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Amor y llanto

LA DIADEMA DE PERLAS (continued 2)

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Su sorpresa, pues, al encontrarle allí, fue tan viva que solo se disipó algún tanto cuando el aguijón de los celos hirió su corazón: su mente se iluminó súbitamente, y el amor de aquel joven por Berenguela fue tan claro para él como el motivo que movía a don Álvaro a disputarle la posesión de la doncella. A su modo de ver, el conde la guardaba para su hijo único y querido, para aquel hijo a quien sabía que amaba con tan entrañable pasión que no pocas veces se había admirado de afección tan fuerte, no obstante la que él mismo había debido a su padre, el buen Alonso XI, de quien era el hijo predilecto.

En su terrible obcecación, vio también el motivo de que el anciano conde hubiere imaginado la impostura de asegurar que Berenguela era su hermana; aquel hombre, que había sido el hermano de armas, el confidente y el mejor amigo del rey su padre; que había sido casi un igual de los infantes bastardos, por haber crecido estos a su lado y haberlos tenido siempre encomendados a su guarda, quería, valiéndose de su omnímoda influencia, robar al corazón de Enrique a aquella joven, para satisfacer el corazón de su hijo; y para satisfacer al mismo tiempo su orgullosa ambición, había imaginado hacerle creer que era hermana suya, a fin de que la dotase regiamente y de que los reinos de Castilla y de León supiesen que el joven conde de Carrión se enlazaba a una infanta real.

El alma de Enrique II era noble, aunque su corazón, siempre ligero e inconsecuente, estuviese a la sazón extraviado por la profunda pasión que profesaba a Berenguela; el tejido de infamias que creyó columbrar, iluminado ya de antemano por las pérfidas sugestiones de Sandoval; el recuerdo punzante del escándalo ocasionado aquella noche por el conde, al publicar ante los embajadores su odiosa impostura, y la ruin ingratitud a la sagrada memoria de su padre que patentizaba la conducta de don Álvaro, todas estas consideraciones, en fin, exaltaron más el ánimo del rey, ya furiosamente irritado, y levantaron en su alma un huracán tan horrible que forzosamente debía arrollar cuanto se le pusiera delante.

—¿Qué hacéis aquí, Fernando? —gritó deteniéndose en frente del joven que le contestó solo con una mirada de amargo desdén—. Responded a vuestro rey, villano —exclamó don Enrique poniendo mano a la espada.

—Ya lo veis —contestó fríamente el infante—: guardar a Berenguela.

Al oír aquel nombre, precipitose el rey en el dormitorio: la joven había despertado al ruido de sus voces; pero incapaz de sentarse en el lecho a causa del lastimoso estado en que la habían puesto sus pasados sufrimientos, se incorporaba sobre un brazo al entrar don Enrique en el dormitorio.

—¡Ah... ya sabía yo que vendrías, Florestán! —exclamó, mientras el rey la abrazaba con indecible frenesí.

—Mira —continuó—, ese hombre fue el que me sacó de tu casa y me trajo aquí... ¿por qué me separó de tu lado?

—Nadie volverá ya a separarte de él, Berenguela mía.

—¿No me engañas? ¿Verdad que seré siempre tuya, solo tuya? Porque yo no tenía más que a mi madre, y la abandoné por ti... llévame, llévame contigo, Florestán...

De repente, como herida por un extraño pensamiento, se echó hacia atrás y clavó sus grandes y ardientes ojos en los ojos del rey.

—¿Por qué llevabas ayer un manto de púrpura? —preguntó—. ¿Por qué te vi en la cabeza una corona de oro... y estabas sentado en aquel estrado, y por qué había una hermosa joven de largos rizos rubios, sentada junto a ti?

—Porque este hombre —dijo el conde con voz ronca— es Enrique II, rey de Castilla, y aquella joven que visteis es su esposa.

El rey no pensó siquiera en mostrar cólera al anciano, por su terrible revelación: con los ojos clavados en el rostro de Berenguela, espiaba ansioso el efecto que aquellas palabras producían.

Mas la infanta no tembló, ni su palidez tomó aumento: sus ojos, tristes y radiantes de fiebre, no se empañaron con una lágrima ni separó sus brazos del cuello del monarca.

—¡Conque te llamas Enrique! —dijo sin que se notase alteración en el eco dulce de su voz—. ¿Y eres rey? ¿Y tienes esposa a quien amar?... Pero... ¿qué importa?... yo solo pido que me dejes amarte, como amamos al sol que nos ilumina, sin que él nos lo agradezca ni lo sepa siquiera... tú quiérela a ella mucho, Enrique, porque dicen que es una gran falta el que un esposo no ame a su esposa, y yo no quiero que cometas faltas por culpa mía... solo con verte seré muy feliz, porque lejos de ti me moriría.

—¿Me perdonas, amor mío, que sea rey y te lo haya ocultado?

—¿Qué es un rey? —preguntó ella posando sus manos en los hombros de don Enrique y clavándole cándidamente los ojos.

—Un rey es un desdichado a quien está vedada toda ventura; un rey es un hombre a quien casan sin amor, a quien aprisionan, a quien rodean mil ingratos, a quien privan de toda libertad; un rey es el ser más infeliz que existe.

—Pues yo te amaré más ahora que sé que eres rey; en cuanto al nombre, ¿qué me importa que te llames Florestán o Enrique?

—¡Ea, atrás ya, rey de Castilla! —gritó don Sancho, desenvainando su espada, ciego de furor y poniéndose delante de don Enrique—. ¡Paso al infante don Sancho, que guarda a la hermana que vos queréis infamar... Atrás os digo, o envaino mi espada en vuestro ruin corazón!

—¡Viven los cielos, canalla infame! ¿Hasta cuándo vais a sacar ramas del tronco soberano? ¿Pensáis que así se toma en boca mi sangre? —rugió el rey cerrando contra el infante, que paró el golpe con el brazo, recibiendo en él una profunda herida. El noble joven se horrorizó ante la idea de herir al rey, y no hizo otra cosa que defenderse harto débilmente.

Un segundo golpe de don Enrique le hizo caer exánime; la espada había entrado por el costado izquierdo, y un raudal de sangre saltó hasta el pecho del monarca.

Este retrocedió espantado hasta la puerta; mas solo un momento le bastó para recobrarse, y abriéndola gritó:

—¡Ah, de mi guardia!

Don Nuño de Sandoval asomó por la galería a la cabeza de cien ballesteros, y bien pronto se encontraron cerca del rey.

—Rodead ese dormitorio con diez soldados, Nuño —dijo don Enrique señalando el camarín en que yacía Berenguela, rendida a un mortal desmayo desde que don Sancho desnudó la espada.

—¡Atrás, canalla! —gritó el conde apareciendo entre los tapices con la espada en la mano—. ¡Solo pasando por encima de mi cadáver llegarás hasta esa mujer!

—¡No le matéis! —exclamó el rey—. Desarmadle y llevadle maniatado a los calabozos de mi alcázar.

Mas el valeroso anciano blandió su espada, resuelto a perder la vida antes que consentir que llegasen al dormitorio. Durante algún tiempo, se defendió como un león furioso, mas al fin le derribó un golpe de maza que recibió en la cabeza de mano de un soldado. Cuando intentó levantarse, estaba desarmado y maniatado fuertemente.

—Conde de Carrión —dijo el rey con voz lenta—. Todos tus bienes quedan desde este momento confiscados y sujetos a mi corona, por lo que esta casa me pertenece ya; al amanecer, serán rotos tus blasones por la mano del verdugo, y a las doce te cortará la cabeza, por traidor y rebelde a tu rey.

—Y yo te juro, rey de Castilla y de León, a quien tantas veces mecí en mis brazos, que no conseguirás deshonrar a tu hermana —repuso el conde con acento firme.

—¡Llevadle! —gritó el rey.

Don Álvaro salió entre un buen número de soldados que le rodearon con sus largas alabardas.

—En cuanto a ese joven, Nuño, continuó el rey, señalando el cuerpo inmóvil de don Sancho, hazle conducir a una habitación desocupada de mi alcázar, haz llamar inmediatamente a mi médico para que le asista, y que le guarden con cuidado. Tú rodea esta casa de una buena guardia y quédate al lado de esa joven, teniendo presente que me respondes de ella con tu cabeza.

El rey salió, dicho esto, escoltado por algunos soldados, y se dirigió al alcázar al tiempo que el reloj de la catedral daba las dos de la mañana.

V

Don Enrique, al llegar al alcázar, se encerró en sus habitaciones al mismo tiempo que la reina se hacía vestir por sus damas, siéndole imposible conciliar el sueño; la escena que había presenciado en el salón de embajadores había impresionado fuertemente su ánimo y afligido su corazón, por más que su amor al rey no tuviese el carácter de una pasión acendrada.

Arrodillose, pues, en su reclinatorio, y se puso a rezar las oraciones de la mañana, segura de conseguir alguna calma para su agitado espíritu; su orgullo era lo que más padecía, y todo orgullo se depone a los pies del monarca de los cielos.

Sus damas arreglaron las luces, pusieron en orden algunos objetos, e iban a salir silenciosamente para no turbarla; mas, al abrir la puerta de la cámara, se oyó una voz en la galería exterior que llamaba a la reina.

Doña Juana se levantó y escuchó atentamente, haciendo una señal a las damas para que se detuvieran: todas permanecieron inmóviles en el umbral de la regia cámara, y solo la reina salió hasta la puerta que daba a la galería.

Algunos soldados avanzaban por ella, rodeando un grupo formado por cuatro de ellos, que conducían a un caballero herido, al parecer, porque un reguero de sangre iba marcando su camino; el desdichado se retorcía entre sus brazos y gritaba con voz desfallecida y congojosa:

—¡La reina!... ¡Quiero ver a la reina!... ¡Llevadme a su cámara, por Dios!

—Vamos al torreón de la derecha —dijo el que parecía que los mandaba, sin hacer caso de las súplicas del herido—, que es donde me ha dicho don Nuño que depositemos a este loco.

Y luego añadió dirigiéndose al herido:

—Os prevengo que si no calláis, voy a poneros una mordaza; la reina duerme, y aunque no fuera así, tampoco consentiría en veros a tales horas.

—¿Qué queréis de la reina, pobre joven? —dijo doña Juana dejando el umbral de la antecámara y adelantándose hacia el herido—. Aquí está para consolaros.

Y dirigiéndose a los ballesteros continuó:

—Id al torreón y colocadle en un lecho, que ya os sigo.

Los soldados prosiguieron su camino, a través de las anchas galerías, mal alumbradas por alguna que otra lámpara, y la reina volvió a su aposento. Echó sobre su blanco traje un largo manto de seda azul recamado de oro, y después de mandar a sus damas que la esperasen hasta su vuelta, se dirigió sola al torreón.

Doña Juana pensaba encontrar alivio al dolor que la afligía en la buena acción que iba a practicar: era noble, sincera y piadosa hasta el extremo. Viviendo sin otro amor que el de sus hijos, porque ya hemos dicho que no amaba al rey, solo aquel tiernísimo afecto podía libertar a su corazón apasionado de sentir un gran vacío: aquella joven dotada de un talento distinguido, de una colosal imaginación y de una sensibilidad exquisita, pasaba la primavera de su vida haciendo castillos en el aire, o entregándose a peligrosos ensueños que hacían más amargo su despertar.

Sin embargo todavía se consideraba feliz, porque su orgullo, ese noble sentimiento que, bien entendido y conducido con tacto, es el origen de todo lo bueno, no había sido lastimado: los amores del rey habían estado rodeados siempre de cierto pudor y velados a veces por un profundo misterio. Don Enrique, hasta que vio a Berenguela, le había profesado el afecto más tierno, afecto que ni aun después se desmintió un solo instante.

Pero entonces el corazón de la reina estaba profundamente herido: la desoladora escena que había presenciado aquella misma noche, había dejado en él una huella que no podía borrarse jamás.

Al llegar doña Juana al extremo de la galería que comunicaba con la escalera, oyó en el patio rumor de armas; asomose a una ventana y vio, entre un gran número de soldados, a un caballero anciano que creyó reconocer; en aquel momento, uno de los que le conducían abrió una puerta por la que salió una bocanada de aire que hizo oscilar la luz fúnebre de las teas que llevaban los soldados.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó la joven reina juntando las manos—. ¡Van a sepultar a ese infeliz en una prisión...! ¿Cuál será su delito?

Y volvió a aproximarse a la ventana, pero ya no pudo ver más que la espalda del preso, que desaparecía por la tortuosa escalera seguido de los soldados.

Doña Juana murmuró una corta oración a la madre de Dios para que tuviese piedad de aquel desgraciado, y siguió su camino transida de horror.

Al llegar a la cámara del herido, la vio guardada por muchos soldados que le hicieron los honores, mirándose sorprendidos de ver a la reina sola a tales horas.

Doña Juana penetró en la estancia fría y húmeda, débilmente alumbrada por una lámpara de bronce; acercose al lecho y descorrió los tapices, sentándose a la cabecera.

—¡Despejad! —dijo a los centinelas que había en los cuatro ángulos del aposento.

—Señora —se aventuró a decir uno—: V. A. ignora sin duda que el rey nos ha dado orden de no perder de vista a su señoría el señor conde.

—¡Despejad, os digo! Y si el rey os reconviene, respondedle que la reina os ordenó dejarla sola con el preso.

Los soldados obedecieron, y la joven se volvió al herido.

—¿Qué queréis de mí, conde? —dijo con dulce voz.

—Señora... —balbuceó el infante al que ya faltaba la vista y el aliento—; señora... en una prisión del alcázar... debe haber... sí; debe haber un hombre preso... un anciano...

—¡Sí... sí lo hay! haced un esfuerzo, conde —exclamó la reina—. ¿Ese hombre es vuestro padre?

—¡No... no, señora... mi padre... no...! es aquel que esta noche... en la audiencia...

—¡Ah! —exclamó la reina, dándose una palmada en la frente—; ¡ahora recuerdo, sí, sí; ese preso es el que se llevó a aquella mujer desmayada...!

—¡Sí, ese... mismo, señora... corred a verle... por Dios... abridle la prisión para que salve a mi hermana... que el rey quiere deshon...!

La voz del infante expiró en sus labios: su cabeza cayó yerta y lívida sobre los almohadones, y sus ojos quedaron abiertos y sin luz.

—¡Ha muerto! ¡Socorro! ¡Socorro! —gritó la reina más pálida que el herido, precipitándose hacia la puerta al mismo tiempo que esta se abría para dar paso al médico del rey.

—¡Ha muerto, don Mendo, ha muerto! —repitió juntando las manos.

Aproximose al lecho el médico y puso las suyas en el pecho del herido.

—Vive, señora —dijo—, y tal vez sus heridas no sean mortales; pero necesito reconocerlas al momento.

La reina fijó la intensa mirada de sus grandes ojos azules en el hermoso rostro de don Sancho, y se envolvió en su manto.

—Si le salváis, don Mendo, os haré pesar en oro, —dijo al salir.

Inclinose el médico sin contestar, y la reina salió del aposento.

—Id a decir al capitán de ballesteros que le aguardo en mi cámara —dijo al pasar por delante de los soldados.

Dos de ellos salieron presurosos, y la reina se dirigió a sus habitaciones, llegando casi al mismo tiempo que ella el capitán.

—¿Tenéis las llaves de las prisiones, don García? —preguntó doña Juana.

—Sí, señora.

—De orden del rey, venid a abrirme la que acaba de ocuparse.

Salió el capitán y poco después volvió a buscar a la reina: una escolta de diez ballesteros les esperaba a la puerta, y bajaron inmediatamente la escalera.

—Esperadme aquí fuera, don García —dijo la reina, abierta ya la puerta del calabozo—, y quedad todos al alcance de mi voz.

—¿Pues qué, señora, va a quedar sola vuestra alteza con un reo, condenado a sufrir la última pena dentro de algunas horas?

—Sí.

—¡Oh, por Dios, señora mía! —exclamó el leal capitán con acento suplicante—. ¡Por Dios, no haga V. A. tal cosa!

—No temáis por mí, don García —dijo la reina con dulce sonrisa—; nada debemos temer cuando ejecutamos una buena acción.

Doña Juana entró en el calabozo, y cerró tras sí la puerta.

VI

Una pequeña lámpara de hierro daba a la prisión una débil claridad, más fúnebre y aterradora que la oscuridad más completa: las columnas de piedra, que sostenían la bóveda, asemejábanse a otros tantos colosales fantasmas de negras y horribles formas; la tenue luz estaba colocada ante una imagen del crucificado fija en la pared y al alcance de la vista de don Álvaro, y una pequeña mesa, situada debajo y cubierta con un paño blanco, indicaba que en breve iba a recibir el preso los sagrados sacramentos de la confesión y comunión.

El valeroso conde estaba sentado en un escaño de madera, único asiento que allí había, y fuertemente maniatado; sus manos, sujetas con gruesos cordeles, no podían moverse, y su cana y venerable cabeza, abierta por la maza del feroz soldado, estaba vendada con un paño blanco, que salpicaban anchas gotas de sangre.

Absorto en amargas meditaciones, o tal vez orando, ni siquiera se apercibió de la entrada de la reina; su cabeza permaneció inclinada sobre el pecho, y sus ojos fijos e inmóviles.

Doña Juana se adelantó silenciosamente: al ver a aquel anciano venerable, conmoviose hondamente su joven y tierno corazón y el llanto se agolpó a sus ojos.

—¡Señor! —dijo con tanto respeto que era imposible reconocer en su acento la voz de la mujer altiva que pocas horas antes había mandado quitar a la infanta de su presencia.

El anciano levantó la cabeza y se puso en pie, reconociéndola al momento.

—¡V. A. aquí! —dijo cediendo a la reina el grosero asiento que acababa de dejar, con la misma grave cortesía que si estuviera en uno de los salones de su magnífico palacio.

—Vengo de parte de... de un joven, que han traído al alcázar hace media hora, mal herido y en calidad de preso —dijo la reina aceptando el asiento, porque sentía que no podía sostenerse.

—¡De parte del infante! —exclamó don Álvaro con indecible alegría—. ¡Conque vive!

—¡Del infante! —repitió la reina llevándose ambas manos a la frente, porque sentía desvanecerse su cabeza con tantas emociones—. Pero, ¡Dios mío!, ¿quiénes son esos infantes, a quienes yo no conozco, y quién sois vos?

—Yo, señora, soy don Álvaro Garcés, conde de Carrión, y el segundo padre de los dos jóvenes que habéis visto esta noche, herido y preso el uno, y la otra maltratada y casi demente: en cuanto a ellos, son hermanos de don Enrique.

—¡Hermanos de mi esposo!...

—¡Sí! —repitió el anciano, cuya calva frente se enrojeció de ira—. ¡Hermanos de don Enrique; hijos, como él, de Alonso XI y de Leonor de Guzmán! ¡Hermanos desdichados, a quienes no quiere reconocer!... ¡Dos infelices criaturas que han vivido bajo mi amparo, para que pierdan la vida el uno, y la otra, además, la honra, que es mil veces peor! ¡Honra y vidas, que con tantos afanes conservé! ¡Es posible que habéis de perecer ahora por ese ingrato a quien tanto he amado, y por quien derramé mi sangre en cien combates!

—¿No sabe el rey que son sus hermanos?

—No quiere creerlo, señora, porque hasta hoy no lo había sospechado siquiera, y porque yo no tengo otra seguridad que darle que mi palabra.

—¡Oh, qué horrible misterio! —murmuró la reina pasando sus manos por la abrasada frente; y luego añadió en voz alta:

—¿Dónde conoció a su hermana?

—En Burgos, y desde entonces la amó con locura.

—¿Y a su hermano?

—Don Sancho pasaba por don Fernando Garcés, mi hijo.

—¿Dónde está la infanta?

—En la que fue mi casa, que ahora está guardada por los soldados del rey.

—¿Luego esa desdichada —dijo la reina con espanto— está en poder de don Enrique?

—¡Sí! —exclamó el conde, retorciendo con delirante dolor sus manos atadas—. ¡Sí, está en poder de don Enrique, sin que nadie más que yo pueda librarla de él! Y yo... yo estoy aquí atado... yo voy a morir dentro de pocas horas... ¡Oh, si yo pudiese abandonar durante algunos instantes esta prisión!...

—Pero, ¿qué podríais hacer, desdichado anciano? —repuso doña Juana, por cuyas blancas mejillas se deslizaban gruesas lágrimas.

—¡Oh, yo tengo medios para salvarla, si pudiese llegar hasta ella! —exclamó el conde con tanta confianza que la joven reina se levantó involuntariamente.

—¡Oh! —murmuró—: ¡si ella quisiera seguirnos, yo la salvaría también, como a mi querida hermana, y la haría feliz!

Y luego añadió como asaltada por una idea repentina:

—¿Vamos a verla, conde?

—¡A verla! ¿Olvida V. A. que va a amanecer, y que dentro de algunos instantes vendrá a buscarme el confesor?

—No, todavía no: tenemos aún hora y media... mirad —añadió—, mirad, esa puerta de tablas desunidas... debe comunicar con una escalera que da al jardín... una vez allí, la salida es segura, porque yo tengo una llave... vamos, vamos a salvar a esa desdichada.

Y la reina se quitó su toca de encajes, que retorció haciéndola una mecha y humedeciéndola en el aceite de la lámpara; luego la encendió y se arrodilló a los pies del conde, prendiendo fuego a la gruesa cuerda que los sujetaba y que sus delicadas manos jamás hubieran podido desatar.

Cuando los pies del anciano quedaron libres, hizo lo mismo con las manos, sirviéndole de mecha la cuerda que acababa de romper.

—Ea —dijo apartando de su frente los profusos bucles de su rubia cabellera, que había quedado libre de toda sujeción, y echando sobre los hombros su recamado manto—. Vamos, conde; vos, que tenéis mucha fuerza, quitad uno de esos tablones... no perdamos tiempo.

—¡Bendito seas, ángel de Dios! —exclamó don Álvaro, besando las manos de la reina.

—¿Podremos convencerla para que nos siga, conde?

—¡Oh, si nos dejan llegar hasta ella, os juro que la salvaré! —dijo el anciano, al mismo tiempo que echaba abajo de un vigoroso empuje una de las tablas de la puerta; luego descolgó la lámpara, y una oscura y tortuosa escalera apareció, en efecto, a la vista de entrambos.

—¡Esta es la que conduce al jardín! —exclamó doña Juana—: ¡no me había engañado!

Y dejando la lámpara en el primer peldaño, se apoyó en el brazo del conde, y lo arrastró tras sí precipitadamente.

—¡Oh, qué noche! —murmuró la reina.

—¡Noche de tormentos —añadió el anciano—, que va a abrir a dos mártires las puertas del cielo!

VII

La reina de Castilla pudo vencer todas las dificultades que los ballesteros del rey oponían para permitirle la entrada en la casa del conde. Sabían ellos bien que los caprichos de doña Juana eran acatados por su esposo mismo, el cual le profesaba un afecto tranquilo, pero tiernísimo.

Al fin penetraron en la cámara de la infanta: esta había saltado del lecho al volver de su desmayo, y se había puesto únicamente una túnica blanca; estaba sentada en un sitial, y sus pies desnudos se apoyaban en el helado mármol del pavimento.

Sus largos cabellos, cuyas gruesas trenzas estaban medio deshechas, caían en desorden sobre su frente cubierta de intensa palidez; todas sus facciones, desencajadas hasta un extremo increíble, habían perdido su expresión dulce y débil, y sus grandes ojos, casi siempre melancólicos e impregnados de ternura infinita, se veían brillantes de fiebre y giraban a todos lados llenos de espanto.

Cuando vio aparecer a la reina y al conde, se levantó, y de un salto se puso cerca de ellos.

—¿Dónde está Florestán? —preguntó con ansia, devorando al anciano con su ardiente mirada.

—Florestán ha muerto para vos —dijo don Álvaro con voz hueca, y conduciéndola de nuevo a su asiento.

—¡Ha muerto! —gritó la desdichada—: ¿le has muerto tú o tu hijo?... porque ese caballero que me guardaba, me dijo que don García era hijo tuyo... sí... sí... ¡él fue!, yo le vi sacar la espada... y luego... creo que me desmayé...

—¿Queréis venir conmigo, Berenguela? —preguntó la reina acercándose a ella.

—¿Salir yo de este cuarto regado con su sangre? —exclamó la infanta que acababa de arrodillarse en la sangre todavía caliente de don Sancho—. ¿Quién eres tú que me haces esa pregunta? —prosiguió volviendo hacia la reina sus extraviados ojos y mirándola atentamente.

Mas, reconociéndola al instante y poniéndose en pie, la llevó cerca de la lámpara de plata que ardía en su dormitorio, abandonado ya por los ballesteros, desde el momento en que la reina se presentó.

—¡Ah! —dijo Berenguela mirándola con fijeza—. ¡Es la joven de los rizos rubios, que me dijeron era la esposa de Florestán!... ¿Y no llora?... ¿Es que tus ojos se han secado como los míos? ¿Es que no tienen lágrimas que verter? ¿O vienes acaso a morir conmigo sobre esa sangre que derramó por mí?

—¡Oh, Dios mío! ¡Está loca! —exclamó la reina cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Loca! —repitió amargamente la infanta, cuyo desvarío crecía por instantes—. ¿También dices tú como mi madre y como aquellos muchachos que me pegaban tanto? Mira... yo huí del lado de mi madre porque me llamaban loca... ¿y sabes por qué?... porque llevaba siempre estas perlas que Florestán ciñó a mi cabeza, y porque todos los días salía al campo a esperarle... luego vine a buscarle a Toledo, ¡y las gentes me maltrataban y me llamaban loca también!... después encontré a Florestán, a mi querido Florestán, a tu lado... y yo... no te aborrecí, ni dejé de amarte... por eso... pero tú mandaste que me arrancaran de sus brazos... tú, que eres tan hermosa... y tienes el rostro tan dulce como los ángeles de mis sueños... ¿por qué fuiste tan cruel conmigo?... ¿por qué me separaste de él si yo no te había hecho ningún daño?...

—¡Oh, desgraciada niña!

—Luego —continuó Berenguela, tomando en sus manos abrasadas las manos de la reina—, luego ese hombre me trajo a esta casa... y me dio por carcelero a su hijo... que me había perseguido un año con su amor, cuando estaba en Burgos... y cuando volvió Florestán a buscarme,... ¡padre e hijo sacaron las espadas y le mataron... ahí... donde está ese charco de sangre!...

Y la infanta señalaba el sitio donde se había arrodillado.

—¡Ah! —gritó desesperadamente el conde—. ¡Mirad ya la luz del día! ¡Nos hemos equivocado en la hora!

En efecto: una blanca cinta empezaba a dibujarse en el horizonte, empujando rápidamente las tinieblas.

—Es menester concluir —dijo la reina con amargo desaliento—. ¡Y esa guardia que se ha doblado en las puertas!... ya es imposible salir... imposible... ¡yo estoy vendida también!

Hubo un rato de solemne silencio: la reina, cubierto el rostro con las manos, sollozaba amargamente; el conde, apoyado en la pared, permanecía yerto e inmóvil. Berenguela, en pie, les miraba alternativamente, sin comprender nada de aquella desesperación.

—¡Ven! —dijo después de un largo rato, queriendo llevar a la reina al sitio donde se había arrodillado—; ¡ven... aquí debemos morir las dos... porque aquí ha muerto él!...

Un confuso sonido de atabales y de trompetas, que desembocaba en la Plaza Mayor, cubrió la debilitada voz de la joven, y poco después se oyó la de un pregonero.

—«¡Oíd, oíd, oíd!» —decía con fuerte acento—: «esta es la justicia que manda hacer nuestro buen rey Enrique II con el traidor y rebelde conde de Carrión, que ha roto su honor, como el verdugo rompe ahora sus blasones, y como, al mediarse el día de hoy, romperá el hilo de su vida.»

Un golpe fuerte y metálico resonó en todos los ángulos de la plaza: era el hacha del verdugo que chocaba contra el blasonado escudo de los condes de Carrión y contra sus armas siempre victoriosas y aún teñidas con su sangre.

El anciano se enderezó como un león herido: hubiérase dicho que el hacha del verdugo había partido su corazón. La reina, olvidando su propia aflicción, le tendió una mano, que él se cuidó de tomar.

—¡Salvémosla, por Dios, conde! —exclamó doña Juana señalando a Berenguela, que permanecía inmóvil.

—Es inútil pensar en salir; la guardia se ha doblado y tenemos que atravesar la Plaza Mayor, donde están levantando mi cadalso, y la cual estará llena de soldados del rey... ¡Oh! —gritó de repente el conde, acercándose a Berenguela que parecía una estatua de mármol, y desprendiéndole de la frente su diadema de perlas.

—¿Qué vais a hacer? —exclamó la reina.

—¡Salvarla! —contestó el anciano con entereza.

La pobre loca no hizo movimiento alguno; ni siquiera advirtió que le quitaban aquella riquísima alhaja; arrodillada sobre la sangre de su hermano, que ya empapaba su blanca túnica, tenía la boca seca y entreabierta, y tiritaba de calentura.

La reina se acercó a ella y tocó sus manos heladas.

—Va a perder el sentido, conde —dijo volviéndose al anciano, que se había quedado enfrente de la infanta, mirándola con desencajados ojos—. ¡Una copa de agua... pronto, si no, esta pobre joven se muere!... —continuó la reina al ver que Berenguela desfallecía por momentos.

El anciano se acercó impávido a una mesa, tomó una copa de oro con agua que había pedido aquella misma noche para recobrar a Berenguela de su desmayo al volver del alcázar, y se la presentó después de contemplarla cerca de la lámpara. La desdichada apuró ansiosa hasta la última gota el agua que contenía la copa, y luego, por un movimiento natural en su carácter apasionado, besó dulcemente la mano que se la había presentado.

—¡Oh... ya se ha salvado!... —exclamó don Álvaro respirando con fuerza y clavando en el cielo una mirada de ardorosa gratitud.

—¿Qué decís?... —preguntó la reina asombrada; pero el acento expiró en sus labios, y sus ojos retrataron un profundo terror.

Un gran ruido de pasos y de armas se dejó oír en la antecámara: poco a poco fueron aproximándose, y breves instantes después se oyó la voz de Enrique II que gritaba con imperio:

—¡Abrid al rey!

Don Álvaro sacó la llave del aposento, que pocos momentos antes se guardara, y abrió; entonces aparecieron en la puerta el rey y don Sancho, escoltados por una fuerte guardia; el primero estaba pálido y tembloroso; el segundo venía sostenido por dos soldados, envuelto en un ancho manto blanco, y parecía un cadáver escapado de la tumba.

VIII

Algunos momentos después de dejar la reina el aposento del infante, entró el rey en él a tiempo que don Mendo registraba sus heridas. Don Enrique había profesado siempre un entrañable afecto a don Sancho, por la hermosura de su índole, la ternura de su corazón, y su valor a toda prueba.

Al oír decir al conde que Berenguela era hermana suya, su funesto amor se rebeló contra aquella terrible e insuperable barrera; al saber que el hombre a quien creía hijo de don Álvaro quería arrebatarle aquella joven, tomando también el título de hermano suyo, su furor no conoció límites, y se arrojó a él con la espada desnuda; mas al ver que a pesar de su valentía permanecía inmóvil, al mirarle tendido a sus pies, exánime, y al parecer sin vida, un sentimiento desconocido se alzó en su corazón; su afección hacia aquel hermoso joven renació más fuerte que nunca, y ya se ha visto que le mandó conducir al alcázar, y que encargó que llamasen a un médico. Luego que salió de casa del conde, y se aseguró de que este quedaba en la prisión, fue a informarse por sí mismo del estado del herido.

Don Mendo reconocía las heridas con sumo cuidado; al ver al rey quiso incorporarse el pobre joven, mas aquel le hizo señas para que permaneciese quieto, y mandó a don Mendo que prosiguiese la operación, tomando él mismo una luz para alumbrarle.

De repente el rey dio un grito: acababa de ver en el costado derecho del joven, y junto a la herida que don Mendo reconocía, una mancha rosada que él tenía también en el mismo sitio, y que distinguía a todos los bastardos de Alonso XI, que la habían heredado de su madre Leonor de Guzmán; el mismo conde de Carrión ignoraba esta circunstancia, y ninguno de los infantes sabía que cada uno de sus hermanos estaba marcado así.

Don Enrique, con el corazón anegado de ternura, rodeó con sus brazos el cuerpo de don Sancho, y al mismo tiempo exclamó con voz vibrante de emoción:

—¡Hermano mío!

El infante le miró con asombrados ojos, y pasó la mano por su frente para convencerse de que no soñaba.

—¡Perdón, perdón, Sancho! ¡Oh, perdóname! —continuó don Enrique apoyando en su pecho la cabeza de su hermano.

—¿Y Berenguela? —preguntó tímidamente el infante.

—¡Ah! ¡No sé! Yo la dejé desmayada y vine a verte a ti.

—¡Pobre hermana mía! —murmuró don Sancho con temblorosa voz.

—¡Tu hermana! —repitió don Enrique cuyos ojos lanzaron relámpagos sombríos—. Pues entonces, ¡tú no eres hermano mío!... ¡entonces la señal que yo he visto miente!... ¡Oh, sí, sí... miente... miente!... ¡Porque si ella fuese mi hermana, no hubiera puesto Dios en mi corazón el germen de este fatal amor!...

—¡Es vuestra hermana como yo!

—¡Ven, pues! —exclamó el rey—. ¡Ven, Sancho, o Fernando, o como quiera que te nombres! ¡Quiero que me acompañes a cerciorarme de esta horrible verdad!...

Don Enrique, con el semblante desencajado, llamó al escudero del infante, y le ordenó que le vistiese en cuanto don Mendo acabase de vendar sus heridas; dio orden de preparar una litera, y después de que don Sancho estuvo vestido, le envolvió él mismo en su ancho manto blanco y mandó a dos soldados que lo condujesen a la litera, encaminándose todos a casa del conde.

Su aparición produjo muy diferente sensación en las tres personas que ocupaban la cámara de la infanta: la reina miró a don Enrique con terror, y a don Sancho con asombro. Don Álvaro permaneció sereno e inmóvil, y en cuanto a Berenguela, se precipitó hacia su amante con indecible afán; mas antes que pudiera salvar la distancia que les separaba, cayó exánime a los pies del infante.

—¡Qué veo! —exclamó el rey—. ¡A qué han venido aquí la reina y ese traidor!

—He venido a salvar el honor de esa desdichada —contestó el anciano con firmeza.

En cuanto a la reina, se había arrodillado junto a la infanta, y no se cuidó de contestar a su esposo.

—¡Berenguela! ¡Berenguela! —gritó el rey acercándose a la joven que yacía inmóvil en el suelo, sin hacer caso de las palabras que pronunciara el conde.

—No turbéis los últimos momentos que restan de vida a esa desgraciada —dijo el conde con acento severo.

—¿Qué?... ¡Oh!... ¿Qué has pronunciado? ¿Acaso... habrás sido tú su verdugo?...

—No he sido más que el salvador de su honra.

—¡Tú! ¡Mientes... miserable! —gritó el rey con ronca voz y cogiendo por un brazo al conde; y luego continuó con acento lastimero y suplicante:

—Pero ¡oh, no... no! ¡Eso no puede ser!... ¡Álvaro... dime que me engañas!...

—Un veneno activo, que yo vertí en esa copa, cuyo contenido acaba de beber, circula ahora por sus venas.

—¡Ah!... ¡qué horror!... —exclamaron la reina y don Sancho, que cayó también de rodillas junto a la pobre niña.

El rey lanzó un sordo gemido; levantó a Berenguela entre sus brazos, y fue a sentarse con ella en el sitial en que estaba apoyado don Álvaro.

—¡Llevad a este hombre al cadalso, y que caiga su cabeza inmediatamente! —dijo con lenta y oprimida voz.

La escolta, que había acompañado a los regios hermanos, rodeó al anciano conde, que fue a situarse enfrente del rey.

—Óyeme, Enrique —dijo con su grave y reposada voz—: yo amé a tu madre, como solo se ama una vez en la vida, y, sin embargo, fui el mejor amigo de tu padre, torturando sin piedad mi corazón; a ti y a todos tus hermanos os recibí en mis brazos y oculté el nacimiento de los dos últimos, porque el rey tu padre me lo mandó así; he sido el genio bienhechor de tu familia, y un segundo padre para vosotros... y, sin embargo, ¡he tenido el valor suficiente para matar a esa pobre niña sin sentir el más leve remordimiento!

»Pero lo que más debe asombrarte, rey de Castilla —continuó el anciano—, es saber que tú mismo has puesto en mis manos el medio de darle la muerte. ¡Sí, el joyel que cerraba las sartas de perlas de esa diadema, que tú le diste, contenía el veneno que le quita la vida!

El rey apoyó su frente en la frente helada de la infanta, ceñida aún con la fatal diadema, y dejo escapar un sollozo desgarrador. Don Álvaro continuó tranquilamente:

—Nadie más que yo sabía en el mundo este terrible secreto, porque solo yo estaba presente cuando Alonso XI lo dio a tu madre: «Si alguna vez —le dijo— te ves próxima a perecer bajo el puñal de un asesino, bebe el veneno que contiene esta joya: tu muerte así será más dulce e instantánea.» ¡Oh, al dar esa diadema a tu hermana, debiste saber que ponías en mis manos la defensa de su honor!

El anciano se acercó al infante, que le abrió los brazos sollozando; luego se inclinó sobre Berenguela, y besó sus manos heladas murmurando:

—¡Duerme en paz, ángel de Dios!

—¡Perdón para él, señor! —exclamó el infante volviéndose hacia el rey.

—¡No le quiero! —repuso el anciano pasando el umbral rodeado de soldados—. ¡Dios nos juzgará a los dos!

Salió de la estancia con paso firme, y el rey se quedó como petrificado, con la infanta en los brazos, en tanto que ella le contemplaba sumida en un éxtasis delicioso: la animación de la fiebre había desaparecido de su fisonomía, y sus ojos, dulces como en los tiempos en que conoció a Florestán, se fijaban en los del rey con entrañable amor; empero su palidez crecía a cada instante, y un círculo azulado rodeaba ya aquellos grandes ojos.

—¡Cuán bien estoy así... Florestán!... —murmuró con voz dulcísima, pero tan débil ya, que apenas podía percibirse—; ¡qué dichosa soy... mirando ese hermoso sol!... ¡así lucía... el día primero que te vi!...

El rey ahogó un sollozo; en cuanto a la reina, se ocupaba en sostener la cabeza del infante, que había caído desfallecido en un sitial, situado en frente del que ocupaba el rey con Berenguela.

De repente, la mirada de la joven se apagó, como la luz próxima a extinguirse.

—¡Tengo sueño! —murmuró reclinando su cabeza en el hombro del rey—; ¡déjame... dormir... aquí, Florestán!...

Cerráronse sus ojos; apareció en su boca una sonrisa inocente, y su boca despidió el postrer suspiro.

El rey no lanzó ya un solo gemido: breves instantes permaneció mirando con sombríos ojos el cadáver de Berenguela; de repente exclamó:

—¡Oh, quiero desgarrar yo mismo mi propio corazón! ¡Quiero apurar hasta las heces el amargo cáliz de mi dolor!

Al pronunciar estas palabras, depositó el cadáver en el lecho y rasgó con su daga la túnica de la infanta, apareciendo bien pronto la señal del costado.

—¡Hermana mía! —gritó besando en la frente a Berenguela; después, levantándose con los ojos llenos de lágrimas, prosiguió:

—¡Ruega al señor que me perdone, el no haberte arrancado tu postrera ilusión de amor!

La reina cerró piadosamente los ojos de la joven, y besó sus mejillas, frías ya, en tanto que don Sancho ocultaba sollozando su frente entre las ropas del lecho.

—¡Valor, hermano mío! —dijo el rey abrazándole—; ¡yo la amé con locura, y me consuelo al pensar que está a los pies de Dios!

—¡Valor, hermano! —repitió la reina cubriendo el cadáver con su manto real—; ¡yo la amaba también, y sabré consolar tu dolor!

—¡Oh, Dios mío! —murmuró aquel mártir del corazón, alzando al cielo sus abatidos ojos—: ¡no les hagáis saber nunca hasta qué extremo la amaba yo!

IX

Algunos meses después, presentó Enrique II una batalla a los ingleses, en la cual quedó prisionero el infante don Sancho que mandaba uno de los cuerpos del ejército de su hermano.

El rey de Castilla pagó por el infante un fuerte rescate, y envió a buscarle al primer puerto a una brillante comitiva de los señores más jóvenes y apuestos de su reino.

Pocos días después, llegaron dos heraldos a las puertas del alcázar, solicitando una audiencia del rey, para decirle que habían adelantado a la comitiva con el objeto de prevenirle que su señoría el infante don Sancho venía muy enfermo.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó el rey, en cuyo semblante se retrató un agudo dolor al oír esta triste nueva—; ¿y debe llegar pronto?

—Solo le precedemos algunos instantes, contestaron aquellos.

Diéronse inmediatamente órdenes para que se preparasen las habitaciones de don Sancho, y no bien se dejaron oír las trompetas y atabales de la guardia del rey, anunciando que ya se divisaba la comitiva del infante, bajó don Enrique la escalera para abrazar a aquel hermano con tanto extremo querido.

El infante no pudo ya doblar la rodilla para saludar al rey que le estrechó contra su pecho; dos escuderos le subieron en sus brazos, y le depositaron en su magnífico lecho.

Estaba don Sancho pálido y demacrado: la terrible enfermedad de languidez que hacía tres meses le consumía, había llegado a minar todos los órganos de su vida.

El rey y la reina se retiraron muy tarde a sus habitaciones, y poco después, los ballesteros, que dormitaban en las galerías, vieron deslizarse a un fantasma, envuelto en un largo manto azul: santiguáronse todos devotamente, porque, a su modo de ver, era el alma de una mujer, que según se aseguraba con sumo misterio, salía cada noche de uno de los sepulcros del panteón, coronada de perlas y abrigada con un manto azul: decíase también que era una joven muy amada del rey, a la cual habían enterrado con aquella alhaja, presente sin duda de Satanás, según afirmaban las reverendas dueñas, y que no podía morar en el panteón de los reyes, por ser solo una villana que había venido de la muy noble ciudad de Burgos.

Al rayar el día, las personas encargadas de velar al infante vieron con sumo terror que, durante su sueño, había aquel desaparecido: en vano registraron todo el alcázar antes de avisar al rey, al cual tuvieron por fin que dar parte de tan extraño acontecimiento.

Al día siguiente murió uno de los infantes, de muy corta edad, que estaba enfermo hacía algún tiempo. El rey, dominado por el profundo dolor que le causara la muerte de su hijo, y atraído por un inexplicable presentimiento, quiso acompañarle hasta el sepulcro: envolviose en un manto negro, se dirigió al panteón, y se ocultó tras una columna: de repente lanzó un grito de angustia, y los cortesanos, atónitos, reconocieron a don Enrique, al precipitarse sobre una figura humana, que yacía tendida sobre una tumba recién cerrada, y que solo tenía grabado el sencillo nombre de Berenguela.

El rey había reconocido un magnífico manto de seda azul bordado de oro: era de la reina, y bajo él descansaba don Sancho dormido con el sueño eterno.

El mártir del corazón quiso que le sirviese de sudario el manto real, que cubrió el cadáver de la infanta.

Un rayo de luz brotó en la mente de Enrique El de las mercedes, que dobló la frente y oró con fervor...

La reina doña Juana empezó a padecer desde aquel día la misma enfermedad de languidez que mató al infante.

¿Qué pasaba en el corazón de la reina de Castilla? ¡Solo Dios pudiera decirlo!

El día mismo que se cumplían seis meses desde la muerte del infante, cuatro condes de Castilla velaban el cadáver de su soberana, espada en mano y en pie, a los cuatro ángulos de su suntuoso lecho mortuorio.

El cadáver de la reina fue colocado, por orden del rey, en la tumba inmediata a la que ocupaba el de don Sancho.

Dícese que Enrique II no volvió a dormir desde aquella época fatal: que desterró al ambicioso don Nuño de Sandoval, y que ni aun el amor de sus hijos pudo consolar el hondo pesar que le devoraba el corazón.

¿Había adivinado el monarca cuál era el mal que cortó los días de la bella y adorable criatura a quien llamó su esposa?

¡Tal vez Dios le advirtió en sueños que las purísimas almas de la reina y del infante moraban juntas en el cielo!

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