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Cartas americanas. Primera serie

EL PARNASO COLOMBIANO

Reading edition

13 de Agosto de 1888.

Á D. José Rivas Groot

I

Muy distinguido señor mío: Vergüenza me da de no haber contestado aún á la amabilísima carta de Ud. fecha en Bogotá el 29 de Octubre de 1887. Pido á Ud. por ello mil perdones y le ruego que crea que en parte mi desidia y en parte mil quehaceres y cuidados han tenido la culpa de mi tardanza.

La carta de Ud., que recibí á su debido tiempo, me alegró y lisonjeó mucho. Con ella recibí el estimable presente que me hizo Ud. de un ejemplar del Parnaso Colombiano.

En la carta me pide Ud. ó muestra deseos de saber mi opinión sobre los poetas cuyas composiciones contienen los dos tomos del Parnaso. Y pensando yo en darla, después de reflexivo estudio, y con el mejor tino que pudiese, he dejado hasta hoy correr el tiempo, sin hacer nada de la tarea que me había prescrito.

Pocos meses há empecé á escribir estas Cartas americanas, y claro está que de uno de los libros de que yo más detenidamente deseaba hablar en ellas era del que Ud. me había remitido; pero más fáciles asuntos me han salido al paso, y todavía no he satisfecho mi deseo.

Entre tanto, he recibido, sin saber quién me los envía, los números de La Nación, de Bogotá, fechas 18 y 25 del último Mayo, donde contesta usted muy discreta y amablemente á mi primera Carta americana, defendiendo con gran calor y habilidad á Víctor Hugo é impugnando mi crítica en lo que á Víctor Hugo es adversa.

En la impugnación se muestra Ud. tan cortés, tan benigno y tan amable conmigo, que la gratitud me desarma, y casi me siento capaz, á fin de ser á Ud. grato, de confesar que me he equivocado: que la musa de Víctor Hugo no tiene falta ni mácula, y que, si la tiene, la hermosea en vez de afearla, como velloso lunar á una linda moza, haciendo resaltar más con su negrura lo sonrosado de la mejilla ó la limpia candidez de la desnuda espalda, donde el lunar campea y descuella como matita de bambúes en prado de flores.

Los artículos de Ud. me llevan además á hacer escrupuloso examen de conciencia. ¿Señor—me digo,—habré yo pecado denigrando, ó rebajando al menos, el mérito del gran poeta por odio y envidia de español contra lo francés en particular, y en general contra todo lo extranjero? Raro es el español que sintió jamás tal odio ni tal envidia, y no soy yo ese español raro.

Hasta cuando estábamos muy soberbios y engreídos y no cesábamos de hablar de Pavía, Otumba, San Quintín y Lepanto, y de que el sol no se ponía en nuestros dominios, no nos dió jamás por denigrar á nadie.

Todo nos parecía mejor en tierra extranjera, ó porque era mejor, ó porque el atractivo de la novedad hacía que así nos pareciese. Hasta los poetas, que por lo común son arrogantes, eran humildes en España al compararse con los extranjeros. Lope de Vega, por ejemplo, que no me parece que era un poeta de tres al cuarto, decía, refiriéndose á los italianos, que no se atrevía á competir con ellos,

Que son solos y soles, Él con sus rudos versos españoles.

Lo que es en el día andamos tan abatidos, que no hay objeto que no nos parezca mejor siendo extranjero que siendo español; y de cuanto admiramos, es lo francés lo que admiramos más, por ser lo que menos mal conocemos. Siguiendo esta regla y esta propensión nuestra, aseguro á usted que mientras más hondamente lo considero, más me persuado de que, lejos de escatimar á Víctor Hugo la alabanza, me he excedido en ella; y llamando á Víctor Hugo rey de los poetas de nuestro siglo, he agraviado á Byron, á Goethe y á no pocos otros, que tal vez tuvieran más derecho que él á esa corona.

¿Qué es, pues, lo que yo puedo y debo replicar á los artículos de Ud. insertos en La Nación? Lo mejor es dar el punto por suficientemente discutido. Dejemos á Víctor Hugo que descanse en paz sobre sus laureles, y hablemos de los poetas que escriben en mi propio idioma, y cuyas obras usted me envía, como me dice en su carta, desde un rincón de los Andes.

No puede Ud. imaginar cuánto me agrada y qué gran curiosidad me inspira ese rincón, como usted le llama.

Cuantas descripciones he leído de su tierra de usted, hechas por Alejandro Humboldt, por García Mérou, por el barón de Japurá, padre de una simpática marquesa, española por adopción, y mujer de un antiguo y excelente amigo mío, y por Miguel Cané, discreto escritor y viajero argentino, hoy ministro de su república en esta corte, todo me atrae y cautiva; y aseguro á usted que, si yo no fuese ya y no estuviese ya tan viejo, había aún de ir á Bogotá á hacer á Ud. una visita y á ver el estupendo salto del Tequendama, de tan superior elevación al del Niágara, que he visto.

Lejos de parecerme Bogotá un rincón, se me figura que Bogotá va á ser el centro del mundo en lo venidero, cuando el canal interoceánico acabe de abrirse, y sea en el seno de esa república donde se celebre el gran consorcio de la civilización, besándose y abrazándose, dentro de la zona,

Que el sol enamorado circunscribe,

las ondas del Atlántico y del Pacífico.

Y no crea Ud. que lo que más me encantaría ahí, aunque soy muy apasionado á la hermosura y sublimidad de la naturaleza, serían los fértiles y exuberantes valles y vegas por donde corren el Magdalena y el Cauca; ni la riqueza y variedad de frutos, plantas y flores que hay en la hermosa patria de Ud.; ni la misma catarata, vencedora del Niágara, y una de las maravillas que hay que ver en este planeta, catarata en que se derrumban las aguas del Bogotá desde una altura de 180 metros, y pasan por el aire, desde la tierra fría, desde un clima como el del centro de España, á la tierra caliente, poblada de naranjales y de palmas, y donde revolotean los loros y guacamayos. Todo esto, con un poco de imaginación, se ve en espíritu, leyendo las descripciones de los viajeros, casi como si se viese materialmente con los ojos del cuerpo y se tocase con las manos. Lo que á mí me encantaría más sería ver trasplantada, en esa meseta de los Andes, con hondas raíces, lozana y llena de savia y de vida, la antigua civilización de la metrópoli; sería ver en Bogotá como un foco de luz propia, como un primer móvil de inteligencia castiza, que sin desechar, sino conociendo y estimando todo el moderno saber de los demás pueblos de Europa, imprime en cuanto hace el sello y el carácter de la raza española, con algo además de singular y exclusivo que la determina y distingue como colombiana.

Es lástima que no lleguen por aquí ni leamos nosotros sino poquísimos de los libros en prosa que Uds. escriben. Yo, lo confieso, aun no he leído más que una novela de Bogotá: Tránsito, de Silvestre. Y aseguro á Ud. que han quedado vivamente impresas en mi mente las escenas que describe, en las fecundas márgenes del Magdalena; las fiestas populares, las alegres cabalgatas, los apasionados amoríos, y el poético baile y tonada y canto á la vez que llaman bambuco, y que se me figura que no ha de ser inferior á nuestros fandangos, boleros, jotas y seguidillas. Todo lo que leo de ahí me parece más que español. Tal vez nosotros vamos degenerando, ó por decirlo así destiñéndonos y como perdiéndonos modestamente en la cola de la cultura europea, mientras que Uds. conservan mejor el individualismo, la autonomía de raza. Ahí puede llamarse aún cachaco un dandy y cachaquería la high life. Ahí siguen los coliches ó asaltos, como los había en mi mocedad en nuestras ciudades de provincia cuando improvisábamos un baile en la casa de algún amigo, invadida de repente. Y ahí se canta, se baila y se toca el bambuco en coro, por galanes y damas, que comprenden, estiman y ejecutan, la música más sabia de Schubert, de Chopín y de Beethoven, y aun compiten con ella, escribiéndola, como nos cuenta el Sr. Cané de la señorita doña Teresa Tanco.

El mismo Sr. Cané, en su precioso libro de impresiones titulado En viaje, nos describe con tal entusiasmo la cultura, la hospitalidad y el trato afable y discreto de la sociedad elegante de Bogotá, que pone deseo de ir á gozar de ella y de ver en el riñón de América, en una planicie ó extensa nava en el centro de los Andes, á la altura de 2.700 metros sobre el nivel del mar, algo como un paraíso terrestre, de clima apacible, de perenne primavera, donde existen todos los refinamientos que la vida moderna puede dar al espíritu; y no pocos de los regalos, comodidades y conforts, como dicen ahora, de que pueden disfrutar nuestros cuerpos.

Todo lo que el Sr. Cané cuenta de este paraíso lo creo yo á pie juntillas; y no es exceso de fe, pues está confirmado por las relaciones de otros viajeros, como el Sr. García Mérou, el barón de Japurá y el mismo Humboldt, á quienes ya he citado, y sobre todo por los libros que Uds. escriben, que son la mejor y más irrefragable prueba de dicha cultura.

En lo que yo creo descubrir cierta exageración es en los graves peligros, dificultades enormes y rudas fatigas que hay que arrostrar, superar y sufrir para llegar á esa ciudad, capital de los Estados Unidos de Colombia, donde tan agradablemente se vive. Bien dijo el divino poeta Ludovico Ariosto:

Chi va lontan dalla sua patria, vede Cose da quel, che già credea, lontane, Che, narrandole poi, non se gli crede E stimato bugiardo ne rimane, Ch’il vulgo sciocco non gil vuol dar fede Se non le vede e tocca chiare e piane.

Y así, si bien yo no quiero pasar por alguien del volgo sciocco, y menos aún por poner en duda la exactitud de las noticias del Sr. Cané, y no niego nada de lo que cuenta, todavía me atrevo á disminuir un poco en mi mente de los calores infernales que pasó desde Barranquilla hasta Honda; de la violencia de los chorros ó rápidos del Magdalena; de la multitud de caimanes que se ven en el río y por las orillas del río, por manadas á veces de sesenta, y cada uno con cinco ó seis metros de longitud; de las feroces picaduras de los mosquitos, de que es víctima quien sube en vapor contra la corriente del Magdalena, navegación que dura doce ó catorce días; y de la expedición á caballo ó en mulas desde Honda ó Bodegas, al borde del río, hasta la nava ó planicie de Bogotá, pasando por espantosos desfiladeros, capaces de poner de punta los cabellos del mismo Cid Campeador.

A la verdad que á tanta costa, y exponiéndome á tanto percance, tal vez ni aun cuando yo estuviese ahora en la flor de la juventud, me atrevería á ir á Bogotá. El Sr. Cané pinta la empresa casi como sobrehumana para un hombre civilizado. Hubo momentos en que dice que se apoderó de su espíritu una desesperación infinita y en que sintió deseos de arrojarse al río á pesar de los caimanes, ó de pegarse un tiro y acabar con aquel martirio sin gloria, sin excitación moral, sin propósito alentador.

Repito que todo esto me parece exagerado. Los argentinos deben de ser más vivos de imaginación y más dados á ponderar que los andaluces. Pero como quiera que sea, en vista de esos peligros, de ese abrasado país que rodea el paraíso de Bogotá, y que es menester atravesar para penetrar en él, me representaba yo á Bogotá, al leer el libro del Sr. Cané, como á la hermosa Walquiria Brunequilda, á quien el dios su padre, á fin de que nadie pudiese gozar de su gentil presencia, trato y afecto, sin mostrar antes el ánimo más esforzado, circundó de un espantoso círculo de voraces llamas, en cuyo centro ella quedó dormida durante siglos, como puede verse en la bella ópera de Ricardo Wagner.

Asimismo, representándome todo el cúmulo de obstáculos que para llegar á Bogotá deben allanarse, y después lo agradable y ameno de la vida en Bogotá, donde hay tanto músico y tanto poeta, recordaba yo la antiquísima fábula griega del país de los Hiperbóreos, para llegar al cual se necesita pasar más allá de las Montañas rifeas, donde Bóreas vive y donde hay tremendos peligros y todo es inhospitable. Pero, salvados la aspereza y el horror de las referidas montañas, hallábase el viajero en medio de un pueblo excelente, predilecto del dios Apolo, donde casi todos los habitantes cantaban y tocaban deliciosamente la lira, y donde las lindas mujeres eran también cantoras, y bailaban con rara gallardía, y cautivaban los corazones con su ingenio y con su gracia.

En resolución, yo acepto, sin rebajar un ápice y sin borrar un tilde, todo lo bueno que en alabanza de Bogotá dice el Sr. Cané en su divertido é interesante libro; pero si no borro, rebajo bastante de los trabajos y de los casos peligrosos de la peregrinación hasta allí desde Barranquilla. ¿Quién sabe si dentro de diez ó doce años, ó antes, ya desde Barranquilla, ya desde un punto cualquiera de la costa, se subirá por ferrocarril hasta Bogotá con la misma facilidad con que se va ahora desde París á Bruselas?

Por lo pronto, no podemos negar, aunque sí atenuar algo, las penalidades de la ascensión. Y, por cierto, que lo que apenas puede concebir la fantasía, y supone un valor sobrenatural, es la hazaña de llegar hasta allí, y de descubrir y conquistar aquello, como lo hicieron en 1556 un puñado de españoles, á las órdenes de D. Gonzalo Jiménez de Quesada. Cerca de un año duró la peregrinación, y en ella murió la mitad de los aventureros que mandaba D. Gonzalo, vencidos por el hambre, los animales ponzoñosos, las fiebres y las inclemencias del cielo; pero, como dice el Sr. Martín García Mérou en sus Impresiones, «al alcanzar la elevada planicie, hallaron la recompensa de sus fatigas. Aquel era el país de los chibchas, el más opulento y el más civilizado que habían encontrado hasta entonces, con sus verdes sementeras, sus poblaciones indígenas, los palacios de sus caciques, la fecundidad de sus campos y la abundancia de sus aguas».

La planicie de Bogotá fué, pues, desde antes que los españoles la descubrieran, centro y foco de civilización. Los chibchas ó muiscas de entonces no eran inferiores en cultura á los súbditos de Atahualpa y de Moctezuma, así como los bogotanos de ahora son el pueblo más aficionado á las letras, ciencias y artes de toda la América española.

Desde que el Nuevo Reino de Granada se cristianizó y se españolizó han abundado en él poetas é historiadores, que algo nos han descubierto de su antigua manera de ser, de su mitología, leyendas y vida anterior á la conquista.

De todo esto quisiera yo hablar extensamente, porque todo esto es muy curioso; pero si empiezo tan ab ovo, ¿qué infinidad de cartas no tendré que escribir si he de llegar á decir algo del Parnaso Colombiano que Ud. me ha remitido?

El Parnaso Colombiano consta de dos tomos de cerca de 400 páginas cada uno, impresos el tomo I en 1886 y el tomo II en 1887, y que contienen composiciones de más de cien poetas y de quince ó diez y seis poetisas, contemporáneos todos, ó sea posteriores á la independencia. Pero como Ud. amplifica é ilustra la colección hecha por Julio Añez con un extenso discurso preliminar, que puede considerarse como compendio de la historia literaria de Colombia, por fuerza, aunque no quiera, tendré que hablar de todo, si he de dar mi opinión á Ud.; y á los demás que leyeren estas cartas, cierta idea de lo que es ese pueblo y de lo que importa y vale su vida intelectual.

Y ya se entiende que lo que yo diga ha de ser muy somero, por dos razones: porque yo, de mío, soy muy poco profundo, y porque debo ser breve para no cansar.

Aseguro á Ud. que si no fuese por esta invencible scribendi cacoethes que me aqueja, la tal cuestión de lo profundo y de lo somero me hubiera hecho arrojar la pluma lejos de mí desde hace años. Yo necesito un público mediano en lo tocante á sabidurías: que sepa algo para que no le parezca pesada mi corta erudición; que no sea muy desdeñoso é indiferente para el saber, á fin de que el mío le interese; y que no sepa mucho, á fin de que algo de lo que yo le diga le coja de nuevas, y no lo considere como sabido y resabido, y que ya no se debe ni recordar. Como aquí, ó el público es muy sabio, sobrado sabio, ó no se le da un comino de todas las sabidurías, yo estoy perdido, y con las cosas que he publicado me han ocurrido mil desengaños.

Pondré ejemplos.

Cuando traduje del alemán la obra de Schack titulada Poesía y arte de los árabes en España, imaginaron muchos que todas aquellas coplas y todos aquellos poetas eran creación mía, y como creación mía, los desdeñaron; pero en cambio los profundos orientalistas españoles despreciaron, no sólo la traducción, sino el original que yo había traducido. Los versos todos estaban tomados por Schack, que no sabe árabe, de no sé cuántas traducciones en lenguas modernas de Europa. En suma, mi trabajo era superficialísimo y no enseñaba nada.

Con mis cartas á D. Jesús Ceballos Dosamantes me ha pasado algo más gracioso aún, si no fuese tan lamentable. Para muchos, yo soy el inventor de D. Jesús Ceballos Dosamantes y de su Perfeccionismo absoluto, imaginado adrede por mí para decir algunas burlas, como si mil sistemas filosóficos europeos no se prestasen á más burlas, si está uno de humor para hacerlas; pero en cambio el público re-sabio nada halla nuevo ni peregrino en D. Jesús Ceballos Dosamantes, ni en su impugnador ó expositor tampoco: todo lo han leído y releído, y casi se lo tienen ya olvidado, por saberlo tan bien desde que tomaban papilla.

Así, escribir para mí es como navegar entre dos escollos; pero yo he de escribir sin remedio. No puedo curarme de mi afición á escribir. Lo que procuro inculcar siempre en el ánimo de mis lectores es que no pretendo enseñar, sino entretener un rato, si puedo, y además divulgar algunos conocimientos que los sabios están ya hartos y aun tifos de saber, pero que varias personas cándidas y de buena fe ignoran y no desdeñan que lleguen á su noticia.

En estas cartas, pues, nada trato yo de enseñar á los sabios; pero me daré por pagado de que á Ud. contenten y de que esas varias y pocas personas cándidas sepan por ellas que hay del otro lado del Atlántico, en el corazón de la América meridional, sobre esa elevada meseta ó nava de los Andes, cierta agrupación de españoles emancipados, nación nueva, hija de la nuestra, donde nuestro idioma se cultiva y se habla y se escribe con primor, elegancia y pureza, y donde brillan nuestras artes y antigua cultura, transfiguradas y modificadas por otro cielo, por la distancia y por diversas condiciones sociales.

Con tan buen propósito seguiré escribiendo estas cartas, sin arredrarme ni desanimarme, si bien procurando que no sean muy largas, ni muchas.

Y aquí termino la primera, asegurando á usted que soy su agradecido amigo.

* * *

20 de Agosto de 1888.

II

Muy estimado señor mío: En mi sentir, y ya lo he dicho no pocas veces, sin que crea yo que mi aserto pueda ofender al colombiano más celoso de su nacional autonomía, la literatura de su país de Ud. es parte de la literatura española, y seguirá siéndolo, mientras Colombia sea lo que es y no otra cosa. No quita esto que se dé diferencia dentro del género, que en la unidad quepa la variedad con holgura; que sobre la condición general de españolismo se note en toda obra del ingenio de Colombia un sello especial y característico; y menos impide que, con el andar del tiempo, pueda llegar lo que Colombia intelectualmente produzca á igualar y aun á superar en mérito y en abundancia la producción literaria de esta Península.

Entendidas las cosas así, es doble falta por parte de España el desconocimiento general (y no niego que hay excepciones y personas que saben aquí cuanto de ahí hay que saber) del movimiento intelectual de esa República. Ustedes nos leen, nos conocen, nos estudian, pero en España se sabe poquísimo de los autores colombianos. A remediar esto ha venido la creación de la Academia colombiana de la lengua, correspondiente de nuestra Real Academia Española. Así la fraternidad se restablece, y así revive la comunicación entre España y su antigua colonia, hoy emancipada. De esperar es que este elevado comercio, digámoslo así, se extienda y divulgue algo más, para honra y provecho de los que escribimos, y que un libro de historia, una novela ó un poema de un ingenio de Colombia halle su público en Madrid, sea objeto de nuestra crítica, llame aquí la atención é interese, y se venda en nuestras librerías, con relación á su mérito, como cualquiera obra de un escritor peninsular.

Mi deseo es que todo libro colombiano, de algún valer, deje de ser una curiosidad bibliográfica en España, y naturalmente que también los libros españoles lleguen á tener en Colombia más público del que tienen hoy.

Aun distamos mucho de que se logre esta harto modesta aspiración. Y casi me atrevo á asegurar que en toda nuestra Península é islas adyacentes no hay, ni en poder de los libreros, ni en manos de aficionados á versos, más ejemplares del Parnaso Colombiano que los que Ud. y el Sr. Añez hayan enviado de presente, entre los cuales está el mío.

Al dar yo cuenta aquí del Parnaso Colombiano me parece, pues, que doy cuenta de una rareza literaria.

Toda literatura tiene sus precedentes, y la de ustedes, que puede decirse que empieza con esta centuria, los tiene nobilísimos desde que nació la Colonia.

Ya anuncia y augura la vocación literaria de esa nación que el descubridor, conquistador y fundador D. Gonzalo Jiménez de Quesada fuese letrado á par que guerrero, que tomase ora la espada, ora la pluma, y que dejase escritos un Compendio historial, y lo que peor parece que se aviene con su carácter y condición de batallador y aventurero, una obra devota: Colección de sermones con destino á ser predicados en las festividades de Nuestra Señora.

También fué aventurero y soldado el ilustre Juan de Castellanos, que igualmente fué por ahí desde España.

Después de larga vida militar, llena de azares y aventuras, se hizo sacerdote, y retirado en Tunja, empleó los ocios de su sana y robusta vejez en escribir todo cuanto sabía, ó por lectura, ó de oídas, ó por haberlo presenciado, y aun representado en ello su papel, «de la variedad y muchedumbre de cosas acontecidas en las islas y costas del mar del Norte de estas Indias Occidentales, donde, añade él en su dedicatoria á Felipe II, he gastado yo lo más y mejor del discurso de mi vida,» etc.

No diremos que Juan de Castellanos sea un Virgilio, ni llegue siquiera en pasaje alguno á la alta é inspirada entonación de Ercilla; pero son asombrosos y simpáticos su facilidad, el candor de su estilo, la frase natural y castiza, y á veces la gracia y el primor con que lo va refiriendo todo en octavas reales ó de versos endecasílabos. Su obra es inmensa, pues no sólo compuso las Elegías de varones ilustres de Indias, que llenan un tomo de 565 páginas de la compacta edición de Autores Españoles de Rivadeneira, y contienen muy cerca de noventa mil versos, sino también una Historia del Nuevo Reino de Granada, que andaba inédita y como perdida, y que há poco publicó por vez primera D. Mariano Catalina en su Colección de Escritores castellanos. Todo esto lo hacía el historiador-poeta sin esperar remuneración alguna, sino la de su beneficio, y, como dice con cándida sencillez, «para no comer el pan de balde».

Y no se imagine que la lectura de las obras de Juan de Castellanos sea fatigosa é inútil. Contienen las obras un precioso tesoro de noticias, y no rara vez caen muy en gracia la inocente malicia, el desenfado y la soltura con que refieren algunas cosas cómicas ó les ponen comentarios. Así, al hablar de cierta fuente milagrosa que devolvía doncellez y vigor á mujeres y á hombres, pondera Castellanos la multitud de gente que iría en peregrinación allí, si el hecho fuera indudable, para recobrar sus antiguas gallardías, y añade:

Cierto, no se tomaran pena tanta Por ir á visitar la Tierra Santa.

Parece, á la verdad, un cuento de Lafontaine aquel episodio del portugués, enamorado de la india, que no gustaba de él y quería abandonarle. El portugués, para gala y como principio de civilización y de púdico decoro, había revestido á la india de una camisa. Era de noche: la india estaba al lado de su amigo, y para alejarse pretextó cierto indispensable negocio. Como la india era ladina, pensó en que la camisa blanqueaba en la obscuridad, y quitándosela á escape, se quedó con el traje que fué de su crianza. Así se escapó de entre las manos del portugués, el cual, contemplando siempre la camisa, que había dejado ella tendida en unas matas, creía que allí estaba la señora de sus pensamientos. Impaciente ya de que tardase tanto, el portugués decía: Ven ya á os brazos do galan que te deseia.

Viendo no responder, tomó consejo De levantarse con ardiente brío, Diciendo: ¿Cuidas tú que non te vejo? ¡Vejot muyto ben pelo atavio...! Echóle mano, mas halló el pellejo De la querida carne ya vacío: Tornóse, pues, con sólo la camisa, Y más lleno de lloro que de risa.

A más de Juan de Castellanos habla Ud. en su Estudio preliminar de otros muchos escritores que hubo ahí durante el período colonial, descollando entre los poetas Hernando Domínguez Camargo, autor de un poema sobre San Ignacio de Loyola; D. Francisco Alvarez de Velasco y una inspirada y mística monja llamada la Madre Castillo.

Por lo demás, la historia literaria de ahí sigue un curso paralelo al de la nuestra: idéntico culteranismo ó gongorismo en el siglo XVII; idéntica decadencia prosaica hasta mediado el siglo XVIII, y hacia fin del siglo XVIII y en el primer tercio del siglo XIX, cierto renacimiento y gusto más puro y elevado, aunque debido al menoscabo de la originalidad castiza y á la imitación, si no de las composiciones, de los preceptos del pseudo-clasicismo francés.

El romanticismo penetró ahí, como en España, por medio de la literatura francesa. Y justo es confesar que si durante el imperio pseudo-clásico seguimos los preceptos franceses, y nuestra poesía estuvo impregnada, así como la política, de la ligera filosofía sensualista, liberalesca y filantrópica ó humanitaria de Francia, la poesía era, en la forma, menos imitadora que lo fué después de la francesa. El pseudo-clasicismo francés no había tenido un Víctor Hugo que darnos por modelo. De aquí que nuestros poetas peninsulares anteriores al romanticismo, aunque estén inspirados por Rousseau ó por Voltaire ó por otros autores de Francia, son castizos en la forma; y si á alguien imitan, es á los clásicos griegos y latinos, á los italianos y á nuestros mismos clásicos del siglo XVI. Lo propio puede decirse de los poetas hispano-americanos del citado período. Con el romanticismo perdimos, sobre todo en América, en la castiza originalidad de la forma. Y digo sobre todo en América, porque ahí, como en tierra de menos recuerdos y que mira más al porvenir, prevaleció el romanticismo de las ideas modernas sobre el romanticismo retrospectivo é histórico, que nos dió en España al duque de Rivas y á Zorrilla, y que prestó á Arolas, á Hartzenbusch, á García Gutiérrez y á muchos otros un fondo y un color castizos y populares, los cuales vinieron á extenderse hasta por las obras de los poetas más cosmopolitas, como Espronceda.

Pero pasó de moda el romanticismo, como el pseudo-clasicismo había pasado, y tanto en España cuanto en Colombia, realizada esta revolución literaria, indispensable y bienhechora, se sintieron sus saludables efectos, y apareció una filosofía del arte, y por lo tanto una crítica, más comprensiva y transcendente.

En este punto, y guiado Ud. por esta más alta crítica, habla y juzga á los autores, todos sus contemporáneos y compatricios, que el Parnaso Colombiano encierra.

En el fondo de sus ideas, como en el fondo de las nuestras, ¿quién negará que hay mucho elemento filosófico y científico, importado de Francia, de Inglaterra y de Alemania? Vamos detrás de estas naciones, y el abatimiento y la modestia nos inducen á creer que vamos aún más rezagados. Pero el sentimiento y la forma, y el medio ambiente y los recuerdos históricos salvan y dan realce á la propia originalidad, y producen una poesía que no carece de ser y de índole peculiares.

Aunque Uds., como nosotros, se dejan influir por poetas extranjeros, siendo los que más han influído últimamente, tanto ahí cuanto aquí, Byron, Víctor Hugo y Enrique Heine, yo noto con mucho gusto que, contra esta corriente de extranjerismo, luchan en Colombia, no sin éxito, la buena tradición española y el ejemplo y el modelo que ofrecen poetas peninsulares del día, conocidos todos en América, y tal vez más queridos, encomiados y estudiados que en España.

Nuestros poetas, de los que veo más huella y sabor en los novísimos colombianos, son Bécquer, Campoamor y Núñez de Arce.

Los que Ud. más celebra y los que antes han tenido ahí más influjo son Quintana, el duque de Rivas, Espronceda, García Gutiérrez, Tassara y Bermúdez de Castro. Y al que Ud. pone por las nubes, como contradiciéndonos, pero no á mí, que sigo casi su opinión, es á Zorrilla, á quien Ud. llama la primera figura poética de España en este siglo.

Con lo dicho se empieza á formar idea de la fisonomía general del Parnaso Colombiano. Hay que añadir ahora otros rasgos singulares. A pesar de la extraordinaria facilidad con que en Colombia se versifica, y aunque es Colombia una república democrática, su poesía es aristocrática, culta y atildada. Se ve que es producto de algo como una casta superior, dominadora aún, no por las leyes que á todos hacen iguales, sino por la inteligencia, el saber y la cultura, que importó en el país, sobre otra casta inferior, que no se ha extinguido ni ha desaparecido casi, como en las que fueron colonias inglesas, sino que vive en cierta subordinación patriarcal y suave.

Las ideas, los sentimientos, el habla, la religión, las costumbres y tradiciones importados de España por los que vinieron á fundar la colonia, persisten, pues, y son tenidos en gran veneración. Son como los dioses penates, que no ahuyentaron ni la revolución, ni la guerra de la independencia contra la metrópoli, ni las ulteriores guerras civiles.

De aquí que el hombre quizá más eminente en Colombia por el pensamiento, en el vigor de su edad aún (nació en 1843), sea un ultraconservador, un tradicionalista, lo que llamábamos pocos años há en España un neocatólico; pero un neocatólico, un retrógrado, que, como dice el liberal Sr. Cané, «ha leído cuanto es posible leer en treinta años de vida intelectual. Su alta inteligencia ha entrado á fondo en la literatura moderna, y pocos como él podrían hablar con tal autoridad de lo que en materia de ciencias y letras se ha hecho en el mundo en los últimos cien años.»

Este hombre, además, es un sabio filólogo y humanista, muy versado en los autores clásicos; griegos y latinos, como lo demuestra su hermosa traducción de Virgilio.

Ya se entiende que hablo de Miguel Antonio Caro, hijo de José Eusebio, poeta ilustre también, y de cuyas poesías ha hecho linda edición, agotada ya, el Sr. D. Mariano Catalina, en su Colección de Escritores castellanos.

Miguel Antonio ha escrito mucho en prosa, así de ciencias morales y políticas como de filología. En pocos escritos modernos resplandece más que en los de este autor lo que podemos llamar el españolismo.

Por ello le censuran no pocos americanos, pero no hemos de ser los españoles los que también le censuremos. Además que los mismos americanos más liberales empiezan ya á calificar de injusta y de cansada y de falsa tanta y tanta declamación contra los descubridores y conquistadores de América. Sus culpas, si por herencia se transmiten, más pesan sobre los americanos, si no son indios, que sobre nosotros, ya que nuestros padres, salvo el caso de algunas familias históricas, como Colón, Pizarro, Cortés y Orellana, se quedaron por acá, y no cometieron las atrocidades feroces que á los conquistadores se atribuyen.

Y aun dando por evidentes todas esas atrocidades, ¿es de presumir que á fines del siglo XV y principios del siglo XVI hubieran sido más humanos, más benignos y más generosos los ingleses ó los alemanes, por ejemplo, si les hubiera tocado hacer nuestro papel, descubrir ese continente, y el mar del Sur, y los Andes, y echar por tierra los imperios del Perú y de Méjico? ¿Habría en Colombia tanto indio vivo si en vez del literato y autor de sermones D. Gonzalo Jiménez de Quesada, y de los frailes, entre los cuales hubo más Las Casas que Valverde, hubiera ido por ahí un aventurero tudesco con buen golpe de lasquenetes?

Estas y otras consideraciones por el estilo, que se le ocurren á cualquiera, valen para disculpa, suponiendo que necesite disculpa el retrogradismo ó tradicionalismo de D. Miguel Antonio Caro, y prueban que no se puede acusar á este señor de que defiende hasta la Inquisición, y de que su prurito de santificar lo pasado es irreconciliable con la clara luz de su elevado entendimiento.

Este entendimiento elevado brilla en todas las obras de D. Miguel Antonio, le ha hecho célebre y muy estimado en toda América, y aun entre nosotros, é ilumina singularmente sus poesías, de las que en el Parnaso Colombiano hay hermosísimas muestras. No sin motivo califica Ud. al autor de gran poeta, y considera sus mejores versos La vuelta á la patria. En lo que no estoy conforme con Ud. es en que no hay nada por el estilo de esta composición en la poesía castellana y en colocarla en el género de poesía inglesa. Ferviente admirador soy yo también de la poesía inglesa, y la creo, por lo general, más concisa que la nuestra y muy hondamente sentida. Para lo de la concisión hasta hay razones materiales. En inglés bien se puede afirmar que la mitad ó menos de sílabas que en castellano basta á expresar las mismas cosas.

Y, sin embargo, yo nada veo de exótico en La vuelta á la patria del Sr. Caro. No es menester dejar de ser español para ser sencillo, sentido y profundo. No eran ingleses, ni habían leído poesía inglesa, fray Luis de León y Jorge Manrique. Dejando, no obstante, esta discusión á un lado, convengo en que es preciosa La vuelta á la patria. Aquella dulce y mística melancolía, aquella vaguedad esfumada con que percibimos como verdadera patria la que está más allá de la muerte, y aquella pintura, tan natural y verdadera, de la patria terrenal, de la casa de nuestros padres, del valle tranquilo en que pasó nuestra niñez; y aquella mengua y abatimiento del corazón enfermo, que vuelve á su antigua soledad, que la desea y que ya no la halla, porque ya no existe sino en su mente como ideal divino: todo, en suma, en esta composición, en que hay más sentidos y más ideas que palabras, la hacen en mi opinión perfecto dechado de poesía de sentimiento en cualquier idioma. No se puede citar un solo verso sin citarlos todos. Nada huelga en la composición. Todo está primorosamente enlazado y forma el más armonioso conjunto.

Tampoco estoy conforme con Ud. en calificar de germánica La flecha de oro. Aquello es original, es nuevo; pero ¿por qué no ha de haber nada español que tenga algo de original y de nuevo, que no esté vaciado en los antiguos moldes, y que no por eso sea germánico ó inglés? El asunto de La flecha de oro, el cuento, es tan poco germánico, que está tomado del principio de un cuento de Las mil y una noches. Lo inventado por Caro es el valor simbólico y transcendente, que adquiere en su breve poesía la antigua leyenda india, persa ó arábiga. El príncipe, en los versos de Caro, no vuelve á encontrar la flecha, como la encuentra en el cuento de Las mil y una noches. No hubo hada Parabanú, que, enamorada de él, la extraviase para atraerle. La flecha del antiguo cuento nada significa: la flecha del poemita de Caro tiene alta significación. Y la sobriedad artística con que esta significación queda indeterminada, hace aún más poéticos los versos, abriendo la puerta á la fantasía del lector, para que se lance volando por todos los libres, infinitos espacios de las filosofías y de las religiones, en busca de la perdida flecha, sin envidiar al hermano que, por apuntar más bajo, tocó en el blanco y heredó el reino terrenal de su padre.

De aquí que toda alma soñadora y entusiasta pueda creerse el héroe ó la heroína de los versos, y decir:

Yo busco una flecha de oro Que, niño, de una hada adquirí, Y «Guarda el sagrado tesoro», Me dijo; «tu suerte está ahí.» Mi padre fué un príncipe: quiere Un día nombrar sucesor, Y á aquel de dos hijos prefiere Que al blanco tirare mejor. A liza fraterna en el llano Salimos con brío y con fe: La punta que arroja mi hermano Clavada en el blanco se ve. En tanto mi loca saeta, Lanzada con ciega ambición, Por cima pasó de la meta Cruzando la etérea región. En vano en el bosque vecino, En vano la busco doquier: Tomó misterioso camino Que nunca he logrado saber. El cielo me ha visto horizontes Salvando con ávido afan, Y mísero á valles y á montes Pidiendo mi infiel talismán. Y escucho una voz ¡Adelante! Que me hace incansable marchar: Repítela el viento zumbante: Me sigue en la tierra y el mar. Yo busco la flecha de oro Que, niño, de una hada adquirí, Y «Guarda el sagrado tesoro», Me dijo; «tu suerte está ahí.»

No he sabido resistir á la tentación de poner aquí La flecha de oro, aunque me acuse Ud. de impertinente y de copiarle lo que de memoria sabe.

Yo soy tardío, pero cierto. Hace cerca de un año que debo contestación á la carta de Ud.; pero ahora voy á pagar con usura, escribiéndole una serie de ellas, pues no se requieren menos para dar alguna idea de lo que es el Parnaso Colombiano.

* * *

27 de Agosto de 1888.

III

Muy estimado señor mío: Entre las varias dificultades con que tropiezo al emitir mi juicio sobre el Parnaso Colombiano, cuenta por mucho (¿y por qué no confesarlo?) mi corto saber de los hombres y las cosas de ese país. En una recopilación de versos escogidos de varios sujetos, que son además personajes políticos, y que han escrito en prosa, en periódicos, y que han compuesto novelas, y libros de derecho, de filosofía, de filología y de historia, que no conozco, es menester que yo adivine mucho, y toda adivinación está sujeta á graves errores.

La mayoría de los poetas, de quienes el señor Añez pone tres ó cuatro composiciones en su Parnaso, han escrito tomos enteros. ¿Quién me asegura que lo que inserta el Sr. Añez sea lo mejor y lo más característico? ¿Y cómo, por las breves noticias biográficas que preceden á las composiciones de cada autor, y por lo que él dice en ellas, averiguar con plena certidumbre sus doctrinas y creencias y tasar su valer en lo justo?

Por todo esto, y porque no me es dable extenderme demasiado, mi crítica tiene que ser incompleta: no será crítica; me limitaré á participar á usted mis impresiones en general, sin detenerme á decir algo en particular sobre tanto poeta.

He empezado por Miguel Antonio Caro, porque es el más conocido entre nosotros. Es fundador de la Academia Colombiana, correspondiente de la Española; director de la Biblioteca Nacional en su país, y ahí y en todas partes muy notable polígrafo y erudito, lo cual no impide que sea también elegante, inspirado y entusiasta poeta. Las dos composiciones suyas, que ya hemos citado, lo demuestran bien, y no lo desmienten otras cuatro que inserta de él el Parnaso: una A la estatua de Bolívar, obra admirable de Teneranni, que está en la Plaza Mayor de Bogotá, y otra de ellas A la gloria, donde yo admiro y envidio el fervor amoroso del poeta que la canta y la desea, exento de aquella mala vergüenza con que por Europa tratamos de encubrir ese entusiasmo, si por acaso le sentimos. Todos los que componen versos le sienten aún, pero con más tibieza, y no todos se atreven á decir, ni dicen tan bien á la gloria:

A cantar me obligaste con levantado aliento, Y en premio me ofreciste tu divinal favor. Hoy á buscarme vuelves. Yo conozco tu acento Y sé de tus miradas el mágico fulgor. . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¡Oh! ¡cumple tus promesas: alza mi nombre al cielo: Lleva los cantos míos al último confín, Y dales, incansable en tu radioso vuelo, La heroica resonancia de tu inmortal clarín!

En casi todos los poetas de que hay obras en el Parnaso Colombiano debo decir, en honor de la verdad, que se advierte un sabor castizo, una corrección y una elegancia sencilla, que, no en todos, sino sólo en nuestros mejores y más cultos peninsulares se nota. Claro se ve que en Colombia es cultivado con amor y con atinado ahinco nuestro patrio idioma; que en Colombia ha nacido Rufino Cuervo. Todas las locuciones vulgares, todas las adulteraciones que pueblo tan remoto de España ha introducido en el lenguaje español, quedan tan estudiadas y corregidas en las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano de Cuervo, que no hay rastro de ello en la buena poesía.

De este respeto general al idioma aun da Cuervo otra prueba más brillante, viniendo á constituirse, como Ud. dice, desde un rincón de los Andes, en maestro excelente y superior del habla de Castilla. Su Diccionario de construcción y régimen es un portento de erudición, de buen gusto, de tenacidad y de paciencia.

Imposible parece que, en medio de las faenas de una fábrica de cerveza, donde Rufino, auxiliado por su hermano Angel, creó los bienes de fortuna que no tenía, le sobrasen tiempo y medios para leer, conocer á fondo y poder citar todo libro escrito en castellano desde la formación del lenguaje hasta ahora. Así será su obra alto monumento literario, honra de Colombia, de él y de la raza á que pertenece. Al mismo tiempo da Rufino Cuervo noble ejemplo de vivir, cuando, hijo del que fué presidente de la república, no se avergüenza de emplearse en bajos y mecánicos menesteres para ganarse la vida, y, ya ganada, la consagra por completo á competir con Littré, si no á vencerle, haciendo un Diccionario de autoridades, con tal copia de ejemplos, que pasma y aturde, y donde está la historia de cada palabra y de todas sus acepciones, desde el siglo XII hasta el XIX.

Hablo aquí de Cuervo para consagrarle este testimonio de mi admiración, y para que sea como muestra y garantía de que en su tierra se sabe la lengua castellana, lo cual importa mucho en la alabanza de sus poetas. El crítico circunspecto, digan lo que digan los entusiastas y sublimes, tiene que ir con pies de plomo en eso de conceder ó de negar patentes de genio y en disponer de la inmortalidad gloriosa para otorgarla ó rehusarla, según su antojo; pero bien puede afirmar, y yo lo afirmo del Parnaso Colombiano, que es un dechado de buen decir, y fehaciente documento de la civilización del pueblo donde tales poetas hay, y del arte, magisterio y esmerado tino con que manejan el habla, instrumento de la poesía.

Prestan además carácter á la poesía colombiana en general dos condiciones, ó mejor diré circunstancias, que influyen mucho en que sea buena y original. Es una el espectáculo de la magnífica naturaleza que rodea al poeta y le inspira, y es otra la sencillez patriarcal de costumbres, que transciende y da clara y dichosa muestra de sí en el estilo, á pesar de ciertos refinamientos de cultura intelectual, y á pesar de autores, grandes sí, pero enrevesados, ampulosos y gongorinos á su manera, que á veces se toman por modelo, como Víctor Hugo por ejemplo.

Para citar algo que ponga de manifiesto lo que digo, tengo que ir muy á la ventura y no respondo de que lo que yo cite sea siempre de lo mejor. Los poetas citados tienen además que permanecer para nosotros medio desconocidos. Por unos cuantos versos no es posible apreciar á los que han escrito mucho.

Hay; v. gr., un doctor Manuel María Madiedo que ha escrito tanto como el Tostado. Ha escrito tragedias, dramas, sainetes, novelas y obras por cuyos títulos, que es lo único que yo conozco, se calcula que han de ser de filosofía, de religión y de política, como La ciencia social, Crítica general, Derecho de gentes, Nuestro siglo XIX, El cáncer de los siglos, La razón del hombre juzgada por sí misma y La divina profundidad de la filosofía del Evangelio.

El Sr. Madiedo ha escrito muchísimo en los periódicos; es de los que más han hecho por la instrucción pública de su país: ha sido rector y catedrático en varios colegios. En su misma casa ha puesto cátedra y ha dado lecciones gratis. Es jurisconsulto, etc., etc. Y, sin embargo, no hay en el Parnaso Colombiano más que una sola composición del doctor Madiedo, tal vez de su mocedad, tal vez de las más descuidadas. Es, pues, evidente que yo no intento dar á conocer el mérito del doctor Madiedo por un trozo de la susodicha composición. Cito sólo el trozo para muestra del candor natural y sin aliño con que sin duda hace versos en Colombia todo hombre de ingenio y de ciencia, fijando sus fugitivas impresiones por medio de la palabra rítmica y procurando transmitir y perpetuar la idea y el sentimiento que ha despertado en su espíritu la naturaleza circunstante.

Los versos del doctor son al río Magdalena, al que, entre otras mil cosas que justifican no poco las que yo sospechaba que fuesen ponderaciones de mi amigo el Sr. Cané, dice lo siguiente:

No nadan rosas en tus aguas turbias, Sino los brazos de la ceiba anciana, Que desgarró con hórrido estampido Tremendo rayo de feroz borrasca. Yo veo serpientes que tus aguas surcan, Cuyos matices á la vista encantan, Y oigo el ronquido del hambriento tigre Rodar sobre tu margen solitaria; Mientras salvaje el grito de los bogas, Que entre blasfemias sus trabajos cantan, Vuela á perderse en tus sagradas selvas, Que aun no conocen la presencia humana. ¡Oh! ¡qué serían sátiros y faunos, Bailando al son de femeniles flautas, Sobre la arena que al caimán da vida En tus ardientes y desiertas playas! ¡Ah! ¡qué serían cerca de los bogas Que, rebatiendo las callosas palmas, En el silencio de solemne noche En derredor de las hogueras danzan!

Debe entenderse que estos bogas son los indios briosos y sufridos, aunque groseros y algo feroces, que se emplean en todas las faenas de la navegación y tráfico por el gran río. Los sátiros y los faunos, el doctor tiene razón, quedan chiquititos al lado de estos bogas, que encienden las hogueras para ahuyentar á las bestias feroces, y que el doctor ha visto

Dando á los aires la robusta espalda Sobre la arena que marcado habían De las tortugas la penosa marcha, Y del caimán la formidable cola, Y de los tigres la temible garra. Yo los he visto en derredor del fuego Danzar al eco de sonora gaita, Mientras silbaba el huracán del Norte Sobre tus olas con sañuda rabia.

El cuadro es completo en su sencillez y se ve que está tomado del natural. Allí impera el hombre primitivo, libre, fuerte, luchando con una naturaleza terriblemente poderosa, bella y rebelde.

En vano busca en tu desierta margen El hombre, que cual leve sombra pasa, Palacios y ciudades de una hora Que derrumban del tiempo las pisadas.

Pero, en cambio, ¡cuánta poesía, cuánta libertad y cuánta hermosura, apacible á veces,

Cuando, en un cielo plácido y sin mancha, Mira la luna en tus remansos bellos Su faz rotunda de bruñido nácar!

Entonces, al contemplar el poeta el Magdalena,

En sus riberas vírgenes admira La creación saliendo de la nada,

y piensa que

El hombre libre, que sus redes seca En tu sublime margen solitaria, Como en Edén nuestros primeros padres, Sólo de Dios adora la palabra. . . . . . . . . . . . . . . . . . . Cedros y flores ornan tu ribera Y aves sin fin que con tus ondas hablan, En sus variados armoniosos cantos De tus desiertos la grandeza ensalzan.

Si la pompa y la grandeza de estos desiertos han sido ensalzadas por los poetas colombianos, natural es que lo haya sido más la útil y cómoda beldad de la llanura elevada donde Bogotá se encuentra, y que, por parecerse á Granada, con su Sierra Nevada y con su vega, valió á aquellas regiones el nombre de Nueva Granada.

El prodigioso salto del Tequendama debió ser y ha sido también asunto adecuado y frecuente de la poesía, compitiendo con el Niágara. Ya los indios habían poetizado el Tequendama en su mitología. Nemterequeteba es uno de los nombres del ser sobrenatural, que, como Manco Capac con relación á los peruanos, trajo la civilización á los chibchas, apareciendo entre ellos, estableciendo religión y vida política, y enseñándoles á tejer, á labrar la tierra y á fundir y esculpir el oro, aunque no el hierro, que desconocían.

El río Funca ó Bogotá se desbordó y cubrió la llanura toda. Los hombres, para no morir ahogados, tuvieron que encaramarse y refugiarse en lo alto de las montañas. Y entonces fué cuando Nemterequeteba, hiriendo con su báculo una firmísima roca, abrió paso al agua, que se precipitó por allí con estruendo y como en un abismo. Tal origen tuvo el salto del Tequendama, en la imaginación de los chibchas. Los modernos colombianos le celebran y describen en hermosos versos.

Uno de los cantores del Tequendama es D. José Joaquín Ortiz, de quien tengo que decir lo mismo que de Madiedo, y que de casi todos. Es autor de multitud de obras que no hemos visto por aquí; de novelas, de comedias, de Lecciones de literatura castellana, de muchas Poesías y de un libro titulado Testimonio de la historia y de la filosofía acerca de la divinidad de Jesucristo.

Sus versos al Tequendama son buenos, pero no los citaré para citar otros que me parecen mucho mejores. Y no creo que el Sr. Ortiz se enoje ó se aflija de esta preferencia, como dicen que una vez se enojó y afligió mucho Píndaro de que, en los Juegos Olímpicos, Corina le venciese. En tiempo de Píndaro no se usaba la galantería que ahora se usa, y que tanto resplandece en otros versos del Sr. Ortiz, donde lindamente encomia á sus paisanas. Yo, por otra parte, ya que no cite los versos del Sr. Ortiz á la catarata, he de citar algo de estos otros de que hablé, no sólo por el encomio de las damas colombianas y porque en ellos se alude también al gigantesco salto, sino porque, escritos para una fiesta nacional, y llenos del más ardiente afecto á Colombia, manifiestan profundo amor filial á la antigua metrópoli, amor que nos enorgullece, que procuramos pagar, y que muestran y sienten los hispano-americanos, á pesar de los errores y torpezas en que han incurrido con frecuencia nuestros gobiernos en sus relaciones con aquellas repúblicas.

El Sr. Ortiz quiere cantar á su patria, duda de su estro y dice:

¡Oh! ¡no! para cantarte dignamente Poderosa no fuera Del viejo Homero la robusta trompa, Ni de Marón la lira lisonjera. ¿Y yo he de alzar loándote mi acento, De tu gran día en la solemne pompa? ¿Qué es la humilde retama Junto al baobab, patriarca de la selva, Que su gigante mole saca al cielo? ¿Qué el menguado arroyuelo Que corre sin rüido, En la callada soledad perdido. En medio de los Andes, Con nuestro poderoso Tequendama, Que, al arrojarse en el abismo, brama Atronando el desierto en voces grandes?

Toda esta composición está llena de apasionado lírico arrebato. El poeta, ya anciano, es uno de los últimos testigos de la gloriosa guerra de la independencia, y lamenta las discordias civiles del día, mientras que las hazañas de Bolívar y de los demás libertadores dan á su ánimo afligido

Consuelo celestial con su memoria.

Bolívar es para él tan grande como Colón. Si éste descubre la América, el otro la liberta. Si Colón,

....... el inmortal piloto, Ve salir lentamente de la espuma, Como alza el cáliz el fragante loto, La americana tierra,

y si Colón puede entonces exclamar, ebrio de gozo,

¡Gloria al Señor! ¡He descubierto un mundo!

Bolívar también

Al través de los campos de la muerte, Llega por fin, de donde el mar recibe Al Orinoco en amoroso abrazo, A la cima en que eleva al firmamento Su frente de granito el Chimborazo, Y derrama la vista abajo, y mira Cual salidas del báratro profundo Cinco grandes naciones, Y clamar puede al fin, ebrio de gozo, ¡Gloria al Señor! ¡He libertado un mundo!

Pero este mismo anciano poeta, que vió al libertador y que tanto le ensalza, ama á España y nos asegura que no cesó de pensar en ella y de desear la reconciliación.

En esos años de la ausencia fiera, El recuerdo de España Seguíamos doquiera. Todo nos es común: su Dios, el nuestro; La sangre que circula por sus venas Y el hermoso lenguaje; Sus artes, nuestras artes; la armonía De sus cantos, la nuestra; sus reveses, Nuestros también, y nuestras Las glorias de Bailén y de Pavía.

Hasta las mujeres de su país traían al poeta, en su mocedad, el recuerdo y el amor de España:

En el porte elegante, En el puro perfil de su semblante, En su mirada ardiente y en el dejo Meloso de la voz, eran retrato De sus nobles abuelas; Copia feliz de gracia soberana, En que agradablemente se veía El decoro y nobleza castellana Y el donaire y la sal de Andalucía.

Quien, á la edad de setenta años, echa aún tan bonitos requiebros á sus paisanas, estoy seguro, repito, de que no ha de afligirse de que se dé á una de ellas la preferencia en lo de cantar el Tequendama. Y no es esto decir que el Sr. Ortiz no sienta y exprese bien la naturaleza, sino que, ante la catarata, fué menos feliz que una poetisa. Ortiz, en su composición A una golondrina, prueba que vale mucho en este género. No me atrevo á decidir si es coincidencia ó imitación; pero, en el corte, en el tono, en la serena melancolía de sus versos A una golondrina, se recuerda á Leopardi, salvo siempre que la fe, que no abandona á Ortiz, quita á sus versos la amarga desesperación que la incredulidad de Leopardi prestaba siempre á cuanto escribía. Hay además en Ortiz no poco de quintanesco y clásico, al ver siempre al hombre y al pensar más en su destino, en su progreso, en su libertad, en su infelicidad ó en su dicha, que en todas las magnificencias de la tierra y de los cielos. Todo esto es para él como el fondo que pinta ligeramente el artista en un cuadro donde campea la figura humana.

En cambio, la ilustre poetisa antioqueña Agripina Montes siente y refleja con gran viveza y vigor la hermosura y sublimidad de los seres inanimados ó inferiores al hombre.

El sentimiento de la naturaleza es en su alma todo lo profundo que puede ser en un alma católica y española; porque la idiosincrasia de nuestra raza pone la propia individualidad por cima de todo, y jamás hubo teósofo español que la disolviese en la inmensidad del Universo, ni místico, y eso que los hemos tenido maravillosos, que la sepultase en el abismo interior del centro del espíritu.

Yo no aclamo, me limito á repetir el grito de admiración con que, en su patria, saludan á doña Agripina, aclamándola Musa del Tequendama. Añadiré además que, por las noticias que me da el colector Añez, D.ª Agripina es una señora guapa, joven aún, que se casó, en muy temprana edad, con D. Miguel del Valle, de quien tuvo numerosa prole, y de quien, en 1886, quedó viuda. Vive consagrada á sus hijos, á par que da lecciones en establecimientos de educación y en casas particulares. En 1887 ha sido nombrada directora de la Escuela normal de Santamarta. El Sr. Añez la celebra por no menos hábil y activa en labores caseras que con la pluma.

Para muestra de esta última y superior habilidad quisiera yo poner aquí toda la oda al Salto; pero no me atrevo á llenar mucho las columnas de El Imparcial, y me limitaré á trasladar á ellas algunos fragmentos.

Aun así, lo dejaré para otro día, porque va ya siendo demasiado extensa esta carta.

* * *

3 de Septiembre de 1888.

IV

Muy estimado señor mío: Yo hago muchos distingos y no afirmo ni niego por completo sino rarísimas veces. Por esto me acusan de escéptico. Pero, en fin, yo soy así, y no lo puedo remediar. La famosa sentencia ut pictura poesis, que en Alemania y en Inglaterra ha sido fundamento de sendas escuelas de poesía, me parece falsa como no se limite mucho.

Hay, debe haber poesía descriptiva, como hay pintura de paisaje; pero la poesía describe de un modo reflejo lo que la pintura pinta de un modo más directo. La poesía vence á la pintura, cuando la poesía describe, no el objeto que se ve, sino la impresión, el sentimiento y la idea que el objeto que se ve produce en lo profundo del alma. En cambio, para conocer bien el objeto, tal como es, ó al menos tal como aparece, la pintura y hasta la fotografía valen más que la poesía más fiel y más pintoresca.

La palabra fría de la prosa, fórmulas aritméticas áridas, nomenclaturas técnicas, dan más cumplido concepto de lo que es cualquier objeto ó fenómeno del mundo exterior que los versos más elocuentes y sublimes.

Heredia, poeta de Cuba; Pérez Bonalde, poeta de Venezuela, han compuesto versos hermosísimos al Niágara. Mas para formar idea del Niágara dice más el que dice: el río se precipita desde una altura de más de 50 metros; contando con la isla de la Cabra, que está en medio, y divide la catarata, la anchura del río, en el lugar en que se precipita, vendrá á ser de 1.300 metros; y el volumen de agua que cae, cada hora, es de noventa mil millones de pies cúbicos ingleses, según los cálculos de Lyell.

No hay oda, ni himno, que haga concebir mejor la grandeza del Niágara. De donde yo infiero que la poesía realista ó naturalista vale poco, y que el verdadero valor de la poesía está, no en lo real, sino en lo ideal, en la pasión en el sentimiento que produce el objeto en el espíritu de quien le contempla: en lo sobrenatural y en lo infinito, cuyo volumen Lyell no calcula: en Dios ó en el diablo que al poeta se le aparece, ó que surge evocado por él del seno agitado y estrepitoso de aquellos noventa mil millones de pies cúbicos por hora, que, desde hace tantos siglos, sin que disminuyan, se van derrumbando á un lado y á otro de la isla de la Cabra.

Siempre he leído con gusto el precioso libro de Víctor de Laprade sobre El sentimiento de la naturaleza; y no porque me ha convencido, sino porque ha corroborado, con todo su saber y su discreción, lo mismo que yo pensaba y sentía. La poesía tiene por objeto al hombre, con todo lo que hay en su espíritu. Su pensamiento, su acción es siempre el asunto. Donde no hay acción humana, la poesía descriptiva se diría que está de sobra; acuden á la memoria los versos de Lope:

En este valle y líquida laguna, Si he de decir verdad como hombre honrado, Jamás me sucedió cosa ninguna.

Así es que Homero, guiado por su instinto divino é infalible, no describe, y si describe, la descripción se vuelve acción. No se para Homero á describir las armas de Aquiles, sino que nos lleva á la fragua, y vemos á Vulcano con el martillo y las tenazas; y vemos el oro y el bronce que se derriten, y los fuelles que soplan, y el fuego que arde; y vemos trabajar al dios, y salir de entre sus manos ágiles, y de su maravillosa mente de artista, la fuerte coraza, el penachudo morrión y el estupendo escudo, en cuyas cinco zonas el dios va esculpiendo á nuestra vista, llena de grato asombro, cuanto hay de más hermoso en el cielo y en la tierra.

Con el Tequendama ocurre lo mismo que con el Niágara. Cualquiera descripción en prosa, la de Humboldt, la del matemático Caldas, la del barón de Japurá, dan más cumplida idea que los mejores versos. La masa de agua que se precipita es muy inferior, pero cae de un lugar cerca de cuatro veces más alto. El agua además choca primero contra un banco de piedra, y allí revienta; hierve y se lanza de nuevo en plumas divergentes hacia el abismo. En el fondo es más terrible el choque y no puede mirarse sin horror. Las plumas de agua, las puntas de lanzas, que tal parecen, se despeñan con increíble rapidez y se suceden unas á otras. Al llegar al fondo, cuando no antes, en virtud de su vertiginoso descenso, se desmenuza el agua y se pulveriza, y asciende luego en forma de nubes, que el sol dora y adorna con el iris. Se diría que el Bogotá, acostumbrado á correr por las regiones elevadas de los Andes, baja á pesar suyo á aquella profundidad y quiere otra vez elevarse orgulloso en difusos vapores. Estos vapores asegura Humboldt que se ven desde la ciudad de Bogotá á cinco leguas de distancia.

Después de esto, ¿qué podrá añadir la poetisa; qué ponderación realzará en sus versos la pintura de la catarata? La impresión propia, el vuelo de su espíritu, su humano pensamiento y su elevada fantasía, que entrevé á Dios en el horrendo arco que forma el agua.

Después prosigue la poetisa:

¿Qué buscas en lo ignoto? ¿Cómo, adónde, por quién vas empujado? Envuelto en los profusos torbellinos De la hervidora tromba de tu espuma, E irisado en fantástico espejismo Con frenesí de ciego terremoto, Entre tu aérea clámide de bruma, Te lanzas despeñado, Gigante volador, sobre el abismo. Se irgue á tu paso murallón inmoble Cual vigilante esfinge del Leteo; Mas de tu ritmo bárbaro al redoble Vacila con medroso bamboleo. Y en tanto al pie del pavoroso salto, Que desgarra sus senos al basalto, Con tórrida opulencia En el sonriente y pintoresco valle Abren las palmas florecida calle. . . . . . . . . . . . . . . . . . . La indiana piña de la ardiente vega, Adorada del sol, de ámbar y de oro, Sus amarillos búcaros despliega. Sus ánforas de jugo nectarino Te ofrece hospitalaria La guanábana en traje campesino, A la par que su rica vainillera El tamarindo tropical desgrana, Y la silvestre higuera Reviste al alba su lujosa grana. Bate del aura al caprichoso giro Sus granadillas de oro mejicano Con su plumaje de ópalo y zafiro La pasionaria en el palmar del llano; Y el cámbulo deshoja reverente Sus cálices de fuego en tu corriente. Miro á lo alto. En la sien de la montaña Su penacho imperial gozosa baña La noble águila fiera; Y espejándose en tu arco de topacio, Que adereza la luz de cien colores, Se eleva majestuosa en el espacio Llevándose un jirón de tus vapores. Y las mil ignoradas resonancias Del antro y la floresta, Y místicas estancias Do urden alados silfos blanda orquesta, Como final tributo de reposo ¡Oh émulo del destino! Ofrece á tu suicidio de coloso La tierra engalanada en tu camino.

Todo esto es bello; pero en el fondo del cuadro, la figura principal es la misma poetisa. El Tequendama es el pedestal ingente sobre el cual se pone su espíritu

A retocar sus desteñidos sueños.

El desaliento que se apodera del espíritu en presencia de tan grande escena, hace concebir mejor su magnificencia que la descripción más atinada y exacta.

Manzoni, cantando á Napoleón, que al fin era un hombre como él, y por la elevación del pensamiento mucho menor que él, puede decir, sin que nos ofenda la jactancia, que va á entonar un cántico que forse non morrà. Simónides, reviviendo en los versos de Leopardi, puede pedir para sus versos la misma inmortalidad que da la gloria á los trescientos héroes que los versos celebran; pero ante el espectáculo solemne de aquella fuerza ciega, fatal y sin término, el ánimo se apoca. Es además una mujer la que canta, y yo veo algo de amable y de muy delicado en la timidez y desconfianza con que la poetisa predice, engañada por su modestia, que su canto va á morir; que

Así como se pierden á lo lejos, Blancos al alba y al morir bermejos, En nívea blonda de la errante nube, O en chal de la colina, Los velos primorosos De tu sutil neblina, Va en tus ondas mi cántico arrollado Bajo tu insigne mole confundido, E, inermes ante el hado, Canto y cantor sepultará el olvido.

No es de recelar que tal suceda, porque los versos son hermosos y muestran el arte de la poetisa, su viva imaginación y el buen gusto para la dicción poética. Tal vez el bamboleo con que, alucinada ella por un momento, cree que se estremecen y vacilan las inmobles rocas al rudo golpe del agua, parezca á alguien palabra sobrado vulgar; pero es gráfica y está realzada por el epíteto medroso.

La pintura de la vegetación tropical, que se extiende al pie del Salto, no es inferior á la de D. Andrés Bello, que la poetisa recordó é imitó, y aun se puede afirmar que hace más impresión que la de Bello, porque no habla en general de las plantas y flores de la zona tórrida, sino que describe lo que está viendo allí mismo.

No es Agripina Montes la única poetisa de nota que el Parnaso Colombiano nos da á conocer. Hay otras que llaman mucho la atención y se ganan el aprecio y las simpatías de los lectores.

Yo me figuro que en Colombia no deben de ocurrir las varias causas que en España, y sobre todo en Madrid, influyen para que las mujeres no escriban versos. Nuestros padres y abuelos, hartos de los discreteos, latines y tiquis-miquis de las damas de Calderón, condenaron el saber en las mujeres, denigraron á las mujeres sabias con los apodos de licurgas y marisabidillas, y pusieron el ideal femenino en la más crasa ignorancia. Mas tarde, y ya bien entrado este siglo de las luces, volvió la mujer á querer saber y á saber; pero en muchas partes, y sobre todo en Madrid, en las clases elegantes y abastadas, la educación de la mujer fué exótica: en colegios, ingleses ó franceses, con ayas inglesas ó alemanas. De aquí que el castellano fuese en boca de muchas damas la lengua del vulgo, sólo aristocratizada por la pronunciación gangosa de las erres. Si la dama salía aficionada á leer, leía á Musset ó á Lamartine ó á los poetas británicos, y lo español le parecía tonto y cursi, aunque no lo dijese ella. Cuando la dama no salía muy aficionada á leer, como esta vida de Madrid, la high life, es un torbellino de fiestas, toros, bailes y paseos, no había para qué leer ni siquiera por pasatiempo. Al teatro se iba á oir música, y de la dama comm’il faut, si por acaso se allanaba á ir á la comedia, se podía decir lo que ya Iriarte decía de las currutacas de su tiempo:

Aplauden cuando más al tramoyista; Oyen tal cual chulada del sainete, Y sirve lo demás de sonsonete, Mientras que están haciendo una conquista.

De aquí que, con relación á la gracia, chiste, despejo y portentosa facundia de la mujer española, hayan sido muy pocas las que han escrito y han ganado alta fama escribiendo. Y estas pocas han venido casi siempre á este centro, desde el fondo de alguna apartada ciudad de provincia. Así la Avellaneda, de Cuba; Carolina Coronado, de una villa de Extremadura; María Mendoza y Josefa Barrientos, de Málaga; y de la Coruña, doña Emilia Pardo Bazán.

En toda mujer que se lanza en España á ser autora, hay que suponer una valentía superior á la valentía de la Monja-Alférez ó á la de la propia Pentesilea. Cada dandy, si por acaso la encuentra, será contra ella un Aquiles, más para matarla, que para llorar su hermosura después de haberla muerto. Quiero decir, dejando mitologías á un lado, que en la literata suelen ver los solteros algo de anormal y de vitando, de desordenado y de incorrecto, por donde crecen las dificultades para una buena boda, etc., etc. De aquí que, si una jovencita sale aficionada á literatear ó á versificar, ella misma lo oculta como un defecto ó impedimento dirimente, cuando no es la propia familia la que procura ocultarlo. Sólo la más ardiente y firme vocación y un extraordinario mérito pueden sobreponerse á tanto cúmulo de inconvenientes.

Una pícara sentencia de Horacio, cuya falsedad é injusticia, perdóneme Horacio, ofenden al recto juicio, viene á hacer más penosa la situación de toda poetisa: la medianía en versos no la sufren ni los postes. De modo que sufrimos la medianía en la cocinera (y ojalá que la mía fuese siquiera mediana), en la planchadora, en la que borda, en la que dibuja, en la que canta, y sólo para versos es menester que los haga una mujer mejor que Safo, ó que no los haga. Yo declaro esto absurdo. Yo declaro que sufro mejor, no ya un mediano soneto, sino una oda mala, que una camisa mal planchada, que un caldo mal hecho, que un aria mal cantada, ó que una melodía de Chopin chapuceramente tocada en el piano ó en el arpa. Si por temor de hacer mal una cosa no se ha de hacer, la misma razón hay para que una mujer no haga versos, que para que no cante, ó baile, ó toque el piano. En verso se pueden decir tonterías: esto es verdad; pero ¿acaso hablando en prosa no pueden también decirse tonterías? ¿Y hemos de anudar ó cortar la lengua de las mujeres para que no las digan? No niego yo que una tontería, dicha en verso, adquiere cierta consistencia, compromete más, es más solemne, resonante y repercutiente, que en prosa; pero, en cambio, debemos convenir en que, por facilidad que se tenga para hacer versos, y por malos y flojos que los versos sean, no se improvisan tanto, ni salen, ni manan con tanta fluidez y copiosa vena como las tonterías en prosa desatada.

Otro argumento tengo yo en favor de los versos. Reflexiónese bien y no se me rechace por sutil: es muy fundado. Todos, hombres y mujeres, tenemos cierta dosis ó capital de tonterías, que gastamos ó difundimos durante nuestra vida mortal. Ellas han de brotar de nosotros como la flor de la planta. ¿No es mejor, pues, que se digan que no que se hagan? Y al decirlas, ¿no es mejor decirlas con rima y con metro? No niego que así subirá más alto, pero también será más delgada la tontería, como cuando en el caño de la fuente que se desborda ponemos un apretado y más angosto canuto, por donde sube más el surtidor, pero sale también menos líquido.

Es indudable que, en la mujer, el hacer versos presenta otra dificultad más grave; pero yo la allano ó salto por cima. La poesía, la lírica sobre todo, siendo sincera como debe ser para ser buena, es autobiografía del corazón y de la mente: es exhibir el alma al público en su desnudez; y esto parece que lastima algo el pudor y la modestia. ¿Cómo enterar á todo el género humano de tus afectos y pasiones? Pues peor es todavía que le engañes y que supongas lo que no eres. Entonces harás una mala acción, y harás además, de seguro, muy malos versos. La mentira del sentimiento es adversa á toda estética.

No hay más remedio que decir la verdad. ¿Y por qué ha de ser tan costoso é incómodo decirla? ¿A qué, en este punto, el misterio y el recato? Seamos positivistas, como mi amigo Juan Enrique Lagarrigue, en cuya Religión de la Humanidad es el Mandamiento III ó IV, no lo recuerdo bien, vivre au grand jour.

No crea Ud. que es impertinente esta digresión. La traigo aquí para hablar de la sinceridad, de la noble franqueza, de la verdadera poesía íntima y honda que noto y admiro en algunos versos de sus paisanas de Ud., y por cima de todos, en los de Mercedes Flórez. Dicen y afirman cuantos la conocen que es hermosísima mujer; pero á mí, aunque fuese fea, me sería simpática, por la limpia hermosura de su alma y por su candidez generosa. Sus versos sí que son versos íntimos, sentidos y vividos. La palabra casera, que aplicada á la poesía fué hasta hoy despreciativa, tiene, por causa de la poesía de Mercedes Flórez, que adquirir un valor encomiástico.

Los versos caseros y la vida casera de Mercedes Flórez se confunden y son un idilio de verdad. El mismo año que ella, el año de 1859, nació su novio Leonidas. Ella y él se amaron mucho. Como eran pobres ambos, los padres se oponían á la boda; pero ellos prescindieron de todo y se casaron.

Leonidas Flórez es también poeta, y compuso entonces unos lindos y graciosos versos, que se titulan Regalos de boda, y que empiezan:

Nos hemos de casar, pese al demonio. Ya han agotado todos sus consejos Nuestros padres contra este matrimonio. Así son las chocheces de los viejos.

Como toda la oposición se fundaba en la pobreza del novio, éste prueba que es riquísimo, haciendo brillante enumeración de los espléndidos regalos que trae á Mercedes.

Nada falta allí: estrellas, perlas, diamantes, palacios y jardines que brotan del tesoro inagotable de su fantasía. Y no contento con probar que él es rico, prueba el novio además que es riquísima ella:

Tú también eres rica y generosa; Tu regalo es el colmo de mi anhelo: Me entregas tu belleza, eres mi esposa: Vale eso más que regalarme un cielo.

Él matrimonio ha sido y es dichosísimo, á pesar de esta única riqueza, que no se cotiza en la Bolsa. Y una de sus dichas ha sido la de inspirar las sencillas y tiernas poesías de Mercedes, humilde Victoria Colonna americana.

Después de llamar esclavitud al matrimonio, exclama ella:

Mas ¡oh bendita esclavitud que adoro, En que se reina al par que se obedece! Cadenas tiene, mas cadenas de oro..... ¡Déjame en mi entusiasmo que las bese!

Mercedes sólo tiene un pesar: tiene celos de la gloria y de la ambición de su marido.

La adoras, sí; lo leo en tu mirada; En tus noches de insomnio lo confiesas, Y quizá mientras duermo confiada, Tú en tus sueños la abrazas y la besas.

Entonces procura ella demostrar la vanidad de la gloria, ó bien se queja diciendo:

Ama á la gloria, pues. Vé hasta la altura; Sube como el condor hasta los cielos, En tanto que yo ahorro mi amargura Amándote y muriéndome de celos.

En otra ocasión se afana ella por disuadirle de que sea ambicioso, y le dice:

No busques oro y seda y pedrería, Ni rico hogar ni deslumbrante coche; Te bastarán tus libros en el día, Te bastarán mis cuentos en la noche.

Pero donde Mercedes Flórez es divina y despierta envidia de su marido en todo corazón de hombre, es en unos versos que compuso en Diciembre de 1883, cuando ella tenía veinticuatro años y veinticuatro años él, y cuando acababa su marido de salir de una enfermedad que le tuvo á la muerte. Los versos se titulan En la agonía, y la refieren como si estuviera pasando: son admirables de verdad y de afecto; son la poesía natural del corazón que trae lágrimas á los ojos:

¡No, no! ¡Tú me amas mucho para dejarme sola! ¡No, no! ¡Yo te amo mucho para dejarte ir! Llévame en ese viaje pesado de ultratumba, O quédate conmigo: aun somos harto jóvenes Para poner, amándonos, á nuestra vida fin. Estréchame en tus brazos, amado mío, bésame; Mis labios, nueva vida te volverán y ardor. Lucha contra la muerte: véncela en el combate: No me abandones, mi ídolo, que hoy te amo más que nunca..... Conmuévante mis lágrimas..... ¡no lances ese adiós! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Aquí hay laureles muchos aún para tus sienes: Yo con mis propias manos las tengo de adornar. Amante de tu gloria, yo quiero que no trunques Tu espléndida carrera, y de tu vida á lo último El genio te dé aureolas haciéndote inmortal. ¡Dios mío! Mira tu obra: la flor abre sus pétalos; El águila ya altiva levanta el vuelo audaz; ¿Y tú permitir puedes que el cierzo la marchite, Y que cobarde flecha alcance el nido íntimo Y rompa las entrañas del águila real? ¡Dios mío, tu justicia es grande cual tú mismo, Y mi esperanza toda de hoy más cifraré en ti! ¡No arranques de mi cielo este lucero fúlgido Que no hace falta al tuyo! Escucha..... En su delirio Dice que me ama tanto..... ¡que no quiere morir!

Dispense Ud. y dispense el público, á quien confío estas cartas, á Ud. dirigidas, que sea yo largo en ésta. Ya abreviaré en adelante.

* * *

17 de Septiembre de 1888.

V

Mi distinguido amigo: Por más que me amonesto y me excito á ser breve, tengo aún tanto que decir, que, sobreponiéndome al temor de cansar, acabaré por decirlo. La floreciente literatura castellana, ó en castellano, de esa república, me complace tanto como si yo soñase que á una persona querida, á quien antes del sueño le hubiesen cortado ó tratasen de cortarle los brazos, le brotasen alas de repente.

Diré á Ud., para que se entere de esta mi visión alegórica, que en gran parte de España, por un lado en Cataluña y por otro en Galicia, ha entrado la manía á no pocos valerosos y fecundos ingenios de privar de sus frutos al habla de Castilla y de escribir sus mejores obras en prosa ó en verso, en catalán ó en gallego. Á mí, que soy muy patriota, en literatura como en todo, me aflige esto bastante; pero me consuela que ustedes, desde tan lejos, nos den como rica compensación lo que dentro de la Península nos quitan nuestros compatriotas.

Tengo además otras razones para extenderme, aunque peque de prolijo.

Los sabios está claro que lo saben todo, y yo no descubro ningún palimpsesto para hablar de ustedes; pero al fin no faltan personas poco sabias, entre las cuales nada se sabe de Uds., y yo puedo contarles cosas casi tan interesantes y amenas como el crimen de la calle de Fuencarral.

Me remuerde la conciencia de haber elogiado sólo á Mercedes Flórez y á Agripina Montes y de no mentar siquiera á otras poetisas. En muchas de ellas noto el mismo candor, la misma sencillez y no menor pasión delicada que la que tan simpática me hace á la hermosa Mercedes.

Así, por ejemplo, Bertilda Samper, hija del doctor del mismo nombre y de doña Soledad Acosta, ilustres escritores ambos. Esta poetisa se complace en la solitaria vida del campo, donde se deleita su alma en la contemplación de la naturaleza y en el devoto y ferviente amor de Dios. Sus versos tienen singular dulzura religiosa. La parábola del sembrador es muy bella, y en las Cartas de una campesina hay trozos que no son inferiores.

Citaré, por último, á otra notable poetisa y escritora colombiana, aunque no lo es por nacimiento, sino por adopción. Hablo de la dama irlandesa María Juana Christie, que casó con don Juan E. Serrano, á la cual he tenido el gusto y la honra de tratar en Nueva York, y á la cual Núñez de Arce y yo debemos estar y estamos muy agradecidos. La señora de Serrano ha traducido al inglés, con singular maestría, venciendo á otros traductores y satisfaciendo el gusto difícil de los críticos de la casa de Appleton, mi novela Pepita Jiménez: ha traducido y publicado también mi diálogo Gopa, y ha puesto en hermosos versos ingleses, con general aplauso, no pocos de los que contienen los Gritos del combate.

Esta señora, sobre su llaneza de buen tono y natural modestia, está dotada de muy agudo ingenio y de elevado entendimiento, cuyo cultivo ha sido esmeradísimo. Habla el castellano tan bien como el inglés, y posee además el alemán, el italiano y las lenguas clásicas griega y latina.

De obras originales no sé que haya publicado más la señora de Serrano que un tomito de versos titulado Destiny and other poems, en Nueva York, en 1883; pero este tomito, hasta donde yo soy capaz de comprender el mérito de la poesía inglesa, me parece que no se perderá en el inmenso cúmulo de dicha poesía, y que algo de lo que el tomito encierra figurará como muestra, adorno y gala en las futuras Antologías británicas.

La señora de Serrano, á quien estiman y quieren mucho en la sociedad más distinguida de Nueva York y de Washington; que es hermosa, y que tiene una hija ya casadera, en quien ve renovarse su hermosura, no debiera estar muy melancólica, ni tener blue devils; pero los males de su patria, Irlanda, el ejemplo de Byron y de Shelley, y la filosofía pesimista alemana, hoy tan en moda, influyen poderosamente en ella, en lo teórico al menos, ó sea cuando toma la lira y canta. De ordinario, no me parece la señora de Serrano ni desesperada ni siquiera cejijunta, sino llena de afabilidad y de agrado.

Sea como sea, no sé si lamentar su sombría tristeza, meramente especulativa, como la supongo, y que produce tan magníficos versos. Algunos, traducidos al español por D. Rafael Pombo, vienen insertos en el Parnaso Colombiano; pero no bastan estos versos, y sería menester estudiar con atención todo el tomo, en inglés, para penetrar bien en el vacilante espíritu de la poetisa y determinar hasta qué extremo llega su pesimismo, y cómo ella le contradice y vence por virtud de ciertas vagas creencias en palingenesias en otros astros, donde la felicidad no es tan difícil, ya que no imposible, como en este en que vivimos ahora.

Necesitaría yo hacer especial estudio del extenso poema Destiny para aquilatar bien el mérito y la originalidad de la señora de Serrano, y hasta qué punto se deja influir por la celebrada y eminente poetisa Isabel Browning, su compatriota. En las obrillas cortas de la señora de Serrano se nota la impresión del momento. En algunas, como en Despondency, Días de otoño é Invocación á la muerte, hay la más negra y completa desesperación; en otras brillan esperanzas vagas ultramundanas, y en otras, por último, hay yo no sé qué enigmático remedio de todos los males, que la poetisa posee y disfruta, aun en esta vida mortal, pero que no sabe, ó no debe, ó no quiere descubrir en qué consiste. Así es que habla de su panacea como proponiendo un acertijo y ofreciendo premio al que le declare. Yo, aunque mal y torpemente, he traducido, ó mejor diré, he adaptado al español este acertijo, riddle. Allá va: adivínele quien pueda.

Es mi tesoro una joya Que en áureo cerco no brilla: Me la dió Naturaleza En su forma primitiva. Mas quien de joyas entiende, Si llega á mirar la mía, Su inmenso valor pondera Y palidece de envidia. En clara noche de estío, Del mundo en la edad florida, Cuando la tierra con lágrimas Regado el hombre no había, Pues deslumbraba sus ojos La luz de fáciles dichas, Cayó mi joya del cielo Sin que su luz fuese vista. Vino más tarde el dolor, Que sueños calman y alivian, Y quien alivio buscaba Mi joya en sueños veía. Danzas entonces tejiendo En una selva, á la tibia Claridad de las estrellas, Y en el césped escondida, Encontró un hada mi joya Y la puso en su varita. Protectora se hizo el hada De mucha inocente niña, Y trocó en sedas y encajes Los harapos que vestía, Y se la llevó en volandas A dar, en fiestas magníficas, A los príncipes amor Y á las princesas envidia. Luego empeoró nuestra raza, Y las hadas afligidas Huyeron sin que se sepa A qué región ni á qué clima. Antes de huir sepultaron La joya en profunda sima, Porque no la profanase Ninguna mirada indigna. Sobre esta piedra preciosa Harto los sabios cavilan, Y filosofal la llaman Y estudian por descubrirla. Mas, como nunca penetran Bastante en la esencia íntima De naturaleza, en balde Ver la joya solicitan. Así permaneció siempre Blanco oculto á toda mira, Hasta que en una mañana De primavera, yo misma Con mis lisonjas la atraje Por mis conjuros cautiva. En mi seno, desde entonces, La joya está, do mitiga Toda pena, y donde todo Vano deseo amortigua: Que hay en su centro brillante Misteriosa hechicería Y recuerdos de aquel sitio Que abandonó en su caída. Al contemplarla mi alma, Mi alma á los cielos aspira, Sin que en afanes diarios La joya no valga y sirva, Pues humildad y pobreza No la avergüenzan ni humillan: Y con rosicler de aurora Baña su luz peregrina Mejor que el alcázar regio Las modestas alquerías. Al sabio que de esta joya Sepa el nombre, y dé noticias Y explicación del encanto Que en su talismán se cifra, Tendré yo por el más sabio Mortal que en el mundo viva, Y también por el más rico, Y, aunque nada anhele y pida, A mi muerte ha de ganar Esta joya por albricias.

Volviendo ahora á los poetas, que por admirar á las poetisas habíamos abandonado, seré breve por varias razones.

Hay tres ó cuatro poetas en el Parnaso Colombiano de quienes es mejor limitarse á citar los nombres que decir poco sin haber estudiado todas sus obras y sin conocer bien su vida.

Así, por ejemplo, Rafael Núñez, actual presidente de la república. Núñez es autor de un libro titulado Ensayos de crítica social y también de muchas poesías, que no sé si ha publicado en tomo. Las que inserta el Parnaso son originalísimas por su fondo filosófico y por su forma concisa, enérgica y sentenciosa. La primera, que es la más encomiada y que merece serlo, deja pasmado á quien la lee, sobre todo al considerar que es el autor un hombre político, presidente de la república nada menos. Nosotros casi no podemos comprender la franqueza de Núñez. Entre nosotros no diré yo que un jefe de partido, un eminente hombre de Estado tenga por fuerza que creer en alguna cosa. Bien puede no creer en ninguna; pero se guardará de decirlo. Decirlo sería descarrilar: hacer mal su papel. Tendrá, pues, su Credo ó Símbolo, redactado por artículos; artículos de fe, de cada uno de los cuales no renegará, aunque le descuarticen. Así serán ó aparecerán todos los políticos. Este creerá en la soberanía del pueblo y en el sufragio universal; aquel, en el derecho divino de los reyes y en la constitución interna; uno será librecambista, proteccionista otro; pero todos se mostrarán muy firmes en sus creencias y harán de las opiniones dogmas, y de la profana política algo como religión ultrasagrada, y llamarán comunión ó iglesia á su bandería ó pandilla, y correligionarios á sus parciales, y pondrán en su martirologio á cualquiera de estos correligionarios, cuyo suelto en los periódicos haya sido denunciado.

Acostumbrados nosotros á esta severidad dogmática, y dichosos poseedores de una ciencia ó de una creencia, ¿cómo no maravillarnos de los versos del Sr. Núñez, que se titulan, con la frase de Montaigne, Que sais-je?, y donde el autor viene á declarar que no cree en nada y que no sabe nada? El Sr. Núñez no está seguro de

Si es la ciencia dudosa que aquí hallamos Escala vacilante en que pasamos De un error á otro error.

Así es que termina exclamando:

¡Oh confusión! ¡Oh caos! ¡Quién pudiera Del sol de la verdad la lumbre austera Y pura en este limbo hacer brillar! De lo cierto y lo incierto, ¡quién un día Y del bien y del mal conseguiría Los límites fijar!

Otros varios poetas figuran en el Parnaso Colombiano, de quienes no se debe aquí decir nada. Sería menester escribir un largo artículo sobre cada uno. Hay que hacerse cargo de que el Parnaso Colombiano es un muestrario de toda una rica literatura contemporánea.

Tal vez un día, si sigo yo escribiendo estas cartas, hable extensamente y como ellos merecen, de José María Samper, poeta, novelista, dramaturgo, filósofo, político y el más fecundo escritor de Colombia; de Julio Arboleda, lírico famoso y autor de un poema ó leyenda cuyo título es Alvaro de Oyón; de José María Marroquín, sabio filólogo y discreto poeta, lleno á veces de chiste; de Gregorio Gutiérrez González, gran pintor de la naturaleza de su tierra, y cuyo poema sobre el cultivo del maíz acaso compite con la sublime Destrucción de las florestas del brasileño Araujo Porto-Alegre; de los Caros, padre é hijo, de quienes he dicho tan poco, y de otros más.

Por lo pronto, aunque no baste esta carta y tenga yo que escribir la sexta para terminar mi trabajo, he de decir algo todavía de varios poetas que me parecen muy originales, y de otros, jóvenes los más, que, sin dejar de ser originales, siguen algo en la forma y en la manera, ya á Campoamor, ya á Bécquer, que son, á par de Núñez de Arce, los poetas españoles del día más populares y celebrados hoy en Colombia.

Justo es decir que, entre estos jóvenes poetas, Bécquer es más seguido é imitado que Campoamor, y que su escuela está también mejor representada. Verdad es que Bécquer tiene á Heine por auxiliar, y el auxiliar de Campoamor no acude ó no se ve tan claro.

Como muestras de estos becqueristas citaré de Emilio Antonio Escobar las siguientes composiciones, que él llama Rimas, como llama Bécquer á las suyas:

Allá en el fondo de la tumba fría, Del cadáver los átomos inertes Se transforman, se buscan y palpitan En las auroras de un eterno génesis..... Y aquí en mi pecho un corazón vacila Y el hielo horrible del sepulcro tiene..... Allá se siente palpitar la vida, Aquí se siente palpitar la muerte. — Cada vez que tu mano, al despedirme, Estrecho conmovido entre las mías; Cada vez que me dices: «Hasta luego», Fijando en mí tus húmedas pupilas, Oigo un eco lejano que repite Dolorosa y eterna despedida, Y siento que una lágrima que oculto Me cae al corazón pesada y fría. — Ya en la iglesia de los cielos Alguien enciende los cirios, Y el órgano de los vientos Suspira ya sus registros; Largos nubarrones negros Enlutan el infinito..... Se va á cantar el entierro De nuestro amor muerto niño.

En todo esto hay lo más lastimoso de Bécquer y de Heine: olor de cementerio y cancamurria de gori-gori.

Muy superior me parece otro becquerista de veintitrés años: Joaquín González Camargo, médico y literato. Sus versos Viaje de la luz son becqueristas; pero, ¿yo no sé?, me siento inclinado á decir que me gustan más que los mejores de Bécquer y de Heine. Y dicen los versos:

Empieza el sueño á acariciar mis sienes: Vapor de adormideras en mi estancia; Los informes recuerdos en la sombra Cruzan como fantasmas. Por la angosta rendija de la puerta Rayo furtivo de la luna avanza, Ilumina los átomos del aire: Se detiene en mis armas. Se cerraron mis ojos, y la mente, Entre los sueños, á lo ignoto se alza: Meciéndose en los rayos de la luna, Da formas á la nada. Y ve surgir las ondulantes costas, Las eminencias de celeste Atlántida, Donde viven los Genios y se anida Del porvenir el águila. Allí rima la luz y el canto alumbra, Aire de eternidad alienta el alma, Y los poetas del futuro templan Las cristalinas harpas. Auroras boreales de los siglos Allí se encuentran, recogida el ala; Como una antelia vese el pensamiento Que gigantesco se alza. Allí los Prometeos sin cadenas Y de Jacob la luminosa escala; Allí la fruta del Edén perdida, La que el saber entraña. Y el libro apocalíptico, sin sellos, Suelta á la luz sus misteriosas páginas, Y el Tabor del espíritu su cima De entre la niebla saca. Y allí el Horeb de donde brota puro El casto amor que con lo eterno acaba: Allá está lo ideal, allá boguemos..... Dad impulso á la barca. Despertéme azorado..... ¿Y ese mundo? Para volar á él ¿en dónde hay alas? Interrogué á las sombras del pasado, Y las sombras callaban. Pero el rayo de luna ya subía Del viejo estante á las polvosas tablas, Y lamiendo los lomos de los libros, En sus títulos de oro se miraba.

Y ahora que acabo de copiar los versos del señor Camargo, comprendiéndolos bien, no vacilo ni dudo. Digo, parodiando al Duque de Rivas, que, en esta ocasión,

No el padre guardián, el lego Tuvo la revelación.

El discípulo Camargo se adelanta aquí á sus dos maestros, al español y al alemán, y hace una linda poesía, sobria de palabras, rica de pensamientos, llena de imágenes y de galanura.

Y baste por hoy. Prometo que la próxima carta será mi última sobre este asunto.

* * *

8 de Octubre de 1888.

VI

Mi distinguido amigo: Ya habrá Ud. notado que en la rápida y poco ordenada reseña que de los poetas de esa república voy haciendo, hay un espíritu que, por lo mismo que es muy español, propende más á poner de realce lo original que lo imitado. Sin duda que algo lisonjea el amor propio nacional percibir en región tan remota la resonancia ó el eco de Quintana, de Bécquer, de Campoamor y de Núñez de Arce, que son hoy los poetas de esta Península más populares ahí; pero si todo es uno, según mi teoría; si Uds. no han proclamado la independencia literaria, ni nosotros la hemos reconocido tampoco; si no conviene además esta independencia, y si toda la riqueza nuestra y de Uds. debe seguir pro indiviso, creo yo que nos trae más cuenta que todo sea diverso dentro de la grande unidad, que no tener doublettes ó ejemplares dobles en nuestro tesoro común intelectual ó biblioteca castellana.

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