← Table of contents
Monja y casada, vírgen y mártir

LIBRO TERCERO. MONJA Y CASADA (continued 3)

Reading edition

Martin atravesó desde la sacristia, llevando en la mano la tablilla de los excomulgados y en la que estaba en grandes letras el nombre del virey, y la colocó en la puerta de la iglesia.

Entonces eran ya espantosos los gritos de la muchedumbre, y Martin, seguido de un gran número de gente, se lanzó á la plaza.

En aquellos momentos atravesaba por allí en su carroza el secretario Cristóbal de Osorio, que habia acompañado al Arzobispo en su destierro de órden de la Audiencia hasta el Santuario de Guadalupe.

Martin conoció á Osorio, y dirijiéndose á uno de los que iban á su lado:

—Mirad—les dijo—ahí va el secretario del hereje, excomulgado tambien por el señor Arzobispo.

Inmediatamente la turba se lanzó tirando piedras sobre la carroza de Osorio.

El cochero que la dirijía espantado avivó los caballos, y á toda carrera se entraron á palacio. No se detuvo allí el furor de la gente, sino que se arrojaron tambien sobre los que guardaban la puerta del mismo palacio y habian amparado y favorecido al secretario Osorio.

El tumulto creció, algunos pocos entraron en auxilio del palacio, y el virey ordenó que salieran algunos caballeros con alguna de las guardias para despejar la plaza.

No hicieron sino presentarse en la calle, y delante de la multitud, cuando ésta se volvió fieramente sobre ellos y les hizo huir, obligándoles otra vez á encerrarse.

Mas y mas crecia á cada momento el tumulto, y hacian fuego contra las ventanas y las puertas.

Entonces el virey mandó que desde una de las azoteas se tocase el clarin, que era la señal que se acostumbraba para llamar á la caballería á palacio en cualquier acto público. Al sonido del clarin sosegó por un momento la sedicion; los de afuera temiendo el auxilio que los de adentro esperaban con tanta necesidad como impaciencia. Pasó un rato, y nadie acudió al llamamiento, y entonces los sediciosos comprendieron que el virey en palacio no tenia esperanza alguna de auxilio.

Entonces cobraron nuevo brio, y entre los gritos de «muera el hereje» y «viva la fé cristiana» volvieron á arrojarse sobre palacio.

La bandera es casi una necesidad entre los soldados que combaten, y por eso sin duda uno de los que defendian á palacio sacó de la armería una de las flámulas que habian servido en el túmulo de Felipe III en las solemnes honras que se le hicieron en México, y la colocó en una ventana.

Un grito inmenso de los sitiadores acojió la presentacion de aquella bandera, pero poco despues rompiendo la multitud un grupo conduciendo una gran escalera, salió de la Catedral y llegó hasta el pié de los muros de palacio.

La escalera se colocó, y en medio de los aplausos y de los gritos de los sediciosos, Martin cubierto con una rodela y con una espada desnuda subió hasta arrancar aquella flámula.

En honor de la verdad deberemos confesar que los defensores de palacio no hicieron gran cosa para impedirlo.

Entre gritos de triunfo y llevando en la mano el trofeo de su victoria, Martin fué llevado en brazos de los mas entusiastas hasta dentro de la misma Catedral y recibió allí las felicitaciones de todo el clero, que no se atrevia á declararse militante, pero que desde el templo animaba y escitaba la insurreccion.

A cada momento llegaban á la plaza nuevos grupos de gente, capitaneados por clérigos á caballo, que llevaban un Crucifijo en una mano y una espada en la otra.

La gente comenzó á pedir á gritos la libertad de los tres Oidores presos por la revocacion de los autos dictados contra el Arzobispo, y éstos prometiendo al virey calmar la sedicion salieron de palacio por la puerta de la Acequia.

En medio de uno los grandes grupos que habia en la plaza, el Ahuizote subido sobre un poste, hablaba á la multitud: Luisa á su lado con su traje de hombre, le indicaba lo que debia de decir.

El Ahuizote vestia como Martin en aquella ocasion, una especie de traje clerical. El Ahuizote indicó al pueblo, que era preciso acudir á la inquisicion en busca del pendon de la fé, porque supuesto que la fé era lo que se defendia, su pendon era de todo punto necesario.

No hay cosa que acoja con mas exaltacion una muchedumbre irritada que un absurdo; por eso la idea del Ahuizote pareció soberbia á todos los que llegaron á oirla, y una gran parte de la gente que habia en la plaza se dirijió á la inquisicion atravesando por las calles de Santo Domingo.

Las turbulencias públicas preocupaban de tal manera á los inquisidores, que habian abandonado las causas de la fé, por estar en espectativa de lo que acontecia entre el virey y el Arzobispo, sin haber querido aparentemente protejer á ninguno de los dos.

Los sediciosos que venian de la plaza llegaron hasta las puertas de la inquisicion pidiendo á grandes voces que se les entregase el pendon de la fé, para ir contra la casa del hereje.

No era el Santo Oficio un tribunal capaz de dejarse acobardar por una sedicion; conocia su fuerza y su poder contra el que apenas se hubieran atrevido á luchar los reyes y los papas, y por toda contestacion mandaron los inquisidores que todo el mundo se retirase de allí, bajo la pena de excomunion y de doscientos azotes al que tardase en obedecer.

Todo el mundo calló y comenzaron á retirarse.

—Este es el momento—le dijo Luisa al Ahuizote—de poner en libertad á Don Melchor.

El Ahuizote se hizo eco de estas palabras, y la gente se dirigió al convento de Santo Domingo. Los religiosos espantados habian cerrado las puertas, pero el pueblo las hizo pedazos, y dirigido por Luisa y por el Ahuizote llegaron al aposento de Don Melchor Perez de Varais.

Don Melchor se arrojó en los brazos de Luisa, y todos los que le seguian entusiasmados por aquel abrazo que ellos tomaban por un rasgo de gratitud, del Corregidor de México hacia sus salvadores, le sentaron en un sillon; y como en triunfo, en medio de los gritos y aclamaciones, le condujeron hasta Catedral.

En el entretanto Garatuza no habia descansado tampoco. Conocia que aquel movimiento necesitaba una cabeza, y determinó comprometer á Don Pedro Vergara Gaviria á presentarse decididamente en la escena. Con este objeto se dirijió á su casa con otra gran parte de los sediciosos que habian quedado en la plaza.

Garatuza dejó á la gente en la calle, y subió hasta los aposentos del Oidor Gaviria que temblaba al escuchar los gritos, temia las consecuencias y se espantaba de su misma obra.

—Que el cielo os guarde, Don Martin—dijo Vergara, viendo aparecer á Garatuza—¿qué venis á hacer por aquí?

—Hácese ya tan necesaria vuestra presencia en la plaza, contestó Garatuza—que de no acudir vos en auxilio nuestro, fácil será que otros acudan en el del virey, y que la gente que nada alcanza se retire dejando al de Gelves dueño del campo.

—¿Pero qué pretendeis?

—Que vengais á poneros á la cabeza de todo el movimiento, que intimeis al virey á quedar preso, y que reuniendo á la Audiencia os encargueis del gobierno de la Nueva España.

—¿Pero vos tratais de perderme? Sí, me perdeis sin duda; el Arzobispo ausente, preso Don Melchor Perez de Varais, todos los demas oidores tan pocos de ánimo que en nada me querrán auxiliar: ¿qué suponeis que pueda yo hacer?

—Señor—contestó Martin—si vos tomais decididamente un partido, muy pronto Don Melchor Perez de Varais estará libre y á vuestro lado; muy pronto su Señoría Ilustrísima habrá vuelto á México, y los oidores no vacilarán en hacer con vos causa comun, si comprenden que teneis la energía suficiente para resistir á la tempestad siquiera por seis horas.

—¡Don Pedro de Vergara!—¡que salga Don Pedro!—gritaba en la calle la impaciente muchedumbre.

—¿Lo oís señor?—¿lo oís?—decia Garatuza.—El pueblo os aclama, la ciudad os pide, ayudadla á salvarse.

—Pero si salimos mal........... si nada se consigue............

—¡Que venga Don Pedro!—seguia gritando la turba.

—Vamos señor, vamos, ya no es posible escusarse, vos nos habeis traido á este terreno, y vos mismo podeis comprender qué será de la ciudad si las cosas siguen, y falta una cabeza que dirija, un brazo que enfrene á esa multitud.

—Pero...

—Nada de obstáculos, todavía ahora es tiempo, quizá dentro de poco ya no lo será. Vamos.

Y Martin casi á fuerza sacó á Don Pedro de Gaviria de su casa.

—Me vais á perder, me vais á perder—repetia el Oidor en medio de las atronadoras esclamaciones con que fué recibida su presencia.

Don Pedro vacilante y pálido llegó hasta la puerta de palacio, allí se adelantó solo, llamó, le abrieron, penetró en el interior y la puerta volvió á cerrarse despues pesadamente.

Los sediciosos quedaron en espectativa del resultado que daria aquella conferencia del Oidor Don Pedro de Vergara Gaviria con el marqués de Gelves.

Se habian suspendido las hostilidades...........................

XVIII. Como siguió el gran tumulto de México.

DON Pedro de Vergara Gaviria subió las escaleras de palacio y en busca del virey, mas bien con el deseo de observar el número y el ánimo de los defensores, que con el de procurar el remedio del tumulto.

Con poca gente contaba el marqués de Gelves para la resistencia; sin prevencion alguna para un lance de aquella naturaleza, el parque para los arcabuces era escasísimo, y en lo que se llamaba armería no existian mas que algunas alabardas y picas rotas, y algunas ballestas y arcabuces completamente inútiles, de tal manera, que el virey no habia podido ni armar á la servidumbre de palacio.

El Oidor Vergara penetró hasta el aposento del virey.

El marqués de Gelves se paseaba pálido y sombrío en el salon de su despacho, sin hablar una palabra á nadie, y apretando de cuando en cuando los puños convulsivamente.

La situacion del marqués de Gelves no podia ser mas violenta ni mas comprometida. Satisfecho de la justicia de su causa; seguro de las torcidas intenciones de sus enemigos; dotado de un valor indomable y de una resolucion á toda prueba, se encontraba reducido á una cruel estremidad, que lo ponia en la disyuntiva de hacer una capitulacion vergonzosa con sus enemigos, ó sucumbir abrumado por las fuerzas de sus contrarios.

Consideraba el pequeño número de los defensores de palacio, y luego asomándose tras de una cortina contemplaba la inmensa muchedumbre que, semejante á un mar irritado, se agitaba llenando la plaza, y todas las calles de los alrededores hasta donde alcanzaba la vista.

De cuando en cuando, de aquella multitud, se levantaban gritos y rujidos atronadores como el estampido de un rayo, y en las ondulaciones de aquella inmensa masa humana, el brillo de las armas venia á penetrar por las ventanas de palacio.

El marqués de Gelves sentia entonces no el desaliento del cobarde que tiembla del peligro, sino la desesperacion del hombre de valor que se convence de su impotencia.

El Oidor Vergara se dirijió al virey casi temblando. Aquel hombre imponia á sus enemigos respeto aún en medio de su desgracia.

—¿Qué anda haciendo en medio de esta tempestad, el señor licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria?—dijo el virey tendiéndole la mano.

—Venia con el objeto de hablar con Su Excelencia para procurar un medio de calmar esta tempestad—contestó el Oidor,—y luego dijo dirijiéndose á Don Cesar de Villaclara y al secretario Cristóbal de Osorio, que conversaban en la misma pieza en el alfeizar de una ventana.—Dios guarde á vuestras mercedes.

Osorio y Villaclara le contestaron con una ligera inclinacion de cabeza.

—¿Qué me decia el señor Oidor?—preguntó el virey, ofreciendo un asiento á Don Pedro, y sentándose él á su lado.

—Señor—dijo el Oidor, sin saber verdaderamente por donde comenzar aquella conferencia—venia á ofrecerle á S. E. mis servicios para calmar esta sedicion.

—¿Creeis vos poder calmarla?

—Estoy casi seguro de conseguirlo.

—En tal caso, mal habeis hecho en no haberlo ya verificado; que ofensa es á Dios y á Su Majestad el permitir desacatos como los que ahora se cometen, pudiendo impedirlos, y tan culpable será quién los promueva, como el que pudiendo no los evite.

—Señor—tartamudeó el Oidor.

—Si vuestro ánimo es á lo que decis evitar ese escándalo, creo que debiérais apresuraros, que no será á mí á quién tal servicio presteis, sino á Su Majestad (que Dios guarde) con la calma y pacificacion de sus reinos.

—Entonces, si me dais permiso, saldré á procurar que todo el mundo se retire á su casa.

—Id, señor Oidor, que hace tiempo que esto mismo debiérais haber hecho.

El Oidor se levantó y salió de la sala, haciendo mil reverencias al virey.

—¡Villanos!—Esclamó el de Gelves, cuando le vió desaparecer—tiemblan como unos criminales á la presencia de su juez, porque su conciencia está turbada y con hipócrita falsedad quieren hacerme creer en su lealtad, y en sus buenas intenciones. ¡Ah! si yo pudiera contar aquí siquiera con cien jinetes...............

El virey lanzó un suspiro y volvió á continuar en sus paseos.

Entretanto el Oidor Vergara habia llegado á la plaza, agitando su pañuelo blanco como señal de paz.

Todos los que estaban en las ventanas y con los ojos fijos en las puertas de palacio vieron las señas de Don Pedro, y en todas partes comenzaron á agitarse lienzos blancos, y por todas partes comenzaron á escucharse los gritos de «paz,» «paz.»

La gente se abria para dejar pasar á Don Pedro de Vergara, y á otros oidores que con él se habian reunido, formándoles una ancha calle, y ellos en vez de continuar aquietando el tumulto, se entraron á las casas consistoriales.

El pueblo comprendió que los oidores tomaban partido contra el virey; desde aquel momento la sedicion se creyó amparada por la ley.

La flámula arrancada de las ventanas de palacio fué quitada de Catedral, y ofrecida á los oidores como pendon real.

Los sediciosos habian hecho un empuje y comenzaban á arder las puertas de palacio.

En estos momentos por una de las calles desembocó en la plaza una soberbia cabalgata, á la cabeza de la cual iba el poderoso marqués del Valle, descendiente por línea recta del conquistador de México Don Hernando de Cortés.

El influjo de la familia del conquistador habia sido y era muy grande en toda la Nueva España, pero principalmente en la capital.

El marqués del Valle atravesó seguido de su comitiva, y habló al pueblo.

Los sediciosos se calmaron, se apagaron las puertas del palacio, y el marqués entró en el interior de él, dejando á su comitiva como de guardia en dichas puertas.

El virey y el marqués del Valle conferenciaron largo tiempo, y el del Valle consiguió por fin una órden del virey para que el Arzobispo volviese á México.

Con esta órden se creyó calmar al pueblo y sosegar el tumulto. El marqués envió una carroza y unos criados en busca del Arzobispo despachándole la órden para su regreso, y salió él mismo á su encuentro seguido de su comitiva.

La noticia de estas novedades circuló en el pueblo, pero ni un solo individuo se separó de la plaza, á pesar de que vieron atravesar al marqués del Valle, al marqués Montemayor, y al inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores, que iban al encuentro del Arzobispo.

Los frailes de San Francisco quisieron ayudar al virey, y entraron en la plaza gritando:—«Paz,» y levantando como bandera un hábito de San Francisco.

Los clérigos se arrojaron sobre ellos, y los franciscanos volvieron á su convento llevándose sin embargo á una gran cantidad de indios que les seguian.

Todo el dia permaneció la gente en la plaza, y ya en la tarde parecia comenzar á calmarse, cuando se circuló la noticia de que la Audiencia habia mandado intimar prision al virey.

Por una de las ventanas de la casa de cabildo asomó Don Pedro de Vergara Gavina, é hizo seña de que queria hablar.

Todos quedaron en profundo silencio.

Don Pedro dijo al pueblo—que el virey estaba destituido por la Audiencia, que él habia sido nombrado Capitan general de la Nueva España, y con esa investidura ordenaba á todos que se reuniesen con sus armas en la Plaza principal de la ciudad.

Los que no tenian armas corrian inmediatamente por ellas, y los que las tenian, mostrándolas, alzaban una inmensa vocería, que se escuchó en todos los ángulos de la ciudad.

La campana mayor de la iglesia Catedral tocaba á rebato.

El virey contemplaba tristemente aquella escena, oculto tras una de las cortinas de las ventanas de palacio.

Una hora despues, el nuevo Capitan general Don Pedro de Vergara Gaviria, llevando en la mano el baston de general, se dirijia para el rumbo del convento de San Francisco á la cabeza, de una gran columna de hombres armados, que segun el decir de algunos cronistas de aquellos tiempos, ascendería en su número á doce mil.

A la cabeza de esa columna iban los hermanos de la tercera Orden de San Francisco, llevando en lo alto un Cristo cubierto con un velo negro, y gritando á grandes voces—«muera el hereje.»

Pero no toda la gente que estaba en la plaza siguió al nuevo Capitan general, mucha quedo allí, y apenas vieron desprenderse la columna, se lanzaron sobre palacio llevando el pendon de la ciudad y gritando.

—«Guerra, guerra, cierra, cierra, viva el rey, y muera el mal gobierno.»

Entonces comenzó verdaderamente el combate. Ardieron las puertas de palacio, el fuego se comunicó á la cárcel, los presos tomaron parte en la sedicion, y rompiendo sus prisiones se mezclaron con los asaltantes.

Entre los gritos del combate, se escuchaban las detonaciones de los arcabuces.

La multitud invadia ya á palacio.

El Ahuizote caminaba por delante matando á cuantos encontraba dentro.

El virey pensó entonces en su salvacion, y embozándose en una capa negra y seguido de Don Cesar, salia por una de las puertas en el momento en que el Ahuizote iba á entrar.

—Aquí está......... gritó el Ahuizote conociéndole.

—¡Silencio, miserable!—contestó Don Cesar atravesándole la garganta de una estocada.

El Ahuizote cayó en tierra, y espiró entre los piés de la multitud, que no se detuvo al verle allí.

El virey se confundió entre los grupos, y aprovechándose de la oscuridad de la noche atravesó la plaza y fué á tomar asilo al convento de San Francisco.....................

Teodoro condenado á muerte por el virey, y que debia haber sido ejecutado aquel mismo dia, salia libre entre los brazos de Martin que habia roto los cerrojos de su prision.

El palacio de los vireyes fué completamente saqueado, sin que el nuevo Capitán general hubiese hecho nada, ni procurado siquiera sofocar el incendio que habia consumido casi la mitad del edificio.

Desde una de las torres de la Catedral, Luisa y Don Melchor contemplaban alegremente los efectos de su venganza.

A las nueve de la noche, enmedio de los repiques y de multitud de cohetes que poblaban el aire, hacia solemnemente su entrada en México el Ilustrísimo Señor Arzobispo, Don Juan Pérez de la Cerna.

XIX. Lo que pasó á dos personas que quizá baya olvidado el lector.

COMO dicen vulgarmente, que cuidados mayores quitan menores, por seguir el hilo de nuestra historia hemos abandonado desde hace mucho tiempo á dos personas que no por su poca representacion dejan tambien, como dicen los modernos políticos, de haber contribuido con su «grano de arena.»

Tal vez el lector no recuerde ya á Felisa, la muchacha del convento de Santa Teresa, y al sacristan su novio, á quienes abandonamos en los momentos mismos en que la ronda se cansaba en su persecucion.

Les abandonamos en el momento del peligro, pero esto es en estos tiempos cosa muy comun.

Los dos fugitivos eran jóvenes, fuertes, y agitados por el miedo parecian tener alas en los piés como Mercurio: los corchetes que no tenian mucha prisa por dar con su humanidad en tierra, y que iban estorbados por las capas y las espadas y las varas, perdian ya las esperanzas de hacer la presa.

El sacristan y su adorada dieron vuelta por la calle del Arzobispado y llegaban ya cerca de la entrada de Santa Teresa, cuando de la plaza vieron venir otra ronda.

Los perseguidores comenzaron á gritar «atajen á esos» «atajen á esos» y el refuerzo se puso en movimiento.

Los fugitivos esquivaron el encuentro tomando por la calle cerrada de Santa Teresa, y llevando no muy de cerca á sus enemigos, lograron llegar á la puerta del templo por donde habian salido con Blanca hacia poco.

Felisa no podia ya correr, el cansancio y la fatiga, unidos con el terror, no la permitian dar un paso.

Por mas que su amante la instaba, la pobre muchacha no podia moverse.

El sacristan creia ya llegada su última hora cuando una idea luminosa cruzó por su cerebro, buscó en sus bolsillos y sacó precipitadamente una llave—era la de la iglesia.

En esos momentos abrió la puerta, y empujando para dentro del templo á Felisa se entró detras de ella y cerró cuidadosamente procurando no hacer ruido.

La ronda pasó por frente á la iglesia sin pensar siquiera que allí se habian refugiado los fujitivos.

El sacristan miraba por una hendidura de la madera, y Felisa habia caido de rodillas. Así trascurrió cosa de media hora.

—Se han ido ya—dijo muy bajo el sacristan—vámonos.

—No—contestó Felisa—Dios me ha hecho volver milagrosamente á su casa de donde habia yo huido, y no saldré ya de ella.

—Pero mi vida, por Dios, ¿y tanto trabajo para que salieras, y las llaves?

—Las llaves que por fortuna no he perdido, me servirán para volverme por donde vine, y si Dios permite que nada hayan observado las madres, me guardaré por siempre el secreto de lo que ha pasado en esta noche como si fuera un sueño. Dios haga muy feliz á Sor Blanca, ya que me hizo á mí tan dichosa de haber podido volver aquí sin que otra novedad me lo hubiera impedido. Adios, y ojalá que á tí te sirva esto de leccion como á mí.

Y Felisa con toda la resolucion de las pasiones fanáticas que en cada acontecimiento miran un aviso de la Providencia, no quiso detenerse y sacando un manojo de llaves, se entró al interior del convento, dejando al amante sumerjido en la meditacion mas profunda.

—¡Quizá sea mejor así!—dijo el sacristan, no hay mal que por bien no venga; aun es casi media noche, bueno será dormir ya que salimos con bien. Abrió uno de los confesonarios y se acomodó dentro. Media hora despues roncaba.

Felisa entró temblando al convento, felizmente para ella nadie habia notado aun su falta. Reinaba en el convento el mismo silencio.

Felisa se dirijió á la celda de Sor Blanca, y dejó en ella la caja de las alhajas que se habia traido, y luego cerró la puerta.

Nadie supo nunca que aquella muger habia pasado unas horas fuera del convento.

El sacristan siguió como siempre siendo muy del agrado de sus monjitas por su actividad y limpieza.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings