GUÁRDATE DEL AGUA MANSA. (continued 2)
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D. Juan.
Pláticas acortemos, Y puesto que tenemos Nuestro duelo empezado, Venid conmigo.
D. Ped.
Habiendo yo llegado A tiempo que he sabido Que los dos me ofendeis, ¿cómo he podido Dejar de ir con los dos?
D. Félix.
Y ¿cómo puedo Yo dejar que los dos con tal denuedo Presumais que traidor puedo haber sido?
Los tres.
De ambos está ofendido Mi valor.
D. Félix.
Por mi honor volver espero.
D. Juan.
Calle la lengua pues, y hable el acero.
(Riñen los tres.)
ESCENA X.
DON ALONSO, DON TORIBIO.—DON FÉLIX, DON JUAN, DON PEDRO.
D. Torib.
(Dentro) ¡Pendencia hay á la puerta de mi casa!
(Salen Don Alonso y Don Toribio con espadas desnudas.)
D. Alon.
¿Cómo entre tres amigos eso pasa?
D. Juan.
Guárdeos Dios, que ya el duelo está acabado.
(Vase.)
D. Alon.
Esperad, porque habiendo yo llegado, Ofendeis mi valor...
D. Ped.
Nada esto ha sido. (Ap. Seguir quiero á Don Juan, pues ya se ha ido.)
(Vase.)
D. Torib.
Tenedlos, tio; que para ajustarlo, Sobre mi ejecutoria han de jurarlo. Aguardad; que ya vengo, Miéntras voy á sacarla; que la tengo Metida en las alforjas, como vino, Porque no se me ajase en el camino.
D. Alon.
Merezca yo saber qué furia airada Os ha obligado aquí á sacar la espada.
D. Félix.
Nació esta competencia Sobre una diferencia Que en el juego los tres hemos tenido; Y habiendo vos venido A tan buena ocasion, no fuera justo Que entre amigos durara este disgusto. Perdonadme, señor, y dad permiso Que los siga.
D. Alon.
Será muy cuerdo aviso. Id, Don Félix, con Dios, que sabe el cielo Que siento no cumplir hoy con el duelo, Habiéndome aquí hallado.
(Vase Don Félix.)
(Ap. Pero es tal mi cuidado, Que no éntre Don Toribio en mi sospecha, Que más con él me importa la deshecha.)
(Vanse.)
Cuarto de Eugenia en casa de Don Alonso.
ESCENA XI.
DON TORIBIO, muy preocupado, trayendo á DON ALONSO de la mano.
D. Alon.
¿De qué tan pensativo Habeis quedado?
D. Torib.
Imaginando vivo, Si nuestra solariega sangre acierta En que riñendo, tio, á nuestra puerta, Se vayan atufados Sin ir los dos muy bien descalabrados, Y áun los tres.
D. Alon.
¡Qué notable desvarío! Pues ¿qué nos toca su disgusto?
D. Torib.
¡Ay, tio! ¡Si hablara yo!...
D. Alon.
¿De qué es el sentimiento?
D. Torib.
De mucho.
D. Alon.
Pues hablad.
D. Torib.
Estadme atento. Cuando yo iba á buscar fílis Y fuisteis vos á traerme, Desengañado de que Burla de mi prima fuese, Siendo hablilla que las damas Decir por donaire suelen; Al volver á casa, oimos Voces, diciendo impaciente Clara que un hombre habia en ella.
D. Alon.
Es verdad, y yendo á verle, No le hallamos, aunque toda La anduvimos.
D. Torib.
Pues de aquese Exámen que en ella hicimos Todo mi dolor procede, Todas mis penas se causan, Y todos mis celos penden.
D. Alon.
¿Por qué?
D. Torib.
Fáltame el aliento, La voz duda, el labio teme... Porque como no dejamos Nada por ver diligentes, Detrás de la cama (¡ay triste!) De Eugenia...
D. Alon.
(Ap.)¡Cielos, valedme!
D. Torib.
Ví...
D. Alon.
¿Qué? ¿Al hombre?
D. Torib.
¡Mas nonada! ¿Verle y no darle la muerte? ¿No bastó ver...
D. Alon.
Proseguid.
D. Torib.
Una clara seña, un fuerte Indicio de que á deshora En el cuarto salga y éntre?
D. Alon.
Ved, sobrino, qué decís: No algun engaño os empeñe A decir...
D. Torib.
¿Cómo que engaño, Si lo ví más claramente Que cinco y cinco son diez, Y diez y diez serán veinte?
D. Alon.
Pues ¿qué visteis?
D. Torib.
Una escala Que Eugenia escondida tiene.
D. Alon.
¿Escala escondida?
D. Torib.
Sí, Y de hartos pasos, con fuertes Cuerdas y hierros atada.
D. Alon.
¡Vive Dios, si verdad fuese, Que habia!...
D. Torib.
¿Cómo verdad, Si sólo porque la vieseis, Os traigo aquí, cuando solo Está el cuarto? Un punto breve Esperáos: vereis cuán presto Aquí la mirais patente. (Vase.)
D. Alon.
¡Ay de mí! No en vano, cielos, Previne ausentar prudente De la corte á Eugenia. Pero Si ya Don Toribio tiene Tan vivas sospechas, ¿cómo Es posible que la llave? Pues ya...
(Vuelve Don Toribio con un guardainfante.)
D. Torib.
Mirad si es verdad... Con más de dos mil pendientes De gradas, aros y cuerdas.
D. Alon.
¡Necio, loco, impertinente! ¿Esa es escala?
D. Torib.
Y escala Que si se desdobla, debe Poderse escalar con ella, Segun las revueltas tiene, La torre de Babilonia. Esto es para quien lo entiende. No la sé armar.
D. Alon.
¡Vive Dios, Que no sé cómo consiente Mi cólera no deciros Mil pesares! porque ese Es guardainfante, no escala.
D. Torib.
¿Guarda... qué?
D. Alon.
¡Qué impertinente! Guardainfante.
D. Torib.
Peor es eso Que esotro. ¿Qué infante tiene Mi prima, que este le guarde?
D. Alon.
Hablar con vos es hacerme Perder el juicio. No entienda Aquesto nadie: volvedle Donde estaba, y estimadme, Bárbaro, y agradecedme Que no os digo mil locuras. (Vase.)
D. Torib.
Escalado seas mil veces, Guardainfante de mi prima, Quienquiera que fuiste y fueses: ¡Bueno me han puesto por tí De bárbaro impertinente!... Y hasta saber el oficio Que en cas de mis primas tienes, No he de parar.
Voces.
(Dentro.)Pára, pára.
D. Alon.
(Dentro.) Pues que ya mis hijas vienen, Poned luces en su cuarto.
ESCENA XII.
MARI-NUÑO.—DON TORIBIO.
Mari-Nu.
¡Ay de mí! que en él hay gente. ¿Quién es?
D. Torib.
Yo soy, que no es nadie.
Mari-Nu.
¿Qué haces aquí desta suerte, Con aquese guardainfante?
D. Torib.
Aquí, si saberlo quieres, Me estaba pensando cosas...
Mari-Nu.
Sitio habrá donde las pienses. Suelta, y mira no te hallen Aquí dentro cuando lleguen, Que ya vienen.
D. Torib.
Mira tú No me obligues á que vengue El pasado mojicon.
Mari-Nu.
Mejor será, si lo adviertes, No quieras que te dé otro.
D. Torib.
¿Qué va que no es mayor que este?
(Dala una puñada.)
¡Ay, que me han muerto! ¡Señores, Acudid á socorrerme! ¡Ay, que me matan!
ESCENA XIII.
EUGENIA, CLARA, DON ALONSO, BRÍGIDA.—DON TORIBIO, MARI-NUÑO.
D. Alon.
¿Qué es esto?
Clara.
¡Qué voces!
Eugenia.
¿Qué ruido es este?
D. Torib.
Mari-Nuño, mi señora, Estando en este retrete, Porque la dije no más Que buenas noches tuviese, Puso las manos en mí.
Mari-Nu.
Mas me dijo...
(Ap. á Don Alonso, oyéndolo Don Toribio.)
Pues pretende Que le favorezca yo, Porque dice que no quiere Señora de guardainfante, Y trae por testigo este, De quien está haciendo burla.
D. Torib.
¡Qué testimonio tan fuerte!
Mari-Nu.
(Ap.) A un traidor dos alevosos.
D. Alon.
(Ap. á Mari-Nuño.) Advertid vos que no lleguen. A entender nada las dos, (Ap. á Don Toribio.) Que de vuestras sencilleces, O ignorancias ó locuras, Estoy cansado de suerte... Pero hablemos de otra cosa, No sean delirios siempre.
(A las damas.)
¿Cómo en la fiesta os ha ido?
Eugenia.
Como á quien viene, señor, De ver el triunfo mayor Que nuestra España ha tenido Desde que su monarquía A ser la mayor llegó.
D. Alon.
Ya que no lo he visto yo, De algun consuelo sería Oirlo de las dos aquí.
Eugenia.
Yo, señor, te contaré Lo que me acuerdo. (Ap. Veré Si desvelar puedo así La pena en que me ha tenido La competencia cruel Que vió Clara en su papel.)
Clara.
(Ap. á Mari-Nuño.) ¿Viste á Félix?
Mari-Nu.
Y advertido, No dudo que venga.
Clara.
Pues Véle á abrir.
Mari-Nu.
¿Cómo, si aquí Todos están?
Clara.
Mira, así. (A su padre. Como atento nos estés, Lo que ella olvide, señor, Yo acordárselo pretendo.)
(Ap. á Mari-Nuño.)
¿Entiéndesme?
Mari-Nu.
Ya te entiendo.
Eugenia.
Oirás la fiesta mayor Que habrás oido en tu vida.
Clara.
Y vos oid tambien.
D. Torib.
¿Pues no?
Clara.
(Ap. á Mari-Nuño.) Vé por él, miéntras que yo Les doy con la entretenida.
(Vase Mari-Nuño.)
ESCENA XIV.
DON ALONSO, CLARA, EUGENIA, DON TORIBIO, BRÍGIDA.
Eugenia.
Llegó el dia que trocando La divina Marïana En felices posesiones Perezosas esperanzas, De Madrid amanecieron, Para su dichosa entrada, En felices aparatos Cubiertas calles y plazas. Todas las vimos, porque Transcendiendo por las vallas Fingidas de jaspe y bronce, Llegamos adonde estaba En el Prado un arco excelso Que á las nubes se levanta.
Clara.
Aquí en el nacional traje Madrid de su antigua usanza, Esperó á su nueva Reina, Vestida de blanco y nácar; Y para significar De sus afectos las ánsias Con que liberal quisiera Poner el mundo á sus plantas, Ya que no la puso el mundo, Puso, por lo ménos, tantas Significaciones dél, Que en este arco y los que faltan Representó de sus cuatro Partes las coronas várias Que en él amante la ofrece Quien la mereció monarca; Y así esta parte fué Europa, Como principal estancia, Donde sus imperios tienen Las demas por tributarias.
Eugenia.
Querer pintar que en él vimos En casi vivas estatuas A Castilla y á Leon, Por los reinos; Alemania Por la cuna, y por la fe De la religion á Italia, Sin otras muchas señales, Imposible es ya, pues basta Que en este arco y los demas Apelemos á la estampa, Cuando lo expliquen sus letras Latinas y castellanas.
Clara.
Solo por mayor diremos Que á las cuatro dilatadas Partes del mundo, en quien tuvo Dominio el planeta de Austria, Correspondieron los cuatro Elementos, siendo en claras Significaciones, doctos Reversos de sus fachadas: Y así á Europa se dió el aire, Por ser en quien más templadas Sus influencias se gozan Dulces, süaves y blandas.
Eugenia.
Y como del aire es El águila remontada Emperatriz, cuyo nido Favorable aspira el aura, El águila coronó Este elemento, adornada De jeroglíficos que Todos del aire se sacan.
Clara.
A esta puerta pues, la Villa (La ceremonia acabada Del besamano) empezó (Haciendo al compas la salva, No sólo de los clarines, Las trompetas y las cajas, Sino de la voz del pueblo, Que es la más sonora salva) A caminar con el palio, Con tanto aplauso, con tanta Majestad, que no se vió En términos de vasalla Nadie con más causa humilde, Ni soberbia con más causa.
Eugenia.
De aquí pues á la carrera De San Jerónimo pasa, Donde no ménos vistoso La recibió el triunfo de Austria.
Clara.
De sesenta y dos coronas Que en la India rinden á España Feudo, los bultos de algunas Significaron las ánsias De servir su buena Reina Con dones y empresas cuantas Mide este imperio al Oriente, Donde su poder alcanza.
Eugenia.
Y como Asia es la mayor Parte del mundo, que abraza Gánges, Nilo, Eufrates, Tígris, Señora de tierras tantas, Fué su elemento la tierra, En quien se vió coronada La melena del leon, Como su mayor monarca.
Clara.
Llegó pues el Sol, del Sol A la Puerta, en cuya estancia África en el triunfal arco, A vista suya se planta. Y así, todas sus pinturas Fueron las fuerzas y plazas Que España en África goza, Desde que dos reinas santas, Política una en Madrid, Victoriosa otra en Granada, Arrancaron las raíces Desta venenosa planta. A África correspondiendo El fuego, ó por su abrasada Libia, ó porque ha de ser hoy La Puerta del Sol su estancia, El sol, planeta de fuego, Entre pirámides altas Se vió colocado, bien Como exaltado en su casa.
Eugenia.
Siguióse la Platería, De tal manera adornada, Que sólo un arte tan noble Así pudiera ilustrarla; Pues casi desde este arco Se corrieron dos barandas De bichas y de columnas, Que empezándose desde altas Pirámides, prosiguieron, Hasta que en otras rematan, Poblando sus corredores, Por una y por otra banda, Aparadores cubiertos De diamantes, oro y plata.
Clara.
La América en otro arco A Santa María estaba, En cuyo templo el fiel culto El Te Deum laudamus canta Fueron divinas empresas Cuantas dió el agua á sus aras, Siendo perennes milagros Manzanares y Jarama.
Eugenia.
En la Plaza de Palacio Animados en dos basas, Que de Himeneo y Mercurio Sostenian las estatuas, Dos triunfales carros ví, De cuya fábrica rara Fué la significacion, Si es que me atrevo á explicarla, Que Mercurio, de los dioses Embajador, su jornada A la vista de Palacio Feneció; y así, acabada La fatiga del camino, A Himeneo se la encarga, Porque uno su culto empiece Donde otro su culto acaba.
Clara.
Con este acompañamiento, Al compas de voces várias, Que del esposo y la esposa Decian las alabanzas...
Eugenia.
En un bruto que parece Que sabía que llevaba Todo un cielo sobre sí, Segun la noble arrogancia Con que obedecia soberbio Al impulso que le manda, Llegó nuestra invicta Reina A las puertas de su alcázar.
D. Alon.
Tal la relacion ha sido, Que aunque el no verlo da enojos, El deseo de los ojos Se suple con el oído.
D. Torib.
No á mí, que aquese deseo Nunca tuve.
D. Alon.
¿Por qué no?
D. Torib.
Como esas bodas ví yo.
D. Alon.
¿Dónde?
D. Torib.
En Cángas de Tineo, Cuando los concejos todos Se juntan para llevar Las novias á otro lugar, Entonando varios modos De bailes y de cantares, Que es una fiesta bien rara. Si de alguno me acordara, Se os quitaran mis pesares.
D. Alon.
Dejad locuras, por Dios.— Brígida, á alumbrarme ven, Que ya recogerme es bien.
(Vanse Don Alonso y Brígida.)
ESCENA XV.
CLARA, EUGENIA, DON TORIBIO.
Clara.
¿Por qué no os recogeis vos?
D. Torib.
Porque para recogerme, Falta salir de un cuidado.
Clara.
¿Qué cuidado?
D. Torib.
No he cenado; Y tras esto, otro ha de hacerme Perder el juicio.
Clara.
¿Qué es?
D. Torib.
Vos dijisteis que habia en mí Más en que vengaros.
Clara.
Sí.
D. Torib.
Decidme la causa pues.
Clara.
(Ap. á él.) La causa es que á Eugenia, á quien (Ap. Dél asegurarme quiero Para la ocasion que espero.) Vos decís que quereis bien, A otro favoreció.
D. Torib.
¡Ay cielos!
Clara.
Si averiguarlo quereis, Bien fácilmente podeis...
D. Torib.
Si esto oyeran mis abuelos, ¿Qué dijeran?
Clara.
Pues estando Un rato en ese balcon, Oireis la conversacion Que tiene en la calle, hablando Con un hombre por la reja De su cuarto.
D. Torib.
¿Cómo qué? En el balcon me estaré, Si acaso el dolor me deja, Sin chistar, de penas lleno.
(Disimuladamente abre un balcon, métese en él y cierra.)
Clara.
(Ap. Ya éste no me estorbará, Pues cerrado se estará Toda la noche al sereno.) Eugenia. (Ap. Bueno será Engañarla.)
ESCENA XVI.
CLARA, EUGENIA.
Eugenia.
¿Qué me quieres?
Clara.
Avisarte cuánto eres Infeliz.
Eugenia.
¿En qué?
Clara.
En que está Mi padre tan sospechoso (Pues no sé qué, que ha pasado, Mari-Nuño le ha contado Acerca de que celoso Uno y otro amante tuyo Hoy á esta puerta riñeron), Que sus sospechas le hicieron Desvelar, segun arguyo, Que no se acuesta. Por Dios, Que si tienes que temer, Me lo digas, para hacer Como hermana.
Eugenia.
Si á los dos En el coche y en la reja Viste que los despedí, Y que no ha quedado en mí Ni áun el ruido de la queja, ¿Qué más de mi parte puedo Haber hecho, ni saber Puedo ahora qué he de hacer?
Clara.
Yo sí.
Eugenia.
¿Qué es?
Clara.
Perder el miedo, Puesto que inocente estás, Y cerrada en mi aposento, Desvelar tu pensamiento; Que yo, desvelando más Tu inocencia, allá entraré, Diciendo que estás dormida, Y mostrándome ofendida A su enojo, le diré Muy bien dicho que no tiene Razon, si en sospechar da De quien tan segura está.
Eugenia.
Mi vida, hermana, previene Tu amistad; y porque más De mí asegurarse quiera, Ciérrame tú por defuera. (Entrase.)
Clara.
¿Eso habia de hacer? (Cierra.) Ya estás Conmigo en campaña, Amor. Aquesta es la vez primera Que te ví el rostro: no quiera Vencer tan presto el rigor De tus iras.—¡Mari-Nuño!
ESCENA XVII.
MARI-NUÑO; despues, DON FÉLIX.—CLARA; DON TORIBIO, encerrado en un balcon.
Clara.
¿Dónde está aquel caballero?
Mari-Nu.
En mi aposento, señora, Rato há que oculto le tengo, Miéntras que la relacion A todos tenía suspensos.
Clara.
Esto por Eugenia hago.
Mari-Nu.
Por eso yo te obedezco.
Clara.
Díle que salga á esta cuadra.
Mari-Nu.
Voy. (Vase, y sale Don Félix.)
D. Félix.
Aunque rendido vengo A serviros, es mayor Mi pena que el rendimiento.
Clara.
¿De qué?
D. Félix.
De ver que mi aviso Ni vuestra cordura han hecho El efecto que esperamos, Sino tan contrario efecto, Que los dos conmigo hoy A vuestra puerta riñeron; Y saliendo vuestro padre Y vuestro primo á este tiempo, Queriendo acudir á todo, A nada acudí, supuesto Que ni á uno ni otro alcanzar Pude; y estoy con recelo De que se hayan encontrado, Puesto que ninguno ha vuelto, Siendo ambos huéspedes mios. Y aunque por ellos lo siento, Lo siento por vos con más Ventajas, pues si os confieso Una verdad, me debeis Vos mayor fineza que ellos.
Clara.
¿Yo mayor fineza?
D. Félix.
Sí.
Clara.
¿Cómo?
D. Félix.
Perdonad, os ruego, Porque no puedo decirlo, Aunque ya dicho lo tengo.
Clara.
¡Dicho lo teneis, y no Podeis decirlo! No entiendo Tan nuevo enigma.
D. Félix.
Yo sí.
Clara.
Declaráos más.
D. Félix.
No puedo, Que si el sentimiento es Por ser mis amigos, cierto Será, por ser mis amigos, El callar mi sentimiento. (Ruido dentro.)
ESCENA XVIII.
DON JUAN, y despues MARI-NUÑO.—Dichos.
D. Juan.
(Dentro.) ¡Válgame el cielo!
D. Félix.
¿Qué voces Son las que estamos oyendo?
Clara.
En el jardin fué. (Sale Mari-Nuño.)
Mari-Nu.
¡Señora!
Clara.
¿Qué hay Mari-Nuño? ¿Qué es eso?
Mari-Nu.
Por las tapias del jardin Se ha arrojado un hombre dentro, A cuyo ruido, tu padre Baja ya de su aposento.
Clara.
¡Triste de mí! ¿Qué he de hacer, Si os ven aquí?
D. Félix.
Buen remedio: Yo por aqueste balcon Saldré á la calle primero Que me vea.
Clara.
No le abrais.
D. Félix.
¿No es mejor?
(Abre un balcon, y halla á Don Toribio.)
D. Torib.
Esténse quedos, No hagan ruido, que ya el hombre A la reja llega, y quiero Oir lo que habla.
D. Félix.
Hombre, ¿quién eres?
D. Torib.
¿Quién os mete á vos en eso? ¿Métome yo en quién sois vos? Agradecedme que tengo Que hacer aquí, que si no, A fe que habia de saberlo.
(Enciérrase en el balcon.)
D. Félix.
¿Quién vió tan extraño lance?
Mari-Nu.
Ya en el jardin se oye estruendo.
Clara.
Apartémonos de aquí.
(Abren la puerta por donde se retiró Eugenia, y vanse por ella Clara y Mari-Nuño; Don Félix se esconde, como Don Toribio, en otro balcon.)
ESCENA XIX.
DON PEDRO.—DON FÉLIX y DON TORIBIO, ocultos.
D. Ped.
Viendo mis rabiosos celos Que abriendo la puerta entró Mi enemigo hasta aquí dentro Sin poderlo yo estorbar, Que llegar no pude á tiempo, Por las tapias del jardin A entrar me atreví resuelto A vengar... Pero ¡qué miro! Que es su padre, vive el cielo, Y brioso, con otro hombre Riñendo sale á este puesto.
ESCENA XX.
Sale DON ALONSO riñendo con DON JUAN.—DON PEDRO; DON FÉLIX, oculto; DON TORIBIO, en el balcon.
D. Alon.
Al esfuerzo de mi brazo, De mis iras al aliento. Pues me han hecho dos agravios Tu voz y tu atrevimiento, Los dos vengaré... ¡Ay de mí! Que van mis penas creciendo, Pues cuando pensé de uno, Dos de quien vengarme tengo.
D. Félix.
(Saliendo del balcon donde estaba escondido.) Tened la espada, Don Juan. Don Alonso, detenéos.
D. Juan.
Mira si traidor amigo Eres, pues aquí te encuentro.
D. Félix.
Oid, sabreis que enemigo No soy, ni suyo, ni vuestro.
D. Alon.
¡Dentro de mi casa dos Enemigos!
D. Félix.
Detenéos.
D. Ped.
(Ap. Aunque estorbar aquí deba De Don Alonso el empeño, Primero venganza pide Lo rabioso de mis celos.) Si por aquese balcon
(A Don Félix, que se ha quedado delante del balcon donde está Don Toribio.)
Te pasó el atrevimiento De aquesa ingrata á mis ojos, En tí he de vengar primero Los celos con que te busco. Baja abajo, ó vive el cielo Que esta pistola...
D. Torib.
(Saliendo del balcon.) ¿Pistola? Hombre del diablo, está quedo, Que no es eso lo que yo Te dije. Pero ¡qué veo! ¿Qué es esto, tio?
D. Alon.
A mi lado Os poned.
D. Ped.
(Ap.)Pues que le abrieron La ventana, llegaré A matarle; que no temo, Ya que estoy muerto á su dicha, Quedar á sus manos muerto.
D. Juan.
Traidor, tras tí... Mas ¿qué miro? ¿Por la ventana resuelto Así os entrais?
D. Ped.
¿Qué os admira? Si tanto ruido me ha puesto En obligacion de entrar A saber lo que es.
D. Alon.
Suspenso En repetidos agravios, No sé á cuál he de ir primero.
D. Félix.
Tenéos, señor Don Alonso, Que trances de honor, el cuerdo Los venga con su prudencia Antes que con el acero: Y si me escuchais, no dudo Quedeis honrado y contento.
D. Alon.
Uno entró por mi jardin, Otro por mi reja; pero Vos que aquí dentro os hallais, ¿Por dónde entrasteis primero? Que haciéndome el mismo agravio, Me venís á dar consejo.
D. Torib.
Entraria por la escala, Que escala habia para ello.
D. Félix.
Yo soy tan interesado En este lance, que pienso Que vine á serviros más A todos, que no á ofenderos, Pues fué á excusarle; mas ya Que conseguirlo no puedo De una manera, de otra Lo intentaré: estadme atentos. Doña Eugenia me ha tenido En aqueste cuarto, á efecto De estorbar entre los dos...
ESCENA XXI.
EUGENIA, CLARA.—Dichos.
Eugenia.
(Dentro.) ¿Qué escucho? Dejar no puedo De salir, al oir mi nombre.
Clara.
(Dentro.) Tente, no salgas.
(Salen Clara y Eugenia.)
Eugenia.
Sí quiero, Que ya me importa saber Qué es aqueste fingimiento. ¡Yo te he tenido (¿qué dices, Hombre?) en mi cuarto! (A Don Félix.)
D. Félix.
Tenéos, Que yo Doña Eugenia he dicho, No vos. (Señala á Clara.)
D. Alon.
¿Cómo, cómo es eso? ¿Luego tú eras la que un hombre Escondido tenías dentro?
Eugenia.
¿Luego tú con nombre mio, Clara, la traicion has hecho?
D. Torib.
¿Luego tú por eso á mí Me tenías al sereno, Hecho avestruz del amor?
Los tres.
¿Qué es esto, ingrata? ¿Qué es esto?
Clara.
Esto es que por estorbar De Eugenia yo los empeños, No pude estorbar el mio;— Y pues que sois caballero, (A Don Félix.) No en el riesgo me dejeis, Cuando á otra sacais del riesgo.
D. Félix.
¿Qué es dejaros? Con mil vidas Habeis de ver que os defiendo; Pues no amando la que es dama De mis amigos, bien puedo.
D. Juan.
Pues supuesto que ya quedan Desvanecidos mis celos, Yo os ayudaré.
D. Ped.
Yo y todo.
D. Alon.
¿Hay tan grande atrevimiento?
D. Torib.
¡Quién tuviera aquí un lanzon De tres que en mi casa tengo!
D. Alon.
A mis ojos y en mi casa, Nadie á mis hijas (¡ay cielos!) Defenderá que no sea Su esposo.
D. Félix.
Si basta eso, Yo lo soy suyo.
Clara.
Y yo suya.
D. Alon.
¿Quién creyera que en el hierro Mayor, fuera quien cayera La mesurada más presto?
D. Torib.
¿Quién no lo creyera? pues Siempre en el mundo lo vemos, Que las aguas mansas son De las que hay que fiar ménos, Y tienen mayor peligro Porque sin duda por eso, Guárdate del agua mansa Dijo un antiguo proverbio.
Eugenia.
Pues yo, señor, á tus plantas Humildemente te ruego Me des estado á tu gusto; Que yo con mi primo quiero Irme á la montaña, donde Te asegure por lo ménos De que nunca delincuentes Fueron mis esparcimientos.
D. Torib.
¿A la montaña? Eso no, Porque allá llevar no quiero Ni fílis ni guardainfantes: Y así, con mi alforja al cuello, Donde está mi ejecutoria, Habeis de ver que me vuelvo Sin casar.
D. Alon.
Ni yo tampoco; Que no tengo de dar dueño Tan bruto á una hija mia A quien más atencion debo, Sino darla á quien su madre La habia dado en casamiento, Y esperando mi licencia, Se quedó hasta ahora suspenso.
D. Juan.
A vuestras plantas humilde Os digo que soy el mesmo, Pues soy Don Juan de Mendoza.
D. Alon.
Con esto es del mal el ménos.
D. Ped.
Pues quedo sin esperanza De mi amor, lograrla intento En pedir que perdoneis De nuestras faltas los yerros.
D. Torib.
Porque con la moraleja Del Agua mansa y su ejemplo, Dando principio á serviros, Fin á la comedia demos.
ZARZUELAS.