PARTE SEGUNDA EL ORO DEL REY SALOMÓN (continued 2)
Reading edition
Sin más compañía que la de su hijo, que ya empezaba á ser un mancebillo audaz y valeroso como su padre, vivía fuera de la ciudad tan segura como si estuviese alojada en las Cuatro Calles.
Al irse Fernando, le había dejado su broquel, su espada de guerra, su lanza y una ballesta, con la que se amaestraba como tirador el inquieto Alonsico. Además, Lucero guardaba un puñal de los tiempos en que había vivido en las minas, entre frecuentes alarmas causadas por la aproximación de indios sublevados. Por eso sonreía cuando don Alonso, al visitarla por las tardes, intentaba hacerla confesar que su relativa soledad le inspiraba miedo algunas veces.
No había conocido un solo momento de pavor. Dirigía las labores de su huerta, ejecutadas por cuatro indios «encomendados» á Cuevas. Los mandaba con voces y ademanes varoniles. Algunas veces, para mayor comodidad en sus trabajos é imponer más respeto á los indígenas, vestíase de hombre, con las mismas ropas que había usado cuando acompañaba á su marido por el interior de la isla. Era una hembra de los primeros tiempos de la colonización, una habitante de la ciudad de Isabela, de fúnebre memoria, donde morían los españoles á centenares.
Se ruborizó instintivamente el primer día que don Alonso la sorprendió vestida de este modo, marchando por su huerta. Luego le recibió muchas veces en traje de hombre, sin emoción alguna, recordando que otros muchos la habían visto así. Como la vida de la colonia empezaba á modificarse con la llegada de las damitas de la virreina, ella tenía cierto orgullo en recordar que era de los tiempos duros y heroicos y había vivido sitiada por hambre en el fuerte de Santo Tomás.
El intrépido Ojeda apenas alcanzaba con su cabeza á los hombros de esta amazona joven. Su cuerpo esbelto, no muy vigoroso en apariencia, poseía una fuerza nerviosa, puesta á prueba muchas veces.
En los últimos años, Lucero y don Alonso sólo se habían visto de tarde en tarde, en presencia de Cuevas y otros amigos. El asedio que les había hecho sufrir Caonabo, cuando ella daba aún su pecho á Alonsico, era el período en que se vieron con más frecuencia.
Ojeda mostraba cada vez mayor afición á sus conversaciones vespertinas con la esposa de su amigo. Finalmente acabó por visitarla todos los días, haciendo de esto una obligación que parecía dar á su existencia nuevo interés.
Hablaban en la huerta, sentados al pie de un árbol, de los dos emisarios que habían ido á España para gestionar la magna empresa de la conquista de Veragua, haciendo comentarios, incesantemente renovados, sobre varias cartas que habían llegado de allá, en dos carabelas diferentes, hablando Juan de la Cosa y Fernando Cuevas de sus grandes esperanzas.
Otras veces se ocupaban de los progresos de la colonia, de las nuevas plantaciones de caña de azúcar traída de Andalucía ó Canarias, y de los molinos para triturarla que iban estableciendo los vecinos ricos. Conversaban igualmente sobre el desarrollo prodigioso de los ganados y el desenvolvimiento de las plantas traídas de Europa, unas agrandadas considerablemente en poco tiempo, otras macilentas ó muertas por no poder adaptarse al nuevo medio.
Invariablemente, tales conversaciones acababan por orientarse hacia el oro y los lugares misteriosos en que se amontonaba, lejos de aquella isla. ¿Qué podían importarles animales y plantas como base de riqueza en un mundo donde, según las ideas que el Almirante viejo había sostenido hasta el momento de su muerte, existían las minas del rey Salomón y el estrecho del Quersoneso Áureo, camino abierto para llegar en pocas jornadas á las verdaderas tierras del Gran Kan?...
Mientras su madre y su padrino hablaban de esto bajo la sombra azulada y movediza de un árbol, en la tarde calurosa, cargada de perfumes vegetales y zumbidos de insectos, Alonsico, aburrido del grave diálogo y ansioso de acción, corría por la huerta disparando pedradas á los pájaros ó conversaba con los trabajadores indios, cuyo lenguaje estaba más en armonía con su inteligencia naciente.
Don Alonso parecía influenciado, cada vez más, por las conversaciones á solas con esta mujer de hermosura enérgica y miembros femeniles por sus contornos, y varoniles por su fortaleza. Unas veces le recibía con sayas, como las señoras de la ciudad, otras con calza y coleto de ante, á lo soldado, teniendo aún las manos húmedas por las faenas domésticas.
Empezó Ojeda á lamentarse de la soledad en que estaba, dando al olvido por el momento sus empresas y sus ambiciones. Reconocía de pronto el gran fracaso de su existencia. Había ido de un lado á otro, empujado por su energía exuberante, como uno de aquellos huracanes que caían de vez en cuando sobre la isla trastornándolo todo. Era el famoso Alonso de Ojeda conocido en el nuevo mundo y en el viejo por todos los que admiraban las hazañas intrépidas; pero no había sabido crearse una casa y un amor, ni encontrar una mujer que le sirviese de apoyo y consuelo, como Fernando Cuevas.
Lucero, al oir esto, habló inmediatamente de la india Isabel, y Ojeda pareció indignarse, acogiendo tal recuerdo casi como una burla.
El duro hombre de guerra era sincero al formular su quejumbrosa protesta. Su voz tenía un lejano temblor de emoción, y sus ojos de pájaro de combate brillaban amortiguados por un empañamiento lacrimoso...
Verse tan celebrado por sus hazañas, haber empezado su renombre en la guerra de Granada cuando aún era adolescente, llevar hechos tantos viajes atrevidos á las nuevas tierras, ser el primero que empezó á navegar por su cuenta en busca del Gran Kan, rivalizando con el Almirante viejo, y por todo resultado encontrarse pobre en una ciudad naciente, ocupando un bohío como un cacique sin importancia, teniendo por único amor el de una india recién cristianizada, que de pronto, con inesperadas reversiones, volvía á mostrar los gustos bárbaros de sus salvajes ascendientes. ¡Qué miseria!...
Como si necesitase comunicar á Lucero todas las angustias secretas de su alma para inspirarle mayor interés, siguió hablando de su vida con esta Isabel que le seguía á todas partes, mostrando una lealtad más de animal domesticado que de hembra enamorada.
Muchas veces sentía la necesidad de engañarse á sí mismo, embelleciendo su vida íntima. Después de sus placeres voluptuosos, puramente bestiales, Isabel gustaba de permanecer tendida en el suelo, sin el estorbo de las ropas europeas, con la cabeza en las rodillas de Ojeda, contemplándolo de abajo arriba con la veneración del devoto que adora á un ídolo omnipotente. Y él dejaba caer su mirada sobre este rostro, entornando sus párpados para que su visión fuese más interior que exterior.
«Isabel... Isabel...», decía con voz muy queda; y este nombre que él le había impuesto en el bautismo, como si fuese una palabra mágica, iba cambiando el rostro de la india.
La veía rubia, con los ojos azules. Una sonrisa tranquila y majestuosa dilataba su boca, que parecía respirar bondad. Era la reina doña Isabel, su primer amor de adolescente, un amor respetuoso, caballeresco, que había sido el ideal común de muchos de los paladines sitiadores de Granada, ansiosos de distinguirse ante la regia señora de sus ilusiones.
«Isabel... Isabel...», volvía á repetir, y la cabeza rubia cambiaba de color. Ahora la cabellera de oro ceniciento tomaba una tonalidad más obscura. Los ojos azules pasaban á ser negros. El rostro majestuoso de la gran señora, algo maduro, tornábase extremadamente juvenil, con la ácida frescura de los frutos primaverales y las flores en capullo.
Veía ahora á Isabel Herboso lo mismo que cuando la tuvo en sus brazos al fugarse juntos á Sevilla, antes de que un padre áspero la llevase á la muerte sin saberlo encerrándola en un convento.
Inclinábase para besarla con una ternura melancólica. Era su segundo amor que resucitaba para acompañarle en este mundo nuevo. Mas al poner su rostro junto al de la aparición borrábanse las facciones adoradas, triunfando la realidad. No podía ocultar entonces su desaliento, acabando por repeler á la india Isabel, que le sonreía con una supeditación animal, mostrando sus dientes agudos; y ésta lloraba finalmente al verse maltratada sin motivo.
Su vida era trágica. Parecía existir en torno á él algo misterioso que iba entenebreciéndola en sus avances. La suerte le había dotado de mejores condiciones que á la mayoría de los hombres. Otros, con menos motivo, llegaban á ser reyes. Y él, en sus momentos de pesimismo, se imaginaba destinado á morir pobre, tal vez de hambre, como le había predicho cierta gitana, allá en Andalucía, cuando aún era mancebo.
La creencia en la fatalidad de su destino le hacía acordarse de Anacaona, la hermosa reina Flor de Oro. Había pasado por su vida rápidamente; sus amores con ella habían durado breves días; sólo representaban un agradable y vago recuerdo; pero el Destino le había deparado el tormento moral de ver á este cuerpo adorable marchando hacia la horca, sin que él pudiese hacer nada para salvarle.
Lucero, siempre que don Alonso exponía las tristezas de su situación, tomaba aires de madre de familia, de matrona que vive al margen de los apasionamientos juveniles, y ha renunciado al amor para dedicarse en absoluto á su hogar.
—No piense más en eso, don Alonso—decía—. Que Dios le ayude en lo de Veragua y recoja el oro á montones. Luego verá cómo las señoronas más altas de España lo buscan para casarse. Mire, si no, cómo el Almirante mozo, por ser hijo del otro con el que vinimos á esta isla, es marido de doña María, parienta del rey.
Pero esta serenidad de hembra fuerte que mostraba Lucero, atrevida en el habla y prudente y fiel en sus afectos maritales, no impedía la existencia dentro de ella de una inquietud creciente.
Empezó á desear que don Alonso repitiese con menos frecuencia sus visitas. Veía en sus ojos una expresión inquietante. No ignoraba la violencia con que sentía los deseos este hombre intrépido y acometedor.
Su astucia femenil fué adivinando en torno á ella los cercos, cada vez más estrechos, de una voluntad que pretendía envolverla.
En cada una de sus visitas Ojeda hablaba menos, quedando en largo silencio, que á ella le parecía amenazante, mientras el héroe bajaba los ojos, como si riñesen en su interior interminable batalla los escrúpulos y los apetitos.
Se presentaba á horas inesperadas, cual si buscase sorprenderla á solas. Sentíase tranquila cuando su hijo estaba en la casa, pero Alonsico mostrábase entusiasmado por las lecciones de un viejo colono, amigo de su padre, que le llevaba todos los días á un bosque algo lejano para darle lecciones en el manejo de la ballesta, tirando contra loros y monos.
La animosa Lucero creyó ver en esto una maquinación oculta de don Alonso; pero como su hijo se negaba á obedecerla, siguiendo siempre á su viejo maestro, se resignó á hacer frente al peligro ella sola.
Procuraba no recibir á su visitante en plena huerta, lejos de la casa, como si la sombra de los árboles, el río, el lejano mar, el canto de los pájaros y el murmullo de las hojas fuesen favorables á los malos pensamientos de Ojeda. Le hacía sentarse siempre á la entrada de su modesta vivienda, en un lugar desde el cual eran visibles un crucifijo colgado en la pared, así como la espada, el escudo y otras armas del ausente. Todo esto devolvería la razón al caballero, extraviado por sus malas pasiones.
Lo que temía la esposa de Cuevas, dudando al mismo tiempo de que pudiera ser, ocurrió una tarde con rapidez brutal, lo mismo que el choque, cuerpo á cuerpo, en una riña que surge inesperadamente.
Don Alonso habló con desesperación. Se daba cuenta ahora de que había amado siempre á Lucero, desde que la vió llegar á su carraca en el puerto de Cádiz, desde que se privó muchas veces de comer, en el fuerte de Santo Tomás, para que ella no sufriese hambre. Ahora era cuando se convencía de dicho amor. La había mirado en aquel tiempo ya lejano con equivocada indiferencia, como si fuese un muchacho aventurero. Además, su próxima maternidad le infundía respeto.
La única mujer digna de un caudillo como él era Lucero, con ánimo fuerte para seguirle en sus más arriesgadas aventuras, con un cuerpo de amazona que podía dar al amor la áspera voluptuosidad del choque entre dos grandes fuerzas encontradas.
Y de pronto se arrojó sobre ella con una pasión agresiva, los ojos extraviados por el deseo, los brazos y manos temblorosos de pasión.
Lucero, con su agilidad varonil, saltó hacia el interior de la casa, librándose de la acometida. Le brillaban los ojos de cólera. Se enronqueció su voz, lo mismo que le había ocurrido cierta vez, al lado de Cuevas, defendiéndose ambos de una turba de indígenas armados.
—¡Una villanía!... ¡Una acción de indio salvaje!—dijo con palabras entrecortadas por la emoción—. ¿Y es vuesa merced, don Alonso, quien hace eso?...
Había tirado con mano rápida de la espada de su esposo, colgada del muro, sacándola de su vaina con tal violencia, que todas las armas inmediatas se bambolearon y vinieron al suelo.
Sin importarle herir á Ojeda, deseándolo tal vez en la ceguedad de su cólera, extendió el brazo, apoyando la punta de su arma en el pecho de aquel hombre que la acosaba.
Quedaron los dos inmóviles un instante. Ella parecía mucho más alta, erguida á impulsos de su cólera, empezando á mirar con cierta superioridad á este macho enfurecido, que era de menos estatura y al que pretendía dominar con su espada.
La asombrosa agilidad del héroe «de los pies ligeros» cambió la situación.
La mujer dejó de verle frente á ella, y casi en el mismo momento, la presión de una mano semejante á una esposa de acero sobre la muñeca de su diestra la obligó á soltar su arma.
Inmediatamente se sintió estrechada por unos brazos varoniles, duros, envolventes, inquietos, como si fuesen de metal vivo.
Resistióse desesperada á esta presión doblegante. Reconoció su próximo vencimiento, y la convicción de que iba á caer contra su voluntad aumentó aún más su cólera.
Recibió en su boca un beso de Ojeda, y ella contestó á la caricia mordiéndole el rostro hasta hacerle sangre. Esta herida aumentó la agresividad del asaltante, zarandeándola como si fuese un enemigo, hasta doblegarla bajo el peso de su cuerpo.
Iba á caer al suelo, y comprendiendo la inutilidad de su defensa contra un enemigo ágil y vigoroso que acabaría por dominarla, apeló á la voz.
Era inútil gritar pidiendo socorro; nadie la oiría. Sus indios estaban muy lejos, trabajando en la huerta, y sus dos criadas indígenas lavaban ropa en un arroyo de las inmediaciones. Pero habló por instinto, presintiendo que la palabra podía ser su única arma en aquel momento.
Entre los estertores angustiados de su defensa llamó al respetable Juan de la Cosa, pidió protección á su Fernando, como si pudiesen presentarse á su voz.
Estos dos nombres, repetidos varias veces, tuvieron la virtud de aflojar las ligaduras musculosas que inmovilizaban á la joven madre, y al fin se incorporó, repeliendo aquel cuerpo hostil que empezaba á gravitar sobre ella con menos pesadumbre.
Después de erguirse, continuó hablando:
—¿Y vuesa señoría se cree caballero?... ¡Venir á robarle su mujer, por la fuerza, á un amigo que siempre estuvo pronto á dar su vida por la amistad, y que ha ido allá lejos para trabajar por su grandeza!... ¿No se afrenta al pensar qué dirá de tan mala acción la Virgen que le protege?...
Quedaron los dos inmóviles, frente á frente, separados por breves pasos. Ojeda tenía ahora los brazos caídos y la cabeza inclinada sobre el pecho, mirando al suelo, mientras corría por su rostro un hilillo de sangre. Los nombres de sus amigos ausentes y la evocación de aquella Virgen de la que se titulaba caballero le habían devuelto una tranquilidad avergonzada y tímida. Parecía un beodo recién despertado de su delirio alcohólico por un medicamento enérgico.
Tal era su aspecto, que Lucero, olvidando su cólera, le miró finalmente con una conmiseración simpática.
—Váyase, don Alonso—dijo—. Por suerte estamos solos y creeré siempre que lo que acaba de pasar no ha ocurrido nunca. Por mí ya está olvidado.
El Caballero de la Virgen fué retrocediendo poco á poco hacia la puerta. Luego volvió con una rapidez impulsiva, cual si fuese á repetir su agresión.
Lucero no se movió. Sentíase tranquilizada, como si adivinase sus pensamientos.
Vió cómo don Alonso se inclinaba ante ella, acabando por poner una rodilla en el suelo, al mismo tiempo que buscaba una de sus manos.
La besó tres veces, mojándola al mismo tiempo con la sangre que brotaba de su rostro y con lágrimas.
No dijo nada, pero Lucero adivinó el significado de estos besos, que resonaban en sus oídos cual si fuesen palabras:
—¡Gracias! ¡gracias!...
El intrépido hidalgo, vehemente y tornadizo en sus pasiones, agradecía ahora la resistencia desesperada de ella, sus llamamientos, que le habían impedido cometer una acción infame contra su mejor hermano de armas.
V
El desafío de los dos gobernadores, y cómo Ojeda partió finalmente á la conquista de las tierras de oro en Asia, no sin prometer antes á gritos que cortaría la cabeza á sus rivales.
Casi anclaron á un mismo tiempo en el puerto de Santo Domingo las dos pequeñas flotas—llamadas «armadillas» por los españoles—que iban á la conquista de las famosas tierras del oro cerca del Ganges.
El primero en llegar fué Juan de la Cosa con dos carabelas nada más. Había tenido que hacer verdaderos milagros de economía para adquirir en Portugal estos dos buques, por ser él hasta el presente único capitalista importante de tal empresa.
—Mi bolsa—decía el honrado marino—no está repleta, y Ojeda, mi asociado, tiene la suya completamente vacía.
En el primer momento, don Alonso no pudo ocultar su decepción escuchando á Juan de la Cosa y Fernando Cuevas, recién desembarcados. Luego se dijo que otras veces había acometido empresas de igual riesgo con medios más escasos, y acabó por aceptar entusiasmado lo que él llamaba «mi armada».
En los dos buques venían doscientos aventureros, entusiasmados por los relatos de la prodigiosa Veragua, cuyas riquezas empezaban á ser propaladas exageradamente en las ciudades españolas. Eran gente novel en la vida colonial, no habituados aún á sus alimentos y sus enfermedades, pero bravos todos ellos, habiendo peleado los más en las guerras del viejo mundo, lo que les valió el ser acogidos con simpatía por su futuro jefe. Estos bisoños servirían de acompañamiento al grupo de guerreros veteranos de la colonia entre los cuales figuraban Pizarro y Cortés.
Su entusiasmo volvió á decaer cuando sus dos representantes en España fueron contando el resultado de sus gestiones y lo mucho que habían tenido que luchar con Diego de Nicuesa, rico por su familia, con amigos adinerados, y protegido por un tío del rey, que le había educado en su casa.
Don Fernando el Católico, acosado por las recomendaciones de sus cortesanos á favor de uno y otro solicitante, se resolvía al final por favorecer á los dos á la vez, repartiendo entre Ojeda y Nicuesa la llamada Tierra Firme, que habían explorado casi á un mismo tiempo Bastidas, Colón y Juan de la Cosa.
Daba á los dos caudillos toda clase de dignidades, poderes y honores, pero ni buques ni dinero. Todo el apoyo real consistía en despachos y títulos. Dividía Tierra Firme, á lo largo del llamado Darién—años después istmo de Panamá—, en dos provincias, con una línea de demarcación que atravesaba el golfo de Urabá. A la parte del Este, que se extendía hasta el cabo de la Vela, dábale el rey el nombre de Nueva Andalucía—costas actuales de Colombia—, confiándola á Alonso de Ojeda. Su adversario Nicuesa recibía la gobernación de Castilla del Oro—modernas repúblicas de Panamá, Costa Rica y una parte de Honduras—, ó sea lo que Colón había comprendido bajo el título general de Veragua. Cada uno de los gobernadores debía levantar dos fortalezas en su distrito, y por espacio de diez años disfrutaría los productos de las minas que descubriese.
Mostró Ojeda mayor desaliento al ver que Nicuesa se había llevado la famosa Veragua; pero La Cosa, primer explorador de Urabá y otras costas de la flamante Nueva Andalucía supo reanimarlo infundiéndole la certeza de que también en dicha gobernación abundaba el oro. No le fué esto difícil, pues el heroico aventurero estaba pronto siempre á la ilusión y la esperanza, contando además con meterse en las tierras de su vecino, si es que las suyas no resultaban bastante productivas.
Fué más durable y honda su mala impresión cuando la flota de Nicuesa entró pocos días después en el puerto. Traía cuatro naves grandes y dos bergantines, provistos en abundancia de víveres y con todos los útiles necesarios para un viaje de descubrimiento.
Nicuesa había podido alistar en España mucha más gente que los enviados de Ojeda, y para colmo de su fortuna, mientras las dos carabelas de La Cosa venían directamente á Santo Domingo, deteníase él en una de las islas Caribes, aprisionando cien indígenas, que esperaba vender en el mercado de Santo Domingo á muy buen precio, por ser los indios caribes más duros para el trabajo que los flojos é indolentes de Haití.
Hizo esfuerzos el Caballero de la Virgen para ocultar su ira al ver el diferente aspecto que ofrecían ambas armadillas: la de Nicuesa, compuesta de seis buques, meciéndose con cierta majestad ante las curiosas miradas de los vecinos de Santo Domingo, mientras que sus dos carabelas aún parecían más inferiores comparadas con las naves vecinas.
Pronto se dió cuenta de que la gente aventurera de las Cuatro Calles se apartaba de él para ir en busca de Nicuesa. Los más vocingleros y propensos á la insubordinación se apresuraron á ofrecerse al gobernador de Castilla del Oro, que podía pagar con largueza á sus hombres.
Sin embargo, los más valerosos soldados de la colonia permanecían fieles á don Alonso. El grave Francisco Pizarro saludaba siempre al gobernador de Nueva Andalucía con palabras de ruda lealtad.
—No olvide vuestra señoría que soy su hombre y le seguiré hasta el infierno si es preciso.
El alegre y galanteador Hernando Cortés no creía necesario hacer nuevas declaraciones. Continuaba siendo amigo del valeroso Caballero de la Virgen y sólo quería ir con él.
Llegaron á ser unos cien los aventureros residentes en Santo Domingo que preferían seguir á Ojeda pobre, que buscar la protección de Nicuesa el rico. Hasta se permitió don Alonso no aceptar en su expedición á hombres útiles pero que le eran antipáticos. En vano Juan de la Cosa, que había recibido en España el título de Alguacil mayor de la Nueva Andalucía é iba á ser vicegobernador de dicha provincia, instó á su amigo para que admitiese á cierto hidalgo que conocía desde años antes, por haber figurado en la expedición organizada por Bastidas.
Llamábase Vasco Núñez de Balboa y era de Jerez de los Caballeros en Extremadura. Sus amigos le apodaban «el Esgrimidor», por su habilidad en el manejo de la espada y tal vez por haberse mantenido en ciertos momentos de su existencia azarosa dando lecciones de esgrima.
Al naufragar la expedición de Bastidas en las costas de la isla Española, dividiéndose los tripulantes en tres partidas para correr las setenta leguas que les separaban de la ciudad de Santo Domingo, había ido Balboa en el grupo mandado por Juan de la Cosa, apreciando éste sus habilidades para improvisar recursos y su raro don de animar á las gentes con un optimismo heroico.
Luego se había quedado en Santo Domingo dedicándose á la agricultura, pues este esgrimidor, tan propenso á las aventuras belicosas, sentía al mismo tiempo la atracción de la tierra virgen y las delicias triunfantes del que realiza los primeros cultivos.
Sus empresas de labriego resultaban aún más desgraciadas que sus primeras aventuras como marinero y soldado. Los ciclones, muy frecuentes en los últimos años, y el mal éxito de ciertas cosechas intentadas con semillas de Europa, rebeldes al nuevo ambiente, arruinaban á Balboa, que había tomado unos pequeños campos en el naciente pueblo de Salvatierra, cerca de Santo Domingo.
Los usureros le perseguían por deudas, y desalentado de su lucha con la tierra, quería volver otra vez á las aventuras del descubrimiento. Como prefería á los capitanes por sus hazañas y no por su riqueza, tenía empeño en ir con don Alonso de Ojeda á la Nueva Andalucía.
El gobernador hizo un gesto negativo apenas oyó el nombre de Balboa. Lo había visto algunas veces en las Cuatro Calles cuando venía á la ciudad, buscando el trato con sus antiguos compañeros de armas. Se mostraba cortés y pronto á la admiración con el antiguo raptor de Caonabo, pero Ojeda correspondía mal á tales muestras de afecto. Adivinaba en «el Esgrimidor» un carácter igual al suyo. Allá donde fuese acabaría por ser el primero, ó moriría si no llegaba á conseguirlo.
—Su apadrinado no me place—dijo con un tono de resolución que hizo desistir á Juan de la Cosa—. No quiero en mi compañía hombres de su laya.
Y ya no hablaron más de Balboa.
El dinero era lo que preocupaba más á Ojeda en aquellos momentos. Necesitaba fingir que lo tenía en abundancia, para que no riesen de él sus enemigos, y al mismo tiempo debía buscarlo secretamente. Sin un nuevo aporte de capital resultaba imposible la salida de la expedición.
Marchó ahora decididamente en busca del bachiller Martín Fernández de Enciso, y le propuso que fuese asociado suyo en esta expedición invirtiendo en ella sus dos mil castellanos de oro. Él le entregaría una parte de lo que produjesen las minas, y usando los poderes que le había conferido el rey, estaba dispuesto igualmente á darle el título de Alcalde mayor de la Nueva Andalucía.
El abogado, que siempre había tenido que luchar con jueces, sintióse envanecido por la posibilidad de ser el primer juez de un vastísimo territorio, viendo blancos y cobrizos sometidos á sus fallos. Todavía le halagaban más las aventuras de la exploración por países vírgenes, el estudio directo de mares y tierras nunca vistas hasta entonces por los europeos. Tan aficionado al estudio como á las aventuras belicosas, pocos años después, al volver á España, fué el primero que escribió una Geografía de la América conocida entonces, é igualmente el primer Arte de navegar entre los dos mundos, á través del Océano.
Aceptó el bachiller Enciso su asociación con Ojeda y Juan de la Cosa, entregándoles todo el dinero que había ganado defendiendo pleitos; pero aun después de recibir este auxilio, sintióse don Alonso molestado por la preponderancia de Nicuesa; y como ambos eran de carácter altanero, y al mismo tiempo muy activos é inquietos, sostenían frecuentes discusiones sobre la interpretación de los privilegios dados por el rey comprendiéndolos en el mismo decreto.
Fernando Cuevas esperaba todos los días una reyerta de estos dos capitanes que habían sido amigos en su primera juventud.
—Hombres de su condición—decía Cuevas—, y que además son rivales, no pueden vivir mucho tiempo en una ciudad tan reducida como Santo Domingo sin que acaben por pelearse.
El rey les había concedido la isla de Jamaica como posesión común en la que podrían abastecerse, pero ambos gobernadores empezaron á disputar, queriendo la mejor parte de dicha isla. Además, la demarcación de sus dos gobernaciones era vaga y cada uno quería incluir la provincia de Darién en sus dominios.
Nicuesa, que había sido cortesano, tenía el don de la palabra. Sagaz y ceremonioso, pudiendo dominar en todo momento la violencia de su carácter, procedía de tal modo en las discusiones, que dejaba perplejo á Ojeda ante sus argumentos y conseguía finalmente que las gentes riesen de éste. Viéndose vencido de antemano don Alonso en dicho terreno, pensó que él sabía manejar el acero mejor que la lengua, acabando por adoptar, como solución lógica, un desafío á espada con Nicuesa.
Buscó á Fernando Cuevas y á Francisco Pizarro para que fuesen en su nombre á retar al gobernador de Castilla del Oro.
—Es mejor que nos matemos—dijo á sus enviados—, y el que quede con vida que se lo lleve todo.
Antes de que fuesen á ver á Nicuesa les recomendó mucho que de ningún modo se enterase el señor Juan de la Cosa, por ser hombre demasiado razonable, aficionado á las soluciones pacíficas y enemigo de duelos.
Don Diego de Nicuesa sintió cierto asombro ante la inesperada proposición de su rival. Era tan valiente como Ojeda, pero tenía una noción más aproximada de la oportunidad en palabras y actos, y reconoció la locura que significaba el tal desafío.
Burlándose en sus adentros de la impetuosidad de su adversario, propuso públicamente á los enviados de Ojeda que, como preliminar del duelo y para que ambos luchasen por algo positivo, debía cada uno depositar cinco mil castellanos de oro, que servirían de premio al que venciese.
Como la mayoría de los aventureros en Santo Domingo era favorable á Nicuesa, encontró muy oportuna tal proposición, apoyándola en los corrillos de las Cuatro Calles, y tal como esperaba Nicuesa, resultó un golpe anonadador para su orgulloso antagonista.
Cinco mil castellanos de oro representaban más de treinta mil duros, una fortuna considerable para aquellos tiempos, y Ojeda, que ya no tenía dinero y era demasiado vanidoso para confesarlo, no supo qué contestar.
Al fin optó por una resolución propia de su carácter.
—Yo lo buscaré personalmente—dijo á Pizarro y á Cuevas—y le daré de pescozones como á un villano, hasta que saque su espada.
Por suerte, el sesudo La Cosa se había enterado del reto. Aunque era hombre tan valeroso como los otros, había perdido la temeridad de la juventud y creyó oportuna su mediación entre los dos exaltados gobernadores.
Yendo de uno á otro, consiguió al fin el marino que ambos se conformasen con que el río Darién ó Atrato fuese la línea divisoria de sus respectivos gobiernos.
La partición de la isla de Jamaica no pudo arreglarla igualmente, por haberse inmiscuído en el asunto el Almirante don Diego Colón. Se mostraba resentido éste á causa de las distribuciones hechas por el rey de las tierras de Veragua, que él creía pertenecientes á su familia por los privilegios heredados de su padre don Cristóbal.
Seguía creyendo, con arreglo á las capitulaciones hechas en Santa Fe, que nadie más que los Colones, ó los que ellos delegasen, podían ir en busca de las tierras del Gran Kan. Además, don Fernando el Católico, caso de querer hacer una expedición á Tierra Firme, debía confiarla á su tío don Bartolomé Colón, que había estado allá é intentado fundar la colonia de Belén, durante el cuarto viaje del Almirante viejo.
Mas el rey de España no deseaba nuevos tratos con la familia Colón, recordando que el primer Almirante había intentado, según dijeron muchos, declararse independiente en Santo Domingo con el auxilio de los genoveses. Igualmente existía una poderosa razón económica para su negativa. Los Colones exigían constantemente que la corona pagase los gastos de sus viajes, y Fernando el Católico, siempre apurado de dinero por sus guerras en Nápoles y en la frontera francesa, prefería dar privilegios y títulos, que nada le costaban, á capitanes y marinos prontos á intentar los descubrimientos por su propia cuenta.
Como la isla de Jamaica estaba cerca, el joven Almirante empezó por apoderarse de ella, mientras enviaba á España una carta explicando la razón de tal acto. Rebelándose contra las disposiciones del privilegio real á favor de Ojeda y Nicuesa, envió al más valiente de sus capitanes, llamado Juan de Esquivel, para que con setenta hombres tomase posesión de Jamaica y la conservase sometida al gobierno de Santo Domingo.
Ojeda sólo tuvo conocimiento de esta decisión del Almirante en el momento de embarcarse. Diego Colón temía su impetuosidad mucho más que la diplomacia de Nicuesa, y deseaba verle cuanto antes lejos de Santo Domingo. Por esto dió toda clase de facilidades para la salida de la modesta armadilla mandada por Juan de la Cosa.
Iban en ella las dos carabelas traídas de España y un par de pequeños bergantines, adquiridos en Santo Domingo, llevando en junto unos trescientos hombres.
Francisco Pizarro era uno de los tenientes de don Alonso. Cuevas, sin ningún cargo fijo, iba al lado del gobernador, como amigo de confianza.
Hernán Cortés no había podido embarcarse en el último momento. Semanas antes, yendo de caza por la isla, había rodado una piedra sobre él, hiriéndole en una rodilla, y la hinchazón le privaba de moverse. Prometió reunirse con Ojeda cuando saliese de Santo Domingo, algún tiempo después, el refuerzo que estaba organizando el bachiller Enciso.
El prudente La Cosa había creído mejor escalonar la expedición en dos partes, para recibir víveres frescos y gente nueva cuando ya tuviesen su colonia establecida en un sitio favorable del golfo de Urabá.
Sin su herida, Hernán Cortés hubiese partido en una expedición donde murieron los más de los hombres, y caso de salvarse, como Pizarro, habría permanecido, lo mismo que éste, largos años en el Darién y en Panamá, retrasándose varios lustros la conquista de Méjico ó siendo otros capitanes los que la realizasen.
Lucero se quedó en su huerta, y por estar más habituada á las cosas de la isla, parecía ejercer cierta autoridad sobre las familias de los que habían partido en la expedición. La esposa y las hijas de Juan de la Cosa, recién instaladas en Santo Domingo, buscaban el apoyo y consejo de esta animosa compatriota.
La india Isabel dejó sus bastardos mestizos en la huerta de Cuevas; Lucero cuidaría de mantenerlos mientras ella seguía á su hombre en esta peligrosa cacería del oro á lo largo de las costas de Tierra Firme.
El gobernador de Nueva Andalucía, al enterarse en el muelle de madera de Santo Domingo, cuando iba á saltar en su batel, de que el Almirante mozo había quitado el dominio de Jamaica á él y á Nicuesa, montó en cólera de tal modo que empezó á dar gritos, desafiando el poder del virrey, prometiendo que iría á dicha isla para posesionarse de ella tan pronto hubiese arreglado lo más urgente de su gobernación.
—Juro por la Virgen—dijo dentro ya de su barca y extendiendo una mano para apoyar su juramento—que si llego á encontrar en Jamaica al capitán Juan de Esquivel, le cortaré la cabeza.
Los que le oían, conociendo su carácter, no dudaron de la realización de tal bravata.
—Y así lo hará—decían todos.
La armadilla, bajo la dirección de Juan de la Cosa, se alejó con rumbo á Occidente, todas sus velas desplegadas.
La de Nicuesa tardó algunos días en zarpar. El gobernador de Castilla del Oro mostrábase más tranquilo después de haberse alejado su rival.
El haberle tocado la famosa Veragua en el reparto de las dos gobernaciones hacía que los más quisieran ir con él, resultando tan considerable el número de los que se alistaban, que hubo de comprar otro buque para transportarlos.
Generoso y dilapidador como su rival Ojeda, había gastado tanto, que se encontraba ya envuelto en deudas, no obstante su riqueza. Y como muchos de sus acreedores conocían la mala voluntad del Almirante para esta expedición, procuraron captarse su benevolencia oponiendo obstáculos á Nicuesa.
Todos quisieron cobrar antes de que partiese. Mientras tanto, iba embarcándose su gente, más de setecientos hombres, bien escogidos y bien armados.
Llevaba varias yeguas de vientre, lo mismo que había hecho Ojeda, por ser el ganado caballar el que se reproducía con más rapidez en las nuevas tierras. Su teniente era Lope de Olano, designación inoportuna, por haber sido este hombre uno de los más bullangueros y desleales en las revueltas ocurridas en la isla.
Toda la armada de Nicuesa zarpó del río de Santo Domingo saliendo al mar, menos un buque que esperaba en la boca del puerto á que el gobernador resolviese los obstáculos que le creaban á última hora ciertos personajes de la ciudad, movidos ocultamente por don Diego Colón.
En el momento que iba á saltar á su barca para ir á juntarse con su armada, se vió arrestado por varios alguaciles, que le llevaron ante el Alcalde mayor, á instancias de cierto vecino que exigía la devolución de un préstamo de quinientos ducados. Debía pagar al contado ó ir á la cárcel.
En vano el desgraciado caballero protestó diciendo que le era imposible pagar con tal urgencia, y que le arruinaban, estorbando al mismo tiempo el servicio del rey al impedirle que se uniese á su expedición.
El Alcalde mayor permaneció sordo é inflexible, sabiendo que con su crueldad daba gusto al Almirante; pero un hombre de ley modesto fué más generoso que el alto magistrado, y mostró al mismo tiempo mayor interés por los descubrimientos españoles.
Fué éste un escribano público que presenciaba la escena, sintiéndose conmovido por el noble de Nicuesa. Al verle derramar lágrimas de varonil desesperación, el escribano se levantó, avanzando hacia el juez.
—No puedo ver—dijo—á un caballero tan completo reducido á tal estado. Yo pagaré su deuda.
El gobernador de Castilla del Oro le miró sorprendido, creyendo haber oído mal. Desapareció el escribano, volviendo poco después con una taleguilla repleta de monedas para pagar por él.
Al verse libre Nicuesa, abrazó á su inesperado salvador, prometiendo resarcirle con creces de este préstamo desinteresado. Iba á la prodigiosa Veragua, al Quersoneso Áureo de los antiguos. Él le daría cuanto oro desease.
Y corrió á embarcarse, antes de que Colón el mozo le disparase otro acreedor pidiendo el arresto de su persona.
VI
De cómo salvó su vida el Caballero de la Virgen en la más portentosa de sus aventuras, y cómo murió hinchado de veneno el mayor de sus amigos.
Llegó en pocos días la armadilla cerca del golfo de Urabá, fondeando en un puerto natural donde años después fué establecida la ciudad de Cartagena.
Juan de la Cosa conocía este puerto por haber estado en él ocho años antes, en 1501, cuando lo descubrió Rodrigo de Bastidas, al que acompañaba como piloto mayor.
Con una prudencia que era el resultado de atentas observaciones, aconsejó á Ojeda que no se confiase en los indígenas de esta tierra, muy distintos á los débiles habitantes de la mayor parte de las islas antillanas.
—Son gente caribe y brava—siguió diciendo—; usan grandes espadas de palo de palmera, se defienden con escudos de mimbre y cuero, y mojan las puntas de sus flechas en un veneno muy sutil que mata casi instantáneamente. Las hembras pelean lo mismo que los varones, siendo diestras en disparar el arco y arrojar la azagaya.
El prudente marino no sabía que estos indios sentíanse además irritados en aquel momento por los robos de otros navegantes blancos que habían pasado por aquella costa, y así que vieron aproximarse los buques de la expedición, tomaron sus armas.
El consejo de Juan de la Cosa era que Ojeda, al que amaba como si fuese hijo suyo, abandonase tan peligrosa vecindad y fuese más lejos á fundar su establecimiento en el golfo de Urabá, donde, según él, las gentes eran menos feroces y no usaban flechas con «hierba». Pero el Caballero de la Virgen no podía admitir que unos guerreros desnudos trastornasen sus proyectos. Necesitaba además hacer esclavos cuanto antes para mandarlos á la Española y que su venta sirviese de pago á sus acreedores.
Éstos le habían dejado partir sin crearle obstáculos, por convenirle así al Almirante; pero él había de pagarles para que su consocio el bachiller Enciso pudiese completar los preparativos de la segunda expedición.
Saltó á tierra con gran parte de sus hombres. Sólo quedaron en los buques las gentes de mar. Juan de la Cosa era piloto y no hombre de guerra, mas no quiso separarse del impetuoso don Alonso, y desembarcó también para prestarle ayuda.
Cuevas, que iba al lado de su temerario protector, vió al saltar en la playa grupos compactos de indios, de aspecto más fiero que los de las islas, pintados de rojo y negro. Llevaban espadas de palo muy pesadas, como las había descrito La Cosa, escudos de fibras vegetales y unas pequeñas lanzas arrojadizas, cuya punta era un diente ó una gruesa espina de pescado.
Miraban desde lejos, con silenciosa hostilidad, á estos hombres extraordinarios que iban desembarcando, con el pecho y la cabeza cubiertos de brillante acero. No huían de ellos medrosamente. Los miraban seguros de su propio poder, y dejaron que el principal grupo se fuese aproximando, mientras permanecían en un silencio amenazador.
Iban en la expedición tres frailes, que debían catequizar á los infieles de la Nueva Andalucía, y uno de ellos fué el designado por el gobernador para que leyese la fórmula.
Esta fórmula era reciente invención de los legistas que dominaban la corte de Fernando el Católico y ciertos obispos y superiores de monasterio, no menos influyentes.
Jurisconsultos y eclesiásticos habían sentido escrúpulos al pensar en los pueblos desnudos y salvajes que los descubridores españoles iban encontrando en las nuevas tierras. Estas pobres gentes, faltas de verdadera religión, vivían en el mismo suelo de sus antepasados, y no era legítimo someterlas á la autoridad de los reyes de España sin explicarles antes las razones legales de ello y el indiscutible derecho que tenían para imponerles el cristianismo.
Desorientados por la enorme distancia y el desconocimiento de la vida en tales países, habían redactado dichos teorizantes un larguísimo documento, ordenando que todo descubridor lo leyese á los indígenas al tomar posesión de sus tierras, y prohibiéndoles entrar en combate sin cumplir antes dicha ceremonia preliminar.
Don Alonso, tan respetuoso con las cosas de la religión como violento en los actos de su vida, avanzó confiadamente hacia la muchedumbre de indios llevando la espada envainada, como hombre de paz. Los frailes le siguieron, y á continuación fueron avanzando Juan de la Cosa, cada vez más inquieto, Fernando Cuevas mirando con curiosidad á todas partes, y Pizarro con un grupo de soldados, á los que por desconfianza y previsión había ordenado que tuviesen las armas prontas.
—Lea su reverencia la fórmula—dijo Ojeda á uno de los frailes.
Y en el amenazante silencio empezó á sonar la voz del religioso, leyendo esta obra de juristas y teólogos con gran fervor, como si los indígenas pudiesen entenderle.
—Yo, Alonso de Ojeda—decía—, criado de los muy altos y muy poderosos soberanos de Castilla y de León, conquistadores de bárbaros, su mensajero y capitán, os notifico y hago saber, del mejor modo posible, que Dios nuestro señor, único y eterno, ha creado cielo y tierra, así como el primer hombre y la primera mujer, de los cuales vosotros y nosotros descendemos...
Y así seguía la fórmula, explicando los fundamentos de la fe católica, el supremo poder de San Pedro y de sus sucesores los Papas sobre toda la especie humana, la donación que había hecho el Pontífice romano á los reyes de España de toda esta parte del mundo, tierras y habitantes, intimando á cuantos oyesen el presente documento á instruirse en las verdades de la doctrina cristiana y á reconocer la supremacía del Papa y la soberanía del rey católico, amenazándolos, de no hacerlo así, con todos los horrores de la guerra, la destrucción de sus viviendas y sus campos, la esclavitud de sus mujeres é hijos.
El documento era muy largo y el fraile lo leía con solemne lentitud. Cuevas, aunque no lo conocía, empezó á encontrarlo pesadísimo, entreteniéndose en mirar los grupos de indígenas, que estaban á unos cincuenta pasos.
Parecían maravillados los salvajes de esta monótona ceremonia, presintiendo en ella algo mágico. Del interior de las arboledas vecinas surgían gritos y bramidos de caracolas. Acallábase este estrépito cuando las gentes cobrizas que lo causaban salían de la selva á la costa, y al verse en terreno descubierto quedábanse en silencio, lo mismo que sus compañeros, mientras el mago de ropa talar y cabeza medio afeitada seguía hablando y hablando con una hoja blanca ante sus ojos.
Algunas veces el ruido que venía de los bosques era tan enorme, que el fraile cesaba en su lectura, poniendo el gesto hosco de un predicador que ve interrumpido su sermón.
—Siga leyendo su reverencia—ordenaba en voz baja el gobernador.
—Tanto monta que griten ó que callen; ¡para lo que entienden!—dijo entre dientes Juan de la Cosa.
Empezó Cuevas á darse cuenta de que esta situación resultaba insostenible, y llevó por instinto su diestra á la empuñadura de la espada.
Nuevamente interrumpió el fraile la lectura del larguísimo documento. Una piedra había rozado el extremo de su papel, doblándolo. Inmediatamente varias azagayas y flechas cayeron en torno del grupo más avanzado de los blancos, clavándose cimbreantes en la arena.
—¡No lea más, padre!—gritó el gobernador, temblando de cólera.
Y en el mismo instante estalló frente á él un fiero toque de caracolas de guerra y el ensordecedor vocerío con que los indios acompañaban sus acometidas.
Sintióse Ojeda dominado por la fiera voluptuosidad que experimentaba siempre al entrar en batalla. Había desembarcado llevando pendiente del talle el cuadrito de la Virgen, y lo miró con una ojeada rápida que equivalía á una oración.
—¡Santiago, á ellos!
El gobernador había dado este grito con la espada en alto, corriendo solo hacia el enemigo con osada ligereza y cubriéndose al mismo tiempo con su escudo. El veterano Juan de la Cosa fué el primero en seguirle con el mismo denuedo, como si hubiese deseado esta batalla.
Los demás soldados cargaron con igual furia sobre los salvajes, arrollándolos y obligándoles á huir, después de un choque que hizo rodar á muchos enemigos por el suelo, enrojeciendo con su sangre la arena de la playa. Otros quedaron prisioneros, y sobre los cuerpos de vivos y muertos se encontraron numerosas planchas de oro, aunque de inferior calidad.
Entusiasmado por este triunfo, quiso Ojeda seguir tierra adentro, obligando á que le sirviesen de guías algunos prisioneros. Juan de la Cosa repitió sus consejos prudentes. Ya había visto su amigo con qué denuedo se batían estos bárbaros. Ir á buscarles en medio de los bosques representaba una imprudencia mortal. Pero el gobernador, desoyéndole, había empezado su marcha arboleda adentro, y el leal navegante, que no le abandonaba nunca, le siguió espada en mano, aunque con gesto triste, presintiendo que tal vez marchaban todos hacia la muerte.
Después de avanzar largo tiempo por la selva llegaron á una planicie con abundantes chozas, donde les esperaba nueva muchedumbre de indígenas, con clavas, lanzas, arcos flecheros y escudos.
Otra vez dió don Alonso su grito de guerra, y cargaron los españoles, dispersándose los indígenas después del choque sangriento. Ocho de estos salvajes se guarecían en una gran choza y como héroes de epopeya deseaban morir antes que volver la espalda á tan poderosos enemigos.
Eran hábiles arqueros, y como tiraban con flechas envenenadas, los españoles no se atrevían á acercarse á la temible vivienda.
Gritó indignado Ojeda, insultando á sus hombres:
—¿No os da vergüenza que ocho salvajes desnudos os mantengan á raya?
Uno de los más veteranos, excitado por tales invectivas, se lanzó por entre las flechas para romper la puerta de la choza, pero una de estas saetas ponzoñosas le atravesó el pecho, cayendo muerto instantáneamente.
Furioso don Alonso, hizo echar leños encendidos sobre el techo del bohío, todo él de hierbas secas, y las llamas consumieron en poco tiempo la rústica vivienda y los ocho héroes cobrizos.
Setenta indígenas habían quedado prisioneros en el combate, excelente mercancía para ser vendida en Santo Domingo, por ser los naturales de este país grandes de cuerpo, duros de miembros y sufridos para toda clase de trabajos. Servirían para alivio de gastos al bachiller Enciso.
Y como la guarda de este botín de carne humana era importante, la confió á Cuevas, volviéndose éste con Pizarro y unos cuantos hombres adonde aguardaban las naves. La india Isabel también regresó á la playa con la tropa de esclavos. Llegado el momento de pelear, nadie consideraba necesarios sus servicios como intérprete. Además, la india parecía asombrada y medrosa, como un animal dulce que olfatea el peligro.
Después de registrar el grupo de cabañas, Juan de la Cosa, que no quería separarse un momento de Ojeda, le dió otra vez el consejo de que volviesen á los buques. Empezaba á caer la tarde. Él conocía las costumbres de los indios, y estaba seguro de que iban á aprovechar la llegada de la noche y las fragosidades del terreno para concentrarse y atacarles con mayor éxito.
No quiso oirlo don Alonso, tentado por la esperanza de hacer más esclavos y conseguir nuevos objetos de oro, aunque fuesen de baja ley, y siguió su encarnizada persecución de los fugitivos, siempre bosque adentro. Persistía en él la excitación de un combate terminado demasiado pronto, deseando reanudar la lucha con el enemigo.
Empezaba á obscurecer cuando llegaron á un pueblo llamado Yurbaco, completamente abandonado. Sus habitantes habían huido á las espesuras, llevándose todo lo de sus casas.
Confiados los españoles en el terror que debían sentir los indígenas después de los dos choques tan mortales para ellos, se diseminaron para registrar las viviendas, muchas de ellas esparcidas en el bosque, separadas unas de otras por espesas arboledas.
Juan de la Cosa se mostraba cada vez más inquieto, presintiendo la proximidad del peligro, y repentinamente vió realizados sus temores.
Cayó sobre ellos una masa de indios armados y vociferantes, más densa y numerosa que las que habían visto en los anteriores encuentros. Surgían por todas partes grupos de guerreros indígenas, aullando sus gritos de guerra, haciendo sonar caracolas y bocinas, y los dispersos españoles trataron inútilmente de juntarse para una resistencia común.
Los sorprendieron y rodearon en pequeños grupos, unos en el interior de las casas, otros en el campo libre, pero teniendo en torno macizos de árboles á cuyas copas trepaban los indígenas para flecharlos desde lo alto. Tuvieron los invasores que pelear á la defensiva, con el valor de la desesperación, sin que les valieran ya sus cascos y corazas. Mataban sin descanso, y sobre los enemigos caídos avanzaban otros y otros con la audacia de una segura victoria.
El acero de sus armas defensivas se abollaba ó rompía bajo el golpe brutal de las clavas y las espadas de madera dura. Silbaban en torno de ellos nubes de flechas con puntas y coronillas de hierba empapadas en mortal veneno.
No obstante su obcecada confianza, Ojeda había sido el primero en percatarse de la gravedad del ataque, reuniendo con su habitual prontitud unos cuantos soldados para defenderse al abrigo de una empalizada. Las flechas iban disminuyendo rápidamente el número de sus hombres, y Ojeda sólo se libraba de ellas gracias á su agilidad y su astuta inventiva para combatir. La pequeñez de su cuerpo le permitía ofrecer menos blanco que los otros á la flecha envenenada de los enemigos, y él extremaba aún la exigüidad de su estatura marchando sobre las rodillas, cubierto con su escudo.
Así iba de un lado á otro, asombrosamente ligero, destripando con su espada á todos los combatientes indios que se ponían á su alcance. Mientras tanto, sus compañeros caían para morir, retorciéndose como reptiles partidos, á causa de las horrorosas convulsiones producidas por el veneno de las flechas.
Cuando don Alonso se veía ya casi solo, llegó Juan de la Cosa con algunos españoles que había conseguido reunir. El destino del valeroso y prudente navegante era ayudar á Ojeda con un afecto paternal hasta en sus últimos momentos.
Se situó junto á la puerta de la empalizada, haciendo retroceder con sus golpes á los guerreros más audaces. En la lucha cuerpo á cuerpo, el célebre piloto, que era muy forzudo á pesar de sus años, llevaba ventaja sobre los salvajes, pero las flechas envenenadas hicieron caer á muchos de sus hombres y él mismo empezó á recibir mortales heridas.
No obstante su temeridad, se dió cuenta don Alonso de que esta situación resultaba insostenible y era preciso salir de ella. Gritó á su amigo La Cosa para hacerle saber que debían abrirse paso, fuese como fuese, é inició la salida arrojándose con una agilidad de felino en medio de los combatientes, repartiendo cuchilladas á un lado y á otro con tal rapidez, que los indios le dejaron paso franco, desapareciendo en un instante.
Juan de la Cosa quiso seguirle, pero no tenía su agilidad juvenil y estaba además acribillado de heridas. Con el resto de los españoles se refugió en una choza é hizo que arrancasen la techumbre para que los de fuera no pudieran prenderle fuego. De este modo pudo defenderse hasta bien entrada la noche, cuando todos sus compañeros habían perecido, menos uno.
Empezó á sentir el efecto del veneno de sus numerosas heridas. La espada se le caía de las manos, sus rodillas se doblaban. Iba á morir, y llamando á su lado al único de los españoles que aún vivía, le dijo con voz desfalleciente:
—Hermano, ya que Dios os ha protegido hasta ahora, salid y corred, y si encontráis á Alonso de Ojeda, contadle mi muerte.
Este español fué el único que consiguió escapar con vida de los setenta que habían seguido al Caballero de la Virgen en su temeraria expedición; y cuando, un día después, avanzando á rastras por el interior de los bosques, con largas esperas y ocultamientos, consiguió llegar á la playa, encontrándose con una partida de exploradores españoles, éstos quedaron aterrados por las noticias del desastre.
Cuevas y los otros amigos de Ojeda habían empezado á sentirse inquietos desde la mañana siguiente al avance de su jefe tierra adentro. Nada sabían de él ni de sus compañeros. Algunos grupos que intentaban internarse en el bosque retrocedían al oir los aullidos de los salvajes acompañados por sus caracolas y tambores de madera.
Los trompeteros de las naves hacían sonar sus instrumentos en los linderos del bosque, pero tales llamamientos se perdían en un silencio inquietante ó eran contestados por la gritería triunfal de los indígenas.
Otros grupos de tripulantes corrían la costa en barcas, disparando sus armas de fuego, mas dicho estrépito era absorbido por una calma silenciosa que á los expedicionarios, ya desalentados, les parecía fúnebre.
Después de escuchar el relato del único fugitivo, todos dieron por muerto á don Alonso. Indudablemente había caído en medio del bosque, envenenado por las flechas, lo mismo que Juan de la Cosa. Les parecía imposible que, de vivir este caudillo extraordinario, no hubiese llegado ya adonde le aguardaban las naves.
La india Isabel era la única que se negaba á creerle muerto. Seguía á las pequeñas partidas que registraban la costa y los linderos del bosque, con rostro impasible, procurando ocultar sus emociones. Cuando los portadores de trompetas se cansaban de hacer sonar sus instrumentos y los arcabuceros creían innecesario consumir más pólvora, Isabel lanzaba un grito estridente, semejante á los aullidos que se oían lejísimos, en el interior del bosque. Era un grito aprendido de niña en su tribu, que le había servido muchas veces, durante el segundo viaje de Ojeda, para reunirse con éste en sus exploraciones tierra adentro.
—Si vive me conocerá al oirme—dijo á Cuevas, que marchaba á su lado.
Dos días después, como si no confiase ya en su llamamiento, gritaba poco. En cambio se detenía muchas veces para husmear el aire, cual si encontrase en él algo que le sirviese de rastro.
Cuevas, con seis españoles y la india, se había alejado, siguiendo la costa, y un pequeño cabo ocultaba á sus espaldas los cuatro buques al ancla.
Era una playa salvaje, teniendo enfrente un mar solitario.
—¡Allí, allí!—gritó la india, señalando el bosque acuático que cubría una marisma.
Esta arboleda era de mangles, que crecen en el agua y cuyas raíces buscan el aire, entrelazándose sobre la líquida superficie.
Avanzó Isabel resueltamente sobre la maraña de las raíces, separando las ramas entrecruzadas. Iba delante con la seguridad y el ímpetu de un perro de caza, y de pronto gritó con expresión de triunfo, al mismo tiempo que Cuevas y los otros veían una especie de sombra tendida entre dos mangles, en la penumbra húmeda y verdosa.
El espectro llevaba vestimenta á la española, y todos gritaron también de asombro y alegría al reconocer á don Alonso de Ojeda.
Parecía un cadáver lívido tendido sobre la raigambre superacuática, conservando el escudo pendiente de un hombro, la espada en una mano y el cuadrito de la Virgen fijo en la cintura, tal como le había rendido el cansancio.
Abrió los ojos al sentir las caricias de Isabel y las voces de sus amigos. Luego volvió á cerrarlos sin poder articular una palabra, pues el hambre y la fatiga le tenían como muerto.
Hizo Cuevas que lo transportasen á la playa y buscó leña seca para encender una fogata. Era preciso ante todo calentarlo, pues el frío y la humedad de su escondite lo tenían yerto. Mientras tanto, algunos de los hombres examinaban la rodela, que habían descolgado de su espalda, encontrando en ella señales de unos trescientos flechazos.
Cuando tomó algún alimento y pudo beber vino, empezó á hablar.
Nunca sintió Cuevas una admiración tan grande por el vigor de su capitán.
—Si no fuese tan robusto, aunque chico de cuerpo—dijo á sus hombres—, ya habría perecido hace dos días.
Se había abierto paso por en medio de sus enemigos, lanzándose á través de los bosques, primeramente en dirección opuesta al mar, sabiendo que los indios no le buscarían por esta parte.
Así había pasado la primera noche, y luego cambiaba de dirección, dando un rodeo para salir al mar. No era empresa fácil guiarse en el enmarañamiento de la selva, teniendo sobre su cabeza bóvedas de ramaje apretado que le impedían ver las estrellas, sirviéndole únicamente de norte el oir ó no oir los aullidos de los salvajes celebrando su victoria.
Se ocultaba durante el día, reanudando su camino al cerrar la noche. Marchaba á ciegas junto á los precipicios, abriéndose paso á cuchilladas entre las lianas.
Gritaban sobre su cabeza monos y loros, asustados por la presencia de un hombre que no olía como los del país. Entre sus piernas se deslizaban grandes serpientes á las que había despertado, y tenía que defenderse de ellas partiéndolas de un revés de su espada.
Con frecuencia se creía próximo á morir, y en su desesperación atormentábale el recuerdo de su paternal amigo Juan de la Cosa y el aturdimiento con que había desoído sus consejos. El único sostén de su férrea voluntad era conservar el cuadrito de la Virgen pendiente de su cinturón. Nuestra Señora haría un milagro para salvarle, como otras veces.
Al salir finalmente al mar sólo encontró una extensión oceánica completamente desierta, como si nunca hubiesen pasado por ella las naves de los blancos.
Los altozanos de un promontorio próximo le impedían ver sus buques, y le era imposible ir más allá de dicho obstáculo, que ocultaba parte del horizonte marítimo.
No podía caminar más; sus piernas se doblaban, el suelo parecía tirar de él. Y necesitando tenderse, buscó con instintiva precaución el refugio de aquel manglar, para que los salvajes no le sorprendieran durante el sueño.
Presintió que este sueño iba á ser el de la muerte. El hambre había agotado sus fuerzas; el frío inmovilizaba sus miembros. Empezó á perder la noción de lo que le rodeaba, pidiendo mentalmente por última vez auxilio á la Virgen.
Un recuerdo tenaz de su primera juventud surgió varias veces en esta silenciosa agonía. Se acordó de aquella gitana de España que, examinando su mano, había hecho la predicción de que moriría de hambre. Iba á llegar este final de su existencia que tantas veces le hizo reir por lo ilógico.
—Pero gracias á la protección de la Virgen—terminó diciendo—, he salido ileso de esta tremenda aventura.
Y todos los que le escuchaban consideraron indiscutible dicha protección, mientras volvían sus miradas al escudo del héroe, acribillado por las huellas de tantos flechazos, todos ellos venenosos.
Momentos después se convenció Fernando Cuevas de que la vida real, casi siempre monótona y de aventuras lentas y muy espaciadas, ofrece de pronto coincidencias é inesperados encuentros que tan sólo se ven en los relatos novelescos.
Estaban él y sus hombres conversando con el heroico capitán y ofreciéndole nuevos alimentos y tragos de vino para que se reanimase con más rapidez, cuando vieron poblarse aquel océano solitario de varios buques que venían siguiendo la costa y avanzaban hacia la anclada armadilla de don Alonso, visible para ellos por navegar mar afuera y no ocultársela el pequeño promontorio.
La vista de esta flota hizo recobrar sus fuerzas á Ojeda más aún que lo que llevaba comido y bebido. Sus ojos reconocieron inmediatamente las naves de Nicuesa, y esto le afectó de tal modo, que estuvo á punto de derramar lágrimas, pero eran de cólera, viéndose desarmado y á merced de un rival á quien tanto había ofendido.
Recordó el duelo que había propuesto á Nicuesa y las muchas amenazas que llevaba proferidas contra él.
—Me busca—dijo—, quiere vengarse de mí, y lleva razón en ello. Lo malo es que yo no puedo defenderme.
Inmediatamente sus inventivas de caudillo le sugirieron el modo de salir de este peligro, y dió orden á Cuevas para que volviese con los otros á bordo de sus naves y le dejase solo en la playa, sin revelar á nadie, ni aun á los amigos más íntimos, dónde se hallaba oculto.
Él seguiría allí hasta que Nicuesa se marchase. Estaba dispuesto á hacer frente á todas las partidas de indios que apareciesen en este lado de la costa. Isabel podría traerle ocultamente algún alimento, si es que su adversario tardaba en irse.
Así que ancló la armadilla de Nicuesa al lado de los barcos de Ojeda, lo primero que hizo dicho caballero fué pasar á la nave capitana para enterarse de la suerte del gobernador de Nueva Andalucía.
Pizarro y otros allegados á Ojeda dijeron de buena fe que ignoraban lo que le había ocurrido á éste y que hasta le creían muerto, por haberse abstenido Cuevas de comunicarle su descubrimiento en el manglar.
Al ver que Nicuesa lamentaba con verdadera sinceridad la desgracia de su antiguo amigo, Cuevas llamó aparte al gobernador de Castilla del Oro, pidiéndole que le diese su palabra de no atacar á Ojeda si vivía aún, ni aprovechar sus desgracias para vengarse de las disputas en Santo Domingo.
Nicuesa, que era de carácter noble y generoso, casi se irritó al oir tal súplica.
—Busque vuesa merced á su jefe y tráigamelo, si aún vive—dijo—, que yo empeño mi palabra no sólo de olvidar lo que ya pasó, sino también de ayudarle como á un hermano.
Y cuando Ojeda, dolorido aún por su fuga á través de los bosques y los desfallecimientos del hambre, volvió á su buque, presentándose á Nicuesa, éste abrió los brazos para estrechar en ellos á su amigo de la mocedad y á su enemigo de los últimos años.
—No es de caballeros—dijo—, sino de almas bajas, recordar pasadas desavenencias cuando nos necesitamos el uno al otro. Disponga vuesa señoría de mí como si fuese vuestro hermano. Yo y mi gente le seguiremos dondequiera, hasta que la muerte de Juan de la Cosa y demás compañeros quede vengada.
Cuevas admiró en silencio la caballerosidad de Nicuesa y la mansedumbre cristiana con que sabía dar olvido á las ofensas.
A pesar de que era igual en sentimientos á los dos caudillos, tuvo, por breves instantes, una vislumbre de la dualidad inexplicable de carácter de todos los hombres férreos que durante medio siglo iban á conquistar las nuevas tierras. Mostrábanse siempre entre ellos caballerescos y generosos. Eran crueles en sus rencores, y luego, de una mansedumbre cristiana para perdonarse si es que no se habían matado antes. Sus durezas las reservaban para los indios, humanidad inferior y falta de «razón», según las ideas de la época, que sólo merecía interés por parte de algunos frailes de espíritu evangélico.
Dos hombres de guerra como Ojeda y Nicuesa consideraban imprescindible una pronta venganza, é inmediatamente desembarcaron con cuatrocientos hombres de á pie y unos cuantos jinetes.
Nada les importaba que empezase á anochecer. Las sombras favorecerían la sorpresa del enemigo.
Ojeda recordaba el camino seguido días antes en su imprudente avance, y cerca de medianoche llegaron al pueblecito de Yurbaco, de infausta memoria.
La expedición se dividió en dos columnas, extendiéndose ambas en un movimiento envolvente para que nadie pudiese escapar.
Dormían los indígenas vencedores con un descuido impropio de la astucia de su raza. Habían matado á los blancos más valerosos, y los otros, refugiados en los buques, no se atrevían en sus desembarcos á penetrar en el bosque. Nadie podía venir á sorprenderles.
En vano las numerosas bandas de loros que poblaban los árboles, asustados por el avance nocturno de tantos hombres extraños, empezaron á gritar con estrépito ensordecedor. Los indios que despertaban volvían á reanudar su sueño, sin salirse de sus hamacas.
De pronto, los que aún estaban despiertos vieron ensangrentarse la noche con los resplandores de un vasto incendio. Sus casas empezaban á arder. Intentaron los guerreros cobrizos, envanecidos por su triunfo hasta poco antes, lanzarse fuera de sus viviendas, armados á toda prisa, pero encontraban en la puerta á los blancos vengativos, que relucían como divinidades infernales al reflejarse en sus corazas y cascos el rojo inquieto de las llamas.
Los que pretendían salir eran hechos pedazos, y los que retrocedían al interior de su vivienda se abrasaban. Las mujeres y los niños, viendo por primera vez caballos y á la luz de un incendio, los creían monstruos peores que los hombres blancos, y huían dando alaridos para caer en las llamas.
No pensaron los invasores en hacer prisioneros por ganancia, ni menos en dar cuartel por piedad. Se acordaban de la muerte de sus setenta compañeros, y su indignación aún subió de punto cuando encontraron el cadáver del señor Juan de la Cosa atado á un árbol, desnudo, y tan hinchado y negruzco, por efecto del veneno, que costó gran trabajo reconocerlo.
Numerosas flechas temblaban aún hundidas entre sus costillas. Tal vez había servido de blanco á los tiradores de la tribu, después de muerto.
Mientras unos soldados registraban las ruinas humeantes en busca de objetos de valor, otros descubrían entre los árboles nuevos cadáveres de compañeros atados á postes é hinchados por las flechas envenenadas.
Tal era el horror que sintieron todos ellos de permanecer allí, que se negaron á descansar en aquel sitio, apresurando el momento de volverse á las naves.
Nicuesa ganó en esta expedición más que Ojeda, pues sus gentes reunieron durante el saqueo del pueblo mucho oro y otros objetos de valor.
Los dos gobernadores de Tierra Firme se despidieron al día siguiente, continuando Nicuesa su viaje á Veragua «la de los espejos de oro».
Ambos se abrazaron como hermanos, para no verse más. Ellos y la mayor parte de sus hombres estaban ya marcados por la muerte como presa inmediata.