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El cocinero de su majestad

SU MAJESTAD (continued 2)

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—Y allá están ambos novios con el padre Aliaga y los testigos, esperando únicamente por vos.

—¿Y quiénes son los testigos?

—Pedro Sarmiento, ayuda de cámara del rey, y Juan de Urdiales, maestro de ceremonias, los que se han encontrado más á mano.

—Vamos, pues; allá, y no retardemos la felicidad de los enamorados. ¡Y llevar yo cuarenta y ocho horas sin dormir por descanso de viaje!

—Ya dormiréis bien esta noche...

Y la condesa asió á Quevedo de una mano, y guiándole desapareció con él por una puerta.

CAPÍTULO XLII

DE CÓMO DON JUAN TÉLLEZ GIRÓN SE ENCONTRÓ MÁS VIVO QUE NUNCA CUANDO PENSABA EN MORIR

Una hora después de haber salido de la estancia de doña Clara con el joven, volvieron.

Pero volvieron casados.

Don Juan miraba de una manera avara á la joven.

La alegría, la felicidad, la pasión brillaban en su semblante.

Doña Clara estaba vivamente excitada, y á duras penas podía disimular que era feliz.

Y sin embargo, no miraba al joven.

Y sin embargo, se mantenía duramente reservada.

Atravesó el aposento rápidamente, y al llegar á una puerta, como pretendiese pasar don Juan, le dijo:

—Esperad un momento, señor.

El joven respetó la voluntad de doña Clara, y se detuvo.

La puerta se cerró.

Don Juan se quitó la capa y el sombrero, la daga y la espada, las arrojó sobre un sillón y se sentó en otro descuidadamente junto al brasero, como pudiera haberlo hecho en su casa.

Y esto era lógico.

El cuarto de su mujer, era su cuarto.

¡Su mujer doña Clara! ¡aquella dama cuyo semblante apenas visto le había deslumbrado! ¡aquella divina y magnífica hermosura, que encubierta había asido á su brazo! ¡aquella dama tan gentil, tan joven, tan pura, que le había llamado para recoger una prenda de la reina y que había acabado de enamorarle! ¡aquel dulce imposible estaba vencido!

Don Juan gozaba de un bienestar completo; se adormía en las ardientes ilusiones de su pensamiento; abrasaba con deleite su alma en aquel amor afortunado.

¡Suya doña Clara!

¡Su mujer doña Clara!

¡Doña Clara la madre de sus hijos, el dorado rayo del sol de su casa, su compañera de por vida!

Don Juan se creía soñando, y cuando se convencía de que no soñaba, moría de impaciencia.

Al fin apareció doña Clara, sencillamente vestida de casa, pero elegante; con un ancho traje de seda negra y una toquita blanca en los cabellos.

—¡Oh! ¡felicidad mía!—exclamó el joven levantándose con tal rapidez, que no pudo evitar doña Clara que la abrazase y la besase en la boca.

La joven dió un grito y quiso desasirse, pero no pudo.

Don Juan la retenía en sus brazos, reclinada sobre su hombro su cabeza, y lloraba.

—Apartad, señor, apartad—dijo doña Clara con voz dulce—; vuestra esposa os lo suplica.

Don Juan soltó á doña Clara, que estaba ruborosa y trémula.

—¿Es verdad que me amáis tanto?...—exclamó la joven, mirando con toda la fuerza de sus ojos negros á don Juan.

—Si no os amara, si no fuérais para mí antes que todo, ¿me hubiera casado con vos, sin pretender aclarar antes de nuestro casamiento el misterio de tal casamiento?

—Sentáos, don Juan, sentáos y escuchadme: escuchadme como si jamás me hubiérais hablado de amores, como si no fuéramos marido y mujer.

—Pero...

—Hacedme la gracia de escuchadme: bien sé que casada con vos, vuestra voluntad es para mí una ley; pero yo apelo á vuestra hidalguía; yo os pido, y os lo pido con toda mi alma, que por ahora no miréis en mí más que á doña Clara Soldevilla, no á vuestra esposa. ¿Me lo concedéis?

—Será siempre, señora, todo lo que vos queráis, menos no amaros.

—No os pediré eso jamás, porque vuestro amor para mí lo es todo siendo como soy vuestra mujer.

—¿Me decís al fin que me amáis?

—Os amo como debe amar una mujer casada á su marido... más claro: por el momento os respeto... os quiero... tengo en vos esperanzas...

—¿Pero no sois para mí la mujer enamorada?

—No quitéis al tiempo lo que es suyo. ¡Yo no os conozco!

—Y sin embargo, os habéis casado conmigo.

—Os confieso que en la situación en que me he casado con vos, y por la razón que lo he hecho, me hubiera casado con cualquiera de quien hubiera podido buenamente ser esposa.

—¿Sin amor?

—Sin amor.

—¿Pero qué misterio, qué razones son esas?

—Las vais á oír: en primer lugar, tomad este rizo, guardadlo.

—¡Este rizo vuestro!—exclamó el joven besándole con locura—. Pero esta joya...

—Es necesario que la dejéis en el rizo.

—La dejaré... pero tomad vos las de mi madre...

—Después, don Juan, después. ¿Queréis oírme?

—Seguid, señora.

—Cuando os pregunte alguien que por qué herísteis á don Rodrigo Calderón, inventad una mentira razonable... pero si el rey os preguntase por un acaso...

—No pienso que tenga ocasión de hablarme.

—Os engañáis; el rey tendrá ocasión de veros con mucha frecuencia.

—¿Como esposo vuestro?

—Por eso no tiene el rey que veros. Pero sí como capitán de la guardia española.

—¡Ah! ¡conque yo soy capitán!

—Tal vez después de saber quién sois, no queráis ser soldado:

—Por el contrario, señora, tengo obligación de servir al rey.

—Con tanta y tan grave cosa como me tiene en cuidado, me olvidé de daros una provisión de capitán que tengo para vos. Esperad. Voy á dárosla.

Y la joven se levantó, sacó del cajón de un mueble un papel, y le dió á don Juan.

—Esta provisión ha sido vendida y revendida—dijo el joven.

—Se ha comprado para vos.

—¿Y quién la ha comprado?

—La reina.

—¡Me paga el servicio casual que la he hecho!

—No, no por cierto: el servicio que habéis hecho á su majestad no hay con qué pagarlo.

—Demasiado recompensado estoy si por conoceros he servido á su majestad, y por servirla sois mía. Nada hay en el mundo que valga lo que este premio. Por lo tanto, esta provisión está demás... si la acepto, la pagaré.

—No llevéis vuestra altivez, muy digna sin duda, hasta el punto de ofender á su majestad: aceptad tal como se os da esa compañía, y estad seguro de que ya tendréis más de una grave ocasión de servir á la reina.

—Sea lo que vos queráis—dijo el joven guardando la provisión.

—Sea lo que debe ser—dijo doña Clara—; continuemos: como capitán de la guardia del rey, cuando estéis de servicio, recibiréis en muchas ocasiones las órdenes directamente de su majestad, en particular en las partidas de caza, donde por vuestro oficio estaréis junto al rey. En una palabra: estáis al servicio inmediato de su majestad. Si un día, mañana acaso, el rey os preguntase acerca de mí... decidle... hacedle entender que entre nosotros mediaban amores... que... que en una palabra, por deber y por conciencia estábais obligado á casaros conmigo.

—Pero eso no es verdad... yo no puedo ofenderos... el rubor que tiñe vuestro semblante, dice bien claro que os ofendería.

—Don Juan, la reina es mi hermana—dijo profundamente doña Clara—: ella en su alta posición y yo en la mía, al conoceros... oíd desde el principio, don Juan. Yo tenía una madre buena, amante, hermosa... venid... vais á conocer á mi madre.

Doña Clara se levantó, tomó una bujía y precedió al joven.

Pasaron por un aposento de vestir, y entraron en un dormitorio.

En él había un pequeño lecho blanco que respiraba pureza, algunos ricos muebles, y en una de las paredes, un cuadro cubierto con un velo negro.

Doña Clara corrió aquel velo, y quedó á la vista de don Juan una dama de cuarenta años, pálida, excesivamente hermosa, y á juzgar por su traje y por su expresión, muy principal dama.

—Esa era mi madre—dijo doña Clara con acento vivamente conmovido.

—¡Ah! ¡digna madre de tal hija!—dijo el joven no menos conmovido.

—¿No es verdad, don Juan, que yo debo de estar orgullosa de mi madre?

—Como debéis estarlo de vos misma.

—No hablemos de mí—dijo doña Clara corriendo de nuevo el velo—. Yo os he dado á conocer á mi madre de la única manera que me ha sido posible. Volvámonos á donde estábamos.

Don Juan salió suspirando de aquel dormitorio tan blanco y tan puro, pero enorgullecido por su mujer, porque la atmósfera de aquel dormitorio había venido á ser para don Juan un testimonio de la valía de doña Clara.

Sentáronse entrambos jóvenes de nuevo, el uno en un extremo, y en otro extremo el otro, de la ancha tarima del brasero.

—Nuestra familia, y la vuestra, porque en ella acabáis de entrar, se componía hace cuatro años: de mi padre Ignacio Soldevilla, coronel de infantería española, encanecido en los combates, de mi madre doña Violante de Saavedra, hija de un mayorazgo de la montaña, y de mí. Cuando conozcáis á mi padre, que espero sea pronto, él os relatará nuestro abolengo, él os dirá muchas de esas cosas que una mujer no debe decir á su marido. Yo sólo os hablaré de mis padres. Mi madre, criada con el recogimiento de una casa de solar de la montaña, no tuvo más amores que los de mi padre; le amó como yo os amaré: después de casada.

—¡Ah! ¡ni vuestra madre amó á su esposo, sino después de casada, ni vos me amáis aún!

—Continuemos. Pasaba mi padre, hace más de diez y ocho años, con su compañía hacia Navarra, é hizo noche en casa de mi abuelo materno, donde fué aposentado. Vió á mi madre... durante la cena... y no pudo dormir.

—Como yo...

—Mi padre lo ha recordado muchas veces á mi madre delante de mí, y mi buena madre le contestaba sonriendo: yo, señor, no dormí tampoco.

—¿Pero creo que vos habéis dormido esta noche pasada?—dijo don Juan.

Doña clara continuó, sin contestar á la pregunta del joven:

—Al día siguiente, mi padre, á pesar de que debía marchar, detuvo con un pretexto su marcha, y como es excesivamente franco, buscó á mi abuelo, y le suplicó que para hablarle de cierto negocio, quisiese dar un paseo con él por el campo. Accedió mi abuelo, y apenas se vieron fuera de la población, mi padre le dijo quién era, cuánto poseía, que estaba perdidamente enamorado de su hija, y que quería casarse sobre la marcha con ella. Mi abuelo le contestó que partiese con su compañía, por lo pronto, que él se informaría acerca de mi padre, y que con lo que hubiese resuelto le contestaría. Mi padre partió sin ver á mi madre, y al mes recibió en Navarra una carta de mi abuelo, en que le decía que, habiéndose informado lo que bastaba para saber que mi padre era noble, honrado y valiente, y no oponiéndose á ello su hija, podía, si persistía en su pensamiento, volver á recibir las bendiciones. Mi padre no vió por segunda vez á mi madre, sino á los pies del altar.

—Pero de seguro, y á pesar de no conocer bastantemente á vuestro padre, vuestra madre no le desesperó—dijo el joven, que no desaprovechaba ocasión.

Doña Clara no contestó tampoco á esta indirecta.

—Fueron felices; ricos, amantes, honrado mi padre por el rey, respetado por todos, respetada mi madre como merecían su virtud y su nobleza. Yo nací en el término preciso después de su matrimonio. Yo he sido su hija única. Crecí al lado de mi madre; lo que sé lo aprendí de ella: durante las largas ausencias de mi padre en la guerra, nuestra casa estaba cerrada, algunos criados antiguos eran nuestra única compañía. Yo era feliz. Mi madre lo parecía también. Hace cuatro años, mi madre murió.

Doña Clara se detuvo, inclinó la cabeza durante un momento, y luego la alzó.

En sus hermosos ojos brillaba una lágrima.

Don Juan la contemplaba extasiado: creía á cada momento que su amor no podía crecer, y sin embargo, á medida que se iba revelando el alma de doña Clara, su amor crecía.

La joven continuó:

—La muerte de mi madre fué mi primer dolor. Hasta entonces no había comprendido que podía yo quedarme sola en el mundo; pero cuando mi madre murió, cuando no la vi á mi lado durante el día, al acostarme, llamando sobre mí los buenos sueños con un dulce beso, al levantarme abriéndome con otro nuevo beso otro hermoso día, ¡ay! hasta que todo esto me faltó, no comprendí el horrible vacío á que puede verse condenada una mujer, porque para una mujer, su madre lo es todo. La mujer para su madre es siempre una niña. Mi pobre madre murió de tristeza, murió de amor.

—¡De tristeza! ¡de amor!—exclamó don Juan.

—Del año, los nueve meses los pasaba mi padre en campaña, y aun había años en que no venía.

—¡Ah!—exclamó el joven, arrastrado por el profundo sentimiento de la voz de doña Clara al pronunciar aquellas palabras.

—Mi madre no se quejaba á mi padre: si se hubiera quejado, mi padre hubiera dejado el servicio, pero hubiera enfermado de tristeza. Entre su propio sacrificio y el de su esposo, mi madre se decidió por sacrificarse. Y se sacrificó por completo. Cuando mi padre volvía, y contaba á mi madre los peligros que había arrostrado, mi madre le escuchaba sonriendo; cuando mi padre se despedía para una nueva campaña, le abrazaba sonriendo también; cuando nos quedábamos solas, mi madre se me mostraba alegre, tranquila. No quería ennegrecer mi alma de niña con su tristeza. Pero llegó un día... ya hacía tiempo que mi madre estaba enferma... un día de muerte me lo reveló todo, pero me hizo jurar que nada sabría mi padre. Entonces me hizo comprender cuán terrible es amar y saber que el hombre amado está en un continuo peligro. Recibir cada día noticias de batallas sangrientas, en que se quedaba tendida la flor de la nobleza española, y decir á cada noticia, recibida en carta de mi padre: ¡De esta ha salido salvo!... pero ¡y de la siguiente! Esto es horrible, es una carcoma lenta que mata, ó la mujer que no muera en tal situación, no merece ser amada.

—¡Oh! ¡no seré soldado!—exclamó don Juan—. Mi rey, mi orgullo, sois vos.

—Sí, sí, seréis soldado mientras sea necesario que lo seais; pero después no: ¡no quiero morir como mi madre!

—¡Oh, Clara de mi alma!—exclamó el joven, recibiendo el puro, el glorioso relámpago de amor que destelló de los ojos de doña Clara al pronunciar sus últimas palabras—; ¡vos me amáis!

—Os amaré si merecéis que os ame—dijo doña Clara volviendo á apagarse, por decirlo así.

Y luego, con acento reposado, mientras don Juan suspiraba dominado por la firmeza de carácter de su mujer, ésta continuó:

—Llegó por acaso mi padre á tiempo de recibir la última mirada, la última sonrisa de mi madre. Cuando la vió muerta, su dolor me espantó, me hizo olvidarme de mi propio dolor para acudir aterrada al socorro de mi padre. ¡Creí que se había vuelto loco! Y cuando pasó el primer acceso, me dijo:

—«¡Yo no puedo permanecer por más tiempo en esta casa! ¡está maldecida para mí! ¡no tengo parientes con los cuales llevarte, y no permanecerás aquí tampoco: ¡la reina! ¡yo he derramado mi sangre por el rey! ¡mi lealtad ha costado la vida á ese ángel! Mi padre había adivinado la causa de la muerte de mi madre. ¡El rey no me negará la gracia de que entre en la servidumbre y bajo el amparo de la reina... ó no hay Dios en los cielos!»

Y me trajo consigo á palacio; habló al rey, que le oyó benévolamente; y le envió á la reina, y la buena Margarita de Austria se conmovió de tal modo al ver tanto dolor, que me abrazó, me besó en la frente, y me recibió como menina en su servidumbre. Mi padre levantó la casa; me entregó las alhajas y las ropas de mi madre, y yo me traje á nuestros antiguos y leales criados que aún me sirven, y que os recomiendo, señor, porque desde hoy lo son vuestros.

—Amarélos yo porque vos los apreciáis—dijo don Juan.

—Muy pronto no fué ya amistad lo que me dispensó la reina, sino cariño; cariño que creció de día en día y que hoy—vos lo debéis saber, señor, porque debéis saber todo lo que tiene relación conmigo—ha llegado á ser amor de hermanas. Y este amor ha crecido por las mutuas confianzas. Este amor ha hecho que, por servir noble y dignamente siempre á su majestad, que de otro modo no le sirviera yo, haya salido muchas veces sola de noche, yo que no he estado nunca sola, ni aun en mi casa.

—¡Bendito Dios sea, que tal lo ha dispuesto!—exclamó el joven—, porque anoche os vi durante un momento en el alcázar; si no hubiérais salido no me hubiérais encontrado, no os hubiérais amparado de mí, no hubieran empezado estos amores que para mí tan glorioso fin han tenido.

—Decid más bien que os han casado y me han casado á mí. ¿Os acordáis de las dudas que anoche teníais acerca de si yo era ó no la reina?

—Y no me he engañado, porque sois la reina de mi alma.

—Recordad las cartas que me trajísteis; anoche os preguntó doña Clara Soldevilla, hoy os pregunta vuestra esposa: ¿habéis leído aquellas cartas, señor?

—Os afirmo por mi honor, que no; sabía que contenían un secreto de la reina, y ese secreto no me atormentaba; hubiera querido conocerle porque yo creía que la mujer á quien amaba... Mi supuesto tío tuvo la culpa de que yo creyese, por esas exageraciones, que aquella mujer á quien yo tanto amaba, era su majestad. Y sin embargo de que sentía celos, no leí aquellas cartas.

—¿Y qué habéis pensado de la reina?

—Dejándome guiar de las apariencias, hubiera pensado de ella mal si don Francisco de Quevedo y Villegas, mi amigo, no me hubiera hablado de su majestad bien.

—Si os guiáis por las apariencias, debéis haber pensado de mí muy mal.

—Yo... séquese mi pensamiento, si llego á pensar de vos...

—Sin embargo, una dama joven, que sale sola de noche...—dijo doña Clara con amargura.

—Hacíais un sacrificio por su majestad.

—Es verdad; mi padre me dijo hace un año, al ver cómo me trataba la reina: «Clara, hija mía, eres fuerte y valiente; vela por su majestad, y si es necesario, sacrifícaselo todo... todo menos el honor». Pero, volviendo á esas malhadadas cartas, es necesario que conozcáis ese secreto.

A seguida, doña Clara contó punto por punto á don Juan el estado en que la reina se encontraba, las traiciones de don Rodrigo, la historia, en fin, de aquellas cartas, su contenido, el incidente que en el principio de aquella noche había obligado á mentir á la reina; la historia del rizo, por último.

—En tal situación—prosiguió doña Clara—, habiendo tomado la reina en su apuro vuestro nombre, siendo muy posible que el rey desconfiase y os llamase y os preguntase, la reina, con las lágrimas en los ojos, me suplicó que la salvase; era preciso que yo os llamase; que os hablase á solas en las altas horas de la noche en mi aposento, que os revelase toda una sucesión de misterios... yo creía que todo aquello era necesario para salvar á su majestad, y... me sacrifiqué; me dije: «él se me ha mostrado ciegamente enamorado... le propondré que se case conmigo... Si acepta, al momento, al momento...», y se preparó todo... Me vestí de boda y os esperé anhelante... anhelante por consumar el sacrificio.

—Hay un medio, señora, de que ese sacrificio no caiga sobre vos.

—¡El medio de vivir como dos amigos, como dos hermanos!

—Si no sois más que mi amiga ó mi hermana, podíais ver mañana á un hombre... amarle...

—¡No he amado cuando era libre!... ¡y me han importunado!

—Sufriríais vuestro amor, le callaríais, porque además de vuestra honra, tenéis que guardar la mía... lo sé bien, señora; sé que mi honor está seguro en vos: pero os sacrificaríais, moriríais. Yo os libraré de ese sacrificio.

El acento de don Juan era lúgubre.

Cuando acabó de pronunciar estas palabras se levantó.

—¡Sentáos!—dijo con acento lleno y grave doña Clara.

El joven se sentó.

—¿De qué manera pretendéis libertarme de éste que yo llamo mi sacrificio?—dijo con acento singular doña Clara.

—¿De qué manera? ¿De qué manera decís?—exclamó el joven, con la mirada extraviada y la voz sombría—. ¡Muriendo! ¡Dejándoos viuda!

—¡Dios mío!—exclamó doña Clara, levantándose de una manera violenta y asiendo una mano de don Juan—. ¿Qué habláis de morir?

—Tengo enemigos, enemigos que me he hecho por vos; los buscaré, los provocaré y me dejaré matar.

—¡No!—contestó con la voz opaca doña Clara, fijando en don Juan una mirada ardiente, fija, aterrada, mientras la mano con que le asía temblaba de una manera violenta.

—Si no encontrare enemigos míos, buscaré los del rey, los de España y me matarán.

—¡No!—repitió de una manera profunda doña Clara.

—¿Y para qué quiero yo vivir—dijo el joven con profundísima amargura—, si vos no me amáis? ¿si al casaros conmigo habéis hecho un doloroso sacrificio por su majestad?

—¡Y esa comedianta!—exclamó doña Clara con acento seco y rápido, acercándose más al joven.

—¡Dorotea!

—Sí, esa hermosísima Dorotea, con quien habéis pasado el día.

—¿Si yo os pruebo que no amo á esa mujer...?

—Si me lo probáis... pero no me lo podéis probar, no; ¿por qué me habéis dicho que os mataréis...? ¿por qué me habéis aterrado...?

—¡Dios mío!

—Tengo no sé por qué, de una manera que me espanta, el alma desgarrada, ensangrentada, por lo que nunca había sentido: por los celos.

—¡Celos vos de mí!

—Venid conmigo—dijo doña Clara tomando una bujía y encaminándose de nuevo á su dormitorio.

Y cuando estuvieron en él, descorrió de una manera nerviosa el velo que cubría el retrato de su madre.

—Juradme delante de ese cuadro, por vuestra alma y por la de vuestra madre, por vuestra honra y por la mía, que á nadie amáis más que á mí.

—Lo juro, lo juro, por mi madre, por la vuestra, por Jesucristo Sacramentado.

—Yo os amo con toda mi alma—exclamó doña Clara—, os amo desde que anoche salísteis de mi aposento; os amo no sé cómo; como... al recuerdo de mi madre... no sé por qué... pero yo os amo, señor; si la casualidad no lo hubiera hecho, si el honor de la reina no lo hubiera exigido, yo no me hubiera casado con vos... sino me hubiérais aterrado... ¡Oh Dios mío...! he visto que la palabra morir no era en vos una amenaza cobarde... os he creído ver muerto... ¡Por la sangre de Jesucristo, señor! yo no sé lo que me habéis dado que me habéis vuelto loca... y soy vuestra, vuestra esposa, vuestra amante, vuestra esclava... vuestra y solamente vuestra, sin que tengáis que temer que yo haya amado á otro hombre, ni autorizado galanteos, ni dado esperanzas... soy vuestra con toda la alegría de mi alma... no sé con cuánto amor... pero no moriréis, ¿no es verdad, que no moriréis ya...? porque mi amor es vuestra vida y yo os lo entrego entero y puro y resplandeciente como el sol.

El joven miró á doña Clara pálido, temblando, extendió hacia ella los brazos, cayó de rodillas y lloró.

CAPÍTULO XLIII

CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR

Al amanecer se abrió la puerta del aposento de doña Clara.

En el mes de Noviembre amanece muy tarde y los amaneceres son nublados y fríos.

Y decimos esto para que nuestros lectores aprecien cuánto sufriría la Dorotea agazapada cinco horas mortales, debajo de una escalera, frente á la puerta del aposento de doña Clara, al lado del sargento mayor don Juan de Guzmán, que renegaba y blasfemaba por lo bajo, para que la Dorotea no le oyese.

Cuando se abrió la puerta del aposento de doña Clara, Dorotea, al reflejo de una luz que tenía en la mano una mujer, vió que aquella mujer era doña Clara y que la acompañaba un hombre.

Vió que aquel hombre era don Juan Téllez Girón.

Vió que doña Clara estaba negligentemente vestida, pálida, y con la palidez más hermosa, y el semblante iluminado por una ardiente expresión de felicidad.

Vió que don Juan la miraba de una manera avara, que estrechaba con delicia una de las hermosas manos de doña Clara, que antes de despedirse se miraron con una expresión de amor infinito y satisfecho, y oyó el siguiente diálogo:

—A las once volveré y me presentaré al rey contigo—dijo don Juan.

—Y el rey nos recibirá con la reina y con su servidumbre, y yo llevaré las joyas de tu madre.

—¡Adiós, mi cielo!

—Adiós, mi señor.

Aquellas dos cabezas se unieron, y sonó un doble y tierno beso.

Don Juan se rebujó en su capilla, porque hacía frío, y doña Clara cerró la puerta.

Don Juan tomó la salida de la galería, guiado por la débil luz del alba que penetraba por una claraboya.

Apenas desapareció don Juan, se lanzó en medio de la galería la Dorotea.

Siguióla don Juan de Guzmán.

El semblante de la Dorotea espantaba.

Tal representaba lo supremo del dolor, de los celos, de la rabia, de la sorpresa.

—¡Que se presentarán juntos al rey y á la reina!—exclamó con voz ronca—; ¡luego se han casado!

—Una dama tal como doña Clara Soldevilla—dijo el sargento mayor—, no podía recibir de noche en su aposento á nadie más que á su marido. Ya sabía yo que ese buen mozo os engañaba.

—¡Que me engañaba!... ¿y se ha casado con esta mujer?... pues bien... acepto lo que me habéis propuesto y os sigo.

—Ya sabía yo que habíamos de ser amigos.

—Pero salgamos pronto de aquí.

—Cubríos antes con vuestro manto; de seguro el bufón del rey ha vuelto á su aposento, no os ha encontrado, y os anda buscando como un tigre; procuremos, pues, que no nos encuentre, y aprovechemos esta hora en que aún no se ve bien claro.

—Vamos, sí, vamos; tengo impaciencia por vengarme.

Y rebozándose completamente en su manto, se asió del brazo del sargento mayor, atravesaron las galerías, bajaron una escalera y salieron por una de las puertas del alcázar recientemente abierta, dando ocasión á que dijese el portero:

—Muy temprano van de aventuras las damas de la reina.

Cuando salieron á la calle, vieron que ya era entrado el día, esto es, que se había retardado el amanecer á causa de una densa niebla, al través de la cual pasaba la lluvia.

—La niebla nos favorece—dijo el sargento mayor—; pero andemos de prisa, ya es tarde; acaban de dar las siete y media en el reloj del alcázar.

Y siguió andando á gran paso, arrastrando consigo á la Dorotea.

Pero se había engañado el sargento mayor al decir que la niebla les favorecía.

Al salir ellos, de entre el hueco de una de las pilastras de la puerta por la que habían salido, se destacó un bulto informe y se puso en su seguimiento.

Era el bufón.

Al seguir á don Juan de Guzmán y á la Dorotea, se encontró con el cocinero mayor del rey, que, pálido, lacio, mojado, á pesar del frío y de la lluvia, se dirigía en paso lento al palacio.

Tras él venían dos hombres que traían harto mohínos un pesado bulto sobre dos palos, y cariacontecidos y atormentados detrás, dos soldados de la guardia española.

Hizo el acaso que, distraídos bufón y cocinero, pensativos ambos y no habiendo podido verse á distancia á causa de la niebla, se dieran un encontrón formidable.

—¡Por mis desdichas!—exclamó al sentir el choque el cocinero mayor.

—¡Cien legiones de demonios!—exclamó el bufón.

—¡Tío Manolillo!—exclamó el cocinero acercándose á él con ansia—; Dios os envía.

—Y á vos el diablo, para que me detengáis.

—Soy el hombre más desdichado del mundo—añadió el cocinero.

—Aguantad vuestro aprieto como yo aguanto el mío; y basta de bromas y soltad, y adiós.

Y escapó.

—Hijo Marchante—dijo el cocinero mayor precipitadamente á uno de los soldados—, métete con eso en la portería del señor Machuca, y guárdalo como guardarías á su majestad, mientras yo vuelvo.

—Muy bien, señor Francisco—dijo el soldado.

Y el cocinero mayor apretó á correr tras él bufón, que apretaba tras la Dorotea y el sargento mayor.

Asióse al fin á su brazo.

—¿Qué me queréis? ¡por mi vida!—exclamó el bufón sin cesar de correr.

—Pediros consejo.

—Dádmelo y lo agradeceré.

—Me están sucediendo cosas crueles.

—A mí me pasan cruelísimas.

—Nos aconsejaremos mutuamente.

—No necesito consejos.

—Yo sí, los vuestros.

—Pues ya que no os despego de mí, callad, que no puede ser hablar y correr.

Y el bufón siguió á gran paso, porque á gran paso iban el sargento mayor y la Dorotea.

El sargento mayor había tomado por las callejuelas de la parte de arriba del convento de San Gil; habla entrado con la Dorotea en la calle de Amaniel, se había parado delante de una casa que estaba herméticamente cerrada, y había dado sobre su puerta tres golpes fuertes.

—¿Quién vivirá en esa casa?—dijo el tío Manolillo parándose, cuando vió que en aquella casa habían entrado el sargento mayor y la Dorotea, y había vuelto á cerrarse la puerta.

—¿Os interesa mucho el saber quién vive en esa casa?—dijo el cocinero mayor.

—Lo averiguaré—dijo el bufón como contestándose á sí mismo á la pregunta que á sí mismo se había hecho poco antes.

—Pero en averiguarlo tardaréis algún tiempo; hay ciertos negocios que se pierden si el tiempo se pasa, y yo os puedo decir ahora mismo...

—¿Qué me podéis decir vos?...

—Sí; sí, señor, os puedo decir que en esa casa vive la querida del sargento mayor don Juan de Guzmán.

—¿Y nadie más?

—Nadie más que una dueña y un escudero.

—¿Y quién es esa mujer?

—Tío Manolillo, hace mucho frío, llueve, y yo no he dormido en tres noches, y si queréis que os oiga, metámonos á cubierto.

—¿Y dónde, que no perdamos de vista esa casa?

—Cabalmente frente á ella hay una taberna.

—¡Una taberna! yo tengo hambre y sed.

—Y yo también; vamos, que yo pago.

—Lo aprecio y lo recibo, porque no tengo blanca.

—Ni yo abundo mucho de dinero, porque hace dos días mis manos están hechas un río; ¡qué suerte, señor, qué suerte!

Y se encaminaron á la taberna.

Cuando entraron en ella se sentaron junto á una mesa, en un rincón obscuro, desde el cual podían ver la puerta de la casa donde habían entrado el sargento mayor y la Dorotea.

Pidieron pan, carne y vino, y se pusieron á comer y á beber vorazmente, sin dejar por ello de hablar.

—Según lo que yo he entendido—dijo el bufón—, vos tenéis la culpa de todo, señor Francisco Montiño.

—¿De qué tengo yo la culpa?

—De lo que á entrambos nos está sucediendo.

—A mí me suceden muchas cosas malas.

—A mí no me suceden menos cosas peores que las vuestras.

—¡Peores! yo no tengo mujer.

—No la habéis tenido nunca.

—Yo no tengo hija.

—Vuestra difunta fué muy dada á criar pajes.

—¡Ah! y por último, yo no tengo sobrino.

—Vuestro sobrino... he ahí, he ahí la causa de todo; malhaya amén vuestro sobrino... Si vos no tuviérais ese sobrino...

—Es que no le tengo.

—Le habéis tenido; y vos... vos tenéis la culpa... si hubiérais estado en el alcázar antes de anoche.

—Entonces no tengo yo la culpa, sino un maldito cuadrúpedo, un jaco endiablado que invirtió todo el día en traer desde Navalcarnero aquí á mi sobrino postizo; ¡caballo infernal! ¡haber echado para cinco leguas desde el amanecer hasta el anochecer! ¡si ese jaco hubiera andado más de prisa!... ¡si hubiera llegado al medio día!...

—Lo de vuestra mujer había sucedido antes.

—Pero probablemente yo no lo hubiera sabido.

—Señor Francisco, no hablemos de cosas pasadas.

—Es que las cosas pasadas traen las presentes... ¡qué suerte la mía! yo me voy á morir, tío Manolillo.

—¡Calla! ¿quién es ese que llama á la puerta de esta casa y que viene cargado con un cestón?

—¿No veis que tiene librea?

—Sí por cierto.

—¿Amarilla y encarnada?

—Sí... ya sé, del duque de Uceda. ¿Pero cómo el duque de Uceda...?

—El duque, viste, calza, da joyas y dinero; á más envía todas las mañanas á uno de sus criados con un cestón lleno de lo mejor que se vende en los mercados, para doña Ana de Acuña.

—¡Ta! ¡ta! ¡ta! ¿Doña Ana de Acuña se llama la que vive en esa casa?

—Sí por cierto.

—¿Y es querida del duque de Uceda?

—No por cierto; pero está haciendo al príncipe de Asturias aficionarse á las mujeres.

—¡Ah! ¡sí! hasta de los niños se echa mano—dijo el bufón.

—Y de las mujeres y de los viejos—añadió el cocinero.

—¿Pero no tiene algún otro amante rico esa mujer?

—Anda en vísperas de gastar de las rentas reales—dijo el cocinero mayor.

—Explicáos...

—Puede ser que una de estas noches reciba á su majestad.

—¿Habéis andado vos en ello?

—Sí por cierto; anoche traje una gargantilla de parte del rey, aunque sin nombrar la persona, á esa mujer.

—¿Pero quién es el que, contrario al duque de Uceda, que pone ó quiere poner al príncipe en manos de esa mujer, pretende hacerle tiro, enredándola con el rey?... no puede ser otro que el duque de Lerma.

—Acertádolo habéis.

—Pero eso me importa muy poco. Que el duque de Uceda venza á su padre, ó que el duque de Lerma se sostenga sobre su hijo... allá se las hayan... necesitaba únicamente saber en qué casa había entrado Dorotea, y ya lo sé; con que pagad y vámonos.

—Hace cuarenta y ocho horas que estoy pagando y yendo y viniendo—dijo Montiño sacando la bolsa con ese trabajo peculiar á los miserables, y escurriendo de ella un escudo. ¡Hola, tabernero, cobráos!

—Falta aquí; se han comido vuestras mercedes tres libras de carne—dijo el tabernero.

—Y aunque eso sea, ¿á cómo va la carne en el mercado?

—Falta, señor, falta...

—Conciencia á vos y á mí paciencia para tanto robo; ¿qué falta de más de eso?

—Un real.

—Tomadle.

—Dios guarde á vuestra merced muchos años.

—De pícaros como vos. ¿Pero qué es eso?—dijo el cocinero mayor viendo que el bufón se ponía de pie.

—Que nos vamos.

—¿Y no me dais los consejos que os he pedido?

—Voy á dároslos: montad á vuestra mujer en un macho y enviadla á Asturias; meted á vuestra hija en un convento, y luego idos de palacio.

—¡No puedo!

—Pues entonces, adiós, porque no tengo más que deciros.

Y el bufón salió de la taberna y se fué derecho á la puerta de enfrente, á la que llamó.

El cocinero mayor, desesperado, salió de la taberna y se fué paso á paso hacia el alcázar; pero al llegar á él se encontró con un alguacil del Santo Oficio, que le dijo:

—¿Es vuesa merced el señor Francisco Martínez Montiño?...

—Yo soy—contestó todo trémulo el cocinero al ver que se las había con un alguacil del Santo Oficio.

—Veníos conmigo.

—Os lo agradezco—dijo Montiño haciéndose el sueco—, pero es la hora de preparar la vianda para su majestad; porque yo, si no lo sabéis, amigo, soy cocinero mayor del rey.

—Ya lo sabía, y, por lo tanto, aunque faltéis á vuestra cocina, conmigo os vendréis mal que os pese.

—¿Y si no quiero ir?

—Pediré favor á la Inquisición y os llevaré atado.

—¡Atado! ¡un hidalgo! vos os habéis equivocado.

—Mirad esta orden de su señoría ilustrísima el inquisidor general.

—¡Ah! ¡el inquisidor general!

—Sí, por cierto.

—¡Y no hay remedio!

—No, señor.

—¿Y si yo os diera diez doblones?

—No puedo.

—¿Y si os diera veinte?

—Ya veis que yo los tomaría de buena gana, y que si no los tomo es porque no puedo.

—Decid que no me habéis encontrado.

—Eso sería muy bueno para que no me estuvieran viendo hablar con vos.

—¿Y qué saben?

—Saben que vengo á prenderos.

—¿Que lo sabe todo el mundo?

—Mirad á aquella esquina—. Montiño miró de una manera nerviosa.

—¿No veis allí una silla de mano?

—Sí; sí, señor.

—Esa es la silla en que se os ha de llevar, y los que están alrededor ministros del tribunal; con que ni yo puedo remediarme con el dinero que vos me daríais, ni vos libraros con vuestro dinero.

—Pero... un momento... un momento...

—Ni un instante.

—Os daré lo que queráis, si me dejáis dar una vuelta por la cocina y entrar en mi casa.

Meditó un momento el alguacil.

—Se entiende que yo iré con vos.

—Venid—dijo Montiño, disimulando su alegría porque se vió suelto.

—Vamos, pues—dijo el corchete.

Entraron en palacio, y al verse el corchete en un lugar donde no podía ser visto por los otros ministros del Santo Oficio, dijo al cocinero:

—De aquí no pasáis si no me dais lo que me habéis de dar.

—¡Asesino!—murmuró Montiño, y sacando cuatro doblones de oro los dió al corchete con el mismo dolor que si le hubiera dado un ala de su corazón.

—Esto es poco—dijo el tremendo alguacil.

—No tengo más.

—Tendréis en vuestra casa.

—Puede ser.

—Pues vamos.

Montiño se dirigió á la portería del señor Machuca y encontró en ella al soldado á quien había mandado guardar el cofre consabido, durmiendo y con la cabeza sobre el cofre.

—¡Eh! ¡holgazán! ¡despierta!—dijo el cocinero mayor dándole con el pie—; señor Machuca, hacedme la merced de llamar dos mozos y que lleven eso á mi aposento.

—Pero ¿dónde vais con ese ministro?—dijo el portero.

Montiño creyó que debía ser prudente y contestó sin vacilar:

—Es un amigo á quien convido.

—¡Ah!—dijo el portero—creía...

—Venid, señor ministro, venid; vamos á las cocinas...

Y subieron por unas escaleras.

—No hay como ser cocinero de su majestad para convidar á los amigos sin disminuir los ahorros—se quedó murmurando el portero.

Entre tanto, Montiño y el alguacil subieron á las cocinas.

Lo primero que encontró Francisco Montiño, y lo encontró con espanto, fué al galopín Cosme Aldaba, caceroleando en las hornillas.

Aldaba vió al mismo tiempo al cocinero mayor; pero sin turbarse ni asustarse se fué para él, le hizo una profunda reverencia y exclamó:

—Muchas gracias, señor Francisco, muchas gracias; no esperaba yo menos de vuestra caridad.

—¿De qué me da las gracias este tunante?—dijo el cocinero mayor todo hosco y espeluznado de indignación—; ¿quién ha permitido á este lobezno, á este hereje, á ese malhechor que entre en la cocina?

—La señora Luisa ha venido con él esta mañana, y nos había dicho que vuesa merced le perdonaba.

—¡Ah! ¡mi mujer ha venido... con éste!

El cocinero se detuvo; temió que los misterios de su familia entrasen en la cocina y bajo el dominio de oficiales, galopines y pícaros; la gente más maleante del mundo.

—Mi mujer tiene las entrañas muy blandas—dijo tragando la saliva más amarga que la hiel—; mi mujer se deja engañar de cualquiera... pero en fin, ello está hecho; mi mujer... pues... mi mujer es mi mujer. Ea, quitáos de mi vista... y á vuestro trabajo.

—Muchas gracias, señor Francisco—dijo Cosme Aldaba, porque las últimas palabras del cocinero habían sido para él un favor y un disfavor.

A seguida Montiño revisó una por una las cacerolas puestas al fuego, se enteró de todos los pormenores, y viendo que todo estaba á punto para el almuerzo y la comida de sus majestades, se escurrió hacia la puerta de la cocina, evitando el mirar al alguacil, porque se le figuraba que no viéndole tampoco el corchete le veía.

Este no dijo una palabra, pero se fué en silencio tras Montiño.

Al llegar á la puerta de su aposento, el corchete adelantó y le asió por un brazo.

—Pero señor—dijo Montiño—, ¿creíais que me iba á escapar?

—No; no, señor—dijo el alguacil—, pero podríais olvidaros de mí, entraros, cerrar la puerta y dejarme fuera. Luego se os podía ocurrir que lo mismo puede salirse del alcázar por los tejados y escondrijos que por las escaleras, y estarme yo esperando sabe Dios cuánto tiempo á que volviérais de vuestro paseo.

—¡Asesino! ¡asesino!—murmuró Francisco Montiño, viendo frustrado su proyecto de escapatoria.

Y llamó á la puerta.

Le abrió su mujer en persona.

Estaba pálida y ojerosa.

Montiño sintió un estremecimiento cruel; pero parecióle Luisa más bonita que nunca por su palidez y sus ojeras, y no se atrevió á ponerla mala cara.

—Buena hora es de venir á su casa un hombre casado—dijo con mal talante Luisa—; donde habéis pasado la noche pasad el día; ¿y venís acompañado para volveros á ir sin duda? aquí han traído no sé qué, y os esperan.

—Eso es, ríñeme.—Entrad, amigo, entrad; vos sabéis si altas personas me tienen ocupado.

—Ya lo creo; espera á su merced el inquisidor general.

Palideció levemente Luisa.

—¿Y has estado también esta noche con el señor inquisidor general?

—Sí, hija mía, sí, y con otros señores, en gravísimos asuntos que no son para comunicados á mujeres.

—No, no; ni yo pretendo saberlos—dijo Luisa—; yo había creído...

—Has creído mal.

—Has pasado dos noches fuera de casa.

—La una yendo á cerrar los ojos á mi difunto hermano; la otra sirviendo á su majestad.

—No hablemos más de eso; yo me alegro de que mi marido sea hombre de bien.

Montiño tuvo impulsos de echarlo todo á rodar; pero era por una parte su mujer tan bonita... y, además, no quería dar al público sus asuntos domésticos, y estaba delante del alguacil.

—¿Y á qué has llevado á la cocina á ese tunante de Aldaba?—dijo el cocinero, que ante todo quería conservar delante de aquel extraño su autoridad doméstica.

—Como tú tienes tan buen corazón, y el pobre vino llorando...

—Bien, bien—dijo Montiño—; todo está muy bien: tú haces lo que quieres, porque yo te quiero. ¿Dónde están esos?

—En el cuarto de adentro.

Pasó Montiño y el inflexible alguacil tras él.

El cocinero mayor rugía ya por lo bajo; encontró á dos mozos de la casa real y al soldado.

Entonces, con una sonrisa nerviosa, abrió la puerta de aquel aposento empolvado, donde hacía tantos años no entraba nadie más que él.

—Meted eso aquí—dijo con voz ronca.

Los mozos pusieron el cofre envuelto como estaba en la parte de adentro de la puerta.

—Idos—dijo Montiño á los mozos y al soldado.

—¿Y no nos dais para beber?—dijo este último—; mis camaradas se han ido rendidos.

Dió un escalofrío al cocinero mayor, que dió, con un violento esfuerzo, cuatro escudos al soldado y un ducado á los mozos.

Al fin se encontró solo con el alguacil, que había penetrado en aquella especie de sancta sanctorum del cocinero mayor.

Este cerró la puerta.

—Ya estamos solos—dijo al corchete—; ahora bien, ¿cuánto queréis y me dejáis libre?

—Nada.

—Pero ello es preciso... ya veis, yo tengo que perder... mi presencia hace más falta, más de lo que pensáis, en mi casa...

—Señor Francisco, guardad todo eso para el señor inquisidor general.

Montiño tuvo en los labios la palabra os haré rico; pero meditó que acaso no era tan grave el motivo de su prisión, que fuese necesario herirse mortalmente para librarse de ella, y se calló, dió otro doblón al corchete y las gracias por haberle dejado subir hasta allí; salió, cerró cuidadosamente y, despidiéndose de su mujer, asegurándola que no tardaría, salió del alcázar con el corchete.

Apenas había dejado el cocinero mayor las escaleras, cuando el galopín Cosme Aldaba se quitó el mandil y el gorro, y bajó á las galerías del alcázar, dirigiéndose á la antecámara de pajes del cuarto de la reina, á cuya puerta se paró.

A poco un paje talludo, rubicundo, de mirada aviesa, salió.

Alejáronse por la galería, y Aldaba dijo al paje:

—Ya está el negocio... dentro de una hora; escucha bien, Cristobalillo: hay seis perdices; pero una sola está asada con aceite; ya conoces tú las perdices asadas con aceite.

—Sí, hombre, sí.

—No basta decir sí; ¿qué color tienen las perdices asadas con aceite?

—Un color así, dorado blanquizco.

—Eso es; además, y para que no te equivoques, ten presente que la perdiz estará adornada con berros, y que tendrá todas las patas y el pico.

—No se me escapará.

—Veremos si eres hombre de ingenio.

—Descuida.

—Procura que sea de los primeros platos.

—Ya...

—Después... Inesilla te quiero mucho, y la señora Luisa quiere mucho también á don Juan de Guzmán... el viejo es rico y puede morir...

—Descuida, hombre, descuida.

—Y avísame, para que yo avise á la señora Luisa.

—Te avisaré.

—Adiós.

—Adiós.

Y el paje se volvió á la antecámara, y el galopín á las cocinas.

CAPÍTULO XLIV

LO QUE SE PUEDE HACER EN DOS HORAS CON MUCHO DINERO

Don Juan Téllez Girón había salido feliz, enloquecido de amor del alcázar, transformado, gozando de una nueva vida.

Pero después de haber asegurado su amor, de haber saciado su sed delante del sol de su felicidad, de aquella felicidad suprema, que el día anterior no se había atrevido á soñar, cruzaba una nubecilla negra.

Aquella nube era Dorotea.

Don Juan no la podía apartar de su memoria. Sentía hacia ella ó creía sentir un impulso de ardiente caridad.

Y además de la caridad, no sé qué más íntimo, más humano, más sensual.

Comprendía que quedaba algún licor en la copa de su deseo.

Era joven, había crecido entre privaciones, tenía el corazón virgen, y le había consagrado sin saberlo á dos mujeres.

Don Juan había salido á la ventura.

No sabía dónde ir.

No tenía en Madrid casa propia, aunque había tomado posesión de dos: de la de Dorotea primero; después y de una manera más completa, de la de su mujer.

Don Juan había salido para procurarse un traje conveniente.

¿Pero dónde buscar aquel traje?

Y luego, ¿con qué dinero?

No tenía en el bolsillo más que algunos de los doblones que le había dado su supuesto tío.

Y esto no bastaba para un equipo de caballero.

Pesóle entonces de no haber tomado una buena cantidad del cofre de hierro; pero al acordarse del cofre, se acordó de que llevaba un tesoro de pedrería en los bolsillos.

—Empeñaré una de estas alhajas—se dijo—y punto concluído... pero ¿y dónde?... no sé como hacer para hallar á Quevedo, y no conozco á nadie en Madrid más que á mi tío postizo; y no me vuelvo atrás ni le pido mi dinero; es menester obrar de cierto modo con cierta clase de gentes.

Y cuando daba vueltas á su imaginación, se acordó de la señora María Suárez, la insigne esposa del bravo escudero Melchor Argote.

—¡Ah!—dijo el joven—la casa donde dormí anteanoche... paréceme aquella mujer á propósito para cualquier cosa. ¿Pero podré yo dar con la casa?...

Y se puso en busca, y al fin, como la suerte le protegía, pudo reconocer la calle y la casa á las pocas vueltas.

Antes de entrar en ella, sacó á bulto de uno de los anchos bolsillos de sus gregüescos uno de los estuches más pequeños, y le abrió.

Contenía una gruesa sortija de oro con un grueso diamante.

—Puede que valga esta joya... pediré mil doblones, y ya veremos.

Entróse, y encontró á la señora María entregada á sus faenas domésticas, y al señor Melchor Argote sentado junto á un fuego mezquino almorzando pan y queso.

—Dios os guarde, señora—dijo don Juan entrando.

Miróle la vieja con su vista cruzada durante un segundo, y luego dijo:

—¡Jesús, buen mozo! ¡yo os daba por perdido! ¿y de dónde venís, hijo?

—Vengo á veros para que me saquéis de un apuro—dijo don Juan.

Tomó el rostro de la vieja la expresión de una innoble reserva, y contestó con voz compungida:

—¡Jesús, señor! ¡apuros tenéis apenas entrado en Madrid! ¡y venís á que yo os saque de ellos! ¡si yo supiera quién quería sacarme de los míos!

—Mi apuro consiste en que, como soy nuevo en la corte, no sé dónde podré empeñar una rica alhaja.

—¡Ah!—dijo tranquilizándose la vieja—; ¡alegróme de que ese sea vuestro apuro! ¡conque ya os regalan! ¡preciso! ¡hidalgos como vos!...

—Gastan de lo que han heredado de su padre—contestó severamente don Juan.

—¡Ah! perdonad, perdonad, señor: ¿y es de mucho valor la alhaja?

—No entiendo de eso... pero yo pido por ella mil doblones.

—Rica debe ser, pero mostrad.

Sacó el joven el estuche, y del estuche la sortija.

Entonces pasó por la vieja una cosa extraña.

Se estremeció, tembló, y su pequeño ojo bizco y colorado, se puso á bailar mirando la sortija.

—Rica es, en efecto; pero me parece que pedís mucho: en fin, lo que yo puedo hacer es enviaros... mejor... mi marido os acompañará. Melchor, lleva á ese caballero á casa del señor Gabriel Cornejo.

Levantóse renegando Melchor, acabó de tragarse los dos últimos bocados de pan y queso, bebió agua, se limpió la boca con el revés de la mano, tomó su capa y su sombrero, y dijo á su mujer.

—¿Conque á casa del señor Gabriel Cornejo?

—Sí; él os dirá, señor, cuánto puede dárseos por esta alhaja.

—Muchas gracias, señora, y adiós, y quedad en paz, que estoy de prisa.

Melchor y don Juan salieron.

Cuando estuvieron algo apartados de la casa, el escudero dijo:

—Os advierto que ese Gabriel Cornejo es un bribón, y que si queréis que os dé lo que vale la joya, será bueno que la tase un platero.

—Os agradezco el aviso. ¿Y conocéis á alguno?

—Háilos aquí á montones, en Santa Cruz.

—Pues llevadme á uno.

—¿Veis aquella tienda obscura de los portales?

—Sí que la veo.

—Allí vive el señor Longinos, platero viejo, que desde que era mozo anda surtiendo de alhajas á la grandeza de España. Pasa por ser un hombre muy honrado.

—Pues vamos allá.

Encamináronse á aquella especie de sótano y entraron.

Un hombre como de setenta años, tembloroso y excesivamente flaco y encogido, se levantó con cuidado de detrás de un mugriento mostrador.

Nada había en la tienda que demostrase riqueza.

Las paredes blancas estaban desprovistas de muebles, y sólo se veía á un lado un fuerte armario de hierro.

—¿Qué se les ofrece á vuesas mercedes?—dijo el platero mirando con recelo á don Juan y á su guía, porque sus trajes no le inspiraban la mayor confianza.

—Se trata de que taséis esta alhaja—dijo don Juan dándole el estuche.

Abrióle el señor Longinos, y miró y remiró la sortija.

—Muy rico es quien ha mandado montar este diamante—dijo con una entonación particular el platero.

—En efecto, es grandemente rico; pero no se trata de eso. El valor de esa joya, ¿á cuánto ascenderá?

—¿Queréis venderla?

—Os pregunto que cuánto vale esa joya.

—¡Valer! este diamante vale, sin el aro, que es muy rico y que está muy bien esmaltado y cincelado, tres mil y quinientos doblones.

—No haríais mal negocio.

—No lo crea vuesa merced, porque como esta joya es de tanto valor, tardaría mucho tiempo en venderla: acaso años.

—En fin, yo no la quiero vender; quiero solamente empeñarla, y empeñarla por horas.

—Pues bien; yo os daré por su empeño tres mil doblones...

—Es que no se va á quedar empeñada aquí—dijo el señor Melchor, que temía las iras de su mujer si el negocio se hacía con otro que con el señor Gabriel Cornejo.

—¡Dios de misericordia!—exclamó el platero—. ¿Y dónde irá este señor que pueda dejar con seguridad esta alhaja?—dijo con acento insinuante Longinos—. Os advierto, caballero, que os vayáis con tiento. En primer lugar, que un usurero no os daría lo que yo... en segundo lugar, que yo os daré un recibo en regla de esta joya, y yo tengo responsabilidad... todos los vecinos de alrededor, de casa abierta, me fiarán...

—La verdad del caso es que me ahorro de andar más—dijo don Juan—; acepto vuestros tres mil doblones; dadme un recibo de esta alhaja, y yo os daré un recibo de vuestro dinero.

—Un recibo de tres mil y doscientos doblones, por los tres mil.

—En buen hora.

—Pero...—dijo el señor Melchor, que temblaba presintiendo las iras de su cónyuge.

—¿Qué tenéis vos que ver en esto?—dijo don Juan—; asunto concluído: extendamos los recibos.

El señor Melchor se calló.

El señor Longinos puso sobre el mostrador papel y tintero, y los respectivos recibos se extendieron dictándolos el platero.

Poco después hizo entrar en la trastienda á don Juan, guardó cuidadosamente el estuche con la sortija en un armario, y del mismo armario sacó un talego, le puso sobre una mesa, contó, y un montón de oro, representando los tres mil doblones, apareció sobre la mesa.

El señor Melchor, que se había quedado fuera del mostrador como una cosa olvidada, oía, estremeciéndose, el sonido excitador del oro que contaba maese Longinos.

—¡Me he perdido!—exclamaba—; mi hombría de bien me ha puesto en el caso de no poder aguantar á mi mujer lo menos en tres meses; esta aventura me va á costar una enfermedad.

En aquel momento apareció don Juan, y dió diez doblones al señor Melchor.

—¿Y qué es esto?-dijo todo turbado el pobre diablo, que en su vida había visto tanto oro junto, por más que fuese poco.

—Eso es vuestro trabajo.

—¡Mi trabajo, señor!

—Debo agradeceros el que no me hayan engañado.

—Muchas gracias, señor.

—Y como ya no os necesito, podéis iros.

—Que Dios os guarde, señor.

Y el escudero salió de la tienda, riendo con un ojo y llorando con otro.

Don Juan entró de nuevo en la trastienda.

El señor Longinos se ocupaba en alinear de una manera simétrica las columnas de oro, con esa sensualidad característica de los avaros.

—Me parecéis bastante hombre de bien—dijo don Juan—y quiero valerme de vos. Yo soy capitán de la guardia española del rey.

—Por muchos años, señor.

—Me casé anoche con una dama principal.

—Dios os haga muy felices, mis señores.

—Pero como veis, este vestidillo de viaje no es á propósito para que yo me presente al rey en medio de la corte con mi esposa.

—De ningún modo, señor.

—Ahora bien: ¿qué ropas, qué galas, en una palabra, dignas de un caballero del hábito de Santiago, puedo yo procurarme con ese dinero?

—¿Piensa vuesa merced gastar esos tres mil doblones?

—Y más que sea necesario.

—¿Y para cuándo necesita vuesa merced presentarse á su majestad con su señora esposa?

—Hoy á las once.

Rascóse una oreja con su trémula mano maese Longinos.

—Y son cerca de las nueve de la mañana. Es decir, que solo tenemos dos horas.

—Aprovechémoslas.

En primer lugar, necesita vuesa merced ropas blancas de Cambray: esto es lo menos, hailas hechas dos puertas más abajo. ¡Antonio!

Apareció un joven con un mandil de cuero, á todas luces oficial de platería.

—Vete al momento á casa del señor Justo—le dijo Longinos—, y que envíe ropas de Cambray para un hidalgo y una gola rica rizada, que no haya más que ponérsela; luego pásate por casa del señor Diego Soto, y que envíe unas calzas de grana de lo más rico, pero al punto, al punto.

El mancebo, con mandil y todo, se lanzó en la calle.

Faltan jubón, gregüescos, ferreruelo y sombrero; el ferreruelo debe ser de terciopelo, el jubón de brocado, los gregüescos de lo mismo que el ferreruelo, y el sombrero igual. Pero es el caso que estas ropas, que yo sé quién las tiene sin estrenar, ricas y buenas, y que es persona así de vuestras carnes, que os vendrá pintada su ropa, y que si se le paga bien y secretamente, no tendrá reparo, y que á más se halla necesitadillo de dinero...

—Pues al momento.

—Poco á poco: el sombrero necesita una toca rica; una toca por lo menos de oro á martillo; el jubón necesita herretes; las cuchilladas piedras ó perlas, y luego espada.

—Todo eso lo tengo—dijo don Juan, descubriendo el resto de su tesoro y abriendo los estuches.

—¡Misericordia de Dios! ¿sabéis lo que tenéis aquí, señor?

—Pienso que es mucho.

—Esta pedrería vale lo menos dos millones de ducados.

—Pues bien; puesto que soy tan rico, veamos si me puedo presentar en la corte como conviene.

—Indudablemente, señor, indudablemente; el dinero hace milagros. Voy á escribir á algunos caballeros conocidos, que andan necesitados; porque la corte traga mucho: voy á procuraros hasta carroza; en cuanto á lacayos y cochero, yo haré que vengan buenos; las libreas se comprarán hechas... y la espada, la espada es lo primero: yo tengo aquí una buena espada de corte, pero no vale ni la centésima parte que esa empuñadura y esas conteras; se montará al momento...

—No, montad esta buena hoja—dijo don Juan desnudando su espada.

—¿Sabéis, señor, que tenéis un arma de las buenas?... Andresillo, hijo, ven acá...

Apareció otro oficial.

—Déjalo todo; monta esta hoja en esta empuñadura, y esta contera en una vaina blanca, rica... anda, hijo, anda; dentro de una hora ha de estar corriente: entretanto, señor, mis nietas coserán los herretes, la toca y las perlas y las chapas del talabarte...

—Y entretanto yo... me daréis de almorzar... me lavaré después...

—Sí; sí, señor; entrad... y ya veréis... ya veréis.

Y precedió al joven por unas obscuras escaleras murmurando:

—¡Y que por estos quehaceres no pueda yo oír como todos los días la misa del licenciado Barquillos! ¡Válgame Dios!

CAPÍTULO XLV

EN QUE EL AUTOR PRESENTA, PORQUE NO HA PODIDO PRESENTARLE ANTES, UN NUEVO PERSONAJE

En una habitación magníficamente amueblada, extensa, iluminada blandamente por una lámpara de noche, al través de un cortinaje de damasco, en una ancha alcoba y en un no menos extenso lecho, dormía una mujer sumamente bella.

Debía ser sombrío su sueño, porque su entrecejo estaba fruncido, corría abundante sudor por su frente morena, y su boca sonrosada y de formas voluptuosas, levemente entreabierta, dejaba salir un sobrealiento poderoso y ronco.

Las anchas trenzas de sus cabellos caían abundantes y desordenados sobre su garganta y sobre sus hombros, y fuera del abrigo que la cubría se dejaba ver un brazo de formas admirables, cerca de cuya mano se vela una pulsera de pelo, cerrada por un broche de diamantes.

Había algo de terrible en el aspecto de aquella hermosa mujer dormida.

Y dormía profundamente.

Abrióse de improviso una puerta en el fondo de la cámara y apareció una mujer joven.

Abrió un balcón y penetró en la alcoba la luz fría de aquella mañana nublada y lluviosa.

La mujer despertó.

Se incorporó en el lecho y miró con disgusto á la puerta de la alcoba á donde había llegado la joven.

—¡Está amaneciendo!—exclamó con acento duro—. ¿Qué sucede, Casilda? anoche me acosté demasiado tarde y me despiertas al amanecer. Estoy servida detestablemente.

—Son las ocho y media, señora—dijo temblando la doncella.

—Te dije que no me llamaras hasta las doce.

—Es que está ahí don Juan.

—¡Don Juan! ¡y de día! ¡y acaso por la puerta principal!

—Sí; sí, señora.

—¡Qué imprudencia!

—Nadie ha podido verle. El lacayo de su excelencia no ha venido todavía.

Este excelencia era el duque de Uceda.

—El duque se fué anoche muy tarde; cuando yo te avisé aún no se había ido; tú te acostaste, yo misma le hice salir por el postigo... podía estar el duque todavía aquí. Te tengo dicho que cuando don Juan venga á una hora imprevista, le contestes como si no le conocieras y le despidas. Esto está convenido entre don Juan y yo. Eres, pues, una torpe.

—Perdonad, señora.

—Pero en fin, ¿don Juan está ahí?

—Sí, señora; ha venido con una mujer.

—¡Con una mujer! ¿y qué trazas tiene esa mujer?

—Es joven, hermosa, viene ricamente vestida, y parece, según está de pálida y ojerosa, que ha pasado muy mala noche.

—¿Dónde están?

—En el camarín.

—Vísteme.

Y la dama saltó del lecho, y se vistió apresuradamente ayudada de la doncella, se arregló ligeramente los cabellos, se puso sobre ellos una toquilla, y se dirigió rápidamente á una puerta de escape.

Pero al llegar á ella se detuvo, y dijo á la joven:

—Dile á don Juan que entre solo.

Y se sentó en un sillón, se arropó en un abrigo de pieles que se había puesto y esperó que la doncella cumpliese sus órdenes.

Poco después se abrió aquella misma puerta, y entró el sargento mayor don Juan de Guzmán, que, sin quitarse el sombrero, adelantó hasta cerca de la dama, y deteniéndose á poca distancia de ella y permaneciendo de pie, la dijo:

—Nos sucede mejor de lo que queríamos, Ana.

—¡Ah! ¿estamos de plácemes?

—Sí por cierto; el asunto de la reina está á punto de concluirse; una vez quitado de en medio ese estorbo, es distinto, nos quedamos solos con el padre y con el hijo.

—¿Pero y don Rodrigo...?

—Don Rodrigo... afortunadamente la herida, según dicen los médicos, es limpia y no ha tocado á ninguna parte peligrosa; un dedo más acá ó más allá y no tenemos hombre; pero ha faltado un dedo... y don Rodrigo vivirá. Ayer estuvo hablando conmigo largamente, preguntándome y dándome órdenes y consejos. Dentro de algunos días don Rodrigo dejará el lecho, y todo irá bien.

—¿Y el duque de Lerma?

—Cariñoso y solícito con don Rodrigo... por el duque no hay que temer; es ciego.

—Sin embargo, ha enviado á don Baltasar de Zúñiga de embajador á Inglaterra, ha sacado del cuarto del príncipe al duque de Uceda, y su excelencia está dado á los diablos con su padre. Creo que hay un diablo familiar que le aconseja. Anoche estuvo aquí hasta las tantas y me dijo:—Por ahora es necesario echar la red por otra parte; el señor duque de Lerma, mi augusto padre, nos ha conocido la intención; paciencia: en cuanto á vos (se refería á mí), ya que no podéis ser la maestra del señor príncipe, sed mi consuelo.

—¿Eso te dijo el duque?

—Vaya, y que hacía mucho tiempo que no podía olvidar mis ojos.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que procurase hacer que mis ojos le pareciesen feos.

—Es decir...

—Que no quiero galanteos con el duque de Uceda.

—Has hecho mal, muy mal. Tus amores con el duque valen más que tus lecciones al príncipe don Felipe. Nos conviene saber lo que hace, lo que no hace, lo que piense ó deje de pensar esa gente. Has hecho mal, muy mal.

—¡Bah!—dijo doña Ana—; yo sé que he hecho muy bien, como sé que haré muy bien en decirte que por algún tiempo no vengas á verme hasta que yo te avise.

Pronunció de tal manera, con tal frialdad, con tal descaro doña Ana estas palabras, que el rostro del sargento mayor se cubrió de una palidez colérica.

—¿Qué viene á ser eso?—dijo con acento amenazador.

—Ya te irritas, querido mío—dijo doña Ana—. ¿Dudas acaso de que te amo?

—Me parece que quieres engañarme.

—¿Y para qué te había de engañar? además de que te amo me sirves de mucho, hijo, para que yo piense no enajenarme de ti. Pero...

—¿Pero qué?

—Espera.

Doña Ana se levantó, entró en el dormitorio, abrió un cofre, y del cofre sacó una cajita, volvió, se sentó y abriendo la caja mostró su contenido al sargento mayor.

—Mira el por qué de no haber querido yo por galán al duque de Uceda y de pensar en que por algún tiempo no nos veamos.

—¿Quién te ha dado esta gargantilla?—dijo con acento ronco Guzmán.

—Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey.

—¡Ah! en verdad que ese hombre es muy rico—dijo el sargento mayor—; pero según pienso y por los informes que tengo, dentro de poco no podrá hacerte tales regalos.

—Es mucho lo que los celos entorpecen los sentidos—dijo doña Ana—; el cocinero mayor, me ha dado, en verdad, esta joya, pero ha sido en nombre de más alta persona.

—¡Del duque de Lerma!

—¡Más alto!

—¡Del rey!

—¡Del rey!

—¡Imposible! ¡de todo punto imposible! el rey no piensa más que en cazar, en dormir y en rezar. Con presentarse muy hinchado y grave al lado de Lerma en las audiencias, piensa que ya tiene hecho todo lo que tiene que hacer para ser rey... pero á don Felipe III no se le conocen galanteos... tan devoto... tan asustadizo... buena fortuna sería, y estaríame yo sin venir á verte á tu casa, que ya nos veríamos fuera de ella, aunque fuese de año á año... ¡pero vamos! ¡es imposible!

—Estos hombres creen que las gentes no son más que lo que parecen—dijo con desdén doña Ana.

—No tal, no; yo no creo eso, porque sé muy bien que tú y yo somos una cosa y parecemos otra. Pero tratándose del rey... ¡cuando te digo que no puede ser!

—¿Y de dónde ha sacado el cocinero mayor esa alhaja?

—Cuenta con que las perlas no sean cera, el oro cobre y los diamantes vidrio blanco.

—Ya está visto esto, y apreciada la alhaja: vale mil doblones.

—¡Mil doblones!

—No podía ser menos un regalo de rey.

—¿Pero dónde te ha visto su majestad?

—Eso mismo pregunté yo á Montiño: ¿dónde me ha visto su majestad?

—¿Y qué te respondió?

—Que no lo sabía.

—¡Que no lo sabía! pero cuéntame desde el principio.

—Anoche, ya tarde, llamaron á la puerta. Yo creí que sería el duque de Uceda, y mandé á Casilda que abriese. Poco después oí abajo un altercado: era Casilda que disputaba con un hombre que á todo trance quería entrar, que decía tenerme que decir cosas graves, y que al fin dijo era el cocinero mayor del rey. Como nuestros asuntos están ahora por las cocinas, sentí yo no sé qué terror, yo no sé qué cuidado, y mandé á Casilda que dejase subir al cocinero del rey. Cuando le vi (yo no le conocía) me espanté. Venía pálido, desencajado, desgreñados los escasos cabellos, y la primera palabra que me dijo, fué:

—Desde hace veinticuatro horas, no me suceden más que desgracias.

Estas palabras no eran las más á propósito para tranquilizarme, y le rogué que se sentara y se explicase.

—Tras las desgracias que me suceden—me dijo—, hubiera sido la última la de no poder veros.

—Tranquilizáos, y decidme después por qué hubiera sido una desgracia para vos el no haberme visto.

—Porque una persona muy principal á quien temo mucho, me ha encargado que os vea.

—¿A mí? ¿para qué?

—Para que os dé de su parte, en prenda de la mucha estima en que os tiene, esta alhaja.

Y me dió esa gargantilla.

—Yo no puedo aceptar un regalo—le dije—de una persona á quien no conozco.

—Podéis estar segura de que es muy principal.

—Pues siendo tan principal, y teniendo por mí tanto interés que me regala—le dije—, ¿qué interés puede tener en que yo no sepa su nombre?

—Tanto interés tiene—me replicó—en que vos no sepáis quién es, que desea veros misteriosamente.

—Explicáos.

—La alta persona que me envía—dijo el cocinero dando vueltas á su gorra, porque sin duda hallaba gran dificultad en cumplir con su mensaje—, quiere... pues... quiere que le recibáis sin luz.

—¿Por quién me tenéis?—dije al cocinero mayor fingiéndome gravemente ofendida, á pesar de que tenía una viva curiosidad por saber quién era aquella persona—; ¡ea! añadí: idos de mi casa, si no queréis que os haga echar á palos.

—Perdonad, señora—me dijo—; pero temo más las consecuencias de no llevar una contestación vuestra á la persona... ¿qué digo? al ilustre personaje que me envía, que la riña que pudiera tener con vuestros criados.

—Ya lleváis contestación á esa persona.

—A la persona que me envía, no se la puede contestar de ese modo—me dijo—, porque esta persona...

—¡Me ultraja!

—Será necesario deciros quién es, para que veáis que no hay ultraje.

—Sólo una persona pudiera no ultrajarme... una persona tal, que ni aun para mí pudiera pasar por galanteador.

—¿Habéis adivinado?

—No, no he adivinado; he dicho únicamente que sólo hay una persona que pudiera pretender ser mi amante sin que yo le conociera.

—Pues bien; decidme el nombre de esa persona...

—Esa persona no podía ser otra que el rey.

Miróme fijamente el cocinero mayor, con la boca abierta y los ojos espantados.

—¿No me comprometeréis—me dijo—, si os declaro la verdad?

—Os lo prometo.

—¿Seréis prudente?

—Sí.

—Pues bien, señora; la persona que os solicita, que está ciegamente enamorado de vos, es... ¡el rey!

—¡El rey!—dije sin poder contener mi asombro—; ¡su majestad enamorado de mí!

—Esa rica gargantilla es una señal de ello—me contesto.

—¿Y dónde me ha visto su majestad?—le dije.

—No lo sé. El rey me ha llamado y con gran secreto me ha dicho: Montiño, mi buen cocinero, yo, aunque soy rey, también soy hombre, y como hombre tengo debilidades; amo á una dama, y no puedo contener mi amor; toma, llévala esa joya y dila que te indique cuándo puedo yo ir á visitarla; pero ha de ser de modo que las luces estén muertas cuando yo entre y no pueda conocerme. Ofrécela cuanto quiera y más que quiera, y toma las señas de la casa donde vive y su nombre.

Yo—añadió el cocinero—, no me atreví á negarme; he venido, y temeroso de llevar á su majestad vuestra contestación, he preferido, confiado en vos, deciros lo que os he dicho; pero, por Dios, no pronunciéis ni una sola palabra imprudente, porque su majestad es muy mirado y nos perderíamos los dos.

Yo le juré guardar el más profundo secreto, acepté la gargantilla, y el cocinero se fué prometiéndome volver para decirme qué noche y á qué hora debe venir su majestad.

—En esto debe de haber andado el duque de Lerma... estoy casi seguro—dijo el sargento mayor—; porque ¿á quién interesa más que al duque el tener bien cogido al rey? Además de eso, ¿no han desterrado al conde de Lemos porque había llevado una noche al príncipe de Asturias á casa de una de las queridas de don Rodrigo Calderón? ¿No han apartado de la crianza del príncipe á don Baltasar de Zúñiga, porque daba demasiado gusto á su alteza, y no han sacado también al duque de Uceda del cuarto del príncipe, sin duda porque han sabido que le traía aquí para que desde bien temprano se acostumbrase á las favoritas? Acaso ha sabido el duque de Lerma que su hijo se valía de ti para educar al niño príncipe, como, siendo aún más pequeño, se valió para ello de la Angélica el conde de Lemos, su sobrino, y habrá dicho: puesto que esa hermosa doña Ana servía para hacer adquirir al joven príncipe malas costumbres, puede servir también para corromper las del rey y extraviarle.

—Acaso, acaso—dijo doña Ana.

—Pues estamos de doble enhorabuena: confío en que sabrás manejar al rey.

—¡Oh, ya lo veremos!

—No me ocultes nada.

—¿Y cómo? ¿Qué soy yo sin ti?

—Don Rodrigo es lo que más nos conviene.

—Serviré á don Rodrigo. Creo que este asunto esté concluído; y ahora recuerdo que me han dicho que contigo venía una mujer joven, hermosa, ricamente vestida.

—Sí, muy hermosa y muy joven—dijo el sargento mayor apretando el gesto y retorciéndose los mostachos.

—¿Y á qué traes tú esa mujer á mi casa?

—¿Qué? ¿tendrás celos?

—Pudiera tenerlos.

—Pues bien, no los tengas, porque esa muchacha es mi hija.

—¡Tu hija!

—Sí; la hija de aquella Margarita que yo robé de su casa; la hija que me quitó un hombre una noche cuando iba á dejarla en la puerta de un convento, dejándome tres puñaladas, de las cuales estuve á la muerte; la hija de quien no volví á saber, hasta que la conocí siendo á la vez querida secreta de don Rodrigo Calderón y pública del duque de Lerma. En una palabra: la comedianta Dorotea.

—¿Pero estás seguro de que no te has engañado?

—¡Si tú hubieras conocido á su madre!

—Sí; sí, ya me has dicho...

—Verla á ella, es ver á Margarita; además, yo le había hecho una señal...

—¡Una señal!

—Sí; antes de salir de la casa, para, llevarla á exponer en el cajón de San Martín, sin saber por qué, pensando no sé en qué, la señalé.

—¡Que la señalaste!

—Le arranqué un pequeño bocado de un brazo.

—¡Ah!—exclamó con disgusto doña Ana.

—Fué la manera más pronta que se me ocurrió de señalarla.

—¿Pero has visto tú esa señal?

—No; pero un día, don Rodrigo, que quiere más de lo que parece á la Dorotea, me dijo:

—Juan, yo te he hecho hombre.

—Indudablemente, señor—le contesté.

—Eres listo y astuto y parece que hueles las cosas.

—¿Qué hay que averiguar?

—Tú sabes cuánto quiero á la Dorotea.

—Sí, señor.

—Hace mucho tiempo que estoy viendo en su hombro derecho una señal; pero nunca hasta ahora la he preguntado; es una cicatriz como la de una mordedura; ella ha dicho que recuerda haber tenido siempre esa señal; he preguntado al tío Manolillo, y me ha dicho que la encontró abandonada en la calle, y que efectivamente, cuando la llevó á su estancia en el alcázar, notó que las pobres ropas en que iba envuelta estaban manchadas de sangre; que la descubrió y vió una mordedura reciente, de la que costó trabajo curar á la niña. Ahora bien, la Dorotea sufre porque no conoce á sus padres; yo la quiero bien, y te recompensaría grandemente si encontrases esos padres perdidos.

Pude en el momento decirle:

—Su padre soy yo; su madre era una muchacha tan hermosa como ella, á la que conocí en su casa, donde estuve aposentado algunos días, y á la que me llevé conmigo. No sé si su madre vive ó ha muerto...

—¡Conque esa hermosa mujer, esa famosa Dorotea, la querida de Lerma y de Calderón, es tu hija! ¡y ella no lo sabe!

—No.

—¿Y para qué la traes aquí?

—Es como su madre, apasionada y violenta; de la misma manera que su madre se enamoró de mí á primera vista, ella se ha enamorado de un hombre; ese hombre es el que ha herido á don Rodrigo; ese hombre, que es sobrino del cocinero mayor de su majestad, ha hecho suerte en veinticuatro horas; anteayer por la noche entró en Madrid, y hoy se encuentra metido en palacio, protegido y casado con la dama más hermosa y más difícil de la corte: con doña Clara Soldevilla.

—¡Y esa mujer, que es querida del duque de Lerma, está celosa de una dama que es la favorita de la reina!

—La reina importa ya poco... tal vez á estas horas... pero conviene, á pesar de esto, que esa muchacha siga enloqueciendo á Lerma; ella quería hacer un disparate, pero yo la he prometido que la vengaría si ella me ayudaba, y ha consentido en seguirme. Te la he traído y te la entrego... tú sabes envenenar el alma, Ana; envenena la de esa muchacha y haz de modo que nos sirva bien. Voy por ella.

Y se dirigió á la puerta por donde había entrado.

Pero al abrirla, se vió tras ella un hombre y se oyó una ronca voz que dijo temblorosa, colérica, rugiente, amenazadora:

—¡Atrás! ¡atrás, sargento mayor! ¡tú no saldrás de aquí!

El hombre que había pronunciado estas palabras, que había adelantado sombrío y letal y que había cerrado por dentro la puerta, era el bufón del rey.

El sargento mayor retrocedió sorprendido.

En su semblante apareció la expresión del espanto.

Doña Ana miró con terror al bufón.

Y el bufón adelantó pálido hacia el sargento mayor, que retrocedía.

CAPÍTULO XLVI

DE CÓMO LA PROVIDENCIA EMPEZABA Á CASTIGAR Á LOS BRIBONES

Necesitamos decir cómo el tío Manolillo había podido aparecer tan dramáticamente en medio de aquel bandido y de aquella ramera.

Sabemos que al salir de la taberna donde había estado con el cocinero del rey, se había ido derecho á llamar á la puerta de doña Ana.

Abriéronle, porque hay maneras de llamar que mandan, que se hacen obedecer, y el tío Manolillo había llamado de una de aquellas maneras.

Es decir, de una manera rotunda, decidida, nerviosa, fuerte, retumbante.

Quien llama así en una casa debe tener derecho para entrar ó fuerza, lo que no es lo mismo, ó las dos cosas á la vez.

Hemos dicho que le abrieron; ahora debemos decir que, apenas encontró franca la puerta, el bufón se lanzó sobre el criado que le había abierto, que era un escudero viejo.

Se arrojó sobre él como un tigre; le derribó, le sofocó y le tapó la boca con un pañuelo, al que hizo un nudo, que introdujo en la boca de la víctima.

Esta manera de enmudecer, que se conserva aún hoy y se usa por los ladrones, se llama la tragantona.

Hasta el crimen tiene sus tradiciones.

Después quitó al escudero la correa que sujetaba sus gregüescos á la cintura y le ató atrás las muñecas, y con el extremo sobrante ató un pie de la víctima y le dejó tendido en el portal; el escudero no podía gritar, ni aun rugir, ni moverse.

El tío Manolillo se acurrucó en un rincón del zaguán y esperó.

Poco después bajó una dueña, á quien había llamado la atención el que el escudero hubiese bajado á abrir y no hubiese subido.

El bufón la acometió por detrás, la hizo otra tragantona con la toca y la ató de igual modo que al escudero, valiéndose de la correa del hábito de la dueña.

—Aún me faltan la cocinera y la doncella—dijo—; doña Ana, esa bribona, no tiene más criados; el olor de la cocina me llevará.

El tío Manolillo adelantó.

No era entonces un hombre, sino una fiera astuta que adelantaba recelosamente sin producir ruido hacia su presa.

Un momento después la cocinera y la doncella estaban enmudecidas y atadas.

El tío Manolillo había arrostrado por todo y había tenido la suerte de que no surgiese ninguno de esos incidentes que frustran las sorpresas mejor meditadas.

Ya seguro de los criados, el tío Manolillo adelantó por las habitaciones principales.

Al ir á levantar un tapiz vió de repente á la Dorotea.

La pobre joven estaba sentada en una silla, replegada, sombría, inmóvil, con la mirada fija, sufriendo de una manera visible, aterradora.

Hubiera podido ver al bufón á no estar tan abstraída, pero no le vió.

El bufón se retiró sin ruido, la miró un momento al través de la abertura del tapiz con una mirada profunda, en que había tanta ternura hacia ella, como amenaza, como cólera hacia los que causaban el doloroso estado de la joven.

—Está sola—dijo—y entró con él; él debe estar con la otra; busquemos otro camino; es necesario saber de lo que tratan esos miserables.

Y tomó por una puerta y se encontró en un corredor obscuro.

Y adelantó sin hacer ruido como una sombra.

A medida que se acercaba á una puerta oía dos voces.

La de un hombre y la de una mujer.

Adelantó hasta la puerta, llegó y se puso á escuchar.

Por esta razón, cuando el sargento mayor fué á entrar por aquella puerta, se encontró con el bufón.

—¡Ah! Ya sabía yo que habías de buscar á la Dorotea—dijo el sargento mayor—; peor para ti.

Doña Ana miraba aquella escena imprevista con asombro; más que con asombro, con un terror instintivo.

—¿Conque tú eres su padre?—dijo el tío Manolillo—. ¿Conque eres el padre de Dorotea? ¿Conque aún no contento con haber asesinado á la madre, quieres asesinar á la hija?

Y la voz del tío Manolillo era ronca, amenazadora, sombría; sus ojos bizcos se revolvían de una manera espantosa, estaban inyectados de sangre y su barba temblaba.

Don Juan de Guzmán se sentía dominado; doña Ana estaba coartada por el miedo.

La actitud del bufón, de aquel hombre pequeño, cuadrado, robusto, encogido como para arrojarse sobre una presa, y en el cual se adivinaban el valor, la fuerza y la agilidad del tigre, parecían indicar que iba á suceder allí algo terrible.

—Si queréis llevaros á esa muchacha, lleváosla—dijo el sargento mayor, que tenía miedo—; preguntadla si yo la he violentado.

—¿La habéis dicho que sois su padre?—dijo el bufón.

—No.

—Pues mejor.

—No he tenido necesidad de decírselo.

—Y has hecho bien: porque tú no eres su padre, sino una especie de animal monstruoso, que has sido la causa de su existencia. Pero no tengo tiempo que gastar contigo... estoy de prisa...—añadió el bufón con una sonrisa horrible, con la sonrisa de un loco—; ¿te acuerdas de que una noche llevabas á esa niña recién nacida en los brazos?... ¡Oh! era una noche muy obscura: de repente un hombre se arrojó á ti y te dió tres puñaladas.

Y al decir esto el bufón saltó, se aferró al sargento mayor y le dió una puñalada en el pecho.

Don Juan de Guzmán dió un grito, vaciló y cayó.

Luego el bufón vió que doña Ana corría á una puerta, y la asió de una mano.

Doña Ana cayó de rodillas creyendo llegada su última hora.

El tío Manolillo, sin soltar á doña Ana, dirigió su terrible palabra á don Juan de Guzmán, empuñando aún la daga con que le había herido:

—Entonces fueron tres, y ahora ha bastado una... es que ahora tengo la mano más segura... ¡asesino de mi hermana Margarita! ¡envenenador de la reina Margarita! ¡verdugo de tu hija! ya no cometerás más crímenes.

En efecto, don Juan de Guzmán estaba muerto.

—Y tú, Aniquilla, que te llamas doña Ana; tú, que hace veinte años andabas por las playas de Gijón descalza, cogiendo ostras y buscando á los marineros; tú, aventurera ennoblecida por tu hermosura; tú, miserable, ase de los pies de ese cadáver y pronto, porque no tengo tiempo que perder.

—¿Pero qué va á ser de mí?—exclamó desesperada la hermosa doña Ana.

—Sea lo que el diablo quiera. Tú tendrás en tu casa algún escondrijo...

—¡Los sótanos!—exclamó doña Ana.

—Pues á los sótanos; agarra pronto, si no quieres perderte... concluyamos por el momento, que yo volveré.

—Esperad... esperad... voy á abrir las puertas—dijo con angustia doña Ana—para que nada nos entretenga—y salió y volvió poco después.

Entonces la ramera y el bufón asieron del bandido, y le llevaron.

Por donde quiera que pasaba, quedaba un rastro de sangre.

Al fin bajaron al piso bajo, y el bufón señaló un rincón oscuro en una sala lóbrega.

—Dejémosle aquí—dijo.

—Por el amor de Dios—dijo doña Ana—; que no sé cómo vos me conocéis; vos, que cuando no me habéis muerto también, no me aborrecéis, ayudadme á borrar las señales de esta muerte... yo diré á los míos que ese hombre ha salido por el postigo...

—En lo que harás muy bien—dijo el tío Manolillo—será en soltarlos de las ligaduras con que yo los he sujetado, y despedirlos á pretexto de que se han dejado sorprender: ¡quédate sola, que yo volveré y le enterraremos!... por ahora, adiós! ¡Adiós, que mi conciencia me llama á otra parte!

Y subió de dos en dos los peldaños de una escalera, atravesó algunas habitaciones, y entró en la que Dorotea se encontraba todavía inmóvil y dominada por su mudo dolor.

—Ven conmigo—la dijo el bufón asiéndola de una mano.

—¡Ah! ¿sois vos?

—Ven conmigo... yo te salvaré... yo te consolaré... pero ven, ven... no perdamos un momento.

Y arrastró consigo á la Dorotea, que se dejó conducir maquinalmente, bajó por la escalera principal, pasó por junto al escudero y la dueña que permanecían atados, abrió la puerta, salió y la tornó á cerrar.

Cuando estuvieron en la calle, el bufón dijo á la Dorotea:

—Vuélvete á tu casa, y espérame: yo no te puedo acompañar.

—Pero...

—Ve, ve... hija mía... acabo de salvarte de un peligro... yo te salvaré de todos; adiós.

Y partió hacia el alcázar.

La Dorotea, atónita, asombrada, sin comprender lo que la sucedía, le vió desaparecer, se envolvió en el manto, y á paso lento, con la cabeza inclinada, pisando lodo, se encaminó á la calle Ancha de San Bernardo.

CAPÍTULO XLVII

DE LO PERJUDICIAL QUE PUEDE SER LA ETIQUETA DE PALACIO EN ALGUNAS OCASIONES

El tío Manolillo corría como alma que lleva el diablo.

Tropezaba acá y allá con las gentes, como un caballo desbocado, las lanzaba un gran trecho ó las dejaba caer y seguía corriendo.

En pocos momentos llegó al alcázar.

Antes de llegar á él vió á Luisa y á Inés que iban envueltas en sus mantos.

Pararon un momento.

—¿A dónde vais?—las dijo con acento amenazador.

—¡A misa...!—contestó temblando Luisa.

—¡A misa! ¿en día de trabajo?...

Pero el bufón recordó que tenía mucha prisa, y tomó de repente el camino de la puerta de las Meninas del alcázar.

Al entrar, salían algunos hombres, y el tío Manolillo tropezó rudamente con uno de ellos.

—¡Qué brutalidad!—dijo el tropezado recogiendo un pesado talego que había caído al suelo, produciendo un sonido sonoro.

—¡Ah! ¡el alguacil Agustín de Avila!—exclamó el bufón, y pasó por sus ojos un relámpago de muerte.

Pero de repente apretó de nuevo á correr, exclamando:

—Lo otro es primero... la reina... ¡Dios mío!

Y entró en el patio del alcázar.

Allí, de una manera involuntaria, superior á su resistencia, se detuvo de nuevo, y miró á una torre almenada que se veía por cima de las galerías en un ángulo del patio.

Sobre aquellas almenas había un cuerpo de edificio coronado por una montera de pizarras; en aquel cuerpo de edificio, había una ventana: en aquella ventana el viento ondeaba un pañuelo encarnado.

—¡Oh! ¡la señal de muerte!—exclamó el bufón.

Y siguió corriendo, subió, no como un hombre sino como una araña que huye, unas escaleras, atravesó como un frenético la galería, y atropellando casi la guardia de corps que daba la centinela de la puerta exterior del cuarto de la reina, se lanzó dentro.

Dióse un tremendo pechugón con una persona á la que no arrojó.

Por el contrario le asió, y le detuvo.

—¡Cuerpo de Baco!—exclamó aquel hombre—, ¿venís ú os disparan, tío?

Aquel hombre era don Francisco de Quevedo.

El bufón no le contestó: por cima del hombro de Quevedo había visto un paje talludo, rubicundo, que llevaba sobre las palmas de las manos una vianda adornada con yerbas verdes.

—¡Allí tal vez!... ¡en aquel plato!...—dijo el bufón—¡soltad, vive Dios, ú os mato!...

—¿Pero estáis loco?... tengo que deciros graves cosas... ¿no me conocéis, tío?

—¡La reina!... ¡la reina!... ¡dejadme, don Francisco!... ¡aquel paje!... ¡es el amante de la Inés!... ¡el pañuelo encarnado está en la ventana!...

—¡Ah!—exclamó Quevedo con una expresión terrible por su horror—¡un paje!... ¡un plato!... ¡el pañuelo!...

Y soltó al bufón, que se lanzó á la puerta de la antecámara.

Los tudescos le cerraron el paso cruzando sus alabardas.

—¡Ah! ¡no me dejáis pasar!...—exclamó el bufón, y asió las alabardas con la fuerza de la zarpa de un león.

Se entabló una lucha.

Quevedo no podía llegar pronto, pero desde donde estaba gritó con la autoridad que sabía dar á su voz en las ocasiones solemnes:

—¡Dejadle pasar! ¡dejadle pasar, de orden del rey!

Al sonido de aquella voz poderosa, á la vista del hábito de Santiago, del que la pronunciaba, los tudescos dominados dejaron pasar al bufón.

Quevedo, á pesar de la deformidad de sus pies, que le impedía andar de prisa, corrió.

En la puerta de la cámara de la reina, se entabló otra lucha con los ujieres.

La autoridad de Quevedo fué allí inútil.

El bufón apeló á la fuerza.

Tiró á un ujier á un lado, y á otro á otro, y entró también.

Pero entre la inocente detención causada por Quevedo, la de los tudescos y la de los ujieres, había pasado mucho tiempo.

El paje había desaparecido.

Cuando el bufón entró, se precipitó á la mesa y se arrojó sobre ella.

La reina dió un grito.

El padre Aliaga, que almorzaba con la reina, se puso de pie.

El tío Manolillo buscó con ansia un plato entre los que cubrían la mesa de la reina, y vió uno solo puesto delante del plato de Margarita de Austria.

Aquel plato estaba adornado con berros.

Era una perdiz que tenía todas las patas.

El bufón le agarró, y al apoderarse de él dijo con una admirable fuerza de espíritu, soltando su hueca carcajada de bufón:

—¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡he ganado! ¡he ganado! ¡para mí! ¡para mí!

Y haciendo como que devoraba al paso la perdiz, dió á correr exclamando:

—¡Para la reina no! ¡para mí!

Y soltó una larga y estridente carcajada que hizo temblar á todos los que la oyeron, y escapó.

—¡Oh! ¡esto es ya demasiado!—dijo la reina.

—Perdonad, señora...—dijo Quevedo—yo no le he podido contener; ¡el tío Manolillo está loco!

Y Quevedo, saludando profundamente á la reina y antes de que ésta, reponiéndose de su sorpresa, le pudiera contestar, salió.

Quevedo buscó inútilmente en la parte baja del alcázar al tío Manolillo, y subió á su aposento, á cuya puerta llamó inútilmente repetidas veces.

Al fin Quevedo gritó:

—Si estáis ahí, tío Manolillo, abrid, hermano, abrid á Quevedo.

Oyéronse violentos pasos y se abrió la puerta.

Apareció el bufón pálido y desencajado.

—¡Entrad! ¡entrad!—exclamó—; entrad y pensemos en la venganza... hoy ha amanecido un día de muerte...

—¡Tenéis sangre en las manos!—exclamó Quevedo...

—¡Es poca!—exclamó el bufón—¡es poca! ¡venid!

Y tiró de Quevedo, le llevó á lo último de su aposento, y le mostró una fuente de plata puesta sobre una mesa.

—Mirad ésto; faltan las pechugas... mirad aquéllo, y señaló en un rincón un pedazo de perdiz, junto á la cual estaba echado, impasible, un gatazo rodado.

...¡para mí! ¡para mí!

...¡para mí! ¡para mí!
...¡para mí! ¡para mí!

—El Chato devora cuanto halla, porque es un gato pobre, y no ha querido ese pedazo de perdiz. Los animales conocen la muerte. ¡Que Dios tenga piedad de la reina!

—¿Y qué hacer?

—¿Qué hacer?... yo no sé... ¿quién dice?... ¿quién declara?... ¡Oh! ¡no! ¡sentenciarnos á ser tenidos por cómplices, á morir deshonrados!... ¡hemos hecho cuanto podíamos hacer... y acaso... acaso nos hayamos engañado!... pero no... no... el Chato no ha comido... ¡Dios mío!...

—Sois cobarde...—exclamó Quevedo—; suceda lo que quiera, yo voy á buscar al médico de su majestad... guardad esa perdiz, guardadla; sobre todo, quitadla de esa fuente, que es de plata...

El bufón quitó los restos de la perdiz de la fuente, los echó en una escudilla, y con ellos el pedazo que había arrojado al gato.

Entre tanto, Quevedo había desaparecido.

Un paje de la reina se presentó poco después.

—Tío Manolillo—dijo—, os aconsejo que os escondáis por algún tiempo.

—Pues ¿qué pasa, hijo?—contestó dominándose el bufón.

—Que habéis dado un susto á su majestad, y no ha acabado de almorzar; se ha dejado casi todo lo que tenía en el plato cuando entrásteis vos.

—¿Pechugas de perdiz?...

—Eso es... ¡una perdiz que olía tan bien!... me la he comido, tío.

—¿Cómo te llamas, hijo?

—Gonzalo.

—¿Y te has comido la perdiz que quedaba en el plato de la reina?

—Sí... al salir... no me veían...

—¿Y quedaba mucho?...

—Casi una pechuga... y me ha hecho mal... ya se ve... ¡comí tan de prisa, porque no me vieran!

El paje, en efecto, empezaba á ponerse pálido.

—¿Y por qué vienes, hijo?—exclamó el tío Manolillo, haciendo un violento esfuerzo para dominar su horror.

—Por la fuente de plata que os habéis traído.

—¿Y comió mucho la reina?

—¡Quia! no... ni el padre Aliaga...

—¿Y te has comido las dos?...

—Sí.

—Ven, hijo mío, ven... ven á las cocinas... voy á darte aceite, que es bueno para que arrojes... ¡Oh! ¡Dios mío!...

—Tengo ansias, tío...

El bufón asió al mozo y le arrastró consigo.

Pero al llegar á las escaleras, el paje dió un grito, avanzó, cayó rodando por las escaleras, y con él la fuente de plata.

El bufón se retiró precipitadamente, fué á su aposento y se puso á rezar por el alma del paje.

CAPÍTULO XLVIII

DE CÓMO MUCHAS VECES LOS HOMBRES NO REPARAN EN EL CRIMEN AUNQUE SUS VESTIGIOS SEAN PATENTES

Pasó mucho tiempo sin que nadie subiese por las escaleras por donde el paje había caído.

Al fin subió una moza de retrete.

La escalera era obscura.

La moza tropezó en la bandeja, que sonó.

Recogióla la moza.

—¡Calla!—dijo—¡una bandeja de plata! ¡y sucia!... ¡llena de grasa! ¿cómo está aquí? La llevaré á la repostería.

Y siguió subiendo, y tropezó de nuevo.

Pero tropezó en un cuerpo humano.

Aquel cuerpo estaba frío.

La moza empezó á dar gritos.

A los gritos de la moza acudieron algunos de la servidumbre.

Muy pronto corrió la voz de que se había encontrado muerto un paje de la reina en las escaleras de las cocinas.

Y junto á ésta, corrió otra voz no menos escandalosa.

El aposento del cocinero mayor estaba abierto y abandonado, rotas algunas puertas, roto un gran cofre y vacío.

La mujer y la hija del cocinero mayor habían desaparecido.

El alcaide de palacio, el guarda mayor y el mayordomo mayor del rey, se habían presentado en los lugares de estas dos catástrofes.

A nadie se le ocurrió que entre la muerte del paje y la desaparición de la familia y el robo del cocinero mayor, podía haber una relación íntima.

A nadie se le ocurrió tomar acta de haberse encontrado junto al paje muerto una fuente de plata del servicio de mesa de la reina.

Los médicos declararon que, según los vestigios que quedaban en el cadáver, el paje había muerto de repente á consecuencia de un ataque cerebral.

Y tenían razón: porque el veneno que Guzmán había dado á Luisa, y Luisa al galopín Aldaba, y el galopín Aldaba al paje rubio, y éste á la mesa de la reina, y la mesa al paje Gonzalo, había obrado sobre el cerebro de este último produciéndole una violenta congestión.

El paje fué conducido al depósito de muertos de la parroquia de Santa María.

La fuente de plata entregada en la repostería y lavada.

Los únicos vestigios del crimen quedaban en una escudilla de madera en el cuarto del bufón.

Y el bufón, vuelto al fin en sí de tan violentas impresiones, se lavaba las manos borrando un vestigio de otro crimen, mientras la fuente se lavaba en la repostería.

Entre tanto el alcaide de palacio y el mayordomo mayor del rey, á quien se había dado parte de lo acontecido en el aposento del cocinero mayor, hacían extender testimonio á un escribano de cómo:

«El día 17 de Diciembre de 1610, llamado, etc. (aquí el largo fárrago curial), yo el infrascrito, entré con su excelencia el señor mayordomo mayor del rey y con su señoría el señor alcaide de palacio y con los señores Lope Ríos y Diego Luque, camareros del rey, en el aposento que en palacio habita el señor Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad el rey nuestro señor, que Dios guarde, y los expresados y el infrascrito escribano hallamos que la puerta del dicho aposento no estaba cerrada, sino abierta y franca; y en la primera habitación hallamos, á más de los muebles conocidos del uso de dicho Montiño y su familia, un cofre de hierro muy pesado, cerrado, sobre el cual se veían señales de haberle querido forzar, el cual cofre fué entregado en depósito al excelentísimo señor mayordomo mayor. Y entrados en el siguiente aposento hallamos los muebles revueltos, y algunas prendas de ropas esparcidas, con más un ejemplar impreso del arte de cocina, pastelería, bizcochería y conservería que ha compuesto el dicho cocinero mayor; y pasando á las otras habitaciones, las hallamos en el mismo desorden, y á la ventana de una de ellas, atado un pañuelo encarnado de algodón; y en otra habitación más interior hallamos un gran cofre descerrajado á viva fuerza de sus tres cerraduras, y el cofre vacío y sobre la mesa algunos papeles y libros de dinero puesto á ganancia; y otrosí: halláronse dos espadas y un arcabuz, y examinadas aquéllas y éste, hallóse ser de la marca que mandan las pragmáticas; y otrosí: acá y allá esparcidos halláronse seis doblones de á ocho y cuatro escudos de cruz, y veinte maravedises de plata, de todo lo cual y de los muebles y efectos se hizo el inventario adjunto y quedó entregado de todo el dicho excelentísimo señor mayordomo mayor, por cuyo mandato libro la relación presente de que doy fe. En testimonio de verdad.—Pero Ponce Lucas.»

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