EL PERFECCIONISMO ABSOLUTO
Reading edition
12 de Marzo de 1888.
Á D. Jesús Ceballos Dosamantes
I
Muy estimado señor mío: Con grande contento y satisfacción de amor propio he recibido la carta de Ud. y el ejemplar, que la acompañaba, del interesante libro que Ud. acaba de publicar en esa ciudad de México, y cuyo título es El perfeccionismo absoluto. Bases fundamentales de un nuevo sistema filosófico.
Harto bien comprendo el enorme disgusto de usted, después de haber condenado todas las creencias de sus mayores, renegado de ellas y quedándose sin fe en nada, sin religión y sin filosofía. Pero si lo que Ud. piensa ahora no es ilusión, nunca el refrán no hay mal que por bien no venga pudo ser traído más á cuento. Lícito es afirmar entonces que la tristísima situación de ánimo en que Ud. se puso, sus dudas y negaciones ultracartesianas, y el vago y vacilante punto de apoyo que sólo sostenía, al borde de un abismo el inseguro ingenio de Ud., fueron á modo de trampolín, que dió empuje á dicho ingenio para brincar y encaramarse á una altura adonde en balde han aspirado á subir los sabios, desde Pitágoras, ó desde mucho antes, hasta nuestros días.
El triunfo de que Ud. se jacta es tan estupendo, es tan soberbio el eureka de Ud., y es tan precioso el hallazgo, que no ha de extrañar Ud. ni tomar á mal que yo dude de todo y no acepte nada sin examen. Usted me honra y me lisonjea mucho consultándome; pero me consulta á titulo de escéptico, y yo desempeñaría pérfidamente mi papel si no mostrase mi escepticismo, en lo esencial al menos.
En lo restante, para no pecar de prolijo, voy á convenir con Ud., y aun voy á ir más allá: voy á dar por demostrado é innegable, así lo que Ud. supone descubierto ya por la ciencia experimental, como las hipótesis plausibles que Ud. aventura.
De esta suerte, Ud. y yo coincidiremos en la idea que de todo el universo formamos, y en la marcha que siguen cuantas cosas hay en él, y principalmente el humano linaje, aproximándose cada vez más á la perfección.
Yo sé poquísimo de ciencias naturales y exactas; pero el saber de los otros suplirá mi saber, y yo me fiaré de lo que Ud. y otros aseguren, y lo tomaré por cierto.
No es del caso entrar en pormenores. Voy á decir, en resumen, lo que tenemos averiguado.
En el espacio infinito hay innumerable muchedumbre de soles. Poco nos importa determinar aquí si estos soles giran en torno de otros soles centrales, se están quietos, ó qué es lo que hacen. Nuestro sol, que es medianejo, no ha de ser privilegiado ni el único que gaste el lujo de tener planetas y cometas. Luego habrá de fijo planetas y cometas en otros soles, y cada uno de ellos formará un sistema solar. Como el globo en que vivimos, con ser bastante ruin, tiene plantas, animales y hombres, no podemos negar, sin injusticia y sin soberbia, plantas, animales y hombres á los otros planetas de nuestro sol, y á los planetas de otros soles, y á los soles mismos. El modo de vivir, los usos y costumbres y el ser orgánico de los vivientes serán muy diversos en cada astro, porque el clima debe de serlo también; pero en cuanto á entender y á discurrir, por todas partes habrá identidad. En todas partes, tres y dos serán cinco; dos cosas iguales á una tercera, serán iguales entre sí; nada podrá ser y no ser al mismo tiempo, etc.
En lo que nos diferenciaremos será en la cantidad y no en la calidad del entendimiento. Podemos presumir que en tal planeta están más atrasados que en éste, y en tal otro están más adelantados. Y podemos presumir también que hay castas de animales racionales, en otros planetas, superiores por naturaleza á los que aquí hay; ya que, aun aquí mismo, en la tierra, hay castas de hombres más listos y capaces que otros, pues no hemos de negar que los ingleses, por ejemplo, son, hasta por naturaleza, y no sólo por educación, superiores á los zulúes.
Dadas ya esta variedad y abundancia de seres que vemos, columbramos ó suponemos, y con asiento nosotros en este teatro, donde asistimos á un espectáculo que no tiene fin, ni en el espacio, ni en el tiempo, ó, si le tiene, va más allá ese fin de la más audaz imaginación y no sólo de los ojos, tratemos de explicar el origen del espectáculo mismo, si origen tuvo, y cuál podrá ser su término ó su desenlace, si alguna vez le tiene. Si hacemos bien esto, construiremos, sin duda, una filosofía verdadera, y por lo tanto perenne, lo cual no será sólo para mera curiosidad, sino será asunto de inmenso interés para todos los hombres, ya que nos hará ver claro cuál es nuestro destino futuro y las causas y propósitos de cuanto existe.
Yo creo que, á pesar del telescopio y del espectroscopio, no estamos aún muy al corriente de lo que pasa en el universo, y que, por arte experimental ó de observación, sólo conocemos del universo un mezquino rinconcillo, y éste mal y de modo somero. Me allano, no obstante, á aceptar con Ud. lo que Ud., no por experiencia, sino por analogía infiere, y doy por verdad el progreso como ley cósmica.
Dice Ud. que nada sale de la nada, y que la sustancia, la materia prima, lo que es, llámese como se llame, existe ab aeterno. Sea así. Aunque se me ocurre una grave dificultad, no quiero reparar en ella. Toda la sustancia ha estado en el caos hasta que el universo empezó á formarse. Salió del caos el calor, salió la luz y empezó el progreso. Si supusiésemos ó imaginásemos que antes de este universo progresivo, y antes del caos, hubo algún otro universo que volvió á dicho caos, todo nuestro sistema se hundiría. Adiós, progreso seguro, infalible y sin fin. Así como pudo destruirse otro universo anterior, podría éste destruirse también, y entonces todas nuestras esperanzas de inmortalidad saldrian hueras. Volveríamos al caos todos. Decidamos, pues, que no ha habido ni podido haber otro universo sino el presente, y que antes de él sólo hubo caos eterno, hasta que, hará un millón, un billón ó más de años, se le antojó al caos organizarse, convertirse en universo y ser progresista.
Aquí tropiezo con otra dificultad; pero voy á dar un rodeo para pasar adelante y no quedarme atascado en medio del camino.
En el caos estaban, en potencia, en germen, el calor, la luz, la vida, la inteligencia, la conciencia, etc.; pero desde el germen al desarrollo, desde la potencia al acto, hay una distancia, hay un abismo que no se rellena con el tiempo sólo. Por muchísimos siglos que pongamos entre un ser que casi es no ser, entre el caos ó la materia prima y el universo de ahora, no pondremos puente, y será menester dar un salto audaz é inexplicable.
En el caos estaba el germen de todo, como en la bellota está el germen de la encina; pero, así como la bellota se quedará bellota y no llegará á ser encina nunca si no le dan jugos la tierra, el agua y el aire, y luz y calor el sol, así también el caos se hubiera quedado caos sin algo extraño que moviese sus gérmenes. Ponga Ud. el caos como quien pone un huevo; pero, si alguien no le empolla, huevo se quedará y no saldrá de él pajarillo. Repito, con todo, que yo soy de buen componer, y hago la vista gorda, y paso porque el caos, por sí y ante sí, sin nada de fuera que lo sacuda, tiene en un momento memorable el capricho de organizarse y de dejar de ser caos.
Lo primero que el caos saca entonces de sí mismo es una cosa que Ud. llama agente cósmico ó causa creadora, como si dijéramos, un demiurgo.
Raro é inexplicable ser es este demiurgo. Tiene poder é inteligencia, y no es persona. Desde que aparece hasta hoy, su inteligencia y su poder van creciendo, pero sin llegar nunca á la personalidad y á la conciencia. La conciencia y la personalidad sólo aparecen en nosotros y sólo están en nosotros: los hombres.
Mucho queda que andar al caos y al demiurgo ó agente cósmico, que en él reside, para llegar á producirnos, á nosotros, seres humanos. Dejo de señalar aquí los pasos que dan caos y demiurgo; y si alguien quiere saberlos, le remito á la Historia de la creación de los seres organizados, donde Ernesto Haeckel lo explica todo con tanta puntualidad y exactitud como si hubiera seguido la pista al demiurgo y hubiera presenciado sus hábiles é inteligentes, aunque inconscientes, operaciones.
Baste saber en compendio que, allá en la edad primordial, nuestro padre común fué el protoplasma, organismo sin órganos: un moco, con perdón sea dicho. Este moco, que no era moco de pavo, va progresando, á través de las edades, y llega á ser gusano, con forma de saco. A fuerza de trabajar y luchar por la vida, consigue luego el gusano tener vértebras, pero sin cráneo ni sesos aún. Luego se proporciona cráneo y sesos. Más tarde adquiere mamas ó tetas. En seguida vienen los marsupiales, transición entre el ovíparo y el vivíparo. Síguese el animal que ya pare de veras, y de aquí el mono, y luego el mono catarrinio y con cola, durante el período eoceno; el catarrinio pierde, en el mioceno, la cola; y, por último, en el periodo plioceno, surge el hombre pitecoide, alalo ó sin palabra. De este hombre pitecoide nacen luego, siguiendo el progreso, los ulotrixos, ó gente de pelo crespo, y los lisotrixos, ó gente de pelo liso; y de éstos, todas las razas humanas, de las cuales las más bien dotadas, hasta hoy, parecen ser las euplocamas, ó de cabello suave y con bucles; y de estas gentes euplocamas, las más nobles son las que vinieron á establecerse á orillas del Mar Mediterráneo, á saber: semitas, vascos, indo-europeos y caucásicos.
Yo acepto todo esto como si no hubiese la menor objeción que hacer.
Tenemos, pues, los datos para nuestra filosofía. Filosofemos.
El progreso es evidente y constante.
Desde la monera, desde el protoplasma, desde el moco, hemos llegado á un organismo tan complicado como el de nuestro cuerpo, y en él, por vez primera, ha aparecido la persona, la conciencia y la reflexión, por cuya virtud nos entendemos á nosotros mismos y á todo lo que es ó puede ser fuera de nosotros.
¿Acabará aquí el progreso, ó seguirá adelante? Seguirá adelante. La historia de la humanidad lo demuestra. Ahí están todos los primores, lindezas, galas y artefactos, leyes, vestimentas, casas y música, que hemos inventado, desde que dejamos de ser alalos y rompimos á hablar, hasta hoy, que tenemos telégrafo, teléfono, fotografía, torpedos y dinamita.
Lo extraño es, y vuelvo á uno de mis temas, que el agente cósmico, la causa creadora, como usted la llama también, haga todo esto con sabiduría estúpida, y sin saber lo que hace; pues si lo supiera, diría con más razón que Virgilio: Sic vos non vobis. Da inteligencia, da personalidad, da mil cosas más, y se queda sin nada. La antigua sentencia que reza, nemo dat quod in se non habet, pierde aquí todo su valor.
Pero si la conciencia y la personalidad no están en el agente cósmico y están sólo en cada uno de nosotros, seres humanos, como quiera que nosotros vivimos unos cuantos años y nos morimos luego, la ley del progreso se realizará en todo, menos en la conciencia y en la personalidad individuales.
Usted quiere que dicha ley se cumpla en todo, y para ello afirma que una vez que tenemos persona y conciencia, y aun antes, en la sustancia donde la conciencia y la persona están en preparación, hay inmortalidad. Según Ud., de la materia más sutil y etérea se forman concreciones y organismos sutilísimos, y éstas son las almas de todo; las cuales almas van progresando, educándose y pasando de unos cuerpos en otros, desde el helecho, por ejemplo, hasta el cuerpo de Darwin. Así este ser sutil logra aprenderlo todo por experiencia y desenvuelve sus facultades.
Si estos cuerpos fluidos y etéreos son indestructibles, equivalen á lo que antes llamábamos almas. Así se destruye el dualismo que se ponía entre espíritu y materia. Y á la verdad, como ni de la materia ni del espíritu conocemos la esencia, y sólo sabemos de ellos por los atributos y efectos, yo no quiero, ni debo por lo pronto, suscitar disputa.
Si Ud. da al alma humana todos los caracteres y atributos que al espíritu dábamos antes; si usted reconoce que es una, indivisible, sutilísima é inmortal, nada importa el nombre. Llamémosla, pues, cuerpo fluido, ya que este cuerpo ha de correr con más que eléctrica velocidad, por donde venga á ser como ubicuo, y ha de sustraerse á la corrupción y á la muerte, y ha de cruzar el éter y toda la amplitud de los cielos, y ha de conocer y ha de amar cuanto en ellos se contiene de bueno, verdadero y hermoso.
Muy bien me parece además que estas almas, para ir ascendiendo á la perfección, necesiten de más de una vida, y hasta considero razonable la sospecha que tiene Ud. de que el Flammarión de ahora sea Giordano Bruno redivivo, y de que el benemérito repúblico Benito Juárez, á quien tanto debe la democracia y autonomía mexicanas, no haya sido otro sino el rey ó emperador Cuauhtemoc, de gloriosa memoria.
Lo que se me resiste bastante es eso de que nuestra alma sea neutra, y ora se encarne en cuerpo de mujer, ora en cuerpo de hombre. Alguna fuerza tiene el raciocinio que Ud. hace de que, si fuéramos hombres ó mujeres siempre, no sabríamos por experiencia sino la mitad de lo que hay que saber; pero, ¿qué quiere Ud.?....., á pesar de todo, me repugnan esos cambalaches.
Noto ahora que mi carta va siendo demasiado larga; y como tengo muchísimo que decir aún sobre su libro de Ud., lo dejo para otras, y termino ésta asegurando á Ud. que ha de quedar menos disgustado de lo que me queda por decir que de lo que he dicho hasta ahora. De todos modos soy su atento y seguro servidor y deseo ser su amigo.
* * *
19 de Marzo de 1888.
II
Muy estimado señor mío: Á pesar de todo mi escepticismo, es tanto lo que me agrada y consuela eso que Ud. asegura de que tenemos un cuerpo fluido inmortal, que me inclino muchísimo á darlo por probado.
No se contenta Ud. con aducir argumentos teóricos en favor de tal aserto, sino que sostiene que la existencia de dichos cuerpos fluidos, sutiles é indivisibles (que, si Ud. me permite, seguiremos llamando almas, por ser más breve), se sabe por experiencia; esto es, que desde muy antiguo estamos en comunicación con las almas, y que no es delirio, sino realidad, la psicogogia ó nigromancia: el arte de evocar á los muertos y de traerlos á que hablen con los vivos. Las historias profanas y sagradas están llenas de casos semejantes. Saúl evoca, por medio de la Pitonisa de Endor, la sombra ó alma de Samuel; Pausanias de Bizancio, la de su querida Cleonice; y Periandro, la de su esposa Melisa. Con el andar del tiempo, parece que este arte ha adelantado mucho, y hoy se llama espiritismo.
Yo no he de negar aquí el espiritismo; pero he de apuntar ciertas dudas que me asaltan.
Esos espíritus ó cuerpos tenues, imperceptibles á nuestros sentidos, en el estado normal de éstos, ¿por qué han de ser precisamente almas humanas separadas de sus cuerpos? ¿No podrán ser otro linaje de seres? Como Ud. desecha toda religión positiva, yo me guardaré bien de suponer, ni por medio minuto, que puedan ser diablos ó ángeles; pero ¿por qué no serán duendes, ondinas, sílfides, driadas, gnomos, ó algo así? Ya que Ud. da por segura la existencia de esos cuerpos orgánicos, tenues y etéreos, debe Ud. ser consecuente y no creer que los tales cuerpos sólo se crían para envainarse en cuerpos sólidos humanos y animarlos. ¿Por qué no los ha de haber que vaguen por el aire, ó penetren en las entrañas de la tierra, ó vivan en el seno de los mares, y hasta en la luz y en el fuego, y desdeñen encerrarse en ese forro ó guardapolvo de nuestros cuerpos sólidos y visibles? Ello es que las historias están llenas también de amores, amistades y tratos de estos seres con personas de nuestra especie, que han tenido bastante perspicacia y agudeza en los ojos ó en los oídos para verlos ó para hablar con ellos.
El padre Fuente la Peña ha escrito con buen tino sobre estas relaciones de hombres y de mujeres con entes racionales no humanos, y por lo común invisibles, que viven en nuestro planeta. Y más singular y luminosamente ha tratado el asunto, en una obra eruditísima, el reverendo padre Sinistrari del Ameno. Aseguro á Ud. que son divertidísimos los verídicos amoríos que refiere este último padre de mujeres con duendes y de hombres con sílfides y salamandras. ¿Quién sabe si el precioso cuento de Carlos Nodier, del duende escocés enamorado de la joven casada, será un sucedido?
Pero, en fin, para facilitar nuestra filosofía, demos por de ningún valer las objeciones anteriores, y declaremos que los tales cuerpos fluidos, inteligentes y con conciencia, sólo se crían para informar nuestros cuerpos sólidos; y que dichos cuerpos fluidos, que son inmortales, ó están cesantes y de bureo y huelga hasta colarse en un cuerpo nuevo, ó están empaquetados, incorporados y en activo servicio.
Da Ud. tales señas y tales pruebas sobre dichos cuerpos fluidos, que es menester creer ó reventar, como vulgarmente se dice.
El gran sabio inglés Guillermo Crookes, de la Sociedad Real de Londres, acude muy á tiempo en auxilio de Ud. con su radiómetro. La sustancia contenida en el tubo de vidrio del aparato llega al más asombroso estado de rarefacción, y despliega entonces sus propiedades y su energía. Esto es lo que llaman materia radiante, pero inorgánica. Y Ud. raciocina con excelente lógica al suponer que hay otra materia radiante orgánica, y que de ella están confeccionadas nuestras almas. Esta materia radiante orgánica ha de ser más difícil de estudiar, á causa de su extrema sutileza; pero, á lo que Ud. asegura, el citado sabio Guillermo Crookes, que rarifica la materia, acertó á condensar un espíritu que iba de tapadillo á oir sus lecciones, y logró hacerle patente á los ojos de todos sus discípulos. Siete fotógrafos que estaban allí, con sendas máquinas ó cámaras oscuras, sacaron retratos del espíritu desde diversos puntos de vista.
Ya, pues, no cabe duda. Hay seres monocorpóreos, como Ud. los llama, organismos sutiles inteligentes, cuerpos fluidos vivos, que se han visto y que hasta se han fotografiado.
Con estos cuerpos se explica todo, y el progreso individual no es quimera. Hasta se me pasa el susto, que yo había tenido á veces, de que todo este trabajo que estamos dando los hombres, fuese inútil para nosotros, porque pudiese sobrevenir otra raza que fuera con relación á nosotros lo que nosotros somos con relación al gorila, y que nos mandase á paseo ó tal vez nos destruyese. Ahora ya importa poco esto. Nuestros cuerpos fluidos inmortales saldrán ganando siempre, y tendrán por estuche ó envoltura, si nueva raza aparece, cuerpos sólidos más gallardos y primorosos.
En el movimiento ascensional y en la transformación de las especies, lo que hay en nosotros de individual (el cuerpo fluido) saldrá siempre mejorado.
Me parece que Ud. sabrá, como yo, que no fué Darwin el primero á quien se le ocurrió el transformismo. Ya desde muy antiguo le habían imaginado otros sabios. Algo indica de ello el ilustre Juan Bautista Porta en su Magia natural; y todavía es más explícito, aunque vivió mucho antes, en tiempo de León X, el elegante y docto poeta Fracastoro, el cual expresamente predice que aun han de aparecer en su día y sazón nuevos seres.
Certa dies animalia terris Mostrabit nova: nascentur pecudesque feracque, Sponte sua, primaque animas ab origine sument.
Y para salvar la dificultad y quitarnos el recelo de que si los seres nuevos son de naturaleza superior y titánica, nos dejen vencidos, acoquinados y humillados, Fracastoro tiene cuidado de advertir que las almas de estos titanes serán las mismas que ya informaron ó que informan hoy seres de orden inferior, pues no es otra la interpretación que debemos dar al primaque animas ab origine sument.
Vengan en hora buena nuevas castas más briosas y adelantadas. Nuestros cuerpos fluidos las animarán, y cada día irán haciéndose más listos y aprendiendo más habilidades. Lo que hasta hoy no ha logrado hacer sino tal cual sujeto muy aventajado, lo hará en las venideras edades cualquiera niño de la doctrina.
Hasta hoy, y va de ejemplo, sólo sabios de primera magnitud, como Pitágoras, Apolonio de Tyana, Hermotimo de Clazomene, Miss Wilkinson, profetisa yankee, y ciertos anacoretas del Tibet, aciertan á desprenderse de sus cuerpos sólidos cuando se les antoja, y van á millares de leguas de distancia para saber lo que sucede allí, ó para hacer una visita á un amigo, ó para acudir á algún negocio urgente y volverse al cuerpo sólido. En lo futuro, hasta las personas menos distinguidas y más ignorantes harán esto con la misma facilidad con que se beben ahora un vaso de agua. Así es que, á primera vista, como todo se hará con maravillosa rapidez, parecerá que habremos adquirido el don de la ubicuidad.
Otra de las gracias que luciremos, una vez desprendidos ya del cuerpo sólido, será la de la compenetrabilidad. Nos meteremos por el ojo de una aguja, nos filtraremos al través de un muro, podremos celebrar un meeting de miles de personas en el hueco de una cáscara de avellana.
Nuestras conversaciones ó conferencias con los cuerpos fluidos cesantes, ó dígase con lo que vulgarmente se ha llamado hasta hoy almas de los muertos, sombras ó manes, serán más frecuentes, fáciles y luminosas. Nos instruiremos más de este modo; no nos costará fatiga ninguna la evocación, y no nos aterrará la vista del espectro del difunto, como ahora suele aterrar á los más valerosos. Sea testigo de esta verdad el ilustre Eliphax Levi, que no pudo resistir la presencia de Apolonio, á quien había evocado, y perdió la voz, y sintió un frío horrible, y no pudo hacer nada de provecho, según él mismo confiesa.
Es verdad, sin embargo, que lo terrorífico de la aparición tal vez consista en que ésta se hace por medios reprobados, apelando á la magia y valiéndose de conjuros, á los que las sombras ó manes no pueden desobedecer, pero que las traen harto enojadas y aun furiosas. Cuando la evocación es natural, cortés y lícita, las sombras ó cuerpos fluidos acuden de buen talante y de apacible humor; y hay ya bastantes hombres de mérito que han tenido así entrevistas y conferencias amenas é instructivas.
Usted cita muchos libros en que los señores que han tenido conversaciones con espíritus las han redactado y publicado. Confieso modestamente mi ignorancia: no he leído ninguno de esos libros que Ud. cita; pero deseo leerlos, porque deben de contener mucha y alta doctrina. No habían de molestarse los muertos en venir á hablar con los vivos para decir tonterías y vulgaridades. Y no las dirá de seguro ese libro, titulado Ley de amor, recogido por el doctor Chaves Aparicio, y publicado por el Círculo de estudios psicológicos de San Luis de Potosí, ya que está lleno, según Ud., de pensamientos profundos y es prueba palmaria de la inmortalidad de nuestro ser.
Siguiendo ahora por el camino de perfección que nuestro ser lleva, creo que, después de estas comunicaciones con los cuerpos fluidos ó espíritus, viene, como grado superior, el adquirir la memoria y la clara percepción de cuanto nos sucedió en las vidas pasadas, desde que empezamos á tener conciencia, tal vez desde que fuimos hombres pitecoides.
Los sujetos de mediano valer sólo tienen hasta hoy vaguísimos y confusos recuerdos de sus vidas pasadas, los cuales recuerdos dan á veces cierta luz de sí en sueños, y nos acuden y ayudan también en el estudio, ya que hay ciencias y artes que aprendemos á escape, como si antes las hubiéramos sabido, y otras, acaso más fáciles en absoluto, que se nos hacen más difíciles, por la novedad completa que para nosotros tienen. Pero si tal es el grado de progreso al que, en este punto, se ha llegado por lo general, ya, desde muy antiguo, empezando por el Sabio de Samos, hubo y hay hombres que recuerdan todas sus vidas, y están dotados, por lo tanto, de la sublime prudencia y del profundo saber que da la experiencia de miles de años.
Lo que más me encanta y seduce, como resultado útil de este saber profundo á que todos hemos de llegar, es eso de que Ud. habla sobre la transformación del dolor en placer. Ahora somos tan torpes, que no sabemos hacer que no nos duela, sino que nos dé gusto cuando nos duela. En lo futuro no será así. Y en vez de quejarnos, por ejemplo, de que á media noche nos despertemos con un dolor de muelas, exclamaremos muy satisfechos: «He tenido un regalado placer de muelas á media noche.» Y esto no porque la impresión recibida en los nervios deje de ser la misma, sino porque el cuerpo fluido, no lerdo ya, sino ágil y muy instruído, sabrá recibir la impresión por el lado que conviene, aprendiéndola con tal arte que, en vez de serle ingrata, le sea grata y aun deleitosa.
No teniendo ya necesidad de sufrir dolor, y siendo placer todo, seremos todos bonísimos; medraremos en inteligencia y amor, según usted augura.
Pero como tanto bien se encerraría en muy ruin vivienda si jamás pudiésemos salir de este globo, Ud. afirma que otro paso más de la educación del cuerpo fluido es el adiestrarse en salir de la tierra, y volar por los espacios interplanetarios é intersiderales, visitando á los habitadores de los demás mundos que pueblan el éter. A fin de alcanzar esta virtud es menester tanto requisito, que apenas hay hombre, en el estado actual de la cultura humana terrestre, que valga para ello. Lo que sí es indudable es que en otros soles ó planetas están ya más adelantados que aquí, y hay cuerpos fluidos vivos que viajan de mundo en mundo cuando quieren.
De estos viajantes ha habido no pocos que se han quedado en la tierra por larga temporada, y nos han hecho inmensos beneficios, promoviendo nuestra ilustración y enseñándonos artes, virtudes y disciplinas de subido precio. Yo no puedo menos de convenir con Ud. en que Sócrates, Zoroastro, Sakiamuni, Confucio, Merlín, Numa y otros sabios, profetas y fundadores de religiones, tuvieron por almas cuerpos fluidos, descendidos de algún astro, donde se había progresado más que entre nosotros; y dichos cuerpos fluidos, encarnando aquí en el seno de alguna joven honrada, hermosa y pura, cumplieron benéfica misión. Provino de estos hechos repetidos la creencia, persistente entre todos los pueblos, de que hay ó hubo semidioses, avatares, ó hijos del cielo, venidos á la tierra. Y así, cuando los poetas querían adular á algún soberano ó poderoso magnate, le decían, aunque no fuese verdad, que era hijo de este ó del otro dios, como dijeron de Rama ó de Alejandro de Macedonia; y como cantó Virgilio del hijo del cónsul Polión, suponiendo que bajó del cielo:
Jam nova progenies coelo demittitur alto.
Esta habilidad de escaparse de la tierra é irse por el éter, de mundo en mundo, es aún rarísima en nuestro globo. Lo que es yo no sé sino de un hombre de quien se pueda creer que la ha tenido: el famoso filósofo sueco Manuel Swedenborg. Sabido es, no obstante, que este varón admirable no acertó á pasar de nuestro sistema planetario; y si bien le recorrió casi todo, sus visitas más frecuentes fueron á Mercurio, que está cerca, y cuyos habitantes están más adelantados que nosotros, aunque por lo mismo ni nos estiman, ni nos quieren bien. En cambio, en Venus, donde Swedenborg también estuvo, es cosa de no poder vivir siendo persona decente, porque Venus está poblada de una raza descomedida y grosera de gigantes, que no piensan en nada elevado y bueno, sino en holgarse por manera bestial y sucia.
Como quiera que ello sea, lo que sí es lícito afirmar es que dentro de pocos siglos hará cualquiera ser humano de esta tierra lo que hizo Swedenborg pocos años há, con general asombro de los nacidos. Es más: la mayoría de los seres humanos nos adelantaremos á Swedenborg, y dispararemos nuestros cuerpos fluidos mucho más allá de la órbita de Urano á través de los frigidísimos espacios intersiderales, é iremos á parar en planetas de mil soles remotos.
Creo que Ud. ha de confesar que me muestro enterado de su doctrina, y que voy llegando bien á las últimas consecuencias, sobre las cuales he de dar mi opinión. Hoy ya no es posible, porque se ha hecho larguísima esta carta. El lunes que viene escribirá á Ud. de nuevo su afectísimo amigo y admirador.
* * *
2 de Abril de 1888.
III
Según lo que va expuesto, se cumple por arte indefectible hasta hoy, y es de esperar que siga cumpliéndose en lo futuro, la ley del progreso que Ud. afirma y que nos lleva hacia la perfección.
Todos los problemas que Ud. procura resolver en su libro tienen el mayor interés para mí y me atraen y me encantan. El libro de Ud. me gusta. Lo digo sin la menor ironía.
Entre gustar de un sistema, admirando el saber y el esfuerzo de imaginación con que fué construído, y creer en él y darle por cierto, hay enorme diferencia. De esta distinción, que me parece que no se quiebra de sutil, no se han hecho cargo muchas personas que han leído las dos primeras cartas que he escrito á Ud., y han supuesto que yo me burlaba.
Me ha dolido tanto dicha suposición, que he estado á punto de no continuar escribiendo á Ud., á pesar de lo mucho que tengo que decir aún. Si su libro de Ud. fuese un trabajo de ningún valer, sería necio emplear en él la crítica y hasta la sátira para impugnarle. Y de todos modos, habría en mí algo de moralmente censurable y poco digno en tratar mal á Ud., que me honra y me lisonjea escribiéndome, consultándome y enviándome su libro desde tan lejos. Pero, bien mirado el asunto, yo creo que los lectores de las cartas han ido más allá de mi intención y han puesto en estas cartas una malicia de que carecen y que yo nunca tuve. Nada hay de común entre mi escéptico buen humor y la mofa ofensiva. ¿Cabe, acaso, en el entendimiento de nadie que sea yo tan presumido y tan soberbio que considere mentecatos á Darwin, á Haeckel, á Swendenborg, y á otros sabios y filósofos de quienes hablé ya en mis cartas, examinando sus doctrinas con no menor desenfado y broma que las de Ud.? Yo no poseo el entusiasmo, la fe, la fantasía poderosa que tuvieron ó tienen ellos, y me resisto á dar por demostrado lo que ellos dan por demostrado; y así, en nombre de cierto sentido común, tal vez burdo y rastrero, y en virtud de mi corta ciencia, y con la autoridad que nos tomamos hoy todos, pues hay libre examen, tiro á invalidar esas doctrinas, á par que me deleita contarlas, en resumen, como quien cuenta un cuento ingenioso.
Desde Aristóteles hasta nuestros días no hubo, en mi sentir, entendimiento más extraordinario y creador que el de Hégel. Su sistema, para mí y hasta donde yo acierto á comprenderle, es pasmoso de sublimidad y hermosura. Supongamos que mi sentido común me diese á entender que todo el dicho sistema fuese un conjunto de disparates: ¿impediría esto que yo admirase y celebrase el arte, la dialéctica, la maestría con que los disparates se coordinan para formar un todo armónico? ¿No me será lícito maravillarme de la belleza de un poema, sin dar por verdad lo que el poema refiere? ¿He de creer que Homero era tonto, y he de despreciar la Odisea porque no creo en los encantos de Circe ni en la colosal estatura de Antifates?
Además, aunque yo sea escéptico á veces, no siempre ni en todo lo soy. También yo tengo mis dogmas. Ríase de ellos quien quiera, y si lo hace con mesura, no me enojaré ni entenderé que se burla de mí. Y desde luego diré aquí que, en virtud de estos dogmas, yo no creo aceptable ningún sistema de filosofía fundado sólo en ciencia empírica. Pero no es Ud. el único que tiene hoy esta pretensión. Son muchos los que han levantado sistemas del mismo modo, y de algunos de ellos he de hablar aún en estas cartas. Y si al hablar de ellos río y dudo, ¿se ha de creer que maltrato ú ofendo á sus autores, cuando, por el contrario, me enamora el saber, y me atraen y me cautivan la voluntad, el talento y la fantasía que despliegan? Yo no voy tan lejos como Lessing, el cual decía que si le diesen la verdad en una mano y en otra el ingenio, la agudeza y la fantasía que se emplean á veces en buscarla, desdeñaría la verdad y se quedaría con las otras prendas. Yo no: yo me quedaría con la verdad; pero, á falta de verdad, todas esas otras prendas susodichas encierran para mi gusto un preciadísimo tesoro. Permítaseme, pues, que con buen humor y sin burla siga yo mostrando algo de ese tesoro al exponer su sistema de Ud., cuyas premisas, ó hechos científicos en que se funda, ni niego ni afirmo.
Siguiendo mi tarea, y desechando los escrúpulos de conciencia, empezaré por decir que no me explico ese odio que muestra Ud. á lo sobrenatural. A mi ver, si por naturaleza ha de entenderse todo lo existente y todo lo posible, lo que es y la fuerza que da ser á lo que es, Ud. tiene razón: lo sobrenatural es un pleonasmo. Nada más natural que el mismo Dios. La ley de naturaleza será la razón y la voluntad de Dios, que manda y quiere que haya orden y prohibe turbarle. Por este camino vendremos á parar á la definición que da San Agustín de la ley eterna, y estaremos en plena ortodoxia. La diferencia consistirá en que lo que llamo yo Dios, será llamado por otros fuerza eterna, natura naturans, agente cósmico, alma del mundo, y otros mil nombres, que, si vienen á probar lo poco que sabemos de esta cosa en sí, no prueban que la cosa no exista y que no sea naturalísima.
Pero si por naturaleza entendemos otra cosa, tendremos que conceder que todo es natural ó sobrenatural, según se mire. Para una piedra, la planta más sencilla, que crece, se desenvuelve, se nutre y tiene vida, es ya sobrenatural. Y para la planta, arraigada en el suelo, y que ni ve, ni oye, ni se representa el mundo exterior, el más ruin animalejo, un lagarto ó un sapo, es sobrenatural. Y con relación á los brutos, que carecen de consciencia ó la tienen oscura y vaga, es sobrenaturalísimo el hombre, que se reconoce, se sabe, y habla, y discurre, y reflexiona. Y desde el salvaje hasta las personas cultas de hoy, las sobrenaturalidades se van acumulando y creciendo por estilo prodigioso. Sobrepuesto á la naturaleza, añadido nuestro, obra de nuestro ingenio y de nuestra voluntad, son las ciudades, los caminos, los campos cultivados, las máquinas, las telas de que nos vestimos, los objetos de arte y hasta, si se considera bien, la hermosura corporal, hija del esmero, del aseo y del cuidado que pusimos para crearla. Una linda muchacha de ahora, no lo dude Ud., es un ente sobrenatural. Lo natural es la mona ó la antropisca, y casi casi no lo es ya la hotentota.
Cuando uno está en Bélgica, por ejemplo, y piensa que, en estado natural, apenas podría contener y alimentar aquel terreno medio millón de hombres, y ve que contiene y alimenta seis, confiesa que, no ya el tranvía que la electricidad mueve, ni el teléfono, ni el telégrafo, sino cinco millones y medio de seres humanos son en Bélgica sobrenaturales: han sido criados por arte y sobrepuestos á lo que la naturaleza, abandonada á sí misma, hubiera podido criar y conservar.
Si á esto añadimos, por último, todas esas habilidades de entenderse con los muertos, de recordar vidas pasadas y de salirnos del cuerpo sólido é irnos con el cuerpo fluido por soles y planetas, lo sobrenatural cunde y promete encumbrarse á una altura pasmosa con el andar de los siglos.
Aceptado ó aprobado por Ud. lo de que tenemos cuerpos fluidos inmortales, no se ve término á nuestro progreso. Sólo hay un peligro, aunque lejano: la fin del mundo. Las religiones y las mitologías tienen profetizada esta fin. La ciencia también, en todos tiempos y contra su costumbre de armar conflictos con las religiones, ha coincidido y coincide en hacer tan triste pronóstico. Sólo lo que no tuvo principio no tiene fin. Lo que nace muere. De aquí que el mundo ha de acabar de una manera ó de otra. Y así como los sabios han inventado mil hipótesis sobre su nacimiento, también sobre su muerte total ó parcial las han inventado. Lucrecio la explica en sus hermosos versos. Leopardi atribuye á Straton de Lampsaco una curiosa explicación de la muerte de nuestra tierra, la cual explicación puede hacerse extensiva á todos los demás astros. La fuerza de rotación va poco á poco comprimiendo los polos y aumentando por el Ecuador el radio de la tierra. Así seguirá hasta que la tierra se agujeree y venga á ser como un gordo buñuelo. Luego se hará el agujero mayor, y la masa sólida vendrá á parecer un anillo. Y el anillo, por último, se hará pedazos, y cada uno de los pedazos vagará suelto por el espacio, ó irá á caer en nuestro sol ó en otro, ó tal vez en algún planeta, como caen en la tierra los aerolitos.
Sabio hay que afirma que el sol puede pararse. El movimiento, ó sea la fuerza con que gira hoy sobre su eje y con que va probablemente caminando por el espacio en rápida traslación, se convertirá en calor, si el sol se para. Entonces habrá una expansión espantosa de toda la materia del sol, dilatándose hasta más allá de la órbita de su más distante cometa. Todos volveremos así al estado de nebulosa. Podrá también ocurrir que el sol se apague, y sobrevendrán las tinieblas y la muerte. Pero aun sin tamaños cataclismos, nuestra tierra irá perdiendo la fuerza que la hace girar en torno del sol; pues como no va por el vacío, y como el éter le opone alguna resistencia, su fuerza centrífuga se gasta. Hasta hay quien asegura que ya vamos caminando con más lentitud y acercándonos al sol. La atracción del sol será así mayor á cada momento, y podrá llegar uno, harto desdichado, en que la tierra se caiga en el sol y allí se abrase y se consuma. Aun sin esto, la tierra puede morirse, como la luna está ya muerta. Los metales se irán oxidando. En esto el oxígeno se consumirá, y se acabará el aire respirable. El agua se gastará, entre tanto, en formar rocas hidratadas y en entrar en otras composiciones. Sin aire y sin agua, se extinguirá la vida. Plantas, animales y hombres, todo fenecerá. Pero no hay que afligirnos. Para entonces ya todos los cuerpos fluidos vivos sabrán hacer lo que hacía el cuerpo fluido de Swedenborg: sabrán salirse de los cuerpos sólidos é irse á otros mundos. Y con tiempo, para que no nos coja aquí la mala hora, nos escaparemos de la tierra y nos iremos á fundar colonia en otro planeta más capaz y cómodo, donde seguiremos progresando é inventando primores que ni siquiera concebimos en el estado actual de nuestra cultura.
De esta suerte no será en balde y trabajo perdido todo lo que hemos hecho hasta hoy por adelantar é instruirnos. Nuestros monumentos, cuadros, estatuas, museos y bibliotecas, todo acabará al acabar la tierra que habitamos; pero lo sustancial del saber adquirido se quedará en nuestra memoria, y se salvará con los cuerpos fluidos vivos, que otros llaman espíritus. Estos, más perfectos cada día, irán teniendo nuevas prendas y llegarán á vivir como en la eternidad; como si no hubiera para ellos pasado y todo fuera presente. Deberáse esto á lo agudo y vivo de nuestra imaginación, que nos lo representará todo como si acabase de suceder ó estuviese sucediendo. Y deberáse también á lo penetrante y extenso de nuestra vista y á la rapidez más que eléctrica con que nuestros cuerpos fluidos recorrerán el éter. Así podremos llegar, por ejemplo, en menos de un minuto, á un sitio del espacio adonde un rayo de luz de la tierra tarde cuatro siglos en llegar, y ese rayo de luz traerá pintada la entrada triunfante de los reyes católicos D. Fernando y D.ª Isabel en Granada, ó la vuelta de Colón á España y su presentación á los mismos reyes en Barcelona. En suma: podremos verlo todo, como si estuviera todo pasando en la actualidad y de veras.
Abreviando ahora, á fin de no hacer mis cartas á Ud. interminables, diré que nuestra vida inmortal de cuerpos fluidos irá de bien en mejor, sin cejar y aun sin parar. Porvenir tan risueño y venturoso me seduce. Cuénteme Ud., pues, en el número de sus adeptos. Lo que yo no puedo es aceptar su sistema sin algunas modificaciones y cambios, que voy á proponer aquí.
La existencia de los cuerpos fluidos ó etéreos, en que se funda toda la doctrina de Ud., me parece muy de acuerdo con la ciencia antigua y con la ciencia moderna. ¿Qué otra cosa es ese cuerpo fluido sino el cuerpo de la resurrección de la carne que algunas religiones afirman? ¿No equivalen esos cuerpos fluidos á las sombras, á los manes de los gentiles? Y en cuanto á la ciencia moderna, yo veo claro que se puede bien apoyar la afirmación de Ud. en los Principios de Biología, tan celebrados, de Herbert Spencer. Para este gran sabio, la vida consiste en la correspondencia del organismo con el medio ambiente, ó sea environment. La vida inmortal estriba, pues, en la perfecta correspondencia con ese medio. Herbert Spencer dice: «Si no hubiera cambios en el environment sino aquellos que el organismo previó, preparándose para encontrarlos y para que no le falte la eficacia con que los encuentra, lograríamos eterna existencia y eterno conocimiento.»
Apoyado en estas palabras de Herbert Spencer, un sobresaliente discípulo suyo, no sé si inglés ó yankee, el Sr. Enrique Drummond, ha escrito un libro muy leído y celebrado en los Estados Unidos, Ley natural en el mundo espiritual, y ha hecho allí muchos prosélitos. La teoría de Drummond coincide en algo con la de Ud. y en mucho difiere. Yo me inclino á adoptar parte de la teoría de Drummond para modificar la de usted y aceptarla luego, hasta donde yo puedo aceptar lo transcendental, fundado, no en metafísica y ciencia a priori, ni siquiera en estudio del propio yo, sino en ciencia empírica y de observación del mundo que nos rodea: en noticias adquiridas por los sentidos, aun suponiéndolos aguzados por instrumentos ingeniosísimos, como microscopios, telescopios, espectroscopios y radiómetros, y auxiliados por otros sentidos sutilísimos y casi ubicuos, que poseen los cuerpos fluidos, y por cuya virtud parece que nos entendemos con los espíritus ó con lo que Ud. llama cuerpos fluidos, que vienen á ser lo mismo.
Es indudable que aceptada la existencia de dichos sentidos fluidos, el campo de la observación y los lindes de la ciencia empírica se extienden extraordinariamente. Con dichos sentidos llegamos á percibir lo más etéreo y alcanzamos á columbrar lo más remoto, aunque lo sólido, macizo y opaco se interponga. Para dichos sentidos no hay solidez ni opacidad que valgan: un muro espesísimo de argamasa es más diáfano que el cristal, y la grosera y ruda sustancia de que están amasados los Andes, hasta sus raíces, goza de la transparencia del aire sereno y puro y aun del mismo éter.
A lo que yo saco en claro de la atenta lectura de las obras de Allan Kardec y de otros espiritistas, también ellos coinciden con Ud., sólo que llaman á los cuerpos fluidos periespíritus, los cuales periespíritus, aunque son cuerpos, son tan leves, tan volátiles y vaporosos, que van por donde quieren y ven cuanto se les antoja. Aunque viven envainados en los cuerpos sólidos, cuando llegan á cierto grado de elevación en los estudios pueden salirse del cuerpo sólido, dejándole dormido, en éxtasis y hasta cataléptico, é irse de bureo ó parranda por los espacios infinitos. Sólo que los espiritistas ponen una condición que Ud. no pone: dan por averiguado que, hasta el día de la muerte, el periespíritu está atado al cuerpo sólido por una cinta, guita ó cordón etéreo y luminoso, cuya longitud ó elasticidad es enorme.
Si consideramos el cuerpo sólido como una placenta, este cordón etéreo viene á ser como el cordón umbilical que une al periespíritu con el cuerpo en que se cria. La ruptura de este cordón umbilical y la vida independiente ya del periespíritu son los fenómenos que el vulgo llama muerte. Mientras dura la vida terrena, el periespíritu está, pues, como el jilguero que hace de cimbel, atado por un hilo, más ó menos largo, al palillo en que se posa cuando vuelve de haber revoloteado.
Hallo todo esto tan sencillo, tan natural y tan llano, que no trasluzco la más ligera objeción que lo invalide. La dificultad y la discrepancia están en otros puntos.
Pero estos otros puntos son tan difíciles de tocar, que exigen nueva carta. Termino ésta aquí, y créame Ud. su amigo.
* * *
9 de Abril de 1888.
IV
Muy estimado señor mío: No pocas veces he hablado yo con risa de la propensión de cierto amigo mío, á quien, sin embargo, respetaba y amaba, á quejarse de que se lo sabía todo y de que no leía libro, por celebrado que fuese, que le enseñara algo nuevo; pero, considerando esto como debe considerarse, no hay fundamento para la risa. Mi amigo no se declaraba omniscio, ni mucho menos. Lo que quería decir, lo que decía, tal vez con razón, es que, prescindiendo de datos menudos, si despojamos de su aparato magistral más de un tratado científico, casi siempre hallamos que nos sabíamos todo aquello: que ya, más ó menos vagamente, lo habíamos pensado. El autor del tratado no pierde por esto en nuestra opinión. Lo que se pierde es la fe, lo que se pierde es la esperanza en la ciencia. De aquí se origina muy aflictivo desconsuelo.
¿Quién ha de negar lo ingenioso de las palabras de Herbert Spencer que hemos citado? En ellas se ve patente la posibilidad teórica de la vida inmortal en un organismo. No ya un cuerpo etéreo, como el de que Ud. trata, sino un cuerpo sólido humano puede teóricamente ser inmortal, dadas ciertas condiciones. La vida es equilibrio movible. Mientras se conserve éste, se conservará la vida. Las fuerzas que han de equilibrarse son las internas ó del organismo, y las externas ó del medio ambiente ó environment. El vivir estriba en esta correspondencia.
Despoje Ud. de su majestad y método la Biología de Herbert Spencer, y casi parece, con perdón sea dicho, que la ha compuesto Pero Grullo. Claro está que si una persona adapta bien su organismo al medio ambiente, ni se morirá de frío, ni de calor, ni cogerá un tabardillo pintado. Si, por otra parte, dicha persona repone, con alimentos exquisitos y haciendo digestiones inmejorables, las fuerzas que consume en el trabajo ó ejercicio mecánico de los músculos, ó en el trabajo mental de los nervios y del encéfalo, no hay razón para que estas fuerzas se gasten. Seguirán siendo las mismas, ó irán en aumento. Y si van en aumento, las empleará en crecer, y, cuando ya no crezca, á fin de no reventar, dejará que se escapen las fuerzas que sobren por la válvula de seguridad, predispuesta para el caso.
El sabio biólogo compara el cuerpo humano á una máquina de vapor. El vientre es la caldera, el carbón el alimento, y el vapor la sangre que mueve los músculos ó los nervios, ya para sacudir puñetazos, ya para escribir poemas ó resolver ecuaciones. Lo que sobra de este trabajo sale silbando de la máquina de hierro ó sale procreando del cuerpo del hombre. Cuando éste no anda bien, ora se gastan en títeres las fuerzas, y el hombre es un Hércules estúpido; ora se gastan en discurrir, y tenemos un sabio enclenque, anémico y cacoquimio; ora se consume todo en sabidurías y lucubraciones mentales, y el doctor tiene que contentarse con la posteridad espiritual: con adeptos y discípulos en vez de hijos. Herbert Spencer no se resigna, con todo, á que se pierdan ó se menoscaben unas aptitudes para que otras se desenvuelvan, y juzga posible, con hábil higiene, que todo vaya á la par y que sirvamos para todo, y hasta que progresemos.
El único progreso á que pone límites, y que sin pena se conforma con que no siga, es el de la fuerza muscular. Con la maquinaria la supliremos. Herbert Spencer se contentará con que seamos más ágiles, con que bailemos y brinquemos mejor, y no tropecemos, ni nos caigamos. En cuanto á las otras facultades más altas, el discurso y el sentimiento, el pensar y el amar, casi debemos decir como Júpiter:
His ego nec metas rerum nec tempora pono; Imperium sine fine dedi.
Nuestros sesos irán pesando más cada día, y cada día habrá en ellos más enmarañado laberinto de circunvoluciones y mayor cantidad, consumo y despilfarro de fósforo.
Y ¡ay infeliz del que no adquiera todo esto! Carecerá del esencial requisito para vivir. Sucumbirá en la lucha por la vida. Sólo quedará en la tierra una raza humana superior y archilista, extinguiéndose las demás razas.
Pero esta raza humana superior, como sabrá adaptarse cada vez más al medio ambiente, si no logra la inmortalidad, logrará ser macrobiótica; esto es, tendrá vida grande y más completa, por la intensidad, por la duración y por las nuevas, variadas y numerosas correspondencias con el medio ambiente ó environment.
Lo que será difícil, hasta rayar en lo imposible, será la inmortalidad del individuo, en este sistema spencerino. El medio ambiente sufrirá tan radicales mudanzas, que aun sin contar con la fin del mundo, ocurrirán cosas que nos maten á todos, y no sabremos, por mucho que estudiemos, adaptarnos al medio ambiente.
Cada veinte mil y pico de años, v. gr., sobrevendrán períodos glaciales, y luego surgirán nuevas floras y nuevas faunas. ¡Vaya Ud., pues, á precaverse contra todo esto, por mucho que sepa! No habrá más remedio que morir, en lo tocante al cuerpo sólido; pero á bien que tenemos el cuerpo fluido. Yo me refugio en él y en el sistema de usted, y vengan períodos glaciales y estíos abrasadores:
Ast insueti aestus, insuetaque frigora mundo,
como ya anunciaba el divino y precitado Fracastoro; y truéquese la tierra en mar y el mar truéquese en tierra, y con el ardor del sol quede todo agostado y sin vida, ó bien salgan, del removido y fecundo cieno, inauditos monstruos, bichos rarísimos y ponzoñosos, y una caterva de desaforados gigantes,
Ausuros patrio superos detrudere coelo, Convulsumque Ossum nemoroso imponere Olympo.
De todo esto me reiré, de todo esto no se me importará un ardite, teniendo el cuerpo fluido bien adiestrado ya.
Como quiera que sea, por el sistema de Herbert Spencer, si no se prueba la posibilidad práctica de nuestra inmortalidad, á causa de estos grandes trastornos que él pronostica, queda probada la posibilidad teórica ó especulativa de la inmortalidad en una combinación de materia; y por el sistema de Ud., la realidad práctica de esa inmortalidad en dicha combinación, cuando es de una materia sutil, pura, activísima y ligera. Yo no quiero ni debo poner objeción á esto. Sólo siento tener que decir que no es muy nuevo. Los cuerpos gloriosos, la resurrección de la carne, son lo que Ud. dice. Israelitas, cristianos y muslimes apoyan su teoría de Ud., y creen por fe que Henoch y Elías, sin morir, eterizaron ó fluidificaron sus cuerpos, y llegaron á la inmortalidad sin pasar por la muerte.
Queda, pues, como inconcuso que puede haber y que hay combinación de moléculas tan sabiamente organizadas, que ya ni en la eternidad se separen, y que resistan, para conservar su forma, á toda externa violencia. Pero ¿cómo se da esta combinación? Se da, sin duda, por obra de una fuerza individua, indivisible, organizante é individuante, que no está en ninguna de las moléculas de la combinación, sino que se extiende por todas, y está toda en cada una de ellas. Sin esta fuerza, una, verdaderamente una, insecable, átomo real y no imaginario, mónada sencillísima y no extensa, entelechia, en fin, ó cifra de todas las perfecciones en cierne, ¿cómo quiere ni puede usted concebir la existencia, la organización y la animación de un cuerpo fluido?
Viene á corroborar este pensamiento la consideración de que apenas hay molécula en un organismo que no se separe ó que no se conciba que puede separarse sin que el organismo padezca, con tal de que otra molécula de igual valer la reemplace. No es, por consiguiente, la confederación de cierto número de moléculas lo que constituye la vida. Es casi seguro que en un tiempo marcado desaparecen en todo cuerpo orgánico cuantas moléculas le compusieron, y vienen á componerle otras. Un hombre, por ejemplo, de cuarenta años, es lo probable que no tenga en su organismo ni un solo átomo de la materia que tuvo á los diez años, á los quince ó á los veinte. Este hombre, sin embargo, sigue siendo el mismo y tiene la conciencia de que sigue siendo el mismo; guarda en la memoria los sucesos de su vida y lo que ha estudiado y aprendido. Si es buena persona, ha progresado en ciencia y en virtud; y como muestra aún la fisonomía y traza de antes, aunque un poco deteriorada ó alterada, porque los años no pasan en balde, todo el mundo le reconoce y le da el nombre que le dió cuando muchacho, y persiste en creer que es el mismo sujeto, cuando le ve en calles y plazas, tertulias y reuniones. ¿Qué es, pues, lo que persiste en este señor para que siga siendo siempre él y no otro? Usted dirá que persiste la forma, pero la forma no tiene nada de sustantivo: es un adjetivo, es una calidad que cae sobre la sustancia. Luego si la sustancia varía y la forma persiste, por fuerza hemos de conceder un principio informante que va amoldando y sujetando á determinada forma la sustancia que llama á sí para constituir un organismo.
Claro está que, según el sistema de Ud., el cuerpo fluido es quien tiene esta habilidad y hace esta operación en el cuerpo sólido. Pero con el cuerpo fluido, con toda combinación, por tenue y etérea que sea, ha de ocurrir idéntica dificultad. Un cuerpo fluido, una sombra, una aglomeración orgánica de las más alambicadas chispas de éter, tendrá también pérdidas sensibles é insensibles, sudará á su modo, se alimentará de purísimos efluvios y de refinadísimos aromas, y en suma hará también sus digestiones y sus secreciones, de suerte que al cabo de cierto tiempo ocurrirá al cuerpo fluido orgánico lo que al sólido: ni un solo átomo tendrá ya de los que antes tenía, si bien persistirán su individualidad y su forma. Luego, no ya la inmortalidad, sino la duración y la persistencia, no residen en la cohesión ó agrupamiento de las moléculas, sino en una virtud plasmante ó informante, la cual atrae y colecciona los átomos, concertándolos para fines prescritos y prefijadas operaciones. Y como esta virtud es calidad, y no sustancia, menester es que supongamos sustancia en que resida y que sea sujeto de este atributo.
Y como si esta sustancia fuese corporal ó extensa, volveríamos á las andadas, y meteríamos en el cuerpo fluido otro más fluido y más sutil, y así hasta lo infinito, ha sido menester poner, como hipótesis para explicar esto, una sustancia incorpórea ó sin extensión, á la cual hemos llamado archea, entelechia, alma ó espíritu, sustancia, en suma, que ha tenido mil nombres y de cuya esencia convengo en que no se sabe nada; pero como de la esencia de la materia no se sabe más, me parece que por este lado espíritu y materia quedan iguales y nada tienen que echarse en cara en cuanto al concepto oscurísimo que de ambos formamos. Por lo cual, si hemos de negar el espíritu porque no sabemos lo que es, bien podemos con el mismo fundamento negar la materia; y ya Ud. sabe que casi ó sin casi la negaba Berkeley. Hasta se puede ir más allá y asegurar que procedemos menos de ligero afirmando la existencia del espíritu, que afirmando la existencia de la materia, porque la percepción del espíritu es inmediata y la de la materia no.
Para percibir la materia necesita uno de ojos, de oídos ó de otro sentido; y si no los tiene muy agudos, de lentes ó de trompetillas acústicas; y si la materia es muy menuda, de microscopios; y si está muy distante, de catalejos; mientras que para percibirse uno á sí mismo, no tiene más que pensar y no necesita más medio ni más instrumento que el pensamiento mismo.
De todo lo cual se infiere, y tengo que decirlo con la franqueza que me es propia, que sus cuerpos fluidos de Ud. no explican nada como no les prestemos alma inmortal que los informe y habilite. Hecho este préstamo, su sistema de Ud. me agrada. Estamos de acuerdo, y hasta estamos de acuerdo también con Allan Kardec y los espiritistas. Y si no reparamos en pelillos, ni entramos en menudencias, y damos á nuestros asertos una interpretación amplísima, generosa y conciliante, hasta estamos de acuerdo con todo buen cristiano, que cree en la inmortalidad del alma espiritual y en el cuerpo glorioso informado por ella.
Lástima es que no acepte Ud. también para todo el universo, que es unidad á par que conjunto de cosas varias, cierta fuerza unitiva é inteligente que lo ordene, enlace y una todo; algo, en suma, que se parezca al Dios en que nosotros creemos; pero Ud. se muestra enojadísimo contra Dios y le suprime, lo cual me apesadumbra de veras.
Y es lo más extraño que en el proceder de usted hay una inconsecuencia capital que salta á la vista. Tal vez el motivo más fundamental que tiene Ud. para suprimir á Dios es la existencia del mal moral y físico, que, siendo Dios todopoderoso, inteligente y bueno, no consentiría. Pero, como en seguida se pone Ud. á cavilar, á trabajar y á arreglar el mundo, y resulta que todo está á pedir de boca, y que no podemos quejarnos, no comprendo cómo no vuelve Ud. á Dios el crédito que ha querido quitarle, y ya que lo halla todo tan bien y tan enderezado á nuestro progreso físico, intelectual y moral, no vuelve á dar á Dios la gobernación de todas las cosas, y aun á celebrar en su honor una función eucarística y de desagravios.
La verdad es que acerca de todo eso, así como acerca de cuanto en su sistema de Ud. tiene que ver con la moral y con las ciencias sociales y políticas, hay muchísimo que decir todavía, y más importante que lo dicho hasta ahora; pero yo estoy cansado de escribir sobre tan arduas cuestiones, y Ud., y el público, á quien comunico las cartas que á Ud. escribo, recelo yo que estén cansados de estas filosofías que voy enjaretando. Dejémoslas, pues, al menos por ahora, y ya veremos si más adelante vuelvo á escribir á usted sobre su libro con más serenidad y reposo. Entre tanto, aunque disto mucho de haber expuesto aquí toda la doctrina que el libro contiene, y de haberla juzgado, ya creo que doy alguna idea, así de la doctrina como de lo que pienso acerca de ella. Sólo añadiré hoy cierta alabanza, que lo es para un escéptico como yo, aunque para usted no lo sea. Su libro de Ud. no convence, pero entretiene. Luce Ud. en él su brillante imaginación, y llena no pocas de sus páginas de elocuentísimas frases. Ya esto es mucho, y yo le doy por ello mi más cumplida y cordial enhorabuena.