SU MAJESTAD (continued 7)
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—Yo no he dicho...
—Pues bien, padre y señor, no disputemos acerca de esto. Vine á interrumpiros, y os dejo de nuevo libre. Estaba aquí con vos esa hermosa señora, y justo es que con vos la deje.
El duque de Uceda salió por la puerta por donde antes había salido doña Ana, y volvió con ella de la mano.
—Mañana nos veremos en palacio, padre y señor—dijo el duque de Uceda—. Hasta mañana.
Y salió por la misma puerta por donde había aparecido.
Quedaron de nuevo solos el secretario de Estado universal del rey y la cortesana.
El escándalo había crecido. La escena tenida por el duque con su hija la condesa de Lemos aquella mañana, era nada, una cosa inocente y casi digna, comparada con la que acababa de tener con su hijo el duque de Uceda.
Lerma no sabía ya dónde se encontraba.
Era un buque sin timón, sin velas, sin jarcias, entregado á merced del mar é impulsado por todos los vientos.
El duque no veía.
Sin embargo, veía delante de sí á doña Ana, pálida, llorosa, aterrada.
El duque necesitaba decirla algo.
Vaciló algún tiempo, y al fin la dijo:
—No soy el rey, pero soy sobre poco más ó menos lo mismo que el rey; ¿queréis servirme?
—Sí—dijo doña Ana—; vuestra soy en cuerpo y en alma si me salváis y me vengáis.
—¡Vengaros! ¿y de quién?
—Del duque de Uceda. Aún siento su mano sobre mi rostro; aún abrasa mi mejilla. El que ha sido villano con una mujer, debía ser infame con su padre. De ese hombre quiero que me venguéis.
—Pues bien, ayudadme.
—Os ayudaré; pero para que os ayude es necesario que me salvéis.
—Sí, sí, os salvaré.
—Pero de un peligro inmediato.
—¿Cuál?
—¿No os dije que el tío Manolillo había matado á puñaladas al sargento mayor...?
—Sí.
—Pues bien; el cadáver de ese hombre está aquí: está en mi casa.
—¡En vuestra casa!—exclamó aterrado el duque.
En aquel momento se oyeron grandes golpes en la puerta de la casa y una voz terrible, la voz del licenciado Sarmiento, que dijo desde la calle:
—¡Abrid á la justicia del rey!
Quedóse el duque perplejo por un instante, pero luego dijo:
—Mandad á vuestros criados que abran, señora.
—¡Criados! ¡no los tengo! ¡si los he despedido para que no se enterasen!
—¡Abrid á la justicia del rey!—repitió el alcalde golpeando con furia la puerta.
—Id, id á abrir, señora—dijo el duque.
—¡Yo! ¡sola!
—Sí; sí, decís bien: iremos los dos.
Y doña Ana y el duque bajaron á abrir á la justicia.
CAPÍTULO LXVII
DE CÓMO EL LICENCIADO SARMIENTO HIZO BUENO UNA VEZ MÁS AL PROVERBIO QUE DICE: QUE NO ES TAN FIERO EL LEÓN COMO LE PINTAN, Y DE CÓMO TODAS LAS PULGAS SE VAN AL PERRO FLACO.
Apenas el duque de Uceda había salido de casa de doña Ana y aventurádose en la calle de Amaniel, que estaba obscura como boca de lobo, sirviéndole de guía entre las tinieblas su linterna, cuando se sintió fuertemente sujeto por detrás y oyó una voz áspera que le dijo:
—¡Sois preso por el rey!
—¡Preso yo! ¿y por quién?
—Por quien puede y debe.
—¿Sabéis que soy grande de España?
—¡Ah! ¿vuecencia es grande de España?
—¡El duque de Uceda!
—¡Ah! ¡ah! ¡una linterna! ¡una linterna pronto!—exclamó la misma voz, que no era otra que la del licenciado Sarmiento.
Hizo luz uno de los alguaciles, es decir, abrió su linterna que entregó al alcalde, y éste vió con la luz de la linterna el rostro al duque de Uceda.
—¡Ah! ¡perdonad! ¡perdonad! excelentísimo señor; ha sido una equivocación—dijo Sarmiento todo trémulo, porque su vara se rompía al tocar á personas tan encumbradas, como una caña, fuerte para matar un ratón, pero extremadamente inútil para un león—. Perdone vuecencia, nos hemos equivocado; creímos que vuecencia salía de una casa donde perseguimos un delito; vuecencia perdone otra vez y no se enoje, que la noche y las tinieblas me disculpan.
—Venid, venid acá á un lado, alcalde—dijo el duque de Uceda.
El alcalde se apartó con él todo cuidadoso.
—Es necesario—dijo el duque—que nadie sepa que me habéis encontrado por estos sitios.
—Descuide vuecencia, que nadie lo sabrá—dijo todo humilde y reverencioso el alcalde.
—Y para que esto no se os vaya de la memoria, tomad.
Y dió al alcalde una sortija.
—¡Ah, excelentísimo señor!—exclamó el alcalde inclinándose hasta el suelo y apreciando al mismo tiempo, por el tacto, que la sortija tenía una gruesa piedra.
—Si alguien tiene noticia de que me habéis encontrado, os pesará.
—Descuide, descuide vuecencia, que no lo sabrá nadie.
—Quedad, alcalde, con Dios.
—Dios vaya con vuecencia.
El duque se alejó y el alcalde permaneció por algunos segundos inmóvil.
Después dijo con la voz no tan tonante como otras veces:
—¡Hola! ¡á mí!
Rodeáronle inmediatamente todos los alguaciles.
—El que no quiera ir á galeras—dijo el alcalde—que calle mucho.
—¿Y qué hemos de callar, señor alcalde?—dijo el más audaz de los alguaciles.
—Que hemos encontrado á ese caballero.
—Callaremos—dijeron todos.
—Ahora, hijos, yo creo que nos hemos equivocado; que ese caballero no ha salido de la casa que creímos.
—Sí; sí, señor; nos hemos equivocado.
—Pues bien: como ya hemos esperado harto, y tenemos que evacuar más diligencias en esa casa, venid conmigo.
Entonces fué cuando el alcalde se acercó á la puerta y llamó.
Al tercer llamamiento se abrió la puerta.
Lo primero que vió el alcalde fué delante de sí un hombre embozado; pero con tal capa y tal pluma y tal cintillo en la gorra, que le entró miedo.
—¿Tendremos otro grande de España?—dijo.
—Entrad solo, señor alcalde—dijo gravemente el duque de Lerma.
El licenciado Sarmiento entró.
—¿Sois alcalde de casa y corte, según creo?—dijo el duque.
—Sí; sí, señor.
—¿Os vendría bien ir de oidor á las Indias?
—¡Oh! ¡excelentísimo señor!
—No os equivocáis; soy... el duque de Lerma.
—¡Ah!—exclamó el alcalde—; perdonad, señor, pero me habían dicho que en esta casa se había cometido un asesinato á instigación de...
—¿De quién?
—¿Me exige vuecencia que rompa el sigilo del proceso?
—Os lo mando.
—Pues bien: el acusado es Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey, por instigación de don Francisco de Quevedo y Villegas y de don Juan Téllez Girón.
—Pero eso no es verdad—dijo doña Ana que estaba detrás del duque.
—Callad, señora, callad—dijo Lerma—. ¿Conque el acusado de ese asesinato es el cocinero de su majestad?
—Sí, señor.
—¿Y sus cómplices Quevedo y Girón?
—Sí, señor.
—Venid—dijo el duque de Lerma después de haber meditado un tanto.
El alcalde siguió al duque.
—Decid, señora—dijo Lerma á doña Ana—, ¿dónde está el difunto?
Doña Ana se estremeció.
—Nada temáis—dijo el duque—; voy á salvaros.
—El sargento mayor—dijo doña Ana—está en un patinillo, junto al postigo que da á la calle de San Bernardino.
—Guiad, pues, señora; alcalde, venid.
Siguieron los tres adelante, atravesaron algunas habitaciones, y al fin doña Ana se detuvo en un patinillo lóbrego.
Llovía con abundancia, y empapado por la lluvia, estaba en el centro del patinillo el cadáver del sargento mayor.
Doña Ana le señaló con terror.
—¿Veníais en busca de ese cadáver?—dijo el duque.
—Sí; sí, señor—contestó el alcalde.
—Pues es necesario que le encontréis, pero que no sea aquí.
—¡Cómo, señor!
—Vais á sacar este cadáver por el postigo á la calle.
—¡Señor!
—Sé que os pido mucho; ¿pero sabéis lo que yo puedo hacer por vos?
—¡Oh, excelentísimo señor! ¿Pero cómo he de hacerlo?
—Quitad esas luces de en medio—dijo el duque.
Doña Ana tomó la linterna del alcalde, y con la suya las puso en una habitación inmediata.
El patinillo quedó á obscuras.
Cuando volvió doña Ana, el duque la dijo:
—Abrid el postigo, señora.
—Pero abridle silenciosamente—dijo el alcalde.
Doña Ana abrió en silencio el postigo.
—Ahora, alcalde, sacad ese cadáver á la calle.
El alcalde, con la esperanza de merecer por el favor del duque de Lerma, hizo, como vulgarmente se dice, de tripas corazón, asió á tientas el cadáver por los pies, le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.
Luego entró.
—¿Habéis concluído ya?—dijo el duque.
—Sí, excelentísimo señor.
...le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.

—Cerrad el postigo, señora, y después traed las luces.
Poco después volvía con las linternas, y el duque y el alcalde examinaban el patinillo.
—No queda rastro de sangre—dijo el duque—; la lluvia la ha lavado.
—Pero queda la mancha en la alfombra de la habitación, donde sin culpa mía, y sin poderlo yo evitar, ese hombre fué herido, y los rastros en los lugares por donde ha pasado hasta aquí.
—Pues bien; quemad esa alfombra y lavad esos rastros, señora; algo habéis de hacer por vuestra parte. Ahora bien, alcalde; vais á salir de esta casa. En ella no habéis encontrado nada. En premio de vuestros servicios, miráos ya presidente de los oidores de la real audiencia de Méjico, con tres mil ducados para costas de viaje.
—¡Ah! ¡señor! ¡excelentísimo señor!
—No es esto todo lo que tenéis que hacer.
—Mande vuecencia.
—Cuando salgáis de aquí, iréis con vuestra ronda á la calle de San Bernardino, á donde da ese postigo. Dentro de poco, el cocinero mayor de su majestad saldrá por ese postigo. Prendedle junto al muerto, y hacedle cargo del delito.
—Muy bien, señor.
—Vamos, señora, guiad á la puerta principal.
Cuando estuvieron en el zaguán, el duque se embozó, se cubrió, y abrió la puerta.
El alcalde salió.
La puerta volvió á cerrarse.
Los alguaciles no habían visto más que el hombre encubierto que había franqueado por dos veces la puerta; una para que el alcalde entrase, otra para que saliese.
—He registrado toda la casa, hijos—decía el alcalde á los alguaciles—y no he encontrado nada de lo que buscaba; es una nobilísima familia, á quien conozco, y que me merece la mayor confianza. Vámonos, pues, pero ya que estamos de faena, rondemos un poco por estos barrios, que no son muy seguros.
Y tiró adelante á la cabeza de la ronda, diciendo para su embozo:
—Si esa dama no fuera tan maravillosamente hermosa, nadie la hubiera librado de la horca; es verdad que sin la hermosura de esa dama, no sería yo presidente de la real audiencia de Méjico. Adelante, adelante, pues, y acabemos con lo que nos ha dado que hacer esta noche, para mí tan venturosa.
Y diciendo esto, dobló con ansia la esquina de la calle de San Bernardino, donde él mismo había puesto el cadáver del sargento mayor.
CAPÍTULO LXVIII
DE CÓMO SE AGRAVÓ LA DEMENCIA DEL COCINERO MAYOR, Y ACABÓ POR CREERSE ASESINO DEL SARGENTO MAYOR.
Apenas salió el duque de Lerma por la puerta principal, cuando doña Ana, aterrada aún, se fué á buscar al cocinero mayor, que se había quedado dentro de la casa.
Encontróle más allá de su dormitorio, en un pasadizo, rebujado en el capotillo, temblando de miedo y de frío, y murmurando entre dientes palabras ininteligibles.
—¡Oh! ¡oh! ¿quién es?—dijo retirándose de una manera nerviosa al ver á doña Ana.
—Nada temáis, señor Montiño—dijo doña Ana—; soy yo, que de orden del duque de Lerma, voy á echaros fuera para que os vayáis á descansar.
—¡A descansar! ¡á descansar! ¿Conque sabéis al fin que es el duque de Lerma? ¿Conque os habéis arreglado? Todos se arreglan menos yo.
—Vamos, amigo mío, que es ya tarde.
—¡Que es ya tarde!—dijo Montiño siguiendo á doña Ana que se encaminaba á unas escaleras—; decídmelo á mi, que he estado dos horas arrinconado en el pasadizo, y temblando, más encogido que un orejón.
—Por lo mismo, es conveniente y justo que os volváis á vuestra casa.
—¡A mi casa! ¡á mi casa! ¿Y dónde está mi casa?
Habían bajado las escaleras y se encontraban en el patinillo.
Doña Ana llegó al postigo y le abrió.
—Id con Dios, señor Montiño—dijo.
—Quedad con Dios, señora—dijo el cocinero rebujándose—; pero esperad un momento... Como veréis á su excelencia... cuando nada importante tengáis que hablar, recordadle la situación en que me hallo; ya lo sabe su excelencia; decidle que estoy muy necesitado de amparo.
—Sí, sí, se lo diré—contestó doña Ana con suma impaciencia.
—Perdonad, perdonad, señora—dijo Montiño, notando el disgusto de doña Ana—; los desventurados creemos que nadie tiene que hacer más que pensar en ellos. Adiós, señora, adiós... y recibid mil plácemes por vuestra buena fortuna.
—Adiós, señor Francisco, adiós.
El cocinero salió y doña Ana cerró con precipitación el postigo.
—Pues señor—dijo el cocinero mayor, rebujándose de nuevo en su capotillo—, sigue lloviendo, y la noche no es más clara que un tizón; ¿y á donde voy yo ahora? El alcázar estará cerrado á piedra y lodo; y aunque no lo estuviera... por nada del mundo voy yo á mi casa á despedazarme el alma con aquel doloroso espectáculo; ¡mi dinero!, ¡mi mujer!, ¡mi hija! Vamos, me voy á casa del señor Gabriel Cornejo; no es muy buena casa, pero mejor estaré allí que en la calle, y sin linterna... y con esta noche... pues señor, por lo que pueda suceder desnudemos la daga y vamos de prisa para llegar cuanto antes.
Y el cocinero arrancó.
Pero á los pocos pasos tropezó y cayó.
Al caer sintió bajo de si un cuerpo humano.
Una de sus manos se apoyaba en su semblante.
Aquel semblante estaba frío y rígido.
—¡Dios mío! ¡Poderoso señor! ¡un difunto!—exclamó todo erizado el cocinero mayor.
Y para acabar de probar un terror, como después de él no ha probado ninguno, se oyeron algunas voces cercanas que dijeron:
—¡Téngase á la justicia!
—¡La justicia! ¡y sobre un muerto yo!—exclamó el mismo Montiño—; ¡el infierno llueve sobre mí desventuras!
A este tiempo le habían asido dos alguaciles, y el licenciado Sarmiento inundaba con la luz de su linterna el semblante de Montiño, que estaba lívido, descompuesto, desencajado; el triste temblaba, gemía, no podía tenerse de pie, y si no se caía era por los dos alguaciles.
—¡Me van á matar!—dijo con el acento de angustia más épico, más terrible que ha oído nunca un alcalde de casa y corte.
—¿Pues qué queréis que hagamos con vos, señor asesino, á quien encontramos cebándoos en vuestra víctima y con el homicida arma aún en la mano?
—¡La daga que había desnudado para defenderme y que me pierde!—exclamó el desdichado.
—Amarradle y con él á la cárcel—dijo el bribón del licenciado Sarmiento.
Los alguaciles sacaron cuerdas de sus gregüescos y ataron codo con codo á Montiño.
—¿Pero qué vais á hacer conmigo?—exclamaba el infeliz llorando.
—Brinco más ó menos, bailarás, hijo, y bailarás en el aire—dijo un alguacil.
—¡Que bailaré! ¡Para bailar estoy yo! Yo no quiero bailar—dijo Montiño.
—Que quieras que no quieras, á la fuerza ahorcan—repuso otro de los alguaciles.
—¡Ahorcan! ¡Que me ahorcarán! ¡Conque después de haber sido robado en cuerpo y alma, he de ser ahorcado!
—Si probáis que el hombre que habéis muerto era un ladrón...—dijo el alcalde.
—Pero si yo, señor, no he muerto á ningún hombre—dijo Montiño—; ¡si yo no he matado jamás otra cosa que pavos, capones y conejos!
—Si probáis que el hombre á quien habéis muerto era un ladrón, y que le habéis muerto en defensa propia, seréis absuelto... no lo dudéis... pero si no, seréis ahorcado como asesino. Veamos, pues, qué tales trazas tiene el difunto.
—Es un sargento mayor—dijo un alguacil.
—¡Un sargento mayor!...—exclamó Montiño.
Y de una manera instintiva arrojó una mirada cobarde al cadáver, cuyo semblante estaba alumbrado por la luz de la linterna de un alguacil.
—¡Don Juan de Guzmán!—exclamó Montiño reconociéndole—¡el infame que me ha robado mi dinero, mi mujer y mi hija!
—¡Ah, ah! ¿Le conocéis?—dijo el licenciado Sarmiento—¿y además decís que ese hombre os ha causado perjuicios?
—¡Perjuicios! ¡Dios sólo sabe lo que ese infame ha hecho conmigo!
—Aunque yo no os hubiera encontrado sobre el cadáver y con la daga en la mano, y á tales horas y en tal noche, las palabras que acabáis de decir y que demuestran que sois enemigo del muerto, bastan para llevaros á la horca. Pero no perdamos tiempo. Adelante con él, á la cárcel, hijos; uno de vosotros avisad á la parroquia y que vengan por el muerto.
El licenciado Sarmiento echó á andar hacia la cárcel de corte, y los alguaciles empujaron á Montiño, que se resistía instintivamente á ir preso.
Al fin, inflexible el alcalde de casa y corte á las súplicas y á las declamaciones, Montiño fué, ó mejor dicho, fué llevado por los alguaciles á la cárcel, donde le arrojaron en un calabozo en que había otros presos.
Cuando Montiño oyó crujir las cadenas y rechinar los cerrojos de la puerta, se desmayó.
CAPÍTULO LXIX
EN QUE CONTINÚAN LAS DESVENTURAS DEL COCINERO MAYOR, Y SE VE QUE LA FATALIDAD LE HABÍA TOMADO POR SU INSTRUMENTO
Un farol de hierro con un vidrio empañado, clavado á grande altura en la pared, arrojaba una luz turbia sobre el calabozo destartalado, negro, húmedo, un verdadero antro, alrededor del cual había un poyo de piedra.
Francisco Martínez Montiño no pudo ver nada de esto, porque tal iba cuando entró, ó cuando le entraron en el calabozo, que no veía: ni los que estaban allí pudieron verle el rostro, porque los alguaciles le dejaron en la sombra negra proyectada por el farol.
Eran los que allí estaban dos hombres y dos mujeres.
No podía verse el semblante de ninguno de ellos, porque estaban replegados en sí mismos, en un ángulo los dos hombres, silenciosos y sombríos, y en otro, las dos mujeres abrazadas, una de las cuales lloraba silenciosamente.
Pasó como media hora, y con el frío del calabozo, que era mayor que el que hacía al aire libre, y con la inmovilidad, pasó el vértigo que dominaba al cocinero mayor. Levantó primero la cabeza, y miró con la expresión más miserable del mundo en torno suyo; luego desenvolvió unos tras otros las piernas y los brazos, y al fin se puso de pie.
Entonces notó que le faltaban la espada y la daga.
Esto era natural, porque á un preso no se le dejan armas.
Pero lo que no era natural y lo que le asustó, fué el reparar que su bolsillo no pesaba. Se registró y halló que no hallaba el dinero que en los bolsillos había tenido.
Buscó la placa de oro con la cruz de Santiago esmaltada, que le había dado para su ex sobrino don Juan Téllez Girón, el duque de Lerma, y halló que no parecía; vivamente asustado, buscó con ansia el vale que le había dado el duque de Lerma por valor de mil ducados, y halló que tampoco parecía; un enorme reloj de plata, que Montiño usaba para acudir con regularidad á las funciones de su oficio, había también desaparecido; y, por último, hasta le habían despojado del lienzo de narices.
Entonces la amargura de Montiño no conoció límites.
Job en padecimientos y Jeremías en lamentaciones, se quedaban muy por bajo de él.
Tenía sino de ser robado y hasta la justicia le robaba.
Los alguaciles le habían despojado completamente.
Al primer grito herido de Montiño, una de las dos mujeres levantó la cabeza, y la otra se estrechó más contra su compañera; en el momento en que una de las mujeres le miró, la luz del farol hería de lleno la calva frente de Montiño, levantada al cielo en una actitud más épica y más impía que la que puede suponerse en Ayax amenazando á los dioses; verle aquella mujer, y esconder otra vez, temblando, su cabeza, entre el seno y el hombro de su compañera, fué todo cosa de un momento, y uno de los dos hombres que estaban en un ángulo, y que no le veían el rostro por la razón capital de que le veían las espaldas, le dijo con acento áspero é insolente:
—Háganos el menguado la merced de callar, que aquí, al que más y al que menos le huele el pescuezo á cáñamo, y no alborote de ese modo.
Desde la primera palabra que aquel hombre dijo, tomó el semblante del cocinero una expresión espantosa de sorpresa y de rabia, que fué aumentando á medida que el otro pronunciaba su poco cortés, aunque breve razonamiento, y habían ya acabado, y aún duraba el mutismo colérico de Montiño y su temblor horrible.
Al fin dijo con voz cavernosa:
—¡Ah! ¿estás tú ahí, miserable, engendro del diablo, infame Cosme Aldaba, galopín maldito, envenenador protervo? pues espera, espera, que al fin te tengo en mis manos y frailes franciscos que vengan no te han de valer.
Y se arrojó furioso sobre los dos hombres.
Pero uno de ellos se levantó y adelantó hasta Montiño, sujetándole por los brazos con unas fuerzas hercúleas.
—¡Eh! ¿qué vais á hacer con este pobre muchacho, señor Francisco Montiño?—dijo con acento socarrón—¿es de personas hidalgas querer maltratar á los amigos que se encuentran cuando se creían perdidos?
—Amigos ¿eh? amigos que me roban mi caudal, y juntamente con él mi mujer y mi hija.
—¿Quién os las quita? ahí las tenéis en aquel lado, que no se atreven á hablaros las pobres porque temen que las maltratéis.
—¡Mi Luisa! ¡mi Inés!—dijo el imbécil Montiño olvidándolo todo por su amor de padre y de marido.
—Sí, sí; tú Inés y tú Luisa—dijo alentada por aquel reblandecimiento del cocinero mayor, su mujer, que ella era en efecto.
En vano quiso Montiño recobrarse; Luisa se había abalanzado á su cuello por una parte y por otra Inés, alentada por el ejemplo de su madrastra; veía por un lado los negros ojos de Luisa, que le miraban de una manera tentadora, y por otro la dulce é infantil cabeza de Inés que le miraba suplicante.
Fuera ó no criminal su familia, Montiño la había llorado, y al encontrarla de nuevo junto á sí, de una manera orgánica, por razón de temperamento, sin poderlo evitar, sin pensar en evitarlo, se alegraba.
Aquella era una nueva desgracia que sucedía al cocinero mayor.
No puede concebirse la audacia de Luisa, sino por la esperanza de que la debilidad de su marido la salvaría del apuradísimo trance en que se encontraba.
Porque no se les había dicho por qué se les había preso, y la prisión no podía ser resultado sino del envenenamiento de la reina ó del robo hecho á Montiño.
Si se les hubiera preso por lo primero, les hubieran cargado de cadenas, les hubieran maltratado, les hubieran tomado inmediatamente alguna declaración; por alguna palabra al menos, hubieran comprendido la causa de su prisión; nada de esto había sucedido; luego no estaban presos por el envenenamiento de la reina, sino por su fuga y por el robo.
Esto, sin embargo, no estaba claro, y Luisa quería ponerlo como la luz del sol; porque tratándose de asuntos de su marido, Luisa estaba segura de domesticarle.
—¿Y os atrevéis á abrazarme después de lo que habéis hecho, miserables?—dijo al fin el cocinero mayor, que quería conservar su entereza.
—¿Y qué hemos hecho, señor, más que lo que debíamos?—dijo con la mayor audacia Cristóbal Cuero, el paje rubio amante de la Inesilla.
—¿Cómo que lo que debíais? ¿Pues no habéis intentado envenenar á su majestad?
—¿Quién os ha dicho eso, señor Montiño?—dijo Cristóbal.
—¿Quién ha de habérmelo dicho? ¡Los funestos, los terribles resultados!
—¡Cómo! ¿pues qué ha sucedido?—dijo Luisa, á quien se la puso un nudo en la garganta.
—El paje Gonzalo ha muerto de repente.
—¿Y qué tenemos que ver con la muerte de Gonzalo?
—¡Cómo! ¡infames! ¿qué tenéis que ver? ¿Sabéis por qué ha muerto el paje?
—Por lo que se muere todo el que entierran—dijo Cosme Aldaba—, porque se le ha acabado la mecha.
—¡Vil ratón de cocina! ¡asesino! ¡infame!—exclamó el cocinero mayor—; ha muerto por haber comido una perdiz que se sirvió en la mesa de su majestad.
Todos se pusieron pálidos; pero Cristóbal Cuero conservó toda su serenidad.
—¿Y ha comido la reina?—dijo.
—La providencia de Dios ha salvado por fortuna á su majestad.
—Pues yo digo—contestó con una serenidad irritante Cristóbal Cuero—, que es lástima que su majestad no haya comido.
—¡Cómo! ¡monstruo! ¡cuando debías dar gracias á Dios de que tu crimen no haya producido todo el terrible resultado que esperabas, infame, deploras que ese gran crimen se haya frustrado!
—Señor Francisco—dijo con una gran serenidad el paje—, os han informado mal.
—¿Que me han informado mal?
—Sí por cierto: ¿sabéis lo que eran los polvos con que se avió la perdiz que se puso en la mesa de su majestad?
—Un veneno tal, que el paje Gonzalo que comió las pechugas de la perdiz, reventó á los cuatro minutos, y que hizo que el gato del tío Manolillo, que siempre está hambriento, no quisiera comer los pocos restos que quedaron de la perdiz.
—Pues, bien, señor Francisco Martínez Montiño: los polvos de que hablamos (aquí tengo todavía parte en este papel), no son un veneno, sino un hechizo.
—¡Un hechizo!—dijo el cocinero tomando el papel.
—Sí; sí, señor; un hechizo que no puede matar á la persona que se la da porque está hecho para ella, y se tiene en cuenta si es mujer ú hombre y el día de su nacimiento, y su estado, y otras muchas cosas. Ahora, si le toma una persona distinta de aquella para quien se ha hecho, aquella persona muere.
Dijo con tal soltura y con tal aplomo estas palabras Cristóbal Cuero, que Montiño se desconcertó, dudó, vaciló y empezó á ver las cosas de distinto color.
—¿Pero para qué se daban esos hechizos á su majestad?
—Oíd, señor Francisco: la mujer que tales hechizos toma, se vuelve lo más obediente del mundo para su marido.
—¡Oh, oh!—exclamó Montiño—, á quien empezaban á parecer bien aquellos polvos; ¿y para qué querían que la reina fuese obediente al rey? ¿y quién lo quería?
—Os diré, señor Francisco: la reina, en la apariencia, obedece al rey; pero en realidad conspira.
—¡Ah, ah! eso es cierto.
—Pues bien; con las conspiraciones de la reina no se puede gobernar.
—¡Ah, ya!
—Y como su excelencia el duque de Lerma, quiere labrar la prosperidad en los reinos de su majestad...
—¡Ah, ya!
—He aquí que un día encargó á don Rodrigo Calderón que buscara un medio para que la reina no conspirara; y don Rodrigo buscó al sargento mayor don Juan de Guzmán para que viese de qué modo podía hacer el que la reina no conspirase.
—No se lo volverá á encargar más—dijo con acento lúgubre Montiño.
—¿Y por qué, esposo y señor?—dijo suavemente Luisa.
—Porque nadie encarga nada á los muertos—contestó con acento doblemente lúgubre el cocinero.
—¡Que ha muerto!—preguntó con la misma suavidad y la misma indiferencia Luisa.
—¿Pues por qué estoy yo aquí?—exclamó en una de sus chillonas salidas de tono Montiño.
—¡Cómo, marido mío! vos que sois tan humano y tan compasivo, ¿habéis matado á un hombre?—dijo Luisa.
—Y si le hubiera matado, razones me hubieran sobrado para ello, señora—exclamó con acento amenazador Montiño.
—¡Razones!
—¡Sí; sí, señora! ¿pues no érais vos amante de ese hombre?
—¿Yo?... ¡que yo era amante de!... ¡de ese hombre!... ¡Dios mío!... ¡y sois vos!... ¡vos, mi marido!... ¡quien me dice!... ¡esa calumnia horrible!... ¡yo, la mujer más honrada que ha nacido de madre!
—¡Conque vos sois honrada!... ¡y habéis salido de mi casa!... ¡y me habéis pervertido mi hija!... ¡y me habéis robado!...
—¡Ta, ta, ta!—dijo con el aplomo más admirable Cristóbal Cuero; ¡que vuestra mujer, que esta santa os ha robado! ¡lo que ha hecho es lo que no hubiera hecho ninguna mujer!
—Créolo bien, porque ninguna mujer hubiera cometido contra mí tan negra infamia.
—¿Llamáis infamia poner á salvo vuestro dinero?
—¡Cómo! ¡que mi dinero está en salvo! ¿y dónde?
—Casa del señor Gabriel Cornejo.
—¿Que están allí mis sesenta mil ducados?
—Sí; sí, señor.
—¡Dios mío!—exclamó Montiño—. Pero eso no puede ser... sería demasiada fortuna... ese dinero que yo he ganado con tantos afanes... perderlo... llorarlo... volverlo á encontrar.
—Sí; sí... encontrado lo tenéis y no lo tenéis...
—¡Cómo, pues qué! ¿hay alguna duda?—exclamó alentando apenas el cocinero mayor.
—Yo he entregado ese dinero al señor Gabriel Cornejo—dijo Cristóbal—, á mi es á quien el señor Gabriel lo entregará únicamente.
—Pues le llamaremos, le llamaremos, hijo; por eso no quede... no veo duda alguna.
—Es que yo, señor Francisco, no pediré al señor Gabriel Cornejo ese dinero, sino yendo á su casa á pedírselo; es decir, estando en libertad.
—¿Y cómo puede ser eso? ¡pecador de mí!—dijo lleno de angustia Montiño.
—En vos consiste.
—¡En mí!
—Sí, señor Francisco; en vos y sólo en vos, porque sólo por vos estamos presos.
—¿Por mí?
—Sí por cierto; ¿no decís que la reina no ha comido de la perdiz?
—Si hubiera comido... hubiera muerto como el paje.
—Sí, sí, tenéis razón... hubiera muerto—dijo Cosme Aldaba.
—¡Cómo! ¿pues no decía Cristóbal que los polvos con que estaba aderezada la perdiz eran un hechizo?
—¡Bah! Cristóbal y vuestra mujer creen eso, pero yo no lo creí nunca.
—¡Ah, Judas traidor! ¿conque tú sabías que era veneno?
—Como vos sabéis que os llamáis Francisco; me lo había dicho don Juan de Guzmán, y... me había ofrecido tanto dinero...
—¡Oh! ¡infame!
—Para ganarlo necesitaba yo estar en las cocinas... vos me habíais despedido... era urgente el negocio... entonces fuí á ver á vuestra mujer, y la rogué, la supliqué... si vos hubiérais estado... os hubiera rogado también.
—¡Infame!
—Ello es que ya no tiene remedio lo hecho... busquemos la salida. Vuestra esposa me llevó inocentemente á las cocinas... yo aderecé la perdiz... pero en el momento que estuvo servida, me fuí á vuestro aposento y dije á vuestra mujer... «salváos...»; la dije que podíais ser preso... y en esto fuí hombre de bien, porque pudiendo salvarme solo, quise salvaros también.
—Después de haberme perdido... ¡Dios mío! yo no sé cómo puedo mirarte á la cara, ¡miserable! ¡conque es decir que si su majestad come de la perdiz...!
—¡Os ahorcan! y por eso yo avisé á vuestra mujer; como no estábais en la casa, vuestra mujer procuró salvarse, y salvar vuestro caudal... dejamos encargado á cierta persona que os avisara, pero sin duda no ha dado con vos.
—¡Bueno he andado yo todo el día!
—No culpéis, pues, ni á vuestra esposa, ni á vuestra hija, ni á su novio. Yo tengo la culpa de todo, señor Francisco, y yo os prometo que en saliendo de aquí no me veréis más, porque iré á meterme fraile.
—¿Y crees tú que yo dejaré que tu crimen quede impune por mi parte?
—¡Ah! ¡queréis dar parte á la justicia!
—Es mi obligación; me lo manda mi conciencia.
—Pues bueno; iremos juntos á la horca... todos á la horca... sin escapar siquiera ni vuestra mujer ni vuestra hija.
Montiño lanzó un rugido de rabia, de dolor, de miedo.
—Conque, ¿qué os parece?
—¿Qué ha de parecerme—dijo Montiño después de algunos momentos de un silencio enérgicamente expresivo—, ¿qué ha de parecerme sino que estoy en poder de Satanás?
—Pues bien; sí, es verdad—dijo Cristóbal Cuero—, pero Satanás os tiene tan bien agarrado, que no os soltará á tres tirones. En vos consiste recoger vuestro caudal, tener á vuestra mujer y á vuestra hija, ó que nos ahorquen á todos. Escoged.
—¿Pero cómo puedo yo hacer...?—dijo Montiño en el colmo de la desesperación.
—Decid que no tenéis queja alguna de vuestra esposa, de vuestra hija ni de nosotros.
—Eso no puede ser.
—Tened toda la queja que queráis, pero no lo digáis á nadie—dijo Cosme Aldaba.
—¿Y os soltarán...?—dijo Montiño.
—Indudablemente.
—Pero yo me quedaré aquí.
—¡Vos, marido mío!
—Sí, sí por cierto; como que me acusan de haber dado muerte á vuestro amante.
—Decid al sargento mayor don Juan de Guzmán, pero no digáis á mi amante—exclamó con altanería Luisa—; sobre todo, no deis mal ejemplo á vuestra hija diciendo delante de ella tales cosas.
—¡Mi hija...! ¡tan perdida como vos!
—¡Padre!—exclamó con su dulce voz la Inesilla—; es verdad que quiero á Cristóbal, pero le quiero para mi marido... y mirad, señor, que mi madre es una mujer honrada.
—¡Hum!—dijo el cocinero mayor—. Pero eso no quita el que yo tenga encima un proceso.
—¿Y sois vos en efecto quien ha matado al sargento mayor?—dijo Luisa, cuya voz estaba perfectamente serena.
—Os diré... no lo puedo asegurar... no sé de fijo si le he matado ó no.
—¿Que no lo sabéis? pues entonces ¿quién lo sabe?
—¡Dios!
—Pero explicáos.
—Salía yo de una casa, pero como la hora era alta y la noche lóbrega y el barrio apartado, desnudé la daga... me previne... á los pocos pasos tropiezo, caigo, y me encuentro sobre un cuerpo humano, y con la justicia encima, que viéndome con la daga desnuda y sobre un difunto, me toma por un homicida, y me prende.
—Decidme, señor Francisco—preguntó Cosme Aldaba—, ¿llevábais vos la daga de punta?
—No me acuerdo—contestó con angustia Montiño.
—Pero es muy posible que la lleváseis con la punta al frente.
—Sí, que es muy posible.
—Pudo ser muy bien, que entre lo obscuro tropezáseis con don Juan de Guzmán.
—No me acuerdo, pero pudo ser.
—Cayó don Juan, y vos sobre él... eso ha sido... un homicidio involuntario...
—Dios que le llevaba á aquellas horas para su castigo, al infame; ¡pero Dios mío! ¡haberlo yo matado sin saberlo!...
—Si os quejáis de vuestra mujer—dijo gravemente Cristóbal Cuero—tenéis que fundar la razón de vuestra queja; si la acusáis de amores con don Juan de Guzmán, os acusáis del homicidio.
—¡Y es verdad!—exclamó en una nueva salida de tono Montiño.
—Cuando por el contrario, si decís que vuestra mujer es honrada y buena, y que os satisfacen las razones por qué se salió de vuestra casa con vuestra hija y con vuestro dinero, nos salvamos todos.
—¿Yo?... ¿cómo me salvo yo?
—Recobrando vuestro dinero, que de otra manera no recobraríais, y entorpeciendo con él las ruedas del carro de la justicia, á fin de que eche por otro camino.
—Pero... sepamos, sepámoslo todo: ¿cómo y dónde os han preso?
—En el camino de las Pozas, cuando íbamos sobre cuatro jumentos en busca de un caserío donde pasar la noche.
—Ibamos á Navalcarnero, esposo—dijo Luisa.
—¿Y no os han dicho nada?
—Nada más, sino que la justicia nos prendía.
—Pues bien; el duque de Lerma os prendió, porque yo se lo pedí al duque de Lerma, y el duque os soltará, porque yo le pediré que os suelte. A seguida, tú, Cristóbal, irás á casa del señor Gabriel y me devolverás mi dinero.
—En seguida.
—¡Oh! ¡qué alegría, madre!—exclamó la Inesilla—; ¿ya no os harán nada?
—Nada, hija mía.
—¡Ni nos ahorcarán!
—¿Quién piensa en la horca?
—¡Eh! ¡callad! ¡callad por Dios!—dijo el cocinero—, que parece que se acerca gente.
—En efecto, se oían pasos fuera del calabozo y en dirección á él.
Todos se callaron y se acurrucaron cada cual en su sitio.
Después de haber crujido tres llaves y tres cerrojos la puerta del calabozo se abrió, y un carcelero dijo desde ella:
—Señor Francisco Martínez Montiño: salid.
Confuso, sin atreverse á alegrarse, temeroso de una nueva desdicha, el cocinero mayor salió y siguió al carcelero.
Se cerró de nuevo la puerta y se oyeron los tres cerrojos y las tres llaves.
CAPÍTULO LXX
EN QUE SE ENNEGRECE GRAVEMENTE EL CARÁCTER DEL TÍO MANOLILLO
Cuando el duque de Lerma, de vuelta de la casa de doña Ana, llegó al postigo de la suya, se le atravesó un bulto embozado.
—¡Hola!—le dijo aquel bulto—; detente y escucha.
—¡Ah! ¡eres tú, bufón!—dijo el duque contrariado.
—Soy tu amo—contestó el tío Manolillo.
—¿Qué quieres?
—Muy poca cosa: una orden tuya al alcaide de la cárcel de Villa, para que me deje hablar á solas, cuando yo quiera, con el cocinero mayor del rey.
—¡Cómo? ¿Montiño está preso? ¿y por qué?
—Por un homicidio.
—¿Pero á quién ha muerto?
—Al amante de su mujer.
—¡Cómo! ¿no lo habías matado tú?
—¡Ah! es verdad que sabes que yo he matado á ese infame. Pues bien, tengo suerte; la justicia, no sé por qué ni cómo, ha encontrado daga en mano y sobre el cadáver de Guzmán á Montiño; me quito un muerto de encima. Pero tengo mis proyectos; necesito hablar al cocinero de su majestad. Conque la orden.
—Entra—dijo el duque, á quien como sabemos tenía sujeto el bufón.
—No, te espero aquí; no quiero subir escaleras: bájame tú mismo la orden.
Como ven nuestros lectores, para lo que habían sacado á Montiño del calabozo era para que hablase con el bufón.
Paseábase éste en una de las habitaciones de la alcaidía.
Había dejado la capa y el sombrero que estaban empapados en agua, y así, con los brazos cruzados, encorvado, meditabundo, con la cabeza sobre el pecho, tenía algo de terrible.
El carcelero introdujo en la habitación á Montiño, y con arreglo á las órdenes que tenía, salió y cerró la puerta.
—Venid acá, tío Francisco, venid acá—le dijo el bufón—; tenemos que hablar mucho y grave.
—¡Ah, tío Manolillo! mucho y grave es lo que á mí me sucede—dijo compungido el cocinero mayor.
—Sois el rigor de las desdichas, Montiño, y por vuestra torpeza y vuestra cobardía hacéis esas desdichas mayores; y esa horrible codicia...
—Yo creía que veníais á otra cosa, tío Manolillo—dijo el cocinero—, y no á reñirme por desgracias que yo no he podido evitar.
—En efecto—contestó el bufón—, vengo á sacaros de aquí.
—¡A sacarme! ¡Ah! ¡Dios os bendiga, tío Manolillo! no esperaba tanto... pero vos sabéis que yo soy un hombre de bien, muy desgraciado, eso sí, pero que no he hecho mal á nadie.
—¿Que no habéis hecho mal á nadie? Vos tenéis la culpa de lo que está sucediendo desde hace cuatro días: vos, torpe y miserable, vendido á todos, volviéndose á todos los vientos... vos, por quien ha venido á Madrid ese hombre fatal.
—¿Qué hombre?
—Don Juan Téllez Girón.
—Pero yo no tengo la culpa; me le envió mi hermano Pedro...
—¿Y por qué no le admitísteis en vuestra casa?...
—¿En mi casa?...
—Sí; si vuestro sobrino, es decir, si don Juan cuando os buscó os hubiera encontrado...
—¿Pero tengo yo la culpa de no haber estado en mi casa cuando llegó á Madrid ese caballero?
—Pero cuando os encontró, ¿por qué le dejásteis?...
—¿Cómo llevarle, joven y buen mozo en compañía de mi mujer y de mi hija?
—Que os han robado, y os han abandonado, y os han deshonrado...
—No; no, señor; eso creía yo... pero mi mujer me ama, mi mujer es honrada, y mi hija...
—Y si vuestra mujer es honrada, ¿por qué habéis matado al sargento mayor?
—¡Yo! ¡que he matado yo á don Juan de Guzmán!
—Pues si no le habéis matado, ¿por qué estáis preso?
—Si le he matado—dijo el cocinero en una de sus frecuentes salidas de tono—, ha sido sin querer... os lo juro... llevaba yo la daga por delante... la noche era muy obscura...
—¡Mentís!—dijo el bufón mirando profundamente al cocinero, cuyo semblante estaba desencajado—; ¡mentís tan descaradamente, como villanamente habéis muerto al sargento mayor!
—Os lo juro que yo, ni aun siquiera sabía que podía encontrármele.
—¡Mentís! vos sabíais demasiado que don Juan de Guzmán, á más de ser amante de vuestra mujer...
—¡Ah! no, no, tío Manolillo; eso ha sido una equivocación.
—Sabíais—insistió el bufón—, que á más de ser amante de vuestra mujer, lo era también de cierta dama buscona: de doña Ana de Acuña...
—¡Ah! ¡no! ¡no!
—Se os puede probar.
—¿Que se me puede probar?
—Sí, con el testimonio del duque de Lerma, y con el mío.
—Y bien, aunque se me pruebe que yo sabía eso...
—Habéis matado á don Juan de Guzmán junto al postigo de la casa de doña Ana; allí, junto al cadáver, hierro en mano, os ha encontrado la justicia. ¿A qué íbais por allí, señor Francisco Martínez Montiño?
Pronunció de una manera tan fatídica estas palabras, que Montiño se aterró; aturdido, embrollado su pensamiento, llegó á creer lo que no había visto claro; esto es: que en efecto y por una terrible casualidad, hermana de las inauditas que le estaban abrumando desde que llegó á Madrid su sobrino postizo, había matado sin quererlo, sin sospecharlo siquiera, al amante de su mujer. Vió que todas las apariencias estaban en contra suya, y se echó á llorar.
—Ha sido un asesinato meditado, llevado á cabo con una frialdad horrible—dijo el bufón—: á un asesino tal, se le ahorca...
—¡Que me ahorcarán!... ¡Dios mío! ¡y no hay remedio!
—La ley es rigurosa y expresa... y no era necesario que vuestro proceso estuviese en manos del terrible alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento, que se perece por ahorcar gente; cualquier otro alcalde, por bueno y por compasivo que fuese, os entregaría al verdugo.
—¿Y habéis venido á decirme eso, cuando yo, ¡triste de mí! creía que veníais á salvarme?
—Sois mezquino y cobarde, que si no lo fuérais, yo os salvaría.
—¡Vos!
—¡Yo!
—¿Y podéis?
—Puedo.
—Os daré mi caudal.
—Yo no quiero vuestro oro.
—Pues ¿qué queréis? Vos queréis algo.
—Quiero vuestra conciencia.
—¡Mi conciencia!
—Sí, quiero que matéis á la persona que una persona que yo os diré, os nombre.
—¡Matar! yo no tengo valor para matar... yo no he matado á nadie.
—Habéis matado hace dos horas...
—Sin saberlo, sin quererlo, ¡Dios mío!
—Lo que no impedirá que vayáis al patíbulo.
—¡Dios mío! ¡Dios mío!
—Ya que habéis matado un hombre, matad una mujer, y nada os acontecerá.
—Pero ya os he dicho que no me atreveré nunca... ¡oh! ¡no! no tengo valor.
—No será necesario que la hiráis.
—No os entiendo.
—Un cocinero puede matar...
—¡Ah!
—Con un guiso hecho por su propia mano...
—¡Ah! pero... el veneno... yo no he pensado jamás en eso...
—Buscad el veneno.
Montiño se acordó entonces de que tenía en el bolsillo los polvos que le había dado envueltos en un papel el paje Cristóbal Cuero.
—¡El veneno!—exclamó—¡un veneno que mata en cinco minutos! ¡como murió ayer el paje Gonzalo!...
—Eso es...
—No... y cien veces no...
—Pues á la horca por asesino.
—¡Dios mío! pero dejadme pensarlo.
—Ni un momento.
—Pues bien—dijo Montiño—, sobre vuestra conciencia caerá ese asesinato... no seré yo quien mate, sino vos... que me dáis á elegir entre mi muerte... una muerte horrible, y la muerte de otro.
—En buen hora; yo cargo sobre mi conciencia con ese crimen.
—Y si sabéis que es un crimen, ¿por qué le cometéis?
—Señor Francisco, no hablemos más de esto; dentro de dos horas estaréis en libertad.
—¿Absuelto de la acusación?... es muy justo.
—No, absuelto no; se os pondrá en libertad bajo fianza, pero tendréis á Madrid por cárcel, y os guardaré yo; os juro que en el momento que queráis huir, os prendo.
—¿Es decir, que me tenéis sujeto?...
—Cuando me hayáis servido, el proceso se rasgará.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!—exclamó trémulo, anonadado, el cocinero mayor—. ¡Tened compasión de mí!
—Hasta mañana, que iré á veros á vuestra casa—dijo el bufón llamando á la puerta de la habitación en que se encontraban.
Abrió el que hasta allí había llevado al cocinero mayor, y el bufón le dijo:
—Dejad aquí á ese hombre; no le bajéis al encierro; dentro de poco saldrá de la cárcel con fianza. Adiós.
El bufón desapareció.
El carcelero cerró la puerta.
Montiño, inmóvil, con los escasos cabellos erizados de horror, se quedó en el sitio donde le había dejado el bufón, murmurando:
—¡Desdichado de mí! para librarme del castigo de ese crimen que no he cometido, me veo obligado á cometer un crimen horroroso. ¿Y quién será esa persona que quieren que mate yo?
CAPÍTULO LXXI
DE CÓMO QUEVEDO DEJÓ DE SER PRESO POR LA JUSTICIA PARA SER PRESO POR EL AMOR
Iba Quevedo en la litera y á obscuras, aunque sin ir en la litera á obscuras hubiera también ido por lo tenebroso de la noche, y luchando con un millón de conjeturas, á ninguna de las cuales encontraba una explicación razonable.
Esto sucedía al principio de la noche.
La litera, según podía juzgar Quevedo por el silencio que le rodeaba, sólo interrumpido de tiempo en tiempo por lejanos ladridos de perros campestres y por lo sordo de los pasos de las cabalgaduras de sus guardianes, adelantaba por un camino.
Oíase además el lento, monótono y acompasado rumor de aquella lluvia tenaz que no había cesado durante cuatro días.
La soledad y el silencio, turbado sólo por estos ruidos melancólicos, influyen de una manera poderosa sobre el pensamiento, le concentran, le entristecen, le dan un giro especial en armonía con las impresiones externas.
Quevedo meditaba lentamente.
Sentía en su cerebro el embrión de algo cuyas formas no podía determinar, embrión que con su misterio le traía cuidadoso, y más que cuidadoso, cobarde.
Pasó muy bien una hora sin que sobreviniese ningún incidente, pero de improviso sonó muy cerca un arcabuzazo, y tras éste un grito de dolor, y tras el grito un golpe sordo como el de un cuerpo humano que hubiese caído desplomado desde un caballo á tierra.
La litera se detuvo.
Sonaron otros dos tiros, y otros dos gritos, y otras dos caídas y algunas voces confusas.
—Pues esto es peor, mucho peor—dijo Quevedo—; paréceme que en esto andan mis enemigos y que perderme quieren; achacaránme resistencia á la justicia, embrollaránme el proceso y bien podrá ser que algo más que negro me sobrevenga. España está en manos de bandidos; en nada se repara; artes del diablo se ponen en uso y lo mismo se derrama la sangre de los hombres para cualquier enredo villano, que agua de lavadero. Malhayan de Dios los reyes tontos, que dan ocasión á la soberbia y á la codicia de los pícaros. ¿Pero quiénes serán éstos? Paréceme que andan en litera.
En efecto, sonaba una llave en la portezuela.
Esta se abrió.
La luz de una linterna penetró en el interior.
Quevedo miró profundamente al bulto que estaba pegado al brazo que tenía la linterna.
Pero nada vió más que el bulto.
—¡Ah! ¡vive Dios!—exclamó una voz ronca—. Por bien empleado doy el trabajo que me ha costado encontrar la llave en la ropilla de uno de esos alguaciles, á quien el diablo hospeda sin duda en estos momentos en la mejor cámara del infierno.
—¡Ah! ¡voto á!... ¿eres tú, Juan de Francisco?—dijo Quevedo reconociéndole por la voz.
—Humilde criado de vuesa merced—contestó el matón.
—Pues si mi criado te confiesas, mándote que te entres, que lugar hay en este calabozo andante, y que me expliques...
—Con mil amores, don Francisco; pero esperad, voy á dar á mis bravos muchachos la orden de que nos volvamos á Madrid.
—¿Conque á Madrid nos volvemos?
—De orden superior.
—Como quien dice, de orden de su majestad el dinero.
—¿Pues á quien otro obedezco yo?
—Despacha, hijo, y ven y entendámonos.
Francisco de Juara se separó de la litera y dió algunas órdenes en voz baja y rápida.
Luego, á obscuras, entró en la litera, se sentó á tientas al lado de Quevedo, cerró la portezuela é inmediatamente ésta se puso en marcha.
—¿Quién ha armado todo esto?—dijo Quevedo.
—Una mujer que os ama.
—¡Ah! por mis pecados, condesa de Lemos—dijo Quevedo—, que no sabía yo que tan valiente érais.
—Las mujeres son diablos, don Francisco—repuso Juara.
—Y aun archidiablos; una perdió al mundo y sus nietas siguen perdiéndole; aconsejadas siguen por el diablo. ¡Audacia como ella! Pero cuenta, hijo, cuenta; así entretendremos el tiempo. ¿Cómo te me he venido yo á las manos? ¡Lance más donoso!
—Esta mañana—dijo Juara—, en la hora en que fuí á comer mi olla, encontréme con un criado de la condesa de Lemos, antiguo amigo y compañero mío. Este tal me dijo sin rodeos: traigo para ti treinta doblones.
—Pues quiera Dios que yo los pueda tomar, que harto bien me vienen—repliqué—, y los doblones no llueven así como se quiera; ¿de qué se trata?
—De un empeño bravo—me contestó mi amigo—; esta noche al obscurecer, irás á ponerte en el lugar que mejor te parezca del camino de Segovia; no tardará mucho en pasar una litera resguardada por cuatro alguaciles á caballo: quitas á esos alguaciles el preso que irá en la litera, y vente con él por el portillo de la Campanilla.
Como vuesa merced conoce, don Francisco, todo era negocio de ir á galeras; yo las conozco ya y ellas me conocen, y no era cosa, por temor de volver á gurapas, de despreciar treinta buenos de los de á ocho, de presente, y otros treinta de añadidura, una vez cumplido el empeño.
—¿Por supuesto, que tu compadre te daría alguna luz?—dijo Quevedo.
—Diómela sin quererlo, haciéndome él el encargo; porque habéis de saber, don Francisco, que como os he dicho, yo sabía que es criado de la condesa de Lemos.
—¡Ta! ¡ta! ¿y qué sabías tú?...
—Olía de una legua el encargo á faldas... yo soy muy práctico en estos negocios... lo que no pude adivinar, fué que vos fuéseis el galán que había de robar á la justicia. ¡Suerte tenéis!...
—¡Como mía!
—¿Os quejáis aún? preso os llevan, y una mujer os salva, tan hermosa como la condesa. Otro en vuestro lugar, vería el cielo abierto.
—Veríale yo, si la litera abrieses, y en Madrid pudiese encerrarme y perderme; que si tal hicieras, doble habías de ganar de lo que has ganado.
—No hablemos de eso una palabra, porque no me conviene serviros de ese modo... temo á la condesa más que á una daga huída, y por nada del mundo me atrevería á ponerme en su desgracia. Pero otros medios hay, don Francisco, y en dejándoos yo en poder de quien me paga, os serviré de balde.
—¿Y de qué modo?
—Haciendo que la condesa os suelte.
—Antes soltará un ala de las entrañas; empeñada y resentida anda conmigo, y mucho será que no tengamos encierro, duende y comedia para rato... y cada minuto me parece ahora una eternidad; anímate, hijo, y cuenta por tuya una razonable cantidad de los de á ocho y una bandera en los tercios de Italia.
—Os cojo la palabra.
—Entonces, si quieres cogerme, suéltame.
—Os soltaré, ¡vive Dios!
—Pues avisa que paren en llegando á las tapias de la villa.
—No me habéis entendido... yo por mí no puedo soltaros; pero haré que otros os suelten.
—El siglo que viene.
—Quizá dentro de pocas horas.
—Explícate.
—Suceden en la corte cosas, que el diablo que las entienda; entre ellas, me lo ha dicho el criado de la condesa, sucede que el duque de Lerma ha hecho al rey que levante el destierro al conde de Lemos.
—¿Es decir, que tendremos aquí á don Fernando de Castro dentro de un mes?
—¡Quia! el conde de Lemos estaba en Alcalá; por la mañana, antes del alba, salía de allí, y por trochas y sendas llegaba hasta mediar el camino de Madrid; yo he ido á llevarle muchas veces cartas de don Baltasar de Zúñiga y del secretario Céspedes, y de otros varios; el conde esperaba que de un momento á otro le levantasen el destierro; por la tarde se volvía, y ya de noche entraba otra vez en Alcalá. Hace un mes que está sucediendo esto. Por lo mismo, apostaría cualquier hacienda á que el conde está en Madrid y en su casa á estas horas.
—Pues eso es peor, mucho peor. Guardaráme más profundo la condesa.
—Ya encontraremos hurón que llegue hasta lo último de la madriguera.
—Paréceme que me engañas, Juara.
—No por cierto, don Francisco, porque os temo; aún tengo sobre mí los cardenales de los cintarazos que me apretásteis la noche pasada, y sé que conviene estar bien con vos, porque yo tengo para mí que aunque os metieran en una botella y taparan con pez encima, habíais de escaparos. Os serviré, pues, de miedo; pero como me parece que marchamos ya sobre el puente de Segovia, que empedrado suena bajo el peso de las cabalgaduras, dejadme salir, don Francisco, y confiad en mí, y haced lo que podáis, que yo no he de dejar de ayudaros.
El matón hizo parar la litera, salió de ella, y cerró de nuevo con llave.
—Paréceme—dijo Quevedo—, que este tunante quiere vengarse de la paliza que le apliqué hace cuatro noches; pues días pasan y días vienen, y los tiempos andan, y alguna vez nos encontraremos, racimo de horca. ¡Y pensar que don Juan está abandonado á sí mismo y acaso preso! ¡Válgame Dios! ¿y con qué cara me presento yo, si acontece al muchacho una desgracia, á don Pedro Girón?
—¡Alto allá!—dijo de repente una voz robusta en el camino.
Dejó Quevedo de pensar para poner su atención en lo que pasaba fuera, y oyó que algunos hombres hablaban amigablemente.
—Ha llegado, por lo que veo—dijo Quevedo—, la hora de la entrega, y pronto llegará la de la presentación. Si ese Juara no me engañase... si ese Juara me sirviese... y estoy más indefenso que un ratón cogido en trampa.
Abrióse la litera.
Un bulto se acercó á ella.
—Salid, caballero—dijo á Quevedo.
Este no conoció la voz del que le había hablado, pero salió.
—Asíos de mi brazo, que la noche está lóbrega—dijo aquel hombre—y sois torpe de pies.
—Y de cabeza, lo que no creía, y me ha hecho creer el verme perdido en estos enredos—dijo don Francisco asiéndose al brazo de quien le había hablado—; ¿y á dónde vamos, amigo? Alegraríame que fuese cerca, porque llueve que cala y ciegos andamos.
—¿No oís?
—Campanillas.
—De mulas de coche.
—Muy ruidoso me hacéis.
—No hay por qué taparse.
—Alégrome.
—Pero ya llegamos. ¡Eh, Andresillo, la meseta á este caballero para que suba!
—No veo—dijo Quevedo.
—Guiaréos yo; delante tenéis la meseta.
Quevedo levantó el pie y le puso sobre una pequeña mesa, que entonces y mucho después servía de estribo á los empinadísimos coches de nuestros abuelos.
Al ir á entrar Quevedo por la portezuela se sintió asido, y escuchó un suspiro, y al mismo tiempo aspiró un delicado olor á dama (porque en todos los tiempos las damas se han dejado conocer á obscuras), lo que hizo pensar á Quevedo lo siguiente:
—La tragicomedia empieza... ella es... por el olor la saco; veamos de qué modo puedo engañarla, aunque no me parece fácil; ello dirá.
Y se entró en el coche.
—Pues no, este coche no es suyo—dijo Quevedo palpando la badana usada de los asientos—. Cállome y veamos.
Pero la mujer que en el coche estaba no habló.
El coche se puso en movimiento; sonaron las campanillas de las mulas, rechinaron los ejes y empezó á crujir toda aquella vieja armazón.
Quevedo adelantó las manos y tropezó con la mujer.
Esta le rechazó.
—Tormenta se prepara—dijo Quevedo para sí—, pues retirémonos y estémonos quedos para que más pronto descargue.
La dama continuó callando.
Sólo de tiempo en tiempo dejaba oír un suspiro mal contenido.
—Esos son los relámpagos—continuó diciendo para sí Quevedo.
Al cabo de algún tiempo la mujer hizo un movimiento de impaciencia.
—Encima lo tenemos—murmuró Quevedo.
—¿Sabéis, caballero—dijo al fin la dama—, que sois el traidor peor nacido que conozco?
—Ya lo sabía yo—dijo Quevedo.
—Pues yo quisiera haberlo sabido antes de... antes de haberme olvidado por vos de lo que soy—dijo la condesa de Lemos.
—He dicho que ya sabía yo que no habíais de estaros callada mucho tiempo, doña Catalina.
—¿Y es posible que yo guarde silencio cuando tengo tanto que echaros en cara?
—Más valiera que á la cara no me hubiérais echado vuestra hermosura y al alma vuestro amor, que tan caros me han salido.
—¡Qué mentir tan villano! ¿Hermosa llamáis á quien habéis despreciado? ¿Llamáis amor á una burla infame? ¡Y después de haberme ofendido de una manera tan odiosa, os burláis aún! ¡He hecho bien en castigaros!
—Ved que castigándome os castigáis.
—¡Yo!
—Si no me amárais, ¿hubiérais hecho lo que hacéis?
—¡Qué necios y qué vanos son los hombres! Porque han tenido á una mujer rendida creen que esta mujer no puede recobrar su dignidad al conocerlos, aborrecerlos, procurar vengarse de ellos...
—¡Ay, Catalina de mis ojos! ¡Suspiras muy profundo para que yo te crea!
—Respetadme, caballero—dijo la condesa—, y no veáis en mí más que una mujer que todo lo ha perdido por vos en un momento de locura y os castiga.
—Si culpa hay entre nosotros, no sé quién está más castigado: si tú, Catalina mía, viéndote obligada á prenderme por amor, ó yo, por amor, viéndome obligado á huir de ti.
—Os aseguro que no huiréis.
—Entonces seremos los dos felices.
—No os entiendo.
—Si me prendes serás mi carcelera, porque no te fiarás de nadie; y si eres mi carcelera, teniéndote al lado tengo contigo un cielo. ¡Que no se muriera el conde de Lemos!
—Me estáis destrozando el corazón.
—Ya sabía yo que la tormenta acabaría en lluvia—dijo para sí Quevedo—. ¿Lloras, alma mía?
—¡Lloro mi desdicha, mi desesperación! ¡Me pesa de haber nacido!
—¡Catalina de mi alma!
—¡Oh, cuánto, cuánto os amo aunque no lo merecéis!—dijo la condesa.
—No os amo yo menos.
—Eso es mentira.
—Sabe Dios que si alguna mujer me ha lastimado el corazón, has sido tú; que si en algún vaso puro he calmado la sed de mis labios, ha sido en tu boca; que si alguna luz ha iluminado mi alma, ha sido la luz de tus ojos; que si en alguna parte ha descansado mi cabeza quemada por el desprecio y el cansancio de todo, ha sido en tu seno. No miento, Catalina, no miento; yo te amo, yo te adoro, yo te venero... ¡Dios lo sabe!
Y Quevedo no mentía.
Amaba con toda su alma á la condesa.
—Pero amaba más á su ambición.
Su ambición estaba personificada en el duque de Osuna, y Quevedo servía al duque en cuerpo y alma.
Importaba, por lo tanto, demasiado á Quevedo, salvar de los peligros que le amenazaban á aquel hijo natural del duque, por el que únicamente había ido á la corte.
Pensando en esto, y para tener una ayuda, un medio, había sido audaz con la condesa de Lemos, y cuando la condesa de Lemos se convirtió para él en un inconveniente, la abandonó, abandonando su amor; la lastimó lastimándose á sí mismo.
Se veía cogido por una mujer justamente ofendida y enamorada, y no sabía cómo escapar de sus manos.
Apeló, pues, á la fascinación del amor.
Pero la condesa estaba ya escarmentada; no le creía, y el asunto iba haciéndose negro para Quevedo.
Todo su ingenio se estrellaba contra el recelo de la condesa.
—Sí, sí, mentid cuanto queráis—le dijo doña Catalina—; pero esta vez me convierto para vos en un tirano. Necesito vengarme, satisfacerme, haceros sufrir tanto como vos me habéis hecho sufrir á mí; al menos tendré el consuelo de que no me hayáis burlado de balde, vos que estáis acostumbrado á burlaros á mansalva de todo el mundo.
—Porque zaherí á vuestro padre en un romance, escrito por mi desesperación y por mis celos, cuando os vi casada con don Fernando de Castro, hanme tenido dos años preso entre frailes; porque recobro la razón y tengo valor bastante para apartarme de vuestros brazos, dejando en ellos mi vida y mi ventura, me prendéis vos. No de balde me burlo, sino que bien de veras pago el no tener el corazón de corcho, que si yo no os amara tanto, no me acontecería esto.
—Pues bien... suframos los dos: yo, el teneros contra vuestra voluntad; vos, en verme, cuando no quisiérais, á vuestro lado. Y como hemos hablado todo lo que teníamos que hablar, y como yo estoy contenta todo cuanto puedo porque os castigo, no hablemos más, que si más hablamos no haremos más que ofendernos.
—Os voy á dar un consejo.
—¿Cuál?
—Que dejéis para más tarde vuestra venganza, ó que os venguéis de otro.
—No os comprendo.
—Han levantado el destierro á vuestro marido.
Guardó la condesa un silencio de espanto.
—¡Cómo!—dijo—; ¿el conde de Lemos vuelve á la corte? ¡pues bien, me alegro, vuelve á tiempo, como que sólo hace cuatro días que vos habéis venido!
—Oidme, por Dios, que importa; vuestro marido, si os obstináis en retenerme, acabará por saber que yo... y que vos... que estoy en vuestras manos. Aunque el conde de Lemos no os ama, porque los necios no aman á nadie más que á sí mismos, tiene orgullo; y como el que seáis vos mi amante sólo le da deshonra á secas, es natural que la tome por alto; por embargarme os habéis valido de gentes en las cuales un secreto no está más seguro que un doblón en medio de la calle... Sabrán...
—Que se sepa.
—¿Pero estáis loca?
—Si lo estoy, mi locura no tiene remedio.
—Oíd, prenda de mi alma. Ya que os decidís á todo, unámonos. Me importa poco si á vos os importa menos; podrá ser cuando más asunto de estocadas, y yo no soy miserable de ellas. En vez de tapujos y encierros, entraréme yo á la luz del sol en vuestra casa... y así os habréis vengado de don Fernando de Castro, que os ofendió casándose con vos.
—Eso quería yo hacer, y vos no quisísteis.
—Temí por vos.
—Y hoy por vos tenéis miedo.
—Os ruego que lo penséis.
—Lo tengo pensado.
—¿Conque soy vuestro prisionero?
—Prisionero por amor.
—Sois, pues, mi Carlos V.
—Y vos, mi Francisco I; por lo mismo temo firmar con vos las paces, no sea que vos me engañéis, como Francisco I engañó á Carlos V.
—¡Entendida sois en historia!
—Por mi desdicha; quisiera ignorarlo todo.
—Me dais miedo.
—¡Ah! ¡por fin!
—Mientras una mujer injuria ó llora ó se desespera, aún hay esperanzas de dominarla; pero cuando, como vos, acaba por hablar á sangre fría, y casi ríe...
—Entonces está resuelta... decís bien: y mi resolución es invariable.
—Pues bien, doña Catalina, os juro que os salvaré de vuestra propia locura, antes de algunas horas.
—¿Y cómo?
—Escapándome.
—Os juro que no os escaparéis.
—Lo veremos.
—¿Y cómo haréis para escaparos? yo os guardaré por mí misma; viviré con vos, comeré con vos... ni de día ni de noche me separaré de vos.
—Me escaparé.
—Queréis asustarme, pero no lo conseguís. Si vos sois valiente y resuelto, yo no lo soy menos.
—Ello dirá.
—Pues va á decirlo pronto. El coche se para. Hemos llegado.
—¿Y á dónde hemos llegado?
—No quiero ocultároslo. A mi casa de campo del río.
—Creo que esta casa es del conde mi señor, y que la pintó y la amuebló para vuestras bodas.
—Así es.
—¿Y aquí queréis tenerme?
—¿Y por qué no?
—Ocurrencia del diablo es.
—Dejadme bajar, que abren la portezuela.
—¿En galán os tornáis, y en dama me convertís?—dijo Quevedo.
—Sí por cierto; dadme la mano para bajar.
—Os la diera mejor para subir.
—Ya subiremos.
—Y aún llueve—dijo Quevedo.
—Y hace obscuro; por lo mismo os guío.
—¿Y las gentes que os acompañan?
—Se han ido.
—Misteriosa aventura.
—Y más misteriosa la felicidad que más allá de esta puerta me aguarda.
—Y la condesa abrió con llave el postigo de una cerca.
—Entrad—dijo.
Quevedo entró.
La condesa sintió que otra persona cerraba el postigo.
—Pero doña Catalina, corazón mío, ¿estáis en vos? Enterado habéis de este lance á medio mundo.
—¿Y qué se me da? No soy yo mujer á quien mate su marido, ni el conde de Lemos, un marido que mate á una mujer tal como yo; ni aun se divorciará, porque divorciándose perderá la administración de mis bienes. Por lo demás, me importa todo un bledo. Dirán: la condesa de Lemos es querida de Quevedo; y bien, vos me habéis enseñado á despreciar al mundo.
—Ya no llueve—dijo Quevedo.
—Como que estamos bajo techado—contestó doña Catalina—; ahora vamos á subir... y yo os doy la mano.
—No hablaba yo de esta subida.
—Pues mirad, yo estoy muy contenta.
—No veo el motivo.
—Os tengo.
—¡Pero si decís que no os amo!
—No me amáis todo lo que yo quisiera... pero me amáis... sí; me amáis... y yo os haré tanto... yo seré para vos tanto...
—¿Qué seréis para mí?
—El camino de los honores, del mando, del trono.
—¡Eh! ¿qué decís del trono, señora?—dijo Quevedo con un acento tan singular como nadie hasta entonces había oído en él.
—Digo, que sin haceros rey, os pondré sobre el rey, y como el rey está en el trono...
—¿Sabéis que esta escalera se parece á la subida de la montaña aquella á cuya cumbre llevó el diablo á Cristo?—dijo con un doloroso sarcasmo Quevedo.
—Muchas gracias, señor mío, por la galantería. Pero estáis irritado, y con razón, y es menester perdonároslo todo. Entrad.
Y tiró de Quevedo, que se encontró de repente en un magnífico salón completamente iluminado, y con una mesa servida.
Doña Catalina cerró la puerta por donde habían entrado, se aseguró por sí misma de que las otras puertas estaban cerradas también, y luego arrojó el manto, y apareció deslumbrantemente vestida.
—He aquí—dijo Quevedo—, que el sol sale á la media noche.
—Os he traído á mi cámara de bodas, y para ello me he vestido el mismo traje de mis bodas.
Y luego, sentándose en un sillón y señalando otro á Quevedo, le dijo con la mirada llena de amor, de embriaguez, de encantos:
—¡Cenemos!
—¡Oh! ¡qué feliz podía yo ser!—murmuró Quevedo.
Y luego, sentándose resueltamente, dijo con una voz que espantaba por su sarcasmo, por su desesperación, por su amargura, y con la mirada ardiente y fija en los ojos de doña Catalina:
—Cenemos.
CAPÍTULO LXXII
DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA ENCONTRÓ Á TIEMPO UN AMIGO
Amaneció el día siguiente.
Y seguía lloviendo, y nublado y sin señales de mejor tiempo. Estaba en su despacho el duque de Lerma, y su secretario Santos escribía á más y mejor lo que el duque le dictaba.
Se notaban en el semblante del duque señales de insomnio.
Lo que demostraba que había pasado muy mala noche.
Como que volvían á la corte todos sus enemigos, y podían hacerle la guerra y derrocarle, sin que él pudiera defenderse, atado como estaba por los terribles secretos suyos que poseía el bufón.
En lo que se ocupaba el duque, era en escribir á sus parciales de las provincias, á fin de que le hiciesen un partido entre la gente que alborota y que ha existido en todos tiempos bajo todas las formas de gobierno, á fin de que escribieran cartas honrosas para él, esto es, una especie de opinión pública ficticia, que debía figurar ante los ojos del rey como la opinión pública del reino.
Para esto se ofrecía á comunidades de frailes, cosas que el duque había resistido; á los ayuntamientos, arbitrios; á los labradores, tolerancia en el pago de los tributos; á las corporaciones de todo género, nuevos privilegios; á éste y al otro señor, amenazado por desafueros, hacer la vista gorda, como suele decirse, y á las audiencias, desestimar las numerosas quejas de injusticias, cohechos y violencias que pendían por ante el rey.
Claro es que todo esto venía á gravar en último punto sobre la gran masa del reino, sobre el pobre, sobre el débil, sobre el querelloso; pero importaba poco: era necesario que el rey recibiese de todas partes plácemes por el buen gobierno del duque de Lerma.
Desde el amanecer estaban trabajando en esto el duque y su secretario.
Santos, á pesar de que hacía frío, sudaba la gota gorda.
El duque estaba fatigado.
—No puedo más, señor—dijo Santos—; de tanto escribir, se me ha puesto el brazo tan frío y tan pesado como si fuera de plomo.
—Urge, urge, Pelegrín; ya sabes que mi sobrino no ha perdido el tiempo, y que ya está en Madrid; viene irritado contra mí y no perdonará medio; además, se encontrará al duque de Uceda apoderado del príncipe de Asturias, y empezará de nuevo entre ellos la guerra, que vendrá á herirme de rechazo.
—Yo aconsejaría á vuecencia que tomase un partido mucho más prudente, que el de lograr por medio de estas cartas que se corten las quejas que vienen de todas partes—dijo Santos estirándose el brazo derecho y frotándoselo con la mano izquierda.
—¿Y qué partido es ese, Pelegrín?
—¡Hum! vuecencia está muy comprometido.
—Sí, es cierto; pero todo lo que puede suceder será perder la gracia del rey.
—Perdonad, señor, de antemano, lo que voy á decir á vuecencia, porque mi lealtad no me permite guardar por más tiempo silencio.
—¡Crees tú!...
—Creo que puede sucederos peor que perder la gracia del rey.
—¿Peor?
—Podéis ser procesado.
—¡Procesado!—exclamó con orgullo el duque.
—Porque podéis ser calumniado; esta gente enemiga vuestra, os teme, sabe que el rey está acostumbrado á vos, y como en el rey no hay nada más poderoso que la costumbre, como es indolente y enemigo de luchas y de mudanzas y sobre todo irresoluto y débil, usarán contra vuecencia de armas infames; se han cometido en la corte grandes desaciertos; vuestro secretario don Rodrigo Calderón ha usado y abusado de vuestro nombre y no se ha detenido en nada; se ha pretendido primero deshonrar á la reina, después envenenarla...
—¡Cómo!
—Hay quien lo sabe, y quien lo murmura... lo que hoy es un rumor sordo, será mañana un estruendo, y un estruendo tal, que no podrá menos de oírlo el rey... ¡si para entonces estáis desprevenido!...
—Pero yo no he pensado... yo no he hecho...
—En la corte es muy fácil hacer caer sobre una persona los delitos de otra; Calderón ha sido vuestro favorito y aún lo es, al menos para todo el mundo, que ve que en vuestra casa le tenéis, que en vuestra casa le curáis. Calderón es presuntuoso, soberbio, tiene mucho ingenio, vale mucho, conoce la corte, y en cuanto pueda se abrirá paso, obligándoos á que vos le facilitéis el camino, porque os tiene sujeto...
—¡Pelegrín!
—Enojáos cuanto queráis conmigo, señor; pero no oiga vuecencia á Pelegrín Santos, pobre hidalgo que os debe cuanto es, sino á la voz severa de la verdad; sucédame cuanto quiera, aunque vuecencia irritado conmigo me haga pagar cara mi lealtad, no puedo callar por más tiempo. Porque se hace necesario prevenir el mal, necesario de todo punto; no se puede perder un minuto.
—Sigue, sigue, Pelegrín.
—Como os decía, aunque sabéis que don Rodrigo os ha hecho traición, no podéis deshaceros de él; como no podéis deshaceros ahora de Uceda, de Lemos, de Olivares, de Sástago, de tantos y tantos á quien vuecencia estorba; os veréis obligado á servir de escala á Calderón, que partirá con vos la ganancia, porque os necesitará siempre, pero que os comprometerá; porque Calderón, soberbio y ciego y codicioso, hará tales cosas, que él mismo se hundirá... y al hundirse, os hundirá con él.
—¿Pero qué puede suceder?...
—Yo veo á Calderón marchar de frente hacia el cadalso, sin verle, confundiéndole con el trono.
—¡Ah!
—Dejad que suba solo al cadalso... cubríos...
—¡Cómo! ¡Pelegrín! ¡crees...!
—Lo creo posible todo. Si fuera tiempo, os diría: retiráos de la corte... pero ya no es tiempo, señor; estáis en el mismo caso que aquel que, subiendo unas escaleras, va dejando caer los escalones; no tiene más remedio que seguir subiendo, ó caer desde una inmensa altura á una muerte cierta; no podéis retroceder.
—Y entonces... ¿qué hago?
—Roma insiste sobre el asunto de las preces...
—Pero no puedo complacer á Roma sin rebajar la dignidad del rey.
—Es un recurso desesperado. Complaced al papa, á cambio de otra complacencia del papa.
—Explícate mejor.
—Pedid á Roma el capelo.
—¡Ah!—exclamó el duque de Lerma, abandonando su sillón y yendo á abrazar á Santos—; sí, sí, tú eres mi amigo; tú eres la única persona leal con que cuento; ¡el capelo! ¡y no se me había ocurrido! ¡y sin embargo, tengo el alma llena de una inquietud vaga, del temor de verme envuelto en las traiciones infames, en los delitos de los que me rodean! ¡el capelo! ¡gracias, Pelegrín, gracias! El duque de Lerma puede ser juzgado y condenado por el rey. ¡El cardenal, duque de Lerma, sólo puede ser juzgado y sentenciado por Roma! ¡Roma! yo haré que Roma esté tan contenta de mí, que me crea ser su mejor hijo. Escribe, escribe, Santos...
—¿A Roma?
—¡A Roma!
—No es asunto para escrito... es necesario que vaya una persona de toda la confianza de vuecencia.
—¡Y quién mejor que tú! ¡tú que acabas de darme una prueba inapreciable de tu amor y de tu lealtad hacia mí!
—¡Partiré!
—Al momento.
—Esperemos...
—¿Que esperemos, y dices que es de todo punto necesario?...
—Esperemos á mañana.
—Preconíceme Roma y nada temo.
—Nada de preconizaciones: basta con que en un momento dado, autorizado por el papa, podáis vestiros la púrpura; sed en buen hora cardenal, pero no lo digáis á nadie... no mostréis miedo...
—¡Ah! ¡Pelegrín! ¡yo no te conocía!
—Como no habéis conocido á los traidores hasta que ha sido de todo punto imposible que no los conozcáis, no habéis conocido á los leales hasta que los leales se han visto obligados por amor vuestro á darse á conocer.
—¡El capelo! ¡el capelo!—exclamaba el duque de Lerma paseándose á largos pasos por su despacho—. ¡Y que no se me haya ocurrido! ¡el capelo! ¡hijo de Roma! ¡la Iglesia puesta entre el poder temporal y yo! ¡qué quieres, Pelegrín!
—Seguir siendo vuestro secretario.
—¿Y nada más?
—Nada más. Pero para que siga siendo vuestro secretario, es necesario que no me deis muchos días como hoy.
—Vete, vete á descansar, y... está dispuesto.
Santos se inclinó y salió.
El duque de Lerma estaba contento; había encontrado al fin la difícil solución de un problema obscuro que le tenía vivamente inquieto. Cubrir su responsabilidad como ministro, cuando tan duros eran los tiempos, con el manto de la Iglesia, era cosa que jamás se hubiera ocurrido al duque de Lerma.
Saboreando estaba su contento, cuando un ayuda de cámara abrió la puerta y dijo respetuosamente:
—Señor, el cocinero mayor de su majestad, solicita hablar á vuecencia.
Lerma mandó entrar á Montiño.
Presentóse éste, pálido, desencajado, estropeado completamente en cuerpo y traje; miró al entrar con recelo en torno suyo, y dijo con grande misterio:
—¿Podrá escuchar alguien lo que voy á decir á vuecencia?
—Nadie, Montiño, nadie—contestó el duque—. ¿Pero qué sucede?
—Sucede, señor... En primer lugar, la Dorotea me envía.
—¿Y qué quiere la Dorotea?—preguntó el duque estremeciéndose, porque veía de nuevo asomar la fatídica figura del bufón, que había llegado á convertirse para él en un espectro.
—La Dorotea... quiere ver á vuecencia... al momento; me ha mandado llamar para eso solo... está enferma... muy enferma...
—Iré, iré... Id á decírselo.
—Un momento, señor; tengo que hablar á vuecencia de asuntos míos.
—¿De asuntos vuestros?
—Creo, señor—dijo Montiño, á quien la desesperación daba atrevimiento—, que en mí tiene vuecencia un esclavo, que ha hecho por vuecencia...
—Lo bastante para que os ampare; lo sé.
—¡Ah, señor! necesitado y muy necesitado estoy de amparo. Por servir anoche á vuecencia al salir de aquella casa, me aconteció una negra aventura.
—¿Y qué fué ello?
—El diablo me echó delante al sargento mayor don Juan de Guzmán.
—¡Que os encontrásteis anoche á don Juan de Guzmán!—dijo con asombro el duque—. ¡Bah! ¡imposible! ¡no puede ser! ¡vísteis visiones!
—No vi, tropecé; y como llevaba la daga de punta, porque eran malos sitios, mala hora y mala noche, sin quererlo, sin pensarlo, le maté.
—¡Ah!, ¡matásteis... al sargento mayor!...
—Y me encontró sobre él la justicia.
—¡Ah!—dijo el duque de Lerma comprendiéndolo todo, porque como saben nuestros lectores estaba en el secreto—; ¿y os prendió el alcalde de casa y corte Ruy Pérez Sarmiento?
—¡Cómo, señor, sabéis!...
—Sí, el licenciado Sarmiento me ha hablado de una prisión. Pero si os prendieron, ¿cómo estáis en libertad?
—Bajo fianza de un tal Gabriel Cornejo...
—¿Y qué queréis?
—¡Señor! ¡señor!—exclamó Montiño arrojándose á los pies del duque y con los brazos abiertos—; puesto que lo sois todo en España, y que yo soy inocente, porque quien mata sin querer no mata, salvadme, señor, salvadme.
—Levantáos, levantáos, Montiño, y nada temáis; se le echará tierra al muerto, se romperá el proceso...
—¡Ah señor! ¡piadoso señor! ¡Mi vida!...
—Merecéis que se os ampare.
—Después de lo que vuecencia acaba de hacer, no me atrevo á pedirle otra gracia.
—Hablad, hablad.
—Muchas gracias, señor, muchas gracias, no sé cómo pagar á vuecencia.
—Acabando pronto, Montiño.
—Es el caso, que mi mujer y mi hija y el galopín Cosme Aldaba, y el paje Cristóbal Cuero están presos.
—Ya veis que no me he olvidado de lo que me pedísteis.
—Muchas gracias, señor; pero ahora pido á vuecencia que se deshaga lo hecho.
—¡Cómo!
—Que sin ruido, y sin que nadie pueda saber que han estado presos, suelten á mi mujer, á mi hija, al galopín y al paje.
—¿Pero estáis loco, Montiño? ¿No os ha deshonrado vuestra mujer?
—¡No señor!
—¿No os ha robado?
—¡No, señor! y ruego encarecidamente á vuecencia...
—Sentáos y escribid vos mismo.
El cocinero se sentó.
El duque le dictó una orden de soltura para el alcaide de la cárcel de villa, y otra para el alcalde de casa y corte, para que diese por nulo y destruyese todo lo que se había escrito é intentado contra los presos.
Después de esto y de haber saludado humilde y profundamente al duque, el cocinero salió.
Poco después, Montiño entraba triunfante en palacio con su mujer y su hija.
Al mismo tiempo, el duque de Lerma entraba en casa de Dorotea.
CAPÍTULO LXXIII
EN QUE EL DUQUE DE LERMA CONTINÚA REPRESENTANDO SU PAPEL DE ESCLAVO
Encontró el duque á la joven en el lecho.
Pero no la encontró sola.
A su lado estaba el tío Manolillo.
El duque se estremeció como si en el bufón hubiese visto personificada su conciencia.
—Gracias, muchas gracias, señor, porque habéis venido—dijo la joven sacando un magnífico brazo de debajo de las ropas y estrechando una mano del duque—. Tengo que hablaros gravemente. Manuel, amigo mío; hacedme el favor del dejarme sola con su excelencia.
El bufón se levantó y salió en silencio, pero no sin haber dicho antes con una profunda mirada al duque:
—Os mando hacer todo lo que ella quiera.
El duque se sentó en un sillón junto al lecho, y por la primera vez se descubrió delante de Dorotea.
—Cubríos, cubríos, don Francisco—dijo la joven—; yo os lo ruego. Os habla una pobre mujer, y esa mujer os suplica. Cubríos, si no queréis lastimarme.
El duque se puso la gorra.
—¿Qué queréis, pues?
—Don Juan Téllez Girón ha sido preso; preso como causante de la herida de don Rodrigo.
—Es cierto; todas las pruebas están contra él.
—Pues bien: yo quiero que se destruyan esas pruebas.
—No es eso fácil.
—Ya lo sé: sé que doña Clara Soldevilla, su esposa, se ha arrojado á los pies de su majestad el rey; sé que su majestad la reina ha intercedido por la petición de su amiga, porque doña Clara, más que dama, es amiga de la reina, y sé que el rey se ha mantenido severo; que ha respondido á la reina y á doña Clara, que no puede hacer nada estando de por medio la justicia.
—Ya veis, Dorotea, que cuando el rey...
—Pero vos podéis más que el rey.
—¡Yo!
—Sí, vos; basta una palabra vuestra para que la justicia calle, para que la puerta de la prisión se abra, y yo quiero que don Juan salga libre y seguro... porque le amo, ¿lo entendéis?... porque es mi vida, y el mal que le sucede me vuelve loca, me asesina. Quiero ir yo... yo misma á abrirle su prisión; quiero ser para él la libertad, la vida; quiero ser su recuerdo continuo... quiero que no pueda olvidarme nunca... y tanto haré, que no me olvidará... ¡Oh, no! y con eso sólo seré feliz.
—¡Pardiez, y lo que amáis á ese mozo!—dijo contrariado el duque.
—No os enfadéis señor, vos me tenéis por lujo... ya os lo he dicho... pues bien: vuestra querida pública seré, ya que esto os halaga, hasta la muerte, hasta la muerte, señor; pero... tened compasión de mí; concededme lo que os pido.
El duque miró á la cortina de la puerta tras la cual había desaparecido el bufón.
Aquella cortina estaba inmóvil.
Aquella cortina era en aquellos momentos para el duque el velo impenetrable de la fatalidad.
—No puedo...—dijo al fin.
—Sí, sí podéis—dijo Dorotea—, vos lo podéis todo.
—No me atrevo—dijo el duque, que no quitaba ojo de la cortina.
—Necesito la libertad y la seguridad de don Juan—dijo con acento voluntarioso Dorotea.
—Yo no puedo sobreponerme á las leyes.
—Sobreponéos—dijo la voz ronca del bufón detrás de la cortina.
Tembló el duque al sonido terrible, fatídico de aquella voz.
—Es el caso que... yo... mi poder... no alcanza á veces...
—¿No os he dicho ya, duque de Lerma, que hagáis cuanto ella quiera? ¿ó es que sois tan torpe que no comprendéis lo que se os manda?—dijo el bufón abriendo la cortina y apareciendo.
Sonrojóse vivamente el duque al verse tratado de tal modo por el bufón en presencia de una tercera persona, y balbuceó algunas palabras.
El bufón adelantó lento y sombrío.
—No te agites, Dorotea—dijo—; no llores; no supliques: el señor duque hará lo que sea necesario hacer; el señor duque no puede negarte nada: excelentísimo señor, afuera, en la sala, hay recado de escribir; yo sé dónde vive el licenciado Sarmiento; escribidle una carta y concluyamos, que Dorotea está impaciente.
—Esto es ya demasiado—dijo el duque colérico.
—Ya lo creo que es demasiada obstinación la vuestra.
—No os irritéis, señor—dijo Dorotea—; yo os lo ruego, yo os lo suplico.
—No hay que suplicar; tú no tienes que suplicar á nadie, hija mía; yo soy tu esclavo, y el duque de Lerma es esclavo mío. Ayer quisiste la prisión de don Juan, y fué preso; hoy quieres su libertad y hoy se verá libre, porque su excelencia y yo... nos entendemos.
—¿No teméis que llegue un día en que os pese de lo que hacéis?
—Algunas cosas horribles tengo hechas por ella, y todavía no me ha pesado; servidnos ahora, y después, cuando podáis, no tengáis compasión de mí... pero ahora... haced lo que ella quiere.
Y señaló á Lerma con toda la autoridad y la arrogancia de un señor despótico, la puerta que conducía á la sala.
El duque se levantó maquinalmente y salió de la alcoba.
Maquinalmente se encaminó á una mesa donde había recado de escribir y escribió.
Luego cerró la carta y la entregó al bufón.
Aquella carta estaba concebida en estos términos:
«Mi buen Ruy Pérez Sarmiento: En el punto en que recibáis ésta, rasgad todas las diligencias que hayáis practicado en averiguación del delito cometido en la persona de don Rodrigo Calderón; proveed auto de libertad en favor de don Juan Téllez Girón y de don Francisco de Quevedo Villegas, y guardad esta carta para cambiarla por una provisión de oidor en la Real Audiencia de México. A cualquier hora, mañana, me encontraréis en la secretaría de Estado ó en mi casa. Guárdeos Dios.—El duque de Lerma.»
Apenas entregada esta carta, el duque salió de casa de Dorotea, sin despedirse de ella, trémulo, irritado.
El bufón salió también, llevando consigo la carta del duque de Lerma.
Dorotea quedó en un estado horrible de ansiedad.
Una hora después, el tío Manolillo volvió con unos pliegos en la mano.
—¿Tenéis ya la orden de libertad?—dijo la joven con anhelo.
—Sí—respondió con voz ronca el bufón—. Este pliego es el auto de libertad de tu amadísimo don Juan; este otro, el auto de libertad de don Francisco de Quevedo, que yo me guardo, porque importa que esté preso; y este otro pliego, es una orden para que tú puedas entrar en la torre de los Lujanes, donde está encerrado don Juan.
Dorotea, á pesar de la fiebre que la devoraba, llamó á Casilda, saltó de la cama, se hizo vestir, pidió una litera, y salió de su casa.
CAPÍTULO LXXIV
LO QUE HIZO DOROTEA POR DON JUAN
Irritado, contrariado, impaciente, cuidadoso, se encontraba don Juan encerrado en un aposento alto de la torre de los Lujanes.
La opaca luz de aquel día nublado y lluvioso, penetrando en el encierro por dos estrechísimas saeteras, apenas bastaba para determinar los objetos que en el aposento había.
Podía juzgarse, sin embargo, que no se había tratado mal á don Juan; algunos muebles, aunque no de lujo, decentes; una cama limpia, una alfombra usada, pero aceptable aún, y un brasero con fuego, hacían cómodo aquella especie de calabozo, si es que un calabozo puede ser cómodo para un preso.
Comprendíase claro que aquel encierro estaba destinado á personas á quienes, por su clase, era necesario tratar bien.
Don Juan no sabía por qué estaba preso, pero se lo figuraba; no podía ser por otra cosa que por el asunto de don Rodrigo Calderón.
Lo que más inquietaba al joven era que suponía que Quevedo habría sido también preso, porque ¿cómo explicarse que estando libre Quevedo no hubiese hecho en su favor maravillas?
Y dolíale, además, el estado aflictivo que suponía en doña Clara Soldevilla.
Cuando le prendieron en su aposento, la joven se puso pálida y se desmayó.
Don Juan no vivía, agonizaba en aquel calabozo, había pasado una noche horrible, de cavilaciones, de temores; se había acordado de todo, había dado vueltas á todo, y sin embargo, no se había acordado de Dorotea.
Cuando el carcelero la noche antes le entró la luz, don Juan le dió dinero y le preguntó por la causa de su prisión.
El carcelero le respondió con sumo respeto, pero encogiéndose de hombros, que nada sabía.
Encargóle don Juan que procurara informarse, que avisase á su esposa del lugar donde se encontraba, y que procurase ver á don Francisco de Quevedo ó saber de él.
El carcelero volvió á la hora de la cena, trayendo una escogida y abundante.
Pero lo que le dijo el carcelero le puso en mayor ansiedad.
Empezó por asegurarle que, por más que había hecho, no había podido averiguar la causa de su prisión; pero que él creía que cuando lo habían traído á la torre de los Lujanes, y con tal misterio, debía tratarse de un grave asunto de Estado.
Añadió que había ido al alcázar y que no había podido hablar á Doña Clara, porque estaba en audiencia con el rey, y que en cuanto á don Francisco de Quevedo, ninguna de las personas á quienes por él había preguntado le habían dado razón de tal persona.
Se empeoraba el negocio á la vista de don Juan, y como hemos dicho, no pudo dormir en toda la noche.
Al día siguiente, cuando volvió el carcelero con el almuerzo, cuando don Juan le habló, el carcelero le respondió con gran respeto:
—Se me ha prohibido terminantemente hablar con vuesa merced una sola palabra; estas que le digo son imprudentes, porque las paredes escuchan. No me pregunte vuesa merced más, porque no le contestaré.
Después de esto el carcelero salió, y don Juan quedó más cuidadoso que antes.
Adelantó el día y con él la desesperación y la impaciencia de don Juan.
Nadie parecía á tomarle declaración ni darle noticia alguna.
Al fin, al medio día se oyeron pasos en las escaleras y luego el ruido de los candados y cerrojos de la puerta.
Entró el carcelero.
No traía la comida.
Esto dió alguna esperanza á don Juan.
—¿A qué venís?—dijo al carcelero.
—Vengo á pediros licencia, en nombre de una dama que quiere hablaros—contestó aquél.
—¿De una dama? ¿qué señas tiene?
—Está completamente encubierta por un manto; pero parece principal y hermosa.
—¡Ah, es ella!—dijo don Juan pensando en doña Clara y sin acordarse, ni remotamente, como hasta entonces no se había acordado, de Dorotea.
—Trae una orden terminante para que se la permita hablaros á solas, del señor alcalde de casa corte, Ruy Pérez Sarmiento, de quien pende vuestro proceso.
—¡Oh, pues que entre! ¡que entre!—exclamó con afán el joven.
—Entrad, señora—dijo el carcelero llegando á la puerta.
Entró una mujer completamente envuelta en un manto, y mandó con un ademán enérgico al carcelero que saliese.
La puerta se cerró.
Entonces la mujer se echó atrás el manto, adelantó hacia don Juan, le asió de las manos y le miró exhalando toda su alma, y su alma enamorada por sus ojos.
—¡Ah! ¡Dorotea!—exclamó con una sorpresa dolorosa don Juan.
—¿La esperábais á ella?—dijo Dorotea con la voz apagada de quien sufre un dolor agudo.
—Os confieso que... señora... me sorprende...—dijo trastornado don Juan.
—¿Os sorprende que yo sea la primera mujer que penetra por vos en este horrible encierro? ¡No sabíais, no habíais podido saber cuánto yo os amaba! ¡cuánto era capaz de hacer por vos! ¡pues sabedlo, os traigo vuestra libertad!
—¡Mi libertad! ¡vos!—exclamó dejando ver la expresión de una profunda sorpresa don Juan.
—Sí, yo... aquí está—dijo Dorotea mostrando al joven un pliego cerrado.
—¿De modo que ya puedo salir de aquí?
—Aún no—contestó dolorosamente Dorotea.
Esta respuesta de la joven irritó á don Juan.
—¡Ah! ¡venís á imponerme condiciones!
—¡Condiciones! ¡condiciones yo á vos! ¡qué condiciones puede dictar el esclavo á su señor! ¡cuán poco me conocéis, por mi desdicha!
—Entonces, ¿por qué no me dais esa orden?
—¡Hay en el mundo otra mujer que os ama, que puede y debe confesar el amor que os tiene ante Dios y los hombres! ¡una mujer que por vos sufre, que por vos está enferma, que por vos muere! ¡una mujer que por vos se ha arrojado á las plantas del rey, y que no ha podido conseguir nada, ni aun saber el lugar donde estáis preso! ¡Vuestra esposa! ¡Doña Clara Soldevilla, que es vuestra vida!
—¡Ah!—exclamó don Juan.
—Y esa mujer venturosa, porque tiene vuestro amor; esa mujer á quien únicamente debéis amar, esa será la que reciba, sin saber de quién lo recibe, este pliego cerrado; esa mujer será la que venga á abriros la puerta de vuestra prisión; esa mujer será, porque debe serlo, quien goce toda la alegría de recobraros, cuando os creía perdido, cuando se creía casi viuda.
—¡Viuda!
—¿Pues no sabéis de lo que os acusan?
—No.
—De homicidio premeditado y con ventaja, intentado contra don Rodrigo Calderón.
—Mentira: como hidalgo y frente á frente, reñí con él por un grave asunto, y sirviendo á la reina: vos lo sabéis.
—Pero vos no podéis, por lo mismo que sois hidalgo y leal, sacar á juicio lo de las cartas de la reina, y os sentenciarían cometiendo una injusticia, es cierto; pero las injusticias no sorprenden á nadie en España. Me debéis, pues, la vida, y os lo digo para que lo sepáis; para que no podáis olvidarme.
—Me estáis desgarrando el alma, Dorotea.
—¿Y qué importo yo... pobre cómica... querida miserable del duque de Lerma? pero dad gracias á Dios de que yo sea querida del duque, y de que el duque, por una casualidad que Dios ha permitido, sea esclavo de un hombre terrible, que es á su vez esclavo mío.
—¿Y quién es ese hombre?
—El tío Manolillo, el bufón del rey. Él, porque sabe que os amo, y que vos íbais á salir de la corte, hizo que Lerma os prendiera. Él, porque yo se lo he pedido, ha hecho que Lerma mande rasgar vuestro proceso y poneros en libertad. Si yo le hubiese dicho: ese hombre me desprecia, ese hombre me insulta, quiero vengarme de él y de ella, mátale; hubiérais subido al cadalso, y con vos Francisco de Quevedo, á quien Dios maldiga. Sabedlo, quiero que lo sepáis para que no podáis olvidarme jamás; os lo repito. ¿Qué me importa que os apartéis de mí, que no os vuelva á ver más, si estoy segura de que vos no olvidaréis nunca mi memoria?
Don Juan inclinó la cabeza y no supo qué responder.
Estaba seguro de que no podía engañar á Dorotea, porque ésta sabía demasiado que él amaba, que él no podía dejar de amar á doña Clara.
Y sin embargo, la hermosura y el amor inmenso, excepcional de la comedianta, excitaban su deseo; halagaban su orgullo; don Juan, si hubiera podido, sin dejar de amar á doña Clara y de ser feliz con ella, hubiera sido amante de Dorotea.
Pero esto era imposible: Dorotea tenía demasiado corazón.
Dorotea no podía partir el amor de su alma con otra, por más que aquella otra fuese la esposa del hombre de su amor.
La situación de don Juan, ante quien Dorotea se presentaba de una manera enloquecedora, dándole la libertad y con la libertad la vida, sacrificándoselo todo, con la abnegación sublime de que sólo es capaz una mujer que ama, la situación de don Juan era horrible.
—¿Cómo podré yo hacer—dijo al fin—, que vos me perdonéis la desgracia de no haberos conocido antes?
—No blasfeméis de vuestra fortuna—dijo gravemente Dorotea—; Dios os ha dado en doña Clara una mujer digna de vos. Amadla, reverenciadla, alegráos como de una felicidad inmensa de que sea vuestra esposa. En cuanto á mí, con que vos me apreciéis, con que me recordéis, con que os cause compasión mi desdicha, estoy satisfecha, seré feliz.
Y Dorotea, á quien hasta entonces había sostenido la excitación febril de la alegría que la causaba el llevar la libertad á don Juan, se sentó y se puso sumamente pálida.
—Estáis mala, Dorotea—dijo el joven acercándose rápidamente á ella—. ¿Qué tenéis?
—¡Me muero!
—Disponed de mí: yo soy vuestro... yo os amo—dijo don Juan embriagado.
Y en aquel momento, olvidándolo todo, asió con sus dos manos la hermosa cabeza de Dorotea y la besó en la boca.
—¡Oh! ¡qué horror!—exclamó la joven poniéndose en pie de un salto—; ¡qué crueldad! ¡qué daño me habéis hecho tan terrible!
Y arreglándose el manto, se dirigió á la puerta y llamó.
—¿A dónde vais, Dorotea?—dijo don Juan.
—Es necesario que venga cuanto antes vuestra esposa.
Sonaron entonces las llaves del carcelero.
—Esperad un momento—dijo don Juan asiendo por el manto á Dorotea, que estaba vuelta hacia la puerta.
—¿Qué más queréis de mí?—contestó la joven.
—Quiero... quiero volveros á ver.
—¡Que queréis volverme á ver!... ¡sí, yo también quiero! pues bien: estad esta noche, á las ocho, al pie de la Cruz de Puerta de Moros.
—Estaré.
En aquel momento se abrió la puerta.
—Adiós—dijo Dorotea, y salió precipitadamente.
—Adiós—dijo don Juan, y se dejó caer aniquilado sobre una silla.
El carcelero cerró la puerta.
—No merece este amor asesino que me ha entrado en el alma—murmuraba la comedianta bajando precipitadamente las escaleras—. ¡Yo estoy loca! ¡yo me muero! ¡Dios mío! ¡irá! ¡irá! ¡le parezco hermosa! ¡le embriago!... ¡sí, irá! pues bien... ¡me vengaré de él y de ella! ¡él me obliga! ¡aquel horrible beso!... ¡Oh, Dios mío!
Y acabando de bajar las escaleras, atravesando la alcaidía sin reparar en nadie, salió.
En la puerta de la torre había una litera.
Al aparecer Dorotea, un criado abrió la portezuela.
Dentro de la litera había un hombre.
Era el tío Manolillo.
Estaba más pálido, más cadavérico que Dorotea.
Al ver el aspecto de aniquilamiento y de desesperación de la joven, una chispa de alegría involuntaria pasó por los ojos del bufón.
—Ese miserable no te comprende—dijo.
—Os engañáis, Manuel; le enamoro, haría de él cuanto quisiera, menos que me amara como yo quiero ser amada. Estoy irritada: la cólera y la desesperación me matan. Quiero vengarme, y empiezo. ¡Pedro! ¡al alcázar!
La litera se puso en movimiento.
—¿A qué vas al alcázar, hija mía?
—No voy yo, sino vos. Tomad.
—¡Ah! ¡la orden de libertad de don Juan! ¡no se la has dado! ¡quieres que la devuelva al duque de Lerma y que el proceso siga! ¡haces bien! ¡ese no es digno de nuestra protección! ¡no amarte á ti que tanto le amas! ¡que tanto haces por él! ¡véngate! ¡ya que no sea tuyo, que no sea de la otra!