LA CORONA DE SANGRE (continued 2)
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—Desde hace muchos días.
—¡Un caballo, pronto! —gritó don Fruela que, al oír aquella nueva, se olvidó hasta de la condesa.
Un escudero le presentó un soberbio alazán, y el rey, montando presuroso, partió sin pensar siquiera en mandar a sus soldados que le siguiesen.
—¡Aurelio! —gritó el rey, que desde que había manchado sus manos en sangre, no había vuelto a pronunciar la palabra hermano—. ¡Aurelio, di a la condesa la causa de mi partida!
Y desapareció como un relámpago.
Entonces los escuderos iban a aprestarse para seguir a don Fruela, mas una voz del infante los detuvo, enclavándolos en sus sitios.
—¡Dejad solo al rey! —gritó con imperioso acento—. Siguiéndole os exponéis a su enojo.
Los soldados permanecieron inmóviles, y el infante se dirigió con precipitado paso a la cámara de la condesa.
La noche había cerrado clara, serena y estrellada: las ojivales ventanas, abiertas de par en par, daban libre entrada a los rayos de la luna, que amortiguaban la rojiza luz de las teas con que estaba alumbrado el aposento de Sancha.
La hermana del conde de Cangas, vestida de una amplia túnica de lino blanco y fino como la seda, estaba dormida; su cabellera, recogida en gruesas y apretadas trenzas, caía fuera del lecho, descansando sobre el pavimento; y su brazo derecho, desnudo y torneado, colgaba también abandonado sin que la postura alterase su marmórea blancura.
La pasión había hecho palidecer más todavía la blanca tez de la condesa: al verla se dudaba si corría sangre por sus anchas y azuladas venas, visibles, sobre todo, en su redonda y voluptuosa garganta: sus grandes ojos, guarnecidos de negra seda, estaban rodeados de un círculo oscuro que los hacía más hermosos.
Servíale de almohada su brazo izquierdo, y sus desnudos pies, blancos como el mármol de Paros, se cruzaban como los de una estatua dormida en una tumba.
Al ruido de los pasos del infante, entreabrió los ojos y los volvió a cerrar dulcemente sin haberle visto siquiera y creyendo que era el rey la persona que acababa de entrar.
Mas Aurelio la movió rudamente obligándola a que despertase.
—¡Qué es esto! —exclamó sentándose en el lecho y mirándole con furiosos ojos—. ¿Quién eres? ¿Qué intentas?
—¿No me conoces? —dijo el infante aproximándose más a ella.
—¡El infante! —murmuró la condesa temblando instintivamente.
—¡Sí, el infante vengador del que murió por ti, ramera infame! —guturó Aurelio, ronco de furor—. ¡El hombre a quien has arrebatado un hermano querido y la mujer en quien adoraba!...
—¡Yo no maté a la reina! —murmuró la condesa yerta de terror y adivinando quién era la mujer de cuya muerte la acusaba Aurelio.
—¡Tú la has muerto, haciendo asesino a su esposo! Pero —continuó el infante arrastrando fuera del lecho a la condesa—, pero ha sonado la hora de mi venganza, y si tú, por ser una débil mujer, te libras de ella, ¡has de presenciarla al menos!...
—¡Socorro! —quiso gritar la condesa; mas su voz fue ahogada por la diestra vengadora del infante.
—¡Calla, o mueres! —dijo blandiendo un puñal sobre su cabeza.
Y buscando una puertecilla oculta en los tapices, que encontró enseguida, salió por ella, llevándose a la aterrada joven.
Al final de una larga escalera, se hallaron en la campiña: entonces apresuró el paso Aurelio, arrastrando con mano fuerte a la condesa, cuyos pies destrozaban las piedras del camino.
Cualquiera que, en el silencio de aquella hermosa noche, hubiera visto a la luz de la luna correr a Aurelio, cubierto de relumbrante acero, y llevando por la mano a la blanca y pálida figura de la condesa, hubiera creído ver a Satanás que se llevaba a sus dominios a una alma condenada.
XIII
QUIEN A HIERRO MATA, A HIERRO MUERE
Durante una hora corrieron sin descanso la condesa y el infante; la desgraciada había perdido la voz y las fuerzas; ni un acento se escapaba de sus labios, ni una lágrima de sus ojos; cada instante más pálida, seguía corriendo, sin embargo, obedeciendo maquinalmente a aquella mano de hierro que la conducía, fuerte como la fatalidad, e implacable como el destino.
De súbito llegó a sus oídos, como los ecos de un sueño, el rumor de muchas voces, y luego todos aquellos acentos fueron dominados por uno solo, que la arrancó de su estupor: aquella voz poderosa resonó en su corazón, porque era la del rey.
—¡Villanos! —decía—, ¿conque os empeñáis en detenerme? ¡Viven los cielos que habéis de pagar cara tan infame traición!
—¡No tendrás tiempo para castigarla, execrable verdugo! —gritó el infante precipitándose con la condesa en un espeso bosque rodeado de soldados, y en el cual se encontraba don Fruela, desmontado ya y guardado por seis feroces montañeses que le amenazaban con los arcos preparados.
—¡Sancha! —exclamó el rey precipitándose hacia la condesa y olvidando a su vista todo lo demás.
—¡Sí! ¡Sancha, que viene a presenciar tu muerte, porque su mayor castigo será verte expirar a sus pies!
Al decir estas palabras, desenvainó el infante su puñal, y se arrojó sobre el rey. Sancha dio un grito penetrante y quiso cubrir a don Fruela con su cuerpo, mas este, empuñando su espada, la rechazó con fuerza.
—¡Fuera ese acero! —gritó el infante desarmando a su hermano con un vigoroso quite—: ¡el que asesina con puñal, a puñal debe morir!
Y antes de que Fruela pudiera desenvainar el suyo, le hundió el cuchillo en el pecho.[3]
El rey cayó al suelo, lanzando un doloroso gemido; y Aurelio, menos cruel que lo había sido Fruela con el infeliz Bimarano, arrojó a lo lejos su puñal ensangrentado, no teniendo fortaleza bastante para herirle de nuevo.
Pero la herida era mortal: el acero fraticida había penetrado hasta el corazón del rey.
El infante, pálido y aterrado, fijó sus ojos extraviados en el cuerpo de su hermano, que yacía tendido a sus pies casi sin vida; vio a Sancha precipitarse sobre el rey, y oyó, aunque confusamente, los hondos y secos sollozos que desgarraban el pecho de aquella desgraciada.
—¡La sombra de Bimarano... me llama!... ¡Adiós, Sancha mía!... —murmuró el rey pasando su brazo en derredor del talle de la condesa—. ¡Aurelio!... ¡te perdono!... ¡Munia!... ¡Bimarano!... ¡perdonadme... vosotros... a mí!... ¡Piedad... para mis... hijos!
Y el rey de Asturias y de Galicia rindió el último aliento.
La condesa de Ribadeo sintió que el corazón que tenía bajo su mano dejaba de latir; acercó su boca a la boca entreabierta del rey, y no percibió ni el hálito más leve; entonces se puso en pie, rígida, desesperada, fatídica, delirante; lanzó un grito salvaje, y huyó perdiéndose entre la espesura del bosque.
Entretanto, los soldados acampados allí formaron un ancho círculo, dejando en medio a los condes y nobles del reino, convocados de antemano en aquel punto; el infante había empleado el tiempo que medió desde la muerte de Bimarano y de Munia en ganar para sí a los soldados y la nobleza, sublevándolos contra su hermano el tirano y asesino Fruela.
Poco trabajo le costara realizar su intento, porque nobles y pecheros lloraban sus honras holladas por el rey, oprobio de la dinastía de Pelayo, y para el cual no hubo jamás segura hacienda ni mujer, como aquella fuese rica y esta hermosa.
En tanto que la condesa corría desatinada por el bosque, sin que nadie se cuidase de contener su desesperación, dos nobles desnudaron a Fruela de su manto real y desciñeron la corona de su yerta frente, poniéndola en las sienes de Aurelio que, sombrío e inmóvil, se dejó envolver también en el manto; luego le colocaron sobre un arnés y alzándolo en hombros cuatro condes y tremolando los demás sus pendones, tomaron el camino de Cangas seguidos de todos los soldados.
Los mensajeros, que precedían a la comitiva, habían andado de prisa porque la ciudad estaba iluminada y las calles llenas de gente; el cortejo, a cuya cabeza iba Aurelio en hombros de sus condes, la atravesó con los pendones desplegados entre los gritos de la multitud, que aclamaba frenética al nuevo rey.
Al llegar al castillo real, los nobles agitaron los pendones y uno de ellos gritó con voz fuerte y sonora:
—¡Asturias! ¡Asturias! ¡Asturias por el rey don Aurelio!
—¡Asturias por el rey don Aurelio! —contestó la muchedumbre en un inmenso grito de júbilo.
Y el nuevo rey olvidó con la algazara el espanto de su crimen, y con los ojos radiantes de alegría saltó del arnés y entró en el real castillo seguido de sus condes y soldados.
XIV
LA LOCA
Trascurridos seis días, salió el rey con toda su corte para Pravia, donde iba a fijar su residencia.
Apenas hubo llegado, llamó a su hermana Adosinda y la intimó su voluntad de desposarla con Silo, el más poderoso de sus condes y anciano honrado y venerable.
La desdichada joven, que se ahogaba en aquella atmósfera impregnada de crímenes y sangre, aceptó la alianza que su hermano le propuso, con un profundo reconocimiento hacia Silo, pidiendo solamente la gracia de llevarse a los infantes hijos de Fruela a Viseo, donde iba a vivir con su esposo.
Accedió a esta súplica el rey Aurelio, y Adosinda se desposó y salió en seguida de Pravia en compañía de su esposo y sus sobrinos.
Aquella princesa fue dichosa al lado del venerable Silo, y cuando a la muerte de Aurelio ocuparon el trono de Galicia, los montañeses creyéronse regidos por la virtud y la inocencia, simbolizadas en el anciano rey y en la hermosa y angélica reina.
El reinado de Aurelio fue corto y azaroso: solo reinó seis años, y estos devorado de remordimientos; cada noche veía en sueños la imagen santa de Munia que iba a pedirle cuenta de la sangre de su esposo y del trono que ocupaba en perjuicio de su hijo Alfonso.
Siempre que salía a caza, se le aparecía delante una mujer descarnada, pálida y desencajada, cuyas formas cubría apenas una andrajosa túnica blanca. En vano Aurelio quería huir al verla; la visión le perseguía corriendo y gritando entre insensatas carcajadas:
—¡Tu corona es de sangre!... ¡¡Tu corona es de sangre!!...
Aquella mujer era la condesa de Ribadeo, que vagaba loca, furiosa y errante por los montes de Asturias desde la muerte de Fruela I.
El mismo día en que llegaron Adosinda y Silo a su castillo de Viseo, una lucida comitiva de nobles, escoltada por cincuenta montañeses, llegaba también al monasterio de Jesús, con una orden de la princesa Adosinda, para recoger al infante don Bermudo, hijo de Bimarano y Sancha, y depositado por Aurelio en aquel santo asilo.
Bermudo creció al lado de Alfonso el Casto y de Jimena, y este trato íntimo ligó a los tres infantes con un profundo y tierno cariño.
Sabido es que el infante don Bermudo, después de ser ordenado de diácono y abad del monasterio de San Salvador de Pravia, dividió con don Alfonso II, el Casto, el trono de Asturias y Galicia.
El conde Eurico fue desterrado a Oviedo, y llegó a su destino dos días después de tomar el rey Aurelio posesión de su castillo de Pravia; pero, al atravesar un frondoso bosque que se extiende a espaldas de la ciudad, se detuvo su caballo espantado ante una forma blanca: era de noche y el conde se vio forzado a apearse para reconocerla; mas sus labios lanzaron un grito de dolor al ver que tenía a sus pies el cadáver de su hermana.
La desdichada había lanzado el último suspiro con la cabeza apoyada en una cruz que señalaba una sepultura recién abierta.
¡La justicia de Dios la había llevado a morir a la tumba de Munia, uniendo así, con el sueño de la muerte, a la víctima y al verdugo!...
Aquella tarde no oyeron los pastores la campana de la ermita; pero, arrastrados por la costumbre, acudieron a ella sin embargo; encontráronla cerrada y tendido delante de la puerta vieron el cadáver del anciano montañés que la guardaba, el cual, después de la muerte de la reina y viendo cumplida su venganza con el asesinato del rey don Fruela, se había dejado morir de hambre, como el perro fiel que ha perdido a su amo.