquel que habla con eco, escuchándose las palabras con pocas razones?

Sí y aun parece hombre discreto.

Pues no lo es; sino un afectado, un presumido y, en una palabra, él es un Cutildeque. Notad aquel otro, que se compone y hace los graves y los tiesos; aquel otro que afecta misterios y habla por sacramentos; aquel que va vendiendo secretos. Parecen grandes hombres. Pues no lo son; sino que lo querrían parecer. No son sino figuras en cifra de Cutildeque. Reparad en aquel atufadillo, que se va paseando la mano por el pecho y diciendo:

¡Qué gran hombre se cría aquí, qué prelado, qué presidente!

Pues aquel otro, que no le pesa haber nacido, también es Cutildeque. El atildado estase dicho, el mirlado, el abemolado y que habla con la voz flautada, con tonillo de falsete, el ceremonioso, el espetado, el acartonado y otros muchos de la categoría del enfado, todos éstos se descifran por la Cutildeque.

¡Qué docto se quiere ostentar aquél, dijo Andrenio! ¡Qué bien vende lo que sabe!

Señal que es ciencia comprada y no inventada y advierte que no es letrado; más tiene de Cutildeque, que de otras letras. Todos estos atildados afectan parecer algo y al cabo son nada. Y si acertáis á descifrarlos, hallaréis que no son otro que figuras en cifra de Cutildeque.

¡Aguarda!, y aquellos otros, dijo Andrenio, tan alzados y dispuestos, que parece los puso en zancos la misma naturaleza ó que su estrella los aventajó á los demás y así los miran por encima del hombro y dicen: ¡ah de abajo!, ¿quién anda por esos suelos? Éstos sí, que serán muy hombres, pues hay tres y cuatro de los otros en cada uno dellos.

¡Oh, qué mal que lees!, le dijo el Descifrador. Advierte que lo que menos tienen es de hombres. Nunca verás que los muy alzados sean realzados y, aunque crecieron tanto, no llegaron á ser personas. Lo cierto es que no son letras ni hay que saber en ellos, según aquel refrán: hombre largo, pocas veces sabio.

¿Pues de qué sirven en el mundo?

¿De qué? De embarazar. Éstos son una cierta cifra, que llaman zancón y es decir que no se ha de medir uno por las zancas; no por cierto, sino por la testa, que de ordinario lo que echó en éstos la naturaleza en gambas, les quitó de cerbelo; lo que les sobra de cuerpo, les hace falta de alma. Levantan los desproporcionados tercios el cuerpo, mas no el espíritu. Quédaseles del cuello abajo. No pasa tan arriba y así veréis que por maravilla les llega á la boca y se les conoce en la poca sustancia, con que hablan. Mira qué trancos da aquel zancón, que por allí pasa las calles y plazas, anexia, y con todo eso anda mucho y discurre poco.

¡Oh, lo que abarca aquel otro de suelo!, ponderaba Andrenio.

Sí; pero cuán poquito de cielo y, aunque tan alto, muy lejos está de tocar con la coronilla en las estrellas. Destos tales zancones toparéis muchos en el mundo, tendréislos en lo que son, llevando la contracifra. Por otra parte veréis que se paga mucho el vulgo de ellos y más cuanto más corpulentos. Creyendo que consiste en la gordura la sustancia, miden la calidad por la cantidad y, como los ven hombres de fachada, conciben dellos altamente. Llena mucho una gentil presencia. Por poco que favorezca el espíritu, parece uno doblado y más, si es hombre de puesto. Pero ya digo, por lo común, ellos, bien descifrados, no son otros que zancones.

Según eso, dijo Andrenio, aquellos otros sus antípodas, aquellos pequeños y por otro nombre ruincillos, que por maravilla escapan de ahí, aquellos, que hacen del hombre, porque no lo son siquiera por parecerlo, semilla de títeres, moviéndose todos, que ni paran ni dejan parar, amasados con azogue, que todos se mueven, hechos de goznes, gente de polvorín, picantes granos, aquel que se estira, porque no le cabe el alma en la vaina, el otro gravecillo, que afecta el ser persona y nunca sale de personilla, con poco se llena, chimenea baja y angosta, toda es humos: ¿todos éstos sí, que serán letras?

De ningún modo: digo que no lo son.

¿Pues qué?

Añadiduras de letras, puntillos de íes y tildes de eñes. Por eso es menester guardarles los aires, que siempre andan en puntillos y de puntillas. Ni hay mucho que fiar ni que confiar de personeta ni de sus otros consonantes. Son chiquitos y poquitos y menuditos. Y así dice el catalán:

Poca cosa, para forsa.

Yo conocí un gran ministro, que jamás quiso hablar con ningún hombre muy pequeño ni les escuchaba. Llevan el alma en pena. Si andan, no tocan en tierra, porque van de puntillas, y, si se sientan, ni tocan ni en cielo ni en tierra. Tienen reconcentrada la malicia y así tienen malas entrañuelas. Son de casta de sabandijas pequeñas, que todas pican, que matan. Al fin ellos son abreviaturas de hombres y cifra de personillas.

Otra cifra me olvidaba, que os importará mucho el conocerla, la más platicada y la menos sabida. Entiéndense mil cosas en ella y todas muy al contrario de lo que pintan y por eso se han de leer al revés. ¿No veis aquél del cuello torcido? ¿Pensaréis que tiene muy recta la intención?

Claro es eso, respondió Andrenio.

¿Creeréis que es un beato?

Y con razón.

Pues sabed que no lo es.

¿Pues qué?

Un Alterutrum.

¿Qué cosa es Alterutrum?

Una gran cifra, que abrevia el mundo entero y todo muy al contrario de lo que parece. Aquel de las grandes melenas ¿bien pensaréis que es un león?

Yo por tal le tengo.

En lo rapante ya podría; pero aténgome más á las plumas de gallina que tremola, que á las guedejas que ondea. Aquel otro de la barba ancha y autorizada ¿creerás tú que tiene de mente lo que de mento?

Téngole por un Bártulo moderno.

Pues no es sino un Alterutrum, un semicapro lego, de quien decía un mecánico:

Pruébeme el señor licenciado que es letrado, que al punto sacaré de la vecindad mi herrería.

¡Qué brava hazañería hace aquel otro de ministro!

Y cuando más celoso del servicio real, entonces hace el suyo de plata. Que no es sino un Alterutrum, que de achaque de gorrón de Salamanca, come hoy lo que entonces ayunó: los veinte mil de renta, cuando se están comiendo de sarna los mayores soldados y los primogénitos de la fama la delinean. Prométoos que está lleno el mundo de Alterutrunes, muy otros de lo que se muestran. Que todo pasa en representación, para unos comedia, cuando para otros tragedia. El que parece sabio, el que valiente, el entendido, el celoso, el beato, el cauto más que casto, todos pasan en cifra de Alterutrum. Observadle bien, que si no, á cada paso tropezaréis en ella. Estudiad la contracifra de suerte, que no á todo vestido de sayal tengáis por monje ni el otro, porque roce seda, dejará de ser mico. Toparéis brutos en doradas salas y bestias, que volvieron de Roma borregos felpados de oro. Al oficial veréis en cifra de caballero; al caballero, de título; al título, de grande; al grande, en la de príncipe. Cubre hoy el pecho con la espada roja el que ayer con el mandil. Lleva el nieto la insignia verde y llevó el abuelo el babador amarillo. Jura éste á fe de caballero y pudiera de gentil. Cuando oigáis á uno prometerlo todo, entended Alterutrum, que dará nada; y cuando responda el otro á vuestra súplica un sí, sí duplicado, creed Alterutrum: que dos afirmaciones niegan, así como dos negaciones afirman. Esperad más de un no, no, que de un doblado sí, sí. Cuando al pagar dice el médico no, no, habla en cifra y toma en realidad. Cuando os dijere el otro: Señor, veámonos, es decir que no os le pongáis delante; el yo iré á vuestra casa es lo mismo que no pondrá los pies en ella; aquí está mi casa es atrancar las puertas. Y cuando el otro dice: ¿habéis menester algo?, bien descifrado es lo mismo que decir: pues idlo á buscar. Y cuando dice: mirad si se os ofrece alguna cosa, entonces echa otro ñudo á la bolsa. Á esta traza habéis de descifrar los más apretados cumplimientos: todo soy vuestro entended que es muy suyo; ¡oh lo que me alegro de veros! y más de aquí á veinte años; mandadme algo entended que en testamento. Créeselo todo el otro necio y, en llegando la contracifra de la ocasión, se halla engañado.

Otras muchas hay, que llaman de arte mayor: ésas son muy dificultosas, quedarán para otra ocasión.

Ésas, replicó Critilo, que á todo había callado, me holgara yo saber en primer lugar. Porque estas otras, que nos has dicho, los niños las aprenden en la cartilla.

Ahí verás, dijo el Descifrador, que, aun comenzando tan temprano á estudiarlas, tarde llegan á entenderlas. Á los niños los destetan con ellas y los hombres las ignoran. Estudiad por agora éstas y platicad las contracifras, que estas otras yo os ofrezco explicároslas en el arte de discurrir, para que haga pareja con la de concebir.

Desta suerte divertidos, se hallaron sin advertir en medio de una gran plaza, emporio célebre de la apariencia y teatro espacioso de la ostentación, del hacer parecer las cosas, muy frecuentado en esta era, para ver las humanas tropelías y las tramoyas tan introducidas. Hoy vieron á la una y otra hacer á varias oficinas, aunque tenidas por mecánicas, nada vulgares, y más para los entendidos y entendedores. En una estaban dorando cosas varias, yerros de necedades, con tal sutileza, que pasaban plaza de aciertos. Doraban albardas, estatuas, terrones, guijarros y maderos, hasta muladares y albañales. Parecían muy bien de luego; pero con el tiempo caíaseles el oro y descubríase el lodo.

Basta, dijo Critilo, que no es todo oro lo que reluce.

Aquí sí, respondió el Descifrador, que hay que discurrir y bien que descifrar. Creedme que, por más que se quieran dorar los desaciertos, ellos son yerros y lo parecerán después. ¡Querernos persuadir que el matar un príncipe y por su mano, horrible hazaña á sus nobilísimos cuñados, por solas vanas sospechas, entristeciendo todo el reino, que fué celo de justicia! Díganle al que tal escribe que es querer dorar un yerro. ¡Defender que el otro rey no fué cruel ni se ha de llamar así, sino el justiciero! Díganle al que tal estampa que tiene pequeña mano para tapar la boca á todo el mundo. ¡Decir que el perseguir los propios hijos y hacerles guerra, encarcelarlos y quitarles la vida que fué obligación y no pasión! Respóndaseles que, por más que los quieran dorar con capa de justicia, siempre serán yerros. ¡Publicar que el dejamiento y remisión, que ocasionó más muertes de grandes y de señores, que la misma crueldad, que eso nació de bondad y de clemencia! Díganle al que eso escribe que es querer dorar un yerro. Pero poco importa, que el tiempo deslucirá el oro y sobresaldrá el yerro y triunfará la verdad.

Confitaban en otra varias frutas ásperas, acedas y desabridas, procurando con el artificio desmentir lo insulso y lo amargo. Sacáronles una gran fuente destos dulces, que no sólo no recusaron; pero la lograron, diciendo era debido á su vejez. Cebóse en ellos Andrenio, celebrándolos mucho; mas el Descifrador tomando uno en la mano:

¿Veis, dijo, qué bocado tan regalado éste? ¡Pues, si supiésedes lo que es!

¿Qué ha de ser, dijo Andrenio, sino un terrón de azúcar de Gandía?

Pues sabed que fué un pedazo de una insulsa calabaza, sin el picante moral y sin el agrio satírico. Este otro, que cruje entre los dientes, era un troncho de lechuga. Mirad lo que puede el artificio y qué de hombres sin sabor y sin saber se disfrazan desta suerte y tan celebrados por grandes hombres. Confitan su agria condición y su aspereza á los principios. Azucaran otros el no y el mal despacho, enviando al pretendiente, si no despachado, no despechado.

Ésta otra era una naranja palaciega, tan amarga en la corteza, como agria en lo interior. Atended qué dulce se vende con el buen modo. ¡Quién tal creyera! Éstas eran guindas intratables y hanlas conficionado de suerte, que son regalo. Ésta era flor de azar, que ya hasta los azares se confitan y son golosina. Y hay hombres tan hallados con ellos, como Mitridates con el veneno. Aquel tan apetitoso era un pepino, escándalo de la salud, y aquel otro, un almendruco. Que hay gustos, que se ceban en un poco de madera. De modo, que andan unos á cifrar y otros á descifrar y dar á entender.

Junto á éstos estaban los tintoreros, dando raros colores á los hechos. Usaban de diferentes tintas para teñir del color que querían los sucesos y así daban muy bien color á lo más malhecho y echaban á la buena parte lo maldicho, haciendo pasar negro por blanco y malo por bueno. Historiadores de pincel, no de pluma, dando buena ó mala cara á todo lo que querían.

Trabajaban los contraolores, dándole bueno al mismo cieno y desmintiendo la hediondez de sus costumbres y el mal aliento de la boca con el almizcle y el ámbar. Solos á los sogueros celebró mucho el Descifrador, por andar al revés de todos.

En llegando aquí se sintieron tirar del oído y aun arrebatarles la atención. Miraron á un lado y á otro y vieron sobre un vulgar teatro un valiente decitore, rodeado de una gran muela de gente, y ellos eran los molidos. Teníalos en son de presos aherrojados de las orejas, no con las cadenillas de oro del Tebano, sino con bridas de hierro. Éste, pues, con valiente parola, que importa el saberla bornear, estaba vendiendo maravillas.

Agora quiero mostraros, les decía, un alado prodigio, un portento del entender. Huélgome de tratar con personas entendidas, con hombres que lo son. Pero también sé decir que el que no tuviere un prodigioso entendimiento, bien puede despedirse desde luego, que no hará concepto de cosas tan altas y sutiles. Alerta, pues, mis entendidos, que sale una águila de Júpiter, que habla y discurre como tal, que se ríe á lo Zoilo y pica á lo Aristarco. No dirá palabra, que no encierre un misterio, que no contenga un concepto, con cien alusiones á cien cosas. Todo cuanto dirá serán profundidades y sentencias.

Éste, dijo Critilo, sin duda será algún rico, algún poderoso. Que, si él fuera pobre, nada valiera cuanto dijera. Que se canta bien con voz de plata y se habla mejor con pico de oro.

Ea, decía el Charlatán, tómense la honra los que no fueren águilas en el entender, que no tienen que atender. ¿Qué es esto? ¿Ninguno se va? ¿Nadie se mueve?

El caso fué que ninguno se dió por entendido, de desentendido; antes todos por muy entendedores. Todos mostraron estimarse mucho y concebir altamente de sí. Comenzó ya á tirar de una grosera brida y asomó el Mus, estallido de los brutos, que aun el nombrarle ofende.

He aquí, exclamó el Embustero, una águila á todas luces en el pensar, en el discurrir, y ninguno se atreva á decir lo contrario, que sería no darse por discreto.

Sí, juro á tal, dijo uno, que yo le veo las alas, ¡y qué altaneras!; yo le cuento las plumas, ¡y qué sutiles que son! ¿No las veis vos?, le decía al del lado.

¿Pues no?, respondía él, y muy bien.

Mas otro hombre de verdad y de juicio decía:

Juro, como hombre de bien, que yo no veo que sea águila ni que tenga plumas; sino cuatro pies zompos y una cola muy reverenda.

¡Ta, ta!, no digáis eso, le replicó un amigo, que os echáis á perder, que os tendrán por un gran... etc. ¿No advertís lo que los otros dicen y hacen? Pues seguid el corriente.

Juro á tal, proseguía otro varón también de entereza, que no sólo no es águila, sino antípoda de ella. Digo que es un grande... etc.

Calla, calla, le dió del codo otro amigo, ¿queréis que todos se rían de vos? No habéis de decir sino que es águila, aunque sintáis todo lo contrario, que así hacemos nosotros.

¿No notáis, gritaba el Charlatán, las sutilezas que dice? No tendrá ingenio quien no las note y observe.

Y al punto saltó un bachiller, diciendo:

¡Qué bien! ¡Qué gran pensar! ¡La primera cosa del mundo! ¡Oh qué sentencia! Déjenmela escribir. Lástima es que se les pierda un ápice.

Disparó en esto la portentosa bestia aquel su desapacible canto, bastante á confundir un concejo, con tal torrente de necedades, que quedaron todos aturdidos, mirándose unos á otros.

¡Aquí, aquí!, mis entendidos, acudió al punto el ridículo Embustero, ¡aquí de puntillas! ¡Esto sí que es decir! ¿Hay Apolo como éste? ¿Qué os ha parecido de la delgadeza en el pensar, de la elocuencia en el decir? ¿Hay más discreción en el mundo?

Mirábanse los circunstantes y ninguno osaba chistar ni manifestar lo que sentía y lo que de verdad era, porque no le tuviesen por un necio; antes todos comenzaron á una voz á celebrarle y aplaudirle.

Á mí, decía una muy ridícula bachillera, aquel su pico me arrebata: no le perderé día.

Voto á tal, decía un cuerdo así bajito, que es un asno en todo el mundo; pero yo me guardaré muy bien de decirlo.

¡Pardiez, decía otro, que aquello no es razonar, sino rebuznar; pero, mal año para quien tal dijese! Esto corre por ahora. El topo pasa por lince, la rana por canario, la gallina pasa plaza de león, el grillo de jilguero, el jumento de aguilucho. ¿Qué me va á mí en lo contrario? Sienta yo conmigo y hable yo con todos y vivamos, que es lo que importa.

Estaba apurado Critilo de ver semejante vulgaridad de unos y artificio de otros.

¡Hay tal dar en una necedad!, ponderaba.

Y el socarrón del Embustero, á sombra de su nariz de buen tamaño, se estaba riendo de todos y solemnizaba á parte, como paso de comedia:

¡Cómo que te los engaño á todos éstos! ¿Qué más hiciera la encandiladora? Y les hago tragar cien disparates.

Y volvía á gritar:

Ninguno diga que no es así, que sería calificarse de necio.

Con esto se iba reforzando más el mecánico aplauso y hacía lo que todos Andrenio; pero Critilo, no pudiéndolo sufrir, estaba que reventaba y, volviéndose á su mudo Descifrador, le dijo:

¿Hasta cuándo éste ha de abusar de nuestra paciencia? ¿Y hasta cuándo tú has de callar? ¿Qué desvergonzada vulgaridad es ésta?

He, ten espera, le respondió, hasta que el tiempo lo diga: él volverá por la verdad, como suele. Aguarda que este monstruo vuelva la grupa y entonces oirás lo que abominarán dél estos mismos, que le admiran.

Sucedió puntualmente que al retirarse el Embustero, aquel su diptongo de águila y bestia, tan mentida aquélla, cuan cierta ésta, al mismo instante comenzaron unos y otros á hablar claro:

Juro, decía uno, que no era ingenio; sino un bruto.

¡Qué brava necedad la nuestra!, dijo otro.

Conque se fueron animando todos y decían:

¡Hay tal embuste! De verdad que no le oímos decir cosa, que valiese, y le aplaudimos. Al fin, él era un jumento y nosotros merecemos la albarda.

Mas ya en esto volvía á salir el Charlatán, prometiendo otro mayor portento:

Agora sí, decía, que os propongo no menos, que un famoso gigante, un prodigio de la fama: fueron sombra con él Encélado y Tifeo. Pero también digo que el que le aclamare gigante será de buenaventura, porque le hará grandes honras y amontonará sobre él riquezas, los mil y los diez mil de renta, la dignidad, el cargo, el empleo; mas el que no le reconociere jayán, desdichado dél: no sólo no alcanzará merced alguna; pero le alcanzarán rayos y castigos. ¡Alerta todo el mundo!, que sale, que se ostenta, ¡oh, cómo se descuella!

Corrió una cortina y apareció un hombrecillo, que aun encima de una grulla no se divisara. Era como del codo á la mano, un nonada, pigmeo en todo, en el ser y en el proceder.

¿Qué hacéis, que no gritáis? ¿Cómo no le aplaudís? Vocead, oradores; cantad, poetas; escribid, ingenios; decid todos: ¡el famoso, el eminente, el gran hombre!

Estaban todos atónitos y preguntábanse con los ojos:

¿Señores, qué tiene éste de gigante? ¿Qué le veis de héroe?

Mas ya la runfla de los lisonjeros comenzó á voz en grito á decir:

¡Sí, sí, el gigante, el gigante, el primer hombre del mundo! ¡Qué gran príncipe tal! ¡Qué bravo mariscal aquél! ¡Qué gran ministro fulano!

Llovieron al punto doblones sobre ellos. Componían los autores, no ya historias, sino panegíricos, hasta el mismo Pedro Mateo. Comíanse los poetas las uñas para hacer pico. No había hombre, que se atreviese á decir lo contrario; antes todos, al que más podía, gritaban:

¡El gigante, el máximo, el mayor!, esperando cada uno un oficio y un beneficio y decían en secreto allá en sus interioridades:

¡Qué bravamente que miento! Que no es crecido, sino un enano. ¿Pero qué he de hacer? Mas no, sino andaos á decir lo que sentís y medraréis. Deste modo visto yo y como y bebo y campo y me hago gran hombre, mas que sea él lo que quisiere. Y aunque pese á todo el mundo, él ha de ser gigante.

Trató Andrenio de seguir el corriente y comenzó á gritar:

¡El gigante, el gigante, el gigantazo!

Y al punto granizaron sobre él dones y doblones y decía:

¡Esto sí que es saber vivir!

Estaba deshaciéndose Critilo y decía:

Yo reventaré, si no hablo.

No hagas tal, le dijo el Descifrador, que te pierdes. Aguarda á que vuelva las espaldas el tal gigante y verás lo que pasa.

Así fué, que al mismo punto, que acabó de hacer su papel de gigante y se retiró al vestuario de las mortajas, comenzaron todos á decir:

¡Qué bobería la nuestra! He, que no era gigante, sino un pigmeo, que ni fué cosa ni valió nada.

Y dábanse el cómo unos á otros.

¡Qué cosa es, dijo Critilo, hablar de uno en vida ó después de muerto! ¡Qué diferente lenguaje es el de las ausencias! ¡Qué gran distancia hay del estar sobre las cabezas ó bajo los pies!

No pararon aquí los embustes del Sinón moderno; antes echando por la contraria, sacaba hombres eminentes, gigantes verdaderos, y los vendía por enanos y que no valían cosa, que eran nada y menos que nada. Y todos daban en que sí y habían de pasar por tales, sin que osasen chistar los hombres de juicio y de censura. Sacó la fénix y dió en decir que era un escarabajo. Y todos que sí, que lo era, y hubo de pasar por tal. Pero donde se acabó de apurar Critilo fué cuando le vió sacar un grande espejo y decir con desvergonzado despejo:

Veis aquí el cristal de las maravillas. ¿Qué tenía que ver con éste el del Faro? Si ya no es el mismo, pues hay tradición que sí y lo atestiguó el célebre don Juan de Espina, que le compró en diez mil ducados y le metió al lado del ayunque de Vulcano. Aquí os le pongo delante, no tanto para fiscal de vuestras fealdades, cuanto para espectáculo de maravillas. Pero es de advertir que el que fuere villano, malnacido, de mala raza, hombre vil, hijo de ruin madre, el que tuviere alguna mancha en su sangre, el que le hiciere feeza su esposa bella, que las más lindas suelen salir con tales fealdades, aunque él no lo supiera, pues basta que todos le miren como al toro, ni los simples ni los necios no tienen que llegarse á mirar, porque no verán cosa. ¡Alto!, que le descubro, que le careo. ¿Quién mira? ¿Quién ve?

Comenzaron unos y otros á mirar y todos á remirar y ninguno veía cosa. Mas, ¡oh, fuerza del embuste!, ¡oh, tiranía del artificio! Por no desacreditarse cada uno, porque no le tuviesen por villano malnacido, hijo de... etc., ó tonto, ó mentecato, comenzaron á decir mil necedades de marca:

Yo veo, yo veo, decía uno.

¿Qué ves?

La misma fénix con sus plumas de oro y su pico de perlas.

Yo veo, decía otro, resplandecer el carbunclo en una noche de Diciembre.

Yo oigo, decía otro, cantar el cisne.

Yo, dijo un filósofo, la armonía de los cielos al moverse.

Y se lo creyeron algunos simples. Hombre hubo, que dijo veía el mismo Ente de razón tan claro, que le podía tocar con las manos.

Yo veo el punto fijo de la longitud del orbe.

Yo, las partes proporcionales.

Y yo las indivisibles, dijo un secuaz de Zenón.

Pues yo, la cuadratura del círculo.

Más veo yo, gritaba otro.

¿Qué cosa?

¿Qué cosa? El alma en la palma. Por señas, que es sencillísima.

Nada es todo eso, cuando yo estoy viendo un hombre de bien en este siglo, quien hable verdad, quien tenga conciencia, quien obre con entereza, quien mire más por el bien público, que por el privado.

Á esta traza decían cien imposibles. Y con que todos sabían que no sabían y creían que no veían ni decían verdad, ninguno osaba declararse, por no ser el primero á romper el yelo. Todos agraviaban la verdad y ayudaban al triunfo de la mentira.

¿Para cuándo aguardas tú, le dijo Critilo á su Descifrador, esa tu habilidad, si aquí no la sacas? Ea, acaba ya de descifrarnos este embeleco al uso. Dínos, por tu vida, ¿quién es este insigne embustero?

Éste es..., le respondió; mas al pronunciar esta sola palabra, al mismo punto que le vió mover los labios el famoso Tropelista, que en todo aquel rato no había apartado los ojos dél, temiendo se les descifrase sus embustes y diese con todo su artificio al traste, comenzó á echar por la boca espeso humo, habiendo antes engullido grosera estopa, y vomitó tanto, que llenó todo aquel claro hemisferio de confusión. Y cual suele la jibia, notable pececillo, cuando se ve á riesgo de ser pescado, arrojar gran cantidad de tinta, que tiene recogida en sus senillos y muy guardada para su ocasión, con que enturbia las aguas y escurece los cristales y escapa del peligro, así éste comenzó á esparcir tinta de fabulosos escritores, de historiadores manifiestamente mentirosos. Tanto, que hubo un autor francés entre éstos, que se atrevió á negar la prisión del rey Francisco en Pavía. Y diciéndole ¿cómo escribía una tan desvergonzada mentira?, respondió:

He, que de aquí á docientos años, tan creído seré yo, como ellos. Por lo menos causaré razón de dudar y pondré la verdad en disputa. Que desta suerte se confunden las materias.

No paraba de arrojar tinta de mentiras y fealdades, espeso humo de confusión, llenándolo todo de opiniones y pareceres, con que todos perdieron el tino y sin saber á quién seguir ni quién era el que decía la verdad, sin hallar á quién arrimarse con seguridad, echó cada uno por su vereda de opinar y quedó el mundo bullendo de sofisterías y caprichos. Pero el que quisiere saber quién fuese este embustero político, prosiga en leer la Crisi siguiente.

CRISI V

El palacio sin puertas.

Varias y grandes son las monstruosidades, que se van descubriendo de nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana.

Entre todas la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del mundo y el Desengaño á la salida. Inconveniente tan perjudicial, que basta á echar á perder todo el vivir.

Porque, si son fatales los yerros en los principios de las empresas, por ir creciendo siempre y aumentándose cuanto más va hasta llegar en el fin á un exorbitante exceso de perdición, errar, pues, los principios de la vida ¿qué será si no un irse despeñando con mayor precipitación de cada día, hasta venir á dar al cabo en un irremediable abismo de perdición y desdicha? ¿Quién tal dispuso y desta suerte? ¿Quién así lo ordenó? Ahora me confirmo en que todo el mundo anda al revés y todo cuanto hay en él es á la trocada.

El Desengaño, para bien ir, había de estar en la misma entrada del mundo, en el umbral de la vida, para que al mismo punto, que el hombre metiera el pie en ella, se le pusiera al lado y le guiara, librándole de tanto lazo y peligro, como le está armado. Fuera un ayo puntual, que siempre le asistiera, sin perderle ni un solo instante de vista. Fuera el numen vial, que le encaminara por las sendas de la Virtud al centro de su felicidad destinada. Pero como, al contrario, topa luego con el Engaño, el primero que le informa de todo al revés, hácele desatinar y le conduce por el camino de la mano izquierda al paradero de su perdición.

Así se lamentaba Critilo, mirando á una y otra parte en busca de su Descifrador, que en aquella confusión universal de humo y de ignorancia, le habían perdido. Mas fuese su suerte que otro, que les estaba oyendo y percibió los estremos de su sentimiento, se fué llegando á ellos y les dijo:

Razón tenéis de quejaros del desconcierto del mundo. Mas no habéis de preguntar quién así lo ordenó, sino quién lo ha desordenado; no quién lo ha dispuesto, sino quién lo ha descompuesto. Porque habéis de saber que el artífice supremo muy al contrario lo trazó de como hoy está, pues colocó el Desengaño en el mismo umbral del mundo y echó el Engaño acullá lejos, donde nunca fuera visto ni oído, donde jamás los hombres le encontraran.

¿Pues quién los ha barajado deste modo? ¿Quién fué aquel tan atrevido hijo de Jafet, que así los ha trastrocado?

¿Quién? Los mismos hombres, que no han dejado cosa en su lugar, todo lo han revuelto de alto á bajo con el desconcierto que hoy le vemos y lamentamos. Digo, pues, que estaba el bueno del Desengaño en la primera grada de la vida, en el zaguán desta casa común del orbe, con tal atención, que en entrando alguno, al punto se le ponía al lado y comenzaba á hablarle claro y desengañarle:

Mira, le decía, que no naciste para el mundo; sino para el cielo. Los halagos de los vicios matan y los rigores de las virtudes dan vida. No te fíes en la mocedad, que es de vidrio. No tienes de qué desvanecerte, le decía al presumido, por tus presentes; vuelve los ojos á tus pasados, reconócelos bien á ellos, para que no te desconozcas á ti. Advierte, le decía al tahur, que pierdes tres cosas, el precioso tiempo, la hacienda y la conciencia. Avisábala de su fealdad á la resabida y de su necesidad á la bella; á los varones de prendas, de su corta ventura, y á los venturosos, de sus pocos méritos; al sabio, de su desestimación y de su incapacidad al poderoso. Al pavón le acordaba el potro de sus pies, y al mismo sol sus eclipses. Á unos su principio, á otros su paradero. Á los empinados su caída y á los caídos su merecido.

Andábase de unos en otros estrellando verdades. Decíale al viejo que tenía todos los sentidos consentidos y al mozo que sin sentir; al español que no fuese tan tardo y al francés que no se moviese tan de ligero; al villano que no fuese malicioso y al cortesano, adulador. No se ahorraba con ninguno. Pues, aunque fuera un gran señor, le avisaba que no le caía bien el vos con todos, que podría tal vez descuidarse con su príncipe y hablarle del mismo modo ó tan sin él. Y á otro, que siempre estaba de chanza, le advirtió que podría ser le llamasen el Duque de Bernardina.

Traía el espejo cristalino del propio conocimiento muy á mano y plantábasele delante á todos. No gustaba desto el malcarado y menos el mascarado ni el tuerto ni el boquituerto, el cano, el calvo. Decíale á uno que le bobeaba el gesto y al otro que tenía ruin fachada. Las feas le hacían malísima cara y las viejas le paraban arrugado ceño.

Hízose con esto malquisto en cuatro días y á cuatro verdades tan aborrecible, que no le podían ver. Comenzaron á darle de mano y aun del pie. Buenos porrazos asentó él de verdades; pero también se llevó malos empellones de enfados. Éste le arrojaba á aquél y aquél al otro de más allá, hasta venir á dar con él en la vejez, acullá en el remate de la vida. Y si pudieran más lejos, aun allí no le dejaran parar.

Al contrario, lisonjeados grandemente del Engaño, aquel plausible hechicero, comenzaron á tirar dél, cada uno hacia sí, hasta traerlo al medio de la vida y de allí poco á poco á los principios de ella. Con él comienzan, con él prosiguen. Á todos les venda los ojos, jugando con ellos á la gallina ciega, que no hay hoy juego más introducido. Todos andan desatinados, dando de ojos de vicio en vicio, unos ciegos de amor, otros de codicia, éste de venganza, aquél de su ambición y todos de sus antojos, hasta que llegan á la vejez, donde topan con el Desengaño.

Él los halla á ellos. Quítales las vendas y abren los ojos, cuando ya no hay que ver. Porque con todo acabaron, hacienda, honra, salud y vida. Y lo que es peor, con la conciencia. Ésta es la causa de estar hoy el Engaño á la entrada del mundo y el Desengaño á la salida, la mentira al principio, la verdad al fin, aquí la ignorancia y acullá la ya inútil experiencia.

Pero lo que más es de ponderar y de sentir, que, aun llegando tan tarde el Desengaño, ni es conocido ni estimado. Como os ha sucedido á vosotros, que habiendo tratado, conversado y comunicado con él, no le habéis conocido.

¿Qué dices, hombre? ¿Nosotros vístole, hablado y comunicado con él? ¿Cuándo y dónde?

Yo os lo diré. ¿No os acordáis de aquel, que todo lo iba descifrando y no se descifró á sí mismo? ¿Aquel que os dió á entender todas las cosas y á él no le conocisteis?

Sí y harto, que yo le suspiro, dijo Critilo.

Pues ése era el Desengaño, el querido hijo de la Verdad, por lo hermoso y lo lucido. Ése, el que causa los dolores, después de haberle sacado á luz.

Aquí hizo estremos de sentimiento Critilo, lamentándose agriamente de que todo lo que más importa no se conoce cuando se tiene, ni se estima cuando se goza y después, pasada la ocasión, se suspira y se desea: la verdad, la virtud, la dicha, la sabiduría, la paz y agora el desengaño.

Al contrario, Andrenio, no sólo no mostró sentimiento, sino positivo gozo, diciendo:

He, que ya nos enfadaba y aun tenía muy hartos de tanta verdad á las claras. ¡Qué buen gusto tuvieron los que supieron sacudir de sí al aborrecible entremetido, mosca importuna! Él podía ser hijo de la verdad; mas á mí me pareció padrastro de la vida. ¡Qué enfado tan continuo! ¡Qué cosa tan pesada! ¡Su desengaño cada día, aquello de desayunarse con un desengaño á secas! No paraba de ir diciendo necedades á título de verdades.

Tú eres un desatinado, le decía al uno sin más ni más.

Y al otro:

Tú eres un simple en seco y sin llover. Tú una necia y tú una fea.

¡Mirá quién le había de esperar, cuando no hay cosa más pesada, que una verdad no pensada! Siempre andaba diciendo:

¡Qué mal hiciste, qué mal lo pensaste, qué mala resolución la tuya!

He, quitádmelo delante, no le vea más de mis ojos.

Lo que yo más siento, ponderaba Critilo, fué el perderle, cuando más le deseaba, cuando había de descifrarnos al mismo Descifrador, que estaba leyendo cátedra de embustes en medio la gran plaza de las apariencias.

¿Pues qué os pareció de aquella afectación de unos en acreditar las cosas y los sujetos, y la vulgaridad de los otros en creerlo? ¿Aquel dar en una opinión tanto necio? Aquélla es la tiranía de la fama hechiza, el monopolio de la alabanza. Apodéranse del crédito cuatro ó cinco embusteros aduladores y cierran el paso á la Verdad con el afectado artificio de que no lo entienden los otros y que es necio el que dice lo contrario. Y así veréis que los ignorantes se lo beben, los lisonjeros lo aplauden y los sabios no osan chistar. Conque triunfa Aragne contra Palas, Marsias contra Apolo. Y pasa la necedad por sutileza y la ignorancia por sabiduría.

¡Oh cuántos autores hay hoy muy acreditados por esta opinión común, sin haber hombre que se les atreva! ¡Cuántos libros y cuántas obras en gran predicamento, que bien examinados no merecen el crédito que gozan! Pero yo me guardaré muy bien de poner nota en quien tiene estrella. ¡Cuántos sujetos sin valor y sin saber son celebrados á esta traza, sin haber hombre, que ose hablar, sino algún desesperado Bocalini!

Si dan en decir que una es linda, lo ha de ser, aunque sea un trasgo. Si dan en que uno es sabio, se saldrá con ello, aunque sea un idiota. Si en que es gran pintura, aunque sea un borrón. Y de éstas toparéis mil vulgaridades. Tal es la tiranía de la afectada fama, la violencia del dar á entender todo lo contrario de lo que las cosas son. De suerte que hoy todo está en opinión y según como se toman las cosas.

Pero ¡qué gran arte aquella del descifrar!, ponderaba Critilo. No sé qué me diera por saberla. Que me pareció de las más importantes para la humana vida.

Sonrióse aquí el nuevo camarada y añadió:

Otra me atrevo yo á comunicaros, harto más sutil y de mayor maestría.

¿Qué dices?, le replicó Critilo. ¿Otra mayor puede hallarse en el mundo?

Sí, respondió, que de cada día se van adelantando las materias y sutilizando las formas. Mucho más personas son los de hoy, que los de ayer y lo serán mañana.

¿Cómo puedes decir eso, cuando todos convienen en que ya todo ha llegado á lo sumo y que está en su mayor pujanza, tan adelantadas todas las cosas de naturaleza y arte, que no se pueden mejorar?

Engáñase de medio á medio quien tal dice, cuando todo lo que discurrieron los antiguos es niñería, respeto de lo que se piensa hoy, y mucho más será mañana. Nada es cuanto se ha dicho con lo que queda por decir. Y creedme, que todo, cuanto hay escrito en todas las artes y ciencias, no ha sido más que sacar una gota de agua del océano del saber. ¡Bueno estuviera el mundo, si ya los ingenios hubieran agotado la industria, la invención y la sabiduría! No sólo no han llegado las cosas al colmo de su perfección; pero ni aun á la mitad de lo que pueden subir.

Dínos por tu vida, así llegue á ser más rancia, que la de Néstor, ¿qué arte puede ser esa tuya? ¿Qué habilidad, que sobrepuje al ver con cien ojos, al oir con cien orejas, al obrar con cien manos, proceder con dos rostros, doblando la atención al adevinar cuanto ha de ser y al descifrar un mundo entero?

Todo eso, que exageras, es niñería, pues no pasa de la corteza. Es un discurrir de las puertas afuera. Aquello de llegar á escudriñar los senos de los pechos humanos, á descoser las entretelas del corazón, á dar fondo á la mayor capacidad, á medir un cerebro, por capaz que sea, á sondar el más profundo interior: eso sí que es algo, ésa sí que es fullería y que merece la tal habilidad ser estimada y codiciada.

Estaban atónitos ambos peregrinos, oyendo tal destreza del discurrir, cuando prorrumpió Andrenio y le dijo:

¿Quién eres, hombre ó prodigio, si ya no eres algún malicioso, algún malintencionado ó algún vecino, que es el que ve más?

Nada de eso soy.

¿Pues qué eres, que no te queda ya que ser, sino algún político ó un veneciano estadista?

Yo soy, dijo, el Veedor de todo.

Explícate, que menos te entiendo.

¿Nunca habéis oído nombrar los zahoríes?

Aguarda, ¿aquel disparate vulgar? ¿Aquella necedad celebrada?

¿Cómo necedad?, les replicó. Zahoríes hay tan ciertos como perspicaces: por señas, que yo soy uno de ellos. Yo veo clarísimamente los corazones de todos, aun los más cerrados, como si fuesen de cristal. Y lo que por ellos pasa, como si lo tocase con las manos: que todos para mí llevan el alma en la palma. Vosotros, los que no gozáis de esta eminencia, asegúroos que no veis la mitad de las cosas ni la centésima parte de lo que hay que ver en el mundo. No veis sino la superficie, no ahondáis con la vista. Y así os engañáis siete veces al día. Hombres al fin superficiales. Pero á los que descubrimos cuanto pasa allá en las ensenadas de una interioridad, acullá dentro en el fondo de las intenciones, no hay echarnos dado falso. Somos tan tahures del discurrir, que brujuleamos por el semblante lo más delicado del pensar. Con sólo un ademán tenemos harto.

¿Qué puedes tú ver, replicó Andrenio, más de lo que vemos nosotros?

Sí y mucho. Yo llego á ver la misma sustancia de las cosas en una ojeada y no solos los accidentes y las apariencias, como vosotros. Yo conozco luego si hay sustancia en un sujeto, mido el fondo que tiene, descubro lo que tira y dónde alcanza, hasta dónde se estiende la esfera de su actividad, dónde llega su saber y su entender, cuánto ahonda su prudencia. Veo si tiene corazoncillo y el que bravos hígados y si se le han convertido en bazo. Pues el seso, yo le veo con tanta distinción, como si estuviese en un vidrio. Si está en su lugar, que algunos le tienen á un lado; si maduro ó verde. En viendo un sujeto, conozco lo que pesa y lo que piensa. Otra cosa más, que he topado muchos, que no tenían la lengua trabada con el corazón ni los ojos unidos con el seso, con dependencia dél. Otros, que no tienen hiel.

¡Qué linda vida pasarán ésos!, dijo Critilo.

Sí, porque nada sienten, de nada se consumen ni melancolizan. Pero, lo que es más de admirar, que hay algunos, que no tienen corazón.

¿Pues cómo pueden vivir?

Antes más y mejor, sin cuidados. Que corazón se dijo del curarse y tener cuidados. Á los tales nada les da pena, no se les viene á consumir, como al célebre duque de Feria, que, cuando llegaron á embalsamarle, le hallaron el corazón todo arrugado y consumido, conque le tenía grande. Yo veo si está sano y de qué color, si amarillo de envidia y si negro de malicia. Percibo su movimiento y me estoy mirando hacia dónde se inclina. Las más cerradas entrañas están á mis ojos muy patentes y descubro si están gastadas ó enteras. La sangre veo en sus venas y advierto el que la tiene limpia, noble y generosa. Lo mismo puedo decir del estómago. Luego conozco qué estómago le hacen á cualquiera los sucesos, si puede digerir las cosas. Y me río las más veces de los médicos, que estará el mal en las entrañas y ellos aplican los remedios al tobillo, procede el mal de la cabeza y recetan el untar los pies. Veo y distingo clarísimamente los humores y el de cada uno, si está ó no de buen humor, observándolo para la hora del despacho y conveniencia; si reina la melancolía, para remitirlo á mejor sazón; si gasta cólera ó flema.

Válgate Dios por zahorí, dijo Andrenio, y lo que penetras.

Pues aguarda, que eso es nada. Yo veo, yo conozco si uno tiene alma ó no.

¿Pues hay quien no la tenga?

Sí y muchos y por varios modos.

¿Y cómo viven?

En diptongo de vida y muerte. Andan sin alma como cántaros y sin corazón como hurones. Y en una palabra, de pies á cabeza, comprendo un sujeto, por dentro y fuera le reconozco y le defino, con que á muchos no les hallo definición. ¿Qué os parece de la habilidad?

Que es cosa grande.

Mas pregunto, dijo Critilo, ¿procede de arte ó naturaleza?

Mi industria me cuesta y advierte que todas estas artes son de calidad, que se pegan platicando con quien las tiene.

Yo la renuncio desde luego, dijo Andrenio; no trato de ser zahorí.

¿Por qué no?

Porque tú no has dicho lo malo que tiene.

¿Qué le hallas tú de malo? ¿No es harto aquello de ver los muertos en sus sepulcros, aunque estén metidos entre mármoles ó siete estados bajo tierra, aquellas horribles cataduras, hormigueros de sabandijas, visiones de corrupción?

Quita allá y líbreme Dios de tan trágico espectáculo, aunque sea de un rey. Dígote que no podría comer ni dormir en un mes.

¡Qué bien lo entiendes! Ésos, nosotros no los vemos, que allí no hay que ver, pues todo paró en tierra, en polvo, en nada. Los vivos son los que á mí me espantan; que los muertos nunca me dieron pena. Los verdaderos muertos, que nosotros vemos y huímos, son los que andan por su pie.

Si muertos, ¿cómo andan?

Ahí verás que andan entre nosotros y arrojan pestilencial olor de su hedionda fama, de sus gastadas costumbres. Hay muchos ya podridos, que les huele mal el aliento; otros, que tienen roídas las entrañas, hombres sin conciencia, hembras sin vergüenza, gente sin alma; muchos, que parecen personas y son plazas muertas. Todos éstos sí que me causan á mí grande horror y tal vez se me espeluzan los cabellos.

¿Según esto, replicó Critilo, también debes de ver lo que se cocina en cada casa?

Sí, y á fe, muchos malos guisados. Veo maldades emparedadas que se cometen en los más escondidos retretes, fealdades arrinconadas que se echan luego á volar por las ventanas y andan de corrillo en corrillo corriendo á sus avergonzados dueños. Sobre todo, yo veo si uno tiene dinero y me río muchas veces de ver que algunos los tienen por ricos, por hombres adinerados y poderosos y yo sé que es su tesoro de duendes y sus baúles como los del Gran Capitán y aun sus cuentas. Á otros veo tenerlos por unos pozos de ciencia y yo llego y miro y veo que son secos. Pues de bondad, asegúroos que no veo la mitad. Así que no hay para mi vista cosa reservada ni escondida. Los billetes y las cartas, por selladas que estén, las leo y atino lo que contienen, en viendo para quién van y de quién vienen.

Ahora no me espanto, decía Critilo, que oigan las paredes y más las de palacio, entapizadas de orejas. Al fin todo se sabe y se huele.

¿Qué ves en mí?, le preguntó Andrenio. ¿Hay algo de sustancia?

Eso no diré yo, respondió el Zahorí, porque, aunque todo lo veo, todo lo callo, que quien más sabe suele hablar menos.

Procedían gustosamente embelesados, viéndole hacer maravillosas experiencias, cuando descubrieron á un lado del camino un estraño edificio, que en lo encantado parecía palacio y en lo ruidoso casa de contratación y en lo cerrado brete. No se le veían ventanas, ni puertas.

¿Qué diptongo de estancia es ésta?, preguntaron.

Y el Zahorí:

Éste es el escándalo mayor.

Pero al decir eso salió dél sin que advirtiese cómo ni por dónde un monstruo, sobre raro, formidable, mezcla de hombre y caballo, de aquellos que los antiguos llamaban centauros. Éste en dos brincos estuvo sobre ellos y, formando algunos caracoles, se fué arrimando á Andrenio y, asiéndole de un cabello, que para ocasión basta y para afición sobra, metióle á las ancas de aquel su semicaballo con alas, que todos los males vuelan, y en un instante dió la vuelta para su laberinto corriente y confusión al uso. Dieron voces los camaradas; mas en vano, porque dejaba atrás el viento y del mismo modo que saliera, sin saberse cómo ni por dónde, le metió allá, dejándole muy encastillado en nuevas monstruosidades.

¡Hay tal violencia!, se lamentaba Critilo. ¿Qué casa ó qué ruina es ésta?

Y el Zahorí suspirando le respondió:

No es edificio, sino desedificación de tanto pasajero, casa hecha á cien malicias, bajío de la vejez, seminario de embustes y, para decirlo de una vez, éste es el palacio de Caco y de sus secuaces, que ya no habitan en cuevas.

Diéronle muchas vueltas, sin poder distinguir la frente del envés. Rodeáronle todo muchas veces, sin poderle hallar entrada ni salida. Sonaban y aun tonaban los de dentro y aseguraba Critilo que sentía la voz de Andrenio, mas no percibía lo que decía ni descubría por donde podía haber entrado, afligiéndose en gran manera y desconfiando de poder penetrar allá.

Ten pecho y espera, le dijo el Zahorí, y advierte que con gran facilidad habemos de entrar bien presto.

¿Cómo, si no se le conocen entradas ni salidas ni un resquicio ni una rendrija?

Ahí verás el primor de la industria cortesana. ¿No has visto tú entrar á muchos en los palacios sin saberse cómo ni por dónde y apoderarse de ellos y llegar á mandarlo todo? ¿No viste en Inglaterra introducirse un hijo de un carnicero á hacer carnicería de sangre noble, en Francia un cierto Noves á llevar al retortero los mismos pares? Nunca has oído preguntar á algunos simples: Señores ¿cómo entró aquél en Palacio, cómo consiguió el puesto y el empleo, con qué méritos por qué servicios? Y todo hombre encoge los hombros, cuando ellos se desencogen y hombrean. Yo tengo de introducirte en él.

¿Cómo, no siendo mozo vergonzoso ni venturoso?

Pues tú has de entrar como Pedro por Huesca.

¿Qué Pedro fué ése?

El famoso que la ganó.

He, que no veo puerta ni ventana.

No faltará alguna, que los que no pueden por las principales, entran por las escusadas.

Aun ésas no descubro.

Alto, entra por la de los entremetidos, que son los más.

Y realmente fué así, que entraron allá con grande facilidad entremetiéndose.

Luego que se vieron dentro, comenzaron á discurrir por el embustero palacio, notando cosas bien raras, aunque muy usadas en el mundo. Oían á muchos y á ninguno veían ni sabían con quién hablaban.

¡Estraño encanto!, ponderaba Critilo.

Has de saber, le dijo el Zahorí, que en entrando acá los más se vuelven invisibles, todos los que quieren y obran sin ser vistos. Verás cada día hacerse malos tiros y esconder la mano, tirar guijarros sin atinar de dónde vienen y echar voz que son duendes. Lo más se obra bajo manga. Hacen la copla y no la dicen. Mas, como yo tengo en estos ojos un par de viejas, en vez de niñas, todo lo descubro, que en eso consiste mucho el ser Zahorí. Sígueme, que has de ver bravas tramoyas y raros modos de vivir, no olvidando el descubrir á Andrenio.

Introdújole en el primer salón desahogadamente capaz. Tendría cuatrocientos pasos de ancho, como dijo aquel otro duque, exagerando uno de sus palacios. Y riéndose los otros señores, que le escuchaban, le preguntaron:

¿Pues cuánto tendrá de largo?

Aquí él queriendo reparar su empeño, respondió:

Tendrá algunos ciento y cincuenta.

Estaba todo él coronado de mesas francesas con manteles alemanes y viandas españolas, muchas y muy regaladas, sin que viese ni supiese de dónde salían ni cómo venían; sólo se veían de cuando en cuando unas blancas y hermosas manos, con sus dedos coronados de anillos, con macetas de diamantes, muchos finos, los más falsos, que por el aire de su donaire servían á las mesas los regalados platos. Íbanse sentando á las mesas los convidados ó los comedores. Descogían los paños de mesa; mas no desplegaban sus labios. Comían y callaban, ya el capón, ya la perdiz, el pavo y el faisán, á costa de sus fénix, sin costarles un maravedí y cuando más una blanca, sin meterse en averiguar de dónde salía el regalo ni quién lo enviaba.

¿Quién son éstos, preguntó Critilo, que comen como unos lobos y callan como unos borregos?

Éstos, le respondió su veedor Zahorí, son los que de nada tienen asco, los que sufren mucho.

Pues moscas en la delicada honra, ¿qué tienen que sufrir los que están tan regalados?

Y aun por eso.

¿De dónde sale tanta abundancia, Zahorí mío?

De la copia de Amaltea; pero déjalos, que todo esto es un encanto de mediterráneas sirenas.

Pasaron á otra mesa y allí vieron comer á otros muy buenos bocados, lo mejor que llegaba á la plaza ó á las despensas, la caza reciente, el pescado fresco y exquisito. Y esto sin tener rentas ni juros, aunque sí votos.

Éste sí que es raro encanto, decía Critilo, que coman éstos como unos príncipes, siendo unos desdichados, y, lo que es más, sin tener hacienda, sin censos, sin conocérseles cosa sobre que llueva Dios, sin trabajar ni cansarse, antes holgándose y paseando todos los días. ¿De dónde sale esto, señor Zahorí, vos que lo veis todo?

Aguarda, le respondió, y verás el misterio.

Asomaron en esto unas garras, no de nieve como las primeras, sino de neblí y todas de rapiña, que traían velando, esto es, por el aire, el pichón y el gazapo. Quedó atónito Critilo y decía:

¡Esto sí que es cazar! Ya echan piernas los que uñas y todo es comer por encanto.

¿No has oído contar, le decía el Zahorí, que á algunos les traían de comer los cuervos y los perros?

Sí; pero eran santos y éstos son diablos: aquello era por milagro.

¿Pues esto es por misterio? Mas esto es niñería, respeto de lo que tragan aquellos otros, que están acullá más altos. Acerquémonos y verás los prodigios del encanto. Allí hay hombre que come los diez mil y los veinte mil de renta, que, cuando llegó á meter la mano en la masa y en la mesa, no traía mas que su capa y bien raída.

¡Bravo encanto!

Pues ésos son migajuelas reales. Mira aquellos otros.

Y señalóle unos bien señalados.

Aquéllos sí que tragan, pues, millones enteros.

¡Qué bravos estómagos, oh avestruces de plata!

Dejaron ésta y pasaron á otra sala, que parecía el vestuario, y aquí vieron sobre bufetes moscovitas muchos tabaques indianos con ricas y vistosas galas, lamas de Milán, telas de Nápoles, brocados y bordados, sin saberse quién los cosió ni de dónde venían. Echábase voz que eran para la casta Penélope y servían después para la Tais y la Flora. Decíase que para la honesta consorte y rozábalas la ramera. Todo se hacía invisible, todo noche y todo encanto. Había unas grandes fuentes, que brindaban hilos de perlas á unas y hacían saltar hilo á hilo las lágrimas á otras, á la mujer legítima y á la recatada hija. Chorrillos de diamantes, dichos así con propriedad, porque ya se ha hecho chorrillo del pedir. Salía la otra transformada de Guinea en una India de rubíes y esmeraldas, sin costarle al marido ó al hermano ni aun una palabra.

¿De dónde tanta riqueza, Zahorí mío?

Y él:

¿De dónde? De esas fuentes. Ahí mismo manan. Que por eso se llamaron fuentes, porque son brulladores de perlas entre arenas de oro, riéndose de tanto necio.

Llegaban los maridos y vestían muy á lo príncipe. Calzábanse el sombrero de castor á costa del menos casto. Sacaban ellas las randas al aire de su loca vanidad y todo paraba en aire. Aquí toparon el caballero del milagro y, no uno solo, sino muchos de aquellos que visten y comen, pasean y campan, sin saberse cómo ni de qué.

¿Qué es esto?, decía Critilo. ¿Al que tiene lucida hacienda, rentas pingües, juros y posesiones, le pone grima el vivir, el poder pasar; y éstos, que no tienen dónde caer muertos, lucen, campan y triunfan?

¿No ves tú, respondía el Zahorí, que á éstos nunca se les apedrean las viñas, jamás se les anieblan las hazas, no les llevan las avenidas los molinos, no se les mueren los ganados, por maravilla tienen desgracia alguna y así viven de gracia y chanza?

Lo que fué mucho de ver, la sala de los presentes, que no de los pasados. Y aquí notaron los raros modos por donde venían los sobornos, los varios caminos por do llegaban los cohechos, la lámina preciosa por devoción, la pieza rica por cosa de gusto, la vajilla de oro por agradecimiento, el cestillo de perlas por cortesía, la fuente de doblones para alegrar la sangría, vaciando las venas y llenando la bolsa, los perniles para el unto, los capones para regalo y los dulces por chuchería.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings