LIBRO CUARTO. VÍRGEN Y MÁRTIR.
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I. En donde hacemos conocimiento con el inquisidor mayor, Don Juan Gutierrez Flores, y volvemos á ver á Doña Blanca.
HEMOS llegado á la sala de Audiencia del Tribunal de la Fé.
Era un salon como de veinte varas de largo y ocho de ancho y magníficamente adornado, rodeado de columnas del órden compuesto; con ricas colgaduras de damasco encarnado. En el centro de una de las cabeceras, un gran dosel de terciopelo carmesí con franjas y borlas de oro; debajo de él y sobre una plataforma rodeada de una barandilla de ébano negro, y á la que se subia por una gradería, la mesa de los inquisidores y sus tres sillones de terciopelo carmesí, con borlas y franjas, y recamos de oro.
En el dosel bordadas las armas de la monarquía española, y apoyado en el globo de la corona con que remata el blason un Crucifijo, y en derredor el terrible lema de la inquisicion: Exurge Domine, judica causam tuam. A los lados de la cruz dos ángeles, uno con una oliva en la mano derecha, y una cinta en la izquierda que decia: Nollo mortem impii, sed ut convertatur, et vivat: en el otro lado el otro ángel con una espada en la mano derecha y en la izquierda una cinta con este mote: Ad faciendams vindictam, in nationibus increpationis, in populis.
Cerca del dosel habia una pequeña puertecilla llena de agujeros para que el denunciante y los testigos pudieran desde dentro ver al reo, sin ser vistos por él.
A la derecha del salon estaba la puerta que conducia á las prisiones, y un poco mas adelante, pero cerca de ella, en el mismo muro, otra puerta que tenia encima este rótulo: mandan los señores inquisidores que ninguna persona entre en esta puerta para dentro, aunque sean oficiales de esta inquisicion, si no lo fuesen del secreto; pena de excomunion mayor.
Don Juan Gutierrez Flores estaba sentado bajo el dosel, el escribano notario del Santo Oficio le daba cuenta con una multitud de causas.
—Denunciaciones—dijo el escribano—tomando uno de los procesos—contra Sor Blanca del Corazon de Jesus, monja profesa del convento de Santa Teresa de esta capital, por herejía y pacto con el demonio.
—¿Qué hay de nuevo en esa causa?—preguntó el inquisidor mayor.
—Los testigos y denunciantes hance citado para venir, y no se les ha podido encontrar á todos, porque el principal, que es el denunciante, hace encontrado muerto despues del asalto que se dió á palacio; pero su declaracion debe hacer grande fé porque ese hombre segun el entierro que se le mandó hacer por el Illmo. señor Arzobispo, tenia muy grandes merecimientos.
—¿Y hay, además, otros testigos?
—Una señora principal, aunque ésta tampoco ha podido ser hallada.
—Entonces podeis hacer que entre, ó que sea conducida á mi presencia la llamada Sor Blanca, para proceder á tomarle su declaracion.
El escribano puso el auto y la órden para la comparecencia de Sor Blanca, y agitó una campanilla de plata que habia sobre la mesa.
Un familiar se presentó, y el escribano le entregó la órden.
Trascurrió un cuarto de hora cuando se abrió la puerta de las prisiones, y Blanca conducida por dos carceleros, que tenian las caras cubiertas con sus capuchones, penetró en la sala de Audiencia.
Blanca estaba sumamente pálida, sus ojos brillantes y enrojecidos por el llanto, se fijaban espantados en la figura del inquisidor, y en el estraño adorno de la sala.
La jóven se adelantó vacilando, y casi sostenida por los carceleros, hasta llegar cerca del escribano.
Entonces los carceleros se retiraron y Doña Blanca tuvo que apoyarse contra la barandilla para no caer.
—Tomadle el juramento—dijo el inquisidor.
—¿Jurais á Dios y á su Madre Santísima—dijo solemnemente el escribano—y por la señal de la cruz, decir la verdad y todo cuanto se os preguntare, á cargo de este juramento?
—Sí juro—contestó Blanca, llevando á sus labios su mano derecha, con la que habia formado la señal de la cruz.
—Estais acusada y denunciada de herejía, y de tener pacto con el demonio—dijo el inquisidor.
—Señor—contestó Blanca, otras serán mis culpas por las que Dios tendrá que castigarme; pero ya tengo declarado que sobre esos capítulos en nada me remuerde mi conciencia.
—Sentaos, dijo el inquisidor.
Blanca se sentó en un banquillo sin respaldo, que estaba cerca de ella.
—¿Persistís en no confesar?—prosiguió el inquisidor—puede eso traeros fatales consecuencias.
—Dios dispondrá de mí, segun su voluntad; pero yo no soy culpable de esos delitos de que se me acusa.
—Vamos, inútil es con vos la dulzura y el convencimiento: si no teneis pacto con el diablo, ¿cómo habeis logrado salir del convento en donde estabais encerrada?
—Ya he dicho que con una depositada que tenia las llaves de todas las puertas.
—¿Insistís aún en vuestra falsedad? Porque ya se os ha dicho que segun las declaraciones de todo el convento, esa muger á quien haceis referencia, y que segun dijísteis se llama Felisa, no ha faltado del convento ni una sola noche, ni el sacristan de la iglesia ha dejado un solo dia de cumplir exactamente con su obligacion, y hance encontrado en vuestra celda las alhajas que dijísteis haberse llevado la Felisa; asi es que solo por artes diabólicas pudisteis haber salido del convento estando todas las puertas cerradas, y haber inventado esa fábula con que quisisteis engañar al Santo Tribunal de la Fé.
—Juro por Dios que nos escucha—contestó Blanca—que todo lo que he referido es lo que aconteció, y no mas; y aunque no podré esplicar cómo esa muger estaba dentro del convento y no ha faltado de allí ni una sola noche, me afirmo en que es ella quien de allí me ha sacado.
—Haced constar señor escribano—dijo el inquisidor—que esta muger se obstina en su negativa, en cuanto á tener pacto con el diablo.
El escribano estendió la declaracion.
—En cuanto al capítulo de herejía—dijo el inquisidor—declaradamente no podreis negarlo, porque habeis confesado haber contraido matrimonio con Don Cesar de Villaclara, habiendo hecho voto de castidad y de clausura, por lo que él y vos, asi como todas las personas que os ayudaron, estais declarados herejes y relapsos y dignos de las mayores penas con que nuestra Madre la Santa Iglesia, y el Santo Tribunal de la fé en nombre de Dios ofendido, castigan á los que tales estremos tocan.
—¡Ah señor!—dijo Blanca, temblando con la sola idea de que Don Cesar podia llegar á caer en manos de la inquisicion—haced conmigo lo que querais, condenadme al tormento, mandadme á la hoguera, destrozad mis carnes y mis nervios, reducid á cenizas mi cuerpo; pero por Dios, señor, por la religion de Cristo, por la memoria de vuestros padres, por el alma que teneis que salvar, no envolvais á Don Cesar en mi culpa ni en mi castigo. Él es inocente, os lo juro, es la verdad; miradme aquí pronta, dispuesta á sufrirlo todo, pero á él no, no, por Dios, os lo repito, es inocente, yo le he engañado, le he burlado, yo le oculté que era religiosa; le hice creer que era libre porque le amaba, por eso me he arrojado en este abismo. ¡Ah, señor inquisidor! ¿Vos no sabeis lo que es una pasion? Entonces no me juzgueis, porque no podeis comprenderme, yo soy aquí la culpable, pero él no, él no; os lo juro en nombre de Dios que nos oye.
—¿Confesais pues?—dijo con la misma indiferencia que antes el inquisidor y sin inmutarse ni afectarse con la creciente exaltacion de Blanca.
—¿Y qué quereis que confiese?
—Vuestra herejía al haber contraido tan sacrílego matrimonio, estando ligada á Dios por vínculos tan sagrados.
—¿Y cómo quereis que yo confiese semejante cosa? Yo he pronunciado esos votos de consagrarme á Dios en el claustro por fuerza, contra toda mi voluntad, y Dios no puede haberme aceptado ese sacrificio, porque Él estaba leyendo en mi pecho y en mi pensamiento; porque Él sabia que aquellas palabras, que al salir de mi boca quemaban mis labios, no eran la verdad, no eran lo que sentia el corazon: que yo le amaba sobre todas las cosas de la tierra, pero no estaba dispuesta, no era mi voluntad, no queria pertenecer al claustro. Si yo he abandonado el convento, era porque me sentia libre, porque como ya he declarado, el Pontífice disolvia los vínculos que me ligaron; por eso pude entregar mi mano á Don Cesar, por eso pude darle mi corazon, él es mi esposo verdadero ante Dios y ante los hombres, y aunque el mundo crea lo contrario, y aunque juzgue indisolubles los lazos que antes me ataban, yo sé, porque Dios me lo dice en mi conciencia, que Don Cesar es mi esposo, y que no he ofendido á la Divinidad con haberme unido á él.
Blanca había dicho todo esto como presa de una fiebre, como delirando.
—Inútil será proseguir esta diligencia—dijo el inquisidor, asentad, señor escribano, que esta muger ni reconoce sus crímenes, ni abjura de sus errores, é insiste en negar su confesion, y que en consecuencia se le sujete por su contumacia á la cuestión de tormento ordinario y extraordinario hasta obtener su confesion.
—¡Piedad señor!—esclamó Blanca, cayendo de rodillas—¡piedad!
La energia que habia sostenido á la muger amante, desapareció ante la idea del tormento.
Las relaciones de los dolorosos sufrimientos que servian al Santo Oficio, como el medio infalible para arrancar de la boca de sus víctimas una confesion, las mas veces falsa, circulaban por todas partes.
La palabra tormento no sonaba entonces como ahora, vaga
Un juicio en el tribunal de la inquisicion.

y sin despertar en el alma un verdadero sentimiento de terror: en aquella época el hombre mas enérgico y mas dispuesto á arrostrar la muerte, sentia helarse de espanto su corazon á la sola idea de verse en la cuestion del tormento; y muchos desgraciados se confesaron culpables de crímenes que jamás se habian cometido, prefiriendo morir en el garrote ó en la hoguera, á pasar por aquella sucesion de dolorosas y sangrientas pruebas.
Blanca sintió todo el horror de su situacion, y su energía la abandonó.
El escribano tocó la campanilla y volvieron á aparecer los dos carceleros.
—De órden del señor inquisidor esta muger á la sala del tormento.
—Por Dios, señor inquisidor, ¡piedad! yo diré—decia Blanca, queriéndose arrodillar á los piés del inquisidor—dejadme, dejadme rogarle—y hacia esfuerzos por desprenderse de los carceleros, ó por conmoverlos; pero aquellos hombres acostumbrados á ver esta clase de escenas, no se inmutaban siquiera.
Y tomando á Blanca entre los dos, á pesar de sus ruegos y de sus lágrimas, y de su desesperacion, la condujeron hasta la puertecilla que tenia encima escrita la prohibicion de entrada para los que no fuesen del secreto.
Abrieron violentamente, y metiendo por ella á Blanca volvieron á cerrarla despues.
El inquisidor y el escribano como si nada estuviera pasando allí, seguian tratando de otros negocios.
II. Cuestion de Tormento.
POR un corredor sombrío y angosto fué conducida Sor Blanca por seis carceleros, hasta llegar á un aposento grande y cuadrado, que tenia de la bóveda suspendidos algunos mecheros que derramaban una rojiza é incierta claridad sobre las negras paredes sobre la estraña multitud de estraños objetos que habia allí, hacinados por todas partes, y sobre la figura sombría de dos hombres que estaban sentados silenciosamente en un banco. No seria posible describir con exactitud aquel antro de la crueldad humana.
Una atmósfera pesada, fria y húmeda se respiraba en aquella especie de caja formada de rocas, y de donde el mas agudo gemido de una víctima no podria ser escuchado.
Por todo el aposento se veian instrumentos horribles de tortura; ruedas, garruchas, sogas, tenazas, braseros, pero todo tan amenazador, tan sombrío, que se presentiria para todo lo que aquello servia aunque no se supiera.
Doña Blanca fué introducida al cuarto del tormento por sus guardas que la sentaron en un banco.
Los otros dos hombres que allí habia, no se movieron siquiera.
Así trascurrió una media hora, hasta que en el pasillo que conducia á la sala de Audiencia se oyeron pasos.
Los familiares se pusieron de pié y entraron á la sala del tormento el inquisidor y el escribano que llevaban consigo su respectivo tintero y la causa de Doña Blanca.
En el fondo de la sala habia un dosel rojo, con un Cristo debajo en una plataforma, un sitial para el inquisidor, y mas abajo la mesa y el sitial para el escribano, de tal manera, que el inquisidor, lo mismo que el escribano, tenian el rostro vuelto hácia á la víctima, quedando uno mas elevado que el otro.
Por la misma puerta que habia dado entrada al inquisidor, penetró despues en la sala el fraile que entonces hacia de confesor de los reos, que era, por decirlo así, como el jefe de los demas frailes ó clérigos que acompañaban al suplicio á todos los criminales, y cuya verdadera mision era atormentar moralmente, y aterrorizar á los desgraciados que caian en poder del Santo Oficio.
—Acercad á esa muger—dijo el inquisidor, cuando hubo tomado asiento.
Los familiares condujeron á Doña Blanca cerca del juez.
—Mira lo que vas á padecer—le gritaba el confesor que se llamaba Fray Diego—tus carnes se abrirán, tu sangre goteará y correrá, tus músculos se harán pedazos, y sentirás todos los tormentos del infierno en esta vida y en la otra; confiesa desgraciada.........
—Acercaos, y decid ¿continuais sosteniendo lo que habeis dicho, é insistiendo en vuestra negativa?—Preguntó el inquisidor.
—Señor, por Dios—contesto Blanca—no tengo otra cosa que decir.........
—Basta, comenzad—dijo el inquisidor.
Todos los familiares rodearon á Doña Blanca y el confesor se apartó un poco.
Doña Blanca no comprendia por donde iba á comenzar el tormento, pero temblaba de tal manera que se sostenia en pié, merced al apoyo de los carceleros.
Con una velocidad increible, y como acostumbrados á esa clase de operaciones, comenzaron entre todos á desnudar á Blanca: el pudor de la muger, la indignacion de la vírgen, el orgullo de la señora de alto rango, todo se sublevó en el corazon de Doña Blanca, cuando comprendió que se trataba de dejarla enteramente desnuda á presencia de tantas personas, y de profanarla de aquella manera.
—¡Oh!—esclamó—eso sí que no lo conseguireis nunca, desnudarme, monstruos; eso no, martirizadme, matadme, pero no me desnudeis ó ¡no! ¡no! ¡eso no! yo no quiero que me descubran, que me desnuden, ¡matadme mejor! ¡matadme!
Y la desgraciada hacia esfuerzos inútiles, porque casi sin dificultad iban cayendo una tras otras las piezas que componian su traje y á cada una de ellas el escribano repetia:
—Se le amonesta que diga la verdad si no quiere verse en tan gran trabajo.
Solo quedaba la camisa á aquella pobre muger, y en entonces acudió á la súplica.
—Señor inquisidor, por Dios que me dejen siquiera esto, por Dios, señor, por su Madre Santísima, que no me desnuden enteramente señor, señor; es una vergüenza tan grande, ¡ay! que me la quitan, ¡ay! ¡ay! señor, señor, señor, por Dios, ¡ay!....
Y lanzó un agudo grito porque los carceleros habian arrancado el último cendal de su cuerpo y se encontraba enteramente desnuda en medio de tantos hombres.
Tal vez ni un pensamiento impuro cruzó por la cabeza de aquellos hombres al contemplar á Blanca, porque estaban muy acostumbrados á esas escenas, y porque hay cierta especie de lascivia en la crueldad que ahoga todos los demas sentimientos.
—El ordinario—dijo el inquisidor—y los familiares tomaron á Blanca que estaba casi desmayada de la vergüenza y en peso la llevaron hasta uno de los aparatos del tormento.
Era una gran mesa en donde la acostaron, y en los brazos y en las piernas le pasaron unas sogas, que apretaban conforme daban vuelta á una de cuatro ruedas que habia á los lados de la mesa, y que correspondian á cada uno de los brazos ó de las piernas.
En un instante quedó Doña Blanca enteramente sujeta: entonces le parecia que soñaba, veia á aquellos hombres tocarla por todas partes con sus toscas manos, sin respeto, sin decencia, sin miramiento alguno, y no sentia ya ni encenderse su rostro por el rubor: habia casi perdido la sensibilidad del alma.
El escribano no cesaba de repetir:
—Se le amonesta á que diga la verdad si no se quiere ver en tan gran trabajo.
Pero ella no escuchaba nada.
Todos rodearon aquella mesa en donde estaba tendida Blanca, mirando para todas partes con ojos, no ya de asombro, sino de estupidez.
El inquisidor hizo una seña, llamó á los atormentadores, dió la primera vuelta á una de las ruedas, y Blanca como volviendo repentinamente en sí se estremeció y lanzo un grito de dolor.
—Se le amonesta que diga la verdad si no quiere verse en tan duro trance—dijo impasiblemente el escribano.
Blanca no contestó, estaba espantosamente pálida, volvió los ojos á donde estaba el inquisidor y dos lágrimas como dos diamantes rodaron de sus ojos.
El segundo verdugo dió una vuelta á la rueda del brazo izquierdo.
—¡Jesus me acompañe!—esclamó la desgraciada arrojando la voz como de lo mas hondo de su pecho.
—Se le amonesta que diga la verdad—volvió á repetir el escribano, y esperó la respuesta.
Los inquisidores no daban un tormento agudo; pero pasagero, se prolongaba el dolor, se hacia lento, se iba aumentando en intensidad, y todo para hacerlo mas cruel para conseguir una confesion.
Blanca seguia llorando.
La rueda de la pierna derecha dió una vuelta.
—¡Dios mio! ¡Dios mio! qué dolor tan horrible—decia Blanca.
Pasó un momento y la rueda de la pierna izquierda dió tambien la vuelta.
—¡Madre mia! ¡madre mía!—gritaba Blanca—aquellos cuatro dolores intensos, horrorosos, hacian temblar sus carnes y comenzaban á agitar su respiracion.
La rueda del brazo derecho jiró por segunda vez, y entonces la jóven no pudo contenerse.
—Señor, señores, por Dios, ¡ay! ¡ay! que me rompen los brazos: por Dios, ¿qué he hecho yo? ténganme compasion ¡ay!
Y sus lágrimas corrian sin cesar.
—Se le amonesta que diga la verdad.
—Pero si ya dije, ya dije, por Dios, por su Madre Santísima—¡ay! ¡ay!—en este momento daba la segunda vuelta la rueda del brazo izquierdo—me rompen los brazos—gritaba la infeliz—por Dios, déjenme porque la he dicho la verdad, lo juro—lo juro.
—Se le amonesta á decir la verdad..........
—Pero si ya lo he dicho todo.
La rueda de la pierna derecha jiró segunda vez.
Y jiró tambien la de la izquierda.
Imposible fuera describir la agonia de aquella desgraciada criatura, sus lágrimas, sus gritos, sus sollozos, sus ruegos y sus lamentos.
Cuando las ruedas acabaron de dar la tercera vuelta, habia trascurrido media hora de tormento, y Blanca no era ya la jóven hermosa y cándida que hemos conocido.
Sus ojos estraviados parecian quererse saltar de sus órbitas; rodeados sus párpados de un círculo morado y azul daban á su rostro espantosamente pálido un aspecto que horrorizaba; con los labios y la lengua enteramente secos, con una crispatura repugnante en la boca que hacia dejar descubiertos sus dientes blanquísimos, con la frente inundada de un sudor frio y viscoso que hacia pegarse allí sus cabellos—Blanca que era una hermosura, en aquel momento causaba espanto.
Su pecho se agitaba como un fuelle, arrojando un aliento pequeño y entre cortado.
Y nada habia declarado.
Pero tambien ¿qué habia de decir?
Habia quedado ya como desmayada, no gritaba, no se estremecia, no se quejaba; apenas unos gemidos débiles se escapaban de cuando en cuando entre su jadeante respiracion.
—Se ha desmayado—dijo el escribano.
—Tal vez sea una astucia, de las que acostumbran tan comunmente los reos—contestó el inquisidor—Que se dé otra vuelta entera para probar.
Doña Blanca habia cerrado un instante los ojos como vencida por el sufrimiento.
A la voz del inquisidor las cuatro ruedas giraron simultáneamente.
Los huesos de Blanca produjeron una especie de crujido siniestro. La jóven como un cadáver galvanisado, se estremeció hasta en sus cabellos, abrió los ojos estraordinariamente y volvió á todos lados la mirada, como si fuera á perder la razon y esclamó con una voz que nada tenia de humana.
—¡Jesus me ampare!
Y quedó desmayada.
—Veis como no estaba desmayada—dijo el inquisidor.
—Se le amonesta á que diga la verdad—repitió el escribano.
Blanca no se movió, y las ruedas volvieron á girar.
Entonces la jóven no dió indicio de haber sentido nada.
—Ahora sí puede suspenderse la diligencia—dijo el inquisidor—para continuarla cuando vuelva en sí.
Los verdugos soltaron las ligaduras y Blanca continuó insensible.
—Dad fé señor escribano—dijo el inquisidor—de que no tiene ningun miembro roto ni descompuesto.
El escribano y los verdugos pasearon sus impuras manos por todo el cuerpo de la infeliz víctima.
El escribano asentó que en la diligencia del tormento no habia Doña Blanca perdido ningun miembro y se retiraron á descansar al fondo de la sala mientras que podia continuarse la diligencia.
Blanca quedó abandonada sobre la mesa; desnuda como un cadáver en el anfiteatro y mostrando las señales de su horrible tormento. Si Don Cesar pudiera haberla visto habria muerto de dolor.
III. De lo ocurrido en la ciudad despues del motin.
GRAN parte de la noche, del dia en que aconteció el motin, siguió ardiendo el palacio y se enviaron allí algunos hombres para cortar el fuego que se habia apoderado, de lo que él llamaba las cajas reales.
El saqueo y la destruccion habian sido completos; en las habitaciones del virey nada se respetó, y apellidando «religion, y muera el hereje» los sublevados no dejaron de robarse ni los vasos sagrados, ni los ornamentos de la capilla.
El marqués de Gelves se refugió con Don Cesar en el convento de San Francisco, pero el licenciado Don Pedro de Vergara hizo rodear todo el convento de tropa para impedir que el fugitivo tuviese comunicacion con algunas personas.
Luisa se retiró con Don Melchor en cuanto hubo cerrado la noche, y les llegó la noticia de que el pueblo habia allanado palacio y que el virey se habia retraido á San Francisco.
Luisa ignoraba aún lo que habia acontecido al Ahuizote, y estrañaba que no hubiera cumplido con sus prevenciones, segun las cuales, si el tumulto tenia el éxito que se aguardaba, el Ahuizote debia conducir á la plebe á la casa de Don Pedro de Mejía, incendiarla y buscar á éste para matarle.
A cada momento Luisa esperaba saber que estaban ya los sediciosos en la casa de Don Pedro, porque se sabia que ya habian atacado varias, y entre ellas la de Cristóbal de Osorio el secretario, pero pasó la noche y nada hubo.
A la mañana siguiente el tumulto habia cesado, pero la alarma era espantosa en la ciudad, á cada momento habia carreras en las calles, y portazos y gritos porque circulaban mil noticias á cual mas alarmantes, ya de que los indios de Santiago venian en son de guerra contra la ciudad, ya de que los negros bozales bajaban de los montes sobre México.
Luisa vistió muy temprano su traje de hombre, y seguida de cuatro lacayos, se dirijió á palacio á procurarse noticias del Ahuizote, y saber porque no habia cumplido con sus órdenes.
Multitud de curiosos invadian la plaza y todo el lugar del combate, y aun no habia cuidado nadie de hacer levantar los cadáveres que yacian tirados en las escaleras, en los corredores, y en los mismos aposentos, entre su misma, sangre; algunos conservaban sus ropas y otros habian sido desnudados.
Las gentes formaban círculos en derredor de estos cadáveres procurando averiguar sus nombres si no les conocian, ó comunicándoselos en caso de saberlos.
Luisa pensó.
—Puede que haya muerto, y comenzó á rejistrar los cadáveres.
Se retiraba ya segura de que no estaba entre ellos el Ahuizote, cuando oyó decir que en la misma cámara del virey habia otro muerto, y hácia allá se dirijió.
Una multitud de curiosos rodeaba el desnudo cuerpo de un hombre que tenia la garganta atravesada por una terrible estocada.
No hizo mas que verle Luisa y le reconoció; pero aquella alma de fiera, no tuvo ni un dolor, ni un suspiro para el hombre que habia muerto sirviéndola. Se tapó con disgusto las narices y se retiró diciendo en su interior:
—¿De quién me valdré ahora?
Al salir de palacio atravesaba el Arzobispo llevado en una silla de manos, y seguido de muchos clérigos y pueblo que le victoreaban; conoció á Luisa, y con esa espancion que sienten todos los hombres despues de un triunfo, la hizo una seña para que se acercase.
—Completo ha sido el triunfo—dijo el prelado.
—Sí señor, completo—contestó Luisa.
—Y con pocas pérdidas.
—Sí señor, aunque yo he tenido una muy grave.
—¿Cuál?
—¿Recuerda Su Ilustrísima aquel hombre de confianza de que le hablé que le llamaban el Ahuizote?
—Sí que le recuerdo.
—Pues ha muerto.
—Murió, (R. I. P.) ¿y en dónde?
—En la cámara misma del virey, atravesado de una estocada que quizá, el de Gelves mismo le haya dado.
—Es muy posible; pero ahora es necesario hacer por ese hombre cuanto sea dable, voy á dar órden de que se le hagan unas honras suntuosas y un entierro régio; ya vereis si soy agradecido. Dad órden á vuestros criados de que recojan el cuerpo y le pongan en una caja y le lleven á depositar á la capilla del Arzobispado: ya vereis señora, ya vereis. Adios, no se os olvide, y decid á vuestro esposo que le espero esta tarde para hablar de negocios que importan á la salud del reino.
El prelado sonó la caja de la silla con la mano, y los lacayos que la llevaban echaron á andar.
Luisa dió órden á sus criados de recojer el cuerpo del Ahuizote, y como era dia claro y no temia ya el andar sola, quizo por, sí misma ver cuál habia sido el destrozo en la ciudad.
—Quién podría sustituir al Ahuizote—pensaba, y caminaba tan distraida que no advirtió en una de las calles solitarias que atravesaba, que una puerta se entreabria y que una cabeza medio oculta tras ella la observaba.
Luisa seguia caminando pero al llegar frente á la puerta, ésta se abrió de repente, dos manos asieron á Luisa del brazo y la atrajeron hacia adentro, y antes que ella hubiese tenido tiempo de dar un solo grito se encontró ya en un aposento completamente oscuro, porque la puerta de la calle habia vuelto á cerrarse.
Todo esto se habia verificado con tanta rapidez, que nadie podria haberlo observado en la calle aun cuando no hubiera estado desierta.............
. . . . . . . .
El virey habia seguido retraido en San Francisco, y sin embargo comenzaba á efectuarse una reaccion en todos los ánimos, y, ó bien por el temor de lo que podia venir de España, ó bien porque todo el mundo temblaba por el giro que podian tornar las cosas; lo cierto es, que el comercio y todas las principales personas trabajaban porque el virey volviese á gobernar.
El primer dia ninguna de las personas que acompañó al de Gelves, se atrevió á salir del convento de San Francisco; pero al siguiente comenzaron á animarse mas.
Los frailes de San Francisco para dar una prueba pública del disgusto con que habian visto el tumulto del dia 15, castigaron á los hermanos de la Tercer Orden, que como hemos visto, marchaban á la cabeza de la columna de los sublevados, que mandaba el licenciado Vergara, y les quitaron el uso del hábito. Nadie murmuró de esta medida, y los partidarios del virey comenzaron á alentarse.
El convento de San Francisco continuaba rodeado de centinelas, pero que no impedian á los amigos del de Gelves la entrada ni la salida.
Don Cesar se habia retraido tambien con el virey, pero la impaciencia le devoraba, y cuanto antes queria salir en busca de Blanca.
Como no habia podido separarse del de Gelves, ni hablar con Martin, ni volver á ver á Teodoro, ignoraba completamente lo acontecido con Blanca, y la creía, si no con mucha comodidad, sí al menos muy tranquila en la casa de Garatuza.
Despues de meditar mucho, se decidió por fin una noche á salir del convento, procuró disfrazarse lo mejor que pudo, y envuelto en una larga capa y con un gran sombrero, salió á la calle atravesando la línea de los centinelas, sin que nadie, al parecer, le hubiera notado.
Cerca estaba del monasterio de San Francisco la casa que habia servido de habitacion á Doña Blanca; de manera que podia decirse que los que vigilaban el monasterio cuidaban tambien de aquella casa.
Don Cesar se dirijió á la puerta, la encontró cerrada y sobre ella vió, con el mayor espanto, los sellos del Tribunal de la Fé.
En aquel momento no supo ni qué hacer; buscar á Teodoro ó á Garatuza que debian estar entre los sublevados, era entregarse él mismo en poder del enemigo; preguntar á los vecinos era hacerse sospechoso; volverse al convento en aquella incertidumbre, era para él peor que caer en manos de sus enemigos: inclinó la cabeza y quedó pensativo.
Poco á poco, y sin que él lo sintiera, un grupo de embozados habia llegado hasta cerca de él y le habia rodeado. Uno de ellos sacó de debajo de la capa una linterna sorda, que al abrirse bañó con su luz el rostro de Don Cesar.
El jóven dió un paso atrás y llevó la mano á su espada, creyendo habérselas con una ronda de los sublevados; pero el hombre del farol sin hacer uso de sus armas, le dijo gravemente, y tomándole de la mano.
—En nombre del Santo Oficio, Don Cesar de Villaclara, daos á prision.
—¿Yo?—preguntó Don Cesar espantado—¿Y por qué?
—Allá lo sabreis; entregadnos vuestras armas.
Don Cesar no pensó siquiera en resistir: entregó humildemente su espada, y siguió al comisario rodeado de los familiares. Pensaba en el camino que quizá podria encontrar á Blanca en las cárceles del Santo Oficio, servirla de algo, hablarla, verla siquiera; y distraido en estos pensamientos no volvió en sí hasta que oyó el ruido que hacian al abrirse las puertas de las cárceles de la inquisicion.
IV. De como Luisa sufrió una gran desgracia.
EN uno de los aposentos de la casa de Arellano se encontraban reunidos el viejo Don José de Abalabide, Don Pedro de Mejía, y Don Cárlos de Arellano.
En las facciones del anciano Don José podia advertirse una agitacion febril, volvia con impaciencia las hojas de un grueso libro forrado en pergamino que tenia colocado en una mesa delante de sí; á su lado á pocos pasos en una gran retorta de cristal, colocada dentro de una vasija de agua, que hervia al fuego lento de un brasero, habia un líquido negro, pero trasparente y que daba, de cuando en cuando, herido por los rayos de luz que penetraban por una gran ventana, destellos rojos ó dorados. Don Pedro y Don Cárlos le contemplaban casi con respeto.
—Este secreto es un tesoro—esclamó por fin el viejo.—La receta es infalible, y solo una inspiracion pudo habérmela hecho encontrar.
—De manera—dijo Don Cárlos—que vos la juzgais infalible.
—Y tanto como juzgais vos, que habrá luz siempre que haya sol.
—Pues entonces—dijo Don Pedro—estando todo dispuesto, ¿hay sino aplicarlo? ¿En qué nos detenemos?
—Creo que nada debe detenernos—dijo el viejo.—¿En dónde está Luisa?
—Allá abajo—contestó Don Cárlos—desde ayer en la mañana esta ahí.
—¿Duerme ya?—preguntó el viejo.
—Profundamente—contestó Don Cárlos—no supo ni adonde habia entrado, ni quien la habia metido allí; encerrada todo el dia en un aposento oscuro, se negó tenazmente á tomar alimento, hasta que hoy en la mañana vencida por la sed, ha bebido un vaso de agua, en el que yo habia mezclado de antemano el licor que vos me habiais dado; pocos momentos despues se recostó en el suelo y se durmió profundamente.
—Muy bien—contestó Abalabide—ese sueño, segun la cantidad, que os dije que mezclárais en el agua, debe durar veinticuatro horas, tiempo mas que suficiente para terminar nuestra operacion que debe hacerse en esta misma sala; de manera que creo que debemos comenzar.
—¿Me permitireis que esperemos á Don Alonso de Rivera, á quien he prometido que presenciaria esta ejecucion?—dijo Don Pedro.
—¿Tardará mucho?—preguntó Don Cárlos.
—Allí está—contestó Mejía.
La puerta se abrió y Don Alonso de Rivera entró al aposento.
—Ahora sí, cuando gusteis—dijo Mejía.
—Pues vamos agregó Arellano—Don Pedro y yo, iremos á traer á Luisa, Don Alonso, nos hará favor de quitar todo lo que hay sobre aquella gran mesa, para que allí se verifique la operacion, y entretanto Don José preparará lo necesario.
Mejía y Arellano salieron y Don Alonso comenzó á quitar de encima de una gran mesa, que estaba en la mitad del aposento, todo cuanto habia en ella.
Abalabide aunque con suma dificultad se paró, sacó la retorta que contenia el líquido negro de la vasija de agua, la acercó á la mesa y trajo en seguida una gran palangana de plata y dos gruesas brochas como las que sirven á los pintores, sacó despues una gran cantidad de lienzos blancos, y los colocó tambien al pié de la mesa.
Don Pedro y Arellano volvieron conduciendo á Luisa, y la colocaron encima de la mesa sin que ella hubiese hecho el menor movimiento.
Luisa estaba en un estado de insensibilidad tan completo, que á no haber sido por su respiracion tranquila, y por el calor y la flexibilidad de sus miembros, se hubiera creido que era un cadáver.
Los cuatro hombres rodearon la mesa.
—Es preciso desnudarla—dijo Don José.
Todos sin hablar una palabra comenzaron á desnudar á Luisa, y muy pronto quedó terminada la operacion.
—Ahora—dijo Don José tomando unas grandes tijeras—despeinadla.
Don Cárlos de Arellano deshizo el sencillo tocado de Luisa, y los negros cabellos de ésta quedaron flotando á un lado de la mesa. Don José cortó aquella hermosa mata de pelo de un solo tijeretazo, y despues siguió recortando hasta dejar aquella cabeza como la de un lego de convento.
—Ya está esto—dijo el viejo—vamos á la otra operacion: cada uno de vosotros, Don Pedro y Don Cárlos tomareis una de estas brochas que empapareis en el líquido, que voy á verter en esa palangana, y untareis todo el cuerpo de esa muger. Don Alonso nos hará favor de ir envolviendo con esos lienzos conforme se vaya untando el cuerpo. Cuidado señores con que os caiga una sola gota, porque esa mancha Dios solo es capaz de borrarla.
Don José vertió cuidadosamente el líquido que habia en la retorta, y Mejía y Arellano tomaron cada uno su brocha. Luisa seguia profundamente dormida.
—Vamos en nombre de Dios—dijo Don José.
Las dos brochas se empaparon en el líquido y comenzaron á recorrer el cuerpo de Luisa.
—Hermosa muger—dijo Don Cárlos.
Don José volvió á mirarla, y sus ojos parecian de fuego. Don Cárlos se calló y continuó la operacion.
No parecia sino que se trataba de barnisar una estátua, segun el cuidado y la delicadeza con que trabajaban aquellos dos hombres.
Los torneados miembros de Luisa tomaban el color negro y brillante del ébano, el líquido se secaba inmediatamente, y Don Alonso iba envolviendo en los lienzos, que le habia dado Don José, todas las partes del cuerpo.
Llegó por fin la pintura al rostro y á la cabeza y entonces se observó que el pelo se retorcia y se encrespaba, y que la nariz se recojia un poco, dilatándose mas sus poros. Don Alonso cubrió la cabeza y Mejía y Arellano dejaron las brochas.
—Os advertí—dijo Abalabide á Don Pedro—que cuidárais mucho en no mancharos, y la brocha seguramente os ha salpicado, porque teneis tres lunares nuevos en la frente.
Don Pedro se acercó á un espejo y se miró en efecto tres manchas de aquella tinta encima de la ceja izquierda, sacó su pañuelo y procuró limpiarse.
—Es inútil cualquiera diligencia, vuestro cadáver llevará todavía esas tres manchas—dijo Don José.
Media hora despues Abalabide dijo á los demas.
—Es necesario volver á vestir á esa muger.
Se acercaron á la mesa, y separando los lienzos volvieron á ver á Luisa. Era imposible figurarse un cambio mas completo; no solo su color habia variado, sino que tenia todo el aspecto de una negra: su pelo pequeño, crespo y duro, sus labios hinchados y salientes, su nariz gruesa y achatada, todo le daba un aspecto estraño.
—¡Negra!—dijo Arellano.
—Y para siempre—contestó Abalabide—vestidla.
Sin replicar volvieron todos á vestir á Luisa.
—¡Horrible castigo!—esclamó Don Alonso.
—Y que nunca sabrá ella de dónde le ha venido—contestó Don Pedro.
Luisa estaba completamente vestida.
—Llevadla—dijo Don José—y cuidad Don Cárlos de ponerla en la calle, tan pronto como sea de noche, procurando conducirla lo mas lejos que sea posible.
—Me parece bien—contestó Don Cárlos—ahora que vaya á acabar de dormir por allá abajo.........
. . . . . . . .
. . . . . . . .
A la mañana siguiente una ronda que venia ya de retirada percibió con la escasa claridad de la aurora á un hombre acostado en una de las aceras de palacio.
—¿A ver quién es ese?—dijo el alcalde.
Uno de los alguaciles se bajó á examinarle.
—Es un negrito que duerme—contestó.
—Pues muévele—dijo el alcalde—no vaya á ser que esté muerto.
El alguacil movió á aquel hombre que volvió en sí, como atarantado de un sueño penoso y largo.
—¿Qué sucede?—le dijo el alcalde—¿qué haces aquí?
—Pues no sé—contestó levantándose.
—¿Cómo te llamas?
—Luisa—contestó instintivamente—soy la muger del corregidor Don Melchor Perez de Varais.
Una alegre carcajada del alcalde y de los alguaciles fué la única respuesta.
—Vamos—dijo el alcalde—ó éste negro está loco, ó quiere burlarse de nosotros, le llevaremos á que vuelva en sí á la cárcel, no vayan á decir que no hemos hecho nada en toda la noche.
Luisa creía volverse loca al mirarse tratada así.
De repente miró sus manos y lanzó un grito de espanto.
Estaba negra, completamente negra, se descubrió un brazo. se tentó la cabeza, y no habia duda, alguna cosa horrible la habia pasado; ó estaba soñando ó se habia vuelto loca.
El alcaide que nada comprendia se volvió á los alguaciles y les dijo.
—Lo dicho, este negrillo está loco y furioso á lo que parece, aseguradle antes de que vaya á correr.
El alcalde no hablaba con sordos, ni los alguaciles habian echado en olvido su oficio, y antes que Luisa comprendiera lo que iba á pasar, ya tenia los brazos fuertemente atados por detrás, ó como se decia en el lenguaje de los corchetes, «codo con codo» y caminaba á empujones para la cárcel de cíudad.
V. Como Luisa conoció que su situacion era desesperada.
ATADA llevaron los alguaciles á Luisa, y como ciertamente no creyeron que fuese una muger, la pusieron en la parte de la cárcel destinada á los hombres, y la encerraron por calcularla como un loco furioso, en un calaboso solitario.
Luisa no recordaba sino que habia estado en una pieza oscura y que no habia comido en mucho tiempo, y despues nada.
En aquella época el diablo era á quien de todo se culpaba, los hechizos y los encantamientos entraban en todo; y como era caso tan raro en el que aquella muger se encontraba, juzgose hechizada ó encantada por sus enemigos.
La historia de aquel nuevo preso referida por los alguaciles á los que estaban en la cárcel, voló de boca en boca y poco despues todos sabian que habia allí un negrito que tenia la locura de decirse «la esposa del corregidor,» y todos los pillos de la cárcel ansiaban por conocerlo y por reír un rato á su costa dirvirtiendo así el fastidio de la prision.
Luisa tenia hambre, y hasta el medio dia no se abrió la puerta del calabozo, y dos hombres muy sucios y medio desnudos entraron siguiendo al carcelero; el uno llevaba un saco grande henchido de trozos de carne de res cocida, y el otro un canasto de pan.
El carcelero entregó á Luisa una torta y una racion de carne, sin ceremonia de ninguna especie.
El carcelero y los que le acompañaban se reian maliciosamente, y en la puerta se apiñaban los otros presos mostrando en sus semblantes la curiosidad y la burla.
—Tomad, señora correjidora—dijo con marcado sarcasmo el carcelero.
—Oyeme—le dijo Luisa atrayéndolo de una mano—si me consigues que hable yo siquiera un momento con el Capitan general Don Pedro de Vergara, y si envias á llamar á Don Melchor Pérez de Varais, prometo hacerte tan rico como no lo has soñado nunca.
—¿Será muy rica mi señora correjidora?—preguntó el carcelero sonrriéndose.
—Sí—contestó Luisa—muy rica soy.
—¿Pero muy rica?
—Mucho, mucho—tú lo veras, te daré oro, piedras preciosas, cuanto quieras, pero envia á llamar de mi parte al Capitan general, y á mi esposo.
—¿Y vendrán?
—Inmediatamente.
—Bueno, pues ahora mismo voy á llamarles yo.
—¿De veras?
—Ya lo vereis, esperadlos.
El carcelero salió y cerró la puerta. Luisa quedaba muy consolada, pero sintió helarse su sangre, cuando al través de la puerta oyó que aquel hombre decia á los que habia allí:
—Este pobre negrito está loco de remate; pero mientras lo tengan aquí fuerza sera llevarle el barreno para que no se ponga furioso.
A pesar del hambre que la devoraba, Luisa no pudo probar un bocado: se sentó en un rincon y se puso á llorar de rabia.
La anécdota circuló por la ciudad, y llegó, como era natural, á los oidos de Don Pedro de Vergara, que gobernaba en nombre de la Audiencia.
Don Melchor creyó que Luisa satisfecha con su venganza, se habia separado ya de él, segun se lo habia ofrecido, y esperó dos dias; Luisa no pareció y D. Melchor, de acuerdo con la Audiencia, determinó volverse á su provincia de Metepec.
Quizo dar su despedida al Capitan general, á quien tanto debia, y se encaminó á palacio.
Don Pedro de Vergara Gaviria estaba con su secretario en el acuerdo cuando Don Melchor se presentó.
—Señor Don Melchor—dijo alegremente Don Pedro—cuánto me alegra el veros por aquí, que hace poco que de vos nos ocupábamos.
—Venia á despedirme y á tomar órdenes de V. E., que pienso salir mañana, Dios mediante, para la provincia de Metepec.
—Cuánto me alegro—contestó Vergara—y supongo que no llevareis con vos á vuestra esposa.
Vergara hacia referencia á la anécdota del negro, que suponia al alcance de Don Melchor; pero éste preocupado con la desaparicion, supuso que estaba en conocimiento del Capitan general aquel lance, y le turbó de manera que apenas pudo contestar.
—No......... no señor, me voy solo.........
—Pues es lástima, porque os ha pasado en esto, el lance mas divertido de que haya memoria: supongo que conocereis todos los detalles del asunto.
—No......... no señor......... contestó Don Melchor sudando de congoja.
—¡Oh, pues sentaos, que esta historia por curiosa merece que la sepais de la cruz á la fecha, porque es la de moda en México. Figuraos que vuestra pretendida esposa—y Don Pedro reía.
—¡Jesús!—pensó Don Melchor—ya averiguaron que Luisa no es mi muger legítima.
—Pues figuraos—continuó Vergara, dejando de reír—que como os iba diciendo, vuestra pretendida esposa, que dice llamarse Luisa, tambien es en este momento la diversion de todos los presos.
—¡Está en la cárcel pública!—esclamó espantado Don Melchor.
—Sí, en la cárcel de los hombres.
—¡De los hombres!—dijo mas asombrado el Corregidor.
—¿Pues en dónde, si ha resultado que es un hombre?
—¡Ave María Santísima!—dijo Don Melchor levantándose, y luego pensó—¿es un hombre? El demonio anda en esto.
—Sentaos, sentaos, razon teneis para semejante espanto; pero yo creía que ya lo sabriais todo.
—Nada absolutamente, nada.
—El señor secretario os lo referirá, que aunque yo oí la relacion por curiosa, me place volver á escucharla, y si quereis luego iremos á la cárcel á ver á vuestra esposa.........
Y al decir esto el licenciado Vergara reía con todas sus ganas, y Don Melchor comenzaba á sentirse amostazado.
El secretario tosió, se acomodó bien en su sitial y comenzó á contar al asombrado Don Melchor cuanto sabia de la historia del negrito que se decia esposa del Correjidor de México, y Alcalde mayor de la provincia de Metepec.
Crecia el espanto de Don Melchor al par que la risa de Don Pedro y del secretario, y lo que para ellos era solo una locura graciosa, para el Correjidor era una cosa misteriosa é incomprensible, que coincidia con la desaparicion de Luisa.
El secretario terminó su relacion y Don Melchor quedó pensativo.
—¿Qué os parece?—preguntó el licenciado Vergara.
—Estraño lance—respondió distraido Don Melchor—estraño lance..........
—Vamos, veo que os preocupa esa tontera.
—No puedo negarlo: hay en todo esto algo de misterioso que yo no puedo comprender.
—Iremos, si gustais, á la cárcel para ver de cerca á ese negrito.
—Tendria en ello mucho placer, quizá se disiparia esta nube que envuelve mi pensamiento.
—Pues vamos, seguidme.
El licenciado Vergara se levantó, y seguido del secretario y de Don Melchor se dirijió á la cárcel que se habia formado en las casas de cabildo, porque el incendio del dia del tumulto habia destruido la que estaba en el palacio de los vireyes.
Don Melchor y el licenciado Vergara, llegaron hasta la puerta de la prision: entonces Don Melchor pensó que tal vez iba á pasar alguna escena ridícula, que iba él también á servir de diversion á los carceleros y á los presos y se detuvo.
—Sabe V. E.—dijo al licenciado Vergara—que no creo conveniente entrar.
—¿Por qué?
—He pensado que quizá algo vaya á pasar y sea yo tambien la fábula de la ciudad.
—¿Pero qué pudiera ser eso?
—Cualquier lance ridículo. Si V. E. me lo permite prefiero esperar aquí á que vuelva.
—Como gusteis, pero no veo inconveniente.........
—Esperaré á V. E.
Don Melchor quedó en la puerta, y el licenciado Vergara penetró en las prisiones.
En medio del silencio mas profundo y respetuoso de los presos, el Capitan General llegó hasta el calabozo que ocupaba Luisa y que le fué abierto con mil ceremonias.
Quizá á la luz del dia, sin prevencion, y con los conocimientos de estos tiempos, Vergara y cualquiera tal vez, hubieran conocido que el color de Luisa, no era el de un negro, y que aquel color no podia ser natural.
Pero en la penumbra del calabozo, y ya preocupados con la historia del alcalde y de los alguaciles, todo el mundo se empeñaba en que Luisa era un negro y se habrian incomodado si se les hubiese querido convencer de lo contrario.
Ahora tambien, pero mas entonces, era mas fácil convencer al pueblo de que existia un hecho milagroso, que sacarle de un error, y preferian buscar la esplicacion de una cosa mejor en lo maravilloso que en las causas naturales.
Luisa conoció inmediatamente á Don Pedro de Vergara y se arrojó á sus pies.
—Señor, señor, amparadme, defendedme; me pasa una cosa espantosa, de la que no hay ejemplo.
—Álzate hijo mió—dijo con venevolencia el licenciado Vergara—¿qué quieres? ¿qué te pasa?
—Señor, ¿no me reconoceis? yo soy Luisa, Luisa la esposa de Don Melchor Perez de Varais..........
—Pero hombre como puedes tu ser la esposa de Don Melchor.
—Señor, soy muger, no sé lo que me ha pasado pero soy Luisa, señor.
—¿Tú eres muger?—dijo sonriéndose el licenciado Vergara.
—Os lo juro señor—contestó con desesperacion Luisa.
El licenciado seguia sonriendo.
—Mirad—dijo ella de repente y en un rato de desesperacion abriendo su ropilla y mostrando al licenciado su seno desnudo ¿dudais aún?
—No en verdad—contestó Vergara, comenzando á vacilar entonces.
—Pues bien, señor, soy Luisa; os daré señas mas exactas, que solo siendo quien soy puedo saber; ¿recordais nuestras reuniones en el aposento en que estaba retraido Don Melchor? ¿recordais que os dijo una noche el señor Arzobispo que era yo una de las mugeres fuertes de la Biblia, la noche que entré á hablar á solas con él? ¿lo recordais señor?
—Sí—dijo el licenciado Vergara espantado de aquellas reminicencias.
—¿Os acordais señor, tambien, que allí acordamos el modo de promover el tumulto, y la excomunion del virey, y la presencia de Su Ilustrísima en la audiencia?
—Sí, sí, ¿pero cómo sabeis vos eso?
—Porque yo soy Luisa, porque allí estaba yo siempre.
—Pero entonces ese cambio de color y de cara ¿cómo me lo esplicais?
—No lo sé, no puedo esplicarlo, se pierde mi razon, recuerdo solo que me metieron á un aposento oscuro, allí estuve sin comer, dormí y al despertar estaba yo ya como me veis.
El licenciado quedó pensativo y de repente dijo.
—Que llamen á Don Melchor Perez de Varais que estar debe á la puerta, y que se le diga que es aquí de suma importancia su presencia.
—¡Ah!—esclamó Luisa, Don Melchor está ahí, que venga, él me conocerá, yo os lo aseguro.........
—Esperad un poco—dijo el licenciado.
—¿Os vais?—preguntó Luisa tristemente.
—No, afuera esperaré.
Vergara salió á esperar á Don Melchor y Luisa quedó encerrada en el calabozo.
—¿Qué manda V. E.?—dijo llegando el Corregidor.
—Os he enviado á llamar porque ese que dicen ser negro es una negra, y no sé qué pensar acerca de ella segun me ha hablado. Tales cosas me refiere y tales noticias secretas, que fuerza será que esa muger tenga pacto con el demonio, sino fuera la misma Luisa, pero yo estoy seguro de que no es ella porque la conocí bien en los dias que estuvisteis en Santo Domingo.
—¿Y qué dispone V. E.?
—Entrad solo con ella y que os hable, que secretos tales podrá deciros, que os convenza y vos me direis lo que as parece, que quizá solo vos podais hallar el hilo de este ovillo.
Don Melchor entró solo al calabozo y la puerta volvió á cerrarse; el licenciado Vergara quedó afuera esperando con impaciencia el resultado.
Trascurrió así largo tiempo, y comenzaba ya Vergara á impacientarse, cuando Don Melchor salió del calabozo estraordinariamente pálido y espantado.
—¿Qué hay?—preguntó Don Pedro.
—Dispénseme á solas una palabra V. E.
Se apartaron los dos de los que les rodeaban, y Don Melchor dijo conmovido.
—Señor, si Dios no me ayuda creo que voy á volverme loco. Creo que esta muger no es Luisa, y sin embargo me ha recordado cosas tan secretas de mi vida íntima, que ella sola podria saber. ¿Dígame V. E. puede una persona tener pacto con un demonio que le rebele secretos tan ignorados?
—Evidentemente, ¿pero estais seguro de que no es Luisa?
—Sí señor, y aun que algunas veces creía yo reconocer sus facciones, su voz, sus maneras, todo, todo, temblaba al considerar que pueden estas ser tambien artes y amaños del demonio.
—Puede ser así.
—Entonces, señor, ¿qué hacemos?
—Pues lo mas prudente me parece irnos de aquí á consultar directamente con el señor inquisidor mayor, para descargo de nuestra conciencia y mejor servicio de Dios.
—Tiene razon V. E.
—Pues vamos.
Y los dos se dirijieron á la inquisicion, y el calabozo volvió á cerrarse á pesar de los gritos de Luisa que se oian en toda la prision.
VI. De cómo Tirios y Troyanos, iban todos á parar á la Inquisicion.
DOÑA Blanca volvió de su desmayo, y se sentó espantada sobre la mesa.
Casi no recordaba nada de lo que le habia pasado, miró á su alrededor, y sintió lleno de dolores su cuerpo, bajó los ojos y advirtió su desnudez. La memoria le volvió tambien y dió un grito, y buscó algo para cubrirse porque á pocos pasos estaban sus verdugos contemplándola.
—Ha vuelto en sí—dijo uno de los carceleros.
El inquisidor y el escribano se dirijieron á ella: Blanca los miraba espantada.
—Recuerde lo que ha sufrido por su obstinacion en no confesar—dijo el escribano, y piense que la misericordia de Dios y la bondad del Santo Tribunal de la fé son tan grandes que tiempo la dan aún de arrepentirse, y de confesar sus culpas antes de verla padecer mas de lo padecido.
Doña Blanca callaba.
—Reflexione que nada ha sufrido en comparacion de lo que le falta, continuó el escribano; que aun puede libertarse con la franca confesion de sus pecados y la abjuracion de sus culpas.
—Doña Blanca estaba como fuera de sí, miraba sucesivamente á todos los que la rodeaban y permanecia muda.
—Por última vez—dijo el escribano—considere que va á sufrir la cuestion del tormento estraordinario si no confiesa, y que á sí, y no á la justicia, debe imputar lo que padeciere.
Sus exhortaciones no obtuvieron respuesta alguna, se volvio á ver al inquisidor y éste con gran solemnidad, dijo:
—Pues ella lo ha querido, á cargo sea de su conciencia, que se proceda á la diligencia.
Los verdugos se apoderaron de Doña Blanca que apenas hizo resistencia, pero que exhalaba quejas sintiendo renovarse los dolores de su cuerpo con aquellos tratamientos bruscos; y la colocaron encima de otra mesa que era una especie de plano inclinado y en el que la cabeza quedaba un poco elevada respecto al cuerpo. Habia en la mesa porcion de argollas clavadas, y con ellas aseguraron á Blanca de tal manera que no tenia libertad para hacer el menor movimiento.
El escribano comenzó con la formula de costumbre: Se le amonesta á decir la verdad si no quiere verse en tan duro trance.
Pero como Blanca no contestaba, se procedió á darla el tormento.
Uno de los verdugos trajo una especie de embudo que introdujeron en la boca de la víctima, y otro vertió en él una medida de agua que contendria como dos cuartillos.
Los ojos de Blanca se abrieron de una manera horrorosa, su rostro se puso encendido, y su pecho y su vientre se ajitaron espantosamente, y sin embargo, tragó toda el agua sin que una sola gota cayese fuera.
Los verdugos retiraron el instrumento de la tortura.
—¡Jesus!—esclamó Blanca—respirando penosamente—señor, ¡por Dios! me van á ahogar, me sofoco, me muero.
—Se le amonesta á que diga la verdad.
—Pero si no tengo que decir, por María Santísima, por Dios—gritaba con todas sus fuerzas Blanca, ¡por Dios! ¡piedad señores! ¡por Dios, por Dios!
El escribano hizo una señal y volvieron á acercar el aparato á la boca de la infeliz, ella apretó los dientes de una manera terrible pero los verdugos con una espantosa serenidad la taparon la nariz, y la introdujeron en la boca una delgada palanca de acero.
Blanca desesperada no queria abrirla pero la palanca obró su efecto, y Blanca tuvo que ceder.
La sangre corria por sus mejillas, sus lábios estaban hechos pedazos, y los verdugos la habian roto los dientes. Sin apartar de su boca la palanca que destrozaba tambien su lengua, volvieron á colocar el embudo y á vaciar en él otra medida.
Entonces pudo verse materialmente crecer el vientre de aquella desgraciada, y pudo oirse un ruido siniestro en el interior de aquel cuerpo.
El tormento del agua era uno de los mas horribles, porque aquella cantidad que apenas podia contener el estómago, maltrataba, destrozaba el interior del cuerpo, causando dolores espantosos, ansias mortales.
—Se le amonesta á que diga la verdad.........
—¡Oh! sí, la diré—esclamó Blanca—la diré porque no es posible resistir, pero por Dios que me quiten de aquí que me dejen sentar porque me ahogo, tengo la boca hecha pedazos prometo decir todo, todo, pero que me quiten de aquí; que me quiten.
El inquisidor hizo seña á los verdugos y desataron á Blanca y la sentaron.
—Comience su declaracion.
—¡Ah! dejadme respirar, mañana lo diré todo.
—No, ahora mismo.
—Si no puedo ahora ni recordar.
—Atadla otra vez, y que siga la diligencia.
—¡No! ¡no! ¡no! voy á hablar, voy á hablar.
—Pues diga, ¿confiesa tener pacto esplícito con el demonio?
—Sí señor, sí señor.
—Y cómo lo hizo, por escrito, ó de palabra.
—De palabra.
—¿Y cómo?
—No recuerdo bien.
—Mirad que si no decís todo sigue la diligencia.
—¡Ah! no señor yo os diré todo.
—Referid sin olvidar nada.
—Pues bien señor, una noche estaba yo en mi celda enfadada de vivir en el convento, y dije, le daria mi alma al diablo por salir de aquí, y en ese momento se me presentó el diablo en figura de un caballero jóven de barba y pelo negro, vestido de encarnado, con sombrero de plumas, solo que sus piés eran como los de un gallo—y me dijo, «aquí estoy ¿qué me quieres?» y como me espanté, nada le dije, pero seguí enfadándome y él visitándome hasta que una noche le declaré mi deseo y él me dijo «si me das tu alma te sacaré y te haré feliz» y yo le dije que sí; entonces me hizo dormir y cuando desperte estaba ya en la calle.
—¿Y no la hizo renegar de Dios y de sus santos?
—No señor.
—Diga la verdad y recuerde que solo con la verdad se libra del tormento.
—¡Ay! no señor, la verdad es que me dijo «que yo esclamara—Reniego de Dios y de todos sus santos» y yo no queria, pero al fin renegué.
—¿Y ha vuelto á verle despues?
—No señor.
—¿Y confiesa su herejía por haberse casado teniendo tan sagrados votos?
—Sí señor.
—¿Y confiesa haber cometido este pecado con entero conocimiento de lo que iba á hacer?
—Sí señor.
—Dad fé, señor escribano, de esta confesion: que firme la culpable, y que se asiente que no ha perdido miembro alguno en el tormento.
El escribano asentó por diligencia que Blanca no habia perdido ningun miembro, firmaron todos, y el inquisidor y el escribano se volvieron á la sala de Audiencia, encargando á los carceleros que vistiesen á Blanca, y la condujesen á su calabozo.
Con gran trabajo la pobre jóven logró vestirse, sus piés y sus manos estaban terriblemente hinchados, sus labios hechos pedazos, y podia apenas hablar por la fractura de sus dientes. Como no podia dar un paso, dos carceleros la levantaron entre sus brazos, y la fueron á dejar á su calabozo, en donde teniendo en consideracion que era ya confesa, la pusieron una cama de paja, una luz y algunos alimentos.
Despues que confesaban los reos, fuera voluntariamente, ó fuera por razon del tormento, comenzaba á tenérseles mas consideraciones, cualquiera que fuese el resultado que debia tener la causa.
Cuando el inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores volvió á sentarse bajo el dosel de la sala de Audiencia, uno de los ministros del Santo Oficio, le anunció que solicitaban hablarle en lo reservado el Exmo. Señor licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria, y el Corregidor Don Melchor Perez de Varais.
El inquisidor mayor hizo salir al escribano, y quedando enteramente solo recibió á aquellos dos señores.
—El asunto que aquí nos trae—dijo el licenciado Vergara, despues de los saludos de costumbre—es, si no grave para los asuntos temporales de estos reinos de Su Majestad, sí muy importante para la causa de la Fé, cuya defensa ha sido encomendada á ese tan sagrado tribunal.
—Perplejo estoy—contestó el inquisidor porque muy grave debe ser ese negocio, que á V. E. obliga á venir hasta acá, en compañía de mi señor Corregidor.
—Escuche su señoría, que el lance por lo estraño, es muy digno de ser conocido. Es el caso que siendo casado Don Melchor Perez de Varais, con una jóven de estimables dotes, desapareció una mañana de su casa sin que Don Melchor hubiera podido saber á que atribuir aquella desaparicion. Dos dias despues la ronda encuentra en las calles, una negrilla con un traje de caballero, que fué al principio tenida por hombre, y que decia ser la esposa misma de Don Melchor; él y yo hemos ido al calabozo en que está la negrilla, y aunque por la figura corporal no hemos podido reconocerla, por tal esposa de Don Melchor, sin embargo, díjonos cosas tales de secretos, que solo la dicha señora podia saber, que causando grande confusion en nuestro ánimo, hemos convenido de concierto, en veniros á consultar por vuestro conocimiento y práctica, en estos negocios sobrenaturales, sí creeis que por permision divina, puede el demonio apoderarse de los secretos de una alma cristiana para entregarlos á alguno de sus secuaces, ó si por algún hechizo ó encantamiento provenido de malas artes, puede ser trasformado, de tal manera el cuerpo de alguna criatura, que desconocido sea aun de los mas íntimos amigos, y de las personas de mas trato y familiaridad.
—Graves cuestiones son esas que me habeis propuesto, y aunque no se ha tratado ese caso espresamente por los autores, sin embargo quieroos decir mi opinion á reserva de estudiar el punto mas detenidamente. En primer lugar preguntáisme, que si el demonio pudiera dar á alguno de sus secuaces conocimiento de secretos que parecieran enteramente ocultos. Debo deciros que conforme á las mas sabias doctrinas recibidas en este Santo Tribunal, el demonio puede comunicar gran copia de secretos, y gran vigor á las potencias intelectuales del hombre; así, pues, nos lo ha enseñado recientemente el eminente Don Francisco de Torreblanca en su célebre tratado de mágia, y tenemos las pruebas en Roman Ramirez condenado á la hoguera en Toledo, en el año del Señor de 1600, que conocia todos los secretos de la medicina por artes diabólicas; y que el demonio puede enseñar artes y ciencias no solo por internas sujeciones, sino apareciendo en forma visible y hablando con los hombres, lo enseña el divino maestro Santo Tomás en la cuestion 96 artículo 1º; y el demonio puede sin duda alguna volver mas sutíl y mas perfectas las operaciones del ingenio y del juicio: lo enseña el sabio Rafael de la Torre en su tratado de vicios contrarios á la religion. Plinio asegura que Mitridates sabia veinte idiomas, y que Cesar dictaba cuatro cartas á un mismo tiempo; de la misma manera que los demonios pueden destruir ó quitar las facultades intelectuales, como aconteció á Mesala Corvino, orador que perdió repentinamente hasta la memoria de su mismo nombre, segun dice el mismo Plinio y el gran Damaceno; de manera que en verdad os digo, Excmo. Sr., que no veria yo grave inconveniente en que el demonio hubiera comunicado á esa negrilla conocimientos tales, que pudiera saber cosas que para vosotros fueran enteramente ocultas.
—Pero dígame su señoría—dijo Don Melchor—¿posible habrá sido que por artes del demonio, se haya mudado el aspecto de mi esposa, hasta quedar completamente desconocida?
—Ciertamente que no solo tornar á una muger de blanca en negra, seria cosa fácil para el malo, sino que aun tornarla en bestia y cambiarla el sexo pudiera hacerlo muy facilmente.
—¿Qué?
—Infinitos ejemplos nos citan los autores de éstas trasformaciones, Marcelino Donato en su historia de cosas maravillosas, y Ponsan en su libro de cosas celestiales, hablan de la muger de un pescador que á los catorce años de casada, se trasformó en hombre, y de otra que habiendo tenido un hijo se tornó en hombre despues.
Miguel de Montano nos habla de Magdalena Muñoz, monja en la ciudad de Húbeda, y otros mil ejemplos de esta clase; ahora el diablo puede tambien hacer aquellas trasformaciones de blanco en negro aun en los mismos cabellos como lo enseñan Aulo Gelio y otros, de lo cual estoy muy dispuesto á deciros: que supuesto el prodigio y la maravilla que me contais, no sabria yo hasta examinar detenidamente á la negrilla, á quien haceis referencia, si tiene conocimientos de ajenos secretos ó si ha desfigurado su natural persona para tomar ajena representacion. En todo caso, negocio es este en el que manifiestamente tiene que estar mezclado el demonio, que ni por causas naturales, ni con la divina intervencion, pudo haberse verificado cosa que tanto repugna á la armonía de los universales efectos, y debeis enviar á esa muger á este Santo Tribunal.
Edificados salieron Don Melchor Perez de Varais y el licenciado Vergara con la respuesta del inquisidor, y dispuestos por no gravar su conciencia á hacer que aquella misma noche trasladasen á Luisa á las cárceles del Santo Oficio, para dejarla entregada al brazo de su justicia.
Aquella misma noche al paso que por un lado llegaba Luisa conducida á la inquisicion por órden del Capitan general, entraba por otro á las mismas cárceles, Don Cesar á quien se habia perseguido y aprehendido de órden tambien del Santo Oficio, por complicidad en la causa de Sor Blanca.
La inquisicion tenia un modo de sustanciar los juicios tan enteramente contrario al de los tiempos modernos, que en vano por lo que vemos ahora, quisieramos juzgar de lo que pasaba entonces. A los complices de un mismo delito, se les juzgaba separadamente, de tal manera, que cada uno de ellos tenia su causa particular; se procedia contra un hombre por cualquier denuncia, aun cuando esta fuese hecha en un anónimo. El acusado ni conocia á sus acusadores, ni á los testigos que deponian contra él, ni tenia la libertad de la defensa, si negaba, la cuestion del tormento le haria confesar, á no ser que prefiriese morir en la tortura, porque á pesar de que todos los autores que servian de norma en sus juicios á los inquisidores, opinaban, que el que resistia la prueba del tormento sin confesar, debia ser absuelto, no por eso se llevaba esto á efecto, sino que acumulándose una á otra tortura, llegaba al fin el momento en que ó la víctima espiraba por la fuerza de los dolores, ó incapaz ya de resistir, confesaba prefiriendo consumirse en la hoguera á seguir sosteniendo aquellos bárbaros combates entre el dolor y la conciencia.
El Tribunal de la inquisicion, llegó hasta el grado de arrojar á los reos á profundos estanques metidos en un saco, y atados á una gran piedra, y declarando, que el que se hundia y se ahogaba era culpable.
El mas leve indicio, la menor sospecha, bastaba para prender á un hombre, y para hacerle atormentar hasta que confesara, y el silencio se tenia por confesion y era algunas veces el principal motivo para aplicar la tortura.
El mundo debe al Papa Inocencio III la creacion de este Tribunal en 1216, cuyo primer inquisidor fué Santo Domingo de Guzman, y México en el año de 1571 recibió del cardenal Espinosa, inquisidor general de España esa institucion, siendo primer inquisidor Don Pedro Moya de Contreras, que fué despues Arzobispo de México.
La inquisicion tomaba como modelo de sus juicios, y con arreglo á eso procedia, del juicio que, segun ellos, formó Dios contra Adan y Eva, y así lo probaba con mil copias de razones Don Luis de Páramo Boroxense, Arcediano y canónigo de la santa iglesia de Leon é inquisidor del reino de Sicilia, cuyo libro gozaba de gran crédito y servia como de texto para la resolucion de grandes dudas.
Los que niegan que la inquisicion en México quemara multitud de personas, no tienen sino que ocurrir á los autos de fé que corren impresos por todas partes. Y se procedia con tanta diligencia, que habiéndose fundado la inquisicion en México en 1571, en 1574 se celebró ya el primero y solemne auto de fé, al que se llevaron ochocientos penitenciados de ambos sexos, quemándose unos en efigie y otros en cuerpo; unos vivos y otros despues de ajusticiados.
En los límites de una novela no se puede tratar una cuestion de esta clase; sin embargo, si álguien levantase la voz negando los hechos que referimos, y defendiendo al Tribunal de la inquisicion, documentos irreprochables tenemos para confundirles.
VII. En donde se prueba que un Arzobispo podia sacar una ánima del Purgatorio, pero no un acusado de la Inquisicion.
POR dar una muestra de simpatía á sus partidarios, y por exaltar mas los ánimos en el pueblo, el Arzobizpo se aprovechó de la noticia de Luisa. Dispuso hacer magníficas exequias al Ahuizote, probando con esto el alto aprecio en que tenia á los que habian tomado parte contra el virey.
El entierro del Ahuizote fué verdaderamente escandaloso.
El cajon en que iba el cadáver fué llevado en hombros hasta el cementerio por los principales amigos del Arzobispo, marcharon tras él las hermandades, las comunidades religiosas, multitud de personajes del clero, y la misma carroza del Arzobispo acompañó aquel duelo.
Cualquiera persona que hubiera llegado aquel dia á México, hubiera creido, cuando menos, que aquel cadáver era el de un obispo.
Con menos pompa se enterraron tambien en sagrado, todos los que murieron en el motin, peleando del lado de los sublevados, pero el Arzobispo negó sepultura eclesiástica á los que habian perecido en la defensa de palacio; y solo alcanzaron sus deudos sepultarles en un cementerio á costa de algunos sacrificios pecuniarios.
El pueblo creyó firmemente que el Arzobispo libraba de culpa y pena en la otra vida, á aquellos de sus partidarios que habian muerto en su defensa, y el prelado celebró una solemne funcion de honras, con la que sacó á todas aquellas ánimas del purgatorio.
Teodoro y Martin no quedaron satisfechos con esto, el santo oficio se habia apoderado de sus mugeres y ellos necesitaban sacarlas de sus garras.
La influencia del Arzobispo no era dudosa, y ellos tenian derecho de usar de esta influencia, para conseguir lo que deseaban.
Martin conduciendo á Teodoro entró al Arzobispado, y conocedor de los usos y costumbres del palacio y del prelado, no tardó en encontrarse cerca de Don Juan Perez de la Cerna.
Martin podia serle todavía muy útil al Arzobispo, y por eso éste procuraba grangearle; así es que apenas le vió le llamó, y le hizo sentar á su lado.
—¿Qué andas haciendo tú por aquí?—dijo el Arzobispo.
—Venimos—contestó Martin—Teodoro y yo, á ver á V. S. Ilustrísima, para un negocio muy grave que nos ha ocurrido.
—¿Y quién es Teodoro?
—Aquel negro que fué esclavo de Doña Beatriz de Rivera, (que en paz descanse) y de quien su Señoría Ilustrísima ha de haber oido hablar mucho, porque mucho tambien es lo que ahora nos ha ayudado.
—En efecto, valiente muchacho; ¿conque necesitais hablarme?
—Sí señor, y quisiera que su Señoría Ilustrísima le permitiera entrar y nos concediera un rato de audiencia.
—¿Y por qué no? hasle que pase, y decidme ambos á lo que venís.
Martin salió á llamar á Teodoro, y entrando despues los dos á la cámara en que estaba el Arzobispo, entornaron cuidadosamente la puerta.
—Ahora, decidme—les dijo el prelado, haciéndoles seña para que se sentasen.
—Pues señor, es el caso—dijo Martin—que el santo Oficio tiene en prisiones á mi muger y á la de Teodoro, y queriamos valernos del respeto de su señoría, para ver si conseguiamos su libertad.
—¿Y por qué están presas?—preguntó el Arzobispo.
—Si se ha de decir la verdad—contestó Martin—toda la culpa es nuestra, por haber dado asilo, en nuestras casas, á una monja que se habia fugado de su convento.
—Gravísima falta es ella—dijo el prelado—pero calculo, que si no es mas que eso, facilmente podré conseguir lo que deseais á condicion de que hayan pasado las cosas, tales como me las habeis referido.
—Para no engañar á su señoría Ilustrísima—dijo Teodoro, debo advertirle que la dicha monja tuvo un novio.
—¡Ah! entonces ya la cosa es mas séria.
—También es preciso contarle á su señoría, que la dicha monja contrajo matrimonio con el tal novio.
—¡Oh! entonces la cosa es grave.
—Y finalmente—dijo Teodoro—sabrá vuestra señoría Ilustrísima como el tal novio, llegó á hacer armas contra los ministros del Santo Oficio para impedirles en una vez que prendiesen á la monja.
—Vamos, el caso es sumamente grave; sin embargo, no hay que desesperarse que aun supuesto todo eso, poca culpa deben tener en ello vuestras mugeres. ¿Cuánto tiempo hace que están presas?
—Desde la víspera del dia del tumulto.
—¿Y cómo se llama esa monja y ese amante?
—La monja—dijo Martin—es Sor Blanca, la hermana de Don Pedro de Mejía, y el amante Don Cesar de Villaclara.
—¡Ah!—pensó el Arzobispo—conozco esta historia perfectamente, es la que me refirió Luisa la muger de Don Melchor, y la misma que yo denuncié al inquisidor mayor, creo que no me costará trabajo dar gusto á estos hombres, y luego dirijiéndose á ellos, les dijo.
—¿Cómo se llaman esas muchachas presas?
—María, una muda que es mi muger, y Sérvia la esposa de Teodoro.
—Bien—dijo el Arzobispo, apuntando los nombres—esta noche hablaré con el señor inquisidor mayor y mañana me vereis temprano, creo que todo se consiguirá.
Martin y Teodoro, se levantaron y se retiraron llenos de esperanza.
El Arzobispo se preparaba en la noche para salir en busca del inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores, cuando éste se hizo anunciar en el Arzobispado.
El prelado vió como milagrosa su venida, saludáronse cortesmente, y el Arzobispo entró en materia temeroso de que álguien llegase á interrumpirle.
—En busca de su señoría—dijo el prelado—iba á salir en estos momentos, que le necesito á su señoría para el empeño de unos mis servidores, á quienes trato de favorecer en un negocio.
—Su Ilustrísima debe estar satisfecho—contestó el inquisidor—que es para mí buena ocasion toda la que sea de servirle.
—Se trata—dijo el Arzobispo—de suplicar á su señoría, en favor de dos jóvenes, negra una y muda la otra, que segun he sabido por sus maridos están en las cárceles del Santo Oficio, por haber dado asilo á Sor Blanca, la monja prófuga del convento de Santa Teresa.
—¿Y qué deseaba Su Ilustrísima, respecto de esas dos mugeres?
—Aun cuando yo no las conozco, pero hánme servido muy bien sus maridos, y con verdadero riesgo de sus vidas, que son ellos quienes positivamente han sostenido á la Iglesia contra los desmanes del marqués de Gelves.
—Méritos grandes, en verdad—contestó hipócritamente el inquisidor—y en cuanto valga mi humilde persona con Su Majestad, que Dios guarde, me empeñaré, si así lo dispone su señoría Ilustrísima, porque á esos dos hombres se les premie como merecen; pero respecto á las mugeres, aunque de riguroso secreto son las causas que están sometidas á nuestro conocimiento, por respeto y atencion al carácter de su señoría Ilustrísima, le descubriré que no es tan sencilla la acusacion que pesa sobre esas dos mugeres.
—¿De qué se las acusa pues?
—En cuanto á la negrilla, es seguro que no solo prestó auxilio á la llamada Sor Blanca, sino que ha sido el principal agente y cómplice en el sacrílego matrimonio que celebró ella con Don Cesar de Villaclara; de tal manera que esa consideracion sola podrá convencer á Su Ilustrísima de que no es fácil, aunque se deseara, concederle su libertad. En cuanto á la otra, es decir la muda, esa sí efectivamente no hizo sino dar entrada en su casa á Sor Blanca sin conocer sus antecedentes, y ya despues de celebrado el matrimonio sacrílego.
El Arzobispo pensó, que supuesto que la muda era la esposa de Martin, que era por quien abrigaba verdadero interes, y ya que no podia sacar á las dos de las garras del Santo Oficio, por contento deberia darse si conseguia la libertad siquiera de una, y así determinó dejar á Sérvia que corriese la suerte que Dios le deparara, y hacer todo el esfuerzo posible en favor de María.
—Pues siendo así como dice su señoría—dijo—creo que la pobre muda puede muy pronto ser dada por libre.
—Lo seria, en efecto, pero hay que advertir que la tal muda ha sido denunciada ante el Santo Oficio como hechicera.
—¿Cómo hechicera?—¿Pero de dónde pueden inferirlo?
—Viósela de muy jóven amansar y tratar con suma confianza, serpientes y otros animales venenosos.
—Lo cual no prueba maleficio de ninguna especie, que las serpientes son fáciles de amansar por artes naturales, por ejemplo con el canto y la música; recuerde su señoría que dice Petronio: Hircanique Tigres etc., y Virgilio, en la Egloga octava, Frigidos impratis cantando, etc. Lucano en su Farsalia, libro sesto dice: Hunanoque cadit serpens, etc.; y finalmente, Silius Italico ha dicho: Serpentes dico exarmare veneno.
—En verdad que Su Ilustrísima tiene razon; pero autores son esos profanos cuyas doctrinas no pueden valer en la Iglesia. La muda por su propio defecto no puede haber cantado á las serpientes, y el encantamiento y mansedumbre de estos animales debe tenerse siempre por sospechoso, como se infiere de lo que enseña el gran padre San Agustin en el lib. 11 In Génesis, cap. 28. Jeremías en el cap. 8º dice aquellas célebres palabras: «Yo os enviaré serpientes, basiliscos, contra los cuales no valdrán los encantamientos,» y el Salmo LVII espresa: «que hay una que no escuchó la voz de los encantadores.» Todo esto es una robustísima prueba de que el comercio con esta clase de animales, indica el ejercicio de artes reprobadas por la religion, como juzga muy bien el sabio Martin del Rio en su libro 6º de las artes mágicas.
—Efectivamente que puede ser sospechosa esa conducta de la muda, pero quizá sin conocimiento de causa ejerceria tales actos, siendo por ellos inculpable, y esto puede saberse por las declaraciones que de ella hayan podido conseguirse.
—Ningunas declaraciones se han obtenido hasta hoy; que á ella nada se le ha podido sacar, y por razon de su misma enfermedad no se le ha aplicado el tormento: que conforme á las doctrinas de Ghirlando Carerio y del maestro Antonio Gomez, citados por el licenciado Don Francisco de Torreblanca y Villalpando, á los mudos no puede ni aplicárseles el tormento, ni aun aterrorizarles; de manera que nada ha podido conseguirse en este punto.
—Crea su señoría que tengo para mí que quizá sea esta pobre muda mas bien víctima de alguna ilusion, que verdaderamente culpable, que ya su señoría sabe á cuánta discusion y argumento ha dado lugar aquel párrafo del Concilio de Ancira en el cap. 26, cuest. 5ª en que casi se declara que estos delitos de mágia, mas son sueños é ilusiones del demonio que consistencia de verdad y materia de juicio, y está condenado por el mismo Concilio y refutado por Alciato en el libro 8º, cap. 22.
—No puedo condescender con la opinion de usía Ilustrísima, porque aun confesando que el tal capítulo citado, fuera del Concilio de Ancira, solo habla de algunas mugeres ilusas, y éstas tambien deben ser castigadas con el mismo rigor; de manera que la pena se les aplicará no porque corporalmente hayan tenido tratos con el demonio, que el Santo Oficio está convencido muchas veces de que no lo han tenido, sino porque han creido tenerlo y han gozado con esta creencia.
El Arzobispo comprendió que nada podria obtener, y varió la materia de la conversacion; persuadido firmemente de que era mas fácil sacar una ánima del Purgatorio, que un acusado de las garras del Santo Oficio.
VIII. De lo que pasó en las cárceles del Santa Oficio.
EN las celdillas de la cárcel de la inquisicion se encerraban siempre uno ó dos presos, cuidando de que fuesen de aquellos cuyos delitos tuvieran alguna semejanza.
Luisa fué introducida á un calabozo, en uno de cuyos ángulos, observó á una muger acostada que se quejaba dolorosamente.
Al principio su situacion no le permitió pensar mas que en sí misma. Apartada del mundo vió lentamente y de un modo tan inesplicable, y para ella tan maravilloso, que era muy natural que si en aquello intervenia algo de encantamiento ó hechicería tuviera necesariamente que venir á desenlasarse todo en el Tribunal de la Fé; pero ella se consideraba víctima inocente. ¿Porqué se la trataba allí como á culpable? esto era lo que tampoco podia llegar á comprender, y en aquellos momentos, la muger perdida que solo habia pensado en saciar todas sus pasiones, se acordó de Dios, se volvió creyente y cayó de rodillas y sollozando en el ángulo opuesto del calabozo al que ocupaba la muger que se quejaba dolorosamente.
Mas de una hora permaneció Luisa con la cara cubierta con sus manos orando y llorando al mismo tiempo, y dejando correr al través de sus dedos, el torrente de lágrimas que brotaba de sus ojos.
Un gemido mas fuerte y mas agudo la sacó de aquella situacion. Volvió la cara y vió á la pobre muger que dando señales de sufrir horriblemente, procuraba incorporarse en el húmedo lecho de paja para tomar un jarro de agua que estaba cerca de ella.
Luisa enmedio de sus sufrimientos se habia vuelto caritativa.
¡El corazon mas empedernido se ablanda con el dolor y con la desgracia!
La caridad es la flor que brota en el corazon llagado por los pesares; donde ya ningun humano sentimiento ha dejado el fuego de la desgracia, viene la caridad á cubrir las heridas, como la yerba que brota sobre el campo arrasado por una tormenta.
Luisa se levantó precipitadamente para auxiliar á la pobre enferma.
Aquella muger estaba devorada por la fiebre. Debajo del sucio y roto lienzo que le servia de abrigo, descubria un brazo blanco y torneado, pero lleno de manchas moradas, azules, cárdenas y rojas, y de escaras sangrientas ó negras.
Luisa se horrorizó al mirar aquel brazo; sin que nadie se lo dijera comprendió que aquella desgraciada habia sufrido el tormento, y se estremeció de pavor considerando que quizá aquella misma suerte le estaba preparada.
—¿Quereis agua?—le preguntó arrodillándose á su lado.
—Si—murmuró penosamente la enferma abriendo apenas los ojos.
Luisa la sostuvo con una mano mientras que con la otra tomó la pequeña vasija que contenia el agua, y la levantó para darle á beber.
Entonces aumentó mas su horror y al mismo tiempo su compasion, los labios de la enferma estaban hinchados y abiertos por muchas partes; en su rostro se conservaban aun señales de sangre que habia corrido sobre él, quiso tomar el agua y Luisa observó que algunos de sus dientes estaban rotos, y que su lengua estaba herida y comenzaba á hincharse.
Poco á poco y con trabajo aquella desgraciada pudo beber algunos tragos, movió después la cabeza y Luisa dejando la vasija en el suelo, volvió á acostarla con tanta delicadeza, como podria haberlo hecho una madre con un hijo enfermo, la cubrió cuidadosamente, se quedó contemplándola por un instante, y volvió á llorar pero aquellas lágrimas eran ya de compasion.
Era la primera vez que el corazon corrompido de la esclava de Don José de Abalabide, sentia la inspiracion de ese santo dolor que hace llorar al hombre sobre las desgracias de sus semejantes.
Aquellas primeras lágrimas eran precursoras de una redencion; aquella alma comenzaba á purificarse en el martirio.
Sonó la cerradura de la puerta del calabozo, y Luisa tembló, era seguramente á ella á quien venian á buscar.
Tres hombres enteramente cubiertos con sus capuchones, penetraron al calabozo, y Luisa se refugió en uno de los ángulos.
Uno de los hombres llevaba una linterna, los otros dos algunas piezas de ropa de muger.
—Vamos negra—dijo con desprecio el del farol—aquí están estos trapos para que te quites esas indecentes ropas de hombre, que ya verás lo que te van á costar.
—Bueno—dejádmelas ahí—contestó Luisa temblando—que yo me mudaré dentro de un momento.
—¿Cómo se entiende?—dijo el del farol—cambiarás ahora mismo el traje que no estás aquí para hacer tu voluntad.
—¿Pero delante de vosotros?—dijo Luisa casi indignada de lo que se atrevian á proponerle.
—Vaya, y por qué no, bonitos remilgos son esos para una negra hechicera; mugeres hermosas de veras han tenido que quedarse delante de nosotros completamente desnudas, y si no pregúntale á esa buena moza que duerme en aquel rincon; con que vete acostumbrando, que pronto te llegará la hora del tormento, y no andarás entonces con esas niñerías.
—¿Dios mio! ¿qué me darán tormento? ¿por qué? ¿yo qué he hecho?
—Yo no sé, ni venimos aquí á esplicaciones, ¿te desnudas, ó no?
—¿Pero cómo?...
—Cambiadle la ropa dijo el del farol á los que le acompañaban.
Los dos asieron á Luisa de los brazos.
—No, por Dios, dejadme, yo me vestiré sola—gritó Luisa. La enferma alzó la cabeza, y dijo con una angustia profunda.
—¿Qué? otra vez el tormento, yo diré, yo diré todo, pero que no me vuelvan á atormentar.
—Cállate bruja—dijo bruscamente el carcelero, miren á la monja casada como escarmentó.
La enferma habia vuelto á acostarse.
Luisa se desnudaba precipitadamente, y recibia en cambio de sus ropas de hombre, otras de muger viejas y maltratadas.
Una camisa y unas enaguas de manta, un vestido de vellorí pardo, y un justillo semejante, viejos y llenos de agujeros, que no eran ni con mucho de las medidas de su cuerpo.
—Vaya—dijo el carcelero—ni mandada hacer está la ropa, era de una bruja que mandó quemar el santo oficio, en el último auto de fé, á ver si á tí te toca la misma suerte.
Luisa se estremeció y el carcelero despues de aquella infernal chanzoneta, salió con sus compañeros, cerrando el calabozo, y dejando á Luisa mas aterrada que antes.
Con el vestido que la habian dado no traia calzado, y hacia mucho tiempo que ella no habia andado descalza; sus piés se habian vuelto delicados, y el piso frio, disparejo y húmedo del calabozo, comenzó á molestarla, pero no habia remedio, era preciso acostumbrarse. La idea del tormento y de la hoguera, no se apartaban un momento de su imaginacion, y naturalmente al pensar en el tormento, pensaba en la muger que gemia en su calabozo; y al pensar en la hoguera, recordaba á la desgraciada que habia llevado el vestido, que ahora le servia de abrigo.
—Debe ser una cosa horrible la hoguera—pensaba Luisa—el fuego, el humo, ardores espantosos, sofocacion, ¡Dios mio! ¡Dios mio! que dichosos deben ser los que no mueren en la hoguera, ¡Jesus! que miedo tengo, que pavor; y luego el tormento......... ¿cómo será? ¿qué le harán á uno?
Deben sentirse cosas horrorosas, ¡ay! ¿qué haré yo, qué haré para que no me vayan á atormentar? ¿confesaré todo? ¿pero qué? si no he sabido lo que me pasa, si no tengo que confesar y entonces no me creerán, y me atormentarán, ¿qué haré? ¿qué haré?
¡Oh! Le preguntaré á esa muger, quizá ella sabrá, quizá podrá aconsejarme, me dirá al menos lo que se siente, veremos, porque es tan horrible lo desconocido, ¿qué será muy grande el dolor? ¿podré yo resistirlo? A ver probaré, probaré.......
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Y Luisa tomaba una de sus manos con la otra, y procuraba torcérsela hasta causarse dolor, para probar su sufrimiento, pero la dejó caer tristemente esclamando:
—¡Dios mio! ¡Dios mio! soy muy débil, y muy cobarde para el dolor, mándame la muerte, antes que el tormento, y que la hoguera.
La enferma devorada por la ardiente sed de la calentura, volvia á incorporarse en su lecho, para buscar agua.
Luisa quiso aprovechar aquel momento para hablarla, y despues de darla el agua, le dijo dulcemente.
—¿Cómo os llamais señora? ¿por qué estais aquí?
La enferma abrió los ojos, y miró á Luisa, largo rato, casi sin pestañar, pero sin contestarle tampoco.
Luisa volvió á repetir su pregunta.
Entonces la enferma le contestó penosamente.
—Yo no sé nada, nada, nada mas, que lo que os he dicho.
—Volved en vos señora, es una voz amiga la que os habla: ¿cómo os llamais? ¿por qué estais aquí? ¿por qué os dieron tormento?
—¡Tormento!—repitió la enferma estremeciéndose y enderesándose con una rapidez increible, en el estado de postracion en que se encontraba.
—¡Tormento! ¡tormento! no, yo os diré todo, todo lo confesaré.
—Espantoso debe ser el tormento—pensó Luisa.
—Tengo sed—dijo la enferma—dadme de beber y hablaré.
Luisa volvió á darle agua, y antes de acabar de beber apartó la boca del jarro, y dijo, con una voz que parecia salir de su corazon.
—Yo soy Doña Blanca de Mejía, y cayó desmayada.
—¡Doña Blanca!—gritó Luisa, dejando caer en el suelo la vasija del agua, que se hizo mil pedazos, con que es decir ¿qué yo soy la causa de las desgracias de esta muger? ¿con que estoy encerrada aquí, al lado de la víctima de mi denuncia, y mirando en ella, los tormentos que me esperan? ¡Dios mio! ¿cómo puedo esperar compasion si aun está vivo mi delito? ¡Oh! yo no sabia lo que era un remordimiento, y es peor, sí, es peor, que todos los tormentos de la inquisicion.
¡Ah!—dijo arrodillándose cerca de Blanca y tomando una de sus manos—Perdóname, perdóname, pobre criatura, ¡cuánto te he hecho padecer! Yo he sido una pantera, pero me arrepiento. ¡Dios mio! me arrepiento, quisiera mil veces sufrir lo que sufre esta desgraciada, primero que haber cometido los crímenes que llevo sobre mi conciencia: ¡Jesus, y qué negra está la noche de mi conciencia, y cuántos cadáveres he regado en mi camino! Don José Abalabide, Don Manuel de la Sosa, los esclavos ajusticiados en la Pascua......... quizá por eso Dios me ha castigado, y mi color se ha vuelto negro..................
—Agua, agua, que me ahogo, que me abraso—dijo Doña Blanca volviendo en sí—agua.
—¿Agua?—dijo Luisa—¿agua? y yo he roto la vasija en que estaba ¿conque yo he de atormentar á esta infeliz en todas partes?
—Agua—decia Blanca—agua. Luisa como una loca se lanzó á la puerta del calabozo, y comenzó á golpear con las manos furiosamente, pero el ruido que sus manos delicadas, producian sobre aquella macisa puerta se escuchaba apenas dentro del mismo calabozo.
Blanca volvió á quedar en silencio, y Luisa con las manos hechas pedazos, cayó de rodillas junto á la misma puerta.
IX. En donde se verá que hubo un “meeting” en el año del Señor de 1624.
EL de Gelves permanecia retraido en San Francisco, y mas podria decirse prisionero que libre. La Audiencia tenia destinados trescientos hombres solo para la guarda del convento, y nadie podia hablar con el virey, y cuanto él escribia era leido por los oidores.
La Audiencia no le permitia salir de la Nueva España como él pretendia para ir á la Corte y presentarse al rey, y aunque reclamaba que de no permitírsele la salida se le volviese el gobierno de la colonia, los oidores se negaban á todo tenazmente con palabras y comunicaciones altaneras y poco corteses.
El de Gelves se valió como para intermediarios de aquella negociacion, de su confesor el guardian de San Francisco, y del inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores; pero nada pudieron éstos conseguir, y solo obtuvieron por única respuesta «que la Audiencia esperaba la resolucion de Su Majestad á quien habia enviado ya en comision á uno de los rejidores de la ciudad de México.»
Sin embargo, los oidores comenzaron á temer lo que se diria en España de que ellos retuviesen tan violentamente el gobierno, é hicieron correr la voz de que iban á entregárselo otra vez al de Gelves.
Como era natural, conocido el rigor y la severidad del marqués, todos los comprometidos en el tumulto comenzaron á temer, y volvió la alarma en la ciudad, y volvieron los gritos sediciosos y los preparativos para otra nueva tempestad. Esto era precisamente lo que deseaba la Audiencia, que determinó llamar á una gran junta á todas las autoridades civiles y eclesiásticas, y á todas las personas notables de la ciudad, con el objeto de consultarles el caso, seguros, como estaban los oidores, de que todos habian de opinar porque no se volviese el gobierno al de Gelves, sino que lo conservase la Audiencia hasta la definitiva resolucion de Su Majestad.
El dia destinado para la gran reunion llegó por fin. Los oidores esperaban ya en su sala de audiencia, y poco á poco comenzaron á llegar los invitados.
Alcaldes, regidores, clérigos, frailes, abogados, comerciantes, en fin, gentes de todas clases y estados; aquello era una torre de Babel, era una inmensa confusion, todos hablaban, todos discutian entre sí, y nadie llegaba á entenderse.
Don Pedro de Vergara presidia aquella reunion, y no lograba poner órden en la multitud.
Hablaron los oidores esplicando el objeto de la reunion, y pidiendo parecer á los circunstantes; tomaron la palabra algunos padres graves, nadie les escuchó, y terminó todo con decir que todos habian aconsejado á la Audiencia que retuviese el gobierno de la Nueva España, para evitar mayores desórdenes y escándalos.
La reunion se disolvió, volviéndose sin duda, cada uno tan enterado de lo acontecido, como si nada hubiera pasado.
Los amigos mismos del de Gelves fueron invitados á asistir, porque los oidores comprendian que no podian oponerse, y que pasarian como aprobando la conducta de la Audiencia. Por esto los amigos del marqués se vieron, mas que nadie comprometidos á presentarse.
Don Pedro de Mejía no faltó, el viento no soplaba ya del lado del virey, y era preciso que él comenzara á ver por donde se acomodaba: siempre en política ha habido esta clase de hombres, que están, como ellos mismos dicen, «al sol que nace.»
Por el éxito de aquella reunion podia conocerse, que en muchos meses el de Gelves no podria salir de San Francisco, y si de tantas personas principales iban á España informes, mal debia salir la causa del virey.
La reunión se disolvió y todos comenzaron á retirarse. Mejía con el protesto de despedirse, quiso hacerse notar por el licenciado Vergara.
—Dios guarde á V. E. muchos años.
—Adios, mi señor Don Pedro, ¿os retirais?
—Háse acabado la junta, y solo esperaba despedirme de V. E.
—Muy bien: ¿pero qué nuevos lunares teneis sobre una ceja?
—Son unas gotas de pintura—contestó imprudentemente Mejía.
—Pintura muy negra debe ser y muy firme, porque supongo que no os ha caido en estos momentos.
—No señor, aunque sí hace pocos dias, dos ó tres despues del tumulto.
—Es estraño—pensó el licenciado Gaviria comenzando á sospechar, y luego queriendo inquirir mas, dijo distraidamente—¿y que pintábais?
—Um—contestó como sorprendido Mejía—una mesa, una mesa..........
Vergara acostumbrado á tratar á los criminales y á formar procesos desde su juventud, adivinó una historia en la turbacion de Mejía que venia á ayudar sus sospechas, y variando repentinamente de tema de conversacion, y como si estuviera no despidiéndose Mejía, sino departiendo con él en su aposento y con la mayor tranquilidad, le preguntó:
—¿Y no habeis sabido vos, Don Pedro, lo que aconteció á Luisa la muger de Don Melchor Perez de Varais?
Mejía se puso encendido, cruzó por su cerebro la idea de que el licenciado Vergara lo sabia todo, y se turbó completamente.
—No señor, no,—balbutió—y luego agregó queriendo cortar la conversación—si V. E. no manda algo, me retiro, que tengo muy grandes ocupaciones.
—No señor Don Pedro, puede V. S. retirarse.
Mejía se retiró, y el licenciado Vergara se quedó pensando:
—O mi larga práctica forense ha sido inútil, ó cómo haber Dios que he dado con el hilo en el negocio de la muger de Don Melchor, y éste Don Pedro no está en todo de lo mas inocente; lástima que se haya ido ya Don Melchor, él podria saber qué motivos haya ¿seria una venganza?......... ¿por qué? quizá por sus trabajos en contra del marqués, que este Don Pedro era muy su amigo: verémos, verémos, si no puede ser hoy, mañana iré á ver al inquisidor Don Juan Gutierrez Flores que conoce de este negocio.
El licenciado Vergara se habia engolfado tanto en sus pensamientos, que ni contestaba las ceremoniosas carabanas que le hacian los que se iban retirando, y siguiera así á no haberle llamado la atencion el doctor Galdos de Valencia que estaba cerca tocándole en la mano.
—Muy distraido está V. E.—dijo el doctor.
—Sí que lo estaba—contestó el licenciado, pero ya os hablaré de esto en que pensaba, que es un curioso caso de derecho.
—¿De qué se trata?
—Aun no es tiempo de que os lo refiera; mas adelante, mas adelante.
La sala estaba completamente despejada, y los oidores se encerraron para acordar entre sí......
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Entre tanto, habia comenzado en el Santo Oficio el juicio de Don Cesar de Villaclara.
Don Cesar acusado de haber contraido matrimonio con una religiosa y á sabiendas, era naturalmente culpable para la inquisicion, de sacrilegio por el matrimonio, y de herejía, porque segun los sábios autores que se consultaban en aquellos tiempos, el matrimonio de un religioso ó religiosa profesos, envolvia el desprecio de los votos, y esto importaba un desprecio á Dios, y por consiguiente una herejía.