← Table of contents
Amor y llanto

LA PRINCESA DE LOS CASPIOS

Reading edition

I

HERMIONE

La historia de los pueblos de Oriente, de ese pedazo de mundo que no ha mucho ha sido teatro de una guerra que ha fijado la consideración del resto del universo, se pierde en la noche de los tiempos. Hay, sin embargo, en ella episodios que conmueven profundamente el ánimo, y de esta especie es el que sirve de base a esta leyenda.

En aquella nación idólatra, donde falta el freno más fuerte y poderoso de las pasiones humanas, que es la religión, se han desarrollado estas siempre con terrible vehemencia: las mujeres, que entre nosotros parece han nacido únicamente para el sufrimiento, la dulzura y la resignación, dan allí rienda suelta a sus impetuosos sentimientos, y son, no pocas veces, víctimas de ellos.

El amor y la venganza, sobre todo, han producido terribles desastres: no conociéndose el honor, la probidad, ni ninguna de las virtudes sociales, el asesinato venga las más leves diferencias como las ofensas más graves.

Hubo un tiempo en que el Asia, aunque dividida en reinos, estaba dominada por príncipes o gobernada por sátrapas, cuya vida licenciosa y llena de desórdenes hundió al fin su poder.

Principalmente en Persia, en aquel reino, el más hermoso y dilatado de todo el Oriente, existían multitud de soberanos a quienes el bondadoso y anciano rey Darío no tenía fortaleza bastante para castigar; esta culpable debilidad fue la causa de su ruina, porque en breve perdió su prestigio, y el día de la memorable batalla que se dio a orillas del Éufrates, se vio vendido por los poderosos, cuyos excesos había tolerado, y abandonado de los débiles, a los cuales estos mismos excesos habían hecho sufrir todo género de vejaciones.

Uno solo, sin embargo, permaneció fiel al anciano rey hasta que rindió el último aliento.

Crádates, soberano de los Caspios, era vasallo de Darío, y el más amado entre todos los príncipes de su corte; sirviole con inviolable fidelidad durante su vida, mas cuando la perdió en el combate que puso a la Persia en manos de Alejandro el Grande, el anciano Crádates se sometió, como el reino todo, al vencedor, y fue con el resto de sus tropas y su familia entera a postrarse a los pies de Alejandro.

Recibiole este con bondad suma, y de este modo derramó un saludable bálsamo en la herida que había abierto en el corazón del príncipe la muerte de su señor: el noble anciano cedió, como todos, al influjo de aquel hombre extraordinario y se dispuso a servirle con la misma lealtad que a su amado rey.

Tenía Crádates dos hijos valientes y gallardos, cuyos nombres eran Tolomeo y Casandro, y una hija más joven que estos, llamada Hermione.

La belleza de las mujeres persas ha sido proverbial en toda el Asia, pero la de Hermione era superior a todo encarecimiento.

Nacida de madre escita y de padre persa, el cruzamiento de las dos razas produjo el tipo más perfecto y seductor; tenía la tez de alabastro, el cuello de cisne y los azulados ojos de su madre, Berenice, y las luengas pestañas negras, las pobladas cejas, la espléndida cabellera de azabache, la boca de púrpura y el leve talle de las hijas de Persia.

Nada había comparable a la hermosura de su frente de mármol; nada tan bello como sus manos de marfil y como sus torneados brazos; nada, en fin, tan esbelto y majestuoso como su elevada estatura, que sobresalía como una palmera entre las mujeres que la rodeaban, pequeñas como lo son comúnmente todas las de aquella nación.

Quince años contaba la princesa cuando Crádates fue con ella y sus hermanos a postrarse a los pies de Alejandro.

La imaginación entusiasta de la joven, vivamente impresionada por la relación de las hazañas de este gran monarca, se enardeció mucho más cuando pudo verle y contemplar su juventud y belleza unidas a su nobleza y heroísmo, y aquel instante decidió de su vida.

Concibió por el rey una vehementísima pasión, y la arrogante Hermione, objeto de la adoración de casi todos los príncipes del Asia, se convirtió en esclava del rey de Macedonia.

El joven monarca no reparó en el efecto que había producido: vio a sus pies a una hermosa y esbelta joven, vestida de un largo traje blanco, y cuyos marmóreos hombros, más blancos que el cendal de su vestido, estaban medio cubiertos con un manto de púrpura recamado de oro; miró por un instante aquella angélica cabeza poblada de rizos negros, y aquellos piececitos que aparecían torneados a través de las cintas de sus sandalias de grana, y después volvió los ojos a otro lado con frialdad.

En cuanto a Hermione, solo la palidez de su semblante y el temblor de sus labios pudieron dar a conocer lo que pasaba en su alma.

El príncipe Crádates siguió por algún tiempo la marcha del ejército real; pero queriendo Alejandro ligar al anciano con beneficios y manifestarle a la vez la confianza que de él hacía, le envió a Maracanda, nombrándole gobernador de esta ciudad y de su dilatada provincia, y trasmitiéndole un poder igual al que tenían los sátrapas en tiempo de Darío, el desgraciado rey de Persia.

El príncipe recibió esta gracia con un vivo reconocimiento y con un deseo ardiente de dar un testimonio de él al generoso vencedor. Mas la desdichada Hermione, cuya pasión había hecho rápidos progresos, vio en esta nueva su sentencia de muerte.

¡Perdía a Alejandro! ¡Se alejaba de él sin poderle decir que le amaba!... y para colmo de su desgracia, tenía que encerrar cuidadosamente este amor en el fondo de su alma y ocultar a su padre un sentimiento que hubiera reprendido quizá con demasiada severidad.

Jóvenes que amáis sin esperanza; vosotras, que os veis precisadas a mostrar la sonrisa en los labios cuando tenéis desgarrado el corazón; vosotras, en fin, que sabéis lo que es pasar mil veces por delante del hombre a quien amáis sin que sospeche siquiera lo que sufrís: imaginaos por un momento que os arrebatan el triste consuelo de verle; pensad cuán intenso y amargo sería vuestro dolor, y tendréis una idea del tormento de la desventurada Hermione.

Con la muerte en el alma partió con su padre y sus hermanos para Maracanda, que se sometió al rey sin resistencia, siguiendo el ejemplo de los demás pueblos del Asia Menor, y aquella pobre niña cayó en una profunda melancolía.

Todos los delirios de la pasión más fuerte se apoderaron de su espíritu; llamaba a Alejandro, acariciaba un retrato suyo que había podido procurarse, y que jamás separaba de su seno; veíasela, en medio del sueño, pálida y agitada, derramando abundantes lágrimas, y solamente despertaba de tan dolorosa pesadilla para sentir un martirio mil y mil veces más cruel.

Hermione no tenía madre; la hermosa Berenice, hija del rey de Isedón y esposa de Crádates, murió al darla a luz, y el cielo arrebató con ella a la infeliz princesa el apoyo mejor y más seguro.

Cierto es que su padre la amaba con ciego cariño, y que la adoraban sus hermanos, sobre todo Casandro, que era de natural muy dulce; pero nunca pudo Hermione resolverse a declararles su fatal secreto, encerrándolo, por el contrario, con cuidadoso afán en lo más íntimo de su alma.

Cerca de un año hacía que vivían en Maracanda, cuando Alejandro llamó a los jóvenes príncipes, hermanos de Hermione, confiándoles cargos muy importantes en el ejército y sin desperdiciar una ocasión en que pudiera manifestar al anciano Crádates su amor y estimación.

Entonces fue cuando llegó Efestión a aquel reino: Efestión el malvado, Efestión el regicida, puesto que, cómplice del traidor Besso, hicieron ambos expirar, a los golpes de sus puñales, al magnánimo rey de Persia; Efestión, cuya sangrienta memoria ha quedado para siempre grabada en todos los pueblos que bañan el Éufrates y el Termodonte.

Después del detestable regicidio, que quedó oculto por entonces a favor de las tinieblas de la noche en la agitación de aquella memorable batalla, que decidió la suerte de dos grandes naciones e hizo a la una esclava de la otra, siguieron Efestión y Besso toda la Bactriana, asolando a los pueblos y apoderándose de las riquezas de aquel desdichado territorio; mas cuando Alejandro llevó hasta allí sus armas vencedoras, Efestión vendió a su amigo, y queriendo contraer méritos con el soberano, prendió a Besso por su propia mano y le condujo sujeto a la tienda del rey.

El gran Alejandro ignoraba todavía quiénes eran los asesinos del anciano Darío, al cual amaba tanto, no obstante ser su enemigo y haberle conquistado casi todo su reino.

Besso le fue presentado con la lengua cortada, y Efestión urdió una fábula que nadie podía desmentir.

Imposibilitado Besso de hablar, solo un esclavo podía descubrir al infame regicida; pero el infeliz siervo fue muerto y arrojado al Éufrates así que se cometió el crimen.

Por lo tanto, todo el rigor de Alejandro cayó sobre el desgraciado Besso, que fue colgado de un árbol, asaeteado y descuartizado antes de expirar por cuatro caballos,[5] y Efestión fue recompensado con mano pródiga por el rey, que le agradeció que le hubiera proporcionado la ocasión de ejercer aquel acto de justicia; pero el malvado regicida, abusando de los favores del monarca, sembró nuevas sediciones en el campo; y obligando a los daheses a que se sublevasen con siete mil caballos bactrios, partió con ellos en dirección a Maracanda, a fin de obligar al príncipe Crádates, con quien le unía una estrecha amistad, a levantarse contra su rey y señor.

Al pronto ocultó sus designios, haciendo creer a Crádates que venía por orden de Alejandro; y el príncipe, engañado con esta treta, le recibió en su mismo palacio y le trató como enviado del rey, dando órdenes para que se alojase parte del ejército en la ciudad, y el resto en los lugares más cercanos, pero con la mayor comodidad posible.

Efestión había tomado muchas precauciones para que el anciano no descubriese la verdad. Cubrió los caminos de guardias para detener a todo el que pudiese venir de parte del rey o de cualquiera otro lado, y de este modo pudo ocultar al príncipe su infamia.

Aquel hombre, de corazón de hierro hasta entonces, tenía a la sazón en sí mismo el más peligroso enemigo: amaba a Hermione, y la amaba con toda la energía de la primera pasión; la bella y melancólica niña le hacía olvidar todos sus proyectos con una sola mirada, y delante de ella desaparecía a sus ojos el resto del mundo.

Un presentimiento oculto le aconsejó no declararle su amor: adivinaba que Hermione no correspondería jamás a su indomable pasión, y prefirió entenderse con el príncipe y pedirle la mano de su hija.

El engañado Crádates prestó oídos a la proposición que Efestión le hiciera; y creyendo a este en un alto favor con el rey, supuso que no podía esperar un partido más ventajoso para su hija, y prometió su mano a Efestión, sin consultarla en atención a su corta edad.

Mas al participar su resolución a Hermione, encontró en ella una resistencia que no esperaba: nacida la joven con un carácter generoso pero altivo, se rebeló contra esta violencia y habló a su padre con energía.

En aquellos pueblos poco civilizados e idólatras, la educación y la religión no podían ser frenos para contener el ímpetu de los sentimientos, y la pobre niña, agotado su valor, se entregó completamente al exceso de su pena.

—Padre —exclamó postrada a los pies del anciano—, ¡quieran los dioses, ya que no tenéis piedad de vuestra hija, que halléis en su obediencia el castigo de vuestra crueldad!... Mas no creáis —prosiguió levantándose con fiereza—, no creáis, señor, que cedo todavía: voy a escribir a mis hermanos, y después me arrojaré a las plantas de Efestión, le haré saber que no le amo, que no quiero, que no puedo ser suya, y si no se compadece de mí, si mis hermanos no vienen en mi socorro, imploraré el favor del rey.

Al pronunciar estas últimas palabras, temblaron los labios de la princesa, y su semblante se cubrió de una mortal palidez: aquel pensamiento atravesó su corazón como un dardo de fuego, y trajo ante sus ojos, con más viveza que nunca, la imagen de Alejandro.

Crádates no advirtió lo que pasaba en el corazón de su hija, y creyó efecto de su impaciencia o de su dolor el trastorno que notara en su rostro.

—Escucha, hija mía —le dijo con ternura—, si yo no supiera que ibas a ser feliz, no me verías hoy tan obstinado; te ruego, pues, que me obedezcas, y no me obligues —continuó cambiando de voz—, a que haga uso de la autoridad que los dioses me han concedido sobre ti; no pidas auxilio a nadie contra tu padre, Hermione; tus hermanos, lejos de aprobar tu rebeldía, te obligarán a obedecerme, y Efestión te ama demasiado para que consienta en perderte; en cuanto al rey —prosiguió el príncipe sin poder calcular el daño que causaba a su hija—, en cuanto al rey, está harto entretenido para pensar en ti; todos los príncipes del Asia estamos convocados en Babilonia para dentro de quince días, con el fin de asistir a sus bodas. En este pliego, escrito de mano del monarca, me lo participa, añadiendo que se casa con la princesa de Persia, prisionera suya con toda su familia desde la muerte del rey su padre.

Un rayo no hubiera aturdido menos a la joven que esta noticia; Hermione lanzó un agudo grito, extendió los brazos y cayó desplomada a los pies de Crádates. El anciano la tomó en sus brazos y la condujo a su aposento, encargándola a los cuidados de su nodriza Teane.

Cuando la joven volvió a abrir los ojos, vio a su padre, sentado junto al lecho, que estrechaba una de sus manos cubriéndola de besos y de lágrimas; algo apartado Efestión, en pie y silencioso, la contemplaba con una mirada de dolor.

Pocos hombres había entonces comparables a él: de elevada estatura y modelada como el Apolo antiguo, se olvidaba su gallardía para admirar la belleza de su semblante; era notable el contraste que ofrecía su dorada cabellera, naturalmente rizada, con sus rasgados ojos de un negro afelpado; el resto de sus facciones completaba ese magnífico tipo oriental que tan perfecto se conserva todavía en Atenas o en la isla de Delos. Su edad no llegaba a veintiséis años, y jamás un alma más horrible se ha albergado en un cuerpo más hermoso; en aquel bárbaro corazón no imperaba más que un solo sentimiento: su pasión a Hermione. Al verla extendida en el lecho, y al parecer sin vida, la más cruel desesperación se apoderó de él, y al verla abrir los ojos, una inmensa alegría sacudió a aquella fiera naturaleza.

Apenas Hermione volvió en sí, se sentó en el lecho; apartó de su frente los numerosos bucles, negros como el ébano, que la cubrían, y permaneció silenciosa algunos instantes.

—Padre —dijo al fin con voz firme—, os obedeceré, y vos, señor —prosiguió tendiendo sus manos a Efestión, que las estrechó entre las suyas—, recibid el juramento que os hago de ser vuestra... Yo no os amo ahora —añadió la joven—, pero de nuevo os juro, por los dioses, que os amaré muy pronto, Efestión, o que moriré de lo contrario.

La desdichada no sabía aún quién era el hombre a quien acababa de ligarse para siempre. Apoyose en el brazo de su padre, y ambos bajaron al jardín seguidos de Efestión, que habiendo conseguido lo que más deseaba en el mundo, fijó otra vez su pensamiento todo en la ejecución de sus tenebrosos planes.

II

DOLORES SIN CONSUELO

Algunos días después de los sucesos que acabamos de referir, la hija de Crádates se unió para siempre a Efestión, príncipe de los ismenios, a cuya dignidad le había elevado el magnánimo Alejandro en recompensa de haber puesto en sus manos al matador de Darío.

Crádates se preparó para ir a Babilonia con el objeto de asistir a las bodas reales, sin que los jóvenes esposos consintieran en acompañarle, aunque por motivos muy diversos.

Hermione hizo al deber el sacrificio de su amor, y la imagen de Alejandro empezaba a borrarse de su memoria, como su retrato había desaparecido de su pecho; su amarga melancolía había degenerado en una calma triste, pero que le proporcionaba algún reposo; insensiblemente se iba acostumbrando a Efestión, y sin duda alguna le hubiese amado con el tiempo si su enemiga suerte no lo hubiera dispuesto de otro modo.

Era un día hermoso de estío, víspera de aquel en que debía partir el anciano Crádates; hallábanse en los extensos y perfumados jardines la princesa y sus damas, todas casi tan niñas y hermosas como su joven soberana; veíase entre ellas a la armenia de dorados cabellos y velados ojos; a la odalisca de esbeltas y torneadas formas; a la georgiana de tez rosada y luciente mirada negra; a la ateniense de virginal perfil y pies de niña; a la persa de purpurina boca, estrecha frente y dulce sonrisa; a la escita de celestes ojos, enhiesto cuello y manos de nieve; y todos los tipos, en fin, más bellos y perfectos de los imperios del Asia.

Sentada Hermione a la orilla de un azulado arroyuelo, hablaba con su nodriza Teane, cuyo amor hacia ella rayaba en adoración; las damas se habían quitado los mantos y saltaban como cervatillos en las anchas praderas de flores, cuyos débiles tallos se tronchaban bajo la tenue presión de sus lindos pies, calzados con sandalias.

El jardín estaba además lleno de guardias de la princesa, deudos de Crádates y esclavos negros.

De súbito se oyó un extraordinario ruido a las puertas del palacio, y las damas corrieron despavoridas al lado de la princesa y de la anciana Teane.

—Anda a ver que sucede, Orontes —dijo Hermione con serena voz a un eunuco negro, que salió al instante a cumplir esta orden; pero un momento después volvió pálido y trastornado.

Seguíanle de cerca dos caballeros armados a medias, pues al uno le faltaba una manopla, y dejaba ver una mano horriblemente mutilada aunque no por eso había abandonado la espada; y el otro traía la cabeza descubierta, y su yelmo, perdido tal vez en alguna refriega, no había sido suficiente a librarle de recibir en ella una profunda herida.

Al ver a aquellos hombres, se puso en pie la princesa; dilatáronse sus grandes ojos azules, y cubrió su rostro una palidez mortal.

—¡Casandro!... ¡Tolomeo!... —exclamó al fin tendiéndoles los brazos, en tanto que se iba llenando el jardín de soldados y deudos de los príncipes, tan heridos y desfigurados como ellos—. ¡Hermanos míos!, ¿qué os ha sucedido?, ¿qué es esto? —gritó dando un alarido desgarrador al ver caer a Casandro privado de conocimiento.

—¡Hermana!... —exclamó Tolomeo asiéndola del brazo—, ¡hermana!... antes de todo, respóndeme... ¿eres ya esposa de Efestión?

—Sí —contestó la joven con temblorosa voz.

—¡Ah! —gritó el príncipe—. ¡Maldición sobre nosotros!...

Y soltó el brazo de la infeliz Hermione, la cual fue a abrazar a Casandro, que permanecía desmayado todavía en los brazos de sus escuderos.

A poco llegó al jardín el anciano Crádates. Al ver a su querido Tolomeo horriblemente herido y ensangrentado, y a su hermoso Casandro, al parecer sin vida, el desgraciado padre quedó yerto de espanto.

—¿Qué habéis hecho, señor? —exclamó el príncipe—, ¿conque habéis entregado a Hermione al asesino de nuestro rey? ¿Sabéis que Darío rindió su vida a los golpes del puñal de ese monstruo de iniquidad? ¿Sabéis que se ha rebelado contra Alejandro y que está en Maracanda el foco de la rebelión? ¿Sabéis que pasáis en el campo macedonio por un traidor como él? ¡Oh, padre! —prosiguió el infeliz Tolomeo en el paroxismo del dolor más violento—, ¿sabéis que me cuesta la vida de Casandro haber podido penetrar hasta aquí?

Nada respondió el anciano, y fue lentamente a postrarse ante Casandro, cuya cabeza abierta sostenía Hermione sollozando amargamente.

Crádates separó los hermosos rizos de ébano que cubrían aquella frente ensangrentada, y sin derramar una lágrima, pero más pálido que el herido, puso en ella sus labios, dominando por un momento el amor paterno a todos.

—¡Yo te vengaré, hijo mío, yo te vengaré! —exclamó levantándose en seguida.

—¡Venganza, sí! —gritó Tolomeo—. Yo he venido, de parte de Alejandro, a averiguar la verdad de lo que aquí sucede, porque no se resuelve a creeros culpable y prefiere juzgaros engañado. «Id —nos ha dicho—; a los hijos toca salvar el honor del padre; la alianza que me han anunciado va a efectuarse entre Crádates y Efestión es una prenda de traición. Volad, pues, a impedir que la inocente Hermione se una al asesino de vuestro rey, y traedme al regicida para que expíe como Besso, no su rebelión contra mí, que desde luego le perdono, sino el horrible crimen que cometió al derramar, con sus miserables manos, la augusta sangre de Darío.»

Casandro había vuelto de su desmayo; echó los brazos al cuello de Hermione, teniéndola largo rato oprimida contra su pecho, y después se sentó con firmeza en un banco de césped.

Crádates y Tolomeo se aproximaron a él, en tanto que algunos vendaban sus heridas.

—Padre mío —dijo con débil voz—, no perdáis tiempo: el cuerpo de ejército, que el rey nos dio para batir las tropas de Efestión, ha sido deshecho, y el traidor cuenta con muchas fuerzas dentro de Maracanda. Huid, por el cielo, con Hermione, y salvadla... a favor de un disfraz podréis llegar a Babilonia... presentaos al rey, decidle que envíe al momento los soldados necesarios para sofocar la sedición. El esclavo que presenció el asesinato del rey Darío, y que fue arrojado a las ondas del Éufrates, no murió como se creía, y ha descubierto a Alejandro todos los crímenes de Efestión... huid, huid, por los dioses, y llevaos a mi hermana. ¿Qué pueden hacer aquí un anciano y una niña?

—¡Morir! —contestó una voz bien conocida de todos.

Era Efestión que había penetrado en el jardín seguido de un gran número de parciales.

—¡Sí! —prosiguió el traidor—, morirán como vosotros, y como todos los que no se unan a mi causa; ya no es tiempo de retroceder; juego mi vida, y haré todo lo posible para no perderla. Yo te engañé, Crádates —continuó dirigiéndose al príncipe—; sí, yo sublevé las tropas que existen en Maracanda, y vine aquí únicamente para que secundaras mi rebelión contra Alejandro.

—¿Y creíste que yo?... —tartamudeó Crádates temblando de ira y lanzando una mirada de desprecio al miserable Efestión—. ¡Oh!, decidme —continuó juntando las manos—, decidme que habéis mentido, aseguradme que, convencido de vuestro error, desistís de vuestros horribles planes.

—¡Imposible! —contestó Efestión con estoica calma—. Si cuando el rey de Macedonia me favorecía me rebelé contra él, juzga tú mismo lo que debo hacer ahora que pide mi cabeza.

—¡Traidor! —gritó el príncipe tirando de la espada y arrojándose a él—. ¡Infame regicida!... ¡Te juro, por los dioses, que no has de salir vivo de aquí!...

El acero de Efestión cortó el aliento al desgraciado anciano, que cayó con el pecho atravesado a los pies del asesino de Darío sin poder hacer otra cosa que tender los brazos a sus hijos.

Dos terribles golpes sintió al mismo tiempo el malvado. La espada de Tolomeo, aunque manejada por su mano izquierda, le partió el hombro, y la de Casandro le produjo una profunda herida en la espalda; mas los infelices príncipes rindieron muy pronto sus vidas a los furibundos golpes de una nube de soldados que los rodearon de repente, inmolándolos sin piedad.

La desdichada Hermione lanzó un penetrante alarido, y cayó sin sentido inundada en aquella sangre, que era la misma que corría por sus venas.

Efestión, sin turbarse en lo más mínimo, y con un valor admirable digno de más noble causa, mando hacer una señal, convenida sin duda, porque en pocas horas fue pasada a cuchillo por los sediciosos toda la guarnición de Maracanda que no quiso secundar la rebelión.

III

EL REGICIDA

La hija de Crádates pasó muchos días entregada a una furiosa demencia: encerrada en sus habitaciones con su nodriza Teane, llamaba a su padre, a sus hermanos, y maldecía a su inhumano verdugo, sin consentir en tomar alimento alguno ni ver a nadie.

Cuando se calmó su doloroso delirio, cayó en una melancolía profunda; la infortunada joven se sentía desfallecer y se rendía quebrantada al peso de su amarga pena. A no ser por los amorosos cuidados de la buena Teane, hubiera muerto sin duda.

Una noche que, sentada junto a una ventana, lloraba pensando en su desgraciada familia, entró de improviso Efestión en su aposento; al verle, Hermione se estremeció de horror, helose el llanto en sus yertas mejillas, y en su hermoso semblante se pintó, con la mayor energía, todo el odio que aquel hombre le inspiraba.

—¡Verdugo de mi padre! —exclamó con indecible vehemencia la irritada princesa—. ¡Asesino de mis hermanos! ¿Qué buscas aquí? ¿Vienes a gozarte en mis tormentos? ¿Acaso es tu designio quitarme también la vida? Hiere —prosiguió descubriendo su seno—, hiere sin piedad; traspasa este corazón, enemigo de esa mano parricida que hace pocos días me alargaste en señal de tu amor, y que diste a mi buen padre en prueba de fidelidad. No te detengan los aborrecibles lazos que nos unen; no alimentes para tu ruina una serpiente que te devorará, si no la ahogas primero.

—Escúchame, Hermione —dijo Efestión con voz dulce y reposada—. Si para conservar mi fortuna y mi vida tuve que envainar mi puñal en el pecho de tu padre, para conservar la tuya y hacerte feliz no perdonaré sacrificio alguno; yo te amo —prosiguió cruzando sus manos con una indescriptible mezcla de pasión y de dolor—, yo te amo, Hermione, y este amor es el único sentimiento dulce que ha surgido en mi corazón: no siento remordimiento alguno por haber dado muerte a los tuyos, mas tu dolor traspasa mi alma. ¡Oh, Hermione! —continuó Efestión arrojándose a los pies de la princesa—: ¡mi adorada Hermione!... perdóname y dime que no me aborreces, que me miras sin horror, que podrás amarme algún día...

—¡Ah! —gritó la princesa rechazando a su esposo, quien, arrodillado, todavía sollozaba amargamente—. ¡Verdugo de mi padre! ¡Quieran los dioses descargar sobre tu cabeza todos los rayos de su venganza!

Hermione salió del aposento.

El príncipe de los ismenios permaneció como helado de estupor; su alma indómita jamás se había humillado, y tan solo el vehemente amor que Hermione le inspiraba había podido ablandar su fiereza.

Cuando le volvió la espalda la princesa, la siguió con la vista sin variar de postura, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, pálidas con la fuerza del dolor.

—¡Nunca me amará! —murmuró después con ahogado sollozo, y cubriéndose el semblante con las manos.

Imposible era, en efecto, que la joven princesa amase ya a aquel hombre. Con su presencia despertose en el alma de Hermione una ardiente sed de venganza, y, al huir de él, corrió a encerrarse en otro aposento para poner por obra un proyecto que hacía algunos días meditaba.

¿Habéis amado, lectoras mías, para olvidar después? ¿No os ha sucedido, en alguna época de vuestra vida, tener que dejar de querer a un ser digno de vuestra adoración, para amar a otro ser que valía mucho menos, ya por conveniencias sociales, ya por exigencias del mundo, ya en fin, por caprichos del corazón? ¿Y no habéis sido engañadas por el mismo a quien dabais un cariño que no merecía? ¡Ah! ¿Qué habéis hecho entonces? Pero ya lo adivino: habéis vuelto vuestros ojos, cansados de llorar, hacia aquel objeto que debisteis amar eternamente, a pesar de las exigencias de la sociedad y de las hipócritas fórmulas del mundo; tal vez por orgullo no le habéis dicho: «Te amo como antes.» Vuestros deberes quizá os habrán retenido lejos de él, ¿pero no es verdad que a él habéis vuelto sin cesar el pensamiento y la mirada? ¿No es verdad que habéis consagrado a su recuerdo todos los instantes de vuestra vida, como el único consuelo de vuestra amargura?...

Esto fue, pues, lo que sucedió a Hermione: dormía en su alma, debilitada por largos combates, una violenta pasión que despertó de súbito al rudo choque de su infortunio; y, como vosotras, volvió de nuevo los ojos y el corazón hacia aquel hermoso y benéfico recuerdo, único bien que le restaba en el mundo.

Sola y sin amparo, quiso escribir al magnánimo Alejandro para pedirle venganza de la muerte de su padre y de sus hermanos. No tuvo que combatir esta resolución; odiaba a Efestión como verdugo de los suyos, como regicida del anciano Darío y como traidor al rey de Macedonia, y con mano firme y sin remordimientos trazó la siguiente carta:[6]

«No es, ¡oh, señor!, la esposa del infiel Efestión, es la hija del noble Crádates la que se dirige a vos; si el nombre del primero os es aborrecible, creo que la memoria del segundo os debe ser de alguna estimación.

»El venerable anciano a quien debí la vida, ha rendido la suya a los golpes del puñal del hombre que hoy me llama su esposa. En vano fue, ¡oh señor!, en vano fue que enviaseis a mis hermanos para que impidiesen el sacrificio de la infeliz Hermione. En vano, ¡ay!, pues que ya estaba unida con lazos eternos al miserable que tan cruelmente ha derramado la sangre de mi inocente familia... Tolomeo, vuestro amado Tolomeo, ha muerto destrozado por las lanzas de los soldados de Efestión; y Casandro, el joven y hermoso escudero que nunca se apartaba de vuestro lado, ha expirado horriblemente mutilado, pronunciando el nombre adorado de Alejandro.

»¡Venganza, señor, venganza! Yo la invoco de vuestra justicia contra el matador del rey Darío, padre de la princesa que habéis elegido por esposa; contra el verdugo de los míos; contra el infame que ha osado hacer a su bienhechor y su rey la más horrible de las traiciones.

»¡Que muera, ya que ha derramado tanta sangre noble e inocente!... Que expire al rigor de los tormentos más crueles, y así plegue a los dioses prolongar y hacer felices los días de vuestro reinado. — Hermione.»

Escrita esta carta, fue entregada y recomendada mil veces al hijo de la anciana Teane, que partió sin dilación al campo macedonio.

Hermione quedó sola con su nodriza, entregada a la más cruel ansiedad. Dotada de un alma generosa, aunque, como ya hemos dicho, enérgica y altiva, tardó poco en aparecer el remordimiento; había demandado con ansia la muerte de su esposo, y la sola idea de que era muy probable que Alejandro le hiciese justicia, la helaba de terror.

—¿Por ventura —se decía—, podrán devolver la vida a las víctimas que lloro los suplicios que hagan sufrir a su verdugo?

Además, por culpable que este fuese, ¿no era también su esposo?

Hermione lloraba amargamente, cuando se abrió con estrépito la puerta de su aposento, y el más horrendo espectáculo se presentó a sus ojos.

Acababa de ver entrar pálido, cubierto de sangre y brotando fuego por los ojos, a Efestión, que traía en una mano la carta que ella había escrito pocas horas antes, y en la otra la cabeza del desgraciado mensajero.[7]

Fría e inmóvil como la estatua de la desesperación, clavó la princesa sus extraviados ojos en Efestión.

—Mira —dijo este aproximándose a su esposa y mostrándole el sangriento despojo—, mira, Hermione, la recompensa que das a los que pretenden servirte con fidelidad —y al pronunciar estas palabras, arrojó la lívida cabeza a los pies de Teane, que cayó al suelo desmayada dando un prolongado grito.

—¡Bárbaro! —exclamó Hermione en el paroxismo del furor más violento—. ¡Execrable verdugo! Aún no lo sabes todo: esa carta no te ha revelado más que una parte muy pequeña de lo que pasa en mi alma. Yo te aborrezco, Efestión, te odio, y para que sea doblado tu tormento, sabe que amo, que adoro al rey Alejandro, aunque nada le digo en este escrito. Mátame ahora —prosiguió la princesa con terrible vehemencia—; mátame, Efestión, porque te juro que trabajaré incesantemente para perderte mientras tenga vida.

Calló la joven; su esposo, mudo y helado, fijó en ella sus ojos secos y dilatados; pero poco a poco fuese encendiendo su semblante, y el trastorno de sus facciones patentizó bien pronto la borrasca que hervía en su alma.

—¡Ja!... ¡ja!... ¡ja!... ¿Conque amas al rey, Hermione? —exclamó soltando una amarga carcajada—. ¿Y cómo paga él tu amor? ¿Acaso con la ciega idolatría con que yo te he adorado?

Interrumpiose al decir esto, y sus labios temblaron convulsivos, en tanto que sus rasgados ojos despedían relámpagos de furor.

—¿No sabes —gritó después con ronca voz, acercándose impetuosamente a la joven y asiéndola de un brazo—, no sabes que va a casarse con la princesa de Persia? ¿Ignoras que dilata mi castigo, que es lo que más anhela en el mundo, para no pensar más que en su bella Estatira? ¿Y se te oculta, Hermione, que yo le odio hasta el extremo de intentar darle la muerte por mi propia mano?

—¡La muerte!... —exclamó la princesa con un alarido de dolor—, ¡la muerte!... Entonces, Efestión, una misma losa nos cubrirá a entrambos.

—Calla —le interrumpió el príncipe—; calla, insensata, dentro de tres días habrá cortado la vida de Alejandro el filo de mi puñal, y tú serás la esposa de Efestión III, rey de Persia y Macedonia.

IV

EL PUÑAL DE ESTRATÓN

Dos días han trascurrido desde que tuvo lugar la última entrevista de los dos esposos; el príncipe de los ismenios se prepara a partir, en cuanto raye la aurora, para el campo macedonio, a fin de llegar de incógnito al cerrar la noche; pocas personas van en su compañía, pero le sigue de cerca un formidable ejército.

Señor de Maracanda, y teniendo a su devoción las dilatadas costas de la Bactriana, va a dirigirse, con ánimo sereno y a favor de un disfraz, a dar el golpe mortal en el corazón de su rey y señor, el magnánimo Alejandro, en la noche misma de sus regias bodas.

Efestión odiaba al monarca porque ambicionaba su corona; pero le aborrecía mucho más desde que sabía que le había robado el corazón de Hermione.

Así, pues, muerto Alejandro, se hacía proclamar rey inmediatamente, se deshacía de un poderoso aunque inocente rival, y recogía de una vez el fruto de todos los crímenes de su vida.

Tendiose en el lecho, y bien pronto el sueño cerró sus fatigados ojos.

Dejémosle dormir, y vamos en busca de Hermione, cuya triste suerte es harto digna de compasión.

Sentada la joven, tenía las manos cruzadas sobre las rodillas; su semblante, hermoso hasta el grado más sublime, estaba pálido como el mármol; sus grandes ojos azules, serenos como el cielo de un día de estío, estaban ahora fijos e inmóviles; y sus largos cabellos negros, sueltos, la envolvían como un manto de seda y bajaban a ensortijarse en sus diminutos pies. Una túnica de lana fina y blanca, a la manera de las de las sacerdotisas druidas, y un manto de púrpura de Tiro, sujeto en el hombro con un broche de pedrería, componían su traje, que llevaba desceñido y en el mayor desorden.

La pobre Teane, sentada a sus pies, lloraba amargamente sin que interrumpiese el sepulcral silencio que reinaba en la estancia otro rumor que el que producían los sollozos de la anciana.

De repente levantó la princesa la frente y sacudió la cabeza con un fiero movimiento de arrogancia.

—Basta de llorar, madre mía —dijo dirigiéndose a Teane—: muera el asesino de mi padre: él me inspira desde el cielo, donde mora en compañía de los dioses. ¡Oh, padre mío! ¡Oh, hermanos! ¡Voy a vengaros para dar paz a vuestras sombras irritadas!

Calló la princesa sin atreverse a formular el pensamiento que dominaba a todos los demás en su alma; el amor tenía no pequeña parte en su resolución; pero Hermione no quería confesarse a sí misma lo que juzgaba una innoble flaqueza.

En su alma fuerte existía el germen de todas las virtudes, y la desgraciada princesa hubiera sido una mujer sin igual si hubiera nacido en nuestro siglo y bajo el cielo de nuestra hermosa España.

Levantose Hermione, imitándola Teane, que abrió en seguida la puerta.

Eran las once de la noche; la nodriza encendió una linterna sorda y salió para llamar al capitán de guardias de la princesa, que entró un momento después seguido de aquella.

—¿Está la carroza prevenida, Estratón? —preguntó la joven.

—Sí, señora —contestó este.

—¿Y mi guardia?

—Os espera.

—Seguidme, pues —dijo Hermione—; pero no me obliguéis a dar el golpe fatal, añadió con temblorosa voz.

Nada respondieron sus taciturnos compañeros, y siguieron caminando por las largas galerías que conducían al aposento del príncipe.

Al pasar por la antecámara, encontraron dormida a toda la guardia, menos a Nearco, su capitán, que se paseaba junto a la puerta que daba paso a la estancia de Efestión; la débil luz de una tea, colocada en un pebetero de oro, iluminaba el semblante del joven guerrero al pasar por delante de ella, volviendo a dejarle en la sombra cuando se alejaba con mesurado paso.

Solamente el acompasado ruido de su armadura turbaba el silencio que reinaba en aquel aposento.

Al divisar Nearco a la joven princesa, descubrió su cabeza y se adelantó a recibirla con el yelmo en la mano; mas Estratón se abalanzó sobre él, y cubriéndole la cabeza con una capa, le hundió su puñal en la garganta.[8]

El capitán cayó sin lanzar un gemido, y en su rostro juvenil apareció la inmovilidad de la muerte.

—¡Adelante, señora! —dijo Estratón—: tened valor.

—¿No pudierais ir solo? —dijo Hermione, más pálida que el cadáver que yacía tendido a sus pies, y pasando una mano por su frente bañada de helado sudor.

—Imposible —respondió Estratón—: si vos no me acompañáis, yo también me retiro.

—Y mañana —murmuró Teane—, mañana morirá sin remedio el rey a manos de Efestión.

Entonces brillaron los ojos de la princesa con una ráfaga de delirio, y abrió la puerta que la separaba del aposento de su esposo, que dormía tranquilamente.

Estratón echó sobre la cabeza del príncipe la capa fatal y envainó tres veces en su pecho el puñal, rojo aún de la sangre de Nearco.

Un grito, sofocado por los anchos pliegues del manto de púrpura, llegó a los oídos de la nueva Judith; después nada se oyó... Se agitó el sudario, y siguió el silencio de la muerte.

Teane sacó un largo y afilado cuchillo, cortó la cabeza de Efestión y la guardó envuelta en la horrible capa, en tanto que Estratón se acercaba a Hermione, que retrocedió espantada.

—¡He vengado a vuestra familia, señora! —dijo el capitán de guardias con amarga sonrisa.

—¡Y has salvado a la vez la vida y la corona de Alejandro! —contestó la princesa tendiendo sus manos al asesino—. ¡Gracias, Estratón!

Pocos momentos después, subían Hermione, Teane y Estratón a la carroza de la princesa, escoltados por una numerosa guardia.

Estratón poseía toda la confianza del príncipe de los ismenios, e hizo creer a todos muy fácilmente que, por orden de este, sacaba del campo a Hermione.

V

JUSTICIA DE ALEJANDRO EL GRANDE

Al finar aquel día, es decir, a la misma hora en que debía penetrar Efestión, según sus designios, en el campo de los macedonios, llegó a él la princesa: los arqueros del rey divisaron la crecida escolta que acompañaba la carroza, e inmediatamente dieron la voz de alerta.

Todas las tropas se formaron delante de las tiendas.

Apeose la princesa, habiéndole tenido el estribo el príncipe de Epiro, joven el más apuesto y arrogante de todos los que componían la corte de Alejandro el Grande.

El campamento presentaba un espectáculo de que no podemos tener idea en nuestros días: la anchurosa llanura, en la cual se habían construido las tiendas, se veía iluminada por el resplandor de mil hogueras que habían encendido los soldados en señal de regocijo; brillaba la luna en el firmamento, derramando sus plateados rayos que iban a quebrarse en las lucientes armaduras de los guerreros.

Aquellas dos luces hacían un magnífico y sorprendente contraste, y sus fulgores luchaban en brillantez, venciendo, no obstante, a los rojizos resplandores de las hogueras los puros y argentinos rayos de la antorcha celeste.

Veíase en primer término una larga fila de tiendas, tan profusamente alumbradas en su interior que parecía que un radiante sol les prestaba sus fulgores; sus cortinas eran de tisú de plata recamadas de pedrería; en todas ellas tremolaban los estandartes de Persia y Macedonia, columpiados por el suave viento de la noche, y en su parte más elevada se ostentaban, formados con flores, los nombres de Alejandro y Estatira.

La primera de aquellas tiendas estaba ocupada por la familia real; las demás por los príncipes confederados de toda el Asia, que habían acudido a la gran solemnidad que se celebraba con motivo de las regias bodas.

Los pajes, escuderos y soldados tenían un poco más retiradas sus tiendas, pero su número era tan grande, que hubiera sido una locura el intentar contarlas.

La infeliz Hermione sintió que su corazón se destrozaba al contemplar aquel hermoso cuadro. Palideció de pronto, y sus labios temblaron convulsivamente; pero, haciendo un violento esfuerzo, presentó sonriendo su mano al joven Demetrio que la esperaba.

—Conducidme a la tienda del rey, príncipe —dijo con dulce voz al caballero.

Y pasó con semblante sereno, e inclinando la cabeza para saludar, por delante de las filas de soldados, que doblaban ante ella sus picas y ballestas.

La carroza quedó rodeada de la guardia de la princesa, a la cual siguió Estratón con Teane hasta el umbral de la tienda de Alejandro; allí se detuvieron con los príncipes y cortesanos que iban en pos de la joven.

Hermione se quedó inmóvil y como petrificada al levantar dos heraldos las amplias cortinas de la tienda real.

Recostado el monarca en una otomana, tenía a su lado a su joven esposa. Cerca de ellos se veía a la anciana reina de Persia, Sisigambes, madre del rey Darío, en cuyas rodillas estaba sentada la niña Aspasia, hermana de la desposada.

La regia abuela contemplaba a sus nietas con entrañable amor, y de vez en cuando acercaba sus labios a los dorados y perfumados bucles de la niña que tenía en su regazo; aquella venerable anciana era el único apoyo que el cielo había dejado a las huérfanas de Darío.

Todos los historiadores convienen unánimes en elogiar la maravillosa belleza, aunque de género diferente, de las princesas de Persia.

La esposa de Alejandro contaba entonces diecisiete años, y su talla elevada era esbelta y débil, como las jóvenes palmeras de su nación; tenía los ojos extremadamente grandes, negros y brillantes como el azabache bruñido, pero melancólicos y pensativos; la dirección natural de su mirada era de frente, pero notábase en ella una ligera inflexión hacia el cielo, como si mirase más allá de este mundo; por eso, sin duda, sus larguísimas y ensortijadas pestañas se unían casi a sus arqueadas cejas de suave y delicado dibujo. En aquellos hermosos ojos se encerraba una historia entera de amor y tristeza.[9]

Jamás habían crecido sus cabellos más que hasta el extremo del cuello que se une a la espalda, y a la que las criollas de las Antillas —únicas mujeres que poseen estas cabelleras cortas y espesas— llaman collar de Venus; pero allí se ensortijaban en gruesos y lustrosos anillos de un negro azulado, como el plumaje que viste las alas del cuervo. Tal vez, inspirados los macedonios por la sublime hermosura de aquella cabeza de querubín, apellidaron a su joven soberana el ángel triste.

El resto de sus facciones era de una belleza tal, que al ver a Estatira se experimentaba un vago sentimiento de melancolía, y parecía imposible que aquella divina criatura pudiese vivir en el mundo.[10]

Cuéntase que al formar Praxíteles la célebre estatua de la princesa, que se conserva en Atenas como una maravilla de arte y hermosura, tachó de demasiado débiles y delicadas las formas del modelo, y que notándolo ella, le dijo con dulce y triste sonrisa: El pan del cautiverio, amigo mío, me ha hecho crecer, pero no ha podido nutrirme; y a la verdad que no le faltaba razón, porque sus manos eran delgadas hasta la transparencia, delgada también su garganta como la de una niña, y en su seno, blanco como el lirio de los valles, se dibujaban con claridad sus azuladas venas.

La princesa Aspasia contaba dos años menos, y era pequeña, rubia, rosada y gruesa, como una de esas jóvenes que ha reproducido el pincel de Boucher; sus ojos azules eran dulces y alegres; la blancura de azucena de su frente, sienes y garganta hacía un precioso contraste con el sonrosado de sus mejillas; sus cabellos, de un rubio dorado y brillante, bajaban en sedosos y largos bucles hasta tocar su cintura, y su sonrisa era encantadora, y admirable la perfección de todas sus formas.

Tenía puesta una túnica blanca, y su manto era azul lo mismo que la banda que ceñía su cabeza.

La esposa de Alejandro llevaba un traje de brocado de oro, aunque con dificultad podía asegurarse por la profusión de pedrería de que estaba cubierto; formaban el dibujo de la tela los rubíes, topacios y amatistas, y el ramaje las más ricas y brillantes esmeraldas; su rizada y negra cabellera estaba sujeta con un ancho cintillo de diamantes, y llevaba semicubiertos los hombros con el manto real.

En cuanto al rey de Macedonia, su belleza era de ese género que no se puede olvidar jamás cuando se ha visto una vez. Tenía su tez ese moreno de ámbar que ejerce una seducción tan poderosa cuando es realzado por unos grandes ojos negros, de azulado globo; por una boca de subido carmín, sombreado por un negro bigote y por una abundante cabellera de color castaño. No era alto, aunque su estatura pasaba algo de los límites regulares, y sus formas, esbeltas y nerviosas, eran perfectas como las del joven Apolo. Estaba armado enteramente; llevaba, como Estatira, el manto real, bajando sus largos pliegues hasta besar el pavimento, y ceñía sus sienes la doble corona de Macedonia y de Persia, cuyos imperios estaban simbolizados en florones de oro y pedrería.

La princesa, inmóvil en el umbral, miraba atónita al interior de la tienda. Asemejábase a un pobre pájaro fascinado por los ojos de un halcón; detrás de ella esperaban Teane y Estratón a que penetrase para seguirla.

Al aparecer la joven, el rey y la reina se pusieron de pie: habían oído batir marcha, y conocido que la persona que se acercaba era de elevada jerarquía, adquiriendo esta certeza al ver el majestuoso continente de la recién llegada.

Aspasia bajó de las rodillas de su abuela, la cual se incorporó con trabajo en la pila de cojines en que estaba recostada. Hermione no avanzó un paso, sin embargo; muda, helada, seguía embebida contemplando al rey y a las princesas; la presencia de Alejandro la sumergía en un éxtasis delicioso; pero la vista de su esposa, tan bella y adorable, desgarraba su corazón.

Alejandro recordó al fin haber visto otra vez a aquella hermosa y melancólica joven, y al cabo de breves instantes de reflexión, se presentó vivamente a su memoria la hija de Crádates arrodillada a sus pies, como la había contemplado un año antes.

—Los dioses os den paz, princesa —dijo adelantándose para recibirla—: bienvenida seáis.

Aquella voz vibrante y sonora sacó a Hermione de su doloroso letargo; pero sus rodillas se doblaron y cayó de hinojos a los pies del rey: diríase que una fatalidad implacable obligaba a la infeliz a doblar siempre la frente a las plantas del hombre a quien tanto amaba.

—Alzad, princesa —dijo Alejandro, tomando en sus torneadas y nerviosas manos las yertas de Hermione—. Alzad, os lo ruego —añadió con seductor acento.

Mas como viese que la joven no abandonaba su postura:

—¿Queréis algo? —prosiguió—: ¿en qué puedo serviros?

De súbito se nubló su frente, y sus cejas se contrajeron con un movimiento nervioso.

—¿Y vuestro padre? —preguntó después vivamente y dirigiéndose a la princesa—: ¿qué es de él y de vuestros hermanos?

—¡Han muerto, señor! —contestó Hermione con voz baja y temblorosa.

—¿Han... muerto?... —repitió Alejandro, cuyo corazón sensible como el de una mujer saltó en su pecho con violento latido—. ¡Han muerto!... ¿quién los ha muerto, Hermione?

—¡Este traidor!... —exclamó Teane abriéndose paso entre la multitud que obstruía la puerta; y mostrando en la mano la ensangrentada cabeza que sacó de la capa en donde la llevara envuelta, se precipitó también a los pies del rey—. ¡Sí! —prosiguió la vengativa anciana—: Efestión es el verdugo de Crádates, de sus hijos y del mío. Efestión —repitió enjugando con fiereza las lágrimas que aquel doloroso recuerdo le arrancara—, Efestión, que iba a ser también vuestro asesino, porque quería ceñir a su frente vuestra corona; pero su esposa, ¡oh gran rey!, os ha salvado y me ha vengado, vengándose a la vez a sí misma.

—¡Su esposa! —gritó Alejandro con un acento que estremeció a todos; y cubriéndose el rostro con las manos, huyó al extremo más lejano de la estancia.

Hubo un largo silencio interrumpido únicamente por los sollozos de la princesa, que inclinaba la frente hasta el suelo. ¡Ay, desventurada, aquel grito le decía bien claro que habían muerto todas sus esperanzas!

Alzó por fin el monarca la frente, cubierta de lívida palidez, y sus ojos brillaron con un fulgor sombrío.

Nadie ha puesto en duda la rígida virtud de Alejandro, porque dio de ella tan evidentes y poderosas pruebas que la envidia o la calumnia han sido siempre impotentes para herir su glorioso renombre; a la fama de sus hechos de armas iba unida la de sus rasgos de generosidad y de su severa justicia; perdonó en todas ocasiones sus propias ofensas, por graves que fuesen, pero se manifestó inflexible para castigar delitos y hasta leves faltas si argüían crueldad de corazón o bajeza de sentimientos.

Efestión era reo de los más odiosos crímenes: traidor y asesino de Darío, traidor a Alejandro y asesino de Crádates y de sus hijos, merecía mil muertes; mas todo se borró de la memoria del rey: al oír que había muerto por la mano de su esposa, no pensó siquiera en que debía su corona y su vida a aquel crimen, no; vio el crimen solo con todo su horror y en toda su desnudez, y para él, Efestión era la víctima, Hermione era el verdugo.

—¿Conque esta mujer —dijo lentamente—, ha asesinado al hombre a quien unió su destino? ¿Quién te mandó castigar las ofensas que me había hecho, monstruo de iniquidad? ¿Por qué exceso de maldad has querido manchar tus manos con la sangre de tu esposo? ¡Oh, Crádates! —prosiguió alzando su vista al cielo—: ¡no me es dado castigar tu muerte! ¡No puedo vengar las vuestras, Casandro, Tolomeo!... ¡Esta furia, a la cual llamasteis hija y hermana, me ha robado con su horrible crimen el derecho de hacer justicia!

—¡Yo no he sido quien le mató!... No... ¡no he sido yo!... —gritó Hermione en el vértigo del dolor más agudo, y retorciendo sus manos.

El rey lanzó a la infeliz joven una mirada que ahogó su voz y aniquiló sus fuerzas.

—Quitad de mi presencia a esa mujer —dijo dirigiéndose a su guardia, y que jamás vuelva a parecer ante mis ojos.

—¡Bárbaro!... —gritó la princesa, en cuya mirada azul y brillante radiaba una ráfaga de delirio—. ¡Hombre cruel! Ya que me arrojas de tu presencia para siempre, oye al menos el secreto que hace tanto tiempo destroza con su peso mi corazón. ¡Yo te amo!... y esta fatal pasión no la han podido apagar la ausencia ni el dolor. ¡Ah! ¿Y tú piensas que la que ha sabido conocerte y amarte haya sido capaz de clavar un puñal en el pecho de su marido? No me opuse a ello, porque sabía que iba a robarte la corona y la vida, y quise salvarte una y otra, pero mis manos no se han teñido de sangre, e ignoraba que traían a tu vista este sangriento despojo. ¡Mírame, Alejandro! —prosiguió la pobre joven arrastrándose de rodillas por el duro pavimento—. ¡Mírame, y verás mi frente marchita por el dolor! ¡Mírame, y encontrarás mis ojos secos y abrasados a fuerza de llorar!... ¡Ya no tengo padre, ni hermanos!... ¡No tengo a nadie que se compadezca de mí!... ¡Ten tú, al menos, piedad, por lo que más ames!

Calló la princesa, quebrantada por aquel horrible dolor; dobló la cabeza sobre el pecho, y una espantosa convulsión recorrió todo su cuerpo.

Sus ojos no derramaban una lágrima siquiera; fijos e inmóviles, parecían los de una sonámbula o los de una muerta. La reina había dejado su asiento y acercádose a ella poco a poco; cuando la vio próxima a desfallecer, dobló una rodilla en tierra y apoyó piadosamente en su regazo la cabeza de la infeliz Hermione, que cerró los ojos exhalando un doloroso y profundo gemido.

—¡Llevaos de aquí a esa mujer! —repitió Alejandro, sin volverse a mirar a la joven que yacía inanimada.

—¡Piedad, señor! —exclamaron a la vez la reina y su hermana, juntando las manos con suplicante ademán y con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Piedad, hijo mío! —repitió la anciana Sisigambes con alterada voz.

—¡Arqueros! —gritó Alejandro, en cuya bella y majestuosa fisonomía se pintó una terrible expresión, capaz de intimidar a los hombres más valientes—, ¡preparad las armas para dar muerte a la culpable!

Los soldados, obedientes, montaron los arcos; pero los detuvo un terrible grito de la reina.

—¡Soldados! —dijo cubriendo a Hermione con su cuerpo—: mi pecho es el escudo de esta joven; si os atrevéis, pues, asestad esos dardos a vuestra reina.[11]

Desapareció súbitamente la expresión de furor que trastornaba el semblante del rey, y quedó más pálido que la piel de cisne que guarnecía su manto real; adelantose rápidamente y puso una mano sobre la cabeza de su esposa, como si de ese modo quisiera protegerla del peligro que la amenazaba. Al mismo tiempo hizo una imperiosa señal a los soldados, que permanecieron inmóviles con las flechas en los arcos.

—Llevaos a esta joven, Demetrio —dijo Estatira en voz baja al príncipe de Epiro, y ponedla en salvo de la ira del rey.

Con un rápido movimiento cogió el joven a Hermione, y la sacó de la tienda dejándola en los brazos de su nodriza como si fuera un niño dormido.

—Alejaos sin perder tiempo de las trincheras de los macedonios —dijo el príncipe a Estratón, en tanto que clavaba en el hermoso semblante de Hermione una mirada ardiente y melancólica. Después exclamó:

—¡Pluguiese a los dioses, desventurada Hermione, que jamás te hubiera conocido, o que al menos me fuese dado el consuelo de morir junto a ti!

La infortunada princesa quedó yerta e inmóvil sobre la húmeda campiña. Teane se sentó a su lado llorando amargamente, mientras Estratón, que se había subido a una pequeña eminencia, parecía escuchar con ansiedad.

—¡Vienen!... —gritó percibiendo el galope de muchos caballos—, ¡nos persiguen!... Teane, ¡huid con la princesa!

Pero antes de expirar en sus labios estas palabras, se precipitaron los soldados del rey en la llanura.

—¡El culpable es ese hombre! —exclamó Teane rodeando con sus brazos a la princesa, y señalando a Estratón—: ¡matadle!... ¡él es el asesino!

La anciana, al ver amenazada de muerte a su querida hija, se olvidó de todo y solo pensó en salvarla.

—No temas nada, buena vieja —dijo el que parecía mandar a los demás—: solo venimos a buscar a ese hombre; el rey no quiere nada con las hembras.

—¡Me buscáis a mí!... —exclamó el capitán elevando al cielo sus negros ojos con una indefinible expresión—. Voy a seguiros —añadió—, pero dejadme antes dar el último adiós a la princesa.

Arrodillose Estratón y pegó sus labios a la helada mano de la joven; mas irguiéndose de pronto, y con un rápido movimiento, apoyó en tierra la empuñadura de su espada, y se atravesó el pecho de parte a parte, bañando el suelo con su sangre y dando el postrer aliento en un hondo gemido.

Los arqueros se encogieron de hombros, como satisfechos de ahorrarse el trabajo de conducir al capitán, y volvieron grupas, tomando otra vez al trote el camino que conducía a sus trincheras.

Hermione continuaba tendida en la yerba, pálida e inanimada; únicamente velaban aquel letargo mortal una anciana que sollozaba y un cadáver tendido a sus pies.

La luna alumbraba, apacible y plateada, aquel cuadro desolador.

VI

EL CAMPAMENTO

Pocos días después de los acontecimientos que acabamos de referir, y el mismo en que se dio a orillas del Ganges la batalla que derrotó al ejército sublevado por Efestión, sometiendo de nuevo al poder de Alejandro a Maracanda y Edesa, presentaban las llanuras de Babilonia un espectáculo hermoso e imponente a la vez.

Humeaban a un tiempo cien altares, dispuestos para los sacrificios con que el ejército vencedor daba gracias a sus dioses.

Cien inocentes y blancos corderillos fueron inmolados, y sus entrañas se observaron prolijamente por los sacrificadores, sin que encontrasen en ellas otra cosa que indicios de ventura.

Aquellos altares iluminados con teas y bañados por el sol; los sacerdotes con sus blancas vestiduras talares; el incienso que se elevaba en nubes hacia el azulado firmamento; los cien guerreros prosternados, en cuyas armaduras de brillante acero reflejaba su luz la antorcha de los cielos; el sonido de los atabales e instrumentos bélicos; todo, en fin, contribuía a formar un cuadro magnífico y deslumbrador.

Los heridos que resultaron de la refriega habían sido conducidos a las tiendas, donde eran cuidadosamente asistidos.

Solamente un guerrero, cuyo pecho se veía atravesado por una daga, había quedado tendido bajo un árbol, por temor de que perdiese la vida al trasladarlo: otros dos personajes velaban su agonía, de los cuales el uno era un anciano, y el otro un joven que parecía sumido en la más viva aflicción.

Pero mirando con cuidado a aquellas tres personas, fácilmente se hubiera conocido que dos de ellas ocultaban su sexo de mujer bajo la ruda vestidura del soldado; patentizábanlo así sus largas cabelleras, negra como el azabache, en la que tenía la daga clavada en el pecho, y blanca en la que lloraba. En cuanto al otro personaje, se adivinaba claramente que era un hombre al observar sus cabellos cortos, la enérgica belleza de sus facciones, y la pasión que ardía en sus negros ojos, aunque velados a la sazón por una profunda tristeza.

—¡Hermione!... —decía aquel hombre sosteniendo la cabeza de la joven herida—. ¡Es posible que me abandones cuando he vuelto a encontrarte!... ¡Es cierto que he podido clavar mi daga en tu corazón! ¡Es verdad que soy yo quien te da la muerte!

—No os aflijáis... así... Demetrio —contestó ella con débil y cortada voz—. Os soy deudora de la única dicha que apetecía en la tierra... la de morir... porque únicamente para buscar la muerte me disfracé de este modo, y corrí a mezclarme con los enemigos de Alejandro...

Calló Hermione bajo el peso de su fatiga, y llevó una mano a su pecho; mas este movimiento le produjo un dolor tan agudo, que cerró los ojos exhalando un lastimero gemido.

—¡Hermione! ¡Hermione!... —exclamó el príncipe de Epiro inclinándose hasta tocar la frente de la desventurada princesa—. ¡Miradme por lo que más améis... volved en vos... tened piedad de mí!...

El desgraciado joven deliraba por la fuerza del dolor: había amado a la princesa desde el instante en que la vio, y hallándola en el combate disfrazada de guerrero y entre los enemigos de su rey, la había herido mortalmente sin conocerla.

No creáis en las inspiraciones del corazón de los hombres. Demetrio tuvo delante a la mujer a quien como un loco amaba; a aquella con quien soñaba dormido, y cuya imagen tenía incesantemente ante sus ojos; y sin embargo, levantó su puñal sobre aquella mujer y derramó su sangre, sin que su corazón le avisase con un latido de que aquella infeliz, a quien sacrificaba, era el único ser que le inspiraba tanto amor.

Poned delante de una mujer a su amante; disfrazadle como queráis, decidle que el hombre que ve es su más mortal enemigo; obligadla a que le hiera, y veréis cómo palpita su seno, cómo tiemblan sus labios, cómo asoma a sus ojos el llanto; veréis, por fin, que se desprende el puñal de sus manos y que no hiere, porque su corazón le avisará y le gritará más fuerte que vuestra voz.

La princesa abrió los ojos al oír los dolorosos gritos de Demetrio, y aun pudo sonreír con dulzura.

—¿Por qué os atormentáis de ese modo, amigo mío? —dijo con lentitud dolorosa—, ¿no os he dicho que la muerte es... la única dicha que puedo alcanzar en este mundo?... ¿Qué importa que sea vuestra mano la que me hace tanto bien?...

—¡Morir ahora, Hermione!... —gritó el príncipe con desesperación—; ¡y morir por mi causa, cuando daría yo mi existencia toda por una sola mirada vuestra!... ¡Morir, cuando sin cesar os he buscado para deciros que os amaba!... ¡Cuando tal vez podía esperar vivir siempre junto a vos y llamaros mía!... ¡Ah!... ¡Sería el cielo injusto, y eso no es posible!...

Mas, como si el mismo cielo hubiera querido aniquilar hasta la última esperanza del enamorado joven, vio que se agitaba Hermione en una última convulsión, y que cubría sus grandes ojos el velo de la muerte.

—¡Padre!... ¡Hermanos míos!... Ya voy... esperad... También tú me llamas... Efestión... espérame, pues... el cielo va... a juzgarnos a los dos...

Incorporándose, por último, hizo un doloroso esfuerzo; estrechó entre las suyas las manos del príncipe, y después extendió los brazos a Teane.

—Demetrio,... olvidadme... y sed feliz... —murmuró todavía—; defended a Alejandro... y decidle... que muero... amándole, y que le bendije... al expirar... ¡Madre mía!... ¡Adiós!

Su postrer suspiro se exhaló en su último acento; quedó inmóvil su cabeza en las rodillas del príncipe, y yertas sus manos en las de Teane.

La desdichada princesa únicamente columbró el amor feliz al borde de la tumba.

El sol alumbró su agonía, como iluminaba los sacrificios que celebraban en la llanura, y lo mismo que iluminó la luna su largo desmayo en el campo de los macedonios.

Trascurrido un corto espacio de tiempo, murió Alejandro en un banquete que le dio uno de sus favoritos; pero como no es mi ánimo narrar ahora un acontecimiento que conocerán gran parte de mis lectores, y que pienso contar en otra historia a los que lo ignoren, me limitaré a terminar esta leyenda del mismo modo que Eugenio Sue finaliza su Marquis de Létorière:

Algunos años después casó el príncipe Demetrio con una princesa griega.

Confieso que esta conclusión no es de mi gusto; pero es histórica, y yo, novel escritora, tengo un indecible placer en plagiar algo del célebre novelista francés: la he preferido además porque demuestra hasta la evidencia la constancia de los hombres en el amor.

Notes in this chapter

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings