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Cartas americanas. Primera serie

POESÍA ARGENTINA

Reading edition

26 de Marzo de 1888.

Á D. Rafael Obligado

I

Muy señor mío: Hace ya más de dos años que tuvo Ud. la bondad de enviarme un ejemplar de su precioso tomo de poesías, impreso en 1885. El ejemplar ha estado, como otros muchos libros y cartas, aguardándome en mi casa de Madrid, mientras que andaba yo por esos mundos, sin saber que tal obsequio me había Ud. hecho. No extrañe Ud., pues, y perdone que yo acuda tan tarde á darle las gracias.

El libro de Ud. agrada antes de leerle. El libro de Ud. excitaría, además, cierta envidia en mi alma, si yo fuese propenso á sentir tan mala pasión. Nunca hubo poeta en España que lograse ó soñase siquiera con tener tan elegante edición de sus versos. El magnífico retrato de Ud. y los demás grabados y viñetas son modelo de buen gusto y de gracia. El papel, la impresión, todo es bellísimo.

Declaro mi ignorancia cándidamente. Yo no había oído hablar de Ud. hasta que recibí el tomo. Y, al verle, en lo material tan lindo, pues no creo que exagero si digo que no vi tomo de versos de ningún país que esté mejor impreso que el de Ud., me entró desazón y recelo de que los versos fuesen malos y de que todo el valor del libro estuviese en la estampa. Por fortuna, recelo y desazón pasaron pronto. Leí los versos, y hallé que merecen estar tan bien impresos y tan ricamente adornados de primorosas láminas.

Al escribir á Ud. hoy, agradeciéndole el presente, me he de permitir también poner aquí mi juicio sobre los versos y darlos á conocer á la generalidad de los españoles que no saben de usted sin duda.

Gran satisfacción es para todos nosotros cualquiera gloria literaria que adquieran en América los ciudadanos de las repúblicas que salieron de nuestras antiguas colonias. Es algo que viene á acrecentar el tesoro de nuestra civilización castiza y á probar su vitalidad fecunda. Tan nuestras, tan españolas considero yo las poesías de usted, que me avergüenzo de no entender por completo aquellos vocablos que significan objetos de por ahí, como aberemoa, guayacán, pacará, quinchar, burucuyá, seibo, ombú, payador, chaja, ñandubay, molle, chañar, achiras, totoral, camalote, quena y otros; y si no están en nuestro Diccionario, como sospecho, quisiera definirlos bien é incluirlos en él.

La lisonjera impresión que recibe un natural de esta Península, aficionado á las letras, al recibir poesías tan bellas como las de Ud., venidas de tierra tan remota, es como la que recibiría un ciudadano de Atenas cuando llegasen á su noticia las obras en griego de algún insigne sabio, poeta ó historiador de su casta que viviese en el Asia central, en Egipto, en Libia ó en alguna ciudad helénica de la misma Hesperia, hasta donde la civilización, el habla y todo el ser de Grecia habían penetrado, creando nuevas repúblicas y Estados independientes, si bien conservando la unidad superior de la sangre, del lenguaje y de la cultura.

Así también, cuanto se escriba en América, salvo en el Canadá y en los Estados Unidos, es de esperar que siga siendo literatura española. Y mientras más adelanten los ingenios de ahí y superen en lo futuro á los ingenios de la antigua metrópoli, más sello castizo, más aire de parentesco, más color y sabor españoles tendrán sus obras. Sólo por decadencia podrá ocurrir que se borre ó esfume en Uds. el ser propio nuestro, y que sean Uds. otros de los que son. Y no es de temer que las razas indígenas prevalezcan, ni que las lenguas guarani ó quichua destierren la castellana, ni tampoco se ha de presumir y pronosticar que los primitivos colonizadores pierdan ahí su virtud asimilante y plástica, y se fundan en los nuevos colonos é inmigrados, en vez de fundir en sí á cuantos acudan á esas regiones, desde Alemania, Francia, Bélgica é Italia.

Gran dolor sería esto para nosotros. Esto daría indicio de que somos de raza inferior, y quitaría fundamento al orgullo legítimo con que, después de la gente inglesa, nos consideramos como la primera de todas las gentes civilizadas en haber difundido sobre la faz de este planeta su lenguaje, sus creencias, su saber, sus artes y todas las demás manifestaciones de su espíritu. Esto nos quitaría la esperanza que hoy tenemos de nuestra inmortalidad colectiva, aun cuando ocurriese el grande infortunio de que se hundiera España ó quedase desierta, ya que ahí, ó del otro lado de los Andes, ó en el rico Anahuac, renacería España, joven, poderosa y lozana, y pondría los recuerdos de nuestra gloria como digno principio de la que nuestros hijos hubiesen ya adquirido ó adquiriesen en lo futuro.

A pesar de cierto americanismo, que tal vez á algunos de los habitantes de esta vieja España nos parezca sobrado, veo yo con viva satisfacción que el espíritu de Ud. y el de su crítico, encomiador é intérprete D. Calixto Oyuela, poeta asimismo de mucho mérito, coinciden en esto que afirmo. Poco importa, como el Sr. Oyuela confiesa y deplora, que su patria esté aquejada de cosmopolitismo. El medio millón de italianos á que ascenderá pronto la inmigración, los ciento cincuenta mil franceses y los demás hombres llegados ahí de distintas partes de Europa para aumentar la riqueza, la industria y el comercio de esa república, tendrán que españolizarse, ó, si usted quiere mejor, que argentinarse. La vitalidad de nuestra raza debe salir triunfante de esta prueba. Libros como el de Ud. vienen en corroboración de mi pronóstico. Dejemos hablar al señor Oyuela, cuyas palabras hago mías: «Los nobles sentimientos é ideas que Ud. expresa son tales como deben ser, y son naturalmente imaginados y sentidos por un argentino de raza española. La lengua en que están es pura lengua española. Aunque Ud. conoce y estima, como toda persona de buen gusto, la literatura francesa, no se deja dominar por su influjo. Ni el más leve soplo francés corre por las delicadas páginas de su libro. Tampoco hay en él nada italiano, nada inglés ni nada alemán. En cambio, sin que Ud. lo haya solicitado, quizá desconociéndolo, y con sólo dar rienda suelta á su naturaleza americana y á su carácter argentino, tiene el libro de Ud. no poco de andaluz. De ahí que maneje Ud. el castellano con tanta pureza, soltura y gallardía.»

El mismo Sr. Oyuela añade: «Somos, es cierto, un país colonizador, y necesitamos de la inmigración para engrandecernos; pero á condición de asimilárnosla y de fundirla en nuestra nacionalidad propia. Las naciones, como los individuos, sólo valen y significan algo por su carácter, por su personalidad. Un país sin sello propio es como un escritor sin estilo: no es nadie. El cosmopolitismo no ha engendrado ni engendrará jamás nada fecundo, ni en política, ni en literatura.»

El Sr. Oyuela, pues, comentando los versos de usted, y Ud. escribiéndolos, reniegan de ese cosmopolitismo estéril y procuran que brote de la raíz española, trasplantada á ese suelo, la originalidad nacional que anhelan, y que ya tienen sin duda.

A este fin, además, se puede ir por muy distintos caminos, y tanto Ud. como el Sr. Oyuela siguen, á mi ver, el más seguro, recto y hermoso. Dentro de la afición á lo castizo desechan Uds. la equivocada distinción entre el arte gentílico y el arte cristiano. No hay verdaderamente más que un arte bueno y legítimo, en cuya forma pagana ó griega no cabe hoy sólo el espíritu racionalista de Goethe, de Leopardi, de Chénier, de Fóscolo y de Carducci, sino que puede también vivir y vive el espíritu español y católico. Así lo entendió y lo realizó fray Luis de León, á quien usted y su amigo ensalzan y siguen; y así lo proclama hoy Menéndez Pelayo, á quien el señor Oyuela llama «el gran ortodoxo, griego en arte hasta la medula de los huesos»: Ni se opone esto á lo popular y castizo; porque, como su crítico de usted dice muy bien, los buenos poetas griegos hubieran sido en América tan americanos como usted; y Echevarría, que señala el punto de partida de la literatura nacional argentina, es en sus aciertos clásico sin saberlo; y más lo hubiera sido si, al libertarse del pseudo-clasicismo francés, no hubiera imitado el romanticismo francés, no hubiera pensado en francés y no hubiera escrito en castellano de baja ley.

Por dicha, Ud. tiene lo que faltó á Echevarría. Como él, posee Ud. la facultad de reflejar, á modo de claro y mágico espejo, la naturaleza circunstante, hermoseándola y depurándola en la imagen; pero Ud. posee además el arte y la forma adecuada para que esta imagen pase, sin disiparse ni afearse al pasar, desde la mente de Ud. á las mentes de los demás hombres, hiriéndolas y penetrándolas. Se diría que todo el concierto, toda la magnificencia y toda la hermosura de la tierra de Ud., aunque conocidos por la geografía y por la estadística, eran ignorados por el sentimiento, ya que no habían llegado á reflejarse en el alma de un poeta, ni habían aparecido en sus cantos. Así es que mucha parte del elogio que hace Ud. de Echevarría, podemos nosotros con más razón aplicarle á Ud., y repetir:

Como surgiendo de silente abismo, El mundo americano Alborozado se escuchó á sí mismo: El Plata oyó su trueno; La Pampa, sus rumores; Y el verjel tucumano, Prestando oído á su agitado seno, Sobre el poeta derramó sus flores. Desde la hierba humilde Hasta el ombú de copa gigantea; Desde el ave rastrera que no alcanza De los cielos la altura, Hasta el chajá que allí se balancea, Y á cada nube oscura A grito herido sus alertas lanza; Todo tiene un acento En su estrofa divina, Pues no hay soplo, latido, movimiento, Que no traiga á sus versos el aliento De la tierra argentina.

En todos los versos de Ud. hay inspiración propia, por donde, sin buscar la originalidad, Ud. la tiene. Se conoce que ha leído Ud. los poetas españoles, hasta los más recientes, como Campoamor, Núñez de Arce y Velarde. En trozos descriptivos, sobre todo en décimas, creo notar cierto confuso recuerdo del estilo de los dos últimos. En varias composiciones amorosas de Ud. hay también algo del modo de Bécquer. Siempre, no obstante, la imitación ó la coincidencia es tan vaga, que no está uno seguro de que no sea ilusión.

Por lo demás, nada tan opuesto como su espíritu de Ud., sano, optimista, lleno de esperanzas en el progreso y en la grandeza de la patria, y de todo el humano linaje, al espíritu de Bécquer, pesimista y hondamente herido. Hasta en las poesías más melancólicas de Ud. hay consuelo, hay bálsamo, hay luz celestial que lo alegra é ilumina todo. Así, por ejemplo, en El hogar vacío, donde tan sentida y tiernamente llora Ud. la muerte de una joven, dulce compañera de su niñez acaso, termina Ud. con esta estrofa, cuya sencillez no deja comprender bien el efecto que produce al terminar la composición, si antes no se ha leído la composición toda:

Así mi lira llorará tu ausencia. Tu cándida existencia Cual blanca nube se elevó del suelo Y en lo infinito desplegó sus galas..... Los que nacen con alas, ¡Cuán pronto suben de la tierra al cielo!

Tal vez cuando, en mi sentir, recuerda Ud. más á Bécquer por la forma, es cuando por el fondo dista Ud. más de él; cuando hay en Ud., no ya la luz y la gloria del amor que pasa, sino el júbilo y el dulce contento del amor que vive y queda en el alma para siempre, haciéndola dichosa:

Porque el amor es dueño De todo Paraíso; Porque toda belleza de la tierra Es un fragmento del Edén perdido.

Por eso, sin duda, hay más alegría, más resplandores beatificantes que en la aparición momentánea del amor de Bécquer, en la aparición, en el bosque, que se mostraba mustio, de la mujer por Ud. amada:

Pero llegas....., y el agua, El bosque, el cielo mismo, Es como una explosión de mil colores, Y el aire rompe en sonorosos himnos. Así la primavera Del trópico vecino Desciende, y canta repartiendo flores Y colgando en las vides los racimos. ¡Cuán suenan gratamente Acordes, en un ritmo, Del agua el melancólico murmullo Y el leve susurrar de tu vestido!

Difícil es dar á conocer á un poeta citando así trozos arrancados de sus obras. Más que darle á conocer es esto despedazarle. Por eso no gusto yo de hacer muchas citas.

A más de excelente poeta lírico me parece Ud. buen poeta narrativo, según el testimonio brillante que de ello da en la leyenda de Santos Vega. Las décimas en que está escrita esta leyenda son no menos fluidas, bien hechas y ricas de rimas que las décimas empleadas por Núñez de Arce y por Velarde en descripciones y narraciones. Las de Ud. tienen además para mí algo de peregrino y nuevo: me pintan, con el colorido y la precisión de la verdad, la pampa y la vida primitiva de sus habitantes; me traen como un aroma sutil de sus flores y un eco suave y adormido de sus músicas y de sus rumores misteriosos.

Santos Vega es el payador de larga fama: el más celebrado poeta, cantor y tocador de guitarra que ha habitado en la pampa entre los gauchos. Su contienda con otro trovador exótico, medio hechicero, que aparece obrando prodigios, y el triunfo de este nuevo trovador sobre el antiguo, que muere de pesar del vencimiento, todo es sin duda simbólico: es el triunfo de la vida moderna, y de la industria, y de los ferrocarriles, y de las ciudades, sobre el modo agreste de vivir en lo antiguo, en aquel florido y verde desierto, en aquella extensa llanura que los Andes limitan; pero si bien Ud., como poeta, lamenta la pérdida de un poco de poesía, harto deja conocer que sobre esa poesía perdida, si es que se pierde, ha de florecer otra, y ya florece en la mente y en el libro de Ud., que vale muchísimo más que la del payador Santos Vega.

Justo es, no obstante, que Ud. dé á Santos Vega las alabanzas que merece, por más que, al dárselas, se las dé escribiendo tan preciosa leyenda, y dándole envidia de la que el pobre Santos Vega sería capaz de morirse, si ya en la lucha con el trovador y mago intruso no hubiera muerto.

Como por el retrato veo que es Ud. joven, espero que seguirá escribiendo poesías líricas y leyendas no menos bonitas que las que aquí con tanta justicia he celebrado.

* * *

16 de Abril de 1888.

Á D. Enrique García Mérou

II

Muy señor mío y distinguido amigo: Cuando en el verano pasado de 1887 tuve el gusto de conocer y de tratar en Spa á Ud. y al general don Julio Roca, hablamos mucho de la patria de usted, de su próspera situación y del brillante porvenir que todo el mundo le augura.

Bien puede afirmarse que el general D. Julio Roca ha sido quien más ha contribuído á disipar las nubes que oscurecían y velaban el horizonte, y quien así nos ha dejado ver el cielo de ese porvenir despejado y claro.

Dicho general, venciendo definitivamente á los indios, errantes por la inmensa soledad de la Pampa, aumentó el territorio de la república con muchos millones de hectáreas, preparó todos aquellos campos para el advenimiento de la civilización y de la colonización europea, y, libertándolos de las invasiones y rapiñas de los salvajes, les dió un valor que sólo puede significarse por centenares de millones de pesetas.

Todo esto se hizo humana y hábilmente, sin disparar un tiro, sin derramar una gota de sangre. Los indios fueron perseguidos, cazados y confinados en sitios donde tendrán que reducirse á la vida civil, ó morir y extinguirse como raza. Quichuas, guaranies, tehuelches, pehuenches y araucanos, todo va á desaparecer y á ceder por completo la tierra, desde el límite occidental de la dilatada provincia de Buenos Aires y los límites meridionales de las de Córdoba, San Luis y Mendoza, á fin de que por allí se explaye y se difunda la civilización americano-española, hasta el estrecho de Magallanes.

¿Debemos recelar que amenace ahora cierto peligro á esta civilización, y á la raza que la representa, y al lenguaje que la expresa? Yo creo que no, á pesar de lo que sostienen y pronostican autores de nota, entre los cuales sobresale el francés Emilio Daireaux, cuya obra, Vida y costumbres en la Plata, Ud. mismo me ha dado á leer.

Suponiendo que en el día cuenta la República Argentina con una población de cerca de cuatro millones de hombres, sólo podremos considerar la cuarta parte, un millón, como inmigrados extranjeros, y aun en este número habrá que contar más de 160.000 españoles. Los italianos son los más numerosos entre estos inmigrados. Los franceses vienen después, casi en el mismo número que los españoles. Y hay, por último, ingleses, alemanes y de otros países de Europa.

A la verdad que no es corta esta inmigración. Para el pronto crecimiento y grandeza de la República se ha de presumir que irá la inmigración en aumento constante, pues hay tanto terreno desierto que poblar y que cultivar; pero ni aun así creo yo que deba pronosticarse que ha de fallecer la virtud absorbente de la raza española criolla, que forma ya una nación perfecta y entera, y que del aluvión y conjunto de gentes que acuden y acudirán de todas partes, habrá de surgir una nacionalidad nueva y distinta, con otro idioma, con otra manera de ser y con otros rasgos y caracteres que los que tienen hoy los argentinos y llevaron allí los primeros colonos que fueron de España.

Para dar por seguro ó por probable lo contrario es menester suponer, como sin duda supone Daireaux, que en la Plata no hay verdaderamente nación todavía, sino gérmenes de nación, cuya elaboración definitiva dice él que ha empezado, si bien se ignora qué elemento prevalecerá, y qué lenguaje y qué modo de ser tendrán ustedes. Por lo pronto, afirma el Sr. Daireaux que la raza, que era española en un principio, aunque con mucha mezcla de judíos y de moros (lo cual pongo yo en duda, y si lo concediese, no concedería que esos moros y esos judíos no fuesen ya al ir á la Plata enteramente españoles), ha dejado de ser española y se ha hecho latina, y afirma también que la lengua va sufriendo allí rápidas modificaciones. Dentro de poco no podremos entendernos. Hablarán Uds. en latín, ya que son ustedes latinos, ó en francés, que es la lengua más de moda entre las neolatinas, ó tal vez en una lengua franca y flamante, que saldrá de la mezcla de los diversos idiomas que hablen los que vayan allí de inmigrados.

De nada de esto veo yo, por dicha, ni señales. Y digo por dicha, ya que, si para nosotros, habitantes de esta Península ibérica, sería terrible mortificación de amor propio que desapareciese hasta la huella de que esa república es hija de España, para Uds. la mortificación sería mayor al quedar tan absorbidos y tan desaparecidos como tendrán que quedar los pehuenches ú otras tribus así.

La actividad, la energía y la riqueza que muestran hoy los argentinos, hasta en empresas que parecen aventuradas y de inseguro buen éxito, nos quitan todo recelo de esa á modo de desnaturalización con que el autor francés amenaza á Uds. Sola la provincia de Buenos Aires, privada de su capital, que se ha hecho neutra para ser capital de toda la república, se ha creado en cinco años una nueva y magnífica capital, La Plata, llena de soberbios edificios, monumentos y palacios, y poblada ya de 50.000 ciudadanos.

Pero ni esta bizarría y alarde de poder material, ni el comercio floreciente, ni los adelantos en las varias industrias, prueban tanto el arraigo en aquella tierra del ser argentino, español de origen, que conservan y conservarán Uds., como el movimiento intelectual, cada día más castizo, rico y fecundo, en todas las provincias de la república, y en Buenos Aires sobre todo. El mismo Sr. Daireaux da testimonio del valer é importancia de este movimiento, encomiando las obras del general Mitre y del doctor V. F. López, que trazan la historia de la independencia sudamericana; las de otros autores, como los doctores Vicente Quesada, Navarro Viola y Trelles, que publican documentos sobre los orígenes y la vida social; las de los estadistas y economistas Agote, Latzina, Coni y Navarro; las de los antropólogos, etnógrafos y exploradores Moreno, Ceballos, Lista y Fontana, y las de los jurisconsultos Alcorta, Montes de Oca, Tejedor, Obarrio, Segovia, y Carlos Calvo singularmente, «cuyo tratado de Derecho internacional público y privado resume los progresos de esta ciencia oscura, en la época moderna, figura entre las obras maestras de esta clase, y es consultado por todas las cancillerías y por todos los diplomáticos».

Teatro, á lo que parece, no tienen Uds. aún.

De novelas, yo sólo conozco la Amalia, de Mármol; pero el Sr. Daireaux cita Pablo ó el hijo de las Pampas, de doña Eduarda García, y varias otras novelas de D. Eduardo Gutiérrez, como Juan Moreira y El tigre de Quequen, cuyos lances tremendos, crímenes y horrores, compara á los de Eugenio Sue.

Donde, á la verdad, así en la República Argentina como en los demás Estados de la América del Sur, se muestra más el genio castizo ó español de origen, es en la poesía lírica y narrativa. Varias causas contribuyen á esto. Las generales son las que en el siglo presente, aunque se llama positivo, hacen que florezca la poesía en todas las regiones de la tierra, como no ha florecido nunca. Y en cuanto á lo castizo y propio, las causas son especiales. Ya sea porque nuestro lenguaje poético está más trabajado y formado, ya sea porque nuestra prosodia es tan distinta de la francesa, ello es que, aun queriendo, el poeta español más entusiasta de los franceses no acertará á imitarlos en la forma si escribe en castellano. Los galicismos de toda clase son más frecuentes en prosa que en verso. Y en cuanto á los galicismos de fondo ó de pensamiento, también en verso tienen que ser más raros; porque aun cuando el poeta siga ó adopte sistemas ó doctrinas que estén de moda en París, como en la poesía entra por mucho el sentimiento nacional y el individual, éstos se combinan con lo que tal vez se aceptó por moda y le presta fisonomía y valer castizos.

En cierto sentido no hay sabios populares; pero hay y hubo siempre poetas populares que llevan la voz del pueblo y hacen oir con grata resonancia y ritmo adecuado las palpitaciones del grande corazón colectivo. De aquí que la ciencia sea cosmopolita y la poesía no.

En la República Argentina ha existido y existe esta poesía del pueblo ó del vulgo al lado de la poesía sabia. Desde muy antiguo, desde que hubo gauchos en la Pampa, los cuales no me puedo persuadir—á pesar de cuanto dice Daireaux—de que sean más árabes ó más moros que cualquier habitante de mi lugar ó de otro cualquier lugar de Andalucía ó de Extremadura, hubo entre dichos gauchos cantadores y tocadores de guitarra, músicos y poetas á la vez, que han lucido y nos han dejado en sus coplas y canciones tesoros de inspiración original y fieles pinturas de la vida nómada que en aquellos campos se hacía. Los poetas de esta clase eran llamados ó se llaman payadores, y se citan como los más ilustres entre ellos á Estanislao del Campo, á José Hernández y á Ascasubi. Ignoro si el famoso payador simbólico Santos Vega, de quien escribió Rafael Obligado leyenda tan preciosa, es personaje histórico ó mítico; pero esto importa poco á mi propósito. Basta con que haya habido otros payadores.

Coincidiendo con su poesía popular y agreste, produjo la tierra argentina, como el resto de la América española, aun antes de la independencia, otra poesía erudita y clásica, la cual siguió siempre la manera de ser de la poesía de la metrópoli; y yo creo que esta poesía, sobre todo la lírica, apenas se dejó influir por el gusto francés en tiempo del clasicismo, ni en España, ni en sus colonias, ni en los Estados independientes que de ellas nacieron. Hasta los poetas más ajustados, en la teórica, á los preceptos de Boileau, que al cabo no eran exclusivos de Francia, son muy españoles cuando escriben versos. Meléndez, Jovellanos, Lista, Gallego, Quintana, todo el estol de líricos españoles del siglo pasado y de principios del presente, no se parecen más á los poetas franceses que fray Luis de León, Garcilaso, Herrera y Rioja, de quienes son dignos sucesores. Lo mismo se puede afirmar de los líricos hispano-americanos de aquella escuela y período: de Olmedo y de Bello, por ejemplo.

Menor fué la independencia y mayor fué el remedo de lo francés cuando vino el romanticismo. En la vieja España fué más fácil que algunos poetas se libertasen de este remedo, refugiándose en lo pasado; en la edad media, en nuestros romances, en nuestras tradiciones y en nuestro teatro del siglo XVII; pero en América hubo menos reparo y defensa, y la imitación de lo francés tuvo que ser mayor entre los románticos.

José Mármol es excepción de la regla. La vehemente energía de su odio contra el tirano Rosas presta robusta entonación á sus versos, é imprime en los mejores un sello característico y original, que les da grandísimo valor á pesar de las incorrecciones y desaliños.

En cuanto á Echevarría, ¿cómo negar que malogró en parte sus no comunes prendas? No lo digo yo: lo dice su compatriota de Ud. D. Calixto Oyuela: «precisamente por haberse apartado de lo español y castizo más de lo que nuestra propia naturaleza consiente, no pudo ser bastante americano.» Y Oyuela añade luego: «Si Echevarría quiso renegar de esta índole y de estas afinidades naturales, debió ser lógico, y renegar también del idioma, que es su consecuencia necesaria, proponiendo que hablásemos en francés ó en quichua.»—«Y no se alegue la quimera de formar nuevo dialecto, desprendido del castellano: la historia nos enseña que de los idiomas formados y fijados sólo pueden salir jergas informes.»

A pesar del pesimismo que muestra el señor Oyuela en este punto, bien podemos afirmar, y más aún poniéndole á él y á su amigo Rafael Obligado por claros y vivos testimonios, que en la Plata no se hablará jerga nueva, ni francés, ni quichua, sino castellano puro y limpio.

Ni siquiera valdrá para torcerle, italianizándole, la gran colonia italiana; porque si el influjo de la rica y noble literatura clásica de Italia se deja sentir en la literatura argentina, será de modo benéfico, como se dejó siempre sentir en la triple literatura española, en Portugal, en Cataluña y en Castilla, tanto en los siglos XV y XVI, cuanto en el XVIII y en el XIX.

Dispense Ud. que me valga de tan largos preámbulos y rodeos para llegar al verdadero asunto.

Me pidió Ud., y yo prometí, un juicio franco sobre el poeta argentino Olegario Andrade.

Sus obras, reunidas en un tomo elegantísimo, fueron impresas en el año pasado (1887) en Buenos Aires, á expensas del Tesoro nacional, que consignó por ley 16.000 pesos para la adquisición de los originales y 6.000 para su impresión. Tan espléndido favor á este poeta y á sus obras hace patente la altísima estimación de que gozan en su país de Ud. Yo he prometido decir sin disimulo mi parecer sobre estas obras, que bien se ve, por lo que queda expuesto, que son el reflejo más popular y el eco más vivo del sentir y del pensar argentino en este momento y del gusto literario que allí prevalece.

Como prenda y señal de lo prometido, el general D. Julio Roca me dió el mismo ejemplar que él tenía por no haber otro á mano. No puedo, pues, excusarme.

Mi empeño es ineludible y muy arduo y comprometido. Confieso que lo que más temo es que no parezca mi crítica bastante encomiástica. Por la incorrección, por el descuido á veces de la forma, tendré que censurar no poco en las poesías de Olegario Andrade; pero me consuela y anima que mis alabanzas han de ser grandes, sinceras y fervorosas, y muy superiores á las que tributé ya á D. Rafael Obligado, poeta sin duda más elegante y correcto, pero que jamás se remontó hasta ahora tan alto en sus canciones como Andrade se remonta, ni tomó para ellas, como toma Andrade, asuntos que mueven ó deben mover el ánimo de toda la nación para quien canta. Andrade, á veces, movido por el asunto mismo que trata y por su elevada inspiración, es más que un poeta nacional, es uno de aquellos pocos poetas que aciertan á dirigir la voz dignamente á todo el linaje de los hombres, excitando en ellos el amor de las teorías, la fe en los propósitos que le son más caros, y la sublime esperanza de que pronto habrán de realizarse. De esta suerte, el poeta tiene, hasta donde es posible en lo humano y en una edad tan descreída como la nuestra, algo del profeta antiguo: es el vate.

Ya se ve que debe ser difícil y delicado juzgar bien á Andrade; pero sin creer en todas sus teorías y sin esperar el cumplimiento de todos sus vaticinios, bien podemos celebrar el entusiasmo con que los expresa y decir desde luego que por este entusiasmo le colocamos en el número de aquellos poetas universales y sublimemente didácticos, entre los que descuellan Schiller, Manzoni, Quintana y Víctor Hugo.

Con lo dicho se explica la razón de tan extenso preámbulo. Para entrar de lleno en materia tendré que escribir otras cartas.

Ignoro si ésta alcanzará á Ud. en París, en Roma ó en Oriente; pero donde quiera llega El Imparcial, á quien la confío. Con ella van mis saludos afectuosos para el general D. Julio Roca, y para Ud. la seguridad de que empiezo á cumplir mi promesa.

* * *

23 de Abril de 1888.

III

Mi distinguido amigo: Cuando murió, poco há, Olegario Andrade, su muerte dió ocasión para que se manifestase del modo más solemne el entusiasmo que inspiraba á sus compatriotas. El gobierno nacional mandando publicar á su costa, y con gran lujo, las obras del poeta; el general Roca pronunciando la más sentida oración fúnebre; Benjamín Basualdo escribiendo un prólogo altamente encomiástico, y la prensa periódica aplaudiéndolo todo, vinieron á corroborar lo que ya era opinión del público argentino, y había sido afirmado por los críticos de más autoridad, como los doctores Wilde y D. Nicolás Avellaneda y el poeta Carlos Guido Spano: que Andrade era un genio y que sus cantos tendrían vida imperecedera y gloriosa.

Yo quiero y debo, no obstante, prescindir de todo esto al dar mi parecer; darle como si nada de esto supiera, y no ceder al influjo de los que tal vez por patriotismo y por la contagiosa sobreexcitación de un momento ponen desmedida hipérbole en su alabanza.

Las poesías de Andrade son harto difíciles de juzgar con acierto y suscitan multitud de dudas y cuestiones, supongo que en la mente de todos, y de seguro en la mía, sobrado escéptica quizás, pues no sólo halla muy sujeta á errores la aplicación de las reglas que sirven para juzgar y apreciar las obras de un singular poeta, sino que, aun en las reglas mismas, nota cierta confusión, contradicción é incertidumbre.

Lo llano, lo cómodo para mí sería no mostrar mis vacilaciones, seguir la corriente y aplaudir sin reparo, como los otros; pero mi sinceridad se sobrepone á toda consideración. El diablillo crítico que me atormenta, y por el que estoy no sé si obseso ó poseído, no consiente que diga yo cuando escribo aquello que quiero decir, sino aquello que él quiere que yo diga; y lo más que logro á veces, y esto es peor, es decir lo que él quiere y lo que yo quiero; de donde resulta, en algo como diálogo, más que discurso, una verdadera sarta ó ristra de antinomias, según las llaman ahora.

Yo he calificado á Andrade de poeta sublimemente didáctico, poniéndole en el grupo en que pongo á Manzoni, á Quintana y á Víctor Hugo.

Pero, apenas dicto mi primera sentencia, cuando interviene mi diablillo é interpone su apelación. ¿Qué enseña, dice, la poesía en nuestro siglo? ¿Qué sistemas filosóficos, qué doctrinas políticas y sociales, qué dogmas religiosos, qué problemas y qué teoremas de la ciencia de naturaleza podrá nadie resolver ó enseñar en verso, que no estén mejor enseñados ó resueltos, explicados y demostrados, en el más compendioso manual, catecismo ó cartilla para los niños de la escuela? Y como aun reconociendo en el poeta, en Dante, Goethe ó Leopardi, por ejemplo, todas las prendas de un sabio de primera magnitud, y creyendo que su cerebro fué ó es el archivo de todos los conocimientos divinos y humanos que en su época podían penetrar y conservarse con orden en el cerebro de una persona mortal, todavía dudo de la virtud docente de su poesía, mil veces más tengo que dudar de que ocurra y obre esta virtud en quien, lejos de haber estudiado y aprendido mucho, deja el colegio prematuramente con algunas ligeras nociones de historia y noticias muy elementales de literatura, y se lanza á la vida del periodismo, tan agitada y laboriosa.

Mirando este asunto bajo su aspecto prosaico, acude al pensamiento, al ver cómo nos dedicamos muchos al magisterio de la prensa antes de saber algo que enseñar, aquello del «Maestro Ciruela, que no sabía leer y ponía escuela», ó el chistoso epígrafe de un capítulo de la novela del Padre Isla que ha quedado como refrán: «Deja Fray Gerundio los estudios y se mete á predicador.»

Claro está que en este sentido, cuando ni los poetas que fueron también grandes sabios pueden ser poetas didácticos en el siglo XIX, menos lo es Olegario Andrade, cuyos estudios habían sido cortos y someros; pero hay otro sentido, según el cual, como por ciencia infusa, puede un poeta ser sublimemente didáctico en nuestros días.

Las elevadas aspiraciones, el ideal cuya realización se columbra en el porvenir, los planes, doctrinas y esperanzas que están en la mente colectiva de un pueblo ó de la humanidad toda, por estilo vago, informe y confuso, resplandecen con mayor luz en el alma del poeta, y merced á la energía plástica que el poeta tiene, se revisten de forma determinada, precisa y hermosa, en versos que muestran con claridad aquello mismo que agitaba el centro oscuro del alma y que el vulgo apenas comprendía. Para ser así poeta didáctico se requieren dos grandes y raras condiciones, sin las cuales no se alcanza la perfección de la forma en que estriba el misterio. Se requieren el entusiasmo y el buen gusto.

El entusiasmo, esto es, el sentimiento fervoroso y la imaginación potente que le pone de manifiesto, habilitaban é ilustraban, sin duda, el espíritu de Olegario Andrade: poseía esta primera condición para ser gran poeta docente. Sobre la otra condición, sobre la del buen gusto, hay reparos que poner.

En mi sentir, es necesario dar á la forma extraordinaria belleza para que este género de poesía transcendental y encumbrada penetre bien en las inteligencias y en los corazones, y venga á ser como la fórmula duradera de una tendencia general, de una aspiración nacional ó humana.

No bastan las imágenes de que reviste y adorna el poeta su pensamiento, ni el fuego de la pasión con que le presta calor y vida; son indispensables, además, el esmero, la reflexión y el arte más exquisito.

Acontece en ocasiones que un poeta, sin pensamientos muy por cima de lo vulgar, pero con sentimiento delicado, cuando posee y emplea ese arte exquisito, comunica al lector dicho sentimiento y le conmueve más que el poeta desaliñado, aunque tenga ideas más hondas y nuevas. Así entre nosotros, Moratín, hijo, es el más artista, el más primoroso cincelador de versos. Gracias á aquel magistral arte suyo, lo más insignificante á veces, por el fondo, nos penetra, interesa ó enternece. El pensamiento expresado con nitidez y mesura no toca en lo ridículo por el empeño de llegar á lo sublime; y el sentir, expresado con mesura también, aparece sincero, y se apodera de nosotros, mientras que un sentir, más sincero quizá, si está expresado con exageración, nos parece falso, y nos hace reir cuando pretende hacer que lloremos.

No es esto decir que lo primoroso y atildado de la forma salve nunca lo que carece de fondo, lo que está vacío de pensamiento, y frío de sentimiento, ó recalentado con sentimiento falso y postizo. Sean ejemplo de esto los versos políticos de Monti: son un prodigio de hechura, pero á mí me dejan helado: apenas tengo paciencia para leerlos.

No hay arte con que disimule el poeta la falta de convicción. Lo que sí puede ser es que por ampulosidad sobrada se estropee un sentimiento leal y sincero, y aparezca falso y mentido. Esto se advierte á veces en Víctor Hugo. No ha de extrañarse, pues, que también se advierta en Olegario Andrade, que tomó á Víctor Hugo por ídolo y modelo.

Víctor Hugo tenía mucho arte: ponía en la forma el mayor esmero y estudio, como casi todos los poetas franceses; pero nuestros poetas románticos, que no pueden imitar en la forma la poesía francesa, por ser tan distinta, y que acaso se dejan engañar por lo que dice el poeta extranjero de que la inspiración le arrebata y de que no reflexiona, ni lima, ni pule, escriben sin arte y allá corren desbocados, dando rienda suelta á su portentosa facilidad.

Presupuestos, con todo, el sentir y el pensar con hondura, y la sinceridad, y el brío en el estilo, que todo esto tiene Andrade, no se puede negar que fué egregio poeta, por más que á veces le falten el arte, la mesura, la nitidez y la elegancia.

Contra los principios y doctrinas que sostiene y divulga, nada tiene que decir el crítico que ama la poesía por la poesía. Lo que importa es la nobleza del intento, la grandeza del fin, el valor de aquellas ideas y aspiraciones generales en que estamos todos de acuerdo. Después, tan gran poeta parece Schiller kantiano, como Manzoni católico-liberal, como Whittier cuákero liberalísimo, como Quintana enciclopedista-progresista.

La historia, la filosofía, las religiones, todo puede ser asunto de versos con tal de que el asunto se trate bien; pero yo no me cansaré de repetir que en estos asuntos han de exigirse más que en nada la perfección de la forma, lo limpio y hermoso de la dicción, la riqueza de las imágenes y el buen gusto y el peregrino empleo de frases y giros. El poeta que no labre con todo esto sus versos filosóficos y políticos, se expone á que parezcan artículos de fondo con rimas ó índices y extractos del Bouillet ó de cualquier librejo de texto, puestos en coplas.

Con cuanto queda dicho se señalan y previenen los tropiezos á que se expone el que se lanza á poeta hierofante, digámoslo así. Que Andrade quería ser poeta de este género, y en lo posible lo era, se ve claro en su composición á Víctor Hugo. Allí, al ensalzar al maestro, explica Andrade el concepto que tuvo de la poesía y de la misión del poeta en este mundo.

Diremos, entre paréntesis, que Víctor Hugo, que recibió la composición, no la leyó, ó si la leyó, no entendió ni chispa, y contestó dando las gracias, con tres frases huecas y frías, en vil prosa.

La composición á Víctor Hugo fué, pues, mal pagada, y, á mi juicio, fué también despilfarrada. En este juicio no hay discrepancia entre mi diablillo crítico y yo: estamos de acuerdo; pero el mal pago, y cuando no el peor empleo, el derroche, no implican que sea mala la composición. La composición, á pesar de las enormes alabanzas al poeta francés, y á pesar de otros defectos, contiene, en mi sentir, bellezas de primer orden.

Los que versificaban en castellano en el siglo XVI no se curaban de evitar las asonancias.

En el día, nuestros oídos son más delicados y no las pueden sufrir; pero Andrade se quedó con los antiguos y no cayó en esto. Sus versos están plagados de asonancias que los desentonan y afean. Lo advierto, porque, si bien procuraré citar versos en que no haya asonancias inoportunas, será difícil.

Para Andrade, analizando ya la composición á Víctor Hugo, el poeta es un hierofante, es quien trae luz á la humanidad cuando se extravía en las tinieblas y quien le enseña el camino que debe seguir:

Así la humanidad despierta inquieta, En la noche moral abrumadora, Cuando surge el poeta, Ave también de vuelo soberano, Que en las horas sombrias Canta al oído del linaje humano Ignotas harmonías, Misteriosos acordes celestiales, Enseñando á los pueblos rezagados El rumbo de las grandes travesías, La senda de las cumbres inmortales.

Hecha ya esta definición, la ilustra con varios ejemplos históricos: pone como prototipos de estos poetas que enseñan á la humanidad y que la sacan ó tratan de sacarla del atolladero y de las tinieblas en que se ha hundido, á Isaías, á Esquilo, á Juvenal y á Dante; y, por último, síntesis maravillosa de todos éstos, y superándolos á todos, suscita Dios á Víctor Hugo, cuya misión es más alta que la de Isaías, que la de Juvenal y que la de Dante, porque viene á renovar el linaje humano, nada menos.

Diré aquí con toda franqueza que si yo fuese Víctor Hugo, y alguien me hubiera echado tanto incienso, y no tontamente, sino con gracia, y moviendo bien el turíbulo, hubiera yo escrito una carta menos seca, pagando al poeta sus alabanzas con otras iguales y no menos justas. La carta de Víctor Hugo me da rabia, como si yo fuese Andrade. La única disculpa que tiene la carta es que Víctor Hugo no sabía castellano y no entendió los versos de su admirador.

La verdad es que, ó debe uno callarse y dejar que le adoren como á un Dios, ó contestar con algo mejor que tres frases hechas á requiebros como los que siguen:

Todo lo tienes tú, la voz de trueno Del gran profeta hebreo, Fulminador de crímenes y tronos! El grito fragoroso del que un día Encarnó, para ejemplo de los siglos, La idea del derecho en Prometeo; La cuerda de agrios tonos De Juvenal, aquel Daniel latino, Tremendo justiciero de su siglo, Y el rumor de caverna de los cantos Del viejo Ghibelino. Todo lo tienes tú; por eso el cielo Te dió tan vasto sin igual proscenio. No hay notas que no vibren en tu lira, Ni espacios que no se abran á tu genio. Cantas al porvenir, y los que sufren, Esclavos de la fuerza ó la mentira, Sienten abrirse á sus llorosos ojos De la esperanza las azules puertas. Apostrofas al tiempo, y se levantan, Mágico evocador de edades muertas, Como viviente, inmenso torbellino, Razas extintas, pueblos fenecidos, Fantasmas y vestiglos, Para contarte en misterioso idioma La colosal Leyenda de los siglos! Todo lo tienes tú; todo lo fuiste: Profeta, precursor, mártir, proscrito. Gigante en el dolor te levantaste Cuando en la noche lóbrega sentiste Temblar los mares, vacilar la tierra, Con pavorosa conmoción extraña, Cual si un titán demente forcejease Por arrancar de cuajo una montaña. Era Francia, montaña en cuya cumbre Anida el genio humano; La Francia de tu amor, que tambaleaba Herida por el hacha del germano; Y arrojando la lira en que cantabas La Canción de los bosques y las calles, Fuiste á tocar llamada, De París sobre el muro ennegrecido, En el ronco clarín de Roncesvalles.

Larga es la cita que acabo de hacer; pero ella muestra la excesiva, candorosa y casi desdeñada adoración á Víctor Hugo; el concepto que formaba Andrade de lo que era ó debía ser un poeta grande; y aun algunos de sus sentimientos y creencias sobre el progreso y la libertad, y sobre el alto destino de Francia, cumbre donde anida el genio humano.

Las faltas de Andrade se ven también en los versos que acabo de citar. Por ellos se puede afirmar que se le empieza á conocer; mas para conocerle á fondo, es fuerza hablar de su Prometeo, de su Atlántida y de otras composiciones que piden más cartas. Por hoy añadiré sólo que al terminar los versos á Víctor Hugo, muestra Andrade otro de sus entusiasmos y sus creencias más poéticas: que el glorioso porvenir del humano linaje está en el mundo que descubrió Colón.

Desde aquí, teatro nuevo Que Dios destina al drama del futuro, Razas libres te admiran y se mezclan Al coro de tu gloria, Orfeo que bajaste En busca de tu amante arrebatada, La santa democracia, A las más hondas simas de la historia! Desde aquí te contemplan Entre dos siglos batallando airado Y arrancando á la lira La vibración del porvenir rasgado O el triste acento de la edad que espira! Y al través de los mares, Astro que bajas al ocaso, envuelto En torrentes de llama brilladora, Entonando tus cantos seculares, Te saludan los hijos de la aurora.

Este final es magnífico.

No es más grandioso y arrogante nada de Víctor Hugo; pero, como el poeta argentino, envolviendo á su ídolo en nubes de incienso y en nimbos y aureolas de luz, le llama viejo y astro que baja al ocaso, ¿quién sabe si Víctor Hugo lo entendería y se enojaría un poco?

Basta ya, por ahora. Otro día veremos cómo entrevé y predice Andrade el porvenir de su América, y cómo teje guirnaldas ó coronas poéticas con las flores que toma en la filosofía de la historia; jardín público donde cada cultivador planta y recoge las flores que le convienen ó le gustan; ciencia que cada cual construye, entiende y explica según le place.

* * *

7 de Mayo de 1888.

IV

Mi distinguido amigo: La última producción de Andrade, titulada Atlántida, es el canto de cisne, donde su sentir patriótico y de raza está expresado con mayor elegancia y brío. Premiado el canto en público certamen, y siendo además la obra más encomiada del poeta, bien puede afirmarse que las ideas y los sentimientos que contiene son de los más populares en las orillas de La Plata.

No pretendo yo negar que el canto es hermoso. No me propongo escatimar las alabanzas, ni deslustrar los aciertos sacando á relucir faltas y errores. Tampoco gusto, por lo común, de impugnar, con la fría dialéctica de la prosa, lo que tal vez afirma un poeta arrebatado por el estro; pero ¿cómo prescindir de mi propia manera de sentir, de mi ser de español-peninsular, y no contradecir sentimientos é ideas que en la Atlántida se expresan y que en algo ó en mucho nos lastiman?

El canto Atlántida está dedicado al porvenir de la raza latina en América, y esto de raza latina ofende mi amor propio español. En esto, para España, hay algo que hiere, como se sentiría herido un anciano al saber que un hijo suyo, emancipado, rico, con gran porvenir, establecido en remotos países y lleno de altas miras ambiciosas, justas y fundadas, había renegado del apellido paterno, y en vez de llamarse como se llamó su padre, había adoptado el apellido de un amo, á quien su padre sirvió en la mocedad.

Al llamarse latinos los americanos de origen español, se diría que lo hacen por desdén ó desvío del ser que tienen y de la sangre que corre por sus venas. Ellos se distinguen, entre sí y de nosotros, llamándose argentinos, mexicanos, colombianos, peruanos, chilenos, etc. Pero si buscan luego algo de común que enlace pueblos tan diversos é independientes, me parece que el tronco de las distintas ramas no está en el Lacio, sino en esta tierra española. Los Estados y las naciones que han surgido en América de nuestras antiguas colonias son tan españoles como fueron griegas las colonias independientes que los griegos fundaron en Africa, en Asia, en Italia, en Sicilia, en España y en las Galias. No se avergonzaron estos griegos independientes de seguir llamándose griegos, y no imaginaron llamarse pelasgos ó arios para borrar ó esfumar su helenismo en calificación más vasta y comprensiva.

Y aunque se diga que los portugueses no son españoles y que hay un gran imperio de origen portugués en América, el argumento no vale. Si hemos de reducir á un común denominador á los luso-americanos y á los hispano-americanos, á fin de sumarlos luego, más natural sería hacerlos á todos, no latinos, sino ibéricos y hasta españoles. Los portugueses, en los siglos de su mayor auge y florecimiento, cuando tenían navegantes, héroes y poetas, como Gama, Cabral, Diego Correa, D. Juan de Castro, Alburquerque y Camoens, no desdeñaban el ser españoles, por más que dentro de este predicamento general pusieran la distinción específica de portugueses. Ni sé yo que los austriacos, cuando no son húngaros, bohemios ó croatas, así como tampoco otros pueblos germánicos, que no dependen del imperio alemán, fundado por los prusianos, repugnen el dictado de alemanes y pretendan llamarse de otra manera. Más derecho sería negar al imperio flamante el exclusivo título de alemán.

De esta suerte pudieran los portugueses, si hubiera tribunal con jurisdicción para decidir y el negocio importase más, poner pleito á España por haberse alzado con el nombre de España y pedir que este Estado se llamase Reino Unido de Aragón y Castilla.

Me parece, por otra parte, que el título de América latina disuena más al promover la contraposición con la América yankee, que han dado en apellidar anglo-sajona. Para que la contraposición fuese exacta, convendría, si llamamos anglo-sajona á una América porque se apoderó de Inglaterra un pueblo bárbaro llamado anglo-sajón, llamar visogótica á la otra América, porque otro pueblo bárbaro, llamado visogodo, conquistó la España. Igual razón habría para llamar á los Estados Unidos y al Canadá América normanda, con tal de que la restante América se llamase moruna ó berberisca.

La verdadera contraposición, la innegable diferencia entre los yankees y los hispano-americanos de cualquier república que sean, no está en lo germánico, ni en lo latino, ni en lo normando, ni en lo moruno, ni en lo anglo-sajón, ni en lo visogótico, sino en que una América, civilizada ya, procede de ingleses, y de españoles otra, cuando Inglaterra y España eran al fin dos naciones perfectamente formadas y distintas, con condiciones propias y con carácter peculiar y con sello de originalidad indeleble. Y este sello tiene ó debe tener fuerza y virtud informante para marcar y asimilar á la gente que entre por aluvión á ser parte de la población de los nuevos Estados. Y así como no es de presumir que los franceses del Canadá y de Nueva Orleans, y que los españoles de origen de California, Texas y la Florida, y mucho menos los seis ó siete millones de negros, ciudadanos libres hoy de la república que fundó Washington, cambien el ser de aquella república y borren su origen, en su mayor parte inglés, menos debe temerse que los italianos ó los franceses que emigran ahora á la América, de origen, no en su mayor parte, sino exclusivamente española ó ibérica, borren la filiación y las señales de la procedencia y conviertan aquella América en latina.

Hechas estas consideraciones para que quede en su punto la verdad, severa y prosaicamente considerada, no debiéramos disputar más con el poeta, sino repetir la sentencia de Horacio del quidlibet audendi, y dejarle imaginar lo que se le antojara y convertir en latinos á todos los hispano-americanos desde Nueva Méjico á Patagonia.

En medio de todo no hay concepto generalizador que, aun pareciendo absurdo por un lado, no tenga por otro cierto racional fundamento, el cual estriba en nociones vagas, que se desprenden de ciencias nuevas, como, en este caso, de la filosofía de la historia, de la etnografía y de la filología comparativa, y pasan al dominio del vulgo. De aquí, sin duda, que habiendo sido tan pocos los latinos, allá en un principio, nos convirtamos ahora todos en latinos, con sorpresa y pasmo de los que no están en el secreto y por obra y gracia de las mencionadas ciencias.

Podemos llamarnos latinos, aunque no raza latina, como ya nos llamaron latinos los griegos del Bajo Imperio, para quienes los alemanes y los ingleses, y con sobrada razón, eran latinos, porque habíamos sido todos civilizados por el latín y con el latín: por el Imperio latino de Roma y después por la Iglesia latina, de Roma. Podemos llamarnos latinos, porque nuestras lenguas proceden del latín, y, en este sentido, no son latinos los alemanes; pero no sé yo por qué los ingleses han de ser más germánicos que latinos ó celtas. Si es cuestión de vocablos, acaso, casi de seguro, hay en un Diccionario inglés tantas palabras tomadas del latín como tomadas de otro idioma. Y si nuestro latinismo se funda en el influjo civilizador de la Iglesia romana, desde la caída del Imperio hasta la Reforma, los ingleses y los irlandeses resultan más latinos que los españoles, quienes, durante toda la edad media, estuvieron mucho más separados que Inglaterra y que Irlanda del influjo de Roma.

En resolución, y bajo cualquier aspecto que esto se mire, yo comprendo que, con el andar de los siglos, desaparezca del todo entre los yankees la huella de su origen inglés, y entre los hispano-americanos la huella de su origen español, para que yankees é hispano-americanos sean algo enteramente nuevo; pero no comprendo que yankees é hispano-americanos se borren el ser inglés ó español que tienen para que aparezca por bajo un ser anglo-sajón ó latino, á la manera que se puede borrar lo escrito recientemente en un palimpsesto, para que salga á relucir por bajo alguna obra clásica de antigüedad remota.

Si otro modo de transformación puede ó no ocurrir, misterio es profético en el que no debo entrar. Sólo digo que esta transformación, por cuya virtud quedasen descastados los españoles ultramarinos, los vejaría más á ellos que á los españoles peninsulares. ¿Carecerá la raza que colonizó tan inmensa extensión de ambas Américas de vigor y de nervio suficientes para imponer el sello característico que la distingue? ¿Cederá al empuje de la inmigración creciente, dejando, v. gr., que los franceses ó los italianos se sobrepongan, y que las nuevas nacionalidades y tal vez las lenguas sean un conjunto italo-franco-hispano-lusitano, que venga á denominarse latino, para que no sea tan largo el término de expresión?

Me parece que, en todo caso, han de pasar centenares de años antes de que esto ocurra.

Lo más probable, así como lo más deseable, será que el Brasil, prescindiendo de tupinambas y guaranies, y de negros bundas y minas, y considerado como nación civilizada, siga siendo portugués de casta y origen, y que sus habitantes sigan hablando y escribiendo la lengua portuguesa, enriquecida ya por ellos con un tesoro de poesía épica y lírica y con muy estimables libros de historia y de derecho; que todas las repúblicas hispano-americanas, como pueblos civilizados, sigan siendo de origen español, y que sus ciudadanos sigan hablando la lengua de Castilla, en que han escrito Alarcón, Sor Juana Inés, Valbuena, Gorostiza, Ventura de la Vega, Baralt, Bello y Olmedo; y que los sesenta millones de yankees, que podrán dentro de poco pasar de ciento, sigan siendo ingleses por su origen, como pueblo civilizado, y sigan hablando la lengua inglesa. Las literaturas de estos pueblos seguirán siendo también literaturas inglesa, portuguesa y española, lo cual no impide que con el tiempo, ó tal vez mañana, ó ya salgan autores yankees que valgan más que cuanto ha habido hasta ahora en Inglaterra; ni impide tampoco que nazcan en Río Janeiro, en Pernambuco ó en Bahía escritores que valgan más que cuanto Portugal ha producido; ó que en Buenos Aires, en Lima, en México, en Bogotá ó en Valparaíso lleguen á florecer las ciencias, las letras y las artes con más lozanía y hermosura que en Madrid, en Sevilla y en Barcelona.

No niego yo la posibilidad de que los hispano-americanos nos superen; y si no deseo que se nos adelanten, porque la caridad bien ordenada empieza por uno mismo, deseo que nos igualen. Lo que niego es que, á no ser por decadencia y no por primor ó por adelanto, se vuelvan latinos. Afirmo la persistencia del españolismo, y en este sentido creo que la sentencia del Duque de Frías no puede fallar. Durante muchos siglos aún podremos exclamar con dicho poeta:

Españoles seréis, no americanos,

y podremos afirmar que el navegante que vaya por allí desde Europa,

Al arrojar el áncora pesada En las playas antípodas distantes, Verá la Cruz del Gólgota plantada Y escuchará la lengua de Cervantes.

Bolívar pudo sacudir el yugo del tirano Fernando VII; pero el otro yugo, suave y natural, del Manco de Lepanto y del ejército de escritores que le sigue, es yugo que nadie quiere, ni debe, ni puede sacudir.

Otro sentimiento, que no nos es favorable, se deja traslucir además en el canto Atlántida. Es legítimo, sin duda, el deseo, y no deja de tener fundamento la esperanza que anima á los americanos, esto es, á los descendientes de europeos que fueron á colonizar á América, de que el porvenir de la humanidad está allí: de que, si en Asia, cuna de la civilización, hizo la humanidad grandes cosas, y de que, si más tarde, tal vez desde las guerras médicas, Europa adquiere la hegemonía, civiliza, domina el mundo y obra mil portentos, todavía América los obrará mayores en lo futuro, eclipsando las glorias de las más ilustres naciones de Asia y de Europa. Hasta este punto, el pensar y el aspirar son razonables y nada tienen de odiosos. Nada hay que decir, pongo por caso, de que un ciudadano de Chicago espere que el esplendor de su ciudad anuble dentro de poco el esplendor de la memoria de Roma, ó de que Nueva York haga olvidar á Sidón y á Tiro, ó de que por Boston se venga á oscurecer la fama de Atenas. Pero ya es de censurar, si traspasando este límite se advierte la impaciencia, que tiene algo de antinatural, como cuando un hijo piensa en que se le muera pronto su padre para heredarle, de que decaiga Europa, á fin de que se levanten las naciones de América con superior y no disputada grandeza.

De todos modos, yo no apruebo esta especie de naciente rivalidad entre el mundo nuevo y el viejo, y creo compatible la grandeza de ambos mundos y posible el florecimiento de las naciones de por allá y de las de por acá; pero como de la emulación nacen los grandes hechos, y no hay éxito dichoso donde no hay confianza, aplaudo el júbilo soberbio con que Andrade parece que espera más de su raza que de Europa y que de los yankees, asegurando que su raza va á cumplir las promesas de oro del porvenir, el cual está reservado (en América se entiende)

Á la raza fecunda Cuyo seno engendró para la historia Los Césares del genio y de la espada.

Andrade quiere decir con esto, y yo me alegraría de que tuviese razón, pues aunque quiero bien á los yankees, quiero más á la gente de mi casta y sangre, que lo grande que tiene aún que hacer la humanidad lo van á hacer los hispano-americanos. Ojalá, repito, que sea así. Pero ¿qué necesidad hay para ello de que nos considere ya muertos ó arruinados?

Andrade, profetizando en favor de su raza, que él llama latina, exclama:

Aquí va á realizar lo que no pudo Del mundo antiguo en los escombros yertos: La más bella visión de las visiones: Al himno colosal de los desiertos, La eterna comunión de las naciones.

Supongo que el poeta intenta decir, aunque, francamente, lo dice mal, que, escuchando el himno colosal de los desiertos, esto es, en medio de la magnífica, exuberante y hermosa naturaleza de aquel nuevo é inmenso continente, la raza latina realizará al cabo

La eterna comunión de las naciones,

ó sea una confederación y consorcio de pueblos libres, prósperos, fuertes, ricos y llenos de altísima cultura.

A nada de esto debe oponerse, sino aplaudir, todo latino de por acá. Lo que yo no apruebo, y lo que no aprobará ningún latino de los de esta banda, es que los latinos de la otra banda pongan como condición, á lo que parece, el que se convierta en escombros yertos este mundo antiguo, en el que hemos nacido y en el que vivimos.

En un porvenir remoto, todo, sin embargo, es posible. Tal vez dentro de algunos siglos, en vez de venir los chilenos, peruanos, brasileños, etc., á estudiar, á divertirse y á gozar, en escuelas, teatros y bullicios de París, de Roma y hasta de Madrid y Sevilla, aunque decaídas ya estas poblaciones, vengan á visitar sus ruinas como visitan ahora los europeos las ruinas de Persépolis, Palmira, Nínive y Babilonia. Lo que casi no es posible, y vuelvo á mi tema, es que los hispano-americanos, aun después de ocurrido todo lo que dejo consignado, se conviertan en latinos. ¡Cuidado que á mí me encantan Horacio y Virgilio, y los Gracos y los Scipiones, y Paulo Emilio y Régulo, y los Fabios y los Decios! Aunque propiamente no sean latinas, todas las grandes cosas de la Italia moderna me maravillan también y me atraen. Yo reconozco y bendigo el influjo civilizador de Italia, la cual, hasta el siglo XVI, y desde siete siglos antes de Cristo, y aun desde más temprano si contamos con el florecimiento de la Etruria y de la Magna Grecia, es la maestra de las gentes; pero los discípulos no han perdido su ser y dejado de ser lo que eran. Un cordobés, paisano de Lucano y de Séneca; un señorito de Sevilla, paisano casi de Silio Itálico y de los emperadores Trajano, Adriano y Teodosio el Grande, ó un natural de Cádiz, paisano de los Balbos, me chocaría á mí que saliese con la tonada de que era latino, cuando tal vez no supiese decir en latín sino el Gloria Patri y el Sicut erat. Hágase Ud. cargo si me chocará que un ciudadano de Buenos Aires, ó de Montevideo, ó de Quito, salga con que es latino ó de raza latina, como si tuviese á menos ó se avergonzase de ser de raza española.

Pero, en fin, nada de esto destruye el mérito de los versos de Andrade, de que seguiré hablando otro día.

Perdone Ud. que por hoy haya perdido yo tanto tiempo en mi inocente desahogo contra esta latinidad postiza que por moda científica nos han colgado á todos.

* * *

14 de Mayo de 1888.

V

Mi distinguido amigo: Confieso que el canto Atlántida hace que me asalten con vigor mis dudas y cavilaciones sobre la poesía docente en nuestra edad, en que todas las ciencias están metodizadas y ordenadas.

Es de toda evidencia que existe aún sublime poesía docente, la cual, no sólo enseña el camino del progreso al linaje humano, sino que habla de Dios, revela los misterios del universo y de la historia, y mueve y levanta los corazones para que realicen nobles y útiles empresas. El influjo de esta poesía es hoy como nunca poderoso, y da un mentís á los que afirman que vivimos en época positiva y prosaica. Más que Tirteo en la antigua Grecia, influyen Whittier en la guerra civil de los Estados Unidos para dar libertad á los esclavos, y Quintana, en España, sosteniendo á la vez, con idéntico brío y en maravillosa y rica combinación, las ideas y los sentimientos que habían producido la revolución en Francia y el fervoroso patriotismo que abominaba de los que, por fuerza y sometidos ya á un tirano, aparentaban divulgar esos sentimientos y esas ideas á costa de la dignidad y de la independencia de las otras naciones.

Jamás como ahora, á pesar de la manía de afirmar que estamos en la edad de la razón y que ha pasado la edad de la fe, ha sido el entusiasmo más contagioso, ni ha tenido más eficacia, precediendo á la acción el pensamiento, y revistiéndose para propagarse y transformarse en obras de la palabra rítmica, sonora y alada.

Pero todo esto no es porque los poetas patenticen los arcanos que antes sabían sólo asociaciones secretas, ni hagan raros descubrimientos de que nadie se hubiera enterado hasta que ellos lo dijeron, sino porque á lo sentido, á lo imaginado y á lo pensado por muchos, tal vez informe y confusamente, aciertan á dar forma divina, sintiéndolo con más energía, imaginándolo con mayor lucidez, pensándolo con más limpia y pura claridad y comunicándolo así á las muchedumbres.

Todo depende, pues, de una feliz forma íntima, de la oportunidad y del tino.

Cierto escritor israelita ha compuesto un libro donde trata de probar que no hay sentencia alguna en el Sermón de la Montaña que no hubieran pronunciado antes de Cristo estos ó aquellos doctores de la Sinagoga ó de sectas judaicas en disidencia. Miremos el asunto con mirada racionalista y profana, y concedamos por un instante que dice verdad el autor del libro. El mérito de Jesús no se menoscabará por eso; antes crece en nuestra mente y se magnifica. ¡Con qué inspiración imperiosamente persuasiva, con qué soberano magisterio, con qué arte prodigioso no diría Jesús su Sermón, cuando de un tejido de frases olvidadas ó desdeñadas de rabinos obscuros, y de los que nadie hacía ya caso, compuso una obra moral y social que ha renovado el mundo y que hace cerca de dos mil años es como el fundamento ideal de la vida y de las costumbres entre las naciones que gobiernan y dirigen los destinos humanos!

En escala inferior, así es toda obra de un gran poeta. Nada explica mejor esto que dos palabras que no sé por qué han caído en desuso en nuestra lengua: la virtud de la concinidad y el poder del concionador, en su acepción más elevada.

Por una concinidad inspirada por el cielo, suponiendo fundada la crítica del autor israelita, hizo Jesús ley de la humanidad de un centón de máximas rabínicas; y por concinidad semejante, aunque en más baja esfera, influye un poeta en el porvenir de su pueblo con otro centón de lugares comunes.

Todo estriba, más que en lo que se dice, en el modo de decirlo; pero este modo no está sujeto á reglas, ni se aprende estudiando la poética y la retórica, sino que brota del alma humana, altamente iluminada, predestinada y escogida. Así se concibe que sea poeta docente, poeta concionador, Olegario Andrade, que al cabo, en prosa, sabía poquísimo, y no tenía, por consiguiente, mucho que enseñar.

Dos terribles escollos tiene que evitar el poeta que se engolfa por este mar de la poesía docente: el de mostrar enfático y falso sentimiento, que en vez de entusiasmar mueve á risa, y en este escollo Andrade, que es sincero, no tropieza jamás; y el de aspirar inocentemente á lo muy didáctico y caer en el prosaísmo, en lo cual no he de ocultar que Andrade alguna vez tropieza.

Para enseñar de cierto modo, no vale ya ni sirve la verdadera poesía, aunque el metro y los consonantes valgan aún como recurso mnemotécnico. Cuando se apela á este recurso, en vez de crear versos áureos, como los de Pitágoras, ó máximas solemnes, como las de los antiguos sabios y poetas gnómicos, se suelen hacer versos, cuya utilidad yo no niego, pero que hacen reir de puro ramplones. Menester fué de todo el talento y buen gusto de Martínez de la Rosa para que sus dísticos del Libro de los Niños no parezcan ridículas aleluyas, y suenen bien como suena:

La conciencia es á la vez Testigo, fiscal y juez.

Las máximas del barón de Andilla, por ejemplo, pueden ponerse en solfa, aunque enseñan cosas útiles, como la que dice:

Niña, en la iglesia la cabeza tapa: San Lino lo ordenó, segundo Papa.

Y en versitos, útiles también, viven en boca de las personas cultas las diferentes formas del silogismo, los impedimentos dirimentes del matrimonio, los requisitos que debe tener toda demanda de un abogado, los pretéritos y supinos y otras reglas de la gramática latina, y no pocos aforismos de medicina casera, como

Post prandium, dormire; Post cenam, mille passus ire.

Ya, con mayor amplitud, se ha escrito en verso la Historia; y de ello nos da muestra notable el reverendo padre Isla, escribiendo la de España, que aprendí yo cuando chiquillo, desde

Libre España, feliz é independiente, Se abrió al cartaginés incautamente,

hasta

Logre el cetro español años completos En Felipe, en sus hijos y en sus nietos.

El canto Atlántida, si bien realzado con vuelos filosóficos, tiene algo de compendio de la historia de los pueblos latinos. Empieza el poeta con Roma, cuyo origen, crecimiento y grandeza nos pinta. Luego trae su decadencia y caída. Después de Roma, se levanta España, y el poeta encarece con amor nuestros grandes actos en la vida de la humanidad. Caemos también, y el poeta lamenta nuestra caída, y la atribuye á que cayó sobre nuestro espíritu

La sombra enervadora del Papado,

lo cual me desagrada, no tanto porque dude yo de que el Papado tenga sombra enervadora, ni de que esta sombra sea como la del manzanillo, causa de perdición y muerte, cuanto por el feísimo vocablo Papado, que hace pensar en la papada, y que se me resiste en verso heroico.

En pos de España, que

..... duerme acurrucada Al pie de los altares, Calentando su espíritu aterido En la hoguera infernal de Torquemada,

viene Francia, recoge el cetro de los latinos, produce á Voltaire, y nos da en seguida su magnífica revolución, hoguera de efecto contrario al de la hoguera inquisitorial:

Hoguera en cuya lumbre soberana Va a forjar, como en fragua ciclopea, Su eterno cetro la razón humana.

Francia cae también en Sedán, y ya le llega su turno á la América. Andrade, con todo, no nos da por muertos aún. Cree que aun tenemos ser, y lo expresa en estos versos generosos:

Anteos de la historia, Los pueblos que el espíritu y la sangre Llevan de aquella tribu aventurera Que encadenó á su carro la victoria, Ya los postre ó abata La corrupción ó la traición artera, No mueren aunque caigan. Así Roma En su tumba de mármol se endereza Y renace en Italia, como planta Que el polvo de los siglos fecundiza. Así España sacude la cabeza Tras largas horas de sopor profundo, Y arroja los fragmentos De su pasada lápida mortuoria, Para anunciar al mundo Que no ha roto su pacto con la gloria. Y Francia, la ancha herida Del pecho no cerrada, En la sombra se agita cual si oyera Rumores de alborada.

Á pesar de todo, América se adelanta y se apercibe ya á hacer el primer papel:

Á celebrar las bodas del futuro En sus campos de eterna primavera,

y á dar

Ámbito y luz en apartadas zonas Al genio inquieto de la vieja raza, Debelador de tronos y coronas.

Nada falta ya en América á este genio latino. Allí va á realizar prodigios que en balde hemos pugnado por realizar nosotros: el poeta sueña hasta con una nueva religión más comprensiva y sublime que las profesadas hasta ahora.

Y el Andes, con sus gradas ciclopeas, Con sus rojas antorchas de volcanes, Será el altar de fulgurantes velos En que el himno inmortal de las ideas La tierra entera elevará á los cielos.

En la descripción de esta América, ocupada por la raza latina, campo abierto á su afán, pone Andrade rasgos brillantes y espléndidos colores.

La enumeración y la calificación de las diversas repúblicas tienen hermosos versos.

Allí vemos á

..... Colombia adormecida Del Tequendama al retemblar profundo; Colombia la opulenta, Que parece llevar en las entrañas La inagotable juventud del mundo;

Á Venezuela, cuna de Bolívar; al Perú, aunque vencido, no humillado; á Chile, el vencedor, que

..... fuerte en la guerra, Pero más fuerte en el trabajo, vuelve A colgar en el techo Las vengadoras armas, convencido De que es estéril siempre la victoria De la fuerza brutal sobre el derecho;

al Brasil,

Á quien sólo le falta El ser más libre para ser más grande;

y, por último, á la patria del poeta, á la rica y extensa patria argentina:

La patria, que ensanchó sus horizontes Rompiendo las barreras Que en otrora su espíritu aterraron, Y á cuyo paso en los nevados montes Del Génesis los ecos despertaron. La patria, que, olvidada De la civil querella, arrojó lejos El fratricida acero, Y que lleva orgullosa La corona de espigas en la frente, Menos pesada que el laurel guerrero. ¡La patria! En ella cabe Cuanto de grande el pensamiento alcanza: En ella el sol de redención se enciende; Ella al encuentro del futuro avanza, Y su mano, del Plata desbordante La inmensa copa á las naciones tiende.

Los últimos versos, á pesar de las asonancias repetidas, y que ya no se sufren, son un bellísimo y entusiasta llamamiento á los europeos, de raza latina, para que vayan á colonizar en la Plata.

¡Ámbito inmenso, abierto De la raza latina al hondo anhelo! ¡El mar, el mar gigante, la montaña En eterno coloquio con el cielo..... Y más allá desierto! ¡Acá ríos que corren desbordados; Allá valles que ondean Como ríos eternos de verdura, Los bosques á los bosques enlazados; Doquier la libertad, doquier la vida Palpitando en el aire, en la pradera, Y en explosión magnífica encendida!

Por lo citado y expuesto, se ve que, á pesar de todo su desaliño y demás faltas, era Andrade un inspirado y original poeta; pero tal vez resplandecen más sus buenas cualidades cuando desecha la serenidad didáctica, es lírico puro y se deja llevar de la pasión que le agita. Habrá acaso en esta pasión algo de poco razonable; pero esto no importa cuando la pasión no es singular, sino de muchas gentes, de las cuales el poeta se hace eco y es órgano.

Así, más que el patriotismo, el americanismo de Andrade.

Justo es que todo Estado independiente ponga el mayor empeño en conservar y hacer respetar su autonomía. Justa es también cierta mancomunidad de intereses entre todas las repúblicas de origen español, y así lamentamos las guerras, harto crueles con frecuencia, que se han hecho entre sí estas repúblicas. Chile ha asolado y arruinado el Perú. El Paraguay ha quedado medio desierto después de la última guerra. Justo es que todas estas repúblicas, ya que se separaron de la metrópoli y de los Estados de Europa, se enojen de toda tutela ó curatela que aspiremos á imponerles. Nada más impolítico, absurdo y deplorable que nuestra guerra del Pacífico y que la expedición á México, que puso al infeliz Maximiliano sobre su instable y peligroso trono.

Delirio fué, en mi sentir, el más ó menos vago proyecto, no nacional, sino palaciego, que hubo, tiempo há, en España, ya de levantar en la misma México, ya en Quito, un trono para algún príncipe ó semipríncipe de nuestra dinastía. España, por dicha, no piensa ya, si es que pensó alguna vez, en nada semejante, y hasta abomina de ello.

Las demás naciones de Europa, escarmentadas con el cruelísimo ejemplo de Maximiliano, y convencidas de que no es posible, ni conveniente, que reine en América un príncipe europeo, no acometerán ya jamás tales empresas, y no se dejarán seducir, y se taparán las orejas para no oir las excitaciones, los ruegos y las promesas de los americanos monárquicos, si aun los hubiere después del escarmiento último. Pero concediendo esto, no podemos conceder que haya nada de juicioso en el americanismo exagerado. ¿Dónde está, ni cómo puede concebirse este antagonismo ó contraposición entre Europa y América, cuando la América civilizada no es, ni puede ser, sino la prolongación, el complemento, una parte del triunfo de la civilización europea y cristiana sobre la naturaleza bravía y no domada aún por el hombre; y sobre las razas bárbaras y salvajes, que, al contacto de los europeos, ó se mezclan con ellos y se regeneran y levantan, ó perecen y se hunden?

Alzar en América un reino ó imperio nuevo sería locura. Admirémonos de la previsión astuta de D. Juan VI, ó de sus consejeros, que habilitó á D. Pedro de Braganza para decir su famoso fico, me quedo, y quedar en efecto de emperador del Brasil; pero lo que no se hizo en sazón no se remedia cuando fuera de sazón quiere hacerse. La América española debe ya ser, y es menester que siga siendo republicana y señora de sí misma. No autoriza esto, con todo, ni menos justifica los arbitrarios asertos de que la virtud, el desinterés y la libertad se fueron al Nuevo Mundo, y el hablar con horror de la tiranía de los reyes y de la bajeza lacayuna de los pueblos que los sufren, cuando en América se han sufrido dictadores y tiranos más zafios, ruines, sanguinarios y codiciosos que nuestros peores reyes. En ninguna nación civilizada de Europa ha habido, desde hace un siglo, sobre ningún trono, más aborrecible y cruel tirano que Rosas. Y, por otra parte, el sufrir los desmanes, los vicios, los crímenes y las insolencias de un rey no humilla tanto, ya que, en virtud de una ficción legal, aquel hombre está, para bien de todos, colocado aparte, y como por cima de los demás, y es monumento vivo de antiguos héroes y caudillos y de mil gloriosos hechos; mientras que un tirano improvisado sale á veces de la hez, del cieno, del más hondo sedimento de las cloacas sociales, y se encumbra, por fuerza ó astucia, no en virtud de ley antigua y veneranda, sino hollando todas las leyes, para plantar su rudo pie sobre el pescuezo de sus iguales y de sus superiores.

Pero, por cima de todas estas consideraciones, vienen á ponerse el brío patriótico, la noble independencia, y el orgullo, para mí digno de aplauso, que prefiere hasta la mayor infelicidad en casa, á un bien, á una ventura, á una felicidad que acudan á traernos los extraños; por todo lo cual aplaudo yo á Andrade, más que cuando adoctrina á todo el humano linaje, cuando se revuelve contra nosotros los europeos y nos injuria elegantemente, en el ardor de su lírica vehemencia, y nos llama enflaquecidos, corrompidos, lacayos, esclavos y otras lindezas.

Su poesía La Libertad y la América es á la vez una diatriba contra nosotros, un himno triunfal al Nuevo Mundo y un cartel de desafío á los europeos.

Y, sin embargo, ésta es la composición que más me agrada de Andrade. En la facilidad, en la riqueza y en la fluidez, parece de Zorrilla; y parece de Víctor Hugo en la crudeza y en el furor con que ensalza á los suyos y á nosotros nos vilipendia y deprime.

Aquí donde algún día vendrán las razas parias A entrelazar sus brazos en fraternal unión, A despertar acaso las selvas solitarias, Con el sublime acento de místicas plegarias, Cantando los esclavos su eterna redención. Aquí la vieja Europa con mano enflaquecida, Con la altanera audacia de la codicia vil, Quiere injertar su sangre, su sangre corrompida, Que se derrama á chorros por anchurosa herida, En la caliente sangre de un pueblo varonil. Y allá en la blanca cima do el cóndor aletea, Clavar sobre los cielos su roto pabellón; Y acá sobre su espalda robusta y gigantea Colgar de sus lacayos la mísera librea, Colgar de sus esclavos la insignia de baldón.

Contra este supuesto propósito de Europa, el poeta se alza lleno de indignación, y llama al combate, así á los héroes vivos, como á los héroes muertos; á aquellos que, durante la guerra de emancipación,

En el mar, en el valle, en las montañas, Revolcaban al león de las Españas, Que bramaba de rabia y de coraje.

Volviendo luego al primer metro, continúa el cántico triunfal y profético americano, vaticinando un porvenir glorioso para el Nuevo Mundo, é implícitamente al menos, la ruina del Mundo Antiguo.

¡América! tus ríos te ofrecen ancha copa; La túnica del iris, espléndido dosel; Las selvas seculares son pliegues de tu ropa; En tus desiertos cabe la vanidad de Europa: Las razas del futuro te buscan en tropel. ¡Ni siervos, ni señores, ni estúpido egoísmo! Al Universo anuncia tu gigantesca voz. En vez de las almenas del viejo feudalismo, Con la frente en el cielo, la planta en el abismo, Los Andes se levantan para tocar á Dios.

Y, por último, el poeta asegura que la historia va á terminar allí; que el non plus ultra de todos los ideales está en su continente; que no hay otro más allá de bello, de bueno, de noble, ni de santo, que lo que su América realice:

Tus Andes son el templo de cúpula de hielo, En que, después de rudo y ardiente batallar, Vendrá á colgar sus armas con religioso anhelo La caravana humana para elevar al cielo El himno sacrosanto de amor y libertad.

Claro está que en todo esto hay mil parabienes agoreros que deben lisonjear á los argentinos; justas aspiraciones y egregias esperanzas, y además lirismo y pompa poética que á todos nos hechizan. Hay también extravagancias, así en el fondo como en la forma, de cuyas tres cuartas partes, lo menos, hago yo responsable á Víctor Hugo y á la manía que inspira de imitarle.

Veremos aún el Prometeo y otros poemas. Temo cansar á Ud. con tan largo examen crítico; pero Ud. lo ha querido, y ya no hay más sino llevarlo con paciencia.

* * *

4 de Junio de 1888.

VI

Mi distinguido amigo: Incompleto quedaría mi examen de las obras poéticas de Andrade si no hablase yo de la más transcendental: de su Prometeo, inspirado por el de Esquilo.

La crítica literaria dictó en el siglo pasado sentencias tan contrarias á las que dicta en el nuestro, que sería largo demostrar aquí que hoy es cuando tenemos razón, y que los críticos de entonces se equivocaban. Así, pues, suprimo pruebas en gracia de la brevedad, y doy por demostrado que tenemos razón ahora: que ahora toda sentencia que recae sobre libros de la clásica antigüedad es definitiva é irrevocable.

El Prometeo de Esquilo, por lo tanto, drama para los críticos franceses pseudoclásicos, como Voltaire y La Harpe, bárbaro, sin acción y sin caracteres, es para nosotros, y en realidad y para siempre, un prodigio de poesía: una de las obras más sublimes que ha producido el ingenio humano. Dicen que Esquilo consagró sus tragedias al Tiempo, y tuvo razón, ya que el Tiempo agradecido le hace justicia. Hoy las admiramos todas, y sobre todas la de Prometeo, aunque es la segunda parte de su trilogia, de la cual, salvo cortos fragmentos, se han perdido la primera parte y la tercera. En traducir el Prometeo, en comentarle, en explicarle, en completarle ó en imitarle, se han empleado los más egregios poetas, críticos, filólogos y pensadores de nuestra edad: Shelley, Byron, Edgardo Quinet, Goethe, Bunsen, A. Maury, Patin y mil otros. Unos han puesto en verso cuanto suponen que Esquilo dejó por decir, ó cuanto dijo y se perdió; otros han dado sentido nuevo á la fábula; otros han disertado largamente para desentrañar todos los misterios que la fábula esconde.

Tal vez esta fábula, entendida de cierto modo, se aviene con el prurito de impiedad y de rebeldía blasfema que hoy atosiga muchos espíritus, y que ha inspirado, por ejemplo, el himno á Satanás de Josué Carducci: tal vez se aviene con la suposición de que en el Supremo Dispensador de los destinos humanos hay tiranía y malevolencia, y de que la gloria y la grandeza del audaz linaje de Japeto está en rebelarse contra esa tiranía y su bienaventuranza en sacudir el yugo.

Aun antes de nuestro siglo, entre los vates precursores, aparece Milton, el cual, en medio de su fe cristiana, sentía ya ese espíritu de rebelión y simpatizaba con él; por donde pone noble grandeza y egregia hermosura en su Príncipe de los demonios, y aun toma para pintarle rasgos del Prometeo del trágico griego.

La sospecha ó la acusación contra la impiedad de Esquilo hubo de mostrarse ya cuando él vivía, y dar origen á la historia de que le mató el águila de Júpiter, dejando caer sobre su calva frente una tortuga que llevaba entre sus garras por el aire.

Críticos y comentadores hay, con todo, que, lejos de ver impiedad en Esquilo, le consideran piadosísimo, y explican la trilogia de Prometeo dándole significación profundamente religiosa. Si el poeta pecó en algo, fué en divulgar doctrinas esotéricas, que se transmitían sólo á los iniciados en los misterios y que se custodiaban en el seno de colegios sacerdotales.

Por lo demás, como todas las mitologías, y singularmente la griega, se formaron por amalgama ó fusión de opuestas y encontradas creencias y modos de sentir y entender, resulta que en esta fábula de Prometeo hay varias y aun opuestas interpretaciones, según se la considere, y aun según sea el autor de que se tome, pues también antes de Esquilo la trató Hesíodo.

De aquí que muchos, apoyándose en la idea de que hubo una revelación primitiva, cuya luz aparece, aunque ofuscada, en el seno del paganismo, ya ven en el Titán filántropo, que padece por amor de los hombres, una confusa prefiguración del Redentor; y ya ven lo mismo en el hijo de Júpiter, en Hércules, que mata el buitre ó el águila que devoraba el renaciente hígado de Prometeo, y reconcilia á éste con Júpiter, á la cual interpretación vienen á dar más fuerza las palabras en que explica Hesíodo la buena voluntad con que Júpiter perdona; porque «así se difundía con mayor gloria sobre la tierra la virtud de su Hijo muy amado».

En el poema de Andrade, más lírico que épico, donde se narra poco y hay muchos versos en que habla el Titán, esta confusión, ó más bien oscuridad entre lo impío y lo piadoso, persiste y no se disipa.

¿Será á Júpiter, ó á Dios mismo, á quien por boca del Titán dice el poeta todos estos insultos y amenazas?

¡Oh Dios caduco! grita El titán impotente: Como esta negra carne que renace Bajo el pico voraz del cuervo inmundo, Renacerá fulgente Para alumbrar y fecundar el mundo La chispa redentora Que arrebaté á tu cielo despiadado. Germen de eterna aurora Del caos en las entrañas arraigado! Desata, Dios caduco, La turba ladradora de tus vientos; Sacude los andrajos de tus nubes, Y acuda á tus acentos La noche con sus sombras, Con montañas de espuma el Oceano: No apagarán la luz inextinguible Del pensamiento humano. ¿Qué importa mi martirio, Mi martirio de siglos, si aun atado, Júpiter inmortal, yo te provoco, Júpiter inmortal, yo te maldigo? ¿Si el viejo Prometeo, el titán loco, El mártir de tu encono, Siente tronar la ráfaga tremenda Que va á tumbar tu trono?

Otro punto hay también, en el cual los opuestos y discordantes elementos que entraron en la fábula, argumento de la tragedia de Prometeo, hacen oscura su significación en Esquilo. Todavía, después de tantos siglos, queda en el poema de Andrade la misma oscuridad, vaguedad ó indecisión, la cual sería grave falta en cualquiera obra didáctica en prosa; pero en verso está bien y tiene singular hechizo, pues pinta la indecisión, las dudas, las contradicciones de la mente humana, así cinco ó seis siglos antes de Cristo, como diez y nueve después.

Entonces y ahora los hombres no estaban ni están contentos y satisfechos de lo presente; y así, ya fingen la edad de oro en lo pasado, de la cual hemos descendido por nuestra culpa hasta esta mísera edad de hierro; ya pintan, en lo pasado, una humanidad bestial y feroz, que ha ido y va levantándose, poco a poco, hacia el bien, la luz y la perfección; ya, concertando la antinomia, aseguran la caída primera, creen en una redención ulterior, y en pos de esta redención en el progreso.

De todo esto hay vagamente en Esquilo; y de todo esto hay también vagamente en Andrade.

A la verdad, cuando el Prometeo de este último, atado siempre y padeciendo su martirio, llega á descubrir sobre el Gólgota la Cruz del Salvador, el poeta argentino nos alucina por un momento y nos parece completamente cristiano. Se puede imaginar que la significación profética que da Augusto Nicolás á Prometeo es la que le inspira. El Prometeo de Andrade dice algo por el orden de las santas y hermosas palabras del viejo Simeón: Nunc dimittis servum tuum, Domine, in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum.

«¡Al fin puedo morir—grita el gigante Con sublime ademán y voz de trueno.— Aquella es la bandera de combate, Que en el aire sereno Ó al soplo de pujantes tempestades Va á desplegar el pensamiento humano, Teñida con la sangre de otro mártir, Prometeo cristiano, Para expulsar del orgulloso Olimpo Las caducas deidades. Es un nuevo planeta que aparece Tras los montes salvajes de Judea Para alumbrar un ancho derrotero Á la conciencia humana: El germen fulgurante de la idea Que arrebaté al Olimpo despiadado; La encarnación gigante de mi raza, La raza prometeana. ¡Al fin puedo morir! Hijo de Urano, Llevo sangre de dioses en las venas. ¡Sangre que al fin se hiela! Aquel que me sucede, hijo del hombre, Lleva el fuego sagrado, Que eternamente riela, Ya le azoten los siglos con sus alas, Ó el viento furibundo; El fuego del espíritu, heredero Del imperio del mundo.»

Sin embargo, después de la atenta lectura de estos versos, se nota harto bien que el sentimiento cristiano ha entrado en ellos en pequeñísima dosis.

Cristo, según el poeta, vale más que Prometeo, no porque es Dios, sino porque es menos Dios y más hombre que el titán. Para el poeta, Prometeo, Cristo, Galileo, Sócrates, en suma, todo sabio que haya sido algo perseguido ó muy perseguido por clérigos y frailes, por inquisidores ó por dioses de cualquiera laya, viene á ser un titán, un Prometeo de mayor ó menor calibre, la personificación ó la encarnación del pensamiento humano, que es el verdadero Dios que inspira su poema y á quien le dedica.

El Prometeo de Andrade muere en cuanto ve morir á Jesús, y muere porque mueren los dioses todos para que reine sin rival el espíritu del hombre.

El poeta termina su obra entonando á este espíritu un cántico triunfal muy entusiasta. Todos los pensadores futuros serán otros tantos Prometeos, que es de suponer que no llegarán á padecer, ni con mucho, lo que padeció el titán, ni serán crucificados como Cristo, ni beberán cicuta como Sócrates, ni tendrán que sentir ninguna otra desazón mayúscula, como no hagan alguna tunantería ó algún disparate. Estos nuevos pensadores contribuirán á que amanezca pronto el claro día

En que el error y el fanatismo espiren Con doliente y confuso clamoreo.

Los poetas harán también brillante papel en este drama del porvenir. Andrade no cree, por dicha, como creen y sostienen ahora algunos pensadores del Ateneo de Madrid, que la poesía, al menos la rimada ó metrificada, va á morir por inútil. Los poetas serán las aves que cantarán la venida de esa aurora mental y social, y que secarán con sus alas la sangre y el sudor de los pensadores, perseguidos ó afanosos, si ellos se afanan y si alguien los persigue.

Para mí es evidentísimo que hay en todo este poema de Andrade portentoso brío y gran vuelo de inspiración. Lo que se echa muy de menos, y ¿por qué no decirlo con franqueza? es el estudio para prepararse á escribirle y el estudio al escribirle.

No quiero pararme en el desaliño ni en las rarezas del lenguaje. No gusto de disputar, y alguien hallará bien quizás lo que yo hallo deplorable; pero quede consignado, sin atreverme á decir que no está bien, que no me suena el que Cristo sea planeta, y que preferiría que fuese estrella ó sol; que la raza prometeana me choca y lastima los oídos, y que celebraría yo que Prometeo viese la Cruz y no la silueta de la Cruz. La silueta me hace pensar en seguida en figurillas de papel recortadas con tijeras.

Las fábulas gentílicas no merecen el respeto que merece la historia. El poeta puede modificarlas á su antojo y bordar sobre ellas; pero aun en esta licencia se han de poner condiciones: de no observarlas, surgirán inconvenientes en daño del poema licencioso. Mientras más clara y transparente sea en Prometeo la representación del genio del hombre ó del pensamiento humano, menos vida poética tendrá el personaje: más se acercará á la fría abstracción: más se esfumará como mera é insustancial alegoría. Para Esquilo y para los atenienses, público de Esquilo, Prometeo era persona de verdad; y Júpiter y las ninfas del Océano, y todos los seres que aparecen en el drama, distan mucho de ser abstracciones y vanas prosopopeyas. Por esto sólo, aunque no lo fuese por más, sería el Prometeo de Esquilo superior á todos los Prometeos que se han escrito más tarde.

Los denuestos del poeta griego contra su Zeus ó Júpiter, vivo y reinante, debían de pasmar por su audacia: eran la protesta hermosa del derecho y de la razón contra la violencia y el poder. En el día nada significa hablar mal de Júpiter. Y si Júpiter es la superstición, el fanatismo, la idea de Dios ó un Dios en quien no se cree, y es como si no fuera, todo elemento dramático y épico se desvanece, y se reduce el poema á la lucha de una abstracción contra otra.

Ya se entiende que digo esto como consideración general, que afecta poco al mérito del poema de Andrade. El, ó reflexivamente ó por instinto, pensó como yo, é hizo su poema lírico, y no epopeya ni drama.

Y no es esto decir que, en nuestra edad moderna, no sea posible una epopeya ó un drama sobre Prometeo; pero, á mi ver, ha de ser de uno de estos tres modos: ya poniendo en parodia y en solfa el asunto, como en las operetas de Offenbach; ya ciñéndose con inspiración erudita al espíritu y pensar de los antiguos, sin bastardear ni mezclar las ideas anacrónicamente. Por tal estilo, bien podría un poeta muy helenista y muy sabio restaurar la trilogía, completando lo que de Esquilo nos falta, así como Leopardi compuso el himno á Neptuno, que parece traducción literal de uno de los himnos que se atribuyen á Homero. Puede, por último, y más bien pudo hará doscientos ó más años, cuando la filosofía de la historia no se había popularizado tanto, y cuando los poetas no metafisiqueaban tanto como hoy á sabiendas y reflexivamente, dar la fábula de Prometeo asunto para un drama, que no fuese bufo como las operetas, ni arqueológico tampoco, sino con moderno significado.

Calderón, á mi ver, nos dejó lindo ejemplo de esto en su precioso drama La estatua de Prometeo. Su intento fué sólo escribir una gran comedia de magia con mucha vistosa pompa, música y canto; pero la inspiración fué más allá del intento. Informada é iluminada la fábula terrible por la luz del cristianismo y por sus alegres esperanzas, toma el aspecto más risueño y tiene el desenlace más dichoso. El coro canta, con razón, al terminar:

Feliz quien vió El mal convertido en bien Y el bien en mejor.

Prometeo, así como Epimeteo su hermano, no son figuras alegóricas, sino personajes reales. Prometeo, sabio; Epimeteo, guerrero. Representan, no obstante, la lucha de las armas y las letras, de la razón y de la pasión, de la ciencia y del instinto violento y ciego. Aunque rodeados de personajes simbólicos y mitológicos, hay realidad y vida en ambos protagonistas.

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