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Teatro selecto, tomo 4 de 4

LA VIDA ES SUEÑO.

Reading edition

PERSONAS.

El Poder. La Sabiduría. El Amor. La Sombra. La Luz. El Príncipe de las tinieblas. El Hombre. La Tierra. El Aire. El Fuego. El Entendimiento. El Albedrío. Músicos.

MEMORIA DE LAS APARIENCIAS.

El primer carro ha de ser un globo, lo más capaz que pueda dar de sí la fachada del carro. Su primer cuerpo ha de estar pintado de boscajes, y entre ellos varios animales, y el globo lineado como mapa de esfera terrestre, y entre sus líneas cuajado de rosas y flores, lo más hermoso que se pueda. Ha de haber delante dos árboles de recortado, en que descanse á su tiempo el medio globo, que se ha de abrir en dos mitades; y de la que quede fija, ha de salir una mujer, caballera en un leon corpóreo.

El segundo carro ha de ser otro globo, igual en sus tamaños al primero, con diferencia de que su pintura ha de ser en su primer cuerpo de nubarrones y estrellas, y en su globo lineado como esfera celeste, con signos é imágenes del zodiaco, y todo con resplandores. Tambien se ha de abrir á su tiempo, descansando la mitad, que cae en dos columnas de recortado, pintadas como pirámides de fuego, y ha de salir de otra mitad, que queda fija, otra mujer, caballera en una salamandra, tambien corpórea.

El tercer carro ha de ser otro globo igual á los dos, con diferencia de que su pintura sea de color de mar, cuajado entre ondas cerúleas, todo de diversos pescados. Su mitad ha de descansar sobre otros dos piés, pintados de ovas, conchas y corales y demas adornos marinos, y salir dél otra mujer, caballera en un delfin corpóreo.

El cuarto carro, en correspondencia de los tres, ha de ser pintado de color de aire, cuajado de diversas aves. Ha de descansar su medio globo en dos bichas, con dos pájaros en su remate; la mujer que ha de salir de él ha de venir sobre un águila corpórea.

En uno destos globos ha de haber en lo bajo del tablado hecha una gruta, que ha de abrirse á su tiempo, y verse en ella un hombre dormido sobre un peñasco; y porque una mejor con su pintura, podrá ser en el globo terrestre.—D. Pedro Calderon de la Barca.

Region fantástica del universo, recien sacada de la nada.—Se ven las esferas del Aire, del Agua, de la Tierra y del Fuego.

ESCENA PRIMERA.

De sus respectivas esferas salen LA TIERRA, cabalgando en un leon, EL FUEGO en una salamandra. EL AGUA, en un delfin, y EL AIRE en un águila. Apéanse, y asiendo á un tiempo de una corona que habrá en el escenario, luchan en rueda, por llevársela.—Dentro las voces de EL PODER, LA SABIDURÍA y EL AMOR.—Música.

Agua.

¡Mia ha de ser la corona!

Aire.

¡El laurel ha de ser mio!

Tierra.

¡No hará miéntras yo no muero!

Fuego.

¡No será miéntras yo vivo!

Agua.

Este lazo de los cuatro, Nunca hasta aquí dividido, No ha de romperse si yo No reino.

Tierra.

Que en el principio Dios hizo el cielo y tierra Se dirá; luego debido Me es el vasallaje, siendo La que á los tres me anticipo, Pues será de fe que á mí A par del cielo me hizo.

Aire.

Tierra, que árida y vacía Estás, que así ha de decirlo La misma letra, si soy El Aire, á cuyos alivios Has de beber los alientos, ¿Por qué compites conmigo?

Agua.

El espíritu de Dios, Inspirado de sí mismo Sobre las aguas fluctúa, Que son la faz del abismo; Luego si sobre las aguas El Espíritu divino De Dios es llevado, al Agua Debeis los demas rendiros.

Fuego.

Un globo y masa confusa, Que poéticos estilos Llamarán cáos, y nada Los profetas, compusimos Los cuatro; pues ¿por qué, siendo Hija hermosa de mis visos, La luz la primera criatura Con que á todos ilumino, Quereis que el Fuego no sea De los cuatro el preferido?

(Luchan los cuatro.)

Tierra.

¿Tú el preferido?—Agua, deja Libres los términos mios...

Agua.

Déjeme el Aire los brazos de mis mares y mis rios.

Aire.

En dejándome á mí el Fuego La presa de mis suspiros.

Fuego.

Cuando me deje la Tierra, Opaco cuerpo que ciño, Resplandecer y lucir. (Luchando siempre.)

Tierra.

Con Aire y Agua compito.

Aire.

Yo con el Agua y el Fuego, Que son los dos con quien lidio.

Agua.

Yo con el Aire y la Tierra.

Fuego.

Yo con la Tierra y contigo.

(Dicen dentro á un mismo tiempo iguales Poder, Sabiduría y Amor los versos que repetirá la música, y los cuatro elementos se suspenden.)

Los tres.

Agua, Tierra, Fuego y Aire...

Música.

Agua, Tierra, Fuego y Aire...

Los tres.

Que contrariamente unidos...

Música.

Que contrariamente unidos...

Los tres.

Y unidamente contrarios...

Música.

Y unidamente contrarios...

Los tres.

En lucha estais, dividíos.

Los cuatro elem.

¿Quién nos lo manda?

ESCENA II.

LOS CUATRO ELEMENTOS. Se desasen, partiendo la corona; y salen EL PODER, anciano venerable, y SABIDURÍA y AMOR, de galanes.

Poder.

El Poder, Que eternamente infinito Pudo...

Sabid.

La Sabiduría, Que supo desde el principio Disponerlo así.

Amor.

El Amor, Que de los dos procedido, Tambien lo quiso.

Agua.

¿De suerte, Que un mismo Poder...

Aire.

Que un mismo Saber...

Tierra.

Que un mismo querer...

Fuego.

En tres personas distinto...

Agua.

Y en sola una voluntad...

Aire.

Juntarnos y dividirnos...

Los cuatro elem.

Quiso, supo, pudo?

Los tres.

Sí, Porque pudo, supo y quiso.

Agua.

A esa voz...

Aire.

A ese precepto...

Tierra.

A ese imperio...

Fuego.

A ese dominio...

Agua.

Yo me humillo.

Aire.

Yo obedezco.

Tierra.

Yo me postro.

Fuego.

Yo me rindo.

Los cuat.

Y de la pasada lid En la pretension desisto.

Poder.

Oid, que no por eso cesa Vuestro campal desafío, Que aunque enemigos no os quiero, Tampoco no os quiero amigos. A ser vuestras cualidades Una, ¿no fuera preciso Con natural simpatía Uno en otro convertiros, Y que os mezclárades juntos Para no durar distintos? Y ahora, á contrario, á ser várias Las cualidades, ¿no es visto Que tambien habia de hacer La antipatía lo mismo, Y os desavinierais para No conservaros contiguos? Luego convino que haya Cualidades en que uniros, Y que haya cualidades En que oponeros convino; Pues en una parte opuestos, Y en otra parte benignos, Es fuerza que eslabonados, Cuando vaya á dividiros El odio, os tenga el amor; Y que, amigos y enemigos, Dureis conformes y opuestos Lo que duraren los siglos.

Sabidur.

Y ya que el Sumo Poder A los cuatro ha dividido. Mantenidos en igual Balanza, igual equilibrio, Entre la Sabiduría A dar los puestos y oficios Que habeis de tener, vea el orbe Que si la creacion ha sido Atribucion del Poder, Lo es de la ciencia el arbitrio; Divididas, pues, las aguas De las aguas, su nativo Curso en el cielo un hermoso Firmamento cristalino Forme, para que elevado El fuego á eminente sitio, En él temple sus ardores, Comunicándose tibio Al aire; el aire ciñendo En vagaroso circuito Al agua, que se quedó Inferior, haga lo mismo, Templando sus humedades; Y ella, en undoso recinto Componga una agregacion De cristales, cuyos vidrios, Siempre inquietos, nunca rompan De sus márgenes los grillos; Para que desocupados De la tierra los distritos, Los hombros descubra, en quien Descanse el grave, el prolijo Peso de tanto eminente Universal edificio.

Amor.

Y ya que la agregacion De alegóricos sentidos Da la creacion al Poder, Y el órden de sus designios A la Sabiduría; bien Dará al Amor el cariño De verlos con nuevos dones Ufanos y enriquecidos, Y así, al Fuego adornen sol Y luna, estrellas y signos, Presidiendo al dia y la noche, Uno en rayos y otro en visos. Al Aire pueblen las aves, Hermoseando sus vacíos Los matices de las alas, Los cánticos de los picos. Al Agua habiten los peces, Primeros bajeles vivos, Que surquen su esfera á tornos, Que naden su seno á giros. Troncos, plantas, frutos, flores, En vistosos laberintos La tierra cubran, en quien, Ya familiares, ya esquivos, Diversos brutos habiten, Teniendo para su asilo Los domésticos las selvas, Los montaraces los riscos. Y pues del Poder criados, Y de la Ciencia instruidos, Y adornados del Amor Os veis, sed agradecidos Al Señor, cuyo Poder, Ciencia y Amor os bendijo; Bendecidle, pues, vosotros En dulces cantos é himnos.

Fuego.

Sí haremos, porque en el dia Del Señor, los regocijos Tambien son cultos; y supuesto Que las cuatro esferas fuimos Organizadas debajo De compas métrico y ritmo, Vaya de música y baile, Diciendo todas conmigo... (Cantando.) Cuanto en Fuego, Aire, Agua y Tierra...

Música.

Cuanto en Fuego, Agua, Aire y Tierra...

Fuego.

Vuela, sulca, nada y yerra...

Música.

Vuela, sulca, nada y yerra...

Fuego.

Y en sí las obras encierra...

Música.

Y en sí las obras encierra...

Fuego.

De Poder, Ciencia y Amor...

Música.

De Poder, Ciencia y Amor...

Fuego.

¡Bendecid al Señor!

Música.

¡Bendecid al Señor!

Fuego.

Ángeles, criaturas bellas, Cielo, sol, luna y estrellas, Con vuestro hermoso esplendor...

Música.

¡Bendecid al Señor!

Aire.

(Canta.) Nubes de blando rocío, Primavera, invierno, estío, Niebla, luz, sombra y albor...

Música.

¡Bendecid al Señor!

Tierra.

(Canta.) Montes, valles y collados, Y cuanto en selvas y prados Hay desde el cedro á la flor...

Música.

¡Bendecid al Señor!

Agua.

(Canta.) Mares, rios, balsas, fuentes, Y cuanto en vuestras corrientes Vive á merced de su amor...

Música.

¡Bendecid al Señor!

Fuego.

Ya, Señor, que el hacimiento De gracias abrió el camino Para que, quebrado el hielo Del temor, pueda contigo Ó por ser lenguas el Fuego, Ó por ser el más activo, Hablar de parte de todos, Que me escuches te suplico. El duelo en que nos hallaste Fué, no tan sólo nacido De nuestras contrariedades, Mas tambien de nuestros bríos; Procurando cada uno Ser al otro preferido; Porque siendo, como es, Este inferior edificio De la fábrica del orbe Un conquistado dominio, Reino aparte de tu imperio Y colonia de tu impíreo, Para mantenerse en paz Y justicia, le es preciso Tener uno que prefiera A los demas; pues no ha sido Posible que se conserve Neutral un cetro diviso, Y no teniendo heredero Tú, que pueda preferirnos, Uno de los cuatro es fuerza Que haya, Señor, de regirnos, Si no es ya que tus favores, De nuestra razon movidos, Nos provean de un virey, Alcaide, juez ó ministro, A quien en tu nombre demos La obediencia; que no es digno Que alumbre el Fuego, la Tierra Fructifique, el centro frio Divida climas, el Aire Aliente, y todos remisos No sepamos para quién Tanto aparato previno, Beneficios que, no usados, Dejen de ser beneficios.

Los cuat.

Esto es, Señor, lo que humildes Todos á tus piés pedimos.

Poder.

Gran corte del universo, Leales vasallos mios, Desistid de la contienda Que los cuatro habeis tenido, Pues por poneros en paz, Quiero un secreto deciros, Que hasta ahora de mi mente Para ninguno ha salido. Yo, que sin necesidad De criaturas, de edificios, De pompas y majestades, En principio, sin principio, Para fin, tambien sin fin, Dentro estaba de mí mismo, Por ostentarme criador, Saqué, con sólo decirlo, Del ejemplar de mi idea Las obras que ya habeis visto. Estando, pues, en mi trono, Cercado de los ministros Que más hermosos, más puros Crié para mi servicio, Les revelé cómo habia, Por mostrarme más benigno, Más liberal, más amable, Para mi esposa elegido, Y reina suya, á la humana Naturaleza, cuyo hijo Heredero por la gracia Sería del imperio mio. Uno, pues, de los vasallos, El más sabio, hermoso y lindo, De su ciencia y su hermosura Soberbio y desvanecido, Por no jurar vasallaje A inferior ser, atrevido Se opuso á mis providencias; Dispuesto á sus precipicios, Tocó al arma en mis estados, Y con opuestos caudillos, Vinieron á la batalla Las virtudes y los vicios. Ya alentado el bronce suena, Ya responde el parche herido, Ya cruje armado el acero... Mas ¿para qué lo repito, Si en arrastrados despojos, Es con eterno castigo El clarin de mi victoria La trompa de su gemido? Viendo mi primer cuidado En esta parte perdido, Pues la criatura mejor Oponerse al Criador quiso, Escarmentando (bien puedo En esta frase decirlo, Que no es baja voz que á mí Me escarmienten los delitos), Quise, acudiendo á mis ciencias, Consultarme á mí conmigo, Si en la segunda criatura, Sujeto hermoso que elijo Para mi heredero, habia De sucederme lo mismo; A cuyo efecto mi eterna Sabiduría me dijo...

Sabidur.

Yo, que sé todas las ciencias, De que son fieles testigos Los astros (pues que no hay En todo ese azul zafiro, Encuadernado volúmen De quien el sol es registro, Ninguno que por su nombre No llame, adverso ó propicio); Yo, para quien el presente Tiempo solamente es fijo, Pues si miro hácia el pasado, Y si hácia el futuro miro, Es tiempo presente todo, Futuro ó pasado siglo; Habiendo con mi presencia En ese dorado libro De once hojas de cristal Previsto al hombre, he previsto Que si del lóbrego seno De la tierra, el duro silo De sus entrañas, el ciego Vientre de su obscuro limbo (Donde sin sér, alma y vida, Discurso, eleccion ni aviso, En metáfora de cárcel Hasta ahora le has tenido), Le sacas á luz, no ménos Ingrato y desconocido Te será el hombre que el ángel, Poniendo en tan gran conflicto A todo el género humano, Que, á sombra de su delito, Sea el ámbito del orbe Tan heredad del abismo, Que nazcan de sus raíces El pasmo, el susto, el peligro; El adulterio, el rencor, El hurto y el homicidio. Pero ¿qué mucho, si habiendo Una vez introducido La palidez de la muerte Sus últimos parasismos, Será tan universal El morir? Pues si yo mismo, En tu nombre, para enmienda De sus errores, admito Humano sér; áun yo...

Poder.

Cesa, Que el Amor se ha enternecido.

Amor.

Sí; pero no sin consuelo, Que pueda servir de alivio. Los amenazados riesgos No son, Poder, tan precisos, Que hayan de ser, pues no fueran Coartando al hombre el arbitrio, Ni mérito las virtudes, Ni demérito los vicios. Si todo este suntuoso Aparato, en quien admiro En el Fuego lo brillante, En el Aire lo lucido, En el mar lo prodigioso, Como en la Tierra lo rico, Para el hombre lo criaste, Y es él el que te ha debido La tarea de seis dias, ¿No disuena á un Amor pío Hacerlo para él, y no Hacerle á él? y si los cinco Talentos que le has de dar Han de ser cinco sentidos, Si tres potencias los tres, Y si uno razon y juicio, Deja que el Entendimiento, Con el racional instinto Le advierta del bien y el mal, Dándole un libre Albedrío Con que use del mal ó el bien, Que ya una vez concebido En tu soberana idea, No ser el que en ella ha sido, Dejando de ser, sin ser, En darle por merecido El castigo ántes del yerro; Pues no puede haber castigo, Como no ser el que fuera. Y así, como Amor te pido, Nazca el hombre y sepa el hombre Que aqueste imperio y tu empíreo Por sí mismo ha de ganarle, O perderte por sí mismo.

Poder.

Aquello (vuelvo al discurso) La Sabiduría me dijo, Y esto me dijo el Amor, Cuando me tenía indeciso Si en la segunda criatura Me sucediera lo mismo Que en la primera; con que De la ciencia prevenido, Y movido del Amor, Que aunque en los tres no distingo Mayor ni menor esmero, Ni postrero, siempre inclino Más el Poder al Amor, A sacar me determino De la prision del no sér, A sér este oculto hijo, Que ya de mi mente ideado Y de la tierra nacido, Ha de ser príncipe vuestro. Y así, sin que haya sabido Quién es, por dejar abierto A la experiencia un resquicio, Hoy del damasceno campo, A un hermoso alcázar rico, Que á oposicion de azul cielo, Será verde paraíso, Le trasladaré, y en él, Despues que con mis auxilios Le haya su luz ilustrado, Le daré el raro prodigio De la Gracia por esposa. Si procediere benigno, Atento, prudente y cuerdo, Obedecedlo y servidlo, Durando en su vasallaje; Mas si procediere altivo, Soberbio é inobediente, No le conozcais dominio, Arrojadle de vosotros; Pues, como el Amor ha dicho, Puesta su suerte en sus manos, El logro ó el desperdicio, O por sí le habia ganado, O por sí le habia perdido. ¿Juraislo así?

Los cuatro elem.

Sí juramos.

Tierra.

Y yo, en fe de que lo admito, De los limos de la tierra Con este polvo te sirvo, Para su formacion.

Agua.

Yo, Para amasar ese limo, Te daré el cristal.

Aire.

Yo luégo, Porque cobre el quebradizo Barro, en su materia, forma, Te daré el vital suspiro, Que hiriendo en su faz le anime.

Fuego.

Y yo, aquel fuego nativo, Que con natural calor Siempre le conserve vivo.

Poder.

Venid, pues, y al hombre hagamos.

(Los elementos entre sí.)

Agua.

¿Hagamos, en plural dijo?

Aire.

Sí.

Agua.

Pues ¿cómo, si con solo Hágase, todo se hizo, Hágase no dijo al hombre?

Fuego.

Ese es evidente indicio, Que puso en él más cuidado Que en todo.

Poder.

¿Qué aguardais? Idos A esperarle y recibirle En el alcázar que os digo, Donde, guiado de la gracia, Sean aplausos festivos Su primer salva.

Fuego.

Primero Iremos, Señor, contigo, Hasta el damasceno campo, Volviendo á decir el himno...

Música.

Cuanto en Fuego, Aire, Agua y Tierra.

(La Sombra sale por una parte, y por otra se van; y la Sombra repite lo que cantan.)

Sombra.

Cuanto en Fuego, Aire, Agua y Tierra.

Música.

Vuela, brilla, sulca y yerra...

Sombra.

Vuela, brilla, sulca y yerra...

Música.

Y en sí las sombras encierra...

Sombra.

Y en sí las sombras encierra...

Música.

De Poder, Ciencia y Amor, ¡Bendecid al Señor! (Vanse.)

Sombra.

De Poder, Ciencia y Amor, ¡Bendecid al Señor!

ESCENA III.

LA SOMBRA.

Sombra.

¿Cuándo el acento fué rayo veloz, Trueno el eco, relámpago la voz, Flecha el aire, dogal El suspiro, el anhélito puñal, Sino hoy, que contra mí Las cláusulas del cántico que oí, El relámpago, el rayo, el trueno son Dogal, flecha y puñal del corazon? ¡Oh qué mal ejemplar Al áspid mi quebranto ha de dejar; Pues siendo el áspid yo Que de la luz huyendo, se escondió, Resulta ser en él La música el conjuro más cruel! Pero miente el dolor, Que si él se da á partido, no el furor, La ira, la rabia, el pasmo, el frenesí, Que ha introducido en mí Que del no sér pasando el hombre al sér, Esposo de la luz haya de ser, Siendo la sombra en tálamo feliz, A su opuesta, jurada emperatriz Del universo; pero no haré tal; ¡Oh, máteme el dolor ántes que el mal! ¡Ni del profundo horror, Cuna del susto y tumba del pavor, En quien es el vivir, Morir eterno para no morir! ¡Patria horrible y crüel Del odio infame, del rencor infiel, Escuela del penar, Mansion del llanto, casa del pesar; Reino de confusion, Babel del siglo, lóbrega mansion Del espanto, el asombro y la crueldad! ¡Ah del centro, de cuya obscuridad La Sombra arrastra el lóbrego capuz! ¡Ah del negado auxilio de la luz, Línea del mal, antípoda del bien, Ciudad sin Dios! ¡Ah del abismo!

ESCENA IV.

LA SOMBRA.—Sale EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS.

Príncipe.

¿Quién pudo á su invocacion Obligarme, rompiendo la prision De infaustos calabozos, á salir A perturbar de tanto azul zafir El puro rosicler, Pues demudaron, al llegarme á ver, Desde el mayor hasta el menor farol, Su faz la luna, y su semblante el sol? ¿Quién, pues, quién me llamó?

Sombra.

¿Quién pudiera, lucero, sino yo, Que sombra soy, valerme de quien es Príncipe de tinieblas?

Príncipe.

Díme, pues, ¿Qué es tu intento?

Sombra.

Yo fuí Pálida tez del cáos...

Príncipe.

Ya lo ví Cuando en pálida tez Apagó mi esplendor tu lobreguez.

Sombra.

Nació la luz, con que, Arrugándome el manto...

Príncipe.

Ya lo sé, Huyendo de ella, con cobarde ardid Rodeaste el orbe.

Sombra.

Rota, pues, la lid Entre los dos, el cuarto dia llegó.

Príncipe.

En que el sol de la luz se apoderó.

Sombra.

Viéndose, pues, con ella iluminar...

Príncipe.

Los ámbitos del Aire, Tierra y Mar...

Sombra.

Se tomó para sí...

Príncipe.

El dia, y te dejó la noche á tí.

Sombra.

No solamente esa disparidad...

Príncipe.

Os tiene en interior enemistad...

Sombra.

Pero causa mayor Nos tiene en otra enemistad peor.

Príncipe.

Esa es la que no sé.

Sombra.

No me atajes, que yo te la diré. En la magia que aprendí En el monte de la luna, Templo de la noche, una Proposicion anteví, En que autoridades sumas (Que ahora no importa alegar, Pues su fama ha de volar Con las alas de sus plumas), Símbolo á la luz harán De Gracia, de Culpa á mí. Mira si con causa aquí Místicos sentidos dan A mis rencores disculpa; Pues la luz, por mi desgracia, Será imágen de la Gracia, Y la Sombra de la Culpa. Este principio asentado A que Luz y Sombra son Culpa y Gracia, mi pasion Pase á segundo cuidado. Este rey, cuyo Poder, Cuya Ciencia y cuyo Amor Le han ostentado señor De cuanto se llega á ver, Tiene un hijo. No te asombre, Que hasta hoy oculto le encierra En el vientre de la Tierra, Primera madre del Hombre; Asómbrete que de todo Príncipe quiere que sea, A cuyo efecto su idea Le está sacando del lodo En que yace, para hacer Que, de todo el mundo dueño, Sea otro mundo pequeño, Última obra del Poder, Última obra de la Ciencia, En alma y vida que cobra, Del Amor última obra En la divina asistencia; Que... mas decirlo no es bien A quien puede verlo; llega, Pues á los dos no se niega Ver lo que espíritus ven. Mira el seno en que le tuvo, Despues de haberle formado En su mente encarcelado. Mira, despues que le hubo Dado la materia el limo, Cómo, informe el embrion, Quedó sin vital accion. Mira...

Príncipe.

Pasmo, lloro y gimo Al verlo.

Sombra.

Cuán liberal, Despues que la estatua obró, Y en un suspiro la dió Vida y alma racional, Como, en su gracia criado En original justicia, Le da contra mi malicia Luz la luz; con que guiado Lo traslada á un paraíso, Adonde cobre, despues Que haya sabido quién es, Sobrenatural aviso De ciencias del mal y el bien.

Príncipe.

¡Oh humana naturaleza! ¡Con qué horror, con qué tristeza Mis pasadas ruinas ven Tus dichas ya; y más despues Que sé que es, por mi desgracia, La hermosa Luz de la gracia La primer cosa que ves!

País peñascoso.—Una gruta.

ESCENA V.

EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS y LA SOMBRA, á un lado.—EL HOMBRE, en la gruta, vestido de pieles, y LA LUZ DE LA GRACIA, con un hacha en la mano.

Gracia.

Hombre, imágen de tu Autor, De esa enorme cárcel dura Rompe la prision obscura. A la voz de tu Criador.

Hombre.

¿Qué acento, qué resplandor Ví, si es esto ver; oí, Si es oir esto? que, hasta aquí, Del no sér pasando al sér, No sé más que no saber Qué soy, qué seré, ó qué fuí.

Gracia.

Sigue esta luz, y sabrás De ella lo que fuiste y eres; Mas de ella saber no esperes Lo que adelante serás; Que eso tú solo podrás Hacer que sea malo ó bueno.

Hombre.

(Sale de la gruta.) De mil confusiones lleno Te sigo. ¡Oh qué torpe el paso Primero doy!

Luz.

No es acaso Que de libertad ajeno Nazca el hombre.

Hombre.

Pues ¿por qué, Si ese hermoso luminar (Que á un tiempo ver y cegar Hace) otra criatura fué, Apénas nacer se ve, Cuando con la majestad De su hermosa claridad Azules campos corrió, Teniendo más alma yo, Tengo ménos libertad? ¿Por qué, si es que es ave aquella Que, ramillete de pluma, Va con ligereza suma Por esa campaña bella, Nace apénas, cuando en ella Con libre velocidad Discurre la variedad Del espacio en que nació, Teniendo más vida yo, Tengo ménos libertad? ¿Por qué, si es bruto el que á bellas Manchas salpicó la piel (Gracias al docto pincel Que áun puso primor en ellas), Apénas nace y las huellas Estampa, cuando á piedad De bruta capacidad, Uno y otro laberinto Corre, yo, con más instinto, Tengo ménos libertad? ¿Por qué, si es pez el que en frio Seno nace y vive en él, Siendo argentado bajel, Siendo escamado navío, Con alas que le dan brío Surca la vaga humedad De tan grande inmensidad Como todo un elemento, Teniendo yo más aliento, Tengo ménos libertad? ¿Qué mucho, pues, si se ve Torpe el hombre en su creacion, Que tropiece la razon Donde ha tropezado el pié? Y pues hasta hora no sé Quién soy, quién seré, quién fuí, Ni más de que ví y oí, Vuelva á sepultarme dentro Ese risco, en cuyo centro Se duela mi autor de mí.

Luz.

Sí hará, y aunque te han dejado, A manera de dormido, Tus sentidos sin sentido, De mirarte á tí admirado, De esa suerte transformado Irás tras mi luz al real Palacio, donde leal Aplausos todos te den.

Música.

(Dentro.) ¡Ven, Hombre, ven!

Luz.

Y pues en ventura igual La Gracia te lleva á que sepas del bien, No apagues su luz, y sepas del mal.

Música.

Y pues en ventura igual, etc.

ESCENA VI.

EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS, LA SOMBRA.

Sombra.

¿Qué dirás, si el juicio aplicas A una obra tan superior?

Príncipe.

¿Quién es el Hombre, Señor, Que tanto le magnificas? Pues aunque en barro le diste Primer materia, si toco Lo inmortal del alma, poco Ménos que el ángel le hiciste. Y áun en más le sublimaste, Pues siguiendo el esplendor De la Gracia, de tu honor Y gloria le coronaste, Vistiendo su desnudez Rico aparente vestido, Que en el místico sentido Significará tal vez La cándida estola hermosa, Que, de virtudes tesoro, Será en el ropaje de oro Que dé el esposo á la esposa. ¡Y esto en trono soberano, Donde tan liberal obras, Que sobre todas las obras De tu poderosa mano Rey le constituyes; pues En su terrenal esfera, Desde el ave hasta la fiera Todo se rinde á sus piés!

Música.

(Dentro.) ¡Venid, corred, volad, Elementos, A dar la obediencia al Príncipe vuestro!

Príncipe.

¡Y tan de balde, ay de mí, Como que no esté sujeto A más que á un leve preceto!

Sombra.

¿Precepto dijiste?

Príncipe.

Sí.

Sombra.

Pues contra todo ese sér, Majestad, pompa y honor Vuelva á vivir mi dolor, Si hay precepto que romper; No en sofistería aparente Lo fundo.

Príncipe.

Dímelo, pues.

Sombra.

¿La Sombra imágen no es De la Culpa?

Príncipe.

Es evidente.

Sombra.

La Culpa, si introducida Se ve, ¡que será, no advierte, Otra imágen de la muerte!

Príncipe.

Es cierto.

Sombra.

Miéntras la vida Durare, tambien el sueño ¿De la muerte no será Otra imágen?

Príncipe.

Claro está.

Sombra.

Luego posible es mi empeño, Si al hombre en su paz le asombra, Sueño que de muerte es Imágen, muerte despues Que es culpa, y culpa que es sombra; Confeccionemos, pues, lleno De opio, beleño y cicuta, En flor, en planta ó en fruta, Tal hechizo ó tal veneno, Que, de sentidos ajeno, Rompa el precepto, y postrado, Deshecho y aniquilado, Duerma letargo tan fiero, Que inhábil para heredero Despierte del real estado.

Príncipe.

El veneno ó el hechizo Fácil á los dos será De confeccionar; mas ya Que suponga que se hizo, ¿Cómo ha de lograr su fin?

Sombra.

Si á mí áspid me han de llamar, Y á tí basilisco, ¿entrar Quién nos quitará al jardin? Ven, y el disfraz pensaremos Que entre sus troncos y flores Oculte nuestros rencores, Por más que ahora escuchemos...

Ellos y Música.

Venid, corred, volad, Elementos, A dar la obediencia al Príncipe vuestro.

(Vanse.)

Jardin.

ESCENA VII.

Salen LOS ELEMENTOS cantando, y sacando en las manos ricos vestidos para EL HOMBRE.—EL ENTENDIMIENTO, EL ALBEDRÍO, LA LUZ, con el hacha, y EL HOMBRE detras, y miéntras cantan le van vistiendo como dicen los versos.

Música.

Venid, corred, volad, Elementos, A dar la obediencia al Príncipe vuestro.

Tierra.

Flores, sus sendas cubrid; ¡Venid, venid!

Agua.

Fuentes, sus espejos sed; ¡Corred, corred!

Aire.

Auras, su calor templad; ¡Volad, volad!

Fuego.

Rayos, su pompa asistid; ¡Lucid, lucid!

Música y los cuat.

Y en fin, jurándole rey De alcázar, monte y jardin, ¡Venid, corred, volad, lucid!

Luz.

Ya que en vuestro poder queda, Donde ántes de confirmarme, O por sí pueda ganarme, O por sí perderme pueda, Servidle hasta ver si atento, Para rey y esposo mio, Usa bien de su Albedrío, O mal de su Entendimiento. (Vase.)

ESCENA VIII.

EL HOMBRE, LOS ELEMENTOS, EL ALBEDRÍO, LA LUZ, EL ENTENDIMIENTO.

Los cuat. elem.

(Cantan.) Por tí, á su obediencia Todos le ofrecemos...

Tierra.

La Tierra sus flores.

Agua.

El Agua su espejo.

Aire.

Sus auras el Aire.

Fuego.

Sus luces el Fuego.

Música.

Sirviéndole á un tiempo Luces, auras, espejos y flores, El Agua, la Tierra, el Aire y el Fuego.

Hombre.

¡Cielos! ¿qué es eso que veo? ¿Qué es esto, cielos, que miro, Que si lo dudo me admiro, Y me admiro si lo creo? ¿Yo de galas adornado, De músicas aplaudido, De sentidos guarnecido, De potencias ilustrado? ¿En este instante no era Del centro la masa dura Mi triste prision obscura? Pues ¿quién me trajo á una esfera Tan rica, tan suntuosa Y tan florida, que en ella La más reluciente estrella Aun no se atreve á ser rosa? Otra vez vuelva á dudar, Y otras mil, quién soy, quién fuí Ó quién seré.

Entend.

De eso á mí Me ha tocado el informar: Polvo fuiste, polvo eres, Y polvo despues serás.

Albed.

(Al hombre.) Ya que en su servicio estás, ¿Para qué afligirte quieres, Sin ver cuánto escandaliza Que pase tu mal humor El que es Juéves del Señor A Miércoles de Ceniza? Si fuiste polvo, ya eres La más perfecta criatura Que vió del sol la luz pura; Y pues á todas prefieres, No sólo en lo humano, no Sólo en lo racional, pero En ser príncipe heredero Del Rey, que hoy te declaró, Goza la felicidad, Sin que te entristezca nada.

Hombre.

Más tu despejo me agrada, Que aquella severidad. Saber de los dos intento Quién sois en servicio mio.

Albed.

Yo soy tu libre Albedrío.

Hombre.

Y tú ¿quién?

Entend.

Tu Entendimiento.

Hombre.

¿Cómo el primer dia tan cano Estás?

Entend.

Éste es claro indicio De que las canas del juicio Amanecen más temprano Que las del poco saber.

Albed.

Si por mí lo dices, yo Sé lo que me basta.

Hombre.

No Más; y pues que mi sér Sé ya que á todos prefiere, ¿Quién me mete en discurrir? Dejarme quiero servir, Y venga lo que viniere. Cantad.

Entend.

Sea la cancion Algun verso que le acuerde Lo que gana ó lo que pierde En seguir más mi opinion Que no la del Albedrío.

Hombre.

Tú, miéntras me halaga el canto, Vuelve á encarecerme cuánto Es superior el sér mio.

(Vanle vistiendo miéntras cantan.)

ESCENA IX.

Dichos.—Salen LA SOMBRA y EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS, de villanos.

Música.

Sobre áspid y basilisco Seguro pisará el Hombre, Si de basilisco y áspid Los peligros reconoce. Y atento al precepto, Mira que se esconden Infestando flores y frutos, El uno en los frutos, y el otro en las flores.

Príncipe.

(Aparte.) A mala ocasion venimos, Pues le avisa en esas voces Sagaz el Entendimiento Que si el precepto no rompe...

Él y mús.

Sobre áspid y basilisco Seguro pisará el hombre.

Sombra.

(Aparte.) Ya que aquí de jardineros El disfraz nos desconoce, No nos demos por vencidos Del Entendimiento noble...

Él y mús.

Sí de basilisco y áspid Los peligros reconoce.

Sombra.

Pues, villano el Albedrío, Será posible le informe Al contrario; y así, ocultos, Hasta tener ocasiones De introducir el veneno, Prosigan nuestros rencores...

Él y mús.

Infestando las flores y frutos, El uno en los frutos, y el otro en las flores.

Hombre.

En fin, ¿que heredero soy De este imperio?

Albed.

¿Quién lo duda?

Entend.

Quien sepa que no lo eres Hasta lograr la ventura De que, confirmado en Gracia, Ella sea esposa tuya. Bien esa letra lo ha dicho, Pues ha dicho que se ocultan Basilisco y áspid donde Puede ser que alguna fruta Avenenada...

Hombre.

Suspende La voz. (Ap. ¡Cuánto me disgusta Su anciano temor!) Y dime (A Albedrío.) Tú, porque su enfado suplas, ¿Cómo, si príncipe soy, Un sepulcro fué mi cuna?

Albed.

Si el Albedrío en las penas No es posible que concurra, No le toca al Albedrío Responder á esta pregunta.

Entend.

Al Entendimiento sí, Que á él le es dado que discurra. Los justos juicios del Rey, Tu padre, por causas justas, Hasta hoy no te declararon; Y ser las entrañas duras De la Tierra tu prision, Fué porque en alta fortuna Tengas entendido...

Hombre.

¿Qué?

Entend.

Que si á la ley no te ajustas, Quedó en la cuna labrada La materia de la tumba.

Hombre.

Ya temia yo que habia De ser tu respuesta angustia. No me hables más, que me afliges.— Y díme tú, que me adulas, ¿Sobre príncipe heredero, Es verdad que la criatura Más perfecta soy del orbe?

Albed.

Tú mismo al verte lo juzga.— Agua, el espejo.

(Va á llegar la Sombra, y al ver el espejo se retira.)

Príncipe.

(Ap. á Sombra.) En él puedes, Pues basilisco me anuncian Que es veneno de la vista, Poner la mortal cicuta.

Sombra.

(Al Príncipe.) Si haré, mas ¡ay infelice!

Príncipe.

(A la Sombra.) ¿De qué te asombras y turbas?

Sombra.

(Al Príncipe.) De haber visto en el cristal Un rasgo, viso ó figura De un espejo no manchado, Cuya siempre intacta luna No ha de empeñar el aliento De la Sombra de la Culpa.

(Llega el Agua, y se mira el Hombre al espejo.)

Agua.

En este cuajado vidrio Del agua que el valle inunda, Puedes verte al natural Retratado.

Hombre.

¡Oh sábia, oh suma Omnipotencia! ¿Yo soy Aquel que allí se dibuja, Como aquellos, que hasta aquí No llegué á mirarlos nunca, Son los ojos que lo ven, Los labios que lo pronuncian, Y así las demas facciones?... Otra vez repite, y muchas, Que es verdad que soy la obra Que la potencia absoluta Guardó para la postrera. ¡Qué fábrica tan augusta! Si fuera primera, no Llegara á tener segunda. Dices bien: la más perfecta Criatura soy.

Entend.

Es sin duda, Supuesto que el Hacedor Te hizo á semejanza suya; Pero si de él recibiste La perfeccion que te ilustra, ¿De qué te glorias, supuesto Que la gozas sin ser tuya?

Hombre.

Sí es, supuesto que la gozo: Y no tu vejez caduca Siempre á mis gustos opuesta Esté, ó podrá ser que alguna Vez me halles...

Albed.

Fuego, la espada.

Príncipe.

(Ap. á Sombra.) Pon el veneno en su punta, Pues áspid de acero es Cualquiera espada desnuda.

(Va á llegar la Sombra, y se retira al ver la espada.)

Sombra.

(Al Príncipe.) Sí haré. Mas no, no haré tal.

Príncipe.

(A Sombra.) ¿Otra vez al ir te asustas?

Sombra.

(Al Príncipe.) Sí, que está en su guarnicion Un adorno que la cruza, De quien es fuerza que yo Atemorizada huya.

(Llega el Fuego, y cíñele la espada.)

Fuego.

Ésta, señor, es la espada De aquellos dos córtes, cuya Cuchilla templada al fuego Está del alma, tan pura, Que no hay hierro que no ablande, No deshaga, no consuma Y purifique.

Entend.

Sí; pero Advierte que, si la empuñas, Se significan en ella Las cuatro virtudes juntas: La hoja es la Justicia; el pomo La Fortaleza, y se aunan En ser la Templanza el puño, Y la vaina la Cordura. Si usas mal de ella, con ella Te herirás; mas si bien usas, Vencerás tus enemigos.

Hombre.

¿Qué enemigos? ¿Habrá alguna Criatura que contra mí, Ni imagine, ni presuma Oponerse?

Albed.

Aire, el sombrero.

Príncipe.

(A Sombra.) Puesto que en el Aire triunfas Del ave, cuando tus sombras Sus resplandores sepultan, Y son del aire las aves, Pon el hechizo en sus plumas.

(Va á llegar, y tambien se retira.)

Sombra.

(Al Príncipe.) Sí haré. Mas tampoco puedo.

Príncipe.

(A Sombra.) ¿Tercera vez te atribulas?

Sombra.

(Al Príncipe.) Sí, que entre las demas aves, Volar miro al cielo una Tan remontada, que, llena De gracia, hasta el sol se encumbra, Donde no puede alcanzarla Todo el vuelo de la Culpa.

Aire.

Las plumas que de tu fama Serán alas con que subas Al más eminente solio, El dia que en reales nupcias, Siendo esposo de la Gracia, Te corone su hermosura, Son éstas.

Albed.

¡Qué bien te está De sus tremoladas plumas El rizado airon!

Entend.

Alhajas De Aire adornan, mas no ilustran: Dígalo el pavon, y toma Ejemplo en la pompa suya, No sea su deshecha rueda La rueda de tu fortuna.

Hombre.

Este sabio Entendimiento Mucho mi paciencia apura.

Albed.

Pues para que te diviertas, Sin que su vejez te pudra, Tierra, llega, llega, y goce En tus flores la blandura De sus aromas.

Príncipe.

(A Sombra.)Y en flores, Que son edades caducas, ¿Pondrás el veneno?

Sombra.

(Al Príncipe.)Sí... Pero tambien me perturba Una cándida azucena, Junto á una rosa purpúrea, De cuyo vírgen albor Quiere el cielo se produzca Un enamorado lirio, Que en lo cárdeno me ofusca, Sombra de mi misma sombra.

Príncipe.

(A Sombra.) Si hasta las flores te angustian, De este prodigioso árbol, Que á su sombra nos oculta, Toma esta manzana; en ella Nuestras iras ejecuta, Y ya que en la flor no puedas, Pon el veneno en la fruta.

Sombra.

(Al Príncipe.) Muestra; que nunca más áspid, Si es que me vale la industria...

Tierra.

En estas flores la Tierra, Para tu halago tributa Sus matices, y...

Sombra.

Eso á mí Toca; que tú, Tierra inculta, Silvestres flores le dieras, A no ser mi agricultura La que diera á sus primores Arreboles que las pulan. Y pues te toca el que nazcan, Y á mí me toca el que luzcan, Más mias son.

Tierra.

¿Cuándo la Tierra Rendir sus frutos rehusa?

Hombre.

¿Quién eres, bella zagala, Que sobre la Tierra triunfas, Tan dueño de sus caudales, Que para tí los usurpas, Sin que ella te los defienda: Y nueva aurora segunda, Das á entender que amaneces En bella oposicion suya, Compitiendo con las selvas Donde las flores madrugan?

Sombra.

Soy, no tan sólo en la Tierra Agricultora, que estudia Esmerar sus obras; pero Tan sábia, que en ella apura, Y en los demas elementos, Las cualidades ocultas. Caracteres para mí En valles, montes y grutas, Son sus plantas las estrellas, En su campaña cerúlea, Mis oráculos de fuego Son, del Agua las espumas Mis libros: y porque lea Lo que sus vuelos anuncian, Siendo para mí del año Cualquiera estacion fecunda, Los pájaros en el viento Forman abriles de plumas.

Hombre.

¡Qué raro bello prodigio!— Albedrío; ¿viste nunca Hermosura más discreta?

Albed.

Yo no entiendo de hermosuras, Mas para que á mí me agrade Basta ver que á tí te gusta.

Entend.

Y para que á mí me ofenda, Ver que tú no lo repugnas. Advierte, Señor, que anda Con humano rostro una Serpiente en estos jardines, Tan incautamente astuta, Que Agua, Fuego, Tierra y Aire, Siendo negra noche obscura, De su belleza engañados, Por aurora la saludan. Teme, pues, que puede ser, Si la miras, si la escuchas, Tu culpa escucharla y verla.

Hombre.

¿Qué importará, si en disculpa De esa culpa, mis sentidos, Por más que tú los acusas, En viendo sus bellos ojos, Quedan vanos de su culpa?

Sombra.

Pues porque tu entendimiento No cauteloso me arguya Y la verdad de mis magias A experiencia se reduzca, Toma esta dorada poma; Si una vez su sabor gustas, Verás que no solamente En tí mis ciencias infunda, Pero que inmortal te haga, Para que no puedas nunca, Igualándote al poder Del Rey, perder de esta augusta Majestad la accion, que hoy No puedes decir que es tuya. Del tiempo, que allá en la Tierra Te ocultó, venga la injuria: Come, y como el Rey, serás Eterno edades futuras.

Hombre.

Mucho me ofreces, y mucho De la poma la dulzura Brindando está al apetito.

Albed.

Pues ¿qué esperas? pues ¿qué dudas? Llega, y come de ella.

Entend.

No, Albedrío, á eso le induzcas;— Ni tú á tocarle te atrevas. (De rodillas.)

Hombre.

No entre los dos te introduzcas A embarazarlo tú.

Entend.

Mira Que quizá en el Aire fundas Altas torres, y que suelen Ser soñadas las venturas; Y podrá ser, si despiertas, Que entre fantasmas confusas Todo esto vuelva á la nada.

Hombre.

Ya ése es tema de locura Más que lealtad: quita, quita, Villano.

Entend.

Atiende, que usas Muy mal de tu Entendimiento, Si atropellado le injurias.

Hombre.

Peor usas tú de tu dueño, Pues atrevido le luchas, Sin ver que desde ese muro Puedo arrojarte á esas duras Peñas.

Entend.

No podrás, sin que A tí mismo te destruyas.

Hombre.

¿Cómo que no podré? Pero Las fuerzas lo dificultan, No el valor.—Llega, Albedrío; Tú á despeñarle me ayuda.

Albed.

Sí haré, pues sin mí no puedes.

Agua.

Mira...

Tierra.

Advierte...

Fuego.

Atiende...

Aire.

Escucha...

Hombre.

¡Nadie á mi furia se oponga, Ó teman todos mi furia!

(Arrójanle entre los dos al vestuario, como precipitado.)

Entend.

(Dentro.) ¡Ay de tí, más que de mí!

Príncipe.

(Ap.) Bien se ha logrado la industria.

Elementos.

¿Qué has hecho, Hombre?

Hombre.

Despeñar A mi Entendimiento, y una Vez despeñado, sin él Comer la vedada fruta. Muestra. Mas ¿qué es esto? ¡Cielo! (Come.)

(Terremoto.)

Fuego.

Es que mis rayos se anublan.

Tierra.

Que se estremecen mis montes.

Agua.

Que mis cristales se enturbian.

Aire.

Que mis vientos se embravecen.

ESCENA X.

Dichos.—Sale LA LUZ con una hacha encendida.

Luz.

Pues todo el orbe caduca, Grande daño hay. Elementos, ¿Qué es esto?

Sombra.

¿A quién lo preguntas, Si mejor de tí podrás Saberlo, viendo la pura (Apágale el hacha.) Luz de la Gracia apagada De la Sombra de la Culpa?

(Vase con el Príncipe.)

ESCENA XI.

EL HOMBRE, EL ALBEDRÍO, LA LUZ, LOS CUATRO ELEMENTOS.

Hombre.

¡Ay de mí infeliz, que todo El orbe he dejado á escuras!

Luz.

¡Ay dél, pues será tu error Miserable herencia suya!

Hombre.

Albedrío, ¿dónde (¡ay triste!) Estás?

Albed.

En vano me buscas, Que nadie con Albedrío Padece: él á las holguras Induce, mas no á las penas. (Vase.)

ESCENA XII.

Dichos, menos EL ALBEDRÍO.

Hombre.

¿Tierra?...

Tierra.

¿Qué es lo que procuras De mí, si ya son sangrientas Espinas mis rosas rubias?

Hombre.

¿Agua?...

Agua.

No esperes de mí, Sino procelosas lluvias, Que tal vez el mundo aneguen.

Hombre.

¿Fuego, Aire?...

Aire.

En mí no presumas Más que ráfagas que talen.

Fuego.

Y en mí rayos que destruyan.

Hombre.

Todos ¡ay de mí! sus iras Sin Albedrío ejecutan; Mas no sin Entendimiento, Que áun despeñado me acusa. ¿Qué frenesí, qué letargo, Qué ira, qué rabia, qué furia, Se va de mí apoderando? El áspid era sin duda El que, con humano rostro, Bien que inhumana hermosura, Me dió la hechizada poma; Pues helado el pecho, muda La voz, balbuciente el labio, Turbada la vista, ruda La razon, ciego el discurso, Torpe el sentido, confusa La vida, y suspensa el alma, Me han dejado la escultura Del barro no más; pues sólo, Bronca informe estatua bruta, Tengo ojos, y no ven; Tengo oidos, y no escuchan; Tengo manos, y no tocan; Tengo labios, y no gustan; Tengo piés, y no se mueven; Tengo voz, y no pronuncia; Y en fin, sin Entendimiento, Ni Albedrío que me acudan, Tengo aliento que no alienta, Y corazon que no pulsa. Hasta la piadosa llama Que á estos jardines me alumbra, A fuer de luz recien muerta, Ya no arde, sino ahuma. ¿Qué mucho, pues, ¡ay de mí! Si todos me desahucian, Que en brazos de letal sueño, Negra Sombra de la Culpa, Pues dejó á la muerte viva, Deje á la vida difunta? (Caése como aletargado.)

Agua.

¡Qué asombro!

Aire.

¡Qué pasmo!

Fuego.

¡Qué ánsia!

Tierra.

¡Qué pena!

Luz.

¡Qué desventura!

ESCENA XIII.

EL HOMBRE, dormido; LA LUZ, LOS CUATRO ELEMENTOS.—Salen PODER, CIENCIA y AMOR.

Poder.

¿De qué son vuestros lamentos?

Luz.

Si á humano modo te ajustas, A preguntar lo que sabes, Dígalo esta luz ya obscura.

Fuego.

Dígalo la mia eclipsada.

Tierra.

Díganlo mis flores mustias.

Aire.

Destemplados mis alientos.

Agua.

Mis claras corrientes turbias.

Luz.

Y en fin, dígalo, Señor, Ver que, deshecha tu hechura...

Los cuat.

Dejando viva á la muerte, Dejó á la vida difunta.

Poder.

¡Oh eterna Sabiduría, Bien sus peligros anuncias! ¡Oh eterno Amor, mal el Hombre De tus beneficios usa! ¿Qué mucho, pues, que tal vez Digan sacras Escrituras Que me pesó de haber hecho Al Hombre? Y pues su fortuna, Puesta en sus manos, no fué Bastante á que se reduzca, Retírate, Gracia, tú. (Hácelo la Luz.) Vosotros, ya sin ninguna Obediencia, retiradle (A los Elementos.) A él tambien; que á la profunda Tierra de donde salió Es bien que se restituya. Dejádsele allí á esa fiera Poderosa Sombra injusta, Que contra su Entendimiento Cautelosamente triunfa. Sufra, llore, gima y sienta Cuánto un pecado le muda, Al ver de un instante á otro Que el que en su primera cuna Durmió en brazos de la Gracia, Despierta en los de la Culpa.

Los cuat.

Sufra, llore, gima, sienta...

Tierra.

El que por su desventura...

Fuego.

Dejando á la muerte viva...

Agua.

Deja á la vida difunta.

Los cuat.

Sufra, sienta, gima y llore...

Aire.

Quien, malogrando fortunas...

Agua.

Vino en brazos de la Gracia, Y vuelve en los de la Culpa.

Música.

¡Sienta, gima, llore y sufra!

(Vanse los Elementos, llevándose al Hombre.)

ESCENA XIV.

EL PODER, LA SABIDURÍA, EL AMOR.

Poder.

¿Todavía enternecido, Amor, te muestras?

Amor.

¿Quién duda Que el Amor siempre es Amor? Y aunque tu sentencia es justa, Tambien lo es su apelacion: Que si en la celeste curia Decretado está que el Hombre La falta del Ángel supla, Capaz está de la enmienda.

Poder.

Es infinita la injuria Contra infinito Poder, Y no puede dar ninguna Satisfaccion infinita Por sí el Hombre.

Sabid.

Pues es una La voluntad de los Tres, Si el Poder pone la suya, Si la Sabiduría pone Con la obediencia la industria, Y el amor pone la obra, Persona hay que enmiende y supla La insuficiencia del Hombre; Pues la humanidad conjunta A la Sabiduría, como Hipostáticas se unan, Satisfaccion infinita Tendrá la infinita culpa.

Los dos.

¿Qué determinas, pues?

Poder.

Que Lo decretado se cumpla. (Vase.)

Sabid.

¡Albricias, Hombre, que yo, Que anteviendo tus fortunas, Tambien anteví el reparo, Iré á enmendar tus angustias! (Vase.)

Amor.

¡Albricias, Hombre, que ya Puedes pensar que se escuchan, Anticipando sus tiempos A las edades futuras, Angélicas voces, que Den á todas las criaturas, Con paz al Hombre en la Tierra, Gloria á Dios en las alturas!

La gruta en que apareció el Hombre al principio.

ESCENA XV.

Salen LOS ELEMENTOS con EL HOMBRE, como primero, vestido de pieles.

Agua.

Aquí le hemos de dejar.

Fuego.

¡Oh humana naturaleza! Vuelva su sér donde empieza, Como rio que del mar Sale, y vuelve al mar despues.

(Pónenle una cadena.)

Tierra.

Bien es, pues salió de mí, Que á mí se me vuelva.

Aire.

Así Lo dirá el Eclesiastés. (Vanse.)

ESCENA XVI.

EL HOMBRE, en sueños.

Hombre.

Ya, ya sé quién soy, y aunque La Tierra fuese mi madre, Competir puedo á mi padre; Pues sé sus ciencias, y sé Que inmortal príncipe soy Del orbe. Y pues ya me ví Su dueño... Mas ¡ay de mí (Despierta.) Infeliz! ¿Adónde estoy? ¿Esta no es de mi fortuna La primera prision fiera? ¿No es ésta aquella primera Bóveda que fué mi cuna? ¿No es ésta la desnudez En que primero me ví? ¿Qué se hicieron ¡ay de mí! La majestad, la altivez El obsequio, el aparato, Las músicas, los olores, Plumas, cristales y flores, Y en fin, el sublime ornato De reales ropas, cercado De gentes, cuyo desvelo Me asistió? ¡Válgame el cielo, Qué de cosas he soñado!... Pero ¿qué me desconfia Presumir que sueño fué, Si por lo ménos saqué De él, segun mi fantasía, Saber quién soy? No encerrado Viva, pues: salga á buscar El alcázar, y á cobrar, Pues es mio, el alto estado En que me ví... Pero ¡cielos! El orgullo reprimamos, Por si ahora tambien soñamos: Mas no, que heroicos anhelos Me llaman; y así iré. ¡Ay triste! Que áun es hoy mayor mi pena De lo que fué. ¿Qué cadena Es ésta, que me resiste Que salir pueda? Y áun no Pára en eso mi fortuna, Pues no hay criatura ninguna De que ya no tiemble yo, Viendo en todas cuatro esferas, Que afilan contra mí graves Uñas y picos las aves, Presas y garras las fieras. Si miro al sol, me da enojos, Pues no me alumbra y me abrasa; Frio el Aire, me traspasa; Si piso, toda es abrojos La Tierra; el Agua, que fué Claro espejo, me retrata Feo; si la sed me mata, Turbia está; y si el hambre ve Frutas, que á ellas no me atreva Dice, y por partido toma Que pan de dolores coma, Y agua de lágrimas beba. ¿Quién me dirá cuál ha sido En mis mudanzas más cierto, Lo que allá soñé despierto, O lo que aquí veo dormido? ¡Oh Luz, cuya llama bella, Deslumbrado me alumbró! ¿Quién me dirá de tí?

ESCENA XVII.

El HOMBRE.—Sale LA SOMBRA.

Sombra.

Yo, Que ya estoy en lugar de ella.

Hombre.

¡Horrible aspecto que asombra, Mira que es contrario asunto, Que lo que á la Luz pregunte, Me lo responda la sombra! ¿Quién eres?

Sombra.

¿No me conoces?

Hombre.

No, porque nunca te ví, Ni áun á lo léjos oí El sonido de tus voces.

Sombra.

Esa es tu pena más fiera, Y ésta mi astucia más rara; Porque ¿qué al Hombre faltara, Si su culpa conociera?

Hombre.

¿Luego eres mi Culpa?

Sombra.

Sí.

Hombre.

De tí huiré.

Sombra.

¿Cómo podrás, Si donde quiera que vas, Se va tu Culpa tras tí? Ni ¿dónde has de ir, si, aherrojado, Llevas arrastrando al pié La cadena que forjé Del hierro de tu pecado?

Hombre.

Ahora ví, á su yerro atento, Ser por quien mi desvarío, Aplaudiendo al Albedrío, Despeñó al Entendimiento.

Sombra.

Es verdad.

Hombre.

¿Luego no fué Sueño?

Sombra.

Sí fué; que, pasada, ¿Qué ventura no es soñada?

Hombre.

La que pasó; bien se ve En la distancia que haber Suele entre cierto y fingido, Que uno no ha sido, otro ha sido, Aunque ha dejado de ser. Y así, pues sé que es verdad Que, aunque en este estado estoy, Príncipe heredero soy, Y que aquella majestad No fué sueño, iré á cobralla.

Sombra.

Sueño fué para ese empeño, Que toda la Vida es Sueño.

Hombre.

Luego ésta lo es: con que se halla Tu réplica convencida, Porque si la Vida es Sueño, ¿no es fuerza despues Que duerma esta triste vida, Que á mejor vida despierte?

Sombra.

No, que si para estos lazos Despertase allá en mis brazos, Será aquí en los de la muerte.

Hombre.

¿Quién, para pedir aliento Al Poder que me ha criado, En tal lucha despeñado No hubiera á su Entendimiento?

ESCENA XVIII.

EL HOMBRE, LA SOMBRA.—EL ENTENDIMIENTO.

Entend.

¿Qué importa que me despeñes Tú, para que yo no muera, Y en cualquier conflicto quiera Que por mí te desempeñes?

Hombre.

¡Qué lealtad!

Sombra.

Es Vano intento; Porque ¿qué importa á mi brío, Si no cobra su Albedrío, Que cobre á su Entendimiento, El dia que merecer Ni desmerecer podrá Sin él?

Entend.

Llámale, y vendrá.

Hombre.

No me querrá obedecer, Que es vasallo muy infiel.

Entend.

Aunque no quiera; pues...

Hombre.

Dí.

Entend.

Como él te llevó tras sí, Tras tí puedes traerle á él; O yo le traeré arrastrando, Como tú el afecto des.

Hombre.

Sí doy.

ESCENA XIX.

EL HOMBRE, LA SOMBRA.—Saca EL ENTENDIMIENTO AL ALBEDRÍO como por fuerza.

Entend.

Pues ya está á tus piés.

Albed.

Fuerza es que obedezca, cuando Trocado tu afecto ví; Pues del modo que cruel Puedes despeñarle á él, Puede él arrastrarme á mí: ¿Qué me quieres, pues?

Entend.

Que apliques Una vez tu libre accion Al fuero de la razon.

Hombre.

Que voluntario supliques Al Poder que me crió, Que perdone mi delito.

Sombra.

Siendo, como es, infinito, Pues lo infinito ofendió, ¿Qué satisfaccion podrás Dar tú, que infinita sea, Por más que cobrarte vea Tu Entendimiento, y por más Que vea que tu Albedrío Se sujeta á la razon?

Entend.

Ya que dar satisfaccion No pueda, podrá su pío Llanto al cielo enternecer, Para que la dé quien pueda; Pues poder al Poder queda, Saber le queda al Saber, Y amor al Amor, con que Entera satisfaccion Le saque de tu prision.

Sombra.

¿Quién ha dicho eso?

Entend.

La Fe.

Sombra.

¿Y cuándo eso será?

Entend.

Cuando En este valle, que hoy ves, Que de las lágrimas es, Logre, gimiendo y llorando, Que haciendo al abismo guerra, Digan edades futuras...

Música.

(Dentro.) ¡Gloria á Dios en las alturas, Y paz al Hombre en la Tierra!

Sombra.

¿Qué lejanas voces ¡cielos! Tan desde otro siglo suenan Misteriosas, que áun en éste Me afligen y me atormentan?

Hombre.

¡Cielos! ¿Qué lejanas voces Tan misteriosas son estas, Que áun á vista del peligro Me alivian y me consuelan?

Sombra.

Si de Sombra pasé á Sueño, Si de Sueño á Culpa, y de ella A Muerte, que introducida Me trajo á matar resuelta...

Hombre.

Si de miserias pasé A dichas, si luégo de ellas A las miserias volví...

Sombra.

¿Qué me acobardan suspensas Unas dulces voces?

Hombre.

Bien Puede ser de las miserias Volver á cobrar las dichas, Pues dulces voces me alientan.

Sombra.

Por más que digan sonoras...

Hombre.

Puesto que repitan tiernas...

Música.

Gloria á Dios, etc.

Sombra.

Y pues él queda seguro En fe de que mis cadenas No podrán su Entendimiento Ni su Albedrío romperlas, Iré á saber del Lucero, Pues siempre fueron sus ciencias Mi oráculo, dónde ó cómo Se oyen, y quién las alienta. (Vase.)

ESCENA XX.

EL HOMBRE, EL ENTENDIMIENTO, EL ALBEDRÍO.

Hombre.

Pues la Sombra se retira, Sin proseguir en mi ofensa, ¿Quién duda que nueva aurora Con nuevo sol amanezca? Llega, Entendimiento, tú; Tú, Albedrío, llega, llega; Desatadme estas prisiones.

Entend.

No es posible deshacerlas, Por más que los dos pongamos Él la maña y yo la fuerza.

Hombre.

¡Ay infeliz! ¡Qué venturas, Que por mí pude perderlas, Por mí no pueda ganarlas!

Albed.

¿De quién, siendo así, te quejas?

Hombre.

De tí, villano.

Albed.

¿Hice yo Más que estar á tu obediencia?

Entend.

Sí, pues entre el bien y el mal, Al mal le inclinaste.

Albed.

Hicieras Lo que ahora; que el Albedrío Inclina, pero no fuerza.

Hombre.

Calla, calla, que me afliges.— Díme tú, que me consuelas, ¿Cúya aquella voz sería?

Entend.

No sé; pero alguna seña, O viso, ó rasgo, ó bosquejo, En alegórica idea Hoy de místico sentido, Pienso que nos representa Futuras venturas, pues Dijo, si bien se me acuerda...

Música.

(Dentro.) Gloria á Dios, etc.

ESCENA XXI.

EL HOMBRE, EL ENTENDIMIENTO, EL ALBEDRÍO.—Fuera de la gruta LA SABIDURÍA, de peregrino.

Pereg.

Gloria á Dios, etc.

Albed.

Oid, que un galan peregrino, Las incultas asperezas Penetrando del desierto, Hácia esta parte atraviesa.

Entend.

Fatigado del camino, Por estar todas sus sendas Llenas de abrojos y espinas, Bien en el cansancio muestra Que desnudez, hambre y sed Le afligen.

Hombre.

Si es en las penas Consuelo, bien que penoso, Tener compañero en ellas, Llamadle ambos.

Los dos.

¿Peregrino?

Sabid.

Si las dos voces concuerdan, A un tiempo, de Entendimiento Y Albedrío, bien espera El Hombre que á ellas responda.— ¿Quién me llama?

Hombre.

Quien desea Valerse de vos en tantas Desdichas como le cercan. El Hombre soy, despojado De la más feliz herencia, Por sugestion de un delito.

Sabid.

(Ap.) Pues le llora y le confiesa, ¿Qué aguarda mi piedad?

Hombre.

Una Pálida, triste, funesta, No sé si Sombra, si Culpa Ó Muerte, que todo en ella Concurre, en esta prision, Amarrado á sus cadenas Me tiene, sin que Albedrío Ni Entendimiento romperlas Puedan; ved si podeis vos; Porque una vez rota, pueda Ir en busca de mi patria, Que su perdida grandeza, Aunque pasó como sueño, Como verdad atormenta.

Sabid.

(Quítale la cadena.) Ya estás libre, que yo solo Quebrantarlas puedo.

Hombre.

Deja Que humildemente rendido Me eche á tus plantas, y en ellas Confiese que tú rompiste Las ataduras, que eran Eslabones de mi Culpa; Y porque en su recompensa (Sacrificios de alabanzas) Tu nombre invocado vea El mundo, que, en hacimientos De gracias, gracias te vuelva, Voto hago... Pero no puedo Proseguir, porque la negra Sombra que dije, en mi busca Vuelve; sal á detenerla Al paso, miéntras que de estos Montes la fuga me ausenta, Donde, en fe de tu piedad, Su ira de vista me pierda.— Entendimiento, Albedrío, Venid, de aquí huyamos.

Albed.

Esa Palabra gozando está De Dios.

(Huye con el Hombre y el Entendimiento.)

ESCENA XXII.

SABIDURÍA.

Sabid.

En fin, Hombre, dejas Tus prisiones en mis manos, Bien que con la diferencia De estar en tí como propias, Y estar en mí como ajenas.

(Pónese la cadena, y recuéstase en la gruta.)

Mas yo las haré tan mias, Que á la Culpa lo parezcan, Hallándome en tu lugar: Sea cabal la fineza, ¡Oh Poder! ¡oh Amor! ya que Tosca piel y basta jerga Vistió la Sabiduría De humana naturaleza.

ESCENA XXIII.

LA SABIDURÍA.—EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS, LA SOMBRA.

Sombra.

En fin, Lucero, ¿no sabes Quién fuese el dueño de aquellas Misteriosas voces?

Príncipe.

No, Que sin duda aquí se encierra Algun misterio, que Dios Para sí solo reserva.

Sombra.

Ya que el dueño no me digas, Díme lo que infieres de ellas.

Príncipe.

Que si al Hombre no le damos La muerte, ántes que suceda Su cumplimiento, perdido Es nuestro rencor.

Sombra.

Pues muera En su prision, ántes que Ese socorro le venga.

Príncipe.

Llega, que rendido, ó bien Al sueño ó á la tristeza, Allí está.

Sombra.

¿No habia de estar, Si se forjó la cadena De su yerro y de su llama? ¿Quién habia de romperla?

Príncipe.

Toma, y pues su culpa fué De un árbol la fruta, sea De otro la rama el castigo.

Sombra.

No sé si podré.

Príncipe.

¿Ahora tiemblas? ¡Siempre pronta al daño, y tarda Siempre á la ejecucion! Llega, Que contigo estoy.

Sombra.

Si tú Me influyes, ¿qué aguardo? ¡Muera En su culpa el Hombre!

(Hiere á la Sabiduría.)

Sabid.

Antes Será para que sin ella Viva, siendo en ambos troncos, Dél la culpa y mia la pena.

Sombra.

¿Qué es esto, cielos? (Terremoto.)

Príncipe.

Mejor, «¿Qué es esto, abismos?» dijeras; Pues cielos y abismos, unos Se obscurecen y otros tiemblan. ¿A quién heriste? (Terremoto.)

Sombra.

No sé; Engañáronme las señas De humano traje y prisiones; Pero bien caro me cuesta, Pues, muerta la vida, vino A ser la muerte la muerta.

(Caen á sus piés Sombra y Príncipe de las Tinieblas.)

Príncipe.

Muerta la muerte, el pecado Con ella morir es fuerza.

ESCENA XXIV.

LA SABIDURÍA.—LA SOMBRA y EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS, á sus piés.—Salen, como asombrados, HOMBRE, ENTENDIMIENTO y ALBEDRÍO.

Hombre.

¿Qué mortal terror ó eclipse Los Elementos alteran Segunda vez contra mí?

Entend.

Toda la naturaleza Sentimiento hace.

Albed.

¡Qué asombro!

Hombre.

Si es porque rompí la fiera Prision, á ella volveré; Mas ¿qué es lo que miro en ella?

Albed.

Al Peregrino abrazado A un cruzado leño, y puesta La Sombra á sus piés, y el fiero Príncipe de las Tinieblas.

Hombre.

¿Quién me dirá si teatro Que á la vista representa Viva muerte y muerta vida, Es victoria ó es tragedia?

Sabid.

Victoria y tragedia es, puesto Que porque no te se siguiera, Y tú pudieras salvarte, En tu prision, con tus señas, Ellos me han dado la muerte, Y yo á ellos; de manera, Que es tragedia y es victoria; Pues que, supliendo tu ausencia, He dado á infinita culpa Infinita recompensa.

Sombra.

Ya que sincopado el tiempo, En representable escena, El término de tres dias A sólo un instante abrevias, Volviendo de mí triunfante A segunda vida, vuelva Tambien yo á segunda ira.

Príncipe.

Y yo á segunda soberbia. ¿Cómo su culpa en tu muerte Pudo quedar satisfecha, No pudiendo el Hombre en culpa Merecer satisfacerla?

Sabid.

Pudiendo en Gracia; pues siendo Verdadero Hombre, á quien ella Ni llegó, ni llegar pudo El que hizo propria la ajena, Bien el Hombre por el Hombre La deuda pagada deja.

Príncipe.

Si corrompida la masa De su formacion primera, Comprende su primer culpa A toda su descendencia, ¿Cómo, si es deuda pagada, Queda obligado á la deuda?

Sabid.

Como contra la comun Mancha de esa triste herencia, Habrá Elemento que dé A la Gracia tal materia, Que en el umbral de la vida Esté á cobrarla á la puerta.

Sombra.

Si todos los Elementos Se amotinan y rebelan Contra él, ¿qué Elemento habrá Que estar en su favor quiera?

Sabid.

Vuelto él á la Gracia, todos Volverán á la obediencia.

ESCENA XXV.

Dichos.—LA LUZ, con el hacha encendida.

Luz.

Con que volviendo á vivir La Luz que dejaste muerta, Pues ya es materia de Gracia, Dé la Gracia la respuesta. El Agua es el Elemento, Y porque mejor lo veas, Ella misma lo dirá.— ¡Armonïosa Sirena De las ondas del Jordan!...

ESCENA XXVI.

Dichos.—Sale EL AGUA con una concha.

Agua.

Esta clara, pura, tersa, Natural Agua, que yo Del Jordan en las riberas En esta concha cogí, Lave del Hombre la ofensa.

(Canta.)

Pues que santificadas Sus ondas bellas, A mejor paraíso Le abren las puertas.

Príncipe.

Cuando esa primera mancha Lavarse con Agua pueda, ¿Quién de la culpa actual Librarle podrá, si es fuerza Volverle ella á la prision, Siempre que él á pecar vuelva?

Poder.

Pues es obra del Poder Dar poder á quien le absuelva, Como él su culpa confiese, Elemento habrá que tenga Materia tambien, en quien Otro Sacramento sea Preservacion de este daño, Dando al espíritu fuerzas; Con que en aumentos de Gracia, Pueda durar en la enmienda.

Sombra.

¿Qué materia ó qué Elemento Puede ser?

ESCENA XXVII.

Dichos.—LA TIERRA.

Tierra.

El de la Tierra, Que en las espigas y vides Dará remota materia Al más alto Sacramento, Diciendo cuando la ofrezca...

(Canta.)

Creced, vides y espigas, Pues os espera La ventura de veros Viandas eternas.

Príncipe.

¿Qué es ser eterna vianda? ¿Vides y espigas sustentan Más que al cuerpo?

Sabid.

Sí, que al alma Sustentan tambien.

Sombra.

¿Cuándo esa Maravilla será?

ESCENA XXVIII.

Dichos.—EL AIRE.

Aire.

Cuando Esa remota materia Sea próxima, y al Aire Formar y pronunciar veas Tan misteriosas palabras, Que el pan en carne convierta; Y el vino en sangre, la voz De la Sabiduría inmensa; El dia que diga...

Sabid.

¡Esto es Mi Carne, y mi Sangre mesma!

Príncipe.

Que el vino que es vino, el pan Que es pan, carne y sangre sea, Es dura proposicion.

Aire.

No es.

Príncipe.

¿Por qué razon?

Aire.

Por ésta.

(Canta.)

¿Qué mucho de una cosa Que otra hacer pueda, Voz que de nada hizo Cielos y tierra?

Sombra.

¿Y quién me dirá en qué forma Maravilla tan inmensa Se manifestará?

ESCENA XXIX.

Dichos.—EL FUEGO, EL AMOR.

Fuego.

El Fuego, Si atiendes, si consideras Que el Fuego es Amor. (Sale el Amor.)

Amor.

Y Amor El que hace la fineza, Puesto que amando hasta el fin, Dejó ese tesoro en prendas; Y pues la forma preguntas, La forma, Sombra, es aquella.

Fuego.

Debajo de cuya blanca Nube de cándida oblea, El Fuego de Amor contiene, Con real divina asistencia, En carne y sangre, alma y vida; Porque mires, porque adviertas...

(Canta.)

Si en finezas várias Amor se muestra, ¿Qué será en la fineza De las finezas?

Sombra.

De suerte, ¡ay de mí!...

Príncipe.

¡Ay de mí!...

Sombra.

Que en Aire, Agua, Fuego y Tierra...

Príncipe.

Concha, espiga, voz y afecto...

Sombra.

Tiene, goza, incluye y sella...

Príncipe.

Perdon, vénia, amparo, asilo...

Sombra.

Piedad, refugio y clemencia...

Los dos.

¿El Hombre en su culpa?

Todos.

Sí.

Sombra.

Pues ¿qué aguarda?...

Príncipe.

Pues ¿qué espera?...

Sombra.

¡Mi ira!

Príncipe.

¡Mi rabia!

Sombra.

¡Mi furia!

Príncipe.

Que á no mirar no se ausenta...

Los dos.

¿La Luz de la Gracia viva, Cuando va la Culpa muerta?

(Vanse Sombra y Príncipe.)

ESCENA ÚLTIMA.

EL PODER, LA SABIDURÍA, EL AMOR, LA LUZ, EL HOMBRE, EL ALBEDRÍO, EL ENTENDIMIENTO, LOS ELEMENTOS.

Hombre.

Absorto y confuso estoy, Gran Poder, Amor y Ciencia; Si esto tambien es dormir, A nunca despertar duerma.

Poder.

Hombre que hice á imágen mia, Yo te saqué de la tierra; En real alcázar te puse; Perdióte tu inobediencia; A la tierra te volví, Y vuelvo á buscarte en ella, Donde, cobrado en mi Gracia, Quiero que tu esposa sea. Mira, pues, lo que me debes.

Sabid.

Mira lo que á mí me cuestas.

Amor.

Mira lo que yo te amo.

Poder.

Y pues cuanto vives sueñas, Porque al fin la Vida es Sueño, No otra vez tanto bien pierdas; Porque volverás á verte Aun en prision más estrecha, Si con culpa en el letal Último sueño despiertas.

Hombre.

La enmienda ofrezco á tus plantas.

Entend.

Yo, aconsejarle á la enmienda.

Albed.

Yo, inclinarle á lo mejor.

Luz.

Yo, á que siempre en mi Luz tenga Auxilios que le iluminen.

Fuego.

Pues en feliz norabuena...

Agua.

Porque á todo el universo...

Aire.

Conste en todas cuatro esferas...

Tierra.

Se publique cómo el Hombre...

Las cuat.

(Cantan.) En Aire, Agua, Fuego y Tierra, Concha, espiga, voz y afecto, Tiene, goza, incluye y sella, Gracia, vénia, amparo, asilo, Piedad, refugio y clemencia.

Hombre.

Y pues es de perdon dia, Nuestros defectos le tengan, Para que puedan mejor Repetir las voces nuestras.

Música.

¡Gloria á Dios en las alturas, Y paz al Hombre en la Tierra!

(Tocan chirimías, y cerrándose los carros se da fin al auto.)

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