RECUERDOS Y BELLEZAS DE ESPAÑA. SEVILLA, CÓRDOBA, CÁDIZ. (continued 3)
Reading edition
Este profundo maestro de la vida muelle y regalona ejerce en la corte y palacio una seduccion irresistible: desde que él, sus hijos y mugeres se presentaron peinados como los eunucos y concubinas, ya todos han proscrito la pristina usanza del cabello crecido sobre la frente; pártenlo ahora por el medio, sin cubrirla, y recógenlo detrás de las orejas con afeminacion y estudio[154]. El Sultan que se deleita en tenerle de contínuo á su lado, va insensiblemente contagiándose de su refinado sensualismo, y por lisonjear los gustos del Sultan se contagia toda su corte. Las bellas artes, las nobles hijas de la inspiracion, ceden el puesto á las artes del deleite: la gran mezquita no nos descubre mejora alguna de importancia debida á este reinado; lo único que le debe son dos pórticos[155] y el oro con que se cubren unos cuantos capiteles. Casi diríamos que al influjo de la refinacion de las costumbres se va amortiguando la llama del genio...
Así es en efecto. Los pueblos son como los niños: la aspereza y la contradiccion los aviva y estimula, y acariciándolos se los duerme. Las artes del pensamiento, noble ejercicio del humano anhelar combatido entre las esperanzas y dolores de la vida, desarrollan y enaltecen los sentimientos morales; las artes de los sentidos, ministros solícitos de la voluptuosidad, los enervan y degradan. Parece á primera vista que hay contradiccion entre la decadencia del espíritu religioso[156] y el encono en la persecucion del cristianismo; no la hay sin embargo, porque el móvil de esta persecucion no es la fé, sino la razon de Estado. Con ser el celo religioso de Abde-r-rahman II menor que el de sus progenitores, es mayor su intolerancia, porque es el Estado mas exigente, y mas despiadado el corazon del que le rige. Un gemido de dolor, una lágrima sola, traspasan una coraza de hierro cuando el corazon que late debajo de ella es varonil y generoso; pero no hay coraza mas impenetrable á las saetas de la caridad que un pecho embriagado de perfumes, avezado á femeniles afeites y cubierto de lustrosa seda. El pecho del hombre estragado en los deleites es la losa de un sepulcro vacío.
Cuando en el campo de la moral luchan la verdad y el error, si el Estado destruye la posibilidad del equilibrio prestando al error su apoyo, el antagonismo necesariamente ha de formularse en persecucion; y cuando la verdad perseguida renuncia al derecho natural de la resistencia, el vencimiento se ha de formular necesariamente en martirio. Ahora bien, ¿podia el Estado no prestar su brazo al mahometismo, siendo este el que le habia formado? ¿Y podia por otra parte el cristianismo no protestar de contínuo contra la ley funesta del Koran, sancionando con su aquiescencia el retroceso del estado normal al estado de imperfeccion? ¿Habia de contemplar la España cristiana con rostro sereno y ojo enjuto la ruina de todas las grandes conquistas del evangelio; destruida la familia con la vergonzosa concesion de la poligamia y del divorcio; desmentida la divina regeneracion del hombre por la asquerosa lepra de la servidumbre, que el Redentor habia lavado con su propia sangre; desfigurada la santa nocion de la justicia por transigir con la venganza, y restablecida la monstruosa pena del talion por deferencia al espíritu material y grosero del pueblo sarraceno? Efectivamente, la poligamia con todos sus tristes adherentes, la deslealtad, la seduccion, el concubinato, el adulterio; la esclavitud con sus legítimas consecuencias, el envilecimiento del ser racional y las sediciones; el justiprecio de la sangre derramada por el homicida; y el talion por último con su horrible desigualdad retributiva, son las facciones características de ese Estado musulman que con un barnizado antifaz de prosperidades y placeres materiales se anuncia al mundo como émulo de la civilizacion de la cristiandad y su superior en el cultivo de la humana inteligencia.
No al acaso he tocado el delicado punto de la poligamia, cáncer destructor de la familia musulmana, porque siendo la familia la norma del Estado, pueda comprenderse por aquí hasta qué punto es ruinosa la basa en que estriba esa vanagloriosa sociedad. Acompañadme en una breve escursion por fuera de la gran mezquita. Grato es de vez en cuando esplayar el pensamiento, como es grato al ave nacida bajo la magnífica cornisa de piedra de su espacioso atrio, pasar volando sobre las casas circunvecinas para volver á posar despues entre las grandiosas ménsulas donde fabricó su nido. Abarcaremos con una rápida mirada toda la vida doméstica del pueblo mahometano, y luego regresaremos al interior de su templo, donde fortalecidos con el convencimiento de que el progreso y esplendor de las artes es por desgracia compatible con el deshonor de las leyes y de las costumbres, no nos dejaremos alucinar como muchos fanáticos partidarios de la cultura arábiga por las deslumbradoras maravillas que su arquitectura tiene que realizar todavía en un monumento que es el prototipo mas acabado de su genio. No me acuseis de parcialidad: voy desapasionadamente á poneros ante los ojos la vida doméstica segun el Koran. Apartaremos la vista de los escesos y desórdenes que la ley condena y castiga. Sabemos que todos los pueblos los cometen, y que hay una edad en la vida de las naciones en que las costumbres presentan la corteza de la barbarie. Pero vamos á observar cómo vive la familia mahometana dentro de la permision de la Ley, para deducir cómo vivirá con la trasgresion, inevitable en toda humana sociedad.
Recorramos el interior del hogar doméstico en cualesquiera gerarquías, desde el tugurio hasta el palacio. Estudiemos la condicion verdadera de la muger, ya bajo el dorado arteson, donde para endulzar su cautiverio se la embriaga de placeres, haciéndola pasar del tocador al divan, del divan á la danza, de la danza á la música y á los cuentos, de la música al perfumado baño, del baño á la mesa, de la mesa al palanquin y del palanquin al lecho; ya bajo las tejas del pobre zaquizamí, donde á la dura servidumbre de su sexo se reune la brutal inconsideracion de su marido. Veamos, é interroguemos, y recojamos con atencion las respuestas.—Dime, hermosa africana, ¿por qué estás triste? ¿por qué palidece el ébano en tus lánguidas megillas y se estingue el fuego en tu mirada? ¿No se deslizaban felices tus dias en este encantado y magnífico recinto, descuidados como esas cuentas de coral que por el roto hilo de tu gargantilla caen á ese tapiz de flores? El sol abrasador de Tunez marchitaba tu juventud en los aduares: caiste en poder de los enemigos de tu tribu, fuiste vendida como esclava, y ahora disfrutas las delicias del harem y el cariño de tu dueño.—¡Ay mi sol de Africa! ¡Ay mi libertad! ¿Te imaginas por ventura que una esclava no es una muger? Fuí vendida, es cierto; pero amé con toda mi alma al dueño que me compró, y el ingrato ahora me abandona por una muger de linage, porque el profeta le autoriza á tener á un tiempo mugeres y esclavas[157]; y no contento con arrancarme un corazon que la ley natural habia ya hecho todo mio, me vende á un hombre que aborrezco pudiéndome tener consigo[158]!
Vuélvome á otro lado, y pregunto:—Linda damascena, tú pareces completamente feliz: huérfana en Siria, hallaste en Andalucía un jóven esposo que te sirve de padre, cuya opulencia te proporciona cuantos goces puedes apetecer. La ventajosa posicion de tu marido debe llenarte de orgullo, y cuando la edad te permita aparecer en público con el rostro descubierto, brillará en tus ojos la satisfaccion de ver honrados y aventajados á tus hijos.—¡Cuánto te engañas! Ahora que soy jóven nada me halaga, porque la riqueza de mi esposo solo sirve para dorar las prisiones en que vivo. Su desconfianza me humilla, y la vida de esposa me es mucho mas insoportable que la horfandad. No gozo un solo instante de libertad: mis siervas espían mis mas inocentes acciones; los eunucos que de noche velan mi sueño, las almeas que tú crees destinadas tan solo á divertirme con sus bailes, las tellaks[159] que te imaginas consagradas esclusivamente á mi servicio en el baño, son, sin sospecharlo tal vez, los ciegos instrumentos de la tiranía marital. Oyes susurrar el aura entre las flores, no sabes si gime ó si rie; así son mis suspiros. Oyes cantar al pájaro entre sus dorados alambres, no sabes si está alegre ó si llora; así es mi canto.—Tu esposo es fiel sin embargo al mandamiento del profeta, y no te niega su cariñoso homenage, ¿para qué quieres la libertad?—Di mas bien para qué quiero ese homenage forzado si hay otras esposas que lo obtienen igualmente, y no soy yo la que impera en su corazon. Ese obsequio legal me repugna: el profeta le consiente darme hasta tres rivales, de modo que su obligacion se limita á envilecerme una vez cada cuatro dias[160] renovando en mi corazon la herida de los celos. Mira lo que dice nuestro libro sagrado al hombre: «No contraigas matrimonio sino con dos, tres, ó cuatro mugeres. Elige las que mas te agraden. Si no puedes mantenerlas, cásate con una sola ó conténtate con tus esclavas[161].» Tambien te engañas si te figuras que el renombre y la gloria del marido pueden ennoblecer á la esposa sepultada en vida, y que el velo que ahora cubre mi semblante[162] caerá con los años para otra cosa que para hacer manifiesto el rubor de mis megillas cuando mis hijos sean postergados á los de una advenediza preferida.
¿Cómo suceden tan repentinamente en esa otra vivienda al son de los laudes, inhumanos latigazos, y agudos lamentos á las dulces modulaciones de los cantares? ¡Ah! Una jóven yemenita acaba de ser azotada por su marido de resultas de una infame delacion.—Pobre muger: ¿es posible que el hombre que parte contigo el pan y el lecho te trate tan bárbaramente? ¿Qué ley puede autorizarle á ser juez de su propio agravio si eres culpada, y á ser el ejecutor de tu castigo?—¡Ay de mí! el profeta se lo concede. He sido acusada de desobediencia: mi culpa era bien leve por cierto; pero no hay quien me defienda contra el brazo de mi irritado esposo, porque la ley declara que «los maridos agraviados por la desobediencia de sus esposas pueden castigarlas, dejarlas solas en el lecho, y aun golpearlas[163].»
Veo á la puerta de la vivienda de un jeque poderoso un crecido acompañamiento de caballos y camellos. Pasó la hora de alatema[164], y entran y salen los esclavos con gran recato y silencio sacando de aquella casa fardos y lios que colocan sobre las acémilas. Parece de pronto que se dispone algun largo viaje. A poco sale al zaguan, apoyada en dos mugeres, con la frente inclinada al suelo y sollozando amargamente, precedida de dos jóvenes de semblante ceñudo, hermanos suyos, una esbelta Kinserita, toda velada de la cabeza al pié: al colocarla en un camello vuelve los ojos llenos de lágrimas á los arrayanes y cipreses que se descubren por entre los arcos del patio que acaba de atravesar, y esclama:—¡Adios para siempre, objetos queridos que me acompañásteis en un breve sueño de felicidad ya disipado!—¿Adónde vas, jóven hermosa, ayer tan feliz y hoy tan afligida?—¡Me han repudiado!—¡Te han repudiado, y no hace un año se cubria de rosas y de mirto el suelo de esa morada para recibirte, y resonaban los adufes alzando las mugeres tu nombre en gritos de alegría[165] hasta las nubes!—¡Ah! bien lo recuerdo: encendidas mas que aquellas rosas estaban mis megillas cuando al pedirme para ese gallardo jeque, á quien yo secretamente amaba, me dijeron mis testigos: el noble walí de Jaen te ha pedido para esposa y te dá de acidaque[166] presente una gran riqueza. Si estás contenta, calla y no respondas, y tu callar es señal cierta que consientes. Mi padre acababa de morir en guerra de frontera, y mis dos hermanos se holgaban de mi buena estrella... ¡Todo acabó para mí! El cielo no ha querido dar hijos á mi esposo en su Kinserita antes tan querida, y me repudia por estéril. ¡El profeta permite romper por esterilidad un vínculo que la naturaleza hace indisoluble! «Esperad tres meses antes de repudiar á las mugeres que han perdido las esperanzas de concebir[167].»
—Tú al menos, digo á otra bella mora á quien veo salir de su elegante retiro llevando de la mano dos niñas, no serás repudiada por estéril; y sin embargo tus ojos hinchados, el velo que tambien te cubre, el atavío de tus hijas, indican que te dispones á dejar la casa conyugal.—No soy estéril, no, pero tambien me veo repudiada. La causa apenas yo misma la sé: sé tan solo que perdí el corazon de mi marido, y que el ingrato juró que me repudiaba. Cuatro meses hace que pronunciando él su juramento, me cubrí con este velo y me retiré á ese aposento. Sostúvome la esperanza de la reconciliacion, mas esperé en vano; nuestro vínculo está disuelto, y yo recobro mi libertad[168]. ¿Qué digo mi libertad? ¡La muger lo deja todo donde tuvo el primer tálamo, y solo el hombre recobra despues del divorcio su primer estado! Llévome mis hijas, único bien del alma de que no se me despoja; mis hijos quedan aquí, y es fuerza separar á los hermanos unos de otros como se separan las ramas que crecieron entretegidas, cuando el hacha despiadada hiende á muerte el tronco. Pasarán los años, y si llegan á encontrarse se desconocerán, lo mismo que se desconocen la viga de una dorada techumbre y su hermana la viga que se pisa enterrada en un pavimento.
Sorprendo en otra casa á una muger meditando con el Koran en la mano el modo de cometer un delito para obtener la atalca[169] de su marido.—¿Qué estás pensando en este recóndito y solitario paráge, atrevida cordobesa? El libro del profeta está abierto en tus manos, y la espresion de tu semblante denota sin embargo que tu espíritu vaga incierto sobre el araf[170] entre el cielo y el infierno.—El crímen que medito me brinda con la suprema felicidad en la tierra. Estoy estudiando si puedo volver á los brazos de un marido que me amaba y á quien yo entregué toda mi alma.—Pues ¿y el marido que hoy tienes?—No le amo: prendado de mi hermosura me pidió en casamiento, y yo solo consentí con la esperanza de ser repudiada.—No comprendo á qué fin te has envilecido pasando por el tálamo de un hombre á quien no dabas tu fé.—Toma este libro, y lée: «El que repudie tres veces á una muger, no podrá volverla á hacer suya sino despues de pasar por los brazos de otro hombre que tambien la haya repudiado[171].»—¿Y prefieres al marido que tienes ahora el que por tres veces te repudió?—Le prefiero sin duda puesto que solo á él amo; él tambien me prefiere á sus demas esposas, y la tristeza le devora desde que me perdió. Ambos somos infelices por esa ley que hace la tercera atalca irredimible con la reconciliacion; pero afortunadamente ella misma nos ofrece el remedio en un cuarto repudio, á costa de un sacrificio que consentido por el primer esposo pierde su vileza. Mi actual marido es de genio apacible, y sin embargo le detesto; mi primer marido era irascible y arrebatado, y sin embargo le adoro: misterios del corazon que no ha comprendido el que al tercer repudio verbal hace la separacion forzosa.
La triste condicion de la muger mahometana me conduce á examinar la condicion de los hijos y de los siervos. Veo declarado impune al padre que prostituye á la sierva de su hijo[172]; impune tambien al que prostituye á la muger de su siervo[173]; veo que el amo casa á sus esclavos sin consultar su voluntad[174] como se unen los animales para que encasten; veo que la condicion de mercancía, sujeta á las alternativas de la estimacion y del desprez, empieza para la muger en la misma infancia, porque el padre casa á la hija desde niña sin contar con su parecer[175], y el tutor casa á su pupila si entiende que así le conviene, prescindiendo de que ella entienda lo contrario[176].
Tal es la constitucion de la familia bajo esa secta dominadora. La poligamia, destructora de todo órden doméstico y público, que produce la opresion de un sexo y la mutilacion del otro[177], que hace que el matrimonio no sea un vínculo, ni la familia una sociedad, introduce costumbres totalmente contrarias á la naturaleza del hombre social; estas á su vez originan hábitos opuestos á la naturaleza del hombre físico; y de este modo se verifica que una religion que prohija como inocentes las inclinaciones naturales corrompidas, condena á perpetua barbarie al pueblo que la observa. No hay progreso donde no se señala á las humanas acciones un tipo ideal y sublime á que aspirar, donde el hombre llega sin esfuerzo, sin lucha, sin sacrificios, al que se supone estado normal de la ley religiosa y civil.
¡Cuán de otro modo comprende la humana perfeccion la religion del pueblo dominado! ¡Cuán diversa es bajo sus santas leyes la familia! «Nuestro matrimonio, pudieran haber esclamado los perseguidos cristianos, no es la promiscuidad de los irracionales, sino un consorcio indisoluble elevado por Jesucristo al carácter augusto de Sacramento. No juzgueis nuestra ley por nuestras acciones: sabemos que somos débiles y prevaricadores, pero se nos manda que seamos perfectos. Dios que conoce al hombre y sus inclinaciones, porque conoce su obra y la obra del hombre, no nos dió leyes débiles, cómplices de nuestras pasiones como las vuestras y testigos impotentes de nuestros desórdenes, sino que nos puso un freno, y este freno escluye de nuestra familia la poligamia y el divorcio, restableciendo entre nosotros el matrimonio edénico, de dos espíritus en una sola carne, inviolable en su pacto, legítimo en su fin, vivificador por su pudicicia. Nuestro matrimonio no reconoce por fin legítimo el placer: su objeto es la formacion de una sociedad eventual, blanco de las bendiciones de la religion como Sacramento. Lejos estamos de la perfeccion que como un deber se nos inculca, porque la perfeccion se halla en el complemento natural de las cosas, y nosotros empezamos á vivir. La perfeccion de la simiente es la planta, la perfeccion del feto es el hombre, la perfeccion del pueblo bárbaro es el pueblo civilizado; pero ¿cómo habeis de civilizaros vosotros mas de lo que exige vuestra ley? Tolerad, pues, que os enseñemos lo que no sabeis, y si no lo tolerais matadnos en buen hora; pero nosotros no podemos en conciencia menos de advertiros que vais descarriados, porque es tambien deber nuestro indeclinable amaros como á nosotros mismos aunque nos aborrezcais. Podia el imperfecto paganismo, vanaglorioso con la virtud privada de Arístides y Caton, satisfacerse con que estos se abstuvieran de los infames juegos de Olimpia y de la diosa Flora; pero el cristianismo no se contenta con la tolerancia del pagano, ni con el olvido del levita, sino que exige la caridad solícita del samaritano[178].» No era otro en verdad el móvil que impulsaba á los mártires españoles, porque cuanto mas se acercaba el estado musulman á su pleno desenvolvimiento, mayor tenia que resultar el contraste entre las dos religiones tan opuestas en sus principios. De este contraste resultaba el escándalo, del escándalo el celo, del celo la pugna, de la pugna la persecucion y la muerte. Como serenas estrellas que en una noche de bulliciosa y espléndida orgía mandan á la tierra su vívido resplandor por entre las negras nubes de un cielo de tormenta, así vosotros, mártires purísimos, brillais con hermosa claridad en los sangrientos anales de la perseguida Iglesia de España, contrastando la divinidad de vuestra doctrina y testimonio con la falsa brillantez de esa corte corrompida que tan á costa vuestra estais evangelizando.
¡Oh valor incomparable! Saben esos humildes y generosos confesores que la persecucion arrecia, que el desacato de la profesion de fé es ya mirado como asunto digno de ocupar al consejo del rey[179], que la estirpacion completa de la religion cristiana va á ser en breve el negocio capital de la gobernacion interior del Estado; ven aumentarse el número de los apóstatas, entibiarse el celo de sus afligidos hermanos, dilacerarse con nuevas heregías el seno de la Iglesia perseguida, ceder los débiles á la opresion y al oprobio, los tímidos á las amenazas, los codiciosos á la agravacion de los tributos, los ambiciosos á las liberalidades y promesas; dícenles que sus prelados mismos los obligan á jurar que no comparecerán ante los jueces á hacer pública confesion de su fé, que en el consejo del Amir se ha acordado conceder á todo musulman permiso para quitar la vida á cualquier cristiano que hable en desdoro de su profeta y secta; y sin embargo nada les arredra. ¡Allá va la gloriosa falange! En ella la dama de esclarecido linage que hasta ahora habia vivido ocultando su verdadera fé, y que, depuesto ya todo humano respeto, ha consumado el sacrificio para una madre mas costoso, cual es el abandono de sus cariñosos hijos[180]; en ella el rico hacendado, hijo de mahometanos, que tomando de su heróica esposa ejemplo de abnegacion y fortaleza, y aleccionado en la provechosa escuela de los justos perseguidos y encarcelados, reparte su riqueza entre los pobres y las iglesias, y confia su prole ¡ya en breve huérfana! al tranquilo amparo de un humilde claustro de religiosas[181]; en ella el mendicante peregrino de lejanas tierras enseñoreadas por los infieles, que nacido en la gloriosa Belen y profeso en el célebre monasterio de S. Sabas, termina su trabajosa cuestacion por Africa y España, pidiendo en Córdoba al consejo de Abde-r-rahman el eterno descanso á la sombra de la palma de los mártires[182]; en ella numerosos monges, unos nacidos de noble linage, otros nobles por sus hechos y virtudes; en ella finalmente ricos y pobres, sabios é ignorantes en las humanas letras; versados en los estudios y trato de los árabes, y extraños de todo punto á su lengua y comercio; aventajados en la corte, y oscuros mozárabes de la Ajerquía; casados, célibes, eunucos; los unos criados entre parientes mahometanos, y sin embargo cristianos desde la infancia; los otros hijos de cristianos, pero tenidos por musulmanes hasta el momento de recibir de Dios el don de caridad y fortaleza, que los convierte de repente de tibios y meticulosos en paladines declarados de la fé, sedientos de la salvacion de las almas y de las salutíferas aguas de la tribulacion. La edificacion de sus hermanos, la conversion de sus obcecados dominadores, la espiacion de la pasada prevaricacion de España[183], reclaman ese sacrificio. Allá van, pues, gozosos y tranquilos: los mancebos renunciando á sus doradas esperanzas, á su brillante porvenir, á la ciencia, á los honores, á la gloria, al amor, á todo lo mundano; las madres despidiéndose para siempre de sus inocentes hijuelos, en quienes se compendian para ellas todos los placeres de la tierra, y estampando en sus rosadas megillas el último beso, que reciben dormidos, ignorantes de su próxima horfandad. Allá van, animosos y decididos, á dar su sangre por su fé, por el cristianismo, por la verdadera civilizacion del mundo, por la gloria del Criador, y á dejarse sepultar cadáveres desangrados en ese hondo rio, momentáneamente agitado y luego otra vez magestuoso y sereno. No podrán decir sus enemigos que los impulsa la vanagloria, porque saben que sus nombres serán execrados prevaleciendo los apóstatas partidarios de Recafredo, y que el culto de los mártires es severamente castigado por los musulmanes y por los obispos prevaricadores[184]. Ese es el premio que esperan de los hombres, esa la recompensa que les tiene reservada el mundo, que los moteja de fanáticos y alucinados, en pago de lo que ellos se afanan y sufren por su emancipacion y progreso. ¿Vivirán al menos sus nombres en la memoria de la España restaurada? Vivirán, sí, en los corazones de la gentecilla humilde y oscura, que es la que ama las tradiciones piadosas y los recuerdos de sus santos; perpetuaránse en las leyendas, en los martirologios y santorales, que, fuera de las iglesias y monasterios, solo manejarán el devoto madrugador que vive ignorado del mundo, y el solitario campesino que solo ve de la gran ciudad las azuladas torres; pero los poderosos, los cortesanos, el Estado, nada creerán deberles ni se cuidarán de ellos, porque la memoria, peso abrumador para la vida de los grandes, es como un mar de plomo en que se hunden todas las antiguas glorias y escarmientos. El calor de las nuevas impresiones le hace hervir un instante, y luego gradualmente recobra la inmobilidad de la masa inerte. En él las cosas de quilate se sepultan, y solo sobrenadan cañas huecas y espumajos.
Pero si los hombres son ingratos con los mártires, el Omnipotente al menos se les declara propicio, y armado con todos sus horrores y prodigios, atestigua por ellos, conturbando á los jactanciosos dominadores. Corria el mes de setiembre, delicioso en la tierra de Córdoba, y en uno de sus mas claros y serenos dias, los consternados cristianos veían clavar en la ribera del Guadalquivir los cuerpos de dos mancebos, nobles por su sangre y afamados por su ciencia, que acababan de ser degollados, durando aun la ceniza de la hoguera encendida para quemar los cadáveres de otros dos mártires. Oscurecióse de repente el cielo; cubrióse de negras nubes sin que precediese anuncio de tempestad, rompió esta con grandes truenos y relámpagos y granizo, y mientras los hombres ofendian á la naturaleza con la muerte de aquellos dos justos, con tanta crueldad sacrificados, esta demostró hacer por ellos sentimiento enlutándose en medio de su mas esplendorosa gala[185]. Insensible el orgulloso Amir á tan evidente testimonio, jura lleno de furor que raerá de sus vastos dominios la cizaña de la fé cristiana. Ya el valor de los mártires le conturba y le quita el sosiego, ya la poblacion mozárabe le ocupa y le causa insomnios; la poesía, la música, las artes, los cuentos y relaciones de Zaryab y de sus favoritos no le desenojan; conoce el valor de los buenos cristianos, el prestigio que entre ellos alcanzan los prelados como Saulo, los doctores como Eulogio, pero fia demasiado en la intimidacion que ejercen los malos obispos con sus decretos y él con sus edictos, y desconoce la fecundidad de la sangre derramada. El año 852 se halla en su tercio final: veintiocho cristianos han muerto á manos de los verdugos del Amir; su obispo y su mas caro maestro conocen ya el rigor de las prisiones. ¡Ay de los que se atrevan en lo sucesivo á desafiar su saña! Dos eunucos cristianos, sin embargo, uno natural de Granada y otro venido del Oriente, llamados el primero Rogelio y el segundo Serviodeo, aquel monge y anciano, este mozo y de estado á nosotros desconocido, penetran denodadamente en la mezquita mayor un viernes, en ocasion de hallarse el templo todo lleno de gente allí congregada para hacer su azala. Sabida es la escrupulosa y nímia atencion con que observan los musulmanes viviendo entre cristianos hasta las mas pequeñas prescripciones de su ritual, porque los sectarios de Mahoma son esclavos de su religion como de su gobierno: no hay creyente que antes de entrar en la mezquita á orar, ya sea en dia juma, ya en otro dia cualquiera, no haga en las fuentes del atrio sus purificaciones ó abluciones, con todos los requisitos prevenidos por la Ley y la Sunnah; ni hay quien se atreva á penetrar en el recinto sagrado sin dejar en el pórtico el calzado con que anduvo por las calles y plazas; ni quien una vez dentro de la casa de adoracion, no ocupe el parage asignado á su edad y sexo, no haga mirando á la kiblah las incurvaciones y postraciones á que estan obligados los fieles, y no siga en todas las oraciones y actos de su ceremonial al Imam con aquel órden, regularidad mímica y afectada compostura, propios de una religion de meras formas. Rogelio y Serviodeo, despreciándolo todo, se entraron en el templo con ímpetu extraño, sin ablucion, sin despojarse del calzado inmundo, sin hacer acto alguno de los que el culto musulman impone. Debieron los servidores de la mezquita mirarlos al pronto como dementes; al verlos atravesar con infraccion de todas las reglas establecidas, á paso precipitado, por las hileras y departamentos de hombres, niños, hermafroditas[186] y mugeres, fijarian en ellos los muslimes sus ojos atónitos sin esplicarse la causa de tan punible desacato. Pero antes de presenciar el gran delito que se prepara, cúmplenos observar, aunque sea de ligero, esas singulares ceremonias de que hemos hecho mérito, para comprender mejor el sangriento escándalo, la alarma y el enojo, que los dos osados cristianos debieron producir en los musulmanes cordobeses y su gobierno. Un poco de paciencia, buen lector: luego terminaremos el cuadro de los furores de los Amires, y de las justas venganzas del cielo.
Los musulmanes dan una importancia suprema á todos los actos exteriores, porque las grandes promesas de Mahoma se libran en ellos. «Al que se lava el cuerpo segun manda la Sunnah, y va temprano al templo, y se pone cerca del Imam para oirle con atencion sin hablar palabra, le escribe Dios nuestro señor, dicen los doctores del Koran, por cada paso que dá, el premio correspondiente á un año de adoracion, y á un ayuno de todos los dias.» «El dia del juicio, añaden, se le aparece la Aljama en forma de hermosa figura ataviada con vistosos arreos: él pregunta: ¿quién eres? y ella le responde: soy la Aljama, que vengo á atestiguar delante de Dios cómo acudiste al cumplimiento[187].» Ceremonias exteriores tan poderosas, que sirven de espiacion y justificacion, y que equivalen en mérito á la mas rigorosa penitencia, escusado es decir si se observarán escrupulosamente. Verdad es que estas fórmulas se consideran nulas sin la recta intencion, así que «la azala, dicen los teólogos árabes, es una estátua que figuró Dios lo mismo que figuró los animales, poniéndole por alma la intencion[188].» Pero como la mera intencion es fácil de formar, no por eso la religion mahometana resulta menos cómoda. La pureza del corazon se recomienda, pero no se dá medicina para lograrla: no importa: todo va bien mientras el cuerpo aparezca puro de inmundicia exterior, y mientras las azalas obligatorias se hagan en los tiempos y con las posturas, lecciones y jaculatorias requeridas, siguiendo al Imam con precision automática, y como si dijéramos á golpe y medida de resorte: exactamente de la misma manera que hacen la carga á once voces los héroes de oficio que entretienen las naciones para un caso de guerra, y sus habilidades los perros sabios que en teatrillos ambulantes los imitan en casos de paz. Hé aquí pues cómo se santifica el pueblo que rige el poderoso Abde-r-rahman II. Estamos en plena festividad, dia de viernes, dia juma: dia por cierto en que sufrió un solemne desaire el gran profeta Mahoma mientras estaba predicando en la mezquita de Medina. Hallábase en lo mas crítico de su peroracion, cuando sonaron de repente los tambores que anunciaban la entrada de la caravana de mercaderes en la ciudad; y todos entonces, escepto doce fieles de fé tenaz y aguerrida, abandonaron el templo dejando al predicador con la palabra en la boca. Esta falta de respeto le sugirió la feliz idea de hacer bajar del cielo la Sura ó capítulo LXII de su Koran, titulada el viernes, y cuya aleya undécima dice así: «Cuando el interés los estimula, corren los hombres al punto adonde su voz suena, y abandonan al ministro del Señor. Diles pues: los tesoros con que Dios os brinda son mas preciosos que todo bien perecedero. Dios es el mas generoso de los bienhechores[189].» Este pesado chasco no quita que sea el viernes el mas dichoso dia que alumbra el sol, y que en él (los muslimes al menos así lo suponen) criase Dios á nuestro padre Adan; que en él lo pusiese en la gloria, y luego lo bajase á la tierra, y que en él muriese; que en él deba ser el juicio, y que no haya en él animal que no esté en confusion desde que amanece hasta ponerse el sol esperando la hora de la comparecencia, esceptuadas las gentes y espíritus[190]. En este dia al que hace la azala le son perdonados todos los pecados que tenga sobre su alma.
Siendo por consiguiente la azala del viernes tan eficaz, es claro que no se descuida el hacer con toda minuciosidad la purificacion que á ella precede, y que es como la raiz y fundamento de la Ley musulmana; porque está escrito que no recibirá Dios la oracion sin la purificacion[191], y Mahoma ha pronunciado que la religion está cimentada sobre la limpieza[192]. «Oh vosotros los que creeis, antes de comenzar vuestra oracion lavaos el rostro, y las manos hasta los codos, y restregaos la cabeza, y los piés hasta los talones, y purificaos si hubiéseis tenido polucion. Si estuviéseis enfermos, ó hubiéseis tenido coito, tomad á falta de agua polvo limpio, y frotaos con él la cara y las manos. No quiere Dios angustiaros, sino haceros puros y derramar sobre vosotros sus gracias para que seais agradecidos.» Así se espresa el Profeta en la Sura quinta de su Koran, y sobre estas palabras arman los musulmanes toda la artificiosa y ridícula máquina de su purificacion y abluciones.
Amanece, pues, el gran dia, y empieza en las casas de los fieles muslimes la faena de los lavatorios, que no concluye sino en el atrio de la mezquita; porque los viernes es obligatoria la asistencia á la azala del templo, y obligatoria tambien una ablucion general de todo el cuerpo, la cual no puede hacerse cómoda y decentemente sino en el propio hogar. Esta ablucion general, llamada tahor, ó tahara, es tambien de precepto en las dos principales festividades de pascua de Ramadan y pascua de Carneros, en la peregrinacion á la casa santa de la Meca, y en ciertos casos de natural impureza[193]. El que hace tahara no solo tiene que lavar todo su cuerpo, enjuagarse, limpiarse la dentadura, espeler las mucosidades, y raerse el bello, sino que está obligado á observar el órden y la forma establecidos para estas diversas operaciones; de tal manera, que no le sirve la ablucion, si en vez de concluir lavándose los piés, segun está prescrito, acaba lavándose las manos ó la cabeza, y si en lugar de mojarse el cuerpo tres veces, como es tambien precepto tradicional, se lo moja dos ó cuatro. Los requisitos de la tahara son varios: se empieza lavándose las manos, siguen los demas miembros por su órden, y se concluye por los piés. Ademas debe hacerse en lugar limpio, y empezarse el lavatorio del cuerpo desde la cintura abajo, invocando al Criador, echándose luego el agua por la cabeza, restregándose el casco con los dedos, sin necesidad de que deshagan sus trenzas las mugeres, y finalmente, mojándose primero el hombro derecho y despues el izquierdo; todo esto con agua limpia de rio ó de mar, de pozo ó fuente, ó llovediza, con tal que no haya caido en ella cosa muerta por pequeña que sea. Como sin embargo de la ablucion general se requiere para antes de orar la purificacion ceremonial ó sagrada, llamada alguado, que consiste solamente en lavar la cara, las manos hasta los codos, la cabeza, y los piés hasta los tobillos, con el aditamento de enjuagarse la boca, sonarse sorbiendo el agua y frotarse los oidos, que ha establecido la Sunnah, es claro que el que se propone cumplir religiosamente estas ceremonias tiene bastante en que entretenerse antes de principiar la oracion pública. Esta segunda ablucion, ó purificacion sagrada, cuya virtud se pierde segun los expositores de la ley y tradicion por veinte causas (que omitimos especificar por poco decentes)[194], y que por lo tanto es forzoso repetir con mucha frecuencia, tiene sus requisitos y prácticas que la hacen bastante curiosa á los ojos de los profanos. Llega el muslim al atrio de las abluciones, y antes de visitar la casa donde se custodia y venera su Koran, hace una visita oficial á la letrina: lava luego sus manos, vuélvese de cara á la quibla, se sienta, enjuaga su boca, descarga sus narices, y entre tanto pronuncia la fórmula: «En nombre de Dios.» Mientras se hace esta ablucion se suspende todo coloquio: cada cual va por su órden cumpliendo con las ceremonias establecidas sin curarse de lo que hacen los demas. A la locion de la cara, con la cual pide el creyente á Dios que la emblanquezca el dia del juicio, sigue la del brazo derecho, por la que pide que le dé su carta aquel dia en su diestra; luego la del brazo izquierdo, con lo que intenta significar que no se la dé en la siniestra; luego sigue la frotacion de la cabeza, para que Allah le cubra con su piedad y le conserve sus cinco sentidos; luego la de los oidos para que le haga oir Allah su divina palabra y el pregon de Bilel[195] en el Paraiso; luego la locion del pié derecho para que se le afirme en el puente del Sirath, y la del izquierdo finalmente para que no le sirva de embarazo al atravesarlo. Si reparas bien en los actos de los que van acudiendo al hermoso patio de los naranjos, llamados por el aliden[196] á la azala de adohar, observarás que los ritos para hombres y mugeres son los mismos, que unos y otros comienzan la ablucion con la mano derecha, que jamás ayudan con la izquierda á la absorcion del agua por la boca y narices, que la mano izquierda se destina á otros usos menos nobles, que todos repiten las abluciones hasta tres veces, ni mas, ni menos, que todos se abstienen de consumir en esta operacion demasiada agua, de frotarse los piés desnudos, de echarse el agua en la cara de golpe, y de ensuciarla con salivas y otras inmundicias. Habrás advertido tambien que á medida que van entrando en el patio los muslimes van dejando bajo los pórticos el calzado con que andan por la calle, y que para penetrar en la mezquita usan otro calzado limpio, sobre el cual hacen la locion de los piés. Verás á los hombres descubrirse la cabeza para la frotacion que impone la Ley, y á las mugeres no, porque la tradicion les consiente que cumplan esta ceremonia por debajo del velo ó manto que las cubre todas, con tal que puedan llevar las manos al colodrillo sin deshacer la mata de sus cabellos. Ultimamente, no verás hombres y mugeres juntos ni en el atrio ni dentro del templo: cada sexo tiene asignadas sus puertas para entrar en uno y otro, y sus departamentos ó secciones en el interior de la mezquita: la muger recoge el manto sobre su rostro dejando solo destapado un ojo[197], y hace sus abluciones separada de los hombres, porque en ella todo es pudendo, hasta los brazos y el cuello: todo, á escepcion de las manos, los piés y la cara. Entiéndase esto de la muger libre, porque en la esclava no se consideran pudendas mas partes que las que el hombre mismo está obligado á ocultar, á saber, desde la region umbilical hasta las rodillas. En cuanto á la costumbre de taparse la cara con el velo ó manto, propiamente llamado almalafa[198], ya dejamos apuntada la disposicion legal en que se funda esta que de pronto parece señal de esquisita pudicicia[199], y que en realidad es solo cebo artificioso y pretesto hipócrita del lenocinio, segun muy autorizados votos[200]. Mahoma la recomienda sin duda porque la halló establecida en el Oriente, donde era el manto considerado como ornamento para las casadas, y como adorno y velo para las doncellas. Las almalafas eran de lino por el estilo de las que se tejian en Galilea, ó de seda como las usaban las Fenicias, unas blancas, otras de diversos colores: muchas veces finísimas, sutiles y trasparentes como el theristro griego, cuyo nombre, así como el de palio y caliptra, le dan algunos historiadores del Bajo-Imperio y otros escritores de la Iglesia; y en esta forma la usaban las meretrices en el mundo antiguo, las cuales se envolvian en un theristro diáfano como el ambiente para poder presentarse en público desnudas[201].
En el atrio de la mezquita, donde hay aguas abundantes, no puedes gozar el espectáculo de los que con mucha fé y entusiasmo se restregan los miembros con polvo, tierra, y aun barro, imaginándose quedar muy curiosos y aseados. La ley musulmana exige que á la hora de la azala se haga siempre la purificacion ceremonial, y que donde falte el agua, como puede muchas veces acontecerle al caminante, al encarcelado, al que esté escondido huyendo de fieras ó de enemigos, se eche mano de la tierra, de la arena, de la yerba, de las piedras, del césped, del barro, de todo lo que la naturaleza haya criado sin intervencion humana[202]. Esta singular purificacion se llama el tayamun; ya puedes figurarte si será edificante y hermosa la figura de un devoto muslim apeado de su caballo en medio del campo, haciendo sus incurvaciones con la cara tiznada de lodo, vuelto hácia la Meca[203]. No deliraron tanto jamás las naciones paganas que mas materializaron la razon de las purificaciones; no digamos los Romanos, que hacian sus decorosas y solemnes lustraciones, en manera alguna ridículas, antes bien interesantísimas por el sacrificio de las víctimas; pero ni los Baneanos del Mogol[204], ni los Bracmanes, de quienes se cuenta que todos los dias antes de salir el sol van al rio y en él se meten, unos hasta el pecho, otros hasta la garganta, creyendo quedar allí limpios de sus pecados; ni la gente india vulgar, que, persuadida de que las aguas limpian el alma, corre desalada á los grandes estanques de las Pagodas, y á los dos sagrados rios Ganges y Cason, en cuyas ondas purificadoras aman muchos dejar la vida[205]. De estos al menos no se refiere que se hayan entretenido ó se entretengan en hacer objeto de ceremonias la inmundicia natural, cotidiana, y aun necesaria, del organismo animal, ni que sean tan materiales y nímios que se crean obligados á repetir la ablucion si omitieron en ella alguna pequeñez, ó si al lavarse los brazos empezaron v. g. por los codos, en vez de empezar por las puntas de los dedos[206].
Cesaron las abluciones de los creyentes, óyese dentro de la mezquita la alicama ó convocacion que los llama á orar. «Ya está levantada la azala, ya comienza la oracion[207];» es la hora de adohar, el sol está en la mitad exacta de su carrera, el Imam ocupa el mimbar, entra el pueblo con paso grave y mesurado por las espaciosas y elegantes puertas que conducen á las once naves mayores. Los hombres entran por unas puertas, las mugeres por otras, á fin de que cada sexo ocupe su respectivo compartimiento[208]. Todos al pisar el umbral sagrado levantan en señal de admiracion las manos, esclamando en voz baja: «¡Dios es el mas grande!» Este primer acto no creas que es espontáneo; es de ritual. «El que entre á orar magnifique á Dios, y levante sus manos de modo que sus pulgares se hallen á la línea de sus oidos: aplique luego la mano derecha sobre la izquierda, y ambas debajo del ombligo, y diga alabando á Dios: bendito sea, oh Dios, tu nombre, exaltada tu dignidad, glorificada tu alabanza; no hay mas Dios que tú[209].» Así lo verifican todos: á la magnificacion sigue la estacion; durante la estacion, en la cual no le es permitido al muslim separar las manos de la postura referida, ni doblar las rodillas, ni cargar el peso del cuerpo sobre una pierna mas que sobre otra, se implora el auxilio del Altísimo contra Satanás apedreado, y luego se pronuncia la célebre invocacion Besm ellah elrohman el rahim (en nombre de Dios clemente y misericordioso), que para los mahometanos es como para nosotros los cristianos la señal de la cruz, y con la cual principian todos los actos importantes de la vida. Las dos últimas palabras se dicen secretamente. Refiere uno de los mas famosos comentadores del Koran, que cuando esta invocacion bajó del cielo, las nubes huyeron al oriente, los vientos se calmaron, la mar se conmovió, los animales empinaron las orejas para oir, y los demonios cayeron precipitados de las esferas celestes[210]. Empieza el Imam en seguida, á la cabeza de todos los creyentes formados en hileras, la lectura del proemio ó Sura primera del Koran, y ellos en secreto le van siguiendo. Magnífica en verdad es esta primera oracion, despues de la cual puede decirse que en la azala no hay otra. Dice así:
¡Gloria á Dios, Señor de los mundos!
La misericordia es su atributo:
Él es el rey del dia del juicio.
Adorámoste, Señor, é imploramos tu auxilio.
Dirígenos por los caminos de aquellos á quienes has colmado de beneficios,
De aquellos que no provocaron tu cólera y se preservaron del error.
Al proferir el Imam estas últimas palabras, los asistentes dicen: Amen. Sigue inmediatamente otra magnificacion con la fórmula conocida «Dios es el mas grande» (Allah ua aqbar), y despues tienen lugar las incurvaciones y postraciones y asentaduras, interpoladas con jaculatorias, y dispuestas por la tradicion y los teólogos musulmanes con tantos requisitos, tanto subir y bajar, tanto encorvar la espalda y enderezarla, tanto sacar y remeter el vientre, tanto jugar de piernas y de cuello, y tanto agitar de piés encogiendo uno y estirando otro, y volviendo los dedos á la quiblah, que ni tengo yo paciencia para írtelo desmenuzando, ni tú la tendrias para seguir atendiéndome[211]. Observemos, si te place, que desde el comienzo de la azala hasta el fin van siguiendo los asistentes toda la mímica del Imam que la rige, exactamente lo mismo que siguen en sus movimientos los reclutas al cabo instructor, ó como en ciertos juegos de los niños (¡oh recuerdo agridulce!) sigue todo el corro al que dirige la farsa repitiendo sus palabras é imitando sus gesticulaciones[212]. Mejor que pudiera yo hacerlo, te esplicará el dibujo que aquí te pongo lo que es incurvacion y postracion[213]. Mira en él reproducidas estas dos posturas capitales: el que hace la incurvacion (rucúz) pone las manos sobre las rodillas, y las espaldas al nivel de la cabeza; en esta posicion pronuncia las esclamaciones de ritual, y ó bien vuelve á enderezarse, ó bien se postra en tierra, segun el estado y período de la oracion. Al postrarse para hacer su adoracion (çuchud), procura con todo esmero que toquen en la tierra la frente, la nariz, los codos, las manos abiertas, las rodillas y los dedos de los piés. Al sentarse procura tambien no hacerlo sobre ninguno de los dos piés, sacándolos por el lado derecho, o juntando con el muslo derecho la planta del pié izquierdo.
INTERIOR DE LA MEZQUITA DE CORDOBA.

Ocupados en este ejercicio mas propio de jimios que de seres racionales estaban los muslimes cordobeses, y la soberbia mezquita de bote en bote, cuando penetraron resueltamente en ella los dos cristianos Rogelio y Serviodeo. El pueblo suspende sus ritos, álzase un imponente murmullo, señal segura de un grave escándalo; el Imam enmudece asombrado; al murmullo sucede una amenazadora gritería, como siguen en la mar los bramidos de las olas á la susurrante brisa que anuncia las tempestades. ¿Qué intentan esos dos hombres temerarios que abriéndose paso por las apiñadas hileras se adelantan forcejeando hasta cerca del Santuario? ¿Qué palabras son las que vienen á proferir en este venerando recinto, interrumpiendo solemnes ceremonias, infringiendo leyes y tradiciones, desafiando las mas terribles prohibiciones[214] y esponiendo la vida al justo furor de la escandalizada muchedumbre? ¡Oh abominacion! ¡oh delito monstruoso y nefando! El magestuoso y sonoro idioma del Hedjaz consagrado por el profeta de Dios á la promulgacion del Koran, es prostituido y vilipendiado por sus atrevidas lenguas en obsequio del profeta nazareno[215]: nada menos intentan esos criminales alucinados que convertir con una insensata predicacion los corazones de tantos miles de creyentes, fieles y fervorosos, al culto del Hijo de María, escarneciendo la doctrina y nombre de Mahoma. ¡Pobres insensatos! Como si no supiéramos distinguir el bien del mal, vienen ellos á predicarnos que son males los bienes de la tierra, que miente y nos engaña el que nos prometió el placer en este mundo y la felicidad en el otro[216]. ¡Perezcan esos dementes, acabemos con todos ellos, estíngase en el Andalús la abominable peste de la Palestina! Así claman los mas celosos, y arremolinándose en torno de los dos indefensos cristianos, emprenden con ellos á golpes, los derriban á bofetadas y empellones, y de buena gana los habrian muerto dentro del mismo templo como en desagravio de su[217] profanacion; mas acudiendo el Cadí de la Aljama, se los entregan para que les aplique la pena de muerte y mutilacion de manos y piés, á que se hicieron acreedores por su delito, y excitan á sus regidores á concluir de una vez con el nombre de cristianos por medio de una persecucion sangrienta y sin tregua. El fuego de la ira popular prende en el corazon del sultan, y el monarca que en su juventud blasonaba de justo abandonando á los jueces las causas de los cristianos sediciosos, se jacta en la vejez de cruel, consagrándose personalmente á discurrir penas atroces y medios escepcionales de intimidacion. Pero conociendo que la crueldad le ahuyenta los vasallos, y que la misma razon de Estado que manda castigar la rebeldía le aconseja no trasformar en héroes á los rebeldes, imagina que es preferible poner á los confesores la mordaza de la obediencia, robusteciendo el decreto del desautorizado Recafredo con un solemne canon conciliar, al cual no puedan oponer los cristianos objecion alguna. Cosa fué pensada y hecha la reunion de metropolitanos y obispos llamados á secundar tan satánica invencion. Celebróse el concilio convocado por el tirano islamita[218]: el miedo y el rigor luchó en los pechos de los prelados con el amor á la justicia: querian no faltar á esta, ni exasperar mas al rey. Ofrecióseles conciliar lo uno con lo otro disponiendo el decreto artificiosamente, de suerte que la corteza de la letra, á que habian de mirar los infieles, sonase á prohibicion de presentarse al martirio, pero que bien mirado el sentido, cual podian conocerle los prudentes cristianos, no incluyese ofensa de los mártires[219]. Pero esta resolucion causó escándalo entre los cristianos ignorantes, desagradó á los mas ilustrados, y fué objeto de severas impugnaciones; causa tambien de reprobaciones y persecuciones nuevas. Saulo y Alvaro la censuraron: créese que S. Eulogio hizo lo mismo[220]. El obispo fué segunda vez encarcelado: el sabio doctor tuvo que ocultarse: los seglares nobles y conocidos temian por instantes la misma pena: todos andaban acobardados, atribulados, huidos. Abde-r-rahman al ver frustradas sus esperanzas se entrega de nuevo á su delirante saña. Una infernal complacencia le conduce á una alta galería de su alcázar, desde donde espera cebar la ansiosa mirada en un espectáculo horrible, pero adecuado á su sed de venganza. ¡Ah, que el infeliz no cuenta con que en favor de los desvalidos mártires está ya armado el cielo!... Penden de sendos árboles allá abajo, reflejándose siniestramente en las claras aguas del gran rio[221], dos objetos denegridos que se destacan sobre el verde pardusco de las alamedas: la brisa que mueve las hojas mueve tambien en ellos una especie de copo de leve crespon que á veces se desvanece como una bocanada de negro humo. Fija bien en ella tu vista, cruel anciano. ¿Qué descubres entre las copas de la arboleda? ¡Oh intenso y bárbaro placer! Son los cadáveres de Emila y Jeremías, tostados y desecados por el sol de otoño, con sus cortadas cabezas clavadas en los troncos ó hincadas en las puntas de las ramas. Allí cerca se mueve alguna gente: óyense, soplando el viento de mediodia, algunos martillazos que dobla el eco de los vecinos collados, y á poco aparecen clavados tambien otros dos cuerpos horriblemente mutilados. Sin manos, sin piés, sin cabeza, bañados en su propia sangre, aun fresca, que brilla cuajada á gran distancia, presentan un cuadro espantoso que hiela el corazon y hace cerrar los ojos á los que por allí transitan descuidados. Solo Abde-r-rahman puede contemplarlo sin horror, y no solamente sin horror, sino con esa terrible sonrisa propia de los placeres que asesinan. Ha reconocido los cadáveres de los dos últimos mártires, y esclama como fuera de sí: ¡Aquí mis hijos, aquí mis consejeros y mis maulis! ¡Aquí todos los mios! Vedlos dónde asoman aquellos dos temerarios que profanaron nuestra Aljama con sus cuerpos impuros: parecióles buena la suerte de los otros dos insensatos cuyos despojos denegridos son hoy pasto de los cuervos, sin duda porque vieron que despues de degollados les hacian duelo las nubes y los vientos: id, y mandad en mi nombre que á los cuatro les pongan fuego, para que sus inmundos cadáveres no causen mas espanto á mis muslimes; y ahora verán los obstinados secuaces del Hijo de María, que así como su Dios no envió á esos un ángel que los librase de la cuchilla del verdugo, tampoco les envía ahora lluvias para apagar la hoguera que ha de reducirlos á ceniza. Comunícase velozmente el mandato; pero ¿qué acontecimiento inesperado ha turbado de súbito al glorioso Amir? Inclina mústio la frente sobre el pecho, y su semblante se cubre de una palidez mortal: su pié vacila, acuden los suyos á sostenerle, todos le preguntan, y á nadie responde. ¡Ah! el Dios de quien acaba de blasfemar ha anudado su lengua, y el ángel esterminador ha estendido sobre él sus alas invisibles[222]. El rey altivo que habia subido á los altos miradores á gozarse en la ejecucion de su bárbaro decreto desafiando la cólera del cielo, baja á su lecho de muerte convertido en insensible tronco en brazos de sus esclavos. Acudan presto los médicos y los astrólogos; lloren las hijas, mesen sus cabellos Tarúb y Kalam[223], Ashifá y las concubinas[224], las esclavas y los eunucos; enmudezcan Algazzal y Ben Xamrí[225] y todos los cortesanos y maulis lisonjeros; abandone Zaryab su laud enriquecido, y olvide por ahora sus entretenidas aventuras... ¡Paso al cadáver del Amir, conducido al sepulcro mientras consumen las hogueras los restos de sus cuatro últimos mártires[226]!
Su hijo Mohammed ocupa el trono: para él y para todos sus consejeros son tambien meras coincidencias casuales las señales tremendas con que el Omnipotente ha hablado á los opresores. El sistema de Abde-r-rahman II continúa en pié, pero sus resultados van siendo cada vez de mas bulto: mas culto á la razon de Estado, alma de la política pagana, y mas víctimas en el hogar doméstico; mas bondad y complacencia con los sumisos, y mas tiranía con los que disienten; mas cobardía y envilecimiento en los malos cristianos, y mas entereza y heroismo en los confesores (si es posible que fuera de los límites de lo ordinario haya grados en lo maravilloso) Recafredo, Bodo, Samuel, Esteban Flaco, Hostigesio, Servando[227]: prelados sacrílegos, cristianos apóstatas, ¡cuánto llanto costais vosotros á la dilacerada Iglesia de España! Vosotros, unidos á los perseguidores, atizais la hoguera en que se purifica la fé; mas ¡ay, que entre tanto fomentais la ruina y la despoblacion, contribuís á ahuyentar á los buenos, introducís el cisma entre los perseguidos, corrompeis á los sencillos, avergonzais á los doctos, escandalizais la cristiandad! Vosotros sois los únicos autores de muchas abominaciones que la posteridad no podrá ver escritas sin rubor y confusion. No los satisface ver á los pobres cristianos echados de palacio[228], privados de estipendio los que militan, y todos en general agoviados con los tributos; ni ver derribados por tierra los templos y monasterios[229] donde quizás vosotros mismos celebrásteis el sacrosanto sacrificio. Sacrílegos, blasfemos, apóstatas, hereges, réprobos ante Dios y ante los hombres, maldecís de vuestros propios hermanos, confesores y mártires, infamais y calumniais á sus mas dignos prelados, inventais satánicos ardides para esquilmar y desustanciar á los atribulados mozárabes, haciendo tributarias las iglesias y altares para enriquecer el erario del tirano con las sagradas oblaciones del templo, y consumais con inicua farsa la deposicion de los buenos obispos. ¡Oh qué tiempos! ¡qué angustia y turbacion! «Las cárceles están llenas de clérigos; las iglesias privadas del oficio de sus prelados y sacerdotes; los tabernáculos divinos en horrenda soledad; las arañas estienden sus telas por el templo; el aire calma en un total silencio; no se entonan ya en público los cánticos divinos; no resuena en el coro la voz del Salmista, ni en el púlpito la del Lector; el Levita no evangeliza en el pueblo; el sacerdote no quema incienso en los altares, porque herido el pastor, se desparramó el rebaño: esparcidas las piedras del santuario, faltó la armonía en sus ministros, en los ministerios, en el santo lugar. ¡Y en tanta confusion solo resuenan los Salmos en lo profundo de los calabozos[230]!» Y sin embargo, ¿qué preciosa no será la fé cuando se mantiene á toda costa? ¿Qué viva cuando no se apaga en tal tormenta? Es que la fé se asemeja mas al ascua que á la llama, y mas arde mientras mas la combaten los vientos de la tribulacion.
Dios por otra parte sigue alentando á sus fieles y correspondiéndoles amoroso con recíprocos testimonios. ¡Pero cuán tremendo para sus enemigos es el modo de atestiguar del Señor de los mundos! El monarca que al estampar la huella en el solio causa una especie de frenesí de júbilo en su corte; que al año siguiente de su entrada en Córdoba en medio de entusiastas aclamaciones pudo decir con orgullo á sus enemigos «la gracia del sultan hace llover beneficios sobre las casas de los buenos vasallos, pero su cólera es capaz de coronar ochocientas almenas de sus murallas con ochocientas cabezas de rebeldes[231]; finalmente, ese rey tan halagado de la suerte en las batallas, que difundiendo el terror del nombre agareno por los estados de D. Ordoño lleva sus armas victoriosas hasta las orillas del Garona[232], no es mucho que embriagado por el incienso de las lisonjas, sea ciego como su padre á los patentes avisos del cielo. Un dia del año 871 estaba el Amir en su cámara entretenido con un esclavillo muy lindo y gracioso que tenia sobre sus rodillas. Era un dia cubierto de pardas nubes, con gran tempestad de truenos y relámpagos. El katib Abdallah ben Aasim entró para despachar, y el rey le pregunta: ¿á qué vienes en semejante dia? ¿qué podemos hacer hoy?—Señor, responde Abdallah, dicen las gentes que es bueno estar con niños cuando truena, y yo digo lo mismo:
Bueno es estar con niños—cuando retumba el trueno,
de copas y convite—el estrépito oyendo:
que gira á la redonda—el escanciano bello
mientras nubes coronan—los árboles del huerto.
¿Ves las ramas engadas—del dulce y grato peso,
que el viento las menea,—que brillan en el suelo?
Tanto agradó al rey esta improvisacion, destello genuino del materialismo horaciano, que mandó traer dulces y colacion, copas y licor Sahbá, y que viniesen los músicos y cantores. Durante el convite hacia el rey que el esclavillo provocase la verbosidad de su katib: díjole al oido que le tirase una copa á la cabeza, y el niño lo ejecutó al punto: felizmente Abdallah acertó á evitar el golpe, y esclamó: Oh linda cara, no seas cruel, que no está bien la crueldad con la hermosura: el cielo hermoso cuando sereno es muy apacible, y ahora su saña nos horroriza y espanta[233]. Sus palabras parecian un agüero. Aquel mismo dia fué Mohammed á la mezquita á la hora de la azala, y hallándose en ella arreció la tormenta: ya el trueno y el relámpago se percibian juntos, y á poco con horrísono estruendo cayó un rayo en el soberbio edificio de Abde-r-rahman I, sobre la alfombra misma en que oraba el sultan, dejando instantáneamente sin vida á dos personas de su comitiva[234].—¡Justo castigo del cielo! pensarian espantados algunos de los cristianos ocultos, que por temor de la persecucion fingian seguir de grado la vida y costumbres de sus opresores[235].—¡Allah está por el sultan! prorumpirian los muslimes mas fervorosos al ver que el rayo habia dejado ileso á Mohammed matando á su mismo lado á dos hombres. ¿Dirán estos lo mismo cuando lleguen á la envanecida corte las tristes nuevas de calamidades mayores?
El año 873 toca á su término: en Córdoba no se reciben mas que noticias de infortunios y desastres. Ha sido tan grande la sequía en todas las tierras dominadas por los islamitas, en Arabia, Siria, Egipto, África y España, que han fallado los manantiales y las fuentes, los campos no han producido frutos, y la esterilidad y carestía han sido como fabulosas. Ha muerto de hambre la gente pobre, el hambre y las aglomeraciones de cadáveres han producido una horrible pestilencia, causa á su vez de una gran despoblacion. En Arabia va quedando la madre de las ciudades desierta de sus vecinos; apenas se ve en ella mas que gente pasagera, y la Caaba está cerrada á naturales y peregrinos[236]. Viene el año 874, y con él nuevos escarmientos. El dia veintidos de la luna de Xawal, habiendo amanecido el sol claro como de costumbre, empieza hácia la hora de almagréb á moverse la tierra, con espantoso ruido y estremecimiento. Acompañan al terremoto ráfagas violentas que desploman muchos edificios, torres y alminares; envuelven la ciudad rápidas y densas nubes oscureciéndola de repente; los estampidos del trueno suenan tan terríficos y repetidos, que el pueblo congregado en la mezquita mayor se siente sobrecogido de invencible espanto. Seis musulmanes caen en pocos instantes muertos; los demas, cediendo al terror, huyen en encontradas direcciones dejando la azala interrumpida. Solo el Imam y unos pocos devotos permanecen en sus puestos. Entre tanto el huracan arranca de cuajo las arboledas seculares, la tierra se abre, desmorónanse los peñascos, muchas fortalezas y palacios quedan nivelados con el polvo: las aves abandonan sus nidos, las fieras salen de sus madrigueras, y los habitantes, temiendo ser sepultados vivos entre sus desquiciados muros, buscan en el campo abierto un refugio donde implorar la clemencia del Eterno[237].
Nunca los hombres han visto ni oido cosa semejante. Para colmo de infortunio, este mismo año sufre Mohammed una gran derrota en sus huestes toledanas y cordobesas que le obliga á solicitar la paz del rey leonés. Las armas cristianas empiezan á adquirir nuevo brillo: Alfonso III fortifica á Zamora y á Toro, funda á Porto y restaura á Chaves y Viseo; y Mohammad muere disertando como filósofo[238], mientras sus vasallos rebeldes desafian su poder como guerrero. A no ser por las enojosas disensiones ocurridas entre los cristianos, quizás el imperio islamita occidental se hubiera disuelto bajo los dos inmediatos sucesores de este Sultan.
Es muy de observar cómo se refleja en la famosa mezquita cordobesa la suerte de cada reinado. Abde-r-rahman II y Mohammad, menos afortunados con los cristianos y con los muslimes sediciosos que sus antecesores, solo dejan en ella un leve recuerdo de su pasagera grandeza. No son monarcas que conquistan y fundan: esta gloria solo pertenece á Abde-r-rahman I é Hixem; pero son monarcas conservadores, obsequiosos con la razon de estado, celosos de su autoridad, amantes del fausto y de la magnificencia; y es sabido que los reyes llamados á conservar son mas espléndidos que creadores, mas propensos al lujo y á los placeres que á los goces de las grandes innovaciones. Todo el tributo que un personage rico de medios y sin mision innovadora puede ofrecer al genio de su siglo, se reduce á derramar sus tesoros sobre las obras de los artistas. Así literalmente lo ejecutan Abde-r-rahman II y Mohammad, á cuya oriental prodigalidad debe la gran mezquita el oro que aun hoy ostenta en muchos de sus capiteles. Sus sucesores Al-Mundhir y Abdullah alcanzan el mismo destino: enérgicos y resueltos cuando se trata de hacer la guerra y de administrar justicia, nada hacen por el progreso del arte. ¿Ni cómo es posible que consagren al mundo de la belleza sus meditaciones un príncipe como Al-Mundhir, que apenas brilla cual fugaz metéoro pasando en dos años escasos de su proclamacion en Córdoba á su muerte en el campo de batalla, y un príncipe como Abdullah, su hermano, que aunque llamado á encanecer bajo el solio, vive siempre envuelto en una atmósfera de sangre y de esterminio? Ambos fueron justos, ambos valientes y generosos, piadosos y clementes, en ambos lucieron las dotes que distinguen á los grandes reyes, y sin embargo ni el uno ni el otro lograron hacer época en los anales de la civilizacion árabe-hispana. Tal vez por lo mismo que fueron mas humanos con los vencidos, mas tolerantes con los infelices cristianos mozárabes que sus jactanciosos predecesores; por lo mismo que mantuvieron con religiosidad las paces que con los reyes de Asturias y Leon ajustaron, y porque fué menos visible bajo su imperio el antagonismo de las dos civilizaciones; por eso mismo quizá palidece en cierto modo la arábiga cultura á su sombra, y á pesar del incremento que durante su administracion alcanza la riqueza pública, ningun monumento grande marca la huella de las bellas artes en sus dominios. Porque no es precisamente el oro el fomento de la noble arquitectura; no son las épocas de mayor riqueza ni los estados mas prósperos los que escogen las varoniles doncellas hijas predilectas del genio para hacer sus apariciones en la tierra: muchas veces por el contrario se complacen en visitar á las generaciones mas trabajadas por las públicas calamidades, mas menesterosas y mas faltas de sosiego, como para hacer ver á los mortales que los goces de la inteligencia no se compran, sino que solo se obtienen cuando á Dios place dispensarlos.
No busquemos, pues, en la suntuosa Aljama recuerdos de la grandeza de los sultanes despues de los tiempos de persecucion y de escándalo, de lucha y de encono, que personifican Abde-r-rahman y Mohammad, hasta que llegue el dia en que el primer Califa cordobés ponga el complemento al proyecto gigantesco del primer Amir. Diríase que al desaparecer de la escena de horrores y protestas las colosales figuras de S. Eulogio, Alvaro, Saulo, Samson y Valencio, gloriosos maestros de mártires, desaparecen con ellos los esfuerzos del islamismo fascinador. Cristianos y muslimes parecen olvidados de sus respectivos destinos: malgastan aquellos en sus discordias intestinas el fecundo calor que solo debian emplear en la santa empresa de la reconquista, y embotan en luchas fratricidas el noble sentimiento de religion y patriotismo que inspiró á sus mayores la generosa protesta de Covadonga; los mahometanos por su parte desperdician tambien en interminables guerras de partidos la energía que comunicaba antes á sus corazones el precepto de la guerra santa, y ocupados en sofocar sediciones, celebran paces cuando á sus reyes conviene con los enemigos del Islam. Cristianos y musulmanes viven por espacio de medio siglo como vecinos tranquilos, con mas paz aun de la que entre sí se conceden los hijos de una misma religion y de una misma sangre. Pero el hombre no es dueño de alterar los decretos de la Providencia, y muslimes y cristianos tienen que terminar forzosamente la obra para que fueron conducidos á acampar frente á frente en las fértiles llanuras de España. Llegará la época en que recobrando los dos antagonistas sus instintos primitivos, y ambos interiormente impelidos á ventilar la secular contienda iniciada en el Oriente, se determinen á declararse implacable guerra, aspirando cada cual á quedar dueño esclusivo del campo; y entonces volverán nuevamente á pronunciarse las facciones genuinas de los dos opuestos principios. Y entonces tomarán de cada parte el templo y el palacio, en que se reflejan la vida civil y religiosa del magnate y del pueblo, su fisonomía especial y privativa, para no volverse á confundir[239] hasta que en uno ú otro campo la soberbia mole de la civilizacion se desplome y quede reducida á escombros.
El arte musulman ha iniciado su carrera admirablemente al abrigo de las asiduas meditaciones de los dos primeros amires. ¿Cómo no habia de salir una cosa grande de un nido calentado por águilas caudales? Pero hé aquí reproducida la fábula de Leda[240], porque tambien el arte cristiano comienza á desplegar vistosas alas, cobijado por los Alfonsos y Ordoños, no menos respetables que los Abde-r-rahmanes y los Hixemes, y este, lo mismo que su émulo, aspira á la inmortalidad. Los dos fueron engendrados en la hermosa reina griega, porque en realidad es la misma musa que inspiró á los arquitectos de Pericles y de Alejandro la que revela ahora sus graciosos y nobles contornos bajo el tosco paludamento visigodo y bajo la abigarrada vestidura siria; los dos se jactan de haber sido producidos por un aliento divino, los dos se llaman hijos de Júpiter, y efectivamente tan egregias dotes ostentan á porfia cada cual por su lado, que muchos dudan cuál sea la verdadera obra inspirada por la Divinidad. Pero cuenta que el uno es Cástor, y el otro Pólux, es decir, que el uno es mortal y el otro no. El arte arábigo, formado por el consorcio de la belleza griega con la fantasía oriental, como Cástor engendrado en la union de Leda con Tíndaro, perecerá lo mismo que pereció el héroe griego, al paso que el arte cristiano, producto de la belleza antigua desarrollada en Atica y Corinto y del espíritu fecundo que la gracia de Dios comunicó á la humana mente por mediacion del Verbo, durará cuanto dure el mundo, así como es inmortal tambien el hermoso Pólux, hijo de Júpiter y Leda. Los dos artes gemelos, pues, son aventajados en belleza: los dos crecen y se desenvuelven paralelamente ricos de medios y de seduccion; y ha de llegar el dia en que á fuerza de trato y de comunicacion, se identifiquen tanto en sus gustos, que llore el uno con inestinguible llanto la prematura muerte del otro, así como Pólux lloró la muerte de su hermano y le amó hasta el estremo de cederle la mitad de su inmortalidad para que los dioses le restituyesen por intervalos á la vida.
Es muy curioso ver cómo se dispone el Cástor musulman á disputar la palma de la inmortalidad, mientras el Pólux cristiano crece bajo su sombra. ¿A quién mejor que á los tres califas cuyas imágenes van ahora á deslizarse por ante nuestros ojos, pudiera estar encomendado el desarrollo de ese poderoso vástago oriental? Ved á Abde-r-rahman el Grande, á ese esclarecido príncipe que encadena con una mano el Africa á España y con la otra sofoca las añejas rebeliones, dando al cabo de dos siglos unidad é independencia al imperio mahometano de Occidente. Es el primer Califa andaluz, el primero que toma el nombre de Miramamolin (Amiru-l-mumenin) ó gefe de los cristianos, y de defensor de la religion (An-nasir lidin-illah), y que consigue dar á su corte una magnificencia y un esplendor que igualan, si no esceden, á la pompa y gala desplegadas por los soberanos de la estirpe de Abbás. Nada faltó á su educacion para hacer de él un príncipe modelo segun las ideas de su secta. A la edad de ocho años ya sabia las máximas del Koran y las tradiciones de la Sunnah, la gramática, la poética, los proverbios árabes, las biografías de los príncipes, la política y el arte de regir los imperios. Monta á caballo con gallardía, maneja con destreza el arco y el dardo, sabe hacer uso de toda clase de armas. La fama de su grandeza se dilata por el mundo, y solicitan su amistad los soberanos de Constantinopla, de Alemania, Francia, Esclavonia, Italia, Navarra y Barcelona; los embajadores estrangeros regresan á sus córtes admirados de la cortesía y suntuosidad con que fueron recibidos: un rey cristiano destronado[241] refiere como obtuvo de él agasajadora hospitalidad, y confiesa que por su mediacion recobró la perdida salud y el trono. Con razon esclama un inspirado poeta al contemplar su grandeza: Empieza una nueva luna; ¡oh tú que por la gracia de Dios imperas, dime quién es capaz de sobrepujar tu gloria[242]! Verdaderamente se inaugura tambien para el arte una nueva era de progreso y esplendor bajo la proteccion de este Augusto de los califas: la arquitectura arábigo-bizantina llega por su impulso al cenit en su atrevida carrera: la elegante y rica ornamentacion neo-griega acaba de cubrir los garbosos lineamientos latino-pérsicos, á la razonada distribucion del ornato se agrega la magnificencia y gala de los colores y esmaltes, de los estucos y mosáicos, de los nuevos procedimientos introducidos en Córdoba por los artistas de Constantinopla, que con habilidad mágica convierten la dura pasta del vidrio y de los metales en deslumbrador brocado de oro y terciopelo[243]. Llegó ya la época de cultura y grandeza que habian soñado Abde-r-rahman II y Al-hakem I, y que ellos á pesar de su ardiente anhelo no habian podido disfrutar por no consentírselo las indómitas razas cristianas. Acabó la superioridad de Bagdad: la corte de Abde-r-rahman III brilla como brilló la corte de Al-Raschid, y la misma capital del imperio griego ha de envidiar á Córdoba sus maravillas despues de haberla ayudado á crearlas. ¡Oh siglo afortunado para los hijos del Islam! En pós de la colosal figura del Augusto cordobés vienen igualmente benéficos para su pueblo y formidables á los cristianos otros dos gigantes: Al-hakem III y Almanzor. Despues de ellos, rápida será la decadencia del Califato, porque á ningun Estado pagano le fué dado jamás clavar la estrella de su fortuna en el punto culminante de su órbita; pero en tanto que trascurren para los muslimes las bonancibles lunas de estos tres reinados, y para la España cristiana los dias de llanto y luto á que la condenan enconosas rivalidades y sangrientas escisiones; en tanto que el décimo siglo consuma su temida evolucion entre ruinas y siniestros presagios en que la cristiandad acobardada lée la sentencia de muerte de la humanidad y del mundo[244], ¡qué de prodigios, qué de fantásticas escenas va á realizar el arte sarraceno! Como un misterioso nigromante que por arte satánica evoca de la region de las sombras, contrastando con el general espanto, deliciosos cuadros que mienten los placeres del Paraiso, así la arquitectura sarracena, ese Cástor valiente é impostor de la España árabe, hace surgir antes de entonar el Califato su himno de muerte, creaciones incomparables, tales que despues de volverse á hundir en la sima de la nada, las han de tener por fabulosas las generaciones venideras.
Al pié de la quebrada sierra, al abrigo de los helados vientos del norte, y sobre una alfombra de esmeralda, lecho regalado para una sultana viciosa y mimada, nace consagrada al amor y á los placeres del mas ostentoso Califa, la peregrina Medina Azzahra: poblacion mágica en que el caprichoso arte oriental parece agotar sus tesoros, como para demostrar que la arquitectura puede con sus fábricas igualar las mas fantásticas descripciones de la poesía. A su lado, y formando con ella como un broche de dos perlas gemelas con que adorna su cinto de torres la reina de Andalucía, descuella la encantada Medina Azzahírah, magestuosamente asentada en la ribera del Guadalquivir, rodeada de deleitosas quintas y vergeles, que gozan los wazires, katibes, generales y favoritos de Almanzor, como prenda y testimonio de su liberalidad. Azzahra y Azzahírah ocupan con la galana y soberbia Córdoba, cúpula del Islam, tienda de sus guerreros, trono de los sultanes, una extension de diez millas de tierra florida, en que brotan sin cultivo el azahar y la rosa, y esas diez millas de paraiso terrenal estan de noche iluminadas por una sola hilera de fanales, tan unidos entre sí, que forman una zona de deslumbradora luz. En estas dos poblaciones y en todos los veintiun suburbios de la gran ciudad, erígense como por encanto mezquitas, mercados, baños y bazares, en que acumula el arte sus bellezas. Prodíganse sus primores, y máquinas ingeniosas de juegos hidráulicos y otros entretenimientos, en las casas de campo propias del Sultan y de los ciudadanos poderosos, notables todas por la magnificencia de su estructura ó por su deliciosa situacion[245]. Para aumentar sus seducciones el arte islamita, prohija con infraccion de la ley religiosa los recursos de la escultura como medio de reproduccion de la naturaleza animada, y aunque este poderoso auxiliar no entra declaradamente con todas sus facultades sino como un mero accesorio de la ornamentacion monumental, sin embargo los muslimes timoratos ven con escándalo campear sobre la fachada del palacio de Azzahra una estátua de muger, figuras de animales en las fuentes de sus jardines[246], en la puerta principal del palacio de Córdoba una figura de hombre, y finalmente, en el acueducto que une la sierra con la parte occidental de la ciudad, un leon colosal revestido de láminas de oro puro con dos piedras de inestimable valor en los ojos, el cual vierte por la boca las aguas traidas de la montaña en el gran depósito de la poblacion.
Observemos la accion del arte en la Aljama bajo los tres Califas, y veamos si se justifica el entusiasmo del que escribió esta jactanciosa sentencia: Córdoba sobrepuja á todas las ciudades de la tierra por cuatro cosas: por el puente que tiene sobre el Guadalquivir; por su gran mezquita; por su Azzahra, y por las ciencias que en ella se cultivan[247].
Vemos primeramente á un sabio é intrépido arquitecto del califa An-nasír[248] demoler el antiguo alminar, y levantar en su lugar otro cuya mole de considerable altura no tiene igual en el mundo por su distribucion y proporciones. Empléanse en echar sus cimientos cuarenta y tres dias, profundizándolos hasta encontrar agua. Trece meses dura la construccion de la soberbia torre, toda de piedra franca y mortero, y de tan singular artificio por dentro, que conteniendo dos ramales de escaleras en una sola caja, pueden las gentes subir por uno y otro sin verse hasta llegar arriba. Ciento siete peldaños tiene cada ramal. Esta elegante almenara que el pueblo cordobés contempla absorto, mide cincuenta y cuatro codos desde su arranque hasta la parte superior del domo abierto, al cual vuelven la espalda los almuedanes que convocan á la oracion girando por el balcon saliente, cuya graciosa balaustrada ciñe en derredor los cuatro muros como un ligero anillo; y desde este balcon corrido hasta el remate, levanta otros diez y ocho codos[249], coronándose con tres hermosas manzanas, dos de oro y una de plata, de tres palmos y medio de diámetro cada una, de las cuales parten dos gallardos lirios de seis pétalos que sostienen una granada de purísimo oro. Presenta en sus cuatro frentes catorce ventanas, la mitad con dos claros y la otra mitad con tres, formados con columnas de jaspe blanco y encarnado, y sobre las ventanas un coronamiento de arquitos macizos sustentados en columnillas del mismo jaspe. Estas ventanas comparten admirablemente el macizo de los muros, todo cubierto interior y esteriormente de preciosa tracería relevada, cuyos lindos dibujos es imposible describir. Al recibir la noticia de que está terminada la obra, acude An-nasír presuroso desde su predilecta mansion de Medina Azzahra, sube á lo alto de la torre por una escalera bajando por la otra, y despues de examinar cuidadosamente el edificio, pasa al Maksuráh de la mezquita, hace dos arracas, y se retira complacido. Con razon puede estarlo, porque la mezquita Aljama de su Córdoba es ya un verdadero tesoro del arte arábigo-bizantino. El emperador Constantino porfirogénito, cuya corte dirige la marcha del arte en Oriente y Occidente, se esmera en proporcionar á la capital del Califato nuevas seducciones, sin creer desdorada su dignidad por convertirse en joyero de la Sultana del Bétis[250]. Todos los demas emperadores y reyes que directa ó indirectamente reciben de Constantinopla ideas de buen gusto y magnificencia, trasmiten tambien á la poderosa corte de Andalucía los frutos hermosos de aquellos trasplantados gérmenes[251]. Hoy es una de las primeras dignidades de la Iglesia Bética el encargado de trasladar desde el asiento de la reina del Bósforo al encantado palacio de Azzahra, las primorosas esculturas que admiran con mezcla de placer y de escándalo los rígidos observadores del Koran[252]; mañana es nada menos que un santo, procedente de uno de los mas austeros cenobios de Alemania, el comisionado para llevar al temido Califa los esquisitos productos del arte germánico[253]; un obispo Eliberitano, mandado consagrar por el mismo Abde-r-rahman, es luego el elegido para promover y fomentar ese comercio y correspondencia mútua de las dos civilizaciones cristiana é islamita[254]; finalmente, la Córdoba de An-nasír es el emporio de las artes, los ingenios de los paises mas adelantados acuden á ella poniendo á competencia sus creaciones, y todo lo grande, todo lo bello, todo lo primoroso del arte monumental en Asia, en Africa y en Europa, deja su sello, su ofrenda y su tributo en la soberbia Caaba de los Umeyas.
PUERTA DE LAS PALMAS. Catedral de Córdoba.

Y sin embargo el fervoroso entusiasmo de Al-hakem encuentra todavía nuevos medios de embellecimiento: resuelve prolongar las once naves ciento cincuenta piés más hácia el mediodia, construyendo un santuario que no tenga igual en el orbe. Dejemos á un historiador árabe[255], cuya autorizada voz suena hoy por primera vez en nuestro idioma vulgar, referir la meritoria reforma de este Sultan. «Lo primero que hizo Al-hakem, luego que sucedió en el Califato, fué ocuparse en aumentar y hermosear la mezquita Aljama de Córdoba. Fué este el primer acto de su gobierno, encargando la inspeccion de las obras á su hagib y espada de su estado Chaâfar ben Abde-r-rahman, el Eslavo, por decreto espedido á cuatro dias por andar de la luna de Ramadhan del año 350 (961 de J. C.) al dia siguiente de haber sido jurado Califa. En el decreto se prevenia al mencionado Chaâfar que comenzase por hacer los acopios de piedra necesarios para los cimientos; y así fué que el acarreo comenzó en la misma luna de Ramadhan. Habíase el alcázar de Córdoba llenado de gente[256], de manera que á las horas de la azala la mezquita no podia contenerla, y los asistentes se apretaban y atropellaban por falta de espacio. Al-mustanser[257], pues, se dió prisa á la construccion del nuevo edificio que se habia de añadir, y salió en persona de su alcázar para hacer las mediciones y trazar la construccion, llamando para que le asistiesen en dicha operacion á los maestros y geómetras, los cuales trazaron el nuevo edificio desde la quibla de la mezquita hasta lo último del atrio, cogiendo esta añadidura en su longitud las once naves. Tenia de largo lo añadido noventa y cinco codos de norte á mediodia, y de ancho de oriente á occidente otro tanto, como el ancho de toda la mezquita. De esto cortó el pasadizo del alcázar, destinado para la salida del Califa á la azala, al costado del mimbar, dentro de la Maksuráh, con lo cual el nuevo edificio llegó á ser la mas hermosa añadidura jamás hecha á mezquita alguna.»
«En el año 354 se terminó la obra de la cubba[258] que coronaba el mihrab en la parte de la mezquita que añadió Al-hakem. Fué esto en la luna de chumada postrera.»
«En el mismo año se comenzó á colocar el sofeysafá[259] en la mezquita Aljama de Córdoba. Habia el emperador de los griegos regalado á Al-hakem una porcion de aquella manufactura, y este le habia escrito rogándole le enviase tambien operarios, tomando ejemplo de lo hecho en una ocasion semejante por Al-walid ben Abde-l-malek, cuando estaba construyendo la mezquita de Damasco. Volvieron, pues, los embajadores que Al-hakem envió al emperador griego, trayendo consigo un artífice y ademas trescientos veinticinco quintales de sofeysafá que aquel príncipe le mandaba de regalo. Al-hakem mandó luego hospedar convenientemente al artífice griego, y proveerle de todo lo necesario con la mayor abundancia; lo cual hecho, dispuso que varios de sus esclavos trabajasen con él á fin de instruirse en su arte. Hiciéronlo así, ayudándole en la colocacion del sofeysafá traido del Oriente, y aprendiendo con aquel maestro hasta lograr perfeccionarse en dicha industria y trabajar por sí solos, como lo verificaron luego que el maestro se volvió á su tierra, pues Al-hakem le despidió por no necesitar mas de él, con muchos regalos de vestidos y otros objetos. Por lo demas, en la añadidura de Al-hakem compitieron y rivalizaron los maestros mas afamados de toda la tierra.»
«Del 10 al 20 de Xagüel del citado año cabalgó Al-hakem de Azzahra á la mezquita de Córdoba, y entró en ella, y examinó detenidamente las obras, y lo que ya estaba concluido. Luego mandó recoger las cuatro columnas que estaban antes sirviendo de jambas á la puerta del antiguo mihrab, y que se custodiasen en lugar seguro para colocarlas en el nuevo, que por su mandato se construía á la sazon con la mayor perfeccion y solidez. Eran las cuatro columnas de incomparable hermosura en su género.»
La historia de lo construido por órden de Al-hakem es en todo notable. Mientras se estaba haciendo la obra, se suscitó una acalorada disputa entre los arquitectos respecto del punto hácia el cual debia mirar la quibla, con objeto de colocar el nuevo mihrab ó santuario donde debiese estar realmente. Unos pretendian que debia estar al sur como habia estado siempre, y como la habia situado An-nasír en su mezquita de Azzahra; al paso que los mas entendidos en matemáticas y astronomía sustentaban que debia fijarse un tanto inclinada hácia el oriente[260]. Divididos así los pareceres, el faquíh Abú Ibrahim se presentó á Al-hakem, y le dijo: ¡Oh príncipe de los creyentes! Todas las gentes de esta nacion han vuelto constantemente sus rostros al sur al hacer sus oraciones: los Imames que te precedieron, los doctores, los cadíes y todos los muslimes en general, dirigieron siempre sus miradas al sur desde los tiempos de la conquista hasta hoy: al sur inclinaron siempre todos los tabíes como Musa Ibn Nosseyr y Haush As-san'aní (¡Dios los perdone!) las quiblas de cuantas mezquitas erigieron en esta region. Recuerda, oh príncipe, aquel proverbio que dice: mejor es seguir el ejemplo de los otros y salvarse, que perderse por no seguir la senda trillada. Oido lo cual, esclamó el Califa: ¡Por Allah, dices bien! Seguiré el ejemplo de los tabíes, cuya opinion en esta materia es de gran peso. Y mandó que la quibla se pusiese donde el faquíh proponia.
Erigióse entonces el santuario al estremo de la prolongacion de las naves, en la central como habia estado siempre, mirando exactamente á mediodia. Entre el muro interior del sur y el muro esterior reforzado con torreones, se dejó un espacio de unos quince piés, que se dividió en once compartimientos correspondientes á las once naves de la mezquita; el del centro se destinó al santuario, y los de los lados se reservaron para habitaciones de los ministros del culto y otros usos. Quedaba de este modo el Mihrab en la mitad justa del lado del sur, con dos alas iguales una á cada lado. En el ala de occidente habia un pasadizo secreto, que conducia desde la mezquita al alcázar por medio de un arco que unia ambos edificios, pues el palacio que habitaban en Córdoba los califas se dilataba hasta muy cerca del templo por el lado de poniente. Este pasadizo, cuyas puertas estaban artificiosamente dispuestas[261], sin duda para la mas completa seguridad del alcázar y de la mezquita, abria paso á lo interior de la Maksurah, recinto suntuoso y reservado, que por los tres lados de oriente, norte y poniente, comunicaba con las naves cortando tres de estas en su longitud, y por el mediodia formaba cuerpo con el muro interior de la mezquita. Era la Maksurah un lugar privilegiado, cerrado en contorno por una especie de cerca ó verja de madera, primorosamente labrada por ambas haces interior y esterior[262]: estaba coronada esta preciosa cerradura de almenas, para que por su destino de cortar toda comunicacion entre el Califa y el pueblo imitase mas propiamente la forma de una muralla. Esta magnífica armazon, de veinte y dos codos de altura hasta su remate, daba su nombre á la parte de fábrica que ocupaba, mas magnífica aun que su contenido y que el nuevo trozo de la nave central que iba desde la antigua hasta la moderna quibla, que era rico en sumo grado por las labores y dorados de sus capiteles y pilastras[263]. La fábrica en que se armaba la Maksurah propiamente dicha formaba en su planta un gran rectángulo partido en tres, casi cuadrados, sobre los cuales se levantaban tres domos bizantinos de peregrina esbeltez. El domo de enmedio servia como de vestíbulo al santuario, y era de los tres el mas sorprendente por sus proporciones, perfiles y decoracion. ¿A qué deciros lo que era? Esta parte de la mezquita se conserva en lo principal; mejor pues os referiré lo que todavía es para asombro y mengua del arte moderno. Figuraos un recinto donde la solidez de la construccion, las dificultades mas grandes del arte y los cálculos de la ciencia, se hallan tan admirablemente disfrazados, que el conjunto que se ofrece á la vista aparece como una concepcion fantástica que no puede subsistir. Nueve siglos de existencia tiene ya, sin embargo, esta especie de creacion poética, que mas que una construccion de piedras, mármoles y mosáicos, columnas, arcos, impostas, zócalo y cúpula, se creeria una morada encantada, aérea é impalpable, labrada por las fadas del Oriente; y no hay el menor indicio de que tan maravillosa fábrica no pueda durar aun otros nueve siglos en igual estado. Estriba toda la mole en una especie de cámara claustreada con una tan sutil arquería, que las columnas parecen las varas del pabellon de una princesa tártara, y los arcos inferiores que de unas á otras voltean, festones de recamadas cintas, primero apretadamente arrolladas, y dispuestas luego en forma de aspa, entregadas á sus naturales ondulaciones, solo prendidas por las estremidades. Digna hubiera sido esta peregrina decoracion del vestíbulo del palacio de Malek Johanna en Susa aun para el dia de boda de una de sus hijas[264]. Sobre los arcos de festones, ó propiamente hablando angrelados, que se cortan como queda dicho formando un aspa dentro de cada intercolumnio, se elevan siete graciosos y leves arcos de herradura, que muriendo en el muro de mediodia, cierran el cuadro y terminan el cuerpo bajo del suntuoso vestíbulo que describo. Encima de esta doble arquería, en que las esbeltas columnillas superiores se representan como lindos y ágiles mancebos circasianos encaramados en hombros de esclavos indios con las ballestas levantadas, corre una imposta, labrada y ligera, que abraza y corona los cuatro frentes y divide la fábrica del domo en dos zonas, alta y baja, esta cuadrangular, aquella de distinta forma, segun vas á ver. Sobre esta imposta que acabo de mostrarte descansan gráciles columnillas emparejadas, volteando grandes y atrevidos arcos semicirculares, con tal arte dispuestos, que parecen imitar sus curvas guirnaldas entrelazadas de un corro de hermosas odaliscas, porque los arcos voltean, no desde cada columna á la correspondiente de la pareja inmediata, sino dejando la pareja inmediata en claro: de este modo, siendo dos las parejas de columnillas que estriban en la imposta en cada frente, se forman en el espacio ocho arcos torales, en dos grandes cuadriláteros contrapuestos, sus arranques se cruzan formando ocho puntas de estrellas (prosáicamente diriamos pechinas), y en el centro resulta un anillo octógono con ocho graciosas caidas como prendidas á los capiteles de las ocho parejas de columnas. Entre punta y punta, un elegante arco ultra-semicircular, al cual se adapta una tabla de alabastro calada, deja á la vista paso dudoso al azul del cielo; con esto, ostentando la cúpula que sobre el octógono y sus pechinas se levanta un verdadero prodigio del arte mosáica por los dibujos y vivos esmaltes con que en ella se fingen las mas preciadas estofas del Asia, el domo bizantino reproduce á la imaginacion del que absorto lo mira una ligera tienda de campaña de sedas, lino y oro, fija en tierra con ocho varas dobles colocadas en círculo, henchida por un recio viento, y como tirando para desprenderse y alzarse rápida á la region de las nubes. Parecida á esta concibe la mente enardecida con las maravillosas descripciones de las leyendas orientales, las tiendas de Baharam Gur y de los ostentosos reyes del Catay.
CAPILLA DEL MIHRAB, desde un angulo (Catedral de Cordoba)

CAPILLA DEL MIHRAB. (Catedral de Cordoba.)

Por entre la elegante arquería que mas que sostener el domo parece pender de él, como penden de un chal de Persia sus entretejidos caireles, y que á los ojos esperimentados de un famoso viajero del siglo XII era superior por la delicadeza de su ornato á las mas esquisitas producciones del arte griego y musulman[265], aparece al fondo la sorprendente fachada del Mihrab[266], que cuando recibe los reflejos del sol poniente brilla como un paño de brocado cuajado de pedrería, y que debia deslumbrar como la vision de un palacio encantado de lapislázuli, oro, carbunclos, rubíes y diamantes, cuando en el mes de Ramadhan ardian bajo aquella esmaltada cúpula las mil cuatrocientas cincuenta y cuatro luces de la lámpara mayor y el gran cirio de sesenta libras que lucía al lado del Imám[267]. Esta fachada, á pesar de su imponderable riqueza, no presenta la menor confusion: todas sus líneas estan trazadas para servir de ornato y realce al arco que dá entrada al santuario, pues no tiene mas partes que estas: el arco con su espaciosa archivolta, sus jambas lisas con columnillas entregadas en su grueso, su arrabá[268] contornado de grecas, y una ligera arquería sin vanos en la parte superior, sobre cuyo macizo descansa la imposta que divide los dos cuerpos alto y bajo del domo[269]. Pero es tal la profusion y galanura del ornato de cada una de estas partes, que es preciso renunciar á pintarla con la pluma. ¡Qué dovelas, qué archivolta, qué enjutas, qué tableros, qué recuadros, qué arquería trebolada, qué tímpanos, qué entrepaños! Y despues, ¡qué deliciosa combinacion de las grecas con los follages persas y bizantinos, y con las figuras geométricas! No son estas últimas, sin embargo, las que mas campean, como sucede luego en la degenerada ornamentacion propiamente musulmana; lo principal ahora son las grecas, mas ó menos sencillas, unas de garbosos vástagos con sus hojas formando postas, otras de caprichosas ajaracas en que los troncos y las folias, la palmeta griega y el loto asirio, el lirio y el tulipan, las piñas, las flores de ojos y los contarios, se combinan de mil diversos modos, trazando siempre los tallos y las hojas las mas graciosas curvas, y el todo reunido las mas elegantes cenefas, la mas caprichosa tracería. Añádase que esta ornamentacion está toda ejecutada sobre mármol delicadamente esculpido, ya desnudo y blanco, ya revestido de menudísimo mosáico de diversos colores cuajado con vidrio y oro; que las inscripciones cúficas que se leen en ella alternando con el luciente sofeysafá son tambien de oro sobre fondo encarnado ó azul ultramarino; finalmente, que las columnillas de los dos cuerpos alto y bajo son de mármol con los capiteles dorados; y si ademas teneis á la vista el dibujo de este bellísimo vestíbulo, os podreis formar una leve idea de la creacion mas maravillosa que existe del arte árabe-bizantino, y del arrobo que produce en el alma del que en su original la contempla. En el grueso de cada jamba del arco de entrada al santuario hay dos columnillas, una de mármol negro y otra de jaspe, con capiteles de mármol blanco prolijamente esculpidos. Si no le engañó á Al-Makkarí su ciego entusiasmo, estas cuatro columnillas fueron antiguamente dos de jaspe verde y dos de lapislázuli. Sobre ellas asienta á modo de cimacio una imposta de donde arranca el arco, y en ella se lée en caractéres cúficos de oro sobre fondo encarnado una inscripcion partida en tres cenefas ó listones. Unidos ambos lados, dice así: «En el nombre de Dios clemente y misericordioso: dése alabanza á Dios que nos dirigió á esto, á que no podríamos por nosotros ser dirigidos si no nos hubiera dirigido Dios, á cuyo fin vinieron á nosotros los legados de nuestro Señor con la verdad. Mandó el pontífice Al-mostanser Billah Abdallah Al-hakem, príncipe de los creyentes (favorézcale Dios), á su presidente y prefecto de su cámara Giafar ben Abde-r-rahman (complázcase Dios en él) añadir estas dos columnas, despues que lo fundamentó en el santo temor de Dios y su beneplácito. Concluyóse esta obra en el mes de Dhilhagia, año 354 (965 de J. C.).» Esta inscripcion parece dar á entender que de las cuatro columnillas que hoy se ven entregadas en el grueso de las jambas que sostienen el arco de sofeysafá, dos fueron mandadas poner por Al-hakem, y las otras dos pertenecian al antiguo Mihrab que se habia demolido para prolongar la mezquita; pero ¿quién es capaz de decir hoy si fueron las de mármol negro ó las de jaspe las que se añadieron por órden de tan magnífico Califa, ó si realmente podrian ser de lapislázuli, juzgándose este inestimable congiario digno de perpetuarse en caractéres de oro? Solo Dios lo sabe.