PARTE SEGUNDA EL ORO DEL REY SALOMÓN
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I
Donde Colón descubre el Paraíso terrenal, es llevado con cadenas á España, y muere en la horca la reina Flor de Oro.
Seis años transcurrieron antes de que Fernando y Lucero volviesen á ver á don Alonso de Ojeda.
Fué este período de su vida el más abundante en cambios de domicilio y de oficio, y al mismo tiempo el de menos provecho. El Adelantado don Bartolomé Colón los protegía algunas veces, recordando que habían acompañado á su hermano en el primer viaje; pero tal apoyo sólo servía para que el antiguo paje Andújar y su mujer viviesen un poco más desahogadamente que muchos otros recién llegados á la isla.
La ansiada riqueza revoloteaba diariamente ante sus ojos, sin dejarse nunca capturar. Cuevas veía cada vez más oro, pero no era para él. La juventud de los dos parecía relegarlos á una situación secundaria, teniendo siempre delante otros más favorecidos.
Habían acabado los españoles de abandonar la malsana ciudad de Isabela, dejando enterrados en sus alrededores muchos centenares de compatriotas. Surgía á orillas del río Ozama, en las tierras de la cacica, que era ahora esposa de Miguel Díaz, la ciudad de Santo Domingo. Cuevas, por ser de los primeros pobladores de la isla, obtenía un solar cerca del río y levantaba en él una casa indígena, semejante á la de Isabela. Varios indios mansos «encomendados» á él, por obra de una esclavitud disimulada, trabajaban en provecho suyo, constituyendo lo más importante de su naciente riqueza. Poseía igualmente unos campos en las inmediaciones de la ciudad, que le proporcionaban el cazabe y otras raíces del país para su alimentación.
Vivían con más desahogo que en Isabela. Los cereales y las legumbres de Europa se desarrollaban rápidamente en este suelo opulento. Había ya en las praderas caballos y vacas. En los montes formaban manadas los cerdos descendientes de aquellas ocho puercas que Cuevas había visto embarcar en Canarias pocos años antes. Una prosperidad material, grosera y primitiva, hermoseaba la existencia de los colonos.
Ya no sufrían las terribles hambres de Isabela, teniendo que alimentarse solamente con aquella especie de conejillos llamados hutías y con perrillos mudos. Estos gozques, privados de ladrido, empezaban á extinguirse. Los mismos que los habían devorado por primera vez con repugnancia los buscaban ahora tenazmente, atraídos por su escasez.
Años adelante, Cuevas, como otros de los primeros colonos, al verse ya viejo, recordó muchas veces á los españoles nuevos en la isla este animal, completamente desaparecido. Vacas, cerdos, pavos y pollos, engordados suculentamente en las ricas praderas, parecían sin valor para ellos. El recuerdo de los perrillos mudos les hacía expresarse con goloso entusiasmo. «Aquello era lo bueno. Lástima que ya no quede ni rastro.» Los tales perrillos, asados sobre las ascuas de una hoguera en pleno bosque, representaban la juventud.
Fernando tuvo que ausentarse largas temporadas de su nueva casa de Santo Domingo para trabajar en las minas. El Adelantado necesitaba allá hombres de confianza que evitasen los robos de los blancos y la pereza de los trabajadores indígenas. Habían venido de España gentes experimentadas en el laboreo de las minas, y los indios tenían que someterse á un trabajo regular.
Cuevas pasó mucho tiempo como veedor de las minas del rey Salomón, tomando nota de las cantidades de metal que se extraían, custodiando éstas en el bohío que le servía de vivienda, y llevándolas hasta el depósito real, establecido en Santo Domingo.
Cuando muchos años después oyó hablar de las enormes cantidades de oro obtenidas en Méjico y el Perú, dióse cuenta de que la producción aurífera de la Española era poca cosa; pero en el tiempo de su juventud las minas del rey Salomón merecían su título por ser la primera riqueza positiva encontrada en las tierras del Gran Kan, y justificaban el título bíblico de Ofir que el Almirante había dado á la isla.
La prodigiosa fuerza de aquella tierra, transmitida á plantas y animales, parecía haber acelerado igualmente el desarrollo de los dos jóvenes. Cuevas era ahora un hombrón vigoroso, grande de estatura. Una barba luenga empezaba á esparcirse sobre su pecho, dando á su juventud una serenidad autoritaria de hombre madurado en toda clase de aventuras. Lucero se había robustecido igualmente. Manteníase esbelta, mas con el cuerpo duro y fuerte, notándose bajo la delicadeza femenina de su piel el vigoroso andamiaje de un esqueleto revestido de músculos enjutos, pronto á vibrar con ágil dinamismo.
Como había conseguido librarse de las mortandades del primer momento de la colonización, su facilidad racial para toda clase de adaptaciones hizo de ella, en pocos años, una mujer fuerte. Al verla, Fernando apenas si lograba acordarse del paje Lucero, tímido y delicado. Era una verdadera compañera de conquistador.
Algunas veces volvía á vestir ropas varoniles para acompañar á su marido, como si fuese un soldado más, en las excursiones por el interior. Sólo al volver á su bohío y su huerta en Santo Domingo recobraba las sayas mujeriles. En las minas gustaba de vestir á lo hombre, compartiendo las preocupaciones de su marido. Únicamente se acordaba de que era madre cuando Alonsico, que ya tenía varios años, cometía alguna diablura capitaneando á los chicuelos indios, que le obedecían en todo, por su condición de blanco.
Aunque no conocían aún la deseada riqueza, su existencia era tranquila y abundante. Por desgracia, sus plácidos goces los veían perturbados frecuentemente á causa de las rivalidades que dividían á los españoles. Cuevas procuraba mantenerse alejado de unos y de otros, mas esto no impedía que sufriese en muchas ocasiones las consecuencias de la guerra civil.
El Almirante había salido de España en un tercer viaje, y al llegar á los mares antillanos enviaba una parte de su flota á Santo Domingo, siguiendo él la navegación con los buques restantes hasta dar con el Imperio del Gran Kan y el estrecho del Quersoneso Áureo.
En Santo Domingo surgía la rebelión contra su hermano. Un protegido del Almirante, llamado Roldán, hombre iletrado pero enérgico y con más condiciones de mando que los Colones, se sublevaba contra don Bartolomé, poniéndolo repetidas veces en una situación angustiosa. Al mismo tiempo, el Adelantado tenía que hacer guerra á los caciques del interior, que habían vuelto á sublevarse, consiguiendo al fin dominarlos.
Llegaba el Almirante á la isla en Agosto de 1498, y ambos hermanos se abrazaban después de una separación que había durado dos años y medio. Cuevas y su mujer, al ver desembarcar á don Cristóbal, notaron los estragos que empezaban á causar en su organismo la edad y las enfermedades.
Agravábase en él aquella manía mística que había hecho creer á Lucero, durante el primer viaje, que su amo hablaba á solas con Dios.
En este tercer viaje había tenido frecuentes visiones. Se le aparecían en el alcázar de su barco personajes celestiales, ó el mismo Dios, para darle consejos é infundirle ánimo en las horas de desaliento.
Había explorado las costas de Asia en una extensión de muchas leguas, encontrando el golfo de Paria, abundante en perlas, de las que traía varias libras. Tan considerable era tal riqueza, que á una de las islas vecina á la costa la había dado el título de Margarita, por ser este nombre sinónimo de perla.
No hallaba por ninguna parte vestigios que demostrasen la vecindad del Gran Kan, pero en cambio había encontrado el emplazamiento exacto del Paraíso terrenal y hecho el descubrimiento de que la tierra «no es redonda, como creen muchos, sino en forma de pera ó de pecho de mujer», estando en su cúspide ó pezón el jardín edénico donde vivieron Adán y Eva.
Las grandes corrientes del golfo de Paria le hacían creer que el mar era pendiente en dicho sitio y había que remontar su cuesta, viendo en ello una demostración de que la tierra no es exactamente redonda, sino con una enorme altura terminal.
También había observado que el mar era dulce en un espacio de muchas leguas: la corriente del río Orinoco, que penetra considerablemente en el Océano. Y Colón reconoció en este río enorme uno de los cuatro que bajan de la cúspide del Paraíso para regar toda la tierra... Esta convicción de hallarse próximo á la montaña en cuya cumbre florece el Edén de nuestros primeros padres le afirmó una vez más en su certeza de que estaba costeando una parte de Asia, ya que para todos los autores el Paraíso está en dicha parte del mundo.
El mal estado de sus buques y la escasez de víveres le obligaron finalmente á tornar á la Española. Deseaba conocer la nueva ciudad de Santo Domingo, estaba satisfecho de los descubrimientos que llevaba realizados, y tenía prisa en describirlos con su pluma á los reyes.
Su presencia en la Española sirvió para restablecer las buenas relaciones entre el Adelantado y Roldán, pasando este último á ser otra vez defensor de Colón, luego de haber capitaneado á todos los españoles descontentos de él, que eran los más.
Algunos meses después, Fernando Cuevas se enteró con gran contento, lo mismo que muchos amigos suyos, de que don Alonso de Ojeda, mandando cuatro buques, había anclado al Occidente de la isla.
Por obra del relativo aislamiento en que vivía la colonia, los más de sus habitantes sólo se enteraban de lo ocurrido en su país con enorme retraso. Los reyes habían comprendido que era absurdo conservar á Colón el monopolio de hacer viajes de descubrimiento. Muchos navegantes españoles, inferiores á él en imaginación pero con un sentido más práctico para observar la realidad, solicitaban incesantemente el permiso real para realizar á su costa nuevos viajes.
Ninguno creía ya en el Gran Kan, ni tampoco que las nuevas tierras fuesen de Asia. Colón era el único que se mantenía aferrado á su geografía fantástica. Este hombre, que ocho años antes pasaba por un innovador, era ahora el más atrasado y tenaz en los viejos errores.
Los aspirantes á descubrir sólo pedían una licencia y no dinero, mientras que Colón hacía siempre sus viajes á costa de los reyes. Éstos, por espíritu de economía y por satisfacer á los solicitantes, habían resuelto al fin dejar libre el Océano á los que quisiesen buscar nuevas tierras, suprimiendo el egoísta y absurdo privilegio.
Cuevas y Lucero se enteraron de que el primero en partir había sido Ojeda, llevando como piloto mayor á su amigo Juan de la Cosa, y como navegante teórico, que hacía su aprendizaje, á aquel empleado florentino del rico mercader de Sevilla Juanoto Berardi, al que llamaban todos Américo Vespucio, españolizando su nombre de Amerigo Vespucci. Los cuatro navíos habían fondeado en el Occidente de la Española sólo para cortar palo campeche, llamado palo de brasa ó «brasil» por su color rojo, y llevarlo á España, siendo este cargamento el único resultado comercial del viaje.
Circulaban por Santo Domingo cuantas noticias habían dado sus tripulaciones al desembarcar, poniéndose en relación con los contados españoles que habitaban dicha costa.
Su viaje había sido agitado é interesante, pero sin ganancias. Sostenían grandes combates en las islas pobladas de caribes y en las mismas costas de Tierra Firme, frente á las cuales había pasado semanas antes el almirante don Cristóbal.
Sonreía Cuevas al escuchar tales noticias. Mandando don Alonso la expedición, era natural que hubiese abundado en batallas.
Cruzaban el mar dulce formado por el desagüe del Orinoco, y ni Juan de la Cosa ni su discípulo Vespucio eran capaces de descubrir que procedía del Paraíso. Luego Ojeda, navegando siempre hacia Occidente, entraba en una especie de golfo cerrado, mar interior, en el que iba encontrando poblaciones con calles de agua y grupos de edificios sobre pilotes, lo que les hacía recordar á Venecia. Y don Alonso daba á este país el nombre de pequeña Venecia ó Venezuela, que años adelante había de ensancharse, siendo el de toda una nación.
Se alarmó Colón al saber la llegada á su isla de este nuevo navegante. Conocía la audacia de su antiguo capitán y los nuevos sentimientos de éste hacia él. Todos los descontentos de la isla, abandonados por Roldán, se enardecieron al conocer la llegada de don Alonso, viendo en él á su futuro caudillo.
Ojeda, por su parte, al hablar con los pocos españoles que encontró en la costa, se fué expresando con animosidad contra don Cristóbal, haciendo saber su descrédito en España, cada vez más grande, y mostrándose dispuesto á apoyar con sus hombres toda empresa que tuviese por objeto arrojar á los Colones de la Española.
Corrió Roldán con la gente que pudo reunir á aquella costa lejana para evitar el desembarco de Ojeda. Éste, después de varias semanas de maliciosas relaciones con Roldán, en las que cada uno procuraba engañar al otro, acabó por levar anclas y se volvió á España, pues el estado de sus buques y la escasez de provisiones le aconsejaron de pronto tal determinación.
Luego que se alejó don Alonso vió Cuevas completamente perturbada otra vez la tranquilidad de la isla. Fué ahora el amor quien dió al traste con la paz que había creado el Almirante entendiéndose con Roldán.
Fernando volvió á oir á todas horas el nombre de la bella Anacaona, la reina Flor de Oro, que vivía desde años antes en Jaragua, al lado de su hermano el cacique Behechio.
La hija de Anacaona, habida con su difunto esposo Caonabo, estaba en todo el desarrollo de una pubertad que es siempre temprana en las hembras indígenas. Muy admirada por su belleza, tenía las mismas aficiones de su madre por músicas y «aeritos», mostrándose siempre en público vestida de flores.
Un hidalgo joven de ilustre familia, llamado don Hernando de Guevara, buen mozo y de modales distinguidos, fué á vivir en Jaragua, desterrado de Santo Domingo por Colón á causa de sus pendencias de espadachín y su conducta disoluta de mujeriego. Su propósito era embarcarse en los buques de Ojeda, pero llegó á la costa lejana cuando éstos ya habían partido, quedándose en los dominios de Anacaona, que lo recibió con mucha afabilidad, como á todos los blancos.
Guevara y la hija de la reina Flor de Oro se amaron inmediatamente y el hidalgo quiso casarse con ella. Pero el astuto y violento Roldán también estaba enamorado de la virgen india y empezó á molestar á Guevara, ordenándole que se marchase de allí cuanto antes. Era pariente el joven español de Adrián de Mujica, uno de los tenientes más activos de Roldán, y los dos antiguos camaradas empezaron á tratarse con creciente enemistad.
Roldán despojó á Guevara de sus perros y halcones para la caza y acabó por arrestarlo dentro de la mansión de Anacaona, en presencia de su futura esposa. Mujica se sublevó entonces contra Roldán, y todos los antiguos partidarios de éste tomaron las armas.
Reprodújose la antigua rebelión de Roldán, ahora contra él; mas como era hombre acostumbrado á conspiraciones, supo estorbar á tiempo la de sus antiguos camaradas ayudado por Colón y por su hermano, que aprovecharon esta circunstancia para vengarse de sus enemigos personales.
Mujica, con sus principales amigos, fué sorprendido y llevado preso al fuerte de la Concepción. El Almirante, para aterrar á los otros conspiradores, dispuso su muerte inmediata, ordenando que lo colgasen del asta de la bandera del fuerte, después de confesarlo. Y como Mujica dilatase mucho su confesión, pidiendo hacer nuevas declaraciones, para ganar tiempo, mandó Colón que lo matasen arrojándolo de las murallas abajo.
El Adelantado don Bartolomé rivalizaba con su hermano en actividad para el castigo. Llevaba un sacerdote con él, para que confesase sin perder tiempo á muchos de los españoles que prendía, ahorcándolos luego en el lugar mismo. Otros los metía en la fortaleza de Santo Domingo, llegando á tener diez y siete de ellos en una mazmorra subterránea, á modo de pozo, en espera de la horca.
Cuevas manteníase aparte de esta lucha, reconociendo en su interior que, como ocurre muchas veces, los dos bandos tenían razón y los dos igualmente eran culpables.
Los españoles se resistían á obedecer á estos Colones, imperiosos, faltos de condiciones de mando, sin generosidad alguna y con una rapacidad que acababa por alejar de ellos á las gentes. Muchos de los rebeldes habían cometido faltas, pero los Colones agravaban la mala situación atormentándolos por medio del hambre, quitándoles las raciones de víveres que les correspondían, por haberlos enviado los reyes para todos, sin hacer ninguna excepción.
Además, el Almirante y su hermano se guardaban el oro de las minas hacía ya dos años, negándose á repartir á los colonos la parte á que tenían derecho por su trabajo. Y no había que olvidar su calidad de extranjeros, aunque no se sabía en realidad de dónde eran, pues las gentes diferían al hablar de su origen.
En esta situación, cuando los Colones, guiados por Roldán, despeñaban ó ahorcaban á los españoles enemigos suyos, y otros de la misma clase huían viendo abortada su conspiración, Cuevas, que estaba entonces en Santo Domingo, vió anclar en la desembocadura del Ozama dos carabelas, procedentes de España.
Venía en una de ellas, como enviado de los reyes, don Francisco de Bobadilla, comendador de una de las órdenes militares y funcionario importante de la casa real.
En los últimos tiempos la impopularidad de Colón y su familia había tomado en España tales proporciones, que los reyes consideraban necesario enviar un funcionario de su corte á la isla Española, con plenos poderes, para averiguar lo ocurrido é impedir la continuación de los abusos. Todo buque que regresaba de las nuevas tierras sólo traía enfermos y desesperados, con la cara «color de oro», como se decía irónicamente aludiendo á su enfermiza amarillez. Gritaban contra Colón y los de su familia, contando las medidas arbitrarias y violentas que habían tomado contra los españoles, más propias de un buque que de una colonia.
Hasta los mayores amigos del Almirante empezaban á reconocer que éste era de excelentes condiciones para el mar, pero no debía descender del alcázar de su buque, pues en tierra resultaba el más inoportuno y desorientado de los gobernantes. Su condición de extranjero servía igualmente para que supusieran en él deseos de proclamarse soberano independiente ó de vender á otra nación unas tierras que tanta sangre y dinero costaban á España.
Un día, estando los reyes en Granada, viéronse rodeados al salir de la Alhambra de muchos hombres que acababan de llegar de las Indias, todos enfermos y quejumbrosos, profiriendo denuestos contra el Almirante. Los dos hijos de Colón, Diego y Fernando, que por ser pajes de los reyes estaban presentes, tuvieron que ocultarse, tales eran los gritos y amenazas de estas gentes llegadas de los dominios de su padre. Apodaban á los dos muchachos «los mosquitillos», por ser hijos del hombre que había chupado su sangre como un insecto insaciable, según ellos decían en sus pintorescas y desesperadas expresiones.
Venía Bobadilla predispuesto contra los Colones, y su llegada á Santo Domingo no pudo resultar más fatal para éstos. Al entrar en el río las carabelas del comendador, vió éste en cada orilla una horca con dos españoles recientemente ejecutados. Siete más habían sido ahorcados aquella misma semana, y otros, en número mayor, aguardaban sumidos en un pozo que el Almirante ó el Adelantado decretasen su última hora.
Al enterarse de la llegada de este enviado real, todos los enemigos de los Colones cobraron ánimos, mostrándose agresivos. Muchos partidarios del Almirante declararon ahora á gritos que nunca habían creído en él. Otros, incapaces de imitar tal felonía, se preparaban á huir.
Colón estaba ausente, velando por la tranquilidad de la Vega Real después de la ejecución de Mujica. Su hermano don Bartolomé andaba por Jaragua con Roldán ahorcando españoles. Para mayor desgracia de don Cristóbal, había quedado de gobernador en Santo Domingo el clerical don Diego, quien con una torpeza propia de su menguado entendimiento intentó no reconocer á Bobadilla, poniendo reparos á los documentos de los reyes que presentaba acreditando su misión. Hasta intentó resistirse con las armas, haciendo un llamamiento secreto á los protegidos de su hermano para atacar todos juntos á Bobadilla.
Cuevas fué de los solicitados por él, pero todos se mostraban flojos y cohibidos por el entusiástico movimiento de opinión que había despertado Bobadilla con su presencia. Miguel Díaz, esposo de la cacica Catalina, que era gobernador de la fortaleza, se negó á entregar ésta al enviado de los reyes, mas no encontró quien se pusiera á sus órdenes para defenderla. Y el comendador, al frente del vecindario de Santo Domingo, penetró sin resistencia en la fortaleza, poniendo en libertad á los presos que esperaban el momento de ser ahorcados.
Volvió Colón lentamente á Santo Domingo, lo mismo que años antes al llegar Juan Aguado, el otro emisario de los reyes. Circulaba por la ciudad la noticia de que había pedido el Almirante á los caciques de la Vega Real que armasen á su gente y le ayudasen para expulsar á Bobadilla, rebelándose de este modo contra las órdenes de los reyes.
A medida que los Colones tardaban á someterse montaba en cólera Bobadilla, extremando sus procedimientos dictatoriales. Durante los dos años que estuvo luego gobernando á Santo Domingo, pudo apreciar Cuevas el carácter de este personaje. Era hombre de honradas costumbres, propenso á equivocarse por la violencia de su temperamento, pero incapaz de dejarse sobornar, íntegro en sus resoluciones y poco apegado al dinero. Su carácter altivo no permitía que nadie pusiera en duda la autoridad ejercida por él.
Al ignaro don Diego Colón, que intentó acogerlo con desprecio, le puso grillos en los pies, primera medida que se empleaba entonces con todo preso, fuese quien fuese, para tenerlo más seguro. Aherrojar á un detenido era la primera disposición de los jueces, y bastaba ser llevado en Europa á una cárcel, aunque sólo fuera por pocos días, para sentir inmediatamente en manos y pies las argollas de hierro.
Cuando al fin se presentó Colón en la ciudad, Bobadilla dió orden también de que le pusieran cadenas y lo llevasen á una carabela, y lo mismo hizo, pasados algunos días, con su hermano don Bartolomé, instalándolo en otro buque.
Nadie protestó de estas resoluciones del nuevo gobernador. El pueblo las aplaudía. Los vecinos de más importancia, que por haber navegado con don Cristóbal estaban acostumbrados á reverenciar su persona, vieron todo esto con un sentimiento de compasión, pero silenciosamente. Uno que había sido cocinero del Almirante le remachó los hierros de los pies con verdadera alegría.
Dentro de las carabelas se vió tratado Colón con respeto. Al partir los buques, la muchedumbre aglomerada en la orilla del río le despidió con insultos y maldiciones, expresando su deseo de no verle más.
Andrés Martín, capitán de la carabela que le llevaba, apenas salida ésta al mar intentó quitarle los hierros de los pies, pero Colón, extremado en sus resoluciones, quiso guardar los grillos, viendo en ellos una prueba material de la ingratitud de los reyes con él.
Cuevas había sabido después que, á pesar de tal jactancia, se presentaba á la reina Isabel humilde como un reo que pide indulto, y no con la altivez del que se considera víctima de una injusticia. Muchas acusaciones de sus enemigos eran apasionadas y falsas, pero le era imposible explicar sus violencias como gobernante, sus crueldades en el reparto de víveres, y sobre todo por qué razón él y sus hermanos guardaban tanto tiempo almacenado el oro de las minas, sin dar su parte á los que trabajaban en ellas.
Los reyes le perdonaban públicamente, diciendo que «más bien querían verle enmendado que castigado», y para que se justificase y recobrara su prestigio, le costeaban un cuarto y último viaje en busca del Imperio del Gran Kan, pues se mostraba ahora más seguro que nunca de encontrar el estrecho del Quersoneso Áureo, llegando hasta las bocas del Ganges.
El gobierno de Bobadilla era para Cuevas un período de recuerdo poco grato. Veíase alejado de las minas del rey Salomón. Ya no le protegían los Colones, si es que merecía tal nombre el leve apoyo que le dispensaba el Adelantado. Su juventud, su carácter prudente y los buenos consejos de Lucero, que le mantenían alejado de las contiendas de la colonia, fueron librándole de las persecuciones sufridas por otros amigos fieles del Almirante.
Se limitó á vivir en su casa de Santo Domingo del producto de sus tierras. Estaba seguro de que Colón y sus hermanos no volverían más á la colonia.
Pensaba con frecuencia en don Alonso, su amigable protector y el más admirado de sus señores. Esperaba algunas veces verle llegar á la isla. En otras ocasiones dudaba de ello.
Llegaban hasta Santo Domingo los ecos de viajes emprendidos por nuevos descubridores. Tal vez Ojeda navegaba en aquel momento por tierras lejanas, realizando fabulosas ganancias. ¡Y él, hombre de espada, se veía trabajando como labriego en las afueras de una ciudad naciente!...
Bobadilla, que sólo gobernaba con título provisional, se vió reemplazado por otro gobernador en propiedad, don Nicolás de Ovando, personaje importante que llegó á Santo Domingo con la flota mayor que hasta entonces se había visto en aquellos mares.
Se componía de treinta navíos que llevaban más de mil quinientas personas. Muchos de los pasajeros eran caballeros principales y traían con ellos á sus familias. Por primera vez desembarcaban en la colonia mujeres casadas, con autorización pública del gobierno. Iba á empezar la verdadera vida de la pequeña ciudad, que hasta entonces había sido á modo de un campamento.
Ovando, semejante á Bobadilla y á muchos hombres de su época, era noble de carácter, pero orgulloso y altivo en sus resoluciones, mostrando una generosidad caballeresca con los de raza blanca y tratando como seres inferiores é irracionales á los indígenas.
Los abusos y crueldades de los españoles acababan por impulsar á la guerra á los naturales del país que aún eran capaces de oponer resistencia. Para prevenir la sublevación invitaba Ovando traidoramente á una fiesta en el campo á los principales caciques, y los exterminaba á todos.
Anacaona, acusada de haber intervenido en los preparativos de una sublevación general, era cargada de cadenas y conducida á Santo Domingo. El gobernador la condenaba finalmente á morir en la horca, y los habitantes de la ciudad acudían en masa á presenciar el suplicio de la reina Flor de Oro.
Todos los llegados con Ovando, que eran ahora la mayoría del vecindario, sólo sabían de la fiereza de Caonabo y la hermosura de Anacaona por los relatos de los colonos antiguos. Fernando era de los pocos que conocía á la famosa reina.
Lucero no la había visto nunca, y con femenil curiosidad quiso presenciar sus últimos momentos. Una ejecución equivalía en aquellos tiempos á una fiesta pública, aun en las naciones más civilizadas. Fernando tuvo que acompañarla, evocando en su memoria la escena de aquella tarde, con su voluptuosa tentación y su valeroso sacrificio, que Lucero no conocería nunca.
Vió pasar á la soberana india con las manos esposadas como Caonabo, casi desnuda, sin guirnaldas de flores, llevando un simple delantal de algodón arrollado á sus caderas. Parecía joven á pesar de los años transcurridos, con una juventud incesantemente renovada, sin inviernos, sin hojas secas, como los jardines eternamente primaverales del trópico.
Iba á la muerte sin la serenidad estoica de los de su raza, mas no por eso con miedo. Avanzaba ligeramente, con pie seguro, sin deseo de prolongar su existencia algunos instantes más... pero no ocultaba su tristeza. Sus ojos de animal dulce tenían el brillo cristalino de las lágrimas.
¡Morir ella, que amaba tanto las cosas hermosas de la vida!... ¡Y morir por voluntad de aquellos hombres blancos á los que había admirado siempre!...
Tal vez pensaba, frente á la horca, en aquel joven señor de los centauros, vestido de luz, cuyo pecho brillaba como los ríos y los lagos á las horas de sol. De estar él presente, no la habría dejado morir.
Y no podía imaginarse que el héroe luminoso como un astro estaba á pocos pasos de ella, perdido en la muchedumbre que presenciaba su muerte.
Su aspecto era ahora distinto; algo avejentado por la amargura de las decepciones, sin su arrogancia de «jefe blanco».
Minutos después, Cuevas la vió en alto, por encima de las cabezas del populacho, con la mandíbula inferior clavada en el pecho, la luenga cabellera caída sobre el rostro, balanceándose al final de una soga que la unía al extremo de un madero saliente cruzado sobre otro madero vertical.
¡Pobre reina Flor de Oro!
II Donde aparece la india Isabel, y Lucero se entera al fin cuál es la verdadera riqueza del Nuevo Mundo
A fines del año 1500, cuando aún era Bobadilla gobernador de Santo Domingo, vieron Cuevas y Lucero entrar en su casa al señor Juan de la Cosa.
Tenía el mal aspecto de un hombre que acaba de sufrir grandes penalidades. Fernando, al escuchar sus primeras palabras, recordó inmediatamente algo que se venía diciendo en la ciudad desde días antes.
Tres pequeñas partidas de aventureros avanzaban á través de la Española comerciando con los naturales sin permiso del gobernador, y se añadía que cada uno de estos grupos llevaba un cofre lleno de oro y perlas. El célebre navegante era jefe de uno de estos grupos, y los tres estaban compuestos de náufragos que habían perdido sus buques en una costa lejana de la isla, viéndose obligados á comerciar con los indios para obtener de este modo víveres y seguir su marcha hasta Santo Domingo.
Después de su viaje como piloto mayor con Alonso de Ojeda, llevando á sus órdenes á Américo Vespucio, habíase dejado tentar La Cosa por las proposiciones de un escribano del barrio de Triana, en Sevilla, llamado Rodrigo de Bastidas, el cual deseaba meterse á descubridor, enardecido por los relatos de cuantos volvían de las nuevas tierras. Este escribano no era un hombre sedentario, entrado en edad y de gustos pacíficos, como parecía indicarlo su profesión. Estaba en plena juventud, y allá en su barrio de Sevilla veíase celebrado como muy diestro en el manejo de la espada, gran guitarrista y aficionado á los amoríos.
Sus astucias y agudezas profesionales sabía adaptarlas á su nueva vida de descubridor. Empezaba buscando como consejero al más prestigioso de los pilotos de entonces, el señor Juan de la Cosa, que, después del viaje improductivo de Ojeda, vivía cerca de Cádiz, en Puerto de Santa María, trazando el primer mapa del Nuevo Mundo.
Una asombrosa buena suerte acompañaba al gallardo tabelión metido á navegante. Su viaje era el primero que producía riquezas. Navegaban él y La Cosa frente á Tierra Firme desde el cabo de la Vela, adonde había llegado Ojeda, hasta el puerto de Nombre de Dios.
Bastidas se distinguía de Colón y de los demás exploradores por sus buenas maneras, su carácter acomodaticio y el modo discreto con que sabía tratar á los naturales. Esto le permitió comerciar pacíficamente, adquiriendo una cantidad considerable de oro y perlas. Era verdaderamente la primera expedición comercial, dirigida por un marino reposado y pacífico como Juan de la Cosa y un capitalista acostumbrado á tratar los negocios con un gracejo andaluz, allá en su notaría del barrio de Triana.
Cuando ya tenían tres cofres llenos de oro y perlas, y veían en lontananza nuevos provechos, que harían de ellos los mayores ricos de las nuevas tierras, su asombrosa prosperidad se derrumbó de golpe. El fondo de sus buques estaba agujereado por la terrible «broma», roedor abundante en las aguas del trópico, del que los navegantes españoles sólo empezaban á tener una ligera idea.
Juan de la Cosa, á costa de muchas dificultades, conseguía llevar los dos buques desde Tierra Firme á la isla Española; pero una vez en ésta, los cascos acababan por abrirse y se iban á pique, luego que Bastidas y su gente consiguieron salvar lo más precioso que llevaban á bordo.
Para no morir de hambre se distribuían los náufragos en tres partidas, y por senderos distintos dirigíanse á Santo Domingo, pues el país no ofrecía víveres para viajar tanta gente junta. Bastidas, al llegar el día antes á Santo Domingo, había explicado al gobernador Bobadilla la necesidad de comerciar con los naturales para proporcionarse alimentos y guías; pero tal justificación le valió de poco, pues le formaron proceso, quedando bajo embargo los tres cofres llenos de materias preciosas.
El intrépido piloto no conocía á la mayor parte del vecindario de Santo Domingo, y había ido en busca de aquel matrimonio joven, cuya casa frecuentó tanto en la ahora abandonada ciudad de Isabela.
Cerca de año y medio permanecieron Bastidas y su piloto mayor en Santo Domingo, esperando que los enviasen á España con el tesoro embargado para defender su causa ante los reyes, y en este tiempo Cuevas y su mujer se fueron enterando de todo lo que el navegante sabía de Ojeda.
Guardaba mal recuerdo del viaje hecho con él por ser el más improductivo de cuantos llevaba realizados. Habían descubierto la tierra titulada Venezuela y otra más al Noroeste, siguiendo la costa de la llamada Tierra Firme, pero siempre entre combates, pues allá donde iba don Alonso abundaban los golpes y corría sangre.
Tal era su humor guerrero, que apenas recibía en las naves la visita de los indígenas, necesitaba disparar su artillería para que se convenciesen de su poder, y toda la gente cobriza, hombres y mujeres, al escuchar los truenos de las bombardas, se echaban de cabeza al mar «como las ranas de un estanque cuando cae una piedra», según expresión de Américo Vespucio.
Unos comerciantes de Sevilla habían facilitado á Ojeda los cuatro buques y hecho todos los gastos necesarios, imaginándose que el intrépido capitán traería grandes riquezas; pero éste había navegado sin encontrar otra cosa que guanines de oro de escaso valor, semejantes á los traídos por Colón en el primer viaje.
Desesperado don Alonso y queriendo llevar á sus consocios algo de provecho, anclaba en la parte occidental de la Española para cortar palo campeche; pero Roldán, enviado por el Almirante, le impedía realizar dicho acopio. Quedaba reducido á vagar por las islas contiguas cazando caribes para venderlos como esclavos en Sevilla, pero no obstante este negocio cruel, que en aquel entonces parecía corriente, el resultado económico de la expedición resultaba tan mezquino, que luego de cubiertos los gastos sólo quedaban quinientos ducados para repartir entre más de cincuenta hombres.
El sesudo piloto ya no sabía más de Ojeda. Al verlo por última vez en Sevilla preparaba otra expedición, apoyado por algunos particulares de dicha ciudad, los cuales deseaban ir con él aprovechando su intrepidez y la experiencia adquirida en anteriores viajes, pero reservándose la parte comercial para obtener mayores provechos.
La Cosa había encontrado poco agradable la compañía de estos asociados, prefiriendo seguir con el escribano Bastidas, de carácter alegre y siempre respetuoso ante sus indicaciones náuticas.
Un detalle de la vida de don Alonso, sin importancia para el respetable piloto, interesó mucho á Cuevas. Su antiguo capitán iba ahora á todas partes con una india de Venezuela.
Se acordaba La Cosa de las mujeres de una de aquellas poblaciones lacustres que había conocido en su viaje con don Alonso. Eran altas, esbeltas, de color más claro que las hembras de otras tribus. Algunas habían querido quedarse por su propia voluntad en los buques de los hombres blancos, y una de ellas se interesaba especialmente por el jefe de la expedición. Ojeda se la había llevado finalmente á España, aunque al principio no mostraba por ella gran interés.
—Era su manceba—continuó el piloto—. La trataba lo mismo que los otros camaradas á sus indias; pero la última vez que le vi en España parecía agradecido al interés que ella le demostró, siguiéndole á todas partes, obediente y fiel como un animalejo. En Sevilla hizo que la bautizasen, dándole el nombre de Isabel.
Cuevas y Lucero se acordaron inmediatamente de doña Isabel Herboso, cuya muerte les había contado igualmente Juan de la Cosa. Ojeda, á pesar del tiempo transcurrido, no olvidaba esta desgracia.
—Antes, cuando el Almirante nos hablaba de los vastos Estados del Gran Kan—dijo el marino con una expresión ligeramente irónica—, Ojeda quería conquistar tesoros y hasta un reino. Muerta doña Isabelita, yo creo que sólo desea emprender viajes para que éstos le entretengan, haciéndole pensar en los otros más que en sí propio. Le gusta mandar, que todos le obedezcan, y cuando llega la hora de repartir las ganancias, cede lo suyo á los camaradas. Se disputa por todo, menos por el dinero. Todavía lleva con él su cuadrito de la Virgen, pero afirma que esta imagen no hace mas que guardarle la vida. Era doña Isabelita la que, según él, le proporcionaba la fortuna, y empieza á creer que siempre será pobre. Indudablemente dice esto porque, desaparecida la joven dama, el oro no tiene para él otra utilidad que el derramarlo á manos llenas entre la gente inferior.
Cuando Bobadilla emprendió su viaje de regreso, luego de entregar á Ovando el gobierno de la isla, Bastidas y Juan de la Cosa fueron metidos en un buque, casi como presos, para que respondiesen en España de las inculpaciones que les hacían.
Presenció Cuevas la repentina tempestad que echó á pique, frente á Santo Domingo, la mayor parte de la flota próxima á partir. Un día antes había llegado Colón con cuatro buques, para realizar su cuarto y último viaje de descubrimiento. Los reyes le habían ordenado que no tocara en Santo Domingo, queriendo evitar de este modo nuevos motines, por saber que la gente de allá le era adversa; mas el Almirante, con una agresividad senil, pretextó averías sufridas en su viaje desde España, para fondear frente á Santo Domingo.
Quería que le viesen sus enemigos mandando una nueva flota costeada por los reyes, luego de haber salido de allí, dos años antes, con grillos en los pies. El nuevo gobernador Ovando le prohibió enérgicamente que entrase en el puerto, conociendo la intención provocativa del Almirante y el odio que aún sentían contra él gran parte de los vecinos de la ciudad.
Experto en los mares tropicales más que la mayoría de los capitanes de los buques que hacían su primer viaje á las nuevas tierras, avisó Colón á Ovando, de acuerdo con sus observaciones del mar y del cielo, la proximidad de uno de aquellos ciclones que azotaban de tarde en tarde la isla. Su consejo fué desoído, y horas después la tormenta hizo naufragar la mayor parte de la flota.
Sólo se salvaban los barcos de Colón, que habían buscado oportunamente un refugio, y los del gobernador, mandados por navegantes que llevaban ya efectuados varios viajes. La carabela en que iban Bastidas y Juan de la Cosa, con el tesoro embargado, se salvaba sin ninguna avería, gracias á las indicaciones del famoso piloto.
El buque del comendador Bobadilla naufragó casi instantáneamente, pereciendo éste y todos sus compañeros. Perdíase para siempre el proceso de Colón que Bobadilla llevaba á bordo, en el que se consignaban todos los abusos y delitos que motivaron su prisión. Desaparecía igualmente en dicho naufragio la mayor pepita de oro que se había encontrado hasta entonces en las nuevas tierras, la cual pesaba muchas libras y era del tamaño de un pan de Castilla.
Cuevas, con algunos de los españoles que trabajaban en las minas del rey Salomón, había bajado al puerto para acompañar esta muestra de riqueza enviada á España.
Empezaban á sentir todos ellos cierto orgullo patriótico, considerando la isla como si fuese su tierra natal, celebrando como propias las riquezas de este suelo que acababan por disfrutar otros. Recordaba aún el banquete celebrado en las minas para despedir á este pedazo de oro, antes de entregarlo al gobernador. Había sido invitado por sus antiguos camaradas los mineros, comiendo todos un cerdo asado, servido en platos de oro.
Estos españoles de las minas retrogradaban, sin darse cuenta, hacia la vida primitiva, sin más traje que una camiseta y unos calzoncillos de algodón, distinguiéndose únicamente de los indios por tener una espada y una rodela. Intentaban embellecer instintivamente su vida casi salvaje con inesperadas y groseras suntuosidades. La parte de oro que les tocaba como remuneración de su trabajo la empleaban en hacerse platos y jarros semejantes á los de los reyes de Europa. Con ellos comían y bebían, echando migajas ó huesos á los servidores indígenas acurrucados á sus pies, lo mismo que animales domésticos.
En el mes de Septiembre de 1502, después de partir Juan de la Cosa, experimentaron Cuevas y Lucero una sorpresa aún mayor que al ver entrar en su casa al célebre piloto.
Un español de los que habían vivido en Isabela dió noticia á Fernando de que su antiguo capitán don Alonso se hallaba en Santo Domingo desde el día anterior, pero en la cárcel.
Corrió á verle Cuevas, seguido de un servidor indio que llevaba sobre su cabeza un cesto con los mejores víveres que Lucero había podido reunir. Lo vió encerrado en el casucho que servía de prisión, y sus guardianes más bien parecían criados suyos, por el respeto con que hablaban á este héroe, célebre por su intrepidez.
Tenía el mismo aspecto que años antes, pequeño de cuerpo, bien proporcionado, ágil en sus movimientos, con cierta vibración en los ademanes que revelaba una fuerza reprimida pugnando por expandirse. Ya tenía treinta años, pero guardaba la ligereza y la inconsciencia audaz de su mocedad heroica.
Volvía de su segundo viaje de descubrimiento, aprisionado y robado por sus consocios. A los pocos días, el juez principal de la isla lo dejaba en libertad, pero sometido á su vigilancia y á las consecuencias del proceso.
Fué enterándose Cuevas, en sus continuas conversaciones con él, de los episodios de este segundo viaje, más desgraciado aún que el anterior.
El obispo Fonseca le había protegido en España una vez más. Sus hazañas le hacían popular en los puertos españoles, especialmente en Sevilla, donde se juntaban todos los aventureros ganosos de ir á las nuevas tierras.
En consideración á sus servicios pasados y á los que podía prestar, le daban los reyes seis leguas de terreno en la parte Sur de la isla Española y el gobierno de la provincia de Coquibacoa, que había descubierto en Tierra Firme durante su primer viaje, autorizándole para equipar á sus expensas una flota que no pasase de diez buques. Falto de capital y temeroso de la usura de los comerciantes que tanto había pesado sobre él en su viaje anterior, buscó el apoyo de particulares, siendo sus socios cierto Vergara, mayordomo de un canónigo rico de Sevilla, y otro llamado Ocampo. Estos copartícipes sólo aportaban á última hora lo preciso para armar cuatro carabelas, embarcándose en éstas la gente más brava y aventurera que había entonces en Sevilla. Muchos de sus hombres habían figurado en anteriores viajes á las nuevas tierras.
Una expedición con estas gentes acostumbradas á maltratar al indio y con capitalistas mediocres ansiosos de adquirir riquezas, fuese como fuese, sólo podía originar batallas y robos allá donde tocase, teniendo como final la insubordinación y el desorden. Al desembarcar en Cumaná saqueaban las aldeas indígenas, y contraviniendo las órdenes de Ojeda, mataban á varios habitantes, llevándose cautivos á otros. Vergara y Ocampo se reservaban las mujeres, dando libertad á las viejas y las feas, y exigían rescate por las jóvenes que reclamaban sus maridos.
Ojeda no tomaba de este saqueo mas que una simple hamaca de algodón. La india Isabel le seguía. Habiendo recogido un poco de oro continuaron adelante, hasta encontrar en la provincia de Citarme á un español de la expedición de Bastidas que había desertado tres meses antes, quedándose allí entre los indios, cuyo idioma acababa de aprender.
Sostenía Ojeda frecuentes combates con los naturales, emprendía la construcción de un pueblo y de una fortaleza, pero la falta de víveres y la pobreza del país hacían que su gente fuese perdiendo la disciplina.
El oro recogido en las correrías estaba depositado en una caja fuerte, cuyas dos llaves guardaba Ojeda, con gran disgusto de sus socios. Éstos sublevaban á la gente contra él y acabaron por sorprenderle mientras dormía, cargándolo de cadenas antes de conducirle á bordo de uno de los buques.
Así salió don Alonso de la provincia que debía gobernar y de la primera población fundada por él con el nombre de Santa Cruz.
En la misma carabela en que iba el gobernador preso se embarcaban igualmente sus dos consocios con la caja origen del litigio. Su plan era acusarle ante las autoridades de Santo Domingo, ya que el estado del buque no les permitía continuar hasta España.
Llegaron á la parte occidental de la isla Española, anclando á cierta distancia de la costa. Ojeda, confiando en su fuerza y su agilidad, se escurrió por un costado del buque, durante la noche, hasta hundirse en el agua, y trató de nadar hacia la orilla. Los brazos los tenía libres, pero sus pies estaban sujetos con grillos y cadenas, y el peso de tanto hierro le iba sumergiendo.
Tuvo que pedir socorro, al mismo tiempo que la india Isabel daba gritos adivinando su peligro. Los enemigos echaron un bote al agua, y el intrépido gobernador tuvo que pasar por la vergüenza de volver medio ahogado al poder de sus desleales compañeros. Lo desembarcaban finalmente, poniéndolo á disposición del gobernador de Santo Domingo, y ellos, mientras tanto, abrían la caja fuerte, objeto de tantas querellas, repartiéndose su contenido.
Cuevas vió á la india Isabel en la prisión, al lado de su amante. Iba vestida á usanza española, con mantilla y amplias faldas. Estas ricas galas habían sido compradas en Sevilla al organizarse la expedición. Cuando Ojeda podía disponer de dinero, lo gastaba descuidadamente, con arreglo á su pródigo carácter. Las ropas de rica calidad ya estaban muy ajadas por los azares de aquel viaje aventurero.
Al verse ahora en una tierra semejante á la suya, la india iba prescindiendo paulatinamente de las diversas prendas de su vestimenta europea, y un año después la veía Lucero semejante á las otras indígenas del país, casadas ó amancebadas con españoles, que sólo llevaban sobre su desnudez tradicional alguna saya vieja que denotase su clase, superior á la de las otras indias sin trato con blancos.
Encontraba Cuevas en Isabel cierta semejanza con la reina Flor de Oro. Era una Anacaona más joven, menos lánguida y sin su porte majestuoso; una compañera de aventurero heroico, dispuesta á atravesar las selvas sirviendo á su hombre de guía, lo mismo que á guisotear y limpiar sus armas durante las horas larguísimas y monótonas pasadas en el alcázar de popa de una carabela.
Como todas las hembras de pueblos primitivos, empezaba á marchitarse en plena juventud. No debía estar más allá de los veinte años y tenía ya un aspecto matronil, anunciador de rápido y prematuro agotamiento.
Ojeda fué á instalarse con su concubina india en una casucha de las afueras de Santo Domingo que le proporcionaron Cuevas y otros camaradas de su vida trabajosa en Isabela.
Mostrábase insensible á los sucesos que se desarrollaban en Santo Domingo. No le importaba la vida de esta colonia, en la que sólo podía figurar como simple habitante. Él era de los que fundaban ciudades; había nacido para mandar y no para obedecer. Si vivía allí, era en espera de que le hiciesen justicia, sosteniendo un pleito larguísimo para que le devolviesen lo suyo.
Mostrábase preocupado por los incidentes de este pleito, como si se moviese entre las mallas de una red interminable. En Santo Domingo, jueces, abogados y escribanos empezaban á ser los personajes más importantes.
—Media ciudad—decía Cuevas—pleitea con la otra media.
Minero, poseedor de la tierra ó navegante, no había blanco que no se creyese despojado é iniciase un pleito contra otro compatriota.
Ojeda, que era pobre, tenía muchos envidiosos de su fama heroica y se había hecho muchos enemigos por las arrogancias de su carácter pendenciero. De pronto se vió condenado por el juez mayor de la isla á perder todo lo adquirido en su viaje y además lo declaraba deudor á la corona, por afirmar sus adversarios que se había quedado con la parte correspondiente á los reyes.
Apeló á los tribunales de España, pidiendo al mismo tiempo apoyo á su protector Fonseca, y gracias á este último pudo conseguir que le hicieran justicia. Mas las costas que debió pagar por el proceso fueron tan enormes, que consumían todo lo que le adeudaban sus socios y el contenido de la caja de caudales.
Quedó su nombre limpio de toda acusación, pero se consideraba más pobre que antes de emprender su primer viaje, dudando ya de poder salir de Santo Domingo al frente de una nueva expedición. Surgía de manos de la justicia triunfante, pero completamente arruinado.
Cuando aún esperaba que el Consejo real le hiciese justicia, se detuvo casualmente una mañana en la plaza mayor de Santo Domingo, atraído por la presencia de una multitud.
Vió pasar á la reina Anacaona camino de la horca, y él, que estaba avezado á matanzas, no pudo presenciar esta ejecución, abominando interiormente de las crueldades inútiles de Ovando y la muerte innecesaria de esta mujer.
No había en su protesta compasiva nada de amor. Los días pasados con Flor de Oro eran un vago recuerdo en su memoria.
El amor había retrocedido á último término en el tumulto de sus deseos. Quería riqueza para repartirla á manos llenas, y sobre todo autoridad, por el áspero deleite que proporciona el poder. Lo único que le preocupaba en su situación actual era verse desconocido ú olvidado en aquella isla cuyo interior había sido el primero en explorar.
Se habituó Cuevas á la presencia de su antiguo capitán. Sin dejar de admirarle, lo veía como si fuese otro desde que le inspiraba compasión. Estaba acostumbrado á sus hazañas heroicas, no á sus desgracias.
Sus propios asuntos empezaron á mantenerle algo alejado de Ojeda. La riqueza parecía venir ahora hacia él y Lucero, no rápida y deslumbrante como surgía de las minas para otros, sino lenta, modesta, con un avance monótono pero firme, como la iban conociendo los españoles de gustos pacíficos dedicados al cultivo de la tierra.
Una vieja india, viuda de un pequeño cacique del interior, había conocido á Lucero cuando vivían los dos en las minas, mostrando por ella una admiración semejante á la que sienten los esclavos por un dueño de origen superior. Su fortuna significaba poca cosa en un país donde los blancos recibían mercedes reales de terreno calculadas por días de marcha. Lo que había heredado del cacique sólo eran dos leguas, pero á orillas de un río y de tierra feracísima. El bachiller Enciso, abogado de Santo Domingo, al que conocía Cuevas por su amistad con Ojeda, se encargó de legalizar los títulos de propiedad de la vieja cacica, convertida al cristianismo.
Lucero sabía que el deseo de la indígena era dejar su fortuna á ellos dos y á su hijo Alonsico, por el que mostraba un afecto comparable al de una vieja nodriza. El bachiller Enciso había arreglado ya todo lo referente á la herencia, y Fernando miraba dichas tierras como suyas, lamentando tener que cultivarlas poco á poco, por la escasez de sus medios.
Había conseguido que el nuevo gobernador Ovando y luego los frailes de San Jerónimo, que sucedieron á éste en el gobierno de la isla, le entregasen cierto número de indios, tratándolos con bondad para que le ayudasen en sus trabajos. Pero el indígena resultaba flojo en las labores, y sólo por obra del miedo podía conseguirse que diese un mayor rendimiento.
Empezaban á establecerse en la isla los primeros trapiches de azúcar, venerables antecesores de los que después fueron llamados «ingenios». Los conquistadores trasladaban á este mundo nuevo la caña azucarada de origen asiático que siglos antes habían aclimatado los moros en España.
Un fraile, al desembarcar en Santo Domingo, buscó á Cuevas para entregarle una carta que le habían dado en Córdoba y una pequeña bolsa llena de monedas de oro. El doctor Acosta se acordaba de Lucero y de su hijo.
Este dinero sirvió á Cuevas para el desarrollo de su empresa agrícola, y ocupado en ella dejó de ver meses y meses á su antiguo capitán.
Vivía éste malhumorado en su casucha con la india Isabel, de la que ya tenía dos hijos. Algunas veces obtenía dinero tomándolo á préstamo sobre aquellas leguas de tierra que le habían dado los reyes; otras jugando con los aventureros que volvían de las minas del interior ó de algún viaje clandestino de descubrimiento.
Se mostraba constantemente descuidado y manirroto, volviendo en seguida á ser pobre. Altivo y orgulloso en su trato con los espadachines, siempre abundantes en la colonia, sostenía con ellos frecuentes pendencias, y como siempre, era él quien hacía sangre y salía ileso.
Fernando dejó de verle mucho tiempo, y le dijeron que había salido con un grupo de desesperados tan intrépidos como él, en un barco viejo y con escasos víveres, para intentar por segunda vez la fundación de Santa Cruz en aquella provincia de Tierra Firme cuyo gobierno le habían dado los reyes.
Al poco tiempo volvió derrotado y triste, con sólo unos pocos de sus compañeros. Todos los demás habían perecido en las tierras de su ingrata gobernación.
Lucero, con el espíritu conservador innato en la mujer, mostrábase cada vez más enemiga de aventuras y heroísmos.
—Que vayan otros—decía á su marido—en busca del oro. Nosotros procuremos que la tierra mantenga nuestros cerdos, nuestras vacas, y nos dé maíz y cazabe. Que don Alonso y los de su especie busquen nuevas minas. Les venderemos la comida para sus viajes, y Dios hará que al final trabajen para nosotros, sin que nos movamos de nuestra casa.
Aprobaba el marido la cordura de estas palabras, haciendo callar al héroe ansioso de aventuras, peligros y grandezas que llevaba dentro de él. Su diario y pacífico combate con la tierra parecía adormecerle.
Admiró finalmente la sabiduría de su esposa. Ojeda continuaba inspirándole respeto, mas ahora le parecía perteneciente á otra clase de hombres, dignos de ser admirados desde lejos, sin seguirlos nunca.
Y viviendo los dos esposos en tan pacíficas y mansas aspiraciones llegó á Santo Domingo la noticia de que, meses antes, el 20 de Mayo de 1506, había muerto en Valladolid el Almirante don Cristóbal Colón.
III
De las verdaderas minas del rey Salomón encontradas por don Cristóbal en Panamá, cerca del Ganges, y cómo Fernando Cuevas fué á España enviado por Ojeda, solicitando el permiso para conquistarlas.
Antes de que el Almirante muriese en España, lo vieron Cuevas y Lucero por última vez en Santo Domingo.
El gobernador de la isla tuvo que enviar una carabela para recogerlo en Jamaica, donde permanecía aislado varios meses, con sus buques podridos y una gran parte de sus tripulaciones sublevadas.
Su cuarto viaje de descubrimiento, pagado por los reyes después de muchos titubeos y demoras con el deseo de que Colón se rehabilitase del fracaso de su viaje anterior, resultaba una continua desdicha. Después de haber estado frente á Santo Domingo, sin que Ovando le dejase desembarcar, ponía su proa al Oeste, en busca del estrecho que iba á darle acceso á las verdaderas tierras del Gran Kan y á las bocas del Ganges.
Los elementos de la Naturaleza y sus propias dolencias se conjuraban contra él para hacer aún más triste su última aventura de navegante visionario. Abundaban las tempestades en su viaje; le atormentaban los reumatismos, tenía que vivir acostado, para lo cual hizo que le construyeran una camareta de tablas sobre la popa del navío, siguiendo así su rumbo sin abandonar el lecho.
Cada vez se hacía más visible la perturbación de sus facultades mentales. Hablaba con seres fantásticos que le visitaban durante la noche para darle consejos é infundirle ánimo. Navegó de tal modo frente al litoral de los países llamados luego Panamá, Costa Rica y Honduras, y que él comprendía bajo el nombre general de Veragua.
Esta Veragua iba á ser la última quimera de su vida, el postrer sueño dorado, enardecedor de sus ansias de poder y riqueza. Los naturales de la costa, al dar informes á los enviados de Colón, hablaban de países distantes solamente unos cuantos soles de marcha, donde los hombres iban vestidos con largas túnicas, llevando adornos de oro en la cabeza y en los brazos. Se referían sin duda al Yucatán y á Méjico. Tales relatos servían para exacerbar aún más las quimeras geográficas del Almirante, haciéndole creer que estaba en la vecindad de los países descritos por Marco Polo. Hasta afirmó, según sus cálculos, que caminando diez jornadas por el interior de Veragua llegaría á las riberas del Ganges y á sus más famosas ciudades.
Las breves correrías de los suyos por las aldeas vecinas á la costa no representaban ninguna exploración seria del país, pero como muchos indígenas principales llevaban sobre el pecho grandes patenas de oro que Colón llamaba «espejos», creyó ciegamente que había tropezado con las mayores minas del mundo.
Dejó de afirmar que las de la isla Española fuesen las del rey Salomón. Donde estas minas se hallaban verdaderamente era en el territorio de Veragua.
Apresó cerca de la costa una canoa enorme, la más grande que había visto hasta entonces, cubierta con una techumbre de paja tejida, muy abundante en marineros y pasajeros y llevando un cargamento de objetos curiosos reveladores de cierta civilización. Esta especie de nave comercial que venía del Norte, donde vivían los hombres vestidos y con adornos de oro, la apreció el Almirante como una primera muestra de la marina asiática que navegaba por los estrechos y archipiélagos de las costas vastísimas del Gran Kan.
Intentó establecer una colonia á orillas de un río que llamó Belén, pero tuvo que abandonarla ante el empuje de los naturales, más temibles que los indígenas de la Española, pues tiraban siempre con flechas envenenadas. El mal estado de sus buques le obligó á retroceder, fondeando en Jamaica, y allí se abrieron, acribillados por la «broma», quedando encallados en la playa como edificios de madera.
Vivió algunos meses dependiendo él y los suyos de los víveres que quisieran proporcionarles los indígenas á cambio de chucherías, y que al final llegaron á escasear. Llevaba con él á su bastardo Fernando, el hijo de Beatriz Enríquez, el cual empezaba á ser adolescente, y la presencia de este tierno compañero de aventuras aumentaba más la angustia de su situación.
Como le había ocurrido varias veces en su vida de gobernante, la mayor parte de su gente acabó por sublevarse contra él. Su hermano don Bartolomé, á la cabeza de los que se mantenían fieles, sostuvo batallas con los rebeldes, contemplando los indígenas con regocijo estas luchas sangrientas de los blancos.
Un hombre adicto al Almirante, Diego Méndez, realizaba la más inaudita de las hazañas para sacar á todos de este aislamiento en el que iban á sucumbir. Embarcado en una canoa india, sin más acompañamiento que otro blanco y varios remeros jamaicanos, navegaba leguas y leguas hasta la isla Española, consiguiendo llegar á ella después de varias tentativas inútiles. Iba en busca del gobernador Ovando para contarle la angustiosa situación del Almirante, y una carabela enviada desde Santo Domingo trajo á la capital á todos los supervivientes del cuarto viaje, terriblemente enemistados y repitiendo en las calles de la ciudad las querellas que los habían dividido en la costa de Jamaica.
El vecindario de Santo Domingo, que años antes había despedido á Colón encadenado con griterías hostiles y deseos de muerte, lo respetó y hasta lo agasajó, al verlo enfermo, con aire de vencido para siempre. Le faltaba ya el apoyo de la quimera, que había sido siempre su mayor fuerza. Ovando lo alojó en su propia casa, y los que años antes habían sido sus enemigos le miraron con la conmiseración que inspira la desgracia.
Fernando y Lucero fueron á visitarle, y el anciano, que pasaba parte del día en la cama, atormentado por el reuma, pareció alegrarse al reconocer á los dos antiguos pajes que le habían acompañado en su primera y más gloriosa aventura marítima.
Otro amigo, igualmente venerable para ellos, llegó en este tiempo á Santo Domingo, el señor Juan de la Cosa, que había andado ocupado hasta entonces en otras navegaciones. Hablaba con franqueza de algunas de ellas. Otras las mantenía en prudente silencio, ó las revelaba contra su voluntad con palabras sueltas.
Cuevas, desde Santo Domingo, estaba enterado de algunas navegaciones clandestinas, emprendidas sin permiso de los reyes. Era indispensable para armar una expedición en los puertos de España que sus capitanes obtuviesen una cédula real. Y como para conseguir tal privilegio eran precisas recomendaciones y largas esperas, algunos se lanzaban al misterio de los mares inexplorados por su cuenta y riesgo, sin decir adónde iban, guardando después en secreto las tierras descubiertas.
Juan de la Cosa aludía con aire misterioso á ciertos viajes que no eran los de Alonso de Ojeda, ni el suyo con el escribano Bastidas, ni tampoco el de Alonso Niño de Moguer al país de las perlas, ni el reciente de Vicente Yáñez Pinzón. Este hermano de Martín Alonso, que mandaba la Niña á la vuelta del primer viaje, se había lanzado otra vez al mar. No había pensado en viajes mientras Colón tuvo el monopolio de ellos. Los de su familia no podían oir hablar de tal hombre. Luego, al ver abiertas las puertas del Océano, se lanzaba á él mandando una escuadrilla de cuatro barcos que le proporcionaron rapaces usureros. Le atraía más la gloria de descubrir tierras que la riqueza. Era el primero en ver la constelación llamada Cruz del Sur y otras estrellas del cielo austral, completamente nuevas para los europeos. Igualmente era el primero en descubrir el Norte del Brasil y el mar dulce formado por el desagüe de un gran río titulado después de las Amazonas.
Más desgraciado que Bastidas y otros que traían perlas, sólo lograba embarcar palo campeche, y al llegar á España sus acreedores se lo embargaban todo.
Juan de la Cosa procuraba también no mencionar cierto viaje secreto que llevaba hecho con Américo Vespucio, más al Norte de aquella Veragua de la que tanto hablaba Colón; pero Cuevas lo sospechó por ciertas expresiones que se le escaparon al célebre piloto.
Otras navegaciones clandestinas debía haber realizado, á juzgar por el estado de su fortuna.
Al hacerles justicia en España á él y á Bastidas, les habían devuelto gran parte de lo adquirido en dicho viaje, pero indudablemente llevaban ganado más oro en navegaciones posteriores, mantenidas en secreto. También hacía sospechar esto el conocimiento de nuevas tierras que figuraban en su mapa con exactitud, sin que hubiesen sido vistas hasta entonces por ninguna de las expediciones autorizadas. Y él era un navegante sin imaginación, atenido á la realidad de los hechos, incapaz de edificar sobre ellos conjeturas fantásticas.
Este positivismo sereno de navegante práctico le hacía sonreir con lástima de las fantasías del Almirante. Lo consideraba ya muy á la zaga de todos los que iban buscando tierras en el misterio de los mares desiertos.
—Ni ha aprendido ni ha olvidado—dijo una vez hablando con Ojeda y Cuevas.
Y quería expresar con esto que los descubrimientos hechos por él y por otros no habían enseñado nada nuevo á Colón, empeñado en no olvidar aquella geografía delirante aprendida en Marco Polo y Mandeville, que le hacía creerse siempre en Asia. Los que se limitaban á observar sin ningún capricho imaginativo, tenían una noción más exacta de las nuevas tierras.
Colón, poeta del mar, perturbado mentalmente por la vejez y el exacerbamiento de sus fantasías, empezaba á saber menos que muchos pilotos vulgares y prácticos. Además, en España eran cada vez más numerosos los hombres de estudio que se reían del Gran Kan y todas las quimeras asiáticas del Almirante, afirmando que las tierras descubiertas eran un nuevo mundo. Pero don Cristóbal seguía aferrado á su ilusión, declarando ignorantes á cuantos ponían en duda sus afirmaciones. Él solamente podía conocer la verdad.
Juan de la Cosa sonreía igualmente al oir mencionar la superioridad náutica del Almirante. Éste, en su inmenso orgullo, iba por el mar creyendo ser el único que poseía el secreto de sus rumbos.
—Se imagina que sólo él tiene ojos, y todos los que le acompañan son ciegos ó niños de la escuela.
Hablando don Cristóbal en casa de Ovando con Juan de la Cosa—pues éste era el único piloto que él consideraba digno de atención—, se había jactado de guardar secreto el rumbo á la riquísima Veragua. Nadie mas que él sabría volver allá. Para ello había decomisado y roto todos los apuntes y papeles de diversas especies que había visto en manos de pilotos ó marineros. Y La Cosa sabía que Porras y otros compañeros de dicha navegación habían ido escribiendo con toda facilidad rumbos iguales al del Almirante.
De cada uno de sus viajes traía el Almirante una ilusión dorada y triunfadora, siendo siempre la última la mejor.
—Al volver á España del primer viaje—seguía diciendo el célebre piloto—veníamos de descubrir Cipango la de los «tejados de oro». El segundo viaje sirvió para descubrir que Cuba era tierra firme, la punta donde empieza ó acaba Asia, según vamos á ella ó venimos. En el tercero no fuí, pero según cuenta don Cristóbal, anduvo cerca del Paraíso terrenal, vió uno de los ríos que bajan de él, y ahora, en el cuarto, descubre las verdaderas minas del rey Salomón y sólo se detiene á unas cuantas jornadas del Ganges. Todo puede resultar cierto, si tal es la voluntad de Dios; pero yo me contento con que resulten tan abundantes como él dice los espejos de oro que llevan las gentes de su Veragua, y con que las minas de aquella tierra den más metal que las de aquí, sin importarme un ardite que sean ó no sean las de Salomón.
Partía el Almirante para España reanimado físicamente por el descanso en Santo Domingo, y su imaginación volvía á recobrar la misma pujanza de antes, al sentirse menos enfermo.
Este sembrador de doradas quimeras, al marcharse de la isla, dejaba á sus espaldas un desdoble del fantasma brillante de Veragua, último compañero de los contados días que le quedaban por vivir. Todos en Santo Domingo empezaron á hablar del «país de los espejos de oro», inmediato á las naciones de la India, donde los hombres iban vestidos y tenían buques. Hasta los más recelosos ó prudentes comenzaban á sentirse arrastrados por el encanto de Veragua, el antiguo Quersoneso Áureo, donde el oro podía encontrarse á montones, sin necesidad de trabajo para recogerlo. Era la ilusión del primer viaje, que el visionario volvía á reproducir antes de su muerte.
Cuando llegó á Santo Domingo la noticia de su defunción, Ojeda andaba preocupado mucho tiempo por el deseo de ir á Veragua. Alguien debía conquistar esta tierra de oro, y él sabía, como muchos, que el rey don Fernando no miraba bien á los ambiciosos é inquietos Colones, especialmente después de su atrevida conducta en el gobierno de la Española.
Un sentimiento de vanidad herida y de celos hacía más penosa la mala situación de Ojeda en Santo Domingo. Con el gobernador Ovando había llegado á la isla su camarada de juventud Diego de Nicuesa. Era, como él, pequeño de cuerpo pero ágil y forzudo, maestro en toda clase de suertes de equitación y de esgrima, y muy osado en sus empresas, aunque más prudente y lento en prepararlas que el Caballero de la Virgen.
Tenía sobre éste la ventaja de ser gran tañedor de vihuela y cantar con voz excelente toda clase de romances, lo que le valía en ciertas ocasiones el verse preferido por las damas. Rico además por su familia, esto le daba una gran superioridad sobre su amigo, simple aventurero heroico.
Tales divergencias habían acabado por enemistarlos. Ojeda, en su retiro de Santo Domingo, era muy considerado entre los hombres de espada á causa de sus aventuras, pero los ricos le menospreciaban por ser pobre, y sufría el tormento de ver á Nicuesa figurando entre los próceres más importantes de la colonia, amigo del gobernador y recibiendo de éste toda clase de mercedes.
Acaudalado en su tierra, Nicuesa, al llegar á Santo Domingo, se había enriquecido aún más en pocos años, pues su dinero y el apoyo de Ovando le permitían realizar fructíferas adquisiciones. Tal era el prestigio de su nombre y su fortuna, que los vecinos de Santo Domingo lo enviaban á España como diputado suyo, para que gestionase la resolución favorable de varios asuntos de la colonia.
Ojeda visitaba con frecuencia á Juan de la Cosa, instalado en la mejor calle de Santo Domingo, en una de las casas de piedra edificadas por su antiguo camarada el piloto Roldán. Vivía como rico, no pensando por el momento en nuevos viajes. Además, estaba seguro—mostrando en ello cierta vanidad profesional—de que todos los que intentasen nuevas expediciones se verían obligados á buscar la colaboración de Juan de la Cosa.
El vehemente Ojeda tenía un poder irresistible de persuasión sobre este personaje sesudo, y no tardó en sacarlo de su dulce quietismo. Quería el Caballero de la Virgen ir á la conquista de Veragua, pasando de ella á los otros países donde iban los indios vestidos.
La reina doña Isabel había muerto poco antes que Colón, y el rey don Fernando, preocupado con sus guerras en Nápoles y en la frontera francesa, dejaba los asuntos de los nuevos países en manos de Fonseca, ahora obispo de Burgos. Este severo personaje, monopolizador de las cosas del mar, había protegido siempre á don Alonso, sonriendo con expresión paternal al oir el relato de sus osadías heroicas. Juan de la Cosa, que era rico, podía ir á España en su nombre para hablar al célebre obispo y que éste consiguiese del rey, para ellos dos, el privilegio de conquistar Veragua y otros países de Tierra Firme. El prestigio marino de La Cosa ayudaría también á conseguir este favor real.
Acabó por sentir el piloto las mismas ansias é inquietudes de su amigo, procurando acelerar su viaje á España. Los amigos que Nicuesa tenía en la isla daban por seguro que éste aprovecharía su estancia allá para solicitar la misma merced, y su influencia era grande en la corte por haberse educado en casa del Almirante de Castilla, tío del rey.
Le pareció á Ojeda que no era bastante el apoyo de su protector el obispo y la gestión personal del célebre piloto cántabro.
Cuevas se mostraba igualmente deslumbrado por la visión de Veragua. Despertaban en él sus antiguos entusiasmos de conquistador. En aquella tierra de oro podía encontrar una fortuna más enorme y rápida que la de un agricultor colonial luchando monótonamente con el suelo. Y por una reversión de sentimiento á la que se ven expuestos muchas veces los seres nerviosos é imaginativos, Lucero, que se expresaba siempre con tan prudentes razones al abominar de la riqueza buscada en las minas, prefiriendo la tranquila y modesta prosperidad de la agricultura, sintió de pronto el deslumbramiento de Veragua. Le fué imposible escapar á una obsesión sentida por casi todos los habitantes de la colonia.
En alguna parte debían encontrarse aquellas riquezas tan anunciadas y buscadas desde doce años antes. ¿Cómo podía equivocarse don Cristóbal, tan venerado por ella?...
El Caballero de la Virgen, rápido siempre en la concepción y ensanchamiento de sus planes, dió un compañero á Juan de la Cosa. Fernando Cuevas debía ir con él á España.
Se acordó del doctor Acosta, tantas veces nombrado por este matrimonio joven que recibía de él cartas y hasta dinero. Había salvado al rey cuando le hirieron mortalmente en Barcelona, y era tenido por éste como uno de los hombres de su reino más dignos de ser escuchados á la hora del consejo. Su palabra, después de la del obispo Fonseca, resultaría decisiva.
Ojeda tenía además al físico Acosta por muy rico y esperaba hacer de él uno de los socios mercantiles de su futura empresa, por imaginarse que allá en España el descubrimiento de Veragua habría causado igual emoción que en Santo Domingo.
Consiguió Cuevas sin dificultad que su mujer aceptara el viaje. Duraría un año cuando más. Sus protectores de allá iban á conseguir fácilmente la licencia real. Durante este tiempo dejaría abandonados sus trabajos en las tierras de la cacica, y Lucero, con Alonsico, viviría en su chacra inmediata á Santo Domingo.
Para ella, que había pasado por tan arriesgados trances, tenía poca importancia quedar sola en esta ciudad de aventureros y mujeres de costumbres libres. La vida se había regularizado últimamente con la llegada de familias enteras, que iban imponiendo sanas costumbres. Además, quedaba en Santo Domingo don Alonso con su india Isabel, y el valeroso hidalgo resultaba un protector temible para la gente mala.
Cuando meses después desembarcaron en Cádiz el señor Juan de la Cosa y Fernando Cuevas, diéronse cuenta de la enorme disparidad entre el ambiente que les había rodeado hasta entonces y el de la metrópoli en que se iban adentrando. Todos se acordaban de la reina Isabel, lamentando su fallecimiento. De Colón no se acordaba nadie.
Sólo al llegar á Sevilla y pasar luego á Córdoba, encontraron algunos que hacían memoria del difunto Almirante. Todo lo del descubrimiento de Veragua, «la tierra de los espejos de oro» y las minas inagotables de Salomón, había hecho reir una vez más á la gente. Eran tres los fracasos sucesivos, después de aquellas absurdas ilusiones que había hecho nacer á la vuelta de su primer viaje. Iban de un lado á otro, por todo el país, con aspecto de náufragos, los que habían vuelto de allá, enfermos y descorazonados.
Hombres de estudio y otros expertos en la vida marítima se ocupaban de Colón, pero era para comentar incrédulamente su quimera asiática y su geografía delirante que le habían acompañado hasta el último momento, como si le fuese imposible vivir sin ellas.
El rey Fernando, ya viudo, lo había recibido en sus últimos días con la conmiseración respetuosa que inspira un hombre de genio perturbado, quimerático y en plena decadencia. El monarca sonreía finamente para ocultar su asombro cuando Colón le pedía buques por quinta vez para ir en busca del Gran Kan y del Ganges. ¿No había perdido aún bastantes?... Esta exigencia costosa llegaba en el momento que más preocupado se sentía por la próxima llegada á España de su yerno el flamenco don Felipe, enemigo suyo, y de su hija doña Juana, loca de amor, que sólo hacía lo que le mandaba su esposo. Además, debía pensar en sus guerras diplomáticas y militares, para las que no tenía nunca suficiente dinero.
En medio de la indiferencia pública, era el rey el único que trataba con atención al viejo Almirante, en memoria de su esposa, y porque todo hombre que se considera desgraciado en sus asuntos trata instintivamente con benevolencia á otro más infeliz y más viejo.
Prometíale don Fernando ocuparse más adelante de su quinta expedición, cuando tuviese dinero, y para regalo de su persona le proporcionaba todas las comodidades que podía darle.
Estaba prohibido en aquel tiempo, con severísimas penas, que ningún hombre viajase en mula, pues el suave paso de esta montura era motivo de que los varones olvidasen el cabalgar en caballos. Las mulas sólo podían emplearlas las mujeres y los clérigos, y el rey dió un decreto autorizando á don Cristóbal Colón para que fuese el único hombre que ciñendo espada pudiese viajar montado en dicho animal.
No era rico el Almirante, porque las minas de la isla Española, que él había reputado en los primeros momentos como del rey Salomón, no daban aún considerables productos, y resultaba por tanto poco cuantiosa la parte que le correspondía á él. Unos años con otros, el valor del oro enviado á España sólo representaba unos cuarenta mil duros de la moneda actual. Pero no obstante la relativa mediocridad de su fortuna, vivía como un prócer de los de entonces, demostrando su alta posición con el número de domésticos que le acompañaban á todas partes.
La muerte le sorprendía en Valladolid, con un séquito de siete criados, cuando iba en busca del rey don Fernando, cada vez más triste por las inquietudes domésticas que le daban su yerno y su hija, así como por la animadversión de la nobleza castellana, que le iba á hacer abandonar la corona de Castilla, volviéndose á su reino de Aragón.
Al hablar Cuevas con el doctor Acosta, le contó éste algunos detalles de la muerte de Maestre Cristóbal, su antiguo protegido.
En su último testamento se acordaba al fin de Beatriz Enríquez, mostrando arrepentimiento por su ingratitud con ella, pero se limitaba á encargar á sus hijos que no la olvidasen, sin darle ninguna otra cosa de provecho.
Recordó Cuevas muchas veces, en el resto de su vida, lo que dijo Acosta sobre la ingratitud característica de todos los Colones. Sólo les merecían atención los que eran de su tribu y de su sangre.
Años después había de encontrar en Santo Domingo á Diego Méndez, el que realizó el estupendo viaje en una débil canoa de Jamaica á Santo Domingo para salvar al Almirante. Fué también uno de los siete que acompañaban á don Cristóbal al morir en Valladolid, y lo recomendó igualmente á sus hijos. Cuando el mayor de éstos, don Diego Colón, gobernó como virrey en Santo Domingo, no pudo conseguir Méndez de él ningún empleo mediano.
Con Juan de la Cosa, que acompañó varias veces á Cuevas en sus visitas al doctor Acosta, hablaba éste de la geografía delirante de Colón y sus enormes errores científicos.
Había muerto en la creencia de haber descubierto Asia por el Occidente. En sus últimos días había escrito al Papa, jactándose de haber explorado trescientas leguas de costas asiáticas y muchas islas, entre las cuales estaba Cipango.
—Creía el mundo—continuó Acosta—mucho más pequeño que es, y que los mares sólo ocupan una séptima parte de su superficie. Para él era ignorante todo el que pusiera en duda que esas tierras de las que vienen vuesas mercedes pertenecen á Asia... Los que sabemos, por Ptolomeo y otros, el verdadero volumen de nuestro mundo y que los mares ocupan la mayor parte de su esfera, nos opusimos siempre á sus delirios. Pero han surgido inesperadamente esas tierras nuevas, que todavía no sabemos lo que son, tierras que él ignoraba... y nosotros también.
Se interrumpió un momento Acosta, y después de mover la cabeza con cierto desaliento, continuó:
—¡Quién sabe si algún día el vulgo hará de este visionario de pocas letras un hombre de saber inmenso, aislado en medio de la ignorancia de su época, y á nosotros, los pocos que teníamos un conocimiento más aproximado á la realidad, nos presentarán como unos asnos!...
Siguió hablando á Juan de la Cosa de la opinión de las gentes doctas de Europa sobre los últimos descubrimientos del Almirante fallecido.
Sólo su primer viaje había interesado. Los otros eran seguidos de relatos tan llenos de inexactitudes fantásticas, que el mundo docto los consideraba cada vez con menos atención. No describía los países vistos por él como debe hacerlo un explorador. Los iba amoldando á los libros que llevaba leídos y á su geografía quimérica de Asia.
Así podía explicarse su muerte en medio de la general indiferencia y el olvido que empezaba á gravitar sobre su memoria.
Acosta no creía en las riquezas de Veragua, como tampoco que Cuba fuese la punta extrema de Asia y el gran río visto por Colón bajase del Paraíso. Se extrañaba de que un cosmógrafo práctico como Juan de la Cosa arriesgase su fortuna en redescubrir las minas del rey Salomón, encontradas por el Almirante en Veragua: las mismas que, según testimonio hecho de Colón, «dieron al rey David tres mil quintales de oro de las Indias, dejándolos éste en herencia á Salomón para ayuda de las obras del Templo».
El célebre piloto iba á perder su fortuna en tal negocio.
—Yo—continuó el doctor—no pienso arriesgar un maravedí en él, á pesar de mi interés por Fernandillo y su mujer. Me limitaré á hablar al rey para conseguir la licencia necesaria. Allá vuesas mercedes, que por ser de oficio marineros ó soldados gustan de tales aventuras.
Cambiando el curso de su conversación habló de Américo Vespucio, á quien llamaban en Sevilla Mérigo Vespuche, y que vagaba por dicha ciudad después de sus viajes, habiendo escrito un relato de ellos.
Era para el doctor un imaginativo, semejante á Colón, como una copia puede parecerse al original.
—Se atribuye en sus conversaciones las hazañas de los demás—siguió diciendo—. Habla como si hubiese ido de capitán en viajes donde sólo figuró como aprendiz de piloto. Vuesa merced, señor Juan de la Cosa, que fué maestro suyo y le llevó por primera vez al mar, debe saber algo de esto.
Como si tuviese el don de profecía, volvió el doctor á mover la cabeza, lo mismo que al hablar de la suerte futura de Colón, y dijo con acento triste:
—¡Quién puede saber la suerte que tendrán esas relaciones de Vespuche cuando las dé á la estampa!...
Pero estaba lejos de imaginarse que los relatos del discípulo de Juan de la Cosa, tan disparatados geográficamente como las epístolas de Colón, aunque faltos de la poesía ingenua y natural de éste, al ser impresos por una pequeña sociedad académica en Saint-Dié, cerca de los Vosgos, como prefacio de una nueva edición de Ptolomeo, servirían para que á las nuevas tierras, que el Almirante don Cristóbal creyó siempre Asia, les diesen el nombre de Vespucio, aceptando el mundo con facilidad el título de América.
Tan olvidado estaba ya el hombre que había muerto en Valladolid, buscando inútilmente al Gran Kan.
IV
En el que se habla de los héroes de las Cuatro Calles y de cómo la animosa Lucero acometió espada en mano al intrépido Ojeda, haciéndole derramar sangre y lágrimas.
En Santo Domingo, el lugar más frecuentado por el vecindario era uno que recibía el nombre de las Cuatro Calles, por servir de cruce á las dos arterias más importantes de la ciudad. El gobernador Ovando se había preocupado mucho de las obras de ensanche y embellecimiento, y al sucederle en 1508 el segundo Almirante don Diego Colón, que había heredado de su padre don Cristóbal el virreinato de las Indias, empezó Santo Domingo á adquirir mayor importancia.
Sus habitantes afirmaban orgullosos que no había ningún pueblo en España mejor construído, á excepción de la muy noble ciudad de Barcelona, y que su catedral, todavía sin acabar, iba á ser tan magnífica como las de Europa. Abundaban los veneros de hermosa piedra en las cercanías. Las construcciones del primer momento habían sido de adobes ó de madera, con techos de ramaje. Luego, la gran abundancia de materiales y el haber aprendido los indios á dar ayuda á los albañiles venidos de Europa aumentó rápidamente las casas de piedra.
El río, navegable y muy hondo, tenía á un lado la ciudad y al otro campos de labranza y jardines, con muchos naranjos, cañafístulas y grupos de frutales, traídos de Europa. Las calles, bien ordenadas y anchas, daban por uno de sus extremos al río y por el otro á hermosas praderas.
Anclaban las naves junto á las casas construídas á orilla del río. Los buques más grandes, llamados de dos gavias, podían fondear tan cerca, que muchas veces no necesitaban de barcas para su descarga, y por una plancha de madera iban echando fardos y toneles. Una fortaleza defendía el puerto.
Dentro de la ciudad algunos colonos enriquecidos construían vastos edificios, diciendo vanidosamente que el rey de España, cuando viajaba por sus Estados, se contentaría con encontrar un alojamiento semejante.
Las vacas traídas por los españoles se habían reproducido tan prolíficamente, que algunas naves empezaban á cargar cueros para llevarlos á España. También las primeras yeguas procedentes de Andalucía multiplicaron prodigiosamente la tropa caballar. Una parte del ganado vacuno y de cerda se había hecho salvaje, perdiéndose en los bosques. Muchos perros y gatos llegados de España en estado doméstico corrían ya los montes como animales bravos.
El vecindario de Santo Domingo iba resultando demasiado grande para la vida tranquila de la colonia, no por su número, sino por la calidad especial de sus individuos. Ovando había traído con él una cantidad considerable de hombres de guerra, hidalgos sin otra fortuna que su espada, ansiosos de aventuras y riquezas. Cada flota aportaba nuevos soldados, y toda esta corriente de energía iba quedándose estancada en la capital, no sabiendo el gobernador cómo dar expansión á una gente tan levantisca.
Ya habían terminado las guerras en el interior de la isla. Todos los caciques estaban sometidos. Los hidalgos de Santo Domingo faltos de bienes deseaban que se emprendiesen nuevas expediciones de descubrimiento, pero escaseaba el dinero para organizarlas. Además, el virrey don Diego Colón ponía obstáculos á la iniciativa de los conquistadores, exigiendo que todo lo que descubrieran fuese para él, por ser hijo y heredero de Colón. Los que acudían á España necesitaban años enteros y poderosos apoyos para obtener licencia de unos reyes preocupados especialmente por el curso de su política en Europa.
Abundaban en la isla Española segundones de familias nobles, así como caballeros de las Órdenes militares de Calatrava y Alcántara, viviendo confundidos con otros hidalgos pobres que se consideraban no menos nobles, aunque se veían más necesitados que ellos.
La única diferencia verdadera entre esta gente orgullosa, poco sufrida, pronta á sacar la espada y que se creía tan noble como el rey, no reconociendo á éste otra superioridad que la de tener más dinero que ellos, consistía en la separación natural que se establece siempre entre ricos y pobres.
Los que habían hecho fortuna en la isla procuraban vivir en sus tierras ó se mantenían en altivo aislamiento, dentro de su casa de piedra, en Santo Domingo, tratándose únicamente con sus iguales y con el virrey. Los pobres se juntaban en las Cuatro Calles para hablar de sus lances de guerra en Europa ó de sus viajes con don Cristóbal Colón, al que llamaban el Almirante viejo para distinguirlo de su hijo, el Almirante mozo. También recordaban sus viajes guerreros ó puramente comerciales con Ojeda y con Bastidas.
Muchos de estos futuros conquistadores iban á cuerpo gentil, con una mano en la empuñadura de la espada y sin capa, á pesar de que esta prenda era inevitable en aquellos tiempos, lo mismo en invierno que en verano, para ocultar roeduras y remiendos en el jubón y las calzas. Todos estos respetables hidalgos «se habían comido las capas», como ellos decían para expresar que las empeñaron ó vendieron, necesitados de obtener algún dinero para mantenerse. Otros más francos, al recordar sus perdidas capas, confesaban que «se las habían bebido».
El osado capitán don Alonso de Ojeda se mostraba todos los días en las Cuatro Calles, hablando á esta gente crédula, vanidosa y temible con una familiaridad que los enorgullecía. Era casi tan pobre como ellos, y sin embargo, siempre encontraba el medio de favorecerles con pequeños préstamos. Se sabía además con qué prodigalidad derramaba el oro, en sus momentos prósperos.
Era el héroe de las nuevas tierras. Todos recitaban de memoria sus aventuras, agrandadas por el entusiasmo. Su astucia para aprisionar á Caonabo era contada como una hazaña de romance.
Comentaban sus habilidades de esgrimidor, la agilidad y la fuerza de su pequeño cuerpo, en el que parecía imposible que cupiese un vigor tan incansable. Aquel jinete, antiguo estudiante en Salamanca, que le había acompañado en su visita á la reina Anacaona, al ponderar sus cualidades se valía de un lenguaje homérico, y aplicándole un apodo, como lo llevan todos los personajes de la Ilíada y la Odisea, le llamaba siempre don Alonso «el de los pies ligeros».
Esta popularidad sincera y desinteresada aún se hizo más intensa cuando circuló por Santo Domingo la noticia de que el señor Juan de la Cosa y Fernando Cuevas estaban en España gestionando para Ojeda una licencia real que le permitiría emprender la conquista de Veragua, «la tierra de los espejos de oro».
Sabían que era asunto largo de conseguir, mas para estos hombres acostumbrados á moverse en un mundo desconocido y misterioso, el tiempo y la distancia no tenían el mismo valor que para las gentes del viejo mundo. Esperarían, y mientras llegaba el momento de que don Alonso levantase bandera, todos le rodeaban, saludándole como futuro capitán, procurando cada uno conseguir por su parte que le hiciese su teniente.
Entre estos soldados audaces, destinados en su mayor parte á una muerte obscura, y de cuya masa surgieron igualmente conquistadores afortunados de vastísimos Imperios, unos pocos merecían la especial predilección de Ojeda, el cual, teniendo solamente treinta años, era mirado como maestro por otros que le superaban en edad.
Trataba amigablemente á Diego Velázquez, buen soldado, aunque corpulento en demasía, y á otro campanudo en el hablar y de aparatosos ademanes llamado Pánfilo de Narváez. Los dos admiraban á Ojeda desinteresadamente, pues el virrey Colón el mozo proyectaba enviarlos á la conquista de Cuba, todavía inexplorada.
Un joven de tez blanca, ojos alegres y barba rubia, extremeño, nacido en Medellín, placía especialmente á don Alonso por su facilidad para improvisar versos, su propensión á hablar de amoríos, y una prontitud de ingenio que le permitía salir de las situaciones más difíciles. Había estudiado en Salamanca, teniendo que marcharse de España por haberle sorprendido las gentes de Medellín cuando iba á visitar de noche á una mujer casada, cayéndose de la tapia por cuyo filo iba avanzando. Este estudiante poeta era tan hábil en tañer la vihuela como en el manejo de la espada. Le llamaban Fernando Cortés, y sus amigos desfiguraban su nombre de pila diciéndole unas veces Hernando y otras Hernán.
Había venido á la Española en la misma flota que trajo al comendador Ovando, y como éste también era de Extremadura, le había protegido, dándole algunas tierras y varios indios. Ahora, con la llegada del virrey Colón, la suerte de Hernán Cortés había cambiado, y no veía otro protector que aquel don Alonso, maestro de todos ellos.
—Señor capitán—decía—, cuente con este soldado para su entrada en la Veragua. No allá, sino al infierno iré gustoso con su señoría.
Otro extremeño, algo más viejo, taciturno y de menos palabras, era mirado con igual simpatía por Ojeda. Llamábase Francisco Pizarro y había venido á la Española en una expedición posterior á la de Ovando.
Tenía cinco ó seis años más que don Alonso, y esto le hacía figurar entre los más viejos de aquella juventud aventurera, ávida de gloria. Ello no impedía que la admiración le hiciese respetar á don Alonso como si fuese su padre ó un hermano mayor. Dicho sentimiento le impulsó á revelar toda su historia, desde sus primeras conversaciones con el Caballero de la Virgen.
Se creía tan noble como el que más, pero su nacimiento era ilegítimo, lo cual, en aquellos tiempos de bastardos encumbrados á las más altas situaciones no constituía un defecto irremediable. Su padre, que se había negado siempre á legitimarlo, era hombre de guerra, el capitán Gonzalo Pizarro, al que sus convecinos de Trujillo apodaban «el Romano», á causa de haber pasado la mayor parte de su vida peleando en Italia á las órdenes del Gran Capitán, luego de militar igualmente bajo las banderas de César Borgia, hijo del último Papa. Su madre, una mujer humilde, llamada Catalina, había sido criada de un convento de monjas de Trujillo, y el capitán la hizo suya en una de sus rápidas visitas á la tierra natal.
Huérfano de madre y abandonado de su padre, había guardado cerdos en los campos de Extremadura. No sabía leer ni escribir á causa de este abandono, pero mostraba un gran talento natural para las cosas de la guerra y el mando de los hombres. Había hecho á pie un viaje á Italia para ser soldado cerca de su padre y guardaba prudente silencio sobre su vida allá. Tal vez «el Romano», al que otros apodaban también «el Largo» por su alta estatura, había rechazado á este hijo que se presentaba inoportunamente.
—Y aquí estoy, don Alonso—terminaba diciendo con grave sencillez—; y si su señoría necesita gente leal, sin voces ni bravatas, que no conozca el miedo ni eche el pie atrás nunca, yo soy su hombre.
Fuera de este mundo de aventureros, altivos de carácter, bravos y quisquillosos, malhallados con su pobreza, atraídos por el peligro y la muerte, que ya se habían comido y bebido sus capas, Ojeda tenía un admirador, con el que hablaba frecuentemente.
Era el licenciado Martín Fernández de Enciso, que ocupaba una de las nuevas casas de piedra, pasando por ser el abogado más hábil y opulento de Santo Domingo. En pocos años había ganado dos mil castellanos de oro, ó sea unos doce mil duros, cantidad considerable para aquel tiempo de dinero escaso. Tal era la afición de los españoles á pleitear entre ellos, en una colonia naciente, donde todavía faltaban muchas cosas elementales para la vida.
Este abogado joven y de carácter intrépido mostrábase tan aficionado á la espada como la mayoría de sus clientes. Un descontento de su posición actual, enfermedad secreta de la mayoría de los hombres, amargaba su bienestar. Influenciado por el ambiente de la ciudad, soñaba con ser conquistador de tierras misteriosas, abundantes en oro. Por eso gustaba de un frecuente trato con Ojeda, escuchando admirativamente sus osadas aventuras.
Don Alonso, por su parte, cuidábase de ir excitando los heroicos anhelos del legista. Pronto á utilizar, como todos los capitanes de guerra, cuantos recursos encontrase á su alcance, pensaba en los dos mil castellanos de oro del abogado, para emplearlos en su futura empresa.
Aparte de su tertulia bulliciosa en las Cuatro Calles y de sus pláticas con el licenciado Enciso, procuraba el heroico hidalgo visitar con alguna frecuencia á la esposa de Fernando Cuevas en su huerta de las afueras de la ciudad.
Las costumbres habían empezado á transformarse en Santo Domingo con la llegada de un gran número de damas procedentes de España. La esposa del virrey don Diego Colón era doña María Enríquez, sobrina del duque de Alba y parienta igualmente del rey don Fernando el Católico. El antiguo «hombre de la capa raída» había conseguido que su hijo se casase con una doncella de la más alta nobleza española, perteneciente á la familia real, sin cesar por esto de quejarse, hasta la hora de su muerte, de ingratitud y abandono.
La virreina empezó á establecer en Santo Domingo una pequeña corte. Había traído con ella varias doncellas, nobles y pobres, para casarlas con los colonos de mejor fortuna. Santo Domingo, que había sido hasta entonces una especie de campamento, adoptó las costumbres de Sevilla y otras ciudades españolas. Los hombres se cuidaban ahora más de sus trajes, y hacían memoria de los saludos y otros gestos de urbanidad usados años antes en la lejana patria, cuando aún no los habían rustificado la guerra y las navegaciones en este mundo hostil al blanco.
De día, los hidalgos más acomodados, llevando la capa al brazo y una mano en la empuñadura de la espada, quitábanse con la diestra la gorra adornada de plumas para saludar en las orillas del río á las damitas venidas con la virreina. De noche, las vihuelas sonaban en las calles, y estas serenatas amorosas poblaban de susurros y risas las rejas de las casas, terminadas por una cruz de hierro.
Don Alonso sólo permanecía en su pobre vivienda á las horas de dormir y de comer, como si evitase la presencia de la fiel india Isabel y de los pequeños mestizos que le había dado.
Siempre que le era posible, se dirigía á la casa de Lucero para hacer acto de presencia en ella, deseoso de que la esposa de su fiel amigo se diese cuenta de que no vivía olvidada y podía contar con su protección.
En realidad, Lucero se bastaba á sí misma, acostumbrada desde diez y seis años antes á los peligros é incertidumbres de una vida de aventuras en las tierras nuevas.