EL CABALLERO DE LA VIRGEN PARTE PRIMERA LA REINA FLOR DE ORO (continued 2)
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Algunos de los compañeros de don Alonso temieron que tal invitación fuese una estratagema inventada por la esposa y el cuñado de Caonabo para vengar la prisión de éste, apoderándose de Ojeda; pero el joven capitán, siempre atraído por el peligro, mostró aún más empeño en acudir á dicho llamamiento desde que los otros supusieron que ocultaba una celada.
Los jinetes no eran mas que ocho, por andar los otros corriendo la Vega Real para la cobranza de los primeros tributos, y en tan escaso número emprendieron el viaje, guiados por la vieja india y un pelotón de hombres cobrizos venidos con ella.
En dos jornadas llegaron al pueblo donde les esperaba Anacaona, ocupando sus mejores bohíos. Ojeda se alojó en uno de ellos, al borde de una explanada que servía de plaza, y Cuevas fué á vivir con él, en su calidad de escudero y confidente.
No tardaron en convencerse de que ningún peligro inmediato les amenazaba. La mayoría de los habitantes de aquel pueblo eran mujeres y niños. Los hombres debían estar con el hermano de Caonabo ó temían presentarse á los guerreros celestiales, después del desastroso combate en la Vega Real, donde tantos de su raza habían perecido.
Fué al día siguiente de su llegada cuando Anacaona vino á verles, procurando rodearse de toda la pompa bárbara é ingenua usada por los reyezuelos de la isla, y que ella había modificado con arreglo á sus gustos suaves.
Alonso de Ojeda ya no tuvo que hacer vanos esfuerzos para conocerla, como le había ocurrido meses antes, al ir á la población donde residía Caonabo. Ahora era Anacaona la que venía en su busca, como una de aquellas reinas de países salvajes enamoradas de paladines andantes, tal como él lo había leído en novelas caballerescas.
Ojeda y Fernando, de pie bajo el sombrajo de su bohío y teniendo en torno á los otros seis camaradas, la vieron acercarse llevada en andas por varios indígenas. Abrían la marcha cuatro músicos bárbaros soplando en caracolas nacaradas ó en bocinas de una especie de papiro, de las que colgaban cuerdecitas de colores rematadas por conchas. Venían después más hombres, agitando ramas de palmera y otras hojas largas á guisa de abanicos, para alejar á los insectos de la persona de la reina.
Cuatro indígenas forzudos traían á hombros unas andas cubiertas de hierbas olorosas, y sobre ellas iba sentada Anacaona, moviendo lentamente una especie de abanico hecho de plumas de colores, insignia de su alto rango. Cerraba el séquito un grupo de mujeres de Jaragua, las más famosas de la isla por su hermosura, las cuales seguían siempre á esta soberana, nacida en su mismo país.
Los blancos, vestidos con calzas de diversos colores y el pecho acorazado despidiendo luz, contemplaron con cierta emoción á todas estas hembras de epidermis menos obscura que las otras mujeres de la isla, y que en este momento les parecían tan blancas como las de España. Todas iban adornadas con pinturas y tatuajes, incluso la misma reina. En torno á la redondez de sus muslos, pechos y brazos se extendían dibujos circulares. No llevaban mas que un corto delantal de algodón teñido, que ocultaba su sexo por delante, dejando completamente desnudo el lado opuesto.
Ostentaba Anacaona su cabellera negra, partida en dos crenchas y brillante de olorosos jugos vegetales, una corona de flores rojas y blancas, é igualmente traía arrolladas á sus brazos y piernas ajorcas y brazaletes floridos, que le envolvían en una atmósfera de fresco perfume. Las mujeres de su cortejo llevaban sobre platos de fibras tejidas montoncitos de granos de oro ó hutías muertas, adornadas con flores, maíz tostado y todas las raíces empleadas por los indígenas en su alimentación, presentes que iban á utilizarse después en el banquete con que la reina obsequiaba á sus huéspedes.
Cuevas miró con admiración á Anacaona, de la que tanto había oído hablar. Semejante á la mayoría de los españoles desembarcados en las nuevas tierras, sentía un respeto instintivo hacia los indígenas que las gobernaban. Todos, al otro lado del mar, habían sido educados en un respeto supersticioso á los reyes, considerándolos seres distintos por su esencia á los demás hombres, y esta veneración perduraba en el mundo nuevo, transmitiéndose parte de ella á los soberanos indios. Eran capaces de atropellarlos y matarlos si les estorbaban, pero esto no impedía que normalmente los respetasen, viendo en todo cacique un reyezuelo.
Anacaona era para Cuevas «la reina», y sus compañeros de armas pensaban como él. El mismo Ojeda sintióse impresionado por el porte majestuoso de la bella salvaje. Los ojos de estos europeos, acostumbrados ya á los rasgos fisonómicos de las indígenas y á su epidermis cobriza, admiraron de buena fe la hermosura de Anacaona y de las mujeres de su cortejo. Uno de los jinetes españoles, que había sido estudiante en Salamanca antes de dedicarse á las armas, las comparó con las ninfas que surgían de los bosques para recibir á los héroes de los poemas antiguos. Anacaona le parecía la majestuosa Juno, bajada del Olimpo para saludar a ciertos paladines de los relatos homéricos.
Sintió una gran turbación Cuevas al notar que los ojos de la reina, después de ir pasando sobre Ojeda y sus compañeros, venían á inmovilizar en él una mirada insistente. Eran de cejas oblicuas, párpados largos y demasiado juntos, córneas húmedas y obscuras pupilas. Su mirar suave recordaba la expresión de algunos animales mansos.
La desnudez de la reina, que en otras hembras indígenas le parecía bestial y repugnante, despertó en su interior una inquietud excitadora de los sentidos. Se ruborizó ligeramente el mancebo y apartó su vista de Anacaona, pareciéndole insolente seguir cruzando sus miradas con las de una reina.
Ojeda y los otros jinetes, aunque muy jóvenes, eran mayores que Cuevas. Esta diferencia de pocos años marcaba la importante separación que existe entre una juventud casi adolescente y otras juventudes ya sazonadas. La vida colonial, con sus rudezas y faltas de reposo, había hecho que estos mancebos españoles olvidasen en las nuevas tierras las costumbres observadas en su patria, dejándose crecer las barbas y el cabello. Además, se iba difundiendo entonces en Europa la moda de no rasurarse, implantada por los humanistas, admiradores de la antigüedad griega.
Don Alonso, que sólo tenia veintiún años, llevaba cubierto parte del rostro por una barba rizosa. Los otros jinetes eran igualmente barbudos. Sólo Fernando Cuevas tenía el rostro lampiño, con un ligerísimo bozo sobre el labio superior, semejante al aterciopelamiento de las frutas que empiezan á madurar.
Había crecido mucho desde que estaba en la isla, como si esta tierra virgen, pletórica de energías concentradas, que reproducía agigantados todos los frutos en plazos cortísimos, influyese también en el desarrollo de su estatura. Con la coraza cubriendo su pecho, la gola férrea, que le obligaba á mantener erguida su enérgica cabeza, y las dos manos apoyadas en la cruz de su espada, aquel compañero de armas aficionado á las Letras lo había comparado muchas veces con un San Jorge muy joven que había visto en la vidriera de una catedral, descansando después de haber dado muerte al dragón, tendido á sus pies.
Se detuvo el séquito regio ante el grupo de europeos, y Anacaona bajó de sus andas para ver de más cerca al «Pequeño jefe blanco», hablándole con lentitud, sin dejar de mover aquel abanico de plumas colorinescas que Cuevas comparaba con un cetro.
El obstáculo del lenguaje se interpuso entre estas mujeres desnudas, adornadas con aros de flores, y los ocho españoles vestidos de hierro. La vieja intérprete, con sus palabras balbuceantes, llegó á explicar lo que decía Anacaona. Deseaba vivir en paz con el Guamiquina y todos los blancos de la nueva ciudad crecida junto al mar. Daría lo que pidiesen en nombre de Caonabo y del hermano de éste, que iba á sucederle en el gobierno. Ella quería retirase á Jaragua, al lado de su hermano el reyezuelo de estas tierras lejanas, situadas en el extremo occidental de la isla, y procuraría que Behechio se sometiese igualmente á los españoles, á pesar de que ninguno de éstos había pisado todavía dicha región. Los invencibles guerreros venidos de Turey podían disponer de todo lo del pueblo como si fuese suyo.
—Anacaona... reina... quiere... estéis contentos.
La vieja india calló después de estas palabras finales, preocupándose de vigilar cómo los portadores de las andas, en las que había vuelto á sentarse la desnuda reina, las levantaban en alto suavemente, y el cortejo se alejó con iguales sones de trompas y caracolas, agitándose en lo alto las hojas y ramas que servían de abanicos, y moviéndose lentamente, como un ave multicolor, el manojo de plumas con que se refrescaba el rostro la beldad coronada de flores.
La comida de los ocho españoles fué muy abundante en pescados de río, hutías asadas, raíces nutritivas y frutas gustosas. Además, Cuevas y los pocos que ya estaban acostumbrados á los alimentos del país, comieron los lomos de una iguana, reptil con patas, de aspecto repugnante, cuya carne blanca comparaban con la de la gallina, encontrándola algunos superior.
Fuéronse á dormir la siesta en sus chozas una parte de estos compañeros de armas; otros á vigilar los caballos que estaban pastando en unas praderas inmediatas al río, y don Alonso quedó solo con Fernando.
El joven capitán estaba aún conmovido por la aparición de Anacaona, y hablaba de ella continuamente, llamándola Flor de Oro, y recordando todo lo que había averiguado sobre su persona.
Resultaba difícil conocer la edad de esta belleza indígena, pues los indios contaban mal, enredándose siempre en sus cálculos. Ojeda opinaba que no debía tener más allá de veintiocho años. Caonabo la había hecho su esposa cuando aún era considerada como una tierna virgen en este país donde las mujeres llegaban á la nubilidad tras breve niñez. De su matrimonio tenía una hija única que sólo debía contar unos diez años.
Anacaona era joven, y los enemigos de Caonabo contaban infidelidades maritales de ella para vengarse así de la brutalidad del heroico caribe. Bien mirado, dichas infidelidades, de ser ciertas, no tenían el mismo valor que entre los cristianos. Los caciques vivían en incesante poligamia, renovando á cada guerra el personal de su harén, y las mujeres, por su parte, no conocían otro obstáculo moral que el del miedo, siendo de otros hombres con voluntaria sumisión apenas tenían oportunidad para entregarse. Aquellas gentes no parecían dar valor á la fidelidad matrimonial ni considerar el adulterio delito extraordinario.
—Todos son ladrones—siguió diciendo Ojeda—. Tú sabes que para evitar robos le corté las orejas á un cacique poco después que llegamos á la Española, pero el ejemplo ha resultado huero. Necesitan robar, y lo mismo se hurtan las hembras que las cosas.
Luego hacía elogios del carácter de Anacaona, absteniéndose de mencionar sus cualidades físicas, por lo mismo que aún tenía presente en su memoria todos los detalles plásticos de aquella beldad desnuda. Alababa sus gustos delicados, su predilección por las flores y los perfumes, su voz melancólica para entonar «aeritos» compuestos por ella, y una afición á lo maravilloso, que le hacía admirar á los guerreros blancos, aun reconociendo que iban á ser los opresores de su raza.
Esta tarde no habló á Cuevas, como otras veces, melancólicamente, de la lejana doña Isabelita y de sus esperanzas de casarse con ella al volver á España. Sólo pensó en Anacaona, dándole el nombre de «reina» voluntariamente, como galante homenaje.
Hallábanse los dos tendidos en sus hamacas, y Ojeda hablaba con creciente lentitud, soñoliento por la influencia de aquella hora, silenciosa y cálida.
—Muy bella la reina india—siguió diciendo con los ojos ya entornados—. Y no me mira mal después de lo que yo hice con Caonabo... Tendré que devolverle la visita, tal vez hoy mismo, cuando caiga el sol, y entonces... entonces...
Cuevas notó que se había dormido, y él cerró igualmente los ojos, dejándose rodar por la blanda y obscura pendiente del sueño.
Despertó de pronto, no pudiendo atinar si sólo habían transcurrido unos momentos ó una hora entera. El rectángulo de luz solar que entraba por la puerta de la choza había oblicuado un poco sobre el suelo.
Una cabeza asomaba cautelosamente al borde de dicha puerta, invitándole á salir con sus movimientos oscilantes y maliciosos guiños de ojos. Reconoció á la vieja indígena que les había servido de intérprete.
Sin saber por qué, bajó de su hamaca con precaución, procurando no hacer ruido. Don Alonso seguía durmiendo, y él llegó hasta la entrada de puntillas, para no turbar su sueño.
Sintió en una oreja el aliento de la indígena y sus palabras semejantes á un susurro entrecortado.
—Reina quiere verte... Tiré piedrecita para despertarte... ¡Ven!
Y Cuevas, con la misma inconsciencia que le había hecho saltar de la hamaca, volvió al interior del bohío, tomando su espada y su casco para seguir á la indígena. Era una precaución instintiva de soldado en país inseguro. Además, su respeto natural á las jerarquías le hacía preocuparse de su buen aspecto. Anacaona era de raza inferior é ignorante de las verdades del cristianismo, mas no por esto dejaba de creerla una soberana.
Siguió á la indígena por veredas turtuosas que eran las calles de esta población, donde chozas y empalizadas se habían levantado al capricho de sus constructores. El sol se mantenía alto, el calor era bochornoso, y sólo rasgaba el silencio de aquella hora soñolienta el continuo zumbido de los insectos. Celebró Cuevas haberse despojado de su coraza antes de comer, dejándola en el bohío lo mismo que su rodela. La soledad en que estaba el pueblo á dicha hora alejaba de él toda sospecha de peligro.
Lo entró la india por la abertura de una empalizada, atravesaron otras que limitaban varios terrenos á modo de corrales, y penetraron finalmente en uno de aquellos bohíos enormes, redondos y de techo cónico, semejantes á los alfanaques ó grandes tiendas de los campamentos cristianos.
Parpadeó Fernando para acostumbrar sus ojos á la penumbra de una habitación cerrada. Un fuerte perfume de flores saturó su olfato, unido á otro más suave de carne femenil ungida de bálsamos silvestres y refrescada por frecuentes baños.
Al mirar en torno de él vió que había desaparecido la vieja, y fué distinguiendo á corta distancia un cuerpo blanco tendido en el suelo. Habituados sus ojos á la luz verdosa que penetraba por dos aberturas de la techumbre, después de filtrarse entre el ramaje de un árbol gigantesco, fué reconociendo que este cuerpo era el de una mujer, con un codo hundido en un lecho de plantas odoríferas y la cabeza apoyada en una mano.
Los ojos de la reina Anacaona estaban fijos en él con la misma expresión de horas antes. Quiso decir algo y desistió de ello inmediatamente. Era inútil. La vieja ya no estaba allí para servir de intérprete. A pesar de esto, la reina empezó á hablarle, empleando al mismo tiempo los expresivos gestos de los indígenas de clase elevada, caciques ó hechiceros, asombrosamente expertos en el lenguaje mímico.
Le indicó que se sentase en el suelo cerca de ella, y el joven, que se había quitado el casco para saludarla, se apresuró á obedecer.
¿Qué podía desear la famosa Anacaona?... ¿Dudaría del «Pequeño jefe blanco», queriendo emplearlo á él como intermediario para entenderse con el Almirante?... ¿Por qué se había ausentado aquella mujer que podía servirles de intérprete?... Estas suposiciones y dudas de Fernando se disolvieron apenas nacidas.
Estaba sentado en el suelo, á corta distancia de la beldad india. Ésta había renovado sus adornos de flores; todas sus guirnaldas eran frescas, pero los perfumes vegetales quedaron anulados repentinamente para él. Era otro el olor que le envolvía, con un mareo semejante al de la embriaguez. ¡Aquella carne de suave color de canela, que parecía respirar como un jardín y era más blanca en la penumbra tentadora de este lugar cerrado y misterioso!... Por los orificios del techo, junto con la luz verde y temblona filtrada por el follaje, descendía el voluptuoso arrullo de unas tórtolas silvestres que se acariciaban en la copa del árbol coloso.
Fernando creyó ver una nueva Anacaona. Los ojos de ella le miraban lo mismo que en la mañana, fijos y dominadores, con una seguridad femenil que se creía irresistible; pero eran menos majestuosos, más humildes y tiernos. Además, la reina sonreía. Sus labios abultados, de un rojo obscuro, habitualmente unidos por un gesto de majestad salvaje, se abrían ahora ingenuamente, como la boca de cualquiera de aquellas ninfas de Jaragua que formaban su cortejo, dejando brillar en la sombra el resplandor nacarado de una dentadura sana y fuerte.
Al mismo tiempo que Anacaona sonreía, notábase en ella cierta preocupación, como si se esforzase mentalmente por recordar algo que escapaba á su memoria. Luego se aclaró su rostro con una expresión infantil y triunfante. Ya había alcanzado al rebelde y fugitivo recuerdo.
—Beso... beso...—repitió entre risas de niña.
Era la palabra que le había enseñado la vieja, conocedora de los usos de los hombres blancos.
Como todos los de su raza, ignoraba este uso de las gentes venidas del cielo, que necesitan juntar sus bocas como gesto preliminar de las mayores voluptuosidades que guarda la vida.
Había reído de dicha caricia, nueva para ella, aprendiendo la palabra que la expresaba. Quería repetirla con aquel joven turey que horas antes había surgido ante sus ojos como una aparición celeste, entre sus compañeros más rudos y de aspecto temible.
—Beso... beso...
Y uniendo ella la acción á la palabra, sintió Fernando sobre su boca los labios carnosos y frescos de Flor de Oro.
En su sorpresa creyóse el mancebo casi absorbido por la succión de una bestia feroz, acariciante y perfumada, propia de aquel mundo nuevo y misterioso. Para completar esta ilusión, dos tentáculos se arrollaron en torno á su cuello, pero eran redondos, tibios, de satinada epidermis y olían á intensos jazmines nunca vistos por los hombres de su raza.
Los brazos de la reina lo apretaban, al mismo tiempo que las gruesas valvas de su boca, sensual y fresca, insistían en sus caricias absorbentes, como si pretendiesen sacar sangre de los labios de él.
Intentó defenderse, respetuoso y desesperado al mismo tiempo, pero sus manos, al repeler el busto femenil medio levantado sobre el lecho de hierbas floridas, se posaron en dos globos cuyo contacto hizo estremecer al mancebo de la cabeza al centro de su organismo.
En esta penumbra no se veían los adornos pintados de la beldad indígena. Toda ella era blanca, y había prescindido del corto delantal de algodón con que se mostraba en público.
El pobre mancebo la reconocía en aquel momento muy superior á las mujeres del viejo mundo. No había en ella el menor rastro de los lejanos hedores animales que flotaban en muchas ocasiones tras el revoloteo de las luengas faldas cristianas. Este cuerpo desnudo se sumía diariamente tres veces en cristalinos arroyos, lo mismo que las mujeres de su séquito. Una simple vestidura de flores incensantemente renovada había acabado por saturar su piel, como si todo su cuerpo fuese un jardín hecho carne.
Los diez y ocho años del mancebo levantáronse pujantes, con pasional agresividad. Se encabritó como un caballo salvaje herido por el látigo, olvidando lo que le rodeaba y quién era. Su deseo tomó un carácter ofensivo. Apretó las firmes redondeces que tenía entre sus dedos como si quisiera estrujarlas, casi mordió aquella boca que pretendía absorberle con sus caricias. Su pasión tenía algo de la cólera belicosa con que repartía furiosos golpes en los combates. Necesitaba luchar con aquel cuerpo que se enroscaba al suyo hasta llegar á vencerlo, y esto le hizo sentir la necesidad de librarse del estorbo de su espada, ceñida aún á su costado.
Ella, como si adivinase sus deseos, aflojó los anillos del doble enroscamiento de sus brazos y sus piernas, y el mancebo, al incorporarse y no respirar de tan cerca aquel perfume carnal, olvidó repentinamente á la hermosa reina.
Vió en cambio con su imaginación el interior de un bohío pequeño y pobre, con la luz del sol entrando libremente por las aberturas de sus puertas y ventanucos. Una mujer menos alta que Anacaona, sin perfumes, con cierta palidez enfermiza, rastro de pasadas enfermedades y alimentaciones incompletas, tenía sus ojos vagos puestos en el infinito, como si no pudiera hacer otra cosa que seguir con su pensamiento á un ausente.
Tenía uno de sus pechos al aire, y con sus dos manecitas puestas en el hinchado globo, un pequeñuelo chupaba y chupaba, adormeciéndose en esta glotonería plácida que había cortado sus llantos caprichosos. ¡Su Lucero!... ¡Su Alonsico!... Tal vez á aquellas horas su mujer temblaba y rezaba, suponiéndolo en peligro de muerte. ¡Y él...!
Casi trató á la perfumada beldad como á uno de aquellos guerreros cobrizos con los que se había batido en diversos encuentros. Repelió el desnudo cuerpo con un brutal empujón que lo hizo rodar sobre el lecho florido hasta la pared. Y recogiendo su casco del suelo, huyó á tientas, hasta salir de la casa por una puerta distinta, encontrada casualmente.
Fué vagando por el pueblo, que aún estaba solitario, como media hora antes. No encontró quien pudiera servirle de guía. Luego de marchar inútilmente hasta salir fuera de la población, volvió sobre sus pasos, hallando al fin, después de nuevas desorientaciones, el bohío que les servía de alojamiento á don Alonso y á él.
Encontró vacía la hamaca de su capitán, é inútilmente lo buscó por las inmediaciones de la casa. Tal vez el ardiente deseo que Anacaona le había inspirado aquella mañana era la causa de su ausencia. El atrevido hidalgo procedía en su vida osadamente, lo mismo que en sus operaciones de guerra.
Pasó la tarde el joven á la puerta del bohío, sin ver llegar á su capitán. Los otros camaradas, que vagaban por el pueblo en busca tal vez de aquellas mujeres compañeras de Anacaona, preguntaban por Ojeda al pasar ante Fernando. Nadie lo había visto.
La frescura del atardecer impulsó al pensativo mancebo á salir de su casa. Ya se sentía tranquilo, después de una calma reflexiva de varias horas. Mostrábase orgulloso de su sacrificio, de la energía brutal con que había rechazado la tentación.
Dirigió sus pasos hacia el río inmediato, atraído por su frescura, pero cerca de él volvió atrás, internándose de nuevo en el pueblo. Había reconocido marchando lentamente por una pradera á don Alonso y á la reina Anacaona. También vió cómo se besaban. La beldad india repetía con Ojeda este gesto, cuyas primicias habían sido para él. Detrás de los dos, y á cierta distancia, iba la vieja india con cierto aire protector.
Entrada ya la noche, volvió Ojeda á su bohío. A la luz de una antorcha atada á uno de los postes del sombrajo vió su rostro ojeroso, pálido, con un estiramiento en las facciones que denotaba cansancio.
Estando ya Cuevas acostado en su hamaca, don Alonso, de espaldas á él, juntó las manos é inclinó la cabeza ante el pequeño cuadro de la Virgen que había colgado del poste central sostenedor de la techumbre del bohío.
Rezaba en voz queda, con una expresión humilde. Adivinó Fernando que imploraba perdón por lo que había hecho aquella tarde: perdón á la Virgen, su protectora; perdón á la mujer amada, en la que había dejado de pensar algún tiempo, y que le esperaba siempre al otro lado del Océano.
Su oración era sincera. En su alma compleja amalgamábase la osadía cruel del hombre de guerra con una credulidad religiosa igual á la de un niño.
Cuevas tuvo la certeza de que había poseído á la mujer de Caonabo con la violencia de un conquistador, sin consultar su voluntad, sorprendiéndola, lo mismo que en una población tomada por asalto. Y la esposa del guerrero indio había acabado por aceptar con entusiasmo á este otro guerrero, más poderoso é invencible, que saciaba su femenil curiosidad, ansiosa de conocer cómo eran las caricias de los hijos del cielo.
Ahora el hidalgo, siguiendo las complicaciones de su fanatismo heroico, pedía perdón á su Virgen y á su dama por tan monstruosa infidelidad. El cansancio de la hartura hacía aún mayor su arrepentimiento.
Antes de dormirse, su alma religiosa encontró una excusa á su pecado. Anacaona no era una criatura de Dios. Nunca había sido bautizada. La Virgen y doña Isabelita debían perdonarle. Su falta era leve, por haberla cometido con una criatura irracional, ignorante de las verdades divinas.
V
Donde se cuenta el descubrimiento de las minas del rey Salomón, la vuelta á España del Caballero de la Virgen, y cómo lloró en una iglesia escuchando al sacristán.
Cuatro naves procedentes de España fondearon ante Isabela con admirable oportunidad. Traían nuevos cargamentos de víveres para la colonia y otra vez reinaba en ésta el hambre, produciendo numerosas víctimas.
Obligados á trabajar para los extranjeros, los indígenas del interior habían adoptado la más desesperada de las resoluciones. Flojos é indolentes por naturaleza para toda labor continua y eficaz, consideraban la peor de las esclavitudes tener que trabajar unos cuantos días cada tres meses para pagar el tributo impuesto por el Guamiquina de la ciudad vecina al mar. Habían buscado voluntariamente granos de oro para los blancos al ver con qué satisfacción acogían este regalo los hijos del cielo; pero desde el momento que dicha busca se convertía en obligación, la consideraron intolerable.
Parcos en la comida, acostumbrados á conseguirla con rápidas y superficiales labores del suelo, empezaron á quejarse en sus lamentosos cánticos de tener que cultivar la tierra de un modo regular para las cosechas periódicas que les exigían sus nuevos amos. Muchos de ellos preguntaban á los españoles cuándo pensaban volverse á Turey, esperando ver todos los días los bosques flotantes que los habían traído, extender otra vez al viento su blanco follaje, alejándose para siempre. Pero en lugar de esto, nuevos bosques flotantes y más hijos de Turey iban llegando á la isla, y en señal de posesión interminable, creyendo de poca duración los bohíos, arrancaban piedras á las montañas para construirse sólidas cavernas, pues esto les parecían las casas y también los fortines, cada vez más numerosos en el interior de la isla.
Convencidos de que los blancos nunca se volverían á Turey voluntariamente, decidieron expulsarlos valiéndose del hambre. Huyeron de los valles fértiles para refugiarse en los montes, después de talar los campos y quemar las cosechas almacenadas. Así los blancos no tendrían maíz y las raíces alimenticias de aquella tierra que habían adoptado para su nutrición.
Reapareció otra vez el hambre en Isabela y los fuertes, pero de todos modos los europeos conseguían mantenerse, gracias á la cruel limitación de las raciones y á los aportes de algunos buques españoles que iban llegando de tarde en tarde.
El piloto Juan de la Cosa, buen conocedor de personas y cosas, movía la cabeza negativamente al comentar esta decisión de los indios, inútilmente heroica.
—No conocen—decía—la propiedad de los españoles, que cuanto más hambrientos mayor tesón tienen y más duros se muestran para sufrir ellos y hacer sufrir á los demás.
Eran los indígenas quienes experimentaban los efectos más desastrosos de su propia conducta. Para no ser alcanzados por las guarniciones del interior, que cazaban á los indios con el propósito de obligarles á trabajar los campos, se habían refugiado en los lugares más áridos y desiertos de la isla, donde sólo se encontraba alimento, en épocas ordinarias, para pequeños grupos errantes. Las muchedumbres fugitivas morían de inanición en su aislamiento. Enfermedades contagiosas, engendradas por el hambre, aumentaban el estrago general, y al fin los supervivientes descendieron á los valles, á pescar en sus ríos, á cazar en sus arboledas y á cultivar la tierra, aceptando humildemente la nueva servidumbre.
Después de esta cruel experiencia, tan escarmentados quedaban de su intento de rebelión, que un cristiano completamente solo podía viajar por toda la isla sin peligro alguno, llevándole los mismos indios á cuestas, de un lugar á otro, para que no se fatigase.
En medio de la miseria provocada por la fuga de los indios, habían llegado las cuatro carabelas, siendo acogidas con entusiasmo por los famélicos españoles. Algo más que víveres traía esta flota. Venía en ella, como enviado regio, un antiguo caballerizo de los reyes, Juan Aguado, para examinar sobre el terreno si eran ciertas las quejas formuladas ante la corte por el padre Boil, el caudillo Margarit y otros fugitivos de la colonia.
En Isabela habían quedado muchísimos que pensaban de igual modo, quejándose de la absorbente autoridad de Colón, el duro carácter de su hermano don Bartolomé y el fervor excesivo por la grandeza de su familia que mostraba el ignaro don Diego. Protestaban del mal reparto de comestibles que hacían los Colones todas las quincenas, favoreciendo á los que se mostraban ciegamente partidarios de ellos y castigando con mermas ó una supresión absoluta de raciones á los que se permitían criticar los actos del gobernador.
—Los reyes—clamaban estos descontentos—envían comestibles de España para todos. Son Sus Altezas quienes los pagan, cuidándose de nuestra salud, y los Colones no deben hacernos morir lentamente de hambre, disponiendo de lo que no es suyo.
El Almirante, que estaba en el interior de la isla, volvió sin prisas á Isabela. Deseaba hablar con Aguado y temía al mismo tiempo avistarse con él. Todos los descontentos de la colonia mostrábanse enardecidos por la presencia del enviado real.
Había venido Aguado solamente con el encargo de adquirir informes, mas el ambiente hostil para Colón le hizo extralimitarse en sus funciones, tomando aires de juez. También los jefes indígenas se reunían en casa del hermano de Caonabo, enviando desde allí una queja contra Colón, al que atribuían lo que era resultado de sus defectos, y también la obra aparte de sus subordinados.
Cuando Aguado hablaba ya de volverse á España y sus cuatro naves estaban listas para zarpar, descargó sobre Haití un ciclón propio de los trópicos, arrasando gran parte de la isla. Los indígenas no recordaban haber visto nada semejante. Bosques enteros fueron descuajados por el huracán. Los naturales corrían á refugiarse en las cavernas viendo desaparecer sus chozas en un instante. Tres de los buques anclados en Isabela se fueron á pique instantáneamente, perdiéndose con ellos todos sus tripulantes. Otros se hicieron pedazos, ó llevados por las olas, penetraron á enormes distancias tierra adentro.
Esta horrible tempestad aterró á los indígenas tanto como á los blancos. Unos creían que la habían enviado sus propios dioses ó espíritus protectores para indicar á los hijos de Turey que debían marcharse. Otros imaginaban que eran los mismos blancos quienes habían ordenado al aire, al agua y á la tierra que se agitasen con tan horrorosas perturbaciones para alterar la vida apacible de la isla, exterminando á sus antiguos habitantes.
El único buque que se mantuvo á flote fué la carabela Santa Clara, ó sea la antigua Niña del primer viaje de descubrimiento, buque pequeño, de vida durísima, que había de realizar aún numerosos viajes á las nuevas tierras, mientras otros barcos más flamantes y poderosos naufragaban, y que acabó muchos años después en una de sus travesías del Océano por hundirse de puro viejo, haciendo agua á través de los numerosos remiendos de su casco.
Dió órdenes el Almirante de que se reparasen las averías de la Niña y se construyese otra carabela con los restos de las destrozadas, á la que puso el nombre de Santa Cruz. Deseaba volver á España con Aguado, temiendo los informes que daría éste á la corte. Necesitaba defenderse con su elocuencia imaginativa, hablando una vez más de la proximidad de las tierras del Gran Kan que no había llegado á ver, pero que indudablemente estaban muy cerca. Lo temible para Colón era no poder llevar más muestras de la riqueza asiática que unos cuantos adornos áureos tomados á los caciques de la isla y las eternas carátulas de huesecillos de pescado con orejas y narices de chapa delgadísima de oro.
Afortunadamente para él, mientras esperaba que las dos naves estuviesen reparadas, fueron descubiertas las minas más importantes de la Española.
Fernando Cuevas conocía el origen de este descubrimiento, tan interesante como un relato novelesco. Un joven aragonés llamado Miguel Díaz era gran amigo suyo desde que vinieron juntos en la carraca mandada por don Alonso de Ojeda. Figuraba entre los de á pie, combatiendo en la hueste mandada por don Bartolomé Colón. Gustaba de ruidos y pendencias, y Cuevas evitó por esto un trato frecuente con él, pues en su calidad de hombre casado prefería vivir pacíficamente. Una noche se peleó Miguel Díaz con otro grupo de españoles en Isabela, hiriendo gravemente á uno de ellos, y seguido de cinco amigos suyos, igualmente comprometidos, huyó de la colonia. Vagando por la isla llegaron á un pueblecito indio en la costa Sur, cerca de la desembocadura del río Ozama, donde había de levantarse luego la ciudad de Santo Domingo.
Dicho territorio estaba gobernado por una cacica, que al poco tiempo se enamoró de Díaz, llevándolo á vivir con ella públicamente y haciéndole compartir su autoridad sobre la tribu. Pero el joven aragonés sentía la nostalgia de su lengua y sus compatriotas, deseando volver á la colonia y temiendo al mismo tiempo el castigo que le impondrían por su delito. La enamorada india, para evitar que se marchase y atraer á los españoles á la parte Sur de la isla, dió conocimiento á Díaz de ciertas minas muy ricas existentes en la vecindad.
Después de convencerse el mancebo de la existencia del oro y observar la fertilidad del país, la hermosura del río y la seguridad del puerto natural en que desembocaba, volvió á Isabela, distante unas cincuenta leguas. Al llegar supo que su adversario estaba ya restablecido de su herida, y animado por ello se presentó á Colón, relatando sus descubrimientos.
Vió el Almirante en todo esto una influencia providencial para que pudiera justificarse al volver á España. Su hermano don Bartolomé, guiado por Díaz y al frente de una partida de españoles, atravesó la isla en busca del pequeño territorio gobernado por la apasionada cacica. Encontraron oro más profusamente que en ninguna otra parte de Haití, incluso la famosa provincia de Cibao. Las corrientes de agua abundaban en granos auríferos. En las montañas observaron profundas excavaciones, siendo interpretadas como indicios de que se habían explotado las minas en otros tiempos. Además, el lugar era más sano para la fundación de una ciudad que el suelo de Isabela, siempre húmedo y favorable á las fiebres.
Miguel Díaz quedó perdonado, pasando á ser favorito de los Colones. Cuevas iba á conocerle algún tiempo después alcaide de la fortaleza de Santo Domingo, cuando don Bartolomé Colón fundó dicha ciudad, y casado con la cacica, de la que tuvo varios hijos, bautizándola antes con el nombre de Catalina.
Al oir Colón el relato de su hermano y enterarse de que las minas abundaban en antiguas excavaciones, su geografía delirante resucitó, encontrando nuevos puntos de apoyo. No se había equivocado al afirmar que esta isla, llamada por él Española, era el antiguo Ofir.
—Creo, hermano—dijo—, que hemos descubierto las minas de donde sacaba oro el rey Salomón para edificar el templo de Jerusalén. Sus buques, pasando por el golfo de Persia y Taprobana, llegaban á esta isla, que se halla enfrente de la punta de Asia, ó sea el promontorio que las gentes de aquí llaman Cuba.
Como ya estaban reparadas las dos carabelas, se apresuró Colón á embarcarse. Le era necesario perder de vista á Juan Aguado, que le trataba con petulancia. Cada uno ocuparía distinto buque. Además, debía sacar de la colonia todos los descontentos que deseaban marcharse de ella.
Sólo iban á quedar en Isabela quinientos blancos. Doscientos veinte se volvían á España. El resto, varios centenares, había perecido en pocos meses.
Entregó el gobierno de la isla á don Bartolomé, al que había conferido el título de Adelantado, ordenando que en caso de morir le sucediese su hermano don Diego.
Ojeda también se volvía á España, desengañado como los otros, habiendo perdido su fe en el Almirante.
—Donde estén los Colones—decía—todo es para ellos y nada queda para los demás. Les ofende tener amigos; sólo admiten servidores. Si vuelvo á estas tierras de Asia, será por mi cuenta.
Cuevas y Lucero no quisieron seguirle. ¿Qué podían hacer en el viejo mundo?... Los más de sus amigos, al embarcarse, huían del hambre próxima, de las enfermedades. Veían en la patria lejana la abundancia y la felicidad, por mísera que fuera allá su existencia, mientras que ellos dos se verían siempre favorecidos en la colonia, dentro de la escasez general.
Como habían figurado en el primer viaje, esto les daba cierta jerarquía sobre los otros. El Almirante no olvidaba á su antiguo paje Lucero, de tan novelesca historia, y los demás Colones los favorecían á los dos, como protegidos de su familia. Cuevas sentíase además impresionado por la buena suerte de su amigo Díaz. Él había venido á las islas asiáticas en busca de un éxito semejante. ¿Por qué iba á tener menos ventura que su camarada?...
—Mi gusto sería seguir á vuesa merced, don Alonso—dijo á su capitán—, pero tengo mujer y un hijo y creo preferible quedarme; sobre todo, ahora que se han descubierto las minas del rey Salomón. Además, espero que pronto volveremos á verle por aquí.
Ojeda asintió. Nunca había pensado desistir de su empresa en las tierras del Gran Kan. Pero cuando regresase á ellas sería por su cuenta, sin que nadie le mandase, capitaneando gente propia, por creerse con más cualidades para ello que el Adelantado don Bartolomé, el cual los trataba á todos como subalternos.
Salieron el 10 de Marzo las dos carabelas para España, cargadísimas de gente. Esta pareja de buques pequeños llevaba, además de sus tripulaciones y numerosos cautivos indios, más de doscientos pasajeros fugitivos de la colonia. La miseria y desaliento de tales gentes sólo era comparable con las exageradas ilusiones que les habían acompañado al emprender el viaje, dos años antes, á las ricas Indias, vecinas al Ganges, que Colón creía haber descubierto.
Para exacerbar aún más sus males, esta navegación de vuelta resultó larguísima. Duró tres meses, por haberse empeñado el Almirante en poner desde el principio su rumbo á Oriente, en vez de tomar el rumbo Norte, como á la vuelta de su primer viaje, teniendo que sufrir continuamente vientos contrarios ó las calmas del trópico.
Llegaron á escasear de tal modo las provisiones, que muchos hablaban ya de la conveniencia de dar muerte á los cautivos indios, para mantenerse con su carne. Otros menos feroces se limitaban á proponer que los arrojasen al agua, para librarse de bocas inútiles.
En el curso de esta penosa travesía murió Caonabo, el «Señor de la casa dorada», que el Almirante quería mostrar á los reyes españoles. Una profunda melancolía se había apoderado de él al verse humillado, siendo esto la principal causa de su muerte. El poderoso guerrero, del que hablaban los blancos con admiración en los primeros tiempos creyéndole rey de Cipango «la de los tejados de oro», acabó siendo arrojado al mar como un animal muerto.
Cuando las dos carabelas fondearon en la bahía de Cádiz, después de tan duro viaje, vió inmediatamente Colón que la impopularidad salía á su encuentro.
Recordaban todos sus estupendas promesas al emprender el segundo viaje en busca del Gran Kan. Iba á traer sus buques repletos hasta las escotillas de oro y especias preciosas. Y los españoles sólo vieron un desfile de gente miserable, marineros y colonos extenuados por las enfermedades, amarillentos por el hambre, color que recordaba de un modo trágico el resplandor igualmente amarillo de un oro quimérico que nunca habían logrado encontrar.
Habló mucho Colón, intentando por medio de su oratoria vehemente reanimar aquel entusiasmo que lo había saludado á la vuelta de su primer viaje, pero los oyentes sonreían, mirándose entre ellos, ó movían sus cabezas con expresión incrédula. Ya no le escuchaban como en Barcelona al explicar su primera expedición. El nombre del Gran Kan era acogido con risas.
Inútilmente relató su exploración de las costas de Cuba, diciendo que esta tierra firme se hallaba cerca del Quersoneso Áureo de los antiguos y era el límite avanzado de las más ricas comarcas de Asia. En vano se jactó de haber descubierto las ricas minas del rey Salomón en la isla Española, que era el antiguo Ofir. Todos escuchaban los esplendores de su geografía fantástica con incrédulo sarcasmo.
Como era naturalmente elocuente y poseía un raro arte para comunicar sus ilusiones á los demás, lograba algunas veces fascinar, como en otros tiempos, á sus oyentes; pero bastaba que éstos viesen ó escuchasen después á cualquiera de los hombres vueltos de allá, para considerar ilusorias todas las afirmaciones del Almirante.
Los reyes no le abandonaban. Había recibido de ellos, al llegar á Cádiz, una carta invitándolo á ir á verlos luego que descansase. Mas la opinión pública mostrábase enemiga, ó lo que el Almirante consideraba peor, indiferente é incrédula para sus empresas. Se había extinguido el interés por el Gran Kan.
Hombre de gran vehemencia en la expresión de sus alegrías y sus decepciones, reflejaba Colón exteriormente el estado de su ánimo. En vez de mostrarse con ropas de almirante y espada de oro, como á la vuelta de su primer viaje, iba vestido á modo de fraile, con una especie de hábito franciscano y una cuerda de nudos pendiente de la cintura y se había dejado crecer la barba.
Deseaba desarmar con estas muestras de humildad y abatimiento á las gentes que, bajo la influencia de los que volvían de allá, mostrábanse hostiles á su persona. Buscando nuevos amparos pasó una temporada en el monasterio de Guadalupe, el más famoso de entonces, cuya comunidad vivía en frecuente trato con los reyes. Allí bautizó á algunos de sus indios y cumplió los votos que había hecho á la mencionada Virgen.
Al mismo tiempo, el navegante, que se había vestido de fraile para excitar la conmiseración pública, mostraba los mismos gustos teatrales de antes, igual afición á organizar pompas, para deslumbramiento de las multitudes.
Al ir camino de Burgos, donde estaban los reyes, hacía formar en procesión á todos sus acompañantes, indios y blancos, para que se viese, exageradamente agrandado, el oro traído de allá.
Ponía al frente de su comitiva á todos los indios prisioneros, ataviados con sus galas de guerra, y detrás á un hermano menor de Caonabo que tenía treinta años y á un sobrino de aquél que no pasaba de diez. Al entrar en los pueblos hacía que le colocasen al hermano de Caonabo un collar y una cadena maciza de oro, presentándolo como el legítimo rey del aurífero país de Cibao. Esta cadena, que pesaba unos seiscientos castellanos (cantidad equivalente á 3.200 dólares actuales), era lo mejor que había traído de su expedición. A causa de esto, apenas salían de un pueblo se apresuraba el Almirante á quitar la cadena al hermano de Caonabo, guardándola en su propio equipaje. El resto de la comitiva mostraba máscaras indias ó imágenes de algodón y madera con rostros fantásticos de animales, que la muchedumbre tomaba por representaciones del demonio.
Don Alonso de Ojeda se había separado fríamente del Almirante al llegar á Cádiz. También él empezaba á dudar de la exactitud de sus afirmaciones geográficas, y aun en el caso de que encontrase finalmente al Gran Kan, los resultados de tan magnífica aventura serían para los Colones, gente ávida, capaz de disputar hasta las migajas á cuantos les siguiesen. Y se despidieron para no verse más.
El valeroso hidalgo se fué á Sevilla á saludar á su protector el arcediano Fonseca, que ya era obispo y seguía ocupándose en la organización de las expediciones á las nuevas tierras.
Fonseca, que siempre había vivido en malas relaciones con Colón, oyó con interés lo que Ojeda fué contando de allá, aunque el joven capitán no se mostraba tan extremadamente hostil contra el Almirante como los otros que habían vuelto desesperados de la remota colonia.
Le fué imposible á don Alonso permanecer más de dos días en Sevilla y se marchó, asegurando á su protector una pronta vuelta así que arreglase ciertos asuntos que le esperaban en Córdoba.
Desde su desembarco había buscado inútilmente noticias de doña Isabel. Encontró quien le hablase del licenciado Herboso, por ser jurisconsulto de fama, al servicio de los reyes. Seguía viviendo en Córdoba, y los que le habían visto últimamente comentaban su prematura vejez, atribuyéndola á una enfermedad misteriosa que lo iba royendo interiormente. De su hija doña Isabel únicamente sabían que estaba recluída por su padre en un convento. Esto era frecuente en aquellos tiempos de extremada devoción y no excitaba la curiosidad de nadie.
Al llegar á Córdoba, como necesitaba pasar inadvertido, evitó el dar aviso de su presencia á los amigos que le quedaban en la ciudad. Un soldado enfermizo le servía de escudero desde que salió de la isla Española, y con él fué á alojarse en el Mesón de los Tres Reyes Magos.
Mostróse contrariado al saber que su dueño Buenosvinos había muerto un año antes. El mesón pertenecía ahora á otras gentes desconocidas para él, á las que no quiso dar su nombre.
Empezaba á atardecer, y don Alonso juzgó oportuno aguardar la llegada de la noche para ir en busca de sus amigos. Pero como nadie conocía aún su presencia en Córdoba, aprovechó esta circunstancia para pasear un poco por las callejuelas inmediatas al gran convento donde vivía desde dos años antes doña Isabel Herboso.
Este paseo significaba una decisión absurda, digna de un enamorado. De nada podía servirle. Isabel estaba encerrada en un edificio enorme, con numerosos claustros y extenso huerto.
La vida monástica era entonces de disciplina floja y más libre que en épocas posteriores. Monjas y novicias se asomaban á las rejas para hablar por señas con galanes que paseaban la calle ó cambiar cartas con ellos por medio de un hilo; pero no era fácil que el azar le deparase la fortuna de que la hermosa novicia estuviese detrás de la celosía de una de las ventanas, esperándolo, como si una voz misteriosa le hubiese avisado su llegada.
Inútilmente paseó por las diversas callejuelas que circundaban la enorme masa del convento. No alcanzó á ver en las esquinas á ninguno de aquellos hidalgos desocupados y platónicos á los que apodaba la gente «galanes de monjas», ni columbró silueta alguna detrás de las celosías.
Se le ocurrió meterse en la iglesia del convento con la esperanza de encontrar un sacristán locuaz al que iría arrancando informes sobre la novicia. ¿Quién sabe si hasta podría servirle de intermediario?...
Regresaba pobre de su viaje, con arreglo á las ilusiones que había concebido antes de emprenderlo, pero su fortuna era mayor que cuando vagaba ante las rejas del caserón de Herboso.
Un mercader genovés establecido en Sevilla le había dado una bolsa llena de monedas de oro llamadas «castellanos», á cambio de varias pepitas auríferas de las que había recogido en sus expediciones por el interior de la Española, y aún dejaba guardados en poder de dicho comerciante más pedazos del precioso metal. Naturalmente generoso en sus dádivas, estaba convencido de que acabaría por encontrar un amigo dentro del convento.
Al entrar en la iglesia de las monjas, la sorpresa casi le hizo dar un paso atrás, llevando instintivamente su diestra á la empuñadura de su espada. Un hombre había tropezado con él al salir del templo, y este hombre era el licenciado Herboso, el mayor de sus enemigos.
Luego experimentó una emoción no menor al fijarse en el aspecto humilde y desalentado del gran legista. Apenas si mostró asombro el áspero Herboso al reconocer á Ojeda, y eso que ignoraba completamente su llegada á Córdoba.
Le miró con ojos tristes, enrojecidos, lacrimosos. Pareció vacilar sobre sus pies por obra de un instinto que le impulsaba hacia el joven, como si quisiera caer en sus brazos y apoyar su cabeza en uno de sus hombros. Pero en el duro jurisconsulto no podían durar mucho estas efusiones de su dolor y siguió adelante, lanzando á Ojeda una última mirada, triste, fraternal, que parecía quedar entre los dos como un hilo unidor de sus destinos.
Un criado viejo y otro joven acompañaban al licenciado Herboso con la atenta solicitud que inspira un enfermo. Mientras uno empujaba la cancela de la iglesia, su compañero ofrecía el apoyo de uno de sus brazos al avejentado personaje, para evitar que sus pies vacilantes tropezaran en el umbral.
Tan miserable era su aspecto, que acabó por inspirar compasión á Ojeda, mientras lo seguía con sus ojos.
Luego, en el interior de la iglesia encontró el informador que venía buscando.
Un castellano de oro deslizado en la diestra de un sacristán hizo que éste hablase con rápida verbosidad, dando noticias que obligaron al intrépido Ojeda á apoyar su espalda en una pilastra del templo, mientras se llevaba las manos á la frente y le temblaban las piernas.
El licenciado venía de visitar á su hija. Ninguna tarde dejaba de hacerlo.
Doña Isabel Herboso estaba ahora en la iglesia. Un mes antes había bajado de las celdas del convento á una de las capillas, quedando en ella para siempre.
Y don Alonso se dió cuenta de que aquel cuerpo adorado se hallaba á pocos pasos de él y empezaba á consumirse bajo una losa blanca adornada con una breve inscripción, que no pudieron descifrar sus ojos, turbios y cegados por el agolpamiento de las lágrimas.