Al Excmo. Señor Don Antonio Cánovas del Castillo
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Mi querido amigo: Como pobre muestra de la buena amistad que, desde hace años, me une á Ud., y de la gratitud que le debo por el benigno prólogo que escribió para mis novelas, dedico á Ud. este librito, donde van reunidas algunas de mis cartas sobre literatura de la América española.
Espero que sea Ud. indulgente conmigo y que acepte gustoso la ofrenda, á pesar de su corta ó ninguna importancia.
Yo entiendo, sin afectación de modestia, que mi trabajo es ligerísimo; pero la intención que me mueve y el asunto de que trato le prestan interés, del cual Ud., que con tanto fruto cultiva la historia política de nuestra nación, sabrá estimar el atractivo.
Breve fué la preponderancia de los hombres de nuestra Península en el concierto de las cinco ó seis naciones europeas que crearon la moderna civilización y por toda la tierra la difundieron; mas, á pesar de la brevedad, la preponderancia fué gloriosa y fecunda. Completamos casi, gracias á navegantes y descubridores atrevidos y dichosos, el conocimiento del planeta en que vivimos; ampliando el concepto de lo creado, despertamos é hicimos racional el anhelo de explorarlo y de explicarlo por la ciencia; abrimos y entregamos á la civilización inmensos continentes é islas; y luchamos con fe y con ahinco, ya que no con buena fortuna, porque la excelsa y sacra unidad de esa civilización no se rompiera.
Nuestra caída fué tan rápida y triste como portentosa fué nuestra elevación por su prontitud y magnificencia. Tiempo há que usted, con tanto saber como ingenio crítico, procura investigar las causas. Yo, por mi parte, ora me inclino á imaginar que lo colosal del empeño nos agotó las fuerzas; ora que por combatir en favor de principios que iban á sucumbir, sucumbimos con ellos; ora que la perseverante energia de la voluntad nos dió el imperio, en momento propicio, cuando por la invención de la pólvora y de la imprenta prevalecieron las calidades del espíritu sobre la fuerza material y bruta; imperio, que perdimos pronto, cuando vino á prevalecer otra fuerza, también material, aunque más alambicada: la que nace de las riquezas, creadas por la industria y por el trabajo metódico, bien ordenado, y combinado con el ahorro, en todo lo cual no descollamos nunca.
No son mías, sino en muy pequeña parte, esta atrevida opinión y esta más atrevida explicación de tan alto punto histórico: son de aquel discretísimo fraile dominicano Tomás Campanella, que dice: At postquam astutia plus valuit fortitudine, inventaeque typographiae et tormenta bellica, rerum summa rediit ad hispanos, homines sane impigros, fortes et astutos.
Como quiera que sea, nuestra decadencia llegó, á mi ver, á su colmo, en el primer tercio de este siglo, cuando acabó de desbaratarse el imperio que habíamos fundado, naciendo de la separación de las colonias muchas independientes Repúblicas.
Continuas guerras civiles, y estériles y sangrientas revoluciones, aquí y allí, nos trajeron á tan mísero estado, que nuestros corazones se abatieron, y del abatimiento nació la recriminación desdeñosa.
Los americanos supusieron que cuanto malo les ocurría era transmisión hereditaria de nuestra sangre, de nuestra cultura y de nuestras instituciones. Algunos llegaron al extremo de sostener que, si no hubiéramos ido á América y atajado, en su marcha ascendente, la cultura de Méjico y del Perú, hubiera habido en América una gran cultura original y propia. Nosotros, en cambio, imaginamos, ya que las razas indígenas y la sangre africana, mezclándose con la raza y sangre españolas, las viciaron é incapacitaron; ya que bastó á los criollos el pecado original del españolismo para que, en virtud de ineludible ley histórica, estuviesen condenados á desaparecer y perderse en otras razas europeas, más briosas y entendidas.
El mal concepto que formamos unos de otros, al transcender de la desunión política, estuvo á punto de consumar el divorcio mental, cimentado en el odio y hasta en el injusto menosprecio.
Miras y proyectos ambiciosos, renacidos en España, en ocasiones en que esperábamos salir de la postración, como los conatos de erigir un trono, en el Ecuador ó en Méjico, para un príncipe ó semipríncipe español, y empresas y actos impremeditados, como la anexión de Santo Domingo, la guerra contra Chile y el Perú y la expedición á Méjico, aumentaron la malquerencia de la metrópoli y de las que fueron sus colonias.
Durante este período, si la cultura inglesa hubiese sido más comunicativa, hubiera penetrado en las repúblicas hispano-americanas; pero no lo es, y así apenas se sintió su influjo. Francia, por el contrario, ejerció poderosamente el suyo, que es tan invasor, é informó el movimiento intelectual y fomentó el progreso de la América española, aunque sin borrar, por dicha, ni desfigurar su ser castizo y las condiciones esenciales de su origen.
Hoy parecen ó terminados ó mitigados, tanto en América como en España, aquella fiebre de motines y disturbios, y aquel desasosiego incesante de la soldadesca, movida por caudillos ambiciosos, no siempre ilustrados y capaces, y aquel malestar que era consiguiente.
Más sosegados y menos miserables, así los pueblos de la América española como los de esta Península, se observan con simpática curiosidad, deponen los rencores, confían en el porvenir que les aguarda; y, sin pensar en alianzas ni confederaciones que tengan fin político práctico, pues la suma de tantas flaquezas nada produciría equivalente á los medios y recursos de cualquiera de los cuatro ó cinco Estados que predominan, piensan en reanudar sus antiguas relaciones, en estrechar y acrecentar su comercio intelectual, y en hacer ver que hay en todos los países de lengua española cierta unidad de civilización que la falta de unidad política no ha destruído.
Así va concertándose algo á modo de liga pacífica. Para los circunspectos y juiciosos es resultado satisfactorio el reconocer que la literatura española y la hispano-americana son lo mismo. Contamos y sumamos los espíritus, y no el poder material, y nos consolamos de no tenerle. Todavía, después de la raza inglesa, es la española la más numerosa y la más extendida por el mundo, entre las razas europeas.
A restablecer y conservar esta unidad superior de la raza no puede desconocerse que ha contribuído como nadie la Academia Española. Las Academias correspondientes, establecidas ya en varias Repúblicas, forman como una confederación literaria, donde el centro académico de Madrid, en nombre de España, ejerce cierta hegemonía, tan natural y suave, que ni engendra sospechas, ni suscita celos ó enojos.
En esta situación, se diría que nos hemos acercado y tratado. Apenas hay libro, que se escriba y se publique en América, que no nos le envíe el autor á los que en España nos dedicamos á escribir para el público. Yo, desdo hace seis ó siete años, recibo muchos de estos libros, pocos de los cuales entran aún en el comercio de librería, aquí desgraciadamente inactivo.
Cualquiera que procure darlos á conocer entre nosotros, creo yo que presta un servicio á las letras, y contribuye á la confirmación de la idea de unidad, que persiste, á pesar de la división política.
La América española dista mucho de ser mentalmente infecunda.
Desde antes de la independencia compite con la metrópoli en fecundidad mental. En algunos países, como en Méjico, se cuentan los escritores por miles, antes de que la República se proclamase. Después, y hasta hoy, la afición á escribir y la fecundidad han crecido. En ciencias naturales y exactas, y en industria y comercio, la América inglesa, ya independiente, ha florecido más; pero en letras es lícito decir sin jactancia que, así por la cantidad como por la calidad, vence la América española á la América inglesa.
Tal vez se acuse á la América española de exuberancia en la poesía lírica; pero ya se advierten síntomas de que esto habrá de remediarse, yendo parte de la savia que hoy absorbe el lirismo á emplearse en vivificar otras ramas del árbol del saber y del ingenio. La crítica, la jurisprudencia, la historia, la geografía, la lingüística, la filosofía y otras severas disciplinas cuentan ya en América con hábiles, laboriosos y afortunados cultivadores. Baste citar, en prueba, y según acuden á mi memoria, los nombres de Alamán, Calvo, García Icazbalceta, Bello, Montes de Oca, Rufino Cuervo, Miguel Antonio Caro, Arango y Escandón, Francisco Pimentel, Liborio Cerda y Juan Montalvo.
Mis cartas carecen de verdadera unidad. Son un conato de dar á conocer pequeñísima parte de tan extenso asunto. Las dirijo á autores que me han enviado sus libros. No son obra completa, sino muestra de lo que he de seguir escribiendo, si el público no me falta. Como noticias y juicios aislados, sólo podrán ser un día un documento más para escribir la historia literaria de las Españas en el siglo presente. Porque las literaturas de Méjico, Colombia, Chile, Perú y demás repúblicas, si bien se conciben separadas, no cobran unidad superior y no son literatura general hispano-americana, sino en virtud de un lazo, para cuya formación es menester contar con la metrópoli.
En fin, tal cual es este librito, yo tengo verdadera satisfacción en dedicársele á Ud., aprovechando esta ocasión de reiterarle el testimonio de la gratitud que le debo y de la amistad que siempre le he consagrado.