SU MAJESTAD (continued 9)
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Entró lentamente el bufón, abarcando en una mirada sombría el aposento.
Sus ojos estaban encarnados, parecían arrojar el fuego de una calentura horrible, y su pecho de gigante se alzaba y se deprimía á impulsos de una respiración poderosa, que se exhalaba por su boca entreabierta y seca, produciendo un silbido ronco y débil, á veces un ruido semejante al de un hervor fatigoso; de tiempo en tiempo, á lo largo de los cortos miembros del tío Manolillo, corría una convulsión rápida, fuerte, instantánea.
Detúvose en medio de la estancia, y dijo con una voz sepulcral, terrible, que estremeció á doña Clara:
—¡Estáis preparando vuestra marcha! ¡quedáos! ¡pensáis iros!... ¡iros... y con él! ¿para qué queréis partir ya, si él se quedará aquí?
Doña Clara no palideció ni tembló; pero sus ojos inmóviles, incontrastables, absorbieron toda entera la mirada calenturienta del bufón, con toda la expresión funesta de odio, de desesperación, de horrible alegría.
—¿Qué decís?—dijo marcando fuertemente su pregunta doña Clara.
—Digo que sois viuda.
—¡Viuda!—gritó doña Clara, salvando de un salto la distancia que le separaba del bufón y asiéndole con violencia: ¡viuda habéis dicho!
—Sí, viuda—contestó el bufón desasiéndose de doña Clara con un ligero sacudimiento—; pero no quiero atormentaros antes de tiempo; podéis daros por viuda porque os lo roban.
—¡Que me le roban!
—¡Sí, no volverá!
—Explicáos, ó por mi alma, llamo...
—Y si me prenden, ¿quién llevará á la hermosa doña Clara á que vea por última vez á su hermoso don Juan?
—¡Está con ella!
—Sí, con Dorotea.
—¡Mentira!
—Aún tendréis un manto fuera de esos baúles; aún os quedará valor; ese valor que hace pocas noches demostrásteis para salvar á la reina, para venir á salvaros á vos misma; yo os guiaré.
—¿Dónde están ellos?
—Sí; donde se enamoran, donde enloquecen, como si no hubiera en el mundo más hombre que él, ni más mujer que ella; ¡oh! tembláis de cólera y de celos; yo también tiemblo de celos y de desesperación; mirad, mis ojos arrojan fuego, mi aliento silba, mi cabeza se pierde... porque la amo... la amo... y quiero... quiero venganza.
Doña Clara no le escuchaba.
Buscaba apresuradamente un objeto.
Al fin levantó de entre sus ropas un manto y se envolvió rápidamente en él.
—¿Decís, Manuel—exclamó con voz concentrada y breve—, que sabéis dónde están juntos ese hombre y esa mujer?
—Sí—dijo el bufón.
—Venid.
Doña Clara abrió con un llavín una puerta de servicio, y seguida por el tío Manolillo, atravesó un espacio obscuro, sin detenerse, sin dudar, como quien conocía perfectamente el sitio, y á obscuras siempre se oyeron sus fuertes pisadas, descendiendo rápidamente por una escalera de caracol.
El bufón, sin vacilar, sin dudar, como ella, la seguía.
Escuchábase sobre el pavimento de mármol el fuerte ruido de sus zapatos guarnecidos de clavos.
Al fin de la escalera se oyó el ruido de una llave en una cerradura; salieron doña Clara y el tío Manolillo, y volvió á cerrarse la puerta.
A la luz de un turbio farol que ardía en aquel lugar, que era el zaguán de la puerta de las Meninas, se vió á doña Clara envolverse completamente en su manto, y al bufón rebujarse en su capilla.
El suizo, que alabarda al brazo paseaba en el zaguán, se detuvo un momento, y al desaparecer, lanzándose en la calle, doña Clara y el bufón volvió á su paseo.
—Llevadme donde están—dijo doña Clara.
—Seguidme—contestó el bufón.
Y tiró adelante.
Doña Clara le seguía con esa rapidez incomprensible de las mujeres cuando andan de prisa.
Si de improviso el ancho arroyo de una calle, causado por la continua lluvia, detenía á doña Clara, el bufón la asía por la cintura, y levantándola como una pluma, á pesar del enorme peso de buena moza de la joven, la ponía al otro lado del arroyo.
Luego él y ella seguían su rápida marcha.
En pocos minutos habían atravesado el barranco de Segovia, y subiendo las pendientes callejas que están al otro lado, llegaron á las vistillas de San Francisco, y entraron en la calle de Don Pedro.
De repente una voz seca, vibrante, particular, dijo con acento de amenaza, viniendo de la dirección opuesta á la que llevaban el tío Manolillo y doña Clara:
—¡Alto allá! que en noches tan obscuras es bueno evitar tropiezos.
El bufón se detuvo al escuchar aquella voz y retrocedió.
—¡Quevedo!—exclamó doña Clara.
Y por instinto, en vez de retroceder, avanzó hasta el bulto informe, del cual al parecer había salido la voz.
—¡Doña Clara!—exclamó Quevedo—, ¿con quién venís?
—Con el tío Manolillo.
—A mis espaldas, á mis espaldas, señora—exclamó Quevedo poniéndose rápidamente delante de doña Clara, terciándose la capa y echando al mismo tiempo al aire las hojas de su daga y su espada.
—¡Ah! ¡ah!—dijo soltando una horrible carcajada el bufón—; ¿conque habré de mataros, hermano Quevedo, ya que se me os habéis puesto por medio?
Y acometió hierro en mano á Quevedo.
—Hacéos, hacéos á la pared, doña Clara—dijo Quevedo parando los primeros golpes del tío Manolillo—; las habemos con un gato garduño, tan ágil de pies como yo quisiera serlo; así, contra esa puerta, ahora no hay miedo. Tío Manolillo, idos, y no me obliguéis á despacharos; ya veis que aunque hace obscuro, mi hierro huele el vuestro, y siempre le sale al encuentro; en verdad que sois diestro, pero más yo... no me fatiguéis demasiado, hermano, no sea que por descansar os mate.
El bufón no hablaba una sola palabra; acometía en silencio, y de tiempo en tiempo salían de su pecho rugidos poderosos, sordos; hálitos abrasadores, con los que parecía querer comunicar á su acero la fuerza de su rabia.
—Ved que me canso, tío—repitió Quevedo.
El tío Manolillo redobló su ataque.
—¡Ah!—dijo Quevedo—; ¿conque os empeñáis, hermano? pues señor, descansemos.
Y dejó caer un tajo tal y tan formidable sobre el bufón, que apenas recibido cayó el tío Manolillo, como si la tierra le hubiera faltado de debajo de los pies.
Lo primero que hizo Quevedo fué volver la punta de su espada al suelo, apoyarse en su pomo y descansar; el combate había sido corto, pero reñidísimo, duro, formidable; Quevedo se había visto obligado á resistir los golpes tirados por el puño de hierro del bufón, y sudaba, estaba jadeante.
Pero en el mismo punto en que se había apoyado en su espada se irguió y se preparó.
Se escuchaban los pasos precipitados de dos hombres que se acercaban á la carrera.
—¿Quién va?—dijo Quevedo.
—El cocinero de su majestad—contestó una voz angustiosa.
—¿Y quién más?—repitió Quevedo.
—Fray Luis de Aliaga—contestó otra voz.
—¡Ah, bien venido seáis! He aquí, doña Clara, que Dios nos envía amigos.
Pero doña Clara no contestó.
Helósele la sangre á Quevedo.
Temió que, replegado á la pared contra la puerta de una casa, teniendo inmediatamente pegada á sí á las espaldas para protegerla de todo ataque de costado á doña Clara, no la hubiese alcanzado algún golpe del bufón.
—¡Una luz, una luz! exclamó Quevedo—. ¿No traéis con vosotros una luz para ver lo que ha acontecido á doña Clara?
—¡Cómo! ¿Está doña Clara con vos?—dijo el padre Aliaga.
—La trajo, no sé para qué, el tío Manolillo; he reñido con él, le he tendido; pero no sé si habrá alcanzado algún golpe á doña Clara.
—¡Oh, qué de crímenes, qué de desgracias!—exclamó el padre Aliaga—. Pero socorrámosla; ¿dónde está?
—Vamos—dijo Quevedo, que entre tanto había corrido al socorro de doña Clara—; no es nada, un desmayo; un desmayo que nos viene á las mil maravillas; quedáos vos aquí, padre Aliaga, y esperadnos.
—¿A dónde vais?
—A llevar á doña Clara á una de estas casas inmediatas. Ayudadme vos, Montiño.
—Dios quiera que pueda; apenas me tengo de pie.
—Os ayudaremos los dos y es más breve—dijo el padre Aliaga.
Y entre los tres cargaron con doña Clara, que estaba sin sentido.
Después de algunos minutos doña Clara estaba recibida en una casa que se abrió al nombre del tribunal del Santo Oficio, pronunciado por el padre Aliaga.
A aquel nombre no había puerta que no se abriera en aquellos tiempos en España.
Y ninguna persona más competente para usar de él que el inquisidor general.
Nadie vió á doña Clara, que fué introducida envuelta en su manto.
En efecto, sólo estaba desmayada.
Aquel rudo combate la había aterrado, porque si bien doña Clara era valiente, su valor era el valor de la mujer.
El cocinero mayor se quedó encerrado con ella.
Pero antes dijo á Quevedo:
—Si habéis matado al tío Manolillo, importa que le quitéis unos papeles que lleva encima y que son muy importantes; pero apresuráos y entrad cuanto antes en la casa á cuya puerta os hemos encontrado, porque en esa casa están de cena la Dorotea y don Juan, y en esa cena hay un plato envenenado.
—¡Ah!—exclamó Quevedo, y escapó.
Y llegó al lugar donde estaba el bufón y le registró.
Quitóle unos papeles que encontró bajo su ropilla y una llave.
El bufón no se movía.
Quevedo guardó los papeles, se alzó, se volvió á la puerta que estaba tras él, puso la llave en la cerradura y dijo al padre Aliaga que le había seguido:
—Entremos, fray Luis, entremos.
Poco después el fraile y el poeta estaban dentro de la casa, cuya puerta volvió á cerrarse.
CAPÍTULO LXXXIII
EN QUE SE VE QUE EL BUFÓN Y DOROTEA HABÍAN ACABADO DE PERDER EL JUICIO
Hora y media antes de los últimos sucesos podía verse en la casa donde acababan de entrar Quevedo y el padre Aliaga, un extenso salón magníficamente engalanado.
Tapices de Flandes cubrían las paredes, una gruesa alfombra el pavimento; del techo, renegrido ya, pero majestuoso, uno de esos techos de madera del gusto del Renacimiento, de enorme relieve, con profundos casetones magistralmente tallados con florones, grecas, hojas, frutas y caprichos admirables, pendía una araña de cristal cargada de bujías de cera encendidas.
Debajo de esta araña había una gran mesa cubierta con un mantel, y sobre el mantel una numerosa variedad de manjares servidos en vajilla de plata; en el centro estaban los postres de dulces, conservas y frutas de la estación, y en medio de estos postres un plato de confituras coronado por una enorme pera, puesta sobre una hoja de parra artificial, y adornada con un lazo rojo y negro.
A los dos extremos de la mesa había un bosque, por decirlo así, de botellas de riquísimo cristal, sobre salvillas rodeadas de copas.
A la derecha y á la izquierda de esta mesa había otras dos cubiertas de otros platos y de otras botellas y alumbradas cada una por un candelabro en forma de ramillete, de entre cuyas flores, admirablemente contrahechas, salían las bujías.
Dos sillones, puestos el uno junto al otro, estaban delante de la mesa; una hilera de sillones dorados alrededor del salón junto á los tapices, y espejos y cuadros cubriéndolos á éstos.
Ultimamente, delante de la mesa había un brasero de plata con fuego.
Gran parte de aquellos efectos habían sido llevados de la casa de la Dorotea; el resto comprado acá y allá, donde se había encontrado y por lo que habían pedido.
Aquel era un capricho de la Dorotea que la costaba algunos miles de ducados.
¿Pero qué importaba esto? quería presentarse hermosa y grande ante su amante en una habitación rica y bella.
Como á las ocho de la noche se levantó un tapiz y entró una mujer envuelta en un manto.
Tras ella entró un hombre pequeño y ancho, embozado en una capa.
La mujer se desprendió el manto y le arrojó al hombre, que había echado abajo su embozo.
Eran Dorotea y el bufón.
Ya sabemos que Dorotea era la hermosa de moda; es decir, la comedianta que por orgullo enriquecía el duque de Lerma, la niña de los grandes ojos azules y del seno de nácar, que enloquecía á los galanes de Madrid; la reina de las entretenidas, como diría un francés de nuestros días; la tentación viviente y continua del corral de la Pacheca, aquella á quien si por comedianta excelente hubiera aplaudido siempre el público, aplaudía con frenesí, por inimitable comedianta y por incomparable en hermosura.
La hemos descrito ya. Pero necesitamos describirla de nuevo.
Dorotea estaba transfigurada por el amor, por el sufrimiento, por la horrible decisión que á aquella casa la llevaba; su palidez mortal, la lucidez de su mirada, un no sé qué portentoso que emanaba de la dolorosa contracción de su boca, de lo grave, profundo y ardiente de su mirada febril; de aquellos hombros redondos, tersos, mórbidos, en que la vista parecía tocar una suavidad dulcísima; de aquel seno cuya parte superior no cubría el escote, agitado por una respiración poderosa, por un aliento de fuego; de aquellos brazos desnudos, modelados por Dios, de una manera tan bella, tan dulce, tan pura, que el cincel griego se hubiera detenido impotente al querer copiarlos; de todo su ser, en fin, emanaba tal magia, que la hermosura de Dorotea parecía divinizada, sobrenatural, hija de la imaginación, no real y efectiva; una de esas bellezas que se ven raras veces, que la mayor parte de los hombres no ven nunca, y que hacen creer al que las ve que han de desvanecerse como una sombra al ser tocadas.
Sus densos, brillantes y sedosos cabellos estaban peinados en largos rizos, en una manera de teatro, contra la moda de aquellos tiempos; estos rizos, de un tono obscuro, ceñidos en la frente por una corona de rosas de brillantes, formaban un marco hechicero al rostro de Dorotea, contrastando con su blancura, que la palidez había llevado hasta el último punto del blanco en la tez de la mujer. Su pecho estaba rodeado por las múltiples vueltas de un collar de gruesas perlas (las perlas son el adorno inmejorable de un cuello hermoso) que se anudaba en un rosetón de brillantes y encendidos rubíes.
Los brazaletes eran del mismo género: perlas y rubíes, y del mismo género también los herretes y el ceñidor de su magnífico traje de raso blanco bordado de oro, traje de teatro, traje de reina, que dejaba desnudos los hombros, el seno y los brazos, con doble falda, ancho, flotante, maravilloso, que aún no había estrenado Dorotea, que aún no había visto nadie.
Jamás se había presentado de tal modo al público, por más que fuesen famosos por su lujo sus trajes y sus joyas é hiciesen que muchos tuviesen lástima del duque de Lerma y la mayor parte envidia.
Aquello lo pagaba España, como ha pagado tantas otras cosas.
Pálida, lenta, dominada por un pensamiento fijo, Dorotea adelantó hasta la mesa; la examinó y luego miró en torno suyo.
—Gracias, Manuel—dijo dirigiendo la palabra de una manera fría al bufón—; habéis hecho más de lo que yo quería; esto es magnífico.
—Ha costado mucho y se ha trabajado bien—dijo el tío Manolillo con la voz conmovida y sin apartar su mirada ansiosa de Dorotea.
—¿Qué hora es?—dijo la joven.
—Ya es hora de ir en su busca.
—Pues id; tengo grandes deseos de acabar.
—¡De acabar! ¡de acabar! ¿y qué ha de acabar?
—Esta agonía que me devora, esta muerte en vida.
—Dorotea, yo necesito saber lo que piensas hacer.
—¿Qué?—dijo Dorotea sonriendo tristemente—¡vengarme!
—¡No, tú no le matarás!—dijo el bufón—; ¡le amas demasiado! ¡no te atreverás!
—¿Dónde está el dulce envenenado, Manuel?—dijo Dorotea sin contestar á la observación del tío Manolillo.
—Aquí, en este plato del centro—dijo el bufón estremeciéndose—; esa pera que tiene un lazo negro y rojo. Pero ¿para qué quieres ese veneno?
—Para un último caso.
—¿Pero qué último caso es ese?
—Que don Juan no quiera seguirme.
—Mientes; no hay nada preparado para una marcha.
—Pues yo os aseguro, Manuel, que el viaje se hará.
—Me espantas, Dorotea, yo no sé por qué tiemblo, yo, que no tiemblo por nada; yo que no me aterro; tú no eres franca conmigo, Dorotea; y debías serlo... porque yo soy... tu padre... á mí me debes la vida.
—Os lo agradezco, Manuel, os lo agradezco; nada temáis; no sucederá nada; don Juan me debe la vida también.
—Don Juan no te ama.
—Peor para él.
—Doña Clara le tiene loco.
—¡Oh! ¡doña Clara! aborrezco á mi pesar á esa mujer; porque ella, ella no tiene la culpa de que él la haya amado; hay momentos en que mataría á esa mujer.
—Y eso, eso es lo que debía hacerse; pero no tú... tú no debías matarla; las cuentas con la justicia son malas de ajustar... oye, Dorotea: voy á quitar de ahí esa pera...
Y el bufón tendió su mano hacia el plato.
—Dejadla, dejadla ahí—dijo Dorotea—; en cuanto á doña Clara, mirad, Manuel: yo quisiera que doña Clara me viera junto á él aquí...
—¡Oh!—dijo con alegría el bufón—, la traeré.
—Sí; que vea cómo su marido cae á mis pies... porque caerá, Manuel, caerá; no me ama, pero me desea... cuando esté á mi lado algún tiempo, se embriagará en mis ojos, en mi sonrisa, en mis palabras. Quiero... quiero que doña Clara vea que desprecio á ese hombre á quien ama ella... quiero...
—¡Oh! tú no sabes lo que quieres, y el estado en que te encuentras me espanta... ¿para qué te has engalanado de ese modo? ¿para qué te has puesto tan hermosa como un ángel?... ¡pobre niña! tu alma, tu corazón, tu vida, es ese hombre, ese hombre que no puede hacerte feliz; el solo hombre á quien has amado; ¡terrible Dios, que has dado al hombre amor y caridad, sangre y lágrimas, y no le has dado poder!... ¡mañana me pedirás cuenta de lo que yo haya destruído, arrastrado por mi desesperación, y no tendrás en cuenta mi amor hacia esta infeliz, mi rabia al ver que nada puede servirla, mi dolor al mirarla anonadada, muerta, apurando la hiel más amarga que tú has destinado para probar á las criaturas! ¡oh! ¡yo estoy loco! ¡mi cabeza se rompe! ¡mi corazón revienta! ¡Maldito sea ese hombre! ¡maldito! ¡maldito!
Y el tío Manolillo se paseaba iracundo, terrible, á lo largo de la estancia, con ese paso igual, sostenido, terrible del león enjaulado.
Dorotea tenía una mano apoyada en la mesa, en la otra mano apoyada la barba y la mirada fija, profundamente fija, en la pera que tenía el lazo rojo y negro.
Hubo un momento en que se estremeció de pies á cabeza y cerró los ojos.
Luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancarse un pensamiento horrible, y haciendo un poderoso esfuerzo se separó de la mesa á la que parecía retenida por una influencia fatal.
—Don Juan estará esperando—dijo al bufón.
—¡Oh! ¡no piensas más que en él!—dijo el tío Manolillo sin detenerse en su paseo.
—Sí, sí, es verdad; quiero verle cuanto antes; quiero concluir; id por él.
—¿Y luego?... porque supongo que querrás que él entre solo.
—Sí, sí, es verdad; me olvidaba; entradle hasta aquí á obscuras; que no pueda ver la desnudez de esta casa; además, esa obscuridad tendrá para él algo de misterioso, y esta habitación le parecerá mejor. Luego, Manuel, necesito que nadie me escuche; ¿lo entendéis?
—Nadie te escuchará, hija mía—dijo dolorosamente el bufón.
—Luego, así que haya entrado don Juan, vos saldréis de la casa, dejaréis la llave debajo de la puerta y os retiraréis.
—¿Y quién ha de acompañarte cuando hayas concluído?
—El.
—¡El!
—Sí, él.
—¡Pero entonces ese veneno!
—No me preguntéis, por Dios, más. Prometedme hacer lo que os he dicho.
—Lo haré; pero no te comprendo.
—Os repito, Manuel, que por caridad no me atormentéis más.
—Una sola palabra. ¿Quieres que traiga aquí á doña Clara?
—No... no... no quiero atormentarla... ella no tiene la culpa... dejad á doña Clara en paz.
—¿Pero no habías pensado vengarte?...
—Me vengaré, Manuel, pero noblemente. Aborrezco á esa mujer, pero sólo como á una cosa que me hace daño... no quiero ser infame... que nada sepa doña Clara... no hay necesidad, basta con que lo sepa él.
—¿Pero qué es lo que ha de saber él?—exclamó el tenaz bufón.
Dorotea hizo un movimiento de colérica impaciencia.
—¿Sois mi señor ó mi amigo?—exclamó—¿pretenderéis que os diga lo que cuando no os he dicho ya, debíais comprender que no quiero, ó que no puedo deciros?
—Estás loca y es necesario perdonártelo todo, Dorotea. Pero tienes razón; no soy tu señor ni aun tu amigo; soy menos que eso, soy tu esclavo; pero un esclavo que vive para ti y por ti.
Dorotea hizo otro nuevo movimiento de impaciencia.
—Sí, sí, voy... perdóname, porque no sé ni lo que digo ni lo que hago. Voy por don Juan.
Y el bufón salió.
Aquel hombre singular, que sólo vivía por Dorotea, que por Dorotea era capaz de todos los crímenes y de todas las grandezas; de matar y de morir, lloró cuando estuvo fuera de la casa, atravesando entre la obscuridad de la noche las estrechas calles de la villa hacia Puerta de Moros.
Cuando llegó vió paseándose delante de la cruz á un hombre.
Se acercó á él y le dijo:
—¿Esperáis á una persona?
—Sí.
—¿Os llamáis don Juan?
—Sí.
—Seguidme, os esperan.
—Guiad.
El bufón tiró adelante; no quería hablar ni una sola palabra más con aquel hombre que hacía tan infeliz á Dorotea, con aquel hombre á quien aborrecía, porque no amaba á la comedianta.
Y así, el tío Manolillo delante y don Juan detrás, llegaron en muy poco espacio á la calle de Don Pedro.
Abrió el bufón la puerta de la casa y se dejó ver un fondo tenebroso.
—No receléis en entrar—dijo el tío Manolillo procurando dar á su acento el tono más amistoso posible—; venturas os esperan, que no desgracias; el amor os llama, no la traición.
—Adelante—dijo don Juan.
—Seguid mis pasos—dijo el bufón entrando y cerrando la puerta—; cuidad de que subimos, seguid en derechura, ahora á la izquierda, ahora á la derecha: hemos subido; seguid recto; ahora bien—dijo el bufón deteniéndose—, tras ese tapiz, por cuya abertura se ve luz, os esperan. Adiós.
El bufón se volvió.
Don Juan entró.
Cuando don Juan hubo entrado, el bufón se detuvo.
—No, yo no puedo dejarla sola con ese hombre—dijo—; ella está fuera de sí; yo no sé lo que intenta; es necesario que yo observe; observaré, comprimiré mis celos... seré capaz de ser testigo de su alegría si se comprenden... y seré capaz de alegrarme. ¡Oh, Dios mío! ¿por qué no soy yo tan hermoso, tan joven y tan gentil como don Juan? ¿ó por qué don Juan no tiene para mi pobre Dorotea el amor que tengo yo?
Y quitándose los zapatos, se acercó silenciosamente al tapiz y se puso en acecho.
CAPÍTULO LXXXIV
EN LO QUE VINIERON Á PARAR LOS AMORES DE DOROTEA Y DON JUAN
Don Juan se asombró al ver el lugar donde le esperaba Dorotea.
Porque aquel salón, dispuesto como se encontraba, era completamente bello y fuertemente voluptuoso.
Dorotea estaba indolentemente reclinada en un sillón junto á la copa, en la que arrojaba de tiempo en tiempo algunos granos de perfume.
Don Juan había ido allí vivamente excitado por el recuerdo de lo que había pasado entre Dorotea y él aquella mañana en la prisión.
A pesar de su amor á doña Clara, Dorotea era un astro bellísimo, que poniéndose entre los dos esposos, producía un eclipse de amor.
Don Juan no veía entonces más que á Dorotea.
Se acercó á ella, y al verla de cerca, sintió una conmoción poderosa, tembló, se deslumbró.
Dorotea le miraba, le sonreía, y le mostraba una hermosísima mano.
De una manera irreflexiva, dominado por la situación, por la magia poderosa que se desprendía de Dorotea, por aquella voluptuosidad concentrada, por decirlo así, don Juan cayó de rodillas, y asió la mano de Dorotea y quiso llevarla á sus labios.
Pero Dorotea la retiró.
—Perdonad, señor mío—le dijo sonriendo—; pero me hacéis mucho daño, y no tengo valor para que me lastiméis de nuevo; aún siento el dolor horrible del cruel beso que me dísteis esta mañana. Tratadme, pues, con caridad; sentáos y hablemos como dos buenos amigos que se despiden para no volverse á ver.
—¡Ah, Dorotea! ¿estáis irritada conmigo?
—Irritada no; estoy lastimada y nada más. Pero sentáos.
Don Juan puso el otro sillón que estaba junto á la mesa muy cerca de Dorotea, y se sentó.
Dorotea retiró su sillón.
Don Juan dijo para sí:
—Dejémosla; no la irritemos; me ama, y su amor me ayudara.
Entrambos guardaron por un momento silencio.
Dorotea miraba de una manera ansiosa, enamorada, dulce, á don Juan; le transmitía su alma entera, y con su alma todos los embriagadores sentimientos de que su alma estaba llena; y como si en aquella mirada le transmitiera también su vida, Dorotea se ponía más pálida, se espiritualizaba más y más, se hacía irresistible.
-¿Cuándo os vais?—le dijo Dorotea.
—Nunca—respondió el joven—; me quedo con vos.
—¡Conmigo! ¿sabéis si yo quiero que os quedéis?
—¡Oh, vos me amáis!
—Es cierto que os amo, que mi alma toda entera es vuestra.
—¿No más que el alma?
—No más.
—¿Es decir, que pretenderéis que apuremos una vida desesperada?
—¡Desesperada! ¿y por qué?
—Un deseo voraz que crecerá con el tiempo; un deseo contrariado; un volcán comprimido...
—¿Y qué queréis? no somos libres: no nos pertenecemos.
—Tratándose de vos, yo soy enteramente libre.
—Pertenecéis á doña Clara.
—Decidme... apartáos de ella... no es necesario que me lo digáis...
—Yo no os diré eso jamás.
—Harélo yo... os seguiré.
—No me seguiréis... os lo juro.
—¿Y por qué?
—Porque no debéis seguirme.
—No me habléis de deber, cuando se trata de amaros... ¿no os debo la vida?
—Me debéis la voluntad... si yo he podido salvaros, ese poder no añade ni un quilate más á la voluntad; esa misma voluntad de salvaros la ha tenido doña Clara.
—Vos sois más hermosa... vuestro amor más ardiente.
—Ya que os amo, don Juan, no procuréis perder mi aprecio.
—¡Vuestro aprecio!
—Sí por cierto. No me demostréis que el amor en vos es un devaneo; que al verme joven, hermosa, engalanada, enamorada, os olvidáis de otra mujer que es más hermosa que yo, y que si no os ama más que yo, os da á lo menos un amor más puro; hablemos como dos amigos, don Juan, y desengañáos; si yo aceptase esa promesa que me habéis hecho en un momento de embriaguez, seríais mío durante ocho días; pero á los ocho días veríais á doña Clara, porque doña Clara os buscaría, os embriagaría, con su dolor y con su amor, como ahora os embriago yo, y os iríais con ella; pero habiéndola lastimado, habiendo turbado su alma con un recuerdo que no perdería nunca. No hagamos infeliz á esa señora, ya que nosotros no podamos ser felices.
—Será esta una lucha que durará mientras vivamos; hay en vos, Dorotea, una fuerza tal para conmigo, que me siento arrastrado; vuestro amor es un amor tal que me enloquece; os miro, y paréceme que no sois una criatura mortal; para una fría despedida yo no hubiera venido, os lo aseguro, y os aseguro también, que si no alcanzo completamente vuestro amor, vuestra confianza, vuestra alegría, vuestra posesión... mirad, Dorotea, estoy embriagado, loco; no me desesperéis hasta el punto de que ponga á prueba vuestro amor.
—¿Y cómo le pondríais á prueba?
—Perdonad; pero al sólo pensamiento de perderos, pasan por mí horribles tentaciones.
—No... no moriréis...—dijo Dorotea extendiendo hacia don Juan una mano y dejándosela besar.
Dorotea sufrió sin alterarse, sin estremecerse, los apasionados besos de que don Juan cubrió su mano.
—Basta de locuras, don Juan—dijo Dorotea—; os he llamado para cenar con vos antes de separarnos para siempre.
—¡Separarnos! pero eso no puede ser.
—¿No veis que estoy vestida de una manera particular?
—Eso es, Dorotea, que os habéis propuesto demostrarme que sois más blanca que las perlas, que vuestros ojos brillan más que los diamantes, que vuestra hermosura domina á todas las riquezas.
—No, no por cierto, don Juan; es que me he vestido de boda.
—¡Ah! ¡para casaros conmigo!
—No, porque vos sois casado. El esposo que he elegido, será enteramente mío, y yo seré enteramente suya; nada alterará la paz de nuestra unión; nadie podrá separarnos; fiel yo para él, él será fiel para mí, y ningún pensamiento, ningún recuerdo ajeno empañará nuestra unión.
—¿Es decir, que me olvidaréis?
—Sí.
—No os creo.
—Cuando sepáis con quien me caso, lo creeréis.
—¿Habláis formalmente, Dorotea?
—¡Oh! ¡sí!
—¿Y quién es ese afortunado esposo? Me estáis atormentando, Dorotea.
—Os juro que no tendréis celos del esposo que he elegido.
—¿Vais á meteros á monja?
—¡Llevar yo á Dios un corazón lleno del amor impuro de un hombre! ¡No, don Juan! no soy tan impía. Podrá faltarme valor para el martirio, podré ser criminal, podré llamar, arrastrada por mi desdicha, la justicia de Dios sobre mi cabeza; pero no cometeré un sacrilegio, ¡no, no tomaré á Dios por esposo, amando á un hombre! ¡otro es el esposo que he elegido, don Juan!
—No os comprendo, y quisiera comprenderos; hay algo en vuestros ojos, en vuestro semblante, en vuestra sonrisa, en vuestras palabras, que me espanta. Encuentro en vos no sé qué calma fría, horrible.
—Sí, el resultado de una decisión irrevocable.
—Pero explicáos. ¿No os inspiro yo confianza?
—Sí, mucha, muchísima; ¡Dios mío! vos lo sois todo para mí; sin vos no quiero nada... sin vos... sin vos, la vida es para mí una carga insoportable. Pero cenemos, don Juan, cenemos.
—Si vos cenáis—dijo sonriendo don Juan—, cenaré yo.
—Tenéis razón; más fácil sería que una gota de agua horadase una roca, que el que yo pudiese pasar un solo bocado. Tengo el cuerpo y el alma, el corazón y los sentidos, llenos de vos; nada veo más que vos, nada respiro más que el amor que siento por vos.
—¿Y á qué entonces esa extraña mentira?
—¿Qué mentira?
—La de vuestro casamiento.
—Quisiera que no fuese una horrible verdad.
—Os repito que no os comprendo.
—Dentro de poco me comprenderéis.
—¿Y me amáis?
—Como no creo que haya amado nadie; con un amor voluntarioso, ciego. Suponed, don Juan, un pobre náufrago que flota sobre una débil barca, sobre un mar siempre irritado, que ve al fin, cuando ya ha perdido la esperanza, una ribera fresca, hermosa, odorífera, que le llama, que le convida; suponed que el náufrago ha tocado á esa ribera, que se ha creído salvado, y que una nueva ola le ha arrastrado de nuevo, le ha apartado de aquella ribera amada, hasta que la ha perdido de vista. El náufrago, acostumbrado antes á la tempestad, sostenido por su débil esquife, se adormía al bramar de las olas, le era indiferente que éstas le llevasen acá ó allá, estaba seguro de que un día le tragaría el mar, y estaba resignado. Yo, antes de veros, era ese náufrago; el mundo, el mar tempestuoso en que flotaba á la ventura el esquife, que me sostenía, mi ingenio como cómica, mi belleza como mujer; el día en que una enfermedad me imposibilitase para la escena, ó los años destruyesen mi hermosura, estaba previsto por mí; un hospital era mi destino, sin parientes que me amparasen, sin hijos que cuidasen mi ancianidad; no había amado nunca; no creía en el amor: pero os vi; vos habéis sido para mí la ribera encantada donde pude encontrar la felicidad, el porvenir, acaso la familia, y el mundo, el mundo irritado me ha apartado de vos... bebamos al menos, don Juan, bebamos. La embriaguez es hermana de la locura, y yo estoy loca.
Dorotea se levantó y llenó dos copas.
Luego vino con una salvilla, y sirvió una copa á don Juan.
—Por mi amor—dijo don Juan bebiendo.
—Por mi vida—dijo bebiendo también Dorotea.
Y dejó la salvilla con las dos copas vacías sobre la mesa, y volvió á sentarse en el sillón.
Don Juan acercó el suyo.
Por aquella vez Dorotea no se retiró.
Don Juan rodeó la cintura de Dorotea.
Dorotea se alzó radiante de dignidad.
—La mujer que ama no es la impura cortesana, la torpe comedianta que vendía sus favores—dijo—; respetadme, don Juan, respetad en mí lo más noble que Dios ha dado á sus criaturas: el amor y la pureza del alma.
Don Juan se retiró, no confundido, sino enojado.
Dorotea, pensativa y triste, guardó silencio.
—Dorotea—dijo al fin don Juan—, ¿queréis que hablemos seriamente?
—¿Pues qué, don Juan, creéis que yo me chanceo?
—Quiero decir, que hablemos sin locuras; con arreglo á la situación en que estamos colocados.
—Hablemos.
—¿No hay un medio de unirnos?
—Ninguno.
—¿Ni aun de que vivamos como dos hermanos?
—Ya habéis dicho que hablemos con juicio, y es una locura pensar que puedan amarse como hermanos un hombre como vos y una mujer como yo.
—Vivamos como amantes.
—¡Como amantes! ¿pues qué, no os vais de Madrid?
—Sí por cierto; pero por el mismo camino que yo me vaya podéis ir vos.
—Y bien; suponiendo que yo consienta...
Y Dorotea miraba de una manera ansiosa á don Juan.
—Escucha, alma de mi alma—la dijo don Juan—; una casita bella, apartada, donde yo vaya á verte de noche; un jardín solitario, donde sólo el firmamento estrellado sea testigo de nuestra dicha; un amor eterno, embellecido por el deseo y por el misterio; hermosos hijos en quienes veas reproducido tu amor; una vida tranquila; sin celos...
—¡Sin celos!...
—¡Qué amante puede tenerlos de una esposa!
—¡Ay de mí!—exclamó Dorotea oprimiéndose el pecho.
—¡Bebamos, luz de mi alma!—dijo don Juan, y se levantó y llenó las copas y las trajo en la salvilla, y se arrodilló sonriendo para que Dorotea tomase la suya.
Dorotea se inclinó para levantar á don Juan.
Los rizos perfumados de la joven tocaron las mejillas de don Juan y sus ojos se sintieron atraídos por la mirada dulce, apasionada, saturada de amor y de deseo del joven.
Aquellos dos semblantes se unieron y resonó el estallido de un doble beso.
Y entonces el bufón se separó del tapiz, se alejó y dijo bajando las escaleras:
—¡Oh! ¡gracias á Dios! el veneno es inútil: el veneno no matará á nadie. Pero es preciso... sí... sí... es preciso que doña Clara se separe de don Juan; es preciso que don Juan sea de Dorotea y sólo de Dorotea; es preciso que doña Clara los vea aquí juntos, enamorándose, acariciándose, embriagados de amor.
Y el bufón bajó silenciosamente las escaleras, se puso los zapatos, abrió la puerta, salió, cerró y se encaminó al alcázar en busca de doña Clara.
Don Juan y Dorotea, sin embargo, no habían cambiado de situación: tras aquel beso irreflexivo, fatal, por decirlo así, Dorotea se había rehecho de nuevo.
—Sentáos, don Juan—le dijo—, y hablemos por último con seriedad; hemos vuelto á caer en las locuras. Tenéis sobre mí un poder maravilloso: ya lo sabía yo, y me he prevenido; lo que me habéis propuesto es imposible.
—¡Imposible!
—Sí; yo no puedo partir mi amor con otra mujer; yo no puedo deciros tampoco, y no os diré: abandonad á vuestra esposa; os debéis al gran nombre que lleváis, y no podéis deshonrarle; aunque queráis yo no permitiré que le deshonréis por mí. Veámonos por la última vez.. y tened mucho valor si me amáis.
—¿Qué queréis decirme con esas palabras?
—Que cuando salgáis de aquí llevaréis de mí tal recuerdo, que no me olvidaréis jamás.
—¿Qué misterio tan incomprensible es este que os arranca de mis brazos, que os defiende de mí, que me desespera, que me mata?...
—Mi amor.
—Extraño amor que se complace en despedazarme.
—Amor desdichado, muerto apenas nacido.
—Dorotea, no me obliguéis á ser villano.
—Conmigo no podéis ser más que lo que sois.
—Un hombre burlado, por no sé qué intención que no comprendo.
—¡Ah! no hay ningún hombre que merezca el amor de una mujer; no hay ninguno que comprenda el alma de una mujer.
Don Juan calló confundido.
—Oye, don Juan—dijo Dorotea asiéndole las manos con acento triste y con los ojos arrasados de lágrimas—: yo no comprendo el amor como tú le comprendes; para mí el amor no es el deleite impuro, ni la vanidad, ni la embriaguez, ni el entretenimiento; para mí el amor es más, mucho más; tiene algo de divino; para mí el amor es ser el pensamiento entero de un hombre, el espíritu poderoso que le engrandezca, que le impulse á las grandes acciones; grandezas buscadas para engrandecer la mujer amada, cuando se trata de un hombre como tú, que se llama Girón, que es hijo del gran duque de Osuna, que debe su espada á sus abuelos y á su patria, y el corazón á una mujer; yo no te pido eso que puede y debe pedirte tu esposa; yo quiero tu grandeza para que refleje sobre mi frente; yo no puedo ser para ti más que la amante oculta y misteriosa, que te sonría apartada de la vista del mundo; mis hijos no pueden llevar tu nombre, porque... tu nombre pertenece entero á los hijos de la mujer con quien te has unido: yo sólo puedo ser para ti un sueño embriagador durante algún tiempo; después... después, cuando hasta el misterio hubiera perdido para ti su encanto, yo sería una carga para ti..
—¡Una carga!
—Sí, una carga enojosa.
—¿Crees tú que yo reparé jamás en...?
Don Juan se detuvo, porque lo que iba á decir era inconveniente.
Pero Dorotea oyó con el alma las palabras que don Juan no había pronunciado; las oyó dentro de su corazón.
—No; no hablo yo de esa carga material que consiste en atender á las necesidades materiales de una mujer; entre nosotros no puede haber eso; el dinero hace daño al amor; yo cómica, yo cortesana, no he pertenecido á un amante sino á trueque de un tesoro; yo, mujer, no doy mi corazón sino por otro corazón; de otra carga más pesada he querido hablarte: de la carga que consiste en tener que sacrificar algún tiempo todos los días á una mujer á quien no se ama, á quien nunca se ha amado, por quien sólo se ha sentido deseo y por la cual al fin ni deseo se siente, y á la que se sigue fingiendo amor por compasión; carga que acaba por hacerse insoportable, porque el sacrificio más pequeño se hace insoportable cuando es continuo; yo sería dentro de poco una carga para ti y después un remordimiento, porque me abandonaríais...
—Te he dejado seguir porque quería saber á dónde ibas á parar. ¡Que yo no te amo!
—Ahora... ahora, don Juan, te crees enamorado de mi, y lo estás; estás loco...
—No vivo más que para ti.
—Es necesario que vivas para los demás; no eres dueño de ti mismo.
—¿De modo, que yo que ansiaba que llegase el momento de ver á mi libertadora, me encuentro con una especie de hermosísimo fraile que me predica un sermón de cuaresma? Esto no puede ser. Yo... te amaba como dices, con el deseo antes de hoy: te amé de ese modo desde el punto en que te vi... Pero desde hoy, Dorotea, te amo con un amor que no puede confundirse con nada, porque tu amor me ha obligado á amarte; tú me has procurado la libertad, y con la libertad la vida, no sé á precio de qué sacrificio; has podido satisfacer tus celos, vengarlos, diciendo á mi mujer: «tú, su esposa; tú, la dama hermosísima, noble, rica, favorita de la reina, no has podido salvarle; y yo, la cómica, yo, su querida, le he salvado»; y tú no has hecho eso, Dorotea; tú has sufrido tu despecho, tu desesperación, y has hecho llegar por las manos del rey á mi mujer la orden que me ponía en libertad; tú sabías que yo libre había de partir de Madrid y, sin embargo, la libertad me has dado; ¿cómo quieres que no te ame, á no ser que creas que soy un miserable? Y si soy un miserable, ¿por qué me amas?
—¡Don Juan!—exclamó Dorotea con la voz trémula, ardiente, opaca, y la mirada ansiosa, fija, concentrada en los ojos del joven—; ¡don Juan! ¡mira no mientas involuntariamente!
—No, no; te amo—dijo don Juan estrechándola contra su seno.
Dorotea pugnó por desasirse.
—Sólo á ti amo—murmuró el joven en su oído.
Dorotea rompió á llorar.
—Por ti y para ti viviré—continuó el joven—, y escucha: mi vida es tuya; ¿para qué quiero yo un nombre que me aparta de ti? Renuncio á ese nombre, me separo de la mujer que nos impide unirnos, saldré de Madrid, pero saldré contigo, todo por ti y para ti.
—¡Separarte de doña Clara!—dijo Dorotea levantando de sobre el hombro de don Juan la cabeza y apartando con las dos manos los rizos que se habían desordenado sobre su frente, pálida y tersa—. ¡Ser mío, únicamente mío! ¡Salir de esta casa en que había entrado muerta, contigo, llena de una vida hermosa! ¡Oh! ¡repítemelo, repítemelo! ¡creo que me he engañado! ¡que tú no has dicho eso!
—¡Oh, sí! ¡tuyo y no más que tuyo!
—¿Y partiremos?
—Sí.
—¿Desde esta casa?
—Sí.
—¿Y no volverás á ver á doña Clara?
—No amo á nadie más que á ti.
Y don Juan la atrajo á sus brazos.
Dorotea le sonrió de una manera tal, le dejó ver de tal modo su alma, que una involuntaria sonrisa de triunfo de don Juan borró, como una nube al sol, la sonrisa de gloria de Dorotea.
En la sonrisa de don Juan había visto, no amor, sino voluptuosidad, alegría, y aun podemos decir vanidad, por la posesión segura de una mujer vivamente deseada.
Entonces, Dorotea se levantó de los brazos de don Juan, haciendo un violento esfuerzo para desasirse de ellos.
Su palidez había crecido.
Durante algunos segundos, una seriedad sombría, y tal que llegó á imponer respeto á don Juan, apareció en su semblante.
Luego volvió á sonreir.
Pero entre aquella seriedad y aquella sonrisa había pasado una agonía completa.
—La hora de la partida se acerca—dijo apoyándose dulcemente en el hombro de don Juan.
—Partamos—dijo don Juan levantándose.
—Espera, espera un momento—dijo Dorotea poniendo sus dos manos sobre los hombros de don Juan y mirándole frente á frente.
Don Juan exhaló una exclamación de asombro.
Nunca había visto á Dorotea tan hermosa.
Tembló bajo la impresión de la mirada de la comedianta.
—Siempre, siempre tu sed—dijo Dorotea—; nunca tu amor.
—¡Cómo! ¿aún dudas?
—No, no dudo ya—dijo la joven.
Y dejó los hombros de don Juan y se acercó á la mesa.
—¿Qué haces?—dijo don Juan.
—¡Tengo sed! ¡una sed que me devora!—contestó Dorotea fijando una mirada indescribible en la pera adornada con el lazo rojo y negro que se veía en medio de la mesa.
Y tomó una botella y llenó de vino una copa.
—Yo también tengo sed—dijo don Juan, que tenía la boca amarga, como cuando experimentamos una fuerte conmoción en nuestro organismo.
Dorotea llenó otra copa.
Luego se apoyó sobre la mesa, mirando siempre el confite del lazo negro y rojo.
Su semblante estaba contraído; gruesas gotas de sudor corrían por sus mejillas.
Hubo un momento en que tembló toda, como á la sensación imprevista de un frío agudo.
—Estos confites son muy buenos—dijo—; probémoslos antes de beber.
Y tomó la pera envenenada.
Al tomarla miró á don Juan y pasó por sus ojos algo horrible.
—Toma—le dijo, y le mostró la confitura.
Don Juan extendió la mano.
Dorotea se estremeció de nuevo, retiró vivamente la pera y la mordió exclamando:
—No, no; esta es para mí, para mí sola.
Y temerosa de que don Juan pudiera arrebatarla ni una pequeña parte de aquel confite mortal, le devoró.
A seguida cayó de rodillas.
—¿Qué haces, Dorotea?—dijo don Juan.
—¡Dejadme! ¡dejadme orar!—exclamó la joven.
—¡Orar!—exclamó asombrado don Juan.
—Sí; orar por mi alma—respondió Dorotea.
Y juntó las manos, las cruzó y dobló la cabeza sobre el pecho.
En aquel momento resonaron voces en la calle y luego el choque de espadas.
Don Juan sintió un terror vago y se abalanzó á Dorotea y la levantó en sus brazos.
La joven se abandonó en los brazos de don Juan y le sonrió de una manera embriagadora.
—¡Oh! ¡no me olvidarás!—exclamó.
—¡Olvidarte, olvidarte yo, vida mía!
Y don Juan, embriagado, la besó en la boca.
—¡Adiós!—exclamó Dorotea entre un beso ardiente.
—¿Por qué me dices adiós, alma mía?
—Me llama mi esposo—dijo sonriendo siempre Dorotea.
—¡Tu esposo!
—Sí; acabo de desposarme... con quien estará eternamente conmigo y yo eternamente con él.
—Sí, sí—exclamó don Juan engañado por las palabras de Dorotea—; no nos separaremos jamás.
—Sí—dijo Dorotea rodeando un brazo tembloroso al cuello de don Juan—; vamos á separarnos muy pronto, porque no me he desposado contigo; me he desposado con la muerte. Ahora déjame orar; no acabes de perderme.
—¡Con la muerte!—gritó don Juan.
—Sí, el dulce que acabo de comer estaba envenenado.
—¡Envenenado!.. ¡Dios mío! ¡Hola! ¡aquí! ¡aquí!—gritó don Juan, llamando.
—¡No hay nadie! ¡estamos solos!—exclamó Dorotea.
Y una leve contracción de dolor resistido, pasó por su semblante.
—¡Oh! ¡esto es horrible! ¡esto no puede ser verdad!—exclamó don Juan reteniendo entre sus brazos á Dorotea.
Otra contracción más violenta, indicó á don Juan que Dorotea sentía un dolor más agudo.
Al mismo tiempo su cuerpo se hizo más pesado.
Don Juan se vió en la necesidad de doblar una rodilla para sostener á Dorotea.
—¡No me abandones! ¡no me dejes!—exclamó—; quiero morir en tus brazos! toma... porque apenas puedo hablar... había escrito este papel... que es mi última palabra para ti... y mi última voluntad... ¡Oh Dios mío!
Y sacó del seno un papel doblado, que se desprendió de sus manos y cayó sobre la alfombra.
Don Juan estaba inmóvil, mudo, dominado por el terror.
Dorotea hizo aún un nuevo esfuerzo, aún tuvo una sonrisa para don Juan; luego lanzó algunos gritos agudos, horribles; se retorció de una manera violenta, hasta el punto de desasirse de los brazos de don Juan; dió dos pasos desatentados, y cayó desplomada.
Don Juan corrió á ella, la volvió, miró su semblante y dió un grito de horror.
Dorotea estaba muerta, y aquel semblante, poco antes tan hermoso, tan lleno de vida, estaba afeado por una contracción horrible.
Hay en la vida algunos momentos comparables á la muerte.
Momentos de atonía en que los músculos se petrifican y el corazón se hiela.
Momentos á los cuales sucede una reacción horrible.
Don Juan probó unos momentos semejantes, y luego, como si despertase de una pesadilla horrorosa, gritó con un acento imposible de hacer comprender:
—¡Muerta! ¡muerta! ¡y muerta por mí!
Y seguidamente se arrojó sobre el cadáver y unió su boca á la boca helada de Dorotea.
Y en otra nueva y más terrible reacción, se alzó, y desnudando violentamente su daga, exclamó:
—¡Muerta por mí!... ¡y yo, miserable, vivo!
Y volvió la punta de su daga al pecho.
Pero en aquel momento, se sintió sujeto por detrás, asidos los brazos, retenidos por otros brazos que le apretaban con la fuerza de una cadena de hierro.
—¡Oh! ¡no! ¡no! ¡mientras yo esté á vuestro lado!—dijo una voz.
Aquellos brazos que le sujetaban y aquella voz que le hablaba, mojada en lágrimas, eran los brazos y la voz de Quevedo.
Este y el padre Aliaga, habían entrado sin que á causa de lo horrible de la situación los sintiera don Juan.
—¡Desarmadle, fray Luis! ¡vive Dios! ¡que tiene las fuerzas de un toro y se me escapa!—gritó Quevedo luchando con don Juan.
El inquisidor general, arrancó la daga al joven, y le quitó la espada.
—Mirad, fray Luis, mirad si tiene pistoletes á la cintura—dijo Quevedo.
El padre Aliaga, en silencio como hasta allí, registró la cintura de don Juan y le quitó dos pistoletes.
—¡Ah, ya era tiempo! ¡ya no podía resistir más!—dijo Quevedo soltando al joven.
Este se levantó, dió tres pasos vacilantes, y luego se dejó caer sobre un sillón, y se cubrió el rostro con las manos.
—Vamos—dijo Quevedo—, nos hemos salvado; veamos ahora si podemos salvar á esta infeliz.
—¡Muerta!—dijo el padre Aliaga roncamente.
Y se arrodilló junto al cadáver y oró.
Entre tanto Quevedo había levantado el papel que se había caído de la mano de Dorotea y que ésta había sacado de su seno.
Quevedo, que tenía siempre valor para dominar las situaciones más difíciles, que no desatendía jamás ninguna circunstancia por ligera que fuese, se acercó á la mesa, desdobló el papel y le leyó:
«Don Juan—decía—: He tenido la desgracia de conoceros y de que no me améis: mi vida es demasiado horrible para que yo la conserve, y me habéis hecho demasiado daño para que yo quiera vengarme de vos; me he vestido de boda para acudir á vuestra cita; de esa cita saldré envuelta en una mortaja; sois noble y generoso, y el único medio que tengo para que no me olvidéis jamás, es morir en vuestros brazos; cuando leáis este papel, habré muerto ya; os amo, os amo tanto, que todo por vos lo pierdo; hasta mi alma; sé que no me olvidaréis nunca, mientras viváis, y quiero mejor vivir muerta en vuestro pensamiento, que vivir muriendo lejos de vos, abandonada, despreciada por vos; que mi recuerdo no os haga infeliz; amad... amad mucho á vuestra esposa, porque si os ama como yo os amo, y un día se ve desdeñada por vos como yo me he visto, morirá como yo muero. Adiós, recibid mi alma.—Dorotea.»
Y por bajo se leía:
«Decid á don Francisco de Quevedo, que en mi casa, en un cajón de la mesa de la sala, está mi testamento; que lo haga cumplir.»
Dos lágrimas, gordas, enormes, de Quevedo, cayeron sobre este papel.
...arrancó la daga al joven y le quitó la espada.

Luego le dobló en silencio, y le guardó.
—Padre Aliaga—dijo dirigiéndose al religioso que oraba en silencio—, vos os quedaréis, ¿no es verdad?
—Debo orar junto á esta desgraciada, y tanto más, cuanto que es hija de otra infeliz, á quien he amado mucho, antes de dejar el mundo.
—Y yo necesito apartar de aquí á don Juan.
—Sí, sí; lleváoslo.
—Esperad, esperad—dijo don Juan levantándose y dando algunos pasos hacia Dorotea.
—¡Que hacéis!—dijo dulcemente el padre Aliaga.
—¡Dejadme, por Dios, que la vea la última vez!
—Apartad, caballero, apartad, y no profáneis ese cadáver—dijo el padre Aliaga, poniéndose delante de Dorotea.
—¡Oh! ¡para qué quiero vivir!
—¡Para doña Clara de Soldevilla, para vuestra esposa!—dijo severamente Quevedo—; ¡ya que esa desgracia es irremediable, no causéis otra desgracia mayor!
—¡Clara! ¡mi esposa!—exclamó don Juan.
Y se dulcificó la rigidez de su semblante, sus ojos se humedecieron y lloró.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!—dijo—; la vida es un sueño de Satanás!
—¡Sí, sí, un sueño horrible! ¡pero, seguidme! tomad vuestras armas, que ya no hay peligro en que las toméis, y vamos.
Don Juan tomó sus armas, su sombrero, su capa, y siguió á Quevedo; pero antes de salir se volvió hacia Dorotea.
—¡Doña Clara os espera!—dijo Quevedo.
Don Juan siguió á su amigo, y entrambos salieron de la casa.
El padre Aliaga se quedó orando al lado del cadáver de Dorotea.
CAPÍTULO LXXXV
EL AUTOR DECLARA QUE HA CONCLUÍDO, Y ATA ALGUNOS CABOS PARA QUE NO QUEDEN SUELTOS
El cocinero de su majestad supo al día siguiente, al ir á oír misa á Santo Domingo el Real, una noticia horrible.
Al pasar junto á dos comadres que charlaban en una esquina, oyó las siguientes palabras:
—Os digo que la he visto; yo misma con estos ojos que se ha de comer la tierra: es la comedianta Dorotea; pero se ha quedado que espanta; está que da compasión verla: los ojos hundidos, que le cabe un puño en cada uno; la boca torcida... ¡ella, que era tan hermosa!... dicen que ha muerto de repente.
Helósele de repente en las venas la sangre al cocinero mayor.
Y tal comezón le dió en saber lo que le hubiera sido mejor ignorar, de tal modo le impulsaron su terror y su conciencia, que sin encomendarse á Dios ni al diablo, se acercó á las dos viejas y las dijo:
—Perdonen voacedes, pero he oído no sé qué de una muerte que me ha trastornado.
—¡Qué! ¡si todo Madrid está que lo ahogan con un cabello, y aquella casa parece un jubileo!—dijo una de las viejas—; yo he sudado y me he estropeado para poder entrar donde está la difunta, y me han roto la saya; ¡si aquello es mucho! ¡y qué lujo! y allí están todos los cómicos del corral de la Pacheca, y los del coliseo del Príncipe, y los del coliseo de la Cruz, y muchos señores, y muchos grandes, y cuatro lacayotes con hachas, que diz que son del señor duque de Lerma, que diz era querido de la comedianta; y allí está también el inquisidor general y otros religiosos, todos rezando, y la sala hecha un ascua de oro de luces, y la calle que no cabe un alfiler de gente, y todos tristes, y todos llorosos; y están dando limosna á más y mejor en la puerta á todos los pobres que llegan. ¡Si parece que se ha muerto una persona real! Cuando nosotras doblemos la cabeza y nos quedemos como un pollo con moquillo, nos agarrarán de un zancajo y nos echarán á un estercolero. ¡Pues ya se ve! ¡como era tan hermosa!... y como era querida de un señor... ¡he ahí! Quede vuesa merced con Dios. Vamos, tía Brígida, vamos, que ya es tarde.
El cocinero mayor no oyó ni la mitad de la relación de la vieja; la noticia de que la Dorotea había muerto de repente, le había encogido, le había helado, le había dejado inmóvil, presa de uno de esos pavores que no se comprenden, si alguna vez no han pasado por nosotros.
Él, aunque se había quedado con doña Clara Soldevilla en la casa, donde había entrado con aquella señora al nombre de la Inquisición, pronunciado por el padre Aliaga; como don Juan y Quevedo habían ido á buscar á doña Clara, Montiño no sabía nada acerca de la muerte de Dorotea, porque Quevedo le había echado con cajas destempladas, sin darle explicación alguna, para quedarse solo cuanto antes con doña Clara y don Juan.
En el mismo punto se fué al alcázar, evitando pasar por el sitio donde se suponía muerto al bufón; se había metido entre sábanas, y había pasado la noche con la cabeza tapada y con fiebre.
Por la mañana se durmió y despertó á las diez.
Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio...
(Entre paréntesis: al meter Quevedo aquella noche, cuatro horas después de la muerte de Dorotea, á doña Clara y á don Juan, en un coche, que tenía prevenido Francisco de Juara en el mesón del Bizco, cesó de repente la lluvia; lentamente se despejó el cielo; luego amaneció claro, y un sol brillante inundó de una luz dorada el espacio; parecía que al despejarse completamente la situación de nuestros personajes, se había creído el cielo obligado á despejarse también; esto pudo ser una casualidad, pero una casualidad reparable.)
Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio, decíamos, el cocinero mayor saltó del lecho, se vistió apresuradamente, y afligido por su lastimada conciencia, su primer impulso fué ir á arrojarse de rodillas delante de Dios, en un templo; en el camino le había sorprendido, pues, de una manera terriblemente providencial, la noticia de la muerte de su víctima.
Porque Montiño no tenía duda, no se atrevía á tenerla; Dorotea le había mandado hacer una cena y poner en ella un veneno: Dorotea había muerto de repente, luego Dorotea se había envenenado.
Nada tiene, pues, de extraño, la parálisis total que acometió al cocinero mayor al saber la muerte de Dorotea.
Hacía un rato que los dos horribles conductores de aquella noticia, las dos viejas queremos decir, hablan desaparecido, y todavía estaba Montiño hecho un garabito en el mismo lugar donde se había parado para informarse.
Pero de repente se enderezó, se volvió y dió á correr como un insensato en dirección á la calle Ancha de San Bernardo, atraído por ese magnetismo horrible que existe entre el asesinado y el asesino.
Cuando llegó hubo de detenerse; la afluencia de gentes le había cortado el paso.
La calle estaba llena.
Y nada tenía esto de extraño.
La Dorotea era muy conocida, y á más de esto, se daba una abundante limosna á la puerta de su casa.
Montiño codeaba á derecha é izquierda, pero no podía pasar.
Entonces, y como la atracción que le impulsaba hacia el cadáver era más poderosa á medida que se acercaba á él viendo que por codos no podía abrirse paso, dió á gritar de una manera desentonada:
—¡Dejadme, dejadme pasar, por Dios! ¡quiero verla! ¿no oís que quiero verla antes de que se la lleven? ¡Dejadme pasar!
Y redoblaba sus gritos.
Todos le creyeron, por lo menos, pariente de la difunta, y le abrieron paso.
Y así gritando y codeando, logró llegar á la puerta de la casa.
En ella estaba Pedro, el antiguo criado de Dorotea, con un talego en la mano, del que sacaba sucesivamente reales de plata que iba entregando á los pobres que se presentaban.
Dos alguaciles, delante de él, impedían que fuese atropellado por los mendigos, y que entrase gente en la casa, á pesar de lo cual, más de uno se colaba.
Colábase también Montiño.
—¡Eh! ¿á dónde vais?—le dijo uno de los alguaciles cogiéndole del brazo.
—¿Que á dónde voy?—dijo Montiño volviendo su mirada escandencida é insensata al alguacil—. ¿A dónde he de ir sino á verla antes de que se la lleven?
A estas palabras lacrimosas, chillonas, del cocinero mayor, Pedro volvió la cabeza y le reconoció.
—¡Ah! ¿sois vos, señor Montiño?—dijo también lloroso Pedro—. ¡Oh, qué desgracia! ¡qué desgracia tan grande y tan impensada! ¡No la olvidaremos jamás!
—¡Ni yo! ¡ni yo! ¡yo no puedo olvidarla nunca!—exclamó Montiño—; pero, ¿cómo ha sucedido eso? ¿cuándo?
—Casilda, que está adentro, en la cocina, os dará razón, señor Montiño. Yo no puedo marcharme de aquí. Como veis, estoy dando limosna por su alma. Dejad pasar á ese hidalgo, señor Casimiro Trompeta; es de la casa—dijo Pedro al alguacil que aún tenía asido á Montiño.
El corchete soltó al cocinero, que se despidió, subió las escaleras, atravesó un pasillo, y se entró de rondón en la cocina, donde, envuelta en un pañolón negro, estaba Casilda gimoteando, asistida por algunas comadres de la vecindad y algunas doncellas de cómicas que estaban en la casa, y componían aquella especie de duelo criaderil.
—¿Pero qué es lo que aquí ha sucedido?—dijo Montiño dirigiendo bruscamente la palabra á la doncella de Dorotea.
—¿Qué ha de haber sucedido? ¡desdichada que yo soy, sino que mi señora se ha muerto! ¡Y tan hermosa! ¡tan joven! ¡tan buena!
Y siguieron las lágrimas y los sollozos.
—¿Pero cómo se ha muerto la señora?—dijo Montiño, cuya voz tenía á cada momento una acentuación más extraña y más punzante.
—¿Y qué se yo?—dijo Casilda—; yo no la he visto morir.
—¿Pero no ha muerto en la casa?
—Sí; sí, señor, según dicen don Francisco de Quevedo y el padre fray Luis de Aliaga, que la trajeron allá muy tarde.
—¿Que la trajeron?
—Sí, señor; la trajeron al obscurecer; la señora había salido muy engalanada con el tío Manolillo; dicen que esta noche pasada han matado al tío Manolillo.
—Eso dicen, eso dicen—exclamó el cocinero mayor—; pero seguid, seguid; decíais que don Francisco de Quevedo y el padre Aliaga trajeron á la señora.
—Sí; sí, señor; la metieron envuelta en su manto, y como arrastrando; luego se encerraron con ella, y después salió don Francisco de Quevedo; á poco vinieron el duque de Lerma, y un alcalde de casa y corte y un escribano; entonces supe que mi señora había muerto; pero había tenido tiempo de hacer testamento; nada la ha faltado, nada, ni sacerdote que la auxiliara, y calificado, como que era nada menos que el inquisidor general, ni escribano que autorizase su última voluntad.
—¿Y no vino ningún médico?
—Sí; sí, señor, el doctor Campillos, que era el médico del coliseo; allá dentro estuvo encerrado mucho tiempo, con la difunta, y con el duque de Lerma, y con el inquisidor general, y con don Francisco de Quevedo.
—¿Y no dijo de qué había muerto?
—Sí; sí, señor: de repente, de enfermedad natural.
—¡Eso dijo!
—Sí; sí, señor, eso dijo.
—¿Y eso ha escrito la justicia?
—Sí, señor; eso ha escrito.
Al través de su locura un rayo de razón penetró en el pensamiento de Montiño, ó más bien un instinto de conservación.
Aguantóse, dejó las cosas como los hombres y la justicia de los hombres las habían puesto; pero en medio de su locura, su conciencia, más poderosa que ella, le acusaba de aquella muerte.
Y la fascinación que le había llevado hasta allí, poderosa, terrible, le arrastró todavía.
Se despidió de Casilda, y se entró en la sala.
Los balcones estaban completamente cerrados; las paredes y el techo cubiertos con paños de terciopelo negro franjeados de oro, el suelo cubierto con un paño negro.
En medio de la sala, sobre un magnífico lecho rodeado de gigantescos candelabros de bronce dorado con blandones, estaba el cadáver, humildemente amortajado con un sayal ceniciento de la orden de San Francisco y la cabeza rodeada de una toca blanca.
A los cuatro ángulos del lecho había cuatro lacayos de gran librea, inmóviles como estatuas, y con blandones amarillos en las manos.
Las libreas de aquellos hombres eran del duque de Lerma.
Detrás del lecho se veía la manguilla negra de terciopelo bordado de oro, y con la cruz dorada de la parroquia de San Martín.
El cura y los clérigos de la parroquia, y en medio de ellos el inquisidor general con sus hábitos negros y blancos de dominico, rezaban.
Detrás de los sacerdotes, arrodillados, rezando también, había una multitud de hombres y de mujeres vestidos de luto.
Aquellas mujeres y aquellos hombres eran los cómicos de los coliseos de Madrid.
Al fondo de la sala, junto á la puerta de entrada, silenciosos y graves, había algunos hidalgos.
Al verse allí, el cocinero mayor sintió un vértigo horrible, parecióle que las luces se agrandaban, que se iban hacia él, que le rodeaban, que giraban, que subían, que bajaban, que se revolvían en un torbellino de fuego.
Parecióle ver en medio de aquel torbellino, de aquel resplandor, impuro y flameante, levantarse el cadáver de Dorotea, adelantar, asirle, estrecharle entre sus brazos y arrastrarle consigo.
Y presa de este vértigo infernal, Montiño adelantó con paso nervioso, lento, marcado, con los cabellos erizados, con los ojos horriblemente dilatados, con la boca contraída, temblorosa, con el semblante lívido, estremeciéndose todo, hacia el cadáver, junto al cual llegó y le contempló de una manera horrorosa en el momento que la clerecía empezaba á entonar el terrible salmo: Dies iræ, dies illæ.
Montiño no pudo resistir más; su cabeza se partía, su pecho se abrasaba, y antes de que pudiese separarse de allí, su locura estalló, y gritó con un acento espantoso:
—¡Perdón! ¡perdón! ¡yo pasaré todos los días de mi vida en la penitencia! ¡pero! ¡suéltame! ¡suéltame! ¡no me arrastres contigo! ¡yo pasaré mi vida orando y haciendo que la Iglesia ore por ti!
Y tras esto, en medio del escándalo de los que en la sala estaban, dió con su cuerpo en tierra.
—Este hombre está loco—dijo el padre Aliaga, mandando sacar de allí al cocinero mayor, y llevarle á un cuarto, en donde se encerró con él.
Pero había causado tal impresión la muerte de la Dorotea, habían dicho tales cosas acerca de entradas y salidas de su ama Pedro y Casilda, se había murmurado tanto, que se sospechó por todos, y aun se dió por seguro, que allí había gato encerrado.
El tremendo alcalde de casa y corte Ruy Pérez Sarmiento, á quien ya conocemos, había sido llamado entre doce y una de la noche anterior por el duque de Lerma.
El duque de Lerma había llamado al alcalde de casa y corte, porque entre diez y once de la noche había estado encerrado un largo espacio con él don Francisco de Quevedo.
Quevedo había hecho llegar, valiéndose de frases hinchadas y misteriosas para obligar á los ciados, una carta al duque de Lerma, una carta que sólo contenía estos tres renglones:
«Excelentísimo señor: Tengo en mis manos el cuchillo que puede cortaros la cabeza; pero yo os daré este cuchillo si me dais licencia para hablaros.—Francisco de Quevedo.»
Leer esta carta, y hacer entrar inmediatamente á Quevedo, fué todo uno.
Quevedo entró con unos papeles en la mano.
Y por cierto que aquellos papeles estaban teñidos de sangre.
Pero digamos antes de dónde venía Quevedo.
Cuando salió con el corazón desgarrado de la casa donde había visto muerta á Dorotea, llevando consigo á don Juan, hizo dar á éste algunas vueltas por las tenebrosas calles.
Aún no había dejado de llover, y Quevedo, que como tenía de todo, era algo médico, esperó que la humedad reblandeciese el cerebro de don Juan.
Lo que demuestra que Quevedo, ya en aquellos tiempos, buscaba el alma en los nervios.
No se engañó don Francisco.
La excitación nerviosa del joven se modificó.
Anduvo por algún tiempo en silencio asido al brazo de Quevedo.
Luego exclamó:
—¡Qué sueño tan horrible!
—Ya que de sueños habláis—dijo Quevedo—, tomad lo pasado como sueño y escarmiento. No juguéis más con el alma de la mujer, porque las mujeres son terribles. Olvidad.
—No puedo.
—Domináos.
—Tengo el corazón despedazado.
—Por lo mismo, y porque estáis experimentando lo que es tener el corazón amargo y sangriento, no queráis que le tenga también vuestra esposa.
—¡Clara!
—¡Si supiérais de lo que ha sido capaz esa mujer que lloráis!
—¡Dorotea!
—Sí; vos veis en ella un ángel perdido, y era un demonio.
Quevedo era un médico terrible; ponía á sangre fría los dedos sobre la llaga y la estrujaba.
La muerta nada tenía ya que perder ni que esperar en la vida, y Quevedo quería salvar á los que, vivos aún, tenían que perder y que esperar.
Calumniaba á Dorotea.
—¿Qué decís, don Francisco?—exclamó el joven.
—Digo que Dorotea era una aventurera que quería perderos.
—¿Perderme y ha muerto por mí?
—Vos no comprendéis á ese animal que se llama hombre, á quien aventaja en ferocidad ese otro animal que se llama mujer. ¿Hubiérais vos creído que hubiese persona que para vengarse de otro se diese la muerte?
—No... eso es inconcebible.
—Pues todo el que se mata por amor, no se mata por otra cosa que por amargar con el recuerdo de su muerte la conciencia del hombre ó de la mujer que le ha desdeñado.
—¡Oh, no! ¡no puede ser!
—Y sin embargo, es.
—Yo... me había entregado enteramente á Dorotea.
—Dorotea sabía que mientras existiese doña Clara, ella no podía ser para vos más que un entretenimiento.
Quevedo estaba en la situación, y sus últimas palabras influyeron terriblemente en el ánimo del joven, porque había oído aquellas mismas palabras á Dorotea.
—¿Y ha podido llegar la locura de esa infeliz hasta tal punto?—dijo.
—No era locura, sino rabia, y rabia femenil, la más terrible de las rabias de que puede adolecer una criatura. El amor de Dorotea era impuro; si no hubiese tenido celos, y celos de vanidad, hubiera satisfecho su deseo por vos, y á los quince días os hubiera burlado.
Don Juan no contestó.
Cada una de las palabras de Quevedo, le hacían experimentar el frío de la hoja de un puñal.
El implacable Quevedo continuó:
—Y dad gracias á Dios de que su sabia y misericordiosa providencia me haya traído á tiempo de impedir el gran crimen que había meditado Dorotea, y su contrahecho amante el bufón del rey.
—¡Cómo! ¿aquel hombre era...?
—Sí; era ese amante feroz y bajo que tienen todas las aventureras: era su puñal.
—Me estáis revelando cosas horribles.
—Es que cuando la verdad vale algo es siempre horrorosa en el punto en que se la quita la camisa.
—¿Y qué era lo que habían meditado ese hombre y esa mujer?
Quevedo notó con alegría, con una alegría sui generis, que don Juan llamaba esa mujer á la desdichada Dorotea.
—Habían querido matar á un ángel.
—¿A Clara?
—Sí por cierto; en el momento en que vos estuvísteis encerrado con Dorotea, el tío Manolillo fué al alcázar, dijo á doña Clara que vos os olvidábais de ella con otra, y doña Clara le siguió loca de celos, porque los celos y la prudencia nunca van juntos. Si yo no encuentro á la puerta misma de la casa donde Dorotea con vos estaba al tío Manolillo que con doña Clara venía, vuestra esposa, vuestra noble y digna esposa, os hubiera visto en los brazos de esa mujer, y esa mujer se hubiera matado segura de que os dejaba á entrambos muertos.
—¡Oh! ¡ved no os engañéis, don Francisco!
—El bufón, que está allá en la calle de Don Pedro sin la vida que yo le he sacado por la cabeza del tajo más lleno y más derecho que he dado en toda mi vida, es un testimonio, y doña Clara, que está en una casa de la misma calle, entre la muerte y la vida, que de muerte es el ansia que la aflige, es otro.
—¡Cómo! ¡Clara, mi adorada Clara me espera!
—Y sufre y llora.
—Pues vamos, vamos al momento; ¿qué tardamos?
—¿Estáis seguro de dominaros hasta el punto de parecer sereno después de lo que habéis sufrido?
—Ha sido un sueño, un horrible sueño que ha pasado.
—Cuenta con que el sueño no se conozca en los ojos.
—Descuidad, estoy tranquilo; lo que me habéis revelado me ha cerciorado.
—Ved que doña Clara es muy aguda de entendimiento y que no es cosa fácil hacerla ver lo negro blanco.
—No necesito engañarla; verla será para mí la vida, la entrada en el cielo después de haber salido del infierno.
—Es necesario que la mintáis.
—La diré que he ido á ver á mi madre.
—No; decidla más bien que habéis ido á ver al duque de Lerma.
—¿Y para qué?
—¿No habéis sido puesto en libertad? ¿No necesitáis licencia del rey para partiros esta misma noche de Madrid?
—¡Ah, sí! ¡Es cierto!
—Pues vamos.
—Vamos.
—Esperad, esperad; allá, en aquella esquina, medio agoniza un farol delante de una imagen; vamos allí, don Juan, quiero veros el rostro.
Esta fué una intimación indirecta al joven para que se dominase, para que compusiese su semblante.
Llegaron á la esquina y Quevedo le quitó el sombrero para verle mejor el rostro.
—No importa que os mojéis la cabeza—dijo—; cuanto más agua cae sobre el fuego, mejor.
—Vedlo; estoy tranquilo, estoy como siempre—dijo don Juan sonriendo de una manera tan amarga, tan horrible, que Quevedo retrocedió espantado.
—Esperad; os he enseñado mi corazón, ahora voy á mostraros mi valor.
Y don Juan se sonrió de una manera franca, abierta, natural, tranquila.
—¡Oh! ¡Sí, sí, hijo mío!—dijo Quevedo conmovido—; tenéis un hermoso corazón y un valor como hay pocos; ello pasará, ello pasará; vuestro corazón es todo entero de doña Clara, y ella será el ángel glorioso que os cure de ese otro ángel condenado. Vamos, hijo mío, vamos; seguid siendo valiente y acordáos para serlo de que vuestra serenidad, vuestra paz exterior en estos momentos es la paz del alma, es la vida de la inapreciable compañera que os ha dado Dios; recoged todas vuestras fuerzas, preparáos y no hablemos más.
Y tiró de don Juan. Algunas calles más allá se encontraron en la de Don Pedro. Quevedo llamó á la puerta de la casa donde estaba doña Clara Soldevilla.
Cuando entró en el aposento donde estaba ésta con don Juan, la joven se levantó de una silla y corrió á su marido, le asió las manos temblorosa y le miró con ansiedad.
Quevedo despidió al cocinero mayor, que todavía estaba allí. Don Juan sonrió enamorado, transportado de alegría, á doña Clara. Y esta alegría no era fingida.
Quevedo había operado con su cruel tratamiento una reacción en el ánimo del joven; le había ennegrecido el recuerdo de Dorotea, le había hecho temblar por doña Clara. Don Juan se encontraba al fin delante de ella, estaba bajo la influencia de su hermosura aumentada por el temor, por la agonía del alma, bajo el magnetismo de sus hermosos ojos ansiosos y enamorados, en contacto con aquella vigorosa organización que se estremecía aterrada.
Don Juan lo olvidó todo; no vió más que á doña Clara.
Su vista fué para él lo que la sombra para el peregrino cansado, lo que la fuente para el sediento, lo que la luz para el ciego. Y ebrio de placer, y de amor, y de alegría, y de esperanza, abrazó á doña Clara y la besó en la boca.
Quevedo miraba aquello con una triste gravedad.
—¡El alma de los jóvenes!—dijo—; ¡humo que agita el viento en el cielo de la esperanza! Helos curados á los dos.
—¿Dónde has estado?—dijo doña Clara.
—Casa del duque de Lerma.
—¡Oh! sí—dijo doña Clara con toda la fe de su alma—, no podía ser otra cosa; me habían engañado horriblemente.
Quevedo dejó á los dos esposos en libertad de explicarse, y con uno de los vecinos de la casa envió á pedir dos sillas de manos.
Cuando llegaron hizo acercar la una, en la cual doña Clara y don Juan entraron y se dirigieron al alcázar.
Luego, con la otra silla de manos se fué á la casa donde estaba el padre Aliaga, con lo que había sido Dorotea, abrió, hizo que los ganapanes que conducían la silla le metiesen dentro y se quedasen fuera.
Poco después Quevedo abrió é hizo que los conductores llevasen la silla, cerró la puerta, y á pie y lentamente escoltó la silla de manos.
Dentro de la silla iban el cadáver y el padre Aliaga.
Más allá de la casa, entre la obscuridad, bajo la lluvia, quedaba el cadáver del tío Manolillo.
Cuando el padre Aliaga y Quevedo, con gran trabajo, disimulando cuanto pudieron el estado de muerte de Dorotea, la pusieron en su lecho y se encerraron con ella, Quevedo se fué sin vacilar al cajón de la mesa donde, según la postdata de la carta póstuma de Dorotea á don Juan, estaba el testamento de la comedianta.
Abrióle, y le encontró fechado y autorizado con muchos días de anterioridad, á pesar de que con arreglo á todos los indicios, había sido otorgado aquel mismo día.
Dorotea dejaba su hacienda al bufón, al cocinero mayor, á sus dos criados Pedro y Casilda, á los pobres y á su alma.
Al bufón, por lo mucho que le estimaba, dejaba seis mil doblones; al cocinero mayor, por un gran beneficio que le había hecho, mil doblones; á Pedro y Casilda, mil ducados á cada uno; cuatro mil ducados para los pobres, que debían darse de limosna para su alma, y diez mil ducados á la parroquia de San Martín por una sepultura en tierra, sin losa ni letrero, y para sufragios por su alma.
Esta cantidad debía encontrarse parte en dinero, en su casa, y el resto debía completarse con la venta de sus trajes, sus alhajas y sus muebles.
Quevedo leyó conmovido este testamento, y sobre todo una cláusula en que Dorotea le constituía su albacea único y le suplicaba tomase en amor suyo, en memoria suya, la prenda que más quisiese de lo que dejaba.
Quevedo se enjugó las lágrimas con el envés de la mano, y luego escribió con mano firme al fin del testamento:
«No pudiendo permanecer en Madrid, del que salgo esta noche, delego las facultades que en este testamento se me otorgan, en el ilustrísimo señor Fray Luis de Aliaga, inquisidor general, archimandrita del reino de Nápoles, del consejo de Estado, confesor de su majestad el rey nuestro señor, que conmigo firma aceptando.—Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago.»
Esto escrito, Quevedo apartó del cádaver al padre Aliaga, y le leyó el testamento.
Oyólo en silencio el confesor del rey.
Pero cuando Quevedo leyó la nota adicional escrita por él, exclamó:
—¡Qué! ¿Os vais dejando esta pesada carga sobre mis hombros?
—Antes de irme yo os abriré camino fray Luis.
—¿Y por qué no os quedáis? ¿por qué no nos ayudáis con vuestras grandes fuerzas á soportar el enorme peso de aconsejar á su majestad en la gobernación del reino?
—Líbreme Dios de meterme en embrollos y en obscuridades; que no soy yo cortesano de los que hoy se usan, ni mis consejos serían para seguidos; y pues mejor es no aconsejar que aconsejar al aire, dejadme ir á donde mis consejos se oyen y aprovechan, y no me queráis aquí; que en cuatro días que hace que en esta última vez en la corte ando, han sucedido cuatro mil desgracias. Que tal es mi suerte pecadora, que á donde yo voy va la desdicha, y el bien que hago sangre y lágrimas me cuesta.
—Os debemos, sin embargo, demasiado.
—Quédanse las cosas como se estaban, y no podía suceder de otro modo; que tal anda ello, que el gobierno es como capa vieja á quien se la va el remiendo que se la ha puesto, por las puntadas. Ved, pues, lo que me mandáis para Nápoles, que tengo que hacer bastante, y verme quiero fuera de Madrid antes de que acabe la noche.
—Sacadme antes de iros, si podéis, de este pantano en que me encuentro.
—A ver voy á Lerma y os le enviaré, y él hará lo que sea menester, que él lo puede todo.
—¿Y no volveremos á veros por aquí?
—Acaso.
—Id con Dios, id con Dios, don Francisco, y al menos escribiéndonos, no nos olvidaréis.
—Así haré, porque como escribiendo me divierto, en escribir soy diligente. Y adiós, fray Luis, y no me detengáis más, que estoy decidido y aún me queda que hacer, y ansia tengo por acabar.
—¿Y no os despedís de esa desdichada?
Quevedo se volvió en un movimiento nervioso hacia la alcoba, entró en ella, se acercó al lecho, asió una helada mano del cadáver y se descubrió.
Su ancha frente, nublada, sombría, transparentando un pensamiento desesperado, parecía absorber el amarillo reflejo de una lámpara que estaba encendida sobre una palometa de plata junto al lecho, delante de una virgen de los Dolores.
La mirada de Quevedo, abarcando aquel cadáver afeado por la muerte, de que quedaban aún los hombros desnudos, redondos y mórbidos, y las maravillosas galas y las joyas deslumbrantes, tenía algo de espantoso.
—Te he calumniado—dijo—en el corazón del hombre por quien has muerto; pero tú ya estás donde la verdad resplandece, pobre niña; tú verás que de los que aquí quedan, sólo queda en uno la amarga memoria tuya; yo haré que en los templos de Nápoles se eleven preces por tu alma y por tu descanso; yo rogaré á Dios por ti lo que me quede de vida; y puesto que una prenda tuya me legas, este rizo y mi recuerdo serán lo único que de ti quede algún tiempo sobre la tierra.
Y Quevedo desnudó su daga, cogió uno de los sedosos y pesados rizos de Dorotea, le cortó, le anudó, le guardó en el seno y salió de la alcoba.
—Adiós, fray Luis, adiós—dijo abrazándole—. Hasta que la desdicha nos vuelva á juntar.
—Adiós, don Francisco, adiós, y que Él os de fuerzas para sufrir vuestras amarguras.
Quevedo salió y se encaminó á casa del duque de Lerma, en cuya portería escribió la carta en tres renglones que le abrió paso hasta el despacho del duque.
Recibióle Lerma afablemente y le mostró la carta que acababa de leer.
—Explicadme esto, don Francisco—le dijo.
—La explicación está en estos sangrientos papeles—dijo Quevedo entregando al duque los que llevaba en la mano.
El duque los examinó rápidamente.
Eran los papeles que le había robado el tío Manolillo, y que le tenían sujeto.
—¿Qué precio queréis por estos papeles, don Francisco?
—Yo no vendo seguridades ni en ser soplón he pensado nunca. Lo que quería ya lo tengo, una audiencia vuestra.
El duque se acercó á una bujía y quemó uno por uno aquellos papeles.
—Nada habéis hecho—dijo Quevedo—, si no quemáis también vuestra ambición y vuestra soberbia.
—¡Siempre cruelísimo conmigo! ¿por qué no me ayudáis?
—Porque no quiero.
—¡Breve estáis!
—Tengo prisa.
—¿Y á qué habéis venido?
—A atar unos cabos que si se quedasen sueltos podrían enmarañarnos.
—Veamos.
—Recordad que sangre tenían los papeles que habéis quemado.
—¿Habéis muerto ó herido?...
—He sacado de penas al bufón del rey. Desdichado era y por mí descansa. Allá está en la calle de Don Pedro.
—Bien; no se harán informaciones acerca de esa muerte.
—Necesaria ha sido, y con decir que ha sido necesaria, digo que ha sido justa.
—Bien, bien; el secreto se enterrará con el muerto.
—Hay además en la calle de Don Pedro, esquina á la de la Flor, una casa deshabitada, de cuya puerta es esta llave.
Y Quevedo dió al duque una llave que el duque puso sobre la mesa.
—En esa casa hay una sala ricamente entapizada y con una cena ricamente servida; la vajilla es de plata; los manjares apetitosos; pero cuando mandéis recoger la vajilla y los tapices y los cuadros, advertid que nadie por golosina coma de aquellos manjares. Podría acontecerle lo que á Dorotea.
—¡Cómo! ¡pues qué ha sido de Dorotea!
—Debéis alegraros por lo que toca á vuestra hacienda, aunque la lloréis como cristiano; la Dorotea os tenía apurado; dándose muerte desesperada, os ha librado de apuros y de gastos.
Púsose densamente pálido el duque de Lerma.
—¿Pero quién ha asesinado á... Dorotea?
—Su despecho.
—Su muerte va á causar un alboroto, un escándalo; era muy querida del público.
—Pues ved ahí lo que son las mujeres: ella no ha pensado ni un momento en el escándalo que iba á dar matándose.
—Pero explicadme...
—Ya os he dicho que estoy de prisa; por lo mismo quiero concluir pronto. Que la causa de su muerte se oculte; que su secreto se entierre con la infeliz, como el otro con el bufón.
—Se enterrará, se enterrará. ¿Pero dónde está Dorotea?
—En su casa, en su cama, y orando junto á su cama el bueno del inquisidor general.
—¿Y qué más queréis, don Francisco?
—Quiero real licencia para que partan cuando quieran á Napóles don Juan Téllez Girón, capitán de la guardia española del rey, con su esposa doña Clara Soldevilla, dama de honor de su majestad la reina.
—Pediré la licencia á su majestad.
—Dádmela vos por traslado, que otras más graves reales órdenes se han dado sin que lo sepa su majestad.
El duque, dominado por Quevedo y por la situación, se sentó en la mesa, escribió, firmó, leyó lo que había escrito á Quevedo y luego dobló el papel, le puso un sobre y le selló y le sobrescribió.
—Beso á vuecencia las manos y le doy las gracias—dijo Quevedo tomando el pliego.
Y se encaminó á la puerta.
—No me atrevo á deciros más—dijo el duque—, porque estoy seguro de no reteneros.
—Adiós, don Francisco de Sandoval y Rojas—dijo con un acento singular Quevedo—; plegue á Dios que no paguéis, como me temo, el favor de su majestad.
Y Quevedo salió.
Poco después fué cuando el duque llamó al alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento.
—Tomad—dijo el duque dándole una orden firmada por el rey—; presidente sois desde ahora de la real audiencia de Méjico.
—¡Oh! ¡señor! ¡señor excelentísimo!—dijo doblegándose todo el alcalde.
—Anteanoche me servísteis bien; pero aún os queda que hacerme un último servicio.
—Mandad, señor.
—En la calle de Don Pedro encontraréis un hombre muerto á hierro.
—¿Y quiere vuecencia que se descubra?...
—Por el contrario, quiero que hagáis el proceso de manera que no pueda, ni aun por barruntos, sospecharse quién es el homicida.
—Lo haré, señor.
—Pues id al momento, no dé con el difunto una ronda.
—A tal hora y lloviendo, juraría que no hay un alcalde fuera de su lecho, ni más alguaciles de pie que los que yo traigo.
—Pues id, alcalde, despacháos, depositad el difunto y volved, porque os necesitaré aún.
Cuando el duque se encontró solo, una expresión de contento animó su semblante.
Esto consistía en que se le había quitado una montaña de sobre el corazón, en el momento en que destruyó las pruebas de traición que en poder del tío Manolillo eran su inquietud mortal.
En cuanto á Dorotea, no diremos que el duque se alegrase de su muerte.
Pero el corazón humano es un abismo.
Dorotea era un cocodrilo alimentado con oro.
Le sacrificaba.
Viva Dorotea, no era posible dejarla. ¿Qué se hubiera dicho de la magnificencia del duque de Lerma?
No dejándola, era preciso satisfacer sus gastos.
Por la muerte de Dorotea heredaba Lerma un tesoro.
Esto es, el tesoro que hubiera absorbido Dorotea, si no hubiera muerto.
Y como todo el que hereda cuantiosamente se consuela con facilidad de la pérdida del difunto (en general sea dicho), y como el duque de Lerma salía bien heredado, estaba en unas magníficas disposiciones de consuelo.
Todo se arregló á las mil maravillas, porque el licenciado Sarmiento era hombre que lo entendía.
El tío Manolillo pasó por asesinado por una mano oculta, y con su entierro se terminó el proceso.
Dorotea pasó por muerta de repente en su casa, en su cama; se la hicieron, costeándolos el duque de Lerma, que no podía dispensarse de aquel último gasto, unos ostentosos funerales, y se la enterró según su voluntad, en la iglesia de San Martín, en una sepultura en el suelo, sin piedra ni letrero.
Había cesado de llover y hacía sol.
Un mes después, la duquesa de Gandía recibió por un correo expreso una larga carta del duque de Osuna.
El poderoso grande estaba completamente satisfecho de su hijo y de su esposa, que se amaban con toda su alma y eran felices.
A la carta de Osuna acompañaban una de don Juan y otra de doña Clara.
Aquellas cartas respiraban felicidad.
El autor debe decir, que tal maña se dió Quevedo, que curó á los dos esposos completamente, á él del recuerdo de Dorotea, á ella de sus celos.
Atemos los últimos cabos.
Don Rodrigo Calderón sanó al fin de su herida, y como era necesario al duque de Lerma, éste se guardó muy bien de mostrarse enojado con don Rodrigo.
El incendio de la quinta del conde de Lemos se apagó, pero no se apagó del mismo modo el incendio del corazón de la condesa.
En la primavera siguiente, la condesa de Lemos fué á visitar sus posesiones de Nápoles.
En resumen, ¿cuál de nuestros personajes era la víctima de los sucesos que acabamos de relatar?
La situación de la corte había quedado en el mismo estado que antes; las intrigas seguían, los que antes eran enemigos, seguían profesándose un razonable odio.
Doña Clara tenía á su don Juan.
La condesa de Lemos á su don Francisco.
Dorotea y el bufón habían dejado de sufrir, porque los muertos no sufren.
Doña Ana seguía siendo la maestra de amor del príncipe de Asturias.
El padre Aliaga quedóse más desesperado que lo estaba cuatro días antes.
Unos personajes habían ganado.
Otros se habían quedado como estaban.
¡Pobre Francisco Martínez Montiño! Tú solo, parte paciente de esta historia; tú, pagador constante de pecados ajenos, tú solo fuiste la víctima superviviente á estas aventuras de cuatro días lluviosos.
Su locura se había determinado.
Perdió, por lo tanto, la cocina de su majestad, cuya pérdida no se le indemnizó sino con dejarle un mechinal donde vivía en palacio y una mezquina pensión nominal, porque no se le pagaba.
No le encerraron porque su locura era tranquila.
Consistía ésta en la manía de querer hacer creer á todo el mundo, que detrás de él, siguiéndole, persiguiéndole, engalanada con sedas y joyas, iba constantemente la comediante Dorotea; que cuando se acostaba, Dorotea se sentaba á la cabecera de su cama.
Y esto, que era asunto de risa para la canalla de escalera abajo de palacio, era una verdad para el infeliz.
Veía por todas partes á Dorotea, engalanada, pero lívida, horrible. Huía de sí mismo, pretendiendo huir de ella, en vano; porque la llevaba consigo, porque su locura había dado una forma real á sus remordimientos.
El infeliz se había quedado solo.
Su mujer se había fugado con un nuevo amante, robándole su dinero ahorrado en tantos años, los dos mil doblones que había contenido el cofre de hierro que había traído de Navalcarnero Francisco Martínez Montiño, donde había hallado las pruebas de su nacimiento don Juan Téllez Girón, que éste le había cedido generosamente, y los dos mil ducados que le había legado Dorotea, como precio horrible de su envenenamiento.
Flaco, desnudo, hambriento, acurrucado en la puerta de las cocinas, comiendo de la caridad de los que en otro tiempo habían sido sus oficiales, fué necesario que, informado el duque de Osuna de su miseria, le señalase una pensión decente, le diese aposento cómodo en uno de sus palacios de Madrid, y destinase una persona á su servicio que sólo tenía esta obligación, y la no muy pesada de cuidar de otro personaje de quien no hemos vuelto á ocuparnos desde el primer capítulo de este libro, de Cascabel, del pobre caballo viejo y cojo, sobre el cual había entrado el señor Juan Montiño en Madrid.
Así pasaron algunos años.
El excocinero hablando siempre de Dorotea y viéndola siempre, pero sin nombrar jamás la palabra envenenamiento.
Cascabel, rumiando su pienso cernido en un rincón de las caballerizas del duque de Osuna.
Un día encontraron á Cascabel muerto.
Pocos días después, al entrar por la mañana en el aposento de Francisco Montiño el hombre que le asistía, le encontró sentado sobre la cama, mirando con extrañeza cuanto le rodeaba.
—¡Dónde estoy!—dijo—; ¡y mi mujer! ¡dónde está mi mujer! ¡dónde está mi hija! ¡y tan tarde, y sin haber acudido á las cocinas!
El asistente le creyó más loco que nunca.
Y sin embargo, Montiño había recobrado la razón, pero para morir.
Cuando le dijeron cómo había vivido seis años; que su mujer le había robado y abandonado; que su hija había desaparecido con el paje Cristóbal Cuero; que vivía de la caridad del duque de Osuna, Montiño fué lentamente desplomándose; cuando, por último, le contaron que nombraba continuamente á Dorotea, un grito horroroso, un rugido terrible salió del pecho del desdichado, y cayó sobre el lecho acometido de un vértigo mortal.
Llamóse al padre Aliaga, que no se separó de él, y tanto se esforzaron que le creyeron salvado.
Había dejado el lecho.
Pero el mismo día en que le dejó, en que salió á la calle, le esperaron en vano.
Llegó la noche y tampoco vino.
Al día siguiente se supo que le habían hallado muerto sobre la sepultura de Dorotea.
Aquella sepultura no tenía losa ni nombre.
Montiño no había preguntado á nadie por el lugar de la sepultura de Dorotea.
¿Quién le había llevado á morir sobre la tumba de su víctima?
—¿Quién sabe? una casualidad tal vez.
Tal vez la mano de Dios.
Madrid, 1.º de Mayo de 1858.
FIN DEL COCINERO DE SU MAJESTAD
