LUZ DE LUNA
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I
TRISTEZA
El segundo tercio del siglo XV iba a expirar. Era el oscurecer de un hermoso día de otoño, y las campanas de Segovia tocaban a la oración: las damas de la corte, pues la corte estaba entonces en esta ciudad, se dirigían al templo cubiertas con largos mantos negros y acompañadas de reverendas dueñas, lo que no impedía que algunas de ellas trocasen una frase amorosa, pronunciada a media voz, con los gallardos donceles que de cerca las seguían, o recibiesen un billete, que ocultaban con rapidez maravillosa entre los anchos pliegues del manto.
Triste estaba entonces la ciudad. Enrique IV había abierto una tregua a sus continuas diversiones; y en cuanto a la reina, no parecía desear tampoco los saraos y festines que tanto la hacían gozar en otro tiempo; murmurábase entre sus damas que una profunda tristeza la consumía, aunque ninguna de ellas podía adivinar ni remotamente la causa: y, en efecto, no existía al parecer.
Don Beltrán de la Cueva estaba a sus pies todo el tiempo que le dejaban libre sus ambiciosos planes; al penetrar en la regia cámara, desaparecía en el umbral el hondo pliegue que unía sus pobladas cejas, animábanse sus negros ojos y asomaba a sus labios la sonrisa; mas aunque esta sonrisa era triste también, parecía que don Beltrán era feliz al lado de doña Juana.
¿Qué tenía, pues, la reina? ¿Sería acaso que la aquejaba el presentimiento de alguna desgracia? ¿Soñaría con dolores lejanos todavía? ¿O por ventura la entristecía el remordimiento de su culpable pasión?
Todos estos comentarios se hacían en palacio. ¡Terrible mansión son las cortes!
Las crónicas me han enseñado que en las antiguas se murmuraba despiadadamente, y he oído decir también que en las de ahora hay la misma cruel murmuración.
Pero entonces, como hoy, se erraban también los juicios: formábanlos equivocados los que, dotados de una imaginación activa, anhelaban darle alimento con tan vano trabajo; y al oírlos emitir a estos, se encogían de hombros con frialdad e indiferencia las personas dotadas de un generoso corazón.
Solo el conde de Ledesma podía saber la causa de aquella tristeza: solo él podía decir por qué se apagaban los ojos de la hermosa soberana, por qué palidecía su frente, por qué lloraba, y don Beltrán no lo decía a nadie.
Las siete de la noche acababan de sonar en el reloj del alcázar real: los balcones de la cámara de doña Juana, abiertos aún, permitían ver la ancha plaza que atravesaban los pacíficos habitantes de Segovia al dirigirse al templo; la reina había dado orden de que no entrasen luces hasta que ella llamase, y la estancia, débilmente alumbrada por el crepúsculo, se iluminaba ya con el blanco fulgor de la luna, que aparecía llena y purísima en el azulado cielo sembrado de estrellas.
Ya no hacía calor; pero un ambiente templado todavía iba a aliviar con sus caricias la agonía de las flores que morían en soberbios jarrones de oro y plata.
Magníficos tapices cubrían el pavimento y las paredes; grandes y hermosos espejos, con marcos de recortado ébano y molduras de plata, reproducían los sillones de elevado respaldo.
Recostada en uno más ancho que los otros, estaba doña Juana absorta en una profunda meditación; la luna iba a quebrar sus rayos en la pálida y hermosa frente de la reina, y en los gruesos bucles de sus cabellos, de un negro brillante y azulado, radiaban como dos estrellas sus rasgados y negros ojos, antes llenos de fuego y ahora velados por la tristeza, pero siempre de una hermosura sin rival. Jamás Miguel Ángel trazó un perfil tan severamente correcto: su boca pequeña y soñadora estaba deprimida en ambos ángulos por un pliegue habitual de melancolía, y sus manos, de una belleza soberana, aparecían pálidas y enflaquecidas al cruzarse sobre el negro terciopelo de su vestido.
Sentado a sus pies sobre un rico almohadón, veíase un paje que podría tener dieciséis años; su angélica hermosura era el tipo opuesto a la severa belleza de la reina; de menos estatura que esta, era delgado y esbelto como una doncella. Tenía, como doña Juana, grandes y rasgados ojos, pero de puro y sombrío azul; su boquita purpúrea, su delicada nariz, eran de una suavidad encantadora; caían sus dorados y abundantes cabellos en espesos y largos rizos sobre la gola de encajes, y sus manos, blancas como el marfil, eran más bellas y delicadas aún que las de la reina.
Vestía una ropilla de raso azul celeste prolijamente bordada de plata y sujeta con un cinturón de lo mismo que dibujaba su esbelto talle y dejaba ver el puño de pedrería de una linda y pequeña daga, según el uso de los pajes de aquel tiempo; sus calzas de seda blanca permitían adivinar sus puras y juveniles formas, y sus zapatos, de raso blanco también y adornados de un gran lazo celeste, encerraban unos pies infantiles; divertíase en deshojar una rosa menos pura y blanca que su serena frente.
—¿Qué tenéis hoy, señora mía? —dijo al fin, alzando la cabeza y fijando en la reina sus azulados ojos—. ¿Por qué estáis tan triste?
La voz del paje tenía un eco dulce, sonoro y armonioso; era uno de esos acentos que, una vez oídos, no se olvidan jamás y que conmueven siempre, porque hacía vibrar las cuerdas más delicadas del alma; la reina no le oyó sin duda, porque no se movió.
El pajecillo esperó algunos instantes la respuesta; pero, viendo que no se la daba, alargó la mano a un florero y tomó la más marchita de las rosas, volviendo a su primera ocupación.
Un suspiro que se escapó de los labios de doña Juana le hizo alzar vivamente la cabeza.
—¿Qué tenéis, señora? —repitió el paje con más dulzura todavía; y arrodillándose sobre el almohadón en que había estado sentado, buscó con sus ojos la abatida mirada de la reina.
Estremeciose esta y pasó una mano por su frente, como para apartar un triste pensamiento.
—No tengo nada, Fernando —dijo con alterada voz—. ¿Qué hora es? —añadió levantándose—. ¿Por qué no pides luces?
—V. A. mandó que no iluminasen la cámara, porque penetraba tan hermosa luna...
—¿Ha venido el conde? —interrumpió la reina con viveza.
A esta pregunta se inmutó la fisonomía del pajecillo: a haber luz en la estancia, fácilmente hubiera visto doña Juana sus ojos llenos de lágrimas.
—Don Beltrán no vendrá esta noche, señora —dijo al fin sobreponiéndose a la emoción dolorosa que había hecho palidecer su frente; y añadió con un profundo suspiro, y en voz tan baja que no pudo llegar a los oídos de doña Juana—: ¡desgraciadamente no vendrá!
—¡No vendrá! —repitió la reina cuyo hermoso semblante se entristeció mucho más—. ¿Y por qué?
—Porque dentro de dos horas, señora, debe salir con el rey para Toledo, a donde los llaman los partes dados por Pedro López de Ayala. En la conjuración del marqués de Villena están comprometidos muchos nobles castellanos: cuéntanse entre ellos don Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo; don Alfonso Fonseca, arzobispo de Sevilla; el condestable de Castilla, don Manrique Lucas de Iranzu; don Gómez Solís, maestre de Alcántara; don Diego de Arias, tesorero mayor, y otros muchos.
—¿Y los Lunas?
—¡Mi padre! ¡Mi hermano! ¡Oh, no! —exclamó fieramente el pajecillo, cuya frente se cubrió de un subido carmín—. Antes morirán cien veces, que ser traidores a su rey.
—Pero, ¿dónde se hallan?
—En Aragón, señora: no quieren rendir homenaje a vuestro esposo, porque le aborrecen; pero respetan la persona del rey de Castilla.
—Mas la conspiración de Toledo está secretamente protegida por don Juan de Aragón, Fernando. ¿Cómo don Fadrique no ha de ayudar al monarca que le da asilo? Y tu joven hermano Gonzalo, ¿cómo ha de permanecer en calma en la corte de Aragón?
—En calma estarán, señora, hasta el día en que peligre la vida del rey o la de V. A.; entonces volverán a Castilla para castigar a los traidores.
—¡Buenos y nobles caballeros! —exclamó doña Juana, en cuyas largas pestañas negras brillaba una lágrima.
—¡Oh, sí!, muy nobles, señora —repitió el paje con profunda emoción—; pero buenos aun más que nobles, y sobre todo para vos... ¡Oh, señora mía! —continuó el niño con los ojos humedecidos de llanto—: si hubieseis oído a mi buen padre el día en que me envió a vuestro lado, comprenderíais hasta qué extremo os adoran los Lunas. «Ve —me dijo—, hijo mío: la persona de la reina está amenazada, y yo te envío a su lado para que veles por ella: muere si es preciso, pero que sea tu pecho el escudo de su vida.»
—¡Oh, don Fadrique! —murmuró doña Juana—. ¡Felices los reyes cuyos vasallos se os parezcan!
—Mi padre os debe la vida, señora, según él mismo me ha dicho, y la vida de todos los Lunas os pertenece; más aun: os debe también su libertad y su honor.
—Verdad es, Fernando —dijo doña Juana—, que tuve la fortuna de sacar a tu padre de la prisión en que gemía: es cierto que le devolví la libertad, y con ella el poder de deshacer la odiosa calumnia que pesaba sobre él; pero ha satisfecho su deuda con usura, poniéndote a mi lado, y dándome tu puro amor, único consuelo en los males que me agobian.
Al pronunciar estas palabras, prorrumpió en llanto la reina. El pajecillo se arrodilló de nuevo a sus pies, y besó cien veces sus manos, que humedecía también con sus lágrimas.
—No os aflijáis, por Dios, señora mía —dijo—. Yo estoy aquí para instruir a mi padre y a mi hermano de los planes de don Juan Pacheco, marqués de Villena, que es el jefe de los conjurados y vuestro más cruel enemigo; no puede perdonaros el que dieseis libertad a mi padre, que sabe os sostendrá, a vos y a vuestro esposo, a todo trance en el trono de Castilla; ya están de vuelta en Toledo con el infante don Alonso, al cual han sacado del castillo de Maqueda y proclamado rey; pero nada temáis, señora —prosiguió el niño volviendo a acariciar las manos de la reina—, yo velo por vos; si os veo en peligro, avisaré a mi padre y a mi hermano, que vendrán con trescientas lanzas a vuestro socorro; con nadie podéis contar aquí más que con el conde de Ledesma y conmigo... pero don Beltrán y yo valemos más que todos esos villanos.
—¡Don Beltrán! —exclamó dolorosamente la reina, porque este nombre avivó sus pesares—: ¿Acaso piensa ya en mí?
Nada contestó el paje: palideció, e inclinó tristemente la cabeza.
Durante algunos instantes, reinó en la estancia un profundo silencio; levantose, por fin, doña Juana, y el paje la imitó.
—Pide luces, Fernando —dijo con voz alterada.
Obedeció el niño, y la cámara real quedó bien pronto iluminada.
—Ahora —dijo doña Juana— vete, Fernando: me siento enferma... quizá el reposo me aliviará... deseo estar sola.
Y se dejó caer de nuevo en el sitial, pálida y quebrantada.
—¿No necesita ya V. A. de mis servicios? —preguntó el niño tristemente.
—Sí: antes de retirarte a descansar, lleva este billete a don Beltrán —dijo la reina dándole un papel.
Fernando llevó a sus labios una mano de su señora, y salió.
En cuanto a doña Juana, reclinó su cabeza sobre el ancho respaldo de su sillón, y dejó escapar un profundo gemido.
II
EL PAJE DE LA REINA
Al dejar Fernando la cámara de la reina, se dirigió a las habitaciones de don Enrique; reinaba allí el más completo desorden, porque era la hora de partir: en la antecámara muchos nobles, armados completamente, esperaban conversando a que saliese el rey, y entretanto los pajes y escuderos entraban, salían y cruzaban en todas direcciones.
Fernando entró, procurando no ser visto, pero no pudo ocultarse a las miradas de un grupo de cortesanos que hablaban cerca de la puerta.
—¡Hola, el hermoso paje! —dijo uno haciendo una seña significativa al que tenía más cerca.
—¡El favorito de la reina! —contestó otro con maliciosa sonrisa.
—¡El niño mimado! —añadió un tercero.
—Este será el sucesor de don Beltrán en el corazón de doña Juana —dijo a su vez un joven y elegante obispo—; pero —añadió—, confesad, señores, que es una hermosa criatura: miradle ruborizarse como una doncella porque le miramos...
Y todos se echaron a reír.
En aquel momento, y haciéndose superior a su emoción, se acercó el paje llevando en la mano su gorra, cuya larga pluma blanca besaba la alfombra.
—¿Podríais decirme, señores —dijo con suave y argentina voz—, dónde se halla don Beltrán, a quien no veo por aquí?
Todas las risas cesaron.
Había en aquel acento tanta dulzura, y al mismo tiempo tanta melancolía y respeto, que no pudo menos de conmover a los satíricos cortesanos.
—Creo que estará con el rey, amiguito —contestó el obispo de Cuenca, que era el hermoso joven y el mismo que notó el rubor del pajecillo.
—Vedle allí que sale con S. A. —dijo otro caballero señalando la puerta de la cámara de don Enrique, en cuyo umbral aparecía este conversando con el conde de Ledesma.
El paje se inclinó profundamente, y se dirigió a ellos deteniéndose a una distancia respetuosa.
Enrique IV salía para montar a caballo y marchar inmediatamente; al ver al paje se detuvo, y los cortesanos se volvieron para contemplar una escena que adivinaban sería muy curiosa.
Había, en efecto, razones para creerlo así: el pajecillo era aborrecido en la corte, aunque apenas conocido en ella, por el solo motivo de amarle la reina y don Beltrán; es cierto que cuando alguna vez aparecía, su encanto irresistible, su candidez y hermosura, subyugaban a todos; mas el pobre niño, que se conocía harto débil para vivir entre tantas maldades e intrigas, pasaba su vida a los pies de doña Juana, y evitaba cuanto podía darse a ver: así pues, aunque llevaba cuatro meses de estancia en la corte, había en ella muchas personas que no le conocían aún, y de este número era el rey.
—¿Qué quieres, niño? —dijo este mirando al pajecillo, en tanto que el conde de Ledesma le contemplaba también como arrobado.
—Señor —contestó doblando en tierra una rodilla—, solo besar la mano de V. A. antes de su partida.
—¿Quién eres?
—El paje de S. A. la reina.
—¡Ah... ah! —exclamó el rey—. ¿Conque tú eres ese precioso niño que tanto llama la curiosidad de todos? —Y tomando la mano de Fernando, le hizo levantar y se aproximó con él a una de las lámparas que iluminaban el salón.
—¡Oh, qué hermoso es, conde, qué hermoso! —exclamó el rey después de haberle contemplado breve rato—: ¡jamás he visto criatura más bella! —Y don Enrique clavó de nuevo sus ojos en el semblante del paje.
—¿Qué edad tienes? —preguntó sin soltar la mano del niño.
—Dieciséis años, señor.
El semblante de don Beltrán retrataba una angustia dolorosa, y sus negros ojos estaban fijos en el paje con una indescriptible expresión de dolor y de ansiedad.
—Dime, ¿te hallas bien al lado de la reina? —preguntó don Enrique al pajecillo—: porque si no, te vendrías conmigo, y haría un magnífico presente a Guiomar —concluyó acercándose al oído de don Beltrán.
Palideció el conde, y una nube pasó por delante de su vista; pero haciendo un violento esfuerzo, dijo al rey con serena sonrisa:
—Advertíd, señor, que es extremada la beldad de este joven.
—¿Cómo te llamas? —tornó a interrogar el rey.
—Fernando, señor —contestó el niño con los ojos fijos en el semblante del conde.
—De Acuña —añadió don Beltrán—: es descendiente de los valientes aragoneses de este nombre.
—Adiós, hijo mío —dijo el rey—. A mi vuelta de Toledo, ven a verme inmediatamente y pídeme lo que desees, que te doy mi palabra de otorgártelo —y alargó su mano a Fernando, que la llevó a sus labios.
El rey echó a andar, y don Beltrán iba a seguirle, mas el niño le detuvo por el brazo.
—Tomad este papel que me ha dado la reina para vos, señor conde —le dijo en voz baja y precipitada—: y os ruego, en nombre de vuestro amor —añadió clavando en los negros ojos de don Beltrán sus ojos azules—, os ruego que detengáis por hoy la marcha del rey.
—¡Eso es imposible! —exclamó el favorito aterrado—. El rey baja ya la escalera para montar a caballo.
—Pues corred a detenerle, por Dios santo, Beltrán —repuso el paje tomando entre las suyas una mano del conde—: no es ya por vuestro amor por el que os lo suplico... —añadió con infinita dulzura—, ¡es por el mío!...
Aquellas palabras parecieron obrar una súbita reacción en el conde de Ledesma, que estrechó entre las suyas las manos del pajecillo y salió precipitadamente en pos del rey, a quien alcanzó al fin de la escalera.
—Señor —le dijo—, acaba de hablarme un paje de doña Guiomar: ha venido a decirme de su parte que se halla indispuesta y desea veros ahora mismo.
—Di que voy al instante, y prepárate para acompañarme —contestó el rey, cuyo semblante se alteró al oír aquella nueva—; señores —prosiguió volviéndose a los cortesanos—: suspendemos nuestra marcha indefinidamente; con tiempo daremos nuestras órdenes.
Y apoyándose en el brazo de don Beltrán, entró en sus habitaciones, de las que poco después salió por una puerta secreta, envuelto en una larga capa negra y acompañado del favorito.
III
LA CORTE DE ENRIQUE IV
Al oír los cortesanos las palabras del rey: señores, suspendemos nuestra marcha indefinidamente, quedaron mirándose unos a otros; muchos de ellos eran más enemigos de Enrique que los mismos conjurados, y solo esperaban llegar a Toledo para unirse al partido de Villena; cruzábanse allí también odios y rencores personales, deseos de venganza y anhelo de combates, en que cada uno de ellos quería o exterminar a su enemigo, o a lo menos, alcanzar renombre y gloria.
Ni uno de ellos amaba sinceramente a Enrique IV. Pero, ¿cómo amar a aquel monarca antojadizo e inconsecuente? ¿Cómo amarle cuando anteponía un capricho suyo, por insignificante que fuese, a los sagrados intereses del reino? ¿Cómo amarle, en fin, siendo esposo infiel y padre desnaturalizado?
Aquellos hombres no eran tampoco afectos a la reina: aunque doña Juana era una noble joven, de corazón sensible y alma elevada, nadie reconocía en ella estas hermosas cualidades, de que descaradamente se burlaban en aquella época de disolución y escándalos. Pero, ¡cosa extraña!, lo que menos le perdonaban era su ardiente pasión por Beltrán de la Cueva; ellos, sumidos en toda clase de desórdenes, ellos, que cada día cambiaban de dama, culpaban aquel amor, criminal es verdad, pero excusable por el abandono en que Enrique IV dejaba a su joven y bella esposa.
Aquel rey, indigno de su estirpe, aquel hombre que corría de exceso en exceso, arrastrando por el lodo la áurea corona de Castilla, no merecía el amor de Juana; no había respetado en ella ni su orgullo de princesa, ni su dignidad de mujer. De continuo la pobre joven se había visto pospuesta a vasallas suyas, y no pocas veces a sus mismas camareras, que ocupaban su lugar en el corazón de su esposo; y su alma enérgica y altiva, bien que dotada de suma grandeza, se abrió al amor que le brindara don Beltrán y le amó también con todo su corazón.
No detestaban los nobles aquel lazo por lo que era en sí: la mayor parte de ellos eran incapaces de sentir una gran pasión, y, por consiguiente, ignoraban su valor; su irritación nacía de celos por la rápida elevación de don Beltrán, que de paje de lanza había llegado a obtener las mayores dignidades y los más altos honores, y, sin embargo, a ser posible que la reina se prendase de cualquiera de ellos, hubiera ofrecido a sus pies el preferido, no un verdadero amor, sino un bajo y degradante servilismo, con la esperanza de medrar.
Todos ellos acusaban de desleal la conducta del conde de Ledesma, y tal vez con razón: don Beltrán se había hecho dueño del corazón del rey, sirviéndole de tercero en todas sus intrigas amorosas y acompañándole en sus nocturnas expediciones; y don Enrique, agradecido a tan buenos oficios y enteramente subyugado por el encanto irresistible de su amigo, cerraba los ojos para no ver la intimidad de este con su esposa, aunque, para complemento de la murmuración, se aseguraba que estas relaciones hacían en realidad sufrir al rey quien, a pesar de su caprichoso carácter, amaba a doña Juana cuanto él podía amar.
Nada se habían cuidado la reina y don Beltrán de las hablillas de la corte: absortos en su amor, olvidaban el universo entero; pero hacía cuatro meses que el cielo de su dicha se hallaba cargado de negros nubarrones, y doña Juana lloraba sin consuelo un pesar que ocultaba a todos.
¡Pobre joven! ¿Cuál era la causa de su amarga aflicción? Ella buscaba con empeño la soledad. Ya no la alegraban el canto de los pajarillos, ni el radiante sol; la luz de sus ojos se apagaba lentamente, y sus labios perdían su purpúreo matiz: ¡fatales síntomas en una mujer enamorada! ¡Ellos dicen que fenecieron sus esperanzas de ventura!
Y era así: desde el día en que llegó a Segovia Fernando de Luna, don Beltrán parecía preocupado y sombrío; ya no se animaban sus facciones al ver a la reina; a veces pasaba días enteros lejos de ella, y hasta parecía hastiado de su cariño.
¡Ay, este cambio, por lentamente que se opere, no se escapa jamás a los ojos de la mujer que ama! Doña Juana le siguió con tristísima mirada; pero ni una queja se escapó de sus labios, porque las almas nobles guardan con cuidado sus dolores, y devuelven por cada uno una sonrisa: cuando el sufrimiento la vencía, se arrodillaba junto a la cuna de su hija, y pedía al cielo consuelo y fortaleza para sobrellevar sus penas.
Encontraba también algún alivio en el amor que profesaba a su hermoso paje: el día mismo de su llegada le fue presentado por don Beltrán, y el niño, al besarle la mano, le entregó una carta que decía así:
«Señora: Sin duda alguna me habrá olvidado V. A., porque las almas nobles no recuerdan los beneficios que hacen; pero si el que los recibe es merecedor de ellos, los graba de un modo indeleble en lo más íntimo de su corazón y los paga cuando puede.
»Yo creo, señora, que satisfago ahora en parte la deuda de gratitud y amor que contraje con V. A., enviándoos a mi hijo Fernando: parto a Aragón con Gonzalo, mi hijo mayor; no quiero rendir más vasallaje a Enrique IV, puesto que, a no ser por el ángel a quien llama esposa suya, hubiera muerto en el calabozo en que me sepultó su padre; pero no quiero tampoco serle traidor, y abandono mi hermosa Castilla para no mezclarme en las intrigas de los nobles.
»Por el cielo, guardaos, señora mía: solo tenéis un amigo fiel, y ese es don Beltrán; a él le envío mi hijo para que le ponga al lado de V. A. Nadie desconfía de un niño: su adhesión no os atraerá mal ninguno, y si corréis peligro, si vuestro esposo vacila en el trono, este mismo niño llamará a su padre y a su hermano, que volarán al socorro de sus soberanos.
»Yo sé que don Juan Pacheco no perdona a V. A. la libertad que me dio, y de la que hice uso arrojándole del lado del rey; sé también que quiere conduciros al castillo de Maqueda, de donde han sacado al infante; pero por el nombre que llevo, juro a V. A. que no lo han de conseguir.
»Dios guarde a V. A. y os conceda, señora mía, la dicha que tanto merecéis. — Fadrique de Luna.»
La reina acogió con amor al niño y le hizo su paje: la memoria de los Lunas no se había borrado de su alma, porque sabía cuánto la amaban aquellos buenos caballeros.
Aprisionado don Fadrique durante el reinado de don Juan II, por una calumnia del marqués de Villena, gemía aún en una oscura prisión al subir al trono su hijo Enrique IV; mas cuando doña Juana vino a dividirle con él, el primer acto de piedad de esta princesa fue mandar abrir todos los calabozos.
Una vez libre el de Luna, su más ardiente afán fue arrancar la máscara a Villena: consiguiolo, y el rey, que ya empezaba a aficionarse a Beltrán de la Cueva, le tomó tal aversión que se vio obligado a no presentarse más en el alcázar; pero juró odio y venganza al rey, a don Fadrique, y, sobre todo, a doña Juana.
Algunos días después, salió de Madrid como jefe principal de la conspiración que se formaba en Toledo para destronar a Enrique IV, pero casi al mismo tiempo salió también don Fadrique con su hijo Gonzalo para la corte de Aragón: su única hija, Luz, quedaba, según se decía, en un monasterio de Ávila; en cuanto a Fernando, por ser niño sin duda, nadie le conocía ni había oído hablar de él.
Desde que vivía en el alcázar, el pajecillo apenas había salido de las habitaciones de la reina: consolaba su dolorosa melancolía, y la amaba tanto que la expresión de aquel ardiente cariño le hacía a veces olvidar sus pesares.
La seductora belleza de aquel niño había llamado la atención de toda la corte, y el rey mismo estaba impaciente por conocerla; pero todos cuantos elogios le habían hecho de él, le parecieron muy débiles al verle en su antecámara en la noche señalada para partir a Toledo.
El paje salió detrás del rey y se dirigió a su aposento, en tanto que la cólera de los nobles estallaba en imprecaciones contra el conde de Ledesma y doña Guiomar; porque sabían que solo la querida y el favorito tenían el poder de dominar la voluntad del rey.
—¡Por el cielo —exclamó don Lope Barrientos—, que se me acaba la paciencia! Esta misma noche marcho a Toledo a unirme con Villena.
—Y yo os acompañaré, don Lope —dijo don Pedro Gómez.
—Y yo con mi compañía franca —añadió don Nuño de Saavedra.
—Y yo, y yo —repitieron muchos nobles.
—Pues id con Dios, señores —repuso don Diego Arias, anciano de hermosa y apacible fisonomía—: yo, por ahora, prefiero irme a acostar.
Los cortesanos fueron saliendo poco a poco, y en la gran cámara quedaron solamente los pajes y escuderos del rey.
IV
AMOR
Las doce de aquella misma noche serían cuando el paje salió de su aposento y se dirigió con silencioso paso a la puerta de la habitación de doña Juana; escuchó breves instantes y después se dirigió a otra puerta que abrió suavemente, encontrándose en el salón amarillo.
Aquella estancia, intermediaria entre las habitaciones de Enrique IV y de su esposa, era llamada así por el color de sus tapices y sillería, y no se abría casi nunca; pero Fernando, que no podía conciliar el sueño, iba a buscar en ella la calma y la soledad; llevaba en la mano un rollo de papel y un tintero, que formaba un cuerno de plata; en el centro de la estancia se veía una mesa dorada, y pendiente del techo una lámpara, suspendida de largas cadenas de plata, para que sus tibios rayos diesen luz a la mesa; sin duda aquel aposento estaba preparado de orden del paje o por él mismo para pasar en él la noche.
Fernando cerró la puerta sin ruido; se quitó la gorra, que dejó en un sillón, y después se aproximó a la mesa para colocar en ella el papel y el tintero; mas ambas cosas cayeron de sus manos, y retrocedió más blanco que las olas de encaje de su gorguera al ver a un caballero que, inmóvil y silencioso, estaba sentado en el sillón colocado delante de la mesa, y que, al ruido que hizo en el suelo el tintero, levantó la frente, estremeciose y se puso en pie.
—¡Doña Luz! —exclamó juntando sus manos con una especie de adoración.
Palideció el paje fijando sus ojos en aquel hombre; mas aquella mirada cambió el alabastro de su semblante en un súbito carmín.
—¡Ah! —dijo—, ¡me habéis asustado, don Beltrán!... pero —prosiguió con una sonrisa que desmentía su temblorosa voz—, ¿qué hacéis aquí? Yo venía a escribir a mi padre en esta estancia, mucho más silenciosa que la mía; pero, puesto que la habéis elegido antes que yo, me voy para no molestaros —y diciendo esto, recogió su tintero y papel, y fue a tomar su gorra.
—Deteneos por el cielo, Luz —dijo el conde de Ledesma con acento suplicante—, ¡tened piedad de mí!
El fingido paje alzó al cielo sus ojos con tristísima expresión, como pidiendo valor; pero cuando se volvió a don Beltrán, su habitual y dulce sonrisa vagaba de nuevo por sus labios; dejó otra vez su gorra sobre la mesa, y echó sus largos rizos dorados hacia atrás con un movimiento infantil, sentándose en el sillón que acababa de dejar el conde.
Este permaneció de pie delante de ella, contemplándola con una mirada ardiente y melancólica.
—¡Gracias, doña Luz! —dijo el conde con profunda emoción y rompiendo al fin el silencio—. Gracias por vuestra bondad en acceder a mi ruego. Esta condescendencia, por otra parte, en nada os compromete —prosiguió con amargura—: ¡nadie extrañará que pasen en conversación, aunque sea toda una noche, el paje y el amante de la reina!
—Creo, no obstante, conde, que para vos seré doña Luz de Luna, y no el paje Fernando —repuso la doncella con acento grave y dulce a la vez.
—¡Oh, sí, sí! —exclamó don Beltrán—; mas nada temáis, Luz: ¡vos sois para mí lo más sagrado que existe en la tierra; lo más santo que conozco; sois lo que más amo en este mundo, mi más caro y apreciado tesoro; el ángel que ilumina el áspero camino de mi vida! ¡Oh, Luz! —prosiguió el conde, con tan honda emoción que las lágrimas brotaron de sus ojos—. ¡Luz mía! ¿Cuándo daréis una esperanza a mi ardiente amor? ¿No sabéis que este cariño es puro y santo? ¿No os he rogado mil veces que me permitáis pedir vuestra mano a don Fadrique?
—¿Y la reina, conde? —dijo Luz con doloroso acento—: ¿qué sería de la reina el día en que os perdiese para siempre? ¿Qué porvenir le espera, muertas las esperanzas de su amor?
—¡La reina! —repitió el conde—, ¡la reina! ¿Tengo yo la culpa acaso de haberme engañado creyendo amarla? ¿Tengo yo la culpa de que ella se haya apasionado de mí? ¡Por piedad, Luz, por piedad! ¡No mezcléis en nuestro puro amor el recuerdo de esa pasión criminal!...
Detúvose el conde para mirar a la joven, que lloraba cubriéndose el rostro con las manos.
—¡Llanto! —exclamó apasionadamente arrodillándose a sus pies—, ¡llanto, amada mía! ¡Y lo viertes por mí! ¡Dime —prosiguió, buscando con sus ojos la mirada de la doncella—: dime que te enternecen mis tormentos!, ¡dime que comprendes al fin la inmensidad de mi amor!... porque lo comprendes ya, ¿no es verdad? ¿No es cierto que me has visto revivir bajo la luz de tus divinos ojos, bajo la paz de tu sonrisa?, ¿que has visto cómo recobraba la alegría de mi corazón y el sosiego de mi alma, bajo la influencia de tu virtud? ¡Oh!... ¡Si supieras lo que pasó por mí el día en que te me presentaste con la carta de tu padre!... ¡Creí que el corazón iba a saltárseme del pecho!
Aquel hombre de hierro, cuyo valor se había hecho proverbial en toda Castilla, cayó vencido y quebrantado por la emoción que experimentaba: pálido, con la respiración anhelante, apoyó su frente en el brazo del sillón de Luz.
—Yo también os amo, conde —dijo esta tomándole las manos y obligándole a que se levantase—: sí, os amo, como ya no volveré a amar a pesar de no tener más que dieciséis años. Dejadme concluir —añadió conteniendo con imperioso ademán el trasporte del conde—: esta primera confesión será también la postrera.
—¡La postrera!
—Sí, desde ahora os lo juro por el nombre que llevo: yo ahogaré esta pasión, y si no puedo conseguirlo, moriré. Escuchadme, Beltrán —prosiguió enternecida al ver la angustia que se retrataba en las facciones del conde—: mi padre debe su vida a la reina, y su bienhechora está rodeada de enemigos, abandonada de su esposo. Solo un bien le resta: ¡vuestro amor!; y este bien, que compensaba para ella todos los demás, ¡lo ha de perder también! ¡Y queréis, conde, hacerme su enemiga! ¡Queréis que, en pago de la vida y de la libertad de mi padre, clave en su corazón ese acerado puñal! ¡Queréis, en fin, que desobedezca a mi padre, que me mandó oponer mi pecho como un escudo a los golpes que asestasen al suyo! ¡Oh, no, no! ¡Jamás!
—¿Y creéis, Luz, que porque vos dejéis de amarme, renacerá mi cariño hacia la reina? ¿Pensáis que humillaré de nuevo la frente a ese vergonzoso yugo? ¿Imaginais que para conservar mi fortuna y elevación, le fingiré de nuevo el sagrado sentimiento que solo vos en el mundo habéis podido inspirarme? ¡Por Dios, que os equivocáis! ¡Voy a renunciar esta noche todos mis cargos y títulos, y mañana seré otra vez un pobre soldado! ¡Ya nada quiero de ella!
—Y yo, conde, os aborreceré como a mi más mortal enemigo, porque habréis causado la muerte a la bienhechora de los míos —dijo la joven con airado acento—; sí, os lo juro por el Dios que nos oye: si asestáis ese golpe al corazón de la reina, mi amor se trocará en aversión, porque la amo más que a vos.
Al acabar de pronunciar estas palabras, se dirigió a la puerta; mas el conde la detuvo, poniéndose delante.
—¡Luz! —exclamó—, por piedad, no me dejéis así: decidme al menos que el recuerdo de mi cariño os será grato; yo haré lo que queráis... no me separaré del lado de la reina... la defenderé con mi vida... ¿estáis contenta? —prosiguió clavando sus ojos con amarga tristeza en los ojos de Luz.
—Sí, conde —contestó la doncella tendiendo al caballero su blanca manecita—: ¡oh, sí, muy contenta! ¡Me habéis hecho tan feliz!... Vos pagaréis de este modo a doña Juana la deuda de los Lunas, y yo... yo os amaré... como a mi mejor amigo.
Temblaron los labios de la joven al pronunciar estas palabras, y una espantosa palidez cubrió su semblante.
—Ahora —añadió haciéndose superior a su emoción—, ahora es ya de día, conde; marchad a ver a la reina. Sé, por Inés, que está indispuesta, y por eso fui a suplicaros que detuvierais vuestra partida.
—Os obedezco, Luz —dijo tristemente el conde—. ¡Quiera Dios que mi vida, convertida desde hoy en un largo y doloroso sacrificio, pague esa deuda terrible que me roba vuestro amor!
—Os engañáis, Beltrán; la satisfacción de esa deuda me liga a vos con una tierna e inalterable amistad, y este puro sentimiento reemplazará al amor, porque vuestro amor y el mío pertenecen a la reina de Castilla.
Al concluir estas palabras, abrió la puerta de su aposento y entró en él, cerrando después de saludar al conde, quien tomó lentamente el camino de las habitaciones de la reina.
En cuanto a Luz, se dejó caer de rodillas al pie de su lecho, y exclamó con voz entrecortada por los sollozos:
—¡Gracias, Dios mío, gracias por las fuerzas que me habéis concedido en tan ardua y dolorosa lucha! ¡Oh, Dios piadoso! ¡Oh, Virgen mía! ¡No me desamparéis!
V
LA ENTRADA DE VILLENA
Cuatro días habían pasado desde estos sucesos y todavía no se había dado orden ninguna para la partida del rey.
Doña Guiomar seguía indispuesta, obedeciendo tal vez los consejos de don Juan Pacheco, marqués de Villena, su amante oculto, aunque nadie en Castilla le conocía otro que Enrique IV.
La hermosa dama de honor de doña Juana tenía enteramente subyugado el corazón del rey; pero ella no sentía hacia el monarca más que el desprecio que necesariamente debía inspirar a una mujer de su temple, porque doña Guiomar tenía talento y corazón.
A pesar de no contar más que treinta años, amaba con pasión al marqués de Villena, que pasaba de los cincuenta. La energía de aquel hombre, sus brillantes prendas y su elevado talento le inspiraban cariño y admiración; aun su misma ambición era otro nuevo mérito a sus ojos, porque era ambiciosa también.
La noche en que, a ruegos del paje, detuvo don Beltrán la marcha del rey, recibió ella una carta de Toledo, concebida en estos términos:
«Es absolutamente preciso que detengáis al rey cuatro días más en Segovia; al finar el último, os veré en vuestra misma casa, porque entraremos victoriosos, llevando a nuestro frente al infante don Alfonso. — Villena.»
No bien leyó la dama de honor este billete, que le fue entregado al desnudar a la reina, lo ocultó cuidadosamente entre los pliegues de su brial; después extendió los brazos, y cerrando los ojos, se dejó caer en un sillón, dando un ahogado grito que hizo acudir a la reina y todas las damas; el desmayo duró media hora, al cabo de la cual pareció reanimarse, y pidió permiso, con voz débil, para retirarse. Doña Juana dispuso que se trasladase la enferma a su casa en una de sus carrozas, y mandó a doña Blanca de Solís, la más joven de sus damas de honor, que la acompañase y velase a su lado toda la noche.
Poco agradó, en verdad, esta orden a doña Blanca: odiaba, como todas sus compañeras, a aquella orgullosa mujer, que las trataba muy mal; pero se inclinó profundamente ante la reina, y abrigó ella misma, con su capuchón de pieles, los hermosos hombros de doña Guiomar.
Despidiolas doña Juana, dispensando a la enferma de todo servicio en su aposento mientras durase la indisposición, y asegurándole que sus damas alternarían en su cuidada y asistencia; pero durante el camino, doña Guiomar se animó y pareció casi buena al llegar a su casa.
—Doña Blanca —dijo a la joven con una dulzura extraña en ella—, no quiero que os molestéis: yo estoy mucho mejor, y creo que mañana podré asistir al alcázar a la hora de levantarse su alteza: voy a mandar que os conduzcan a vuestra casa, quedando yo sumamente reconocida a vuestros afectuosos cuidados.
—Pero, señora, tal vez os engañáis —repuso la sencilla joven, sin comprender las miras de la altiva dama—: podéis poneros peor... no, no, yo velaré con sumo gusto a vuestro lado.
—Os digo que me siento ya muy bien —repitió doña Guiomar, cuyas morenas mejillas se encendieron con tan leve contradicción.
—La reina me reconvendrá... —murmuró débilmente la pobre niña, aterrada como una paloma delante del milano.
—Yo os disculparé con S. A. mañana, cuando asista a su cámara: le diré que os he rogado que os retiraseis. Ea, buenas noches, doña Blanca —continuó bajando ligeramente de la alta carroza, y entrando en su casa.
No bien se halló en su aposento, escribió al conde de Ledesma diciéndole que estaba bastante indispuesta, y rogándole que se lo hiciera saber al rey. Mas don Beltrán, suponiendo la verdad, porque no ignoraba la intimidad de Villena con la dama de honor, se guardó bien de enseñar la misiva a don Enrique y la hizo pedazos en seguida que la leyó.
Los ruegos del paje alcanzaron lo que deseaba doña Guiomar: el rey voló a su casa así que tuvo noticia de la indisposición que la aquejaba y que ella fingía por su parte a las mil maravillas.
Al volver al alcázar con don Enrique, Beltrán de la Cueva se dirigió al salón amarillo, porque los dolores alejaban el sueño de sus ojos: desde el día en que vio a Luz de Luna, la amó con pasión, y aquel fuego devorador aniquilaba enteramente sus fuerzas morales.
Sin embargo, compadecía profundamente a la reina: a medida que él se tornaba frío e indiferente, la pobre joven languidecía y su frente se doblaba más pálida y abatida que la del conde; ella ignoraba, no obstante, la causa de su desvío; no sabía que otro nuevo amor le robaba el corazón de su amante, porque no sabía tampoco que su amoroso pajecillo era una hermosa doncella.
En la corte de Castilla nadie más que don Beltrán conocía este secreto, porque solo a su lealtad lo había confiado su anciano amigo don Fadrique de Luna. ¡Dios, en su bondad, quiso evitar a aquella infeliz princesa el más amargo de todos los dolores... los celos!
Era el día que Villena había señalado para entrar en Segovia: brillaba el sol en todo su esplendor y el tibio viento de octubre traía en sus alas los perfumes de las últimas flores.
Enrique IV, sin acordarse de que rugía sobre su cabeza una terrible tempestad, pasaba casi todo su tiempo al lado de doña Guiomar, que agravaba o disminuía su indisposición según convenía a sus planes: Toledo y la conspiración que encerraba dentro de sus muros se habían borrado completamente de la memoria del rey.
Espantoso desorden reinaba en la ciudad; muchos de los nobles partidarios de Villena, y avisados por él, sabían que aquella noche debían entrar los conjurados, y que don Enrique iba a ser arrancado del trono para colocar en él a su hermano don Alfonso.
Otros, y estos eran los menos, adictos al rey, se aprestaban a la defensa, y cruzaban en todas direcciones a la cabeza de sus compañías francas.
En vano fue avisar al rey de lo que acontecía; en vano le pintaron el riesgo que corría: su sagaz manceba le aprisionaba a su lado, y el rey se contentaba con responder: No se atreverán.
Tres días hacía que Luz había escrito a su padre llamándole a Segovia. «La reina peligra, padre mío —le decía—. Villena está cerca de aquí, y ya sabéis que es su enemigo mortal: venid, pues, a salvarla de la prisión o de la muerte.»
Después de escrita esta carta, el pajecillo se situó al lado de la reina, que esperaba sin impaciencia ni temor lo que iba a suceder: sabía que si vencían los conjurados sería sepultada en un sombrío castillo, porque sabía también hasta qué punto la odiaba don Juan Pacheco, y presagiaba que su primer cuidado sería abrirle una prisión; pero todo lo olvidaba, porque veía de nuevo tierno y amante a don Beltrán y hacía dos días que era feliz, a pesar de los males que la amenazaban.
El pobre pajecillo era dichoso también con la ventura de su señora, aunque su rosado semblante había tomado la palidez del alabastro, y sus espléndidos ojos azules se veían rodeados de un ancho círculo morado; en aquellos cuatro días no se había separado un momento de la reina: en pie, detrás de su sitial, estremecíase al menor ruido que sonaba en la calle, y parecía escuchar constantemente con ansiedad.
Hacia las cuatro de la tarde creció el rumor en las calles, y se oyeron pasos cautelosos en la escalera que daba a las habitaciones de la reina; las damas de honor se estrecharon temblando unas a otras, y el paje palideció más que ellas: los pasos, que sonaban ya junto a la puerta principal, cesaron de repente, y un instante después se oyó dar vuelta suavemente a la llave.
—¡Nos encierran! —gritó doña Juana—, ¡estamos prisioneras! —y se acercó a otra puerta disimulada en los tapices, al mismo tiempo que la cerraban también.
Un ahogado sollozo se escapó del pecho de la reina: no pensó en ella, sino en la Cueva, en su esposo, en su pobre hija y en su reino perdido. ¡Ella, la reina de Castilla, tendría que morir en una prisión!... La pobre joven se dejó caer de rodillas en su reclinatorio y oró con fervor, imitándola sus damas y Fernando.
Ya había tendido la noche su denso manto, y aún permanecían postradas. De súbito saltó uno de los cristales de colores del anchuroso balcón de piedra, y tras de aquel todos los demás que componían la ojiva vidriera, y un hombre se precipitó en la estancia. Las voces de la reina, de sus damas y del paje, se confundieron en un solo grito de terror; mas el aparecido, sin mirar a nadie, se dirigió al paje, a quien acercó a su pecho con un apasionado movimiento y como para protegerle del riesgo que le amenazaba.
—¡Don Beltrán! —exclamó la reina reconociéndole y tendiéndole sus manos.
—Nada tema V. A., señora —contestó el conde besando la diestra de doña Juana—: he encontrado cerradas todas las puertas y he entrado por ahí —continuó señalando el balcón—, para defenderos hasta mi último aliento.
VI
EL TRONO Y EL HONOR
Cuando don Enrique volvió al anochecer a su alcázar, no se notaba otra señal de alarma que las rondas que se cruzaban en todas direcciones: los conjurados aún no habían entrado; mas, careciendo de puertas la ciudad, era imposible oponerles este obstáculo.
Don Beltrán sabía, no obstante, que Villena estaba con los principales jefes dentro de Segovia: reunió a todos aquellos con quienes podía contar y se aprestó a la defensa; porque su lealtad como soldado era a toda prueba, y estaba decidido a perder mil vidas que tuviera por defender a sus soberanos; tenía además que velar por Luz, cuya existencia y honor le habían sido confiados por su padre, y que eran mucho más caros a su corazón que todos los intereses de la tierra.
Don Enrique se acordó, por fin, de su esposa y de su hija, y al cerrar la noche, salió de su cámara para dirigirse a las habitaciones de la reina, acompañado de muchos cortesanos; mas quedaron atónitos al encontrar todas las puertas cerradas.
Doña Juana estaba ya aprisionada: era la primera víctima de la venganza de Villena.
El semblante del soberano se trastornó enteramente: en el fondo de aquel corazón helado y endurecido había algún cariño hacia la joven y hermosa princesa a quien llamaba esposa suya, y la idea de que se la habían robado o de que otro se había anticipado a salvarla, le hizo olvidar todo lo demás.
—¡Echad abajo esa puerta! —dijo con voz fuerte.
Los soldados de su guardia empuñaron las hachas de armas e hirieron con un solo golpe la maciza puerta que no se conmovió lo más mínimo. Un curioso observador hubiera visto aparecer una burlona sonrisa en los labios de los cortesanos: las llaves de la habitación de la reina tal vez no estaban lejos de allí.
La voz del rey se dejó oír de nuevo entre el estruendo.
—Llamad a la Cueva —gritó con airado acento, y aún no había expirado el eco, salieron tres pajes en distintas direcciones.
—Señor —dijo don Diego Arias, que era el anciano de hermoso semblante a quien vimos en el alcázar—, yo creo que debíamos bajar al jardín para ver, si nos es posible, por entre los balcones, si la reina está dentro de su habitación: el profundo silencio que se advierte me hace temer que nos la hayan arrebatado, y en ese caso, juraría, por el nombre que llevo, que hay traidores entre nosotros.
Y el noble caballero, en cuyo corazón ardía la indignación, tendió en derredor suyo una mirada amenazadora.
—Tienes razón, Arias —dijo el rey—: vamos al jardín, y si tus temores salen ciertos... ¡ay de los culpables!
Y echó a andar seguido de todos sus cortesanos.
Algunos soldados y escuderos iban detrás alumbrando con hachas.
Al llegar al jardín, mandó don Enrique que se detuviesen todos a la puerta, y se adelantó él solo con don Diego Arias, hasta colocarse enfrente de los balcones de la cámara de la reina: la luna derramaba una tenue claridad a través de la espesa cortina de nubes que la ocultaba, y que permitían distinguir, no obstante, hasta las más pequeñas plantas.
En tanto que don Enrique y el anciano don Diego miraban con ansiedad al fondo de la cámara de la reina, en la que se notaba el resplandor lejano de una luz, la Cueva se dirigió a una puerta del alcázar por donde acostumbraba a entrar; mas su angustia fue indescriptible al encontrarla cerrada. De repente un confuso rumor de golpes y voces llegó a sus oídos: era que los soldados del rey herían con las hachas de armas la puerta principal.
—¡También cerrada aquella! —murmuró el conde, que adivinó la causa de aquel estruendo; tendió en seguida en derredor suyo una mirada en la cual radiaba una ráfaga de delirio, y echó a correr hacia el jardín.
—¿Qué voy a hacer? —murmuró parándose de repente—: ¡qué voy a hacer, Dios mío! ¿Cómo salvarlas? ¡Salvarlas! ¿Y de quién? ¿Quién ha cerrado las puertas del alcázar? ¿Villena? ¿Quién las manda abrir? ¿El rey? ¿O ha sido Enrique IV quien las ha aprisionado, y don Juan Pacheco el que intenta derribar esas mismas puertas?
Calló el conde y se apoyó contra el muro casi desfallecido.
—¡Luz! —murmuró al cabo de algunos instantes—. ¡Luz mía! ¿Qué va a ser de ti? ¿Pagarás tú, pobre ángel, los odios que nacieron alrededor del trono? ¡Y yo... yo no puedo salvarte... no puedo!...
Un amargo sollozo desgarró la garganta de don Beltrán: pálido como un cadáver, cerró los ojos y quedó inmóvil.
Un golpe más fuerte que los otros le hizo estremecer: rápido como un relámpago echó a correr y salió del alcázar.
En aquel mismo instante miraban con mayor ansiedad que nunca el rey y don Diego al interior de la cámara de la reina: el anciano hacía ya rato que escuchaba atentamente con la cabeza inclinada; hubo un instante en que don Enrique fue a hablar, mas el caballero le apretó fuertemente el brazo haciéndole señas de que callase, y olvidando la etiqueta en una ocasión tan importante.
De súbito levantó también la cabeza el rey; se oían claramente sobre la arena del jardín los pasos de un hombre, y al mismo tiempo estalló un horrible tumulto en la plaza del alcázar; por detrás de las paredes del jardín se percibía el choque de las armas y los gritos de los combatientes.
Por un movimiento involuntario, don Enrique iba a precipitarse hacia la puerta; mas don Diego le detuvo.
El hombre, cuyos pasos se oían, entraba entonces en la calle de árboles en que ellos estaban.
Sin detenerse, llegó al pie de los balcones de la reina y sacó una larga escala de seda que sujetó al de enmedio, afianzándola a la parte inferior con largos garfios de hierro.
—¡Castilla por don Alfonso! —gritaron muchas voces en la plaza del alcázar.
—¡Abajo los traidores! ¡Muera Villena! —respondió otra inmensa gritería.
Don Enrique hizo un segundo e impetuoso movimiento y se lanzó a la puerta; mas el anciano don Diego le sujetó fuertemente por el brazo.
—En la calle quieren quitaros el trono, señor —le dijo con voz profunda—; pero aquí os roban vuestro honor —añadió señalando al hombre que acababa de escalar el balcón.
Mas apenas pudo vérsele, porque dio con mano fuerte un golpe en la ojiva vidriera, que cayó hecha mil pedazos, y se precipitó de un salto en la cámara real.
Por un momento vieron el rey y don Diego, a través de los cristales mutilados, a la reina y sus damas postradas: los blancos trajes se extendían en amplios pliegues como una alfombra de nieve en el mármol del pavimento; el grito de espanto lanzado por la soberana y sus damas llegó también a oídos de don Enrique y don Diego; mas en el instante mismo se cerraron de golpe ambos postigos y desapareció el luminoso cuadro.
—Vamos, Arias —dijo don Enrique con sordo acento—: vamos a lavar el honor, y después defenderemos el trono.
Y el rey y don Diego salieron del jardín con precipitado paso.
VII
¡CASTILLA POR DON ENRIQUE!
Al volver el rey a la habitación de su esposa, acababa de saltar la puerta, deshecha por los golpes de los soldados.
—Nadie se mueva hasta que yo lo mande —dijo don Enrique con severo acento—: ¿habéis encontrado al conde de Ledesma? —preguntó a los que había enviado a buscarle.
—No, señor.
—Seguidme, Arias —dijo el rey, y entró en la cámara de su esposa.
Pero en el mismo instante, un rumor confuso se oyó al otro lado de las habitaciones; acababan de echar abajo otras puertas del alcázar que daban a distintas calles; un momento después se abrió la puerta oculta entre los tapices, y apareció Villena con la espada desnuda y seguido de gran número de los suyos. Encontráronse frente a frente el rey y su enemigo, mas la primera mirada de ambos fue para buscar a la reina: los semblantes de los dos se encendieron con un subido carmín, y brotaron de sus ojos relámpagos de furor.
Vestida doña Juana con un largo traje blanco, estaba arrodillada en su reclinatorio; sus largos cabellos negros caían en rizos medio deshechos alrededor de sus hombros y garganta; tenía cruzadas las manos fuertemente, y sus grandes ojos se fijaban en Villena con profundo terror. Don Beltrán estaba de pie a su lado, y su presencia fue la que trastornó de rabia los semblantes del rey y de Villena: el uno veía en él a su rival, el otro a su enemigo. La vidriera rota, que el rey fue a abrir, dejaba penetrar una corriente de aire frío que hacía vacilar la luz de la única lámpara que alumbraba el aposento.
El rey se acercó a la Cueva y le cogió del brazo.
—¿Por dónde habéis entrado en la cámara de la reina, conde? —le preguntó con una terrible mirada.
—Por la misma puerta que V. A., señor, contestó el favorito con voz firme.
—¿Y a qué hora?
—Hace apenas media.
—¿Por qué, en vez de venir aquí, no estuvisteis a mi lado?
—¡Oh, señor! —repuso don Beltrán con tan serena sonrisa que ocultó del todo la angustia retratada en sus facciones—: vine aquí porque vos estabais rodeado de valientes caballeros, y la reina estaba sola y expuesta a la furia del marqués.
—¡Vive Dios, don Enrique, que no sé cómo tenéis calma para escucharle! —exclamó Villena, cuya furia se aumentó al ver malograda su esperanza de encontrar a la reina sola—. El conde acaba de entrar por ese balcón, puesto que no había otra entrada, porque todas las llaves de esta parte del alcázar se recogieron por orden mía.
—¡Mentís como un villano, marqués! —gritó entonces el paje de la reina, saliendo al frente de todos—: quien ha entrado por ese balcón he sido yo.
Al oír el mentís del niño, trastornose enteramente el semblante de Villena, y se arrojó a él, en tanto que muchos de los suyos rodearon al conde.
Ninguno, empero, se atrevió a llegar al soberano.
—¡Favor al rey! —gritó don Enrique, y todos los nobles, que esperaban sus órdenes, precipitáronse de tropel en la estancia con las espadas en la mano.
En el instante mismo en que Villena se lanzaba al pajecillo, retrocedió: Don Juan Pacheco era muy valiente, y la espada cayó de sus manos al contemplar de cerca el puro y bellísimo semblante del niño.
—Sí —prosiguió Fernando yendo a postrarse a los pies de la reina, que se había dejado caer en un sitial—: yo fui el que escaló ese balcón, al ver que las puertas me vedaban la entrada; porque —añadió, cubriendo de besos las manos de doña Juana—, no podía acostarme sin ver a mi señora.
Los cortesanos se miraron atónitos. ¿Sería aquel niño el nuevo amante de la reina? Su lenguaje lo hacía suponer así.
La refriega se había empeñado en aquella estancia: combatían junto a la Cueva algunos caballeros, en tanto que el rey contemplaba con mirada sombría al lindo paje, que ocultaba su frente en los pliegues del vestido de la reina para no ver aquella desastrosa escena.
De repente, lanzó un agudo grito: acababa de caer la Cueva herido, y aquel golpe produjo, aunque sin verlo, un doloroso choque en todo su ser. Volviose, arrodillado como estaba, y cruzó sus manos sobre el pecho con una desgarradora expresión de dolor; después, como atraído por una fuerza superior a su debilidad, se levantó trabajosamente y quiso correr hacia don Beltrán, mas el rey le detuvo.
—Niño —dijo—, ya que tanto amáis a la reina, es preciso defenderla, porque os la quieren robar —añadió con fiera y maligna sonrisa—. Vamos, desenvainad esa preciosa daga, regalo suyo sin duda... ¡Vamos!
Tembló el paje: su brazo se rompía entre los dedos del rey.
—Sí, sí, que combata —gritaron muchas voces. Mas la de la Cueva dominó todas las demás.
—¡Señor —gritó—, piedad, ese paje es una mujer!
—¡Una mujer! —repitieron en coro el rey y todos los cortesanos.
—¡Sí —dijo la pobre niña, cuyo semblante estaba blanco como el mármol—; sí, don Enrique, el amante de la reina, ya lo veis, es una mujer!
Y en sus labios se dibujó una angélica sonrisa, en tanto que sus ojos se cerraban cayendo desvanecida en los brazos del rey.
—¡Castilla por don Enrique! —gritaron en la plaza mil voces en una.
—¡Castilla por don Enrique! —repitieron en la escalera del alcázar.
—¡Castilla por don Enrique! —resonó por tercera vez en la puerta de la cámara real, y don Fadrique de Luna, seguido de su hijo y de gran número de soldados, entró por la puerta principal de la cámara, en tanto que Villena y los suyos huían vergonzosamente por la puertecilla secreta que les había dado paso.
VIII
LOS LUNAS
La primera mirada de don Fadrique se dirigió en busca de la reina; al descubrirla desmayada en el ancho sillón, se arrodilló delante de ella y besó una de sus manos.
Gonzalo, entre tanto, había visto a su hermana sin sentido en los brazos del rey.
—¡Luz! —exclamó extendiendo los suyos para recibirla.
Al eco de esta voz amiga, abrió la joven los ojos y los fijó en el semblante del caballero.
—¡Hermano mío! —murmuró con débil voz—. ¿Y nuestro padre? —preguntó en seguida.
Pero don Fadrique llegaba ya, y la estrechó amorosamente contra su seno.
—Al fin te veo, hija mía —exclamó el anciano con los ojos llenos de lágrimas—, ¡si supieras cuánto sufría lejos de ti!
—¡La hija de Luna! —murmuró el rey—: es más noble, más niña y mucho más hermosa que doña Guiomar.
Y sus ojos se fijaron con amor en la pobre doncella a quien había estado a punto de matar pocos momentos antes.
Comenzaba a volver en sí la reina y Luz iba a acercarse a ella, mas su padre la contuvo suavemente.
—Señor —dijo en voz baja y aproximándose al rey—, prometedme que no diréis a nadie jamás que el paje Fernando era mi hija Luz; y vosotros, caballeros —prosiguió volviéndose a los nobles—, concededme, os ruego, el mismo favor.
—¿Pero de qué servirá esto, cuando la han de ver aquí todos los días? —dijo el rey—; y además, ¿por qué ocultar todo lo que vale este ángel de paz?
—Nadie la verá, señor —contestó el de Luna—, porque antes de amanecer tomaremos el camino de Aragón, sin que mi Luz deje su vestido de paje.
—¡Cómo, don Fadrique! ¿Conque me dejáis de nuevo? —exclamó el rey con doloroso acento—: ¿me dejáis, sin que pueda pagaros todo lo que os debo?
—Si algo vale el servicio que he tenido la dicha de hacer a V. A., señor —contestó don Fadrique—, no pido más recompensa que el permiso para marchar.
—Idos, pues —dijo tristemente el rey—: ahora, al menos, añadió bajando la voz, dejad a Luz al lado de la reina.
—¡Imposible, señor! —respondió con acento firme el anciano—: he consentido en separarme de mi hija mientras sus servicios han hecho falta a mi bienhechora —continuó besando una mano de la reina, quien, recobrada ya y comprendiendo lo que pasaba, le dio gracias con una dulce sonrisa—. Ahora —concluyó don Fadrique—, no puedo consentir en alejarme de aquí sin mi Fernando.
—¡Cómo! —exclamó doña Juana—, ¿os lo lleváis?
—Sí, señora; pero os dejo un buen amigo en el conde de Ledesma —dijo don Fadrique estrechando entre las suyas las manos de don Beltrán—: a no ser por él, hubierais caído en poder de Villena antes de llegar yo.
—Venid aquí, la Cueva —dijo el rey—: desde hoy sois duque de Alburquerque, y os damos además los señoríos de Atienza y Roa. Quedad con Dios, don Fadrique —prosiguió dirigiéndose al anciano—; adiós, Gonzalo; ya que os obstináis en partir, no me opongo a vuestro deseo; pero jamás olvidaré que os debo mi corona y mi vida.
Inclináronse los Lunas, pero no besaron la mano del rey; para aquellos nobles caballeros era un imposible amar ni respetar a aquel hombre: únicamente acataban la corona que ceñía sus sienes.
—Adiós, Fernando —prosiguió el rey tomando en las suyas las blancas y delicadas manos de doña Luz—: si alguna vez sufrís o deseáis algo, acordaos del rey de Castilla.
Después besó la mano de la reina y salió de la estancia apoyado en el brazo de don Beltrán y seguido de todos los cortesanos.
IX
EL SACRIFICIO
Al rayar el día siguiente, salió Beltrán de la Cueva de su casa y se dirigió al alcázar, mas los Lunas habían partido ya y no encontró de ellos otro resto que esta carta escrita de mano de doña Luz.
«Adiós, conde: os he amado y os amo como a nadie en el mundo; pero amo más que todo la ventura de la que salvó la vida de mi padre.
»Voy a encerrarme en el convento de Santa María, y en él rogaré al cielo que os haga feliz. — Luz.»
Palideció el duque al leer esta carta y ocultó el rostro entre las manos, permaneciendo largo rato en esta postura.
Aquel golpe cruel aniquiló para siempre sus facultades de amar: la ambición ocupó exclusivamente su alma, y volvió a fingir con la reina un cariño que ya no podía sentir.
Sus miras se cumplieron: don Enrique, enteramente subyugado por él, lo elevó a la cumbre del poder, lo que no impidió que el inconstante monarca le aborreciese y desterrase un año más tarde.
En cuanto a doña Juana, gracias al sublime sacrificio de su paje, recobró la tranquilidad de su espíritu con la certeza de ser amada: aquella pasión, culpable en verdad, pero excusable por las circunstancias que la acompañaban, era toda la parte de ventura que Dios había querido concederle en este mundo de dolor.
Luz de Luna profesó al año de entrar en el convento: en el fondo de su alma y junto al amor de Dios, vivió siempre el recuerdo de don Beltrán; quizás aquella pasión dolorosa alcanzó del Señor el perdón de los extravíos del conde de Ledesma; tal vez el largo martirio de la pobre joven borró del libro de la justicia divina las culpas del favorito de la reina. ¡Felices aquellas que, como Luz, lo alcancen! ¡Felices, sí, por mucho que hayan sufrido!
Varias veces, al contemplar la blanca antorcha del firmamento cuyo nombre llevaba la hija de don Fadrique, se deslizaba una lágrima de las negras pupilas del conde, y sus labios murmuraban estas palabras: «¡Ruega al cielo por mí!...»
Y al mismo tiempo una joven religiosa del convento de Santa María fijaba sus azulados ojos en el astro de la noche y decía en voz tan baja que se perdía en las auras perfumadas de su jardín: «¡Oh, Dios de bondad, hacedle feliz!... pero ¡no arranquéis mi recuerdo de su corazón!...»
Antes de cumplir veinte años, murió Luz de Luna: las buenas religiosas la acostaron para que durmiese el sueño eterno en una urna de mármol rodeada de flores, y decían que todas las noches una paloma blanca iba a posar su vuelo sobre el sepulcro.
Era el alma de Luz que iba a pedir al astro, que le dio su nombre, un recuerdo del poderoso duque de Alburquerque, proscrito ya y desterrado.
¡Alma bendita e inocente!