LIBRO PRIMERO. El Convento de Santa Teresa la Antigua.
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I. De lo que pasaba en la muy noble y leal ciudad de México, en la noche del 3 de Julio del año del Señor de 1615.
HACE dos siglos y medio, México no era ni la sombra de lo que habia sido en los tiempos de Moctezuma, ni de lo que debia ser en los dichosos años que alcanzamos.
Las calles estaban desiertas, y muchas de ellas convertidas en canales; los edificios públicos eran pocos y pobres, y apenas empezaban á proyectarse esos inmensos conventos de frailes y de monjas, que la mano de la Reforma ha convertido ya en habitaciones particulares.
Se vivia entonces muy diferentemente de como hoy se vive. A las ocho de la noche, casi nadie andaba ya por las calles, y solo de vez en cuando se percibía el farolillo de un alcalde que iba de ronda, ó la luz con que un escudero ó un rodrigon alumbraban el camino de un oidor, de un intendente, ó de una dama que volvia de alguna visita. Los perros vagabundos se apoderaban de las calles desde la oracion de la noche, y atacaban como unas fieras á los transeuntes.
Los truanes y los ladrones tenian carta franca para pasear por la ciudad; la policía de seguridad estaba solo en las armas de los vecinos.
Era la media noche del 3 de Julio de 1615. Una menuda lluvia se desprendia sobre la ciudad, y producia un rumor ténue y acompasado; no se veia en todas las calles ni una luz, las puertas y las ventanas estaban cerradas, y parecia no vivir ninguno de los treinta y siete mil habitantes que componian entonces la poblacion.
De repente, en el silencio de la noche, se oyó el ruido de un gran cerrojo, y poco despues la puerta principal del palacio del arzobispo, se abrió dando paso á una extraña comitiva.
Era una especie de procesion fantástica de sombras negras precedidas por un hombre embozado en una larga capa, con un ancho sombrero negro, sin plumas ni toquillas, y que llevaba en la mano izquierda un farol, y en la derecha un nudoso baston.
Seguíale una especie de cleriguillo, envuelto en un balandran negro, y con un sombrero semejante al de su conductor, y luego cuatro hombres que cargaban voluminosos envoltorios de indecisas formas.
Apenas salió el último de los cargadores, la puerta del palacio volvió á cerrarse, y de uno de los balcones se escuchó una voz que decia:
—¡Martin, Martin!
La comitiva se detuvo.
—Mucho cuidado; y sobre todo, mucho sigilo.
—Descuide su señoría ilustrísima, contestó el hombre del balandran; y luego, dirijiéndose á los demás, les dijo con tono imperativo: ¡Adelante!
Todos se pusieron en camino, llevando siempre de guía al del farol.
Llegaron hasta la esquina de la calle que hoy se llama cerrada de Santa Teresa, y allí siguieron por toda la calle, torcieron luego por la otra, que tambien lleva el nombre de Santa Teresa, y con direccion á la del Hospicio, que se llamaba entonces de las Atarazanas, y se detuvieron á pocos pasos frente á una casa de gran apariencia, á juzgar por el tamaño de la puerta.
El hombre del balandran dió tres golpes, pero tan lijeros, que parecia imposible que nadie los hubiera escuchado, y sin embargo, un momento despues, una voz de muger preguntó desde adentro:
—¿Quién va?
—Nuestra Madre Santa Teresa, contestó el del balandran.
—¿Qué quiere?
—Su casa.
Se oyó el ruido de la llave que entraba en la cerradura, y luego que volteaba rechinando sobre el enmohecido pasador, sonaron las trancas de madera, y gimiendo los goznes, se abrió toda la gran puerta de par en par, y la comitiva penetró en el portal de la casa á la luz del farol del guía, y de un candil de barro que tenia en la mano la muger que habia abierto.
Era una beata como de cincuenta años, vestia un hábito de San Francisco, de lana burda, y tenia cubierta la cabeza con una especie de toca de estameña negra.
Las palabras cambiadas al traves de la puerta, debian ser algunas señas convenidas, porque la beata dejó pasar á todos sin hacer pregunta alguna, y sin manifestar la menor admiracion, y luego cerró cuidadosamente el zaguan.
El hombre del farol penetró en la casa seguido de los cargadores, y el del balandran quedó esperando á que pasaran, para hablar con la beata.
—Señora Cleofas, ¿nadie ha sentido nada?
—No; que todo el mundo duerme tranquilamente, hace mas de cuatro horas.
—Muy bien, su Ilustrísima desea que nadie sepa nada y ya se sabe, cuando su Ilustrísima lo dispone, es necesario cumplir.
—Vaya usarcé sin cuidado, señor Bachiller.
—Oigame vuesa merced, Señora Cleofas, que si dentro de un rato vienen á llamar con la misma contraseña que yo he traido, no se detenga en abrir, que debe ser sin duda su Señoria el señor Quesada, Oidor de esta Real Audiencia.
—Descuide usarcé, que no haré esperar al señor Oidor.
El Bachiller, como le habia llamado la beata, se ajustó al cuerpo su balandran y se dirijió al interior de la casa.
Aunque la noche es oscura y lluviosa nosotros no necesitamos de luz para ver, y procuraremos hacer una descripcion del edificio.
Era un inmenso patio enlosado, y entre las mal ajustadas losas, brotaba la yerba en grande abundancia; en el medio habia una gran fuente de azulejos, en derredor de la cual se veian como veinte piedras colocadas de manera que servian de lavadero de ropa á los vecinos, y de las ventanas y de grandes clavos asegurados en las paredes, se tendian mecates elevados del suelo por morillos delgados y sueltos, y que servian para secar al sol la ropa que se lavaba en aquellas piedras.
Debia haber allí un gran vecindario segun el número de puertas, de ventanas, y de escaleras que se descubrian por todas partes. Pero todo el mundo dormia profundamente, porque no se escuchaba rumor de ninguna especie, y solo en el fondo, al traves de las hendiduras de una puerta, se veia una luz dentro de una habitacion.
Hácia allí se dirijió el Bachiller, y llegó, no sin haber tropezado muchas veces con los mecates que servian de tendedero.
Empujó sin ceremonia la puerta y entró en la habitacion.
El hombre del farol y sus compañeros se ocupaban afanosamente en poner un altar en el fondo de una gran sala.
El altar se levantaba como por encanto: sotabanco y gradas estaban ya en su lugar, y cubiertos con un riquísimo brocado. La imágen de Santa Teresa ocupaba el centro de la grada alta, y candeleros y blandones, y ramilletes de plata y oro, cubrian las demás.
—De prisa camina la obra, señor Justo.
—Sí señor Bachiller—contestó el que habia traido el farol, y que era un hombre como de sesenta años, pero robusto y fuerte.—Hace mas de cuarenta y cinco años que soy sacristan, y no será la práctica la que me falte, ya verá su merced.
—Antes de amanecer estará ya aquí su Ilustrísima el Señor Arzobispo, y es necesario que no falte nada.
El sacristan sin contestar, siguió trabajando; y el Bachiller se arrebujó en el sitial que estaba destinado para el Arzobispo, y se puso á meditar.
Habia trascurrido así como media hora, cuando la puerta se abrió repentinamente, y un nuevo personaje se presentó en el salon.
El recien venido era un hombre en la fuerza de la edad viril; su rostro enjuto tenia las señales de una vejez próxima, apresurada no por el vicio, sino por el estudio y la vigilia; un bigote negro y con las puntas levantadas, y una piocha larga y en figura de una coma, daban á su rostro un aire resuelto.
Vestia una ropilla negra de terciopelo con gregüescos y calzas del mismo color, un sombrero negro al estilo de Felipe II, y ferreruelo tambien negro, completaban su equipo, sin que le faltara una larga espada de ancha taza, y una daga de gancho, pendientes de un talabarte negro ceñido con una brillante hebilla de oro.
El Bachiller se levantó precipitadamente y se dirijió á su encuentro.
El recien venido sacudió su sombrero y su ferreruelo, empapados con la lluvia de la noche.
—Dios os guarde—dijo.
—Señor Oidor, contestó el Bachiller, supongo que no habrán hecho esperar á su señoría, porque yo advertí......
—No, señor Bachiller; la pobre beata velaba, como buena cristiana. ¿Y qué tal se adelanta? dijo el Oidor dirijiéndose al altar, y haciendo al llegar una pequeña genuflexion.
—Admirablemente: creo que dentro de una hora, todo estará dispuesto.
—Muy bien; el golpe está perfectamente combinado, y D. Alonso de Rivera tendrá que mesarse mañana las barbas. ¿Nádie ha observado nada?
—No señor.
El Oidor sacó de la abertura del pecho de su ropilla un enorme reloj de plata que traia pendiente del cuello por una gruesa cadena de oro.
—Es la una—dijo—me voy: y embozándose en su ferreruelo se dirijió á la puerta sin despedirse de nadie, pero haciendo con los ojos una ligera seña al Bachiller.
Tomó este su sombrero, y como haciendo cumplidos, acompañó al Oidor y salieron ambos al patio, cuidando de cerrar la puerta.
Ni el sacristan ni sus acompañantes pusieron atencion en lo que pasaba, y continuaron componiendo su altar.
II. Donde se ve quién era el Bachiller, y lo que pasó con el Oidor.
—PARDIEZ, señor Bachiller—dijo el Oidor cuando estuvieron en el patio,—que me habeis hecho venir con una noche, que mas está para dormir que para andarse en aventuras; ¿tanto urge lo que me teneis que decir?
—A no ser la urgencia tanta, cuidárame muy bien de haber molestado á vuestra señoría; pero á tanto llega la precision, que si una hora más tarda su señoría, hubiera corrido riesgo de llegar tarde.
—Me alarmais, en verdad.
—Creo que no hay gran peligro, sino el de no complacer á la dama de vuestro pensamiento.
—¿Qué hay, pues?
—Que en esta noche, y como á bocas de las oraciones, recibí una esquela de mi señora Doña Beatriz, que es fuerza lea vuestra señoría.
—Dádmela.
—Aquí está—dijo el Bachiller, entregando al Oidor un billete pequeño, y cuidadosamente doblado y perfumado.
—Por el aroma le conociera, aunque no viese las letras—dijo el Oidor besándole:—¿pero á donde podré imponerme?
—En el cuarto de la beata que tiene luz, y que está abierto cerca del zaguan.
Los dos se dirigieron á la puerta de la calle.
Al ruido de sus pasos, de una pequeña puerta salió la beata con su candil en la mano.
—Tendreis á bien, le dijo el Oidor, prestarme vuestro candil y permitirme que pase yo solo un momento á vuestro cuarto á leer una carta.
—Con mucho gusto—contestó la beata, entregándole el candil.
La beata y el Bachiller quedaron á la puerta, y el Oidor entró al cuarto.
Encima de una mesa, que tenia por todo adorno un Cristo y una calavera, colocó el Oidor el candil y se quitó el sombrero respetuosamente.
Desdobló la carta y leyó.
«Al Bachiller D. Martin de Villavicencio y Salazar.»
«Avisad á Quesada que es indispensable que me vea esta madrugada á las dos. Dios os guarde.—Beatriz.»
El Oidor besó la esquela, la dobló cuidadosamente, y metiéndola en la bolsa de sus gregüescos, tomó el candil y el sombrero y salió.
La beata recibió el candil y se dirigió á abrir.
—Mil gracias,—dijo el Oidor saliendo seguido del Bachiller.
—A Dios sean dadas—contestó la beata cerrando.
—¿Qué me dice su señoría?
—Nada, sino que es preciso que me vaya yo sin perder tiempo á ver á Beatriz.
—¿Quiere su señoría que le acompañe?
El Oidor se volvió como diciendo: ¿de qué podrá servirme éste?—El Bachiller lo comprendió.
—Mire su señoría—dijo—aunque parezco gente de iglesia, y por tal me ha conocido siempre, no lo soy, que aunque Bachiller no tengo mas órdenes que la de prima tonsura, que casi, casi solo el barbero nos la confiere y no imprime carácter; conozco el manejo de las armas como un soldado, y puede vuestra señoría ocuparme sin el menor escrúpulo, que no será este negocio en el que tenga que ver el Santo Oficio.
—Pero si yo os llevara en mi compañía tendríais que ir mano sobre mano, porque no os veo llevar arma de ninguna especie.
—Descuide su señoría, que no me faltará, sobre todo, si como supongo vamos á la casa de mi señora Doña Beatriz en la calle de la Celada.
—Así es en efecto.
—Pues iremos, porque yo hasta las cuatro no tengo que venir para acompañar al señor Arzobispo.
—Pues andando, que el tiempo avanza.
Quesada y Martin comenzaron á caminar lo mas aprisa que les permitia la oscuridad de la noche, y el pésimo estado de las calles, llenas de lodo, de charcos de agua, y de cerros que se formaban en las esquinas con la basura que arrojaban allí los vecinos de las casas cercanas.
Así llegaron hasta las tiendas que habia, en donde despues se levantó el Parian, y que ocupaban una parte de la Plaza Mayor.
—Me permite su señoría un momento,—dijo Martin.
El Oidor se detuvo, y Martin se dirigió á una de las tiendas y llamó fuertemente.
—¿Quién va?—dijo desde adentro un hombre.
—Yo—contestó Martin—abre Zambo.
—¿Quién es yo?
—Yo, Garatuza, ábreme pronto.
A pocos momentos se abrió la puerta.
—Enciende luz—dijo Martin.
Se oyó el choque de un eslabon contra la piedra, se vieron las chispas blancas del pedernal, y luego la roja lumbre de la yesca, y luego la azulada luz de una pajuela de azufre, y por último, el claro resplandor de una bujía de cera.
Un Zambo, cabezon y feo como un condenado, la tenia en la mano.
—¿Hay una espada?—preguntó Martin.
—Aquí están tres, las demas salieron porque andan de aventura los muchachos.
—Dame una pronto.
El Zambo dió á Martin una espada y una daga pendientes de un talabarte de cuero colorado muy viejo, con hebilla de fierro.
Martin se ciñó el talabarte, y volvió al lado del Oidor.
—Estoy á las órdenes de su señoría,—le dijo con una sonrisa maliciosa, y entre abriendo su balandran para mostrar sus armas.
Pero la noche era oscura, y el Oidor no pudo ver ni la sonrisa ni las armas, y preguntó:
—¿Ya armado?
—Ya.
—Por mi fé, señor Bachiller, que voy descubriendo en vos una alhaja; vámonos.
—Su señoría me favorece demasiado,—contestó hipócritamente Martin—no soy mas que un hombre precavido.
Habia cesado la lluvia, el negro toldo de nubes que cubria el cielo comenzaba como á despedazarse, y en medio de su oscuro fondo empezaba á adivinarse la luna anunciada por líneas luminosas é irregulares en la pesada masa que flotaba en el aire.
La calle de la Celada es la que ahora se llama de Zuleta, y debió el nombre de Celada á un ardid de guerra que, durante el sitio de México por Hernan Cortés, hizo caer prisioneros en manos de los vasallos de Guatimotzin, á seis españoles en esa misma calle, que era un ancho canal en los dias de la conquista.
El Oidor y Martin tenian para llegar á la calle de la Celada, que atravesar la acequia que pasaba por frente á las casas del Ayuntamiento, y corria por las calles que ahora se llaman del Coliseo, hasta la gran acequia que circundaba la ciudad.
Por la márgen derecha de la acequia siguieron hasta llegar á un puente que existia en la calle del Espíritu Santo, y allí franquearon el obstáculo.
La noche iba aclarando, y los dos hombres, aunque con precaucion, caminaban de prisa y sin hablarse.
Habia en la calle de la Celada una grande y magnífica habitacion, que indicaba la opulencia y el poder de sus dueños, y hácia aquella casa se dirigió sin vacilar el Oidor seguido de Martin.
Cruzó sin pararse frente á la entrada principal, y continuó alejándose de ella hasta detenerse en una puertecilla que en un elevado muro habia, y que á juzgar por lo que alcanzaba á verse desde la calle y desde las azoteas vecinas, correspondia á un jardin ó á un corralon.
Quesada arañó literalmente aquella puerta dos veces; en el interior se oyó tambien como si alguien arañase, y Quesada dió entonces un golpecito.
La puerta se abrió como por encanto, sin hacer ruido ninguno.
—¿Me esperáis aquí, ó preferís entrar?—preguntó el Oidor á Martin.
—En todo caso—contestó el Bachiller—prefiero estar afuera, porque si su señoría tardase podria yo irme á ver al señor Arzobispo.
—Bien, no tardaré.
La puerta volvio á cerrarse y Martin quedó solo en la calle apoyado en el dintel.
Un negro muy alto y muy fornido habia abierto al Oidor, y le guiaba en el interior de la casa; pero el Oidor parecia no necesitar aquel guía, segun la tranquilidad con que caminaba.
Atravesaron un gran patio desierto, subieron una pequeña y angosta escalera, al fin de la cual habia un estrecho corredor.
El negro iba descalzo y el Oidor procurando ahogar el eco de sus pisadas, andando sobre la punta de los piés.
Pasaron algunas habitaciones desiertas tambien, y el negro llamó á una puerta entornada.
—Adentro—dijo una voz tan dulce, como el gemido de una brisa.
El negro empujó suavemente la puerta, se hizo á un lado dejando pasar respetuosamente al Oidor, y volvió á cerrar, quedando por fuera como de centinela.
—Loado sea Dios—esclamó al ver á Quesada una dama que leía un libro, sentada en un sitial cerca de una mesa.
—Doña Beatriz—esclamó Quesada, arrojándose á los piés de la dama, antes que ésta hubiera tenido lugar de levantarse.
. . . . . . . .
Martin permaneció cerca de un cuarto de hora sin moverse: estaba como confundido en el hueco de la puerta, y en la sombra del muro.
Enfrente habia una casa baja con ventanas irregularmente colocadas.
Martin creyó oir ruido dentro de aquella casa; y en efecto á poco se abrió la puerta, y tres hombres embozados hasta los ojos salieron de allí acompañados hasta la salida por una vieja que llevaba una vela, y por tres ó cuatro muchachas que se despedian de ellos, con una ternura demasiado espresiva.
La luz que se desprendia de la puerta iluminó á Martin, y la vieja le alcanzó á ver.
—¡Un hombre!—esclamó.
—¿En donde?—preguntó uno de los embozados.
—Enfrente, espiando,—dijo la vieja:—¡será el diablo!
Las muchachas lanzaron un grito, y la luz se apagó.
—Cierren—dijo una voz de hombre—nosotros iremos á reconocer.
La puerta se cerró, los embozados que venian de una pieza iluminada vacilaron deslumbrados; pero Martin acostumbrado á la especie de penumbra que reinaba en la calle, se quitó precipitadamente el balandran, se lo envolvió en el brazo derecho como una adarga, y tiró de la espada.
Martin conocia muy bien México para saber qué clase de mugeres vivian en aquella casa, y los parroquianos que la frecuentaban, que eran siempre camorristas, pendencieros y hombres de mala conducta, comprendió que el lance era indispensable.
Los embozados rodearon á Martin con los estoques en las manos; pero el Bachiller era hombre que lo entendia en esto del manejo de las armas. Cubierta su espalda por el muro, y procurando no separarse de allí, el Bachiller tenia á sus enemigos á raya, y su espada como una víbora flexible y ligera, y sus movimientos rápidos pero estudiados abatian los estoques de sus contrarios, aprovechando los momentos para tirarles algunas puntas, y mas de una vez creyó Martin sentir que algo mas que el aire detenia su espada.
Pero aquello no podia prolongarse hasta el amanecer. Martin sentia el cansancio, y sus adversarios lo comprendian, porque multiplicaban sus ataques: fatigado, jadeante, se contentaba ya con defenderse sin atacar.
Entonces quiso hacer un gran esfuerzo y buscar su salvacion en la fuga, apretó la espada y se arrojó en medio de la calle lanzando un chillido agudo y semejante al que lanzan las lechuzas en lo alto de las torres durante la noche.
Como por efecto de un conjuro, los tres embozados retrocedieron inclinando las espadas, y contestando con otro grito semejante. Martin se acercó á uno de ellos.
—¡Mariguana!—esclamó Martin.
—¡Garatuza!—esclamó el otro.
Y todos se agruparon en derredor del Bachiller.
III. Doña Beatriz de Rivera.
LA estancia en que habia penetrado el Oidor, estaba escasamente iluminada por dos bujías de cera, colocadas en candeleros de plata, sobre una grande y pesada mesa de madera pintada de negro, con grandes relieves y adornos dorados; en derredor de la estancia habia enormes sitiales semejantes en su adorno y construccion á la mesa, con respaldos y asientos forrados de rico damasco, color de naranja, y sobre una de las puertas se advertia un baldoquin del mismo color con una pequeña imágen de Santa Teresa.
Doña Beatriz era una dama como de veintitres años, alta, pálida, con dos ojos negros y brillantes que resaltaban en la blancura mate de su rostro, su pelo negro estaba contenido por una toquilla blanca y sin adorno.
Doña Beatriz vestia un traje negro de terciopelo con el corpiño ajustado, y con unas anchas mangas que desprendiéndose casi desde el hombro dejaban ver sus hermosísimos brazos torneados y mórvidos, y sus manos pequeñas y perfectamente contorneadas deslumbraban por la gran cantidad de anillos de brillantes que tenia en los dedos.
Podia adorarse aquella muger, como el ideal de la belleza de aquellos tiempos. El Oidor permanecia de rodillas delante de Beatriz teniendo entre sus manos una de las manos de la jóven, y contemplando su rostro apasionadamente.
—Alzad D. Fernando—dijo Beatriz, procurando levantarle suavemente—alzad, que por mas que me plazca miraros así, mas quiero veros á mi lado.
—Doña Beatriz, pluguiera á Dios, que pudiese yo pasar mi vida, contemplandoos de esta manera, os amo tanto.
—¿Me amais? ¿y no os amo yo tambien? ¿No sois vos el dueño de mi vida y de mi alma? Ah, D. Fernando, por vos atropello todos los respetos, y mirad, á esta hora de la noche no solo os permito llegar hasta aquí, sino que os llamo. ¿Quereis aun mas?
D. Fernando, besó delirante la mano de Beatriz, y se levantó.
—Aquí, aquí,—le dijo la jóven, indicando un sitial que estaba cerca del suyo,—aquí tomad asiento porque el dia avanza y tengo un negocio de que hablaros.
D. Fernando acercó un poco mas el sitial, y se sentó volviendo á tomar entre la suya la blanca y tibia mano de Beatriz.
—Hablad, hablad Señora, os escucho y os miro ¿qué mas puedo anhelar en el mundo?
—Oidme D. Fernando: ¿conoceis á D. Pedro de Mejía, el hermano de Blanca, de mi ahijada de confirmacion?
—Le conozco, Doña Beatriz.
—¿Y qué pensais de él?
—Es un hombre fabulosamente rico, aunque con el peligro de que su hermana al cumplir veinte años, ó al casarse, le quite la mitad del capital, segun la disposicion de su padre al morir, pero ademas de eso, D. Pedro es el hombre mas orgulloso, mas déspota y mas codicioso que ha llegado de España.
—Pues bien, esta tarde ha estado D. Pedro de Mejía con mi hermano D. Alonso de Rivera, y le ha pedido solemnemente mi mano.
—¡Qué todo el poder de Dios me valga!—exclamó D. Fernando levantándose pálido de furor.
—Sosegaos D. Fernando que bien sabeis que os amo y antes consentiria en tomar el velo, que ser esposa de otro hombre que no fueseis vos.
—Oh gracias Doña Beatriz, gracias—esclamó D. Fernando, llevando á sus lábios la mano de la jóven—gracias, solo por vos he temblado, por lo demás, nada me importa que todos se opongan, soy fuerte y poderoso, y os llevaré al altar mal que les pese.
—Mi hermano dió á D. Pedro su palabra de que se haria la boda, aunque yo me opusiera, sabe mi hermano que os amo, D. Fernando, y he aquí porque se empeña en ella, cree que sois su enemigo, por el afan con que habeis procurado que se lleve á efecto la fundacion que hizo mi difunto tio,—que en paz descanse—D. Juan Luis de Rivera, de un convento de carmelitas descalzas......
—Pero Beatriz, vos sabeis muy bien que habeis sido la que exijió de mi amor que se llevara á cabo la voluntad de vuestro tio......
—Sí, D. Fernando, mi hermano D. Alonso no tiene razon: yo os he suplicado que se fundase ese convento, porque en su lecho de muerte, y cuando ya las sombras de la eternidad pasaban sobre la frente de mi tio, me llamó á su lado y me hizo jurar por Dios, por sus Santos, por la memoria de mi madre, y por él, que nos habia recojido desde niños, que nos legaba un inmenso caudal, me hizo jurar que yo haria cuanto fuese de mi parte para que se cumpliera su última voluntad: desde entonces, cada vez que olvidaba el encargo, la imágen de mi tio, aparecia en mis sueños recordándome mi juramento, y ya lo veis, no vivo, ni estaré tranquila, mientras ese convento no se funde, y no desaparezca esa sombra que me persigue......
Doña Beatriz con una especie de terror, estrechó la mano de D. Fernando, acercándose á él y sus ojos vagaron recorriendo toda la estancia.
—Calmaos, Doña Beatriz, calmaos, que yo os juro sobre la salvacion de mi alma que hoy al romper el dia, se dirá en las casas que deben servir para el convento la primera misa......
—No jureis con tal temeridad, D. Fernando, porque si bien el señor Arzobispo ha ganado á mi hermano el pleito, gracias á los papeles que yo os entregué, y que vos le llevásteis, todavía costará muy grande trabajo conquistar la posesion de las casas. Vos, D. Fernando, aun no conoceis bien el carácter de mi hermano D. Alonso; preferiria los perjuicios de un pleito que durara diez años, á entregar contra su voluntad esas casas.
—Doña Beatriz, os he jurado que hoy al romper el dia se dirá la primera misa allí, y ahora os invito á que vayais á oirla......
—¿Será posible?
—Ya lo vereis: vuestra conciencia quedará tranquila, y yo feliz por haberos servido.
—Iré á la misa.
—¿Os espero?
—Esperadme, ¿á qué hora?
—A las cinco.
—Iré: ahora retiraos, D. Fernando, que es tarde, y fiad en mí; os amo, y antes tomaré el velo que ser de otro hombre, os lo juro, como juré á mi tio por Dios, por los Santos, y por la memoria de mi madre, y ya sabeis como cumplo yo mis juramentos.
—¡Oh, sí, Doña Beatriz!
—Oídme, que esto es ante todo para lo que os he mandado llamar: va á desatarse contra nosotros, y sobre todo, contra vos, una persecucion horrible. Mejía es poderoso y mi hermano D. Alonso tambien: nada omitirán para quitaros del medio: calumnias, acusaciones ante el rey, tentativas de asesinato, todo, todo lo pondrán en juego: velad, D. Fernando, velad porque os llevais vuestra alma y la mia; mi vida y vuestra vida. Adios.
—Adios, adios señora.
Don Fernando besó la mano de Beatriz y se retiraba; pero la jóven lo atrajo suavemente y clavó sus frescos labios en la boca de aquel hombre que se sintió desfallecido de placer.
Era el primer beso de amor, de aquellos dos séres que entraban en la senda de la desgracia.
Don Fernando salió, el esclavo mudo é inmóbil esperaba, y sin preguntar nada, sin recibir órden ninguna, encaminó al Oidor hasta la puerta escusada de la casa.
Doña Beatriz miró á D. Fernando hasta que volvió á cerrar la puerta de la estancia, entonces cayó de rodillas esclamando:
—Dios mio, Dios mio, protejedle.
Don Fernando salió á la calle en el momento en que Martin salvaba su vida reconocido por los truanes, gracias al grito de contraseña que ellos tenian entre sí, y que habia lanzado por casualidad.
Los cuatro formaban un grupo en medio de la calle, y como habia despejado algo el cielo, débiles los rayos de la luna permitian mirar aquel grupo de hombres, que tenian aún los estoques en la mano.
La puerta no hacia ruido y el Oidor salió sin ser notado, y se recató para observar. Los hombres hablaban bajo, pero sin embargo él percibia la conversacion.
—Quédome—decia Martin—porque guardo aquí la espalda á persona de tal calidad, y tales dotes, que servirla es honor que, sin buscar la recompensa, por sí solo basta á dejar satisfecho á un hombre como yo.
—Por mis barbas—contestaba uno de los truanes—que debe ser el mismo Arzobispo en persona.
—Quién sea, ni yo os lo diré, ni vosotros debeis preguntármelo, que regla nuestra es no meternos en los negocios de los demás, sino para ayudarles.
—Tiene razon el señor Bachiller, vámonos—dijo irónicamente otro—vámonos—y á curarse los que han salido mal en este encuentro, que por obra de Dios no tuvo mayores resultados; adios, adios,—se dijeron todos, y los hombres se dirigieron calle abajo y se oyó el cerrarse de una ventana de la casa de las damas de alegre vida, que habian estado pendientes del fin de la querella.
Martin se volvia á su puesto cuando se encontró con Don Fernando, que lo esperaba inmóbil como una estátua.
—Veo—le dijo á Martin,—qué hombre sois para cumplir con vuestras promesas, y que se os puede fiar el sermon.
—¡Qué quiere su señoría! Son lances que nadie alcanza á evitar.
—Vamos.
—¿Hácia á dónde ordena su señoría?
—A la capilla que se dispone para la misa de hoy.
—Entonces, con el permiso de usía me quedo en el Arzobispado.
Volvieron á tomar el mismo camino que habian traido: al pasar por las tiendas de la plaza Martin dejó la espada y llegaron hasta la puerta del palacio del Arzobispo.
—Me quedo, si usía me lo permite—dijo Martin.
—Contad conmigo—contestó el Oidor, estrechándole la mano,—como siempre.
El Oidor siguió, y Martin llamó á la puerta del palacio.
Le abrieron, tomó el aire manso y contrito de un San Luis Gonzaga, y se dirigió á la estancia del Arzobispo.
El prelado estaba ya en pié, completamente vestido, y se paseaba impaciente.
—¿Ya es hora?—preguntó al ver á Martin.
—Si señor Ilustrísimo.
Tomó el Arzobispo su sombrero y se dirigió para la calle.
IV. De cómo ganaba sus pleitos el Ilustrísimo Sr. D. Juan Perez de la Cerna.
COMENZABA á amanecer el día 4 de Julio de 1615, y todos los vecinos de la gran casa en que han tenido lugar las primeras escenas de esta historia, se despertaban espantados, por un ruido inmenso y desacostumbrado.
En el patio y en los corredores, mas de diez campanas de mano llamaban á misa, se oian golpes en las puertas y en las ventanas de todas las habitaciones y voces de hombres que decian:
«Levantaos, levantaos, para que asistais al Santo sacrificio de la misa, que en esta casa va á celebrar el señor Arzobispo.»
Mas que de prisa se levantaba todo el mundo, por piedad ó por curiosidad, nadie queria quedarse en la cama, y antes de media hora, la sala convertida en capilla estaba completamente llena.
El Arzobispo revestido ya, esperaba en un sitial que acabasen de llegar los vecinos: de pié á su lado estaba Martin con un sobrepelliz blanco como la nieve, y enfrente, de pié, el Oidor D. Fernando de Quesada dirigiendo á la puerta investigadoras é ingeniosas miradas.
Iba ya á comenzar la misa cuando entró por el zaguan de la casa una lujosa silla de manos, llevada por dos robustos esclavos, y al lado de la cual caminaba un negro de elevada estatura.
La silla se detuvo en la puerta de la improvisada capilla, y salió de ella una muger envuelta en un manto y con un velo negro sobre el rostro, atravesó entre el concurso y vino á arrodillarse muy cerca del altar.
El Oidor se conmovió visiblemente: aquella muger era Doña Beatriz de Rivera.
El Arzobispo dió principio á la ceremonia.
Al terminar la misa el prelado se volvió á los devotos, y dirigió una breve alocucion.
—El Señor—les dijo—habia tomado posesion de aquellas casas, para que se fundase en ellas un monasterio de Carmelitas descalzas: que la fábrica debia comenzarse inmediatamente, y que rogaba á cada uno de los vecinos que procurasen desocupar cuanto antes las habitaciones, sin que por negligencia ú omision diesen motivo á que se retardara el servicio de Dios, ofreciendo la incomodidad que aquello les causara como sacrificio de su Divina Magestad, y en descargo de sus pecados.
La gente salió edificada, y dos horas despues de todas las habitaciones salian hombres y mugeres, y muchachos, cargando mesas y sillas, y baules, y colchones, y ropa........ aquella misma tarde la casa estaba completamente vacía, y el Arzobispo en pacífica posesion de ella.
Don Fernando procuró al acabar la misa esperar á Doña Beatriz, para ofrecerle la mano al entrar á la litera.
—Gracias, gracias D. Fernando,—dijo estrechándole la mano,—ya viviré tranquila.
—Dios os haga tan feliz, como mereceis—contestó D. Fernando.
Los esclavos alzaron la silla, y antes de ponerse en marcha una de las cortinillas de seda de la portezuela se levantó.
—Cuidaos,—murmuró Doña Beatriz.
Don Fernando no pudo contestar, porque la silla caminaba.
El negro sin darse por conocido de D. Fernando, siguió á su ama.
El Arzobispo volvió á su palacio, tan orgulloso como si hubiera ganado una batalla, el ardid de que se habia valido para tomar posesion del edificio en que debia fundarse el convento de Santa Teresa, habia producido como hemos visto un éxito completo.
D. Fernando de Quesada estaba contento, amaba á Doña Beatriz, con ese amor inmenso de un hombre que llega á la edad madura sin haber conocido otra pasion que la del estudio. Doña Beatriz era jóven y hermosa y le amaba, además D. Fernando tenia en nada la oposicion de D. Alonso de Rivera, hermano de Doña Beatriz, él era como habia dicho muy bien, fuerte y poderoso, y la jóven habia cumplido ya la edad en que conforme á las leyes de la Metrópoli, le era lícito casarse sin el consentimiento de su hermano.
Pero en medio de todo, una cosa habia nublado la felicidad de D. Fernando. Beatriz, tenia una especie de delirio por la fundacion del convento de Santa Teresa, sin comprender por que el Oidor veia en su amada mas vivas y mas ardientes cada dia sus impresiones en este negocio, y algunas veces llegó á temer por su salud, siempre hablando de eso y siempre mirando la imágen de su tio moribundo, aquella muger padecia horriblemente en su espíritu, y esta situacion producia esa excesiva palidez que se notaba en su hermoso semblante.
Por eso D. Fernando habia tomado con tanto entusiasmo partes en favor de la fundacion, y era el amigo mas útil, que se podia haber encontrado el impetuoso Arzobispo de México, D. Juan Perez de la Cerna.
D. Fernando estaba en el palacio episcopal, la misma tarde que se habia tomado posesion de las casas.
La conversacion recaia naturalmente sobre los acontecimientos de la mañana.
—Verdaderamente—Sr. Oidor—decia el Arzobispo—no se á que atribuir el completo silencio que ha guardado D. Alonso de Rivera: ¿Usía cree que desiste completamente?
—Así debiera suceder, pero ó yo mucho me engaño, ó D. Alonso prepara alguna cosa.
—¿Pero qué puede hacer, perdida la propiedad y la posesion?
—Recurso de ley no le queda, ni seria ciertamente al que pudiera tenérsele temor, pero su Ilustrísima conoce tambien el carácter de D. Alonso, y como yo comprende que su mismo silencio, clara señal es de que algo trama.
—Dios dispondrá, pero alcanzo á creer que su Divina Majestad proteje nuestra empresa.
En este momento un familiar penetró á la habitacion, y presentó al Arzobispo en una bandeja de plata cincelada, un gran pliego cerrado y sellado.
—Debe ser sin duda—dijo el Arzobispo á D. Fernando—la contestacion de su Excelencia, al pliego que le envié esta mañana, dándole la noticia de haber tomado la posesion de las casas, y pidiéndole su beneplácito para comenzar la obra.
El Arzobispo abrió aquel pliego, y á medida que iba avanzando en la lectura, D. Fernando podia notar que se ponia alternativamente pálido y encendido, y que un sudor lijero humedecia la raiz de sus cabellos.
Mirad—dijo por fin alargándole el pliego con una mano convulsa.
El Oidor leyó y se inmutó á su vez.
—Orden del Virey para suspender los trabajos, hasta que existan fondos necesarios para la obra.
—Exactamente, ¡pero estas son intrigas de D. Alonso!
—Tal creo, señor.
—¡Fondos necesarios!..... ¿y qué calificará de fondos necesarios su Excelencia?
—Esta es la dificultad: será preciso que haya en las cajas de la fábrica doscientos mil pesos; de lo contrario, siempre pondrán á su Ilustrísima la misma dificultad.
—¡Oh! Cuando á mí me estrañaba el silencio de D. Alonso de Rivera.
—¿Y piensa su Ilustrísima que suspendamos la obra?
—De ninguna manera: es fuerza luchar con todas estas dificultades; pero con la constancia y el trabajo triunfaremos.
—Omnia vincit labor.
—Et constantia vincit omnia—en este momento me voy á palacio; de convencer tengo á su Excelencia, y mañana comenzará nuestra obra.
—Y yo prometo á su Ilustrísima que como su Excelencia no nos niegue su permiso, mañana en la tarde todas esas casas estarán completamente derribadas. Con permiso de su Ilustrísima me retiro á prepararlo todo, porque tengo fé en que su Ilustrísima alcanzará lo que desea.
—Vaya su señoría, que yo le aseguro que el beneplácito de su Excelencia lo tendré esta misma tarde.
El Arzobispo tendió la mano, el Oidor besó respetuosamente el anillo pastoral, y se retiró.
Pocos minutos despues el carruaje del Arzobispo se dirigía á palacio, precedido de un pertiguero montado en una mula blanca, lo cual era indicio que iba dentro del coche su Ilustrísima.
V. En donde se descubre por qué estaba Doña Beatriz tan preocupada con la fundacion del convento de Santa Teresa.
LA silla que á Doña Beatriz conducia, no se dirigió despues de la misa para la casa de la calle de la Celada, sino que tomó el rumbo de Jesus María y se detuvo en la portería del convento.
Doña Beatriz entró y llamó en el torno sin detenerse.
—Ave María—dijo.
—Gratia plena—contestó dentro del torno una voz cascada:
—¿Qué se ofrece hermanita?
—Madrecita—contestó Doña Beatriz:—¿pudiera yo hablar á la M. Sor Inés de la Cruz?
—Sí, hermanita; aguárdela que á llamársela van:—¿de parte de quién viene?
—De Doña Beatriz de Rivera.
Beatriz se sentó en una banca de madera sin pintar que habia en la portería: poco despues, desde el torno dijeron:
—¿Quién busca á Sor Inés de la Cruz, que aquí está? La voz que esto habia dicho era muy distinta de la que primero hablara, y Beatriz la conocia.
—Yo soy Sor Inés.
—¡Vos, Doña Beatriz! Esperad un momento que voy á pedir la llave del locutorio.
—Sí Madre, porque tengo que hablaros.
—Vuelvo, vuelvo.
Momentos despues sonó una llave que entraba en una cerradura, y una religiosa abrió á Doña Beatriz la puerta del locutorio.
Los locutorios de los conventos son, y han sido siempre iguales, una sala, mas ó menos grande, pintada de blanco, bancas al derredor, el piso de madera, todo perfectamente limpio, en las paredes un inmenso Crucifijo y algunos cuadros con imágenes de santos, algunas veces en los piés de la banca que ocupa el lugar de honor, una estera larga y angosta.
Dos religiosas estaban en el locutorio cuando penetró en él Doña Beatriz: una de ellas, alta, de naríz aguileña, boca grande, labios delgados, ojos pardos redondos, chispeantes, representaba tener cuarenta y cinco años: la otra, baja de cuerpo y con una fisonomía enteramente vulgar.
Doña Beatriz se sentó al lado de aquellas religiosas.
—¿Podemos hablar? preguntó.
—Hablad—contestó la mas alta de las dos religiosas. Sor Encarnacion es de toda confianza, como sabeis.
—Madre—dijo Doña Beatriz—vengo á participaros que hoy he asistido ya á la primera misa que se ha celebrado, en el que ser debe convento de Carmelitas descalzas bajo la advocacion de nuestra Madre Santa Teresa.
—Doña Beatriz,—contestó la monja—desde anoche lo sabia yo.
—¿Lo sabiais?
—Sí, el alma de D. Juan Luis de Rivera apareció á mi espíritu por permision de Dios, y ya no tenia sobre su pecho esa señal de fuego que ha llevado por tantos años el camino de la celeste Jerusalem comienza á abrirse para él; pero no entrará hasta que su voluntad no sea cumplida, y las hijas de Santa Teresa no oren por él en su casa, y esa alma penará errante y vendrá dia á dia á pedir su descanso, no á D. Alonso, corazon empedernido y contumaz, sino á vos que jurásteis sobre su lecho por Dios y por sus santos; á vos, que guardásteis su última voluntad, que estais en el mundo para poder cumplirla.........
La monja se iba inspirando y exaltando gradualmente, y su voz iba tomando un timbre en el que habia algo de amenazador y de irresistible.
Cualquiera pasion grande que domine el corazon engrandece al alma, bien sea el sentimiento religioso, ó el amor, ó el patriotismo; fanatisado el espíritu, el cuerpo se espiritualiza y llega el éxtasis de Santa Teresa, ó la inspiracion sublime y profética del Dante, ó la elocuencia irresistible de Mirabeau.
Doña Beatriz se inclinaba como anonadada, y estremeciéndose cerraba los ojos. Sor Juana de la Cruz habia tomado una de sus manos, y continuaba diciendo llena de entusiasmo:
—Sí, Doña Beatriz, á vos se dirigirá esa alma sin consuelo, ¿lo oís? A vos, porque yo lo sé, porque vos lo sabeis tambien, en medio del silencio de la noche se os presenta, me lo ha dicho; habeis logrado hasta ahora llegar á un término dichoso, ¡ay de vos, Doña Beatriz, si no se consuma la obra! ¡Ay de vos! ¡y ay de cuántos ameis sobre la tierra! La voluntad de un moribundo es sagrada y vuestros juramentos os ligan con el alma de vuestro tio, con lazos que nadie podrá romper sobre la tierra: esa alma como os ha seguido hasta hoy os perseguirá siempre mientras no se cumpla su última voluntad. Dios nos oye, Dios nos ve, Dios nos juzga.
Doña Beatriz habia caido casi de rodillas: con una de sus manos cubria su rostro, y la otra la tenia en la suya Sor Juana que la oprimia convulsivamente, y le hablaba con el aire inspirado de una profetisa.
Sor Encarnacion elevaba las manos enclavijadas y los ojos al cielo.
—Id, Doña Beatriz, continuad en vuestra santa obra, mucho es lo que habeis alcanzado; pero mucho aún lo que por hacer queda: id, y no falteis á decirme todos los dias cuanto en vuestros trabajos consigais; id, y que Dios os guíe.
Doña Beatriz se levantó, besó la mano de Sor Juana, y luego, como vacilante, salió del locutorio densamente pálida, y profundamente conmovida, subió á la silla, y los esclavos, precedidos del negro, se dirigieron á la calle de la Celada.
Sor Juana de la Cruz, era una muger de un espíritu superior, y dotada de una imaginacion ardiente y apasionada; anhelando ser la fundadora del convento de Santa Teresa, en México, llegó á sentirse llamada á ese papel por eleccion divina. El trato de Doña Beatriz, á quien conocia desde niña, le dió sobre ella esa influencia terrible que la habia hecho convertirse en el instrumento de sus deseos. Doña Beatriz llegó á sentirse completamente dominada por Sor Juana, y aquel espíritu fuerte, y superior, hizo nacer en la alma sencilla y tímida de la doncella, esa alucinacion que le traian entre las sombras de la noche, fantásticas y pavorosas apariciones.
Doña Beatriz estaba como magnetizada, y sentia á inmensa distancia el influjo y la atraccion de Sor Juana, y ni un solo dia faltaba del locutorio del convento, y ni un solo dia dejaba de salir, conmovida y aterrada por aquellas palabras ardientes, proféticas, llenas de fé, y como dictadas por los espíritus que habitaban el mundo de las eternas luces.
El fanatismo religioso era en aquellos tiempos el terrible contagio de todas las almas, y Doña Beatriz era la azucena que se marchitaba con el fuego del fanatismo.
VI. En donde el lector conocerá á la verdadera heroina de esta no menos verdadera historia.
SERIAN las cinco de la tarde, cuando una modesta carroza se detuvo en la gran puerta de la casa de la calle de la Celada, un escudero puso el estribo, y una dama seguida de dos dueñas descendió del coche, y se dirigió á la escalera principal.
Los lacayos y los palafreneros que andaban por el patio, se descubrieron respetuosamente, la dama subió las escaleras y penetró en las habitaciones que estaban al estremo de un corredor sombreado por naranjos y limoneros plantados en magníficos tibores de china.
Un lacayo abrió una mampara de terciopelo, y la dama se encontró en un elegante retrete amueblado con sitiales y mesas de ébano, y tapizado de damasco color de fuego.
Doña Beatriz salió á su encuentro tendiéndole los brazos, y la dama se arrojó en ellos llena de placer.
—Blanca, hija mia,—dijo Doña Beatriz—hace tanto tiempo que no te veo, que temiendo por tu salud estaba.
—¡Ah! madrina, sois tan buena conmigo, que no sé ni cómo demostraros mi gratitud.
—Ven, hija mia, siéntate, estás algo desmejorada, acaso habrás estado enferma.
—No, madrina, pero ya sabeis, sufro tanto, tanto, soy tan desgraciada.........
—Don Pedro de Mejía, tu hermano, ¿sigue siendo tan indiferente contigo?
—Pluguiese al cielo, señora, que así fuese, ahora......... ¿pero estamos completamente solas?
—Solas, Blanca; háblame sin temor, ábreme tu corazon.
—¡Ay! hace tanto tiempo que no confio á nadie mis pesares, que tiemblo como si álguien nos escuchara.
—Habla, hija mia, nadie te escuchará.
—Ya sabeis cuán grande ha sido la indiferencia de Don Pedro mi hermano para conmigo desde nuestros mas tiernos años: huérfana de padre y madre, solo en vos encontré cariño y amparo, y he pasado mi vida sola, siempre sola, sin una ilusion, sin un cariño, sin una esperanza, mi hermano procurando siempre alejarme del mundo, impidiéndome siempre que vea á nadie, que hable con nadie, sin consentirme mas amistad que la vuestra. Siempre seguida, siempre cuidada, siempre vigilada por dos dueñas de su confianza, mi existencia era triste, muy triste pero tranquila, cuanto deseaba comprar ó tener, tanto se me daba inmediatamente, con tal de que continuara viviendo en el encierro y en el retraimiento, pero ahora.........
Blanca limpió dos lágrimas que se desprendieron de sus hermosos ojos. Doña Beatriz la abrazó con la ternura de una madre, y besó su frente.
—¿Qué sucede ahora? ¿eres mas desgraciada? ¿te pasa algo de nuevo? dímelo, hija mia, sabes cuánto te quiero.
—¡Ay! sí señora, de algun tiempo á esta parte, Don Pedro usa conmigo de los mas crueles é indignos tratamientos, me obliga ya á no salir de una sola pieza, no me permite ya que me sirvan mas que las dos dueñas, me niega cuanto le pido, mis alimentos son ya escasos y malos, y ha llegado...... á levantar la mano contra mí.
—¿A levantar su mano contra tí?
—Sí señora, porque insistia yo en venir á veros.........
—¡Pobre Blanca!......... ¿pero cómo es que veniste?
—Aproveché el momento en que no estaba, y esponiéndome á todo, he querido hablaros, porque se trata de una persona para vos muy cara.
—¿De quién, hija mia, de quién?
—De Don Fernando de Quesada.
—¿De Don Fernando? ¿le amenaza acaso algun peligro?
—Sí señora, oid y haced de mi noticia el uso que querais, nada me importa que sepan que yo os la he traido, vos habeis sido la única persona que por mí se ha interesado sobre la tierra, á vos debo, señora, el sacrificio de mi vida, si es necesario, oidme: hoy al medio dia, mi hermano Don Pedro y Don Alonso de Rivera, vuestro hermano, han concertado para esta noche, la muerte de Don Fernando de Quesada.
—¿Su muerte, ¡Dios mio! su muerte? ¿y cómo? ¿cómo?
—No podré daros mas pormenores, que solo alcancé á escuchar que mi hermano decia al vuestro:—«¿está convenido?»—y Don Alonso contestaba:—«Don Fernando morirá esta noche, y vos sereis el esposo de Doña Beatriz.»
—¡Él muerto!......... ¡yo su esposa!......... ¡Sangre del Redentor!.........
—No os aflijais así, madrina, ante todo recordad que la noche avanza, enviad á avisar á Don Fernando que se precava, en tanto que yo vuelvo á mi casa, y si algo supiere, os doy mi palabra que lo sabreis, aun cuando entendiese perder la vida.
—¡Ah! gracias, gracias, voy á enviarle un aviso: ¿pero á dónde, á dónde?
—Os dejo, señora, porque en este momento necesitais de todo vuestro tiempo, y de toda vuestra libertad. Adios, adios, señora.
—Adios, Blanca, hija mia, que Dios te guarde.
Blanca descendió las escaleras, y á la mitad de ellas, se encontró con dos hombres que subian. Blanca vaciló y se puso pálida: aquellos dos hombres eran Don Alonso de Rivera y Don Pedro de Mejía.
—Por la carroza he conocido que mi hermana estaba de visita en esta casa,—le dijo Don Pedro,—y deseaba preguntarle si se acostumbra que una jóven salga sin licencia de su casa.
—Deseaba visitar á mi madrina......... contestó la jóven.
—Retírese á su casa la doncella inmediatamente, y espere que sabré reprimirla.
Y diciendo esto Don Pedro, se subió acompañado de Don Alonso, y Blanca, encendida de vergüenza, y con el llanto en las mejillas, subió á la carroza.
No hemos cuidado de describir á Doña Blanca, y es fuerza que el lector la conozca.
Diez y seis años tenia, y era esbelta como el tallo de una azucena, con esas formas que la imaginacion concibe en la Venus del Olimpo, con esa gracia de la muger que amamos, el óvalo de su rostro formaba en su barba uno de esos hoyos que son siempre un hechizo, su pelo y sus ojos negros, como las mugeres del medio dia y su cutiz sonrosado y fresco.
Doña Blanca era un ensueño, una ilusion vaporosa, espiritual, parecia deslizarse al andar, como las náyades en la superficie de los lagos, era de esas mugeres que la imaginacion concibe, pero que ni el pincel, ni la pluma pueden retratar.
Si amais á una muger con todo el fuego de vuestro corazon, procurad describírsela á un amigo, y os desafio á que quedeis contentos de esa descripcion, y á que no os parezca el retrato pálido y triste.
De Doña Blanca casi no podia decirse cómo vestia, porque las mugeres que impresionan parece que van cubiertas con un velo de nubes, y ante una belleza semejante no se piensa en detalles, deslumbra, ciega, preocupa.
—Mal la pasaremos,—decia á Doña Blanca una de las dueñas.—Don Pedro está azás mohino, y vos, Doña Blanca, nos habeis comprometido.
—Callad, Doña Mencia,—contestó Doña Blanca—que muchas son ya mis penas, para que yo os consienta que os tomeis la libertad de reconvenirme; dejad á D. Pedro mi hermano ese trabajo, y cuidad de no meteros sino en lo que á vos atañe.
La vieja no contestó, y la carroza siguió caminando hasta la calle de Ixtapalapa; allí entró en una de esas soberbias casas que tenian y aun conservan todo el aspecto de unos palacios.
La calle de Ixtapalapa, era esa larga y recta calle que hoy tiene en sus cuadras muy distintos nombres, y comprendia todas las que se estienden desde la garita de la Villa, hasta la de San Antonio Abad.
En aquellos tiempos no habia calles del Reloj, ni calles del Rastro, todas se conocian con el solo nombre de calle de Ixtapalapa.
Las calles que ahora se llaman Reales del Rastro, fueron las primeras en donde comenzaron á fabricar sus habitaciones los principales conquistadores, y por eso las casas de esa calle, en lo general tienen ese aire de antigüedad y de fortaleza.
Muchos años despues, cuando se colocó el reloj de Palacio, se les dió el nombre de calles de Reloj, á las que se dirigen al Norte de la ciudad.
Pero volvamos á nuestra historia.
La carroza que conducia á Blanca entró en el patio de una de esas grandes casas de la calle Real de Ixtapalapa, el escudero volvió allí á poner el estribo, y Doña Blanca, seguida siempre de sus dueñas, subió y se encerró en su habitacion, á esperar llorando la vuelta de su hermano D. Pedro de Mejía.
VII. En donde el negro Teodoro y el Bachiller ponen en juego todos sus recursos.
APENAS se encontró sola Doña Beatriz, llamó precipitadamente á una de sus doncellas.
—Haced que venga luego Teodoro—la dijo—y que nadie nos interrumpa.
La doncella salió.
En nuestros tiempos y con las costumbres modernas, una muger no se atreveria á encerrarse con un hombre, aunque este fuera un negro, por temor á ese ¿qué dirán?
Pero entonces un negro, un esclavo no era un hombre, y una dama no temia nunca por su reputacion, aun cuando aquel negro pasase la noche en su mismo aposento; ¡tanta era la distancia á que los colocaba el color, que ni la misma calumnia se atrevia á acercarlos!
Teodoro se presentó, Teodoro era el negro confidente de los amores de Don Fernando y de Doña Beatriz, el negro de elevada estatura que hemos conocido al entrar con D. Fernando, por la puerta falsa de la casa de Doña Beatriz.
—Teodoro—dijo la jóven—un peligro de muerte amenaza esta noche á Don Fernando, y si á él le sucediera algo, yo moriria.
—Mande la señora; su esclavo está pronto á obedecerla: ¿qué dispone?
—¿Serás capaz de hacer lo que te encargue?
—La señora sabe que no tengo mas voluntad que la suya, ¿acaso no le debo la vida y la felicidad, no soy su esclavo, mas por la gratitud, que por el dinero en que me ha comprado?
—Pues bien, Teodoro, hoy espero la muestra de esa gratitud; corre al Arzobispado, y dile al Bachiller Martin de Villavicencio, que busque á Don Fernando, que le diga que quieren asesinarle esta noche, que por mi amor se guarde, y dile que le muestre como seña de que el recado yo le envio, esta sortija que él bien conoce.
Doña Beatriz desprendió de uno de sus dedos una hermosa sortija con una cruz de gruesos brillantes, y se la dió á Teodoro.
—¿No mas eso tengo que hacer?—preguntó Teodoro.
—No mas—contestó Doña Beatriz—¿por qué lo preguntas?
—Es que eso me parece hacer muy poco, cuando mi ama está tan afligida.
—¿Pues qué piensas tú?
—Si la señora mi ama me lo permite, yo seguiré á Don Fernando toda la noche, y le responderé á mi ama que nadie tocará uno de sus cabellos, hasta que Teodoro haya espirado.
—¿Harás eso? preguntó conmovida Doña Beatriz.
—Mi ama lo verá si lo permite. ¿Acaso Teodoro el negro no debe á la señora la vida?
—Te lo permito y te lo mando, vé.
El negro se inclinó reverentemente y salió de la estancia.
El Bachiller Martin de Villavicencio dormia en su cuarto, reponiéndose de la mala noche pasada la víspera; el Arzobispo le habia dado, por decirlo así, vacaciones, y el Bachiller las aprovechaba: su Ilustrísima, aunque eran ya las oraciones, no volvia del Palacio del Virey.
Llamaron á su puerta, y el Bachiller se levantó.
—Calle—dijo—me he dormido á las dos y son horas ya de las oraciones—¡adelante!
Habian vuelto á llamar. Teodoro entró con la gorra en la mano.
—Teodoro, ¿tú aquí? ¿qué manda mi señora Doña Beatriz?
—Mi ama, señor, me manda deciros que os sirvais avisar inmediatamente al señor Oidor Don Fernando de Quesada, que por el amor que la tiene, se guarde, porque en esta noche se tiene concertado el asesinarlo.
—¿Asesinarlo? ¿pero quién, cómo, en donde?
—Creo que mi ama tambien lo ignora, porque si no, me hubiera dicho que os lo dijera, para evitar el golpe.
—Pero Don Fernando creerá que es una conseja; ¿por qué Doña Beatriz ni aun escribió?.........
—Don Fernando os creerá, señor, porque para eso me manda deciros mi ama que os envia esta sortija que mostrareis por seña al señor Oidor.
—¿Pero á tí nada te encargó para evitar una desgracia?
—Yo velaré por mi señor D. Fernando toda la noche, y pasarán por el cadáver del negro Teodoro, antes que hacerle mal.
—Muy bien, ¿tienes armas por si se ofrece el caso?
—¿Armas? los esclavos no podemos usarlas, y menos despues del motin del Juéves Santo.
—Tienes razon, pero entonces ¿qué puedes hacer?
—El negro Teodoro no necesita del cuchillo, ni de la espada—dijo Teodoro con desden, y acercándose indiferentemente á uno de los balcones, tomó entre sus manos dos de los hierros del barandal, y sin esfuerzo aparente de ninguna especie, los reunió, como si hubieran sido débiles cañas.
—¡Jesucristo!—esclamó el Bachiller admirado—tienes una fuerza espantosa.
—Poco habeis visto—contestó con frialdad Teodoro—me voy si vos no mandais otra cosa.
—¿Adónde vas?
—A buscar á Don Fernando, para guardarlo toda la noche.
—Acompáñame que voy tambien á buscarle.
—Obedeceré porque así me lo mandais, pero al vernos juntos pudieran maliciar.
—Dices bien, ¿sabes que tienes mucho talento para ser negro?
—Dios me lo ha dado así.
—Bien, vete y cuidado.
El negro salió sin replicar.
El Bachiller se dirijió por su parte á la tienda del Zambo en la plaza, y de donde le vimos sacar una espada. Aquella tienda era un cuartejo de pésima apariencia; no tenia sino un pequeño armazon en donde se ostentaban algunas vasijas de barro y algunas reatas por toda mercancía, y una mesa sucia y vieja que hacia el oficio de mostrador.
Martin entró á la tienda, y se dirijió á tomar asiento en una mala cama que habia detrás del aparador. El Zambo lo seguia humildemente.
—Vamos á ver—dijo Martin—¿sabes que alguno de los nuestros, tenga ajustado trabajo para esta noche?
—Solo el ahuizote me ha dicho que esta noche le tenga listas tres espadas buenas y tres dagas.
—¿Y de qué se trata?
—No he podido averiguar.
—¿Quiénes le acompañan?
—Lo ignoro, pero no deben ser de los nuestros, porque él no me dijo nada, sino que me advirtió que vendria él solo por las tres espadas.
—¿Cómo sabremos?
—Solo hablando al mismo ahuizote.
—¿Dónde podré hallarle?
—En casa de la bruja Sarmiento á la oracion de la noche.
—Iré allá; tenme preparadas á mí tambien tres buenas espadas y tres dagas para esta noche, toma.
El Zambo alargó la mano, y Martin puso en ella algunas monedas de plata.
Apesar de la riqueza casi fabulosa, de las minas de oro y plata de la Nueva España, los colonos no conocian ni usaban en sus mercados monedas de oro. Los reyes de España habian prohibido su acuñacion, y hasta el año de 1676 se consintió á la casa de moneda de México, labrarla y ponerla en circulacion, pregonándose y celebrándose la real cédula, saliendo á caballo los ministros de la casa de Moneda, con atabales y bajo de arcos, en medio de una gran solemnidad.
Las monedas de plata no eran redondas como ahora, sino de formas irregulares.
El Bachiller Martin salió de la tienda.
—Primero—pensó—iré á dar aviso á Don Fernando y luego me dirijiré en busca del ahuizote, me parece que él es el que se va á encargar de este negocio, veremos de advertir al señor Oidor, hay tiempo aunque muy corto, porque la tarde ya pardea.
Martin se dirijió á la casa del Oidor.
Enfrente vió á Teodoro, como un centinela de mármol negro, y pasó casi rozándolo.
—¿Ahí está?—dijo al pasar junto al negro.
—Sí—contestó Teodoro.
Martin entró á la casa, y encontró al Oidor, paseándose en uno de los largos corredores.
—Buenas tardes dé Dios á usía—dijo Martin.
—Así se las dé al señor Bachiller—contestó el Oidor.—¿Qué vientos os traen por aquí á esta hora? ¿El señor Arzobispo ha vuelto ya de palacio?
—Aun no estaba de vuelta su Ilustrísima, cuando he salido yo, pero urjíame ver á usía y hablarle á solas.
—Pues entrad, que aquí podeis estar á vuestro sabor.
El Oidor introdujo al Bachiller á una especie de despacho.
Aunque entónces los libros eran escasos entre la misma jente que por su profesion necesitaba de ellos, se encontraba allí algo que podia llamarse una biblioteca, y que en aquellos tiempos representaba un valor enorme.
Serian dos mil volúmenes, casi todos forrados de pergamino, y colocados en estantes de caoba con alambrados, pareciendo mas bien jaulas de pájaros ó ratoneras, que estantería para libros.
Una gran mesa cubierta de bayeta verde con libros, espedientes y papeles, un inmenso tintero de plata con una verdadera corona de plumas, y un Cristo, con dos candeleros de plata á los lados.
En toda la estancia, repartidos sin órden ninguno, grandes sitiales de madera de roble con asientos y respaldos de baqueta, tachonados de clavos de cobre.
Y sin embargo, aquel era un lujosísimo despacho de abogado en aquellos dias.
—Siéntese el señor Bachiller—dijo el Oidor.
—Poco tiempo tengo ya de que disponer—contestó Martin—que vengo solo á decir á vuestra señoría, que le manda avisar mi señora Doña Beatriz, que sabe de un concierto para asesinar esta noche á usía.
A pesar de su valor y sangre fría, el Oidor se puso mas pálido de lo que habitualmente estaba.
—Para que usía no dude,—agregó el Bachiller,—Doña Beatriz le envía esta sortija como seña.
El Oidor tomó la sortija.
—Suya, en efecto es,—dijo—ni cómo dudar de lo que vos dijeseis.
Martin hizo una caravana.
—¿Y no agrega nada mas, mi señora Doña Beatriz?
—Nada, sino que por su amor se guarde usía, que es una cosa que sabe á ciencia cierta.
—Gracias.
—Pues he cumplido mi comision me retiro, que voy á procurar, en esta misma noche, poner en claro quién y cómo atenta contra vuestra señoría.
—Quizá no consigais nada, y sea inútil pues yo me figuro ya, que mano anda en todo esto.
—Sin embargo, suplico á usía que me permita.
—Haced lo que os plazca.
—¿Supongo que usía no saldrá esta noche?
—¿Por qué no? dentro de una hora iré á verme con el señor Arzobispo.
—Pues tome usía sus precauciones.
—Nada temais señor Bachiller, id con confianza, que Dios protejerá su causa.
El Bachiller salió, Teodoro estaba en su mismo punto.
—Va á salir, cuidado—dijo Martin.
—Yo cuidaré—contestó Teodoro.
Y Martin se dirigió al tianguis de Juan Velazquez, en busca del ahuizote, y de la casa de la Sarmiento.
Martin era un perdido, un truhan, hipócrita en presencia del Arzobispo, en cuya casa habia entrado en la clase de familiar hacia ya tres años, estaba en relacion con la peor canalla de la ciudad, muy jóven, muy valiente, con una gran inteligencia pero lleno de vicios. Martin de Villavicencio Salazar, álias Garatuza, como le decian sus compañeros debia figurar, y figuró como una notabilidad por sus crímenes en el siglo diez y siete.
Pero en medio de todo, era un tipo de lealtad, y de abnegacion para sus amigos, y para él, el Oidor era uno de ellos, cualquier sacrificio estaba dispuesto á hacer en servicio suyo, porque Martin era hombre de corazon.
VIII. En donde el lector conocerá á la Sarmiento, y le hará una visita en su casa.
POR el lugar en donde ahora existe el Paseo de la Alameda, hubo en aquellos tiempos una especie de mercado miserable, y solo frecuentado por los indios, en un terreno invadido continuamente por las aguas de la laguna.
Se llamaba primero el tianguis de Juan Velazquez, y luego de San Hipólito, y estaba ya fuera de la traza.
Como quizá alguno de nuestros lectores, no sepan lo que era la traza, procuraremos darles de ella una idea.
Despues de la rendicion de México, la ciudad quedó casi reducida á escombros. Hernan Cortés trató de su reedificacion autorizado por el Emperador Cárlos V, y comenzó por señalar el terreno que en ella debian ocupar las casas de los conquistadores, y el que debia ser para los conquistados.
Los españoles ocuparon el centro de la ciudad, y la línea que marcaba esta parte privilegiada, que era un gran cuadro separado de los demás, por una inmensa acequia, fué lo que se llamó la traza.
Dentro de la traza no podian vivir sino los españoles, ó algunos de los vencidos que fueran de una muy elevada categoría, como el desgraciado Guatimoctzin, último Emperador azteca.
Una parte del terreno que fuera de la traza ocupaba el mercado de San Hipólito, fué convertida en paseo, veinticuatro años antes de la época de nuestra historia; es decir, en 1592 por el virey D. Luis de Velasco, segundo, en la segunda vez que ocupó el vireinato. Se sembró de álamos y se cercó.
Esto no era sino una parte de lo que se llama hoy la Alameda.
Martin atravesó la acequia de la traza, por el Puente de San Francisco, y siguió hasta pasar el tianguis en el lado opuesto al que ocupaba el paseo de Don Luis de Velasco.
Vivia por allí en una miserable casita de adoves, compuesta de tres piezas con un corralon á la espalda, una vieja que tenia fama de hechicera, y que le decian la Sarmiento.
Las tres piezas de la casa eran una sala, una recámara y una cocina, casi desprovistas de muebles.
A pesar de la mala nota de la Sarmiento, nada habia allí que pudiera despertar la vigilante susceptibilidad del Santo Oficio.
La Sarmiento no tenia en su compañía, mas que dos hermanos, un varon de treinta años y una muger de veinte, ambos sordo-mudos; el hombre se llamaba Anselmo, y la muchacha María.
La Sarmiento habia traido consigo estas dos personas en un viaje que hizo á Valladolid, como se llamaba entonces Morelia, y contaba que por caridad las habia recogido.
Anselmo era sombrío, María alegre, bonita y graciosa. La Sarmiento se entendia con ellos perfectamente, y en el mayor silencio sostenian entre los tres una de las mas animadas conversaciones.
Anselmo y María en las noches, que estaban generalmente reunidos, solian enojarse y las señas degeneraban en horribles insultos. La Sarmiento, tranquilamente para cortar la cuestion sin tener que reñirles, apagaba la luz y todo terminaba; á oscuras ni se hacen, ni se reciben insultos por señas.
La vida de la Sarmiento era muy misteriosa, pocas veces salia de su casa, ni ella ni los sordo-mudos trabajaban en nada, y sin embargo, jamas les faltaba dinero; la casa que habitaban era de su propiedad.
Algunas noches se habian visto embozados y damas, llegar á la casa y entrar en ella, los vecinos le tenian una especie de respeto ó de miedo á aquella muger, pero algunas veces se atrevian á ir á espiar por las rendijas de las mal ajustadas ventanas, y nunca lograron descubrir nada.
Alguno llegó á pegar sus ojos á esas rendijas despues de haber visto entrar una dama, y solo vió á Anselmo y á María sentados delante de una vela, haciéndose señas imposibles de interpretarse.
Sin embargo, en aquella casa habia una cosa que no se ocultaba al público, que era quizá lo que mas horrorizaba á los vecinos, y en la cual no cuidaban de intervenir los familiares de la Inquisicion.
Anselmo y María domesticaban y criaban toda clase de animales, pero con mas predileccion víboras de cascabel, de las que tenian una respetable coleccion en jaulitas de madera que ellos mismos hacian.
Algunas veces por las tapias del corral, los curiosos veian que mientras la Sarmiento se dedicaba á sus oficios domésticos, los dos hermanos sentados al sol, y dando gruñidos semejantes á los de los perros, cuando están contentos, se ocupaban en dar de comer á seis ú ocho enormes víboras de cascabel.
Aquellos horrorosos reptiles salian de sus jaulas, subian por los brazos de Anselmo, se acomodaban en el torneado seno de la muchacha, arrimaban sus caras chatas al rostro de María, como un gato que hace fiestas, lanzando un silbidillo agudo, y moviendo su lengua ahorquillada con una rapidez asombrosa.
—Ah descreidos, en esas habeis de morir—decian los vecinos.
Pero no llegaba á sucederles nada, y los mas cristianos les imputaban que tenian «compacto con el diablo.»
Habia entrado ya la noche, cuando Martin llegó á la casa de la Sarmiento y llamó.
—La paz de Dios sea en esta casa—dijo.
—Amen—contestó la Sarmiento—¿qué se os ofrece, caballero?
—Venia en busca del Ahuizote—dijo Martin con un tono brusco.
—No ha venido hoy, pero siéntese usarcé señor Bachiller Don Martin de Villavicencio Salazar.
—Calle, ¿y de dónde conoceis vos mi nombre?
—Si buscais al Ahuizote y sabeis que ellos vienen por acá, ¿qué milagro será que os conozca?
—Teneis razon, y supuesto que entre nosotros no hay misterio, ¿podeis decirme adónde hallaré al hombre que busco?
—Costumbre tiene de venir aquí todas las noches á las oraciones, porque gusta mucho de esa muchacha—dijo la Sarmiento señalando á María, en quien no habia reparado bien el Bachiller.
—Oh, y por mi fé que es una preciosa mulata, buenas noches, hermosa.
—Es sorda y muda—dijo la Sarmiento.
—¡Qué lástima!—esclamó Martin—con que esta es la propiedad del Ahuizote.
—Poco á poco, le gusta y es todo, pero nada mas, que María es niña, y á ella no le hace gracia el indio, vereis.
La Sarmiento hizo una seña á María, que seguia los movimientos de los interlocutores, con sus ojos hermosos y llenos de inteligencia y de vida.
La muchacha contestó con un gesto de profundo desdén. Anselmo alzó los ojos, vió la seña, y una débil sonrisa se dibujó en su boca.
María era una muchacha tan perfectamente formada que parecia una Vénus de bronce, y como solo traia una camisa bastante descotada, su cuello, su pecho y sus hombros ostentaban toda su belleza y su morvidez; el brillo de sus ojos, y el carmin fresco de sus labios tenian una hermosura infernalmente provocativa. Los galanes del rumbo envidiaban á las víboras, y el Bachiller, hubiera sido de la misma opinion, si hubiera sabido las escenas que nosotros conocemos.
—¿Y creeis que vendrá esta noche el Ahuizote?—dijo Martin.
—Si he de decir la verdad, creo que no.
—¡Demonio!—dijo con impaciencia Martin.
—¿Qué quereis?—esclamó la vieja tan inmediatamente, que el Bachiller se espantó como si el demonio de veras hubiera contestado á su llamamiento.
—¿Sois vos acaso el demonio, que así contestais cuando se le nombra?
—No, pero tan impaciente os miro, que os ofrecia mis servicios.
—¿Sabeis qué clase de negocio tiene entre manos el Ahuizote esta noche?
—No lo sé, pero decidme si gustais, cuál es el que á vos os preocupa, que entonces mas fácil me será deciros lo que va á acontecer.
—¿Sereis bruja por ventura?
—¿Sereis vos familiar del Santo Oficio para requerirme?
—Nada menos que eso.
—Pues bien, decidme si quereis saber algo, que yo procuraré serviros, y no os mezcleis en asuntos ajenos.
—Quisiera saber de un hombre á quien se pretende asesinar en esta noche.
—Un vuestro enemigo.
—Por el contrario, amigo mio.
—¿Sois de los nuestros?—dijo la Sarmiento, lanzando el grito de una lechuza.
—Sí—dijo Martin, contestándole con el mismo grito.
—Seguidme.
La Sarmiento encendió un candil de cobre, hizo una seña á los sordo-mudos, y se dirigió á la cocina, seguida de Martin.
En uno de los rincones habia una cuba vacía, que apartó la muger con gran facilidad, y debajo una gran losa con un anillo de fierro oculto por un monton de basura.
La Sarmiento tiró del anillo, se levantó la losa, y á la luz del candil, se descubrió la entrada de un subterráneo y los primeros escalones de un caracol de piedra.
—Bajad—dijo la Sarmiento, mostrando la entrada á Martin.
Martin vacilaba.
—Bajad y no tengais miedo—insistió la vieja.
Para que un hombre resista á la palabra «miedo» salida de la boca de una muger, aun cuando esta muger sea una harpía, se necesita que este hombre, esté como se decia en aquellos tiempos: «dejado de la mano de Dios.»
Martin entró sin vacilar al subterráneo, y la Sarmiento le siguió cerrando tras sí la entrada.
Descendieron como veinte escalones, y el Bachiller se encontró en una gran bóveda, que á lo que pudo ver con la escasa luz del candil, daba paso á otras varias de la misma especie.
Entonces la bruja se puso delante de él, y le dijo:
—Aquí sí yo os guiaré, porque no conoceis el terreno, seguidme.
IX. Cómo el negro Teodoro probó que no necesitaba de armas.
EL Oidor era hombre de un valor á toda prueba, no de los que se animan ante el peligro, sino de los que lo buscan y lo desafian. Un peligro le amenazaba aquella noche en la calle, y sentia una necesidad, una especie de vértigo para buscarlo y encontrarlo cuanto antes.
Don Fernando estaba enamorado, y todos los enamorados han sido, y serán siempre, lo mismo. Doña Beatriz sabia que se tramaba su muerte, y Don Fernando se hubiera creido deshonrado si hubiera dejado de salir á la calle esa noche; creeria Doña Beatriz que habia tenido miedo.
Además, tenia urgente necesidad de ver al Arzobispo, de saber la resolucion del virey.
El negocio de la fundacion del convento de Santa Teresa, estaba de tal manera identificado con sus amores, que creía servir á Doña Beatriz ayudando al Arzobispo.
Cerró la noche y D. Fernando se dispuso para salir.
Sin embargo de su valor, creyó necesarias algunas precauciones.
Vistióse bajo su ropilla, una ligera cota de maya de acero, perfectamente templado, y que podia resistir el golpe de un puñal sin perder uno solo de sus anillos; y ademas de su espada y de su daga prendió en su talabarte dos pequeños pistoletes, se caló un ancho sombrero adornado de una pluma negra, se cubrió con un ferreruelo de vellorí y salió á la calle.
Registró con la vista por todos lados, pero nada pudo descubrir á pesar de que el cielo no estaba entoldado como la víspera, y la luna alumbraba bastante.
Don Fernando echó á andar, y detrás de él se destacó un bulto que comenzó á seguirle á cierta distancia; pero sin alejarse mucho ni perderle de vista.
El Oidor caminaba de prisa, pero podia notarse que cuidaba siempre que le era posible de ir por la mitad de la calle, y no torcer en las esquinas cerca de los muros de las casas.
El hombre que le seguia debia ir descalzo, porque sus pisadas no producian el menor ruido marchando como los gatos, sin que pudieran sentirse sus pasos.
En esos dias estaba en construccion el templo de la Catedral, y casi todo el terreno que esta ocupa, estaba lleno de andamios, de montones de piedra, de madera, de inmensos bloques de granito, en fin, de todo eso que formando para los profanos un caos inesplicable, es el pensamiento del arquitecto que va con la luz de la inteligencia á moverse, á ordenarse, á colocarse, á formar una maravilla del arte, y á materializar en una mole gigantesca una idea encendida en la pequeña cabeza de un hombre.
Desde allí se descubria la puerta del Arzobispado, y entre aquellos materiales acumulados se perdió, como que se desvaneció, el hombre que seguia al Oidor. Era indudablemente el lugar mas propio para ocultarse, y para vigilar á todos los que entrasen ó saliesen del palacio del Arzobispo.
Don Fernando preguntó por su Ilustrísima, y un familiar le hizo entrar inmediatamente.
—¡Albricias!—dijo alegremente el Arzobispo al ver á Don Fernando.
—De las mismas—contestó el Oidor, siguiendo el humor del prelado.
—El virey da su beneplácito para continuar la obra inmediatamente; aquí está la órden.
—Mil parabienes.—¿Pero cómo logró tan pronto su Ilustrísima.........
—¡Ah! no ha sido poco el trabajo: su Excelencia estaba realmente prevenido, ese Don Alonso de Rivera, y su amigo Don Pedro de Mejía (Dios se los perdone), han trabajado con un teson digno de santa causa.
—Pero al fin.
—Ahora vereis, al llegar al palacio pareciome mas prudente consejo tener vista con mi señora la vireina, que como sabeis, muestra particular empeño en nuestra fundacion porque allá en su mocedad estuvo algunos meses en un convento de Carmelitas descalzas, y su santo celo nos ha dado tambien en sus dos hijas piadosos auxiliares para nuestra empresa. Su Excelencia debia entrar á la cámara de la vireina pocos momentos despues que yo, pero tiempo tuve suficiente para prepararla, así como á las dos niñas; de manera que ellas y yo, tanto instamos y rogamos, y suplicamos, que su Excelencia no pudo menos de darme la órden que yo solicitaba. ¡Ah, señor Oidor! Este ha sido un triunfo que hemos alcanzado, y que es preciso aprovechar sin pérdida de tiempo.
—Yo aseguro á vuestra señoría Ilustrísima, que mañana en la tarde no conocerá el lugar en que las casas existieron.
Y el Arzobispo y el Oidor continuaron, lo menos por dos horas, hablando de sus planes..............................
Teodoro, que seguia á D. Fernando, se ocultó en las obras de la nueva Catedral: buscó un lugar desde donde observar la puerta del Arzobispado, y colocándose á su sabor se quedó inmóbil.
Una hora habia permanecido allí confundido por su color negro con la sombra del naciente edificio, cuando sintió un leve rumor de pasos que se acercaban por el mismo camino que él habia traido.
Con mucha precaucion levantó la cabeza y vió tres hombres que procuraban ocultarse tambien, muy cerca de el lugar que él ocupaba.
—Está seguro—dijo uno de ellos al otro: está en el Arzobispado.
—Tan seguro, que yo le ví entrar desde la pared de enfrente adonde me dijiste que me quedara de vigía.
—Sí debe ser, porque quien nos manda me dijo que debia venir esta noche á ver al Arzobispo, y que por aquí debia pasar al retirarse.
—Seguro es el golpe.
—Ahora esperad, y silencio.
Y todos callaron: Teodoro no habia perdido una palabra.
Mucho tiempo trascurrió así, y Teodoro observaba de cuando en cuando una cabeza que se alzaba muy cerca de él para mirar la calle que venia del Arzobispado: la luna estaba ya en la mitad del cielo.
Por fin sonó una puerta y se percibió un bulto negro que, saliendo del palacio del Arzobispo, se dirigia al lugar de la emboscada.
—¿Es él?—dijo uno de los hombres.
—Debe ser—contestó otro;—pero es necesario estar muy seguros, y sobre todo no precipitarnos, porque anda siempre bien armado, y es diestro.
—Pero solo.
—No le hace.
El bulto se acercaba mas y mas.
—Él es, dijo uno.
—Listos!—contestó el otro.—Y los tres sacaron de la vaina sus puñales sin levantarse.
El bulto se percibia ya claramente; era el Oidor y pasaba por delante de los hombres ocultos.
Entonces sin hacer ruido, y como si hubieran sido unas sombras todos, se alzaron; pero no advirtieron que no eran ya tres sino cuatro.
—¡A él!—gritó uno precipitándose; sobre el Oidor; pero antes que hubiera podido acercársele recibió en la cabeza un golpe terrible, que le hizo caer á tierra sin sentido. Don Fernando tiró de la espada y se puso en guardia; pero la precaucion era inútil: al mirar su actitud, el auxilio inesperado que le llegaba y la caida de uno de ellos, los asesinos echaron á huir.
Ni Don Fernando ni el negro pensaron en seguirles, el Oidor quedó con su espada en la mano, y el negro con su habitual indiferencia, cruzados los brazos, contemplándole y teniendo en medio de ellos el cuerpo de aquel hombre, que no se sabia si estaba muerto, ó privado.
—¿Quién sois, y qué quereis?—preguntó Don Fernando al mirar que el negro no se movia.
—Soy el negro Teodoro, y solo quiero servir á su señoría en lo que me mande.
—¡Teodoro! ¿qué haces aquí?
—Seguir á usía.
—¿Seguirme? ¿y para qué?
—La señora mi ama sabia que esta noche querian la muerte de usía.
Don Fernando se puso pensativo.
—¿Ella te ha mandado?
—No, yo le pedí licencia para acompañar á usía en esta noche.
El Oidor volvió á callar por un rato.
—¿Este hombre está muerto?
Teodoro se inclinó y puso su mano en la boca, y luego en el corazon del hombre.
—Está vivo—contestó.
—¿Con que le heriste?
—Con mi mano.
—Seria bueno llevárnosle.
El negro sin esperar mas, levantó al herido, que gimió débilmente; como hubiera podido alzar á un niño, y se volvió como para esperar una nueva órden.
—Vamos, dijo el Oidor, mirando si en el suelo habia algo.
—Aquí está el arma de éste—dijo Teodoro levantando un puñal del suelo.
Don Fernando guardó su espada y se puso en marcha seguido del negro que llevaba á cuestas al herido, avanzaron un poco y se oyó un rumor de pasos: eran dos hombres que traian la direccion opuesta y con los que debian encontrarse.
—¡Ah de los que van!—dijo uno de los dos.
—¡Alto los que vienen!—contestó Don Fernando sacando la espada.
A la luz de la luna se vieron brillar los estoques de los que venian. Teodoro puso en el suelo con mucho cuidado al herido, y se colocó al lado de Don Fernando.
—¿Quién va?—dijo una voz.
—Oidor de la Real Audiencia—contestó Quesada adelantándose.
—Mi señor Don Fernando de Quesada.
—Señor Bachiller—contestó el Oidor.
—Loado sea Dios, que encuentro á su señoría, porque en alas del temor, hemos venido en su busca. ¿Ha tenido su señoría.........?
—Un mal encuentro; pero á Dios gracias que con el refuerzo de Teodoro, ni yo tuve por qué sentir, ni ellos por qué alegrarse: mirad.
—Teneis un cautivo.
—Es la proeza de Teodoro, pero retirémonos que no seria prudente que así nos viesen.
—Si no le disgusta á usía, me tomaré la licencia de acompañarle.
—No cabe disgusto en lo que causa satisfaccion: acompañadme.
Teodoro alzó su carga y los cinco llegaron á la casa del Oidor.
—Ahora, señor Bachiller, dijo el Oidor, tócame mi turno de ofreceros en esta noche la hospitalidad que á tales horas, témome que no encontreis abierta vuestra habitacion.
—De grado acepto—contestó Martin—y no temo incomodar á su señoría, porque algunas cosas tengo que poder comunicarle.
—Pues pasad.
—Permítame usía despedir á este compañero.
El Bachiller habló algunas palabras con el embozado que le acompañaba, y éste se retiró, haciendo una profunda carabana al Oidor.
El negro habia permanecido firme cargando á su hombre.
Cuando estuvieron dentro ya de la casa y cerrado el zaguan, el Bachiller dirigiéndose al herido, dijo:
—¿Y de éste, qué dispone su señoría?
—Lo veremos.
Un lacayo trajo un candil.
—No lo conozco—dijo Martin.
—Yo sí—agregó el Oidor,—y sobre todo por la librea. Es un paje de la casa de Don Pedro de Mejía; por mi fé que no perdona mi señor Don Alonso medio de oponerse á la fundacion.
—¿Creeis?
—Estoy seguro.
—Encargaos de ese hombre—dijo á sus criados Don Fernando, y subid vosotros conmigo—agregó dirigiéndose á Martin y á Teodoro.
X. Lo que habia visto y sabido el Bachiller en la casa de la Sarmiento.
LA Sarmiento guiaba alumbrando á Martin en el subterráneo; en el fondo de la segunda bóveda habia una mesa cubierta con una bayeta negra, vieja, y llena de manchas y de agujeros.
Las bóvedas eran un confuso depósito de objetos raros y horribles, esqueletos, cráneos, animales vivos ó disecados, cajas y vasijas de figuras estrañas, armas, vestidos, libros, papeles, bolsas y sacos de todos tamaños, hornillos y braceros, yerbas, flores, ramas y troncos de árboles, pero así, como perdiéndose, ocultándose entre sombras sin contornos, sin precision, como desvaneciéndose unos objetos en los otros.
Martin era hombre de talento, y procuró no mostrarse admirado de nada.
—Valiente coleccion de porquerías guardais aquí—dijo á la Sarmiento.
La vieja volvió el rostro para verle, entre admirada y colérica.
—¡Qué entendeis vos de todo esto!—contestó—sentaos.
El Bachiller se sentó en un sillon de baqueta negra sin bra zos, y que tenia un respaldo alto, que casi terminaba en punta.
—Hablemos—dijo la Sarmiento.
—Ante todo, permitidme que os diga que con perdon del Santo Oficio, tanto creo en las brujas, como creer en el Purgatorio, y así podeis escusaros de intentar conmigo hechizos, que será perder vuestro tiempo.
—Mas convencido quedareis al salir de aquí, de vuestra ignorancia, que yo lo estoy de que teneis que acabar vuestra vida en las cárceles secretas del Santo Tribunal.
—No me digais eso ni de chanza, que de la Inquisicion tengo tanta fé de que existe como de Dios.
—Producciones teneis para salir con el sambenito.
—Dejemos eso y vamos á lo que me habeis prometido.
—Vamos—decis que se trata de asesinar esta noche á un hombre.
—Sí.
—¿Y quereis saber si morirá hoy ó muy pronto?
—Holgárame de saber la verdad.
—Bien, ¿teneis sobre vos alguna prenda suya?
El Bachiller se registró.
—Ninguna.
—Entonces escribid su nombre en este pergamino.
La bruja presentó un pequeño pedazo de pergamino al Bachiller, tomó éste una pluma y puso el nombre del Oidor.
La bruja encendió un candil de forma estraña.
—¿Qué es eso?—preguntó Martin.
—Es un candil que se alimenta con sangre humana, y la mecha está sacada de sudario de un ajusticiado.
El Bachiller se sonrió con desprecio. La bruja tomó el pergamino y lo acercó á la llama, el pergamino se incendió produciendo una luz blanca y hermosa.
—Este hombre está enamorado y correspondido.
—¿En qué lo conoceis?
—En la luz blanca.
Luego se apagó repentinamente.
La Sarmiento recogió las cenizas.
—Este hombre no poseerá á la muger que ama.
—¿Por qué?
La luz se apagó de repente, y las cenizas quedaron negras.
La Sarmiento trajo una gran bandeja de acero y mezcló alli diferentes líquidos, pero siempre quedaban trasparentes y limpios.
—Poned cuidado—dijo al Bachiller—si al arrojar las cenizas en esta agua se pone roja inmediatamente, vuestro amigo morirá hoy de mala muerte; si no, cada burbuja de aire que salga será un mes de vida que le quede, hasta que el agua cambie de color y entonces morirá, si el agua se torna verde, su muerte será tranquila; si roja, morirá de mala muerte.
Martin no creia, y sin embargo, estaba trémulo y su corazon latia con una violencia terrible y no se atrevia á separar los ojos de la vasija.
La bruja dijo entre dientes algunos conjuros y arrojó en el agua las cenizas.
Martin contuvo hasta la respiracion; la Sarmiento tenia las manos estendidas sobre la vasija, una víbora silvaba en uno de los rincones de la bóveda, los dos candiles encendidos encima de la mesa producian una especie de chisporroteo siniestro.
El agua permaneció limpia, derrepente se agitó en el medio y una burbuja apareció en la superficie y reventó luego.
—Una—dijo Martin, arrojando su aliento contenido.
Volvió á agitarse el agua y otra burbuja apareció.
—Dos—dijo Martin.
Las burbujas continuaban brotando.
—Tres, cuatro, cinco.
—Cinco—repitió el Bachiller, mirando con ansiedad que no salia otra,—cinco.
El agua parecia querer hervir, arrojó una especie de humo y repentinamente se puso roja como si hubiera sido de sangre.
—¡Jesus!—dijo Martin apartando el rostro espantado.
—Cinco meses de vida, y morir de mala muerte—dijo con solemnidad la Sarmiento.
—Es imposible—dijo Martin—os habeis equivocado.
—Lo desearia, porque tanto veo que os apena, pero temo que no.
—Cinco meses no mas, y morir.........
—Asesinado.........
—¿Asesinado?
—¿Quereis saber quién le matará?
Martin reflexionó.
—¿Podré matarle yo antes?—dijo.
—No, porque entonces faltaria el pronóstico.
—Entonces no.
—Como gusteis.
Martin inclinó la cabeza, y luego repentinamente dijo:
—Sí, sí, probad á decirme quién le matará, ¿¿podeis??
—Haré por conseguirlo.
La Sarmiento puso sobre la mesa un hornillo y comenzó á meter en él trozos de madera que tenian formas y colores raros, y entre los cuales algunos parecian manos, otras cabezas, otros brazos.
—¿Qué leña es esa?—preguntó Martin preocupado.
—Son pedazos de estátuas de santos.
El Bachiller no estaba para objetar aquella profanacion.
La bruja encendió en el candil una pajuela de azufre, y la colocó entre la leña: la llama se alzó.
El humo de la pajuela y el que arrojaba la pintura de la madera que servia de combustible, producian un olor sofocante.
La bruja colocó sobre el hornillo la vasija con el líquido que habia quedado rojo, y comenzó á decir conjuros dando vueltas en derredor de la mesa.
Poco tardó el líquido en entrar en ebullicion y exhalar un vapor luminoso: la Sarmiento mató la luz de los candiles.
Martin creia soñar con el resplandor rojizo de la llama, la casa de la Sarmiento, y los objetos que alcanzaban á alumbrarse tomaban formas fantásticas; parecian animarse y moverse los esqueletos, los animales disecados, todo se agitaba con la vacilante claridad de las llamas, y en medio de todo, la vasija arrojando un vapor luminoso y blanco, en el que Martin nada veia, pero en el que la Sarmiento parecia leer.
—Ese hombre morirá por mano de un amigo suyo.
—Pero ¿quién es? ¿Una seña? ¿Un indicio?
—Es un jóven......... sí, muy jóven......... esta tarde le ha visto......... ahí están......... juntos......... el amigo le da una cosa......... no les veo los rostros......... le da una alhaja, una alhaja de la muger que el muerto ama......... un cintillo....
—¡Muger!
—Sí, le da un cintillo......... y ese......... ese es el que lo matará......... su asesino.
—Mientes, mientes bruja infernal—esclamó el Bachiller precipitándose sobre ella y tomándola de un brazo.—¿Dí que mientes; ó aquí tú serás la que muere.
—Estais loco,—contestó la Sarmiento sin inmutarse,—¿por qué os he de decir que miento? Vos quisisteis saber la verdad; no os agrada; tanto peor para vos.
—¿Pero estás cierta de lo que dices?
—Jamás evocacion ninguna, me ha salido tan clara.
—Pues sácame de aquí; sácame pronto.
—¿No quereis saber nada mas? Esta noche estoy de buenas.
—Nada quiero saber, sácame de aquí.
—Sea como quereis; pero esperad.
La Sarmiento volvió á encender la luz que le habia servido para bajar al subterráneo, apagó el fuego del hornillo y colocó todo en su lugar.
—Vamos—dijo impaciente Martin.
—Vamos: pero antes juradme que ni en el Santo Oficio, puesto en cuestion de tormento revelareis la existencia de este lugar, ni vuestras relaciones conmigo.
—Lo juro á Dios.
—No, no es á Dios á quien debeis jurarlo.
—¿Pues á quién?
—Al diablo—dijo la Sarmiento, haciendo una especie de reverencia.
El Bachiller vaciló:
—¿Qué hay?—dijo la bruja.
—Pues lo juro al diablo.
La vieja tiró de una reata que pendia del techo, y se oyó un rumor como el que produce un carro que rueda en un empedrado.
—¿Qué es eso? preguntó Martin.
—Vuestro juramento ha sido recibido.
A pesar de su valor y de su esceptisismo, Martin se estremeció.
—Vamos—dijo.
—Vamos.
Subieron la escalera del caracol y se encontraron en la casa.
Con los sordo-mudos habia un nuevo personaje.
Era un hombre de la raza indígena pura, con su tez cobriza, su pelo negro y lacio, sin barba, y con un escaso bigote.
Vestia una ropilla ordinaria de velludo, con calzon de escudero y unas medias calzas de venado: estaba envuelto en un tabardo gris y conservaba en su cabeza un sombrero de anchas alas.
Al sentirse en otra atmósfera, el Bachiller recobró su sangre fria y le pareció como que todo no habia sido sino una pesadilla.
—Ahuizote—dijo al recien venido—creía que tenias aventura esta noche.
—Sí—contestó el Ahuizote—un riquillo que queria que lo acompañáramos á sacarnos una muchacha, pero le entró miedo y se arrepintió.
—¿Y podrás acompañarme?
—¿A dónde?
—Vamos á impedir que asesinen á un amigo mio.
—Te ayudaré—dijo el Ahuizote, parándose.—¿Quién es él?
—Don Fernando de Quesada—el Oidor.
—No voy—dijo sentándose otra vez el Ahuizote: yo no defiendo gachupines.
—Es un amigo.........
—Aunque.
—Bien, no vayas; pero recuerda que no es él quien te pide compañía, sino yo. Quedad con Dios, señora Sarmiento.
—Él guie á su merced, señor Bachiller.
Martin abrió la puerta.
—Oye—dijo el Ahuizote.
—¿Qué cosa?
—Siempre te acompaño.
—Vamos.
—Nican timocuepas—dijo la Sarmiento en idioma mexicano al Ahuizote—que queria decir—vuelve acá.
—Moztla teotlac—contestó el Ahuizote—mañana en la tarde.
—Tlacoyohuac tihuallas, âmo teotlac—(á media noche vienes, y no en la tarde).
—Quemâ—(sí)—contestó el Ahuizote saliendo.
El Bachiller no entendió ni una palabra, pero tampoco preguntó.
Y los dos se dirigieron precipitadamente en busca del Oidor hasta encontrarlo, acompañado de Teodoro que conducia al herido.
XI. Doña Blanca y Don Pedro de Mejía.
QUIZÁ no habia en toda la gran estension de la Nueva España un caudal mas rico, que el que al morir legara á sus hijos el padre de Don Pedro y Doña Blanca de Mejía.
Inmensas haciendas en la tierracaliente y la tierra fria: minas, casas, ganados, esclavos, abundantes vajillas de plata y oro, alhajas, incalculables existencias de mercancías, y sobre todo, una fabulosa cantidad de reales.
Por la última disposicion del testador, Don Pedro su hijo, mayor que Doña Blanca, en mas de quince años debia manejar toda aquella colosal fortuna, hasta que ella cumpliera veinte años ó se casara.
Don Pedro y Doña Blanca solo eran hermanos de padre, porque eran hijos de dos matrimonios: Don Pedro habia nacido en España y Doña Blanca en México. De aquí la gran diferencia de edad entre ellos, y el poco cariño que Don Pedro habia tenido siempre á Doña Blanca.
El conocimiento de la voluntad, testamentaria de su padre, y la idea de tener que entregar á Blanca la mitad del caudal, apagaron en el corazon de D, Pedro la última chispa del amor fraternal, el demonio de la codicia sopló en su cerebro, y entonces fué odio lo que concibió por su hermana.
A medida que los años pasaban, Don Pedro veia acercarse el dia tan temido para él: podia evitar que se casara Doña Blanca, pero no que cumpliera veinte años; y en la época á que nos referimos, la doncella tenia ya diez y siete.
Entonces comenzó aquella série de malos tratamientos, de que Doña Blanca se quejaba con Doña Beatriz de Rivera.
Doña Blanca permanecia esperando en su aposento la llegada de su hermano: presentia una tempestad, porque al encontrarse en las escaleras de la casa de Doña Beatriz habia visto á Don Pedro, mas severo y mas sombrío que de costumbre.
Las horas corrian y Don Pedro aún no aparecia por el aposento de Doña Blanca: la jóven sabia que él y D. Alonso de Rivera habian concertado para aquella noche la muerte del Oidor Quesada; pero no conocia los pormenores de la trama, podia ser que su hermano mismo fuese entre los que atacaran á Don Fernando, y esta idea la hacia temblar: ella veía á Don Pedro como á su hermano: le amaba á pesar de todo, y la idea de un combate entre él y Don Fernando, el amante de Doña Beatriz, de su única amiga, la hacia estremecer por el resultado, cualquiera que éste fuese. No se acostó y se estuvo rezando.
A la media noche oyó tocar en la puerta de la calle, luego rumor en los patios y en los corredores, y despues todo volvió á quedar en silencio.
Entonces oyó ruido por el pasillo que guiaba á su aposento, llamaron, y abrió. Don Pedro estraordinariamente pálido y sombrío se presentó.
—Estraño es—la dijo sin saludar—que á esta hora aun no os hayais recogido.
—Rezaba—contestó Doña Blanca tímidamente.
—Horas son estas en que solo las monjas rezan. ¿Os sentis acaso con la vocacion necesaria?
—Yo.........
—Doña Blanca, supongo que no habreis olvidado que os he encontrado fuera de la casa, de donde sin mi permiso habeis osado salir.
—Deseaba ver á mi madrina Doña Beatriz.
—Aun cuando así fuese, esto no volverá á repetirse, os lo advierto.
—Lo prometo.
—Podeis prometerlo ó no, que de mi cuenta corre el impedirlo; desde hoy no saldreis de este aposento, ¿lo entendeis?
—Sí.
—Aquí os servirán la comida.
—Pero.........
—Así lo he dispuesto, y con eso basta—dijo Don Pedro saliendo y cerrando tras sí la puerta.
Doña Blanca llorando, se arrojó vestida sobre su lecho.
—¿Por qué su hermano la trataba así, á ella tan sumisa, tan obediente, tan amorosa?
Muy lejos estaba aquella alma vírgen de comprender las negras pasiones que agitaban el corazon dañado de Mejía.
Don Pedro se encerró en su aposento y se sentó frente á un inmenso pupitre negro que tenia primorosas incrustaciones de marfil, representando aves, flores, hombres y edificios.