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Cartas americanas. Primera serie

EL PARNASO COLOMBIANO (continued 2)

Reading edition

Por dicha, la realidad viene en Colombia á colmar la medida de mi deseo. Son Uds. todo lo originales que deben ser, sin caer en la extravagancia, buscando la originalidad, y sin imitar demasiado á los franceses é ingleses por no imitar á los españoles.

Poco hay que pueda calificarse en Colombia de campoamoresco ó de quintanesco. Sólo abunda el becquerismo; pero más bien el remedo es en el corte ó traza, que no en el fondo y la esencia.

Un cubano, Rafael Merchán, que ha ido á vivir y á escribir entre Uds., ha emitido, en uno de sus más bellos artículos, un juicio de Bécquer, atinadísimo, en mi sentir. Para Merchán, como para nosotros, Bécquer es excelente poeta: de lo mejor que España ha tenido en el siglo XIX. El fondo de su poesía es rico y vario; pero casi siempre están sus composiciones como vaciadas en el mismo molde ó cortadas por el mismo patrón. Esto es lo que constituye la manera, que no niego yo que induce á la imitación. Cuando el poeta imitador adquiere, tal vez sin darse cuenta de ello, la habilidad, el arte ó procedimiento de la manera, hasta sin querer suele seguirla.

Así es como se nota el sabor becquerista en los ya citados versos de Camargo y de Escobar, en otros que no citamos, y (¿por qué no declararlo?) en los que de Ud. colecciona el Sr. Añez, aunque la imitación en ellos es más indecisa y vaga.

En los versos de Ud. se ve que el poeta, ilustrado su entendimiento por no escasa doctrina y por el saber de varias literaturas, no se deja llevar por determinado maestro, y la inspiración sacude todo yugo y se levanta libre de remedo, mostrando su valer propio. Yo, por las pocas muestras que de sus versos de Ud. da el señor Añez, y en vista de la mocedad de Ud., me atrevo á saludarle como buen poeta, augurándole brillantes triunfos en lo futuro. La composición de Ud. titulada Lo que es un nido suscita el recuerdo de La iglesia perdida, de Uhland, aunque en la conclusión, la de Ud. es racionalista y algo panteísta, y la de Uhland fervorosamente cristiana. Á veces, en los instantes de mayor rapto lírico-filosófico, va Ud. más allá de lo justo en los atrevimientos de expresión, influído acaso por Víctor Hugo. Así, por ejemplo:

Y ansiando apocalípticos asombros, Subí de lo infinito las escalas, Y asombrado sentí que en mis dos hombros Se agitaban dos alas, Y volé como fuera de mí mismo..... Y crucé los espacios estelares..... Y comulgué la luz en el abismo De incógnitos altares.

La peregrinación de su espíritu de Ud. por el éter, su comunión de luz en el abismo, etc., nada está de sobra al considerar que Ud. se propone descubrir dónde se oculta el verbo; pero á la verdad que es triste lo infructuoso de la caminata y lo hondo de la caída, cuando, al volver Ud. de su éxtasis, ve un nido de golondrinas, que será á lo más uno de los mil millones de efectos del verbo, pero que no es el verbo, ni le explica, ni explica nada.

La composición de Ud., Idea y forma, está muy inspirada por Bécquer. En la otra composición, que se titula Confidencia, hay cierta vaguedad misteriosa, que podrá tener hechizo para algunos, pero que á otros los podrá inducir en la creencia de que el poeta no está muy seguro de nada, y de que nada le ha pasado, y de que todo es sueño ó dislate, cuando él mismo ignora si se le ha muerto la novia ó si se le ha casado con otro. Hay en estos versos anhelo de sencillez y naturalidad de lenguaje, que yo apruebo, porque la sencillez y la naturalidad hacen que los versos de amor parezcan más sentidos y vividos; pero, cuando en este estilo sencillo viene á interpolarse alguna palabra ó frase, ó muy ambiciosa ó muy técnica del tecnicismo filosófico, ocurren disonancias de efecto pésimo. Así, por ejemplo, cuando dice Ud. que ella sepulta la frente en el pañuelo, y peor aún cuando pregunta usted si ella le piensa aún con amor.

¿Y cómo entonces con amor me piensas?

Sin duda que, en lenguaje filosófico, las cosas se piensan ó son pensadas; pero, en estilo sencillo y de amores, el amante piensa en su amada y la amada en su amante, y si ambos piensan algún ser, este ser, aunque utilísimo, es muy inferior al ser humano.

Piénselo Ud. bien, y convendrá conmigo en que no debemos desear que las muchachas bonitas nos piensen, sino que piensen en nosotros.

A fin de no hacer interminables estas cartas, voy á prescindir de multitud de poetas de quienes hay obras selectas en el Parnaso, y á citar, como remate, á los cuatro ó cinco que me parecen más inspirados y más llenos de originalidad.

Empezaré por Rafael Pombo, cuyas obras completas siento no conocer. Mi opinión acerca de Pombo tiene también que ser poco fundada; esto es, tiene que fundarse sobre datos muy insuficientes. Hay mil cosas que despiertan la curiosidad al leer sus poesías, y que yo no podría averiguar á no escribir pidiendo noticias, ó á Colombia, ó á París, donde hay muchos colombianos. La romanza del rey Asuero y el aria de don Rodrigo, en las óperas Ester y Florinda, implican que existen estas óperas, y un compositor colombiano, que se llama el maestro Ponce de León, é implican que Pombo ha escrito enteros ambos librettos. Yo sé, porque lo dice el señor Añez, que Pombo ha publicado Cuentos pintados y Cuentos morales para niños, y que son tan populares y famosos, que se los saben de memoria casi todos los niños de la América española. Y si esto es así, yo me pregunto: ¿cómo es que en España, donde tan pobre es esta clase de literatura para niños, no han penetrado los tales cuentos y no se ha hecho de ellos alguna edición?

Colócase también á Rafael Pombo entre los mejores traductores de Horacio. Dice Añez que el eminente Menéndez Pelayo da gran valer á su traducción, pero no nos dice si es ó no completa. Yo lo ignoro, y buscando además en el Horacio en España lo que dice Menéndez de Pombo, nada he hallado. Tal vez sea una edición posterior á la que yo tengo. En la que yo tengo, aun no conocía Menéndez sino poquísimo de la poesía hispano-americana contemporánea, lamentándose de que no exista historia de la literatura de la América española, ni aun colección de poetas americanos medianamente hecha. Se ve que entonces aún no había leído Menéndez sino el tomito, publicado en Leipzig por Brockhaus, que encierra, en su harto severo sentir, «piezas detestables que no pueden pasar por buenas ni en América ni en parte alguna del mundo civilizado».

Volviendo á Pombo, diré que, como otros varios americanos de nuestra raza, ha ejercido muchas profesiones en su vida de acción, y en su vida especulativa ha estudiado y escrito de todo. Pombo es ingeniero civil; ha sido militar, y profesor, y diplomático, y periodista; y como escritor, es polígrafo. Contraigámonos aquí á hablar de él sólo como poeta. Su lira posee todas las cuerdas y todos los tonos: es mística, erótica, elegíaca, jocosa, satírica y descriptiva; pero ni siquiera conocemos una muestra de cada género.

En lo que conocemos hay originalidad, naturalidad y gracia. Sus redondillas al bambuco, que llegan á ochenta, muestran cuán fácil y abundante es el autor, sin pecar de pesado ni de rastrero. La música y la danza del bambuco están muy bien calificadas, y ponderadas con chiste todas sus excelencias y la desapoderada afición que le tienen los colombianos:

Porque ha fundido aquel aire La indiana melancolía Con la africana ardentía Y el guapo andaluz donaire. Su ritmo vago y traidor Desespera á los maestros; Pero acá nacemos diestros Y con patente de autor. . . . . . . . . . . . . . Hay en él más poesía, Riqueza, verdad, ternura, Que en mucha docta obertura Y mística sinfonía. Y así respóndele fiel El corazón donde llega: Con él el alegre juega Y el triste llora con él. Mágico el más obediente, Camaleón musical, Siempre el mismo original, Pero siempre diferente. Eterna variación En que hallamos por instinto Acento propio y distinto Para cada sensación. . . . . . . . . . . . . . Y si ordenase un tirano La abolición del bambuco, Pronto viera cuán caduco Es todo poder humano.

Aun es más linda, en la misma composición, la pintura de una fiesta popular al aire libre, en que se baila el bambuco.

Era una noche de aquellas Noches de la patria mía Que bien pudiera ser día Donde no hay noches como ellas. El terciopelo mejor Al del cielo no igualaba; Ni estrella alguna faltaba A la gran cita de amor. Oíanse los bramidos Del Cauca y sus reventones Como enjambre de leones Celosos y mal dormidos. Y el aura circunvolante Embalsamaba el lugar De albahaca y de azahar Y de jazmín embriagante. Yapangas que por modelo Las quisiera un escultor, Giraban al resplandor De las lámparas del cielo. De indianas y de españolas Las perfecciones lucían, Tan lindas que parecían Enamorarse ellas solas. Bajo una gran cabellera Un blanco busto imperial. Y una forma amplia y cabal Cuanto elástica y ligera. Rica tez, mórbido pecho, Nada de afeite ó falsía: Que el arte no enmendaría Lo que hizo Dios tan bien hecho.

Los versos, bien hechos también y sin afeite ni falsía como las yapangas, siguen adelante; pero yo no puedo citarlos todos. Dejemos, pues, bailar á las yapangas, que

Ya evitan á su mitad Y ya le buscan festivas, Provocadoras ó esquivas Como la felicidad,

y cambiemos de escena. Pasemos volando, desde las orillas del Cauca á las del Hudson, y pongámonos en la Broadway ó Calle Ancha de Nueva York. Nuestro poeta se entusiasma más aún, si cabe, que por las yapangas, por todas las misses yankees que por allí se pasean. Verdad es que empieza por ensalzar á las españolas bonitas de Ambos Mundos. Ni pueden quejarse las limeñas, en cuyos ojos dan aún los hombres culto al astro de Manco Capac, ni las sirenas de Maracaibo, ni las sílfides de Cuba, ni las huríes de Chile, de corazón volcánico; ni las argentinas, tremendas en toda lid; ni otras muchas, de diversos países, á quienes el poeta, con tino, gala y primor, va calificando. Pero todo esto se olvida, porque el hombre es ingrato, y la sangre española es pólvora, y las yankees, que pasean en la Broadway, forman una legión fulminante, que prende fuego á los corazones, y se los anexiona, y quema todos los títulos de propiedad, memorias, y demás documentos y compromisos.

Los que no me creáis, los que entre lágrimas Eterno amor jurasteis al partir A la que, ondeando el pañuelito, cándida Desde la playa os quiso bendecir, Venid, llegad, y bajo el níveo pórtico Del imperial Saint Nicholas Hotel, Donde se alivia el trovador nostálgico Y se llora la ausencia última vez, Ved desfilar el majestuoso ejército Que anida en sus cuarteles Nueva York.....

En la pintura del tal ejército, Pombo se muestra sinceramente inspirado. Allá van algunas estrofas, aunque sea saltando:

Para ataviar á esta legión seráfica, Todo el mundo, Este, Oeste, Norte y Sur, Viene á verter la copa de sus dádivas Que puja el oro en arrogante albur. Blondas que teje para reinas Bélgica Realzando senos de alabastro van, Y nido á cuellos de nevada tórtola Da con sus chales la opulenta Iram. Ondas de seda de Damasco espléndida, Que el musnud no ajaría en el harem, Barren el polvo..... haciendo aquella música Que suspiran las aguas del Zemzem. Y para estos cabellos, á sus náyades Robó tan ricas perlas Panamá, Y á sus zafíreas mariposas fúlgidas Sus lechos de esmeraldas Bogotá. . . . . . . . . . . . . . ¡Ah! cada hermosa es un amable autócrata, Ley su sonrisa, sus palabras ley, Y una marcha triunfal entre sus súbditos Cada excursión por la imperial Broadway. Los fieros amos de la Gran República Son sus siervos humildes: ¡ya se ve! ¿Quién no lo fuera de tan lindos déspotas? ¿Y quién podrá decir no lo seré?

Los versos serios de Pombo son aún más bellos que los ligeros y jocosos. En Preludio de primavera, ni imita el poeta á nadie, ni parece que lleva ninguna intención literaria. Se diría que canta sin querer, excitado por sentimientos dulcísimos y por las primeras auras vernales, después de un invierno rigoroso de Nueva York.

¡Oh qué brisa tan dulce! Va diciendo: «Yo traeré miel al cáliz de las flores: Y á su rico festín ya irán viniendo Mis veraneros huéspedes cantores.» ¡Qué luz tan deliciosa! Es cada rayo Larga mirada intensa de cariño; Sacude el cuerpo su letal desmayo, Y el corazón se siente otra vez niño. Esta es la luz que rompe generosa Sus cadenas de hielo á los torrentes Y devuelve su plática armoniosa Y su alba espuma á las dormidas fuentes. Esta es la luz que pinta los jardines Y en ricas tintas la creación retoca; La que devuelve al rostro los carmines Y las francas sonrisas á la boca. . . . . . . . . . . . . . Al fin soltó su garra áspera y fría El concentrado y taciturno invierno, Y entran en comunión de simpatía Nuestro mundo interior y el mundo externo. Como ágil prisionero pajarillo Se nos escapa el corazón cantando, Y otro como él, y un verde bosquecillo En alegre inquietud anda buscando. . . . . . . . . . . . . . Tú, que aun eres feliz; tú, en cuyo seno Preludia el corazón su Abril florido, Vaso edenal sin gota de veneno, Alma que ignoras decepción y olvido; Deja, oh paloma, el nido acostumbrado Enfrente de la inútil chimenea; Ven á mirar el sol resucitado Y el milagro de luz que nos rodea. Ven á ver cómo entre su blanca y pura Nieve, imagen de ti resplandeciente, También á par de ti la gran Natura Su dulce Abril con júbilo presiente. No verás flores. Tus hermanas bellas Luego vendrán, cuando en el campo jueguen Los niños coronándose con ellas; Cuando á beber su miel las aves lleguen. Verás un campo azul, limpio, infinito, Y otro á sus pies de tornasol de plata, Donde, como en tu frente, angel bendito, La gloria de los cielos se retrata.

En toda esta composición, de que citamos trozos, sería tan fácil cuanto ingrata tarea señalar algunos defectos; pero todo se perdona en gracia de la espontaneidad y del sincero, puro y profundo sentir con que está el asunto comprendido y expresado. Lo que sobre todo es de admirar en Pombo es la sencillez, al parecer al menos sin arte, con que dice cosas muy bellas, que por lo mismo que están dichas tan sencillamente parecen más bellas y penetran mejor y más hondo en el alma. En París, sin duda, aunque el poeta no lo declara, compuso unos versos á una joven que se suicidó arrojándose en el Sena. La sacan muerta del río y exclama el poeta:

¡Ni una burla, ni un agravio Le hagan mente, ó tacto, ó labio! Pensad de ella como hermanos, Como débiles humanos; Pensad sólo en sus angustias Y sus manchas olvidad. ¿Qué hay en esas formas mustias Que no implore caridad? No hagáis honda, cruel pesquisa Del conflicto que insumisa La encontró con el deber: Ya la muerte en su torrente Llevó el fango, y solamente Queda el oro de su ser.

Es singular que otro poeta colombiano, Hermógenes Saravia, haya tratado muy bien, aunque por diverso estilo, un asunto semejante. Es una actriz, en su primera juventud, María Herrera, española tal vez, que va á Colombia y allí se envenena. Allí, como le dice el poeta:

De tu guirnalda destrozando el lazo, Levantas ¡ay! la copa del suicida, Y el don horrible de la amarga vida Llorando vas á devolver á Dios.

La composición está llena de bellos sentimientos e ideas briosamente expresados:

En el concierto de las leves auras, En el rumor de la onda estremecida, ¿No hubo un consuelo para tu alma herida? ¿No hubo una nota para ti de amor? ¡Cuando en la alegre y bulliciosa escena De flores coronada aparecías, En vano tus sollozos comprimías, Pobre proscrita de un sonado Edén! Del pecho herido por el vil engaño Se adivinaba la honda pesadumbre En tu mirada, triste cual la lumbre Que deja el sol al esconder su sien. . . . . . . . . . . . . . Yo no te execro, niña infortunada, Ya que cercada de siniestras brumas, Cual ave herida, tus deshechas plumas Viniste en los desiertos á dejar.

Están, por último, noble y poéticamente exigidas á las mujeres honradas y felices la piedad y la compasión hacia la pobre suicida:

No condenéis á la infeliz criatura Que de la muerte en el piadoso lecho, Cruzando ya las manos sobre el pecho, Como final recurso se adurmió. Jamás pudierais sospechar siquiera Todo el supremo horrible desencanto, Todo el raudal de contenido llanto Que amontonar su corazón debió.

Aquí pensaba yo terminar esta carta y todo lo que había de decir sobre el Parnaso Colombiano. Las tristes poesías sobre mujeres que mueren víctimas de un amor desventurado, me recuerdan el admirable y tremendo canto de Olivia, de Olivero Goldsmith:

The only art her guilt to cover, To hide her shame from every eye, To give repentance to her lover, And wring his bosom, is to die.

En la poesía colombiana, en la más original, en la más castiza, en la más española, hay un vago perfume, un dejo sabroso de poesía inglesa, que yo celebro, porque le da un gusto verdadera y naturalmente sentimental y le conviene muy bien, refrenando la propensión á lo redundante y á lo hueco.

Pero esta consideración me trae á la mente á un poeta colombiano de origen inglés, á Diego Fallon, del cual, si yo no hablase con elogio, sería la mayor injusticia.

De otros varios poetas pienso lo mismo, y los escrúpulos de mi conciencia se sobreponen al miedo de cansar, y me deciden á escribir á usted otra carta todavía, que será definitivamente la última.

* * *

15 de Octubre de 1888.

VII

Mi distinguido amigo: Vuelvo á leer las dos únicas poesías que de Diego Fallon inserta el Parnaso Colombiano, y reconozco más claro todavía cuán indisculpable hubiera sido mi falta si no hubiese yo hablado de ellas. No me atreveré á decir que sean las mejores de la Colección; pero son sin duda las más originales, y cada una de ellas de muy extraña y distinta originalidad.

En la sangre, en el ser, en la educación de Fallon, hay cierta mezcla de inglés y de hispano-americano que, á mi ver, se refleja en sus obras. Nació Diego Fallon en el Estado de Tolima, se educó en Bogotá en el Colegio de los Padres Jesuítas, y fué á terminar su educación en Inglaterra, patria de su padre. Es gran matemático, músico é ingeniero. Es profesor en la Escuela militar de Colombia. Se habla con mucho encomio de un nuevo sistema de notación musical por él inventado.

Sus poesías han sido publicadas en un tomo con prólogo del sabio D. Miguel Antonio Caro; y si todas son como las dos que conocemos, las alabanzas del Sr. Caro tienen fundamento razonable.

En Las rocas de Suesca vuela con gracia y tino la imaginación alegre y caprichosa del poeta para describir un lugar alpestre, prestando vida, palabra y animación á los peñascos enormes. Lo grotesco colosal de aquel conjunto de gigantes petrificados, que recobran la vida conjurados por el poeta, se infunde en el espíritu del lector, el cual se siente transportado á un mundo fantástico, donde en lo esquivo y solitario de las montañas, lejos de los hombres, hablan y discurren las piedras, y refieren sus lances de amor y fortuna de hace muchísimos siglos, allá en las edades primeras de este globo que habitamos.

En mi sentir, las ciencias oscuras é informes, en que la conjetura y la hipótesis entran por más que la observación y la experiencia, se prestan aún á la poesía didáctica, si el poeta acierta á cifrar y sintetizar en pocas palabras un sistema, y á explicarle con imágenes vivas y verdadera dicción poética. Así es como el ilustre poeta y filósofo Terencio Mamiani compuso su poema De la Cosmogonia. Meli, el gran poeta de Sicilia, que escribió en dialecto siciliano, aparece en el poema de Mamiani explicando el origen del mundo á un gracioso

Drappel di garzonetti e di fanciulle Che riserbo si fean d’ ogni suo verso Nella tacita mente.

Á la vista estaba Catania, enfrente los mares Jonio y Tirreno, y más lejos, hacia el Sur, alzaba la cima majestuosa el Etna, que, humeante aquel día, arrojaba de su cráter gran cantidad

Di roventi faville ed un muggito Di sotterranei tuoni che lunghesso Il mare e per le valli di Simete Con rombo interminabile correa.

La escena y la ocasión no podían ser más á propósito para que explicase el origen y las transformaciones del globo terráqueo aquel vate y sabio profundo

che il nome Tolse dai favi iblei, quelli che a grande Pastor di Siracusa avean l’agresti Labbra rigate d’inmortal dolcezza.

Pero si los versos de Mamiani son elegantísimos y sublimes, los de Fallon, por otro camino, como desate portentoso de fantasía, tienen no muy inferior valer.

Los de Mamiani, más filosóficos y didácticos en el fondo, son más poesía por la forma, por la elegancia de la dicción, mientras que en los de Fallon, donde hay otra facilidad y tal vez cierto desaliño, hay poesía de conceptos y de imágenes, aunque lo grotesco predomine. Y las cosas no podían ser de otra suerte. En los versos del italiano es maestro de geología un sabio, para quien otros más antiguos sabios y el propio ingenio habían levantado gran parte del triple

Vel che nasconde a tutte ciglia umane D’Iside santa l’ineffabil volto;

y en los versos de Fallon son los peñascos mismos los que hablan y cuentan lo que les ha sucedido. Yo no entraré á discutir aquí si es más verdad lo que dice Meli que lo que dicen los peñascos; pero lo que dice Meli es más bello. El mérito de los versos de Fallon está más en lo descriptivo y en el efecto total de la pintura que su fantasía anima. Es aquello un aquelarre de brujas de pasmosa magnitud. La más anciana y la más ilustre es la que da la lección de geología, aunque, en mi sentir, la pintura vale más que la lección.

Y de sus pergaminos no se puede Dudosa hacer la antigüedad presunta, Que, al herirlos, burlada retrocede Del taladro tenaz la recia punta. ¡Mas contempladla! ¡Sobre su ancha frente En vano el sol sus dardos ha lanzado; En vano, al par, la lluvia disolvente, El rayo, el aquilón la han azotado! ¡Ved! De sus cejas trazan la figura Sendos cordones de erizadas pencas, Y he visto fulgurar en noche oscura Del cazador la hoguera entre sus cuencas. Es de su alta nariz el bloque corvo Atalaya del buitre carnicero, Que desde allí condena, inmóvil, torvo, Su presa á muerte en el lejano otero. Su boca, agreste ermita donde vierten Mortal sudor las piedras: do se llaman A iglesia los conejos cuando advierten Que los hambrientos galgos los reclaman; Y es sacristán de aquella gruta pía Un armadillo que á la mansa vieja Le ha perforado interna galería Que comunica oreja con oreja.

Los otros versos de Fallon, A la luna, son mucho mejores que Las rocas de Suesca, sin que ninguna extravagancia caprichosa contribuya á su originalidad, que es grande, si bien más en la meditación, á que la contemplación induce, que en la misma contemplación. Aun así, en la parte descriptiva hay notables bellezas, y el poeta nos hace sentir la calma magnífica de una noche de entre trópicos, á la falda de los Andes.

¡Cuán bella ¡oh luna! á lo alto del espacio Por el turquí del éter lenta subes, Con ricas tintas de ópalo y topacio Franjando en torno tu dosel de nubes! Cubre tu marcha grupo silencioso De rizos copos, que tu lumbre tiñe; Y de la noche el iris vaporoso La regia pompa de tu trono ciñe De allí desciende tu callada lumbre Y en argentinas gasas se despliega De la nevada sierra por la cumbre Y por los senos de la umbrosa vega. Con sesgo rayo por la falda oscura A largos trechos el follaje tocas, Y tu albo resplandor sobre la altura En mármol trueca las desnudas rocas; O al pie del cerro do la roza humea, Con el matiz de la azucena bañas La blanca torre de vecina aldea En su nido de sauces y cabañas.

Después, provocado el poeta por el silencio y reposo nocturnos, siente y expresa más alta inspiración: es teósofo primero y luego místico.

El que vistió de nieve la alta sierra, De oscuridad las selvas seculares, De hielo el polo, de verdor la tierra Y de hondo azul los cielos y los mares, Echó también sobre tu faz un velo, Templando tu fulgor para que el hombre Pueda los orbes numerar del cielo, Tiemble ante Dios y su poder le asombre.

Pero este Dios, que entrevé el poeta en el éter infinito, poblado de estrellas, se deja ver mejor en el fondo del alma, hecha á su imagen. El alma es más grande que el universo todo, y más capaz que el universo de contener á Dios.

Y si del polvo libre se lanzara Esta que siento, imagen de Dios mismo, Para tender su vuelo no bastara Del firmamento el infinito abismo; Porque esos astros, cuya luz desmaya Ante el brillo del alma, hija del cielo, No son siquiera arenas de la playa Del mar que se abre á su futuro vuelo.

Sin duda hay en la colección que voy examinando algunos poetas más de los ya citados que merecerían alabanzas no muy inferiores á las que he dado hasta ahora; pero mi revista va siendo sobrado larga, y conviene terminar.

No es justo callarse que hay también en el Parnaso Colombiano bastantes composiciones que sólo demuestran la cultura general de Colombia y la extremada afición que tienen á la poesía los ciudadanos de aquella república. Hay bastantes composiciones correctas, pero insignificantes é incoloras, que todo joven ó todo viejo, de algunos estudios, puede hacer si en ello se empeña.

Tal vez será prevención mía; pero así como yo creo que el romance octosílabo es propio para la poesía en nuestro idioma, así también, á pesar de El moro expósito y de otros ejemplos brillantes en contra de mi opinión, yo entiendo que el romance endecasílabo se presta mucho al prosaísmo más desmayado. En el Parnaso Colombiano hay sobra de estos romances.

Noto además que las Musas justicieras se inclinan á ponerse foscas con los poetas de Colombia, cuando, por mal entendido patriotismo, ofenden é injurian á la antigua madre patria, España. Sus versos entonces son casi siempre malos. El más patente ejemplo de esta verdad le dan unas estrofas de D. José María Torres Caicedo A Policarpa Salabarriela, que fué la Mariana Pineda de por allá.

De lamentar es que, en el primer tercio de este siglo, así porque Fernando VII no era rey muy blando ni muy amoroso, como porque la enemistad y el furor entre liberales y absolutistas eran violentísimos, y la lucha tremenda y desapiadada, hubiese tantas y tantas víctimas que nos son simpáticas, y que hoy consideramos con razón como héroes ó mártires. Mas no por eso está bien decir en pícaros versos:

Torres, Cabal, Torices y Camacho, Casa-Valencia, Mutis y Mejía, Caldas, mil libres más á muerte impía Condenólos el bárbaro español.

Por desgracia, se podría llenar una hoja con los nombres de los ajusticiados españoles que ajustició el bárbaro español, hacia la misma época, aquí, en la Península, y con mucho menor motivo, pues al cabo no es lo mismo querer cambiar la forma de gobierno de la patria que deshacer y descuartizar la patria. Es indudable que de este descuartizamiento han nacido pueblos y Estados nuevos, por virtud de una ley providencial ineludible: pueblos y Estados nuevos, por cuya prosperidad y grandeza todo español peninsular hace hoy fervientes votos, hasta por vanidad y amor propio de casta; pero entonces, cuando se rebelaban ahí, ¿era posible que un rey absoluto y un gobierno tiránico, de que los mismos peninsulares eran víctimas, no castigase con dureza á los rebeldes?

Todos los horrores, todas las crueldades de la guerra de la independencia americana, que no fueron mayores que los de cualquiera otra guerra civil en la Península, no justifican la condenación y la injuria que lanza sobre los españoles el Sr. Torres Caicedo. El Sr. Torres Caicedo se ofende á sí mismo y á todo su linaje, pues yo presumo que será tan español como cualquiera de nosotros, y que, si él no lo es, lo fué su padre ó lo fué su abuelo.

No tiene la menor disculpa que el Sr. Caicedo califique todo el tiempo que Colombia estuvo unida á España de

Centurias de baldón y afrenta En que yació la tierra americana.

Eso estaría sólo bien en boca de los indios triunfantes, si se hubiesen levantado contra el Sr. Torres Caicedo y contra todos los de origen español y los hubiesen arrojado de la América que invadieron y colonizaron.

Esos improperios contra España quizá parecerían fundados en boca del Zipa, del Zaque y del Pontífice de Iraca, restablecidos, desechadas nuestra lengua y nuestra cultura, y adorando otra vez á Chibchacum y á Chiminigagua.

Por lo demás, no podemos perdonar al Sr. Torres Caicedo, diplomático ilustre, hombre político, notable escritor en prosa sobre todas materias, filosóficas, literarias, económicas, etc., que sea tan desaforadamente encomiador de doña Policarpa. El encomio, por merecido que sea, debe tener su medida. Pase que Leonidas y Temístocles no valgan más que Bolívar y Sucre, y pase que Ayacucho y Junin equivalgan á Maratón y á Salamina. Ojalá (y lo digo sin ironía, movido del amor de raza, superior al amor de patria), ojalá que el porvenir justifique la que es hoy exageración, dando á las batallas de Ayacucho y Junin la transcendencia que Salamina y Maratón tuvieron, siendo como el punto de partida, en el terreno político de la acción, de una cultura y de una fuerza civilizadora más fecundas y más grandes que las conocidas hasta entonces, fuera de Grecia, y que en Salamina y en Maratón fueron vencidas. Pase, por último, que doña Policarpa valga tanto ó más que Débora, Judith, Mad. Roland, Juana de Arco y Carlota Corday; pero no se puede tolerar, aun sin ser buen católico, y siguiendo un criterio racionalista, que el Sr. Torres Caicedo compare también á doña Policarpa con la Virgen María, porque la Virgen María

La muerto vió del Redentor divino, Del que derechos, libertad trajera; Del Hombre-Dios que al hombre enalteciera, Donando al mundo la igualdad, la luz.

Precisamente porque Cristo donó al mundo todas esas cosas y otras muchas más, y puso con su doctrina la base de una civilización que ha durado siglos y que comprende á la más noble parte del linaje humano, Cristo no puede compararse con ninguno de los insurgentes, revolucionarios y conspiradores, por gloriosos que hayan sido. Y en cuanto á la Virgen María, aun mirado todo ello con impía mirada, negando el ser real de la Virgen y suponiéndola semidiosa simbólica, supremo ideal, en quien se cifran todas las excelencias de la mujer, la maternidad, la pureza virgínea y la piedad compasiva, no veo paridad, ni buen gusto en que la comparemos ni con Policarpa, ni con la Mariana Pineda, ni con Carlota Corday, ni con ninguna otra heroína de armas tomar ó de pelo en pecho.

En general, en los versos patrióticos colombianos hay sobrada hipérbole, así en alabar á los héroes de la independencia, como en denigrar á los españoles y á España. No se considera bien que antes de la independencia, los que más tiranizaron á la tierra y á la gente americanas fueron los padres ó los abuelos de los que se sublevaron contra esa tiranía, y que después ha habido un no corto período de guerras civiles en que se ha derramado más sangre que la derramada por los españoles, y ha habido tiranos en casi todas las repúblicas, que nada tienen que envidiar en punto á crueldad, ni á Fernando VII, ni á ningún otro rey, ni á ninguno de los virreyes ó generales y gobernadores que los reyes enviaban. En varios poetas, á pesar del orgullo patriótico, aparecen estas confesiones arrancadas por el dolor y el enojo. Santiago Pérez dice:

No resta acaso un punto Do la sangre que vierte nuestra mano No cubra ya la que vertió el hispano.

Y en D. Miguel Antonio Caro llegan ya estos sentimientos de disgusto hasta el extremo, que yo no puedo ni quiero aplaudir, de hacer que el propio espíritu de Bolívar vacile entre si debe gloriarse ó arrepentirse de haber dado á la América su independencia. Bolívar exclama:

¿Quién sabe Si aré en la mar y edifiqué en el viento? . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¿Si caerán sobre mí las maldiciones De cien generaciones?

No. Es evidente que no caerán. Las repúblicas que de España nacieron serán grandes también como la que nació de Inglaterra; y la gloria de Bolívar no será inferior á la de Washington. Todo, si Dios quiere, y Dios querrá, habrá de ser, sin que sea necesario para ello que se nos trate mal en malas coplas.

La gloria de Bolívar, por sus hechos, sin consideración á los últimos resultados, y el crecimiento de esta gloria, en lo porvenir, cuando las repúblicas hispano-americanas se engrandezcan, están en perfecta consonancia con nuestro interés y con nuestra vanidad patriótica de peninsulares. Mientras más se encomien el tino político, la pericia militar, el valor y la actividad infatigable del Libertador, más cohonestada y ennoblecida quedará nuestra derrota.

No hay español, que sepa de Bolívar, que, movido de estos sentimientos, no levante á Bolívar á la altura de Washington. Y aun le pondría por cima, como lo desea, si no se midiese la magnitud de los héroes por el producto de sus heroicidades. Es tan bella, tan simpática y tan generosa la vida de Bolívar, sobre todo en sus últimos años, que Bolívar, que murió joven aún, infundiéndonos admiración por sus proezas, por su desprendimiento y por su amor sincerísimo á la libertad, é infundiéndonos piedad sublime por la ingratitud que ulceró su pecho, resplandecería por cima de Washington, si las repúblicas de la América del Sur llegasen, como es probable que lleguen, á ser tan poderosas como la república por Washington fundada.

El liberalismo es hermosa doctrina. Yo soy, he sido y seré siempre muy liberal; pero no desconozco que el liberalismo ha sido tan manoseado y vulgarizado en discursos y peroratas, en brindis de comidas patrióticas y en artículos para rellenar columnas de periódicos, que es difícil ser liberal en verso sin caer en la prosa más plebeya. Y si el poeta liberal escribe en romance endecasílabo, peor que peor. Fiado en el sonsonete de la continuada asonancia, descuida la dicción, y no sabe ó no quiere saber que hay una forma ó una construcción propia de la poesía. Lastimosa muestra de esto que digo dan los versos Catón en Utica, de Luis Vargas Tejada.

El pobre Catón larga, antes de matarse, un romance tan pedestre como los de muchas tragedias clásicas españolas del siglo pasado.

Inútiles han sido mis esfuerzos: Al fin triunfar el despotismo logra, Y delante del César abatida Yace en el polvo la soberbia Roma. Un hombre, un hombre solo usurpa el fruto De tantos sacrificios y victorias.

Y así continúa Catón ensartando cerca de doscientos versos, sin que haya razón para que no ensarte dos ó tres mil: para que cese el aguacero y escampe.

Pero baste de censura.

El Parnaso Colombiano prueba que en la tierra de Ud. hay un rico y hermoso florecimiento literario, y lo probaría muchísimo mejor si el señor Añez hubiera suprimido acaso una tercera parte ó más de lo que inserta; y no para que el Parnaso contuviese menos, sino para sustituir lo suprimido con muchísimas composiciones buenas, como yo sé que las hay.

Dispense Ud. que sea franco y que no todo lo que digo sea lisonjero, y créame su amigo afectísimo.

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