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Amor y llanto

LA HERMANA DE VELÁZQUEZ

Reading edition

I

LA VELADA DE SAN JUAN

Serena y bella era la noche del 24 de junio de 1629. La alameda, que aún hoy se extiende a orillas del tranquilo Manzanares, era entonces más frondosa y se llamaba Alameda del río: en las noches de verano, allí era donde tenían lugar las citas misteriosas de los galantes caballeros de la corte de Felipe IV con las bellas tapadas, aunque en verdad no se concebía el motivo de tal secreto, atendida la libertad de las costumbres de la corte.

En la noche de que voy hablando, la concurrencia era mucho más numerosa aún que de costumbre; la alameda, iluminada por multitud de farolillos de colores, presentaba el aspecto más alegre y animado por los gritos de los vendedores de rosquillas, panales y aloja; veíanse aquí y allá tiendas formadas en la enramada, en cuyo fondo cenaban amantes parejas o alegres amigos, entre los cuales no faltaba algún poeta de los muchos que florecieron durante el reinado de Felipe IV.

La alameda estaba poblada de gentes de ambos sexos: al pasar las damas por delante de las luces de los faroles, lucían, a despecho del misterioso y engañador manto que las cubría, los brocados de sus trajes, las joyas que adornaban sus cabellos y la hermosura de sus negros y rasgados ojos.

Oíanse por todas partes palabras perdidas, suspiros de amor o advertencias recatadas, formando todo tan extraño rumor que en vano uno de los muchos observadores recelosos que se hallaban allí hubiera querido analizarlo.

—Junto al álamo grande señalado con una cruz —decía una dama que pasaba, apoyada en el brazo de otra, al oído de un caballero que permanecía parado e inmóvil como quien espera algo.

—¡Mi marido está aquí! —murmuraba otra volviéndose al galán que la seguía.

—¡Cuánto te amo, Leonor mía! —suspiraba un apuesto marqués pegando su boca al manto de la rubia y encubierta duquesa que se apoyaba en su brazo con provocativo abandono.

Y palabras, suspiros y recatados avisos iban a perderse entre las auras perfumadas de aquella hermosa noche de estío.

En una de las tiendas iluminadas por farolillos y formada de verdes ramas, cenaban dos hombres. Aquella parte era la más animada y concurrida de la alameda: una de las muchas músicas con que los galantes caballeros obsequiaban a sus damas enviaba al fondo de la tienda sus armoniosos ecos, y las carcajadas y las risas penetraban allí también como si quisieran alegrar a aquellos dos hombres, cuyo continente, si bien no adolecía de melancólico, era extrañamente grave.

La mesa estaba servida con todo el lujo peculiar de una romería, y brillantemente iluminada; los manjares que la cubrían eran sabrosos y abundantes. El de más edad de los dos caballeros aparentaba treinta y ocho años: era alto y de formas abultadas; sus cabellos, de un rubio oscuro, bajaban formando ondas alrededor de su cara hasta tocar sus hombros; sus ojos azules, rasgados y expresivos, veíanse veteados de negro, dándoles esta circunstancia un seductor matiz.

Llevaba una riquísima ropilla de terciopelo azul bordada de oro; una capilla de terciopelo granate, y su sombrero, adornado de una hermosa pluma blanca, estaba colgado a su espalda.

Aquel caballero era don Juan Hurtado de Mendoza, duque del Infantado y mayordomo mayor de S. M. el rey Felipe IV.

El que se veía sentado enfrente de él aparentaba unos treinta años; era de estatura mediana y llena de gallardía; su tez morena, sus negros y brillantes ojos, sus cabellos de azabache lustrosos y rizados le daban a conocer por un hijo del mediodía de España; era su boca de una admirable hermosura, que realzaba el negro y retorcido mostacho; su nariz, recta e intachable, y en su ancha frente se veía radiar un genio sublime.

Su traje era mucho más modesto que el de su compañero: reducíase a una ropilla de terciopelo violado sin adornos, aunque cerrada por unos preciosos herretes de diamantes; caían sobre su cuello de batista lisa los luengos y espesos rizos de sus negros cabellos, cuya densa sombra contrastaba con la azulada blancura de aquel.

La nobleza de su sangre se advertía claramente en sus afiladas y nerviosas manos, y en sus pies de una pequeñez y delicadeza infinitas.

Llamábase don Diego Velázquez de Silva, y era pintor de cámara y gentilhombre de la majestad de Felipe IV.

En el momento que presento a estos dos personajes a mis lectores, ambos parecían casi hastiados ya de comer; a lo menos, sus platos medio llenos atestiguaban que habían satisfecho cumplidamente su apetito.

—Veo que la expresión de mi admiración sincera os molesta, amigo don Diego, y que os son enojosos mis elogios —decía el duque a Velázquez al mismo tiempo que un gallardo caballero, pasando junto a la tienda en que se encontraban ambos, echaba a su fondo una mirada indagadora.

—No lo creáis, señor don Juan —contestó el artista con aquella dulce cortesía llena de dignidad que tan querido le hizo siempre de toda la grandeza—, no lo creáis por vuestra vida: vuestros elogios me son más caros que otros, porque me tenéis dadas pruebas verdaderas de ser muy mi amigo.

—¡Oh!, y como que lo soy, Velázquez —exclamó el duque, cuya bella y noble fisonomía se animó de una expresión de orgulloso cariño.

—Lo sé, señor don Juan; por lo mismo aceptaré vuestros elogios si juzgáis que los merezco, después que os haya dicho de dónde bebía yo antes la inspiración para mis cuadros.

—¿Cómo antes? —exclamó asombrado el duque—. ¿Pues qué, Velázquez, carecéis ahora de inspiración en la época de vuestros trabajos más admirables?

—¡Oh, no! —exclamó el pintor con ardimiento—, ¡no! Por el contrario, ahora bebo mi inspiración en otro manantial más puro.

—¡Por Dios que no os comprendo! Vos habéis nacido pintor, como Quevedo poeta.

—No lo creáis. Nadie nace pintor, poeta, ni músico: lo más que nos acompaña, al nacer, es cierta predisposición o facilidad, más o menos grande, para esta o aquella otra cosa, facilidad que desarrolla en nosotros una pasión más o menos noble también.

—¿Qué es lo que ha desarrollado en vos vuestro sublime genio?

—Aun concediéndoos, señor don Juan, que yo naciese con genio, fue este tan raquítico y menguado en su nacimiento que tuve que apelar a la imitación para desarrollarle.

—¿Vos?

—Yo, sí; y contad con que ni a mi padre, Juan Rodríguez de Silva,[12] ni a mi maestro y suegro, don Francisco Pacheco, he hecho nunca la confesión que hoy hago a vuestra amistad.

El duque se inclinó del mismo modo que lo hubiera hecho al recibir una merced de un príncipe real.

—He inquirido —continuó Velázquez— en Alberto Durero la simetría del cuerpo humano; en Andrés Bexalio, la anatomía; en Juan Bautista Porta, la fisonomía; la perspectiva, en Daniel Barbar; la geometría, en Euclides; la aritmética, en Moya; la arquitectura, en Vitruvio y otros autores; examiné la nobleza de la pintura en Romano Alberti; la brevedad y presteza la aprendí en Micael Angelo Vedrido; el Vasari me ha animado con las vidas de los pintores ilustres, y el Riposo de Rafael Borghini, me ha enseñado erudición.[13]

—Eso no quiere decir otra cosa sino que habéis estudiado mucho, y con mucha constancia, don Diego —dijo el duque pagando con un afectuoso apretón de manos la noble y amistosa franqueza del artista.

—En efecto, señor don Juan —contestó este—; el estudio es lo que desarrolla el talento, pero no anima ni acrece esa chispa que se llama genio, con la cual Dios dota a muchas criaturas: por eso yo, no obstante mis largos y asiduos estudios, he pintado hasta hace un año mi bodegón y mi aguador, que en tanta estima tiene la corte; por eso me di a pintar cosas rústicas, a lo valentón, con luces y colores extraños.

—Yo creí que habíais tomado ese rumbo conociendo que os imitaban ya el Ticiano, Alberto Rafael y otros.

—Y no os equivocáis; esa fue una de las razones porque me abstuve de pintar con suavidad asuntos más serios, pues aunque mis amigos me decían que podría emular a Rafael de Urbino, más quería yo ser primero en aquella grosería, que segundo en la delicadeza; la otra razón, y más poderosa, era que, careciendo aún de genio, porque ninguna pasión había venido a animarle, me era sumamente dificultoso pintar otra cosa.

El caballero que después de mirar al fondo de la tienda se había alejado, volvía entonces, y tornó a pararse cerca de ella, medio oculto entre el ramaje.

—¿Cómo, pues, habéis pintado con tanta perfección y maestría hace dos meses ese sublime cuadro de la coronación de la Virgen?

—¡Oh, porque ya había aparecido mi genio! —contestó el artista elevando a la bóveda celeste tachonada de estrellas una mirada de inefable y ardorosa gratitud.

II

AMOR DE ARTISTA

El caballero que acechaba aplicó el oído con ávida atención al escuchar la exclamación de Velázquez; este guardó silencio durante algunos instantes: a la sublime expresión de su semblante había sustituido otra de tristeza profunda y amargo desaliento.

El duque tomó cariñosamente una de sus manos, y le contempló por algún tiempo con afectuoso interés.

—Vos tenéis alguna pena, don Diego —le dijo después de esperar en vano por un momento a que el pintor rompiese el silencio—. ¿No soy —añadió— bastante amigo vuestro para que me la confiéis?

—¡Ah, sí, señor don Juan! —contestó el artista volviendo de su distracción y estrechando la mano que tenía asida la suya—; yo os diré de dónde nace mi pesar.

—Presumo que será causado por el amor —dijo sonriéndose el duque.

—Y presumís harto bien —contestó Velázquez lanzando un suspiro, como quien siente aliviado su corazón de un peso enorme.

—¿Y qué dice de esto mi señora doña Juana Pacheco, vuestra noble esposa?

—¡Juana nada sabe! —murmuró el artista con acento melancólico y quedando de nuevo profundamente caviloso—. Escuchadme, señor duque —continuó tras una leve pausa—: voy a confiar a vuestra lealtad el secreto más importante de mi vida, y bastan estas palabras para que vuestra hidalguía conozca lo que me importa.

Inclinose levemente don Juan Hurtado de Mendoza en señal de conformidad, y el pintor de cámara habló así, mientras que el caballero que rondaba la tienda escuchaba con la mayor atención, recatándose el semblante todo lo posible con el ala de su sombrero.

—Cuando salí de la corte, a donde apenas hacía un año que había llegado con objeto de viajar, quedaron en Sevilla mi esposa y mi hija, y recorrí la Italia, la Alemania y Flandes, dejando este país para lo último, porque quería conocer y tratar algún tiempo al rey de la pintura, al célebre Pedro Pablo Rubens, por quien sentía una especie de apasionada admiración.

»No pude, empero, lograr mi deseo. Rubens se hallaba en Inglaterra, pues, tan hábil diplomático como pintor, estaba encargado por la infanta gobernadora de Flandes de negociaciones de paz.

»Al ver fallida mi esperanza, determiné salir pronto de Amberes, pero quise antes ver la ciudad con alguna detención; entonces estaba devorado por tan negra melancolía que en nada encontraba solaz; faltábame a veces la inspiración, que solo me asistía para pintar escenas vulgares y groseras; ninguna imagen de belleza se había grabado en mi alma, que lloraba como una esclava encerrada en una oscura cárcel: casado en la aurora de mi vida con Juana Pacheco, a la que siempre había amado como a una hermana, ninguna pasión había llegado a animar mi corazón.

»Una mañana que daba vueltas al acaso por la ciudad, me encontré sin saber cómo en una calle en extremo solitaria, y terminada por algunos árboles: era una de las salidas de la población.

»Admirado del aislamiento del sitio, y complacido al mismo tiempo de él, me senté al pie de un álamo, y me entregué a una de esas vagas meditaciones inspiradas por la soledad, y que ningún fin tienen.

»Yo no sé cuánto tiempo permanecí allí: cuando levanté la cabeza, vi enfrente de mí una pequeña casa, en cuya fachada se abrían cuatro ventanas; en la más inmediata a mí estaba apoyada una joven, a la cual creí una aparición celeste.

—¿Tan bella era? —preguntó Hurtado de Mendoza con benévola sonrisa.

—Tan bella, que jamás he visto nada que se le parezca: fingíos, señor don Juan, un semblante de quince años, blanco como el alabastro e iluminado por dos ojos azules tan rasgados y hermosos como solo los poseen las flamencas; fingíos una cabellera dorada y sedosa, una boca de ángel, una frente virginal, unas manecitas nevadas y unos pies infantiles, y tendréis una idea aproximada de aquella hermosa niña.

—¿Y os la habéis dejado allí? —exclamó extrañado el duque.

—Perdonadme que no os conteste por ahora a esta pregunta, y que prosiga mi historia —dijo Velázquez con mal seguro acento; luego continuó:

—Durante largo rato permanecí contemplando a aquella angélica criatura, sin que ella separase de mí sus grandes e inocentes ojos, y solo tomé el camino de mi casa cuando la luz de la tarde fue tan débil que ya no podía distinguirla.

»—Adiós —me dijo entonces la desconocida con dulcísima voz, y como si yo fuera un amigo antiguo.

»—Adiós —contesté yo—, hasta mañana —y me alejé lentamente.

»No bien la aurora del siguiente día iluminó el cielo, fui a situarme enfrente de las ventanas de mi ángel, que tardó algún tiempo en llegar.

»—Yo no creí que vendrías tan pronto —me dijo sin embarazo ni rubor—; no he dormido en toda la noche pensando en ti, y a la aurora me rindió el sueño: perdóname.

»—¿Cómo te llamas, hermosa niña? —le pregunté pasmado de tal candor y sencillez.

»—Ana.

»—¿Tienes padres?

»—No. Solo me acompaña una anciana dueña llamada Tadea; nunca he visto a mis padres, y solo conozco a ella y a ti.

»Nuestra entrevista duró largo rato: nadie vino a interrumpirnos ni acudiendo a vigilar por aquella inocente, ni cruzando por aquella solitaria calle.

»Ana me dijo que a veces se pasaban meses sin que alma viviente transitase por allí, y que por eso había sido tan viva su admiración al verme.

»Díjome también que no salía nunca de casa, porque un anciano sacerdote iba a decir misa todos los días a su oratorio; que su dueña recibía para ambas la comida de un mesón por una rejilla practicada en la puerta, y que nadie iba a verlas jamás.

»Despedime por fin. Durante quince días nuestras entrevistas se repitieron, y muy en breve conocí que aquella niña era tan necesaria a mi vida como el aire que respiraba. Bajo la influencia de mi amor, diseñé el cuadro de la coronación que tanto habéis celebrado, y entonces fue cuando advertí que había encontrado la inspiración que antes huía de mí.

»Pero no seguí el ejemplo de Rafael de Urbino retratando a mi Ana en todas las mujeres de mis cuadros, como él hacía con la Fornarina, y a la verdad que hubiera podido hacerlo con más ventaja que él: sus celebradas vírgenes son, por decirlo así, otras tantas profanaciones de la purísima madre de Dios, puesto que todas ellas son retratos de la desenvuelta cuanto bella panadera romana; mientras que, copiando yo la angelical figura de Ana, no hacía ultraje alguno a María, puesto que la pureza de aquella joven era un reflejo de la suya.

»Yo nací, sin embargo, con un extraño instinto de independencia, y soy original hasta en mis ideas: por eso, pues, si bien tomé del semblante de Ana la belleza y la candorosa expresión que le distinguen para mi virgen coronada, di al semblante de la madre de Dios un tinte dorado que contrasta con la tez de nieve de aquella; coroné la frente de María de la copiosa y ondulante cabellera de mi amada, pero lejos de darle el dorado matiz de los rizos de Ana, la vestí de oscura sombra, y de esta suerte he respetado también la belleza de la Reina del cielo, no haciéndola copia de la de una de sus criaturas.

—¡Ah, Velázquez! tenéis razón —exclamó el duque estrechando conmovido la mano del artista—: ¡vos sois noble hasta en vuestros pensamientos!

—Llegó el día de mi partida —continuó Velázquez—; el rey Felipe IV me llamaba a Madrid, ofreciéndome aposento en su propio palacio, y un estudio en la galería del mismo llamada del Cierzo; yo no podía permanecer ni un día más en Amberes, y con el corazón prensado de dolor fui a despedirme de Ana.

»Ella me oyó sin pestañear: cuando hube acabado, me dijo tranquilamente:

»—Llévame contigo, Diego.

»Ante aquella petición, un mundo de alegría se abrió ante mis ojos.

»—¿Me seguirías? —le pregunté ebrio de gozo.

»—¿Por qué no? —me contestó—: yo no tengo quien me ame en el mundo más que tú.

»—Esta noche a las doce vendré a buscarte, Ana mía —exclamé preparándome a dejarla.

»—Pues toma esos papeles —dijo ella sacando del pecho un pequeño paquete—. Hace tres años vino a verme por primera y última vez una dama envuelta en un manto de terciopelo, y los puso en mis manos diciéndome: «Ana, entrega estos papeles al primer hombre que te diga que te ama.» Abrazome en seguida, y desapareció.

»—¿Sin decirte su nombre?

»—Nada más le oí que lo que te he repetido.

»—Hasta la noche, pues, Ana —le dije tomando pensativo los papeles.

»—Hasta la noche —repitió ella.

»No bien llegué a mi casa, rompí el nema, que tenía impresa una corona de conde, y aparecieron a mis ojos dos pliegos pequeños de papel vitela, perfumado y rico, y enteramente llenos de una letra clara y menuda: entre sus dobleces había una larga trenza de cabellos rubios, que despedían un penetrante aroma, y cuyo matiz era igual al de los rizos de Ana.

»Puse en la mesa con religioso cuidado la hermosa trenza, y leí el papel, de cuyo contenido voy a enteraros si me dais vuestra licencia.

El duque aproximó su silla a la de Velázquez como preparándose a escuchar, y este sacó un pliego y empezó a leer lo que sigue.

III

EL RUEGO DE UNA MADRE

«Señor: quien quiera que seáis, debéis tener un corazón sensible, puesto que se ha conmovido con la inocente belleza de mi hija: yo sé que su hermosura no puede inspirar pasiones bastardas, porque hay en ella algo de angélico que Dios, en su bondad infinita, ha querido darle ya que carecía de toda guarda en el mundo.

»¡Plegue al cielo, señor, que no estéis unido con eternos lazos a otra mujer cuando conozcáis a mi pobre Ana, y que sea el matrimonio el puerto salvador que acoja su infortunada juventud! Pero si, por desgracia mía, os habéis ya abrigado a él con otra compañera, os suplico, por el amor de la madre de vuestros hijos, por la memoria de la vuestra, que ni aun así la abandonéis.

»La infeliz niña está sola en el mundo: aunque de noble sangre, su nacimiento fue un crimen, porque su padre y su madre estaban ligados a otros dos seres con los lazos de una eterna unión: su padre la ha olvidado en medio del cúmulo de honores que le abruma y su desdichada madre teme la justa cólera de un esposo ultrajado y demasiadamente noble.

»Si mi hija ha conseguido interesaros, velad vos por ella, señor: si sois esposo y padre, ¡por el cielo!, no os hagáis reo del mismo delito que el que le dio la vida: pero sed su hermano, y llevadla al lado de vuestra esposa, que Ana la amará con todo su corazón, porque es buena como los ángeles de Dios. Sea bastante poderoso el ruego de una pobre madre para cambiar vuestros propósitos de seducción en una resolución generosa; y acordaos, señor, de que la mujer que de este modo os ruega ha caído en ese abismo de remordimientos que os quiere evitar. ¡Sed fuerte, oh señor, sed fuerte al menos por compasión hacia esa infortunada niña que no tiene otro amparo que el de vuestra piedad!

»Si por su dicha fuerais libre, entonces os juro que no podéis encontrar una compañera más dulce y angelical... ¡Oh, sí,... ella os dará esa dicha doméstica que tan escasa es en la tierra!

»Salvad a mi hija de una perdición cierta, atendida su hermosura y el abandono en que vive; sed su protector; os lo pide por vuestra fe de caballero y de cristiano, su desdichada madre. — Ana.

»P. D. — Dadle esa trenza que acabo de cortar de mi cabeza para ella, y contestadme para tranquilizar mi ansiedad, que no puede cesar hasta saber vuestra decisión.»

»Dirigid vuestra carta a Gante, cuartel de San Pablo, sin más señas que estas: A Ana S.»

—¡Es original la aventura! —dijo el duque así que Velázquez acabó de leer el pliego.

—Cuando me enteré de esta carta —continuó el artista guardándola—, un sentimiento de profunda y dolorosa piedad se apoderó de mí: la desgraciada suerte de aquella mujer, que por lo poco que se vislumbraba era una noble dama, me conmovió hasta el extremo de arrasar mis ojos en lágrimas, y me afirmó en el propósito que tenía de llevarme conmigo a España a mi inocente Ana.

»Pensaba conducirla al lado de Juana, según su madre me encargaba, y si bien un sentimiento de amargura se abría paso en mi corazón al pensar en lo dichoso que hubiera podido ser uniéndome a aquella angélica criatura, puedo deciros con verdad que la memoria de los beneficios que debía al padre de mi esposa, la grave y tranquila afección que esta me inspiraba y el amor de mi hija, dominaron bien pronto aquel doloroso pensamiento.

»Salí de mi casa, y dirigiéndome a la de un platero, compré un medallón de oro pendiente de una cadena del mismo metal; encerré en él la trenza de la madre de Ana, y lo guardé, esperando la hora de ir en su busca, y haciendo activamente los preparativos de nuestra marcha, que debía efectuarse al rayar la aurora.

»Dieron, por fin, en la gran catedral las once y media; tomé una escala de seda preparada de antemano, y me dirigí a la vivienda de Ana.

»Ya me esperaba esta en la ventana; asegurando la escala, bajó con pie firme, y mi mano tocó la suya por primera vez, para ayudarla a descender.

»Cuando estuvo en el suelo, puse en su cuello la cadena de la cual pendía el medallón.

»—Guarda —le dije—, guarda, Ana mía, este recuerdo de nuestra madre que te ofrece la mano de tu hermano.

»—¡Ah, Dios mío! —exclamó con indecible alegría—. ¿Y eres tú mi hermano?

»—Sí —contesté con voz firme y pidiendo desde lo íntimo de mi alma perdón a mi madre por aquel generoso engaño, que me recordaría mis deberes—: sí, Ana, yo soy tu hermano, y esta feliz nueva la he encontrado en los papeles que esta mañana me entregaste.

»—¡Ah! ¡Por eso quizá te amé desde la primera vez que te vi! —exclamó apoyándose con abandono en mi brazo, y disponiéndose a seguirme.

»La inocente ni aun pensó siquiera en preguntarme quiénes eran nuestros padres: su infantil inteligencia, ofuscada aún por su total ignorancia del mundo, ni siquiera comprendía los lazos de la sangre.

»Llegamos, por fin, a mi posada: entonces rogué a Ana que se recostase en mi lecho, lo que hizo dócilmente, y bien pronto su igual y dulce respiración me dio a conocer que dormía.

»En seguida, y aprovechándome de su sueño, tomé la pluma y escribí a su madre una carta concebida en estos términos:

«Señora: Ana está en mi poder, segura y amparada para siempre; soy esposo y padre, y ella será la hermana de mi esposa.

»Vuestra hija y yo partimos para España dentro de dos horas: si algún día queréis abrazarla, preguntad por el pintor del rey Felipe IV. — Diego Velázquez de Silva.»

»Dirigí esta carta y me acerqué al lecho de Ana: dormía como un niño en su cuna; pero mi puro amor de artista había sido más santificado todavía con la carta de su desdichada madre, y ni aun llegué mis labios a su frente.

»Dos horas, empero, pasé contemplándola: la vista de su angélico semblante, coronado de rubios rizos, llenaba mi corazón de una calma y bienestar que jamás había experimentado. ¡Ay de mí! Era el amor, que tomaba traidoramente la única forma con la cual podía subyugar mi alma.

»El primer rayo de la aurora brilló, por fin, en el oriente: desperté a Ana, y un cuarto de hora después nos dábamos a la vela en un buque español. Al desaparecer de nuestra vista los últimos edificios de la hermosa ciudad de Amberes, de los ojos de Ana brotó copioso llanto.

»—¿Qué tienes? —le pregunté.

»—¡No lo sé, hermano mío! —dijo ella—; pero me parece que dejo aquí alguna cosa que me es muy querida; y, sin embargo —continuó rodeando mi cuello con sus brazos—, tú y el cabello de mi madre es lo único que me inspira amor en el mundo.

IV

LA HILDALGUÍA ESPAÑOLA

Largo rato hacía que el duque del Infantado estaba absorto en un profundo asombro: miraba a Velázquez como miramos a un ser de una naturaleza superior, porque, si bien las licenciosas costumbres de la corte de Felipe IV le habían estragado el corazón, era todavía bastante capaz de comprender toda la nobleza del artista.

—¿Es, pues, esa joven que trajisteis de Flandes la que hoy pasa por hermana vuestra, y que con tanto cuidado recatáis de las miradas de todos? —preguntó al fin al pintor.

—Sí, señor don Juan —contestó este—; hace un año que Ana vive a mi lado bajo la continua vigilancia de mi esclavo mulato Juan de Pareja; y aunque habita dentro de palacio, no han profanado su belleza los ojos atrevidos de ninguno de esos licenciosos y depravados cortesanos.

—¿Por qué no la habéis enviado, según ofrecisteis a su madre, a Sevilla, al lado de doña Juana?

—¡No puedo! ¡Oh, no puedo separarme de ella!

—¿Luego la amáis?

—¡Más que a mi gloria! —exclamó el artista elevando al cielo una mirada cubierta de ardientes lágrimas.

Un largo silencio siguió a aquel grito escapado del alma generosa del pintor. El duque permanecía inmóvil y pensativo: mucho debía amar a Velázquez aquel orgulloso cortesano, cuando de tal manera le preocupaban sus dolores.

En aquel instante, el caballero que los acechaba se alejó con ligero paso; mas a pesar del cuidado con que hasta entonces se había recatado, cualquiera que le hubiera visto al pasar por delante de una de las tiendas próximas, cuyas luces iluminaron de lleno su semblante, hubiera reconocido en él las severas facciones de don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares.

—Ya tengo una buena nueva que dar al rey —murmuró desapareciendo rápidamente en las sombras de la alameda.

—Os confieso, don Diego —dijo al fin el duque rompiendo el silencio—, que no concibo tanta nobleza y generosidad como encuentro en vuestra conducta. Amáis a una mujer, la tenéis en vuestro poder sin trabas y sin conocer a nadie que os pida cuenta de ella, y la respetáis por la súplica de una madre que quizá sea ficticia, puesto que no tenéis prueba alguna de que la autora de esa carta sea efectivamente la mujer a quien Ana debe la vida.

—¡Ah!, examinad esa carta —exclamó Velázquez mostrando al duque la que leyera pocos momentos antes—; examinadla y os convenceréis de que solo una madre pudo dejar así la huella de esas anchas lágrimas tan ardorosas como las gotas que preceden a una tempestad... de que solo la mano de una madre tiembla del modo que debía temblar la de la mujer que ha trazado estas líneas... Pero, ¡ay! —continuó Velázquez guardando de nuevo la carta, y llevando a su frente sus manos cerradas con un desesperado movimiento—, ¡ay de mí!, nada he conseguido con mi sacrificio: el rey ha visto a Ana hace tres días, y he comprendido demasiado que está ciegamente enamorado de ella.

Al escuchar estas palabras, se levantó el duque y miró con recelo a todas partes; algunas enamoradas parejas cruzaban por la enramada, y no era difícil que oyesen las palabras del pintor.

—Volvamos a Madrid, Velázquez —dijo acercándose de nuevo a este—. Nuestra conversación se ha hecho muy seria para que podamos continuarla aquí, por el grave riesgo que corremos de ser oídos.

En seguida tomó familiarmente el brazo del artista, y se dirigió con él a su coche, cuyos caballos tomaron al trote el camino de Madrid así que el duque y Velázquez se hubieron acomodado en él.

—¿Cómo ha visto el rey a esa joven? —preguntó el duque, no bien el ruido del carruaje pudo apagar un tanto su voz.

—Mil veces me había preguntado por mi hermana, exigiéndome que se la presentase, pero yo había conseguido excusarme con diferentes pretextos. Hace tres días entró de improviso en mi estudio, del cual tiene llave desde que me concedió el título de pintor de cámara, y nos sorprendió estando yo haciendo el retrato de Ana: a su vista quedó mudo de asombro, y apenas acertó a pronunciar una palabra. La inocente niña, por el contrario, no manifestó la menor sorpresa.

—¿Quién es este señor tan hermoso? —me preguntó.

—S. M. el rey —le contesté—, casi sin saber lo que decía.

Entonces el rey le tendió la mano, que ella, completamente ignorante de toda etiqueta, no se cuidó de besar, contentándose con estrecharla levemente como si fuese la de un antiguo amigo.

—Voy a nombrar a tu preciosa hermana dama de honor de la reina, Velázquez —me dijo el rey poco después, sin apartar sus ojos de Ana.

—Suplico a V. M. que no haga tal cosa —contesté yo rojo de indignación.

—¿Por qué?

—Porque nunca consentiré en que admita semejante merced.

La mirada con que acompañé estas palabras debió traducir al rey mi pensamiento, porque la dulce expresión de sus ojos dejó lugar a otra llena de cólera. Un instante después salió de mi estudio cerrando la puerta con violencia.

Todo lo temo —continuó el artista—, todo lo temo del carácter del rey, y solo confío en la vigilancia del mulato, que es para Ana y para mí un perro fiel.

—Confiad también en mi amistad, don Diego —dijo el duque estrechando afectuosamente la mano del pintor.

—¡Gracias, señor don Juan! —contestó este—. Pero lejos de que yo me valga en esta ocasión de vuestra amistad, os suplico, con todas las veras de mi alma, que aparentéis que se ha enfriado la vuestra, o que me la negáis por completo. Sospecho que voy a caer del pedestal en que momentáneamente me colocó la fortuna, y os amo demasiado para envolveros en mi ruina.

El coche llegaba entonces al palacio del duque; mas este, embargado por la honda conmoción que le causaron las generosas frases de Velázquez, no lo advirtió siquiera hasta que los caballos se detuvieron.

—¡Alma noble! —exclamó rodeando con sus brazos el cuello del artista—: no temáis las iras de la suerte; no haré en público nada por vos, porque, como decís muy bien, sería envolverme en vuestra ruina; pero yo os conservaré en ese pedestal que tan honrosamente habéis conquistado, y del cual quiere arrojaros una mano.

En aquel instante fijó su mirada por casualidad en un caballero que pasaba a la sazón junto al coche: era el conde-duque de Olivares, que marchaba apresuradamente hacia palacio y que, al escuchar las últimas palabras del duque, redobló el paso hacia el alcázar real.

El duque entró en su casa, y ordenó a su cochero que condujese al artista a palacio, donde, según se ha dicho ya, tenía aposento.

Velázquez se dirigió a su habitación: diez minutos después de entrar en ella, don Gaspar de Guzmán y Pimentel penetraba, sin anunciarse, en la cámara de Felipe IV.

V

REY DE NOMBRE Y REY DE HECHO

Escribía el rey sentado delante de una pequeña mesa cubierta de papeles, y su obra debía ser en verso, según lo atestiguaban sus desiguales renglones, y el cuidado que ponía en medirlos contando sus sílabas con los dedos.

Al sentir los pasos del conde-duque, levantó la cabeza y mostró su gracioso semblante, pálido y marchito como si estuviera falto de reposo.

En efecto, Felipe IV hacía tres noches que no cerraba los ojos, pensando en la hermana de su pintor de cámara.

El rey de España tendría unos veinticinco años, era de estatura mediana, tez trigueña y hermosos ojos; su nariz, un tanto encorvada, era, quizá por este mismo defecto, la facción más graciosa de su rostro; sus cabellos castaños bajaban en ondas brillantes hasta su cuello de batista lisa, y su bigote retorcido, acababa de dar a su fisonomía aquel carácter de época que en vano se ha procurado después imitar.

Su pie, encerrado en un zapato de alto tacón y cubierto con un gran lazo, era lindo, pequeño y arqueado; sus manos, blancas y delicadas, salían de entre ricos encajes, y su ropilla de terciopelo negro marcaba bien su alto y hermoso pecho, y su talle gallardo y redondo.

Llegaría apenas el de Olivares a su noveno lustro, y sus facciones, severas y duras, retrataban bien su carácter dominante, pero estaban dotadas al propio tiempo de tan admirable flexibilidad, que cambiaban instantáneamente de expresión sin que pareciese costarle el más pequeño esfuerzo.

Vestía con mucha mayor suntuosidad que el rey, y era más corpulento y de estatura más elevada. Hasta la puerta de la cámara real, sus cejas, violentamente contraídas, y la iracunda expresión de sus ojos hubieran patentizado al observador menos inteligente la ira que fermentaba en su alma; mas, al aparecer ante el rey, retrataron sus facciones un gozo tan sincero que hubiera engañado al más sagaz.

A la primera mirada que el rey fijó en el semblante del de Olivares, a la alegría de las facciones que este reflejó en las del monarca, como en un espejo, se levantó presuroso.

—¿Me traes alguna buena nueva? —preguntó ansiosamente.

—La mejor que puedo dar a V. M.

—¿Cuál?

Don Gaspar fue afectando sumo cuidado a la puerta secreta del dormitorio, y la cerró sin causar el menor ruido; hizo otro tanto con la que comunicaba con el tocador del rey y con la que daba a la antecámara, y luego volvió cerca del monarca.

—Siéntate —dijo este al de Olivares, señalando un sillón a su lado y volviendo a ocupar el suyo.

—¡Señor! —murmuró el conde-duque afectando gran confusión.

—Siéntate —repitió el rey en cuyos ojos brillaba la ansiedad.

Obedeció don Gaspar de Guzmán: luego se aproximó al rey, y dijo recalcando las palabras, y escudriñando con una mirada profunda el efecto que producían en su semblante:

—Señor, la joven que pasa por hermana de Velázquez no lo es.

—¿Qué?, ¿cómo? —exclamó el rey impetuosamente.

—Que la joven y linda Ana es la querida de Velázquez.

Una viva alegría iluminó el semblante del rey, pero aquella expresión fue borrada bien pronto por otra de amargo y profundo desaliento.

Felipe IV amaba sinceramente a la joven, y la noticia de su degradación le causó tan intenso dolor que ahogó la esperanza que aquella misma degradación le hizo concebir de hacerla suya.

—¡Conque no es su hermana! —murmuró sin pensar quizás en lo que decía.

—Es una joven que se trajo de Amberes, cuando, llevado por el deseo de conocer a Rubens y de estudiar sus obras, fue a aquella ciudad.

—¡Ah!, a propósito... —exclamó Felipe IV con la ligereza de carácter que le era habitual—, Rubens viene.

—¡Que viene Rubens! —repitió el conde-duque que, acostumbrado a dominar enteramente a Felipe IV, no podía sufrir junto al rey a ninguna persona que ejerciese en su ánimo la influencia más leve—. ¡Que viene Rubens! ¿Y a qué?

—Le envía mi tía, la infanta gobernadora de Flandes, para que le dé mis instrucciones acerca de las negociaciones de alianza entre España e Inglaterra, y creo que le trae también el deseo de conocer a Diego Velázquez, cuya fama se ha extendido ya por todo el mundo, y a quien solo conoce por la correspondencia que sostiene con él, desde que a su vuelta a Amberes supo que Velázquez había ido allí solo por verle y no había podido conseguirlo. Mi tía, la infanta doña Isabel, me encarga en su carta que procure divertirle, pues hace un año que le consume una melancolía profunda.

Al hablar el rey de la tristeza de Rubens, la nube de dolor que por un momento había desaparecido de sus facciones, volvió a invadir su semblante; el favorito guardó silencio algunos instantes como para dar lugar a que el desaliento se apoderase de su alma por completo.

—Creo, señor —dijo por fin—, que el amor de V. M. por esa joven es más serio que ninguno de los que V. M. ha sentido hasta aquí.

—Tienes razón: mis pasados galanteos solo merecen el nombre de caprichos, comparados con lo que siento ahora... ¡Ah... es tan bella, tan joven, tan adorable!...

El favorito sonrió con desdén: iguales elogios había escuchado mil veces de la boca del rey tratándose de otras mujeres olvidadas ya desde hacía mucho tiempo; por cuya razón jamás fundó su privanza en los amores del monarca: sabía que ninguna mujer reinaba más de un mes en el voluble corazón de Felipe IV.

De súbito un pensamiento más grave frunció sus espesas cejas; pero su meditación duró breves instantes, volviendo a aparecer en su fisonomía la expresión de calma desdeñosa que le caracterizaba.

—El corazón de esa niña será muy pronto de V. M. —dijo al rey, que levantó la cabeza al oírle, meciéndola tristemente.

—¡Quizá no! —murmuró—. Mucho debe amar a Velázquez cuando tan fielmente guarda el secreto de su fingida hermandad.

—¡Bah!, ¿no hemos conquistado otras beldades tan enamoradas como esa niña pudiera estarlo? Y digo pudiera, porque no lo está: ella se cree verdadera hermana de Velázquez, y como tal vive con él.

Al escuchar las palabras del infame favorito, levantose Felipe como impulsado por un resorte, y con el rostro radiante de alegría aproximose al conde-duque y tomó sus manos, que estrechó con frenesí.

—¿Cómo has hecho para adquirir esas noticias? —exclamó—. ¡Oh, habla... habla... dímelo y luego pídeme lo que quieras para recompensar tu celo!...

—No se tome V. M. el trabajo de indagar el que me ha costado a mí adquirir esas nuevas que tan agradables son a V. M. —contestó el privado siguiendo la provechosa costumbre que había adoptado de hacer sus servicios todo lo posible misteriosos—; en cuanto a mi recompensa, es sobrado grande con la alegría que he proporcionado a V. M.

—Acepta, sin embargo, esta sortija como una prenda de mi gratitud —dijo el rey sacando de su dedo anular un magnífico cintillo de diamantes y perlas, y poniéndole él mismo en el del conde-duque.

Inclinose don Gaspar profundamente, y el rey continuó:

—Estoy decidido a hacer mía a esa joven; pero, te lo confieso, no quisiera romper con Velázquez a quien amo de veras.

—Sin que rompa con él V. M., y sin romper yo, que le amo también, mañana a estas horas estará en mi casa la joven Ana.

—¿Pero no sabes que mañana al amanecer salimos para el Escorial?

—Saldremos todos, incluso Velázquez: pero Ana se quedará aquí, en mi casa, según he dicho a V. M.

—Mas la reina se queda también en Madrid, porque la delicada salud de mi hija María Teresa le impide acompañarnos.

—Lo sé; pero nada tema V. M.: no bien quede la corte instalada en el palacio de San Lorenzo, volveré yo aquí y me llevaré a la flamenca en un coche cerrado, conduciéndola a las habitaciones que allí me ha señalado V. M.

—¿Cómo podré yo pagarte tanto celo?

—Conservándome un lugar en el corazón de V. M.

—¡Siempre, siempre será tuyo!

El favorito no hizo, al parecer, gran caso de la protesta real: inclinose fría y ceremoniosamente, y salió de la cámara con paso grave y mesurado.

VI

ISABEL DE BORBÓN

—Resumamos —decía para sí el de Olivares, en tanto que se encaminaba lentamente a la cámara de la reina—, resumamos: el rey queda enteramente alucinado por mí, y le parece que nada ha hecho para probarme su gratitud, aun después de haberme dado un tesoro en este anillo; la reina me va a servir para robar a la niña sin que yo intervenga en nada, y de este modo consigo guardar pura a la pobre Ana, a la cual tanto ama mi querido Velázquez, y librarme de mi rival el duque del Infantado, que quiere proteger a la flamenca. Mis negocios van perfectamente.

Al decir estas palabras, llegaba a la puerta de la cámara de la reina, y se hizo anunciar por un ujier: sin duda no le era tan fácil penetrar en aquellas habitaciones como en las del rey.

Cuando el conde-duque penetró en la cámara de la reina, serían las diez de la noche. La cámara, poco iluminada, tenía abiertos los dos balcones, que enviaban dos rayos de luna al lecho de la infanta María Teresa, colocado en el centro de la cámara a causa del gran calor.

Pero el lecho estaba vacío: la regia enferma, que contaba muy pocos años, se entretenía formando un castillo de naipes en un sillón próximo a la reina, que la contemplaba con amor.

Isabel de Borbón acababa de cumplir veintitrés años. Su semblante, dulcemente ovalado, era más que hermoso, agradable y simpático; sus ojos oscuros eran muy rasgados y veíase en ellos ese ligero cambiante azul que se asemeja a la pizarra, y que tal encanto presta a la mirada que le posee; sus cabellos, levantados con el mismo peinado que luego hemos llamado a la Fuoco, eran sedosos, abundantes y de un hermoso color castaño; no se podían llamar perfectas su nariz ni su boca, la cual era de una extrema pequeñez; pero la fresca palidez de su semblante, el gracioso corte de su frente y su dulce sonrisa le daban un encanto inexplicable y más seductor que el que presta una acabada hermosura.

Tenía puesto un vestido blanco y liso, y su gola de batista, lisa también, hacía resaltar el agradable trigueño de su tez.

La infanta María Teresa era el retrato fiel de su madre; pero sus ojos eran de un azul más claro y transparente, su tez más blanca y sus rizados cabellos tenían los brillantes matices del oro. Aquella dulce, tierna y apacible niña fue después la desdichada esposa de Luis XIV de Francia.

Cuando vio al conde-duque, hizo un gesto de disgusto levantando sus blancos y delicados hombros, y le gritó:

—¡No te acerques aquí!... Como eres tan grande, vas a derribarme el castillo con el aire que haces al andar.

Pero la advertencia llegó tarde: al movimiento que hizo el favorito para besar la mano de la niña, llevó un soplo de viento a los naipes, y el edificio vino al suelo.

—Está visto que donde tú estás no puede haber palacios —exclamó María Teresa retirando con rabia su mano—. Me voy a volverle a hacer en la mesa de mármol de mi padre, y cuidado con que vengas allí, ¡cuidado!

Al escuchar las frases de su hija, «está visto que donde tú estás no puede haber palacios», una dolorosa sonrisa entreabrió los labios de la reina: la pobre Isabel debía todos sus pesares a la fatal influencia que el conde-duque ejercía en el ánimo de su esposo.

La infanta recogió sus naipes y, precedida y seguida de dos damas, se encaminó a la cámara de su padre.

La dolencia de la pequeña princesa era tan leve, o mejor dicho, tan habitual, que la reina no se opuso a que aquella fuese a la cámara del rey, deseosa de proporcionarle alguna distracción.

—Tengo que hablar a V. M. de un asunto reservado, señora —dijo el conde-duque volviéndose imperiosamente hacia las damas, que sin esperar una señal de la reina se retiraron en seguida a la antecámara: decididamente el verdadero rey era don Gaspar de Guzmán.

—Ya os escucho —dijo Isabel recostándose en su sitial, y apoyando en la mano su mejilla con aire entristecido.

—He venido —empezó el de Olivares—, he venido a rogar a V. M. que me ayude a salvar a una infeliz niña del amor del rey.

Ante aquellas inhumanas palabras, palideció Isabel; llevó sus manos al corazón como si hubiese recibido en él una profunda herida, y luego dos gruesas y abrasadoras lágrimas corrieron por sus mejillas.

—¿Qué puedo yo hacer? —murmuró con tanto desaliento, que el duro corazón del favorito se conmovió a pesar suyo.

—Esa joven se salvará si V. M. me permite que la traiga esta noche a sus habitaciones.

—¡Nunca! —exclamó la reina con vehemencia—. Creo que obro más dignamente aparentando que ignoro los desórdenes del rey, que oponiéndome a ellos con inútiles escándalos.

—Aquí no puede haber escándalo alguno; yo me he visto obligado a ofrecer al rey que la tendría esta noche en mi poder, pero al mismo tiempo quiero salvar el honor de esa infeliz criatura y librar a don Diego Velázquez de un pesar que le costará la vida, porque ama a esa joven con toda su alma.

—¿Y quién os obligaba a fomentar así la licenciosa pasión del rey por esa joven? —exclamó Isabel de Borbón irguiéndose indignada y altanera—. ¿Quién sino vuestra infame ambición tiene la culpa de los extravíos del padre de mis hijos? ¿Quién es la causa de todos mis pesares? ¿Quién empobrece y pierde el reino? ¡Vos... sí... solo vos, favorito venal de un rey demasiadamente crédulo!... ¿Y queréis que yo os ayude en vuestras inicuas tramas? ¿Queréis que yo sea el dócil instrumento de vuestros ambiciosos planes, para acabarme de perder luego en el ánimo del rey? ¡No lo esperéis jamás!

—¿Se niega V. M.? —preguntó el favorito, quien, no obstante los violentos apóstrofes de la reina, la miraba con una calma provocativa.

—Me niego, sí.

—Iré, pues, a avisar a Velázquez.

Una llamarada de cólera cubrió de púrpura el dulce y poético semblante de la reina. Levantose esta del sitial en que había permanecido sentada, y se aproximó lenta, rígida y amenazadora al conde-duque.

—Si hacéis eso —murmuró en voz baja, pero enérgica, y acentuando cada palabra—; si hacéis eso, yo seré quien os hunda para siempre en un abismo sin fondo. ¡Entendedlo bien, don Gaspar de Guzmán! ¡Si tomáis en boca el nombre del rey, Isabel de Borbón, os lo jura por su nombre real, será quien descubra a Felipe IV la petición que habéis venido a hacerle esta noche! ¡Salid!

La reina señaló la puerta al de Olivares con ademán severo, y este, a pesar de su insolencia, salió maquinalmente, asombrándose de haber sido cogido por la primera vez de su vida en sus propios lazos.

Cuando se halló en la segunda antecámara, la rabia ocupó en su alma el lugar del asombro, y golpeó furioso su frente con su apretado puño.

—¡Vive Dios —murmuró roncamente— que es inútil que yo quiera ser bueno! ¡La primera vez desde que vivo que me ha ocurrido atenuar una mala acción con otra buena, he salido vergonzosamente derrotado...! ¡Adelante, pues! La flamenca será del rey, y Velázquez... a Velázquez ya le he recompensado sobrado bien mi magnífico retrato con el bolsillo que por él le di... ¡Ah, vamos a ver quien vence a quien, señor duque del Infantado!...

VII

EL RAPTO

Eran las doce de la noche del 25 de junio, y Diego Velázquez de Silva, acompañado de la linda Ana, se hallaba en su estudio, absorto, al parecer, en hondas cavilaciones.

Sentada la joven a la ventana abierta, pasaba su blanca mano por la cabeza de un hermoso perro de corpulenta talla y largas lanas negras; también ella estaba pensativa y triste, cual si su lindo rostro hubiera sido un espejo del de Velázquez.

A pesar de haber hecho ya don Diego el retrato de Ana cuando hablaba en la enramada con el duque del Infantado, la daré a conocer por mí misma al lector.

Apenas rayaba esta preciosa criatura en los dieciséis años de su edad; sus ojos azules, guarnecidos de larguísimas pestañas de oro, eran grandes, rasgados y serenos, y su apacible luz patentizaba el dulce candor de su alma; bajaban sus cabellos en luengos rizos hasta tocar en sus hombros, derramándose como una cascada de oro por su blanca espalda; su rostro, que formaba un óvalo prolongado, estaba ligeramente enflaquecido hacia las sienes y la parte inferior de las mejillas, presentando señales infalibles de esa terrible enfermedad de consunción que se apodera de tantas jóvenes al salir de la adolescencia, y que las hunde en el sepulcro antes de ver colorar sus infantiles ensueños.

Aquellos desoladores síntomas daban a la fisonomía de Ana el encanto mayor que poseía, imprimiéndose un triple carácter de melancolía, sufrimiento e inocencia, que conmovía hondamente el corazón más duro.

Su vestido blanco, de escote cuadrado y mangas perdidas a la flamenca, marcaba los contornos perfectos, pero poco desarrollados de su talle: eran sus formas de tan extrema delicadeza que tenían, no obstante su morbidez, una indecisión enteramente infantil.

El gran perro Medoro, sentado a sus pies, levantaba su enorme cabeza a la dulce presión de la linda mano que se posaba sobre ella acariciándola, y clavaba sus grandes e inteligentes ojos en el semblante de Ana.

Velázquez estaba pálido, y sus negros ojos aparecían tristes y rodeados de un ancho y azulado círculo: conocíase bien que hacía largas horas que no cerraba sus párpados el sueño.

En efecto, la noche precedente no había encontrado un instante de reposo, atormentado por el devorador cuidado que la suerte de Ana le inspiraba: aquella criatura era para él su único bien, y harto sabía de lo que era capaz el rey Felipe IV cuando se veía contrariado en alguno de sus caprichos amorosos.

Sin embargo de este convencimiento, Velázquez no culpaba de los desórdenes del rey al rey mismo; a pesar de la amistad que el conde-duque le manifestaba desde que hizo su célebre y magnífico retrato, el leal corazón de Velázquez no había creído en la sinceridad de la afección que le mostraba el favorito, y el elevado talento y buen criterio del artista habían adivinado cuanto de falso y maligno existía en el carácter de don Gaspar de Guzmán; había comprendido que la ambición era la pasión dominante de su alma, y sabía que no perdonaba medio alguno de fomentar las pasiones del rey y que era capaz de todo por satisfacerlas, si de este modo podía levantar algo más el pedestal de su fortuna.

Por eso le inspiraba tantos temores la suerte de Ana: temblaba ante el pensamiento de que pudieran despertar en su pecho un amor nuevo, y que él creía enteramente desconocido, en el cándido corazón de la doncella.

—A mí me ama como a un hermano solamente —se decía Velázquez—, y este amor, que llena su existencia tan abandonada y solitaria hasta el día que me conoció, basta para hacerla dichosa... pero si el rey logra hablarla y despertar su corazón, ese corazón inocente que debe a mi abnegación el estar dormido... ¡oh!, entonces ella amará a Felipe IV... ¡sí, le amará... y entonces... entonces mi genio, mi gloria de artista se hundirán en el sepulcro!...

Estos amargos pensamientos traspasaban el corazón de Velázquez: su razón fluctuaba combatida por su dolor y sus crueles temores.

Sola una esperanza consoladora venía a darle algún alivio, aunque era en verdad harto débil: la idea de que el rey, el favorito y toda la corte creían a Ana hermana suya le tranquilizaba algún tanto y le infundía aliento.

—Al menos —pensaba—, respetarán los derechos que creen tengo sobre Ana, y podré hacer uso de una autoridad que atropellarían si supiesen que no me unen con ella los lazos de la sangre.

El desdichado ignoraba que el favorito había sorprendido su secreto cuando lo confiaba a don Juan Hurtado de Mendoza, la noche anterior en las alamedas del río.

El reloj de palacio dio las doce y media sin que ni Ana ni Diego hubiesen roto el silencio que reinaba en la estancia. La vibración de la campana sacó a la doncella de sus meditaciones: levantose esta y fue a apoyarse en el respaldo del sillón que ocupaba su hermano.

—¿Qué tienes, Diego? —dijo poniendo al nivel de la negra y rizada cabeza del artista su cabeza rubia y perfumada.

—Estoy triste, Ana —contestó Velázquez estremeciéndose al sentir resbalar en su frente el suave aliento de la joven—. Estoy triste —repitió—, porque dentro de dos horas voy a partir para el Escorial y no puedo llevarte conmigo.

—¿Por qué no quieres que te acompañe, Diego? —preguntó la niña pasando sus hermosos y afilados dedos por los rizos del pintor.

—Es inútil que te molestes en salir de Madrid para tan pocos días —contestó con apresuración Velázquez—; quedarás aquí bajo la protección de la reina, que permanece en palacio también.

—Sea como tú quieras, hermano —contestó Ana, dulce, pero tristemente—; yo creía, sin embargo —añadió con los ojos llenos de lágrimas—, que jamás me separaría de ti.

—¡Llevarte yo donde va la corte! —exclamó Velázquez levantándose con ímpetu de la silla y cruzando a grandes pasos el aposento—. ¡Llevarte donde va el rey!... ¡Oh, jamás, jamás!...

—¿Por qué no quieres llevarme donde está el rey, Diego? ¡Es tan galán y parece tan bueno!...

Al escuchar estas palabras, levantó Velázquez la cabeza, y se hizo un paso atrás como si hubiera recibido un golpe mortal en el corazón: clavó en Ana una mirada de extravío, y sus cabellos se erizaron en su frente, y sus sienes se cubrieron de un helado sudor.

En aquel momento sonó la una, y el ruido de un golpe, que dieron en la puerta del aposento, se confundió con la vibración de la campana.

Velázquez fue a abrir con inseguro paso, y un camarero apareció en el umbral.

—Vengo a avisar al señor don Diego Velázquez, de parte de S. M., que la hora de partir se ha adelantado y que le espera ya en su real cámara.

Una llamarada de alegría iluminó los ojos del artista; la noticia de que el rey iba a alejarse de Ana inundó de gozo su corazón.

—Ya os sigo —dijo al camarero, que se inclinó respetuosamente y desapareció en seguida.

Entonces se abrochó rápidamente su ropilla, alisó sus cabellos, se puso su sombrero adornado de una larga pluma y tendió los brazos a su hermana.

—Dentro de dos días —le dijo oprimiéndola contra su pecho—, dentro de dos días tendré para ti un asilo seguro y vendré a buscarte para que no te separes ya de mi lado.

La niña no respondió nada: los sollozos ahogaban su voz.

—¡Juan! —gritó Velázquez abriendo una puerta que daba frente a la de entrada.

Un joven mulato de elevada estatura apareció al instante.

—Escucha, Juan —dijo Velázquez tomándole por la mano—; escucha, y si es cierto que me quieres, cumple exactamente lo que voy a decirte.

—Mandadme, señor —contestó el mulato con sonoro acento.

—Cuida de mi hermana, Juan: no dejes llegar a su lado ni aun al mismo conde-duque si, como temo, vuelve mañana a Madrid; duerme a la puerta de esta estancia, y dentro de dos días, cuando vuelva a buscar a Ana, que la encuentre yo más alegre que hoy la dejo.

—Seré la sombra de doña Ana, señor; y, cuando volváis, os la entregaré risueña y contenta.

—Gracias, Juan: tu corazón encierra el valor indomable de los leones de tus bosques, y tu alma toda la ternura de una mujer. Juan, en ti confío; adiós.

Y Velázquez abrazó de nuevo a su hermana, apretó la mano de Juan y se lanzó fuera de la estancia.

Media hora después, y aprovechando las últimas de la noche, salió la comitiva real: en uno de los primeros coches que seguían al rey, iban don Diego Velázquez y el conde-duque.

Todavía se oía el rumor de las ruedas del último carruaje, cuando llamaron a la puerta de la estancia de Ana.

—¿Quién va? —preguntó el esclavo mulato, que en pie enfrente de su señora, la contemplaba melancólico.

—Abrid para que yo pueda dar a doña Ana un mensaje de parte de S. M. la reina —contestó la voz de una dama de honor.

El mulato quitó la vuelta de la llave y se retiró con respeto para dar paso a la ilustre enviada.

Mas en el instante mismo cuatro hombres le derribaron en tierra, y cerraron sus labios con una mordaza antes de que pudiese dar un grito, dejándole fuertemente maniatado.

Entretanto otros dos se habían acercado a Ana y, tapándole la boca con un pañuelo, la sacaron desmayada del aposento.

El infeliz esclavo hizo tan violento esfuerzo para romper sus ligaduras que su bronceado semblante se cubrió de púrpura y cada uno de los cordeles que le oprimían trazó en sus manos un sangriento surco.

Al oír el rumor del coche que se llevaba a su señora, una amarga desesperación se pintó en sus facciones y dos gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

Ana fue depositada en una casita de pobre apariencia situada en la parte más honda de la calle de los Autores. Al bajarla del coche, privada de sentido, la recibió en sus brazos una joven de rostro risueño y picaresco; pero su alegre y avispada fisonomía se entristeció profundamente al ver a aquella hermosa niña blanca y helada como una estatua de alabastro.

Colocola suavemente en un sillón, y desató el pañuelo que habían apretado bárbaramente a su boca.

Entretanto decía el conde-duque a Velázquez, al mismo tiempo que el coche en que iban entrambos corría por el camino del Escorial:

—Guardad a vuestra hermana de las asechanzas del rey, don Diego. Le veo tan furiosamente enamorado, que de todo le creo capaz.

VIII

JUAN DE PAREJA

Una hora después del rapto de Ana, fue desatado el mulato por los demás servidores de Velázquez, que entraron para informarse de aquella si quería que se le sirviese el desayuno.

El esclavo no contestó a ninguna de las preguntas que se le hicieron, ni pareció poner atención ninguna en las lamentaciones de sus compañeros por la desaparición de su joven señora.

Dio tres o cuatro vueltas por la habitación como un león enjaulado, y luego se lanzó a la calle pálido y desgreñado como quedara después de sus inútiles y desesperados esfuerzos para romper sus ligaduras.

«Juan de Pareja —dice un aventajado escritor[14] de nuestros días— era esclavo del célebre almirante Pareja, cuyo retrato hizo Velázquez. Encantado el marino de ver su retrato tan maravillosamente parecido y tan perfectamente concluido por el pintor más célebre de España, vino a darle las gracias acompañado de Juan, joven mulato que había comprado en Indias, y que llevaba para el pintor una magnífica cadena de oro. Cuando se marchó el almirante, Juan fue a seguirle, empero el áspero marino le dio un puntapié.

»—¿Piensas —le dijo— que cuando yo ofrezco una cadena de oro no deje también el estuche? Perteneces desde este momento al señor Velázquez.

»Y salió con altivo paso apenas hubo dicho estas palabras.

»El pobre mulato, con el rostro afligido y el aire asustado, se quedó allí, y los discípulos de Velázquez le tomaron como un ser estúpido con el que podrían divertirse. La manera con que había entrado en el taller fue para ellos un manantial inagotable de chanzas. Quisieron darle el gran nombre de su primer amo, y le llamaron Juan de Pareja, nombre que conservó siempre. Velázquez, a quien causaba lástima, le encargó el cuidado y el aseo del taller, cosa que tenía poco trabajo, pero que debía ejercitar su paciencia.

»Juan se hallaba muy contento siempre que el artista estaba allí; pero en cuanto salía, el esclavo tenía que sufrir de los discípulos una porción de incomodidades que cada día iban en aumento. Cansado, en fin, de las burlas de los discípulos tomó el partido, para evitarlas, de huir, cuando no se hallaba Velázquez, a una especie de camaranchón desconocido en donde se escondía y ponía al abrigo de sus perseguidores.

»No había podido Juan ver pintar dos años seguidos, ni oír durante estos dos años a los más grandes personajes ensalzar hasta el cielo la pintura, sin concebir un invencible deseo de manejar también los colores. Para distraer las largas horas de soledad en que aguardaba la vuelta de su amo, intentó Juan el pintar. Allí tenía pinceles de desecho y restos de colores que reunía ya en un lado, ya en otro. Conocía él mismo que no hacía más que emborronar; pero hallaba gusto y diversión en ello, guardando un silencio absoluto sobre esta diversión secreta, que nadie sospechó.»

Hasta aquí habla el autor de la linda e interesante leyenda Rubens en casa de Velázquez: yo he creído que no podía dar a conocer mejor a Juan de Pareja que copiando el párrafo en el cual mi amigo, el señor Muñoz Gaviria, le presenta a sus lectores. Ahora acabaré de pintar a este personaje, según le he comprendido.

Juan de Pareja sentía por Velázquez una especie de adoración apasionada, adoración que se extendía a todo lo que pertenecía al artista; nada había para él tan bello, tan grande, tan santo como Velázquez, y se hubiera dejado matar por evitarle el dolor más leve.

Había en el esclavo hacia su amo el tierno y solícito amor de una madre y la adhesión sublime y fiel de un viejo sabueso; cuidaba con extraordinario esmero de su servicio, de su alimento, y de su tocador, y no se fiaba de ningún doméstico, en lo que pertenecía a su señor; cuidaba de los detalles más minuciosos de su comodidad y bienestar, graduaba la luz del taller, preparaba los colores, arreglaba los caballetes, y pasaba horas enteras mirándole pintar extasiado en una fanática contemplación.

Velázquez, por su parte, le amaba mucho también; confiábale los más importantes secretos, y conversaba con él mientras le servía a la mesa; la viva inteligencia de Juan le agradaba en extremo, y admiraba la exquisita sensibilidad de su corazón, la generosidad de su carácter, y su ilimitada lealtad.

Su pena, al dejar en Madrid a su querida Ana, se amenguó en su parte mayor al pensar que la dejaba bajo la custodia de Juan, y el corazón del mulato latió de gozo al recibir aquel encargo.

¡Oh, qué amarga desesperación se apoderó del alma de fuego del mulato al ver que le arrebataban a su joven señora! Todos los tormentos del infierno desgarraron su corazón al convencerse de que eran inútiles sus esfuerzos para rasgar las fuertes ligaduras que le sujetaban.

Cuando los otros criados le desataron, se arrancó la mordaza con tan furioso y desesperado movimiento, que sus labios se enrojecieron de sangre.

Dio como un loco algunas vueltas por la estancia, y luego se lanzó a la calle, cruzando muchas en su desesperada carrera.

¿Cuál era su designio?, ¿cuál su esperanza? Ni él mismo lo sabía. En su abrasada cabeza se revolvía candente el pensamiento fijo de encontrar a Ana antes de los dos días que debía tardar Velázquez en regresar a Madrid, y el de darse la muerte si no podía conseguirla: estas dos ideas le hacían sonreír por intervalos, con una risa en que entraba por mucho la locura.

IX

EL EMBAJADOR

Dos días después, y a eso de las siete de la tarde, un coche cerrado conducía a Madrid a Velázquez al trote de sus magníficas yeguas tordas.

El artista iba tan preocupado que no fijó la atención en otro coche cerrado también, pero mucho más escrupulosamente, que pasó junto al suyo.

Ni oyó, por consiguiente, una dulce voz que le era muy conocida y que preguntaba con ansiedad:

—¿Llegaremos pronto a donde está mi hermano, señor conde?

Aquella voz era la de Ana, que ocupaba el coche cerrado con el conde-duque, y que marchaba con dirección al Escorial.

Velázquez prosiguió su camino, y a las siete y media se apeó delante del palacio.

Una multitud inmensa se agolpaba a sus puertas: veíase estacionada delante de ellas una larga fila de lujosas carrozas vacías, sin duda por estar sus dueños dentro de la morada real; algunos señores flamencos permanecían a caballo, erguidos e inmóviles, luciendo sus bordadas gorras, sus ropillas cuajadas de pedrería, y sus colosales figuras.

Una guardia flamenca rodeaba la comitiva, conteniendo con mesura, pero con una gravedad inalterable, al pueblo que se arremolinaba murmurando:

—¡El embajador, el embajador!

El coche de Velázquez entró en las caballerizas de palacio, y el artista, sin detenerse ni aun a preguntar quién era el embajador, subió ansioso a su habitación, encontrándose al final de una galería al duque del Infantado.

—¿Habéis visto a Rubens, don Diego? —preguntó el duque, tendiendo una mano al pintor.

—¿Está aquí Rubens? —exclamó Velázquez admirado y deteniéndose a pesar de su ansiedad.

—Es el embajador que acaba de llegar, enviado por la infanta gobernadora de Flandes.

—¿Dónde está?

—En audiencia con la reina, que quedó encargada por el rey de recibirle a su llegada.

—Os dejo, señor don Juan —dijo Velázquez, estrechando de nuevo la mano del duque y poniendo el pie en la escalera.

—¿A dónde vais, y de dónde venís?

—Vengo del Escorial, y así que amanezca mañana me vuelvo a él con Ana.

—¡Cómo! —exclamó don Juan Hurtado haciéndose un paso atrás—. ¡Cómo, Velázquez, lleváis a esa niña a la corte! Permitidme que os repruebe tal propósito.

—Quiero que todos ignoren que se halla en el Escorial.

—¿Y cómo lo lograréis, acompañándola vos mismo?

—No lo sé —dijo Velázquez inclinando tristemente la cabeza—, ¡no lo sé, pero Dios me ayudará!

—¿Tenéis confianza en mí, para fiarme a doña Ana? —preguntó el duque, fijando en la abatida fisonomía del artista sus leales y arrogantes ojos.

—¡Oh, sí! —exclamó este levantando la frente y mirando al duque con profunda gratitud—: ¡solo a vos y a Juan, mi mulato, la fiaría yo!

—Vamos, pues, a vuestra habitación, Velázquez —dijo el duque pasando su brazo por debajo del del artista—: Juan y yo la acompañaremos, y quedará segura en mis habitaciones, donde la encontraréis.

Diego Velázquez llegó a su aposento con el duque, y llamó suavemente a la puerta.

El criado que la abrió palideció y retrocedió dos pasos al ver a su amo.

—¿Y doña Ana? —preguntó ansiosamente Velázquez.

El doméstico, con los ojos fijos en el suelo, parecía la estatua del asombro.

—¿Y doña Ana? —tornó a preguntar Velázquez sacudiendo el brazo del criado.

—¡Señor!...

—¡Habla!...

—¡La han robado!

—¡La han robado!...

Este grito se escapó angustioso y desgarrador de los labios del artista, que permaneció durante algunos momentos anonadado y mudo.

De súbito echó a correr hacia el aposento de Ana, siguiéndole el duque.

Los desatentados ojos de Velázquez recorrieron la estancia en un segundo; pero el artista hubo de apoyarse en un sillón para no caer: el aposento conservaba todas las señales de la reciente presencia de la pobre niña.

—¡Juan! —gritó Velázquez con ronca y sofocada voz.

—También ha desaparecido.

—¡Vendido por él! —barbotó Velázquez, quien, al oír la contestación del doméstico, no pensó siquiera en preguntarle cómo había sido la desaparición de Juan.

Después se precipitó a la puerta, vacilante como una persona ebria.

El duque le siguió, quebrantado de aquella terrible desaparición.

—¡Le han comprado para que me la robe!... —murmuró el artista—; ¡se ha vendido al oro... del rey!... pero... ¡yo le mataré!

El desgraciado Velázquez cayó desplomado, en el suelo, y su hermosa cabeza negra y rizada rebotó en el pavimento de la galería.

En aquel momento entraba en ella, por la parte opuesta, un caballero como de cincuenta años, de elevada estatura y gallardo continente, bien que lleno de nobleza y dignidad.

Su traje, de damasco azul a la flamenca, estaba ricamente bordado de oro, y en su sombrero se veía prendida, con un joyel de diamantes y rubíes, una hermosa pluma de garza real.

Las insignias de muchas órdenes cubrían su pecho; sus manos blancas y de hermosa forma salían de entre una nube de encajes iguales a los que bajaban hasta sus borceguíes.

Seguíale una inmensa comitiva de nobles españoles y flamencos, y una guardia de honor, ni más ni menos que si fuese una persona real.

Era, en efecto, el rey de la pintura, Pedro Pablo Rubens, artista distinguido, eminente diplomático y embajador de la infanta doña Isabel, gobernadora de la Flandes y los Países-Bajos, cerca de la majestad de Felipe IV.

Rubens se dirigió a los aposentos de Velázquez para visitar su taller, ya que no podía verle por hallarse en el Escorial, según le había dicho la reina.

Al ver al duque del Infantado, que le había sido presentado en la recepción por la misma reina; al verle, repito, sostener en sus rodillas la cabeza de otro hombre desmayado, detúvose Rubens.

—¿Queréis que os ayude, señor duque? —preguntó el ciudadano de Amberes con la dulce amabilidad que, no obstante la arrogancia de su aspecto, le era tan habitual.

—Gracias, señor embajador, gracias... ya vuelve —contestó el duque, poniendo junto a la nariz del artista su perfumado pañuelo—. ¡Velázquez! —añadió en seguida moviéndole suavemente.

—¡Velázquez! —repitió Pedro Pablo inclinándose para contemplar al artista cuyas manos tomó.

Don Diego abrió sus grandes ojos negros, y los fijó ansiosamente en las personas que le rodeaban: cuando su mirada chocó con la de Rubens, dos lágrimas brotaron de sus ojos.

Diego Velázquez poseía el mejor retrato que el rey de la pintura había hecho de sí mismo.

Rubens abrió sus brazos al desgraciado joven, que se arrojó sollozando en ellos.

—Vuestra vista, señor embajador, es lo único que pudiera prestar algún consuelo a Velázquez en la desgracia que le aqueja —dijo el duque ayudando al desdichado joven a ponerse en pie.

—¡Oh! murmuró Rubens, ¡la desgracia! ¿no basta, ¡oh, Dios mío! que me acompañe a mí, sino que la he de encontrar también donde quiera que vaya?

Algunos momentos permaneció su fisonomía sombríamente triste, apareciendo en su noble frente un pliegue de dolor.

Mas sus móviles y hermosas facciones recobraron pronto su serenidad, y sus ojos se fijaron de nuevo en Velázquez, con acariciadora expresión.

—¡Para el amanecer, los trenes de S. M. la reina y de su señoría el señor embajador, que salen para el Escorial! —gritó en aquel instante la voz del jefe de las caballerizas.

—¿Queréis acompañarme, Velázquez? —preguntó Rubens a don Diego—. Deseo que permanezcáis a mi lado los breves días que he de vivir bajo vuestro cielo.

—¡Doña Ana debe estar en las garras del de Olivares! —murmuró el duque del Infantado al oído del artista—. ¡Partamos!

—Soy vuestro —murmuró Velázquez débilmente y con acento acongojado.

—Pues hasta dentro de cuatro horas, Velázquez: os espero en mi cámara con el señor duque, y os ofrezco a entrambos dos asientos en mi coche.

Rubens hizo un afable saludo, y se retiró seguido de su comitiva.

—¡Valor, Velázquez! —dijo el duque, cerrando tras ellos la puerta de la cámara donde habían penetrado.

El pintor se dejó caer en un sitial, y murmuró con ronca y apagada voz:

—¡Vendido por él!... ¡Vendido!... ¡Vendido!...

X

ANA

Dos días habían pasado desde aquel en que Isabel de Borbón, Pedro Pablo Rubens y Diego Velázquez de Silva habían llegado al palacio del Escorial.

Las cuatro de la tarde acababan de dar en el reloj de San Lorenzo cuando se entreabrió una ventana, perteneciente a las habitaciones del conde-duque, situadas muy cerca de las del rey; la otra ala del palacio estaba habitada por la reina, la infanta María Teresa, y las servidumbres de ambas.

La ventana en cuestión estaba guarnecida de espesas celosías; pero, no obstante, un rayo de sol que iba a quebrarse en sus cristales hizo brillar con dorados reflejos una cabeza cubierta de abundantes y rubios rizos.

Aquella cabeza era la de Ana.

Permaneció durante breves instantes silenciosa e inmóvil, cual si fuera una estatua de alabastro, con la mirada fija en las dilatadas campiñas que se extendían al frente de sus ojos.

Luego apoyó los brazos en el antepecho, dejose caer en un sitial colocado detrás de ella, y sepultó la cabeza en sus manos.

No era ya la misma Ana que Velázquez conoció en Amberes, ni siquiera la misma que robaron al artista las tramas del conde-duque de Olivares: en los dos días pasados desde la vez primera que la presenté a mis lectores, se habían hundido sus mejillas y apagado sus ojos; los suaves y purísimos contornos de su boca habían perdido toda su gracia cándida y juvenil, adquiriendo, en cambio, esa laxitud que es siempre signo seguro de la total ruina de la salud.

Parecía más elevada su estatura a causa de su extrema delgadez; sus rasgados y espléndidos ojos azules eran más grandes, y, aunque sus brazos y manos conservaban sus seductoras formas, estaban en extremo enflaquecidos.

Largo rato permaneció en la actitud abatida en que la dejamos, al cabo del cual se abrió cautelosamente la puerta de la estancia, dando paso a la joven que vimos socorrer a Ana cuando se desmayó en la casa donde la depositaron sus raptores.

Aquella joven adelantó lentamente algunos pasos, andando de puntillas e inclinando graciosamente la cabeza hacia adelante, creyendo dormida a la pobre Ana.

La recién llegada era una de esas criaturas robustas, hermosas y risueñas: sus facciones, un tanto gruesas, eran bellas en extremo; sus grandes ojos negros y sus cabellos de azabache armonizaban deliciosamente con su tez trigueña y sonrosada, y su boca parecía formada únicamente para la sonrisa, pues al más leve movimiento mostraba, no obstante su pequeñez, dos sartas de menudas perlas engastadas en coral.

Llevaba un lindo traje de seda de colores subidos, y su gola dejaba ver, a despecho de la moda de aquel tiempo, la parte superior de una garganta suave, redonda y satinada.

El aposento en el cual se encontraba Ana armonizaba bien con la figura de la recién llegada, por la suntuosidad vistosa de sus adornos: las colgaduras, de damasco blanco, estaban guarnecidas de anchos flecos de oro y sujetas con gruesos cordones y borlas de lo mismo; la sillería, de damasco granate de color subido, se ostentaba recargada de iguales adornos; y cuatro soberbias lunas de colosales dimensiones reproducían los objetos.

La joven llegó, por fin, junto al sillón de Ana y se apoyó suavemente en el respaldo; luego bajó su cabeza al nivel de la de la flamenca para ver si efectivamente dormía.

—¡Dios mío, estáis despierta, señora! —exclamó alzándose de nuevo, porque acababa de ver lucir como dos estrellas los grandes ojos de Ana.

—No duermo —contestó esta con acento lento y melancólico—; sin embargo, no os oí entrar, Estrella.

—Lo creo muy bien —dijo la joven, cuya risueña frente se había cubierto de una nube de tristeza—; ¿cómo me habíais de oír si estabais en una de esas peligrosas meditaciones que os convierten en estatua?

La flamenca sonrió tristemente y nada contestó.

—Y a pesar de eso —continuó Estrella—, el señor conde me dice todos los días: «No permitáis a doña Ana ni un instante de soledad y de cavilación, porque esto la mata.»

—¡Pluguiese a Dios que así fuese! —murmuró Ana elevando al cielo una mirada empapada en lágrimas.

—¡Ay, Dios mío! Pero, ¿por qué queréis morir, doña Ana? Sois una niña, sois bella hasta el extremo y tenéis amigos poderosos que velan por vos y se interesan por vuestra suerte... ¿Cómo es posible que os canse la vida?

—No lo sé, Estrella —contestó la joven con acento triste—: no sé por qué, pero yo deseo la muerte con todo mi corazón.

—¿Sentís acaso la separación de vuestro hermano?

—¡Oh, sí!... —repuso Ana llevando al corazón sus dos manos, como si Estrella hubiese tocado en él una herida dolorosa y profunda.

—Pero solo hace dos días que carecéis de su vista, y además tenéis la esperanza de verle muy pronto.

—¡Esa esperanza la voy perdiendo ya, Estrella! Cuando el conde me sacó de Madrid, me aseguró que me llevaba a la nueva casa de mi hermano... y todavía no he podido verle... Luego... —continuó la pobre niña vacilando—, luego... estos últimos días me suceden cosas tan extrañas... ¿Por qué me sacaron a la fuerza de nuestra habitación del palacio de Madrid?... ¿Por qué me llevaron a vuestra casa durante algunas horas para traerme luego aquí?... ¿Por qué me aseguró ese caballero, a quien llamáis el señor conde, que vería muy pronto a Diego si todavía no he podido lograrlo? ¡Estrella, Estrella!... Ese conde... lo confieso... ¡me da miedo!...

Ana ocultó de nuevo el semblante entre las manos, y un doloroso temblor recorrió todo su cuerpo.

Estrella la contempló por algunos instantes pintándose en sus facciones una profunda expresión de piedad: a la verdad, la figura de Ana, velada por su larga túnica blanca, se asemejaba a esas imágenes de santas mártires que todavía nos conmueven y admiran en nuestro descreído siglo.

Lo enflaquecido de su cuello, brazos y manos patentizaba bien los sufrimientos de la desdichada niña, y su cabeza, inclinada y cubierta por una cascada de gruesos rizos rubios que se extendían hasta sus rodillas, tenía una admirable expresión de sumo e intenso padecer.

—Vamos, doña Ana —dijo por fin Estrella con acento dulce y cariñoso, y apoyándose de nuevo en el respaldo del sillón—; vamos, buen ánimo: quizá no acabe el día de hoy sin que veáis a don Diego.

Ana permaneció silenciosa durante un momento: luego alzó la cabeza lentamente, y Estrella contuvo con trabajo un grito de terror al ver el semblante de la pobre niña.

Lejos de retratar las facciones de Ana el gozo que debía infundirle la esperanza formulada por los labios de Estrella, se veía pintada en ellas una expresión de agudo dolor: levantose como una sonámbula, y tomó las manos de Estrella oprimiéndolas con una fuerza convulsiva entre las suyas secas y abrasadoras.

En aquel instante apareció detrás de uno de los árboles del jardín una cabeza negra y erizada, alumbrada por dos ojos grandes y calenturientos que fueron a fijarse en el rostro desencajado de doña Ana.

Un segundo después se oyó un grito de alegría frenética, y el mulato Juan de Pareja salió de detrás del árbol y cruzó el jardín corriendo desesperadamente.

A pesar de sus esfuerzos, su carrera avanzaba poco: el infeliz esclavo hacía tres días que no había probado alimento ni cerrado al sueño sus ojos, ocupado solo en vagar como una sombra durante la noche por los alrededores del palacio, porque su buen instinto le decía que la tenebrosa infamia que lamentaba solo podía haberla urdido la mano del conde-duque.

Llegó por fin a una de las puertas excusadas del jardín, y desapareció por ella.

Doña Ana continuó largo rato oprimiendo las manos de su compañera.

—Escuchad —dijo al cabo de algunos instantes con voz lenta y ahogada—; escuchad, Estrella, antes de que Dios me llame a su seno, una confesión que a nadie he hecho todavía... pero que necesito hacer porque me ahoga...

—Hablad, hablad, doña Ana.

—Yo creo... creo que vos me amáis un poco, Estrella...

—Os amo mucho, mucho —dijo Estrella estrechando con afecto las manos de la infeliz joven.

—Entonces a nadie confiéis mi secreto... ¿lo oís?

—Sí, no temáis.

—Pues bien, Estrella: la vista de Diego no aliviará mi padecer... no...

—¡Qué decís!...

—¡Me matará más pronto!...

Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de Ana, al pronunciar estas palabras, y se deslizaron por sus mejillas de alabastro.

En cuanto a Estrella, creyó que deliraba, y dijo solamente con dulce voz:

—La vista de vuestro hermano os pondrá buena: creedme, doña Ana.

—¡Yo no tengo hermano!... —gritó con angustia desgarradora la desdichada niña.

—¡Qué decís!

—¡Diego no lo es!

—¿Queréis acostaros, doña Ana? —dijo Estrella persistiendo siempre en creer que un acceso de fiebre hacía delirar a la joven.

—¡Mirad!... —exclamó Ana sacando de su seno una carta, que, por lo muy arrugada que estaba, decía bien claro que los ojos de Ana la habían devorado muchas veces—. ¡Mirad, Estrella!

La atónita joven desdobló el papel y leyó lo siguiente:

«Don Diego Velázquez de Silva os engaña, pobre niña, diciéndoos que es vuestro hermano: vos sois sola en el mundo, y vuestro raptor os hizo creer que os unían a él los lazos de la sangre para sustraeros a las miradas de todos los hombres, a fin de evitar así que, casándoos, os roben de su lado.

»Vos, pobre niña, sois el origen de su gloria, pues harto sabéis que os toma para modelo de sus celebradas vírgenes, si bien para disimularlo cambia en sus pinturas el color de vuestros ojos y de vuestros cabellos, y os oculta a la vista de todos.

»Empero, vos podéis libertaros fácilmente de la esclavitud en que os tiene el odioso egoísmo de Velázquez: el rey Felipe IV os ama; recurrid a él cuando dentro de dos días vaya a visitaros, y conseguiréis de su cariño la protección que necesitáis.

»No temáis por Velázquez: está casado con una dama noble y hermosa a quien ama mucho, y de la cual tiene una hija.»

La carta no tenía firma.

—¡Dios mío, qué extraño es esto! —murmuró Estrella devolviendo la carta a la flamenca.

Esta no respondió; apoyada en el marco de la ventana, tenía doblada la cabeza sobre el pecho.

—Vamos, doña Ana —continuó Estrella tomando una de sus manos—; vamos, no os abatáis así: puesto que, según esa carta, debe venir el rey a veros, declaradle la villanía de Velázquez, y él os amparará.

—¡Acusar yo a Diego! —exclamó Ana con una indescriptible vehemencia—. ¡Yo, que le amo con todas las fuerzas de mi alma! ¡Yo, que daría mi vida por volver a verle una sola vez!...

—¡Cómo! ¿Le amáis?

—¡Que si le amo! —repitió la joven; y ante el pensamiento de su cariño pareció fundirse su dolor en un delicioso arrobamiento que se significó instantáneamente con una sonrisa de dicha—; ¡que si le amo! —repitió cruzando las manos, y con un acento impregnado de dulzura infinita—: le amo tanto, que solo temo dejar la vida, porque la muerte me privará de verle. ¿No me veis —continuó con una vehemencia que hizo colorear sus mejillas—, no me veis pálida y casi moribunda? Pues bien, ¡lo que aniquila mi vida, lo que me mata, es ese amor que ardía en el fondo de mi corazón sin que yo misma lo sospechase!... Cuando Diego se separaba de mi lado, la luz huía de mis ojos... y mi pecho se oprimía como si le faltase aire que respirar... Cuando me dormía, su imagen aparecía delante de mí... y no pocas veces he soñado estar sentada sobre sus rodillas... ¡Cuántas veces, viéndole dormido, han caído mis lágrimas sobre su frente al imprimir en ella un beso! ¡Cuántas, al estrechar su mano, he sentido que un fuego devorador circulaba por mis venas! ¡Cuántas he sentido oprimirse mi corazón al despedirse de mí, aunque fuera por breves instantes!...

—Pero...

—No sé lo que sentía yo entonces... —prosiguió Ana cuya vehemencia iba en aumento—: solo sí puedo asegurar que aquel padecimiento que no comprendía aniquilaba mi vida, que tan feliz debiera haber sido. Yo amaba mucho a Diego... por ventura, ¿no era él la primera persona que me había amado en el mundo?, ¿no fue su mano la que me sacó del abandono en que yacía?, ¿no ha sido él hasta hoy quien ha velado por mi suerte?...

—Es verdad —dijo Estrella ansiosa de calmar a la joven—: según me habéis dicho anoche, vos vivíais sola y abandonada... pero, según veis por esa carta, don Diego es casado y además no os ama.

—¡Ah! —exclamó Ana con un penetrante alarido de dolor—: ¡es verdad... es casado... y no me ama!...

La desventurada vaciló como el tierno arbolillo que hiere el hacha del leñador; cerró los ojos, y cayó hacia adelante, yendo a descansar en los brazos de Estrella.

En aquel momento, se abrió una puertecilla disimulada en los tapices y apareció en el umbral la sombría figura del conde-duque.

—¡Por piedad, señor! —exclamó Estrella que sostenía a la joven, rendida a un desmayo mortal—: ¡por piedad, libradme del cargo de guardar a esta desdichada! ¡No quiero, no puedo verla morir!...

—Vos podréis todo cuanto yo os mande, Estrella —contestó fríamente el favorito—, puesto que solo de esto depende el que conceda la libertad a vuestro amante.

—¡Oh, Dios mío, padece tanto!...

—En efecto, no lo dudo, porque solo con ver a esta niña se concibe que hay en ella más corazón que materia... ea, acostadla y hacedla volver en sí.

Y el favorito ayudó a la joven a que colocase en el lecho el inanimado cuerpo de Ana, a cuya nariz aplicó Estrella un pomito de sales.

—Decididamente —murmuró el conde-duque saliendo de la estancia—, decididamente hoy tiene que verla el rey, porque mañana puede morir, y no sé qué extraño presentimiento me avisa que su muerte será la señal de mi ruina.

XI

EL RETRATO DE LA REINA

En el momento en que el de Olivares salía de la estancia de Ana, Diego Velázquez entraba en la cámara del rey.

Un instante después entró también en ella el favorito sin precederle anuncio, según su costumbre.

Al ver entrar al conde-duque, Felipe IV clavó en su rostro una mirada de ansiosa interrogación, que fue contestada con otra de satisfacción arrogante, y con una sonrisa llena de promesas.

Velázquez, pálido, enflaquecido, sombrío, se apoyaba maquinalmente en el respaldo de un sillón; sus ojos hundidos por tres días de desesperación y tres noches de insomnio, miraban vagamente a un objeto impalpable; sus mejillas socavadas, el desorden de sus cabellos, y su barba, que empezaba a brotar en su tez morena y pálida, acababan de darle un aspecto huraño, violento y doloroso.

Bastaba fijar la mirada una sola vez en aquel hombre para conocer que desgarraba su alma un pesar sin consuelo.

Al ver entrar al conde-duque, sus grandes ojos adquirieron fijeza y se clavaron chispeantes de furor en el rostro del favorito.

El rey, que se había conmovido hondamente al notar el aspecto de Velázquez, sintió que la ira dominaba su enternecimiento al descubrir la rabia que trastornaba el semblante del pintor.

En cuanto al de Olivares, sostuvo fríamente la iracunda mirada de Velázquez.

—Señor —dijo este dirigiéndose a Felipe IV—, vengo a pedir a V. M. que me devuelva a una hermana que tenía, y que me ha sido robada.

Aturdido el rey por tan violento exordio, se volvió a mirar a su privado.

—Esa mirada —continuó Velázquez con voz más concentrada y sorda—, esa mirada me dice, señor, que el ladrón de Ana es el conde-duque...

Y Velázquez, con el rostro trastornado, puso la mano en el puño de su espada, y avanzó dos pasos hacia el de Olivares.

—¡Velázquez, tú estas loco!... —exclamó el rey asombrado de tanta audacia, pero al mismo tiempo hondamente conmovido por tan intenso dolor.

—Tengo aún toda mi razón, señor —contestó el pintor de cámara, separando su mano de la empuñadura de su espada—: pero aseguro a V. M. que la perderé, si ese hombre continúa en mi presencia.

Calló Velázquez esperando que Felipe IV mandase salir al conde-duque: mas el débil monarca no se atrevió a formular una orden a cuya sola indicación había visto encender como dos ascuas los ojos del que debía cumplirla.

Una sonrisa de desdén plegó los delgados y astutos labios de don Gaspar de Guzmán y Pimentel.

—S. M. —dijo acentuando lentamente sus palabras—, S. M. parece que no tiene dificultad en que yo oiga que demandáis a vuestra querida.

—¡Mentís como un villano! —gritó el pintor de cámara rojo de cólera; y sacándose un guante, que hizo pedazos en su rabiosa apresuración, lo arrojó al rostro del privado—. ¡Ea! —continuó con voz sorda—, ¡salid si no queréis que os escupa en el rostro, señor conde-duque de Olivares!... ¡salid, y vive Dios que he de arrancaros con mi espada, el precio por el cual habéis comprado a mi mulato Juan, y el sitio en que habéis ocultado, no a mi querida, sino a mi hermana!

—Antes, señor don Diego —contestó el conde-duque, recogiendo fríamente el guante de Velázquez—, antes será preciso que me probéis el derecho que os asiste para querer ser el dueño absoluto de esa infeliz niña a la que teníais sumida en el más odioso cautiverio.

—¡Salid, os digo!... —volvió a gritar Velázquez desnudando la espada.

El privado se dirigió lentamente a la mesa de escribir del rey, y agitó la campanilla de oro que se veía sobre ella.

—¡El capitán de guardias de S. M. el rey! —dijo don Gaspar con una calma glacial al ujier que se presentó.

—¡Sois un infame, señor conde-duque de Olivares! —guturó don Diego al mismo tiempo que entraba el capitán de guardias.

—De orden del rey —dijo el favorito sin mirar siquiera al pintor—, de orden del rey arrestad a don Diego Velázquez de Silva.

El capitán se acercó a Velázquez, y esperó la espada que este retuvo con mano trémula de furor.

En aquel momento se descorrió estrepitosamente el tapiz de terciopelo que cubría una puerta situada a espaldas del rey.

—¡S. M. la reina! —anunció un ujier de toda gala.

E Isabel de Borbón, vestida con un largo traje de ceremonia, apareció en el umbral.

—¡Ejecutad las órdenes de S. M.! —gritó imperiosamente el de Olivares dirigiéndose al capitán de guardias, al mismo tiempo que echaba una mirada recelosa sobre la reina.

Isabel contestó a esta mirada con otra de desprecio.

—Vengo, señor —dijo dirigiéndose enseguida al rey—, vengo a buscar a don Diego para que concluya hoy el retrato mío que hace días empezó, porque nuestra hija María Teresa lo desea para su cámara.

Un rayo de alegría iluminó las abatidas facciones del noble artista, al mismo tiempo que el del favorito aparecía trastornado por el furor.

Felipe IV miró vacilante al favorito y a la reina: el trance se iba haciendo cada vez más embarazoso.

De súbito se oyó un gran rumor de pasos y espadas, y un instante después anunció un paje:

—¡Su señoría el embajador de Flandes!

Levantose Felipe IV para recibir al que, para él, representaba a la infanta su tía, y muy contento interiormente de que su presencia le evitase la explosión de la tormenta que hacía media hora bramaba en su derredor.

El conde-duque salió al encuentro de Rubens maldiciendo en aquella ocasión la etiqueta.

La reina dejó asomar a su linda boca una sonrisa de orgulloso triunfo.

—Señor embajador —dijo dirigiéndose a Pedro Pablo—, nuestro pintor de cámara os convida por mi boca a que visitéis mañana su taller, donde estará expuesto mi retrato que ahora mismo va a concluir.

Inclinose Rubens profundamente y besó la suave y blanca mano de la reina, en tanto que esta le miraba asombrada de la palidez y decaimiento de sus facciones.

Sin duda el rey de la pintura estaba devorado por algún secreto e intenso pesar.

Cuando Pedro Pablo Rubens levantó la cabeza, Isabel presentó su mano a Velázquez quien, después de inclinarse delante del rey y del embajador, volvió la espalda con desprecio al favorito, y salió con la reina.

XII

EL TALLER

Confusos y afanados andaban los discípulos de Velázquez: era el día en que Rubens debía ir a visitar el taller del maestro.

Los pobres muchachos habían ido llegando de Madrid en los tres días que hacía se encontraba Velázquez en el Escorial, porque su amor al arte era tan grande, y admiraban tanto a su maestro, que no habían escaseado ruegos para que sus familias les permitiesen continuar las lecciones en el real sitio de San Lorenzo.

En el día a que nos referimos, tercero de la estancia en el Escorial de Velázquez, los discípulos andaban asaz preocupados quitando el polvo minuciosamente a los caballetes, colocándolos en hileras según su tamaño, con una igualdad escrupulosa, y poniendo en orden cada uno de esos mil objetos que se ven en la habitación de un pintor.

—¡Qué falta nos hace Juan! —dijo un hermoso muchacho de tez morena y negros ojos pasando con una paleta cargada de colores.

—En verdad que sí —contestó otro de tez blanca y ojos azules como un inglés—: desde que él ha desaparecido, me aburro. ¡Oh!, si él estuviera aquí, ya lo tendríamos todo arreglado desde hace largo rato.

—¡Pobre Juan! ¡cuántas veces me ha pesado lo mucho que le he hecho rabiar! —dijo otro con aire triste—: de seguro que se ha ido porque le hacíamos perder la paciencia.

—Yo —añadió un cuarto— fui ayer a nuestro estudio de Madrid, y tomé del camaranchón algunas cosas que él cuidaba con esmero.

—¿Para qué?

—Porque quiero tener algún recuerdo del pobre mulato, que tan bueno era, a pesar del cruel martirio que le hacíamos pasar con nuestras burlas. Mirad ese gran lienzo enrollado que hay en aquel rincón, junto al caballete del maestro: es uno de los objetos que él guardaba con más cuidado.

—Veámosle.

—¿Qué hemos de ver? Ese lienzo estará en blanco: quizás el pobre Juan quería que le sirviese para formar letras... ¡tenía un empeño de aprender por sí solo a escribir!

—¡Yo lo creo! ¡No tenía nadie que le enseñase!

—¡Callad! —dijo de repente uno de los discípulos—: ¡callad!... ¡se me figura que ya oigo pasos!

—A ti no te deja resollar el miedo de que vengan... y al fin han de venir.

—Ya lo sé.

—Pues si lo sabes, ¿por qué tiemblas?

—¿Yo tiemblo?

—Tú.

—¡Pues en verdad que no lo había notado! Te confesaré, sí, que me espanta ver a Rubens mucho más que ver al rey.

—¡Lo creo! Otro tanto me sucede a mí.

—¡Y a mí!

—¡Y a mí!

—Pero callad, callad... ¡Ahora sí que vienen!...

En efecto, un gran rumor de pasos y de confusas voces anunció a los jóvenes la llegada de los dos reyes: el de España, y el de la pintura; y un instante después aparecieron ambos en el umbral seguidos de gran número de cortesanos.

Los pobres muchachos quedaron pegados a la pared, apiñándose unos contra otros, y sin atreverse a levantar los ojos ni a respirar apenas.

Felipe IV se apoyó familiarmente en el brazo de Rubens, y ambos, seguidos de su lucido acompañamiento, empezaron a dar vuelta al taller.

—¿Cómo va de trabajar, hijos míos? —preguntó Rubens con su noble y digna bondad, dirigiéndose al grupo de los aturdidos discípulos.

—Bastante... bastante bien... señor... contestaron vacilando dos o tres.

—Yo desearía ver vuestras obras, continuó Rubens; sí: tendré sumo placer en verlas, si es que Velázquez me lo permite.

—¡Ay, Dios mío! —murmuró a media voz el más joven de los discípulos—: ¡qué desgracia que no esté el maestro!

—¿Me permite V. M. —dijo Rubens dirigiéndose a Felipe IV—, que le mande llamar?

—Con mucho gusto, mi querido Rubens —contestó el rey saliendo de la preocupación dolorosa en que le tenía sumergido el recuerdo de Ana—. ¡Hola! —continuó dirigiéndose a un paje—, id a buscar a don Diego Velázquez.

—Aquí estoy, señor —dijo el artista apareciendo en el umbral de la puerta de entrada, al mismo tiempo que el conde-duque penetraba en el taller por la puertecilla que comunicaba con la cámara real.

—Venid acá, Velázquez —dijo el embajador, en tanto que el rey, obedeciendo a una seña del conde-duque, se acercaba a este último.

—Deseo —continuó Rubens—, deseo ver las obras de estos jóvenes.

—¡Oh, señor! —exclamó el pintor de cámara con efusión—, creed que agradezco con el alma el generoso interés que mis discípulos os inspiran. Don Juan —continuó dirigiéndose a un gallardo mancebo que apenas contaría dieciséis años, y que por lo elegante y esmerado de su traje patentizaba que pertenecía a la más elevada nobleza—. Don Juan, traed vuestro caballete ante su señoría.

El gallardo niño iba a obedecer con el rostro radiante de júbilo, pero le detuvo un ademán de Rubens.

—Yo iré pasando revista a todos los caballetes, dijo, y así no habrá que moverlos de sus sitios.

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