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El Caballero de la Virgen

PARTE TERCERA EL OCASO DEL HÉROE (continued 2)

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Conociendo su orgullo y enterados al mismo tiempo de su miseria, los frailes le invitaban con diversos pretextos á que compartiese la comida de ellos, dándole unas veces alimentos del país, convidándole otras á un banquete extraordinario cuando llegaban naves de España trayendo víveres de allá.

De repente, el altivo caballero parecía adivinar la limosna disimulada de los frailes y dejaba de frecuentar el convento, necesitando éstos ir en su busca ó inventar nuevos pretextos para que reanudase sus visitas.

La alegre paz del monasterio recién construído, la fresca soledad de su huerto en el que crecían los primeros naranjos traídos de Europa, el trato afable de estos franciscanos, héroes á su modo, que seguían á los conquistadores en sus avances para predicar el cristianismo, muriendo como los otros bajo el golpe de la macana ó atravesados por la flecha «con hierba», fueron ejerciendo una seductora atracción en el fatigado caudillo.

Sintió de pronto el ansia mística de muchos hombres de aquella época, osados pecadores y duros guerreros, que acababan haciéndose frailes.

Su concubina india y sus bastardos cobrizos no representaban ningún obstáculo para él. Las exigencias de la religión sólo le parecían válidas para los blancos. Podía dejar sin ningún remordimiento á esta familia ocasional. Dios no le exigiría cuentas por tal acto.

Pasaba el día entero en el convento, unas veces rezando en la iglesia, paseando otras por el claustro al lado de estos frailes que parecían haber adivinado sus intenciones, y con palabras insinuantes y sonrisas de dulce confraternidad le impulsaban á continuar avanzando por el mismo sendero que habían seguido ellos años antes.

Con un brusco cambio de opinión reconoció el desgraciado caudillo la imposibilidad en que estaba de ser fraile. Para dedicarse completamente á Dios, debía abandonar algo más precioso y ligado á su existencia que esta familia exótica. Tendría que abandonar su espada, aquella espada que pendía de uno de sus flancos desde los primeros tiempos de su mocedad, la espada que le seguía á todas partes, desde la guerra contra los moros granadinos.

Era un sacrificio más allá de su abnegación. Después de tantos infortunios, renunciar á su espada le parecía el más grande é irresistible que podía caer sobre él. ¡Antes morir!...

Y como si le asustase la posibilidad de que un Alonso de Ojeda pudiese vivir sin llevar un acero al costado, tomó su espada, que estaba pendiente de la rústica silla en que escribía, y la besó repetidas veces. Parecía pedir perdón á su fiel compañera. La besaba como el enamorado extrema sus caricias á la amante, viendo en ello una penitencia por fugitivos propósitos de infidelidad.

Cada vez pensaba más en la muerte, presintiéndola cerca. La miraba de frente como á una antigua amiga, inoportuna, pero familiar, incapaz de infundirle espanto.

Sus desgracias las apreciaba ahora con orgullo, creyéndose más grande cuanto mayor fuese la incomprensión y la ingratitud de las gentes. Ya que no podía servir á Dios como religioso, acataría sus designios con una resignación y una humildad semejantes á la de los santos.

En vano sus amigos los frailes intentaban animar al caballero, cuando éste les hablaba de su próxima muerte:

—Vuestra señoría va á vivir aún muchos años, señor gobernador.

Era una satisfacción para el olvidado héroe oirse llamar gobernador y señoría por estos hombres de Dios, cuidadosos de proporcionarle dicho consuelo moral.

No creyendo en palabras halagadoras para su salud, seguía hablando de su próxima muerte. Deseaba que le enterrasen en la iglesia del convento, colocando sobre su féretro una losa de piedra con una inscripción que dijese: «Aquí yace Alonso de Ojeda, el Desgraciado».

Luego pensó que la póstuma afirmación de sus desventuras era un alarde de vanidad, una protesta orgullosa contra el Destino, perpetuándose á través de los siglos. Dios no podía ver con buenos ojos tal soberbia. Era necesario humillarse más, mucho más, ante el misterio de sus designios.

No pudo seguir sus visitas al convento de San Francisco. Una mañana le fué imposible abandonar su mísero lecho. La pierna herida se había paralizado. Sus fuerzas le abandonaban rápidamente. Esta debilidad se agrandó todavía más por una manía del héroe infortunado.

No quiso comer. La alimentación de él y de los suyos había sido precaria en los últimos tiempos. Muchos días, la india Isabel trabajaba en las casas ricas de Santo Domingo para que don Alonso, al volver á su bohío, hallase algo que comer. Cuando le faltaba trabajo iba en busca de los contadísimos amigos que aún le quedaban á Ojeda, á pesar de su altivez y su carácter agriado, pidiéndoles secretamente unos puñados de maíz, un cesto de cazabe, con el que se mantenían su señor, sus hijos y ella en último término.

—Que no lo sepa «el jefe blanco»—decía la india con expresión medrosa.

El infortunado capitán sólo podía admitir á sabiendas la caridad de los frailes, y aun ésta le impulsaba á huir muchas veces, cuando la consideraba demasiado franca.

Otras veces Isabel buscaba á Lucero y á su esposo, cuando éstos vivían en la huerta próxima á la ciudad, y una extraordinaria abundancia alegraba por varios días el bohío del olvidado conquistador.

Al quedar ahora inmóvil en su lecho, los frailes de San Francisco le enviaban diariamente un cesto de vituallas, alegando la circunstancia de su enfermedad; pero el doliente caballero se negaba á comer.

—Debo morir de hambre—le oyó decir Isabel en uno de los delirios de su fiebre—, lo mismo que Nicuesa murió en el mar. ¡Que nuestro destino se cumpla!

Había dado orden á su manceba india de no recibir la visita de ninguno de sus antiguos compañeros, y Cuevas, conocedor de dicha voluntad, se abstuvo de entrar en el bohío.

Unas veces quedaba fuera de él, esperando noticias. Otros días, uno de los pequeños mestizos de Ojeda iba hasta la huerta, en busca de Lucero, para dar noticias de su padre «el jefe blanco» y llevarse al mismo tiempo un cesto de hortalizas.

Cuevas y su esposa adivinaron que don Alonso había muerto al ver entrar una mañana en su casa á la india Isabel. Lo había hallado, una hora antes, frío é inmóvil en su casa, con el rostro vuelto hacia la pared.

—Lo mismo que un león—pensó Fernando.

En la vivienda del muerto encontró á los frailes de San Francisco que amortajaban el cadáver del héroe para llevarlo á su iglesia. Entre los papeles escritos por don Alonso acababan de descubrir uno referente á su enterramiento, y los franciscanos pensaban cumplir con exactitud sus disposiciones.

Había encontrado la verdadera fórmula de humildad para su sepultura. Nada de nombres, de títulos, ni de alardes de su infortunio. Llamarse desgraciado era una vanidad. Resultaba mejor irse de la vida en modesto silencio, olvidando el propio nombre, sumiéndose en la nada. Una losa de piedra sin ninguna inscripción cubriría su cadáver.

Y el hidalgo provocativo y reñidor, que tantas veces había derramado la sangre ajena, incapaz de sufrir el más remoto propósito de ofensa, jactancioso y amenazante hasta en las peores horas de desgracia, disponía que su cuerpo fuese enterrado en la puerta de la iglesia de San Francisco, como una humilde expiación de su pasado orgullo.

«Para que todos—decía el papel—los que entren en la iglesia, grandes ó pequeños, se vean obligados á pisar los restos de este gran pecador.»

V

Del pavoroso encuentro que tuvo Fernando Cuevas un anochecer en las ruinas de Isabela, y lo que profetizó viendo la prosperidad de sus trabajos y la vigorosa audacia de su hijo.

Quiso tomar Cuevas bajo su protección á la familia de don Alonso, y los tres pequeños mestizos empezaron á pasar días enteros en su huerta, siguiendo al vigoroso Alonsico en sus juegos belicosos y obedeciéndole cual si fuesen servidores suyos.

La india Isabel veía con agradecimiento esta protección á sus hijos. Le gustaba además tenerlos fuera de su vivienda, á causa de sus audacias y gritos. Desde que había desaparecido «el jefe blanco», los tres mostraban un atrevimiento ruidoso de esclavos en libertad. Ya no temían á nadie dentro del bohío. Y para convencerse de su triunfo habían roto en menudos pedazos aquel cuaderno de su padre en el que trazaba signos misteriosos todas las noches.

Así acababan los Comentarios de los primeros descubrimientos del Nuevo Mundo, las Memorias del infortunado héroe. Cuevas aún pudo ver algunos pedacitos de papel revoloteando cerca del bohío.

La india se negó á abandonar aquella vivienda donde había pasado los últimos años con su admirado señor. Le parecía que el héroe aún estaba vivo si ella continuaba habitando la casa. Sólo al salir de allí se convencía de que el guerrero invencible había muerto verdaderamente.

Con un estoicismo propio de su raza, no había llorado ante el cadáver de don Alonso. Sus ojos, agrandados por el asombro, mantuviéronse secos de lágrimas. Lo único que su impasibilidad misteriosa dejaba adivinar era un asombro inmenso, cual si hubiese creído hasta entonces que el caudillo cristiano era invulnerable para la muerte.

En vano Lucero, con una curiosidad femenil, pretendía hacerla hablar para darse cuenta de hasta dónde llegaban los afectos de esta mujer perteneciente á otra raza. Mostrábase la india parca en palabras. Movía la cabeza tristemente, y al fin, acosada por las preguntas de la española, se limitaba á decir en su lenguaje conciso:

—Jefe blanco está en el cielo con su Virgen. Yo iré á buscarle pronto... Tú cuidarás de mis hijos.

No necesitaba Cuevas esta última recomendación para preocuparse de la compañera de su famoso capitán, así como de su prole cobriza.

Se había dedicado á desenmarañar la herencia del héroe infortunado, tratando para ello con todos los abogados y escribanos venidos á Santo Domingo, desde el otro lado del mar, como una banda de aves de presa. También había visitado al joven Almirante, aunque él y Lucero sentíanse dolidos por la falta de memoria y la indiferencia de este personaje, al que conocieron niño y pobre en el convento de la Rábida. Nunca había hecho nada por ellos. No gustaba de que le recordasen las miserias de su niñez.

Gracias á su tenacidad, consiguió Fernando conocer la fortuna dejada por don Alonso con más exactitud que éste, siempre endeudado, y que tan imprudentemente esparcía las riquezas cuando llegaban á sus manos.

No había que contar con el producto de las seis leguas de terreno en la costa Sur de la isla Española que le habían concedido los reyes. Estas tierras hacía años que las habían embargado sus acreedores por cantidades de poca importancia, y resultaba inútil el intento de arrancarlas á los usureros que las poseían.

En sus averiguaciones incesantes llegó á conocer la existencia de otras tierras en la costa Norte de la isla, cerca de la antigua ciudad de Isabela, que le habían sido dadas á Ojeda cuando era capitán á las órdenes de don Cristóbal Colón, y cuya propiedad olvidó poco después.

Creyó necesario Cuevas emprender un viaje al Norte de la isla. Eran ochenta leguas las que debía hacer por malos caminos y alojándose en aldeas indígenas. Pero toda la isla estaba en paz después de la dureza con que el comendador Ovando había castigado las últimas insurrecciones de los caciques, y un español podía ir de un lado á otro completamente solo, con sus armas y su perro, sin temor á sufrir agresiones de los naturales.

Emprendió el viaje Fernando con un compatriota que le ayudaba en sus cultivos. Iban montados en caballejos ágiles y sobrios, nacidos en la isla, hijos de los corceles españoles, que se habían multiplicado en las fértiles llanuras con asombrosa prolificidad, por ser menor el consumo de estas bestias de trabajo que el de los animales destinados á la alimentación.

Llevaban ambos buenas ballestas para dedicarse á la caza durante su viaje. Las armas de fuego portátiles eran todavía pesadas é inseguras. Estos cañones de mano, cuyo tiro era muy lento y costoso, no podían compararse con la rápida y segura ballesta.

Se alojaron en las aldeas de varios caciques pacíficos, quienes les recibieron con exageradas muestras de sumisión, llegando finalmente á la provincia del antiguo reyezuelo Guanacarí, en cuyas costas había visto Cuevas fundarse el trágico pueblo de Navidad, durante el primer viaje de Colón, y un año después la ciudad de Isabela.

Más de quince años habían transcurrido desde que él y Lucero abandonaron esta parte de la isla para trasladarse á la nueva ciudad de Santo Domingo. Recordaba aún las particularidades topográficas de esta costa, en la que se habían creado los dos primeros centros de población europea, y guiándose por datos copiados de una escritura de Santo Domingo, pudo encontrar los terrenos pertenecientes á don Alonso de Ojeda por donación del rey de España.

No eran gran cosa: campos pantanosos en las inmediaciones de un río, y sus partes más altas estaban cubiertas de bosque bravo, de un descuaje largo y costoso. ¿Qué blancos podían venir á cultivar estos terrenos, tan lejanos de la nueva capital de la isla?...

Una soledad fúnebre pesaba sobre la misma región que los primeros navegantes españoles habían considerado como un paraíso. Hasta los indios parecían haber huído de las antiguas tierras gobernadas por Guanacarí. Cuevas, en sus correrías por ellas, sólo encontró unos cuantos españoles, que tenían sin duda especial interés en mantenerse lejos de las autoridades de Santo Domingo, y vivían lo mismo que los indígenas, cultivando el suelo allí donde lo encontraban limpio de árboles y malezas. También eran contadísimos los indios que aún permanecían fieles á esta tierra, labrada por sus ascendientes.

Tan limitada población manteníase siempre á distancia de las ruinas de Isabela, creyéndolas pobladas de pavorosos fantasmas.

Afirmaban algunos haber escuchado alaridos horrorosos de muchedumbres invisibles. Otros juraban haber visto de noche «luces del otro mundo», indudablemente las almas de los muchos cientos de españoles muertos de hambre y de enfermedades en la infortunada ciudad.

No dando oído Cuevas á tales supersticiones, cruzó varias veces el recinto de aquella Isabela que había visto surgir del suelo y en la que fué su hijo el primero de los nacidos.

Aún existía la muralla rústica para librarse de los ataques de Caonabo, pero desportillada por el desplome de sus bloques en algunos sitios, cubierta en otros lugares de plantas parásitas, que le daban el aspecto de una alta cerca vegetal.

La fecundidad silvestre del Trópico había cubierto igualmente de follaje las ruinas de los edificios. Mantenían aún las casas de piedra sus paredes verticales, limpias de techo ó simplemente con los travesaños de sus vigas rústicas. Los bohíos desaparecidos revelaban su antigua existencia por haberse trocado sus soportes en árboles de raras formas al enroscarse á su maderaje el serpenteo verde y florido de las lianas. El trazado de las calles era visible. Todas se habían convertido en prados de líneas regulares, caminándose por ellas con hierba hasta las rodillas.

Reconoció Cuevas el solar de su antigua vivienda é igualmente las ruinas de las casas del Almirante y otros personajes de la colonia, pero procuró no pisar su interior, cubierto de escombros. La serpiente, de instintos domésticos, prefiere siempre para alojarse las ruinas de las viviendas humanas á los escondrijos de la selva.

En esta soledad de pueblo abandonado, los gritos de los papagayos y otras aves refugiadas en las ruinas, y el correteo bullicioso de las bandas de monos, explicaron á Cuevas aquellos gritos horripilantes que se imaginaban oir los supersticiosos vecinos de las cercanías.

Un interés de cazador impulsó al español á visitar con frecuencia las ruinas de Isabela, más aún que su curiosidad de evocar el pasado. Abundaban los cerdos salvajes en estas tierras solitarias, descendientes de los que habían traído los españoles en su segundo viaje, y que la vida libre de la selva multiplicaba asombrosamente.

Todos los días, Cuevas y su camarada disparaban sus ballestas en las cercanías de Isabela, trayendo á hombros, pendiente de un palo, uno de estos animales silvestres, de los que sólo comían las partes más apreciadas, dejando abandonado el resto á los indígenas.

Esta cacería segura y abundante, que ya no era posible realizar en el Sur de la isla, donde se había aglomerado el núcleo de la colonización, hacía que Cuevas, muy aficionado á esta clase de montería, fuese retardando la vuelta á su casa.

Un atardecer, cuando ya había decidido irse á la mañana siguiente á Santo Domingo, en el camino sintió el deseo de contemplar por última vez las muertas calles de Isabela.

El miedo á caer enfermo de fiebres le impulsaba igualmente á abandonar cuanto antes estas tierras. Lo mismo que la mayor parte de los españoles que habían muerto en aquella ciudad, empezaba á sentir el escalofrío de la terciana, dolencia esparcida en la atmósfera por los encharcamientos del río inmediato y por el ambiente pesado y sin renovación dentro de un anillo de bosques.

Su fiebre naciente le hizo recordar á todos los compatriotas que había conocido allí, diez y seis años antes, y cuyos huesos estaban bajo aquella tierra que iba pisando, vestida por exuberante capa vegetal.

Se había quedado el compañero en el mísero pueblecito donde se alojaban, vigilando, junto á una hoguera, el voltear del último cerdo cazado aquella mañana. Uno de los perros de Cuevas marchó tras él, creyendo que iba de nuevo á la caza, pero á la vista del muro de piedra de Isabela quedó inmóvil, con las orejas erguidas, dejando pasar adelante á su amo, y empezó á aullar lúgubremente.

Fernando, con la ballesta al hombro, atravesó una brecha de la muralla que en otro tiempo había servido de puerta, continuando su avance por lo que fué en sus mocedades calle Mayor. Apenas anduvo por ella lo necesario para distinguir las ruinas de la iglesia, sintióse asombrado viendo cómo venían hacia él dos hileras de hombres, á modo de los frailes cuando van del convento á cantar en la iglesia, marchando uno tras otro.

Parecían gente noble, hidalgos de «capa prieta», como llamaban en la colonia á los españoles que habían sido de la corte y, abandonando su bienestar en la tierra natal, pasaban al Nuevo Mundo, en busca de mayores riquezas. Todos iban bien vestidos, ceñidas sus espadas, rebozados en ricas capas y con tocas de viaje de las que se habían usado en España en tiempo de los difuntos Reyes Católicos. Ahora sabía Cuevas, por los recién llegados á la isla, que las modas habían cambiado en el viejo mundo, dejándose crecer la barba los señores, no llevando ya rasurado el rostro, como sus padres y como estos desconocidos que venían hacia él.

Quedó absorto Cuevas ante las dos filas de gente inesperada, no ocurriéndosele ni una sola vez echar mano á su ballesta. Indudablemente eran españoles que habían desembarcado en la bahía inmediata, donde anclaron los buques de la segunda flota de Colón. Además, aunque no llegaba á distinguir bien los rostros de ellos, medio ocultos por el rebozo de sus capas y el ala de sus tocas, tenía el presentimiento de que eran gente amiga, vista por él otras veces.

Lo extraño del caso fué que los primeros de la procesión habían llegado ya junto á él, y seguían luego adelante, como si no le viesen, descortesía que le obligó á hablar.

—¿Cómo ha podido aportar aquí—dijo—gente tan nueva y ataviada, sin que nadie lo haya sabido en la isla?... ¡Dios guarde á vuesas mercedes, señores hidalgos de las dos ringleras!

Y se quitó cortésmente su gorra para saludar, sin que la procesión de desconocidos respondiese verbalmente á su saludo. Pero todos á un mismo tiempo se llevaron la diestra á sus birretes y sombreros para contestar á su cortesía, y Cuevas vió con terror que al descubrirse llevaban dentro de las tocas sus cráneos completamente blancos, quedando descabezados y desapareciendo después instantáneamente.

Esta desaparición apenas llegó á presenciarla Cuevas, pues, tembloroso é invocando á la Virgen, echó á correr, viéndose al poco rato fuera de la ciudad, al lado de su perro, que seguía aullando con las orejas enhiestas y los ojos fijos en las ruinas.

Aquella noche, mientras se negaba á tomar los bocados que le ofrecía su compañero, reflexionó sobre esta visión, temblándole el cuerpo, no obstante el calor de la fogata que había servido para preparar la cena.

No dudaba de lo que había visto. Sus antiguos convecinos de la Isabela habían salido de sus tumbas para saludarle. En aquel país completamente nuevo, habitado hasta poco antes por una humanidad sin historia, empezaba á crearse la leyenda. La muerte daba nacimiento á la tradición.

Aquella tierra era ya tan española, después de diez y seis años, como la península situada al otro lado del Océano. Los que estaban enterrados en Isabela y otros lugares de la isla resultaban más numerosos que los españoles vivientes... Y Cuevas, que—como todos sus contemporáneos—no poseía ideas precisas sobre las tierras descubiertas y dudaba aún de si eran Asia ó pertenecían á un mundo nuevo, tuvo sin embargo un justo presentimiento del porvenir.

La procesión de espectros de esta ciudad en ruinas iba á repetirse en toda una cara de nuestro planeta, á ambos lados de la línea ecuatorial, desde las frías alturas donde crece el abeto á las colinas templadas donde florece el naranjo y las llanuras tórridas cubiertas de bananos.

Las nevadas cúspides de la más larga de las cordilleras de la tierra, las costas del Atlántico y del Pacífico, los ríos que no tienen límites á la vista, cual si fuesen mares, las selvas nacidas en los primeros tiempos de la vida vegetal, los valles paradisíacos del Trópico, los lagos de hierba de las sabanas, los desiertos pintarrajeados por las tintas minerales, todo un mundo iba á quedar completamente descubierto en menos de medio siglo y á obtener una nueva personalidad histórica, gracias á los miles y miles de esqueletos, semejantes á los de esta procesión crepuscular, que fecundarían sus entrañas. No iba á existir un rincón de las nuevas tierras, alto ó bajo, húmedo ó seco, yermo ó selvático, que no guardase, como marca heráldica, una osamenta española.

Al volver Cuevas á su casa de Santo Domingo, enfermo de fiebre, vió en ella á los tres hijos de Ojeda con el aire reposado y tranquilo del que se halla en vivienda propia.

Lucero se apresuró á contarle la muerte de la india Isabel. Una tarde la había visto llegar á la huerta con la misma tranquilidad enigmática que en los días anteriores.

—El jefe blanco me llama—dijo—, y debo obedecerle. Guarda á mis pequeños. No deben seguirme en el gran viaje.

Como Lucero la creía algo loca después de la muerte de don Alonso, la dejó partir sin ninguna inquietud. Todos los indios eran dados á embelecos y gustaban de atraer el interés hacia sus personas con invenciones y cuentos.

A la mañana siguiente, cuando iban á su iglesia los frailes de San Francisco, encontraron á una mujer tendida de bruces sobre la losa sin nombre que cubría la sepultura de don Alonso. Al reconocer á su manceba india, la ordenaron en vano repetidas veces que se levantase y no profanara la casa de Dios con alardes de dolor antirreligioso. Cuando al fin tocaron su cuerpo frío, se convencieron de que estaba muerta. Nadie podía saber cómo había logrado entrar de noche en la iglesia y qué veneno sutil le sirvió para morir sobre la sepultura de su señor «el jefe blanco».

Después de este episodio, la vida siguió transcurriendo pacíficamente para Lucero y su esposo.

Se enriquecían con lentitud, pero sin altibajos de la suerte, ignorando los retrocesos violentos que sufrían en su existencia los aventureros heroicos al ir en busca del oro.

El buen sentido comercial de la judía conversa puso freno muchas veces á las ambiciones repentinas de su esposo.

Al mirar Cuevas su espada colgada de la pared, sentíase avergonzado de su prosperidad de colono. Creíase semejante á las vacas y caballos que engordaban en las fértiles praderas, con una pelambre lustrosa, reveladora de su perfecto bienestar animal.

Llegaban noticias exageradas y asombrosas de Tierra Firme, de aquella colonia de Darién gobernada por Balboa. El oro se cogía con redes, según afirmación de los que venían de allá.

—Déjalos que pesquen—decía Lucero—. Si verdaderamente cogen el oro con redes, una parte será para nosotros. Fabriquemos pan de maíz y carne de tocino para los que van en busca del oro. Lo más seguro y ganancioso en estas nuevas tierras es cultivarlas. El oro se agotará alguna vez, y este nuevo mundo en que estamos dará siempre pan y carne. Sólo serán verdaderamente ricos los que trabajen la tierra.

Y Cuevas pasó la edad madura y llegó á viejo, oyendo hablar de las hazañas de Hernán Cortés en el Imperio de Méjico y la extraordinaria aventura de Francisco Pizarro en la tierra del oro, llamada Perú.

Los había conocido lo mismo que él, simples protegidos de su capitán don Alonso de Ojeda, y eran ahora marqueses por el rey, gobernando además como verdaderos monarcas la herencia de los emperadores vencidos por ellos: Estados más grandes que España. ¡Y él no era mas que un labrador colonial, abundante en bienes materiales y pobre en dinero, como ocurre siempre en las sociedades primitivas, agrícolas y pastoriles!...

Su orgullo y su nobleza se cifraban en ser él y Lucero los únicos que habían quedado en la isla, del primer viaje de descubrimiento.

Ambos esposos admiraban la audacia de su hijo Alonso, en el que parecían revivir las condiciones heroicas de su infortunado padrino. Su independencia de carácter resultaba algunas veces insolente.

—Yo soy nacido en esta tierra—dijo una vez á sus padres—, y vosotros vinisteis de muy lejos para apoderaros de lo que no era vuestro.

Era el criollo que empezaba á erguirse frente á sus progenitores europeos.

Los tres hijos de Ojeda le obedecían con más facilidad que á los dueños de la casa. Alonso los incitaba en sus juegos contra los otros hijos de blanco venidos de España.

—Nosotros valemos más—decía con orgullo á los tres Ojeda mestizos—. Nacimos aquí, y estos hambrientos vienen á quitarnos lo nuestro.

Sonreía el padre tristemente al comentar con su esposa la independencia agresiva de su hijo.

—Así lo quiere Dios—dijo un día con aire profético—. El amor en la familia va siempre hacia abajo, como el agua de los ríos. Los padres se sacrifican por los hijos, y éstos, á su vez, hacen lo mismo con los hijos que tienen. De España vinimos para trabajar, para construir un mundo nuevo, rabiando y muriendo muchas veces como animales. Lo que hacemos ahora tal vez dure siglos, y después llegará un día en que los hijos de nuestros hijos nos echarán tranquilamente de la casa que levantamos para ellos á costa de tantos sufrimientos, de tanta sangre...

«Fontana Rosa» Mentón (Alpes Marítimos)

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