PARTE TERCERA EL OCASO DEL HÉROE
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I
Los suplicios de San Sebastián, y cómo los indios flecheros se convencieron de que «el pequeño jefe blanco» no era invulnerable.
Sintióse Ojeda desorientado al perder á Juan de la Cosa.
Cuevas era su confidente íntimo y contaba con la lealtad de Francisco Pizarro para las empresas de guerra; pero le faltaba el consejo y la dirección de aquel amigo paternal, sabio y prudente.
Creyó llegado el momento de seguir sus prudentes indicaciones desistiendo de todo proyecto de colonización en esta parte de Tierra Firme, donde sólo había conocido desastres, y puso su rumbo al golfo de Urabá. Allí buscó el río Darién, del que tanto hablaban los indígenas por su abundancia de oro. Este era el lugar, según La Cosa, más adecuado para la fundación de una colonia. Además, dicho río servía de límite entre su gobernación y la de Nicuesa. Pero, falto de la pericia del célebre piloto, no pudo dar con la desembocadura del Darién, desembarcando en distintos puntos del golfo, siempre en busca de un lugar favorable para establecer su ciudad.
Cada desembarco aumentaba el desaliento de la gente, quebrantada por el desastre sufrido en Yurbaco. Hasta la exuberancia de la vegetación contribuía á aumentar sus inquietudes. Apenas intentaban los españoles avanzar selva adentro, perdiendo de vista el Océano, caían en emboscadas preparadas por los indios, todos ellos flecheros «con hierba», ó sea con las saetas empapadas de mortal veneno.
La fuerza de sus arcos era tal, que conseguían atravesar con sus flechas corazas y escudos. La ventaja del blanco sobre el cobrizo, debida á sus armas defensivas, iba desapareciendo en los frecuentes combates. Únicamente á campo abierto conseguían vencer al indígena, gracias á la audacia agresiva de Ojeda y al valor desesperado con que le seguían todos ellos.
La abundante y feroz fauna del país se oponía también á sus avances. Oían en la selva aullidos de panteras y tigres. No había roca ni matorral que no vomitase ante sus pasos enormes y venenosas serpientes. Al avanzar Cuevas, con varios exploradores, río arriba, un enorme caimán cogió de una pata á uno de sus caballos, arrastrándolo al fondo de las aguas.
Todos sentían la necesidad de descansar, estableciéndose cuanto antes en un punto del golfo de Urabá, fuese cual fuese. Apremiado Ojeda por ellos, escogió una altura situada al Este, desembarcando en dicho lugar todo lo que llevaban las dos naves para el establecimiento de una población; y empezaron á levantarse los primeros edificios.
Esta colonia, la primera ciudad construída en Tierra Firme después de la fugaz colonia de Belén fundada por Colón, recibió el nombre de San Sebastián.
—Ya que el santo mártir—dijo Ojeda—murió atravesado de flechas, que su nombre nos proteja á todos de las saetas ponzoñosas de los salvajes.
El principal trabajo consistió en edificar una fortaleza de madera y una alta empalizada que defendiese la pequeña ciudad.
Después del desastre en el que había perecido Juan de la Cosa la expedición estaba mermada reconociendo. Ojeda que le sería muy difícil defenderse con tan poca gente de las numerosas tribus que empezaban á hostilizarle.
Como los víveres escaseaban, pensó además en la conveniencia de librarse de los cautivos que había hecho en Yurbaco, enviándolos á Santo Domingo. Necesitaba también dar prisa á su socio Enciso para que viniese cuanto antes con más hombres, armas y provisiones.
Quiso enviar á Fernando Cuevas para que acelerase la llegada del bachiller, pero se negó á aceptar tal proposición.
—Quiero quedarme al lado de vuestra señoría—dijo á Ojeda—, sirviéndole como soldado y no como mensajero.
El gobernador hizo salir á la india Isabel para Santo Domingo en el mismo buque que sus enviados, desoyendo las quejas de ella. No la necesitaba como intérprete, por negarse los fieros indígenas del país á recibir heraldos, y era preciso reducir estrictamente, en la nueva ciudad de San Sebastián, el número de bocas, quedando únicamente las personas que estuviesen en disposición de combatir. La compañera de Ojeda fué portadora de una carta para Enciso y en el mismo buque se enviaron los esclavos y el oro cogidos en el saqueo de Yurbaco. Con esta remesa, que no dejaba de ser valiosa, podría Enciso acelerar sus preparativos.
Cuando la colonia de San Sebastián tuvo terminado el fuerte y la empalizada, inició Ojeda el reconocimiento de los terrenos inmediatos, cubiertos de espesas selvas y poblados de tribus hostiles.
Salió al frente de un numeroso destacamento para visitar á cierto cacique de las inmediaciones que tenía fama de ser rico en oro, pero este avance, que el gobernador de Nueva Andalucía había anunciado como una visita amistosa, no pudo ir muy lejos. Apenas penetraron los españoles en una garganta entre montañas de espesa vegetación, viéronse envueltos por una nube de flecheros que disparaban sus saetas envenenadas ocultos en las frondosidades. Unos cayeron muertos instantáneamente, otros se retorcieron en el suelo entre horribles convulsiones.
La flecha ponzoñosa, de un efecto casi instantáneo, acabó por sembrar el pavor entre estos hombres que espada en mano retaban á gritos á los enemigos é iban de un lado á otro sin verlos siquiera. Y mientras tanto, las saetas venenosas llovían sobre ellos, obligándolos finalmente á volver las espaldas, retirándose con el mayor desorden á la fortaleza.
Si no se vieron perseguidos por los indígenas y rematados á golpes de maza fué porque Ojeda, junto con Pizarro, Cuevas y algunos más, retrocedieron dando siempre el rostro, cargando á cuchilladas contra los indígenas que osaban mostrarse.
Tan enorme resultó la desmoralización de los soldados después de tal emboscada, que transcurrieron muchos días antes de que Ojeda pudiese convencerlos de que debían salir al campo otra vez.
Como las provisiones empezaban á escasear, el hambre fué más convincente para ellos que las alocuciones de su jefe, y se aventuraron á salir de nuevo, en pequeñas partidas, por los alrededores de San Sebastián, buscando alimentos más que oro.
En una de estas expediciones, un grupo de españoles volvió á caer en una emboscada de los indígenas, y fué tal su derrota, que los enemigos los persiguieron con ensordecedora gritería hasta corta distancia de las empalizadas de San Sebastián. Muchos quedaron muertos en el bosque y los más de los heridos perecieron dentro de la pequeña ciudad entre horribles convulsiones. Muy pocos conseguían sanar de los flechazos por más que empleaban en su curación diversos remedios, y únicamente se salvaban cuando la saeta recibida había perdido una parte de sus hierbas venenosas. Los que estaban sanos y en disposición de combatir no se atrevían a hacer salidas en busca de víveres, influenciados por el espectáculo de la horrible agonía de sus compatriotas muertos.
Envalentonados los indígenas, se mostraban ya audazmente en el lindero de los bosques inmediatos á San Sebastián. Estos bosques parecían hervir de enemigos que gritaban día y noche, insultando y desafiando á los guerreros blancos con estrepitoso acompañamiento de atabales de madera, caracolas y bocinas. Los más de los blancos sólo podían comer raíces y hierbas recogidas en los campos próximos á la ciudad, bajo el amparo de las armas de fuego de los centinelas, y aun así, no se veían libres del flechazo ponzoñoso.
La mala alimentación y el hambre empezaron á favorecer las enfermedades. Dentro de la ciudad fallecían todos los días algunos de sus defensores. En dos ocasiones, al vigilar Cuevas por las noches las empalizadas, encontró á varios centinelas muertos de debibidad.
Una resignación fúnebre empezaba á apoderarse de los menos enérgicos. Deseaban morir, viendo en la muerte el único medio de librarse de esta situación desesperada. Solamente Ojeda y sus más íntimos conservaban una férrea voluntad para hacer frente á los enemigos.
Era el mismo gobernador de Nueva Andalucía quien se encargaba de salir á forrajear al frente de un grupo, lo mismo que un subalterno, peleando todos los días con los indios para la conquista de un puñado de alimentos. Cuevas se acordaba del asedio sufrido años antes en el fuerte de Santo Tomás; pero estos tiradores de flechas envenenadas resultaban más terribles que los guerreros de Caonabo, hábiles únicamente para batirse cuerpo á cuerpo.
Empezó á difundirse entre las tribus vecinas á San Sebastián el prestigio heroico del «pequeño jefe blanco», dotado de una agilidad y una fuerza sorprendentes. Él solo mataba, durante las salidas, más enemigos que todos sus soldados. Pasaba á través de las flechas sin que ninguna le alcanzase. Encontraban siempre el obstáculo de su movedizo escudo, clavándose en él como si las atrajese. Todo esto creaba en torno á su figura un ambiente maravilloso.
Algunos indios llevados como prisioneros á la ciudad y luego fugados de ella habían referido á sus compatriotas lo que contaban los soldados de don Alonso, convencidos todos de que su jefe gozaba de una protección sobrenatural. La Virgen que llevaba con él le había hecho invulnerable, y los indios empezaron á creer en la influencia milagrosa de este ídolo de los blancos.
Concentraban los caciques enemigos toda su atención en el ágil é intrépido adversario, olvidando á los otros invasores. Querían convencerse de que verdaderamente era un ser extraordinario, protegido por los dioses, y emboscaron á cuatro de sus mejores arqueros en el límite de la selva, frente á la ciudad, con orden de no apuntar mas que al «pequeño jefe blanco», mientras un grupo numeroso salía á campo abierto con ruidosa gritería y gran estrépito de caracolas y atabales, desafiando á los españoles.
Cuevas, que estaba en lo alto de la fortaleza, presintió lo anormal de este reto á pecho descubierto en una gente que prefería siempre la emboscada. Ojeda, furioso por esta nueva insolencia de los enemigos, se puso media armadura y tiró de su espada, llamando á gritos á todos los que estuviesen prontos para seguirle.
—Téngase vuestra señoría—gritó Cuevas—. Me da en la nariz que todo esto es añagaza para llevarle adonde tienen preparada su muerte. Quédese y yo iré á buscarlos con la gente.
El intrépido Caballero de la Virgen no consentía, en momentos de peligro, oir á sus subordinados ni superiores, y poco después estaba ya en campo raso, corriendo con la espada en alto contra los enemigos.
Huyeron los indígenas hacia el lugar donde estaban emboscados los arqueros, y Ojeda los persiguió con el encarnizamiento de siempre, adelantándose á los demás blancos, valido de su sorprendente ligereza.
Así llegó cerca del escondrijo de los cuatro flecheros, y éstos dispararon. Tres de las saetas las paró su escudo, clavándose en éste, pero la cuarta le atravesó un muslo, haciéndole doblar la rodilla.
Por primera vez en toda su vida el guerrero invulnerable supo lo que era sentirse herido, y sus ojos conocieron el color de la propia sangre saliendo de un profundo desgarrón de su cuerpo.
Orgullosos y alegres los guerreros salvajes al verle herido, huyeron lanzando gritos de triunfo. Celebraban la doble derrota del temible adversario y de su ídolo protector.
Cuevas, que había visto todo esto desde la ciudad, corrió al encuentro del grupo que traía á don Alonso sentado en dos lanzas cruzadas.
Estaba pálido y parecía sufrir una gran angustia. Fernando creyó ver un don Alonso de Ojeda completamente nuevo. No era efecto del dolor material de la herida, ni tampoco que por primera vez en su existencia temiese á la muerte. Su desaliento era un reflejo de la gran decepción moral que acababa de sufrir. El hechizo que hasta entonces le había hecho invulnerable quedaba deshecho para siempre.
No podía dudar del poder de aquella Nuestra Señora que le acompañaba á todas partes. Si le habían herido por primera vez, era simplemente porque ella le retiraba para siempre su protección á causa de sus pecados.
Apenas se vió en el fuerte, tendido en el lecho, volvió á recobrar su fiera energía. Recordó la muerte horrible de muchos de sus compañeros, ocasionada por la ponzoña de las flechas. Un caballero como él no podía morir lo mismo que un perro rabioso.
El síntoma principal del envenenamiento era un frío agudísimo en la herida que atravesaba las carnes como un taladro. Ojeda empezaba á sentirlo, y siguiendo una inspiración tan brutal como lógica, ordenó un remedio que sólo él podía soportar. Cuevas, que estaba junto á su lecho, se hizo atrás, sorprendido y aterrado, al escuchar sus órdenes.
El Caballero de la Virgen exigía que enrojeciesen inmediatamente en una hoguera dos planchas de acero de una armadura y se las aplicasen á ambas bocas de la herida. La flecha la había extraído de su muslo el esforzado caballero en el mismo lugar del combate, sin que su rostro reflejase el menor dolor.
Cuevas se mostró por primera vez reacio á obedecer á su jefe. El cirujano de la expedición apoyó á Fernando en sus protestas.
—Amo demasiado—dijo—al señor gobernador para ser su asesino.
—Y yo os juro—contestó Ojeda con furia—que si no me obedecéis inmediatamente os haré ahorcar.
Fué Cuevas, bien enterado de la terrible voluntad de su protector, quien ayudó al aturdido cirujano en la tarea de calentar hasta el rojo blanco las dos piezas de acero. El mismo herido dirigía la operación, sin permitir que Cuevas y Pizarro le mantuviesen sujeto para evitar las convulsiones y saltos de este achicharramiento voluntario.
No profirió un grito, ni hizo el más leve gesto, cuando las planchas candentes, sostenidas con tenazas, le fueron aplicadas en el muslo á las dos bocas de la herida. Un olor de carne tostada se esparció por la habitación, haciendo volver á muchos el rostro, mientras Ojeda continuaba impasible, no permitiendo que retirasen el terrible cauterio hasta que él lo dispuso.
Tal fué después la angustia causada por dicho suplicio, que él mismo pidió que lo envolviesen en una sábana empapada continuamente en vinagre, para templar con su frescura el ardor que la cura brutal había esparcido por su cuerpo. Todo un barril de vinagre fué consumido en esta operación bárbara, inventada por el duro soldado.
Movía los hombros el cirujano con expresión de incredulidad, al mismo tiempo que admiraba el coraje de su jefe. Cuevas también dudaba del éxito de esta original curación. Y todos fueron viendo con asombro, en días sucesivos, cómo Ojeda empezaba á reponerse.
Fernando explicaba á su modo la invención de su protector.
—Es el fuego—dijo—quien consumió el veneno, haciendo desaparecer su frialdad mortal. Pero sólo un don Alonso de Ojeda puede curarse así.
Francisco Pizarro mostraba menos credulidad. Tal vez el caballero, siempre amparado por la Virgen en su diaria batalla con la muerte, había tenido la fortuna de que la flecha llevase perdida gran parte de su ponzoña antes de tocarle.
Los defensores de San Sebastián permanecieron inactivos durante la enfermedad de su jefe. Luego le vieron fuera de peligro, pero muy débil, incapaz de tomar las armas, lo que aumentaba el desaliento general. Era el único que sabía infundir valor á los débiles y sostener la voluntad de los enérgicos, mostrándose en todas partes. Cada soldado, al verle, creía seguir á un poderosísimo ejército.
Oculto durante muchos días é imposibilitado de moverse, la ciudad parecía un cuerpo muerto. No quedaba ya quien pensase en avanzar tierra adentro. Su única esperanza la ponían todos en el mar, esperando el socorro que debía traerles el bachiller Enciso. Pero el Océano manteníase siempre desierto, sin que la más pequeña vela asomase, como la punta de un ala, sobre la línea monótona del horizonte.
Una mañana, cuando más general parecía el desaliento, un vigía colocado en lo alto del torreón de madera de la fortaleza llegó corriendo en busca de Cuevas, encargado de la defensa de San Sebastián durante la enfermedad del gobernador.
—¡Nave á la vista!—dijo jadeando de emoción—. El Alcalde mayor, que viene de Santo Domingo con el socorro.
Cuevas pensó lo mismo. Este buque sólo podía ser fletado por el bachiller Enciso.
Cuando después de haber anclado frente á la colonia su capitán y tripulantes bajaron á tierra, éstos declararon que venían de la Española con cargamento de víveres, pero Enciso no había intervenido para nada en su viaje.
Conocía Cuevas á todos los habitantes blancos de Santo Domingo. Como él y Lucero figuraban entre los más antiguos pobladores de la isla, su memoria era á modo de un registro de nombres y fisonomías, comprendiendo en él á cuantos habían llegado á la Española, con todas sus cualidades y defectos.
Inmediatamente reconoció al capitán de la nave, un tal Bernardino de Talavera, que figuraba entre los más desvergonzados aventureros, siendo mal visto, á causa de sus disolutas costumbres, hasta por las gentes que se reunían en las Cuatro Calles.
—¿Cómo puede este mal hombre—dijo á Pizarro—mandar un navío de su propiedad? Siempre le conocí lleno de trampas y dispuesto á apoderarse de la hacienda de los otros.
A pesar de su mala opinión, lo condujo adonde estaba Ojeda, por negarse Talavera á tratar con otro que no fuese el gobernador.
La vida de azares y aventuras en esta tierra, lejos del núcleo de civilización creado en Santo Domingo, parecía dar mayor audacia á los malvados y una tolerancia forzosa á los que se veían obligados por las circunstancias á recibir su auxilio. Talavera y los hombres que venían con él relataron á las pocas horas, con un cinismo tranquilo, el deshonroso origen de su viaje, oportuno y criminal á la vez.
Bernardino de Talavera iba á ser llevado á la cárcel en la isla Española, por su conducta desordenada y por sus deudas, cuando llegó al puerto de Santo Domingo el buque cargado de esclavos y con gran provisión de oro que Ojeda enviaba á Enciso, después de establecerse en San Sebastián. Como ocurría siempre en todas las expediciones, los del buque, al verse en Santo Domingo, daban al olvido las penalidades sufridas, haciendo exageradas descripciones de la riqueza de la nueva ciudad fundada por el gobernador de Nueva Andalucía. El bachiller Enciso y también la india Isabel procuraron fomentar estos informes engañosos, para el mejor éxito de la expedición de socorro cuyos preparativos estaban terminando. El número de esclavos y la cantidad de oro se multiplicaron ante los ojos absortos de los aventureros que no habían querido ir allá.
Hombre audaz, Bernardino de Talavera formó inmediatamente el proyecto de huir de sus acreedores, yéndose á la nueva colonia. Faltaban recursos á Ojeda, y él pensaba llevárselos, seguro de que tal servicio lo acogería afablemente don Alonso. Éste, como todos los hombres de combate, apreciaba á los osados, sin pararse mucho á considerar sus condiciones morales.
Comunicando sus proyectos á otros desesperados como él, llegó á reunir setenta aventureros de la peor especie, todos perseguidos por la justicia á causa de sus fechorías, sin dinero, sin crédito, con tanto valor y astucia como falta de conciencia. Se enteraba Talavera de que un buque propiedad de un mercader genovés estaba al ancla frente al cabo Tiburón, al Este de la isla Española, cargado de tocino y pan de cazabe para Santo Domingo. La ocasión no podía ser más oportuna para el viaje á San Sebastián. Ya tenían preparado el buque, con abundante cargamento de víveres; sólo les faltaba apoderarse de él.
Talavera y sus setenta hombres salieron en distintas partidas para despistar á la autoridad, reuniéndose después de varias jornadas de marcha en las inmediaciones del cabo Tiburón, y les fué fácil sorprender á los escasos tripulantes de la nave del genovés, apoderándose de ella, levando anclas y soltando el velamen.
Ninguno de ellos era hombre de mar, y Talavera, improvisado capitán, resultaba el más ignorante de los pilotos.
Ojeda, que gustaba por instinto de todo lo que representase peligro y aventura, escuchó complacido el relato de este pirata.
—Le tengo por grandísimo pícaro—dijo al quedar solo con Cuevas—, pero esto no impide que vea yo en su viaje la mano de la Providencia. Sólo así puede comprenderse que unos hombres que ignoran las cosas de la navegación hayan podido venir en derechura hacia nosotros. Debe ser mi Virgen quien ha conducido derechamente á San Sebastián tan flojos y malos marineros.
Y sus ojos, que hasta entonces habían mirado al cuadrito de la Virgen con una expresión de humildad y de extrañeza á la vez, cual si se considerara abandonado de ella para siempre después de su herida, volvieron á fijarse en la milagrosa imagen con una expresión de agradecimiento.
Se mostraron ásperos y discutidores Talavera y su gente en la venta del cargamento, como si éste les hubiese costado mucho. Al fin, convencidos de que Ojeda no tenía más oro que el ofrecido por Cuevas, accedieron á desembarcar las provisiones.
El reparto de los víveres produjo un trastorno en San Sebastián. Los mismos que se habían mostrado sumisos y modestos en días de hambre protestaron del reparto que hacía el gobernador, encontrándolo excesivamente parco. Comentaban audazmente los más quisquillosos las explicaciones dadas por Cuevas, alegando que don Alonso hacía esto por previsión, deseoso de que los víveres durasen más tiempo, hasta que llegase el bachiller Enciso.
—El gobernador quiere guardar la mejor parte de alimentos para él—decían los más inquietos—. Desde que le dieron el flechazo parece otro hombre. Se acuerda de que le predijeron, siendo mancebo, que moriría de hambre, y guarda provisiones para ponerse á seguro de tal peligro.
El contacto con la mala gente de Talavera quebrantó la disciplina. Muchos empezaban á hablar de volverse á la Española en el buque de los piratas.
En vano los amigos del gobernador anunciaban todos los días la próxima llegada de Enciso, como si tuviesen avisos misteriosos de ella. Los soldados pasaban las horas mirando al mar, sin ver nunca el buque prometido. Empezaban á agotarse las provisiones traídas por Talavera, no obstante las economías del gobernador. Volvió á reanudarse la mortalidad diaria por las enfermedades que originaba el hambre. Unas veces Cuevas y otras Pizarro, hacían saber al gobernador los avances de un complot de sus gentes para escaparse á la Española en el buque de Talavera.
Don Alonso, que ya paseaba por la ciudad, procuró alentar con sus palabras y su presencia á todos los que le habían seguido desde Santo Domingo, intentando hacer revivir en ellos el entusiasmo admirativo y el respeto supersticioso que antes sentían por su persona.
Se consideraba en el momento decisivo de su vida. Una noche, hablando á solas con su fiel Cuevas, le dijo en dolorosa confidencia:
—Si el bachiller no viene á socorrernos, es segura nuestra pérdida; pero ni aun así me resolveré á abandonar la empresa. En esta tierra está nuestra esperanza de hacernos ricos y de mandar. Si nos vamos de aquí pobres y derrotados, ¿cómo obtener otro mando y encontrar crédito para nuevos viajes?...
Al hablar con sus gentes hacía esfuerzos para transmitirles su férrea voluntad.
—Es locura, hermanos—decía—, dejar esta tierra cuya posesión tanto nos cuesta. Sólo necesitamos que llegue el refuerzo del bachiller para dominar los países circunvecinos y adueñarnos de sus riquezas.
Viendo, á pesar de tales razones, crecer en torno suyo la desconfianza y la indisciplina, apaciguó á sus hombres con una inesperada proposición.
—Yo mismo iré á Santo Domingo—dijo—en busca del socorro. ¿Os place así?...
Todos aceptaron con entusiasmo. Confiaban en su energía, su influencia y su habilidad. La llegada de los auxilios resultaba indudable si era Ojeda en persona quien iba á buscarlos. Y los defensores de San Sebastián hicieron un convenio público con su jefe, siguiendo un régimen democrático que en la vida de estos conquistadores de un mundo nuevo volvió á reaparecer siempre que las operaciones militares no exigían el despotismo de una autoridad única.
Francisco Pizarro quedaría mandando la colonia como teniente de Ojeda, hasta que llegase el abogado Enciso, superior á aquél por tener el cargo de Alcalde mayor. Pizarro y su gente permanecerían en San Sebastián cincuenta días, y si concluído dicho plazo no recibían noticias de Ojeda, ni llegaba Enciso, quedaban en libertad para abandonar la colonia y volverse á la isla Española.
Dejó Ojeda dos bergantines, último resto de su armadilla. En ellos podían trasladarse á Santo Domingo los habitantes de San Sebastián cuando el plazo fijado terminase. Él haría el viaje en el barco genovés robado por los piratas.
Bernardino Talavera y su banda deseaban marcharse cuanto antes de San Sebastián, donde morían tantos hombres. Habían venido con la esperanza de grandes riquezas, y hallaban solamente hambre y enfermedades. No podían salir de las empalizadas por la parte de tierra sin oir el silbido de las terribles flechas venenosas.
Les parecía preferible volver á Santo Domingo, aunque allá les esperase la cárcel. Pensaban ya con nostalgia en las miserias sufridas entre los hombres de su raza, más llevaderas que las mortales carestías en esta costa salvaje.
Como Talavera y muchos de los suyos admiraban á don Alonso, atribuyéndole una poderosa influencia en Santo Domingo, tenían la confianza de que éste conseguiría su perdón de las autoridades de la isla Española, haciendo valer que gracias á ellos había podido salvarse la colonia de San Sebastián de ser totalmente destruída por el hambre.
Mostró empeño Cuevas en seguir á su capitán. Pizarro se bastaba para gobernar á la gente y él sería una boca más en la ciudad hambrienta. Le inspiraba también inquietud que un caballero activo y de carácter arrebatado como don Alonso hiciese solo tal viaje en un buque de bandidos.
—Mejor es que seamos dos—dijo—, y vuestra señoría debe no olvidar la mala laya de nuestros compañeros de travesía, procurando tener paciencia para sufrirlos.
Consejo inútil. El Caballero de la Virgen, pálido, débil y cojeando á consecuencia de su herida, volvió á mostrar la misma arrogancia de otros tiempos.
Entró en la nave robada como si tomase posesión de ella, dando órdenes á su tripulación de pícaros para que levasen anclas y desplegasen el velamen, con el acento imperioso de un jefe que no duda de verse obedecido.
Presenció Cuevas cómo estando don Alonso en lo alto de la popa, se volvía imperiosamente hacia Bernardino de Talavera, que acababa de colocarse junto á él, cual si pretendiese compartir su autoridad, mezclando sus órdenes con las del otro.
Como en todos los momentos culminantes de la vida de Ojeda, le pareció á Cuevas que «el pequeño jefe blanco» crecía extraordinariamente, dominando con su mirada autoritaria al hombre que tenía al lado.
—Talavera, ¡abajo con los otros!—ordenó, señalando los grupos de hombres que estaban en torno del palo mayor—. Donde está don Alonso de Ojeda no puede haber otro capitán.
II
Donde Ojeda es á la fuerza capitán de piratas, abandona para siempre á su Virgen, y pasan sus compañeros por las más horrendas aventuras, para acabar en la horca.
Obedeció Talavera, intimidado por la autoridad natural de aquel hombre acostumbrado al mando, y bajó de la popa para confundirse con sus camaradas.
Aquel día no pasó nada más, por mostrarse todos interesados en que don Alonso, que era á bordo el único enterado del arte de navegar, colocase bien el velamen y enderezase el rumbo; pero á la mañana siguiente ocurrió lo que esperaba Cuevas.
Bernardino de Talavera, soliviantado por los suyos, subió al alcázar de popa que Ojeda se había reservado como vivienda propia. Quería mandar en la nave lo mismo que don Alonso, ó tal vez más, por ser él quien la había traído. No pudo, sin embargo, continuar, quedando cortada su reclamación por el impetuoso gobernador de Nueva Andalucía.
—Lo que tú has hecho es robarla—gritó tuteándole—; pero hay un medio de zanjar el pleito inmediatamente. Desenvaina, y el que quede con vida que sea el jefe.
Desnudó en seguida su espada, marchando contra Talavera, que hizo lo mismo. Pero el pirata sabía que estaban á sus espaldas los setenta hombres compañeros de su criminal aventura.
En un momento don Alonso y Cuevas se vieron envueltos por esta manga de enemigos, sin espacio para moverse, abrumados por el número, y tuvieron que ceder, perdiendo sus espadas.
Inmediatamente les pusieron cadenas á los dos y los encerraron debajo de las habitaciones del alcázar de popa, en una obscura camareta cuyo único respiradero era la reja que servía de puerta.
No perdió Ojeda su agresivo orgullo al verse encerrado y á merced de aquella gente; antes al contrario, sus voces subieron de punto, y cada vez que se aproximaba á la reja alguno de los tripulantes, lo acogía con insultos.
—¡Traidores! ¡ladrones!—gritaba—. A todos vosotros os desafío, uno á uno, ó dos, ó cuatro á la vez, como queráis. Decidle á Talaverilla que venga. Seguramente no osará ponerse ante mis ojos.
Y no se equivocaba don Alonso. Tal era su renombre de valiente, que todos aquellos forajidos se alejaban en seguida de la reja, influenciados por la admiración que siempre les había inspirado el héroe. Talavera, objeto de sus continuos insultos, había tomado el partido de callar y permanecer invisible, conservando encerrado al temible caballero mientras durase el viaje.
Don Alonso y Cuevas no conversaban con otra persona que el encargado del fogón de la nave, quien les traía su comida, igual á la de los otros.
Pasados cuatro días, esta tranquila navegación se vió cortada por una gran tempestad. Talavera y su gente, que no eran marinos é ignoraban absolutamente los peligros de los mares tropicales, perdieron en seguida su arrogancia, no sabiendo qué hacer. Sólo se les ocurrió amainar la mayor parte de las velas, dejando la nave casi á palo seco; pero las corrientes eran impetuosas y temían ser llevados por ellas contra ocultos escollos.
Muchos de los forajidos, recordando lo experto que era don Alonso en las cosas del mar, é impulsados por el pánico, fueron á suplicarle en su encierro que tomase el mando del buque, poniéndole en el acto en libertad. Lo mismo hicieron con Cuevas, considerado igualmente como hábil nauta, por haber figurado en el primer viaje de descubrimiento.
Ojeda y su protegido se encargaron de la dirección de la nave, convenciéndose poco después de que sus esfuerzos iban á resultar inútiles para llegar á la isla Española. Durante su prisión, la impericia de sus enemigos, las corrientes encontradas y el huracán habían inclinado el rumbo hacia Occidente, y les sería imposible, en medio de la tormenta, enderezarle otra vez á Santo Domingo.
Flotó muchos días la nave, como un tapón de corcho, á merced de las corrientes del golfo, siendo continuo el peligro de irse á pique á causa del mal estado del casco. Cuba era la tierra más próxima, y Ojeda dirigió finalmente su rumbo á la parte Sur de dicha isla.
Al tocar el buque en una playa desierta se abrió, no pudiendo resistir más golpes la trabazón de sus maderos, y los tripulantes tuvieron que abandonarlo, trasladando á tierra cuantos víveres pudieron llevarse á cuestas.
Cuba estaba aún en estado salvaje. Sólo dos años antes habían bojado completamente sus costas los marinos españoles, demostrando para siempre que era una isla, como marcaba Juan de la Cosa en su mapa y como lo habían asegurado los indígenas desde el primer momento, no la punta oriental de Asia, como afirmaba Colón. Su interior permanecía inexplorado, y para este grupo de náufragos, faltos de recursos, representaba la más peligrosa de las empresas meterse isla adentro, á través de los bosques, hasta las montañas que veían desde la playa.
En el primer momento, al pisar tierra, todos aquellos bandoleros se resistieron á obedecer á don Alonso. Ya no era indispensable para que dirigiese la nave. Talavera intentó recobrar su autoridad de jefe de partida. Ojeda y Cuevas iban á verse otra vez presos y maltratados. Mas no tardaron en convencerse de que los peligros que les esperaban en esta tierra salvaje eran tan grandes como los riesgos del mar, y necesitaban un jefe intrépido y experimentado como el famoso Caballero de la Virgen.
Muchas de las tribus cubanas eran pacíficas, sin otra preocupación que el cultivo de los campos; pero numerosos indígenas de Haití, huyendo de la esclavitud que les imponían los blancos en su isla, se habían refugiado en Cuba, y apenas veían desembarcar algún grupo de marineros españoles para hacer agua ó leña, se apresuraban á atacarlo, creyendo que venían para darles caza y llevarles cautivos adonde estaban sus antiguos amos. Su odio á los blancos lo habían transmitido á los habitantes de Cuba, y apenas intentaron los de Talavera una marcha tierra adentro, viéronse recibidos á flechazos.
Después de aquel fracaso se apresuraron á devolver sus armas á Ojeda y Cuevas, reconociendo á don Alonso por jefe, y le siguieron en su marcha hacia el Este.
Tenía Ojeda la inaudita pretensión de caminar toda la isla hasta su extremo oriental para ir desde ella en canoa á la inmediata isla Española, atravesando á continuación gran parte de esta última hasta entrar en la ciudad de Santo Domingo. Menos don Alonso y Cuevas, todos sabían que al final de tal viaje de meses y meses, lleno de peligros, les esperaba la horca, y sin embargo, lo emprendieron como si fuesen en busca de la felicidad. Tanto era su deseo de volver á la vida civilizada.
El hábil capitán se dió cuenta de que con aquellos hombres no podía atacar á ninguna tribu de costumbres guerreras, y se propuso evitar la entrada en las poblaciones. Los guió siempre por el litoral, atravesando anchas y desiertas llanuras, llamadas sabanas, y bosques que llegaban hasta el mar. Esta marcha por la costa Sur de Cuba, completamente desconocida de todos ellos, sin más víveres que los que podían llevar á cuestas, se desenvolvió bien durante los primeros días. Luego fué notando Ojeda con inquietud que los bosques se retiraban del mar, y las sabanas cubiertas de hierbas y plantas trepadoras perdían dureza bajo sus pies, transformándose gradualmente en pantanos.
El suelo, cada vez más blando y resbaladizo, parecía huir de sus pies, hundiéndose los caminantes hasta la rodilla en un lodo infecto.
—Esto no puede ser muy largo—gritaba Ojeda para animar á su gente—. ¡Adelante, por Santiago!... Ya veo la tierra firme.
Creía de buena fe ver á lo lejos praderas de suelo duro, iguales á las que habían dejado atrás, pero su verde engañoso sólo cubría un barro temblón y profundo.
Después de ocho días de marcha se convencieron de que estaban metidos en una interminable marisma, marchando siempre con agua hasta la cintura. Para que su situación fuese más angustiosa, el agua era salobre, lo que les hacía sentir con mayor intensidad el rabioso tormento de la sed.
De tarde en tarde el líquido parecía menos salado, bebiéndolo todos con avidez. Era que un río descendía desde las alturas del interior, perdiéndose en la ciénaga, sin desembocadura directa al mar. Su corriente abría en el barro un cauce profundísimo, los caminantes perdían pie instantáneamente, y los que no sabían nadar se ahogaban, sin que sus compañeros pudiesen auxiliarles.
Cada jornada iba marcando la desaparición de varios hombres. Economizaban las raciones sacadas del buque—pan de cazabe y queso—, aprovechando las raíces que podían encontrar; pero esta alimentación, deficiente en el curso de una marcha siempre por el agua, iba aumentando el número de las víctimas.
Cuando les acometía el sueño ó sentíanse abrumados por la fatiga, se acostaban en las raíces entrelazadas de los manglares, sobre la superficie acuática. Durante estos descansos, Ojeda y Cuevas contaban silenciosamente el número de hombres que les rodeaba, cada vez menor. El continuo peligro y la proximidad de la muerte hacían á todos cruelmente egoístas.
—¡Hermanos, á mí! ¡La Virgen me proteja!—gritaba á sus espaldas una voz angustiosa.
Era un hombre que se hundía repentinamente en el cieno. Poco después ya no podía gritar, por llenársele de agua la boca. A continuación su cabellera flotaba sobre la líquida superficie como una planta acuática... Y desaparecía para siempre.
Todos eran sordos; nadie volvía la cabeza. Los más fuertes sólo conocían un deseo: marchar y marchar, cuanto les fuese posible, para salir de esta marisma en la que llevaban avanzando quince días, siendo ya locura el pensar en retroceder.
Cada día el agua era más profunda y el suelo menos firme. Las raíces comestibles escaseaban y el pan de cazabe lo había corrompido la humedad.
El jefe era el único que conservaba su energía, marchando el primero para indicar el camino. Ágil nadador, librábase todos los días de la muerte, y conseguía con sus indicaciones que se fuese salvando de los peores pasos aquella expedición, cada vez más mermada y miserable.
Admiró Cuevas como nunca las energías de este hombre extraordinario. Algunas veces, entregándose á la desesperación, se negaba á seguir adelante. Quería morir. Pero la voz del jefe reanimaba su voluntad.
—¡Acuérdate de tu mujer y de Alonsico!... Un hombre, mientras vive, no debe desesperar del auxilio de Dios.
Habían perdido casi todas sus armas en esta marcha por el agua y el fango. Sólo unos cuantos conservaban las espadas, empleándolas como bastones.
Ojeda llevaba en su mochila la pequeña imagen de la Virgen, y cuando hacían alto en algún bosque acuático de manglares, sacaba el cuadrito, lo colocaba entre las ramas y se inclinaba ante él, rezando en voz alta para implorar el auxilio de su protectora. Cuevas hacía lo mismo; y terminadas las oraciones, le decía don Alonso con acento de excusa:
—¡En qué mal paso te metiste, Fernando, por tu empeño en seguir mi suerte!...
Como imploraba con frecuencia el amparo de la Virgen, aquella mala gente que le seguía, obedeciéndole á la fuerza, lo imitó por impulso supersticioso, rezando todos finalmente con verdadera devoción ante la tablita pintada en Flandes y comprada por un obispo español.
Propenso don Alonso al misticismo y á las intervenciones sobrenaturales, buscó una explicación de esta dura prueba á que le sometía su protectora. Llevaban ya veinticinco días marchando por el agua y el barro, siempre hundidos hasta el pecho, ó teniendo que nadar y agarrarse á los mangles para no verse sorbidos por el légamo. Esta marisma no iba á terminar nunca. La desesperación sugirió á Ojeda que todo ello era advertencia de la Virgen, fatigada de que él la llevase de un lado á otro, por tierras extrañas y á través de los mayores peligros.
—Yo os prometo, Señora—dijo á gritos el héroe—, que si nos sacáis con vida de tanta agua y tanta tembladera, os erigiremos una capilla en el primer pueblo de indios adonde lleguemos, y allí os dejaré para que seáis adorada por los gentiles.
Cuevas, que murió de viejo, nunca pudo borrar de su memoria este largo y horrible viaje á través de las ciénagas de Cuba. Hablando años después en Santo Domingo con fray Bartolomé de las Casas, el célebre obispo, defensor de los indios, que se ocupaba en escribir la historia de la conquista de las nuevas tierras, éste le dijo así:
—Los padecimientos de los españoles en el Nuevo Mundo exceden á los que han sufrido los hombres de todas las naciones; pero los de Ojeda y las gentes que ibais con él superan á los demás.
Emplearon treinta días para atravesar esta marisma, de unas treinta leguas de extensión. Los bejucos, raíces y lianas eran á veces tan espesos, que necesitaban un día para hacer menos de una legua de camino, pero los mismos obstáculos les servían para mantenerse sobre el agua y el suelo movedizo.
En los últimos días de marcha la mortandad fué aumentando. Era tal el hambre y la fatiga, que muchos se dejaban caer para ahogarse voluntariamente. Otros, no pudiendo avanzar más, sentábanse sobre las raíces de un manglar cerrando los ojos:
—¡Dejadme, hermanos! No os ocupéis de mí.
Y esperaban inmóviles la llegada de la muerte. Su recomendación era inútil. Nadie pensaba en ellos.
Ojeda, con los más ágiles y vigorosos, continuaba avanzando á través de los obstáculos, hasta que al fin, pasados treinta días, sintieron bajo sus pies una tierra cada vez más firme. Luego marcharon por un sendero seco, llegando finalmente á una aldea india, en cuyas inmediaciones se tumbaron, no pudiendo ir más adelante, como si su energía les hubiese abandonado al verse en lugar seguro.
El cacique, llamado Cueybas, era hombre de paz, lo mismo que sus súbditos, mostrando asombro todos al saber que estos hombres blancos habían atravesado de un extremo á otro aquella marisma donde sólo se aventuraban ellos en casos de inevitable necesidad.
Los destrozados viajeros fueron conducidos á las cabañas, dándoles abundantemente de comer y beber, mientras el cacique ordenaba que otros de su tribu registrasen las marismas para traer á hombros á los españoles que encontrasen aún con vida.
Cuando repuesta su energía hizo Ojeda recuento de su gente, vió que de setenta y dos hombres que habían desembarcado un mes antes, sólo quedaban treinta y cinco, figurando entre éstos Bernardino de Talavera.
Al restablecerse completamente de sus fatigas, quiso don Alonso cumplir su voto á la Virgen. Le causaba honda pena separarse del milagroso cuadro, pues atribuía al mencionado voto el que la imagen le hubiese sacado finalmente de tantos peligros.
Tuvo varias entrevistas con el cacique, explicándole como pudo, gracias á las palabras aprendidas en Haití y á la intervención de Cuevas, más ducho en la lengua indígena, los misterios de la religión católica y lo que era la madre de Dios.
El indio lo acogía todo con movimientos respetuosos de cabeza. Lo que más le entusiasmaba era lo belleza del ídolo de los blancos y los brillantes colores que el pintor flamenco había fijado para siempre sobre la pequeña tabla.
Con unas mantas de algodón tejido arregló Ojeda una capilla en la choza del cacique, colocando la imagen sobre una mesa, á guisa de altar.
Pasaron dos semanas más, durante las cuales fueron recobrando fuerzas los tristes expedicionarios, pudiendo al fin reanudar su marcha.
Cuando el Caballero de la Virgen se arrodilló por última vez ante su imagen, empezó á sollozar. Iba á separarse para siempre de su protectora de tantos años. ¡Quién podía saber lo que le reservaba el porvenir al alejarse de esta imagen que le había mantenido incólume á través de tantos desafíos y guerras!...
Cuevas tuvo que infundirle ánimos y tirar de él para que se decidiese á abandonar su Virgen.
Mucho tiempo después, el padre Las Casas, al viajar por Cuba, encontraba aún en el pueblecito del cacique Cueybas la capilla hecha por Ojeda y su cuadro de la Virgen. El célebre religioso decía misa ante ella, é inquieto el cacique al ver que deseaba apropiarse la imagen del «pequeño jefe blanco», sustituyéndola con otra mejor, la ocultaba en el bosque y nadie volvía á verla.
Una partida de indios proporcionada por Cueybas guió ahora á Ojeda á través de los desiertos, llevando además todos los de la expedición abundantes víveres en sus mochilas.
Así llegaron á un lugar de la costa Sur de Cuba, que era el más próximo á la isla de Jamaica. En este territorio, llamado Macaca, el cacique, al que había sido recomendado por Cueybas, dió la noticia á don Alonso de que una partida de españoles se había establecido en dicha isla al mando de un capitán llamado Juan de Esquivel.
Resucitó en la memoria de don Alonso su vida y sus rivalidades en Santo Domingo. Este Esquivel era el capitán que había enviado el virrey don Diego Colón para que se posesionase de Jamaica á viva fuerza, y al que juró él cortarle la cabeza.
—Veo, Fernando—dijo con melancolía, al recibir tal noticia—, que mi destino es tener que humillarme ante las personas que ofendí.
Recordó su desafío á Nicuesa, que meses después lo salvaba de la muerte en la terrible jornada donde pereció Juan de la Cosa. Ahora tenía que pedir auxilio al hombre que había jurado decapitar si se posesionaba de Jamaica. Gracias á dicha toma de posesión, él y sus acompañantes iban á salir de Cuba, que ya les iba pareciendo un encierro del que nunca podrían salvarse.
El cacique de Macaca proporcionó una canoa con algunos indios, y en tan débil é inestable embarcación fué Fernando Cuevas, acompañado de un tal Pedro de Ordaz, para avisar á Esquivel.
Esta peligrosa travesía de veinte leguas, en una embarcación rústica, á través del Océano solitario, casi era comparable á la que algunos años antes había hecho Diego Méndez, yendo en canoa desde Jamaica á Santo Domingo, para sacar á Colón del desgraciado final de su cuarto y último viaje.
Apenas se enteró el capitán Esquivel de la triste suerte de Ojeda, al que se imaginaba rico y victorioso en su gobernación de Nueva Andalucía, despachó una carabela á la costa Sur de Cuba para que trajese al desgraciado héroe y sus forzosos compañeros.
La entrevista de los dos enemigos fué cordial. Ojeda, que había jurado de buena fe cortar la cabeza á Esquivel, lo saludó con naturalidad—como si hubiesen sido siempre grandes amigos—al poner sus pies en tierra de Jamaica.
—Juan de Esquivel, mis remos ya no reman—dijo después de saludarlo—. Haga vuesa merced de mí lo que quiera.
Y Esquivel le abrazó, llevándole á su casa y ofreciéndole cuanto tenía.
—Los dos somos caballeros—dijo á Ojeda—y nos hemos visto en mejor situación que aquí. Los hombres bien nacidos sabemos entendernos noblemente, olvidando todo resentimiento anterior.
Admiró Cuevas la generosidad de ambos hidalgos, reconociendo una vez más que sus compañeros de armas rivalizaban en grandeza de alma y sacrificio, pero siempre entre ellos, mostrándose implacables y crueles cuando trataban con otros que no fuesen de su raza.
Como tenía prisa Ojeda en volver á Santo Domingo para enviar socorro á Pizarro y la guarnición de San Sebastián, aceptó inmediatamente la carabela que Juan de Esquivel puso á su disposición.
Bernardino de Talavera y los restos de su cuadrilla se quedaban en Jamaica, retardando la vuelta á Santo Domingo. Ahora que estaban en tierra de españoles pensaban con miedo en el Juez mayor de la isla Española y en el proceso abierto por el robo de la nave del genovés.
Temían igualmente que, al recobrar Ojeda su prestigio de gobernador de Nueva Andalucía, les exigiese cuentas por los atrevimientos que se habían permitido con él. Pero este último cuidado lo perdieron cuando don Alonso se embarcó con Cuevas para ir á Santo Domingo.
—¡Que Dios te proteja, Talaverilla!—dijo al pirata—. No creas que olvido tus injurias, pero soy incapaz de vengarlas traidoramente denunciándote á la justicia. Si sales con bien de lo del robo del buque y yo estoy menos ocupado que ahora con lo de mi gobierno, ya nos veremos unos minutos á solas y harás conocimiento con mi espada.
Apenas llegó la carabela á Santo Domingo, el primer cuidado de don Alonso fué preguntar por el bachiller Enciso. Le contestaron que pocos días antes había salido con rumbo á la colonia de San Sebastián, llevando abundantes provisiones, armas y hombres.
Había persistido entre la gente de Santo Domingo el deslumbramiento causado por aquel envío de oro y de esclavos, que dió origen á la expedición pirática de Talavera. Todos los hombres de espada ansiosos de aventuras y riquezas querían alistarse para ir con Enciso al gobierno del que era Alcalde mayor.
El virrey don Diego Colón tenía que intervenir para limitar el número de los expedicionarios. Todos los que estaban procesados por deudas y amenazados de prisión buscaban escapar de la isla y reunirse con Ojeda.
Una guardia puesta por el virrey en la nave de Enciso iba examinando la identidad de cada uno de los expedicionarios. Cuando dicho buque salió á alta mar, fué acompañado á gran distancia por una carabela armada, para impedir que se embarcasen algunos de dichos fugitivos valiéndose de lanchas.
Quedó inactivo Ojeda muchos días, esperando noticias de su asociado el bachiller. Indudablemente, así que llegase Enciso á San Sebastián enviaría su buque á Santo Domingo para que el gobernador de Nueva Andalucía pudiese volver á sus tierras. Pero como transcurriesen semanas y semanas sin que la nave volviese ni llegase á Santo Domingo la menor noticia de Enciso, empezó la gente á afirmar que la expedición había naufragado á consecuencia de uno de los varios temporales recientes.
Fernando Cuevas volvió á su huerta, siendo acogido por las exclamaciones de asombro y lástima que lanzaron Lucero y su hijo.
Las penalidades sufridas en la defensa de San Sebastián y en las ciénagas de Cuba lo habían aviejado. Al verse entre su familia y en la comodidad de su vivienda, se percató por primera vez de lo mucho que había sufrido.
Su mujer y Alonsico escucharon en reflexivo silencio el largo relato de tantas aventuras intrépidas y desgraciadas. El buen sentido de la judía conversa resumió esta historia heroica en un comentario de carácter práctico.
—Si don Alonso vuelve allá—dijo—, no le sigas. Quédese eso del oro para los que no tienen mujer como tú, ni tierras que labrar. Pongamos ahinco en el cultivo de nuestros campos. Acabemos el desmonte de las tierras vecinas al río, que tenemos olvidadas. Nuestra verdadera mina es fabricar pan y carne para los que van á Tierra Firme en busca de oro, y los que marcharán luego, ya que cada vez llegan de España más ilusos.
Deseaba que su marido se fuese apartando de aquellos hombres aficionados á la guerra, desdeñosos de la muerte, que parecían mostrarse más arrogantes según caían sobre ellos las miserias con peso abrumador.
Luego contó á Fernando todo lo que ella había hecho para favorecer á un amigo de éste, mal mirado, no sabía con qué motivo, por don Alonso de Ojeda.
Como dicho hombre estaba perseguido á causa de sus deudas, le había sido imposible conseguir que Enciso lo alistase en su expedición. Por miedo á indisponerse con el virrey no admitía el bachiller deudores ni sometidos á proceso. Además, estaba enterado de que su consocio el gobernador de Nueva Andalucía miraba mal á este solicitante.
—Entonces el pobre acudió á mí—siguió diciendo Lucero—, y como es amigo tuyo, aunque don Alonso no lo aprecia, quise ayudarle.
El hombre se había encerrado en un tonel, y para hacer más creíble su estratagema, rociaba de vez en cuando las paredes interiores con un poco de su provisión de agua. De este modo, las gotas que salían por entre las duelas no dejaban duda alguna de que era un tonel lleno de agua destinado al barco de Enciso. Así había podido salir de Santo Domingo, á pesar de las precauciones del virrey.
Cuando la nave estuviese en alta mar, este viajero ignorado de todos se proponía saltar una tapa del tonel, ofreciendo de nuevo sus servicios al asociado de Ojeda.
Rió Cuevas la historia, y al ver al día siguiente á su heroico protector, le dijo con cierta timidez, por tratarse de un hombre mal visto por don Alonso:
—¿Se acuerda su señoría de aquel á quien apodaban en las Cuatro Calles «el Esgrimidor», un tal Vasco Núñez de Balboa, que cultivaba tierras en el pueblecito de Durango, estaba entrampado hasta los ojos y no sabía cómo librarse de sus acreedores, que iban á encerrarle en la cárcel?... Pues se ha ido con el bachiller, sin que éste lo supiera, metido en un tonel.
III
En el que se ve la creciente miseria del olvidado gobernador de Nueva Andalucía, y cómo se fué enterando de las aventuras de sus discípulos y los progresos de un tal Balboa, salido de un tonel.
Empezó á notar don Alonso en torno á su persona el apartamiento y la desconfianza que acompañan á todos los héroes considerados en decadencia.
Quiso comprar un barco y alistar gente para ir á su ciudad de San Sebastián, mas todos sus esfuerzos resultaron infructuosos. La gente huía de él como de un hombre marcado por la mala suerte.
Las desgracias de su colonia eran ya sabidas por los vecinos de Santo Domingo y las exageraban en sus comentarios. Don Diego Colón parecía aprobar la creciente impopularidad del héroe. Había sido enemigo de su padre, el primer Almirante, durante los últimos años de la vida de éste, y se expresaba con crudeza contra todos los de la familia Colón. Acaso esperaba que don Alonso le visitase para implorar su apoyo y ser capitán á sus órdenes, pero Ojeda, cada vez más altivo, según se aceleraba su decadencia, era incapaz de pedir amparo ni de servir á nadie. Durante el resto de su existencia sólo podía ser un heroico jefe de aventureros valerosos, y de no conseguirlo, prefería morir.
La creciente ingratitud de los hombres le atormentaba, agriando su carácter. Se había visto admirado por todos al aprisionar á Caonabo y al mandar luego armadillas que descubrían nuevas tierras, en rivalidad con Colón el viejo. Un año antes sentíase capaz de desafiar al virrey en pleno muelle de Santo Domingo y amenazar á Esquivel, uno de sus capitanes, con el descabezamiento. Y todos celebraban sus arrogancias, creyendo que la fortuna le acompañaría siempre y no existía obstáculo capaz de cortar sus avances. Ahora, con los bruscos saltos de la opinión popular, le creían un desgraciado, sin porvenir alguno, perseguido por una constante fatalidad.
Todo lo que decía, por racional que fuese, lo consideraban quimérico. Los ricos de Santo Domingo huían de él, temiendo que les pidiese dinero para sus empresas. Se acordaban del bachiller Enciso, al que todos creían perdido para siempre. El gobierno de Nueva Andalucía empezaba á provocar risas cuando alguien hablaba de él en los corrillos de las Cuatro Calles.
Algunas veces, don Alonso, enfurecido contra el ambiente hostil que le rodeaba, pretendía salir de la isla Española, fuese como fuese. Su compañerismo le impulsaba igualmente á reunirse con Enciso y el fiel Pizarro. Tal vez su presencia salvaría, como en otras ocasiones, la colonia de San Sebastián. Pero por más que descendía al puerto de Santo Domingo en busca de capitanes y maestres de naves que se dejasen convencer por sus razonamientos, no encontraba uno que arrostrase la aventura de tomar á bordo al gobernador de Nueva Andalucía, llevándole gratuitamente á sus dominios.
La superstición de aquel pequeño mundo de aventureros contribuía también al descrédito de Ojeda. Marinos y soldados daban por seguro que Enciso había muerto en el mar y no quedaba ya vivo un español en aquella tierra de San Sebastián, donde los indios tiraban con flechas «de hierba». Igualmente debían haber perecido Nicuesa y los ochocientos hombres que fueron con él á la conquista de la prodigiosa Veragua, tan alabada por Colón, y cuyo nuevo título de Castilla del Oro resultaba para muchos de una ironía lúgubre.
Empezaba á comentarse en Santo Domingo la profecía de un fraile que aconsejó á muchos que no se embarcasen con Nicuesa por haber pronosticado el cielo claramente la pérdida de dicho capitán. Todos se acordaban de que días antes de salir la expedición de Ojeda y poco después la de Nicuesa, había aparecido en el cielo un cometa en forma de espada, signo de muerte indudable, según los astrólogos de entonces.
—Pero yo—decía don Alonso, indignado por tales patrañas—me di á la vela casi al mismo tiempo que Nicuesa, y sin embargo, he vuelto á Santo Domingo. ¿Por qué razón no puede volver el gobernador de Castilla del Oro?...
Callaban las gentes, por ser cosa peligrosa entablar discusiones con don Alonso, pronto siempre á tirar de la espada, pero sonreían con una expresión cuyo significado adivinaba el héroe. Estas sonrisas significaban que si Ojeda había vuelto nadie sabía aún cuál iba á ser el final de su existencia y si dicho final estaba próximo.
Acabó por evitar el trato con sus antiguos conocidos. Sólo de tarde en tarde se le veía en el centro de la ciudad, envuelto orgullosamente en su capa—para ocultar tal vez los desperfectos de su traje—, la espada rabitiesa, los ojos retadores, la nariz afilada como el pico de un ave de presa, no decidiéndose á saludar á las gentes hasta que éstas lo habían saludado antes con reverente apresuramiento.
Seguía hablando con desprecio del joven virrey, y esto aumentaba la deserción de sus antiguos amigos, deseosos de mantenerse en buenas relaciones con la suprema autoridad.
Hasta Fernando Cuevas parecía apartarse de él un poco. Continuaba admirándolo; pero su esposa, con el egoísmo clarividente de toda dueña de casa, temía que esta veneración por el héroe redundase en perjuicio de la familia.
—Tu don Alonso—dijo Lucero—va á dejarnos pobres como las ratas si le atiendes. Ya te he dicho que no hay más oro seguro que el que se saca vendiendo tocinos y pan, quietos en nuestros campos.
No se equivocaba la esposa prudente. Ojeda, en su desesperación, había insinuado á Cuevas varias veces la conveniencia de vender sus huertas y aquellas tierras del interior, en las cuales cifraba tantas esperanzas. También podían empeñarlas, pues no eran prestamistas lo que faltaba en Santo Domingo. Todos los vecinos ricos ejercían dicha industria.
Con el dinero que él sacase podrían comprar un pequeño bergantín, el más barato que encontrasen en el puerto. Después de la navegación con Talavera y su cuadrilla, él y Fernando podían embarcarse, sin reparo alguno, en cualquier buque, y así volverían á las tierras de su gobierno, donde tal vez Enciso y sus antiguos compañeros arrostraban la flecha envenenada, pero conseguían reunir enormes cantidades de oro.
Balbuceó Cuevas, no atreviéndose á contestar negativamente á su antiguo protector y deseando al mismo tiempo obedecer á su esposa.
Cuando don Alonso se dió cuenta de que era Lucero quien le había aconsejado que no aceptase, ya no insistió más. Siempre se mostraba algo cohibido en presencia de ella, como si sus recuerdos le avergonzasen... Y durante algunos meses Cuevas dejó de ver al héroe desgraciado.
Empezaban él y su esposa á ocuparse seriamente del desmonte de las tierras heredadas de la cacica y pasaban los más de los días alejados de la ciudad. Cuevas no podía olvidar, sin embargo, á los compañeros que había dejado á la otra banda del mar Caribe, á un lado y á otro del río Darién, en las dos gobernaciones de Ojeda y Nicuesa.
Tardó mucho tiempo en conocer, con todos sus detalles, la trágica historia de esta colonización. Las noticias iban llegando á Santo Domingo fragmentariamente, cuando alguna carabela volvía de allá, casi deshecha, trayendo restos de las dos expediciones.
Otras noticias circulaban, gracias á una transmisión misteriosa, sin que nadie supiese ciertamente quién las había traído.
Siendo ya de edad madura, el rico colono Fernando Cuevas contaba á los aventureros jóvenes que partían para las guerras de Méjico y el Perú la trágica crónica de las dos primeras expediciones á Tierra Firme.
Nicuesa, al separarse de Ojeda, navegaba hacia el Oeste, en busca de su aurífera Veragua. Para explorar mejor las costas de su gobierno embarcábase con setenta hombres en una pequeña carabela, ordenando que su segundo, Lope de Olano, le siguiese con dos bergantines, igualmente ligeros, mientras las naves de mayor calado navegaban mar adentro, evitando bancos y escollos. Una tempestad obligaba á Nicuesa á apartarse de tierra para que su barco no encallase, suponiendo que le seguiría su segundo Olano, por ser una maniobra lógica. Pero Olano se había mantenido toda la noche cerca de tierra, al abrigo de una pequeña isla, y al amanecer, en vez de seguir el rumbo de su jefe, retrocedió para fondear en la boca del río Lagarto, llamado después Chagres—el río del istmo de Panamá—, donde se le incorporaron todos los buques grandes.
Allí hizo circular entre las tripulaciones la noticia del naufragio de Nicuesa, proclamándose á sí mismo gobernador, como lugarteniente del difunto.
Mientras tanto, Nicuesa, que había pasado dos días en alta mar capeando la tempestad, volvió á la costa en busca de Olano, y para aguardar á éste y el resto de su flota, ancló en la desembocadura de un río, crecido enormemente por las lluvias torrenciales. Al bajar las aguas rápidamente á su nivel, la nave encalló con tal violencia, que su casco se deshizo, salvándose á nado los tripulantes.
Esto les obligó á seguir marchando por tierra, siempre al Occidente, en busca de las riquezas de aquella Veragua tan ensalzadas por Colón. Atravesaron pantanos de légamo y playas cuya arena quemaba á las horas del sol. Tuvieron que alimentarse de raíces y moluscos. Los ríos eran numerosos y con las aguas muy crecidas por la lluvia. Habían salvado un bote de la carabela naufragada, y gracias á él pudieron atravesar estas corrientes caudalosas. Los indígenas de Veragua los iban siguiendo por el lindero de los bosques inmediatos á la costa. Admirables flecheros, se entretenían en tomarlos de blanco, cazándolos desde lejos.
Esta expedición de Nicuesa, en la que tanto dinero se había gastado, era la más ostentosa, la mejor armada y bien vestida de todas las conocidas hasta entonces. El gobernador tenía un paje favorito, uniformado con gran lujo. Su sombrero blanco y los alegres colores de su traje daban á este doncel el aspecto de un hermoso pájaro. Un exterior tan brillante atrajo la atención de los indios, y uno de ellos le disparó un flechazo tan certero, que el pobre adolescente quedó muerto á los pies de Nicuesa.
Al llegar á la punta de una bahía que se internaba tierra adentro, creyeron preferible no seguir su contorno y que la gente se embarcase por turno en el batel para ir por mar á la punta opuesta. Así se evitaban una marcha inútil, despistando á los arqueros que venían acosándolos. Al cerrar la noche, el grupo de náufragos se encontró instalado en la punta opuesta, y como habían alternado todos en el manejo del remo, era tal su fatiga, que determinaron pasar allí mismo la noche.
Dos terribles sorpresas les aguardaban al despertar. El bote, su única esperanza, había desaparecido y con él cuatro hombres de la expedición. Empezaron á correr los náufragos de un lado á otro, dando voces, creyendo ser escuchados por los desaparecidos. Y estas correrías les hicieron saber que lo que ellos creían punta de bahía era una isla.
Subiéndose á las rocas más altas vieron mar por todas partes. Una vasta extensión de agua les separaba de la tierra firme. Nicuesa y sus compañeros se habían encerrado sin saberlo en una isla desierta, sobre un mar siempre solitario.
Cuatro de sus hombres habían cometido la inaudita traición de huir con el único bote. Iban todos á morir sin que nadie conociese su esfuerzo. Tal vez pasados muchos años otra expedición de españoles, atraída por la casualidad á esta isla sin importancia, descubriría varias docenas de esqueletos, quedando en la duda de si eran restos de indígenas ó blancos.
La desesperación hizo aullar como fieras á algunos, mientras otros se hincaban de rodillas y elevaban las manos al cielo pidiendo auxilio á Dios. El hambre y la sed les obligó finalmente á moverse. Sólo encontraron algunos mariscos en las rocas y tuvieron que beber agua salobre en los charcos de las marismas.
Nicuesa, tan enérgico como Ojeda, aunque de carácter más reposado y dulce, alentó á sus hombres para salir de tal situación. Sin más instrumentos que sus cuchillos y espadas, consiguió que construyesen una balsa con troncos de árboles para cruzar el amplio estrecho que les separaba de la costa. Como no tenían remos, algunos que eran diestros en la natación se propusieron empujarla nadando, pero tal era su debilidad después de tantas privaciones y tan violentas las corrientes, que tuvieron que abandonar la balsa, arrastrada por las olas, volviendo á la isla.
El tenaz Nicuesa mandó hacer nuevas balsas, pero siempre con mal resultado. Y así pasaron semanas y semanas, muriendo todos los días varios de ellos: unos de hambre y sed, otros de tristeza y desesperación.
Los cuatro marineros que habían huido en el bote para evitarse el hambre retrocedieron á remo hacia el lugar donde se imaginaban que estaría la flota, y después de muchas penalidades conseguían encontrarla en el río Belén, donde Colón había pretendido establecer la primera colonia de Tierra Firme y Olano intentaba ahora fundar un pueblo y un fuerte.
Los relatos de los cuatro desertores conmovieron á las tripulaciones, y Olano, contra su voluntad, tuvo que enviar un bergantín á la isla donde estaba Nicuesa, abrazándose llorando los náufragos que habían seguido al gobernador y los marineros de este buque que venía en su auxilio.
Llevaba el bergantín una buena provisión de dátiles de coco y otros frutos recogidos á lo largo de la costa, y Nicuesa tuvo que imponer su autoridad para que sus compañeros no muriesen de un atracón; con tal ansia famélica se arrojaron sobre dichos frutos. Igualmente bebieron con deleite el agua dulce del buque, y abandonaron la isla, dejando en ella numerosas tumbas.
Llegó Nicuesa á Belén, mostrando una justa indignación contra Olano, queriendo juzgarle como traidor, así como á otros que consideraba sus cómplices; pero al fin tuvo que atender las súplicas de sus gentes, deseosas de clemencia y olvido en un estado angustioso, y decidió dejar para más adelante el castigarlos.
Se hallaba el grueso de la expedición casi tan mal en su reciente colonia de Belén como Nicuesa con sus náufragos en la isla desierta. Los indígenas de los alrededores, que tanto habían hecho sufrir á Colón y á su hermano don Bartolomé durante la breve existencia del primer establecimiento, atacaban con mortífera tenacidad á la nueva expedición de blancos. El hambre hacía estragos, y cada salida de la guarnición en busca de víveres costaba la vida á varios españoles. De los ochocientos hombres que se habían embarcado en Santo Domingo meses antes, sólo quedaban cuatrocientos, y la mayor parte de ellos tan demacrados por las privaciones que parecían cadáveres que se moviesen.
El hambre hizo retrogradar á estos hombres de raza blanca y cristianos al canibalismo de los tiempos prehistóricos. Treinta españoles, al alejarse un poco de Belén para buscar víveres, encontraban el cadáver de un indio en estado casi de putrefacción y se lo comían, pereciendo horas después de haber devorado tan horrible alimento. Nicuesa se veía obligado á ahorcar á otros de sus soldados que habían rematado á un compañero agonizante para comérselo más pronto.
Tuvo que huir del triste río de Belén, y siguiendo las indicaciones de un marinero que había acompañado á Colón en su cuarto y último viaje, buscaron en la costa del istmo un puerto tan hermoso y seguro, que el Almirante lo había titulado Puerto Bello. Dicho marinero daba como señas la existencia de una fuente de agua muy fresca al pie de un árbol corpulento y la de un ancla medio enterrada en la arena. El árbol, la fuente y el ancla de Puerto Bello fueron encontrados al saltar á tierra, pero los indios de los alrededores los acosaron á flechazos y tuvieron que reembarcarse, dejando algunos muertos.
Buscaron entonces otro lugar á siete leguas de allí, indicado por el marinero que había ido en el último viaje de Colón, y que éste llamó Puerto de los Bastimentos á causa de que los indios le proporcionaron víveres.
Al saltar á tierra y no ver enemigos, Nicuesa dijo con satisfacción:
—Detengámonos aquí, en nombre de Dios.
Y sus acompañantes, con la superstición que inspiran siempre contrariedades y desgracias, tomaron las últimas palabras como un augurio favorable, dando á dicho lugar el título de Nombre de Dios.
Tomó posesión de la tierra el gobernador de Castilla del Oro con todas las ceremonias propias del caso, sacando la espada para cortar hierbas y trazando cruces en la corteza de los árboles. Luego, sin hacer caso de la debilidad de su mermada gente, levantó una fortaleza de estacas para resistir los ataques de los indígenas, pues lo mismo que en Belén, todos los indios de las inmediaciones empezaron á hostilizarles.
Al poco tiempo la situación de Nombre de Dios resultaba tan insostenible como lo había sido la de la abandonada colonia de Belén. El hambre era también semejante. Los salvajes destruían los cultivos plantados por los españoles.
Agotadas las provisiones de Santo Domingo, se consideraba gran ventura encontrar una serpiente para comérsela. También servían de alimento pedazos de caimán chamuscados en las brasas.
Envió Nicuesa una carabela á la Española para que trajese pan y tocino, y no volvió nunca. Tantos eran los enfermos y de tal modo la muerte mermaba las filas, que algunas noches no había gente disponible para velar en las estacadas de Nombre de Dios. Todas las heridas resultaban mortales, por la miseria y la falta de medicamentos.
Necesitaba Nicuesa mostrarse cruel para sostener la disciplina de su gente. Un día, al pasar revista á los defensores de Nombre de Dios, vió que de los ochocientos hombres salidos de Santo Domingo, no había mas que cien espectros humanos. Ellos y el gobernador de Castilla del Oro, heredero de la quimera dorada de Colón, no tenían ya esperanza alguna. Sólo les quedaba el deseo de que la muerte llegase cuanto antes.
Fernando Cuevas recordaba como una segunda historia paralela lo que estaba ocurriendo al mismo tiempo en Tierra Firme á otro grupo de españoles, situados á una distancia de pocas leguas, é ignorando mutuamente, unos y otros, sus miserias.
El bachiller Enciso, al salir de Santo Domingo para socorrer á Ojeda, había experimentado la sorpresa que Cuevas y su mujer supusieron tantas veces en sus comentarios nocturnos.
Cuando el buque perdió de vista la ciudad de Santo Domingo, tuvo el bachiller la sorpresa y la admiración de ver surgir de un tonel, como si fuese un aparecido, á Balboa «el Esgrimidor». Se indignó al darse cuenta de este engaño, que consideraba una ofensa á su perspicacia, é insultó al fugitivo, anunciándole que iba á dejarlo abandonado en la primera isla desierta que encontrase. Pero el aspecto de Balboa, sus palabras animosas y el hecho de conocer, como ninguno de los que iban en el buque, las particularidades de las costas hacia donde navegaban, por haber figurado nueve años antes en el viaje de Bastidas y Juan de la Cosa, acabaron por amansar á Enciso, aceptando á este hombre, agregado á la expedición de tan extraña manera.
Fondeaba el buque en la bahía donde habían muerto á Juan de la Cosa. La terrible venganza con que Ojeda y Nicuesa habían castigado á los indígenas hizo que éstos, después de algunos intentos de hostilidad, acabaran por entenderse con la nueva expedición de blancos. El bachiller Enciso era hábil para tratar á las gentes, y valiéndose de uno de sus hombres que conocía la lengua de los indígenas, acabó por vivir en paz con éstos.
Iba ya á zarpar de este puerto que había resultado tan terrible para Ojeda cuando vió con asombro cómo llegaba un bergantín tripulado por blancos. Era caso rarísimo y digno de admiración encontrar un buque en estos mares siempre desiertos.
Al entrar el bergantín reconoció Enciso inmediatamente á sus tripulantes como gentes de la expedición de Ojeda. Dado á las sospechas, como hombre ducho en actuaciones de justicia, los supuso en seguida desertores que habían abandonado á don Alonso, del cual no tenía noticia alguna desde que lo despidió en Santo Domingo. Luego tuvo que tratar á los recién llegados con menos severidad, y puso término á sus expresiones amenazantes cuando el jefe del bergantín le enseñó sus papeles, entre ellos un nombramiento hecho por Ojeda á favor de Francisco Pizarro, dejándole como teniente gobernador en San Sebastián durante su ausencia.
El pequeño bergantín contenía los restos de la abandonada ciudad, y el hombre que mostraba los papeles era el mismo Pizarro.
Después de salir Ojeda de su colonia en el buque de los piratas, el tenaz Pizarro continuó la defensa de la población durante cincuenta días, como lo había estipulado con su jefe. Transcurrido dicho plazo, y considerando imposible prolongar la defensa, dispuso el embarque de la gente.
Aún quedaban setenta hombres de los varios centenares que salieron de Santo Domingo con Ojeda, y como los dos bergantines eran pequeños para contener tanta gente, Pizarro adoptó la más dura de las resoluciones á impulsos de la necesidad. Esperaría para embarcarse que el hambre, las enfermedades y las flechas envenenadas de los indígenas fueran disminuyendo el número de sus compatriotas, lo que consiguió en pocos días, pues la mortandad iba en aumento.
Habían conservado cuatro yeguas, con la esperanza de que diesen crías, y porque era necesario tener alguna caballería para asustar y desbandar á los indios en casos de gran aprieto. Mataron y salaron las cuatro yeguas, llevándose además cuanto podía servirles de alimento.
Un bergantín lo mandaba Pizarro, otro un compañero suyo llamado Valenzuela. Apenas salidas las dos pequeñas embarcaciones del puerto de San Sebastián, estalló una espantosa borrasca. Los del bergantín de Pizarro vieron de pronto cómo se iba á pique el de Valenzuela con toda su tripulación, oyendo los gritos mortales de sus camaradas, sin poder socorrerlos. Algunos marineros afirmaban haber visto una ballena enorme ú otro monstruo marino elevando su lomo sobre las olas y dando un coletazo tan formidable, que el pobre barco se deshacía, sumergiéndose en pocos minutos.
Después de correr el temporal, Francisco Pizarro, que se preparaba para más altos destinos en esta terrible aventura de hambres y matanzas, conseguía llegar al puerto de la futura Cartagena, en busca de provisiones, encontrándose allí con la nave del bachiller Enciso.
El deseo de Pizarro y su gente era continuar el viaje á Santo Domingo en aquella débil embarcación. Preferían los riesgos del mar á volver á San Sebastián, de tan horrible recuerdo. No lo entendía así el bachiller Enciso. Por algo había sido nombrado Alcalde mayor de Nueva Andalucía y arrostraba su fortuna en aquella empresa. Necesitaba ejercer su autoridad, y declaró que si el gobernador Ojeda se había ido á Santo Domingo, él haría sus veces mientras no regresase, obligando á Pizarro á retroceder al sitio de sus recientes desgracias con todos sus destrozados compañeros.
Al llegar frente á San Sebastián, el infortunio salió al encuentro de Enciso, lo mismo que había buscado á Ojeda. Su nave chocó con una roca, y él y su tripulación, á costa de grandes fatigas, consiguieron refugiarse en el pequeño bergantín de Pizarro.
Sólo pudieron salvar un poco de galletas y de queso, con algunas armas. El bachiller había comprado para la colonia caballos, yeguas, cerdos y otros muchos víveres. Todo desapareció bajo las olas, perdiéndose en pocos minutos cuanto el abogado había adquirido en largos años de pleitear.
Para colmo de desgracias, cuando saltaron á tierra, sólo vieron las ruinas carbonizadas de la ciudad de San Sebastián. Los indios, al marcharse los últimos españoles, habían incendiado casas y fortalezas.
Hubo que guerrear diariamente con los arqueros de flecha envenenada para avanzar tierra adentro, recolectando raíces comestibles y dando caza á ciertos animales parecidos al jabalí.
Las emboscadas de los salvajes y los efectos de las flechas ponzoñosas desalentaron de nuevo á los expedicionarios. El mismo Enciso, tan ansioso de gobernar, no sabía qué hacer, mostrándose predispuesto al abandono de esta Nueva Andalucía, que hasta entonces sólo había sido un cementerio de blancos.
En este momento angustioso intervenía Vasco Núñez de Balboa, el deudor fugitivo que Enciso quería abandonar en una isla desierta.
Conocía todos los lugares de esta costa por haberlos visto nueve años antes con Rodrigo de Bastidas. Se acordaba de que al otro lado del golfo de Urabá, á orillas del río que los naturales llamaban Darién, había un pueblo indio cuyos habitantes poseían grandes cantidades de oro y provisiones abundantísimas. Eran tan guerreros como los de San Sebastián, pero ignoraban el arte de envenenar sus flechas. Él guiaría á sus compañeros hasta esta tierra de promisión. Y en el pequeño bergantín de Pizarro volvieron á embarcarse los más vigorosos, haciendo vela hacia el río Darién para apoderarse de la mencionada población india que Enciso pensaba hacer capital de su gobierno.
El cacique del país, llamado Cemaco, lo recibió al frente de más de quinientos guerreros, y el bachiller convertido en capitán se dió cuenta de que el combate iba á resultar empeñado y de éxito incierto.
El pequeño bergantín no podía realizar nuevos viajes para traer de Santo Domingo más hombres. Cerrado el camino del mar, era necesario establecerse á orillas del Darién ó morir. Como Enciso y muchos de sus soldados eran andaluces, y los más habían vivido en Sevilla, ofrecieron á Nuestra Señora de la Antigua, cuya imagen es adorada en dicha ciudad, el dar su nombre á la futura colonia. Y creyéndose protegidos por la mencionada Virgen, arremetieron con tal empuje contra la gente de Cemaco, que ésta, después de una lucha tenaz, huyó, dejando muchos muertos.
Enciso, abogado y autor de estudios geográficos, se vió convertido en general victorioso, apoderándose del pueblo, cuyas casas registró y saqueó, recogiendo muchos víveres, mucho algodón y gran cantidad de brazaletes y otras joyas de oro, cuyo valor fué calculado en diez mil castellanos, ó sea más de sesenta y cinco mil duros.
Jamás el infortunado Ojeda consiguió un botín de tanta importancia. Sus compañeros tampoco habían conocido nunca tal golpe de fortuna en una tierra de miserias y desastres. El pueblo fué llamado desde entonces Santa María de la Antigua del Darién, y luego concretamente Darién, primera ciudad verdaderamente estable que iba á existir en Tierra Firme.
Empezó Enciso á titularse Alcalde mayor de Nueva Andalucía y lugarteniente del gobernador Ojeda, pero un prestigio popular fué levantándose frente á él.
Balboa, llamado simplemente Vasco Núñez por sus compañeros de armas, gozaba de un aprecio general por sus cualidades de soldado y por haberlos conducido á este lugar donde acababan de obtener su primera victoria fructífera.
Era tan atrevido como Ojeda, inteligente y asombrosamente pródigo, dando con facilidad á sus compañeros cuanto poseía. Guardaba rencor al bachiller por los castigos que había querido imponerle cuando salió del tonel, y tanto por ambición como por el antiguo odio, se propuso sucederle en el mando.
Ágil de entendimiento y abundante y convincente en sus palabras, supo atacar al abogado convertido en gobernador en su propio terreno, valiéndose de leyes y añagazas de curial.
Según el convenio entre Ojeda y Nicuesa, sus gobernaciones quedaban separadas en el golfo de Urabá por el río Darién, y por estar el pueblo de Darién al Oeste de dicho río, pertenecía á Nicuesa. Balboa hizo ver con esto que Enciso, titulándose Alcalde mayor y lugarteniente de Ojeda, no era mas que un intruso, pues la ciudad de Darién quedaba fuera de Nueva Andalucía. Y como la mayor parte de los españoles sentíanse descontentos de Enciso á causa de su excesiva autoridad, Balboa lo hizo deponer por los más osados, constituyéndose la nueva colonia, con arreglo al régimen municipal de la Edad Media española, en una pequeña república, obediente al lejanísimo rey de España, pero con gobierno autónomo.
Votaron todos los soldados, eligiendo á tres de sus compañeros con el nombre de alcaldes. El que obtuvo más votos fué Vasco Núñez de Balboa, y después otros dos, Zamudio y Valdivia.
Luego, las necesidades militares aconsejaron que hubiese un solo jefe. Unos aclamaban á Balboa, y los envidiosos de su naciente gloria, así como los escasos partidarios de Enciso, hablaban de Nicuesa, ya que estaban en su territorio.
En medio de estas luchas llegó á Santa María de la Antigua una armadilla mandada por Rodrigo de Colmenares, que exploraba la costa en busca de Nicuesa.
Como este Colmenares era gran amigo del gobernador de Castilla del Oro, convenció á los colonos de que debían someterse á la autoridad de Nicuesa por estar en su territorio, y se brindó á conducir en sus buques á dos enviados de la naciente ciudad, para que ofreciesen el mando al desgraciado caballero.
Estaba Nicuesa con los restos de su gente casi próximo á morir en su ciudad de Nombre de Dios, cuando se presentó inesperadamente la flotilla de Colmenares. Éste le traía la noticia de que los restos de la expedición de Ojeda habían fundado, en el territorio de Castilla del Oro, una ciudad importante, pues tal les parecía á todos Santa María de la Antigua, á causa de la abundancia encontrada en ella.
Diego de Nicuesa se parecía á Ojeda en su gran facilidad para olvidar las desgracias y recobrar su altivo orgullo de jefe. Con los víveres de la flotilla improvisó un banquete en aquel fuerte de Nombre de Dios, testigo de tantas miserias. Quería obsequiar como un príncipe á los enviados del municipio de Darién.
Excitado por los buenos manjares, se expresó como en los tiempos que pertenecía á la corte de España. Prometió su protección á los que le escuchaban y los alarmó al mismo tiempo, anunciando despojos y castigos cuando tomase posesión de la ciudad de Darién. Además—y esto fué lo peor—, al enterarse de que el oro del cacique Cemaco había sido repartido entre los conquistadores de la ciudad, afirmó que al llegar él exigiría que le entregasen dicho oro, para hacer nuevo reparto.
Al mismo tiempo, Lope de Olano y otros, á quienes Nicuesa tenía presos por haberle abandonado en la costa de Veragua, hablaban secretamente á los dos comisionados de Darién, convenciéndoles del error que cometían al llevarlo á su nueva ciudad. Era, según ellos, avaro y cruel y pensaba arrebatarles el bienestar de que gozaban.
Los dos enviados procuraron volverse á Darién antes que Nicuesa, y así pudieron informar á sus convecinos de lo que se proponía el nuevo gobernador, levantando una gritería de impopularidad contra él.
Balboa, hábil político, que había fingido conformarse, poco antes, con el movimiento de opinión favorable á Nicuesa, aprovechó esta circunstancia favorable para él excitando á todos contra el gobernador, y cuando éste llegó ante la ciudad, la muchedumbre se opuso á que desembarcase, exigiendo que se volviera á Nombre de Dios.
Tal miedo sentía Nicuesa de volver á su colonia, que suplicó ser recibido en la próspera Santa María de la Antigua, si no de jefe, como simple soldado; mas sus ruegos resultaron inútiles, y cuando se atrevió á saltar á tierra, vióse perseguido, prisionero y juzgado por un tribunal popular.
Balboa, que iba á sucederle como jefe por el voto de todos, apiadado de su desgracia, intentó salvarle, pero la muchedumbre mostróse inexorable en el cumplimiento de la sentencia. Según ésta, podía el infortunado Nicuesa volverse á Santo Domingo, pero en el peor de los buques de la colonia, mísero bergantín carcomido por la broma, y con escasos víveres.
Diez y siete partidarios fieles se prestaron á seguirle en su desgracia. El 1.º de Marzo de 1511, el gobernador de Castilla del Oro se lanzaba á los peligros del Océano en el más inaceptable de los barcos. Y nadie supo más de él. Tragóse el mar Caribe la destartalada nave, guardando para siempre el misterio de cómo ocurrió tal desgracia.
En la ciudad de Santo Domingo se dió por cierto el naufragio de Nicuesa al llegar, meses después, la noticia de su embarque forzoso.
Don Alonso de Ojeda habló de este trágico suceso á sus amigos, cada vez más escasos, con una expresión fríamente resignada.
—Siendo mozos los dos—dijo—y viviendo en España, á él le anunciaron que iba á morir en el mar y á mí que moriría de hambre.
Pronto olvidó dicho suceso. ¿Qué podía importarle una muerte más?... Él había vivido siempre en familiaridad con la muerte.
Otros episodios de la vida colonial ocupaban su atención.
Al enterarse el virrey de que vivían en Jamaica el pirata Talavera y los restos de su cuadrilla, enviaba un buque con un destacamento de soldados para que los trajesen á Santo Domingo. Iban á juzgarlos por el robo del buque del genovés y la muerte de algunos de sus tripulantes.
El Juez mayor de la isla hizo comparecer á don Alonso de Ojeda como testigo de las fechorías de Bernardino de Talavera, primer pirata que se había conocido en el Nuevo Mundo.
Se abstuvo el desgraciado caballero de relatar lo que estos forajidos le habían hecho sufrir.
—De todos modos—dijo á sus amigos—, que hable yo ó no hable contra ellos, recibirán el castigo que merecen. Me inspiran compasión, pensando en lo mucho que sufrieron para salvarse de aquella ciénaga de Cuba. Nunca se verá en el mundo padecer tanto unos hombres para acabar muriendo en la horca.
Talavera y los suyos fueron ajusticiados. Quedaban aún en la ciudad amigos de ellos, aventureros de la peor especie, que con el deseo de rehabilitar su memoria los describían como unos inocentes, atribuyendo su sentencia á las acusaciones de Ojeda. Algunos de éstos sentíanse ofendidos por la altivez con que don Alonso repelía sus aproximaciones é intentos de familiaridad en las Cuatro Calles. Además le veían cada vez más enfermo, arrastrando un poco la pierna herida, minado interiormente por el veneno de aquel flechazo tan bárbaramente curado. ¿Por qué no matar á este hombre famoso en otros tiempos por su valor y su ligereza de manos?...
Ya no le creían el combatiente ágil que hería siempre y al que nadie había podido hacer sangre. Después del flechazo y de verse abandonado por aquella protección sobrenatural que le sacaba incólume de los combates, todos podían atreverse con él... Y una noche, cuando volvía desde el centro de la ciudad al bohío que habitaba con la india Isabel y sus tres pequeños mestizos, se vió atacado por más de una docena de dichos individuos.
Aún guardaba su antigua agilidad, y antes de que le rodeasen, hiriéndole á la vez de frente y por la espalda, dió un salto para apoyarse en una tapia y tiró de su espada.
La chusma traidora creyó que el triste y desalentado héroe se desdoblaba como en los tiempos de su juventud. Se imaginaron todos ellos tener enfrente á varios don Alonso de Ojeda: cuatro, ocho, doce enemigos... Y cuando empezaron á retroceder, heridos ó apaleados por aquella espada múltiple, don Alonso siguió tras ellos un gran trecho, acuchillando por detrás á los menos ligeros.
Esta fué la última victoria del Caballero de la Virgen.
Limpiando luego su espada, sucia de sangre, en las hojas de un árbol, siguió adelante hasta su bohío, se quitó la capa, encendió una lámpara rústica, cuya mecha estaba empapada en aceite de coco, y tomando una pluma de ave empezó á escribir en un gran cuaderno de papel, la mitad de cuyas páginas estaban ya cubiertas de rojizas líneas.
Don Alonso, para entretener sus soledades, se había hecho escritor.
IV
Donde el orgulloso héroe escribe un libro que no se publicó nunca, y toma sus disposiciones para que le pisen eternamente todos los habitantes de Santo Domingo.
Amaba Ojeda con preferencia las horas de la noche, por ser las de mayor soledad, aislándose durante ellas del trato con los hombres. Cada día iba en aumento su aversión hacia los antiguos compañeros de aventuras, odiándolos igualmente por su indiferencia ó por las conmiseraciones que tenían con él.
La necesidad de buscar dinero le obligaba en las horas diurnas á ir á Santo Domingo, tomando una actitud altiva y algunas veces provocadora al ver de lejos á sus amigos de otro tiempo que venían hacia él.
La noche representaba el descanso en fresca soledad, el momento propicio para la mágica evocación del pasado. Y en el pobre bohío, que era toda su fortuna, escribía horas y horas, relatando las hazañas de su pasado: sus duelos, sus navegaciones, sus guerras, primero con los moros, luego con los indios de esta parte del Asia, cuya verdadera identidad no habían determinado aún cosmógrafos y navegantes.
Aunque no fuese de grandes letras, había leído en su mocedad muchos libros de historia, prestados por su primo el inquisidor y otros hombres doctos. Conocía los Comentarios de César y otras obras de famosos capitanes que al retirarse de sus guerras procuraron describirlas con la pluma.
Su infortunado compañero Juan de la Cosa y otros nautas españoles se habían dejado absorber enteramente por la acción, realizando grandes hechos, sin cuidarse de fijarlos por medio de la escritura, dejando al azar el que otros los relatasen. Sólo aquel mercader florentino de Sevilla, Américo Vespucio, que él había llevado en su primer viaje como aprendiz de piloto, se preocupaba de escribir cuanto tenía visto y cuanto le contaban, dándolo por visto igualmente, y su nombre empezaba á sonar en el viejo mundo.
Hacía esfuerzos el infortunado Caballero de la Virgen para reunir y coordinar los recuerdos de su corta y tumultuosa vida, quedando con la frente en alto, fija su mirada de águila en el techo de paja de su vivienda, del cual caían muchas veces sanguinarios insectos tropicales. Al mismo tiempo mordía distraídamente las barbas de su pluma, una de las plumas de ave que le proporcionaban sus amigos los frailes del convento de San Francisco, recién construído en la ciudad.
Su familia cobriza contemplaba en silencio las meditaciones y escrituras del temible «jefe blanco».
Isabel, después de haber preparado la mísera cena, sentábase en el suelo de tierra apisonada, con los codos en las rodillas y la mandíbula inferior apoyada en ambas manos, fijos sus ojos de brasa en este guerrero cuya audacia había admirado tantas veces desde lejos, durante los combates, y que era á la vez su amante y su amo.
Tres muchachos de diversa estatura, sentados también en el suelo, abarcando sus rodillas con ambos brazos, le miraban igualmente con un silencio admirativo.
Iban medio desnudos; sus carnes parecían brillar en la penumbra con cierta fosforescencia; sus ojos enigmáticos y misteriosos tenían la dulce fijeza de las bestezuelas tímidas.
Una india y tres cachorros mestizos era todo lo que poseía, al final de una existencia tan abundante en altibajos de la fortuna, el famoso hidalgo don Alonso de Ojeda. ¡Y á los veinte años creíase destinado á ser en las nuevas tierras descubiertas uno de los reyes feudatarios del Gran Kan!
Su familia cobriza le rodeaba á todas horas, pronta á servirle y obedecerle. Gracias á esta mujer de otra raza, conseguía comer los más de los días. Y sin embargo, ¡se consideraba tan lejos de todos ellos!...
En los primeros años de su amancebamiento, estos hijos mestizos, carne de su carne, le habían interesado por el encanto de animalillo humilde y gracioso que posee todo niño de las razas que el blanco considera inferiores. Al crecer, sus retoños cobrizos parecían apartarse de él. Se mostraban cada vez menos comunicativos, más supeditados y obedientes, con un respeto excesivo por este padre de origen superior, más temido que amado.
Su pobreza creciente parecía afear á Isabel. Ya no era la india de miembros redondos y frescos, piel suave y sonrisa de brillante marfil. Nada quedaba en ella de la esclava amorosa que había recogido en un puerto de aquel país bautizado por él con el nombre de Venezuela. El trabajo y las penalidades la habían hecho seca, musculosa, con un aire hombruno de bestia de trabajo.
Su nombre y su presencia entristecían muchas veces á don Alonso. Veía á la otra Isabel, fantasma de luminosa transparencia que se paseaba por las lejanas avenidas del jardín de su juventud.
El apartamiento medroso y el excesivo respeto que mostraba su familia ilegítima servía para que la olvidase completamente teniéndola muchas veces á pocos pasos de él, sentada en el suelo, en torno á su rústica mesa. Y la madre y los hijos, mientras el héroe movía su pluma con los ojos fijos en el papel, iba siguiendo su obra desde lejos, en religioso silencio.
Admiraban tal vez la misteriosa operación de trazar signos negros sobre una hoja blanca. Consideraban esto, á pesar de haberlo visto tantas veces, como un arte mágico de profundo misterio.
Cuando el hidalgo estaba ausente, su concubina, al dedicarse á la limpieza del interior del bohío, cuidaba de no tocar este manojo de papeles escritos por su temible señor. El cuaderno parecía reinar sobre la mesa como un fetiche que esparcía en torno efluvios irresistibles. Y su veneración se la transmitía con gritos y golpes á los tres hijos, cuando en la ignorancia de sus pocos años pretendían manosear el grueso cuaderno.
En sus excursiones por la ciudad, encontró varias veces don Alonso á su antiguo protegido Cuevas. No había hecho éste contra él otra cosa que negarse, por indicación de su mujer, á arriesgar la propia fortuna en un nuevo viaje á Tierra Firme. Los hechos venían demostrando la oportunidad de dicha negativa; pero Ojeda era incapaz de admitir una opinión contraria á la suya, y esto hizo que mirase á Cuevas poco menos que como un enemigo.
La desgracia agriaba su carácter, haciéndole injusto en sus juicios. No amaba á nadie; no podía creer ya en la gratitud y la amistad. Cierta envidia inconsciente le impulsaba á odiar á cuantos parecían felices.
Algunas veces, olvidando la negativa de Cuevas, mostraba animadversión contra él, simplemente porque parecía satisfecho de su modesta fortuna, porque estaba rodeado de una familia de su propia raza, muy distinta á la otra que él encontraba todas las noches al volver á su bohío.
Cuando Fernando, enterado de la situación cada vez más mísera del héroe, insinuaba tímidamente generosas ofertas para socorrerle ó le proponía que fuese á vivir con ellos en el campo, don Alonso tornaba á ser el altivo caballero, gobernador por el rey de la provincia de Nueva Andalucía.
—Mis negocios van cada vez mejor—contestaba con arrogancia—. Mis amigos, en la corte, trabajan para que se me haga justicia, y no tardará en llegar una cédula real exigiendo que se me den barcos y hombres para volver á mi gobierno.
Le irritaban las noticias que de tarde en tarde iban llegando á Santo Domingo sobre los progresos de aquel Balboa «el Esgrimidor», al que él no había querido admitir en su expedición.
El voto particular le había hecho jefe de Castilla del Oro. Ahora la gobernación de Ojeda y la de Nicuesa formaban una sola, y los esfuerzos de ambos sólo iban á servir, finalmente, para la prosperidad de este aventurero que había salido al encuentro de la gloria oculto en un tonel.
Otras veces aceptaba don Alonso, con una resignación pesimista, su tremendo fracaso. Había venido á países de la extrema Asia demasiado pronto, á la hora de los navegantes, de los descubridores, cuando aún no había llegado el momento oportuno para las conquistas tierra adentro, y él era un hombre de espada y no de mar.
A sus amigos de rango inferior, que él consideraba como discípulos, iba á tocarles el instante propicio á la gloria y la riqueza. Balboa, tan menospreciado por él, se engrandecía en unas tierras que eran suyas y del no menos desgraciado Nicuesa. Tal vez algunos de sus admiradores de otro tiempo, aquel Hernando Cortés, que estaba ahora en la conquista de Cuba con Diego Velázquez, ó aquel Francisco Pizarro, su teniente en San Sebastián, que se había quedado allá siguiendo á Balboa, acabarían por obtener el oro y la fama que él había soñado á los veinte años, hablando con Colón el viejo sobre las tierras del Gran Kan.
Al verle Cuevas, de tarde en tarde, se daba cuenta de los estragos que causaban en su organismo la miseria y las enfermedades. El veneno del flechazo tan bárbaramente curado iba emponzoñando su sangre. Cada vez cojeaba más al andar. Su rostro enjuto tenía una amarillez cadavérica. Su mirada, siempre imperiosa, parecía aún más arrogante por el brillo de la fiebre.
Después de sus rápidos encuentros con él, se acordaba Fernando de los leones que los reyes de España se hacían traer de África para tenerlos enjaulados en sus jardines. Algunos de estos animales, majestuosos y fieros, enfermaban de tristeza, y avergonzados de su esclavitud, se dejaban morir, pero de espaldas á los hombres, rechazando alimentos y cuidados, mirando obstinadamente al rincón más obscuro de su encierro, hasta que una mañana los encontraban sin vida... Así iba á terminar el famoso Caballero de la Virgen.
No admitía auxilios de los hombres de espada. Respondía con sarcasmo á los que le aconsejaban que fuese á impetrar el apoyo de Colón el mozo, gobernador de la isla. Con tranquila petulancia hablaba de próximas rehabilitaciones, que hacían sonreir á sus oyentes. Pero estas sonrisas sólo eran á espaldas del antiguo gobernador de Nueva Andalucía, más agriado y peleador que nunca, pronto á desenvainar su espada sin tener en cuenta el número de los enemigos, como si desease morir matando.
La única amistad tranquila y duradera que aún quedaba en su existencia era la de los frailes del convento de San Francisco. Algunos de ellos habían ido en sus expediciones. Otros guardaban memoria de sus hazañas, desde el tiempo de Caonabo, recuerdo verdaderamente extraordinario en una colonia adonde llegaban con tanta frecuencia noticias de atrevidas navegaciones y heroicas aventuras.