LA HERMANA DE VELÁZQUEZ (continued 2)
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El embajador se apoyó entonces en el brazo de Velázquez del mismo modo que el rey se había apoyado en el suyo, y ambos pintores se llegaron al primer caballete, sobre el cual había un lienzo con una Magdalena casi concluida.
Rubens se quitó el guante blanco y perfumado que encerraba su mano derecha, mientras contemplaba la pintura con profunda atención.
—Este cuadro revela que tenéis un gran genio, don Juan —dijo dirigiéndose al joven—: os aconsejo, sin embargo, que no hagáis un uso tan frecuente de los tonos fuertes.
El joven artista se inclinó.
—Hacedme la merced de darme una paleta y un pincel, señor don Juan —continuó el embajador—: voy a dar una pincelada en vuestro cuadro, y en el de cada uno de vuestros compañeros.
Una exclamación de júbilo brotó de todas aquellas bocas entusiastas y juveniles, y dos gruesas lágrimas de gratitud aparecieron en las negras y tristes pupilas de Velázquez.
Rubens tomó el pincel que le presentaba don Juan, y mojándole en el color correspondiente, dio tres o cuatro pinceladas en él, dando una admirable sombra en los brazos de la Magdalena, que aparecían duramente iluminados.
—¡Oh, qué feliz soy! —murmuró el niño siguiendo a Rubens con la paleta al caballete inmediato.
—Entregad la paleta al dueño de este lienzo, don Juan —dijo el rey de la pintura con suave y benévola sonrisa—: deseo que cada uno me vea trabajar mientras lo hago para él.
Un niño como de catorce años, muy pobremente vestido, tomó la paleta de manos de don Juan.
—¿Cómo os llamáis, amiguito? —preguntó Rubens.
—Pablo Astudillo, señor.
—Tenemos, pues, al mismo santo por patrono: ea, buen ánimo —continuó Rubens dando pinceladas en el lienzo con sumo cuidado—, habéis pintado una Níobe admirable en vuestros pocos años, y, por lo tanto, nada os pido; no obstante, cuando esté concluida, os la embargo para la cámara de mi esposa Elena. Escribidme a Amberes en cuanto la terminéis.
El niño se retiró llorando de gozo, y Rubens pasó al caballete inmediato: el lienzo que contenía ofrecía a la vista el retrato del pintor de Felipe IV.
—¡Oh, qué magnífico retrato! —exclamó el embajador deteniéndose delante de él; y haciendo a Velázquez una seña para que se acercase al mismo tiempo que humedecía su pincel, empezó, no a enmendar nada, sino a dar a las risueñas y hermosas facciones del retrato el tinte melancólico y amargo que entonces anublaba el expresivo y hermoso rostro del original.
—Cuando se haya pasado el dolor que os aqueja, Velázquez —dijo en voz baja—, os será grato ver esta imagen, porque compararéis vuestra felicidad con los pesares olvidados ya; quiero grabar en vuestro retrato la imagen del dolor presente, para que bendigáis a Dios, al verle, cuando seáis feliz.
Don Diego meció tristemente la cabeza.
En aquel momento, la conversación, que hacía un cuarto de hora sostenían en voz baja el rey y el conde-duque en un ángulo de la estancia, se animó de repente, sin que nadie se apercibiese de ello; los cortesanos, enteramente embebecidos en ver trabajar a Rubens en los caballetes de los jóvenes, nada echaron de ver.
—Más tarde iré —decía Felipe IV con aire embarazado—: no puedo dejar ahora a Rubens; la etiqueta...
—Por el contrario —contestó el privado con una impaciencia que en vano se esforzaba en disimular—, por el contrario, V. M. debe ir ahora: la niña está en la mejor disposición de ánimo que se puede apetecer; antes de anoche puse, mientras ella dormía, en su mesa de tocador, una carta anónima por medio de la cual le hacía saber que Velázquez no era su hermano; que había forjado este vil engaño para obligarla a vivir a su lado; pero que, lejos de amarla, está vivamente apasionado de su esposa doña Juana Pacheco, de la cual tiene una hija; que solo desea tenerla por modelo, porque su extremada hermosura es necesaria para sus cuadros, y que por esta razón la recataba a los ojos de todos.
—¿Y qué efecto ha hecho en ella esa carta?
—El más terrible: ha caído en una profunda desesperación, y hay momentos en que la vehemencia del dolor la priva del conocimiento.
—¡Desdichada!
—Nunca, pues, serán más eficaces los consuelos y el amor de V. M., y es menester ganar instantes.
El rey, medio decidido, echó una mirada embarazosa sobre los dos pintores que, seguidos por los discípulos y los cortesanos, continuaban revisando los caballetes.
—Acabo de verla en este instante —continuó el favorito con una calma que hasta entonces no había usado y que decía bien claro la esperanza que tenía de que sus últimas palabras fuesen el golpe decisivo en el ánimo del rey.
—¿Y cómo está, cómo está? —preguntó este ansiosamente.
—Su vida se apaga por la fuerza del dolor, y creo firmemente que, si V. M. dilata una hora más esta entrevista, la perdemos para siempre.
—Vamos —dijo el rey, en cuyos grandes ojos apareció un rayo de dolor intenso—: vamos ahora mismo.
En los labios del privado se dibujó una sonrisa de triunfo, y abriendo cautelosamente la puertecilla que acababa de darle paso, desapareció con el rey, sin que nadie se apercibiese de su salida.
XIII
EL ESCLAVO
Rubens acabó por fin de dar vueltas a todos los caballetes, corrigiendo en ellos algún defecto más o menos leve, y dando alabanzas a todos los jóvenes relativamente a su mérito.
Al concluir, dirigió a los discípulos en general algunas palabras graves y afectuosas, exhortándoles al trabajo y a la perseverancia, y se detuvo ante un gran caballete, que ostentaba un magnífico retrato de la reina Isabel de Borbón.
Al ver aquella pintura, enmudeció el gran artista, y solo pudo juntar las manos con una expresión muy pronunciada de admiración apasionada, grave e intensa.
—Nada he visto jamás que pueda compararse a esta pintura —dijo al fin dirigiéndose a Velázquez, y señalando el retrato de la reina—: las palabras, don Diego, no bastan a expresar aquí lo que siente mi alma.
Y el embajador echó sus brazos al cuello del pintor de cámara.
Luego volvió a mirar el retrato con profunda, ávida y sostenida atención; diríase que aquella pintura tenía imán para su mirada.
—¿No me concederéis a mí la misma honra que han logrado estos jóvenes, señor? —dijo Velázquez presentando al embajador la paleta y el pincel.
—¡Líbreme Dios de tocar tan divina obra! —contestó Rubens, separándose del caballete respetuosamente—; sin embargo —añadió—, quiero haceros un ligero boceto para memoria mía, sin que por eso renuncie a ver después todas las pinturas vuestras que tengáis a bien enseñarme.
Bajose al decir esto, tomó un lienzo enrollado, que había en el suelo junto a él, y le colocó en un caballete que Velázquez acababa de acercarle: aquel lienzo era el que, según dijo uno de los discípulos, había tomado del camaranchón del mulato Juan de Pareja.
Mas no bien se hubieron desplegado sus dobleces, escapose un agudo grito del pecho de Rubens, que permaneció mirando el lienzo como petrificado.
Jamás se ha presentado a las miradas humanas una obra más perfecta que el cuadro pintado en el lienzo que Rubens había tomado del suelo, creyéndole en blanco.
Era el soberbio cuadro que hoy existe en el Museo de París, y que se llama El Entierro.
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó el embajador dirigiéndose al grupo de los discípulos.
Nadie contestó.
—¿Quién de vosotros ha hecho esto, señores? —preguntó a su vez Velázquez.
—Yo no, yo no —contestaron casi a un tiempo todos los jóvenes.
—Yo lo tomé, sin saber lo que contenía, del cuarto de Juan —respondió otro—: desde que el pobre Juan se fue, me acordaba tanto de él que guardé ese rollo de lienzo para memoria suya.
Al oír el nombre de Juan, una terrible palidez invadió el rostro del pintor de cámara, y sus ojos lanzaron relámpagos.
De súbito fijó Rubens la mirada en otro caballete contiguo, y palideció también: contenía el admirable cuadro de La coronación de la Virgen.
—Velázquez... —exclamó con voz ahogada y llevando al pintor de cámara cerca del cuadro—: Velázquez... decid... decid... ¿dónde habéis visto las facciones de esa Virgen?...
La palidez de Velázquez se hizo más y más intensa.
—¡Por el amor de vuestra madre, por lo que más caro os sea en el mundo, don Diego, respondedme! —continuó angustiosamente Rubens.
Velázquez pasó maquinalmente su enflaquecida mano por la abrasada frente, y contestó en voz tan baja y temblorosa, que solo pudo llegar a oídos del embajador.
—El semblante de esa virgen es una copia.
—Pero no es exacta, ¿no es verdad? —prosiguió Rubens cuya ansiedad iba en aumento—; ¿no es cierto que no es exacta, Velázquez?... ¿no es verdad que el original tenía cabellos rubios y ojos azules como los de un ángel?...
—¡No lo sé!...
—¡No lo sabéis! Pues acordaos, por vida vuestra... —exclamó Rubens cogiendo a Velázquez violentamente por un brazo—; acordaos, porque yo necesito que me lo digáis, ¿lo oís?... lo necesito...
Al oír estas violentas palabras, alzó Velázquez la cabeza: su generoso valor se rebeló contra aquel duro lenguaje, y brotó un relámpago de ira de sus negros ojos.
—¡Velázquez! —exclamó el embajador, que adivinaba lo que pasaba en su alma—; ¡Velázquez, perdonad la desesperación de un padre que os pide su hija!...
—¡Su hija!... —gritaron a un tiempo tres voces.
Eran las del rey y del favorito, que en aquel instante entraban despavoridos, y la de Velázquez, que cayó a los pies del embajador con la frente inclinada hasta el suelo.
—¡Mi hija... sí... sí... mi hija Ana que me robasteis de Amberes, don Diego!... —exclamó Rubens, para cuya inteligencia había sido un rayo de luz la acción de echarse Velázquez a sus pies—. ¡Mi hija que busco por todas partes!...
La voz del embajador fue sofocada por el fúnebre tañido de la campana del monasterio que tocaba a fuego, y bien pronto se vio, a través de las ventanas del taller, una inmensa columna de humo que salía del lado en que estaban situadas las habitaciones de la reina y del conde-duque.
—¡Tu hija está allí... allí, donde está el fuego, Rubens —exclamó el rey tendiendo desesperadamente sus brazos hacia el sitio de donde partía el humo—, y allí va a perecer con la reina y con mi hija!... ¡Oh, mi hija, yo quiero salvar a mi hija y a su madre!...
Y el rey se lanzó a la puerta.
El sagrado cariño de esposo y padre había triunfado de la pasión que Ana le había inspirado.
En aquel momento se abrió con estrépito la puertecilla que daba a la cámara del rey, e Isabel de Borbón se precipitó en el taller llevando en los brazos a su hija.
Imposible parecía que aquella delicada y esbelta joven hubiera podido conducir a la infanta María Teresa, que estaba desmayada.
—¡Señor, mi hija se muere!... —exclamó la pobre Isabel poniendo en los brazos del rey a la niña y dejándose caer, casi falta de sentido, en una banqueta.
Felipe IV reclinó en su pecho la pálida cabeza de su esposa; el conde-duque tomó en sus brazos a la infanta María Teresa, y aplicó a la nariz de la aterrorizada niña su pomito de espíritus, en tanto que Rubens y Velázquez se lanzaban a la puerta en busca de Ana.
Pero retrocedieron dando un grito de angustia y de alegría a la vez: habíase precipitado en el umbral, al tiempo de pasarle ellos, el mulato Juan de Pareja llevando en sus brazos, al parecer cadáver, a la joven Ana, cuya larga cabellera rubia tocaba al suelo.
En el momento mismo en que el esclavo se precipitaba en el taller, cesó de tocar a fuego la campana del monasterio, y un instante después entró pausadamente don Juan Hurtado de Mendoza, duque del Infantado.
XIV
LA CRUZ DE SANTIAGO
Juan de Pareja se asemejaba mejor a un demonio escapado del infierno que a un ser humano: estaba horriblemente flaco, y su palidez era tan intensa que, a pesar del bronceado matiz de su tez, se advertía claramente la descomposición de todas sus facciones; su cabello, que formaba gruesos y lustrosos anillos de un negro hermoso y azulado, estaba quemado por mil partes, lo mismo que su traje, que traía desgarrado y en el mayor desorden.
Su frente ancha y hermosa veíase cubierta de sudor; su nariz, dilatada como la de la fiera que ha vencido al cazador tras una larga y desesperada lucha; y su labio superior, contraído levemente por una sonrisa de orgulloso triunfo, dejaba ver el hermoso esmalte de sus blancos y menudos dientes.
Al entrar, depositó a Ana a los pies de Velázquez, y la pobre niña quedó como una masa inerte y helada tendida sobre el duro pavimento.
—¡El fuego... el fuego! —exclamó el rey señalando al lado de donde aún salía una columna de humo—. Es necesario ver si se ha apagado.
—No tema V. M. —contestó el duque del Infantado, en cuyas severas y hermosas facciones brillaba una viva expresión de contento—: yo ayudé a encender el fuego; pero yo cuidé también de que se apagara.
Al decir esto, miró fijamente a Velázquez; mas el pintor se había recostado contra una pared, quebrantado por la honda emoción que la vista de Ana le había producido.
Don Juan Hurtado de Mendoza levantó del suelo el cuerpo inanimado de la joven, y colocó a esta en el sillón, en tanto que el favorito, confuso con su derrota, huía lo más cautelosamente posible, jurando venganza a Velázquez y al duque.
El pintor de cámara se acercó con lento paso a la pobre niña y tomó una de sus manos.
Estaba helada como el mármol.
—¡Muerta!... —exclamó retrocediendo dos pasos.
—¡Muerta y deshonrada!... —gritó Rubens, que aún no se había acercado a su hija, porque hasta entonces había estado sumergido en un letargo doloroso.
—¡No! —exclamó con voz firme el duque del Infantado—. ¡No! ¡Viva, y digna, muy digna de su padre!
El embajador flamenco clavó una ansiosa mirada en el que le hacía aquella revelación tan consoladora, y llegó hasta su hija como atraído por un imán irresistible.
—¡Sí! —continuó el duque del Infantado—, creedme, Rubens... por el nombre que llevo, por mi fe de caballero, ¡os juro que vuestra hija está pura como la luz del sol!... Velázquez, para cumplir los deseos de la madre de Ana, hizo creer a esta que era su hermana, sacrificando su amor por compasión a la que le dio el ser y por respeto a sus deberes de esposo y padre.
—¡Dios os bendiga, hijo mío! —exclamó Pedro Pablo abriendo sus brazos al pintor de cámara, que se arrojó sollozando en ellos.
Durante algunos momentos, los hermosos y melancólicos ojos del joven monarca se fijaron con un profundo enternecimiento en los dos pintores, que confundían sus lágrimas; y por fin el llanto empañó también las negras pupilas de Felipe IV.
—¡Ya vuelve... ya vuelve!... —dijo el duque del Infantado que sostenía la cabeza de Ana apoyada en su pecho.
El rey se aproximó entonces al embajador.
—Rubens —dijo con acento firme y vibrante—, Rubens, yo os aseguro, bajo mi palabra real, que no he visto a vuestra hija más que una sola vez en el taller de Velázquez, del cual la creía hermana, hasta que una mano funesta vino a arrancarme aquella creencia, que hubiera sido un antídoto saludable para...
Felipe IV iba a decir «para mi pasión», pero volvió la vista a la reina, y la palabra se ahogó en sus labios.
En cuanto a Isabel, se ocupaba en acariciar a la infanta María Teresa que acababa de volver de su desmayo.
Rubens besó la mano de Felipe con vivísima expresión de gratitud, y se lanzó hacia su hija a la cual estrechó entre sus brazos.
Aquel padre debía su hija a una falta, y sin embargo no había querido imprimir un beso en su frente hasta no cerciorarse de que era pura de la misma falta, origen de su ser. ¡Terrible egoísmo humano!
Rubens se separó de su hija, la cual, aunque se había recobrado un tanto, había vuelto a cerrar sus fatigados ojos sin conocer a nadie. En seguida se dirigió a buscar a Juan, que, parado enfrente del cuadro del Entierro, le contemplaba con desencajados ojos.
El embajador abrazó estrechamente al mulato.
—¡Gracias —dijo—, gracias, salvador de mi hija! ¿Qué es lo que puedo yo hacer para recompensarte?... habla... ¿quieres ser libre?...
—No puedo dejar a mi señor mientras me dure la vida —contestó Juan separando del cuadro sus extraviados ojos—: mi vida es verle y servirle.
—¡Ese lienzo está pintado por Juan! —gritó en aquel instante el discípulo Pablo de Astudillo señalando al cuadro del Entierro—: lo he conocido en lo asustado que ha quedado al verlo aquí.
Ante la declaración del niño, palideció el mulato densamente y cayó a los pies de Velázquez murmurando la palabra:
—¡Perdón!
Velázquez le levantó en sus brazos, y al mismo tiempo Felipe IV apoyó su real mano en el hombro del siervo.
—El hombre de genio —dijo con voz solemne—, no puede ser esclavo; alza la frente: eres libre.[15]
Al concluir de pronunciar estas palabras, tomó Felipe IV un pincel, lo humedeció en color rojo, y se acercó a Velázquez.
—Recibe —dijo dando pinceladas sobre su costado izquierdo—, recibe esta cruz en memoria del heroísmo con que has conservado el honor de la hija de Rubens; ese honor —añadió bajando la voz— que yo he estado a punto de empañar para siempre.
Y Felipe IV se desvió a un lado dejando ver, bajo el corazón de Velázquez, la cruz de Santiago que se destacaba sobre el terciopelo de su ropilla.
—Adiós, comendador —dijo tendiendo la mano a su pintor de cámara—; sois libre durante seis meses para acompañar a Flandes a Rubens y a su hija; pero no olvidéis que, al cabo de este tiempo, os necesito a mi lado.
El monarca lanzó una mirada de dolor y de tristeza sobre Ana, y salió con la reina, su hija y los cortesanos.
—¡Ay, señor! —exclamó Juan de Pareja besando respetuosamente la cruz de Santiago—: soy tan dichoso al veros comendador que no podía haberme dado el rey mejor premio por haber puesto fuego a su palacio para salvar a doña Ana.
Al oír su nombre, abrió la joven los ojos y los clavó en Velázquez, como si a él solo viese de las personas que la rodeaban.
—¡Diego!... —gritó con una inefable expresión de gozo.
Velázquez quería lanzarse en sus brazos, pero se detuvo desalentado mirando a Rubens.
—¡Mi hija se muere! —murmuró el embajador con voz firme, aunque sus facciones retrataban la agonía del dolor más hondo—. ¡Oh, hija mía! —continuó oprimiendo fuertemente las manos de Velázquez—: ¡hagamos más dulce su agonía prolongando tu piadoso engaño!
—¡Diego! —repitió Ana con voz más débil.
—¡Hermana! —exclamó este con un esfuerzo que rompió todas las fibras de su generoso corazón—. ¡Hermana mía! ¡He aquí a nuestro padre!
XV
ÁNGEL Y MÁRTIR
Es una hermosa mañana de septiembre. La casita que Ana habitaba en Amberes, antes de su partida para España con Velázquez, aparece silenciosa y solitaria como en la época en que la joven vivía en ella en compañía de la anciana dueña Tadea.
Sin embargo ahora, además de las dos mujeres que la ocupaban en otro tiempo, está habitada por tres personas más.
El aspecto del cuarto de Ana no ha variado en nada del que tenía hace dos años, cuando la joven dormía aún en él los sueños de su infancia.
Aún está adornado con la misma riquísima y callada sillería de marfil con asientos de terciopelo.
Y en las ventanas están las mismas grandes cortinas de damasco blanco.
Y el mismo crucifijo de nácar vela a la cabecera del lecho entoldado también de una tela igual.
Pero en aquel lecho está tendida Ana, más blanca que el alabastro de sus columnas y relieves.
Sobre una mesa de plata maciza, colocada en el centro del aposento, se ven frascos y medicinas.
La joven duerme.
Empero, sus angélicas facciones, demacradas por largos días de dolor y sufrimiento, tienen ya impreso el sello de la muerte.
Una túnica de seda blanca envuelve los enflaquecidos contornos de su cuerpo.
Sus pies, diminutos y blancos como el mármol, están desnudos y medio velados entre los pliegues de su túnica.
Sus pequeñas y ebúrneas manos, delgadas hasta la transparencia, se cruzan sobre su seno.
Se ha quedado dormida rezando a una imagen de María que se destaca sobre un reclinatorio colocado a los pies del lecho.
Un rayo de luz va a resbalar sobre las bellas y suaves facciones de la madre de Dios, que parece mirar y sonreír a la niña dormida.
En pie y junto al lecho, tres hombres contemplan el sueño de Ana con una angustia indefinible.
El primero es un hombre de continente altivo: la nieve, que matiza su espléndida cabellera, es harto luciente para que no sea prematura; un hondo pliegue de dolor se ha formado enmedio de su frente.
Es Rubens.
A su lado hay un joven pálido y enflaquecido; sus grandes ojos negros hundidos patentizan largos días de sufrimientos.
Es Velázquez.
Junto a él está Juan el mulato, esmeradamente vestido con un traje igual al de su antiguo amo.
La humildad y la aflicción, que en otros días retrataban las facciones del pobre esclavo, han desaparecido.
Ahora es libre y artista; pero, amigo fiel de Velázquez, no ha querido abandonarle.
Sus facciones contraídas pintan, sin embargo, un violento pesar, y dos gruesas lágrimas se deslizan por sus doradas mejillas.
Tiene detrás de sí un caballete, donde ya está pintada admirablemente la pobre Ana dormida en su lecho, con el sueño que precede a la agonía.
Largo rato hacía que reinaba el silencio.
De súbito se abrió una puerta, y una mujer, vestida de terciopelo negro y cubierta con un largo velo, negro también, entró en la estancia.
Arrojose sobre el lecho de Ana, y besó repetidas veces su frente y sus cabellos, sin que la joven se despertase.
—¡Gracias!... —dijo después aquella mujer tomando la mano de Rubens—; ¡gracias, Pedro Pablo, por haberme enviado a buscar para recoger el último aliento de mi hija!
Los ojos de Ana se abrieron en aquel instante.
Parecía más diáfano y hermoso el azul de sus pupilas, pero sus facciones se descomponían por momentos.
—¡Diego! —fue su primera palabra.
El artista iba a acercarse; mas la encubierta sacó de su seno una carta y se la mostró, estrechándole la mano silenciosamente.
Era la misma que don Diego Velázquez había escrito a la madre de Ana, participándole que marchaba a España con su hija.
—¡Diego! —volvió a murmurar Ana con lenta y débil voz—; ¡Diego!... ¡Padre! Venid... porque me muero.
Los dos pintores se acercaron: Juan se enjugó el llanto que corría por sus mejillas, y se sentó delante del caballete, para dar en él las últimas pinceladas.
La incógnita se arrodilló a los pies del lecho, y ocultó la cabeza entre las ropas sollozando con íntima amargura.
—Diego —continuó Ana con una voz tan débil que casi no se oía ya—. ¡Diego... el amor que te he tenido ha aniquilado mi vida!... Cuando en aquella carta fatal me dijeron que no eras mi hermano... y que tenías una esposa... y una hija a quien amar... la desesperación se apoderó de mí... cuando supe que era un engaño... ya estaba herida... de muerte...
Calló Ana, y durante algunos instantes solo se oyeron los sollozos de sus padres y los gemidos de Velázquez.
El mulato había terminado su cuadro, y lloraba silenciosamente.
De repente se incorporó Ana sobre un brazo y miró profundamente la inclinada cabeza de aquella mujer.
—¡Madre!... —gritó extendiendo los brazos y conociendo, con ese instinto admirable de los moribundos, que aquella mujer solo podía ser la que le había dado la vida.
—¡Hija mía! —gritó ella lanzándose hacia su hija y estrechándola en sus brazos.
Ana levantó el velo de la incógnita, y apareció un semblante del cual era el suyo una copia fiel.
La desconocida tenía los cabellos de igual color, y el matiz de los ojos de Ana parecía haber sido robado a los suyos, advirtiéndose la misma semejanza en todo el resto de sus facciones.
—¡Adiós... madre mía... padre... Diego, adiós! —murmuró Ana—. El supremo juez me llama desde el cielo, y me enseña la gloria... ¡Juan, os ruego que no abandonéis jamás a Diego!
Ana cayó desplomada sobre el lecho, y sus labios dejaron escapar el último suspiro.
Las cuatro personas que rodeaban el lecho cayeron de rodillas, y volvieron a oírse en aquella estancia secos y amargos sollozos.
La madre de Ana levantó la primera la cabeza, púsose en pie y se envolvió en su manto.
—Don Diego —dijo dirigiéndose a Velázquez con voz quebrantada, pero con firme acento—: os suplico que me dejéis ese cuadro que contiene la imagen de mi hija y que vuestro amigo acaba de pintar.
Ante aquella demanda, palideció el pintor de cámara de Felipe IV.
—¡Señora! —dijo con mal segura voz.
—¡Me lo negáis! —repuso la dama con honda amargura.
—Señora —contestó Velázquez—, he hecho ya el doloroso sacrificio de cederlo al padre de Ana... pedídselo a él...
Los sollozos cortaron las palabras al infeliz don Diego, que fue a postrarse a los pies del lecho.
En cuanto a la dama, se irguió altanera y miró arrogante la inclinada y doliente faz de Pedro Pablo.
—Yo, que soy su madre —dijo lentamente—, tengo derecho a ese retrato, y desafío a Rubens a que me lo arrebate si se cree con razón para ello.
El ciudadano de Amberes guardó un doloroso silencio.
—Antes de que os deje para siempre, don Diego —continuó la madre de Ana—, quiero justificarme ante vos de mi conducta, en presencia del cadáver de mi desventurada hija.
Nada contestó don Diego, y ella continuó de esta suerte:
—Mi nombre es Ana, y soy hija del noble y valeroso conde de Egmont, de la rica y dilatada familia de este nombre: a los quince años me casé con un primo hermano mío que heredó el título de mi padre por fallecimiento de este último.
»Enrico era gallardo, joven, bueno, y me adoraba.
»Yo le amaba también, y dos años después de mi matrimonio le había dado dos hijos, cuando mi esposo fue a suplicar a Pedro Pablo Rubens que le hiciese mi retrato.
»Quiero pasar en silencio los progresos de mi seducción, y llegaré al día en que, conociendo Enrico mi estado, me llamó a su gabinete.
»—Ana —me dijo echando sus brazos a mi cuello—: vas a darme por tercera vez la ventura de ser padre, ¡y nada me has dicho!...
»Yo bajé los ojos: cubrió mi frente el carmín de la vergüenza, y rompí a llorar.
»Nunca supe mentir.
»La frente de Enrico, tan serena de ordinario, se cubrió de una nube de dolor.
»—¿Me has hecho traición, Ana? —me preguntó, tomando cariñosamente mis manos.
»Entonces me arrojé a sus pies y le referí todos los detalles de mi falta, menos el nombre de mi cómplice.
»—¿Quién es el padre del hijo que llevas en tu seno? —me preguntó entonces.
»—Mátame, Enrico —exclamé—, pero no me hagas una pregunta a la cual no puedo contestarte.
»—¿Luego le amas mucho?
—¡Oh, no, Enrico! —exclamé con tal acento de verdad que quedó casi convencido—. No le amo, no... mi falta fue la consecuencia de un vértigo... pero no quiero decir su nombre, porque querrás batirte con él, ¡y puede matarte!
»—Está bien —dijo Enrico con calma—: desde hoy, señora, habitaréis la parte del palacio opuesta a la que habite yo con mis hijos, y ni a ellos ni a mí nos volveréis a ver. Este es vuestro castigo.
»Callé: tampoco sabía doblegar mi altivez hasta el ruego.
»Desde aquel día viví aislada, sin más compañía que una doncella para mi servicio, que recibía el alimento para ambas del comedor de palacio.
»Cuando di a luz mi hija, la hice bautizar con mi nombre y la mandé a Rubens con mi camarera Gisela: aunque rechazada por mi esposo, no intenté profanar su casa abrigando en ella el fruto de su deshonor.
»Rubens no quiso ofender tampoco el decoro de su mujer y de sus hijos con la presencia de la desgraciada criatura, y la depositó en la casa donde la visteis, con una nodriza y la anciana dueña que conocéis.
»Luego no volvió a pensar en ella: abrumado de honores y dignidades, la gloria embargó su alma. Yo, por el contrario, ¡iba sola y encubierta todas las noches a imprimir un beso en la frente de mi hija!
»Cuando la luz de su razón pudo ya hacer que me reconociese con la continuidad de verme, esperé a que el sueño cerrase sus ojos para verla yo.
»De este modo pasaron algunos años.
»Un día supe por Gisela que mi hija Duyweque,[16] que ya contaba quince años, estaba enferma del pecho, y que mi esposo se disponía a llevarla a Gante.
»Espié el día de su salida, y lo supe el anterior; envié a Gisela a que mandase disponer un coche muy modesto de camino, y escribí una carta; por la noche fui a ver a Ana y la puse en sus manos, encargándole que la entregase al primer hombre que le dijese amores.
»Después la abracé y partí.
»Seguí en mi coche al que llevaba a Enrico y a Duyweque enferma, y al llegar a Gante me hospedé en el mesón de San Pablo, que era el mismo que ellos habían elegido.
»Un mes pasé pegada a la pared del cuarto donde mi hija sufría.
»Una noche oí gritos dolorosos que se escapaban del pecho de mi esposo.
»—¡Se muere! —gritaba—, ¡se muere!... ¡socorro!...
»Yo me lancé en el cuarto... Duyweque agonizaba ya.
»La mirada de mi marido se fijó en mí, no obstante su dolor: una lágrima empañó el brillo de sus grandes ojos, y se arrodilló junto a mí al lado del lecho de nuestra hija, sin hablarme una palabra.
»Duyweque abrió los ojos y gritó:
»—¡Madre mía!...
»Luego, como si Dios la inspirase en aquel momento, puso mi mano en las de su padre... ¡¡y expiró!!...
Un sollozo desgarrador cortó la palabra a la condesa, que permaneció llorando durante algunos instantes.
Los tres oyentes de su lastimera historia lloraban también.
La condesa continuó así:
—Tres días después, y acabados los funerales de mi hija, entró Enrico en mi cuarto.
»—Ana —me dijo—: quiero que Duyweque descanse en el panteón de mis padres que, como sabéis, está en esta ciudad. La joven condesa de Egmont debe reposar junto a sus abuelos.
»Yo incliné la cabeza en señal de conformidad, y Enrico continuó:
»—Vivid junto a su tumba si queréis; de este modo veréis cada año a vuestro hijo Yans cuando venga a traer una corona de flores a la tumba de su hermana.
»Enrico era inflexible: yo me incliné ahogando en mi corazón el llanto que arrancara de él su dureza, y mi esposo desapareció sin estrechar mi mano.
»Pero Duyweque dormía ya el sueño de los ángeles, y yo volví a Amberes para velar por Ana.
»No obstante, el palacio de mi esposo me ahogaba: yo me sentía revivir junto a la tumba de la hija, fruto de mi primero y santo amor; por otra parte, yo amaba mucho a Enrico, y la idea de que cumplía su deseo viviendo en Gante y rezando cada día en el sepulcro de su hija, era un consuelo para mi destrozado corazón.
»Fijeme, pues, en Gante, y allí fue, don Diego, donde vino vuestra carta a darme la alegría primera que he sentido hace dieciséis años.
»Ana estaba en salvo y sería feliz, porque la fama de vuestra hidalguía había llegado hasta nuestro suelo.
»Mas, ¡ay!, que no fue así: la infeliz niña, privada de todo cariño en la tierra, concibió por su bienhechor una pasión tan vehemente, que ha aniquilado su vida aun creyéndoos su hermano. ¡Pobre azucena destrozada por el vendaval de una pasión que ni ella misma ha podido comprender!
Calló de nuevo la condesa y regó con llanto amargo los pies helados de su hija.
—La conciencia —prosiguió tras una larga pausa—, la conciencia alzó, al fin, su grito en el alma de Rubens... buscó a su hija y la encontró agonizante ya... ¡Malditas... malditas sean las pasiones de los hombres!...
»Ahora —continuó poniéndose en pie—, me vuelvo a mi casa de Gante construida al pie del panteón donde descansa Duyweque... Cuando recibí la carta en la cual Rubens me avisaba que viniese a recoger el último aliento de Ana, mandé preparar la tumba, que va a recoger sus restos, y que muy pronto guardará los míos; pero hasta entonces quiero que me acompañe el retrato de mi hija moribunda.
Al decir estas palabras, se aproximó la condesa a una ventana e hizo una seña.
Dos criados, de luto, subieron un ataúd de terciopelo blanco, colocaron en él el cuerpo de Ana y bajaron con lento paso.
La condesa desprendió el lienzo del caballete sin que nadie se opusiera a ello, lo enrolló bajo su manto y, estrechando la helada mano de Velázquez, salió.
Un instante después se oyó el pesado paso de los dos servidores que llevaban en una litera enlutada el cadáver de Ana.
La condesa seguía sombría y envuelta en su manto negro al fúnebre convoy.
¡La infortunada hija del gran Rubens llevaba por todo acompañamiento a su última morada a su pobre y desolada madre!
XVI
LA DOBLE TUMBA
No me detendré yo a hablar de la vil privanza que siguió ejerciendo aún durante largos años el conde-duque sobre el débil y voluble corazón de Felipe IV.
Ni de las glorias de Rubens, quien, algunos años después y muerta su primera esposa, casó con Elena Froment, célebre por su hermosura.
Ni de la muerte desastrosa de Juan de Pareja, acaecida en tiempo más remoto, por salvar de una puñalada al esposo de la hija de Velázquez, el paisista Juan del Mazo.
Todos estos hechos son de tanto bulto que apenas existirá una persona que no los conozca.
Voy a conducir al lector, un año después de la muerte de Ana, al pintoresco cementerio de Gante, y a la espalda del grandioso panteón de los condes de Egmont.
Allí hay una tumba con dos lápidas: una de mármol blanco; otra de jaspe negro.
Las dos tienen inscrito encima el sencillo y dulce nombre de Ana.
La blanca está rodeada de rosales blancos también: un árbol de azahar le da flores y sombra, y algunos búcaros de pórfido, llenos de azucenas, rodean la nevada lápida.
Pósanse en ellas pintadas mariposas, y los pajarillos cantan a porfía amores en el azahar y en los rosales, porque son los últimos días del estío.
La losa negra está rodeada de adelfas, y le da sombra un ciprés, cuyo tronco está rodeado de una yedra.
La amorosa yerbecilla quiere, al parecer, consolar a la sombría tumba con sus humildes hojas y con sus florecillas azules.
Era la caída de una tarde de septiembre.
Un caballero, joven aún y vestido de riguroso luto, llegó acompañado de un hermoso adolescente que aparentaba diecisiete años, veinte menos que su padre.
Porque padre, a no dudarlo, era el caballero que le acompañaba.
Tenía, como él, los ojos negros y hermosos, rizados y negros los cabellos y morena la tez.
Depositaron una corona blanca de rosas, que el joven llevaba en la mano, sobre el panteón, y ambos rezaron largo rato, besando después el helado mármol.
—¡Pobre Duyweque mía! —exclamó el joven ardorosamente—; ¡cuánto te amaba yo!
Y dos lágrimas corrieron por sus mejillas.
—Tu hermana murió porque le faltó su madre para que velase por su delicada constitución —dijo sombríamente el caballero.
—¿Murió mi madre antes que ella, padre?
—¡Mucho antes, hijo mío!
—Padre, si yo creo que hace dos meses la vi una mañana al despertarme... sí... sí... me abrazaba llorando...
—¡Soñarías, hijo mío!... tu madre murió cuando tú no tenías aún un año.
—Puede ser que soñase yo —murmuró el joven ya casi convencido—: lo cierto es, padre, que desapareció como un sueño.
—Vamos a rezar sobre su tumba, hijo mío.
Ambos se arrodillaron en la tumba negra, y rezaron largo rato.
Al levantarse, el niño cortó una rama de adelfa, besola, y la guardó en su pecho.
—Padre mío —dijo después mirando la blanca tumba—, ¿quién descansa en este sepulcro?
Calló el conde confuso.
—¡Mi hermana! —contestó a su espalda una voz varonil, pero de timbre suave y melancólico.
Volviéronse Enrico y su hijo: un caballero con traje español, de riguroso luto, estaba en pie detrás de ellos. Tenía en la mano su chambergo, y su hermosa cabellera negra, que caía en largos rizos, se veía mecida por la brisa de la tarde.
—¿Cómo es, pues, que descansa junto a mi madre? —preguntó Yans con su sencilla curiosidad.
—Joven —contestó el caballero enlutado—, no os afanéis jamás por comprender lo que se os presente oscuro en vuestra vida; todos los arcanos, hasta los de la ciencia, disecan el corazón y marchitan el alma: bajo esa blanca tumba está encerrado un drama que todos ignoran que haya tenido lugar en mi vida, pero que Dios sabe cuánto dolor ha derramado en lo que me resta de existencia.
—¿Quieres, padre mío, que rece sobre ese sepulcro? —preguntó Yans.
—Reza, hijo mío —contestó noblemente Enrico—: todos los jóvenes sois hermanos ante Dios.
Arrodillose Yans y cruzó las manos.
Los dos caballeros se dejaron caer de hinojos a su lado.
—¡Oh, Ana mía! —exclamaron a un tiempo—. Pide a Dios que libre a este niño de dar el primer paso en la carrera de las pasiones que te han causado la muerte.
Volviéronse ambos asombrados: sus labios acababan de formular idénticas palabras.
—¿Cómo os llamáis? —preguntó el conde al caballero español.
—Diego Velázquez de Silva, pintor de cámara del rey Felipe IV de España.
El conde de Egmont se inclinó con una política llena de deferencia y cortesía.
—Mi nombre es...
—Sé vuestro nombre, señor conde —contestó Velázquez sonriendo con tristísima expresión.
Y besando de nuevo, arrodillado, los dos sepulcros, añadió ya en el umbral del cementerio:
—Si alguna vez vuestro hijo se separa del camino de la virtud, venid aquí a buscarme en el aniversario de este día, y le contaré mi historia y la de mi hermana, junto a esos dos sepulcros.
Velázquez se alejó lentamente, y el conde y su hijo abandonaron también el cementerio, porque la luna había ya aparecido como una soberana en el palacio diáfano y azul del firmamento, y las aves cantaban un himno de despedida a la doble y solitaria tumba.
Leipzig. — En la imprenta de F. A. Brockhaus.