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El cocinero de su majestad

SU MAJESTAD

Reading edition

(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)

POR

D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ

EDICIÓN ILUSTRADA CON GRABADOS

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MADRID LIBRERÍA DE F. FE PUERTA DEL SOL, 15 1907

ES PROPIEDAD. Imp. de A. Marzo, San Hermenegildo, 32 dupdo.—Teléfono 1.977.

[La ortografía del original no fue corregida ni actualizada. (Nota del transcriptor.]

INDICE

TOMO PRIMERO

IDe lo que aconteció á un sobrino por no encontrar á tiempo á su tío

IIInterioridades reales

IIIEn que se demuestra lo perjudiciales que son los lugares obscuros en los palacios reales

IVEnredo sobre maraña

V¡Sin dinero y sin camisas!

VIPor qué el tío daba de comer de aquella manera al sobrino

VIILos negocios del cocinero del rey.—De cómo la condesa de Lemos había acertado hasta cierto punto al calumniar á la reina

VIIIDe cómo al señor Francisco le pareció su sobrino un gigante

IXLo que hablaron Lerma y Quevedo

XDe cómo don Francisco de Quevedo encontró en una nueva aventura, el hilo de un enredo endiablado

XIEn que se sabe quién era la dama misteriosa

XIILo que hablaron la reina y su menina favorita

XIIIEl rey y la reina

XIVDel encuentro que tuvo en el alcázar don Francisco de Quevedo, y de lo que averiguó por este encuentro acerca de las cosas de palacio, con otros particulares

XVDe lo que vieron y oyeron desde su acechadero Quevedo y el bufón del rey

XVIEl confesor del rey

XVIIEn que empieza el segundo acto de nuestro drama

XVIIIDe cómo entre unos y otros no dejaron parar en toda la mañana al cocinero de su majestad

XIXEl tío Manolillo

XXDe cómo el tío Manolillo hizo que doña Clara Soldevilla pensase mucho y acabase por tener celos

XXIEn que continúan los trabajos del cocinero mayor

XXIIDe cómo en tiempo de Felipe III se conspiraba hasta en los conventos de monjas

XXIIIEn la hostería del Ciervo Azul, y luego en la calle

XXIVDe lo que quiso hacer el cocinero de su majestad, de lo que no hizo y de lo que hizo al fin

XXVDe cómo los sucesos se iban enredando hasta el punto de aturdir al inquisidor general

XXVIDe lo que oyó el tío Manolillo sin que pudiera evitarlo el confesor del rey

XXVIIEn que se ve que el cocinero mayor no había acabado aún su faena en aquel día

XXVIIIDe los conocimientos que hizo Juan Montiño, acompañando á la Dorotea

XXIXDe cómo Juan Montiño, con mucho susto de la Dorotea, se dió á conocer entre los cómicos

XXXDe cómo hizo sus pruebas de valiente por ante la gente brava, Juan Montiño

XXXIDe cómo engañó á Dorotea para llevarla á palacio el tío Manolillo

XXXIIContinúan los antecedentes

XXXIIIEl suplicio de Tántalo

TOMO SEGUNDO

XXXIVEn que se explicará algo de lo obscuro del capítulo anterior, y se verá cómo doña Clara encontró un pretexto para favorecer el amor de Juan Montiño, á pesar de todos los pesares

XXXVDe cómo Quevedo, sin decir nada al rey, le hizo creer que le había dicho mucho

XXXVIDe cómo el padre Aliaga puso de nuevo su corazón y la virtud á prueba

XXXVIIDe cómo el diablo iba enredando cada vez más los sucesos

XXXVIIIDe lo que vió y de lo que no vió el tío Manolillo siguiendo á los que seguían al cocinero mayor

XXXIXDe cómo Quevedo conoció prácticamente la verdad del refrán: el que espera desespera

XLDe cómo el noble bastardo se creyó presa de un sueño

XLIDe cómo Quevedo se quedó á su vez sin entender al rey

XLIIDe cómo don Juan Téllez Girón se encontró más vivo que nunca cuando más pensaba en morir

XLIIIContinúan los trabajos del cocinero mayor

XLIVLo que se puede hacer en dos horas con mucho dinero

XLVEn que el autor presenta, porque no ha podido presentarle antes, un nuevo personaje

XLVIDe cómo la Providencia empezaba á castigar á los bribones

XLVIIDe lo perjudicial que puede ser la etiqueta de palacio en algunas ocasiones

XLVIIIDe cómo muchas veces los hombres no reparan en el crimen aunque sus vestigios sean patentes

XLIXDe cómo la duquesa de Gandía tuvo un susto mucho mayor del que le habían dado Los miedos de San Antón

LDe cómo don Francisco de Quevedo quiso dar punto á uno de sus asuntos

LIEn que encontramos de nuevo al héroe de nuestro cuento

LIIDe cómo empezó á ser otro el cocinero mayor

LIIIEn que se deja ver en claro el bufón del rey

LIVCómo saben mentir las mujeres

LVQuevedo visto por uno de sus lados

LVIEn que el autor retrocede para contar lo que no ha contado antes

LVIIAmor de madre

LVIIILas audiencias particulares del duque de Lerma

LIXDe cómo Dorotea era más para con el duque, que el duque para con el rey

LXLo que hace por su amor una mujer

LXIDe cómo le salió á Quevedo al revés de lo que pensaba

LXIIDe cómo el duque de Lerma se encontró más desorientado que nunca

LXIIIDe cómo el duque de Lerma vió al bufón de su majestad extenderse, crear, tocar las nubes, etc.

LXIVDe cómo Quevedo buscó en vano la causa de su prisión, y de cómo cuando se lo dijeron se creyó más preso que nunca

LXVDe cómo el tío Manolillo no había dado su obra por concluida

LXVIEl padre y el hijo

LXVIIDe cómo el licenciado Sarmiento hizo bueno una vez más el proverbio que dice: no es tan fiero el león como la pintan, y de cómo todas las pulgas se van al perro flaco,

LXVIIIDe cómo se agravó la demencia del cocinero mayor, y acabó por creerse asesino del sargento mayor

LXIXEn que continúan las desventuras del cocinero mayor, y se ve que la fatalidad le había tomado por su instrumento

LXXEn que se ennegrece gravemente al carácter del tío Manolillo

LXXIDe cómo Quevedo dejó de ser preso por la justicia para ser preso por el amor

LXXIIDe cómo el duque de Lerma encontró á tiempo un amigo

LXXIIIEn que el duque de Lerma continúa representando su papel de esclavo

LXXIVLo que hizo Dorotea por don Juan

LXXVEl sol tras la tormenta

LXXVIDe cómo el cocinero mayor conoció con despecho que no se habían acabado para él las angustias

LXXVIIEn que se ennegrece á su vez el carácter de Dorotea

LXXVIIIEn que se siguen relatando los estupendos acontecimientos de esta verídica historia

LXXIXDel medio extraño de que se valió Quevedo para soltarse de la prisión en que la había puesto el amor de la condesa de Lemos

LXXXDe cómo el interés ajeno influyó en la situación de Quevedo

LXXXIDe cómo Quevedo se asusta más de saber que don Juan está en libertad, que si hubiera sabido que estaba preso

LXXXIIEn que el tío Manolillo sigue sirviendo de una negra manera á Dorotea

LXXXIIIEn que se ve que el bufón y Dorotea habían acabado de perder el juicio

LXXXIVEn lo que vinieron á parar los amores de Dorotea y de don Juan

LXXXVEl autor declara que ha concluído, y ata algunos cabos para que no queden sueltos

CAPÍTULO PRIMERO

DE LO QUE ACONTECIÓ Á UN SOBRINO POR NO ENCONTRAR Á TIEMPO Á SU TÍO

punto que el sol transponía en una nublada y lluviosa tarde de invierno, atravesaba la famosa puente Segoviana, en dirección al ya próximo Madrid, un cuartago enorme que llevaba sobre su afilado lomo una silla de monstruosas dimensiones, y sobre la silla, un jinete en cuyo bulto sólo se veían un sombrero gacho de color gris, calado hasta las cejas, una capa parda rebozada hasta el sombrero, y dos robustas piernas cubiertas por unas botas de gamuza de su color, además del extremo de una larga espada, que asomaba al costado izquierdo bajo la plegadura de la capa.

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El caballo llevaba la cabeza baja y las orejas caídas, y el jinete encorvado el cuerpo, como replegado en sí mismo, y la ancha ala del sombrero doblegada y empapada por la lluvia que venía de través impulsada por un fuerte viento Norte.

Afortunadamente para el amor propio del jinete, nadie había en el puente que pudiera reparar en la extraña catadura de su caballo, ni en su paso lento y trabajoso, ni en su acompasado cojear de la mano derecha: la lluvia y el frío habían alejado los vagos y los pillastres, concurrentes asiduos en otras ocasiones á los juegos de bolos y á las palestrillas de la Tela; las lavanderas habían abandonado el río, que, dejando de ser por un momento el humilde y lloroso Manzanares de ordinario, arrastraba con estruendo las turbias olas de su crecida, y en razón á la soledad, estaban cerradas las puertas de las tabernillas y figones situados á la entrada y á la salida del puente.

Nuestro jinete, pues, atravesaba á salvo, protegido por el temporal, una de las entradas más concurridas de la corte en otras ocasiones, y decimos á salvo, porque el aspecto de su caballo hubiera arrancado más de una y más de tres desvergonzadas pullas á la gente non sancta, concurrente cotidiana de aquellos lugares.

Era el tal bicho (no podemos resistir á la tentación de describirle), una especie de colosal armazón de huesos que se dejaban apreciar y contar bajo una piel raída en partes, encallecida en otras, de color indefinible entre negro y gris, desprovista de cola y de crines, peladas las orejas, torcidas las patas, largo y estrecho el cuerpo, y larguísimo y árido el cuello, á cuyo extremo se balanceaba una cabeza afilada de figura de martillo, y en la que se descubría á tiro de ballesta la expresión dolorosa de la vejez resignada al infortunio.

Representaos seis cañas viejas casi de igual longitud, componiendo un pescuezo, un cuerpo y cuatro patas, y tendréis una idea muy aproximada de nuestro bucéfalo que allá en sus tiempos, veinte años antes, debió ser un excelente bicho, atendidas su descomunal alzada y otras cualidades fisiológicas que á duras penas podían deducirse por lo que quedaba á aquella ruina viviente, á aquella especie de espectro, á aquella víctima de la tiranía humana que así explota la existencia y los elementos productores de los seres á quienes domina.

Desesperábase el jinete con la lenta marcha...

Desesperábase el jinete con la lenta marcha...
Desesperábase el jinete con la lenta marcha...

Desesperábase el jinete con la lenta marcha de su cabalgadura, con su cojear y con su abatimiento, y de vez en cuando pronunciaba una palabra impaciente, y arrimaba un inhumano espolazo al jaco, que, al sentir la punta, se paraba, se estremecía, lanzaba como protesta un gemido lastimero, y luego, como sacando fuerzas de flaqueza, emprendía una especie de trotecillo, verdadero atrevimiento de la vejez, que duraba algunos pasos, viniendo á parar en la marcha lenta y difícil de antes, y en el acompasado y marcadísimo cojeo.

No sabemos á quién debía tenerse más lástima: si al caballo que llevaba aquel jinete ó al jinete que era llevado por tal caballo.

El aspecto que presentaba entonces Madrid desde el puente de Segovia, poco más ó menos, semejante al que presenta hoy, no era lo más á propósito para dar una idea de la extensión y de la importancia de la corte de las Españas; veíanse únicamente dos colinas orladas por unos viejos muros, con algunas torres chatas, y sobre estas torres y estos muros, á la derecha el convento y las Vistillas de San Francisco; á la izquierda el alcázar y el cubo de la Almudena, y entre estas dos colinas el arrabal y la calle y puerta de Segovia, viéndose además hacia la izquierda y debajo del alcázar el portillo y la puerta de la Vega.

Añádase á esta vista pobre y árida, lo escabroso y desigual del espacio comprendido entre el puente de Segovia y los muros; los muladares, las zanjas y las hondonadas de aquel terreno formado por escombros; la luz triste que se desplomaba de un celaje de color de plomo sobre todo aquello, y se tendrá una idea de la impresión triste y desfavorable que debió causar la vista de Madrid en el viajero, que á todas luces iba por primera vez á la corte, en vista de la irresolución de que dió marcadas muestras acerca de la dirección que debía seguir para entrar en la villa, cuando ya fuera del puente, se encontró cerca de los muros.

Fijóse, al fin, decididamente su vista en el alcázar y luego en la puerta de la Vega, revolvió su caballo hacia la izquierda, y acometió la ardua empresa de salvar las escabrosidades y la pendiente de la agria cuesta.

Al fin, aquí tropiezo, allá me paro, acullá vacilo, el anciano jaco logró pasar la puerta de la Vega; enderezóse un tanto, animado, sin duda, por el olor de las cercanas caballerizas reales, y acaso por resultado de ese amor propio de que continuamente dan claras muestras de no estar desprovistos los animales, disimuló cuanto pudo su cojera, y siguió sosteniendo un laudable esfuerzo en un mediano paso, adelantando por la plazuela del Postigo y la calle de Pomar, hasta un arco que daba entrada á las caballerizas del rey, y donde, mal de su grado, hubo de detenerse el forastero, á la voz de un centinela tudesco que le atajó el paso.

—Y dígame ucé, señor soldado—dijo con impaciencia el jinete—, ¿por qué no puedo seguir adelante?

—Ser estas las capayerisas de su majestad—contestó el centinela.

—Y dígame ucé, ¿no puedo ir por otra parte al alcázar?

—Foste ir bor donde quierra, mas yo non dejar basar bor aquí ese cabayo.

—¿Me impedirán de igual modo que este caballo pase por las otras entradas del alcázar?

—Mi non saperr eso.

Y el centinela se puso á pasear á lo largo del arco.

—¡Y á dónde diablos voy yo!—dijo hablando consigo mismo el jinete—: mi tío vive en el alcázar, necesito verle al momento... y ¿dónde dejo á este pobre viejo? Indudablemente, lo que sobrará en Madrid serán mesones; ¿pero quién se atreve? Con la jornada que trae en el cuerpo el pobre Cascabel, sería cosa de no concluir á las ánimas y luego sin dinero: ¡eh! ¡señor soldado! ¡señor soldado!

Volvióse flemáticamente el tudesco mientras el jinete echaba pie á tierra.

—¿Queréis hacerme la merced de cuidar de que nadie quite este caballo de esta reja á donde voy á atarle mientras yo vuelvo?

—Mi non entender de eso—contestó el soldado—, volviendo á su paseo.

—Como no sea que le roben para hacer botones de los huesos—dijo una voz chillona á espaldas del jinete, no sé quién quiera exponerse á ir á galeras por semejante cosa... ni la piel aprovecha: ¿le traéis para las yeguas del rey, amigo?

Volvióse el forastero con cólera al sitio donde habían sido pronunciadas estas palabras con una marcada insolencia, y vió ante sí un hombrecillo, con la librea de palafrenero del rey.

—Si lo que tenéis de desvergonzado, lo tuviérais de cuerpo, bergante—dijo todo hosco el forastero echando pie á tierra—, me alegraría mucho.

—¿Y por qué os alegraríais, amigo?

—¿Por qué? Porque habría donde sentaros la mano.

—Paréceme que servís vos tanto para zurrarme á mí como vuestro caballo para correr liebres—dijo el palafrenero con ese descaro peculiar de la canalla palaciega.

—Si mi caballo no sirve para correr liebres, sírvolo yo para haceros dar una carrera en pelo—contestó el incógnito, que aún permanecía embozado—, y sin decir una palabra más se fué para el palafrenero con tal talante, que éste retrocedió asustado hacia una puerta inmediata, á tiempo que salían de ella dos hombres al parecer principales, contra uno de los que tropezó violentamente el que huía.

El tropezado empujó vigorosamente al palafrenero, que fué á dar en medio del arroyo, y apenas se rehizo se quitó el sombrero y se quedó temblando é inmóvil, entre los caballeros que salían y el forastero.

Miró el caballero tropezado alternativamente al palafrenero, al incógnito y á su caballo; comprendió por lo amenazador de la actitud del jinete que se trataba de alguna pendencia cortada, ó por mejor decir, suspendida por su aparición, y dijo con acento severo y lleno de autoridad:

—¿Que significa esto?

—Señor, este mal hombre quería pegarme porque me he reído de su caballo—contestó el palafrenero.

—Yo no extraño que se rían de este animal—dijo el embozado—; lo que extraño es que se atrevan á insultarme, á mí, que ni soy manco ni viejo.

—En cuanto á lo de viejo, no puedo hablar porque no se os ve el rostro—dijo el al parecer caballero—; en cuanto á si sois ó no manco, paréceme que si tenéis buenas las manos, tenéis manca la cortesía.

—¡Eh! ¿qué decís?

—Digo, que para tener de tal modo calado el sombrero y subido el embozo cuando yo os hablo, debéis ser mucha persona.

—De hidalgo á hidalgo, sólo al rey cedo.

—Os habla el conde de Olivares, caballerizo mayor del rey—dijo el otro caballero que hasta entonces no había hablado.

—¡Ah! Perdone vuecencia, señor—dijo el incógnito desembozándose y descubriéndose—, es la primera vez que vengo á la corte.

Al descubrirse el jinete dejó ver que era un joven como de veinticuatro años, blanco, rubio, buen mozo y de fisonomía franca y noble, á que daban realce dos hermosos y expresivos ojos negros.

—¡Ah! ¿Acabáis de venir?—dijo el conde de Olivares prevenido en favor del joven—. ¿Y á qué diablos os venís á entrar con ese caballo por las caballerizas del alcázar? En sus tiempos debe de haber sido mucho...

—Cosas ha hecho este caballo y en peligros se ha visto que honrarían á cualquiera, y si porque es viejo lo desprecian los demás, yo, que le aprecio porque le apreciaba mi padre...

—¿Y quién es vuestro padre?

—Mi padre era...

—Bien; pero su nombre...

—Jerónimo Martínez Montiño, capitán de los ejércitos de su majestad.

—Yo conozco ese apellido y creo que le estoy oyendo nombrar todos los días; ¿no recordáis vos, Uceda?

—¡Bah! Ese apellido es el del cocinero mayor de su majestad.

—El cocinero de su majestad es mi tío.

—¡Ah! Pues entonces sois de la casa—dijo el conde—; cubríos, mozo, cubríos, que corre un mal Norte, y seguid hacia el alcázar; y tú, bergante—añadió dirigiéndose al palafrenero—, toma el caballo, llévale á las caballerizas y cuídale como si fuera un bicho de punta; y debe de haberlo sido. ¡Diablo, lo que son los años!

Y el conde de Olivares y el duque de Uceda se alejaron hacia los Consejos, mientras el joven pasaba el arco en dirección al alcázar, murmurando:

—¡El conde de Olivares y el duque de Uceda! Paréceme de buen agüero este encuentro... Ello dirá... Lo que únicamente me inquieta es el haber dejado á Cascabel entregado á aquel bergante... Pero mi tío arreglará esto y lo otro. Vamos en busca de mi tío.

El joven atravesó la plaza de Armas y se encaminó en derechura al pórtico del alcázar sin detenerse un punto á mirarle, á pesar de que pertenecía al gusto del renacimiento y era harto bello y rico para no llamar la atención á un forastero; pero fuese que nuestro joven no se admirase por nada, fuese que le preocupase algún grave pensamiento, fuese, en fin, que comprendiese que es más fácil hacerse paso cuando se camina de una manera desembarazada, altiva y como por terreno propio, la verdad del caso fué que se entró por las puertas del alcázar como si en su casa entrara, alta la frente, la mano en la cadera y haciendo resonar sus espuelas de una manera marcial sobre el mármol del pavimento.

Ni él miró á nadie ni nadie le miró; atravesó un vestíbulo sostenido por arcadas, siguió una galería adelante y se encontró en el patio.

Al ver ante sí la multitud de puertas que abrían paso á otras tantas comunicaciones del alcázar, hubo forzosamente de detenerse y de buscar entre los que entraban y salían á alguno de la servidumbre interior que le guiase hasta las regiones de la cocina, y al fin se dirigió á un enorme lacayo que le deparó su buena suerte.

—¿Por dónde voy bien á la cocina, amigo?—preguntó nuestro joven.

Miróle de alto abajo el lacayo, extrañando, sin duda, que por tal dependencia le preguntase un mancebo, buen mozo, que transcendía á la legua á hidalgo y á valiente, y que llevaba con suma gracia su traje de camino.

—No os dejarán llegar á la cocina de su majestad—contestó el lacayo después de un momento de importuna observación—si no decís á quién buscáis.

—Busco—dijo el joven—al cocinero mayor.

—¡Ah! Pues si buscáis al señor Francisco Montiño, os aconsejo que le esperéis mañana, á las ocho, en la puerta de las Meninas; todos los días va á esa hora á oír misa á Santo Domingo el Real.

Y el lacayo, creyendo haber dado al joven bastantes informes, se marchaba.

—Esperad, amigo, y decidme si no vais de prisa: ¿por qué razón he de esperar á mañana y esperar fuera del alcázar?

—Porque el cocinero mayor, aunque vive en el alcázar, no recibe en él á persona viviente.

—¡Cómo!

—No recibe en su casa por dos muy buenas razones.

—¿Y cuáles son esas buenas razones?

—La una es su mujer y la otra su hija; desde que su hija cumplió los catorce años nadie entra en su cuarto; y desde que se casó en segundas nupcias ha clavado las ventanas que dan á las galerías.

—¡Bah! Pero recibirá en la cocina.

—Menos que en su casa. Allí no recibiría ni al mismo rey.

—No importa. Yo sé que me recibirá.

—Mucha persona debéis ser para él.

—Soy su sobrino.

Cambió de aspecto el lacayo al oír esta revelación; dejó su aspecto altanero y un si es no es insolente; pintóse en su semblante una expresión servicial y cambió de tono; lo que demostraba que el cocinero mayor tenía en palacio una gran influencia, que se le respetaba, y que este respeto se transmitía á las personas enlazadas con él por cualquier concepto.

—¡Ah! ¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco Montiño?—dijo acompañando sus palabras con una sonrisa suntuosa—; eso es distinto, vamos, y llevaré á vuesa merced hasta donde sin tropezar y en derechura pueda encaminarse á la cocina.

Y, volviendo atrás, se entró por una puertecilla situada en un ángulo, subió por una escalera de caracol y salió á una larga galería.

El joven siguió tras él y así atravesaron algunas puertas, en todas las cuales había centinelas; pero muy pronto empezaron á recorrer enormes salones desamueblados en la parte íntima, por decirlo así, del alcázar.

Subieron otras escaleras, y en lo alto de ellas se detuvo el lacayo.

—Desde aquí—dijo—nadie atajará á vuesa merced, porque sólo las gentes de la casa andan por esta parte; siga vuesa merced adelante hasta el cabo de la crujía, y el olor le guiará.

Y después de un respetuoso saludo, dejó solo al sobrino de su tío.

En efecto, cuando el joven estuvo al fin de la crujía le dió en las narices un olor indefinible, suculento, emanación de cien guisos, aroma especial que sólo analiza un cocinero; guiado por aquel rastro, el joven siguió adelante, y muy pronto atravesó una gran puerta y se encontró en la cocina de su majestad.

Llenaba aquel espacio, pulcramente blanqueado, una atmósfera que alimentaba; aspirábase allí una temperatura sofocante; cantaban, chirriaban, chillaban en coro una multitud de ollas y cacerolas; veíanse en medio de una niebla sui generis una multitud de hombres y de muchachos, oficiales los unos, pinches los otros, galopines los más y pícaros de cocina; aquel era un taller en forma, en que se iba, se venía, se picaba, se espumaba, se soplaba, se veían acá y allá limpios utensilios, brillaba el fuego y, últimamente, en una larga percha se veían capas de todos colores y espadas y dagas de todas dimensiones.

Por el momento nadie reparó en el joven; pero él se encargó de que reparasen en él dirigiéndose á un oficial que traía asida por las dos manos una descomunal cuajadera.

—¿Queréis decirme—le preguntó—dónde está el cocinero mayor?

Dejó el oficial la cuajadera sobre una mesa y se volvió al joven, limpiándose las manos en su mandil.

—¡Ta, ta! ¡El cocinero mayor!—dijo con acento zumbón—. Si por ventura venís á buscar trabajo, echadle un memorial.

—No busco trabajo, le busco á él.

—No está.

—Ya sé que no recibe en la cocina; pero si está, decidle que le busca su sobrino, que acaba de llegar de su pueblo y que le trae una carta de su hermano el arcipreste.

Operóse en la actitud, en el semblante y en las palabras del oficial la misma transformación que se había operado en el lacayo, pero de una manera tan marcada, que el joven no pudo menos de comprender que si su tío era una influencia poderosa en el alcázar, en la cocina era una omnipotencia.

—¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco Montiño?-dijo el oficial completamente transformado—. ¡Qué diablo! Su merced no está.

Habían rodeado á la sazón al joven una turba de galopines que le miraban con las manos á las espaldas, ojos que se reían y bocas que rebosaban malicia.

Como que se trataba de un profano.

—¿Y dónde encontraré á mi tío?.. Me urge... me urge de todo punto—dijo el joven con acento impaciente.

—Yo diré á vuesa merced dónde está su tío—dijo un galopín—: el señor Francisco Montiño está prestado.

—¡Cómo prestado!—dijo el oficial.

—Prestado al señor duque de Lerma—dijo otro pinche.

—Como que está malo de un atracón de setas el cocinero del duque.

—Y el duque tiene convidados.

—Por último, ¿mi tío no volverá probablemente?—dijo el joven.

—No volverá, caballero—dijo otro de los oficiales—, porque me han encargado que sirva la cena de su majestad.

—¿Y dónde vive el duque de Lerma?

—¡Toma!—exclamó un pinche como escandalizado—. En su casa; es menester venir de las Indias para no saber dónde vive el duque.

—Calle de San Pedro, caballero—dijo el oficial encargado accidentalmente de la cocina—; cualquier mozo de cuerda á quien vuesa merced pregunte le dará razón.

Tomó el joven las señas que le dieron, las fijó en la memoria, como que tanto le importaban, y despidiéndose de aquella turba, salió y tomó la crujía adelante; pero fué el caso que, como el alcázar era un laberinto para él desconocido, en vez de volver por el mismo camino de antes, tomó la dirección opuesta, bajó unas escaleras, y se encontró en habitaciones amuebladas, entapizadas, alfombradas é iluminadas, porque ya era casi de noche, y en las que había algunos lacayos.

Pero marchaba el joven de una manera tan decidida, absorto en sus pensamientos y sin reparar en nada, que, sin duda porque por aquella parte habían quedado atrás las entradas difíciles, y no circulaban más que los que estaban autorizados para ello, nadie le preguntó, ni le puso obstáculos, ni le dijo una palabra.

Y así continuó hasta un estrecho pasadizo, medio alumbrado por un farol clavado en la pared, y enteramente desierto, donde hubo de sacarle de su distracción una voz de mujer, grave, sonora, que hablaba sin duda con otra detrás de una mampara próxima, y que le dejó oír involuntariamente las siguientes palabras:

—Me va en ello más que piensas... es preciso; preciso de todo punto... ¡oh, Dios mío!

Nuestro joven hizo entonces lo que en igual situación hubiera hecho el más hidalgo: comprendió que una casualidad le había llevado á un lugar donde dos mujeres se creían solas, que las graves palabras que había oído pertenecían sin duda á un secreto que él no debía sorprender, y se hizo atrás dirigiéndose á la puerta inmediata; pero aquella puerta estaba cerrada.

Dirigióse á la ventura á otra, pero al llegar á ella se abrió y salió una dama.

El joven dió un paso atrás, y se quitó el sombrero. La dama que salía dió un ligero grito de sorpresa, y quedó inmóvil.

—¿Qué hace este hombre aquí?—dijo con la voz notablemente alterada.

—Perdonad, señora, pero...

—¿Pero qué?—exclamó con impaciencia la dama.

—Soy forastero: He venido al alcázar á ver á mi tío, y al salir me he perdido.

—¿Y quién es vuestro tío?

—El cocinero mayor del rey.

—¡Ah!¿sois sobrino del cocinero mayor?—repuso la dama, cuya voz estaba alterada por una conmoción profunda—; comprendo: venís de las cocinas.

—Así es, señora—contestó el joven—, que contrariado y confuso por su torpeza, tenía la vista fija en el suelo.

—Habéis bajado por las escaleras por donde se sirve la vianda á su majestad; habéis cruzado la galería de los Infantes, y os habéis metido en la portería de damas... ¡y esos maestresalas!... ¡estarán durmiendo!

—Yo siento, señora... yo quisiera...

—¿Cuánto tiempo hace que estáis en esta galería?

—Hace un momento, señora; como que al abrir esta puerta, buscaba una salida.

—¿Y no habéis oído hablar á nadie?

—No, señora.

Y entonces el joven alzó los ojos, miró á la dama y se puso pálido.

Lo que había causado la palidez del joven, era la hermosura de la dama y la expresión de sus grandes ojos, fijos en él, de una manera particular.

—La casualidad que os ha traído aquí—dijo la dama—, os pudiera costar cara.

—Sucédame lo que quiera, me pasará indudablemente menos de ello que de haberos disgustado.

—Venid—dijo la dama—, cuya voz tenía todavía el acento irritado, trémulo, conmovido.

Y en paso rápido, fuerte, enérgico, tiró la crujía adelante, llegó á una puerta, abrió su pestillo con un llavín dorado, la pasó y repitió con impaciencia:

—¡Seguid! ¡Seguid!

Se encontró el joven en otra galería menos alumbrada; por último, la dama tomó por una escalera obscura.

El joven la siguió á tientas; nada veía: sólo percibía el ardiente hálito de la dama, el crujir de su traje de seda, la fuerte huella de su paso.

Al fin de la escalera sintió abrir una puerta, y la voz de la dama que le dijo:

—Salid: id con Dios.

Fué tal el acento de la dama al despedirle, que el joven no se atrevió á contestar: salió, sintió que cerraban la puerta, y se encontró en un ámbito tenebroso, del cual no podía apreciar otra cosa sino que estaba embaldosado de mármol, por el ruido que producían sobre el pavimento sus pisadas.

Con las manos delante, á tientas, siguió á lo largo de una pared; torció, revolvió, anduvo perdido un gran espacio, y al fin, guiado por el resplandor de una luz que se veía tras una puerta, se dirigió á ella, se encontró en una galería baja y luego en el patio.

Acontecióle entonces lo que nos acontece cuando despertamos de una molesta pesadilla: su corazón se espació y aspiró con placer el aire frío que, zumbando en las cornisas, penetraba en remolino hasta el fondo del patio.

Pero la impresión de toda pesadilla, continúa aun después de despertar; el joven guardaba una fuerte impresión de su aventura, pero indeterminada, vaga, como un sueño; aquella impresión partía de la dama que había visto un momento; recordaba, con no sabemos qué agitación, que era una mujer tan hermosa como no había visto otra; pero no recordaba los rasgos de su semblante, ni el color de sus ojos, ni el de sus cabellos, ni su apostura, ni su traje; habíale acontecido lo que al que mira de frente al sol, que solo ve luz, una luz que le deslumbra, que sigue lastimando sus ojos después de haberlos cegado; estaba seguro de no conocerla si por acaso la veía otra vez, y esto le desesperaba; no se daba razón del sentimiento que aquella impresión le hacía experimentar; no pensó en que podía estar enamorado, como al recibir una estocada nadie por el momento se cree herido de muerte.

El amor es hijo de la imaginación; la imaginación del joven no había tenido tiempo ni aun para formar el embrión de ese fantasma ardiente á quien damos la forma de la mujer que ha hablado fuertemente á nuestros sentidos; estaba aturdido y nada más.

Así es que, profundamente preocupado, se dirigió por un instinto á una salida, y por efecto de su preocupación, ni vió dos hombres embozados, que estaban parados en la puerta de las Meninas, ni oyó este breve diálogo, que pronunciaron al pasar el joven junto á ellos:

—¿Ha salido?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace algunos minutos.

—¿En litera?

—En litera.

El joven pasó y maquinalmente tomó por la embocadura de una calle inmediata.

La noche cerraba á más andar: el temporal seguía; la lluvia lenta, sorda, pesada, espesa, producía un arroyo en el centro de la calle, y las gentes, rebujadas en sus capas ó en sus mantos, pasaban de prisa.

Era esa hora melancólica del crepúsculo vespertino, anticipada por el estado de la atmósfera, y por la niebla que empezaba á tenderse sobre la tierra. En aquel tiempo las calles de Madrid no estaban alumbradas, ni empedradas, ni abundaban las tiendas, y las pocas que existían, se cerraban al obscurecer; andaba poca gente por las calles, porque entonces Madrid, teniendo una periferia casi tan extensa como ahora, tenía mucha menos población; las casas, construídas en su mayor parte á la malicia, como se decía entonces, ó para que lo entiendan nuestros lectores, con un solo piso, para librarse de la carga de aposento con que estaban gravadas las que se elevaban más, eran bajas, de pobre aspecto, y muchas de ellas de madera; las calles eran irregulares, tortuosas, estrechas, con entrantes y salientes, y singularmente por la parte contigua al alcázar, por donde marchaba nuestro joven, eran un verdadero laberinto, habiendo trozos en que no se veía una sola puerta, á causa de formarlos las tapias de los huertos de los cuatro ó cinco conventos que había en aquel barrio.

En uno de estos callejones escuetos y solitarios se detuvo de repente nuestro joven, que había llegado hasta allí maquinalmente, para orientarse del lugar en que se encontraba.

El frío y la lluvia le habían vuelto al mundo real; miró en torno suyo en busca de una persona á quien preguntar, y se encontró solo; pero de repente, sin que antes hubiese sentido pisadas, sintió que se asían á su capa, y oyó una voz de mujer que le decía con precipitación:

—¡Dadme vuestro brazo, y seguid adelante, seguid!

Volvióse el joven, y vió junto á él una mujer de buena estatura, de buen talante, de buen olor, completamente envuelta en un manto negro.

—¡Seguid, seguid adelante!—dijo la dama con doble impaciencia—; y no hagáis extrañeza ninguna, que me importa. Yo os explicaré... ¡pero seguid!

Y la tapada levantó por sí misma la halda de la capa del joven, y se asió á su brazo y tiró de él.

—¡Yo os digo que sigáis adelante!—exclamó la incógnita con irritación—; ¡ó es que sois tan poco hidalgo, que no queréis favorecer á una dama!

No permitiendo la sorpresa contestar al joven, se limitó á dejarse conducir por la tapada.

—Pero, ¡yo os arrastro! ¡yo os llevo!—dijo ésta con acento en que brotaba un tanto de irritación—; ¡y lo notará quien nos vea! ¿Cómo llevaríais á vuestra amante, caballero?

—¡Ah! ¡según!—dijo el joven—... si íbamos huyendo de un marido, de un padre, ó un hermano...

—No, no tanto como eso: marchemos naturalmente, como dos enamorados á quienes importan poco el frío, la lluvia y el viento.

—Sea como vos queráis—dijo el joven—; y paréceme que si yo os conociera, sería muy posible, casi seguro, mi enamoramiento.

—¿De dónde sois, caballero?—dijo la tapada, marchando ni más ni menos que si no hubiera llovido, y se hubiese encontrado junto al hombre de su elección.

—Soy... pero dispensad, señora; ni comprendo lo que me sucede, ni puedo adivinar el objeto de vuestra pregunta.

—Os pregunto que de dónde sois, porque me parecéis un tanto cortesano: me estáis enamorando á la ventura sin soltar prenda.

—Pues os engañáis, señora; no soy cortesano sino desde esta tarde.

—¡Cómo! ¿no habéis venido hasta ahora á la corte?

—No; y sin embargo, aunque no llega á una hora el tiempo que hace que estoy en ella, me han sucedido tales aventuras...

—¿Aventuras y en una hora?

—Sí por cierto: he reñido con un palafrenero del rey; he conocido á dos grandes señores; me he perdido en el alcázar...

—¡Ah! ¡os habéis perdido... en el alcázar...! ¿y qué aventura os ha sucedido al perderos?

—¡Perderme!—exclamó el joven, y suspiró porque se acordó de la hermosura de la dama de la galería.

—En palacio es el perderse muy fácil—dijo la dama—, y os aconsejo que si alguna vez entráis en él, os andéis con pies de plomo; ¿y no os ha acontecido más aventura después de haberos... perdido en el alcázar?

—Sí, sí por cierto: ¿no os parece una muy singular aventura esta en que me encuentro con vos, á quien no conozco, que se me os habéis venido sin saber de dónde y que...?

—¿Y qué...?

—Podéis acabar de perderme.

—¡Yo!

—Sí, vos: debéis ser muy hermosa, señora, y muy principal, y hallaros metida en un gran empeño.

—Explicadme...

—Os siento apoyada en mi brazo, y ¡Dios me perdone!, pero quien tiene tan hermoso brazo, debe tenerlo todo hermoso.

—En la tierra de donde venís, ¿se acostumbra á abusar de las mujeres, caballero?

—¡Ah!, perdonad: yo no creía...

—Vos lo habéis dicho: soy una dama principal: más de lo que podéis creer, y, como habéis supuesto, me encuentro en un gran conflicto.

—Vuestra voz, aunque quisistéis disimularlo, era un tanto trémula cuando me hablásteis: vuestro brazo, al asirse al mío, temblaba.

—Acortad el paso y bajad más la voz—dijo la dama—; nos siguen.

—Y vos, cuando os siguen, ¿os detenéis?

—Cuando sé que quien me sigue tiene dudas de si soy yo ó no soy, procuro no desvanecerlas huyendo: quien huye teme.

—¿Y vos no teméis?

—Sí por cierto, y porque temo mucho, procuro que quien me sigue dude; dude hasta tal punto, que siga su camino creyendo que pierde el tiempo en seguirme.

—¿No es vuestro esposo quien os sigue?

—Yo no soy casada.

—¿Ni vuestro padre?

—Está sirviendo al rey fuera de España.

—¿Ni vuestro hermano?

—No le tengo.

—¿Ni vuestro amante?

—Nunca le he tenido.

—¡Ah!

—¿Qué os sucede?

—Quisiera saber quién os sigue.

—No volváis la cara, que sin que la volváis os sobrará acaso tiempo de saberlo.

—Pero si no es asunto vuestro...

—¿Sabéis que sois muy curioso, caballero?

—¡Ah!, perdonad: me callaré.

—No, hablad; hablad.

—Pero si mis palabras os ofenden...

—Habladme de lo que queráis.

—¡Ah! ¿de lo que yo quiera? Yo quisiera conoceros.

—¿Y para qué?

—Os repito que debéis ser muy hermosa.

—Mirad no os engañe vuestro deseo.

—Descubrid el rostro.

—Mostraros el rostro ahora sería comprometer acaso un secreto que no es mío.

—¡Cómo!

—Si pudiérais dar señas de la mujer á quien vais acompañando...

—Soy noble y honrado.

—No os conozco.

—Y sin embargo, os habéis amparado de mí.

—A la ventura, á la desesperada.

—¿Y no os inspira confianza la manera respetuosa con que os trato?

—Respetuosa y reservada, por ejemplo, no me habéis dicho quiénes eran los dos grandes señores que habéis conocido.

—¿Y por qué no? Eran el conde de Olivares y el duque de Uceda.

—¿Y cómo? ¿por qué habéis conocido á esos caballeros?

—Terciaron en mi disputa con el palafrenero.

—¡Ah!, y decidme: ¿de dónde salían?

—De las caballerizas del rey.

—¡Ah!, ¡es extraño!—dijo la dama—; ¡juntos y en público Olivares y Uceda!

Y la dama guardó silencio por algunos segundos.

Seguían andando lentamente; por fortuna la lluvia no arreciaba; y los anchos y bajos aleros de las casas los protegían.

El forastero iba fuertemente impresionado. La tapada apoyaba con indolencia su brazo, un brazo mórbido y magnífico, á juzgar por el tacto; su andar era reposado, grave, indolente; el movimiento de su cabeza lleno de gracia, de atractivo; su voz sonora, dulce, extremadamente simpática, y se exhalaba de ella una leve atmósfera perfumada. Además, una preciosa mano cuajada de anillos y extremadamente blanca y mórbida, sujetaba su manto cerrado sobre su rostro, sin dejar abierto más que un candil, una especie de pliegue demasiado saliente, para que pudiera vérsela ni un ojo.

La noche empezaba á cerrar densamente obscura.

El joven empezaba á aturdirse con lo que le acontecía.

—¿Y qué aventura os sobrevino en el alcázar cuando os perdísteis?

—Os lo repito: mi aventura en el alcázar ha sido perderme.

—Pero esa es una palabra que puede entenderse de muchos modos.

—¡Ah, señora...! ¡tengo una sospecha...!

—¿Qué?—dijo con cuidado mal encubierto la dama.

—Que acaso vos seáis la causa de que yo me haya perdido.

—¡Yo! ¡y no me conocéis!

—Esa es mi desesperación: que no os conozco, y os recuerdo.

—¿Sabéis que ya es obra el entenderos? Si no me conocéis, ¿como podéis recordarme?

—Pues ese es el caso: yo os he visto un momento, un momento nada más, y os he visto tan hermosa que me habéis cegado...

—¿Que me habéis visto? ¿Y dónde?

—Cuando os asísteis á mí, teníais abierto el manto.

—¡Oh! ¡no! no recuerdo haberme descuidado. Y si no, ¿de qué color son mis ojos?

—Es que vuestra hermosura me ha deslumbrado, señora, y cuando he vuelto á abrir los ojos me he encontrado á obscuras.

—Nos siguen más de cerca—dijo la dama—, y mucho será de que quien nos sigue, á pesar de todo, no me conozca.

—La noche está obscura, señora; hace tiempo que vamos por calles desiertas: al que estorba se le mata.

—¡Ah!—exclamó la dama y estrechó el brazo del joven.

—Decidme: detened á ese hombre, y no da un paso más.

—¿Y mataríais por mí á quien no conocéis? ¿á un hombre que ningún mal os ha hecho?

—Sí.

—¿Y si no fuera yo quien creéis?

—¿Quién otra pudiera ser?

—La dama de palacio.

—Es que yo no he visto en palacio ninguna dama.

—¿La habéis prometido callar?

—Os juro que á ninguna dama he visto.

—Decidme... pero rodeemos por esta calle: ¿á qué habéis venido á Madrid?

—A buscar á mi tío, que es el cocinero mayor del rey.

—¡Ah! ¿y al arrimo de vuestro tío, venís á pretender algún oficio á la corte?

—Yo, señora, no pretendo nada.

—¿Sois rico?

—Soy pobre. Pero para servir bajo las banderas del rey como soldado, no son necesarios empeños.

—¿De modo que...?

—Vengo á traer á mi tío el cocinero una carta de mi tío el arcipreste.

—¡Ah! ¿y de dónde venís...!

—De Navalcarnero.

—¿Y nunca habéis salido de esa villa?

—Sí, por cierto, señora. He cursado en la Universidad de Alcalá.

—¡Ah! ¡ya decía yo!

—¿Y qué decíais vos?

—Que no érais novicio. ¡Estudiante! ¡ya!

—Y estudiante de teología.

—¿Y ordenado?

—No por cierto. Me gusta más el coselete que la sotana, y luego el amor... ¡poder amar sin ofender á Dios ni al mundo!

—No sabéis hablar más que de amor.

—Pues mirad; hasta ahora no he amado.

—¿Amáis á la dama del juramento?

—Os juro, señora...

—Si yo fuese la dama de la galería...

—¡Ah!

—Si yo fuese la que de tan mal talante os echó por una escalera excusada...

—¿Vos me libertáis de mi promesa?

—Y porque habéis cumplido bien, espero que me contestéis en verdad: ¿es cierto que os he causado tal impresión, que no recordáis mi semblante?

—Os lo juro por mi honra.

—Pues bien; olvidad de todo punto vuestro amor que empieza; es tiempo aún: cuidad que no me volveréis á ver, cuidad que es un sueño lo que os sucede, y seguid callando como callábais.

—¡Oh! ¡sí! ¡callaré! pero amaré... os amaré... aunque no os conozca... ¡os amaré siempre!... ¡sin esperanza...!

—Olvidemos locuras y hablemos de lo que importa, porque vamos á separarnos. Parémonos en esta esquina. Respondedme, si es verdad que he causado en vos la impresión que decís. ¿Oísteis hablar á alguien en la galería?

—Sí.

—¿Qué oísteis...?

—Estas ó semejantes palabras: «me va en ello la vida ó la honra...» ello era gravísimo. ¿Y queréis que sea franco con vos? He creído que quien pronunciaba aquellas palabras era...

La tapada puso su pequeña mano sobre la boca del joven, y éste, aprovechando la ocasión, la retuvo, la besó; la dama dió un ligero grito, y desasió con fuerza su brazo de la mano del joven; en ésta quedó un brazalete, que el joven guardó rápidamente, y aprovechando el haberse descompuesto el manto de la dama, la miró:

—¡Ah!—exclamó con desesperación.

—Está la noche muy obscura—dijo la dama cubriéndose de nuevo.

—¿Y no tendréis compasión de mí...?

—Escuchadme y servidme.

—Os serviré.

—Desde aquí voy á seguir sola.

—¡Sola!

—Sí. Allí, junto aquella puerta, hay un hombre parado. Es necesario que ese hombre no pueda seguirme.

—No os seguirá.

—Evitad matarle, si podéis. Con que le entretengáis un breve espacio estaré en salvo.

—¿Pero nada me decís? ¿Ninguna señal vuestra me dais?

—¡Ah! ¿queréis una señal? Tomad.

—¿Y qué es esto...?

—Tomadlo.

—¡Una joya!

—No, una señal. Y oíd: seguid guardando un profundo secreto acerca de vuestras dos aventuras conmigo. Vos no habéis estado en la portería de damas, vos no habéis oído nada. Sobre todo no sospechéis, no os atreváis á adivinar que quien ha pronunciado aquellas graves palabras, ha sido...

—¡La reina!

—Sí—dijo la tapada inclinándose al oído del joven y con voz ardiente y entrecortada—: era la infeliz Margarita de Austria. Ya veis si confío en vos. Deteniendo á ese hombre que me sigue, servís á su majestad. Sed caballero y leal, y tened por seguro que aunque no volváis á verme vuestra fortuna ha de dar envidia á muchos.

—¡Oh! ¡esperad! ¡esperad, señora!

—¿No os he dejado una prenda?

—Pero...

—No puedo detenerme más. Adiós; impedid que ese hombre me siga. Adiós.

Y la tapada tiró una calleja adelante.

El bulto que estaba parado á alguna distancia, adelantó á buen paso.

—¡Eh! ¡atrás! ¡no se pasa!—dijo nuestro forastero, echando al aire la daga y la espada.

El que venía hizo un movimiento igual, y sin decir una palabra, embistió al joven.

—Os aconsejo que os vayáis—dijo éste, acudiendo al reparo de los golpes que le tiraba el embozado—, porque si no os vais, os va á suceder algo desagradable. ¡Hola! ¿se me os venís con estocadas? ¡perfectamente! pero es el caso que yo no quiero mataros, amigo mío.

Echó fuera dos ó tres estocadas bajas, y aprovechando un descuido del contrario, le dió un cintarazo encima del sombrero.

—Eso ha podido ser un tajo que se os hubiese entrado hasta los dientes—dijo el joven pronunciando esta nota con una calma admirable.

El otro redobló su ataque.

—Es el caso que yo no quiero mataros—dijo el sobrino de su tío—; no por cierto: sería bautizar mi entrada en Madrid con sangre. ¡Ah! ¿os empeñáis? pues... allá voy, camarada...

Y se cerró en estocadas estrechas, obligando al contrario á repararse con cuidado.

—¡Ah! ¡ah!—murmuró el joven—; en la corte no saben más que echar plantas; paréceme que ya le tengo para el desarme de mi tío el arcipreste. ¡Veamos! ¡Pobre hombre! ¡Bah! ¡estáis preso! ¡Sois mío!

El forastero había cogido á su contrario en el momento en que tenía puesta su daga sobre la espada, cerca de su empuñadura; había metido una estocada baja y diagonal por el ángulo estrecho formado por la daga y por la espada del incógnito y había hecho una especie de trenza con los tres hierros, sujetándolos contra el muslo izquierdo de su contrario.

Era un desarme completo; el enemigo no podía valerse de sus armas; entre tanto, al forastero le quedaba franca la daga para herir, pero no hirió.

—Idos—dijo al otro—; puedo mataros, pero no quiero asustar á mi buena suerte tiñéndola de sangre la primera noche que entro en Madrid; envainad vuestros hierros y volvéos por donde habéis venido.

Y diciendo esto sacó su espada del desarme, se retiró dos pasos del otro, que había quedado inmóvil, y luego se embozó y tiró la calle adelante por donde había desaparecido la tapada.

El vencido quedó solo, inmóvil; un momento después de haberse alejado su generoso vencedor, relumbraron luces en una calleja y adelantó un hombre, á quien seguían otros cuatro.

Aquellos hombres eran alguaciles y traían linternas.

CAPÍTULO II

INTERIORIDADES REALES

Doña Juana de Velasco, duquesa viuda de Gandía, era camarera mayor de la reina.

La viudez ú otras causas que no son de este lugar, habían empalidecido su rostro y poblado, aunque ligeramente, de canas sus cabellos.

Pero, á pesar de esto, el rostro de doña Juana era bastante bello, dulcemente melancólico, y sobre todo expresaba de una manera marcada la conciencia que la buena señora tenía de su nobleza, que, según los doctores del blasón, se remontaba nada menos que á los tiempos de la dominación romana.

Satisfecha con su cuna, con la posición que ocupaba en la corte y con sus rentas, que la bastaban y aun la sobraban para destinar parte de ellas á la caridad, doña Juana de Velasco, ó sea la duquesa de Gandía, era feliz, salvo algunos importunos recuerdos de su juventud.

No se crea por esto que la camarera mayor de la reina gozaba de una manera pasiva de su buena posición, ni que de tiempo en tiempo no la molestase algún grave disgusto.

Si la duquesa de Gandía no hubiese funcionado como una rueda, más ó menos importante, en la máquina de intrigas obscuras que estaba continuamente trabajando alrededor de Felipe III, no hubiera sido camarera mayor de la reina.

La duquesa de Gandía era acérrima partidaria de don Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma, marqués de Denia y secretario de Estado y del despacho.

Tenía para ello muy buenas razones, porque sólo apoyándose en buenas razones, podía ser amiga del duque la virtuosa duquesa.

Dotada de cierta penetración, de cierta perspicacia, comprendía la duquesa que Felipe III, si bien era rey por un derecho legítimo, que nadie podía disputarle, era un rey que no era rey más que en el nombre.

Sabía perfectamente la duquesa, sin que la quedase la menor duda, que Felipe III era miope de inteligencia; que sólo había heredado de su abuelo Carlos V ciertos rasgos degradados de la fisonomía; que el cetro se convertía en sus manos en rosario; que era débil é irresoluto, accesible á cualquiera audacia, á cualquiera ambición que quisiera volverle en su provecho, y lo menos á propósito, en fin, para regir con gloria los dilatadísimos dominios que había heredado de su padre.

La duquesa para decirlo de una vez, estaba plenamente convencida de que el rey necesitaba andadores.

La duquesa estaba también completamente convencida de que el duque de Lerma venía á ser los andadores de Felipe III.

El carácter tétrico del rey; su indolencia; su repugnancia, mal encubierta, á la gestión de los negocios públicos; su falta de instrucción y de ingenio, hacían de él un rey vulgarísimo, en el cual ningún ministro podía apoyarse confiadamente, puesto que cualquiera intriga mal urdida bastaba para dar al traste con el favorito y para establecer esa sucesión ruinosa de gobernantes egoístas é interesados que, desprovistos de todo pensamiento noble y fecundo, alentados sólo por una ambición repugnante, dan el miserable espectáculo de una lucha mezquina, que acaba por empequeñecer, por degradar á la nación que sufre con paciencia esta vergonzosa guerra palaciega.

El duque de Lerma, que después de una larga vida de cortesano, que le había hecho práctico en la intriga, llegó á ser árbitro de los destinos de España como ministro universal al advenimiento al trono de Felipe III, se había visto obligado, desde el principio de su privanza, á rodear al rey de hechuras suyas, á intervenir hasta en las interioridades domésticas de la familia real, y, lo que era más fatigoso y difícil, á contrabalancear la influencia de Margarita de Austria que, menos nula que el rey, quería ser reina.

Esto era muy natural; pero por más que lo fuese no convenía al duque de Lerma, que quería gobernar sin obstáculos de ningún género.

La duquesa de Gandía, pues, con muy buena intención, y creyendo servir á Dios y al rey, era el centinela de vista puesto por el duque junto á la reina.

Servía la duquesa á Lerma tan de buena voluntad, con tan buena intención, ya lo hemos dicho, como que creía que todo lo que faltaba á Felipe III para ser un mediano rey, sobraba á Lerma para ser un buen ministro.

Militaban además en el ánimo de la duquesa en pro del favorito, razones particulares de agradecimiento.

La duquesa era madre.

Lerma favorecía abiertamente á su hijo, el joven duque de Gandía, confiriéndole encargos altamente honoríficos.

Por rico y por noble que sea un hombre, hay ciertos cargos que enaltecen su posición, que aumentan su brillo.

La duquesa de Gandía estaba con justa causa agradecida al duque de Lerma.

Y como los bien nacidos no excusan nunca obligaciones á su agradecimiento, la duquesa servía á Lerma por convicción y por deber.

Pero era el caso que Lerma tenía más vanidad que perspicacia, y solía suceder que construyese sus más soberbios edificios sobre arena.

Así es que con frecuencia se equivocaba en la elección de sus instrumentos, tomando lastimosamente la adulación por afecto y el servilismo por solicitud.

El duque de Lerma se había creado sus enemigos en sus mismos instrumentos, y debía conservar el poder hasta el momento en que, robustecidos por él sus adversarios, se encontrasen bastante fuertes para derrocarle.

Respecto á la duquesa de Gandía, la equivocación de Lerma había sido de distinto género: ella le servía de buena fe, pero la duquesa no servía para el objeto á que la había destinado el duque.

Porque la reina era más perspicaz, y sin ser un prodigio, porque en los tiempos de Felipe III, los prodigios personificados habían dejado completamente de manifestarse en España; sin ser un prodigio la reina, tenía un claro talento, y maravillosamente desarrollada esa cualidad que se llama astucia femenil.

Desde el principio comprendió Margarita de Austria que su camarera mayor era un instrumento de Lerma, y no le rompió porque prefería un enemigo de quien podía burlarse, á arrostrar el peligro de que, más precavido el duque, ó más atinado en una segunda elección, la pusiese al lado una influencia más temible.

La reina, pues, procuró neutralizar el poder de Lerma respecto al insuficiente espía que la había puesto al lado, colmando de favores y distinciones á la duquesa y demostrándola un cariño de amiga, más que de soberana.

La duquesa tragó el anzuelo, y no vió de la reina más que lo que la reina quiso que viese.

Lerma no logró, pues, nunca saber á lo que debía atenerse á ciencia cierta respecto á la reina.

La duquesa creía verlo todo, y halagada de una parte por los favores del favorito, y de otra por el cariño traidor de la reina, vivía tranquila y feliz, salvo algunos disgustos inherentes á su posición, inevitables.

Como mujer de Estado, tenía satisfecha su vanidad, creyéndose uno de los primeros y más importantes resortes del gobierno.

Como mujer particular, había pasado de la edad de las pasiones, gozaba del respeto y de la consideración de todo el mundo, y pasaba la parte de vida que la dejaban libre los delicados deberes de su alto cargo, rezando, leyendo vidas de santos ó durmiendo.

De lo expuesto se deduce que la duquesa de Gandía vivía soñando.

Y como la vida es sueño, vivía.

Para algo hemos presentado á nuestros lectores esta señora.

Ella va á servirnos de medio para empezar á conocer de una manera gráfica, por decirlo así, á uno de los más importantes personajes de nuestro drama.

Aquella misma noche en que acontecieron al sobrino de su tío las extraordinarias aventuras que dejamos relatadas en el capítulo anterior, y cabalmente en los momentos en que el joven sostenía su extraño diálogo con la dama encubierta, doña Juana de Velasco estaba sentada en un ancho sillón forrado de terciopelo, al lado de una mesa, leyendo á la luz de los dobles mecheros de un enorme velón de plata, un no menos enorme libro á dos columnas, mal impreso y cuyo papel era fuertemente moreno.

Aquel libro tenía por título: Miedos y tentaciones de San Antonio Abad.

La habitación en que la duquesa se encontraba era una extensa cámara del alcázar, cuyas paredes estaban cubiertas de damasco rojo, y adornadas con enormes cuadros del Tiziano, de Rafael y de Pantoja de la Cruz.

El techo, obscuro, de pino, tallado profundamente, según el gusto del Renacimiento, estaba, á causa de su altura, casi perdido en la sombra, que no alcanzaba á disipar la insuficiente luz del velón; acontecía lo mismo respecto á las paredes que, veladas por una penumbra opaca, hacían aparecer de una manera extraña y descompuesta las figuras de los cuadros; y el fuego brillante de un brasero colocado á cierta distancia, en la sombra, contribuía á dar cierto aspecto fantástico y siniestro á aquella silenciosa cámara, en la cual no se veía de una manera determinada más que el plano de la mesa en que estaba el velón, parte de la pared, en que proyectaba una sombra fuerte la pantalla, y medio cuerpo de la duquesa, con su toca blanca y su vestido negro, leyendo en silencio y con una atención gravísima.

No se oía ruido alguno, á excepción del zumbar del viento, y el chasquido de una ventana que el viento cerraba de tiempo en tiempo, produciendo un golpe seco y desagradable.

La duquesa seguía engolfada en su lectura.

De repente se estremeció y palideció.

Había llegado á un pasaje en que el demonio estaba retratado tan de mano maestra, que la duquesa tuvo miedo, y cerró el libro santiguándose.

Un segundo estremecimiento más profundo, más persistente, se dejó notar en doña Juana, que exhaló un grito y se puso de pie aterrada.

No podía ser el libro lo que había causado este nuevo terror.

En efecto, había sido distinta la causa.

La duquesa había visto abrirse una de las paredes de la cámara, y salir por la abertura una sombra negra.

Su sobresalto, pues, era muy natural.

Pero sobre los hombros de la figura negra, había una cabeza blanca con sus correspondientes cabellos rubios.

Era, pues, un hombre lo que la duquesa había tomado por una aparición del otro mundo.

—¡Chists! ¡no gritéis, mi buena doña Juana!—dijo aquel hombre poniéndose un dedo sobre los labios—; ¿no veis que vengo solo y de una manera misteriosa?

—En efecto, señor, y me habéis dado un buen susto—dijo la duquesa.

—Vos no sabíais que en las habitaciones de la reina había puertas ocultas, ¿eh? pues ni yo tampoco.

—Pero vuestra majestad... si saben...

—Os diré: nadie puede saber nada, porque he venido emparedado.

—Dejad, dejad que vuelva de mi susto, señor; ¿conque es decir que si no hubiera sido vuestra majestad...?

—Eso digo yo: en nuestro alcázar tenemos entradas y salidas que no conocemos; de modo que si algún miserable como Ravaillac conoce estos pasadizos, estamos expuestos á morir de la muerte del rey de Francia.

—En España no hay regicidas, señor: además, vuestra majestad es un rey justo y bueno y no tiene enemigos.

—Dicen que Enrique IV era un buen rey.

—Pero hereje...

—¡Ah! por la misericordia de Dios, somos buenos hijos de Roma. Sin embargo, ¡si supiérais, doña Juana, de qué manera he sabido que se puede venir de mi cámara á la de la reina sin que nadie lo sepa!

—¿Pues cómo? ¿no conoce vuestra majestad á quien se lo ha revelado?

—Cerrad las puertas, doña Juana, cerradlas, que no quiero que nadie nos vea, y venid á sentaros después conmigo junto al brasero. Hace frío, sí, sí por cierto, mucho frío. Tenemos que hablar largamente.

Mientras que la duquesa de Gandía cierra las puertas, toda admirada y toda cuidadosa, examinemos al rey, que se había sentado junto al brasero y removía el fuego aspirando su calor con un placer marcado.

Felipe III sólo tenía entonces treinta y tres años, pero su palidez enfermiza y la casi demacración de su semblante le hacían parecer de más edad; su frente era estrecha, sus ojos azules no tenían brillo, ni el conjunto de sus facciones energía; el sello de la raza austriaca, ennoblecido por el emperador Don Carlos, estaba como borrado, como enlanguidecido, como degradado en Felipe III; aquella fisonomía no expresaba ni inteligencia, ni audacia, sino cuando más la tenacidad de un ser débil y caprichoso; el labio inferior, grueso, saliente, signo característico de su familia, no expresaba ya en él el orgullo y la firmeza: había quedado, sí, pero un tanto colgante, expresando de una manera marcada la debilidad y la cobardía del alma; aquel labio en Carlos V había representado la majestad altiva y orgullosa: en Felipe II, el despotismo soberbio; en Felipe III, nada de esto representaba: ni el dominador, ni el déspota se había vulgarizado, se había degradado; no era un rasgo, sino un defecto.

Añádase á esto un cuerpo delgado y pequeño, caracterizado con el aspecto fatigoso de un cansancio habitual, y este cuerpo embutido dentro de un traje de terciopelo negro; añádase un cordón de seda del que cuelga sobre el pecho el toisón de oro; un pequeño puñal de corte, pendiente de un cinturón tachonado de pequeños clavos de plata, y al otro lado un largo rosario negro sujeto al mismo cinturón, y se tendrá una idea de Felipe III, tal cual se presentó á la duquesa de Gandía.

—¿Habéis cerrado ya, doña Juana?—dijo el rey, después que hubo removido á su placer el brasero y colocádose en la posición más cómoda que pudo.

—Sí, señor.

—¿Es decir, que no puede escucharnos nadie?

—Nadie, señor.

—Sentáos.

Sentóse la duquesa, pero en una actitud respetuosa y á corta distancia del rey.

—Acercáos, acercáos, doña Juana; hace frío... y sobre todo, tenemos que hablar largamente y á corta distancia, á fin de que podamos hablar muy bajo: vengo á buscaros como un amigo; como un amigo que se confiesa necesitado de vos, no como rey.

—Vuestra majestad puede mandarme siempre.

—No tanto, no tanto, doña Juana; ya sé yo que servís con el alma y la vida...

—A vuestra majestad.

—Ciertamente; sirviendo á Lerma, me servís, porque el duque es mi más leal vasallo.

—Lo podéis afirmar, señor... el duque de Lerma...

—El duque de Lerma me sirve bien; pero aquí, entre los dos, doña Juana, me tiraniza un tanto; á pretexto de que la reina es enemiga suya, me tiene casi divorciado; y la reina... está ofendida conmigo... ya lo sabéis.

La duquesa se encontraba en ascuas: lo que la sucedía era un verdadero compromiso, porque, al fin, el rey era el rey.

La rígida etiqueta de la casa de Austria, con arreglo á la cual raras veces se encontraba el rey libre de una numerosa servidumbre, había impedido hasta entonces que Felipe III la abordase con libertad, en su cualidad de cancerbera de la reina; pero aquella desconocida comunicación secreta, la había entregado sin armas y, lo que era peor, desprevenida, á una entrevista particular con el rey.

La duquesa se calló, no encontrando por el pronto otra contestación mejor que el silencio.

Alentado con este silencio, el rey añadió:

—Vos misma conocéis la razón con que me quejo. Lerma es demasiado receloso, demasiado, y no sé qué motivo pueda tener para desconfiar de la reina, para impedirme mi libre trato con ella.

—Nunca, que yo sepa, se ha cerrado á vuestra majestad la puerta de la cámara de su majestad, ni yo, como camarera mayor, lo hubiera permitido.

—Sí; pero yo creo que las paredes de la cámara de la reina oyen.

—Podrá suceder—respondió la duquesa con intención—, si las paredes de la cámara de su majestad tienen pasadizos como ese.

Y la duquesa señaló la puerta secreta que había quedado abierta.

Sea como fuere—dijo el rey—, cuando Lerma sabe que yo voy á ver á la reina, sabe todo lo que la reina y yo hablamos.

—Protesto á vuestra majestad que ninguna parte tengo...

—No, no digo yo eso, ni lo pienso, doña Juana; pero cuando la expulsión de los moriscos... la reina creía que el edicto era demasiado riguroso... pretendía que los reinos de Granada y Valencia iban á quedar despoblados... me indicó otros medios... estábamos solos la reina y yo... al día siguiente en el despacho, estuvo Lerma taciturno y serio y me hizo comprender con buenas palabras que lo sabía todo... es más: extremó los rigores, sin duda saludables, de la ejecución del edicto, y yo tuve después con la reina un serio disgusto; ahora, con la expedición de Inglaterra, la reina pretende que es aventurada, ruinosa, ineficaz... Lerma ha enviado allá á don Juan de Aguilar y la reina se ha negado á recibirme de todo punto.

Detúvose el rey esperando una respuesta, pero la duquesa no contestó.

—¿Pero no se os ocurre nada que decirme, doña Juana?—dijo el rey, en el cual se iba haciendo cada vez más visible la impaciencia—; estáis como asustada...

—En efecto, señor, vuestra majestad acaba de decirlo: estoy asustada, y suplico á vuestra majestad que... señor... perdonadme, pero no se me ocurre nada...

—Pues ello es necesario que se os ocurra, señora mía—insistió el rey con un tanto de aspereza—; preciso... yo no contaba con encontrar á nadie, porque el papel que me han dejado decía...

—¡Ah! ¡el papel que han dejado á vuestra majestad...!

—¡Qué! ¿no os he contado...?

—Vuestra majestad me ha dicho...

—Que no sabía nada acerca de estos pasadizos, y eso es muy cierto. Pero... os exijo el más profundo secreto—exclamó interrumpiéndose y con una gravedad, verdaderamente regia, el rey.

—¡Señor! ¡señor! ¡mi lealtad!

—¡Sí! ¡sí! ya sé que la lealtad á sus reyes, es una virtud muy antigua en la noble familia de los Velascos. Y hace frío...

La duquesa removió de nuevo el brasero.

—Del mismo modo os exijo secreto, un secreto absoluto, acerca de lo que está sucediendo.

—¿Pero qué está sucediendo, señor?

—Sucede que yo estoy hablando mano á mano y á solas con vos.

—Lo que me honra mucho.

—Pues bien; que nadie sepa, doña Juana, que habéis sido honrada de este modo... vos no me habéis visto.

—Crea vuestra majestad, señor...

—Sí, sí, creo que después de lo que os he dicho, seréis discreta. Pero estamos pasando lastimosamente el tiempo.

Y el rey fijó una mirada vaga en la puerta que correspondía á la recámara de la reina.

Aquella mirada hizo sudar á la duquesa.

—Sabed—dijo el rey, acercándose más á doña Juana y en voz sumamente baja—que mi confesor ha estado encerrado gran parte de la tarde conmigo.

Detúvose el rey, y la duquesa sólo contestó abriendo mucho los ojos, porque no sabía á dónde iba el rey á parar.

—Fray Luis de Aliaga, me habló de muchas cosas graves que no vienen á cuento... pero tened presente que mi buen confesor estaba solo conmigo.

Interrumpióse el rey, y la duquesa, por toda contestación, volvió á abrir desmesuradamente los ojos.

—Estaba solo conmigo y encerrado—continuó el rey—, ¿entendéis bien, duquesa? solo conmigo y encerrado...

—Sí, sí, señor, entiendo á vuestra majestad.

—Pues bien—dijo el rey soslayándose en el sillón y buscando en uno de los bolsillos de sus calzas—, cuando el padre Aliaga salió, me encontré sobre mi mesa esta carta cerrada, puesta á la vista y que, como veis, dice en su sobrescrito: «A su majestad el rey de España».

La duquesa miró el sobrescrito y continuó callando.

—Escuchad ahora lo que contiene esta carta, que por cierto no es muy larga, pero que, á pesar de su brevedad, es grave, gravísima: sí; ciertamente, muy grave.

Fijó el rey su mirada en la duquesa, que persistió en su silencio.

—Acercad la luz, doña Juana—dijo el rey.

Levantóse la duquesa, tomó el velón y continuó de pie junto á Felipe III, alumbrándole.

—Oíd, pues: oíd, y ved á cuánto os obliga mi confianza.

—Vuestra majestad no puede obligar más, á quien está tan obligada, señor.

—No importa, oíd.

Y el rey se puso á leer:

«Sacra católica majestad: Los traidores que os rodean...»

Dejó el rey de leer, levantó los ojos y miró á la duquesa, que estaba verdaderamente asustada.

—¡Los traidores que me rodean!—dijo el rey—¿qué decís á esto?

—Digo, señor, que no lo entiendo—contestó la duquesa.

—Ni yo tampoco—repuso el rey—; yo creo que estoy rodeado de vasallos leales.

—Alguna miserable intriga...

—Oíd: «los traidores que os rodean, os tienen separado de su majestad la reina...»

Interrumpióse de nuevo el rey.

—En esto de tenerme separado de la reina, tienen mucha razón, y no tenéis en ello poca parte, doña Juana.

—¡Jesús, señor!—exclamó la duquesa, que á cada momento estaba más inquieta.

—Como que sois muy grande amiga de Lerma.

—Yo... señor...—contestó con precipitación la camarera mayor—cuando se trata del servicio de mis reyes...

—Seguid oyendo... «os tienen separado de la reina: es necesario que este estado de cosas concluya...»

Dejó el rey de leer.

—Y yo también lo creo así—dijo—; en cuanto á lo de no ver libremente á mi esposa... en esta parte piensa como yo el autor incógnito; pero prosigamos.

Y el rey inclinó de nuevo la vista sobre la carta:

—«...es necesario que este estado concluya, pero ni lo conseguirá vuestra majestad de Lerma, ni tendrá bastante valor... ¡para hacerse respetar!»

—Eso es una insolencia, señor—dijo la duquesa—: quien escribe esto á su rey, no puede ser más que un traidor.

—Eso dije yo... pero más abajo hay algo en que este traidor me sirve mejor que me sirven mis más leales vasallos, inclusa vos, doña Juana.

—¡Señor!—exclamó toda turbada la duquesa.

—Vais á juzgar—dijo el rey continuando la lectura—: «pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de la camarera mayor...»

—¡Oh, Dios mío!—exclamó la duquesa—: perdóneme vuestra majestad si le interrumpo, pero... me parece que el que ha escrito esta carta me cuenta entre el número de los traidores.

—¿Quién dice eso? y aunque lo dijesen, ¿creéis que yo me dejaría llevar de carteles misteriosos? Si he dado importancia á éste es porque dice algunas verdades, y, sobre todo, porque ha producido un hecho.

—¡Un hecho!

—Ciertamente: que yo conozca estos pasadizos. Pero continuemos, que se pasa el tiempo y esta cámara es tan fría...

Inclinóse un tanto la duquesa, y sin dejar de alumbrar al rey, removió de nuevo el brasero.

El rey leyó:

—«...pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de la camarera mayor, esto es, hablar con su majestad la reina en su misma cámara, sin temor de ser escuchados por nadie, va á procurároslo quien, no sirviéndoos por interés alguno, sino por su lealtad, os oculta su nombre. Buscad debajo de las almohadas de vuestro lecho: encontraréis un llavín de punta cuadrada; id luego al armario donde tenéis vuestros libros de devoción, y junto á la pared, por la parte que mira á vuestro lecho, encontraréis un agujero cuadrado también; meted en él el llavín, dad vuelta, y el armario se abrirá, dejándoos franco un pasadizo; seguidle en línea recta: á su fin encontraréis una puerta que abriréis con el mismo llavín, y os encontraréis en las habitaciones de... vuestra esposa.»

El rey dobló la carta lentamente, se soslayó de nuevo, y la guardó en su bolsillo.

—¿Qué decís á esto, doña Juana?—la preguntó el rey.

La duquesa se había quedado con el velón en posición de alumbrar al rey y hecha una estatua.

—Dejad, dejad el velón, y venid á sentaros frente á mi. Dios me perdone, pero juraría que estábais temblando.

—¡Ah, señor!—dijo la duquesa, que había dejado el velón, volviendo y juntando las manos—; ¡cuando pienso que un traidor puede llegar hasta aquí impunemente!

—Hasta ahora sólo ha entrado el rey; pero sentáos, sentáos y escuchadme bien: exceptuando lo mal que os trata á Lerma y á vos, yo no sabría con qué pagar á quien me ha procurado los medios de llegar hasta aquí... de poder entenderme buenamente con vos: yo hubiera preferido que esa puerta hubiese dado inmediatamente al dormitorio de la reina.

—¡Cómo, señor! ¿pesa á vuestra majestad haberme encontrado?

—No me pesaría si no fuéseis tan amiga de Lerma, ó si Lerma no creyera que la reina le quiere mal, aunque en ese caso, para nada necesitaba yo de pasadizos.

—Pero, señor, para mí, vuestra majestad, después de Dios, es lo primero.

—Sí, sí, lo creo... pero... estoy seguro de que... me opondréis dificultades.

—¡Dificultades! ¡á qué!

—Mirad, doña Juana, yo amo á la reina.

—Digna de ser amada y respetada es su majestad, por hermosa y por discreta.

—La amo más de lo que podéis creer, y vos y Lerma me separáis de ella.

—¡Yo, señor!...

—Siempre que he pretendido atraeros á mi bando, á mi pacífico bando, os habéis disculpado con las obligaciones de vuestro cargo, con que necesitábais llenar las fórmulas, con que la etiqueta no permite al rey ver á su consorte, como otro cualquier hombre... y yo quiero verla con la libertad que cualquiera de mis vasallos ve á su mujer... ¿lo entendéis?

—Sí; sí, señor, pero...

—Os prometo que nadie lo sabrá: que ese pasadizo permanecerá desconocido para todo el mundo; que aunque la reina quiera hablarme de asuntos de Estado...

—¿Vuestra majestad me manda, señor, que le anuncie á su majestad la reina?—dijo la duquesa levantándose.

—No, no es eso... no me habéis entendido, doña Juana; yo no os mando, os suplico...

—Señor—dijo la duquesa inclinándose profundamente.

—Sí, sí, os suplico; quiero que reservada, que secretamente, me procuréis la felicidad que tiene el último de mis vasallos: la de poder amar sin obstáculo á su familia; mirad, hablaremos muy bajo la reina y yo... no os comprometeremos...

—Vuestra majestad no puede comprometer á nadie, porque vuestra majestad en sus reinos es el único señor, el único árbitro á quien todos sus vasallos tienen obligación de obedecer y de respetar.

—Pero si no se trata de obediencias, ni de respeto, ni de que toméis ese tono tan grave; lo veo: estáis entregada en cuerpo y alma á Lerma, le teméis; le teméis más que á mí; ¿será cierto lo que dicen acerca de que don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, por nuestra gracia, es más rey que el rey en los reinos de España?

Estremecióse doña Juana, porque Felipe III se había levantado de su indolencia y de su nulidad habituales, en uno de sus rasgos en que, como en lúcidos intervalos, dejaba adivinar la raza de donde provenía.

Tanto se turbó la duquesa, de tal modo tartamudeó, que Felipe III se vió obligado á apearse de su pasajera majestad.

—Os suplico, bella duquesa—la dijo asiéndola una mano y besándosela, como hubiera podido hacerlo un caballero particular—que seáis mi amiga.

—¿Vuestra majestad desea ver á la reina?—dijo toda azorada doña Juana.

—Deseo más.

—¿Y qué más desea vuestra majestad?

—Deseo... que... que esto se quede entre nosotros.

—Yo jamás faltaré á lo que debo á mi lealtad, señor.

—Bien, bien; pues ya que soy tan feliz que logro reduciros, id y decid á mi esposa... á la reina... que yo...

—Voy á anunciar á su majestad, la venida de vuestra majestad.

El rey se quedó removiendo el brasero y murmurando:

—Creo, Dios me perdone, que la duquesa me teme: bien haya el que me ha mostrado el camino; pero ¿quién será?¿El padre Aliaga?¡Bah! el padre Aliaga no se anda conmigo con misterios... ¿quién será?¿Quién será?

Abrióse la puerta por donde había entrado poco antes la duquesa, y el rey se calló.

Adelantó doña Juana, pero pálida y convulsa.

—¿Qué tenéis, duquesa?—dijo el rey, que no pudo menos de notar la turbación de la camarera mayor.

—Tengo... señor... que vuestra majestad va á creer que no quiero obedecerle.

—¡Cómo!

—Me es imposible anunciar á vuestra majestad.

—¡Imposible!

—Sí; sí, señor, imposible de todo punto.

—Pero y ¿por qué?...

—Porque... porque su majestad no está sola.

—¿Que no está sola la reina? ¡Otra desgracia!... ¿Pero quién está con la reina?

—Está... esa doña Clara Soldevilla; esa menina á quien tanto quiere, á quien tanto favorece, de la cual apenas se separa la reina mi señora... esa mujer á quien no ha sido posible arrancar del lado de su majestad.

—¡Doña Clara Soldevilla!—dijo el rey palideciendo más de lo que estaba—; ¿será necesario...?

—Sí; sí, señor; será necesario expulsarla á todo trance de palacio... es... perdone vuestra majestad... una intriganta... una enemiga á muerte del duque de Lerma, de ese grande hombre, del mejor vasallo de vuestra majestad.

—Pero en resumen... ¿el estar la reina con esa mujer impide...? ¿No es éste un refugio vuestro, doña Juana?

—Juro á vuestra majestad por mi honor y por el honor de mis hijos, que me es imposible, imposible de todo punto anunciar á vuestra majestad... á no ser que vuestra majestad quiera que lo sepa doña Clara...

—¡Ciertamente que soy muy desgraciado!...

—Juro á vuestra majestad, que en el momento en que la reina mi señora quede sola... yo misma... por ese pasadizo, iré á avisar á vuestra majestad...

—¡Cuando haya vuelto Lerma...! ¡Cuando...! no, no, doña Juana, yo volveré; yo volveré... esta noche á la media noche... esperadme... y yo, yo, Felipe de Austria, no el rey, os lo agradecerá.

Y Felipe III, como quien escapa, se dirigió á la puerta secreta, desapareció por ella y cerró.

La duquesa viuda de Gandía volvió á quedarse sola.

Durante algunos segundos permaneció de pie, inmóvil, anonadada, trémula.

—¡Pero Dios mío! ¿Qué es esto?—exclamó con la voz temblorosa—. ¿Dónde está la reina? ¿Dónde está su majestad?

Y saliendo de su inacción, se precipitó de nuevo en la recámara de la reina.

Ni en ésta, ni en el dormitorio, ni el oratorio había nadie.

La reina, á juzgar por las apariencias, no estaba en el alcázar; al menos no estaba en las únicas habitaciones donde podía estar, porque suponer que la reina hubiese salido por las puertas de servicio, era un absurdo; ¿pero no podía haber salido la reina por algún pasadizo semejante á aquel por donde había aparecido el rey?

—La reina estaba sola: me despidió á pretexto de sus devociones y se encerró en el oratorio—dijo la duquesa—; nadie ha entrado, y la reina... su majestad... no parece; ¡oh! ¿qué es esto, Dios mío?

Encontrábase entonces la camarera mayor en el dormitorio de la reina, buscando con una bujía que había tomado del oratorio, por todas partes; su vista estaba maquinalmente fija en el voluminoso lecho, y una idea siniestra, una tradición obscura, que reposaba como otras tantas en el seno del alcázar, vino á herir su imaginación.

—Aquí, en esta misma cámara—murmuró con miedo—, murió la reina doña Isabel de Valois.

La duquesa se detuvo.

—Dicen—continuó—que la envenenó, por celos de su hijo, el rey Felipe II.

La camarera mayor, que hemos dicho era supersticiosa, empezó á encontrarse mal, á tener miedo en el dormitorio.

—¿Servirían estos pasadizos—dijo—para que el rey observase á su esposa?

Detúvose de nuevo la duquesa.

—Dicen que de tiempo en tiempo suceden en esta cámara cosas extraordinarias... que el alma de la reina doña Isabel...

En aquel momento la puerta que conducía al oratorio de la reina, dió un violento portazo. Sobresaltada, sobrecogida la duquesa, dejó caer la palmatoria que tenía en la mano y se quedó á obscuras.

Entonces sintió junto á sí los pasos de alguien que andaba por el dormitorio; sintió que aquellos pasos se acercaban á ella; sobrecogióla un pavor mortal; ni tuvo voz para gritar, ni para moverse; pero á pesar de aquel terror, oyó clara y distintamente una voz alterada, de entonación fingida, que dijo muy cerca de ella:

—Si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y oído esta noche.

La voz calló, los pasos se alejaron, rechinó la puerta, y luego todo volvió al silencio anterior.

Instantáneamente la duquesa se lanzó fuera del dormitorio y de la recámara de la reina, entró en la cámara donde poco antes había estado hablando con el rey y corrió á una campanilla y la agitó con violencia.

Entró una de las doncellas de la servidumbre.

—No, vos no—dijo alentando apenas la duquesa—; decid á la señora condesa de Lemos que entre.

Poco después entró una joven como de veinticuatro años, hermosa, viva, morena, ricamente vestida, y sobremanera esbelta y gentil.

A la primera mirada comprendió que sucedía algo terrible á la duquesa.

—¿Qué es esto, señora?—la dijo—; estáis pálida, mortal, tembláis... ¿qué os ha sucedido?

—Una pesadilla... amiga mía: me había dormido al amor del brasero, y... hacedme la merced de mandar que me traigan agua y vinagre... pero no os vayáis... no... será una manía—añadió sonriendo penosamente—, pero no quiero estar sola.

La joven condesa de Lemos fué á pedir el agua, murmurando para sí mientras llegaba á la puerta de la cámara:

—¡Una pesadilla que la ha puesto azul de miedo! ¡quién será el duende de esta pesadilla!

Al poco tiempo y después de haber bebido un enorme vaso de agua con vinagre, después de haber logrado con grandes esfuerzos obtener una serenidad aparente, la duquesa dijo á la joven dama de honor:

—¡Ya se ve! ¡es tan tétrica esta cámara! luego, esas ventanas que golpean... el ruido de la lluvia... y además... antes de dormirme leía Los miedos y tentaciones de San Antonio Abad.

—¡De tentaciones os ocupábais!—dijo la de Lemos—; pues mirad, señora, la noche está de tentaciones.

—¿Vos también leíais?

—No, señora, pensaba.

—¿Y pensando teníais... tentaciones?...

—Y muy fuertes, señora.

—¿Pero de qué? ¿qué diablo os tentaba?

—El diablo de la venganza.

—¡Oiga!—exclamó la duquesa afectando una risa ligera, como para demostrar que había pasado enteramente su terror—: ¿conque queréis vengaros?

—Me han ofendido.

-¿Quién?

—Mucha gente...

—Pero explicáos, si es que... podemos saber el motivo de vuestra venganza.

—¡Ay, Dios mío! sí, señora.

—Y ¿quién os ha ofendido?

—Primero el conde de Lemos.

—¡Vuestro esposo!

—Mi esposo... y me ha ofendido gravemente.

—¿Pero y en qué?

—En dar motivo para que le destierren de esta corte; ¡y qué motivo!, un motivo por el cual se ha puesto á nivel de ese rufián, de ese mal nacido, de ese Gil Blas de Santillana.

—¡Ah, ah!

—Descender hasta...

—Pero eso debe ser una calumnia.

—No, señora; el conde de Lemos ha cedido á una tentación, y cediendo á ella me ha ofendido á mí... como que hay quien dice...

—¡Calumnias!

—Hay quien dice que hubiera sido capaz de llevarme de la mano y de noche, á obscuras, al cuarto del príncipe don Felipe, solo por heredar á mi padre en el favor del rey, como ha sido capaz de llevar al príncipe don Felipe á los brazos de una aventurera.

El padre de la condesa de Lemos era el duque de Lerma.

—¿Pero quién se atreve á decir eso?

—Quien se atreve á todo; quien, arrastrándose delante de todo el que puede darle algo, practica los más bajos oficios; quien no se detiene ni ante lo más alto, ni ante lo más grande; quien se atreve hasta á su majestad la reina, no contándome á mí, que soy su dama de honor, y simplemente condesa de Lemos. En una palabra: don Rodrigo Calderón, á quien tan torpemente concede mi padre toda su confianza.

—¿Pero estáis loca, doña Catalina? Estáis loca; ¿qué cólera y qué malas tentaciones son esas?

—Acabo de recibir esta carta.

La joven sacó de su seno un pequeño billete. La duquesa se estremeció involuntariamente, porque recordó la carta del rey.

—Leed, leed, doña Juana, porque yo no me atrevo á leer esa carta dos veces.

La duquesa tomó la carta, se acercó á la luz, buscó sus antiparras, se las caló y leyó lo siguiente:

«Ayer fuí á vuestra casa y estábais enferma; yo sé que gozáis de muy buena salud: ayer tarde pasé por debajo de vuestros miradores, y al verme, os metísteis dentro con un ademán de desprecio; anoche hicísteis arrojar agua sucia sobre los que tañían los instrumentos de la música que os daba; esta mañana no contestásteis á mi saludo en la portería de damas y me volvísteis la espalda delante de todo el mundo; todo porque no he podido ser indiferente á vuestra hermosura y os amo infinitamente más que un esposo que os ha ofendido, degradándose. Me habéis declarado la guerra y yo la acepto. Empiezo á bloquearos, procurando que el conde de Lemos no vuelva en mucho tiempo á la corte. Tras esto irán otras cosas. Vos lo queréis. Sea. Por lo demás, contad siempre, señora, con el amor de quien únicamente ha sabido apreciaros.»

La duquesa, después de leer esta carta, se quedó muda de sorpresa.

—Esta carta—dijo al fin—merece...

—Merece una estocada—dijo la joven.

—No por cierto: esta carta merece una paliza.

—¿Pero de quién me valgo yo? ¿á quién confío yo...?

—Mostrad esa carta á vuestro padre.

—Mi padre necesita á ese infame: además, ésta no es la letra de don Rodrigo; se disculpará, dirá que se le calumnia.

—¡Esperad!

—¿Que espere?... ¡bah!, no señor; yo he de vengarme, y he aquí mis tentaciones.

—Pero ¿qué tentaciones han sido esas?

—Primero, irme en derechura al cuarto de su majestad.

—¡Cómo!

—Decirle sin rodeos que estoy enamorada del príncipe.

—¡Doña Catalina!

—Que valgo infinitamente más que otra cualquiera para querida de su alteza.

—¿Y seríais capaz?...

—¿De vengarme?... ya lo creo.

—¿De vengaros deshonrándoos?

—Un esposo como el mío, que se confunde con la plebe, merece que se le iguale con la generalidad de los maridos.

—Vos meditaréis.

—Ya lo creo... y porque medito me vengaré del rey, que no ha sabido tener personas dignas al lado de su hijo, mortificándole; del príncipe, enamorándole y burlándole...

—¡Ah! burlándole... es decir...

—¡Pues qué! ¿había yo de sacrificarme hasta el punto de deshonrarme ante mis propios ojos?... no... que el mundo me crea deshonrada, me importa poco: ya lo estoy bastante sólo con estar casada con el conde de Lemos; un marido que de tal modo calumnia, solo merece el desprecio.

—¡Cómo se conoce, doña Catalina, que sólo tenéis veinticuatro años y que no habéis sufrido contrariedades!

—¡Ah, sí!—dijo suspirando la condesa.

—¿Pero supongo que no cederéis á la tentación?

—Necesario es que yo me acuerde de lo que soy y de donde vengo, para no echarlo todo á rodar: ¡escribirme á mí esta carta!

Y la condesa estrujó entre sus pequeñas manos la carta que la había devuelto la camarera mayor.

—¡Y si este hombre estuviese enamorado de mí, sería disculpable! pero lo hace por venganza.

—¡Por venganza!

—Contra mi marido, porque al procurar un entretenimiento al príncipe, no ha tenido á mano otra cosa que la querida de don Rodrigo Calderón.

—Tal vez os ame... y aunque esto no es disculpa...

—Don Rodrigo no me ama... porque...

—¿Por qué?

—Porque no se ama más que á una mujer, y don Rodrigo está enamorado de...

—¿De quién?—exclamó la duquesa, cuya curiosidad estaba sobreexcitada.

La de Lemos se acercó á la camarera mayor hasta casi tocar con los labios sus oídos, y la dijo en voz muy baja:

—Don Rodrigo está enamorado de su majestad.

—¡Explicáos, explicáos bien, doña Catalina!

—Ya sé, ya sé que un ambicioso puede estar enamorado de un rey, mirando en su favor el logro de su ambición; pero no he querido jugar del vocablo; no: don Rodrigo está enamorado de su majestad... la reina.

—¡Ved lo que decís!... ¡ved lo que decís, doña Carolina!—exclamó la camarera mayor anonadada por aquella imprudente revelación, y creyendo encontrar en la misma una causa hipotética de la desaparición de la reina de sus habitaciones.

—A nadie lo diría más que á vos, señora—dijo con una profunda seriedad la joven ni os lo diría á vos, si hasta cierto punto no tuviese pruebas.

—¡Pruebas!

—Oíd: hace dos años, cuando estuvimos en Balsaín, solía yo bajar de noche, sola, á los jardines.

—¡Sola!

—En el palacio hacía demasiado calor. Acontecía además, para obligarme á bajar al jardín, que... en las tapias había una reja.

—¡Ah!

—Una reja bastante alta, para que pueda confesar sin temor que por aquella reja hablaba con un caballero, más discreto por cierto, más agudo, y más valiente y honrado que el conde de Lemos.

—Sin embargo, creo que hace dos años ya estábais casada.

—¿Y qué importa? yo no amaba á aquel caballero, ni aquel caballero me amaba á mí.

—Os creo, pero no comprendo...

—Pero comprenderéis que cuando os confieso esto, os lo confesaría todo.

—¿Pero cómo podías bajar á los jardines?

—Por un pasadizo que empezaba en la recámara de la reina, y terminaba en una escalera que iba á dar en los jardines.

—¡Ah! ¡también hay pasadizos en el palacio de Balsaín!

—Un pasadizo de servicio, que todo el mundo conoce.

—¡Ah! ¡sí! ¡es verdad!

—Pues bien: la noche que me tocaba de guardia en la recámara de la reina, cuando su majestad se había acostado; abría silenciosamente la puerta de aquel pasadizo y me iba... á la reja.

—Hacíais mal, muy mal.

—No se trata de si hacía mal ó bien, sino de que sepáis de qué modo he podido tener pruebas... de los amores ó al menos de la intimidad de don Rodrigo Calderón con la reina.

—¡Amores ó intimidad!...—murmuró la duquesa—¡Dios mío! ¿pero estáis segura?

—¿Que sí lo estoy? Una noche, cuando yo me volvía de hablar con mi amigo secreto, al pasar por detrás de unos árboles oí dos voces que hablaban, la de un hombre y la de una mujer.

—Y eran...

—Cuando arrastrada por mi curiosidad me acerqué cuanto pude de puntillas, conocí... que la mujer era la reina, que el hombre era don Rodrigo Calderón.

—¡Y hablaban de amores!

—Al principio... es decir, cuando yo llegué, no; conspiraban.

—¡Que conspiraban!

—Contra mi padre.

—¡Ah!—exclamó la duquesa.

—Recuerdo que su majestad estaba vestida de blanco, y que don Rodrigo tenía un bello jubón de brocado; el traje de la reina me extrañó, porque recordé que cuando entramos á desnudarla tenía un vestido negro.

—Pero... ¿cómo... á propósito de qué conspiran... la reina y don Rodrigo contra el duque Lerma?

—La reina se quejaba de que mi padre dominaba al rey; y que no se hacía más que lo que mi padre quería; que las rentas reales se iban empeñando más de día en día; que la reina estaba humillada; que nuestras armas sufrían continuos reveses; que, en fin, era necesario hacer caer á mi padre de la privanza del rey, para lo cual debían unir sus esfuerzos la reina y don Rodrigo.

—¡Ah! ¡ah! por el amor... ¿hablaron de amor?...

—Don Rodrigo pidió una recompensa por sus sacrificios á la reina.

—Y la reina...

—La reina le dijo: ¡esperad!

—¡Pero una esperanza!...

—Mi buena amiga: cuando una mujer pronuncia la palabra ¡esperad! como la pronunció la reina, es lo mismo que si dijese: hoy no, mañana.

—Sin embargo, la reina, por odio al duque de Lerma, ha podido bajar hasta decir á un hombre que pudiese servirla contra el duque: ¡esperad! ¡pero bajar más abajo!

—La reina tiene corazón.

—Es casada.

—Está ofendida.

—El rey la ama.

—El rey ama á cualquiera antes que á su mujer.

—Tengo pruebas del amor del rey hacia la reina; pruebas recientes.

—Lo que inspira la reina al rey no es amor, sino temor, y procura engañarla sin conseguirlo. El rey quiere á todo trance que le dejen rezar y cazar en paz, y la lucha entre la reina y mi padre le desespera.

Quedóse profundamente pensativa la duquesa.

—Os repito—dijo recayendo de nuevo en su porfía—que no tengo la más pequeña duda de que la reina inspira á su majestad un profundo amor.

—Ya os he dicho y os lo repito: no se ama á un tiempo á dos personas.

—¿Y el rey?...

—El rey ama á una mujer que... preciso es confesarlo, por hermosa, por discreta, por honrada, merece el amor de un emperador. ¡Pero vos estáis ciega, doña Juana! ¿no habéis comprendido que el rey está enamorado hasta la locura de doña Clara Soldevilla, verdadero sol de la villa y corte, y que vale tanto más, cuanto más desdeña los amores del rey?

—¡Pero si doña Clara es la favorita de la reina! ¿Queréis que la reina esté ciega también?

—La reina sabe que si el rey ama á doña Clara, doña Clara jamás concederá ni una sombra de favor al rey, y la reina, con el desvío de doña Clara á su majestad, se venga del desamor con que siempre su majestad la ha mirado.

—Vamos: no, no puede ser; vos os equivocáis... tenéis la imaginación demasiado viva, doña Catalina.

—Quien tiene la culpa de todo esto, es mi padre.

A esta brusca salida de asunto, ó como diría un músico, de tono, la duquesa no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.

—¡Qué decís!-exclamó.

—Mi padre, con la manía de rodearse de gentes que le ayuden, se fía demasiado de las apariencias y comete... perdonadme, doña Juana, porque yo sé que sois muy amiga y muy antigua amiga de mi padre, pero su excelencia comete torpezas imperdonables.

—¡Dudáis también de la penetración, de la sabiduría y de la experiencia de vuestro padre! Yo creo que si seguimos hablando mucho tiempo acabaréis por confesar que dudáis de Dios.

—Creo en Dios y en mi padre.

—Se conoce—dijo la duquesa no pudiendo ya disimular su impaciencia—que os galanteaba con una audacia infinita, antes de que os casárais, don Francisco de Quevedo.

Coloreáronse fugitivamente las mejillas de la joven.

—¿Y en qué se conoce eso?

—En que os habéis hecho... muy sentenciosa.

—Achaques son del tiempo; hoy todo el mundo sentencia, hasta el bufón del rey; ¡y qué sentencias dice á veces el bueno del tío Manolillo! El otro día decía muy gravemente hablando con el cocinero mayor del rey: «Hoy en España se come lo que no se debe guisar»; y como el buen Montiño no le entendiese, replicó sin detenerse un punto: «por ejemplo, allá va un maestresala que lleva respetuosamente sobre las palmas de las manos un platillo de cuernos de venado para la mesa de su majestad.»[A]

A esta salida de la condesa, la camarera mayor no pudo contener un marcado movimiento de disgusto; reprimióse, sin embargo, y dijo procurando dar á su voz un acento conveniente:

—Vamos, se conoce que la insolencia de don Rodrigo os ha llegado al alma, porque estáis terrible, amiga mía; nada perdonáis, ni aun á vuestro padre, y voy convenciéndome de que por vengaros de ese hombre, seréis capaz de todo.

—¿Pues no? ¿Os parece que una dama puede sufrir, sin desesperarse, insultos tan groseros?

—Confieso que tenéis razón y que en vuestro lugar...

—Vos en mi lugar, ¿qué haríais?

—Pediría consejo.

—Pues cabalmente yo no he hecho más que pedíroslo.

—¡Ah! yo creía que sólo me habéis dado á conocer vuestras tentaciones.

—Pues de ese modo os he pedido que me aconsejéis.

Meditó de nuevo profundamente la duquesa.

—Pues bien—dijo después de algunos segundos—, voy á hacer más que aconsejaros: voy á vengaros.

—¿A vengarme, señora?

—Voy á hacer que por lo menos destierren de la corte á don Rodrigo Calderón, y que levanten su destierro al conde de Lemos.

—Procurad lo primero y aun más si podéis—dijo con vivacidad la condesa—; pero en cuanto al conde de Lemos, dejadle por allá: me encuentro muy bien sin él.

—Sea como queráis; y á propósito de ello, voy á escribir ahora mismo á vuestro padre.

—¡Ah, señora! no sabré negaros nada si me desagraviáis.

—Permitidme un momento, amiga mía; concluyo al instante.

La camarera mayor se acercó á la mesa, se sentó delante de ella, abrió un cajón, sacó papel, se caló las antiparras y se puso á escribir, lenta, muy lentamente.

La lentitud de la duquesa consistía, no en que la fuese difícil escribir, sino en que pensaba más que escribía.

Ni un sólo momento durante la conversación con la condesa de Lemos, había olvidado la posición difícil en que se encontraba, esto es: su posición de camarera mayor de una reina que se había perdido en su recámara, mientras ella hacía su servicio en la cámara.

La conversación con la condesa de Lemos había agravado, á su juicio, aquella situación; había descubierto grandes cosas; esto es: que la reina alentaba á don Rodrigo Calderón, confidente y secretario íntimo del duque de Lerma, á quien lo debía todo, y que don Rodrigo, alentado por la reina, hacía una completa traición al duque.

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