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Monja y casada, vírgen y mártir

LIBRO TERCERO. MONJA Y CASADA (continued 2)

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—¿Sois vos?

—Yo soy—contestó el de Gelves comprendiendo que en todo caso decia una verdad.

—Os he visto rondar mi casa, y vos debeis comprender que vuestro amor y vuestras pretensiones son imposibles.

—¡Imposibles! ¿Por qué?

—Porque Dios ha puesto entre nosotros una inmensa barrera, que una muger cristiana no puede salvar; idos, y si me habeis amado, si me ameis aún, no trateis de perder una alma que en gran riesgo está ya por desgracia.

—Señora......

—Os lo ruego, olvidadme, que harto sabeis que no puedo ser vuestra. Adios.

Y la ventana se cerró con violencia antes que el marqués hubiera podido articular una palabra.

—¡Dios mio, Dios mio!—decia Doña Blanca sollozando en el interior de su aposento—acepta mi sacrificio en descargo de mis grandes culpas; tú ves, mi Dios, qué inmenso esfuerzo me ha costado despedirle para siempre; pero que no vuelva, que no vuelva, Dios mio, porque entonces, sí, no me sentiria con resolucion para tanto.

El marqués se quedó un momento reflexionando, y luego casi en alta voz pensó:

—Tiene razon esta dama; á mi edad, un hombre casado como yo, porque ella debe saberlo, y conocer á la vireina como casi toda la ciudad....... tiene razon, aún es tiempo de cortar esta pasion que, quizá mas tarde, me hubiera avergonzado.... pero yo la iba queriendo demasiado......... no, no volveré mas; mucho tengo en que ocuparme para andar á mis años en rondas y en amoríos.........

El marqués seguia caminando, y vió á un embozado que se acercaba.

—Debe de ser Don Cesar.

En efecto era él, que venia á seguir por su parte la comensada empresa.

—Don Cesar—dijo el virey aproximándose.

—Señor—contestó Don Cesar.

—¿A dónde vais?

—A la calle de San Hipólito.

—No es necesario ya, acompañadme á palacio y os referiré lo que me ha pasado con esa dama misteriosa.

—¿La ha visto V. E?

—Aun mas que eso: la he hablado.

—¿Hablado?

—Sí, venid, y os contaré.

Don Cesar se sintió contrariado, pero tuvo necesidad de acompañar al virey y escuchar toda la relacion de su boca, y comprendió que la dama habia hablado al marqués creyendo que era él, y sintió renacer sus esperanzas.

—¿Es decir que V. E. prescinde de la empresa completamente?

—Sí, Don Cesar, esa dama me ha recordado lo que yo nunca debiera haber perdido de vista.

Don Cesar guardó silencio, pero se alegró en su interior y juró ser él quien continuara persiguiendo á la jóven.

Aquella noche comprendió ya que era infructuoso su paseo, y se retiró.

Pero á la siguiente tarde pasó y volvió á pasar, hasta que volvió á abrirse la ventana y Blanca volvió á presentarse.

Ella lo habia dicho: si él volvia, quizá no podia resistir.

Don Cesar procuró aprovechar la ocasion, y pasando junto á la ventana dejó caer, por decirlo así, estas palabras:

—Hasta la noche.

—Sí—dijo Blanca encendida de rubor y cerrando, y luego agregó en su interior.

—¿Cómo será posible no amarle? ¡Oh, Dios mio! tú me abandonas á mis propias fuerzas, y yo me siento débil para luchar con este amor.

—¿Quién será esta dama, que cada vez que la miro me parece que estoy mas seguro de haberla conocido? ¿Lo habré soñado quizá? Esta noche saldré de esta penosa duda, y si S. E. ocupó anoche mi lugar, es justo que yo me aproveche de la conversacion que él habia comenzado: pagar es corresponder.

Cuando Don Cesar volvió en la noche, Doña Blanca esperaba ya.

Aquella imaginacion ardiente, aquella naturaleza vigorosa y pura, aquel corazon vírgen y amante, no habian podido resistir el encanto de un primer amor. Blanca estaba apasionada de Don Cesar, porque era el único hombre que la habia manifestado su amor, y porque ella habia soñado en ese amor como en un imposible durante los largos años de su encierro en el cláustro.

Blanca estaba resuelta á todo; pero temerosa con la escena que le habia pasado con Cleofas, queria declarárselo todo á Don Cesar para saber si él tambien arrostraba por todo.

Don Cesar se iba acercando; sus pasos resonaban en el silencio de la calle, y Blanca le adivinaba, vacilante y conmovida, apoyándose en las rejas de su ventana.

El jóven llegó, y como es natural que se apoyase en la misma reja, su mano tocó por casualidad la mano de Blanca, que se estremeció con aquel contacto, pero que no se retiró.

Don Cesar lo advirtió, y contó ya segura su conquista.

Hay cosas que parecen insignificantes, pero que entre personas que se aman equivalen á una declaracion, ó á una correspondencia: una mirada fija, ó á escusas; una mano que se detiene ó que oprime mas de lo comun á otra; dos brazos que se tocan y no se separan; cualquiera cosa es para los amantes una declaracion mas larga que un libro, mas clara que la luz del medio dia.

—Señora—dijo cortesmente Don Cesar—perdonadme si por desgracia he tardado mas de lo que quisiera.

—No, Don Cesar, siempre llegareis á tiempo.

—¿Conoceis mi nombre?—dijo Don Cesar asombrado.

—¿Acaso no conoceis vos tambien el mio?

—¿Creeis que si vuestro corazon no me olvida, el mio pudiera haberos olvidado?

Don Cesar naufragaba en un mar de conjeturas: ¿quién era aquella muger que así le hablaba? ¿Qué iba á hacer, si, como era natural, se prolongaba la conversacion sin que él pudiera recordar su nombre? Era preciso esquivar aquel escollo.

—Señora—dijo Don Cesar para dar otro jiro á la conversacion, y recordando lo que le habia contado el virey—¿Por qué me habeis rechazado tan cruelmente anoche?

—Don Cesar, porque hay entre nosotros un abismo que puede arrastrarnos á infinitos males, y no quiero esponeros por mi causa.

—¿Y creeis señora, que tema yo algo, tratándose de vos? ¿creeis que sacrificio alguno me parezca grande por obtener un amor como el vuestro?

—Es que quizá hasta la salvacion eterna de vuestra alma puede peligrar.

—Habladme señora, decidme que peligros son esos, ya ansio por arrostrarlos, para probaros cuanto os adoro.

—Don Cesar, sabeis que mi hermano Don Pedro de Mejía me hizo entrar en un convento, y profesar por fuerza, soy monja, vínculos de acero me átan al claustro, y si yo los he roto y he escapado de allí huyendo de una vida que no puedo soportar, buscando aire y libertad, y esponiéndome á todas las calamidades que esto podria atraer sobre mi cabeza, no quiero por mas que os ame envolveros en mi desgracia, y comprar mi dicha á costa de vuestra felicidad.

—Doña Blanca—dijo Don Cesar, que la habia reconocido, Doña Blanca ¿eso decis? ¿Eso podeis pensar de mí? Yo os amo, vuestra imágen me siguió á mi destierro y me acompañó siempre al traves de los mares, si vuestro hermano os condujo al convento, si allí pronunciasteis esos votos que vuestro corazon rechazaba, Dios no puede haber recibido esos votos, no Blanca, vuestro corazon era mio, nada mas que mío y Dios no puede haber querido que dos de sus criaturas fuesen desgraciadas, por un sacrificio que su misma bondad desaprueba y rechaza.

—¡Oh Don Cesar! cuanto bien me haceis; seguid, seguid, decidme que me amais, que no os espanta mi situacion.

—¿Espantarme? Alma de mi alma, espantarme? ¿y por qué? Os amo con toda la pasion de mi alma, y si los hombres nos persiguieran, si tubiera yo que sufrir los mas horribles tormentos, los aceptaría contento, feliz, porque era por vos, por vuestro amor; Dios no se ofenderá porque en vos le amo á Él, porque nunca pudo su grandeza exigir que se ahogase el amor en el corazon de sus criaturas que Él formó destinadas para el amor. ¡Oh Blanca! os adoro, pero decidme, ¿vos me amais?

—Don Cesar todo el amor de mi vida, toda la pasion de que soy capaz, todo es para vos, desde que os ví en Jesus María, no se aparta vuestro recuerdo de mí, os amo, y si es necesario ser desgraciada, morir en la hoguera por vuestro amor, moriré contenta y feliz. Oidme, ayer aun tenia temores, aun guardaba remordimientos, porque iba á atropellar con mis deberes, pero hoy ya nó, haced de mí lo que querais, no soy mas que vuestra, enteramente vuestra.

Y Blanca en su exaltacion acercó su rostro á la reja, y los labios de Don Cesar recibieron su primer beso de amor.

—Blanca—dijo Don Cesar—es preciso que salgais de aquí. ¿Estais resuelta á todo?

—A todo.

—Pues bien, el virey os ha visto aquí, pueden buscaros, voy á procurar una casa, en donde vivireis oculta, y en donde sereis para mí, y nada mas para mí. ¿Os agradaría?

—Sí, Don Cesar: vuestro amor, y despues venga lo que Dios quiera.

La conversacion se prolongó por mucho tiempo entre dulcísimos requiebros y alegres planes para el porvenir, y entre frases de amor y besos de pasion.

El alba comenzaba ya á despuntar cuando Don Cesar se apartaba de la reja llevando la felicidad en el corazon, y dejando á Blanca en medio de un paraiso encantado.

Todo estuvo entre ellos convenido; Blanca se iria á la casa que debia tomar Don Cesar á ocultar su nombre y su pasion.

Entre amantes se arreglan en una hora cosas mas difísiles y atrevidas, que en los congresos y en las asambleas en un año.

X. De lo que pasó con Don Cárlos de Arellano, y cómo volvió él á ver á Luisa.

Don Cárlos de Arellano, á quien hemos dejado en el momento en que un criado que venia á caballo preguntaba por él, recibió con ese criado dos cartas de México.

La una era del virey, y la otra de Don Pedro de Mejía.

Con el virey cultivaba corta amistad á pesar de ser uno de sus grandes partidarios, y con Don Pedro de Mejía, á resultas de todo lo acontecido con Luisa, no tenia relaciones de ninguna especie.

Don Cárlos se admiró de recibir aquellas dos cartas, y sobre todo, la de Mejía: en ambas lo solicitaban para que fuese á la capital.

Arellano antes de resolverse quiso consultar con Chema, que era su maestro, y á quien habia llegado á tener en alta estimacion.

—Don José, Don José—dijo Arellano despertando al viejo, que habia quedado durmiendo.

—¿Que hay?

—Dos cartas que tengo aquí de México, sobre las que quisiera saber vuestra opinion.

—¿Y qué dicen?

—Me invitan á ir para allá, y ambas por razones bien distintas; oíd, la una es del virey.

Don Cárlos leyó la primera carta.

«Para el mejor servicio de Su Majestad (Q. D. G.) deseara que viniéseis á México á tener vista conmigo, para tratar de algunos negocios importantes del reino, y de la provincia de que sois Alcalde Mayor; esto es de la mayor urgencia.

Dios os guarde muchos años.

El Marqués de Gelves.»

—¿Y bien?—preguntó Don José—¿qué habeis pensado hacer?

—Queria consultaros, si supuesto el estado en que se hallan las cosas, debiera yo de ir.

—Creo que seria una imprudencia, cuando no una locura, el iros á meter así en el fuego, estando aquí tan libre. «El que busca el peligro en él perece.»

—Teneis razon, no iré.

—¿Y la otra carta?

—Es un negocio particular que tengo ya casi olvidado, y que no seria por sí solo capaz de obligarme á emprender un viaje. Escuchad, es de un caballero rico de la ciudad llamado Don Pedro de Mejía.

«Señor Don Cárlos de Arellano.

«Muy respetado amigo y señor. Hace ya algunos años que dejé de cultivar vuestra amistad por motivos que espero hayais echado en olvido, pero que son los mismos que ahora me obligan á dirijiros ésta.

«Es el caso que entonces por razones que alguna vez os diré, tuve de contraer matrimonio con Luisa, la viuda de Don Manuel de la Sosa ignorando que habia estado en vuestra casa de donde se fugó, y que era una esclava antigua de un Don José de Abalabide. Súpelo despues de la boda y la arrojé de mi casa.

«Hoy ha vuelto esta muger pasando por esposa legítima del correjidor de México Don Melchor Perez de Varais, enemigo encarnizado del virey y uno de los mas ardientes trastornadores de la pública paz.

«Os ruego que vengais para ayudarme á confundir á esa muger que es el ajente mas poderoso y mas activo del Correjidor.

«Dios os guarde por muchos años, como se lo pide vuestro amigo y servidor

«Don Pedro de Mejía.»

Chema habia escuchado esta carta con un interes y una escitacion creciente, su semblante se habia puesto encendido, sus ojos brillaban y su respiracion era desigual y fatigosa.

—¿Qué pensais?—dijo Don Cárlos—A la verdad que para castigar á esa muger basta su marido, que si buena y juiciosa le hubiera salido á Don Pedro, nada me hubiera tocado á mí, como ahora que es mala é inquieta me viene á querer perturbar.

—Os engañais—dijo Chema con una voz ronca—es preciso que vayais, ó mejor dicho, que vayamos para confundir á esa víbora, yo os acompañaré.

—¡Vos! ¿la conoceis acaso?

—Ojala no la hubiera conocido, ella ha sido la causa de todas mis desgracias, porque yo soy Don José de Abalabide.

—¡Vos Don José de Abalabide! el rico comerciante que desapareció una noche arrebatado por el Santo Oficio, y de quien se cuentan tantos padecimientos?

—El mismo, Don Cárlos, el mismo, y en el camino os instruiré de todo y os convenceré de que es un deber nuestro castigar á esa muger. Disponed, os ruego, vuestro viaje, y salgamos mañana mismo de esta casa.

—Saldremos—dijo Don Cárlos.

A la siguiente mañana una pesada carroza de camino se dirigia á la capital de la Nueva España. Ocho poderosas mulas tiraban de ella, y en el interior se veian á Don Cárlos de Arellano y á Don José de Abalabide que hablaban con mucho calor; era que el viejo referia su historia.

A las dos de la tarde los viajeros habian llegado á México y se alojaban en una casa que Don Cárlos habia conservado amueblada y dispuesta en la ciudad, porque solia antiguamente pasar allí algunas temporadas.

Don José fué bajado de la carroza en los brazos de los lacayos.

En aquellos momentos la ciudad estaba en alarma, grupos de gentes de todas clases cruzaban por las calles, bulliciosos los unos, graves y taciturnos los otros; allí se preparaba algo: eran aquellos para el menos inteligente presagios de una tempestad.

Don Cárlos se dirigió inmediatamente á palacio para averiguar qué era aquello, y encontró allí la misma confusion que en las calles; pero allí ya comprendió todo.

Don Melchor Perez de Varais retraido en el convento de Santo Domingo, no pretendia hacer fuga como decian sus enemigos, pero sí auxiliado del Arzobispo que lo visitaba diaria y secretamente, atizaba el fuego de la sedicion y provocaba un alzamiento. Sus jueces como hemos visto, mandaron ponerle guardias en el convento.

Don Melchor se quejó de esto al Arzobispo diciendo, que se violaba la inmunidad del asilo, y el prelado que no esperaba sino una oportunidad para dar un escándalo, miró esta como venida del cielo.

Con el juicio de censuras se dió principio á este escándalo, y el Arzobispo por medio de su Provisor procedió contra los guardias y contra los jueces hasta declararlos excomulgados.

El Provisor comprendia y secundaba perfectamente las ideas del Arzobispo, y las notificaciones á los excomulgados se hacian con el mayor escándalo posible á todas horas, sin distinguir las del dia de las de la noche.

El clerigo que hacia de notario iba de una á otra casa y de uno á otro tribunal, y atravesando las calles seguido de un concurso numerosísimo ocasionando por toda la ciudad alarma y tumulto.

La Audiencia absolvió á los excomulgados, y el Arzobispo entonces se volvió contra la Audiencia.

Don Cárlos de Arellano llegó á palacio á la sazon que entraba tambien á él un clérigo notario del Arzobispo, que seguido de una multitud inmensa entre la cual se veian muchos clérigos, iba á notificar al secretario de dicha Audiencia la entrega de los autos de este ruidosísimo negocio.

El virey estaba en la Audiencia con los oidores, y el notario del arzobispado llegó con su acompañamiento hasta la puerta de dicha audiencia, en donde habia quedado esperando tambien Don Cárlos.

—¿Qué ruido es ese?—Preguntó adentro el virey.

—Señor—contestó pálido el oficial mayor—El notario del provisorato me notifica que se entreguen los autos sobre absolucion de las censuras de los jueces y guardias de Don Melchor Perez de Varais, bajo pena de escomunion y publicacion en las tablillas de las iglesias.

—Vive Dios, y perdonadme señores mi violencia—dijo el virey—que mucha es la audacia y desacato de ese notario.—Decid señor oficial mayor, á ese notario, que aguarde hasta que termine la audiencia.

El oficial mayor salió inmediatamente á llevar el recado de S. E.

Apenas el notario oyó el recado, cuando sin respeto de ninguna clase, y atropellando al oficial mayor, se dirijió á la puerta de la audiencia. Los alguaciles trataron de impedirselo y entonces allí mismo se trabó la lucha.

Como por encanto salieron á lucir multitud de armas, que llevaban ocultas los clerigos que acompañaban al notario, y comenzaron á caer heridos algunos de los dos bandos.

Don Cárlos tiró de su espada, y se puso del lado de la justicia.

En medio de aquel tumulto, un jóven elegantemente vestido con un sombrero hundido hasta el entrecejo y adornado con hermosas plumas blancas, animaba y exaltaba á los partidarios del arzobispo y con el estoque en la mano, procuraba herir al oficial mayor.

Arellano se arrojó sobre este jóven en el momento en que un movimiento de la multitud hacia caer su sombrero, dejando complemente descubierta su cabeza. Dos esclamaciones se escucharon en aquel acto, la una era de Don Cárlos de Arellano que gritó.

—¡Luisa!

La otra partió de la boca de Don Cesar, que llegaba al lugar del escándalo, y que tambien la reconoció.

En este instante se abrió la puerta de la audiencia, y la figura severa del marqués de Gelves, apareció calmando la tempestad.

Los alborotadores huyeron espantados, y solo quedaron allí Don Cesar, Arellano, y los alguaciles, unos buenos y otros heridos.

Don Cárlos levantó el sombrero que Luisa habia abandonado en su fuga.

El virey con los brazos cruzados contempló á la turba que huia, y luego con una calma inconcebible en su carácter violento y altivo, dijo á Don Cesar y á Don Cárlos de Arellano.

—Pasad Señores.

Los dos caballeros siguiendo al marqués, entraron á la sala de la audiencia.

Los Oidores estaban pálidos, pero serenos; la Audiencia se habia dado por terminada y se hablaba ya en confianza.

—Admírome señor—dijo Don Cesar—como S. E. ha podido contener su natural fogoso ante semejantes desacatos.

—Creed Don Cesar, que he necesitado hacer un grande esfuerzo, porque los gobernantes muchas veces tenemos necesidad de disimular nuestros naturales instintos é inclinaciones.

—Tiene V. E. mucha razon—dijo Don Cesar.

—Pero ya la justicia tendrá su lugar alguna vez, que ahora conozco que solo de precipitarme se trata, para dar motivo á culparme de cualquier desgracia, y no lo conseguirán.

—Quizá no ignore V. E.—dijo Don Cárlos de Arellano, la cabeza y el brazo que dirigen estos disturbios.

—¿Y quién los desconoce? solo vos Don Cárlos que venis tan pocas veces á México, y os pasais la vida encerrado en vuestra casa de la Estrella, y sin embargo, ved como os favorece la fortuna, acabais de llegar y ya teneis en vuestras manos un trofeo.

—Es verdad, E. S.—contestó Arellano, levantando por lo alto el sombrero de Luisa que llevaba en la mano—este trofeo tiene la doble recomendacion de pertenecer á una dama.

—¿A una dama?

—Que venia entre la multitud vestida de hombre, y que se daba tambien su modo de acuchillar á los alguaciles.

—¿Y quién era, esa mi hermosa enemiga?

—Hermosa verdaderamente, y que segun entiendo, es la que pasa por esposa de Don Melchor Perez de Varais.

—He oido hablar de ella, ¿pero por qué decis que pasa por su esposa, acaso no lo es realmente?

—Ni puede serlo; bien pronto conocerá V. E. lo que es esa muger por las pruebas que tendré el honor de presentarle. Entre tanto, permítame V. E. que no le diga mas.

—Como gusteis.

Don Cesar no dió para nada á entender que conocia á Luisa y el virey y los Oidores siguieron comentando á su manera los acontecimientos que habian tenido lugar..............

. . . . . . . .

Aquella misma noche el Arzobispo entraba al aposento que ocupaba en Santo Domingo Don Melchor Perez de Varais.

Luisa con su traje de hombre acompañaba á Don Melchor. El prelado debia ya conocer quién era, porque la saludó como á señora.

Luisa besó respetuosamente el pastoral del Arzobispo.

—En esta tarde—dijo Don Melchor—creí que el marqués hubiera hecho una de las suyas acuchillando al pueblo, lo que hubiera precipitado ventajosamente para nosotros el lance.

—Así debió de suceder—contestó el Arzobispo—y no comprendo qué pudo detenerle.

—Mi esposa que estuvo presente, me ha contado que el virey no hizo siquiera impulso de arrojarse á la pelea.

—¿Será cobarde?—dijo el prelado.

—No lo piense V. S. I., pero está muy prevenido.

—¿Conque vos anduvísteis, señora—dijo el Arzobispo—en medio del peligro?

—Cuando se trata de la causa de Dios y de la Iglesia—contestó hipócritamente Luisa—la criatura mas débil es fuerte.

—Sois digna imitadora—dijo el Arzobispo—de Judit, de Estér y de Dévora.

—Señor Ilustrísimo.........—esclamó Luisa fingiendo ruborizarse.

—Y no crea Su Ilustrísima—agregó Don Melchor con cierto orgullo—no cesa de trabajar; esta noche me ha dado parte de que se ha encontrado á un antiguo criado suyo de gran influencia entre el pueblo, y muy útil, á quien llaman por mal nombre el Ahuizote.

—¡El Ahuizote! ¡el Ahuizote!—yo recuerdo ese nombre.

—Tal vez le haya conocido en otro tiempo Su Señoría.

—Puede, ¿con que es muy útil?

—Para todo.

—Pues va ya á necesitarse pronto porque el virey me exige que le envie al notario que en esta tarde fué á notificar al secretario de la Audiencia.

—¿Y qué hará Su Señoría Ilustrísima?

—¿Qué puedo hacer? entregarle, pero esto dará el motivo que se necesita para poner el entredicho y excomulgar al virey.

—¡Excomulgarlo!—esclamaron á un tiempo Luisa y Don Melchor.

—Sí, ya vereis que naturalmente van para allá las cosas y muy pronto.

—Y nosotros entre tanto ¿qué haremos?

—Seguir excitando y preparando al pueblo para la hora del combate.

—Estamos dispuestos—dijo Don Melchor—¿nos avisará Su Ilustrísima?

—Sí, si es posible; si no hay tiempo, las campanas que toquen el entredicho serán la señal.

Pocos momentos despues Luisa se despidió, en la puerta por donde ocultamente entraba y donde la aguardaba ya el Ahuizote. Luisa subió en su carroza y el Ahuizote trepó á la saga.

XI. Cómo los celos hacen adivinar á las mugeres.

—RECUERDAS—dijo Luisa al Ahuizote al llegar á la casa—¿á aquel Don Cesar de Villaclara?

—¿Y cómo olvidarlo si tan malos dias nos hizo pasar? pero creo que lo enviaron á Manila y no ha vuelto á parecer.

—Te engañas, porque hoy le he visto en el palacio.

—Puede, pero al fin que ya no nos importa.

—Sí, sí nos importa, ha jugado ese hombre conmigo y me ha despreciado por Doña Blanca.

—Pero ahora de nada le servirá eso, porque á esa Doña Blanca, segun me dijeron, la metió monja su hermano Don Pedro.

—Es verdad, pero se ha fugado del convento.

—¡Calle! y qué picarona—dijo sonriéndose el Ahuizote—pero ahora se juntarán los dos, y el Santo Oficio dará cuenta final de esos amores.

—Eso es lo que pienso, y lo que trato de evitar.

—¿Qué? ¿Que los quemen? ¿Pues no los aborreciais tanto?

—No, lo que no quiero es que se vean, que se amen, que sean felices, y estoy segura de que así está sucediendo porque el corazon me lo avisa. Don Cesar es el único hombre á quien verdaderamente he amado, y no será de esa muger aunque me cueste el dolor de verle entre las llamas. Oyeme, es preciso que mañana mismo averigües en dónde vive Don Cesar, que pongas personas que lo vijilen, que vean adonde vá, con quien habla, todo lo que hace en el dia y en la noche, porque estoy segura de que visita á Doña Blanca, que la ama, y ¡hay de ellos! yo me sabré vengar.

—¿Pero si eso no es mas que una suposicion vuestra?

—No, estoy segura de que así sucede. Ya oyes lo que te he prevenido, y sabes que pago bien.

—Sereis obedecida de la misma manera.

—Mañana en la noche tendremos razon exata, ¿es verdad?

—Muy pronto es.

—No importa, lo quiero.

—Está bien.

—Por ahora puedes retirarte, pero ya lo sabes, no tienes mas comision que esa.

—Está muy bien.

—No te me presentas hasta traer las noticias que te pido, pero mañana en la noche estás aquí.

Y sin esperar respuesta, Luisa se entró en su habitacion.

El dia siguiente se pasó con grande alarma en la ciudad, y circuló en la noche la noticia de que el virey tenia ya preso al clérigo que habia ido á notificar la excomunion, á Osorio el secretario de la audiencia, y que privado dicho clérigo de sus temporalidades, iba á ser remitido á San Juan de Ulua para ser embarcado para España.

El arzobispo estaba furioso y sus partidarios llenaban de pasquines las puertas de los templos y hasta las de Palacio.

Todo el mundo esperaba un conflicto por momentos, porque todos conocian el caracter impetuoso y enérgico del marqués de Gelves, y el genio altivo é indomable del arzobispo Don Juan Perez de la Cerna.

México entero estaba conmovido se había hecho correr el rumor de que el virey que habia obligado á todos á traer sus semillas á la alhóndiga para abastecer al pueblo, se habia puesto de acuerdo con Don Pedro de Mejía, para monopolizar el maíz y venderlo á precios escesivos, y que la causa de los disgustos del virey con el arzobispo, era que este habia tomado la defensa de los pobres, amenazando á Mejía y al de Gelves con la excomunion si no abarataban los granos.

Esto se referia públicamente en los mercados, y por consecuencia crecian á la par, el prestigio del arzobispo y el odio al virey y á sus amigos.

Las cosas estaban ya en sazon, para hacer un tumulto, pero el de Gelves apesar de su caracter arrebatado, y de las provocaciones del prelado, caminaba con mucha prudencia.

Luisa esperó toda la tarde que llegara el Ahuizote porque conocia su diligencia y su actividad, y aunque la cita era por la noche creia que el hombre se anticiparía.

En la tarde el Ahuizote no pareció, pero á la oracion de la noche estaba ya en la casa de Luisa con el semblante del que viene satisfecho.

—¿Averiguaste?—le dijo Luisa luego que le vió.

—Todo.

—¿Y qué hay?

—Lo mismo que vos pensabais. Don Cesar ha encontrado á Doña Blanca, y se han entendido, de manera que vuestro corazon no os engañó.

—Pues entonces, no hay mas sino denunciarles al Santo Oficio....................................

—No me parece prudente, porque aun esos amores no pasan de conversaciones por la reja de Doña Blanca, despues porque está ella en la casa de Teodoro el esclavo que fué de Doña Beatriz.

—Tanto mejor. Teodoro es mi enemigo y puedo perderle tambien, entregando á los amantes á la Inquisicion.

—Entonces no sabeis que Teodoro es uno de los partidarios mas importantes del señor arzobispo, porque cuenta con toda la gente de color, de la que es el gefe; de manera que si se hiciese lo que vos pensais, en primer lugar le quitabais un grande apoyo al arzobispo y en segundo lugar tendria que defender á los amantes defendiendo á Teodoro, y vos tendrias que habéroslas con un enemigo muy poderoso.

—Tienes razon, pero ¿qué debo hacer?

—Mirad, que conque tengais un poco de paciencia todo se arregla. Don Cesar ha preparado una casita, para llevarse allí á Doña Blanca, y entonces es tiempo de caerles, que serán envueltos en el proceso del Santo Oficio, mientras que hoy solo Blanca seria condenada.

—¿Y cuando pensará Don Cesar mudar á Doña Blanca?

—Creo que esta misma noche.

—¿Luego ya mañana?..................

—Ya mañana podeis hacer la denuncia.

—¿A donde está la casa?

Eso sí no he podido saber, y tal vez mas tarde me lo dirán, porque estas noticias las tengo de un criado de Don Cesar, íntimo amigo mio, á vos nada os importa saber la casa dad la denuncia, que los familiares sabrán husmear y no haya cuidado que pierdan la pieza.

—Bueno, tú sin embargo, prosigue en tus averiguaciones.

Luisa pensó ya, que habia llegado el momento de su venganza, y el Arzobispo le pareció un buen medio. Su Ilustrísima deseaba y aprobaba todo lo que era no solo contra el virey, sino contra sus amigos: él ayudaria á perseguir á la hermana de Don Pedro de Mejía, y á Don Cesar de Villaclara, los dos favoritos del de Gelves.

A las once de la noche, los amigos de Don Melchor Perez de Varais y su Luisa, estaban con él, en Santo Domingo, combinando sus planes de revolucion.

—Si su Señoría Ilustrísima quisiera, dijo Luisa al Arzobispo—manera tengo yo de quitar al virey, á uno ó dos de sus principales amigos.

—Por fuerza tengo de querer—contestó el prelado—que mas perjudican sus amigos que él mismo. ¿Y de quiénes tratais?

—De Don Cesar de Villaclara, y de Don Pedro de Mejía.

—¡Pollos son de cuenta!—esclamó el Arzobispo—¿Y cómo pensáis que nos deshagamos de ellos?

—Muy fácilmente: pero siendo caso de conciencia, espero que su Ilustrísima me escuche como en sigilo de Sacramento.

—Bien entonces mañana..................

—Urgente es la medida.

—En ese caso..................

—Si su Señoría gusta—dijo Don Melchor—puede pasar al inmediato aposento, que está enteramente solo.

—Me parece—contestó el Arzobispo, dirijiéndose al otro aposento seguido de Luisa.

El prelado se colocó en un sitial, y Luisa tomó asiento á su lado.

—Comenzad—dijo gravemente el Arzobispo.

—Pues sabrá S. S. I., que Don Pedro de Mejía tiene ó mas bien tenia una hermana en el convento de Santa Teresa, llamádose Blanca.

—Sí, eso es, Sor Blanca la que se fugó dias pasados; ya caigo.

—Aun hay mas, Sor Blanca tenia antes de entrar al convento amores con Don Cesar de Villaclara.

—¡Hum!—hizo el prelado, que comenzaba á maliciar de lo que se trataba.

—Sor Blanca fugada del convento, ha encontrado á Don Cesar y han vuelto á entablar sus relaciones, y él la tiene ya viviendo como su muger.

—¿Pero adonde?

—Eso es lo que le toca averiguar á la justicia.

—Mañana mismo dictaré mis órdenes.........

—Permitame su Ilustrísima, que le diga que todo eso vendria mejor de la inquisicion y no tendria el carácter de persecucion de partido.

—En efecto, y la cosa tanto mas llana es, cuanto que el inquisidor mayor es grande amigo mio, y conseguiré que mañana mismo se publiquen los edictos contra la hermana de Mejía y contra el tal Don Cesar.

—¿Parece bien á su Ilustrísima?

—Perfectamente, mañana se publicarán los edictos, ó á mas tardar pasado mañana.

—Y si algo sé yo de nuevo, avisaré á su Ilustrísima.

El Arzobispo y Luisa salieron del aposento á cual mas alegre.

—Lo dicho Sr. Don Melchor—dijo el prelado—vuestra esposa es una de las mugeres fuertes de la Biblia, y el de Gelves caerá como los filisteos, atacado por todos lados.

—Lo que desearia que fuese muy pronto—contestó Don Melchor—que me enfado ya de estar aquí prisionero.

—Muy pronto caerán al sonido de las trompetas las murallas de la soberbia Jericó.

—Dios lo permita.

—Amen.

La reunión se disolvió. Luisa se fué á soñar con su venganza, y el Arzobispo á preparar con el inquisidor mayor la persecucion de Doña Blanca.

XII. Como era un edicto del Santo Oficio.

POR la calle de Ixtapalapa, y fuera ya de la traza en los suburbios de la Ciudad habia una pequeña y aislada casa, en la que nadie habitaba hacía ya mucho tiempo, de manera que aquella casa se iba destruyendo rápidamente.

Una mañana los vecinos advirtieron gran cantidad de trabajadores, que casi en un solo dia, la pusieron en estado de servir. Durante la noche, se observaron criados y esclavos, que alumbrados por hachones traian muebles, que á lo que con aquella escasa luz podia mirarse, eran de mucho lujo.

A la mañana siguiente, todo movimiento habia cesado, y nadie entraba ni salia á la casa.

Dicen algunos que el animal mas curioso de la creacion es la muger.—Yo opino que el vecino es mas curioso que la muger—y los vecinos de aquellos rumbos observaron: (lo que prueba que estaban en acecho) que á las diez de la noche del siguiente dia, se iluminó la casa por dentro.

La curiosidad creció y comenzaron á formarse mil comentarios, y á fastidiarse porque trascurrian dos horas y no se veia mas que la luz.

A las doce y media se oyó á lo lejos el ruido de una carroza que se aproximaba, y que vino á pararse frente á la puerta de la casa.

Quién salió de aquella carroza nadie lo supo, pero ella permaneció allí hasta que comenzó á salir la luz, y entonces se retiró. Como habia modo ya de percibir quién la ocupaba, todos se empeñaron en descubrirlo creyendo encontrar, lo menos al diablo, pero solo pudieron alcanzar á ver una mano negra que se apoyaba en una de las portezuelas.

La curiosidad del caritativo vecindario, no satisfecha, se contentó con decir:

—Estas son cosas del enemigo malo: Dios nos saque con bien—y luego santiguarse.

Vamos nosotros á retroceder un poco, para que el lector sepa lo que contenia aquel misterio.

Don Cesar, como habia dicho muy bien el Ahuizote á Luisa, tenia ya dispuesta su casa y debia trasladar á ella á Blanca. Teodoro instruido por esta, era su auxiliar y su protector.

Pero á una muger como Blanca le hubiera sido imposible ser la querida de un hombre, y aunque á trueque de un sacrificio, ella queria santificar si esto era posible, su union con Don Cesar de Villaclara.

Doña Blanca creia que su deshonra y su castigo seria menor si al descubrirse todo se publicaba que teniendo voto de castidad habia contraido matrimonio, que si se hubiera referido en público pura y sencillamente que era la manceba de Don Cesar de Villaclara. El orgullo de su sangre y sus ideas religiosas se sublevaban contra esta idea y pensaba que el Sacramento del Matrimonio atenuaba su falta.

Por otra parte con el Breve del Pontífice que autorizaba al Arzobispo para relajar sus vínculos, se creia enteramente libre, y tanto en aquello habia llegado á pensar, que no tenia ni el menor remordimiento de que alguna vez pudieran llegar á decir de ella que era Monja y Casada.

Los argumentos que favorecen nuestros planes toman tales visos de certidumbre y se visten por la conciencia de tales apariencias de verdad y de justicia, que llegan á parecernos sólidos y esactos, y el hombre que se empeña en convencerse á sí mismo de que una cosa es buena, llega mas tarde ó mas temprano á conseguirlo.

La mejor prueba de esto es el suicidio.

No hay quizá una cosa que repugne tanto á la naturaleza como la idea del «no ser.»

La muerte vista de cerca y á la luz del dia, aterra aun á los mas fuertes, y sin embargo, séres débiles y almas tímidas llegan á persuadirse á sí mismas, de que el suicidio, la muerte, el no ser, son medios para dejar de padecer, y se quitan la existencia esos mismos séres, que en otro caso temblarian ante el menor peligro.

Don Cesar comprendió lo que pasaba en el alma de Blanca y se persuadió también. No hay argumento sin fuerza cuando viene de boca de una persona á quien se ama con pasion.

Don Cesar comenzó á dar los pasos necesarios, y dando á Blanca un nombre y una parentela supuestas y valiéndose de su influjo y de su dinero, logró sacar una dispensa de «publicatas ó amonestaciones» y el permiso para casarse en el domicilio de su futura Doña Carolina de Sandoval, que fué el nombre con que se presentó Blanca.

La toma del dicho se hizo en la casa de Teodoro por notarios ignorantes, que á no ser tan torpes, lo hubieran parecido con las dádivas de Don Cesar, y todo quedó dispuesto para la celebracion del matrimonio, fijada para el dia siguiente de la traslacion de Blanca á la casa que tomó y mandó comprar Don Cesar por el rumbo de la calle de Ixtapalapa y que ya conocen nuestros lectores.

Se preparó todo en aquella casa, se tomaron criados y esclavos para el servicio de Doña Carolina, y la noche que los vecinos vieron por primera vez luz en el interior, Don Cesar y Teodoro condujeron á Blanca y la instalaron en su nueva habitacion.

Blanca estaba verdaderamente loca por el placer y no pensaba en nada, en nada mas, sino en que iba á ser ya del hombre á quien amaba tanto.

Teodoro y Don Cesar acompañaron á Blanca hasta el amanecer, y á esa hora como hemos visto se retiraron.............

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El Arzobispo debia haber arreglado las cosas á su modo con el inquisidor, porque al dia siguiente en todos los templos á la hora de la misa mayor, se leia un edicto de la Inquisicion.

Perdónennos nuestros lectores si á riesgo de fastidiarlos les insertamos un edicto del Santo Oficio, para que tengan una idea exacta de cómo eran éstos, y las curiosas prescripciones que contenian.

✝

«NOS LOS INQUISIDORES APOSTOLICOS, CONTRA la Herética pravedad y Apostasía, en esta Ciudad de México, Estados y Provincias de la Nueva España, Goatemala, Nicaragua, Filipinas y su Distrito y cercanía, &c. Por Authoridad Apostólica.

«Hacemos saber á Vos los Vicarios, Curas, Capellanes y Sacristanes de las Iglesias de todas las Ciudades, Villas y Lugares de este dicho nuestro distrito; y especialmente á los de esta Ciudad, y á cada uno, y qualquier de vos, que esta nuestra Carta dada á pedimento del Señor Promotor Fiscal de este Santo Officio, que sea ley dada y publicada en esta dicha Iglesia.

«Son exortadas y amonestadas todas, y qualesquier personas de qualquier estado, grado, condicion y preeminencia que fuessen, que uviessen visto, ú oido decir, que alguna, ó algunas personas, vivos, presentes, ausentes ó difuntos uviessen prestado auxilio, ocultado, protegido, ó en qualquier manera ayudado é dado amparo á la llamada Doña Blanca de Mejía en el siglo, ó Sor Blanca del Corazon de Jesus, profesa en el convento de Santa Teresa de la Orden de Carmelitas descalzas, de donde con gran escándalo y perturbacion ha uido, y viviendo en relajada vida, pretende contraer ó ha contraido ya sacrílego matrimonio, así como algo de lo relativo á la dicha Sor Blanca, su pretendido esposo y demas que le acompañen á él y á ella.

«Y les mandamos en virtud de Santa obediencia, y so pena de Excomunion, Trina Canónica monitione præmissa, que dentro de seis dias primeros siguientes, despues que la dicha nuestra Carta sea leyda, y publicada, los quales les damos é assignamos, por tres plazos y terminos peremptorios, vengan y parescan ante Nos, personalmente en la Sala de nuestra Audiencia, á decir y manifestar lo que supiessen uviessen hecho, visto hazer, ó oido decir cerca de las cosas, en esta nuestra Carta dichas y declaradas, y otras qualesquiera que fuessen contra nuestra Santa Fee Catholica, ó contra el recto y libre exercicio del Santo Officio.

«E filo que Dios nueftro Señor, no quiera ni permita, por los feis dias figuientes, las dichas perfonas, q’ affi han hecho, ó dicho, faben û oyeron decir, quien haya hecho, ô dicho alguna cofa, ó cofas de las contenidas en la dicha nueftra Carta primera, ú otras cofas contra nueftra fanta Fee Catholica, ô contra el recto, y libre exercicio del Santo Officio de la Inquificion, ô de fus Ministros perfiftiendo en fu contumacia, y rebelion, y no lo vinieren á decir, y manifeftar ante Nos por la prefente los defcomulgamos, anathematizamos, maldecimos, y apartamos del gremio, ê union de la Santa Madre Iglefia Catholica, participacion, y comunion de los Fieles, y Catholicos Chriftianos, como á miembros pofeydos del demonio. Y mandamos á los Vicarios, Curas, Capellanes, y Sacriftanes, y á otras qualefquier perfonas Eclefiasfticas Seglares, y Religiofos, q’ los ayan, y tengan á todos los fufodichos (q’ affi fueren rebeldes, y contumaces) por tales publicos defcomulgados, maldecidos, y anatematizados, y vengan fobre ellos, y á cada uno de ellos, la ira, y maldicion de Dios todo poderofo, y de la Gloriofa Virgen Santa Maria fu Madre, y de los Bienaventurados Apoftoles S. Pedro, y S. Pablo, y de todos los Santos del Cielo. Y vengan fobre ellos todas las plagas de Egypto, y las maldiciones q’ vinieron fobre el Rey Pharaon, y fus gentes porque no obedecieron, y cumplieron los Mandamientos divinales; y fobre aquellas cinco Ciudades de Sodoma, y Gomorra, y fobre Datán, y Abirón, que vivos los tragó la tierra, por el pecado de la inobediencia, que contra Dios nueftro Señor cometieron; y fean malditos en fu comer, y beber, y en fu velar, y domir; en fu levantar, y andar; en fu vivir y morir; y fiempre eftén endurecidos en fu pecado: el diablo efté á fu mano derecha; quando fueren en juizio fiempre fean condenados; fus dias fean pocos, y malos; fus bienes, y hazienda fean trafpaffados en los eftraños; sus hijos fean huerfanos, y fiempre eftén en neceffidad; y fean lanzados de fus cafas, y moradas, las quales fean abrafadas, todo el mundo las aborrezca; no hallen quien halla piedad de ellos, ni de fus cofas fu maldad efté fiempre en memoria delante del Acatamiento divinal, y maldito fea el pan, y el vino, la carne, y el pefcado, y todo lo que comieren, y bebieren, y las veftiduras q’ viftieren, y la cama en que durmieren, y fean malditos con todas las maldiciones del Viejo, y Nuevo Teftamento; malditos fean con Lucifer, y Judas, y con todos los demonios del Infierno, los quales fean fus feñores, y fu compañia. Amen.

Y mandamos, que entre tanto q’ eftas nueftras cenfuras fe leen, y publican, los Clerigos hagan tener dos Cyrios de cera encendidos, cubierta la Cruz con velo negro en feñal de luto que la Santa Madre Iglefia mueftra con los tales malditos, y defcomulgados, encubridores, y favorecedores de Hereges. Y acabadas de leer las cenfuras, mandamos â los dichos Curas, Clerigos, y Sacriftanes, y â cada uno de ellos, que maten los dichos Cyrios ardiendo, en el agua bendita, diciendo: Affi como mueren eftos Cyrios en efta agua, mueran fus animas, de los tales rebeldes, y contumaces, y fean fepultadas en los Infiernos; y hagan repicar, y tañer las campanas; y luego canten en tono el Pfalmo que comienza: Deus laudem meam ne tacueris. Y el Refponfo que dice: Revelabunt cœli iniquitatem Iudæ. Y no cefeys de lo affi hazer, y cumplir hafta que los tales rebeldes vengan á obediencia de la Santa Madre Iglefia, y digan, y declaren lo que faben, han vifto, y oîdo decir, como dicho es, y fean abfueltos de las dichas cenfuras, en que affi han incurrido. En teftimonio de lo qual mandamos dar, y dimos la prefente firmada de nueftros nombres, y fellada con el fello de efte Santo Officio, y refrendada del Secretario infracfcripto.

XIII. De cómo Doña Blanca se casó y de lo que sucedió entonces.

EL clérigo oidor que habia notificado la excomunion al secretario Osorio, en la Audiencia, habia sido como indicamos, remitido á Veracruz para embarcarse para España.

En vano le reclamó el Arzobispo, y en vano amenazó á la Audiencia; la parte de esta que era fiel al virey permaneció inflexible, y el prelado determinó dar un grande escándalo para precipitar definitivamente las cosas.

La ciudad estaba en grandísima alarma. El Arzobispo exijia que en las tablillas de las puertas de las iglesias estuviesen los nombres de los que él habia excomulgado, á pesar de que era pasado el tiempo que debian permanecer allí, y que además estaban ya absueltos por los jueces á quienes habian ocurrido; pero el Arzobispo se empeñaba en que allí subsistiesen, y los comisionados por la justicia para quitarlas luchaban en cada templo para conseguirlo.

Cerraban los curas y los vicarios las puertas de las iglesias, é intervino entonces «el brazo secular» y se hacian abrir por fuerza, y esto con escándalo tan grande, que ya nadie atendia á sus negocios ni á sus naturales ocupaciones, sino que andaban todos por todas partes inquiriendo noticias y tomando partido.

Así duraron las cosas todo el dia, que lo pasó Don Cesar al lado del de Gelves, atendiendo solo á las disposiciones que se dictaban para evitar un tumulto, y prevenir sus resultados en caso de que lo hubiese.

A las oraciones de la noche Don Cesar, Teodoro, su muger, y un anciano sacerdote llegaron á la casa en que vivia Doña Blanca.

La dispensa obtenida por Don Cesar, contenia, como era natural que él lo hubiera procurado, la autorizacion á un sacerdote particular y que no era el cura de su parroquia, para celebrar el matrimonio de Don Cesar de Villaclara y de Doña Carolina Sandoval, como se llamó Blanca.

La jóven esperaba ya con impaciencia, estaba vestida de blanco, y su belleza resaltaba mas con aquel traje vaporoso sin adornos y sin alhajas.

En la sala de la casa debia celebrarse la boda, y el sacerdote se revistió en una de las piezas inmediatas. Teodoro y Sérvia eran los padrinos.

Blanca, trémula y confusa, pronunció sus nuevos votos y la bendicion del anciano sacerdote vagó sobre aquellas dos hermosas cabezas.

Blanca era por fin la esposa de Don Cesar de Villaclara.

Eran las ocho de la noche, y repentinamente se escuchó á lo léjos el clamor triste de las campanas de la catedral, y luego el de todas las iglesias de la ciudad, que se elevaba en el silencio de la noche como un presagio sombriamente siniestro.

—¡Jesus nos ampare!—Esclamó el anciano religioso cayendo de rodillas.

—¿Pues qué es eso señor?—preguntó Blanca mas pálida que un cadáver.

—La maldicion de Dios sobre esta ciudad desgraciada—contestó el religioso.—Tocan entredicho.

—¡Entredicho!—Repitieron todos espantados.

—¡Jesus nos valga!—dijo Blanca desmayándose.

El anciano salió precipitadamente de la casa y los demas rodearon á Blanca desmayada.

Las campanas seguian, tocaban pavorosamente á entredicho, y el tumulto en las calles era espantoso, todos salian á la calle atraidos por la novedad y la noticia de que la ciudad estaba en entredicho, circulaba por todas partes helando de espanto á aquellos corazones religiosos y tímidos.

—Dios mio—decia Blanca volviendo en sí—yo soy quizá la causa de tanta desgracia. ¡Dios mio, perdóname!

Tres golpes sonaron en la puerta de la calle y todos se miraron entre sí como espantados. Blanca se refugió en los brazos de Don Cesar.

Un criado abrió la puerta y un comisario del Santo Oficio se presentó en la estancia seguido de sus familiares.

—¿Quién es aquí—dijo severamente el comisario—Doña Blanca de Mejía?

Todos callaron espantados.

—¿Doña Blanca de Mejía?—volvió á decir el comisario.

El mismo silencio.

—Por última vez y en nombre del Santo Tribunal de la Fé, preséntese Doña Blanca de Mejía, si no quiere que pare en su mayor perjuicio.

Doña Blanca dió un paso adelante, el comisario se aproximó para prenderla; pero en este momento Don Cesar se arrojó entre los dos.

—No la tocareis—dijo resueltamente.

—Prended á esa muger—dijo el comisario del Santo Oficio.

D. Cesar tiró de la espada y los familiares se lanzaron sobre él.

—Pensad á lo que os esponeis resistiendo á la Inquisicion—gritó el comisario.

—Aunque me cueste la vida—contestó Don Cesar—sálvala, dijo á Teodoro.

El negro tomó entre sus robustos brazos á Blanca que habia vuelto á desmayarse, y se entró á los aposentos interiores seguido de Sérvia.

Los familiares quisieron ir tras él, pero Don Cesar cubrió la puerta con su cuerpo y espada en mano, y comenzó una lucha desigual pero terrible.

Los gritos de ¡favor á la Inquisicion! ¡favor al Santo Oficio! se escuchaban en la calle entre el pavoroso clamoreo de las campanas que continuaban tocando á entredicho.

Los lacayos habian huido, y en el combate las bujías habian caido y se habia incendiado una de las colgaduras del aposento en que Don Cesar se resistia tan valientemente.

En un momento el fuego se apoderó del aposento, y los dependientes del Santo Tribunal que no querian tener la suerte de sus víctimas, huyeron por un lado y Don Cesar por otro.

Las llamas lo invadian todo con una rapidez asombrosa; Villaclara recorrió toda la casa buscando á Teodoro y á Blanca, pero toda estaba desierta.

Salvó entonces una de las tápias y echó á caminar con rumbo á palacio.

La noche estaba sombría; las campanas seguian tocando, las calles y las plazas llenas de gente.

Don Cesar volvió el rostro y miró una inmensa columna de fuego que se levantaba; unas viejas que pasaron á su lado decian:

—Seguramente no quisieron salir los brujos y la Inquisicion los ha quemado con todo y casa.

Don Cesar se dirigió inmediatamente para la casa de Teodoro, para donde además de la distancia tenia que atravesar por multitud de grupos que invadian las calles y las plazas, haciéndole mas dificultoso el camino. Don Cesar creia que Teodoro conduciendo á Blanca se habria dirigido como era natural suponerlo, para la casa de la calle de San Hipólito. Caminó mucho tiempo y al llegar á la esquina del tianguis de San Hipólito, encontró á uno de los negros que mas frecuentaban la casa de Teodoro y que reconociendo á Don Cesar ó creyendo reconocerle entre la oscuridad de la noche á la luz de algunas antorchas y faroles que traian algunos de los muchos que andaban en la calle, se dirigió hácia él.

—Señor—le dijo.

—¿Qué se ofrece?—preguntó Don Cesar deteniéndose.

—¿Vais á la casa de Teodoro?

—¿Por qué me lo preguntas?

—Es porque acaba de ser ocupada por una multitud de gente que todo lo embarga y todo lo registra.

—¡La Inquisicion!—esclamó Don Cesar preocupado.

—No señor, son gentes de justicia que han llegado en nombre del virey.

—¿Y Teodoro?

—Nada sé, sino que tienen presos á cuantos han sido encontrados en la casa y aun están allí.

Desprendióse violentamente Don Cesar de aquel hombre y se dirigió á la casa de Teodoro; si no era el Santo Oficio y sí gentes del virey, Don Cesar nada tenia que temer y podria salvar á Blanca y á Teodoro en el caso de que estuviesen allí.

Pensando en esto y apretando el paso, en un momento se encontró en la casa.

En efecto, numerosas rondas dirigidas por un alcalde ocupaban el edificio, y en nombre del virey practicaban el mas escrupuloso registro.

El alcalde conocia á Don Cesar, le dió razon de cómo habia venido allí de órden de S. E. porque varias denuncias habian corroborado la idea que ya S. E. tenia de antemano, de que se trataba allí de una conspiracion de las gentes de color indispuestas con el virey por las enérgicas disposiciones que contra ellas habia dictado.

Teodoro no estaba allí, algunos criados que tenia presos la ronda, nada sabian de él, ni de su muger, ni por supuesto de Doña Blanca.

Mil conjeturas ocurrieron á Don Cesar, y se disponia ya á marcharse para continuar en sus pesquisas, cuando en aquellos momentos otro comisario del Santo Oficio se presentó en la casa seguido de gran número de familiares y en busca tambien de Doña Blanca de Mejía.

El alcalde pretendia que la casa ocupada en nombre del virey y de la justicia de S. M. el Rey de España, no podia ser atropellada.

El comisario insistia por su parte, y Don Cesar miraba con cierto placer aquel conflicto que le daba ocasion de vengarse del Santo Oficio, acuchillando con un pretesto legal á sus familiares.

Como es de suponerse, Don Cesar animaba la cuestion, y ya todos enardecidos habian echado mano á los estoques preparándose á acometer al grito tan necesario en todas aquellas circunstancias de «favor al rey» «favor á la Inquisicion» y «ténganse á la justicia» y «ténganse al Santo Oficio,» cuando repentinamente todas las espadas se bajaron, todas las lenguas enmudecieron y se descubrieron todas las cabezas.

El marqués de Gelves apareció en medio de aquel improvisado palenque.

A pesar de los gritos de sedicion, á pesar del desprecio con que aparentaban tratarle sus enemigos, el marqués de Gelves era la arrogante figura ante la cual se inclinaban las frentes mas altivas de los grandes señores de Nueva España, y el Arzobispo mismo no se atrevia en su presencia ni á arrugar siquiera el entrecejo.

Vestia el virey en aquella noche mas bien un traje de combate que de Corte.

Bajo su negro ferreruelo se percibia el brillo de la coraza y de la gola y la ancha tasa de la empuñadura de su espada, que no era indudablemente la que llevaba de ordinario en su bordado talabarte.

Cubria su cabeza una especie de capacete de acero, y sus calzas de cuero y sus brillantes espuelas de oro, indicaban que estaba dispuesto á montar á caballo en el momento que lo creyese necesario. El virey tenia el continente altivo del antiguo batallador.

—¿Qué pasa aquí?—preguntó el virey.

Nadie se atrevió á contestarle.

—Ea, responded, señor Alcalde.

El Alcalde se adelantó temblando.

—Señor—dijo—por órden de V. E. hemos venido á registrar esta casa, y á poner en prision á sus moradores.

—¿Y por eso causais este escándalo?

—Señor—contestó el Alcalde—los ministros del Santo Oficio han despues venido y querídose apoderar de la casa con desprecio de la justicia de Su Majestad y de las órdenes de V. E.

—¿Habeis encontrado algo?

—Nada, señor, no hemos encontrado mas que algunos sirvientes que ignoran el paradero de sus señores.

—Entonces retiraos, y dejad que el Santo Oficio cumpla con sus deberes, y cuidad que en lo de adelante llegueis á provocar semejantes escándalos.

El Alcalde, humilde y cabizbajo, se retiraba seguido de los alguaciles; pero al llegar á la puerta se volvió preguntando al virey.

—¿Y los criados?

—Si vos los aprehendisteis—contestó el virey—llevadlos, que son los prisioneros de quien los toma.

Ni una palabra se atrevió á decir el comisario del Santo Oficio.

A la salida de los alguaciles el virey descubrió á Don Cesar, que habia permanecido oculto tras ellos en uno de los ángulos de la habitacion.

—¿Vos tambien aquí, Don Cesar?—dijo el virey.

—Sí, señor, contestó Don Cesar—advertí el tumulto en esta casa y me llegué á ella, atraido por la curiosidad.

—Hacedme favor de acompañarme.

El virey salió embozándose en su ferreruelo y se encaminó á palacio acompañado de Don Cesar, que rabiaba por separarse de él para volver á emprender su peregrinacion en busca de Blanca.

El comisario y los familiares convencidos de que no encontrarian á la persona que buscaban, porque la casa estaba enteramente desierta, tornaron á dar cuenta de su comision sin meterse en mas averiguaciones, porque la única mision que llevaban allí era procurar la aprehension de Doña Blanca.

La casa de Teodoro quedó enteramente sola y abierta.

Dos horas despues un hombre se deslizaba cautelosamente entre las tinieblas hasta llegar á la casa, y á poco llegó tambien otro que le seguia.

—Señor Martin—dijo el primero que habia llegado—á no haber sido por la fortuna que tuve de encontraros, estoy seguro que en este momento me tendria el virey en las cárceles de palacio.

—Sí, Teodoro—contestó el otro, que como podrá suponerse era Garatuza—desde las ocho de la noche tenia yo la noticia de que debia venir aquí la justicia, y casi estoy seguro de quién es el que nos ha denunciado.

—¿Y de quién sospechais?—preguntó Teodoro.

—De un caballero muy principal que he visto rondar por estas calles algunas noches; grande amigo del virey, y que se llama Don Cesar de Villaclara.

—Os engañais Don Martin—replicó Teodoro—mas seguro estoy yo de ese Don Cesar, que de mí mismo.

—Lo mismo da; ya veremos mas adelante: por ahora lo que importa es que no volvais á presentaros por esta casa, y que permanezcais oculto por algunos dias, que supongo que serán muy pocos, porque esta tragedia poco ha de tardar en desenlazarse: cerrad vuestras puertas y retirémonos, que así lo aconseja la prudencia.

Teodoro cerró cuidadosamente todas las puertas de la casa, y acompañado de Martin, se perdió entre la muchedumbre, que aun no se retiraba de las calles.

Las campanas de todas las iglesias, no habian cesado en su pavoroso clamoreo.

XIV. De lo que combinaron el Corregidor Don Melchor Perez de Varais y el Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna.

EL Arzobispo de México usaba de las armas de la Iglesia contra sus enemigos, excomulgando á los jueces, y á los guardas de su protegido el Corregidor de México Don Melchor Perez de Varais, objeto ó mas bien dicho pretesto de todas aquellas grandes discuciones; pero sus enemigos, encontraron tambien en la misma Iglesia, armas que volver contra el pecho del Arzobispo, tornando golpe por golpe, censura por censura, y anatema contra anatema.

El Papa Gregorio XIII, por Bula especial, habia nombrado para casos semejantes, en los que alguno se sintiese agraviado por la autoridad del Arzobispo, Juez Apostólico delegado al Obispo de la Puebla de los Angeles.

A él acudieron los quejosos.

El Arzobispo se reveló contra su autoridad, y el Delegado confirió por delegacion todo su poder á un religioso de Santo Domingo.

El Sub-delegado Apostólico se armó de energia y escudado con su nombramiento, y seguido por los religiosos de su Orden, y apoyado por el virey, y por la Audiencia y por sus partidarios, comenzó á luchar contra el Arzobispo.

Las censuras se cruzaban de un púlpito al otro, y cada iglesia se convertia en un palanque en que desde lo alto de la cátedra del Evangelio, se anatematisaban los contendientes, se alzaban ó se imponian excomuniones á los jueces, y se predicaban doctrinas en pró y en contra de la potestad de las jurisdicciones, de lo cierto y falso de las proposiciones que cada parte defendia.

Los fieles estaban aterrados y cada uno seguia el bando á que le inclinaban sus pasiones, mas bien que los razonamientos, que sin comprender escuchaba en los púlpitos.

El Arzobispo predicó su entredicho en la Misa Mayor despues del Evangelio, haciendo salir una procesion con muchos clérigos revestidos, llevando una cruz alta, cubierta con un velo negro, y, al decir de un cronista de aquellos tiempos, «haciendo otras ceremonias nunca vistas,» destilando en el corazon de todos un horror inquieto, lleno de confusion y desconsuelo, provocándolos con esto, á una general indignacion contra quienes les daban á entender eran causa de ello.

El toque de entredicho continuaba todos los dias y todas las noches, y el Arzobispo á pesar de su desavenencia con los religiosos de Santo Domingo, insistia todas las noches en sus visitas á Don Melchor, retraido en aquel mismo convento.

Luisa con su disfraz de mancebo no faltaba jamas allí.

La noche del miércoles 10 de Enero estaban reunidos, en el aposento que ocupaba Don Melchor, éste, el Arzobispo, el Oidor Don Pedro de Vergara Gaviria y Luisa, que por la costumbre de acudir allí, y por su decision en la causa, se la atendia en todas las deliberaciones.

Los dias se pasan—decía Don Pedro de Vergara,—sin que hállamos hasta ahora logrado encontrar oportuna coyuntura para levantar al pueblo.

—Coyuntura no ha faltado—decia Su Ilustrísima—que mas favorable nunca pudo haberse presentado; pero, ó vuestros agentes no cumplen, ó este pueblo necesita como Santo Tomas, ver para creer.

—Perdóneme V. S. Ilustrísima—contestó Luisa interrumpiendo al Arzobispo—que nuestros ajentes han cumplido lealmente, porque yo, que en todos los grupos me he mezclado, y que estoy al tanto de todas sus operaciones, asegurar puedo á Su Ilustrísima que todo está dispuesto, y que se espera solo una señal para comenzar el tumulto.

—Con demasiada prudencia camina el de Gelves—dijo Don Melchor—y si Su Señoría Ilustrísima no le compromete á dar un paso que le desconcierte, pasos llevamos de seguirnos entendiendo perpetuamente con jueces y con notarios.

—Tal es mi opinion—agregó Don Pedro de Vergara Gaviria—y si su Ilustrísima quisiera, en momentos estamos de poder llegar al fin.

—¿Y cómo?—preguntó el Arzobispo.

—El subdelegado ha levantado las censuras, ha mandado cesar el toque de entredicho, y Su Ilustrísima ha mandado que en lo sucesivo no se dé ningún toque, ni aun el de oraciones; ¿es verdad?

—Sí—contestó el Arzobispo.

—Este silencio profundo de las campanas—continuó Gaviria, aterra y alarma mas á los fieles que el mismo toque de entredicho; si mañana Su Ilustrísima sale de su palacio aparentando ir en secreto, pero caminando en realidad de manera que todo el mundo le conozca, y se dirije á la Audiencia á pedir públicamente justicia sin separarse de la sala, hasta que la obtenga, cosa que no llegará nunca á suceder, el pueblo, la audiencia y el virey se verán precisados á dar un paso, y nuestros ajentes aprovecharán la oportunidad. ¿Parece bien á Su Ilustrísima?

—Perfectamente: lo haré mañana tal como lo decis.

—Y yo—agregó Luisa—respondo de que todo se hará como está prevenido.

Separáronse aquella noche, quedando todo dispuesto y arreglado para el escándalo que se esperaba al dia siguiente.

La noche estaba pavorosa, el profundo silencio de las campanas como habia dicho muy bien Don Pedro de Vergara Gaviria, producia efectos mas terribles en la ciudad que el clamoreo del entredicho, y así como antes la gente se precipitaba en las calles en busca del objeto que causaba la novedad, al cesar el tañido, todo el mundo se recojió en su casa y apenas se miraba una que otra persona que atravesaba temblando por la plaza principal.

Luisa caminaba á pié acompañada del Ahuizote.

—Mañana—decia Luisa—es necesario que estés dispuesto, y no vayamos á dar el golpe tan en vago, como la noche que trataron de aprehender á Doña Blanca.

—Por culpa mia no fué—contestó el Ahuizote—que yo como denunciante de la casa fuí entre los familiares y solo sentí no haber llevado una espada, porque puede que entonces no se hubiera resistido tanto el tal Don Cesar, que con aquellos pobres cuervos de familiares, se puso á sus anchas. Figuraos que muchos de ellos no han en su vida tentado mas arma que el rosario.

—Bien ¿pero ahora, qué hacemos?

—Ni el mismo Don Cesar sabe hasta ahora en donde está Doña Blanca, porque yo le he hecho seguir por todas partes, y por mas que ronda no encuentra absolutamente lo que busca.

—Si tu no abandonas el hilo, darás con el ovillo.

—Tan no lo abandono, que por ser Don Cesar el que me debe guiar en este laberinto, porque á él mandarale avisar mas tarde ó mas temprano su habitacion Doña Blanca, y de esta manera yo también la sabré, no os he vengado ya de él, que buenas oportunidades se me han presentado.

—Apruebo tu conducta, y sigue como hasta aquí.

Y los dos entraron á la casa de Luisa.

XV. De donde se habia refugiado Doña Blanca y de lo que aconteció con Teodoro, la misma noche del 10 de Enero.

TEODORO al sentir que comenzaba el combate entre Don Cesar y los familiares, llegó hasta las tapias de la casa que daban al campo, y valido de su hercúlea fuerza, pasó primero á Blanca y luego á Servia, y huyó con ellas hacia el centro de la ciudad.

Blanca estaba tan débil que podia apenas caminar, y habia ratos en que Teodoro tenia que llevarla acuestas como un niño.

Tardaron por esto mucho para llegar hasta cerca de la alameda, porque Teodoro habia pensado llevar á Blanca á que se refugiase en su casa.

Caminaban así lentamente y sin llamar la atencion, porque en medio del gran tumulto que habia en las calles á consecuencia del toque de entredicho, las gentes no paraban la atencion unas en las otras.

Cerca del puente de San Francisco, Teodoro sintió que le tocaban un hombro, volvió el rostro y reconoció á Garatuza.

—Don Martin—le dijo deteniéndose.

Teodoro—contestó Martin—¿qué andais haciendo así, sin sombrero, á estas horas y con esas dos damas?

—Me ha pasado—contestó Teodoro, no queriendo decir la verdad—un lance desagradable con una cuadrilla de amigos del virey, que encontré por esas calles adonde salí por la novedad del entredicho: perdido mi sombrero me dirijia para mi casa, y esto es cuanto ha sucedido.

—Pues oidme—dijo Martin hablando muy bajo—seria prudente que no fueseis allá.

—¿Por qué?—preguntó Teodoro.

—La justicia—contestó Garatuza—ha allanado vuestra casa, os busca.

Teodoro quedó pensativo.

Si quereis seguir un consejo, esperemos un poco, ó vamos á dejar á estas damas, que será lo mejor, á mi casa y luego vendremos los dos solos á rondar por la vuestra á inquirir lo que ha sucedido.

—¿Y vivis lejos?

—No, muy cerca de aquí, y á un lado del monasterio de San Francisco.

—Vamos.

Teodoro refirió á Blanca y á Sérvia lo que le habia contado Garatuza, y todos se dirijieron á la casa de éste, adonde llegaron á pocos momentos.

En la casa de Garatuza no estaba mas que la muda María, todavía jóven; pero mas bella y mas graciosa que antes, y un niño, hijo de ella y de Martin, hermoso como un ángel y que podia tener unos cinco años.

¿Cómo habia vuelto á unirse María con Martin? La cosa es muy fácil de comprender.

Martin al salir de la casa de la Sarmiento, en donde estuvo oculto por la muerte del Oidor Quesada, estaba ya convencido de que él y el Oidor, y Doña Beatriz y María, habian sido víctimas de una infernal comedia preparada por la Sarmiento: buscó á María y cuando esta salió en libertad, por no habérsele podido probar culpabilidad alguna en la muerte de Don Fernando la volvió á llevar á su lado, y la trató en lo de adelante con mas cariño que antes.

Teodoro y Garatuza permanecieron como media hora en la casa de éste, y luego dejando allí á Sérvia y á Blanca se dirijieron á ver lo que habia pasado con la justicia en la casa de Teodoro.

Desde una esquina ocultos en la sombra estuvieron observando, y cuando ellos llegaron allí, el alcalde, la ronda, el virey y Don Cesar habian salido, y solo quedaban dentro el comisario y los alguaciles del santo oficio que á poco rato salieron de la casa y pasaron casi rosándose con Teodoro y con Garatuza.

El comisario decia á uno de los familiares:

—Si roban la casa por haber quedado abierta, culpa será de los del virey............

Y no pudo escucharse mas, porque se alejaban.

—Esta no es la justicia ordinaria—dijo Teodoro.

—Nó—contestó Martin.—La inquisicion que tambien ha tomado parte, segun parece, vamos á ver.

—Nó, esperemos un poco mas.

Y despues de estar en acecho cerca de una hora, y mirando que nadie se movia, se decidieron uno en pos de otro á entrar á la casa....................

Por mas que Teodoro procuró buscar á Don Cesar no le fué posible encontrarle.

Teodoro no podia salir libremente á la calle, por temor de ser conocido y aprehendido.

Don Cesar en aquellos dias de alarma, no podia separarse del virey, la amistad le obligaba á no abandonarle ni un momento. Allí supo que el virey habia encargado la prision de Teodoro, del cual ademas de lo muy conocido que era en México, se dieron á los alcaldes señas muy especiales. Teodoro era reputado como el gefe de toda la gente de color, adicto y comprometido en la causa del Arzobispo y muy á propósito para causar una sedicion.

Una de las noches en que el virey salia á rondar y que era precisamente la del 10 de Enero, Teodoro salió tambien en busca de Don Cesar.

La casualidad ó la desgracia hizo que el virey descubriese á Teodoro en una de las calles, y que á pocos pasos encontrase una ronda.

El virey no hubiera descendido hasta prender personalmente á un hombre, pero era muy natural que viéndole tan cerca, y teniendo á mano á la ronda, hubiera dado la órden para prenderle, y así sucedió; y Teodoro que iba completamente desprevenido se encontró á pocos momentos rodeado de alguaciles, y conducido á las cárceles de palacio.

Garatuza y todas las mugeres de la casa, pasaron la noche mas inquieta esperando á Teodoro.

Martin salió varias veces con objeto de averiguar su paradero, y lució por fin la mañana sin que nada hubiera podido saber.

En esa misma mañana Don Cesar supo en el palacio que en la noche anterior, habia sido conducido á las cárceles el pobre Teodoro, y que el virey estaba dispuesto á hacer con aquel hombre uno de los ejemplares que acostumbraba, mandándole ahorcar en medio de la plaza.

Don Cesar conocia el carácter inflexible del marqués de Gelves, y no concebia ni la mas remota esperanza de salvarle, porque todo el mundo le señalaba como al hombre mas peligroso entre los negros y la gente de color, y en aquellos tiempos una sublevacion de la gente de color ó de los indios hacia estremecer á todo el inundo.

—¿No cree V. E.—dijo Don Cesar al virey afectando la mayor naturalidad—que el preso de anoche pueda hacer algunas revelaciones importantes?

—Lo dudo—contestó el virey—pocas veces se consigue saber nada en los juicios.

—Pero quizá el temor de la muerte.

—No lo creais, porque todos convienen en que este preso es hombre de una resolucion indomable, y de una energía verdaderamente salvaje.

—Quizá con buen modo podria sacársele algo.

—¿Pero quién vá á probarlo?

—Yo, si V. E. me lo permite.

—¿Y por qué no? ¿Teneis alguna esperanza?

—Sí tengo, que le conocí, siendo yo muy jóven y puede muy bien suceder que alcance yo algo de él.

—Bien, id á probar, y aquí tenis una órden.

Y el virey con su misma mano puso su sello en un papel, y escribió con su puño y letra la órden para que se permitiese á Don Cesar hablar con Teodoro que estaba rigurosamente incomunicado.

Don Cesar guardó la órden bajo de su ropilla, y se dirijió á la cárcel en busca de Teodoro........................

Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera, conversaban en la casa del primero en la misma noche en que acontecia la prision de Teodoro.

—En verdad—decia Don Pedro—que mi situacion no puede ser mas espantosa y no me queda mas recurso que realizar aquí todos mis intereses, aunque sea con gran pérdida, y marcharme á España.

—No calculo yo que sea la cosa tan urgente, y tan mala, como la quereis suponer.

—Sí Don Alonso, el edicto de los inquisidores contra mi hermana Doña Blanca por su fuga del convento, y por su matrimonio, me deshonran, y esas voces esparcidas por todas partes y que me hacen aparecer como causa de la miseria pública por mi codicia, me han causado tal número de enemistades que ya lo veis, no me atrevo ni á salir á la calle, sin contar con que el virey sabiendo lo que se dice de mí, y que á él se le culpa tambien de protejerme, con su genial franqueza me ha ordenado, que no vuelva á poner los piés en palacio. En todo esto descubro las manos de mis enemigos, de Luisa, de esa muger infernal á quien es preciso castigar, de una manera terrible.

—¿Y ha llegado á veros Don Cárlos de Arellano, á quien enviasteis á llamar?

—Sí, y el me ha propuesto un medio de venganza, que aun cuando á mí no me parece tan terrible, como yo deseara, sin embargo, él me asegura que lo será.

—¿Y cuál es?

—Permitidme, que no os le diga, prometiéndoos solamente que asistireis á la ejecucion.

—Y hablando de otra cosa, ¿sospechais quién pueda ser el hombre que se atrevió á casarse con Doña Blanca?

—No, pero para mayor deshonra nuestra, creo que será algun villano, quizá un mulato de esos que no tienen temor ni á Dios, ni al diablo.

—Pues mirad lo que son las cosas, que yo héme fijado sin saber por qué, en Don Cesar de Villaclara.

—Si fuera así, necesitariase castigar á Don Cesar terriblemente; pero mas me figuro, que mas os habeis fijado en eso á causa del rencorcillo que le guardais, por aquella estocada de marras.

—De ninguna manera, que al volver de su destierro, nos hemos encontrado y apesar de que ni él ni yo hemos olvidado el lance, os juro que hablamos como si nunca de antes nos hubiesemos conocido.

—¿De manera, que le perdonais aquella mala pasada?

—Tanto así no podre aseguraros, que me la pagará tan luego como pueda, pero lo que sí os respondo es, que en nada me ha preocupado aquel recuerdo para sospechar que él es el marido de vuestra hermana, quizá muy pronto llegue á averiguarlo, y entonces vereis como el corazon no me ha engañado: entretanto no os descuideis vos con las asechanzas de Luisa, que ciertamente es el mas poderoso de vuestros enemigos.

—Perded cuidado, que muy pronto la vereis castigada.

XVI. Lo que aconteció en México al Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna el Juéves 11 de Enero de 1624.

LA cárcel pública en aquellos tiempos estaba en el mismo palacio de los vireyes y ocupando una gran parte del edificio.

El de Gelves, ardiente perseguidor de los salteadores, ladrones, rufianes y demas canalla, que abundaban entonces en toda la Nueva España, tenia encerrados en las cárceles, á multitud de hombres y de mugeres.

Don Cesar atravesó aquella muchedumbre de gente, que estaba como hacinada sin órden y sin cuidado alguno, en inmundos patios, ó en hediondos calabozos, llegó hasta el pequeño separo, en que Teodoro se encontraba preso.

La pesada puertecilla se abrió, y Don Cesar descubrió á Teodoro, sentado en uno de los rincones, y con esa mirada torva y hozca, que tienen todos los que han permanecido encerrados en un lugar oscuro, cuando les hiere la luz por primera vez.

Teodoro deslumbrado por la repentina claridad no reconoció á Don Cesar hasta que este le habló, y la puerta volvió á cerrarse: entonces Don Cesar era el que no podia ver á Teodoro, y este habituado á la oscuridad, le distinguia perfectamente.

—¿Pero qué ha sido esto Teodoro? Preguntó Don Cesar.

—El demonio, que se empeña en perseguirme: anoche saliendo á buscaros, he encontrado con el virey á quien conocí, pero de quien ya no pude huir; me hechó encima la ronda y me trajeron aquí.

—¿Y Blanca?—Preguntó Don Cesar.

Libre y segura en la casa de Martin, ese á quien le dicen Garatuza, cerca del monasterio de San Francisco; podeis ir á verla, y arreglar vuestras cosas, porque segun tengo entendido y vos comprendereis conociendo el carácter del virey y como andan las cosas de la tierra, yo no saldré de aquí sino para la horca.

—¿Quién sabe? No debeis perder la esperanza.

—Si de Dios no viene el remedio, lo que es del virey, no lo espero que tan me cuelgan como ser hoy de dia. Hacedme el favor de avisar la suerte que he corrido á mi muger, que está con Doña Blanca y no la abandoneis: en cuanto á mí, perded todo cuidado que lo mismo me dá morir en la horca, que de un tabardillo.

—Quizá una revelacion vuestra, pudiera salvaros.

—Ni soy yo el que ha de cantar, ni el virey el que ha de atemorizarme con su justicia; dejad eso y ocupaos de Doña Blanca y del favor que os he pedido.

En estos momentos habia cesado repentinamente el espantoso rumor que habia siempre en los patios de la prision: los presos habian quedado en un silencio profundo, y por el lado del despacho de la Audiencia, se percibia un ruido inmenso, como el de diez mil voces que se levantasen juntas, como de una multitud de gentes que caminasen hablando, disputando, gritando.

—Alguna cosa estraña debe pasar—dijo Teodoro—porque hay un silencio en la prision, como no le hay ni á la media noche.

—Y á lo lejos—agregó Don Cesar—se escucha un rumor como si hubiera en el palacio un gran tumulto.

—Alguna cosa grave pasa en el palacio, en este momento.

—Voy á informarme—dijo Don Cesar saliendo precipitadamente—volveré á veros que tengo una órden amplísima del virey.

Todos los presos estaban en los patios y en los corredores en el mayor silencio, apiñados y procurando escuchar, el rumor de las calles que parecia acercarse mas y mas á cada momento.

El patio, la escalera y la sala de la Audiencia presentaban el espectáculo mas estraño.

El Arzobispo en una silla de manos se habia hecho conducir á la Audiencia, y aunque no llevaba por delante la cruz, tal era el acompañamiento que le seguia, y tal el escándalo con que marchaba, que cuando en la silla llegó á la puerta de la sala de la Audiencia, un inmenso y alborotado concurso invadia ya los patios, las escaleras y los corredores de palacio. Hombres y mugeres de todas clases; beatos, clérigos y seculares todos mezclados, confundidos, irritados, hablaban y gritaban sin que nada pudiera entenderse.

Dos personas iban á los lados de la silla del Arzobispo hablando con él, animándole y exaltándole, el uno era nuestro conocido Martin Garatuza que vestia una sotana y una turca, como gente de iglesia, y la otra una muger enlutada y cuidadosamente cubierta con un velo negro. Era Luisa que no abandonaba al prelado en aquellos momentos.

Estaban en Audiencia pública los oidores Don Paz de Vallecillos, Don Juan de Ibarra y Don Diego de Avendaño, los tres al presentarse el Arzobispo en la sala, seguido de aquel numeroso concurso, se levantaron de sus asientos y bajaron de los estrados adelantándose á recibir al Arzobispo.

—¿Qué manda su Señoría Ilustrísima?—preguntó cortesmente el oidor Vallecillos.

—Justicia pido—respondió á grandes voces el Arzobispo—justicia pido, y espero obtener de S. M. el rey mi Señor y de vos que sois sus representantes, y hasta obtenerla cumplida no me moveré ni me separaré de aquí, aunque entendiese que me costaba la vida y que vos me mandabais hacer pedazos; aquí están mis peticiones, recibidlas y proveereis en justicia.

Los gritos de ¡viva el Arzobispo! y ¡justicia! atronaban el palacio: los tres oidores estaban confundidos; aquello era una verdadera sedicion.

—Señor—dijo Don Diego de Avendaño—ni la Audiencia ha negado jamas la justicia, á quién la tiene, ni es esta la manera en que debiais pedirla, ni seria honroso para la Audiencia recibir así vuestras peticiones, retírese Su Ilustrísima, y ocurra como debe, con la seguridad de que nadie le negará la justicia.

—No me retiraré—contestó á gritos el Arzobispo sentándose en uno de los sillones que habia en la Audiencia—y antes me hareis pedazos que consigais el que yo me retire, sin que hayais provisto mis peticiones.

Otro nuevo aplauso de la muchedumbre, cubrió las últimas palabras del Arzobispo.

Los oidores mandaron consultar con el virey.

El de Gelves les contestó que entrasen á tratar con él del negocio, y el Arzobispo quedó dueño de la sala de Audiencia con la multitud que le acompañaba.

—Fieles que me acompañais en estas persecusiones y tribulacion de nuestra santa madre iglesia, os cito por testigos ante Dios y S. M. el rey, de que las peticiones que he traido, no me son admitidas por la Audiencia, y las deposito bajo el dosel y en la mesa de sus acuerdos.—Y levantándose majestuosamente atravesó el salon, y en medio de los gritos y de los aplausos, depositó bajo el dosel y en la mesa, las peticiones que traia.

La puerta que comunicaba con el aposento del despacho del virey se abrió en este momento, y el secretario apareció notificando al Arzobispo, por ruego y encargo de la Audiencia, que se retirase porque se proveeria en justicia, y para esto no era alli necesaria su presencia.

—Justicia pido, y no me retiraré de aquí hasta que no se me haga cumplida.

El secretario se retiró y el Arzobispo volvió á su sillon.

—Valor, Ilustrísimo Sr.—dijo Luisa por lo bajo al Arzobispo—que las cosas marchan perfectamente, y todos los vuestros están aquí para defenderos.

—No temais—contestó el Arzobispo—que no me faltará.

El secretario volvió á presentarse á notificar al Arzobispo la pena de cuatro mil ducados si no se retiraba, y no obtuvo mas que la misma contestacion.

El tumulto crecia, y las cosas que entre las gentes se decian, anunciaban que la tempestad estaba pronta á estallar.

El secretario volvió á aparecer con el tercer auto de la Audiencia, en que se declaraba que el Arzobispo habia incurrido en la pena de los cuatro mil ducados, y que cumpliese con retirarse «so pena de las temporalidades y de ser habido por estraño á los reinos de Su Majestad, y que seria sacado luego de ellos por inobediente á sus reales mandatos.

El Arzobispo, sin moverse de su silla, contestó lo que á los anteriores, y poco despues el cuarto auto de la Audiencia le hizo saber que el virey quedaba encargado de ejecutar las anteriores prevenciones, si él insistia en no retirarse del salon.

Entonces el Arzobispo comenzó á vacilar y hacia como un impulso para levantarse de su asiento, cuando Luisa, como su ángel malo, se acercó á él.

—¿Vacilaria Su Señoría Ilustrísima?—le dijo—¿en estos momentos supremos, y cuando la suerte de estos reinos está pendiente de sus labios? Vuelva el rostro Su Ilustrísima y contemple el inmenso número de amigos que le rodean, y está dispuesto á defenderle:

El Arzobispo contestó entonces con la misma insistencia que antes; pero en esta vez la multitud no aplaudió y quedaron todos en un pavoroso silencio.

Era la una de la tarde. La puerta del despacho del virey volvió á abrirse, pero no fué el secretario el que apareció en esta vez sino el Alcalde de la Audiencia y el Alguacil mayor de ella, seguidos de unos cuantos alabarderos.

El Arzobispo, á pesar de su audacia, palideció espantosamente.

El Alcalde y el Alguacil mayor pálidos tambien, pero serenos, se acercaron á él.

—En nombre de la justicia de Su Majestad—dijo el Alcalde, dése preso Su Ilustrísima, y síganos.

Todo el mundo estaba helado de espanto: el silencio era tan completo, que podia escucharse el vuelo de un insecto.

El Arzobispo se levantó y el Alguacil le tomó de la mano.

Luisa quiso acercarse, pero uno de los alabarderos que habian rodeado inmediatamente al Arzobispo, la rechazó bruscamente.

El Alcalde y el Alguacil mayor conducian al Arzobispo en medio de la muchedumbre, que se abria, silenciosa y espantada, para dejarles paso.

En el patio estaba dispuesta una carroza, se hizo montar en ella al Arzobispo, subieron tambien algunos de sus guardas, y sin que se dejase escuchar un grito ni una amenaza, salió el coche á la Plaza Principal y tomó el camino del Santuario de Guadalupe.

Dentro del palacio todo el mundo habia visto en silencio la prision del Arzobispo, porque al través de los muros á cada uno le parecia tener fijas en sí las chispeantes miradas del marqués de Gelves, pero ya en la calle los llantos, las quejas y las maldiciones seguian por todas partes al prisionero y á sus guardas.

Detras de la carroza en que iban el Arzobispo, el alcalde Don Lorenzo de Terrones, el alguacil mayor Martin Ruiz de Zavala, y el secretario de la Audiencia Cristóbal Osorio, seguian á caballo el sargento mayor Don Antonio de Ocampo y algunos alguaciles.

Aquella misma tarde el Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna, desde el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, declaraba solemnemente excomulgados al virey, á los oidores, y á los ministros que le sacaron de la ciudad: les mandaba fijar en las tablillas y publicar el entredicho.

La tempestad del dia pareció calmarse durante la noche, los partidarios del Arzobispo parecieron desalentarse ó calmarse, y ya cerca de las diez Don Cesar creyó oportuno salir en busca de la casa en que Teodoro le habia dicho que podia encontrar á Doña Blanca.

Las calles estaban desiertas y silenciosas.

Don Cesar salió de palacio y se dirigió rumbo al monasterio de San Francisco.

Al llegar á la esquina de la calle en que vivia el oidor Vergara Gaviria, y que la mayor parte del pueblo conocia con el nombre de calle de Vergara, Don Cesar se encontró con un hombre que venia embozado, y como sucede en esos casos, los dos tuvieron que detenerse.

El embozado se inclinó cortesmente y dejó pasar por delante á Don Cesar, y éste preocupado con sus pensamientos, siguió adelante sin parar la atencion en él, pero el embozado se puso en el momento y cautelosamente en seguimiento de Don Cesar.

Asi atravesaron frente al monasterio de San Francisco, sin advertir el de adelante que alguien le seguia, y sin perder el de atras ni un paso en la distancia que llevaba del otro en su persecucion.

Don Cesar no tardó en encontrar la casa de Teodoro, no habia por allí entonces esa multitud de habitaciones que ahora se miran.

Las tapias del convento ocupaban gran parte de la manzana, y comenzaban á levantarse apenas algunas casas por las cercanias.

Villaclara entró en la casa de Garatuza é inmediatamente reconoció á Blanca que se arrojó en sus brazos, la pobre jóven habia sufrido mucho, separada de Don Cesar, perseguida por sus enemigos, y con la repentina desaparicion de Teodoro, el porvenir se habia puesto para ella verdaderamente sombrio.

La casa de Garatuza era una casa en donde se notaba inmediatamente la escaces de los recursos.

Garatuza no tenia ni profesion, ni ejercicio lucrativo, ni bienes, y sus amistades compuestas de la gente perdida estaban en mala situacion, merced á las constantes persecuciones del marqués de Gelves.

A Villaclara se le oprimió el corazon al mirar á Blanca en aquella casa y en aquel estado, porque aun cuando Teodoro podia haberles dado todo lo necesario, Teodoro estaba preso y sin esperanza de libertad.

Sérvia recibió la noticia de la prision de Teodoro con una resignacion admirable, y convinieron en que Don Cesar buscaria al dia siguiente una casa adonde pudiera irse á vivir ella, acompañando á Doña Blanca.

Don Cesar permaneció cerca de dos horas en aquella casa.

Garatuza habia salido fuera de la ciudad, con objeto de procurarse una entrevista con el Arzobispo, así es que Blanca, Maria, y Sérvia estaban enteramente solas.

Don Cesar se retiró á la media noche y entonces pudo observarse, que el hombre que le habia seguido, permanecia en acecho todavía de él, y que al verlo retirarse tomó precipitadamente el camino de la inquisicion.

Serian las tres de la mañana, cuando un grupo de hombres embozados en negras capas llamaban á las puertas de la casa de Garatuza.

Las mugeres despertaron sobresaltadas.

—¿Han llamado?—Dijo Sérvia.

—Debe ser Martin—contestó Doña Blanca despertad á María, indicándole por señas lo que ella se figuraba.

Los golpes entretanto se habian repetido.

María se levantó precipitadamente y abrió la puerta, y los embozados apoderándose de ella inmediatamente, se entraron á la casa, registrándola toda.

Blanca y Sérvia no se habian levantado, y vieron con espanto á aquellos hombres llegar hasta cerca de su mismo lecho.

Uno de ellos con un farol en la mano les alumbró el rostro, y otro preguntó solemnemente.

—¿Quién es aquí Doña Blanca de Mejía?

—Yo soy—contestó temblando Blanca y comprendiendo que aquellos eran los ministros del Santo Oficio.

—Levantaos, y seguidme en nombre de la inquisicion, y vos tambien dijo—á Sérvia.

Blanca vacilaba en comenzar á vestirse, el miedo la dejaba sin movimiento, el pudor le impedia tambien el levantarse, porque aquellos hombres no se separaban de cerca de ella.

—Ea, despachad pronto—dijo el que habia hablado—de lo contrario, tendremos que llevaros sin vestir.

Aquella amenaza volvió las fuerzas á la pobre jóven, y tímida y ruborizada procuró vestirse lo mas violentamente que le fué posible.

Todo se hacia en medio del mas profundo silencio.

Cuando las tres mugeres estuvieron dispuestas, los ministros de la inquisicion recogieron cuantos objetos les parecieron sospechosos, y cerrando la casa, y poniendo en las puertas los sellos del Santo Oficio, se encaminaron para la inquisicion llevándose presas á María á Servia y á Doña Blanca.

Así llegaron hasta las puertas de la cárcel del Santo Oficio sin haber encontrado en las calles á una sola persona.

Blanca fué encerrada en un estrechísimo calabozo, en donde no habia ni una silla, ni un banco, ni nada enteramente, ni siquiera un monton de paja.

La pobre jóven se sentó en el suelo y comenzó á llorar con desesperacion................

Los curas, los vicarios y todos los clérigos de la ciudad de México, aplaudieron y publicaron á porfia la excomunion del virey y de los oidores, volvió á tocarse el entredicho y volvió la alarma y la inquietud en la ciudad.

Con la salida del Arzobispo quedó necesariamente como centro de toda la conspiracion, Don Pedro de Vergara Gaviria, y ya con el pretesto de la excomunion se propagaba mas descaradamente el fuego de la rebelion.

Los pasquines y los libelos infamatorios llovian por todas partes; en las esquinas, en las puertas de Catedral, en las de palacio, y en las mismas casas de los oidores: Don Pedro de Vergara Gaviria les animaba y les exaltaba.

Pero el último paso que faltaba que dar, era dividir á la Audiencia del virey y hacer que se chocasen entre sí, y Don Pedro de Vergara comprendió que aquello era muy fácil.

Los oidores que habian decretado las medidas estremas tomadas contra el Arzobispo, estaban espantados de su obra. La excomunion y el entredicho habian hecho en ellos un efecto terrible, y Don Pedro de Vergara Gaviria tuvo muy poco trabajo para convencerles y arrancarles la revocacion del auto dado contra el Arzobispo, y la órden para que éste pudiera volver á la ciudad. Pero el virey no dormia. Inflexible en sus resoluciones y convencido de que la vuelta del Arzobispo seria para él un golpe terrible, entró á la Audiencia con objeto de impedir la publicacion del auto en que se mandaba volver al Arzobispo, pero era ya tarde; Don Pedro de Vergara habia hecho estender del auto dos ejemplares originales, uno que se quedó en la Audiencia, y otro que tuvo él cuidado de llevarse, y cuando el marqués de Gelves se presentó en la Audiencia ya Don Pedro de Vergara Gaviria se habia retirado.

El virey furioso declaró que aquel auto, y aquella órden en que se mandaba volver al Arzobispo debian de haberse consultado con él, y debian haber sido dados con su acuerdo porque se trataba de un negocio importante á la gobernación del reino, en la que él era el solo competente, y de la cual era el solo responsable.

Los oidores se disculparon pero no quisieron ya volver á revocar la órden en que se mandaba volver al Arzobispo.

El virey declaró formalmente presos en palacio á los tres oidores, y á dos de los relatores de la Audiencia.

XVII. El gran tumulto de México.

EL Arzobispo habia llegado en su viaje hasta el pueblo de San Juan Teotihuacan, y allí recibió, por conducto de sus amigos, la órden de la Audiencia para que se volviese á México; pero aquella órden no hubiera sido acatada ni obedecida por el alcalde Don Lorenzo de Terrones y por Don Diego de Armenteros, encargados de su custodia y conduccion, y el prelado creyó mas prudente no mostrar aún aquella órden, pero sí conservarla consigo.

Don Pedro de Vergara Gaviria hizo llegar á manos de el prelado, una esquela en que le decia sencillamente:

«Procure por cualquier motivo su Señoría Ilustrísima no alejarse.»

«Don Pedro de Vergara Gaviria.»

El Arzobispo comprendió cuánto esto queria decir, y determinó llevar adelante el consejo.

Durmió en la noche en San Juan Teotihuacan, y á la mañana siguiente á la hora de comenzar su marcha se metió violentamente á la iglesia, y subiendo las gradas del presbiterio tomó en sus manos la custodia que estaba en el altar, y se volvió á sus guardas diciéndoles.

—No me apartareis ya de este lugar sin tocar con vuestras manos al Divinísimo Señor Sacramentado.

Los guardas vacilaron y se resolvieron al fin á esperar á que cansado el Arzobispo de estar alli dejase al Divinísimo en su tabernáculo, porque nadie se atrevia á tocarle.

Era natural suponerse que el prelado no pudiese estar en el altar y con el Divinísimo en las manos por muchas horas, y que no tuviera necesidad de comer, de tomar agua ó satisfacer cualquiera otra necesidad; pero al Arzobispo no le faltaban partidarios en ninguna parte.

Allí mismo le llevaban de comer y de beber, le leian cartas, escuchaban y llevaban recados suyos, y cuando él se cansaba dejaba sobre el altar al Divinísimo y volvia á tomarle en sus manos cuando veia que habia entre sus guardias algun movimiento.

Trascurrió así un dia entero, y el Alcalde de la Audiencia y Don Diego de Armenteros determinaron mandar una consulta al virey sobre cómo debian salir de aquel paso, que para ellos era sumamente comprometido.

El correo salió y el Arzobispo y sus guardas quedaron inquietos por saber cuál seria la resolucion del violento marqués de Gelves.

Pero estaba de Dios que aquella resolucion no habia de venir...

. . . . . . . .

. . . . . . . .

. . . . . . . .

Cuando Martin volvió á su casa, encontró las puertas cerradas y selladas, y á su hijito llorando en la calle. Los familiares del Santo Oficio no tenian órden de llevarse al niño, y así es que solo determinaron y llevaron á efecto la prision de todas las personas grandes.

Por lo que pudo entender del niño, por lo que le dijeron los vecinos, y por lo que pudo inferir de los sellos colocados en las puertas, Martin se convenció de que María, Blanca y Sérvia estaban presas en el Santo Oficio. Entonces comprendió cuánta era la falta que le hacia el Arzobispo, con cuyo patrocinio podia haber adelantado algo, y determinó poner cuanto estuviese de su parte para encender el fuego de la rebelion en la ciudad.

Dirijióse á la casa del Oidor Don Pedro de Vergara Gaviria; éste por su parte habló con Don Melchor Perez de Varais y con todos los amigos y demas comprometidos, y se fijó el lúnes 15 de Enero para dar el golpe.

Las cosas estaban verdaderamente en sazon, y todos los ánimos dispuestos para una gran novedad cuando amaneció el dia señalado para el tumulto.

Desde muy temprano una inmensa cantidad de clérigos se repartió por todas las iglesias de la ciudad, y entrando en ellas predicaban y publicaban las excomuniones; procurando para causar mayor escándalo, interrumpir las misas y los oficios que se celebran, consumiendo el Sacramento y echando fuera de la iglesia á los fieles con mucho ruido y alboroto, y diciendo á gritos por todas partes que el marqués de Gelves habia mandado dar garrote al Arzobispo.

En Catedral publicaron solemnemente el edicto en que se declaraba excomulgado al virey, y el clérigo que daba lectura exclamó despues de haber terminado.

—¡Hermanos mios! ¿Consentireis por mas tiempo á este hereje luterano, y no le hareis pedazos para ejemplar y castigo de sus culpas?

La multitud, entre la cual estaban mezclados Luisa y Martin, y el Ahuizote y los principales partidarios del Arzobispo, empezó á gritar:

—¡Viva la Fé, viva la Iglesia, viva el Rey! ¡Muera el mal gobierno, muera el hereje excomulgado!

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