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Córdoba

RECUERDOS Y BELLEZAS DE ESPAÑA. SEVILLA, CÓRDOBA, CÁDIZ. (continued 8)

Reading edition

Dibº. del nat.l y litª. por F. J. Parcerisa Lit. de J. Donon, Madrid. TORRE DE S.n NICOLAS. (Córdoba.)

Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa Lit. Donen, Madrid. TORRE DE S.n NICOLAS. (Córdoba.)
Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa Lit. Donen, Madrid. TORRE DE S.n NICOLAS. (Córdoba.)

ROSETON DE LA IGLESIA DE S.n MIGUEL. P. P. del.

P. P. del. ROSETON DE LA IGLESIA DE S.n MIGUEL.
P. P. del. ROSETON DE LA IGLESIA DE S.n MIGUEL.

Lab. de G.D. Marimes,Madrid J. S. del. CAPITEL ÁRABE BIZANTINO. ID. AFRICANO.

J. S. del. CAPITEL ÁRABE BIZANTINO. ID. AFRICANO. ID. AFRICANO.
J. S. del. CAPITEL ÁRABE BIZANTINO. ID. AFRICANO. ID. AFRICANO.

Dibº. del nat.l y litª. por F. J. Parcerisa Lit. de J. Donon, Madrid. IGLESIA DE S.N LORENZO. (Córdoba.)

Dib.º del nat.l y por F. J. Parcerisa. Lit. de J. Donen. IGLESIA DE S.N LORENZO. (Córdoba.)
Dib.º del nat.l y por F. J. Parcerisa. Lit. de J. Donen. IGLESIA DE S.N LORENZO. (Córdoba.)

La misma dolorosa observacion puede hacerse respecto de la arquitectura de los conventos y capillas. Aquellos soberbios edificios de S. Pablo y S. Francisco, Stos. Acisclo y Victoria, Trinitarios Calzados, S. Agustin, etc.[491], nada apenas conservan ya de su original belleza: la cual se deduce de algunas escasas reliquias que ni el tiempo ni la ignorancia con su accion corrosiva han logrado destruir. Con algun trabajo sin embargo puede el pensamiento entresacar y reunir muy preciosos fragmentos del interesante período del siglo XIII al XVI, y formar con ellos un pequeño museo fantástico de la arquitectura religiosa y monástica en Córdoba. Veamos, lector amigo, de agruparlos brevemente haciendo abstraccion de las edificaciones insignificantes en que estan perdidos. Mira desde la plaza de S. Salvador aquella fachada angular que sobre los modernos tapiales de S. Pablo descuella: las atrevidas restauraciones que desfiguraron el templo por dentro, han respetado ese sencillo paredon del siglo XIII; en su vértice hallarás metida aún en su nicho una linda estatuita de Sto. Domingo, que sin duda por estar muy alta se ha librado de la injuriosa brocha de los embadurnadores. Igual suerte ha tenido la portada del norte de este mismo templo, y lo debe quizás á estar oscurecida en un patinillo del convento. Desde este se registra cómodamente la obra antigua con su alero de canes carcomidos, y el ábside octógono que forma la capilla de Nuestra Señora del Rosario, del siglo XV. Nada mas gracioso que la combinacion de nervios de la bóveda de esta capilla, cuya forma de estrella cuadra tan perfectamente á una de las advocaciones mas ideales que dá á Nuestra Señora su santa letanía. Los padres de Sto. Domingo han sido los principales propagadores de una devocion muy acepta á la Madre virginal de Jesucristo; y la huerta de su casa en Córdoba es todavía célebre por la planta que allí sembraban, de la cual recogian la frutilla redonda llamada lágrimas de Moisés, escelente para cuentas de rosario: hacíanlos en tan gran cantidad, que cargando con ellos un jumentillo, los iban repartiendo por los pueblos. En esta capilla de Nuestra Señora del Rosario está sepultado el maestre de Calatrava y Alcántara D. Martin Lopez de Córdova, criado del rey D. Pedro, que habiéndose hecho fuerte en Carmona contra los parciales de D. Enrique, fué por este mandado decapitar en Sevilla (A-D. 1370). Observando cuidadosamente esta iglesia de S. Pablo, es fácil reconocer que sus tres naves primitivas arrancaban desde el mismo muro del imafronte y formaban cinco grandes arcos ojivos á cada lado. Al fin de la nave de la Epístola hay una puerta con espaciosa escalinata, por donde se baja á la sala de capítulos: contiguo á esta un recinto, que cubre un domo árabe octógono decorado con ocho fajas, paralelas de dos en dos enlazándose bellamente, y al cual se llega por debajo de dos arcos robustos y severos, apuntado el uno, de herradura el otro. ¿Es este edificio anterior á la fundación del convento? Parécelo en efecto; pero ¿cómo comprobarlo no conservándose ninguno de los papeles antiguos de la órden anteriores á la espulsion de los claustrales en el siglo XVI? Sábese por tradicion inmemorial que en este sitio hubo cárcel romana, donde imperando Diocleciano estuvieron encerrados los santos patronos de Córdoba Acisclo y Victoria, primeros mártires de esta ciudad; y en el lugar mismo donde se cree gemian aherrojados, hay en la actualidad una pequeña capilla que mantenian los condes de Oropesa, alguno de los cuales dijo: la estimo mas que todos mis estados juntos. ¿No pudo la cárcel romana ser despues basílica, y esta con la irrupcion sarracena reedificarse para mezquita siglos antes de recuperar la ciudad el santo rey?

Acompáñame ahora, la calle abajo, al destrozado convento de S. Francisco, digno rival un tiempo del de S. Pablo, y como él poderoso antemural del catolicismo por la religiosa órden fecunda en santos que allí se albergaba. Hay en un ángulo de su espacioso claustro bajo, una fuente, cubierta con pequeña cúpula pintada por dentro, que denota grande antigüedad. Los robustos arcos que la sostienen descansan en columnas de fustes y capiteles desiguales, romanos unos, árabes otros. La pintura de la bóveda, casi del todo destruida, representaba la bajada del Espíritu Santo en lenguas de fuego. La pila ochavada de la fuente, y su tazon de forma tosca, sostenido en cuatro fustes cilíndricos sin ninguna moldura, que son evidentemente trozos de columnas antiguas, parecen reliquias de un bautisterio mozárabe.

Pues vamos ahora á contemplar el arte cristiano del siglo XV con toda la gala de sus cenefas caladas, conopios, agujas y frondarios. Al norte de un patio silencioso y tranquilo que por un gracioso vestíbulo de estilo latino abre paso á un claustro de religiosas, hay una pequeña joya de ese tiempo, que es una portada de iglesia, adornada con todos los caprichos que distinguen la decoracion gótica del estilo terciario, y flanqueada de dos elegantes estribos que rematan en agujas prismáticas y pináculos. Lleva sobre el dintel de su puerta un arco apuntado de varias molduras con una ancha y hermosa cenefa de hojas y animales. Sobre el arco apuntado un conopio, y bajo el tope de este encaramados dos gimios, como en actitud de ir á saltar sobre el que los mira. Es la iglesia del convento de Sta. Marta.

Junto al palacio episcopal, frente á una de las puertas de la catedral, hay otra perla de este mismo género arquitectónico. Es la fachada del Hospital de Niños Espósitos. No te la describo porque te la doy dibujada[492], y sales ganancioso. Observa las estátuas que coronan su dintel, su noble actitud, el grandioso estilo de sus ropages; las repisas en que estriban, las caladas umbelas que las cobijan; las cenefas de hojas y animales que contornan sus arcos, que tapizan las agujas de sus estribos.

Dibº. del nat.l y litª. por F. J. Parcerisa Lit. de J. Donon, Madrid. CLAUSTRO DEL CONVENTO DE FRANCISCANOS. (Córdoba.)

Dib.ª. del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa Lit. de. J. Donen, Madrid. CLAUSTRO DEL CONVENTO DE FRANCISCANOS. (Córdoba.)
Dib.ª. del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa Lit. de. J. Donen, Madrid. CLAUSTRO DEL CONVENTO DE FRANCISCANOS. (Córdoba.)

Dibº. del nat.l y litª. por F. J. Parcerisa Lit. de J. Donon, Madrid. HOSPITAL DE ESPÓSITOS. (Córdoba.)

Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa Lit. de Donen, Madrid. HOSPITAL DE ESPÓSITOS. (Córdoba.)
Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa Lit. de Donen, Madrid. HOSPITAL DE ESPÓSITOS. (Córdoba.)

Dibº. del nat.l y litª. por F. J. Parcerisa Lit. de J. Donon, Madrid. DETALLES DE LA FACHADA DEL HOSPITAL DE ESPÓSITOS. (Córdoba.)

Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa. Lit. de J. Donen, Madrid DETALLES DE LA FACHADA DEL HOSPITAL DE ESPÓSITOS. (Córdoba.)
Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa. Lit. de J. Donen, Madrid DETALLES DE LA FACHADA DEL HOSPITAL DE ESPÓSITOS. (Córdoba.)

Sacado del natural y lit.ª por F. J. Parcerisa. Lit. de J. J. Martinez. Madrid. DETALLES DEL HOSPITAL DE ESPOSITOS Nº 2. (Córdoba.)

Sacado del natural y lit.ª por F. J. Parcerisa.; Lit. de J. J. Martinez. Madrid.; DETALLES DEL HOSPITAL DE ESPOSITOS Nº 2.; (Córdoba.)
Sacado del natural y lit.ª por F. J. Parcerisa.; Lit. de J. J. Martinez. Madrid.; DETALLES DEL HOSPITAL DE ESPOSITOS Nº 2.; (Córdoba.)

Mira una feliz combinacion de este estilo con el árabe en la casa llamada de D. Juan Conde, que perteneció á la Hermandad del Sagrario; en cuyo frente verás tres lindos balcones, el del centro en forma de ajimez con garbosos calados de crestería y lambel que le contorna.

Y por último observa otra combinacion no menos pintoresca de estos dos estilos con el greco-romano en los patios interiores del convento de los santos mártires Acisclo y Victoria, reedificado en tiempo de Felipe II. El patio principal que hoy subsiste, aunque ya muy arruinado, se presenta rodeado de ligera arquería latina de dos cuerpos: el inferior con capiteles dóricos, el superior con capiteles árabes y un antepecho corrido y perforado que conserva restos de azulejos de relieve. A la parte del rio hay un pequeño recinto con la bóveda desplomada y el pavimento cubierto de espesa yerba; y en él una preciosa portadita de ladrillo agramilado, obra de albañilería limpia y hermosa en que se ven mezclados con gracia los tres estilos: es un arco de angrelado menudo, corre sobre él una cornisa romana, y está flanqueado de dos delgadas columnillas góticas. Bien conocemos la falsedad de este estilo mixto y los inconvenientes del sistema de decoracion por hiladas horizontales cuando se usa en grande escala en los templos ojivales; pero tiene un no sé qué indefinible que seduce aquella especie de juguete arquitectónico, en aquel solitario recinto arruinado, donde el solemne murmullo del rio quebrado en la presa de Martós parece arrullar el eterno y feliz sueño de los dos hermanos mártires. ¿Será quizá porque el santo espíritu de paz y concordia del cristianismo se halla como simbolizado en la union de todos los estilos pasados? La iglesia de este monasterio debió ser notable por mas de un concepto; hoy solo para angustiar el corazon del que la visita conserva los soberbios escudos de armas de sus patronos en el muro de su presbiterio, y una riquísima techumbre de madera pintada y dorada, de peregrina labor morisca, que tal vez al trazar yo estas líneas será en vano objeto de tu curiosidad ansiosa. Hoy cerrado al culto, profanado, despojado, convertido en almacen de maderas, ofrece dificil paso á la célebre capilla de los mártires patronos de Córdoba este templo, cuyo pavimento cruzaba de rodillas desde la entrada un monarca tan prepotente como Felipe II cuando iba á venerar las santas reliquias de aquellos.

Edificios árabes y moriscos. Cuando el hagib Almanzor usurpando al menguado Hixem II su autoridad gobernaba la monarquía cordobesa, tenia su palacio al norte del alcázar real, y sus jardines se estendian á todo lo que es hoy huerta del rey, entre el arroyo del moro y las heras de la salud. Ese palacio tenia su correspondiente mezquita, y esta mezquita subsiste hoy casi intacta por dentro, aunque convertida en capilla cristiana por el santo rey con la advocacion de S. Bartolomé. Su fachada indica claramente el cambio de destino que en ella se verificó entonces[493]. El interior es una cella ó cámara con bóveda ojival de nervios que arrancan de sendas repisas bizantinas. Su decoracion forma dos zonas: la primera de alicatado dibujando entrelazados florones; la segunda de delicada labor morisca en la disposicion siguiente. Primero tres fajas de inscripciones de caractéres africanos sobre fondo de ataurique; luego otra de recuadros con escudos de armas, sin mas blason que la banda diagonal usada por algunos reyes islamitas; despues un entrepaño menudamente trabajado de laceria formando estrellas y rosetones, en que alternan escudos y estrellas en escaques; encima una hermosa faja de lazo-laberinto, y por remate almenitas dentadas ornamentales. Es capilla de hospital desde que fundó el que lleva su nombre el cardenal D. Fr. Pedro de Salazar, obispo de Córdoba.

VISTA DE CORDOBA. (desde los Mártires.)

VISTA DE CORDOBA. (desde los Mártires.)
VISTA DE CORDOBA. (desde los Mártires.)

Dibº. del nat.l y litª. por F. J. Parcerisa Lit. de J. Donon, Madrid. CAPILLA DEL HOSPITAL DEL CARDENAL. (Córdoba.)

Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa. Lit. de J. Donen, Madrid. CAPILLA DEL HOSPITAL DEL CARDENAL. (Córdoba.)
Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa. Lit. de J. Donen, Madrid. CAPILLA DEL HOSPITAL DEL CARDENAL. (Córdoba.)

Del estilo musulman africano existen, además de esta mezquita, otros restos de bellísimo carácter. Frente á la parroquia de Santiago hay una casa de humilde apariencia: por encima de sus paredes asoma una gallarda palma; dentro resuenan veinte ó treinta voces argentinas que con unísono tonillo recitan oraciones. En todas partes tiene Córdoba reservadas para el amante del arte gratas sensaciones: ahora las encontramos en una escuela de niñas. Abre ese portal y entra: te hallarás desde luego en un espacioso zaguan morisco, al pié de una galana arquería á cuyos tres vanos hace alegre fondo un fresco jardinillo. El arco del centro es de medio punto: su intrados forma un calado primoroso sobre ataurique picado; los laterales son ojivales angrelados, de finísimo ladrillo: todos estan encerrados en recuadros, cuyas fajas perpendiculares descansan en lindas repisas de cuatro cañas horizontales; y sus enjutas descubren, á pesar de las repetidas manos de cal con que han procurado obstruir sus labores, la mas delicada filigrana de vástagos y postas. En el piso superior se conservan otros arcos mas pequeños y una puertecilla de dintel trebolado en muro macizo y denegrido. Lleva este edificio el nombre de casa de las Campanas. Las niñas que allí aprenden la costura y la doctrina cristiana, familiarizadas con la belleza de aquellos arcos y columnas, no comprenderán tu ansiosa curiosidad, y clavarán en tí como admiradas sus negros ojos. No las compadezcas: la rosa silvestre que nace á orilla de un fragante naranjal no sabe tampoco por qué agrada su sencillez y por qué aquellos árboles son tan hermosos; pero esto no impide que ella sea flor, y que otro terreno menos privilegiado solo produzca espinos.

Semejante á la arquería que dejamos descrita es otra que se ve dentro de la casa del conde del Aguila (plaza de Anton Cabrera), con la diferencia de ser cuatro los arcos que la componen, y todos ultra-semicirculares. Descansan en columnas de mármol con capiteles moriscos de selectas formas, todos entre sí diversos. La entrada á este resto de patio islamita es un magnífico arco con un arrabá de florones de tracería rectilínea de estilo africano.

De los novecientos baños públicos que es fama habia en Córdoba en los tiempos de su mayor esplendor, solo dos han quedado, y estos soterrados bajo otros edificios modernos[494]. No creais que vais á poder templar en ellos el ardor que comunica á vuestra sangre el sol de Andalucía. Los baños árabes de Córdoba no tienen pilas, ni albercas, ni agua: figuráos un sótano de bóveda sumamente baja, sostenida en macizas arcadas de herradura, lisas, sin adorno alguno en su paramento, y sobre robustas columnas de jaspe, que contornan un espacio rectangular, cuyo centro ocupaba en otro tiempo un estanque. Lo único que revela su antiguo destino son las lumbreras ó respiraderos que de trecho en trecho atraviesan la bóveda de piedra. Por allí se exhalaban los vapores y los perfumes.

Edificios del Renacimiento. Eran muchos los que dejaron en Córdoba aquellos ilustres caballeros en ella nacidos que militaron bajo los dos primeros monarcas de la casa de Austria en Alemania, en Flandes y en Italia: de quienes se propagó el gusto italiano á otros hombres poderosos. Hoy la mayor parte de estos edificios estan reducidos á sus simples fachadas: el empeño de sus dueños de residir en la corte los ha tenido abandonados, y por otra parte la mala calidad de la piedra franca empleada en su construccion ha contribuido mucho á su pronta ruina. Pero las reliquias de las casas de renacimiento italiano é ítalo-hispano[495] son en Córdoba tan frecuentes como los fragmentos arábigos y moriscos, como los capiteles, fustes y lápidas romanos. En la plazuela llamada de D. Gerónimo Paez está la mas notable de estas grandes casas[496]. Esta tambien la de Villaseca en la calle de Sta. Clara, en cuya portada, de piedra arenisca deleznable, parece ya irónico el sentido del lema non nobis sed saltem posteris que lleva al frente. En su patio hay otra fachada de gusto italiano muy selecto, y en ella una galería en cuya base se lée esta otra sentencia que el tiempo ha hecho igualmente inadecuada en su segunda parte: vivimus sicut altera die morituri, ædificamus quasi semper in hoc sæculo visuri.

En la calle del Sol, entre la parroquia de Santiago y la romántica puerta de Baeza, se conserva el segundo cuerpo de otra bella portada de escuela bramantesca. Es de graciosas proporciones, tiene columnillas estriadas de órden compuesto sobre pedestales adornados con bustos de gran relieve de buena escultura, y lleva en su cornisamento la fecha del 1520, que es la mejor época del arte plateresco.

En la cuesta del Bailío hay una buena muestra de aquella feliz combinacion de estilos gótico é italiano que usaron algunos arquitectos españoles del siglo XVI.—Dos columnas de estrias espirales flanquean una puerta cuadrangular. De sus capiteles arrancan un arco conopial con frondario y tope, y el lambel que le cobija: entre el dintel y el conopio resulta un témpano adornado de grutescos realzados, y entre el conopio y el lambel resultan como dos enjutas que llevan círculos tambien reelevados, destinados al parecer á trabajos de escultura, como bustos ó escudos. De este gracioso estilo del renacimiento hay otros muchos ejemplares en ajimeces esquinados, en galerías, ventanas, aldabones y otros resíduos de construcciones palacianas[497], que vió erigir Córdoba en aquellos dias, para ella mas afortunados, en que los nobles de su tierra no se desdeñaban de habitar una ciudad de provincia despues de haber adquirido fama, riquezas y nuevos blasones en sangrientas campañas de mar y tierra lejos de su patria.

Dibº. del nat.l y litª. por F. J. Parcerisa Lit. de J. Donon, Madrid. CASA DE GERÓNIMO PAEZ. (Córdoba.)

Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa. Lit. de J. Donen, Madrid. CASA DE GERÓNIMO PAEZ. (Córdoba.)
Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa. Lit. de J. Donen, Madrid. CASA DE GERÓNIMO PAEZ. (Córdoba.)
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Capítulo quinto. Medina-Azzahra.

El grande y generoso Abde-r-rahman An-nasír tenia una concubina que dejó al morir una ingente riqueza, y el califa dispuso que se emplease toda en redimir muzlimes cautivos. Cuentan los escritores árabes que en cumplimiento de este mandato se enviaron pesquisidores á los dominios cristianos, y regresaron á Córdoba sin haber encontrado en las cárceles de Afranc[498] un solo islamita. Despues de haber dado gracias An-nasír al Todopoderoso por la señalada merced que esta grata noticia le habia revelado, estaba un dia pensando qué uso haria de aquel tesoro, cuando se le presentó la hermosa Azzahra, á quien amaba con pasion, y le dijo: ¿Por qué no edificas con ese dinero una ciudad para mí, y que lleve mi nombre? Y An-nasír, que aventajaba á sus ilustres predecesores en magnanimidad y gusto artístico, empezó á edificar desde luego á la falda del Monte de la novia (giebal-al-arús), á unas tres millas de distancia al N-O. de Córdoba, el soberbio palacio que, unido luego á la ciudad paulatinamente formada á su alrededor, tomó el nombre de la esclava predilecta y se llamó Medina-Azzahra. Redujéronse al principio las obras á una elegante casa de recreo para la amada del califa, pero este se prendó tanto del nuevo edificio y su deliciosa situacion, que pronto se convirtió en vasto alcázar, donde empezó á residir con su familia y mujeres, colocando en desahogadas dependencias toda su servidumbre y guardia. Era este alcázar de piedra, mármoles y jaspes, de hermosa traza, y por dentro espléndidamente decorado: y la imágen de la esclava lucia esculpida de relieve sobre su puerta principal[499].

Cuentan tambien las historias arábigas que cuando Azzahra se vió por primera vez sentada junto á su glorioso dueño en uno de los salones de aquella especie de palacio encantado, estuvo largo tiempo recostada en un ajimez contemplando embebecida la bella perspectiva que desde allí se ofrecia á su vista; é hiriendo de repente su imaginacion el contraste que presentaba la blancura y alegría de las nuevas construcciones con el sombrío cerro que les servia de fondo, esclamó: ¡Mira, y cuán linda parece esta doncella en brazos de ese etíope! Oido lo cual, mandó al instante An-nasír que se allanase aquella montaña; si bien, convencido luego de que esta empresa era superior á todo humano poder, revocó sus órdenes y dispuso que se talasen sus pinares y encinas y se plantasen en su lugar almendros, higueras y otros árboles de mas grata sombra y mas risueño aspecto.

Encomendó An-nasír los planos del palacio de Azzahra al arquitecto mas afamado que habia á la sazon en Constantinopla, emporio de las artes en aquel tiempo. Distribuyóse la obra en tres partes ó secciones. La que apoyaba en la misma montaña para los alcázares del califa: en los cuales se alojaban además del dueño 6300 mujeres entre concubinas de mayor ó menor categoría, criadas y sirvientes; y donde habia para ellas 300 baños. La inmediata al mediodia para las viviendas de su servidumbre, eunucos y guardias: comprendia 400 casas: los pages y eslavos que mantenia el sultan en ellas eran 3750, los eunucos y guardias 12000, magníficamente vestidos, con espadas y cinturones dorados; á los pages se pasaban diariamente 13000 libras de carne, sin contar las gallinas, perdices y otra volatería, además de muchas especies de pescados. La tercera y mas desviada de la montaña para jardines y huertas que dominaban los alcázares. Ocupáronse en estas grandes obras desde el año 325 de la Egira (A-D. 936-7), por espacio de muchos años, el mismo Abde-r-rahman en persona, su hijo Al-hakem, varios arquitectos, y doce artífices cristianos de grande habilidad; y habia además tres hombres entendidos comisionados para traer mármoles de Africa, que eran Abdullah, el inspector principal de las obras, Hasan Ibn Mohammad, y Alí ben Ja'far, á quienes pagaba An-nasír 10 dinares de oro por cada trozo ó fuste de mármol, grande ó pequeño, puesto en Córdoba. Era tan grande el placer que el califa esperimentaba en dirigir por sí mismo las construcciones, que entregado á su pasion de lleno, llegó en una ocasion á faltar tres viernes consecutivos á la azala de la Aljama, y al presentarse el cuarto viernes, el austero teólogo Mundhir ben Sa'id que predicaba aquel dia, aludió á él en su plática, y delante de todo el gentío le amenazó con el fuego del infierno. Gastábanse en la edificacion diariamente 6000 sillares de todos tamaños y formas, labrados y sin labrar, sin contar el ladrillo y la piedra tosca empleados en los cimientos: conducian los materiales 1400 acémilas, y 400 camellos del sultan, y 1000 mulas de alquiler. Cada tres dias se consumian 10,000 cargas de cal y yeso. Columnas, grandes y pequeñas, de sosten y de peso, entraron mas de 4300, traidas algunas de Roma, 19 de tierra de cristianos, probablemente de Narbona, 140 regaladas por el emperador griego, 1013 de mármol verde y rosa de Cartagena de Africa, Tunez y otras plazas de allende el Estrecho; las demas sacadas de las canteras del Andalús, como las de mármol negro y blanco de Tarragona y Almería, y las de mármol de aguas de Raya. Los operarios y eslavos empleados diariamente eran 10,000; tenian de jornal, unos un adiram y medio, otros dos adirames y un tercio. El gasto hecho en las obras de Azzahra ascendió anualmente á 300,000 dinares durante el reinado de An-nasír, y habiéndose formado el cómputo de su costo total en los veinticinco años trascurridos desde el 325 al 350 en que murió el califa, resultó haber gastado en aquellos palacios siete millones y medio de dinares ó pesantes de oro. Asegúrase que las hojas de sus puertas, de todas dimensiones, eran 15,000, revestidas de hierro bruñido ó cobre dorado y plateado. Sufragóse este inmenso gasto con el tercio de las rentas del imperio destinado á las construcciones y obras públicas[500].

Sería cosa interminable el referir una por una todas las bellezas que el arte y la naturaleza de consuno habian aglomerado en el delicioso recinto de Azzahra: bellezas realzadas con el esplendor de la corte, la muchedumbre de soldados, pages, eunucos y eslavos, de todos paises y religiones, costosamente vestidos de seda y brocado, que circulaban por sus anchas calles, y los grupos de jueces, katibes, teólogos y poetas que gravemente paseaban aquellos suntuosos salones, aquellos espaciosos vestíbulos y antecámaras. Habia allí, además del régio alcázar, viviendas magníficas para hospedar á los altos funcionarios del Estado; allí acueductos que mantenian con el agua de la sierra en perpétuo verdor las huertas y vergeles; allí jardines con toda clase de flores y boscages de azahar, de mirto y de laurel; allí sorprendentes juegos de aguas, y fuentes, estanques y lagunas de todas formas; allí cenadores y deliciosas umbrías en que guarecerse de los ardores del estío. Los historiadores de aquel tiempo, los oradores y poetas, agotaron los raudales de su elocuencia describiendo aquellas maravillas. Cuantos forasteros las visitaban en los dias de Al-hakem, cuando ya la nueva ciudad habia llegado á su apogeo, confesaban no haber otras semejantes en los vastos dominios del Islam. Los viajeros de lejanas tierras, los príncipes, los embajadores, los traficantes, peregrinos, teólogos y poetas mas familiarizados con las construcciones de aquella especie, todos reconocian no haber visto nada comparable en el mundo. Y en verdad que solo el terrado de mármol pulido que se elevaba en su alcázar al mediodia dominando sus jardines, los pabellones de oriente y occidente que sobre él descollaban, el salon dorado del pabellon circular que ocupaba el centro; solo las incomparables labores de su arquitectura, la belleza de sus líneas y proporciones, la riqueza de su ornamentacion interior, ya de mármol luciente, ya de oro deslumbrador con columnas de caprichosos jaspes, con pinturas émulas de los mas floridos vergeles; solo su lago de líquida plata, sus cisternas perpétuamente llenas de purísimas aguas, sus preciosas fuentes ornadas de bajo-relieves; cada uno de estos objetos de por sí hubiera sido suficiente para hacer los palacios de Azzahra superiores á los de Bagdad, Damasco y Constantinopla.

Entre sus maravillas se distinguian el pabellon central, las fuentes y la mezquita. Estaba el mencionado pabellon sostenido en columnas de mármol de aguas, taraceadas de rubíes y perlas, con capiteles de oro: llevaba el nombre de Salon de los Califas (Kasru-l-kholafá), porque en el advenimiento de estos al trono debia hacerse allí su jura y proclamacion. Sus paredes estaban cubiertas de oro y mármoles trasparentes de diversos colores: su techo de lo mismo, y pendia de su centro una perla de incomparable tamaño y valor que entre otros preciosos dones habia regalado á An-nasír el emperador Constantino Porfirogénito. Las tejas de este pabellon eran de plata y oro alternadas. Ocupaba el centro del mágico recinto un estanque de pórfido, lleno de purísimo azogue, que limitaba una arquería poligonal de ocho arcos de herradura de ébano y marfil, incrustados de oro y piedras preciosas, sobre columnas de mármol pulido y cristal. Cuando penetraba el sol por ellos, solo el reflejo que producian sus rayos en el techo y las paredes bastaba para cegar á cualquiera; así, cuando An-nasír queria intimidar á algun personage de cuya lealtad no estaba seguro, con una seña que hiciese á uno de sus eslavos, al punto la masa de azogue empezaba á moverse, y sus vívidos reflejos producian en todo el salon unas luces como relámpagos deslumbradores.

Nada mas imponente y magestuoso que la jura de un califa ó la recepcion de un personage estrangero en el palacio de Azzahra. En ambos actos se retrata fielmente la tradicion oriental derivada desde los prepotentes reyes asirios y babilonios, y considerada por todas las gentes que sucesivamente dominaron en el Asia menor como el tipo y la norma de la humana grandeza. En ambas ceremonias el objeto principal es imponer, ofuscar, amedrentar con el espectáculo de un poder formidable y de una riqueza superior á toda fantasía. Por eso estas solemnidades no se celebraban nunca de improviso. Llégale á un califa la noticia de que un emperador griego, por ejemplo, le manda una embajada[501], y ya empieza á disponer su recibimiento. Al tomar tierra el legado en los dominios de Andalucía, ya los comisionados del califa se apoderan de su persona só pretesto de cuidarle para que nada le falte en su viaje; y le conducen, con poderosa escolta de ginetes armados, á un palacio designado de antemano en las cercanías de la capital, donde dos eunucos cubicularios del rey (funcionarios de elevada categoría en Córdoba lo mismo que en la antigua corte de Assur) encargados del servicio inmediato del sultan y de su harem, se emplean en agasajar al enviado y á su comitiva, vigilando al propio tiempo que nadie, sea noble ó plebeyo, tenga con ellos roce alguno. Para este fin se agregan á los eunucos otros oficiales palatinos y maulís del califa, que con mucha habilidad hacen despejar el campo á los intrusos. Entre tanto el califa se ocupa en el ceremonial de la recepcion, va y viene del palacio antiguo al palacio nuevo, dicta órdenes, y señala por último el dia de la admision del estrangero á su presencia. Ya es el pabellon central[502], ya el pabellon de oriente ó el de occidente, el destinado á la augusta ceremonia. Aparece el salon nueva y lujosamente decorado, y en él un trono, joya resplandeciente de oro y pedrería, que ocupa el sultan. A su derecha é izquierda sus hijos: luego los wazires; luego los gentiles-hombres, los hijos de los wazires, los libertos del califa, y los wakiles ú oficiales de su servidumbre. El patio del alcázar está cubierto de ricas alfombras y vistosos guadamecíes; velas, doseles y cortinages de lustrosa seda sombrean las puertas y arcadas reflejando en ellas los vivos colores de sus pájaros y ramajes. Figuráos la recepcion del enviado de Constantino al califa An-nasír. Al verse introducido el griego en el magnífico salon, no acierta á disimular su asombro: los de su comitiva le siguen deslumbrados y confusos al acercarse al poderoso sultan que llena con su noble magestad el trono. Pone en manos de este el enviado sus credenciales[503], y en seguida el faquíh Mohammed ben Abdi-l-barr, elegido por Al-hakem al efecto como orador eminente por su ingenio y elocuencia, empieza una pomposa arenga que tiene preparada sobre el poderío y esplendor del imperio de An-nasír y la consolidacion del califado cordobés bajo su reinado. Pero la imponente ceremonia, el silencio de la ilustre asamblea, la deslumbradora luz que rodea al sultan, le turban en medio de su discurso; desfallece su voz, anúdase su lengua, y cae en tierra sin sentido. Un forastero consumado en la retórica y reputado en Iraca como príncipe de la oratoria, Abú Alí Alkalí, huésped á la sazon del califa, se encarga de sustituir á Mohammed: dirige á los circustantes varias frases elocuentes; pero faltándole luego las palabras, enmudece, y se retira. Mundhir Ibn Saíd que advierte la inoportuna y brusca conclusion, toma el discurso donde lo ha dejado Abú Alí, é improvisa una peroracion brillante en prosa y verso con que deja á todos atónitos y complacidos, y el califa con agradable gesto le demuestra su satisfaccion, reservándose premiarle despues... Esta ceremonia, cuyo final dejan indeterminado los escritores árabes, quedará tambien para nosotros entre nubes; y ahora haremos presenciar al lector en este mismo pabellon, trasformado para la ceremonia de la jura de Al-hakem, otra escena que podria figurar dignamente entre los mágicos cuadros de las mil y una noches. Los ocho hermanos del nuevo califa, conducidos á Azzahra entre destacamentos de tropa armada, medio de grado y medio por fuerza, ocupan los dos pabellones de oriente y occidente; otros salones del palacio estan llenos de nobles, empleados, y cortesanos que esperan con impaciencia el momento de dar el parabien al digno soberano. Al-hakem está sentado en el trono del pabellon dorado: empieza la ceremonia, y entran los primeros sus hermanos, los cuales se acercan á él, leen la fórmula de la inauguracion, y prestan el juramento de costumbre con todas sus sanciones y restricciones. Siguen por su turno los wazires, sus hijos y hermanos, los guardias del rey y la servidumbre de palacio. Hecho esto, los hermanos del califa, los wazires y los nobles, toman asiento á ambos lados del trono, escepto Isa ben Foteys que queda en pié á un lado para juramentar á todos los que van entrando. En el salón dorado estan además los eunucos del sultan en filas á derecha é izquierda de su señor, todos vestidos de túnicas blancas y armados con espadas; inmediatos á ellos, y formando dos filas sobre el terrado, los eunucos sirvientes, cubiertos de malla y empuñando lucientes espadas. Los eunucos de guardia, con espadas también, y los eunucos esclavones, vestidos de blanco é igualmente armados, se estienden á lo largo del parapeto. A estos siguen otros esclavones de inferior categoría, y vienen luego los arqueros de la guardia con sus arcos y aljabas. Próximos á los eunucos esclavones estan los esclavos negros, lujosamente uniformados y cubiertos de armas resplandecientes: llevan túnicas blancas, yelmos sicilianos, y al brazo escudos de varios colores, y armas cuajadas de oro. En la puerta de As-suddah estan los alcaides del alcázar, y junto á ella la guardia de á caballo de eslavos negros, que se estiende hasta la puerta de las cúpulas (babu-l-akabá). Continúa la formacion la guardia de maulís ó libertos del califa, tambien de caballería, y el resto del ejército y de los eslavos y arqueros la prolongan sin interrupcion hasta la puerta de la ciudad que sale al campo. Terminada la ceremonia, el pueblo se retira, y los hermanos del califa, los wazires y los otros dignatarios permanecen en el palacio, para conducir á Córdoba el cadáver de An-nasír y darle sepultura en el cementerio de los califas[504].

Pues ya que insensiblemente nos hemos convertido en narradores de las ostentosas ceremonias de la corte de los Umeyas en Azzahra, justo será antes de pasar á describir las demas bellezas artísticas de este palacio, evocar aquella magestuosa escena de la recepcion del rey D. Ordoño IV de Galicia, cuando fué á solicitar del mismo califa Al-hakem auxilio y proteccion para recuperar el trono de que le habia despojado su primo D. Sancho con la poderosa intervencion de Abde-r-rahman An-nasír. Despues de alojado espléndidamente el augusto huésped en el palacio llamado de la Noria (An-ná'urah) en Córdoba, y fijado el dia del recibimiento, previas las órdenes competentes para que todas las tropas estuviesen armadas, la guardia real de esclavones lujosamente uniformada, y los Ulemas, teólogos, katibes y poetas, invitados para asistir á la regia audiencia y amenizar la solemnidad con sus arengas é improvisaciones, apareció Al-hakem sentado en su trono en el pabellon oriental del terrado, con sus hermanos y parientes á uno y otro lado, y con los wazires, cadíes, magistrados, teólogos y principales funcionarios, todos sentados por su órden segun su respectiva gerarquía. Ordoño, á quien acompañaban los principales personages cristianos de Córdoba, entre ellos el juez de los mozárabes Walid Ben Khayrun y Obeydullah, hijo de Kasím Al-matrán (obispo) de Toledo[505], iba vestido con túnica de brocado blanco y albornoz de la misma estofa, y cubria su cabeza un birrete á la usanza cristiana ornado de costosos joyeles. Llegó á caballo con su comitiva hasta la puerta esterior del palacio de Azzahra, llamada de las cúpulas, donde se apearon los que habian salido á recibirle; luego en otra puerta interior (babu-s-suddah) y su introductor Ibn Talmis recibieron órden de echar pié á tierra. Desmontó á la puerta del pabellon meridional en el edificio llamado daru-l-jandal, sobre una plataforma, donde tomó asiento con su séquito esperando se le mandase entrar. Salió un palaciego con el deseado aviso, y Ordoño subió al terrado de los pabellones, y al llegar al de oriente donde el califa le aguardaba, dejó su albornoz, se descubrió la cabeza, y en actitud de admiracion y respeto permaneció un rato como absorto contemplando la magestad y grandeza que tenia delante. Acercóse á la entrada con paso mesurado por entre las hileras de soldados formados en el terrado, y al cruzar el umbral se postró en el pavimento con humildad profunda; luego dió algunos pasos más, volvió á postrarse, y llegando por último al trono alargó su mano con timidez, y Al-hakem le dió la suya. Retrocediendo despues sin volver al califa la espalda, ocupó un asiento cubierto con paño de oro que le estaba preparado, y en seguida fueron admitidos á besar la mano al soberano islamita los condes y demas caballeros de su cortejo, los cuales se acercaron al trono repitiendo sus mismas postraciones, y luego se sentaron en fila dejando en el centro á su rey. El juez de los mozárabes que servia de intérprete á Ordoño, cuando Al-hakem rompió el silencio dando al destronado la bien venida, espuso en términos comedidos y con reiteradas protestas de sumision y obediencia, el objeto de la venida del príncipe cristiano: solicitó para él y su pueblo la poderosa proteccion del califa, obligándose á reconocerle siempre como su señor feudal si le ayudaba á recuperar el trono, y finalmente para encarecer lo mucho que confiaba en su poder y justicia, rogóle que constituido en árbitro de las diferencias de entrambos primos, decidiese á cuál de los dos correspondia en buena ley la corona. Oyó el califa la peticion con agrado, ya porque conviniese á su política favorecer á Ordoño, ya porque hubiese este acertado á defender su causa con habilidad, y accedió á ella esponiendo como máxima incontrovertible de derecho internacional, que el haber sido bien recibido D. Sancho por su padre An-nasír no era una razon para que él desairase á D. Ordoño. El desposeido príncipe reiteró lleno de agradecimiento sus humildes postraciones, ensalzando con esclamaciones de entusiasmo la generosidad y gloria de su protector. Retiróse en seguida, y los eunucos le condujeron al pabellon occidental, ante cuyo trono desierto volvió á prosternarse con gran respeto, no acertando á espresar su lengua el deleite que en su semblante atónito se pintaba cada vez que fijaba los ojos en aquella riqueza sin igual, en aquellas incomparables obras del arte y de la naturaleza. Del pabellon occidental le llevaron á otra pieza que caía al norte del mismo, donde le hicieron sentar en un almohadon de brocado de oro. Presentósele allí el hagib[506] Ja'far Al-mus'-hafí, y despues de conversar con él algunos instantes confirmándole en la gracia y buena amistad de su señor, hizo le trajesen una vestidura de honor que el califa le regalaba. Consistia en una túnica de tisú de oro y un albornoz de lo mismo, con un cinturon de oro purísimo sembrado de perlas y rubíes, tan gruesos y bellos que no sabia el rústico cristiano quitar de él los ojos mientras el oficioso hagib le endosaba la rica vestidura. Los condes y caballeros de su comitiva recibieron tambien trages proporcionados á su calidad, y todos juntos salieron despues del alcázar con grande humildad y reconocimiento. Al pié del pabellon central donde se habia apeado le esperaba una nueva sorpresa: habia mandado el sultan que le dispusieran un caballo de regalo lujosamente enjaezado con silla y brida cuajadas de oro bruñido. Montó en él bendiciendo su buena estrella, y se alejó con los suyos del encantado recinto de Azzahra para ir á descansar de aquellas fuertes emociones en el palacio donde estaba hospedado.

Hemos dicho que las fuentes eran uno de los principales ornatos de aquellos alcázares. Ben Hayyán asegura que nada habia comparable á las dos que trajo de Asia para An-nasír Ahmed el griego, tanto por su esquisito trabajo como por el valor intrínseco de su materia. Eran desiguales en forma y tamaño: la mayor, de bronce dorado, con bajo-relieves de figuras humanas bellamente esculpidas, y la condujeron desde Constantinopla á Córdoba el referido Ahmed y el obispo Rabí. La menor era de mármol verde, y fué adquirida en Siria, y se consideró por todos los inteligentes como un verdadero prodigio del arte. En cuanto llegó á poder del califa, dispuso éste que fuese colocada en la alcoba ó dormitorio del pabellon oriental, conocido por el salon de la familiaridad y del solaz, y mandó agregar á su ornato doce figuras de oro bermejo incrustadas de perlas y esquisita pedrería, labradas en los talleres reales de Córdoba, representando diversos animales. Pusieron en ella un leon entre un antélope y un cocodrilo; al lado opuesto un águila y un dragon, y entre ambos grupos una paloma, un halcon, un pavo real, una gallina, un gallo, un milano y un buitre. Todos estos animales eran huecos y vertian en el tazon de la fuente chorros de agua cristalina.

La mezquita de Azzahra, templo de estupenda estructura, preciosamente labrado en todas sus partes, de noventa y siete codos de largo de la algufia á la quiblah sin contar el Mihrab, y de sesenta y uno de ancho, fué obra de cuarenta y ocho dias, habiendo An-nasír empleado en ella diariamente mil obreros entendidos, de los cuales trescientos eran albañiles, doscientos carpinteros, y los demas canteros, escultores, doradores, esmaltadores, mosaicistas, pintores, estucadores, tallistas, herreros, broncistas, etc. Contenia cinco naves, la central de trece codos de anchura, las demas de doce, y un patio de cuarenta y tres codos de la algufia á la quiblah, enlosado de mármol rojo, en cuyo centro habia una fuente que vertia sin cesar un agua purísima. Tenia esta mezquita una zoma ó alminar cuadrado de cincuenta codos de altura. En la Maksurah, de construccion y ornamentacion maravillosas, habia un púlpito ó mimbar de sorprendente riqueza.

Poco duraron los palacios de Azzahra. Desde el año 961 de J. C., en que murió su glorioso fundador dejándolos terminados[507], hasta la triste época en que comenzó con la estincion de los Amiritas la guerra civil en el Califado cordobés entre los bereberes y andaluces, entre Suleyman y Almuhdi, no trascurrió medio siglo. Los dos rivales, alternativamente favorecidos por el conde de Castilla Sancho Garcés, talaron uno tras otro el campo y la sierra cuando se vieron vencidos y precisados á dejar la ciudad; pero los bereberes de Suleyman fueron mas feroces que sus contrarios, redujeron á cenizas la mágica poblacion de Azzahira, pocos años antes delicia del hagib Almanzor, y entrando en Azzahra (año 1010) la saquearon despues de haber pasado á cuchillo á sus moradores. Permanecieron en ella algunos meses, y luego la evacuaron para estender sus terribles correrías por toda la tierra circunvecina, donde talaron las mieses, incendiaron las granjas, y no quedó un solo caserío en que no estampasen su destructora huella. En aquella gran devastacion los habitantes de la campiña se refugiaron en Córdoba con lo que pudieron salvar de sus haciendas, huyendo la furia de aquel animado torbellino, y hubo de resultas hambre en la ciudad. Y cuentan las historias árabes que habiendo cundido la asoladora plaga por todo el norte del Andalús, solo Toledo y Medinaceli se libraron de la ruina, quedando tan despoblada la provincia, que podia un viajero andar por ella á caballo dos meses seguidos sin encontrar alma viviente. Aunque maltratada por tan deshecha tormenta, debió quedar en pié al abrigo de la Sierra la preciosa flor[508] plantada por An-nasír para otra flor la mas querida de su harem.

Un rey cristiano[509] prendado de ella, confiado en el prestigio de sus victorias y en el abatimiento del Islam, la pidió para su esposa á su nuevo dueño el régulo de Sevilla. Dos cosas demandó el conquistador castellano á Almu'tamed: que le diese á Medina-Azzahra para residencia de D.ª Constanza que iba en su compañía, y que le dejase libre una parte de la mezquita mayor para trasladarse á ella la reina diariamente y dar allí á luz el fruto que llevaba en sus entrañas[510]. Indignado el sarraceno dió la muerte por su propia mano al judío portador de tan insolente mensaje, y no contribuyó poco este atentado á que D. Alfonso, ardiendo en sed de venganza, estrechase á Almu'tamed con tan poderosos medios, que le hiciese preferir el entregarse con el ruinoso Estado andaluz en brazos de los almoravides.

¿Quién cuidaba entre tanto de aquella perla del arte arábigo? Probablemente estarian desiertos y abandonados aquellos hermosos palacios, y sus antes deliciosos jardines yermos y convertidos en madriguera de alimañas. ¡Los bereberes habrian despojado sus lujosos pabellones, robado todas sus riquezas, destrozado aquel artificioso estanque de líquido mineral, aquellos tronos de oro y pedrería, aquellas fuentes de bronces y mármoles, aquellos baños voluptuosos, aquellos artesonados de oro, mármoles trasparentes y maderas incorruptibles, aquellas arcadas de ébano y marfil, aquellas costosas alfombras, aquellos doseles de brocado!... Muchos cercos sufrió la antigua sede del Califado andaluz desde D. Alfonso VI hasta S. Fernando en poco mas de cien años, y en este tiempo no hallamos que hicieran aprecio alguno de la desolada y desierta Medina-Azzahra ni los almoravides, ni los almohades sus impetuosos sucesores. Cuando el santo rey tomó á Córdoba no quedaban ya en pié mas que los muros de un alcázar que tantos tesoros habia contenido, teatro de los mas gloriosos acontecimientos del Califado de Occidente y testigo de una prosperidad que habia de parecer fabulosa narrada por la historia. El tiempo habia hecho su oficio: todas las construcciones poco sólidas se habian reducido á polvo: la tierra, tan afanosa por tragar los monumentos de los hombres que le arrancan los tesoros de sus entrañas, habia recobrado lo suyo, y con su incesante é imperceptible crecimiento cubierto ya las marmóreas escalinatas rotas, los pavimentos de piedra desnivelados, los acueductos, algibes, estanques, fuentes, baños: todo lo somero y profundo, sobre lo cual tendió largos años su capa de nieves y barrizales el aterido invierno, su verde manto de grama la alegre primavera, sus tejidos de cardos, espinos y punzante maleza el abrasado verano, y el otoño su seca y amarilla vestidura de despojos. Lo alto y fuerte perdió paulatinamente su delicado y deleznable revestido de estucos pintados y dorados, sus armaduras de alerce: y quedó desnudo. Los reyes moros de Sevilla se llevarian á la nueva corte algunas hermosas columnas y otros objetos útiles para sus construcciones; pero muchos materiales preciosos quedaban todavía en aquello que solo parecia un castillo arruinado en los dias de la reconquista.

Ya en este tiempo habia perdido el vulgo la memoria del orígen de Azzahra, y sus diseminados vestigios habian hecho nacer entre los cristianos vencedores una falsa tradicion respecto del antiguo asiento de Córdoba, de que luego participaron los historiadores de mejor criterio. Y al hacer el santo rey el repartimiento de Córdoba y su tierra entre los ricos-hombres, caballeros y órdenes religiosas que habian asistido á la conquista, ya la ciudad de la esclava querida de An-nasír habia perdido su nombre por el impropio de Córdoba la vieja[511].

Con este perseveró desde entonces, y el nuevo nombre contribuyó á que se desvaneciese del todo en los siglos sucesivos el recuerdo de una poblacion tan novelesca por su orígen, tan interesante por las escenas en ella ocurridas, tan maravillosa en todo: que habia rivalizado con las mas famosas ciudades orientales y sostenido dignamente el paralelo con los soberbios palacios de los reyes Ninivitas, Achemenios, Sassanidas y Abassidas.

De Córdoba la vieja se hace mencion en algunos documentos de la edad media: ¡de Medina-Azzahra nunca! Aquel asolado campo con su ruinoso castillo pasa, no sabemos cuándo, del patrimonio real al patrimonio municipal: llega el año 1405, viene á Córdoba un venerable religioso gerónimo[512] á solicitar la fundacion de un convento de ermitaños en la sierra, y la noble viuda de D. Diego Fernandez de Córdoba, alcaide de los donceles, le cede para este piadoso objeto una huerta que poseía contigua á Córdoba la vieja: la ciudad le dá para el mismo fin en 1408 las ruinas del castillo de Córdoba la vieja, ya propiedad suya. El arruinado castillo viene entonces al suelo: los sillares de sus muros son acarreados al cerro inmediato donde los padres gerónimos edifican su convento; los tableros esculpidos de barro y piedra que los revestían caen despezados entre la yerba, donde permanecerán acompañando al sueño secular de las otras ruinas anteriores ya sepultadas en aquel campo de soledad, hasta que un anticuario los remueva y los desdeñe desconociendo su procedencia[513], y venga luego otro[514] y los admire como lo que realmente son, aunque sin saber tampoco el nombre que llevaron. De los despojos aparentes apenas queda alguno útil que los buenos frailes no se lleven á su monasterio: cargan con cuantos capiteles y fustes de mármol yacen sobre aquella vasta sepultura de grandezas; llévanse cuanta piedra les parece acomodada á la construccion de su templo, de su claustro, de su capítulo, trazados segun el florido sistema ojival terciario; llévanse por fin hasta un cervatillo y una cierva de bronce[515] hueco hallados entre los escombros, que quizás en otro tiempo habian deleitado en alguna fuente del palacio de Azzahra los ojos de su mimosa dueña, y acomodan uno de ellos á un pilon del claustro del santo cenobio. A todo esto, nadie sabia ya que hubiese existido Medina-Azzahra. Las ruinas de Córdoba la vieja pasaban por reliquias anteriores á la dominacion agarena, y deshecho el castillo, no quedó al parecer piedra sobre piedra en aquella vasta, ondulosa y verde planicie, ya convertida en dehesa.

El erudito cronista de Felipe II que vivió algunos años en el monasterio de S. Gerónimo de la Sierra, obcecado con el error vulgar no vió lo que saltaba á la vista, esto es, que los fragmentos de arquitectura decorativa de mármol, piedra y barro, que se hallaban diseminados por la dehesa de Córdoba la vieja, eran de la misma casta que la ornamentacion del Mihrab de la mezquita mayor[516]. Otro anticuario mas perspicaz en estas materias trató de corregir la falsa opinion, y este convenció á otros de que aquellos despojos pertenecian á alguna suntuosa fábrica de sarracenos[517]. Nada se adelantó sin embargo; las antigüedades árabes tenian poco que esperar de la tendencia que tomaban á la sazon los estudios arqueológicos.

Fué preciso que pasaran otros dos siglos y que un orientalista dotado de ingenio y gracia para cautivar contando las cosas de la España árabe[518] en una época en que la ilustracion se ceñia casi esclusivamente á lo latino y griego, volviese á pronunciar el nombre de Medina-Azzahra para que se despertase entre los literatos y anticuarios, con la aficion perdida á las historias de nuestros antiguos dominadores, el deseo vehemente de investigar el asiento de aquella célebre poblacion. Pero como aquel mismo arabista daba acerca de su situacion noticias equivocadas[519], se buscó en vano por muchos años lo que tanto se deseaba hallar.

¿Quién habia de imaginarse que las reliquias de los palacios mas sorprendentes que vió la España musulmana estaban sepultadas en una dehesa de un mayorazgo[520], de la cual ya nadie se acordaba ni aun para esclarecer la duda que habian dejado en pié los anticuarios de los siglos XVI y XVII? Y sin embargo, la compilacion de historias de la España árabe hecha por Ahmed Al-Makkarí, vulgarizada en Europa desde el año 1840 por la laboriosidad de otro arabista distinguido[521], nos estaba revelando lo que en aquel abandonado campo debiamos prometernos.

Dib. del nat.l y lit.ª por F. Parcerisa Lit. de J.J. Martinez, Madrid. FRAGMENTOS DE LOS PALACIOS DE MEDINA-AZZAHRA.

Dib. del nat.l y lit.ª por F. Parcerisa Lit. de J.J. Martinez, Madrid. FRAGMENTOS DE LOS PALACIOS DE MEDINA-AZZAHRA.
Dib. del nat.l y lit.ª por F. Parcerisa Lit. de J.J. Martinez, Madrid. FRAGMENTOS DE LOS PALACIOS DE MEDINA-AZZAHRA.

No está, no, la triste y dolorosa ruina de la mas bella creacion monumental arábigo-bizantina donde la buscan todavía muchos apasionados de aquel arte. No busqueis el grandioso rastro de Azzahra ni en las orillas del Guadalquivir, ni en lo recóndito de la Sierra. Hélo ahí, á tres millas de Córdoba entre norte y poniente, donde todos los escritores árabes de mas autoridad situaron siempre la hermosa joya. Su dicho concorde es mi testimonio, y en prueba de que el arte lo confirma, ahí teneis esos fragmentos por mi propia mano recogidos entre la maleza y cardizales que cubren la llamada suerte de S. Gerónimo en la dehesa de Córdoba la vieja. Contempladlos, y os convencereis de que los edificios de que formaron parte solo han podido pertenecer á la época mas floreciente y á la poblacion mas famosa del Califado andaluz. Ahí teneis todos los elementos de la ornamentacion mas bella y graciosa que creó el Oriente y regularizó el genio estético de los pobladores del Archipiélago: las postas que figuran las olas de la mar; los meandros ó grecas de listones que se interrumpen y cortan en ángulos rectos; los enlaces ó entrelazos, combinacion preciosa de líneas rectas y curvas que imita las trenzas del cabello; las palmetas, en que con la mayor donosura alternan hojas agudas y hojas obtusas, unas replegadas hácia dentro, otras hácia fuera, imitacion feliz del loto asirio y de las palmas fenicia y tebana; el acanto silvestre tan parecido á la hoja del punzante cardo; el tulipan y la flor de loto, graciosa importacion del arte de Persépolis, al cual fué comunicada por la arquitectura de Nínive y Babilonia, etc.[522]. Y advertid que además de estos pedazos de piedra y barro tan lindamente trabajados, quedan en Córdoba la vieja otros de mármol labrados con el mismo esquisito gusto, algunos de fondo de color, sobre el cual destacan esos tan relevados y bien recortados adornos; y en la huerta de S. Gerónimo no pocos capiteles que de allí se sacaron, los cuales podrian sostener la competencia con los capiteles corintios del famoso monumento de Lisícrates de Atenas[523].

La dehesa de Córdoba la vieja, que á los ojos del vulgo no es mas que un llano descampado con leves sinuosidades hácia la parte de la Sierra en cuya falda apoya, y donde sobre la viciosa vegetacion espontánea propia de aquel delicioso clima descuellan de trecho en trecho algunas encinas é higueras silvestres, se descubre inmediatamente á los ojos del observador atento como vasta ruina de alguna construccion importante, y á los del arqueólogo como precioso depósito de una de las páginas mas interesantes del libro monumental: página lastimosamente despedazada, mas no del todo perdida. Merced á nuestra natural incuria, por regla general deplorable, ahora por escepcion benéfica, consérvanse hoy estas ruinas próximamente en el estado mismo en que se hallaban á fines del siglo XVI y principios del XVII, cuando nos las describian Ambrosio de Morales y el licenciado Diaz de Rivas sin saber de cuán noble cadáver hacian la filiacion[524]. Algunos preciosos vestigios que ellos vieron han desaparecido: quizás han sido cubiertos por la lenta crecida del terreno. Lo que hoy allí principalmente se advierte es una elevacion de forma cuadrangular y superficie llana de unos ciento setenta pasos de longitud, con declives por los tres lados de oriente, poniente y mediodia, y por el norte unida á la Sierra con varios montículos de figura irregular, no de formacion natural, sino de escombros en que facilmente se hallan trozos de piedras bellamente labradas, lastras de mármol rotas y otros objetos, con solo remover la masa pulverulenta que cubre la yerba. En el centro mismo del límite meridional de la alta planicie que domina la llanura, hay un hueco cubierto de espesa maleza, como indicio de haber existido allí alguna puerta, y desde este punto de la esplanada parte recta al mediodia por lo bajo de la campiña una especie de calzada que finaliza en un objeto informe de fábrica de argamasa y mampostería, pié tal vez de algun robusto torreon de entrada. ¿Sería este por ventura vestigio de aquella segunda puerta de entrada al alcázar árabe, por donde pasaron á caballo D. Ordoño y su introductor Ibn Talmís? ¿Sería aquella otra brecha que hemos visto en el declive meridional de la plaza rectangular la subida á la plataforma donde se apeó el rey destronado? ¿Ó sería mas bien esta misma plaza aquel famoso terrado de los tres pabellones donde tantas cosas memorables acaecieron?... Ultimamente, aquella singular planicie, obra evidente de los hombres y no de la naturaleza, ¿es un mero terraplen, ó es el resultado de un hundimiento que conserve quizá intacta la planta baja de alguna construccion palaciana? ¿Quién podrá hoy saberlo? No faltan allí en verdad reliquias de grandes construcciones, y cuando otra cosa no hubiera, bastaria un soberbio ramal de acueducto que sale del costado de oriente de la indicada plaza en direccion S-E., todo revestido interiormente de durísima costra de betun liso y bruñido como escayola, para persuadirse de la gran probabilidad de poder exhumar en este parage muchos tesoros del arte.

Con mala estrella por cierto hemos comenzado nosotros esta obra[525]. Esperemos sin embargo proseguirla con mejor fortuna; y entonces, si la elegante y erudita pluma que hasta ahora con plausible modestia no hizo mas que ensayarse en el bosquejo de la historia de la arquitectura en España, emprende la árdua tarea que al parecer le está reservada de analizar detenidamente todos sus períodos y desentrañar sus singularísimos é interesantes sincronismos, quizás donde hoy deja lastimada un deplorable vacío[526], tendrá ocasion de trazar con su acostumbrada animacion y elocuencia la descripcion fiel de muchas bellezas artísticas que creía perdidas.

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Capítulo sesto y último. La Sierra y la Campiña.

Si hubiéramos de detenernos en describir todo lo bueno que la provincia de Córdoba debe á la naturaleza, sería interminable nuestra tarea, pues siendo la Andalucía el vergel de España, Córdoba es, ó debiera ser al menos, el vergel de Andalucía. Quede reservado á los naturalistas el encarecer la fertilidad de su suelo[527], la abundancia de sus minerales, la hermosura de sus ganados, rivalizando en encomios con Plinio y Estrabon acerca de la escelencia de sus frutos; y salven ellos como puedan el compromiso de dejar airoso al poeta Estacio[528] que tanto elogia la bondad de sus aceites. Nosotros somos los panegiristas del arte en primer lugar, y secundariamente de la naturaleza en sus bellas manifestaciones.

Los campos de Córdoba y su tierra estan repartidos en Sierra y Campiña, teniendo por término divisorio entre unos y otros el rio Guadalquivir, que atraviesa diagonalmente la provincia de N-E. á S-O., bajando por cerca de Aldea del Rio hácia Palma, donde se le incorpora el Genil. La Sierra y sus poblaciones quedan á la derecha de su corriente, á la izquierda los pueblos de la Campiña. Parte á esta por mitad el rio Guadajoz, llamado de los antiguos rio Salado (flumen salsum), que atravesando en su nacimiento por la antigua encomienda del castillo de Víboras de la órden de Calatrava, sale á lo llano poco mas adelante, recibe otras aguas al pié del castillo de Locubin, baña en su curso á Castro el Rio fertilizando su deliciosa ribera de huertas por medio de azudas que mueve su misma corriente, acércase á las villas de Espejo y Santa Cruz, y sigue por Torres-Cabrera su direccion al Guadalquivir, con el cual junta murmullos una legua mas abajo de Córdoba. Fertilizaba antiguamente este rio cerca de Castro los términos de Ategua, pueblo famoso por el largo cerco que sostuvo en la guerra de César con los hijos de Pompeyo. El Guadajoz es muy celebrado en aquellas guerras civiles por los autores que de ellas escribieron.

La parte de la Sierra está naturalmente contornada con una doble línea de aguas corrientes y cordilleras, que forman una especie de pentágono sobre la márgen derecha del Guadalquivir. Un largo estribo de Sierra-Morena que de los confines de la provincia de Ciudad Real baja hasta este rio, llevando como tributo al mismo por un lado las aguas del arroyo de las Yeguas, por otro las del revuelto y precipitado Jándula, es su límite oriental. Forma el septentrional el Guadalmez, que baja desde los cerros de Fuencaliente hasta entrar en el rio Zuja faldeando uno de los principales ramales de la gran cordillera; y el occidental el mismo Zuja y el Rembezar, que naciendo en las dos vertientes opuestas de una montaña, corren el uno al norte y el otro al mediodia, aquel al Guadiana, este al Guadalquivir. Dentro de este vasto territorio, todo ceñido de altas cumbres sin mas salida que la llanura por donde el Guadalmez y el Zuja pasan juntos á regar campos de Estremadura, se dibujan otras largas cadenas de montañas: una de las cuales lo atraviesa todo de levante á poniente, de Fuencaliente á Fuenteovejuna, y es la cordillera principal de los Montes Marianos, que va vertiendo á uno y otro lado las aguas de sus veneros, unas al Guadalquivir, otras al Guadalmez y al Zuja, contornando elevadas barreras. De aquellos montes se originan el Guadamellato al pié del alto cerro de Nuestra Señora de Luna, el Guadalbarbo que recibe las que nacen debajo del castillo de Cuzna, el Guadiato que vuelca límpidas ondas de varios arroyuelos del término de Belmez; de estas barreras secundarias resultan otros riachuelos de menos caudal. Por último, de la gran cadena con que Sierra-Morena divide por medio el pentágono de la parte montuosa de Córdoba, se desprenden y caen al mediodia como hileras de gigantes curiosos de mirarse en la corriente del sacro Bétis, tres principales ramales; dos de ellos mueren en la ribera, y el tercero en las altas llanuras donde descuellan las ruinas del castillo de Albacar.

¡Cuántos recuerdos encierran estas ásperas cordilleras! Una de ellas, la mas oriental, lleva en su mas avanzado estribo el famoso convento de S. Francisco del Monte, que el caballero cordobés D. Martin Fernandez de Andújar fundó á peticion de D. Enrique III y de la reina D.ª Catalina cabe las ruinas del antiguo cenobio Armilatense. En él se veneraba la piadosa imágen de Nuestra Señora de la Esperanza, hallada segun tradicion entre aquellos vestigios; y en sus claustros vivió retirado el rey D. Felipe IV durante las carnestolendas del año 1624. Otra, que es la mas próxima á Córdoba, ostenta en sus alcores el grandioso y severo monasterio de S. Gerónimo, construido con los despojos de la preciosa Medina-Azzahra; en su cerro de Nuestra Señora de Belen una congregacion de rígidos anacoretas, cuyas humildes ermitas son para Andalucía lo que Monserrat para Cataluña, lo que la Tebaida para el Egipto, lo que el monte Athos para la Rumelia; y al pié de ese cerro la famosa Ruzafa, que despues de haber sido una de las mas deleitosas quintas de los amires, fué patrimonio de la célebre D.ª Leonor de Guzman, y despues convento de padres Franciscanos; y hoy... ¡hoy desierta y miserable fonda! Otra, que espira dentro de una hoz formada en el llano de Hernan-Paez donde traza el Guadiato su última revuelta antes de salir brioso á la Campiña, se ilustra con el célebre santuario de Nuestra Señora de Villaviciosa y con el valle donde fueron bárbaramente inmolados los siete infantes de Lara. Todas estas cadenas de montañas y las corrientes que las van acompañando en sus diversas ondulaciones, llevan en sus faldas y en sus orillas reliquias de poblaciones antiguas, de arruinados monasterios, de castillos derruidos. Fuenteovejuna, Azuaga, Belmez, Espiel, Cuzna, Trassierra, son todos lugares interesantísimos para la historia de la edad media cordobesa, situados á la parte meridional de Sierra-Morena. Lo mismo puede decirse de los que ocupan á la otra parte los estribos de la gigantesca cordillera y las márgenes del Guadamora, del Guadarramilla, del Guadamatilla y del Zuja, como Belalcázar, Santofimia, Hinojosa, Torremilano, Villapedroche, Pozoblanco, etc. Muchos de estos lugares eran de poblacion considerable siendo España provincia romana; de otros que entonces habia en esta parte de la Beturia de los Túrdulos apenas queda memoria. Bajo la dominacion de los godos y sarracenos unos conservaron su importancia, otros la aumentaron, otros se formaron que antes no existian: muy pocos de los antiguos decayeron, porque la prosperidad del pais iba siempre en aumento. En los siglos anteriores á la reconquista no ofrecia de seguro la Sierra el espectáculo de desolacion y pobreza que hoy presenta. Orlaban las faldas de sus montañas blancos caseríos; en sus espaciosos valles asentaban risueñas poblaciones que se mantenian de la industria, del cultivo y del pastoreo; en sus pingües dehesas y cañadas se apacentaban ganados de toda especie; tendíanse por sus anchas lomas los viñedos con sus lagares, los olivares con sus vigas: por sus frescas vegas los edificios conventuales rodeados de granjas y cortijos; y coronaban sus empinados cerros fuertes castillos y atalayas, centro aquellos del poderío feudal, centinelas avanzadas estas de un Estado robusto y floreciente enclavado en tierra enemiga, único medio entonces conocido de comunicar con rapidez los sucesos prósperos ó adversos de la guerra. Los arroyos y rios que vierte por uno y otro lado la Sierra no llegaban como ahora sin merma á la llanura: recogíase su precioso caudal en acequias para regar las huertas y vergeles, ó en presas para mover molinos y batanes, ó en balsas para otras industrias. Con el producto de estas y del fácil cultivo de tan agradecida tierra, sosteníanse muy granadas las rentas de las villas, de los señores y de las iglesias. Pero aquella prosperidad acabó, y hubo muchas causas para que así sucediese: primero la devastadora furia con que pusieron fin al Califado cordobés las guerras intestinas de las razas musulmanas agolpadas en Andalucía; luego el crecimiento del poder castellano, que despues de la conquista de Toledo hizo de la tierra septentrional de Córdoba pais de frontera, y por consiguiente de molesto y peligroso vivir; luego causas generales que paulatinamente fueron predisponiendo la opinion nacional contra las poblaciones de origen islamita; por último la pésima administracion de la casa de Austria, que esquilmando á los pueblos para sostener descabelladas empresas militares y cegándoles al propio tiempo todas las fuentes de la pública riqueza, que era lo mismo que ordeñar la vaca sin darle pasto, abrumó á los montañeses de Córdoba con alcabalas y tributos que no bastaban á satisfacer sus ya escasos provechos. Todavía aquella privilegiada tierra está brindando á sus naturales con su fertilidad prodigiosa: fuera de los olivares, naranjales, higuerales, granados, cidras damasquinas y moreras de que se cubren sus laderas aun negligentemente labradas, produce la montaña sin que intervenga la mano del hombre, arrayanes, lentiscos, algarrobos, almezos de dulcísimo fruto, pinos, avellanos, castaños y acebuches. Fórmanse naturalmente muchos colmenares en las concavidades de sus peñas; el áspero jabalí, el tímido gamo, el ciervo corredor, el conejo cauteloso, la pintada perdiz, el zorzal viajero, el tordo y el estornino amigos de los cañaverales, estimulan al cazador á sus gratas fatigas; y los criaderos de plata, oro, cobre, azogue y carbon de piedra que recelan las entrañas de sus montes, sirven de incentivo á la actividad del minero codicioso. ¿Y qué alicientes no ofrece ella al amante de la bella naturaleza? El valle donde está situado el insigne monasterio de S. Gerónimo, con harta justicia lleva el nombre de Valparaiso, pues nada menos que un Eden representa á los ojos su frescura; cerca de este hay otro llamado Vallehermoso, y tiene tan merecido su nombre, que quien penetra en él sin saberlo se lo dá de nuevo. Subiendo por él algun trecho se aparece como jardin de amor en un campo de esmeralda la senda del rosal, llamada así por la estraordinaria abundancia de rosas con que allí plugo á la madre naturaleza engalanarse el seno y embalsamarse el aliento: delicioso lecho de flores para la enamorada Diana, que solo los vergeles de la Ruzafa impregnados de azahar hubieran podido con igual derecho disputar al Monte Latmos. ¿Pues qué diremos del pago de Miraflores, y qué de otros muchos cuyos nombres no conforman menos con sus lindezas?

En esta amenísima Sierra vamos á comenzar, lector amigo, un viaje aéreo por toda la provincia de Córdoba, con que pondremos fin á nuestra tarea. Y en esta jornada postrera tú y yo, como dos nigromantes de esos que el vulgo llama brujos, vamos á dar tres grandes vuelos: el primero á modo de águilas cerniéndonos sobre las cumbres de las montañas; el segundo como ánades por las orillas del Guadalquivir abajo; el tercero como alondras que con inciertos giros revolotean en la campiña de aquí para allá, atraidas por los destellos de los objetos lucientes, y se remontan gorjeando cuando no hallan atractivo en el suelo.

Vuelo por las montañas. Mira al occidente, cerca del nudo que forman Sierra-Morena y la Sierra de los Santos, sobre una colina que domina una estensa y pintoresca llanura, entre cerros coronados de torres y atalayas arruinadas, la villa de Fuenteovejuna, que debe á un acto de sangrienta y heróica venganza la inmortalidad á que en vano hubiera aspirado como municipio romano[529], como poblacion sarracena guarnecida con un cinto de muros y un fuerte castillo, y como recompensa digna de los servicios de un gran maestre de Calatrava. Aplica el oido, que su nombre suena muy alto y llena toda la comarca, porque es á un mismo tiempo grito de gloria y melancólico gemido varonil. Prepárate recordando la época en que á la sombra de la autoridad real fuertemente constituida, cuajaba en el árbol de la sociedad española la preciosa yema del derecho comun, á despecho de las injurias de los ricos-hombres que como sañudos vendabales la combatian. Corre el año 1476: un orgulloso comendador de Calatrava encastillado en esa villa, sujeta á la jurisdiccion de la órden por permuta hecha con el gran maestre D. Pedro Tellez Giron, comete contra sus moradores toda suerte de desmanes y atropellos: tolera que sus soldados les devoren las haciendas y deshonren sus casas; él mismo con violencia les quita sus hijas y mujeres. El pueblo cansado de sufrir se conjura contra el insolente tirano; ruge el motin á sus puertas apellidando Fuenteovejuna, vivan los reyes D. Fernando y D.ª Isabel y mueran los traidores. Precipítase dentro la turba enfurecida, hombres, mujeres, niños, armados todos de espadas, picas, palos y piedras. Trábase en la mas fuerte pieza del castillo una encarnizada refriega: catorce criados del comendador mueren á sus piés por defenderle: muere luego el magnate, y su cadáver, arrojado por una de las ventanas á la calle, es recogido en puntas de lanzas y espadas. Acuden las mujeres con adufes y sonajas á celebrar la libertad de la villa, y despues los vecinos ancianos quitan las varas y cargos de justicia á los que estaban puestos por la órden, y acuden á Córdoba sujetándose á su jurisdiccion y pidiendo amparo. Quéjanse del agravio los caballeros de Calatrava al rey y al pontífice: ya los reyes mandan á la villa jueces pesquisidores. Hélos cabalgando en mulas regalonas por la márgen del Guadiato arriba; hé ahí rondando el temido tribunal algunos bárbaros sayones dispuestos á manejar contra el aterrado vecindario máquinas horribles de tormento de que nunca se hizo merecedor. Entran en la tremenda prueba hombres, mujeres, niños, y todos la sufren con heróica constancia: medio lugar padece tormento sin declarar quiénes dieron la muerte al comendador: Fuenteovejuna le mató, esclaman todos concordes, significando haber armado Dios contra él el brazo del pueblo entero.—¿Quién mató al comendador? vuelve á preguntar el obcecado ministro que no comprende tan sublime respuesta.—Fuenteovejuna, contestan todos.—¿Quién es Fuenteovejuna? pregunta de nuevo aquel.—Todos los vecinos de la villa.—¿Quiénes son los vecinos de la villa?—Y vuelve á resonar entre dolorosos gemidos de muerte la misma heróica respuesta: Fuenteovejuna. Sabedora Córdoba del caso, representa inmediatamente á los reyes: los pesquisidores suspenden los tormentos: la ciudad prueba los desafueros y tiranías del comendador asesinado, y los reyes, convencidos de que su muerte fué castigo del cielo, mandan sobreseer en la causa formada al lugar.

Atravesamos ahora la gran cordillera y nos suspendemos, no lejos de la confluencia del Guadamatilla con el Zuja, sobre un llano donde descuella una poblacion que tiene al norte un cerro ceñido por un arroyo, y en él los restos de uno de los mas soberbios alcázares de la España del siglo XV. Es Belalcázar, nombre dado por el fundador de aquella insigne fortaleza D. Gutierre de Sotomayor, maestre de la órden de Alcántara, á quien hizo merced de la poblacion el rey D. Juan II. No habia en toda la tierra aledaña alcázar de mas estupenda estructura: mil varas de estension ocupa todavía su muro de cantería, el cual formaba un gran cuadrilátero fortalecido con veinticuatro cubos y defendida por un castillo con ocho torres y un foso de treinta piés de anchura. Erigida la villa en condado, el nieto del maestre lo gozaba espléndidamente establecido en su magnífico alcázar. Su madre D.ª Elvira de Zúñiga, temerosa de los estragos que suele causar en los jóvenes de alma mas generosa la vida de soldado, le retenia con frecuencia en Belalcázar, aunque servia á los Reyes Católicos en su corte y en las guerras contra los moros, y el valeroso caballero se daba á la montería, ejercicio muy propio de la gente moza y noble en aquellos tiempos. Volviendo un dia de una de sus cacerías, y habiéndose separado gran trecho de él sus criados persiguiendo á una res herida, advirtió que le seguia muy de cerca un hombre alto y amulatado.—Pasad adelante, ó quedaos atrás, díjole el conde, viéndole ya muy junto á su caballo.—Deseo tratar en secreto con su señoría, respondió el desconocido, cierto negocio de grande importancia.—Quedaos atrás, replicó el conde, y en llegando al castillo os oiré despacio. Picó al caballo, entró en su alcázar, y de allí á poco llegó al puente levadizo el hombre alto y moreno, á quien se permitió la entrada por haberlo ya prevenido el dueño. Pidió á este el misterioso aparecido hablarle sin testigos: el jóven caballero despidió á sus criados presentes, y quedaron los dos solos. Habia sobre una mesa dos velas encendidas, porque ya iba cerrando la noche: tendió el brazo el huésped y las apagó, y bastaron su rostro de ascua y sus ojos de azuladas llamas para dar luz al aposento. Lo que entre los dos pasó allí no se sabe: el efecto sí, y fué que el conde de Belalcázar D. Juan de Sotomayor, siendo mozo soltero y de aventajadas prendas, renunció su estado en su hermano D. Gutierre, y dejando el mundo se hizo religioso. Fué muy estremado en todas las virtudes, señaladamente en la humildad, pues la misma tierra que habia sido teatro de su alegre mocedad, le vió, siendo Fr. Juan de la Puebla, con el hábito de S. Francisco ejercitarse en los oficios mas bajos y penosos en servicio de los pobres y de los religiosos descalzos que estableció en la comarca. Fué el fundador de una provincia de las mas insignes de la órden, la cual teniendo por núcleo la ermita de Nuestra Señora de los Angeles, creció antes de la muerte del conde santo tan rápidamente, que la Sierra por aquella parte se trasformó en un nuevo Carmelo[530].

El condado de Belalcázar con sus lugares, el marquesado de Santofimia (ó Sta. Eufemia) y las villas de Hinojosa y Torremilano, componen lo que en la España romana denominaban los escritores latinos regiones de los ossintigisis. Rasis llama á esta parte de la Sierra el llano de las bellotas, por estar muy poblada de encinares.

No lo está menos esa otra gran llanura elevada que se estiende á oriente entre el tronco principal de la Sierra y el ramal que limita por el norte la provincia. Ese dilatado valle formado por las montañas á una elevacion de mas de mil quinientos piés sobre el nivel del mar, es el de los Pedroches, que comprende siete villas habitadas por pastores. Verás toda esa tierra, cuya riqueza mineral se esconde en muy profundos criaderos de diferentes metales y carbon de piedra, cubierta de dehesas, de encinares, chaparros, charnecas, brezos y mata prieta, poblada de rebaños y piaras, sin mas industria que el tejido de bayetas y la alfarería. Vista la atrevida torre de la iglesia parroquial de Pedroche, que forma un gracioso obelisco de doscientos piés de altura con su segundo cuerpo circular, invencion caprichosa del célebre Hernan Ruiz el viejo, autor del insigne crucero de la catedral de Córdoba, pasemos adelante: y cruzando el puerto Calatraveño vamos por Espiel y Belmez al castillo de Cuzna describiendo una espiral en nuestro vuelo. Es rara la poblacion de la Sierra que no tiene su castillo: el de Espiel, en lo alto del cerro á cuya falda está la villa del mismo nombre, se muestra ya tan arruinado que no se reconoce lo que fué: solo se divisa á su pié la boca de una gran cisterna; el de Belmez era muy principal, está situado en la cumbre de otro cerro: su posicion es tan ventajosa, y tan escarpada por todas partes la peña que le sirve de base, que parece como que brindaba á construir en ella una fortaleza. Es una torre cuadrada con habitaciones de bóveda, de fábrica sarracena, tiene un muro guarnecido de cubos cilíndricos y otras obras ya muy deterioradas. Fué adjudicado en el siglo XV al gran maestre de Calatrava D. Pedro Tellez Giron, el cual lo cedió con Fuenteovejuna á su órden en el cambio que hizo por Cazalla y Osuna. Desde su torre se divisaba el castillo de Fuenteovejuna por una parte, por otra el de Névalo en término de Villaviciosa, el cual le ponia en comunicacion con el de Almodovar del Rio: por otra finalmente el castillo de Espiel, desde el cual se verian tambien torres de otra línea. El castillo de Cuzna levantado en lo mas áspero de la Sierra comunicaria al propio tiempo con las alturas de Hinojosa, los Pedroches, Santofimia y la Alcudia; así toda Andalucía estaba ramificada bajo la dominacion islamita, y aun muchos siglos despues, por líneas de atalayas que formaban el imperfecto sistema telegráfico de aquellos tiempos.

Vamos ahora por entre los dos rios Guadiato y Guadalbarbo bajando al Guadalquivir, y al pasar por encima de Trassierra consagremos una mirada de interés á las misteriosas ruinas que al pié de sus escabrosas laderas nos hablan de una antigua poblacion cuyo nombre se sepultó ya en el mar de hielo del olvido.

Vuelo por la ribera. Lo empezaremos en Aldea del Rio, que solo nombramos por respeto á la autoridad de Plinio, que con el nombre de Sicia la menciona entre los lugares de la jurisdiccion de Córdoba, orillas del Bétis. Este en efecto la fecunda por el poniente. Una legua mas abajo tenemos un gran pueblo, república Eporense para los romanos, para nosotros Montoro; villa cercada por el Guadalquivir, fundada sobre tres cerros de peña viva y otros tantos valles, toda de casas de piedra, con un puente soberbio costeado por sus vecinos antes del año 1500, para cuya obra, cuentan ellos con entusiasmo, se desprendieron las señoras de sus alhajas de oro, plata y piedras preciosas. No acertaré á decir si debe su nombre á sus famosos olivares, que hacen de ella un verdadero monte de oro, ó al toro que sobre un monte campea en sus armas simbolizando sin duda la fortaleza de su sitio. Los musulmanes la convirtieron en castillo ciñendo sus riberas con altos muros y torreones, y cerrando su única salida á la campiña con el fuerte de la Cava, llamado despues de Julia, del que es reliquia ese grueso baluarte que ahí ves. Antes que la ganase S. Fernando por las pujantes embestidas del capitan D. Domingo de Lara, de quien conserva aun el nombre un barrio de la villa, habian otros dos reyes de Castilla, Alfonsos ambos, arrojado de ella á los agarenos en 1155 y 1190, poniendo el último de ellos por alcaide y adelantado de su frontera á D. Nuño de Lara[531].

Vamos al Carpio (antiguo Martialum), villa que como un ginete siempre dispuesto á romper lanzas cabalga sobre un cerro, en cuya cúspide bizarrea como enhiesto airon un fuerte y hermoso castillo. Construyóle para los célebres varones Sotomayores, señores de esta villa y de Jodar, gloriosos en Gibraltar y Algeciras, en Antequera y en Huéscar, un maestro moro llamado Mohammad por los años de 1325[532]. Su forma revela desde luego ser obra sarracena. No olvidará este castillo los alegres dias que estuvo hospedado en él el rey D. Felipe IV (en febrero del año 1624), durante los cuales su dueño el marqués del Carpio agasajó y festejó al monarca con una gran cacería en los montes de su estado. Yendo del Carpio á Almodóvar del Rio dejamos á la derecha del Guadalquivir la antigua Onova, hoy Villafranca; luego, á una y otra márgen, á Casablanca y Alcolea; mira en las Ventas, donde pastan las célebres yeguadas de la Regalada, el suntuoso y moderno puente de mármol negrizco que escitaba la admiracion del viajero Ponz, y del cual dicen los andaluces para ponderar su lindeza, que cuando los soldados de Napoleon lo vieron preguntaron si estaba hecho en Francia. Queda despues sobre la márgen derecha la ciudad de CÓRDOBA. No nos detengamos ya en ella; pasemos adelante dejando un suspiro de dolor en las solitarias y empobrecidas alamedas del gran rio histórico que la baña.

Dejamos atrás tambien la confluencia de este con el Guadajoz, y despues de algunas revueltas llegamos á la villa de Almodóvar, en cuyo formidable castillo sufrieron rigores de injusta saña D.ª Juana de Lara y Haro, señora de Vizcaya, por órden de su cuñado el rey D. Pedro el Cruel, y el esforzado señor de Luque D. Egas Venegas, con sus hijos y un hermano, por disposicion del prepotente D. Alvaro de Luna, como pago de sus heróicas correrías en tierras de moros. Atravesando el rio tenemos ahora en frente á Guadalcázar, antigua Carbulo, donde hoy no advertimos mas objeto digno de atencion que un palacio medio arruinado. Sus señores los marqueses de Guadalcázar perpetúan en Córdoba la descendencia de aquel famoso condestable de Castilla Ruy Lopez Dávalos, cuya estrepitosa caida á impulsos de la ambicion de D. Alvaro de Luna cuenta la crónica de D. Juan II. Por redundar en gloria de otro esclarecido linage de Córdoba, será bien recordemos que quien hizo restituir al desgraciado condestable la honra y la hacienda perdidas, fué su criado Alvar Nuñez de Herrera, dechado de lealtad y fidelidad acrisoladas, el cual se dió tan escelente traza en la buena obra que se propuso desde que el condestable se refugió en Aragon, que descubrió y probó haber sido falsificados por el secretario del de Luna todos los documentos en cuya virtud habia sido condenado su señor como traidor á la corona.

Otras dos veces vamos á cruzar el Guadalquivir para hacernos cargo de Peñaflor y de Palma del Rio. Es la antigua Ilipa (hoy Peñaflor) mas nombrada y famosa entre los antiguos que todos los otros pueblos de la Campiña. Allí se veían en tiempo de Ambrosio de Morales las ruinas de la antigua ciudad y su famoso puerto. Hasta él, dice Estrabon, llegaban las naves cargadas de mercaderías. Desde Obulco (hoy Porcuna) hasta Cádiz, por Córdoba, Peñaflor y Sevilla, se hacia en la Bética un activo comercio, porque acudian de naciones estrangeras á contratar á Cádiz, subian hasta Córdoba navegando[533], y se llevaban la plata y demas metales preciosos de la Sierra dejando en cambio sus manufacturas. Desde allí, añade el geógrafo griego, comienzan á levantarse los Montes Marianos cargados de plata, y á mano izquierda se tiende la Campiña. A poca distancia de Peñaflor, en la márgen opuesta, se descubre la villa de Palma del Rio, que hicieron famosa en la edad media los grandes hechos de armas de sus señores los Bocanegras y los Portocarreros. Fué, si bien lo recuerdo, rico-hombre y señor de Palma el famoso almirante D. Gil Bocanegra, hermano del duque de Génova, que sirvió á D. Alonso XI en Gibraltar y Algeciras sosteniendo con muy pocos bajeles contra un emjambre de galeras moriscas uno de los combates navales mas tremendos que ensangrentaron las ondas del Mediterráneo. Fuélo tambien el alcaide de Alhama Luis Fernandez Portocarrero, que murió en Nápoles, adonde le enviaba el Rey Católico á compartir con el Gran Capitan el cargo de general en gefe.

Vuelo por la campiña. Dividida esta en dos por la corriente del Guadajoz, caen á la derecha Castro el Rio, Bujanlance, Cañete, y otras poblaciones de escasa importancia histórica.

En el año 1333 el rey moro de Granada, aprovechando la coyuntura de hallarse D. Alfonso XI con los pendones y caballeros de casi toda Andalucía entretenido en Gibraltar contra los ejércitos invasores de Marruecos, puso cerco á Castro el Río con muy poderosa hueste. Receloso Payo Arias de Castro que estaba en Córdoba, de que le quitase de rechazo su villa de Espejo, allí cercana, partió con Martin Alonso de Montemayor y otros caballeros á socorrer á los sitiados, los cuales, perdida la villa y dejando el vestíbulo de su iglesia cubierto de cadáveres, se habian refugiado en el castillo tapiando la puerta á piedra y lodo. Payo Arias y otros, á quienes pareció temeridad querer en tal estado recobrar el lugar, se quedaron en Espejo; el señor de Montemayor siguió adelante solo con treinta caballeros: llegó á Castro con gran secreto, halló á los moros descansando con los portillos abiertos, y pidiendo favor á Dios y á su Santa Madre, se arrojó como un leon sobre ellos y penetró en la poblacion. No habia dentro mas que sesenta soldados útiles, los demas habian muerto ó estaban mal heridos; juntos con los de Córdoba repartiéronse todos con buen órden en los puestos mas peligrosos y reparáronlos con maderaje lo mejor que pudieron. Pero ¿cómo defender un lugar tan mal guarnecido contra un ejército tan formidable como el del rey de Granada, que le combatia con mas de cien mil lanceros, ballesteros y honderos, multitud de picos y azadones y toda clase de máquinas de guerra? El ingenio y el valor unidos triunfaron de todo: mal disfrazado á propósito y con poca cautela, despachó Martin Alonso á Córdoba un hombre avisando que viniesen sobre los moros la noche siguiente, y brindando á sus caballeros con una grande y fácil carnicería: salió bien la traza, porque el correo fué hecho prisionero, y temiendo por su declaracion el rey de Granada verse envuelto al otro dia por un ejército auxiliar, que en realidad no existia, resolvió apresuradamente aprovechar el tiempo que le quedaba para dar al lugar una embestida decisiva. Otro aviso bien dirigido llegaba entre tanto á los de Espejo. Pujante fué la acometida: valerosa, heróica la resistencia. La presencia del señor de Montemayor engrandecia los corazones y comunicaba á los sitiados sobrenatural aliento. No ganaron los infieles un palmo de terreno: acabábase el dia y los últimos rayos del sol poniente arrancaban rojizos destellos á los yelmos de una pequeña hueste procedente de Espejo, que iluminada de espaldas aparecia en el horizonte como un enlutado escuadron de gigantes. Por seguro tenia el granadino que se hubiese alzado contra él toda la tierra: abandonó el cerco, levantó el campo dejando en él muchos muertos, y á marchas forzadas se volvió á su tierra. Agradeció el rey D. Alonso el gran servicio que le habia prestado el señor de Montemayor, y le autorizó para que añadiese á sus armas la divisa de la banda entre bocas de dragantes, que es la misma que has visto esculpida en el sepulcro de su hijo el señor de Alcaudete en la famosa capilla antigua de S. Pedro de la catedral. Castro el Rio, Castra Postumia en los escritos de Hircio y en los comentarios de Julio César, solo conserva de sus reliquias romanas una lápida de jaspe encarnado que se cree pertenecia á un templo consagrado á Augusto[534]; hoy su aspecto es en todo sarraceno. Su parte antigua, cercada de murallas ya medio arruinadas, con una sola puerta, ocupa un pequeño cerro. Defendia aquella única entrada el castillo de que hemos hecho mencion, unido entonces á la muralla por medio de un arco que ya no existe. Durante las turbulencias del reinado de Enrique IV por los años de 1466 lo reparó el conde de Castro.

En Bujalance, que no es en nuestra humilde opinion la Betis de Estrabon, ni la ciudad de los Bursavolenses de Hircio, ni la Vogia de Ptolomeo, sino la Sacili del itinerario de Antonino, solo es bella y artística para nosotros la gran fortaleza árabe que la domina, edificada por mandado de Abde-r-rahman An-nasír. Forma una plaza de armas cercada con un muro fortalecido á trechos con siete torres, en que se advierten lastimosas ruinas, y reparaciones del tiempo de la reina D.ª Juana.

En Cañete de las Torres, señorío de los duques de Medinaceli, hallamos descollando en medio de la plaza de la villa otro soberbio castillo con sus torres derruidas, en que se marcan todos los modos de construccion, el romano, el godo, el sarraceno, el cristiano de la edad media. Tres veces la ocuparon los muzlimes: primero en la invasion general que arrancó de sus cimientos el trono de Rodrigo, luego en el siglo XIV, últimamente á fines del siglo XV cuando los moros llevaron á Granada todo su vecindario en cautiverio. Otras tres veces la recobraron y repoblaron los cristianos: en 1330 bajo D. Alonso XI, en 1407 durante la menor edad de D. Juan II, y en tiempo de los Reyes Católicos D. Fernando y D.ª Isabel.

A la izquierda del Guadajoz, entre este rio y el Genil, tenemos el gran teatro de muchas proezas consumadas en la secular contienda de España contra el islamismo y en sus deplorables guerras civiles, y los señoríos de los mas ilustres guerreros cordobeses. Luque, rodeada de cerros entre el Marbella y el Salado, con su castillo árabe de dos torreones y el antiguo palacio de sus señores, nos habla todavía de los Venegas y Mendozas, ilustres en Antequera, en Huescar, en las márgenes del Darro y del Gareilano. Zuheros y Doña Mencía, esta con su castillo, aquella al pié de una elevada cordillera de rocas y montañas, conservan celosas la memoria de un alcaide, Diego de Cabrera, y de un señor, Alonso de Córdoba, que se coronaron de gloria en la prision del rey chico de Granada. La villa antigua de Baena, en un cerro que lame tímido el Marbella, sobre el cual parece haberse empinado para señorear gran parte de la campiña hasta divisar las crestas de Sierra-Morena, lleva escritas en sus edificios, ya magníficas, ya sangrientas páginas históricas. Allí la Baniana romana descubre la veneranda toga de sus ediles y duunviros en un panteon subterráneo donde se hallaron en nuestros dias urnas cinerarias pertenecientes á la familia Pompeya. Allí ostenta la arquitectura cristiana de los siglos medios sus esbeltas curvas ojivales en las iglesias de Sta. María y S. Bartolomé; allí el castillo y palacio de los condes de Altamira nos trae á la memoria la magnánima defensa que contra la acometida del rey moro Mohammad hicieron los caballeros Alonso Perez de Saavedra su alcaide, el señor de Cañete Fernando Alonso de Córdoba, Payo Arias de Castro, señor de Espejo, y Juan Martinez de Argote, señor de Lucena. Háblanos este castillo, mas bien alcázar, de la traicion horrenda cometida por D. Pedro el Cruel con el rey Bermejo de Granada y los caballeros moros de su séquito, á todos los cuales hizo matar en un festin nocturno; háblanos de la prision que entre sus muros padeció en 1483 otro rey de Granada, Muley-Baha-dalí; háblanos por fin del famoso mariscal de Castilla Diego Fernandez de Córdoba, que con sus valerosos hechos dió principio á la ilustre casa de los condes de Cabra y duques de Baena. La villa por su parte nos recuerda además de sus gloriosas defensas y arrancadas contra los moros granadinos, uno de los accidentes mas dramáticos de la menor edad del rey D. Alonso XI (año 1319). Los infantes D. Pedro y D. Juan gobiernan juntos el reino: el infante D. Juan, envidioso de los lauros que ciñe D. Pedro, le propone hagan juntos una algarada por tierra de moros para que la gloria de ambos sea igual. Admite D. Pedro, pero lo que los hombres disponen suele desbaratarlo el cielo. Sale D. Juan de Baena con muy lucida hueste formando la vanguardia; D. Pedro sale de Córdoba cubriendo la retaguardia con sus caballeros y pendones. Afortunados en sus correrías y talas, recogen gran botin, y al cabo de tres dias resuelven regresar á su tierra, D. Juan de retaguardia, y delante con los suyos D. Pedro. Lo que D. Juan se propone con esta inversion del órden de marcha, Dios lo sabe. Noticiosos los granadinos de que la sed acosa á la hueste cristiana, salen á picarles la retirada, y sin propósito deliberado de trabar batalla la comienzan, con tan buena suerte, que el infante D. Juan se ve en el mayor aprieto. Acude á socorrerle el leal D. Pedro: con la espada desnuda procura detener á su gente que se desbanda y huye, y no pudiendo conseguirlo, tal pasion de ánimo le sobrecoge que se le tulle el cuerpo, pierde el habla, y cae muerto del caballo. Avisado D. Juan de tan repentina desgracia, desvanécese con el sobresalto, y cae tambien muerto en tierra. Cubre la noche el campo, cesa el combate: el cadáver de D. Pedro, colocado en una mula enlutada, pasa por Baena con direccion á Córdoba en medio de su escuadron que le tributa lágrimas y lamentos. El cadáver de D. Juan quedó en poder de los infieles; pero el rey de Granada lo envió á su hijo con acompañamiento de luces y lutos, y fué llevado á enterrar á Burgos.

Espejo, Fernan-Nuñez y Montemayor eran como tres guerrilleros avanzados puestos en emboscada por Córdoba detrás de una sierra que les servia de barrera contra las acometidas del granadino; así como tenia destacadas delante de esa misma sierra, con el Genil por foso, otras muchas villas. Espejo debe a su señor Payo Arias un castillo adornado de vistosos torreones, hoy propiedad de los duques de Medinaceli; Fernan-Nuñez ostenta dos grandes timbres: haber prestado asilo en su antiguo castillo á los mozárabes fugitivos en los dias de persecucion y martirio, y ser el primitivo solar de la gran casa de CÓRDOBA por la donacion que hizo el santo rey á su primer señor Fernan-Nuñez de Temez. Un vasto palacio, adornado de pinturas y esculturas, que en el siglo pasado edificó el conde D. Cárlos José Gutierrez de los Rios siendo embajador de España en Lisboa, sirve como de engaste al único torreon que queda de aquella preciosa antigualla. Montemayor desde la cima de un cerro árido, donde tiene otro castillo con tres preciosas torres góticas, está clamando á las presentes generaciones contra el olvido que la injuria. A la orilla del arroyo Carchena que le baña el pié por levante, yacen las ruinas del castillo antiguo de Dos Hermanas, que dió el rey al famoso D. Martin Alonso de Córdoba, fundador del estado de Montemayor[535]. El renombre de sus esforzados condes[536] vuela desde esas poéticas llanuras hasta las enriscadas cumbres de Alcaudete y de Antequera, ilustradas con la generosa sangre de sus guerreros.

Siguen al sur de la mencionada sierra Montilla, Aguilar, Cabra y Lucena, que con la Rambla, Montalvan, Santaella, Monturque, Puente Don Gonzalo, Castillo-anzur, Benamejí, Priego y Carcabuey, completan el cuadro de los grandes recuerdos históricos de la provincia. Si Montilla es la antigua Ulia, ó bien el Monte de Ulia (Mons Uliæ), ó como otros pretenden aquella Munda (Munda illa) tan famosa por haber ganado en su campo Julio César contra los hijos de Pompeyo el imperio del mundo, es cuestion que dejaremos ventilar á los mas peritos en corografía romana. De todas maneras la orla de la toga pretexta le asoma por debajo de su paludamento cristiano en los notables vestigios de baños romanos que ofrecen al arqueólogo las fuentes del Álamo y de la Higuera de Belen, y la llamada Canteruela de Sta. María. Tiéndese esta ciudad como perezosa bajo la influencia del sol de Andalucía, sobre dos elevadas colinas, desde donde registra un vistosísimo horizonte todo ceñido de sierras, pues del norte al sur por la parte de levante la contemplan Sierra-Morena, las sierras de Jaen, de Martos, de Alcaudete, de Doña Mencía, de Priego, de Rute, de Loja, de Lucena, de Cabra y de Archidona; y del sur al norte por el lado de poniente la recrean con sus azulados festones la peña de los enamorados, las alturas de Colmenar, de Antequera, Teba, Estepa, Osuna, Medina-sidonia, Écija, Carmona, Constantina y Cazalla. Tuvo en su parte mas alta un hermoso castillo, edificado por D. Pedro Fernandez de Córdoba, padre del Gran Capitan, y en el cual nació este invicto héroe; pero el rey D. Fernando el Católico lo mandó demoler para castigar al marqués de Priego por haber tenido preso en él á Fernan Gomez de Herrera. Dícese que tenia treinta torres y que era una de las fortalezas mas insignes de Andalucía. Fué Montilla señorío de los marqueses de Priego, de la casa de Aguilar, que produjo varones tan distinguidos en las campañas contra los moros de Antequera y de Granada.

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Note 1 · No desagradará al lector una noticia sumaria de los principales conventos y casas de las órdenes militares establecidos en Córdoba despues dNote 2 · Véanse las láminas Hospital de Espósitos, y Detalles de la fachada del mismo.Note 3 · Véase la lámina Capilla del hospital del cardenal.Note 4 · Cada uno en una calle de las que llevan el nombre del Baño (alta y baja).Note 5 · Véase acerca de esta diferencia la pág. 299.Note 6 · Véase la lámina que la representa.Note 7 · En la calle de Carniceros, casa núm. 7, en la de las Cabezas, núm. 16, en la de la Pierna, en la plaza de S. Andrés: ejemplos que recordamosNote 8 · Afranc, propiamente Francia; pero los árabes aplicaban este nombre á todos los dominios cristianos que caían al norte de sus provincias en ENote 9 · Ya hemos tenido alguna vez ocasion de advertir que la prohibicion alcoránica de aplicar las artes plásticas á la representacion de seres aniNote 10 · Las rentas del estado cordobés eran: 5,480,000 dinares de oro de las contribuciones de las provincias; 765,000 de los zocos y mercados de CóNote 11 · Véase en Al-Makkarí la curiosa descripcion de la que envió el emperador Constantino á Abde-r-rahman III.Note 12 · Ben Hayyán dice que An-nasír recibió al enviado de Constantino en el pabellon embovedado, lo cual induce á creer que no habia mas que un pabNote 13 · La carta de Constantino al califa (dice Ben Hayyán) venia escrita en vitela azul celeste con caractéres de oro: dentro de ella, en caractéreNote 14 · Este cementerio estaba en el recinto de los alcázares de Córdoba.Note 15 · No nos ha sido posible rastrear el verdadero nombre de este obispo, pues entre los prelados toledanos tampoco hallamos ninguno con el nombreNote 16 · El hagib de quien hablamos no era el primer ministro del meznar ó consejo del califa, sino simplemente uno de sus camareros. Este cargo se aNote 17 · Durante el reinado de su hijo Al-hakem (del 961 al 976 de J. C.) se hicieron en Medina-Azzahra otras muchas construcciones; pero en los alcáNote 18 · Azzahra viene de la palabra árabe zahra, que significa flor.Note 19 · D. Alfonso VI, conquistador de Toledo.Note 20 · Dicen los historiadores árabes que la peticion del rey D. Alfonso fué sugerida por los obispos y eclesiásticos que le acompañaban, por consiNote 21 · En el referido repartimiento el rey retuvo para sí el campo de Córdoba la vieja, y en una donacion hecha por el mismo monarca á 20 de febrerNote 22 · El P. Fr. Vasco.Note 23 · Ambrosio de Morales.Note 24 · El licenciado D. Pedro Diaz de Rivas.Note 25 · Estuvo el ciervo en el convento de S. Gerónimo de la Sierra hasta hace pocos años. Ahora se halla en el Museo provincial. Es de alto poco maNote 26 · Ambrosio de Morales en sus Antigüedades se esforzó vanamente en persuadir que Córdoba la vieja era la Colonia patricia fundada por Marcelo. Note 27 · El citado D. Pedro Diaz de Rivas. Véase el Discurso primero de sus Antigüedades de Córdoba. Siguieron su opinion el P. Roa (De Cordubæ in HiNote 28 · D. José Antonio Conde en su Historia de la dominacion de los árabes, etc.Note 29 · Dice que se hallaba á cinco millas de Córdoba, Guadalquivir abajo.Note 30 · Es esta dehesa propiedad de los marqueses de Guadalcázar, no sabemos desde cuándo.Note 31 · Nuestro citado amigo D. Pascual de Gayangos, que tradujo del árabe en correcto idioma inglés la historia de Al-Makkarí para la Sociedad asiáNote 32 · Véase la lámina Fragmentos del palacio de Medina-Azzahra.Note 33 · No habiendo podido proporcionarme ninguno de los capiteles de Medina-Azzahra que yacen en la huerta del monasterio de S. Gerónimo, no me es Note 34 · Véanse las descripciones que en sus citadas obras hacen de los vestigios de Córdoba la vieja. Estas descripciones pueden hoy servir de utilíNote 35 · Siendo esta superior á mis medios como particular, tuve el honor de escitar al gobierno en diciembre de 1853 á que hiciese una esploracion aNote 36 · El Sr. D. José Caveda en su escelente Ensayo histórico, ya otra vez citado, se lamenta con sentidas frases de que no se conserve siquiera unNote 37 · Ambrosio de Morales deduce la gran fertilidad de la Campiña de la riqueza que en su tiempo gozaban sus lugares, citando algunas aldeas, comoNote 38 · En la silva del nacimiento de Lucano.Note 39 · Llamábase municipio Mellariense: dió una fuente nombre al lugar, y á ambos la grande abundancia de miel que se recoge por allí. Debió ser deNote 40 · El castillo de Belalcázar es propiedad del duque de Osuna por la incorporacion del condado en la casa de Benavente. El hecho que acabamos deNote 41 · Otro Nuño de Lara (D. Francisco), capitan retirado, prestó tambien grandes servicios á Montoro en la guerra de la Independencia. Con los tirNote 42 · Así constaba de una lápida de alabastro que estaba en el mismo castillo (segun afirma Garibay en sus Genealogías m. ss., tomo 9.º, lib. 54, Note 43 · El erudito Llaguno y Amírola dejó unos curiosos apuntes sobre la navegacion del Guadalquivir y del Genil, estractos de las noticias que traeNote 44 · Existe en las casas de Ayuntamiento. Fué hallada entre las ruinas de la ermita de Sta. Sofía y tiene esta inscripcion: Sacrata domus AugustoNote 45 · Véase la página 244, nota 1.Note 46 · Los condes de Alcaudete, cuyo estado fundó el adelantado D. Alonso Fernandez de Córdoba, hijo de D. Martin Alonso.
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