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Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

LIBRO TERCERO. (continued 2)

Bartomeu Pou i Puigserver translation

LXVIII. Llegado el octavo mes de su reinado, descubriose la impostura del mago del siguiente modo: Ótanes, hijo de Farnaspes, señor muy principal que ni en nobleza ni menos en riqueza cedía a ninguno de los grandes de Persia, fue el primero que vino poco a poco a sospechar dentro de sí que el monarca reinante era Esmerdis el mago, y no el hijo de Ciro. En dos razones fundaba su sospecha: una en que el rey nunca salía del recinto de la ciudad; otra en que jamás admitía a su presencia ningún persa de alguna consideración; y movido de esta idea y recelo, aplicose muy de propósito a averiguar la verdad del caso. Fedima, hija de Ótanes, había sido antes una de las mujeres de Cambises, y continuaba entonces en serlo del mago, encerrada en el serrallo del rey con todas las demás que fueron de su antecesor. Envía, pues, Ótanes un mensaje a su hija pidiéndole le diga si el rey con quien ella duerme es Esmerdis, hijo de Ciro, o algún otro personaje; a lo cual manda ella contestar que ignora con quien duerme, puesto que nunca antes había visto al príncipe Esmerdis, ni sabe al presente quién sea su marido. Envíale Ótanes segundo recado en estos términos: «Mujer, pues que no conoces al hijo de Ciro, puedes al menos preguntar a la princesa Atosa con qué marido, así ella como tú, estáis casadas, pues que Atosa no puede menos de conocer bien a su mismo hermano, el infante Esmerdis». «Pues qué, replicó Fedima a su padre, ¿puedo abocarme con Atosa, ni verme con ninguna de las mujeres del serrallo? Apenas este rey, sea quien quiera, tomó posesión de la corona, se nos separó al punto unas de otras, cada cual en su propio aposento».

LXIX. Con tales demandas y respuestas, trasluciéndosele más y más la impostura a Ótanes, envía a su hija este tercer recado: «Hija mía, por lo que debes a ti misma y a tu cuna, es menester no te excuses ni te niegues a entrar en el peligro a que te llama ahora tu padre, pues si no es ese rey el legítimo Esmerdis, hijo de Ciro, sino hijo de cualquiera, como imagino, es del todo forzoso que ese impostor soberano no se alabe por más tiempo de tener a su disposición una princesa de tu clase, ni de ser el tirano de los persas seducidos, sino que lleve pronto su castigo. Haz, pues, lo que voy a decirte: la noche que contigo duerma espera que esté bien dormido, y entonces tiéntale las orejas: si se las hallares, no hay más que hacer ni vacilar, pues con esto podrás estar seguro de que eres esposa de Esmerdis, hijo de Ciro; pero si no las tuviere el malvado impostor, sabe, hija, que has venido a ser una cortesana del mago Esmerdis». Respondió Fedima a su padre, que bien veía el gran peligro a que en ello se iba a exponer, pues claro estaba que si aquel hombre no tenía orejas y la cogía en el momento de tentar si las tenía, la haría morir y desaparecer infaustamente; pero no obstante su riesgo, dábale palabra de hacer sin falta la prueba que le pedía. Las orejas a que se aludía habíalas hecho cortar Ciro, padre de Cambises, al mago Esmerdis, no sé por qué delito, que no debió ser leve, que en su tiempo había cometido. La reina Fedima, la hija del noble Ótanes, cumplió exactamente con la palabra dada a su padre: cuando le llegó su vez de dormir con el mago, según la costumbre de las mujeres en Persia, que van por turno a estar con sus maridos, fue al tálamo real y se acostó con aquel. Coge al mago un profundo sueño; Fedima a su salvo le va tentando las orejas, y ve desde luego, sin caberle duda, que carece de ellas el impostor. Apenas, pues, amanece el día, cuando envía un mensaje a su padre dándole cuenta de lo averiguado.

LXX. Hecha ya la prueba, llamó Ótanes a dos grandes de Persia, el uno Aspatines y Gobrias el otro, que le parecieron los más a propósito para guardar el secreto; y no bien acabó de contarles la impostura del mago, de que no dejaban de tener por sí mismos algunos barruntos, cuando dieron entero crédito a la narración. Acordaron allí mismo que cada uno de ellos se asociara para la empresa contra el mago otro persa, aquel sin duda de quien más confianza tuvieran. En consecuencia de esta determinación, Ótanes escogió por compañero a Intafrenes, Gobrias a Megabizo, y Aspatines a Hidarnes. Siendo ya seis los persas conjurados contra el mago, quiso la suerte que llegase entretanto a Susa Darío, hijo de Histaspes, venido de Persia, de la cual era su padre gobernador. Apenas supieron los seis la venida de Darío, les pareció conveniente unirle a su partido.

LXXI. Júntanse, pues, los siete a deliberar seria y eficazmente sobre el punto, unidos entre sí con los más sagrados y solemnes juramentos. Al llegar el turno a Darío, dijo su parecer en esta forma: «Estaba persuadido, señores, de que yo era el único en saber que no vivía Esmerdis, hijo de Ciro, y que un mago nos representaba el papel de soberano: diré más aún, que no fue otra mi venida sino ver cómo podría oponerme al mago y procurar la muerte a ese tirano. Ahora, ya que la suerte ha querido que yo no sea el único dueño del misterio, sabiendo vosotros también el secreto, mi parecer es que pongamos ahora mismo manos a la obra sin esperar a mañana, qué es lo que más nos importa». «Oh buen hijo de Histaspes, le replica Ótanes, hablas como quien eres, pues hijo de un gran padre, no te muestras menos grande que el que te engendró. Pero atiende, Darío, a que lo que propones no sea antes precipitar la empresa que manejarla con arte y prudencia. La gravedad del negocio, si queremos llevarlo a cabo, requiere que seamos más en número los agresores del tirano». «Pues en verdad os aseguro, replica luego Darío, que si adoptáis el parecer de Ótanes, vais desde este punto, amigos míos, a ser otras tantas funestas víctimas consagradas a la venganza del mago. ¿No veis que no ha de faltar alguno, entre muchos, que para hacer fortuna venda con la denuncia vuestras vidas al furor del intruso? Lo mejor hubiera sido que vosotros por vuestra propia mano hubierais antes dado el golpe sin llamar a nadie en vuestro socorro. Pero ya que no lo hicisteis, teniendo por mejor comunicar la empresa con muchos y hacerme entrar en la liga, os repito que estamos ya al extremo; o llevemos hoy mismo por cabo la empresa, o si se nos pasa el día de hoy, juro aquí mismo por los dioses que nadie ha de anticiparse en la delación, pues desde aquí voy en derechura a delataros al mago».

LXXII. Cuando Ótanes vio a Darío tan resuelto y pronto a la ejecución, hablole otra vez así: «Ahora bien, Darío, ya que nos obligas, y aun fuerzas, aquí de improviso sin dejarnos respirar un punto a que emprendamos esta hazaña, dinos asimismo por vida de los dioses: ¿cómo hemos de penetrar en palacio para dejarnos caer de golpe sobre ellos? Bien sabes tú o por haberlos visto con tus ojos, o haberlo mil veces oído, cómo están allí apostados por orden los centinelas. Dinos, pues: ¿cómo podremos pasar por medio de ellos?». «¿Cómo? responde Darío, ¿no sabes, Ótanes, que la intrepidez hace ver ejecutadas muchas cosas antes que la razón las mire como posibles? ¿Que otras al contrario da por hechas la razón que no puede cumplir el brazo más robusto? Creedme, fuera reparos y temores; nada más fácil para nosotros que penetrar por medio de esos centinelas apostados, parte porque ni uno de ellos habrá que no nos ceda el paso, siendo los personajes que somos en la Persia, pues los unos lo harán por respeto, y otros quizá por miedo; parte por no faltarme un especioso pretexto con que logremos el paso libre, con decir que recién llegado de Persia traigo de parte de mi padre un importante negocio que tratar de palabra con el soberano. Mentiré sin duda diciéndolo; pero bueno es mentir si lo pide el asunto, pues a mi ver el que miente y el que dice verdad van entrambos al mismo fin de atender a su provecho. Miente el uno porque con el engaño espera adelantar sus negocios: dice verdad el otro para conseguir algo, cebando con ella a los demás para que le fíen mejor sus intereses. En suma, con la verdad y la mentira procuran todos su utilidad; de suerte que creo que si nada se interesara en ello la gente, todo este aparato de palabras se lo llevaría el aire, y tan falso fuera el hombre más veraz, como veraz el más falso del universo. Vamos al caso: al portero y guardia de palacio que cortés y atento nos ceda el paso, sabremos después agradecérselo y pagárselo bien; al que haciéndonos frente tuviere la osadía de negarnos la entrada, le trataremos allí mismo como a enemigo; y empezando por él las hostilidades, avanzaremos animosos al ataque de palacio».

LXXIII. Después de este discurso, toma Gobrias la palabra: «Amigos, les dice, trátase ahora de nuestro honor; nada más glorioso a nuestras personas que recobrar el imperio perdido o morir en la demanda si no pudiésemos salir con ella. ¿Pues qué, nosotros los persas hemos de ser vasallos de un medo, súbditos de un mago, siervo de un criminal infame y con las orejas cortadas? Bien podéis acordaros los que conmigo os hallasteis presentes al último discurso del enfermo y moribundo Cambises, no diré de los encargos y mandas que nos hizo, sino de las horrendas maldiciones de que nos cargó, si después de su muerte no procurábamos recobrar el imperio usurpado. Verdad es que nosotros, temerosos de que no fuera su arenga una calumnia contra Esmerdis, su hermano, no acabamos de darle el crédito que merecía. Ahora repito que me conformo con el parecer de Darío, y añado que nadie salga de está junta sino para ir en derechura a desocupar el palacio, y a deshacernos luego del mago». Dijo, y todos a una voz siguieron el voto de Gobrias.

LXXIV. Entretanto que los coligados estaban en asamblea, sucedió un caso oportunamente llevado por la fortuna. Los magos dominantes acordaron como conveniente atraer a Prexaspes a su partido y confianza, por muchos motivos: uno por saber que había tenido que sufrir de Cambises las más atroces injurias, habiendo su hijo caído a sus propios ojos traspasado de una flecha que el rey le disparó; otro por ser Prexaspes el único o el que mejor que nadie sabía la muerte que con sus propias manos había dado al príncipe Esmerdis; y tercero, por ser además uno de los señores de mayor reputación entre los persas. Por estos motivos, habiendo los magos llamado a palacio a Prexaspes, procuraron ganárselo por amigo, y le obligaron con los más solemnes juramentos a darles palabra que les guardaría sumo secreto, sin decir a hombre nacido o por nacer el engaño que habían tramado contra los persas, prometiéndole por su parte montes de oro y cuanto acertara a pedir y desear. Promete Prexaspes a los magos hacer cuanto se le pidiese; y dícenle segunda vez que estaban resueltos a convocar a los persas todos bajo los muros de su real alcázar, deseosos de que él, subido sobre una de las almenas de palacio, les dijese que el soberano a quien entonces obedecían era realmente el mismo Esmerdis, hijo de Ciro, y ningún otro Esmerdis; lo cual le mandaban los magos, así por ser Prexaspes el más acreditado sujeto que tenían los persas, como por saber muy bien que tanto más crédito se le daría, cuantas habían sido en número las ocasiones en que Prexaspes había públicamente asegurado que vivía Esmerdis, hijo de Ciro, negando ser verdad la voz que de su muerte corría.

CXXV. No se hizo rogar Prexaspes, diciendo estar pronto para ello. Llaman, pues, los magos a los persas para aquella asamblea del reino, y mandan a aquel, que puesto sobre una almena les hable desde allí. Entonces el honrado Prexaspes, olvidándose de propósito de lo que los magos le habían pedido, toma desde Aquemenes el exordio de su arenga, va deslindando la ascendencia de Ciro que de él venía, pondera al llegar aquí lo mucho que debe al gran Ciro la nación de los persas, y, concluido su elogio, sigue llanamente diciendo la verdad, confesando que la había antes encubierto por no poder decirla a su salvo y sin que le costase caro; pero que había llegado ya la hora para declarar, según lo exigía su conciencia, el gran misterio del palacio de Susa. Confesó, en efecto, que obligado por Cambises, él mismo había sido antes el verdugo del príncipe real Esmerdis, hijo de Ciro; y que los magos eran entonces los soberanos del imperio. Concluyó por fin descargando sobre los persas las más horrendas imprecaciones, si dejando a los magos sin la debida venganza no volvían a señorearse del mando. Y diciendo estas últimas palabras, se arroja desde lo alto del alcázar cabeza abajo. Así Prexaspes, honrado en vida, murió como persa bueno y leal.

LXXVI. Mientras que esto sucedía en palacio, los siete grandes de Persia confederados, en virtud del acuerdo tomado de poner manos a la obra al momento, sin dilatar la empresa un solo punto, iban a ejecutarla después de haber llamado a los dioses en su favor y ayuda, sin que nada hubieran sabido de la reciente aventura de Prexaspes. A la mitad de su camino oyeron lo que con este acababa de suceder, y retirándose de la calle entraron de nuevo en consulta. Era Ótanes de parecer que se difiriera absolutamente la empresa para mejor ocasión, no siendo oportuna para el intento la presente ocasión del alboroto y fermentación del estado. Darío decía, al contrario, que convenía ir luego a palacio y acometer la empresa sin más tardanza. En el calor de esta contienda, he aquí que aparecen de repente a los septemviros siete pares de halcones dando caza a dos pares de buitres, arrancándoles las plumas por el aire, y destrozándoles el cuerpo con los picos. Venlos los siete conjurados, y dando todos asentimiento a Darío, marchan derechos a palacio llevados en alas de tan felices agüeros.

LXXVII. Llegan a las puertas de palacio; les sucede puntualmente como se prometía Darío, pues al instante los centinelas, parte por respecto a tales grandes y señores de Persia, parte por no pasarles siquiera por el pensamiento que pudieran venir aquellos personajes con el objeto que realmente traían, no solo les dieron paso franco, sino que, como si fueran otros tantos enviados de los mismos dioses, nadie hubo que les preguntase a qué venían. Pero internados ya dentro de las salas de palacio, al dar con los eunucos que solían entrar los recados al soberano, pregúntanles estos qué pretendían allí dentro, gritando al mismo tiempo y amenazando a los guardias por haberles admitido en palacio. Al oírles los conjurados, y al ver la resistencia que se les hacía, anímanse mutuamente, sacan sus dagas, cosen a puñaladas a cuantos se les oponen, y éntranse corriendo hacia el aposento de los magos.

LXXVIII. Hallábanse cabalmente los dos magos dentro de él tomando sus medidas sobre el reciente caso de Prexaspes. Apenas oyeron aquel alboroto y repentina gritería de sus eunucos, salieron ambos corriendo, y al ver lo que dentro pasaba, pensaron en hacer una vigorosa resistencia: el uno de ellos antes que llegasen los conjurados pudo coger su arco, y el otro echó mano luego de su lanza. Cierran los grandes contra los magos; al del arco nada le servían sus flechas no estando a tiro los enemigos, que le tenían cuerpo a cuerpo rodeado y oprimido; el otro, blandiendo oportunamente su lanza se defendía bien y ofendía a los agresores, hiriendo con ella a Aspatines en un muslo y a Intafrenes en uno de los ojos, del cual toda su vida quedó tuerto, aunque no murió de la herida. Pero mientras uno de los magos lograba herir a estos dos, el otro, viendo que no podía hacer uso del arco, iba retirándose de la sala hacia el retrete contiguo, con ánimo de cerrar la puerta a los agresores; pero al mismo tiempo dos de los conspiradores, Darío y Gobrias, arremeten y entran dentro con él. Cógele Gobrias apretadamente y le tiene bien sujeto entre los brazos; mas con todo, Darío no usaba de la daga, temeroso de herir a Gobrias en la oscuridad del aposento, en vez de pasar al mago de parle a parte. Conociendo Gobrias que estaba detenido, pregúntale qué hace del puñal en la ociosa mano: «Téngole aquí suspendido, le dice, y con la mano levantada por no herirte». «Cóseme con él, amigo, responde Gobrias, como pases a puñaladas a este mago maldito». Obedece Darío, da la puñalada y acierta al mago.

LXXIX. Muertos ya los dos magos y cortadas sus cabezas, los libertadores de Persia dejan en palacio a sus dos compañeros heridos, ya porque no podían estos seguirles, ya también con la mira de que se quedasen por guardas del alcázar. Los otros cinco, sanos y victoriosos, salen corriendo de palacio con las dos cabezas en las manos, y lo llenan todo de tumulto y vocería. Convocando luego a los persas, con las cabezas pendientes de las manos, les van contando apresuradamente lo sucedido, y matando juntamente por las calles a cuantos magos les salen al encuentro. Los demás persas, teniendo a la vista la reciente hazaña de sus siete héroes, y patente a los ojos el embuste de los magos, miraban todos como un deber de honor y de justicia ejecutar otro tanto por su parte, y con el puñal en la mano no dejaban a vida mago alguno que pudiesen hallar. Tanta fue la carnicería que, si no la hubiese detenido la noche, no quedara ya raza de magos. Los persas miran como el más solemne y memorable este día, en que celebran una gran fiesta aniversaria, a la que dan el nombre de Magofonía, no permitiendo que en ella comparezcan en público los magos, obligados severamente a mantenerse encerrados en su casa.

LXXX. De allí a cinco días, sosegado ya en Susa el público tumulto, los septemviros levantados contra los magos empezaron a consultar entre sí acerca de la situación y arreglo del imperio persa; y en la deliberación se dijeron cosas y pareceres que no se harán creíbles a los griegos, pero que no por esto dejaron realmente de decirse. Aconsejábales Ótanes que, en primer lugar, se dejase en manos del pueblo la suma potestad del estado, y les hablaba en esta conformidad: «Mi parecer, señores, es que ningún particular entre nosotros sea nombrado monarca de aquí en adelante, pues tal gobierno ni es agradable ni menos provechoso a la sociedad avasallada. Bien sabéis vosotros mismos a qué extremos no llegó la suma insolencia y tiranía de Cambises, y no os ha cabido poca parte en la audacia extremada del mago. Quisiera se me dijese cómo cabe en realidad que la monarquía, a cuyo capricho es dado hacer impunemente cuanto se le antoje, pueda ser un gobierno justo y arreglado. ¿Cómo no ha de ser por sí misma peligrosa y capaz de trastornar y sacar de quicio las ideas de un hombre de índole la más justa y moderada cuando se vea sobre el trono? Y la razón es, porque la abundancia de todo género de bienes engendra insolencia en el corazón del monarca, juntándose esta con la envidia, vicio común nacido con el hombre mismo. Teniendo, pues, un soberano estos dos males, insolencia adquirida y envidia innata, tiene en ellos la suma y el colmo de todos. Lleno de sí mismo y de su insolente pujanza, cometerá mil atrocidades por mero capricho, otras mil de pura envidia, siendo así que un soberano a quien todo sobra debiera por justo motivo verse libre de los estímulos de tal pasión. Con todo, en un monarca suele observarse un proceder contrario para con sus súbditos: de envidia no puede sufrir que vivan y adelanten los sujetos de mérito y prendas sobresalientes; gusta mucho de tener a su lado los ciudadanos más corrompidos y depravados del estado; tiene el ánimo siempre dispuesto a proteger la delación y apoyar la calumnia. No hay hombre más receloso y descontentadizo que un monarca. ¿Es uno parco o contenido en admirar sus prendas y subirlas a las nubes? Se da él por ofendido de que se falte al acatamiento y veneración debida al soberano. ¿Es otro, por el contrario, pródigo en dar muestras de su respeto y admiración? Se le desdeña y mira como a un adulador falso y vendido. Y no es eso lo peor; lo que no puede sufrírsele de ningún modo es ver cómo trastorna las leyes de la patria; cómo abusa por fuerza de las mujeres ajenas; cómo, finalmente, pronuncia sentencia capital sin oír al acusado. Mas al contrario, un estado republicano, además de llevar en su mismo nombre de Isonomía la justicia igual para todos y con ella la mayor recomendación, no da prácticamente en ninguno de los vicios y desórdenes de un monarca; permite a la suerte la elección de empleos; pide después a los magistrados cuenta y razón de su gobierno; admite, por fin, a todos los ciudadanos en la liberación de los negocios públicos. En resolución, mi voto es anular el estado monárquico, y sustituirle el gobierno popular, que al cabo en todo género de bienes siempre lo más es lo mejor». Tal fue el parecer que dio Ótanes.

LXXXI. Pero Megabizo, en el voto razonado que dio, se declaró por la oligarquía, favoreciendo a los grandes por estas razones: «Desde luego, dijo, me conformo con el voto de Ótanes, dando por buenas sus razones acerca de acabar con la tiranía; mas en cuanto a lo que añadió de que pasase a manos del vulgo la autoridad soberana, en esto digo no anduvo acertado. Es cierto que nada hay más temerario en el pensar que el imperito vulgo, ni más insolente en el querer que el vil y soez populacho. De suerte que de ningún modo puede aprobarse que para huir la altivez de un soberano se quiera ir a parar en la insolencia del vulgo, de suyo desatento y desenfrenado; pues al cabo un soberano sabe lo que hace cuando obra; pero el vulgo obra según le viene a las mientes, sin saber lo que hace ni por qué lo hace. ¿Y cómo ha de saberlo, cuando ni aprendió de otro lo que es útil y laudable, ni de suyo es capaz de entenderlo? Cierra los ojos y arremete de continuo como un toro, o quizá mejor, a manera de un impetuoso torrente lo abate y arrastra todo. ¡Haga Dios que no los persas, sino los enemigos de los persas dejen el gobierno en manos del pueblo! Ahora debemos nosotros escoger un consejo compuesto de los sujetos más cabales del estado, en quienes depositaremos el poder soberano. Vamos a lograr así dos ventajas, una que nosotros mismos seremos del número de tales consejeros, otra que las resoluciones públicas serán las más acertadas, como debe suponerse siendo dictadas por hombres del mayor mérito y reputación».

LXXXII. Tal fue el voto dado por Megabizo. Darío, el tercero en hablar, votó en esta forma:[285] «Bien me parece lo que tocante al vulgo acaba de decir Megabizo, pero no me parece bien por lo que mira a la oligarquía; porque de los tres gobiernos propuestos, el del vulgo, el de los nobles, y el de un monarca, aun cuando se suponga cada cual en su género el mejor, el de un rey opino que excede en mucho a los demás. Y opino así, porque no veo que pueda darse persona más adecuada para el gobierno que la de un varón en todo grande y sobresaliente, que asistido de una prudencia política igual a sus eminentes talentos, sepa regir el cuerpo entero de la monarquía de modo que en nada se le pueda reprender; y tenga asimismo la ventaja del secreto en las determinaciones que fuere preciso tomar contra los enemigos de la corona. Paso a la oligarquía, en la cual, siendo muchos en dar pruebas de valor y en granjear méritos para con el público, es consecuencia natural que la misma emulación engendre aversión y odio de unos hacia los otros; pues queriendo cada cual ser el principal autor y como cabeza en las resoluciones públicas, es necesario que den en grandes discordias y mutuas enemistades, que de las enemistades pasen a las sediciones de los partidos, y de las muertes a la monarquía, dando con este último recurso una prueba real de que es este el mejor de todos los gobiernos posibles. ¿Qué diré del estado popular, en el cual es imposible que no vayan anidando el cohecho y la corrupción en el manejo de los negocios? Adoptada una vez esta lucrativa iniquidad y familiarizada entre los que administran los empleos, en vez de odio no engendra sino harta unión en los magistrados de una misma gavilla que se aprovechan privadamente del gobierno y se cubren mutuamente por no quedar en descubierto ante el pueblo. De este modo suelen andar los negocios de la república, hasta tanto que un magistrado les aplica el remedio, y logra que el desorden público cese y acabe. Con esto, viniendo a ser objeto de la admiración del vulgo, ábrese camino con ella para llegar a ser monarca, dando en esto una nueva prueba de que la monarquía es el gobierno más acertado. Y, para decirlo en una palabra, ¿de dónde vino a la Persia, pregunto, la independencia y libertad pública? ¿Quién fue el autor de su imperio? ¿Fue acaso el pueblo? ¿Fue por ventura la oligarquía? ¿O fue más bien un monarca? En suma, mi parecer es que nosotros los persas, hechos antes libres y señores del imperio por un varón, por el gran Ciro, mantengamos el mismo sistema de gobierno, sin alterar de ningún modo las leyes y fueros de la patria, lo más útil que contemplo para nosotros».

LXXXIII. Dados los tres referidos pareceres, los cuatro votos que restaban del septemvirato se declararon por el de Darío. Ótanes, que deseaba introducir el gobierno popular y derechos iguales para todos los persas, no habiendo conseguido su intento, les habló de nuevo en estos términos: «Visto está, compañeros míos, que algunos de los que aquí estamos obtendrá la corona, o bien se la dé la suerte, o bien la elección de la nación a cuyo arbitrio la dejemos, o bien por cualquiera otra vía que recaiga en su cabeza. Pues yo renuncio desde ahora el derecho de pretenderla, ni entro en concurso, persistiendo en no querer ni mandar como rey, ni ser mandado como súbdito. Cedo todo el derecho que pudiera pretender, pero cedo con la expresa condición de no estar jamás yo ni alguno de mis descendientes a las órdenes del soberano». Hecha tal propuesta, que fue admitida luego por los seis confederados bajo aquella restricción, salió Ótanes del congreso; y en efecto, sola su familia se mantiene hasta hoy día libre e independiente entre los persas, pues se le manda únicamente en cuanto ella no lo rehúsa, no faltando por otra parte a las leyes del estado persa.

LXXXIV. Los seis grandes restantes de la liga continuaban en sus conferencias ordenadas a la mejor elección de un monarca; y ante todo les pareció establecer que si la corona venía a recaer en alguno de los seis, se obligara este a guardar a Ótanes y a toda su descendencia el perpetuo privilegio de honrarse con la vestidura de los medos, y enviarle asimismo los legítimos regalos que se miran entre los persas como distinciones las más honoríficas. La causa de honrar a Ótanes con esta singular prerrogativa fue por haber sido el principal autor y cabeza de la conjuración contra el mago, aconsejándola a los demás compañeros de la liga. Respecto al cuerpo de los siete confederados, ordenaron: primero, que cualquiera de ellos, siempre que le pareciese, tuviera franca la entrada en palacio, sin prevención ni ceremonia de pasar antes recado, a no ser que el rey estuviese en su aposento en compañía de sus mujeres: segundo, que el rey no pudiera tomar esposa que no fuese de la familia de dichos confederados: finalmente, por lo tocante al punto principal de la elección al trono, acordaron tomar el medio de montar los seis a caballo en los arrabales de Susa, y nombrar y reconocer por rey a aquel cuyo caballo relinchase el primero a la salida del sol.

LXXXV. Tenía Darío un caballerizo hábil y perspicaz, por nombre Ebares, al cual, apenas vuelto a su casa de la asamblea, hace llamar y habla de este modo. «Hágote saber, Ebares, que para la elección de monarca hemos resuelto que sea nuestro rey aquel cuyo caballo, estando cada uno de nosotros montado en el suyo, fuere el primero en relinchar al nacer el sol. Tiempo es ahora de que te valgas de tus tretas y recursos, si algunos tienes, para hacer de todas maneras que yo y ningún otro arrebate el premio de la corona». «Buen ánimo, señor, responde Ebares; dadla ya por alcanzada y puesta sobre la cabeza; si nada más se exige, y si en lo que decís consiste ser rey o no, albricias os pido, porque ningún otro que vos lo será. Más vale maña que fuerza, y mañas hay aquí y recursos para todo». «Manos a la obra, pues, replícale Darío; si algún ardid sabes, tiempo es de usarlo sin perder un instante, pues mañana mismo ha de decidirse la cuestión». Oído lo cual, practica Ebares esta diligencia: venida la noche, toma una de las yeguas de su amo, aquella cabalmente que movía y alborotaba más el amor del caballo de Darío; llévala a los arrabales y la deja allí atada; vuelve después conduciendo el caballo de Darío, hácele dar mil vueltas y revueltas alrededor de la yegua, permitiéndole solo el acercarse a ella, hasta que al cabo de largo rato le deja holgar libremente.

LXXXVI. Apenas empezó a rayar el alba al siguiente día, cuando los seis grandes de Persia pretendientes de la corona, conforme a lo pactado, se dejaron ver aparejados y prontos en sus respectivos caballos, e iban de una a otra parte paseando por los arrabales, cuando no bien llegados a aquel paraje donde la yegua había estado atada la noche anterior, dando una corrida el caballo de Darío empieza sus relinchos. Al mismo tiempo ven todos correr un rayo por el sereno cielo y oyen retumbar un trueno, cuyos prodigios sucedidos a Darío fueron su inauguración para la corona, de modo que los otros competidores, bajando del caballo a toda prisa y doblando allí mismo la rodilla, le saludaron y reconocieron por su rey.[286]

LXXXVII. Así cuentan algunos el ambicioso artificio usado por Ebares, si bien otros, pues andan en esto divididas las relaciones de los persas, lo refieren de otra manera. Dicen que Ebares aplicó antes su mano al vientre de la yegua, y la mantuvo cubierta entre sus vestidos, pero al momento de apuntar el sol, cuando debían mover los caballos, sacando su mano el caballerizo, la llevó a las narices del caballo, el cual, percibiendo el olor, principió al punto a relinchar.

LXXXVIII. De este modo Darío, hijo de Histaspes, fue no solo proclamado en Susa, sino reconocido también por rey de todos los vasallos del Asia a quienes antes Ciro y después Cambises habían subyugado. Pero en este número no deben entrar los árabes, que nunca prestaron vasallaje y obediencia a los persas, si bien como amigos y aliados quisieron dar paso a Cambises para el Egipto, al cual los persas no hubieran podido embestir con sus tropas si los árabes se les hubieran opuesto. Reconocido ya Darío rey de los persas, empezó sus nuevas alianzas, tomando por esposas de primera clase a las dos hijas de Ciro, llamada la una Atosa y la otra Aristona, aquella casada primero con su mismo hermano Cambises, y después con el mago; esta doncella todavía. Casó asimismo Darío con otra princesa real llamada Parmis, hija del infante Esmerdis, y quiso también tener por esposa de primer orden a la hija de Ótanes que había sido la primera en descubrir al mago impostor.[287] Una vez que tuvo ya Darío seguro y afianzado el imperio en su persona, mandó lo primero erigir por monumento de su nueva grandeza y fortuna una estatua ecuestre de mármol con una inscripción grabada en ella que decía: «Darío, hijo de Histaspes, por el valor de su caballo (al cual nombraba allí por su propio nombre) y de su caballerizo Ebares, adquirió el reino de los persas».

LXXXIX. Establecidas así las cosas entre los persas, señaló Darío 20 gobiernos que llaman satrapías, y nombrando en ellos sus sátrapas o gobernadores, ordenó los tributos que debían pagársele, tasando cierta cantidad para cada una de aquellas naciones tributarias. A este fin fue reuniendo a cada nación algunos pueblos confinantes, que contribuyesen juntamente con ella, y esta providencia tomada para las provincias más cercanas la extendió a las gentes más remotas del imperio, encabezando unas con otras para el reparto de los ingresos de la corona. La forma guardada en la división de los gobiernos y en la distribución de los tributos anuales fue la siguiente. Ante todo mandó a los pueblos que solían contribuir con plata que le pagasen la contribución en talentos babilónicos, y a los que con oro en talentos euboicos: el talento babilónico corresponde a 70 minas euboicas.[288] En el reinado de Ciro y en el inmediato de Cambises, no habiéndose fijado un arreglo todavía ni determinado una tasa individual acerca de los tributos, solían los pueblos contribuir a la corona con sus donativos; de suerte que Darío fue el autor de la talla determinada, de lo cual y de otras providencias de este género nació el dicho de los persas, que Darío fue un mercader, Cambises un señor y Ciro un padre; pues aquel de todo hacía comercio, el otro era áspero y descuidado, y este último muy humano y solícito en hacerlos a todos felices.

XC. Volviendo al asunto, el primer gobierno ordenado por Darío se componía de los jonios, de los magnesios del Asia, de los eolios, de los carios, de los licios, de los milias y de los panfilios: la contribución para la cual dichos pueblos juntamente estaban empadronados subía a 400 talentos de plata. El segundo gobierno, compuesto de los misios, lidios, lasonios, cabalios y los hiteneos, contribuía con 400 talentos. El tercer gobierno, en que estaban encabezados los pueblos del Helesponto que caen a la derecha del que navega hacia el ponto Euxino, a saber, los frigios, los tracios asiáticos, paflagonios, los mariandinos y los sirios,[289] cargaba con 360 talentos de contribución. El cuarto gobierno, que comprendía solo los cilicios, además de 360 caballos blancos que salían a uno por día,[290] pagaba al rey 500 talentos de plata, de los cuales 140 se quedaban allí para mantener la caballería apostada en las guarniciones de Cilicia, y los 360 restantes iban al erario real de Darío.

XCI. El quinto gobierno, cargado con 350 talentos de imposición, empezaba desde la ciudad de Posideo,[291] fundada por Anfíloco, hijo de Anfiarao, en los confines de los cilicios y sirios, y llegando hasta el Egipto, comprendía la Fenicia entera, la Siria que llaman Palestina, y la isla de Chipre, no entrando sin embargo en este gobierno la parte confinante de la Arabia, que era franca y privilegiada. El sexto gobierno se componía del Egipto, de los libios sus vecinos, de Cirene y de Barca, agregadas a este partido, y pagaba al erario real 700 talentos, y esto sin contar el producto que daba al rey la pesca del lago Meris, ni tampoco el trigo que en raciones medidas se daba a 120.000 soldados persas y a las tropas extranjeras a sueldo del rey en Egipto, que suelen estar de guarnición en el fuerte blanco de Menfis. En el séptimo gobierno estaban encabezados los satágidas, los gandarios,[292] los dadicas y los aparitas que contribuían todos con la suma de 170 talentos. Del octavo gobierno, compuesto de Susa y de lo restante del país de los cisios, percibía el erario 300 talentos de contribución.

XCII. Del nono gobierno, en que entraba Babilonia con lo restante de la Asiria, sacaba el rey 1000 talentos de plata, y además 500 niños eunucos. Del décimo gobierno, compuesto de Ecbatana con toda la Media, de los paricanios y de los ortocoribantios, entraban en las rentas reales 450 talentos. El undécimo gobierno componíanlo los caspios, los pausicas, los pantimatos y los daritas, pueblos que unidos bajo un mismo registro tributan al rey 200 talentos. Del duodécimo gobierno, que desde los bactrianos se extendía hasta los eglos, se sacaban 360 talentos.[293]

XCIII. El decimotercio gobierno, formado de la Páctica, de los armenios, y gentes comarcanas hasta llegar al ponto Euxino, redituaba a las arcas del rey 400 talentos. Del decimocuarto gobierno, al cual estaban agregados los sagartios, los sarangas, los tamaneos, los utios, los micos y los habitantes de las islas del mar Eritreo, en las cuales suele confinar el rey a los reos que llaman deportados, se percibían 600 talentos de contribución. Los sacas y los caspios, alistados en el gobierno decimoquinto, contribuían con 250 talentos al año. Los partos, los corasmios, los sogdos y los arios, que formaban el decimosexto, pagaban al rey 300 talentos.[294]

XCIV. Los paricanios y etíopes del Asia empadronados en el decimoséptimo gobierno pagaban al erario real 400 talentos. A los matienos, a los saspires y a los alarodios, pueblos unidos en el gobierno decimoctavo, se les había impuesto la suma de 200 talentos. A los pueblos del decimonono, moscos, tibarenos, macrones, mosinecos y marsos, se impusieron 300 talentos de tributo. El gobierno vigésimo, en que están alistados los indios, nación sin disputa la más numerosa de cuantas han llegado a mi noticia, paga un tributo más crecido que los demás gobiernos, que consiste en 360 talentos de oro en polvo.[295]

XCV. Ahora, pues, reducido el talento de plata babilónico al talento euboico, de las contribuciones apuntadas resulta la suma de 9880 talentos euboicos. Multiplicado después el talento de oro en grano por 13 talentos de plata, dará esta partida la suma de 4680 talentos: así que, hecha la suma total de dichos talentos, el tributo anual que recogía Darío ascendía a 14.560 talentos euboicos, y esto sin incluir en ella las partidas de quebrados.

XCVI. Estos eran los ingresos que Darío percibía del Asia y de algunas pocas provincias de la Libia. Corriendo el tiempo, se le añadió el tributo que después le pagaron, así las islas del Asia menor, como los vasallos que llegó a tener en Europa, hasta la misma Tesalia. El modo como guarda el persa sus tesoros en el erario, es derramar el oro y la plata derretida en unas tinajas de barro hasta llenarlas, y retirarlas después de cuajado el metal; de suerte que cuando necesita dinero va cortando de aquellos pilones el oro y plata que para la ocasión hubiere menester.

XCVII. Estos eran, repito, los gobiernos y las tallas de tributo ordenadas por Darío. No he contado la Persia propia[296] entre las provincias tributarias de la corona, por cuanto los persas en su país son privilegiados e inmunes de contribución. Hablaré ahora de algunas otras naciones, las cuales, si bien no tenían tributos impuestos, contribuían al rey, sin embargo, con sus donativos regulares. Tales eran los etíopes, confinantes con el Egipto, que tienen su domicilio cerca de la sagrada Nisa, y celebran fiestas a Dioniso, los cuales, como todos sus comarcanos, siguiendo el modo de vivir que los indios llamados calantias, moran en las habitaciones subterráneas. Habiendo sido conquistados por Cambises dichos etíopes y sus vecinos en la expedición emprendida contra los otros etíopes macrobios, presentaban entonces cada tercer año y presentan aún ahora sus donativos, reducidos a dos quénices de oro no acrisolado, a 200 maderos de ébano, a cinco niños etíopes, y a veinte grandes dientes de elefante.[297] Tales eran asimismo los colcos, que, juntamente con sus vecinos hasta llegar al monte Cáucaso, eran contados entre los pueblos donatarios de la corona, pues los dominios del persa terminan en el Cáucaso, desde el cual todo el país que se extiende hacia el viento Bóreas en nada reconoce su imperio. Los colcos, aun en el día, hacen al persa sus regalos de cinco en cinco años, como homenajes concertados, que consisten en cien mancebos y cien doncellas. Tales eran los árabes, finalmente, que regalaban al rey cada año mil talentos de incienso: y estos eran, además de los tributos, los donativos públicos que debían hacerse al soberano.

XCVIII. Volviendo al oro en polvo que los indios, como decíamos, llevan al rey en tan grande cantidad, explicaré el modo con que lo adquieren. La parte de la India de la cual se saca el oro, y que está hacia donde nace el sol, es toda un mero arenal; porque ciertamente de todos los pueblos del Asia de quienes algo puede decirse con fundamento de verdad y de experiencia, los indios son los más vecinos a la aurora, y los primeros moradores del verdadero oriente o lugar del nacimiento del sol, pues lo que se extiende más allá de su país y se acerca más a Levante es una región desierta, totalmente cubierta de arena.[298] Muchas y diversas en lenguaje son las naciones de los indios; unas son de nómadas o pastores, otras no; algunas de ellas, viviendo en los pantanos que forman allí los ríos, se alimentan de peces crudos que van pescando con barcos de caña, pues hay allí cañas tales, que un solo canuto basta para formar un barco. Estos indios de las lagunas visten una ropa hecha de cierta especie de junco, que después de segado en los ríos y machacado, van tejiendo a manera de estera, haciendo de él una especie de petos con que se visten.

XCIX. Otros indios que llaman padeos y que habitan hacia la aurora, son no solo pastores de profesión, sino que comen crudas las reses, y sus usos se dice son los siguientes: Cualquiera de sus paisanos que llegue a enfermar, sea hombre, sea mujer, ha de servirles de comida. ¿Es varón el infeliz doliente? Los hombres que le tratan con más intimidad son los que le matan, dando por razón que corrompido él con su mal llegaría a corromper las carnes de los demás. El infeliz resiste y niega su enfermedad; mas ellos por eso no le perdonan, antes bien lo matan y hacen de su carne un banquete. ¿Es mujer la enferma? Sus más amigas y allegadas son las que hacen con ella lo mismo que suelen los hombres con sus amigos enfermos. Si alguno de ellos llega a la vejez, y son pocos de este número, procuran quitarle la vida antes que enferme de puro viejo, y muerto se lo comen alegremente.

C. Otros indios hay cuya costumbre es no matar animal alguno, no sembrar planta ninguna, ni vivir en casas. Su alimento son las hierbas, y entre ellas tienen una planta que la tierra produce naturalmente, de la cual se levanta una vaina, y dentro de ella se cría una especie de semilla del tamaño del mijo, que cogida con la misma vainilla van comiendo después de cocida. El infeliz que entre ellos enferma se va a despoblado y tiéndese en el campo, sin que nadie se cuide de él, ni doliente ni después de muerto.

CI. El concúbito de todos estos indios mencionados, se hace en público, nada más contenido ni modesto que el de los ganados. Todos tienen el mismo color que los etíopes: el esperma que dejan en las hembras para la generación no es blanco, como en los demás hombres, sino negro como lo es el que despiden los etíopes. Verdad es que estos indios, los más remotos de los persas y situados hacia el Noto, jamás fueron súbditos de Darío.

CII. Otra nación de indios se halla fronteriza a la ciudad de Caspatiro y a la provincia Páctica, y situada hacia el Bóreas, al norte de los otros indios, la cual sigue un modo de vivir parecido al de los bactrianos; y estos indios, los guerreros más valientes entre todos, son los que destinan a la conducción y extracción del oro citado.[299] Hacia aquel punto no es más el país que un arenal despoblado, y en él se crían una especie de hormigas de tamaño poco menor que el de un perro y mayor que el de una zorra, de las cuales cazadas y cogidas allí se ven algunas en el palacio del rey de Persia. Al hacer estos animales su hormiguero o morada subterránea, van sacando la arena a la superficie de la tierra, como lo hacen en Grecia nuestras hormigas, a las que se parecen del todo en la figura. La arena que sacan es oro puro molido, y por ella van al desierto los indios señalados, del modo siguiente: Unce cada uno a su carro tres camellos: los dos atados con sogas a los dos extremos de las varas son machos, el que va en medio es hembra. El indio montado sobre ella procura que sea madre y recién parida y arrancada con violencia de sus tiernas crías, lo que no es extraño, pues estas hembras son allí nada inferiores en ligereza a los caballos y al mismo tiempo de robustez mucho mayor para la carga.

CIII. No diré aquí cuál sea la figura del camello por ser bien conocida entre los griegos; diré, sí, una particularidad que no es tan sabida; a saber, que el camello tiene en las piernas de detrás cuatro muslos y cuatro rodillas, y que sus partes naturales miran por entre las piernas hacia su cola.

CIV. Uncidos de este modo al carro los camellos, salen los indios auríferos a recoger el oro, pero siempre con la mira de llegar al lugar del pillaje en el mayor punto de los ardores del sol, tiempo en que se sabe que las hormigas se defienden del excesivo calor escondidas en sus hormigueros. Es de notar que los momentos en que el sol pica más y se deja sentir más ardiente, no es a medio día como en otros climas, sino por la mañana, empezando muy temprano, y subiendo de punto hasta las diez del día, hora en que es mucho mayor el calor que se siente en la India que no en Grecia al medio día, y por eso la llaman los indios hora del baño. Pero al llegar al medio día, el calor que se siente entre los indios es el mismo que suele sentirse en otros países. Por la tarde, cuando empieza el sol a declinar, calienta allí del mismo modo que en otras partes después de recién salido; mas después se va templando de tal manera y refrescando el día, que al ponerse el sol se siente ya mucho frío.[300]

CV. Apenas llegan los indios al lugar de la presa, muy provistos de costales, los van llenando con la mayor diligencia posible, y luego toman la vuelta por el mismo camino, en lo cual se dan tanta prisa, porque las hormigas, según dicen ellos, los rastrean por el olor, y luego que lo perciben salen a perseguirlos, y siendo, como aseguran, de ligereza tal a que no llega animal alguno, si los indios no cogieran la delantera mientras ellas se van reuniendo, ni uno solo de los colectores de oro escapara con vida. En la huida los camellos machos, siendo menos ágiles, se cansan antes que las hembras, y los van soltando de la cuerda, primero uno y después otro, haciéndolos seguir detrás del carro, al paso que las hembras, que tiran en las varas con la memoria y deseo de sus crías, nada van aflojando de su corrida. Esta, en suma, según nos lo cuentan los persas, es la manera con que recogen los indios tanta abundancia de oro, sin faltarles con todo otro oro, bien que en menor copia, sacado de las minas del país.

CVI. Advierto que a los puntos extremos de la tierra habitada les han cabido en suerte las cosas más bellas y preciosas, así como a la Grecia ha tocado la fortuna de lograr para sí las estaciones más templadas en un cielo más dulce y apacible. Por la parte de Levante, la primera de las tierras habitadas es la India, como acabo de decir, y desde luego vemos allí que las bestias cuadrúpedas, como también las aves, son mucho mayores que en otras regiones, a excepción de los caballos, que en grandeza quedan muy atrás a los de Media llamados niseos.[301] En segundo lugar, vemos en la India infinita copia de oro, ya sacado de sus minas, ya revuelto por los ríos entre las arenas, ya robado, como dije, a las hormigas. Lo tercero, encuéntranse allí ciertos árboles agrestes que en vez de fruta llevan una especie de lana, que no solo en belleza sino también en bondad aventaja a la de las ovejas, y sirve a los indios para tejer sus vestidos.[302]

CVII. Por la parte de mediodía, la última de las tierras pobladas es la Arabia, única región del orbe que naturalmente produce el incienso, la mirra, la casia, el cinamomo y lédano, especies todas que no recogen fácilmente los árabes, si se exceptúa la mirra. Para la cosecha del incienso sírvense del sahumerio del estoraque, una de las drogas que nos traen a Grecia los fenicios; y la causa de sahumarle al irlo a recoger es porque hay unas sierpes aladas de pequeño tamaño y de color vario por sus manchas, que son las mismas que a bandadas hacen sus expediciones hacia el Egipto, las que guardan tanto los árboles del incienso, que en cada uno se hallan muchas de ellas, y son tan amigas de estos árboles que no hay medio de apartarlas sino a fuerza de humo del estoraque mencionado.

CVIII. Añaden los árabes sobre este punto, que todo su país estuviera a pique de verse lleno de estas serpientes si no cayera sobre ellas la misma calamidad que, como sabemos, suele igualmente suceder a las víboras, cosa en que deja verse, según nos persuade toda buena razón, un insigne rasgo de la sabiduría y providencia divina, pues vemos que a todos los animales tímidos a un tiempo por instinto y aptos para el sustento común de la vida, los hizo Dios muy fecundos, sin duda a fin de que, aunque comidos ordinariamente, no llegaran a verse del todo consumidos; mientras los otros por naturaleza fieros y perjudiciales suelen ser poco fecundos en sus crías.[303] Se ve esto especialmente en las liebres y conejos, los cuales, siendo presa de las fieras y aves de rapiña, y caza de los hombres, son una raza con todo tan extremadamente fecunda, que preñada ya concibe de nuevo, en lo que se distingue de cualquiera otro animal; y a un mismo tiempo lleva en su vientre una cría con pelo, otra sin pelo aún, otra en embrión que se va formando, y otra nuevamente concebida en esperma. Tal es la fecundidad de la liebre y del conejo. Al contrario, la leona, fiera la más valiente y atrevida de todas, pare una sola vez en su vida y un cachorro solamente, arrojando juntamente la matriz al parirlo; y la causa de esto es porque apenas empieza el cachorrito a moverse dentro de la leona, cuando sus uñas, que tiene más agudas que ninguna otra fiera, rasga la matriz, y cuanto más va después creciendo, tanto más la araña con fuerza ya mayor, y por fin, vecino al parto, nada deja sano en el útero, dejándolo enteramente herido y destrozado.

CIX. Así que si las víboras y sierpes voladoras de los árabes nacieran sin fracaso alguno por su orden natural, no quedara hombre a vida en aquel país. Pero sucede que al tiempo mismo del coito, cuando el macho está arrojando la esperma, la mala hembra, asiéndole del cuello y apretándole con toda su fuerza, no le suelta hasta que ha comido y tragado su cabeza. Muere entonces el macho, mas después halla la hembra su castigo en sus mismos hijuelos, que antes de nacer, como para vengar a su padre, la van comiendo las entrañas, de modo que para salir a luz se abren camino por el vientre rasgado de su misma madre. No sucede así con las otras serpientes, en nada enemigas ni perjudiciales al hombre, las que después de poner sus huevos van sacando una caterva sin número de hijuelos. Respecto a las víboras, observamos que las hay en todos los países del mundo; pero las sierpes voladoras solo en Arabia se ven ir a bandadas, lo que las hace parecer muchas en número, y es cierto que no se ven en otras regiones.

CX. Hemos referido el modo como los árabes recogen el incienso; he aquí el que emplean para recoger la casia. Para ir a esta cosecha, antes de todo se cubren no solo el cuerpo sino también la cara con cueros y otras pieles, dejando descubiertos únicamente los ojos; porque la casia, nacida en una profunda laguna, tiene apostados alrededor ciertos alados avechuchos muy parecidos a los murciélagos, de singular graznido y de muy gran fuerza, y así defendidos los árabes con sus pieles los van apartando de los ojos mientras recogen su cosecha de casia.

CXI. Más admirable es aún el medio que usan para reunir el cinamomo, si bien no saben decirnos positivamente ni el sitio donde nace, ni la calidad de la tierra que lo produce; infiriendo solamente algunos por muy probables conjeturas que debe nacer en los mismos parajes en que se crió Dioniso. Dícennos de esta planta que llegan al Arabia unas grandes aves llevando aquellos palitos que nosotros, enseñados por los fenicios llamamos cinamomo, y los conducen a sus nidos formados de barro encima de unos peñascos tan altos y escarpados que es imposible que suba a ellos hombre nacido. Mas para bajar de los nidos el cinamomo han sabido los árabes ingeniarse, pues partiendo en grandes pedazos los bueyes, asnos y otras bestias muertas, cargan con ellos, y después de dejarlos cerca del lugar donde saben que está su manida, se retiran luego muy lejos: bajan volando a la presa aquellas aves carniceras, y cargadas con aquellos enormes cuartos los van subiendo y amontonando en su nido, que no pudiendo llevar tanto peso, se desgaja de la peña y viene a dar en el suelo. Vuelven los árabes a recoger el despeñado cinamomo, que vendido después por ellos pasa a los demás países.

CXII. Aun tiene más de extraño y maravilloso la droga del lédano, o ládano como los árabes lo llaman, que nacida en el más hediondo lugar es la que mejor huele de todas. Cosa extraña por cierto; va criándose en las barbas de las cabras y de los machos de cabrío, de donde se le extrae a la manera que el moho del tronco de los árboles. Es el más provechoso de todos los ungüentos para mil usos, y de él muy especialmente se sirven los árabes para sus perfumes.

CXIII. Basta ya de hablar de estos, con decir que la Arabia entera es un paraíso de fragancia suavísima y casi divina. Y pasando a otro asunto, hay en Arabia dos castas de ovejas muy raras y maravillosas que no se ven en ninguna otra región: una tiene tal y tan larga cola, que no es menor de tres codos cumplidos,[304] y es claro que si dejaran a estas ovejas que las arrastrasen por el suelo, no pudieran menos de lastimarlas con muchas heridas; mas para remediar este daño, todo pastor, haciendo allí de carpintero, forma pequeños carros que después ata a la gran cola, de modo que cada oveja arrastra la suya montada en su carro: la otra casta tiene tan ancha la cola, que tendrá más de un codo.

CXIV. Por la parte de poniente al retirarnos del mediodía sigue la Etiopía, última tierra habitada por aquel lado, que tiene asimismo la ventaja de producir mucho oro, de criar elefantes de enormes dientes, de llevar en sus bosques todo género de árboles y el ébano mismo, y de formar hombres muy altos, muy bellos y vividores.[305]

CXV. Tales son las extremidades del continente, así en el Asia como en la Libia; de la parte extrema que en la Europa cae hacia poniente, confieso no tener bastantes luces para decir algo de positivo. No puedo asentir a lo que se dice de cierto río llamado por los bárbaros Erídano, que desemboca en el mar hacia el viento Bóreas, y del cual se dice que nos viene el electro,[306] ni menos saldré fiador de que haya ciertas islas llamadas Casitéridas de donde proceda el estaño; pues en lo primero el nombre mismo de Erídano, siendo griego y nada bárbaro, clama por sí que ha sido hallado y acomodado por alguno de los poetas; y en lo segundo, por más que procuró averiguar el punto con mucho empeño, nunca pude dar con un testigo de vista que me informase de cómo el mar se difunde y dilata más allá de la Europa, de suerte que a mi juicio el estaño y el electro nos vienen de algún rincón muy retirado de la Europa, pero no de fuera de su recinto.

CXVI. Por el lado del norte parece que se halla en Europa copiosísima abundancia de oro, pero tampoco sabré decir dónde se halla, ni de dónde se extrae. Cuéntase que lo roban a los grifos los monóculos arimaspos;[307] pero es harto grosera la fábula para que pueda adoptarse ni creerse que existan en el mundo hombres que tengan un ojo solo en la cara, y sean en lo restante como los demás. En suma, paréceme acerca de las partes extremas del continente, que son una especie de terreno muy diferente de los otros, y como encierran unos géneros que son tenidos acá por los mejores, se nos figura también que allí son todo preciosidades.

CXVII. Hay en el Asia, pues tiempo es de volver a ella, cierta llanura cerrada en un cerco formado por un monte que se extiende alrededor de ella, teniendo cinco quebradas. Esta llanura, estando situada en los confines de los corasmios, de los hircanios, de los partos, de los sarangas y de los tamaneos, pertenecía antes a los primeros; pero después que el imperio pasó a los persas, pasó ella a ser un señorío o patrimonio de la corona. Del monte que rodea dicha llanura nace un gran río, por nombre Aces,[308] que conducido hacia las quebradas, y sangrado por ellas con canales, iba antes regando las referidas tierras, derivando su acequia cada cual de aquellos pueblos por su respectiva quebrada. Mas después que estas naciones pasaron al dominio de los persas, se les hizo en este punto un notable perjuicio, por haber mandado el rey que en dichas quebradas se levantasen otras tantas presas con sus compuertas; de lo cual necesariamente provino que, cerrado todo desaguadero, no pudiendo el río tener salida, se difundiera por la llanura y la convirtiera en un mar. Los pueblos circunvecinos, que solían antes aprovecharse del río sangrado, no pudiendo ya valerse de su agua, viéronse muy pronto en la mayor calamidad, pues aunque llueve allí en invierno como suele en otras partes, echaban de menos en verano aquella agua del río para ir regando sus sementeras ordinarias de panizo y de ajonjolí. Viendo, pues, aquellos que nada de agua se les concedía, así hombres como mujeres fueron de tropel a la corte de los persas, y fijos allí todos a las puertas de palacio, llenaban el aire hasta el cielo de gritos y lamentos. Con esto el rey mandó que para aquel pueblo que mayor necesidad tenía del agua, se les abriera la compuerta de su propia presa, y que se volviera a cerrar después de bien regada la comarca y harta ya de beber; y así por turno y conforme a la mayor necesidad fueran abriéndose las compuertas de las acequias respectivas. Este, según oigo y creo muy bien, fue uno de los arbitrios para las arcas reales, cobrando, además del tributo ya tasado, no pequeños derechos en la repartición de aquellas aguas.

CXVIII. Pero dejando esto, volvamos a los septemviros de la célebre conjuración; uno de los cuales, Intafrenes, tuvo un fin bien desastrado, a que su misma altivez e insolencia le precipitaron. Pues habiéndose establecido la ley de que fuera concedido a cualquiera de los siete la facultad de presentarse al rey sin preceder recado, excepto en el caso de hallarse en el momento en compañía de sus mujeres, Intafrenes quiso entrar en palacio poco después de la conjuración, teniendo que tratar no sé qué negocio con Darío, y en fuerza de su privilegio, como uno de los siete, pretendía entrada franca sin introductor alguno; mas el portero de palacio y el paje encargado de los recados se la negaban, alegando por razón que estaba entonces el rey visitando a una de sus esposas. Sospechó Intafrenes que era aquel uno de los enredos y falsedades de los palaciegos, y sin más tardanza saca al punto su alfanje, corta a entrambos, al paje y al portero, orejas y narices, ensártalas a prisa con la brida de su caballo, y poniéndolas luego al cuello de estos, los despacha adornados con aquella especie de collar. Preséntanse entrambos al rey, y le declaran el motivo de su trágica violencia en aquella mutilación.

CXIX. Receló Darío en gran manera que una tal demostración se hubiese hecho de común acuerdo y consentimiento de los seis conjurados, y haciéndolos venir a su presencia uno a uno, iba explorando su ánimo para averiguar si habían sido todos cómplices en aquel desafuero. Pero viendo claramente que ninguno había tenido en ello participación, mandó que prendieran no solo a Intafrenes, sino también a sus hijos con todos los demás de su casa y familia, sospechando por varios indicios que tramaba aquel con todos sus parientes alguna sublevación,[309] y luego de presos los condenó a muerte. En esta situación, la esposa de Intafrenes, presentándose a menudo a las puertas de palacio, no cesaba de llorar y dar grandes voces y alaridos, hasta que el mismo Darío se movió a compasión con su llanto y dolor. Mándale, pues, decir por un mensajero: «Señora, en atención y respeto a vuestra persona, accede el rey Darío a dar el perdón a uno de los presos, concediéndoos la gracia de que lo escojáis vos misma a vuestro arbitrio y voluntad». «Pues si el rey, respondió ella después de haberlo pensado, me concede la vida de uno de los presos, escojo entre todos la vida de mi hermano». Informado Darío y admirado mucho de aquella respuesta y elección, le hace replicar: «Señora, quiere el rey que le digáis la razón por que dejando a vuestro marido y también a vuestros hijos, preferís la vida de un hermano, que ni os toca de tan cerca como vuestros hijos, ni puede serviros de tanto consuelo como vuestro esposo». A lo cual contestó la mujer: «Si quieren los cielos, ¡oh señor!, no ha de faltarme otro marido, del cual conciba otros hijos, si pierdo los que me dieron los dioses. Otro hermano sé bien que no me queda esperanza alguna de volver a lograrlo, habiendo muerto ya nuestros padres;[310] por este motivo me goberné, señor, en mi respuesta y elección». Pareció tan acertada la razón a Darío, que prendado de la discreción de aquella matrona, no solo le hizo gracia de su hermano que escogía, sino que además le concedió la vida de su hijo mayor, por quien no pedía. A todos los demás los hizo morir Darío, acabando así con todos sus deudos Intafrenes, uno de los siete grandes de la liga, poco después de recobrado el imperio.

CXX. Volviendo a tomar el hilo de la historia, casi por el mismo tiempo en que enfermó Cambises sucedió un caso muy extraño. Hallábase en Sardes por gobernador un señor de nación persa, por nombre Oretes, colocado por Ciro en aquel empleo, y se empeñó en ejecutar el atentado más caprichoso e inhumano que darse puede, cual fue dar muerte a Polícrates el samio, de quien, ni de obra ni de palabra había recibido nunca el menor disgusto, y lo que es más, no habiéndole visto ni hablado en los días de su vida. Por lo que mira al motivo que tuvo Oretes para desear prender y perder a Polícrates, pretenden algunos que naciese de lo que voy a referir. Estaba Oretes en cierta ocasión sentado en una sala de palacio en compañía de otro señor también persa, llamado Mitrobates, entonces gobernador de la provincia de Dascilio,[311] y de palabra en palabra, como suele, vino la conversación a degenerar en pendencia. Altercábase en ella con calor acerca de quién tenía mayor valor y méritos personales, y Mitrobates empezó a insultar a Oretes en sus barbas, diciendo: «¿Tú, hombre, te atreves a hablar de valor y servicios personales, no habiendo sido capaz de conquistar a la corona y unir a tu satrapía la isla de Samos, que tienes tan cercana, y es de suyo tan fácil de sujetar que un particular de ella con solos quince infantes se alzó con su dominio en que se mantiene hasta el día?». Pretenden algunos, como dije, que vivamente penetrado Oretes en su corazón de este insulto, no tanto desease vengarle en la persona del que se lo dijo, cuanto borrarlo con la ruina de Polícrates, ocasión inocente de aquella afrenta.

CXXI. No faltan otros con todo, aunque más pocos, que lo refieren de otro modo. Dicen que Oretes envió a Samos un diputado para pedir no sé qué cosa, que no expresan los narradores, a Polícrates, que echado sobre unos cojines en su gabinete estaba casualmente entreteniéndose con Anacreonte de Teos.[312] Entra en esto el diputado de Oretes y empieza a dar su embajada. Polícrates entretanto, ora a propósito quisiera dar a entender cuán poco contaba con Oretes, ora sucediese por descuido y falta de reflexión, vuelto como estaba el rostro a la pared, ni lo volvió para mirar al enviado, ni le respondió palabra.

CXXII. De estos dos motivos que suelen darse acerca de la muerte de Polícrates, adopte cada cual el que más le acomode, nada me importa. En cuanto a Oretes, como viviese de asiento en Magnesia, ciudad fundada en las orillas del río Menandro, y estuviese bien informado del espíritu ambicioso de Polícrates, enviole a Samos por embajador a Mirso, hijo de Giges y natural de Lidia. Sabía Oretes que Polícrates había formado el proyecto de alzarse con el imperio del mar, habiendo sido en este designio el primero de los griegos, al menos de los que tengo noticia. Verdad es que no quiero en esto comprender ni a Minos de Cnoso, ni a otro alguno anterior, si lo hubo, que en los tiempos fabulosos hubiese tenido el dominio de los mares;[313] solo afirmo que en la era humana, que así llaman a los últimos tiempos ya conocidos, fue Polícrates el primer griego que se lisonjeó con la esperanza de sujetar a su mando la Jonia e islas adyacentes. Conociendo, pues, Oretes el flaco de Polícrates, le envía una embajada concebida en estos términos: «Oretes dice a Polícrates: Estoy informado de que meditas grandes empresas, pero que tus medios no alcanzan a tus proyectos. Si quieres, pues, ahora seguir mi consejo, te aseguro que con ello conseguirás provecho, y me salvarás la vida; pues el rey Cambises, según sé ciertamente, anda al presente maquinándome la muerte. En suma, quiero de ti que vengas por mí y por mis tesoros, de los que tomarás cuanto gustares, dejando el resto para mí. Ten por seguro que por falta de dinero no dejarás de conquistar la Grecia entera. Y si acerca de los tesoros no quisieres fiarte de mi palabra, envíame el sujeto que tuvieres de mayor satisfacción, a quien me ofrezco a mostrárselos».

CXXIII. Oyó Polícrates con mucho gusto tal embajada, y determinó complacer a Oretes. Sediento el hombre de dinero, envió ante todo para verlo a su secretario, que era Menandrio, hijo de Menandrio, el mismo que no mucho después consagró en el Hereo[314] los adornos todos muy ricos y vistosos que había tenido Polícrates en su mismo aposento. Sabiendo Oretes que aquel explorador era un personaje de respeto, toma ocho cofres y manda embutirlos de piedras hasta arriba, dejando solo por llenar una pequeña parte la más vecina a los labios de aquellos, y después cubre de oro toda aquella superficie; ata muy bien sus cofres, y los deja patentes a la vista. Llegó poco después Menandrio, vio las arcas de oro, y dio cuenta luego a Polícrates.

CXXIV. Informado este del oro, a pesar de sus privados que se lo aconsejaban, y a pesar asimismo de sus adivinos que le auguraban mala suerte, no veía la hora de partir en busca de las arcas. Aun hubo más, porque la hija de Polícrates tuvo entre sueños una visión infausta, pareciéndole ver en ella a su padre colgado en el aire, y que Zeus le estaba lavando y el Sol ungiendo. En fuerza de tales agüeros, deshaciéndose la hija en palabras y extremos, pugnaba en persuadir al padre no quisiera presentarse a Oretes, tan empeñada en impedir el viaje, que al ir ya Polícrates a embarcarse en su galera, no dudó en presentársele cual ave de mal agüero. Amenazó Polícrates a su hija que si volvía salvo tarde o nunca había de darle marido. «¡Ojalá, padre, sea así!, responde ella; que antes quisiera tarde o nunca tener marido, que dejar de tener tan presto un padre tan bueno».

CXXV. Por fin, despreciando los consejos de todos, embarcose Polícrates para ir a verse con Oretes, llevando gran séquito de amigos y compañeros, entre quienes se hallaba el médico más afamado que a la sazón se conocía, Democedes, hijo de Califonte, natural de Crotona. No bien acabó Polícrates de poner el pie en Magnesia, cuando se le hizo morir con una muerte cruel, muerte indigna de su persona e igualmente de su espíritu magnánimo y elevado, pues ninguno se hallará entre los tiranos o príncipes griegos, a excepción solamente de los que tuvieron los siracusanos, que en lo grande y magnífico de los hechos pueda competir con Polícrates el samio.[315] Pero no contento el fementido persa con haber hecho en Polícrates tal carnicería que de puro horror no me atrevo a describir, le colgó después en un aspa. Oretes envió libres a su patria a los individuos de la comitiva que supo eran naturales de Samos, diciéndoles que bien podían y aun debían darle las gracias por acabar de librarlos de un tirano; pero a los criados que habían seguido a su amo los retuvo en su poder y los trató como esclavos. Entretanto, en el cadáver de Polícrates en el aspa íbase verificando puntualmente la visión nocturna de su hija, siendo lavado por Zeus siempre que llovía, y ungido por el sol siempre que con sus rayos hacia que manase del cadáver un humor corrompido. En suma, la fortuna de Polícrates, antes siempre próspera, vino al cabo a terminar, según la predicción profética de Amasis, rey de Egipto, en el más desastroso paradero.

CXXVI. Pero no tardó mucho en vengar el cielo el execrable suplicio dado a Polícrates en la cabeza de Oretes, y fue del siguiente modo: Después de la muerte de Cambises, mientras que duró el reinado de los magos, estuvo Oretes en Sardes quieto y sosegado, sin cuidar nada de volver por la causa de los persas infamemente despojados del imperio por los medos; antes bien, entonces fue cuando, aprovechándose de la perturbación actual del estado, entre otros muchos atentados que cometió, quitó la vida no solo a Mitrobates, general de Dascilio, el mismo que le había antes zaherido por no haberse apoderado de los dominios de Polícrates, sino también a Cranaspes, hijo del mismo, sin atender a que eran entrambos personajes muy principales entre los persas. Y no paró aquí la insolencia de Oretes, pues, habiéndole después enviado Darío un correo, y no dándole mucho gusto las órdenes que de su parte le traía, armole una emboscada en el camino y le mandó asesinar a la vuelta, haciendo que nunca más se supiese noticia alguna ni del posta ni de su caballo.

CXXVII. Luego que Darío se vio en el trono, deseaba muy de veras hacer en Oretes un ejemplar, así en castigo de todas sus maldades, como mayormente de las muertes dadas a Mitrobates y a su hijo. Con todo, no le parecía del caso enviar allá un ejército para acometerle declaradamente desde luego, parte por verse en el principio del mando, no bien sosegadas las inquietudes públicas del imperio, parte por considerar cuán prevenido y pertrechado estaría Oretes, manteniendo por un lado cerca de su persona un cuerpo de mil persas, sus alabarderos, y teniendo por otro en su provincia y bajo su dominio a los frigios, a los lidios y a los jonios. Así que Darío, queriendo obviar estos inconvenientes, toma el medio de llamar a los persas más principales de la corte y hablarles en estos términos: «Amigos, ¿habrá entre vosotros quien quiera encargarse de una empresa de la corona, que pide maña o ingenio, y no ejército ni fuerza? Bien sabéis que donde alcanza la prudencia de la política, no es menester mano armada. Hágoos saber que deseo muchísimo que alguno de vosotros procure presentarme vivo o muerto a Oretes, hombre que además de ser desconocido a los persas, a quienes en nada ha servido hasta aquí, es al mismo tiempo un violento tirano, llevando ya cometidas muchas maldades contra nos, una la de haber hecho morir al general Mitrobates, juntamente con su hijo, otra la de haber asesinado a mis enviados que le llevaban la orden de presentársenos, mostrando en todo un orgullo y contumacia intolerables. Es preciso, pues, anticipársele, a fin de impedir con su muerte que pueda maquinar algún atentado mayor contra los persas».

CXXVIII. Tal fue la pregunta y propuesta hecha por Darío, al cual en el punto mismo se le ofrecieron hasta 30 de los cortesanos presentes, pretendiendo cada cual para sí la ejecución de la demanda. Dispuso Darío que la suerte decidiera la porfía, y habiendo recaído en Bageo, hijo de Artontes, toma este desde luego un expediente muy oportuno. Escribe muchas cartas que fuesen otras tantas órdenes sobre varios puntos, luego las cierra con el sello de Darío, y con ellas se pone en camino para Sardes. Apenas llegado, se presenta a Oretes, y delante de él va sacando las cartas de una en una, dándolas a leer al secretario real pues entre los persas todo gobernador tiene su secretario de oficio nombrado por el rey.[316] Bageo, al dar a leer y al intimar aquellas órdenes reales, pretendía sondear la fidelidad de los alabarderos, y tentar si podía sublevarlos contra su general Oretes. Viendo, pues, que llenos de respeto por su soberano ponían sobre su cabeza las cartas rubricadas y recibían las órdenes intimadas con toda veneración, da por fin a leer otro despacho real concebido en esta forma: «Darío, vuestro soberano, os prohíbe a vosotros, persas, servir de alabarderos a Oretes». No bien se les intimó la orden, cuando dejan todos sus picas. Animose Bageo a dar el último paso, viendo que en aquello obedecían al rey, entregando al secretario la última carta en que venía la orden en estos términos: «Manda el rey Darío a los persas, sus buenos y fieles vasallos en Sardes, que maten a Oretes». Acabar de oír la lectura de la carta, desenvainar los alfanjes los alabarderos y hacer pedazos a Oretes, todo fue en un tiempo. Así fue como Polícrates el samio vino a quedar vengado del persa Oretes.

CXXIX. Después que llegaron a Susa, confiscados los bienes que habían sido de Oretes, sucedió dentro de pocos días que al bajar del caballo el rey Darío en una de sus monterías, se le torció un pie con tanta fuerza que, dislocado el talón, se salió del todo de su encaje. Echó mano desde luego para la cura de sus médicos quirúrgicos, creído desde atrás que los que tenía a su servicio traídos del Egipto eran en su profesión los primeros del universo. Pero sucedió que los físicos egipcios, a fuerza de medicinar el talón, lo pusieron con la cura peor de lo que había estado en la dislocación. Siete días enteros habían pasado con sus noches en que la fuerza del dolor no había permitido al rey cerrar los ojos, cuando al octavo día, en que se hallaba peor, quiso la fortuna que uno le diese noticia de la grande habilidad del médico de Crotona, Democedes, de quien acaso había oído hablar hallándose en Sardes. Manda al instante Darío que hagan venir a Democedes, y habiéndolo hallado entre los esclavos de Oretes, tan abyecto y despreciado como el que más, lo presentaron del mismo modo a la vista del rey, arrastrando sus cadenas y mal cubierto de harapos.

CXXX. Estando en pie el pobre esclavo, preguntole el mismo Darío en presencia de todos los circunstantes si era verdad que supiera medicina. Democedes, con el temor de que si decía llanamente la verdad no tenía ya esperanza de poder volver a Grecia, no respondía que la supiese. Trasluciéndose a Darío que aquel esclavo tergiversaba, hablando solo a medias palabras, mandó al punto traer allí los azotes y aguijones. La vista de tales instrumentos y el miedo del inminente castigo hizo hablar más claro a Democedes, quien dijo que no sabía muy bien la medicina, pero que había practicado con un buen médico. En una palabra, dejose Darío en manos del nuevo médico, y como este le aplicase remedios y fomentos suaves, después de los fuertes antes usados en la cura, logró primero que pudiera el rey recobrar el sueño perdido, y después de muy breve tiempo le dejó enteramente sano, cuando Darío había ya desconfiado de poder andar perfectamente en toda su vida. Al verse sano el rey, quiso regalar al médico griego con dos pares de grillos de oro macizo, y al irlos a recibir, pregúntale con donaire Democedes, si en pago de haberle librado de andar siempre cojo, le doblaba el mal su majestad, dándole un grillo por cada pierna. Cayó en gracia a Darío el donaire del médico, y le mandó fuese a visitar sus esposas. Decían por los salones los eunucos que le conducían: «Señora, este es el que dio vida y salud al rey nuestro amo y señor». Las reinas, muy alegres y agradecidas, iban cada una por sí sacando del arca un azafate lleno de oro, y el oro y el azafate del mismo metal todo lo regalaban a Democedes. La magnificencia de las reinas en aquel regalo fue tan extremada, que un criado de Democedes, llamado Escitón, recogiendo para sí únicamente los granos que de los azafates caían, juntó una grandiosa suma de dinero.

CXXXI. El buen Democedes, ya que de sus aventuras hacemos mención, dejando a Crotona su patria, como referiré, fue a vivir con Polícrates. Vivía antes en Crotona en casa de su mismo padre, hombre de condición áspera y dura, y no pudiendo ya sufrirle por más tiempo, fue a establecerse en Egina. Allí, desde el primer año de su domicilio, aunque se hallaba desprovisto y falto todavía de los hierros e instrumentos de su profesión, dejó con todo muy atrás a los primeros cirujanos del país; por lo que al segundo año los eginetas le asalariaron para el público con un talento, al tercer año le condujeron los atenienses por cien minas, y Polícrates al cuarto por dos talentos:[317] por estos pasos vino Democedes a Samos. La fama de este insigne profesor ganó tanto crédito a los médicos de Crotona, que eran tenidos por los más excelentes de toda la Grecia; después de los cuales se daba el segundo lugar a los médicos de Cirene. En la misma Grecia los médicos de Argos pasaban a la sazón por los más hábiles de todos.

CXXXII. De resultas, pues, de la cura del rey, se le puso a Democedes una gran casa en Susa, y se le dio cubierto en la mesa real, como comensal honorario de Darío, de suerte que nada le hubiese quedado que desear, si no le trajera molestado siempre el deseo de volver a su querida Grecia. No había otro hombre ni otro privado como Democedes para el rey, de cuyo favor se valió especialmente en dos casos; el uno cuando logró con su mediación que el rey perdonase la vida a sus médicos de Egipto, a quienes por haber sido vencidos en competencia con el griego había condenado Darío a ser empalados; el otro cuando obtuvo la libertad para cierto adivino eleo, a quien veía confundido y maltratado con los demás esclavos que habían sido de la comitiva de Polícrates.

CXXXIII. Entre otras novedades no mucho después de dicha cura, sucedió un incidente de consideración a la princesa Atosa, hija de Ciro y esposa de Darío, a la cual se le formó en los pechos un tumor que una vez abierto se convirtió en llaga, la cual iba tomando incremento. Mientras el mal no fue mucho, la princesa lo ocultaba por rubor sin hablar palabra; mas cuando vio que se hacía de consideración se resolvió a llamar a Democedes y hacer que lo viese. El médico le dio palabra de que sin falta la curaría, pero con pacto y condición de que la princesa jurase hacerle una gracia que él quería suplicarle, asegurándola de antemano que nada le pediría de que ella pudiera avergonzarse.

CXXXIV. Sanada ya Atosa por obra de Democedes, estando en cama con Darío, hablole así, instruida por su médico de antemano: «¿No me diréis, señor, por qué tenéis ociosa tanta tropa sin emprender conquista alguna y sin dilatar el imperio de Persia? A un hombre grande como vos, oh Darío, a un príncipe joven, al soberano más poderoso del orbe, el honor le está pidiendo de justicia que haga ver a todos, con el esplendor de sus proezas, que los persas tienen a su frente un héroe que los dirige. Por dos motivos os conviene obrar así; por el honor, para que conozcan los persas que sois un soberano digno del trono que ocupáis; y por razón de estado, para que los súbditos afanados en la guerra no tengan lugar de armaros alguna sublevación. Y ahora que os veo en la flor de la edad quisiera miraros más coronado de laureles, pues bien sabéis que el vigor del espíritu crece con la actividad del cuerpo, y al paso que envejece el último, suele aquel ir menguando hasta quedar al fin ofuscado o del todo extinguido».[318] En esta forma repetía Atosa las lecciones de su médico. «Me hablas, Atosa, responde Darío, como si leyeras los pensamientos y designios de mi espíritu; pues quiero que sepas que estoy resuelto ya a emprender una expedición contra los escitas, haciendo a este fin un puente de naves que una entre sí los dos continentes de Asia y Europa; y te aseguro, mujer, que todo lo verás en breve ejecutado». «Meditadlo antes, señor, le replica Atosa; dejad por ahora esos escitas, que ni son primicias convenientes para vuestras armas victoriosas, y son víctimas seguras por otra parte siempre que las acometáis. Creedme, caro Darío; acometed de primer golpe a la Grecia, de la cual oigo hablar tanto y decir tales cosas, que me han dado deseos de verme pronto rodeada aquí de doncellas laconias, argivas otras, unas áticas, otras corintias. Y no parece sino que lo disponen los dioses, que os han traído un hombre el más apto de todos para poder iros informando punto por punto de todas las cosas de la Grecia, el buen médico que tan bien os curó el pie dislocado». «Mujer, respondió Darío, si te parece mejor acometer antes a la Grecia, creo sería del caso enviar delante nuestros exploradores conducidos por el médico que dices, para que, informados ante todo y aun testigos oculares del estado de la Grecia, puedan instruirnos después, y con esta ventaja podremos acometer mejor a los griegos».

CXXXV. Dicho y hecho, pues apenas deja verse la luz del día, cuando Darío llama a su presencia a quince de sus persas, hombres todos de consideración, y les ordena dos cosas: una, ir a observar las costas de la Grecia conducidos por Democedes; otra, que vigilen siempre para que no se les escape su conductor, al cual de todos modos manda lo devuelvan a palacio. Instruidos así los persas, hace Darío venir a Democedes y pídele que después de haber conducido algunos persas alrededor de la Grecia, sin dejar cosa que no les haga ver, tenga a bien dar la vuelta a la corte. Al mismo tiempo le convida a cargar con todos sus muebles preciosos para regalarlos a su padre y hermanos, en vez de los cuales le daría después otros más numerosos y mejores, para lo cual le cedía desde luego una barca bien abastecida de provisiones, que cargada con aquellos presentes le fuese siguiendo en su viaje. Soy de opinión que Darío hablaba de este modo con sincero corazón, aunque el hábil Democedes, recelándose de que fuese aquella una fina tentativa de su fidelidad, anduvo con precaución, sin aceptar desde luego las ofertas de su amo, antes cortésmente le replicó que su gusto sería que su majestad le permitiera dejar alguna parte de sus alhajas para hallarlas después a su vuelta, y que aceptaría con placer la barca que su majestad tenía la bondad de ofrecerle para cargar en ella los regalos para los suyos. Tales, en suma, fueron las órdenes con que Darío le envió con sus compañeros hacia el mar.

CXXXVI. Habiendo, pues, bajado a Fenicia y llegado a Sidón, uno de los puertos de aquel país, equiparon sin pérdida de tiempo tres galeras, y cargaron de todo género de bastimentos una nave, en que embarcaron asimismo varios y preciosos regalos. Abastecidos de todo, siguieron el rumbo hacia la Grecia, que fueron costeando y sacando los planos de sus costas, sin dejar nada que notar por escrito, y practicada esta diligencia con la mayor parte de los lugares, y en especial con los más nombrados, llegaron por fin a Tarento en las playas de Italia. Aristofílides, rey de los tarentinos, a quien Democedes logró fácilmente sobornar, le complació en sus dos solicitudes, de quitar los timones a las naves de los medos, y de arrestar por espías a los persas, echando voz de que lo eran sin duda. Mientras se irrogaba este daño a la tripulación, Democedes llegó a Crotona, y una vez refugiado ya en su patria, suelta Aristofílides a sus prisioneros, restituyendo los timones a sus naves.

CXXXVII. Hechos a la vela otra vez los persas, parten en seguimiento de Democedes, y como llegados a Crotona le hallasen paseando por la plaza, le echaron mano al momento. Algunos de los vecinos de Crotona a quienes el nombre y poder de los persas tenía amedrentados, no mostraban dificultad en entregarles el fugitivo; pero otros, saliendo a la defensa de su paisano, le sacaron a viva fuerza de las manos de los extranjeros, contra quienes arremetieron con sus bastones, sin contar con las protestas que entretanto les hacían los persas. «Mirad, decían estos, mirad lo que hacéis. ¡Cómo, quitarnos de las manos a ese esclavo y fugitivo del rey! ¿Cómo pensáis que Darío, el gran rey, sufrirá esta injuria que se le hace? ¿Cómo podrá disimularla? ¿Cómo podrá dejar de saliros muy cara la presa que ahora nos arrebatáis? ¿Queréis ser los primeros a quienes hagamos guerra declarada, los primeros a quienes hagamos cautivos nuestros?». Pero salieron vanas sus protestas y amenazas, antes bien, no contentos los crotoniatas con haberles arrebatado a Democedes, echáronse sobre la barca del rey que con ellos venía. Viéronse con esto obligados los persas a tomar su derrotero hacia el Asia, sin cuidarse de llevar adelante sus observaciones sobre la Grecia, faltos ya de guía y adalid. Con todo, Democedes, al despedirse de ellos, no dejó de pedirles que de su parte dijeran a Darío que había tomado por esposa a una hija de Milón, sabiendo bien cuánto significaba para el rey el famoso nombre de aquel luchador de primera clase, Milón el crotoniata.[319] Y a mi juicio, diose Democedes a fuerza de dinero tanta maña y prisa en aquel casamiento, con la mira de que Darío le tuviera por hombre de consideración en su patria.

CXXXVIII. Salidos los persas de Crotona, aportaron con sus naves a la Yapigia,[320] donde quedaron esclavos; lo cual sabido por Gilo tarentino, desterrado de su patria, tuvo la generosidad de redimirlos y conducirlos libres al rey Darío, beneficio que fue tan del agrado del soberano, que se hallaba pronto a hacer en su recompensa cuanto quisiera pedirle. Gilo, después de darle cuenta de su desgracia, le suplicó por favor que negociase su vuelta a Tarento; mas, para no poner en agitación toda la Grecia, como sin falta sucedería si por su causa destinase una poderosa armada para la Italia, hízole saber que como los cnidios quisieran restituirle a su patria, serían bastantes ellos solos para salir con su intento. Decíalo Gilo persuadido de que los cnidios, amigos de los tarentinos, lograrían su regreso si lo pretendían con eficacia. Complácele Darío al punto según había ofrecido, mandando a los cnidios por medio de un enviado que se empeñasen en restituir su amigo Gilo a Tarento; pero porque obedientes a Darío procuraron ellos lograr dicha vuelta pidiéndola buenamente a los tarentinos, y no teniendo bastantes fuerzas para obligarles por la violencia, no consiguieron al cabo lo que pedían. Tal fue, en suma, el éxito de los persas exploradores de la Grecia, siendo los primeros que pasaron allí desde el Asia con ánimo de observar la situación del país.

CXXXIX. Después de estas tentativas apoderose Darío de Samos, la primera de todas las ciudades así griegas como bárbaras de que se hizo dueño, y fue con el motivo siguiente: En tanto que Cambises hacía la expedición al Egipto, muchos griegos, como suele acontecer en tales ocasiones, pasaban allá, estos con sus géneros y mercaderías, aquellos con ánimo de sentar plaza entre las tropas mercenarias, y algunos pocos sin otra mira que la de viajar y ver el país. De estos últimos fue uno Silosonte, hijo de Eaces y hermano de Polícrates, a la sazón desterrado de Samos, a quien sucedió allí una rara aventura. Había salido de su posada con su manto de grana, y vestido así iba paseándose por la plaza de Menfis. Darío, que a la sazón servía entre los alabarderos de Cambises, no siendo todavía de grado superior, al ver a Silosonte se prendó de su manto encarnado, y llegándose a él quería comprárselo con su dinero. Quiso la buena suerte de Silosonte que se mostrara bizarro con el joven Darío viéndole perdido por su manto. «No os lo venderé por ningún dinero, le dice; os lo regalo, sí, de buena gana, ya que mostráis voluntad de tenerlo». Darío, agradeciéndole la cortesía, tomó luego el manto de grana tan deseado.

CXL. Silosonte, al ver que le cogía la palabra y el manto, se tuvo a sí mismo por más simple y sandio que por cortés y caballero. Andando después el tiempo, muerto ya Cambises, muerto asimismo el mago a manos de los septemviros, y nombrado Darío, uno de ellos, por soberano, oyó decir Silosonte que había recaído el cetro en manos de aquel joven persa a quien antes allá en Egipto había regalado su manto cuando se lo pidió. Con esta nueva, anímase a emprender el viaje de Susa, y presentándose a las puertas de palacio da al portero el recado de que allí estaba un bienhechor de Darío que deseaba hablarle. Recibido el recado, empezó admirado el rey a discurrir consigo mismo: «¿Quién puede ser ese griego, a cuyos servicios ahora ya al principio de mi gobierno esté obligado como a bienhechor mío? No sé que hasta aquí haya llegado a mi corte griego alguno, ni recordar puedo que nada deba yo a nadie de aquella nación. Con todo, que entre ese griego, pues quiero saber de él mismo qué motivo tiene para lo que él dice». El portero introdujo a Silosonte a la presencia del rey, y puesto en pie, pregúntanle los intérpretes quién es y cuáles son sus servicios hechos al soberano para decirse su bienhechor. Refirió Silosonte lo tocante a su manto y que él era aquel griego afortunado que había tenido el honor de regalarlo a Darío. A esto responde luego el rey: «¿Eres tú, amigo, aquel tan bizarro caballero que me hizo aquel regalo cuando no era yo más que un mero particular? El don entonces recibido pudo ser de poca monta, pero no lo será mi recompensa, sino tal como la que daría al que en el estado actual en que me hallo me ofreciera un magnífico presente. Todos mis tesoros ahí los tienes a tu disposición; toma de ellos el oro y la plata que quisieres, que no sufriré que te puedas jamás arrepentir de haber sido liberal conmigo, con el sucesor de Cambises». «Señor, le responde Silosonte, agradezco sumamente vuestra liberalidad: agradézcoos el oro y la plata que de vuestros tesoros me ofrecéis. Otra es la gracia que de vos deseara: recobrar el dominio de Samos, mi patria, que me tiene usurpado un criado de nuestra casa, después que Oretes dio la muerte a mi hermano Polícrates. La merced, pues, que de vos espero es que me repongáis en el señorío de Samos sin muerte ni esclavitud de ninguno de mis paisanos».

CXLI. Oída la petición de Silosonte, envió Darío al frente de un ejército al general Ótanes, uno del famoso septemvirato, con orden de llevar a cabo las pretensiones y demandas de su bienhechor. Llegado a los puntos marítimos del reino, Ótanes dispuso las tropas para la expedición de Samos.

CXLII. El mando de Samos estaba a la sazón en manos de aquel Menandrio, hijo de Menandrio, a quien Polícrates al partirse de la isla había dejado por regente de ella. Este, dándose por el hombre más virtuoso y justificado de todos, no tuvo la suerte ni la proporción de mostrarse tal; porque lo primero que hizo, sabida la muerte de Polícrates, fue levantar un ara a Zeus Libertador, dedicando alrededor de ella un recinto religioso, que se ve al presente en los arrabales de la ciudad. Erigido ya el sagrado monumento, llamó a la asamblea a todos los vecinos de Samos y habloles así: «Bien veis, ciudadanos, que teniendo en mis manos el cetro que antes solía tener Polícrates en las suyas, si quiero puedo ser vuestro soberano. Mas yo no apruebo en mi persona lo que repruebo en la de otro, pues puedo aseguraros que nunca me pareció bien que quisiera ser Polícrates señor de hombres tan nobles como él, ni semejante tiranía podré jamás consentirla en hombre alguno nacido o por nacer. Pagó ya Polícrates su merecido y cumplió su destino fatal. Resuelto yo a depositar la suprema autoridad en manos del pueblo, y deseoso de que todos seamos libres y de una misma condición y derecho público, solo os pido dos gracias en recompensa: una, que del tesoro de Polícrates se me reserven aparte seis talentos; otra, que el sacerdocio de Zeus Libertador, investido desde luego en mi persona, pase a ser en los míos hereditario; privilegios que con razón pretendo, así por haber erigido esas aras, como por la resolución en que estoy de restituiros la independencia». Esta era la propuesta que bajo tales condiciones hacia Menandrio a los samios: oída la cual, levantose uno de ellos y le dijo: «No mereces tú, según eres de vil y despreciable, de malvado y ruin, ser nuestro soberano. ¡Perdiérannos los dioses si tal sucediera! De ti pretendemos ahora que nos des cuenta del dinero público que has manejado».[321] El que así se expresaba era uno de los ciudadanos más principales, llamado Telesarco.

Notes in this chapter

Note 1 · Reconozco en estos discursos lo que varias veces observé en los políticos modernos, que nada de bueno nos dan en sus escritos que no se debaNote 2 · Los confederados compusieron un orden principal en el imperio, como grandes de primera clase, y de sus familias se formó después una especieNote 3 · Seis esposas de primera clase tuvo Darío: de la hija de Gobrias, con quien casó antes de ser rey, tuvo tres hijos, Artobazanes, Aariabignes Note 4 · Aunque no presumo de monetario, creo que el talento babilónico valía 314 cequines o 628 escudos, y el talento euboico 714 escudos. No puedo Note 5 · Los tracios asiáticos se llaman más comúnmente bitinios, y los sirios, capadocios. En el catálogo de estas satrapías no sigue Heródoto el orNote 6 · El año de los persas no constaba sino de 360 días.Note 7 · Ciudad marítima de la Siria, llamada también Posidonio, cerca de Heraclea.Note 8 · Esta satrapía era la más remota del imperio, según se infiere de la posición de los gandarios o gargaridas situados junto al Ganges.Note 9 · El nono gobierno se llama al presente Kurdistán; el décimo Schiván; el undécimo, contenido entre el Tauro y el mar Caspio, se llamó después Note 10 · El decimotercio gobierno además de la Armenia comprendería la Mingrelia, la Georgia y la Albania: el decimocuarto, según se infiere de los SNote 11 · Los etíopes de la satrapía decimoséptima estarían probablemente situados cerca del Indo; la decimoctava correspondería a la Armenia menor; lNote 12 · Esta región se llama hoy Pars o Fars, en la que se halla Schiras, la antigua Persépolis.Note 13 · Los citados etíopes son los árabes confinantes con el mar Rojo, donde estaba la sagrada Niso. Los colcos ocupaban el país actualmente llamadNote 14 · Hasta muchos siglos después de Heródoto no se tuvo en Grecia conocimiento de las provincias situadas más allá del Ganges, lo que hace creer Note 15 · La situación de estos indios corresponde a las provincias septentrionales del Indostán, comarcanas del Cáucaso, llamadas ahora Kacmira y HacNote 16 · Ni al anochecer se siente el frío referido, ni al medio día se templa el calor, como supone Heródoto, pues en pocos países es tan intenso, aNote 17 · Diodoro Sículo atribuye a la eficacia del sol la grandeza de los vivientes y la variedad de los colores en las aves, flores y minerales de aNote 18 · Este es el arbusto del algodón, diferente de la planta que también lo produce, y si la China fuera entonces conocida, se sospechara que hablNote 19 · El principio de reconocer un espíritu próvido que dirija el universo es exactísimo y universalmente reconocido, salvo por los epicúreos, aunNote 20 · De estas ovejas de disforme cola que existen en África todavía, según he leído, habla Plinio, como también de la droga del ládano, que no esNote 21 · Ciertamente el África occidental, llamada aquí Etiopía, es abundante en oro y grandes bestias; pero sus negros no son por lo común tan altosNote 22 · Esta confusa noticia sin duda nace de los fenicios, que dirían que el electro venía del norte, donde lo arrojaba al mar un río que llamaban Note 23 · De ellos volverá a hablar Heródoto en el libro IV. La abundancia de oro que supone en el norte de Europa es fabulosa.Note 24 · Nada puedo encontrar en ninguno de los viajeros acerca de este río ni de cuanto le pertenece. Si los corasmios, cuyo asiento no se sabe fijaNote 25 · No es verosímil que Intafrenes, si algo maquinaba, hubiese dado aquel paso tan falso que le imposibilitaba encubrirse por más tiempo; más biNote 26 · Se ignora si Heródoto imitó a Sófocles en este pasaje, o si el último en su Antígona imitó al historiador. En Luciano se lee una máxima semeNote 27 · Era esta la tercera satrapía, situada en la Bitinia, en las costas del Helesponto.Note 28 · Vivía Anacreonte en los reinados de Ciro, Cambises y Darío.Note 29 · Entre el tiempo en que Minos tuvo el imperio del mar de Grecia, y aquel en que vivió Polícrates, hubo muchos pueblos que mantuvieron el domiNote 30 · Este era el nombre propio del templo de Hera, en Samos.Note 31 · Debe entender el autor por tiranos de Siracusa a Gelón y a Hierón el Viejo, célebres por sus virtudes y amor a las artes. En cuanto al juiciNote 32 · Los persas fueron los autores de la economía y orden político de una vasta monarquía distribuida en varias provincias, sin que entre ellos hNote 33 · Sin disputar a Democedes su riqueza, no creo que contando el talento por mil escudos, le diera Egina los mil, Atenas más de mil setecientos Note 34 · Esta razón, tomada acaso por el autor de Demócrito, su contemporáneo, aunque harto material a primera vista, se explica perfectamente, en cuNote 35 · Las fuerzas prodigiosas de este atleta crotoniata, o Sansón profano, se leen en mil autores.Note 36 · La Yapigia o Messania es la península de Calabria, cuyo istmo está entre Brindis y Tarento. El mismo Gilo, libertador de los persas, fue proNote 37 · Esta respuesta, más insolente que libre, muestra que al mando puede aplicarse el proverbio «lupum manibus tenes», siendo más peligroso el so
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