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El cocinero de su majestad

SU MAJESTAD (continued 3)

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Libróse asimismo testimonio de haber desaparecido:

Del cuarto del cocinero, su mujer, Luisa Robles, y su hija Inés Martínez.

De las cocinas, el galopín Cosme Aldaba.

De la servidumbre de la reina, el paje Cristóbal Cuero.

Y se tomaron declaraciones, y por estas declaraciones se averiguó que la cocinera tenía un amante, que se llamaba Juan de Guzmán.

Que el paje Cristóbal Cuero era el amante de la Inés Martínez.

Que el galopín Cosme Aldaba andaba en inteligencias con los unos y con los otros, que había sido despedido por el cocinero mayor y que su mujer le había enviado á las cocinas.

En vista de lo cual, sumariamente averiguado, y teniendo de ello conocimiento el rey, mandó su majestad que esta sumaria pasase á un alcalde, el cual alcalde mandó que fuesen presos donde fuesen habidos los expresados don Juan de Guzmán, Luisa Robles, Inés Martínez, Cosme Aldaba y Cristóbal Cuero, por delito de robo y otros, cometidos contra la hacienda y en la honra y en otros extremos y particulares del cocinero mayor de su majestad.

Pero en cuanto á la entrada exabrupta del tío Manolillo en la cámara de la reina, tomóse á gracia y la misma Margarita de Austria cambió su enojo en risa.

Y en cuanto á lo del paje, creyóse en lo de la muerte casual y violenta y se le enterró; diéronse á su madre de orden del rey ciertos maravedises para lutos; diéronse otros á un capellán para que dijera misas por el alma del difunto y no se habló más de ello, ni á nadie se le ocurrió pensar en venenos ni asesinatos.

Sabían el crimen y los asesinos, don Francisco de Quevedo, el bufón y Dios, que lo sabe todo.

CAPÍTULO XLIX

DE CÓMO LA DUQUESA DE GANDÍA TUVO UN SUSTO MUCHO MAYOR DEL QUE LE HABÍAN DADO «LOS MIEDOS DE SAN ANTÓN»

Doña Clara Soldevilla era feliz.

Feliz de una manera suprema.

Estaba consagrada enteramente al recuerdo de su felicidad.

Apenas si había hecho, desde que había salido aquella mañana de su aposento su marido, más que pensar en él, sentada en un sillón junto al brasero.

Ya bien entrado el día creyó que era un deber suyo dar parte á su padre de lo que le acontecía, y tomó la pluma para escribir una larga carta.

Pero una vez puesta á ello sólo pudo escribir lo siguiente:

«Padre de mi alma: Mi lealtad y la reina me han obligado á casarme; pero al casarme no he hecho un sacrificio. Soy feliz. Mi marido se llama don Juan Téllez Girón. No puedo escribiros más, mi buen padre. Estoy aturdida con lo que me sucede; enviad vuestra bendición, señor, á vuestra hija que os ama y queda rogando á Dios por vuestra vida.—Clara.»

Cerró esta carta y llamó.

—Que venga al momento Anselmo—dijo.

Presentóse poco después un escudero como de cincuenta años.

—Monta al momento á caballo, mi buen Anselmo—dijo Clara—, y ve á llevar á mi padre esta carta.

—¿Pues qué sucede, señora?—dijo Anselmo cuidadoso, porque era un antiguo criado de la casa.

—Sucede que doy á mi padre la noticia de mi casamiento.

—¡Cómo! ¿La señora se casa?

—Me he casado ya.

—¿De secreto?

—No, por cierto; me casé anoche delante de testigos en la capilla real.

El escudero se puso pálido y no se atrevió á preguntar más.

—Pero... me olvidaba... esta carta no puede ir sin otra suya, y él no ha venido.

En aquel momento entró en el cuarto una dama de la reina que venía de ceremonia.

—¡Ah, doña María!—exclamó la joven.

—Vengo, doña Clara, primero á daros la enhorabuena... una triple enhorabuena... qué sé yo cuántas enhorabuenas...

—¡Oh! ¡Muchas gracias, señora! Anselmo, vete fuera. Sentáos, doña María.

—No, por cierto; estoy en el tocador de la reina y la reina me envía. Di á doña Clara Soldevilla, me dijo, que no nos haga esperar; que se vista como conviene á una recién casada que va á ser presentada con su marido á la corte y á tomar la almohada de dama de honor, mientras que su marido toma el mando de la tercera compañía de guardias españolas. He venido, pues, doña Clara, contenta porque vos debíais estarlo mucho.

—¡Oh, sí! ¡gracias á Dios!

—¿Conque casada?

—Anoche...

—¡Y no haber conocido al novio!... ¡Reservada siempre!

—En cambio, señora, conoceréis al marido.

—Pues vestíos, vestíos, doña Clara; dentro de poco vendrán por vos y por vuestro esposo, el conde de Olivares representando al rey, la duquesa de Gandía representando á la reina, como que son vuestros padrinos. Además, permitidme un momento—y doña María salió y volvió á entrar trayendo un cofrecillo en las manos—, la reina me encarga que os prendáis estas joyas que os regala. Y es un bello aderezo... muy bello... su majestad os ama mucho.

—No sé cómo pagar á su majestad... y siento, siento mucho no poder complacerla... pero mi marido me ha regalado otro aderezo.

—¡Ah! ¿Conque es rico?... Os doy otra nueva enhorabuena. ¿Y seréis tan reservada respecto á vuestras galas de novia, como respecto á vuestros amores?

—¡Ay, Dios mío, no! Si queréis ver antes que nadie esas joyas, os daré gusto. Isabel.

Apareció una doncella.

—Trae un cofrecillo que hay en mi retrete, aquel cofre de sándalo donde yo guardo mis alhajas. ¿Y decís—continuó doña Clara—que la duquesa de Gandía vendrá por nosotros como madrina en nombre de la reina?

—Así me lo ha dicho su majestad.

—Ved el aderezo de que os he hablado—dijo doña Clara, abriendo el cofre.

Doña María, que había sabido con envidia el casamiento de doña Clara con un joven capitán de la guardia española, y con disgusto su nombramiento de dama de honor, que las igualaba á entrambas, vió con despecho las ricas alhajas que la mostró doña Clara con la mayor lisura, sin alegría y sin orgullo.

—Sois completamente afortunada—dijo—, y os repito mis enhorabuenas. Pero me voy; ya os he dado el mensaje que os traía, y me espera su majestad—y salió.

Apenas había salido doña María, cuando entró una doncella.

—Señora—dijo—, un caballero pregunta por vos; yo le he dicho que no acostumbrábais á recibir visitas, pero me ha contestado riendo, que estaba seguro que vos le recibiríais.

—¿Cómo se llama ese caballero?

—Se llama don Juan... don Juan...

—¿Téllez Girón?

—Eso es.

—Pues que entre al momento.

—¿Llamo á vuestra dueña?

—No.

La doncella salió escandalizada; doña Clara jamás había recibido visitas de hombre.

Introdujo, sin embargo, á don Juan, y salió.

Pero se quedó mirando por el quicio de la puerta y su escándalo creció cuando vió que su señora y el joven caballero se asían tiernamente de las manos, y que el caballero se atrevía á dar un beso á su señora.

—¡Oh, qué hermoso y qué gentil vienes, mi don Juan!—dijo doña Clara, mirando arrobada al joven—. Y cómo se conoce la ilustre sangre que te alienta. Yo también voy á engalanarme, á prenderme las hermosas joyas que me has regalado.

La doncella, escandalizada, se fué á decir á los demás criados, al rodrigón, á la dueña y al escudero, que su dama había recibido á solas á un caballero que la besaba, y lo que era peor, que la regalaba joyas.

Pero cuando estaba en lo más ardiente de su acusación fiscal, entró la dueña cojitranqueando, y dijo:

—Todo el mundo al cuarto de la señora.

El mundo todo aquel á que se refería la dueña, eran un rodrigón que ya conocemos, dos doncellas, dos escuderos, dos criados y un paje.

Todo el mundo entró con cuatro palmos de curiosidad en el aposento de la joven.

Don Juan estaba lisa y llanamente sentado junto al brasero y con el sombrero puesto.

Como el señor en su casa.

Los criados miraban á don Juan con asombro.

—Amigos míos—dijo doña Clara—, anoche, mientras vosotros dormíais, apadrinada por sus majestades, me casé con este caballero... con don Juan Téllez Girón, que siendo mi esposo y mi señor, es vuestro amo.

—Sea por muchos años—exclamó el rodrigón, que era el más viejo y el más autorizado—; que Dios haga muy felices á sus mercedes... este es el segundo casamiento que veo en la casa... cuando la señora madre de vuesa merced se casó...

—Os dió muestras del aprecio en que os tenía; yo os las daré también; ahora idos; quedáos vosotras—añadió, dirigiéndose á las doncellas—; necesito vestirme.

Los criados salieron por una puerta, y doña Clara y las doncellas por otra.

Quedóse solo el joven.

Una gravedad que hasta ahora no hemos conocido en él, había acabado por ser la expresión de su semblante.

La fortuna le sonreía; se encontraba poseedor de una mujer hermosa entre las hermosas, noble entre las nobles, dificultad viviente que había desesperado á los más peligrosos galanes de la corte; la poseía por completo; doña Clara le había dejado ver todo el tesoro de ternura y de amor de su alma, y le había dicho embriagada de no sabemos qué deleite:

—Vos habéis sido la mano que ha descorrido el velo de mi alma: os habéis presentado en tan poco tiempo delante de mí, tan hermoso primero, tan valiente, tan generoso, tan enamorado, tan noble después, que yo tengo para mí que habéis ganado bien en veinticuatro horas lo que otro no hubiera ganado tal vez en años.

Y cuando don Juan la replicaba:

—¿Y si la suerte nos hubiese separado?

—No os hubiera olvidado nunca; nunca hubiera dejado de sufrir al recordaros.

Y don Juan asía la hermosa cabeza de su mujer entre sus dos manos, la besaba y exclamaba entre aquel beso:

—¡Oh, bendita seas!

No podía ser más feliz don Juan.

Y esta felicidad le había hecho grave.

Contribuían, además, á esta gravedad, un remordimiento y una aspiración.

Aquella aspiración y aquel remordimiento estaban representadas por dos mujeres.

La aspiración era por su madre.

Don Juan sabía que era una dama ilustre. Pero su nombre... el joven hubiera hecho un doloroso sacrificio por saber el nombre de su madre.

El remordimiento estaba representado por Dorotea.

Doña Clara, después de haber asegurado, jurado el joven, que á nadie amaba más que á ella, no le había vuelto á hablar de la Dorotea.

La Dorotea era una cosa pasada, olvidada.

Su deber le prohibía volver á los amores de la comedianta.

Y, sin embargo, don Juan sabía que la Dorotea le amaba; que le amaba con toda su alma, que él había sido para ella una especie de regeneración; que, en una palabra, en la Dorotea se había abierto para él un alma tan virgen como la de doña Clara.

La comedianta, no era, es cierto, la mujer digna, pura, magnífica, el tesoro, en una palabra; pero la Dorotea era un ser desgraciado; tenía en su favor su infortunio... abandonarla era herirla... y luego... digámoslo de una vez, ¡era tan hermosa la Dorotea!... ¡amaba de una manera tan profunda, ten delicada, tan ardiente!...

Don Juan luchaba en vano con el recuerdo de la Dorotea, no podía dominarle, no podía recusarle... y del recuerdo doloroso de la Dorotea pasaba al misterio de su madre...

Don Juan estaba muy de mal humor.

Y cuando se hallaba en uno de sus momentos más tétricos se abrió la puerta, y uno de los pajes dijo:

—Señor, la duquesa de Gandía.

Don Juan se quitó el sombrero, lo arrojó precipitadamente sobre la mesa, y salió al encuentro de la duquesa.

Doña Juana de Velasco entró vestida, por decirlo así, de pontifical, y contrariada, sumamente contrariada.

Su orgullo estaba lastimado.

Un mandato expreso de la reina, la obligaba á presentarse como madrina en el cuarto de una joven dama de honor, á quien, como sabemos, tenía ojeriza, á quien llamaba intriganta y enemiga del duque de Lerma.

Pero lo mandaba su majestad y era necesario obedecer.

Lo que por otra parte contrariaba grandemente á la duquesa, era que el encargado de representar al rey como padrino, fuese el conde de Olivares, otro intrigante, otro enemigo del duque de Lerma.

Así es que la duquesa no se cuidaba de disimular su disgusto.

Don Juan la saludó profundamente.

—¿Sois vos el novio, no es esto?—dijo sentándose en un sillón y mirando al joven con el mismo aire impertinente con que hubiera mirado á un ayuda de cámara.

—Sí, señora; yo soy—dijo don Juan, templando su acento al tono del de la duquesa, porque en orgullo no cedía á nadie—; yo soy el marido de doña Clara.

—No os conozco—dijo la duquesa—y, sin embargo, vestís como noble y lleváis hábito, lo que nada prueba, porque hoy se da á todo el mundo una encomienda.

—Me llamo don Juan Téllez Girón, señora.

—¿Sois pariente de don Pedro?

—Soy su hijo...

—¡Su hijo!... No conozco ningún hijo del duque que se llame Juan.

—Soy su hijo bastardo...

—¡Ah! ya decía yo...

—Pero es un bravo mozo, está reconocido por su padre—, digo, según me han dicho—, y ha hecho grandes servicios á su majestad—dijo un caballero que acababa de entrar.

—¡Ah! ¿sois vos, don Gaspar?—dijo la duquesa con sobreceño.

—Pésame mucho, mi señora doña Juana—dijo el llamado don Gaspar—, de que su majestad se haya acordado de mí para representarle en este padrinazgo, cuando su majestad la reina se ha acordado de vos para el mismo objeto. Ya sé que no me queréis bien, y lo siento, porque yo os estimo.

La duquesa se mordió los labios y no contestó.

—¿Y esa hermosa señora?—dijo el conde de Olivares dirigiéndose al joven, y le dió la mano.

El Conde de Olivares.

El Conde de Olivares.
El Conde de Olivares.

—Se viste en este momento, señor conde—dijo don Juan.

—¡Ah! de modo que dentro de poco se nos aparecerá un cielo. Os doy la enhorabuena, amigo, y veo que no me habéis olvidado. Hace tres días ignorábais... creo que ignorábais...

—Ciertamente, señor conde.

—Pero no os habéis olvidado de mí... me alegro... soy vuestro amigo... nos iguala la nobleza y el celo con que entrambos servimos á su majestad. ¿Y... vuestro tío?—añadió sonriendo el conde—. ¡Pobre Francisco Montiño! creo que le suceden grandes desgracias. Pero debéis olvidar eso y tender las alas, que las tenéis poderosas. Aprovecho esta ocasión para ofrecerme todo entero á vos; después que con vuestra esposa hayáis sido presentado á la corte, el capitán general de la guardia española y yo os presentaremos á vuestra brava compañía de arcabuceros.

—Gracias, señor conde.

—Pero me parece que vuestra esposa se acerca.

En efecto; se levantó un tapiz y apareció doña Clara, radiante de galas y hermosura: llevaba un traje de brocado de oro sobre verde, con doble falda y con segunda falda de brocado de plata sobre blanco; en los cabellos, en la garganta, sobre el seno, en las brazos, en la cintura, llevaba un magnífico aderezo completo.

—¡Señora duquesa! ¡señor conde!—exclamó la joven dirigiéndose á ellos—¡cuánto siento haberos hecho esperar!

Pero de repente doña Clara se detuvo.

Los ojos de la duquesa de Gandía estaban fijos con espanto en ella.

Doña Juana de Velasco estaba pálida y temblaba.

—¡Qué joyas tan hermosas!—dijo—; sobre todo... ese collar de perlas... y ese relicario... perdonadme... pero quiero ver ese relicario...

La joven se acercó á la duquesa.

Doña Juana volvió el relicario.

Su mano temblaba.

—¿Quién os dado esas joyas?—dijo en voz baja y rápida á doña Clara.

—Mi marido, señora—contestó en voz muy baja y profundamente conmovida doña Clara.

—¿Y sabe vuestro marido?... ¿sabéis vos?...

—Sí; sabemos que por estas joyas puede conocer á su madre.

—¡Ah!—exclamó la duquesa dando un grito, y retirándose bruscamente de doña Clara.

—¿Qué es eso, mi buena duquesa?—dijo con gran interés el conde de Olivares.

—Nada, no es nada; es un accidente que padezco... caballero—añadió dirigiéndose á Juan—, ¿queréis darme vuestro brazo?... apenas puedo sostenerme... y sus majestades esperan.

—¡Ah! señora—contestó don Juan turbado y conmovido, porque el acento de la duquesa había cambiado enteramente para él.

Y la dió el brazo.

Temblaba tanto don Juan, como la duquesa de Gandía.

Doña Clara tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué sucede aquí?—murmuró don Gaspar de Guzmán dando el brazo á doña Clara.

Y siguió hacia una puerta por donde se había llevado la duquesa de Gandía á don Juan.

Se dirigían por el interior de las habitaciones á la cámara pública de audiencia.

La duquesa iba de prisa.

Al pasar por una galería obscura, la duquesa, que iba muy delante del conde de Olivares y de doña Clara, dijo con acento cortado:

—Por piedad, caballero, no me engañéis; ¿por qué habéis querido que vuestra esposa se ponga esas joyas hoy?

—Porque... va á ser presentada á la corte, y en la corte puede estar mi madre—dijo balbuceando el joven.

—¿Y amáis mucho á vuestra madre?—dijo llorando la duquesa.

—¡Por Dios, señora! ¡por vuestro honor!... vamos á salir á los salones.

—¡Ah!—exclamó la duquesa.

Y deteniéndose de repente, asió la cabeza de don Juan y le besó en la boca.

Después apresuró el paso.

Cuando salió á los salones, se mostraba serena; pero severa, sombría.

Poco después los novios y los que representaban como padrinos á los reyes, fueron presentados á éstos.

Después doña Clara tomó la almohada de dama de honor.

Cuando el conde de Olivares se llevaba á don Juan para presentarle á su compañía de arcabuceros de la guardia española, la duquesa le dijo:

—Espero que iréis, en cuanto estéis libre, con vuestra esposa á mi casa.

—Iré, señora, iré.

Y el joven salió.

CAPÍTULO L

DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO QUISO DAR PUNTO Á UNO DE SUS ASUNTOS

Cumpliendo lo que había prometido á la duquesa, don Juan y doña Clara salieron una hora después del alcázar en una litera.

Era la litera enorme.

Los esposos iban sentados en el testero; los asientos delanteros iban vacíos.

Entrambos iban silenciosos y pensativos.

De repente una voz muy conocida, dijo al lacayo que guiaba á la mula delantera:

—¡Eh, conductor de venturas! ¡para, para, que la desdicha te lo manda!

El lacayo paró.

Una cabeza asomó á la portezuela, y una mano tocó á los cristales.

Don Juan abrió la portezuela.

—¿Es decir, que quepo?—dijo don Francisco de Quevedo.

—Donde quiera que estemos nosotros, cabéis vos; pero entrad, que llueve.

—Desde que llegué á Madrid, que fué el mismo día que llegásteis vos—dijo Quevedo entrando—, no ha cesado ni un punto de llover; hambre tengo de cielo, y hambre de que no me lluevan desdichas; lastimado ando, y espantado y sin sueño aunque no duermo. ¿A dónde vais?

—Casa de la duquesa de Gandía.

—¿Vais casa... de la duquesa?...—dijo Quevedo con acento hueco á doña Clara.

—Yo no he tenido la culpa—dijo la joven.

—¡Cómo! ¿de qué no has tenido tú la culpa, Clara mía?—dijo don Juan.

—Don Francisco lo sabe todo.

—¡Cómo! ¡sabéis!...

—Sí por cierto, sé...

Y Quevedo se detuvo.

—Sí, sabe que la duquesa de Gandía es... tu madre...

—¿Os ha dicho acaso mi padre?...

—Sí, sí... vuestro padre... eso es...—dijo Quevedo, que no quería que don Juan supiese que el tío Manolillo conocía aquel secreto.

—Mi padre ha hecho mal...—dijo don Juan.

—¡Joven!—exclamó severamente Quevedo—; secretos hay entre vuestro padre y yo que importan tanto, como que él es el duque de Osuna, el grande Osuna, y yo soy don Francisco de Quevedo, su secretario; y si yo no fuera secretario de secretos, no secretearía, y si el duque no tuviera secretos, no me tendría por secretario, y, por último, tan duque soy yo, como el duque es Quevedo, y Dios dirá y ya veremos, y pasemos á otra cosa. ¿Cómo está su majestad la reina?

—Buena y contenta—contestó doña Clara.

—¿Y no está pálida?

—Nunca ha tenido más hermosos colores.

—Pues que paren la litera.

—Pero yo no os entiendo—dijo don Juan.

—Entiéndome yo; vóime donde iba, y adiós.

Y abrió la portezuela.

—Para—dijo al lacayo.

La litera paró, salió Quevedo, se embozó en su capa y echó á andar.

Cerró don Juan la portezuela, y la litera siguió.

Quevedo, pisando lodos, atravesó con pena algunas calles, se detuvo en una, en la de Fuencarral, delante de una gran casa y se entró.

Poco después, una doncella decía á la condesa de Lemos:

—¡Don Francisco de Quevedo!

—Haced, señora, que me den tintero y papel—dijo Quevedo entrando.

—Os lo daré yo—dijo la condesa—. ¿Pero qué es esto, amigo mío?—dijo cuando quedaron solos.

—Esto es, que como no tengo más casa que la vuestra, ni más alma que vuestra alma, aquí me vengo á hacer mis cosas; por delante, es decir, por el zaguán, cuando es de día; por detrás, cuando es de noche. Vos me fortificáis y me consoláis... y yo me convierto en niño para vos; pero dejadme que sea por algún tiempo hombre y cumpla con mi obligación; que escribir tengo al duque... y largo... y de tal modo que le digo que me espere.

—¡Cómo! ¿os vais, don Francisco?

—Y me alegro.

—No digáis eso, porque creeré...

—Debéis creer que os amo mucho.

—Tenéisme vuestra....

—Por lo mismo; porque vos no sois vuestra siendo mía, os lo digo: que si yo no os amara... Oíd: el alma... lo que se llama alma, tiene más de una corcova.

—No os entiendo.

—Quiero decir... que lo mejor que puede hacer una criatura, es enderezar su alma.

—¡Ah!

—Si vos no fuérais quien sois...

—Don Francisco—dijo la condesa—, mirarlo debísteis antes; vos me caísteis como llovido.

—En esta aventura de aventuras, ha llovido de todo. Así estoy yo de calado; el agua me llega ya á las narices, y á poco más me ahogo. Pero dadme licencia para que escriba, que os lo afirmo, importa. No tiene trazas de dejar de llover, y como no quiero morir ahogado de este diluvio, dejadme que fabrique mi barca.

—Y esa barca...

—Ha de serlo una carta. Y en ella heme de salvar yo huyendo de vos: y habéos de salvar por mi huída, y á más han de salvarse ciertos recién casados, que no andan muy seguros...

—¿Conque es cosa decidida?...—dijo de mal talante la condesa.

—Bien veo que os enojo; pero en este pueblo de orates algún loco ha de haber con barruntos de juicio. Si sólo se tratara del conde mi señor... merecido lo tiene, pero vos... vos sois distinta cosa... y creedme, doña Catalina... cuando dos almas se casan no hay nada que las divorcie; búscanse, se juntan, se acarician, por más que los cuerpos que las aprisionan anden lejos... y la memoria... ¡bendiga Dios la memoria, consuelo de desterrados!...

—Tormento de mal nacidos...

—¿Por mal nacida os tenéis?

—Mal nace quien nace para penar.

—Penárais más á mi lado; escorpión nací... hortiga crezco... hiel lloro... ponzoña respiro. Maldición debo de tener encima, que si escribo muelo, si obro rajo... donde piso no nace hierba. Pidiera á Dios razones, si Dios con su lengua muda no me las diera, y paciencia si ya no tuviera callos en el alma. Cansado estoy de vivir, y tengo para mí que de cansado, sin haberme muerto, hiedo, y que se me puede sacar por el olor á poco que se me trate. Tomad á sueño lo que ha pasado, señora, como yo lo tomo á locura y maldición mía, y entendedme y no me digáis que no os amo, que al revés de otros, mi amor os pruebo cuando de vos me aparto, y con esto, dejadme que mi barca fabrique, que la tormenta arrecía y el puerto está lejos, y no por mí, sino por otros, á piloto me meto. Dadme, pues, papel, no lloréis, que tragos de hiel son para mí vuestras lágrimas, y si me provocáis á beberlas, matáranme, porque olvidaré mi propósito y todo se llevará el diablo y no hay para qué tanto.

—¡Pluguiera á Dios que nunca hubiérais venido!—dijo la de Lemos levantándose y sacando papel de un cajón.

—Pecados ajenos me trajeron, y pecados ajenos me llevan, como si no bastaran y aun sobraran para llevarme y traerme mis pecados propios. Y Dios os lo pague por el papel, y dadme licencia para que escriba.

La condesa no contestó; fuése al hueco del un balcón y se puso á llorar de espaldas á Quevedo.

Quevedo escribía entre tanto al duque de Osuna lo siguiente:

«Señor:

»Con ansias os escribo, y bien podéis creerlo cuando yo lo afirmo, que ya sabéis que en lo de garlar soy duro, y no se me pone tan fácilmente en el ansia. Pero tal se ensaña conmigo mi suerte pecadora, que tengo para mí que tendré que irme á un desierto, y aun allí, ya que no haga daño á las gentes, se lo haré á las piedras. Víneme á Madrid desde San Marcos, no sin algún escrúpulo é inapetencia, porque no ha habido vez en que yo haya vuelto á Madrid desde que salí de él á aventuras, que no me haya sucedido una desventura. Apenas llegado, topéme con vuestro hijo, y halléle ya tan enredado y tan en palacio metido y á tanto puesto, que me entró miedo de si podría desatollarlo, y esta es la hora, en que no sólo desatollarlo no he podido, sino que con él atollado me veo, y eso que aún no hace tres días cabales que entrambos estamos en la corte; tal turbión de enredos ha caído sobre nosotros, que estoy enredado y aun con telarañas en los ojos, y tan pegajosas y tales, que por más que restrego no aprovecha. Punzó el mozo, y de tal manera, que de la punzadura anda Calderón en un grito, boca arriba en el lecho, con un ojal en el costado que por poco es de pasión, lo que dudo mucho que llegue á ser de escarmiento. Salvóse por la caía la reina, que no menos que la reina anda en el lance, pero fué salvación de comedia de sustos, que no se sale de un peligro sino para caer en otro. El malaventurado cocinero del rey, hermano del fingido padre de nuestro mozo, se ha encontrado cogido por los enredos, y como es de pasta quebradiza y cicatera, ha cantado de plano, y vuestro hijo sabe quién es su padre y sábelo la corte, y sábelo todo el mundo, y lo único que ha sucedido á derechas y de lo que me alegro, porque el mancebo parece nacido con buena ventura, anoche le casó la reina con la hija del coronel Ignacio Soldevilla, que por ahí anda á las órdenes de vuecencia en los tercios de Nápoles. Y lo que más de espantar es, que siendo ella una dama de acero, donde se han mellado hasta ahora los dardos de Cupido (quiero decir, el diablo), es cera para su esposo, y le ama como si de encargo hubiera nacido para amarle, y está loca y encariñada con él, y él no acertando á mirar ni á ver más que á su doña Clara. ¡Vive Dios que los chicos me dan envidia, y que será gran lástima que tanta miel se acibare! Gran parte para evitar esta desdicha, será el apartar de la corte al recién casado, y que vuecencia le ponga bajo su mano, y nos marchemos de aquí todos; que vos, señor, lo conseguiréis con escribirle, y él se apresurará á obedeceros, que en cuanto á mí, he hecho cuanto he podido, metiéndome por sacarle de donde yo por mi voluntad no me hubiera metido. Pero me descuaderno y me voy de un lado para otro, y no puedo más, y á vuecencia recurro. Venga la orden por la posta, y cuanto antes logre yo poder decir á vuecencia lo que no es para escrito, sino para relatado, y aun así en voz baja y á puerta cerrada. Réstame por deciros, que el mozo es un oro, que si su sangre pudiese honrarse, la honraría, y que es gran pena, que en vez de ser hijo á trasmano, no lo fuese de mi señora la duquesa doña Catalina. Y como me tarda que ésta llegue á manos de vuecencia, abrevio el tiempo poniendo punto final.—Guarde Dios á vuecencia.

Don Francisco de Quevedo.»

Plegó esta carta, la cerró, y se fué hacia doña Catalina.

—¿Lloráis?—la dijo.

—¿No os basta que os esconda mis lágrimas—dijo la condesa—, sino que venís á buscarlas?

—Ellas me ahogan y ellas me dan vida. Llorado me vea por vos, yo, á quien no llorará nadie, y quiera Dios que por vuestro recuerdo, salgan de mi pecho las lágrimas que me hinchan.

—¿Pero no volveréis?

—No.

—Pues... adiós...

—Adiós...

La condesa se quedó llorando; Quevedo salió atusándose el bigote distraído.

—Si me ama—dijo—es feliz y no hay por qué dolerse... si no me ama, otro vendrá y le enjugará los ojos.

Y haciendo un nuevo ademán que podía traducirse por la frase: adelante, enérgicamente pronunciada, salió á paso lento de la casa.

Quevedo había tomado su resolución, y dejaba abandonado á tiempo un instrumento que ya no le servía.

CAPÍTULO LI

EN QUE ENCONTRAMOS DE NUEVO AL HÉROE DE NUESTRO CUENTO

El padre Aliaga salió del alcázar inmediatamente después de haberse turbado de una manera tan extraña, por el tío Manolillo, el almuerzo de la reina.

El confesor del rey estaba aturdido con lo que le acontecía.

El bufón había llegado á hacerse para él un gigante.

Aquel hombre había leído en su alma.

Aquel hombre había visto su fondo tenebroso.

Además, el hombre que se había creído amado por la reina, don Juan Téllez Girón, el hombre por quien acaso la reina se interesaba, el que se había casado con doña Clara Soldevilla para cubrir acaso á Margarita de Austria; el recuerdo de aquel hombre, roía el alma del padre Aliaga.

Porque el padre Aliaga, desesperado y loco, estaba celoso.

Y los celosos desconfían de todo, y aun en el mismo sol ven sombras.

El padre Aliaga hizo por lo mismo prender al cocinero mayor.

Porque tenía celos.

De modo que, el mísero de Francisco Martínez Montiño, estaba constantemente pagando pecados de otros.

El alguacil del Santo Oficio le había llevado en derechura al convento de Atocha, le había metido en la celda, y se había quedado guardándole por fuera.

Cuando se vió allí Montiño, respiró un tanto.

—Vamos—dijo—, estos son asuntos del inquisidor general. ¿Pero y mis asuntos? aquel Cosme Aldaba metido en las cocinas... y había en mi casa un no sé qué... yo estoy en ascuas... ¡y cuánto tarda el padre Aliaga! ¡Dios mío!

Y el pobre Montiño tuvo que esperar más de tres horas, esto es, desde las ocho hasta las once, sin atreverse á moverse del rincón de una de las vidrieras de los balcones de la celda donde se había pegado, viendo cómo caía el agua continua sobre la tierra de la huerta.

El ver llover da tristeza.

El cocinero mayor, que tenía más de un motivo para estar triste, se puso más triste aún.

Sus monólogos fueron tomando un no sé qué de insensato.

Sus ojos miraban de una manera singular la compacta cerrazón del cielo, como si ella hubiera tenido una relación directa con el nublado que envolvía su alma.

Acabó por adormilarse, que no eran para menos la inacción en que se encontraba, la insistencia de un mismo pensamiento, esto es, su casa y su cocina, y el lento, contínuo, incesante rumor de la lluvia.

De repente le hizo volverse despavorido una mano que se apoyó fuertemente en su hombro.

Encontró delante de sí al padre Aliaga.

Pero no al padre Aliaga humilde, impenetrable, sencillo, sino á un varón pálido, ceñudo, cuyos ojos brillaban de una manera terrible, y tenían allá en su fondo algo que hizo temblar á Montiño.

—¿Por qué no me trajísteis anoche el cofre de que hablamos?—le dijo.

—¡Porque me lo robaron!—exclamó todo lagrimoso, asustado y empequeñecido el cocinero mayor.

—¡Que os lo robaron!

—Sí, señor... en la Cava Baja de San Miguel. Pero miento; no me lo robaron... es decir, sí me lo robaron...

—Tranquilizáos, Montiño, porque estáis diciendo disparates.

—Es que vuestra señoría me está mirando con unos ojos...

El padre Aliaga comprendió que el cocinero mayor estaba bastante asustado para que fuese necesario asustarle más, y que seguir asustándole sería dar motivo á que no dijese una palabra con concierto.

—Vamos, vamos; no os he hecho venir...

—Perdone vuestra señoría; me han traído preso.

—Pues bien, no os he mandado prender para manteneros preso, sino para que viniérais. No pretendo haceros mal alguno.

—Así fueran todos como vos, padre, porque desde hace tres días todos me están haciendo daño.

—Tranquilizáos, que yo os protegeré contra todos.

—¿Y mi mujer y mi hija? ¿Y el galopín Cosme Aldaba? ¿Y don Juan de Guzmán?—dijo el cocinero recayendo en su pensamiento fijo.

—Ya hablaremos de eso. Sentáos aquí, junto al fuego, que hace frío, y si tenéis apetito pediré de almorzar.

—No; no, señor, he almorzado ya, y por cierto con buen apetito... y si no me encuentro al tío Manolillo que me animó...

—¡Ah! ¿habéis almorzado con el tío Manolillo?

—Sí; sí, señor... el tío Manolillo iba que centelleaba tras la comedianta, tras la Dorotea... que iba con el sargento mayor don Juan de Guzmán y se metió con ella en casa de doña Ana de Acuña.

El cocinero mayor, fuese por temperamento, fuese por debilidad, fuese por cálculo, vomitaba todo lo que sabía.

—¡Ah!—dijo el padre Aliaga, cuya fisonomía había vuelto á ser impenetrable y benévola—¿conque esa comedianta entró con el sargento mayor en casa de doña Ana?

—Sí, señor.

-¿Y el tío Manolillo?

—Se entró conmigo en una taberna de enfrente, donde almorzamos.

—¿Y luego?

—Luego, el tío Manolillo se fué á la casa de doña Ana, llamó...

—¿Luego conoce?...

—Debe conocer, porque le abrieron.

—¿Y vos?...

—Yo me fuí al alcázar: llegaba á él, cuando me prendieron.

—Os trajeron... Montiño.

—Yo digo que me prendieron, y aunque alegué que tenía que estar á la mira del almuerzo de sus majestades, y evacuar otros negocios, el alguacil que me prendió, sólo me dejó dar una vuelta por las cocinas, y llevar á mi casa el cofre, el famoso cofre, que había dejado en una portería por irme con el tío Manolillo.

—¿Pues no decíais que os habían robado el tal cofre?

—Sí; sí, señor; me lo robaron.

—¿Y cómo le recobrásteis?

—No le recobré yo.

—¿Pues quién fué?

—Ese caballero, que no sé por qué razón acertó á venir con dos amigos por la Cava Baja, cuando ya se llevaban el cofre.

—¡Don Juan Téllez Girón!

—¡Ah! ¿sabéis ya cómo se llama?

—Anoche le casé.

—¡Que le casásteis!

—Sí, con doña Clara Soldevilla.

—Pero, señor, ese mancebo ha caído de pies en la corte, todas le aman.

—Sigamos, sigamos—dijo el confesor del rey con voz ronca—. Le casé, y al pedirle su nombre, me dijo: don Juan Téllez Girón.

—Como que lo sabía... como que abrió el cofre y dentro encontró papeles, y una carta del duque de Osuna, en la que le llamaba su hijo, y un tesoro en joyas y en buenos doblones de oro, que es lo que queda únicamente en el cofre, porque los papeles y las joyas se las llevó.

—¿Y por qué no vinísteis?

—Tenía miedo.

—¿Qué hicísteis, pues?

—Me volví á palacio, pero estaban las puertas cerradas, y me vi obligado á meterme con el cofre y con mis gentes en donde mis gentes me entraron, en una muy mala casa, señor, donde me dieron un jergón muy malo, y pasé una muy mala noche y luego me hicieron pagar un muy buen precio... desdichas y más desdichas... y cuando creía que iba á descansar, he aquí que me prenden en nombre del Santo Oficio, y me asusté, señor, porque sin que os ofendáis, el nombre del Santo Oficio mete miedo, y me entran y me encierran en vuestra celda.

—De aquí saldréis libre y favorecido: pero me habéis de hablar con verdad.

—Os diré cuanto sepa y más que supiere á trueque de que me amparéis, que bien he menester de amparo.

—Antes de ir por el cofre consabido para traerle, ¿dónde estuvísteis?

—En el convento, por la carta de la madre Misericordia.

—¿Y luego?

—Fuí á casa del duque de Lerma, pero su excelencia no estaba en casa.

—¿De modo, que?...

—Tengo todavía en el bolsillo la carta de la madre Misericordia para el duque, y otra carta de la misma madre para vos.

—Dadme, dadme.

—Tomad, señor.

El padre Aliaga abrió la carta dirigida á él, y encontró todo el fárrago que nuestros lectores conocen.

—¡Ah! ¡ah!—dijo el padre Aliaga para sí—; ¿conque la de Lemos y Quevedo mancillan los nombres de dos familias ilustres? ¡se aman! ¡Quevedo es amigo de ese don Juan, y la condesa de Lemos es camarera de la reina!

El padre Aliaga se quedó profundamente pensativo y guardó la carta de la abadesa.

—Llevaréis esta otra al duque de Lerma—dijo el padre Aliaga devolviendo á Montiño la carta que la noche antes había escrito la madre Misericordia para su tío, bajo la presión del temor causado en ella por el Santo Oficio.

El cocinero se levantó súbitamente, porque le tardaba en verse en libertad.

—Esperad, esperad todavía.

Montiño volvió á sentarse con pena.

—Cualquier cosa que os suceda, la remediaré yo, y si no puedo remediarla, procuraré satisfaceros lo mejor posible.

—¡Ah! ¡señor! ¡Dios se lo pague á vuestra señoría!

—¿Para cuándo ha citado doña Ana de Acuña al duque de Lerma?

—Al duque de Lerma, no—dijo en una suave advertencia el cocinero.

—Al rey... eso es... es lo mismo... ¿cuándo debe ir el duque de Lerma á hacer el papel del rey en casa de esa mujer?

—Tengo que avisarla.

—Id á llevar esta carta al duque.

Montiño se levantó de nuevo.

—Si el duque os envía á casa de doña Ana, avisadme.

—Avisaré á vuestra señoría de todo.

—Y como vivís en palacio, procurad no perder nada en cuanto os fuese posible de cuanto haga ese don Juan.

—Serviré fielmente á vuestra señoría.

—Y como os quejáis de haber hecho gastos...

—Yo no me he quejado, aunque los he hecho...

—Tomad.

El padre Aliaga abrió un cajón y sacó un centenar de escudos que dió al cocinero.

—¡Ah! ¡señor!—dijo Montiño—; yo no tomaría esto, si no fuera porque estoy pobre.

Y en aquellos momentos el cocinero mayor decía la verdad sin saberlo.

—Id, id, que el día avanza, y tal vez os busquen.

—No lo quiera Dios: y puesto que vuestra señoría no me necesita, voy... voy á dar una vuelta por mi casa...

—Id con Dios.

Montiño salió desolado.

A pesar de que estaba asendereado y molido, de que llovía, de que el terreno estaba resbaladizo, de que hay una gran distancia desde el convento de Atocha á palacio, Montiño recorrió aquella distancia en pocos minutos.

Cuando estuvo en la puerta de las Meninas, se abalanzó por las escaleras más próximas y subió á saltos los peldaños.

Cuando llegó á su puerta, llamó.

Nadie le contestó.

Volvió á llamar y sucedió el mismo silencio.

Entonces vió lo que en su apresuramiento, en la turbación, no había visto.

Un papel pegado sobre la cerradura, en que se leía en letras gordas, lo siguiente:

NADIE ABRA ESTA PUERTA, DE ORDEN DEL REY NUESTRO SEÑOR

Si hubiera visto la cabeza de Medusa, no hubiera causado en él tan terrible efecto como le causó la vista de aquel papel.

Pero de repente se serenó y soltó una carcajada insensata.

—¡Vamos, señor!—dijo—he perdido el tino; en vez de venirme á mi casa, me he venido á otra puerta.

Y siguió el corredor adelante.

Pero á medida que adelantaba se convencía de que estaba en el corredor de su vivienda.

Entonces volvió á sobrecogerle el terror, y se volvió atrás, y volvió á llamar, pero de una manera desesperada.

—¡Sí, sí!—exclamó—; esta es la puerta de mi aposento, y no hay nadie en él, y luego este papel sellado; ¡Dios mío!

El cocinero mayor se agarró con entrambas manos la cabeza, como pretendiendo que no se le escapara, y de repente dió á correr y se entró en la cocina.

Oficiales, galopines y pícaros, hablaban en corros.

De repente, una voz desesperada, horrible, llamó la atención de todos.

Aquella voz había gritado con una entonación que partía el alma:

—¿Dónde está mi mujer? ¿dónde está mi hija?

Por el momento nadie le contestó.

Al fin, uno de los oficiales de más edad adelantó y le dijo:

—Señor Francisco, es menester que vuesa merced tenga mucho valor.

—¿Pero qué ha pasado?—gritó con más desesperación, con más miedo, con más horror Montiño.

—Hace una hora se ha encontrado abierto el cuarto de vuesa merced y robado.

—¡Robado!

Y aquel robado, no fué un grito, sino un aullido, ni un aullido tampoco, porque no hay en ninguno de los sonidos que representan el dolor, el terror, la muerte, el fin de todo, la agonía, cuanto puede sentir y sufrir un ser humano, nada comparable al grito del cocinero mayor.

Luego dejó caer los brazos y la cabeza, y repitió aquel ¡robado!, pero de una manera ronca, grave, semejante á la preparación del rugido del león.

Y luego, llorando como un muchacho á quien han roto su botijo, y teme la cólera de su madre, repitió la frase ¡robado! y dió á correr sin saber á dónde, como un gato espantado, tropezando en todo, dándose en las paredes.

De repente se sintió asido como por unas tenazas de hierro, y lanzado dentro de un aposento.

Luego se oyó la llave de una puerta, y le arrastraron á otro aposento.

Y al fin Montiño se vió delante del tío Manolillo, que con los ojos como brasas, amenazador, terrible, le mostraba una escudilla de madera en la cual había algunos berros, y los muslos, las patas, los alones y el caparazón de una perdiz, todo verde, como los berros sobre que estaba.

—¡Rezad á Dios por el alma de un difunto!—exclamó con voz concentrada el bufón—¡rogad á Dios! cocinero de su majestad.

—¡Cosme Aldaba!—exclamó Montiño, y cayó de rodillas y con las manos juntas á los pies del bufón.

CAPÍTULO LII

DE CÓMO EMPEZÓ Á SER OTRO EL COCINERO MAYOR

«Un clavo saca otro clavo», se dice vulgarmente.

Un nuevo terror disipó el anterior terror de Montiño.

Aquella perdiz verde que le presentaba la inflexible mano del tío Manolillo, le devoraba, le mordía, le magullaba el alma, por decirlo así.

Pálido, contraído, yerto, con la boca dilatada, los ojos fijos, desencajados, espantosos, los brazos extendidos, crispados los dedos, erizados los cabellos, temblando todo, estaba horrible por el terror que sentía; detrás de aquella perdiz verde veía un cadáver... el cadáver de la reina, y detrás del cadáver de la reina, los dos palos escuetos y rojos de la horca.

—¡Infame Cosme Aldaba!—exclamaba con un acento indefinible—. ¡Infame Cosme Aldaba!... ¡él ha sido!... ¡yo no!... ¡yo no!... ¡no he parecido por las cocinas en dos días!

—¡Pero habéis sido ciego... miserablemente ciego!...—exclamó con acento de desprecio y de cólera el bufón—habéis sido ciego, y por vuestra ceguera ese infame Guzmán ha podido volver loca á vuestra esposa... ha podido hacerla un instrumento de muerte... y todo por vos... por haber sido tonto.

—¡Oh Dios mío! pero su majestad...

—Esa perdiz se ha servido en el almuerzo de la reina—dijo el bufón.

—¿Pero ese difunto... ese difunto de que hablábais?...—dijo Montiño levantándose.

—Ha sido un paje.

—¡Ah!—exclamó el cocinero—¡un paje!...

—Sí, un paje que se ha comido las pechugas que habían quedado en los platos de la reina y del padre Aliaga.

—El padre Aliaga está perfectamente bueno—exclamó con alegría el cocinero mayor.

—¿Que está bueno el padre Aliaga?...

—¡Sí, acabo de hablar con él!

—¿Y la reina?... yo no me he atrevido á preguntar... no me he atrevido á hablar... pero el alcázar está tranquilo... ¡oh! ¡si hubiese querido Dios que el golpe se hubiese frustrado!...

—¡Sí, sí, Dios lo habrá querido!...—exclamó el cocinero—¡porque Dios no querrá que nos ahorquen inocentes!

La horca era el pensamiento fijo de Montiño.

—¡Que nos ahorquen! ¡No, no puede ser! se ha perdido el rastro.

—¡Que se ha perdido el rastro, y tenéis ahí en esa escudilla los restos envenenados de la perdiz!

—Tenéis razón, tenéis razón, Montiño—dijo el bufón-; pero esto desaparecerá, desaparecerá, yo os lo juro.

Y yendo á un negro fogón que le servía para condimentar su pobre comida, el tío Manolillo hizo fuego, y puso sobre él la escudilla de madera con los restos de la perdiz.

—¿Y no queda más señal que esa?—dijo el cocinero viendo arder con ansiedad la escudilla.

—No... el veneno sólo queda ahí... y en las entrañas del paje muerto... Pero, según he oído, se han llevado el paje á la parroquia sin que nadie sospeche; cuando le hayan enterrado....

—¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¡Pero mi mujer! ¡Mi hija!

—¿Aún amáis á vuestra mujer?...

—No la amo... no... pero siento una horrible sed de venganza... La miserable... la desagradecida... yo que la había sacado de la miseria... y luego el hijo que lleva en el seno...

—Vos nunca habéis tenido hijos.

—¡Cómo! ¿No es hija mía Inés?

—Vuestra primera mujer os engañó, como os ha engañado la segunda.

—¡Dios mío! ¡Dios mío!

—De modo que debéis alegraros de que se os haya escapado.

—¡Pero se ha escapado robándome!...—exclamó en una de sus acostumbradas salidas de tono el cocinero mayor.

—¡Bah! consoláos; ya tendréis algún dinero empleado por ahí.

—No tengo ni un sólo maravedí... había pensado retirarme.

—Según me han dicho, ha quedado un cofre muy pesado, que se encontró en vuestro aposento, que los ladrones no pudieron abrir porque es de hierro, y que no se atrevieron á llevarse por su tamaño, en poder del mayordomo mayor.

—¡En todo tiene suerte ese mancebo... mi sobrino postizo!—exclamó con una rabia angustiosa el cocinero mayor—; me roban á mí, encuentran su dinero en mi aposento cuando me roban y no pueden robarle á él. ¡Dios mío, Dios mío! me quedo solo en el mundo, y pobre y viejo.

—En primer lugar, don Juan Téllez Girón, vuestro sobrino postizo, os debe todo lo que es. Vos habéis sido la causa de las casualidades que le han hecho esposo de doña Clara Soldevilla y favorito de la reina, y qué sé yo qué más cosas... pero ya se ha quemado la escudilla con lo que contenía, ya no queda rastro por aquí del veneno... el alcázar se me cae encima; salgamos... salgamos de aquí, Montiño.

—Llueve que es una maldición. Llovía cuando llegó á Madrid mi sobrino... quiero decir, don Juan Girón; y yo tengo para mí que mientras llueva no cesarán las desdichas.

—Ya veremos dónde nos metemos. Arregláos los cabellos y el vestido, que los tenéis desordenados, ponéos la capa y el sombrero, y vamos.

Púsose el bufón una caperuza, envolvióse en una capilla, salió de su aposento con Montiño y cerró la puerta con llave, murmurando:

—Ahí te quedas, terrible secreto; tú, aposento miserable del bufón, no hablarás, como tampoco hablará la tumba del paje. Vamos, Montiño, vamos; ¿pero á dónde vais?

—A las cocinas. ¿Queréis que cuando me veo arruinado, abandone el único recurso que me queda?

—¡Dios ayude al bolsillo de su majestad!

—¡Otros diez años de cocinero, solo, triste, viejo!... ¡Otros diez años para reunir la décima parte de lo que me han robado!—exclamó Montiño con desesperación.

Y no habló una palabra más hasta llegar á las cocinas.

Ni allí habló otras palabras, que las referentes al servicio.

Lo miró todo, lo inspeccionó todo, dió órdenes, y todos le escucharon con un silencio terrible, con un silencio de espanto, porque á pesar de que el desdichado no decía una sola palabra de su desgracia, ni nadie se atrevía á recordársela, su rostro estaba espantoso.

Se pintaba en él no sólo una desesperación profunda, sino el principio de una insensatez horrible.

Sus miradas vagaban inciertas sobre los objetos, sus mejillas habían como enflaquecido, sus cabellos como blanqueado, habíase afilado su nariz, temblaba de tiempo en tiempo el mezquino, y repetía una misma orden, é iba de acá para allá, volviendo siempre á un mismo punto.

Hasta su voz se había alterado.

Cuando salió, el oficial mayor dijo en medio del silencio general:

—¡Pobre señor Francisco! ¡está loco!

Y aquella palabra loco retumbó fatídicamente en las cocinas, repetida por todos.

Entre tanto, Montiño decía, asiéndose al brazo del bufón:

—Vamos á donde vos queráis—le dijo—; afortunadamente entre tanta desgracia la vianda del rey está lista, no falta nada y... no me despedirán... tendrán lástima de mí...

—¡Infeliz!—murmuró enteramente desarmado el tío Manolillo.

Y entrambos, en silencio, se encaminaron á la salida del alcázar.

CAPÍTULO LIII

EN QUE SE DEJA VER CLARO EL BUFÓN DEL REY

El tío Manolillo había aceptado la situación.

Había comprendido que para dominar los sucesos necesitaba dominarse á sí mismo, y se había dominado.

Para dominarse había hecho el siguiente raciocinio:

—Según todas las apariencias, el plan de los asesinos ha fracasado; la reina ha comido muy poco, y es ya viejo aquello de que: poco veneno ni mata ni daña... podrá suceder que á la reina... pero en fin... ¿y qué me importa á mí la reina? ¿qué favores la debo? he cumplido con lo que Dios me manda, procurando evitar el crimen. Si no lo he denunciado con tiempo ha sido por excusarme de un proceso... de una prisión... de un tiempo perdido durante el cual no podría velar por Dorotea... por ella, que es todo lo que me interesa en el mundo... por ella, que es... mi vida, mi pensamiento único... á la que me he sacrificado, que es desgraciada... no, no; yo he debido conservar mi libertad á todo trance... he hecho bien en callar... el crimen ha pasado sin que nadie le conozca... Guzmán, el incitador de este crimen, está muerto... no puede traslucirse... puedo, pues, consagrarme entero á Dorotea. Francisco Montiño podrá darme luz acerca de ciertas cosas que yo no comprendo... es necesario que yo utilice á este nombre... que le ayude... para todo esto debo estar muy sobre mí... pues sobrepongámonos á todo.

Después de este razonamiento consigo mismo, el semblante del bufón tomó su aspecto vulgar, su aspecto de todos los días, como podríamos decir.

Pero no aconteció lo mismo á Montiño.

Continuaba desencajado, contraído, fuera de sí.

Bastaba ver su semblante para comprender su situación.

—¡Mi dinero! ¡mi mujer!

Esta era la exclamación que de tiempo en tiempo se escapaba de sus labios.

Hécuba, la desventurada esposa de Príamo, la madre sin hijos, la reina esclava, no tuvo nunca el corazón tan desgarrado como lo tenía en aquellos momentos el infeliz cocinero de su majestad el rey don Felipe III.

Cuando salieron del alcázar, continuaba lloviendo ni más ni menos que como tres días antes de entrar don Juan Girón en Madrid.

Montiño no sintió la lluvia.

Pero el bufón, que tenía sobre sí un dominio inmenso, apresuró el paso para ponerse cuanto antes á cubierto de ella.

El cocinero mayor se quedó atrás.

—¡Eh! ¡señor Francisco!—dijo el bufón—; ¿en qué pensáis? andad de prisa, amigo mío, andad de prisa, que necesitamos aprovechar el tiempo... y sobre todo... si queréis que se os haga justicia...

—¡Que si quiero que se me haga justicia! pues ya lo creo; ¡á Dios la pido! ¡á Dios clamo por ella!... y estaré clamando hasta que la consiga...

—Pues aligerad.

—¿A dónde me lleváis?

—A casa de otra alma desconsolada.

—No hay alma más desconsolada que la mía.

—¡Quién sabe, Montiño! ¡quién sabe! pero andad, andad.

—¿Y quién es esa otra alma desconsolada?

—Una mujer que está enamorada de vuestro sobrino.

—¡Ah! ¿y quién es?

—La Dorotea.

—¡La querida del duque de Lerma!

—Eso es.

—¡Y esa mujer...!

—Está loca por don Juan.

—¿Y esa mujer puede...?

—Ya lo creo... pero si os ayuda, será necesario que vos la ayudéis.

Y el rostro del bufón, al decir estas palabras, tenía algo de terrible.

—Vamos, pues, vamos—dijo Montiño alentando una esperanza—; ¿y está muy lejos la casa de esa comedianta?

—No, no por cierto; en la calle Ancha de San Bernardo.

—Pues he aquí que estamos en la plazuela de Santo Domingo.

—Y dentro de poco estaremos á su puerta.

En efecto, poco después el bufón llamaba á la puerta de la Dorotea.

Salió á abrir Casilda.

—¡Oh! ¡bien venido seáis, tío Manolillo!—dijo la joven—; no sabíamos qué hacer con la señora; está terrible. Entrad, entrad. Pero ¿quién es ese que viene con vos?

—Es un amigo.

—No creo que esté la señora en disposición de que nadie extraño la vea.

—¡No importa! ¡no importa! entrad, señor Francisco, entrad—dijo el bufón viendo que Montiño se había detenido al escuchar la observación de la criada.

—Vamos á juntarnos dos locos, por lo que veo—dijo entrando Montiño.

Cuando entraron en la sala la encontraron revuelta; estaba llena de cofres abiertos, de trajes sobre los sillones, de objetos sobre las mesas.

Todo aquello era rico, relumbraba, punzaba la vista con los vivos colores y lo brillante de las telas; era, en fin, un magnífico equipaje de comedianta pagado por un gran señor.

—¡Ah!—dijo Montiño—, bien se conoce que aquí no ha habido ladrones.

La Dorotea, destrenzados los cabellos, desarreglado el traje, iba de acá para allá pálida, sombría, llorosa, sin acuerdo de lo que hacía, obrando maquinalmente, irritada, poseída por una pasión tremenda.

No vió ni al tío Manolillo ni á Montiño.

El bufón adelantó, y en un momento en que la Dorotea estaba de pie, inmóvil, con la cabeza inclinada, sostenida sobre una de sus manos, con el otro brazo abandonado á lo largo del cuerpo, era un vivo trasunto de una estatua pagana, representando á una mujer maldecida por los dioses y meditando de una manera terrible, blasfema é impía, sobre la causa de su desgracia.

El bufón se acercó á ella.

—¿En qué piensas, hija mía?—la dijo.

—¡Yo no sé!—contestó con acento de desesperación Dorotea.

—¡Pero estos cofres, estas ropas!

—Es necesario huir de aquí...

—¡Huir! ¿y á dónde?...

—¿A dónde? ¡No lo sé! ¡no he pensado en ello!

Guardó un momento silencio, y luego dijo con un arranque de resolución terrible:

—¡Sí; sí, sé á dónde! ¡á un lugar donde pueda ocultarme!... ¡donde nadie sepa que estoy!... ¡pero cerca de él! ¡cerca de ella! ¡á un lugar desconocido para todos, del cual pueda salir de noche, silenciosa, envuelta en mi manto... sola con mi venganza! ¡No sé dónde! ¡pero no importa! ¡cuando haya vendido todo esto!... ¡lo estoy sacando de los cofres para venderlo!... ¡cuando mis ricos trajes, mis perlas, mis diamantes, estén reducidos á dinero!... ¡porque para vengarme es menester dinero!... ¡entonces!... ¡entonces!... ¡saldré de esta casa... y encontraré donde ocultarme! ¡oh! ¡sí! ¡villano! ¡infame! ¡hacerme conocer el amor y abandonarme!

—¡Pero no os ha robado!—dijo el cocinero mayor, que tenía el amor propio de creer que era la suya la desgracia mayor que podía acontecer á un mortal.

—¿Que no me ha robado?—gritó Dorotea clavando en Montiño una mirada resplandeciente de fiereza, que hizo temblar al cocinero mayor—, ¿que no me ha robado? ¿y mi alma? ¿y mi corazón?

—Os queda á lo menos dinero para vengaros.

—Vamos, vamos—dijo el bufón—; esto es una locura, Dorotea... tú no has pensado, tú no has meditado.

—Yo no puedo meditar, yo no quiero meditar; me basta saber que se ha casado con otra...

—Debes, pues, despreciarle.

—No se desprecia lo que se ama.

—Lo mismo digo yo—exclamó Montiño.

—Vos estáis sentenciado á no decir nunca más que necedades. ¿Qué tiene que ver lo que á vos os sucede?...

—¡Pues podía sucederme más!... mi mujer, mi hija...

—¡Cómo!—exclamó Dorotea—; ¿vos también, pobre señor, habéis sido ultrajado... abandonado... insultado?...

—¡Oh! sí; sí, señora—dijo plañideramente Montiño—; abandonado... ultrajado y robado.

—¡Vengáos!—exclamó roncamente Dorotea, saliendo de su inercia y continuando en su exhibición de trajes de los cofres á las sillas.

—No, yo no quiero vengarme... si yo recuperara mi dinero...

—¿Quién es ese?—dijo la Dorotea escandalizándose de que un hombre en tales circunstancias se acordase de otra cosa que de vengarse, y perdiendo de todo punto el miramiento al cocinero mayor.

—Es Francisco Martínez Montiño—dijo el bufón.

—¡Cómo! ¡su tío!

—¿Tío de quién?—exclamó el cocinero...

—De Juan Montiño.

—De don Juan Téllez Girón, querréis decir, señora—dijo el cocinero mayor.

—De Juan Montiño digo—repitió con impaciencia la Dorotea.

—Juan Montiño, hija mía—dijo dolorosamente el tío Manolillo—, es don Juan Téllez Girón.

Una palidez biliosa, lívida, terrible, cubrió las mejillas de la comedianta; sus ojos irradiaron una mirada desesperada, tembló toda, y exclamó con acento opaco:

—¡Conque me ha engañado!... ¡conque me ha mentido!... ¡ya lo sospeché yo!... Quevedo le trajo ayer á mi casa... sí, sí, veo claro... muy claro... ¡ya se ve!... ¡como yo soy... ó era la querida del duque de Lerma!... ¡oh! ¡han querido tener en mí un instrumento!... ¡ese maldito don Francisco, que lee en el alma... que adivinó que yo me enamoraría de él... que me volvería loca por él!... ¡oh! ¿quién había de creer que Quevedo fuese tan villano? ¡oh! ¿quién había de pensar que un joven de mirada tan franca y tan noble, sucumbiría á tal bajeza... á tal crimen?... ¡enamorar á una pobre mujer que vive tranquila, resignada con su fortuna... hacerla odioso su pasado y desesperado su presente... matarla el alma!... ¡oh! ¡qué crimen, qué crimen... y qué infamia! ¡Es necesario que aunque yo me pierda se acuerde de mí! ¡Es necesario que yo me vengue!...

—Sí, es necesario que te vengues—dijo el bufón, que enloquecía por Dorotea—; si no es necesario que me vengue yo...

—¡Vos!—exclamó la joven—; ¡os ha hecho también desgraciado ese hombre!

—¡Oh! sí, ¡muy desgraciado!

—Vuestra desgracia, sea cual fuere, no puede compararse con la mía—dijo Dorotea, que tenía el doloroso egoísmo de creer que su desgracia era la mayor de las desgracias posibles.

—¡Oye!—exclamó el bufón, asiendo de una mano á Dorotea—; oye... y oye tú sola—añadió llevándosela al hueco de un balcón, mientras Montiño, desvanecido por lo que sucedía, se dejaba caer sin fuerzas sobre un cofre cerrado aún—: oye, Dorotea, y sabe que tus desgracias son humo, viento, nada, comparadas con las mías.

Y la mano del bufón estrechaba ardiente y calenturienta la mano de Dorotea, y sus ojos cruzados, encendidos, extraviados, se fijaban en ella con una ansia dolorosa, y en su boca entreabierta, por la que salía una respiración ronca, asomaba ligera espuma blanca.

La joven se aterró al ver el aspecto del bufón, y quiso desasirse.

—No, no; escucha—dijo el bufón—; es necesario que escuches: es necesario que conozcas el infierno que arde en mi alma... es necesario que lo conozcas para que comprendas que, á pesar de lo que acontece, de lo que te desespera, de lo que te hace creerte la más desventurada de las criaturas, tu infierno, comparado con el mío, es la gloria; tu amargura, comparada con la mía, es miel; tu desgracia, comparada con la mía, es una ventura envidiable.

Y la voz del bufón al pronunciar estas palabras, era ronca, opaca, casi imperceptible, y á pesar de esto, era poderosa y marcaba todas las entonaciones, todas las gradaciones de la pasión.

Dorotea le escuchaba muda, aterrada, dominada por aquella pasión viva.

—Oye, la dijo el bufón—: yo amo.

Y pronunció de tal manera estas palabras, miró de tal manera al pronunciar estas palabras á la joven, que ésta no pudo dudar que era ella á quien de una manera tan terrible amaba el bufón.

Y ahogó un grito de espanto, y quiso desasirse.

Pero el tío Manolillo la detuvo.

—Yo amo—repitió con acento más concentrado—; amo con toda la desesperación de Satanás; mi amor es más ardiente, más terrible, más atormentador que el fuego del infierno: me consume, me abrasa las entrañas, es un tósigo de muerte que llevo consigo; un dardo envenenado que no puedo arrancarme.

El bufón se detuvo para tomar aliento, porque de todo punto había enronquecido.

—Oye, oye: yo he visto crecer una mujer, crecer desde la cuna; la arrebaté de los brazos de su infame padre.

—¡Mi padre!—exclamó Dorotea.

—El padre de aquella niña era un monstruo: la llevaba consigo para abandonarla; aquella niña sin mí hubiera ido al hospicio...

—¡Ah!

—Yo fuí para la desdichada madre de aquella niña un hermano: comí pan seco y duro, dormí sobre el suelo, anduve sin capa en el invierno, viví en una calurosa buharda en el verano, llevé mi ración entera, y mi soldada entera de bufón, á aquella pobre madre abandonada, y cuando poco después murió, empeñé mi soldada por muchos meses para comprarla un nicho en el panteón de la parroquia, donde durmiese tranquila.

—¡Ah!—exclamó Dorotea.

—La misma noche en que enterraron á Margarita... oye... oye bien, Dorotea, oye con toda tu alma porque... vas á oír una cosa horrible—y el rostro del bufón tomó toda la terrible expresión de un condenado—: cuando tu madre...

—¡Oh! ¡no me había engañado!—exclamó la joven.

—Sí... sí... tu madre... pero más bajo, más bajo... ¿no ves que yo devoro mi voz, cuando si estuviese solo rugiría?... cuando tu madre estuvo sepultada... es el nicho de la segunda hilera, junto al rincón, en la pared derecha de la puerta, conforme se entra... nunca olvido aquel nicho... cuando estuvo sepultada... parecióme que me quedaba solo en el mundo... no había amado nunca...

—¡Amásteis á mi madre!

—La amé... ¡oh! sí, como yo podía amar á una mujer que había conocido amando á otro, con toda mi caridad, y cuando digo con toda mi caridad, digo con todo mi corazón; la amé... ¡oh! sí, mucho, mucho... pero era un amor que no me inquietaba... porque nada quería... más que proteger á tu madre... consolarla, y protegiéndola y consolándola, y viéndola vuelta hacia mí como su único consuelo... mi amor recibía toda la recompensa que podía recibir... y al mismo tiempo... aquel amor puro, tranquilo... aquel cuidado de una pobre enferma, me alentaba... me reconciliaba con la vida... cuando perdí á tu madre, me encontré solo... salí del panteón con el corazón oprimido... por el momento no pensé en nada... pero luego... el frío de las noches de invierno, la lluvia, refrescan la sangre, y cuando la sangre que arde se refresca, el pensamiento se calma y la razón sobreviene... pensé y vi que no estaba solo en el mundo... que vivías tú... que te habías quedado sola en tu cuna... tenía una hija... una hija de quien Dios me encargaba... y yo no tenía dinero... no esperaba tenerlo en mucho tiempo, porque había empeñado mi soldada por mucho tiempo... para enterrar á tu madre.

—¡Oh, Dios mío!—exclamó Dorotea.

—¡Qué debía yo hacer!—exclamó con acento roncó el bufón—ampararte, criarte, velar por ti... y no tenía dinero... ¡el diablo á veces acude al auxilio de los desesperados y acudió al mío!

Y el bufón soltó una carcajada opaca, silenciosa, horrible.

Dorotea se sentía estremecida por un terror inexplicable.

—Sí, sí—añadió el bufón—; el diablo acudió en mi socorro; al pasar por delante de una tienda cerrada... en Santa Cruz... sentí contar dinero... mucho dinero...

—¡Ah!—exclamó Dorotea, que empezó á adivinar la horrible verdad.

—Escucha, escucha—prosiguió el bufón—; no es eso sólo... no es solamente lo que tú has sospechado... es más horrible... y todo por ti... por ti...

—¡Oh! ¡más horrible aún!—exclamó Dorotea.

—Oye... Oye... el ruido tentador del oro me detuvo, me trastornó, me atrajo... y... me quedé inmóvil, pegado á la pared... cerca de aquella puerta... yo no sentía, no oía otra cosa que el ruido del dinero... y tras él me parecía escuchar tu llanto desconsolado... me parecía verte extendiendo tus bracitos... llamando á tu madre... ¡oh! ¡Dios mío!... yo no sé cuánto tiempo pasé de aquel modo... al fin aquella puerta... la puerta de la tienda se abrió y salió un hombre... la puerta se cerró y el hombre que había salido se alejó solo; yo le seguí... le seguí recatadamente... eran mis pasos tan silenciosos, que no podía oírme... era la noche tan obscura, que aunque hubiera vuelto la cabeza no hubiera podido verme... y una fascinación terrible, involuntaria, me acercaba más á aquel hombre... de repente aquel hombre dió un grito y cayó de boca contra el suelo... al caer se oyó un ruido metálico... el de un saco de dinero... luego se oyó crujir de nuevo aquel saco, y otro hombre dió á correr... el que había caído no volvió á levantarse... el otro no volvió á pasar jamás por aquella calle... tres días después estabas tú en las Descalzas Reales... porque yo... yo tenía oro... mucho oro... yo era rico... y podía criar bien á mi hija.

—¡Matásteis por mí un hombre!...—exclamó Dorotea—¡algún desdichado padre de familia!

—No sé quién era... ni aun oí hablar á nadie de aquella muerte... el tiempo ha pasado... pero aquella sangre... aquella sangre está cada día más negra é indeleble en mi conciencia. ¡Dicen que estoy loco! es verdad... ¡loco! y es muy razonable que yo esté loco... porque he sufrido mucho... mucho...

El bufón se detuvo fatigado.

Dorotea temblaba.

—Oye... oye aún...—continuó el bufón—. Durante los primeros años de tu vida, te amé como á mí propio... más que como á mí propio... yo lo empleaba todo en ti... el oro que había robado... mi soldada... tú eras una pequeña dama... estabas mejor vestida, tenías más juguetes y más ricos que las hijas de gente noble y poderosa que se criaban en el convento... yo enloquecía por ti... porque tú eras para mí más que mi amor: eras el recuerdo de un horrible crimen... yo veía sobre tu pura y hermosa frente de ángel una mancha roja...

—¡Dios mío!—exclamó Dorotea, exhalando un grito de espanto, mirando con terror al bufón—¡vos me habéis criado á precio de sangre humana, y vuestra maldición ha caído sobre mí!

Y como Dorotea quisiese huir, el bufón la retuvo.

—Espera, espera—la dijo—; aún no he concluído; llegó un día en que ya no fuiste una niña, sino una mujer, y una mujer hermosísima... entonces, sin poderlo evitar te amé...

La Dorotea miró con espanto al bufón.

—Te amé—continuó el tío Manolillo—como nunca he amado; ninguna mujer me parecía ni me parece tan hermosa como tú... y te he amado con ese terrible amor que no espera satisfacerse; con ese amor resignado al silencio, resignado al martirio; te amé y te amo de ese modo; he transmitido mi vida á ti y gozo cuando gozas, sufro cuando sufres. Tú sufres ahora y yo sufro también. Tú estás celosa de esa mujer, de esa doña Clara Soldevilla; yo también estoy celoso; tú amas á ese don Juan y ese don Juan no te ama... es necesario que ese don Juan sufra las mismas penas que nosotros sufrimos; es necesario que ese don Juan se desespere.

—¡Ah!—exclamó Dorotea estremeciéndose—, ¡y qué terrible situación la nuestra!

—¡Sí! ¡terrible, muy terrible! pero del mismo modo que nosotros la sufrimos, es necesario que otros la sufran. Es necesario que nos venguemos.

—¡Y cómo! ¡cómo!—exclamó Dorotea.

—Primero, oye... don Juan vendrá á verte.

—¡A verme!—exclamó la joven poniéndose densamente pálida.

—¿Ha obtenido algo de ti?

—No.

—Don Juan vendrá á verte; eres demasiado hermosa para que no vuelva; don Juan sabe que le amas... y querrá hacerte su querida.

—¡Oh!—exclamó Dorotea.

—A nadie le desagrada el que le amen dos hermosísimas mujeres. Don Juan vendrá, pretenderá engañarte...

—Le despreciaré.

—No, no le desprecies; desespérale.

—¡Desesperarle! ¿y cómo?

—¿De qué te servirá ser cómica, si no sabes ser cómica más que en el teatro? Cuando venga recíbele bien.

—¿Recibir yo bien á ese traidor?...

—La sonrisa en los labios y el odio en el corazón; porque tú debes odiarle, como odiarías á un ladrón, á un asesino, porque él te ha robado tu paz, él te ha matado el alma.

—Yo no puedo aborrecerle; ¡yo le amo, yo le amaré siempre!—exclamó llorando Dorotea.

—Más bajo, más bajo, que no nos oigan.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¿y qué me importa todo?

—Ese nombre que está ahí doblegado bajo su rabia, bajo su desconsuelo, como lo estamos nosotros, ese hombre, Dorotea, puede ser tu puñal.

—¡Mi puñal!

—¿No aborreces á doña Clara?

—¡Oh! ¡sí!

—¿No deseas que don Juan sufra como tú?

—Sí, sí.

—Pues bien, ese hombre que está ahí reducido á la nada, aniquilado, ese hombre es el cocinero de su majestad.

—No os comprendo.

—Doña Clara vive en palacio.

—¿Y qué?...

—Un plato de las cocinas del rey, puede bajar al aposento de doña Clara.

—¡Oh! ¡sí! ¡es verdad! ¡yo me vengaré del desamor de don Juan!

Y en los ojos de la Dorotea, apareció una mirada valiente, enérgica, en la cual, cosa extraña en aquella situación, había mucho de generoso y de sublime.

—¡Oh! ¡y qué grato será hacerle llorar!—dijo el bufón.

—¡Oh! sí, sí, es el último recurso, el último consuelo que queda á mi alma; hacer llorar á don Juan.

—Pero para eso es necesario que le engañes.

—Le engañaré.

—Que le desesperes.

—Le desesperaré.

—Y para ello, que recojas esas ropas, que vuelva el color á tus mejillas, la risa á tus labios; que continúes siendo la querida de Lerma y la amante de Calderón; que representes como siempre... que vuelvas á ser la cómica.

—Lo haré, lo haré; descuidad.

—Empieza, pues, por secarte las lágrimas, como yo, mira; yo me las trago... yo me río... ¡ah! ¡ah! ¡qué buen chasco les vamos á dar!—dijo el tío Manolillo, saliendo del hueco del balcón y dirigiéndose al cocinero mayor:

—¡Chasco! ¡chasco! ¿qué más chasco que lo que á mí me sucede?—exclamó Montiño llorando.

—Pues de eso hemos estado tratando la Dorotea y yo; del chasco que vamos á dar á vuestra mujer, á vuestra hija... á los que os han robado.

—¡De veras!

—Dorotea... ya lo sabéis... es mucha cosa del duque de Lerma.

—Y tanto—dijo la Dorotea que empezaba á representar su papel, que el duque hace cuanto yo quiero.

—¿Y vos os interesaréis por mí?

—Ya me intereso.

—¿Y lograréis que mi mujer y mi hija sean castigadas, y que yo recobre mi dinero?

—Haré cuanto pueda; tened por cierto que antes de mucho, una nube de ministros de justicia estarán buscando á los criminales.

—¡Ah! ¡señora!

—Debes escribir al duque—dijo el bufón.

—En efecto, hace tres días que no le veo—dijo la Dorotea—; esperad, esperad un momento, voy á escribirle.

Y se sentó junto á una mesa, tomó papel y pluma y escribió lo siguiente:

«Señor mío: Hace tres días que no me honráis; ¿habré caído en vuestra desgracia? No lo creo; al menos no he dado motivo para ello. No me quejo como me quejaría en otra ocasión, porque sé que andáis muy seriamente ocupado y más de un tanto cuidadoso por la vida de nuestro buen amigo don Rodrigo Calderón. Pero, según entiendo, habéis salido bien de vuestros negocios y la vida de nuestro amigo no corre peligro. Debéis, pues, venir, dedicar algún tiempo á la que os ama tanto, señor, que no es dichosa sin veros.—Vuestra Dorotea.»

Plegó y cerró esta carta la joven y la dió á Montiño.

—Llevadla ahora mismo—le dijo—al duque de Lerma; le digo en ella que quiero verle, y cuanto más pronto le vea más pronto podré hablarle de vuestros negocios.

—¡Oh, señora! ¡Cuánto os deberé si consigo recobrar mi dinero!—exclamó Francisco Montiño.

—Pues id, id, amigo mío.

—De todos modos, yo tenía también que ir á ver á su excelencia.

—Pues adiós.

—Adiós. Adiós vos también, tío Manolillo.

—¡Ah! Id, id con Dios, señor Francisco, id con Dios, y hasta más ver.

El cocinero mayor salió tambaleándose como un ebrio.

Dorotea empezó á recoger en silencio sus joyas y sus trajes y á guardarlos en los cofres.

Durante esta operación no habló una sola palabra.

El tío Manolillo, sentado en un sillón, la miraba con ansiedad.

Dorotea estaba serena; sus lágrimas se habían secado; sólo quedaba en su semblante, como vestigio de la pasada tormenta, una profunda gravedad.

El bufón guardaba también silencio.

Casilda y Pedro llevaron los cofres á su lugar y pusieron en orden el mueblaje.

Dorotea entre tanto había cambiado de vestido y se había puesto en el hueco de un balcón á estudiar su papel de la comedia antigua, titulada Reina Moraima.

—¡Oh! Tu calma me espanta, hija mía—dijo el bufón.

—¿No me habéis dicho que debo ocultar el estado de mi alma para vengarme mejor?—dijo la Dorotea—; yo he creído bueno vuestro consejo y empiezo á representar mi papel; estoy tranquila, ya lo veis, y estoy tranquila porque estoy resuelta. Ya sé lo que puedo esperar, y para representar mi papel es necesario que continúe en mi vida de costumbre. Esta tarde tenemos un primer ensayo y es necesario que la dama sepa su papel. Estudio, ya lo veis; no podéis pedirme más.

El bufón miró dolorosamente á la joven.

En aquel momento entró Casilda.

—Señora—dijo—, aquel caballero joven que estuvo aquí ayer acaba de bajar de una carroza y pide veros.

—¡Ah! Ya sabía yo que vendría—dijo el bufón—; adiós, Dorotea, adiós, y mira lo que haces.

—Id sin cuidado; ya os lo he dicho, estoy resuelta.

—¡Adiós!—repitió el tío Manolillo, y salió por la puerta de la alcoba.

—Que entre ese caballero—dijo Dorotea.

Y puso de nuevo los ojos en su papel, tranquila, serena, como si nada la hubiera acontecido.

Sólo la quedaban como vestigio de la tormenta dos círculos ligeramente morados alrededor de los ojos.

Toda su fuerza de voluntad no había podido borrar aquellas dos señales de las lágrimas y del insomnio.

Pero Dorotea sabía que tenía aquellas señales y estaba tranquila.

CAPÍTULO LIV

CÓMO SABEN MENTIR LAS MUJERES

Don Juan entró con recelo; esperaba un recibimiento terrible.

Pero se sorprendió al ver que Dorotea se levantaba solícita, salía á su encuentro y le abrazaba.

—¡Oh y cuánto me habéis hecho padecer! ¡Cuánto me habéis hecho llorar, señor mío!—le dijo con toda la ardiente expresión de su alma—; venid, venid que os vea; ya sé, ya sé que no os han herido... pero vuestro lance con don Bernardino... ¡No haber vos venido anoche! ¡Y luego como yo no sé dónde vivís!...

—Vivo en palacio—dijo con turbación don Juan.

—¡Ah! ¿Vivís en palacio... con vuestro tío?... Me alegro... Y por lo visto vuestro tío es un buen tío; me ha dicho Casilda que habéis venido en carroza... y vuestro traje, vuestras alhajas, ¡oh, y qué hermoso y qué gentil y qué galán venís!... Cada día os amo más... y me alegro, me alegro de que vuestro riquísimo tío emplee sus doblones en vos con tanta magnificencia... prefiero que no me debáis nada... porque así sabré que me amáis por mí misma... no podré ofenderos en nada ni aun desconfiar de vos.

Miró don Juan de una manera franca y valiente á Dorotea.

Aquella mirada estuvo á punto de hacer llorar á la joven.

—¡Ah, no; vos no podéis engañarme!—dijo ésta—, ya lo sé, y por eso confío en vos.

—Escuchadme, señora, y suceda lo que quiera; sabed todo lo que debéis saber: yo no soy sobrino de Francisco Martínez Montiño.

—¡Ah! ¿No sois sobrino... del cocinero mayor de su majestad?

—No; soy hijo bastardo del duque de Osuna.

—¡Oh, me alegro, me alegro!—exclamó fingiendo la alegría más verdadera la Dorotea; vos no debíais ser hijo más que de un gran señor.

—Pues me pesa, señora, de no ser verdaderamente hijo del honrado hidalgo á quien he tenido por padre hasta anoche.

—¡Ah!—exclamó la comedianta—; ¿conque es decir que cuando me dijísteis que érais sobrino del cocinero mayor del rey me dijísteis la verdad?

—Nunca he pretendido engañaros; anoche, por un acaso, el mismo Francisco Montiño me dió ocasión de conocer mi nacimiento.

—¿Y dónde pasásteis la noche, señor mío? Yo os estaba esperando.

—Es necesario que yo os lo diga todo.

—¿Tenéis más que decirme?

—Ciertamente; vuestra hermosura, y un no sé qué inexplicable que existe en vos, que me obligó á amaros desde el momento en que os vi, tuvo la culpa de que yo, no conociéndoos bien, os haya engañado.

—¡Ah, me habéis engañado!...

—Y de una manera grave.

—¿Pero en qué? ¿Cómo?

—Soy casado.

—¿Y eso qué importa?—dijo la Dorotea, cuyo semblante no se alteró.

—¡Cómo! ¿No os importa nada que yo sea casado?—dijo don Juan, que sintió un vivo impulso de despecho.

—No, porque no había de haberme casado con vos.

—Sin embargo...

—Porque nunca hubiera sido vuestra querida.

—¡Ah! ¿Es eso cierto?

—Certísimo.

—¿Es decir, que os soy indiferente?

Y el joven pronunció estas palabras con un acento tal y tan doloroso, que Dorotea sintió que su amor crecía; se sintió amada; sin embargo, conservó su severidad.

—No; vos no me sois indiferente; no, ¡Dios mío! Por el contrario, sois el único hombre á quien he amado, el que ha encontrado mi corazón virgen... pero por lo mismo, porque sólo mi corazón estaba puro, os amo con pureza... por eso yo, querida del duque de Lerma, querida de don Rodrigo Calderón, mujer perdida, no quiero arrastraros hasta el fango donde está mi cuerpo; os doy mi alma, mi alma entera y nada más; ¿qué me importa que seáis casado? ¿Qué me importa que no me améis si yo os amo?

—¡Dorotea!

—¿Os ama tanto como yo vuestra mujer?

—¡Oh, qué pregunta!

Don Juan Girón.

Don Juan Girón.
Don Juan Girón.

—Es que yo quiero, es que yo deseo que os ame, no más que yo, porque eso es imposible, sino tanto; yo sé bien que siendo vuestra esposa, será digna de serlo...

—¡Oh, sí!

—¿Y quién es? ¿La conozco yo? Decidme su nombre.

Fué la primera situación difícil en que se encontró después de casado don Juan; creía profanar el nombre de su esposa y tartamudeó algunas palabras en una torpe excusa; Dorotea vió lo que pasaba en el alma de don Juan.

—Pronunciad, pronunciad sin temor el nombre de esa señora—dijo Dorotea—; no es la comedianta, no es la mujer perdida quien os lo pregunta, no es tampoco la mujer celosa; es vuestra hermana, vuestra buena hermana, que porque os ama, ama á la mujer que os ama y es también hermana suya; decidme su nombre.

—Doña Clara Soldevilla—contestó don Juan con acento opaco.

—¡Ah, la famosa menina de la reina! Famosa por su virtud y por su hermosura... pero no se decía que esa señora fuese casada... no os extrañe que yo la conozca; yo trato á la gente más principal de España; mi retrete en el teatro y mi casa, están frecuentados por lo más rico, por lo más noble; como delante de mí se habla sin empacho, he oído hablar mucho de doña Clara, ponderan su hermosura, y al mismo tiempo su desdén para con todo el mundo. Dicen que el rey—Dorotea bajó la voz—dicen que el rey ha amado á doña Clara; que ha tenido empeño; que ha enviado á Nápoles al coronel Ignacio Soldevilla, para dejarla más aislada; pero que, á pesar de esto, el rey se ha llevado chasco. A tal altura ha llegado la virtud de vuestra esposa, que la llamaron la menina de nieve; ¡oh, me alegro mucho!... Cuando esa señora se ha casado con vos debe amaros mucho, muchísimo, con toda su alma, con todo su corazón, con todo su deseo. Debéis haberla vuelto loca, don Juan; es la única mujer que conozco digna de vos, y me alegro... ¡oh, sí, me alegro!... Y la amo porque os ama y me alegraré de tener una ocasión en que demostrarla dignamente mi amor.

—¡Oh! No os comprendo Dorotea... yo creía...

—Habéis creído mal... yo no podía casarme con vos; yo no podía daros esa suma de encantos, de nobleza, de dignidad que os ha dado vuestra esposa; yo era, yo soy una mujer perdida para el amor; lo he conocido al conoceros... al amaros he comprendido que no debía ser para vos lo que he sido para otros... quería ser más... quería ser... vuestra hermana... vuestra hermana del corazón... oíd... no vendréis á mi casa... no... eso se sabría... creerían que yo era vuestra querida... lo sabría vuestra esposa, porque conoce á muchas gentes, y entre esas gentes, que son como todas, las hay sin duda que se gozan en la desgracia ajena... esto es odioso, pero es verdad; por recatadamente que viniérais á verme, alguien os vería... ya lo creo... os sentirían mis criados... y mis criados... lo dirían, porque los criados lo dicen todo... no, no debéis, no podéis venir á mi casa, porque no podéis, no debéis herir el corazón de vuestra esposa.

—¿Qué hay en vuestras palabras, Dorotea, que las hace para mí agudas y afiladas como un puñal?

—Hay, que no me conocéis bien: hay vuestro recelo... ¡creéis que yo estoy ofendida de vos!

—Debéis estarlo.

—Lo estaría si os hubiéseis casado con otra mujer.

—Una mujer que ama no cede á ninguna su amor.

—No, su amor no; pero si ama de veras, si ella no puede hacer la felicidad del hombre amado, se alegra de que otra mujer la haga; la ama porque ella es la paz del corazón del hombre á quien ama.

—Tenéis mucho ingenio.

—Si le tengo está en mi corazón.

—Entre tanto me prohibís que venga á vuestra casa.

—¿Y para qué queréis venir?

—¡Dorotea! yo no sé lo que pasa por mí; yo estoy loco.

—¡Loco! sí... debéis estarlo... loco de felicidad.

—No, no; loco de desesperación.

—¿Y por qué? ¿no sois afortunado? la mujer más pura y más hermosa y más codiciada de la corte os ama. La comedianta que á todos enamora, que á todos desespera, y que tiene buen corazón, es... vuestra hermana. Ella os da en su hermosura, más de lo que puede soñar el enamorado más loco; en su amor un cielo; yo os doy mi alma dolorida y triste, mi pobre alma desterrada y sedienta; os amo con toda esa alma desventurada, y sólo tengo ojos y corazón y oídos para vos. ¿Qué más queréis?

—¡Yo no os conocía! vos habéis amargado mi felicidad.

—¡Que he amargado yo...! ¡que puedo yo amargar vuestra vida! ¡oh! ¡no me lo digáis, no! ¡eso me desesperaría! ¡eso no puede ser! ¡eso no es!

—Yo no podía comprender... no, no podía comprender que de repente, á primera vista, pudiese el corazón interesarse de tal modo...

—¡Ah! decidme... me interesa conocer vuestro corazón. ¿Vais á ser franco y leal conmigo?

—Os lo prometo.

—Decidme: ¿qué efecto os causó doña Clara Soldevilla la primera vez que la vísteis?

—No lo sé.

—¡Pero experimentaríais algo al verla!

—Un deslumbramiento, una ofuscación, un no sé qué... luego... luego la casualidad me puso junto á ella... y mi alma entera fué suya... no, mi alma entera, no... ha quedado en ella un lugar para vos...

—No, no sois franco... ¿os inspiró deseo doña Clara?

—No.

—¡Ah! no os inspiró deseo; ¿y deseásteis volver á verla?

—Deseé... deseé tenerla siempre á mi lado, vivir en su vida.

—Y no sobrevino el deseo...

—No.

—¿Y os habéis casado...?

—Con el alma llena de felicidad.

—¿Y la habéis hecho vuestra, con transporte, enloquecido?

—No, con miedo...

—¡Con miedo!

—Sí, con miedo por vos.

—¡Ah! ¡yo! ¡siempre yo!

—La posesión de doña Clara no podía hacer que yo olvidara, que yo arrojara de mí esta fascinación poderosa que me causáis...

—Ya que hemos llegado á mí, decidme, decidme, ¿qué impresión causé en vos?

—La impresión ardiente de una hermosura divina; yo no había visto unos ojos que tuviesen la hermosura, el poder, el dulce fuego que hay en vuestros ojos... y luego vuestros ojos, al arrojar sobre mí su primera mirada, exhalaron instantáneamente una mirada de sorpresa, y luego una mirada de atención, y luego una mirada que me dijo claro, claro, como me lo podrían decir vuestros labios: soy tuya, tuya, cuando quieras, tuya toda, cuerpo y alma, corazón y vida... pude engañarme; pero yo leí eso sin quererlo en vuestros ojos, lo leyó mi alma, y mis ojos debieron deciros lo mismo...

—Sí, sí; ¿y no os han dicho lo mismo los ojos de doña Clara?

—¡Ah, sí, sí!, pero al decirme sus ojos soy tuya, había en ellos alegría, confianza.

—¡Pureza! ¡decidlo de una vez! ¡y en los míos debió de haber dolor, vergüenza!

—¡Dorotea! ¿por qué os he visto?

—¡Por qué! porque Dios es bondadoso y justo, porque Dios sabía que mi alma estaba sedienta de amor y en vos me lo ha dado.

—Y á mí me ha dado en vos un remordimiento.

—No, no lo creáis; escuchad: doña Clara me hace un gran bien; doña Clara hace imposible el que yo me arroje en vuestros brazos; de la única manera que puedo ser feliz es sufriendo por vos, teniendo celos... viendo que vos los tenéis.

—¿Qué decís?..

—Oíd... mi primera mirada de amor para vos, fué una mirada impura, ¿sabéis por qué?... por que vi en vuestros ojos el alma que yo anhelaba encontrar; porque vi en vos una hermosura que me enlanguidecía, que absorbía mis sentidos, que llenaba mi corazón; sentí un dolor agudo, porque, como doña Clara, no podía deciros: eres mi primero y último amante... ya lo sabéis.. yo, que hubiera sido vuestra cuando vos hubiérais querido, no lo seré nunca...

—¿Y si no me hubiese casado?...

—Si no os hubiérais casado... sí, vuestra... vuestra; por lo mismo me alegro de vuestro casamiento... me alegro de ese imposible puesto entre los dos.

—Pero sois desgraciada... ó no me amáis como decís...

—Os amo más... mucho más... ¿no notáis que cuando estoy á vuestro lado soy feliz?

—¡Asoman las lágrimas á vuestros ojos!

—Puede ser... puede ser... sí, es verdad; que queréis... ¡soy tan infeliz!—Y la pobre Dorotea se desplomó, lloró y se cubrió el rostro con las manos.

—¿Y queréis que no tenga remordimientos?

—No los tengáis.

—¡Os he hecho desgraciada, sin poderlo evitar!...

—¿La amábais?...

—Debéis aborrecerla... y ella...

—¡Ella! ¿sabéis lo que ella haría conmigo? si os ama como yo creo, como indudablemente os ama, me mataría...

—Como vos la mataríais á ella...

—Yo... yo... ¡Dios mío! yo no... no... porque sería mataros á vos... sí, mataros... estáis loco por ella... y yo no quiero mataros... no... de ningún modo... no quiero que sufráis...

—Nos encontramos en una situación muy difícil... muy grave.

—No... suframos cada cual... pero no sufráis más de lo que inevitablemente debáis sufrir, porque ya no tiene remedio... no agravéis el mal, llevándole á vuestra casa... no vengáis á la mía.

—No habéis podido sostener vuestra serenidad; habéis llorado; el castillo de vuestra firmeza se ha venido á tierra... el verme unido á otra os mata... y eso... eso me rompe el corazón.

—Eso ya no tiene remedio; doña Clara os ha inspirado ese amor puro, noble, intenso, ese amor del alma del que yo hubiera querido ser digna; doña Clara es para vos vuestra hermana, más que vuestra hermana, porque es vuestra amante. Yo soy para vos ese demonio tentador que embriaga, que no se puede apartar de la memoria, que no merece ser amado y que no se ama, pero que se desea, que se desea con una sed insoportable, que hace arder nuestra cabeza en una fiebre dolorosa, y gemir nuestro pecho que respira mal, que está dolorido... y al mismo tiempo soy para vos la pobre mujer que ningún mal os ha hecho, á quien veis sufrir de una manera desesperada, cuyas lágrimas no podéis secar, cuyo corazón no podéis dilatar, cuya agonía no podéis curar; un deseo vehemente... una compasión profunda... eso es lo que yo inspiro... ¡amo! ¡amor! ¡oh!

—¡Me estáis desgarrando el alma, Dorotea!—exclamó dolorosamente don Juan.

—Lo siento, y esto me hace más desgraciada; daría yo porque me olvidárais mi eternidad.

—Escuchadme—dijo don Juan tomando á Dorotea una mano que ardía y que al sentir la mano del joven tembló.

—Decid.

—Cerremos los ojos á todo. Lo sucedido no tiene remedio. Olvidáos de que me he unido á doña Clara.

—No puedo olvidarme... por ella misma... por vos.

—No os entiendo.

—No debéis venir á mi casa, os lo repito.

—¡Ah! ¡vos os vengáis!

—Justo sería; pero no me vengo, no me puedo vengar. Me domináis, no me pertenezco, porque os pertenezco entera, porque soy lo que vos queréis que sea.

—¡Dorotea! ¿conque pretendíais engañarme?

—Mentía al hablaros de... de qué sé yo... porque no me acuerdo de lo que os he dicho que no sea mi amor, y mi humildad á vos, que sois dueño de mi alma y de mi voluntad... pero esto no impide el que comprenda que vos olvidáis, arrastrado por mí... lo que no debéis olvidar... yo no puedo olvidarme de vuestra felicidad... yo que os amo, no puedo exponerla... por eso os digo que no vengáis á mi casa... es necesario que vuestra esposa no lo sepa... no por mí... sino por ella misma... por vos... si viniérais... lo sabría... si lo supiera... ¡Oh, si se viese engañada!... ¡Si los celos la extraviaran... si en un momento de despecho quiere vengarse dándoos celos por celos... infamia por infamia!...

Don Juan se levantó como herido por una punta envenenada.

—Es necesario evitar que eso suceda; pero nos volveremos á ver... sí, nos volveremos á ver... siempre que podamos, sin causar sospechas; en lugar retirado, donde nadie nos vea, donde nadie nos conozca; yo... guardaré vuestro secreto... no os hablaré jamás de ella... no me hablaréis de ella vos... nos veremos mientras vos queráis que nos veamos... después... después... si me abandonáis... yo os veré... iré cubierta con mi manto á la iglesia donde vos vayáis... cuando represente, si estáis en el teatro, yo os haré conocer sin que nadie lo conozca, que represento para vos; mi pensamiento será siempre vuestro... os lo juro... pero ahora idos. Habéis estado demasiado tiempo. Una recién casada encuentra siempre largas las horas que está separada de su marido.

—¡Ah!

—¿Queréis que sea menos desgraciada, don Juan?

—¡Que si quiero! ¿y me lo preguntáis?

—Pues bien; sed feliz...

—No os comprendo.

—En doña Clara tenéis el alma, tenéis esa dulce y casta compañera, el ángel del hogar; no llevéis á vuestra casa la tristeza; en mí tenéis la mujer que enloquece, la mujer que embriaga; no traigáis á mis brazos el remordimiento; resignémonos á nuestra suerte. No sufráis por mí, porque cuando yo conozca que no sufrís, que sois completamente feliz, yo seré menos desgraciada.

—No sé qué contestaros; no sé qué deciros...

—Yo sí, yo sé lo que os tengo que decir... ¡os amo! ¡os amo! más que ayer, más á cada momento; ¡os amo! ¡muero por vos! ¡pero idos! volved tranquilo á vuestra casa... yo os avisaré... y nos veremos.

Don Juan hizo un esfuerzo y salió.

Dorotea se quedó mirando de una manera imposible de hacer apreciar á la puerta por donde había salido el joven, y no reparó en que apenas aquél había desaparecido, el bufón había abierto las vidrieras de la alcoba, había adelantado en silencio, y se había sentado en la alfombra á los pies de Dorotea.

No había querido salir por la puerta de escape, y lo había oído todo.

—¡Eres mujer perdida!—dijo con voz ronca.

Al sonido de la voz del tío Manolillo, Dorotea dejó de mirar á la puerta, y miró al bufón.

La ansiosa, la profunda mirada de éste, la estremeció.

—Sí, soy una mujer despreciable—dijo contestando á las palabras del bufón.

—No; no he querido decir eso—dijo el tío Manolillo—. Quiero decir que te has perdido. No has sabido empezar á vengarte... á vengarte de una manera horrible.

—¿Qué hubierais hecho vos en mi lugar?

—¿Qué hubiera yo hecho?—exclamó el bufón sonriendo de una manera espantosa, y dejando ver su blanca dentadura que se entrechocaba.

¿Qué hubiera hecho yo?

Y se encogió, se dilató su pecho, y lanzó un aliento que rugía, poderoso, ardiente, indicio de la horrible lucha que conmovía su alma destrozada.

—Sí, sí—dijo impaciente Dorotea.

—¿Yo? ¿qué hubiera hecho yo? ¡dar mal por mal y con creces, con horribles creces! primero... en el primer momento se me ocurrió matar... cuando me hieren, lo primero que se me ocurre es matar; pero después... la reflexión, la calma,.. ¡matar! ¡hacer morir! ¡es decir, exterminar! ¡no, no! ¡es poco! yo creía que tenías más alma... y tienes el alma débil... no has sabido sacrificarte para sacrificarle... para sacrificarla á ella...

—¡Oh! ¡ella! ¡ella! pensar que ella le posee por completo, delante del mundo, con la frente alta, siendo su orgullo...

—Tienes que contentarte con matarla... y esto es poco, muy poco.

—¿Pero qué hubiérais vos hecho?

—Le he estado observando desde allí, temblaba, temblaba estremecido de deseo... sus ojos devoraban tus ojos, se fijaban en tu cuello, en tu seno... sufría... está loco por ti... no te ama... tiene hambre de ti y nada más.

—¡Eso es mentira!

—¡Pobre loca! porque ella le ama, porque le ama con toda su alma, cree que él... ¡él! lo más puro que él siente por ti, es lástima... y eso es humillante...

—¿Pero qué queríais que hubiera hecho?

—¡Qué! mantenerme firme, hacerle comprender, aunque fuera mentira, que te importaba poco que se hubiera casado... empezaste muy bien... yo estaba diciendo allí, detrás de los cristales... ¡qué buena cómica es mi hija!... ¡qué pobre hombre es ese don Juan! ¡pero luego lo has echado todo á perder, le has dejado ver tu desesperación, y se gozaba en ella sin saberlo! ¡oh! ¡qué felicidad tan incomprendida es para algunos hombres, magullar á una pobre mujer como el gato que magulla á un ratón! ¡Oh! ¡cuán felices, cuán felices son algunos hombres, y qué poco merecen su felicidad!

La excitación febril del tío Manolillo asustó á Dorotea, la asustó por don Juan; comprendió que debía engañar al bufón.

—Veamos qué hubiérais vos hecho mejor, qué he debido yo hacer.

—Oye: el hambre pasa cuando se satisface, pero cuando no, se irrita; el que muere de hambre... el que muere de hambre, no niega nada al que le ofrece un pedazo de pan.

—Seguid, seguid, me parece adivinaros; veamos si me he engañado.

—Tú irás misteriosamente á ver á ese hombre. Debes ir. Yo te buscaré el lugar.

—¡Ah! no, no—dijo Dorotea.

—Bien, no insisto... no quieres ser expiada... no quieres sermones... bien, mejor... buscarás un lugar retirado: lo embellecerás, lo perfumarás, enloquecerás en él con tu don Juan; te resignarás á todo, lo olvidarás todo, porque le amas con el amor más humilde del mundo; tu don Juan, esperará impaciente los primeros días la hora de verte; le será muy cómodo lograr tus amores sin que lo sienta la tierra, sin que pueda tener celos su doña Clara; después, á medida que vaya pasando el tiempo, le parecerás menos hermosa, y esperará con menos impaciencia la hora de verte; luego irá por ir, por lástima, te hará esperar, después le esperarás en vano algunos días, y te volverás á tu casa, humillada, desesperada, celosa, al fin y al cabo te abandonará, hastiado de ti...

—¡Oh!

—Matarás á doña Clara; puedes matarla... pero esa no es la venganza que tú necesitas...

—Seguid—dijo Dorotea, con el alma helada, por decirlo así—. Decidme, ¿de qué otro modo más horrible me puedo vengar?

—¿De qué otro modo? Oye: procura buscar un retiro á propósito; el lujo, las pinturas, los perfumes, todo esto favorece á una mujer y la hace más hermosa, cuando es tan hermosa como tú; vístete, además, como te vistes cuando quieres que el público te aplauda sólo al verte: los hombros desnudos, los brazos desnudos; perlas en el cuello; diamantes en los brazos, y en la cabeza flores; una corona de flores es lo mejor que puede llevar una mujer hermosa; allí, en aquel hermoso gabinete, más hermosa tú por tu atavío, una cena exquisita; vinos... pero tú no bebas... no bebas... conténtate con arrojar sobre él la doble embriaguez de tu hermosura y de licores... y en medio de todo esto... desespérale, irrítale, háblale continuamente de su mujer... llámale tu hermano... llegará un día en que no podrá sufrir más, un día en que, loco, no podrá negarte nada... en que podrás dictarle condiciones.

—¡Y esas condiciones!

—¡Esas condiciones! ser suya cuando sea tuyo.

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