LIBRO SEGUNDO. LAS DOS PROFESIONES.
Reading edition
I. De cómo dentro de un templo, y junto á la pileta de la agua bendita puede un hombre sentirse hechizado.
DON Cesar llegó al templo de Jesus María antes de las diez, y se colocó cerca de la entrada, seguro de que todas las damas llegarian allí á tomar agua bendita.
En efecto, á pocos momentos Blanca entró á la iglesia.
Comenzaba á tener grande amistad con Sor Inés de la Cruz, porque el plan que Luisa habia indicado á Don Pedro de Mejía, era tan sabio, que no podia menos de surtir sus efectos; solo que Luisa no habia contado con el amor de Blanca por Don Cesar.
Cuando un hombre ó una muger han encontrado por casualidad aunque sea, á una persona por quien conciban una pasion violenta en alguna calle ó en algun lugar público, propenden siempre á volver á ese lugar, porque piensan encontrar allí al objeto de su amor.
Esto era lo que pasaba á Doña Blanca, y por eso volvia al templo de Jesus María, á pesar de que no tenia allí cita con Don Cesar. Al verle palideció y se turbó: estaba ella segura de que la beata le habria llevado ya la respuesta á la carta que suponia haber recibido de él.
Don Cesar por su parte creía que la dama con quien habia hablado la noche anterior era Blanca.
Los dos creían haberse entendido, y en realidad no habia mediado entre ambos mas que el amor adivinado.
Don Cesar ofreció á Blanca el agua bendita en la punta de sus dedos, y le dijo muy bajo:
—¿Me amais?
—Sí—contestó Blanca con una voz apenas perceptible; pero que sin embargo, fué oida lo mismo que la pregunta por otra persona que entraba al templo en aquel momento; por Luisa.
Luisa sintió el fuego de los celos, se soñaba tan feliz, habia llegado tan llena de ilusiones, que aquel desengaño era para ella terrible.
La pasion la cegó, y acercándose á Don Cesar le dijo con un acento trémulo por la ira, procurando no ser oida por los fieles que estaban entrando al templo:
—Mal caballero sois, Don Cesar.
Don Cesar se volvió espantado para mirar quién le dirijía aquel insulto, y vió á Luisa encendida por el furor, y mas hermosa que nunca.
—¿Por qué señora?—preguntó mas admirado al ver que clase de persona era la que le insultaba.
—¿Cumplis así los juramentos que me hicisteis anoche?
—¡Anoche! ¿Juramentos á vos, señora?
—Sí, anoche, en las rejas de mi casa.
—No comprendo.
—Lugar es este en que no podemos esplicarnos; salid:
—Pero, señora.
—Os lo ruega una dama..........
—Pues salgamos.
Y Don Cesar salió de la iglesia siguiendo á Luisa, con no poco escándalo de los fieles que lo advirtieron, y que conocian á la dama.
—Afectais aún no comprenderme—dijo Luisa cuando estuvieron en la calle.
—Por mi fé de caballero que no os comprendo, señora.
—¡Ah, Don Cesar! Mal hace una dama en fiar su honra á persona que no conoce.
—Señora, me insultais sin yo merecerlo.
—¿No lo mereceis? Y os miro requiriendo de amores á una dama, cuando anoche en mi reja me habeis jurado amor y fidelidad.
—¿Yo?
—Sí, y lo negais mal caballero, precisando á una señora como yo, á recordaros favores que en mala hora se os han concedido, ¿no me habeis dicho anoche que no érais sino mio? ¿No os he puesto en el dedo esa sortija que me jurásteis no apartar de vos nunca? ¿No habeis puesto vuestros labios en mi mano?
—¿Conque érais vos?—preguntó espantado Don Cesar.
—Era ella—dijo detrás de Don Cesar una voz—era ella, ella que yo mismo os he conducido.
Don Cesar volvióse á ver quién le hablaba, y reconoció al Ahuizote: Entonces comenzó á comprender.
—Señora, anoche he creido hablar con esa dama á quien ahora ofrecia el agua en el momento en que vos entrábais al templo.
—¿Conque es decir que no me amais? ¿Qué he sido un juguete para vos? ¿Un chasco? ¿Conque á quien vos amais es á esa Doña Blanca? Decidme, ¿á ella es á quién amais?
Don Cesar estuvo silencioso.
—Pero yo me vengaré, me vengaré de vos, y de ella; ¡ah! no sabeis lo que habeis hecho, no lo comprendeís todavía: me vengaré, me vengaré de ella, de ella y de vos, que os habeis burlado de mí.
Don Cesar era al fin jóven, y Luisa por demas hermosa, y á él no le hubiera pesado que los amores hubieran seguido adelante.
—Pero, señora—se atrevió á decir—si vos me amais, si tan bella sois, qué impide que siga yo amandoos, que al fin con esa dama aun no tengo nada, y vos podeis perdonarme lo que por mi culpa no ha sido.
—¡Perdonaros, seguiros amando! nunca, ya no os amo: haced cuenta Don Cesar que no me habeis conocido.
Y diciendo esto se separó de Don Cesar y se entró en su carruaje que la esperaba á poca distancia.
La beata Cleofas que, como de costumbre, estaba en el atrio de la iglesia habia escuchado la despedida de Luisa, y como ella conocia á Don Cesar y le estaba agradecida por su limosna, se interesaba ya por él.
—¡Pobre jóven!—pensaba Cleofas—qué triste se ha quedado con el enojo de su amada; pero en fin, ella se contentará que así son las mugeres; y si no se contenta, mejor, porque es un escándalo á Dios que una señora casada, como Doña Luisa, ande en galanteos.
Don Cesar se habia quedado pensativo y sin saber qué hacer, y permaneció así inmóbil como un cuarto de hora: le parecia todo un sueño, creia sériamente que estaba hechizado.
La cita con Luisa la comprendia perfectamente; pero la turbacion y el rubor de Blanca, y aquel «sí» tan dulce, tan espresivo, esto era lo que él por mas que hacia no podia llegar á entender.
Doña Blanca advirtió como otras varias personas, que Don Cesar despues de hablar con Luisa, habia salido con ella del templo; pero aunque sintió su salida, no malició que se trataba de amores.
La misa terminó; Don Cesar no volvia, y Blanca salió de la iglesia.
La primera persona con quien se encontró fué con la beata, y se dirijió á hablarla.
—Le he visto—le dijo.
—¿A quién?—preguntó la beata.
—Cómo á quién, á él.
—¿A él? Si no ha venido.
—Sí, que ha venido, y me ha hablado.
—No lo creais.
—Miradle, allí está—dijo Blanca, señalando á Don Cesar.
—No le veo—contestó la beata, creyendo que trataba de Don Alonso de Rivera.
—Allí está parado, miradle, ahora vuelve el rostro.
—Estais equivocada: ese es Don Cesar de Villaclara.
—¿Pues no es el que os dió para mí el billete ayer?—preguntó espantada Blanca.
—Ni pensarlo, que fué Don Alonso de Rivera; este es Don Cesar de Villaclara, el amante de Doña Luisa, con quien acabo de oirle departir de amores en este momento.
—¡Jesus me ampare!—esclamó Doña Blanca, poniéndose pálida y vacilando.
—¡Ave María Purísima!—dijo la beata, sosteniéndola, esta niña se pone mala—Doña Mencia, Doña Mencia.
La dueña llegó corriendo, los curiosos rodearon á Blanca, que comenzó á volver en sí.
—¿Qué ha sido eso, qué ha sido eso?—decia la beata.
—Nada, nada, contestó Blanca, reventando por llorar.
—Cómo nada, y estais pálida como un difunto.
—Ha sido un desmayo, pero ya pasó, vamos Doña Mencia que me siento muy débil.
La beata y la dueña sosteniendo á Blanca la llevaron hasta su carroza, y la ayudaban á subir cuando llegó Don Cesar.
—¿Me permitireis que os ayude á subir?—dijo.
—Caballero—contestó Blanca con indignacion—no sé con qué derecho os atreveis.........
—Señora, yo creia—murmuró Don Cesar.
—Hacedme la gracia de retiraros.
Don Cesar se retiró, y el carruaje partió lijero.
El jóven tenia aún esperanza de ver asomarse por la portezuela el rostro de Blanca, pero nada.
—¿Qué tiene esa señora?—preguntó á la beata.
—Lo ignoro—contestó Cleofas.
—¿La conoceis vos?
—Y bien.
—Decidme, ¿pudiera yo hablar con vos á solas?
—¿De qué negocio?
—De uno que pudiera conveniros.
—Esta tarde á las cuatro, en la casa del Santo Entierro, en la plaza de las Escuelas.
—¿Cómo os llamais?
—Cleofas, humilde sierva de nuestro Padre San Francisco.
—Iré, pero esperadme.
—Id, y me vereis.
—Hasta la tarde.
—Que Dios os guié.
II. Donde el “diablo tira de la manta.”
SEIS dias después de los acontecimientos que referimos en el capítulo anterior, en el comercio circulaba la noticia de que Don Manuel de la Sosa habia muerto de una manera estraña, y cada uno comentó la cosa á su manera, y la honra de su viuda andaba en lenguas, buenas ó malas, y todos acudian á la casa del difunto á dar el pésame á Luisa, que los recibia con muestras de profundo pesar, cubierta con negras tocas, en un lujoso aposento colgado de negro.
De los primeros en acudir allí, fué como era de suponerse, Don Pedro de Mejía. Don Pedro amaba á Luisa y al saber que estaba viuda pensó en lo que ella tantas veces le habia dicho, y creyó que á partir desde aquel momento Luisa seria enteramente suya; pero Luisa no pensaba sino en Don Cesar, y el amor y el orgullo ofendido de aquella muger, la hacian no pensar sino en su venganza.
—Luisa—le dijo Don Pedro—ya sois libre.
—Y bien—contestó.
—Que ya nada se opone á que seais mia, no mas que mia.
—Don Pedro, aun el alma de Don Manuel vaga y pena tal vez por estos lugares.
—Pero ¿no me dijísteis mil veces que me amabais, que solo esperabais ser libre?
—Sí, pero.........
—¿Pero qué, Luisa?
—¿Me amais, Don Pedro?
—Mas que á mi vida.
—¿Estais dispuesto á hacer por mí cuanto yo os diga?
—Cuanto querais.
—Pues bien, casaos conmigo, soy libre y vos tambien.
Todo podia esperar Don Pedro, menos eso. La reputacion que Luisa tenia en la ciudad no le habia impedido amarla, pero hacerla su muger era ya otra cosa, y vaciló.
—¿Casarnos, y para qué? ¿nos hemos de amar mas por eso? ¿hemos acaso de ser mas felices así?
—Pues de otra manera, nada alcanzareis de mí.
—Luisa, por Dios, no seais exigente.
—Lo quiero.
—Pero tan pronto.
—Si he de ser vuestra esposa, necesito por vos y por mí que sea pronto.
—Seria un escándalo.
—Mas lo será que sepan que soy vuestra querida, acabando de morir mi esposo; además, entonces vuestros intereses serán los mios, y por vos y por mí, os lo repito, conviene que el matrimonio se verifique inmediatamente que pasen los primeros dias de luto, de esto depende la salvacion de la mayor parte de vuestra fortuna.
—¿De mi fortuna? ¿qué quereis decir?
—Quiero deciros que he descubierto un secreto que os vale la mitad de vuestra fortuna, y que solo os diré el dia en que me deis formal promesa de casamiento.
—¿Y qué secreto es ese?
—Hacedme la promesa y os lo digo.
—Pero.........
—Mirad que os digo la verdad de Dios, dadme formal promesa de casamiento y os doy el secreto, y si me decís que no os importa la mitad de vuestro caudal, conforme estoy en que se rompa.
Don Pedro comenzaba á alarmarse sériamente; su gran vicio era la avaricia, y la pérdida de la mitad de su caudal era para él negocio muy grave.
Pensó en engañar á Luisa para arrancarle aquel secreto, estaban solos, ¿qué prueba tendria ella despues de aquella conversacion?
—Sí—dijo resueltamente—os doy mi palabra de casarme con vos tan pronto como pasen los primeros dias del luto de vuestro esposo.
—Entonces—dijo solemnemente Luisa—firmad aquí.
Y sacó de su seno un pergamino en el que constaba una formal promesa de matrimonio, á la que no faltaba mas requisito que la firma de Don Pedro.
—Eso no—dijo Don Pedro, retrocediendo como si hubiera visto un escorpion.
—Lo que quiere decir, que quereis engañarme, ¿es verdad?
—Lo qué quiere decir, que basta mi palabra, y desconfiais de ella.
—Bien, no firmeis: entonces Don Pedro de Mejía, os quedareis sin la muger que puede haceros tan feliz con su amor, y sin la mayor parte de vuestro caudal, ¿lo dudais? os doy tres meses de plazo, entonces vereis que Luisa tenia razon, y entonces, ¡ay de vos, que no habrá remedio!
—Firmaré—dijo Don Pedro espantado.
—Firmad—contestó Luisa, estendiendo el pergamino, al pié del cual Don Pedro puso su nombre con mano trémula.
—Ahora el secreto—dijo limpiándose el sudor que brotaba de la raiz de sus cabellos—El secreto.
—Oidlo—dijo Luisa doblando el pergamino y guardándolo en su seno, el dia que vuestra hermana se case, tendreis que entregarle la mitad de vuestro caudal, ¿es verdad?
—Sí, es cierto.
—Pues bien, vuestra hermana Doña Blanca, tiene un amante.
—Mentira—dijo Don Pedro, levantándose como impulsado por un resorte.
—Poco galante sois con vuestra esposa; pero os lo perdono por la situacion en que os pone la noticia.
—¿Pero quién es ese amante, ¿cómo lo sabeis?
—Lo sé, porque los he sorprendido en una conversacion amorosa, porque he procurado averiguarlo todo, porque á pesar de la resistencia que oponeis para ser mí marido, yo velo por vos y por vuestros intereses, para probaros cuánto ganais uniéndoos conmigo.
—Pero su nombre, señora, el nombre de ese hombre.
—Se llama, Don Cesar de Villaclara.
—¡Don Cesar! ¡Don Cesar! ¡ah! lo conozco, infame, pero no logrará lo que desea.
—Don Cesar, sí, protegido por vuestra dama, por la madrina de Doña Blanca, por Doña Beatriz de Rivera; he ahí, cómo mira por vos la que queriais hacer vuestra esposa, abandonándome á mí.
—¿Por Doña Beatriz?
—Sí, por Doña Beatriz, y para que mas os agrade, de acuerdo con vuestro afortunado rival el Oidor Don Fernando de Quesada.
—Pero esto es inícuo, Luisa, ¿y cómo sabeis todo eso?
—Y aun mas, os diré que debe andar en esto, cierta beata llamada Cleofas.
—Es cierto, es cierto, la he visto en casa estos últimos dias con mucha frecuencia.
—Lo veis.
—¿Pero en dónde habeis averiguado.........?
—Eso se lo diré á mi marido; por ahora creo que confesareis que os he hecho un servicio tal, que á no ser por él, hubiérais sufrido un golpe terrible, ¿os arrepentís de haber firmado?
—Nunca, Luisa, nunca, me habeis salvado, y sois digna de ser mi esposa.
Don Pedro tomó su sombrero y salió casi sin despedirse; la infernal comedia inventada por Luisa, tenia todo el carácter de la verdad, y el hombre habia sentido el golpe en el corazon.
Luisa se quedó sola, y sacó entonces el pergamino, lo volvió á leer, y dijo con una sonrisa de orgullo:
—Ahora sí soy rica.
Luisa salió de aquella estancia, y pocos momentos despues una de las puertas se abrió suavemente y asomó la cabeza de un hombre que paseó su mirada inquieta por todas partes.
La estancia estaba desierta y el hombre aquel penetró con confianza en ella; era Don Cárlos de Arellano: su fisonomía estaba descompuesta y pálida, oprimia convulsivamente con su mano izquierda el puño de su espada, y maltrataba con la derecha el sombrero que se habia quitado al penetrar allí.
Se detuvo en la mitad de aquella sala, con la cabeza inclinada y como meditando, y luego alzó su frente sacudiendo con cólera su cabellera.
—Con que es decir, Luisa, que me engañas, con que es decir que ese amor de tantos años, y esos juramentos de tantos dias los olvidas por el vil interes del dinero; vive Dios Luisa, que te engañas tú, si crees poder convertirme en el torpe juguete de tus pasiones: me has dicho que eres mia para siempre, y mia serás mal que te pese; lo veremos.
Y como armado de una violenta resolucion, se dirijió á una de las pantallas que en el salon aquel habia, apartó la negra gaza que la envolvia, y se puso tranquilamente á componerse los pliegues del fino encaje de su gola, y de las mangas de su ropilla.
—En esta operacion le encontró Luisa.—Muy bien le dijo con una ternura encantadora—muy bien, los galanes tan apuestos como Don Cárlos de Arellano deben cuidar de su persona en cualquiera parte.
—Luisa mia—contestó Arellano imitando perfectamente el tono de Luisa—cuando hay que presentarse ante una dama como vos, ningun cuidado, ni ningun esmero son por demás; que ante la deidad los adoradores deben llegar lo mejor que les sea posible.
—Adulador—dijo Luisa enlazando sus brazos al cuello de Arellano, y colgándose en él con negligencia.
Arellano inclinó la cabeza y besó los ojos de Luisa.
—Os encuentro preocupado, Don Cárlos.
—Ilusion vuestra, que en verdad, jamás he estado mas tranquilo.
—¿De veras?
—Os lo aseguro.
—Pues entrad, hacedme compañía, es tan triste estar sola.
—Luisa, volveré si me lo permitis, que en estos momentos necesito ir al palacio.
—Haced lo que os plazca mejor, ¿pero me dais vuestra palabra de volver pronto?
—Es mi mayor anhelo.
—Entonces os doy licencia de salir, pero antes tomad—y estampó un beso en los labios de Arellano.
Don Cárlos tiene algo—dijo cuando quedó sola—algo grave y que trata de ocultarme; veremos si lo descubro.
Y saliendo violentamente dió órden á un lacayo de seguir á Arellano hasta donde fuese, y volver con una exacta razon.
El lacayo volvió diciendo que Arellano habia entrado á su casa, y no mas.
Él habia dicho á Luisa que iba á palacio, y esto no era cierto, las sospechas de aquella muger comenzaban á tomar cuerpo: ¿tendria él otros amores?
Luisa estuvo inquieta toda la tarde, tenia ya comprometida su boda con Mejía, y sin embargo una falta de Arellano la preocupaba: era que aquella muger amaba, sin ser correspondida á Don Cesar, y necesitaba ahogar su pena con la disipacion.
En la noche Arellano llegó mas alegre que nunca y mas amable con Luisa, y conversó con ella sobre cosas indiferentes, pero festivas, hasta que la aguja de su reloj marcó las once.
—Hora es de retirarse—dijo.
—Esperad algo mas; estamos tan contentos.
—¿Sois feliz á mi lado, Luisa?
—Muchísimo.
—¿Y quisiérais no separaros de mí?
—Seria mi mayor ventura.
—Casaos conmigo.
—Que ocurrencia—dijo riéndose Luisa—¿y para qué? ¿No soy vuestra? ¿No os amo? ¿No me amais vos?
—Es decir que no pensais casaros otra vez.
—Nunca: ¿perder mi libertad?
—¿Con nadie?
—Cuando no quiero con vos, suponed si estaré dispuesta á unirme con otro.
—¿Ni con Don Pedro de Mejía?
—¡Vah! ¿Con Don Pedro de Mejía?—contestó Luisa, procurando mostrarse completamente indiferente—¿con ese ogro?
—Pero ¿por qué no quereis concederme vuestra mano?
—¿Para qué? vuelvo á preguntaros.
—Es que los hombres que como yo amamos, quieren tener todas las seguridades.........
—Pues buscad otras que no sean el matrimonio; le tengo una aversion.........
—Bien; os comprendo, yo buscaré otro medio de estar mas seguro de vuestro amor, y os respondo que ya lo he encontrado.
—¿Cuál es?
—Miradlo—dijo Arellano, llevando á sus labios un pequeño silbato de oro que pendia de su cuello.
—¿Y qué es eso?
—Vereis que efecto tan rápido, y qué medio tan seguro.
El silbato produjo un sonido agudísimo, é inmediatamente una de las puertas del aposento se abrió, penetrando por allí violentamente cuatro hombres que se arrojaron sobre Luisa, y antes que ella hubiera podido dar siquiera un grito, sus manos y sus piés estaban ligados con bandas de seda, y en su boca habian colocado un pañuelo como una mordaza.
Don Cárlos se acercó á ella, y abriendo el justillo de su trage sacó de allí el pergamino en que constaba la palabra de casamiento empeñada por Don Pedro de Mejía.
—Luisa, mirad que he encontrado el medio, que aunque es algo violento me lo perdonareis, porque las circunstancias me han obligado, ya lo veis—dijo mostrando el pergamino—era necesario ganar con ventaja á este Creso; de lo contrario estaba yo derrotado: vamos, señores, la silla.
Dos de los hombres salieron, y volvieron á entrar conduciendo una lujosa silla de manos, con cortinillas de seda que impedian ver el interior de ella.
Luisa, incapaz de moverse ni de gritar, fué colocada adentro.
—Alumbrad, y vámonos—dijo Arellano.
Dos hombres alzaron la silla, y otros dos tomaron sus dos faroles que habian dejado á prevencion en la puerta, y la comitiva se puso en marcha seguida de Don Cárlos.
Los lacayos y los porteros estaban acostumbrados á ver salir en las altas horas de la noche á su señora, acompañada de hombres casi siempre desconocidos para ellos, y abrieron el zaguan sin decir nada y sin estrañeza tampoco.
—La señora no volverá en la noche, dijo Arellano á los lacayos que estaban en el portal de la casa—cerrad todas las puertas y apagad las luces.
Y luego, embosándose en su capa echó á andar tras la silla de manos en que llevaban á Luisa.
A poca distancia de la casa habia esperando un carruaje con seis mulas. Los que conducian la silla se detuvieron. Luisa fué trasportada al carruaje, Arellano subió con ella y el carruaje echó á andar por el camino que conducia á Xochimilco.......
Don Pedro salió furioso de la casa de Luisa; nada le importaba la obligacion que habia firmado; porque él se creia bastante poderoso para no cumplirla, pero lo que allí habia descubierto era para él de suma importancia.
Blanca tenia un amante, es decir, un enemigo de Don Pedro, y era necesario impedir á toda costa aquella union.
Don Fernando y Doña Beatriz protegian aquellos amores, la muger en quien él habia pensado para darle su nombre, y el hombre que le arrebataba aquella muger.
Rugia en el corazon de Don Pedro una tempestad, y en aquel momento comprendió su aislamiento: á pesar de su colosal fortuna advirtió entonces que todo se lo habia dado la riqueza menos un amigo.
Don Alonso era quizá el que mas merecia este nombre entre sus conocidos, y á él pensó D. Pedro dirigirse en aquellos instantes en que tenia tanto que combatir y tanto que vencer.
En los momentos en que se acercaba á la casa de la calle de la Celada advirtió que en frente del zaguan habia una carroza de palacio.
—¿Será—pensó—el virey en la casa de Don Alonso?
Se fué acercando, y vió descender la escalera á Doña Beatriz seguida de una persona que parecia un alcalde de casa y corte, y de una de las doncellas de la casa. Don Pedro se detuvo, y delante de él, inclinándole apenas altivamente la cabeza, pasó Doña Beatriz acompañada del alcalde y de la doncella, y subió á la carroza que partió luego.
Don Pedro subió con rapidez las escaleras y se encontró con Don Alonso pálido y demudado.
—Don Pedro—dijo Don Alonso—el cielo sin duda os envía.
—¿Qué hay, pues?
—Doña Beatriz, á despecho mio, y de vos que me habeis pedido su mano, se empeña en casarse con Don Fernando de Quesada.
—¿Es decir que ahora va?.........
—En depósito á la casa de la vireina.
—¿Y vos qué haceis?
—Yo os juro que el matrimonio no se efectuará, aunque se empeñara el Arzobispo, y la Audiencia, y toda la jente de golilla de Nueva España.
—Os ha burlado Don Fernando por segunda vez.
—Pero os juro que le costará caro, ¿me ayudareis?
—Tanto mas, cuanto que necesito yo de vuestra ayuda para un caso igual.
—¿Cómo?—dijo Don Alonso inquieto.
—He descubierto que Doña Blanca mi hermana tiene un amante.
—¡Un amante!—esclamó Don Alonso, temiendo que se tratara de él.
—Un amante, sí, que se entiende con ella por medio de la beata Cleofas, ya sabeis, la que os vendió en el negocio de la fundacion.
—Don Alonso creyó que todo se habia descubierto, y palideció espantosamente. Mejía era un hombre cuya enemistad podia temerse.
—Pero ¿cómo sabeis?
—Vuestra hermana Doña Beatriz protejia estos amores, así como el Oidor.
Pero ¿quién es el amante?
—Vos sin duda lo conoceis.
—¿Yo? preguntó Don Alonso, resuelto ya á todo supuesto que todo estaba descubierto.
—Sí, Don Cesar de Villaclara.
—¿Qué me decís?
—Lo que habeis oido: Don Cesar es el amante de Blanca. Luisa les ha sorprendido en una conversacion amorosa.
—Esto es increible—pensaba Don Alonso—Beata de los infiernos, por segunda vez me la pegas; pero yo me vengaré de tí.
—Y bien, ¿qué pensais?—dijo Mejía.
—Que dos hombres deben á toda costa desaparecer de la tierra, Don Cesar de Villaclara y Don Fernando de Quesada: se interesa en ello nuestro honor y nuestra felicidad.
—Soy de vuestra opinion; pero debe ser pronto.
—Sí, pronto, y será.
—Yo comienzo por impedir á Blanca toda comunicacion con las personas de fuera.
—Muy bien; ¿y si ella muriera ó profesara?
—Yo soy el único heredero; el testamento de mi padre dispone que nos heredemos mútuamente.
—Bien, entonces es necesario trabajar mucho; yo voy en busca de la beata Cleofas para averiguar algo.
—Y yo á mi casa á encerrar á Doña Blanca.
Y cuando salieron á la calle, cada uno tomó su rumbo.
—Beata infame—murmuraba con cólera Don Alonso—venderme así otra vez, pero aun tiene remedio todo, yo conozco á Don Cesar, él debe morir para que no haya obstáculo á mi boda con Doña Blanca, y despues el caudal es tan crecido, que es lástima que se divida; siendo mi esposa Doña Blanca será muy bueno que muera Don Pedro, y así se habrá hecho verdaderamente un buen negocio.
Don Alonso tocó en la puerta de la casa de Cleofas, y encontró á Don Cesar hablando con la beata.
Don Alonso tiró del estoque, y Don Cesar tomando su sombrero, desenvainó su espada, la vieja dando un chillido se precipitó entre los dos.
D. Alonso era valiente, y además aquel hombre era el primer obstáculo para la realizacion de sus grandes planes: en un momento así no le hubiera sido posible contenerse; la sangre subió á su rostro, y se arrojó sobre Don Cesar.
Un momento despues Don Alonso caía atravesado de una estocada, gritando:
—Confesion, confesion.
—Huid, D. Cesar—dijo la beata—huid, aun es tiempo, salid de la ciudad; mirad que habeis muerto á D. Alonso de Rivera.
El jóven sin esperar mas salió de la casa.
—Cleofas, Cleofas—dijo el herido.
—Señorito—dijo Cleofas.
—Mira, acércate antes que pidas auxilio, óyeme un secreto por si muriere.
—Decid.
—Arrodíllate aquí, acércate.
La beata se arrodilló.
—Me voy á morir—dijo Don Alonso—porque me siento muy mal herido, tú tienes la culpa, por segunda vez me has burlado.
—Señorito—dijo la beata queriendo levantarse.
—Quieta ahí—dijo el herido sujetándola del cuello con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba la daga.
—Cleofas, yo voy á morir, pero tú no quedarás sin castigo.
Brilló la hoja de la daga, se oyó un golpe seco, y la vieja lanzó un gemido y cayó al lado de Don Alonso, que se incorporó y volvió á hundir su daga en aquel cuerpo dos veces.
Luego, como agotado su espíritu con aquel esfuerzo, se dejó caer en tierra, gritando:
—¡Socorro, socorro, confesion!
Cleofas estaba inmóbil en un charco de sangre.
III. De cómo las brujas solian tener razon.
EN una estancia pobre pero decentemente amueblada, y alumbrada por dos bujías de cera, un hombre y una muger jóvenes ambos, y ambos hermosos, se miraban amorosamente y de cuando en cuando unian con ardor sus labios, pero en medio del mayor silencio.
El hombre vestia ropilla, gregüescos y capa corta de terciopelo envinado y calzas de seda blancas; la jóven estaba lujosamente ataviada.
Tenia una especie de justillo sin mangas de rica tela de holanda blanca con jaldetas y ajustado con un ancho cinturon de oro, una saya de seda azul recamada con randas de oro, con mangas perdidas que llegaban casi hasta la orla de la basquiña.
Sus negros y hermosos cabellos estaban sujetos por una escofieta de infinitas y graciosas labores, encima de la cual tenia una redecilla de seda del color del vestido, atada con una cinta de oro que cruzaba por encima de su frente, y en la que bordada de seda encarnada se leía «amor me da la vida.»
Sus pequeños piés estaban aprisionados en unos altos zapatitos de tafilete, con las zuelas guarnecidas por fuera con una delicada varilla de plata.
En su cuello ostentaba ricos collares de perlas, y en sus hermosos brazos pulseras de oro, anchas, lisas y perfectamente bruñidas.
Aquella jóven era María, la muda de la casa de la Sarmiento, y el hombre el Bachiller Don Martin de Villavicencio, nuestro antiguo conocido.
Cinco meses habian pasado desde los acontecimientos que referimos en el capítulo anterior, y nosotros no podemos asegurar si María se enamoró de Martin por los hechizos de la Sarmiento, ó lo que es mas seguro, porque era él un buen mozo.
Lo indudable era, que la jóven se habia tomado todo el elíxir que la bruja dió á Martin, pero todo junto y no en gotas: contaremos á nuestras lectoras el lance para que ellas calculen si el tal elíxir tendria alguna parte en el amor de la muda, porque entonces cosa seria de ponerse á llorar por la pérdida de la receta, si el cronista de esta verdadera historia no la hubiera conservado en su poder.
Martin comenzó á frecuentar la casa de la Sarmiento á pesar de su mala nota, y procurando estar siempre cerca de María, se esforzaba por comprender sus señas y darse él por su parte á entender.
María desde el principio le miró con cariño, y no huia de él como del Ahuizote. Martin sostenia perfectamente su papel de hombre valiente, aun en los momentos en que la muchacha sentada á su lado comenzaba á sacar de sus jaulas sapos, culebras é iguanas para darles el alimento y hacerles algunas caricias. Cuando alguno de estos animales se atrevia á subirse por las manos ó las piernas del Bachiller, éste se estremecia á su pesar; pero entonces María con una esquisita delicadeza tomaba aquel animal con sus blandas manecitas, como si hubiera tomado un canario ó un gorrion, y lo volvia á su jaula.
Sin embargo, á pesar de todo, Martin no habia llegado á declararse porque aun no estaba perfectamente seguro de la seña que debia hacer en ese caso, y temia ser ó demasiado corto, ó demasiado esplícito, y determinó esperar.
No habia tenido oportunidad de probar el elíxir.
Una mañana llegó á la casa de la Sarmiento en los momentos en que María estaba sola, y se preparaba á desayunarse.
Martin se sentó á su lado, pero de repente alguna cosa tuvo que hacer María fuera y se paró. Martin creyó que era la oportunidad, sacó la redoma y virtió dos gotas en el agua que debia tomar la jóven.
Pocos instantes despues entró María, y sin mostrar alteracion alguna en su rostro se dirijió á Martin, que la dejaba hacer admirado de aquello, y le sacó de la bolsa de los gregüescos la redomita del elíxir, la destapó, virtió dentro del vaso su contenido hasta la última gota, y luego con una sonrisa encantadora arrojó lejos el frasco vacío y apuró el vaso de agua.
Martin la miraba espantado. María dejó el vaso sobre la mesa, sonriendo siempre, y echando sus brazos al cuello de Martin, besó su boca.
El Bachiller lo comprendió todo.
María tomando el elíxir le probaba la charlataneria de la bruja, admitia las gotas que el Bachiller habia vertido como una declaracion, y correspondia ese amor con todo el ardor de su alma.
Ocho dias despues la jóven desapareció de la casa de la Sarmiento, y quizá solo la bruja comprendió la causa pero á nadie dijo nada. El sordo mudo hizo á la Sarmiento una seña que ésta contestó con otra, y no volvió allí á darse otro indicio de que habia pasado tal acontecimiento.
Martin pasando aun la plaza de servidor del Arzobispo, tenia á la muda en una casa que para ella habia tomado y la trataba perfectamente. El amor no necesita de la palabra, aquellos dos jóvenes se entendian perfectamente, y cada dia el Bachiller se sentia mas enamorado de María.
Para poder comprender los acontecimientos que van á tener lugar es necesario poner al corriente á nuestros lectores de lo que habia ocurrido en los cinco meses que hace que dejamos á nuestros personajes.
Los vecinos de la casa de la Plaza de las Escuelas atraidos por los gritos que habian escuchado en el cuarto de la madre Cleofas, entraron á ver lo que allí pasaba, y encontraron á Don Alonso de Rivera atravesado de una estocada y á la beata con cuatro puñaladas, los dos desmayados en un lago de sangre.
Nadie se atrevió á intervenir y la justicia con todo su aparato, vino en auxilio de los vecinos, y los dos heridos fueron levantados.
A Don Alonso como caballero tan principal, se le condujo á su casa, y en cuanto á la beata como era pobre, fué á dar á uno de los hospitales que tenia entonces ya la ciudad de México.
La noticia circuló con la velocidad de la luz, y los menos maldicientes atribuyeron aquello á Don Fernando de Quesada, de quien se sabia la enemiga que tenia con Don Alonso, ya por el ruidoso asunto de la fundacion del convento, ya por oponerse Rivera al casamiento de Doña Beatriz con el Oidor.
Por una coincidencia notable, tan pronto como estuvo Don Alonso en disposicion de declarar, se le interrogó por la justicia, y él se obstinó en ocultar, dando con esto mayor pábulo á los comentarios del vulgo.
La beata no estaba capaz de declarar, porque aunque dando esperanzas de vida, quedaba en un estado tal de insensates, que nada se podia sacar de ella.
La justicia se calló, y todo se pasó ya sin nuevas averiguaciones.
Don Fernando y Doña Beatriz determinaron suspender todas las diligencias de su enlace, hasta el completo restablecimiento de Don Alonso.
Pero Don Alonso, como todos los hombres que tienen un enemigo, lo culpan de todo mal que les acontece, porque encuentran cierto placer en fomentar su encono, y justificar ante su conciencia la causa de su odio: culpaba á Don Fernando de todas sus desgracias, y no meditaba mas que en su venganza.
La única visita que tenia era Don Pedro, el menos á propósito para calmar sus pasiones.
—Don Pedro—le decia una tarde el herido—no parece sino que Dios nos ha dejado de su mano, segun la lluvia de males que ha caido sobre nosotros.
—En efecto, que mas comprometida no puede ser nuestra situacion, aunque creo que hay cosas que podrán tener eficaz remedio.
—Véngueme yo de Don Fernando y lo demás se remediará muy fácilmente.
—¿Creereis, Don Alonso, que yo he llegado á persuadirme de que es él la causa de nuestros infortunios?
—Os lo he dicho, y me alegro de que hayais llegado á convenceros.
—Es necesario que deje de existir.
—Tal creo, pero la violencia de su muerte en estos momentos, á nadie seria atribuida mas que á nosotros, porque clara es ya nuestra enemistad con él.
—¿Entonces qué pensais?
—Ante todo es necesario impedir su boda con Doña Beatriz.
—¿Pero cómo, si veis que está ya depositada en palacio, aunque en clase de dama de la vireina?
—Robémonosla.
—Robárnosla.
—Si, un rapto que aun en el caso de ser descubierto, poco importaria, siendo como sois su hermano.
—Teneis razon, ¿y cómo haremos?
—Dejad eso á mi cargo, que solo necesito de vuestro consentimiento.
—Os le doy.
—Entonces desde este momento comienzo á trabajar, y ya vereis.
Y Don Pedro se separó de Rivera para comenzar á poner en planta su proyecto.
En esa noche la Sarmiento oyó llamar á su puerta, y Don Pedro se presentó á ella.
—Señora, buenas noches—dijo Don Pedro.
—Así se las dé Dios á su señoría—contestó la vieja.
—¿Os acordais de mí?
—Su señoría es mi amo Don Pedro de Mejía que.........
—Bien, vengo á proponeros un negocio.
—Mande su señoría.
—Podéis ganar en él mucho dinero.
—Dígame su señoría.
—Se trata de robarse una dama.........
—Yo no entiendo en esas cosas.........
—Ea, callad, se trata de robarse una dama que está depositada en palacio para casarse.
—Ya, Doña Beatriz de Rivera.........
—La misma, ¿quién os lo dijo?
—Nadie, yo lo adivino.
—Bien, ojala tan astuta seais para lo que voy á confiaros; se trata de robarse á Doña Beatriz.
—¿Para vos?
—No, para su hermano mismo.
—Es decir, quiere mi señor Don Alonso impedir á todo trance la boda.
—Cabalmente, y como Doña Beatriz no sale de palacio, es fuerza que vos entreis allí y la hagais salir con algun engaño.
—Empresa dificil me encargais.
—Pagaré bien.
—Probaré á encontrar un arbitrio, volvod dentro de cuatro dias.
—Está bien, y pensad en que esto puede haceros rica.
—Descuidad.
Don Pedro salió, y la bruja se puso á meditar; á las diez de la noche tomó un manto de lana negro, hizo una seña al sordo-mudo para que la siguiese, y cerrando su casa se puso en marcha con direccion á las calles del Factor.
El sordo-mudo llevaba un farolillo y seguia á la bruja, y así llegaron hasta una casa que habia en la calle del Factor, á la que llamó la vieja con mucha prudencia.
La puerta se abrió y la Sarmiento penetró en la sala en que hemos visto á Martin y á María al comenzar este capítulo.
Los dos jóvenes estaban como les hemos descrito, sentados amorosamente el uno al lado del otro.
La entrada de la Sarmiento fué para ambos una sorpresa. María se quedó sentada, pero Martin se paró precipitadamente como para defenderla.
Era la primera vez que la bruja penetraba allí.
—Sosegaos, hijos mios—dijo la bruja—que no vengo á causaros ningun mal, por el contrario, á veros, señor Bachiller, que puesto que os dí el elíxir con la única condicion de que no me abandonarais á María, y la habeis cumplido, nada os puede alarmar de mi parte.
—Teneis razon, que mal hice en alarmarme al veros, ¿qué teneis qué mandarme?
—Hacedme favor de oir dos palabras á solas.
—Pasad por acá—dijo el Bachiller indicándole la puerta de otra habitacion.
La Sarmiento y el Bachiller pasaron en tanto que los dos mudos emprendian una acalorada conversacion.
—¿Aun estimais tanto á vuestro amigo el Oidor Quesada? preguntó la bruja.
—Como siempre, que cada dia mas obligado le estoy á sus favores.
—¿Y él está siempre enamorado de Doña Beatriz de Rivera?
—Mas que nunca.
—Pues bien, de eso tengo que hablar con vos: ¿viene acá algunas veces?
—Nunca, no sabe que tengo aquí á María.
—¿Pero supongo que vos le vereis?
—Todos los dias.
—Entonces observad bien su conducta y vigilad por su vida, porque mas amenazada está ahora que nunca: Doña Beatriz le es infiel.
—Imposible.
—Sois un niño y no conoceis á las mugeres: Doña Beatriz le es ya infiel, yo os lo probaré mas adelante; por eso hay que cuidar mas á Don Fernando: el hombre que galantea á Doña Beatriz, y que es correspondido, mira al Oidor como un obstáculo del que es preciso deshacerse, para libertar á Doña Beatriz de la palabra empeñada: ¿comprendeis esto?
—Sí; pero es imposible que Doña Beatriz.........
—¿Quereis convenceros mañana?
—Sí.
—Bien: á las once os espero en mi casa, y mirad si podeis llevarme alguna prenda del Oidor, como una sortija, una cadena, para hacer un conjuro y os diré mil cosas; sobre todo, si es prenda que haya pertenecido tambien á ella.
—Iré y llevaré la prenda: ¿quién es el rival de Don Fernando?
—¿Guardareis el secreto, y nada direis al Oidor hasta que yo os lo permita?
—Sí.
—Pues se llama Don Pedro de Mejía.
—¡Jesus!
—No hay que espantarse, que peores cosas hemos visto: «Dádivas ablandan peñas,» y sobre todo—agregó la vieja con aire de burla—es un tonto el que cree en la fidelidad de la muger.
—¿Qué quereis decir?
—Nada, ya lo sabreis mas tarde.
La bruja salió, se cubrió con su manton y se dirijió á su casa.
Martin quedó pensativo, preocupado y diciendo á cada momento.
—Con esto de Doña Beatriz tiene razón la Sarmiento: «es un tonto el que cree en la fidelidad de las mugeres:» tiene razon. ¿Pero á qué me lo diria á mí? ¿Acaso María?......... ¡Jesus, qué horor, ni pensarlo! Pero en fin, la bruja tiene razon.
IV. En que se ve que la Sarmiento sabia lo que entre manos traia.
AL dia siguiente Don Pedro de Mejía recibió un recado de la Sarmiento, suplicándole que en esa noche no faltase á su casa á las oraciones; y en efecto, al cerrar la noche Mejía llegó á la casa de la bruja.
—Habéisme enviado á llamar—dijo Mejía.
—Sí—contestó la bruja—porque para cumplir con lo que su señoría me ha encargado, fuerza será que su señoría me ayude.
—¿Qué es lo que quereis de mí?
—Sencilla cosa: que esta noche á las once esteis aquí y me consulteis el modo de deshaceros de Don Fernando, bajo el supuesto de que Doña Beatriz os ha correspondido vuestro amor.
—Pero eso no es cierto.
—Lo conozco, por desgracia vuestra; pero supuesto que tratais de robar á Doña Beatriz, y por consiguiente de deshaceros de los dos, no supongo que os pareis en tan poco, como en representar una comedia.
—Lo que puede producirme grandes compromisos.
—Si teneis fe en mí, dejadme hacer y nada temais.
—Quiere decir que debo consultaros el modo de deshacerme del Oidor, supuesto que Doña Beatriz no tiene mas impedimento para ser mia que su compromiso con Don Fernando.
—Exactamente; pero sin dar á entender que hemos hablado nada de este negocio.
—Ya se deja entender.
—Entonces retiraos, y venid á las once.
Mejía se alejó, y la vieja se quedó en espera de Martin, á quien habia citado para aquella noche.
A las diez se presentó el Bachiller.
—Creí que no veniaís—dijo la vieja.
—¿Falto yo acaso á mi palabra nunca?—contestó Garatuza.
—¿Me habeis traido lo que os encargué?
—Sí, precisamente es una sortija que Don Fernando recibió de Doña Beatriz.
—¿Él os la dió?
—No, yo logré estraerla sin que él lo conociera, al fin pronto volveré á ponerla en su lugar.
—Dadme acá.
—Tomádla, y no vayais á perderla.
La Sarmiento tomó la sortija y la guardó en su seno.
—Ahora—dijo—lo primero que me queda que hacer, es probaros que Doña Beatriz ama á otro, que engaña al Oidor, y que este es ya un obstáculo, una carga para ella y para su nuevo amante; que tratan de deshacerse de él como de Don Manuel de la Sosa, ¿os acordais? bien, venid y poneos en asecho como lo habeis hecho otra vez, pero cuidad de no ir á cometer alguna imprudencia.
—No.
La Sarmiento bajó con Martin al subterráneo, y le colocó en donde mismo le habia ocultado para escuchar la consulta de Luisa.
A las once en punto Don Pedro de Mejía embozado en una ancha capa negra, llamaba á la puerta de la casa de la Sarmiento.
Condújole la bruja al subterráneo y lo hizo sentar en un sillon de manera que nada perdiese Martin de la conversacion que iba á tener lugar allí.
—¿Con qué podria su señoría—dijo la Sarmiento—decirme á qué debo tan alto honor?
—Trátase—contestó Don Pedro—de que me deis algo para deshacerme de un hombre.
—¿Enemigo de usía?
—Así es en efecto, pero mas que enemigo, es un estorbo para mi felicidad.
—Puede hablar usía con confianza y con franqueza, pues en estos casos es necesaria.
—Bien, os diré toda con sus nombres y señales.
Podian oirse en estos momentos los latidos del corazon de Martin.
—Es el caso—dijo Don Pedro—que amo y soy correspondido de una hermosa y principal señora que se llama Doña Beatriz de Rivera.
—¿Qué no es libre?—preguntó hipócritamente la bruja.
—Sí, y no, porque no es casada, pero tiene contraido compromiso de dar su mano á un hombre á quien no ama, y es el Oidor Don Fernando de Quesada, el cual ha llegado al estremo de llevar depositada á mi señora Doña Beatriz á la casa de la vireina.
—Pues si no ama al hombre á quien prometió su mano, ¿por qué se la prometió?
—¿Es preciso decíroslo?
—Sí.
—Entonces os diré que se la prometió.......... por..........—Mejía no encontraba qué decir, porque no venia preparado para esta respuesta, pero de repente se sintió como iluminado y agregó—se la prometió por hacerle su aliado en cierto negocio de la fundacion de un convento, en que Doña Beatriz tenia un capricho de esos que solo las mugeres suelen tener.
—¿Pero ella no le ama ya?
—Bah, nunca le ha amado.
—¿Y á usía?
—Como á su vida.
—¿Y quereis ambos.........?
—Apartar el obstáculo á cualquier precio.
—¿Estais decididos?
—A todo.
—Bien, tome usía estos polvos, compre á un criado de la casa de Don Fernando que los haga tomar á su amo, y estareis libre de él.
—¿De veras?—dijo con alegría Don Pedro, que se habia poseido de su papel hasta olvidar que todo era una comedia preparada por la bruja.
—Como estar aquí usía.
Mejía recibió los polvos de la bruja, y salió del subterráneo alumbrado por ella.
Al llegar á la puerta de la calle la Sarmiento, dijo á Don Pedro.
—Tirad esos, y no hagais uso de ellos.
—Es decir.........
—Es decir que me habeis prometido dejarme obrar.........
—Pero.........
—Tened un poco de paciencia, tirad los polvos y guardad el mas profundo silencio, de cuanto aquí ha pasado.
—Bien, ¿pero hasta cuándo?
—Cuatro dias os puse de plazo, y vá uno.
La Sarmiento cerró la puerta, y volvió á buscar al Bachiller.
Martin estaba horriblemente pálido.
—¿Qué direis ahora? preguntó sonriéndose la bruja.
—Digo que sois una muger infame.
—¿Porque os he descubierto este secreto?
—No, sino porque habeis dado un veneno para Don Fernando, que es mi amigo.
—Si es ese vuestro cuidado, podeis estar tranquilo, que soy mejor amiga vuestra que lo que parece: los polvos que le he dado á Don Pedro no harán mas daño al amigo vuestro, si á tomarlos llega, que á vos que no los probareis: son polvos de pan.
—¿Es verdad eso?
—Ya lo vereis, y supongo que ya tendreis completa seguridad en cuanto os diga, con lo que habeis oido y presenciado en esta noche.
—¡No me hableis de eso!
—Por el contrario, de ello tengo que hablaros: ¿qué pensais de Doña Beatriz?
—Pienso que todo eso es increible.
—¿Persistís aún en vuestra duda?
—No; pero os aseguro que hay para volverse loco un hombre: ella que me hablaba de él con tanta pasion.........
—Porque sabia que vos íbais á referírselo á él.
—Pero ella lo salvó de la muerte una noche.........
—Es verdad; pero debe haber sido por no perder el aliado en el negocio de la fundacion del convento: ¿á que no le salva hoy?
—Quizá sean calumnias de Don Pedro.
—Y ¿á qué venia habérmelas dicho á mí, cuando se creia solo conmigo, y podia simple y sencillamente haberme pedido un tósigo para libertarse de un enemigo?
—Teneis razon—dijo Martin pensativo—¿quién lo creyera de Doña Beatriz?
—¿Quién? cualquiera que no tuviera como vos, ideas tan absurdas respecto de las mugeres.
—¿Realmente creeis que no debe fiarse de ninguna muger?—preguntó Martin.
—Si he de contestar la verdad, de ninguna.
—¿Ni de María?—dijo apasionadamente el Bachiller.
La Sarmiento en vez de contestar lanzó una burlona carcajada.
—¿Qué quereis decir con eso?—esclamó Martin con furor, tomando con violencia una de las manos de la bruja.
—Vamos—dijo con enfado la bruja—veo que abusais de mi amistad. Bastante hago por vos, cuidad vos un poco mas de María, si quereis que no se rian de vos, y dejadme.
—Pero.........
—Harto os he dicho, dejadme.
Martin hizo ademan de salirse.
—Oidme, Bachiller—dijo la Sarmiento—no digais al Oidor nada de Don Pedro de Mejía, porque seria precipitar las cosas: yo os pondré al tanto de todo lo que ocurra, para aprovechar una ocasion.
—Muy bien: ¿y cuándo vuelvo?
—Mañana á la oracion.
—¿Nada puedo decir al Oidor?
—Si quereis, indicadle que Doña Beatriz le engaña, para que él procure averiguar; pero ni le hableis de Don Pedro, ni le digais de donde hubísteis la noticia: una imprudencia puede costaros á vos y á ellos muy caro.
—Decís bien, hasta mañana.
—Felices noches.
Y Martin se retiró pensativo por lo que habia oido decir á Don Pedro, y con el veneno de los zelos en el corazon, por lo que le habia dado á entender la Sarmiento.
Martin estaba apasionado, era susceptible; creia haber encontrado una joya en María, y la menor sospecha le volvia feroz; era capaz de haber matado en aquel momento á cualquier hombre que le hubieran indicado como rival suyo, y á medida que se alejaba mas de la casa de la Sarmiento, oía mas clara la burlona carcajada de la bruja, y el furor hervia en su pecho.
Cuando llegó á la casa de la calle del Factor, María le esperaba risueña; pero Martin estaba sombrío, y la pobre criatura se puso triste.
V. De cómo los zelos son malos consejeros.
GOBERNABA á la sazon y en los dias en que pasan los acontecimientos que vamos refiriendo, el Escmo. Sr. Don Diego Fernandez de Córdoba, Marqués de Guadalcazar, VIII virey de Nueva España que tomó posesion del gobierno en 18 de Octubre de 1612, que fundó la ciudad de Lerma, dándole ese nombre en honor del duque de Lerma, privado de Felipe III. La Villa de Córdoba con el apellido de su familia, y que dió su título al Mineral de Guadalcazar, en la entonces provincia de San Luis Potosí.
El marqués de Guadalcazar llegó á México, trayendo consigo á su esposa Doña María de Riederes y á sus hijas, dos de las cuales eran ya unas hermosas damas.
Desde la llegada á México de la vireina, tuvo empeño particular, como hemos visto, en llevarse á palacio á Doña Beatriz y hacerla su dama; pero tantas atenciones le dispensaba la familia del Marqués, y tanto cariño la tenia, que á pesar de ser ya considerada como dama de Doña María de Riederes, no llegó á vivir en el palacio, hasta que por motivo del disenso de Don Alonso de Rivera al matrimonio de su hermana, fué esta á quedar depositada en palacio, en las habitaciones de la vireina.
Doña Beatriz tenia allí una habitacion independiente, y vivia como en su propia casa, pudiendo recibir á sus visitas con entera libertad, y sin embargo, se pasaba los dias al lado de las hijas de la vireina.
Preparábanse en palacio con grande alboroto las damas, porque se esperaba una suntuosa solemnidad el dia en que las fundadoras entrasen al nuevo convento de Santa Teresa.
La obra iba muy adelantada; de un dia á otro debia llegar el Breve de su Santidad, único requisito que faltaba, y las monjas fundadoras que debian ser Sor Inés y Sor Encarnacion, á quienes ya conocen nuestros lectores, habian convidado por sus madrinas á las dos hijas de la vireina.
No se hablaba mas que de esto en palacio, ni se ocupaban de otra cosa allí las gentes, á pesar de que el gobernador de Durango, Don Gaspar Alvear, habia escrito al virey dándole noticias de que comenzaba un alzamiento de los indios tepehuanes: porque en todas las córtes se olvida y desprecia el peligro y la desgracia, con tal que estén lejanos, sin pensar mas que en los goces que están cerca.
Doña Beatriz y las hijas del virey hablaban de la festividad en uno de los salones de palacio, cuando una camarera entró á dar parte á Doña Beatriz que una muger anciana y enlutada deseaba hablar con ella un momento.
Beatriz creyó que seria algun recado del Oidor, y pidiendo permiso á Doña María, llegó hasta donde la esperaba la enlutada, á quien no pudo conocer.
La muger se levantó al ver á Doña Beatriz.
—En qué puedo serviros—le dijo ésta, tomando un asiento á su lado.
—Señora, vengo para hablar con vos de un asunto, que temo va á desagradaros.
—¿A desagradarme?—dijo inquieta Doña Beatriz.
—Sí, por desgracia.
—Hablad, pues.
—¿Estamos enteramente solas?
—Enteramente.
—Pues entonces dignaos escucharme. Segun he sabido por algunos de mis deudos de casaros tratais con Don Fernando de Quesada, Oidor de la Real Audiencia.
—Es verdad, pero no alcanzo á qué pueda conducir.........
—Perdonadme que no os lo diga por mera impertinencia, sino por ser eso lo principal que á mi negocio concierne. Habeis de saber, señora, como yo soy viuda de Don Bernal de Soto Mayor y Trueba, y soy para serviros, Doña Catarina de Pizarro de Soto Mayor y Trueba, una vuestra servidora.
La vieja hizo una reverencia.
—Gracias—contestó Doña Beatriz inclinándose.
—Pues, como os decia: soy viuda de Don Bernal de Soto Mayor y Trueba, regidor perpetuo del cabildo de esta ciudad. A la muerte de mi difunto quedé con una niña, que es ya moza de diez y siete años y que se llama María, y tan rica en dones de perfecta hermosura, como desgraciada en su vida, por haberle negado la Providencia el uso de la palabra y del oido. Por mis negras desdichas, mi hija fué vista por el Oidor Don Fernando de Quesada que gustó de ella, y se encaprichó por hacerla suya, lo que ha conseguido, sin ser bastante á impedírselo ni mi llanto ni mis amenazas................
Un rayo que hubiera caido á los piés de Doña Beatriz, no hubiera hecho en ella mayor efecto.
—Y como se valió—continuó diciendo la vieja—para conseguir sus malos efectos del engaño de dar palabra de casamiento á mi María.........
—Basta, señora, no me digais mas; nada quiero saber.
—Es fuerza que lo sepais, porque tal vez mi hija, ó yo, no nos resignemos á ver casarse á Don Fernando, y pudiéramos poner algun impedimento, y quién sabe.........
Doña Beatriz no podia ya contenerse: los zelos, el despecho, su amor propio humillado, todo se conjuraba para trocar aquella paloma en una leona.
—Pero todo eso que me contais, ¿es cierto?—preguntó con un acento ronco y trémulo.
—Tanto lo es, que si vos podeis conseguirme que se abra esta noche vuestra habitacion, ó podeis salir en esta misma noche, vereis á mi pobre hija.
Doña Beatriz reflexionó.
—Saldré mejor: ¿á dónde debo ir?
—Esta noche á las doce, al tianguis de San Hipólito; yo tendré una persona de confianza allí para que os guíe: podeis llevar cuanto acompañamiento os plazca, si desconfiais.
—Esperadme en esta noche, y hacedme ya el favor de retiraos: necesito estar sola.
—Me voy, pero os suplico que nada digais al Oidor, por Dios; sobre todo, no le descubrais mi nombre ni que os vine á ver, seria capaz......... de no sé qué......... y yo le tengo miedo.
—Id sin cuidado.
La vieja que no era otra sino la Sarmiento, como habrán conocido nuestros lectores, salió, y Doña Beatriz se encerró á llorar y gritar á solas como una loca.
Martin anduvo en todo el dia pensativo, sobre si le diria ó no á Don Fernando cuanto habia descubierto por la bruja: algunas veces le parecia una mala accion dar al Oidor tan funesta noticia; otras creía de conciencia el hacerlo, atendiendo al riesgo que corria su vida; en fin, por la tarde se decidió y entró resueltamente á la casa de Don Fernando.
El Oidor sentado frente á una mesa, registraba con atencion un grueso in folium forrado en pergamino; y tan embebido estaba en su lectura, que no oyó los pasos del Bachiller hasta que no estaba ya muy cerca.
—Oh, amigo Don Martin—dijo cerrando el libro—tanto bueno por esta casa.
—Dispénseme usía si le he interrumpido y molestado.
—En manera alguna: tome asiento el señor Bachiller, que me alegrará su compañía.
Martin se sentó, y á pesar de la agudeza de su ingenio, no sabia por dónde comenzar: tosió varias veces, se compuso otras tantas el alza-cuello que nada tenia de mal puesto, y al fin se decidió á hablar, pero, como sucede en casos semejantes, comenzando, despues de pensar mucho, por una torpeza.
—Permítame usía que me tome tal libertad—dijo.—¿Está usía decidido á enlazarse con mi señora Doña Beatriz?
—Estraño tanto más esa pregunta de vuestra parte—contestó el Oidor—cuanto que vos, como ninguno, conoce los pormenores del asunto; y francamente no sé á qué viene todo esto.
—¡Adiós!—pensó Martin—me hundí, por querer hacerlo todo muy bien; pero, ¿qué remedio? adentro—y luego dijo en voz alta:
—Pues......... quiero decir......... si no temiera......... en fin.........
—Hablad; ¿qué teneis esta tarde? nunca os he visto así; hablad, os lo suplico.
—Pues bien y claro es, que yo no quisiera que usía se casara con Doña Beatriz porque he sabido cosas terribles.
—La solté—dijo entre sí Martin.
—¿Cosas terribles?—preguntó espantado el Oidor.—¿Y qué cosas? Decid, no me alarmeis, por Dios.
—Pues señor: que Doña Beatriz engaña á usía y ama á otro.
—¡Las pruebas! ¡las pruebas!—dijo el Oidor, arrojándose como un tigre sobre Martin.
—Señor, por Dios, mirad que yo no tengo mas que ver en ello, que el dar una noticia á su señoría.
—Pero esa noticia destroza la honra de una dama: decidme, ¿quién os lo ha dicho? ó de lo contrario, caro os podrá costar....
En este momento llamaron á la puerta.
—¿Quién va?—dijo con enfado Don Fernando.
—Esta carta para su señoría.
—Bien, vete.
El Oidor abrió la carta, era un anónimo que decia:
«Si el Oidor Don Fernando de Quesada aprecia en algo su honra, que esta noche á las doce vaya á palacio, y verá cómo se la guarda su futura esposa.»
Don Fernando se puso densamente pálido.
—Mirad, señor Bachiller, mirad—díjole mostrándole la carta.
El Bachiller la leyó.
—¿Y qué piensa hacer su señoría?
—Irémos á palacio á las doce, es preciso apurar el caliz.
Y se arrojó sobre un sillon, llorando como un niño.
VI. En donde se acaba de probar que los zelos son malos consejeros.
A LAS doce de la noche Doña Beatriz llegaba á la casa de la Sarmiento, y á la misma hora Don Fernando se presentaba en palacio acompañado del Bachiller.
Se dirigió á las habitaciones de la vireina, y con poco trabajo supo por medio de las camareras que Doña Beatriz habia salido.
Nada mas quiso saber y volvió á su casa sombrío como una noche de tempestad. Martin no le quiso abandonar y permaneció á su lado procurando calmarle, hasta muy avanzada la mañana, en que el Oidor, fatigado, se durmió sentado en un sitial.
En ese intermedio habia pasado una escena semejante en la casa de la Sarmiento.
La bruja habia hecho ir á su casa, á esa hora en que sabia que Martin acompañaba al Oidor, á la muda María lujosamente vestida, y procuró dar á la casa todo el aspecto de una casa pobre; pero cristiana y decente.
Doña Beatriz seguida de Teodoro y de dos esclavos mas, llegó á la puerta, conducida por el Ahuizote, cómplice ciego en todas las maldades de la bruja.
—Señora—dijo levantándose la Sarmiento, al ver á Doña Beatriz—pasad á esta vuestra humilde casa, conoced á mi María.
Doña Beatriz al contemplar la belleza de María, sintió un agudo dolor en el corazon.
María se paró y tendió con un aire encantador, la mano á Doña Beatriz que lanzó un grito.
Habia reconocido en los dedos de la muda una sortija, que ella habia regalado al Oidor: esta era para ella la prueba mas terrible.
Nada mas quiso saber, nada mas quiso averiguar, todo le pareció entonces cierto, y despidiéndose violentamente, se volvió á palacio, pocos momentos despues que el Oidor habia salido de allí.
La Sarmiento recogió la sortija que tenia la muchacha y que era la misma que ella le habia pedido al Bachiller, y condujo en compañía del Ahuizote á María á su casa del Factor, de la que solo la habia hecho salir para hacerla inocente cómplice de aquella infernal trama.
A la mañana siguiente la primera persona que llegó á la casa de la Sarmiento, fué el Bachiller: acababa de dejar al Oidor.
—Buenos dias, señora.
—Dios os guarde, señor Bachiller, ¿tan temprano por acá?
—Vengo por la sortija que os dí anoche.
—Cómo, ¿no quereis que se haga el conjuro?
—Mirad, en primer lugar, que solo por no daros un disgusto, iba yo á presenciar el tal conjuro, que saldria tan cierto como lo que me dijísteis, que Doña Beatriz correspondia el amor de Don Fernando.
—Y le correspondia.
—Pero le engañaba.
—Bien, por eso os agregué que nunca poseeria él á la muger que amaba.
—Para todo teneis una salida; dadme el anillo, que ahora ya todo se descubrió: es fácil que el Oidor rompa su promesa y busque el anillo.
—Tomad la sortija y decidme, ¿por qué creeis que romperá la promesa?
—Ay, es nada, porque Doña Beatriz le es infiel, y mientras él piensa en ella, la dama sale á media noche á la calle.
—Vaya, pues son escrúpulos, porque conozco yo otros á quienes pasa lo mismo, y creo que no lo malician—dijo sonriéndose la bruja.
Los zelos volvieron á encenderse en el corazon de Martin, mas terribles con lo que habia presenciado.
—Supongo que eso no lo direis por mí, que un ángel es María.
La bruja volvió á soltar la carcajada que tanto habia irritado á Martin la noche anterior, y él por no poderse contener salió sin despedida de la casa de la Sarmiento.
—Ahora sí, ya está en sazon la cosa—dijo—bueno será avisar á Don Pedro de Mejía, despertaré al Ahuizote que duerme y le encargaré su papel.
—Hombre—dijo entrando á la cocina, en donde el Ahuizote roncaba sobre un mal jergon—levántate, que tengo que hablarte.
—¿Qué me quereis?—dijo el Ahuizote levantándose.
—Oyeme bien, ¿qué dieras tú por saber á dónde esta María y quién se la robó?
—Cuanto tengo—dijo el Ahuizote.
—¿Y por vengarte de él?
—Mi vida.
—Bueno, yo te voy á dar el medio de vengarte sin esponer uno solo de tus cabellos, y además, serás el poseedor de María, ¿te conviene?
—Mandadme.
—Solo que es necesario que hagas ni mas ni menos cuanto te voy á decir, ¿lo entiendes? sin apartarte de todo ello un solo punto.
—Lo haré.
—Bien, acompáñame á la casa de Don Pedro de Mejía, y te diré en el camino.
Aquella tarde el Ahuizote encontró á Martin en la calle.
—Garatuza—le dijo—¿á dónde vas?
—A la casa de Don Fernando.
—Siempre tú con esos gachupines que te han de pagar mal; ven, echaremos un trago de pulque y hablaremos, que tengo mucho que contarte.
—No es posible, el Oidor tiene una afliccion y necesito acompañarle.
—¿Y el dia que tú la tengas te acompañará él?
—Calculo que sí.
—No lo pienses: vamos, vente conmigo que te importa.
—Imposible—dijo Martin separándose.
—Bien, Garatuza, vete; si se rien de tí las gentes, recuerda que yo he tratado de impedirlo.
—¿Cómo? ¿qué quieres decir?—dijo volviendo precipitadamente Martin y recordando las indirectas de la bruja.
—Si no quieres saberlo, si te empeñas en ignorarlo.
—No me empeño, pero no creia que era cosa grave.
—Lo es.
—Dímela.
—Pues vamos andando, ante todo quiero que me confieses que me hiciste una mala accion.
—¿Cuál?
—Sabias que estaba yo enamorado de María y te la llevaste.
—Hombre, yo ignoraba..........
—No mientas, al fin ya pasó y te la perdono, si tú me hubieras hablado con franqueza, te habria dicho que hacias mal en llevártela, porque la conocia yo mejor que tú; pero ya lo hiciste y ahora adelante con la cruz.
—Entonces cree lo que quieras.
—Yo no soy rencoroso, y te lo voy á probar, pero prométeme que no harás escándalo, y me oirás con paciencia y seguirás mis consejos.
—Si me parecen buenos............ pero dime, ¿de qué se trata?
—Pues bien, se trata de que no seas niño, de que no te dejes engañar.
—¿Engañar, de quién?
—De María.
—¡De María!—esclamó pálido Martin.
—De María: óyeme, yo he tenido amores con esa muchacha, y que diga la Sarmiento lo que quiera, me correspondió, me dejó por tí, bueno, le pareciste mas jóven, mas galante, mas rico, no importa, pero otro le puede á su tiempo parecer mejor que tú.
El Bachiller se habia detenido y escuchaba con la cabeza inclinada, al Ahuizote que continuaba diciendo.
—Te voy á confesar, como zeloso yo, y despues de haber averiguado en dónde tenias á la muchacha, vine á rondar una noche por tu casa, seguro de que tú no estabas porque te habia yo dejado en el Arzobispado, me detuve frente á la puerta de la casa, la noche estaba oscura, y observé que un hombre llegaba, llamaba, y entraba; aquel hombre no eras tú, quise cerciorarme y permanecí así en atalaya, hasta que pasado algun tiempo el hombre volvió á salir: casi estaba seguro de que tú no eras, pero quise estar aun mas, le seguí, y al pasar por delante del farol del Cristo que hay en las casas de Don Leonel de Cervantes, me cercioré de que verdaderamente no eras tú; volví algunas noches, y observé que cuando tú no ibas él entraba siempre á casa de María.
La rabia se apoderó del corazon de Garatuza, pero no estalló, su furor reconcentrado era aun mas espantoso.
—¿Y dices?—preguntó con una voz cavernosa—¿qué aún va ese hombre á la casa de María?
—Y tan seguro estoy, que si quieres avisa á María que esta noche no vas, y nos ponemos á vigilar la casa y lo veras con tus propios ojos.
—¿Me acompañarás?
—Te acompañaré.
—Vamos á avisar á María que no voy á verla en esta noche.
—Vamos, y ya no nos separaremos.
La Sarmiento no descansaba, y ya hemos visto las lecciones que dió al Ahuizote y lo bien que él desempeñaba su papel.
. . . . . . . .
. . . . . . . .
Fuese luego á visitar á la muda y le dió á entender, que un amigo de Martin, que tenia un negocio con él, vendria á las once á esperarle para hablarle en secreto, y ordenó á la criada que cuidaba la casa, que un caballero llamaria á las once con cuatro golpes, que no tardase en abrirle.
Don Fernando de Quesada que no habia tenido ánimo para salir en todo el dia de su casa, recibió en la tarde otro anónimo con la misma forma de letra que el anterior, y que decia:
«El oculto amigo de Don Fernando de Quesada le avisa que si quiere mejores datos sobre la infidelidad de Doña Beatriz, ocurra, (si no tiene miedo) esta noche, á las once en punto, á una casa baja en la calle del Factor, y que tiene por señas una puerta alta y angosta con dos ventanas de cada lado. Cuatro golpes en la puerta para llamar, no hay por qué desconfiar.»
El Oidor leyó y reeleyó esta carta mil veces; estaba concebida con tan infernal astucia, que hasta el amor propio del Oidor se ponia en juego con aquella frase subrayada, «si no tiene miedo.»
—¿Deberia ir? Cualquiera desengaño era preferible á la situacion en que se encontraba, era preciso, era indispensable salir de aquella angustia.
—Iré, iré—dijo resueltamente—aun cuando me costara la vida, aun cuando no fuera sino para presenciar mi desgracia, y humillar á la ingrata.
A las once el Oidor salió de su casa embozado en una gran capa, y se dirigió á la calle del Factor.
La noche estaba oscura y pavorosa, pero el alma de aquel hombre estaba mas negra; con facilidad encontró la casa que buscaba y dió cuatro golpes en el zaguan, que se abrió inmediatamente.
—¿Lo ves?—dijo el Ahuizote á Martin desde la acera de enfrente, en donde se habian puesto en acecho.
—¡Infame!—contestó Martin, queriendo lanzarse á su casa.
—Calma—dijo el Ahuizote—tiempo hay para todo; espera que salga, ahora alborotarias la vecindad, no te abririan y él podria huir sin que tú lo conocieras siquiera.
Martin se contuvo y se puso á observar: su respiracion era agitada, su corazon latia de una manera espantosa, y sus oidos zumbaban, y enmedio del vértigo que se habia apoderado de él, le parecia oír de cuando en cuando la burlona carcajada de la Sarmiento, que en aquellos momentos comprendia cuanto tenia de cruel y de sangrienta.
Así pasó una hora mortal para Martin.
El Oidor habia entrado y encontrádose con María, á la que nada pudo entender, y á la que no pudo tampoco hacer comprender el objeto de su visita.
Don Fernando esperó una hora, al cabo de la cual creyendo que la persona que le debia dar la luz que buscaba no vendria, pensó en retirarse y esperar nuevo aviso, y se despidió silenciosamente de María.
La puerta de la calle se abrió destacándose en su claro la figura del Oidor.
Martin desnudó su daga y oyó en este momento muy cerca la burlona carcajada de la bruja.
Esta vez el Ahuizote no le detuvo.
Martin vió cruzar ante sus ojos una nube de sangre, y se lanzó sobre el Oidor, y antes que éste hubiera tenido tiempo siquiera de bajarse el embozo, la daga del Bachiller habia atravesado su corazon.
Don Fernando lanzó un gemido y cayó muerto; la criada cerró espantada la puerta, y el Bachiller sombrío se quedó de pié al lado del cadáver.
—Vámonos—dijo el Ahuizote—tomándole de un brazo; vámonos, ponte en salvo; has matado á un hombre y no sabemos ni quién será.
Y esa muger—dijo con ronco acento Martin—¿se queda sin castigo?
—Mas tarde será: por ahora salvémonos.
Y casi arrastrando se llevó á Martin y se perdieron entre las sombras. La mañana siguiente Doña Beatriz estraordinariamente pálida, conversaba con Doña María la vireina y con sus hijas.
—Pálida estais—decia la vireina—¿qué teneis?
—Puedo asegurar á V. E. que yo misma no lo sé, he pasado tan mala noche.
En este momento se oyeron las campanas de algunas iglesias que tocaban á muerto.
—Tocan á muerto—dijo devotamente la vireina.—¿Quién será? Pobre: Requiem æternam dona eis, Domine.
—Et lux perpetua luceat eis—contestaron las señoras.
Una camarera entró y la vireina le dirijió la palabra.
—¿Por quién doblan?
—Señora, contestó la camarera—un caballero acaba de dar la noticia de que es, porque en la calle del Factor, en la casa en que vivia una muchacha muda se ha encontrado hoy atravesado de una puñalada el cadáver del Oidor Don Fernando de Quesada.
—¡Jesus me favorezca!—esclamó Doña Beatriz, desplomándose en un sillon desmayada.
—¡Imprudente!—dijo á la camarera la vireina, apresurándose á socorrer á Doña Beatriz.
VII. De cómo se hicieron las ceremonias para la fundacion del convento de Santa Teresa.
SE practicaron activísimas diligencias para averiguar el autor de la muerte de Don Fernando, y nada pudo sacarse en limpio: la pobre María y la criada fueron puestas en estrecha prision, pero tampoco pudo obtenerse de ellas una confesion que diese alguna luz en el proceso.
Entre tanto las obras del convento de Santa Teresa seguian con increible presteza, y todo estaba ya preparado cuando llegó el Breve de Su Santidad para la fundacion del convento, incorporándole en la Orden de Carmelitas descalzas de la nueva reforma, concediéndole todas las gracias y privilegios que á los conventos de España, y nombrando por fundadoras á Sor Inés de la Cruz y á Sor María de la Encarnacion.
Se determinó la traslacion de las fundadoras á su convento para el 1º de Marzo, y se comenzaron á hacer espléndidos preparativos.
Doña Beatriz, en silencio y triste, continuaba tambien preparando sus galas para acompañar á la vireina, como su dama, en el dia de la ceremonia.
Llegó el dia último de Febrero del año de 1616.
El templo de Jesus María estaba profusamente iluminado, los altares cubiertos de plata, y en ricos sillones recamados de oro, y en bancas cubiertas de terciopelo carmesí, con flecos y borlas de oro, se sentaba una escogida y noble concurrencia.
El Virey, el Arzobispo, el Obispo de Michoacan, que estaba en México, la real Audiencia y los tribunales, el Cabildo eclesiástico, y el de la ciudad, y un sin número de damas y caballeros de las primeras y mas ricas familias de la ciudad.
Se iba á verificar la ceremonia del cambio de hábito de las dos monjas fundadoras.
El Arzobispo y el Virey ocupaban los dos asientos inmediatos á los dos lados de la reja del coro bajo.
Se hizo la bendicion de los nuevos hábitos, y despues entonó el Arzobispo las vísperas, que se cantaron con toda solemnidad.
Las dos fundadoras se presentaron entonces en la reja acompañadas de las hijas de la vireina, que habian entrado á servirlas de madrinas y se arrodillaron. Se leyó el Breve de Su Santidad, y el Arzobispo, despues de una corta y elegante plática, recibió de ellas los nuevos votos de la religion de Santa Teresa; y entonces las madrinas, desnudándolas de los antiguos hábitos, las vistieron los nuevos que en dos fuentes de plata tenian Fr. Nicolás de San Alberto, y Fr. Rodrigo de San Bernardo, carmelitas descalzos del convento de México.
Durante toda la ceremonia Doña Beatriz lloraba sin levantar la cabeza, y Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera la observaban desde lejos.
Terminada la ceremonia que hemos procurado pintar con la misma sencillez que refieren los antiguos escritores, (por no faltar á la verdad histórica) comenzaron á salir del templo y á dispersarse por todas partes los fieles que habian asistido á la solemnidad.
Doña Beatriz subió en uno de los carruajes de palacio, y Don Pedro y Don Alonso en una rica estufa, que les llevó á la casa de la calle de la Celada.
—Profundamente triste está Dª Beatriz—dijo Don Pedro.
—Es natural, que el golpe que ha recibido no es para menos, pero descuidad, que el tiempo la consolará y de pensar tiene en otro hombre á quien dar su mano: que no vive bien en la sociedad una dama sin la sombra de un marido.
—¿Y creeis que alguna vez pudiera llegar á aceptarme por esposo?
—No lo dificulto, removido el obstáculo del Oidor que tanto perjuicio nos ha causado, y que gracias á vos no ha podido ver su triunfo.
—Gracias á mí, no, Don Alonso, sino gracias á la Sarmiento, que se ha manejado de manera tal, que no tenemos aun en nuestra conciencia el peso de la muerte de Don Fernando.
—¡Bendito sea Dios! ¿Y no sabreis decirme, que se ha hecho del tunante Bachiller, Martin de Villavicencio?
—En verdad que no me será fácil daros una razon exacta: que desapareció de México la misma noche de la muerte del Oidor, y nadie de él mas ha vuelto á saber.
—Es una desaparicion milagrosa, y á propósito de desapariciones: ¿y aquella vuestra famosa viuda?
—¿Cuál?
—Luisa, la muger que fué de Don Manuel de la Sosa.
—Con gran cuidado me tiene su pérdida, y el no haber sabido mas de ella.
—¿Tanto así la amábais?
—No es precisamente por amor por lo que me preocupa, sino por otra cosa que ocultaros no debo, tanto porque entre nosotros no debe ya de haber secretos, cuanto porque en esto necesito de vuestra ayuda y consejo.
—¿Qué es, pues?
—Mirad: yo tenia, como sabeis, amorosas relaciones con Luisa desde hacia ya muchos meses, cuando su marido murió: entónces me exijió Luisa para continuar en ellas, que le firmase formal promesa de matrimonio.
—A lo que vos por supuesto os negasteis.
—Por el pronto negueme; pero la violencia del deseo de saber un secreto importante, que á precio de aquella firma me ofreció Luisa, me obligó á condescender, y dí por escrito la promesa.
—Malo estuvo ese paso; ¿pero el secreto valia lo que el sacrificio?
—Sí, que era nada menos que la noticia de los amores de Doña Blanca mi hermana con Don Cesar de Villaclara, que iban á decirme la mitad de mi caudal.
—Afortunadamente para vos, á resultas de la herida que me infirió Don Cesar, el virey lo ha desterrado á Filipinas por ocho años.
—Y yo he puesto en clausura tal á Doña Blanca, dentro de mi casa, que á no ser para el convento ó para el Campo Santo, no saldrá nunca.
—Pero volvamos á Luisa: ¿qué hicísteis luego?
—Al otro dia volví á buscarla, pero ya no estaba en su casa: todos los criados habian sido despedidos y las habitaciones estaban cerradas, y una familia que cuidaba de ellas no tenia conocimiento de lo que habia pasado con Luisa, porque ese mismo dia la habian llamado para que se encargase de la casa.
—Entonces podéis estar tranquilo.
—Os engañais, Don Alonso, porque no conoceis vos á esa muger; se ha ocultado sin duda para asegurar mas el golpe; la temo y por eso estoy preocupado.
—En ese caso, si os parece, busquémosla.
—Seria lo mas prudente.
—Pues desde mañana haremos comenzar las pesquisas.
El coche habia llegado á la casa de Don Alonso, y los dos se apearon, y subiendo pausadamente las escaleras, entraron á las habitaciones, tristes y sombrías, desde que faltaba de allí Doña Beatriz.
Amaneció el 1º de Marzo de 1616, y el mismo numeroso y lucido concurso que el dia anterior, invadió las naves del templo de Jesus María.
El Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna llamó á las fundadoras del nuevo convento, y para hacer su traslacion rompió sus antiguos votos de clausura en Jesus María.
Era un espectáculo curioso y tierno, ver la salida de aquellas dos religiosas, que habian vivido tantos años bajo el techo de aquel santo asilo y al lado de sus hermanas, dejar todo eso para siempre, y arrojarse á la nueva empresa con toda la fé de los apóstoles.
Todos los ojos brillaban con el llanto y todos los corazones latian de emocion.
Sor Inés de la Cruz y Sor Encarnacion, vestidas ya con el modesto sayal de las carmelitas, fueron rodeadas por aquella deslumbradora concurrencia, y salieron á montar en las carrozas con sus madrinas, las hijas de la vireina, como arrebatadas en una nube de oro y de seda, de tisú y de plumas, de joyas y de flores.
Era la humildad y la pobreza, llegando al cielo entre un coro de arcángeles.
Sor Inés rezaba, y sin embargo al pasar por frente á Doña Beatriz se detuvo.
—Doña Beatriz—dijo con su acento inspirado—vos habeis sido el medio que su Divina Majestad eligió para llevar adelante sus misteriosos fines; pero Dios ha querido heriros con la tribulacion y el dolor, para que encontreis el consuelo en donde mismo lo habeis sembrado vos: el Señor os ha visitado.
Doña Beatriz se inclinó y lloró.
La comitiva siguió adelante, y todos subieron en las carrozas, que siguiendo la del palacio, llegaron á la iglesia Catedral.
No era entonces la Catedral la misma que hoy es: aquella, comenzada á formar en tiempo de Hernan Cortés, no contentó con toda su magnificencia el alma grande del sombrío Felipe II, y queriendo para la primera ciudad de Nueva España un templo digno de la opulencia de la colonia y del poder de la metrópoli, despachó cédula á la real Audiencia y al virey Don Luis de Velasco I, para que se construyese la Catedral que hoy existe.
Entonces, es decir, en los dias á que se refiere nuestra historia, las sagradas ceremonias tenian lugar en el antiguo templo que estaba cerca del moderno, y que fué derribado para que su recinto sirviera de atrio.
Las fundadoras del convento de Santa Teresa llegaron á la Catedral, conducidas por una inmensa muchedumbre, y allí el Arzobispo vestido de pontifical, celebró el sacrificio de la misa.
Tratóse luego de la advocacion que debia darse al nuevo convento, y en una soberbia urna de plata ricamente cincelada, se depositaron cédulas con los nombres que debian entrar en este sorteo de devocion.
Un niño bello y rubio como un ángel, llevado de la mano por el Arzobispo, sacó una de las cédulas—«Señor San José»—dijo el prelado leyéndola, y volvió á introducirla adentro.
Dos capellanes de coro movieron violentamente el ánfora, y por dos veces se repitió la operacion y por dos veces resultó Señor San José.
Decididamente la suerte se habia puesto de acuerdo con el esposo de María, ó la suerte en ese dia trabajaba de órden suprema.
Entonces las fundadoras acompañadas de toda la concurrencia, y cubiertas con sus grandes velos negros, se dirigieron en solemne procesion á su nuevo convento, cuya iglesia estaba en la misma manzana que hoy, pero en la esquina que mira para la calle del Hospicio de San Nicolás.
La vireina, sus hijas y Doña Beatriz, entraron á los claustros con las fundadoras, y allí el Arzobispo mandó á Sor Inés y á Sor Encarnacion que levantaran sus velos para dar gracias á la vireina y su familia por haberlas acompañado.
La vireina se despidió, y se preparaba ya á salir, cuando repentinamente Doña Beatriz se arrojó llorando á sus piés.
—¿Qué es esto Doña Beatriz?—preguntó Doña María de Riederes—¿qué repentino mal os acomete?
—Señora, no me alzaré de aquí hasta no conseguir el permiso y la proteccion de V. E. para tomar el hábito de novicia en este convento.
—Bien, Doña Beatriz, pero eso no es cosa de resolverse de repente, pensad, meditadlo, no os precipiteis.
—No señora, por Dios y por sus santos, por la vida de su Excelencia el señor virey, no me negueis esta gracia en que vais á darme mas que la vida, la salvacion de mi alma y la calma de mis últimos años.
—Pero Doña Beatriz, reflexionad.
—Nada puedo reflexionar ya que no haya pensado desde antes—decia Beatriz abrazando las rodillas de Doña María y besando sus manos—no, no me arranqueis ya, señora, de esta santa morada, á la que Dios me destina y á la que hace tiempo me siento llamada.
—Doña Beatriz—dijo solemnemente la vireina—considerad que el dolor de la muerte de Don Fernando os ciega hasta haceros confundir la vocacion con la desesperacion.
—Señora, si no encuentro amparo ni consuelo sino en el claustro y con Dios, ¿por qué me lo quereis cerrar, señora, sin tener compasion de mí?
—Dentro de pocos años el tiempo habrá curado el dolor, y quizá os arrepentireis de vuestra imprudente profesion.
—Dentro de pocos años el sepulcro se habrá cerrado sobre mí, y partir quiero de la vida muriendo esposa de Cristo.
—Señora, dijo el Arzobispo terciando en el diálogo—permítame Vuesencia que le diga, que seria ya cargo de conciencia impedir mas á esta dama que se consagre á Dios.
—Sea como querais.
Doña Beatriz, radiante de gozo besó las manos de la vireina y del Arzobispo, y se arrojó llorando en los brazos de las hijas del virey.
Como si ya todo estuviera preparado, trajeron en el momento un hábito de novicia que el Arzobispo vistió á Doña Beatriz.
Sor Inés de la Cruz estaba encantada con la milagrosa vocacion de la primera novicia de su convento.
El virey y su familia salieron tristemente del templo, y en la ciudad corrió inmediatamente la nueva de que habia tomado el velo como la primera novicia del convento de Santa Teresa, la hermosa dama Doña Beatriz de Rivera, bajo la advocacion de Sor Beatriz de Santiago.
VIII. En donde se prueba que tanto valian los polvos de una bruja, como el chupamirto de un nahual.
DON Cárlos de Arellano habia llevádose á Luisa á su casa de Xochimilco, que se conocia allí con el nombre de la Estrella.
Al salir ya de la capital Arellano quitó á Luisa el pañuelo que le impedia hablar, y las ligaduras de las manos y de los piés, pero durante el tiempo que habia durado aquel forzado silencio, Luisa había tenido tiempo de reflexionar maduramente su situacion.
Estaba á merced de Don Cárlos y por fuerza nada conseguiria; la palabra empeñada por Mejía para hacerla su esposa, le habia sido arrancada mas bien por compromiso, que admitida por un ofrecimiento espontáneo, y él quizá se alegraria de la desaparicion de una muger con quien le ligaba ese vínculo.
Por parte, pues, de Don Pedro, no podia tener esperanza tampoco de auxilio, era preciso usar de la astucia, fingirse mas que resignada, contenta con su nueva posesion, y ganar la confianza de Arellano para huir el dia menos esperado y escapar de su poder.
Con esta resolucion al sentirse libre, en vez de reconvenciones frases de cariño, y graciosas chanzas fueron las que dirigió á Don Cárlos, que quedó encantado de aquella amabilidad inesperada.
La casa de la Estrella era un hermoso edificio, pero enteramente aislado y rodeado de altísimas y fuertes paredes, y coronado de almenas y de baluartes pequeños.
Durante el primer siglo de la dominacion española en la Nueva España, los conquistadores temerosos siempre de una sublevacion, daban á todos sus edificios, principalmente á los que se fabricaban fuera de México, todo el carácter de una fortaleza coronada de almenas, y disponiendo sus ventanas mas bien de una manera á propósito para hacer fuego desde ellas que para iluminar el interior. De aquí, ese aspecto de castillos feudales que tienen la mayor parte de las antiguas iglesias.
Luisa comprendió que la libertad de que gozaba dentro de la casa de la Estrella, era no mas dentro de la casa, porque le hubiera sido imposible realmente salir de allí, pero no se desanimó.
Don Cárlos era cada dia mas sumiso, mas solícito y mas cariñoso, y sin embargo, no daba esperanzas de permitir la salida de Luisa, estaba realmente cautiva.
El jardinero de la casa era un indígena jóven, inteligente, robusto, que se llamaba Presentacion, él salia y entraba á la casa, se quedaba algunas noches fuera de ella, y los domingos generalmente no se aparecia para nada. Era sobre todo, el sirviente de confianza de Don Cárlos. Hacerse de aquel hombre hubiera sido la salvacion de Luisa, ¿pero cómo? apenas la hablaba, y en cuanto á comprar su fidelidad era casi imposible, porque Presentacion tenia todo lo que necesitaba y se distinguia entre todos los sirvientes por su lujo.
Un calzon corto de escudero ajustado á la rodilla, con dos mancuernillas de oro, sin calzas, pero con unos zapatos de grandes alas bordados de seda de colores, una camisa de lana finísima, y un ancho sombrero color de canela; este era el traje de Presentacion en los dias ordinarios, porque en los de gala tambien se ponia jubon y calzas, y cuanto mas usaban los ricos de los alrededores.
Luisa observó un dia que mientras ella cortaba unas flores, el jardinero la contemplaba arrobado, dejó entonces olvidada una rosa, y á poco él vino y la levantó con respeto y la besó.
—Bueno—pensó Luisa—este hombre me sacará de aquí, ya es mio.
Y como al descuido, dirijió á Presentacion una mirada que hizo ruborizarse hasta la punta de los cabellos al pobre muchacho.
En todo aquel dia Presentacion no hizo nada bueno; se puso á regar y se quedó tan pensativo, que el agua inundó los sembrados, porque no se acordó de cortarla, y equivocó todo lo que tenia que hacer, y por fin en la tarde se salió de la casa sin concluir su tarea diaria.
En un pequeño jacal vivia un viejo que parecia pertenecer á la raza española pura, pero estaba tan miserable y tan abyecto, que nadie trataba con él: era cojo, no porque le faltara ninguna de las dos piernas, sino porque las tenia torcidas y débiles; las gentes del país le llamaban El Ñor Chema, y se decia por allí que el Ñor Chema era nahual.
Los nahuales son los compañeros de las brujas que saben hechizar, que se convierten por las noches en perros, en guajolotes, en lobos, &c., que como las brujas, atraviesan por los campos volando en las noches oscuras convertidos en globos de fuego, y dejando escuchar ruidosas y alegres carcajadas, y que luego se introducen á las casas y chupan la sangre de los niños.
Estos son los nahuales y las brujas en las leyendas y en las tradiciones del campo, que no han llegado á desaparecer completamente á pesar de los adelantos de la civilizacion.
El Ñor Chema estaba declarado nahual, y en esto no habia remedio, que una declaracion así era bastante para que la cosa se tuviera en aquellos tiempos como artículo de fé.
Rasgos maravillosos se contaban de él; quien, le habia visto entrar al cementerio en figura de un gato (reconociéndole sin duda por su buena educacion), quien atravesar una noche en los aires por encima del tejado de la casa, llevando entre sus brazos á un niño que lloraba, y quien le habia oido esclamar, como se contaba entonces que decian las brujas:—«Sin Dios y sin Santa María»—y convertido en el instante en un globo de fuego rojo, escapar por la ventana, riéndose sin duda de su misma habilidad.
Lo cierto es que aquel hombre no tenia relaciones en el pueblo, todos le miraban con terror, los chicos huian de él, y por las noches nadie pasaba á cien varas siquiera de su casa sin hacer la señal de la cruz.
Pero Ñor Chema de nadie hacia caso, y vivia con tanta tranquilidad, como si el mundo no se ocupara de él, y como si no hubiera en el mundo un tribunal que se llamaba la Inquisicion.
Es verdad que llegó á tanto la fama de Ñor Chema, que una vez se alarmó el Santo Oficio, y llegó á su jacal un comisario con dos alguaciles; todo el pueblo se alborotó porque creyeron que habria una novedad, y se pusieron todos en observacion; pero el comisario entró á la casa de Ñor Chema y se estuvo allí un largo rato, saliendo despues y retirándose sin meterse mas con el nahual.
La gente al principio se escandalizó de esto, pero al fin se calmaron los ánimos, porque los mas sabiondos del pueblo dijeron—que el Ñor Chema sin duda ejercia la mágica blanca y no la negra, y tal vez con privilegio del Santo Oficio.
Una tarde Presentacion se encaminó al jacal de Chema y llegó hasta la puerta; vaciló entonces, pero el viejo le habia visto, le habló, y le fué ya preciso entrar.
—Buenas tardes, Ñor Chema.
—¿Qué andas buscando por aquí?
—La verdad, Ñor Chema, yo venia á veros.
—¿A verme? ¿Y para qué querias verme?
—Pues la verdad—decia Presentacion rascando con una uña la pared y sin despegar la vista de allí—porque estoy enamorado.
—Y bien, ¿qué tengo yo que ver con eso?
—Que quiero que me deis un chupamirto—y Presentacion seguia rascando la pared.
—¿Pero es posible, hijo mio, que tú tambien creas que yo tengo algo de brujo?
—Yo no sé: lo que sé es, que si quereis podeis darme un chupamirto, que ningun trabajo os costará, y yo no dejaré de recompensaros.
—Ya te digo que no tengo ningun animal de esos, que tú lo puedes tomar en el campo á la hora que quieras.........
—Pero, ¿será lo mismo el que lo coja yo?
—Sí, anda.
—Entonces está bien: ¿conque es lo mismo?
—Sí, exactamente.
Al dia siguiente habia matado uno de los lindos chuparosas que volaban por el jardin, y lo habia envuelto cuidadosamente en una bolsa de lienzo y lo traia en la cintura, porque en aquellos tiempos el cadáver de ese pajarito era, segun la opinion general, un remedio eficaz para ser querido de todas las mugeres bonitas.
Y parece que la casualidad se empeñaba en probar que aquello era cierto. Presentacion cada dia iba ganando mas en el afecto de Luisa, segun las muestras de cariño que ella le prodigaba, y que él no podia atribuir á otra cosa mas que á la benéfica influencia del chupamirto.
Presentacion estaba mas adelantado cada dia, y por fin se atrevió una vez á hablar á Luisa. Luisa no deseaba otra cosa, y sin sentirlo, el pobre indígena quedó completamente prisionero de la astuta mulata.
Luisa no pensaba sino en escapar del lado de Arellano, pero llevándose la promesa de matrimonio de Mejía que Arellano tenia encerrada en una de sus cajas.
Para lograr esto era necesario astucia y perseverancia, y Luisa, como todas las personas de resoluciones firmes, contaba con la perseverancia.
Don Cárlos habia hecho trasportar á la casa de la Estrella, todos los muebles y el equipaje de Luisa, y ella en uno de sus baules logró encontrar algunos restos de los polvos de la Sarmiento. Entonces sí se consideró libre.
—Presentacion—dijo un dia al jardinero—¿y si yo me quisiera salir contigo, tendrias valor para llevarme?
—¿Por qué no?—dijo Presentacion temblando de placer—cuando querais, pero es necesario preparar caballos.........
—No, mejor es un coche, que mi deseo es entrar á México.
—¿Pues para cuándo lo disponeis?
—Para pasado mañana en la noche.
—Bueno.
—Mira, me asomaré por aquella ventana á las oraciones, si pasas y me das las buenas noches, es señal de que no has podido arreglar nada, si por el contrario no me hablas, es señal de que todo está preparado y entonces á media noche me esperas en este lugar.
—Muy bien.
—¡Ah! ¿podrás proporcionarme un traje de hombre? Aquí tienes dinero para todo.
—Le haré traer de México.
—Silencio, y hasta pasado mañana; el traje aquí tambien á la media noche.
Llegaron las oraciones de la noche del dia fijado por Luisa, y Presentacion comenzó á rondar por el jardin frente á la ventana hasta que la vió aparecer: se acercó mucho á ella y pasó por allí silenciosamente; todo estaba listo.
Luisa estaba á las once de la noche en el jardin: entre los rosales divisó un bulto y se dirijió á él; era Presentacion que temblaba como un niño.
—¡Cobarde! ¿Por qué tiemblas?—dijo Luisa que estaba enteramente serena.—¿Trajiste la ropa?
—Sí señora.
—Dámela y espérame aquí mientras voy á vestirme.
Luisa tomó la ropa que le traia Presentacion, y se dirijió otra vez á su aposento con tanta tranquilidad, como si solo tratara de pasearse en el jardin.
Don Cárlos dormia, pero su sueño era pesado y sus cabellos estaban pegados á su frente por un sudor viscoso; era el mismo sueño de Don Manuel de la Sosa.
Luisa sin tomarse el trabajo de mirarle siquiera, comenzó á vestirse el traje de hombre, y no debia ser la primera vez que vestia de aquella manera, porque no se mostró embarazada en el uso y colocacion de sus prendas, y muy pronto quedó convertida en un precioso adolescente.
Sacó de un armario algun dinero y ocultó bajo la ropilla un puñal pequeño y primorosamente trabajado, se caló un sombrero y se embozó perfectamente en una capa oscura; y con un garbo que le hubiera envidiado cualquiera de los guapos de la ciudad, volvió á incorporarse con Presentacion.
—Vamos—dijo imperiosamente Luisa.
—Vamos señora—contestó humildemente Presentacion—pero no podemos salir por la puerta.
—¿Por donde entonces?
—Por un agujero que he practicado en las tapias que dan á la espalda de la casa.
—Bien está—guíame.
En el fondo de la huerta y pegado á una tapia habia un inmenso monton de yerbas.
Presentacion las apartó y apareció en el muro una gran entrada, por donde pasó Luisa siguiendo al jardinero.
Se encontraban entonces en el campo.
Presentacion habia llegado á soñar que tenia amores con aquella muger; se habia comprometido y espuesto á todo por ella, y se encontraba en aquel momento en que creia que la sacaba de la casa del alcalde mayor, Don Cárlos de Arellano, para que fuese enteramente suya con que no se atrevia á tocarla una mano, ni aun á dirijirle una palabra de amor, y ella mandaba como señora, y él obedecia humilde como un esclavo.
Cerca de allí esperaba un carruaje con cuatro mulas. Presentacion abrió la portezuela, y Luisa en el acto de montar llevó la mano á la bolsa de los gregüescos, sacó un pergamino y aunque no podia ver la escritura por la oscuridad de la noche, no quiso sin duda mas que satisfacerse de que no lo habia perdido, porque volvió á guardarle diciendo con cierta especie de tranquilidad:
—Aquí está.
El carruaje comenzó á caminar. Los cocheros debian sin duda saber el término del viaje, porque sin recibir órden ninguna tomaron el camino de México.