SU MAJESTAD (continued 2)
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Entonces sospechaba si sería don Rodrigo el que había procurado al rey el conocimiento de aquellos pasadizos, y si sería también él quien, en medio de las tinieblas, la había amenazado con publicar sus secretos, si no guardaba un profundo silencio acerca de los singulares sucesos de aquella noche.
La duquesa, desde el momento, había comprendido la necesidad de avisar al duque de la aparición inesperada del rey y de la no menos extraña desaparición de la reina; pero cuando hubo oído las terribles revelaciones de la condesa de Lemos, vió que era de todo punto imprescindible avisar á Lerma sin perder un segundo.
El duque tenía en su casa un convite de Estado, y era de esperar que aquella noche no viniese á palacio; la camarera mayor estaba retenida por las obligaciones de su cargo en el alcázar hasta la hora de recogerse la reina, que era bastante avanzada; urgía avisar al duque, pero la dificultad estaba en procurarse un intermediario de confianza.
Porque es de advertir que tan enmarañada estaba la intriga alrededor de Felipe III, que no había de quién valerse con confianza para confiarle una carta para el duque de Lerma.
La duquesa vió con alegría que la de Lemos, la hija querida del duque de Lerma, interesada gravemente en que aquella carta llegase sin tropiezo á su padre, era el intermediario que necesitaba.
Una vez tomada esta resolución por la duquesa, su mano corrió con más rapidez sobre el papel: llenó las cuatro caras de la carta, que era de gran tamaño, con una letra gorda y desigual, en renglones corcovados; cerró la carta, la selló y puso sobre su nema:
«A su excelencia el señor duque de Lerma, de la duquesa viuda de Gandía.—En mano propia.»
—Tomad, doña Catalina—dijo la camarera mayor—; será necesario que os encarguéis vos misma de llevar esta carta á vuestro padre.
—¡Yo... misma...!—contestó con altivez la de Lemos.
—Menos arriesgado es esto que lo que queríais hacer por vengaros de don Rodrigo.
—Pero tengo mis razones... no quiero mezclarme para nada en estos negocios directamente...
—Pero hay un medio. Ponéos un manto, tomad una litera, id por el postigo de la casa del duque, que da á sus habitaciones.
—Peor aún: ¿qué dirá quien me abra ese postigo, al verme entrar en casa de mi padre de una manera tan misteriosa?
—El que os reciba, nada os dirá... no se meterá en si vais encubierta ó no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo: cuando le abran, que será al instante, entregad al criado que se os presentará, esa carta para que lea su sobre. El criado os devolverá la carta, y os llevará al despacho de vuestro padre, que al punto irá á encontraros.
—Pero habré de darme á conocer á mi padre, me preguntará...
—De ningún modo; si vos no queréis descubriros, vuestro padre no os pedirá que os descubráis, y podéis haceros desconocer de él y salir sin hablar una palabra, tan encubierta como habéis entrado. Pero en cambio, vos, á quien únicamente interesa este negocio, estaréis segura de que la carta ha ido á dar en las manos de vuestro padre.
—¡Iré!—dijo con resolución la de Lemos, después de un momento de silencio.
—Pues si habéis de ir, que sea al punto.
—Sí, sí; os agradezco en el alma lo que por mí hacéis, y voy á mandar que pongan una litera.
—Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera, no puedan conoceros.
—¡Oh, por supuesto! Adiós, doña Juana; adiós, y hasta después.
—Id con Dios, doña Catalina. Y... oíd: hacedme la merced de decir á doña Beatriz de Zúñiga que entre.
—No quiere quedarse sola—murmuró la joven saliendo—; ¿qué misterio será éste?
Y llegando en la antecámara á una hermosa joven que, acompañada de otras tres reía y charlaba, la dijo:
—Doña Beatriz, la señora camarera mayor, os llama.
La joven compuso su semblante dándole cierto aire de gravedad, y entró en la cámara de la reina, al mismo tiempo que la condesa abría la puerta de la antecámara y desembocaba por la portería de damas.
CAPÍTULO III
EN QUE SE DEMUESTRA LO PERJUDICIALES QUE SON LOS LUGARES OBSCUROS EN LOS PALACIOS REALES
La condesa de Lemos atravesó en paso lento, recibiendo los respetuosos saludos de ujieres y maestresalas, algunas galerías y habitaciones.
Lo lento del paso de la condesa, consistía en que iba abismada en profundas cavilaciones.
—Me he visto obligada—pensaba—á inventar lo de los jardines de Balsaín, y á calumniar á la reina para procurarme una venganza segura contra el miserable don Rodrigo. La buena de doña Juana de Velasco, vale de oro todo lo que pesa; en hablándola de mi padre, no sabe ser suya: es mucho lo que admira, mucho lo que venera, mucho lo que sirve la duquesa á su excelencia, y ha tragado el anzuelo... hasta el cabo... ¡lindezas dirá esta carta! El pensamiento ha sido diabólico... pero yo necesitaba vengarme... á conspirador, conspirador y medio, y salgan allá por donde puedan. ¡Ah! ¡Ah! estoy orgullosa de mí misma, y creo que si yo me dedicara á la intriga, sería... todo lo que quisiera ser.
Y la condesa, respondiendo á su pensamiento, satisfecha de su diablura, soltó una alegre carcajada.
Por fortuna, nadie había en la galería por donde atravesaba.
—Ahora—dijo para sí la condesa, continuando en su marcha y en su pensamiento—es necesario que esta carta llegue á manos de mi padre, sin que la lleve yo... ¡bah! renuncio á mi venganza á trueque de que mi padre y señor pudiera reconocerme; preferiría irme á él con la cara descubierta, y mostrarle la carta de don Rodrigo. Pero mi padre, que deja estar en su destierro á su sobrino, mi señor esposo, por no disgustar á su servicialísimo don Rodrigo, sería capaz de desairar á su hija y de no creerla, porque su muy querido don Rodrigo no se disgustase. Ahora, haciéndole sospechar que don Rodrigo le engaña, que le hace traición, su excelencia, que es tan receloso, que en todas partes ve peligros, perderá de seguro á su muy amado confidente. ¿Quién os ha mandado, don necio soberbio, meteros conmigo? ¡Bien empleado os estará todo lo que os suceda, y en vano os devaneréis los sesos para saber de dónde ha venido el golpe!
La joven sonrió satisfecha de su pensamiento.
—Doña Clara Soldevilla estará en la sala de las Meninas; acaso ella, que es valiente, que por nada se detiene, que aborrece de muerte á don Rodrigo Calderón, llevará con placer esta carta á mi padre, en cuanto sepa que esta carta puede hacer daño á don Rodrigo. Es necesario inventar otra historia para engañar á doña Clara, aunque es necesario que sea más ingeniosa que la que he contado á la camarera mayor, porque doña Clara tiene mucho ingenio. Y bien—dijo dándose un golpe en la frente—: ya tengo la historia. Utilicemos el ruidoso asunto de los amores del príncipe don Felipe con la querida de don Rodrigo; eso es, adelante.
La condesa entró en una cámara solitaria y llamó.
Presentósela inmediatamente una venerable dueña.
—¿Qué me manda vuecencia?—dijo aquella ruina con tocas.
—Decid á doña Clara Soldevilla que venga.
—Doña Clara no está en el cuarto de las Meninas, señora—dijo la dueña.
—¿No está acaso de servicio?
—No, señora; está en su cuarto enferma.
—¡Ah! ¿está enferma?—exclamó la condesa con un despecho, que la dueña tomó por interés.
—Afortunadamente, señora, la indisposición de doña Clara es un ligero resfriado.
—Me alegro mucho: me habíais dado un susto. ¿Y dónde tiene su cuarto doña Clara?
—Vive sola con una dueña y una doncella, más allá de la galería de los Infantes; si vuecencia quiere que la guíe...
—No; no me es urgente ver á doña Clara; la veré mañana. ¿Conque decís que vive...
—En la crujía obscura que está más allá de la galería de los Infantes, en el número 10. Además, la puerta está pintada de verde.
—Muy bien, gracias; retiráos.
—La dueña hizo una cumplidísima reverencia, y se retiró, casi sin volver la espalda á la condesa, que, en el momento en que se vió sola, tomó una bujía de sobre una mesa, y abriendo una puerta de servicio, se encontró en un estrecho corredor, pasado el cual, entró en una ancha galería, medio alumbrada par algunos faroles y enteramente desierta, á excepción de un centinela tudesco, que se paseaba gravemente en la galería y que, al ver á la condesa, se detuvo y al pasar ella por delante de él, dió un golpe con el cuento de la alabarda en el suelo, á cuyo saludo contestó la joven con una ligera inclinación de cabeza.
La condesa se perdió por una pequeña puerta al fondo.
La galería que acababa de atravesar era la de los Infantes; el lugar en que había entrado, era una galería densamente lóbrega, en la cual resonaban los pasos de la condesa de una manera sonora.
La de Lemos iba ceñida á la pared del lado izquierdo, con la bujía levantada, mirando los números pintados sobre las puertas, y ya había recorrido un gran espacio sin encontrar el número 10, ni la puerta verde, cuando oyó al fondo de la galería ruido de pasos lentos y marcados, como los de un hombre que anda pesadamente y con dificultad.
Miró la de Lemos al lugar de donde provenía el ruido, y sólo vió la área luminosa de la linterna.
El que la llevaba estaba envuelto en la sombra.
La condesa se detuvo contrariada, porque hubiera querido que nadie la viera en aquellos lugares, y se detuvo irresoluta.
El de la linterna se detuvo también.
—¿Quién va?—dijo con un acento breve, descuidado y ligeramente sarcástico; esto es: con un acento que parecía estar acostumbrado de tal modo á expresar el sarcasmo, que le dejaba notar hasta en la frase más indiferente.
—¡Ah! ¡Dios mío! ¿si será? ¡pero no! ¡no puede ser! ¡si estaba preso! ¿Quién va?—añadió con interés la condesa.
—¡Ah!—dijo el hombre—; yo soy, Diógenes trasegado, que anda en busca de un hombre y no le hallo.
—Y yo soy una dama andante, que busca á una mujer y no la encuentra.
Acercábanse entretanto los dos interlocutores.
—Pero hallo una mujer—dijo el de la linterna—, lo que no es poco, y me doy por bien hallado.
—Y yo—dijo la condesa con afecto—encuentro un hombre, y me doy por satisfecha.
—¡Ah! ¡doña Catalina!
—¡Ah! ¡don Francisco!
A este punto, don Francisco y doña Catalina estaban á muy poca distancia el uno del otro, y se enviaban mutuamente al rostro la luz de la bujía y de la linterna.
Era don Francisco un hombre como de treinta años, de menos que mediana estatura, y más desaliñadamente vestido que lo que convenía á un caballero del hábito de Santiago, cuya cruz roja mostraba sobre el ferreruelo. Tenía la actitud valiente del hombre que nada teme y se atreve á todo; mostraba los cabellos un tanto más largos que como se llevaban en aquel tiempo; la frente alta, ancha, prominente, atrevida; la ceja negra y poblada, y al través del vidrio verdoso de unas anchas antiparras montadas en asta negra, dejaba ver dos grandes ojos negros, de mirada fija, chispeante, burlona y grave á un tiempo, inteligente, altiva, picaresca, desvergonzada, escudriñadora: mirada que se reía, mirada que suspiraba, mirada pandæmonium, si se nos permite esta frase, á cuyo contacto se encogía el alma de quien era mirado por ella, temorosa de ser adivinada ó de ser lastimada; aquellos dos ojos estaban divididos por una nariz aguileña de no escaso volumen, y bajo aquella nariz y un poblado bigote, y sobre una no menos poblada pera, sonreía una boca en que parecía estereotipada una sonrisa burlona, pero con la burla de un sarcasmo doloroso.
Este hombre era don Francisco de Quevedo y Villegas, gran filósofo, gran teólogo, gran humanista, gran poeta, gran político, gran conspirador, caballero del hábito de Santiago, señor de la torre de Juan Abad, epigrama viviente, desvergüenza ambulante, gran bufón de su siglo, que acogía con carcajadas convulsivas las verdades que le arrojaba á la cara.
Era, en fin, ese grande ingenio, cuyas obras leemos con deleite, perdonándole su cinismo, su escepticismo, su desvergüenza; ese grande ingenio á quien amamos, por lo que nos entretiene y por lo que nos enseña; ese hombre, á quien acaso ennoblecemos, ó á quien no comprendemos tal vez; esa colosal figura, colocada la mitad en luz y la mitad en sombra.
—¿Vos por aquí, don Francisco?—dijo la condesa sin disimular su alegría, alegría semejante á la de quien de una manera inesperada tiene un buen encuentro.
—¡Ah, doña Catalina!—¡Ah, don Francisco!

—San Marcos llora; allá le dejo entregado á su viudez, y á los canónigos escandalizados de que Lerma se haya atrevido á tanto: allá se quedan llorando, porque ya no tienen quien les haga llorar... de risa, y yo me vengo aturdido á la corte, porque ya no tengo al lado, en un consorcio infame, á quien me hacía reir de... rabia.
—¡Siempre tan desesperado!—dijo con acento conmovido la joven.
—¡Y siempre vos tan buena!—dijo Quevedo, á cuyos ojos asomó una lágrima-; ¡tan buena!... ¡tan hermosa y tan desgraciada!—pero cambiando repentinamente de tono, dijo:—¿conque el rey que os casó mal, os ha desmaridado bien?
—¡Cómo! ¿sabéis?...
—Sé que por meterse en oficios de dueña, y por el pecado de torpe, anda por esas tierras desterrado el conde de Lemos, mi señor.
—¡Pero vos lo sabéis todo!¡acabáis de llegar!...
—Súpelo en San Marcos, y fué un día grande para mí; el único de grandeza que conozco al rey Felipe III; como que desterraba de la corte á vuestro marido, y á mí me permitía venir á enterrarme en ella, ó mejor dicho, á enojarme.
—¡A enojaros!
—Sí por cierto, á enojarme en vuestros ojos.
—¡Ah, don Francisco!, el amor debía tener un decálogo.
—¡Torpe soy!
—¿Vos torpe?
—¡Si no os entiendo!, á no ser que el decálogo del amor empezase de esta manera: el primero, amar á la condesa de Lemos sobre todas las cosas.
—Bien decís que sois torpe; el decálogo del amor debía decir: el segundo no galantear en vano.
—Porque sé que en vanísimo enamoro, digo que viniendo á la corte, me entierro. Pero del mal el menos; viniendo vos sola, no temo que nadie pise mi alma en su sepultura.
—Acabaréis por enfadarme, don Francisco—dijo con seriedad la condesa.
—¿Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? ¿nublaros cuando yo amanezco?
—¿Es decir, que os alegráis de mi abandono?
—¡Alégrome de vuestra resurrección!
—Es que yo no me he muerto.
—Os enterraron en el matrimonio, poniéndoos por mortaja al conde de Lemos. ¿Cómo queréis que no me alegre, cuando os desamortajan y os desentierran? ¿Cómo queréis que no exclame?
Conde que te has condenado,
porque pecar no has sabido:
bien casado, mal marido,
¡guárdete Dios, desterrado!
—¡Sois terrible!—exclamó riendo la condesa.
—Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitar versos en San Marcos, que aún me duran las ansias; donde piso, dejo sátiras; de donde escupo, saltan romances; donde llega mi aliento, se clavan letrillas. Pero prometo, á fe de Quevedo, no volver á hablaros sino en lisa prosa castellana.
—¿Sin jugar del vocablo?
—Lo otorgo.
—¿Ni del concepto?
—No me atrevo á jurarlo, porque me tenéis tan presa el alma y os teme tanto, que no sabe por dónde escaparse.
—Siempre que no me habléis de amor... ya sabéis donde vivo.
—Me aprovecharé de vuestra buena oferta, y me contentaré con adoraros en éxtasis.
—Es que yo no quiero veros idólatra. Pero dejando esta conversación, que os lo aseguro, me disgusta, ¿á dónde íbais por aquí?
—Iba en busca de un hombre que se me ha perdido, y voy á buscarle á casa del duque de Lerma, vuestro padre, donde según dicen le habré hallado.
—¿Vais á casa de mi padre?
—No, por cierto, voy á buscar al cocinero de su majestad.
—¿Qué, se encuentra en casa de mi padre?
—Allí está prestado.
—¿Queréis hacerme un favor, don Francisco?
—¿No sabéis que podéis mandarme?
—Pues bien: os mando que llevéis esta carta á donde ese sobrescrito dice.
—«Al duque de Lerma, en propia mano»—dijo Quevedo.
Y se quedó profundamente pensativo.
—¡Sé que sois enemigo de mi padre, que os pido un gran sacrificio! Pero...
—¿Me lo pagaréis?...
—Os lo... agradeceré en el alma.
—¡Iré!—dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolución.
—¿Y no queréis saber el contenido de esta carta?
—Me importa poco.
—Podrá suceder...
—Me importa menos.
—Adiós—dijo precipitadamente la condesa.
—¿Por qué?...
—Suenan pasos, y se ven luces—dijo la de Lemos—. Si nos encontraran aquí juntos...
Quevedo apagó la luz de la condesa de un soplo, y luego sopló su linterna.
—¿Qué hacéis?—dijo la condesa, que se sintió asida por la cintura y levantada en alto.
—Desvanecerme con vos á fin de que no nos vean.
—Soltad, ó grito.
—Pueden conoceros por la voz.
—¡Traen luces y nos verán!
—Allí hay unas escaleras.
Y luego se oyó el ruido de las pisadas de Quevedo hacia un costado de la galería.
Luego no se oyó nada, sino los pasos de algunos soldados que iban á hacer el relevo de los centinelas.
Uno de ellos llevaba una linterna.
—¿Qué es esto?—dijo el sargento tropezando en un objeto—un candelero de plata con una bujía.
—Y una linterna de hierro.
—Las acaban de apagar.
—Cuando entramos había aquí una dama y un caballero.
—Dejad eso donde lo hemos encontrado y adelante. En palacio y en la inquisición, chitón.
Siguieron adelante los soldados, atravesando lentamente la galería.
Poco después se oyeron de nuevo las pisadas de Quevedo.
—Buscad mi candelero—dijo con la voz conmovida la de Lemos.
—Y mi linterna—contestó con un acento singular Quevedo.
—Ved que ésta es mi mano—dijo la condesa.
—No creía que estuviéseis tan cerca de mí.
—¡Ah! ya he dado con él.
—Ya he dado con ella.
—¡Adiós, don Francisco! mañana me encontraréis todo el día en mi casa.
—¡Adiós, doña Catalina! mañana iré á veros... si no me encierran.
—¡Adiós!
—¡Adiós!
—¡Oh, Dios mío!—murmuró la condesa alejándose entre las tinieblas—, creo que no me pesa de haberle encontrado. ¿Amaré yo á Quevedo?
Entre tanto, Quevedo, adelantando en dirección opuesta, murmuraba:
—Capítulo VI. De cómo no hay virtud estando obscuro.
Poco después extinguióse de una parte el crujir de la falda de la condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadas de Quevedo.
CAPÍTULO IV
ENREDO SOBRE MARAÑA
Quevedo salió del alcázar, se puso en demanda de la casa del duque de Lerma y se entró desenfadadamente en un destartalado zaguán, cuya puerta estaba abierta de par en par.
Aquel zaguán, hijo genuino del siglo XVI, á pesar de su irregularidad, de su pavimento terrizo y de sus paredes rudamente pintadas de rojo y blanco imitando fábrica, no dejaba de ser suntuoso y característico, como representante de la época de transición llamada del Renacimiento.
Un techo de pino acasetonado, con altos relieves en sus vanos, sostenido sobre un ancho friso de la escuela de Berruguete, así como una escalera de mármol con rica balaustrada del género gótico florido, parecían demandar otras paredes y otro pavimento, menos pobres, menos rudos; un enorme farol colgado del centro del techo, otro farol más pequeño pendiente de un pescante de hierro y que compartía su luz entre un nicho en que había un Ecce-homo de madera, de no mala ejecución, y un enorme escudo de armas tallado y pintado en madera; seis hachas de cera, sujetas á ambos lados en la balaustrada de la escalera, y otro farol pendiente del centro del techo de la escalera al fondo, eran las luces que iluminaban el zaguán, y dejaban ver las gentes que en él había.
Eran éstas dos lacayos aristocráticamente vestidos con una especie de dalmática ó balandrán negro, con bandas diagonales amarillas, color y emblema de la casa Sandoval; un hombre vestido de camino, rebozado en una capilla parda, que estaba sentado en un largo poyo de piedra que corría á lo largo de la pared en que se notaban la imagen y el escudo de armas, y una especie de matón que echado de espaldas contra una de las pilastras de la puerta, dejaba ver bajo el ala de su sombrero gacho, un semblante nada simpático, y nada á propósito para inspirar confianza.
Los dos lacayos ó porteros se paseaban á la ancho del zaguán, apareados, hablando de una manera tendida, y riendo con una insolencia lacayuna; el joven embozado del poyo, miraba de una manera hosca á los porteros, y el matón de la puerta fijaba de tiempo en tiempo una mirada vigilante en el de la capilla parda, locutario del poyo.
Al entrar en el zaguán, Quevedo, que cuando iba á ciertos lugares, especialmente para entrar en ellos no desatendía ninguna circunstancia, y todo lo abrazaba de una mirada rápida, oculta, hasta cierto punto, por el verdoso vidrio de sus antiparras, se detuvo de repente junto al hombre que estaba en la puerta, le dió frente y le dijo encarándosele:
—¿Cómo tu aquí?
Afirmóse sobre sus plantas aquel hombre, y clavó sus ojos en Quevedo.
—¡Ah! ¡es vuesa merced!
—Yo te daba ahorcado.
—Y yo á vuesa merced desterrado.
—Pues encuéntrome en mi tierra.
—Y yo sobre mis canillas.
—¡Gran milagro!
—Sirvo á buen amo.
—¿A su excelencia?...
—Decís bien: porque sirvo á don Rodrigo Calderón...
—¡Criado del duque de Lerma!¿conque eres?...
—Medio lacayo...
—Medio requiem...
—Decís bien.
—¿Quién agoniza por aquí?
Lanzó el matón una rápida mirada de soslayo al hombre que estaba en el poyo.
—¡Ah!—dijo Quevedo siguiendo también de soslayo aquella mirada—. ¿Y quién es él?
—¡Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, también debo mucho á don Rodrigo y...
Sonó Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matón cambió de tono.
—¿Pero qué importa á vuesa merced?... ¿no ha perdido vuesa merced la afición á saberlo todo?
—Ven acá, Francisco; ven acá, á lo obscuro, hijo, que en ninguna parte se dice mejor un secreto que donde no hay luz, ni nunca toma mejor dinero quien, como tú, gastas vergüenza, que á obscuras. Ven acá, te digo, y si quieres embuchar, desembucha.
Siguió aquel hombre á Quevedo un tanto fuera de la puerta, y cuando de nadie pudieron ser vistos ni oídos, dijo Quevedo:
—El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, es mucha cosa mía.
—¡Ah!¿es cosa vuestra... ese mancebo?... ¿pero cómo le ha conocido vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos?
—Ver claro cuando está obscuro, y desembozar tapados, son dos cosas necesarias á todo buen hidalgo cortesano; y más en estos tiempos en que es tan fácil á medio rodeo dar con la torre de Segovia; ¡hermano Juara, vomita!
—No me atrevo: don Rodrigo...
—Ni acuña mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejor hierro que el que yo llevo.
—¡Pero don Francisco!
—O al son de mi bolsa cantas, ó si te empeñas en callar, hablan de ti mañana en la villa. Conque hijo, ¿qué quiere don Rodrigo con mi pariente?
—¿Vuestro pariente es ese mozo?
—Archinieto de una archiabuela mía, que era tan noble persona que más arriba que el suyo no hay linaje que se conozca.
—¿Me promete vuesa merced guardarme el secreto, don Francisco?
—Por mi hábito te prometo que nadie ha de saber el mal conocimiento que tengo contigo. Desembucha, que ya es tarde y hace frío, y no es justo que me hagas ayudarte tanto á ganar un doblón de á cuatro; y el tal doblón es de los buenos del emperador, que anduvieron escondidos por no tratar con herejes.
Y Quevedo sonó otra vez su bolsillo.
—El cuento es muy corto. Figuráos que yo, por orden de don Rodrigo, estoy desde el obscurecer acechando á los que salen del alcázar por la puerta de las Meninas.
—Palaciega historia tenemos.
—Figuráos que poco después baja una dama por las escalerillas de las Meninas, y se mete en una litera.
—¿Dama y tapada?
—Sí, señor.
¿Estás seguro que no era dueña?
—Andaba erguida y transcendía á hermosa.
—Buen olor tiene tu cuento. ¿Y quién era ella?
—No lo sé; don Rodrigo me había dicho solamente: si sale de palacio una dama ancha de hombros, alta de pecho, gentil y garrida, manto á los ojos, y halda hasta el suelo, sigue á esa dama.
—He aquí unas señas capaces de volver el seso á Orlando Furioso. ¿Seguiste á la dama?
—Iba á hacerlo cuando llegó don Rodrigo.—¿Ha salido? me preguntó.—Sí, señor.—¿En litera?—Sí, señor.—¿Por dónde va?—Por aquella calleja se ha metido.—Don Rodrigo tira adelante y yo detrás de él; henos aquí metidos en una aventura. Llovía...
—Aventura completa.
—Estaba obscuro.
—Mejor aventura.
—Paró la litera, y salió la dama.
—¿Entróse dónde?
—Siguió adelante.
—¡Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue. Cantas que encanta.
—Pero de repente, al volver una esquina, hétenos á la tapada asida de un embozado.
—¿Lluvia y tinieblas? ¿tapada y embozado?... buscona adobada y pollo que miente gallo.
—Más alto debe picar, porque don Rodrigo me dijo: Juara, lance tenemos; estocadas barrunto. Espada de gavilanes traigo y daga de ganchos. No se trata de que me ayudes... ¡para un hombre otro hombre!
—¡Aventura con milagro!
—¿Qué milagro hay hasta ahora?
—Que don Rodrigo Calderón no vea más que un hombre, cuando tiene delante un enemigo.
—Don Rodrigo es valiente...
—Pero más valido. Y en cuanto á valor no niego que es mucho el valimiento del tal, como que de todo se vale para valerse: ¡válame Dios con tu cuento! Pero cuenta, hijo, y ten presente de no mentir. ¿Qué hubo al cabo?
—Hubo que don Rodrigo me dijo—: No conozco á quien la acompaña; persona debe ser cuando tan tirado platican y tan despacio caminan. Podrá suceder que cuando llegue el caso ese hombre me venza. Anda y busca una ronda, Juara.
—¿Y hubo lance?
—Lance hubo.
—¿Hubo sangre?
—Hubo un desarme...
—¿Quién mandó?
—El embozado del portal.
—¡Ah! Pues no sabía yo que tenía tan buen pariente.
—Llegué con la ronda, pero tarde: seguí á ese embozado de orden de don Rodrigo, metióse aquí, pretendió pasar de las escaleras, sin conseguirlo, y hace una hora que él está allí sentado, y que yo le estoy dando centinela.
—Por el cuento—dijo Quevedo, sacando una moneda del bolsillo—; porque pierdas la memoria—y sacó del bolsillo otra moneda.
—¿La memoria de qué?—dijo Juara.
—De que me has visto en tu vida.
Y sin decir más, rebozóse y se entró gentilmente por el zaguán.
Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le miró fijamente.
—Mucho os tapáis—le dijo.
—Hace frío—contestó el otro con mal talante.
—Quien por damas se enzaguana—dijo don Francisco—, ó es tonto ó merece serlo.
—Yo os conozco, ¡vive Dios!—dijo el de la capilla poniéndose de pie y dejando caer el embozo.
—¡Mi buen Juan!—exclamó con alegría Quevedo.
—¡Mi buen Quevedo!—exclamó con no menos alegría Juan Montiño, que él era.
-Diez años me dais de vida; ¡apretad! ¡apretad recio!
—¡Que me place! ¡siempre el mismo!
—No tal; contempladme espectro.
—¡Vos espectro!
—Quedé pobre.
—¡Pobre vos!
—Y... vedme muerto, que entre un tuvo y un no tiene, hay un mundo de por medio. En prisiones me han tenido, y hoy á la corte me vuelvo á ser pelota de tontos y pasadizo de enredos.
—Pues en lo de hacer hablar con vos en verso al más topo cuando queréis, sois el mismísimo Quevedo de hace tres años; cinco minutos lo menos hemos estado hablando en romance.
—¡Ah! sí, tenéis razón; sudo para hablar en prosa, ni más ni menos que le acontece á Montalván cuando quiere hablar en verso, ó como al duque de Lerma cuando no encuentra cosa á qué echar el guante.
—¡Por la Virgen! ¡ved que estamos en casa del duque, y que nos escuchan sus criados!
—¡Pues mejor!
—¿Mejor? no entiendo.
—Entendedme; las verdades, cuando las lleva un correo, llegan verdades sopladas, y ganan ciento por ciento. Pero volviendo á nosotros, ¡mal hayan, amén, los versos! se me escapan como el flato. ¡Juro á Dios!...
—¡Guardad, Quevedo!
—Decís bien; no está en mi mano; es ya enfermedad de perro; comezón, archimanía. ¿Qué buscáis aquí?
—Pretendo...
—¿Lo véis? vos tenéis la culpa.
—¿Yo la culpa?
—Sí por cierto; me buscáis el asonante.
—¡Sois terrible!
—Soy... Quevedo. ¿Habéis acompañado á una dama?
—Sí; ¿quién os lo ha dicho?
—Los enredos son mi sombra; en viniendo yo á la corte, se vienen á mi los tales á bandadas, y lo que es peor, enrédanme, me sofocan, me traen de acá para allá, me sudan y me trasudan, y ni con reliquias de santo que lleve encima, dejan de acometerme. Pero volviendo á vuestra aventura, «Erase una tapada...
—Tapada era.
—...alta y garrida...
—¡Sí!
—...ancha de hombros, alta de seno, manto á los ojos, y halda hasta el suelo.»
—¿Conocéisla?
—No, ¿y vos?
—Tampoco.
—¿Pero no habéis reñido por ella?
—Sí.
—¿No habéis vencido?
—Sí.
—¿Y dónde la habéis dejado?
—Se fué sola.
—¿Y no venís aquí por ella?
—¡Ah! ¡no!
—¿Y no habéis vislumbrado quién ella sea?
—La tengo por principal.
—Dios os libre de un portento embozado, de un lucero entre nubes, de una mano entre rendijas, de un envido de buscona, y sobre todo, de un quiero. Desconfiad de carta de dueña como de pastel de hostería, y sobre todo, recibidme por maestro. ¿Dónde vivís?
—No lo sé aún; ¿y vos?
—Yo... vivo aquí.
—¿Acabáis de llegar?
—Ya os lo dije; torno á esta tierra, de un destierro.
—Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fuí á buscar á mi tío á palacio; llovieron sobre mí aventuras y desventuras, porque esos porteros, á quienes Dios confunda, no han querido avisar de mi llegada á mi tío.
—¿Y quién es ese vuestro tío?
—El cocinero de su majestad.
—¡Francisco Martínez Montiño! pues me alegro, ¡hombre sois!
—¡Cómo!
—¡Ahí es nada! ¡con tío en palacio, cocinero de su majestad y enredador, avaro y celoso! ¡cuando os digo que habéis hecho suerte! ya veréis; ahora, si os importa ver vuestro tío, seguid á mi lado, ni más ni menos que si no os hubiesen negado la entrada; alta la cabeza, fruncido el ceño, y por no dar, que el dar daña, no les deis ni las buenas noches.
Y Quevedo tiró hacia las escaleras, desde en medio del portal donde había estado hablando con Juan Montiño.
Al ver acercarse á un caballero del hábito de Santiago, á quien habían oído hablar mal de su señor, porque Quevedo había levantado la voz para llamar ladrón al duque, los porteros le tuvieron, sin duda, por tan amigo de Lerma, que le dejaron franco el paso inclinándose, y sin duda también porque el caballero de Santiago se mostraba amigo del de la capilla parda, no se les ocurrió ni una palabra que decirle.
Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente las escaleras:
—Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho; mas para salir de algunas, sólo sirve cruz de acero.
—¿Qué decís?—le preguntó Juan Montiño.
—Digo que al entrar aquí, no somos hombres.
—¿Pues qué somos?
—Ratones.
—¿Supongo que mi tío no será el gato?
—No, porque vuestro tío es comadreja.
—¿Dónde vais, caballero?—dijo á Quevedo un criado de escalera arriba.
Quevedo no contestó, y siguió andando.
—¿No oís? ¿dónde vais?—repitió el sirviente.
—¿No lo veis? voy adelante—contestó sin volver siquiera la cabeza Quevedo.
—Perdonad—dijo el lacayo, que alcanzó á ver en aquel momento la cruz de Santiago en el ferreruelo de don Francisco.
Entraron en una magnífica antecámara estrellada de luces y llena de lacayos.
El lujo de aquella antecámara en la casa de un ministro, era escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael, de Pantoja, del Giotto; tapicerías flamencas; lámparas admirables; puertas de las maderas más preciosas, incrustadas de metales; estatuas antiguas; un tesoro, en fin, invertido en objetos artísticos.
Una antecámara alhajada de tal modo, era un deslumbrante prólogo que hacía presentir verdaderas maravillas en las habitaciones principales.
—¡He aquí, he aquí el sumidero de España!—murmuró entre su embozo Quevedo—; ¡ah don ladrón ministro! ¡ah sanguijuela rabiosa! ¡Tántalo de oro! ¡chupador eterno! ¡para qué se han hecho los dogales!
Y adelantó.
—Oíd—dijo Quevedo á uno que atravesaba la antecámara, llevando una fuente vacía.
—¿Qué me mandáis, señor?—contestó deteniéndose el lacayo.
—Llevad á este hidalgo á donde está su tío.
—Perdonad, señor; pero ¿quién es el tío de este hidalgo?
—El cocinero del rey.
—Seguidme—dijo el joven á Quevedo, estrechándole la mano.
—Nos veremos—contestó Quevedo.
—¿Dónde?
—Adiós.
—¿Pero dónde?
—Nos veremos.
Y volviendo la espalda al sobrino de su tío, se embozó en su ferreruelo, y se fué derecho á un maestresala que cruzaba por la antecámara.
Al ver el maestresala que se le venía encima una figura negra y embozada, donde todos estaban descubiertos, dió un paso atrás.
—No soy dueña—dijo Quevedo.
—¿Qué queréis?—dijo el maestresala con acento destemplado.
—Decid á su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesa de Gandía.
Dió otro paso atrás el maestresala.
—Mirad—dijo Quevedo ganando aquel paso.
Y mostró al maestresala el sobrescrito de la carta que le había dado la de Lemos.
—Acabáramos—dijo el maestresala—; con haber dicho que teníais que entregar á su excelencia en propia mano...
—Esta carta viene sola.
Miró con una creciente extrañeza el maestresala al bulto que tenía delante, y se entró por una puerta inmediata.
Poco después volvió y dijo á Quevedo:
—Podéis seguirme.
—Sí puedo—dijo don Francisco; y tiró adelante, siguiendo al maestresala, que después de haber atravesado algunas habitaciones más suntuosas y mejor alhajadas que las de palacio, abrió con un llavín una mampara, y dijo á Quevedo:
—Pasad y esperad; mi señor me manda rogaros le perdonéis si tardare.
Y el maestresala cerró la mampara.
—¡Perdonar! veré si perdono—dijo Quevedo adelantando, meditabundo, en la habitación donde le habían dejado encerrado—; ¡esperar! sí... tal vez... espero... espero... he entrado con buena suerte en Madrid... y vamos... sí... yo no creía... me ha puesto de buen humor esta pobre condesa, y he encontrado á ese noble joven por quien únicamente vengo á Madrid. ¡Casualidades! una mujer que puede servirme, un joven á quien tengo el deber de servir, y una carta que no sé lo que contiene, pero que veré leer; y ver leer, cuando se sabe ver, es lo mismo que leer ó mejor... ¡pues bien, mejor! y la tapada que ha acompañado ese valiente Juan... y las estocadas de ese caballero con don Rodrigo Calderón... ¡enredo! ¡enredo! ¡y del enredo dos cabos cogidos! esta misma espera me ayuda; esperemos, pero esperemos pensando.
Y Quevedo se embozó perfectamente en su ferreruelo, se sentó en un sillón, apoyó las manos en sus brazos, reclinó la cabeza en su respaldo y extendió las piernas, después de lo cual quedó inmóvil y en silencio.
CAPÍTULO V
¡SIN DINERO Y SIN CAMISAS!
El lacayo que guiaba á Juan Montiño le llevó por un corredor á una gran habitación donde, sobre mesas cubiertas de manteles, se veían platos de vianda.
En aquella habitación se veían además lacayos que iban y venían, entre los cuales, como un rey entre sus vasallos, se veía un hombrecillo vestido de negro con un traje nuevo de paño fino de Segovia, observándose que en las mangas ajustadas de su ropilla faltaban los puños blancos.
Este hombre tomaba los platos de sobre las mesas, los entregaba á los lacayos, decíales la manera que habían de tener para llevarlos y servirlos, y no paraba un momento, yendo de una mesa á la otra con una actividad febril, con entusiasmo, casi con orgullo, como un general que manda á sus soldados en un día de batalla.
Aproximándose más á este hombre se notaba: primero, que tenía cincuenta y más años; segundo, que tenía los cabellos mitad canos, mitad rubio panocha; tercero, que su fisonomía marcaba á un tiempo el recelo, la avaricia y la astucia; cuarto, que á pesar de todo esto, había en aquel semblante esa expresión indudable que revela al hombre de bien; quinto, que era rígido, minucioso é intransigible con las faltas de sus dependientes en el desempeño de su oficio; sexto y último, que emanaba de él cierta conciencia de potestad, de valimiento, de fuerza, que le daba todo el aspecto de un personaje sui generis.
Por lo demás, este hombre tenía la cabeza pequeña, el cuerpo enjuto y apenas de cuatro pies de altura; el semblante blanco, mate y surcado por arrugas poco profundas, pero numerosas; la frente cuadrada, las cejas casi rectas, los ojos pequeños, grises y sumamente móviles; la nariz afilada; la boca larga y de labios sutiles, y la barba, mejor dicho, el pelo de la barba, cano, lo que podía notarse en su bigote y su perilla, porque el resto estaba cuidadosamente afeitado.
A este hombre llegó el lacayo conductor del joven, que había quedado á poca distancia, y le dijo:
—¡Señor Francisco Montiño!...
—¡En, dejadme en paz!, no os toca á vos—dijo el señor Francisco tomando una fuente de plata con un capón asado y dándole á otro lacayo.
—Perdone vuesa merced, pero no es eso; vuestro sobrino...
—¡Mi sobrino!...—dijo el cocinero del rey—; yo no tengo sobrinos; llevad bien esa ánade, Cristóbal.
—¿Sois vos el señor Francisco Martínez Montiño?—dijo Juan Montiño adelantando.
—Sí, por cierto, que así me nombro—contestó el cocinero del rey dando á otro lacayo otro plato, y sin volverse á mirar á quien le hablaba.
—Pues entonces—repuso el joven—sois mi tío carnal, hermano de mi padre Jerónimo Martínez Montiño.
—¿Eh? ¿qué decís?—repuso el señor Francisco volviéndose ya á mirar á quien le hablaba.
Y apenas le vió su fisonomía tomó una expresión profundamente reservada.
—¡Diablo!—murmuró de una manera ininteligible—¡y es verdad! ¡y cómo se parece á!... perdonad un momento... ¡eh! ¡Gonzalvillo! ¡hijo, que vertéis la salsa de la alcaparra! ¡animales! para esto se necesitan manos mejores que vuestras manos gallegas. ¿Conque qué decíais?—añadió volviéndose al joven.
—Digo, que acabo de llegar—dijo Juan Montiño con cierta tiesura, excitado por el carácter repulsivo de su tío.
—¿Pero de dónde acabáis de llegar?...
—De Navalcarnero.
—¡Ah! ¿y quién os envía?
El cocinero de Su Majestad.

—Pudiera suceder muy bien que hubiera venido sólo por conocer al hermano menor de mi difunto padre; pero no he venido por eso; vengo porque me envía mi tío Pedro Martínez Montiño, el arcipreste.
—¡Ah! ¡os envía mi hermano el arcipreste! perdonad, perdonad otra vez; estos pajes... ¡eh! ¡dejad ahí esas fuentes; son de la tercera vianda, venid para acá! pero señor, ¿qué hacen esos veedores? ahora tocan las empanadas de liebre, los platillos á la tudesca y las truchas fritas.
Juan Montiño empezaba á perder la paciencia; su tío interrumpía á cada paso su diálogo con él para acudir á cualquier nimiedad; se le iba, se le escapaba de entre las manos, y no le prestaba la mayor atención; pero si Juan Montiño hubiera podido penetrar en el pensamiento de su tío, hubiera visto que desde el momento en que había reparado en su semblante, el cocinero del rey había necesitado de todo su aplomo, de toda su experiencia cortesana para disimular su turbación.
Consistía esto en que tenía delante de sí un sobrino á quien no conocía, y del cual en toda su vida sólo había tenido dos noticias dadas de una manera tal que bastaba para meter en confusiones á otro menos receloso que el cocinero del rey.
Veinticuatro años antes, cuando el señor Francisco Montiño sólo era oficial de la cocina de la infanta de Portugal doña Juana, es decir, cuando se encontraba al principio de su carrera, había recibido de su hermano Jerónimo la lacónica carta siguiente:
«Hoy día del evangelista San Marcos, ha dado á luz mi mujer un hijo: te lo aviso para que sepas que tienes un criado á quien mandar.»
Francisco Montiño se quedó como quien ve visiones: sabía que su cuñada Genoveva era una cincuentona que jamás había tenido hijos y que había perdido, hacia mucho tiempo, la esperanza de tenerlos; la noticia de aquel alumbramiento inverosímil, había venido de repente sin que le hubiese precedido en tiempo oportuno la noticia del embarazo; por otra parte, la carta en que Jerónimo Montiño se confesaba padre, no podía ser más seca ni más descarnada.
Francisco Montiño leyó tres veces la carta cada vez más reflexivo, se encogió al fin de hombros, y dijo, guardando cuidadosamente la carta:
—¿Qué habrá aquí encerrado?
Era necesario contestar, y Francisco Montiño, en su contestación, se templó al tono de la carta de su hermano:
«He recibido la noticia—le decía—de que tu mujer ha dado á luz una criatura, y me alegro de ello cuanto tú puedas alegrarte.»
Después, en ninguna de las cartas que se cruzaban periódicamente entre los dos hermanos, volvió á nombrarse al tal vástago, ni en las potsdatas que solía poner á las cartas de Jerónimo, Pedro, que entonces era simplemente beneficiado.
Pasaron así veintidós años: pero al cabo de ellos, Francisco Montiño, que ya había llegado á la cúspide de su carrera siendo, hacia tiempo, cocinero de Felipe III, recibió una carta de su hermano Jerónimo concebida en estos términos:
«Estoy muy enfermo; el médico dice que me muero. Si esto sucede, podrá suceder que Juan Montiño, mi hijo, vaya á la corte. Algún día podrá convenirte el que hayas servido á ese muchacho.»
—¿Qué habrá aquí encerrado?—dijo Francisco Montiño después de haber leído tres veces esta carta, como la otra fechada hacía veintidós años en el día de San Marcos.
Jerónimo murió al fin; habían pasado dos años sin que el señor Francisco recibiese noticias de su sobrino, cuando su sobrino se le presentó de repente como llovido del cielo y portador de una carta de su hermano el arcipreste; aquella carta podía ser la resolución del misterio, y como este misterio se había agravado para Montiño desde el momento en que había creído encontrar en el semblante del joven ciertos rasgos de semejanza con una alta persona á quien conocía demasiado, sintió una comezón aguda por apoderarse de aquella carta; pero siempre cauto y prudente disimuló aquella comezón, afectó la mayor indiferencia hacia su sobrino, y sólo volvió á anudar el interrumpido diálogo con el joven, después de haber dado á los pajes dos docenas de platos y seis docenas de órdenes y advertencias.
—Venid, venid acá, sobrino—dijo ya con menos tiesura, llevándole á un aposentillo situado cerca de la repostería, en el que se encerraron. He servido ya la segunda vianda, y hasta que sea necesario servir la tercera pasará un buen espacio. No extrañéis el que yo os haya prestado poca atención; con señores como el duque de Lerma, que gozan del favor de su majestad, hasta el punto de que su majestad se quede un día sin cocinero, porque su cocinero les sirva, toda diligencia es poca. Me alegro mucho de conoceros. Sois un gentil mozo, aunque no os parecéis ni á vuestro padre ni á vuestra madre; mi hermano era así poco más ó menos como yo, lo que no impedía que fuese un valiente soldado del rey, y mi cuñada, vuestra madre, fué en sus mocedades un tanto cuanto oronda y frescota, pero era fea y morena que no había más que pedir; vos sois muy gentil hombre, blanco y rubio, como si dijéramos, la honra de la familia, porque ya me estáis viendo y ya sabéis lo que fué vuestro padre y lo que es vuestro tío Pedro.
—¡Ah!—dijo el joven, á quien desarmó completamente la insidiosa charla de su tío Francisco—; vuestro pobre hermano, señor, acaso estará en estos momentos en la presencia de Dios.
Púsose notablemente pálido el señor Francisco, lo que demostraba que amaba á su hermano.
—¡Cómo!—dijo—. ¿Pues tan enfermo se halla?
—Tan enfermo, que esta mañana, después de haber hecho testamento, me llamó y me dijo:—Juan, es necesario que te vayas á Madrid en busca de tu tío Francisco, yo me muero; es necesario que antes de que yo muera reciba mi hermano esta carta, que he escrito con mucho trabajo esta noche.—Y sacó de debajo de la almohada esta carta cerrada y sellada que me entregó.
El joven sacó del bolsillo interior de su ropilla una gruesa carta cuadrada, en la que fijó una mirada ansiosa, pero rápida, imperceptible, el cocinero del rey.
—A vos está dirigida esta carta por mi tío moribundo—dijo el joven con voz conmovida—, y á vos la entrego. Mi buen tío Pedro, á pesar del deplorable estado en que se encontraba, me encomendó tanto que era necesario que recibierais cuanto antes esta carta, que ensillé á Cascabel, creyendo que podría tirar todavía de una jornada, y á duras penas he podido llegar al obscurecer. ¡El pobre jaco está tan viejo!
—¿Y cuándo salísteis de Navalcarnero, sobrino?
—Antes del amanecer.
—¡Diez horas para cinco leguas!
—Todo lo que había en casa muere; sólo quedamos vos y yo.
—¡Bah! ¡bah!—dijo Montiño guardando en los bolsillos de sus gregüescos la carta de su hermano—, no nos aflijamos antes de tiempo; vuestro tío Pedro ha estado dos veces á la muerte, y una de ellas oleado y con el rostro cubierto.
—Pero á la tercera va la vencida—dijo el joven.
—A la tercera...
Al pronunciar Francisco Montiño estas palabras, tenía el pensamiento en la carta de su hermano.
—¿Quién sabe? ¿quién sabe?—añadió Montiño—; ya es viejo, como que nació diez años antes que yo, y he cumplido ya los cincuenta y cinco. Pero ¿qué le hemos de hacer? ¿Y vos?... ¿qué sois vos?... soldado, ¿eh?
—No, señor; soy licenciado...
—¡Licenciado!... ¡no entiendo!... ¿de qué licencias habláis?...
—He estudiado teología y derecho en la Universidad de Alcalá.
—¡Ah!
—Muchas veces heme dicho: tengo un tío en palacio... bien pudiera mi tío procurarme un oficio de alcalde ó corregidor.
Fruncióse un tanto el gesto del cocinero del rey.
—Pero no he querido incomodaros—añadió el joven.
—Habéis pensado prudentemente, sobrino, porque me hubiera incomodado mucho no haber podido serviros.
—Sea como Dios quiera—dijo Juan Montiño.
La conversación había entrado en un terreno sumamente escabroso para el cocinero mayor.
—Sobrino—le dijo—, me es forzoso dejaros; ya es tiempo de servir la tercera vianda. ¿Dónde tenéis vuestra posada, á fin de que yo pueda veros?
—En ninguna parte, señor.
—¡Cómo! ¿pues dónde habéis dejado vuestro caballo?
—En las caballerizas de su majestad.
—¡Diablo!
—Y contaba también con vivir en palacio, puesto que vos vivís en él.
—¡En mi cuarto!-exclamó todo hosco el señor Francisco—; ¡con una hija de diez y seis años, y una esposa de veinte, y vos joven!... ¡exponerme á las murmuraciones! no puede ser; buscad una posada.
—Es el caso, que no he traído dinero.
-¿Pero cómo os ha enviado así mi hermano? ¡vamos! las gentes de los pueblos se creen que Madrid es las Indias.
—Vuestro pobre hermano, señor, aunque nada os haya dicho, vive en la miseria, atenido á la limosna de tal cual misa, y á lo poco que yo gano enseñando latín. Pero en la enfermedad de mi tío se han ido nuestros últimos maravedises; ni aun maleta he podido traer... porque... toda mi hacienda la llevo encima.
—¡Diablo! ¡Diablo! pero vos os volveréis al pueblo.
—¿Y qué he de hacer allí después de muerto mi tío, por quien únicamente permanecía en el pueblo?
—De modo, que...
—Aquí me estaré.
—¡Y os venís así á la corte, sin dinero... y aun sin camisas!
—Tío, enseñando latín se gana muy poco.
—Pero ese caballo... vendiéndolo...
—¡Cascabel! En primer lugar, que yo quiero mucho á Cascabel, porque desde su juventud, que es ya remota, ha servido buena y lealmente á mi padre; en segundo, que no habría nadie que diese un ducado por Cascabel, porque ni el pellejo aprovecha.
—¡Diablo! ¡diablo! ¡diablo!—murmuró Francisco Montiño—; pues bien, esperadme aquí, y después... después veremos cómo podemos salir de este compromiso en que me habéis metido vos y mi hermano Pedro.
Y diciendo esto escapó, dejando solo al joven.
A los veinticuatro años se piensa poco en las necesidades materiales ni en el porvenir: el porvenir es de la juventud; á los veinticuatro anos sólo se tiene corazón; Juan Montiño estaba profundamente preocupado con el doble recuerdo de la dama de palacio y de la tapada, que le había metido en un lance de armas, que se le había escapado, y que se había dejado dos prendas, una voluntariamente, otra, como quien dice, robada.
Juan no había tenido ocasión de ver aquellas prendas, que pesaban en su bolsillo, y que representaban para él todo un mundo de esperanzas; pero cuando se encontró sólo, arrastró la silla en que estaba sentado, se volvió de espaldas á la puerta para cubrir con su cuerpo las alhajas de la vista de alguno que pudiese entrar de repente, y sacó aquellas joyas.
Por el momento le deslumbró el brillo del brazalete; estaba cuajado de diamantes; su valor debía subir á muchos miles de reales; Juan Montiño se aterró.
—¡Oh! ¿qué es esto, señor? ¿qué es esto?—dijo—; ¿qué dama es esa que tan ricas, tan magníficas joyas usa? ¿y dónde iba esa dama tan engalanada? ¡oh, Dios mío! ¡y qué pensará de mi esa dama! ¡si al echar de menos esta prenda me tomase por un ladrón!...
La frente del joven se cubrió de sudor frió y se sintió malo.
—Pero si estos diamantes fueran falsos... puede ser muy bien... si no lo fueran esa dama debía ser... veamos; examinemos bien esta alhaja.
Y Juan Montiño miró de nuevo y de una manera ansiosa el brazalete.
Entonces la sangre se heló en sus venas, pasando instantáneamente del frío á la fiebre, como si su sangre se hubiera convertido en la lava de un volcán. Sintió un zumbido sordo en sus oídos, y delante de sus ojos una nube turbia que los empañaba. Había visto en el centro del brazalete una placa de oro, y sobre ella, esmaltadas y entrelazadas, las armas reales de España y las imperiales de Austria.
Aquella prenda era efectivamente de gran valor; pertenecía, á no dudarlo, á las alhajas de la corona.
Al reparar en aquellos dos blasones, una sospecha tremenda asaltó la imaginación de Juan Montiño:
—¿Sería la tapada que se amparó de mí la reina?
Juan Montiño había oído hablar muchas veces á Quevedo, tres años antes, en ocasión en que andaba huído en Navalcarnero, por cierta muerte que había causado en riña, muchas y picantes aventuras acontecidas en la corte: sabía que la corrupción de las costumbres había llegado en ella al último límite, que las damas más principales solían verse muchas veces, á consecuencia de sus galanteos y de sus intrigas, en situaciones extraordinariamente extrañas y comprometidas; ¡pero la reina!... la lengua de Quevedo, que nada respetaba, había respetado siempre á las damas de la familia real; acaso el gran mordedor, el gran satírico, había guardado silencio por consideración, por afecto, por un galante respeto, acerca de la reina y de las infantas... pero...
Estos peros habían hecho una devanadera de la cabeza de Juan Montiño.
No podía tener duda de que aquel brazalete era una prenda real, que había quedado por un acaso en su mano, al desasir de ella violentamente su brazo la tapada; ¿por qué la tapada llevaba aquel brazalete si no era la reina? y si era la reina, ¿por qué le había dejado voluntariamente otra prenda, la sortija?
El joven examinó la sortija.
Era de oro con una esmeralda, y muy bella, pero no podía ni remotamente compararse su valor con el del brazalete. No importaba; la reina podía llevar por capricho aquella sortija: la mano de la dama tapada, estaba cuajada de ellas; Juan Montiño lo recordaba; había visto un momento aquella hermosa mano arreglando el manto, á la última luz del crepúsculo. ¿Había elegido con intención la dama, entre todas sus sortijas, para dejarle una señal, la que tenía una esmeralda como en representación de una esperanza?
Juan Montiño se volvía loco.
Sumido se hallaba en una confusión de pensamientos á cual más descabellados, cuando una voz que resonó á sus espaldas le hizo guardar apresuradamente el brazalete y la sortija.
—¡Señor Juan Montiño!—había dicho aquella voz.
Volvióse el joven, y vió un paje que traía ropa de mesa, terciada en un brazo, en la una mano algunos platos, y en la otra dos botellas asidas por el cuello.
—¿Sois vos, señor, el sobrino del señor Francisco Montiño?—dijo el paje.
—Ciertamente, yo soy.
—Pues bien, á vos vengo.
—¿Y á qué venís?
—A serviros de cenar.
—¡Ah!
—Sí, por cierto; el señor Francisco Montiño me ha dicho: Gonzalvillo, hijo, ve á aquel aposento, y lleva, á un hidalgo que encontrarás en él, y que es mi sobrino, una empanada de olla podrida, un capón de leche, un besugo fresco cocido, un pastel hojaldrado, frutas, confituras y dos botellas del bueno, de Pinto. Sírvele bien, y si quisiere otras cosas, téngalas; como si se tratara de mí mismo.
Y el paje salió y entró repetidas veces, y acabó de cubrir la mesa en silencio y con sumo respeto, quedando atrás dos pasos é inmóvil después de llenar la copa, como si se hubiera tratado del mismo duque de Lerma, su señor.
Es de advertir que la vajilla era de plata cincelada.
—¿Qué habrá encontrado mi tío Francisco en la carta de mi tío Pedro que así se ablanda de repente, y así me trata?—dijo el joven, que había comprendido lo bastante el carácter de su tío para extrañar aquel brillante exabrupto—; por darme de comer, mi tío me hubiera enviado un pote cualquiera, en un plato de Alcorcón; ¡pero esta vajilla! ¡estas velas de cera perfumada!... ¡estos candeleros de plata!... Vamos, mi tío tiene sin duda sus razones para adularme, y me adula á costa del duque de Lerma. ¿En qué vendrá á parar tanto misterio?
Y el joven siguió comiendo y bebiendo gentilmente, porque á los veinticuatro años los cuidados no quitan el apetito.
CAPÍTULO VI
POR QUÉ EL TÍO DABA DE COMER DE AQUELLA MANERA AL SOBRINO
Ansioso de conocer el contenido de la voluminosa carta de su hermano, apenas se separó de su sobrino, Francisco Montiño, cuando contra su costumbre, su vocación y su conciencia, dejó encargado el servicio de la tercera vianda, de los postres y de los licores y vinos generosos á uno de sus oficiales de la cocina del rey, que le había acompañado, y se encerró en un aposentillo semejante á aquel en que había dejado esperando á su sobrino.
Una vez allí, solo y seguro de toda sorpresa y de toda impertinencia, sacó de su bolsillo una caja de tafilete, de ella unas antiparras montadas en plata, se las acomodó en las narices, acercó á sí las dos bujías, sacó la carta, rompió su nema, desdobló los tres grandes pliegos de que la carta constaba y los extendió delante de sí.
—Mucho ha escrito mi hermano en una sola noche, para tan enfermo como dice mi sobrino que se halla—murmuró limpiándose cuidadosamente las narices—; leamos ahora—añadió después de haber doblado y guardado su enorme pañuelo blanco.
He aquí la carta, á cuya cabeza había una cruz, y debajo las tres iniciales de Jesús, María y José.
«Navalcarnero, á 30 de Noviembre del año del Señor de 1610.»
—¡Ah!—dijo Montiño—; ahora comprendo; estamos á 15 de Diciembre; esta carta ha empezado á escribirse hace quince días, y lo que sin duda hizo anoche mi pobre hermano, fué concluirla; veamos, veamos.
«Mi buen hermano Francisco: Estoy enfermo de unas calenturas malignas; hace algún tiempo que tomaron muy mal aspecto, pero no he querido decírtelo; hoy tengo ya la certidumbre de que estas calenturas acabarán conmigo en un plazo brevísimo, y por una parte, una solemne promesa que hice á nuestro hermano Jerónimo cuando murió, y mi conciencia por otra, me obligan á traspasar á ti un gran secreto de familia.
»El joven que lleva el nombre de Juan Montiño, no es hijo de nuestro hermano Jerónimo.»
—¡Ah!—exclamó interrumpiendo su lectura el cocinero mayor—; bien dije yo cuando dije, que había algo encerrado tras la secatura y la brevedad con que mi hermano me anunció el nacimiento de ese hijo que no es su hijo. Veamos, veamos, porque yo no sé cómo mi hermano Jerónimo, siendo quien era, pudo cargar con hijos de otro.
Y volvió á la lectura.
«No siendo hijo de nuestro hermano, no tengo que asegurarte que tampoco lo es de nuestra cuñada Genoveva, porque te consta que si como era virtuosa y honrada, hubiera sido hermosa, habría sido un prodigio.»
—¡Pero señor!—dijo Montiño deteniéndose de nuevo—¿de quién es hijo este muchacho?
Y siguió leyendo:
«Figúrate, Francisco, que eres sacerdote, y que cuando lees esta carta, estás escuchando en confesión á un moribundo; porque yo voy á traspasar á ti, y con autorización suya, la confesión que me hizo nuestro hermano Jerónimo hace veinticuatro años.»
Tomó cierta gravedad, después de la lectura del anterior período, el semblante del cocinero del rey; que el hombre, aun estando solo, toma el color que le dan los sucesos y las circunstancias.
«Hace diez años, me dijo Jerónimo arrodillado delante de mí, por una disputa impertinente maté al capitán de la compañía de que era alférez. No sé si las leyes de Dios me disculparán de aquel homicidio, pero las del honor me absuelven. Sin embargo, las pragmáticas me condenaban á muerte y huí. Antes de seis meses, volvía á llevar en otro tercio, como alférez, la bandera del rey.
«Consistió esto en que cierto señor poderosísimo había interpuesto para con el rey sus buenos oficios, para con la familia del muerto, sus doblones, y en que, perdonado por la viuda y por los hijos, é indultado por su majestad, volvía al goce de mi empleo, como si nada hubiera acontecido.
»El mismo poderoso señor, que ya había hecho tanto por mi, cuidó de mis adelantos, y en muy poco tiempo llegué á teniente, á capitán después. Una bala me había dejado cojo é inútil, y me vine al pueblo, ya con los inválidos, y seguro de que cuando yo faltase quedaría viudedad á mi buena Genoveva.
»Yo no podía olvidar, ni dejar de ser agradecido, á quien tantos beneficios me había hecho.
»Pero ha llegado el momento en que se me pida, si bien de la mejor manera del mundo, el precio de esos beneficios.
»El magnate á quien tanto debo, ha tenido una aventura amorosa con una dama muy principal; esta dama es casada, su marido está ausente y ella se encuentra encinta. Ha venido ocultamente al pueblo, y mi favorecedor me ha buscado también de una manera oculta. Por amor á lo que naciera, quiere que no sea un hombre ó una mujer que tenga que avergonzarse de su origen, y me ha suplicado que puesto que Genoveva y yo no tenemos hijos, hagamos un fingimiento de embarazo de Genoveva, y demos nuestro nombre legítimo al hijo de esa dama.
»Después de esta confesión, Jerónimo me pidió consejo como hermano mayor y como sacerdote.
»Yo, teniendo en cuenta que cuanto Jerónimo era, hasta su vida, lo debía á aquel personaje, cuyo nombre, decía, no poder revelarme; viendo que no se le pedía aquel sacrificio, por dinero; que no era posible, atendida la edad de Genoveva, que pudiera tener hijos á quienes perjudicase acaso el postizo; siendo además una grandísima obra de caridad el mejorar la suerte de la criatura que naciera, le aconsejé, es más, le reduje á que se prestase á aquel engaño, con el cual á nadie perjudicaba ni ofendía; antes bien, hacía un beneficio inmenso á un desventurado.
»En efecto, cuatro meses después se trasladó de noche, muy tarde y muy recatadamente, á casa de nuestro hermano, en una litera, una dama tapada, acompañada de un caballero cuidadosamente encubierto, y algunas horas después, á obscuras, asistida por una partera, que creía asistir á Genoveva, dió á luz aquella dama á nuestro pobre Juan.
»A pesar del peligro inminente en que ponía su vida, la dama salió de la misma manera misteriosa de casa de Jerónimo y desapareció.
»Al tercer día yo mismo bauticé á Juan como hijo legítimo de nuestro hermano, y aunque todos en el pueblo extrañaban que Genoveva á sus años hubiese dado á luz un hijo, tuviéronlo á milagro, pero no desconfiaron.
»Pasaron algunos años; Juan crecía hermoso y robusto.
»A los diez años ya sabía gramática, que yo le había enseñado; trasladaba al romance á Horacio y á Virgilio, y además mostraba gran afición á las armas.
»Queríale Jerónimo como si hubiese sido realmente su hijo; Genoveva al morir nos encargó con las lágrimas en los ojos que no le desamparásemos, y yo fenecía de placer cuando mi rapazuelo corregía, á los padres graves que solían pasar por el pueblo, el latín corrupto que vomitaban con tanto exceso cuanta era su ignorancia.»
—De modo que—dijo interrumpiendo de nuevo su lectura Montiño—, tenemos en nuestro sobrino pegadizo todo un sabio; pues mejor: al duque de Lerma le gustan los mozos de provecho. ¿Quién sabe?
Y después de meditar un momento sobre esta pregunta que se había hecho el cocinero del rey, tornó á la lectura:
«El mismo día en que Juan cumplía los doce años, paró delante de la puerta de nuestra casa un dómine vestido de negro, montado en una mula y acompañado de un mozo. Preguntó por nuestro hermano, y cuando le hubo visto le dijo: que era un eclesiástico que se dedicaba á ser ayo de jóvenes, que un caballero á quien no conocía le había dicho que nuestro hermano le había encargado de buscar una persona docta y de buenas costumbres, que acompañase á un hijo suyo, cuidase de él y le asistiese mientras hacía sus estudios en la Universidad de Alcalá, para cuyo efecto le mandaba con una carta de recomendación. Guardó silencio nuestro hermano mientras duró el mensaje, y tomando la carta vió que el verdadero padre de Juan, aunque con un sentido doble, por el cual aunque se hubiera perdido aquella carta no se hubiera perdido el secreto, le suplicaba enviase á Alcalá á hacer los estudios que más le agradasen á Juan, bajo la vigilancia del bachiller Gil Ponce, hombre de virtud y conciencia, en quien podía confiarse enteramente. Añadía la carta que no había que pensar en los gastos, y concluía suplicando encarecidamente á Jerónimo no se negase á aquella demanda. A aquella carta acompañaba una maleta, y dentro de la maleta se encontraron ropas para Juan y doscientos ducados en oro.
»Nuestro hermano no tenía derecho alguno á oponerse, pero sintió grandemente que su pobreza no le permitiese sufragar los gastos de los estudios de Juan; á los tres días abrazó llorando á nuestro rapazuelo, que partió acompañado de su ayo y llevando en el bolsillo algunos ducados de que nos desprendimos sin dolor Jerónimo y yo, aunque no nos quedaban otros tantos.
»En cuanto á los doscientos que contenía la maleta, se entregaron íntegros al señor Gil Ponce.
»Juan volvió por vacaciones.
»Por lo que había aprendido, comprendía que los maestros de Alcalá eran dignos por su ciencia de la famosa Universidad complutense. En cuanto al estado de educación y de buenas costumbres en que Juan volvía, comprendí también que se había tenido un gran acierto en elegir para ayo de un joven al señor Gil Ponce.
»Este permaneció con nosotros durante las vacaciones, y se volvió con Juan cuando llegó el tiempo de abrirse de nuevo las aulas.
»Todos los años Jerónimo recibía una maleta llena de ropa y doscientos ducados. Cuando Juan cumplió los diez y ocho años, acompañaron á la maleta y al dinero una espada y una daga magníficas, aunque muy sencillas, como convenía al hijo de un hidalgo pobre.
»Juan cursó en Alcalá letras humanas, teología, derecho civil y canónico; á los diez y ocho años era bachiller, á los veintiuno licenciado; montaba á caballo como si á caballo hubiera nacido, y en cuanto á esgrimir los hierros, vencía á su padre; y aun á mí mismo, que ya sabes que meto una estocada por el ojo de una aguja, me hacía sudar y andar listo. Yo le enseñé todo lo que sabía en esgrima, que no es poco, y estoy seguro de que no hay dos en la corte que le metan un tajo ó que le alcancen con una estocada.»
—¡Ah! ¡ah!—murmuró Montiño—; también le gustan á su excelencia los mozos diestros y valientes.
Y siguió leyendo:
«Hace tres años que Juan volvió definitivamente, terminados sus estudios. Ya hacía dos que, por muerte del señor Gil Ponce, iba solo á Alcalá. Sin embargo, en esos dos años no se pervirtió, á pesar de andar entre estudiantes. Ni bebe, ni juega, ni riñe; sólo tiene una afición, y ésta es muy natural á sus años: es enamorado y audaz con las mujeres.»
Dió un salto sobre su sillón al leer esto Montiño.
—¡Ah! ¡ah! bueno es saberlo—exclamó.
Y siguió la carta adelante:
«Pero ni las mujeres le engañan, ni él procura engañar á la que por inocente pudiera ser engañada.»
—¡Hum!—interrumpió el cocinero, sin dejar de leer.
«Es un mozo completo, lo que se debe en gran manera á su padre, porque nosotros, por nuestra pobreza, no hubiéramos podido darle los estudios que se le han dado, el título que posee y que podrá servirle de mucho.
»Pero la conducta de su padre es hasta cierto punto extraña: sólo ha atendido á la subsistencia de su hijo mientras ha sido estudiante; pero después le ha abandonado á si mismo y á nuestra pobreza.
»La circunstancia que hay también extraña es que, siendo lo natural que para ir á Alcalá desde Navalcarnero se pase por Madrid, siempre, por expresa prohibición de su padre, ha pasado junto á Madrid, dejándole á alguna distancia á la izquierda, cuando ha ido á Alcalá.
»El pobre ha vivido ayudando al escaso sueldo de su padre, y á lo poco que yo gano como sacerdote, dando lecciones de latín, algunas fuera del pueblo, costándole todos los días un viaje.
»Hace dos años, antes de morir, me dijo nuestro hermano—: No te he dicho todo lo que sé respecto á Juan; Dios no quiere que yo viva hasta que cumpla los veinticinco años: para entonces le espera una gran fortuna.»
—¡Una gran fortuna cuando cumpla los veinticinco años, y nació el día de San Marcos del año de...! veamos: le quedan pocos meses para cumplirlos; ¡ah! ¡ah! ¡diablo! ¡una gran fortuna! no hay como ser hijo secreto de gran señor. ¿Y qué fortuna será ésta? ¡oidor en Indias! ¿quién sabe? ¡secretario del rey! ó lo que es mejor, secretario del secretario de Estado. ¡Ah! ¡diablo! será necesario estar bien con el muchacho; ¡eh! ¡eh! veamos, veamos.
«Esta gran fortuna, continuó nuestro hermano Jerónimo, está encerrada en un cofre que está guardado en aquel armario que no se ha abierto hace veinticuatro años—. ¿Pero qué contiene ese cofre?—pregunté á Jerónimo—. No lo sé, contestó; sólo sé que pesa mucho, y que cuando me le entregaron vi meter en él, como si se hubiesen olvidado, algunos papeles: aquellos papeles parecían como escrituras.»
Abrió enormemente los ojos Montiño y le pareció que las letras que de allí en adelante contenía la carta eran de oro.
«Delante de mí el escribano Gabriel Pérez selló el cofre, y pegó sobre él, de modo que para abrirle es necesario romperle, un testimonio en que constaba que yo había recibido aquel cofre cerrado el día de San Marcos de 1586.
»Yo firmé un recibo en que me obligaba á entregar aquel cofre cerrado, tal cual le había recibido, á la persona cuyo nombre constase en el recibo, ó á Juan, con facultades de abrirlo, si al devolverme el recibo se expresaba en él esta circunstancia; yo transmito á ti ese cofre, por una cláusula de mi testamento que te obliga á cumplir lo que yo no puedo por mí muerte.
»Después me reveló el nombre del padre de Juan, nombre ilustre, nombre de uno de los españoles más grandes y más nobles que han honrado á nuestra patria, nombre que no me atrevo á escribir, porque aunque Juan me inspira mucha confianza, una carta puede perderse.
»Es necesario, pues, que te pongas inmediatamente en camino. Deja en la corte á Juan, porque al pobre muchacho le sería muy doloroso verme morir. No te digas que tú vienes, para que no se empeñe en acompañarte.
»Ven, porque es necesario que ese ilustre nombre que ha guardado Jerónimo durante veintidós años como un depósito sagrado, que he guardado yo después de la muerte de nuestro hermano, pase á ti después de mi muerte.
»Ven, porque sólo á ti diré yo ese nombre, y eso muy bajo por temor de que lo escuchen las paredes: si cuando vengas he muerto, ese nombre bajará conmigo á la tumba.
»Como podrá suceder que llegues tarde, porque mi mal se agrava extraordinariamente de momento en momento, permíteme que respecto á Juan te dé algunos consejos que podrán aprovecharte.
»No seas miserable ni áspero con Juan: te digo esto, porque te conozco; has amado á tus hermanos, pero has amado más al dinero; tus hermanos han sufrido resignadamente su pobreza, porque tus hermanos sabían bien que si te pedían socorros se los hubieras enviado, pero causándote una dolorosa herida cada doblón de que te hubieras desprendido; tus hermanos no han querido hacerte sufrir; perdona á uno de ellos, moribundo, el que te diga estas palabras y no veas en ellas una queja; sí únicamente justificar el consejo que voy á darte: sé generoso con Juan; sé franco: él es sumamente agradecido y leal, y tal persona puede llegar á ser, que si tú te haces amar de él, sea para ti su amor un tesoro; tienes además, hermano, un excelente corazón, pero eres receloso, desconfías de todo... y luego... tu avaricia... Juan es muy generoso y muy delicado. No desconfíes de él, porque esto le resentiría, y te lo repito, el cariño de Juan, dentro de muy poco tiempo, puede valerte mucho.
»Allá te le envío pobre de ropa y de bolsillo, pero muy hermoso, muy valiente, muy noble, casi sabio.
»¡Ah! te advierto, para lo que te pueda convenir, que hace tres años vino aquí huyendo de ciertas malas aventuras, el docto y regocijado don Francisco de Quevedo. Conoció á Juan, y se hicieron los más grandes amigos del mundo. Don Francisco es un hombre que vale mucho, y que podrá servir de mucho á Juan. Y cuando Quevedo, que es un hombre que estrecha muy pocas manos de buena fe, distingue y ama y no muerde con su sangrienta burla á nuestro hijo, mucho debe éste de valer.
»Allá te lo envío: sale de aquí sin un maravedí y sin una camisa. Cuando llegue á esa, llegará hambriento, cansado, mojado: préstale mesa á que sentarse, ropa con que mudarse, lecho en que descansar; no le niegues nada de esto, Francisco; recuerda que tu hermano y yo le hemos amado como si fuera un hijo de nuestra sangre, y que yo, que nunca te he pedido nada, te lo suplico desde el borde de mi sepultura.
»Sobre todo ven al instante, porque me siento morir.—Tu hermano que desea verte un solo momento y expirar en tus brazos,
Pedro Martínez Montiño.»
Enjugóse el cocinero del rey dos lágrimas enormes que le había arrancado el final de la carta de su hermano, la guardó cuidadosamente en un bolsillo y se puso á pasear por la pequeña estancia, profundamente pensativo.
—Sí, sí, es preciso—dijo al fin—; me le ha endosado; prescindiendo de que llegue á ser ó no ser, yo no puedo... vamos, de ningún modo; un mozo hermoso, y esto es verdad, que ha sido estudiante, que le gustan desordenadamente las mujeres, y que puede dar un chirlo al lucero del alba... no, no... es imposible que yo tenga á este mancebo en mi casa... mi mujer, mi hija... gracias á que las tengo seguras guardándolas y cerrando mi puerta á piedra y lodo; y luego no teniéndole en mi casa, échese vuesa merced el cargo de pagarle un día y otro la posada durante quince meses; no, señor; será preciso que el duque de Lerma le dé un oficio... es verdad que cualquier oficio, por pequeño que sea el que me dé el duque, podría valerme algo, y en estos tiempos... pero del mal el menos. ¡Ah! me olvidaba de que ha salido sin almorzar de Navalcarnero. ¡Hola! ¡eh!—dijo abriendo la puerta y entrando en la repostería—Gonzalvillo, hijo, ven acá.
Acercóse un paje.
—Ve á aquel aposento—le dijo—y lleva un servicio de mesa, un pastel de olla podrida, un capón de leche asado, un besugo cocido, un pastel hojaldrado, frutas y confituras, y dos botellas de vino de Pinto, á un hidalgo que se llama Juan Montiño, que es mi sobrino, hijo de mi hermano: sírvele bien, hijo, sírvele, y guárdate por el servicio las sobras, que bien podrás sacar de ellas dos reales.
Gonzalvillo se separó de la puerta, y cuando Montiño iba á cerrarla, se le presentó de repente un hombre.
—¡Eh! ¡esperad, señor Francisco, esperad! ¡pues á fe que me ha costado poco trabajo llegar aquí para que yo os suelte!
—¡Ah! ¡señor Gabriel! ¿y qué me queréis?—dijo el cocinero del rey, con mal talante—Entrad, entrad, y decidme lo que me hayáis de decir.
Entró aquel hombre, y Montiño se encerró con él.
CAPÍTULO VII
LOS NEGOCIOS DEL COCINERO DEL REY.—DE CÓMO LA CONDESA DE LEMOS HABÍA ACERTADO HASTA CIERTO PUNTO AL CALUMNIAR Á LA REINA.
El hombre que acababa de entrar era un hombre característico.
Si la persona que tiene alguna semejanza típica con la fisonomía de algún animal, tiene las propensiones del animal á quien se parece, aquel hombre debía tener alma de lobo, pero de lobo viejo y cobarde, que en sus últimos tiempos hace por la astucia, lo que en su juventud ha hecho por la fuerza.
Habiendo dicho que la fisonomía de aquel hombre se parecía á la de un lobo viejo, nos creemos dispensados de una descripción más minuciosa.
Bástanos añadir que aquel hombre en su juventud, debió ser alto y robusto, que á causa de sus años, que casi rayaban en los sesenta, estaba encorvado, y que á la expresión feroz que debió brillar en sus ojos y en su boca, cuando ganaba la vida matando á obscuras y sin dar la cara, había sustituido una mirada hipócrita y una sonrisa fría y asquerosa que parecía haberse estereotipado en su boca rasgada.
Aquel hombre, que en otros tiempos había sido rufián y asesino (nosotros sabemos que lo fué, y basta que lo digamos á nuestros lectores sin que nos entremetamos á contarles una historia que nada nos interesa), era hacía ya algunos años ropavejero en la calle de Toledo, y corredor de no sabemos cuántas honradas industrias.
Conocíale Montiño, y aun le trataba íntimamente, porque el cocinero del rey era hombre de negocios, y un hombre de negocios suele necesitar de toda clase de gentes. Pero como el buen Montiño sabía demasiado que el señor Gabriel Cornejo había sido perseguido por la justicia, salpimentado más de tres veces por ella, puesto por sus méritos en exposición pública más de ciento, para ejemplo de la buena gente, y compañero íntimo de un banco y de un remo durante diez años, guardábase muy bien, sin duda por modestia, de decir á nadie que conocía á tan recomendable persona, y mucho más de que le viesen en conversación con ella.
Por esta razón, Montiño, que tenía suficiente causa para estar entristecido con la muerte próxima ó acaso consumada de su hermano, y con la venida de un sobrino putático que se le entraba por las puertas, sin dinero y sin camisas, acabó de ennegrecerse al ver que el señor Gabriel Cornejo se arrojaba á buscarle nada menos que en casa del duque de Lerma, y en medio de una legión de pajes y lacayos, gentes que á todo el mundo conocen, y que hablan mal de todo el mundo.
—¿Qué cosa puede haber que os disculpe de haberme venido á buscar de una manera tan pública?—dijo severamente Montiño.
—¡Bah! señor Francisco: nadie tiene nada que decir de mí—contestó sonriendo de una manera sesgada Cornejo—; si en mis tiempos fuí un tanto casquivano, y no supe guardar el bulto, ahora todo el mundo me conoce por hombre de bien y buen cristiano. Y luego, sobre todo, cuando las cosas son urgentes y apremiantes, es menester aprovechar los momentos...
—¿Pero qué sucede?
—Suceden muchas cosas: por ejemplo, esta tarde ha estado en mi casa el tío Manolillo.
—¿Y qué me importa el bufón del rey?
—Despacio y paciencia. Quien escucha oye, y cosas pueden oírse que valgan mucho dinero.
—Sepamos al fin de qué se trata.
—Ya que de dinero he hablado, se trata de dinero, y de un buen negocio; de una ganancia de ciento por ciento.
—¡Ah! ¿Y qué tiene que ver con eso el bufón del rey?
—El tío Manolillo ha ido esta tarde á mi casa, se ha encerrado conmigo ó yo me he encerrado con él, y de buenas á primeras, como hombre de ingenio y de experiencia, que sabe que todas las palabras que sobran en una conversación deben callarse, me ha dicho—: ¿Conocéis á un hombre que quiera matar á otro?
—¡Oh, oh!—exclamó Montiño, abriendo desmesuradamente los ojos.
—Yo, que también sé ahorrar de palabras cuando conozco á la persona con quien hablo, le contesté—: ¿Quién es el hombre que queréis despachar al otro mundo?—Un caballero muy rico y muy principal—. ¿Como quién? por ejemplo, le pregunté—. Así como el duque de Lerma ó el de Uceda, ó el conde de Olivares—. ¿Pero no es ninguno de los tres?—No: pero aunque no lo parece, vale más que todos ellos—. Pues entonces, si vale más... por el duque de Lerma, pediría mil doblones; por el otro mil quinientos—. Trato hecho—dijo el bufón—. ¿Cuándo ha de ser?—Cuando esté depositado en buenas manos el dinero—. ¡Qué! ¿No le tenéis?—Nada os importa eso—. Es verdad—. Adiós—. Dios os guarde.
—¡Conque el tío Manolillo!...—exclamó seriamente admirado Montiño—; esto es grave, gravísimo. ¿Y no os dijo, señor Gabriel, quién era su enemigo?
—No me lo ha dicho, pero yo lo sé.
—¡Ah! ¿Y cómo lo sabéis vos?
—¿Quién es en la corte un hombre que vale tanto como el duque de Lerma el de Uceda, ó el conde de Olivares?
—¡Bah! hay muchos: el duque de Osuna.
—Está de virrey en Nápoles.
—El conde de Lemos.
—Está desterrado.
—Don Baltasar de Zúñiga.
—Ese es un caballero que suele estar bien con todo el mundo.
—Pues no acierto.
—Es verdad: lo que generalmente no vemos, cuando se trata de estos negocios, es lo que más tenemos delante de los ojos. ¿Os habéis olvidado del secretario del duque de Lerma?
—¡Don Rodrigo Calderón!
—Ese, ese es el enemigo del tío Manolillo.
—Pero no entiendo por qué pueda ser enemigo de don Rodrigo el bufón de su majestad.
—¡Bah! ya veo, señor Francisco, que vos sabéis muy poco.
—No me es fácil dar con el motivo de la ojeriza que decís tiene el tío Manolillo á don Rodrigo.
—¿Conocéis á una comedianta que se llama Dorotea, que baila como una ninfa en el corral de la Pacheca?
—¡Ah! ¿una valenciana hermosota, deshonesta, que ha estado dos veces presa por no bailar como era conveniente?
—La misma. Pues bien; esa mujer es hermana, ó querida, ó hija, no se sabe cuál de las tres cosas, del tío Manolillo.
—Me estáis maravillando, señor Gabriel. ¿Conque la Dorotea?...
—Sí, señor, la Dorotea es mucha cosa del bufón del rey. Pero no es esto todo. El duque de Lerma...
—Sí, sí, ya sé que el duque visita á la Dorotea.
—Pero no sabéis quién ha andado de por medio para concertar esas visitas.
—Sí, sí, ya sé que el medianero, el que ha llevado los primeros regalos, el que acompaña de noche al duque y le guarda las espaldas, es don Rodrigo Calderón.
—Vamos, pues de seguro no sabéis que el duque de Lerma es quien paga, y don Rodrigo Calderón quien goza.
—¿Pero quién os dice tanto?—exclamó admirado Montiño.
—Ya sabéis que yo tengo muchos oficios.
—Demasiados quizá.
—Están los tiempos tan malos, señor Francisco, que para ganar algo es necesario saber mucho. Saben que sé muchas princesas, y una de ellas, conocida de la Dorotea, la encaminó á mí para que la sirviese. Dorotea quería un bebedizo.
—¡Ah! ¡ah! ¡las mujeres! ¡las mujeres!
—Son serpientes, vos no lo sabéis bien, señor Montiño: como se les ponga en la cabeza doctorar á un hombre en la universidad de Cabra, aunque el amante ó el marido las encierren en un arca y se lleven la llave en el bolsillo, le gradúan.
Movióse impaciente en su silla el cocinero del rey, porque se le puso delante su mujer, que era joven y bonita.
—Pero á serpiente, serpiente y media. Cuando ella me pidió el bebedizo, me dije: podrá convenirme saber quién es el hombre á quien quiere esta muchacha entre tantos como la enamoran. Porque yo soy muy prudente, y sé que el saber, por mucho que sea, no pesa. Díjela que el bebedizo no podía producir buenos efectos si no se conocía á la persona á quien había de darse. Entonces la Dorotea, poniéndose muy colorada, me dijo—: El hombre que yo quiero que no quiera á ninguna mujer más que á mí es don Rodrigo Calderón—. Necesito saber cómo habéis conocido á don Rodrigo Calderón, la dije.—¿Necesario de todo punto?—Ya lo creo; y si fuera posible hasta el día y la hora en que le vísteis por primera vez.—¿Y si no lo digo no me daréis el bebedizo?—Os lo daré, pero si no sé de cabo á rabo cuanto os ha acontecido y os acontece con don Rodrigo Calderón, no os quejéis si el bebedizo no es eficaz.—Entonces la moza se sentó, y me confesó que había conocido á don Rodrigo cuando don Rodrigo fué á hablarla de parte del duque de Lerma; que se había enamorado de él, y don Rodrigo de ella. Que, en una palabra, el duque de Lerma paga y se cree amado, y don Rodrigo Calderón, que no la paga y á quien ella ama, la engaña amando á otra.
—¡Ah!
—¡Y si supiérais quién es esa otra, señor Francisco!
—Alguna cortesana que tiene tan poca vergüenza como don Rodrigo Calderón.
—Pues os engañáis, es la primera dama de España.
—¿Por hermosa?
—No tanto por hermosa, aunque lo es, como por noble.
—¡La dama más noble de España! ved lo que decís: cualquiera pudiera creer...
—¿Que esa tan noble dama es la reina? ¿No es verdad?—dijo con una malicia horrible Cornejo.
—¡La reina! ¡Su majestad!—exclamó dando un salto de sobre su silla Montiño.
—La misma, Su majestad la reina de España es la querida de don Rodrigo Calderón.
—¡Imposible! ¡imposible de todo punto! ¡yo conozco á su majestad! ¡no puede ser! ¡creería primero que mi hija!...
—Vuestra hija podrá ser lo que quiera, sin que por eso deje de ser lo que quiera también la reina.
—¡Pero la prueba! ¡la prueba de esa acusación, señor Gabriel!—dijo el cocinero del rey, á quien se había puesto la boca más amarga que si hubiera mascado acíbar—. ¡La prueba!
—He ahí, he ahí cabalmente lo que yo dije á la Dorotea: ¡la prueba!
—¿Y esa mujerzuela tenía la prueba de la deshonra de su majestad?
—La tenía.
—¿Pero qué tiene que ver esa perdida con la reina? ¿quién ha podido darla esa prueba?
—El duque de Lerma.
—Me vais á volver loco, señor Gabriel; no atino...
—No es muy fácil atinar. Pero dejadme que os cuente, sin interrumpirme, sin asombraros, oigáis lo que oigáis, y concluiremos más pronto.
—Y me alegraré, porque no me acuerdo de haber estado en circunstancias tan apremiantes en toda mi vida.
—Pues al asunto. Yo, que había hecho confesar á la Dorotea quién era la dama que la causaba celos, asegurándola que si no me contaba todas las circunstancias, sin dejar una, de su asunto, podría suceder que no fuese eficaz el bebedizo, me dijo en substancia lo siguiente—: Una noche don Rodrigo fué muy tarde á verme: al quitarse la ropilla, se le cayó de un bolsillo interior una cartera, que don Rodrigo recogió precipitadamente. Yo me callé, pero cenando le hice beber más de lo justo, acariciándole, mostrándome con él más enamorada que nunca. Don Rodrigo se puso borracho y se durmió como un tronco. Entonces me levanté quedito, fuí á la ropilla, tomé la cartera, la abrí, y encontré en ella cartas de una mujer; de una mujer que firmaba «Margarita.»
—Pero eso es muy vago... muy dudoso—dijo con anhelo Montiño—; si la reina ha de responder de todas las cartas que lleven por firma Margarita...
—Oíd, señor Montiño, oíd, y observad que la Dorotea no es lerda.
—Cuando leí el nombre de Margarita, solo, sin apellido... sospeché, porque tratándose de don Rodrigo es necesario sospechar de todas las mujeres... sospeché que aquella Margarita que se dejaba en el tintero su apellido era... Margarita de Austria.
—Pero, señor, señor—exclamó todo escandalizado y mohíno el cocinero de su majestad—; esa mujer tan vil, de cuna tan baja... esa perdida, ¿sabe leer?
—Como que es comedianta y necesita estudiar los papeles.
—¡Ah!—dijo dolorosamente Montiño, cayendo desplomado de lo alto del que creía un poderoso argumento.
—Oigamos á la Dorotea, que aún no ha concluído—: Sospeché que aquella Margarita, que citaba misteriosamente á don Rodrigo, era la reina, y como no me atrevía á quedarme con una sola de las cartas, las miré, las remiré, hasta que fijé en mi memoria la forma de las letras de aquellas cartas, de modo que estaba segura de no engañarme si veía otro escrito indudable de la reina. El duque de Lerma me dará ese escrito—dije—, ó he de poder poco. Y volví á meter las cartas en la cartera, y la cartera en el bolsillo de donde la había tomado. Cuando se fué don Rodrigo, observé que de una manera disimulada, pero curiosa, se informaba de si la cartera estaba en su sitio, y cuando aquella noche vino el duque de Lerma, le recibí con despego, le atormenté, me ofreció como siempre alhajas, y yo... yo le pedí que me trajese un escrito indudable de la reina. Asombróse el duque, me preguntó el objeto de mi deseo, insistí yo, diciendo que era un capricho, y á la noche siguiente el duque me trajo un memorial en que se pedía una limosna á la reina, y á cuyo margen se leía: «Dense á esta viuda veinte ducados por una vez», y debajo de estas palabras una rúbrica. ¡Era la misma letra, la misma rúbrica de las cartas! no podía tener duda: la reina era amante de don Rodrigo Calderón.
—Pues señor—dijo Montiño—, á pesar de todo, os digo, señor Cornejo, que antes de creer en eso soy capaz de no creer en Dios.
—Sea lo que quiera; pero oíd y atad cabos: ya os he dicho que el tío Manolillo me preguntó cuánto dinero se necesitaba para despachar una persona principal, y que yo le dije que mil quinientos doblones, que el tío Manolillo no los tenía; que la Dorotea cree que don Rodrigo Calderón tiene cartas de amores de la reina... que está celosa... recordad bien esto.
—Sí, sí, lo recuerdo.
—Pues bien; esta noche una dama muy principal, á lo que parece, ha estado casa de mi comadre la señora María; la que tan honradamente vive con el escudero su marido el señor Melchor, que tan hermosa era hace veinte años, que sigue aumentando sus doblones, empeñando y prestando con una usura que da gozo: ya sabéis que cuando la señora María necesita para sus negocios un dinero, viene á mí, como yo vengo á vos.
—Bien, bien, ¿pero qué?
—Esa dama que os he dicho ha ido encubierta esta noche á casa de la señora María, ha ido encubierta también algunas otras veces á pedir dinero. Pero siempre, excepto esta noche, ha llevado una alhaja de mucho precio, ha vuelto con otras pero no ha desempeñado ninguna. Esta noche ha ido, toda azorada, asustada, trémula, ha pedido á la señora María mil y quinientos doblones (nunca había pedido tanto), ofreciendo dar por ellos tres mil en el término de un mes. Ya veis si es negocio.
—¡Pues hacerlo! ¡hacerlo!—dijo Montiño.
—Lo haremos á medias, ó mejor dicho á tercias, entre vos, la señora María y yo: quinientos doblones cada uno.
—¿Y para eso me habéis buscado, me habéis entretenido y me habéis mentido tanto?—dijo levantándose Montiño con visibles muestras de despedir á Cornejo.
—Esperad... esperad, que el negocio lo merece—repuso el señor Gabriel con gran calma—. Recordad; yo pido al tío Manolillo esta tarde mil y quinientos doblones por la vida de un hombre principal, que sé de seguro que es don Rodrigo Calderón; don Rodrigo Calderón tiene unas cartas de la reina que la comprometen, y esta noche va á casa de la señora María á pedir mil y quinientos doblones una dama, que aunque no la conocemos, debe ser principalísima. ¿No creéis que debe meditarse esto, señor Francisco? ¿No creéis que en esto danzan las cartas, la reina y el tío Manolillo, y tal vez la reina en persona...?
—¿La reina en persona...? ¿Creéis que la reina haya podido ir á casa de la señora María de noche y sola?
—Yo ya no me admiro de nada, señor Francisco, de nada; además que la dama tapada ofreció como seguridad de los mil y quinientos doblones, mejor, de los tres mil doblones, un recibo en forma de puño y mano de la reina, firmado por ella misma.
—¿Pues qué mejor seguridad queréis? haced el negocio, y dejadme en paz á mí; no quiero mezclarme en él, y siento mucho que me hayáis dicho tanto, porque cuando se trata de enredos lo mejor es no saberlos.
—Pero venid acá; ¿no veis que nosotros solos no podemos hacer ese negocio?
—¿Y por qué? ¿Acaso me vendréis á decir, á quererme hacer creer que la señora María y vos no tenéis mil y quinientos doblones?
—La dificultad no es el dinero, sino la seguridad de él; nosotros no conocemos la letra de la reina, y vos...
—Yo no la conozco tampoco.
—Señor Francisco, vos sois más en palacio que cocinero del rey.
—¡Y bien! ¿Qué? no quiero meterme en este negocio.
—O queréis hacerlo vos solo—dijo irritado por la codicia el tío Cornejo.
—Hablemos en paz, señor Gabriel—dijo el cocinero mayor—, y concluyamos, concluyamos de todo punto. No digáis á nadie lo que á mí me habéis dicho, porque podríais ir á la horca.
Echóse á temblar aquel viejo lobo, porque le constaba que el cocinero mayor era uno de esos poderes ocultos que, bajo una humilde librea, han existido, existen y existirán en todas las cortes.
—En cuanto al negocio—añadió Montiño—, no me meto en él; haced lo que queráis, y lo mejor que podéis hacer ahora es... iros.
Vaciló todavía el señor Gabriel Cornejo, pero una mirada decisiva y un ademán enérgico de Montiño, le decidieron; se despidió hipócritamente deshaciéndose en disculpas, y cuando ya estaba cerca de la puerta, el cocinero del rey, como obedeciendo á una idea súbita, le dijo:
—Esperad.
Cornejo se volvió lleno de esperanza.
—¿Vais á ver á la señora María?
—Ciertamente necesito decirla vuestra resolución.
—Pues decidla, además, que prepare esta misma noche un aposento con lecho en su casa, y que cuando llame á su puerta uno que se nombrará sobrino mío, que le reciba, que yo respondo de los gastos.
Voló la esperanza causando una dolorosa impresión en el señor Gabriel Cornejo, que se despidió de nuevo murmurando:
—He sido un imprudente, no debía haber hablado tanto; yo confiaba en su codicia, pero está visto: su avaricia es mayor de lo que yo creía. Quiere hacer el negocio por sí solo.
Entre tanto el cocinero del rey murmuraba abstraído y pensativo:
—Es muy posible que sea verdad cuanto ese bribón me ha dicho; yo no me fío de ninguno; un negocio redondo por otra parte, mil quinientos doblones de ganancia, como quien dice, de una mano á otra; pero el asunto es demasiado grave, y la prudencia aconseja no meterse de frente en él... mi sobrino postizo es hombre, según dice mi hermano, capaz de meter un palmo de acero al más pintado, y don Rodrigo Calderón, está en el banquete del duque... después se encerrará en su despacho, y saldrá allá muy tarde por el postigo... ¡Ah, señor sobrino! os voy á procurar una buena ocasión... una ocasión que os hará hombre.
En aquel momento se abrió la puerta y apareció una dueña.
—¡Ah, señor Francisco! ¡Y cuánto trabajo me ha costado encontraros!—dijo la dueña—. He tenido que decir que venía de palacio, con orden de su majestad para vos.
—¿Y es cierto...? ¿Traéis orden?
—Casi, casi. Os traigo una carta.
—Dadme acá, doña Verónica, dadme acá.
La dueña entregó una carta al cocinero mayor, que éste abrió con impaciencia.
«Tenéis un sobrino—decía—que acaba de llegar á Madrid; enviadle al momento á palacio. Tened en cuenta, que se trata de un negocio de Estado; que espere junto á la puerta de las Meninas, por la parte de adentro. Pero luego, luego.»
Esta carta no tenía firma.
—¿Quién os ha dado esta carta, doña Verónica? No conozco la letra, no tiene firma. ¿Estáis de servicio?
—¡Ay! ¡sí, señor! Y yo no sé qué hay esta noche en palacio: las damas andan de acá para allá. La camarera mayor está insufrible, y la señora condesa de Lemos tan triste y pensativa... algo debe de haber sucedido grave á la señora condesa.
—¿Pero quién os ha dado esta carta?
—La señora condesa de Lemos.
—La condesa de Lemos no es alta, ni blanca, ni... no, señor—murmuró Montiño.
—Ea, pues, quedad con Dios, señor Francisco—dijo la dueña—. No me hallo bien fuera de palacio; es ya tarde y está la noche tan obscura...
—¿Os han dicho que llevéis contestación?
—No, señor.
—Pues id con Dios, doña Verónica, id con Dios. Voy á mandar que os acompañen.
—No, no por cierto: vengo de tapadillo; adiós.
—Dios os guarde.
La dueña se envolvió completamente en su manto, y salió.
—Que me confundan si entiendo una palabra de esto—dijo Montiño—. ¿Si será verdad?... ¿si será la reina la que necesite en palacio á mi sobrino?... ¡pero señor!... ¿cómo conocen ya á mi sobrino en palacio?
Montiño tomó el partido de no devanarse más los sesos; para tomar este partido tomó también una resolución.
—Es preciso—dijo—que mi sobrino vaya á palacio con las cartas de la reina.
Y saliendo del aposento en que se encontraba, atravesó la repostería y se entró en el otro aposento donde estaba su sobrino.
CAPÍTULO VIII
DE CÓMO AL SEÑOR FRANCISCO LE PARECIÓ SU SOBRINO UN GIGANTE
Hacía ya tiempo que el joven había acabado de comer y hacía su digestión recostada la silla contra la pared, puestos los pies en el último travesaño del mueble, y entregado á un pensamiento profundo.
Al sentir los pasos del cocinero mayor, dejó la actitud en que se encontraba para tomar otra más decente.
—¿Habéis comido bien, sobrino?—dijo el cocinero.
—Es la primera vez que he comido, tío—contestó el joven.
—¿Os encontráis fuerte?
—Sí por cierto.
—¿De modo que embestiríais con cualquiera aventura?
Al oír la palabra aventura, Juan Montiño, que se había distraído por un momento de su idea fija, volvió á ella.
—¿Conocéis á la reina, tío?—le preguntó.
—¡Pues podía no conocerla!—dijo con sorpresa el señor Francisco.
—¿Es la reina alta?
—Sí.
—¿Es la reina gruesa?... es decir... ¿buena moza?
—Sí.
—Pues tío, yo quiero conocer á la reina.
—Yo creo que estás loco, sobrino... ¿qué preguntas son esas y qué empeño?
—Empeño... no por cierto... pero me ha hablado tanto de lo buena que es su majestad mi amigo don Francisco de Quevedo...