LIBRO PRIMERO. El Convento de Santa Teresa la Antigua. (continued 2)
Reading edition
Sacó de la bolsa de los gregüescos un manojito de llaves de plata unidas por una argolla de oro, y abrió uno de los secretos del pupitre, buscó, y sacó un papel doblado en forma de carta.
Lo desdobló cuidadosamente y se acercó á la bujía de cera que ardia en un candelero de plata.
El pliego tenia un márgen blanco como se acostumbra poner les á los memoriales, y á guisa de sello ó de membrete, decia: «único dueño de mi albedrío,» y luego una carta.
«Dos dias hace que no venis á calmar mis amorosos anhelos, y estos dos dias hánme parecido dos siglos: ¿por qué me desdeñais? por vuestra vida que es la mia, venid.»
«Hánme dicho (lo que no quisiera ni imaginar) que tratais de vuestra boda con Doña Beatriz de Rivera; mas quisiera morir que creer en ello. Tan hermosa y rica dama, merece bien que en ella fijeis vuestros ojos, ¿pero podrá ella nunca amaros como yo? ¿podreis vos en un dia olvidar mi amor y vuestros juramentos?
«Venid, Don Pedro, mi ánima está triste sin veros, y me atormentan horribles pensamientos, vuestra esclava soy que nací para amaros y serviros, y si me olvidais moriré sin remedio: Venid.
«Quien besa humildemente vuestra mano y será siempre vuestra»
«LUISA.»
Don Pedro puso la carta sobre el pupitre, apoyó su frente en las palmas de sus manos, y quedó meditabundo.
—Pobre Luisa......... me ama......... me ama y ¿yo quiero abandonarla.........? pero mi palabra empeñada con Don Alonso......... y que por otra parte, mi matrimonio no es simplemente un negocio de amor, es el complemento de mi fortuna......... veremos......... ante todo, bueno será calmar á la pobre Luisa......... mañana, mañana; lo del matrimonio despues.
Dobló la carta y volvió á ponerla en el cajon secreto.
—Ahora es necesario ver qué se hace con este malhadado negocio de Don Fernando de Quesada que tan mal salió: ¿quién seria ese demonio que se apareció en su defensa? ¿qué habrá sucedido con Tirol? ¿moriria? lo habrán dejado abandonado? y José que no viene!
En este momento llamaron á la puerta del aposento.
—¿José?—dijo Don Pedro.
—Aquí estoy, señor—contestó un lacayo entrando.
—¿Qué sucedió?
—Nada hemos encontrado, fuimos hasta frente á la Catedral nueva en donde pasó el lance, ni un vestigio, ni un rastro siquiera de sangre.
—¿Y Tirol?
—Nada, señor, nada, si murió se ha recogido su cadáver, si no, se lo llevaron herido.
—Pero pues no habia sangre, no estaria herido.
—No lo comprendo eso, yo lo ví caer, cuando el demonio, que sin duda él fué, se apareció en defensa del Oidor. Tirol cayó sin mover pié ni mano, pero si estaba herido no dejó ni una huella de sangre.
—Está bien, retírate á recojer, mañana tal vez aclararemos este misterio.
Y Don Pedro se acostó vestido sobre su cama.
La víctima y el verdugo bajo el mismo techo no podian conciliar el sueño; el dolor y la ambicion devoraban aquellos dos corazones tan diferentes entre sí.
XII. Lo que hablaron el Oidor y el Bachiller y quién era el herido.
—PERMÍTAME su señoría—decia Martin—que le haga una pregunta, no por mera indiscreta curiosidad, sino por saber cuál es su opinion en materia para mí tan delicada.
—¿Y cuál es?
—Dígame usía, ¿se puede creer en las brujas y en sus profecías?
—En tan apurado trance me poneis, que yo á mí mismo no sabria qué contestarme; pero supuesto que el Santo Oficio las persigue y las condena á la hoguera, de existir deben, que de lo contrario ni tal cuidado se tomaria el Tribunal de la Fé, ni nosotros presenciariamos esas ejecuciones.
—¿Pero qué opina usía de lo que ellas predicen?
—Que por diabólicas artes se inspiran, y mas pueden ser engaños y astucias del demonio cuanto digan, que verdades hijas de Dios, y en todo caso mas vale no tener con ellas tratos ni averiguaciones, que eso solo es gran pecado; ¿pero por qué me haceis semejante pregunta? Supongo, señor Bachiller, que no hablaréis con tales personas.
—Líbreme Dios; como cuestion de doctrina háme ocurrido ayer, y me tranquiliza el parecer de usía; pero hablando de otra cosa, usía sospecha de dónde haya partido el golpe de esta noche.
—A no sospecharlo, la librea que viste el hombre que está abajo herido, me lo diera á conocer muy claro. Ese hombre es de la servidumbre de Don Pedro de Mejía que pretende la mano de Doña Beatriz, y es amigo íntimo de Don Alonso de Rivera enemigo mio, por el asunto de la fundacion del Convento de Santa Teresa.
—¿Quereis que veamos si ese hombre ha vuelto á sus sentidos para examinarlo?
—Sí tal; y si así fuese, hacedle subir.
Martin bajó á ver al herido, y el Oidor se desciñó la espada y se sentó á esperar.
El Bachiller volvió con el herido, no había sufrido mas que una pasajera congestion á resultas del puñetazo que descargó Teodoro sobre su frente.
El hombre entró á la estancia en que le aguardaba el Oidor, todavía atarantado, y sin hacerse bien cargo de lo que habia pasado.
—Venid acá, amigo—le dijo Don Fernando con dulzura.
El hombre se acercó.
—Quereis decirme, pero hablad con franqueza, ¿quién sois, y qué motivo os impulsó para buscar mi muerte, cuando yo ni os conozco, y vos quizá apenas me conoceis?
—Señor,—contestó el hombre—aunque tengo la librea de lacayo, me llamo Tirol, y soy el mayordomo de la casa de mi señor Don Pedro de Mejía.
—Bien, ¿y qué causa os movió para pretender asesinarme?
—No me culpe su señoría, debo muy distinguidos favores á mi amo hace muchos años, como el pan de su casa, y fuí mandado.
—¿Y no comprendéis que despues de lo que ha pasado, puedo mandaros matar, no solo impunemente sino con justicia?
—¡Señor!—dijo arrodillándose cobardemente Tirol.
—Alzad, que solo delante de Dios y de su Magestad debeis estar así; alzad, que nada os haré, pero referidme lo que ha pasado.
—Casi nada sé—dijo Tirol levantándose—esta tarde, mi señor Don Pedro y Don Alonso de Rivera me llamaron y me ordenaron que tomara dos hombres de la casa, que fueran de toda confianza, y que hoy en la noche al salir, como lo tiene usía de costumbre del Arzobispado, lo atacase y le matase sin misericordia.
—¿Y estábais dispuesto á cumplirlo?
—Señor.........
—¿La verdad?
—Señor, por Dios.........
—Contestad.
—La verdad......... sí señor.........
—Bien, ¿y cómo sabíais que estaba yo en el Arzobispado hoy en la noche?
—Uno de los hombres que me acompañaban se apostó en la acera de enfrente hasta ver entrar á usía, y entonces me dió aviso.
—¿Y despues?
—Despues venimos á ocultarnos entre el material de la nueva iglesia, hasta que usía pasó.
—¿Y luego?
—Ya eso lo sabe usía; al quererlo atacar, de entre nosotros mismos salió un hombre á quien no habíamos visto, y ya no sé mas, sino que sentí un golpe terrible en la cabeza y perdí el sentido.
—¿Conoceis á ese hombre?
—No señor.
—Bien, quedaos aquí esta noche, y mañana temprano regresad á la casa de vuestro amo y llevadle esta carta; nada teneis ya que temer, os perdono el mal que habeis intentado contra mí.
El oidor escribió una carta á Don Pedro, que decía así:
—«Os devuelvo á vuestro mayordomo, cuidad de emplear para otra vez hombres mas útiles. Os besa la mano
Fernando de Quesada.»
Tirol besó la mano del Oidor, y recibió la carta que se guardó en el pecho.
—Señor Bachiller—dijo por lo bajo Don Fernando á Martin—hacedme la gracia de que dén habitación á este hombre para que pase la noche, mañana temprano que se vaya para su casa, y traedme á Teodoro sin que se miren ambos.
El Bachiller volvió á salir seguido de Tirol.
El Oidor abrió un armario y sacó de él una bolsa grande de seda que figuraba una piña amarilla con hojas verdes en el cuello, y largos cordones para cerrarla que remataban en pequeñas piñitas formadas de cuentas de vidrio de colores.
Colocó la bolsa sobre la mesa y volvió á sentarse.
Teodoro conducido por el Bachiller entró al aposento.
—Me envía á llamar su señoría—dijo Teodoro cruzando sobre el pecho sus brazos y haciendo una profunda reverencia.
—Sí, te debo en esta noche la vida, y quisiera mostrarte mi agradecimiento.
—Bastante es ya mi recompensa con haber conseguido eso; además, yo lo hice conforme á las órdenes de mi ama.
—Yo no estoy satisfecho con eso; yo te doy en nombre de Doña Beatriz tu libertad; además en esta bolsa hay una gran cantidad de monedas de oro, que por ser escasas en México tienen muy alto valor, tómala para que vivas feliz.
Teodoro se arrodilló á los piés del Oidor y le besó la mano, pero no tomó la bolsa que éste le alargaba.
—Por toda mi vida—dijo—grabaré las palabras de su señoría en mi corazón, pero por ningún dinero dejaré de ser el esclavo de mi señora Doña Beatriz; si ella me despidiera, el negro Teodoro se moriria de tristeza.
—Bien—contestó el Oidor—comprendo tu lealtad y tu cariño para con Doña Beatriz; es un ángel á quien es preciso amar, pero al menos toma este dinero.
—Perdóneme su señoría, quiero tener solo la recompensa del placer por haberle servido de algo; además.. señor......... yo........ soy muy rico.
—¡Muy rico!—esclamó el Bachiller espantado de que un esclavo fuese muy rico, y acercándose como para contemplar mejor aquel ser mitológico.
—¡Muy rico!—repitió el Oidor, que aunque no tanto como el Bachiller, pero estaba admirado.
—Sí, señor—contestó Teodoro inclinando como ruborizado la cabeza.
—Estos pobres se creen poderosos cuando tienen cien reales—dijo Martin.
Teodoro se sonrió con desdén, y Don Fernando lo advirtió.
—¿Cuánto será tu capital, Teodoro?—preguntó.
—Cien veces lo que contiene esa bolsa—contestó tranquilamente.
—¿Sabes lo que dices? esta bolsa contiene mas de mil escudos de oro.
—Así me lo pensaba.
—¡Cien veces mil escudos!—dijo el Bachiller mas asombrado á cada respuesta de Teodoro—¡Cien mil escudos! ¿entonces por qué eres esclavo? ¿por qué no compras á Doña Beatriz tu libertad?
—Ya dije á su señoría que por ningún caudal dejaria de ser el esclavo de mi señora Doña Beatriz, le debo la vida y la felicidad.
Martin abria los ojos como dos patenas, y la boca como una puerta cochera; aquello estaba para él fuera de lo natural, era casi un prodigio.
—A fé mia—dijo Don Fernando, que aquí se encierra un misterio profundo; ¿sabe tu ama, Teodoro, que eres tan rico?
—Mi ama sabe tambien que seria jo libre si quisiese, y que jamas lo seré.
—Dígale usía que nos cuente, que nos esplique todo eso.
—No, señor Bachiller, mucho le debo á Teodoro para obligarlo á que me descubra sus secretos, por mas que me anime el deseo y la curiosidad de conocerlos, principalmente por la parte que en ellos tenga Doña Beatriz.
—No serán secretos para su señoría—dijo el negro—que me basta que su señoría sea quien es, y tan alto lugar tenga en el corazón de mi ama, para que yo le confiara lo que guardo en mi seno, tanto mas que fío en su discreción como en la de mi confesor. ¿Quisiera su señoría conocer mi historia?
—Te confieso que me seria muy satisfactorio.
—Larga es.
—No importa, te permito que te sientes.
El negro se sentó humildemente en el suelo y á los piés de Don Fernando.
—¿Y yo?—preguntó Martin.
—¿Tienes inconveniente en que escuche Don Martin?
—No, señor—dijo Teodoro, volviendo su vista á Martin—quedaos, que yo sé cómo aseguraré con vos mi secreto.
Martin contento de escuchar la historia tomó asiento en un escabel.
El Oidor comenzaba á comprender por todo, que Teodoro no era un esclavo comun, aquel hombre era otra cosa de lo que á primera vista parecia.
XIII. La historia del esclavo.
MI madre, señor, era esclava de la casa de Don José de Abalabide, comerciante español, que tenia una de las mejores tiendas mestizas que se hallan en la Plaza principal. Mi padre, esclavo tambien de la misma casa, habia servido muchos años á Don José y habia muerto pocos dias antes de mi nacimiento, á resultas de una caida que le dió un caballo.
«Mi padre, señor, lo mismo que mi madre, eran de sangre real; os hago esta advertencia, porque esto viene mucho á esplicar algunos acontecimientos de mi vida que vereis mas adelante.
«Mi amo no tenia familia y vivia solo conmigo y con mi madre: era un hombre muy honrado, buen cristiano y caritativo con los pobres; aunque si he de decir verdad, tenia mucho apego á las riquezas y procuraba atesorarlas, viviendo con sobrada economía.
«Como no frecuentaba amistad ninguna y hacia tantos años que mi madre era su esclava, el Sr. Abalabide me tenia un gran cariño, y así conforme fuí creciendo y ayudaba en los quehaceres de la casa, mi amo se fué interesando mas por mí, y en las noches cuando ya la tienda estaba cerrada se entretenia, despues de rezar el rosario, en enseñarme á leer y á escribir.
«Llegué así á cumplir veinte años y mi amo estaba muy contento de mí: era yo fuerte para el trabajo, y le ayudaba yo en todo.
«Mi amo debia ser rico, pero no sabiamos adonde tenia su dinero porque él lo ocultaba.
«Cerca de la tienda del Sr. Abalabide estaba otra de uno que se decia Don Manuel de la Sosa, y que por motivo sin duda de ser menos conocido, ó menos antiguo, tenia muy pocas ventas que casi todos los marchantes se iban á la de mi amo; esto le causaba á Don Manuel tanto desprecio, que casi nunca pasaba por delante de la casa de Don José de Abalabide sin proferirle alguna injuria; pero como éste era ya hombre de edad y de buen juicio, nunca quiso tomar la demanda.
«Mi madre comenzaba ya á ser inútil para el trabajo, y mi amo se decidió á comprar á un conocido suyo una esclava cocinera, que tenia una hija mulatita que servia de galopina. Llamábase Clara la madre y la muchacha Luisa.
«Luisa era muy jóven, pero muy agraciada: en la casa de sus antiguos amos la trataban muy mal y estaba muy delgada y muy enferma cuando llegó á la casa de Don José.
«Al principio traté á Luisa con indiferencia, pero despues comenzó á engordar y á robustecerse, y se puso tan bonita, que á poco me encontré enamorado de ella. El continuo trato nos hizo entrar en relaciones amorosas y yo iba á pedir licencia á mi amo para unirme con ella, cuando un incidente me hizo vacilar.
«Comencé á observar que Luisa andaba mas alegre y mas compuesta que de costumbre, y que se asomaba frecuentemente á una ventana desde donde se divisaba la casa de Don Ma nuel; yo la amaba con delirio y me empecé á entristecer: ella lo notó y me preguntó la causa: le cobré celos, y se rió.
—«No seas tonto, Teodoro—me dijo—yo te encargo que estés contento; todo esto es cosa que nos va á hacer mas felices: no me preguntes nada, y ya verás.
«Me tranquilicé un tanto y no volví á decirle nada; me puse alegre como de costumbre, y me determiné á hablarle á mi amo.
«Dormia yo en la trastienda con el objeto de estar mas al cuidado: una noche me pareció oir un ruido por el interior de la casa, y me levanté sin encender luz y sin hacer ruido y me entré por las piezas.
«Conforme me iba aproximando al aposento que tenia la ventana para la casa de Don Manuel, iba siendo mas perceptible el rumor, hasta que penetrando en él ví asomada una muger á la ventana hablando con alguien que estaba por fuera; debia haber escuchado, pero la luna que penetraba en el aposento me hizo reconocer á Luisa, y la cólera y los celos me cegaron y me arrojé sobre ella.
«Luisa al verme lanzó un grito, y el hombre de fuera huyó.
—«Traidora—la dije:—¿conque así me engañabas?
«Luisa se desprendió de mí, furiosa como una leona.
—«¿Y qué derecho tienes para reconvenirme?—me dijo.—¿Eres mi amo? ¿Eres ya mi marido?
—«¡Infame! ¿Y tú no me habias dicho que me querias?
—«Te queria, pero ya no te quiero, y no quiero ser esclava: un hombre libre me ama, me va á comprar y á darme mi libertad para que yo sea suya, y tú no harás esto por mí, y tú me dejarás esclava, y mis hijos serán esclavos, y yo no quiero que mis hijos sean tambien esclavos como mis padres.
«En el fondo Luisa tenia razon.
—«¿Pero nunca me has amado, Luisa?
—«Sí, te he amado; pero me tiene cuenta amar ahora al que me da mi libertad: ¿me la puedes dar tú, seré tuya; te seguiré amando; puedes?
«Comprendí toda la fuerza de lo que me decia Luisa, y casi llorando contesté:
—«No.
—«Pues entonces si me quieres, como dices, no me quites lo que no puedes darme.
«No tuve ni que replicar: callé, y me retiré con un puñal de fuego en mi corazon.
«Era esclavo, y no podia ofrecer á esa muger que amaba mas que á mi vida, sino la esclavitud, y no podia dejar á mis hijos sino la esclavitud, y Luisa me habia hecho comprender lo espantoso de mi situacion.
«¿Qué hacer? No tenia mas remedio que perderla para siempre, y verla en brazos de otro. Entonces la tristeza mas profunda se apoderó de mi alma, y casi me enfermé.
«Luisa, á pesar de todo, me amaba; pero su corazon no era bueno.
«Un dia teniendo quizá lástima de mí, me dijo:
—«Teodoro, ¿qué esto no tendria remedio? Porque yo no puedo dejar de quererte enteramente.
—«¿Y qué remedio?—la dije—¿qué remedio hay para un esclavo?
—«Si tú fueras rico y nos pudiéramos ir muy lejos á vivir los dos solos en nuestra casita, queriéndonos mucho, cuidando á nuestros hijitos.
—«¿Pero de dónde tomaria yo ese dinero?
—«El amo es muy rico.
—«Y nada nos dará.
—«Por su voluntad ya lo creo......... pero hay otros modos.........
—«¡Luisa!
—«No, no te alarmes, piénsalo: él duerme solo, no podria resistirse. ¿Por qué él débil ha de ser nuestro amo? Con lo que él tiene, podemos ser muy felices: piénsalo.
—«No Luisa, por Dios no me tientes.
«Luisa no me contestó, pero yo en toda la noche me pude dormir: soñaba yo rios de oro y de plata, pero mezclados con sangre, y veía á mi amo muerto de una puñalada, y despues me sentia yo al lado de Luisa, que era ya mia, que no éramos esclavos; en fin, no sé cuántas cosas, pero pasé la noche mas agitada de mi vida.
«Me levanté y la luz del dia disipó aquellas visiones.
«Luisa estaba cada dia mas bella, y procuraba provocar mi pasion de cuantas maneras podia; ya descubriendo al pasar, y como por descuido, el nacimiento de su pierna torneada y bella; ya desprendiendo de sus hombros el trage como por causa de la fatiga, cuando conocia que yo la espiaba; ya cantando con pasion, de modo que pudiese oirla, coplas y endechas amorosas y provocativas.
«Al decaimiento moral de mi alma sucedió una excitacion verdaderamente peligrosa; pero que ella con una astucia infernal sabia mantener viva y darle la direccion que le convenia; jamás habia vuelto á alcanzar de ella favor de ninguna clase; olvidando la escena que yo mismo habia presenciado, le pedia de rodillas besar una de sus manos; la pasión ahogó los celos; pero era inflexible, y á todo me contestaba:
—«Yo quiero ser libre y rica: yo no me dejo besar de un cobarde.
«Una noche me agitaba inquieto en mi cama, sin poder dormir, sin olvidar un momento á Luisa, cuando sentí el roce de un vestido en la puerta y una escasa claridad alumbró la trastienda en que dormia: me senté creyendo que soñaba y me es tremecí: era Luisa, Luisa que se acercaba con un pequeño candil en la mano, media desnuda, cubierto apenas su hermosísimo seno con una manta que á cada movimiento de sus brazos caia, y que ella volvia á levantar.
«Su negro y rizado pelo se derramaba sobre sus hombros desnudos: brillaban sus ojos con un fuego desacostumbrado.
«Llegó hasta mi lecho y se sentó tomando una de mis manos.
—«Teodoro—me dijo—¿es verdad que me amas?
—«Sí,—le contesté,—te amo tanto, que estoy sintiendo cada dia que mi razon se va; que me vuelvo loco.
—«Pues entonces ¿por qué no quieres la felicidad que te ofrezco?
—«Luisa, porque es un crímen horrible lo que me propones.
—«No te parezco bastante hermosa para obtenerme por ese precio—dijo descubriéndose su seno.
«Atraje su cabeza y nuestras bocas se unieron, los labios de Luisa me abrasaron, pasé mi mano por la piel suave y aterciopelada de su pecho, sentí un vértigo, y abrazé su delgado talle.
—«Teodoro—me dijo retirándose—no seré tuya mientras no seamos libres y ricos: vírgen me encontrarás, y ésta será tu recompensa.
—«Haré lo que me mandes—contesté, comenzando á vestirme precipitadamente.
—«Así te quiero, así, Teodoro: valiente, decidido—y se acercó á mí y puso en mis labios el beso mas lascivo que pudo haber nunca inventado el amor, y el deseo de una muger de la raza negra.
«Estaba yo vestido.
—«Busca una arma—me dijo—Don José duerme, es apenas media noche; cuando amanezca estaremos muy lejos.
—«¿Y tu madre?—le pregunté decidido ya á todo.
—«Nos seguirá á nosotros, ó á Don José, me contestó. «Quedé horrorizado, y dudé.
—«¿Vacilas, amor mió?—me preguntó abrazándome, y poniendo uno de sus pies desnudos sobre uno de los míos, desnudo también.
«Al sentir aquel pié, aquellos brazos, aquel pecho que despedían fuego, volví á encenderme, besé á Luisa y busqué en la tienda una arma para consumar el crímen.
«Luisa me tomó de una mano y me condujo para el aposento de mi amo.
«Temblaba mi mano con el arma, pero aquella muger tan hermosa, tan seductora, tan provocativa, dejándome entrever tantos encantos, oprimiendo mi mano, comunicándome por allí el fuego de su diabólica exaltación, me cegaba, me enloquecia.
«Llegaba á la puerta del aposento en que dormia tranquilamente mi amo y me detuve.
—«Anda—me dijo Luisa dulcemente, levantándose sobre la punta de sus piés, apoyado su cuerpo sobre el mio para darme un beso—anda.
«Puse la mano en el prestillo, iba á abrir, cuando en la puerta de la tienda sonaron acompasadamente tres golpes vigorosamente aplicados.
«Luisa y yo quedamos inmóbiles, y sin atrevernos ni á respirar, no sé qué de pavoroso había en aquellos golpes.
«Trascurrieron así algunos instantes y los golpes volvieron á repetirse tan acompasados como la vez primera, pero aplicados con mas fuerza.
«Entonces Luisa se deslizó á su aposento y yo volví á la tienda.
—¿Quién va?—pregunté, procurando dominar la emocion que hacia vacilar mi voz embargada por la escena que acababa de tener lugar.
Anda—me dijo Luisa dulcemente, apoyando su cuerpo sobre el mio para darme un beso—anda. Pag. 92.

—Abrid á la Inquisicion, abrid al Santo Oficio—me contestó desde afuera una voz cavernosa.
«Tan grande fué mi sorpresa que dejé caer el cuchillo que llevaba aun en la mano, y que no me había acordado de poner en su lugar.
«El nombre del Santo Tribunal heló mi sangre; llegaba en el momento en que iba yo á cometer un crímen; me parecia que Dios lo enviaba para castigar mi intencion, que en el rostro iban á conocer mis pensamientos.
«Inmóbil permanecia como clavado en la tierra, cuando aquella voz repitió desde afuera:
—«Abrid á la Inquisicion, abrid al Santo Oficio.
«Volví entonces en mí, y corrí precipitadamente al cuarto de mi amo que habia ya despertado, y que encendiendo luz habia comenzado á vestirse.
—«¿Qué hay, Teodoro?—me preguntó.
—«Señor, señor, el Santo Oficio.
—«¡El Santo Oficio!—dijo dando un salto de la cama.
—«Sí, señor, sí, señor.
«Se levantó precipitadamente y tomó la luz.
«Abrimos la tienda, y un comisario de la Inquisicion seguido de ocho ó diez familiares cubiertos con sus capuchones, estaban en la calle, traian varios faroles y se habian detenido ocupados en levantar las piedras que formaban el quicio de una de las puertas. Hicieron una seña á mi amo que se detuvo mientras terminaba la operacion.
«Levantaron algunas piedras, rascaron un poco la tierra, y mi amo dió un grito de espanto: un Santo Cristo grande de bronce estaba allí enterrado, precisamente en el lugar por donde entraban los marchantes.
—«¿Don José de Abalabide?—dijo con voz solemne el comisario del Santo Oficio.
—«Yo soy—dijo temblando mi amo.
—«Dese preso á la Inquisición.
«Mi amo quedó preso entre dos familiares, y los demas se entraron á registrar la casa, llevándome en su compañía.
«En el cuarto de mi amo, en un rincon, se encontró otro Cristo de madera grande con huellas de golpes y algunas disciplinas de alambre cerca de él, todo tirado en el suelo, y el Cristo aún sucio en el rostro, como de señales de salivas.
«En lo demas de la casa, nada: yo noté con asombro que solo Clara estaba allí, y que Luisa habia desaparecido.
«Un depositario se encargó de todo en nombre de la inquisicion; se pusieron los sellos del Santo Oficio en todas las puertas y ventanas, en todos los cajones y armarios, y mi amo y Clara, y yo, fuimos conducidos presos.
«Luisa estaba en mi pensamiento, sobre toda preocupacion, y al salir, acercándome á Clara, deslizé en su oido estas palabras:
—«¿Y Luisa?
—«Nada sé—me contestó.
—«Agaché la cabeza, y seguí á los familiares que me llevaban.»
XIV. En que el negro continúa su historia.
«LLEGAMOS á las cárceles del Santo Oficio, y allí nos separaron á los tres.
«Algunos dias trascurrieron sin que se ocuparan de mí; al fin me sacaron á dar mi declaracion.
«Preguntáronme si era esclavo y cristiano—y contesté—que sí.
«Despues me interrogaron—¿si sabia que mi amo en las noches azotaba un Crucifijo y le escupia el rostro, y si sabia que en una de las puertas de la tienda habia enterrado otro Crucifijo, y á los que entraban por esa puerta, y pasando sobre él, les daba los efectos mas baratos; y mas caros á los que penetraban por la otra?
«Nada de esto sabia yo, y debieron conocer mi inocencia en mi rostro, y mis respuestas, porque me dieron libre mandando que fuese yo vendido para ayudar con mi precio los gastos del proceso de mi amo; además, como todos sus bienes estaban confiscados, era la suerte que debia caberme.
«Caminaba yo conducido por dos empleados encargados de llevarme al lugar en que debia vendérseme, cuando al atrave sar la Plaza principal vimos venir hácia nosotros dos mulas desvocadas que arrastraban una carroza: el cochero debia de haber caido, porque los animales iban solos.
«A medida que se acercaban oiamos grandes gritos, y por fin percibimos un caballero anciano y una niña que dentro de la carroza venian, y que sacando por ambos lados la cabeza imploraban auxilio, que nadie se atrevia á darles.
»No sé lo que sentí en aquel momento. Si moria por darles auxilio, me libertaba de una vida que, sin esperanzas de volver á ver á Luisa, me era insoportable: si salvaba aquellas dos vidas, Dios me lo tomaria en descargo del pensamiento de quitar la suya á mi amo, que era el punzante remordimiento de mi corazon.
«El carruaje venia muy cerca: me desprendí de los que me llevaban y me lanzé á su encuentro.
«El choque fué tan violento que perdí casi el sentido; pero me aferré instintivamente á las orejas de una de las mulas: desde muy niño he alcanzado una poderosa fuerza fisica, y en aquel momento apelé á toda la que Dios me habia concedido.
«La mula quiso desprenderse de mí, sacudió la cabeza y se detuvo conteniendo á su compañera, y luego comprendiendo tal vez que no podia luchar, se humilló y la carroza quedó parada.
El anciano bajó inmediatamente y sacó en sus brazos á la niña casi desmayada. Aquel señor y aquella niña eran Don Juan Luis de Rivera y su sobrina Doña Beatriz, mi ama y señora.
«Los curiosos se rodearon y se encargaron de las mulas.
Los empleados del Santo Oficio llegaron golpeándome con unas varas.
—¡Ladron!—me dijo uno—tú quieres robar al Santo Oficio; tú no te perteneces ni te mandas: si te han matado las mulas ó te han lastimado, ¿con qué pagas el perjuicio de lo que pueden dar por tí? ladron, pillo: toma, toma, y me golpeaban con las varas.
—«Mi sangre hirvió al verme tratado así, y quizá hubiera causado mi perdicion, atacando á aquellos hombres, pero en estos momentos llegó el dueño del carruaje.
—«Haber—dijo—¿quién es el que ha detenido á las mulas?
—«Este esclavo que pertenece al Santo Oficio, y que le llevamos para vender.
—«¿Esclavo es y va de venta? Yo le compro: ¿cuánto vale?
—«Señor, tenemos órden de darlo por mil quinientos pesos; tal vez parecerá muy caro á su señoría, pero es fuerte, sano...
—«Le tomo, le tomo, y decidme si preferís venir conmigo á mi casa, ó dejármele llevar y enviar por el dinero luego.
—«Puede su señoría llevarle, que bien conocemos á Don Juan Luis de Rivera, abonado en todo el comercio de esta Nueva España.
—«Entonces le llevo, y ocurrid por el precio, y para que se tire la escritura de venta.
«Don Juan Luis de Rivera dejó la carroza que las mulas habian roto, y tomando del brazo á la niña echó á andar, diciéndome:
—«Síguenos.
«Y caminamos hasta la casa de la calle de la Celada.
«Allí me hicieron entrar, y Don Luis me preguntó mi vida: contéle lo que habia ocurrido en la Inquisicion, sin mencionar en lo absoluto nada de Luisa, y quedé como esclavo de la casa, pero como propiedad esclusiva de mi ama Doña Beatriz.
«Desde aquel momento mi esclavitud fué solo de nombre, y la dulzura del carácter de mi ama hizo para mí tan amable el yugo, como la libertad.
«Confesé á mi ama el interes que tenia por la suerte de D. José de Abalabide, y me permitió salir á la hora que quisiese de dia ó de noche, con el objeto de averiguar el fin que tendria; y además me permitió hacer cuanto fuera de su parte para inquirirlo.
«Usando de esta libertad iba yo algunos dias, y algunas noches, á dar una vuelta por el edificio en que estaban las cárceles, creyendo en mi ignorancia que podria yo así saber alguna cosa de Don José; pero las semanas y los meses trascurrieron y yo no lograba tener ni la menor noticia.
«Una noche que habia yo ido á rondar por la Inquisicion, andaba por la orilla de la acequia de la traza que queda á la espalda del convento de Santo Domingo. Habia una escasa claridad de luna, y alcancé á ver delante de mí á pocos pasos de distancia, á una muger que caminaba con un niño en los brazos.
«Mas adelante habia un caballo muerto que devoraban muchos perros hambrientos: la muger pasó cerca de ellos, y apenas la sintieron todos ellos como rabiosos se arrojaron sobre ella. La muger espantada quiso huir, sin acordarse sin duda de la acequia, y cayó al agua desapareciendo casi en el momento.
«Yo habia precipitado mi marcha con objeto de protejerla contra los perros, y pude oir su grito de espanto al caer y ver bien el lugar en que se habia hundido. Sin vacilar me tiré á la acequia y al momento encontré á la muger, que no habia soltado al niño. ¡Era su hijo!
«La levanté en mis brazos fuera del agua, y ambos respiraron; pero nuestra situación era crítica: yo no podia salir primero que ella, y ella no se atrevia á salir porque la multitud de perros furiosos ladraban y gruñian en la orilla, é indudablemente hubieran despedazado á la madre y al hijo antes de poderles yo valer.
«Y lo mas terrible era que yo me sentia hundir en el fango que formaba la cama de la acequia, y que las fuerzas me iban faltando, mis brazos iban bajando y la muger y el niño se iban sumergiendo: yo no podia gritar porque el agua me llegaba casi hasta la boca, pero la muger comenzó á implorar socorro á grandes voces; nadie acudió, y yo me hundia; ya no podia respirar sino por la nariz, y eso haciendo un esfuerzo, y la muger estaba casi sumergida: cerré los ojos y me encomende á Dios: me zumbaron los oidos: iba á caer cuando senti que alguien se acercaba corriendo, que algunos perros ahullaban como heridos, y que los demás ladraban mas lejos: hice un esfuerzo supremo y me enderecé lo mas que pude y abrí los ojos: un hombre tendia á la muger el cabo de un chuzo. La muger lo tomó con una mano, y ayudada por mí, salió á tierra con su hijo: luego el hombre me tendió el chuzo á mí, me tomé de él y salí casi desmayado.
«La muger se habia sentado, y el recien venido le dijo.
—«¿Qué ha sido esto?
—«¡Santiago!—dijo la muger reconociéndole.
—«¡Andrea!—contestó el hombre arrodillándose á su lado:—¿qué te ha sucedido; qué es de nuestro hijo?
—«Aquí está bueno el pobrecito.
—«Pero, ¿cómo ha sido esto?
—«Buscándote venia cuando esos perros me espantaron y caí en la acequia con mi hijo; y nos hubiéramos ahogado, si este señor no nos salva.
—«Señor, con qué os pagaré tanto—me dijo aquel hombre tendiéndome la mano.
—«No soy señor—le contesté—soy un esclavo de mi ama Doña Beatriz de Rivera.
—«Pues aunque seas esclavo—me dijo—sin tí, mi hijo y mi muger hubieran muerto esta noche: calcula cuánto será mi agradecimiento.
—«Y si vos no llegais tan á tiempo, hasta yo sucumbo.
—«Esperaba á Andrea, oí gritos pidiendo socorro, creí que fuera un pleito, tomé mi chuzo y eché á correr; pero no te habia yo conocido, hija mia.
—«Ni yo á tí—dijo la muger.
—«Pues vámonos para casa, te cambiarás ropa, y le daremos un trago á este amigo, que bien lo necesita, y lo merece.
«Nos dirigimos á su casa que estaba cerca y entramos á ella; la muger se fué á mudar ropa, y yo, tomando un trago de vino, me despedí prometiendo volver á visitarlos.
«Frecuenté la casa de Santiago y de Andrea, y Dios premió el beneficio que yo les habia hecho. Santiago era uno de los familiares de mas confianza en el Santo Oficio, y habia llegado á quererme como á un hermano: yo por mi parte, comprendiendo de cuánto podia valerme su amistad, comuniqué todo lo ocurrido á mi ama Doña Beatriz, que me daba de cuando en cuando algunos regalitos para Andrea, y le ofreció por mi conducto llevar á la pila bautismal al primer hijo que tuvieran. Con todo esto era yo tan apreciable en la casa de Santiago, como si no fuera yo un esclavo.
«Un dia me atreví á preguntarle por mi amo.
—«Si no fuese prohibido el decírmelo—le pregunté—podríais darme razon de un mi amo que fué, español, y llamádose Don José de Abalabide, ¿vive, ó es muerto?
—«Aunque no debia yo dar noticias—me contestó—á tí nada te niego: ese Abalabide vive y está en una de las cárceles secretas, hereje relapso, ha sufrido el tormento ordinario y hasta el estraordinario, y nunca ha querido confesar.
—«¡Pobrecito! quizá será inocente.
—¿Inocente? y nosotros hemos encontrado un Cristo enterrado en la puerta de su casa, y otro azotado y escupido en su aposento; y además denuncia formal de un comerciante honrado, y cristiano viejo, vecino suyo.
—«Quién sabe: el Tribunal sabrá lo que dispone: por mí, lo queria bien, y algo diera por verlo aunque fuera un rato.
—¿Tendrias mucho gusto?
—«Sería mi mayor felicidad.
«Santiago pareció reflexionar, y tuve un rayo de esperanza; comprendia yo que á D. José lo queria como á mi padre.
—«Si me ofrecieras un eterno silencio, quizá yo te proporcionaria el verle.
—«¡Ojála!—le dije conmovido.
—«Bien......... hoy nó......... mañana sí; mañana ven aquí á las ocho en punto.
—«Y podré.........
—«Es algo espuesto; pero probaremos... sobre todo—y puso su mano sobre la boca para indicarme una reserva profunda.
—«Os lo juro.
—«Bueno: mañana á las ocho.
«Puntual estuve á la cita al dia siguiente. Santiago estaba solo en su casa: ni Andrea, ni nadie habia allí. Apenas me vió entrar, me dijo:
—«¿Estás resuelto?
—«Sí.
—«He despachado fuera de casa á mi muger para que nadie se entere de nada: vístete esto.
«Y me entregó un gran saco de sayal con su capuchon.
—«Un compañero que debia ir conmigo esta noche—me dijo Santiago—está enfermo; tú vas en su lugar: encomiéndate á Dios para que nos saque con bien.
«Vestí el saco de sayal y me calé el capuchon que me cubria la cara y la cabeza; las mangas del saco eran tan largas, que ocultaban mis manos.
—«No saques las manos—me dijo—y te desconoscan por ellas.
—«No señor.
—«Ahora, no mas me sigues y callas.
«Santiago cerró su casa, y siguiéndole yo llegamos á la puerta de las cárceles del Santo Oficio.
«Al penetrar debajo de aquellas bóvedas macizas; de aquellos inmensos corredores, tan opacamente iluminados, sentí frio, terror. Muy pocos rostros encontraba descubiertos, á no ser los de algunos presos cuando atravesábamos por los calabozos; pero estos presos eran los distinguidos, los que tenian derecho á ciertas consideraciones.
«Despues de haber caminado bastante, Santiago me dijo al oido:
—«Vamos á ver si penetramos á las cárceles secretas,—y me guió á un aposento en donde estaba un viejo sentado en un sillon de vaqueta y leyendo el Oficio Divino.
—«¿Me toca el registro?—dijo Santiago presentándosele.
—«¿Quién eres?
—«Santiago y su acompañante.
Y Santiago se descubrió el rostro.
—«Toma, le dijo el viejo, dándole un gran manojo de llaves.
«Las tomó, encendió los faroles que estaban en el cuarto, me dió uno y una lanza corta pero aguda y fuerte.
«Descendimos por una escalera á unos espaciosos subterráneos, y Santiago abria y cerraba luego grandes puertas de madera, cubiertas de planchas y barras de hierro, inmensas rejas, cadenas que impedian el paso, y con gran admiracion mia, encontramos carceleros encerrados en los corredores, que no podian salir de allí para tenerlos mas seguros cerca de los presos.
«Comenzamos á registrar los calabozos: casi todos eran unas especies de cuevas labradas en la tierra y revestidas de piedra; todos los reos estaban atados de una gruesa cadena que pendia de la pared ó de un poste; casi todos tenian grillos y esposas, sin cama, sin una silla, desnudos casi, pálidos, con los cabellos y la barba largos y enmarañados; aquellos calabozos tenian un hedor insoportable; allí ví jóvenes, ancianos, hombres y mugeres.
«En uno de aquellos sótanos habia un reo á quien yo no conocí. Santiago me tocó el brazo y me dijo:
—«Este es.
—«Imposible—le contesté.
—«Háblale.
«El hombre no nos habia mirado siquiera: ya habia yo observado que ninguno de los que habiamos visitado se quejaba, casi todos habian caido en un estado de idiotismo y parecian mentecatos.
—«Háblale—me dijo Santiago—yo te esperaré en la puerta, pero no tardes mucho—y salió dejándome solo con el preso.
—«Don José—dije—Don José.
«El hombre levantó la cabeza, y sus ojos brillaron.
—«¿Quién es?—dijo—esa voz la conozco.
—«Yo soy,—contesté arrodillándome á su lado—yo soy, Teodoro el esclavo que ha logrado penetrar aquí solo por hablar á su amo.
«Alcé mi capuchón y Don José me reconoció.
«El pobre viejo se puso á llorar como un niño, quiso pararse y no pudo, lo habian baldado en el tormento; quiso abrazarme y le fué imposible, tenia esposas. Yo le abracé, y él entonces comenzó á besarme, mojando mi rostro con su llanto.
—«Hijo mio, hijo mio,—me decia trémulo y agitado, y no recordaba que yo era su esclavo, y que yo era un negro; nada, nada, no mas que era el primer corazón que se interesaba en su desgracia.
«Así pasó un rato, él llorando y yo acariciándolo; y aunque me dé vergüenza decirlo, llorando tambien.
—«Ya me voy, ya me voy—le dije.
—«Tan pronto.
—«No es posible mas, consideradme.
—«Tienes razon; pero oyeme una palabra, en el pozo de la casa en que viviamos, dejé escondidas mis riquezas, sácalas, compra tu libertad y vive feliz; si llego á salir, te buscaré, y tú me mantendrás, si no, encomiéndame á Nuestro Señor.
—«Adiós, mi amo.
—«Adiós—ah, otra palabra, soy inocente. Don Manuel, nuestro vecino, me ha calumniado por envidia, él enterró al Cristo en la puerta de la tienda.
—«¿Y el que estaba adentro?
—«Luisa, comprada por él, lo introdujo allí.
—«¡Qué horror! ¿será cierto?
—«El que se halla ya casi en el sepulcro te lo jura.
—«Vamos—dijo Santiago desde afuera.
—«Sí—le contesté.
«Besé la frente del viejo, y salí con el corazon traspasado de dolor, por sus sufrimientos y por la revelacion que me habia hecho. Yo conocia á Luisa y la creia capaz de todo.
«Salimos sin novedad de la Inquisicion, y hasta que no me ví libre del saco y del capuchon, no respiré con libertad.
«Casi á la madrugada volví á la casa de mi ama.»
XV. Se ve el fin de la historia de Teodoro.
«A PESAR del tiempo que habia trascurrido, la casa de mi amo permanecia sin haberse vendido, cerrada, y selladas sus puertas con las armas del Santo Oficio, al cual ya pertenecia.
«Entrar á la casa y sacar el dinero que habia dejado allí mi amo, y que yo consideraba mio, era para mí cosa sumamente fácil.
«Empecé á rondar por las inmediaciones, y una noche en que todo estaba tranquilo, me introduje por una vieja tapia y me dirigí al interior.
«Se me oprimia el corazon al recuerdo de los dias que habia yo pasado allí, me parecia sentir aun el aliento y la voz de Luisa, me estremecia pensando en ella, y en mi pobre amo á quien habia vuelto á ver en un estado tan deplorable.
«Sin saber por qué, sentí un deseo irresistible de volver á entrar á la casa que habia yo dejado de una manera tan inesperada. Llegué á la cocina que era la primera pieza, entré resueltamente en ella, y al llegar á la siguiente habitacion, sentí helarse de pavor mi corazon, oí ruido en el interior y distinguí una luz, y luego cruzar algunas sombras negras y silenciosas.
«Quise gritar, quise huir, pero era imposible, aquellas apariciones en una casa por tanto tiempo desierta, aquella luz, todo aquello tan sobre natural, me embargó de manera, que no fuí dueño de mí mismo, y sin querer, y como impulsado, avancé algunos pasos vacilando y próximo á caer.
«Repentinamente sentí una mano que se aferraba en mi cuello, y luego unos brazos desnudos y llenos de grasa que me enlazaban, y me sentí empujado silenciosamente hácia el lugar en que estaba la luz, que era la pieza en que mi amo dormia, y la mas apartada de la casa.
«El temor y la sorpresa no me permitian oponer la menor resistencia: creia yo estar entregado á séres sobrenaturales. Los que me conducian, me abandonaron en medio del aposento; entonces miré á mi derredor en las viejas sillas de mi amo, que estaban sentados como diez negros, en los que yo reconocí esclavos de las principales casas de México, y de pié otros veinte; todos estaban enteramente desnudos, sin mas que un pequeñísimo taparabo: todos tenian el pelo cortado hasta la raiz y estaban ungidos desde la cabeza hasta los piés con grasa, pero con tal abundancia, que sus cuerpos negros brillaban como si fueran de azabache.
«En la pieza habia algunas luces, de manera que todo esto lo pude percibir perfectamente.
—«Aquí está éste—dijeron los que me llevaban.
—«¿Quién eres, y qué hacias aquí?—me dijo el que parecia mandar á los otros, y que yo conocí por ser esclavo de la casa de Don Leonel de Cervantes.
—«Habíame quedado callado.
—«Responde—dijo imperiosamente: conocí que lo mejor seria decir la verdad, porque aquellos además de ser como yo, negros y esclavos, parecian no tener que ver con la justicia, sino para ser perseguidos por ella.
—«Soy Teodoro—les contesté—de la casa de Doña Beatriz de Rivera, esta casa fué de mi amo, y esta noche venia á buscar algo que habia ocultado antes de salir.
«Mi respuesta pareció no satisfacer mucho al gefe, porque con un acento despótico y alzado, dijo:
—«Trasas tiene este mas de espía que de otra cosa; nuestra posicion, y el fin que nos proponemos, la libertad de nuestros hermanos, exigen todo sacrificio y todo cuidado: por sí ó por no, que muera éste.
—«Que muera—dijeron unos.
«Ver mi muerte segura, y ser deshonrado como espía delante de mis hermanos, eran dos cosas en verdad muy terribles.
«Entonces una idea me alumbró y quise esponerlo todo.
—«Hermanos,—dije—tratais de nuestra libertad, y nadie tiene tanto derecho como yo, de mandar en el consejo, y así me llamais espía, llevo sangre real pura, y nadie la lleva como yo; que respondan los ancianos y los nobles de entre vosotros, soy un príncipe.
«Entre nosotros, á pesar de vivir en la esclavitud, se conservan la nobleza y las dinastías reales: uno de nosotros arrancado de su patria, será respetado y obedecido de todos los negros de su tribu, ó de su nacion, en donde quiera que se dé á reconocer.
«Tres ancianos, nobles reconocidos, que habia en el consejo, salieron hasta cerca de mí y me examinaron.
«Los demas estaban como esperando su resolucion.
«Los ancianos se inclinaron delante de mí, y dijeron á los otros:
—«Príncipe es y el mas noble de los nobles de nuestra raza, si quiere mandar y tiene valor y fuerza, le obedeceremos.
—«Que mande, que mande,—dijeron todos con el entusiasmo de la novedad.
«Francisco, aquel que me habia hablado y á quien venia yo á sustituir en caso de tomar parte en aquello, que yo comprendia como una conspiracion, quiso oponerse.
—«Serás—dijo—mas noble; pero no mas fuerte para mandar.
«Estaba yo ya orgulloso de mi posesion, y seguro de mi fuerza, y le contesté:
—«Soy fuerte diez veces como tú.
—«Probémoslo—dijo—echándome los brazos al cuello.
—«Sí,—le contesté, y quise asirlo.—Mis manos se deslizaron en su cuerpo, estaba completamente untado de sebo, y no era posible asegurarlo de ninguna parte.
«El objeto de esto, de cortarse á raíz el pelo, y de no llevar vestidos, era porque así se escurririan mas fácilmente de las manos de la ronda, que solo muertos ó heridos podria hacerlos presos.
«Él me apretaba, y casi estaba para derribarme, cuando logré asirle una mano por el puño, y antes que hiciese impulso para retirarla le apreté con todas mis fuerzas.
«Lanzó un grito y se arrodilló: le habia fracturado el hueso.
«Entonces nadie dudó obedecerme, y luego, inmediatamente, pedí esplicaciones sobre el objeto de la conspiracion, y los elementos con que se contaba.
«El objeto era una sublevacion para conseguir nuestra libertad: los elementos un gran número de afiliados entre los negros mansos, como nos dicen á nosotros los esclavos, entre los bozales que viven alzados, y entre los mulatos; solo faltaba dinero para comprar armas. Comenzaba la cuaresma y se habia señalado la Semana Santa para dar el golpe.
«Yo les ofrecí buscar el dinero y dárselos.
«La noche estaba muy avanzada, y nos retiramos.
«Me enseñaron entonces un subterráneo que daba entrada á la casa, y que iba á salir á otra ruinosa y abandonada por cerca de los antiguos fuertes de Joloc, fuera de la traza, por el lado de Coyohuacan.
«Aquella comunicacion me admiró, porque la ciudad está casi toda construida sobre el agua, y sin embargo son aquí de lo mas comunes las vías subterráneas.
«Supe que en la desierta casa de Abalabide no habia reuniones, sino una ó dos veces cuando mas en la semana, y determiné aprovechar el conocimiento del subterráneo para seguir en mis pesquisas, y tenerlo como una retirada segura en caso de peligro.
«A las dos ó tres noches volví á entrar por las tapias, y despues que me cercioré de que estaba solo dí á buscar el pozo; con poco trabajo lo encontré: estaba casi cegado con escombros y basuras: comencé á trabajar en limpiarlo, y poco á poco, en cosa de seis noches, logré llegar al fondo. Encontré allí cajoncitos y baules pequeños, pero en gran cantidad; y sin llamar la atencion trasladé todo aquello al cuarto que mi ama me habia destinado en su casa.
«Mi primer cuidado fué ocultarlo para que nadie entrase en sospechas, mientras veía dónde los dejaba definitivamente, ó qué hacia con todo aquello.
«La conspiracion entre tanto seguia fermentando cada dia mas; y yo, á pesar de que ellos me habian reconocido como digno de ser gefe, concurria muy poco á sus juntas.
«Los datos que habia yo llegado á obtener eran estos. Aquella conspiracion habia sido promovida por una muger de la raza negra, casada con un español de bastantes proporciones, y cuyo nombre no conocian todos; pero que era la accion viva de todos los conjurados, sin descubrirse, guardando siempre un riguroso incógnito y entendiéndose con ellos por medio de cuatro esclavas jóvenes que tenia, y las cuales tenian sus amantes entre los principales de la conjuracion.
«Tuve, como era natural, necesidad de hablar con esas cuatro mugeres, y les pregunté quién era la que las enviaba.
—«Pediremos permiso para decírtelo—contestaron.
—«¿A quién?
—«A mi señora.
«Al otro dia volvieron.
—«Nos lo ha prohibido—me dijeron.
«Y hubo necesidad de conformarse.
«Todo estaba ya dispuesto para dar el golpe, aunque no nos habiamos podido proveer de armas en número suficiente, pero en la ciudad no habia mas tropa que la pequeña guardia de alabarderos del virey.
«Todo marchaba bien, y hubo un incidente que nos hizo concebir lo fácil de nuestro intento.
«Sin saber cómo ni por quién, comenzó á difundirse en la ciudad una alarma sorda, y á zuzurrarse que nosotros tramábamos algo, y que de un dia á otro los bozales vendrian en nuestro auxilio: una noche entró por una de las garitas una piara de puercos que traian para las matanzas; los animales gruñian y chillaban, el vecindario pensó que era la algazara de los bozales, y todo el mundo lleno de terror se encerró, y hasta muy entrado el dia siguiente no se atrevieron á salir los vecinos á desengañarse.
«Era el año de 1612. El Arzobispo Guerra, virey de Nueva España, habia caido al subir á su coche, y habia muerto á resultas del golpe: la Audiencia gobernaba, y el momento era oportuno para dar el grito; aunque mucho se murmuraba en la ciudad, eran voces sueltas sin que nada se hubiese descubierto.
«Pero de repente la alarma se hizo mas notable, y el Mártes Santo en la tarde se dió la órden por la Audiencia gobernadora de suspender todas las ceremonias del Juéves Santo.
«Vivia aún mi amo Don Juan Luis de Rivera, y el Mártes Santo en la noche quiso pasar al palacio á ver al Oidor decano para ponerse de acuerdo con él, respecto á ciertas medidas que habia que tomar.
«Mi ama Doña Beatriz se resistia á que saliera, y al fin condescendió con la condicion de que yo, que era para ella el de mas confianza, lo acompañara; consintió mi amo, y nos dirigimos á palacio.
«Como Don Juan Luis de Rivera era persona de tan alta importancia, llegó sin dificultad hasta la cámara en que habitaba el señor Otalora, que era el Oidor decano, y yo quedé en una de las antesalas esperándolo.
«Hacia media hora que allí estaba, cuando llegó un hombre lujosamente vestido, y dirigiéndose á uno de los criados, le dijo en voz alta:
—«Hacedme favor de pasar recado al señor Oidor, que Don Cárlos de Arellano, alcalde mayor de Xochimilco, desea hablarle para un negocio muy urgente del servicio de Su Magestad.
«El criado entró el recado y el hombre quedó esperando, y paseándose con grandes muestras de impaciencia.
«Poco despues salió el Oidor, habló cortesmente á Don Cárlos, y lo llevó á un aposento inmediato.
«Conversaron allí largo rato y luego salió demudado el Oidor: se despidió de Arellano y volvió á meterse á su cámara.
«Desde este momento comenzaron en el palacio un movimiento y una agitacion estrañas: entraban y salian gentes de justicia, y alabarderos, y personas principales llamadas por el Oidor á palacio; yo comencé á entrar en sospechas.
«Aquella noche habia junta en la casa desierta de Don José, y yo por acompañar á mi amo no habia podido asistir.
«Casi á media noche se retiró mi amo de palacio, y me causó estrañeza encontrar las calles llenas de patrullas de vecinos armados, que hacian la ronda con los alcaldes y corregidores.
«Doña Beatriz esperaba á su tio con gran cuidado, habia sentido tambien el rumor y estaba pesarosa de su tardanza.
—«Cuánto cuidado—le dijo saliendo al encuentro—he tenido por vos.
«Ya lo suponia yo, hija mia—pero no era posible otra cosa; todo se ha descubierto esta noche.
—«¿Y cómo?
—«Ahora te contaré; retírate Teodoro.
«Yo me retiré, y mi ama y su tio se encerraron en su aposento. Como todos dormian ya en la casa, pude sin temor acercarme á la puerta cerrada y percibir la conversacion, porque adentro hablaban alto.
—«Esto ha sido providencial—decia Don Juan Luis de Rivera.—¡Por estraños caminos dispone la Providencia cumplir sus designios!
—«¿Pero cómo ha estado eso?—preguntaba mi ama.
—«Figúrate, hija mia, que el alcalde mayor de Xochimilco, Don Cárlos de Arellano, tiene en México una dama, que Dios se lo perdone, es una muger casada: esta señora tiene cuatro esclavas jóvenes, y hoy en la noche queriendo salir á la reja para hablar con Don Cárlos, notó que las esclavas habian salido, se alarmó, y logró averiguar que las cuatro salian á la reunion que tienen los negros para tratar de alzarse con el reino; y supo mas, que estas juntas se tenian en la casa abandonada de Don José de Abalabide, preso en la Inquisicion; que esta casa tenia entrada por un subterráneo por una casa del rumbo de Coyohuacan; que esta noche estaban juntos, y que mañana al amanecer debian dar el golpe. La dama, con una caridad y un celo verdaderamente cristianos, en vez de departir de amores con Don Cárlos, contóle de lo que averiguado habia, y le envió al Oidor decano para que le diese parte, autorizándolo, para dar mejor testimonio, á referir sus amorosas relaciones, consintiendo en perder su fama con tal de salvar los intereses de Su Magestad.
«Yo habia escuchado hasta el fin esta relacion, y no necesité mas para comprender que todo estaba perdido, y que quien habia hecho la denuncia era la dama de Don Cárlos de Arellano, y que ésta debia ser sin duda el ama de las cuatro esclavas con quienes yo habia tratado, y que habia sido la que aquella conspiracion habia inventado; solo ella estaba en aquellos secretos, y solo ella podia conocer el lugar y la hora de la reunion: además, la circunstancia de ser cuatro sus esclavas, y ser éstas las mismas mugeres que estaban en el secreto, me hacia tener mas seguridad en mis conjeturas.
«Aquella era la traicion mas horrible que se podia imaginar; promover una conspiracion, animarla, exaltar los ánimos, y despues denunciar á los comprometidos, era infame, inícuo.
«Bajo tan penosas impresiones me retiré á mi aposento sin saber qué hacer de mí; huir, era declararme yo mismo culpable; esperar, era esperar la muerte; aquella muger sabia por sus esclavas que yo estaba en el complot, y podia perderme; una víbora semejante, era capaz de todo. En fin, despues de reflexionar mucho, pensé que lo mejor era quedarme y confiárselo todo á mi ama Doña Beatriz.
«Pasaron los dias santos, las prisiones seguian y yo no me atrevia á salir á la calle.
«En la Pascua Florida la Audiencia ordenó la ejecución de los reos que habian sido presos en la Semana Santa, y la mayor parte de los amos dispusieron que sus esclavos fuesen á presenciar la ejecucion para que les sirviese de escarmiento.
«El dia fijado fuí yo tambien entre la servidumbre de la casa de Rivera á la Plaza Mayor, adonde debia tener lugar la ejecucion de la sentencia.
«Aquel ha sido el dia mas espantoso de mi vida; aun me parece que lo veo.
«La Plaza Mayor y las calles vecinas eran verdaderamente un mar de gente que se apiñaba por presenciar un espectáculo tan horrible.
«En el frente de palacio se elevaban dos horcas. El concurso inmenso se agitó, se levantó un rumor sordo, y los ajusticiados aparecieron saliendo de la cárcel, que estaba al costado de palacio. Eran veintinueve hombres y cuatro mugeres; las cuatro esclavas que yo habia conocido. Las cuatro eran jóvenes y eran las que debian morir primero: se les habia concedido esto como gracia para evitarles el martirio de ver ajusticiar á los hombres.
«Aquellas infelices, mas muertas que vivas, caminaban, ó mas bien se arastraban al patíbulo, sostenidas por dos hombres que las llevaban de los brazos: al lado de cada una de ellas venian dos sacerdotes exhortándolas en voz alta, á grandes gritos, encomendándolas á Dios: llevaba cada una en la mano un Crucifijo, que apenas tenia fuerzas para llevar á la boca.
«Estoy seguro de que no habia una sola persona en aquel inmenso concurso que no se sintiese horriblemente conmovida: llegaron las dos primeras á la horca y las subieron los verdugos: les ataron los lazos corredizos en el cuello y se apartaron las escaleras que les servian de apoyo; los cuerpos quedaron suspendidos en el aire, agitando convulsivamente las piernas, y dos verdugos enmascarados, con una agilidad verdaderamente infernal, subieron á caballo sobre los hombros de las víctimas, y mientras que con ambas manos les tapaban la boca y las narices, con los piés les aplicaban furiosos golpes sobre el pecho y sobre el estómago.
«Poco á poco fueron quedando inmóbiles aquellos cuerpos, hasta que puesta otra vez la escalera los verdugos descendieron y se descolgaron aquellos dos primeros cadáveres.
«Siguieron las otras dos mugeres. Una subió resignada; pero la otra en el momento de pisar el primer escalon se rebeló.
—«No quiero morir—gritaba la infeliz—por Dios, señores, que me perdonen; no quiero, no quiero; por Dios, por su Madre Santísima, que me perdonen.........
«Y luchaba, y se debatia; los verdugos no podian hacerla subir: otros vinieron en su auxilio, pero aquella muger, la mas jóven de todas, tenia en esos momentos una fuerza terrible: habia logrado desatar sus manos y golpeaba y arañaba; pero á pesar de todo subia, subia arrastrada por los verdugos. Al colocarle el lazo fué necesario emprender otra nueva lucha: estaba casi enteramente desnuda, porque toda su ropa habia caido hecha pedazos: mordia, escupia, gritaba. Aquello era un espectáculo que hacia erizar los cabellos.
«Le colocaron el lazo, se retiró la escalera y quedó en el aire: el verdugo subió sobre sus hombros y quiso taparle la boca; pero ella tenia las manos libres y apartó violentamente las del verdugo: el hombre perdió el equilibrio, quiso sostenerse y cayó á tierra arrancando el último pedazo de lienzo que cubria á la infeliz, que quedó completamente desnuda á la vista del inmenso concurso; pero la escena no dejaba á nadie pensar en esto, á pesar de que aquella muger tendria á lo mas diez y ocho años. Lo que estaba pasando era espantoso: habia logrado meter las manos entre el lazo que rodeaba su cuello, y así se sostenia abriendo con espanto los ojos, é implorando gracia con una voz sofocada.
—«Gracia, gracia, por Dios, por Dios—gritaba, haciendo inmensos esfuerzos para sostenerse en las manos.
«Uno de los verdugos brincó y se abrazó de sus piés; pero como estaban desnudos y ella hacia esfuerzos para desprenderse de él, el hombre se soltó, llegó otro y se aferró con todas sus fuerzas; entonces comenzó para la infeliz muchacha una agonía imposible de describir: como sus manos impedian correr bien el lazo, el nudo no apretaba pronto, y la muerte llegaba, pero lenta, dolorosa: la jóven no gritaba, pero producia una especie de ronquido: no podia mover las piernas porque un hombre estaba suspendido de ella; ni las manos, porque las tenia aprisionadas en el cuello; pero su seno se agitaba rápidamente. No pude soportar aquello: cerré los ojos, y me cubrí la cara con las manos.
«La infeliz, debió hacer algo espantosamente ridículo en medio de las ansias de la agonía, porque sentí un murmullo de horror entre la multitud, y al mismo tiempo unas alegres carcajadas: volví el rostro espantado buscando al autor de aquella profanacion impía, y en una carroza que estaba cerca de mí descubrí tres personas que reían burlándose de la esclava infeliz: eran Don Manuel de la Sosa, (el antiguo vecino de D. José de Abalabide), el hombre que habia ido á denunciar la conspiracion, y que, segun entendí, se llamaba Don Cárlos de Arellano, y Luisa, Luisa la mulata, la esclava de Don José; la muger que me habia inspirado una pasion tan vehemente.
«Los tres estaban ricamente vestidos; terciopelo, sedas, oro, plumas, joyas; aquella carroza parecia de unos príncipes.
«Don Carlos estaba al lado de Luisa, y al frente de ellos D. Manuel.
«Infinitas sospechas se alzaron en mi alma; casi lo comprendí todo; pero quise cerciorarme acercándome al carruaje, sin que ellos, ó al menos Luisa, me conocieran, y alcanzar algunas palabras de su conversacion.
«Descolgaban en estos momentos los cadáveres de las dos esclavas.
—«Eran dos muchachas muy serviciales—decia Luisa.
—«Pero yo respondo de que la Real Hacienda os indemnizará la pérdida, no solo de éstas dos, sino de las cuatro, en recompensa del servicio que habeis hecho á la ciudad—contestó Arellano.
—«Así se lo habia yo dicho á mi esposo, agregó Luisa.
—«Y tal lo creo—dijo entonces Don Manuel, que bien merece el beneficio que á costa de nuestros propios intereses hemos hecho, el que Su Magestad se acuerde de nosotros.
«La multitud volvió á alzar un murmullo que me impidió continuar escuchando: era que comenzaba la ejecucion de los hombres.
«Yo no necesitaba saber mas, y todo estaba claro para mí: el hombre libre que habia hecho libre á Luisa, era Don Manuel: él, sin duda, por envidia era el que habia enterrado el Cristo en la puerta de la tienda de Don José, y lo habia denunciado despues al Santo Oficio para perderlo, y Luisa habia sido su cómplice, y seguramente ella era la que habia introducido furtivamente el otro Cristo al cuarto de mi amo, y ella sabia que aquella noche terrible debian llegar los familiares á la casa de mi amo, y me precipitaba á cometer el delito para librarse tambien de mí, y su fuga estaba ya preparada..........
«Porque era seguro, era Luisa la muger casada que estaba en relaciones con Arellano, y que habia denunciado la conspiracion despues de exaltarla.
«Aquella muger era un demonio, con un rostro tan hechicero y una alma tan infernal.
«Las ejecuciones terminaron: los cadáveres fueron decapitados, y treinta y tres cabezas se clavaron en escarpias en medio de la Plaza.—En la noche de ese dia tenia yo fiebre.
«Un mes estuve luchando entre la vida y la muerte: mi ama nada omitió para salvarme, y gracias á eso la enfermedad cedió.
«Entre las esclavas encargadas por mi ama Doña Beatriz de asistirme, habia una jóven que se llamaba Servia, y que fué la que con mas constancia se dedicó á mi curacion.
«Cuando estuve sano, el recuerdo de Luisa que me venia como un remordimiento, cedió ante el amor puro que concebí por Servia; la jóven inocente me amo tambien.
«Pero yo no podia dejar de ser una amenaza para Luisa, y ella debió comprenderlo, porque apenas estuve sano fui preso de órden de la Audiencia, y conducido á las cárceles de palacio.
«Mi sentencia no era dudosa, y recibí la noticia de prepararme á morir como cristiano.
«Servia desolada se arrojó á los piés de mi ama Dª Beatriz, y le declaró nuestro amor, y mi ama se compadeció de nosotros.
«El dia de mi ejecucion estaba señalado, yo no conservaba ya esperanza ninguna, ¿quién se habia de interesar por este pobre esclavo?
«Pocos dias antes habia tomado posesion del vireinato, segun supe despues, el señor Marqués de Guadalcazar, que vino con su esposa y sus niñas; la fama de virtud y de hermosura de mi ama Doña Beatriz, cautivó á la vireina, que hizo llamar á mi amo Don Juan Luis de Rivera, para conseguir de él que mi ama entrase en palacio en calidad de dama de honor.
«Don Juan Luis llegó á la casa contentísimo con aquel honor, pero temeroso de que Doña Beatriz se rehusase, y acertó á llegar en el momento en que Servia de rodillas le pedia que implorase por mi vida.
«Doña Beatriz escuchó la noticia que le llevaba su tio encareciéndole el empeño de los vireyes; y como alumbrada por un rayo de caridad, se hizo ataviar ricamente y conducir á la presencia de la vireina.
«Mi ama tan bella y tan soberbiamente prendida, fué recibida en palacio con regocijo; pero apenas vió á los vireyes, se arrojó á sus piés.
«En vano la instaron á levantarse.
—«Señora,—dijo dirigiéndose á la vireina—si tanto honor me haceis escogiéndome entre vuestras damas, hacedme una gracia y servicio distinguido.
—«¿Qué podeis pedir, Doña Beatriz,—contestó la vireina—que estando en mi mano os lo niegue?
—«Señora, interponed vuestro amor y respetos con Su Excelencia, para obtener el indulto de un condenado á muerte, de mi esclavo Teodoro.
—«Y por salvar á un esclavo tomais tanta pena?
—«Señora, le debo mi vida y la de mi tio, que salvó poniendo en riesgo su existencia; aunque era un esclavo, entonces no lo era nuestro, y siempre le debo gratitud.
—«Pero segun sé, Doña Beatriz,—dijo el virey que habia permanecido en silencio—ese esclavo es culpable.
—«Por eso mismo pido el indulto á Su Excelencia, porque el indulto es el perdon, y el perdon se hizo para los criminales y no para los inocentes.
—«Teneis razon de sobra,—dijo el virey—alzad, que yo os lo prometo.
«Cuatro dias despues estaba yo fuera de la prision, mi ama dió su libertad á Servia y me la entregó por esposa, yo no quise nunca mi libertad, referí mi historia toda á mi ama, sin tener para ella secreto, y sigo y seguiré siendo siempre el mas humilde de sus esclavos.
«Ahora su señoría verá cómo tenia razon en decirle que debo á Doña Beatriz, mi vida y mi felicidad.
XVI. De lo que se decia en la ciudad de la muger de Don Manuel de la Sosa, y de lo que pasaba en la casa de éste.
DOÑA Luisa, la muger del comerciante Don Manuel de la Sosa, era sin disputa una de las mas bellas y elegantes damas de la ciudad.
Nadie habia conocido á sus padres, y de la noche á la mañana, como decia el vulgo, Don Manuel apareció casado con ella, celebrando con gran suntuosidad sus bodas. El marido contaba á sus amigos que Luisa era española, y que al llegar á Veracruz la enfermedad le habia arrebatado en una semana á sus padres, grandes amigos de Don Manuel; que ella le habia escrito, él la habia mandado traer para que no quedase abandonada, y que luego mirándola tan bella y tan buena, la habia hecho su esposa: Luisa además, era al decir de Don Manuel, perteneciente á una familia noble de Estremadura.
Aunque todo esto tenia mucho aire de novela, el público lo creyó, por lo mismo que el público es mas afecto á creer lo maravilloso que lo natural, y además, porque á los ricos se les cree muy fácilmente lo que dicen, y Don Manuel si no lo era, pasaba la plaza de tal.
Vivieron así algunos años sin tener hijos, y Luisa ostententando un lujo asiático. Apenas los ricos cargamentos que llegaban por Acapulco en la nao de China se anunciaban en México, Luisa se apresuraba á comprar.
Soberbios pañuelones bordados, telas finísimas de nipis, tibores y jarrones fantásticos, vajillas de porcelana, adornos y juguetes de plata y de marfil; todo lo mas valioso y lo mas escogido iba con seguridad á parar á la casa de Don Manuel de la Sosa.
Los comerciantes hacian entre sí el balance de los capitales de Sosa, que ellos poco mas ó menos conocian, y aquellos capitales no alcanzaban para el lujo de su muger, pero ella pagaba cada dia mejor, y en atencion á esto, los comerciantes acababan por convencerse de que no es bueno formar juicios temerarios.
El pueblo, menos escrupuloso, comenzaba á murmurar de la honestidad de las relaciones de Luisa con Don Cárlos de Arellano, á quien todos llamaban el mariscal, y con el rico propietario Don Pedro de Mejía.
En este estado iban las cosas en el punto en que volvemos á tomar el hilo de nuestra historia.
En una soberbia cámara, Luisa sentada en un sitial cerca de una ventana, dirigia de cuando en cuando indolentes miradas á la calle. Esperaba, pero sin empeño, sin deseo, sin impaciencia.
Serian las once de la mañana, y un lacayo anunció al señor Don Pedro de Mejía.
—Que pase luego—dijo Luisa, procurando tomar inmediatamente un aire lánguido y triste.
Don Pedro entró en la cámara, y puso sobre un sitial su sombrero adornado con una pluma blanca prendida con una deslumbradora joya de diamantes.
Don Pedro estaba muy lejos de ser un hombre simpático y bien formado, su estatura menos que regular, su barba fuerte y espesa, sus cejas juntas, su mirada torba y sus espaldas anchas y levantadas, le daban el aspecto de un hombre de la clase mas baja del pueblo, parecia mas bien un verdugo que un caballero.
Vestia siempre con ostentacion repugnante, cargado de cadenas y de joyas.
—Querida Luisa—dijo sentándose al lado de ella sin ceremonia y tomándole una mano—¿qué teneis que os encuentro tan triste? ¿Estais enferma?
—Pluguiese á Dios—contestó Luisa afectando una conmocion profunda, y pasando su pañuelo como para limpiar una lágrima por sus ojos, mas secos que una mañana de Mayo.
—¿Cómo pluguiese á Dios? es decir, Luisa, que deseais enfermaros?
—¡Morirme!
—¡Moriros! ¿Y por qué? ¿No sois feliz?
—Sí, muy feliz, y vos decís eso, vos que habeis encendido en mi alma esta pasion, que me habeis hecho faltar á mis deberes, y que ahora me abandonais quizá cuando mas os amo.........
—¡Abandonaros, Luisa! ¿y quién puede decir que os abandono?
—¿Quién? ¿quién? yo que lo conozco, Don Pedro, yo misma, yo, ¡ah Dios mio! ¡Dios mio! qué desgraciada soy, tú me castigas por mis faltas!
Luisa se cubria el rostro fingiendo la mas profunda desesperacion.
—Calmaos, señora, calmaos—decia Don Pedro—calmaos, y oidme en nombre del cielo, que nunca pensé en abandonaros; y os juro que mi amor por vos es mayor cada dia.
—¿Me amas?—dijo Luisa calmándose repentinamente y sintiendo una alegría infantil é inocente,—¿me amais? ¡ah, sí! ya lo decia yo, que no podiais haberme engañado, jugando con un corazon vírgen como el mio; porque ya os lo he dicho Don Pedro, vos habeis sido mi primer amor; yo casada con Sosa por compromiso casi, sin saber lo que hacia, porque era yo casi una niña, no conocia lo que era una pasion, os ví, me hablásteis de amor, y un sentimiento nuevo brotó en mi corazon, y amé, amé por la primera vez de mi vida, y por vos he sacrificado todo, honor, virtud, religion y tranquilidad.........
—¡Luisa! ¡Luisa! yo tambien os adoro.
—¿Me adorais?—dijo Luisa como volviendo á caer en otra duda—me adorais, y sin embargo, todo el mundo habla ya de que antier habeis pedido formalmente la mano de Doña Beatriz de Rivera.
—Dejad á todo el mundo que diga lo que le plazca, mientras esteis vos segura de mi amor; ¿lo estais?
—Sí, á pesar de todo; pero decidme la verdad, ¿por qué se habla de ese casamiento?
—La verdad, Luisa, porque he tenido necesidad de atraerme así la amistad de Don Alonso de Rivera su hermano, para ciertos negocios de interes; pero os aseguro que nunca se efectuará esa boda.
—¿Y eso es de veras, no me engañais?
—No os engaño.
—Jurádmelo.
—Os lo juro.
—Ahora sí estoy contenta—dijo Luisa alegremente, y tomando una de las toscas y mal formadas manos de Don Pedro entre las suyas,—ahora sí estoy contenta. Ya lo veis, Don Pedro, jugais con mi corazon, con mis sentimientos, á vuestro arbitrio; me poneis triste ó contenta á vuestro antojo. ¿Pero decidme, vos para qué teneis necesidad de halagar á nadie por vuestros negocios? ¿No sois inmensamente rico?
—Por ahora sí.
—¿Por ahora sí? y decís eso con un aire tan triste, como si no dependiera de vuestra voluntad.........
—No depende.........
—No depende, porque no haceis caso de mis consejos. Don Pedro, como en todo el dia no pienso ni me ocupo sino de vos, creedme, mis consejos son el fruto de profundas meditaciones.
—No es posible.........
—Oidme, ¿qué tiempo le falta á vuestra hermana para entrar en el goce de su caudal?
—Cosa de tres años, si no se casa antes.
—¿Creeis que se casará?
—Ah, eso no, porque yo lograré impedirlo.
—¿Pues entonces.........?
—Entonces, yo no veo mas medio sino que ella muriera antes, y goza de una salud admirable.
—¿Y si profesara monja?
—¡Monja! seria magnífico eso, porque desapareceria del mundo como si hubiera muerto.
—No hay mas que obligarla.........
—¿Y cómo, no queriendo ella?
—Querrá, querrá; aun os quedan tres años, ¿quereis seguir mis consejos?
—Dadmelos.
—¿Tiene novio? ¿amores?
—No, que yo sepa.
—Pues bien, en primer lugar, debeis saber que las mugeres, y sobre todo las jóvenes, necesitamos tener el corazon lleno con un gran afecto, con una pasion grande; la religion, el amor, la ternura de un hijo, algo, y la que no lo tiene lo busca, si no, mirad la prueba, yo que no amaba á mi marido, he necesitado de vuestro amor para ser feliz.
Don Pedro besó con deleite la mano de Luisa, que le dirigió una mirada ardiente y provocativa.
—Sentado este principio—continuó Luisa—lo que importa es que vuestra hermana odie el mundo y conciba ese ardiente deseo de profesar, que es á lo que las devotas llaman vocacion.
—¿Y cómo alcanzar eso?
—Muy fácilmente; para que aborrezca el mundo, hacedle insoportable la vida en vuestra casa, para eso vos os dareis modo.
—Comprendo.
—Y luego prevenidle que visite monjas, que estreche relaciones con ellas, dadle gusto siempre que pretenda ir á verlas ú os pida algo para ellas, que las monjas harán lo demás.
—Es decir que yo ganaré á las monjas para que le aconsejen que tome el velo.
—No, no me entendeis, con hablarles á las monjas nada conseguiriais, porque esas pobres mugeres no se prestarian si comprendian alguna maquinacion; pero no hay necesidad, las personas que por impulso de su corazon siguen una carrera en el mundo sea la del vicio y la prostitucion, sea la de la gloria ó la virtud, tienen siempre como principio atraer á sí, y á su circulo á cuantos pueden; por eso las monjas procuraran convencer espontáneamente á Blanca á tomar el velo, y con mas razon y mejor éxito, si ella, como es natural, les cuenta sus penas y se queja con ellas.
—Es verdad, Luisa, teneis un talento admirable.
—No tengo sino mucho amor por vos, y mucho empeño por todo lo que os concierne.
—¿Y á qué convento creeis mejor dirigirse?
—Mirad, se trata de fundar uno de Carmelitas descalzas, bajo la advocacion de Santa Teresa: sé, á no dudarlo, que Doña Beatriz de Rivera, alucinada por la Madre Sor Inés de la Cruz, profesa del de Jesus María, apoya la fundacion. Esta Madre Sor Inés tiene fama de ser inspirada, ha llegado á dominar á Doña Beatriz, ¿por qué no dominaria tambien á vuestra hermana mas débil que Doña Beatriz, hasta obligarla á tomar el velo?
—Pero ni yo, ni Blanca, conocemos á Sor Inés.
—No importa, haced una donacion de reales para la fundacion, que podeis enviar por medio de Blanca á Sor Inés para que la presente al Arzobispo, y es un medio muy gracioso para que comiencen esas relaciones; tanto mas, que Sor Inés es muy protegida de Doña Beatriz, amiga de vuestra hermana.
—Pero eso me costará la amistad de Don Alonso, y pierdo algunos negocios que con él tengo pendientes.
—¿Y esos negocios os producirán lo que perdeis en caso de que Doña Blanca no profese?
—Ni la décima parte.
—Entonces no hay ni que vacilar.
—Cada dia os encuentro mas digna de ser adorada—dijo Don Pedro besando á Luisa en la boca.
—Si pierdo con Don Alonso—pensó Mejía, ganaré tal vez con Doña Beatriz que tiene un rico dote.
—Si Doña Blanca profesara ó muriera—pensó Luisa—Don Pedro seria sumamente rico, y como me ama, y mi marido puede morir en el dia menos pensado, y Don Cárlos no se opondria, yo seria la muger de este hombre.
Los dos habian quedado meditabundos.
—¿En qué pensais?—dijo de repente Luisa.
—¿Y vos?—preguntó Mejía.
—Yo en que os amo.
—Y yo tambien.
Sonaron las doce y Mejía se levantó.
—¿Os marchais, Don Pedro?
—Sí, que son las doce: ¿podreis recibirme esta noche?
—¿A qué horas quereis venir?
—A las doce como siempre.
—Perdonadme, Don Pedro; pero esta noche es imposible: mi marido ha convidado á cenar al alcalde mayor de Xochimilco, Don Cárlos de Arellano, y estarán de sobre mesa hasta muy avanzada la noche, y querrán que les haga yo compañía.
—¡Ay!
—Qué.
—Que ese alcalde mayor me va dando en qué pensar.
—¡Ingrato! ¿Y creeis?.........
—No creo nada; pero todo el mundo dice.
—Don Pedro, os diré como vos á mí hace un momento: «dejad al mundo que diga lo que le plazca, mientras vos esteis seguro de mi amor: ¿lo estais?
—Teneis mucho talento y mucha gracia—dijo riéndose Don Pedro, y abrazando la delgada y flexible cintura de Luisa que se habia parado para despedirse.
Luisa pagó su galantería con un beso lleno de pasion.
Don Pedro salia.
—¡Ah!—dijo Luisa—¿sabeis que llegó ya la carga de la nao de China?
—No.
—Pues ya me avisaron, y dicen que vienen primores, esta tarde iré á ver antes de que vayan á ganarme.
—Enviad á vuestro mayordomo antes á mi casa.
—No, ¿para qué?
—Hacedme ese favor.
—No.
—Os lo suplico.
—¿Pero para qué?
—No me amais, puesto que no me dais gusto.
—Si os empeñais, irá.
—Me empeño.
—¿A qué hora?
—A las dos.
—Irá, caprichoso—dijo Luisa, corriendo adonde estaba Don Pedro detenido cerca de la puerta, y dándole un beso.—No olvideis mis consejos.
—De ninguna manera—contestó saliendo Don Pedro.
Luisa se quedó parada y con la cabeza inclinada, hasta que se perdió el eco de los pasos de Mejía, y entonces se enderezó ligeramente y lanzó una alegre carcajada.
—A pedir de boca—esclamó.
En este momento una puerta que estaba en el lado opuesto á la que acababa de cerrar Don Pedro, se abrió, y un hombre alto, grueso y con el vientre muy voluminoso, se presentó.
—Esposa mia, te veo muy alegre.
—Con razon, se acaba de ir Don Pedro de Mejía.
—Sí, he oido todo; pero vamos á comer que la mesa está puesta.
—Vamos, que como habrás oido es necesario enviar á las dos al mayordomo á la casa.
Luisa tomó del brazo á su marido y entraron al comedor.
Al deredor de una gran mesa cargada con una riquísima vajilla de porcelana de China, con grandes y brillantes botellones de cristal de Bohemia, llenos de vino; con hermosos fruteros, y canastos, y saleros, y cubiertos de plata primorosamente cincelados; habia algunos sitiales de ébano tapizados de cuero carmesí, con figuras de oro estampadas representande aves y mónstruos, árboles y flores, así tan fantásticos y tan estraños, como los conciben solo en su imaginacion los habitantes del Celeste imperio.
Los manteles y las servilletas eran de damasco, y encima de la mesa pendia del dorado arteson del techo una hermosa lámpara de plata, adornada con festones de flores sobre-dorados.
El gordo marido de Luisa, que seria un hombre de cincuenta y cuatro años, se sentó en la cabecera frotándose alegremente las manos y lamiéndose los labios, como un perro hambriento que olfatea la comida.
—¡Bendito sea Dios!—dijo, acomodando bien su plato—que nos ha dado de comer con abundancia y descansadamente, sin merecerlo.
—¿No vendrá hoy el señor Arellano?—dijo Luisa.
—Creo que sí; pero no me parece prudencia aguardarle mas, porque son ya las doce y cuarto.
—Ahí está—dijo Luisa, mirando entrar al comedor á un jóven como de treinta años, rubio, apuesto, y elegantemente vestido.
—Dios sea en esta dichosa morada—dijo el recien venido, con ese despejo propio de los hombres de buena sociedad.
—Él traiga á vuestra merced, señor alcalde mayor; que solo eso esperábamos para comenzar á comer.
—Siento haberos hecho aguardar; pero la señora sabrá disculparme, porque de ella me ocupaba.
—¡Cómo!—dijo Luisa.
—Separando algunos objetos para ella en la tienda de un comerciante amigo mio.
—¿Y qué objetos?—preguntó Don Manuel llevando á la boca una inmensa cucharada de sopa.
—Unos brocados, un tisú de plata, y otras frioleras de las que han llegado en la nao de la China.
—¡Gracias, señor Don Cárlos!—dijo Luisa dirigiéndole una mirada dulcísima.
—Poca cosa vino; pero en fin, como es necesario, aprovechamos lo que ha llegado.
—Vamos, sentaos pues, y comamos que el hambre apura.
Don Cárlos se sentó al lado de Luisa, y los piés de ambos se buscaron y se tocaron, porque aunque se rian nuestras lectoras, ya en el año del Señor de 1615 estaba en uso esa clase de telégrafo, que no ha dejado hasta nuestros dias de aprovecharse por los enamorados.
El amor es como los chinos, no varía de modas, y no se divierte ni se rie como nosotros los que nos llamamos hombres civilizados, de los trages de nuestros abuelos.
No hay mas que un amor: ciego y niño lo pintaron los griegos hace mas de veinte siglos, y despues de dos mil años, ni el niño tiene siquiera bigote ni hace la menor diligencia por quitarse la venda, y á tientas camina en el siglo del telégrafo, del vapor y del daguerreotipo, como en los de Ayax de Telamon, ó de Homero, ó de Temístocles.
Los hombres han inventado cruzar por el viento, y sobre los mares, medir las distancias de los astros y sus revoluciones; pero ni han descubierto otro modo de amar, ni han pensado en representar nunca al amor con ropilla y calzas, ó con frac y bota de charol, como un dandy de nuestra época.
—Acabo de encontrar en la calle al caballero Don Pedro de Mejía—dijo Arellano.
—De acá salia—dijo Sosa.
—¿Vino á veros?—le preguntó Arellano.
—No—contestó Sosa sonriéndose—ha dado en ser, como sabeis, el galan de mi muger.
—¿Sigue, acaso, en sus nécias pretenciones?
—Sí—dijo riéndose Luisa—y mas amartelado cada dia, ha creido que puedo alucinarme por un hombre que de cerca me parece un oso, y de lejos un Huitzilopochtli; el dios de los indios.
Todos se pusieron á reir alegremente.
Y la comida se prolongó hasta muy cerca de las oraciones de la noche.
Entonces Arellano se despidió, mas enamorado que nunca de la gracia de Luisa; pero sin haber notado que ésta habia estado con mucho empeño mirando las horas en una rica muestra de oro guarnecida de brillantes, y á las dos de la tarde habia salido del comedor con cualquier pretesto.
Era que á esa hora habia enviado á su mayordomo á la casa de Mejía.
Una hora despues, Arellano no habia hecho alto en eso tampoco: un lacayo habló en secreto á Luisa, y ésta volvió á salir del comedor.
El mayordomo habia vuelto de la casa de Don Pedro, trayendo dos mil pesos fuertes.
Luisa mandó guardar el dinero y volvió á entrar al comedor, sin mostrar alteracion ninguna.
Cuando Arellano se retiró Luisa salió á despedirse, y la despedida duró, por lo menos, una hora: entre amantes no es mucho.
Don Manuel de la Sosa se habia quedado desde cosa de las cuatro de la tarde, en un estado de somnolencia y de embrutecimiento, que ni hablaba, ni entendia nada.
Hacia como dos años que Don Manuel se iba volviendo cada dia mas estúpido, y solo pensaba en comer; desde las cuatro de la tarde se sentia como amodorrado; solo salia de su estado á las ocho de la noche para cenar, y se acostaba y dormia de un hilo hasta el dia siguiente.
Luisa, su muger, disponia y mandaba sin obstáculo en la casa: Don Manuel era como un niño; comiendo bien, era feliz. Y nada turbaba la inmensa tranquilidad de aquella dichosa pareja.
XVII. En el que se ve que hasta las piedras rodando se encuentran.
CUANDO Teodoro acabó de contar su historia al Oidor y al Bachiller, comenzaba ya á lucir la mañana, y alegres bandadas de gorriones y de golondrinas cruzaban cantando por encima de los techos y por las calles de la ciudad.
El Oidor se embozó en una larga capa, y seguido del Bachiller se dirigió á las casas en donde debia construirse el nuevo convento de Santa Teresa.
Una muchedumbre de obreros estaban allí esperando el momento de comenzar los trabajos de la demolicion de las antiguas casas. El Arzobispo y Don Fernando se habian ocupado la noche anterior de escribir cartas y excitaciones á los alcaldes y á los curas de los pueblos inmediatos, á fin de que con toda diligencia enviasen trabajadores para la obra: sus exhortaciones no podian haber sido mejor atendidas, porque antes de salir el sol la calle de las Atarazanas estaba llena de cuadrillas de hombres, habilitados cada uno con su respectivo instrumento de trabajo. No faltaban ni las carretas para conducir los escombros.
Los sobrestantes parece que no esperaban mas que la llegada del Oidor para comenzar la obra.
Un sonoro grito de «Ave María Purísima» dado por uno de los capataces, fué repetido en coro por todos aquellos hombres que se quitaron devotamente el sombrero. Las cuadrillas entraron á la casa, se señaló á cada una su tarea, y media hora despues por todas partes se escuchaban los golpes de las hachas y de las barretas, las caidas de las paredes, el derrumbe de los arcos y de las columnas de los corredores, y una inmensa y pesada nube de polvo se cernia constantemente sobre la manzana en que á poco tiempo debia levantarse el convento de Santa Teresa.
Don Alonso de Rivera que no habia podido dormir pensando en el resultado que tendria el plan concertado con Mejía, para asesinar á Quesada, no despertó al dia siguiente hasta las diez de la mañana, se levantó y encontró á un lacayo que le entregó una carta, y le anunció que un hombre le esperaba en el corredor.
Abrió la carta, era de Mejía, y decia sencillamente:
«Don Alonso. Se erró el golpe anoche y hemos sido descubiertos; pero no hay cuidado. En esta tarde nos veremos, esperadme en vuestra casa. Dios os guarde muchos años.
Pedro de Mejía.»
Don Alonso rasgó inmediatamente la carta.
—¿Quién me busca?—dijo con enfado al lacayo.
—Un hombre, que le urge ver á su señoría.
—Dile que pase.
El lacayo salió, y volvió á poco conduciendo á un hombre del pueblo, que entró respetuosamente con el sombrero en la mano.
—¿Qué se ofrece?—preguntó con altivez Don Alonso en el momento en que Doña Beatriz, sin que él la viera, penetraba en la habitacion por una puerta que quedaba á la espalda de Don Alonso.
—Señor, que vengo á noticiarle á su señoría, que están tirando las casas de su señoría, en la calle de las Atarazanas.
—¿Tirándolas? ¿y quién? ¿cómo?
—¡Una multitud de trabajadores!
—Es imposible—decia Don Alonso—si ayer á las tres dió órden el virey de suspender las obras.
—Pues no lo dude su señoría, que yo lo he visto, y quizá para esta tarde no quede una pared en pié, segun lo recio que se trabaja.
—Bien, ¿y quién os mandó á anunciármelo?
—Nadie, señor, yo que creí que el aviso seria útil á su señoría.
—¿Y quién dió la órden de comenzar?
—No lo sé, pero los trabajos empezaron al llegar allí el señor Oidor Quesadas.
—El Oidor, siempre el Oidor.
Doña Beatriz volvió á salir sin ser notada; al cerrar la puerta pudo verse el alegre rostro de Teodoro que la seguia.
—Está bueno, retiraos—dijo Don Alonso al de la noticia; pero el hombre no se movia.
—No os digo que os retireis, á qué aguardais.
—¿Nada merece mi empeño?
—Es verdad—dijo Don Alonso, dándole algunas monedas—es necesario gratificar al hombre que me avisa que me derriban mis casas, ¿y cómo os llamais?
—Señor, me conocen todos por el Ahuizote, para servir á su señoría.
—Vaya un nombre, retírate.
—Dios guarde á usía—dijo el Ahuizote, y bajó humildemente las escaleras llevando en la mano el dinero que Don Alonso le habia dado.
Al llegar á la calle se erguió, se caló su sombrero, y volviendo á la casa de donde acababa de salir—dijo arrojando al arroyo el dinero:
—Maldito seas tú y tu dinero, y tu dinero y tú; qué crees, que te vine á dar de buena fé la noticia, y que necesito de tu limosna. Garatuza tiene razon, es hombre de talento, y desde hoy tomo decididamente el partido del Arzobispo contra todos estos soberbios. La travesura de Garatuza ha estado buena, y hemos dado por desayuno á este gachupin una soberbia cólera. Vámonos.
El Ahuizote entró al Arzobispado á noticiar al Bachiller que habia ido á dar parte á Rivera del desastre de sus casas. Al salir del cuarto de Garatuza se encontró con el Arzobispo, que acompañado del Oidor Quesada, lleno de polvo pero radiante de orgullo, volvia de las casas de la calle de las Atarazanas. El Ahuizote se puso de rodillas y se quitó el sombrero, el Arzobispo le echó una bendicion, y como venia de buen humor se dirigió á él.
—¿A quién veniais á ver?—le preguntó.
—A Gara......... es decir, al Bachiller Villavicencio, Ilustrísimo Señor.
—¿Y qué negocio teneis con él?
—Le traje una razon, Ilustrísimo Señor.
—¿De quién?—preguntó el Arzobispo.
—De Don Alonso de Rivera—contestó con descaro el Ahuizote.
—¡De Don Alonso de Rivera!—dijo admirado el Arzobispo—¿y qué negocio tiene con él el Bachiller?
La comitiva de su Ilustrísima se agrupaba curiosa de saber lo que iba á contestar el Ahuizote; creian que se iba á descubrir alguna trama nueva de Don Alonso, á quien aborrecia entonces casi toda la gente de la Iglesia.
—Pues si su Señoría Ilustrísima no nos regañara al Bachiller y á mí, hablaria.
—Hablad—dijo el Arzobispo algo enojado.
—Bueno, Ilustrísimo Señor, pues el Bachiller me dijo esta mañana: «Hombre, Ahuizote»—porque ha de saber su señoría que á mí me dicen por mal nombre Ahuizote; pues me dijo—hombre, Ahuizote, yo estoy muy cansado y quiero acostarme, anda tú, y pégale en mi nombre una buena cólera á ese pillo, con enmienda de su Señoría Ilustrísima, Don Alonso de Rivera; pero buena, y antes de que se desayune, cuéntale que ya le tiraron sus casas: y fuí y ahora le vengo á dar la razon.
Todos los que acompañaban al Arzobispo se pusieron á reir, y él mismo no pudo conservar su gravedad.
—¿Y qué dijo Don Alonso?—preguntó el prelado, procurando en vano ponerse sério.
—Se puso rabioso, sobre todo, contra mi señor el Oidor.
—¿Contra mí?—dijo Quesada.
—Sí, señor, me dió una gala y me echó de su casa.
—¿Cuánto os dió?—preguntó el Arzobispo.
—No lo sé, Ilustrísimo Señor, porque al salir lo voté al arroyo sin contarlo ni verlo.
—Bravo tunante sois, idos, y esto no lo voteis al arroyo—dijo el Arzobispo dándole una moneda de oro.
—No, Ilustrísimo Señor, nunca—contestó el Ahuizote besando la mano del Arzobispo y la moneda.
—Ni esta—dijo el Oidor dándole otra.
—Mil gracias.
El Arzobispo siguió, y todos los que le acompañaban por imitar á su Ilustrísima, dieron al Ahuizote una gala.
—Valiente cosecha,—decia el truhan al salir á la calle sonando los bolsillos de sus calzones llenos de pesos.—Viva el Arzobispo.
El Arzobispo seguido del Oidor y de la comitiva, se dirigió directamente al cuarto del Bachiller y llamó.
Martin, que lo que menos esperaba era que fuese su Ilustrísima,—gritó medio dormido.
—Adelante.
Al abrirse la puerta alzó la cabeza y miró su pieza invadida de aquella multitud, al frente de la cual iban el Arzobispo y Don Fernando.
Martin estaba acostado sin zapatos, sin ropilla, con solo la camisa, los calzones y las medias calzas de lana negra, que usaban los servidores del Arzobispo. Su sorpresa fué tal que así se levantó.
—Señor Bachiller—dijo el prelado—buenas visitas teneis.
—Ilustrísimo Señor—dijo Martin atarantado con aquella política.
—He hablado con ese conocido vuestro que os vino á visitar, y que le dicen el Ahuizote, y me ha contado la burla que habeis hecho á Don Alonso.
—Perdóneme su Señoría Ilustrísima, ha sido solo una travesura—contestó Martin alentado con las risueñas caras del Arzobispo y de su comitiva.
—Bien; pero esos amigos son malos.
—Quizá lo sean, pero yo le aseguro á su Ilustrísima, que ese, y otros cien mas como ese que conozco, se dejarán matar por su Ilustrísima el dia que se ofrezca.
—Esos son muchos bríos, señor Bachiller—dijo con cierto orgullo el Arzobispo—la Iglesia no necesita del acero.
—Quién sabe cómo se pongan las cosas, y en todo tiempo cuenta su Señoría con esos hombres á vida ó muerte. Lisonjeándose el Arzobispo, quiso sin embargo cortar aquella escena, y dejando su afectada gravedad, se acercó al Bachiller y le tiró paternalmente de una oreja, mas bien como por cariño que como por castigo.
—Bachiller, Bachiller—le dijo—producciones tienes tú para andar á vueltas con la justicia.
El prelado salió con todo su acompañamiento, y Martin volvió á cerrar su puerta.
—Vaya, qué cosas—decia acostándose otra vez—van dos que amenazan con que tendré que habérmelas con la justicia; anoche la bruja y hoy su Ilustrísima, y á fé que puede que en el fondo tengan razon......... eh......... ya veremos.
Comenzaba á dormirse y bostezaba.
—¿Y cómo diablos se ha encontrado su Ilustrísima con el Ahuizote......... qué bien dicen......... «Las piedras rodando se encuentran»......... ah, qué sueño........ tengo, durmamos.
Martin daba cada bostezo como si hubiera velado diez noches seguidas, y en cada vez se hacia la señal de la cruz frente á la abierta boca, con tanta rapidez y tantas ocasiones, que parecia que trazaba una rúbrica en el aire.
A poco dormia profundamente.
Entre tanto las casas de Don Alonso de Rivera venian por tierra, con una rapidez que causaria envidia en nuestros tiempos al célebre Don Manuel Delgado.
Don Alonso corrió, al saber la noticia, á quejarse con el virey, pero su Excelencia se negó á recibirle, pretestando que despachaba su correspondencia de Madrid, y que no podia interrumpir sus trabajos porque la flota estaba ya aparejada en Veracruz para darse á la vela, esperando solo los despachos del vireinato.
Don Alonso desesperado, se encerró en su estancia, y á las oraciones de la noche el lugar en que por la mañana se levantaban sus casas, era ya una gran plaza dispuesta para comenzar la edificacion del convento y templo de Santa Teresa. En dos dias habia perdido la posesion y la esperanza. El Arzobispo y el Oidor eran personas que lo entendian.
Martin durmió hasta las ocho de la noche, y al despertar, miró al lugar en que estaba su balcon.
—Calle—dijo—pues es ya de noche, he dormido como si no tuviera alma que salvar.
Y comenzó á vestirse, se puso su balandrán y su sombrero y se lanzó á la calle.