SOBRE VÍCTOR HUGO
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27 de Febrero de 1888.
Á UN DESCONOCIDO
Muy señor mío: La carta que Ud. me dirige, ocultando su nombre, llegó á mi poder pocos días há con el periódico en que viene inserta, La Miscelánea, revista literaria y científica que se publica en Medellín, república de Colombia. A pesar de lo indulgente, fino y hasta cariñoso que está Ud. conmigo, lo cual me lisonjea en extremo, no he de negar, aunque lo achaque Ud. á soberbia, que me han dolido sus impugnaciones y que me siento picado y estimulado á replicar á ellas. Ya hace meses que recibí otra revista colombiana, que también me impugnaba y por el mismo motivo. El que escribió este otro artículo en contra mía y le publicó en la revista de Bogotá titulada El Telegrama, daba su nombre: era el Sr. Rivas Groot, á quien debe Ud. de conocer.
A él y á Ud. voy á contestar en esta carta, á ver si logro justificarme.
No es posible que Ud. se figure bien cuánto nos halaga, á los que en esta Península, donde se lee poquísimo, nos dedicamos á la literatura, que por esas regiones transatlánticas nos lean ustedes y nos hagan algún caso.
Así es que deseamos conservar el buen concepto en que Uds. tan generosamente nos tienen, y defendernos de cualquiera inculpación que tire á menoscabarle.
Usted y el Sr. Rivas Groot me acusan de Zoilo; de que procuro rebajar el mérito de Víctor Hugo. Pero aunque fuera así, ¿es Víctor Hugo inexpugnable y está por cima de toda crítica? Los fallos que se han dado en su favor, ¿son tan sin apelación que le dejen más á salvo de todo ataque que á Calderón ó á Shakspeare, pongo por caso? Pues bien: el valor de estos dos insignes poetas ha sido de harto distinta manera ponderado y tasado. ¿Qué distancia no hay entre el mediano aprecio que concede Sismondi á Calderón y la idolatría con que le veneran Schack y ambos Schlegel? ¿Seguiremos á Voltaire y á Moratín, ó á Emerson y á Carlyle, para marcar los grados de entusiasmo que debe inspirarnos el autor de Hamlet?
La verdad es que si hay una inconcusa filosofía del arte, una estética perenne, no se funda en ella hasta ahora ningún inalterable código universal, ó sea ordenada recopilación de reglas con sujeción á las cuales se ejerza la crítica. Y aun dado que el código exista, yo creo que ha de ser difícil de interpretar y de aplicar, cuando tanta discrepancia se nota en los juicios, no ya sobre un singular autor, sino sobre siglos enteros de la literatura de todas las naciones.
Hasta hace pocos años la critica ilustrada afirmaba que casi toda literatura era bárbara é insufrible, salvo en los cuatro siglos de Pericles, Augusto, León X y Luis XIV, á los cuales correspondían las cuatro Poéticas de Aristóteles, Horacio, Vida y Boileau. Ahora hemos venido á dar en el extremo contrario. El Mahabarata, el Ramayana, los Edas y el Nibelungenlied, parecen á muchos mejor que la Eneida, y el Minnegesang mejor que las Odas de Píndaro y del Venusino.
Sin duda que se ha adelantado mucho en Estética. Sin duda que la erudición ha traído de remotos países ó ha desenterrado del polvo de las Bibliotecas ignorados tesoros literarios. Idiomas, civilizaciones enteras, himnos, dramas, epoyeyas, todo ha vuelto á la luz. Ha habido y hay renacimiento universal y cosmopolita. Pero ¿no recela Ud. que tanta novedad nos deslumbre y atolondre? ¿No podremos decir, citando lo del antiguo romance,
Con la grande polvareda Perdimos á don Beltrane?
Y este don Beltrane, en el caso presente, ¿no será quizás el sentido común, ó, mejor dicho, el recto y reposado juicio?
La crítica antes no era tan profunda: no se fundaba en filosofías, que el crítico á menudo no entiende, sino que se fundaba en cualquiera de las cuatro ya citadas Poéticas, ó en todas ellas, á cuyos preceptos, convengo en que muy literalmente interpretados, solía ceñirse el que criticaba; pero hoy se va éste por los cerros de Úbeda, arma un caramillo de sutilezas, abre abismos rellenos de inefables sentimientos y pensamientos, y se empeña en convencernos de todo lo que se le antoja, haciéndonos tragar como sublimidades mil rarezas y como maravillas del genio mil extravagancias.
Contra estas extravagancias y rarezas, que yo no quiero tragar, y de cuya bondad no logra nadie convencerme, es contra lo que yo voy. A Víctor Hugo, aunque abunda en ellas como el conjunto de mil autores de los más extravagantes, yo le celebro, tal vez en demasía. Yo he llegado á decir que pongo á Víctor Hugo en el trono como rey de los poetas de nuestro siglo por su fecundidad, por su pujanza de imaginación y por otras prendas, si bien Goethe era más profundo y más sabio; y Leopardi, que también sabía más, era más elegante, y más sentido, y más limpio y hermoso en la forma; y Manzoni y Whittier y Quintana, más firmes, constantes, fieles y sinceramente convencidos en sus opiniones y doctrinas; y Zorrilla, más espontáneo, más rico de frescura y menos dado á rebuscar pomposidades enormes para llamar la atención.
Sin rayar en delirio no se puede hacer mayor elogio de Víctor Hugo, á pesar de las cortapisas. Ni Ud. ni el Sr. Rivas Groot debieran ponerme pleito, sino los aficionados de Espronceda, de Heine, de Shelley, de Byron, de Moore, de Tennyson, de Garrett, de Miskiewicz, de Lermontoff, de Puschkin y de tantos otros á quienes dejo tamañitos.
Y no hay contradicción en mí, como supone el Sr. Rivas Groot. Si hay contradicción, está en la misma naturaleza de las cosas. Ni yo me contradigo elogiando en general y tratando luego, en los pormenores, de hacer añicos el ídolo que he levantado. El ídolo quedaría en pie, aunque de mi voluntad dependiese derribarle; pero lo que hay en él de feo y de deforme no se lo quitarán de encima sus más elocuentes adoradores.
¿Fué ó no fué Góngora un excelente é inspirado poeta? ¿Quién se atreverá á negar que lo fué? Sus romances, sus letrillas, algunos sonetos, la canción á la Invencible Armada, dan de ello claro é irrefragable testimonio. Hasta en el Polifemo y en las Soledades su ingenio resplandece. Pero ¿será menester, á fin de no incurrir en contradicción, cerrar los ojos y no ver los desatinos, las extravagancias y el perverso gusto que afean las Soledades, el Polifemo y otras obras de mi egregio paisano?
Hágase Ud. cuenta de que Víctor Hugo es algo semejante: es un Góngora francés de nuestros días. Ha escrito más que Góngora, y ha tenido más aciertos, y ha creado más bellezas que Góngora; pero también ha dicho muchísimos más disparates. Si me pusiera yo á sacarlos á relucir, ni en cuatro ó cinco tomos gordos lo conseguiría. Me remito, por lo tanto, y para abreviar, á los que ya puse en mis Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas. Si todo lo citado allí no es desatinado, por la forma ó por el fondo, ó por forma y fondo á la vez, sin duda que soy yo el desatinado, y no discuto y me doy por vencido. Al público imparcial y juicioso apelo. Aquí sólo voy á replicar á las razones que da Ud. para demostrar que dos ó tres de esas frases, que cito yo como grotescas, encierran pensamientos profundos y son como un pozo de insondables filosofías.
Á Nuestro Señor Jesucristo se le representa simbólicamente bajo el nombre de león y bajo la figura de cordero. Es el León de Judá, es el Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo; pero ambos nombres están ya consagrados: por cerca de veinte siglos el de cordero, y el de león por mucho más: lo menos desde los tiempos de Isaías. Ambos nombres de león y de cordero responden á un simbolismo propio de las lenguas y costumbres del antiguo Oriente. Y en el día de hoy no chocan, antes gustan, bien empleados, aunque no se apliquen á Cristo. De un militar animoso y fuerte se dice que es un león, y de un joven inocente y manso se puede decir, en son de elogio, que es un cordero. Pero, señor desconocido, por las ánimas benditas, ¿habilita esto y faculta á nadie para llamar también á Cristo inmensa lechuza de luz y de amor, aunque en francés sea más eufónico que en castellano el nombre de lechuza? Las comparaciones de dioses, de héroes, de semidioses y hasta de hombres con animales no se aguantan hoy, ni se oyen sin risa, como no sean de las ya consagradas por miles de años, ó de las que se hacen con suma habilidad, entre las cuales no es posible poner la de lechuza aplicada á Cristo, aunque la lechuza sea emblema de vigilancia, de sabiduría y de otras cosas muy estimables. En lo antiguo había cierta candidez que consentía esto; pero ¿cómo tomar hoy la misma venia? Homero compara á los guerreros á las moscas, que acuden á un tarro de leche, y á las grullas, que van á combatir á los pigmeos, y compara á Ulises con un carnero lanudo, y á Ayax, defendiendo el cuerpo de Patroclo, á pesar de tanto troyano como embiste y cae sobre él, á un burro terco y hambriento, que sigue pastando, á pesar de los muchos villanos armados de estacas que le sacuden para alejarle del pasto. Todo esto es precioso, y nos hace muchísima gracia en Homero; pero ¿quién no se burlaría ó se indignaría si comparásemos hoy á Napoleón I á un carnero lanudo, y á Daoiz y á Velarde, que se defienden con igual obstinación que Ayax, á lo mismo que Homero compara á Ayax?
Además, Víctor Hugo no se limita á comparar. Con su estilo enfático hace más: transforma. No es Cristo como una lechuza ó semejante á una lechuza, sino que es lechuza.
Sobre otra de mis citas trata Ud. de darme una lección, pero sin motivo. El vocablo francés crachat significa vulgarmente placa de comendador ó de caballero gran cruz. Convenido. ¿Cómo he de ignorar yo esto, por poquísimo francés que sepa? Lo que me sucedió es que al traducir
L’univers étoilé est un crachat de Dieu,
hallé más grotesca aún la traducción que usted hace que la que yo hice.
Yo no podía figurarme al Padre Eterno de uniforme, con sus grandes cruces colgando, y hasta con espadín y sombrero de tres picos. Vea usted por qué no traduje que el cielo estrellado era la placa de Dios. Pase porque sea el cielo estrellado el manto de Dios, su vestidura, su túnica; pero su crachat....., vamos, esto es ya demasiado. Todavía, á pesar del alto concepto metafísico y todo espiritual que hoy tenemos de Dios, se consiente que, por la larga costumbre, nos le representemos, valiéndonos de imagen material, como un anciano venerable, con luengas y flotantes vestiduras. Lo que no se puede sufrir es representarle con uniforme de ministro y con placas, aunque sean estas placas soles. Sin duda que uniforme y placas tan desmedidos tienen cierta sublimidad matemática, y corresponden á la inmensidad de Dios por lo extenso; pero hay bastante grosería materialista y risible en figurarse á Dios así, como un ser excesivamente corpulento y vestido á la moda de nuestros días.
Además, habiendo en francés la palabra placa, valerse de la palabra crachat, más innoble y muy anfibológica, me pareció tan fuera de lo que se usa, que no quise yo persuadirme de que Víctor Hugo hacía de Dios un Monsieur décoré. Entendí, pues, que la intención de Víctor Hugo era la de buscar, no la sublimidad matemática extensa, sino la sublimidad dinámica, y traduje suavizando, y aun creo que no traduje mal, El cielo estrellado es un esputo de Dios. La imagen tiene de esta suerte sabor á poema indio, y hace más grande y poderoso á Dios escupiendo el mundo que llevándole colgado en el uniforme como una venera.
Más natural que llevar colgado el universo, es en un Dios creador lanzarle de su boca. Algo, aunque al revés, recuerdo yo haber leído en el Ramayana. Siva, el dios destructor, se encoleriza contra los sesenta mil hijos del rey Sagara y de su legitima esposa Sumatis, hermana de Garuda, rey de los pájaros, porque estos príncipes han hecho doscientas mil insolencias y travesuras, y, sin respeto ni consideración á las tortugas y elefantes colosales que sostienen la pesadumbre del mundo, han bajado al abismo. Entonces Siva da un resoplido con las narices, y los sesenta mil héroes quedan reducidos á ceniza.
En edades primitivas, cuando, para el vulgo al menos, la idea de la Divinidad tenía no poco de infantil, es esto extremadamente sublime; pero en nuestra edad, el poeta que nos quiera representar á Dios valiéndose de imágenes materiales, por gigantescas que sean, se expone, á mi ver, á dar en lo ridículo al ir á buscar lo sublime.
En resolución, y como Ud. mismo declara, yo elogio mucho á Víctor Hugo. La diferencia entre usted y el Sr. Rivas Groot por un lado, y yo por otro, está en que yo le elogio á pesar de sus pecados, y Ud. y su compatriota encarecen el elogio hasta declararle impecable.
Acaso consista esta diferencia en que Ud. se deja guiar en sus juicios por una estética muy encumbrada, mientras que yo, aunque gusto de la estética, y creo que para cierta crítica afirmativa es indispensable, todavía estimo los antiguos preceptos de las Poéticas, fundadas sólo acaso en el sentido común, en el buen gusto y en la observación y el estudio, y creo que dichos preceptos, si no valen para descubrir bellezas y sublimidades, son infalibles y seguros en lo tocante á señalar los verdaderos defectos. Y es indudable que estos defectos deben señalarse, sobre todo en los autores famosos, á quienes suelen imitar los que empiezan, imitando con más frecuencia los extravíos, porque son más fáciles de imitar.
Sólo me queda por decir que agradezco á usted mucho las muestras de afecto y de estimación que me da en su carta, la cual, aunque no sea sino por esto, no he querido dejar sin contestación.