← Table of contents
Teatro selecto, tomo 4 de 4

GUÁRDATE DEL AGUA MANSA.

Reading edition

PERSONAS.

Clara, dama. Eugenia, dama. Brígida, criada. Mari-Nuño, dueña. Hernando, criado. Otáñez, escudero, vejete. Don Félix, galan. Don Juan de Mendoza, galan. Don Pedro, galan. Don Toribio Cuadradillos. Don Alonso, viejo.

La accion pasa en Madrid.

JORNADA PRIMERA.

Sala en casa de Don Alonso, junto á los pozos de la nieve.

ESCENA PRIMERA.

DON ALONSO, OTÁÑEZ.

Otáñez.

Una y mil veces, señor, Vuelvo á besarte la mano.

D. Alon.

Y yo una y mil veces vuelvo A pagarte con los brazos.

Otáñez.

¿Posible es que llegó el dia Para mí tan deseado, Como verte en esta corte?

D. Alon.

No lo deseabas tú tanto Como yo; pero ¿qué mucho, Si en dos hijas dos pedazos Del alma me estaban siempre Con mudas voces llamando?

Otáñez.

Aun en viéndolas, señor, Mejor lo dirán tus labios. ¡Oh si mi señora viera Este dia!

D. Alon.

No mi llanto Ocasiones con memorias Que siempre presentes traigo. Téngala Dios en el cielo; Que á fe que he sentido harto Su muerte; que desde el dia Que su Majestad, premiando Mis servicios, en el reino De Méjico me dió el cargo De que vengo, á no más ver Me despedí de sus brazos. No quiso pasar conmigo A Nueva-España, no tanto Por los temores del mar, Como porque en tiernos años Dos hijas eran estorbo Para camino tan largo. Criándolas quedó en casa: Fué Dios servido que al cabo De tantos años faltó. A cuya causa, abreviando Yo con mi oficio, dispuse Volver para ser reparo De su pérdida; que no Estaban bien sin amparo De padre y madre.

Otáñez.

Es muy justo, Señor, en tí ese cuidado; Pero si alguno pudiera No tenerle, eras tú. Es llano, Porque el dia que faltó Mi señora, ambas entraron Seglares en un convento, Sin más familia ni gasto Que á Mari-Nuño y á mí, Donde en Alcalá han estado Con sus tias hasta hoy, Que obedientes al mandato Tuyo, vuelven á la corte. Y habiéndolas yo dejado Ya en el camino, no pude Sufrir del coche el espacio; Y así, por verte, señor, Me adelanté.

D. Alon.

Unos despachos Que para su Majestad Traje, demas del cuidado De tener puesta la casa, Tiempo ni lugar me han dado De ir yo por ellas; demas Que el camino es tan cosario, Que perdona la fineza, Pues es venir de otro barrio. ¿Cómo vienen?

Voces.

(Dentro.)Pára, pára.

Otáñez.

Ya parece que han llegado: Ellas lo dirán mejor.

D. Alon.

A recibirlas salgamos.

Otáñez.

Excusado será, pues Están ya dentro del cuarto.

ESCENA II.

CLARA, EUGENIA y MARI-NUÑO, de camino.—DON ALONSO, OTÁÑEZ.

Clara.

Padre y señor, ya que el cielo, Enternecido á mi llanto, Me ha concedido piadoso La dicha de haber llegado Adonde, puesta á tus piés, Merezca besar tu mano, Cuanto desde hoy viva, vivo De más; pues no me ha dejado Ya que pedirle, si no es Sólo el eterno descanso.

Eugenia.

Yo, padre y señor, aunque Logre en estas plantas cuanto Me prometió mi deseo... Más que pedir me ha quedado Al cielo, y es que tal dicha Dure en tu edad siglos largos; Porque esto del morir, no Lo tengo por agasajo.

D. Alon.

No en vano, mitades bellas Del alma y vida, no en vano Al corazon puso en medio Del pecho el cielo, mostrando Que con dos afectos puede Comunicarse en los brazos. Alzad del suelo; llegad Al pecho, que enamorado Vuelva á engendraros de nuevo.

Clara.

Hoy puedo decir que nazco, Pues hoy nuevo sér recibo.

Eugenia.

Dices bien, que tal abrazo Infunde segunda vida.

D. Alon.

Entrad, no quedeis al paso: Tomaréis la posesion Desta casa en que os aguardo, Para que seais dueños della, Hasta que piadoso el hado Traiga á quien merezca serlo De dos tan bellos milagros; Si bien en mí, esposo, padre Y galan tendreis, en tanto Que os vea como deseo.— ¡Brígida! (Llamando.)

ESCENA III.

BRÍGIDA.—Dichos.

Brígida.

Señor.

D. Alon.

Su cuarto Enseña á tus amas.

Brígida.

Todo Limpio está y aderezado; Pero ¿qué mucho es, si tales Dueños espera, el estarlo Como un cielo, con dos soles? ¡Feliz yo que á ver alcanzo Este dia, aunque á pension De haber, Eugenia, dejado Las paredes del convento!

Eugenia.

¡Feliz yo, pues he llegado A ver calles de Madrid, Sin rejas, redes, ni claustros!

(Vanse Clara, Eugenia, Brígida y Otáñez.)

ESCENA IV.

DON ALONSO.—MARI-NUÑO.

Mari-Nu.

Ya, señor, que el alborozo De dos hijas ha dejado Algun lugar para mí, Merezca tambien tu mano.

D. Alon.

Y no con menor razon Que ellas, el alma y los brazos, Pues por vuestra buena ley, En lugar de madre os hallo. Y ya que ausentes las dos, Solos, Mari-Nuño, estamos, Decidme sus condiciones; Que como las dos quedaron Niñas, mal puedo hacer juicio Que no sea temerario, Para que prudente y cuerdo Pueda, como maestro sabio, Gobernar inclinaciones Que pone el cielo á mi cargo.

Mari-Nu.

Con decir, señor, que son Hijas tuyas, digo cuanto Puedo decir; mas por que No presumas que te hablo Sólo al gusto, aunque de entrambas La virtud y ejemplo es raro, De lo general verás Que á lo particular paso. Doña Clara, mi señora, Mayor en cordura y años, Es la misma paz del mundo: No se ha visto igual agrado Hasta hoy en mujer. Pues ¿qué Su modestia y su recato? Apénas cuatro palabras Habla al dia: no se ha hallado Que haya dicho con enojo A criada ni á criado En su vida una razon: Es, en fin, ángel humano, Que á vivir solo con ella, Pudiera uno ser esclavo. Doña Eugenia, mi señora, Aunque en virtud ha igualado Sus buenas partes, en todo Lo demas es al contrario. Su condicion es terrible: No se vió igual desagrado En mujer: dará, señor, Una pesadumbre á un santo. Es muy soberbia y altiva, Tiene á los libros humanos Inclinacion, hace versos; Y si la verdad te hablo, De recibir un soneto Y dar otro, no hace caso. Pero no por eso...

D. Alon.

Basta, Que en eso habeis dicho harto. Yo os lo estimo, como es justo, Que, prevenido del daño, Sepa adónde he de poner Desde hoy desvelo y cuidado. Y así, aunque en edad menor, Sea primera en estado; Que el marido y la familia Son los médicos más sabios Para curar lozanías, Flores de los verdes años. Desde el dia que llegué, A la montaña he enviado Por un sobrino, que hijo Es de mi mayor hermano; Y en él quiero de mis padres Y abuelos el mayorazgo Aumentar: pobre es, yo rico, Y es bien que el caudal fundamos De la sangre y de la hacienda, Porque conservemos ambos El solar de Cuadradillos Con más lustre. Así, en llegando, Será Eugenia esposa suya: Veamos si el nuevo cuidado Enmienda las bizarrías De los verdores lozanos.

ESCENA V.

OTÁÑEZ.—DON ALONSO, MARI-NUÑO.

Otáñez.

Un hombre espera allí fuera.

D. Alon.

¿Quién es?—Que ese breve espacio Tardaré, á las dos decid.— ¿Versos? ¡Gentil cañamazo! ¿No fuera mucho mejor Un remiendo y un hilado? (Vase.)

Otáñez.

¿Qué le has dueñado á señor, Que es lo mismo que chismeado, Que ya va tan desabrido?

Mari-Nu.

¿Ahora sabes, mentecato, Que apostatara una dueña, Si supiera callar algo? (Vanse.)

Sala en casa de Don Félix.

ESCENA VI.

DON FÉLIX, vistiéndose; HERNANDO.

Hernan.

¡Bravas damas han venido, Señor, á la vecindad!

D. Félix.

El agasajo, en verdad, Perdonara por el ruido, Pues dormir no me han dejado.

Hernan.

La una es dada.

D. Félix.

¿Qué importó, Si á la una duermo yo, Que haya dado ó no haya dado? Mas ¿qué género de gente Es?

Hernan.

De lo muy soberano: Las hijas de aqueste indiano, Que compró el jardin de enfrente, Que dicen, señor, que lleno De riquezas para ellas, A solamente ponellas Viene en estado.

D. Félix.

Eso es bueno. ¿Son hermosas?

Hernan.

Yo las ví Al apearse, y á fe Que por tales las juzgué.

D. Félix.

¿Hermosas y ricas?

Hernan.

Sí.

D. Félix.

Buenas dos alhajas son: Dirémoslas al momento Todo nuestro pensamiento, Por gozar de la ocasion, Con estar cerca de casa; Que estoy cansado de andar Lo que hay desde aquí al lugar.

Hernan.

Un vejete cuanto pasa Me dijo: y al padre igualo Al hombre de más valor, Pues dice que por su honor Matara al Sofí.

D. Félix.

Eso es malo; Que aunque yo no soy Sofí, En extremo me pesara Que para que él me matara, Por él me tuviera aquí. Y de las hijas ¿qué dijo? Que escudero que empezó A hablar, nada reservó.

Hernan.

Diversas cosas colijo De ambas que apruebo y condeno, Porque hay del pan y del palo. Una es callada.

D. Félix.

Eso es malo.

Hernan.

Otra es risueña.

D. Félix.

Eso es bueno. Para la alegre, por Dios, Habrá sonetazo bello; Y para la triste aquello De «ojos, decídselo vos.»

Hernan.

Alegre ó triste, me holgara De verte, señor, un dia, Con una galantería, Que decirla te costara Desvelo.

D. Félix.

¿A mí? Harto fuera Que alabarse, vive el cielo, De que me costó un desvelo Ninguna mujer pudiera. Eso no, pues sabe Dios Que si las hiciere ya Algun terrero, será Por estar cerca y ser dos. Aunque á cualquiera me inclina Ya fuerza más poderosa.

Hernan.

Será ser rica y hermosa.

D. Félix.

No es sino el estar vecina, Que es mayor perfeccion, pues Nada la iguala. (Llaman.) Mas dí, ¿Llaman á la puerta?

Hernan.

Sí.

D. Félix.

Ve y mira, Hernando, quién es.

ESCENA VII.

DON JUAN, en traje de camino.—DON FÉLIX, HERNANDO.

D. Juan.

Yo soy, Don Félix; que estando La puerta abierta, no fuera Bien, que más me detuviera.

D. Félix.

Mal llamar ha sido, cuando Sabeis que puertas y brazos Están siempre para vos De una suerte.

D. Juan.

Guárdeos Dios, Que ya sé que destos lazos El estrecho nudo fuerte Que en nuestras almas está, Sin romperle, no podrá Desatárnosle la muerte.

D. Félix.

Seais bien venido; que aunque En la jornada de Hungría, Que veniades sabía, No tan presto os esperé.

D. Juan.

Fuerza adelantarme ha sido Para un negocio, en razon, Don Félix, de mi perdon.

D. Félix.

¿Habeisle ya conseguido?

D. Juan.

Sí, y habiendo perdonado La parte, gozar quisiera Del indulto que se espera Por las bodas; y así, he dado Priesa á venir, para que, En vuestra casa escondido, Me halle á todo prevenido.

D. Félix.

Dicha es mia. Y ¿cómo fué?

D. Juan.

Ya sabeis que por la muerte, Félix, de aquel caballero, Fuí á Italia. Pues, lo primero, Dispuso mi buena suerte Ser ocasion que el señor Duque excelso y generoso De Terranova famoso, Iba por embajador A Alemania. Acomodado Con él á Alemania fuí; Y hallándose allá de mí Bien servido y obligado, A España escribió, porqué Conocimiento tenía Con la parte: y así un dia, Sin saberlo yo, me hallé Con el perdon, en un pliego Que de su mano me dió.

D. Félix.

El lance fué tal, que erró La parte en no darle luégo, Pues fué casual la pendencia Que dió la conversacion.

D. Juan.

Esa es, Félix, la opinion Comun; pero mi impaciencia De mayor causa nacía, Que la que ocasiona el juego.

D. Félix.

Eso es lo que yo no llego A saber.

D. Juan.

Pues yo servia (Ya que decirlo no importa) A una dama rica y bella Para casarme con ella; Y no con suerte tan corta, Que esperanzas no tuviese; Aunque me las dilataba Que ausente su padre estaba, Y la madre no quisiese Tratar su estado sin él. En este tiempo entendí Servirla el muerto; y así, Ocasionado de aquel Lance que el juego nos dió, Con capa de otros desvelos Venganza tomé á mis celos, Con que todo se perdió; Pues fueran necios engaños, Confiado de mi estrella, Pensar hoy que áun viva en ella Memoria de tantos años.

D. Félix.

Vos estais bien persuadido; Que en Madrid, cosa es notoria Que en las damas, la memoria Vive á espaldas del olvido. Su favor y su desden Ya en ningun estado no Hizo fe: ¡bien haya yo, Que en mi vida quise bien!

D. Juan.

¿Todavía dese humor?

D. Félix.

Sí, pues aunque ellas son bellas, Me quiero á mí más que á ellas; Y así tengo por mejor, A la que me ha de engañar, Engañarla yo primero; Que yo por amigo quiero Al gusto más que al pesar. Y para que no se crea Que lo es para vos mi humor, Ni para mí vuestro amor, Otra la plática sea. ¿Cómo en la jornada os ha ido?

D. Juan.

Como á quien viene de ver Darse poder á poder Desempeños á partido; Porque tal autoridad, Pompa, aparato y riqueza Como ostentó la grandeza De una y otra majestad, El dia que la hija bella Del águila soberana, Generosamente ufana Trocó el Norte por la estrella Del hispano (en cuya accion, Llanto á gozo competido, Dejó del águila el nido Por el lecho del leon), No la vió otra vez el dia.

D. Félix.

De paso no estoy contento De oirla.

D. Juan.

Pues estadme atento, Porque á la relacion mia Los afectos cortesanos Pagueis.

D. Félix.

Yo os la ofrezco brava.

D. Juan.

Deudora Alemania estaba...

ESCENA VIII.

DON PEDRO, vestido de color.—DON FÉLIX, DON JUAN, HERNANDO.

D. Ped.

Don Félix, bésôs las manos.

D. Félix.

Seais, Don Pedro, bien venido. Por esta puerta en un punto Hoy se entra el bien todo junto. Pues ¿qué venida esta ha sido? ¿Acabóse el curso?

D. Ped.

No.

D. Félix.

Pues ¿qué os trae?

D. Ped.

Yo os lo diré.

D. Juan.

Si yo embarazo, me iré.

D. Ped.

No, caballero; que yo, Hallándôs con Félix, fío Mucho de vos, porque arguyo Que baste que amigo suyo Seais, para ser dueño mio. Demas, que aquí es mi venida (Que en decirlo no hago nada) Una dama celebrada, Que á mi amor agradecida Pude en Alcalá servir: Vino hoy á Madrid, y á vella Vengo, Don Félix, tras ella.

D. Félix.

¿Y qué más?

D. Ped.

Que por huir De mi padre, aquí escondido Dos dias habré de estar.

D. Félix.

Albricias me podeis dar De haber á tiempo venido, Que en ella Don Juan tambien Puede haceros compañía.

D. Juan.

Será gran ventura mia Que en mí conozcais á quien Serviros desea.

D. Ped.

Los cielos Os guarden.

D. Félix.

Pues vive Dios Que no habeis de hablar los dos Tocados de amor y celos.— Haz que nos den de comer,—

(A Hernando, que se va.)

Y pues no hemos de salir De casa, por divertir El tiempo que puede haber, La relacion me decid, Don Juan, de la real jornada.

ESCENA IX.

DON FÉLIX, DON JUAN, DON PEDRO.

D. Juan.

Con calidad, que acabada, La prevencion de Madrid Direis despues.

D. Félix.

Soy contento.

D. Ped.

Yo vengo á buena ocasion, Que una y otra relacion Nueva es para mí.

D. Juan.

Oid atento. Deudora Alemania estaba A España de la más rica, De la más hermosa prenda, Desde el venturoso dia Que María nuestra infanta, Generosamente altiva, Trocó la española alteza Por la majestad de Hungría. Deudora Alemania estaba (Otra vez mi voz repita) De tanto logro al empeño, De tanto empeño á la dicha, Sin esperanzas de que Pudiese su corte invicta Desempeñarse con otra De iguales méritos digna, Hasta que piadoso el cielo Ilustró su monarquía De quien, si no la excedió, Pudo al ménos competirla, Para que nos restituya En Marïana su hija Tan una misma beldad, Que parece que es la misma. Pues si de las dos esferas Vamos corriendo las líneas, Y en florida primavera Le dimos la maravilla, La maravilla nos vuelve En primavera florida, Que apénas catorce abriles Bebió del alba la risa. Si la real sangre de Austria Sus hojas tiñó en la tiria Púrpura, en ella tambien Quiso que esotras se tiñan. Si prudencia, si virtud, Si ingenio y partes divinas La dimos, esas nos vuelve, Porque de todas es cifra. Despues de capitulado El Rey, que mil siglos viva, Se dilataron las bodas Más tiempo del que queria La ánsia de los españoles; Mas no fueran conocidas Las dichas, si no vinieran Con su pereza las dichas. Fué causa á la dilacion Esperar que la festiva Tierna edad de la niñez Creciese, hasta ver que hoy pisa De la juventud la márgen: ¡Buen defecto es el de niña, Pues se va, aunque ella no quiera, Enmendando cada dia! Llegó, pues, el deseado De que feliz se despida El águila generosa Del real nido que la abriga, Porque saliendo á volar, El cuarto planeta diga Que imperial águila es, puesto Que de hito en hito le mira. Y porque no sin decoro Deje la corte que habita, Llegó la nueva á Madrid, De que allí el Rey se despida De su hermana, hasta la entrega, Mezclando el llanto y la risa; Que siempre en bodas de infanta El pesar y el alegría Se equivocan, hasta que De gala el dolor se vista, Saliendo de ellas casada. Ferdinando, rey de Hungría Y Bohemia, ínclito jóven, Que no vanamente aspira Que heredada la eleccion, Roma su laurel le ciña, En nombre del Rey con ella Se desposa, y ejercita Tan amante sus poderes, Que sin perderla de vista, Hasta Trento la acompaña Con la pompa más lucida, Con el fausto más real Que vió el sol; pues á porfía Españoles, alemanes Y italianos, con su vista Se compitieron de suerte, Que era gloriosa la envidia, Porque unos y otros hicieron En costosas libreas ricas, Tratable el oro en sus venas, Fácil la plata en sus minas, Agotando de una vez Todo el caudal á las Indias. Y porque por mar y tierra Halle siempre prevenida Quien por la tierra y el mar De parte del Rey la sirva, El cargo del mar al Duque De Túrsis (de esclarecida Generosa casa de Oria, Siempre afecta y siempre fina A esta corona) le dió, Porque de nuevo repita En servicios y finezas Obligaciones antiguas. La Reina estuvo en Milan Detenida algunos dias, Por ocasion de que el mar Embarazó con sus iras De España el pasaje; pero ¿Quién de su inconstancia fía, Que no motive de culpa Lo que no es más que desdicha? Del mar y del viento, en fin, Las condiciones esquivas O vencidas ó templadas (Aténgome á que vencidas), Llegó el dia de embarcarse; Y apénas la vió en su orilla El mar, cuando convocó Todo el coro de sus ninfas Para que corriendo á tropas La campaña cristalina, Tan sólo en ella dejaran Aquella inquietud tranquila, Que no bastando á temerla, Baste á hermosearla y lucirla. Entró la Reina en la Real, Cuya popa era encendida Brasa de oro, que á despecho De tanta agua, estaba viva. La chusma, toda de tela Nácar y plata vestida, Con camisolas de holanda, Que su gala es estar limpias, Velámen, jarcias y velas A su modo guarnecidas De mil colores, formaban Un pensil, á quien matizan De flores los gallardetes Y las flámulas, que heridas Del aire que las tremola Y el agua que las salpica, Venganza daban al aire Y el agua de la ojeriza Que tenian con las salvas, Por ver que de ver les quitan Las negras nubes de humo Que dejó la artillería, La más pura, la más bella, La más noble y más divina Vénus que sobre la espuma Flechas de constancia vibra. Aquí al compas de las piezas, Clarines y chirimías, A leva tocó la Real, Cuya seña, obedecida, Aun primero que escuchada Fué de todos, con tal prisa, Que á un mismo tiempo la boga Arrancó; y siendo la grita Segunda salva vocal, Nos pareció, cuando se iba De la tierra, una vistosa Primavera fugitiva. Cuarenta galeras fueron Las que siguieron su quilla, Que más que rompen las olas, Las encrespan y las rizan. El golfo tomó la nao, Aun sin tocar en las islas Mallorca, Ibiza y Cerdeña; No á causa de la enemiga Oposicion de los puertos De Francia; que bien podia, Viniéndose tierra á tierra, Tomar puerto en sus marinas, Porque en las enemistades De las coronas, militan En la campaña las armas, Y en la paz la cortesía; Y así, con salvoconducto General en sus milicias, Francia esperó á nuestra reina. ¡Qué bien lidian los que lidian Para vencer cuando vencen, Aun ménos que cuando obligan! —Mas no puedo detenerme En referir las festivas Demostraciones que Francia La tenía prevenidas.— El golfo tomó la nao, Trayendo siempre benigna En los vientos y los mares La fortuna, porque mira Que con solo este festejo Que hace á España, se desquita De otras penas que la debe La vanidad de su envidia. En fin, con serena paz La vaga ciudad movida, Ya del remo que la impele, Ya del viento que la inspira, Los mares sulca de España, Y de sus campos divisa Los celajes, que quisieran Que el mar en sus ondas frias Huéspedes los admitiese, Porque una vez se compitan Golfos de verde esmeralda Con montes de nieve riza. Ya el mar saluda á la tierra, Ya la tierra al mar se humilla, Siendo la primera que Sus reales plantas pisan, Denia. ¡Oh tú, mil veces tú Felice, pues en tu orilla Hoy de la concha de un tronco Sacas la perla más rica! Querer que yo diga ahora La majestad de las vistas, El séquito de su corte, Las galas, las bizarrías, El amor de sus vasallos, De sus reinos la alegría, No es posible, si no es que Con la voz de todos diga Que este repetido lazo, En quien de esposa y sobrina El nudo apretó dos veces, Con propagada familia, Para bien comun de España Venturosos siglos viva.

D. Félix.

No tuve gusto mayor. Estad ahora vos atento. Con el general contento Digno á su lealtad...

ESCENA X.

HERNANDO.—Dichos.

Hernan.

Señor.

D. Félix.

¿Qué dices?

Hernan.

Que las dos bellas Damas que al barrio han venido A la ventana han salido, Y desde esta puedes vellas.

D. Félix.

Perdone la relacion, Pues dice á voces la fama: «Antes que todo es mi dama» Y despues habrá ocasion Para ella; que ver deseo Qué cosas son mis vecinas.

(Asómase á la ventana.)

¡Vive Dios, que son divinas!

D. Juan.

Veámoslas todos.

(Llega Don Juan á mirar.)

(Ap.¡Qué veo! Ella es.)

D. Ped.

Pues las visteis vos, A mí me dejad llegar. (Llega Don Pedro.)

D. Félix.

A fe que hay bien que admirar En cualquiera de las dos.

D. Ped.

(Ap. ¿Qué es lo que veo? Ella es. ¡Cielos!) Gran dicha ha sido venir (A Don Félix.) A vuestro barrio á vivir.

D. Juan.

(Ap. Disimulen mis desvelos.) Bizarra cualquiera es.

D. Ped.

(Ap. Finja mi pena amorosa.) Cualquiera es dellas hermosa.

(Vase Hernando.)

D. Félix.

¿Oyen vuesarcedes? Pues Bizarras y hermosas son, Quítense de aquí, porqué Son muy tiernos para que Les dé mi jurisdiccion. A su dama cada uno, Pues están enamorados: Déjenme con mis cuidados, Sin alabarme ninguno Bellezas ni bizarrías; Que aquestas damas, les digo Que son cosas de un amigo.

D. Juan.

(Ap. ¡Qué poco mis alegrías Duraron!) Ya se quitaron De la ventana. (Ap. Porqué Yo llore su ausencia fué. La primer cosa que hallaron, ¡Cielos! mis penas, ha sido Dellas la causa. ¡Ay de mí!)

D. Ped.

(Ap.) La primer cosa que ví, Es por la que aquí he venido.

(Sale Hernando.)

Hernan.

La mesa espera, señor. (Vase.)

D. Félix.

Vamos á comer, que aunqué Tan enamorado esté, Tengo más hambre que amor.

D. Juan.

(Ap. á Don Félix.) Aunque de burlas hablais, Sabed que de mi fortuna Una es la causa. (Vase.)

D. Félix.

(Ap.)Adios, una.

D. Ped.

Aunque tan de humor estais, Por sí y por no, sabed que Una de las dos, por Dios, Es la que sigo. (Vase.)

D. Félix.

Adios, dos. ¡Qué corta mi dicha fué! Si no es que una misma sea (Que áun peor que esto sería) La que uno y otro queria. ¡Plegue á Dios que no se vea Empeñado en los desvelos De dos amigos mi honor, Y pague celos y amor Quien no tiene amor ni celos! (Vase.)

Sala en casa de Don Alonso.

ESCENA XI.

CLARA y EUGENIA.

Clara.

Por cierto, casa y adorno, Todo, Eugenia, está extremado.

Eugenia.

A mí no me ha parecido Sino de la corte el asco.

Clara.

¿Por qué?

Eugenia.

Cuanto á lo primero, Porque este, Clara, es el barrio Donde de la corte habitan Los pájaros solitarios. A los pozos de la nieve Casa mi padre ha tomado: ¡Fresca vecindad! Agosto Le agradezca el agasajo.

Clara.

Por la quietud y el jardin Lo haría.

Eugenia.

¡Lindos cuidados! ¿Quietud y jardin? Para eso Yuste está juntico á Cuacos. Pero en Madrid, ¿qué quietud Hay como el ruido? y ¿qué cuadro, Aunque con más tulipanes Que trajo extranjero mayo, Como una calle que tenga Gente, coches y caballos, Llena de lodo el invierno, Llena de polvo el verano, Donde una mujer se esté De la celosía en los lazos, Al estribo de un balcon, A todas horas paseando?— Pues ¿qué los adornos?

Clara.

¿No es De terciopelo este estrado Y sillas y con su alfombra, De granadillo y damasco Estas camas, los tapices De buena estofa, y los cuadros De buen gusto, y el demas Menaje, Eugenia, ordinario, Limpio y nuevo? Pues ¿qué quieres?

Eugenia.

Buenos son; pero diez años De Indias son mucho mejores. Yo pensaba que el adagio De tener el padre alcalde, Era niño comparado Con la suma dignidad De tener el padre indiano. Fuera de que entre estas cosas Que tú me encareces tanto, La mejor cuadra y mejor Alhaja es la que no hallo.

Clara.

¿Cuáles son?

Eugenia.

Coche y cochera, Que ella en invierno y verano Es la mejor galería, Y el más hermoso trasto. ¿Qué Indias hay donde no hay coche? ¡Aquí de Dios y sus santos! ¿Que ensayados trae, no ha escrito, Muchos pesos? Pues veamos, Si no han de hacer su papel, ¿Para qué se han ensayado?

Clara.

¿Ni áun á tu padre reserva La sátira de tus labios? ¡Jesus mil veces!

Eugenia.

¡Mala hija! Vivir quisiera mil años, Sólo por ver si me logro.

Clara.

Advierte, Eugenia, que estamos Ya en la corte, y que el despejo, El brío y el desenfado Del buen gusto, aquí es delito; Que aquí dan los cortesanos Estatua al honor, de cera, Y á la malicia, de mármol. No digo que no sea bueno Lo galante y lo bizarro; Pero ¿qué importa si no Lo parece? Y no es tan malo No ser bueno y parecerlo, Como serlo y no mostrarlo. El honor de una mujer, Y más mujer sin estado, Al más fácil accidente Suele enfermar, y no hay ampo De nieve que más aprisa Aje su tez al contacto De cualquiera: planta no hay, Que padezca los desmayos Mas presto; que sin el cierzo, Basta á marchitarla el austro. Cuantos tus versos celebran, Cuantos tus donaires, cuantos Tu ingenio, son los primeros, Eugenia, que al mismo paso Que te lisonjean el gusto, Te murmuran el recato, Rematando en menosprecio Lo mismo que empieza aplauso. Y una mujer como tú No ha de exponerse á los daños De que parezca delito Nada, ni le sea notado Hacer profesion de risa, Que tan presto ha de ser llanto. ¿Hasta hoy en carta de dote, Eugenia, ha capitulado La gracia?

Eugenia.

Quam mihi et vobis Præstare se te ha olvidado, Para acabar el sermon Con todos sus aparatos. Y para que de una vez Demos al tema de mano, Has de saber, Clara, que Los non fagades de antaño Que hablaron con las doncellas Y las demas deste caso, Con las calzas atacadas Y los cuellos se llevaron A Simancas, donde yacen Entre mugrientos legajos. Don Escrúpulo de honor Fué un pesadísimo hidalgo, Cuyos privilegios ya Ne se lên de puro rancios. Yo he de vivir en la corte Sin melindres y sin ascos Del qué dirán, porque sé Que no dirán que hice agravio A mi pundonor; y así, Derribado al hombro el manto, Descollada la altivez, Atento el desembarazo, Libre la cortesanía, He de correr á mi salvo Los siempre tranquilos golfos De calle Mayor y Prado, Cosaria de cuantos puertos Hay desde Atocha á Palacio. Uso nuevo no ha de haber Que no le estrene mi garbo: ¿Amiga sin coche? Tate; Y ¿sin chocolate estrado? No en mis dias; porque sé Que es el consejo más sano El mejor amigo el coche, Y él el mejor agasajo. Las fiestas no ha de saberlas Mejor que yo el calendario: Desde el Ángel á San Blas, Desde el Trapillo á Santiago. Si picaren en el dote Los amantes cortesanos, Que enamorados de sí Más que de mí enamorados, Me festejen, has de ver Que al retortero los traigo, Haciendo gala el rendirlos, Y vanidad el dejarlos. Todo esto quiero que tengas, Clara, entendido; y si acaso Vieres en mí...

Clara.

¿Qué he de ver, Si áun de escucharte me espanto?

ESCENA XII.

DON ALONSO, muy alegre.—CLARA, EUGENIA.

D. Alon.

¡Eugenia! ¡Clara!

Las dos.

Señor.

D. Alon.

Pediros albricias puedo.

Las dos.

¿De qué?

D. Alon.

De la mejor dicha, Mayor bien, mayor contento Que sucederme pudiera, Despues de llegar á veros. Don Toribio Cuadradillos, Hijo mayor y heredero De mi hermano, mayorazgo Del solar de mis abuelos, Llegará al punto: una posta Que se adelantó, me ha hecho Relacion de que ahora queda Muy cerca de aquí.

Eugenia.

Por cierto Que pensé que habia venido, Segun tu encarecimiento, Algun plenipotenciario Con la paz del universo.

D. Alon.

(Llamando.) Mari-Nuño.

ESCENA XIII.

MARI-NUÑO; despues BRÍGIDA y OTÁÑEZ.—Dichos.

Mari-Nu.

¿Qué me mandas?

D. Alon.

Aderécese al momento Aquese cuarto de abajo, Y esté aliñado y compuesto.— Tú, ¡Brígida!... (Llamando.) (Sale Brígida.)Saca ropa De la excusada.

Brígida.

Ya tengo Un azafate, que pueden Beber su holanda los vientos.

(Vanse Mari-Nuño y Brígida.)

D. Alon.

(Llamando.) ¡Otáñez! (Sale Otáñez.)

Otáñez.

Señor...

D. Alon.

Buscad Algo de regalo presto, Para que coma en llegando. (Vase Otáñez.) Y á las dos, hijas, os ruego Le agasajeis mucho. Ved Que es vuestra cabeza; y creo Que será la más dichosa La que le tenga por dueño, Pues será escudera suya La otra. (Ap. Así inclinar pretendo A Eugenia.)

Eugenia.

Yo desa dicha Pocas esperanzas tengo, Que Clara es mayor.

Clara.

¿Qué importa, Si es más tu merecimiento?

Eugenia.

¿Falsedad conmigo, Clara?

D. Alon.

Ya en el portal hay estruendo. Oid.

ESCENA XIV.

DON TORIBIO, OTÁÑEZ.—DON ALONSO y SUS HIJAS.

D. Torib.

(Dentro.) ¿Vive aquí un señor tio Que yo en esta corte tengo, Con dos hijas, por más señas Con quien á casarme vengo, De dos la una, como apuesta?

Otáñez.

(Dentro.) Esta es la casa.

D. Alon.

Yo creo Que es él sin duda. Llegad Conmigo al recibimiento.

(Pasan los tres desde la sala al recibimiento, que está en el fondo del teatro.)

D. Torib.

(Dentro.) ¿Y está acá?

Otáñez.

(Dentro.)En casa está.

D. Torib.

(Dentro.)Pues Ten ese estribo, Lorenzo.

(Don Alonso va á encontrarse con Don Toribio; Eugenia y Clara miran por la puerta hácia afuera.)

Eugenia.

¡Jesus! ¡qué rara figura!

Clara.

Tú tienes razon por cierto.

Eugenia.

¡Ay, que consintió mi hermana En murmuracion!

(Vuelve Don Alonso con Don Toribio, vestido de camino ridículamente.)

D. Alon.

Contento, Sobrino y señor, de ver Que haya concedido el cielo Esta ventura á mi casa, Salgo alegre á conoceros Por mayor pariente della.

D. Torib.

Pues bien poco haceis en eso; Que en el valle de Toranzos, Desde tamañito, tengo El ser cabeza mayor Adonde quiera que llego.

D. Alon.

Llegad: ved que vuestras primas Desean mucho conoceros, Y han salido á recibiros.

D. Torib.

Razonables primas tengo.

Clara.

Vos seais muy bien venido.

D. Torib.

Tanto favor agradezco.

D. Alon.

¿Cómo venís?

D. Torib.

Muy cansado; Que traigo un macho, os prometo, De tan mal asiento, que Me ha hecho á mí de mal asiento.

(Pasan del recibimiento á la sala.)

D. Alon.

Miéntras de comer os dan. Sentaos.

D. Torib.

¿No será más bueno El trocarlo, y que me den De comer miéntras me siento? Pero por no ser porfiado, (Siéntase.) Que os senteis los tres os ruego; Que yo de cualquier manera Estoy bien.

Clara.

(Ap.)¡Lindo despejo!

Eugenia.

(Ap. á Clara.) ¿Esta es mi cabeza?

Clara.

Sí.

Eugenia.

En aqueste instante creo, Cierto, que soy loca, pues Tan mala cabeza tengo.

D. Torib.

Finalmente, primas mias, Como digo de mi cuento, Parece que sois hermosas, Ahora que caigo en ello; Y tanto, que ya me pesa Que seais á la par tan bellos Ángeles.

Las dos.

¿Por qué?

D. Torib.

Porque... Mas explíqueme un ejemplo Escriben los naturales Que puesto un borrico en medio De dos piensos de cebada, Se deja morir primero Que haga del uno eleccion, Por más que los mire hambriento: Yo así en medio de las dos, Que sois mis mejores piensos, No sabiendo á cuál llegue ántes, Me quedaré de hambre muerto.

D. Alon.

¡Oh sencillez de mi patria, Cuánto de hallarte me huelgo!

Clara.

¡Buen concepto y cortesano!

Eugenia.

(Ap.) De borrico es, por lo ménos.

D. Torib.

Mas remedio hay para todo. ¿No ha de traerse, á lo que entiendo, Tio, una dispensacion, Por razon del parentesco, Para la una?

D. Alon.

Claro está.

D. Torib.

Pues traigan dos, que yo quiero Dar el dinero doblado; Y desa suerte, en teniendo Para cada una la suya, Casaré con ambas. Pero ¡Ah sí! que se me olvidaba. ¿Cómo estais, saber deseo, Vos y mis señoras primas?

D. Alon.

Muy alegre y muy contento De ver mi casa y mis hijas, Y á vos, para que seais dueño Del fruto de mis trabajos.

D. Torib.

Eso y mucho más merezco. Si vierais mi ejecutoria, Primas mias, os prometo Que se os quitaran mil canas. ¡Vestida de terciopelo Carmesí, y allí pintados Mis padres y mis abuelos, Como unos santicos de Horas!... En las alforjas la tengo. Esperad, iré por ella, Para que veais que no os miento.

ESCENA XV.

MARI-NUÑO.—Dichos.

Mari-Nu.

La comida está en la mesa.

(Espántase Don Toribio de ver á Mari-Nuño.)

D. Torib.

¡Ay, señor tio! ¿qué es esto? ¿Trajisteis este animal De las Indias? que no creo Que es hombre ni mujer, y habla.

D. Alon.

Es dueña.

D. Torib.

¿Y es mansa?

Mari-Nu.

(Ap. á Eugenia.)Ingenio Cerril tiene el primo.

Eugenia.

No es, Sino tonto por extremo.

D. Alon.

Cómo queda vuestro padre Y su casa, saber quiero.

D. Torib.

No me haga mal hijodalgo De comedias, si me acuerdo.

Mari-Nu.

La mesa está puesta.

D. Torib.

¿Y dónde Teneis la mesa?

Mari-Nu.

Allá dentro.

D. Torib.

No sé si lo crea.

Mari-Nu.

¿Por qué?

D. Torib.

Porque la instruccion que tengo Es, que no me crea de dueñas. Pero yo lo veré presto. Perdonadme, que no soy Amigo de cumplimientos. (Vase.)

ESCENA XVI.

DON ALONSO, CLARA, EUGENIA, MARI-NUÑO.

Clara.

(Ap.) ¡Lindo primo, por mi vida!

Mari-Nu.

(Ap.) Él no es galan; pero es puerco.

Eugenia.

(Ap.) Las guardas de peste ¿cómo Entrar le dejaron dentro?

D. Alon.

¿De qué estais tristes las dos?

Las dos.

Yo de nada.

D. Alon.

Ya os entiendo. ¡Os habrá el estilo y traje Desagradado! Pues esto Es lo más y lo mejor Que tiene: vereis cuán presto Le mejoran corte y trato. Los más vienen así, y luégo Son los más agudos. Mas Explicaros cuán contento Y alegre estoy, no es posible, De ver que vuelva á mis nietos La casa de mis mayores. Don Toribio ¡vive el cielo! Se ha de casar con la una, Sin pensar la otra por eso Que no ha de casar con otro Como él; porque no quiero Que lo que á mí me ha costado Tanta fatiga y anhelos, Me malbarate un mocito Que gaste en medias de pelo Más que vale un mayorazgo. Si viera por un sombrero De castor dar veinte ó treinta Reales de á ocho yo á mi yerno Sacados de mi sudor, Perdiera mi entendimiento; Y así no hay que hablar, sino Persuadiros desde luego Que este y otro como este Han de ser esposos vuestros. (Vase.)

Clara.

Primero pierda la vida.

Eugenia.

La vida no; mas primero Me quedaré sin casar, Que es más encarecimiento.

JORNADA SEGUNDA.

Sala en casa de Don Félix.

ESCENA PRIMERA.

DON FÉLIX, DON JUAN, HERNANDO.

D. Félix.

¿Cómo habeis, Don Juan, pasado La noche?

D. Juan.

¿Cómo pudiera, Don Félix, en vuestra casa, Sino muy bien, puesto que ella De mi tristeza no tiene La culpa?

D. Félix.

Pues ¿qué tristeza Es la que ahora os aflige?

D. Juan.

No sé cómo os la encarezca. Desde el instante que ví Esa divina belleza Que áun en mi memoria vive A pesar de tanta ausencia, Todas aquellas cenizas, Que entre olvidadas pavesas Aun no juzgué que eran humo. Llama han sido: de manera Que conocí que han estado En ocioso fuego envueltas, Tibias, pero no apagadas; Calladas, pero no muertas. No volví á verla ayer tarde, Porque no volvió á la reja; Y así, hoy con la esperanza De que siendo hoy dia de fiesta No dejará de salir, He madrugado por verla. A la puerta de la calle Voy á esperar que amanezca Segundo sol para mí. Vos haced, por vida vuestra, Puesto que no importa el caso, Que nada Don Pedro entienda. (Vase.)

D. Félix.

¿Habrá hombre tan necio como El que hallar memorias piensa En una mujer, al cabo De tantos años de ausencia?

Hernan.

Déjale que con su engaño Viva.

D. Félix.

Un cortesano, que era, Decia, el engaño la cosa Que más y que ménos cuesta. Veamos estotro doliente En qué estado está, ya que esta Casa, de locos de amor Se ha vuelto convalecencia.

ESCENA II.

DON PEDRO.—DON FÉLIX, HERNANDO.

D. Félix.

¿Qué hay, Don Pedro? Buenos dias.

D. Ped.

Fuerza será que lo sean, Recibiéndolos de vos Y en vuestra casa, por vuestra, Y por la dicha de estar Mis esperanzas tan cerca. No crêreis cuánto gozoso Y ufano estoy de que sea Vuestra vecina esta dama; Pues con eso, cosa es cierta Que para verla, Don Félix, Dos mil ocasiones tenga; Y por no perder ninguna Voy á esperarla á la puerta, Pues sin duda que hoy á misa Habrá de salir por fuerza.

D. Félix.

En ella Don Juan aguarda.

D. Ped.

Así se hará la deshecha Mejor, paseándonos todos. Vos, aunque llevaros quiera A otra parte, no vais; pero De suerte que nada entienda. (Vanse.)

Calle.

ESCENA III.

DON FÉLIX y DON PEDRO, encontrándose con DON JUAN.

D. Félix.

¿Qué haceis, Don Juan?

D. Juan.

Esperaros Para saber á qué iglesia Quereis que vamos á misa. (Ap. á él. De aquí no hagamos ausencia.)

D. Ped.

Lo mismo le decia yo. Vamos adonde os parezca.— No os vais, Don Félix, de aquí. (Ap. á él.)

D. Félix.

(Ap. Desta suerte fácil fuera Servir un hombre á dos amos, Mandando una cosa mesma.) Vuesarcedes, caballeros Muy enamorados, ¿piensan Que no hay más que irse y llevarme Cada cual á su querencia? Pues no ¡vive Dios! que hoy Se han de estar donde yo quiera; Que quiero yo enamorar Tambien un dia en conversa. Y así, hasta que mis vecinas Salgan y vamos tras ellas, Para ver la que me toca Festejar (pues cosa es cierta Que yo la que quiero más, Es la que tengo más cerca), No se ha de ir de aquí ninguno.

D. Ped.

Por mí sea norabuena.

D. Juan.

Por mí tambien.

D. Ped.

(Ap. á Don Félix.) ¡Lindamente Habeis hecho la deshecha Con Don Juan!

D. Juan.

(Ap. á Don Félix.) ¡Bien con Don Pedro Desmentido habeis mis penas!

D. Félix.

(Ap.) Más lo hago por saber Si es que es la dama una mesma. Y si es la que de las dos... Mas no prosiga mi lengua; Que es tarde para que á mí Beldad alguna me venza.

D. Juan.

Pues ya que quereis, Don Félix, Que os asistamos, no sea Tan de balde, que no os cueste El pagarnos una deuda Que nos debeis.

D. Ped.

Es verdad, Y es famosa ocasion esta, Pues sólo para hacer hora Son las relaciones buenas.

D. Félix.

Yo me huelgo, pues así Hablaré un rato siquiera, Sin que á la mano me vayan Con amor, celos y ausencia. —Con el general contento, Madrid, digno á su fineza, A su lealtad y su amor, Oyó las felices nuevas De las bodas de su rey; Y más cuando supo que era La divina Marïana...

D. Juan.

Tened, que dejar es fuerza Otra vez la relacion Para otra ocasion suspensa.

D. Félix.

¿Por qué?

D. Juan.

Porque sale gente.

D. Félix.

¿Cuánto va que se me queda La relacion en el cuerpo, Y vienen otros á hacerla?

D. Ped.

Un criado es el que sale, Que á su amo sin duda espera.

D. Juan.

Bien podeis ya proseguir.

D. Félix.

Digo que en gozosa muestra Del alegría de todos... —Pues todos juntos quisieran Significar los afectos En regocijos y fiestas; Y aunque, como vos dijisteis, Caminan con su pereza Las dichas, y no es el gusto Correo á toda diligencia; Con todo eso...—llegó el dia De saberse que en Vïena El Rey desposado estaba, Remitiéndole que ejerza Sus poderes Ferdinando, Rey de Hungría y de Bohemia: Ferdinando, ínclito jóven, En quien la sacra diadema De rey de romanos, presto Hará la eleccion herencia. El pues, no del poder sólo Usó, mas de la fineza: Con que sirviendo á su hermana, Hizo de la corte ausencia. Dejemos en el camino Las dos majestades (que esta No es la accion que á mi me toca, Ya que vos con la agudeza De vuestro ingenio dijisteis El aparato y grandeza), Y vamos á que Madrid, Desvelada, fiel y atenta Al servicio de sus reyes, Que es de lo que más se precia, En tanto que prevenia La usada lid de sus fiestas, Convidó lo más ilustre De la española nobleza, Para una máscara; haciendo (Fuese acaso ó diligencia) A propósito de bodas Ceremoniosa la fiesta; Porque si á la antigüedad Revolveis humanas letras, Hallaréis cómo en las nupcias Aun ménos ilustres que estas, Con antorchas en las manos Corrian tropas diversas A quien llamaban preludios, Invocando la suprema Deidad del sacro Himeneo, A cuyas aras las teas Sacrificaban, cantando Epitalamios, en prendas De que á aquellos casamientos Favorable á asistir venga. Y así de la antigüedad Tomando Madrid aquella Parte festiva, y dejando La gentílica depuesta, Usó el regocijo sólo, Mejorando ilustre y cuerda El rito, pues que fué dando Al cielo gracias inmensas De sus dichas, cuyas voces Váriamente lisonjeras, Fueron el epitalamio Que España cantó contenta, En música, que es confusa, Más dulce, si no más diestra. En toda mi vida ví Tan hermosa tropa bella, Como la máscara junta, Cuando al compas de trompetas, Clarines y chirimías Empezaron á moverla Los dos polos que de España Y de Alemania sustentan La política, bien como Dando generosas muestras De que Alemania y España Por todo el tiempo interesan, Una en que tal prenda da, Y otra en que admite tal prenda. Bien quisiera yo pintarlos; Pero aunque más lo pretenda, No es posible, si no es Que la retórica quiera En sus figuras prestarme El uso de sus licencias, Cometiendo una que llaman Tropo de prosopopeya, Que es cuando lo no posible Bajo objeto de la idea, O callando se imagina, O hablando se representa. Porque si no es que finjais Allá en la fantasía vuestra Bajar de púrpura un monte, Arder de plata una selva, Y de selva y monte luégo Formais un monstruo, que á fuerza De nuevo metamorfósis Todo en fuego se convierta, No podreis imaginar Cómo aquel peñasco era De luz y nácar y plata, En cuya abrasada selva Fueron las plumas las flores, Y las hachas las estrellas. Tan iguales todos juntos Y cada uno, que no hubiera Pareja que poder darles, Si ellos mismos no se hubieran Antes convenido á ser Ellos mismos sus parejas. Cuando del un puesto al otro Corrian las tropas, eran Disueltas exhalaciones Y dilatados cometas. Tan hermosa fué la noche, Que el dia entre pardas nieblas Sucedió por muchos dias La faz de nubes cubierta, Llorando lo que llovía, O de envidia ó de vergüenza. Hasta que desempeñada Vió su luz con la belleza Del dia, que vió la plaza Para los toros dispuesta. Porque aunque su hermoso circo Siempre ha sido heroica afrenta De cuantos anfiteatros Roma en ruina nos acuerda, Nunca con más causa, pues Nunca se vió su grandeza, A fuer de dama, ni más Despejada ni más bella Ser, que cuando vió que á tropas Ocupaban la palestra De los lucidos criados Las adornadas catervas, Que como á triunfo trajeron Los grandes héroes, que en ella La suerte han hecho precisa; Porque ya el acaso deja De ser acaso, pues ya No viene á ser sino fuerza El que ha sacado al acierto Del nombre de contingencia. A ninguno he de nombraros, Y es justo; que no quisiera Que habiendo ya tantas plumas Pintado á sus excelencias, Los desluciesen ahora Cortedades de mi lengua. Solo os diré que no hubo Bruto que armada la testa, La piel manchada, arrugado El ceño, hendida la huella, Dilatado el cuello, el pecho Corto, la cerviz inhiesta, De una vez escriba osados Caracteres en la arena, Como quien dice: «Esta es O vuestra huesa ó mi huesa,» Que no fuese triunfo fácil Del primor y la destreza, Del que más hidalgo bruto Soberbio con la obediencia, Dócil con la lozanía, Sus amenazas desprecia Al tacto del acicate, O al aviso de la rienda; Pues ya el asta y ya la espada, En ambas acciones diestra, Airosamente mezclaban La hermosura y la fiereza. Feliz acabó la tarde, Quedando Madrid contenta Con ella y con la esperanza De que su deidad se acerca; Y así, sólo en prevenciones Desde entónces se desvela, Porque siendo, como es, La corte el centro y la esfera Que ha de merecer lograrla Más suya, desaire fuera, Habiendo de paso tantas Ciudades héchola fiestas, Exceder ella en las dichas, Y las otras en finezas: Y más estando á su aplauso Las naciones extranjeras, O de envidiosas pendientes, O de curiosas atentas. Y así, la prolijidad De las horas de la ausencia Gastó sólo en disponer Aparatos que ahora es fuerza Que yo remita á mejor Pluma que nos los refiera. Diciendo ahora solamente Que la señora condesa De Medellin, de Cardona Ilustre familia excelsa, A Denia fué á recibirla Como mayor camarera, Adonde esperó hasta el dia De la deseada nueva De que ya su Majestad (Que Dios guarde) estaba en Denia. Aquí el señor Almirante A darla la enhorabuena De parte del Rey salió; Y aunque salió á la ligera Fué con aquel lucimiento Digno á ser quien es; que fuera En su excelencia muy tibia La disculpa de la priesa. De deudos, criados y amigos Fué el séquito de manera, Que á no hacer particular Eleccion, pienso que fuera Dejar sin gente á Castilla; Que de un almirante della, ¿Quien de ser deudo, ó amigo, O criado se reserva? ¡Oh felice casa, adonde Entre todas tus grandezas, El afecto es patrimonio, Y lo bien visto es herencia! En este intermedio pues Hizo Madrid diligencias Más afectivas en órden A que todo se prevenga Con majestad y aparato, Para la entrada á la Reina, Asistida dignamente Del que tio la festeja, Del que esposo la merece, Del que amante la celebra, Poniendo á sus piés dos mundos; Pues como cuarto planeta, Cuanto ilumina, la postra, Cuanto dora, la sujeta, Coronándola tres veces, Esposa, sobrina y reina. Con que hasta el felice dia Que nuestros ojos la vean Entrar triunfante en su corte, Mi relacion se suspenda, Divertida en la esperanza De que generosa venga A ser fin de nuestras ánsias, Término de nuestras penas, Logro de nuestros deseos, Y á par de las dichas nuestras, Con felice sucesion Nos viva edades eternas.

D. Juan.

La relacion con el tiempo Se ha medido de manera, Que acabarla y salir gente, Ha sido una cosa mesma.

D. Ped.

Sí, mas no la que esperamos.

D. Félix.

No, porque es el padre dellas.

D. Juan.

No le conocí hasta ahora, (Ap. Que en mi tiempo estaba fuera.)

D. Ped.

Nunca hasta ahora le ví, (Ap. Que yo siempre amé en su ausencia.)

D. Juan.

¿Quién es el que con él viene?

Hernan.

Yo podré dar esa cuenta. Es un sobrino asturiano, Con quien el padre desea Casar una de las dos.

D. Juan.

(Ap.) Quiera el cielo que no sea La novia la que yo adoro.

D. Ped.

(Ap.) Plegue á Dios que no sea Eugenia.

ESCENA IV.

DON ALONSO; DON TORIBIO, vestido de negro, ridículo.—DON FÉLIX, DON JUAN, DON PEDRO, HERNANDO.

D. Félix.

Pasêmonos.

D. Torib.

Como digo, ¿Qué hacen, tio, á nuestra puerta Estos mocitos?

D. Alon.

¿No están En la calle? ¿Qué os altera?

D. Torib.

¡En la calle de mis primas, Sin más ni más, se pasean!

D. Alon.

Pues ¿por qué no?

D. Torib.

Porque no Me ha de haber paseante en ella Ni piante, ni mamante; Y más estos de melena, Que Filenos de golilla De candil, y bigotera, Andan cerrados de sienes Y trasparentes de piernas.

D. Alon.

¿Qué habemos de hacer, si son Vecinos?

D. Torib.

Que no lo sean.

D. Alon.

¿Cómo, si tienen aquí Sus casas?

D. Torib.

Que no las tengan.

D. Félix.

Fuerza es hablarle. Yo llego, Pues buena ocasion es esta. Dadme, señor Don Alonso, Aunque de paso, licencia Para besaros la mano Y daros la enhorabuena De haber al barrio venido; Que aunque excusarlo debiera Hasta estar en vuestra casa Y visitaros en ella, El alborozo de ver Que tan buen vecino tenga, Dilatar no me permite Que á su servicio me ofrezca.

D. Ped.

Todos lo mismo decimos.

D. Torib.

(Ap.) ¡Qué ceremonia tan necia!

D. Alon.

Guárdeos Dios por la merced Que me haceis; que si supiera La dicha de mereceros Tantos favores, hubiera Cumplido mi obligacion, Visitándôs en la vuestra. Conoced á mi sobrino, Que quiero que desde hoy sea Vuestro servidor.

D. Torib.

(Ap. á Don Alonso.) ¿Yo habia De ser alhaja tan puerca?

D. Alon.

Esta es accion cortesana.

D. Torib.

Más me huele á corte-enferma.

D. Alon.

Llegad, Don Toribio: ved Que estos señores esperan Conoceros. (Llega Don Toribio.)

D. Juan.

En nosotros Tendreis á vuestra obediencia Hoy amigos y criados.

D. Torib.

Guárdeos Dios por la fineza.

D. Félix.

¿Venís con salud?

D. Torib.

Al cielo Gracias, ni mala ni buena, Sino así así, entreverada, Como lonja de la pierna.

D. Alon.

Más despacio besaré Vuestras manos: dad licencia...

D. Félix.

Vos la teneis.

D. Alon.

Don Toribio, Venid.

D. Torib.

(Ap. á Don Alonso.) ¿Aquí te los dejas?

D. Alon.

¿Qué he de hacer?

D. Torib.

Yo lo sé.

D. Alon.

¿A dónde Vas?

D. Torib.

A dar á casa vuelta.

D. Alon.

¿A qué?

D. Torib.

A decir á mis primas Que en todo hoy no salgan fuera.

D. Alon.

¿Han de quedarse sin misa?

D. Torib.

¿Qué dificultad es esa? Mi ejecutoria les basta Para ser cristianas viejas.

D. Alon.

¡Jesus, y qué disparate! Venid, venid: no lo entiendan Esos hidalgos.

D. Torib.

Par Dios, Que si por mi voto fuera, No habian de salir de casa, Quisieran ó no quisieran.

(Vanse Don Alonso y Don Toribio.)

D. Félix.

No sé cómo fué posible...

D. Juan.

¿Qué?

D. Félix.

Que la risa detenga, Viendo al primo.

D. Ped.

¡Qué figura Tan rara!

D. Juan.

Extraña presencia De novio.

ESCENA V.

CLARA y EUGENIA, con mantos; OTÁÑEZ delante, y BRÍGIDA y MARI-NUÑO, detras.—DON FÉLIX, DON JUAN, DON PEDRO, HERNANDO.

Hernan.

Ya las dos salen.

D. Félix.

Desde aquí podremos verlas, Como acaso.

Clara.

Échate el manto, Que hay gente en la calle, Eugenia.

Eugenia.

¿Qué he hecho yo para no andar Con la cara descubierta?

Otáñez.

¡Tomad! ¡Luego la faltara A la hermanica respuesta!

Mari-Nu.

Callad, que no os toca á vos Hablar en estas materias.

Brígida.

Ni á vos en estas ni esotras, Y hablais en esotras y estas.

D. Félix.

Pasemos ahora al descuido.

D. Juan.

(Ap.) ¡Oh, permita amor que en ella Al verme, estén sus memorias, Ya que no vivas, no muertas!

D. Ped.

(Ap.) ¡Oh, plegue á Dios que se obligue De ver que he venido á verla!

Clara.

Advierte que llega gente.

Eugenia.

Y bien, la gente que llega, ¿Qué se lleva por llevarse Hácia allá esta reverencia?

(Saluda Eugenia. Trae un lienzo en la mano.)

(Ap. Mas ¡cielos! ¿Qué es lo que miro? Don Juan es. Ya de su ausencia Debió de cesar la causa; Y no es mi duda sola esta, Sino estar con él Don Pedro. Aquesta es la vez primera Que ha sido por ignorancia Amiga la competencia.)

D. Félix.

(Ap. á él.) ¿Cuál es de las dos, Don Juan, La que tanto amor os cuesta?

D. Juan.

(Ap. á Don Félix. La del pañuelo en la mano. No volvais tan presto á verla: No advierta que de ella hablamos. Y porque tampoco advierta Don Pedro mi turbacion...)— Voy á esperar á la iglesia. (Alto.) (Ap. á Don Félix. Quedáos vos con él.)

D. Félix.

Sí haré.—(Vase Don Juan.) Don Pedro, ¿cuál es de aquellas?

D. Ped.

La que, en la mano un pañuelo, Descubierta va, es Eugenia. No volvais tan presto: no Conozca que hablamos della. Quedáos, que porque no dé Mi amor á Don Juan sospecha, Tras él voy. (Vase.)

D. Félix.

(Ap.)Ya sé, á lo ménos, Que la dama es una mesma.

Clara.

Sin pañuelo me he venido, El tuyo, hermana, me presta; Que ir tapada me congoja. (Destápase.)

Eugenia.

A mí el venir descubierta, Pues por si fué encuentro acaso, Que me hayan visto me pesa.

(Tápase y da el pañuelo á Clara.)

D. Félix.

(Ap.) Ya puedo ver, pues que tengo Nombre, seña y contraseña, Cuál es la dama que adoran.

Clara.

No á mirar el rostro vuelvas.

Eugenia.

¡Jesus, y qué condicion! Lástima es que no seas suegra, Segun te pudres de todo.

(Vanse las damas, Otáñez, Brígida y Mari-Nuño.)

ESCENA VI.

DON FÉLIX, HERNANDO.

D. Félix.

¡Oh cuánto he sentido verla! Que aunque estoy con el cuidado De que aquesta competencia, El dia que se declare, Ha de parar en pendencia; Siendo la dama una misma, Ya para mí se acrecienta Ver que de las dos ha sido, Aunque entrambas son tan bellas, La que me lo pareció Más, cuando la vez primera Ví á las dos en la ventana. Pero esto ahora no es de esencia, Que yo acabaré conmigo Que mi honor á mi amor venza, Sino acudir á estorbar Que á desengañarse vengan, En tanto que yo á la mira Discurro de qué manera Entre dos amigos que hacen De mí confianza, deba Prevenir el lance, haciendo A su estorbo diligencia. (Vase.)

ESCENA VII.

DON TORIBIO y DON ALONSO.

D. Alon.

¿A qué volveis aquí?

D. Torib.

¿A qué He de volver ¡pese á mí! Sino á escombrarlos, si aquí Están los que aquí dejé?

D. Alon.

Pues ¿qué os va en eso?

D. Torib.

¿Qué más Quereis que á un hidalgo vaya, Que ver que holgazanes haya Adonde hay primas?

D. Alon.

Jamás Tan necia locura ví. En Madrid ¿quién reparó Si hay gente en la calle?

D. Torib.

Yo.

D. Alon.

Y vos ¿por qué?

D. Torib.

Porque sí.

D. Alon.

Aun bien que se han ausentado, Y ya nadie aquí se ve.

D. Torib.

Acertáronlo, porqué Venía determinado.

D. Alon.

Pues ¿qué era vuestra intencion?

D. Torib.

Sólo ver si la anchicorta, Como en caperuzas, corta En sombreros de castron.

D. Alon.

Vos ¿qué teneis que temer Para llegar á ese extremo?

D. Torib.

Mucho tengo y nada temo; Que desde que llegué á ver De mis primas los dos cielos, Si verdad digo, señor, Tengo á Eugenia tanto amor, Que áun los hombres me dan celos.

D. Alon.

Aunque esas cosas me dan Enfados, he agradecido Que os entreis á ser marido Por las puertas de galan. Pero ha de ser con cordura; Que celos no ha de tener Un hombre de su mujer.

D. Torib.

Pues ¿de cuál? ¿de la del cura?

D. Alon.

Dejad delirios, por Dios, Y baste saber de mí, Si es Eugenia la que aquí Os agrada de las dos, Que Eugenia vuestra será... (Ap. Que es lo que yo deseaba.)

D. Torib.

Con eso el rencor se acaba, Que el verlos aquí me da A nuestra calle volver En tanta conversacion.

D. Alon.

Pues yo la dispensacion Haré al instante traer. Venid ahora, que quiero Ganar las albricias yo De ser la que prefirió Vuestro amor.

D. Torib.

Oid primero. La dispensacion, señor, ¿De Roma no ha de venir?

D. Alon.

Por ella á Roma se ha de ir.

D. Torib.

Pues siendo así, ¿no es mejor Abreviarlo de otro modo?

D. Alon.

¿Qué modo?

D. Torib.

Uno que yo sé.

D. Alon.

¿Qué es?

D. Torib.

Desposarnos, y que Vamos á Roma por todo. (Vanse.)

ESCENA VIII.

DON FÉLIX, DON JUAN.

D. Félix.

Yo estimo la confianza.

D. Juan.

Pues habiendo reparado Que al verme el color mudado, Hizo su rostro mudanza, Que no la hizo, sospecho, Su amor, y que está constante, Porque es el rostro volante Del reloj que anda en el pecho. Y así, pues que sólo ha sido Mi dicha el haber llegado Donde de vos amparado Sea amor tan bien nacido; Lo que habeis de hacer por mí (Puesto que entablada ya La amistad del padre está), Es proseguir desde aquí De suerte, que con entrar Vos en su casa, me dé Ocasion amor en que Pueda escribir, ver y hablar.

D. Félix.

(Ap.) ¡En buen empeño de amor Estoy! pues en lance igual, Si á un amigo soy leal, Soy á otro amigo traidor.

D. Juan.

¿No me respondeis?

D. Félix.

No sé Qué os diga, Don Juan, pues no Soy hombre tan bajo yo, Que ocasion procuraré Con nadie para engañarle.

D. Juan.

¿Cuál es amigo mayor?

ESCENA IX.

DON PEDRO.—DON FÉLIX, DON JUAN.

D. Ped.

Don Félix, si de mi amor...

D. Félix.

(Ap. Que prosiga he de estorbarle.) A buen tiempo habeis venido, Y luégo proseguireis Lo que decirme quereis; Que quiero que prevenido De una porfía en que estamos, Seais juez. (Ap. Así, vive Dios, Tengo de hablar con los dos.)

D. Ped.

El argumento esperamos.

D. Félix.

Si un grande amigo os pidiera Que trabaseis amistad Con hombre de calidad, Para que fuese tercera En su casa de su amor, ¿Hiciéraislo vos?

D. Ped.

Yo sí.

D. Félix.

Yo no.

D. Ped.

¿Por qué?

D. Félix.

Porque en mí Fuera escrúpulo traidor; Pues el dia que llegara De traicion á otro que fuera Mi amigo, preciso era Lo lograra ó no lograra. Si no lo lograra, ¿en qué A mi amigo le servía? Y si lo lograra, hacía Una gran ruindad, porqué El que engañado de mí, Se daba ya por mi amigo, Ya lo era, y yo su enemigo: Es cierto; pues siendo así, ¿Cómo es posible que yo Sea enemigo del que ya Por mi amigo se me da? Luego si en no serlo no Es nada lo que consigo, Y en serlo consigo ser Su amigo, ¿cómo he de hacer Yo traicion al que es mi amigo?

D. Ped.

Siendo esa vuestra opinion, Ya no tengo que os decir. (Vase.)

D. Juan.

Yo tampoco, y habré de ir A buscar otra ocasion. (Vase.)

ESCENA X.

DON FÉLIX.

D. Félix.

¿Habrá desdicha mayor? ¿Que no me baste el no amar, Para saberme librar De impertinencias de amor? ¿Qué haré entre uno y otro amigo, Que cada uno en su esperanza Hace de mí confianza? Pues nada enmendar consigo, Viendo tan cerca á los dos De la dama, ¿qué podré De mi parte hacer? No sé Que haya medio, vive Dios, Si ya no es que á ver alcance Que las damas solas son Las que en cualquier ocasion Hacen bueno ó malo el lance. Mas ¿cómo podré atrevido Hablar en materia tal A una mujer principal, Ni darme por entendido? Cara á cara he de saber Si á los dos quiso ó no quiso; Pero hasta dar el aviso, Un papel lo podrá hacer; Que á su opinion no se atreve Quien por salvar su opinion, La advierte de una ocasion. Ahora falta quien le lleve... Pero ¿ha de faltarme modo, Sin que lo llegue á fiar De otro, de poderle dar? Ahora bien, salir á todo Me toca, haciendo testigos Los cielos, que aventurar Yo un empeño, es por sacar De otro empeño á dos amigos. (Vase.)

Sala en casa de Don Alonso.

ESCENA XI.

EUGENIA, CLARA, BRÍGIDA, MARI-NUÑO.

Clara.

Ten, Mari-Nuño, este manto. ¡Oh quién en casa tuviera Capellan, para no ir fuera, Y más á concurso tanto!

Eugenia.

Mucho me holgara venir Ahora de buen humor, Para poder con mejor Título que tú, decir: ¡Quién la parroquia tuviera Diez leguas, para tener Más que andar y más que ver!

Mari-Nu.

Aténgome á la primera.

Brígida.

Yo á la segunda.

Mari-Nu.

¿Por qué?

Brígida.

Porque no he visto en mi vida Escrupulosa aturdida, Que al primer lance no dé De ojos. (Vanse Mari-Nuño y Brígida.)

ESCENA XII.

DON ALONSO; DON TORIBIO, que se queda á la puerta.—CLARA, EUGENIA.

D. Alon.

En tu cuarto espera, Que yo la llegaré á hablar.

D. Torib.

Sí haré. (Ap. Desde aquí escuchar Lo que responde quisiera.) (Quédase al paño.)

D. Alon.

(Ap. Saber que á Eugenia eligió Ha sido ventura extraña: Llévesela á la montaña, Porque lo ménos que yo En la corte he menester, Es una hija discreta, Retórica ni poeta, Y no de mal parecer.) Eugenia, yo vengo á hablarte; No tienes, Clara, que irte; Que albricias he de pedirte (A Eugenia.) Del pésame que he de darte. (A Clara.)

Eugenia.

¿Albricias á mí, señor?

Clara.

¿Pésame, señor, á mí?

D. Alon.

Pésame y albricias, sí.

Las dos.

¿De qué?

D. Alon.

Efectos son de amor. Don Toribio, enamorado, Me ha dicho cuánto desea Que Eugenia su mujer sea;— Y aunque ponerte en estado A tí, por ser la mayor, (A Clara.) Primera obligacion era, Él elige de manera, Que del gozo y del dolor, Pésame tuyo á ser pasa.— Hoy tu parabien, por ver (A Eugenia.) Que pierdes, y ganas, ser (A las dos.) La cabeza de tu casa.

Clara.

Aunque pérdida es penosa, Yo estimo que el bien posea Eugenia, para que sea Mi hermana la venturosa, Feriando el pesar á precio Del parabien que la doy. Gócesle mil años. (Ap. Hoy Sólo hizo gusto el desprecio.) (Vase.)

ESCENA XIII.

DON ALONSO, EUGENIA; DON TORIBIO, oculto.

D. Torib.

(Ap. al paño.) ¡Qué triste va de perderme La escudera de su hermana! Veamos ella qué ufana Responde de merecerme.

Eugenia.

(Ap.) Esto solo me faltaba Que añadir (confusa estoy) A las novedades de hoy.

D. Alon.

¿Qué me respondes? Acaba De dudar.

Eugenia.

Que agradecida Una y mil veces, señor, Rindo por tanto favor A tu obediencia mi vida. Que aunque no me toca á mí Elegir, pues no he de hacer Nunca más que obedecer, Haré mal, si viendo en tí Gusto, en mi primo amor fiel, No respondo agradecida... (Ap. ¡Mal haya mi alma y mi vida, Si me casare con él!)

D. Alon.

No en vano esperaba yo De tu mucho entendimiento, Eugenia, ese rendimiento.

D. Torib.

(Ap.) Yo tambien.

D. Alon.

Él esperó En su cuarto, y ganar quiero Con él las gracias tambien. (Vase.)

D. Torib.

(Ap.) Que á mí las gracias me den, Será más razon.

Eugenia.

Hoy muero, Pues tras mis penas, he sido Objeto de un ignorante.

ESCENA XIV.

DON TORIBIO, que sale de donde estaba.—EUGENIA.

D. Torib.

(Ap. ¡Que airoso sale un amante, Cuando está favorecido!) Sea muy enhorabuena El ser, prima, tan dichosa, Que merezcais ser mi esposa.

Eugenia.

(Ap.) ¡Esto faltaba á mi pena!

(Vuelve la espalda.)

D. Torib.

¿Por qué adorándome...

Eugenia.

(Ap.)¡Ay Dios!

D. Torib.

Me desadorais?

Eugenia.

Porqué, Si ántes con mi padre hablé, Ahora he de hablar con vos. Señor Don Toribio, yo, Por no responder aquí Resuelta á mi padre, di Una palabra, que no He de cumplir, si supiera Perder mil veces, rendida A sus enojos, la vida. Y siendo desta manera Que no he de casar con vos, De la eleccion desistid Que habeis hecho, y advertid Que estamos solos los dos: Y si de lo que aquí os digo, Algo á mi padre decís, He de decir que mentís.

D. Torib.

¿Cómo se habla eso conmigo, Escudera de mi casa, Ingrata, desconocida, Falsa, aleve y fementida?

Eugenia.

No deis voces; que esto pasa Entre los dos, y no es, no, Para que salga de aquí.

D. Torib.

¿Vos no sois mi prima?

Eugenia.

Sí.

D. Torib.

¿No soy vuestro esposo?

Eugenia.

No.

D. Torib.

Decidme, ¿no soy galan?

Eugenia.

No lo dudo.

D. Torib.

¿Y entendido?

Eugenia.

¿Pues no?

D. Torib.

¿Hidalgo?

Eugenia.

Cierto ha sido.

D. Torib.

¿Airoso?

Eugenia.

Mucho.

D. Torib.

¿Y amante?

Eugenia.

Tambien.

D. Torib.

Pues de mis cuidados ¿En qué estriban los desvelos?

Eugenia.

Preguntádselo á los cielos, A los astros y á los hados, Que no inclinan mi albedrío.

D. Torib.

Pues en algo está el busílis.

Eugenia.

En que vos no teneis fílis Para ser esposo mio. (Vase.)

ESCENA XV.

DON TORIBIO.

D. Torib.

¿Cómo que fílis no tengo? ¿Tal á un hombre se le dice, Que tiene un solar con más De tantísimos de fílis, Que no hay otra cosa en él, Por do quiera que se mire, Sino fílis como borra? Que aunque yo qué es no adivine, Bien lo puedo asegurar; Pues siendo algo que sea insigne, Es preciso que no deje De estar allá entre mis timbres. ¡A mí, que fílis no tengo! ¿Esto los cielos permiten? ¿Esto consienten los hados? Prima, ved lo que dijisteis: Más fílis tengo que vos.

ESCENA XVI.

DON ALONSO.—DON TORIBIO.

D. Alon.

¿Adónde, sobrino, os fuisteis, Cuando os busco para daros Mil norabuenas felices De que vuestra prima ya, Agradecida y humilde, Sabiendo vuestra eleccion, No hay cosa que más estime?

D. Torib.

Mi prima (si es que es mi prima) Es una mujer terrible, Con todos sus aderezos De sirena, áspid y esfinge. Aquí me ha dicho una cosa, Que no pudiera decirse A un barquillero asturiano De los de quite y desquite.

D. Alon.

¿A vos?

D. Torib.

En toda esta cara.

D. Alon.

Fuerza será que me admire. ¿Qué fué?

D. Torib.

Que fílis no tengo.— Y para que se averigüe Si los hombres como yo Tienen ó no tienen fílis, Por no obligarme á retarla En extranjeros países, Haced que me compren luego Cuantos fílis sean vendibles, Y cuesten lo que costaren.

D. Alon.

Esa es locura terrible.

D. Torib.

¿Tan caros son? Pues no importa. Dónde se venden, decidme, O yo lo preguntaré; Que volver no se permite A su vista, hasta volver Todo cargado de fílis. (Vase.)

D. Alon.

¿Hay delirio semejante? Sobrino, escuchad, oidme.

ESCENA XVII.

CLARA, EUGENIA.—DON ALONSO.

Clara.

¿Qué es esto? ¿Con quién das voces?

Eugenia.

¿Con quién te enojas y riñes?

D. Alon.

Contigo, ingrata.

Eugenia.

¿Conmigo, El dia que más humilde Sólo trato obedecerte?

D. Alon.

Ven acá: ¿qué le dijiste A tu primo, que enojado, No hay quien con él se averigüe?

Eugenia.

¡Yo á mi primo! En todo hoy Ni le hablé ni ví.

D. Alon.

¿Qué dices?

Eugenia.

Lo que es cierto.

D. Alon.

¡Vive Dios, Si disimulada finges, Y es verdad que le has hablado Bachilleramente libre, Que te he de hacer!...—Tras él voy, Por si puedo reducirle A que no ande preguntando Adónde se venden fílis. (Vase.)

ESCENA XVIII.

CLARA, EUGENIA.

Eugenia.

Yo á mi primo, ¿qué pudiera, Que fuese ofensa, decirle?

Clara.

No te disculpes conmigo, Pues sé, aunque no llegué á oirte, Que perderás tu remedio, Sólo por decir un chiste.

Eugenia.

Aunque eso de mi remedio Con falsedad me lo dices, Lo oigo yo como lisonja, Viendo que hasta un tonto, un simple, Aun el alma que no tiene, A mi vanidad la rinde.

Clara.

¿Qué quieres decirme en eso? ¿Que nadie hay que á mí se incline, Neciamente imaginando Que á méritos me compites? Pues no es sino que no hay nadie Que sin respeto me mire, Porque sé yo hacer que todos De otra manera me estimen Que á tí, siendo solamente Lo que á las dos nos distingue, El verte á tí no sé cómo, Pero á mí como á imposible.

Eugenia.

¡Ay! que no es eso.

Clara.

Pues ¿qué?

Eugenia.

Obligarásme á decirte Lo que á mi primo.

Clara.

¿Qué es?

Eugenia.

Que Tampoco tú tienes fílis. (Vase.)

Clara.

No lo dirás, porque yo A responder no me obligue, Que cuando... Pero ¡qué miro! ¿Quién hay que esta cuadra pise, Para estorbar el que lleguen Mis enojos á sus fines?

ESCENA XIX.

DON FÉLIX.—CLARA.

Clara.

¿A quién buscais, caballero?

D. Félix.

(Ap. ¡Ay amistad! pues que vine A hacer por tí una fineza, A una infamia no me inclines; Pues ví hermosura, á quien mal Mi libertad se resiste.) Viendo á vuestro primo ir fuera, A quien vuestro padre sigue, Me atreví á llegar á hablaros.

Clara.

¿A mí?

D. Félix.

A vos.

Clara.

Hombre, ¡qué dices! ¿A mí hablarme?

D. Félix.

Sí, señora, Porque sé que en esto os sirve Mi deseo, y no os ofende.

Clara.

(Ap.) ¡Plegue á Dios, que no me obligue Una necia á que me huelgue De que!... Pero no es posible.

ESCENA XX.

EUGENIA, al paño.—CLARA, DON FÉLIX.

Eugenia.

(Ap.) ¿Con quién hablará mi hermana? Desde aquí es bien que lo mire.

Clara.

¿A mí (dejadme dudarlo Mil veces), (Ap. Mal reprimirme Puedo.) me buscais?

D. Félix.

A vos.

Clara.

Pues ántes que oseis decirme...

Eugenia.

(Ap.) ¡Oh si fuera algo de aquello De posible y de imposible!

Clara.

Quién sois y qué me quereis, Que os vais es bien que os suplique, Sin decirlo; que á mí nada Hay que á buscarme os obligue.

D. Félix.

Sin decíroslo, me iré, Si en eso mi pecho os sirve; Mas no sin que lo sepais; Que en este papel se escribe, Para que con esto llegue A saberse, sin decirse.

Eugenia.

(Ap.) ¡Oh si tomara el papel, Porque hubiera qué decirle!

D. Félix.

Tomad, y adios.

Clara.

¡Yo papel!

D. Félix.

Y porque á verle os anime, Solo os diré que el honor Vuestro en leerle consiste, Y que Don Pedro y Don Juan No arriesguen y precipiten, No digo su vida, que ese Es peligro muy humilde, Sino vuestro honor, que fuera Pérdida más infelice.

Eugenia.

(Ap.) Si toma el papel, soy muerta.

Clara.

Hombre, mira lo que dices. Ni á tí, á Don Juan, ni á Don Pedro Conozco yo.

Eugenia.

(Ap.)¡Ay de mí triste! Que todo esto sobre mí Viene, si el papel recibe. Mas por engaño la habla.

Clara.

(Ap. ¿Que sola una vez que quise Yo no ser yo, no he podido?) ¿Qué aguardas pues para irte?

D. Félix.

Aunque tan desentendido Vuestro decoro porfíe, Y agradecer no pretenda La fineza de que os dije Mi empeño y el de los dos; Ya que lo que debo hice A amigo y á caballero, Me iré. Adios.

Clara.

No os vais, oidme. (Ap. Sin duda que aquí hay engaño, Y así, es bien que le averigüe.) ¿Con quién presumís que hablais, Porque la fineza estime?

D. Félix.

¿No sois Doña Eugenia?

Clara.

Sí.

Eugenia.

(Ap.) ¿Hay mujer más infelice?

Clara.

Dad ahora el papel, y adios.

Eugenia.

(Ap. Que le deje es bien que evite, Barajando el lance.) (Sale.) Hermana...

Clara.

¿Qué tienes? ¿De qué te afliges?

Eugenia.

Mi padre y mi primo vienen, Y porque tú no peligres, Vengo á avisarte; que yo Ya tú ves cuánto estoy libre. Mira lo que hemos de hacer.

D. Félix.

(Ap.) ¿Quién vió empeño tan terrible?

Clara.

¿Qué se ha de hacer, sino que entren Y que todo se averigüe, Para que no quedes vana Tú de que por mí lo hiciste? ¡Padre! ¡Señor! ¡Primo! ¡Otáñez!

Eugenia.

(Ap.) Si fuera cierto el venite, Muy buen lance hubiera echado.

Clara.

¿No hay nadie que pueda oirme?

ESCENA XXI.

DON ALONSO, y luego DON TORIBIO, BRÍGIDA, MARI-NUÑO y OTÁÑEZ.—Dichos.

D. Alon.

(Dentro.) Voces da Clara.

Eugenia.

(Ap.)¡Ay de mí! Que ya es verdad lo que dije Por fingimiento.

Clara.

Llegad Todos.

Eugenia.

No á voces publiques Que está aquí este hombre.

Clara.

Sí quiero.

D. Félix.

Aquí es bien que me retire, Por asegurar la espalda.

(Escóndese Don Félix, y salen Don Alonso, Don Toribio, Brígida, Mari-Nuño y Otáñez.)

Todos.

¿Qué es esto?

Clara.

Que un hombre...

Eugenia.

(Ap.)¡Ay triste!

Clara.

Dentro está de nuestra casa: Yo desde aquesos jardines Le he visto en el corredor Del desvan: por un tabique Saltó. Subid allá todos: Quedarse no solicite A robarnos esta noche.

D. Alon.

Aquesos serán sus fines.

Mari-Nu.

En casa de indiano, ¿quién Duda que eso solicite?

D. Torib.

Nadie primero que yo El primer escalon pise; Que á mí me toca el asalto, Si fuese el desvan Mastrique. Vea mi prima que tengo Pujanza, ya que no fílis. (Vase.)

D. Alon.

Contigo voy. (Vase.)

Clara.

Subid vos, Otáñez.

Otáñez.

Ya á los dos siguen Los filos de la tizona. Conmigo van dos mil Cides. (Vase.)

Clara.

Vosotras, desde allá dentro, Ved que entrar no solicite Por otra parte á esconderse.

Mari-Nu.

Un árgos seré. (Vase.)

Brígida.

Yo un lince. (Vase.)

ESCENA XXII.

CLARA, EUGENIA; DON FÉLIX, oculto.

Clara.

Todas tus bachillerías Mira de lo que te sirven, Que al primer lance te pasmas, Y al primer susto te rindes.

(Llega adonde se escondió Don Félix.)

Ya tienes franca la puerta, Hombre: ya bien puedes irte.

(Sale Don Félix.)

Déjame el papel, y adios.

D. Félix.

Él os guarde: y pues difícil No es lo que os advierto, ved Lo que importa. (Dale el papel.)

Eugenia.

(Ap.)¡Ay de mí triste! ¿Que no pudiese estorbarlo?

D. Félix.

(Ap. yéndose.) Amor, no me precipites, Que aunque ingenio y hermosura Todo en ella se compite, Es dama de mis amigos, Y adorarla es imposible. (Vase.)

Clara.

(A voces.) ¡Señor! ya el hombre á otra casa Pasado ha; no solicites Buscarle.

ESCENA XXIII.

DON ALONSO, DON TORIBIO.—CLARA, EUGENIA.

D. Alon.

Forzoso era, Pues no fué hallarle posible.

D. Torib.

Nigromántica es su dicha, Pues me le ha hecho invisible.

Clara.

Digo que pasó á otra casa, Que yo le ví sano y libre.

D. Alon.

Con todo eso, á verla toda Vamos. (Vase.)

D. Torib.

Y ahora, ¿qué dices? ¿Tengo ó no fílis?

Eugenia.

No sé, Que ahora no estoy para fílis.

(Vase Don Toribio.)

Clara.

Esto, necia, presumida, He hecho, para que mires Que tener valor y ingenio, Es tenerle y no decirle: Y véte de aquí, que quiero Ver lo que el papel me dice.

Eugenia.

(Ap.) No sosegaré (¡Ay de mí!) Hasta ver lo que la escribe. (Vase.)

ESCENA XXIV.

CLARA.

Clara.

De aquí la envié, porque Si este hombre este engaño finge Para escribirme á mí, ella No lo entienda, ni imagine. (Lee.) No se atreve á vuestro honor, Quien por vuestro honor se atreve A presumir que os obliga Con lo mismo que os ofende. Y así, en esta confianza De pensar que errando acierte, Lo que hay que culparme vaya Par lo que hay que agradecerme. Don Juan, más enamorado Que fué de vos, de vos vuelve, Y Don Pedro os sigue, más Fino cuanto más ausente. Que dejen de declararse, No es posible, ni que dejen De remitir al acero La competencia, de suerte Que á dar escándalo pase; Y pues podeis fácilmente Remediarlo con mandar A Don Pedro que se ausente, O á Don Juan que se retire, Quedando vos dueño siempre Del desden y del favor, Quitad el inconveniente; Que á mí el aviso me toca, Procediendo desta suerte Con vos, conmigo y con ellos, Caballero, amigo y huésped. ¡Válgame Dios! ¡Qué de cosas Tan várias, tan diferentes, En un punto me combaten, Y en un instante me vencen! En lo que dice y no dice, Es muy cierto que me ofende Este papel: es verdad, Que si aqueste papel viene A Eugenia, cuando pensaba Que papel para mí fuese, Solicitando aquel medio Que me ha obligado á leerle, He sentido que no sea Su intento aquel, sino este. ¿Cómo puedo yo decirlo, Si no es ya que en mí reviente No sé qué callada mina Que amor en el alma enciende? ¿Amor dije? Pues no siento, Sino haber tan neciamente Persuadídome que á mí Me buscase: y es de suerte La vanidad de una dama Persuadida á que la quieren, Que aunque la ofenda el amor, Más el engaño la ofende: Y más cuando está á la mira Una necia, una imprudente, Una loca...

ESCENA XXV.

EUGENIA.—CLARA.

Eugenia.

(Ap., quedándose al paño.) Esta soy yo.

Clara.

De tan várias altiveces, Que presume que ella sola Todo cuanto mira vence. ¡Oh envidia, oh envidia! ¡Cuánto Daño has hecho á las mujeres! Pues por vengarme de Eugenia, Diera... (Sale Eugenia.)

Eugenia.

¿En qué Eugenia te ofende, Para pensar á tus solas El cómo della te vengues?

Clara.

Ese papel te lo diga. Que acaso á mis manos viene Por las tuyas.

Eugenia.

Ya lo sé.

Clara.

Pues si lo sabes, y tienes Tan á riesgo tu opinion, Que estriba sólo en que lleguen A declararse dos hombres; Mira si es justo que piense Cómo he de vengar, ingrata, Falsa, atrevida y aleve, La ocasion en que...

Eugenia.

Oye, aguarda, Que para que consideres Tanta amenazada ruina Cuán fácil remedio tiene, Me huelgo de haber venido A esta ocasion. (Llega á una ventana.)

Clara.

¿Pues qué emprendes?

Eugenia.

(Llamando) ¡Señor Don Pedro!

Clara.

¿Qué haces?

Eugenia.

Hablar un instante breve A un caballero, que está En la calle.

Clara.

¿A eso te atreves?

Eugenia.

Sí, que en su cuarto mi padre Está ya con su accidente De la gota, que hoy le ha dado, Y Don Toribio no puede Ver desde el suyo esta reja; Y así he de satisfacerte.— ¡Señor Don Pedro!

ESCENA XXVI.

DON PEDRO, á la reja.—Dichas.

D. Ped.

Bien fué Menester oir dos veces Mi nombre, para que alguna Creyera que dél se acuerde Vuestra memoria; que un triste No crê su bien fácilmente.

Eugenia.

No prosigais, que esta reja Es de otras tan diferente, Cuanto hay de no serlo á ser Ahora de las paredes De mi padre; y si allí pudo La seguridad hacerme Usar de algunas licencias, Mi honor prisionera tiene Su libertad ya, y tan otra Habeis de ver que procede, Cuanto hay de que otros me guarden A guardarme yo. Así, hacedme Merced de volveros luego Donde otra vez no os encuentre Ni en mi calle ni en mi reja, Suplicándôs que prudente Deis de mano á una esperanza Que no hay sobre qué se asiente.

D. Ped.

Oid.

Eugenia.

Perdonad, que no puedo.

D. Ped.

Cuando por veros...

Eugenia.

Hareisme Ser, sobre ingrata, grosera.

D. Ped.

¿Vos?

Eugenia.

Sí.

D. Ped.

¿Cómo?

Eugenia.

Desta suerte.

(Cierra la ventana.)

Clara.

Y al otro ¿qué has de decirle?

Eugenia.

Haz cuenta que si le viere, Le diré lo mismo al otro, Clara; porque las mujeres Como yo, puestas en salvo, Si se esparcen y divierten, Es para aquesto no más; Que amor bachiller no tiene Más fondo que sólo el ruido. Aquel emblema lo acuerde Del perdido caminante, A quien de noche acontece Que avisado del estruendo Con que del monte desciende Pequeño arroyo, le asusta, Le perturba y estremece; Y huyendo dél, da en el rio: Porque á todos les parece Que es manso cristal aquel Que áun las guijas no le sienten Y en su agua perecen. Pues Que no tiene riesgo advierte La ruidosa, porque el riesgo El agua mansa le tiene: Y así, fué del agua mansa Lo mejor guardarse siempre. (Vase.)

ESCENA XXVII.

CLARA.

Clara.

¡Qué escucho, cielos! ¡qué escucho! «Que no tiene riesgo advierte La ruidosa, porque el riesgo El agua mansa le tiene: Y así, fué del agua mansa Lo mejor guardarse siempre.» Sin duda (¡ay de mí!) que oyó Cuanto dije, ó lo parece, Segun el concepto habla De lo que mi pecho siente. Pues ya que el acaso hizo, En las respuestas que ofrece, Lo que el cuidado debiera; Ya que por ella me tiene El caballero que trajo El papel, lograr intente La ocasion, que con su nombre Amor á mi amor ofrece; Porque con más verdad pueda Decir que riesgo no tiene La ruidosa, porque el riesgo El agua mansa le tiene: Y así, fué del agua mansa Lo mejor guardarse siempre.

JORNADA TERCERA.

ESCENA PRIMERA.

CLARA, MARI-NUÑO.

Clara.

Esto pasa, y sólo á tí Lo dijera.

Mari-Nu.

Ya tú tienes Experiencia de lo mucho Que fiar de mí amor puedes. Pero deja que me admire De oir que á tal extremo lleguen Los despejos de tu hermana.

Clara.

Dos caballeros pretenden Su favor, y á mí me toca Que el escándalo remedie, Ya que llegó á mi noticia; Y así es fuerza hablar á este Que me dió el aviso. Y para Hacer que el daño se enmiende, Tú has de darle un papel mio En su nombre, porque llegue, Ignorando que soy yo, A hablarme más claramente Esta noche, y... Pero luego Proseguiré; que parece Que anda gente ahí fuera: mira Quién es. (Vase Mari-Nuño.) Bien de aquesta suerte Con la verdad se ha engañado Mari-Nuño, que ha de hacerme Lugar para conseguir Hablarle de noche y verle, Ya que mi pena...

ESCENA II.

DON TORIBIO, que quiere entrar, y MARI-NUÑO lo impide.—CLARA.

Mari-Nu.

Esperad, Que no es bien que nadie éntre, Sin avisar, á este cuarto.

D. Torib.

Dos veces para mí eres Dueña hoy.

Mari-Nu.

¿De qué manera Se entiende eso de dos veces?

D. Torib.

Una en la que estorbas, y otra En lo que un cuarto defiendes.

Mari-Nu.

¿Será justo, si no están Decentes, que á verlas lleguen?

D. Torib.

¿Pues cómo pueden no estar Siempre mis primas decentes?

Clara.

¿Qué es eso?

D. Torib.

Que esa estantigua A mí el paso me defiende.

Clara.

Hace muy bien, porque aquí, Sin mi padre, nadie puede Entrar.

D. Torib.

Sí puede, y ya sé De qué ese ceño procede, Y así no quiero enojarme, Porque sé tambien que tienen Licencia las desvalidas De llorar amargamente.

Clara.

Yo confieso que lo estoy; Y pues la dichosa en este Cuarto no está, no teneis Qué hacer en él: brevemente Dél os id, ó yo me iré, Porque de mí no se piense Que me vengo en estorbaros, Cuando hay más en que me vengue.

D. Torib.

Eso es poco y mal hablado.

Clara.

Ven, Mari-Nuño. (Ap. Que tienes Que hacer por mí esta fineza.)

Mari-Nu.

Tuya soy y seré siempre. (Llaman.) Pero aguárdate, veré Quién llama.

(Vanse Clara y Mari-Nuño.)

ESCENA III.

DON TORIBIO.

D. Torib.

¡Cielos, valedme! Que este remoquete, sobre Aquella sospecha fuerte, Que áspid del pecho, á bocados Todo el corazon me muerde, Es, ahora que caigo en ello, Un bellaco remoquete. Cuando buscamos la casa, Ví... Lengua mia, detente: No lo digas, sin que ántes Te haya dicho yo que mientes. Ví que detras de la cama De Eugenia ¡oh malicia aleve!... Estaba detras...

ESCENA IV.

MARI-NUÑO, saliendo apresurada.—DON TORIBIO.

Mari-Nu.

Señora, Albricias, que este billete Con coche y balcon...

D. Torib.

Mujer, En lo que dices advierte; Que balcon, billete y coche, Sobre dueña, me parece Es traer todo el yerro armado.

Mari-Nu.

(Ap. Mal encuentro fuera este, Si importara.) Mi señora...

D. Torib.

(Ap.) Memoria, no me atormentes.

Mari-Nu.

¿Aquí no estaba?

D. Torib.

Aquí estaba Un poco ántes que se fuese.

Mari-Nu.

A buscar á entrambas voy Con este papel.

D. Torib.

Detente, Que ántes he de verle yo Que ellas.

Mari-Nu.

¿Qué llama verle? Que aunque no importara nada, No le he de dar, por no hacerle Tan dueño de casa ya.

D. Torib.

¿Qué va...

Mari-Nu.

¿Qué?

D. Torib.

Que de un puñete Te abollo sesos y toca?

Mari-Nu.

¿Qué va que no es mayor que este?

(Dale una puñada.)

D. Torib.

Los dientes debieron de irse, Pues he perdido los dientes.

Mari-Nu.

(A voces.) ¡Ay, que me matan! ¡Señores, Acudan á socorrerme!

D. Torib.

Sólo me faltaba ahora Ser ella la que se queje.

Mari-Nu.

¡Que me matan!

ESCENA V.

EUGENIA, CLARA, DON ALONSO, BRÍGIDA.—DON TORIBIO, MARI-NUÑO.

D. Alon.

¿Qué es aquesto?

Clara.

¿Qué ha sucedido? ¿Qué tienes?

Mari-Nu.

Don Toribio, mi señor, Colérico é impaciente, Porque no le quise dar Aqueste papel, que viene Para las dos, puso en mí Las manos.

Las dos.

¡Jesus mil veces!

D. Alon.

Por cierto, señor sobrino, Vuestro enojo, sea el que fuere, Es muy sobrado. ¡A criada De mis hijas desta suerte Se ha de tratar!

D. Torib.

Vive Dios, Que soy yo...

D. Alon.

No hableis.

D. Torib.

Quien tiene De qué quejarse...

D. Alon.

Ya basta. Dadme vos, dadme el billete; Que quiero ver la ocasion Que tuvo para ofenderse.

Eugenia.

(Ap.) ¡Ay de mí, si fuese acaso De alguno de los ausentes!

Clara.

(Ap. á Eugenia.) Quiera el cielo que no sea Que algo de tus cosas cuente.

D. Alon.

(Lee.) Sobrinas mias, yo tengo balcon en que esta tarde veais la entrada de la Reina nuestra señora: el coche va por vosotras; que no dudo que mi primo... Ahora de nuevo vuelvo A enojarme y ofenderme De que escrúpulo haya habido En vuestro juicio. En aqueste, Doña Violante, mi prima, Hijas, os dice que quiere Que con ella vais adonde Veais la entrada excelente De la Reina, cuya vida El cielo por siglos cuente.— Tomad, lêdle vos; vereis Cuán necio, cuán imprudente Habeis pensado otra cosa; Que no quiero que se ausenten, Hasta que vos le leais.

D. Torib.

Mostrad. (Toma el papel.) Dice desta suerte: (Lee.) Sobrinas mias, yo tengo Balcon... Tio, finalmente, ¿Hasta que yo lea, no han de ir?

D. Alon.

No.

D. Torib.

Pues muy bien me parece; Que no irán de aquí á dos años.

D. Alon.

¿Por qué?

D. Torib.

Porque no sé lêrle, Y esos habré menester Para aprenderlo.

D. Alon.

¿Que llegue A tanto vuestra ignorancia?

D. Torib.

¿Pues qué defecto es aqueste? Como desos lêr no saben, Y lo saben todo. Esténse, Hasta que lo aprenda, en casa, Y entónces irán.

D. Alon.

Mal pueden, Si hoy es la entrada.

D. Torib.

¿Habrá más De que la entrada se quede, Hasta que yo sepa lêr?

D. Alon.

Hijas, aquesto sucede Una vez en una edad: Verlo es justo. Brevemente Os poned los mantos, y id, (Vase Brígida.) O pésele ó no le pese A Don Toribio; que yo, A causa de mi accidente, No saldré de casa, y basta Que vuestra voz me lo cuente, Cuando volvais.

Clara.

A tu gusto Humilde estoy y obediente.

Eugenia.

Si me das licencia á mí, Contigo es bien que me quede.

D. Alon.

No, hija, ambas habeis de ir.

(Vuelve Brígida.)

Brígida.

Aquí ya los mantos tienen.

Clara.

Pónme, Mari-Nuño, el mio. (Ap. á ella. Toma, y lo que digo advierte.)

(Dala un papel, y habla bajo con ella.)

Eugenia.

(Ap.) Sola esta vez salgo triste, Porque alguno no me encuentre Destos dos necios amantes.

Clara.

(Ap.) Sola esta vez salgo alegre, Por si en las fiestas, por dicha, A este caballero viese.

Mari-Nu.

(Ap. á Clara.) Ve segura, y fía de mí.

D. Torib.

(Ap.) Aunque desairado quede, Me huelgo, que quedo en casa, Éntre la Reina ó no éntre, Por si puedo averiguar A mis solas esta fuerte Sospecha, que en vivos celos Amor en el alma enciende. (Vanse.)

Sala en casa de Don Félix.

ESCENA VI.

DON FÉLIX, HERNANDO.

Hernan.

¿Sin ver la fiesta te vienes, Señor, hasta casa?

D. Félix.

Sí, Que no hay fiesta para mí Donde no hay gusto.

Hernan.

¿Qué tienes, Que estás tan triste, señor?

D. Félix.

¿Qué más tu lengua quisiera De que yo te lo dijera?

Hernan.

Ya me has dicho que es amor, Con sólo eso.

D. Félix.

¿Por qué?

Hernan.

Porque obligarte á callar, Sólo puede ser estar Enamorado.

D. Félix.

No sé Cómo te diga que sí, Y que una rara belleza Es causa de mi tristeza: Tan imposible, que ví En el primero deseo El primero inconveniente.

Hernan.

¿Cómo?

D. Félix.

A quien Don Juan ausente Ama, y á Don Pedro veo Venir siguiendo, es la dama Que mi libertad robó; Y aunque siempre he de estar yo De la parte de mi fama, Aun no estriba mi cuidado En esta especie de celos, Sino que de sus desvelos Uno y otro me han fiado El secreto; de manera, Que obligado á embarazar Su empeño estoy, y á callar.

ESCENA VII.

MARI-NUÑO, en la calle.—DON FÉLIX, HERNANDO.

Mari-Nu.

(Llamando por una reja.) Señor Don Félix.

D. Félix.

Espera. ¿A quién han llamado?

Mari-Nu.

A vos.

D. Félix.

¿Pues qué es lo que me mandais?

Mari-Nu.

Doña Eugenia, que leais Aqueste papel, y adios.

(Arrójale un papel y vase.)

D. Félix.

(Lee.) Agradecida al aviso que me disteis, he empezado ya á obedeceros; y para ejecutarlo mejor, me importa hablaros. Venid esta noche, que yo os estaré aguardando. El cielo os guarde. ¿Quién vió confusion más fiera, Puesto que ni ir ni dejar De ir puedo ya excusar?

ESCENA VIII.

DON JUAN.—DON FÉLIX, HERNANDO.

D. Juan.

(Ap. al salir.) ¡Cielos! ¿qué haré?

Hernan.

(Ap. á su amo.)Considera Que viene Don Juan aquí.

D. Félix.

¿Si vió arrojar el papel?

Hernan.

No.

D. Juan.

(Ap.) ¡Qué sospecha tan cruel!

D. Félix.

Don Juan, pues ¿qué haceis aquí? ¿No sois de fiestas?

D. Juan.

No sé Lo que os diga...

D. Félix.

(Ap.)¡Muerto quedo!

D. Juan.

Que ni hablar ni callar puedo.

D. Félix.

¿Callar ni hablar?

D. Juan.

Sí.

D. Félix.

¿Por qué?

D. Juan.

Porque os ofendo en hablar, Y en callar me ofendo á mí: Con que es preciso que aquí No pueda hablar ni callar.

D. Félix.

No os entiendo.

D. Juan.

Yo tampoco; Mas si entenderme quereis, Como licencia me deis (Propia dádiva de un loco), Diré el dolor que me aqueja.

D. Félix.

Sí doy. (Ap. ¡Empeño cruel!)

D. Juan.

Pues enseñadme un papel Que os dieron por esta reja.

D. Félix.

Sólo eso en el mundo hubiera, Siendo quien somos los dos, Que yo no hiciera por vos; Y no haciéndolo, quisiera Que el crédito de mi fe Os debiese crêr de mí Que soy vuestro amigo.

D. Juan.

Así Lo creo; mas ¿no podré (Viendo que habeis excusado, Con pretexto de otro honor, Ser tercero de mi amor, Y que habiéndome llamado Eugenia en el coche ahora, Muy enojada me diga Que ni la vea ni siga Mas), no podré (¿quién lo ignora?) Entrar en temor de que Vuestra excusa y su crueldad Nacen de otra novedad? Y más viendo que llegué A tiempo que daros ví Por esa reja un papel, Y que los secretos dél Tanto recatais de mí, Que turbado le escondais, Habiendo yo el nombre oido De Eugenia, y que ella ha sido La que os dice que leais.

D. Félix.

(Ap.) ¡Válgame el cielo! ¿Qué haré? Que el papel me llama á mí, Y si me disculpo aquí, A Don Pedro culparé.

D. Juan.

¿Qué me respondeis?

D. Félix.

Ya os tengo Respondido con saber Que soy, Don Juan, y he de ser Amigo, y callar prevengo.

D. Juan.

Confieso que sois mi amigo, Y que vuestro huésped soy; Pero el empeño en que estoy, Vos le sabeis: y así, os digo Sólo que me aconsejeis En este lance, por Dios. ¿Qué hicierais conmigo vos?

D. Félix.

Aunque contra mí teneis Alguna razon, si yo En el empeño me viera, Que erais mi amigo creyera, Y no os apurara.

D. Juan.

No Es tan fácil de tomar Como de dar un consejo, Y así de admitirle dejo, Volviéndôs á suplicar Que me enseñeis el papel.

D. Félix.

Si otra causa no tuviera Que la vuestra, yo lo hiciera.

D. Juan.

Pues ¿hay otra causa en él Más que ser suyo y venir A vuestra mano?

D. Félix.

Sí hay, Pues la causa que le tray Es la que no he de decir.

D. Juan.

¿No fiais de mí un secreto?

D. Félix.

Sí, mas no aqueste.

D. Juan.

Mirad Que puede nuestra amistad Dilatar en mí el efeto De verle, mas no excusalle.

D. Félix.

Pues mirad cómo ha de ser, Porque no le habeis de ver.

D. Juan.

Saliéndonos á la calle.

D. Félix.

Guiad donde quisiereis vos, Que á guardarle estoy dispuesto. (Vanse.)

Calle.

ESCENA IX.

DON PEDRO, que se encuentra con DON FÉLIX, DON JUAN y HERNANDO, al salir de la casa.

D. Ped.

¡Don Juan, Don Félix! ¿qué es esto? ¿Dónde vais así los dos?

D. Félix.

Paseándonos vamos.

D. Ped.

No Es la deshecha bastante A desmentir el semblante; Y habiendo llegado yo A tiempo que ya empuñadas De ambos las espadas ví, No habeis de pasar de aquí.

D. Juan.

Prevenciones excusadas Son las vuestras, vive el cielo.

Hernan.

No son, que mi amo y Don Juan A reñir, Don Pedro, van.

D. Félix.

Calla, pícaro. (Vase Hernando.)

D. Ped.

¿Qué duelo Hay, que entre amigos lo sea Que no se pueda ajustar, Félix, ántes de llegar Al último trance? Vea Yo que haceis esto por mí, Y sepa la causa.

D. Félix.

Yo No he de decirla, que no Me está á mí bien.

D. Juan.

A mí sí, Que no quiero que se diga Que sobre la obligacion De huésped, es sinrazon La que á este trance me obliga. Y pues que sois caballero, Que nos dejaréis reñir, La ocasion he de decir...

D. Félix.

No direis; porque primero Yo...

D. Ped.

Tened.

D. Félix.

(Ap.)¡Oh quién pudiera Su discurso suspender!

D. Juan.

Que quiero con vos hacer Lo que con otro no hiciera. Yo, Don Pedro, he fiado De Don Félix que estoy enamorado De una dama; y habiéndome valido Dél, no sólo[3] ayudarme ha pretendido, Pero contra su honor, contra su fama, Sé que festeja aquesta misma dama. Ved si es justa mi queja, Pues dándole un papel por esta reja...

D. Ped.

(Ap.) ¡Qué es lo que escucho, cielos!

D. Juan.

Oí (que oyen mucho contra sí los celos) Que dijo la tercera Que el dueño suyo Doña Eugenia era. Su nombre dije, poco habrá importado El haberla nombrado, Siendo quien sois.

D. Félix.

(Ap.)Con nuevas penas lucho.

D. Ped.

Esperad, que no importa, sino mucho, Porque aquese desvelo Me toca á mí con ambos, ¡vive el cielo! Con vos, pues habeis sido De Eugenia amante, que es la que he seguido; Y con él, pues de vos á oir he llegado Que está Don Félix de ella enamorado: De suerte que en los dos vengar prevengo La razon que teneis y la que tengo.

D. Juan.

Si vos os declarais de Eugenia bella Amante, cuando yo muero por ella, Ya con vos es mayor empeño el mio, Pues ya son dos de quien mis penas fío, Y dos los que me ofenden.

D. Félix.

Dos son tambien los que agraviar pretenden Mi amistad, presumiendo Que, siendo yo quien soy, á ambos ofendo, Cuando en mi valor hallo Que al uno por el otro su amor callo, Y excusar el empeño solicito, Pasando la fineza á ser delito.

D. Juan.

¿Fineza es, cuando impío...

D. Ped.

Cuando ingrato...

D. Juan.

Con falsa fe...

D. Ped.

Con fementido trato...

Los dos.

Ofendeis mi amistad?

D. Félix.

Oidme primero, Pues á los dos satisfacer espero.

Notes in this chapter

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings