LA DIADEMA DE PERLAS
Reading edition
PARTE PRIMERA
LOS BASTARDOS DE ALONSO ONCENO
La familia del hombre no dura más que un día: el soplo de Dios la dispersa como el humo; apenas conoce el hijo al padre, el hermano a la hermana. La encina ve germinar sus bellotas en torno suyo: ¡no sucede así con los hijos de los hombres!
(Chateaubriand, Renato.)
I
Acababa de ser jurado rey Enrique II, después de haber clavado su daga en el pecho de su hermano don Pedro en los campos de Montiel.
La antiquísima ciudad de Burgos parecía rejuvenecida con las fiestas reales: era el día postrero que pasaba el rey bajo sus muros, pues marchaba a Sevilla, con el objeto de convocar cortes.
El monarca había oído misa aquella mañana en la suntuosa catedral, y los buenos castellanos habían acudido en tropel de los pueblos inmediatos para verle por la última vez.
Pero Enrique no salía: sin duda que el intenso frío de aquella tarde de invierno no le dejaba gana de acceder a los deseos de su pueblo. Las puertas del alcázar, guardadas por los soldados del rey, eran inaccesibles a todos, y los curiosos tenían que contentarse con ver pasear a los pajes y escuderos en el ancho patio, y con oír resonar sus espuelas en el enlosado pavimento.
Sin embargo, todos los contemplaban, a falta de otra cosa mejor, y aquellas buenas gentes admiraban las bordadas ropillas y las gorras adornadas de plumas de los unos, y las brillantes armaduras de los otros.
Mas, a pesar de la avidez con que la muchedumbre miraba el patio del alcázar, nadie vio cruzar a un hombre envuelto en un ancho manto, y cuya cabeza estaba cubierta por una holgada toca de terciopelo; bien es verdad que lo atravesó con tanta rapidez que se asemejaba mejor a una sombra que a un ser viviente.
Aquel hombre abrió una puertecilla situada cerca de la escalera principal y salió a la calle, encontrándose en la cuesta de Santa María, que empezó a subir precipitadamente, cubriéndose el rostro con el embozo cuanto le fue posible.
Nevaba a la sazón furiosamente: bien pronto el manto del caballero —pues sin duda lo era a juzgar por su apostura— se vio enteramente calado, sin que por esta circunstancia se detuviera ni retrocediese en su camino.
Llegó por fin a la calle de Fernán-González, una de las más solitarias de la antigua ciudad; aún hoy existe el arco que la terminaba en aquella época, y aún lleva hoy también el nombre del valeroso conde castellano.
El hombre del manto se paró delante de una casita de pobre apariencia, y llamó suavemente: pocos momentos después se oyeron pasos, abriose la puerta, y una joven, vestida de negro, se arrojó en los brazos del desconocido.
—¡Gracias a Dios que te veo, Florestán! —exclamó con voz dulce y vibrante de ternura—. ¿Cómo has tardado tanto hoy? —continuó sin deshacer el amante lazo que formaban sus brazos al derredor del cuello del caballero—: mi madre quería llevarme a la plaza para ver a S. A. por la última vez, mas yo he preferido quedarme, porque el corazón me decía que vendrías... pero, ¡Dios mío!, ¡vienes calado! Vamos, vamos arriba.
Y la joven separó sus brazos del cuello de su amante, y le tomó la mano haciéndole subir en pos de ella.
Al llegar a la puerta de la habitación, Florestán deshizo el embozo de su manto, le arrojó sobre una silla y se sentó con aire meditabundo y melancólico; la hermosa niña permaneció en pie a su lado contemplándole con amor.
Aquel aposento manifestaba suma pobreza: algunos viejos sitiales de anticuada forma, una mesa dorada, enmohecida por el tiempo, y algunos deteriorados cuadros con estampas de la Virgen componían todo su ajuar; una estrecha ventana apenas dejaba pasar la luz por sus vidrios de colores, y la nieve, que seguía cayendo a grandes copos, había extendido un velo en la atmósfera que hacía más densa la oscuridad de aquella habitación; pero, si mísero y triste era su aspecto, nada había comparable a la belleza de las dos personas que a la sazón la ocupaban.
Tendría la joven de dieciocho a veinte años; su tez, de una pureza deslumbradora, era blanca y mate como el nácar; dos gruesas trenzas de cabellos negros nacían en sus cándidas sienes y bajaban hasta su rodilla; la hermosura de sus negros ojos era admirable, y el delicioso carmín de su pequeña boca la hacía asemejarse a una flor de húmedo y brillante coral; tenía pobladas y sedosas cejas negras, riquísimas y rizadas pestañas, y nariz pequeña y delicada; era pálida, y en su blanca tez parecían aún más deslumbradores los reflejos de azabache de su sedosa cabellera.
Vestía de negro, y su traje humilde era el de las jóvenes villanas de Castilla: una ancha basquiña de lana negra dejaba ver sus piececitos, calzados con zapatos de cordobán negro, semicubiertos con un ancho lazo de cinta, y un corpiño de terciopelo negro también, con largas haldillas, marcaba maravillosamente su esbelto y flexible talle; desde el escote del corpiño salía una camiseta de batista, plegada, que terminaba en un estrecho cuellecito bordado de lana negra, lo mismo que las blancas mangas que salían de sus angostas hombreras y que no llegaban a ocultar la hermosura de sus brazos.
Llevaba en el cuello una cruz de oro pequeña, pendiente de una estrecha cinta de terciopelo.
Aquella joven tenía cierta apariencia de dulzura y debilidad que encantaba: eran tristes sus hermosos ojos, triste también la expresión de su pequeña boca, cuya sonrisa debía ser bien melancólica.
Su compañero aparentaba unos treinta y cuatro años: su talla, aunque mediana, era gallarda y bien proporcionada; sus ojos pardos, grandes y rasgados retrataban la altivez y la pasión; bajaban sus cabellos castaños en luengos rizos hasta tocar sus hombros, y sus largos bigotes se ensortijaban en sus mejillas.
Tenía la boca de corte gracioso, pero severa y desdeñosa; su ancha y elevada frente pintaba bien la arrogancia de su carácter y una natural costumbre de mandar.
Vestía una modesta ropilla gris, y una toca sin pluma, que dejó con el manto antes de sentarse.
—¿Qué tienes, Florestán...? —preguntó la joven apoyándose cariñosamente en su hombro—. ¿Por qué estás tan triste hoy?
—Porque me veo obligado a separarme de ti, Berenguela —contestó él con voz alterada y atrayendo hacia sí a la joven, al mismo tiempo que ella juntaba las manos con expresión de profundo terror.
—¡Separarte de... mí! —repitió como asombrada—... ¿Qué es lo que has dicho, Florestán?
—La verdad: no he tenido hasta hoy valor bastante para declarártelo, pero ya es forzoso, porque... debo partir mañana.
—¡¡Mañana...!!
—Este grito se escapó de los labios de la doncella, a la vez que caía en un sitial, pálida y desfallecida.
—¡Berenguela, Berenguela mía! ¡Ten piedad de mí! —exclamó el caballero cogiendo las manos de la infeliz joven—. ¡Tu dolor me mata! ¡Ah! ¿Por qué no me es dado morir contigo?
Florestán inclinó la frente apoyándola en la blanca diestra de la joven; su respiración anhelante hacía levantar su pecho, y parecía quebrantado por un profundo dolor.
—Óyeme —dijo al cabo de algunos instantes—, óyeme, Berenguela: mi honor, mi deber, mi conciencia me mandan salir mañana de Burgos con la comitiva de S. A. Tú sabes que soy noble, y ya te he dicho muchas veces que jamás he faltado a ninguno de los deberes que mi condición me impone. Pero lo que no te he dicho nunca es que la voz del amor que te tengo es más fuerte en mí que la de todas esas consideraciones: habla, pues, Berenguela mía. ¿Quieres que nunca me separe de tu lado? ¿Quieres que me quede? Habla, y yo te obedeceré ciegamente.
—¡Tu honor... tu conciencia... tu deber! —repitió la joven con voz lenta y triste—. Parte, Florestán... —prosiguió haciendo un sublime esfuerzo—, parte...
Y luego, arrojándose en los brazos del caballero, que la contemplaba con amargo abatimiento, añadió:
—¡Pero no me olvides jamás!
Durante algunos instantes, latieron juntos aquellos dos corazones; la joven fue la primera que levantó la frente, en la cual se veía pintada una adorable resignación: más fuerte que su amante, quería alentar a este en la dolorosa lucha que sostenía.
Entonces sacó Florestán de su limosnera una preciosa cajita de marfil, y la abrió tomando de ella una estrecha diadema de perlas de incalculable valor por su tamaño y su pureza, que se cerraba en medio por un joyel de riquísimos diamantes.
—Guarda, amor mío, este recuerdo de nuestro cariño —dijo a Berenguela, colocando la diadema en su hermosa frente—: mi madre la llevaba cuando murió cobardemente asesinada, y su mano moribunda la puso en la mía como un postrer don del amor que me profesaba. Es la prenda más cara que puedo darte: ¿me prometes llevarla siempre, Berenguela?
—¡Siempre! Te lo juro.
—Adiós, pues: si alguna vez necesitas del rey de Castilla, preséntate a las puertas de su alcázar con esa joya, y conseguirás llegar hasta él; pero tú solamente, ¿lo oyes?
La desdichada no dio muestras de oír estas palabras.
Había vuelto a echar sus brazos al cuello de Florestán, y parecía absorber en sus ojos la luz melancólica de la mirada de su amante.
—¿Volverás, Florestán? —preguntó en baja y trémula voz.
—¡No lo sé! —contestó él desviando sus ojos del semblante de la pobre niña—; ¡no lo sé, Berenguela! Pero te juro que, si no vuelvo, te enviaré a buscar para que vengas a mi lado.
Al pronunciar estas palabras, recogió el manto y la toca, y se lanzó a la calle arrancándose de los brazos de la joven, que cayó desvanecida en su asiento.
II
Un año después de estos sucesos, hallábanse dos personas en la mísera estancia en que tuvo lugar la despedida de Berenguela y Florestán. Era la una un caballero como de cincuenta años de edad, de frente calva, ojos grandes y brillantes, y fisonomía pálida; denotaban bondad sus abultados labios, y su sonrisa era a la par noble e inteligente; vestía un riquísimo traje de terciopelo negro, bordado de oro, y pendía de su cuello una gruesa cadena del mismo metal. Aún conservaba puesta su toca, adornada de una larga pluma blanca.
La otra era una anciana de vulgar e impasible fisonomía: su humilde traje, no menos que su postura respetuosa, decían bien claro que era muy inferior en condición a su compañero.
—¿Conque decís, señora Urraca, que tanto ama a la niña don García? —preguntó el caballero a la anciana, que permanecía en pie delante de él.
—Tanto, señor, que desde que empezó a requerirla de amores ese otro hombre, a quien Dios confunda, y ella, prendada de él, declaró a don García que solo le amaba como una hermana, se le ve decaer de día en día.
—Y Berenguela, ¿qué dice, al verlo?
—Nada: desde que partió su amante vive abismada en tan profundo dolor, que nada advierte de lo que pasa en torno suyo; solo algunas veces, al ver a don García, que la contempla con aire abatido, le toma la mano, se sonríe tristemente, y dice con monótono acento: «¡Consolaos, don García! Dios se apiadará de nosotros.»
—¿Y sabéis, señora Urraca, qué es ese don García?
—No sé más que lo que él me ha dicho: que es hijo de un hidalgo del vecino pueblo de Lerma, y que ha peleado en los tercios de don Enrique; ha un año entró en esta casa, cuando las tropas del maldito rey, que Dios castigue, asolaban el país, para curar una herida de un compañero suyo; vio a Berenguela, y ya no quiso abandonarla, pues aunque reside en Lerma, viene aquí con frecuencia para verla.
—¿Y del otro amante sabéis?...
—De ese sí que no sé una palabra.
—¡Dos amantes incógnitos! —murmuró el caballero en voz baja; pero, añadió alzándola—: ¿cómo no habéis tratado de apurar quiénes son esos hombres que aman a vuestra hija?
—¡Mi hija! —repitió la señora Urraca—. ¿Acaso lo es? ¿No sabéis tan bien como yo que hace dieciséis años encontré a una niña, que apenas contaba dos, a la puerta de mi casa en la ciudad de León, donde yo habitaba entonces? ¿No os he dicho ya que hallé atado a su cuello con un cordoncito de seda negro, un pergamino rollado, en que me daban instrucciones, y a su lado un bolsillo lleno de oro?
—Sí, me habéis hablado de ese pergamino... Y a propósito, ¿tenéis a bien enseñármelo ahora?
Levantose la anciana y fue a sacar de un armario, incrustado en la pared, un pequeño pergamino enrollado que presentó al caballero.
—Tomad —dijo—. Es el mismo que Berenguela llevaba al cuello.
Desdoblolo él, y se puso a leer: poco a poco su fisonomía se fue animando; y un hondo pliegue se formó entre sus cejas pobladas y negras aún como el ébano; después, sin saber quizás lo que hacía, volvió a leer en voz alta casi todo el contenido del pergamino, en tanto que la señora Urraca le escuchaba con la mayor atención.
«Esta niña —decía el escrito— es hija de padres nobles y poderosos; cuidadla, buena mujer, y el cielo os recompensará en este mundo y en el otro.
»No le digáis jamás que no es hija vuestra, y el día en que un caballero se presente a reclamarla con un pergamino igual a este, entregadla sin demora.»
Al acabar la lectura, plegó el anciano el pergamino con aire triste y meditabundo.
—¿Cuánto os daban cada año por cuidar de esa desdichada niña? —preguntó tras un breve silencio.
—Trescientos doblones, es decir, una suma igual a la que encontré en el bolsillo.
El caballero devolvió el pergamino a la anciana, e iba a hablar cuando esta, que estaba en pie junto a la ventana, hizo un brusco movimiento.
—¡Ya viene! —dijo señalando con la punta de su descarnado dedo a la calle—. ¡Miradla, señor, qué abatida está!
—¿Qué es eso que lleva en la frente? —preguntó el anciano indicando la magnífica diadema de perlas que ceñía los negros cabellos de Berenguela.
—Eso es un dije que le regaló su amante al partir, y que ella no ha querido quitarse ni un instante.
—¡Ah!... —murmuró el caballero, que miraba a la joven con desencajados ojos.
Largo tiempo la siguió con su sombría mirada: cuando Berenguela entró en la casa, quedó inmóvil, como esperando verla aparecer.
Entró, por fin, en la habitación, y sin mirar a las personas que estaban en ella, fue lentamente a sentarse en un banco de madera; después cruzó las manos y dobló tristemente la cabeza, en tanto que el caballero seguía contemplándola absorto.
Excusa tenía su distracción. Berenguela presentaba la imagen fiel del ángel de los sepulcros: sus grandes ojos inclinados, su pálida frente, sus largos cabellos negros, brillantes como el plumaje que viste las alas del cuervo, y sus blancas manos cruzadas, le daban un aspecto sublime y desgarrador.
Largo rato permaneció inmóvil y muda; luego levantó los ojos, pasó por la frente su abrasada mano, y articuló débilmente estas palabras:
—¿Ha venido, madre mía?
—¿Quién? —preguntó la señora Urraca.
—Él... Florestán.
La anciana se encogió de hombros con aire estúpido, sin comprender siquiera aquel inmenso dolor.
—¿Habéis dicho que no, madre mía? ¿No es verdad? —tornó a preguntar la desdichada.
—No he visto más que al señor caballero.
Berenguela levantó la cabeza; miró con afán al anciano y se aproximó a él lentamente: cuando llegó enfrente de él, puso las manos en sus hombros y clavó sus grandes ojos en su semblante.
—No... no eres tú el que yo espero —dijo con el tono de voz lento y triste que le era habitual—; no eres tú... pero ¿le has visto?, ¿sabes dónde está?
De súbito brilló en sus ojos un rayo de alegría, batió las palmas gozosa, y sus facciones se animaron con una radiosa expresión de ventura.
—¡Ah! gritó; ya sé a qué vienes... sí... sí... ya lo sé... a buscarme de parte de Florestán; porque él me lo dijo... «Te juro que si no vuelvo, te enviaré a buscar...» Eso... eso me dijo... ¡Oh, con cuánta alegría veo ahora que me cumple su promesa!
Al acabar de pronunciar estas palabras, se dirigió apresuradamente a un pequeño cuarto que le servía de dormitorio, y salió envuelta en un amplio manto negro.
—¡Vamos, vamos por Dios! —exclamó con ansia indescriptible—. ¡Llévame pronto con él, que me estará esperando con impaciencia!
—No seas loca, muchacha —dijo la señora Urraca ásperamente—. A donde tú vas es a acostarte, porque hoy te devora la calentura, y no pienses mañana, ni nunca ya más, en salir al campo; los ardores del sol te trastornan el cerebro.
—¡Iba a esperarle..., madre! —dijo la pobre joven con desgarradora tristeza, pero con dulcísima voz, en tanto que la despiadada vieja le desprendía bruscamente los pliegues del manto.
Luego cruzó las manos, mirando dolorosamente al anciano, y se dejó caer en el banco murmurando al verle salir:
—¡Se va sin mí!
La señora Urraca le acompañó, y Berenguela, doblando la frente, quedó inmóvil y abismada de dolor.
III
Algunas horas más tarde se encontraba don Álvaro Garcés, conde de Carrión, en una suntuosa estancia de su palacio de Burgos, en compañía de un joven de hermosa presencia y lujosamente vestido.
Tenía este veintidós años, a lo sumo: su fisonomía era melancólica y apasionada; sus rasgados ojos, negros como sus cabellos, armonizaban con su tez muy morena; era de estatura elevada y de talle esbelto, y lleno de gentileza.
Su traje estaba ricamente bordado de oro; llevaba una espada cuyo puño resplandecía de pedrería, y su toca, que se veía sobre la mesa, estaba adornada de una hermosa pluma.
Ambos ocupaban dos sillones iguales, dorados y de alto respaldo: junto al joven se veía una mesa cubierta con un tapete bordado de oro, en la cual apoyaba su brazo izquierdo.
Iluminaba la estancia una lámpara de plata, pendiente de tres cadenas del mismo metal; ambos caballeros parecían absortos en una profunda meditación, porque guardaban silencio: las fisonomías de los dos retrataban un intenso pesar.
—¿Conque eres tú, Fernando, el rendido y desdeñado adorador de esa joven? —dijo don Álvaro, después de mirar por largo rato la inclinada frente de su hijo—. ¿Eres tú el que se finge llamarse don García y ser hijo de un hidalgo de Lerma?
—¡Oh, perdón, padre mío, perdón! —exclamó el joven cruzando sus manos con ademán de súplica—. ¡La amo tanto, y hace ya tanto tiempo! Cuando vine aquí hace un año, acompañando a don Enrique, entramos en su casa, para que el infante restañase la sangre que corría de sus heridas, recibidas en el último encuentro con las tropas de don Pedro; nada advirtió a Berenguela que era el hermano del rey, el hombre a quien ella vendaba la cabeza, ni pudo conocer la condición de las personas que la acompañaban; nos creyó soldados de los tercios de don Enrique y nada más; además, su anciana madre se hallaba ausente de su casa, y, viviendo sola con ella, nadie podía reconocernos.
Una triste sonrisa plegó por un momento los labios de don Álvaro, mas su hijo, sin apercibirse de ello, continuó:
—Desde aquel día, la imagen de Berenguela no se apartó un instante de mi pensamiento, y cuando, ya coronado rey don Enrique en esta ciudad, os decidisteis a fijaros en ella para descansar de las fatigas de la guerra, pedí su venia a S. A. para venir a pasar algún tiempo en vuestra compañía y restablecer mi salud, más quebrantada por el amor que me consumía que por la sangre perdida en los combates.
Detúvose aquí Fernando, porque era llegado el instante de revelar a su padre el ardid que había usado para encubrir su nombre y el sitio de su residencia; cubriose su frente de encendido rubor, y bajó los ojos enteramente falto de aliento.
Mas aunque su confusión fue harto visible a los perspicaces ojos del anciano, guardó este un severo silencio, dejándole apurar toda la amargura de su primera mentira.
—Cuando llegué a Burgos —continuó el joven tras de un largo y angustioso silencio—, mi principal cuidado, no bien os abracé, fue ir a ver a Berenguela. Díjele, ¡perdón, padre mío!, díjele que me llamaba don García, que era hijo de un hidalgo de Lerma, y que acababa de retirarme a descansar a mi casa durante las treguas que abría la guerra.
Berenguela me escuchó con su sonrisa de ángel; mas ni una chispa de la pasión que ardía en mi corazón vi reflejarse en sus ojos; dulce y tranquilamente me oyó, y cuando le rogué que diese alguna esperanza a mi amor, me contestó fijando en mi semblante su apacible mirada:
—Don García, amo a otro, y solo puedo ya corresponder a vuestro amor con el cariño de una hermana.
Una súbita expresión de alegría iluminó las abatidas facciones de don Álvaro, pero se desvaneció con la misma rapidez con que había aparecido.
—Nada más he podido lograr —prosiguió Fernando con amarga tristeza—; hace algún tiempo que se abatió mucho más, y que su salud se alteró visiblemente; después, una dolorosa enajenación mental la preocupaba de continuo, y últimamente he creído columbrar que su razón está herida, y que la demencia clava sus garras de fuego en las sienes de Berenguela.
Un ahogado sollozo cortó al joven la palabra y ocultó el rostro entre sus manos. Don Álvaro pasó las suyas por su abatida frente, y alzó al cielo los ojos como demandándole valor.
—Olvida a esa joven, Fernando —dijo tras un largo silencio—; olvídala, porque jamás podrá ser tuya.
—¡Olvidarla! —gritó el joven saltando en su asiento, como si un dardo le hubiese herido—. ¡Olvidarla, padre! Arrancadme el corazón con vuestra propia mano, si queréis que yo olvide a Berenguela.
—¿Prefieres que vuelva a encerrarte en el castillo de Carmona, de donde te saqué para que pelearas en los tercios de don Enrique?
—Nunca os he pedido cuenta de la prisión en que he pasado la aurora de mi vida, padre mío: volvédmela a abrir; sepultad de nuevo en ella mi infeliz juventud, ¡y Dios os bendiga, si así me aceleráis la muerte!
—¡Conque tanto la amas! —exclamó con amargura don Álvaro—. ¿Conque ni mis ruegos podrán hacer que la olvides?
—Nada podrá hacer que yo deje de amarla, y de consagrarle mi vida.
—¡Matadme, pues, señor —gritó don Álvaro, arrojándose a los pies del joven, y descubriendo su noble pecho lleno de cicatrices—. Vos no sois mi hijo, como yo os hice creer; sois don Sancho, el anteúltimo hijo del rey Alonso onceno y de doña Leonor de Guzmán, y esa joven es la infanta doña Berenguela, postrer fruto de aquellos desgraciados amores! ¡Matadme, señor —repitió el anciano doblando hasta el suelo su calva frente—, porque solo hundiendo en mi pecho vuestra espada, conseguiréis acercaros a ella!
Calló don Álvaro, y un profundo silencio siguió a su terrible revelación: cuando se atrevió a levantar los ojos, vio a don Sancho, inmóvil delante de él, lívido, erizado el cabello y cubierta la frente de helado sudor. No de otro modo debió aparecerse a Hamlet la sombra de su padre en su palacio de Dinamarca.
Cuando las miradas de aquellos dos hombres se encontraron, los ojos del infante perdieron algo de su horrible fijeza; llevó al pecho ambas manos, y dejó escapar un gemido desgarrador.
—¿Quién es entonces... el otro amante de... mi... her... mana? —articuló con voz honda y lúgubre.
Estremeciose el anciano conde, que aún permanecía arrodillado; inclinó la cabeza, y contestó con voz temblorosa:
—¡Enrique II, rey de Castilla y de León!
IV
Un ahogado grito del infante apagó el eco de estas últimas palabras. Don Álvaro seguía postrado delante del joven, que se dejó caer casi exánime en su asiento.
—Levántate —dijo al fin rompiendo el penoso silencio que hacía tiempo reinaba—; levántate, conde, y explícame el hondo misterio que ha envuelto hasta hoy mi nacimiento y el de esa infortunada.
La actitud y el acento de don Sancho, al pronunciar estas palabras, nada tenían de semejantes con los del joven Fernando, que pocos momentos antes era el hijo amante y sumiso de don Álvaro. Con la mano apoyada en la mejilla, y el codo en la mesa, se preparó a escuchar las palabras del anciano: un rayo de augusta majestad iluminó sus dulces ojos, irguió la frente, y la sangre de los reyes de Castilla se animó en sus venas, dando a toda su figura un carácter de imponente grandeza, que nunca había obtenido.
El conde, obedeciendo el mandato de don Sancho, se puso de pie y permaneció inmóvil y confundido.
—Habla —repitió el infante—: dime por qué he ignorado yo hasta este momento que era hijo de Alonso onceno, y por qué lo ignoraba también Berenguela.
—¡Ah, señor! —exclamó el anciano—. ¡Señor mío, perdón! Solo el expreso mandato de vuestro padre ha podido obligarme a guardar silencio; solo el juramento que le hice ha podido sellarme los labios.
—¿Mi padre te encargó que nos ocultases nuestro nacimiento?
—Sí, señor; cuando vuestra madre os dio a luz, ya vuestros hermanos y ella eran terriblemente perseguidos por el odio de la reina doña María, legítima esposa de vuestro padre. Ya no sabían los que os dieron el ser dónde ocultaros. En tal angustia, el rey acudió a mí pidiéndome, con el mayor encarecimiento, que os hiciese criar secretamente y pasar por hijo mío. «Leonor —me dijo— morirá si le matan sus hijos: yo salvaré a los otros; pero tú, Álvaro, tú, sálvame este.»
Bien sabía el rey que nada podía conmover mi corazón como estas palabras: «Salva este hijo a Leonor, porque si no, va a morir.» Para él no era un misterio la pasión que yo profesaba a vuestra madre, y que me mataba lentamente.
—¿Tú has amado a mi madre?
—La amé, señor, desde que mis ojos vieron la primera luz: deudo su padre del mío, y unidos por la más sincera y entrañable amistad, juntos nos criamos y crecimos; mi madre nos abrigó a un tiempo en su regazo, y la misma cuna nos meció; juntos corrimos por los floridos pensiles de Sevilla, y el primer latido de mi corazón fue de amor para aquella hermosa niña, que solo me profesaba el tranquilo cariño de una hermana.
»Quince años tenía Leonor cuando se casó con un poderoso hidalgo: desesperado yo, me vestí la coraza y marché a buscar la muerte en las batallas; pero la muerte huye siempre del que la busca, y yo no pude encontrarla.
»Algunos años después, llamó la atención de Alonso XI la fama de mis hechos de armas y me hizo capitán de su guardia. Juzgad cuál quedaría cuando hallándonos en Córdoba, corte a la sazón de los monarcas de Castilla, me mandó una noche acompañarle a una hora muy avanzada: envueltos en nuestros mantos, y caminando con gran sigilo, cruzamos muchas calles, deteniéndonos al fin en la puerta de una hermosa casa; abrió el rey con una llave que sacó de su limosnera, y penetramos en ella.
»Una dueña nos esperaba: después de atravesar varios aposentos ricamente adornados, nos encontramos en una estancia amueblada con regia suntuosidad. Recostada en un sitial, había una joven que, por lo esbelto de su figura y delicado de sus formas, no podía pasar de los dieciocho años; estaba vuelta de espaldas a la puerta, y tenía puesto un riquísimo brial de terciopelo azul, bordado de perlas, cuya larga cola se extendía como una alfombra en derredor de su sillón dorado; no tenía en la cabeza otro adorno que los largos rizos de sus cabellos castaños, que besaban lascivos el cuadrado escote de su traje: al ruido que hicimos al entrar, volvió la cabeza, y sus grandes ojos negri-azules brillaron de contento.
»—¡Don Alonso!... ¡Álvaro!... —exclamó corriendo hacia nosotros: pero estos dos gritos tuvieron en sus labios distinta entonación; el primero revelaba pasión inmensa; el segundo la alegre sorpresa de la hermana que ve a su hermano tras una larga ausencia.
»—¿Conoces al conde de Carrión, Leonor? —preguntó el rey admirado.
»—¡Que si le conozco, señor! —exclamó ella—. ¡Que si le conozco, cuando he nacido casi al mismo tiempo que él! ¡Que si le conozco, cuando he dormido en la misma cuna, he mirado el mismo cielo y he aspirado el perfume de las mismas flores! ¿No os he hablado muchas veces de un hermano a cuyo lado crecí, y a quien amaba en extremo? Pues bien, ¡aquí le tenéis!
»Contrajéronse algún tanto las espesas cejas del rey, al oír hablar a Leonor con tanta vehemencia, y mi frente se inundó de un helado sudor, al escuchar aquellos acentos. Don Alonso, celoso como lo son todos los seres que abrigan una gran pasión, hasta de las plácidas expansiones de la amistad, vio en el afecto que su amada me manifestaba la primera nube que empañaba el cielo azul y sereno de su recíproco amor: en cuanto a mí, la vista de aquella mujer tan tierna y constantemente amada, y los dulces recuerdos de lo pasado, que ella evocaba con acento conmovido, me hicieron casi sucumbir al exceso de mi emoción.
»Ella, empero, puso fin a una situación tan embarazosa tomando de la mano al rey y conduciéndole a un camarín que ocupaba el extremo de una estancia; abrió las cortinas y luego descubrió los preciosos tapices que ocultaban una lindísima cuna de estructura gótica, labrada de marfil y plata, y en cuyo centro descansaba un niño de pocos meses.
»Era don Enrique, conde de Trastamara, y hoy Enrique II rey de Castilla.
Un temblor convulsivo recorrió el cuerpo del infante al oír pronunciar el nombre de su hermano: la palidez que cubría sus hermosas facciones se hizo más intensa, y cerró los ojos como para sujetar dentro de su abrasada frente el delirante pensamiento.
Don Álvaro, a cuyos penetrantes ojos no pudo ocultarse la sorda tempestad que bramaba en el alma de aquel desventurado, continuó tras una breve pausa:
—Dos horas después de haber entrado, salimos de aquella casa que encerraba lo que más amaba yo en el mundo, y desde aquella fatal noche, ni una sola dejé de acompañar a vuestro padre a ver a Leonor, ni un solo día pasó sin que sintiese crecer en mi pecho la ardiente hoguera de mi funesto amor; supe, sin embargo, encerrarlo en lo más recóndito de mi corazón, porque quería al rey con toda mi alma y no me era posible causarle el más pequeño dolor, y porque anhelaba conservar el único bien que me hacía soportar la vida: el amargo placer de ver a Leonor todos los días, aunque fuese en los brazos de otro; de este modo me hice yo mártir de mi propio corazón, y ninguno de los que sacrificaron los inicuos emperadores de la antigua Roma sufrió tormentos comparables a los míos.
»Don Alonso, empero, leía en el fondo de mi alma; vuestro padre, señor, era un gran rey, y un hombre de corazón magnánimo y generoso: para todos recto y justiciero, su única falta fue el amor que me arrebató la felicidad de mi vida; para todos sensible, solo con mis dolores fue inexorable, no obstante que comprendía su amargura.
»Y por otra parte, ¿qué hubiera conseguido usando de generosidad conmigo, y abandonándome la mujer que tanto amaba él, y a la que yo adoraba con tanta locura? Leonor, ciegamente apasionada del rey, le idolatraba con la vehemencia del primer amor. Casada sin conocer a su esposo, ningún afecto le unía a él, y cuando enviudó, quedó en poder de un anciano tío suyo, que, al saber la pasión del rey por su sobrina, la persuadió para que correspondiese a ella. ¡Ay, solo podía, pues, resignarme a ver a Leonor en brazos del rey, para no verla morir de dolor en los míos!
»Algunos años pasaron así: hubo una época en que el rey, compadecido de la triste suerte de su esposa, le propuso que viviría a su lado, si consentía en que viviesen también vuestros hermanos bajo los muros del alcázar real; más doña María contestó siempre que renunciaba a la dicha de vivir con su esposo, si había de comprarla con el dolor de ver a los bastardos.
—¡Oh, qué injusta dureza! —exclamó don Sancho.
—La medida del sufrimiento de la reina se llenó por fin —continuó don Álvaro—. Ocho días después de daros a luz, tuvo que huir Leonor de su casa, disfrazada de hombre y acompañada del rey, para no caer en manos de los espías de doña María que constantemente la asediaban. Antes de marchar, vuestro padre os puso en mis brazos, me rogó que ocultase a todos, y aun a vos mismo, vuestro nacimiento, y me ordenó que me reuniese a él en un lugarcillo cerca de Gibraltar, a cuya villa, ocupada por los moros, iba a poner sitio; después marchó apresuradamente con Leonor, débil aún y quebrantada.
»Entonces, señor, os conduje a Sevilla, mi patria, y os confié a los cuidados de una hija de mi nodriza, casada con uno de mis escuderos hacía pocos meses, la cual me ofreció cuidaros con la mayor ternura; le dije que erais hijo mío, y fruto de unos infelices amores, y la buena Dulcelina me creyó con la inocencia propia de su carácter, jurándome que ocuparíais en su corazón el lugar del hijo que acababa de perder, y el del esposo que yo me llevaba a la guerra.
»Marché a Gibraltar tranquilo con respecto a vuestra suerte, y volví a ocupar mi sitio al lado del rey, como capitán de su guardia. Don Alonso puso cerco a Gibraltar, y se preparó bien para no abandonar la empresa hasta ganar la villa, a pesar de la terrible epidemia que se introdujo en sus reales. ¡Ay, qué mucho que su corazón no desmayase, si tenía consigo a la mujer que amaba y a sus hijos!
»Leonor no quiso separarse del rey durante las terribles pruebas a que se veía expuesto, y vivía con los bastardos en una tienda de campaña construida con toda comodidad, inmediata a la del rey: yo fui el encargado por S. A. de guardar aquellas prendas tan caras a su corazón; yo, a la cabeza de una numerosa guardia de castellanos, recibí la orden de no perder de vista un solo instante ni a la madre ni a los hijos.
»¡Cuántas veces me sorprendió la aurora arrodillado a los pies del lecho de vuestra madre! ¡Cuántas la despertaron de su apacible sueño el rumor de mis sollozos, o las exclamaciones que dejaba escapar en mi delirio! Entonces poníame en pie precipitadamente, tomaba la espada que había dejado caer, y volvía a ocupar mi sitio detrás de las cortinas de su lecho. Incorporábase ella, miraba a todas partes, y concluía por llamarme.
»—¿Qué me mandáis, señora? —decía yo acercándome después de haber tragado mi amargo llanto.
»—¡Señora!, ¿por qué me llamas así, Álvaro?
»—Perdonadme, Leonor... ¿qué queréis?
»—¿No has oído ruido?
»—Todo yace tranquilo.
»—Me ha despertado yo no sé qué extraño rumor.
»—Eso es que habéis soñado.
»—Tal vez... pero dime, ¿qué tienes? ¡Estás pálido!
»—Lo harán las luces...
»—¿Y el rey y mis hijos?
»—Duermen... procurad dormir también.
»Leonor corría las cortinas, y mi corazón, más henchido que antes de su fogosa y desesperada pasión, se refugiaba en lo más hondo de mi pecho, destrozado por un amor que lo aniquilaba hacía veinte años.
—¡Pobre mártir! —exclamó don Sancho, tendiendo al conde su mano. ¡Dios te premiará en el cielo!
El anciano miró al infante con profunda gratitud, y prosiguió así su lastimera historia:
—Diez meses sostuvo don Alonso el sitio de Gibraltar. Durante este tiempo, comenzaron a correr voces de que había en el campo espías de la reina y de don Pedro, cuyo único objeto era apoderarse de los bastardos y de su madre; estas nuevas afligieron en extremo el espíritu del rey, tanto más cuanto que Leonor estaba en vísperas de darle otro hijo, y no se atrevía a alejarla de su lado en semejante estado. Dobló la guardia de los infantes vuestros hermanos, y determinó no separarse un instante de vuestra madre hasta recibir en sus brazos al hijo que iba a nacer, y que pensaba entregarme para que lo pusiese en salvo como a vos.
»Llegó la hora del parto, y terminado que fue, el rey corrió los tapices de la tienda, tomó de mis manos la espada desnuda, con que hacía mi guardia, y me puso en los brazos a la infanta que acababa de nacer.
»—Sálvala, conde —me dijo—; sálvala como a su hermano: tal vez, de entre todos mis hijos, serán los únicos que conserven la vida los dos que confío a tu cuidado.
»Al acabar de pronunciar estas palabras, mandó S. A. acercar a uno de sus escuderos que tenía de la brida un alazán ensillado; me echó él mismo su manto sobre los hombros, y yo, después de requerir mi daga y de envainar mi espada, salté sobre él sin tener más tiempo que de besar la mano del rey, y partí llevando entre mis brazos a la infanta recién nacida.
»Bien pronto el ardiente galope de mi caballo me puso fuera del campamento: a la luz de la aurora, divisé un blanco pueblecillo, y me dirigí a él para buscar, no reposo, sino una nodriza que me acompañase; dejé el caballo en la posada, oculté a la infanta entre los pliegues del manto, y salí a dar la vuelta al lugar; al fin de él vi a una mujer joven que mecía a un niño como de un año, sentada al lado de otra anciana.
»—¿Queréis ganaros trescientos doblones cada año, buena mujer? —le dije.
»—¡Ah, señor caballero!, ¿qué decís? —exclamó atónita.
»—Que si queréis amamantar a esta niña, os daré esa suma.
»—Tengo un hijo, señor, y no puedo.
»—Pero no tienes pan que darle, Aldonza —dijo tristemente la anciana—, ni el pobre tiene padre que se lo busque: solo cuenta con el cariño de su abuela, que lo cuidará mucho si tú quieres ganar honradamente para todos.
»—¡Si vos lo cuidáis, madre!...
»—Sí, hija mía, no me separaré un instante de él.
»Un vagido de la pobre niña que yo tenía en los brazos acabó de decidir a la joven, que la tomó en los suyos.
»—Hacedme la merced, buena mujer —dije a la anciana—, de buscar una mula para vuestra hija; tiene que acompañarme a la ciudad de León.
»Obedeció aquella, y media hora después caminábamos a buen paso, llevando Aldonza entre sus brazos a la infanta.
»Al llegar a aquella ciudad, encomendé a la niña y la nodriza a los cuidados de mi anciana madre, la cual habitaba allí: encargué que hiciese bautizar a la infanta inmediatamente con el mayor secreto; dejé pagada por un año a Aldonza, y volví apresuradamente al campamento.
»Era el día 26 de marzo de 1350, y las once de la noche, cuando entré en él: la luna, que brillaba con todo su esplendor, iluminaba las relucientes armaduras de los soldados, e iba a quebrarse en sus yelmos de acero; muchas hogueras encendidas patentizaban que todo el ejército castellano estaba en vela, y lo confirmaba así yo no sé qué extraño rumor que se advertía en el campo.
»Con la seña Alonso y Castilla llegué hasta las tiendas reales, y penetré en la que habitaba vuestro padre... mas, ¡oh, gran Dios!, ¡cuán terrible cuadro se ofreció a mi vista!
»Tendido en su magnífico lecho de campaña estaba Alonso onceno, ya casi exánime: la terrible epidemia, que había diezmado al ejército castellano, era la que conducía al sepulcro al vencedor en la batalla del Salado. Arrodillados junto al lecho, se veían los infantes don Enrique, conde de Trastamara, y don Fadrique, gran maestre de Santiago, casi niños ambos, que derramaban amargo llanto: rodeábanles muchos prelados y ricos-hombres de Castilla y de León, contándose entre estos últimos el infante don Fernando de Aragón, sobrino del monarca; don Juan Nuñez de Lara y don Juan Alonso de Alburquerque.
»Nada más suntuoso e imponente que el lecho mortuorio de Alonso onceno. Componíalo una tarima de campamento, cuya cabecera era de ricas maderas oscuras hábilmente combinadas, terminando en dos agujas angulares del más limado gusto gótico; en medio, y formando contraste con los ya referidos adornos, se destacaba, dibujando mil caprichosos pliegues, el célebre pendón de Santiago que dio a don Alonso la victoria en la batalla del Salado. El primer cuidado del expirante monarca, al caer en el lecho de la agonía, fue colocar sobre su cabeza aquella bandera, gloria y orgullo de Castilla; cerca del lecho, y al alcance de su brazo, se encontraban, en forma de trofeo, las armas que vistiera en el sitio de Gibraltar, ciudad que deseó arrancar del poder sarraceno, tanto por aumentar sus dominios y disminuir el de los moros, como porque su padre Fernando IV la conquistó años atrás valerosamente, aunque a costa de un soldado que valía por ciento y cuyo nombre era Guzmán el Bueno.[4]
»Detrás de los suntuosos tapices que formaban pabellón, y junto al lecho del rey, estaba Leonor de Guzmán, con el rostro oculto entre las manos y el pecho desgarrado por los sollozos, que procuraba en vano contener. Hermosa como nunca, parecía aún más embellecida por su intenso dolor.
»Ella fue la primera que se apercibió de mi llegada: apartó del rostro sus manos bañadas en llanto, y me las tendió como si solo de mí esperase algún consuelo.
»—Señor —dijo aproximándose conmigo al lecho del rey—, señor, ya está de vuelta el conde de Carrión.
»Abrió los ojos don Alonso, y me alargó una mano que yo besé de rodillas.
»—¿Y la infanta? —preguntó con voz sofocada.
»—Con mi madre, señor.
»—¿Me traes nuevas de don Sancho?
»—El infante está bueno y sigue al cuidado de Dulcelina.
»—¡Gracias, Álvaro! —murmuró don Alonso estrechando débilmente mis manos.
»Después guardó silencio; pero su ansiosa mirada me hizo conocer que deseaba hablarme algo más y que sufría por no poder hacerlo delante de tantos testigos.
»Entonces me volví al conde de Trastamara, que lloraba siempre arrodillado.
»—Haced despejar, señor —le dije—: el rey quiere hablarnos sin testigos.
»Levantó el niño su doliente rostro, e hizo a los cortesanos una señal llena de gracia y majestad. Instantáneamente se ensanchó el círculo de los nobles, que retrocedieron hasta llegar a los tapices que cerraban la tienda.
»—Leonor —dijo el rey tomando una de las manos de vuestra madre—, Leonor mía, tú sabes lo mucho que te he amado, y Dios es testigo de que muero amándote con la misma intensidad; sí, en este instante supremo en que estoy próximo a comparecer ante su divina presencia, no siento en mi corazón remordimiento alguno al hacerte esta confesión. Dios te formó para que te amase y, amándote, he cumplido su santa voluntad.
»Detúvose el rey, y sus cadavéricas facciones retrataron un profundo dolor.
»—No llores así, hijo mío —dijo aproximando a su pecho la negra y rizada cabeza del maestre de Santiago, que sollozaba cubriéndose el rostro con el manto—; no te desconsueles, Juana, añadió tendiendo los brazos a su hija la marquesa de Villena, niña rubia y angelical; y tú, Enrique, mi hermoso y adorado Enrique, consuélate por Dios. Os dejo una buena madre, y un amigo fiel, y desde el cielo velaré por vosotros: mi solo dolor, al morir, es el no poder dejaros a cada uno un dilatado reino... pero la corona que heredé de mi padre pertenece a mi heredero legítimo, el infante don Pedro...
»Un movimiento del conde de Trastamara cortó al rey su discurso: al oír las últimas palabras de su padre, la frente del infante se cubrió de palidez y brotaron relámpagos de sus rasgados ojos.
»—Mi corona es de mi hijo el infante don Pedro —repitió el rey que advirtió aquel movimiento, con voz lúgubre, pero con acento severo—: no lo olvidéis, hijos míos, para que merezcáis su amistad y protección... no lo olvides, Leonor, para que procures captarte su benevolencia... sois vasallos suyos... amadle y... respetadle como a vuestro rey...
»Calló don Alonso debilitado por la energía con que había hablado, y su cabeza cayó lívida y exánime sobre los ricos almohadones de brocado. Mas, incorporándose por un último y poderoso esfuerzo, y apoyándose en mis brazos, pudo bendecir a Leonor y a sus hijos y recomendármelos con una expresiva mirada.
»Luego alzó la cabeza, radiante de sublime majestad, brilló en sus ojos un rayo de luz, y dejó oír de nuevo su voz:
»—¡Ricos-hombres!... —gritó con acento sepulcral—; ¡prelados de mis reinos!... ¡Yo os... mando... que llevéis mi cetro y mi corona... al infante mi hijo!... ¡¡Larga vida... al rey don Pedro...!!
»En este último y supremo grito lanzó Alonso onceno su postrer suspiro.
»Al escucharle, cayó Leonor desmayada sobre el cadáver del rey; la marquesa de Villena y el maestre de Santiago rompieron en llanto amargo, y el conde de Trastamara puso mano a la espada, mirando con ojos secos y furiosos a los nobles que rodeaban el lecho de su padre; mas aquel iracundo movimiento fue dominado pronto por un intenso dolor: el infante lanzó un gemido penetrante y cayó con la cara contra el suelo; el golpe le abrió la frente, y anchas gotas de sangre salpicaron el blanco manto de maestre de su hermano.
»Era la primera sangre de la infinita que la temprana muerte del gran Alonso onceno hizo verter.
»Entre tanto, un heraldo abrió las cortinas de la tienda real.
»—¡El rey Alonso onceno ha muerto! —gritó—. ¡Castellanos! ¡Leoneses! ¡Larga vida al rey don Pedro!
V
Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de don Sancho al escuchar los tristes pormenores de la muerte de don Alonso.
—¡Ay! —exclamó—. ¡Mi padre no tuvo un solo pensamiento para sus dos últimos hijos! ¡Nada para ella, ni para mí!... Todo para Enrique entonces, y ahora... ¡todo también!...
El conde de Carrión besó la mano del infante, profundamente afectado por tan justo dolor, y continuó después:
»—El día 28 de marzo formó en batalla todo el ejército castellano para despedir al cadáver de su real caudillo. Iban al lado del féretro los infantes, rodeados de todos los nobles del reino: yo marchaba al lado de vuestra madre, que cabalgaba en un potro cordobés e iba enteramente vestida de luto.
»Caminamos hasta cerrar la noche, y entonces, a una señal del conde de Trastamara, se detuvo la comitiva: algunos ricos-hombres se aproximaron a los infantes, quienes, después de abrazar a su madre, partieron a Algeciras, con un corto número de parciales. Leonor temía las iras del rey don Pedro para sus hijos, y los enviaba a aquella ciudad, que sabía les era adicta; yo seguí con la comitiva hasta Sevilla, en cuyo alcázar moraban la esposa y el hijo del rey difunto.
»Las exequias de don Alonso se celebraron con regia pompa en la catedral, siendo depositados sus restos en la capilla llamada de los Reyes. Doña María de Portugal concedió habitación a vuestra madre en su alcázar, y la marquesa de Villena fue a reunirse con su esposo, de cuyo lado bien pronto debía ser arrebatada.
»En cuanto a vos y a Berenguela, solo vuestra madre y yo sabíamos dónde estabais, y en vano la reina os buscó por todas partes; vos, señor, seguíais guardado por Dulcelina, y vuestra hermana permanecía bajo la custodia de mi buena madre, que la hizo bautizar con su mismo nombre, y la amaba con el mayor extremo.
»La noche misma del día en que concluyeron las fiestas con que se celebró la coronación de don Pedro, fue presa vuestra madre y conducida por los ballesteros de maza del rey a la cárcel pública. En vano pedí audiencia al joven rey, para implorar por ella: se me negó, y la grave enfermedad que le sobrecogió a pocos días imposibilitó toda tentativa de salvación, porque la reina hizo trasladar a la infeliz cautiva a las prisiones del alcázar para tenerla más segura.
»Una carta, que recibí entonces de León, me avisaba que mi anciana madre se encontraba en la agonía y que quería verme; os confieso, señor, que todo lo olvidé con tan triste nueva: sin pensar en Leonor, ni en vos mismo, salí aquella noche, reventando caballos, a recoger la bendición materna.
»Mas, ¡ay, que llegué muy tarde! ¡Ya no pude abrazar más que su cadáver helado!
Guardó algunos instantes de silencio el conde, para reponerse de tantas emociones, y luego continuó:
»—Con la muerte de mi madre quedaba desamparada la tierna Berenguela: no atreviéndome a llevarla conmigo, y no sabiendo qué partido tomar en tan apuradas circunstancias, me determiné a confiarla a los cuidados de una mujer que tenía fama en la ciudad de muy religiosa, y cuyo nombre era Urraca: fijo ya en mi proyecto, esperé con ansia la noche; escribí dos pergaminos iguales, puse en un bolsillo trescientos doblones, y atando uno de los pergaminos al cuello de la niña, con un cordoncito de seda, esperé el momento favorable.
»La señora Urraca vivía enfrente de la casa de mi madre; al toque de ánimas, la vi salir y encaminarse a la iglesia; entonces tomé en mis brazos a la infanta, que dormía apaciblemente, y me dirigí a casa de la anciana: coloquela con cuidado en el portal, sin que despertase de su dulce sueño, y puse a su lado el bolsillo que contenía el dinero, retirándome luego a la esquina de un callejón inmediato.
»Poco tardó en volver la señora Urraca: la noche había cerrado, y al entrar tropezó ligeramente con el cuerpo de Berenguela, que despertó y se echó a llorar; la anciana llamó a una vecina y le pidió una luz; bajaron ambas, y comenzaron a hacer exclamaciones, al ver a aquella hermosa criatura abandonada.
»Perplejas estaban, pues que ninguna de ellas sabía leer el pergamino que la infanta llevaba al cuello, y que le habían quitado, cuando acertó a pasar por allí un caballero: entonces Urraca le llamó y le rogó que descifrase el pergamino.
»No pude entender lo que hablaron: solo vi que la anciana tomó en sus brazos a la niña, haciéndole mil caricias, y se subió con ella, sin dejarse olvidado el bolsillo.
»Presa del más agudo dolor, por dejar a la infanta en manos desconocidas, pero al mismo tiempo dando gracias a Dios por haberme deparado un medio de ponerla a salvo del rencor de la reina, volví a Sevilla y di cuenta a vuestra madre de la suerte de su hija.
»Escuchome ansiosa, mas no bien acabé cuando exclamó llorando amargamente:
»—¡El asilo de don Sancho ha sido descubierto, y la reina va hoy mismo a apoderarse de él!... ¡Corre, Álvaro, corre, sálvale de una muerte segura!
»Volé a casa de Dulcelina, que nada sabía: os tomé en mis brazos, y os llevé al mesón donde me hospedaba, diciendo que erais mi hijo, y siguiendo hasta hoy en esta ficción es como he podido salvar vuestra vida.
»Tres días después, partió don Pedro I para Burgos, acompañado de toda la corte para ser jurado rey por las cortes de Castilla; y antes de regresar a Sevilla se supo que el infante don Enrique había salido de Algeciras con dirección a Asturias donde iba a alzar pendones. Doña María, que había quedado en Sevilla, mandó conducir a vuestra madre a Talavera de la Reina, llamada así por ser ciudad cuyo señorío le había regalado Alonso XI en el primer año de su casamiento, y dio orden de que se la encerrara en la cárcel.
»¡Oh! ¡Con cuán intenso dolor la vi salir de Sevilla! No me permitió que la siguiera, temblando por vuestra vida, y me hizo jurar que me quedaría para guardaros... ¡Oh, señor, ya no debía yo volverla a ver!...
»Diez meses sufrí, lejos de ella, todos los tormentos de la desesperación: mi cariño, en vez de amenguarse con el tiempo, había llegado a formar una parte de mi existencia, y lejos de Leonor faltaba el aire a mi pecho y la luz a mis ojos.
»No pudiendo vivir más sin verla, tomé una resolución desesperada.
»El esposo de Dulcelina había sido nombrado, por mi influjo con el rey difunto, alcaide del castillo de Carmona, y estaban confiados a su custodia vuestros hermanos don Juan y don Fernando, víctimas ya de las iras de la reina viuda: llamé al alcaide y le pregunté si podría guardarme a mi hijo Fernando, mientras iba a hacer un viaje; prometió que velaría por mi hijo como por los suyos y la buena Dulcelina se os llevó loca de alegría.
»Yo la seguí con su marido: elegí para vos una de las prisiones más seguras, pero cómoda y espaciosa; dejé mucho dinero para vuestro decoro y mantenimiento, y después de ver a vuestros infelices hermanos, condenados ya a muerte, os abracé con lágrimas; y partí seguro acerca de vuestra suerte.
»Llegué a Talavera en una hermosa mañana del mes de febrero de 1351, y me dirigí apresuradamente a la cárcel; pero la encontré rodeada de la guardia de la reina, la cual no me permitió pasar: desesperado y muerto de fatiga, me dejé caer en un asiento de piedra que había en la puerta del fúnebre edificio, donde permanecí inmóvil y absorto en tristísimas reflexiones.
»De repente, un fuerte rumor me hizo abrir los ojos: levanteme y me dirigí de nuevo a la puerta de la cárcel, pudiendo penetrar en ella entre el tropel que ya no se cuidaban los soldados de contener; la multitud invadió en breve la escalera, pero se apartó para dejar paso a un hombre que bajaba escoltado por los guardias de la reina y que blandía en la mano un puñal ensangrentado hasta el pomo. Era Alonso Fernández de Olmedo, uno de los escuderos de doña María.
»Con la muerte en el alma acabé de subir la escalera, y corriendo como un loco llegué hasta un calabozo a cuya puerta se detenían las olas del gentío; yo entré desatentado, y la luz faltó a mis ojos ante el cuadro de desolación que se me presentaba.
»Leonor de Guzmán, tendida en el suelo, tenía el pecho traspasado con cinco puñaladas: su cuerpo, cubierto por un vestido de terciopelo negro, nadaba en un lago de sangre que manaba de sus anchas heridas, y que empapaba sus largos cabellos castaños, cuyos espesos bucles llegaban a sus pies.
»Arrodillado sobre la misma sangre de su madre, estaba el conde de Trastamara con los ojos fijos y dilatados, los labios cárdenos y erizado el cabello; tenía entre sus manos crispadas una diadema de perlas, manchada con sangre, lo que probaba que acababa de ser quitada de la cabeza de su infeliz madre; en todos los ángulos de la estancia había centinelas de los tercios de don Enrique, en cuyas vestas se veían los blasones del infante.
»—¿Quién se atreve a llegar hasta el cadáver de mi madre?... —gritó iracundo, levantándose al oír mis pasos, y blandiendo furioso su daga—. ¡Álvaro!... —exclamó reconociéndome y arrojándose sollozando entre mis brazos—. ¡Álvaro... eres tú!... ¡Bendito seas, pues que tu vista ha hecho brotar mi llanto!
Don Sancho soltó un largo gemido, y el conde de Carrión dio también rienda suelta a sus lágrimas al recordar la cruel y sangrienta venganza de doña María de Portugal.
Luego que el infante hubo desahogado un tanto su dolor, hizo seña al narrador para que continuase, el cual lo hizo del modo siguiente:
»—¡Mira —me dijo don Enrique—, mira, Álvaro, lo que ha encontrado el hijo que ha venido desde Asturias a salvar a su madre!... ¡Al mismo tiempo que el infame Olmedo salía por esa puerta, después de hundir el puñal de la reina en ese noble pecho, entraba yo por la otra para sacarla de la prisión!...
»—¿Quién ha recogido su último suspiro? —le pregunté.
»—¡Yo! —me contestó el infante, con una indescriptible expresión de orgullo y hasta diré de alegría—; ¡sus ojos han perdido la luz mirándome, y su mano se ha helado entre las mías, después de entregarme esta joya húmeda con su sangre!
»Al decir estas palabras besó don Enrique la corona de perlas que tenía en la mano, y la guardó en su limosnera.
—¡Ah, maldición sobre ti, Enrique! —gritó levantándose con rabia el infeliz don Sancho—: ¡para ti fueron las últimas caricias de mi padre; para ti también las últimas de mi madre y el amor de entrambos mientras vivieron; para ti el cariño de Berenguela, su vida y su razón, porque ambas cosas pierde por ti!... ¡maldito seas!
—Calmaos, por Dios, señor —dijo el conde—; os lo suplico, pues toca ya a su término esta amarga historia.
Después, aprovechándose del abatimiento en que el infante había vuelto a quedar, continuó:
»—Conseguí, por fin, arrancar al conde de aquel funesto lugar: arrastrábalo ya hacia la puerta por donde había entrado, y sus ballesteros nos seguían, cuando vino mi escudero bañado en sudor y cubierto el semblante de palidez.
»—¡Huid, señor! —exclamó dirigiéndose a don Enrique—: ¡huid, que vienen a prenderos las tropas del rey! Ya han degollado a los infantes en el castillo de Carmona, y quieren que la venganza se cumpla a un tiempo en todas partes.
»Yo arrastré al infante por la puerta por donde había salido el asesino sin encontrar resistencia; montamos a caballo y seguidos de su guardia, salimos a escape de Talavera.
»Aquella misma noche, don Enrique se dirigió a Aragón y yo partí precipitadamente a Carmona, temblando por vuestra vida: os encontré bueno, y cada vez más hermoso; los infantes don Juan y don Fernando, el uno de edad de dieciocho años y el otro de catorce, habían sido bárbaramente degollados en su prisión, sin que vos supierais siquiera que cerca de vos habían existido.
»Ya teníais entonces diez años, y me pedisteis muchas veces que os llevase conmigo; pero pude engañaros, y marché a Aragón ansioso de pelear en los tercios de vuestro hermano don Enrique, para vengar la muerte de vuestra desventurada madre.
»Siete años permanecí a su lado, errante como él, y dividiendo su azarosa suerte: al cabo de este tiempo y pensando con razón que ya podríais soportar los peligros de la guerra, le pedí su venia para presentarle a mi hijo, y obtenida, partí para Carmona llevándoos después conmigo.
»Vos sabéis, señor, el entrañable amor que el infante os profesó desde luego: mil veces, al ver la afección que os unía, estuve a punto de declararle el misterio de vuestro nacimiento; pero un secreto impulso me contenía, sin que yo mismo supiera darme cuenta de su causa. ¡Erais tan dichoso a mi lado! Os amaba tanto yo, que tenía celos de que otro tuviera derechos sobre vos.
»Por aquel tiempo, supe por las gentes que tenían encargo en León de velar sobre la anciana Urraca, que esta había abandonado la ciudad, por las continuas vejaciones que sus habitantes tenían que sufrir de las tropas de ambos bandos, y que había fijado su residencia en Burgos, población muy pacífica entonces. Berenguela tenía trece años y seguía en compañía de la anciana.
—¿No te dolía la suerte de esa desdichada niña? —preguntó don Sancho con acento severo.
—Yo daba cada año una gruesa suma para que de nada careciese. Urraca pasaba por una buena y cristiana mujer: solo hoy he podido comprender la dureza de su corazón y la horrible suerte de la pobre niña.
—Cuando yo la vi en su casa, el día que Enrique entró a curar su herida, parecía muy feliz —observó don Sancho.
—Tal vez es su sola desdicha el que esa mujer no conoce la inmensidad de su pena, ni el amor que la vuelve loca: desde aquel día, amó a don Enrique, y él, que por razones de política estaba casado con doña Juana Manuel, le ocultó su nacimiento y su posición, fingiéndose un simple escudero para poderla ver.
»Cuando las fatigas de la guerra y lo avanzado de mi edad me obligaron a buscar el reposo en esta ciudad, vos, señor, enamorado también de esa niña desde el día mismo en que se prendó de ella don Enrique, alcanzasteis de él permiso para venir a acompañarme, y la habéis visto todos los días bajo el nombre de don García, hijo de un hidalgo de Lerma.
—¿Por qué no declaraste al rey que yo era su hermano, después de su coronación?
—¡Ah, señor! Yo sabía que don Enrique había clavado su daga en el pecho de su hermano: herido don Tello, muertos don Fadrique, don Juan y don Fernando, ¡solo vos podíais hacerle sombra y temblé por vuestra vida!
»Hoy he visto a la infanta: la desdichada ha perdido casi enteramente la razón, y estoy persuadido de que la causa de esta desgracia es el invencible amor que profesa al rey. Yo puedo reclamar a vuestra hermana con el pergamino que escribí y que tengo en mi poder, del todo igual al que puse a su lado cuando la deposité en casa de Urraca. ¿Qué debemos hacer, señor? Decidlo vos, mandad.
Calló el conde de Carrión, esperando la contestación del infante: mas este, con la frente apoyada en la mano, permaneció silencioso e inmóvil.
—¡Muera yo! —dijo por fin el generoso joven, levantándose de súbito, y clavando sus ojos en el cielo—; muera yo, si no puedo dominar ese fatal amor, pero al menos sálvese la honra de mi hermana, y sálvese mi hermano de cometer el más horrible de los crímenes.
Luego, mirando de nuevo al anciano, preguntó:
—¿Tienes alguna prueba que atestigüe el nacimiento real de Berenguela y el mío?
—Ninguna, señor: vuestro padre confiaba enteramente en mi lealtad, y no me dio documento ni escrito alguno para la seguridad de sus hijos; lo rápido e inopinado de su muerte no le dio lugar a tomar ninguna medida acerca de este punto.
—En cuanto a mí, nada me importa; pero ¿es posible que no ha de haber un medio de probar al rey que Berenguela es hermana suya, para contener su pasión?
—No existe medio en lo humano para convencerle de ello, a no ser que él me crea por mi palabra.
—¡Dios tenga piedad de mí! —murmuró don Sancho—. Busca el pergamino, conde —prosiguió—, búscale y ve inmediatamente a reclamar a la infanta.
Y como advirtiese un movimiento de espanto que don Álvaro no pudo contener, añadió con tristísima sonrisa:
—Nada temas, conde; no la veré: por la memoria del rey, mi padre, te juro que sabré ser, como tú, mártir de mi propio corazón.
Nada contestó el conde, contentándose con inclinarse profundamente delante del infante; después tomó la lámpara de plata y acompañó a don Sancho a su propia estancia, decorada ya con la suntuosidad conveniente al rango del infante, profusamente iluminada y custodiada por una guardia de honor de los hombres de armas de don Álvaro.
La primera luz del alba empezaba a aparecer cuando llegaron a la puerta del aposento: los soldados presentaron las armas al regio huésped, y no bien se hubo cerrada la puerta tras él, fuese el conde precipitadamente a su aposento, abrió un armario secreto y tomó un pergamino enrollado, igual al que le mostrara en su casa la señora Urraca. Embozose en su manto, y se dirigió a la morada de aquella.
La puerta abierta le dio fácil acceso hasta su miserable estancia; pero la anciana dormía, y el conde tuvo que esperar algunos instantes.
—Vengo a buscar a Berenguela, señora Urraca —le dijo—: ahí tenéis el pergamino que me autoriza a llevármela, y doscientos doblones, como una última prueba de la generosidad y reconocimiento de sus padres.
—¡Cómo! ¿Venís a buscarla? —dijo la anciana, en cuya fisonomía se pintó claramente el disgusto que experimentaba en perder la crecida suma que le daban cada año, por atormentar a la desdichada niña—; pues en verdad, en verdad que me alegro en el alma, porque está loca de remate. ¡Berenguela, Berenguela! —gritó ocultando codiciosamente en su bolsillo el oro que acababa de recibir—. ¡Berenguela!... ¡despierta, muchacha!
Al decir esto, abrió la cortina que servía de puerta al dormitorio de la doncella; mas el conde y la infame guardadora arrojaron un agudo grito.
La infanta no estaba en el dormitorio. Había desaparecido.
PARTE SEGUNDA
EL MÁRTIR DEL CORAZÓN
La fatalidad abre heridas en el corazón que solo puede cerrarlas la muerte.
Casi siempre el mundo castiga inhumano a la virtud; pero el martirio que esta sufre en la tierra, es la llave de las puertas del cielo; y es que la virtud tiene rasgos que las mezquindades humanas hacen que se escapen a la débil penetración del hombre, y no pudiendo apreciarlos más que Dios, tan solo a Dios le es posible darles la recompensa.
(José Marco, Cartas a la autora.)
I
Era cerca del anochecer, y un frío intenso se dejaba sentir en las calles de Toledo. Elevábase soberbio el alcázar de los reyes de Castilla, y sus estancias se iban iluminando poco a poco.
Aquel suntuoso edificio, tan silencioso y lúgubre durante el reinado de Pedro I, como todos los que este habitaba, veíase ahora risueño y animado: a los terribles ballesteros de maza, había sucedido la elegante guardia de Enrique II el Dadivoso; a las sombrías figuras de los escuderos de don Pedro, los hermosos pajes y los gallardos donceles, algunos de los cuales llevaban su laúd para divertir los oídos de la hermosa reina, que se solazaba en extremo con sus trovas, o para acallar el llanto del infante don Juan, niño de pocos años.
A través de los tapices mal corridos de los balcones se dibujaba de cuando en cuando la esbelta y graciosa figura de una dama de honor que pasaba al tocador de la reina; otras veces un camarero atravesaba los salones con una lámpara encendida en cada mano, despidiendo la brillante llama mil chispas, al reflejarse en el oro luciente del pebetero que la contenía.
Aquella noche había gran recepción en el alcázar. Enrique II recibía a todos los embajadores de la naciones aliadas, y a todos los enviados de las ciudades de sus reinos que no habían podido aún felicitarle por su advenimiento al trono, a causa de su vida errante; además, él mismo había aplazado esta ceremonia para cuando se reuniese con su muy amada esposa doña Juana Manuel, bella y angélica criatura, que solo contaba veinte años de edad.
Tres días después de llegar la reina y el infante a Toledo, a donde habían ido desde Burgos, se reunió con ellos don Enrique, dejando a Sevilla después de convocar cortes en aquella ciudad, y de hacerse reconocer por ellas.
En la tarde de que vamos hablando hacíanse grandes preparativos en el alcázar: la audiencia estaba señalada para las nueve de la noche, y el salón de embajadores quedó a las siete magníficamente decorado e iluminado.
Era el día 4 de marzo: la luna clara y hermosa iluminaba los góticos torreones del alcázar, que se dibujaban en el empedrado pavimento.
A las ocho empezaron a llegar los cortesanos, prelados y ricos-hombres del reino, cada uno con lucido séquito de pajes, donceles y escuderos; algunos se detuvieron a las puertas del alcázar, formando grupos y entreteniéndose en varias conversaciones.
De súbito, un confuso rumor los hizo enmudecer, y bien pronto no fue solo el oído el sentido que les quedó suspenso, porque fijaron todos sus ojos en el extraño espectáculo que se les presentaba.
A la luz de la luna, divisaron a una mujer que corría, perseguida de cerca por una turba de muchachos: la infeliz llevaba los pies descalzos y ensangrentados, y cuando se aproximó a los nobles, todos ellos pudieron ver que estaba flaca y pálida en extremo.
Los traviesos muchachos la seguían cada vez más de cerca, gritando descompasadamente:
—¡La loca...! ¡La loca...!
Por fin llegó la desdichada a las puertas del alcázar: casi muerta de terror y de fatiga, fue a refugiarse en el grupo de ricos-hombres que tenía más próximo y, dejándose caer de rodillas, gritó con voz lenta y sofocada:
—¡Tened piedad de mí...! ¡Me arrojan tantas piedras...! ¡Me lastiman tanto...! ¡Van a matarme...!
—¿Quién es esta mujer? —preguntó don Pedro González de Mendoza a don García de Albornoz.
—No sé —contestó el interpelado—. No la conozco... ¡Calle!.. Se ha desmayado, aquí, a nuestros pies... ¡Estamos bien, por Dios!
—¿Cómo bien? Vámonos y...
—¿Dejándola así?
—¡Pues no! ¿Qué queréis hacer con ella?
—¡Pobre infeliz! —murmuró don Pedro Gutiérrez—: veamos siquiera qué cara tiene.
El caballero levantó la cabeza de aquella desgraciada, la apoyó en sus rodillas, y la luna iluminó de lleno el semblante que quería ver.
—¡Por Dios Santo, que es el ángel más hermoso que puede hallarse en la tierra! —exclamó don Pedro—. ¡Qué cabellera tan sedosa, negra y rica! ¡Qué ojos, aun cerrados! ¡Qué tez! ¡Qué facciones todas! ¡Este divino rostro tiene un conjunto de sublimidad, sencillez y misterio, que yo no he visto jamás!
Bien hubiera podido seguir en sus alabanzas durante largo rato el caballero, sin que nadie le interrumpiese; los cortesanos contemplaban absortos la soberana belleza de aquella joven, a quien los muchachos llamaban la loca.
Parecía no pasar de esa dichosa edad en que el corazón vive solo de ilusiones: su traje de luto era el de las villanas de Castilla, pero destrozado y hecho giras; sus piececitos, que cabían en una sola mano de aquellos grandes señores, y que parecían formados de mármol de Carrara, estaban descalzos, y cruzados por sangrientos surcos; sus brazos y sus manos eran delgados en extremo, sin que por eso hubieran perdido sus suaves y hermosos contornos; sus largos cabellos negros, lucientes y rizados, estaban destrenzados, envolviéndola como en un manto de seda, y se veían ceñidos por una riquísima joya de extraña forma: era una diadema de tres hilos de gruesas perlas, abrazadas en medio por un joyel de diamantes de incalculable valor.
—¡Soberbia alhaja! —dijo uno de los prelados—: mirad qué divino contraste hacen esas perlas, con el azabache de su cabellera.
Un movimiento de la joven fijó la atención de todos: abrió los ojos y dirigió en torno suyo una mirada de asombro y de aflicción; levantando después la cabeza, apartó los abundantes rizos que cubrían su frente y observó medrosa toda la extensión de la plaza.
—¡No están ya...! ¡Gracias a Dios que se han ido! —murmuró, exhalando un suspiro de consuelo.
—¿A quién buscáis, niña? —preguntó don García de Albornoz.
—Miraba, señor —contestó con voz dulce y triste, si me esperaban aún aquellos muchachos que tanto me han maltratado.
—No los temáis, ya los hemos hecho huir.
—¡Ah, gracias, señores, gracias! —exclamó ella cruzando las manos—. ¡Dios os lo pague!
—¿De dónde venís, niña?
—De Burgos.
—¿Cómo os llamáis?
—Berenguela.
—¿Berenguela de qué?
—Creo que no tengo apellido: a lo menos no lo conozco yo.
—¿Qué edad tenéis?
—Diecinueve años.
—¿Qué venís a hacer a Toledo?
—He venido a buscar a Florestán.
—¿Quién es Florestán?
—Un hombre que me amaba mucho, y a quien yo amo con toda mi alma.
—Para estar loca —dijo un obispo—, habla con demasiado concierto.
—¡Loca! —repitió Berenguela estremeciéndose—. ¿Verdad que no estoy loca, señor? ¡Oh, decidme, por Dios, decidme todos que no! ¡Loca, loca! Mi madre aseguraba que lo estaba, y por no perder la razón, a fuerza de oírselo decir, huí de Burgos... y ahora en los tres días que voy recorriendo todas las calles de Toledo en busca de Florestán, las gentes que me ven ¡me llaman también la loca, me persiguen y me maltratan...!
—¡Pobre joven! ¿y a dónde os dijo Florestán que se iba?
—Él se fue con el rey de Castilla cuando salió de Burgos, hace trece meses: con el rey debe estar, y yo he oído decir que S. A. está en Toledo. ¿Podéis, buenos señores, decirme dónde vive?
—¿Quién?
—El rey.
—Aquí —dijo sonriendo y señalando al alcázar uno de los cortesanos.
—¡Ah, pues entonces aquí encontraré a Florestán! —gritó Berenguela, precipitándose hacia la puerta y penetrando en el primer patio.
—¡Buena la habéis hecho, don Nuño! —dijo González de Mendoza—: por culpa vuestra va a armarse un escándalo en el alcázar.
—No la dejarán pasar —dijo otro noble—; pero sigámosla de cerca: esa pobre niña me interesa.
Los nobles siguieron a Berenguela y se detuvieron observando en el patio primero, donde, en efecto, ya la habían detenido los primeros guardias del rey.
II
Los cortesanos no quisieron avanzar, a fin de que su presencia no embarazase a los soldados.
—Se acabó —dijo uno al ver que el coloquio entre estos y la joven se prolongaba—; de ahí no pasa.
No fue así, sin embargo: quitose la doncella su riquísima diadema, y la mostró a los soldados diciendo algunas palabras; a la vista de aquella joya, se apartaron, abriéndole paso y pudo llegar hasta la suntuosa escalera, tapizada e iluminada.
Allí había otra guardia: Berenguela presentó la diadema que conservaba en la mano, y pasó también, llegando hasta el peristilo. Su talismán le abrió paso igualmente por enmedio de los soldados, escuderos y pajes que llenaban las galerías y que la miraban asombrados.
En el momento en que Berenguela ponía el pie en la primera antecámara, el reloj del alcázar dio lentamente las nueve de la noche: el eco de los clarines y atabales que retumbó en los patios se confundió con las últimas vibraciones de la campana, y anunció a los nobles que habían llegado las embajadas, y que estaba abierta audiencia.
Consternados los cortesanos por haber faltado a la etiqueta, aceleraron su marcha y penetraron en la cámara real, a fin de rodear el trono antes que llegasen los embajadores, que ya subían la escalera.
Berenguela los vio pasar uno a uno tranquilamente, y siguió en pos de ellos, abriéndole paso su corona de perlas.
Enrique II recibió a los cortesanos con su grata y benévola sonrisa, a pesar de su tardanza: estaba sentado en el solio, y vestía un riquísimo traje de ceremonia; su túnica de púrpura, larga hasta la garganta de sus pequeños pies calzados con borceguíes de brocado bordados de oro, estaba bordada igualmente en su derredor de riquísima pedrería, y sujeta con un ceñidor de oro; llevaba el manto real prendido en el hombro derecho con un broche de diamantes, y su corona era de una riqueza deslumbradora.
Sentada junto a Enrique II estaba su esposa, vestida con un suntuoso traje de seda y oro, y recogidos sus rubios cabellos en una redecilla de corales, que remataba, junto a la frente, en una corona de oro y pedrería.
Ya que hemos hecho el retrato del rey cuando enamoraba a Berenguela bajo el fingido nombre de Florestán, digamos algo de la reina, de esa bella y virtuosa princesa, tan injustamente olvidada por casi todos los historiadores.
Llegaría apenas doña Juana a los veinte años: era de estatura más bien baja que alta, y de formas delicadas y esbeltas; la pura y suave blancura de su semblante oval estaba animada por sus grandes ojos azules y límpidos que brillaban bajo los tendidos arcos de sus cejas pobladas, sedosas y de un hermoso color castaño; sus cabellos, también castaños y abundantes, estaban peinados en gruesas trenzas, y se escapaban por debajo de la red en numerosos rizos; formaba su boca un arco de coral, y su nariz parecía robada al rostro de una estatua griega.
En su bella y simpática fisonomía solo se descubría el sello de la más dulce bondad, cuando estaba tranquila; no obstante, el orgullo era la pasión dominante en el alma de aquella joven, y al más leve choque, chispeaban sus ojos, encendíanse sus mejillas, y su frente se cubría de un subido carmín.
Sabía que don Enrique se había casado con ella por razones de estado, una de las cuales fue el deseo de procurarse el auxilio de su padre don Fernando Manuel, poderoso señor, que más de una vez le libró de las asechanzas del rey su hermano, y aunque a la sazón solamente contaba doña Juana doce años, no se escaparon a su perspicacia las miras del infante al unirse a ella.
La hija de don Fernando Manuel, retirada en uno de los castillos de su padre desde el día de su casamiento, no pensó en su esposo durante los tres primeros años de su matrimonio: mas al cumplir quince, su orgullo de mujer y su dignidad de princesa se rebelaron, y escribió a don Enrique que quería reunirse a él. Sabido es que, al ir a donde su esposo la esperaba, cayó en manos del rey don Pedro, y que este la retuvo en su poder hasta que uno de sus camareros se la robó, seducido por el oro de don Enrique, y la acompañó hasta Aragón, donde se hallaba el infante.
Poco tiempo después volvió a separarse de ella por el nuevo giro que tomaron los negocios políticos. Doña Juana permaneció en la corte de Pedro IV el del Puñal, y en vano todos los magnates de Aragón rindieron un tributo de amor a su belleza: la condesa de Trastamara, que ya había dado a luz al infante don Juan, se mantuvo fiel a su esposo, escudada por su austera virtud, no obstante su tierna edad, y permaneció en Zaragoza hasta la muerte de don Pedro I de Castilla. Entonces marchó a Burgos para asistir a la coronación de su esposo por rey de Castilla y de León; mas aunque sospechaba todas las intrigas amorosas, en que tan fecunda fue la juventud de don Enrique, y aun llegó a saber algunas con certeza, no le habló, a fuer de mujer orgullosa, de ninguna de ellas, y siguió amándole, no con pasión, pero sí con el tranquilo cariño que siempre le había profesado; además, nada sabía de los amores de Berenguela, que era realmente la única mujer, inclusa la suya, que había logrado conmover hondamente el corazón del versátil Enrique II.
Perdónesenos esta digresión, necesaria para dar a conocer algún tanto a la reina de Castilla en el momento de presentarla a nuestros lectores, y volvamos a ocuparnos de la cámara real.
A la derecha del rey estaba en pie un rico-hombre, que tenía en los brazos al infante don Juan, vestido de gala.
No bien acababa de colocarse cada uno en el sitio marcado por la etiqueta, cuando se oyó a lo lejos un confuso murmullo, mezclado con voces de mujer. Era que la guardia de la antecámara no dejaba pasar a Berenguela.
Miráronse los cortesanos haciéndose señas de inteligencia; mas el rey, absorto en acariciar a su hijo, que reía a carcajadas, no se apercibió de ello. Divertíase el monarca en golpear con su cetro las tiernas mejillas de su hijo, y el frío contacto del oro redoblaba la risa del infante, en vez de hacerle llorar: diríase que el regio niño adivinaba que aquel juguete era el signo de su futura grandeza.
Pero, al fin, creció tanto el tumulto y se percibieron tan claros los sollozos de una mujer, que el rey levantó la cabeza, y doña Juana escuchó con atención.
—Id a ver qué sucede, Hernández —dijo don Enrique a un joven gentilhombre, que salió al instante.
Mas aún no había tenido tiempo de llegar a la antecámara, cuando se oyó la severa voz de Álvar Pérez de Guzmán, capitán de guardias del rey.
—Yo os mando que la dejéis pasar —gritó con acento que no admitía réplica—. Hace once meses que S. A. me dio terminantemente esa orden, y yo ni olvido ni contravengo jamás las órdenes del rey.
El murmullo cesó, y un instante después se precipitó Berenguela en la cámara real.
Venía la infeliz pálida y desmelenada; sus desnudos y heridos pies dejaban en pos de ella sangrientas huellas; sus delicadas muñecas estaban enrojecidas por los bruscos estrujones de los soldados, y su espalda, que pudiera servir de modelo para una Venus, estaba macerada y llena de manchas cárdenas, muestra clara de los golpes con que la habían maltratado; en su hombro izquierdo se veía una ancha y profunda herida, que, por su forma particular, atestiguaba haber sido hecha por una daga.
Solo el semblante se conservaba puro, hermoso, sublime: aquella criatura, arrojada así en medio de aquella regia magnificencia, entre aquellos torrentes de seda, luz y pedrería, parecía el ángel del dolor, enviado por Dios para advertir a los grandes de la tierra lo engañoso de los goces mundanos.
Berenguela llegó al centro del salón de embajadores y no se inmutó, ni dio muestra alguna de asombro; tendió su vista por toda la estancia, y dio algunos pasos más hacia el grupo que rodeaba el trono, el cual estaba situado en el extremo de la cámara que daba frente a la puerta de entrada.
Entonces sus grandes y tristes ojos se fijaron en el solio y en la persona que le ocupaba como el punto más culminante; durante algunos momentos, clavó sus miradas con indefinible afán en el rostro del monarca, que se había puesto en pie al verla entrar, y por fin se dejó caer en sus brazos, gritando con un acento arrancado a lo más íntimo de sus entrañas:
—¡¡Florestán!!...
Los nobles se miraron unos a otros, atónitos y consternados: habían adivinado quién era el amante de la desdichada niña, y cuál era la causa de su enajenación mental; habían visto a la reina levantarse ante aquella aparición, con los ojos espantados, y su fisonomía descompuesta les presagiaba que pronto debía estallar el huracán que destrozaba su alma.
En cuanto al rey, la sorpresa le había dejado inmóvil al ver entrar a Berenguela; mas al eco dulce de aquella voz, un mundo de profundas sensaciones y de tiernísimos recuerdos se levantó en su alma, y abrió sus brazos a la doncella, que reclinó en el pecho del rey la abatida cabeza.
—¿A qué has venido aquí, pobre niña? —murmuro don Enrique al oído de Berenguela.
—He venido a buscarte, Florestán... —dijo la joven con el acento débil, lento y dulcísimo que le era peculiar—, ¡te he esperado tanto tiempo!... y luego... cuando perdí la esperanza de que volvieras, creí que enviarías a buscarme y torné a esperar con paciencia... pero me sentía morir y he querido verte... ¡antes de dejar este mundo!...
Apenas se percibieron las últimas palabras de la doncella, su palidez se hizo más intensa, y quedó inmóvil y yerta entre los brazos del rey.
—¡Don García de Albornoz! —gritó la reina dirigiéndose a su capitán de guardias—: ¡quitad de mi vista a esa mujer!
—¡Sus señorías, los enviados de la buena ciudad de León! —anunciaron los camareros, levantando los tapices de la puerta, para dar paso a una brillante comitiva de arrogantes caballeros, con los blasones de León en las vestas.
—¿No me habéis oído, don García? —repitió doña Juana irguiéndose altanera al ver que el capitán permanecía inmóvil y que los embajadores de todos los países, que ya llenaban el salón, contemplaban suspensos el extraño espectáculo que ofrecía aquella mendiga en los brazos del rey—. ¡De orden mía detened presa a esa mujer!...
Adelantose don García con inseguro paso hasta las gradas del trono, y esperó a que el rey le entregase a Berenguela.
—¡Atrás, señor capitán! —gritó con imperiosa voz un caballero leonés que salió del grupo de los enviados—. ¡Paso al conde de Carrión! ¡Nadie más que él puede guardar a la infanta de Castilla!
—¡La infanta de Castilla! —repitió la reina con temblorosa voz, y dejándose caer en su asiento.
Entonces, aprovechándose el conde del asombro que esta revelación produjo en el rey, tomó a Berenguela en sus brazos, y atravesó con ella el salón por enmedio de la asombrada multitud.
III
Eran las doce de la noche en que Enrique II había recibido a los embajadores de las naciones aliadas; la luna, que había alumbrado la entrada de las comitivas en el alcázar, se había ocultado ya, y únicamente un sucio farolillo, que ardía ante una imagen del crucificado, daba alguna claridad a la plaza en que estaba situado el regio edificio.
Acababa de sonar la hora de las apariciones cuando se abrió cautelosamente la puerta del alcázar, y dos hombres salieron a la calle, cerrándose inmediatamente la morada de los reyes.
Uno de aquellos hombres era el mismo Florestán, que algunos meses antes vimos salir del alcázar de Burgos, en una helada tarde de invierno, y dirigirse a casa de la señora Urraca para ver a Berenguela. Llevaba el mismo modesto traje gris, y el mismo ancho manto negro que aquel día lo cubría; solo su cabeza estaba resguardada esta noche por un sombrero de anchas alas.
El otro era un personaje de elevada y robusta estatura, bigotes canos y altanero semblante; llevaba un manto gris, una gorra sin pluma, y una larga espada pendiente de un ancho talabarte.
—¿Nos abrirán, Nuño? —preguntó don Enrique a su acompañante.
—Espero que sí, señor —contestó el interpelado—: llamaré yo, y creo que el conde de Carrión nos recibirá, a pesar de que siempre nos hemos odiado recíprocamente.
—¡Por Dios, que si no aclaro pronto este misterio, voy a volverme loco, Sandoval! —exclamó el rey con doloroso acento.
—Yo ayudaré a V. A., señor: según mi pobre inteligencia, no hay aquí misterio alguno; el ambicioso don Álvaro, que reinó absolutamente en el ánimo de vuestro padre, brama ahora de furor porque no domina del mismo modo a su hijo; pero su rabia no le ofusca hasta el extremo de impedirle urdir alguna trama que le conquiste el puesto que ambiciona.
—Sin embargo, Nuño, el conde era el mejor amigo de mi padre, y tiene dadas pruebas de que no es ambicioso, como tú le llamas; cuando murió don Alonso, en vez de hacerse partidario de don Pedro para medrar, vino a mis tercios, y defendió bravamente mi causa, aunque yo, pobre y errante, nada podía darle; más de una vez he tenido que recurrir a sus rentas, en medio de mi escasez, y su bolsillo y su vida han sido siempre del bastardo desvalido.
—Es que adivinaba que el infante errante y perseguido sería antes de mucho el poderoso rey de Castilla y de León —dijo el pérfido Sandoval, evitando, con una astucia llena de delicadeza, el repetir a don Enrique el título de bastardo con que él mismo acababa de nombrarse.
El débil monarca guardó silencio algunos instantes, convencido a medias por las traidoras razones que empleaba, en daño del conde de Carrión, su actual privado don Nuño de Sandoval.
—¿Qué podía inducirle a tal creencia? —dijo al fin—. ¿Cómo podría prever don Álvaro que llegaría a ser mío el trono de mi padre?
—El conde de Carrión, señor, ha estado siempre demasiado informado de cuanto pasa en el reino para que le fuese desconocido el odio que todo él profesaba al cruel y sanguinario don Pedro; y su buen juicio le decía que, tarde o temprano, este odio acabaría por derribar del trono a vuestro hermano.
—¿Luego concedes talento, al menos, al conde de Carrión?
—Le concedo tanto, señor, que os encargo, con todas las veras de mi alma, que estéis muy sobre aviso y que no cedáis un punto ante él.
—En efecto —murmuró el rey—: si hay trama aquí, debe ser colosal, porque no se toma en boca como quiera la sangre real de Castilla.
El silencio no volvió a interrumpirse, hasta que ambos personajes llegaron a una casa de gran apariencia, situada cerca de la plaza mayor.
—Aquí es, señor —dijo don Nuño deteniéndose y preparándose a llamar—. Esta casa tiene todas las señas que me ha dado el escudero de don Álvaro.
—Llama pues, y ya sabes lo demás.
Sandoval sacudió fuertemente el aldabón, y a poco, una voz vigorosa preguntó desde adentro:
—¿Quién va?
—Dos caballeros que desean ver al conde de Carrión para un asunto muy importante —contestó don Nuño.
Notose que se alejaba la persona que había preguntado, y un instante después volvieron a sentirse pasos próximos; la puerta se abrió, y dos escuderos precedieron con bujías a don Enrique y su privado, hasta la estancia del conde.
Este se levantó cortésmente para recibir a su visita, y a una seña suya desaparecieron los servidores. El rey se despojó del manto y del sombrero, imitándole don Nuño, y ambos mostraron sus fisonomías al conde.
—¡Ah, señor! —exclamó este—, ¡cuán grande merced me hace V. A. dignándose honrar mi casa!
—Esta honra no debe ser nueva para ti, Álvaro, porque sabes que te la he concedido muchas veces —dijo el rey con dulce gravedad—; además, el caso que ahora motiva mi visita es harto importante también, y yo hubiera dejado a un lado toda clase de consideraciones, aun cuando no te amase como te amo.
—Ya sé yo que, en otro tiempo, me amaba mucho V. A. —dijo el conde con ternura, y fijando en los ojos del monarca los suyos humedecidos.
—Hoy te amo lo mismo, Álvaro, créeme: tu quebrantada salud te impidió permanecer a mi lado, pero hoy, que la creo recobrada, vengo a rogarte que vuelvas a él.
La frente de Sandoval enrojeció de ira, en tanto que la de don Álvaro brilló con un rayo de dicha.
—¡No volverá a ocupar sitio tan alto, por quien yo soy! —murmuró el primero.
—¡Dios os bendiga, señor! —exclamó el segundo con toda la efusión de su alma.
—Pero antes, Álvaro —continuó el rey—, antes es preciso que me aclares un terrible misterio que en vano me afano por comprender. ¿Dónde está esa joven que sacaste desmayada de mi alcázar esta noche?
—Cerca de nosotros, señor.
—¿Por qué le diste el título de infanta de Castilla?
—Permítame V. A. —dijo el conde—, que no le conteste hasta que estemos solos.
Y su severa mirada se posó en don Nuño, que la sostuvo con altanería.
—¿Por qué? —preguntó el monarca, en cuyos ojos chispeaba ya la ira.
—Por razones que luego aprobará V. A.
—Salid, Sandoval —dijo el rey a su favorito, que se mordió los labios hasta hacerse sangre.
—La joven a quien esta noche di el título de infanta de Castilla, lo es efectivamente, señor —dijo el conde así que la puerta se hubo cerrado, y después de asegurarse por sí mismo de que don Nuño no podía oírle—. Es hija, como V. A., de don Alonso XI y de doña Leonor de Guzmán.
—¡Mientes, miserable! —gritó el rey, levantándose con los puños crispados y los ojos brillantes de furor, al oír las terribles palabras que acababa de proferir el conde—. ¡Mientes, sí, y tu solo designio es apartar de mí a esa mujer, que te juro ha de ser mía!
—Berenguela es hermana de V. A., señor, y por la memoria de su padre os juro yo también que jamás será vuestra manceba.
El rey y el anciano conde se encontraron en pie, frente a frente, en actitud amenazadora y lanzándose miradas iracundas.
—¡Pruebas de lo que dices! —murmuró don Enrique con voz sofocada.
—Ninguna existe: vuestro padre me confió la infanta, fiando solo en mi honradez.
—¿Quieres hacerme creer que un padre abandona a su hija, sin darle una seguridad para el porvenir?
—Don Alonso no abandonó a su hija, confiándola a mi cuidado.
—Escúchame, Álvaro —dijo el rey, haciendo un violento esfuerzo para serenarse—: basta lo que has dicho para que yo desista del propósito de hacer mía a esa joven; basta, sí, el haberte oído decir que era hermana mía, para cambiar la naturaleza de mi pasión... Pero nada hay en el mundo capaz de apagarla. Ella es la única mujer que ha hecho latir mi corazón... la única que ha despertado mis pasiones dormidas... Cuando la encontré en mi camino, ya estaba próximo a desistir del propósito de apoderarme del trono de mi hermano, porque ningún monarca cristiano quería ayudarme en mi empresa; pues bien, por esa mujer doblegué mi altivez hasta pedir auxilio a la Francia; por esa mujer, sin dinero, y casi sin soldados, me propuse ser rey: sí, por ornar su frente de grandeza, ambicioné el trono de Castilla, y para conseguirlo hundí mi daga en el pecho de mi hermano. Por ella he arrostrado los remordimientos que sin cesar me persiguen, y estos remordimientos, Álvaro... ¡solo en su presencia se aduermen o se acallan!...
—¡Desdichado! —murmuró el conde de Carrión, cubriéndose el semblante con las manos.
—Sí, tienes razón, Álvaro, soy muy desdichado: no intentes, pues, quitarme el único bien que me resta... Dame esa mujer, Álvaro, dámela; yo te juro que, aunque no creo que es hermana mía, la respetaré como a la madre de Dios: ni aun mi mano tocará a la suya... Solo quiero que viva bajo el mismo techo que yo; tan solo ansío hablarle todos los días, ver cerrar sus párpados al sueño, verla despertar... beber en sus ojos la vida, y en su dulce sonrisa la tranquilidad que falta a mi conciencia... ¡Álvaro, Álvaro..., yo necesito a esa mujer!...
—Yo no puedo dárosla, señor.
—¡Vive Dios!...
—Es vuestra hermana.
—¿Quién me lo asegura?
—Mi palabra de cristiano y caballero.
—¡No me basta! —gritó el rey ebrio de furor—. ¡No me basta, villano, porque tu ambición actual ha ahogado tu antigua hidalguía!...
—¡Ah!... —exclamó el conde, llevando ambas manos al corazón, como si hubiera recibido en él un golpe mortal. Y el infeliz anciano rompió a llorar amargamente.
Mas el rey no pudo reparar en el efecto que su cruel injuria había producido: furioso como el león encerrado en una jaula, daba vueltas por la estancia lanzando sonidos inarticulados.
—¡Berenguela! —gritó al fin—, ¡Berenguela...! ¿Dónde estás que no oyes mi voz...?
Y arrojándose casi falto de razón a la puerta de la estancia, la abrió impetuosamente, y echó a correr por las largas galerías llamando a la infanta con voces descompasadas.
—¡Deteneos...! —gritó el conde que le seguía de lejos, y que le vio pararse junto a una puerta cerrada que ocupaba el extremo de una galería. Pero era tarde: la puerta, sacudida por el frenético Enrique, se abrió de par en par, presentando a la vista el aposento de la infanta.
—¡Hola, Sandoval! ¡Mis ballesteros aquí! —gritó el rey antes de penetrar en la estancia.
Don Nuño salió de otro aposento cercano, atravesó la galería, y desapareció en la escalera, alumbrado por teas de resina.
IV
Dormía la infanta tan profundamente que no oyó entrar al rey, ni a don Álvaro. Su lecho virginal, blanco como las paredes y el pavimento de su dormitorio, estaba débilmente alumbrado por una lámpara de plata; su negra cabellera, recogida en dos gruesas trenzas, hacía inclinar hacia atrás su cabeza; pálido como un busto de mármol estaba su semblante, y solo animado por la riquísima y poblada franja de sus largas pestañas negras; su maltratada espalda y sus magullados brazos estaban modestamente velados por una almilla de finísima tela, al través de la cual se divisaba el vendaje que cubría su hombro herido; veíase en su semblante el sello de un sufrimiento desgarrador, y estaba tan descolorida como la triple diadema de perlas que ceñía su frente.
Don Sancho velaba recostado en un sitial que había a la puerta del oratorio, y medio oculto entre los tapices; el hermoso rostro del infante estaba horriblemente pálido: diríase que en el tiempo que había pasado, desde la revelación de su nacimiento, había vivido una larga existencia de dolor y de pesares.
Ya no tenían brillo sus grandes ojos, ni color su seductora boca; fruncidas sus cejas convulsivamente, formaban una ancha cinta de terciopelo y hacían más amarga su desoladora mirada.
Al ver a don Enrique, que se precipitó impetuosamente en la estancia, se levantó, y su hermosa fisonomía se animó con una terrible expresión de ira; temblaron sus labios y aumentó su intensa palidez; pero no dio un paso para acercarse al rey, y permaneció silencioso e inmóvil.
No así el conde, que fue a situarse junto al lecho de la infanta, en actitud amenazadora: esta había hecho un movimiento, sin despertar de su letárgico y doloroso sueño.
En cuanto al rey, detúvose atónito al ver a don Sancho, porque estaba muy lejos de esperar encontrarle en aquel sitio; creíale en Burgos, en el palacio de su padre, porque para él todavía era don Fernando Garcés, hijo del conde de Carrión.