EL CABALLERO DE LA VIRGEN PARTE PRIMERA LA REINA FLOR DE ORO
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I Escuchando la voz del cielo
El aire parecía transmitir con estremecimientos de inquietud y extrañeza las ondas sonoras surgidas del volteo de la campana. Era la primera vez que esta atmósfera de una tierra cuyos habitantes nunca habían conocido el uso de los metales repetía tales sonidos.
Fernando Cuevas hasta se imaginaba ver cómo los árboles de la selva inmediata adquirían nueva vida, moviendo sus copas con el mismo ritmo de esta voz de argentino timbre. Y los habitantes de la frondosidad secular, monos y loros, saltaban asustados de rama en rama, luego de oir largo rato, con una curiosidad silenciosa, esta nueva voz atmosférica, más potente que todas las voces animales y vegetales de la arboleda tropical.
El antiguo paje Andújar tenía ahora casa propia y estaba erguido ante la puerta de ella, escuchando el campaneo que saludaba por primera vez la salida del sol. Esta casa era un simple bohío, igual al de los indígenas, con paredes de estacas y barro y techo cónico de hojas de palmera. A corta distancia de tal edificio rústico se levantaban otros y otros, en doble fila, formando una ancha calle, semejante á las de los campamentos. El terreno no costaba nada, y todas las vías de la población naciente eran exageradamente amplias y de horizonte despejado.
Al final de su propia calle veía alzarse Cuevas un muro de piedra. Era la muralla recién construída de Isabela, la primera ciudad fundada por los españoles en las islas inmediatas al Imperio del Gran Kan.
El almirante don Cristóbal Colón, predispuesto á la hipérbole, llamaba gravemente «ciudad» á este agrupamiento de chozas, con una cerca de piedra para defenderse de los indios bravos del interior de la isla de Haití, ó isla Española, y le había dado el nombre de Isabela, en honor de la reina de España.
Cuevas admiraba la prontitud maravillosa con que iba surgiendo del suelo. Estaban en Enero de 1494. Sólo hacía cuatro meses que habían salido de España y ya existía esta población, elevándose sobre sus cónicos techos de paja ó de hojas la iglesia, recién construída, con una espadaña de piedra, en la que daba vueltas la única campana traída del otro lado del Océano.
El padre Boil, fraile catalán, nombrado vicario apostólico de las nuevas tierras por Alejandro VI (el segundo papa Borgia), y los doce eclesiásticos que habían hecho el viaje con él, iban á consagrar aquella misma mañana el nuevo templo con una misa solemne.
Pensaba Fernando en otra ceremonia menos aparatosa, pero más importante para él, que se desarrollaría á continuación: el bautizo de su hijo Alonsico, primer blanco nacido en estas islas asiáticas, vecinas á las Indias y á la boca del Ganges. Dentro del bohío que tenía á sus espaldas, y que apreciaba tanto como un palacio por ser suyo, dormía Lucero, que era madre desde unas semanas antes, y agarrado á su pecho lloriqueaba el recién nacido, siendo su llanto para Cuevas una música grata, comparable á la de la campana.
Pasaban rápidamente por su memoria todos los sucesos ocurridos en los últimos meses al otro lado del Océano.
El doctor Acosta había hecho en Córdoba lo necesario para facilitar su matrimonio con Lucero después del bautizo de ésta. Despedíase de su mujer, que ya estaba encinta, para dirigirse á Sevilla, en busca de su amigo y protector don Alonso de Ojeda. Lucero, que había recobrado sus ropas femeniles, se abstenía de llantos y gestos desesperados al despedirse de su joven esposo.
«Es una verdadera mujer de soldado», se había dicho con orgullo Cuevas, admirando su serenidad.
En Sevilla preparaban Fonseca y el Almirante la segunda expedición para ir en busca del Gran Kan, pero ésta debía salir del puerto de Cádiz. De los diez y ocho buques que formaban la flota, catorce eran carabelas y los demás carracas—los buques de mayor tonelaje de entonces—, y esto la impedía anclar en el río Guadalquivir, esperando la orden de partida en el puerto de Cádiz.
Se instaló Cuevas en una de las carracas, mandada por don Alonso de Ojeda. El joven capitán no era marino, se embarcaba por primera vez, pero tenía el mando supremo de la nave, cuidándose de dirigir su navegación dos pilotos que estaban á sus órdenes. En este buque iban los veinte caballos de la expedición, animales de combate que habían estado en el asedio de Granada, y sus jinetes eran antiguos soldados de dicha guerra.
Cuevas lamentó no poseer una de estas bestias y tener que seguir á su admirado don Alonso como escudero de confianza, pero á pie.
—No tengas pena—dijo el joven capitán—. La guerra es para que mueran los hombres, y apenas caiga uno de los hidalgos que están á mi mandar, juro darte su caballo.
Dos días antes de que zarpase la flota, al volver Cuevas á su carraca, luego de haber cumplido en Cádiz unas comisiones de su nuevo amo, tuvo la más inesperada de las sorpresas. Vió sobre la cubierta de la nave á una mujer joven, arrebujada en un manto para ocultar el volumen anormal de su vientre. Era Lucero, que hablaba con don Alonso. Predispuesto éste á aceptar todo lo que fuese audaz y extraordinario, acogía con sonrisas y gestos aprobativos las palabras de la joven.
Se extrañó Lucero de la credulidad de su esposo al despedirse de ella en Córdoba.
—¿Pero creíste de veras que yo podía dejar que se fuese mi hombre sin seguirlo?
Había fingido conformidad para evitarse la oposición de su madre y del doctor Acosta, arreglando en secreto su fuga á Cádiz. Un «cristiano nuevo», arriero de profesión, la había acompañado hasta aquí. Además, su próxima maternidad imponía respeto, suprimiendo las tentaciones que podía inspirar su juventud. Y en Cádiz estaba para atravesar por segunda vez el Océano, pero ahora vestida de mujer.
Inútilmente protestó Cuevas. A don Alonso le parecía bien lo hecho por Lucero, y como dependía de su voluntad que ésta fuese ó no fuese en la nave, acabó el joven por callarse. En la flota no iban legalmente mas que hombres. Los reyes sólo habían autorizado el embarque de mil doscientos individuos; pero teniendo en cuenta los que recibieron autorización á última hora y los que se ocultaron en las naves para mostrarse luego en alta mar, pasaban de mil seiscientos. También se instalaron en los buques, con más ó menos secreto, algunas hembras de baja extracción, que seguían disfrazadas á sus amantes, marineros ó soldados. La única mujer de condición legítima que iba en la flota era Lucero, con la aprobación del jefe de la nave, pero sin que lo supiera el Almirante antes de la partida.
El 25 de Septiembre de 1493 salían los expedicionarios de Cádiz antes de que surgiese el sol. En las Canarias habían comprado terneras, cabras y ovejas, para aclimatar dichos animales en la isla Española, así como gallinas y otras aves domésticas.
La carraca de Ojeda, que tenía su cubierta transformada en establo para los caballos, embarcó ocho cerdos, que después habían de reproducirse portentosamente en las nuevas tierras, huyendo á los montes para formar manadas silvestres. Los físicos y herbolarios de la expedición tomaban igualmente en las Canarias semillas de naranjas, de limones y otros frutos, para reproducir en las nuevas islas los mismos jardines que habían dado á las Canarias, en la antigüedad, su nombre de Hespérides.
Cuevas iba inquieto por el estado de su mujer. Sólo le faltaban contados meses para el parto, y temía las terribles consecuencias de esta navegación y sus privaciones. Pero el viaje fué mostrándose tan fácil y dulce como el primero. Navegaban siempre con viento favorable; el mar era tranquilo. Además, Ojeda los había instalado en el alcázar de popa, cerca de él.
Vieron, como la otra vez, bancos de hierbas flotantes sobre el quieto Océano y grandes bandas de loros y otras aves de los trópicos. La tierra ya estaba cerca.
Como Fernando y Lucero eran los únicos en este buque que habían figurado en el viaje anterior, se expresaban con una seguridad de expertos navegantes, y don Alonso, así como los dos pilotos de la carraca, les oían atentamente.
Había modificado el Almirante su rumbo del primer viaje, poniendo la proa más al Sur. Quería ver aquellas islas pobladas de caribes de las que hablaban con asombro los tímidos habitantes de las costas de la Española. Así fué encontrando las pequeñas Antillas, que forman casi un semicírculo desde el extremo oriental de Puerto Rico á la costa de Paria, en la América del Sur, barrera de islas entre el llamado mar Caribe y el resto del Océano.
La primera isla que surgió ante sus ojos la llamó Colón la Dominica, por ser domingo; á la segunda le puso el nombre de Marigalante, como se llamaba la nave en que iba, y á la tercera, mucho más grande, la bautizó Guadalupe, por haber prometido á los religiosos del monasterio de la Virgen de Guadalupe, en Extremadura, convento el más famoso de España entonces, dar este título á alguna de las primeras tierras que descubriese.
Todas estas islas de montañas volcánicas, cubiertas de esplendorosa vegetación, que surgían del mar azul como altísimas pirámides de verdura, estaban pobladas de gentes belicosas que recibían á los expedicionarios á flechazos ó huían al interior para preparar emboscadas y sorpresas.
Ojeda desembarcó varias veces por encargo del Almirante para combatir á estos indígenas bravos, pero nunca quiso permitir que Cuevas le siguiese en sus cortas expediciones. Debía atender á su esposa.
A la vuelta, él y sus hombres hablaban de los restos humanos encontrados en las chozas de estos antropófagos. Cadáveres hechos cuartos colgaban de los techos de las viviendas para curarse al aire, convirtiéndose en cecina. Habían encontrado en una olla pedazos del cuerpo de un hombre joven, mezclados con carne de gansos y de loros, asándose al fuego. Y al mismo tiempo Ojeda describía con un entusiasmo desbordante, propio de su carácter apasionado, las bellezas del trópico, que conocía por primera vez, la fragancia de las flores y las gomas, los colores de los pájaros de sedoso plumaje, los revuelos de tórtolas y palomas silvestres.
En otras islas del mar Caribe fueron sosteniendo batallas con los naturales, asombrándose de que las mujeres indígenas peleasen lo mismo que los hombres. Eran éstas indudablemente las amazonas de que les habían hablado á los españoles en su primer viaje. Sus flechas resultaban tan vigorosamente disparadas, que hirieron á varios cristianos, atravesando las rodelas con que se cubrían.
Algunas de estas hembras, bien formadas de cuerpo y con facciones menos irregulares que otras indígenas, fueron hechas prisioneras, y Colón, que tan severo se había mostrado para evitar el embarque en España de mujeres blancas, distribuyó las indias cautivas entre los capitanes de nave que le eran más queridos. Uno de ellos, llamado Cuneo, italiano de nación, ataba á su india con cuerdas porque se resistía á sus deseos, declarando después de consumada la violación que la beldad cobriza se había entregado á él con tal entusiasmo que podía dar lecciones á las cortesanas más expertas de Europa.
Las costumbres de entonces no veían nada de extraordinario en estas violencias. La guerra lo justificaba todo. Además, Colón, y con él la mayoría de sus contemporáneos, consideraba á estos indígenas como pertenecientes á una humanidad inferior, indigna de los miramientos habituales entre los blancos.
Deseaban los expedicionarios dar pronto término á su viaje, pues los más de ellos se habían embarcado por primera vez. El Almirante, por su parte, sentíase agitado por la inquietud al pensar en el puñado de hombres que había dejado guarneciendo la «ciudad de Navidad», como él llamaba al pequeño fuerte de tablas levantado en las tierras de su amigo el cacique Guanacarí.
Los que habían ido en el primer viaje recordaban como una época feliz los días pasados en las costas de Haití, y los demás, creyendo sus palabras, se impacientaban por llegar á una tierra de bosques paradisíacos, abundante en oro.
Cuevas iba recordando todas las sorpresas dolorosas sufridas por los del primer viaje al seguir ahora las costas de la Española en esta segunda expedición. En el llamado golfo de las Flechas, donde había ocurrido la pelea con un grupo de indios bravos, dando él una cuchillada al más audaz de dichos indígenas, el Almirante hizo desembarcar á uno de los mancebos indios que se había llevado á España y que devolvía á su país cristianizado y vestido á la española, para que sirviese de intérprete. Este indígena, cargado de regalos, bajó á tierra y ya no lo vieron más. Sólo quedaba en la flota como traductor un joven de Guanahaní, que se había bautizado en Barcelona, tomando el nombre de Diego Colón, el hermano menor del Almirante, y que se mantuvo siempre fiel á los españoles.
El 25 de Noviembre anclaban ante Montecristi, cerca de la corriente acuática que Colón había llamado Río de Oro. Un grupo de marineros, al explorar la costa, encontraba dos cadáveres, uno de ellos con una cuerda de esparto español atada al cuello; pero estaban tan desfigurados, que resultaba imposible adivinar si eran indios ó blancos.
Las dudas que empezaban á sentir muchos sobre el destino de los hombres que se habían quedado en la Navidad se hacían cada vez más siniestras. Cuevas, que había bajado á la playa, descubrió otros dos cadáveres ya en descomposición, pero uno de ellos tenía barba, signo indudable de que era el cuerpo de un blanco.
Al mismo tiempo el Almirante y otros personajes dudaban de que los indígenas hubieran podido atacar á la guarnición de la Navidad, en vista de la franqueza y el desembarazo con que llegaban en sus canoas hasta la flota y subían á los buques para hacer cambios con las tripulaciones. El 27 llegaron al anochecer frente al puerto de la Navidad, manteniéndose á una legua de tierra por miedo á las rocas en las que había naufragado la Santa María durante el primer viaje.
Como empezaba á cerrar la noche con la rapidez de los crepúsculos tropicales, nadie pudo ver el aspecto de la costa. Impaciente Colón por salir de dudas, mandó disparar dos cañonazos. Había dejado en el fuerte de Navidad varias piezas de artillería, y era indudable que iban á contestar á dicha señal. Repitió el eco á lo largo de la costa las dos detonaciones. Luego se restableció el silencio. En vano avanzaron la cabeza, capitanes y pilotos, en todos los buques, esperando oir algún grito de respuesta. Ni luces, ni voces.
Cuevas y Lucero mostráronse inquietos al encontrarse frente al lugar donde habían creído ver morir á su enemigo Pero Gutiérrez. ¡Si viviese aún, por un capricho de la suerte, y los denunciase al Almirante!...
Lamentaban al mismo tiempo este mortal silencio de la noche tenebrosa, indicador de que no quedaba ya ningún vestigio de la pequeña población que habían visto nacer.
Pasaron muchas horas para las gentes de la flota, fluctuando entre la credulidad y el desaliento. A medianoche una canoa se acercó al buque almirante, preguntando los indios desde lejos si Colón venía en él. Y se negaron á subir, hasta que un grumete puso una antorcha junto al rostro del Almirante para que lo reconociesen.
Un pariente del cacique Guanacarí entró en el buque, entregando á don Cristóbal dos máscaras con adornos de oro semejantes á las del primer viaje. Sus declaraciones sobre la suerte de los españoles que habían quedado en el fuerte resultaban confusas, pues el indio Diego Colón, único intérprete, era de las Lucayas y su lengua se diferenciaba de la de Haití. Entendió Colón que muchos de los españoles habían muerto, pero otros estaban en el interior de la isla con sus mujeres indias, y también que Caonabo, terrible cacique de Cibao, el «país de las montañas de oro», había atacado á Guanacarí por ser amigo de los españoles, y éste había sido herido en una pierna, y todavía se hallaba convaleciente, por lo cual le había sido imposible venir en persona á saludar al Almirante.
Colón, que tenía gran confianza en su amigo el «rey virtuoso», se mostró casi alegre. Era indudable que muchos de los suyos habían muerto, pero otros vivían establecidos en el interior, tal vez para estar más cerca de las minas de oro, y debían guardar grandes cantidades de dicho metal.
La gente de todos los buques esperó la llegada de la aurora con más ánimo. Al enterarse de que los indios habían traído regalos, creían que á la mañana siguiente iban á renovarse todas las escenas agradables relatadas por los del primer viaje.
Cuevas y su mujer se mostraban menos optimistas. Presentían que los indios iban dando al Almirante, en pequeñas porciones, una terrible noticia, y que al amanecer contemplarían los restos de una gran catástrofe. Volvieron á su memoria las protestas de Pinzón y los amigos de éste por haber abandonado el Almirante aquel grupo de hombres entre inmensas muchedumbres de dudosa fidelidad y carácter tornadizo.
Salió el sol, iluminando una costa completamente desierta. Cuevas la recordó como la había visto meses antes, con numerosos grupos de indios en la playa, otros grupos nadando hacia las carabelas y enjambres de canoas deslizándose incesantemente entre la flotilla y la costa.
—Ahora ni una barca, ni un hombre, ni un poco de humo entre los árboles que revele la existencia de un bohío—dijo á Ojeda, señalando la costa desierta.
Inquieto el Almirante por esta soledad, envió una barca á tierra, y don Alonso, no menos ansioso de conocer este misterio, hizo lo mismo en el batel de su nave, acompañándole Fernando como experto en el país.
Del antiguo fuerte sólo quedaban ruinas ennegrecidas por el incendio, cajones y toneles rotos, vestidos europeos hechos harapos, últimos vestigios de un saqueo destructor. Algunos indios que los espiaban á través de los árboles huyeron al verse descubiertos por los españoles.
Bajó Colón á tierra al día siguiente con la esperanza de que viviesen aún algunos de la guarnición y estuvieran ocultos en las cercanías. Hizo disparar cañones y arcabuces para que acudiesen los fugitivos, pero un triste silencio volvió á restablecerse después de las detonaciones.
Recordando que había dado orden á su pariente Diego de Arana para que en caso de peligro enterrase las cantidades de oro que seguramente iba á juntar, dispuso que se hiciesen excavaciones en las ruinas del fuerte y se desaguase su pozo. Pero los toneles llenos de oro hasta los bordes con que había soñado Colón no se encontraron por ninguna parte. Mientras tanto, otros grupos de españoles, al explorar las inmediaciones, encontraban los cadáveres de once hombres ya corrompidos, que por sus trajes y barbas mostraban ser europeos.
Al fin se dejaron ver algunos indios que conocían contadas palabras de español, así como los nombres de todos los que habían quedado á las órdenes de Diego de Arana, y con la ayuda del único intérprete pudo rehacerse la historia de la catástrofe, entre dudas, contradicciones y vacíos inexplicables.
Cuevas se asombró al oir el nombre de Pero Gutiérrez. Unos indios lo omitían en sus relatos; otros hablaban de él como principal causante de lo ocurrido. ¡No había muerto del flechazo en el cuello!...
A juzgar por lo que algunos indígenas contaban de él, dicha herida no había resultado mortal. Su soberbia le ponía en pugna con Diego de Arana, y él y Escobedo, el otro lugarteniente, se negaban á reconocer su autoridad superior. Poseían numerosas mujeres, pero esto no evitaba que se sintiesen tentados por las de los otros, robándolas á padres y esposos. Los dos abandonaban finalmente el fuerte con algunos de sus partidarios, y atraídos por las maravillosas descripciones de las minas de Cibao, iban en busca del rey de dicha tierra, el famoso Caonabo.
Este soberano indio, que era caribe de raza, daba muerte á Gutiérrez y á Escobado, así como á sus acompañantes, y juntando un ejército caía sobre el fuerte de Navidad. Sólo vivían dentro de él diez hombres, con el gobernador Arana, en lamentable descuido, sin vigilancia alguna. Los demás se habían instalado en los alrededores con sus mujeres. Todos ignoraban que Gutiérrez y Escobedo, por avaricia y soberbia, habían ido en busca de Caonabo, despertando con tal visita la agresividad del terrible cacique. Los europeos eran exterminados antes de que pudieran defenderse. Sólo ocho tuvieron tiempo para huir y se ahogaron en el mar. Guanacarí y sus gentes habían intentado defender á sus huéspedes, pero no eran hombres de guerra y con facilidad los hizo huir Caonabo. Guanacarí quedaba herido en el combate y su ciudad reducida á cenizas.
Al día siguiente de escuchar este relato, supo Colón que Guanacarí estaba enfermo en una aldea cercana. Uno de los capitanes españoles lo había descubierto tendido en una hamaca y rodeado de siete de sus mujeres. Fué en persona el Almirante á visitarlo, seguido de los principales personajes de su flota, ricamente vestidos de sedas y brocados ó cubiertos de armaduras de acero.
Derramó, como siempre, el «rey virtuoso» abundantes lágrimas mientras hacía el relato de lo ocurrido en la Navidad y sus esfuerzos por defender á los españoles. Como estaba cojo y se quejaba de agudos dolores, ordenó Colón que lo examinase un cirujano de su flota, y al quitarle éste las vendas no halló signos de herida, á pesar de lo cual el cacique prorrumpía en gritos de dolor cuando le manoseaban la pierna.
Algunos de los blancos presentían en todo esto una falsedad, teniendo á Guanacarí por cómplice de Caonabo. El padre Boil, fraile de carácter rudo, exhortó al Almirante para que no se dejase engañar más por este indio embaucador. Pero Colón daba como pruebas de su lealtad el estar quemada y en ruinas su población principal. Además, un castigo del cacique por su perfidia podía aumentar el recelo y la fuga de los indígenas, que trataban ahora á los «hijos del cielo» con menos reverencia que en el primer viaje.
Guanacarí visitó al Almirante en su nao, encontrando en ella diez mujeres indígenas que habían sido libertadas de los caribes en una de las islas recién descubiertas. Una de ellas, que ya había sido bautizada, tomando el nombre de Catalina, gustó mucho al cacique, que siempre tenía un harén abundante, y, según afirmaban sus enemigos, lo sometía muchas veces á caprichos antinaturales.
Después de esta visita se estableció una inteligencia secreta entre el cacique, que permanecía en tierra, y las mujeres indias. Una noche, la intrépida Catalina, cuando toda la tripulación estaba en su primer sueño, despertó á sus compañeras, y aunque la nave almirante estaba á tres millas de la playa y era grande el oleaje, las diez isleñas, acostumbradas desde niñas á una diaria natación, se arrojaron al agua, dirigiéndose hacia la obscura costa con vigoroso braceo. Dieron el grito de alarma los vigías, salieron varios botes en persecución de las nadadoras, bogando en dirección á una luz que brillaba en la costa y las servía de norte, pero sólo pudieron alcanzar á cuatro de ellas, escapando la valerosa Catalina con las cinco restantes para ocultarse en los bosques inmediatos á la playa.
Al amanecer el día siguiente envió Colón una orden á Guanacarí para que devolviese las fugitivas; pero sus emisarios hallaron abandonada la casa del cacique y no encontraron un solo indio. Después de esta fuga general todos consideraron las desiertas cercanías de la Navidad como un lugar de mal agüero. Las negras ruinas de la fortaleza y las tumbas rústicas que habían erigido á los cadáveres de sus compatriotas ensombrecían la belleza de los bosques inmediatos. Cuevas y Lucero se acordaban con frecuencia del pobre Garvey, su amigo irlandés.
Un lugar situado cerca de Montecristi, con puerto espacioso, tupidas florestas y dos ríos abundantes en peces, fué acogido como solar favorable para la fundación de una ciudad. Además, Colón sintióse atraído por ciertas noticias de los indios, según las cuales, el Cibao, tan abundoso en oro, estaba á corta distancia, extendiéndose sus montanas casi paralelas al nuevo puerto.
Al fin pudieron desembarcar las tropas con los trabajadores y artesanos que iban á edificar la primera ciudad. Echáronse á tierra las mercancías que debían servir para el comercio con los naturales, los cañones y municiones, las herramientas agrícolas, los cuadrúpedos y las aves que habían padecido mucho durante el viaje y la caballada estabulada en la carraca de Ojeda.
Todos se mostraban alegres al verse libres de la penosa estrechez de los barcos, sufrida durante meses y meses, al no respirar la hediondez del amontonamiento y percibir la fragancia de las florestas tropicales.
Cuevas había visto surgir en pocas semanas las calles y plazas de Isabela. El templo, el almacén de provisiones y la vivienda del Almirante eran de piedra. Las casas de los particulares, unas de madera, otras de cañas y de tierra apisonada.
Trabajaron todos con entusiasmo en los primeros días, pensando que el oro les esperaba más allá de los bosques, en aquellas montañas que asomaban sus cúspides sobre la arboleda. Lo urgente era crear la ciudad. Después irían á hacerse ricos en unas cuantas horas, ya que estaban en Cipango.
A los pocos días se desvanecieron estos entusiasmos. Las enfermedades propias de una violenta aclimatación y de una tierra virgen, no domada aún por el hombre, se ensañaron en los colonizadores. No acostumbrados á la vida del mar los más de ellos, habían padecido mucho al vivir encerrados en los buques, alimentándose con provisiones saladas y en mal estado por los accidentes de la navegación. Además, el clima húmedo y cálido, la continua evaporación de los ríos, la atmósfera estancada por las espesas arboledas, empezaron á enfermar á unos hombres acostumbrados á moverse en otro ambiente.
Muchos de ellos habían vivido hasta entonces de hacer la guerra, sin conocer un trabajo regular. Los de profesión manual se veían obligados á edificar una ciudad, desmontando la tierra á toda prisa, cuando necesitaban reposo y descanso, después de tan penoso viaje. Caían enfermos los más, y á sus dolencias físicas iba unida la desilusión. Tenían que llevar una existencia casi salvaje, cuando habían soñado, hasta pocos días antes, con las ricas ciudades de Catay, viéndose alojados en sus palacios de mármol ó cobijándose bajo las techumbres áureas de Cipango.
Los indios de los alrededores traían oro para trocarlo, pero en pequeñas cantidades, y era ya indudable que este metal sólo podía adquirirse con perseverante y fatigoso trabajo.
Hasta Colón, el más optimista de todos, caía enfermo, pasando varias semanas en cama. Y en tal situación fué cuando Lucero tuvo á su hijo, asistida por el doctor Chanca, famoso médico de Sevilla, que había pedido voluntariamente figurar en este segundo viaje, seducido por la novedad del descubrimiento y por las seguridades que daba el Almirante de topar ahora con el Imperio del Gran Kan.
Fernando Cuevas, siempre de pie á la puerta de su bohío, fluctuaba entre la decepción y el entusiasmo, como la mayor parte de los blancos que habían venido á establecerse en este lugar, hermoso é insalubre, embellecido por los mayores esplendores de la Naturaleza y hostil al mismo tiempo para los hombres no nacidos en él.
La abundancia de insectos sanguinarios hacía un infierno de sus noches. La nigua y otros parásitos se ensañaban, con la furia de la novedad, en los cuerpos de blanca epidermis. El joven pensaba inquieto en aquel pequeño ser, carne de su carne, que respiraba y empezaba á abrir sus ojos á pocos pasos de él. Necesitaba defenderlo, con precauciones paternales, de los peligros de este ambiente hermoso y poco propicio para los que aún no se habían adaptado á él. Igualmente debía preocuparse de Lucero, muy animosa durante el viaje, pero quebrantada por la maternidad al pisar la nueva tierra.
Un misterio inquietante se abría ante la imaginación de Fernando al mirar la naciente ciudad. ¿Morirían allí todos, exterminados por el clima adverso, ó sorprendidos, como los de la guarnición de la Navidad, por el inesperado ataque de aquellos guerreros cobrizos que vivían misteriosamente más allá de los bosques, en montañas lejanas, rojas como la sangre á la salida del sol, azules á la hora del crepúsculo?...
Luego, la confianza que mostraba el invulnerable don Alonso, «el Caballero de la Virgen», enardecía á Cuevas. Indudablemente, ya que estaban en Cipango, según decía el Almirante, debían existir en el interior de la isla, cerca de sus minas de oro, ricas ciudades donde un hombre valeroso podía adquirir, gracias á su valor, considerables riquezas.
No podía quejarse aún de su destino. Uno de aquellos veinte caballos que admiraban y espantaban á los indígenas, como animales fabulosos, sería suyo muy pronto. El soldado de Ojeda á quien pertenecía iba á morir de un momento á otro, á consecuencia de un flechazo «con hierba» recibido en una de las islas Caribes. Él iba á ser uno de los primeros que penetraría en el interior misterioso de Cipango. ¿Qué más podía desear?...
Seguía sonando la campana sobre su cabeza. Volaban asustadas las bandas de loros, volviendo poco después atraídas por la curiosidad. Repetía la atmósfera el canto de esta voz metálica con la vibración de un armonioso y claro cristal. Sonreía la mañana con entusiasmo ingenuo y pueril, seducida por esta nueva música.
En lo alto de los árboles se entreabrían las hojas, dejando visibles centenares de cabezas de monos que escuchaban con grotesca gravedad. Abajo, entre lianas y troncos, surgían otras cabezas más grandes. Eran de indígenas del interior que llegaban arrastrándose para escuchar la voz de esta divinidad de bronce, traída por los blancos del cielo, y que podía hablar á enormes distancias.
Y algunos de estos indios eran de luengos cabellos y altos plumajes, con la cara y el cuerpo pintados, llevando arco, flechas y un palo duro á guisa de espada. Lo mismo que aquellos otros que al final del primer viaje habían intentado cautivar al paje Andújar y á un grupo de marineros.
II Donde el Caballero de la Virgen descubre oro y lucha heroicamente con el hambre
Una tarde, Alonso de Ojeda, que estaba alojado en la misma casa de piedra ocupada por el Almirante, fué en busca de Fernando.
Don Cristóbal, todavía en cama, enfermo de fiebres y con el ánimo muy decaído, había llamado á su joven capitán. Los buques de la flota tenían ya echados en tierra sus cargamentos y debían volverse á España. Había esperado el Almirante disponer de enormes cantidades de oro y especias, acumuladas por la guarnición de la Navidad, y sólo encontró ruinas y cadáveres. ¿Qué dirían en España los reyes y todos los que habían acogido con júbilo la noticia de sus descubrimientos?...
—Es necesario—resolvió Colón—enviar allá algo. Estamos en Cipango y deben existir en el interior de la isla populosas ciudades, en alguna región más cultivada, allende las montañas elevadísimas que desde aquí vemos. Todos los indios hablan de Cibao como lugar de oro, y el nombre de Caonabo, que significa en nuestro romance «Señor de la casa dorada», demuestra la riqueza inmensa de sus Estados. Creo que sus minas no están mas que á tres ó cuatro días de viaje, marchando hacia el interior. Id, hijo, con algunos de vuestros hombres á explorar la tierra, antes de que zarpen los buques, y si Dios quiere que se confirmen mis esperanzas, la flota podrá llevar á España las nuevas de que hemos descubierto al fin las montañas de oro de Cipango.
Y Ojeda venía á dar aviso á su protegido para que fuese de tal expedición. Se despidió Cuevas de Lucero, asegurando que su ausencia sólo duraría una semana. La joven estaba ya repuesta de su parto, lánguida aún por el cansancio, pero al mismo tiempo animada por el orgullo de su maternidad. Don Alonso había sido el padrino de su hijo, dándole su propio nombre. Los señores más importantes de la nueva colonia se preocupaban de ella y de su niño, por ser éste el primer nacido en Isabela. El encargado de los víveres la hacía frecuentes regalos. Las contadas mujerzuelas que habían seguido ocultamente á los expedicionarios, conmovidas por una solidaridad de sexo, acudían á la casa de la parturienta para servirla como criadas voluntarias. Luego continuaban sus visitas, por la tolerancia bondadosa con que las acogía Lucero, no obstante la desigualdad de sus respectivos estados sociales. Esta vida incierta de aventuras en un mundo completamente nuevo borraba las diferencias jerárquicas que habían subsistido hasta el momento de desembarcar.
También Fernando notaba una transformación importante de su persona en esta nueva existencia. Todos los jinetes mandados por Ojeda habían sido en España jóvenes hidalgos, orgullosos de su linaje y de haber vencido á los moros, mostrando cierta vanidad al hablar de sus parientes ricos ó de los personajes nobles emparentados con sus familias.
En España hubiese sido Fernando Cuevas para ellos un mísero paje, hijo de un escudero olvidado. En este mundo nuevo sentíase el joven ensoberbecido por una tendencia igualitaria. Era hijo de un hombre de armas que había muerto en la guerra, como los ascendientes de los otros; no de un menestral de profesión villana, y sentíase tan hidalgo como los demás. Únicamente la simpatía y la admiración le hacían respetar á Ojeda como superior.
Partió á la mañana siguiente con su audaz capitán y seis de aquellos nobles mancebos que eran ahora sus camaradas. Todos iban montados en caballos andaluces, grandes, carnudos, de colas y crines largas, los jaeces adornados con cascabeles, y este continuo tintineo, así como el roce metálico de sus armaduras, daba á los ocho hombres y á sus corceles un aspecto imponente para los indígenas. Iban á creerlos divinos centauros, descendidos del cielo, bestias humanas, mezcla de animal y de hombre, que unas veces se partían y otras avanzaban formando una sola pieza.
Emprendía Ojeda alegremente esta exploración peligrosa y aventurada. Desde muchos días antes sentíase agitado por un sentimiento agresivo de rivalidad y celos, la molestia que siente todo hombre corajudo cuando oye hablar con frecuencia de otro igualmente valeroso.
—Harto estoy—decía—de ese Caonabo, cacique de las montañas. Los indios sólo hablan de él como si fuera á comérsenos. Hagamos una algarada en sus tierras y á ver qué nos pasa.
Marcharon directamente hacia el interior, perdiendo de vista el mar. En los dos primeros días las jornadas fueron penosas y lentas. Tuvieron que atravesar tupidos bosques siguiendo los senderos casi borrosos que los indios abrían con el roce de sus pies desnudos.
No encontraban á nadie. Los indígenas que osaban vivir cerca de la colonia de los blancos huían al ver de lejos á estos hombres de hierro, montados sobre unas bestias quiméricas que sonaban al trotar y conmovían de vez en cuando el silencio de la arboleda con sus agudos relinchos.
En la tarde del segundo día llegaron al pie de una sierra elevada, y á través de angostos desfiladeros alcanzaron la meseta, pasando en ella la noche. Al salir el sol vieron á sus pies una extensa y hermosa llanura, con grupos de árboles y abundantes pueblos, atravesada por el curso serpenteante del río Yagui, el mismo que Colón había bautizado Río de Oro al encontrar su desembocadura en Montecristi.
Al bajar á la planicie, penetrando en pueblos de enorme vecindario, Ojeda y sus jinetes se vieron acogidos con una respetuosa y admirativa hospitalidad, cual si fuesen dioses. Tuvieron que vadear muchas veces el mismo río y otros que afluían á él, llegando á las montañas que estaban enfrente, después de varios días de marcha por la llanura.
Ya estaban en las regiones doradas de Cibao. El temible Caonabo debía hallarse ausente, en alguna expedición guerrera, pues no se presentó á cortarles el paso.
Los habitantes del país iban desnudos como los otros y se hallaban en el mismo estado de vida primitiva. En ninguna parte encontraron vestigios de aquellas ciudades ricas y enormes que suponía Colón en el interior de la isla. Ojeda no se desalentó al ver desmentidas de un modo tan completo las suposiciones del Almirante.
—Ignoro si esto es Cipango ó no lo es—dijo á Cuevas—, pero oro lo hay á manta.
La ilusión y la realidad se mezclaba ante sus ojos con deslumbrantes espejismos. Veían relumbrar la tierra de las montañas á causa de las partículas de oro. Los indios separaban con destreza estos pequeñísimos granos para ofrecerlos á los temibles centauros. Otras veces las piedras jaspeadas de metal sin ningún valor les parecían de puro oro, como le había ocurrido al Almirante en el río inmediato á Montecristi.
De todos modos el oro verdadero resultaba abundante. Como los indios no sentían por él gran aprecio, las corrientes acuáticas, al descender de las montañas, habían ido depositándolo, durante siglos y siglos, en el lecho de ríos y barrancos, y este puñado de centauros audaces eran los primeros en explorar, aunque fuese al galope, tales yacimientos.
Encontró Ojeda en uno de los arroyos un pedazo de oro en bruto que pesaba nueve onzas.
—Todo esto no son mas que barreduras del suelo—dijo el hidalgo, entusiasmado—. Lo más importante está oculto en las grietas y entrañas de la sierra, y lo iremos sacando cuando volvamos con más calma.
Como el Almirante le aguardaba impaciente para despachar los buques, y las noticias que llevaba Ojeda eran muy gratas, se apresuró á volver á Isabela con su gente.
Dispuesto Colón á creer las más exageradas magnificencias de aquella tierra, se reanimó con los informes del joven capitán, tan imaginativo y entusiasta como él. Todos los de la ciudad se enardecieron igualmente con los relatos que iban haciendo de grupo en grupo Cuevas y los otros jinetes.
La estación era propicia para la vuelta á España, y Colón se apresuró á aprovecharla, quedándose sólo con cinco buques para el servicio de la colonia y despachando los otros con rumbo á Cádiz.
Envió muestras del oro encontrado por Ojeda, así como de frutos y plantas curiosas, y lo menguado y pobre del cargamento lo remedió con largos escritos describiendo la hermosura de la isla y dando seguridades de poder enviar en otro viaje buques llenos de oro y de especias. En cambio, pedía con angustia que le remitieran cuanto antes nuevos cargamentos de víveres.
Existían en Isabela más de mil personas no acostumbradas aún á los manjares indios, y empezaban á escasear los alimentos procedentes de Europa. Una gran cantidad de vino se había perdido durante el viaje por no estar los toneles bien preparados para las altas temperaturas del trópico. Necesitaban alimentos, medicinas, ropas, armas, y también mayor cantidad de caballos. Y como por el momento no podía enviar Colón mucho oro con que adquirir lo que necesitaba la colonia, propuso en su carta á los reyes que le autorizasen para cazar indios caníbales y llevarlos á España, donde serían vendidos como esclavos, bautizándolos antes. De esta manera, el Tesoro real recibiría enormes ingresos, los isleños se verían libres de sus terribles vecinos los caribes, y adquiriría la religión grandes multitudes de adeptos, salvando sus almas á la fuerza.
La partida de la flota para España produjo en Isabela tristeza y desaliento. Centenares de seres vieron alejarse la mayor parte de los buques con rumbo á España, mientras ellos se quedaban en una tierra hermosa, pero inclemente, roídos por las enfermedades, sometidos á ración, como en una nave falta de víveres, teniendo que trabajar en labores que los más de ellos no habían hecho nunca, improvisándose albañiles ó labriegos, cuando habían venido como hombres de espada, con la esperanza de conquistarse tal vez un pequeño reino.
Algunos habían vendido ó malbaratado las tierras que poseían en España para venir á este nuevo viaje de los argonautas, creyendo asunto de unas semanas nada más el hacerse rico en las tierras del Gran Kan... Y empezaban á ver ante ellos un porvenir de miseria, en medio de poblaciones desnudas y sobrias, acostumbradas á una vida sin comodidades.
Se fué generalizando la duda sobre las afirmaciones del Almirante. Volvían muchos á considerarlo un hablador imaginativo, como en los tiempos que era apodado «el hombre de la capa raída». ¿Dónde estaban las ricas ciudades de Asia, todas de mármol, con sus cortejos vestidos de oro y sus filas de elefantes?... ¡Y pensar que muchos de ellos habían buscado influencias en la corte para que los admitiesen en esta expedición, y otros se ocultaron en los buques, arrostrando terribles penalidades, para poder asistir al fabuloso reparto de riquezas que iba á realizarse al otro lado del Océano!...
Colón se excusaba diciendo que bien había advertido en Sevilla y Cádiz, antes de partir la flota, que la empresa no iba á ser tan cómoda como se imaginaban las gentes, y el oro, aunque existía, costaba muchas fatigas el adquirirlo. Esto era cierto; pero el temible imaginativo olvidaba que meses antes, al volver de su primer viaje, había exaltado á todos con exageradas descripciones de las inauditas riquezas que le esperaban allá, y las muchedumbres se aferran siempre á las afirmaciones optimistas del primer momento, olvidando las prudentes rectificaciones llegadas después.
Cuevas empezó á darse cuenta de la animadversión creciente de los españoles contra Colón. Él y Lucero mostraban un respeto admirativo por el Almirante, reconociendo la exactitud de muchas de sus quejas. Pero al mismo tiempo encontraban justas las lamentaciones de una muchedumbre enferma, fatigada y sin ilusiones, afirmando, cada vez en tono más fuerte, que el Almirante los había engañado.
Uno de los personajes más importantes de la colonia era Bernal Díaz de Pisa, hombre bien visto en la corte, y que venía de contador en la expedición. Había perdido su empleo en España creyendo de buena fe que iba á manejar grandes riquezas en las tierras del Gran Kan, como los tesoreros de los cuentos orientales, y su desilusión al encontrarse en una isla salvaje se iba trocando en odio contra el Almirante.
Otro de los descontentos era un ensayador y purificador de metales llamado Fermín Cado. También había venido con la esperanza de que iba á examinar montañas enteras de oro, y al ver este metal solamente en pequeñas cantidades traídas por los indios, y muchas veces de baja ley, negaba públicamente que existiesen en la isla grandes yacimientos auríferos.
Los descontentos formaron el plan de apoderarse de los cinco buques anclados frente á Isabela é irse con ellos á España, llevando á los reyes un memorial, escrito por Bernal Díaz de Pisa, en el que se relataban todas las tristezas de la naciente colonia, exagerándolas para que contrastasen más aún con las fantasías de Colón.
El miedo á los hombres de guerra adictos al Almirante, y la imprudencia de los conjurados, hicieron abortar el plan. Colón metió preso á Díaz de Pisa en uno de los buques, para enviarlo oportunamente á España, y castigó á los demás comprometidos en una rebelión que tantas veces iba á reproducirse durante su mando.
Como ya estaba restablecido de su enfermedad y necesitaba reanimar á su gente, preparó una gran expedición á las montañas de Cibao. Durante su ausencia le reemplazaría como gobernador su hermano Diego. Cuevas apreciaba su carácter pacífico y suave, reconociendo al mismo tiempo la imprudencia en muchas ocasiones de sus palabras, más sinceras que oportunas. Era el menos inteligente de los Colones; iba vestido con hábitos casi sacerdotales, y su ambición secreta era que su poderoso hermano el Almirante consiguiese de los reyes que lo hicieran obispo.
La mayor parte de la población de Isabela marchó en esta expedición al interior. Como Colón tenía el propósito de levantar una fortaleza cerca de las minas, llevó con él á todos los artífices y trabajadores de la ciudad. Sólo quedaron en ésta los hombres necesarios para guardar su muralla de piedra.
Don Pedro Margarit, noble catalán que había ido en este segundo viaje como jefe de las tropas, cabalgaba al lado del Almirante. Eran cuatrocientos hombres los que formaban el grueso de la expedición, ejército enorme en aquella tierra, dada la superioridad de sus armas. Salieron de Isabela con las banderas desplegadas, al son de trompetas y tambores, seguidos de una muchedumbre de indígenas que habían acudido á presenciar este maravilloso espectáculo. En la vanguardia iba Ojeda con todos sus jinetes.
Al llegar á la montaña, la aspereza del terreno trastornó el aspecto bizarro de las tropas. Hubo que avanzar por estrechos desfiladeros que impedían el paso á las cargas de municiones, víveres, herramientas y armas. Ya no era la expedición á la ligera hecha por don Alonso y sus compañeros. Éstos y otros que habían hecho la guerra á los moros en las montañas de Granada se lanzaron animosamente á abrir un camino, el primero del nuevo mundo, y Colón bautizó este paso con el título de Puerto de los Hidalgos, para honrar á los caballeros que lo habían hecho.
Al ver desde lo alto la hermosa llanura, la llamó Vega Real, y descendió á sus numerosos pueblos, entrando en ellos con el mismo aparato bélico que había salido de Isabela.
Nuevamente los indígenas volvieron á asombrarse viendo los caballos, que eran en esta segunda irrupción más numerosos, no pudiendo contener sus gritos cada vez que el fabuloso animal se partía, apeándose el jinete, para volver á rehacerse en una sola pieza poco después.
Al pie de las montañas de Cibao tuvieron los españoles que enviar su recua de mulas á Isabela, por haber consumido ya el pan y el vino. No estaban acostumbrados aún á los alimentos de los indios, que después fueron encontrando nutritivos y agradables.
Las montañas de Cibao eran yermas, de lúgubre aspecto, como ocurre casi siempre en los países ricos en minas; los árboles pocos y débiles, y el agua, muy abundante en algunos lugares, faltaba completamente en otros. Pero los expedicionarios se consolaban encontrando abundantes granos de oro. Los indios montañeses, viendo cómo los blancos apreciaban este metal, se apresuraban á regalarles pequeños fragmentos que iban á buscar en los lechos secos de los torrentes.
No quiso seguir Colón más adelante. Estaban á diez y ocho leguas de su ciudad, y la comunicación era difícil, por tener que salvar dos cadenas de montañas. Lo prudente era hacer un fuerte en el punto á que había llegado, con guarnición que labrase las minas inmediatas y explorase el resto de Cibao. Este fuerte fué construido de madera, sobre una colina rodeada casi enteramente por un río, y con profundo foso en el lado no resguardado por aquél.
Colón, acordándose de sus enemigos de Isabela, le dió festivamente el nombre de Santo Tomás, porque dicho apóstol sólo podía creer lo que viese y tocase. Ya habían visto sus gentes el oro de Cibao y lo tocaban con sus manos.
Llegaban á bandadas los indígenas trayendo oro en polvo ó en pepitas menudas, para darlo á cambio de un cascabel. Y como todos los cobrizos eran naturalmente imaginativos y embelecadores, al verse escuchados con tanta atención por estos seres de origen celeste, exageraban á porfía sus informes, afirmando que á pocas jornadas de camino se hallaban pedazos de oro grandes como naranjas, y otros añadían que como cabezas de muchacho. Pero tales riquezas siempre estaban más lejos... ¡más lejos!
Cuando Colón y su tropa volvieron á Isabela, semanas después, encontraron á los habitantes más abatidos y enfermos que antes de su partida. El calor y la humedad obraban prodigios en la fecundación de los campos. A fines de Marzo, un labrador presentó ya al Almirante espigas de trigo sembrado á fines de Enero. Prosperaban rápidamente la caña de azúcar, traída de España, la viña y numerosas hortalizas. Pero el sol abrasador y el suelo vaporoso desarrollaban las fiebres. Todos estaban enfermos ó postrados. Las construcciones se paralizaban y los cultivos quedaban interrumpidos. Los víveres traídos de España se pudrían, y era necesario acortar las ya mermadas raciones.
Caballeros que no habían trabajado nunca é iban vestidos con lujosos trajes tenían que suplir á los menestrales y agricultores enfermos. Muchos de ellos no buscaban riquezas. Habían hecho el viaje á las tierras del Gran Kan para realizar hazañas en países orientales, como los paladines de las novelas caballerescas... ¡Y cuando soñaban con ser héroes de epopeya, se veían convertidos en trabajadores manuales, semejantes á los que habían considerado siempre en Europa como de un rango inferior!...
Al mismo tiempo Colón deseaba continuar sus viajes marítimos. Se hallaba cerca de Cuba, que era, según él, la punta avanzada de Asia. Lo mejor para sacar á la colonia de su incierta situación era que él fuera animosamente en busca del Gran Kan, navegando hacia Poniente. Tal vez sólo le separaban unas cuantas singladuras de los grandes puertos de Asia. Y dejando otra vez la ciudad bajo el gobierno de su hermano Diego, se embarcó el 24 de Abril, llevando con él á Juan de la Cosa, el célebre piloto, que le había seguido igualmente en este segundo viaje. Costeando la península llamada Cuba daría indudablemente con el famoso Catay.
Para evitar las enfermedades de Isabela, asegurando al mismo tiempo su dominio sobre la isla, ordenó que se esparciesen por el interior todas las tropas. Alonso de Ojeda, con cincuenta hombres, debía guarnecer el fuerte de Santo Tomás. El resto del ejército, mandado por don Pedro Margarit, correría la provincia de Cibao y luego toda la Española. Y se lanzó á navegar, dejando en Isabela á su hermano, que no obstante ser extremadamente devoto, vivía en guerra abierta con el padre Boil. Margarit, por su parte, consideró inútil el paseo militar por la isla, prefiriendo instalarse en los pueblos de la dulce Vega Real, donde los soldados empezaron á desmoralizarse, llevando una vida de voluptuosidades y violencias. Hasta dejaron de formar un cuerpo compacto y se dividieron en partidas, que corrían á su gusto el país en busca de oro.
No podía consentir Margarit que don Diego Colón interviniese en todos los asuntos, no obstante su reconocida impericia. En ausencia del Almirante, él, por ser jefe de las tropas, se consideraba único gobernador. El padre Boil, vicario apostólico, también se creía rebajado por las intromisiones de este Colón, aprendiz de clérigo, y un día, él y Margarit, con muchos descontentos, resolvieron volverse á España para acusar al Almirante, demostrando á los reyes la falsedad de sus descripciones y la poca valía de las tierras descubiertas, que nada tenían que ver con el rico Imperio del Gran Kan.
Colón se había llevado tres carabelas: la Niña, que en este segundo viaje había tomado el nombre de Santa Clara, y las llamadas San Juan y la Cordera. Dejó en Isabela dos buques mayores, por ser demasiado grandes para explorar costas y ríos, y de ellos se apoderaron los conjurados, haciéndose á la vela para España. El primer general y el primer nuncio apostólico en el nuevo mundo desertaban sin pensar en las consecuencias.
Cuevas y Lucero no presenciaron las agitaciones y desórdenes que produjo todo esto en Isabela. Estaban en el fuerte de Santo Tomás con don Alonso, y durante un mes ignoraron lo ocurrido en la colonia.
Había accedido Ojeda á los ruegos de su protegido, que deseaba vivir cerca de las minas. En Isabela nada tenía que hacer, y ahora que era padre veía acrecentados sus anhelos de riqueza. Estando en Santo Tomás exploraría las montañas de Cibao con la esperanza de adquirir mucho oro. También Lucero, con Alonsico pegado á sus pechos, emprendió el viaje al interior de la isla.
Esta tropa de Ojeda era la única que se mantenía disciplinada y obediente á su jefe. Los soldados dispersos de Margarit habían esparcido el terror con sus fechorías. Huían de ellos los indígenas cuando eran numerosos, ó los atacaban al encontrarlos solos. Caonabo, el más temible de los caciques de la isla, que hasta entonces se había mantenido en una actitud defensiva, sin dejarse ver, creyó llegado el momento de exterminar á los blancos, como había hecho con la guarnición de la Navidad.
Ojeda seguía pensando en este enemigo, digno de medirse con él. Había ido conociendo su historia en fuerza de preguntar á los indígenas más importantes de las tierras sometidas.
Este aventurero caribe había venido á Haití en una expedición guerrera, quedándose en la isla para siempre. De cuerpo atlético, irresistible en la pelea y dotado de un instinto estratégico, se había abierto paso inmediatamente, haciéndose proclamar reyezuelo de Cibao é inspirando miedo á los cuatro caciques que gobernaban el resto de la isla. Sus hombres eran los más belicosos, diferenciándose de los otros haitianos, que amaban la paz y la vida dulce.
—Tiene muchas mujeres—dijo Ojeda á Cuevas—, lo mismo que Guanacarí y los demás reyezuelos, pero su esposa principal, la verdadera reina, se llama Anacaona, y dicen que es mujer hermosa, muy blanca para su raza y de gran entendimiento. No quería casarse con este bárbaro de gustos tan diferentes á los suyos. A ella le place la música, compone canciones de esas que los indios llaman «aeritos»; sus gentes conocen por dónde ha pasado á causa de los perfumes que deja su cuerpo, y dicen que no gusta de guerras... Pero su hermano, el cacique Behechio, rey de otra parte de esta isla, tuvo que darla como esposa á Caonabo para evitarse una invasión de sus tierras.
Muchas veces, en la soledad de las montañas de Cibao, paseando siempre á la vista del fuerte, olvidaba don Alonso las ambiciones que le habían traído á estas tierras nuevas, para volver su pensamiento á España.
—¿Qué estará haciendo mi doña Isabel en estos momentos?—decía á Cuevas.
Poco después agregaba, con una ironía amarga:
—Bien puede ser que me crea en un salón inmenso del palacio del Gran Kan, vestido de oro y perlas, y se sienta celosa, imaginándose que el «rey de los reyes» pretende casarme con una princesa de su familia... ¡Si ella viese la verdad!
Y volviendo su espalda al río y á la vasta pradera descubierta que se extendía ante la fortaleza, miraba el desolado paisaje de las montañas de Cibao.
Sus preocupaciones de hombre de guerra le hacían olvidar luego el país lejano donde estaba doña Isabel. Le inspiraba inquietud ver cada vez más escasos los indios que venían á hacer trueques con la guarnición.
—¡Ese Caonabo!—dijo una tarde á Cuevas—. No lo conozco, y lo veo rondando en torno á nuestra fortaleza. Tal vez está detrás de esas colinas esperando la noche. Va á caer sobre nosotros. Alguien me lo avisa. Tal vez es la Virgen que tengo junto á mi cama y á la que me encomiendo todas las noches. Acordémonos del pobre Arana y del fuerte de Navidad. Necio es poner confianza en esta gente desnuda. Hasta los más buenos, que vierten lágrimas á cada momento, cambian con facilidad de opinión.
Y como si el supersticioso caballero estuviese verdaderamente avisado por la pequeña imagen que llevaba á todas partes, aquella misma noche cayó Caonabo sobre el fuerte.
Fué á modo de una inundación de carne cobriza, desnuda, pintarrajeada, vociferante, que se extendió por toda la llanura inmediata al fuerte. Había juntado el «Señor de la casa dorada» diez mil guerreros, armados de mazas, flechas y lanzas de madera dura templada al fuego. Muchas de estas gentes eran suyas, y el resto, de los demás reyezuelos de la isla, á los que había coligado secretamente contra los blancos.
Habían marchado silenciosamente á través de las selvas, para caer en plena noche sobre el fuerte de Santo Tomás, aislado en el interior de la isla. Esperaba sorprender á su guarnición, creyéndola en completo abandono, como los otros grupos de españoles que andaban dispersos; pero tenía enfrente á un caudillo tan indomable como él, igualmente despreciador de la muerte y más astuto.
Velaban los del fuerte, y al llegar la invasión de guerreros pintados y empenachados cerca del río y el foso, surgieron de su torre de madera los relámpagos de varios arcabuces y de un falconete, huyendo todos ante estos truenos mortíferos.
Caonabo no podía intentar el asalto del fuerte con sus desnudos guerreros estando advertida la guarnición. Imposible arrostrar las armas de fuego, ni salvar bajo sus disparos el profundo foso. Se propuso tomar la fortaleza por hambre, y desplegó su ejército en los bosques cercanos, ocupando todos los desfiladeros para interceptar las provisiones que, por afán de ganancia, llevaban al fuerte algunos indios.
Este asedio, que iba á durar treinta días, hizo desplegar á Ojeda toda su actividad valerosa y su ingenio para burlar las artes del caudillo caribe.
Fernando Cuevas sintió cierta flojedad de ánimo en los primeros días, al pensar en Lucero y su pequeño hijo. Pero la animosa joven aceptaba, con una adaptación propia de su raza, todos los episodios de esta vida de aventuras, favorables ó adversos.
Muchas veces la vió Cuevas á su lado, en lo alto de la torre de madera, vigilando la línea obscura de los bosques que ocultaban á los sitiadores. Mientras dormía el pequeño Alonso en una habitación de abajo, Lucero intentaba ejercitarse en el manejo de las armas de su marido.
Reía Ojeda al escuchar cómo la joven manifestaba su voluntad de morir matando, antes de caer en manos de aquella gente, si es que se perdía el fuerte.
En realidad, vivía mejor que todos los defensores de Santo Tomás, incluso el jefe. Una parte de las provisiones saladas, procedentes de la colonia, que Ojeda iba repartiendo parcamente, era para ella, en consideración á su calidad de madre dedicada á la lactancia.
Cuando estas provisiones empezaron á agotarse, Ojeda hizo frecuentes salidas, combatiendo á campo raso. Cuevas, que iba siempre cerca de él, empezó á creer que realmente era invulnerable, por obra de un poder misterioso. Este hombre de pequeña estatura, desconocedor de la muerte, atacaba siempre el primero, y valido de su asombrosa agilidad, combatía contra numerosos guerreros á la vez, hiriendo ó matando sin descanso.
En algunas ocasiones eran tan terribles los golpes de clava que le asestaban sus enemigos, que al pararlos con su escudo, la violencia del choque le obligaba á doblar las rodillas. Pero impulsado por el resorte de su indomable voluntad, volvía á erguirse inmediatamente, continuando el ataque.
Casi todos los que tomaban parte en estas salidas tornaban heridos aunque fuese de poca importancia. Alonso de Ojeda no traía nunca el menor rasguño. Nadie lograba sacarle sangre.
Gracias á estas salidas conseguían víveres, arrebatando cuanto encontraban en los bohíos cercanos ó en los techos de ramaje bajo los cuales vivían los sitiadores. Caonabo, á pesar de su renombre de guerrero invencible, procuraba no salir al paso de este héroe blanco, cuya cabeza apenas llegaba á uno de sus hombros y que avanzaba ileso entre espesas lluvias de flechas. Veía en él á un ser extraordinario protegido por los espíritus.
Los más atrevidos guerreros de Caonabo fueron pereciendo en este asedio de abundantes combates. Las fuerzas sitiadoras disminuían diariamente, pues los indios, no acostumbrados á operaciones lentas de guerra, se cansaban del asedio, dispersándose para volver á sus pueblos. Y al fin, el «Señor de la casa dorada» se retiró igualmente, asombrado de las hazañas del que él llamaba «Pequeño jefe blanco».
Cuevas aún admiró más á su protector después de las penalidades sufridas durante el sitio.
Un indio pacífico, con la esperanza de que le regalasen alguno de los objetos maravillosos traídos por los blancos (cascabel, pedazo de espejo ó gorro colorado), llegó un día arrastrándose hasta el fuerte, pidiendo ver á su jefe.
Traía dos palomas silvestres para que las comiese el valeroso «hijo del cielo». Ojeda quiso regalarlas á la esposa de Cuevas. Esta comida fresca reanimaría á la madre, dando un alimento más nutritivo á su pequeño.
Protestó la joven, rechazando el regalo. Ella había comido, gracias á las últimas provisiones que le reservó don Alonso. Tal vez era la única que había podido hacerlo en todo el fuerte, y no iba ahora, por ser mujer, á reservarse igualmente un manjar inesperado. Bien merecía don Alonso comer las palomas después de tantas penalidades.
Estaban en un cuarto de la torre, y varios soldados, íntimos de Ojeda, presenciaban la disputa cortés. Observó el jefe las miradas ávidas de sus compañeros, y acabó por decir gravemente:
—Es lástima que estos animalejos no puedan saciarnos á todos... Yo no debo regalarme mientras los demás sufren hambre. Seamos todos iguales.
Y abriendo una ventana, dió suelta á las dos palomas, que se alejaron con rápido vuelo.
III
De qué modo el «Pequeño jefe blanco» llegó á apoderarse del «Señor de la casa dorada», admirándole el salvaje por su osadía y su astucia.
Volvió el Almirante á Isabela después de varios meses de ausencia, cuando muchos le creían ya muerto en el mar. Su hermano Bartolomé, al que no había visto desde mucho antes de su primer viaje, ó sea cuando se separaron en Portugal, le esperaba en la nueva ciudad.
Este hermano, de carácter enérgico, cuerpo vigoroso y muy dado á imponer su autoridad, le iba á ser más útil que el devoto y poco inteligente don Diego. En su fondo, Cristóbal y Bartolomé eran semejantes, pero el primero sabía disimular la brusquedad y egoísmo de su verdadero carácter con una dulzura estudiada, mientras el otro sólo podía expresarse secamente y con arrogancia.
Al saber Ojeda la vuelta del Almirante, dejó el fuerte de Santo Tomás confiado á uno de sus tenientes, y acompañado de Cuevas y su mujer volvió á Isabela.
Ocuparon otra vez su antigua casa Fernando y Lucero, y un nuevo amigo los visitó con frecuencia. Era el señor Juan de la Cosa, el célebre piloto, que por tener su familia en España, como la mayor parte de los navegantes, buscaba el trato de este matrimonio joven, comiendo muchas veces en su vivienda.
Las provisiones venidas de España eran cada vez más escasas y malas; pero Lucero, con su ágil adaptación al ambiente, había aprendido de algunas mujeres indias el modo de preparar los alimentos del país.
Ella y Cuevas estaban habituados al pan de cazabe y al maíz tostado. Eran también los primeros de la colonia que habían comido iguana, lagarto que causaba horror á los españoles y se veía muy buscado y apreciado por los indígenas ricos. Algunos pequeños cuadrúpedos de la escasa fauna del país eran también utilizados al modo indígena por Lucero y una vieja india que la ayudaba á guisotear.
Juan de la Cosa, en su calidad de primer piloto, conseguía traer del depósito de víveres algún botellón de madera lleno de vino, lo más buscado y precioso de la colonia. Y al final de estas comidas al aire libre, en un terreno á espaldas del bohío, que servía de corral, relataba los incidentes de su última navegación con el Almirante.
Sólo habían hecho un descubrimiento, el de una isla que más adelante fué llamada Jamaica.
—Hemos pasado la mayor parte de la navegación—dijo—explorando las costas de Cuba por el Sur, y el Almirante se muestra convencido, cada vez más, de que es tierra firme, una punta avanzada de Asia, en cuyo arranque espera encontrar el estrecho del Quersoneso Áureo[A]. Hasta promete, si es que encuentra dicho estrecho al final de Cuba, seguir adelante, dando la vuelta á la tierra, y los reyes de España tendrán la sorpresa de verlo llegar por Oriente, luego de haber dado la vuelta al Africa.
Iba preguntando con ansiedad á todos los indígenas de Cuba, valiéndose de su intérprete, si tenían noticias del Gran Kan. Unos no lo entendían; otros, con el deseo que muestra el indio de saberlo todo, pero colocándolo siempre á gran distancia, señalaban al Occidente, hablando de hombres que iban vestidos con largas túnicas blancas y tenían barcos. (Se referían sin duda á los indígenas del Yucatán y de Méjico, que conocían de fama.)
Todo esto mantenía á Colón en la quimera de que se iba aproximando á las grandes ciudades asiáticas gobernadas por el «rey de los reyes». Empezaban á hablar los indígenas de un rico distrito del interior llamado Mangon, y este nombre llenaba de gozo al Almirante. Era indudablemente Mangui, la provincia más rica de los reinos del Gran Kan.
Sus quimeras llegaban á obsesionar á sus propios marineros. Uno de éstos volvía despavorido á las naves, dando gritos, después de una exploración por la selva cubana. En lo más tupido de la arboleda había visto una procesión de hombres vestidos de blanco hasta los pies, á modo de frailes.
Ver hombres vestidos equivalía á encontrarse con apariciones fantásticas en este mundo de gentes desnudas. En vano exploraba el Almirante la selva tropical, esperando toparse con un grupo de enviados del poderoso monarca asiático. Juan de la Cosa tenía la sospecha de que el crédulo marinero, engañado por la luz difusa y el ambiente misterioso de la selva, había tomado por frailes blancos á una especie de grullas enormes que caminaban entre la arboleda buscando alimento.
—Nuestros tres pequeños buques—continuaba el piloto—estaban fatigados y hacían agua. Era prudente regresar á la Española. Pero antes de volver atrás creyó necesaria el Almirante una declaración solemne de todos nosotros, para exhibirla luego, cuando regrese á España, combatiendo de este modo la opinión de los navegantes y hombres de estudio que empezaban á poner en duda su descubrimiento del Asia oriental, y hacen la temeraria suposición de que lo encontrado por él era un mundo enteramente nuevo.
A partir de aquí, Juan de la Cosa continuaba su relato con cierta ironía.
Llevaba navegadas trescientas treinta y cinco leguas á lo largo de Cuba, y le parecía imposible al Almirante que tan enorme longitud fuese de una isla.
—Envió á los tres buques al escribano de la flota, acompañado de cuatro testigos, para que preguntase á cuantas personas había en ellos, desde capitanes hasta grumetes y pajes, si tenían alguna duda de que la tierra de Cuba es continente y no isla, y que en ella empiezan las verdaderas Indias, llegándose por sus costas á países de gentes civilizadas, ó sea á los dominios del Gran Kan... Y todos, hasta los pajes de escoba, hemos declarado solemnemente que Cuba no es isla y que pertenece al Asia.
Juan de la Cosa, al decir esto, sonreía ligeramente. Cinco años después, cuando trazó cerca de Cádiz su célebre mapa—el primero de la futura América—, hacía figurar á Cuba como isla, mientras Colón y sus allegados seguían creyéndola una punta oriental de Asia.
—El escribano—continuó—hizo firmar á todos los de la armada, declarando al pie del documento que todo el que se desdiga luego, afirmando que Cuba es isla, pagará una multa de diez mil maravedises si es capitán ó piloto, y caso de ser marinero, grumete ó paje, recibirá cien azotes y se le pasará un hierro ardiendo á través de la lengua.
Eran las penas corrientes entonces para los perjuros.
Lo que no sabía Juan de la Cosa era que si un grumete hubiese subido á las gavias en el momento que el escribano iba de buque en buque pidiendo tal declaración, habría visto el extremo occidental de Cuba, y más allá el mar libre. Precisamente el Almirante exigía dicho testimonio cuando le faltaban menos de un par de días de navegación para dar vuelta á la punta terminal de la isla. Y había de vivir luego convencido hasta el momento de su muerte de que Cuba era principio y fin del continente asiático.
Describía Juan de la Cosa la hermosura de un enjambre de pequeñas islas, á las que había dado Colón el nombre de Jardín de la Reina.
—Yo pedí al Almirante que continuásemos navegando, siempre al Occidente, hasta dar con algún puerto rico y famoso de los muchos que debe tener el Imperio del Gran Kan, pero de pronto don Cristóbal sintióse acometido de una enfermedad que le privó de la memoria y la vista, sumiéndolo en profundo letargo, semejante á la muerte.
El célebre piloto había tomado entonces el mando de la flotilla, volviendo á Isabela, donde bajaron de su buque á Colón tendido en una camilla, absolutamente insensible. Y cuando al fin había abierto los ojos y recobrado el conocimiento, lo primero que vió junto á su lecho fué la cara de su hermano Bartolomé. Las relativas comodidades de su casa de piedra y el trato con este hermano, que parecía infundirle una parte de su carácter áspero y enérgico, fueron devolviéndole su perdido vigor.
La resistencia de Caonabo era lo que más le preocupaba. Guanacarí había venido á ver á Colón, no obstante su inexplicable huída, para hacerle saber que los otros caciques lo hostilizaban porque no entraba en su confederación contra los blancos. En realidad, no quería comprometerse con unos ni con otros, hasta ver quién vencía.
Consideraba necesario el Almirante apoderarse de Caonabo, medio seguro de restablecer la paz en la isla, pero reconocía al mismo tiempo lo quimérico de tal empresa. Reinaba en la parte central y montañosa de la isla, sobre regiones de difícil acceso á causa de sus fragosos caminos, ríos anchísimos é intrincadas selvas. Combatir á este caudillo astuto en su propio país, donde podía armar continuas celadas, era de éxito incierto y equivalía á buscar la derrota. Y el Almirante, retrasado en su convalecencia por esta preocupación tenaz, hablaba continuamente de Caonabo á sus íntimos.
Alonso de Ojeda, que ahora vivía en una casa inmediata á la de Colón y visitaba á éste con frecuencia, mostrábase igualmente preocupado por el belicoso cacique. Mas en él las dudas eran siempre cortas, pasando inmediatamente del pensamiento á la acción.
Un día lo vió Cuevas á la puerta de su vivienda, hablando con cierto misterio á Juan de la Cosa, del que se había hecho gran amigo. El navegante de carácter reposado, poco hablador y lento en sus acciones, admiraba con un afecto casi paternal á este héroe impetuoso, para el cual no tenía sentido alguno la palabra «imposible» é ignoraba completamente el miedo á la muerte.
A pesar de su parquedad verbal, no pudo contener el piloto varias exclamaciones de asombro mientras escuchaba al audaz hidalgo. Luego don Alonso dió una orden á Cuevas.
—Prepara el caballo y las armas para mañana. Vamos unos cuantos amigos á hacer una visita á Caonabo.
Como Fernando era el compañero que le inspiraba mayor confianza, le expuso su plan. Acababa de prometer al Almirante traerle al «Señor de la casa dorada» vivo ó muerto. No sabía aún cómo podría conseguirlo, pero había invocado, según costumbre, la protección de su dama la Virgen, y ella arreglaría las cosas en el último instante de modo que saliera con bien de su atrevida empresa.
—Lo primero es ir á las tierras de Caonabo, buscarlo en su misma casa. Luego la Virgen dirá.
Al día siguiente salió el pelotón de jinetes hacia el centro de la isla. Eran diez, jóvenes y vigorosos, con casco, armadura y fuertes lanzas.
No había olvidado Ojeda á su Virgen, y la llevaba colgando del arzón de su silla de montar, considerándola la mejor de sus armas. Ella le infundiría valor ó astucia, según fuese oportuno. Marcharon sesenta leguas á través de bosques y bejucales, hasta llegar á una gran población de bohíos donde residía Caonabo.
Los había dejado llegar hasta allí el belicoso cacique, convencido de que tan escaso número de enemigos no podían venir en son de guerra. El Caballero de la Virgen puso á última hora sobre su casco un vistoso penacho y encima de su armadura una sobrevesta bordada de oro para presentarse al cacique.
Seguido de Cuevas y dos compañeros más, avanzó hacia un sombrajo de hojas de palmera, donde le esperaba sentado el jefe indio, tratándolo con grandes muestras de respeto, cual si hablase á un soberano de Europa. Valiéndose de un indígena que sabía algunas palabras de español por haber estado en tratos con la guarnición de Santo Tomás y usando también las breves frases de la lengua del país que había aprendido, dijo á Caonabo que venía en amistosa embajada de parte del Almirante, que era el Guamiquina ó jefe de todos los blancos, y le traía un regalo de incomparable valor.
Mientras tanto, Cuevas observaba al famoso cacique sentado en una especie de trono hecho de un tronco. Era de gran estatura y con los miembros atléticos. Llevaba pecho, brazos y piernas pintarrajeados con dibujos de varios colores, el pelo largo, atado sobre el cogote en forma de cola de caballo, y numerosas ristras de dientes y piedras de colores sobre los anchos y robustos pectorales. Sus ojos oblicuos, de astuta mirada, fingían no ver al embajador, por ser esta su costumbre. De pronto, olvidando todo disimulo, volvía sus pupilas hacia Ojeda con irresistible interés.
Lo había visto en los combates, alrededor del fuerte de Santo Tomás, y admiraba sus proezas guerreras. Sentía asombro ante la destreza y agilidad de este blanco, cualidades preciosas para un hombre como él, y lo creía además protegido por misteriosos y omnipotentes espíritus.
Habló el cacique, manifestando á su modo, con una caballerosidad de guerrero primitivo, que Ojeda y los suyos recibirían una cordial hospitalidad, pudiendo vivir seguros mientras estuviesen en sus dominios. Y los alojó á todos en uno de los bohíos principales que se alzaban alrededor de una pradera.
Cuevas y don Alonso, desde su rústico alojamiento, seguían el ir y venir de los personajes cobrizos que formaban la corte de Caonabo. Tres de éstos eran hermanos del cacique, guerreros tan membrudos y fuertes como él. Veían igualmente las deambulaciones de numerosas mujeres entre los rústicos edificios ocupados por el cacique y su séquito. Las que eran esposas ó concubinas distinguíanse por sus plumajes y collares, así como por las pinturas que adornaban las redondeces de su cuerpo. Otras, menos jóvenes y compuestas, acarreaban leña y agua ó encendían fuego, preparando la comida.
—¿Dónde estará la hermosa Anacaona?—dijo don Alonso.
A él y á Fernando les interesaba la esposa principal de Caonabo, famosa en toda la isla por su belleza, la dulzura y elegancia de sus gustos y su talento natural para la música y los versos. El encanto de su persona parecía crecer, por obra del contraste, viviendo al lado del guerrero más bárbaro del país. Pero en todo aquel día y en los siguientes los cristianos no vieron rastro alguno de la que ellos llamaban la «reina india», llegando á sospechar que tal vez estaba por algún tiempo en los dominios de su hermano, el cacique Behechio.
A la mañana siguiente, luego de haber descansado de un viaje de tres días, habló Ojeda otra vez con este enemigo que tanto le admiraba, empleando su influjo para persuadirlo de que debía hacer un viaje con él á la ciudad de Isabela.
—Dile á Caonabo—ordenó al indio que le servía de traductor—que le conviene hacerse amigo de los españoles. Dile también que si viene conmigo, nuestro Guamiquina le regalará la campana de la iglesia de Isabela. Yo prometo que así será.
Sabía Ojeda la inmensa admiración que todos sentían en la isla por dicha campana. Los indios realizaban viajes de días y días, desde los extremos más lejanos de la isla, para escuchar, ocultos en los bosques, los repiques y volteos de este vaso de metal. Y como á continuación de tales campaneos veían á los españoles dirigirse á la iglesia, tenían la certeza de que la campana hablaba y los blancos obedecían sus palabras.
Todo lo que en opinión de los indígenas era venido del cielo recibía el nombre de turey, y la campana, por ser algo sobrenatural, era llamada así, lo mismo que los hombres blancos.
—Turey, campana—decía Ojeda á Caonabo con sonrisa invitadora, uniendo á sus palabras expresivos gestos—. Si vienes conmigo, Guamiquina te la dará.
Brillaban los ojos del caribe con una expresión de codicia y alegría. Muchas veces había oído la campana durante sus correrías ocultas por cerca de la ciudad de los blancos con la esperanza de sorprenderla, pero nunca había llegado á verla. Y al enterarse de que este héroe pequeño de cuerpo é invencible ofrecía regalársela como signo de paz, aceptó la proposición con grandes muestras de regocijo. El intérprete, al traducir su respuesta, causó no menos gozo á Ojeda, aunque éste procuró disimularlo.
—El «Señor de la casa dorada» dice que mañana, al salir el sol, partiréis juntos para visitar á tu Guamiquina en su ciudad á orillas del mar.
Al apuntar el día siguiente, Ojeda y sus nueve compañeros montaron á caballo para escoltar al cacique y su cortejo. Poco después, vieron con asombro formarse frente á ellos varios miles de hombres como si fuesen á emprender una expedición guerrera, todos con arcos, flechas y espadas de palo duro.
Preguntó Ojeda inquieto, valiéndose del intérprete, por qué Caonabo llevaba tan gran ejército en una visita amistosa, á lo que contestó el cacique con cierto aire altanero, repitiendo sus palabras el traductor.
—Dice Caonabo que un príncipe tan grande como él no puede ir á parte alguna con escasa comitiva.
Don Alonso disimuló su inquietud, hablando en voz muy queda á Fernando, que estaba junto á él.
—La astucia es la principal arma de estas gentes. ¿Quién sabe si se está riendo de nosotros y nos acompaña para sorprender mejor á Isabela, apoderándose del Almirante y todos los nuestros?...
Ya no podía retroceder ni retirar su promesa. Era preciso seguir el viaje. Una parte de los escuadrones indígenas habían emprendido ya la marcha, sirviendo de avanzada al ejército de Caonabo. El cacique, con su astucia india, hizo señas á los centauros de hierro para que marchasen delante, temiendo que pudiesen acometer por la espalda á él y sus principales guerreros.
—Vamos adelante—continuó diciendo don Alonso en voz baja—, y que mi Virgen no nos abandone. Ella me dirá, antes de que se ponga el sol, lo que conviene hacer.
Mientras caminaban á trote corto, para mantenerse al nivel de aquellos miles de hombres que iban á pie, siguió manifestando el hidalgo en voz baja sus dudas y sus inquietudes. Volvíase sobre la silla para que le oyese mejor Cuevas, que iba detrás de él.
—Se lo llevo al Almirante... pero con todo un ejército. En vez de suprimir el peligro, lo hago aún mayor. Estaba en el centro de la isla y lo acompaño ahora á la ciudad... Don Cristóbal desea apoderarse de su persona, pero sin recurrir á una guerra abierta... ¿Qué haré, mi Virgen?... ¿Qué estratagema á lo indio podré emplear?...
Acamparon al anochecer cerca del gran río que atravesaba más abajo la Vega Real, y á la mañana siguiente, antes de reanudar la marcha, fué Ojeda á ver á Caonabo, llevándole un juego de esposas de acero, tan perfectamente bruñidas que parecían de plata.
—Son turey—dijo—, turey venido de un cielo que se llama Vizcaya.
Y Cuevas, que le seguía de cerca como siempre, tuvo que esforzarse para sofocar su risa al oir que el hidalgo, en momentos tan críticos, se permitía bromear aludiendo al hierro de Vizcaya de que estaban hechas las esposas.
Luego, don Alonso siguió hablando por medio del intérprete, para explicar que estas pulseras de metal brillante las usaban los monarcas de España en las grandes ceremonias, y por eso las había traído con él para regalarlas á tan poderoso cacique. De tal importancia eran estos adornos celestiales, que los reyes nunca se los ponían sin purificarse antes; y propuso á Caonabo que fuera á bañarse en el río, y al salir del agua lo engalanaría con ellos, dejándolo luego montar en las ancas de su caballo. Así podría volver del río con la misma pompa de un rey de España, á sorprender y admirar á sus súbditos.
Se mostró entusiasmado el guerrero salvaje por el brillo de dichos adornos. Su audacia y su orgullo sintiéronse halagados además por el hecho de cabalgar en uno de aquellos animales que sus compatriotas tanto respetaban y temían, y que ningún indígena había montado nunca. Sin tomar precauciones acompañó á Ojeda y sus nueve jinetes hasta la orilla del río, llevando con él únicamente los hombres más íntimos de su cortejo. Nada podía temer de estos diez extranjeros estando rodeado de todo un ejército.
Cuevas, al que había hablado Ojeda antes de amanecer, asistía trémulo de inquietud al desarrollo de esta estratagema ideada por el atrevido hidalgo. Le parecía imposible que tanta audacia pudiese tener buen remate. Seguramente, antes de una hora, él, don Alonso y los demás habrían sido hechos pedazos por la muchedumbre cobriza.
Después que el cacique terminó su baño en el río, el mismo Cuevas, que se había desmontado, lo ayudó á subir, detrás de don Alonso, á horcajadas sobre las ancas de su corcel.
—Ahora, las esposas—ordenó brevemente Ojeda.
Y Fernando colocó las dos anillas de brillante acero en las poderosas muñecas del atleta indio, el cual recibió como un honor esta presión metálica que inmovilizaba sus manos.
Terminada tal operación, salió Ojeda al galope por entre los hombres cobrizos, que veían admirados á su reyezuelo con los resplandecientes adornos de un monarca blanco y montado en una de aquellas temibles bestias. Cuevas había vuelto á saltar sobre la silla y galopaba con los otros ocho, formando á modo de una escolta detrás de Caonabo, grave y altanero por tanto honor.
Gritaban los indios de entusiasmo al ver pasar á su jefe, y al mismo tiempo se echaban atrás, amedrentados por el trote de los corceles y evitando su roce. El pelotón ecuestre siguió dando vueltas, cada vez más abiertas, como si estuviesen realizando un juego, viéndose admirado en sus evoluciones por el asombro de varios miles de guerreros.
En una de tales evoluciones se metieron en el bosque inmediato, y cuando los ocultaron bien los árboles, don Alonso dió un grito:
—¡A mí todos!... Fernandillo, las cuerdas.
Mientras unos jinetes amenazaban al sorprendido Caonabo con las puntas de lanzas y espadas, dispuestos á matarlo si oponía resistencia, Cuevas, el más ligero de todos, echó pie á tierra, con varias cuerdas que le había dado por la mañana don Alonso. El temible indio no podía mover las manos, sujetas por las esposas, y Cuevas le ató con prontitud las piernas por debajo del vientre del caballo, echándole además otro lazo por la cintura, que lo unió estrechamente al cuerpo de Ojeda.
Inmediatamente espoleó éste su corcel; los demás hicieron lo mismo, y Fernando, al verse solo, se apresuró á volver á montar, siguiéndoles en su carrera por una pista abierta en el bosque.
Estaba asombrado de la facilidad con que se había cumplido el audaz plan de su jefe. Pero aún tenían que vencer el mayor obstáculo, un camino de sesenta leguas, unas veces por desiertos, otras por llanuras demasiado habitadas, atravesando grandes poblaciones indias. Caonabo no podía escapar, ni el sorprendido ejército que dejaban á sus espaldas tenía medios para alcanzarlos, pero iban á atravesar los territorios de otros caciques que podían atacarles.
Recordó siempre Cuevas, como una de las aventuras más extraordinarias de su existencia, la vuelta á Isabela, viaje largo y trabajoso en el que tuvieron que sufrir durante una semana mucha hambre, muchas fatigas é insomnios, vadeando numerosos ríos, evitando los senderos más fáciles para no entrar en las poblaciones, atravesando éstas á todo galope con la lanza por delante cuando era inevitable pasar por ellas, prefiriendo siempre, en caso de duda, la marcha por las selvas ó entre rocas para no ser advertidos.
Al fin entraba el osado hidalgo triunfante en Isabela, llevando á sus espaldas, bien atado, como si fuese un cuerpo gemelo del suyo, al temible caudillo indígena. Se mostró asombrado Colón de la hazaña del Caballero de la Virgen, mirando con curioso interés á este enemigo que se mantenía sereno é impávido, cual si no pudiesen impresionarle los accidentes de su vida, buenos ó malos.
El héroe caribe se mostró orgulloso con el Almirante, rehuyendo toda sumisión, contestando con desdeñoso silencio á sus amenazas por haber matado á los españoles del fuerte de Navidad. Hasta se jactó finalmente de la destrucción de dicho fuerte y el exterminio de su guarnición, asegurando que lo mismo habría acabado por hacer en Isabela, de no engañarle con tanta habilidad el «Pequeño jefe blanco».
No mostraba el menor rencor á Ojeda por la estratagema que había empleado para cautivarlo. Lo ingenioso y audaz de tal hazaña parecía aumentar su admiración, pues en las guerras de la isla las principales operaciones eran siempre astucias bien preparadas y ejecutadas. El hombre que había conseguido con sólo nueve compañeros arrancarlo de en medio de todo un ejército, llevándoselo encadenado, era un héroe.
Como el Almirante temía que se pudiese fugar un cautivo de tal importancia, lo alojó en un cuarto de su propia casa, con las manos sujetas por las mismas esposas deslumbrantes que habían servido para hacerle caer en el engaño. La casa no era espaciosa, y todos podían ver desde la puerta al cacique prisionero, teniendo que pasar forzosamente ante él cuantos deseaban visitar al Almirante.
Cuevas tenía el encargo de estar durante el día cerca del cautivo. En ausencia del traductor Diego Colón, él podía servir de intérprete, gracias á su caudal de palabras indígenas que iba aumentando lentamente.
Durante esta vigilancia se veía acompañado por hombres de la colonia faltos de ocupación urgente, que gustaban de escuchar de boca de Cuevas los detalles de la aprehensión del cacique, mientras el héroe cobrizo permanecía en desdeñoso silencio, las manos aherrojadas, sentado en un pedazo de tronco que le servía de escabel.
Algunas veces, al entrar ó salir el Almirante, pasaba ante el cuarto donde estaba preso Caonabo. Todos los españoles se levantaban en señal de reverencia, pues don Cristóbal tenía en mucho sus dignidades y títulos, exigiendo un escrupuloso respeto. Al pasar él, debían todos ponerse de pie, quitándose la gorra, y así lo hacían.
Caonabo, al ver al Almirante, seguía inmóvil, y si alguna vez fijaba sus ojos en su persona, era con expresión de menosprecio.
Un día entró Ojeda, que venía á visitar á Colón. Como era pequeño de cuerpo é iba vestido á la ligera, sin armas ni adornos, Fernando no lo reconoció, continuando su plática con los otros españoles; pero atrajo su atención inmediatamente el ver que Caonabo se levantaba, haciendo una reverencia á su modo y sonriendo al recién llegado.
—El Almirante es nuestro Guamiquina—le dijo Cuevas—, es el gran jefe de todos nosotros, y don Alonso tiene que obedecerle.
Entonces el silencioso Caonabo se dignó hablar, y lo hizo con tal expresión de orgullo heroico, que todos acabaron por comprender sus palabras.
Nunca se habría atrevido el Almirante á ir en persona á hacerlo prisionero en sus propias tierras. Únicamente por el valor del Guamiquina pequeño, que tenía ahora delante, y que admiraba tanto, se veía allí cautivo.
Era Ojeda, y no Colón, quien merecía su saludo.
IV Donde se cuenta lo que hicieron Cuevas y don Alonso en una visita á la bella reina Flor de Oro
La prisión de Caonabo generalizó en toda la isla la hostilidad contra los españoles.
Uno de los hermanos de dicho cacique, llamado Manicaotex, igualmente osado en las operaciones de guerra, se entendió con los demás reyezuelos de Haití, organizando un ataque general contra los blancos. La hermosa Anacaona (nombre que en lengua del país significaba Flor de Oro), esposa del prisionero, influyó con su hermano Behechio, soberano de los ricos territorios de Jaragua, los más poblados de la isla, para que entrase en dicha coalición. El astuto y flojo Guanacarí fué el único que se mantuvo amigo de los españoles, informando á Colón de los preparativos de los otros caciques y ofreciéndose como aliado, aunque sus servicios no podían ser de gran importancia en caso de guerra.
Durante la enfermedad del Almirante cuidó Alonso de la defensa de Isabela y del fuerte de Santo Tomás, por conocer el terreno y el carácter de los enemigos mejor que don Bartolomé, el hermano de Colón.
Cuatro buques habían llegado de España cargados de provisiones, volviéndose allá al poco tiempo con una remesa de esclavos indios, enviada por el Almirante para que los vendiesen en el mercado de Sevilla. Los víveres de refresco vigorizaron á los habitantes de la ciudad, haciendo recobrar la salud á muchos enfermos. También Colón se sintió restablecido, y como recibía continuas noticias de que los caciques aliados estaban aglomerando fuerzas enormes en la Vega Real, á dos días de marcha de Isabela, con la intención de asaltar la ciudad, resolvió tomar la ofensiva, combatiendo á los enemigos en sus propios territorios.
Sólo pudo reunir unos doscientos infantes, marchando como vanguardia los veinte jinetes capitaneados por Ojeda. Sus armas de fuego consistían en las llamadas espingardas, especie de cañones de mano que se apoyaban en una horquilla de hierro ó eran montados sobre ruedas. Tenían los blancos la ventaja de sus corazas y sus escudos, que compensaba lo exiguo de su número; pero de todos modos, la victoria no era fácil—caso de tener los enemigos el coraje y el tesón de Caonabo—, por resultar su número enormísimo.
Otra nueva arma, usada algunas veces en Europa, había sido organizada por Colón. Los cristianos llevaban con ellos una jauría de perros amaestrados para la guerra, mastines feroces, comprados á los pastores de las montañas de Andalucía, que resultaban para los indios tan asombrosos como los caballos. En su isla, lo mismo que en Cuba, sólo existían unos gozques, pequeños y mansos, con la particularidad de ser mudos, animales que en breve iban á escasear y desaparecer, pues los españoles, en sus hambres continuas, acabaron por comérselos todos, reputándolos como manjar exquisito. Los perros de presa atacaban ferozmente á los indios, cuyos cuerpos no ofrecían ningún obstáculo á sus dentelladas. Al ver á un hombre desnudo, lanzábanse sobre él, derribándolo para despedazarlo con sus colmillos.
Salió el pequeño ejército de Isabela en Marzo de 1495, avanzando hacia el interior en una marcha lenta de diez leguas diarias, pues los obstáculos del terreno no permitían mayor celeridad. Otra vez subieron el llamado Paso de los Hidalgos, viendo á sus pies la vasta llanura de la Vega Real. Pero ahora todas sus poblaciones eran á modo de campamentos enemigos, y al son de bocinas y caracolas se iban juntando huestes de hombres desnudos, llegados de todos los extremos de la isla.
La imaginación hiperbólica de algunos españoles aumentaba todavía el número de los enemigos.
—Muchos aseguran que pasan de cien mil—dijo Cuevas, que cabalgaba al lado de don Alonso, á la vanguardia del pequeño ejército.
El belicoso hidalgo alzó los hombros.
—Aunque sean más de un cuento[B], monta lo mismo.
Para él, ya no representaban peligro alguno estas muchedumbres desnudas que arrojaban sus flechas y dardos con gran vocerío, avanzando osadamente, y al sentir el primer empuje de los cristianos abandonaban sus armas, huyendo despavoridas.
Era imposible, en realidad, calcular su número. Se mostraban por todas partes, dando alaridos y disparando sus armas arrojadizas, para ocultarse inmediatamente en las arboledas próximas. Parecían entusiasmados por la enormidad numérica de sus tropas. Creían llegado el momento de exterminar á los blancos con esta alianza general, imaginándose que después ya no llegarían nuevas expediciones.
También se veían, por su parte, en la imposibilidad de calcular la cantidad de invasores. Su aritmética sólo llegaba al número 10, y á partir de aquí colocaban aparte un grano de maíz por cada guerrero, juzgando la importancia de un ejército por el montón que formaban los granos.
Una nube de espías iba siguiendo á través de las espesuras ó de roca en roca el avance del ejército de Colón, y estos informadores volvían á presencia del hermano de Caonabo y los reyezuelos aliados, presentando nada más que un puñadito de maíz que representaba la suma total de los enemigos. Esto era motivo de risa para los jefes indios, que no podían comprender la osadía de los blancos, dispuestos á arrostrar en tan escaso número una multitud innumerable.
Atacó Colón á los indígenas en las inmediaciones del lugar donde se edificó después la ciudad de Santiago de los Caballeros. La infantería, al mando de don Bartolomé Colón, avanzó en diversas direcciones, siempre al amparo de las arboledas, con mucho estruendo de trompetas y tambores, descargando sus armas de fuego. Estos relámpagos y truenos que esparcían la muerte iniciaron la confusión en la muchedumbre cobriza. Inmediatamente Alonso de Ojeda y sus jinetes cargaron á todo galope, penetrando con la lanza horizontal en la masa de hombres, que empezaron á desbandarse y á huir.
Corrían los perros de presa entre los caballos, saltando á las gargantas de los indígenas para arrastrarlos por el suelo, haciéndolos pedazos. Hasta se imaginaban los indios en su ignorancia que los caballos eran igualmente mordedores y ávidos de sangre humana.
Lanzando lamentos se refugiaron muchos grupos de guerreros cobrizos en las alturas inmediatas, y desde allí daban alaridos, pidiendo perdón y achacando su rebeldía á los caciques. La confederación de éstos quedaba disuelta. Cada uno de ellos huyó á su territorio, seguido del resto de sus gentes, procurando por separado restablecer sus buenas relaciones con los invasores.
Aprovechó Colón este desaliento general para organizar la tributación de los vencidos, preocupado siempre de encontrar oro. Muchos de los caciques se ofrecían á darle algodón ó maíz, sometiendo para esto á cultivo extensos territorios, yermos hasta entonces; pero lo que deseaba el Almirante era verles trabajar las minas y los lavaderos de oro en los ríos.
Ojeda, con unos cuantos jinetes nada más, iba audazmente por el interior de la isla, imponiendo á los caciques las exigencias de su jefe. Estos áureos tributos no eran, en realidad, de enorme importancia, pero la producción de oro resultaba escasa en aquella tierra por la flojedad de los indígenas para el trabajo. Las cantidades recogidas por los blancos en el primer momento procedían de los depósitos que se habían ido formando en las familias. Los reyezuelos importantes tuvieron que entregar cada tres meses una calabaza llena de granos de oro. Los jefes de familia debían dar el polvo áureo que cupiera en un cascabel.
Reía Ojeda de estas medidas al hablar con sus compañeros.
—Los cascabeles que buscaban tanto, cuando llegamos aquí, son ahora la medida de su servidumbre.
El atrevido hidalgo recibió un día á una mensajera de Anacaona, india algo vieja que había vivido en Isabela con los blancos al fundarse dicha ciudad, aprendiendo cierto número de sus palabras. Tal vez había servido de espía á Caonabo, volviendo después al servicio de su esposa favorita.
Anacaona, que residía aún en los dominios de su marido, deseaba servir de intermediaria para restablecer la paz entre su cuñado Manicaotex y los blancos. Luego—según dijo la india intérprete—pensaba retirarse á las hermosas tierras de Jaragua, donde había nacido, y que eran gobernadas por su hermano Behechio. Explicó la vieja por qué razón su señora había preferido dirigirse al «Pequeño jefe blanco», mejor que al viejo Guamiquina que gobernaba en Isabela. Sentía una admiración de mujer vehemente ante las hazañas de este joven señor de los centauros, siempre vestido de luz, que brillaba como las aguas de ríos y lagunas bajo el sol, y unas veces era hombre, marchando con sus pies como los demás, y otras se acoplaba á su caballo, formando una sola bestia divina.
No le guardaba rencor por la prisión de Caonabo. Admiraba su astucia con un entusiasmo de soberana india. Además, la vieja mensajera daba á entender con gestos, más que con sus palabras, que la bella Anacaona tal vez se consideraba más dichosa en su nueva situación, libre para siempre del caribe Caonabo, al que había tenido que entregarse á la fuerza. Era bárbaro, predispuesto á la violencia, interesándose frecuentemente por las hembras que robaba á los otros caciques. Ella gustaba de tratarse con músicos é improvisadores de aquellas canciones de la isla llamadas «aeritos», y estaba convencida de que el aislamiento respetuoso en que la dejaba Caonabo lo debía únicamente al hecho de ser hermana del reyezuelo de Jaragua, que podía vengarla en caso de ofensa.
Esperaba Anacaona al grupo de guerreros blancos en uno de los mejores pueblos de los dominios de su esposo. Su cuñado estaba lejos, después de la derrota sufrida en la Vega Real. El «Pequeño jefe blanco» sólo hablaría con ella. Según dejó entrever la enviada, sentía un ansia femenil por contemplar de cerca á estos guerreros venidos del cielo, de los que todos hablaban y que ella sólo había entrevisto de lejos y fugazmente.