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Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

LIBRO CUARTO. (continued 2)

Bartomeu Pou i Puigserver translation

XCVIII. Habiendo hablado estas pocas palabras y mandado hacer sesenta nudos en una correa,[397] mandó llamar ante sí a los señores de las ciudades de la Jonia y habloles así: «Ciudadanos de Jonia, sabed que he tenido a bien revocar mis primeras órdenes acerca del puente; ahora os ordeno que tomada esta correa hagáis lo que voy a deciros. Desde el punto que me viereis marchar contra los escitas, empezaréis a desatar diariamente uno de estos nudos. Si en todo el tiempo que fuere menester para irlos deshaciendo uno a uno, yo no compareciese, al cabo de él os haréis a la vela para vuestra patria; pero entretanto que llegue este término, puesto que lo he pensado mejor, os mando que conservéis entero el puente, y pongáis en su defensa y custodia todo vuestro esmero, pues en ello me daré por muy bien servido y satisfecho». Dadas estas órdenes, emprendió Darío su marcha hacia la Escitia.

XCIX. La parte marítima de la Tracia se avanza mar adentro frontera de la Escitia, la cual empieza desde un seno que aquella forma, donde va a desaguar el Istro, que en sus desembocaduras se vuelve hacia el Euro o levante. Empezando del Istro, iré describiendo ahora con sus medidas la parte marítima del país de la Escitia: en el Istro comienza, pues, Escitia la antigua, que mira hacia el Noto o mediodía y llega hasta una ciudad que llaman Carcinitis; desde cuyo punto, siguiendo las costas del poniente por un país montuoso situado sobre el Ponto, es habitada por la gente táurica hasta la Quersoneso Traquea,[398] ciudad confinante con un seno de mar que mira hacia el viento Apeliota o levante. Porque es de saber que las fronteras de la Escitia se dividen en dos partes que terminan ambas en el mar, la una mira al mediodía y la otra a levante,[399] en lo que se parece al país del Ática; pues los táuricos, en efecto, vienen a ocupar una parte de la Escitia, a la manera que si otra nación ocupase una parle del Ática, suponiendo que no fueran realmente atenienses, como lo son los que ahora ocupan el collado Suníaco y la costa de aquel promontorio que da con el mar, empezando desde el demo Tórico, hasta el demo Anaflisto; entendiendo con toda esta comparación como la de un enano a un gigante. Tal es la situación de la Táurica; pero a quien no ha navegado las costas del Ática, quiero especificársela de otro modo: está la Táurica, repito, de manera como si otra nación que no fueran los yapiges ocupase aquella parte de la Yapigia[400] que empezando desde el puerto de Brindis llega hasta aquel cabo, quedando, empero, separada de los confines de Tarento. Con estos dos ejemplos que expreso, indico al mismo tiempo otros muchos lugares, a los cuales es la Táurica parecida.

C. Desde la Táurica habitan ya los escitas, no solo todo el país que está sobre los Táuricos, y el que confina con el mar por el lado de levante, sino también la parte occidental así del Bósforo cimerio como de la laguna Mayátide hasta dar con el río Tanais, que viene a desaguar en la punta misma de dicha laguna.[401] Pero hacia los países superiores que se van internando por tierra desde el Istro, acaba la Escitia, confinando primero con los agatirsos, después con los neuros, con los andrófagos y finalmente con los melanclenos.[402]

CI. Viniendo, pues, la Escitia a formar como un cuadro,[403] cuyos dos lados confinan con el mar, su dimensión tirando tierra adentro es del todo igual a sus dimensiones tomadas a lo largo de las costas marítimas; porque por las costas desde el Istro hasta el Borístenes se cuentan diez jornadas, y desde el Borístenes hasta la laguna Mayátide otras diez; y penetrando tierra adentro desde el mar hasta llegar a los melanclenos situados sobre los escitas, hay el camino de 20 jornadas, previniendo que en cada jornada hago entrar el número de 200 estadios.[404] Así que la travesía de la Escitia tendrá unos 4000 estadios, y otros 4000 su latitud, internándose tierra arriba, y estos son los límites y extensión de todo aquel país.

CII. Volviendo a la historia, como viesen los escitas, consultando consigo mismos, que sus solas fuerzas no eran poderosas para habérselas cuerpo a cuerpo con el ejército entero de Darío, enviaron embajadores a las naciones comarcanas para pedirles asistencia. Reunidos, en efecto, los reyes de ellas, sabiendo cuán grande ejército se les iba acercando, deliberaban sobre el consejo que tomarían en aquel apuro. Dichos reyes, unidos en asamblea, eran el de los táuricos, el de los neuros, el de los andrófagos, el de los melanclenos, el de los gelonos, el de los budinos y el de los saurómatas.

CIII. Para decir algo de estas naciones, los táuricos tienen leyes y costumbres bárbaras: sacrifican a su virgen todos los náufragos arrojados a sus costas, e igualmente todos los griegos que a ellas arriban, si pueden haberlos a las manos. Ved ahí el bárbaro sacrificio: después de la auspicación o sacrificio de la víctima, dan con una clava en la cabeza del infeliz, y, según algunos dicen, desde una peña escarpada, encima de la cual está edificado el templo, arrojan el cadáver decapitado y ponen en un palo su cabeza. Otros dicen lo mismo acerca de lo último, pero niegan que sea el cuerpo precipitado, antes pretenden que se le entierra. La diosa a quien sacrifican dicen los mismos táuricos ser Ifigenia, hija de Agamenón.[405] Acerca de los enemigos que llegan a sus manos, cada cual corta la cabeza a su respetuoso prisionero, y se va con ella a su morada, y poniéndola después en la punta de un palo largo, la coloca sobre su casa y en especial sobre la chimenea, de modo que sobresalga mucho, diciendo con cruel donaire que ponen en aquella atalaya quien les guarde la casa. Estos viven de sus presas y despojos de la guerra.

CIV. Los agatirsos son unos hombres afeminados y dados al lujo, especialmente en los ornatos de oro. El comercio y uso de las mujeres es común entre ellos, con la mira de que siendo todos hermanos y como de una misma casa, ni tengan allí lugar la envidia ni el odio de unos contra otros. En las demás costumbres son muy parecidos a los tracios.

CV. Las leyes y usos de los neuros son como los de los escitas. Una edad o generación antes que Darío emprendiese aquella jornada, sobrevino tal plaga o inundación de sierpes, que se vieron forzados a dejar toda la región;[406] muchas de ellas las crió el mismo terreno, pero muchas más fueron las que bajaron hacia él de los desiertos comarcanos, y hasta tal punto les incomodaron que huyendo de su tierra pasaron a vivir con los budinos. Es mucho de temer que toda aquella caterva de neuros sean magos completos, si estamos a lo que nos cuentan tanto los escitas como los griegos establecidos en la Escitia, pues dicen que ninguno hay de los neuros que una vez al año no se convierta en lobo por unos pocos días, volviendo después a su primera figura. ¿Qué haré yo a los que tal cuentan? Yo no les creo de todo ello una palabra, pero ellos dicen y aun juran lo que dicen.

CVI. Los andrófagos son en sus costumbres los más agrestes y fieros de todos los hombres, no teniendo leyes algunas ni tribunales. Son pastores que visten del mismo modo que los escitas, pero que tienen su lenguaje propio.

CVII. Los melanclenos van todos vestidos de negro, de donde les ha venido el nombre que tienen, como si dijéramos capas negras. Entre todas estas gentes son los únicos que comen carne humana, y en lo demás siguen los usos de los escitas.

CVIII. Los budinos, que forman una nación grande y populosa, tienen los ojos muy azules y rubio el color. La ciudad que poseen, toda de madera, se llama Gelono;[407] son tan grandes sus murallas, que cada lado de ellas tiene de largo 30 estadios, siendo al mismo tiempo muy altas, por más que todas sean de madera; las casas y los templos son asimismo de madera. Los templos están dedicados a los dioses de la Grecia, y adornados a lo griego con estatuas, con aras y nichos de madera; aún más, cada tercer año celebran en honor de Dioniso sus trietéridas o bacanales, lo que no es de admirar, siendo estos gelonos originarios de unos griegos que retirados de los emporios plantaron su asiento entre los budinos y conservan una lengua en parte griega.

CIX. Los budinos propios ni hablan la misma lengua que dichos gelonos, ni siguen el mismo modo de vivir, pues siendo originarios o naturales del país, siguen la profesión de pastores y son los únicos en aquella tierra que comen sus piojos. Pero los gelonos cultivan sus campos, comen pan, tienen sus huertos plantados, son de fisonomía y color diferente. Verdad es que a los gelonos les llaman también budinos; haciéndoles en esto injuria los griegos que tal nombre les dan. Todo el país de los budinos está lleno de arboledas de toda especie, y en el paraje donde es más espesa la selva hay una laguna grande y dilatada, y alrededor de ella un cañaveral. En ella se cogen nutrias, castores y otras fieras cuyas pieles sirven para forrar los pellicos y zamarras, y cuyos testículos sirven de remedio contra el mal de madre.

CX. Acerca de los saurómatas cuéntase la siguiente historia. En tiempo de la guerra entre los griegos y las amazonas, a quienes los escitas llaman Eórpata, palabra que equivale en griego a Androctonoi (mata-hombres), compuesta de Eor que significa hombre y de pata matar; en aquel tiempo se dice que, vencedores los griegos en la batalla del río Termodonte, se llevaban en tres navíos cuantas amazonas habían podido coger prisioneras, pero que ellas, habiéndose rebelado en el mar, hicieron pedazos a sus guardias. Mas como después que acabaron con toda la tripulación ni supiesen gobernar el timón, ni servirse del juego de las velas, ni bogar con los remos, se dejaban llevar a discreción del viento y de la corriente. Hizo la fortuna que aportasen a un lugar de la costa de la laguna Mayátide llamado Cremnos,[408] que pertenece a la comarca de los escitas libres. Dejadas allí las naves, se encaminaron hacia el país habitado, y se alzaron con la primera piara de caballos que casualmente hallaron, y montadas en ellos iban talando y robando el país de los escitas.

CXI. No podían estos atinar qué raza de gente y qué violencia fuese aquella, no entendiendo su lengua, no conociendo su traje, ni sabiendo de qué nación eran, y se admiraban de dónde les había podido venir aquella manada de bandoleros. Teníanlas, en efecto, por hombres todos de una misma edad, contra quienes habían tenido varias refriegas;[409] pero apoderados después de algunas muertas en el combate, al cabo se desengañaron conociendo ser mujeres aquellos bandidos. Habiendo con esto tomado acuerdo sobre el caso, parecioles que de ningún modo convenía matar en adelante a ninguna, y que mejor fuera enviar sus mancebos hacia ellas en igual número al que podían conjeturar que sería el de las mujeres, dándoles orden de que plantando su campo vecino al de las enemigas, fuesen haciendo lo mismo que las viesen hacer, y que en caso de que ellas les acometieran no admitiesen el combate sino que huyesen, y cuando vieran que ya no les perseguían, se acampasen de nuevo cerca de ellas. La mira que tenían los escitas en estas resoluciones era de poder tener en ellas una sucesión de hijos belicosos.

CXII. Los jóvenes destinados a la pacífica expedición cumplían las órdenes que traían de no intentar nada. Cuando experimentaron las amazonas que aquellos enemigos venían de paz sin ánimo de hacerles hostilidad alguna, los dejaban estar en hora buena sin pensar en ellos. Los jóvenes iban acercando más y más de cada día su campo al campo vecino, ni llevaban consigo cosa alguna sino sus armas y caballos, yendo tan ligeros como las mismas amazonas, e imitando el modo de vivir de estas, que era la caza y la pesca.

CXIII. Solían las amazonas cerca del medio día andar vagando ya de una en una,[410] ya por parejas, y retiradas una de otra acudían a sus necesidades mayores y menores. Los escitas, que lo habían ido observando, se dieron a ejecutar lo mismo, y hubo quien se abalanzó licenciosamente hacia una de ellas que iba sola: ni lo esquivó la amazona, sino que le dejó hacer de sí lo que el mancebo quiso. Por desgracia, no podía hablarle porque no se entendían; pero con señas se ingenió y le dio a entender que al día siguiente acudiese al mismo lugar, y que llevase compañía y viniesen dos, pues ella traería otra consigo. Al volver el mancebo a los suyos dio cuenta a todos de lo sucedido, y al otro día no faltó a la cita llevando un compañero, y halló a la amazona que con otra ya les estaba esperando.

CXIV. Cerciorados los demás jóvenes de lo que pasaba, animáronse también a amansar a las demás amazonas, y llegó a tal punto que, unidos ya los reales, vivían en buena compañía, teniendo cada cual por mujer propia a la que primero había conocido. Y por más que los maridos no pudieron alcanzar a hablar la lengua de sus mujeres, pronto supieron estas aprender la de los maridos. Habiendo, pues, vivido juntos algún tiempo, dijeron por fin los hombres a sus Amazonas: «Bien sabéis que nosotros tenemos más lejos a nuestros padres y también nuestros bienes: basta ya de esta situación; no vivamos así por más tiempo, sino vámonos de aquí y viviremos en compañía de los nuestros, y no temáis que os dejemos por otras mujeres algunas». «Jamás, respondieron ellas; a nosotras no nos es posible vivir en compañía de vuestras hembras, pues no tenemos la misma educación y crianza que ellas. Nosotras disparamos el arco, tiramos el dardo, montamos un caballo, y esas habilidades mujeriles de hilar el copo, enhebrar la aguja, atender a los cuidados domésticos, las ignoramos:[411] vuestras mujeres, al contrario, nada saben de lo que sabemos nosotras, sino que sentadas en sus carros cubiertos hacen sus labores sin salir a caza ni ir a parte alguna. Ya veis con esto que no podríamos avenirnos. Si queréis obrar con rectitud, y estar casados con nosotras como es justicia y razón, lo que debéis hacer es ir allá a veros con vuestros padres, pedirles que os den la parte legítima de sus bienes, y volviendo después, podremos vivir aparte formando nuestros aduares».

CXV. Dejáronse los jóvenes persuadir por estas razones, y después que hechas las reparticiones de los bienes paternos volvieron a vivir con sus amazonas, ellas les hablaron de nuevo en esta forma: «Mucha pena nos da y nos tiene en continuo miedo pensar que hemos de vivir por esos vecinos contornos, viendo por una parte que hemos privado a vuestros padres de vuestra compañía, y acordándonos por otra de las muchas correrías que hicimos en vuestra comarca. Ahora bien; ya que nos honráis y os honráis a vosotros mismos con querernos por esposas, hagamos lo que os proponemos. Vámonos de aquí, queridos; alcemos nuestros aduares, y dejando esta tierra, pasemos a la otra parte del Tanais, donde plantaremos nuestros reales».

CXVI. También en esto les dieron gusto los jóvenes, y pasado el río se encaminaron hacia otra parte, alejándose tres jornadas del Tanais hacia levante, y tres de la laguna Mayátide hacia el norte,[412] y llegados al mismo paraje en que moran al presente, fijaron allí su habitación. Desde entonces las mujeres de los sármatas han seguido en vivir al uso antiguo, en ir a caballo a la caza con sus maridos y también sin ellos, y en vestir con el mismo traje que los hombres.

CXVII. Hablan los sármatas la lengua de los escitas, aunque desde tiempos antiguos corrompida y llena de solecismos, lo que se debe a las amazonas, que no la aprendieron con perfección. Tienen ordenados los matrimonios de modo que ninguna doncella se case si primero no matase alguno de los enemigos, con lo que acontece que muchas de ellas, por no haber podido cumplir con esta ley, mueren doncellas, sin llegar siquiera a ser matronas.

CXVIII. Para volver a nuestro intento, habiendo ido a verse los embajadores de los escitas con los reyes de las naciones que acabo de enumerar, y hallándoles ya juntos, les dieron cuenta de que el persa, después de haber conquistado todo el continente del Asia, había pasado al de la Europa por un puente de barcas construido sobre las cervices del Bósforo; que después de haber pasado por él y subyugado a los tracios, estaba formando otro puente sobre el Istro, pretendiendo avasallar el mundo y hacerlos a todos esclavos. «Ahora, pues, continuó, os pedimos que no evitéis tomar partido en este negocio, ni permitáis que quedemos perdidos, antes bien que unidos con nosotros en una liga, salgamos juntos al encuentro. ¿No queréis convenir en ello? pues sabed que nosotros, forzados de la necesidad, o bien dejaremos libre el país, o quedándonos allí ajustaremos paces con él. Decid si no, ¿qué otro recurso nos queda, si no queréis acceder a socorrernos? No debéis pensar que por esto os vaya mejor a vosotros, no; que el persa no intenta más contra nosotros que contra vosotros mismos. Cierto que se dará por satisfecha su ambición con nuestra conquista, y que a vosotros no querrá tocaros un cabello. En prueba de lo que decimos, oíd esta razón que es convincente: Si las miras del persa en su expedición no fuesen otras que querer vengarse de la esclavitud en que antes le tuvimos, lo que debiera hacer en este caso era venir en derechura contra nosotros, dejando en paz a las otras naciones, y así haría ver a todos que su expedición es contra los escitas, y contra nadie más. Pero ahora está tan lejos de ello, que lo mismo ha sido poner el pie en nuestro continente, que arrastrar en su curso y domar a cuantos se le pusieron por delante; pues debéis saber que tiene bajo de su dominio no solo a los tracios, sino también a los getas nuestros vecinos».

CXIX. Habiendo perorado así los embajadores escitas, entraron en acuerdo los reyes unidos de aquellas naciones, pero en él estuvieron discordes los pareceres. El gelono, el budino y el saurómata votaron, de común acuerdo, que se diese ayuda y socorro a los escitas. Pero el agatirso, el neuro, el andrófago, con los reyes de los melanclenos y de los táuricos, les respondieron en estos términos: «Si vosotros, escitas, no hubierais sido los primeros en injuriar y guerrear contra los persas y vinierais con las pretensiones con que ahora venís, sin duda alguna nos convencieran vuestras razones, y nosotros a vista de ellas estaríamos en esa confederación a que nos convidáis. Pero es el caso que vosotros, entrando antes por las posesiones de los persas, tuvisteis el mando sobre ellos sin darnos parte de él en todo tiempo que Dios os lo dio, y ahora el mismo Dios vengador les mueve y conduce contra vosotros, queriendo que os vuelvan la visita y que os paguen en la misma moneda. Ni entonces hicimos nosotros agravio ninguno a esos pueblos, ni tampoco ahora queremos ser los primeros en injuriarles. Mas si a pesar de nuestra veneración el persa nos acometiere dentro de casa y fuere invasor no siendo provocado, no somos tan sufridos que impunemente se lo queramos permitir y tolerar. Sin embargo, hasta tanto que lo veamos, nos mantendremos quietos y neutrales, persuadidos de que los persas no vienen contra nosotros, sino contra sus antiguos agresores, que dieron principio a la discordia».

CXX. Después que los escitas oyeron la relación y la respuesta que les traían sus enviados, resolvieron ante todo que, puesto que no se les juntaban aquellas tropas auxiliares, de ningún modo convenía entrar en batalla a cara descubierta y de poder a poder, sino que se debía ir cediendo poco a poco, y al tiempo mismo de la retirada cegar los pozos y las fuentes por donde quiera que pasasen, sin dejar forraje en todo el país que no quedase gastado y perdido. Determinaron en segundo lugar dividir el ejército en dos cuerpos, y que se agregasen los saurómatas al uno de ellos, a cuyo frente iría Escópasis; cuyo cuerpo, en caso de que el persa se echase sobre él, iríase retirando en derechura hacia el Tanais, por la orilla de la laguna Mayátide, y que si el persa volviere atrás le picase la retaguardia. Este camino estaba encargado de seguir una partida de las tropas de los regios: en cuanto al segundo cuerpo, acordaron que se formase de dos brigadas de los escitas regios, de la mayor mandada por Idantirso, y de la tercera mandada por Taxacis,[413] uniéndoseles los gelonos y los budinos; que este cuerpo marchase delante de los persas a una jornada de distancia sin dejarse alcanzar ni ver en su retirada, cumpliendo con lo que se había decretado: lo primero, que llevasen en derechura al enemigo que les fuera siguiendo hacia las tierras de aquellos reyes que habían rehusado su alianza a fin de enredarlos también con el persa, de manera que, a pesar suyo, entrasen en aquella guerra, ya que de grado no la quisieron; lo segundo, que después de llegados allá tomasen la vuelta para su país, y si les pareciese del caso, mirando bien en ello cargasen sobre el enemigo.

CXXI. Tomadas así sus medidas, encaminábanse los escitas hacia el ejército de Darío, enviando delante por batidores los piquetes de sus mejores caballeros. Pero antes hicieron partir no solo sus carros cubiertos, en que suelen vivir sus hijuelos con todas sus mujeres, sino también sus ganados todos y demás bienes en la comitiva de sus carros, dándoles orden de que sin parar caminasen hacia el norte, y solamente se quedaron con los rebaños que bastasen para su diaria manutención. Lo demás lo enviaron todo delante.

CXXII. Los batidores enviados por los escitas hallaron a los persas acampados a cosa de tres jornadas del Istro. Una vez hallados, les ganaron la delantera un día de camino, y plantando diariamente sus reales, iban delante talando la tierra y cuanto producía. Los persas, habiendo visto asomar la caballería de los escitas, dieron tras ellos, siguiendo siempre las pisadas de los que se les iban escapando; y como se encontrasen en derechura con el primer cuerpo mencionado, íbanle siguiendo después hacia levante, acercándose al Tanais. Pasaron el río los escitas, y tras ellos lo pasaron los persas, que les iban a los alcances, hasta que pasado el país de los saurómatas, llegaron al de los budinos.

CXXIII. Mientras que marcharon los persas por la tierra de los escitas y por la de los saurómatas nada hallaban que arruinar en un país desierto y desolado. Pero venidos a la provincia de los budinos,[414] encontrando allí una ciudad de madera que habían dejado vacía sus mismos vecinos, la pegaron fuego. Hecha esta proeza, continuaban en ir adelante, siguiendo la marcha de los escitas, hasta que, atravesada ya aquella región, se hallaron en otra desierta, totalmente despoblada y falta de hombres, que cae mas allá de la de los budinos y tiene de extensión siete días de camino. Mas allá de este desierto viven los tiságetas, de cuyo país van bajando cuatro ríos llamados el Lico, el Oaro, el Tanais y el Sirgis, que corren por la tierra de los mayatas y desaguan en la laguna Mayátide.

CXXIV. Viéndose Darío en aquella soledad, mandando a sus tropas hacer alto, las atrincheró en las orillas del Oaro. Estando allí hizo levantar ocho fuertes, todos grandes y a igual distancia unos de otros, que sería la de 60 estadios, cuyas ruinas y vestigios aún se dejaban ver en mis días.[415] En tanto que Darío se ocupaba en aquellas fortificaciones, aquel cuerpo de escitas en cuyo seguimiento él había venido, dando una vuelta por la región superior, fue retirándose otra vez a la Escitia. Habiendo, pues, desaparecido de manera que ni rastro de escita quedaba ya, tomó Darío la resolución de dejar sus castillos a medio construir; y como tuviese creído que en aquel ejército, cuya pista había perdido, iban todos los escitas tomando la vuelta de poniente, emprendió otra vez sus marchas, imaginando que todos sus enemigos fugitivos iban escapándosele hacia aquella parte. Así que moviendo cuanto antes todas sus tropas, apenas llegó a la Escitia, dio con los dos cuerpos de los escitas otro vez unidos, y una vez hallados iba siguiéndoles siempre a una jornada de distancia, mientras ellos de propósito cedían.

CXXV. Y como no cesase Darío de irles a los alcances, conforme a su primera resolución, iban retirándose poco a poco hacia las tierras de aquellas naciones que les habían negado socorros contra los persas. La primera donde les guiaron fue la de los melanclenos, y después que con su venida y con la invasión de los persas los tuvieron conmovidos y turbados, continuaron en guiar al enemigo hacia el país de los andrófagos. Alborotados también estos, fueron los escitas llevándole hacia los neuros, poniéndoles asimismo en grande agitación, e iban adelante huyendo hacia los agatirsos, con los persas en su seguimiento. Pero los agatirsos, como viesen que sus vecinos, alborotados con la visita de los escitas, abandonaban su tierra, no esperando que estos penetrasen en la suya, enviáronles un heraldo con orden de prohibirles la entrada en sus dominios, haciéndoles saber que si la intentaban, les sería antes preciso abrirse paso por medio de una batalla. Después de esta previa íntima salieron armados los agatirsos a guardar sus fronteras, resueltos a defender el paso a los que quisiesen acometerles. Acaeció que los cobardes melanclenos, andrófagos y neuros, cuando vieron acercarse a los escitas arrastrando a los persas en su seguimiento, olvidados de sus amenazas, en vez de tomar las armas para su defensa, echaron todos a huir hacia el norte y no pararon hasta verse en los desiertos. Noticiosos los escitas de que los agatirsos no querían darles paso, no prosiguieron sus marchas hacia ellos, sino que desde la comarca de los neuros fueron guiando a los persas a la Escitia.

CXXVI. Viendo Darío que se dilataba la guerra y que nunca cesaba la marcha, determinó enviar un mensajero a caballo que alcanzase al rey de los escitas Idantirso y le diese esta embajada: «¿Para qué huir y siempre huir, hombre villano? ¿No tienes en tu mano escoger una de dos cosas que voy a indicarte? Si te crees tan poderoso que seas capaz de hacerme frente, aquí estoy, detente un poco, déjate de tantas vueltas y revueltas, y frente a frente midamos las fuerzas en campo de batalla. Pero si te tienes por inferior a Darío, cesa también por lo mismo de correr, préstame juramento de fidelidad, como a tu soberano, ofreciendo a mi discreción haciendas y personas, con la única fórmula de que me dais la tierra y el agua, y ven luego a recibir mis órdenes».

CXXVII. A esta embajada dio la siguiente respuesta el rey de los escitas Idantirso: «Sábete, persa, que no es la que piensas mi conducta. Jamás huí de hombre nacido porque le temiese, ni ahora huyo de ti, ni hago cosa nueva que no acostumbre a hacerla del mismo modo en tiempo de paz. Quiero decirte por qué sobre la marcha no te presento la batalla: porque no tenemos ciudades fundadas, ni campos plantados, cuya defensa nos obligue a venir luego a las manos con solo el recelo de que nos las toméis o nos las taléis. ¿Sabes cómo nos viéramos luego obligados del todo a una acción? Nosotros tenemos los sepulcros de nuestros padres: allí, oh persa, si tienes ánimo de descubrirlos y osadía de violarlos, conocerás por experiencia si tenemos o no valor de volver por ellos cuerpo a cuerpo contra todos vosotros. Pero antes de recibir esta injuria, si no nos conviene, no entraremos contigo en combate. Basta lo dicho acerca del encuentro que pides; por lo tocante a soberanos, no reconozco otros señores que lo sean míos que Zeus, de quien desciendo, y Hestia, la reina de los escitas. En lugar de los homenajes de tierra y agua, y del despotismo que pretendes sobre personas y haciendas, te enviaré unos dones que más te convengan. Mas para responder a la arrogancia con que te llamas mi soberano, te digo, a modo de escita, que vayas en hora mala con tu soberanía». Tal fue la respuesta de los escitas que llevó a Darío su mismo enviado.

CXXVIII. Los reyes de los escitas,[416] que se veían llamar esclavos en la embajada del persa, montaron en cólera, y llevados de ella despacharon hacia el Istro el cuerpo de sus tropas, a cuyo frente iba Escópasis con orden de abocarse con los jonios que guardaban el puente allí formado. Pero a los otros que quedaban les pareció no hostigar más a los persas, llevándolos de una a otra parte, sino cargar sobre ellos siempre que se detuviesen a comer. Como lo determinaron así lo practicaron, esperando y atisbando el tiempo de la comida. En efecto, la caballería de los escitas en todas aquellas escaramuzas desbarataba a la de los persas, la cual, vueltas las espaldas, era apoyada por su infantería, que salía luego a la defensa de los fugitivos. Los escitas, puesta en huida la caballería enemiga, por no dar con la infantería volvían a su campo, si bien al venir la noche tornaban a molestar con sus embestidas al enemigo.

CXXIX. Voy a referir un incidente extraño y singular que en aquellos ataques contra el campo de Darío aprovechó mucho a los persas, y a los escitas les incomodó sobremanera. Tal fue, ¡quién lo creyera!, el rebuzno de los asnos y la figura de los mulos, pues la Escitia, como antes dije, es una tierra que no produce burros, ni cría mulos, ni se deja ver en todo el país asno ni macho alguno a causa del rigor del frío. Sucedía, pues, que rebuznando aquellos jumentos alborotaban la caballería de los escitas, y no pocas veces al tiempo mismo de embestir contra los persas y en la fuga de sus escaramuzas, oyendo los caballos el rebuzno de los burros, volvíanse de repente perturbados, y les entraba tal miedo y espanto, que se paraban con las orejas levantadas, como quienes nunca habían oído aquel sonido ni visto aquella figura. No dejaba esto de tener alguna parte en el éxito de las refriegas.

CXXX. Mas como viesen los escitas que los persas turbados empezaban a desmayar y no sabían qué hacerse, se valieron de un artificio que les convidase a detenerse más en la Escitia, y aumentase de este modo su trabajo viéndose faltos de todo. Dejaron, pues, allí cerca una porción de ganados juntamente con sus pastores,[417] y se fueron hacia otra parte. Los persas, encontrando aquel ganado, sé lo llevaban muy ufanos y contentos con su presa.

CXXXI. Después de haber entretenido muchas veces al enemigo con aquel ardid, no sabía ya Darío qué partido tomar. Entendíanlo bien los reyes de los escitas, y determinaron enviarle un heraldo que le regalase de su parte un pájaro, un ratón, una rana y cinco saetas. Los persas no hacían sino preguntar al portador les explicase qué significaban aquellos presentes; pero él les respondió que no tenía más orden que la de regresar con toda prontitud, una vez entregados los dones, y que bien sabrían los persas, si eran tan sabios como lo presumían, descifrar lo que significaban los regalos.

CXXXII. Oído lo que el enviado les decía, pusiéronse los persas a discurrir sobre el enigma. El parecer de Darío era que los escitas con aquellos dones se rendían a su soberanía, entregándose a sí mismos, entregándole la tierra y entregándole el agua, en lo cual se gobernaba por sus conjeturas; porque el ratón, decía, es un animal que se cría en tierra y se alimenta de los mismos frutos que el hombre, porque la rana se cría y vive en el agua, porque el pájaro es muy parecido al caballo, y en fin, porque entregando las saetas venían ellos a entregarle toda su fuerza y poder. Tal era la interpretación y juicio que Darío profería; pero Gobrias, uno de los septemviros que arrebataron al mago trono y vida, dio un parecer del todo diferente del de Darío, pues conjeturó que con aquellos presentes querían decirles los escitas: si vosotros, persas, no os vais de aquí volando como pájaros, o no os metéis bajo de tierra hechos unos ratones, o de un salto no os echáis en las lagunas convertidos en ranas, no os será posible volver atrás, sino que todos quedaréis aquí traspasados con estas saetas. Así explicaban los persas la alusión de aquellos presentes.

CXXXIII. Volviendo a aquel cuerpo de escitas encargado primero de ir a cubrir el país vecino a la laguna Mayátide, y después de pasar hacia el Istro para conferenciar con los jonios, habiendo llegado al puente les hablaron en estos términos: «¿Qué hacéis aquí, jonios? Para traeros la libertad hemos venido, con tal que nos queráis escuchar. Tenemos entendido que Darío os dio la orden de que solo guardaseis este puente por espacio de 60 días, y que si pasado este término no compareciese, os volvieseis a vuestras casas. Ahora, pues, bien podéis hacerlo así: en ello no ofenderéis a Darío ni tampoco a nosotros. Así que, habiéndole esperado hasta el día y plazo señalado, desde ahora os mandamos que partáis de ahí». Habiéndoles prometido los jonios que así lo harían, se volvieron los escitas al punto sin más aguardar.

CXXXIV. Los demás escitas, después de los regalos enviados a Darío, puesta al cabo en orden de batalla toda su infantería y caballería, presentáronse al enemigo como determinados a una acción general. Formados así en filas, pasó casualmente por entre ellos una liebre, y apenas la vieron cuando corrieron todos tras ella; y viéndolos Darío agitados con esto y gritando todos a una contra el animal, preguntó qué alboroto era aquel de los enemigos, y oyendo que perseguían a una liebre, vuelto a aquellos con quienes solía comunicar todas las cosas: «Verdaderamente, les dijo, que nos tienen en vilísimo concepto esas hordas atrevidas, y que ahora nos están zumbando, de suerte que me parece que Gobrias atinaba con el sentido de sus dones. Puesto que también me conformo yo con la interpretación de Gobrias, es preciso discurrir el medio mejor para podernos retirar de aquí con toda seguridad». A lo cual Gobrias respondió: «Señor, si bien estaba yo antes casi asegurado por la fama de que estos escitas eran unos bárbaros infelices, con todo, llegado aquí lo he visto por mis ojos, y estoy viendo aún que ellos se burlan de nosotros como de niños, tomándonos por juguete. Mi parecer sería que luego que cierre la noche, la primera digo que llegue, encendidos en el campo los mismos fuegos que solíamos antes, y dejando en él, so color de alguna sorpresa, las tropas de menor resistencia para la fatiga, y atados allí todos los asnos, nos partiéramos del país, primero que, o los escitas corran en derechura al Istro para deshacernos el puente, o los jonios nos intenten algún daño tal, que nos acabe de perder y arruinar».

CXXXV. Este fue el parecer que dio Gobrias, y del cual venida apenas la noche se valió Darío, quien dejó en su campo los inválidos y achacosos y a todos aquellos cuya pérdida era de poquísima cuenta, y con ellos también atados todos sus burros. El motivo verdadero de dejar aquellos animales era para que rebuznasen entretanto con todas sus fuerzas, y el de dejar a los inválidos no era otro realmente que la misma falta de salud y de robustez, si bien de esta misma se valió de pretexto, como si él con la flor de su ejército meditara alguna sorpresa contra el enemigo, durante la cual debieran ellos quedarse para resguardo y defensa de sus reales, conforme lo pedía el estado de su salud. Así que habiendo Darío hecho entender esto a los que dejaba y mandado hacer los fuegos ordinarios, se apresuró a tomar la vuelta del Istro. Los jumentos que se vieron allí sin la muchedumbre de antes, quejosos también y resentidos, empezaron a rebuznar aún más de lo acostumbrado, y los escitas que oían aquel estrepitoso concierto estaban sin el menor recelo de la partida, muy creídos que los persas quedaban allí al par que sus asnos.

CXXXVI. No bien había amanecido, cuando los inválidos, viéndose allí solos, y conociéndose malamente vendidos por Darío, comienzan a alzar las manos al cielo y extenderlas hacia los escitas y darles cuenta de lo que pasaba. Luego que estos lo oyeron, juntas de repente sus fuerzas, que consistían en los dos cuerpos de tropas nacionales y en un tercer cuerpo formado de saurómatas, de budinos y gelonos, se ponen en movimiento para perseguir a los persas, camino derecho del Istro. Pero sucedió que siendo muy numerosa por una parte la infantería persa, que no sabía las veredas en un país donde no hay caminos abiertos y hollados, y marchando por otra a la ligera la caballería escítica, muy práctica en los atajos de su viaje, sin encontrarse unos con otros, los escitas llegaron al puente mucho antes que los persas. Informados allí de cómo estos no habían llegado todavía, hablaron a los jonios que estaban sobre sus naves: «¿No veis, jonios, que se pasó ya el plazo y número de los días, y que no hacéis bien en esperar aquí por más tiempo? Si antes el temor del persa os tuvo aquí clavados, ahora por lo menos echad a pique el puente y marchad luego libres a vuestras tierras, dando gracias por ello a los dioses y también a nosotros los escitas; que bien podéis estar seguros que vamos a escarmentar a ese que fue vuestro señor, de modo que no le dé más la gana de hacer otra expedición contra pueblo ni hombre viviente».

CXXXVII. Consultaron los jonios lo que había de hacerse sobre este punto. El parecer de Milcíades el ateniense, que se hallaba allí de general, como señor que era de los moradores del Quersoneso cercano al Helesponto, era de complacer a los escitas y restituir la libertad a la Jonia. Mas el parecer de Histieo el Milesio fue del todo contrario, dando por razón que en el estado presente, cada uno de ellos debía a Darío el ser señor de su ciudad, que arruinando el poder e imperio del rey, ni él mismo estaría en posición de mandar a los milesios, ni ninguno de ellos a su respectiva ciudad, pues claro estaba que cada una de estas prefería un gobierno popular al dominio absoluto de un príncipe. Apenas acabó Histieo de proferir su voto, cuando todos los demás lo adoptaron, por más que antes hubiesen sido del parecer de Milcíades.

CXXXVIII. Los jefes allí discordes en la votación, señores todos de consideración en la estima de Darío, eran en primer lugar los tiranos (o príncipes) de las ciudades del Helesponto, Dafnis príncipe de Abido, Hipoclo el de Lámpsaco, Herofanto el de Pario, Metrodoro el de Proconeso, Aristágoras de Cícico, y Aristón de Bizancio, todos ellos príncipes en el Helesponto: estaban en segundo lugar los señores de las ciudades de Jonia, Estratis el de Quíos y Eaces de Samos, Laodamas de Focea e Histieo el de Mileto, cuyo voto fue el que prevaleció contra Milcíades. Por fin, de la Eolia solo se hallaba presente un príncipe que fuese de cuantía, y este era Aristágoras, señor de Cime.

CXXXIX. Resueltos, pues, estos señores a seguir el parecer de Histieo, determinaron al mismo tiempo medir por él así las obras como las razones: las obras, con deshacer la parte del puente que estaba del lado de los escitas, pero no más allá de un tiro de ballesta, con la mira de darles a entender que ponían manos a la obra, cuando su intención era no tocar nada, y también para impedir que los escitas se abriesen paso por el puente a despecho de los jonios queriendo penetrar a la otra parte del Istro: las razones, con decirles que ya empezaban por el lado de ellos la maniobra para llevar a cabo todo lo que pretendían. Esto resolvieron hacer en consecuencia del parecer de Histieo, el cual después de este acuerdo respondió así a los escitas en nombre de todos: «Buenas son las nuevas, oh escitas, que nos acabáis de traer, y en buena sazón nos dais prisa a que nos valgamos de la ocasión. No puede ser más oportuno el aviso que nos dais, y la ejecución de nuestra parte no cabe que sea más obsequiosa para con vosotros ni mas diligente. ¿No veis con vuestros ojos cómo ya vamos deshaciendo el puente y cuánto empeño mostramos en volver a recobrar la libertad? En tanto, pues, que acabamos de disolver estas barcas, no perdáis vosotros el tiempo que os convida a que busquéis a esos enemigos comunes, y hallados os venguéis de ellos y nos venguéis a nosotros como bien merecido lo tienen».

CXL. Los simples y crédulos escitas creyeron por segunda vez que los jonios trataban verdad con ellos, y dieron luego la vuelta en busca de los persas,[418] pero se desviaron totalmente del rumbo y camino que estos traían. De esta equivocación tenían la culpa los mismos escitas, por haber gastado antes los forrajes a la caballería y haber cegado los manantiales de las aguas; pues si así no lo hubieran ejecutado, tuvieran en su mano hallar desde luego a los persas, si hallarles quisieran; de suerte que en aquella resolución que tuvieron antes por la más acertada, en esa misma erraron completamente. Porque sucedió que los escitas iban en busca de los enemigos por los parajes de su país donde había heno o hierba para los caballos y agua para el ejército, creídos de que los persas vendrían huyendo por ellos, mientras que los persas en su retirada iban deshaciendo el mismo camino que antes habían llevado, y aun así volviendo atrás sobre sus mismas pisadas, a duras penas hallaron al cabo la salida. Y como llegasen de noche al Istro y encontrasen deshecha la parte inmediata de de su puente, cayeron en la mayor consternación, temiendo sobremanera que los jonios no se hubieran vuelto, dejándoles a ellos entre los enemigos.

CXLI. Había un egipcio en el ejército de Darío, que superaba con su grito a otro hombre cualquiera, al cual mandó Darío que puesto en el borde mismo del Istro llamase por su nombre a Histieo el Milesio. Voceando estaba el egipcio cuando Histieo, oído el primer grito, arrimó todas sus naves para pasar el ejército, y volvió a unir las barcas para la formación del puente.

CXLII. De este modo los persas se escaparon huyendo, y los escitas quedaron segunda vez burlados, buscando en balde a los enemigos. De aquí, hablando los escitas de los jonios, suelen con gracia atribuirles dos propiedades; una, que los jonios para libres son los hombres más viles, ruines y cobardes del mundo; otra, que para esclavos son los más amantes de sus amos que darse pueden y los menos amigos de huir. Tales son las injurias que contra ellos suelen lanzar los escitas.

CXLIII. Continuando Darío sus marchas por la Tracia, llegó a Sesto,[419] ciudad del Quersoneso, desde donde pasó en sus naves al Asia, dejando por general de sus tropas en Europa al persa Megabazo, sujeto a quien dio aquel rey un grande elogio en presencia de la corte con la siguiente ocasión: Iba Darío a abrir unas granadas que quería comer, y al punto que tuvo abierta la primera, preguntole su hermano Artabano cuál era la cosa de que el rey deseara tener tanta abundancia cuanta era la de los granos de aquella granada. A lo que respondió Darío, que prefiriera tantos Megabazos cuantos eran aquellos granos, más bien que tener bajo de su dominio, a toda la Grecia; palabra con que entre los persas le honró y distinguió muchísimo. A este, pues, dejó por generalísimo de sus tropas, que subían a 80.000 hombres.

CXLIV. Este mismo Megabazo, por un chiste que dijo, dejó entre las gentes del Helesponto memoria y fama inmortal. Como estando en Bizancio oyese decir que los calcedonios habían fundado su ciudad 17 años antes que fundasen allí cerca de la suya los bizantinos: «Sin duda, dijo con esta ocasión, debían entonces de estar ciegos los calcedonios, que a no estarlo no hubieran edificado en un suelo infame, pudiendo edificar en otro excelente». Megabazo, dejado por general en la provincia de los helespónticos, conquistó con sus tropas a todos los pueblos que no medizaban[420] (es decir, no eran partidarios del medo o del persa), a todo lo cual dio cima Megabazo.

CXLV. Por el mismo tiempo fue cuando pasó a Libia una grande armada, de cuya ocasión hablaré después de haberla preparado con esta previa narración. Aquellos pelasgos, infames piratas, que se llevaron las mujeres atenienses del pueblo de Braurón, echaron también violentamente de Lemnos a los descendientes de los campeones de la nave Argos. Viéndose estos echar de casa, navegaron para Lacedemonia; allá arribados y atrincherados en el monte Taigeto, encendieron allí fuego para dar señal de su venida, lo cual observado por los lacedemonios, les preguntaron por medio de un mensajero quiénes eran y de dónde venían. Respondieron ellos al enviado, que eran los minias, descendientes de aquellos héroes de la nave Argos que, aportando a Lemnos, los habían allí engendrado.[421] Oída esta relación, y viendo los lacedemonios que eran sus huéspedes de la raza de los minias, pregúntanles de nuevo a qué fin habían venido a su tierra y dado aviso de su arribo con las hogueras; a lo que dijeron que echados de su casa por los pelasgos volvían a las de sus padres, cosa que les parecía muy puesta en razón; que lo que pedían era ser sus vecinos, tener parte así en los empleos públicos como en las suertes y reparticiones de las tierras. Los lacedemonios tuvieron a bien dar la naturaleza a los minias con las condiciones mencionadas, a lo que les movió sobre todo el saber que sus tindáridas[422] habían navegado en la nave Argos; así que, habiéndoles naturalizado, les dieron sus suertes en las tierras, y se les repartieron en sus filas o distritos. Los minias tomaron desde luego mujeres hijas del país, y casaron con los hijos del mismo a las que consigo traían de Lemnos.

CXLVI. No pasó, empero, mucho tiempo sin que los minias, levantándose a mayores, no solo anhelasen el derecho a la corona, sino que cometiesen muchos desafueros e insolencias capitales, tanto que los lacedemonios dieron contra ellos sentencia de muerte, y después presos los metieron en la cárcel. Es uso de los lacedemonios ejecutar de noche la sentencia de muerte en los condenados a ella, sin efectuarlo jamás de día. Sucedió, pues, que habiendo resuelto que murieran los minias, sus mujeres, que no solo eran ciudadanas, pero hijas aun de las principales casas de Esparta, lograron con sus empeños el permiso de entrar en la cárcel y de hablar cada una con su marido, permiso que se les otorgó sin recelar de ellas la menor sombra de engaño ni de perjuicio. ¿Qué intentan ellas una vez dentro? Cada cual da al marido sus propios vestidos, y se visten con los de su marido, y así los minias con el traje de sus mujeres, haciéndose pasar por ellas, saliéronse de la cárcel, y otra vez por este medio se refugiaron al Taigeto.[423]

CXLVII. En aquella misma sazón salió de Lacedemonia para hacer un nuevo establecimiento un hombre principal llamado Teras, hijo de Autesión, nieto de Tisameo, biznieto de Tersandro, y tercer nieto de Polínices. Siendo Teras de la estirpe cadmea,[424] era tío por parte de madre de los dos hijos de Aristodemo, llamados el uno Eurístenes y el otro Procles, en cuya menor edad tuvo la regencia del reino en Esparta. Pero cuando los príncipes, sus sobrinos, llegados ya a la mayor edad, quisieron encargarse del gobierno, a Teras, que había tomado gusto al mandar, se le hacía tan intolerable el haber de ser mandado, que dijo no poder vivir más en Lacedemonia, sino que quería volverse por mar a vivir con los suyos. Eran estos los descendientes de Membliaro, hijo de Peciles, de nación fenicio, quienes se habían establecido en la isla que al presente se llama Tera,[425] y antes se llamaba Calista. Porque como Cadmo el hijo de Agénor, yendo en busca de Europa hubiese llegado a esa isla, ora fuese por parecerle buena la tierra, ora por algún otro motivo que para ello tuviera, lo cierto es que dejó en ella en compañía de otros muchos fenicios a Membliaro, que era de su misma familia. Ocho generaciones habían ya trascurrido desde que estos fenicios habitaban la isla Calista, cuando Teras fue allá desde Lacedemonia.

CXLVIII. Vino Teras con una colonia de hombres que había reclutado entre las tribus de Lacedemonia, con ánimo de avecindarse en la isla con ellos y no de echarles de casa, antes bien de hacerles muy familiares y amigos. Viendo, pues, Teras a los minias huidos de la cárcel y refugiados en el Taigeto, pidió a los lacedemonios, empeñados en quitarles la vida, que se la quisiesen perdonar, pues él se encargaba de sacárselos del país. Habiendo condescendido con su súplica los lacedemonios, Teras se hizo a la vela con tres naves de cincuenta remos, para irse a juntar con los descendientes de Membliaro, llevando consigo no a todos los minias, sino a unos pocos que quisieron seguirle, pues la mayor parte de ellos habían partido para echarse contra los paroreatas y los caucones;[426] y habiendo logrado en efecto arrojarles de su patria, se quedaron allí repartidos en seis ciudades, que fueron la de Lépreo, la de Macisto, la de Frixas, la de Pirgo, la de Epio, y la de Nudio, muchas de las cuales fueron en mis días asoladas por los eleos. Llegado Teras a la isla, llamose esta Tera, del nombre del conductor de la nueva colonia.

CXLIX. Tenía Teras un hijo que no quiso embarcarse con su padre, quien resentido le dijo que si no le seguía, le dejaría allí como una oveja entre los lobos, de donde vino a quedarle después al mancebo, sin caérsele jamás, el nombre de Eólico (oveja-lobo). Tuvo Eólico después por hijo a Egeo, del cual lleva el nombre de Égidas una de las tribus de Esparta más numerosa. Como a los naturales de aquel distrito se les muriesen los hijos siendo aún niños, por aviso de un oráculo se edificó un templo, y se dedicó a las furias de Layo y de Edipo. Esto mismo aconteció después a los originarios de la misma tribu cuando fueron a establecerse en Tera.

CL. Hasta aquí van acordes en la historia los lacedemonios con los naturales de Tera; pero acerca de lo que pasó después, solo los tereos son los que nos refieren lo siguiente: Grino, hijo de Esanio, uno de los descendientes de Teras y rey de la isla de Tera, partió para Delfos llevando consigo una hecatombe (o sacrificio de cien bueyes). Entre otros vecinos que le acompañaban iba Bato, hijo de Polimnesto, el cual era de la familia de los Eutimidas, una de las minias. Consultando, pues, Grino, rey de los tereos, acerca de otros asuntos, la Pitia le dio en respuesta un oráculo que le mandaba fundar una colonia en Libia. Pero Grino le replicó diciendo: «Oh señor, me hallo muy viejo y tan agobiado que no puedo sostenerme. Os suplico que eso lo mandéis más bien a alguno de estos mozos que aquí tengo». Y al decir estas palabras apuntó con el dedo a Bato. Por entonces no hubo más: vueltos a su casa, no contaron ya con el oráculo, parte por no saber hacia dónde caía la tal Libia, parte por no atreverse a enviar una colonia a la ventura.

CLI. Después de este caso, durante siete años no llovió gota en Tera, y cuantos árboles había en la isla, todos, salvo uno solo, quedaron secos. Consultaron los tereos sobre esta calamidad al mismo Apolo, y la Pitia les respondió con el oráculo de enviar una colonia a la Libia. Viendo que no cesaba el azote ni se les daba otro remedio, enviaron unos diputados a Creta con orden de informarse si alguno, o natural del país o habitante en él, había ido a la Libia. Yendo los diputados de ciudad en ciudad llegaron a la de Itano,[427] donde hallaron un mercader de púrpura llamado Corobio, quien les dijo que llevado de una tempestad había aportado a Libia, y tocado en una isla de ella llamada Platea. Haciendo al mercader ventajosos partidos, se lo llevaron a Tera, de donde salieron en una nave unos descubridores de la Libia que no fueron muchos al principio, quienes gobernados por el piloto Corobio aportaron a la isla Platea,[428] donde habiendo dejado a su conductor con víveres para algunos meses, dieron prontamente la vuelta a Tera para llevar noticias a los suyos del descubrimiento de la nueva isla.

CLII. Íbanse acabando las provisiones al infeliz Corobio, porque los tereos dilataban la vuelta por más tiempo del que tenían ajustado; pero entre tanto una nave samia, cuyo capitán era Coleo, fletada para Egipto, fue llevada por los temporales a la misma Platea. Los samios que en ella venían, informados por Corobio de todo lo sucedido, le proveyeron de víveres para un año, y levando ancla deseosos de llegar al Egipto, partiéronse de la isla, por más que soplaba el viento Subsolano, el cual, como no quisiese amainar, les obligó a pasar más allá de las columnas de Heracles, y aportar por su buena suerte a Tarteso. Era entonces Tarteso para los griegos un imperio virgen y reciente que acababan de descubrir. Allí negociaron también con sus géneros, que ninguno les igualó jamás en la ganancia del viaje, al menos de aquellos de quienes puedo hablar con fundamento, exceptuando siempre a Sóstrato, natural de Egina, hijo de Laodamante, con quien nadie puede apostárselas en lucro. Los samios, poniendo aparte la décima de su ganancia, que subió a seis talentos, hicieron con ella un caldero de bronce a manera de pila argólica; alrededor de él había unos grifos mirándose unos a otros, y era sostenido por tres colosos puestos de rodillas, cada uno de siete codos de alto: fue dedicado en el Hereo.

CLIII. La humanidad de los samios para con Corobio fue el principio de la grande armonía que sucedió después entre cireneos y samios. Pero volviendo a los descubridores tereos, dejado que hubieron en aquella isla a Corobio y vueltos a Tera, dieron razón de la isla de la Libia hallada por ellos, y de la posesión que de ella habían tomado. Con esta noticia determinaron los tereos que se enviase allá una colonia, que en los siete distritos de que se componía Tera, uno de dos hermanos de cada familia entrase en cántaro para ella, y que Bato fuese allí por su rey y conductor. Así enviaron a Platea dos pentecónteros cargados de colonos.

CLIV. Esto cuentan los tereos: en todo lo demás van conformes con los cireneos, los cuales solo discuerdan de los tereos por lo que mira a Bato, pues nos refieren así la historia: Hay, dicen, en Creta una ciudad llamada Oaxo, donde era rey Etearco, el cual, viudo ya, y teniendo en casa una hija de su primera mujer, por nombre Frónima, casó de segundas nupcias con otra. La nueva esposa dio muchas pruebas de que era realmente madrastra: no contenta con el odio que llevaba consigo el nombre, no perdía ocasión de maltratar a Frónima y de maquinar contra ella cuanto podía, hasta el punto de ponerla tacha en su honor, e inducir al marido a creer que tenía en su hija una ramera. Engañado así el padre, tomó contra ella una extraña resolución. Había un natural de Tera y negociante en Oaxo, por nombre Temison, a quien Etearco, después de recibirle por huésped suyo, le conjuró por los fueros más sagrados de la hospitalidad que le concediese una merced que le quería pedir; y habiéndole aquel jurado que se la haría, preséntale Etearco a su misma hija, y le manda que la arroje al mar. Quejoso Temison de la mala fe de su huésped en arrancarle el juramento, y renunciando a la carta del hospedaje; tomó el expediente de embarcar consigo a la hija de Etearco, y estando en alta mar, para cumplir con la formalidad del juramento, la echó al agua sostenida con unas cuerdas, y sacándola otra vez con ellas, la llevó a Tera.

CLV. Allí un ciudadano ilustre entre los tereos, llamado Polimnesto, tomó a Frónima por concubina, y de ella tuvo a su tiempo un hijo de voz trabada y balbuciente, a quien se le dio el nombre de Bato, según dicen los cireneos, pero a lo que imagino se le daría algún otro nombre, pues no fue llamado Bato sino después de haber ido a la Libia; nombre que se le dio, así por causa del oráculo que en Delfos se le profirió, como por la dignidad honrosa que después tuvo, acostumbrando los libios dar al rey el nombre de Bato. Este creo fue el motivo por que la Pitia en su oráculo le dio tal nombre, como que entendía la lengua líbica, y sabía que él vendría a ser rey en Libia; pues es cierto que él, llegado a la mayor edad, había ya ido a Delfos a consultar el oráculo sobre el defecto de su lengua, y que a su consulta había respondido así la Pitia:

Te trajo, oh Bato, aquí tu voz trabada; a poblar en la Libia, madre de reses, Apolo manda que de jefe vayas.

A este oráculo repitió el consultante: «Mi amo y señor, acá vine para pediros remedio de mi voz trabada y defectuosa, y vos me dais oráculos diferentes para mí imposibles, ordenándome que funde ciudades en la Libia. ¿Qué medios y qué poder tengo yo para ello?». Por más que así representó, no pudo lograr otra respuesta del oráculo; y viendo Bato que se le inculcaba siempre lo mismo que antes, dejando las cosas en tal estado, regresó a Tera.

CLVI. Mas como en adelante no solo a él sino también a los otros vecinos de Tera todo continuase en salirles mal, no pudiendo dar estos con la causa de tanta desgracia, enviaron a Delfos a saber cuál fuese la ocasión de semejante calamidad. La respuesta de la Pitia fue que como fueran con Bato a fundar una colonia en Cirene de la Libia, todo les iría mejor. Por esta respuesta resolvieron los tereos enviar allá a Bato con dos galeras de 50 remos. Estos colonos aventureros, como no pudiesen dejar de partir, se hicieron a la vela como para ir en busca de la Libia; pero vueltos atrás se restituyeron a Tera. A su regreso les echaron de allá los tereos, sin dejarles arribar a tierra, mandándoles que otra vez emprendiesen la navegación. Obligados a ello, emprendieron de nuevo su viaje, y poblaron cerca de la Libia una isla, que según dije se llamaba Platea, y que pretenden no es mayor que la sola ciudad actual de Cirene.

CLVII. Después de haberla habitado ya dos años y de ver que no por esto mejoraban sus negocios, dejando en ella un hombre solo, partieron todos los demás para Delfos. Presentándose allí al oráculo, le propusieron que a pesar de ser ya moradores de la Libia no por eso experimentaban alivio en sus calamidades. A lo que la Pitia respondió:

Sin ir a Libia, que en ganado abunda, pretendes saber más acerca de ella que yo mismo que allí a verla estuve: admírame, pues, tu gran talento.

Oída tal respuesta, viendo Bato que Apolo no les dejaría parar con su colonia si primero no fueran a colocarla en el mismo continente de Libia, volviose a embarcar con su comitiva. Vuelto con los suyos a su isla, y tomado consigo al que allí dejaron, hicieron una población en un sitio de la Libia llamado Aziris,[429] situado enfrente de la isla, rodeado de hermosísimas colinas y bañado a un lado por un río.

CLVIII. Seis años enteros estuvieron en este paraje, pero llegado el séptimo, los mismos libios lograron de ellos que lo desamparasen, prometiendo transportarles a otro sitio mejor; y en efecto, los condujeron hacia poniente a una región la más bella del universo. Pero a fin de que los griegos no atinasen dónde venía a caer el nuevo establecimiento, los llevaron allá de noche, no fuese que viajando de día midiesen por las horas el sitio y la distancia. El nombre del país adonde fueron es el de Irasa. Habiéndoles, pues, llevado a una fuente que se dice ser de Apolo: «Amigos griegos, les dijeron, aquí sí que estaréis bien; este lugar es un encanto; aquí vienen a caer las mismas cataratas del cielo».

CLIX. Durante el tiempo de la vida de Bato,[430] el conductor de la colonia, que reinó 40 años, y el de Arcesilao su hijo, que reinó 16, se mantuvieron allí los cireneos tantos en número cuantos al principio de la fundación habían sido a ella destinados. Pero en tiempo del tercer rey, llamado Bato el Feliz, la Pitia con sus oráculos movió a todos los griegos a navegar a Libia para incorporarse en la colonia de los cireneos que les convidaban con la repartición de las posesiones y campos. El oráculo que profirió fue el siguiente:

Quien al reparto de la fértil Libia tarde acuda, no poco ha de pesarle.

El efecto fue que se juntó en Cirene mucho griego; pero viendo los libios circunvecinos que se les iba cercenando mucho el terreno, y no pudiendo sufrir Adicrán, que este era el nombre de su rey, ni el perjuicio de verse privado de aquella comarca, ni la insolencia que con él usaban los cireneos, por medio de unos enviados al Egipto, se entregaron a sí mismos con todos sus bienes al rey de los egipcios Apríes. Juntó este un numeroso ejército de egipcios, y le hizo marchar a Cirene. Concurrieron armados los cireneos al lugar llamado Irasa y a la fuente Teste,[431] donde venidos a las manos con los egipcios, quienes no sabiendo por experiencia qué tropa era la griega la tenía en bajo concepto, les vencieron y derrotaron de manera que pocos pudieron volver sanos a Egipto, cuya pérdida fue la causa de que, irritados por ella los egipcios, se rebelasen contra Apríes.

CLX. El mencionado Bato tuvo por hijo a Arcesilao, quien le sucedió en el mando, si bien desde el principio reinó entre él y sus hermanos la discordia y sedición, hasta el punto de separarse estos y de partir hacia otra parte de la Libia. Allí, habiendo tomado acuerdo entre ellos, fundaron la ciudad que entonces llamaron Barca, como se llama todavía. No contentos con su rebelión, al tiempo que la fundaban hicieron que los libios se alzasen contra los cireneos. Arcesilao hizo después una expedición contra los libios, tanto los que habían acogido a los rebeldes, como contra los que se le habían rebelado; pero estos, por miedo que de él tuvieron, dejando sus tierras huyeron hacia los libios orientales. Fueles siguiendo Arcesilao, hasta que llegados los fugitivos a un lugar de la Libia llamado Leucón, se resolvieron a cargar contra el enemigo. En la refriega fueron los libios tan superiores, que allí quedaron muertos 7000 hoplitas[432] cireneos. Después de esta desgracia, cayó enfermo Arcesilao, y estando en cama y habiendo tomado una medicina, fue ahogado por su hermano Learco, a quien mató después a traición la viuda de Arcesilao, que tenía por nombre Erixo.

CLXI. En vez de Arcesilao entró a reinar su hijo Bato, que era cojo y de pies contrahechos. Por razón del destrozo padecido en la guerra, los cireneos destinaron unos diputados a Delfos para saber del oráculo de qué medio se podrían valer para poner su ciudad en mejor estado. Mandoles la Pitia que tomasen en Mantinea[433] de la Arcadia un reformador, para cuyo empleo, a petición de los cireneos, fue nombrado por los de Mantinea, Demonacte, el hombre de mayor crédito que había en la ciudad. Habiendo después pasado el nuevo visitador a Cirene, e informándose puntualmente de todo, hizo en ella dos innovaciones: la una fue distribuir en tres partidos a sus vecinos, señalando para el uno a los tereos con los pueblos fronterizos; para el otro a los peloponesios con los cretenses; para el tercero a todos los demás isleños: la segunda fue pasar todos los derechos y regalías que habían tenido antes los reyes al cuerpo de la república, dejando al rey Bato la prerrogativa del sacerdocio y la inspección de los templos con sus ingresos.

CLXII. Duró tal estado de cosas todo el tiempo que vivió Bato; pero en el de su hijo Arcesilao nació una gran contienda y porfía acerca de los puestos y magistraturas. Autor de ella fue dicho Arcesilao, hijo de Bato el cojo y de Feretima, el cual no quería estar a lo ordenado por Demonacte de Mantinea, sino que pretendía recobrar todas las regalías y derechos de sus antepasados. El éxito de la sedición y discordia fue que, perdida por Arcesilao la batalla, hubo de escapar a Samos, y su madre a Salamina de Chipre. Era entonces señor de Salamina Eveltón, el que dedicó en Delfos aquel incensario tan digno de verse que se conserva allí en el tesoro de los corintios.[434] Llegada a la corte de este, Feretima pidiole un ejército que le restituyese a Cirene: esmerábase Eveltón en hacerle mil regalos, menos lo que ella le pedía; mas la princesa al recibirlos decíale que buenas eran aquellas dádivas y que mucho las agradecía, pero que fuera mejor y que mucho más le agradeciera el favor del ejército que le había pedido; y esta era la arenga que a cada regalo repetía. Regalole, por último, Eveltón un huso de oro y una rueca armada con su copo de lana, y como también entonces Feretima repitiese las mismas palabras, respondiole aquel: «Con estos dijes se obsequia a una mujer y no con el mando de un ejército».

CLXIII. Por aquel mismo tiempo Arcesilao, refugiado en Samos, no hacía sino reclutar a cuantos podía, con la promesa de repartirles campos en Cirene. Recogido ya un grande ejército, fuese él mismo a Delfos a consultar aquel oráculo sobre su vuelta, a lo que respondió la Pitia: «Apolo os da el reino en Cirene hasta el cuarto Bato y el cuarto Arcesilao por espacio de ocho generaciones; pero él mismo os exhorta a que no penséis en prolongarlo más allá. Vuélvete tú, y mantente tranquilo en casa; y si acaso hallares el horno lleno de cántaros no te dé la gana de cocerlos, antes déjalos muy enhorabuena. Pero si cocieres la hornada, no entres en la rodeada de agua, pues de no hacerlo así morirás tú mismo, y contigo el más bravo toro».

CLXIV. Este oráculo dio la Pitia a Arcesilao, quien llevando consigo las tropas que tenía en Samos, fuese a Cirene. Apoderado allí del mando, no se acordaba ya de la profecía de la Pitia, sino que procuraba vengarse de los que se le habían levantado, obligándoles a la fuga. Algunos de sus contrarios, sin querer exponerse al peligro, se habían ausentado del país; a algunos otros, caídos en manos de Arcesilao, se les envió a Chipre para que se les hiciese perecer, si bien quiso la fortuna que habiendo aportado a Cnido,[435] los cnidios les librasen de la muerte, y les enviasen a Tera: algunos otros, por fin, se refugiaron a una gran torre de un particular llamado Aglomaco la cual mandó rodear de fagina Arcesilao y quemar vivos en ella a dichos cireneos. Como reflexionase después sobre lo hecho, y entendiese que a esto aludía lo que la Pitia le decía en el oráculo, que si hallaba los cántaros en el horno no quisiese cocerlos, temiendo la muerte que se le había profetizado, e imaginando que Cirene era la rodeada de agua del oráculo, no quiso de propósito entrar más en la ciudad de los cireneos. Estaba casado con una parienta hija del rey de los barceos llamada Alacir: refugiose, pues, a la corte de su suegro. Allí, algunos de los ciudadanos, junto con aquellos cireneos que vivían en ella desterrados, habiéndole acechado al tiempo que paseaba por la plaza, le asesinaron juntamente con su suegro. Así Arcesilao vino a encontrar con su destino fatal, habiéndose desviado, o de propósito o por descuido, del aviso del oráculo.

CLXV. En tanto que Arcesilao se detenía en Barca preparando su misma ruina, Feretima su madre cumplía con todas las funciones honrosas de gobernadora del reino en lugar de su hijo, acudiendo al despacho de los negocios y presidiendo en el consejo de Estado. Pero apenas supo que su hijo había sido asesinado en Barca, huyó sin más dilación al Egipto, a lo que la movieron los servicios que Arcesilao tenía hechos a Cambises, hijo de Ciro,[436] habiendo sido el que puso a Cirene bajo la protección del persa, y se la hizo tributaria. Llegada Feretima al Egipto, imploró la protección de Ariandes, suplicándole quisiese ampararla y vengarla de los rebeldes, valiéndose del pretexto de decir que por adicto a los medos había muerto su hijo.

CLXVI. Era Ariandes el virrey de Egipto nombrado por Cambises, y andando el tiempo quiso apostárselas con Darío, temeridad que pagó con la cabeza; pues habiendo oído y visto que Darío quería dejar de sí una memoria sin igual que ningún otro monarca hubiese dejado antes, quiso Ariandes imitarle por su parte, hasta que por esta competencia llevó su merecido. Acuñó Darío una moneda de oro el más puro y acendrado que darse pudiese;[437] y Ariandes el virrey de Egipto hizo otro tanto en una moneda de plata finísima que mandó batir, de donde aún ahora no hay plata más acendrada y pura que la ariándica. Informado Darío de lo que hacía Ariandes, so color de que se le había sublevado, le hizo morir.

CLXVII. Lleno entonces Ariandes de compasión por Feretima, diole en su socorro toda la armada de Egipto, así la de tierra como la de mar, señalando por general de tierra a Amasis, de patria marafio, y de mar a Bardes, que era de la familia de los Pasargadas. Pero antes de hacer partir el ejército envió Ariandes a Barca un heraldo que preguntase quién había sido el que mató a Arcesilao, a lo que respondieron los barceos que todos a una le habían dado la muerte por haber recibido de él muchas injurias. Con tal respuesta acabose Ariandes de resolver, y envió todo su ejército juntamente con Feretima.

CLXVIII. Tal era el pretexto que se hacía valer para aquella expedición; pero a lo que entiendo, el motivo verdadero no era sino el deseo de conquistar a los de la Libia; porque siendo muchas y varias las naciones de los libios, muy pocas eran las que entre ellas obedecían al persa, y la mayor parte en nada contaban con Darío. Explicaré la situación de los libios, comenzando desde el Egipto. Los primeros vecinos a este reino son los adirmáquidas,[438] que tienen sus propias leyes y costumbres, aunque por la mayor parte son las mismas que las de Egipto. En el vestido siguen el traje de los otros libios; sus mujeres llevan en una y otra pierna ajorcas de bronce, y los insectos que al peinarse cogen los muerden luego, y vengadas así de sus picaduras los arrojan, cosa que solo se usa en esta nación. Son los únicos asimismo entre los libios que presentan al rey todas las doncellas que están para casarse, y si alguna le agrada, él es el primero en conocerla. Estos adirmáquidas se extienden desde el Egipto hasta el puerto que llaman Plino.

CLXIX. Confinan con estos los giligamas, situados hacia poniente hasta la isla Afrodisíade.[439] Frontera del medio de este país viene a caer la isla Platea, que poblaron los cireneos. En su continente se halla el puerto de Menelao y también la región de Aziris en que los cireneos habitaban. Desde allí comienza el silfio, que desde la isla de Platea se extiende hasta la boca o entrada de la Sirte. El modo de vivir de estos pueblos es el mismo que el de los primeros.

CLXX. Por la parte de poniente los asbistas son confinantes con los giligamas; están sobre Cirene, y no llegan hasta el mar, cuya costa ocupan los cireneos. Son entre los libios los más aficionados a gobernar una carroza de dos tiros. En los más de sus usos y modales imitan a los de Cirene.

CLXXI. Siguiendo hacia poniente, tras los asbistas vienen los ausquisas, que caen sobre Barca y confinan con el mar cerca de Evespérides.[440] En medio de la región de los ausquisas viven los cébales, nación poco populosa, los cuales lindan con el mar cerca de una ciudad de los barceos llamada Tauquira.[441] Su modo de vivir es el mismo que usan los pueblos que están sobre Cirene.

CLXXII. Los nasamones, nación muy numerosa, son los comarcanos de los ausquisas, tirando hacia poniente. Dejando en verano sus ganados a las costas del mar, suben a un territorio que llaman Augila[442] para recoger la cosecha de los dátiles, pues allí hay muchas, muy grandes palmas y todas fructíferas. Van a caza de langostas, las que muelen después de secas al sol, y mezclando aquella harina con leche se la beben. Es allí costumbre tener cada uno muchas mujeres, haciendo que el uso de ellas sea común a todos, pues del mismo modo que los maságetas, plantando delante de la casa su bastón, están con la que quieren. Acostumbran asimismo que cuando un nasamón se casa la primera vez, todos los convidados a la boda conozcan aquella primera noche a la novia, y que cada uno de los que la conocieren la regale con alguna presea traída de su casa. En su modo de jurar y adivinar, juran por aquellos hombres que pasan entre ellos por los más justos y mejores de todos, y en el acto mismo de jurar tocan sus sepulcros; adivinan yendo a las sepulturas de sus antepasados, donde después de hechas sus deprecaciones se ponen a dormir, y se gobiernan por lo que allí ven entre sueños. En sus contratos y promesas usan de la ceremonia de dar el uno de beber al otro con su mano, y tomando mutuamente de él, y si no tienen a punto cosa que beber, tomando del suelo un poco de polvo lo lamen.

CLXXIII. Con los nasamones confinan los psilos, aunque todos ellos ya perecieron: el viento Noto se fue absorbiendo toda el agua, y secando los manantiales, balsas y charcos del país, que estando todo entre las sirtes, era de suyo muy falto de agua. Resolvieron los psilos de común acuerdo hacer una expedición contra su enemigo el maligno Noto: si ello fue así o no, no me meto en averiguarlo; solo soy eco de los libios.[443] Habiendo, pues, llegado a los desiertos arenales, el Noto soplando los sepultó allí a todos, y su región la poseen ahora los nasamones, después de tan fatal ruina.

CLXXIV. Los garamantes[444] son los que hacia el mediodía estaban sobre los psilos, en un país agreste y lleno de fieras: son rudos e insociables, huyendo la comunicación con cualquier hombre; ni tienen armas marciales, ni saben ofender a los otros ni defenderse a sí mismos. Viven, como dije, más allá de los nasamones.

CLXXV. Pero hacia poniente, siguiendo la costa del mar, los que vienen después son los macas, los cuales se cortan el pelo de manera que, rapándose a navaja la cabeza de una y otra parte, se dejan crecer un penacho en la coronilla.[445] En la guerra llevan para su defensa unos como escudos hechos de la piel del avestruz, ave de tierra. El río Cínipe, bajando de la colina que llaman de las Gracias, pasa por su país y desagua en el mar. Dicha colina es un montecillo poblado de espesos árboles, al paso que las otras tierras de Libia de que acabo de hablar están del todo rasas; y desde él hay al mar 200 estadios.

CLXXVI. Comarcanos de los macas son los gindanes, cuyas mujeres llevan cerca de los tobillos sus ligas de pieles, y las llevan, según corre, porque por cada hombre que las goza, se ciñen en su puesto la señal indicada, y la que más ligas ciñe esa es la más celebrada por haber tenido más amantes.

CLXXVII. La parte marítima de dichos gindanes es habitada por los lotófagos, hombres que se alimentan solo con el fruto del loto,[446] fruto que es del tamaño de los granos del lentisco, pero en lo dulce del gusto parecido al dátil de la palma: de él sacan su vino los lotófagos.

CLXXVIII. Por las orillas del mar siguen a los lotófagos los maclies, que comen también el loto, si bien no hacen tanto uso de él como los primeros. Extiéndense hasta el Tritón, que es un gran río que desagua en la gran laguna Tritónida, donde hay una isla llamada Fla,[447] la cual dicen que los lacedemonios, según un oráculo, deben ir a poblar.

CLXXIX. Corre asimismo la siguiente tradición: Después que Jasón hubo construido su nave Argos a la raíz del monte Pelio, embarcó en ella una hecatombe de cien bueyes y una trípode de bronce, y queriendo ir a Delfos daba la vuelta alrededor del Peloponeso; pero al llegar con su nave cerca de Malea, se levantó un viento norte que le llevó a la Libia. No había aún descubierto tierra, cuando se vio metido en los bajíos de la laguna Tritónida. Allí, como no hallase camino ni medio para salir, se dice que apareciéndole Tritón le pidió que le diese aquella trípode, prometiéndole en pago mostrarle paso para la salida y sacarle sin pérdida alguna. Habiendo venido en ello Jasón, logró por esto medio que Tritón le mostrase por donde salir de entre aquellos bancos de arena. El mismo Tritón, habiendo puesto aquella trípode en su templo, comenzó desde ella a profetizar y declarar a Jasón y a sus compañeros un gran misterio, a saber: que era una disposición totalmente inevitable del hado, que cuando alguno de los descendientes de aquellos argonautas se llevase la trípode, entonces hubiese alrededor de la laguna Tritónida cien ciudades griegas. Venido este oráculo a noticia de los naturales de Libia, fue ocasión para que escondiesen la trípode.

CLXXX. Son fronterizos de los maclies los auseos,[448] pues ambos habitaban en las orillas de la laguna Tritónida divididos entre sí por el río Tritón. Los maclies se dejan crecer el pelo en la parte posterior de la cabeza, y los auseos en la parte anterior de ella. Las doncellas del país hacen todos los años una fiesta a Atenea, en la cual, repartidas en dos bandas, hacen sus escaramuzas a pedradas y a garrotazos, y dicen que practican aquellas ceremonias, propias de su nación, en honra de aquella diosa su paisana a la cual llamamos Atenea. Tienen creído que las doncellas que mueren de aquellas heridas, no lo eran más que las madres que las parieron, y así las llaman las falsas vírgenes. Antes de dar fin a aquel combate, cogen siempre a la doncella que por votos de todas se ha portado mejor en el choque; ármanla con un capacete corinto y con un arnés griego, y puesta encima de un carro llévanla en triunfo alrededor de la laguna. Ignoro con qué armadura adornasen a sus doncellas antes de tener por vecinos a los griegos, si bien me inclino a pensar que con la armadura egipcia, pues siento y digo que los griegos tomaron de los egipcios el yelmo y el escudo. Por lo que toca a Atenea, dicen ellos que fue hija de Poseidón y de la laguna Tritónida, pero que enojada por cierto motivo contra su padre se entregó a Zeus, el cual se la apropió por hija: así lo cuentan al menos. Estos pueblos, sin cohabitar particularmente con sus mujeres, usan no solo promiscuamente de todas, sino que se juntan con ellas en público, como suelen las bestias. Después que los niños han crecido algo en poder de sus madres, se juntan en un lugar los hombres cada tercer mes, y allí se dice que tal niño es hijo de aquel o quien más se asemeja.

CLXXXI. Estos de que hemos hablado son los libios nómadas de la costa del mar. La Libia interior y mediterránea, que está sobre ellos, es una región llena de animales fieros.[449] Pasada esta tierra, hay una cordillera o loma de arenales que sigue desde la ciudad de Tebas de Egipto hasta las columnas de Heracles, en la cual se hallan, mayormente en las diez primeras jornadas, unos grandes terrones de sal, que están en unos cerros que allí hay. En la cima de cada cerro brotan de la sal unos surtidores de agua fría y dulce; cerca de la cual habitan unos hombres, que son los últimos hacia aquellos desiertos, situados mas allá de la región de las fieras. A las diez jornadas de Tebas se hallan primero los amonios, que a imitación de Zeus Tebano tienen un templo de Zeus Caricarnero, pues como ya llevo dicho de antemano, la estatua de Zeus que hay en Tebas tiene el rostro de carnero. Hay allí una fuente cuya agua por la madrugada está tibia; dos horas antes del medio día está algo fría; mas a medio día friísima; en cuyo tiempo riegan con ella los huertos: desde medio día abajo va perdiendo de su frialdad, tanto, que al ponerse el sol está ya tibia, y desde aquel punto vase calentando hasta acercarse la media noche, a cuya hora hierve a borbotones; pero al bajar la media noche gradualmente se enfría hasta la aurora siguiente. Esta agua lleva el nombre de fuente del Sol.

CLXXXII. Mas allá de los amonios, a diez días de camino siguiendo la loma de arena, aparece otra colina de sal semejante a la de aquellos, donde hay la misma agua con habitantes que la rodean. Llámase Augila, y allí suelen ir los nasamones a hacer su cosecha de dátiles.

CLXXXIII. Desde Augila, después de un viaje de diez jornadas, se encuentra otra colina de sal con su agua y con muchas palmas frutales como lo son las otras, y con hombres que viven en aquel cerro que se llaman los garamantes, nación muy populosa, quienes para sembrar los campos cubren la sal con una capa de tierra.[450] Cortísima es la distancia desde ellos a los lotófagos, pero desde allí hay un viaje de treinta días hasta llegar a aquellos pueblos donde los bueyes van paciendo hacia atrás, porque teniendo las astas retorcidas hacia delante, van al parecer retrocediendo paso a paso, pues si fueran avanzando, no pudieran comer, porque darían primero con las astas en el suelo; fuera de lo dicho y en tener el cuero más recio y liso, en nada se diferencian de los demás bueyes. Van dichos garamantes a caza de los etíopes trogloditas,[451] montados en un carro de cuatro caballos, lo cual se hace preciso por ser estos etíopes los hombres más ligeros de pies de cuantos hayamos oído hablar. Comen los trogloditas serpientes, lagartos y otros reptiles semejantes: tienen un idioma a ningún otro parecido, aunque puede decirse que en vez de hablar chillan a manera de murciélagos.

CLXXXIV. Mas allá de los garamantes, a distancia también de diez leguas de camino, se ve otro cerro de sal, otra agua y otros hombres que viven en aquellos alrededores, a quienes dan el nombre de atarantes; son los hombres anónimos que yo conozca, pues si bien a todos en general se les da el nombre de atarantes, cada uno de por sí no lleva en particular nombre alguno propio. Cuando va saliendo el sol le cargan de la más crueles maldiciones e improperios, porque es tan ardiente allí que abrasa a los hombres y sus campiñas. Tirando adelante otras diez jornadas, se hallará otra colina de sal y en ella su agua; cerca del agua, gentes que allí viven. Con esta cordillera de sal está pegado un monte que tiene por nombre Atlas, monte delgado, por todas partes redondo, y a lo que se dice tan elevado, que no alcanza la vista a su cumbre por estar en verano como en invierno siempre cubierta de nubes. Dicen los naturales, que su monte es la columna del cielo; de él toman el nombre sus vecinos, llamándose los atlantes, de quienes se cuenta que ni comen cosa que haya sido animada, ni durmiendo sueñan jamás.[452]

CLXXXV. Hasta dichos atlantes llegan mis noticias para poder dar los nombres de las naciones que viven en la cordillera de sal; pero de ahí no pasan, si bien se extiende la loma hasta las columnas de Heracles, y aun más allá. Hay en esta cordillera cierta mina de sal tan dilatada, que tiene diez días de camino; y en aquel espacio viven unos hombres cuyas casas son hechas generalmente de grupos o piedras de sal. Ni hay que admirarlo, pues por aquella parte de la Libia no llueve jamás; que si lloviera, no pudieran resistir aquellas paredes salinas.[453] De aquellas minas sácase sal, así de color blanco como de color encarnado. Más allá de la referida loma, para quien va hacia el Noto tierra adentro de la Libia, el país es un desierto, un erial sin agua, un páramo sin fiera viviente, sin lluvia del cielo, sin árbol ninguno, sin humedad ni jugo.

CLXXXVI. Así que, desde el Egipto hasta la laguna Tritónida, los libios que allí viven son nómadas o pastores, que comen carne y beben leche, si bien se abstienen de comer vaca, siguiendo en esto a los egipcios; lechones, ni los crían ni los comen. Aun las mujeres de Cirene tienen también escrúpulo de comer carne de vaca por respeto a la diosa Isis de Egipto, en cuyo honor hacen ayunos y fiestas, pero aun hacen más las mujeres de Barca, que ni vaca ni tocino comen.

CLXXXVII. Más allá de la laguna Tritónida, hacia poniente, ni son ya pastores los libios, ni siguen los mismos usos, ni practican con los niños lo que suelen los nómadas; pues que estos, ya que no todos, que no me atrevo a decirlo absolutamente, por lo menos muchísimos de ellos, cuando sus niños llegan a la edad de cuatro años, toman un copo de lana sucia y con ella les van quemando y secando las venas en la coronilla, y algunos asimismo las de las sienes: el fin que en esto tienen es impedir que en toda la vida no les molesten las fluxiones que suelen bajar de la cabeza, y a esto atribuyen la completa salud de que gozan. Y a decir verdad, son los libios los hombres más sanos que yo sepa;[454] esto afirmo, pero sin atribuirlo a la causa referida. Si acontece que al tiempo de hacer la operación del fuego les den convulsiones a los niños, tienen a mano un remedio eficaz, a saber, echan sobre ellos la orina de un macho de cabrío y vedlos ahí sanos; de lo cual tampoco salgo fiador, sino que cuento simplemente lo que dicen.

CLXXXVIII. Los nómadas en la Libia hacen del siguiente modo sus sacrificios: ante todo cortan como primicias del sacrificio la oreja de la víctima y la arrojan sobre su casa; después de esta ceremonia hácenle volver hacia atrás la cerviz. El sol y la luna son las únicas deidades a quienes ofrecen sacrificio todos los libios, aunque los que viven en los contornos de la laguna Tritónida sacrifican también a Atenea con mucha particularidad, y en segundo lugar a Tritón y a Poseidón.

CLXXXIX. Parece sin duda que los griegos tomaron de las mujeres libias así el traje y vestido en las estatuas de Atenea, como también las égidas, pues el traje de aquellas es enteramente el mismo que el de Atenea, solo que su vestido es de badana, y las franjas que llevan en sus égidas no son unas figuras de sierpes, sino unas correas a modo de borlas. Aun más, el nombre mismo de égida dice que de la Libia vino el traje de nuestros Paladios (estatuas de Atenea), pues las libias acostumbran meterse encima de su vestido en vez de mantilla unas egeas o marroquías adobadas,[455] teñidas de colorado con franjas, de suerte que los griegos del nombre de estas egeas formaron el de égidas. Soy asimismo de opinión de que la algazara usada en los sacrificios griegos tuvo su origen en la Libia, donde es muy frecuente entre las libias, que son excelentes plañideras. Del mismo modo los griegos aprendieron de los libios el tiro de cuatro caballos en la carroza.

CXC. En los entierros siguen los nómadas las mismas ceremonias que los griegos, aunque deben exceptuarse los nasamones, pues estos entierran sentado el cadáver, y a este fin observan al enfermo cuando va a morir, y lo sientan entonces en la cama, para que no expire boca arriba. Son las casas de los nómadas unas cabañas hechas de varillas de gamón entretejidas con juncos, casas portátiles de un lugar a otro.[456] Tales son sus usos en resumen.

CXCI. Por la parte de poniente del río Tritón confinan con los auseos otros pueblos de la Libia, de profesión labradores, que llevan el nombre de maxies, y usan levantar sus casas con regularidad. Críanse el pelo en la parte derecha de la cabeza, y se lo cortan en la siniestra; píntanse el cuerpo de bermellón y pretenden ser descendientes de los troyanos.[457] Esta región de la Libia, como también lo restante de ella hacia poniente, es mucho más abundante en fieras y bosques que la de los nómadas, pues que la parte oriental de la Libia, que estos habitan, es una tierra baja y arenosa hasta llegar al río Tritón; pero la que desde este río se dilataba hacia poniente, que es la parte que habitan los libios labradores, es ya un país en extremo montuoso, y muy poblado de árboles y de fieras. Hay allí serpientes de enorme grandeza; hay leones, elefantes, osos y áspides. Vense allí asnos con astas; se ven hombres cinéfalos, y otros, si creemos a lo que nos cuentan, acéfalos, de quienes se dice que tienen los ojos en el pecho, y otros hombres salvajes, así machos como hembras; vense, en fin, muchas otras fieras reales y no fingidas.[458]

CXCII. Pero ninguna de las que acabo de decir se cría entre los nómadas, aunque se hallan entre ellos otras castas de animales, los pigargos,[459] las cabras monteses, los búfalos, los asnos que no beben jamás, pero no los asnos cornudos, los ories o unicornios, de cuyas astas hacen los fenicios sus varas de medir, siendo estos animales del tamaño de un buey; las basarias, especie de vulpeja, las hienas, los puercoespines, los carneros salvajes, los dicties, los lobos silvestres, las panteras, los bories,[460] los cocodrilos terrestres de tres codos de largo muy parecidos a los lagartos, los avestruces de tierra, y unas sierpes pequeñas cada una con su cuernecillo. Estos son los animales propios de dicho país, donde hay asimismo los que producen los otros, a excepción del ciervo y del jabalí,[461] pues ni de uno ni de otro se halla raza en Libia. Vense allí tres castas de ratones; unos se llaman dípodes, de dos pies; otros zegeries, palabra líbica que equivale a collados; los terceros erizos: críanse también unas comadrejas muy semejantes a las de Tarteso. Esta es, según he podido alcanzar con mis informaciones las más diligentes y prolijas, la suma de los animales que cría la región de los nómadas en la Libia.

CXCIII. Con los maxies están confinantes los zaveces, cuyas mujeres sirven de cocheras a sus maridos en los carros de guerra.

CXCIV. Con estos confinan los gizantes, en cuyo país, además de la mucha miel que hacen las abejas, es fama que los hombres la labran aún en mayor copia con ciertos ingenios o artificios.[462] Todos los gizantes se pulen tiñéndose de bermellón. Comen la carne de los monos, de los cuales hay en aquellos montes grandísimos rebaños.

CXCV. Cerca del país de dichos gizantes, según cuentan los cartagineses, está la isla Ciravis,[463] de 206 estadios de largo, pero muy angosta, a la cual se puede pasar desde el continente. Muchos olivos hay en ella y muchas vides, y se halla en la misma una laguna tal, que de su fondo sacan granitos de oro las doncellas del país, pescándolos y recogiéndolos con plumas de ave untadas con pez. No salgo fiador de la verdad de lo que se dice, solamente lo refiero; aunque puede muy bien suceder, pues yo mismo he visto cómo en Zacinto se saca del agua la pez en cierta laguna. Hay, pues, una laguna entre otras muchas de Zacinto, y la mayor de todas, que cuenta por todas partes 60 pies de extensión, y tiene de hondo hasta dos orgias: dentro de ella meten un chuzo, a cuya punta va atado un ramo de arrayán; apégase al ramo la pez, la cual sacada así huele a betún, y en todo lo demás hace ventaja a la pez de Pieria. Al lado de la laguna abren un hoyo, donde van derramando la pez que, recogida ya en gran cantidad, sacan del hoyo y la ponen en unos cántaros. Todo lo que cayere en esta laguna va al cabo pasando por debajo de tierra a salir al mar, distante de ella cosa de cuatro estadios. Esto digo para que se vea que no carece de probabilidad lo que se cuenta de la isla que hay en Libia.

CXCVI. Otra historia nos refieren los cartagineses, que en la Libia, más allá de las columnas de Heracles, hay cierto paraje poblado de gente donde suelen ellos aportar y sacar a tierra sus géneros, y luego dejarlos en el mismo borde del mar, embarcarse de nuevo, y desde sus barcos dar con humo la señal de su arribo. Apenas lo ve la gente del país, cuando llegados a la ribera dejan al lado de los géneros el oro, apartándose otra vez tierra adentro.[464] Luego, saltando a tierra los cartagineses hacia el oro, si les parece que el expuesto es el precio justo de sus mercaderías, alzándose con él se retiran y marchan; pero si no les parece bastante, embarcados otra vez se sientan en sus naves, lo cual visto por los naturales vuelven a añadir oro hasta tanto que con sus aumentos les llegan a contentar, pues sabido es que ni los unos tocan al oro hasta llegar al precio justo de sus cargas, ni los otros las tocan hasta que se les tome su oro.

CXCVII. Estas son, pues, las naciones de la Libia que puedo nombrar, muchas de las cuales ni se cuidaban entonces ni se cuidan ahora del gran rey de los medos. Algo más me atrevo a decir de aquel país: que las naciones que lo habitan son cuatro y no más, según alcanzo; dos originarias del país, y dos que no lo son; originarios son los libios y los etíopes, situados aquellos en la parte de la Libia que mira al Bóreas, estos en la que mira al Noto; advenedizas son las otras dos naciones, la de los fenicios y la de los griegos.

CXCVIII. Por lo que toca a la calidad del terreno, no me parece que pueda compararse la Libia ni con el Asia ni con la Europa,[465] salva, empero, una región que lleva el mismo nombre que su río Cínipe, pues esta ni cede a ninguna de las mejores tierras de pan llevar, ni es en nada parecida a lo restante de la Libia; es de un terruño negro y de regadío por medio de sus fuentes, ni está expuesta a sequías, ni por sobrada agua suele padecer, si bien en aquel paraje de la Libia llueve a menudo, y en cuanto al producto, da por cada uno, tanto como la campiña de Babilonia. Y por más que sea feraz la tierra que cultivan allí los evesperitas, la cual cuando acierta la cosecha llega a rendir ciento por uno, no iguala con todo a la comarca de Cínipe, que puede dar trescientos por uno.

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Note 1 · Con semejantes nudos forman los bárbaros de América sus calendarios.Note 2 · Esta ciudad sobre cuyas ruinas se halla fundada Topetarkan estaba en la costa occidental de la Crimea sobre un gran promontorio que corría hNote 3 · La primera es la costa que desde el Istro corre hasta la punta meridional de la Crimea; la otra la costa oriental de Crimea que sube hasta eNote 4 · Al presente Calabria. Es verosímil que este pasaje fuese escrito o retocado por el autor cuando se hallaba en Italia, pues se vale de la comNote 5 · El primer país es la Crimea, que de oriente a poniente tiene 60 leguas, y 36 de norte a mediodía; el segundo la Tartaria menor, donde está PNote 6 · Vivían los agatirsos en la Transilvania occidental; los neuros en la parte oriental del palatinado de Leópolis, Belza y Volhinia; los andrófNote 7 · Fuera de este cuadrado deja Heródoto todo el Cubán y la Tartaria de los circasios, países que formaron después una gran parte del reino del Note 8 · Siendo vario entre los geógrafos el cómputo de las jornadas, hace bien el autor en fijar el número de estadios por jornada. Las diez jornadaNote 9 · Los griegos hacen a su Ifigenia la sacerdotisa de Artemisa y no la diosa misma a quien sacrificasen los táuricos. Véase la Ifigenia en TáuriNote 10 · La primera habitación de los neuros se coloca al levante del Borístenes en las cercanías del Degua.Note 11 · Los budinos, después de arrojados de su antiguo país, habitarían los palatinados Chelmense y Brescianense en los confines de la Polesia. De Note 12 · Actualmente Crin, de la cual la Quersoneso Táurica tomó el nombre de Crimea.Note 13 · Convendría probar la existencia de las amazonas de Libia, del Asia y América que niegan los modernos, y que con placer defendería yo, si fueNote 14 · Esta narración, según observó Hermógenes, pinta a los ojos con los más vivos colores el carácter de las personas, cumpliendo Heródoto en estNote 15 · Heródoto aplica a las mujeres escitas las costumbres da las griegas, harto inconvenientemente quizá, pues siendo aquellas de origen céltico Note 16 · El origen, habitación y emigración de los sármatas es cosa oscurísima. Heródoto los hace descendientes de los escitas libres y de las amazonNote 17 · El rey era Idantirso, y los otros generales, Escópasis y Taxacis, serían sus subalternos.Note 18 · Estos budinos ocupaban el país originario de donde fueron echados los otros budinos establecidos con los gelonos en Polesia.Note 19 · Estos fuertes no estarían distantes del Sirgis o del moderno Donetz en el gobierno de Azov, puesto que el ejército estaba atrincherado a oriNote 20 · Serían estos reyes los confederados con el escita o príncipes de varias tribus escíticas dependientes de los regios.Note 21 · Se ve que dichos rebaños no serían sino para cebar al persa y detenerle en el país para que pereciese de hambre con la escasez de víveres a Note 22 · Es natural qué los señores de Jonia impidiesen a Milcíades dar aviso a los escitas de la mala fe de los griegos, pues no es de creer del talNote 23 · En el día castillo viejo de Romelia, uno de los Dardanelos.Note 24 · Era en Grecia muy trillada esta palabra, no distinguiendo el imperio medo del persa que le sucedió.Note 25 · Jasón con sus bravos argonautas (año antes de J. C. 1285) llegó a Lemnos en ocasión en que las mujeres habían dado muerte a todos los varoneNote 26 · Cástor y Pólux, hijos de Leda y Tíndaro, a quien Heracles, después de dar muerte a Hipocoonte y a sus hijos, confió en depósito el reino de Note 27 · En el día los montes de los Mainotas.Note 28 · Tuvo Tebas doce reyes desde que Cadmo, pasando de Fenicia a Beocia en tiempo de Josué, fundó el reino que a la muerte de Janto, su último soNote 29 · Al presente Santorini, entre Creta y las Cícladas, en cuyas inmediaciones han salido del fondo del mar otras islitas de resultas de varios tNote 30 · Estos pueblos habitaban la Trifilia, región de la Élide, hoy Belvedere en Peloponeso. De las seis ciudades citadas solo se conoce actualmentNote 31 · Al presente Paleocastro.Note 32 · El descubrimiento de Platea corresponde al año 700 antes de Jesucristo.Note 33 · No puede fijarse ni el sitio de Platea ni el de Aziris, llamada por algunos equivocadamente Azilis o Azilisco.Note 34 · El texto griego ha inducido a algunos en extraño error, creyendo que la palabra zoa, vida, era el nombre de una ciudad fundada por Bato. SosNote 35 · Esta fuente sería acaso la de Apolo, que Calímaco llama Eira, y acaso dio su nombre a la ciudad de Cirene.Note 36 · No hallo voz en la milicia moderna, ni aun la de coracero, que exprese cabalmente la idea de hoplita, o de infante armado de todas piezas.Note 37 · Al presente Merdigna, en el Peloponeso. Me he valido de la palabra reformador para expresar el cargo de árbitro con pleno poder, escogido poNote 38 · Serían estos tesoros ciertas capillas en los templos donde se depositaban las dádivas de las ciudades cuyos nombres llevaban: quizá en ellosNote 39 · Hoy día arruinada, en las costas de Caria.Note 40 · Parece que procuró Arcesilao aplacar a Cambises, que había despreciado los presentes de los cireneos como menguados e indignos de la majestaNote 41 · Esta moneda sería la de los dáricos, tan celebrada entre los griegos, si bien no falta quien niegue que sea autor de ella Darío, hijo de HisNote 42 · Esta nación formaba parte de la Marmárica, no lejos de la Amonia, y correspondería al reino de Barca en la parte más retirada del mar, dilatNote 43 · Por otro nombre Lea; quizá la isla del Patriarca. El pueblo de los giligamas, situado en lo interior de la Cirenaica, no ha dejado más memorNote 44 · Muchos antiguos con Heródoto colocan esta región célebre por los fabulosos huertos de las Hespérides, en la Cirenaica. A los ausquisas perteNote 45 · Por otro nombre Arsínoe, hoy Trocara. Aún quedan en Berbería pueblos llamados cabiles.Note 46 · Este país, situado en lo más remoto de la Marmárica, debía caer en Sahara, donde al presente se halla Augela. Parece que serían los nasamoneNote 47 · Plinio desentraña el sentido de esta fábula, diciendo que los nasamones y no el Noto ni la falta de agua casi acabaron con los psilos, de quNote 48 · Parece, según Heródoto, que estos pueblos se extendían desde la Cirenaica hacia poniente por encima de la Sírtica, la Numidia y la África prNote 49 · Ocupaban las costas de las dos Sirtes en el estado de Trípoli, y este penacho de cabellos en sus cabezas rapadas lo usan aún en el día los aNote 50 · No han podido hasta aquí decidir los modernos si era el loto una hierba o un árbol, si era su fruto del tamaño de una haba, o como la baca dNote 51 · O Fila; parece ser la Quersoneso de Diodoro de Sicilia, muy abundante en dátiles y en buenos pastos. El río Tritón se llama añora Capsa, y lNote 52 · La ciudad de los auseos sería la antigua Auza o Auzate, fundada por Itobal, rey de Tiro. Parece que estas naciones de Túnez eran una mezcla Note 53 · El autor en su geografía, poco conocida, reparte la Libia en tres regiones: la marítima, la interior y la desierta. Esta parte del África esNote 54 · África sin duda abunda de sal en varios distritos de Berbería, y en Túnez y Argel especialmente se hallan muchos shibkak, lagunas salobres, Note 55 · Es preciso que estos trogloditas o habitantes de cavernas, vecinos a los garamantes, sean otros que los trogloditas situados en las costas dNote 56 · Estos hombres que carecen de nombre propio e individual, esos dicterios al sol naciente, serán otras tantas fábulas añadidas a las que los aNote 57 · Ignoro dónde se halle más allá de las columnas de Heracles tal cantera de sal, si bien he leído que en el reino de Túnez se ve un monte enteNote 58 · En Sahara debe atribuirse esta salud constante y robusta a la pureza del aire, bien que en varios climas bajo la línea sea el África bien enNote 59 · La égida y la egea no son en su etimología más que piel de cabra. En este lugar parece entender Heródoto por égida de Atenea, no solo el escNote 60 · No son en el día muy diferentes los aduares de los africanos, beduinos y cabilas, restos de los libios primitivos.Note 61 · Si la venida de Eneas a Italia fuese más averiguada, y si no se reconociera por un romance de Virgilio la ida de su héroe a Cartago, pudieraNote 62 · Se ha reconocido que eran una fábula los monstruos africanos nacidos de la mezcla de fieras de diferente especie, aunque el número de estas Note 63 · Siendo dos las especies de este animal, no puedo decidir si habla el autor de los pigargos, cabras blancas por atrás, o de los pigargos, águNote 64 · Si son los bories diversos de los sories o unicornios, serán especie de bueyes agrestes.Note 65 · Asegúrase que al presente se ven en África los dos géneros de animales que aquí le niega el autor.Note 66 · Quizá era esta la miel de palma que se recoge del licor de este árbol. A los gizantes otros llaman bizantes y otros zigantes, y quieren recoNote 67 · En ningún otro autor que en Heródoto hallo mención de la isla Ciravis, pues no será la Carcina, la Meninge ni la Cosira, según las veo descrNote 68 · Este comercio mudo se usó antiguamente, según refiere Plinio, con los seres, nación de la India, tal vez la de los chinos: se ha usado despuNote 69 · El África, comparada por los antiguos geógrafos a la piel de una pantera, por razón de sus arenales esparcidos por toda ella, es inferior en
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