SU MAJESTAD
Reading edition
(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III) POR
D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ
EDICIÓN ILUSTRADA CON GRABADOS

MADRID LIBRERÍA DE F. FE PUERTA DEL SOL, 15 1907
TOMO SEGUNDO
CAPÍTULO XXXIV
EN QUE SE EXPLICARÁ ALGO DE LO OBSCURO DEL CAPÍTULO ANTERIOR, Y SE VERÁ CÓMO DOÑA CLARA ENCONTRÓ UN PRETEXTO PARA FAVORECER EL AMOR DE JUAN MONTIÑO, Á PESAR DE TODOS LOS PESARES
Apenas había salido el padre Aliaga de la cámara de la reina, cuando entró la condesa de Lemos.
—¿Qué enfermedad padece doña Clara?—dijo la reina.
—Ninguna, señora—contestó doña Catalina—; doña Clara está sana y buena esperando en la saleta.
—¿Qué significa, pues, vuestra mentira?
—He creído que debía mentir.
—¿Por qué?
—Contaré á vuestra majestad lo que me ha sucedido: salía yo de la antecámara á llevar en persona la orden de vuestra majestad á doña Clara, porque, por fortuna, vuestra majestad me había dicho terminantemente: id y decid á doña Clara Soldevilla... debía yo ir... y fuí.
—Es cierto... una distracción mía, doña Catalina.
—Vuestra majestad puede disponer de mí como quiera, y siempre honrándome—contestó inclinándose la de Lemos.
Y luego continuó:
—Salía yo, pues, del cuarto de vuestra majestad, cuando encontré de repente junto á mi á don Francisco de Quevedo.—Decid á doña Clara Soldevilla, me dijo, si queréis sacar de un negro compromiso á su majestad la reina, que diga que no puede venir porque está enferma; que os siga, sin embargo, porque su majestad la necesita, y que cuando el rey haya salido de la cámara de su majestad la reina, entre á verla; para que el rey salga, decid á su majestad de mi parte que yo le pido audiencia para un asunto gravísimo, que no he podido encontrar quien me anuncie por la hora que es, y que me valgo de vos. Decid además á su majestad la reina que yo hallaré medio de entretener al rey largo tiempo, y adiós, é id, que urge, y que Dios nos saque en paz.—Tengo yo tal fe en don Francisco de Quevedo, que he hecho á la letra lo que él me ha dicho.
—Habéis hecho bien—dijo Margarita de Austria—, y pues lo que está ahí doña Clara, que entre al momento.
Salió doña Catalina y doña Clara entró.
La hermosa joven se acercó anhelante á la reina.
—¿Qué sucede, señora—dijo—, que la condesa de Lemos me trae consigo á pesar de decir al rey que estoy enferma?
—¡Ah, Dios mío! Déjame respirar, Clara; ¡todavía aquellas cartas, Dios mío!
—¡Pero si las quemó vuestra majestad! ¿Se había olvidado alguna?... ¿Ha aparecido alguna más?
—No, no; pero las consecuencias... Mira, Clara, ve á mi joyero, busca uno de los lazos de diamantes de los seis que sabes... y tráemelo... tráete también unas tijeras.
Doña Clara salió de la cámara por una puerta opuesta á la por donde había entrado y volvió á poco; traía un lacito de oro y diamantes, cuyo nudo podía contener en la parte interior un grueso como de un dedo.
—¡Dame!—dijo la reina con ansia—; dame las tijeras y siéntate á mis pies.
La joven, admirada y confusa, se sentó á los pies de la reina sobre un taburete de terciopelo.
—¡Oh, y qué hermosos cabellos tienes!—dijo Margarita de Austria—; tus cabellos me van á salvar, Clara.
Y la reina deshacía con mano trémula las gruesas trenzas negras de doña Clara.
—¡Oh! Afortunadamente—dijo—, por mucho que te corte no se te conocerá la falta; no te asustes, Clara, no voy á cortarte más que como el grueso de un dedo del centro.
—Córtelos todos vuestra majestad si quiere... Pero no comprendo...
—Ya te explicaré... ¡Perdóname, Clara, si te robo... pero es necesario... necesario de todo punto! Ya está.
Y se oyó el leve, pero característico ruido de las tijeras, que cortaron con trabajo los cabellos del centro de la cabeza de doña Clara.
—¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado largo; no puede sacarse un ramal tal de marañas; el pelo de maraña es más corto.
—¿Pero qué maraña es esa, señora?
—Una verdadera maraña que tú sola puedes desenredar.
—¡Yo!
—Tú, sí, y de una manera muy dulce.
—No comprendo á vuestra majestad.
—Casándote con tu caballero de anoche.
—¡Yo!... Imposible... no le amo, no puedo amarle.
—Veamos, veamos, luego trataremos de eso; dime, ¿cómo harías tú para hacer un rizo con estos cabellos que te he cortado?
—¿Un rizo, señora?
—Sí, un rizo para regalarlo á un hombre amado.
—¡Dios mío! Es que á mí nunca se me ha ocurrido ni podía ocurrírseme... de ningún modo... regalar cabellos míos, como no fuese á mi marido.
—Es que tú te casarás, y será tu marido el hombre á quien vas á regalar este rizo.
—Permítame vuestra majestad—dijo con seriedad doña Clara—; vuestra majestad puede disponer de mi vida, de mi alma, pero no de mi honra; yo no haré eso.
—Hagamos, hagamos primero ese rizo—dijo la reina—; tú le guardarás y no se usará de él si tú no quieres. Pero hagámosle.
Doña Clara ató aquel magnífico ramal de cabellos, haciendo con él una ancha sortija, y la presentó á la reina.
—Bien—dijo Margarita de Austria—; ahora sujétale con este lazo.
Doña Clara obedeció.
He aquí una verdadera joya—dijo la reina—. Ahora, siéntate y escucha, y recógete el cabello entre tanto.
Doña Clara se sentó.
La reina, con voz trémula, la contó punto por punto lo que la había acontecido con el rey.
Cuando la reina concluyó guardó silencio, y no pronunció ni una disculpa ni una súplica.
Doña Clara, que se había trenzado y arreglado entre tanto sus cabellos, permaneció largo tiempo en silencio.
La reina estaba llena de ansiedad.
—Me casaré con ese hombre—dijo al fin doña Clara.
—¡Ah! ¡hermana mía!—exclamó la reina arrojándose al cuello de doña Clara y besándola en la boca.
—Yo le amo...—dijo doña Clara con voz conmovida—, pero no sé si es digno de mi amor, no sé si él me ama como le amo yo.
—El se mostraba ardientemente enamorado de ti... le ennoblecerá el rey, procuraremos que el duque de Osuna le reconozca... tú serás feliz.
—¡Dios mío! ¡feliz!... ¡y se ha ido á vivir á casa de una comedianta! ¡y la ha acompañado al teatro y... no me ama... si me amara... no afrentaría mi amor enamorando á una mujer perdida!
—¿Pero quién te ha dicho eso?
—El bufón del rey.
—¿Qué mujer más hermosa y más pura que tú puede él encontrar?... ¿le has desesperado acaso, Clara?
—Sí, señora.
—Pues ve ahí la explicación de esos amores indignos con la comedianta... cuando sepa que tú... quieres ser su esposa...
—Su esposa... lo seré y pronto.
—¡Ah, Clara mía!
—En el estado en que á vuestra majestad para salir de un compromiso imprevisto la han puesto las cosas, es necesario explicárselo todo; es necesario que esté prevenido por si el rey ha sospechado é insiste. Es necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy á escribirle.
—Pero Clara, ¿tienes tú seguridad de ese hombre?—dijo la reina asustada por la violenta salida de doña Clara.
—El no abusará ni de mi carta ni de mi cita. Y adiós, señora, adiós, necesito prepararme.
Y doña Clara salió sin esperar la respuesta de la reina.
—Señora condesa—dijo la joven al pasar por la antecámara, deteniéndose delante de la de Lemos—, hacedme la merced de que sepa don Francisco de Quevedo, que necesito hablarle antes de que salga del alcázar y en mi aposento. ¿Me lo prometéis?
—Os lo prometo, amiga mía, y os aseguro que don Francisco os verá.
—Gracias, doña Catalina, gracias y adiós.
—¿Para qué querrá doña Clara á Quevedo?—dijo para sí sumamente pensativa y contrariada doña Catalina—; pero ¡bah!—añadió—; él me ama, me ama, y es leal. Esto debe ser parte de ese enredo que no comprendo. Cuando salga de la audiencia con el rey, pasará precisamente por la galería. Voy á esperarle; Dios quiera que no se entretenga mucho con su majestad.
Y doña Catalina salió de la antecámara de la reina, y se metió por una galería obscura.
CAPÍTULO XXXV
DE CÓMO QUEVEDO, SIN DECIR NADA AL REY, LE HIZO CREER QUE LE HABÍA DICHO MUCHO
Felipe III atravesó con impaciencia el pasadizo secreto que ponía en comunicación su cuarto con el de la reina.
Halagaba al rey el hacer alguna cosa por sí propio; tan acostumbrado estaba á la tutela de Lerma desde muy joven.
El recibir en audiencia reservada, sin conocimiento de su ministro-duque, á un hombre tan peligroso como Quevedo, parecíale un acto de verdadera soberanía, una emancipación monstruosa.
Y todo esto lo pensaba la conciencia íntima del rey; esa voz misteriosa que parece pertenecer al instinto, que nunca nos engaña, y que sería nuestro mejor guía si oyésemos su voz, en vez de oír la de nuestra conciencia artificial, producto de nuestra posición, de nuestras costumbres y de nuestras inclinaciones.
Con arreglo á esto que nosotros llamamos, no sabemos si con demasiado atrevimiento, conciencia artificial, el rey don Felipe III se había creído siempre rey, rey en el uso expedito de su soberanía, por más que su conciencia íntima le dijese: tú eres un instrumento de tu favorito; tú eres un pretexto; eres un esclavo de tu debilidad, de tu nulidad.
Y esta conciencia íntima era la que hablaba al rey cuando se dirigía del cuarto de la reina al suyo por el pasadizo oculto.
Cuando entró en su dormitorio cerró cuidadosamente la puerta secreta, y se encaminó con paso majestuoso á su cámara.
Llamó, y mandó que en llegando don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, etc., le introdujeran.
En seguida se sentó junto á la mesa, y abrió su libro de devociones.
No tardó mucho un gentilhombre en decir á la puerta de la cámara:
—Señor: don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de la Torre de Juan Abad.
—Y pobre—dijo entrando en la real cámara Quevedo.
Se detuvo el gentilhombre y Quevedo adelantó.
El rey seguía leyendo, como si no hubiera visto á Quevedo.
Este llegó junto al rey, y se arrodilló.
—Sacra, católica, majestad—dijo con voz hueca y vibrante.
Volvió el rey la cabeza, miró con suma majestad á Quevedo, y le presentó la mano.
Quevedo la besó respetuosamente.
—Alzad, don Francisco—dijo el rey.
Quevedo se puso de pie.
El rey esperaba á que Quevedo hablase, pero Quevedo se mantuvo mudo é inmóvil como una estatua, pero con la mirada fría y fija en el rey.
El rey se sentía mal ante aquella mirada, vista por aquellas antiparras.
—¿En qué pensáis, don Francisco?—dijo el rey por decir algo.
—Estoy contemplando á la monarquía, señor—contestó Quevedo—; contemplando en vuestra majestad á la gran monarquía española en ropilla.
Frunció el rey el entrecejo.
—¿Y era todo eso lo que teníais que decirme con tanto empeño?
—Sí, señor.
—Pues si ya me lo habéis dicho, idos—dijo un tanto contrariado el rey.
—Si vuestra majestad me lo permite, le diré más.
—Decid.
—Digo, que me espanta el que pueda decir á vuestra majestad algo.
—¡Ah!—dijo el rey—¿y por qué os espanta eso?
—Porque á la verdad, hablo con vuestra majestad por compromiso.
—¡Oh!—repitió el rey.
—Y espántame que yo me vea comprometido á hablar con vuestra majestad...
—Explicáos...
—He estado preso en San Marcos.
—¡Ah! ¿habéis estado preso?
—Sí, señor.
—¿Qué delito cometísteis?
—El ser ciego y no andar con palo; me dí con una esquina en las narices.
—Dicen que sois hombre de ingenio.
—Eso he oído decir; pero acontéceme, señor, que ahora que estoy hablando con vuestra majestad, no me le hallo; si alguna vez tuve ingenio me lo han robado.
—Dijéronme que os era urgentísimo hablarme.
—Y tan urgente, señor, que solamente con veros se me ha pasado la urgencia.
—Pues os digo que no os entiendo.
—No es fácil, porque yo no me entiendo tampoco.
—Paréceme que habéis venido para algo.
—Indudablemente, señor, he venido para irme.
—Pero... ¿por qué habéis venido?
—Por venirme á cuento.
—¿Pero qué cuento es el vuestro?
—Es, señor, un cuento de cuentos.
—Pues empezad.
—Ya he concluído.
—¡Pero si no me habéis contado nada!
—Si vuestra majestad quiere contaré las palabras.
—¡Don Francisco!—exclamó con irritación el rey.
—¡Señor!—contestó Quevedo inclinándose profundamente.
—¿No tenéis nada de qué quejaros?
—Quéjome de mi fortuna.
—¿Ni nada tenéis que pedir?
—Sí, por cierto, señor; todos los días pido á Dios paciencia.
El rey se calló y abrió de nuevo su devocionario.
Quevedo permaneció inmóvil con el sombrero echado al costado derecho y la mano izquierda puesta sobre los gavilanes de la espada.
Esta situación duró algún tiempo.
—Permita Dios que se duerma—dijo Quevedo para sí—, no sé ya qué decir á su majestad... y es necesario que la reina se prepare... en mi vida ni en muerte, espero verme en tanto apuro. ¡Gran rey el nuestro! por menos de lo que yo estoy haciendo azotan á otros.
—¡Aún estáis ahí!—dijo el rey levantando del libro los ojos.
—Esperaba, señor, que me mandárais irme.
—Pues idos enhoramala—dijo el rey, y volvió á su lectura.
—Aún es pronto—dijo Quevedo—; todo se reduce á que este imbécil se acuerde de que es rey y me encierre. Espérome.
Pasó otro gran rato: el rey murmurando sus devociones, Quevedo inmóvil delante de él.
Había bien pasado una hora desde que el rey recibió á Quevedo.
Levantó otra vez los ojos del libro, y exclamó:
—¡Por San Lorenzo! ¿no os dije que os fuérais?
—Ocurrióseme, señor, pediros que me perdonáseis por haber malgastado el precioso tiempo de vuestra majestad, y como vuestra majestad había vuelto á sus devociones...
—Pues antes de que vuelva otra vez, idos... idos... y perdonado y vuelto á perdonar, con tal de que no se os ocurra en vuestra vida el volver á pedirme audiencia.
—Beso las reales manos de vuestra majestad—contestó Quevedo, y salió.
—¿Qué habrá querido decirme don Francisco?—dijo el rey cuando se quedó solo—; indudablemente me ha dicho algo, y algo grave; pero es el caso que yo no lo he entendido. Estos hombres de ingenio son crueles. ¿Pero qué habrá querido decirme? quitando lo de la monarquía en ropilla, que creo que quiere decir que el reino anda medio desnudo, no le he entendido más. Y de seguro... me ha dicho algo... ¡pero ese algo!... ¡ese algo!...
El rey se quedó hecho un laberinto de confusiones, y creyendo de buena fe que Quevedo le había dicho grandes cosas, que él no había podido entender.
Entre tanto Quevedo iba soplándose los dedos por las crujías del alcázar.
—Bendito mi amor sea—exclamaba—, que me obligó á pedir al tío Manolillo que me abriese la gatera. Mi deseo por ver descuidada y sola conmigo mismo á mi doña Catalina, me ha traído á saber el grande apuro en que se halla la pobre mártir, la infeliz Margarita de Austria. Enredo, enredo y siempre enredo.
Y el buen ingenio seguía adelante.
—Y ¡vive Dios, que ya sudaba!... no sabía cómo seguir diciendo al rey palabras y no más que palabras. Si se hubiera tratado de otro marido, ¡bah! la caridad es más difícil á veces de lo que parece. ¡Pero qué rey... señor! ¡qué rey!
De repente Quevedo se detuvo y escuchó con atención.
Había oído un siseo.
El siseo volvió á repetirse.
—De aquella reja sale, y nadie hay presente más que yo. Llámanme, pues: acudo. ¿Es á mí?
—Sí por cierto—contestó la condesa de Lemos, entreabriendo la reja.
—¡Ah, lucero de mi obscura noche!—exclamó Quevedo—; creo que mi pensamiento me ha traído por tan buen camino, como que en él había de encontraros.
—No podíais pasar por otra parte.
—¿Me esperábais?
—Con ansias del corazón.
—No digáis eso, si no queréis verme loco.
—Aunque mucho os amo, que bien lo sabéis, no por vuestro amor son mis ansias, que de él estoy segura, sino por ella.
—¿Por la ella del enredo?
—Sí; ¿cómo os ha ido con el rey? Me dejásteis temblando.
—Y allá se queda él confuso.
—¿Tanto le habéis dicho?
—Al contrario, no le he dicho nada. Pero decidme, ¿por qué ansiais?
—Porque vayáis á ver al momento á doña Clara de Soldevilla.
—¿A tan hermosa dama me enviáis?
—Vos podéis ir á ella sin que yo os envíe.
—Me estoy bien donde me quedo... ¿Llámame doña Clara?
—Sí.
—Correo soy de seguro.
—Para correo habéis nacido.
—Por mi mala estrella; que los portes pueden ser tales, que de buena voluntad se perdonen.
—Sois hombre afortunado.
—Decidme, ¿dónde está mi fortuna, ya que habéis dado con ella?
—¿Pues qué, no os amo yo?
—¡Si se muriera uno!
—Dadle por muerto. Pero id, id, don Francisco, que creo que importa más de lo que pensamos.
—Adiós, pues, señora mía. Con que me digáis dónde vive doña Clara, me dejo con vos el alma y allá me emboco.
—Más allá de la galería de los Infantes, en aquella galería obscura.
—¿En la de anoche?...
—Sí, frente á aquellas escaleras.
—¡Ah! ¡frente á las escaleras aquellas! no he de perderme con tales señas. Quedad con dios, señora mía, y tratadme bien el alma, que con vos se queda.
—¡Ay, que os lleváis la mía! Adiós.
La condesa sacó una mano por la abertura de las maderas, y Quevedo la besó suspirando.
—Adiós—dijo, y se alejó.
La reja se cerró silenciosamente.
Poco después Quevedo llamaba á la puerta del aposento de doña Clara.
Aquella puerta se abrió al momento.
Encontró á doña Clara sobreexcitada, encendida, inquieta, con la mirada vaga, con todas las señales de una inquietud cruel.
—Vos lo sabéis todo, don Francisco—dijo la joven con anhelo.
—Lo sé, señora, y lo sé tanto, como que aún estoy dudando de ello.
—No os pregunto cómo lo sabéis, no tengo tiempo para nada, ni cabeza; me estoy muriendo; sobre mí vienen...
—Las culpas ajenas os premian.
—¿Qué decís?
—¡Si le amáis!
—¡Dios mío! pero... yo hubiera vencido esta afición...
—¿Y á qué vencerla?
—¿Podéis ver esta noche á vuestro amigo?
—¿A Juan?
—Sí—contestó con esfuerzo doña Clara.
—Lo veré, si vos queréis.
—¿Sabéis dónde está?
—Está donde le han arrojado vuestros desdenes.
—¿Y le sacarán de allí mis favores?
—¡Oh! vos, señora, podéis sacar un alma en pena del purgatorio.
—Bien sabe Dios que me sacrifico por su majestad.
—O no os conocéis, ó no me conocéis, señora—dijo gravemente Quevedo.
—No os entiendo, don Francisco.
—Estáis desconfiando de vos misma, y desconfiáis de mí; vos, señora, sois una valiente, una generosa, una noble joven; vuestra alma es toda caridad; os sacrificáis por una mártir; dobláis vuestro orgullo de mujer, exponéis vuestro corazón, arrostráis la cólera de vuestro padre; Dios os premiará, yo os reverencio y os admiro.
—Me veo obligada á casarme con vuestro amigo por salvar á su majestad de unas apariencias que podían perderla; cierto es que vuestro amigo me ha interesado el corazón, no os lo niego, pero le conozco poco; el paso que voy á dar es decisivo; ¿le conocéis vos, don Francisco? ¿estáis seguro de que su galanteo con esa comedianta pasará en el momento en que le abra mi corazón? ¡decidme, por Dios, cuánto pierdo ó cuánto gano en mi sacrificio!
—Juan es un rey sin corona, doña Clara: para Juan sois sola; Juan es sólo para vos.
—Explicadme mejor...
—Quiero decir que Juan, tal como Dios ha querido que sea, necesita una mujer tal como vos. Que vos, tal como Dios os ha formado, necesitáis un hombre como Juan. Que, en fin, habéis nacido el uno para el otro. Por eso os habéis amado en el punto en que os habéis visto; por eso Dios ha querido que sea inevitable vuestro casamiento.
—Pero mi padre...
—Vuestro padre ¡vive Dios! se dará por muy contento con que os caséis de tal modo, y tales andan las cosas, que más servís para envidiada que para envidiosa.
—¡Ah, os creo! ¡os creo, porque sois caballero y cristiano, y no me engañáis! os creo, y creyéndoos soy feliz. Tomad, don Francisco, tomad; esta carta es para vuestro amigo.
—Ya sabía yo que había de ser correo; pero no importa. Sólo siento una cosa.
—¡Qué!
—Que acaso no podréis ver á mi amigo tan pronto como quisiérais.
—¿Y por qué?
—Acaso no podáis verle hasta después de la media noche.
—En ese caso se dará orden para que le abran el postigo de los Infantes á cualquier hora que llegue.
—La señal.
—El capitán Juan Montiño.
—¡El capitán!
—Tengo para él una provisión de capitán de la guardia española.
—¡Ah! ¡pues me pesa! ¡se necesita para que os caséis con él, de la licencia del rey!
—No paséis pena por eso.
—El rey os ama.
—El rey está ya bien curado.
—¿Y... cuándo pensáis casaros con mi amigo?
—Si él consiente... pronto... muy pronto.
—¿Será cosa de prepararlo para que no le haga mal el susto?
—¡Oh! no, no tanto. Y os agradecería que me hiciéseis un favor.
—¿Cuál?
—¿Me dais vuestra palabra de que me lo concederéis?
—Dóiosla y ciento, mil.
—No digáis una sola palabra de lo que hemos hablado de él á vuestro amigo.
—Otorgo.
—Y quisiera que...
—Sí; que vaya á cumplir mi oficio cuanto antes.
—No, no es eso; que viniérais con vuestro amigo.
—Vendré; y adiós, señora.
—Adiós.
Quevedo salió pensativo y cabizbajo murmurando:
—¡Pobre Dorotea! ¡ella también le ama con todo su corazón!
Apenas salió Quevedo cuando doña Clara se dirigió al cuarto de la reina y dijo á la condesa de Lemos:
—Hacedme la merced, señora, de decir á su majestad que quiero hablarla al momento.
CAPÍTULO XXXVI
DE CÓMO EL PADRE ALIAGA PUSO DE NUEVO SU CORAZÓN Y SU VIRTUD Á PRUEBA
Cuando el confesor del rey salió de la cámara de la reina, al verse en las galerías del alcázar medio alumbradas, y por consecuencia medio á obscuras, solo, sin otro testigo que Dios, la entereza del desgraciado se deshizo; vaciló, y se apoyó en una pared.
Y allí, anonadado, trémulo, lloró... lloró como un niño que se encuentra huérfano y desesperado en el mundo.
Y lloró en silencio, con ese amargo y desconsolado llanto de la resignación sin esperanza, muda la lengua y mudo el pensamiento, cadáver animado que en aquel punto sólo tenía vida para llorar.
Pero esto pasó; pasó rápidamente, y se rehizo, buscó fuerzas en el fondo de su flaqueza, y las encontró.
—Sigamos hacia nuestro calvario—dijo—, sigamos con valor; apuremos la copa que Dios nos ofrece, y dominemos este corazón rebelde... que obedezca á su deber ó muera: que Dios no pueda acusarnos de haber dejado de combatir un solo momento.
Se irguió, serenó su semblante, y se encaminó al lugar donde le esperaba el tío Manolillo.
El bufón le salió al encuentro.
—¿Ha venido?—dijo el padre Aliaga.
—He tenido que engañarla; ahora mismo la estoy engañando.
—¡Engañando!
—Sí, por cierto; la tengo escondida en mi chiribitil, en el agujero de lechuzas, que me sirve de habitación hace treinta años.
—¿Y por qué la engañáis?
—Si no fuera por sus celos, ella no hubiera venido; la he asegurado de que vería entrar á su amante en el aposento de doña Clara Soldevilla.
—¡Su amante! ¿y quién es su amante?
—El señor capitán don Juan Girón y Velasco.
—¡Ah, ese joven!—exclamó con un acento singular el religioso.
—Aquí hay una escalera—dijo el bufón—, y no hubiera querido traeros por estos polvorientos escondrijos, pero vos habéis deseado conocerla... asíos á las faldas de mi ropilla.
Empezaron á subir.
—¿Sabéis—dijo el bufón—que hay esta noche gente sospechosa en palacio?
—Lo sé, y la Inquisición vigila.
—¿Dónde creéis que estén esas gentes?
—En el patio.
—Algo más adentro; mucho me engaño, si por los altos corredores de mi vivienda no anda el sargento mayor don Juan de Guzmán...
—¡Ese miserable!
—Y si no le acompaña el galopín Cosme Aldaba. Hame parecido haberlos oído hablar en voz baja á lo último del corredor.
-¿Y qué pensáis de eso?
—Temo mucho malo.
—¿Contra quién?
—Contra la reina.
—¡Ah!
—No os asustéis, yo estoy alerta.
—Será preciso prender á esos miserables.
—Dejémoslos obrar, no sea que prendiéndolos perdamos el hilo. Por lo mismo, y porque no puedan veros y conoceros, y alarmarse, os traigo á obscuras; por la misma razón, ya que estamos cerca de lo alto de las escaleras, callemos.
Siguió á la advertencia del bufón un profundo silencio.
Sólo se oían sobre los peldaños de piedra los recatados pasos del religioso y del tío Manolillo.
En lo alto ya de las escaleras, atravesaron silenciosamente un trozo de corredor, y el bufón se detuvo y llamó quedito á una puerta.
Oyéronse dentro precipitados pasos de mujer, y se descorrió un cerrojo.
La puerta se abrió.
El padre Aliaga sólo pudo ver el bulto confuso de la persona que había abierto, porque el aposento estaba obscuro; pero oyó una anhelante y dulce voz de mujer que dijo:
—¿Ha venido ya?
—No, hija mía—dijo el bufón—, y según noticias mías, no vendrá esta noche. Pero, pasa, pasa al otro aposento, que no es justo que hagamos estar á obscuras á la grave persona que viene conmigo.
—¿Quién viene con vos, tío?
—El confesor de su majestad el rey.
—¡Ah! ¡El buen padre Aliaga!
—¿Me conocéis?—dijo fray Luis entrando en el mismo aposento en que en otra ocasión entró Quevedo con el tío Manolillo.
—Os conozco de oídas; delante de mí han hablado mucho de vos el duque de Lerma y don Rodrigo Calderón.
Al entrar en un espacio iluminado, el padre Aliaga miró con ansia á la comedianta; al verla, dió un grito.
—¡Ah!—exclamó—; ¡es ella! ¡Margarita!
—Os habéis engañado, señor—dijo la Dorotea—; yo no me llamo Margarita.
—Es verdad—dijo el padre Aliaga—; vos no os llamáis Margarita, pero ese mismo nombre tenía una infeliz á quien os parecéis como vos misma cuando os miráis al espejo. ¡Oh Dios mío, qué semejanza tan extraordinaria!
—Miren qué casualidad—dijo el bufón—, que tú, hija mía, hayas querido venir al alcázar, que el reverendo fray Luis de Aliaga haya querido venir á mi aposento, y que este santo varón encuentre en ti una absoluta semejanza con otra persona.
La Dorotea miraba fijamente al padre Aliaga.
—¡No me conocíais! ¡No me habéis visto antes de ahora!—dijo la Dorotea, que comprendía en la mirada del fraile, fija en ella, algo de espanto, mucho de anhelo y muchísimo de afecto.
El bufón se anticipó al padre Aliaga.
—No, hija mía, no; este respetable religioso no te conocía ni de nombre.
—Me estáis engañando—dijo de una manera sumamente seria la Dorotea.
—No, hija mía, no—dijo el padre Aliaga—; pero me extraña ver en el aposento del tío Manolillo, y á estas horas, una mujer tal como vos.
La Dorotea sacó su labio inferior en un gracioso mohín, que tanto expresaba fastidio como desdén, por la observación de fray Luis.
—¿Os une algún parentesco con esta joven, Manuel?
—Os diré, fray Luis: sí y no; soy su padre y no lo soy; no lo soy, porque ni siquiera he conocido á su madre, y lo soy, porque no tiene en la tierra quien haga para ella oficio de padre más que yo.
—¿Y vos habéis conocido á vuestros padres, hija mía?
—No, señor—dijo la Dorotea—; me he criado en el convento de las Descalzas Reales; recuerdo que, desde muy niña, iba todos los días á visitarme el tío Manolillo; yo lo creía mi padre; pero cuando estuve en estado de conocer mi desdicha, me dijo el tío Manolillo: «Yo no soy tu padre; te encontré pequeñuela y abandonada...»
—¡Y no te he mentido, vive Dios! En la calle te encontré—dijo el bufón.
—¡Válgame Dios!—dijo el padre Aliaga—; ¿pero en qué os ejercitáis, que baste á costear honradamente esas galas y esas joyas?
—¿Quién habla aquí de honra?—dijo la Dorotea, cuyo semblante se había nublado completamente—. ¿A qué este engaño? ¿A qué ha subido á este desván? Demasiado sabéis, padre, que soy comedianta, y menos que comedianta... una mujer perdida. Bien, no hablemos más de ello... Pero sepamos... sepamos á qué he venido yo aquí y á qué habéis venido vos.
—¡Oh, Dios mío!—exclamó el padre Aliaga, levantando las manos y el rostro al cielo, dejando caer instantáneamente el rostro sobre sus manos.
Pero esto duró un solo momento.
El religioso volvió á levantar su semblante pálido, melancólico y sereno.
—¡Vos me conocéis!...—exclamó la Dorotea—más que eso... Vos conocéis á mis padres... ó los habéis conocido... Mi madre se llamaba Margarita.
—Es verdad.
—¿Y dónde está mi madre?—preguntó juntando sus manos y con voz anhelante Dorotea.
—¡En el cielo!—contestó con voz ronca el bufón.
—¡Ah!—exclamó la Dorotea.
Y dejó caer la cabeza, y guardó por algunos segundos silencio.
Luego dijo con doble anhelo:
—¡Pero mi padre!...
—¡Tu padre!...—dijo el bufón—¿quién sabe lo que ha sido de tu padre?
—Sentáos, hija mía, sentáos y escuchadme—dijo el padre Aliaga.
Dorotea se sentó, y esperó en silencio y con ansiedad á que hablase el padre Aliaga, que se sentó á su vez en el sillón aquel que en otros tiempos había servido al padre Chaves para confesar á Felipe II.
—No os habéis equivocado, hija mía—dijo el confesor de Felipe III—; se os ha traído aquí con engaño... mi carácter de religioso me vedaba entrar en vuestra casa.
—El engaño, sin embargo, ha sido cruel. Sin él hubiera yo venido... pero ya está hecho; continuad, señor, continuad; os escucho.
—Os encontráis en unas circunstancias gravísimas. Lo que voy á deciros, debéis olvidarlo; debéis olvidar que os habla el inquisidor general.
—¡Dios mío!—exclamó la joven poniéndose de pie, pálida y aterrada.
—Nada temáis; el inquisidor general, tratándose de vos, y por ahora, ni ve, ni oye, ni siente; más claro: en estos momentos no soy para vos más que el hermano adoptivo de vuestra madre.
—¡Dios mío!—repitió Dorotea juntando las manos.
—Yo amé mucho á vuestra madre... no he podido olvidarla aún... la robó un infame de la casa de sus padres... yo fuí el último de la familia que escuchó su voz... Después... no la he vuelto á ver... pero la estoy viendo en vos... en vos, que sois su semejanza perfecta.
—Creo que me parezco tanto á mi madre en la figura como en la suerte.
—De vuestra suerte nos importa hablar. Estáis acusada á la Inquisición.
—¡Acusada á la Inquisición!—exclamó el tío Manolillo poniéndose delante de la joven como para defenderla—; ¡acusada á la Inquisición! ¿y por qué?
El padre Aliaga no quiso comprometer á doña Clara Soldevilla, arrojar sobre su cabeza el odio del bufón, y contestó:
—Por las inteligencias con un hombre, en el cual, según me he informado, está puesto y siempre vigilante el ojo del Santo Oficio: con un tal Gabriel Cornejo...
—¡Con ese miserable!—exclamó el bufón—; ¿tienes tú conocimiento con ese miserable, Dorotea?
—Sí—contestó la joven—; le he buscado... porque creía amar á un hombre... desconfiaba de él... necesitaba un bebedizo... pero yo soy cristiana, señor, yo creo en Dios, yo le adoro—exclamó llorando la Dorotea.
—Os he asegurado que nada tenéis que temer—dijo el padre Aliaga—; pero es necesario que cambiéis de vida; que dejéis el teatro, y no sólo el teatro, sino el mundo.
—El teatro, sí—dijo la Dorotea—; sin que vos me lo aconsejárais estaba resuelta á ello... pero el mundo... el mundo no; en el mundo... fuera del claustro está mi felicidad; está él, y él me ama...
—Ese caballero no puede ser vuestro esposo; ese caballero no puede amaros.
—¡Ah! ¡le conocéis...! ¡os ha enviado él...! ¡ama á la otra...! ¡ama á doña Clara...! ¡y se casará con ella...! ¡oh! ¡no! ¡no se casará! ¡será necesario para ello que me haga pedazos la Inquisición!
—¡Oh, Dios mío!—exclamó á su vez el padre Aliaga.
—¿Pero qué te ha dado ese hombre?—exclamó con irritación el tío Manolillo—; ¿qué te ha dado que te ha vuelto loca?
—Me ha dado la vida y el alma, porque yo no sabía lo que era vivir, lo que era tener alma, lo que era amar, hasta que le he visto, hasta que le he oído.
—¡Y con esa vehemencia tuya le habrás hecho tu amante!—dijo el bufón.
—No... no... y mil veces no; para él no soy una mujer perdida.
—¿Pero qué felicidad podéis encontrar, hija mía, en unos amores ilícitos?—dijo el padre Aliaga—; ¿por qué ligar á vos á un joven noble y digno...? ¿por qué dar ocasión á que mañana se avergüence...?
—Me estáis desgarrando el corazón—exclamó con una angustia infinita la Dorotea—; me estáis repitiendo lo que me dice mi conciencia.
El rostro del bufón, mientras dijo la joven estas palabras, se había ido poniendo sucesivamente y con suma rapidez, pálido, verde, lívido.
—Es verdad—dijo con la voz opaca y convulsiva—; decid á una pobre niña abandonada de todo el mundo: sé fuerte, renuncia al amor, que es tu vida, porque la desgracia te ha hecho indigna del amor de un hombre honrado; ensordece, cuando puedas escuchar palabras de consuelo; ciega, cuando el sol de la felicidad nace para ti; muere, cuando empiezas á vivir; no, Dorotea, no; tú vivirás; porque Dios quiere que vivas; tú amas á ese hombre; ese hombre será para ti... ó para nadie... y cuenta con que el Santo Oficio se ponga frente á frente del bufón.
—¡Manuel! ¡estáis loco!—exclamó el padre Aliaga.
—No, no estoy loco; pero todos los que tienen algún poder abusan de él; no en balde he pasado cincuenta años en este alcázar; nací en un desván de él, y el alcázar me conoce y me confía sus secretos; yo soy también poderoso, yo puedo decir al rey... sí... sí por cierto... yo puedo decirle: hay un hombre... un señor grave... que parece un santo... y oye, Felipe: ese hombre tiene el corazón como yo... y como el otro... y como el de más allá... es un embustero con máscara... es una virtud de comedia... es mentira... ese hombre ama á tu Margarita... observa, observa á ese hombre cuando esté delante de tu esposa... ese hombre no vela por la reina por lealtad, ni por virtud... sino por amor... por un amor dos veces adúltero, por un amor sacrílego.
—¡Ese hombre que dice el tío Manolillo, sois vos!—dijo la Dorotea, pálida, sombría, señalando con un dedo inflexible la frente del religioso.
—Yo... ¡Dios mío! ¡yo, que amo á su majestad!
—Y si ocultáis vuestro amor, si le devoráis... porque al fin ella es una mujer casada, y vos sois un fraile; si tenéis la virtud de sufrir en silencio vuestro infierno; si sabéis cuánto ofendéis á Dios, porque os está prohibido amar á otro que á Dios y amáis á vuestra reina... si sabéis que puede llegar un día en que blasfeméis, y en que la blasfemia os condene... ¿por qué queréis que una mujer libre engañe á Dios y se encierre en un claustro, y dentro de él sufra un infierno de amor, y blasfeme, y se condene también? Yo... puedo servirle, amarle con toda mi alma sin ofender al mundo, porque no soy casada; sin ofender á Dios, porque no soy esposa de Dios. Y haced de mí lo que queráis: prendedme, matadme, llevadme á la hoguera... Dios sabe que no le he ofendido, que le adoro, que creo en Él. Dios dará su gloria á quien ha sufrido tres veces el martirio.
—La Inquisición no te tocará, no te acusará á ti. ¿No es verdad, padre, que la Inquisición no se atreverá á ella?
Las últimas palabras del tío Manolillo eran un rugido amenazador.
—¡Dejadme!—exclamó el padre Aliaga—¡dejadme, y que Dios tenga piedad de los tres!
Y salió desalentado.
—Esperad, voy á alumbraros y á guiaros, fray Luis; ¡bah! eso pasará, nos entenderemos y seremos los más grandes amigos del mundo. ¡Ah, ah! tú te quedas aquí, hija mía. No llores, que no hay para qué. Vamos, padre Aliaga.
El bufón salió y cerró la puerta exterior.
Después de cerrarla se detuvo.
—Juraría—dijo—que al llegar á la puerta por la parte de adentro, he sentido pasos silenciosos, pero precipitados, que se alejaban. No importa, yo volveré y veremos lo que esto significa. Dadme la mano para que os guíe, fray Luis.
El padre Aliaga dió á tientas la mano al bufón.
—Estáis muriendo, padre; vuestra mano está fría como la de un muerto—dijo el bufón al sentir el contacto de aquella mano.
El padre Aliaga no contestó.
El bufón le llevó por donde le había traído.
Al llegar á la galería de los Infantes, le soltó.
—Desde aquí—dijo—sabéis salir del alcázar. Pero una palabra antes de que nos separemos: tened compasión de ella, tened compasión de vos mismo, tenedla, por Dios, de mí.
El padre Aliaga se alejó en silencio y con la cabeza baja.
—Acaso he sido imprudente—dijo el bufón estremeciéndose—, acaso he sido injusto; ¡Dios mío! cuando se trata de ella me vuelvo loco.
El tío Manolillo volvió á tomar en silencio el camino de su mechinal.
Antes de llegar á su puerta se detuvo.
—Es necesario que yo vea—dijo—qué gentes andan por aquí esta noche.
Y abrió la puerta, entró, encendió una lámpara y salió á los corredores sin hablar con Dorotea, que estaba replegada y llorando en un rincón.
El tío Manolillo recorrió y examinó minuciosamente la parte alta de aquel departamento.
A nadie encontró por más que registró todos los escondrijos.
—Vamos—dijo—, sería el viento.
Y siguió adelante hacia su vivienda.
Al pasar por delante de la puerta del cuarto del cocinero mayor, se detuvo; había oído la voz de Francisco Martínez Montiño, que decía:
—Aseguradle bien, que pesa mucho, hijos, y tapadle de modo que no se conozca que es un cofre; vosotros dos no os separéis de mí; las manos en las espadas, y que se conozca, si llega el caso, que sois un par de buenos mozos de la guardia española.
—Descuide vuesa merced, señor Francisco—dijo una voz franca y ligera—, que aunque vengan muchos y buenos, vive Dios que no nos han de robar.
A seguida el bufón oyó el ruido de una llave en la cerradura, y apagó la luz y se retiró precipitadamente al hueco de una puerta inmediata y se embebió en él cuanto pudo y escuchó con profunda atención.
Se abrió la puerta y salió el cocinero; tras él, dos hombres que conducían, puesto sobre dos palos, un bulto al parecer pesado, y luego dos soldados de la guardia española, á juzgar por sus armas y por sus coletos rojos.
El cocinero mayor volvió á cerrar la puerta.
Él y los cuatro hombres se alejaron.
Iba á seguirlos el bufón, cuando sintió pasos tras sí á muy poca distancia.
Embebióse más en la puerta, y desenvainó su puñal.
—Cosme, hijo, síguelos—dijo una voz muy conocida del tío Manolillo—; yo me quedo aquí; abajo en la plaza están los otros; quitadle lo que lleve, y que no se diga que os ponen miedo esos fanfarrones de los coletos encarnados.
Alejáronse los pasos, y se perdió la voz á lo largo de los estrechos corredores.
—¡El sargento mayor don Juan de Guzmán!—dijo el tío Manolillo—. Van por la crujía larga; rodeando yo por la derecha, les gano la delantera; para algo estaban aquí estos bribones; no me había yo engañado; pues bien: veamos qué es esto... pero ¿y Dorotea?... no importa... yo volveré.
Y luego se oyeron los rápidos pasos del bufón.
Si hubiera seguido tras el sargento mayor, se hubiera visto obligado á pasar por la puerta de su aposento.
Y entonces hubiera tropezado con un bulto que estaba colocado delante de él.
Aquel bulto era el sargento mayor.
Escuchaba.
—Está sola y llora—dijo—; ¿dónde estará el bufón?
Y volvió á escuchar.
—Tengo conmigo una llave maestra: puedo abrir; cierto es también que el tío Manolillo puede volver; no sé por qué me causa miedo ese hombre; pero bien, necesariamente ha de hacer ruido en la cerradura... y puedo muy bien escapar por la ventana, ganarle tiempo y perderme. Me importaba ver á Luisa; pero después de lo que he oído, me interesa más verla á ella. Ea, adelante.
Sonó un hierro en la cerradura, que resistió un momento; luego se sintió correrse el fiador.
La puerta se abrió.
Cerróla de nuevo el sargento mayor, y entró en el aposento donde se encontraba Dorotea.
CAPÍTULO XXXVII
DE CÓMO EL DIABLO IBA ENREDANDO CADA VEZ MÁS LOS SUCESOS
La joven permanecía aún inmóvil en el lugar donde la había dejado el tío Manolillo, y continuaba llorando.
—¿Quién había de decirme—murmuró roncamente el sargento mayor—, la noche en que no sé quién me quitó esta muchacha recién nacida, que había de llegar un momento en que nos sirviese de mucho?
Siguió Guzmán contemplando por algún tiempo y de una manera profunda á la joven, y al cabo dijo:
—Bien empleado os está lo que sufrís; ¿quién os manda fiaros del primero que llega?
Levantó la cabeza la Dorotea, y al ver al sargento mayor, dijo con desprecio:
—¿Quién os ha llamado? Idos.
—No necesita que le llaméis quien os sigue ansioso todo el día, deseando encontraros sola. ¡Pero ya se ve! no sólo no habéis estado sola, sino que habéis servido de estorbo.
Una vaga sospecha pasó por el pensamiento de la Dorotea.
—¿Y para qué he podido yo serviros de estorbo?
—Para hacer una justicia, cuando ni el rey ni el duque de Lerma piensan hacerla.
—¿Y cómo he podido yo estorbar?...
—Desde esta mañana hasta que vinísteis á palacio, no os habéis descosido del ajusticiado.
—¡Ah! ¿se trata?...
—Del señor Juan Montiño; y en matarle, no sólo se venga á don Rodrigo Calderón, sino también á vos.
—Explicadme cómo se me venga matando á ese caballero.
—Ese caballero se ha burlado de vos.
—¿De mi?
—Sí por cierto: cuando os enamoró estaba ya enamorado.
—¿De quién?—exclamó todo afán Dorotea.
—De una dama muy hermosa, con quien anduvo anoche vuestro burlador por las calles de Madrid y á quien prometió entregarle las cartas que tenía de la reina don Rodrigo.
—¿El nombre de esa dama?
—No hace mucho que se pronunció en este mismo aposento: os escuchaba... desde esa ventana; os oía á vos, al padre Aliaga, al tío Manolillo.
—¿Doña Clara?
—Eso es... doña Clara Soldevilla.
—¿Pero es cierto que él la ama?
—Podréis juzgar de ello dentro de poco.
—¡Cómo! ¿vos podéis procurarme?...
—Para que no os extrañe lo que voy á deciros, es bueno que sepáis que yo conozco mucha gente en palacio; que parte por este conocimiento y parte por mi dinero, me sirven bien. Entro, pues, en palacio, cuando quiero, y ando á caza de secretos... por las galerías... que algunos se cogen en ellas de noche. Fuí á ver esta mañana á don Rodrigo, y bueno será que lo sepáis... le encontré muy malo con un dagazo en los pechos, lo que debéis sentir mucho; porque, en fin, aunque vos le hayáis dejado por otro, cuando tan mal parado le veis, don Rodrigo os quiere bien. Díjome el nombre de quien le había herido, que le había quitado las cartas de la reina, y que era menester seguirle, y estar al cuidado de si entraba ó salía en palacio. Pero como don Rodrigo no le conocía, no pudo darme las señas, sin las cuales me hubiera costado maña y trabajo averiguar. Pero afortunadamente le encontré en vuestra casa y vos me le dísteis á conocer. Se os ha seguido, se sabe dónde ha ido ese hidalgo... lo que ha hecho...
—Tenía un duelo concertado...
—Hace como una hora ha salido bien del duelo. En cuanto á mí, tengo seguridad de que esta noche vendrá á palacio, y á la salida... cuando salga solo...
—¿Y qué seguridad tenéis de que ese caballero vendrá á palacio?
—Desde el obscurecer estábamos en palacio cuatro de los míos y yo; dos fuera en acecho; dos en el patio hasta que se cerraron las puertas, y yo en el interior. Vagaba yo por las galerías, y sin saber cómo no podía separarme de la habitación de doña Clara Soldevilla, cuando he aquí que un hombre llama y le abren. A la luz de quien le había abierto, reconocí á don Francisco de Quevedo, y como don Francisco de Quevedo es muy amigo del señor Juan Montiño, me dije: esperemos; por algo viene aquí don Francisco, que no acostumbra á perder el tiempo. Salió don Francisco y yo le seguí. Don Francisco se fué derecho á vuestra casa y llamó. Abriéronle y preguntó por vos. Dijéronle que habíais salido. Cerróse la puerta, y don Francisco se sentó en el dintel. Indudablemente, don Francisco había salido del cuarto de doña Clara Soldevilla en busca de Juan Montiño.
—¿Y decís que él vendrá?
—Ha concluído ya su lance con don Bernardino, según me han dicho, y no debe tardar en ir á vuestra casa... porque también sé que vive en vuestra casa; tropezará con don Francisco, que le está esperando, y vendrá. Entrará, sí, pero Dios le asista á la salida...
—¿Y si no sale?
—Esperaremos á otro día para vengaros á vos, para vengar á don Rodrigo.
—Si veo entrar en el aposento de doña Clara esta noche á ese caballero, contad conmigo.
—Le veréis, os lo aseguro... pero es necesario que me sigáis.
—Al fin del mundo os seguiré.
—Pues venid.
—Juradme que esto no es un lazo que me tendéis.
—¿No os tengo aquí sola?
—Es verdad.
—Además, que vos sois preciosa para don Rodrigo; vos habéis abierto la herida y vos la cerraréis. Vamos, pues; no perdamos el tiempo y entre sin que le veamos.
—¿Y le podré ver sin ser vista?
—En esta parte, decuidad.
Dorotea se levantó, se arregló el manto y siguió á Guzmán.
Este abrió de nuevo con la llave maestra la puerta, y sin cuidarse de cerrarla, llevó á obscuras á la Dorotea á la galería, á donde daba la puerta del aposento de doña Clara.
—Aquí es—dijo el sargento mayor.
—¿Y la puerta por donde ha de entrar?
—Esta.
—No se oye nada.
—Esperan, sin duda.
—¡Oh! ¿y por qué no llamar? ¿por qué no entrar?
—Pero ¿estáis loca?
—Tenéis razón... no sé lo que pienso ni lo que digo.
—Venid; frente á esta puerta hay el hueco de unas escaleras; ocultos bajo ellas podremos esperar sin que nadie, aunque traiga luz, nos vea.
Guzmán y la comedianta se pusieron en acecho bajo las mismas escaleras donde la noche antes había ocultado Quevedo á la condesa de Lemos, para que no la vieran los tudescos.
CAPÍTULO XXXVIII
DE LO QUE VIÓ Y DE LO QUE NO VIÓ EL TÍO MANOLILLO, SIGUIENDO Á LOS QUE SEGUÍAN AL COCINERO MAYOR
Muy pronto el bufón del rey se convenció de que su papel estaba reducido, en la aventura que corría, al de un simple testigo.
Seis hombres, á la larga separados y con gran recato, seguían al cocinero mayor, á los dos hombres que conducían el pesado bulto, y á los dos soldados de la guardia española que le escoltaban.
El tío Manolillo, de todos aquellos hombres que seguía, sólo veía al último, y aun á larga distancia, para no ser reconocido.
Favorecíale la obscuridad de la noche, el ruido sordo y continuo de la lluvia que no cesaba, y lo desierto de las calles.
Porque entonces no había serenos, ni vigilantes nocturnos, ni nada que los reemplazase, á excepción de las rondas de los alcaldes, que en atención á lo crudo y lluvioso de la noche, no se encontraban en todo Madrid para un remedio.
El hombre á quien, como al extremo de una cola, seguía el bufón, recorrió parte de la calle del Arenal, la de las Fuentes, atravesó la Mayor, la plaza Mayor luego, y por la calle de Toledo, torció hacia Puerta Cerrada; pero de repente se detuvo: á la luz del farol de una imagen puesta en una esquina, le vió el bufón desnudar la espada y partir luego á la carrera hacia la Cava Baja de San Miguel, donde un momento antes habían sonado voces de ¡ladrones! y poco después ruido de espadas.
El bufón desnudó su puñal y corrió también, pero cuando llegaba á la Cava Baja se encontró con que el ruido de las cuchilladas había cesado, y en su lugar se escuchaban á un tiempo grandes carcajadas y la voz trémula, turbada, del cocinero mayor, que decía:
—¡Ah, señor! ¡señor! ¡me habéis salvado y os habéis salvado á vos mismo!
—¿Qué dice ese imbécil?—exclamó el bufón—; indudablemente los buenos mozos del señor sargento mayor han sido zurrados bravamente; pero escuchemos.
—¿Qué habláis de señor, mi querido tío?—dijo Juan Montiño riendo—; el miedo os ha turbado la vista, y no me conocéis.
—Sí; sí, señor, os conozco, os conozco demasiado—, dijo Francisco Montiño—; pero veamos de ir á cualquier parte, donde yo pueda recobrarme y revelaros un secreto.
—¡Ta! ¡ta! ¡ta!—dijo el bufón, mientras Juan Montiño, el alférez Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducían el bulto y los dos soldados de la guardia española, entraban en la hostería de donde habían salido los tres jóvenes—; mucho será que el misterio de ese nacimiento no se aclare esta noche para el señor don Juan Girón y Velasco. ¡Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quién es, puede suceder que la desprecie. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡hay criaturas que nacen maldecidas!
Y el bufón guardó silencio, adelantó á lo largo de la obscura y desierta calle, se detuvo delante de la hostería, se acurrucó en el vano de una puerta y frente á ella esperó.
Dentro de la hostería, en el primer aposento, en la sala común, sentados á una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos lacayos de la casa real, á juzgar por su librea, y los dos soldados de la guardia española.
—¿Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendición, y que tengo los brazos dormidos?—dijo un lacayo al otro.
—Debe estar lleno de oro para pesar tanto—contestó el otro lacayo.
—Indudablemente—dijo un soldado—, mucho debía valer cuando querían aliviaros del peso.
—Y á no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostería—dijo el otro soldado—, no sé lo que hubiera sucedido; yo creo que eran más de veinte los que nos acometían.
—No eran sino seis—dijo el otro soldado—; el miedo te ha hecho la vista de aumento, Dieguillo.
—¡Qué miedo ni qué berenjenas!—dijo el otro picado—; consistirá en que me han metido un latigazo sobre el sombrero que me hizo ver estrellas, y que si no se le tuerce la mano al que me lo dió, me raja como una zanahoria, y me ha levantado un chichón—, dijo el soldado quitándose el sombrero y tentándose la parte superior de la cabeza.
—Pues no—repuso el otro soldado—; el hidalgo á quien después del lance llamaba señor el señor Francisco Montiño, es un hombre de provecho; no tiraba más que estocadas, lo vi bien, y se los llevaba delante que era una alegría verlo. Y él llamó su tío al señor Francisco; ¿qué será eso?
—Sea lo que fuere, y ya que la cena que nos regalan viene, á cenar y á beber, á ver si comiendo y bebiendo se me aplaca el dolor del cintarazo—dijo el otro soldado.
—Vamos, buenos mozos—dijo uno de la hostería que traía sobre las dos manos una enorme cazuela—; aquí tenéis tres conejos en vinagrillo con sus correspondientes cabezas, y voy á traeros, según orden superior, ocho botellas de vino que hace seis años que está á obscuras.
—¿Con vinagre son los conejos?—dijo un soldado—, pues gracias á que nosotros somos gentes de buenas tragaderas, pero cuida que lo del vinagre no entre en parte con el vino.
Tinto de Valdepeñas voy á traeros, que no lo bebe mejor ni aun tan bueno el papa.
—Tienes razón, porque el papa lo bebe de otra parte.
Pero pasemos adelante.
En una habitación del piso alto estaban el alférez Saltillo y Velludo.
Inesilla les servía.
El alférez devoraba con los dientes una pechuga de perdiz, y con los ojos el redondo cuello y el alto seno de la muchacha, soltando uno que otro guiño y una que otra frase que la joven recibía sonriéndose.
—¿Y qué decís de esto?—dijo entre un bocado, un guiño y una galantería soldadesca á la muchacha el alférez.
—¿De qué queréis que diga?—contestó Velludo—; ¿de esta buena moza, de estas perdices, ó de vos?
—No por cierto; de lo que acaba de suceder.
—Ello dirá.
—Por lo pronto—exclamó el alférez—, ha acabado de maravillarme nuestro nuevo amigo, ¿sabéis que hace cosas que no las creyera si no las viese? ¡Ira de Dios y qué modo de tener la punta de la espada en todas partes, y de tener siempre las paradas donde hacía falta! ¡y cortas, vive Dios! ¡paradas de valiente!
—Es mucho mozo.
—Pero esta chica es mejor moza.
—¡Ah! ¡os gusta á vos también, señor Velludo! Muchacha, trae dados.
La joven salió y volvió con un cajoncillo en que había dos dados y un cubilete, los puso sobre la mesa y esperó con una inquietud de cierto género.
Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos.
—¡Jugarme! ¿y quién os ha dicho que yo quiero que me juguéis?
—Vamos, pues tú puedes evitar que lo echemos á la suerte—dijo el alférez—; ¿cuál de nosotros dos te gusta más?
—Ninguno—dijo la muchacha.
—¡Ah! pues entonces jugaremos.
—¿Y qué vamos á jugar?
—El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se ablande.
—Vaya, vuesas mercedes están muy divertidos—dijo la muchacha poniéndose encendida como una amapola.
—¡Ah!—dijo el alférez—, ¿todavía tienes vergüenza? cosa rara estando sirviendo en esta casa y siendo tan bonita.
—¿Quieren vuesas mercedes algo más que les sirva?
—Nada más.
—Pues que Dios guarde á vuesas mercedes.
Y la muchacha salió.
—Amigo Velludo, no juguemos—dijo el alférez.
—¿Por qué?
—Esta muchacha es honrada y quería bendiciones.
—Bendígala Dios, y paso.
—Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos.
Y se pusieron á charlar y á aventurar deducciones.
En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado también, en un lugar en donde de nadie podían ser oídos, estaban mano á mano, sentados en una mesa, Juan Montiño y su supuesto tío.
—Sobre aquella mesa, en vez de manjares, había un cofre de hierro, como de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho.
A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo á hilo.
Estaba jadeante, pálido, desencajados los ojos, tembloroso.
Juan le miraba con sumo interés; más que con interés, con cuidado.
Temía que Montiño se hubiese vuelto loco.
—¿Pero qué os sucede, tío?
—En primer lugar—dijo el cocinero mayor—, no me llaméis tío: yo no lo puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la resistencia á fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco más. Yo no soy vuestro tío.
—¿Qué estáis diciendo?
—La verdad.
—Pues si no sois mi tío, no sois hermano de mi padre.
—Justamente, porque vuestro padre no es mi hermano: ¡oh! ¡si lo fuese!
—Pero entonces vos no sois Montiño.
—Al contrario, vos sois el que no lo sois.
—¿Yo?
—Vos; vuestro padre es algo más ilustre: ¿qué digo? vuestro padre es, después del rey, el más grande de España.
Miró profundamente el joven al cocinero, temeroso de si éste tenía ó no cabal el juicio, y dijo:
—¿Y quién es esa noble persona?
—Aquí en este cofre debe decirlo.
—¿Pero vos no lo sabéis?
—El cofre lo dirá; abrámosle: así como así iban á abrirle á la fuerza: vos sois á quien lo que este cofre contiene interesa más, y aunque todavía no habéis cumplido los veinte y cinco años, no importa: no callo más, no puedo ya con este secreto, harto tengo con lo mío... pero es el caso que yo no tengo la llave. Lo romperemos.
Entonces Juan vió el papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura, y leyó en él en letras gordas lo siguiente:
«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño recibió cerrado y sellado como se encuentra este cofre.»
Y por bajo de estas palabras se veía la fecha y el signo y la firma del escribano.
—Pero no podemos abrir este cofre—dijo el joven.
—Si no le abrís vos, le abrirá la Inquisición.
—¡Ah!
Francisco Montiño desnudó su daga, despegó de un solo corte y de una manera nerviosa el papel.
Debajo de él, en un rebajo del arca, encontró una llave.
—¡Ah! todo estaba previsto—dijo el cocinero del rey—. Abramos.
—A vos dejo la responsabilidad de este hecho—dijo Juan.
El cocinero abrió con mano trémula el cofre.
Apareció primero un paño de seda azul.
Levantado aquel paño aparecieron algunos papeles.
Levantados aquellos papeles, quedaron largos rollos empapelados.
Sacado un rollo y abierto, se vió que le formaban relucientes doblones de á ocho.
Contados los doblones resultó que el rollo contenía cincuenta.
Contados los rollos, eran cuarenta.
Es decir, que la caja contenía dos mil doblones.
Sacados los rollos, se encontró un nuevo paño de seda azul.
Levantado el paño, se hallaron veinte cajas forradas de terciopelo.
Abiertas éstas, se halló un riquísimo y completo aderezo de dama, de perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa de Santiago, una empuñadura de espada de corte, desarmada, y conteras para la misma; todo de oro y pedrería, y de pedrería de gran valor.
A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le acometió un vértigo, y se asió á la mesa con ambas manos para no caer.
—¡Oh! ¡si todo esto fuera mío!—exclamó olvidado de que le escuchaba el joven.
Este por su parte no le oyó, porque su interés estaba vivamente excitado.
Pero en la expresión de su semblante se comprendía que no era la codicia la causa de aquel interés.
—Veamos esos papeles—dijo Juan—ya que habéis abierto ese cofre, á fin de que sepamos á quién pertenece esto.
—Sí, veámoslo, señor, veámoslo—dijo maquinalmente el cocinero mayor.
Cortó Montiño las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la mesa.
Tomó uno á la ventura y leyó:
Era una partida de bautismo librada por Pedro Martínez Montiño y testimoniada por el escribano Gabriel Pérez.
La partida de bautismo de don Juan Téllez Girón, hijo natural del excelentísimo señor duque de Osuna, y de una principalísima dama, cuyo nombre, según decía la partida, se ocultaba por la honra de la misma dama.
Juan apartó aquel papel y tomó otro.
En él el duque de Osuna, de su propio puño y letra, declaraba ser hijo suyo natural, el conocido por hijo del capitán inválido de infantería española Jerónimo Martínez Montiño, conocido bajo el nombre de Juan Montiño; le reconocía públicamente, le daba su apellido y los derechos que como á tal hijo natural suyo le correspondiesen; firmaban como testigos Jerónimo Martínez Montiño y un Diego Salgado, ayuda de cámara del duque. El escribano Gabriel Pérez, testimoniaba la legitimidad de estas firmas.
Había otros cuatro papeles que eran otras tantas escrituras públicas de bienes libres del duque, consistentes en dehesas, tierras y molinos, con una renta de cien mil ducados, cedidas por el duque como patrimonio á su hijo don Juan Girón.
Otro papel, era una cédula de gracia del hábito de Santiago desde su nacimiento, dada por el rey don Felipe II, por los grandes servicios del duque de Osuna, para su hijo natural don Juan Girón, de cuya gracia podía gozar desde su nacimiento.
El último papel era una carta del duque para su hijo.
El contexto de aquella carta era solemne.
Decía así:
«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu-Santo. Don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, á su hijo natural, don Juan Girón.
»Hijo mío:
»Cuando esta carta leyéreis, ó habré yo muerto, ó habréis cumplido vos los veinticinco años, y estaré satisfecho de vos y seguro de que podéis llevar sin mancharle mi apellido.
»Un amor incontrastable, y una ocasión desgraciada para vuestra noble madre, y aprovechada por mí, no sé si con harta locura, son la causa de vuestro nacimiento.
»No dudéis de vuestra madre; ni aun siquiera sabe quién es vuestro padre, ni el lugar en donde os ha dado á luz. Sin embargo, por un aviso secreto, sabiendo que existís, vuestra buena madre os ha legado un magnífico aderezo que vale muchos cuentos de maravedises, para vuestra esposa cuando os caséis. De la misma manera secreta, y sin darme yo á conocer de ella, la he jurado por mi fe de caballero no revelar á nadie, ni á vos mismo, que sois su hijo, su nombre. Guardo, pues, el secreto. Pero como viviréis en la corte, si os casáis, vuestra madre podrá reconoceros, ya que no pueda por vuestro nombre, en la primera ocasión en que presentéis en la corte á vuestra esposa prendida con ese aderezo, si es que vuestra madre no ha muerto cuando vos os caséis.
»Al reconoceros, al daros lo bastante para que un noble pueda vivir en la corte de sus reyes como conviene á su nombre, he cumplido con Dios, con mi corazón y con mi honra. Un Girón, por más que sea bastardo, no puede llevar sino como antifaz, y durante cierto tiempo, un apellido ajeno por noble que sea. Escribo esta carta con las lágrimas en los ojos; acabáis de nacer y lloráis junto á mi. No os recojo, no os tengo á mi lado, porque quiero qué el orgullo de ser mi hijo no os haga mal criado. Quiero que viváis en una esfera humilde, que os criéis, si no en la desgracia, en una pobreza honrada. Quiero, en fin, haceros bueno y leal, y sabio y valiente. Quiero... todo lo que un padre quiere para el hijo de la mujer que ha amado como yo amo á vuestra madre. Espero en Dios que mis propósitos se cumplirán, y que Dios me dará vida para abrazaros.
»Como podrá suceder que por una infidelidad de las gentes que se han encargado de vos, aunque no lo espero, ó por otro acaso cualquiera, sepáis el secreto de vuestro nacimiento, es mi voluntad que entréis desde tal punto en el goce de cuanto os doy; pero si yo vivo, venid sin perder tiempo á buscarme, ó de no poderlo hacer, escribidme.
»Creo que baste con lo que os digo.
»Que vuestra suerte no os ensoberbezca, seguid siendo siempre bueno y leal y recibid la bendición de vuestro padre,
»El duque de Osuna, conde de Ureña.»
—¿Comprendéis ahora por qué os llamaba señor?—dijo todo trémulo Francisco Martínez Montiño.
Don Juan Girón (y le llamaremos así en adelante), no contestó.
En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se veía temblar la cólera bajo su semblante.
Recogió los papeles, los guardó cuidadosamente en lo interior de su ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre.
Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor:
—Señor Francisco Montiño, me pesa mucho el no poder seguir llamándoos tío; pero no lo sois y me veo obligado á tener paciencia.
—¡Obligado á tener paciencia, Dios de bondad, y os encontráis casi un príncipe!
—Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de llevároslo.
—¿Y si me lo roban, señor?
—¡Eh! ¡Si os lo roban, qué importa! ¡Adiós!
—Pero...
—Adiós, ya os veré.
Y don Juan salió.
—¡Pero está loco, Dios mío!—dijo el cocinero mayor guardando todo aquello con precipitación, como si hubiera temido que se lo robasen las paredes—. ¡Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles apuros! ¡Vive Dios que se conoce en él la sangre de los Girones!... Y al fin me servirá de mucho... me vengará ahora mucho mejor que antes, porque al fin él me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamándome su tío. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor general.
Entre tanto el cocinero mayor había metido en el cofre su contenido, le había cerrado y metióse cuidadosamente la llave en el bolsillo.
—¡Eh, hostelero!—dijo llamando; y cuando apareció éste añadió—: decid á los dos lacayos y á los dos soldados que están abajo que suban.
Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo á los lacayos con el cofre y salió.
Al llegar á la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano:
—¿Y el gasto, señor?
—¡Cómo! ¿No han pagado?—dijo el cocinero deteniéndose con sobresalto.
—Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba quedábais vos...
—¿Y cuánto es la cuenta?—dijo todo turbado el señor Francisco.
—Quince ducados, señor.
—¡Quince ducados!—exclamó Francisco Montiño, metiéndose en un regateo que en aquellas circunstancias era un rasgo determinante del miserabilísimo carácter del cocinero—; ¿pues cuántas gentes han comido y bebido?
—Dos hidalgos, señor, cuatro criados...
—Basta... basta—dijo el cocinero sacando de una manera nerviosa un bolsillo de los gregüescos—; tomad y adiós. Con muchas cuentas como ésta os ponéis rico.
—Vaya en paz vuesa merced—dijo socarronamente al cocinero mayor.
—¡A palacio!—dijo Montiño á los suyos.
Y se puso en marcha delante de ellos.
CAPÍTULO XXXIX
DE CÓMO QUEVEDO CONOCIÓ PRÁCTICAMENTE LA VERDAD DEL REFRÁN: EL QUE ESPERA DESESPERA
Cuando don Juan Girón se encontró en la calle con sus dos nuevos amigos, se apresuró á despedirse de ellos, citándoles para el día siguiente, y alegando un pretexto tomó á la ventura por la primera calle que encontró á mano.
El joven estaba aturdido.
No de orgullo, sino por el contrario, de abatimiento.
El hubiera preferido una condición humilde, afanosa, con padres legítimos, á la riqueza y á la consideración que le daba la circunstancia de ser hijo bastardo reconocido de aquel poderoso magnate, á quien llamaban por excelencia el gran duque de Osuna, conde de Ureña.
Le pesaban en los bolsillos las joyas que había encontrado en el cofre; sentía sobre su pecho los papeles que acreditaban su nacimiento; y aquellas joyas y aquellos papeles le abrumaban.
Indudablemente era harto raro el modo de pensar del joven, en una época en que abundaban los bastardos reconocidos y respetados, porque en aquel tiempo eran otras las costumbres.
Estaban en tal predicamento, en tal valía la nobleza de algunos apellidos, que honraban á todos los que los llevaban, aunque fuesen judíos convertidos, apadrinados por algún grande.
Pero don Juan se había criado en un pueblo, en medio de los ejemplos de virtud y de dignidad de los que había creído sus parientes, y pensaba de otro modo.
No le afligía el ser bastardo por sí, sino por su madre.
Por su madre, que por más que abonase por su inculpabilidad el duque, estaba acusada delante del mundo por aquel reconocimiento público de su hijo.
Estas y otras muchas afecciones mortificaban al joven, y entre ellas no era la menor, la de que, á su juicio, su condición social hacía dificilísimo su casamiento con doña Clara Soldevilla.
Porque á pesar de que la Dorotea le había fascinado, y empeñádole como una dificultad, la Dorotea sólo llenaba el deseo del joven, mientras doña Clara interesaba sus sentidos, su razón, su corazón, su vida; en una palabra, su cuerpo y su alma.
Don Juan sufría de una manera intensa; se encontraba entre dos mujeres: á la una le arrastraba todo, á la otra su deseo y su caridad.
Su caridad, porque había comprendido que Dorotea le amaba, á pesar del poco tiempo que había pasado desde su conocimiento, de una manera que no podía explicarse sino por otro hecho también excepcional: por el amor violento que el joven había concebido por doña Clara.
Es verdad que don Juan había supuesto de la hermosa menina menos de lo que ella era, ya se tratase de hermosura de cuerpo, ó de hermosura de alma; de ternura hacia el ser que tuviera la fortuna de ser amado por ella, de tesoros de pureza reservados para aquel hombre; don Juan se había enamorado de sus suposiciones, y de ver que sus suposiciones habían sido mezquinas, debía enamorarse todo cuanto su alma era capaz de amar, que lo era hasta lo infinito; don Juan, pues, moría pensando en doña Clara, sufría recordando á la Dorotea.
Poema tranquilo y dulce la una; poema sombrío y desgarrador la otra; dos grandes mujeres, consideradas en cuanto al corazón, pero puestas en condiciones enteramente distintas: la una, altiva con su dignidad de mujer y de nobleza de raza; la otra, humilde, paciente, devorando en silencio las contrariedades de su nacimiento y de su vida; las dos hermosas, espirituales, codiciadas, celebradas; las dos hablando con lenguaje tentador, elocuente, al joven.
Don Juan, pues, tenía fiebre.
Pero enérgico, valiente, acostumbrado á acometer de frente las contrariedades vulgares que hasta entonces había experimentado, acometió de frente la dificultad excepcional en que se encontraba metido, y dijo para sí:
—El ser yo hijo de Osuna, ya no tiene remedio; en cuanto á doña Clara, será mi esposa, porque lo quiero; Dorotea... Dorotea será mi hermana.
Otro hombre hubiera dicho, frotándose las manos de alegría:
—Bastardo ó no, soy hijo de un gran señor, y tengo una gran renta; las dos célebres hermosuras de la corte y del teatro me aman; la una será mi mujer, la otra será mi querida.
Por el contrario, don Juan, con arreglo á su corazón, sin meditar, porque no tenía experiencia, que con las mujeres no hay términos medios posibles, había creído salir del atolladero con una hipótesis que, á realizarse, satisfacía á su corazón y á su conciencia.
Y más tranquilo ya, se orientó, tomó por punto de partida la calle Mayor, y sin vacilar ya, se dirigió á la calle Ancha de San Bernardo, y á la casa de la Dorotea.
Al llegar á la puerta retrocedió.
Un bulto se había enderezado y permanecido inmóvil delante de él.
—¡Quién va!—dijo don Juan poniendo mano á su espada.
—Decid más bien: ¿quién espera, quién se desespera, quién tirita, quién se remoja, quién está en batalla descomunal con el sueño, esperando á un trasnochador insufrible? ¡Cuerpo de mi abuela, que bien son ya las dos de la mañana!
—¡Don Francisco!—exclamó admirado el joven—; ¿qué hacéis aquí?
—Esperar para deshacer.
—¿Para deshacer qué?
—Enredos y dificultades; cuando mi duque de Osuna me escribió que viniese á la corte en busca vuestra, no sabía yo el trabajo que habíais de darme, ni verme metido en tales laberintos, como en los que por vos estoy, sin corazón y sin cabeza, sin cuerpo y sin alma.
—¡Vos!
—Sin cuerpo, porque tal como lo tengo de aporreado me aprovecha, y sin alma, porque la tengo trastornada y revuelta, y andando en cien lugares y no sabiendo dónde pararse.
—¡Ah, esperábais!
—Sí, señor, y había perdido la esperanza, amigo Montiño.
—No volváis á llamarme Montiño, os lo ruego, don Francisco; ese apellido me hace daño.
—¡Ah! ¿Ha reventado del secreto vuestro tío?—dijo Quevedo con intención.
—El cocinero del rey, por una casualidad, ha venido á parar á mis manos con un cofre, y en ese cofre...
—Pues me alegro ¡vive Dios! Alégrome de que sepáis... pero, en fin, ¿qué es lo que sabéis?
—Llevo conmigo mi partida de bautismo, unas escrituras, por las que el duque de Osuna me hace rico, y una carta de mi padre.
—Pero, ¿quién es vuestro padre?
—El excelentísimo señor don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, virrey de Nápoles, y capitán general de los ejércitos de su majestad—dijo con amargura el joven.
—¿Y os pesa de ello, don Juan?—dijo Quevedo cambiando de tono.
—Pésame por mi madre.
—¿Sabéis quién es vuestra madre?
—No; ¿y vos?
—Tampoco—contestó prudentemente Quevedo.
—Pero, ¿sabíais que el señor duque?...
—Sí, por cierto; su excelencia se ha levantado para mí la mitad de la carátula.
—¿Y qué hacer?
—Decir á voces, para que todo el mundo lo oiga: yo soy don Juan Téllez Girón, hijo del grande Osuna... pero por lo pronto hay que hacer otra cosa: recibir esta carta que vos no esperábais.
—¿Acaso una carta de mi padre?
—De persona es esta carta que os alegrará, cuando el duque, por ser vuestro padre y por pensar como pensáis, os entristece.
—Pero, ¿de quién es?
—Oledlo, y ver si trasciende á hermosura, y á amor, y á gloria para vos, que, como sois joven, buscáis la gloria en una mujer.
—¡De doña Clara!—exclamó alentando apenas el joven.
—¡Ah, pobre Dorotea!—dijo Quevedo—; su hermosura y su amor, á pesar de ser tan peligroso, no ha podido haceros olvidar á la hermosa menina. Quisiera que doña Clara oyese, tiene celos.
—¡Celos!
—Como que ama.
—¿Y os ha dado esta carta para mí?
—Mirad á lo que por vos me reduzco.
—¡Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero agonizo de impaciencia.
—¿Por leer? Pues leamos.
—¿A obscuras? ¡Maldiga Dios la noche!
—Y bendiga los farolillos de las imágenes callejeras; á la vuelta de la esquina hay uno, á cuya luz, si le han alimentado bien, podréis salir de ansias.
Don Juan tomó adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que Quevedo, que no podía ir ligero, se quedó atrás.
—De todas las necesidades que hacen andar más de prisa á un hijo de Eva—dijo—no conozco otra como la mujer.
Y siguió á paso lento.
Entretanto don Juan había doblado la esquina.
Efectivamente, alumbrando, aunque á media luz, á una virgen de los Dolores embutida en su nicho, había un farol.
Don Juan tenía una vista excelente, y, gracias á ella, pudo leer lo que sigue en la carta de doña Clara:
«Os espero, os espero, no podré deciros con cuánta impaciencia; nunca he ansiado tanto, estoy resuelta á esperaros toda la noche. Venid en cuanto recibáis ésta á palacio por el postigo de los Infantes. Si don Francisco de Quevedo no pudiera acompañaros como se lo he rogado, llamad al postigo, dad por seña: el capitán Juan Montiño, y el postigo se abrirá y una doncella mía os traerá á mi aposento; romped ó quemad esta carta y venid, venid que os espero ansiosa.—Doña Clara Soldevilla.»
El joven sintió lo que nosotros no nos atrevemos á describir por temor de que nuestra descripción sea insuficiente; era aquella una de esas agudas sorpresas, que trastornan, aplanan, por decirlo así, causan una revolución poderosa en quien las experimenta.
Don Juan vaciló, y para sostenerse apoyó sus manos y su frente en la repisa de piedra del nicho de la imagen.
Llegó Quevedo, se detuvo y contempló profundamente al joven.
—¡Si las tormentas no se calmarán al fin...!—dijo—. ¡Como su padre! ¡son mucho, mucho hombres estos Girones! ¡ó muy poco! ¿quién sabe? Y hace frío y llueve. ¡Don Juan!
El joven se levantó de sobre la repisa aturdido.
—Paréceme que os esperan, y que os espera alguna persona á quien no debéis hacer esperar... y acaso... acaso os esperan muy altas personas.
—Vamos—dijo el joven.
Y tiró adelante.
—No es por ahí—dijo Quevedo.
—Pues guiadme vos.
—Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa.
Y Quevedo se asió al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque el joven estaba más para pensar que para hablar, y Quevedo más que para andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alcázar.
Don Francisco se fué derecho, como quien tanto conocía el alcázar, al postigo de los Infantes y llamó.
Al primer llamamiento nadie contestó.
—¿Qué es esto?—dijo don Juan—, ¿nos habremos equivocado de puerta ó se habrá arrepentido doña Clara?
—No; sino que aquí también hace sueño, ¡ya se ve! ¡es tan tarde!
Y Quevedo bostezó y llamó por segunda vez.
—¿Quién llama?—dijo tras el postigo una soñolienta voz de mujer.
—¿No os lo dije? dormían—contestó Quevedo—; ¿pero qué hacéis que no contestáis?
—¿Quién es?—dijo la voz de adentro más despierta.
—El capitán Juan Montiño—contestó don Juan.
Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abrió á medias.
—Entrad—dijo la mujer.
Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvió á cerrarse.
—Esperad—dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo—; aún queda uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegraría.
—¿Sois don Francisco de Quevedo y Villegas?
—Créolo así.
—Entrad, pues, y en entrando oíd lo que habéis de hacer—dijo la joven, que joven era á juzgar por la voz la que hablaba, y cerró la puerta quedando los tres en un espacio obscuro.
—¿Os han dado algún mandato para mí?—dijo Quevedo.
—Mi señora me ha dicho que su majestad os está esperando, que vayáis á su cuarto y os hagáis anunciar por la servidumbre.
—De las dos majestades, ¿cuál me espera?
—Su majestad el rey.
—¡Ah! pues corro—dijo Quevedo permitiéndose una licenciosa suposición de ligereza.
—¿Sabéis el camino?
—Aprendíle ha rato.
—Pues id con Dios.
—Guárdeos él y á vos, amigo don Juan.
—¡Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar.
—No digáis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra guía y equivocar el camino. Tengo para mí que os deben llevar por la derecha.
—Y vos debéis iros por la izquierda—dijo la mujer.
—Bien me lo sé.
—Adiós.
—Adiós.
Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba.
—¿Dónde estáis, caballero?—dijo la joven que había abierto el postigo.
—Junto á vos, á lo que parece—contestó don Juan.
—Dadme la mano que os guíe.
Diósela el joven, y por su tacto, ni áspero ni suave, comprendió que se trataba de una medio criada, medio doncella.
Llevóle ésta por unas escaleras, luego por una galería, y al fin se detuvo, sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, se vió al fondo de su habitación el reflejo de la luz que alumbraba á otra, y la sirviente dijo al joven:
—Pasad, en su cámara encontraréis á mi señora.
Adelantó temblando el mancebo, combatido por la duda y por la impaciencia, que nunca es mayor que cuando estamos próximos á tocar un objeto ansiado, y entró en la habitación de donde salía el reflejo de la luz.
CAPÍTULO XL.
DE CÓMO EL NOBLE BASTARDO SE CREYÓ PRESA DE UN SUEÑO
De pie, inmóvil, apoyada una mano en una mesa, encendida, trémula, con la mirada vaga, estaba doña Clara, alumbrada de lleno por la luz de un velón de cuatro mecheros.
Don Juan no pasó de la puerta.
Al verla se quedó tan inmóvil como ella.
Durante algún tiempo ninguno de los jóvenes pronunció una sola palabra.
Doña Clara miraba de una manera singular á don Juan.
Don Juan estaba mudo de admiración, dominado por la magia que se desprendía de doña Clara y con la vista fija en ella.
Estaba maravillosamente vestida.
Un traje de terciopelo blanco de Utrech con bordaduras de oro y cuchilladas de raso blanco, realzaba la majestad y la belleza de las formas, lo arrogante de la actitud, que constituían el ser de doña Clara, en un indefinible conjunto de distinción y de hermosura.
Estaba hechiceramente peinada, ceñía su cabeza una corona de flores de oro esmaltadas de blanco, y de esta corona pendía un velo de gasa de plata y seda.
Inútil es decir que á este bello traje, servían de complemento bellas y ricas alhajas. No podía darse nada más hermoso, más completamente hermoso.
—Acercáos—dijo con acento dulce doña Clara.
—¿Para qué me habéis llamado?—exclamó el joven con afán acercándose.
—Decidme primero lo que habéis pensado de mí al leer la carta que os he enviado con don Francisco.
—He creído... no he creído nada, porque vuestra carta me ha aturdido. ¿No le veis, señora? ¿No conocéis que estoy muriendo?
—Domináos, reflexionad y decídmelo: ¿qué pensáis de esta extraña cita?
—Pienso, señora, que sabéis bien que mi vida es vuestra, y no sólo mi vida, sino mi alma, y que si me habéis llamado, es á causa sin duda de hallaros en un grande compromiso.
—Tenéis razón: en un compromiso harto grave. Me caso.
—¡Que os casáis!
—Sí por cierto, y voy á mostraros la causa por qué me caso.
Don Juan no contestó, porque se le había echado un nudo á la garganta.
Doña Clara, entre tanto, había tomado de sobre la mesa un objeto envuelto por un papel y le desenvolvió lentamente.
El joven vió un magnífico rizo de pelo negro, sujeto por un no menos magnífico lazo de brillantes.
—He aquí lo que me casa con vos—dijo doña Clara con la voz firme y lenta, aunque grave.
—¡Conmigo! ¡os casaréis conmigo!—exclamó el joven con una explosión de alegría—; ¡yo!... ¡yo vuestro esposo!... ¡yo poseedor de vuestra alma, de vuestra hermosura!... ¡esto... esto es un sueño!
Y don Juan retrocedió, y por fortuna encontró un sillón en el que se dejó caer.
Estaba pálido como un difunto, temblaba, miraba de una manera ansiosa á doña Clara.
De repente se levantó, asió una mano á doña Clara, la estrechó contra su corazón y exclamó:
—Explicadme, señora, explicadme este misterio que me vuelve loco.
—Cuando seáis mi esposo.
—Pero eso será pronto...
—¿No me veis vestida de boda? la corona nupcial de mi madre, las joyas que llevó en una ocasión semejante, me adornan: á falta de traje á propósito la reina me ha regalado éste. Yo quería casarme lisa y llanamente... pero me han mandado ataviarme... me ha sido preciso obedecer: todo se ha reducido á aceptar este traje de su majestad, á abrir el cofre donde conservo las joyas de mi madre y á ponerme en manos de mis doncellas; ya veis que todo esto indica que el casamiento corre prisa: el padre Aliaga alegó no sé qué del concilio de Trento, pero la reina dijo que eso se arreglaría después... de modo, señor, que sus majestades, el inquisidor general y yo, os estamos esperando desde hace tres horas. Sólo falta que vos me digáis si queréis casaros conmigo.
—Vuestra duda es impía, doña Clara: ignoro por qué habéis cambiado vuestros desdenes de anoche.
—Los ha cambiado este rizo.
—Pero ese rizo...
—Es mío.
—¿Y no me diréis más?
—Luego; después de las bendiciones, á solas con vos.
—Doña Clara, yo os amo; sois lo único á que aspiro; ser vuestro y que vos seáis mía, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no sé qué de terrible, de violento. ¿Os obligan á que os caséis conmigo?
—Sí por cierto, me obliga mi corazón.
—¡Vuestro corazón! habéis pronunciado de tal manera esas palabras, que me espantan; no, vos no me amáis...
—¿Quién sabe?
—Si me amárais pronunciaríais ese ¿quién sabe? con menos amargura... ¿qué digo con menos?... lo pronunciaríais con el alma, que asomaría á vuestro acento y á vuestro rostro por más que lo quisiérais ocultar.
—¿Y qué no asoma?
—Despechada y amarga, que enamorada y contenta no.
—¿Pero á qué esta disputa? ¿no queréis casaros conmigo?
—He querido y quiero... pero según os veo... me niego...
—¡Ah, os negáis!
—No quiero ayudar á que os sacrifiquen.
—¡Don Juan!...
—¿Por qué me llamáis don Juan?
—Por... ¡por qué sé yo! ¿pero esto qué importa?
—Mucho... acaso el ser yo sobrino del cocinero del rey...
—Eso no importa nada...
—¿Y si fuera peor? ¿si yo fuera un bastardo?...
—¡Cómo! ¿sabéis?...
—¿Y qué he de saber? ¿que soy hijo del duque?...
—Del gran duque de Osuna, y...
—¿Y de quién? ¿sabéis acaso, señora, el nombre de mi madre como sabéis el de mi padre?
—¡Cómo! ¿no sabéis quién es vuestra madre?...
—No, ¿y vos?
—Tampoco...
—Ayer ni aun el de vuestro padre conocíais.
—Lo he sabido por una casualidad esta noche...
—Yo lo supe ayer...
—¿Quién os lo dijo?...
—Vuestro supuesto tío...
—¡Ah! ¡mi tío... Francisco Montiño os lo dijo!... ¿y á qué propósito?...
—Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar á sus majestades.
—Un solo momento; leed, y después decidme si os queréis casar conmigo.
Y sacó de su ropilla los papeles; buscó la carta del duque y la dió á doña Clara.
Esta la leyó.
—Me caso con vos—dijo, devolviéndosela.
—Pero esto es cruel... vuestra decisión me espanta.
—¿No me amáis?...—dijo con impaciencia doña Clara...—pues si me amáis ¿á qué esa obstinación?... ¿dudáis acaso de mí?... ¿amáis acaso á otra, á causa de esa facilidad que tenéis de enamoraros en dos minutos?
—Me estáis desgarrando el alma, señora... y... no os comprendo... arrostráis un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y cuando quiero salvaros, si es posible, á costa mía de ese sacrificio... ¿me preguntáis no sólo si os amo, sino si amo otra?
—Son las tres de la mañana—dijo doña Clara—y sus majestades esperan; concluyamos ó volvéos libre, ó seguidme.
—Esperad; puesto que vais á ser mi esposa...
—¿Qué?...
—En la carta que habéis leído, se habla de las alhajas de mi madre; aceptadlas como vuestro dote, señora...
Y el joven se metió la mano en el bolsillo.
—Después, muy después—dijo doña Clara—; ahora, puesto que entrambos queremos unirnos, venid.
Y se dirigió á una puerta en paso rápido, poderoso, en que se revelaba la excitación de que estaba poseída.
Don Juan la siguió.
Y dominado por lo extraño, por lo maravilloso, y aun podemos decir por lo terrible de la situación, ni aun se acordó de que iba pobremente vestido, con su sombrero ajado, su capilla parda y sus botas de camino enlodadas hasta las corvas.
Porque todo había variado en el joven; menos el traje, todo.
Doña Clara Soldevilla.

CAPÍTULO XLI
DE CÓMO QUEVEDO SE QUEDÓ Á SU VEZ SIN ENTENDER AL REY
—Enredo como este, confesad que es mayor que vuestra perspicacia, don Francisco—decía Quevedo, dirigiéndose á obscuras desde la parte baja del palacio al cuarto de Felipe III—. Y eso—añadía—que tenéis una perspicacia que os mata. Que doña Clara se haya enamorado de nuestro hombre, pase, porque yo que no peco por los amores barbados, estóilo de él; que doña Clara se haya valido de mí como de un anzuelo para pescar á su enamorado, cosa es que no espanta á nadie, porque las mujeres se agarran á todo... que se encierre con él... cosa es que de común apesta... pero que me digan: acompáñele vuesa merced; y acompañado que ha sido: vaya vuesa merced á ver al rey, que le espera, á las tres de la mañana, cuando nuestro señor, que Dios guarde, es más dado á dormir que un gusano de seda, dígome que no me entiendo, dóime capote y sigo y prosigo hacia el cuarto de su majestad.
Y seguía don Francisco, pero dando vueltas á su poderosa imaginación.
—¿Qué será, qué no será?... lo que fuere sonará—dijo al fin, cansado de cavilar y entrando en una galería alumbrada, á donde daba la puerta de la primera antecámara del cuarto del rey.
Llegó, habló á un ayuda de cámara y fué introducido hasta el rey, á quien habían despertado para anunciar á Quevedo, y que había vuelto á dormirse.
Es de advertir que el rey estaba en su lecho y convenientemente rebujado.
El ayuda de cámara despertó á su majestad.
—Pronto amanece hoy—dijo el rey.
—Son las tres de la mañana, señor—dijo el ayuda de cámara.
—¡Ah! ¡son las tres de la mañana!—dijo el rey bostezando y poniéndose la mano á manera de pantalla, para mirar á Quevedo, sin que le ofendiese la luz de la lámpara—; ¿quién es ese?—añadió después de haber bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos á Quevedo, que estaba tieso é inmóvil delante del lecho real.
—Es don Francisco de Quevedo y Villegas, señor—dijo el ayuda de cámara.
—¡Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don Francisco.
—Perdóneme vuestra majestad, señor—dijo Quevedo con voz campanuda y vibrante—; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo en todos los años de mi vida por vuestra cámara.
—¡Ah! es verdad... ahora recuerdo; sólo que no recuerdo para lo que os he llamado... os necesitaba para algo.
Quevedo no contestó.
—¿Sabéis que tengo frío, don Francisco?—dijo el rey.
—Andan los tiempos muy crudos, señor—contestó Quevedo.
—Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos, que si son cocidos. ¿Sabéis si se guisa algo bueno por el alcázar?
—No, señor; no me he dado á lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho tiempo que el alcázar no es cacerola mía.
—¡Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y hace frío, sí, señor, hace frío. Hacedme la merced, don Francisco, de llamar.
Quevedo fué á una puerta y dijo:
—Su majestad llama.
—Oye, Sarmiento—dijo el rey—; ponme detrás dos almohadones, á fin de que pueda recostarme, y el gabán de pieles.
Sirvió el ayuda de cámara al rey y éste le despidió.
Felipe III se quedó sentado en la cama, recostado sobre los almohadones y envuelto en el gabán.
—Os aseguro, don Francisco—dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo la señal de la cruz sobre el bostezo—, que estoy pasando una mala noche.
—No la paso yo mejor—dijo Quevedo.
—Vos os divertís; yo me fastidio.
—Pues os doy la diversión por dos blancas.
—Os juro que no puedo dormir.
—Y yo os afirmo, señor, que no puedo acostarme.
—Yo os había llamado para algo.
—Yo creía que para algo era venido.
—Y es que no me acuerdo... ¿podéis vos adivinar?...
—¡Cómo! ¡señor! yo no me atrevo á penetrar en la alta voluntad de un rey tan grande como vuestra majestad—dijo Quevedo inclinándose profundamente.
—Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme mi voluntad.
—Y yo con mucha frecuencia las palabras.
—¿Y no se os ocurre para qué os podría necesitar yo?
—Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad necesidad de mí.
—¡Ah! ya recuerdo... recuerdo que tenía que preguntaros algo. ¿No tenéis nada que decirme?
—Que Dios prospere á vuestra majestad, y le dé centuplicados reinos.
—Paréceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco.
—¿Y á qué, señor?...
—A que saquemos en claro para qué os he llamado yo.
—¿Apostamos—dijo para sí Quevedo—á que el rey se está vengando de mí por lo de esta mañana? pues aguarda. Yo creo, señor—dijo en voz alta—, que me habéis llamado para entretener la vela; es decir, que me usáis como á libro malo que sólo se busca para llamar al sueño: si quiere vuestra majestad, convertiréme en libro, y contaré á vuestra majestad un cuento.
—No tal, ni por pienso—dijo el rey—, porque vuestros cuentos no los entiendo yo. Hablemos de otra cosa. ¿Qué me decís de vuestro duque de Osuna?
—Que no es mío.
—¡Ah! pues por vuestro os le dan.
—Agradezco la intención, porque indudablemente quieren hacerme un buen regalo.
—¿Está contento con su virreinato de Nápoles?
—Nada debe de dolerle, porque no se queja.
—¿Y vos, estáis contento aquí?
—Según: rabio á ratos, á ratos río, como olla podrida; y si no engordo, no enflaquezco.
—Decíamos que el duque... pues... decíamos que el duque... ¿qué decíamos, don Francisco?
—Yo no decía nada.
—Yo he querido decir algo... pues... quería haberos dicho algo de cierto hijo.
—No entiendo á vuestra majestad.
—Pues hablemos de un sobrino.
—Lo entiendo menos.
—De un rizo...
—Continúo á obscuras...
—De unas estocadas...
—Ni aun con la lengua las doy hace un siglo.
—Pues señor—dijo el rey—, ahora veo que no os he llamado para nada.
—Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga.
—Y siendo venido para que os vayáis.
Y el rey bostezó más profundamente, se escurrió á lo largo de las almohadas y se rebujó.
—Dios dé á vuestra majestad muy buenas noches—dijo Quevedo.
El rey no le contestó: se había dormido.
Quevedo dió media vuelta y salió vivamente contrariado.
—¿Y qué debo yo hacer ahora?—dijo cuando se vió en la galería—. ¿Irme ó quedarme? y si me quedo, ¿dónde me quedo? ¿Y qué habrá querido decirme el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, ¿quién los entiende? ¿Si su majestad querrá dar al traste con Lerma y servirse de Osuna? ¡Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para catas, ni para ser traído y llevado? debe de andar la reina... Si yo pudiese ver á la reina... ¡Vamos! lo mejor será no pensar en ello: lo que fuere, sonará.
Y siguió adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe á dónde va.
—¡Eh, caballero!—le dijo una voz de mujer al pasar junto á la puerta.
—Hábito llevo—dijo don Francisco—; conque bien puedo responder aunque á pie me hallo. ¿Qué se os ocurre, señora?
—Mi señora os llama.
—¿Y quién es vuestra señora?
—La señora condesa de Lemos.
—¡Ah! pues sed mi estrella.
—¡Qué!
—Que me guiéis.
—Seguidme.
La mujer, que era una doncella de la condesa de Lemos, le llevó á la antecámara de la reina, donde le salió al encuentro doña Catalina de Sandoval.
—Gracias á Dios que el rey os ha soltado—dijo.
—¿Y por qué esas gracias?
—Os esperan.
—¿Dónde?
—En el oratorio de la reina.
—Pues no adivino.
—¿No os ha dicho el rey que vos debéis representarle como padrino de una boda?...
—¡Ah! ¡sí! ¿Se trata de boda? ya lo había yo olido. Pero de nada menos que de eso me ha hablado el rey.
—No importa, yo represento como madrina á la reina.
—¡Ved ahí qué casualidad, que nos hayan buscado á los dos para representar un matrimonio! ¿Y los testigos?
—Son de la casa.
—¿Se trata de un casamiento secreto?
—No, señor; sino de un matrimonio de conciencia.
—Pues entonces no es la boda que yo creía.
—Sí, sí por cierto: el capitán de la guardia española del rey, Juan Montiño, se casa con la dama de honor de su majestad la reina, doña Clara Soldevilla.
—¿Y hay conciencias ya entre esos?... ¡pues si se conocieron ayer!... aunque cuando se vieron en la calle, tarde y á obscuras, y ya sabéis que la soledad y las tinieblas... ¡pero señor, si él estaba desesperado!...
—No os canséis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto para engañar al rey, á fin de que dé al momento la licencia; todo proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doña Clara.
—¡Ah! ¡el rizo de doña Clara! ¡pues ya entiendo lo que no entendía!
—¡Cómo! ¿el rey puede haber sospechado?...
—El rey no ve más que á dos dedos de sus narices...
—Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven sepa todo el enredo. Pero anoche doña Clara declaró solemnemente á la reina, que no llamaba al señor Juan Montiño, que no le ponía en antecedentes, que no permitía que tuviese el rizo... sino siendo su marido.
—Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrán á un pretexto.
—Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiración la reina y el padre Aliaga, y después de conspirar se determinó que el padre Aliaga fuese al momento á ver al rey, y le dijese que enamorada, loca, en una ocasión desgraciada, doña Clara había dado un mal paso con Juan Montiño. Que á más de ser urgentísimo casarlos, la reina no quería que su dama favorita estuviese un solo momento expuesta á quedarse como se estaba y que era necesario casarlos, luego, luego... como el rey es tan devoto, y en estos asuntos tan delicado de conciencia, á pesar de que por doña Clara ha hecho más de dos simplezas, á pesar de que está enamorado de ella, cuanto su majestad puede estarlo de una mujer, ha dado la licencia para el casamiento, pero no ha querido asistir.
—¡Ah! ¡la mala noche del rey! ¡ya pareció ella!
—La reina tampoco quiere asistir á la ceremonia, porque... piensa que doña Clara se sacrifica por ella.
—¡Mentira, mentira y más mentira!