PART TWO I.—LA NATURALEZA EN LA AMÉRICA LATINA
Reading edition
1.—EL ÑANDÚ: AVESTRUZ AMERICANO (to the vocabulary section)
El avestruz de América, que los Indios guaraníes llaman ñandú y churí, habita las provincias de Tucumán y Salta, el Paraguay, las llanuras de Montevideo, las pampas de Buenos Aires, y se dice que hay de estas aves hasta en[1] el estrecho de Magallanes. Prefieren el campo raso[2] a los bosques, y se asocian por pares y a veces en bandadas[3] de más de treinta individuos. Donde no se les molesta, se acercan a las habitaciones campestres y no huyen de la gente de a pie[4]; pero donde se acostumbra darles caza,[5] son en extremo ariscas, y huyen con tanta velocidad que aun con buenos caballos es dificultoso alcanzarlas. Los cazadores les tiran al cuello una especie de lazo que termina en tres ramales, cada uno de éstos con una gruesa piedra en su extremidad. Cuando el ñandú ha sido enlazado y atajado en su carrera, es necesario que el cazador se le acerque con precaución,[6] pues aunque no ofende con el pico, tira coces[7] capaces de quebrantar las piedras. Cuando van a todo correr,[8] llevan las alas tendidas hacia atrás, y mudan frecuentemente de dirección, abriendo una de ellas, con lo que[9] el viento les ayuda a ejecutar rápidamente estas vueltas, que frustran los movimientos del cazador. Cuando están tranquilos, su porte es grave, su modo de[10] andar majestuoso, con la cabeza y el cuello enhiestos y la espalda arqueada. Para pacer, bajan el cuello y la cabeza y cortan la yerba de que se alimentan.
Los pollos que se crían en las casas se hacen mansos y familiares desde el primer día, entran en todos los aposentos, se pasean por las calles, salen al campo y vuelven a casa. Son curiosos y se paran a las ventanas y puertas para atisbar lo que pasa en el interior. Comen granos, pan y otros alimentos; no desdeñan las moscas y demás insectos volantes, que atrapan diestramente en el aire; tragan también piezas de metal, monedas, y aún las piedrezuelas que encuentran. La carne de los pollos es tierna y de buen gusto,[11] la de los adultos no vale nada.[12]
Los naturales del Río de la Plata separan el cuello entero y parte del ñandú, los despluman y limpian, suavizan el cuero, y abriéndolo por la extremidad inferior, hacen talegos, que llaman chuspas.
Las plumas alares se mandaban a España, donde solían emplearlas en plumeros, penachos y adornos de damas; las blancas (que se hallan debajo de las alas) son las más estimadas, porque se pueden teñir y rizar como se quiera.[13]
—Andrés Bello (Venezolano)
Chapter Footnotes:
2.—EL COTOPAXI (to the vocabulary section)
Está situado este volcán a ocho leguas N. N. E.[1] de Tacunga. Ninguna montaña en América presenta una belleza tan caracterizada como el Cotopaxi: Su forma es enteramente la de un cono truncado de exacta regularidad; su nieve es purísima, y su distribución[2] en las faldas se hace con tanta simetría, que es casi imposible contemplar, desde una distancia tan considerable como la en que se percibe esta bellísima montaña, un espectáculo más agradable, más brillante, ni[3] más apacible. En las tardes de verano, especialmente cuando la atmósfera pura del Ecuador se encuentra libre de vapores y de nubes, las faldas argentadas de este rarísimo nevado, vistas de lejos,[4] arrebatan el alma, aún de las personas que tienen menos hábito y menos propensiones a contemplar con entusiasmo las obras magnas de la creación. El color de esta montaña varía como el del camaleón, según la dirección y modo como la hieren los rayos solares: A veces es enteramente blanca; en ocasiones,[5] bañada por la luz del sol poniente,[6] parece una gran masa de oro bruñido; y otras veces las sombras nacidas de la distribución de las numerosas rocas repartidas en toda su superficie, desde su elevada cima hasta su anchurosa base, le dan un aspecto semi-violado, con tintes purpurinos notables y espléndidos. En su cúspide truncada hay, con frecuencia, una columna de humo, y sucede de cuando en cuando que, durante la noche, arroja por su cráter, a manera de bomba, y de un modo intermitente, algunas substancias inflamadas; gracias a este respiradero que se ha formado, y que desembaraza sus entrañas de los productos de una combustión permanente, los pueblos del Ecuador no experimentan frecuentes temblores ni violentos terremotos, porque este nevado apacible, como hemos dicho, quieto, calmado e inofensivo en la apariencia, contiene en su seno el germen de la devastación, de la ruina y la desolación de los lugares circunvecinos, como lo ha demostrado en sus diversas erupciones.
—Manuel Villavicencio (Ecuatoriano)
Chapter Footnotes:
3.—EL OMBÚ (to the vocabulary section)
Uno de los caracteres distintivos del ombú es su longevidad dilatada, condición requerida en un ser que con dificultad se reproduce. No se conoce el término de su vida; nadie ha visto hasta ahora un ombú seco de vejez,[1] ni hay tradición que recuerde la edad juvenil de algunos. Por las enormes dimensiones de muchos de ellos, con treinta varas de circunferencia en su monstruosa raíz y diez en su tronco, puede juzgarse que tienen miles de años de existencia.
Además de su extraordinaria longevidad, tiene el ombú tal fortaleza que no hay huracán que lo derribe[2]; y es su vitalidad tan prodigiosa que ni la sequedad ni el fuego tienen poder para destruirlo. Si por acaso algún violento torbellino llega a destrozar su copa, muy pronto se rehace con asombroso vigor y doble lozanía.
El ha resistido las sequías destructoras que, de tiempo en tiempo, han asolado las campiñas....
El ombú prospera en los lugares más áridos, y en toda clase de terrenos, con tal de que no tenga una humedad excesiva. Sólo se multiplica por la semilla, y es preciso, mientras es pequeño, ponerlo a cubierto de las heladas. Trasplantándolo joven, no requiere ya ningún otro cuidado, ni el del riego, y a los cuatro o cinco años es un árbol frondoso.
No hay árbol como el ombú para formar umbrosas alamedas o avenidas arboladas. La naturaleza de nuestro clima, madrastra de los árboles exóticos, parece que les niega el sustento; exigen la solicitud y constante atención del hombre. El ombú, su hijo predilecto, prospera admirablemente sin necesidad de sus cuidados.
—Marcos Sastre (Uruguayo)
FOOTNOTES:
4.—VEGETACIÓN DE LOS ANDES (to the vocabulary section)
¡Qué diferentes son las selvas de Santiago de las de las cercanías de Quito! La altura de los árboles crece en razón inversa de[1] la elevación del suelo en que nacen. En las costas son colosales, y los diámetros enormes, los troncos derechos, perpendiculares, y dejando entre sí grandes espacios vacíos. Las lianas abundan en extremo. Maromas, cables semejantes a los de un grueso navío, bajan y suben, unas veces perpendiculares, otras envolviéndose espiralmente al rededor de los troncos. Aquí forman bóvedas, allí techos que no pueden penetrar los ardientes rayos del sol. Las palmeras, estos orgullosos individuos de las selvas inflamadas, levantan a los aires sus copas majestuosas, y descuellan sobre cuanto las rodea. Pocos musgos revisten los troncos. Las raíces someras se extienden horizontalmente a distancias prodigiosas. Un huracán, una ráfaga de viento arranca con facilidad estas masas inmensas que parecía desafiaban a todas las convulsiones y a la duración misma de los siglos. En su ruina envuelven todo cuanto existe en su vecindad. Hombres, animales, plantas, todo queda oprimido bajo su mole. El silencio augusto que reina en estas soledades en medio de la noche, se interrumpe con frecuencia con el ruido espantoso que causa su caída. No es el diente, no[2] las garras del tigre, no el veneno mortal de la serpiente lo que más se teme en el fondo de estas selvas. Los vientos, las dislocaciones del aire ponen pálido al viajero y le sacan de su lecho. ¡Cuántas veces turbó mi reposo una aura ligera seguida de un crujido! A cada paso hemos hallado espacios de ciento, de doscientas varas,[3] cubiertos de palizadas provenientes de la ruina de un árbol que desplomaron los años y los vientos....
Si los hombres son diferentes, la vegetación de nuestros Andes parece que toca en los extremos. En el corto espacio de veinte leguas halla el botánico observador plantas análogas a las de la Siberia, plantas semejantes a las de los Alpes, la vegetación de Bengala y la de Tartaria septentrional. Basta descender cinco mil varas para pasar de los musgos del polo a las selvas del Ecuador. Dos pulgadas de más en el barómetro hacen mudar de faz el imperio de Flora.[4] Los bálsamos, las resinas, los aromas, los venenos, los antídotos, todas las cualidades enérgicas están en la base de nuestra soberbia cordillera. Los cereales, las hortalizas, los pastos, las propiedades benignas están sobre sus faldas. En las simas se han refugiado las gramíneas, los musgos, y la mayor parte de las criptógamas. Aquí se vuelven a hallar cualidades enérgicas en algunas plantas. Los extremos, ya lo hemos dicho, se tocan.[5]
—Francisco José de Caldas (Colombiano)
Chapter Footnotes:
5.—EL BOSQUE DE CHAPULTEPEC (to the vocabulary section)
Venid a este bosque, hombres que amáis la soledad y que buscáis inspiraciones. Veréis qué bello es, cuando en la alborada del día interrumpen las aves con sus silbidos el silencio con que se adormecía aquella naturaleza salvaje y misteriosa. La cumbre de los árboles más colosales[1] se ilumina con el albor de la mañana, y entonces resaltan más esas sombras, entre las que se mecen suavemente las ramas de la selva. Por entre[2] esas ramas flotantes y sombrías, pasan algunos rayos de luz, y uno que otro pájaro atraviesa esas ráfagas, volando perezoso.
Al medio día, la luz del sol cae sobre el bosque como una gasa de oro que flota entre las ramas. Entonces sorprende más ese hermoso contraste de sombras y de luz, que hace aquel sitio tan bello y misterioso. Uno que otro graznido, uno que otro canto interrumpe el silencio del bosque; porque las aves van en aquella hora a buscar sombra y frescura hasta la cumbre de los ahuehuetes, y a esconderse del sol entre los ramosos brazos de aquellos árboles.
En la tarde, el cielo se tiñe en occidente de rosicler y nácar, se inunda con un fulgor purpúreo, o se extiende en él un velo de topacio. Sobre esa tela de luz que flota en el ocaso, veréis cómo se diseñan con sus grandiosas formas, con sus membrudos brazos y sombrío ramaje aquellos ahuehuetes que, aislados y dispersos, forman en el bosque grupos pintorescos. Entonces vaga entre ellos ese pájaro que llaman crepuscular, porque sale a cazar insectos a la hora en que el lucero de la tarde[3] centellea entre las ramas de la selva. ¡Qué vago se percibe entonces en esta soledad el rumor de la corte populosa y el eco sonoro de las campanas, cuya voz resuena majestuosa, cuando el ángel de la oración baja a la tierra!
En la noche, la oscuridad del bosque es imponente, misterioso el silencio de aquel vasto recinto, y poético el murmurio del viento rumoroso.
¡Qué majestuosos sois, soberbios ahuehuetes, y qué venerable vuestro aspecto, cubiertos con ese parásito ceniciento que crece sobre vuestras ramas y brazos gigantescos! Al veros envueltos en él, se diría que[4] el tiempo había ido acumulando sobre vosotros el polvo de los siglos. Ni las tempestades, ni el huracán os despojan jamás de ese manto verde y ondeante que os hace tan hermosos. ¡Vivid aún por muchos siglos,[5] árboles excelsos, que tantas veces habéis visto estallar sobre vuestras cabezas el rayo de los cielos!
¡Ah! si en la soledad hay algunos genios que se recreen en contemplar las bellezas salvajes de una naturaleza vigorosa, magnífica y fecunda, yo les pido que sean propicios para vosotros, y que os preserven de la barbarie de los hombres. ¡Ojalá la presente generación no llegue a ver por el suelo vuestros enormes troncos, ni mutilados vuestros brazos, ni marchito el verdor de vuestras ramas! ¡Ojalá un siglo que presume de[6] civilizado conserve y embellezca cada día más ese bosque que los antiguos veneraron como sagrado y que dejaron a su posteridad como un monumento de civilización, como resto magnífico de una vegetación salvaje, exuberante y prodigiosa!
—Luis de la Rosa (Mejicano)
Chapter Footnotes:
6.—LA SELVA TROPICAL (to the vocabulary section)
Enumerar las miriadas de animales que pueblan la selva, sería imposible. Encima es un interminable ruido de aves que ora sacuden las ramas al volar pesadamente, como las pavas y paujíes, ora[1] alegran el oído y la vista como los jilgueros, las diminutas quinchas (colibrí), o el sol-y-luna, pájaro de silencioso vuelo, brillante cual mariposa,[2] llevando en las alas la figura del sol y de la luna en creciente, de donde le viene su nombre. Al rededor remueven el ramaje multitud de cuadrúpedos, y los inquietos zambos (monos) corren saltando de árbol en árbol a atisbar con curiosidad al transeunte, las hembras con los hijuelos cargados a la espalda,[3] y todos juntos en familia,[4] chiflando y arrojando ramas secas; mientras más a lo lejos[5] los araguatos (monos aulladores), sentados gravemente en torno del más viejo, entonan una especie de letanía en que el jefe gruñe primero y los demás le contestan en coro. Bajo los pies y por entre la yerba y hojarasca se deslizan culebras de mil matices, haciéndose notar la cazadora por su corpulencia y timidez, y la lomo-de-machete, de índole fiera, cuerpo vigoroso, coronada de cresta y armada de una sierra que eriza sobre el lomo al avistar al hombre, lo que afortunadamente sucede raras veces. En ocasiones saltan de repente[6] lagartos enormes, parecidos a las iguanas, y huyen revolviendo la basura del suelo; en otras nada se ve, pero se oye un sordo roznar en la espesura, y el ruido de un andar lento al través de la maleza; de continuo[7] y por todas partes la animación de la naturaleza en el esplendor de su abandono; y a raros intervalos, a orillas del camino y escondida se encuentra la choza miserable de algún vecino de Guayabito, pálido y enfermizo: el hombre está de más[8] en medio de aquellas selvas, y sucumbe sin energía, como abrumado por el mundo físico.
—Manuel Ancízar (Colombiano)
Chapter Footnotes:
7.—EL CÓNDOR (to the vocabulary section)
Los cóndores hacen sus nidos en las faldas más ásperas de los montes, sobre las rocas que se salen fuera de la tierra, donde ponen los huevos blancos, mucho mayores que los de las pavas; sirviéndoles por lo común de sustento la carne de los animales que encuentran muertos o que matan ellos mismos, haciendo las veces de lobos,[1] que no se conocen en Chile. Acometen a los rebaños de ovejas y cabras, y no pocas veces dan caza a los becerros, cuando los encuentran separados de sus madres, lo cual hacen[2] juntándose algunos de ellos; porque precipitándose entonces de improviso sobre el becerro, le rodean con las alas abiertas, le pican los ojos para que no pueda huir, y le destrozan en un momento.
—Juan Ignacio Molina (Chileno)
Chapter Footnotes:
8.—DESCRIPCIÓN DE VENEZUELA (to the vocabulary section)
Sus aguas son muchas, claras y saludables, pues no hay amagamiento de serranía ni ceja de montaña que no brote[1] cristalinos arroyos, que cruzando la tierra con la frescura de sus raudales, la fecundan de calidad,[2] que no hay cosa que en ella se siembre que con admiración no produzca, ayudando a su fertilidad la variación de su temperamento, pues a cortas distancias, según la altura o bajío que hace la tierra, se experimenta frío, cálido o templado, y de esta variedad de temples se origina su mayor excelencia, pues lo que en un sitio no produce, en otro se multiplica, y lo que en una parte se esteriliza, en otra se fecunda, y así abunda de[3] trigo, maíz, arroz, algodón, tabaco, azúcar, de que se fabrican regaladas y exquisitas conservas; cacao, en cuyo trato tienen sus vecinos asegurada su mayor riqueza; frutas, así indianas como europeas; legumbres de todos géneros, y finalmente de todo cuanto puede apetecer la necesidad para el sustento, o desear el apetito para el regalo.
—José Oviedo y Baños (Venezolano)
Chapter Footnotes:
9.—LA CALANDRIA: EL RUISEÑOR DE AMÉRICA (to the vocabulary section)
Uno de los pájaros americanos que por la hermosura de su canto ha arrebatado la admiración del mundo antiguo, denominado por los naturalistas, mimus o burlón y polígloto (que habla muchas lenguas), ha recibido entre nosotros el nombre inadecuado de calandria, siendo así que ni aun[1] pertenece al género de esta alondra, sino al de los mirlos. Es el mismo burlos de la Luisiana, la tenca de Chile, el cenzonte o sinsonte de Méjico; nombres todos alusivos a la facultad que posee este pájaro de imitar el canto de las demás aves, y aún el grito de algunos cuadrúpedos.
Nuestra calandria tiene un ropaje pardo y sin brillo. M. Lesson, examinando una, muerta en los alrededores de Montevideo, la encontró de una extraordinaria semejanza con la especie de Cuba y de los Estados Unidos. La parte superior de su cuerpo es de un color ceniciento obscuro, con listas blancas en las alas; tiene unas manchas blancas sobre los ojos, figurando grandes cejas; su pecho es cenizoso y su vientre blanquecino. Lejos de hacer daño en los sembrados y jardines, persigue las orugas y en el invierno destruye las crisálidas que las harían pulular después de su transformación. Es difícil tenerla enjaulada si no se ha criado en casa, a causa quizá de ser de una naturaleza tan viva que no se para jamás, pues hasta para cantar va saltando o revoloteando. A poco tiempo de hallarse sin libertad, muere consumida de tristeza. Es sin embargo un ave bastante familiar y con cierta inclinación al hombre, pues se la ve acercarse con frecuencia a su morada, complaciéndose en cantar a su presencia.
—Marcos Sastre (Uruguayo)
Chapter Footnotes:
10.—UNA MAÑANA EN LOS ANDES (to the vocabulary section)
Eran las cuatro de la mañana y estábamos todos a caballo.
Antes de las seis coronaríamos la altura de los Andes occidentales, a donde nos proponíamos subir.
El frío era intenso, pues había caído bastante escarcha[1]; pero en cambio ¡qué cielo tan limpio y espléndido!
La luna, rodeada de grupos de estrellas, cual un jefe victorioso en medio de sus guerrillas dispersas en inmenso campo, avanzaba majestuosa como si fuese a buscar descanso tras las sombrías sombras[2] que tenía detrás.
No humeaban aún las cabañas de los labradores, que semejaban gigantes aves acurrucadas y dormidas aquí y allá a diestra y siniestra[3] del camino.
El silencio era profundo, e interrumpíanle sólo el ruido de nuestra cabalgata, el ladrido de algún perro alarmado por él, y el canto triste y monótono del gallo, que a largos intervalos sonaba en una lejana choza y era contestado en otra, como el ¡alerta! del centinela de la soledad.
Jadeaban los caballos al avanzar por la empinada cuesta, y el vapor de sus cuerpos sudorosos calentaba a los jinetes, algunos de los cuales buscaban también este beneficio en el cigarro cuya punta brillaba como una luciérnaga.
—Juan L. Mera (Ecuatoriano)
Chapter Footnotes:
11.—PERSONIFICACIÓN DE LAS AVES (to the vocabulary section)
Ciertos animales, y en especial las aves, por su aspecto, por sus instintos o por su manera de vivir, parecen imitar las cualidades de la persona o ejecutar aquellas cosas de que sólo es capaz un ser racional. La imaginación, a vista de ello,[1] se complace en fingir dotados a esos animales de las cualidades humanas que de un modo más o menos patente remedan, o bien en atribuirles los mismos oficios o ministerios que el hombre ejerce. Así, en las vastas regiones en que se extiende la cuenca del Plata, hallamos horneros, leñeros, pedreros, carpinteros, herreros, boyeros, etc. El dominico se cubre con una blanquísima vestimenta. Ostenta un rojo copete, semejante al capelo, el erguido y airoso cardenal, tan abundante como arisco, de color gris negro el cuerpo. Muy escaso y retirado en el Paraguay, entre sus variedades, figura el que llamaron los guaraníes, araguirá, es decir, pájaro del día o de la luz, con alusión a lo brillante y subido de su rojo penacho. Con triste y prolongado acento, a la orilla de los ríos, se lamenta de la pérdida de su fortuna el hidalgo pobre. Vístese de blanco y negro, con tanta gracia como modestia, la sencilla monjita. Lleva en la cabeza una toca, símbolo del duelo del amor, la no menos graciosa viuda. Contemplando al astro majestuoso del día,[2] yace el mirasol en los bañados. Echado en el suelo, como un haragán enemigo del trabajo, yace el dormilón. El negro charrúa hace el nido en las barrancas, y, como el indio salvaje del Uruguay, da un fortísimo silbido destemplado, algo semejante al relincho del caballo. Entre los siete colores que singularizan al naranjero, muestra sobre su pecho el anaranjado como distintivo de sus aficiones: la naranja es su manjar predilecto, si bien gusta de otras frutas y de las legumbres, haciendo no poco daño en las huertas. Trepado en el árbol, agujerea la naranja y come su carne, dejando entera la cáscara....
El boyero remeda melodiosamente con el canto el modo particular que tienen los labriegos que cuidan bueyes de hacerse obedecer de estos pacíficos animales. Quieren que[3] el benteveo indique con sus repetidos gritos la acción de la persona que está observando lo que otra ejecuta. Azara advierte que los españoles le daban el nombre de bienteveo y los guaraníes el de puitaguá; porque a los unos y a los otros respectivamente les parecía que pronunciaba con claridad estas palabras....
El rayador, hacia el amanecer, así como al anochecer, volando a flor de[4] agua, va rayando la superficie del río o de la laguna con la mandíbula inferior sumergida, bien abierta su grande boca, a efecto de[5] tragar los pescadillos que encuentra al paso. La forma del pico no le permite cazar de otro modo en tierra ni en el agua.
El herrero es un pájaro blanco, con la frente verdoso-cobriza, del tamaño de una tórtola, pero menos grueso de cuerpo, y cuyo canto se asemeja al ruido que hacen la lima y el martillo, cuando con ellos están alternativamente limando y dando martillazos en un pedazo de lámina de hierro: chriiii tan, chriiii tan, chriiii tan. El leñero o espinero, pájaro pequeño, de color pardo, hace un enorme nido en los árboles bajos, postes y cercados de las chacras y estancias, con multitud de palitos y de largas y recias espinas de plantas diversas....
El terutero, llamado tetéu en el Paraguay, nombre imitativo de su modo de gritar, alborota, si no tanto, poco menos que el bullicioso carpintero, cuando ve gente, a la que suele seguir buen trecho incomodándola con su algazara. De noche en las casas (pues se domestica fácilmente) y en el campo grita asimismo descompasadamente, apenas siente algún rumor o advierte una novedad que le causa extrañeza. Por eso dicen desde muy antiguo que el terutero es enemigo de los contrabandistas....
Lleva el nombre de hornero o casero un pájaro amigo del hombre cuyas casas busca para construir en sus cornisas, en los árboles que las rodean o en los postes de sus corrales, un fuerte nido de barro que se asemeja exteriormente a un horno de cocer pan. El pájaro no alcanza a tener una cuarta de longitud desde el pico a la punta de la cola. Tira ésta al color rojo,[6] el pecho es blanco y el resto del cuerpo, en general, pardo acanelado. Poco más de media cuarta tendrá el nido, cuya entrada, más alta que ancha, se halla en un costado. Junto a uno de los lados de la entrada hay un tabique, el cual deja en el fondo del edificio una abertura que comunica con el aposento en que hace el nido la pareja. El departamento contiguo, o que comunica directamente con la entrada exterior, les sirve para guarecerse de la intemperie y para evitar, con las dificultades que ofrece a los pájaros grandes, que los caranchos y otras aves de rapiña les saquen los hijuelos.
No hay una casa, en el campo, donde no se vea el casero u hornero en los horcones, y en los postes y estacas de los corrales y cercados de los caminos. Hállanse al alcance de la mano los nidos del hornero; pero nadie, ni aun los muchachos, les sacan los huevos. Pájaro tan social y tan habilidoso no había de carecer[7] de alguna virtud extraordinaria: en casa con nido de hornero no cae el rayo. Por eso y por otros beneficios que acarrea su presencia, suelen verse rosarios de nidos de hornero en las cornisas de las casas de las estancias.
—Daniel Granada (Uruguayo)
Chapter Footnotes:
12.—SAN MIGUEL ALLENDE (to the vocabulary section)
Unos cuantos minutos más, y estoy ya[1] dentro de San Miguel el Grande,[2] dentro de esa ciudad donde todo es amable, donde todo es bello, donde son simpáticas hasta las pobres muchachuelas que con sus zagalejos atraviesan las calles, cargadas con su verdura, con sus aves, o con sus manojos de flores.
San Miguel el Grande es en el interior lo que es[3] Jalapa en la costa del Golfo y lo que es Tepic en el mar del Sur. Ciudades que son al mismo tiempo aldeas, pueblos, haciendas, jardines, todo a la vez, y participan en ciertas ocasiones del bullicio y de la animación de las ciudades grandes, otras de la apacible quietud del pueblo pequeño, y siempre del aroma y de la belleza de los jardines.
San Miguel, además de su posición y de su hermosura y de su clima, es todo él[4] un libro abierto, un monumento histórico, un almanaque de los sucesos de la independencia. En Querétaro, en San Miguel y en Dolores, nació y se desarrolló todo el drama sangriento cuyo prólogo terminó en los patíbulos de Chihuahua.
—Manuel Payno (Mejicano)
Chapter Footnotes:
13.—LA SELVA MISIONERA (to the vocabulary section)
Las enredaderas cuelgan en desorden como los cables de un navío desarbolado, formando hamacas y trapecios a la azogada versatilidad de[1] los monos; pues todo es entrar libremente el sol en la maraña, y[2] poblarse ésta de salvajes habitantes.
Abundan entonces los frutos, y en su busca vienen a rondar al pie de los árboles, el pecarí porcino, la avizora paca, el agutí de carne negra y sabrosa, el tajú bajo su coraza invulnerable; y, como ellos son cebo a su vez, acuden sobre su rastro el puma, el gato montés elegante y pintoresco, el aguará en piel de lobo, cuando no el jaguar[3] que a todos ahuyenta con su sanguinaria tiranía.
Bandadas de loros polícromos y estridentes, se abaten sobre algún naranjo, extraviado entre la inculta arboleda; soberbios colibríes zumban sobre los azahares, que a porfía[4] compiten con los frutos maduros; jilgueros y cardenales cantan por allá cerca; algún tucán precipita su oblicuo vuelo, alto el pico[5] enorme, en que resplandece el anaranjado más bello; el negro yacutoro muge, inflando su garganta que adorna roja guirindola; y, en la espesura, amada de[6] las tórtolas, lanza el pájaro campana su sonoro tañido.
—Leopoldo Lugones (Argentino)
Chapter Footnotes:
14.—EL SALTO DEL TEQUENDAMA (to the vocabulary section)
En efecto, en las llanuras de Bogotá reina una primavera eterna, fenómeno que asombra a algunos extranjeros ignorantes que no alcanzan a explicárselo. Aquí todo el año hay rosas, geranios, anémonas, jazmines y las mil y mil flores que brotan bajo el cielo de las zonas templadas, sin sentirse calor sofocante ni un frío que moleste. Pero al bajar la cordillera, a medida que crece el calor cambia la vegetación; y el que se asoma a gozar de este admirable paisaje descubriría, si no se lo impidieran los pretiles del Salto, las palmeras, los naranjos, los entables de caña de azúcar y los trapiches del pueblo de San Antonio de Tena, a tiempo que[1] ve las rocas de Chinchas y de Canoas coronadas por una selva de pinos y nogales, de robles y laureles. Abajo revuelan clamoreando las pintadas guacamayas y se oye la voz de los verdes papagayos habitadores de la zona tórrida; en tanto que arriba gime la paloma torcaz y se cierne en las nubes el águila altanera.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
En los meses de lluvia, que llamamos impropiamente de invierno, crecen los arroyuelos, los torrentes crecen, y el Funza, rey de los ríos de la Sabana, sale de madre[2] como el Erídano, y no sólo inunda sus riberas, sino que forma por el lado del poniente un lago de muchas leguas de extensión .... Entonces se aumenta considerablemente el volumen de las aguas que se despeñan por el Salto; entonces el río es una gran manga del diluvio, como decía Chateaubriand hablando del Niágara; entonces es cuando los amantes de la naturaleza deben ver el Salto; entonces es cuando yo lo he visto.
—Juan Francisco Ortiz (Colombiano)
Chapter Footnotes:
15.—EL QUETZAL (to the vocabulary section)
Las lenguas indígenas de América están destinadas a perderse en el turbión de los tiempos; pero hay palabras que como el nombre del mitológico quetzal, se conservarán siempre. Vive el quetzal en lo alto de los montes; se alimenta principalmente de ciertos insectos, que si le faltan, muere,[1] razón por la que no puede existir cautivo; y no pasa de[2] ser leyenda poética que si pierde el plumaje de la cola, perece de tristeza.
La mayor parte de las muestras disecadas que de esa lindísima ave figuran en los museos de Europa, han ido de Guatemala.
—Antonio Batres Jáuregui (Guatemalteco)
Chapter Footnotes:
16.—NAVEGACIÓN EN LOS CANALES DE TIERRA DEL FUEGO (to the vocabulary section)
De súbito nos sorprendió el espectáculo de uno de los ventisqueros, el primero que veíamos en los canales, y también uno de los más pequeños, cuya nieve llegaba hasta el mar, con tonos azulados suaves y tenues, muy finos, que hacían resaltar más la blancura casi absoluta de la nieve en la cima, destacada a su vez sobre el fondo plomizo del cielo. Hermoso espectáculo que nos produjo profunda impresión, aunque entre nosotros fuéramos varios[1] los que habíamos visto glaciares en los Andes. No es lo mismo encontrarlos en una grande altura, que verlos allí[2] al nivel del mar, rodeados de vegetación, en medio de una temperatura agradable, como la de un día plácido de primavera, y donde parecería que la nieve no pudiera conservarse sino breves instantes. Sorprende el espectáculo, cuya visión se conserva en la retina, y ha de conservarse largos años sin duda.
—Roberto J. Payró (Argentino)
Chapter Footnotes:
17.—LAS CAMPIÑAS DEL SUR DE CHILE (to the vocabulary section)
¡Qué sinnúmero de árboles diversos no se halla en esas selvas seculares! ¡Cuántas flores y arbustos delicados que envidiamos para nuestros jardines! ¡Qué multitud de plantas trepadoras, que en vano se intenta aclimatar en otras latitudes!
Al roble y la patagua se enlazan el copihue y la vid silvestre. El manzano luce sus frutas doradas cerca del cedro bíblico, que se levanta erguido, desafiando la furia de los vientos. No lejos están el madroño y el laurel, en cuyas hojas brillantes han simbolizado los hombres la gloria. Más allá se destaca el avellano con sus racimos de frutas, ora verdes, ora amarillas, ora rojas o negras, según el grado de madurez que han alcanzado, convidando a los niños con sus sabrosas almendras, que a la vez les sirven para su alimento y para sus juegos. Por otro lado se divisa el canelo de madera incorruptible y al que los indios atribuyen cualidades mágicas; el boldo, cuyas secretas virtudes estudian con afán médicos y botánicos, y por fin, el litre, árbol siniestro, del cual se cuenta que da la muerte con su sombra. Y al tocarse los valles con las cordilleras se presentan llenos de majestad los interminables bosques de pino, cuyo aspecto piramidal tiene tanto de[1] severo e imponente.
Nada diré de las flores y la yerba que esmaltan el suelo, de la frutilla silvestre, ni de la infinidad de plantas medicinales que los campesinos recogen para curar sus dolencias. Todo se junta allí, lo bello y lo útil, lo apacible y lo majestuoso, lo que recrea el corazón y lo que levanta la mente a ideas superiores. La naturaleza en esas regiones es un libro, cuyas páginas están aún por recorrerse.[2]
—Enrique del Solar (Chileno)
Chapter Footnotes:
18.—LOS ANDES Y LA PAMPA (to the vocabulary section)
El montañés vive la vida de sus montañas, es orgulloso como ellas, tiene su gravedad seria y risueña, ama su luz y sus sombras, y por eso es ufano de su hogar. En las pampas está la inmensidad, la soledad, el silencio, la abrumante igualdad de lugar y de tiempo: en las montañas, el hombre halla horizontes limitados, que hace suyos y toca como si fueran su propiedad; se siente acompañado por las colinas graciosas de pendientes circulares y suaves, por los picos rocallosos y salvajes, por los boscajes aislados y las mesetas de verdura; encuentra la animación bulliciosa de la naturaleza en todas partes, en las voces del torrente que se desata furioso entre las rocas de la quebrada, en los ruidos de las auras que juguetean en las selvas, en los zumbidos del viento que se choca en las cumbres sinuosas. Todo es variedad, lo bello al costado de lo sublime,[1] lo apacible en seguida de lo adusto y sañudo, las sombras en medio de la luz torrencial reflejada por las cimas nevadas, el silencio del bosque encima del bramido del torrente y debajo del huracán que silba en los alterosos pinos.
—J. V. Lastarria (Chileno)
Chapter Footnotes:
19.—EL ZUM-ZUM (to the vocabulary section)
El zum-zum es una especie de colibrí, el pájaro más chico y precioso de todos los de la isla de Santo Domingo, que a no ser por[1] su cola y piquito, apenas tendría dos pulgadas de longitud: no es posible describir ni retratar con exactitud los contornos de su exiguo y aguzado cuerpo, la belleza y brillo metálico de sus colores cambiantes en sus finísimas plumas, sus alitas infatigables, sus rápidos y continuos movimientos, su graciosa volubilidad; nuestros mismos ojos no tienen bastante perspicacia para admirarle, porque jamás se fija; siempre en el aire, expresando un silbido tenue como cuando se desprende la punta de la lengua de los labios cerrados, entreabierta la boca[2]: ya atraviesa con la rapidez del rayo, ya se cierne sin percibirse casi su veloz aleteo (cuyo zumbido originó su nombre), libando la miel de los aguinaldos, de los díctamos o de las rosas, sin dignarse posar en parte alguna: tan silvestre, libre y fugaz, que no puede existir dos días en jaula sin morir....
El zum-zum, sedentario en esta isla, habita (si así puede decirse[3]), en las cavidades formadas en las barrancas; sus pequeños nidos son dignos de admirarse por el modo y perfección de su labor: compónelos artísticamente con la lana o seda de la flor de calentura, aforrados de casaisaco, colocándolos en la bifurcación de las ramas.
—E. Pichardo (Dominicano)
Chapter Footnotes:
20.—EL DESIERTO DE ATACAMA (to the vocabulary section)
Cuando desde una altura dominante se extiende la vista, abarcando inmensa extensión de aquellos páramos, cerros tras cerros y pampas tras pampas, todo aparece igual y repetido. En toda la travesía no se encuentra una gota de agua, ni se ve ni se puede contar con un parapeto que le permita ampararse para descansar un momento del incómodo y frío viento que penetra por sobre todo abrigo; que del mismo modo no encontrará un árbol, un peñasco, un algo[1] que le resguarde por un instante del calor del sol que le abrasa y le persigue con una intensidad que parece va aumentando segundo por segundo.[2] Entonces es el gran momento de la contemplación: la vista se pierde sin distinguir señal alguna; el camino está por todas partes abierto, sin valla que se interponga; cielo y tierra son uniformes en color y en aspecto; de un lado todo celeste, de otro lado blanquizco, amarillento.
—Eulogio Allendes (Chileno)
Chapter Footnotes:
21.—LA CATARATA DEL IGUAZÚ (to the vocabulary section)
¡No se puede decir lo que hay allí! Las aguas, que ya vienen hostigadas, corriendo en frenesí sobre un plano vastísimo, llegan a la ceja inmensa y se deslizan al vacío, o chocan, antes de saltar, con enormes peñascos, y rebotan, y en los aires hacen juegos atléticos que la luz colorea con mágicos cambiantes. Efusiones de plata, chorros ingentes, surtidores sonoros que saltan en arco, anchos desbordamientos de aguas que pesadamente se desploman con un mugido sordo, y al estrellarse en la roca aplanada y fortísima, se deshacen en gigantescas nubes de vapor, de un blanco inmaculado cuando surgen flotantes del hervoroso abismo y luego teñidas de rosa, teñidas de carmín, de violeta traslúcido, o hechas como de polvo de oro por el mágico sol. Y detrás de este amontonamiento de saltos, y a la izquierda, y a la derecha,[1] cerca y lejos, arriba, abajo, allá en las alturas, aquí a los pies, trenzándose a pechadas con las rocas que, aunque aguantan, retiemblan, otros, y otros, y otros saltos, cubriendo una superficie de cuatro mil metros: unos con deslizamientos de culebra, otros con fieros brincos de jaguar, unos obscuros, resbalando en silencio, otros vistosamente empenachados de espuma, todos corren en vértigo y al llegar a la arista de los altos y negros paredones, pierden pie[2] y ruedan al fatal e infinito derrumbe, y allá abajo, reventados, deshechos, rugientes, siguen su curso arrastrando en girones su túnica de encaje, mientras del uno al otro extremo del inmenso anfiteatro de cascadas, entre aquel estruendoso dislocamiento de violencias, sobre aquel paroxismo, cien arco iris se tienden como puentes de paz.
—Manuel Bernárdez (Argentino)
Chapter Footnotes:
II.—VIDA Y COSTUMBRES (to the vocabulary section)
1.—EL HOGAR PATERNO (to the vocabulary section)
Hacia la parte del sud del sitio, de treinta varas de frente por cuarenta de fondo, estaba la habitación única de la casa, dividida en dos departamentos; uno sirviendo de dormitorio a nuestros padres, y el mayor de sala de recibo, con su estrado alto y cojines, resto de las tradiciones del diván árabe que han conservado los pueblos españoles. Dos mesas de algarrobo indestructibles, que vienen pasando de mano en mano[1] desde los tiempos en que no había otra madera en San Juan que los algarrobos de los campos, y algunas sillas de estructura desigual, flanqueaban la sala, adornando las lisas murallas dos grandes cuadros al óleo de Santo Domingo y San Vicente Ferrer, de malísimo pincel,[2] pero devotísimos y heredados a causa del hábito domínico.[3] A poca distancia de la puerta de entrada, elevaba su copa verdinegra la patriarcal higuera, que sombreaba aún en mi infancia aquel telar de mi madre, cuyos golpes y traqueteo de husos, pedales y lanzadera, nos despertaba antes de salir el sol para anunciarnos que un nuevo día llegaba, y con él, la necesidad de hacer, por el trabajo, frente[4] a las necesidades. Algunas ramas de la higuera iban a frotarse contra las murallas de la casa, y calentadas allí por la reverberación del sol, sus frutos se anticipaban a la estación, ofreciendo para el 23 de noviembre, cumpleaños de mi padre, su contribución de sazonadas brevas para aumentar el regocijo de la familia.
—Domingo F. Sarmiento (Argentino)
Chapter Footnotes:
2.—LA TIERRA NATIVA (to the vocabulary section)
Andrés fué recibido en Colombia con la amabilidad característica de las gentes[1] campesinas del país; que a pesar de las pocas comodidades de que disfrutan, proporcionan al pasajero cuanto les es posible,[2] con la mejor voluntad.
Las posadas de esos caminos no son hoteles sino casas de familia, donde siempre el que lo ha menester[3] encuentra una mesa «puesta»[4] y una cama «tendida»[5] y corazones sencillos, cariñosos, que consideran la hospitalidad como un favor que recibe quien lo da, como un deber ordenado por Dios.
A la partida del viajero, cuando éste pregunta cuánto debe, contestan casi siempre:
—Nada, señor, que le vaya bien[6]....
En las colinas y faldas hay risueñas estancias, cuyas cercas dibujan cuadriláteros en las laderas. Por sus contornos pacen libremente vacadas y rebaños de ovejas. Las cabras saltan en los barrancos amarillos o se suben a las grandes piedras. Óyense mujidos en los hatos y gritos de pastores en las lomas.
Por allí pasó Andrés al sol de la mañana, admirado, encantado, dichoso.
Se detuvo un momento en uno de los corrales donde estaban ordeñando. Una linda campesinita de negros ojos, de labios grosezuelos y rosada tez, ordeñó una vaca de ternero grande y le pasó al viajero la vasija rebosante que él mismo vió llenar. Arrimada al caballo esperó a que bebiera, y cuando el joven le preguntó cuánto le debía, repuso:
—Nada, señor.
Entonces Andrés dió a la muchacha un gran ramo de alelíes, parásitas y azucenas silvestres que había cogido en el camino, acompañando el obsequio con una frase de elogio. La dulce niña recibió las flores y con ella adornó su sombrero de paja, mientras sus compañeras reían. Entre las risas, oíanse los chorros de leche al apagarse en los copos de espuma.
—¡Qué creída![7]—exclamó una de las ordeñadoras, asomando la cara fresca y risueña por debajo de la ubre de una vaca.
—Isaías Gamboa (Colombiano)
Chapter Footnotes:
3.—EL CABALLO Y SUS ARREOS (to the vocabulary section)
(a)
El caballo era un bello animal,[1] negro como el azabache, y llevaba sobre sus lomos una gruesa montura de pellones azules, al modo como[2] hasta hoy la usan algunos de nuestros hombres de campo; pero tan bien recortada y arreglada, que no se notaba en ella el menor defecto. Las cabezas de la enjalma estaban completamente cubiertas de chapas de plata, así como la mayor parte de los grandes estribos de madera, curiosamente tallados, que a uno y otro lado de la montura pendían. Los demás arreos de la cabalgadura correspondían a lo que queda descrito. Dos copas extraordinarias de plata, en forma de platillos cincelados, adornaban el bocado; y las cabezadas y riendas estaban cubiertas de argollas, pasadores, puntillas y cadenitas del mismo metal. Por último, sería una omisión imperdonable[3] olvidar en esta descripción un lazo de cuero que al lado derecho de la montura pendía de una ojalera de lo mismo[4]; primorosamente calada y laboreada con pespuntes y botoncillos blancos.
—Barros Grez (Chileno)
(b)
El moro era un potro criollo, de corta alzada y un poco trasijado, pero tan vivo, nervioso y rápido como un fino resorte de acero. Patricio se miraba en él,[5] como suele decirse, porque no había otro caballo que le llenara tanto el gusto[6] como ése; y hasta parecía que se entendían a maravilla bestia y jinete. Cuando alguna vez era montado el moro por algún otro ranchero, se mostraba tan mañoso y testarudo que ponía en peligro la vida del valiente, y le dejaba desganado para volver a cabalgarlo. Unas veces se «armaba», clavándose con las cuatro patas inmóviles donde le daba la gana,[7] sin avanzar ni retroceder aunque le destrozasen el hocico tirándole hacia adelante por la brida, o le azotasen las ancas duramente por detrás; no hacia más en tales casos que balancear el cuerpo con dirección a la retaguardia, y estremecerse de pies a cabeza[8] con temblor de pena y rabia al sentir el azote. Otras veces metía la cabeza entre los cuartos delanteros[9] y se daba a[10] hacer corcovos tan altos, ondulados y bruscos, que no había jinete que los resistiera.[11] O bien, asustándose de su propia sombra, saltaba de improviso hacia algún lado desarzonando al jinete o lanzándolo al suelo en un santiamén.[12]
—José López Portillo y Rojas (Mejicano)
Chapter Footnotes:
4.—LA TRILLA (to the vocabulary section)
Eran las nueve de la mañana cuando los peones apartaron las últimas bolsas de nuestro trigo. La máquina paró y a la sombra de la parva cercana la gente se dispuso a tomar el café; un sol fuerte nos ahogaba tiñendo en llamaradas la campiña segada que parecía un inmenso cepillo de oro.
Lejos, en el potrero, en las quebradas, en torno de las pequeñas lagunas, los bueyes pacían, lentos y graves, en medio de la cháchara de los teros.
El alcalde de la colonia,[1] viejo de grandes barbas, elocuente y astuto, elegido por el vecindario en una asamblea efectuada en la sinagoga, comentaba los resultados de la cosecha y alababa las calidades de nuestro trigo.
Era analfabeto casi y sólo conocía por referencias[2] ciertos pasajes de la Escritura que citaba a menudo al intervenir en la entrega de una reja o en la compra de un rollo de alambre.
Y aquella mañana cálida, rodeado por los vecinos, a la sombra de la parva, peroraba sobre las ventajas de la vida rural.
—Bien sé yo—decía—que no estamos en Jerusalén: Bien sé yo que esta tierra no es aquélla de nuestros antepasados. Pero, sembramos y tenemos trigo, y de noche, cuando, regresamos de la era tras del arado podemos bendecir al Altísimo porque nos ha conducido fuera de Rusia, donde éramos odiados y vivíamos perseguidos y pobres.
El matarife replicó: El trigo de Besarabia es más blanco que el de la colonia. Y expresó pausadamente su descontento.
—En Rusia—dijo—se vive mal, pero se teme a Dios y se vive de acuerdo con su ley. Aquí los jóvenes se vuelven unos gauchos.
El agudo silbato de la máquina disolvió a los vecinos. Tocaba el turno a las parvas de Moisés Hintler, quien permanecía silencioso junto a la casilla rodante del maquinista. Era bajito, flaco, y sus ojos redondos y diminutos traducían en su mirar de miope una alegría profunda. A su lado, la mujer, envejecida en la miseria del pueblo natal, contemplaba la faena y la hija Dvorah, moza robusta y ágil, preparaba el almuerzo.
Comenzó el trabajo. Subimos a la parva de Moisés para alcanzar las gavillas y los peones engrasaban en tanto[3] la máquina formidable.
—Moisés—exclamó el alcalde.—¿Tenías también parvas en Vilna? Allí trabajabas de joyero y componías relojes, ganando un par de rublos al mes. ¡Aquí, Moisés, tienes campo, trigo y ganado!
Levantó una copa de caña[4] y brindó:
—Moisés: Como decimos en Rusia, yo deseo que tu tierra sea siempre fecunda y que por abundante,[5] no logres juntar su fruto.
Moisés permaneció silencioso tras de la máquina. En su cabeza se revolvían antiguos recuerdos de su vida lúgubre de Vilna, de su vida martirizada y triste de judío.
La rueda mayor giró y el grano empezó a derramarse como lluvia de perlas bajo la bíblica bendición del cielo inundado de luz. Interpuso lentamente la mano sobre la cual el trigo caía en clara cascada, y así la tuvo mucho tiempo. A su lado, la mujer miraba con avidez y Dvorah miraba.
—¿Veis, hijos míos? Este trigo es nuestro....
Y sobre sus mejillas aradas por una larga miseria, corrieron dos lágrimas que cayeron junto con el grano en la primera bolsa de su cosecha....
—Alberto Gerchunoff (Argentino)
Chapter Footnotes:
5.—LA PESCA EN LAS ISLAS (to the vocabulary section)
Pero lo que más amaba de su campo eran las islas, aquellas islas que, como esquifes de verdura, se veían desde la cumbre de un cerro, balanceando las copas frondosas y mojando los ramajes en la espuma. Cuando el sol de la siesta sacaba al lagarto de su cueva y la víbora de coral[1] dormía enroscada cerca del hormiguero, don Calixto, acostado en el pasto, a la sombra que proyectaban los canelones y los molles, tiraba su aparejo en la parte más honda del arroyo, en aquel pesquero que tanto conocía y en donde abundaban la lisa begona, el surubí de carne amarilla y el dorado de escamas relucientes. Mientras su pesca aumentaba, los cardenales azules cantaban invisibles en el follaje la melancólica romanza de los bosques, el martín pescador, de plumaje tornasolado, volaba con rapidez a lo largo de la corriente, en busca de su alimento acuático, los pino-limones desparramaban en torno suyo las cuentas rojas de sus frutas maduras, y las campánulas moradas adornaban los troncos, sobre la malla de las yedras siempre verdes.
—Santiago Maciel (Uruguayo)
Chapter Footnotes:
6.—LA CAZA DEL TIGRE (to the vocabulary section)
Conocíase que las mujeres nos contaban y recontaban[1] desde que nos alcanzaron a ver,[2] y cuando nos acercamos a la casa estaban aún indecisas entre el susto y la alegría, pues por nuestra demora y los disparos que habían oído suponían que habíamos corrido peligros.
Fué Tránsito quien se adelantó a recibirnos, notablemente pálida.
—¿Lo mataron?—nos gritó.
—Sí, hija—le respondió su padre.
Todas nos rodearon, entrando en la cuenta[3] hasta la vieja Marta, que llevaba en las manos un capón a medio pelar.[4]
Lucía se acercó a preguntarme por mi escopeta; y como yo se la mostrase,[5] añadió en voz baja:
—Nada le ha sucedido, ¿no[6]?
—Nada,—le respondí cariñosamente, pasándole por los labios una ramita.
—Ya yo pensaba....
—¿No ha bajado ese fantasioso de[7] Lucas por aquí?—preguntó José.
—Él, no,—respondió Marta.
José masculló una maldición.
—Pero ¿dónde está lo que mataron?—dijo al fin, haciéndose oír, la señora Luisa.
—Aquí, tía—contestó Braulio.
Y ayudado por su novia, se puso a desfruncir la mochila, diciéndole a la muchacha algo que no alcancé a oír. Ella me miró de una manera particular, y sacó de la sala un banquito para que me sentase en el empedrado, desde el cual dominaba yo la escena.
Extendida en el patio la grande y aterciopelada piel, las mujeres reprimieron un grito; mas al rodar la cabeza sobre la grama no pudieron contenerse.
—Pero ¿cómo lo mataron? cuenten—decía la señora Luisa—todos están como tristes.[8]
—Cuéntennos—añadió Lucía.
Entonces José, tomando la cabeza del tigre entre las dos manos, dijo:
—El tigre iba a matar a Braulio, cuando el señor[9] (señalándome) le dió este balazo.
Mostró el foramen que en la frente tenía la cabeza.
Todos se volvieron a mirarme, y en cada una de esas miradas había recompensa de sobra[10] para una acción que la mereciera.
—Jorge Isaacs (Colombiano)
Chapter Footnotes:
7.—UNA BODEGA (to the vocabulary section)
Después de atravesar las ricas hectáreas de tierra donde las plantaciones de vid forman líneas paralelas, entras en las bodegas. Allí se pisa la uva y se deposita el mosto en barriles, para que fermente y envejezca, hasta adquirir el preciado sabor y colorido del buen vino. Las bodegas, en general, se construyen en lugares de quietud[1] en terrenos sanos, con dobles techos, dobles paredes y dobles puertas; son de higiénica ventilación y los pisos como los muros se revocan con morteros hidráulicos.
El departamento de las bodegas, parte capital del establecimiento, comprende las secciones de elaboración, fermentación maquinaria, depósito y tonelería. La bodega de elaboración está dotada de cierta máquina, llamada demoledora, movida a vapor y colocada sobre un gran tanque metálico, donde se mezcla y refrigera el mosto antes de ser llevado, mediante una bomba centrífuga, a la bodega de fermentación. Ésta comprende para la fermentación del mosto, grandes piletas de mampostería, provistas de sus respectivas compuertas y de un diafragma para la sumersión del orujo, durante el proceso de fermentación. Cada pileta está dotada de refrigerantes, unidos por un sistema completo de cañerías, a la máquina refrigeradora, con el objeto de dominar oportunamente las altas temperaturas que alcanzan en ese clima los mostos en fermentación, asegurando de tal manera la marcha normal del proceso, y, por consiguiente, la calidad de los vinos. En ciertas bodegas de San Juan existen las más vastas, poderosas y completas instalaciones frigoríficas que se aplican en el mundo entero a la vinificación. Una bomba a vapor facilita el trasiego de los vinos nuevos a la bodega de depósito. La bodega de depósito está a un nivel un poco más bajo que el suelo; es semisubterránea. La singular disposición de sus dobles techos y paredes, dotados los techos de poderosos ventiladores, permiten mantener, aun en los días más ardientes del verano, una temperatura muy baja. Completan las reparticiones indispensables, vastos talleres mecánicos, herrería, carpintería, etc., para la fabricación y reparación de herramientas y maquinaria. Un elegante «chalet» sirve de local a la administración. El establecimiento representa un capital de varios millones de pesos.
—Carlos O. Bunge (Argentino)
Chapter Footnotes:
8.—EL RODEO Y LA APARTA (to the vocabulary section)
La operación de la aparta se efectúa en un rodeo por la gente de a caballo.[1] Parte de ésta se coloca en las puertas que dan paso de un corral a otro, y la restante es la que desempeña la ocupación activa del trabajo. Para esto rodean los de a caballo a un grupo de animales y el vaquero encargado de presidir la faena designa uno o varios de ese grupo para ser apartados. Al instante dos o tres jinetes hienden el grupo que entre todos han arrinconado en algún ángulo del corralón; colocan sus cabalgaduras rozándose con un costado del animal, que por huir del que se acerca, se abre paso entre los otros, y emprende una veloz carrera en que el jinete le sigue, animándolo con la voz y sin apartarse una línea hasta dejarlo en otro corral, cuya puerta despejan los que la ocupan para dar paso al animal, volviendo a cerrarla inmediatamente. Pero muchas veces el animal designado retrocede con velocidad en su carrera, da precipitadas vueltas y «saca lances» imprevistos para libertarse de la obstinada persecución del que lo sigue. Hay, pues, un gran peligro en seguir al animal en estas diversas evoluciones caprichosas, que ponen en dura prueba[2] la destreza de los jinetes y el vigor y maestría de los caballos. Para los huasos, el rodeo es un campo de batalla en que el deber les manda desafiar los peligros; las caídas de algunos y aun la muerte que suelen encontrar en esas caídas, no interrumpen ni modifican el curso de la faena. El herido es transportado por los de a pie[3] fuera del campo, y los demás continúan el trabajo, sin arredrarse ante las probabilidades numerosas de correr igual suerte.[4]
—Alberto Blest Gana (Chileno)
Chapter Footnotes:
9.—EN EL TRAPICHE (to the vocabulary section)
No hay suceso en los ingenios, enlazado de alguna manera con la vida de los negros, que no se refiera alegre o tristemente en sus canciones. Si el buey brioso y bello, que todos se disputaban por tener en su carreta, ha muerto, en un día abrasante, de cangrina; si un tacho se ha desfondado; si las coronas del trapiche se han roto; si en los cañaverales ha prendido fuego, y con afanoso trabajo ha sido menester atajar aquel mar de llamas; si las crecidas del río han arrastrado el maíz, el arroz o la caña acabada de sembrar en sus márgenes; si una seca o unos aguaceros horrorosos amenazan las cosechas; si el cerdo ya cebado y pronto a ser vendido al especulador que recorre la finca se ha muerto de repente sin saberse por qué; si el compañero, que solitario en los campos estaba desmochando palmas, se ha caído; si se ha dado por el mayoral y los perros con algún negro cimarrón; si la vaca bermeja, si la puerca del hocico blanco,[1] si la yegua más hermosa del potrero ha parido, la letra de las canciones lo dirá cuando se esté chapeando o cortando caña, cuando se junte o cargue en la casa de trapiche, cuando los negros uno enfrente de otro batan en las resfriaderas, con las bombas, la templa que acaba de ser sacada del tacho. Lo mismo sucede en habiéndoseles cambiado el alimento[2]; en habiéndose aumentado o disminuido las horas de trabajo; en habiéndose introducido una máquina, un instrumento, un proceder cualquiera, que a la vez que los asombra, facilita y minora las faenas; en anunciando los aguinaldos sobre las cercas y los matorrales que pronto llegarán los amos; en concediéndoseles un pedazo de tierra para que hagan, concluida la zafra, sus conucos; en dejándoles desmochar guano para cubrir los bohíos; la ocasión que se mata una res para partirla en raciones; la ocasión que se muda el mayoral que los apuraba demasiado.
—A. Suárez Romero (Cubano)
Chapter Footnotes:
10.—EN TREN.... (to the vocabulary section)
En las estaciones nos acosaba el gremio de los vendedores de fruta, hombres, mujeres y niños provistos de cestos con uvas, duraznos, aceitunas, tortas de manjar blanco o de bizcochuelo, espárragos y caldúas de San Francisco.... Aquella muchedumbre gritaba tanto, que más no podía ser.[1] En los andenes se movían pesadamente los huasos con mantas de vivos colores, zapatos de taco alto, haciendo resonar las espuelas de ancha rodaja. Por las ventanillas de los wagones de tercera clase[2] asomaban sus rostros tostados y barbudos esos rotos que componen la masa flotante de los trabajadores de Chile y que se llevan a viajes[3] para uno y otro punto, en la agricultura o en las minas, ora cavando en el norte, ora segando en el sur. A medida que el tren se tragaba las leguas,[4] veíamos desfilar a Rengo, con sus viñedos, a San Fernando de estación oscura y triste, a Chimbarongo, Curicó, Lontué, cubierto igualmente de viñas, Talca, Linares. Desarrollábase paisaje tras paisaje, animales, prados, bosques y ríos, hasta la monotonía, hasta la saciedad.
—Orrego Luco (Chileno)
Chapter Footnotes:
11.—LA BOLSA (to the vocabulary section)
De todos los sitios en que se forman agrupaciones humanas, ninguno que[1] presente más ancho campo de observación al curioso que el salón central de la Bolsa de Comercio. El traje nivelador[2] le da, a primera vista, cierto aspecto de homogeneidad que desaparece cuando la mirada sagaz ahonda un poco en aquel mar revuelto en que se mezclan y confunden todas las clases.
El fastuoso banquero, cuyo nombre sólo con ser mencionado[3] hace desfilar por la mente un mundo fantástico de millones, estrecha con su mano pulida la grosera garra del chalán marrullero; el humilde comisionista se codea familiarmente con el propietario acaudalado a quien adula según las reglas de la democracia en boga; el mozalvete recién iniciado en la turbulenta vida de los negocios pasea por todas partes sus miradas[4] codiciosas; el aventurero procaz roza el modesto traje del simple dependiente con los estirados faldones de su levita presuntuosa; el insular petimetre ostenta su bigote rizado a tijera[5] bajo la mirada aguda del periodista burlón que prepara su crónica sensacional, husmeando todas las conversaciones; el anciano enriquecido por largos años de duro trabajo comenta, con la frialdad del egoísmo que dan los años, esa crónica diaria de la Bolsa, muchas de cuyas páginas están escritas con sangre[6]; el usurero famélico gira y gira describiendo círculos siniestros en torno de sus víctimas infelices.
El doctor se abrió paso como pudo[7] hasta que consiguió llegar a la reja que limita el recinto destinado a las operaciones, vulgo «rueda.»[8] Agolpábase a aquella reja una multitud ansiosa, estremecida por corrientes eléctricas. Se veían pescuezos estirados en angustiosa espectativa, con la rigidez propia del jugador que espera la salida de la carta que ha de decidir la partida; ojos desmesuradamente abiertos, siguiendo con fijeza hipnótica los movimientos de la mano del apuntador, el cual, subido sobre su tarima, anotaba las operaciones en las pizarras que, negras, cuadradas, siniestras, se dibujaban como sombras en la pared del fondo.
Salía de la «rueda» un estrepitoso vocerío, una algarabía de mil demonios[9]: voces atipladas, roncas, sonoras, de tenor, de bajo, de barítono; voces de todos los volúmenes y de todos los metales. Los corredores parecían unos energúmenos; más tenían caras de hombres enredados en una discusión de taberna, que de comerciantes en el acto de realizar sus operaciones. Y no sólo gritaban como unos locos,[10] sino que también gesticulaban y accionaban como si estuvieran por darse de bofetadas.[11]
—Julián Martel, nom de plume of José Miró (Argentino)
Chapter Footnotes:
12.—EN DILIGENCIA (to the vocabulary section)
A las tres de la mañana llamó a la puerta de mi cuarto el mozo del hotel con fuertes golpes y gritando con apremio[1]:
—¡Ya es hora![2]
Echéme a cuestas[3] el vestido a toda prisa, entre grandes bostezos y dándome al diablo[4] porque el administrador de las diligencias hiciese salir tan temprano el vehículo; y pocos momentos después abrí la puerta de mi habitación, y me dirigí al comedor a tomar algún refrigerio.
Cuando bajé al zaguán, estaba listo el carruaje. Los tres tiros de mulas hallábanse ya enganchados; el cochero ocupaba su puesto en el alto pescante, y empuñaba con mano firme el abundante manojo de las mugrosas riendas; el sota tenía por la brida el par de mulas delanteras para impedir que partieran antes de tiempo; y dos mozos alumbraban la escena con otras tantas gruesas y resinosas hachas, que despedían tanta luz como chispas y espeso humo. Todavía salieron algunas maletas del despacho del administrador, que fueron adicionadas a la henchida zaga o al abultado techo del carruaje. La máquina estaba materialmente atestada de carga: en la covacha, en el pescante, en la parte superior, en el interior, debajo de los asientos, y aun en el espacio destinado a los pies de los viajeros, por donde quiera[5] había maletas. Concluidos los preparativos, llegó el momento de ocupar nuestros sitios, y lo hicimos los pasajeros con resignación de mártires.
La diligencia se llenó en pocos momentos. ¡Éramos once pasajeros! Sólo un asiento quedó desocupado en la banqueta de en medio, donde no hay más apoyo para la espalda del paciente,[6] que una movible correa que empuja, cede y aporrea como instrumento de inquisición. Afortunadamente para mí, había podido escoger con tiempo un buen número en la banqueta delantera, junto a la ventanilla; así es que relativamente quedé bien instalado.
—¿No falta ningún[7] pasajero?—preguntó una voz en la puerta de la posada.
—Ninguno,—repuso el sota.
No contento con[8] la respuesta, el administrador que era un español de muy mal genio,[9] subió al estribo de la diligencia, y nos echó al rostro la luz de la linterna que en la mano llevaba.
—Está bien—dijo bajando del estribo—¡en marcha[10]!
Sonaron las cadenas de los tiros, rechinó la pesada máquina, vaciló un momento sobre las duras sopandas, hizo el cochero chasquear su látigo descomunal y nos pusimos en movimiento. La diligencia salió con rapidez vertiginosa, haciendo furioso estruendo en el empedrado, y turbando el sueño de los buenos habitantes de Querétaro. Quien la hubiera visto animada de aquella velocidad, habría creído que poca ventaja podría sacarle el vapor[11]; no así yo,[12] que estaba en el secreto,[13] y sabía por experiencia que tales vehículos son rápidos en las poblaciones y tardos en despoblado.
—José López Portillo y Rojas (Mejicano)
Chapter Footnotes:
13.—LA CAZA DE LAS VÁQUIRAS (to the vocabulary section)
—Mucho cuidado, señores—dijo Toribio, nuestro montero mayor,—porque las váquiras[1] están entiempadas ahora y son peligrosas.
Y empezó a colocarnos en nuestros puntos.
Las reses se bañaban en los charcos del quebradón y roznaban como si todo el invierno estuviera allí: diríase que era un conciliábulo patriótico de incondicionales que celebraban con el santo fin de[2] repartirse la república.[3]
Casiano había vuelto a tomar la escopeta y estaba en el fondo de la quebrada, por el lado de abajo.
Toribio le había hecho aquella concesión por su extremada habilidad en la cacería de váquiras.
Yo quedé cerca de él, dominándole desde un barranco y cubierto por un chipio; y novicio en el tiro de váquiras, creí prudente sacar los cartuchos de guáimaros y sustituirlos con balas rasas.
Los perros levantaron las piezas[4] y comenzó el tiroteo en la parte de arriba; y salidas las reses del lecho de la quebrada, se hubiera dado por perdido el lance, si dos de ellas, macho y hembra, no hubiesen corrido hacia abajo.
La posición que yo ocupaba no era muy ventajosa: pasaron por junto a mí[5] y no pude disparar; pero me acerqué a la quebrada y gané el cauce.
Casiano había disparado y errado el váquiro: hirió la hembra, y el macho, como sucede en estos casos, se enfureció y le atacó.
Cuando yo doblé el recodo de la quebrada que me ocultaba los sucesos, pude ver a Casiano luchando cuerpo a cuerpo[6] con el váquiro mientras la otra[7] se revolcaba en su propia sangre.
El negro se defendía con el cañón de la escopeta, que despedía chispas en los colmillos del cochino: la caja del fusil estaba hecha añicos.[8] Pálido, ceniciento, se veía el negro entre el verde follaje de las barrancas, bajo un toldo de ramas entrelazadas.
—¡Socorro, socorro!—gritaba....
El negro retrocedía pidiendo socorro, y el váquiro le cargaba.
Dió una embestida el animal y al saltar atrás el cazador se enredó en un bejuco y cayó.
Un minuto más y[9] llevaríamos un cadáver.
—¡Ahora conmigo![10]—grité, y el váquiro se volvió hacia mí.
Tenía los ojos inyectados y las encías hechas sangre.[11]
Volví a gritarle y partió como una flecha: clavé la rodilla en el fangoso lecho de la quebrada y le aguardé en la boca de mi escopeta.
Al ver el obstáculo que acababa de oponerle, erizó las cerdas y se recogió para asaltarme; pero fué el último esfuerzo que tentó porque le enterré la bala en el corazón.
Ya llegaban los otros. Pascual, estupefacto, me miraba desde el barranco, con ojos desencajados.[12] Toribio venía jadeante por el lecho del arroyo, y Tigre, mi fiel Tigre, pasó rozándose conmigo y un instante después destrozaba al váquiro agonizante.
—M. V. Romero García (Venezolano)
Chapter Footnotes:
14.—EN EL CAFETAL (to the vocabulary section)
—Pero cualquiera de estas fincas es un verdadero pueblo—prosiguió el conde;—hasta el capellán que les diga la misa[1] suelen ustedes tener. Este batey está compuesto de muchas y numerosas casas; semeja el parque de recreo de una ciudad, y aun le sobrepuja; porque es preciso estar en Cuba para ver[2] esta vegetación que lo limita y rodea. Detrás de la cerca de limón, veo una ancha calle con doble fila de matas de cocos, naranjas y caimitos; por más allá[3] se divisan los cuadros de cafetos, cargados de blancas flores que imitan el azahar, cortados a la misma altura y que devuelven hacia la tierra sus copiosas y redondas ramas; sobresalen entre los cafetos las matas de plátanos, que con sus hermosos racimos ofrecen abundoso alimento, regalo de una tierra providencial. Cortan la finca en secciones regulares espaciosas calles de corpulentos frutales; veo el maíz, veo la yuca, veo cuanto forma[4] una gran despensa, ante la cual la miseria cesa y la abundancia la sustituye y la reemplaza. Y como si no fuese bastante el fruto de la tierra, discurren por entre los cafetales bandadas de gallinas comunes y de guinea, o pintadas, grandes perdices de este suelo privilegiado; los ánades, patos y gansos forman en pos de ellas[5] la pesada artillería de casa y boca[6]; los pavos reales electrizan el aire con los reflejos de sus espléndidos colores, y los pavos comunes, ruidosos, tartamudos, llamados aquí guanajos, aturden el oído con la redoblada descarga de sus graznidos. Y para que aquí no falte nada y se parezca en todo a un jardín de aclimatación[7] nuestro—jardines que allí[8] solamente un gobierno puede sostener—veo manadas de ovejas y cabras y a lo lejos oigo el torpe gruñido de mansos cebones. La cuadrilla de perros que no pierden nunca la pista del negro cimarrón,[9] la vaca de leche y los bueyes de las carretas, los caballos de la molienda[10] del grano y de la volanta y silla, todo esto completa un cuadro lleno de vida y movimiento, que yo estudio, que yo admiro,[11] porque es la Providencia en forma estética y la Estética reencarnada en la Providencia.
—Malpica La Barca (Cubano)
Chapter Footnotes:
15.—EN EL COMITÉ (to the vocabulary section)
Esa noche había gran asamblea.
El Comité hervía de gente[1] de toda clase.—
Las piezas interiores estaban ocupadas por los personajes más conspicuos;—los miembros de la comisión directiva, con cierto aire de suficiencia y de unción que les venía de lo alto.
El secretario se había puesto su cuello más almidonado y una levita negra que le daba por[2] las pantorrillas; estaba embarazado con sus faldones, que en cualquier movimiento se abrían como paracaídas; lucía su mejor alfiler, y su anillo de chispa[3] tenía un compañero tan ancho que le impedía doblar el dedo.
Iba de un lado para otro, llevando papeles, entregando cartas y notas—dando explicaciones,—escuchando pacientemente las preguntas que le dirigían y sonriéndose con malicia con alguno de su confianza,[4] cuando pasaba por delante de una serie de personajes adustos, graves, que estaban sentados en hilera simétrica, en un rincón de la sala, fumando con desahogo, hablándose a hurtadillas[5] con monosílabos, y dirigiendo de tiempo en tiempo sus ojos desconfiados a la puerta.
Tenían el aspecto venerable de los ancianos bíblicos.
La buena fe les hacía considerar el Comité como un templo; su actitud era la de un testigo que espera la llegada del juez para prestar su declaración.
Habían acudido al llamamiento, trayendo su contingente de influencia; en cambio, habían abandonado su hogar y sus majadas[6] con la despreocupación que les caracteriza.
El secretario aprovechaba la confusión para hacer sus excursiones al fondo de la casa, en busca del fulano de los mates[7] que los tenía cebados en hilera y por cuyas bombillas pasaba alternativamente sus labios como quien[8] toca la zampoña; luego, limpiándose con la manga del levitón, entraba más serio que un obispo en el salón de su dependencia.
Un vocerío sordo y molesto llenaba todo el ambiente, especialmente en el interior, donde se respiraba un aire denso y saturado de humo.
En los distintos corrillos que se habían formado, se hablaba en voz alta, se discutía, se armaban apuestas y se ponderaban las virtudes y los méritos de los ciudadanos inscriptos en las listas.—Eran todos la flor y crema[9] del partido; ninguna tacha podía arrojárseles; en cambio, a los que figuraban en la lista contraria, se les aplicaban los dicterios más usuales del vocabulario callejero.[10]
Se les presentaba como a seres de otra especie.
Esos no querían la patria feliz, engrandecida, sino abierta por los cuatro cantos para satisfacer sus ambiciones y su codicia.
Un extraño, al oirlo, habría creído que se trataba de enemigos feroces a quienes era menester negarles el fuego y el agua.
—Manuel T. Podestá (Argentino)
Chapter Footnotes:
16.—VIAJANDO EN BUEY (to the vocabulary section)
—Ya está listo su buey para subir a la Nevada, me dijo el guía. Estas palabras me hicieron comprender que me era preciso ensayar, en un camino pésimo, un nuevo elemento de transporte. Sí, hasta la fecha había yo viajado en la mula del fraile,[1] o sea a pie, en burro, en mulo,[2] a caballo, en carro, en coche, en tren, en bote, en goleta, en bergantín, en vapor de río, en vapor de mar; pero no me había pasado nunca por la cabeza[3] tener que viajar en... buey. Me pareció algo ridículo y depresivo, pero me di[4] como excusa para resignarme el que los egipcios no se creyeron deshonrados por adorar al insigne Apis, y que además no estaba el camino de la Sierra, después de un invierno feroz,[5] para hacer la gracia de[6] subirlo a pie, ni siquiera en mula. El guía me dió algunas explicaciones para mi gobierno.[7] Lo que en el buey sirve de bozal y de freno es un hico que se amarra a la argolla de hierro que se le pone en la nariz al pobre animal. Cuando se quiere arrendar a la derecha, se pasa el hico por sobre el cuerno derecho, y cuando a la izquierda, por sobre el cuerno izquierdo. La cincha debe estar muy tensa, porque el animal tiene el lomo muy movedizo. Regularmente se le monta en angarilla, pero hasta allí no llegó mi filosofía, y le hice poner una silla de fuste alto y fuerte.
Calzón, el gran Calzón, mi bagaje, era un buey potente, pero el más flemático, testarudo y lerdo que jamás[8] rumió ricos pastos en las dehesas de la Sierra. Era imposible sacarlo de su andar lento y acompasado. En balde[9] resultaron los golpes aplicados con el talón y los garrotazos dados en el pescuezo. Positivamente deploré no haberme calzado mis espuelas para poder rasgarle los ijares al perezoso animal. Tuve al fin que dejarlo andar a su gusto, estimulándolo de vez en cuando con el grito de ¡buey! lanzado guturalmente, a usanza arhuaca.
—Florentino Goenaga (Colombiano)
Chapter Footnotes:
17.—EN UN VELORIO (to the vocabulary section)
A eso de[1] la una de la madrugada, el velorio está en su punto.[2] Tres o cuatro jóvenes, en la puerta de la calle, charlan, disputan, manotean, y hasta lanzan alguna pedrada a un gato, que tiene la mala ocurrencia de dejarse ver por aquellos contornos; y al cual, le aciertan casualmente, causando esto sumo regocijo al grupo, que no sabe cómo celebrar el tino del que tan flaco servicio[3] le acaba de hacer al micho.
Luego se llega al capítulo de las travesuras y de las maldades, con los que se rinden al sueño; y hay aquello de[4] pintorrear con un corcho quemado, al que duerme en un rincón y ronca estrepitosamente. Las risotadas empiezan a ser ruidosas, sobre todo, cuando a otro que se ha quedado dormido con la boca abierta, le introducen en ella un cabo de tabaco, sin que lo sienta la víctima de la maldad; o bien cuando le ponen un enorme sombrero de tres picos,[5] hecho de un periódico o, lo atan con un pañuelo a la silla, y en seguida lo despiertan con urgencia[6] haciendo que el hombre[7] se asuste, trate de levantarse, y con la brusca sacudida impresa a la silla, caiga con ella boca abajo,[8] causando grande estrépito; a cuyo ruido todas las mujeres que estaban dormidas en el cuarto, se despiertan sobresaltadas creyendo nada menos que[9] los techos se desploman.
Una vez que se reponen, conocida y hasta celebrada la causa de la sorpresa que han experimentado, para hallar entonces motivo de charla, porque las mujeres no callan sino cuando duermen, si bien las hay que hasta hablan en sueños, pregunta una la hora que es; otra añade que tiene frío; y alguna, sintiendo así como[10] una penita en el estómago,[11] según lo asevera, trata de buscar algo que la conforte: pero es lo malo, que[12] han concluido ya con todo, los que están en el comedor dejando sólo los huesos de las aceitunas; por lo que, no hay otro recurso que hacer chocolate.
—F. de Paula Gelabert (Cubano)
Chapter Footnotes:
18.—LA FIESTA DE GUADALUPE[1] (to the vocabulary section)
Positivamente, el que quiera ver y estudiar un cuadro auténtico de la vida mejicana, el que quiera conocer una de las tradiciones más constantes de nuestro pueblo, no tiene más que[2] tomar un coche del ferrocarril urbano que sale de la Plaza de Armas cada diez minutos, conduciendo a la Villa una catarata de gente que se desparrama de los veinte wagones que constituyen cada tren, al llegar a la Villa de Guadalupe. Es la ciudad entera de Méjico que se traslada al pie del Santuario, desde la mañana hasta la tarde, formando una muchedumbre confusa, revuelta, abigarrada, pintoresca, pero difícil de describir.
Allí están todas las razas de la antigua colonia, todas las clases de la nueva república, todas las castas que viven en nuestra democracia, todos los trajes de nuestra civilización, todas las opiniones de nuestra política, todas las variedades del vicio y todas las máscaras de la virtud, en Méjico.
Nadie se exceptúa y nadie se distingue: es la igualdad ante la virgen; es la idolatría nacional.
Allí se codea la dama encopetada, de mantilla española o de velo de Chantilly, que estamos acostumbrados a ver balanceándose sobre sus altos tacones en las calles de Plateros, con la india enredada de Cuautitlán o de Atzcapotzalco; allí se confunde cubierto de polvo, el joven elegante de cuello abierto, de pantalón à la patte d’éléphant que luce sus atractivos femeniles en el Zócalo, con el tosco y barbudo arriero de Ixmiquilpan o con el indio medio desnudo de las comarcas de Texcoco, de Ecatepec y de Zumpango, o con el sucio lépero de la Palma o de Santa Ana. Y no existen allí las consideraciones sociales; los carruajes de los ricos se detienen a orillas del pueblo, lo mismo que los coches simones, lo mismo que los trenes del ferrocarril. Todo el mundo se apea y se confunde entre la multitud; el millonario va expuesto a ser pisoteado por el pordiosero y despojado de su reloj por el pillo. La señorona estruja sus vestidos de seda con los inmundos arambeles de la mendiga y con las calzoneras de cuero del peregrino de tierra adentro.[3] No se puede entrar en el santuario sino a empellones[4]; no se puede circular por la placita sino dejándose arrastrar por una corriente inevitable.
En los días subsiguientes, la ciudad santa de Guadalupe que, como todas las ciudades santas y focos de[5] devoción, es un lugarejo triste y desolado, no presenta de notable más que el inmenso basurero en que la deja convertida la devoción de los fieles mejicanos.
—Ignacio Manuel Altamirano (Mejicano)
Chapter Footnotes:
19.—SUCRE (to the vocabulary section)
No es que en Sucre faltaran hoteles—aunque de esto hablaré más adelante—pero yo tenía que atenerme a los bodegones, vulgo[1] picanterías.
Las picanterías son establecimientos plebeyos, especie de tabernas bolivianas, donde se expenden los famosos picantes: guisos condimentados con ají, locoto u otros botafuegos que hacen llorar a quien no está acostumbrado a tan rabiosos manjares. Son platos fuertes, muy fuertes, hechos de carne, pollo, perdiz, boga y papas. De ahí que para placar los furores del ají (pimiento picante) se beba mucha chicha. Por esto los bolivianos de la altiplanicie son tan famosos bebedores.
Las demás comidas nacionales son el puchero, que más bien es un pote u olla podrida,[2] y el chupe, compuesto de papas cocidas en agua o en leche, a las que se añaden espigas de maíz tierno (choclos), queso, manteca y sal, amén de alguna tajada suculenta, con lo que resulta un plato tan excelente como barato, pues no viene a costar más arriba de[3] dos reales.
—Ciro Bayo (Español)
Chapter Footnotes:
20.—EL MATE (to the vocabulary section)
Aunque el arte de hacer una buena taza de té es algo sagrado, que sólo lo hace la dueña de casa[1] en una familia inglesa, el cebar mate[2] bien es aún más difícil y en algunas familias antiguas sólo lo hacían sirvientes especiales llamadas cebadoras de mate. La palabra cebar nos expresa además la idea de mantener, alimentar, sustentar algo en estado floreciente. Se quiere indicar con la frase «cebar mate,» no el acto de llenar el mate con agua caliente, sino mantener ese mate en condiciones siempre apetitosas. Es una función tan sagrada como la de las mismas Vestales para algunos materos intransigentes....
El mate debe ser tomado caliente; sólo así es agradable al paladar; en estas condiciones el agua disuelve mayor cantidad de los principios solubles de la yerba, entre los cuales los hay aromáticos, que dan sabor agradable a la infusión. No debe ser bebido, sin embargo, demasiado caliente, pelando, como se dice vulgarmente: en estas condiciones el mate es desagradable y la cebadura queda inutilizada; lo que se expresa diciendo que la «yerba se ha quemado».
Igualmente el mate frío, es decir, tibio, es detestable, sólo sirve para producir dolores de vientre.[3]
Sin embargo, la misma yerba puesta en maceración con agua fría, nos da una bebida agradable que no tiene los inconvenientes del mate frío y que lleva el nombre de tererere.
Si cebar mate es difícil, no lo es menos[4] saberlo tomar con la compostura debida.
El que no sabe tomar mate, el chambón, se conoce a la legua[5]; toma el mate de una manera tal, que si los franceses conocieran la estética del matero clasificarían de gauche; inclina demasiado la cabeza como si se fuera a tragar la bombilla o a comerse el mate: Los carrillos se deprimen en virtud de la presión atmosférica y arruga la cara de tal manera que[6] causa espanto. Los ojos se salen de sus órbitas, como si tratara de buscar una moneda caída en una laguna; inclina el cuerpo y hace contorsiones tales, como si hubiese tragado una espina. Espectáculo horrendo que conmueve las fibras más sensibles[7] de un espectador de buen gusto.
—Pedro N. Arata (Argentino)
Chapter Footnotes:
21.—¡A LA CÁRCEL TODO CRISTO![1] (to the vocabulary section)
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIRREY INGLÉS
Aquella noche quiso su excelencia[2] convencerse personalmente de la manera como se obedecían sus prescripciones. Después de las once, y cuando estaba la ciudad en plena[3] tiniebla, embozóse el virrey en su capa y salió de Palacio.[4]
A poco andar[5] tropezó con una ronda; mas reconociéndolo el capitán, lo dejó seguir tranquilamente, murmurando:—Vamos, ya pareció aquéllo[6]! También su excelencia anda de galanteo[7] y por eso no quiere que los demás tengan un arreglillo y se diviertan.
Y el virrey encontró otras tres rondas, y los capitanes le dieron las buenas noches,[8] y le preguntaron si quería ser acompañado y se derritieron en cortesías, y le dejaron libre el paso.
Sonaron las dos y el virrey, cansado del ejercicio, se retiraba ya a dormir, cuando le dió en la cara la luz del farolillo de la quinta ronda, cuyo capitán era Juan Pedro Lostaunau.
—¡Alto! ¿Quién vive?[9]
—Soy yo, Juan Pedro, el virrey.
—No conozco al virrey en la calle, después de las diez de la noche. ¡Al cuartel el vagabundo[10]!
—Pero, señor capitán....
Al siguiente día quedaron destituidos de sus empleos los cuatro capitanes, que por respeto[13] no habían arrestado al virrey, y los que los reemplazaron fueron bastante enérgicos para no andarse en contemplaciones,[14] poniendo en breve término a los desórdenes.
El hecho es que pasó la noche[15] en el calabozo de la cárcel de la Pescadería, como cualquier pelafustán, todo un[16] Ambrosio O’Higgins, marqués de Osorno, barón de Ballenari, teniente general de los reales ejércitos y trigésimosexto virrey del Perú por S. M.[17] Carlos IV.
—Ricardo Palma (Peruano)
Chapter Footnotes:
22.—TERTULIAS (to the vocabulary section)
—Pues diré: dichosa época y dichosos días aquéllos en que se llamaba tertulia al último corredor de los teatros, y tertulianos a los que allí iban a disputar y acalorarse sobre el mayor o menor mérito de Tertuliano[1]! Y no porque entonces no hubiera cuentos y chismes, sino que la gente no se reunía ex profeso[2] para denigrar e infamar al prójimo, pues sólo lo hacían cuando buenamente se presentaba la ocasión,[3] por lo cual eran muchos los que escapaban. En aquellos primeros días de las tertulias unos cuantos religiosos ponían en las nubes un libro viejo; pero hoy se echa por los suelos[4] la honra de hombres y mujeres. Encontrábanse entonces alguno u otro defecto en las obras de los clásicos griegos y latinos; pero hoy se buscan y desentierran faltas de personas vivientes: citábanse los nombres de los difuntos de siglos atrás[5] para encomiarlos; hoy se recuerdan los nombres y apellidos de los que en nuestros días murieron, para hollar su memoria y deslustrar sus pasadas acciones ...; ¡o tempora! ¡o mores! que aquí cae bien esta exclamación.
Todavía felices[6] y aun felicísimos los días en que el nombre de tertulia—se dió a reuniones donde por la noche se jugaba a la gallina ciega[7] y al escondite:—que en estos juegos, no había más inconveniente sino que alguna niña se dejara vendar los ojos por mano de quien ella bien quería; o que se escondiese en tal paraje donde estaba cierta y segura que derechito iban a dar con ella sin necesidad de buscarla. Estos procurados incidentes, lejos de ofender la sociedad, supongo yo, como es de suponerse,[8] que estrecharían más los vínculos entre las familias, siendo origen y motivo de tal cual[9] matrimonio. Pero, ¿qué es lo que trae la murmuración, que es el alma de las más de[10] nuestras tertulias? Desatar los lazos más estrechos, denigrar los nombres más bien puestos,[11] insultar las cenizas de los que bajaron al sepulcro,[12] dar apodos de vicios a todas las virtudes; no respetar la soltera, no cuidarse del recogimiento de la viuda, reírse de la buena fama de la casada, hacer mofa del[13] marido! ... ¡o tempora! ¡o mores! que mejor está aquí la exclamación.
—J. M. Cárdenas (Cubano)
Chapter Footnotes:
23.—BOGOTÁ (to the vocabulary section)
Pero, me diréis, ¿los bogotanos no pasean, no tienen un punto de reunión, un club, una calle predilecta, algo como los bulevares, nuestra calle Florida,[1] el Ringstrasse de Viena, el Unter den Linden de Berlín, El Corso de Roma, el Broadway de New York, o el Park Lane de Londres? Sí, pero todo en uno: tienen el Altozano. Altozano es una palabra bogotana para designar simplemente el alto de la catedral, que ocupa todo un lado de la plaza Bolívar, colocado sobre cinco o seis gradas, y de un ancho de diez a quince metros. Allí por la mañana, tomando el sol,[2] cuyo ardor mitiga la fresca atmósfera de la altura, y por la tarde de las cinco a las siete, después de comer (el bogotano come a las cuatro), todo cuanto la ciudad tiene de notable[3] en política, en letras o en posición, se reune diariamente. La prensa, que es periódica, tiene poco alimento para el reportaje en la vida regular y monótona de Bogotá; con frecuencia el Magdalena se ha regado con exceso,[4] los vapores que traen la correspondencia se varan, y se pasan dos o tres semanas sin tener noticias del mundo. ¿Dónde ir a tomar la nota del momento,[5] el chisme corriente, la probable evolución política, el comentario de la sesión del senado[6]? Al Altozano. Todo el mundo se pasea de lado a lado. Una bolsa, un círculo literario, un areópago, una coterie, un salón de solterones, una coulisse de teatro, un forum, toda la actividad de Bogotá en un centenar de metros cuadrados: tal es el Altozano. Si los muros silenciosos de esa iglesia pudieran hablar, ¡qué bien contarían la historia de Colombia, desde las luchas de precedencia y etiqueta[7] de los oidores y obispos de la colonia, desde las crónicas del Carnero bogotano, hasta las conspiraciones y levantamientos!
—Miguel Cané (Argentino)
Chapter Footnotes:
24.—EL BAUTIZO (to the vocabulary section)
Las costumbres sencillas van degenerando poco a poco. Antes daba gusto[1] bautizar a un chiquillo de uno u otro sexo, porque se celebraba el acto como si fuera el santo del patrono de un pueblo.[2] Se invitaban a las familias amigas y a los jóvenes habilidosos capaces de recitar una oda si a mano viene[3]; se repartían monedas en cintas o en cartulinas[4] y se bailaba. En fin, el día del bautizo era un día grande.[5] Por eso decía un dentista, ahora años, que «el nacimiento de un niño en Cuba es un hecho altamente significativo».
Y así debía ser, porque el niño dejaba de ser judío para convertirse en cristiano.[6] Se le borraba el pecado original[7] con un poco de agua, sal y aceite, como si se tratara de preparar una lechuga. El héroe en general, preso entre tanta faja,[8] encajes y faldellín, lloraba en cuanto sentía que el cura le echaba la sal en la boca y se dormía en cuanto llegaba de la iglesia, y la madrina le decía a su madre: «Usted me lo entregó judío y se lo devuelvo cristiano». Y mientras el chico dormía a pierna suelta[9] en su cama después de haber recibido algunos besos de los concurrentes, empezaban a bailar en la sala y a tomar dulces y helados.
Después que uno es grandecito y piensa en estas cosas le entra a uno cierto desconsuelo porque eso de que[10] por uno tomen helados, licores y dulces los demás mientras que el héroe si acaso[11] chupaba el dedo de la criandera, es cosa triste.
Yo no sé cuantas cintas de bautizo (sin monedas) guardo desde que asistí a tomar la cerveza cada vez que cristianaban a un semejante. Y nadie sabe lo que me recrea registrar estas reliquias como yo las llamo. En la manera de doblar las cintas estriba uno de los mayores atractivos. Parecían condecoraciones de una legión cualquiera.
Pero hoy con el Registro Civil[12] el bautizo va perdiendo su importancia por más que[13] todavía hoy sirve para borrar el pecado original, pero ya no es lo que era antes. Hoy los bautizos apenas se celebran. Unos dicen que es por la situación del país, pero es porque la religión va perdiendo terreno.[14]
—Wenceslao Gálvez (Cubano)
Chapter Footnotes:
25.—LOS CARNAVALES[1] DE ANTAÑO (to the vocabulary section)
Al caer la tarde,[2] se veía venir, en una u otra dirección, una comitiva, precedida y seguida de una turba de muchachos. Eran los jugadores de alto tono,[3] la juventud dorada[4] de Montevideo, que salía a jugar por lo fino,[5] con cáscaras de cera y cartuchos de confites. Era de verlos, tan ufanos y alegres, con sus garibaldinas azules o rojas, pantalón blanco, bota de charol a la granadera,[6] lujosa faja de seda, y en la cabeza una boina graciosamente achatada hacia un lado.
Allí era el[7] salir apresuradamente las señoritas a los balcones, armadas de sus jarros, echando agua con una mano sobre aquellos peripuestos donceles, y defendiéndose con la otra de los proyectiles que ellos les arrojaban, con toda mesura,[8] a barajar, para no[9] lastimarlas.
—Acérquese, pues, no sea cobarde, decía una dirigiéndose a alguno de los campeones.
—Me acercaré si usted me tira esa flor que tiene en la cabeza.
—Allá va,[10] venga a recogerla.
Caía la flor bajo los balcones, apresurábase el caballero a levantarla, y cuando con una amable sonrisa iba a saludar a la dueña, recibía en el rostro un torrente de agua que le enceguecía y ahogaba, desgracia que él trataba de disimular diciendo con toda galantería:
—¡Cómo ha de ser[11]! No hay rosa sin espinas ....
Y así seguía el juego por largo rato, ellos aguantando un diluvio de agua que los dejaba ensopados, y ellas recibiendo los huevos de cera, que se estrellaban en sus manos, perfumándolas con esquisitas esencias, no sin que[12] de vez en cuando se oyese a alguna gritar:
—¡Puf! Está podrido.
Cuando ambos beligerantes quedaban ya rendidos de la refriega, empezaba la parte galante de la fiesta. Los caballeros arrojaban a manos llenas[13] cartuchos de confites, y ahí era el gritar y manotear de los chicuelos, que estaban a[14] los desperdicios, lanzándose en masa sobre la vereda cuando algún cartucho no llegaba a su destino, empujándose, pateándose por agarrar la codiciada presa, mientras los jugadores hacían toda clase de esfuerzos para barajar las coronas que en cambio de los confites les llovían, retribuyendo ellos todavía el obsequio con cajas especiales, de antemano destinadas a fulana y a zutana, a quienes las enviaban por medio de sus sirvientes, no atreviéndose a correr el albur de que[15] al arrojarlas cayesen entre la turba multa[16] de arrapiezos que andaban a caza de[17] gangas.
Muchas veces, cuando las heroínas estaban ya muy tranquilas haciendo el recuento de los regalos y narrando los episodios del combate, se veían de repente sorprendidas, invadidas por un grupo de intrépidos que iban a librarles batalla[18] dentro de sus propias trincheras. Gritos, cerramientos estrepitosos de puertas, vidrios rotos, repliegues de las jugadoras a un rincón, y protestas de los dueños de la casa,—tal era el comienzo de la lucha. El campo de batalla era la sala prudentemente desamueblada desde el día anterior, sin alfombra, sin cortinas, sin ningún adorno, en fin, más que la gran tina del baño[19] colmada de agua, el baño de asiento,[20] la tinaja, los tachos grandes de la cocina, y todo cuanto cacharro pudiera servir para tener mucha agua a mano.
Repuestas las niñas del susto, emprendían el ataque provistas de sus jarros, pues buen cuidado tenían de no dejar sus armas para que el enemigo las aprovechase. Defendíanse los hombres como podían, con las manos, con los sombreros, con lo que les caía al alcance, pero generalmente acababan por quedar vencidos, porque es irresistible una carga de jugadoras de ésas que se calientan en la refriega y ya no miran para atrás,[21] arrojando agua mientras tienen agua, y concluyendo a jarrazo limpio[22] cuando ya no tienen con qué mojar. Escurríanse los asaltantes como podían, perseguidos hasta en la escalera, por la servidumbre que hacía de reserva a las patronas; pero frecuentemente sucedía que el menos listo o el más aturdido quedaba solo, encerrado dentro de un círculo femenino que, no por serlo, era menos terrible, y entonces pagaba él la calaverada por él, y por sus compañeros. Ésta le aturde con un jarro de agua en los ojos, aquélla le aplasta encasquetándole un balde lleno en la cabeza, la otra le pellizca de un brazo, tironéale la de más allá de las orejas, hasta que, entusiasmadas de veras,[23] cargan las cuatro con él, y a pesar de sus manotadas y pataleos, le zambullen dentro de la tina, y de buena gana le ahogarían, si la oportuna intervención del dueño de la casa, no pusiese fin a la gresca. ¡Cómo saldría de mohino y cariacontecido el zarandeado asaltante, es cosa que ya el lector sobradamente se imaginará ....!
—Daniel Muñoz (Uruguayo)
Chapter Footnotes:
26.—EL LUTO (to the vocabulary section)
Ya han pasado dos meses y las niñas están cansadas del encierro, y abren algún tanto y por un momento, un postigo, para ver algo de la calle y oír el órgano que toca en la esquina o en otra parte.
—¡Qué bonita danza, Luisa!
—¡Qué bonita!
Y abrazada una hermana a la cintura de la otra, principian un cedazo.
—¡Niñas, por Dios!—grita su madre.—Todavía no es tiempo.
—¡Maldito luto[1]!—dice Luisa.
—¡Maldito!—contesta Elena.
En estos momentos entra Da. Emelina, la vecina de al lado,[2] que tiene reunión en su casa con motivo del bautismo de un niño.
—Vecina,—le dice a la madre de las niñas,—traigo un empeño con usted.
—Si está en mi mano[3] ....
—Ya lo creo; esta tarde se bautiza mi nietecito y es preciso que Luisa y Elena vayan a divertirse un rato ....
—¡Imposible, el luto!
—¿Y van a morirse las pobres niñas de tristeza? ¿Hasta cuándo han de sufrir? Es preciso, vecina, que considere usted que son jóvenes, y que todo no ha de ser penas[4] en este mundo; además, en casa no hay más que una reunión amistosa, de familia; algunas muchachas del barrio y nada más. Se bailará con la música del piano y se cantará, por jóvenes decentes,[5] alguna cosita. ¿Qué tiene eso de particular?
—Es verdad Da. Emelina, pero el luto ....
—¡El luto! ¡El luto!—¿Qué tiene que ver el luto? Además las niñas no van a bailar ni a cantar.
—¿Qué dirán los que las vean?
—Eso tiene remedio; estarán ocultas en el primer cuarto y desde allí lo verán todo. ¡Pobrecitas!
—¿Y los de la calle que las vean pasar a su casa, Da. Emelina?
—Sí, mamá—dice Elena.
—Sí, mamá—dice Luisa.
—Y usted también va, vecina—añade Da. Emelina a la viuda.
—¡Yo!—exclama ésta admirada—las niñas, pase,[8] que al fin son jóvenes, pero ... ¿yo? ... ¡Qué locura!
—Mamá, si tú no vas, yo tampoco,—dice Luisa.
—Ni yo tampoco—agrega Elena.
—No tienen ustedes más que vestirse de blanco y echarse un pañuelo negro por los hombros—propuso Da. Emelina.
—¡Eso no!—esclaman todas—de luto riguroso,[9] todavía no es tiempo para otra ropa.
—Como quieran, contesta Da. Emelina—pero pronto, vamos pronto, a comer en casa, de modo que ya estén ustedes allá antes del bautismo.
Y se visten de luto riguroso y de una carrerita[10] pasan a casa de la vecina, no sin advertir antes a los criados que tengan buen cuidado de[11] no abrir los postigos de la ventana, y que no canten ni permitan ruido.
—¿Qué es éso? les pregunta en la calle un amigo importuno, señalándoles el traje.
—¡Mi pobre Juan!—contesta la viuda.
—¡Mi papaíto!—añade Elena.
—¡Mi padrecito!—exclama Luisa.
—Pues las acompaño en su sentimiento,[12] dice el importuno, dejándoles libre el paso.
—Valerio (Cubano)
Chapter Footnotes:
27.—EL BAMBUCO (to the vocabulary section)
Para apreciar el bambuco debidamente, es menester oírlo en instrumentos de cuerda[1]: bandola, tiple y guitarra, y si a esto se le agrega pandereta y chucho, el efecto es irresistible. Este último instrumento consiste en una caña delgada de guadua, de cuarenta y cinco centímetros de longitud, cerrada en sus extremos con pergamino y unos cuantos granos de maíz, adentro. Produce un sonido seco y nervioso, y sirve para marcar el compás.